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-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: Novela
-(Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
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-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- Nota del Transcriptor:
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- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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-
- Le Sage
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-
- HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
-
- TOMO III y ÚLTIMO
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- MCMXXII
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- Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
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- LE SAGE
-
-
- Historia
- de
- Gil Blas de Santillana
-
-
- NOVELA
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- TOMO III y ÚLTIMO
-
- Traducción del P. Isla
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-
- [Ilustración]
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-
- MADRID, 1922
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-
- Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID
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-
- GIL BLAS DE SANTILLANA
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-
- LIBRO OCTAVO
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que
- le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don
- Valerio de Luna.
-
-
-Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había
-ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa,
-y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el
-duque de Medinasidonia.
-
-Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda
-y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino
-si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel
-mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a
-ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse.
-Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero
-con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento
-indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba
-a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando,
-mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con
-mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted
-me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa
-de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a
-favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el
-caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace
-más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!--añadió, estrechándome
-lleno de gozo--. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi
-propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la
-honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en
-caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted.
-Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos
-que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría
-en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien
-mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa.
-Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.»
-
-Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el
-mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos
-y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y
-apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a
-usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los
-días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.»
-
-La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y
-enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues,
-y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una
-cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en
-aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo
-tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de
-la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él
-y el mayordomo estaban muy bien avenidos.
-
-Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi
-amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre,
-me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que
-proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma,
-primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente
-al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos
-a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de
-Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo
-Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad
-absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus
-órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta
-mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para
-usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser
-estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que
-le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de
-comer, iremos a su casa.»
-
-Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo
-del administrador que había sido despedido, el cual consistía en
-visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una
-palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los
-meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que
-le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero
-esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal
-pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre.
-
-Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y
-reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente
-pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de
-las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas,
-que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del
-sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no
-pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó
-con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses
-se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a
-contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en
-la corte. Esta historia es la siguiente:
-
-En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada
-Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos
-decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden
-de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues
-la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar
-a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después
-de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la
-corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que
-no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la
-marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante
-noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le
-hacían excitar pasiones hasta en su vejez.
-
-Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los
-secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado
-de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que
-el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía
-sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué
-hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado
-arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde,
-enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora
-que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me
-caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo
-y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta
-reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón,
-respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de
-los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos
-frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os
-lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo,
-o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.»
-«Pues bien--replicó ella--, una vez que con tanta porfía queréis
-continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada
-mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi
-vista.»
-
-Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio
-de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo
-contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados
-el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó,
-suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó
-lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora,
-rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a
-refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»
-
-Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su
-atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para
-librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula
-para huir de mis deseos!» «¡No, no!--interrumpió ella--. Te revelo un
-secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la
-necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro
-de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste
-el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado,
-y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon
-a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te
-vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa
-para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una
-persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros
-mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para
-colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti
-como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas;
-si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre,
-no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta
-aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la
-naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»
-
-Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un
-triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio
-a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos
-pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo
-muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se
-oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y
-sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con
-la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el
-crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no
-haberle podido cometer.
-
-El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de
-arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí
-mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa
-del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la
-relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había
-hecho, me eligió para substituir a este joven.
-
-
- CAPITULO II
-
- Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de
- sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer
- y queda gustoso de él.
-
-
-Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil
-Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de
-alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos
-consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su
-excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo,
-que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja
-el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar
-a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que
-subiréis mucho en poco tiempo.»
-
-Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije:
-«Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque
-he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el
-pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele
-hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues,
-decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado--me
-respondió el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le
-diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría
-decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que
-conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don
-Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro
-modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues--prosiguió--,
-que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era
-éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado
-a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano.
-Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle
-a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como
-un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que
-participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace
-conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público,
-frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque
-lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública.
-Por lo que acabo de decir conoceréis--añadió don Diego--cómo debéis
-portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted
-a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se
-conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser
-poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así--repuso Monteser--, voy
-a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.»
-
-Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando
-audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio.
-Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que
-solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis
-contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar
-de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos,
-que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados
-haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se
-consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos
-de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que
-respondía muy cortésmente a los que le hablaban.
-
-Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes.
-Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana,
-a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don
-Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía
-merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar
-en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio
-de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la
-historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación
-tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España
-no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían
-ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión
-general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la
-verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla
-desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla.
-«Señor de Santillana--me dijo sonriéndose al fin de mi narración--,
-a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor--le
-respondí sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero
-y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco--replicó--. Veo, hijo mío,
-que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal
-ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se
-pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo
-Santillana--continuó el ministro--, no te acuerdes más de lo pasado;
-piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear
-en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has
-de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su
-despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de
-registro en folio muy gruesos. «Aquí--me dijo--has de trabajar. Todos
-estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias
-nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española.
-Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de
-todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios
-que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los
-lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus
-bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o
-malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno,
-veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados
-en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome
-sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos
-provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey
-quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide
-un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero
-emplearte en él.»
-
-En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que
-me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo
-el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de
-términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor
-un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo
-de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y
-sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y,
-por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una
-calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé
-por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda
-la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases
-castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas.
-Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de
-saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo
-que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi
-escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver
-lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--,
-te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente
-escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que
-además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el
-acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida
-de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si
-a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde
-de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo
-que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para
-tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del
-que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey.
-
-Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los
-secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a
-comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no
-a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido,
-sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las
-ordinarias no convenía a mi persona. _¡Piensa que ahora sirves al rey!_
-Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a
-la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por
-momentos en mi ánimo.
-
-
- CAPITULO III
-
- Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la
- inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió
- obligado a guardar.
-
-
-Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un
-secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que
-me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le
-dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir
-como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al
-pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían
-volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería
-con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona.
-
-A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de
-ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de
-cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o
-tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después
-de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo
-comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros
-dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que
-el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos,
-me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a
-casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que
-ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España.
-
-Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que
-entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde
-luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su
-secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y
-bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en
-las Universidades.
-
-En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a
-entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa
-del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha
-que servimos--decía uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y
-lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.»
-«Por lo que hace a mí--decía el otro--, quisiera haber recibido veinte
-zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de
-tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito
-no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia
-para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el
-castillo de Alicante!»
-
-«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda
-tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna,
-vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a
-cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual
-no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que
-seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que,
-por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era
-menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar
-mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar.
-Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a
-desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta
-tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.
-
-Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más.
-Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia
-habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de
-veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena
-cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en
-discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre
-este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir
-a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor
-disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor
-bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este
-secretario.
-
-Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a
-ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles
-al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el
-sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de
-una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario--me decía yo en este
-tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el
-ajo antes que usted se lo haga morder a otros!»
-
-Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo,
-que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se
-lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado
-al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro
-con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la
-cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no
-puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo
-de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza;
-pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió
-con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera
-servirme.
-
-Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la
-inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno
-reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me
-perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego
-que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la
-obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la
-mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del
-principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas
-este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma
-de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve
-una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y
-familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos
-personas que contrastaban singularmente.
-
-Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y
-resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que
-producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo
-más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese
-lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores)
-abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban
-sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses
-para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo
-que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de
-conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en
-aprovecharme de los momentos de conversación con el duque.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un
- secreto de importancia.
-
-
-Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin
-embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos
-que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que
-me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy
-inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño
-de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de
-haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme,
-le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme
-con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar
-vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don
-Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él--respondió el duque--.
-Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus
-sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me
-gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer
-que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.»
-Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había
-conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar
-muy bien con él.
-
-«Para principiar--prosiguió el duque--a ponerte en posesión de mi
-confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te
-enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso
-darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente
-respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi
-arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y
-aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar
-a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a
-amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el
-conde de Lemos, mi sobrino.»
-
-Habiendo advertido el ministro que este último punto me había
-sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien
-lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a
-mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de
-cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo.
-No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que
-éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a
-la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan
-envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por
-más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto
-te manifiesto--continuó--lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado
-desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo
-podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de
-Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España.
-Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión
-de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio
-de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo
-mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia
-que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que
-tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi
-proyecto--añadió--, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré
-a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo
-que tenga que participarme.»
-
-Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi
-inquietud. «¡En fin--decía yo--, heme aquí colocado en una situación
-que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente
-de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien
-presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con
-indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.
-
-
- CAPITULO V
-
- En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.
-
-
-Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él
-mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los
-papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba
-a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en
-el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo
-bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos,
-no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me
-convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia
-cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me
-veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó
-de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta
-entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el
-tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente
-cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que
-no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con
-tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado
-mejor un cortesano consumado.
-
-También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo
-regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de
-su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a
-la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer
-en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se
-retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino
-de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos
-que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los
-sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por
-la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía
-de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes
-para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba
-en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a
-solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y
-se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto,
-¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la
-corte que con menos fundamento se tienen por tales.
-
-Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque
-había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de
-ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de
-Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer
-extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al
-pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que
-su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba
-satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis
-ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba
-poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de
-Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.
-
-Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del
-príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le
-aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del
-asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El
-conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos
-encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos
-términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de
-Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted
-depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir
-de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores
-de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he
-tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar
-disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para
-seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto
-correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía,
-y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se
-levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado
-le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy
-cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--,
-noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su
-sentir acerca de ello.»
-
-Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de
-Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones,
-de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde,
-diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es
-el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su
-intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas
-prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca
-estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el
-padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos
-me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe
-de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y
-yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que
-muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en
-estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de
-satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a
-ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto
-era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia.
-¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe!
-«¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en
-cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en
-ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como
-otro. Solamente se diferencian en el provecho.
-
-Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de
-día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras
-esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera
-preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi
-aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas
-de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo
-llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta
-la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es
-decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando
-me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre
-Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle.
-Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis
-necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a
-quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde
-que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis
-vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente
-necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi
-manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas
-las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y
-un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no
-comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.
-
-Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía
-causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a
-mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque
-de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El
-Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días
-después.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de
- Lerma y cómo se portó con él este ministro.
-
-
-Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva,
-de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una
-recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado
-el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar
-algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los
-jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por
-orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la
-copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía
-en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios
-muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su
-excelencia no le disgustaban.
-
-Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que
-me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas
-sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar
-con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves--dijo
-el duque--parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su
-pendencia.» «Señor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me
-trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor
-fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté
-en estos términos:
-
-«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo
-suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba
-este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un
-gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía,
-manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer
-amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos
-hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc
-tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir,
-a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se
-complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus
-más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque,
-viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a
-su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su
-lengua.» «Señor--le respondió el cachemiriano--, vuestros deseos
-se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber,
-señor--respondió Zangir--, que un dervís cabalista me enseñó el idioma
-de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré
-palabra por palabra lo que les haya oído.»
-
-»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los
-cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después
-a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el
-asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!--exclamó el ministro
-persiano--. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos--replicó el
-secretario--ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila
-tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela
-sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas,
-viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este
-secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a
-poco!--interrumpió el otro cuervo--. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto
-la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con
-él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda
-en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero
-entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo
-en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más
-necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de
-la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no
-con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a
-la miseria.»
-
-Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma,
-quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo
-en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del
-atrevimiento de su secretario. «No, señor--le respondí, algo turbado
-de su pregunta--; la fábula dice, al contrario, que le colmó de
-beneficios.» «Fué fortuna--replicó el duque con seriedad--, porque hay
-ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones.
-Pero--añadió, cortando la conversación y levantándose--creo que el rey
-no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho
-esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo
-que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana.
-
-Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a
-poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado.
-Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios
-copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted,
-señor de Santillana?--dijeron al verme--. ¡Usted está muy demudado! ¡A
-usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»
-
-Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para
-ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que
-había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre
-de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado--me
-dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al
-revés.» «Esa es mucha verdad--dijo el otro--. ¡Quiera Dios que sea
-usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa,
-que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía
-empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus
-necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es--le dijo
-el ministro--que se os pague. Tomad--prosiguió, dándole una libranza
-de mil ducados--, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero
-acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios.
-El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después
-de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra
-parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le
-condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.»
-
-Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé
-perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca
-paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!--decía--.
-¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula
-que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y
-quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas
-que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino!
-Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada
-y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren
-sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi
-dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre,
-para echarle a él toda la culpa!»
-
-Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la
-siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró,
-contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que
-en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche
-estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables
-ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo
-me permitieron suspirar y lamentarme.
-
-El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella
-mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado.
-«Santillana--me dijo alargándome un papel que tenía en la mano--, toma
-esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre
-mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está
-prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel
-momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies,
-le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy
-humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a
-entender a vuestra excelencia mi miseria!»
-
-El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil
-Blas--me respondió--, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades
-sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal,
-amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte
-preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este
-descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te
-entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo
-te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en
-favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.»
-
-En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al
-ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo
-familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me
-fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan
-turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que
-creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el
-temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua
-no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza
-para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había
-hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me
-apreciaba más.
-
-
- CAPITULO VII
-
- De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer
- negocio en que medió y del provecho que sacó de él.
-
-
-El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió
-el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde
-cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que
-no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la
-miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché
-más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de
-caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje
-de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por
-fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía
-a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un
-mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban
-para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la
-española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los
-sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además
-ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de
-castor con galón de oro.
-
-Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a
-Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más
-de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban
-a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada
-todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que
-se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota
-que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no
-quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso,
-porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando
-llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje
-cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele
-algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era
-travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi
-elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo.
-Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a
-quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil
-permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir,
-de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme
-gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era
-la habilidad de Escipión--que así se llamaba mi lacayo--, que había
-servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en
-cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que,
-mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él.
-
-Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del
-rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran
-descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino,
-llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el
-duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le
-haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder
-le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber
-que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de
-que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento
-y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese
-seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado
-de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.»
-«¡Cómo, pues--le dije--, señor Escipión, usted ha andado ya mucho
-camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño
-que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a
-usted--me respondió--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»
-
-Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con
-una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío--le dije--, antes de
-tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae
-a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él
-al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación,
-y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda
-tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto--respondió el
-granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de
-esta suerte.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Historia de don Rogerio de Rada.
-
-
-«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad
-de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio
-afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba
-tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy
-celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su
-mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto
-de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía
-desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba
-libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste
-el único hombre de quien debía recelar.
-
-»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía
-ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró
-de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que
-era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales
-consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su
-maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy
-seriamente que no debía esperar el logro de sus designios.
-
-»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual,
-imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este
-carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día
-tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella
-le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio
-castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no
-hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo
-pasado.
-
-»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan
-mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía
-a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él
-quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más
-horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde
-que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante
-muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin
-revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que
-os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor
-y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa
-en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta
-aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.»
-
-«¡Ya os entiendo--interrumpió don Anastasio todo turbado--, vuestra
-prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!--repuso Hordales
-con aspecto irritado--. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por
-marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!--exclamó don Anastasio--.
-¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!--prosiguió don
-Huberto--. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no
-puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se
-ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña,
-y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto
-os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra
-Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es
-inútil--continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el
-efecto que esperaba--, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado
-de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis
-una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar
-cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que
-nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.»
-
-»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra
-una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de
-que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender
-en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que
-las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a
-su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al
-pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces,
-sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría
-resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía
-tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada,
-se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que
-mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te
-deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No
-quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!»
-
-»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a
-Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas
-y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado,
-por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis
-quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel,
-mirad que os engañáis!»
-
-«¡No, no!--repuso el irritado celoso--. ¡Estoy muy cierto de vuestra
-traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don
-Huberto...» «¡Ah señor!--interrumpió ella con precipitación--. ¡No
-debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis!
-Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.»
-«¡Callad, infame!--replicó don Anastasio--. Vos misma acreditáis
-mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis
-desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está
-enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio,
-pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo
-de castigaros.» «¡Amado esposo mío--repitió la inocente Estefanía
-llorando amargamente--, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus
-movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando
-reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo!
-A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces
-haréis más justicia a una mujer que no es culpable.»
-
-»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y
-todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las
-pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda
-vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente,
-bárbaro!--gritó--. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido
-enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu
-memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable
-intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa
-contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser
-verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca,
-te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un
-atentado tan horrible!»
-
-»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de
-las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a
-su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así,
-como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se
-aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el
-puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra,
-él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de
-Antequera.
-
-»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe
-que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra
-sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó
-a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego
-que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales
-gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos,
-de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron
-cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por
-peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo
-a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de
-aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz
-parto.
-
-»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las
-mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena
-se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que
-mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar.
-Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes
-había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a
-lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría
-no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi
-madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima
-y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada
-y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para
-medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del
-motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y
-ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada
-de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y
-sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a
-Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo
-combate, le di tres estocadas y cayó en tierra.
-
-»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas
-miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo
-del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme
-que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la
-resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al
-Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver
-a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado
-dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde
-me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando
-que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los
-voluntarios que tenía a bordo.
-
-»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías
-de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía
-hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente
-cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos
-intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en
-los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería,
-y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para
-acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de
-Elena.
-
-»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes
-eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que
-podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era
-de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también
-advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos
-saber vuestra familia?» «¡Ah!--me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga
-vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años
-hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin
-horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don
-Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!--exclamé--. ¿Debo creer lo que
-oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?»
-«¡Qué decís, joven!--exclamó mirándome atónito--. ¿Será posible seáis
-aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre
-cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío--le dije--, yo soy
-a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta
-noche en que la dejasteis anegada en su sangre.»
-
-Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme
-estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar
-nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los
-tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi
-padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida
-a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin
-motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado
-la inocencia de su mujer. «Señor--le respondí--, nadie ha dudado
-jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre
-irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto
-fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este
-pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a
-morir.
-
-»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad
-como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a
-abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que
-estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío--me dijo--, tomemos presto el camino
-de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa
-a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi
-injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!»
-Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise
-se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no
-quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero
-que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me
-contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que
-prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En
-fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato
-a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para
-entrar secretamente en nuestra casa.
-
-»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que
-creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso
-con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón
-de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento
-que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino,
-vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado
-es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en
-extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué
-sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el
-matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que
-mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto
-me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo,
-señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra
-señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo
-su valimiento.»
-
-El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con
-mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece
-perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto
-a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto,
-el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y
-por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación
-al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en
-movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome
-permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy
-enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha
-dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable
-y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor
-ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid
-seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen
-amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.»
-
-Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya
-palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió
-inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié
-a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez
-de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado
-un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No
-fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo
-Calderón para despreciarlo.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de
- cómo tomó el aire de persona de importancia.
-
-
-El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a
-Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones.
-Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar
-el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó
-fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a
-despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de
-uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos
-ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una
-fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro,
-su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del
-impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el
-siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario
-berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de
-mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que,
-habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar
-un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar,
-y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus
-géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el
-favor.
-
-Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de
-Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar
-su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a
-mi criado con un nuevo _quidam_ que acaba de enganchar. Cabalmente es
-Escipión. Escuchémosle. «Señor--me dice--, permítame usted le presente
-a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus
-medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la
-Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que
-se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares
-donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que
-le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de
-un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!»
-En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía
-engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España.
-
-Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar
-todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba
-creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado
-de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo
-de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno
-de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de
-Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír
-viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--.
-¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando
-no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me
-pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena
-con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis
-pensar--continuó--el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos
-arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a
-pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso
-que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios.
-Sirvaos esto de gobierno.»
-
-Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más
-bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más
-sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho
-fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir
-gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un
-lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero.
-Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil
-doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un
-caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí
-hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos
-en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la
-clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos,
-canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados
-y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón,
-quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos,
-lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los
-pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar
-los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre
-los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones
-de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros
-parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del
-pueblo recontando su dinero.
-
-Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura _compañeras
-inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados
-y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba
-hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé
-una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un
-escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él
-por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es
-regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple
-honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo
-que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que
-mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de
-juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando,
-a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como
-su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para
-juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría
-por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba
-extremadamente.
-
-Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y
-a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo
-uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa
-memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber
-hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes.
-Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales
-covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad
-el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y
-siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte--porque tal amo tal
-criado--también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba
-a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él
-contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para
-ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como
-un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera
-el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no
-cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer
-agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía
-tener clavada la rueda de la fortuna.
-
-Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida
-ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el
-gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el
-que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar,
-señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi
-casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que
-yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí--le dije--,
-amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y
-sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible--exclamó con viveza--que
-te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte
-colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor
-era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda--añadió--que
-seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al
-repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto
-los mayordomos de las casas grandes.»
-
-Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del
-conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de
-haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias
-las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que
-le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería
-estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo
-perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más
-motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no
-se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde
-todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una
-palabra, no sería confidente del duque de Lerma.»
-
-Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el
-pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe
-el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la
-confianza del primer ministro!» «La divido--le respondí--con don
-Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es
-verdad, señor de Santillana--replicó--, que me causáis admiración.
-¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen
-en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo,
-poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado.
-Finalmente, señor--prosiguió--, me alegro mucho de la prosperidad de
-vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!--interrumpí yo--. ¡Señor Núñez,
-nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos
-siempre con familiaridad!» «Tienes razón--repitió--. Aunque te hayas
-enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he
-mirado siempre. Pero--añadió--te confieso mi flaqueza: al oír tu
-fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en
-ti más que a mi amigo Gil Blas.»
-
-Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas
-que llegaron. «Señores--les dije mostrándoles a Núñez--, ustedes
-cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa
-y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba
-con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al
-poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas
-para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que,
-tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y
-desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se
-sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.
-
-Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y
-me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi
-gabinete. «Perdóname, amigo mío--me dijo--, si he ofendido a tus
-covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado
-entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos
-hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes
-un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan
-estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré--le
-dije--mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con
-razón!--me respondió--. Yo te prometo talentos superiores y de los más
-entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a
-reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con
-otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.»
-
-Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió,
-acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro,
-haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes
-ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--decía
-él--merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores
-muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación
-de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera
-encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la
-clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto
-con profusión.
-
-En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas
-principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con
-vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro,
-vituperando la elección que una academia de literatos acababa de
-hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido;
-los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me
-fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba
-por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro
-declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el
-cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos
-versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le
-dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción
-defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los
-ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes
-se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero
-aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio,
-Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos
-en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una
-taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica.
-
-Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de
-aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien--le dije--, amigo,
-¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis
-traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas.
-¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso--me respondió--presentarte
-otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.»
-
-
- CAPITULO X
-
- Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del
- encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este
- señor y él se metieron.
-
-
-Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma,
-empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena
-de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa
-dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que
-pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas
-para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían
-seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas,
-me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo
-que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era
-yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta
-debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí
-también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les
-tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión
-a José Navarro.
-
-Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para
-decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día
-a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba
-hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma
-cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por
-quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que
-necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo
-usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien
-a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el
-apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque
-os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto
-era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde.
-Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a
-servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que
-poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho
-por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita
-otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá
-el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de
-usted.»
