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Isla - -Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - - Le Sage - - - HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA - - TOMO III y ÚLTIMO - - - - - MCMXXII - - - - - Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA. - - - - - LE SAGE - - - Historia - de - Gil Blas de Santillana - - - NOVELA - - - TOMO III y ÚLTIMO - - Traducción del P. Isla - - - [Ilustración] - - - MADRID, 1922 - - - - - Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID - - - - - GIL BLAS DE SANTILLANA - - - - - LIBRO OCTAVO - - CAPITULO PRIMERO - - Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que - le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don - Valerio de Luna. - - -Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había -ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, -y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el -duque de Medinasidonia. - -Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda -y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino -si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel -mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a -ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse. -Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero -con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento -indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba -a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando, -mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con -mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted -me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa -de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a -favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el -caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace -más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!--añadió, estrechándome -lleno de gozo--. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi -propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la -honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en -caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted. -Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos -que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría -en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien -mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa. -Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.» - -Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el -mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos -y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y -apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a -usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los -días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.» - -La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y -enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues, -y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una -cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en -aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo -tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de -la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él -y el mayordomo estaban muy bien avenidos. - -Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi -amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre, -me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que -proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma, -primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente -al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos -a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de -Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo -Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad -absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus -órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta -mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para -usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser -estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que -le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de -comer, iremos a su casa.» - -Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo -del administrador que había sido despedido, el cual consistía en -visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una -palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los -meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que -le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero -esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal -pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre. - -Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y -reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente -pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de -las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas, -que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del -sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no -pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó -con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses -se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a -contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en -la corte. Esta historia es la siguiente: - -En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada -Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos -decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden -de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues -la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar -a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después -de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la -corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que -no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la -marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante -noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le -hacían excitar pasiones hasta en su vejez. - -Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los -secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado -de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que -el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía -sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué -hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado -arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde, -enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora -que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me -caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo -y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta -reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, -respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de -los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos -frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os -lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, -o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.» -«Pues bien--replicó ella--, una vez que con tanta porfía queréis -continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada -mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi -vista.» - -Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio -de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo -contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados -el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó, -suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó -lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora, -rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a -refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.» - -Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su -atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para -librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula -para huir de mis deseos!» «¡No, no!--interrumpió ella--. Te revelo un -secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la -necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro -de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste -el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, -y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon -a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te -vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa -para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una -persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros -mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para -colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti -como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; -si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre, -no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta -aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la -naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.» - -Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un -triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio -a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos -pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo -muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se -oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y -sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con -la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el -crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no -haberle podido cometer. - -El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de -arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí -mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa -del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la -relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había -hecho, me eligió para substituir a este joven. - - - CAPITULO II - - Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de - sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer - y queda gustoso de él. - - -Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil -Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de -alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos -consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su -excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo, -que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja -el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar -a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que -subiréis mucho en poco tiempo.» - -Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije: -«Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque -he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el -pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele -hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues, -decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado--me -respondió el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le -diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría -decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que -conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don -Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro -modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues--prosiguió--, -que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era -éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado -a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano. -Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle -a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como -un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que -participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace -conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público, -frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque -lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública. -Por lo que acabo de decir conoceréis--añadió don Diego--cómo debéis -portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted -a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se -conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser -poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así--repuso Monteser--, voy -a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.» - -Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando -audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio. -Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que -solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis -contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar -de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos, -que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados -haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se -consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos -de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que -respondía muy cortésmente a los que le hablaban. - -Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes. -Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana, -a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don -Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía -merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar -en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio -de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la -historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación -tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España -no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían -ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión -general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la -verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla -desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla. -«Señor de Santillana--me dijo sonriéndose al fin de mi narración--, -a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor--le -respondí sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero -y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco--replicó--. Veo, hijo mío, -que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal -ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se -pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo -Santillana--continuó el ministro--, no te acuerdes más de lo pasado; -piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear -en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has -de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su -despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de -registro en folio muy gruesos. «Aquí--me dijo--has de trabajar. Todos -estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias -nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española. -Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de -todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios -que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los -lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus -bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o -malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno, -veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados -en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome -sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos -provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey -quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide -un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero -emplearte en él.» - -En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que -me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo -el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de -términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor -un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo -de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y -sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y, -por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una -calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé -por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda -la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases -castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas. -Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de -saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo -que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi -escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver -lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--, -te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente -escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que -además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el -acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida -de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si -a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde -de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo -que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para -tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del -que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey. - -Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los -secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a -comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no -a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido, -sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las -ordinarias no convenía a mi persona. _¡Piensa que ahora sirves al rey!_ -Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a -la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por -momentos en mi ánimo. - - - CAPITULO III - - Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la - inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió - obligado a guardar. - - -Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un -secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que -me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le -dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir -como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al -pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían -volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería -con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona. - -A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de -ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de -cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o -tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después -de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo -comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros -dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que -el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, -me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a -casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que -ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España. - -Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que -entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde -luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su -secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y -bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en -las Universidades. - -En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a -entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa -del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha -que servimos--decía uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y -lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» -«Por lo que hace a mí--decía el otro--, quisiera haber recibido veinte -zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de -tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito -no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia -para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el -castillo de Alicante!» - -«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda -tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna, -vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a -cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual -no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que -seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que, -por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era -menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar -mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar. -Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a -desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta -tuve una disputa con el hostelero sobre su importe. - -Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más. -Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia -habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de -veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena -cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en -discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre -este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir -a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor -disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor -bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este -secretario. - -Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a -ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles -al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el -sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de -una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario--me decía yo en este -tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el -ajo antes que usted se lo haga morder a otros!» - -Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo, -que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se -lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado -al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro -con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la -cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no -puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo -de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza; -pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió -con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera -servirme. - -Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la -inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno -reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me -perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego -que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la -obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la -mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del -principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas -este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma -de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve -una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y -familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos -personas que contrastaban singularmente. - -Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y -resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que -producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo -más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese -lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores) -abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban -sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses -para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo -que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de -conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en -aprovecharme de los momentos de conversación con el duque. - - - CAPITULO IV - - Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un - secreto de importancia. - - -Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin -embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos -que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que -me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy -inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño -de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de -haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, -le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme -con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar -vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don -Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él--respondió el duque--. -Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus -sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me -gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer -que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» -Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había -conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar -muy bien con él. - -«Para principiar--prosiguió el duque--a ponerte en posesión de mi -confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te -enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso -darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente -respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi -arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y -aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar -a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a -amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el -conde de Lemos, mi sobrino.» - -Habiendo advertido el ministro que este último punto me había -sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien -lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a -mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de -cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. -No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que -éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a -la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan -envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por -más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto -te manifiesto--continuó--lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado -desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo -podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de -Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España. -Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión -de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio -de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo -mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia -que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que -tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi -proyecto--añadió--, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré -a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo -que tenga que participarme.» - -Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi -inquietud. «¡En fin--decía yo--, heme aquí colocado en una situación -que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente -de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien -presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con -indiferencia apurarse mi pobre bolsillo. - - - CAPITULO V - - En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria. - - -Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él -mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los -papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba -a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en -el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo -bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, -no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me -convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia -cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me -veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó -de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta -entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el -tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente -cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que -no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con -tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado -mejor un cortesano consumado. - -También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo -regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de -su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a -la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer -en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se -retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino -de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos -que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los -sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por -la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía -de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes -para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba -en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a -solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y -se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, -¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la -corte que con menos fundamento se tienen por tales. - -Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque -había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de -ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de -Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer -extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al -pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que -su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba -satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis -ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba -poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de -Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas. - -Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del -príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le -aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del -asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El -conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos -encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos -términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de -Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted -depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir -de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores -de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he -tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar -disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para -seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto -correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía, -y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se -levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado -le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy -cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--, -noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su -sentir acerca de ello.» - -Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de -Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones, -de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde, -diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es -el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su -intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas -prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca -estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el -padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos -me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe -de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y -yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que -muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en -estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de -satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a -ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto -era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia. -¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe! -«¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en -cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en -ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como -otro. Solamente se diferencian en el provecho. - -Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de -día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras -esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera -preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi -aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas -de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo -llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta -la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es -decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando -me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre -Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle. -Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis -necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a -quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde -que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis -vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente -necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi -manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas -las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y -un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no -comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar. - -Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía -causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a -mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque -de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El -Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días -después. - - - CAPITULO VI - - Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de - Lerma y cómo se portó con él este ministro. - - -Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva, -de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una -recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado -el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar -algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los -jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por -orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la -copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía -en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios -muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su -excelencia no le disgustaban. - -Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que -me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas -sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar -con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves--dijo -el duque--parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su -pendencia.» «Señor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me -trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor -fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté -en estos términos: - -«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo -suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba -este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un -gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía, -manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer -amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos -hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc -tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir, -a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se -complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus -más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque, -viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a -su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su -lengua.» «Señor--le respondió el cachemiriano--, vuestros deseos -se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, -señor--respondió Zangir--, que un dervís cabalista me enseñó el idioma -de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré -palabra por palabra lo que les haya oído.» - -»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los -cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después -a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el -asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!--exclamó el ministro -persiano--. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos--replicó el -secretario--ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila -tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela -sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas, -viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este -secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a -poco!--interrumpió el otro cuervo--. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto -la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con -él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda -en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero -entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo -en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más -necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de -la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no -con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a -la miseria.» - -Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma, -quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo -en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del -atrevimiento de su secretario. «No, señor--le respondí, algo turbado -de su pregunta--; la fábula dice, al contrario, que le colmó de -beneficios.» «Fué fortuna--replicó el duque con seriedad--, porque hay -ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones. -Pero--añadió, cortando la conversación y levantándose--creo que el rey -no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho -esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo -que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana. - -Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a -poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado. -Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios -copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted, -señor de Santillana?--dijeron al verme--. ¡Usted está muy demudado! ¡A -usted le ha sucedido algún lance pesaroso!» - -Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para -ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que -había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre -de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado--me -dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al -revés.» «Esa es mucha verdad--dijo el otro--. ¡Quiera Dios que sea -usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa, -que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía -empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus -necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es--le dijo -el ministro--que se os pague. Tomad--prosiguió, dándole una libranza -de mil ducados--, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero -acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios. -El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después -de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra -parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le -condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.» - -Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé -perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca -paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!--decía--. -¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula -que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y -quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas -que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! -Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada -y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren -sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi -dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre, -para echarle a él toda la culpa!» - -Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la -siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró, -contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que -en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche -estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables -ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo -me permitieron suspirar y lamentarme. - -El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella -mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado. -«Santillana--me dijo alargándome un papel que tenía en la mano--, toma -esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre -mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está -prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel -momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies, -le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy -humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a -entender a vuestra excelencia mi miseria!» - -El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil -Blas--me respondió--, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades -sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal, -amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte -preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este -descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te -entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo -te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en -favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.» - -En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al -ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo -familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me -fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan -turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que -creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el -temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua -no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza -para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había -hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me -apreciaba más. - - - CAPITULO VII - - De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer - negocio en que medió y del provecho que sacó de él. - - -El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió -el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde -cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que -no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la -miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché -más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de -caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje -de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por -fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía -a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un -mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban -para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la -española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los -sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además -ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de -castor con galón de oro. - -Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a -Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más -de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban -a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada -todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que -se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota -que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no -quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso, -porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando -llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje -cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele -algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era -travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi -elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo. -Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a -quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil -permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir, -de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme -gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era -la habilidad de Escipión--que así se llamaba mi lacayo--, que había -servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en -cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que, -mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él. - -Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del -rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran -descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino, -llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el -duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le -haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder -le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber -que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de -que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento -y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese -seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado -de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.» -«¡Cómo, pues--le dije--, señor Escipión, usted ha andado ya mucho -camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño -que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a -usted--me respondió--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.» - -Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con -una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío--le dije--, antes de -tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae -a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él -al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, -y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda -tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto--respondió el -granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de -esta suerte. - - - CAPITULO VIII - - Historia de don Rogerio de Rada. - - -«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad -de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio -afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba -tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy -celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su -mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto -de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía -desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba -libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste -el único hombre de quien debía recelar. - -»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía -ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró -de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que -era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales -consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su -maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy -seriamente que no debía esperar el logro de sus designios. - -»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual, -imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este -carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día -tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella -le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio -castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no -hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo -pasado. - -»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan -mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía -a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él -quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más -horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde -que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante -muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin -revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que -os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor -y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa -en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta -aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.» - -«¡Ya os entiendo--interrumpió don Anastasio todo turbado--, vuestra -prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!--repuso Hordales -con aspecto irritado--. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por -marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!--exclamó don Anastasio--. -¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!--prosiguió don -Huberto--. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no -puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se -ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña, -y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto -os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra -Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es -inútil--continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el -efecto que esperaba--, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado -de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis -una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar -cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que -nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.» - -»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra -una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de -que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender -en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que -las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a -su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al -pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces, -sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría -resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía -tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada, -se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que -mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te -deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No -quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!» - -»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a -Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas -y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado, -por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis -quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel, -mirad que os engañáis!» - -«¡No, no!--repuso el irritado celoso--. ¡Estoy muy cierto de vuestra -traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don -Huberto...» «¡Ah señor!--interrumpió ella con precipitación--. ¡No -debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis! -Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.» -«¡Callad, infame!--replicó don Anastasio--. Vos misma acreditáis -mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis -desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está -enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio, -pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo -de castigaros.» «¡Amado esposo mío--repitió la inocente Estefanía -llorando amargamente--, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus -movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando -reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo! -A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces -haréis más justicia a una mujer que no es culpable.» - -»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y -todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las -pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda -vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente, -bárbaro!--gritó--. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido -enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu -memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable -intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa -contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser -verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, -te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un -atentado tan horrible!» - -»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de -las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a -su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así, -como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se -aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el -puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra, -él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de -Antequera. - -»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe -que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra -sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó -a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego -que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales -gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos, -de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron -cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por -peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo -a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de -aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz -parto. - -»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las -mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena -se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que -mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar. -Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes -había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a -lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría -no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi -madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima -y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada -y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para -medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del -motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y -ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada -de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y -sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a -Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo -combate, le di tres estocadas y cayó en tierra. - -»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas -miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo -del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme -que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la -resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al -Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver -a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado -dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde -me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando -que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los -voluntarios que tenía a bordo. - -»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías -de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía -hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente -cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos -intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en -los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería, -y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para -acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de -Elena. - -»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes -eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que -podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era -de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también -advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos -saber vuestra familia?» «¡Ah!--me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga -vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años -hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin -horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don -Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!--exclamé--. ¿Debo creer lo que -oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» -«¡Qué decís, joven!--exclamó mirándome atónito--. ¿Será posible seáis -aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre -cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío--le dije--, yo soy -a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta -noche en que la dejasteis anegada en su sangre.» - -Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme -estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar -nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los -tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi -padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida -a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin -motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado -la inocencia de su mujer. «Señor--le respondí--, nadie ha dudado -jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre -irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto -fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este -pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a -morir. - -»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad -como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a -abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que -estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío--me dijo--, tomemos presto el camino -de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa -a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi -injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!» -Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise -se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no -quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero -que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me -contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que -prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En -fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato -a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para -entrar secretamente en nuestra casa. - -»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que -creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso -con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón -de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento -que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino, -vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado -es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en -extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué -sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el -matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que -mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto -me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo, -señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra -señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo -su valimiento.» - -El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con -mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece -perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto -a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto, -el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y -por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación -al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en -movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome -permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy -enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha -dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable -y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor -ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid -seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen -amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.» - -Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya -palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió -inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié -a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez -de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado -un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No -fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo -Calderón para despreciarlo. - - - CAPITULO IX - - Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de - cómo tomó el aire de persona de importancia. - - -El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a -Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones. -Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar -el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó -fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a -despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de -uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos -ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una -fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro, -su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del -impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el -siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario -berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de -mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que, -habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar -un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar, -y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus -géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el -favor. - -Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de -Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar -su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a -mi criado con un nuevo _quidam_ que acaba de enganchar. Cabalmente es -Escipión. Escuchémosle. «Señor--me dice--, permítame usted le presente -a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus -medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la -Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que -se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares -donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que -le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de -un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!» -En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía -engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España. - -Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar -todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba -creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado -de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo -de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno -de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de -Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír -viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--. -¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando -no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me -pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena -con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis -pensar--continuó--el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos -arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a -pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso -que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios. -Sirvaos esto de gobierno.» - -Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más -bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más -sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho -fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir -gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un -lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero. -Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil -doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un -caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí -hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos -en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la -clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos, -canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados -y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, -quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos, -lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los -pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar -los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre -los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones -de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros -parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del -pueblo recontando su dinero. - -Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura _compañeras -inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados -y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba -hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé -una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un -escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él -por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es -regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple -honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo -que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que -mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de -juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, -a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como -su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para -juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría -por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba -extremadamente. - -Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y -a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo -uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa -memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber -hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes. -Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales -covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad -el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y -siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte--porque tal amo tal -criado--también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba -a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él -contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para -ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como -un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera -el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no -cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer -agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía -tener clavada la rueda de la fortuna. - -Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida -ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el -gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el -que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar, -señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi -casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que -yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí--le dije--, -amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y -sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible--exclamó con viveza--que -te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte -colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor -era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda--añadió--que -seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al -repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto -los mayordomos de las casas grandes.» - -Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del -conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de -haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias -las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que -le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería -estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo -perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más -motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no -se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde -todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una -palabra, no sería confidente del duque de Lerma.» - -Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el -pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe -el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la -confianza del primer ministro!» «La divido--le respondí--con don -Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es -verdad, señor de Santillana--replicó--, que me causáis admiración. -¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen -en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo, -poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado. -Finalmente, señor--prosiguió--, me alegro mucho de la prosperidad de -vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!--interrumpí yo--. ¡Señor Núñez, -nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos -siempre con familiaridad!» «Tienes razón--repitió--. Aunque te hayas -enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he -mirado siempre. Pero--añadió--te confieso mi flaqueza: al oír tu -fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en -ti más que a mi amigo Gil Blas.» - -Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas -que llegaron. «Señores--les dije mostrándoles a Núñez--, ustedes -cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa -y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba -con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al -poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas -para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que, -tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y -desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se -sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho. - -Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y -me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi -gabinete. «Perdóname, amigo mío--me dijo--, si he ofendido a tus -covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado -entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos -hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes -un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan -estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré--le -dije--mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con -razón!--me respondió--. Yo te prometo talentos superiores y de los más -entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a -reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con -otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.» - -Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió, -acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro, -haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes -ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--decía -él--merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores -muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación -de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera -encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la -clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto -con profusión. - -En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas -principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con -vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro, -vituperando la elección que una academia de literatos acababa de -hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido; -los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me -fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba -por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro -declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el -cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos -versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le -dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción -defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los -ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes -se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero -aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, -Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos -en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una -taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica. - -Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de -aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien--le dije--, amigo, -¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis -traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas. -¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso--me respondió--presentarte -otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.» - - - CAPITULO X - - Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del - encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este - señor y él se metieron. - - -Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, -empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena -de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa -dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que -pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas -para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían -seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, -me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo -que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era -yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta -debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí -también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les -tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión -a José Navarro. - -Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para -decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día -a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba -hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma -cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por -quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que -necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo -usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien -a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el -apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque -os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto -era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde. -Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a -servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que -poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho -por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita -otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá -el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de -usted.» - -Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin -embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro -por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los -agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien, -con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado -Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo -que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.» - -José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero -creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi -casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan -mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento. -Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me -pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me -hallaba en la corte. - -Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al -que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo -dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del -dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde -quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que -al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del -príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me -dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo -Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer -cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este -príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred, -investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» -Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño -de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay -tantas gentes que se ocupan en él. - -Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no -dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que -volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte -un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la -fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo -que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted -necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta, -y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no -la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro -tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una -dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy -delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas -costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es -algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde -hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.» - -Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un -tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y -de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una -casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes, -que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía -y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería -difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no -escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En -esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que -le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a -las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un -sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le -respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No -me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y -de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como -usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el -Júpiter enviando una lluvia de doblones.» - -Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos, -no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase -a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus -amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me -recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, -en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en -almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron -con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía, -que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no -atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que -me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse -que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, -que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían -imperceptibles sus defectos. - -Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en -mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo -entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan -bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya -principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis -impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar -a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de -vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle -el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por -eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con -recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he -presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor -gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene, -pues a otro no la conseguiréis.» - -Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una -flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me -hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del -conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora, -vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque -hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a -la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante: -la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía -fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario -acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--, -hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien -pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa -de usted he hallado lo que buscaba.» - -Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien -conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer -la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie -de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de -carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser -dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita -es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple -aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es -quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores -ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la -Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad, -en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el -nombre de su madre con el suyo.» - -Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a -aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al -príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer -nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora -Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó -la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos -siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe -de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una -visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como -igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que -el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán -cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente. - -Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina. -Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas -llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos -me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias -imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad -entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo -necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho -sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad. - -El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho -un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en -tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche -siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las -señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a -la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría -descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno -de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos -días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este -señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que -habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me -llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta -principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones -para finalizarla. - -Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había -pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión -en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina, -porque de todo hace uno mérito para con los grandes. - -Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo -el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás -talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará -que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en -el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga -que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra -excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en -posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de -él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me -preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le -dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está -bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que -no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera -hacer.» - - - CAPITULO XI - - De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a - Catalina. - - -En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No -podíais venir más a tiempo!--me dijo este señor--. He hablado al -príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a -Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente -de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo -así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario -manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera -de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos. -Supuesto que le has de acompañar conmigo--prosiguió--, hállate esta -noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu -coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media -noche cerca de Palacio.» - -Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a -Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la -señora Mencía. «Perdone usted, señora--le dije--, si vengo de día a su -casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que -el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted--añadí entregándole -el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que -envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya -ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a -usted las gracias--me respondió--. Pero dígame, señor de Santillana, si -al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!--le contesté--. Ninguna -cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado -con destreza.» «¡Mucho mejor!--exclamó ella enajenada de alegría--. Lo -que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta -de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con -perfección.» «¡Vive diez--exclamé--, esas son muchas habilidades, tía -mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de -esas gracias le basta.» - -Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía -acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde -de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de -tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin -de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se -levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que -iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían -concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar. -Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había -tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los -príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En -fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres, -que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual -subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a -cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a -su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta -nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar. - -Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi -la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una -lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin -que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más -agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista -de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad -de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el -patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa, -seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían -mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que -escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió -la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina. - -«Y bien, príncipe mío--le dijo el conde--, ¿podíamos haber -proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más -bonitas?» «Ambas me embelesan--respondió el príncipe--. No pienso sacar -libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de -la tía.» - -Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil -cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha -discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el -personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los -amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su -ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese -estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con -mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado, -tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe -se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un -lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que -se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas -le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella -peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes -le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento. -Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una -aventurera como si le hubiesen casado con una princesa. - -La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo -quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos -dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha -gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a -otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene -dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me -busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu -bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún -tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el -agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de -haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente: -«Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra -alteza desea.» «No es difícil satisfacerle--dijo entonces el duque a -su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él -mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y -sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome -con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!--le respondí--. Veo -que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.» -Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello. -«¡Ninguno!--replicó el tío riéndose--. Es que un día Santillana quiso -trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor -ni en provecho suyo.» - -Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero -se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían -jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las -circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien -su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a -casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar -al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las -entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones -del dinero del duque para irlas a pagar. - -Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado -las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que -consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas -arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas -demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar -como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen -conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que -eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que -yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para -averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me -retiré con intento de tener una conferencia con Escipión. - - - CAPITULO XII - - Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la - precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. - - -Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me -dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos. -Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa. -Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios. - -El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus -convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os -inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras -y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es -esa?--le dije--. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son -poetas?» «¡Perdone usted!--me respondió--. Sería lástima dar a beber -vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre -mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por -vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta. -A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros, -y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto--le -respondí--, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.» - -No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la -mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú -sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero -que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme -como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una -cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas -de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en -satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto -más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe -de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que -para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha -enamorado de ella.» «Señor--me respondió Escipión--, usted se porta -demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve -una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó -su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente -relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina--prosiguió--es -hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad -de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador -anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses, -después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella -su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones -en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que -todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos -buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta -de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las -señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a -Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin -tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor: -han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique, -pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que -hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad -en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña -vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa -tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la -tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y -cuando de nieta, Sirena.» - -Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué -me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa -sea la querida de Calderón!» «Cabalito--respondió--, la misma es. Yo -quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no -lo creas--repliqué--; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés -tú las consecuencias?» «No, a fe mía--replicó Escipión--. ¿Qué mal -puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que -pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro, -contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y -si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque -verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.» - -Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo -y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también -aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía -haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el -ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello. -Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era -gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España -y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al -conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario -descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque. - -Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro -de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de -Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de -encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle -las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival. - - - CAPITULO XIII - - Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su - familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio. - - -Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala -muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería -que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o -por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: -«Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que -un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía -un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar -a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos -todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo -con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor. - -Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en -la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma -esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque -de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_, -_Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, -que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni -pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de -vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace -olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado. - -Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un -mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar -en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre -ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues -qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que -responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano -vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el -especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. -Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.» - -«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea -confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado -de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con -el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho -que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de -lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país, -llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.» - -Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar -cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di -motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien -me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia -que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo -cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo -desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes. -No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me -preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que -vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen -canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir -poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que -os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como -amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les -proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.» - -En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me -incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo -rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza -sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio -que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia, -me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--. -¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y -busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién -es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he -de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y -le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta. - -No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí -mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria -los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me -representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos -impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi -ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un -profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes. - -La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo -mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y -pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio -ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él, -no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un -día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la -corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente -agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más -adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes -conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que -consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas -con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las -atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil -Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.» - -«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna -mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no -debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo, -amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por -la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas -veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero -hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu -antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de -esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor. -Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que -semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada? -No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos -amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo -de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.» - -Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se -retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un -poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en -el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el -trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de -carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos -conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde -y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos -estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito -los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como -yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables. -¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo -bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se -entrega a criados! - - - - - LIBRO NOVENO - - - CAPITULO PRIMERO - - Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y - famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin. - - -Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a -cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho -aquel día. «Dar un golpe de maestro--me respondió--; proporcionar a -usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única -de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!--exclamé con aire -desdeñoso--. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito -y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener -ideas más elevadas.» «¡Ah, señor--repitió Escipión--, no lo creáis -así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado -que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera -de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es -éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan -grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi -secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?» -«¡Vamos despacio, señor!--me respondió--. ¡Un poco de paciencia! Es -menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir -en ello.» «¡Bueno!--respondí riendo a carcajadas--. ¿Todavía estás -ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que -usted piensa--replicó--; sólo quiero una hora de conversación con el -platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, -capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted -cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí. -«¡Alabado sea Dios!--dijo--. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez -mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me -emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá -o yo no soy sino un bestia.» - -Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel -de Salero--que éste era el nombre del padre de la niña--, y es tanto -lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la -propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija, -con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois -valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso--dije entonces a -Escipión--, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has -visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote--respondió--. Hablando aquí -para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna, -a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío--le -respondí--. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos -y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por -acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que -es bien merecido el que por ello nos castiguen.» - -«Todavía no lo he dicho todo--repitió Escipión--. El señor Gabriel -convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha -de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos -mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como -un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo -modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle -antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco -delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!