-
-Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin
-embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro
-por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los
-agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien,
-con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado
-Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo
-que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»
-
-José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero
-creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi
-casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan
-mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento.
-Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me
-pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me
-hallaba en la corte.
-
-Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al
-que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo
-dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del
-dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde
-quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que
-al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del
-príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me
-dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo
-Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer
-cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este
-príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred,
-investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!»
-Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño
-de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay
-tantas gentes que se ocupan en él.
-
-Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no
-dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que
-volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte
-un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la
-fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo
-que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted
-necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta,
-y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no
-la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro
-tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una
-dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy
-delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas
-costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es
-algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde
-hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»
-
-Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un
-tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y
-de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una
-casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes,
-que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía
-y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería
-difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no
-escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En
-esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que
-le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a
-las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un
-sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le
-respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No
-me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y
-de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como
-usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el
-Júpiter enviando una lluvia de doblones.»
-
-Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos,
-no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase
-a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus
-amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me
-recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente,
-en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en
-almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron
-con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía,
-que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no
-atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que
-me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse
-que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias,
-que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían
-imperceptibles sus defectos.
-
-Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en
-mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo
-entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan
-bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya
-principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis
-impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar
-a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de
-vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle
-el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por
-eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con
-recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he
-presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor
-gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene,
-pues a otro no la conseguiréis.»
-
-Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una
-flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me
-hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del
-conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora,
-vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque
-hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a
-la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante:
-la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía
-fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario
-acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--,
-hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien
-pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa
-de usted he hallado lo que buscaba.»
-
-Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien
-conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer
-la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie
-de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de
-carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser
-dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita
-es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple
-aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es
-quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores
-ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la
-Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad,
-en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el
-nombre de su madre con el suyo.»
-
-Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a
-aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al
-príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer
-nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora
-Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó
-la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos
-siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe
-de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una
-visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como
-igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que
-el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán
-cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente.
-
-Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina.
-Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas
-llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos
-me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias
-imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad
-entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo
-necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho
-sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad.
-
-El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho
-un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en
-tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche
-siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las
-señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a
-la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría
-descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno
-de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos
-días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este
-señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que
-habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me
-llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta
-principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones
-para finalizarla.
-
-Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había
-pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión
-en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina,
-porque de todo hace uno mérito para con los grandes.
-
-Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo
-el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás
-talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará
-que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en
-el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga
-que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra
-excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en
-posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de
-él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me
-preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le
-dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está
-bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que
-no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera
-hacer.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a
- Catalina.
-
-
-En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No
-podíais venir más a tiempo!--me dijo este señor--. He hablado al
-príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a
-Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente
-de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo
-así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario
-manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera
-de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos.
-Supuesto que le has de acompañar conmigo--prosiguió--, hállate esta
-noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu
-coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media
-noche cerca de Palacio.»
-
-Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a
-Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la
-señora Mencía. «Perdone usted, señora--le dije--, si vengo de día a su
-casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que
-el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted--añadí entregándole
-el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que
-envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya
-ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a
-usted las gracias--me respondió--. Pero dígame, señor de Santillana, si
-al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!--le contesté--. Ninguna
-cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado
-con destreza.» «¡Mucho mejor!--exclamó ella enajenada de alegría--. Lo
-que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta
-de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con
-perfección.» «¡Vive diez--exclamé--, esas son muchas habilidades, tía
-mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de
-esas gracias le basta.»
-
-Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía
-acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde
-de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de
-tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin
-de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se
-levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que
-iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían
-concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar.
-Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había
-tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los
-príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En
-fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres,
-que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual
-subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a
-cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a
-su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta
-nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.
-
-Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi
-la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una
-lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin
-que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más
-agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista
-de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad
-de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el
-patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa,
-seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían
-mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que
-escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió
-la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina.
-
-«Y bien, príncipe mío--le dijo el conde--, ¿podíamos haber
-proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más
-bonitas?» «Ambas me embelesan--respondió el príncipe--. No pienso sacar
-libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de
-la tía.»
-
-Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil
-cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha
-discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el
-personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los
-amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su
-ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese
-estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con
-mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado,
-tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe
-se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un
-lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que
-se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas
-le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella
-peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes
-le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento.
-Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una
-aventurera como si le hubiesen casado con una princesa.
-
-La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo
-quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos
-dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha
-gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a
-otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene
-dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me
-busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu
-bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún
-tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el
-agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de
-haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente:
-«Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra
-alteza desea.» «No es difícil satisfacerle--dijo entonces el duque a
-su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él
-mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y
-sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome
-con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!--le respondí--. Veo
-que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.»
-Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello.
-«¡Ninguno!--replicó el tío riéndose--. Es que un día Santillana quiso
-trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor
-ni en provecho suyo.»
-
-Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero
-se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían
-jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las
-circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien
-su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a
-casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar
-al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las
-entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones
-del dinero del duque para irlas a pagar.
-
-Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado
-las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que
-consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas
-arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas
-demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar
-como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen
-conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que
-eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que
-yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para
-averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me
-retiré con intento de tener una conferencia con Escipión.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la
- precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.
-
-
-Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me
-dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos.
-Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa.
-Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.
-
-El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus
-convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os
-inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras
-y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es
-esa?--le dije--. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son
-poetas?» «¡Perdone usted!--me respondió--. Sería lástima dar a beber
-vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre
-mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por
-vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta.
-A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros,
-y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto--le
-respondí--, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.»
-
-No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la
-mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú
-sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero
-que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme
-como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una
-cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas
-de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en
-satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto
-más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe
-de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que
-para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha
-enamorado de ella.» «Señor--me respondió Escipión--, usted se porta
-demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve
-una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó
-su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente
-relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina--prosiguió--es
-hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad
-de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador
-anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses,
-después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella
-su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones
-en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que
-todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos
-buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta
-de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las
-señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a
-Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin
-tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor:
-han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique,
-pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que
-hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad
-en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña
-vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa
-tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la
-tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y
-cuando de nieta, Sirena.»
-
-Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué
-me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa
-sea la querida de Calderón!» «Cabalito--respondió--, la misma es. Yo
-quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no
-lo creas--repliqué--; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés
-tú las consecuencias?» «No, a fe mía--replicó Escipión--. ¿Qué mal
-puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que
-pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro,
-contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y
-si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque
-verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.»
-
-Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo
-y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también
-aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía
-haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el
-ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello.
-Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era
-gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España
-y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al
-conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario
-descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque.
-
-Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro
-de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de
-Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de
-encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle
-las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su
- familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.
-
-
-Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala
-muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería
-que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o
-por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente:
-«Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que
-un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía
-un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar
-a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos
-todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo
-con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.
-
-Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en
-la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma
-esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque
-de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_,
-_Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano,
-que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni
-pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de
-vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace
-olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.
-
-Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un
-mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar
-en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre
-ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues
-qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que
-responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano
-vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el
-especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien.
-Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»
-
-«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea
-confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado
-de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con
-el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho
-que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de
-lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país,
-llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»
-
-Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar
-cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di
-motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien
-me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia
-que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo
-cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo
-desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes.
-No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me
-preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que
-vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen
-canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir
-poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que
-os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como
-amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les
-proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»
-
-En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me
-incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo
-rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza
-sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio
-que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia,
-me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--.
-¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y
-busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién
-es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he
-de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y
-le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta.
-
-No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí
-mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria
-los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me
-representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos
-impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi
-ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un
-profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.
-
-La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo
-mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y
-pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio
-ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él,
-no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un
-día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la
-corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente
-agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más
-adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes
-conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que
-consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas
-con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las
-atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil
-Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.»
-
-«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna
-mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no
-debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo,
-amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por
-la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas
-veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero
-hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu
-antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de
-esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor.
-Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que
-semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada?
-No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos
-amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo
-de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»
-
-Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se
-retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un
-poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en
-el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el
-trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de
-carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos
-conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde
-y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos
-estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito
-los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como
-yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables.
-¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo
-bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se
-entrega a criados!
-
-
-
-
- LIBRO NOVENO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y
- famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.
-
-
-Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a
-cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho
-aquel día. «Dar un golpe de maestro--me respondió--; proporcionar a
-usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única
-de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!--exclamé con aire
-desdeñoso--. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito
-y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener
-ideas más elevadas.» «¡Ah, señor--repitió Escipión--, no lo creáis
-así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado
-que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera
-de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es
-éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan
-grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi
-secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?»
-«¡Vamos despacio, señor!--me respondió--. ¡Un poco de paciencia! Es
-menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir
-en ello.» «¡Bueno!--respondí riendo a carcajadas--. ¿Todavía estás
-ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que
-usted piensa--replicó--; sólo quiero una hora de conversación con el
-platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos,
-capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted
-cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí.
-«¡Alabado sea Dios!--dijo--. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez
-mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me
-emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá
-o yo no soy sino un bestia.»
-
-Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel
-de Salero--que éste era el nombre del padre de la niña--, y es tanto
-lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la
-propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija,
-con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois
-valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso--dije entonces a
-Escipión--, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has
-visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote--respondió--. Hablando aquí
-para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna,
-a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío--le
-respondí--. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos
-y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por
-acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que
-es bien merecido el que por ello nos castiguen.»
-
-«Todavía no lo he dicho todo--repitió Escipión--. El señor Gabriel
-convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha
-de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos
-mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como
-un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo
-modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle
-antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco
-delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!--interrumpí con aire de confianza--.
-¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en
-este examen!»
-
-Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero,
-quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya
-muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se
-pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven
-Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo
-tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de
-corte.
-
-Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no
-me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no
-la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor
-Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la
-que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en
-mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era
-un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para
-hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes,
-todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y
-puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de
-negociantes que una plática de amigos.
-
-La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía
-deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a
-aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía
-ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron
-de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y
-lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen
-Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por
-un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte,
-afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como
-de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos
-de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo
-tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan
-poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al
-retirarse que iba muy satisfecho.
-
-Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para
-preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado--le
-respondió--; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor
-Escipión--añadió--, suplico a usted por nuestra antigua amistad
-que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro
-flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador?
-¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted
-no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante
-pregunta!--replicó el medianero--. Me intereso más por usted que por
-mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada,
-¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy
-servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le
-encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro
-tanto oro!--respondió el platero--. Eso me agrada. Vaya usted, amigo
-mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría
-aun cuando no fuera querido del ministro.»
-
-Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí
-al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición
-favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado
-su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me
-recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a
-ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le
-presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le
-manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno
-a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después
-siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de
-mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor
-partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas
-se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me
-dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de
-Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.»
-
-
- CAPITULO II
-
- Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y
- del servicio que le hizo.
-
-
-Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de
-mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso,
-mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora
-diré por qué causa me acordé de él.
-
-Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo
-sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le
-vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación,
-determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me
-daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma,
-y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo
-y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba
-la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro
-el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto,
-Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra
-parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos
-servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a
-tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.»
-
-Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante
-a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso.
-Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio,
-aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre
-aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué
-abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros
-sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de
-admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer
-a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una
-cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando,
-por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos
-cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos
-sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en
-su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia.
-Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire
-fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me
-hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales
-términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se
-vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen.
-
-Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a
-un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de
-amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!--exclamó--.
-¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En
-qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró
-en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se
-expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues
-me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con
-los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos
-obsequios?--decía yo en el camino--. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará
-este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear
-mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él
-con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví
-al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y
-cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo
-a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató
-groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó;
-pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió,
-y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los
-covachuelistas y secretarios que lo lean.
-
-Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no
-aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber
-presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero,
-sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi
-niñez me llamaban Frasquito--le respondió con serenidad el tal--,
-después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde
-de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con
-un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor,
-perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito
-de tus excusas!--interrumpió con altivez Frasquito--. ¡Las desprecio
-tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro
-debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan
-fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides
-de que no eres mas que un criado suyo.»
-
-Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no
-obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso.
-Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente
-sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido,
-lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con
-carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey
-le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la
-que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía
-gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando
-viniese a la corte a prestar el juramento.
-
-
- CAPITULO III
-
- De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas
- y del grande acontecimiento que los inutilizó.
-
-
-Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de
-celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para
-esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le
-busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual
-eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día
-en que habían de entregarme la dote.
-
-La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos,
-tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un
-yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer;
-fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas
-conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia,
-y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los
-parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos.
-
-Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde
-había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó
-mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid.
-Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a
-bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de
-Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres
-lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro
-de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido
-bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y
-cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!--me dijo Salero abrazándome--.
-Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de
-oro.» «Será usted bien recibido--respondí--, amado padre mío.» Luego,
-habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a
-la puerta, y tomé el camino de mi casa.
-
-Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres,
-unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas,
-rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: _¡Favor al rey!_ Hiciéronme
-bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el
-principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino
-de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil;
-y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo
-que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía
-necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba.
-«¡No, no!--respondió--. Estoy seguro de que no he errado el golpe;
-usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de
-conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé
-el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla
-del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de
-caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me
-encerraron.
-
-
- CAPITULO IV
-
- De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo
- supo la causa de su prisión.
-
-
-Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de
-paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche,
-no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal,
-sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi
-desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que
-lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque
-de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que
-me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor
-mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen
-hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.
-
-Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba
-por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me
-afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas,
-que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la
-mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para
-aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el
-rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me
-dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida
-se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo
-vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.»
-
-Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con
-suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar
-en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más
-me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su
-bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados
-que para mitigarla.
-
-En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me
-llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre
-con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor
-Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don
-Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre
-del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted
-le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para
-el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me
-quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán
-del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego,
-he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la
-fortuna--continuó--de encontrar en un hombre que tiene el cargo de
-maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de
-su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con
-nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que
-pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de
-compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento
-puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de
-instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo
-es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase
-conmigo.»
-
-Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra
-al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud.
-Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy
-estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo
-entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas
-que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios.
-«Inmediatamente--me dijo Tordesillas--van a traer de comer a usted;
-ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito,
-en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana
-las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el
-pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta
-Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista
-tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce
-melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista
-con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que
-no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo
-del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido
-y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las
-comodidades de que puede disfrutar un preso.»
-
-Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di
-mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me
-restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle
-mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su
-primer estado?--me respondió--. ¿Cree usted haber perdido para siempre
-la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que
-con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted,
-señor don Andrés?--exclamé--. Parece que usted sabe el motivo de mi
-desgracia.» «Confieso--me dijo--que no lo ignoro. El alguacil que
-ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo
-dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que
-usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España
-a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de
-desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en
-ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues
-cómo--le dije--ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia
-quisiera yo saber particularmente y esto es--respondió--lo que
-cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él
-mismo sabe.»
-
-En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que
-traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y
-tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con
-mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la
-tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas
-que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que
-no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno
-enfrente del otro. «Empecemos--me dijo--por lo más urgente. Después
-de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y
-diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento,
-y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus
-manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad
-que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca
-sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado
-actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles
-ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo
-exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera
-bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo,
-se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento;
-pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación
-tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que
-acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener
-por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de
-la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar,
-o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que
-no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se
-le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que
-cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el
-señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se
-llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil
-colgado en la pared.
-
-
- CAPITULO V
-
- De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.
-
-
-Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me
-había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber
-contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia
-ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven!
-Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar
-de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad.
-Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el
-resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste
-querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo
-comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»
-
-Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía,
-más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era
-el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro
-mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de
-vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en
-menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría
-en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La
-confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza
-que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había
-podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga
-que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé
-profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así
-a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario
-para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son
-de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño,
-pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que
-cantaban los versos siguientes:
-
- ¡Ay de mí! ¡Un año felice
- parece un soplo ligero;
- pero, sin dicha, un instante
- es un siglo de tormento!
-
-Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó
-mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la
-experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien
-pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en
-una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en
-ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del
-sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me
-levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré
-el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el
-señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que
-acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a
-lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo
-eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle
-delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas.
-Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía
-representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.
-
-Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada
-anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--,
-aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo
-cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha
-pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos
-instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera
-despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha
-turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto
-inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de
-muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes
-quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones
-se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.»
-Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba
-de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender
-mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro
-cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí
-con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál
-sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la
-juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una
-miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las
-princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la
-Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había
-dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una
-ligera idea de las perfecciones que le adornaban.
-
-Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle.
-Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió
-a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una
-mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió
-bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La
-libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo,
-pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar
-con paciencia nuestra desgracia.
-
-Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la
-guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era
-la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y
-cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía
-a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome:
-«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus
-galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me
-favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse
-para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a
-una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a
-usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»
-
-
- CAPITULO VI
-
- Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.
-
-
-«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía
-doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la
-Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando
-el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas
-daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía
-ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta
-proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de
-ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían
-equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que
-hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis
-señas.
-
-»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan
-prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena,
-que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas
-leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban
-frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba
-todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su
-sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de
-ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes
-bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a
-un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante
-mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié
-también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación.
-Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones
-fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama:
-ambas se mostraron duras e inaccesibles.
-
-»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a
-otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia
-tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor
-amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con
-frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué
-con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en
-su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al
-día siguiente.
-
-«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han
-excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que
-me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es
-dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle
-feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena
-voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear
-a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una
-señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y
-altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle
-algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de
-demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para
-qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas
-circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!»
-Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de
-trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que
-la hice llorar.
-
-»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi
-generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco
-las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no
-debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido.
-Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere,
-y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar
-ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que
-se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir
-que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una
-ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de
-sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la
-observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña
-Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré
-pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en
-agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de
-sus disimulos.»
-
-»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy
-satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto
-a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó
-los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para
-sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña
-Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy
-expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio
-alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me
-ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don
-Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y
-es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede
-ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero
-que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone
-usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don
-Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado
-diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que
-paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le
-permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas
-expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.»
-
-»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando
-con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para
-propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez
-el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene
-todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra
-persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo
-más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que
-hago en mi cuarto!»
-
-»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas
-las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que
-mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras
-no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que
-procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi
-favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi
-desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío,
-escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado.
-Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición
-de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto,
-pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente
-como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi
-cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del
-que usted le hace.»
-
-»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión
-de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy
-patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después
-de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el
-arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos
-el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome
-que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho
-tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y
-se volvió al momento a casa de don Jorge.
-
-«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón.
-Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera.
-Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia,
-si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras
-órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he
-dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que
-me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad
-de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga
-agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se
-le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este
-fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado.
-Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa
-de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi
-desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la
-vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su
-vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no
-ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha
-hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación,
-me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me
-hacía, y desapareció al momento.»
-
-»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a
-su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después
-hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--,
-que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar
-de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu
-conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche
-que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este
-instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí
-a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le
-respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que
-así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le
-vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la
-mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un
-frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que
-yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir
-dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos
-términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle
-jamás de mí.
-
-»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi
-vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia
-mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban
-prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche
-debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en
-mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes
-inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó
-el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido
-combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por
-las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a
-don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con
-muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde.
-Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y
-casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a
-casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.
-
-»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que
-entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al
-sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto
-se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante
-que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo
-pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la
-Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él
-era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado
-como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella,
-e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan
-violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No
-obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la
-alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de
-los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor,
-mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña
-Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces
-miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver
-más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse
-conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad
-de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan
-dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos
-inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las
-mujeres el último que llega.
-
-»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo
-había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia.
-De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi
-herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve
-permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la
-criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de
-tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba
-su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía
-solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo
-pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la
-boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda
-la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.
-
-»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que
-tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su
-hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto
-por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una
-compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia.
-Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que
-estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy
-interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y
-me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara,
-el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras:
-«Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no
-dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde
-encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que
-os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña
-Elena.--_Don Agustín de la Higuera._»
-
-»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor
-tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al
-solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi
-me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve
-tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente
-en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la
-función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis
-decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el
-combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio
-que me señala.»
-
-»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a
-reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo
-que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté
-estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la
-cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se
-retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo,
-que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente,
-pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio
-de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que
-amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y
-partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en
-cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda
-suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así,
-bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo
-con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted;
-pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted
-renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted
-persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían
-cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una
-ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la
-noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.»
-«Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted
-que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban
-mis intentos.»
-
-»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual
-hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos
-a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear
-con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo,
-no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y
-así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como
-de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival
-recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó
-muerto.
-
-»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había
-pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado
-Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve
-a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para
-mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se
-entra en la ciudad, me encontrarás.»
-
-»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia
-tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado
-más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había
-yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que
-tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella
-componía mi asunto.
-
-»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por
-Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia.
-Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y
-presentarme en ellas con decencia.
-
-»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y
-tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba
-secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su
-familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario,
-cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían
-pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al
-tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía
-enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa
-occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le
-había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó
-allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo.
-Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo
-tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes
-decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.
-
-»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya
-peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su
-desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan
-temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre,
-consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno,
-le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a
-doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era
-inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su
-pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la
-dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los
-medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de
-mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por
-aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a
-su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el
-padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año
-entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla
-a olvidarme.
-
-»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por
-él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante
-tan apasionada. «Ved aquí--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que
-un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano,
-en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio,
-se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la
-corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos.
-Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada
-doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor
-poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado
-de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le
-suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de
-su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.--Parma, etc.»
-
-»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en
-los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre,
-la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que
-conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el
-fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le
-proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi
-inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar
-al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron
-el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando
-enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que
-nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre
-en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón
-más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan
-fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su
-infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de
-recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó,
-meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de
-mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas
-lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con
-entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza
-séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se
-acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al
-hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos,
-nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá
-que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi
-amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó
-a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose
-del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos
-de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó
-precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le
-hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia
-que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida
-de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la
-injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés
-de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento,
-sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno
-entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta
-sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su
-mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en
-divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para
-inventar.
-
-»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba
-entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto
-con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia
-inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé
-a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en
-fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la
-hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía,
-dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida
-de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón
-y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»
-
-»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón
-para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo
-que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente
-si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al
-deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para
-enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora
-Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente
-encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y
-quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer.
-La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura
-Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O
-tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la
-ingrata de haberos negado a oírlas?»
-
-«Señor--me respondió la criada--, confieso ingenuamente que vuestra
-presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil
-remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de
-ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza
-presentarme a usted?» «¡Oh cielos!--repliqué yo con sorpresa--. ¿Qué me
-dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto
-por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme
-a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se
-esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama;
-me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra,
-no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió
-esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.
-
-»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir
-de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo
-conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente
-en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda,
-adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo
-común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se
-ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su
-mujer.
-
-»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me
-hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí
-no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis
-dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado
-mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las
-instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en
-adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más
-satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero
-ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus
-decretos.»
-
-«Pues qué, señora--le respondí--, ¿no basta el haberos perdido? ¿No
-basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que
-soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento?
-¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda!
-¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis
-el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis
-y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está
-bien--replicó ella con precipitación--; pues cesad vos también de
-esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento.
-Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la
-amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--añadió--y
-acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a
-pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si
-la prolongase.»
-
-»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé
-a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé
-hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que
-de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado
-de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado
-infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas,
-mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con
-intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena,
-que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus
-consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!--me dijo--. ¿Es este el modo que
-tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a
-deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»
-
-»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a
-estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos
-que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin
-duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas,
-que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su
-hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra
-conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor
-don Gastón--exclamó, deteniéndome el brazo--, recóbrese usted y no se
-rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»
-
-»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide
-ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal?
-Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis
-de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar
-vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede
-dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano--me
-respondió don Blas--procura usted interesar mi honor para que le dé la
-muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco
-tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la
-ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--añadió--, no os
-desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»
-
-»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó
-poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de
-alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después
-me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el
-cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar
-en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha
-amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual,
-por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del
-dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el
-duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha
-hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser
-cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre
-noble y castellano.»
-
-Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero,
-el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la
-cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque
-de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo
-importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado
-injustamente de traición.»
-
-
- CAPITULO VII
-
- Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas
- noticias.
-
-
-Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación
-diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha
-presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted
-preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble
-alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor
-Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle
-hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por
-un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar
-un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En
-fin--continuó don Andrés--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de
-ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.»
-
-Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era
-traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas
-muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel
-Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba.
-A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que
-solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos
-extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él
-hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron
-de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este
-abrazo.
-
-En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi
-casa. «Ya no tiene usted casa--me respondió--, y para ahorrarle el
-trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras
-lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto
-por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole
-ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus
-salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad
-de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que
-saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario
-de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo
-estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso
-sin conocimiento del duque de Lerma.»
-
-Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte
-en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente--me respondió--, de ello estoy muy
-bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me
-ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho
-que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la
-señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de
-España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del
-señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida,
-para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo
-descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado
-tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla,
-informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con
-eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado
-su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a
-Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión
-perpetua. Vea usted aquí--prosiguió Escipión--lo que me ha dicho mi
-amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más
-bien de don Rodrigo Calderón.»
-
-Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis
-asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino,
-todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me
-lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la
-esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me
-puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar
-mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de
-acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para
-elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente:
-los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre
-Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe
-el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos
-amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el
-Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso,
-y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será
-llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me
-presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he
-padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los
-gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también
-que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en
-casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme
-prontamente.
-
-El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en
-prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del
-pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted--me dijo--otra señal de
-reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara
-la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos--me
-respondió--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he
-tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío--le
-dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en
-que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos
-hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen,
-son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la
-compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir
-al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que
-quiero--exclamó--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a
-suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía
-que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a
-adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna
-mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá
-usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.»
-
-Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas.
-Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso
-alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y
- éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo.
-
-
-Aunque comúnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros
-criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son
-nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión me había
-manifestado me hacía mirarle como a mi misma persona. Así, ya no hubo
-subordinación ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en
-adelante comiendo y durmiendo juntos.
-
-La conversación de Escipión era muy divertida, y con razón se le podía
-haber llamado el hombre de buen humor. Además era discreto y me iba
-bien con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me parece no sería
-malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal
-efecto. ¿Qué te parece a ti?» «Ya estoy--respondió--; pero los grandes
-se mudan tanto de un instante a otro, que no sé cómo recibirá vuestra
-carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que
-escribáis, pero con maña. Aunque el ministro os estima, no fiéis por
-eso en que se acordará de vos. Esta suerte de protectores fácilmente
-olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.»
-
-«Aunque eso es muy cierto--le repliqué--, yo hago mejor concepto de mi
-favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece
-de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera
-para sacarme de la prisión que se aplaque la cólera del rey.» «Sea
-enhorabuena--respondió--; yo me alegraré que el juicio que usted hace
-de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio
-de una carta muy expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su
-propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia
-que a Escipión le pareció patético y Tordesillas juzgó superior a las
-mismas homilías del arzobispo de Granada.
-
-Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecería al leer la
-triste pintura que le hacía del miserable estado en que no estaba,
-y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas llegó a
-Madrid cuando fué a casa del ministro. Encontró a uno de mis amigos,
-ayuda de cámara, que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien
-dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, uno de los más
-fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un
-obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente
-lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder escribir uno de
-los carceleros.» El ministro la abrió y leyó; pero aunque vió en ella
-un retrato capaz de enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse
-compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante de algunas
-personas que podían oírlo: «Amigo, diga usted a Santillana que es mucha
-osadía el recurrir a mí después de la acción perversa que ha cometido
-y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre
-indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al
-resentimiento del rey.»
-
-Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar
-de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de
-interceder por mí. «Señor--replicó--, aquel pobre preso morirá de dolor
-cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió
-a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda.
-Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había
-tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que
-deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los
-grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos.
-
-Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su
-comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el
-primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la
-protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron
-para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares,
-de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad.
-
-El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para
-recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza
-de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil
-Blas--me dijo al presentármelos--, vea usted aquí dos Hipócrates que
-vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la
-oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría
-recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero
-me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me
-pusiera en sus manos.
-
-«Caballero--me dijo uno de los médicos--, es necesario ante todas cosas
-que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande--le
-respondí--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes
-quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí--respondió--, lo
-quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté
-de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan
-maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura.
-Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de
-San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después
-de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora,
-hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo
-mío--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las
-medicinas y sangrías me habían causado--, de los dos talegos que hay
-en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias
-a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero,
-¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi
-ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza
-quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a
-pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el
-talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia,
-y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el
-descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano,
-que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la
-aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el
-llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.
-
-Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante,
-me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a
-la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que,
-según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y
-me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto
-sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de
-consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio
-que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía
-mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor
-particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun
-cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía
-de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un
-filósofo.
-
-Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto
-cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha
-ocurrido una cosa--añadió--. Conozco a una persona que podrá servirnos,
-y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una
-muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos
-los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde,
-aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien--le
-respondí--. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa
-diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!»
-
-
- CAPITULO IX
-
- Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la
- libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido
- de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.
-
-
-Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué
-a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo
-quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer,
-pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran
-librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque
-encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión
-a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.
-
-Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin
-y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo
-a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su
-criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha
-tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra
-soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega,
-ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a
-toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi
-obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.
-
-No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta
-y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del
-rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide,
-quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo,
-usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero
-las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá
-le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas
-saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda
-salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran
-mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo
-estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de
-ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»
-
-Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el
-día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de
-Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que
-me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger
-del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había
-quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si
-no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo
-menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun
-cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi
-suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan
-desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto,
-te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea
-que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya
-veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el
-murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y
-otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos
-esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a
-nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá
-satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo
-comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la
-bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta
-verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo
-reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias
-maravillosa para conservar la salud.»
-
-«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi
-secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta
-frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de
-mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos
-enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con
-qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión
-del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será
-preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones
-convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano
-para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para
-gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice
-Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_.
-_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear
-tenerlas._»
-
-«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado
-los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa
-de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante
-que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un
-grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que
-extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano.
-Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas
-tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--,
-tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en
-qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia
-filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí
-encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida
-deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón;
-consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione
-todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»
-
-
- CAPITULO X
-
- De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en
- la calle, y de lo que siguió a este encuentro.
-
-
-Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en
-la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos
-fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy
-bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro
-a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha
-disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas
-están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico
-mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que
-este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un
-noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»
-
-Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí:
-«Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los
-dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el
-platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos
-talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos
-de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me
-dijo--el depósito tal como se me confió.»
-
-Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de
-haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en
-donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados
-los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad.
-Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario
-tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte
-cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que
-iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach,
-aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don
-Alfonso.
-
-Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido,
-se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su
-señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber
-de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar
-a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están
-actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la
-corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido
-a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al
-Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le
-haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha
-hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca
-gusta de recompensar el valor.»
-
-Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté
-saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo
-de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo
-inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar
-por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala
-jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció,
-dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre
-sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría:
-«¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento!
-No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos;
-yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva,
-y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a
-delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde
-entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte
-buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había
-escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--,
-dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten
-por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le
-respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un
-puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y
-confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con
-grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer
-ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a
-decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa
-exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco
-que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en
-ella una vida retirada.
-
-El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me
-dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora
-más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar
-tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna.
-Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá
-quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una
-pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas
-de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin
-incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta
-determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»
-
-Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar;
-le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su
-beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me
-hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento
-de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su
-generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso
-de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba.
-Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración.
-Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno
-de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No
-obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que
-te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria:
-quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»
-
-«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi
-codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres,
-como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de
-Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte,
-esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en
-perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son
-una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»
-
-Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó
-al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del
-agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que
-había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre
-y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la
-escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera
-un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron,
-diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando
-quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del
-barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado
-a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino
-de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto
-puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados
-de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad.
-Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de
-mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la
-orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un
-país hermosísimo.»
-
-«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza,
-vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa
-a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que
-tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje
-a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado.
-Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos
-días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para
-recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión
-apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos
-tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y
-tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos
-cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi
-retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en
-nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la
-puerta de mi casa estos dos versos latinos:
-
- _Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:
- Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].»
-
-
- [1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!
- ¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!
-
-
-
-
- LIBRO DECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a
- su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con
- el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital.
-
-
-Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir
-a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de
-Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de
-Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que
-el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían
-perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como
-a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.
-
-Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante
-de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase
-al nuevo cardenal. «Puede ser--me dijo--que su eminencia, viéndole a
-usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse
-irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.»
-«Señor Escipión--le respondí--, usted ha olvidado sin duda que sólo
-conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las
-dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de
-Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque
-de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto
-que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está
-tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos
-a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío,
-si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que
-decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y
-te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde
-pudieres.»
-
-«¿Cómo así?--replicó mi secretario, algo resentido de estas
-expresiones--. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener
-repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi
-inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte
-en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted
-en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en
-una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna
-gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle
-mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué
-únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas
-reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido
-de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar
-de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una
-idea tan risueña!»
-
-Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos
-buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi
-comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el
-segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso
-alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a
-Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo
-suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo
-mío--le dije--, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la
-Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos
-secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que
-maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué
-imaginación!--dijo mi secretario--. ¡Sin duda, señor de Santillana,
-que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber
-hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos
-remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor
-sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y
-atribuyéndose a ellos solamente los felices.»
-
-«En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo
-fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte
-enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de
-la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba
-sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían
-los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no
-los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez--exclamó Escipión dando
-una carcajada--, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes
-curiosidad de verle y oírle--repuse yo--, mañana la podrás satisfacer,
-como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya
-era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes
-años.»
-
-Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a
-apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había
-muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a
-causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro
-doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar
-que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente,
-tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo.
-A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado
-en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos
-vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos
-preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor--le respondí--, ¿es
-posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de
-haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto
-Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo
-así?--me replicó dándome un abrazo--. ¿Eres tú Santillana? Cierto que
-no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has
-hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre
-la Medicina.» «Teníale--le respondí--mucha inclinación, pero razones
-poderosas me apartaron de ella.»
-
-«¡Peor para ti!--replicó Sangredo--. Con los principios que aprendiste
-de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo
-te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la
-química. ¡Ah hijo mío!--exclamó arrancando un doloroso suspiro--. ¡Qué
-novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta
-parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que
-en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en
-poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los
-hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el
-desorden de los nuevos prácticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta
-ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al
-carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos
-desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y
-curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica
-en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su
-método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros
-tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los
-purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético
-y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la
-libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden
-y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.»
-
-Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica,
-pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber
-lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían
-inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena,
-quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor--dijo
-a Sangredo--, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como
-tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios
-químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego
-partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos
-que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La
-razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos
-ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia
-como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos
-miserables?»
-
-«Ese desorden--replicó el doctor--va todavía más lejos de lo que usted
-piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos
-de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los
-cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces
-de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo
-sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el
-quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se
-juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta
-dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son
-a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se
-aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian
-la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan
-más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora
-el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la
-sangría del pie.» «Señor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la
-indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo
-mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los
-hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del
-de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la
-Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo
-que este día fatal no esté cerca de llegar!»
-
-Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor
-una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno,
-un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego
-que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había
-mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las
-reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor
-doctor!--le dije--. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber
-vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las
-tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá
-se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad
-avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que
-es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_,
-y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de
-aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. ¿Qué me dirá
-usted ahora en su defensa?»
-
-«Digo--me respondió el viejo--que me reconvienes sin razón. Si yo
-bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel
-observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que
-he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición--le repliqué yo--, mi
-querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el
-canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua.
-Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el
-vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con
-tal que se beba con moderación.»
-
-Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía
-negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la
-vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa
-reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano
-mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a
-que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo,
-señor Sangredo!--le dije--. ¡No se canse usted de desacreditar el
-quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su
-celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la
-rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho
-cuanto estaba de su parte para sostenerla!»
-
-Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso
-y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la
-calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba
-con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle
-atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez,
-aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica
-mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme
-a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y
-discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para
-conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con
-mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida,
-pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba--le
-respondí--a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado
-Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una
-sonrisa maligna--. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e
-hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio?
-Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»
-
-«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al
-señor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que
-Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué
-llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir--le contesté--que
-escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es
-un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y
-cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan
-bien--le respondí--como con las personas de calidad; porque, aquí para
-los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la
-menor duda!--repuso Ordóñez--. Haga la corte a los grandes todo lo que
-quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le
-producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico:
-algún día le veréis en el hospital.»
-
-«Esto no me causará novedad--dije yo--, porque la poesía ha llevado
-a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en
-haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría
-nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría--respondió Ordóñez--. Yo
-le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto,
-hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se
-le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que
-hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta
-ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó
-la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo
-el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias
-que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré
-persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude
-detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No
-conocía su felicidad!--añadió--. Buena prueba es de esto el criado que
-recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos
-talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que
-le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la
-actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de
-los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien
-cargado de una numerosa familia.»
-
-
- CAPITULO II
-
- Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué
- estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.
-
-
-Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos
-sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del
-refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los
-pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían
-errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado
-para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había
-aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener
-gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión
-era un poco espadachín.
-
-Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón
-poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba
-yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de
-presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me
-informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas
-que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con
-efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención,
-me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que
-éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por
-cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado;
-es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo.
-¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino
-para cenar su tío!»
-
-«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una
-memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin
-duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.»
-«Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el
-estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que
-haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil
-Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy
-poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el
-canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla
-actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco
-goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos
-enfermos.»
-
-Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a
-Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi
-secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de
-mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción
-que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes
-de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo
-mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver
-morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso
-espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas
-de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un
-pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de
-las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado
-esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide
-perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches
-tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban
-a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la
-postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció
-de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano,
-y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra,
-exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo
-llegase para expirar.
-
-Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse
-desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi
-padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además
-de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no
-haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad,
-me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como
-un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco
-menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos
-remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--.
-¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus
-parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de
-los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado
-las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de
-esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.»
-
-El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y
-el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle
-muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más
-que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que
-mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre
-y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a
-quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una
-situación tan digna de lástima.
-
-Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me
-acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos.
-Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas
-cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de
-un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo
-mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te
-creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de
-familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi
-madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente
-fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi
-salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones
-que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña,
-confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las
-hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado
-para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré
-que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera
-ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido
-las circunstancias inútiles de ella.
-
-Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima
-todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había
-hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo,
-me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi
-madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse
-de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me
-respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor
-del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado
-conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha
-frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran
-siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal
-corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de
-ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»
-
-«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo,
-pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna
-verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la
-ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De
-consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que
-recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me
-dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un
-judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto
-a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos
-nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza,
-y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso
-que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa
-vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía
-seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo
-que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido
-a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis
-obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan
-mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer
-mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la
-avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del
-rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta
-dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por
-cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar
-a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido
-enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido
-a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo
-a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted
-admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de
-Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá
-usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que
-el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de
-tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles
-atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»
-
-«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi
-madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas
-dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi
-hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy
-connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como
-esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por
-ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese
-cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto
-conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar
-en él.»
-
-No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque
-era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en
-que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir
-una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que
-se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la
-ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió
-mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de
-ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi
-esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más
-pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más
-infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente
-las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de
-Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»
-
-Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no
-economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se
-despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio
-por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte
-generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que
-aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado
-con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder
-tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso
-entierro.
-
-Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó
-contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo,
-desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este
-ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar
-a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía
-otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras
-después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una
-disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la
-iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias,
-acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos,
-los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar
-la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué
-menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que
-no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón
-donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente
-lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado
-modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante
-intento.
-
-Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había
-hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal
-aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de
-Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido
-algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba
-menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se
-opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en
-adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío,
-no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas
-las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted
-palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»
-
-«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los
-pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué,
-señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No
-lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña
-linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos
-vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por
-ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea,
-esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo
-esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una
-cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me
-atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen
-algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al
-mío, por grande que fuese su sinrazón.»
-
-«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en
-la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son
-muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos,
-ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en
-el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de
-cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por
-este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a
-doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes
-interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí
-de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el
-populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento
-que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas
-de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país,
-quieran volver a él para hacer de personas de importancia!
-
-
- CAPITULO III
-
- Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a
- Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué
- gentes encontró allí.
-
-
-Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro
-viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe,
-y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo
-dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos
-acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las
-quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que
-descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el
-dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»
-
-«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra
-morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda
-de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si
-no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate
-aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el
-país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso
-me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó
-Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una
-cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy
-modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de
-mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su
-orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que
-tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»
-
-«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio
-es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus
-torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído
-y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla,
-llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser
-más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale
-un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al
-que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad!
-¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él
-largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto
-nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.»
-
-Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas
-puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el
-señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta.
-Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar
-la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome
-gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la
-que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo
-que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor,
-habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen,
-uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la
-misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos
-de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían
-corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de
-estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el
-cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión
-de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la
-comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años
-en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos
-platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar
-a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora
-de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para
-reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.»
-Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y
-Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de
-pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún
-rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo
-pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad
-que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron
-mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a
-ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería
-de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo,
-todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros
-ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro
-aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés,
-de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas
-de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario
-hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos.
-
-Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario
-y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con
-dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla
-podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de
-Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es
-que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal.
-A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban
-unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de
-la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la
-satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con
-miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan
-contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas
-que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la
-olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos
-hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir
-al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y
-agradable.
-
-Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de
-cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le
-pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que
-don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en
-hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas
-de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco,
-en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua,
-la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos
-objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una
-prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta
-la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos
-frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para
-preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un
-olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo
-alegrillos que acababan de comer bien.
-
-Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos
-escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron.
-Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era
-fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez
-aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín
-de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La
-mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces
-en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron,
-gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien
-venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me
-obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que
-me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció
-conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección
-y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo,
-no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario,
-dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos
-fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin
-que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto
-de vernos en nuestra nueva posesión.
-
-Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni
-el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a
-la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala
-donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa
-cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en
-pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco,
-pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente
-vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no
-podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a
-acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor
-cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me
-dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles
-en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»
-
-Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para
-conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que
-se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me
-respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que
-esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir
-que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería
-abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme
-de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi
-casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir
-con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos,
-Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de
-que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador
-de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien,
-conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer.
-Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la
- conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo
- doña Serafina.
-
-
-Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme
-dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad
-con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía,
-y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban,
-resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la
-impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía
-anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este
-placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre
-en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora
-Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón,
-no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas
-especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a
-dejarse ver el sol.
-
-Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en
-el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi
-secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un
-hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir
-inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena
-fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este
-deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de
-acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho
-días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre,
-que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están
-muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras
-las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por
-demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a
-Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba
-las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando
-mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma
-persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.
-
-En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme
-a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me
-condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con
-su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los
-dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse
-a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que
-viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme
-en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon
-entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad.
-«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a
-Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y
-suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.»
-«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa
-que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la
-posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella
-cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester,
-ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»
-
-«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados
-que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa
-quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos
-pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es
-demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con
-la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de
-lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro
-que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción.
-En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o
-dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras
-con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían
-violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me
-pareciese.
-
-Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin
-la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió
-diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que
-tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de
-la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió
-prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--,
-creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será
-menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana
-debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi
-memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece
-el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora
-la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del
-peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron
-a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de
-muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto
-de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una
-sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a
-comer.
-
-Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más
-acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno
-de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no
-ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a
-influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a
-saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se
-habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes
-elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se
-suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían
-incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los
-divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba
-de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de
-aquellos caballeros por un mozo muy discreto.
-
-Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir
-la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron
-en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una
-ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador
-con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se
-acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para
-que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de
-cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba
-de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que
-siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en
-casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la
-aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza
-Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se
-habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que
-usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al
-cabo murió más llorada del ama que del amo.»
-
-Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me
-pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino.
-No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y,
-compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin
-pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de
-que se había prendado.
-
-Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la
-ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo
-mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la
-atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha
-gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan
-crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo
-estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol
-negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí
-también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera
-vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel
-Triaquero.
-
-
- CAPITULO V
-
- Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué
- éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia.
-
-
-Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las
-personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros
-de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura
-como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches
-para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas
-aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda
-clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me
-disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron.
-Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me
-llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que
-podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de
-alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de
-las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso.
-«No hay que admirarse de eso--me respondió--, porque la tragedia
-que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero,
-apellidado _el poeta de moda_. Cuando los carteles de los cómicos
-anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se
-pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa;
-todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se
-estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla
-el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se
-respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda--dije entonces
-al gobernador--que esa viva curiosidad del público, esa furiosa
-impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don
-Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»
-
-Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los
-actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el
-principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin
-de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el
-teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba
-modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros
-y damas le llenaban a competencia.
-
-Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después
-llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy
-apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto
-de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la
-cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes
-de la tragedia?--preguntó un caballero de Santiago--. ¿No es esto lo
-que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones
-tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es
-un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo--respondió un
-caballero de Alcántara--que nadie pueda pensar de él de otra manera.
-Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo
-Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el
-señor--añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano--, que
-me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste
-usted, caballero--le respondió el de Madrid con cierta risita falsa--.
-Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con
-tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos
-por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la
-escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos
-haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad
-no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado
-en la escena. Por eso antes de calificar un poema--prosiguió--lo
-examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un
-autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían
-composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los
-cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber
-juzgado que eran dignos de ella.»
-
-«¡Oh! Por cierto--interrumpió el caballero de Santiago--, nosotros
-no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que
-se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su
-mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención,
-sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para
-persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta
-deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los
-Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran
-maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón
-como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este
-discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto,
-señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la
-primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de
-su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que
-sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena
-rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos,
-frecuentemente muy obscuros.»
-
-Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan
-loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase
-de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión
-de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un
-efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a
-los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel,
-y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y
-ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al
-cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega,
-raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos
-los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya
-suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno
-ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las
-Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así
-como formáis la nuestra, hace mención de él.»
-
-Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la
-concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me
-condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto.
-Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi
-señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano
-de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un
- religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso.
-
-
-Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y
-salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un
-cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los
-ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de
-todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él
-a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios
-capítulos de esta historia.
-
-Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que
-en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos,
-lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!--dije--. ¿Se
-habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar?
-¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve
-demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante.
-
-Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, adonde fuí al momento
-con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese
-al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve
-necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a
-la puerta del monasterio otra cara que yo conocía trocó mi duda en
-certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi
-antiguo criado.
-
-Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos allí. «¿Será acaso
-una ilusión?--le dije al saludarle--. ¿Es realmente un amigo mío el
-que tengo a la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió no
-conocerme; pero considerando que era inútil la ficción y haciendo como
-quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil
-Blas!--exclamó--. ¡Perdone usted si no le conocí tan prontamente! Desde
-que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que
-prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de
-lo que he visto en el mundo.»
-
-«Tengo un verdadero gozo--le dije--de volverte a ver después de diez
-años con un traje tan respetable.» «Y yo--respondió--me avergüenzo de
-presentarme con él a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida;
-este hábito me la está continuamente reprendiendo. ¡Ah!--añadió dando
-un suspiro--. ¡Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre
-en la inocencia!» «Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer--le
-repliqué--, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Señor
-os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente
-por saber de qué modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don
-Rafael, porque estoy persuadido de que es él a quien acabo de encontrar
-en la ciudad en hábito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido
-en la calle para hablarle y le espero aquí para reparar mi falta cuando
-se retire al monasterio.»
-
-«No se engañó usted--me dijo Lamela--; el mismo don Rafael es a quien
-usted ha visto. Y en cuanto a la relación que usted me pide, es la
-siguiente: Después de habernos separado de usted cerca de Segorbe,
-el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con ánimo de
-hacer allí alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrásemos
-en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando
-en el coro; detuvímonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma
-experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud.
-Admirámonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y
-desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba
-ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su
-conciencia. Haciendo estas observaciones caímos en una meditación que
-nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos
-buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos
-llenó de turbación y de inquietud. «Lamela--me dijo don Rafael luego
-que salimos de la iglesia--, ¿qué impresión ha causado en ti lo que
-acabamos de ver? Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no tengo
-el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos
-y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En
-igual disposición me hallo yo--le respondí--. Las malas acciones que
-he cometido se levantan en este instante contra mí, y mi corazón, que
-jamás había sentido remordimientos, está en la actualidad despedazado
-por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio--continuó mi compañero--, somos dos
-ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver
-al aprisco! El es, amigo mío. El es quien nos llama. No seamos sordos
-a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolución en
-que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande
-negocio de nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra vida en
-este monasterio y consagrarla a la penitencia.» Aprobé el pensamiento
-de Rafael--prosiguió el hermano Ambrosio--y tomamos la generosa
-resolución de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al
-padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar
-nuestra vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos tratase como
-a religiosos durante un año entero. Observamos las reglas con tanta
-exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estábamos
-tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos
-valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admitió
-a la profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado don Rafael
-un talento a propósito para el manejo de negocios, le nombraron para
-aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Más hubiera
-querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oración, pero
-se vió obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tenía de
-él. Adquirió un conocimiento tan completo de los intereses de la casa,
-que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres
-años después. Y así está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede
-decirse que le desempeña con grande satisfacción de los padres, que
-alaban mucho su conducta en la administración de los bienes temporales.
-Pero lo que más me admira es que, a pesar del cuidado que se le confió
-de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna.
-Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas
-meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este
-monasterio.»
-
-Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con un grande movimiento de
-gozo que manifesté al ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de
-nosotros. «¡He aquí--exclamé--, he aquí el santo procurador que yo
-estaba esperando con tanta impaciencia!» Y al mismo tiempo corrí hacia
-él y le di un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la más
-leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteración,
-«¡Sea Dios loado, señor de Santillana!--me dijo con una voz llena
-de dulzura--. ¡Dios sea loado por el placer que me causa el veros!»
-«Verdaderamente--le dije--, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte
-posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia
-de vuestra conversión y confieso que su relación me ha encantado.
-¡Qué ventura la vuestra, amados amigos míos, la de poder lisonjearos
-de ser de aquel corto número de escogidos que deben gozar de una
-bienaventuranza eterna!»
-
-«Dos miserables como nosotros--respondió en tono muy humilde el
-hijo de Lucinda--no podían concebir semejante esperanza; pero el
-arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre
-de las misericordias. Y usted, señor Gil Blas--añadió--, ¿no piensa
-también en merecer que el Señor le perdone las culpas que contra él
-ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted a Valencia? ¿Ejerce,
-por desgracia, algún empleo peligroso?» «No, a Dios gracias--les
-respondí--; desde que salí de la corte hago una vida honrada. Unas
-veces gozo de la inocente diversión del campo, en una hacienda que
-tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme
-algunos días con mi amigo el señor gobernador, a quien ustedes dos
-conocen muy bien.»
-
-Entonces les conté la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con
-atención, y cuando les dije que yo había llevado de parte de este señor
-a Samuel Simón los tres mil ducados que le habíamos hurtado, Lamela
-me interrumpió, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: «Según eso,
-padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se
-le ha restituído con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia
-bien tranquila sobre este punto.» «Con efecto--dijo el procurador--,
-antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos el hábito hicimos entregar
-secretamente a Samuel Simón mil quinientos ducados por mano de un
-honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a
-hacer esta restitución secreta. Tanto peor para Samuel si fué capaz de
-embolsarse esta cantidad después de haber sido reintegrado por el señor
-de Santillana.» «Pero esos mil quinientos ducados--repliqué yo--, ¿se
-le entregaron fielmente?» «Sin duda alguna--contestó don Rafael--; yo
-respondería de la integridad del eclesiástico como de la mía.» «Y yo
-también la abonaría--dijo Lamela--, especialmente después que ganó dos
-pleitos que le suscitaron por depósitos que se le habían confiado y en
-los que fueron condenados en costas sus acusadores.»
-
-Nuestra conversación duró todavía algún tiempo y luego nos separamos,
-ellos exhortándome a que tuviese siempre presente el santo temor de
-Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. Fuí al momento a verme
-con don Alfonso y le dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién
-acabo de tener una larga conversación. No hago más que separarme de
-dos venerables cartujos que vuestra señoría conoce: el uno se llama
-el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas--me
-respondió don Alfonso--, porque no conozco a ningún cartujo.» «Perdone
-vuestra señoría--le repliqué--, pues conoció en Chelva al hermano
-Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al padre Hilario, secretario.»
-«¡Oh cielos!--exclamó sorprendido el gobernador--. ¿Será posible que
-Rafael y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo--le respondí--,
-y años ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el
-segundo, portero.»
-
-Quedó pensativo algunos momentos el hijo de don César y luego, meneando
-la cabeza, dijo: «¡Harto será que el señor comisario de la Inquisición
-y su secretario no estén representando aquí una nueva comedia!»
-«Usía--repuse yo--juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo,
-que vengo de hablarles, juzgo más benignamente. Es verdad que no se
-ve en el fondo de los corazones, mas, según todas las apariencias,
-éstos son dos bribones convertidos.» «Bien puede ser--respondió
-don Alfonso--, porque hay muchos libertinos que después de haber
-escandalizado al mundo con sus desórdenes se encierran en los claustros
-para hacer una rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que nuestros
-dos monjes fueran de estos libertinos.»
-
-«¿Y por qué no lo serían?--le dije--. Ellos han abrazado
-voluntariamente la vida monástica muchos años ha y se portan en ella
-con la mayor edificación.» «Di todo lo que quisieres--me contestó el
-gobernador--, pero a mí nada me gusta que los caudales del monasterio
-estén en poder del padre Hilario, de quien no podría menos de
-desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relación que nos hizo de sus
-aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como tú,
-que haya tomado el hábito con muy buena intención, pero el manejo del
-dinero puede despertar su codicia. A ningún borracho que ha dejado el
-vino se le debe fiar la llave de la bodega.»
-
-Pocos días después se verificó no ser infundada la desconfianza del
-gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero
-con el dinero del monasterio, noticia que no dejó de dar que reír a
-los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos
-que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a mí, nos
-compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocíamos a los
-apóstatas.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable
- que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia.
-
-
-Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y
-viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias
-y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas,
-proporcionándome todas estas diversiones tanto el señor gobernador como
-la señora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que
-ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar
-a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad.
-Convinimos en que permanecería en la ciudad el invierno y el verano en
-mi quinta. Con esta condición me dejaron libertad mis bienhechores para
-que me fuese a gozar de sus beneficios.
-
-Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegró infinito de ella,
-aumentándose su gozo con la relación que le hice de mi viaje. «Y tú,
-amigo mío--le pregunté--, ¿qué te has hecho aquí durante mi ausencia?
-¿Te has divertido mucho?» «Cuanto puede hacerlo--me respondió--un
-criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado
-por todos los puntos de nuestros pequeños Estados, y sentándome
-unas veces junto a la fuente que está en el bosque, contemplaba con
-particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como
-las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso
-bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un árbol oía cantar a
-los ruiseñores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que
-me ha gustado aún más que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de
-muchos libros tan útiles como entretenidos.»
-
-Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole dónde
-había hallado aquellos libros. «Los he encontrado--me respondió--en
-una selecta librería que hay en casa, que me ha enseñado el maestro
-Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta librería?--le volví a
-preguntar--. ¿No registramos toda la casa el día que llegamos?» «Así
-le pareció a usted--me respondió--; pero sepa que solamente recorrimos
-tres distritos, olvidándosenos el cuarto, y allí es donde don César,
-cuando venía a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura.
-Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos han dejado como un
-recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados
-de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de él. Los
-señores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado
-tanto del alimento espiritual como del corporal.»
-
-Esta noticia me causó una verdadera alegría. Hice que me enseñasen el
-cuarto distrito, en el cual se me ofreció un espectáculo muy agradable.
-Halléme en una vivienda que desde luego destiné para mi morada, como
-don César la había escogido para sí. La cama de dicho señor estaba
-allí todavía con todos los adornos, es a saber: una tapicería que
-representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cámara pasé a un
-gabinete que tenía estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre
-la estantería los retratos de todos nuestros reyes. Había también en
-él, al lado de una ventana que tenía vistas a una campiña deliciosa,
-un escritorio de ébano delante de un gran sofá de tafilete negro; pero
-lo que principalmente llamó mi atención fué la librería. Componíase
-de obras de filósofos, poetas, historiadores y gran número de libros
-de caballerías. Conocí que don César gustaba de éstos en vista de
-los muchos que de esta clase había juntado. Confieso, no sin rubor,
-que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las
-extravagancias de que están atestadas, ya porque no fuese entonces un
-lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los españoles muy
-indulgentes. Con todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite en
-los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis
-autores favoritos.
-
-«Amigo mío--dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería--,
-aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra
-cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted--me
-respondió--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado
-bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente.
-Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo,
-y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del
-arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto
-de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones:
-la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le
-perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser
-muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en
-ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó
-y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como
-tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad
-del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que
-me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no
-quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosiguió--,
-es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos,
-como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar
-muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa
-escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me
-parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a
-los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría
-yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.»
-
-Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos
-quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y
-despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo
-día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos
-doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos
-establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que
-correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos
-a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero
-mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no
-era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín.
-La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y
-delicadas.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.
-
-
-Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio,
-mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme
-el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él,
-tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en
-eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar
-con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez
-y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares,
-tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo
-estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y
-unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la
-sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido
-atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las
-lacedemonias.
-
-Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su
-hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella
-Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle
-algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la
-fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado,
-turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que
-conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las
-alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no
-deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo
-un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar.
-Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos
-cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido
-silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro,
-extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad
-que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que
-iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia,
-se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla
-de mi vista para siempre.
-
-Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro
-remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que
-vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi,
-aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y
-en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso;
-pero--añadió--esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque
-a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego--respondí--. ¡Ah
-hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de
-repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con
-que ella ha atravesado mi corazón.»
-
-«Mucho gozo me causa usted--replicó mi secretario--en confesarme que al
-fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad
-de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios,
-tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé--continuó--que nos costará
-algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi
-cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una
-secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión--le respondí--,
-quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer
-experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de
-esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y
-así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo
-que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con
-tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo,
-ciertamente--me respondió--, que usted tomase tan de golpe semejante
-resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se
-hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni
-se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después
-de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás--añadió--, no crea
-usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de
-su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario
-es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda
-entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy
-mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá
-con ella misma.»
-
-Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía.
-Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi
-gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el
-temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar
-desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña
-cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré
-satisfechos mis deseos.» «Así es--me respondió--, mi querido amo.
-Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a
-su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber
-que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de
-Antonia.» «¡Oh Cielo!--interrumpí todo enajenado de gozo--. ¡Conque he
-tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude
-usted--me respondió--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión
-no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que
-ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosiguió--,
-usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os
-inquietéis por eso--me dijo--; este rival no os robará el corazón de
-vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah
-ladrón!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. ¡Ve ahí por qué
-ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente--añadió
-Escipión--, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué
-negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá--le
-repliqué yo--deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que
-quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un
-rival peligroso.» «Tiene usted razón--respondió mi confidente--; se
-le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se
-ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer
-de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continuó Escipión--, no deja
-de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a
-la seguridad de usted.» «No debes--le dije--sentir tanto su pérdida,
-porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero
-que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don
-Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me
-envió uno que consoló a Escipión.
-
-Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que
-Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la
-conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo
-se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de
-ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto
-me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi
-embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de
-haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible
-satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría--añadió--que se la doy
-porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría
-más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos
-los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido
-grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga
-una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna--le dije--;
-su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría
-mil gracias--exclamó--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún
-descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a
-Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría
-de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas
-de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a
-mil en gracia de este matrimonio.»
-
-«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respondí--, y nunca
-reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de
-acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía
-tiene ya el mío--me dijo--; ¿y éste no basta?» «No--le respondí--. Si
-el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende
-del mío--repuso él--, y no se atreverá a resollar en mi presencia.»
-«Antonia--le repliqué--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda
-estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión
-lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría
-de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des
-su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué
-diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable
-vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que
-nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y
-me dejó un momento a solas con ella.
-
-Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto.
-«Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el
-consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para
-violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio
-si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.»
-«Eso es, señor--me respondió ella--, lo que nunca os diré. Vuestra
-solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en
-vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No
-sé--prosiguió--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no
-me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por
-qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?»
-
-Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado,
-hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi
-alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán
-tierno y apasionado. «Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me
-hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu
-esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda
-lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con
-la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste
-de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si
-me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse
-conmigo. «Y bien--me dijo--, ¿está vuestra señoría contento con la
-respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto--le respondí--, que desde este
-momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho
-esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con
-mi secretario.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo;
- qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró.
-
-
-Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme,
-juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la
-gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio
-y aun de pedirles su consentimiento por política.
-
-Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos
-de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso,
-que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil
-enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me
-hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de
-que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía
-que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a
-la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme
-asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones,
-me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero--añadió
-con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con
-que había correspondido al amor de Séfora--, aunque no me hubieran
-ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque
-sé lo delicado que es.»
-
-No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino
-que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta.
-«Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de allí
-hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la
-boda, que ese es cuidado nuestro.»
-
-Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi
-quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros
-protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué
-posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días,
-pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras
-dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia,
-escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me
-entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor
-que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al
-otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia.
-Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo,
-Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos,
-precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y
-seguido de la guardia del gobernador.
-
-Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de
-ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a
-saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó
-admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina--preguntó don César a su
-nuera--, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección
-mejor?» «No--respondió Serafina--; parece que nacieron el uno para el
-otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron
-mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún
-más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues,
-según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado
-otros en su vida.
-
-Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre
-nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar
-y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos
-a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor
-para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los
-habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes
-había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban
-consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en
-la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición
-de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una
-para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la
-mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera,
-porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda
-y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó;
-no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas
-estuviesen bien servidas y todos contentos.
-
-Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida,
-y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos
-de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron
-con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una
-alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento
-que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde
-yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas
-de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento.
-Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en
-hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos
-nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en
-efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando
-de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja:
-«¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto!
-¡Ninguno puede evitar su desgracia!--añadió--. ¡Acabo de encontrar a mi
-mujer en una de las criadas de Serafina!»
-
-«¡Qué es lo que oigo!--exclamé--. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso
-el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?»
-«Sí, señor--me respondió--, soy su marido, y juro a usted que no podía
-la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.»
-«Ignoro, amigo mío--repliqué--, las razones que tienes para quejarte de
-tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te
-ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público
-tu resentimiento.» «Señor--repuso Escipión--, quedaréis satisfecho de
-mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.»
-
-Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras
-también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura
-como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver,
-«¡Ah mi querida Beatriz!--le dijo--¡Conque al fin el Cielo nos vuelve
-a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para
-mí!» «Yo no sé--le respondió su mujer--si experimentas realmente algún
-placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida
-de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me
-encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba
-enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró
-a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te
-trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de
-un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis
-descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho
-para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que
-sí--continuó ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se
-casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió;
-pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su
-servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te
-podrán informar de la pureza de mis costumbres.»
-
-No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía
-probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su
-esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de
-ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por
-él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no
-pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse
-a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos
-dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa
-juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos,
-y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella
-reconciliación que para festejar mi boda.
-
-La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella
-los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el
-ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las
-otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se
-pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con
-las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron
-en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César
-otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con
-ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas
-que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una
-parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me
-había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el
-concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron
-al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de
-lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué
-interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro,
-los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba.
-«Hijos míos--les dijo--, en este día de regocijo se acrecienta mi
-satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión--añadió--,
-ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido
-siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú,
-Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta
-que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya
-a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió
-tratarla con todas las atenciones imaginables.
-
-Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber
-estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta.
-Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger,
-el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y
-los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué
-que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora
-quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a
-Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se
-dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.
-
-
- CAPITULO X
-
- Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella
- Antonia. Principio de la historia de Escipión.
-
-
-Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia,
-después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que
-mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras
-mujeres y nuestros criados.
-
-El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no
-fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como
-le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le
-había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó
-fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin,
-todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una
-suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos.
-Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun
-cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer
-la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una
-de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la
-concurrencia.
-
-Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al
-sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor
-que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla
-esa boca--le dije--, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos
-alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor--me
-respondió--. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don
-Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya--le repliqué--; pero este gusto
-nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que
-jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la
-historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el
-menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que
-usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas
-estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la
-palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de
-causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos
-al sueño.
-
-«Yo--comenzó a decir Escipión--sería hijo de un grande de España de
-primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago
-o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno
-es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado
-Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad.
-Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le
-obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre
-Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba
-sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila
-echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando
-cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero--contestó
-ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de
-comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable--replicó
-él--, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias
-a Dios--respondió la gitanilla--, tengo varias habilidades; sé hacer
-pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la
-buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las
-cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un
-espejo.»
-
-»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido
-muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le
-producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la
-mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña
-la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se
-casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio.
-Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender
-pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco,
-comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su
-casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron
-bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana.
-No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya
-llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era
-único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella
-que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado
-palabra de casamiento se la cumpliría.
-
-»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi
-madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se
-cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por
-haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba
-frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de
-la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le
-revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla.
-
-»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al
-diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía
-el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la
-aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con
-lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al
-aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán
-majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la
-espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus
-ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo
-tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años,
-me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa
-unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de
-la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a
-leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me
-distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo
-era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a
-misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina;
-pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a
-pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más,
-un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez
-de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de
-Sevilla.
-
-»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí
-de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba
-qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía
-lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado
-dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca
-había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar.
-Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y
-para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé
-a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los
-azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de
-cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando
-satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de
-declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de
-aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse
-a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la
-misma. «Hijito mío--me dijo sonriéndose--, me parece que los dos nos
-hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi
-ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le
-haga a usted--le respondí con bastante sequedad--, que yo ninguna gana
-tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una
-grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío,
-no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad,
-pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos
-circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me
-idolatran. Vente conmigo--añadió--y te pondré un hábito como el mío. Si
-te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida
-que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte,
-sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo
-el bien que pueda.»
-
-»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias
-preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he
-tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas
-frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había
-comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en
-el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las
-quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de
-que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena
-provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.»
-Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada
-encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba
-vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no
-muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí.
-
-»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos
-pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como
-la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía
-también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito--me dijo luego
-que nos levantamos de la mesa--, ¿estás contento con mi trato? De este
-modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este
-ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes
-cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás
-para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que
-los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y
-pescado; no te pido más.» «Haré--le respondí--todo lo que usted quiera,
-con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse
-de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano
-ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis
-inclinaciones.
-
-»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por
-el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano
-que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno
-daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina
-y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita
-víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban
-al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les
-servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle,
-pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando
-dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de
-males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban
-tener hijos.
-
-»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien
-tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era
-desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera
-una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera
-que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano
-Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él
-mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión.
-Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a
-todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga.
-Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían
-en verme.
-
-»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y
-regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me
-aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas
-no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que
-debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo
-abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir.
-
-»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de
-cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser.
-Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un
-movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje
-que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a
-la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces
-más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre
-partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como
-unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.
-
-»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los
-aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que
-por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere,
-apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme,
-cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle,
-que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por
-mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un
-saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de
-dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto
-a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que
-llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.
-
-»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo--continuó Escipión--, y no
-dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré
-sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas
-a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos
-allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede
-hacer un hombre de bien.
-
-»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de
-Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo,
-que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé,
-pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya
-huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las
-cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego
-que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me
-había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era
-y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía
-en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo--me volvió a
-preguntar--, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía
-lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera
-que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para
-llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo--repuso
-la mesonera--para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque
-correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y
-debo. No te señalaré salario--añadió--, porque los muchos caballeros
-que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que
-seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.»
-
-»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la
-facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no
-me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando
-sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que
-nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo
-que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me
-podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para
-guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en
-fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra
-parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible.
-
-»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la
-cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los
-huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo
-recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la
-cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para
-que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de
-los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que
-nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba
-al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía
-yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas
-veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que
-solamente los avaros pueden comprender suficientemente.
-
-»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces
-al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar,
-y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué
-era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a
-escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas
-que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con
-él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió
-creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó
-del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó
-al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que
-me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho
-desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería
-aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada
-le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más
-crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano
-Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona.
-
-»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo
-único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar
-lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión
-a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de
-Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste
-estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin
-de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí.
-«¡Cuánta lástima--dijo--me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es
-que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión
-haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no
-haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome
-la palabra, «Hijo mío--añadió--, ¿de qué lugar de España eres y quiénes
-son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada.
-Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.»