--interrumpí con aire de confianza--. -¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en -este examen!» - -Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero, -quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya -muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se -pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven -Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo -tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de -corte. - -Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no -me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no -la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor -Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la -que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en -mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era -un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para -hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes, -todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y -puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de -negociantes que una plática de amigos. - -La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía -deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a -aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía -ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron -de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y -lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen -Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por -un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte, -afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como -de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos -de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo -tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan -poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al -retirarse que iba muy satisfecho. - -Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para -preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado--le -respondió--; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor -Escipión--añadió--, suplico a usted por nuestra antigua amistad -que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro -flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? -¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted -no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante -pregunta!--replicó el medianero--. Me intereso más por usted que por -mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada, -¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy -servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le -encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro -tanto oro!--respondió el platero--. Eso me agrada. Vaya usted, amigo -mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría -aun cuando no fuera querido del ministro.» - -Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí -al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición -favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado -su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me -recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a -ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le -presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le -manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno -a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después -siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de -mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor -partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas -se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me -dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de -Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.» - - - CAPITULO II - - Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y - del servicio que le hizo. - - -Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de -mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso, -mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora -diré por qué causa me acordé de él. - -Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo -sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le -vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación, -determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me -daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma, -y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo -y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba -la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro -el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto, -Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra -parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos -servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a -tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.» - -Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante -a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso. -Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio, -aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre -aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué -abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros -sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de -admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer -a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una -cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando, -por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos -cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos -sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en -su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia. -Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire -fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me -hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales -términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se -vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen. - -Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a -un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de -amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!--exclamó--. -¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En -qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró -en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se -expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues -me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con -los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos -obsequios?--decía yo en el camino--. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará -este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear -mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él -con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví -al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y -cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo -a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató -groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó; -pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió, -y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los -covachuelistas y secretarios que lo lean. - -Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no -aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber -presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero, -sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi -niñez me llamaban Frasquito--le respondió con serenidad el tal--, -después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde -de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con -un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor, -perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito -de tus excusas!--interrumpió con altivez Frasquito--. ¡Las desprecio -tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro -debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan -fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides -de que no eres mas que un criado suyo.» - -Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no -obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. -Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente -sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido, -lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con -carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey -le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la -que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía -gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando -viniese a la corte a prestar el juramento. - - - CAPITULO III - - De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas - y del grande acontecimiento que los inutilizó. - - -Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de -celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para -esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le -busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual -eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día -en que habían de entregarme la dote. - -La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos, -tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un -yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer; -fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas -conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia, -y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los -parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos. - -Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde -había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó -mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid. -Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a -bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de -Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres -lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro -de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido -bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y -cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!--me dijo Salero abrazándome--. -Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de -oro.» «Será usted bien recibido--respondí--, amado padre mío.» Luego, -habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a -la puerta, y tomé el camino de mi casa. - -Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres, -unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas, -rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: _¡Favor al rey!_ Hiciéronme -bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el -principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino -de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil; -y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo -que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía -necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba. -«¡No, no!--respondió--. Estoy seguro de que no he errado el golpe; -usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de -conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé -el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla -del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de -caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me -encerraron. - - - CAPITULO IV - - De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo - supo la causa de su prisión. - - -Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de -paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche, -no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal, -sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi -desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que -lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque -de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que -me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor -mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen -hacer algunas veces los ministros con sus favoritos. - -Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba -por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me -afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas, -que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la -mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para -aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el -rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me -dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida -se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo -vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.» - -Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con -suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar -en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más -me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su -bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados -que para mitigarla. - -En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me -llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre -con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor -Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don -Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre -del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted -le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para -el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me -quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán -del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego, -he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la -fortuna--continuó--de encontrar en un hombre que tiene el cargo de -maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de -su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con -nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que -pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de -compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento -puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de -instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo -es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase -conmigo.» - -Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra -al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud. -Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy -estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo -entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas -que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios. -«Inmediatamente--me dijo Tordesillas--van a traer de comer a usted; -ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito, -en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana -las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el -pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta -Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista -tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce -melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista -con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que -no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo -del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido -y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las -comodidades de que puede disfrutar un preso.» - -Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di -mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me -restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle -mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su -primer estado?--me respondió--. ¿Cree usted haber perdido para siempre -la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que -con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted, -señor don Andrés?--exclamé--. Parece que usted sabe el motivo de mi -desgracia.» «Confieso--me dijo--que no lo ignoro. El alguacil que -ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo -dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que -usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España -a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de -desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en -ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues -cómo--le dije--ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia -quisiera yo saber particularmente y esto es--respondió--lo que -cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él -mismo sabe.» - -En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que -traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y -tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con -mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la -tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas -que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que -no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno -enfrente del otro. «Empecemos--me dijo--por lo más urgente. Después -de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y -diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento, -y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus -manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad -que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca -sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado -actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles -ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo -exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera -bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo, -se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento; -pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación -tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que -acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener -por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de -la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar, -o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que -no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se -le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que -cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el -señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se -llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil -colgado en la pared. - - - CAPITULO V - - De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó. - - -Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me -había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber -contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia -ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven! -Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar -de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad. -Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el -resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste -querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo -comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.» - -Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía, -más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era -el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro -mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de -vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en -menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría -en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La -confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza -que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había -podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga -que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé -profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así -a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario -para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son -de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño, -pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que -cantaban los versos siguientes: - - ¡Ay de mí! ¡Un año felice - parece un soplo ligero; - pero, sin dicha, un instante - es un siglo de tormento! - -Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó -mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la -experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien -pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en -una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en -ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del -sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me -levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré -el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el -señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que -acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a -lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo -eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle -delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas. -Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía -representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces. - -Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada -anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--, -aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo -cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha -pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos -instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera -despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha -turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto -inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de -muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes -quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones -se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.» -Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba -de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender -mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro -cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí -con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál -sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la -juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una -miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las -princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la -Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había -dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una -ligera idea de las perfecciones que le adornaban. - -Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle. -Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió -a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una -mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió -bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La -libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo, -pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar -con paciencia nuestra desgracia. - -Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la -guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era -la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y -cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía -a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome: -«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus -galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me -favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse -para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a -una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a -usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.» - - - CAPITULO VI - - Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo. - - -«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía -doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la -Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando -el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas -daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía -ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta -proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de -ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían -equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que -hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis -señas. - -»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan -prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, -que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas -leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban -frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba -todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su -sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de -ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes -bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a -un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante -mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié -también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación. -Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones -fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama: -ambas se mostraron duras e inaccesibles. - -»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a -otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia -tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor -amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con -frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué -con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en -su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al -día siguiente. - -«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han -excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que -me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es -dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle -feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena -voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear -a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una -señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y -altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle -algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de -demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para -qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas -circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!» -Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de -trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que -la hice llorar. - -»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi -generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco -las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no -debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido. -Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere, -y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar -ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que -se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir -que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una -ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de -sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la -observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña -Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré -pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en -agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de -sus disimulos.» - -»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy -satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto -a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó -los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para -sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña -Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy -expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio -alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me -ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don -Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y -es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede -ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero -que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone -usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don -Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado -diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que -paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le -permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas -expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.» - -»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando -con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para -propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez -el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene -todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra -persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo -más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que -hago en mi cuarto!» - -»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas -las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que -mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras -no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que -procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi -favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi -desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío, -escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado. -Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición -de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto, -pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente -como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi -cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del -que usted le hace.» - -»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión -de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy -patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después -de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el -arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos -el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome -que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho -tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y -se volvió al momento a casa de don Jorge. - -«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón. -Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera. -Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia, -si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras -órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he -dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que -me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad -de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga -agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se -le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este -fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado. -Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa -de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi -desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la -vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su -vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no -ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha -hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación, -me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me -hacía, y desapareció al momento.» - -»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a -su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después -hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--, -que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar -de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu -conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche -que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este -instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí -a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le -respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que -así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le -vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la -mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un -frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que -yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir -dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos -términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle -jamás de mí. - -»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi -vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia -mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban -prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche -debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en -mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes -inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó -el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido -combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por -las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a -don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con -muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde. -Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y -casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a -casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad. - -»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que -entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al -sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto -se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante -que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo -pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la -Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él -era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado -como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella, -e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan -violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No -obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la -alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de -los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, -mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña -Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces -miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver -más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse -conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad -de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan -dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos -inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las -mujeres el último que llega. - -»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo -había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia. -De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi -herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve -permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la -criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de -tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba -su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía -solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo -pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la -boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda -la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo. - -»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que -tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su -hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto -por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una -compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia. -Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que -estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy -interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y -me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara, -el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras: -«Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no -dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde -encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que -os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña -Elena.--_Don Agustín de la Higuera._» - -»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor -tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al -solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi -me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve -tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente -en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la -función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis -decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el -combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio -que me señala.» - -»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a -reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo -que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté -estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la -cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se -retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, -que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, -pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio -de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que -amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y -partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en -cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda -suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, -bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo -con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; -pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted -renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted -persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían -cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una -ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la -noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» -«Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted -que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban -mis intentos.» - -»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual -hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos -a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear -con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, -no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y -así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como -de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival -recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó -muerto. - -»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había -pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado -Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve -a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para -mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se -entra en la ciudad, me encontrarás.» - -»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia -tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado -más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había -yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que -tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella -componía mi asunto. - -»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por -Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia. -Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y -presentarme en ellas con decencia. - -»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y -tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba -secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su -familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario, -cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían -pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al -tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía -enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa -occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le -había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó -allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo. -Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo -tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes -decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros. - -»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya -peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su -desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan -temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre, -consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno, -le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a -doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era -inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su -pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la -dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los -medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de -mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por -aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a -su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el -padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año -entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla -a olvidarme. - -»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por -él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante -tan apasionada. «Ved aquí--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que -un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano, -en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio, -se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la -corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos. -Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada -doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor -poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado -de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le -suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de -su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.--Parma, etc.» - -»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en -los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre, -la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que -conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el -fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le -proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi -inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar -al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron -el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando -enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que -nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre -en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón -más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan -fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su -infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de -recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó, -meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de -mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas -lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con -entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza -séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se -acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al -hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos, -nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá -que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi -amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó -a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose -del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos -de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó -precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le -hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia -que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida -de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la -injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés -de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento, -sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno -entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta -sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su -mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en -divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para -inventar. - -»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba -entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto -con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia -inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé -a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en -fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la -hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía, -dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida -de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón -y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.» - -»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón -para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo -que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente -si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al -deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para -enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora -Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente -encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y -quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer. -La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura -Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O -tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la -ingrata de haberos negado a oírlas?» - -«Señor--me respondió la criada--, confieso ingenuamente que vuestra -presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil -remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de -ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza -presentarme a usted?» «¡Oh cielos!--repliqué yo con sorpresa--. ¿Qué me -dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto -por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme -a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se -esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama; -me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra, -no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió -esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas. - -»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir -de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo -conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente -en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda, -adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo -común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se -ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su -mujer. - -»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me -hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí -no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis -dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado -mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las -instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en -adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más -satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero -ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus -decretos.» - -«Pues qué, señora--le respondí--, ¿no basta el haberos perdido? ¿No -basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que -soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento? -¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda! -¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis -el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis -y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está -bien--replicó ella con precipitación--; pues cesad vos también de -esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento. -Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la -amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--añadió--y -acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a -pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si -la prolongase.» - -»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé -a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé -hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que -de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado -de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado -infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas, -mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con -intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena, -que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus -consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!--me dijo--. ¿Es este el modo que -tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a -deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.» - -»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a -estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos -que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin -duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas, -que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su -hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra -conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor -don Gastón--exclamó, deteniéndome el brazo--, recóbrese usted y no se -rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!» - -»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide -ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal? -Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis -de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar -vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede -dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano--me -respondió don Blas--procura usted interesar mi honor para que le dé la -muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco -tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la -ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--añadió--, no os -desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.» - -»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó -poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de -alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después -me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el -cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar -en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha -amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual, -por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del -dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el -duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha -hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser -cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre -noble y castellano.» - -Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero, -el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la -cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque -de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo -importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado -injustamente de traición.» - - - CAPITULO VII - - Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas - noticias. - - -Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación -diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha -presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted -preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble -alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor -Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle -hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por -un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar -un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En -fin--continuó don Andrés--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de -ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.» - -Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era -traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas -muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel -Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba. -A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que -solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos -extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él -hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron -de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este -abrazo. - -En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi -casa. «Ya no tiene usted casa--me respondió--, y para ahorrarle el -trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras -lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto -por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole -ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus -salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad -de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que -saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario -de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo -estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso -sin conocimiento del duque de Lerma.» - -Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte -en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente--me respondió--, de ello estoy muy -bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me -ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho -que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la -señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de -España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del -señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida, -para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo -descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado -tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla, -informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con -eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado -su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a -Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión -perpetua. Vea usted aquí--prosiguió Escipión--lo que me ha dicho mi -amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más -bien de don Rodrigo Calderón.» - -Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis -asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino, -todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me -lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la -esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me -puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar -mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de -acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para -elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente: -los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre -Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe -el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos -amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el -Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso, -y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será -llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me -presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he -padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los -gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también -que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en -casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme -prontamente. - -El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en -prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del -pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted--me dijo--otra señal de -reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara -la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos--me -respondió--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he -tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío--le -dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en -que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos -hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen, -son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la -compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir -al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que -quiero--exclamó--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a -suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía -que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a -adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna -mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá -usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.» - -Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas. -Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso -alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo. - - - CAPITULO VIII - - Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y - éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo. - - -Aunque comúnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros -criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son -nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión me había -manifestado me hacía mirarle como a mi misma persona. Así, ya no hubo -subordinación ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en -adelante comiendo y durmiendo juntos. - -La conversación de Escipión era muy divertida, y con razón se le podía -haber llamado el hombre de buen humor. Además era discreto y me iba -bien con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me parece no sería -malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal -efecto. ¿Qué te parece a ti?» «Ya estoy--respondió--; pero los grandes -se mudan tanto de un instante a otro, que no sé cómo recibirá vuestra -carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que -escribáis, pero con maña. Aunque el ministro os estima, no fiéis por -eso en que se acordará de vos. Esta suerte de protectores fácilmente -olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.» - -«Aunque eso es muy cierto--le repliqué--, yo hago mejor concepto de mi -favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece -de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera -para sacarme de la prisión que se aplaque la cólera del rey.» «Sea -enhorabuena--respondió--; yo me alegraré que el juicio que usted hace -de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio -de una carta muy expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su -propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia -que a Escipión le pareció patético y Tordesillas juzgó superior a las -mismas homilías del arzobispo de Granada. - -Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecería al leer la -triste pintura que le hacía del miserable estado en que no estaba, -y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas llegó a -Madrid cuando fué a casa del ministro. Encontró a uno de mis amigos, -ayuda de cámara, que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien -dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, uno de los más -fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un -obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente -lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder escribir uno de -los carceleros.» El ministro la abrió y leyó; pero aunque vió en ella -un retrato capaz de enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse -compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante de algunas -personas que podían oírlo: «Amigo, diga usted a Santillana que es mucha -osadía el recurrir a mí después de la acción perversa que ha cometido -y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre -indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al -resentimiento del rey.» - -Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar -de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de -interceder por mí. «Señor--replicó--, aquel pobre preso morirá de dolor -cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió -a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda. -Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había -tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que -deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los -grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos. - -Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su -comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el -primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la -protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron -para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares, -de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad. - -El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para -recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza -de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil -Blas--me dijo al presentármelos--, vea usted aquí dos Hipócrates que -vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la -oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría -recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero -me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me -pusiera en sus manos. - -«Caballero--me dijo uno de los médicos--, es necesario ante todas cosas -que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande--le -respondí--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes -quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí--respondió--, lo -quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté -de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan -maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. -Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de -San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después -de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora, -hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo -mío--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las -medicinas y sangrías me habían causado--, de los dos talegos que hay -en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias -a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero, -¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi -ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza -quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a -pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el -talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, -y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el -descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano, -que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la -aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el -llanto de un heredero no es siempre risa disimulada. - -Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante, -me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a -la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que, -según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y -me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto -sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de -consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio -que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía -mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor -particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun -cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía -de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un -filósofo. - -Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto -cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha -ocurrido una cosa--añadió--. Conozco a una persona que podrá servirnos, -y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una -muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos -los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde, -aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien--le -respondí--. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa -diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!» - - - CAPITULO IX - - Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la - libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido - de la torre de Segovia y conversación que tuvieron. - - -Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué -a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo -quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, -pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran -librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque -encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión -a la corte y la afición que había cobrado a la soledad. - -Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin -y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo -a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su -criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha -tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra -soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega, -ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a -toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi -obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte. - -No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta -y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del -rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide, -quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo, -usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero -las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá -le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas -saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda -salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran -mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo -estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de -ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.» - -Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el -día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de -Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que -me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger -del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había -quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si -no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo -menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun -cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi -suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan -desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto, -te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea -que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya -veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el -murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y -otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos -esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a -nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá -satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo -comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la -bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta -verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo -reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias -maravillosa para conservar la salud.» - -«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi -secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta -frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de -mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos -enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con -qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión -del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será -preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones -convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano -para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para -gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice -Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_. -_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear -tenerlas._» - -«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado -los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa -de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante -que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un -grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que -extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano. -Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas -tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--, -tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en -qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia -filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí -encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida -deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón; -consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione -todos los placeres con que se recrea mi imaginación!» - - - CAPITULO X - - De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en - la calle, y de lo que siguió a este encuentro. - - -Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en -la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos -fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy -bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro -a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha -disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas -están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico -mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que -este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un -noble no está siempre gustoso con su señor yerno.» - -Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí: -«Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los -dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el -platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos -talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos -de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me -dijo--el depósito tal como se me confió.» - -Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de -haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en -donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados -los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad. -Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario -tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte -cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que -iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach, -aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don -Alfonso. - -Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido, -se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su -señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber -de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar -a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están -actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la -corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido -a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al -Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le -haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha -hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca -gusta de recompensar el valor.» - -Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté -saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo -de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo -inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar -por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala -jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció, -dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre -sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría: -«¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento! -No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos; -yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva, -y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a -delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde -entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte -buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había -escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--, -dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten -por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le -respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un -puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y -confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con -grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer -ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a -decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa -exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco -que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en -ella una vida retirada. - -El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me -dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora -más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar -tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna. -Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá -quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una -pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas -de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin -incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta -determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.» - -Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar; -le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su -beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me -hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento -de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su -generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso -de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba. -Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración. -Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno -de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No -obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que -te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria: -quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.» - -«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi -codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres, -como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de -Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte, -esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en -perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son -una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.» - -Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó -al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del -agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que -había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre -y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la -escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera -un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, -diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando -quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del -barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado -a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino -de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto -puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados -de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad. -Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de -mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la -orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un -país hermosísimo.» - -«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza, -vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa -a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que -tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje -a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado. -Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos -días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para -recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión -apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos -tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y -tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos -cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi -retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en -nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la -puerta de mi casa estos dos versos latinos: - - _Inveni portum: Spes et Fortuna, valete: - Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].» - - - [1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna! - ¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros! - - - - - LIBRO DECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a - su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con - el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital. - - -Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir -a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de -Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de -Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que -el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían -perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como -a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición. - -Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante -de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase -al nuevo cardenal. «Puede ser--me dijo--que su eminencia, viéndole a -usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse -irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.» -«Señor Escipión--le respondí--, usted ha olvidado sin duda que sólo -conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las -dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de -Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque -de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto -que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está -tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos -a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío, -si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que -decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y -te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde -pudieres.» - -«¿Cómo así?--replicó mi secretario, algo resentido de estas -expresiones--. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener -repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi -inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte -en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted -en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en -una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna -gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle -mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué -únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas -reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido -de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar -de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una -idea tan risueña!» - -Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos -buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi -comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el -segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso -alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a -Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo -suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo -mío--le dije--, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la -Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos -secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que -maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué -imaginación!--dijo mi secretario--. ¡Sin duda, señor de Santillana, -que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber -hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos -remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor -sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y -atribuyéndose a ellos solamente los felices.» - -«En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo -fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte -enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de -la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba -sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían -los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no -los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez--exclamó Escipión dando -una carcajada--, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes -curiosidad de verle y oírle--repuse yo--, mañana la podrás satisfacer, -como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya -era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes -años.» - -Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a -apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había -muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a -causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro -doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar -que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente, -tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo. -A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado -en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos -vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos -preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor--le respondí--, ¿es -posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de -haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto -Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo -así?--me replicó dándome un abrazo--. ¿Eres tú Santillana? Cierto que -no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has -hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre -la Medicina.» «Teníale--le respondí--mucha inclinación, pero razones -poderosas me apartaron de ella.» - -«¡Peor para ti!--replicó Sangredo--. Con los principios que aprendiste -de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo -te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la -química. ¡Ah hijo mío!--exclamó arrancando un doloroso suspiro--. ¡Qué -novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta -parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que -en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en -poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los -hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el -desorden de los nuevos prácticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta -ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al -carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos -desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y -curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica -en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su -método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros -tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los -purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético -y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la -libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden -y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.» - -Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica, -pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber -lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían -inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena, -quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor--dijo -a Sangredo--, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como -tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios -químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego -partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos -que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La -razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos -ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia -como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos -miserables?» - -«Ese desorden--replicó el doctor--va todavía más lejos de lo que usted -piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos -de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los -cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces -de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo -sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el -quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se -juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta -dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son -a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se -aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian -la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan -más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora -el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la -sangría del pie.» «Señor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la -indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo -mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los -hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del -de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la -Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo -que este día fatal no esté cerca de llegar!» - -Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor -una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno, -un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego -que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había -mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las -reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor -doctor!--le dije--. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber -vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las -tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá -se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad -avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que -es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_, -y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de -aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. ¿Qué me dirá -usted ahora en su defensa?» - -«Digo--me respondió el viejo--que me reconvienes sin razón. Si yo -bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel -observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que -he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición--le repliqué yo--, mi -querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el -canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua. -Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el -vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con -tal que se beba con moderación.» - -Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía -negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la -vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa -reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano -mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a -que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo, -señor Sangredo!--le dije--. ¡No se canse usted de desacreditar el -quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su -celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la -rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho -cuanto estaba de su parte para sostenerla!» - -Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso -y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la -calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba -con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle -atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez, -aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica -mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme -a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y -discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para -conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con -mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida, -pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba--le -respondí--a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado -Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una -sonrisa maligna--. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e -hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? -Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.» - -«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al -señor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que -Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué -llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir--le contesté--que -escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es -un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y -cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan -bien--le respondí--como con las personas de calidad; porque, aquí para -los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la -menor duda!--repuso Ordóñez--. Haga la corte a los grandes todo lo que -quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le -producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico: -algún día le veréis en el hospital.» - -«Esto no me causará novedad--dije yo--, porque la poesía ha llevado -a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en -haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría -nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría--respondió Ordóñez--. Yo -le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto, -hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se -le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que -hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta -ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó -la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo -el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias -que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré -persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude -detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No -conocía su felicidad!--añadió--. Buena prueba es de esto el criado que -recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos -talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que -le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la -actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de -los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien -cargado de una numerosa familia.» - - - CAPITULO II - - Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué - estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias. - - -Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos -sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del -refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los -pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían -errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado -para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había -aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener -gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión -era un poco espadachín. - -Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón -poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba -yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de -presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me -informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas -que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con -efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención, -me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que -éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por -cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado; -es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo. -¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino -para cenar su tío!» - -«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una -memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin -duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.» -«Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el -estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que -haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil -Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy -poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el -canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla -actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco -goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos -enfermos.» - -Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a -Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi -secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de -mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción -que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes -de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo -mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver -morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso -espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas -de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un -pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de -las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado -esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide -perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches -tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban -a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la -postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció -de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano, -y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra, -exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo -llegase para expirar. - -Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse -desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi -padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además -de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no -haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad, -me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como -un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco -menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos -remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--. -¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus -parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de -los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado -las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de -esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.» - -El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y -el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle -muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más -que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que -mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre -y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a -quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una -situación tan digna de lástima. - -Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me -acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos. -Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas -cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de -un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo -mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te -creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de -familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi -madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente -fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi -salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones -que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña, -confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las -hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado -para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré -que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera -ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido -las circunstancias inútiles de ella. - -Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima -todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había -hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo, -me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi -madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse -de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me -respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor -del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado -conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha -frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran -siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal -corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de -ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.» - -«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo, -pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna -verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la -ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De -consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que -recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me -dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un -judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto -a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos -nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza, -y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso -que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa -vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía -seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo -que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido -a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis -obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan -mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer -mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la -avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del -rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta -dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por -cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar -a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido -enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido -a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo -a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted -admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de -Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá -usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que -el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de -tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles -atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.» - -«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi -madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas -dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi -hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy -connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como -esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por -ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese -cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto -conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar -en él.» - -No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque -era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en -que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir -una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que -se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la -ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió -mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de -ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi -esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más -pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más -infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente -las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de -Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.» - -Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no -economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se -despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio -por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte -generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que -aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado -con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder -tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso -entierro. - -Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó -contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo, -desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este -ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar -a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía -otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras -después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una -disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la -iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias, -acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos, -los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar -la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué -menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que -no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón -donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente -lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado -modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante -intento. - -Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había -hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal -aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de -Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido -algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba -menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se -opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en -adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío, -no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas -las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted -palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.» - -«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los -pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué, -señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No -lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña -linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos -vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por -ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea, -esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo -esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una -cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me -atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen -algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al -mío, por grande que fuese su sinrazón.» - -«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en -la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son -muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos, -ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en -el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de -cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por -este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a -doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes -interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí -de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el -populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento -que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas -de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país, -quieran volver a él para hacer de personas de importancia! - - - CAPITULO III - - Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a - Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué - gentes encontró allí. - - -Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro -viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, -y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo -dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos -acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las -quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que -descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el -dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.» - -«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra -morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda -de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si -no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate -aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el -país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso -me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó -Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una -cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy -modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de -mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su -orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que -tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.» - -«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio -es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus -torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído -y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla, -llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser -más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale -un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al -que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad! -¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él -largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto -nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.» - -Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas -puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el -señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta. -Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar -la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome -gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la -que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo -que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor, -habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen, -uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la -misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos -de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían -corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de -estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el -cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión -de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la -comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años -en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos -platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar -a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora -de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para -reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.» -Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y -Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de -pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún -rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo -pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad -que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron -mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a -ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería -de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo, -todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros -ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro -aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés, -de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas -de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario -hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos. - -Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario -y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con -dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla -podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de -Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es -que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal. -A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban -unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de -la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la -satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con -miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan -contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas -que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la -olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos -hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir -al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y -agradable. - -Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de -cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le -pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que -don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en -hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas -de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco, -en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua, -la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos -objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una -prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta -la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos -frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para -preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un -olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo -alegrillos que acababan de comer bien. - -Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos -escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron. -Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era -fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez -aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín -de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La -mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces -en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron, -gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien -venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me -obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que -me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció -conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección -y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo, -no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario, -dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos -fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin -que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto -de vernos en nuestra nueva posesión. - -Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni -el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a -la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala -donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa -cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en -pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco, -pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente -vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no -podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a -acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor -cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me -dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles -en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.» - -Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para -conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que -se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me -respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que -esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir -que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería -abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme -de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi -casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir -con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos, -Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de -que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador -de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien, -conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer. -Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo. - - - CAPITULO IV - - Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la - conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo - doña Serafina. - - -Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme -dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad -con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía, -y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban, -resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la -impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía -anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este -placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre -en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora -Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón, -no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas -especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a -dejarse ver el sol. - -Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en -el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi -secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un -hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir -inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena -fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este -deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de -acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho -días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre, -que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están -muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras -las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por -demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a -Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba -las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando -mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma -persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías. - -En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme -a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me -condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con -su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los -dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse -a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que -viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme -en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon -entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad. -«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a -Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y -suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» -«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa -que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la -posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella -cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester, -ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.» - -«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados -que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa -quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos -pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es -demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con -la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de -lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro -que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción. -En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o -dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras -con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían -violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me -pareciese. - -Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin -la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió -diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que -tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de -la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió -prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--, -creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será -menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana -debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi -memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece -el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora -la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del -peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron -a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de -muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto -de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una -sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a -comer. - -Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más -acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno -de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no -ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a -influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a -saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se -habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes -elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se -suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían -incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los -divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba -de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de -aquellos caballeros por un mozo muy discreto. - -Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir -la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron -en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una -ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador -con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se -acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para -que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de -cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba -de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que -siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en -casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la -aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza -Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se -habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que -usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al -cabo murió más llorada del ama que del amo.» - -Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me -pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino. -No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y, -compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin -pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de -que se había prendado. - -Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la -ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo -mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la -atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha -gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan -crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo -estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol -negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí -también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera -vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel -Triaquero. - - - CAPITULO V - - Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué - éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia. - - -Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las -personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros -de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura -como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches -para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas -aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda -clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me -disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron. -Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me -llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que -podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de -alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de -las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso. -«No hay que admirarse de eso--me respondió--, porque la tragedia -que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero, -apellidado _el poeta de moda_. Cuando los carteles de los cómicos -anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se -pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa; -todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se -estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla -el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se -respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda--dije entonces -al gobernador--que esa viva curiosidad del público, esa furiosa -impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don -Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.» - -Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los -actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el -principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin -de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el -teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba -modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros -y damas le llenaban a competencia. - -Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después -llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy -apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto -de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la -cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes -de la tragedia?--preguntó un caballero de Santiago--. ¿No es esto lo -que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones -tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es -un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo--respondió un -caballero de Alcántara--que nadie pueda pensar de él de otra manera. -Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo -Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el -señor--añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano--, que -me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste -usted, caballero--le respondió el de Madrid con cierta risita falsa--. -Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con -tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos -por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la -escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos -haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad -no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado -en la escena. Por eso antes de calificar un poema--prosiguió--lo -examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un -autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían -composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los -cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber -juzgado que eran dignos de ella.» - -«¡Oh! Por cierto--interrumpió el caballero de Santiago--, nosotros -no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que -se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su -mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención, -sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para -persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta -deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los -Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran -maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón -como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este -discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto, -señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la -primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de -su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que -sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena -rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos, -frecuentemente muy obscuros.» - -Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan -loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase -de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión -de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un -efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a -los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel, -y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y -ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al -cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega, -raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos -los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya -suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno -ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las -Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así -como formáis la nuestra, hace mención de él.» - -Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la -concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me -condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto. -Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi -señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano -de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón. - - - CAPITULO VI - - Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un - religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso. - - -Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y -salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un -cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los -ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de -todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él -a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios -capítulos de esta historia. - -Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que -en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos, -lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!--dije--. ¿Se -habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar? -¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve -demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante. - -Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, adonde fuí al momento -con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese -al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve -necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a -la puerta del monasterio otra cara que yo conocía trocó mi duda en -certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi -antiguo criado. - -Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos allí. «¿Será acaso -una ilusión?--le dije al saludarle--. ¿Es realmente un amigo mío el -que tengo a la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió no -conocerme; pero considerando que era inútil la ficción y haciendo como -quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil -Blas!--exclamó--. ¡Perdone usted si no le conocí tan prontamente! Desde -que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que -prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de -lo que he visto en el mundo.» - -«Tengo un verdadero gozo--le dije--de volverte a ver después de diez -años con un traje tan respetable.» «Y yo--respondió--me avergüenzo de -presentarme con él a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida; -este hábito me la está continuamente reprendiendo. ¡Ah!--añadió dando -un suspiro--. ¡Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre -en la inocencia!» «Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer--le -repliqué--, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Señor -os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente -por saber de qué modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don -Rafael, porque estoy persuadido de que es él a quien acabo de encontrar -en la ciudad en hábito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido -en la calle para hablarle y le espero aquí para reparar mi falta cuando -se retire al monasterio.» - -«No se engañó usted--me dijo Lamela--; el mismo don Rafael es a quien -usted ha visto. Y en cuanto a la relación que usted me pide, es la -siguiente: Después de habernos separado de usted cerca de Segorbe, -el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con ánimo de -hacer allí alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrásemos -en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando -en el coro; detuvímonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma -experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud. -Admirámonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y -desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba -ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su -conciencia. Haciendo estas observaciones caímos en una meditación que -nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos -buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos -llenó de turbación y de inquietud. «Lamela--me dijo don Rafael luego -que salimos de la iglesia--, ¿qué impresión ha causado en ti lo que -acabamos de ver? Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no tengo -el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos -y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En -igual disposición me hallo yo--le respondí--. Las malas acciones que -he cometido se levantan en este instante contra mí, y mi corazón, que -jamás había sentido remordimientos, está en la actualidad despedazado -por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio--continuó mi compañero--, somos dos -ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver -al aprisco! El es, amigo mío. El es quien nos llama. No seamos sordos -a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolución en -que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande -negocio de nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra vida en -este monasterio y consagrarla a la penitencia.» Aprobé el pensamiento -de Rafael--prosiguió el hermano Ambrosio--y tomamos la generosa -resolución de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al -padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar -nuestra vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos tratase como -a religiosos durante un año entero. Observamos las reglas con tanta -exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estábamos -tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos -valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admitió -a la profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado don Rafael -un talento a propósito para el manejo de negocios, le nombraron para -aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Más hubiera -querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oración, pero -se vió obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tenía de -él. Adquirió un conocimiento tan completo de los intereses de la casa, -que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres -años después. Y así está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede -decirse que le desempeña con grande satisfacción de los padres, que -alaban mucho su conducta en la administración de los bienes temporales. -Pero lo que más me admira es que, a pesar del cuidado que se le confió -de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna. -Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas -meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este -monasterio.» - -Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con un grande movimiento de -gozo que manifesté al ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de -nosotros. «¡He aquí--exclamé--, he aquí el santo procurador que yo -estaba esperando con tanta impaciencia!» Y al mismo tiempo corrí hacia -él y le di un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la más -leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteración, -«¡Sea Dios loado, señor de Santillana!--me dijo con una voz llena -de dulzura--. ¡Dios sea loado por el placer que me causa el veros!» -«Verdaderamente--le dije--, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte -posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia -de vuestra conversión y confieso que su relación me ha encantado. -¡Qué ventura la vuestra, amados amigos míos, la de poder lisonjearos -de ser de aquel corto número de escogidos que deben gozar de una -bienaventuranza eterna!» - -«Dos miserables como nosotros--respondió en tono muy humilde el -hijo de Lucinda--no podían concebir semejante esperanza; pero el -arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre -de las misericordias. Y usted, señor Gil Blas--añadió--, ¿no piensa -también en merecer que el Señor le perdone las culpas que contra él -ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted a Valencia? ¿Ejerce, -por desgracia, algún empleo peligroso?» «No, a Dios gracias--les -respondí--; desde que salí de la corte hago una vida honrada. Unas -veces gozo de la inocente diversión del campo, en una hacienda que -tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme -algunos días con mi amigo el señor gobernador, a quien ustedes dos -conocen muy bien.» - -Entonces les conté la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con -atención, y cuando les dije que yo había llevado de parte de este señor -a Samuel Simón los tres mil ducados que le habíamos hurtado, Lamela -me interrumpió, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: «Según eso, -padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se -le ha restituído con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia -bien tranquila sobre este punto.» «Con efecto--dijo el procurador--, -antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos el hábito hicimos entregar -secretamente a Samuel Simón mil quinientos ducados por mano de un -honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a -hacer esta restitución secreta. Tanto peor para Samuel si fué capaz de -embolsarse esta cantidad después de haber sido reintegrado por el señor -de Santillana.» «Pero esos mil quinientos ducados--repliqué yo--, ¿se -le entregaron fielmente?» «Sin duda alguna--contestó don Rafael--; yo -respondería de la integridad del eclesiástico como de la mía.» «Y yo -también la abonaría--dijo Lamela--, especialmente después que ganó dos -pleitos que le suscitaron por depósitos que se le habían confiado y en -los que fueron condenados en costas sus acusadores.» - -Nuestra conversación duró todavía algún tiempo y luego nos separamos, -ellos exhortándome a que tuviese siempre presente el santo temor de -Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. Fuí al momento a verme -con don Alfonso y le dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién -acabo de tener una larga conversación. No hago más que separarme de -dos venerables cartujos que vuestra señoría conoce: el uno se llama -el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas--me -respondió don Alfonso--, porque no conozco a ningún cartujo.» «Perdone -vuestra señoría--le repliqué--, pues conoció en Chelva al hermano -Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al padre Hilario, secretario.» -«¡Oh cielos!--exclamó sorprendido el gobernador--. ¿Será posible que -Rafael y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo--le respondí--, -y años ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el -segundo, portero.» - -Quedó pensativo algunos momentos el hijo de don César y luego, meneando -la cabeza, dijo: «¡Harto será que el señor comisario de la Inquisición -y su secretario no estén representando aquí una nueva comedia!» -«Usía--repuse yo--juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo, -que vengo de hablarles, juzgo más benignamente. Es verdad que no se -ve en el fondo de los corazones, mas, según todas las apariencias, -éstos son dos bribones convertidos.» «Bien puede ser--respondió -don Alfonso--, porque hay muchos libertinos que después de haber -escandalizado al mundo con sus desórdenes se encierran en los claustros -para hacer una rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que nuestros -dos monjes fueran de estos libertinos.» - -«¿Y por qué no lo serían?--le dije--. Ellos han abrazado -voluntariamente la vida monástica muchos años ha y se portan en ella -con la mayor edificación.» «Di todo lo que quisieres--me contestó el -gobernador--, pero a mí nada me gusta que los caudales del monasterio -estén en poder del padre Hilario, de quien no podría menos de -desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relación que nos hizo de sus -aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como tú, -que haya tomado el hábito con muy buena intención, pero el manejo del -dinero puede despertar su codicia. A ningún borracho que ha dejado el -vino se le debe fiar la llave de la bodega.» - -Pocos días después se verificó no ser infundada la desconfianza del -gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero -con el dinero del monasterio, noticia que no dejó de dar que reír a -los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos -que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a mí, nos -compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocíamos a los -apóstatas. - - - CAPITULO VII - - Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable - que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia. - - -Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y -viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias -y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas, -proporcionándome todas estas diversiones tanto el señor gobernador como -la señora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que -ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar -a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad. -Convinimos en que permanecería en la ciudad el invierno y el verano en -mi quinta. Con esta condición me dejaron libertad mis bienhechores para -que me fuese a gozar de sus beneficios. - -Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegró infinito de ella, -aumentándose su gozo con la relación que le hice de mi viaje. «Y tú, -amigo mío--le pregunté--, ¿qué te has hecho aquí durante mi ausencia? -¿Te has divertido mucho?» «Cuanto puede hacerlo--me respondió--un -criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado -por todos los puntos de nuestros pequeños Estados, y sentándome -unas veces junto a la fuente que está en el bosque, contemplaba con -particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como -las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso -bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un árbol oía cantar a -los ruiseñores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que -me ha gustado aún más que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de -muchos libros tan útiles como entretenidos.» - -Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole dónde -había hallado aquellos libros. «Los he encontrado--me respondió--en -una selecta librería que hay en casa, que me ha enseñado el maestro -Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta librería?--le volví a -preguntar--. ¿No registramos toda la casa el día que llegamos?» «Así -le pareció a usted--me respondió--; pero sepa que solamente recorrimos -tres distritos, olvidándosenos el cuarto, y allí es donde don César, -cuando venía a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura. -Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos han dejado como un -recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados -de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de él. Los -señores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado -tanto del alimento espiritual como del corporal.» - -Esta noticia me causó una verdadera alegría. Hice que me enseñasen el -cuarto distrito, en el cual se me ofreció un espectáculo muy agradable. -Halléme en una vivienda que desde luego destiné para mi morada, como -don César la había escogido para sí. La cama de dicho señor estaba -allí todavía con todos los adornos, es a saber: una tapicería que -representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cámara pasé a un -gabinete que tenía estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre -la estantería los retratos de todos nuestros reyes. Había también en -él, al lado de una ventana que tenía vistas a una campiña deliciosa, -un escritorio de ébano delante de un gran sofá de tafilete negro; pero -lo que principalmente llamó mi atención fué la librería. Componíase -de obras de filósofos, poetas, historiadores y gran número de libros -de caballerías. Conocí que don César gustaba de éstos en vista de -los muchos que de esta clase había juntado. Confieso, no sin rubor, -que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las -extravagancias de que están atestadas, ya porque no fuese entonces un -lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los españoles muy -indulgentes. Con todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite en -los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis -autores favoritos. - -«Amigo mío--dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería--, -aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra -cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted--me -respondió--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado -bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente. -Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo, -y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del -arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto -de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones: -la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le -perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser -muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en -ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó -y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como -tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad -del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que -me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no -quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosiguió--, -es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos, -como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar -muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa -escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me -parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a -los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría -yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.» - -Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos -quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y -despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo -día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos -doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos -establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que -correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos -a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero -mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no -era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín. -La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y -delicadas. - - - CAPITULO VIII - - Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. - - -Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio, -mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme -el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él, -tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en -eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar -con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez -y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares, -tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo -estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y -unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la -sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido -atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las -lacedemonias. - -Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su -hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella -Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle -algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la -fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado, -turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que -conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las -alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no -deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo -un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar. -Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos -cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido -silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro, -extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad -que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que -iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia, -se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla -de mi vista para siempre. - -Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro -remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que -vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi, -aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y -en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso; -pero--añadió--esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque -a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego--respondí--. ¡Ah -hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de -repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con -que ella ha atravesado mi corazón.» - -«Mucho gozo me causa usted--replicó mi secretario--en confesarme que al -fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad -de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios, -tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé--continuó--que nos costará -algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi -cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una -secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión--le respondí--, -quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer -experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de -esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y -así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo -que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con -tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo, -ciertamente--me respondió--, que usted tomase tan de golpe semejante -resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se -hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni -se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después -de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás--añadió--, no crea -usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de -su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario -es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda -entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy -mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá -con ella misma.» - -Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía. -Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi -gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el -temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar -desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña -cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré -satisfechos mis deseos.» «Así es--me respondió--, mi querido amo. -Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a -su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber -que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de -Antonia.» «¡Oh Cielo!--interrumpí todo enajenado de gozo--. ¡Conque he -tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude -usted--me respondió--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión -no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que -ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosiguió--, -usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os -inquietéis por eso--me dijo--; este rival no os robará el corazón de -vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah -ladrón!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. ¡Ve ahí por qué -ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente--añadió -Escipión--, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué -negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá--le -repliqué yo--deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que -quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un -rival peligroso.» «Tiene usted razón--respondió mi confidente--; se -le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se -ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer -de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continuó Escipión--, no deja -de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a -la seguridad de usted.» «No debes--le dije--sentir tanto su pérdida, -porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero -que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don -Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me -envió uno que consoló a Escipión. - -Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que -Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la -conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo -se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de -ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto -me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi -embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de -haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible -satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría--añadió--que se la doy -porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría -más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos -los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido -grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga -una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna--le dije--; -su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría -mil gracias--exclamó--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún -descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a -Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría -de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas -de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a -mil en gracia de este matrimonio.» - -«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respondí--, y nunca -reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de -acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía -tiene ya el mío--me dijo--; ¿y éste no basta?» «No--le respondí--. Si -el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende -del mío--repuso él--, y no se atreverá a resollar en mi presencia.» -«Antonia--le repliqué--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda -estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión -lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría -de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des -su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué -diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable -vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que -nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y -me dejó un momento a solas con ella. - -Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto. -«Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el -consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para -violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio -si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.» -«Eso es, señor--me respondió ella--, lo que nunca os diré. Vuestra -solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en -vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No -sé--prosiguió--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no -me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por -qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?» - -Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado, -hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi -alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán -tierno y apasionado. «Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me -hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu -esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda -lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con -la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste -de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si -me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse -conmigo. «Y bien--me dijo--, ¿está vuestra señoría contento con la -respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto--le respondí--, que desde este -momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho -esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con -mi secretario. - - - CAPITULO IX - - Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; - qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró. - - -Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme, -juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la -gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio -y aun de pedirles su consentimiento por política. - -Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos -de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, -que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil -enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me -hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de -que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía -que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a -la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme -asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, -me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero--añadió -con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con -que había correspondido al amor de Séfora--, aunque no me hubieran -ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque -sé lo delicado que es.» - -No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino -que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. -«Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de allí -hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la -boda, que ese es cuidado nuestro.» - -Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi -quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros -protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué -posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días, -pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras -dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia, -escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me -entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor -que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al -otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia. -Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo, -Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos, -precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y -seguido de la guardia del gobernador. - -Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de -ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a -saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó -admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina--preguntó don César a su -nuera--, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección -mejor?» «No--respondió Serafina--; parece que nacieron el uno para el -otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron -mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún -más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues, -según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado -otros en su vida. - -Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre -nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar -y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos -a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor -para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los -habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes -había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban -consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en -la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición -de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una -para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la -mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera, -porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda -y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó; -no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas -estuviesen bien servidas y todos contentos. - -Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida, -y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos -de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron -con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una -alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento -que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde -yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas -de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento. -Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en -hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos -nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en -efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando -de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja: -«¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto! -¡Ninguno puede evitar su desgracia!--añadió--. ¡Acabo de encontrar a mi -mujer en una de las criadas de Serafina!» - -«¡Qué es lo que oigo!--exclamé--. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso -el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?» -«Sí, señor--me respondió--, soy su marido, y juro a usted que no podía -la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.» -«Ignoro, amigo mío--repliqué--, las razones que tienes para quejarte de -tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te -ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público -tu resentimiento.» «Señor--repuso Escipión--, quedaréis satisfecho de -mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.» - -Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras -también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura -como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver, -«¡Ah mi querida Beatriz!--le dijo--¡Conque al fin el Cielo nos vuelve -a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para -mí!» «Yo no sé--le respondió su mujer--si experimentas realmente algún -placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida -de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me -encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba -enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró -a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te -trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de -un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis -descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho -para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que -sí--continuó ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se -casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió; -pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su -servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te -podrán informar de la pureza de mis costumbres.» - -No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía -probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su -esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de -ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por -él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no -pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse -a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos -dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa -juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos, -y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella -reconciliación que para festejar mi boda. - -La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella -los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el -ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las -otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se -pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con -las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron -en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César -otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con -ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas -que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una -parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me -había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el -concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron -al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de -lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué -interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro, -los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba. -«Hijos míos--les dijo--, en este día de regocijo se acrecienta mi -satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión--añadió--, -ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido -siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú, -Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta -que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya -a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió -tratarla con todas las atenciones imaginables. - -Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber -estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta. -Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger, -el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y -los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué -que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora -quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a -Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se -dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad. - - - CAPITULO X - - Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella - Antonia. Principio de la historia de Escipión. - - -Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia, -después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que -mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras -mujeres y nuestros criados. - -El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no -fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como -le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le -había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó -fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, -todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una -suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos. -Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun -cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer -la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una -de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la -concurrencia. - -Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al -sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor -que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla -esa boca--le dije--, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos -alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor--me -respondió--. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don -Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya--le repliqué--; pero este gusto -nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que -jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la -historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el -menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que -usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas -estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la -palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de -causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos -al sueño. - -«Yo--comenzó a decir Escipión--sería hijo de un grande de España de -primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago -o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno -es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado -Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. -Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le -obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre -Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba -sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila -echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando -cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero--contestó -ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de -comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable--replicó -él--, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias -a Dios--respondió la gitanilla--, tengo varias habilidades; sé hacer -pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la -buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las -cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un -espejo.» - -»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido -muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le -producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la -mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña -la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se -casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio. -Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender -pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco, -comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su -casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron -bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana. -No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya -llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era -único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella -que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado -palabra de casamiento se la cumpliría. - -»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi -madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se -cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por -haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba -frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de -la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le -revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla. - -»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al -diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía -el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la -aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con -lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al -aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán -majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la -espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus -ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo -tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años, -me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa -unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de -la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a -leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me -distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo -era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a -misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina; -pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a -pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más, -un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez -de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de -Sevilla. - -»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí -de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba -qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía -lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado -dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca -había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar. -Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y -para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé -a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los -azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de -cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando -satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de -declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de -aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse -a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la -misma. «Hijito mío--me dijo sonriéndose--, me parece que los dos nos -hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi -ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le -haga a usted--le respondí con bastante sequedad--, que yo ninguna gana -tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una -grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, -no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, -pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos -circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me -idolatran. Vente conmigo--añadió--y te pondré un hábito como el mío. Si -te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida -que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, -sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo -el bien que pueda.» - -»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias -preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he -tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas -frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había -comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en -el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las -quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de -que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena -provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.» -Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada -encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba -vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no -muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí. - -»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos -pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como -la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía -también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito--me dijo luego -que nos levantamos de la mesa--, ¿estás contento con mi trato? De este -modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este -ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes -cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás -para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que -los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y -pescado; no te pido más.» «Haré--le respondí--todo lo que usted quiera, -con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse -de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano -ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis -inclinaciones. - -»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por -el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano -que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno -daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina -y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita -víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban -al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les -servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle, -pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando -dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de -males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban -tener hijos. - -»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien -tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era -desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera -una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera -que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano -Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él -mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión. -Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a -todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga. -Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían -en verme. - -»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y -regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me -aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas -no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que -debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo -abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir. - -»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de -cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser. -Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un -movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje -que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a -la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces -más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre -partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como -unos cincuenta escudos en toda clase de monedas. - -»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los -aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que -por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere, -apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme, -cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle, -que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por -mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un -saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de -dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto -a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que -llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias. - -»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo--continuó Escipión--, y no -dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré -sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas -a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos -allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede -hacer un hombre de bien. - -»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de -Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo, -que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé, -pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya -huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las -cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego -que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me -había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era -y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía -en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo--me volvió a -preguntar--, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía -lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera -que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para -llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo--repuso -la mesonera--para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque -correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y -debo. No te señalaré salario--añadió--, porque los muchos caballeros -que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que -seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.» - -»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la -facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no -me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando -sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que -nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo -que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me -podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para -guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en -fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra -parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible. - -»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la -cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los -huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo -recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la -cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para -que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de -los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que -nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba -al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía -yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas -veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que -solamente los avaros pueden comprender suficientemente. - -»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces -al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar, -y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué -era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a -escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas -que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con -él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió -creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó -del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó -al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que -me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho -desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería -aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada -le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más -crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano -Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona. - -»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo -único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar -lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión -a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de -Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste -estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin -de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí. -«¡Cuánta lástima--dijo--me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es -que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión -haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no -haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome -la palabra, «Hijo mío--añadió--, ¿de qué lugar de España eres y quiénes -son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada. -Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.» - -»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué -insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y -lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo -cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los -ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano -Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; -pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero -y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte -puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto -era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines, -no paró aquí. «Hijo mío--prosiguió--, quiero empeñarme a favor tuyo y -buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo -con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de -aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el -número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos -beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte -con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.» - -»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los -azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir -como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, -llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la -una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi -compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa -del prójimo. «Querido Escipión--me dijo--, en verdad que tienes un -buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de -lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a -quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo. -No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento -y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, -colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte -en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás -en su casa a pedir de boca.» - -»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba, -continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo -celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar -hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un -pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el -mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger -sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba -en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de -los huérfanos, concebida en estos términos: - -«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un -bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy -despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle -encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de -él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan -piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Gálvez_.» - -»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena -intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había -de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas -del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de -un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del -hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto -me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo -tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es -verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de -talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues -no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a -cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres -servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo -como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así--me -replicó--, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice -sin réplica. - -Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba -don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba -un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean -ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para -fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al -barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho -esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las -once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba -tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome -libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la -noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él -muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea -muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de -galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no -podía hallar otro que más se adaptase a mi genio. - -»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me -preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado -que no podía estarlo más, «Pues bien--me replicó--, mañana saldremos -para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver -aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir -que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_.» «¡Que me -place!--respondí yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte -del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de -caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al -siguiente tomamos el camino de Andalucía. - -»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía -cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de -lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos -que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados -a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta -de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló -diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla -encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces -volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el -enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por -qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor--le respondí -yo--, porque enteramente se me olvidó.» - -»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas -tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el -templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo, -esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación! -¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué -no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia, -como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes -hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy -enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que -me dió por tan pequeño motivo. - -»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa -muy acalorado. «Escipión--me dijo--, he determinado irme a Italia -y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo -mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y -aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del -mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en -desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de -vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso. -Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no -pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré -casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas -amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las -bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba -de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté -qué le parecía esta determinación. - -»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después -afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un -hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza -que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no -pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu -afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo -después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural -propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un -robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo -la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el -éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino -a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en -que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo -cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?--me dijo.--¡Sábete que -cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!» -Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una -paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo -paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí -a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno. - -«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi -turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el -guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó -para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me -volvió a preguntar mi amo. «Señor--le respondí más muerto que vivo--, -le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana -para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú--me replicó--en qué buque me -había de embarcar?» «Señor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene, -a Roma va_: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír -esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos -que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero -dime--replicó otra vez--: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera -de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo--le dije--. ¿Ya no se -acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo -usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi -obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba -a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, -conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me -despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí -no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El -Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una -carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia--añadió mudando de -tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!» - -»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de -miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y -eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que -se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal -a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un -olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!--dije -entre mí--. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me -regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los -cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para -probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto -no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento, -me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me -salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las -cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: _¡Socorro! -¡Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida. - -»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego, -cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no -viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué -gritaba de aquella manera. «¡Señores--les respondí fingiendo miedo--, -por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me -quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?--exclamó Diego--. Porque tú -estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo -mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en -asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio, -porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no--le -dije al cocinero--; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que -quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!» -«Si fuese así--replicó el cocinero--, en verdad que tendrá que -aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te -dejaremos salir hasta mañana.» - -»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni -lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las -cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta -quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de -exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando -conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz -llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. -Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los -cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente -fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho -en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis -mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han -asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda -franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra -tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso -así, amigo mío--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por -criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto -del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser -admitido entre los marmitones. - -»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro -Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas -grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a -sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya -trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda -de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas -las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no -contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía -también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor -arzobispo. - -»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis -mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo -en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en -representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la -de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que -hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo, -que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y -con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería -yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo, -no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón -un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados -se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando -viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que -todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la -función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la -ciudad. - -»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que -le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó -acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme, -quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre -un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones -y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo -metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una -corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas -con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color -de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos -graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían -se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme. -Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una -relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las -dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre -bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado; -pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir -a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla -oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a -propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con -mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha -escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «_¡A un lado! -¡A un lado, que voy a mudar de traje!_» Todos se pusieron en fila para -dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente -del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el -valentón. - -»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo -reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se -lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó -por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos -correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido -en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos -largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi -jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso -no te dé cuidado--me respondió--; conozco a un prendero muy hombre de -bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con -preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré -y le traeré aquí.» - -»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en -la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un -lío cubierto con tela amarilla. «Amigo--me dijo--, aquí te presento -al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar -del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia -lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte -ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso--dijo el prendero--, -me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una -cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha -tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos--añadió--esa ropa que usted -quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está--dijo -el valentón poniéndosela delante--. No me negará usted que nada hay más -magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo -exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta--respondió -el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor -atención--; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace -usted--le preguntó mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?» -«Si fueran redondas--respondió Ibáñez--no tendrían precio; pero tales -cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni -puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi -lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio -y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que -tengo conciencia, ofrezco cuarenta.» - -»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un -apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de -doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira -la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El -señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de -la muerte.» «Así es--respondió el prendero--, y por eso no hay que -andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto, -éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere -usted!--replicó el valentón--. Antes de eso es menester que mi amiguito -se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho -me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el -prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo -con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el -vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los -dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en -diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me -fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del -bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras -reales y de mi corona, y se lo llevó. - -»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de -este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que -le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se -contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había -sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, -te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al -momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que -se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el -mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para -inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una -prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de -Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas, -salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que -entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres -días llegué a Córdoba. - -»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los -mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que -viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para -hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del -posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años -no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa -de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él -no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá -por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por -seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente -había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta -doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían -sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro -y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de -los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y -embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían -reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que -por burlarnos de ellas. - -»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel -estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón -de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una -conversación que me importaba. «Señores--exclamó al fin de la cena--, -les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días -pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de -Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.» -Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba -a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto -el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; -es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que -voy a referir a ustedes. - -»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que -se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con -el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me -creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se -quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la -comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan, -éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la -bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la -voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y -dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey -de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» -«¡Bendito sea Dios!--exclamó el arzobispo--. ¡Ha hecho muy bien en -huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas -que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su -reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando -seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su -majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que -dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase -la comedia. - - - CAPITULO XI - - Prosigue la historia de Escipión. - - -»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones -conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó -a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una -mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla -desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres -dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre -y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le -di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto -una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de -haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.» - -»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad -me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera--le -respondí--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase -bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más--le contesté--, -porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o -habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.» -«Si llegara ese caso--repuso él--, se le haría a usted muy cuesta -arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se -hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin -disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere -más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro -de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil; -hállese aquí mañana a esta misma hora.» - -»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día siguiente al mismo sitio, -en donde no tardó mucho en presentarse el mendigo, que, acercándose -a mí, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo así, y me -llevó a un sótano no distante de la misma iglesia y en el cual tenía -su albergue. Entramos ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco -largo que por lo menos habría servido cien años, el pobre me habló de -esta manera: «Una buena acción, como dice el refrán, halla siempre -su recompensa. Ayer me dió usted limosna, y esto me ha determinado -a proporcionarle una buena colocación, la que, si Dios quiere, se -conseguirá muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre -Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual; -tengo el honor de ser su demandadero, y desempeño este empleo con tanta -discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento -en mi favor y en el de mis amigos. Yo le hablé de usted, y le dejé -muy inclinado a servirle. Le presentaré a su reverencia cuando usted -quiera.» «¡No hay que perder momento!--dije al viejo mendigo--. ¡Vamos -ahora mismo a ver ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al -momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos -escribiendo cartas espirituales. Suspendió su trabajo para hablarme, -y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. «Habiendo -sabido--continuó--que el señor Baltasar Velázquez necesita de un criado -le he escrito esta mañana en tu favor, y acaba de responderme que te -recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. Puedes ir hoy mismo a -verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre esto el -religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a -que cumpliese bien con mis deberes, y se extendió particularmente sobre -la obligación que yo tenía de servir con esmero al señor Velázquez; y -concluyó asegurándome que él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con -tal que mi amo no tuviese queja de mí. - -»Después de haber dado gracias por su favor al religioso, salí del -convento con el pordiosero, quien me dijo que el señor Baltasar -Velázquez era un mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso; -«y no dudo--añadió--que lo pasará usted perfectamente en su casa». Me -informé del sitio donde vivía, y al momento pasé allá después de haber -prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan -pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entré en una gran -tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de -un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntéles -si el amo estaba en casa, y les dije que tenía que hablarle de parte -del padre Alejo. Al oír este nombre venerable me hicieron entrar en la -trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento -que tenía sobre el escritorio. Saludéle respetuosamente, y habiéndome -acercado a él, «Señor--le dije--, yo soy el mozo que el reverendo padre -Alejo le ha propuesto para criado.» «¡Ah, hijo mío--me respondió--; -seas muy bien venido! Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo a -mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han -hablado. Es negocio concluído, y desde hoy te corre el salario.» - -»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que -era tal cual me le habían pintado, y aun me pareció tan sencillo que -no pude menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar de jugarle -alguna pieza. Hacía cuatro años que estaba viudo y tenía dos hijos: un -varón que acababa de cumplir veinticinco años y una hembra que entraba -en los quince. Esta, educada por una dueña severa y dirigida por el -padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez, -su hermano, aunque nada se había omitido para hacerle hombre de bien, -tenía todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o -tres días fuera de casa, y si cuando volvía le daba el padre alguna -reprensión, Gaspar le mandaba callar levantando la voz más que él. - -«Escipión--me dijo un día el viejo--, tengo un hijo que me da -mucho que sentir. Está envuelto en todo género de desórdenes, lo -que verdaderamente extraño, porque su educación de ningún modo fué -descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo -ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin -haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje. -Acaso me dirás que le he tratado con demasiada indulgencia en la -pubertad y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he castigado -siempre que me pareció necesario el rigor, porque, aunque soy tan -bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice -encerrar en una casa de corrección, de donde salió peor que entró en -ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden -corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; sólo Dios -puede hacer este milagro.» - -»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado padre, a lo -menos aparenté que la tenía. «¡Cuánto me compadezco, señor!--le dije--. -Un hombre tan honrado como usted merecía tener mejor hijo.» «¿Qué le -hemos de hacer, hijo mío?--me respondió--. ¡Dios ha querido privarme de -este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar--continuó--, te diré -en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinación -a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer, -a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de -inteligencia con él y por eso le despedí; pero de ti espero que no te -dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con celo y fidelidad por mis -intereses, como sin duda te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.» -«Así es, señor--le repliqué--; durante una hora su reverencia no hizo -otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien -de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su -exhortación, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente, -y por último le prometo un celo a toda prueba.» - -»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las dos partes. El mocito -Velázquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía -que yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, me llamó a -un paraje retirado y me habló en estos términos: «Escucha, amigo mío: -estoy persuadido de que mi padre te habrá encargado que me espíes; -pero te advierto que mires cómo lo haces, porque este oficio tiene sus -quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he -de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engañar a mi padre, puedes -esperarlo todo de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más claro? -Tendrás tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este -mismo momento declárate por el padre o por el hijo, porque no admito -neutralidad.» - -«Señor--le respondí--, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré -menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser -traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!--replicó -Gaspar--. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con -andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a -contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de -veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar -a mi padre.» «¡Basta, señor!