-
-»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué
-insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y
-lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo
-cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los
-ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano
-Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar;
-pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero
-y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte
-puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto
-era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines,
-no paró aquí. «Hijo mío--prosiguió--, quiero empeñarme a favor tuyo y
-buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo
-con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de
-aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el
-número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos
-beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte
-con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.»
-
-»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los
-azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir
-como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando,
-llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la
-una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi
-compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa
-del prójimo. «Querido Escipión--me dijo--, en verdad que tienes un
-buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de
-lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a
-quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo.
-No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento
-y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo,
-colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte
-en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás
-en su casa a pedir de boca.»
-
-»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba,
-continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo
-celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar
-hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un
-pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el
-mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger
-sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba
-en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de
-los huérfanos, concebida en estos términos:
-
-«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un
-bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy
-despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle
-encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de
-él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan
-piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Gálvez_.»
-
-»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena
-intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había
-de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas
-del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de
-un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del
-hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto
-me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo
-tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es
-verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de
-talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues
-no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a
-cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres
-servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo
-como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así--me
-replicó--, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice
-sin réplica.
-
-Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba
-don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba
-un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean
-ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para
-fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al
-barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho
-esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las
-once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba
-tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome
-libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la
-noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él
-muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea
-muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de
-galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no
-podía hallar otro que más se adaptase a mi genio.
-
-»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me
-preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado
-que no podía estarlo más, «Pues bien--me replicó--, mañana saldremos
-para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver
-aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir
-que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_.» «¡Que me
-place!--respondí yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte
-del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de
-caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al
-siguiente tomamos el camino de Andalucía.
-
-»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía
-cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de
-lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos
-que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados
-a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta
-de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló
-diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla
-encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces
-volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el
-enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por
-qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor--le respondí
-yo--, porque enteramente se me olvidó.»
-
-»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas
-tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el
-templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo,
-esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación!
-¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué
-no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia,
-como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes
-hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy
-enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que
-me dió por tan pequeño motivo.
-
-»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa
-muy acalorado. «Escipión--me dijo--, he determinado irme a Italia
-y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo
-mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y
-aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del
-mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en
-desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de
-vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso.
-Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no
-pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré
-casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas
-amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las
-bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba
-de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté
-qué le parecía esta determinación.
-
-»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después
-afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un
-hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza
-que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no
-pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu
-afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo
-después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural
-propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un
-robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo
-la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el
-éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino
-a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en
-que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo
-cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?--me dijo.--¡Sábete que
-cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!»
-Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una
-paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo
-paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí
-a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.
-
-«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi
-turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el
-guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó
-para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me
-volvió a preguntar mi amo. «Señor--le respondí más muerto que vivo--,
-le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana
-para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú--me replicó--en qué buque me
-había de embarcar?» «Señor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene,
-a Roma va_: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír
-esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos
-que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero
-dime--replicó otra vez--: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera
-de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo--le dije--. ¿Ya no se
-acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo
-usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi
-obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba
-a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador,
-conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me
-despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí
-no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El
-Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una
-carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia--añadió mudando de
-tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!»
-
-»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de
-miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y
-eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que
-se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal
-a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un
-olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!--dije
-entre mí--. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me
-regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los
-cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para
-probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto
-no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento,
-me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me
-salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las
-cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: _¡Socorro!
-¡Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.
-
-»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego,
-cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no
-viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué
-gritaba de aquella manera. «¡Señores--les respondí fingiendo miedo--,
-por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me
-quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?--exclamó Diego--. Porque tú
-estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo
-mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en
-asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio,
-porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no--le
-dije al cocinero--; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que
-quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!»
-«Si fuese así--replicó el cocinero--, en verdad que tendrá que
-aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te
-dejaremos salir hasta mañana.»
-
-»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni
-lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las
-cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta
-quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de
-exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando
-conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz
-llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado.
-Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los
-cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente
-fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho
-en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis
-mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han
-asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda
-franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra
-tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso
-así, amigo mío--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por
-criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto
-del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser
-admitido entre los marmitones.
-
-»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro
-Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas
-grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a
-sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya
-trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda
-de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas
-las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no
-contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía
-también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor
-arzobispo.
-
-»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis
-mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo
-en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en
-representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la
-de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que
-hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo,
-que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y
-con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería
-yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo,
-no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón
-un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados
-se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando
-viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que
-todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la
-función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la
-ciudad.
-
-»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que
-le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó
-acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme,
-quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre
-un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones
-y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo
-metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una
-corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas
-con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color
-de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos
-graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían
-se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme.
-Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una
-relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las
-dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre
-bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado;
-pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir
-a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla
-oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a
-propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con
-mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha
-escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «_¡A un lado!
-¡A un lado, que voy a mudar de traje!_» Todos se pusieron en fila para
-dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente
-del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el
-valentón.
-
-»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo
-reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se
-lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó
-por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos
-correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido
-en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos
-largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi
-jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso
-no te dé cuidado--me respondió--; conozco a un prendero muy hombre de
-bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con
-preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré
-y le traeré aquí.»
-
-»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en
-la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un
-lío cubierto con tela amarilla. «Amigo--me dijo--, aquí te presento
-al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar
-del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia
-lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte
-ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso--dijo el prendero--,
-me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una
-cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha
-tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos--añadió--esa ropa que usted
-quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está--dijo
-el valentón poniéndosela delante--. No me negará usted que nada hay más
-magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo
-exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta--respondió
-el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor
-atención--; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace
-usted--le preguntó mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?»
-«Si fueran redondas--respondió Ibáñez--no tendrían precio; pero tales
-cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni
-puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi
-lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio
-y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que
-tengo conciencia, ofrezco cuarenta.»
-
-»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un
-apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de
-doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira
-la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El
-señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de
-la muerte.» «Así es--respondió el prendero--, y por eso no hay que
-andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto,
-éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere
-usted!--replicó el valentón--. Antes de eso es menester que mi amiguito
-se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho
-me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el
-prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo
-con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el
-vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los
-dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en
-diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me
-fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del
-bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras
-reales y de mi corona, y se lo llevó.
-
-»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de
-este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que
-le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se
-contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había
-sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión,
-te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al
-momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que
-se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el
-mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para
-inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una
-prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de
-Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas,
-salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que
-entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres
-días llegué a Córdoba.
-
-»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los
-mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que
-viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para
-hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del
-posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años
-no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa
-de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él
-no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá
-por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por
-seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente
-había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta
-doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían
-sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro
-y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de
-los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y
-embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían
-reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que
-por burlarnos de ellas.
-
-»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel
-estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón
-de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una
-conversación que me importaba. «Señores--exclamó al fin de la cena--,
-les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días
-pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de
-Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.»
-Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba
-a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto
-el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba;
-es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que
-voy a referir a ustedes.
-
-»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que
-se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con
-el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me
-creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se
-quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la
-comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan,
-éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la
-bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la
-voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y
-dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey
-de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.»
-«¡Bendito sea Dios!--exclamó el arzobispo--. ¡Ha hecho muy bien en
-huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas
-que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su
-reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando
-seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su
-majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que
-dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase
-la comedia.
-
-
- CAPITULO XI
-
- Prosigue la historia de Escipión.
-
-
-»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones
-conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó
-a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una
-mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla
-desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres
-dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre
-y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le
-di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto
-una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de
-haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.»
-
-»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad
-me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera--le
-respondí--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase
-bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más--le contesté--,
-porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o
-habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.»
-«Si llegara ese caso--repuso él--, se le haría a usted muy cuesta
-arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se
-hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin
-disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere
-más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro
-de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil;
-hállese aquí mañana a esta misma hora.»
-
-»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día siguiente al mismo sitio,
-en donde no tardó mucho en presentarse el mendigo, que, acercándose
-a mí, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo así, y me
-llevó a un sótano no distante de la misma iglesia y en el cual tenía
-su albergue. Entramos ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco
-largo que por lo menos habría servido cien años, el pobre me habló de
-esta manera: «Una buena acción, como dice el refrán, halla siempre
-su recompensa. Ayer me dió usted limosna, y esto me ha determinado
-a proporcionarle una buena colocación, la que, si Dios quiere, se
-conseguirá muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre
-Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual;
-tengo el honor de ser su demandadero, y desempeño este empleo con tanta
-discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento
-en mi favor y en el de mis amigos. Yo le hablé de usted, y le dejé
-muy inclinado a servirle. Le presentaré a su reverencia cuando usted
-quiera.» «¡No hay que perder momento!--dije al viejo mendigo--. ¡Vamos
-ahora mismo a ver ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al
-momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos
-escribiendo cartas espirituales. Suspendió su trabajo para hablarme,
-y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. «Habiendo
-sabido--continuó--que el señor Baltasar Velázquez necesita de un criado
-le he escrito esta mañana en tu favor, y acaba de responderme que te
-recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. Puedes ir hoy mismo a
-verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre esto el
-religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a
-que cumpliese bien con mis deberes, y se extendió particularmente sobre
-la obligación que yo tenía de servir con esmero al señor Velázquez; y
-concluyó asegurándome que él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con
-tal que mi amo no tuviese queja de mí.
-
-»Después de haber dado gracias por su favor al religioso, salí del
-convento con el pordiosero, quien me dijo que el señor Baltasar
-Velázquez era un mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso;
-«y no dudo--añadió--que lo pasará usted perfectamente en su casa». Me
-informé del sitio donde vivía, y al momento pasé allá después de haber
-prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan
-pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entré en una gran
-tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de
-un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntéles
-si el amo estaba en casa, y les dije que tenía que hablarle de parte
-del padre Alejo. Al oír este nombre venerable me hicieron entrar en la
-trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento
-que tenía sobre el escritorio. Saludéle respetuosamente, y habiéndome
-acercado a él, «Señor--le dije--, yo soy el mozo que el reverendo padre
-Alejo le ha propuesto para criado.» «¡Ah, hijo mío--me respondió--;
-seas muy bien venido! Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo a
-mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han
-hablado. Es negocio concluído, y desde hoy te corre el salario.»
-
-»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que
-era tal cual me le habían pintado, y aun me pareció tan sencillo que
-no pude menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar de jugarle
-alguna pieza. Hacía cuatro años que estaba viudo y tenía dos hijos: un
-varón que acababa de cumplir veinticinco años y una hembra que entraba
-en los quince. Esta, educada por una dueña severa y dirigida por el
-padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez,
-su hermano, aunque nada se había omitido para hacerle hombre de bien,
-tenía todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o
-tres días fuera de casa, y si cuando volvía le daba el padre alguna
-reprensión, Gaspar le mandaba callar levantando la voz más que él.
-
-«Escipión--me dijo un día el viejo--, tengo un hijo que me da
-mucho que sentir. Está envuelto en todo género de desórdenes, lo
-que verdaderamente extraño, porque su educación de ningún modo fué
-descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo
-ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin
-haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje.
-Acaso me dirás que le he tratado con demasiada indulgencia en la
-pubertad y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he castigado
-siempre que me pareció necesario el rigor, porque, aunque soy tan
-bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice
-encerrar en una casa de corrección, de donde salió peor que entró en
-ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden
-corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; sólo Dios
-puede hacer este milagro.»
-
-»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado padre, a lo
-menos aparenté que la tenía. «¡Cuánto me compadezco, señor!--le dije--.
-Un hombre tan honrado como usted merecía tener mejor hijo.» «¿Qué le
-hemos de hacer, hijo mío?--me respondió--. ¡Dios ha querido privarme de
-este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar--continuó--, te diré
-en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinación
-a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer,
-a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de
-inteligencia con él y por eso le despedí; pero de ti espero que no te
-dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con celo y fidelidad por mis
-intereses, como sin duda te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.»
-«Así es, señor--le repliqué--; durante una hora su reverencia no hizo
-otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien
-de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su
-exhortación, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente,
-y por último le prometo un celo a toda prueba.»
-
-»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las dos partes. El mocito
-Velázquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía
-que yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, me llamó a
-un paraje retirado y me habló en estos términos: «Escucha, amigo mío:
-estoy persuadido de que mi padre te habrá encargado que me espíes;
-pero te advierto que mires cómo lo haces, porque este oficio tiene sus
-quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he
-de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engañar a mi padre, puedes
-esperarlo todo de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más claro?
-Tendrás tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este
-mismo momento declárate por el padre o por el hijo, porque no admito
-neutralidad.»
-
-«Señor--le respondí--, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré
-menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser
-traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!--replicó
-Gaspar--. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con
-andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a
-contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de
-veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar
-a mi padre.» «¡Basta, señor!--le dije--. No es posible resistir a un
-motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables
-empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no
-se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si
-aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás,
-sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y
-algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me
-mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar.
-Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le
-serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted
-con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona
-cuanto malo me viniere a la boca.»
-
-«¡Vive diez--exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas
-palabras--que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes,
-muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego
-me prometo de él los más felices resultados y espero que con el
-auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.»
-«Usted me honra demasiado--le dije--confiando tanto en mi industria;
-haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y
-si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»
-
-»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre
-que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el
-arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen
-hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo
-la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces:
-«¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el
-placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me
-daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida,
-entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía,
-después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave
-detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este
-descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi
-querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es
-hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y
-me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un
-cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde
-hay menos bribones.»
-
-»Pero ¿a qué fin--dije a Gaspar--quiere usted mandar hacer una llave
-falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto--me
-respondió--; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro
-motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una
-que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento
-me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana
-mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien
-tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me
-serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos
-grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no
-sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de
-los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía
-hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los
-mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave
-detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder
-debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía.
-
-»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a
-buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina,
-para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que
-acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil
-caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en
-el talego, que yo no quise aceptar. «Señor--le dije--, este primer
-talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades.
-Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios,
-hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de
-ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de
-los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias
-que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos
-como buenos hermanos.
-
-»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en
-estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se
-entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse
-con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran
-y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos
-gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que
-al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión--me
-dijo una mañana--, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba,
-amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella
-muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir
-este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle
-hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú
-mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte
-su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo,
-no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por
-responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me
-tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad
-hipócrita que contribuyó a sincerarme.
-
-»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no
-dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra
-nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya
-llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose
-interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los
-talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar,
-que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado
-a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que
-le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué
-el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado
-a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el
-último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución
-anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su
-heredero.
-
-»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso,
-considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía
-profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya
-a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida,
-dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre,
-el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco
-satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento
-para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme
-al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que
-estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa
-abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida
-al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del
-cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las
-más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo--añadí echándome a sus
-pies--, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la
-indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!»
-
-»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un
-pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios
-tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación;
-lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar
-de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice
-para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente
-las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil
-toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio,
-me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.
-
-»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería
-hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor--le dije--,
-permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.»
-Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación
-y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella
-demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un
-delito de que me arrepiento--le respondí--y que lloraré toda mi vida!
-He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a
-que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo
-lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la
-conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé
-sin omitir la menor circunstancia.
-
-»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo,
-apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de
-la verdad de mi narración, «Escipión--me dijo levantándome del suelo,
-porque estaba todavía arrodillado--, yo te perdono en gracia del
-importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar--continuó alzando la
-voz--, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a
-quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir
-para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días?
-¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y
-no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte
-que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe,
-me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que
-debía hacer en tan delicada coyuntura.
-
-»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría
-aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y,
-sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío,
-he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres
-casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy
-hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al
-matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida,
-veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.»
-Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su
-poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con
-efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos
-en buenas mulas.
-
-»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio
-tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros,
-Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo.
-Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje.
-«Voy a decírtelo--le respondió el anciano mirándole con unos ojos
-en que estaban pintados la cólera y el dolor--. No iremos a Mérida,
-y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para
-atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro
-el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene
-preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido
-lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror!
-Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo.
-Hay--continuó--otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin
-exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y
-en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento
-estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá
-esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo
-Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira,
-Gaspar--añadió--, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber
-engendrado a un malvado como tú!»
-
-»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy
-lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los
-pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le
-pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a
-la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar,
-luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre
-tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a
-montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar,
-y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en
-donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en
-la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo
-penitencia.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Fin de la historia de Escipión.
-
-
-»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La
-conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias
-reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y
-me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído
-de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había
-radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin
-embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es
-menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra,
-y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos
-el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado
-en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin
-embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi
-integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.
-
-»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de
-Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho,
-porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los
-más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me
-encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.
-«Escipión--me dijo un día--, si yo tuviera un criado de tan buen
-humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a
-quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor--le
-respondí--, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo
-inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales
-caballerosos me encantan.» «Siendo eso así--me replicó don Manrique--,
-quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de
-su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo
-Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se
-persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi
-parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un
-mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero
-de Alcántara.
-
-»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era
-un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres
-y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le
-faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más
-ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía
-anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo,
-cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse.
-Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido.
-Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la
-marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos
-modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la
-nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y
-su casa se llamaba _la buena sociedad_.
-
-»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta
-señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle
-en un desasosiego que no era natural. «Señor--le dije--, parece que
-vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa?
-¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?»
-Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le
-ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener
-con la marquesa de Almenara. «Me alegrara--le dije riéndome--que
-esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración
-de amor.» «Pues no lo tomes a chanza--me respondió--; has de saber,
-amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto
-vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os
-miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para
-proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros
-de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al
-público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán
-por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo
-despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único
-que temo--me ha añadido--es que mostréis repugnancia al cumplimiento
-de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosiguió mi
-amo--. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente
-de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar
-en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me
-hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había
-persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto
-me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer
-participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.»
-«Sin duda--le repliqué entonces--que vuestra señoría está ya resuelto a
-saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?--me respondió mi amo--. La marquesa
-es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso
-estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.»
-
-»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de
-adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos;
-tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero,
-por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara,
-y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso
-todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba
-la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique
-de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa
-de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y
-chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a
-los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique.
-Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la
-murmuración. «La novia--se decía--debiera, a lo menos por pudor, haber
-suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas
-ancianas que se casan con mozos.»
-
-»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa
-de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello
-experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo
-convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que
-siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron
-para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y
-conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique,
-ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de
-noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como
-madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora
-no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese
-una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia
-debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas
-instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de
-permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole:
-«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes
-que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he
-casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por
-nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y
-no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.»
-Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose
-ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que
-le acompañase.
-
-»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de
-lo que acabábamos de oír. «Escipión--me dijo mi amo--, ¿esperabas oír
-lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como
-ésta?» «Juzgo, señor--le respondí--, que es de lo que no hay. ¡Qué
-dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin
-carga!» «Yo--replicó don Manrique--no acabo de admirar el carácter de
-una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones
-imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de
-la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había
-en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le
-habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no
-le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto.
-
-»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la
-recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las
-chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo
-que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que
-aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos
-contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba
-y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad.
-Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de
-acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que
-lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse
-la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que
-pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato
-que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la
-que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que
-parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él.
-
-»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a
-esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase.
-Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez.
-Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo
-pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de
-criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra,
-por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de
-Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán
-ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones
-y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de
-cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró
-su tesorero.»
-
-«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó
-a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!--me replicó con
-semblante sereno y formal--. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo
-a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso
-habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me
-cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio
-del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún
-alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá
-hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de
-rectitud y probidad.
-
-»Hallábame, pues--continuó el hijo de la Coscolina--, de secretario y
-tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo
-estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban
-que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le
-fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad
-para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con
-él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de
-cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores
-caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos
-a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría
-de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros
-pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía.
-
-»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo
-visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que
-por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba
-su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo
-trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su
-dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban
-a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo
-don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente
-me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a
-esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas
-mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi
-virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes
-vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una
-linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz
-más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte
-impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de
-varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de
-doña Julia, hija segunda del conde de Polán.»
-
-Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y
-dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia--le dijo--, míreme
-usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de
-divinidad!» «Por lo menos entonces--le dijo Escipión--lo tenías a mis
-ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces
-más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan
-amorosa, prosiguió así su historia:
-
-«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor
-legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su
-virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo
-conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y
-mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó
-con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos,
-y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que
-aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique.
-Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio
-por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la
-señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de
-Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo
-de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por
-una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos
-esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo:
-era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada
-para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia,
-y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque
-algunas veces no dejaba de ser bien largo.
-
-»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las
-anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar
-abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella
-un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido
-lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia
-un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un
-hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis
-oídos estas palabras: _¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz!
-¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En
-vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad
-de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando
-sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el
-cenador. «¡Ah vil seductor!--exclamé--. ¡Cualquiera que tú seas, antes
-de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo
-estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con
-Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona
-más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido
-sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de
-su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un
-tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente,
-me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que
-me llamaba.»
-
-«Así fué puntualmente--interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos
-la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero
-que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva.
-Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado
-a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por
-este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de
-concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi
-fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una
-esposa infiel.»
-
-«En el estado en que me hallaba--replicó Escipión--, era capaz de
-eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos
-y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no
-se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al
-momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que
-un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien
-pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y
-desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber
-muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos
-de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por
-todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen.
-En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y
-sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo,
-sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba
-en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un
-recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar
-de criado en toda su vida.
-
-»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la
-idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba
-un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué
-a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia,
-que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me
-senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis
-negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo
-para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia
-tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por
-allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me
-engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que
-llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!--le grité--. ¿Adónde
-van esas mulas?» «A Madrid--me respondió--; en ellas han venido a este
-pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.»
-
-»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró
-deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus
-mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche.
-
-»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona
-de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la
-Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a
-maitines, en seguida cantó el _Credo_, como en las misas solemnes, y
-luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun
-el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía
-menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado
-a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!--le decía--.
-¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted
-no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso--me respondió--no me
-parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no
-cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances
-sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo
-menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis--le repliqué--una
-pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo
-tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de
-castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente--me
-respondió--. La continencia es también una cosa de que me precio en
-estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No
-quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los
-alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé
-conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana.
-
-»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en
-el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en
-la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena,
-lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi
-vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced--añadió--,
-pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a
-todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como
-las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado
-de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi
-habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había--según él
-decía--un conejo hecho ya trozos. «Mire usted--continuó--lo que pienso
-darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de
-hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo
-que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar
-a un contador mayor.»
-
-»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a
-disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome
-en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no
-haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a
-despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta;
-venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en
-una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y
-yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy
-bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete
-que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron
-un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba
-de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me
-respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta,
-o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció
-misteriosa. «Usted me oculta--le dije--la verdadera razón que le impide
-comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted
-tiene tanta curiosidad de saberla--replicó él--, le diré que tengo
-repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde
-que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por
-conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión
-a los cochifritos.»
-
-»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el
-apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza
-que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado
-sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión,
-me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España
-hacían con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como
-ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien,
-me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas
-ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más
-realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones
-al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé
-la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy
-temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como
-si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el
-pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me
-ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber
-satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca
-de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran
-mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se
-ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de
-coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los
-grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando,
-habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos.
-Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no
-me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de
-Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito
-el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.»
-Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles.
-Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso
-en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de
-Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su
-patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y
-cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía.
-
-»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba
-el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento
-le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático
-jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos
-o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que
-solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece
-digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos,
-griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los
-apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba
-llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura
-de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos
-hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando
-menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más
-extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas
-nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un
-plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso
-descaro: _Furto laetamur in ipso_.
-
-»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición
-sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no
-merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía
-inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de
-aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a
-lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir
-decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como
-discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar
-mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado
-había hecho algo malo: «¡Escipión--me decía--, guárdate bien, hijo, de
-hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir
-lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de
-exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión,
-que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación
-de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco
-hice en su casa la más leve travesura.
-
-»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una
-parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado
-al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me
-valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa
-de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para
-que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El
-ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel
-reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real
-y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid,
-porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir
-a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la
-tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me
-gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder
-ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en
-conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz,
-esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me
-hizo propasar a lo que no me era permitido.
-
-»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a
-Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que
-se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe.
-Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y
-del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado
-del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme
-reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de
-lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de
-la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por
-oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que
-le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta,
-a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o
-para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad.
-
-»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé
-curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había
-dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la
-asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme.
-Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy
-diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de
-que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno
-de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas,
-era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas
-a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar
-pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían
-viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su
-satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho
-de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que
-le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo
-con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada
-generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto
-de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual,
-enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos
-casásemos.
-
-«¡Poco a poco!--le respondí--. Querida mía, esa ceremonia no la
-podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte
-de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados
-estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!--replicó Catalina--.
-Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la
-repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces
-que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer;
-y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por
-ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos
-a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose
-visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a
-los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al
-bien parecer.
-
-»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de
-Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba
-a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más
-ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana--me dijeron--es
-un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de
-Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además
-de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus
-negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión;
-presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación,
-agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto
-en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el
-último amo a quien sirva.»
-
-Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose después a mí,
-me habló en estos términos: «Señor de Santillana, hágame usted el favor
-de atestiguar a estas señoras que siempre me ha tenido por un criado
-tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles
-que el hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía sus malas
-costumbres, sucediendo a ellas en su corazón y en sus operaciones
-virtuosos y honrados pensamientos.»
-
-«Así es, señoras--les dije--; eso puedo asegurárselo. Si en su
-niñez Escipión era un verdadero pícaro, se ha corregido después tan
-completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados.
-Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender en su modo de portarse
-desde que está en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy
-deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme
-al alcázar de Segovia libertó mi casa del pillaje y puso en seguridad
-parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No
-contento con haber mirado por la conservación de mis bienes, quiso,
-llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a
-los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme en mis
-trabajos.»
-
-
-
-
- LIBRO UNDECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado
- en su vida, y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones
- sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana
- volviese a ella.
-
-
-Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían muy bien las
-dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra
-acostumbrándose gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos muy
-condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien
-pronto la satisfacción de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas
-casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera que parió, y dió a luz
-una niña, y pocos días después Antonia nos llenó de alegría dándome
-un niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al
-gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compañía de Serafina
-y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos,
-teniendo el gusto de añadir esta prueba más de afecto a todas las que
-yo había recibido de él. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este señor
-y a la marquesa, se llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo
-dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos títulos, se
-prestó a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipión, a la
-cual se le puso el nombre de Serafina.
-
-El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a las personas de la
-quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron también con
-festejos. Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente se
-convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en
-más de veinte años no he podido olvidar y que tendré eternamente en la
-memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió su madre, sin embargo
-de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebató mi
-querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figúrese el
-lector cuánta sería mi amargura. Caí en un abatimiento de ánimo y en
-una estupidez inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible
-a fuerza de sentir la pérdida experimentada. Pasé cinco o seis días en
-tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo
-que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado morir de hambre o
-hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer
-mi aflicción tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme
-tomar algunos caldos presentándomelos con un semblante tan triste,
-que parecía me los ponía delante no tanto para conservar mi vida como
-para dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escribió al mismo
-tiempo a don Alfonso noticiándole las desgracias que me habían sucedido
-y la lastimosa situación en que me encontraba. Este señor, tierno y
-compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente a Liria. Yo no puedo
-traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se presentó a mi
-vista. «Mi amado Santillana--me dijo echándome los brazos al cuello--,
-no vengo a consolarte; vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu
-amable Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la de mi adorada
-Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado.» Con efecto; vertió
-algunas lágrimas y confundió sus suspiros con los míos. En medio de
-la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron de excitar en mi
-corazón un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don
-Alfonso.
-
-Este gobernador tuvo una larga conversación con Escipión sobre lo
-que convendría adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería
-necesario por algún tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes
-se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en
-esto, me propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia con él;
-y mi secretario apoyó tan eficazmente la propuesta, que la acepté.
-Dejé a Escipión y a su mujer en la quinta y marché con el gobernador.
-Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera no perdonaron
-diligencia alguna para divertir mi aflicción, echando mano de todas
-las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los
-esfuerzos permanecí sumergido en una profunda melancolía, de que
-no pudieron sacarme. Nada omitía tampoco por su parte Escipión de
-cuanto pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba
-frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se
-volvía más alegre o más triste según me veía más o menos dispuesto a
-consolarme.
-
-Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre
-por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía.
-Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe
-su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su
-empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar
-de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.»
-Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo
-parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío,
-que yo tome en él?--respondí--. Ya dejé la corte; todas las mutaciones
-que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»
-
-«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que
-tiene!--replicó el hijo de la Coscolina--. Si yo me hallase en su
-lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a
-presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto.
-Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!--le dije--. Tú
-quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo
-la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento
-y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las
-costumbres de usted?--me replicó Escipión--. Tenga usted más confianza
-que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas
-reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros
-de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase,
-pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien
-conocidos.» «¡Calla, adulador!--le interrumpí sonriéndome--. ¿Estás ya
-cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más
-mi sosiego.»
-
-Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don
-César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey
-y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo
-éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le
-había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si
-estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese
-a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le
-había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante
-gusto. «Yo a lo menos--dijo don Alfonso--no tengo la menor duda de que
-se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas
-del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo--dijo don César--,
-y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte
-le ha de abrir camino para grandes empleos.»
-
-«En verdad, señores míos--exclamé--, que ustedes no han meditado bien
-lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid
-para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados.
-Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí
-aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba
-para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva,
-y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes
-iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este
-viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo
-sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la
-confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas
-quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se
-acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.
-
-Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a
-incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su
-hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me
-atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba
-un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de
-mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun
-pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé
-el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi
-hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno.
-
-
- CAPITULO II
-
- Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele
- el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta
- recomendación.
-
-
-En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado
-dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor
-diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro
-tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón,
-que tuvo mucho gusto de volverme a ver.
-
-Era éste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en
-la corte y en la villa, y le pregunté qué había de nuevo. «Muchas
-novedades--me respondió--. Después de la muerte de Felipe III los
-amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de
-varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus
-esfuerzos han sido inútiles, porque el conde de Olivares pudo más que
-todos ellos. Quieren decir que España nada ha perdido en el cambio,
-porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan
-vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo
-que no admite duda es--continuó--que la nación ha concebido la idea más
-ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dirá si el sucesor del duque
-de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.» Empeñado
-ya Forero en una conversación tan de su genio, me hizo una puntual
-relación de todas las mutaciones que se habían hecho en la corte desde
-que el conde de Olivares manejaba el timón de la monarquía.
-
-A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, cuando ya el rey
-había acabado de comer. Me coloqué al paso por donde debía entrar a su
-gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al mismo paraje, y no
-fuí más dichoso. El subsiguiente echó sobre mí una mirada al pasar;
-pero no dió muestras de haber reparado en mí, y en vista de esto, tomé
-mi resolución. «Tú ves--dije a Escipión que me acompañaba--que el rey
-ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de mí. Lo
-más acertado será volver a tomar el camino de Valencia.» «¡No vayamos
-tan aprisa, señor!--me respondió mi secretario--. Usted sabe mejor que
-yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted
-de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará
-usted a considerar más atentamente y a recordar las facciones de su
-agente cerca de la bella Catalina.»
-
-Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme tuve la
-condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres
-semanas. Llegó, finalmente, un día en que, habiendo atraído la
-atención del monarca, me mandó llamar. Entré en su gabinete, no sin
-gran turbación de hallarme a solas con mi rey. «¿Quién eres?--me
-dijo--. Tus facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he visto?»
-«Señor--le respondí temblando--, yo tuve la honra de conducir una noche
-a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya me
-acuerdo!--interrumpió el rey--. Tú eres secretario del duque de Lerma,
-y, si no me engaño, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que
-en aquella ocasión me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron
-mal recompensados tus afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?»
-«Sí, señor--le repliqué--; cuatro meses lo estuve en el alcázar de
-Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en
-libertad.» «Eso--respondió--no satisfizo la obligación que contraje con
-Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo
-premiarle también lo mucho que padeció por servirme.»
-
-Al acabar el rey de decir estas palabras entró en el gabinete el conde
-de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Quedó absorto de ver allí a
-un desconocido, y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: «Conde, pongo
-a tu cuidado este joven; te encargo que le des algún empleo y procures
-adelantarle.» Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado,
-mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quién era
-yo. «Vete, amigo mío--añadió el monarca, dirigiéndome la palabra y
-haciéndome seña de que me retirase--; el conde no dejará de emplearte
-en provecho de mi servicio y de tus intereses.»
-
-Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al hijo de la Coscolina,
-que, impaciente por saber lo que el rey me había dicho, se hallaba en
-una agitación imponderable, y al momento me preguntó si era necesario
-volver a Valencia o permanecer en la corte. «Tú lo podrás juzgar», le
-respondí, y al mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra
-por palabra la conversación que acababa de tener con el monarca.
-«Querido amo--me dijo entonces Escipión en el exceso de su alegría--,
-¿se burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese usted que ni
-los señores de Leiva ni yo discurríamos mal cuando le instábamos tanto
-a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto
-eminente: será el Calderón del conde de Olivares.» «Eso es lo que menos
-deseo--interrumpí--. Ese destino está cercado de demasiados precipicios
-para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera
-ninguna ocasión de hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los
-favores del rey; después del uso que he hecho de mi pasado valimiento,
-no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambición.»
-«¡Animo, señor!--me replicó mi secretario--. El ministro os colocará en
-algún puesto que podáis desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.»
-
-Instado más por Escipión que por mi curiosidad, me fuí el día siguiente
-a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas
-las mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial
-a cuantos querían hablarle. Me coloqué por modestia en un rincón de la
-sala y desde allí estuve observando bien al conde luego que se dejó
-ver, porque había fijado poco la atención sobre él en el gabinete del
-rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y podía pasar por
-gordo en un país donde los más son flacos; tan cargado de espaldas, que
-parecía corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de
-gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello negro y lacio; la
-cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla,
-puntiaguda y muy levantada.
-
-Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso,
-como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia
-y me parecía bien. Verdad es que recibía a todos con un aire tan
-afable y bondadoso, y tomaba tan cortésmente los memoriales que se le
-presentaban, que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo,
-cuando me llegó la vez de acercarme para saludarle y que me conociera,
-me echó una mirada ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda sin
-dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces me pareció aquel
-señor aún más feo de lo que naturalmente era. Salí atónito en extremo
-de un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo qué inferir de
-él.
-
-Reunido con Escipión, que me esperaba a la puerta, «¿Sabes--le dije--el
-recibimiento que he tenido?» «No, señor--me respondió--; pero no
-es difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la
-voluntad del rey, habrá propuesto a usted un empleo de importancia.»
-«Te engañas», le repliqué; referíle el lance según había pasado, el
-que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso es que el conde no le
-conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted
-a verle y no dude que le recibirá con mejor semblante.» Tomé el consejo
-de mi secretario. Presénteme segunda vez al ministro, quien me recibió
-todavía peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome como si mi
-presencia le causase enojo; después apartó de mí la vista y se retiró
-sin hablar una palabra.
-
-Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar
-inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no
-pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido.
-«¿No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte?
-Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca,
-¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos,
-hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.»
-«Señor--respondió colérico Escipión--, yo no abandonaría el campo;
-iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su
-recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan
-imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro
-en detenerme en esta capital.»
-
-A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que
-las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de
-Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía
-de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente.
-
-
- CAPITULO III
-
- Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento
- de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José
- Navarro.
-
-
-Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro,
-repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé
-acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad
-de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su
-amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió
-bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón
-para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he
-expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya
-que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome
-un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché
-cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto
-nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi
-suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta
-la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal
-recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que
-me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--.
-Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario
-que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde
-Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la
-presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la
-clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la
-causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque
-os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad
-del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don
-Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda
-a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo
-vivía, y sin decirme más nos separamos.
-
-Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor
-de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere
-favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha
-ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que
-le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a
-medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con
-semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un
-elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una
-profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me
-confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado
-la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la
-antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación
-me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted
-volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de
-él.»
-
-Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez;
-reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo
-que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije
-entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.»
-Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en
-verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me
-hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona,
-amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he
-complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido
-que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de
-que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré
-que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera
-mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación.
-Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha
-encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito
-más para determinarme a ponerte a mi lado.»
-
-Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi
-enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que
-me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá
-y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le
-encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a
-oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de
-dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el
-cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.
-
-
-No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro.
-Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el
-cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me
-dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la
-habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó
-por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o
-seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada
-regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia
-le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de
-cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y
-tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su
-excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas
-consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.»
-
-«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo
-consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna
-malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan
-honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando
-entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde
-me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en
-su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu
-habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de
-vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto
-sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en
-honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere
-que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber.
-Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna
-brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de
-Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído
-decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os
-conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada;
-dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en
-que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso
-y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más
-afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido
-que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que
-me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de
-Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más
-gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le
-perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico
-que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos.
-
-«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo
-cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han
-presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más
-importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas
-su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su
-muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado
-la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese
-largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien
-causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien
-Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había
-mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de
-España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar
-qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se
-venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos
-los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que,
-a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de
-placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo,
-como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma.
-
-Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no
-dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don
-Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había
-hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables
-disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí.
-
-
- CAPITULO V
-
- Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa
- en que le ocupó el conde de Olivares.
-
-
-Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que
-noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de
-lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir.
-«Paréceme--respondió--que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo
-se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no
-dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder
-haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda
-cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os
-ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales
-familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo
-suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa
-su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro
-tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes
-proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea
-de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina
-ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los
-más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer
-que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no
-se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando
-entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo
-perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia
-natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara,
-para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado;
-tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es
-el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es
-generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son
-los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación!
-También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de
-Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores;
-mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro
-dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de
-Olivares--prosiguió José--, es una señora en quien no advierto otra
-tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión
-se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más
-ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su
-padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra
-conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más
-adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de
-vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso.
-También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi
-amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros
-ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al
-presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros
-en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío
-y sobrino--repliqué yo a Navarro--gobiernan el Estado, ¿quién sabe si
-con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay
-que temer--me respondió--, porque reina entre ambos una estrechísima
-unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de
-Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos
-y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del
-cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos
-los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron
-todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para
-asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus
-competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió
-el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los
-negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de
-suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que
-deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos
-señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece
-inalterable.»
-
-Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía
-sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don
-Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con
-el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le
-proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente
-contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a
-hablar a favor mío, «aunque no sea más--añadió--que para que conozcáis
-cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo
-tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos».
-Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en
-atención a las buenos oficios de Navarro.
-
-Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir
-en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento,
-en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes
-durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal
-vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen.
-
-Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de
-reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras
-esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba
-embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun
-no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de
-ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin
-entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla,
-en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche
-atesorando para casar a su hija Serafina.
-
-No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a
-llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia,
-el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer!
-Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias
-para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu
-capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una
-obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho
-correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran
-desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del
-público la triste situación a que se halla reducida la monarquía.
-Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y
-no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas
-que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey,
-florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.»
-
-Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de
-los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me
-acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era
-muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después
-pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo
-para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria
-lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso
-en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de
-la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada.
-Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado
-la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que
-podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro
-y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria,
-la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la
-verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin
-embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de
-haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a
-la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los
-pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde
-de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la
-salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené
-tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi
-obra cuando acabó de leerla. «Santillana--me dijo--, ¿tú sabes que has
-hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de
-que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y
-aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo,
-haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió,
-juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho
-Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque
-le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la
-dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi
-Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me
-envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer.
-
-
- CAPITULO VI
-
- En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que
- dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.
-
-
-Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para
-repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me
-dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está
-usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor
-conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!»
-«A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir
-de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas
-el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera
-atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría
-mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la
-prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de
-noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo
-desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo
-a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría
-en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a
-Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación
-actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo
-ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.»
-«¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy
-a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera
-por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los
-dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino
-con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar
-compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro
-deslumbra.»
-
-No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con
-todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió
-la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que
-darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi
-madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí
-enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano
-propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un
-hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me
-respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos
-encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por
-vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual
-no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus
-habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para
-la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese
-felizmente el largo viaje que iba a emprender.
-
-Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra
-Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las
-conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le
-gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada
-con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si
-los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos
-de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a
-las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas
-la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del
-Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y
-les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de
-manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.
-
-El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto,
-que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública,
-quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que
-fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador
-Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían
-enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos
-resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas
-sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas
-reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las
-pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones
-que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución
-de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del
-Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me
-indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la
-ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases.
-«Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad
-y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde
-anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de
-haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.
-
-Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos
-que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente
-sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado
-que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la
-nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía
-la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas
-sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría
-en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos
-que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su
-tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para
-unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y
-empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales
-podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas,
-y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que
-quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.
-
-Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres
-días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por
-estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que
-me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo,
-enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones
-vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me
-servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios
-que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de
-su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda
-la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió
-felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía
-recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan
-insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado
-aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese
-algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos
-escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más
-apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo
-había ganado con mucha facilidad.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil
- Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.
-
-
-Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba
-en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los
-días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que
-le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían
-hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía
-encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que
-sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan
-suelta, que nada respeta.
-
-Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias,
-me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las
-conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban
-del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo
-supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse
-que jamás le decía nada que no le fuera favorable.
-
-Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante
-de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí
-dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes,
-vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin
-lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi
-paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para
-enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez,
-con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle
-nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo,
-rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que
-miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes
-maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que
-el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras
-de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un
-hospital.»
-
-No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al
-ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa
-te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una
-pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas
-casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú,
-hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la
-Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun
-me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en
-un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me
-viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después
-perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo,
-amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que
-aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo
-Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella
-vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.»
-«Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela
-de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar
-por ellas.»
-
-«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la
-cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al
-presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado,
-o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--.
-Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor
-ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete
-saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte
-en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal
-que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en
-prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al
-Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente.
-Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una
-ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.»
-
-«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez;
-pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me
-replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a
-las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba
-haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para
-siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--,
-no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración,
-porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.»
-«¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos
-que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado
-aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle
-sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que
-lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me
-dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los
-aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién
-gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una
-manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se
-llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas
-con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho
-ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en
-el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna
-corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión
-cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de
-todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer
-en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les
-han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan
-después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este
-siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la
-estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en
-suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y
-un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.»
-
-A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal
-humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di
-por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte
-divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía
-de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te
-haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar
-tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio
-comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que
-el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse
-yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si
-persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan
-honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te
-ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le
-puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.
-
-«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el
-hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte
-traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.»
-Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada.
-Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole
-a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado.
-Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de
-Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna
-de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces
-tan buen uso de ella.»
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve
- Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje.
-
-
-El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el _conde-duque_,
-porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo,
-tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era
-la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le
-servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé
-en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con
-ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con
-demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas
-las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me
-fuera posible.
-
-Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir
-lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo,
-quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que
-él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo.
-Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza,
-igualmente que el señor Carnero, su primer secretario.
-
-Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su
-excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos
-del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro
-y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a
-Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los
-que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo
-así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos
-igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía
-motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome
-continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en
-estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en
-medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la
-sinceridad de mi afecto hacia él.
-
-«Santillana--me dijo un día--, tú has visto al duque de Lerma gozar
-de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el
-poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era
-él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables
-en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III;
-en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para
-perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad.
-Es verdad--continuó--que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor
-cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que
-las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos
-o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito
-personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano,
-que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la
-actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya
-ves, Gil Blas--añadió--, que te descubro mi corazón; como tengo motivo
-para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para
-que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso,
-prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el
-desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que
-tome parte en mis intereses.»
-
-No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras
-excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza
-algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos
-afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría
-cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me
-preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por
-conveniente darme.
-
-Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a
-la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo--me dijo--muy larga
-relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva
-cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le
-conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»
-
-Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado,
-amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo
-en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los
-rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de
-su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondió--. ¡Ya
-presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!»
-
-«Mudemos de conversación--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando
-saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah,
-señor!--me respondió, tomando de repente un aspecto afligido--. Las
-noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh
-cielos!--exclamé--. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha--dijo
-mi secretario--que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y
-lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.»
-
-Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no
-había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos
-para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas
-por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi
-educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto
-quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis
-parientes.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los
- sinsabores que produjo este matrimonio.
-
-
-Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por
-espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que
-estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué
-a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil
-Blas--me dijo una tarde--, quizá habrás reparado que hace días ando
-pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un
-negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo.
-Mi hija doña María--continuó--se halla ya en edad de tomar estado,
-y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de
-Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de
-Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de
-mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de
-merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior
-al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será
-el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte
-los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto
-los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de
-la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que
-nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al
-título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que
-mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de
-la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime,
-Santillana--añadió--: ¿apruebas este proyecto?» «Señor--le respondí--,
-es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que
-recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese
-cuanto quiera--respondió--; nada me importa. No tengo inclinación a su
-rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y
-los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el
-sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su
-hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi
-gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo
-determinado.»
-
-Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo,
-a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política.
-Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades
-se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles
-las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose
-enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del
-marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a
-este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a
-su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don
-Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el
-partido que más te convenga será el que a mí más me agrade._--EL REY.
-
-Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo
-entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su
-hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente
-la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy
-satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de
-esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento,
-aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría.
-Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó
-poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para
-el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al
-nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto.
-
-¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija,
-y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho
-de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan
-profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie
-sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba
-tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché
-esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La
-semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió
-a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que
-el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no
-pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte
-en sus amarguras. «Gil Blas--me dijo un día que le parecí abismado en
-una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para mí el tener un
-confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!--le respondí,
-vendiéndole por fineza mi quebranto--. Sería yo el hombre más ingrato
-y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué,
-¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito
-y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con
-las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de
-beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en
-sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»
-
-
- CAPITULO X
-
- Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste
- que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe;
- desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta
- desgracia.
-
-
-Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo
-a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en
-coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto
-después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente
-vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en
-el prado de San Jerónimo.
-
-«Señor Núñez--le dije--, ha sido fortuna mía haberos encontrado por
-casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate
-de reconvenciones, Santillana!--interrumpió con precipitación--.
-Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te
-voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que
-renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la
-condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme
-a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez
-del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería
-mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy
-sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se
-presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.»
-
-«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese
-don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!--me replicó
-Fabricio--. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como
-quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en
-su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de
-ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y
-de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene
-frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra
-en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes,
-para hacer ver mis muchos talentos.»
-
-«Pero tú no me enteras--le dije--de lo que más deseo saber. ¿Te
-pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad--me
-respondió--. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco
-que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente.
-Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados,
-me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo
-cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el
-tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la
-melancolía.» «En suma--le repliqué yo--: ¿es tu tesorero hombre de
-tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?»
-«¡Oh! Tanto como eso, no--me respondió Núñez--. Aunque tiene una
-verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree
-otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta
-altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos
-se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones
-descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen.
-De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme
-jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para
-ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su
-boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues--continuó--,
-todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta
-condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues
-fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden
-servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono.
-Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo.
-Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las
-lecciones que él me ha dado.»
-
-Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase _El
-conde de Saldaña_, la cual se representará en el corral del Príncipe
-dentro de tres días.» «Deseo mucho--le repliqué--, que logre todo el
-aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo
-espero--me dijo él--; verdad es que no hay esperanzas más falibles que
-éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus
-obras en las tablas.»
-
-Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a
-ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó,
-y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me
-informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de
-haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante
-que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien--le
-pregunté--: ¿cómo ha recibido el público a _El conde de Saldaña_?»
-«Malísimamente--me respondió--. En mi vida he visto comedia tratada
-con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del
-patio.» «No estoy yo menos indignado--le interrumpí--contra la manía
-que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido
-el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al
-decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando
-pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía,
-afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan
-satisfecho de su obra.
-
-Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía
-en sí de gozo. «Santillana--exclamó alborozado luego que me vió--,
-vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala
-tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi
-pobre _Conde de Saldaña_; todos los espectadores se amotinaron contra
-él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi
-dicha para toda vida.»
-
-Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así,
-Fabricio?--le pregunté pasmado--. ¿Es posible que el alto desprecio
-con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu
-desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos--me respondió--. Ya
-te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por
-lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en
-extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario
-al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, _Victrix causa diis placuit,
-sed victa Catoni_; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí
-me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del
-dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del
-siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual
-y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi
-escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente.
-El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer
-año anticipado.»
-
-Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su _Conde
-de Saldaña_, que había redundado en provecho del autor. «Tienes
-razón--prosiguió él--en cumplimentarme por una cosa tan extraña.
-¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más
-benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera
-sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me
-servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de
-pasar cómodamente el resto de mis días.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca
- para Nueva España.
-
-
-No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta
-Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella.
-«Admirado estoy--me decía--de los caprichos de la Fortuna, la cual
-muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable
-autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto
-celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a
-la mañana!» «Eso--le dije--podrá quizá suceder más presto de lo que
-piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me
-engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar
-_el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos
-los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad--me respondió--;
-pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a
-decir--le repliqué--que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas
-horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos
-días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio
-del conde-duque y no la dejé escapar.
-
-Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo
-del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia.
-«Mi señor--decía él--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes
-militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más
-obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los
-tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran
-canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo
-esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las
-Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o
-de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y
-todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste
-un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio
-cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en
-esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo
-Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este
-es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del
-Erario. Y no extrañará usted--continuó--que las personas empleadas en
-hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su
-excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas
-el suyo.»
-
-El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo
-oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor
-Caporis--exclamó--, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y
-más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto
-satisfaría yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el señor de
-Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en
-la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este
-tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te
-sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.»
-«Mucha satisfacción tendría--dije a don Ramón--en que usted me diese
-esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además
-de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo,
-que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como
-pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así--replicó Caporis--, desde
-luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a
-la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía
-para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer
-para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su
-excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.»
-
-Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla,
-con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite
-y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de
-las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo
-separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave
- aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.
-
-
-Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró
-en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si
-el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de
-San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores
-amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por
-qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de
-verle con el sainete de la sorpresa.»
-
-Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al
-sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso
-de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí,
-señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente
-abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la
-vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?»,
-le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de
-la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia
-y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar
-cuenta de mi conducta.»
-
-Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo
-a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada
-sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice
-tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla
-confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que
-vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta
-visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá
-le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando
-fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo
-él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi
-familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el
-resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme
-obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá
-me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con
-alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte
-antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra
-señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa,
-pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se
-servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que
-exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el
-mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo
-no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias
-de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para
-preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había
-quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero
-que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al
-mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener
-para estar quejoso del hijo de don César.
-
-Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no
-tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos
-del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--.
-Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las
-lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno?
-¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--,
-aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a
-términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador
-de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me
-fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro
-admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?»
-Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que
-debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo
-obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de
-que se trataba.
-
-Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad
-hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo
-ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don
-Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La
-visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso?
-Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por
-aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de
-agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te
-le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo,
-y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso
-de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia,
-pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que
-le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar
-juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción
-a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su
-excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le
-desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de
-que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en
-aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé
-de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía
-creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de
-que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de
-dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que
-le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien
-en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey
-apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el
-virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es
-superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa
-no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me
-tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel
-negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las
-habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era
-hechura mía.
-
-Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó
-un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al
-momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y
-colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo
-tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más
-amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi
-amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no
-hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban
-como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían
-sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad.
-Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber
-recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado
-el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a
-establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública
-con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus
-aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don
- Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la
- historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo
- Santillana a Tordesillas.
-
-
-Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en
-virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban
-tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi
-valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para
-hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en
-el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte.
-
-Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores
-que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que
-me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de
-Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de
-Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de
-Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir
-a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de
-verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos.
-
-Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana,
-tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito
-para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor
-de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.»
-Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio.
-Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle,
-metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en
-donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una
-soberbia casa. «Señor Gil Blas--me dijo don Andrés luego que entramos
-en una sala alhajada con magnificencia--, paréceme que cuando usted
-salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto
-a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio--le
-respondí--, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero
-luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver
-si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me
-recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro,
-quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que
-nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo
-lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía
-de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto--me respondió--;
-el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente
-parcial de su predecesor.» «Yo--dijo entonces don Gastón--obtuve mi
-libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que
-yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma,
-cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de
-contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que
-hice--continuó--, después de haber dado mil gracias a don Andrés por
-las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a
-Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No
-tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más
-mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy
-tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal,
-de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar
-de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos
-parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe
-imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para
-reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el
-rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este
-empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a
-desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla.
-Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que
-emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar
-y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un
-caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que
-le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle;
-fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que
-nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos
-combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos
-vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los
-otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos
-funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto,
-porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos
-peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa
-cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados,
-marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su
-defensor. «¡Ah, don Gastón!--exclamó--. Pues qué, ¿sois vos quien venís
-a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin
-duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra
-dama.» «Es cierto que lo ignoraba--le respondí--; pero aun cuando lo
-hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice?
-¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No,
-no!--respondió--. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas
-que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos
-de mi muerte.» «Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todavía a
-doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y
-aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de
-tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra
-esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y,
-acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la
-mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados.
-«Es Caprara--exclamó--, aquel pérfido primo que, en despecho de haber
-perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace
-mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este
-día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo
-haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría
-en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo,
-heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de
-Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de
-batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que
-nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran
-muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después
-de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero
-no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados
-desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su
-mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que
-se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde
-llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes:
-por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que
-mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos
-afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora--le dijo don
-Blas luego que la vió--, aun venís a tiempo para recibir mi última
-despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por
-la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él,
-yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.»
-Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era
-la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida
-de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don
-Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano
-había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus
-heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La
-viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria
-el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus
-cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse
-informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba.
-Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de
-restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo
-determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase
-otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en
-atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví
-a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia,
-temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se
-me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad
-de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosiguió
-Cogollos--, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento
-con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo
-gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpió aquí don
-Andrés--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí
-el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que
-puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don
-Andrés--dije yo entonces sonriéndome--, en mí tiene usted un amigo
-que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque
-me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y
-se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le
-pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo
-un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del
-arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico
-a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no
-le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor
-estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del
-primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso
-Tordesillas--. Pero--añadió sonriéndose también--suplico a usted que no
-me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá
-aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.»
-
-Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena,
-que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía
-a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora--le dijo
-Cogollos--, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he
-hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la
-prisión mis pesares.» «Sí, señora--dije a doña Elena--; mi conversación
-le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don
-Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me
-despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el
-himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después,
-dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de
-su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no
-me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el
-poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente
-el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide.
-«Santillana--me dijo su excelencia--está vacante la plaza de gobernador
-de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al
-año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor--le respondí--,
-aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos
-que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero
-éste--replicó el ministro--puedes desempeñarle muy bien sin necesidad
-de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a
-visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse
-yo--, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me
-permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés
-de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría
-hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que
-usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar
-así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador
-de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así,
-amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas.
-Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te
-tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.»
-«Señor--le respondí--, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me
-proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo
-que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de
-Santillana--me replicó su excelencia--; me parece que lo erais mucho
-menos en el último Ministerio.» «Es verdad--le repuse--, porque el
-mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me
-conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar
-mi integridad.»
-
-Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de Tordesillas el gobierno
-de la cárcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad,
-tan contento con su nuevo empleo como lo quedé yo por haber desempeñado
-para con él las obligaciones que le debía.
-
-
- CAPITULO XIV
-
- Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella
- y qué conversación tuvieron allí.
-
-
-Un día, después de comer, se me antojó ir a ver al poeta asturiano,
-movido sólo de la curiosidad de saber qué vivienda tenía. Me encaminé
-a casa del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté en ella
-por Núñez. «Ya no vive aquí--me respondió un lacayo que estaba en
-la puerta--; vive ahora en aquella casa--añadió mostrándome una que
-estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.»
-
-Fuíme allá, y después de haber atravesado un patio pequeño entré en
-una sala enteramente desalhajada, en donde hallé a mi amigo Fabricio,
-sentado todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes
-había convidado aquel día. Estaban al fin de la comida, y, por
-consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedió un
-profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse apresuradamente
-Núñez para recibirme, exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de
-Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas!
-¡Ayúdenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer
-ministro!» Al oír esto, todos los convidados se levantaron también
-para saludarme, y en consideración al título que se me había dado me
-hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad de
-beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y
-aun de corresponder a un brindis que me dirigieron.
-
-Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando
-con libertad, «Señores--les dije--, creo haber interrumpido su
-conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos
-señores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de
-Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden,
-preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le
-interesaba en aquella tragedia.» «Así es--dijo don Jacinto--, y yo le
-he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo--dijo el
-bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que
-no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues
-cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento»,
-respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta
-que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por
-alegrar la conversación.
-
-Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía
-de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les
-diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más
-impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más
-es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido
-precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de
-capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse
-cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban
-en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de
-repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los
-tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no
-les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es
-el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los
-griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota,
-mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es
-un medio para obtener de los dioses un viento favorable.»
-
-Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su
-costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión,
-sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se
-divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero
-el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los
-trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento
-que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el
-término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo
-se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron
-después de haber comido y bebido a discreción.
-
-Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa
-del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los
-dos. «¿Desavenencia?--me respondió--. ¡Dios me libre de ello! Nunca
-ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me
-permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves
-para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen
-a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya
-sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis
-herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener
-todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.»
-«Me alegro infinito, querido Núñez--le repliqué--, y no puedo menos
-de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las
-ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le
-valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de
-Saldaña_.»
-
-
-
-
- LIBRO DUODECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje.
-
-
-Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días:
-«Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y
-destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su
-excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía
-de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se
-asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores
-cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona
-tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey
-le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la
-hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de
-ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a
-Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina;
-yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío
-enteramente de tu discernimiento.»
-
-Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella
-comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo,
-a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo
-con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé,
-pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al
-alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin
-duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente,
-vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe
-que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto,
-le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y
-cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a
-aquella ciudad. «Verá vuestra señoría--prosiguió él--una de las más
-excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice,
-más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han
-de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol
-oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse
-principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me
-vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí
-cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión,
-tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban
-primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o
-pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos
-con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada
-en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de
-tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con
-llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de
-los otros de menor pena.
-
-Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede
-negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin
-llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio.
-Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy
-viendo!--dije entre mí mismo--. ¡El Cielo, cansado de los excesos de
-estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!»
-Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de
-mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer
-desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la
-aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió
-en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía
-dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de
-la coroza.
-
-Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible
-espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que
-tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé
-en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi
-amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella,
-pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada
-que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto
-a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego
-conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle
-una pregunta. «Caballero--me respondió muy atentamente--, usted me
-honrará en ello.» «He oído ponderar--proseguí--a los cómicos de Toledo.
-¿Me habrán engañado?» «No--me respondió el caballero--; la compañía
-no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre
-otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que
-le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se
-deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle
-a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y
-aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a
-representar.
-
-Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada
-habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras;
-pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron
-ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del
-teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo
-general. «¡Ah, ésta es!--dije para mí--. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué
-talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó
-completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde
-los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego,
-maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a
-los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró
-la representación. «Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve
-usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro»,
-le respondí. «Pues menos se admiraría usted--me replicó--si la oyera
-cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen,
-si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No
-es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su
-voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso--exclamé
-yo entonces--, será preciso confesar que esta niña es un portento.
-¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por
-una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa--me
-dijo--, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No
-obstante--añadió--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la
-vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas
-las cómicas.»
-
-Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero
-si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las
-mejores--me replicó--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos
-perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente
-lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal
-vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto
-que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y
-por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella
-misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia.
-
-Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia.
-Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la
-vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá
-no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a
-Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de
-Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad
-que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío
-recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré
-incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a
-Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura--decía yo--, no quiero
-que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para
-esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de
-Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es
-áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro
-que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la
-Corte.»
-
-Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había
-hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando
-me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y
-me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de
-Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí,
-y que contenía estas palabras: _Olvida el modo con que te recibí en
-el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe._ Seguí luego al
-lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro,
-y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde
-encontré a Laura en su tocador.
-
-Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que
-usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que
-le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía
-derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra
-disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber
-oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían
-sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía.
-La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento
-de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que
-siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi
-falta.» «Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura;
-no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos
-ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo
-castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si
-te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es
-verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante
-portugués?» «¡Nada de eso!--respondió Laura--. ¿Pues no sabes que en
-semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran
-a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?
-
-»Sostuve--continuó ella--al marqués de Marialba que eras hermano mío.
-Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad
-que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres
-añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No
-conoce usted--le dije al señor portugués--que todo eso es obra de los
-celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de
-ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó
-todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para
-apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto
-en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don
-Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para
-quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra
-patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración
-de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si
-estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero
-Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle
-desaparecer.»
-
-»Aunque estas razones--prosiguió Laura--no bastasen para hacer mi
-completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas;
-tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que
-dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy
-inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme
-perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después
-algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía
-disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los
-cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo
-me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a
-quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.»
-
-No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me
-reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?--le respondí--. Tú no tienes hermano
-ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además
-de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad
-que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el
-parentesco entre vosotras dos.
-
-«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas--replicó algo sonrojada
-la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes
-los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío;
-Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de
-nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya,
-reina mía--repliqué yo--, que es grande el esfuerzo que haces en
-revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con
-el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te
-aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás
-podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá
-fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!»
-
-Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las
-secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era
-secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que
-podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de
-Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.
-
-Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual
-de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle
-indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana--me dijo luego que
-acabé--, veo que representas un papel brillante en el teatro del
-mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello.
-Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía
-del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de
-Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes--le respondí--; cuenta
-conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe
-cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.»
-«Desde luego te cogería tu palabra--replicó Laura--, y mañana mismo
-marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa
-escritura la anula una Real orden--le respondí--. Yo me encargo de
-ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles
-a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los
-cortesanos, y nos pertenece de derecho.»
-
-A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe:
-tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo
-su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista
-un objeto encantador. «Ven, sobrina mía--le dijo su madre--; ven a
-agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de
-mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está
-empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto
-mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo
-con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por
-su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me
-estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez
-perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber
-conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo
-cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y
-exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia--le
-respondí--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien,
-lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los
-grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina--me dijo
-Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado,
-ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención
-pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que
-deba ser despreciada.»
-
-Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la
-parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario
-talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que
-inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid.
-
-
- CAPITULO II
-
- Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga
- el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de
- esta actriz, y de su primera representación en la corte.
-
-
-Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber
-el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra
-comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le
-respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las
-mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia,
-que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus
-habilidades.»
-
-«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que
-leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo
-por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable
-como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--,
-confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.»
-«Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu
-viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la
-palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura
-inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués
-de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada
-viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber
-hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre
-aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia
-sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su
-favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del
-modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de
-sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»
-
-Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él
-despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica
-a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de
-Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento
-será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa
-por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me
-entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo
-lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron
-a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al
-corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por
-medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de
-mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé
-para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela
-dichosa y brillante.
-
-Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la
-compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y
-representaron por primera vez una comedia que solían representar en
-Toledo con aplauso.
-
-¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a
-espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso
-extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta
-representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase,
-porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre
-y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero
-apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que
-recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en
-la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles
-amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la
-hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y
-sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron
-hechizados de su persona.
-
-El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno
-de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir
-hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de
-nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado
-satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete,
-en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--,
-¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me
-respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su
-voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia,
-y no dudo que el rey la vea con placer.»
-
-
- CAPITULO III
-
- Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del
- rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores.
-
-
-La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la
-atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto
-del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan
-hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual
-no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y
-aparentó no atender aquella conversación.
-
-Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó
-quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le
-respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado
-el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta
-actriz--añadió--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha
-propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me
-habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la
-compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi
-nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido
-a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo
-servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al
-ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten
-cuidado de hacérselo saber.»
-
-Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el
-rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de
-la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a
-Laura la primera, «Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Mañana
-tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así
-me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu
-hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor
-que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una
-comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir
-todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo--me respondió Laura--,
-y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá
-menos de quedarlo--repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía
-en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda
-que adornada con las más soberbias galas del teatro--. Quedará tanto
-más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna
-cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si
-acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No
-quisiera--interrumpió Laura--que su majestad tuviese tal tentación,
-porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar
-obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha
-criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud,
-y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia
-más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»
-
-«Tía mía--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la
-conversación--, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para
-combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del
-rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior
-que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.»
-«Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese
-ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a
-tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?--respondió
-prontamente--. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la
-virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su
-pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta
-manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la
-última por haber dado a la otra tan buena educación.
-
-Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro.
-Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la
-cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz.
-
-Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver
-si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero
-burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró
-constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo
-que tenía tantas ganas de saber. «Santillana--me dijo el ministro--,
-vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas
-expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le
-tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado
-deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al
-momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden
-de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa
-conversación.»
-
-Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase
-a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas
-preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle,
-y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna
-distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de
-conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca
-dió muestras de gran placer. «Siendo eso así--repuso--, te elijo
-por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto
-qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte--añadió,
-entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta
-mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de
-otras pruebas más sólidas de mi afecto.»
-
-Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien
-di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel
-ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya
-dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y
-que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba,
-porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que,
-no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que
-yo recogí. «¡Ah rey mío!--exclamó--. ¡Ahora sí que te tengo seguro!
-¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me
-hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este
-señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios,
-procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter.
-«Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo
-mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos
-cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa--continuó--que
-no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor
-del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.»
-
-De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que
-pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me
-había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso,
-y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me
-decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo
-sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para
-rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que
-veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien
-anhelaba complacer.
-
-Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del
-particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados,
-concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de
-las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente.
-«Señor Gil Blas--exclamó--, a presencia del mejor y más antiguo de
-mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una
-fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por
-cierto--prosiguió ella--, confieso que me faltan voces para explicar el
-regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas
-conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con
-otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de
-tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables
-y opulentos. Dirásme quizá--prosiguió ella--que dos señores no son dos
-reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede
-hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos
-de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré
-violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el
-afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero
-que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve
-mañana--añadió--, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o
-sus joyas.»
-
-A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría más bien a Lucrecia
-a desviarse de su deber que a mantenerse en él, y contaba positivamente
-con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa al día siguiente
-que Laura había tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el
-mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien,
-y lo que más hay que admirar todavía es que Lucrecia, después de
-haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, quedó
-tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente
-renunció al mundo y se encerró en un convento de la villa de Madrid,
-donde luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza y del dolor.
-Laura, por su parte, inconsolable de la pérdida de su hija, de cuya
-muerte se consideraba autora, se metió en las Arrepentidas, donde pasó
-el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos años.
-Afligió mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su
-genio naturalmente inclinado a divertirse hacían poca mansión en él las
-pesadumbres, se fué consolando poco a poco. El conde-duque aparentó la
-mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dejó de
-desazonarle, como fácilmente lo creerá el advertido lector.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana.
-
-
-Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos
-remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como
-un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido,
-resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro
-la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en
-cualquier otra cosa. «Santillana--me dijo--, me agrada sobremanera tu
-delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación
-más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza
-que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza--continuó--vi por
-casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la
-siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola,
-que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que
-don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y
-casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer
-debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el
-deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel.
-Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya
-habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la
-genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival
-como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas,
-y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos.
-Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusión de cortejantes,
-llegó insensiblemente a ser madre y dió a luz un niño, con cuya
-paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero
-como ninguno podía preciarse en conciencia de que le era debido aquel
-honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vió precisada
-a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que duró
-diez y ocho años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando a su
-hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educación. Tal es--continuó su
-excelencia--la confianza que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte
-del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte
-a este joven sin ventura, y, haciéndole pasar de un extremo a otro,
-elevarle a los honores y reconocerle por hijo mío.»
-
-Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué posible callar.
-«¡Cómo, señor!--exclamé--. ¿Es posible que haya cabido en vuestra
-excelencia una resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia
-esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás justa--replicó con
-precipitación--cuando te haya dicho las razones que me han determinado
-a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes colaterales.
-Tal vez me dirás que no soy tan viejo que no pueda todavía esperar
-tener sucesión con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a
-sí mismo. Bástete saber que he probado inútilmente todos los secretos
-de la química para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna,
-supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del
-cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero
-adoptarle por hijo. Así lo he resuelto.»
-
-Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopción, dejé de
-oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto
-antes que desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata--prosiguió
-él--de dar una educación correspondiente a don Enrique Felipe de
-Guzmán, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se
-halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi
-querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido
-enteramente en tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el cuidado
-de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y,
-en una palabra, de hacerle un caballero completo.» Quise negarme a
-admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no podía
-en conciencia encargarme de un ministerio que jamás había ejercido y
-que pedía más ilustración y mérito del que yo tenía; pero luego me
-interrumpió y me tapó la boca diciéndome con entereza que absolutamente
-quería fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para
-ocupar los primeros puestos de la Monarquía. Me resigné, pues, a
-desempeñar este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio
-de mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con una pensión de mil
-escudos, que hizo se me concediese, o más bien me dió él, sobre una
-encomienda de la Orden de Montesa.