--le dije--. No es posible resistir a un -motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables -empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no -se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si -aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás, -sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y -algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me -mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar. -Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le -serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted -con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona -cuanto malo me viniere a la boca.» - -«¡Vive diez--exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas -palabras--que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes, -muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego -me prometo de él los más felices resultados y espero que con el -auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.» -«Usted me honra demasiado--le dije--confiando tanto en mi industria; -haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y -si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.» - -»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre -que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el -arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen -hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo -la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces: -«¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el -placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me -daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida, -entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía, -después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave -detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este -descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi -querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es -hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y -me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un -cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde -hay menos bribones.» - -»Pero ¿a qué fin--dije a Gaspar--quiere usted mandar hacer una llave -falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto--me -respondió--; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro -motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una -que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento -me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana -mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien -tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me -serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos -grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no -sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de -los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía -hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los -mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave -detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder -debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía. - -»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a -buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina, -para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que -acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil -caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en -el talego, que yo no quise aceptar. «Señor--le dije--, este primer -talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades. -Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios, -hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de -ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de -los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias -que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos -como buenos hermanos. - -»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en -estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se -entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse -con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran -y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos -gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que -al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión--me -dijo una mañana--, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba, -amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella -muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir -este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle -hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú -mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte -su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo, -no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por -responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me -tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad -hipócrita que contribuyó a sincerarme. - -»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no -dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra -nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya -llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose -interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los -talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar, -que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado -a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que -le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué -el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado -a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el -último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución -anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su -heredero. - -»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso, -considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía -profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya -a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida, -dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre, -el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco -satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento -para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme -al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que -estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa -abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida -al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del -cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las -más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo--añadí echándome a sus -pies--, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la -indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!» - -»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un -pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios -tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación; -lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar -de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice -para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente -las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil -toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio, -me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle. - -»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería -hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor--le dije--, -permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.» -Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación -y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella -demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un -delito de que me arrepiento--le respondí--y que lloraré toda mi vida! -He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a -que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo -lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la -conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé -sin omitir la menor circunstancia. - -»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo, -apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de -la verdad de mi narración, «Escipión--me dijo levantándome del suelo, -porque estaba todavía arrodillado--, yo te perdono en gracia del -importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar--continuó alzando la -voz--, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a -quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir -para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días? -¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y -no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte -que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe, -me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que -debía hacer en tan delicada coyuntura. - -»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría -aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y, -sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío, -he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres -casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy -hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al -matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida, -veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.» -Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su -poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con -efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos -en buenas mulas. - -»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio -tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros, -Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo. -Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje. -«Voy a decírtelo--le respondió el anciano mirándole con unos ojos -en que estaban pintados la cólera y el dolor--. No iremos a Mérida, -y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para -atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro -el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene -preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido -lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror! -Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo. -Hay--continuó--otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin -exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y -en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento -estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá -esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo -Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira, -Gaspar--añadió--, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber -engendrado a un malvado como tú!» - -»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy -lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los -pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le -pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a -la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar, -luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre -tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a -montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, -y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en -donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en -la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo -penitencia. - - - CAPITULO XII - - Fin de la historia de Escipión. - - -»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La -conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias -reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y -me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído -de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había -radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin -embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es -menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra, -y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos -el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado -en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin -embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi -integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez. - -»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de -Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho, -porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los -más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me -encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello. -«Escipión--me dijo un día--, si yo tuviera un criado de tan buen -humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a -quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor--le -respondí--, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo -inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales -caballerosos me encantan.» «Siendo eso así--me replicó don Manrique--, -quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de -su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo -Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se -persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi -parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un -mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero -de Alcántara. - -»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era -un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres -y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le -faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más -ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía -anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo, -cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse. -Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido. -Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la -marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos -modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la -nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y -su casa se llamaba _la buena sociedad_. - -»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta -señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle -en un desasosiego que no era natural. «Señor--le dije--, parece que -vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa? -¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?» -Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le -ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener -con la marquesa de Almenara. «Me alegrara--le dije riéndome--que -esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración -de amor.» «Pues no lo tomes a chanza--me respondió--; has de saber, -amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto -vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os -miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para -proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros -de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al -público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán -por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo -despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único -que temo--me ha añadido--es que mostréis repugnancia al cumplimiento -de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosiguió mi -amo--. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente -de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar -en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me -hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había -persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto -me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer -participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.» -«Sin duda--le repliqué entonces--que vuestra señoría está ya resuelto a -saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?--me respondió mi amo--. La marquesa -es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso -estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.» - -»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de -adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos; -tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero, -por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara, -y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso -todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba -la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique -de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa -de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y -chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a -los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique. -Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la -murmuración. «La novia--se decía--debiera, a lo menos por pudor, haber -suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas -ancianas que se casan con mozos.» - -»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa -de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello -experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo -convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que -siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron -para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y -conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique, -ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de -noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como -madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora -no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese -una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia -debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas -instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de -permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole: -«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes -que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he -casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por -nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y -no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.» -Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose -ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que -le acompañase. - -»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de -lo que acabábamos de oír. «Escipión--me dijo mi amo--, ¿esperabas oír -lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como -ésta?» «Juzgo, señor--le respondí--, que es de lo que no hay. ¡Qué -dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin -carga!» «Yo--replicó don Manrique--no acabo de admirar el carácter de -una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones -imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de -la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había -en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le -habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no -le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto. - -»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la -recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las -chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo -que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que -aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos -contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba -y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad. -Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de -acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que -lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse -la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que -pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato -que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la -que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que -parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él. - -»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a -esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase. -Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez. -Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo -pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de -criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra, -por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de -Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán -ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones -y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de -cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró -su tesorero.» - -«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó -a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!--me replicó con -semblante sereno y formal--. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo -a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso -habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me -cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio -del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún -alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá -hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de -rectitud y probidad. - -»Hallábame, pues--continuó el hijo de la Coscolina--, de secretario y -tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo -estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban -que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le -fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad -para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con -él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de -cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores -caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos -a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría -de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros -pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía. - -»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo -visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que -por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba -su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo -trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su -dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban -a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo -don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente -me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a -esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas -mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi -virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes -vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una -linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz -más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte -impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de -varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de -doña Julia, hija segunda del conde de Polán.» - -Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y -dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia--le dijo--, míreme -usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de -divinidad!» «Por lo menos entonces--le dijo Escipión--lo tenías a mis -ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces -más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan -amorosa, prosiguió así su historia: - -«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor -legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su -virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo -conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y -mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó -con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos, -y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que -aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique. -Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio -por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la -señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de -Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo -de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por -una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos -esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo: -era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada -para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia, -y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque -algunas veces no dejaba de ser bien largo. - -»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las -anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar -abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella -un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido -lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia -un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un -hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis -oídos estas palabras: _¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz! -¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En -vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad -de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando -sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el -cenador. «¡Ah vil seductor!--exclamé--. ¡Cualquiera que tú seas, antes -de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo -estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con -Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona -más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido -sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de -su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un -tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente, -me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que -me llamaba.» - -«Así fué puntualmente--interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos -la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero -que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva. -Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado -a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por -este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de -concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi -fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una -esposa infiel.» - -«En el estado en que me hallaba--replicó Escipión--, era capaz de -eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos -y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no -se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al -momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que -un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien -pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y -desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber -muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos -de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por -todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen. -En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y -sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo, -sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba -en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un -recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar -de criado en toda su vida. - -»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la -idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba -un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué -a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia, -que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me -senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis -negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo -para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia -tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por -allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me -engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que -llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!--le grité--. ¿Adónde -van esas mulas?» «A Madrid--me respondió--; en ellas han venido a este -pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.» - -»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró -deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus -mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche. - -»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona -de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la -Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a -maitines, en seguida cantó el _Credo_, como en las misas solemnes, y -luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun -el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía -menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado -a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!--le decía--. -¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted -no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso--me respondió--no me -parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no -cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances -sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo -menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis--le repliqué--una -pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo -tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de -castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente--me -respondió--. La continencia es también una cosa de que me precio en -estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No -quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los -alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé -conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana. - -»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en -el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en -la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena, -lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi -vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced--añadió--, -pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a -todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como -las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado -de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi -habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había--según él -decía--un conejo hecho ya trozos. «Mire usted--continuó--lo que pienso -darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de -hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo -que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar -a un contador mayor.» - -»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a -disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome -en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no -haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a -despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta; -venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en -una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y -yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy -bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete -que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron -un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba -de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me -respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta, -o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció -misteriosa. «Usted me oculta--le dije--la verdadera razón que le impide -comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted -tiene tanta curiosidad de saberla--replicó él--, le diré que tengo -repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde -que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por -conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión -a los cochifritos.» - -»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el -apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza -que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado -sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión, -me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España -hacían con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como -ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, -me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas -ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más -realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones -al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé -la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy -temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como -si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el -pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me -ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber -satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca -de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran -mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se -ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de -coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los -grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando, -habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos. -Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no -me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de -Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito -el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.» -Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles. -Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso -en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de -Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su -patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y -cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía. - -»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba -el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento -le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático -jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos -o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que -solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece -digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos, -griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los -apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba -llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura -de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos -hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando -menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más -extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas -nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un -plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso -descaro: _Furto laetamur in ipso_. - -»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición -sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no -merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía -inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de -aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a -lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir -decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como -discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar -mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado -había hecho algo malo: «¡Escipión--me decía--, guárdate bien, hijo, de -hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir -lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de -exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión, -que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación -de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco -hice en su casa la más leve travesura. - -»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una -parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado -al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me -valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa -de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para -que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El -ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel -reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real -y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid, -porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir -a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la -tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me -gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder -ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en -conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz, -esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me -hizo propasar a lo que no me era permitido. - -»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a -Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que -se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe. -Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y -del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado -del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme -reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de -lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de -la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por -oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que -le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta, -a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o -para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad. - -»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé -curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había -dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la -asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme. -Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy -diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de -que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno -de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas, -era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas -a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar -pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían -viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su -satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho -de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que -le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo -con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada -generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto -de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual, -enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos -casásemos. - -«¡Poco a poco!--le respondí--. Querida mía, esa ceremonia no la -podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte -de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados -estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!--replicó Catalina--. -Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la -repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces -que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer; -y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por -ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos -a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose -visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a -los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al -bien parecer. - -»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de -Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba -a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más -ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana--me dijeron--es -un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de -Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además -de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus -negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión; -presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación, -agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto -en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el -último amo a quien sirva.» - -Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose después a mí, -me habló en estos términos: «Señor de Santillana, hágame usted el favor -de atestiguar a estas señoras que siempre me ha tenido por un criado -tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles -que el hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía sus malas -costumbres, sucediendo a ellas en su corazón y en sus operaciones -virtuosos y honrados pensamientos.» - -«Así es, señoras--les dije--; eso puedo asegurárselo. Si en su -niñez Escipión era un verdadero pícaro, se ha corregido después tan -completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados. -Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender en su modo de portarse -desde que está en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy -deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme -al alcázar de Segovia libertó mi casa del pillaje y puso en seguridad -parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No -contento con haber mirado por la conservación de mis bienes, quiso, -llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a -los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme en mis -trabajos.» - - - - - LIBRO UNDECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado - en su vida, y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones - sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana - volviese a ella. - - -Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían muy bien las -dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra -acostumbrándose gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos muy -condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien -pronto la satisfacción de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas -casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera que parió, y dió a luz -una niña, y pocos días después Antonia nos llenó de alegría dándome -un niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al -gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compañía de Serafina -y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos, -teniendo el gusto de añadir esta prueba más de afecto a todas las que -yo había recibido de él. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este señor -y a la marquesa, se llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo -dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos títulos, se -prestó a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipión, a la -cual se le puso el nombre de Serafina. - -El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a las personas de la -quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron también con -festejos. Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente se -convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en -más de veinte años no he podido olvidar y que tendré eternamente en la -memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió su madre, sin embargo -de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebató mi -querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figúrese el -lector cuánta sería mi amargura. Caí en un abatimiento de ánimo y en -una estupidez inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible -a fuerza de sentir la pérdida experimentada. Pasé cinco o seis días en -tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo -que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado morir de hambre o -hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer -mi aflicción tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme -tomar algunos caldos presentándomelos con un semblante tan triste, -que parecía me los ponía delante no tanto para conservar mi vida como -para dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escribió al mismo -tiempo a don Alfonso noticiándole las desgracias que me habían sucedido -y la lastimosa situación en que me encontraba. Este señor, tierno y -compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente a Liria. Yo no puedo -traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se presentó a mi -vista. «Mi amado Santillana--me dijo echándome los brazos al cuello--, -no vengo a consolarte; vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu -amable Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la de mi adorada -Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado.» Con efecto; vertió -algunas lágrimas y confundió sus suspiros con los míos. En medio de -la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron de excitar en mi -corazón un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don -Alfonso. - -Este gobernador tuvo una larga conversación con Escipión sobre lo -que convendría adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería -necesario por algún tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes -se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en -esto, me propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia con él; -y mi secretario apoyó tan eficazmente la propuesta, que la acepté. -Dejé a Escipión y a su mujer en la quinta y marché con el gobernador. -Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera no perdonaron -diligencia alguna para divertir mi aflicción, echando mano de todas -las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los -esfuerzos permanecí sumergido en una profunda melancolía, de que -no pudieron sacarme. Nada omitía tampoco por su parte Escipión de -cuanto pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba -frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se -volvía más alegre o más triste según me veía más o menos dispuesto a -consolarme. - -Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre -por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía. -Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe -su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su -empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar -de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.» -Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo -parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío, -que yo tome en él?--respondí--. Ya dejé la corte; todas las mutaciones -que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.» - -«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que -tiene!--replicó el hijo de la Coscolina--. Si yo me hallase en su -lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a -presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto. -Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!--le dije--. Tú -quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo -la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento -y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las -costumbres de usted?--me replicó Escipión--. Tenga usted más confianza -que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas -reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros -de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase, -pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien -conocidos.» «¡Calla, adulador!--le interrumpí sonriéndome--. ¿Estás ya -cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más -mi sosiego.» - -Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don -César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey -y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo -éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le -había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si -estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese -a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le -había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante -gusto. «Yo a lo menos--dijo don Alfonso--no tengo la menor duda de que -se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas -del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo--dijo don César--, -y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte -le ha de abrir camino para grandes empleos.» - -«En verdad, señores míos--exclamé--, que ustedes no han meditado bien -lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid -para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados. -Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí -aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba -para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva, -y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes -iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este -viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo -sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la -confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas -quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se -acrecentaba a favor de mi engrandecimiento. - -Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a -incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su -hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me -atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba -un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de -mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun -pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé -el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi -hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno. - - - CAPITULO II - - Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele - el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta - recomendación. - - -En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado -dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor -diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro -tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, -que tuvo mucho gusto de volverme a ver. - -Era éste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en -la corte y en la villa, y le pregunté qué había de nuevo. «Muchas -novedades--me respondió--. Después de la muerte de Felipe III los -amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de -varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus -esfuerzos han sido inútiles, porque el conde de Olivares pudo más que -todos ellos. Quieren decir que España nada ha perdido en el cambio, -porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan -vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo -que no admite duda es--continuó--que la nación ha concebido la idea más -ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dirá si el sucesor del duque -de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.» Empeñado -ya Forero en una conversación tan de su genio, me hizo una puntual -relación de todas las mutaciones que se habían hecho en la corte desde -que el conde de Olivares manejaba el timón de la monarquía. - -A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, cuando ya el rey -había acabado de comer. Me coloqué al paso por donde debía entrar a su -gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al mismo paraje, y no -fuí más dichoso. El subsiguiente echó sobre mí una mirada al pasar; -pero no dió muestras de haber reparado en mí, y en vista de esto, tomé -mi resolución. «Tú ves--dije a Escipión que me acompañaba--que el rey -ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de mí. Lo -más acertado será volver a tomar el camino de Valencia.» «¡No vayamos -tan aprisa, señor!--me respondió mi secretario--. Usted sabe mejor que -yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted -de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará -usted a considerar más atentamente y a recordar las facciones de su -agente cerca de la bella Catalina.» - -Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme tuve la -condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres -semanas. Llegó, finalmente, un día en que, habiendo atraído la -atención del monarca, me mandó llamar. Entré en su gabinete, no sin -gran turbación de hallarme a solas con mi rey. «¿Quién eres?--me -dijo--. Tus facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he visto?» -«Señor--le respondí temblando--, yo tuve la honra de conducir una noche -a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya me -acuerdo!--interrumpió el rey--. Tú eres secretario del duque de Lerma, -y, si no me engaño, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que -en aquella ocasión me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron -mal recompensados tus afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?» -«Sí, señor--le repliqué--; cuatro meses lo estuve en el alcázar de -Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en -libertad.» «Eso--respondió--no satisfizo la obligación que contraje con -Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo -premiarle también lo mucho que padeció por servirme.» - -Al acabar el rey de decir estas palabras entró en el gabinete el conde -de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Quedó absorto de ver allí a -un desconocido, y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: «Conde, pongo -a tu cuidado este joven; te encargo que le des algún empleo y procures -adelantarle.» Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado, -mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quién era -yo. «Vete, amigo mío--añadió el monarca, dirigiéndome la palabra y -haciéndome seña de que me retirase--; el conde no dejará de emplearte -en provecho de mi servicio y de tus intereses.» - -Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al hijo de la Coscolina, -que, impaciente por saber lo que el rey me había dicho, se hallaba en -una agitación imponderable, y al momento me preguntó si era necesario -volver a Valencia o permanecer en la corte. «Tú lo podrás juzgar», le -respondí, y al mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra -por palabra la conversación que acababa de tener con el monarca. -«Querido amo--me dijo entonces Escipión en el exceso de su alegría--, -¿se burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese usted que ni -los señores de Leiva ni yo discurríamos mal cuando le instábamos tanto -a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto -eminente: será el Calderón del conde de Olivares.» «Eso es lo que menos -deseo--interrumpí--. Ese destino está cercado de demasiados precipicios -para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera -ninguna ocasión de hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los -favores del rey; después del uso que he hecho de mi pasado valimiento, -no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambición.» -«¡Animo, señor!