-
-
- CAPITULO V
-
- Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre
- de don Enrique Felipe de Guzmán; establece Santillana la casa de
- este señor y le proporciona toda clase de maestros.
-
-
-Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de
-doña Margarita Espínola. Hízose esta adopción por medio de escritura
-pública y solemne, con noticia y aprobación del rey. A don Enrique
-Felipe de Guzmán (éste fué el nombre que se dió a aquel hijo de muchos
-padres) se le declaró por único heredero del condado de Olivares y
-del ducado de Sanlúcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, dió
-parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de
-España, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones
-de Madrid tuvieron asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y
-los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión de desahogar su
-mordacidad.
-
-Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia
-quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está--me respondió--a cargo de una
-tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa
-y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que
-hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores,
-y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales
-de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien
-hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes.
-Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique--le dijo
-su excelencia señalándome a mí con el dedo--, este caballero que aquí
-ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe
-en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le
-he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana--añadió
-dirigiéndose a mí--, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de
-que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro
-otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo
-cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.
-
-Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados,
-explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle
-novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad
-todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban
-como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por
-capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en
-sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le
-enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de
-Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un
-maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid
-que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién
-dar la preferencia.
-
-Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un
-sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a
-recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o
-de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su
-profesión, «Señor de Santillana--me dijo--, como he sabido que es
-vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a
-ofrecerle mis servicios. Yo, señor--añadió--, me llamo Martín Ligero,
-y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza
-de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes.
-Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al
-señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos
-otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como
-criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.»
-«Por lo que usted me dice--repuse yo--, veo ser el sujeto que nos
-hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro--me
-respondió--, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones
-por semana.» «¡Cuatro doblones!--le repliqué--. Eso es demasiado.»
-«¿Cómo demasiado?--repuso con aire de admiración--. ¡Y tal vez vuestra
-señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!»
-
-No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan
-ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un
-hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y
-como que lo creo!--me respondió--. Nosotros somos cien veces más útiles
-a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría:
-¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas
-de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan
-poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una
-palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»
-
-Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que
-enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el
-precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don
- Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y
- con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo
- noble, con repugnancia suya.
-
-
-Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando
-Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su
-expedición. «Debo estarlo--me respondió--, pues que con los tres mil
-ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en
-géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío--le dije--, yo te
-doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano
-está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o
-si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a
-los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que
-hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez--me respondió el hijo de la
-Coscolina--, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen
-destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una
-larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a
-su criado?»
-
-Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que
-el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de
-haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este
-ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería
-hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba
-otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que
-en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su
-nuevo amo.
-
-Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar
-al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad
-sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía
-y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy
-contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al
-conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana--me
-dijo enajenado--, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que
-don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer
-en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría
-más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la
-Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia
-lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé
-gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique.
-
-Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de
-nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían
-solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que
-había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si
-fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este
-ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa
-a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para
-don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil
-escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando
-entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso
-los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué
-tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la
-novia, y de sus parientes.
-
-Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia,
-y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí
-tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres
-noble.» «Señor--le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír--,
-vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero.
-Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla,
-y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco
-ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento--replicó el ministro--es un
-obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del
-Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además--añadió
-sonriéndose--, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser
-premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que
-quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo
-exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome,
-señor--le repliqué--, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y
-diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo.
-
-«¡Conque ahora soy caballero!--me dije a mí mismo cuando estuve en
-la calle--. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis
-parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen _don Gil
-Blas_; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome
-de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla--continué,
-sacándola del bolsillo--, y veamos de qué manera se borra en ella el
-villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que
-el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había
-mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a
-bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir,
-en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no
-perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en
-vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la
-ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última
- conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió
- a Santillana.
-
-
-El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí.
-Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así,
-no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre
-la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le
-encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué
-a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de
-un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna
-nueva composición tuya!»
-
-«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo
-imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.»
-«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor
-parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a
-sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que
-solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime
-gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos
-folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un
-hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo
-a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es
-posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_?
-¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta
-manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya
-no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada.
-Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó
-el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo
-mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún
-alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor
-Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin
-que pueda jamás salir a la orilla.»
-
-«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será
-preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de
-tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque
-me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil
-ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no
-convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente
-les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te
-diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.
-Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices
-como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos
-asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que
-comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará
-entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de
-almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo
-dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados:
-uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien
-dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que
-tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa.
-Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla
-cuantos quiere en la población.»
-
-«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto
-que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro
-de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de
-tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude
-francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive
-de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte
-útil.»
-
-«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco,
-Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme
-en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un
-consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque
-y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a
-enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila
-en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me
-respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen
-olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer:
-«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle.
-Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del
-rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a
-las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero
-hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza
-de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas
-que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más
-violentos huracanes.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el
- rey un viaje a Zaragoza.
-
-
-Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento.
-Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar
-al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin
-embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los
-confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin
-que yo notase que su privanza disminuyera.
-
-Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los
-desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo
-a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas
-fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que
-quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la
-Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca
-se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus
-tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para
-el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado
-que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta
-opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle
-en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués
-de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la
-franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del
-primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que,
-convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta
-al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida
-para el ejército.
-
-Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir
-el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura,
-considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se
-retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me
-llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado
-y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como
-si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--;
-el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca
-ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del
-marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios
-a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de
-Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente
-se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra
-mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra
-excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está
-acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros
-tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su
-esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy
-bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver
-su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió
-el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el
-rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le
-habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho
-de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se
-engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el
-viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó
-efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.
-
-Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber
-nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso
-en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez,
-le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres
-semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde
-le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo
-en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde
-la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de
-donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí;
-pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a
-peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras
-de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no
-podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera
-en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y
-bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como
-un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber
-hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al
-soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de
-él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza,
-o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se
-restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al
-marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el
-honor de las armas españolas.
-
-
- CAPITULO IX
-
- De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.
-
-
-Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala
-nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de
-Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el
-yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado
-al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a
-mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar,
-estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No
-les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una
-dominación que aborrecían.
-
-Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se
-hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque
-quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su
-majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un
-semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su
-inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída
-cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra
-él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar
-a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes,
-especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a
-Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el
-conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe
-decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había
-sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de
-la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su
-primer ministro.
-
-Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de
-aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento
-hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No
-bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y
-murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia
-para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la
-injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio
-habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande
-efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él
-inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro;
-pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso
-que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.
-
-Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un
-rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin
-embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y
-me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría
-mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a
-alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días.
-«Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a
-terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez
-con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible
-en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros,
-sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que
-me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto
-puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.»
-Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver
-las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su
-audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía
-para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería.
-
-Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió
-buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de
-ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y
-criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto
-para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le
-insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer
-salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con
-su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo
-corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un
-convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos
-en él, y poco después llegó el resto de la familia.
-
-
- CAPITULO X
-
- Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque;
- síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en
- su retiro.
-
-
-La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció
-algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de
-súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a
-pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo
-aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina,
-que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se
-acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto
-de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que
-recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien
-que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes,
-se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de
-un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse
-que era el primero de la monarquía.
-
-La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado
-las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del
-conde-duque. «Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de
-Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al
-rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo
-celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las
-que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.»
-«Señora--le respondió mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con
-resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca
-que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar
-mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los
-ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su
-suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se
-engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura
-con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua
-duración de su autoridad?»
-
-De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de
-paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se
-renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el
-cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí
-pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de
-estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo
-adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente
-después de su matrimonio con doña Juana.
-
-Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor
-era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en
-unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída
-del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras
-fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus
-enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro,
-quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero
-entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó
-al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que
-la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las
-Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a
-quien siempre había aborrecido.
-
-Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y
-desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso
-dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A
-fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en
-su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de
-desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada
-de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La
-condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que
-la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había
-fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina
-Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud,
-cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los
-sinsabores de su vida.
-
-Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo
-se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una
-distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la
-mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a
-comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos
-conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo
-regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces
-salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta
-por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí.
-
-Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba
-en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame
-vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de
-satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a
-familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado--me
-respondió--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme
-en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición
-a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo
- extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo.
-
-
-Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también
-algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo
-trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un
-ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.»
-«Señor--le respondí en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a
-Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto,
-después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de
-mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación.
-
-Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan
-superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de
-la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina
-mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor.
-Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía.
-Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos
-para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto,
-donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza
-podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia
-le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco
-pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse,
-cada día se iba aumentando.
-
-Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o
-disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el
-designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento
-de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor--le dije con
-aire mezclado de respeto y de cariño--, ¿será permitido a Gil Blas
-atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes--me
-respondió--, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho--repliqué--de
-aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia?
-¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre
-la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas
-inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver
-a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había
-libertado?» «No; gracias al Cielo--respondió el ministro--, ya no me
-atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de
-la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me
-tributaron.» «Pues, señor--le repliqué--, si vuestra excelencia ha
-podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de
-una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia?
-Mi querido amo--prorrumpí, arrojándome a sus pies--, vuestra excelencia
-tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia
-hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad
-tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su
-antigua confianza?» «La posees todavía--me dijo su excelencia--, pero
-confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la
-tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las
-instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo
-de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante
-confesión. Sí--continuó--, me domina una negra melancolía, que poco a
-poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy
-viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa.
-Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión,
-un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me
-turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir
-persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante
-débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que
-te confiese--añadió--; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a
-todos el verdadero motivo de mi melancolía.»
-
-Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y
-que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor--dije al
-ministro--, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma
-vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo
-pensé yo al principio--me respondió--, y para experimentar si debía
-atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero
-todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá--le
-repliqué para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse
-un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados,
-me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.»
-
-Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo,
-y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar
-a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir
-también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas
-veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de
-estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando
-todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra
-tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un
-cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los
-escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el
-suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde
-la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo
-de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le
-libraron de su visión.
-
-La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un
-agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos
-de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su
-testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso
-al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el
-más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por
-pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su
-fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el
-conde-duque.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del
- conde-duque y partido que tomó Santillana.
-
-
-Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el
-convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de
-nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares
-nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para
-quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente
-al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la
-mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del
-singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales,
-y fundó aniversarios en muchos conventos.
-
-La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que
-cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía
-orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte
-calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u
-ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque
-este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose
-en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba
-hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré--le
-respondí--, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo
-mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para
-hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!--exclamó el religioso--.
-Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos!
-Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para
-siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones
-piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana,
-a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.»
-
-En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo
-del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo
-para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a
-Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a
-este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de
-Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues
-no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo
-quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se
-halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y
-atractivos de la Naturaleza.»
-
-Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión.
-«Amigo mío--le dije--, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con
-efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido.
-Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino,
-lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve
-tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid,
-cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.
-
-Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de
-un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta
-villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis
-días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida
-para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis,
-que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice
-con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis
-pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una
-palabra, dejé arreglados todos mis asuntos.
-
-El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había
-despedido de don Enrique. «Sí, señor--me respondió--, y ambos nos hemos
-separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que
-sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba
-con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que
-el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de
-que--añadió--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se
-le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan
-con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea
-usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un
-amo desacreditado.»
-
-Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca.
-Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo
-íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían
-tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas;
-tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión,
-montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban,
-por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de
-la silla.
-
-Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran
-resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de
-que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban
-nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y
-los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro
-acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que
-iba a tomar posesión de un virreinato.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya
- casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una
- señorita.
-
-
-Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar
-las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que
-efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos
-pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré
-desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que
-no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado
-desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.
-
-Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija
-Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de
-abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego
-que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible
-que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté
-de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester
-que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?--exclamó mi
-ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras--. ¿No bien
-me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija
-mía--le respondí--, no pretendemos separarte de nosotros dándote
-marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.»
-
-«Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la
-niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en
-misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después
-a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco
-adelantaría usted--le respondí--aunque yo se lo concediera. Serafina
-depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden
-disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles
-para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto,
-señores--prosiguió ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se
-hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.»
-
-«Pero, en suma--dijo Escipión--, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se
-parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido
-con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso,
-no!--respondió Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos,
-sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos
-haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se
-llama?» «Don Juan de Antella--respondió la mujer de Escipión--. Ha poco
-tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo
-dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana
-suya.» «Oí en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese
-hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio
-menos--exclamó Escipión--la hidalguía que las buenas prendas, y ese
-don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama
-tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversación--, y los vecinos
-de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves
-palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por
-ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija.
-
-Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después
-vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales,
-y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos
-había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos
-que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la
-mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de
-pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan,
-sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos
-solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse
-mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después
-que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le
-respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no
-podía ofrecer mejor colocación a Serafina.
-
-Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina
-para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino
-de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado
-tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de
-Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos
-largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la
-descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles,
-cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto
-antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza
-de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que
-el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del
-edificio.
-
-Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos
-presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea
-y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de
-gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos
-bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la
-misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe
-disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra
-conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo
-que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de
-buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por
-nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar
-su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir.
-Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a
-Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y
-cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras
-tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo,
-por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura
-completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados
-que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin
-embargo, el conjunto me embelesaba.
-
-En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había
-entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no
-veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?--me dijo Escipión
-mirándome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don
-Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo--le respondí--, y
-estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia
-he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre,
-a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda
-resistir?» «Señor--me replicó el hijo de la Coscolina--, parecíame a
-mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella.
-Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo
-abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su
-semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted:
-la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro
-de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de
-que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted
-lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después
-que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre
-el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o
-cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más
-ilustres.»
-
-
- CAPITULO XIV
-
- De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo
- cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana.
-
-
-Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera
-me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso,
-no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba
-mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin
-miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento
-que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví
-arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano,
-el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada,
-no estaba sin zozobra.
-
-Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa
-de vestirme. «Señor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a
-tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho,
-y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo--me dijo--que
-no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo
-puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo
-que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi
-vida!» «Señor don Juan--le respondí--, ya que usted ha ido derechamente
-al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de
-haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada,
-implore los de usted para con su hermana.»
-
-A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro,
-del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor--exclamó
-prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro
-corazón!» «Me ha encantado--le dije--, y me tendré por el hombre más
-dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso
-debe usted estar seguro--me replicó--, pues, aunque somos nobles, no
-desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro--repuse yo--que no tenga
-usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me
-obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa
-usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su
-hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo
-con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las
-oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que
-hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy
-a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón,
-entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la
-mayor satisfacción. «Está muy buena--me dijo al devolvérmela--. Dorotea
-es de usted.» «Y usted--exclamé yo--cuente con Serafina.»
-
-Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los
-dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían
-gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos
-conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de
-Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión,
-Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había
-tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por
-esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que
-era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero
-mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar,
-correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente
-necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me
-tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.
-
-Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto--le dije--va
-a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va
-que no puede ir mejor--me respondió--. No he necesitado emplear la
-autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de
-usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su
-gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su
-corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!--exclamó fuera de mí de
-alegría--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su
-suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con
-ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.»
-
-Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido
-dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las
-ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas.
-Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina;
-y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de
-nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana
-Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear
-lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme,
-y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un
-mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas
-para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo,
-fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de
-don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me
-presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé
-hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen
-tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo
-querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a
-Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos
-al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con
-nuestras novias.
-
-Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve
-motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor
-gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a
-llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera
-en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió
-con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos
-cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte,
-advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero
-cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba
-entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la
-noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se
-verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos
-resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la
-quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se
-le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia.
-
-Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de
-personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado
-concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya
-educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad.
-
-
- FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO
-
-
-
-
- INDICE DEL TOMO III
-
-
- LIBRO OCTAVO
-
-
- Páginas.
-
- CAPÍTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un
- buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano.
- Historia de don Valerio de Luna. 5
-
- CAPÍTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le
- admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el
- trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él. 12
-
- CAPÍTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener
- desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la
- conducta que se vió obligado a guardar. 18
-
- CAPÍTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que
- le confía un secreto de importancia. 23
-
- CAPÍTULO V.--En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de
- honra y de miseria. 26
-
- CAPÍTULO VI.--Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza
- al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro. 31
-
- CAPÍTULO VII.--De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados;
- del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él. 38
-
- CAPÍTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada. 41
-
- CAPÍTULO IX.--Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una
- gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia. 52
-
- CAPÍTULO X.--Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas
- en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la
- intriga en que este señor y él se metieron. 62
-
- CAPÍTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el
- príncipe hizo a Catalina. 71
-
- CAPÍTULO XII.--Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su
- inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. 77
-
- CAPÍTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene
- noticias de su familia; impresión que le hicieron; se
- descompadra con Fabricio. 81
-
-
- LIBRO NOVENO
-
- CAPÍTULO I.--Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la
- hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a
- este fin. 87
-
- CAPÍTULO II.--Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don
- Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo. 92
-
- CAPÍTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el
- casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los
- inutilizó. 96
-
- CAPÍTULO IV.--De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de
- Segovia y de cómo supo la causa de su prisión. 98
-
- CAPÍTULO V.--De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido
- que le despertó. 104
-
- CAPÍTULO VI.--Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena
- de Galisteo. 108
-
- CAPÍTULO VII.--Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil
- Blas y le da muchas noticias. 130
-
- CAPÍTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid;
- cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad
- y resultas que tuvo. 134
-
- CAPÍTULO IX.--Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué
- condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los
- dos después de haber salido de la torre de Segovia y
- conversación que tuvieron. 140
-
- CAPÍTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién
- encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este
- encuentro. 144
-
-
- LIBRO DECIMO
-
- CAPÍTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid,
- donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se
- encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador
- del hospital. 151
-
- CAPÍTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a
- Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y
- sus consecuencias. 162
-
- CAPÍTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y
- llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué
- recibido en ella y qué gentes encontró allí. 172
-
- CAPÍTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores
- de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena
- acogida que le hizo doña Serafina. 179
-
- CAPÍTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una
- tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de
- Valencia. 185
-
- CAPÍTULO VI.--Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia,
- encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre
- era este religioso. 190
-
- CAPÍTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la
- noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que
- hicieron en su familia. 198
-
- CAPÍTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. 203
-
- CAPÍTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato
- con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que
- se celebró. 210
-
- CAPÍTULO X.--Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de
- la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión. 217
-
- CAPÍTULO XI.--Prosigue la historia de Escipión. 248
-
- CAPÍTULO XII.--Fin de la historia de Escipión. 263
-
-
- LIBRO UNDECIMO
-
- CAPÍTULO I.--De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había
- experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó.
- Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que
- Santillana volviese a ella. 287
-
- CAPÍTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte,
- reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos
- de esta recomendación. 293
-
- CAPÍTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por
- obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio
- que le hizo José Navarro. 299
-
- CAPÍTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de
- Olivares. 302
-
- CAPÍTULO V.--Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro
- y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares. 305
-
- CAPÍTULO VI.--En qué invirtió Gil Blas estos trescientos
- doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria
- de que acaba de hablarse. 312
-
- CAPÍTULO VII.--Por qué casualidad, en dónde y en qué estado
- volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación
- que tuvieron. 317
-
- CAPÍTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada día más el afecto del
- ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a
- Santillana de su viaje. 322
-
- CAPÍTULO IX.--Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija
- única y los sinsabores que produjo este matrimonio. 326
-
- CAPÍTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez;
- refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro
- del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que
- le produjo esta desgracia. 330
-
- CAPÍTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipión, el
- cual se embarca para Nueva España. 335
-
- CAPÍTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su
- viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. 338
-
- CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de
- Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos
- tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo;
- qué servicio hizo Santillana a Tordesillas. 343
-
- CAPÍTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué
- personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí. 352
-
-
- LIBRO DUODECIMO
-
- CAPÍTULO I.--Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y
- éxito de su viaje. 357
-
- CAPÍTULO II.--Da Santillana cuenta de su comisión al ministro,
- quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a
- Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera
- representación en la corte. 368
-
- CAPÍTULO III.--Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte;
- representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas
- de estos amores. 371
-
- CAPÍTULO IV.--Nuevo empleo que confirió el ministro a
- Santillana. 378
-
- CAPÍTULO V.--Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa
- bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece
- Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de
- maestros. 382
-
- CAPÍTULO VI.--Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil
- Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores
- que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque;
- cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya. 385
-
- CAPÍTULO VII.--Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a
- Fabricio; última conversación que ambos tuvieron y consejo
- importante que Núñez dió a Santillana. 389
-
- CAPÍTULO VIII.--Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió
- Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza. 392
-
- CAPÍTULO IX.--De la rebelión de Portugal y caída del
- conde-duque. 396
-
- CAPÍTULO X.--Cuidados que por el pronto inquietaron al
- conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida
- que entabló en su retiro. 399
-
- CAPÍTULO XI.--El conde-duque se pone repentinamente triste y
- pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado
- fatal que tuvo. 403
-
- CAPÍTULO XII.--Lo que pasó en el palacio de Loeches después de
- la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana. 407
-
- CAPÍTULO XIII.--Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de
- encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se
- enamora de una señorita. 411
-
- CAPÍTULO XIV.--De las dos bodas que se celebraron en la quinta
- de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de
- Santillana. 416
-
-
-
-
- OBRAS DE J. H. FABRE
- EDITADAS POR CALPE
-
-
- Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas
- cada uno.
-
- LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE
- LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS
- NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA
-
-
- TITULO DE CADA VOLUMEN
-
-=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas
-fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color.
-En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
-
-=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales
-a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la
-agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-
-
-
- LIBROS DE LA NATURALEZA
-
- _El contenido de las obras que forman esta serie de libros
- editados por CALPE es rigurosamente científico y está al
- corriente de los últimos progresos de las ciencias naturales.
- Garantía de ello son los autores de esas obras, todos los
- cuales figuran entre los naturalistas de mayor autoridad en
- nuestro país._
-
-
- VAN PUBLICADOS
-
-=Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado.
-
-=La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional de
-Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas
-fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor en
-la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10
-fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en
-el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel
-estucado.
-
-=Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el
-Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40
-dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
-estucado.
-
-=La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-=Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-
-Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas
-cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría
-impresas a cinco tintas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE
- IDEAS DEL SIGLO XX
-
- SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR
-
- DON JOSE ORTEGA Y GASSET
-
- Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.
-
- _Compondrán esta colección los libros maestros de Europa y
- América que, aparecidos en estos últimos veinte años, inician
- nuevas maneras de pensar en filosofía como en política, en
- critica artística como en biología, en ciencias sociales como
- en física. Será, pues, una colección, única hoy en el mundo,
- que ofrece en apretada fila los temas más incitantes de la
- nueva cultura._
-
-
- Volúmenes que aparecerán en breve,
- editados por CALPE:
-
-Rickert.--=Ciencia cultural y ciencia natural.=
-
-Born.--=La teoría de la relatividad de Einstein.=
-
-Driesch.--=Filosofía del organismo.=--Dos volúmenes.
-
-J. von Uexküll.--=Ideas para una concepción biológica del mundo.=
-
-Bonola.--=Geometría noeuclidiana.=
-
-Worringer.--=El espíritu del arte gótico.=
-
-Wölfflin.--=Conceptos fundamentales de la historia del arte.=
-
-Spengler.--=La decadencia de Occidente.=
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana:
-Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
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-file was produced from images generously made available
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-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
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-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
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-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
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-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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