--me replicó mi secretario--. El ministro os colocará en -algún puesto que podáis desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.» - -Instado más por Escipión que por mi curiosidad, me fuí el día siguiente -a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas -las mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial -a cuantos querían hablarle. Me coloqué por modestia en un rincón de la -sala y desde allí estuve observando bien al conde luego que se dejó -ver, porque había fijado poco la atención sobre él en el gabinete del -rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y podía pasar por -gordo en un país donde los más son flacos; tan cargado de espaldas, que -parecía corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de -gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello negro y lacio; la -cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla, -puntiaguda y muy levantada. - -Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso, -como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia -y me parecía bien. Verdad es que recibía a todos con un aire tan -afable y bondadoso, y tomaba tan cortésmente los memoriales que se le -presentaban, que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo, -cuando me llegó la vez de acercarme para saludarle y que me conociera, -me echó una mirada ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda sin -dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces me pareció aquel -señor aún más feo de lo que naturalmente era. Salí atónito en extremo -de un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo qué inferir de -él. - -Reunido con Escipión, que me esperaba a la puerta, «¿Sabes--le dije--el -recibimiento que he tenido?» «No, señor--me respondió--; pero no -es difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la -voluntad del rey, habrá propuesto a usted un empleo de importancia.» -«Te engañas», le repliqué; referíle el lance según había pasado, el -que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso es que el conde no le -conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted -a verle y no dude que le recibirá con mejor semblante.» Tomé el consejo -de mi secretario. Presénteme segunda vez al ministro, quien me recibió -todavía peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome como si mi -presencia le causase enojo; después apartó de mí la vista y se retiró -sin hablar una palabra. - -Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar -inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no -pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido. -«¿No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte? -Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca, -¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos, -hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.» -«Señor--respondió colérico Escipión--, yo no abandonaría el campo; -iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su -recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan -imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro -en detenerme en esta capital.» - -A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que -las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de -Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía -de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente. - - - CAPITULO III - - Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento - de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José - Navarro. - - -Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro, -repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé -acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad -de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su -amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió -bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón -para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he -expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya -que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome -un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché -cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto -nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi -suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta -la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal -recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que -me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--. -Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario -que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde -Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la -presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la -clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la -causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque -os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad -del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don -Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda -a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo -vivía, y sin decirme más nos separamos. - -Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor -de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere -favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha -ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que -le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a -medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con -semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un -elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una -profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me -confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado -la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la -antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación -me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted -volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de -él.» - -Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez; -reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo -que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije -entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.» -Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en -verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me -hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona, -amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he -complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido -que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de -que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré -que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera -mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación. -Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha -encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito -más para determinarme a ponerte a mi lado.» - -Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi -enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que -me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá -y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le -encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a -oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de -dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el -cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad. - - - CAPITULO IV - - Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares. - - -No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro. -Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el -cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me -dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la -habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó -por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o -seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada -regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia -le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de -cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y -tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su -excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas -consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.» - -«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo -consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna -malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan -honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando -entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde -me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en -su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu -habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de -vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto -sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en -honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere -que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber. -Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna -brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de -Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído -decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os -conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada; -dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en -que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso -y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más -afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido -que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que -me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de -Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más -gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le -perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico -que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos. - -«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo -cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han -presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más -importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas -su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su -muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado -la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese -largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien -causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien -Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había -mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de -España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar -qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se -venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos -los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que, -a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de -placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo, -como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma. - -Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no -dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don -Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había -hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables -disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí. - - - CAPITULO V - - Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa - en que le ocupó el conde de Olivares. - - -Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que -noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de -lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir. -«Paréceme--respondió--que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo -se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no -dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder -haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda -cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os -ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales -familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo -suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa -su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro -tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes -proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea -de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina -ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los -más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer -que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no -se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando -entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo -perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia -natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara, -para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; -tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es -el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es -generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son -los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación! -También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de -Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores; -mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro -dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de -Olivares--prosiguió José--, es una señora en quien no advierto otra -tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión -se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más -ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su -padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra -conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más -adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de -vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso. -También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi -amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros -ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al -presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros -en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío -y sobrino--repliqué yo a Navarro--gobiernan el Estado, ¿quién sabe si -con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay -que temer--me respondió--, porque reina entre ambos una estrechísima -unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de -Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos -y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del -cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos -los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron -todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para -asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus -competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió -el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los -negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de -suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que -deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos -señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece -inalterable.» - -Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía -sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don -Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con -el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le -proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente -contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a -hablar a favor mío, «aunque no sea más--añadió--que para que conozcáis -cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo -tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos». -Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en -atención a las buenos oficios de Navarro. - -Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir -en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento, -en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes -durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal -vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen. - -Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de -reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras -esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba -embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun -no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de -ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin -entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla, -en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche -atesorando para casar a su hija Serafina. - -No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a -llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia, -el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer! -Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias -para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu -capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una -obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho -correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran -desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del -público la triste situación a que se halla reducida la monarquía. -Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y -no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas -que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey, -florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.» - -Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de -los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me -acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era -muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después -pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo -para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria -lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso -en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de -la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada. -Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado -la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que -podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro -y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria, -la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la -verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin -embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de -haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a -la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los -pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde -de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la -salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené -tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi -obra cuando acabó de leerla. «Santillana--me dijo--, ¿tú sabes que has -hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de -que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y -aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo, -haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió, -juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho -Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque -le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la -dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi -Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me -envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer. - - - CAPITULO VI - - En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que - dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse. - - -Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para -repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me -dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está -usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor -conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!» -«A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir -de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas -el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera -atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría -mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la -prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de -noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo -desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo -a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría -en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a -Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación -actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo -ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.» -«¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy -a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera -por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los -dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino -con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar -compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro -deslumbra.» - -No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con -todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió -la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que -darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi -madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí -enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano -propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un -hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me -respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos -encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por -vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual -no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus -habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para -la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese -felizmente el largo viaje que iba a emprender. - -Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra -Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las -conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le -gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada -con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si -los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos -de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a -las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas -la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del -Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y -les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de -manera que por toda la población resonaron sus alabanzas. - -El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto, -que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública, -quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que -fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador -Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían -enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos -resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas -sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas -reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las -pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones -que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución -de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del -Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me -indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la -ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases. -«Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad -y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde -anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de -haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada. - -Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos -que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente -sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado -que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la -nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía -la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas -sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría -en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos -que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su -tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para -unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y -empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales -podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, -y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que -quisiesen seguir la carrera de la Iglesia. - -Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres -días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por -estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que -me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo, -enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones -vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me -servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios -que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de -su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda -la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió -felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía -recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan -insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado -aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese -algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos -escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más -apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo -había ganado con mucha facilidad. - - - CAPITULO VII - - Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil - Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron. - - -Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba -en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los -días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que -le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían -hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía -encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que -sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan -suelta, que nada respeta. - -Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias, -me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las -conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban -del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo -supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse -que jamás le decía nada que no le fuera favorable. - -Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante -de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí -dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes, -vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin -lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi -paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para -enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez, -con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle -nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo, -rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que -miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes -maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que -el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras -de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un -hospital.» - -No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al -ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa -te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una -pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas -casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú, -hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la -Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun -me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en -un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me -viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después -perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo, -amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que -aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo -Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella -vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.» -«Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela -de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar -por ellas.» - -«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la -cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al -presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado, -o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--. -Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor -ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete -saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte -en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal -que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en -prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al -Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente. -Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una -ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.» - -«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez; -pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me -replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a -las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba -haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para -siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--, -no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración, -porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.» -«¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos -que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado -aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle -sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que -lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me -dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los -aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién -gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una -manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se -llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas -con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho -ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en -el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna -corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión -cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de -todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer -en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les -han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan -después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este -siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la -estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en -suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y -un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.» - -A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal -humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di -por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte -divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía -de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te -haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar -tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio -comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que -el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse -yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si -persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan -honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te -ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le -puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones. - -«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el -hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte -traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.» -Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada. -Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole -a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado. -Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de -Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna -de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces -tan buen uso de ella.» - - - CAPITULO VIII - - Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve - Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje. - - -El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el _conde-duque_, -porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo, -tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era -la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le -servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé -en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con -ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con -demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas -las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me -fuera posible. - -Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir -lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo, -quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que -él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo. -Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza, -igualmente que el señor Carnero, su primer secretario. - -Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su -excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos -del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro -y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a -Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los -que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo -así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos -igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía -motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome -continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en -estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en -medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la -sinceridad de mi afecto hacia él. - -«Santillana--me dijo un día--, tú has visto al duque de Lerma gozar -de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el -poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era -él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables -en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III; -en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para -perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad. -Es verdad--continuó--que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor -cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que -las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos -o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito -personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano, -que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la -actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya -ves, Gil Blas--añadió--, que te descubro mi corazón; como tengo motivo -para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para -que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso, -prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el -desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que -tome parte en mis intereses.» - -No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras -excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza -algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos -afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría -cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me -preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por -conveniente darme. - -Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a -la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo--me dijo--muy larga -relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva -cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le -conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.» - -Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado, -amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo -en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los -rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de -su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondió--. ¡Ya -presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!» - -«Mudemos de conversación--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando -saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, -señor!--me respondió, tomando de repente un aspecto afligido--. Las -noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh -cielos!--exclamé--. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha--dijo -mi secretario--que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y -lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.» - -Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no -había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos -para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas -por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi -educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto -quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis -parientes. - - - CAPITULO IX - - Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los - sinsabores que produjo este matrimonio. - - -Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por -espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que -estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué -a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil -Blas--me dijo una tarde--, quizá habrás reparado que hace días ando -pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un -negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo. -Mi hija doña María--continuó--se halla ya en edad de tomar estado, -y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de -Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de -Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de -mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de -merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior -al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será -el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte -los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto -los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de -la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que -nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al -título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que -mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de -la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime, -Santillana--añadió--: ¿apruebas este proyecto?» «Señor--le respondí--, -es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que -recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese -cuanto quiera--respondió--; nada me importa. No tengo inclinación a su -rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y -los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el -sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su -hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi -gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo -determinado.» - -Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo, -a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política. -Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades -se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles -las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose -enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del -marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a -este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a -su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don -Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el -partido que más te convenga será el que a mí más me agrade._--EL REY. - -Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo -entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su -hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente -la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy -satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de -esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento, -aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría. -Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó -poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para -el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al -nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto. - -¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija, -y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho -de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan -profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie -sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba -tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché -esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La -semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió -a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que -el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no -pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte -en sus amarguras. «Gil Blas--me dijo un día que le parecí abismado en -una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para mí el tener un -confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!--le respondí, -vendiéndole por fineza mi quebranto--. Sería yo el hombre más ingrato -y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué, -¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito -y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con -las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de -beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en -sus satisfacciones y en sus pesadumbres.» - - - CAPITULO X - - Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste - que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe; - desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta - desgracia. - - -Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo -a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en -coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto -después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente -vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en -el prado de San Jerónimo. - -«Señor Núñez--le dije--, ha sido fortuna mía haberos encontrado por -casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate -de reconvenciones, Santillana!--interrumpió con precipitación--. -Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te -voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que -renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la -condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme -a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez -del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería -mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy -sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se -presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.» - -«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese -don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!--me replicó -Fabricio--. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como -quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en -su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de -ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y -de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene -frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra -en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes, -para hacer ver mis muchos talentos.» - -«Pero tú no me enteras--le dije--de lo que más deseo saber. ¿Te -pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad--me -respondió--. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco -que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente. -Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados, -me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo -cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el -tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la -melancolía.» «En suma--le repliqué yo--: ¿es tu tesorero hombre de -tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?» -«¡Oh! Tanto como eso, no--me respondió Núñez--. Aunque tiene una -verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree -otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta -altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos -se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones -descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen. -De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme -jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para -ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su -boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues--continuó--, -todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta -condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues -fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden -servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono. -Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo. -Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las -lecciones que él me ha dado.» - -Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase _El -conde de Saldaña_, la cual se representará en el corral del Príncipe -dentro de tres días.» «Deseo mucho--le repliqué--, que logre todo el -aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo -espero--me dijo él--; verdad es que no hay esperanzas más falibles que -éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus -obras en las tablas.» - -Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a -ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó, -y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me -informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de -haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante -que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien--le -pregunté--: ¿cómo ha recibido el público a _El conde de Saldaña_?» -«Malísimamente--me respondió--. En mi vida he visto comedia tratada -con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del -patio.» «No estoy yo menos indignado--le interrumpí--contra la manía -que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido -el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al -decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando -pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía, -afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan -satisfecho de su obra. - -Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía -en sí de gozo. «Santillana--exclamó alborozado luego que me vió--, -vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala -tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi -pobre _Conde de Saldaña_; todos los espectadores se amotinaron contra -él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi -dicha para toda vida.» - -Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así, -Fabricio?--le pregunté pasmado--. ¿Es posible que el alto desprecio -con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu -desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos--me respondió--. Ya -te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por -lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en -extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario -al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, _Victrix causa diis placuit, -sed victa Catoni_; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí -me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del -dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del -siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual -y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi -escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente. -El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer -año anticipado.» - -Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su _Conde -de Saldaña_, que había redundado en provecho del autor. «Tienes -razón--prosiguió él--en cumplimentarme por una cosa tan extraña. -¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más -benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera -sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me -servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de -pasar cómodamente el resto de mis días.» - - - CAPITULO XI - - Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca - para Nueva España. - - -No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta -Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella. -«Admirado estoy--me decía--de los caprichos de la Fortuna, la cual -muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable -autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto -celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a -la mañana!» «Eso--le dije--podrá quizá suceder más presto de lo que -piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me -engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar -_el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos -los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad--me respondió--; -pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a -decir--le repliqué--que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas -horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos -días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio -del conde-duque y no la dejé escapar. - -Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo -del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. -«Mi señor--decía él--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes -militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más -obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los -tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran -canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo -esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las -Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o -de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y -todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste -un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio -cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en -esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo -Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este -es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del -Erario. Y no extrañará usted--continuó--que las personas empleadas en -hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su -excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas -el suyo.» - -El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo -oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor -Caporis--exclamó--, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y -más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto -satisfaría yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el señor de -Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en -la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este -tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te -sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.» -«Mucha satisfacción tendría--dije a don Ramón--en que usted me diese -esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además -de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo, -que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como -pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así--replicó Caporis--, desde -luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a -la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía -para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer -para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su -excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.» - -Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla, -con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite -y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de -las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo -separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos. - - - CAPITULO XII - - Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave - aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. - - -Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró -en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si -el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de -San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores -amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por -qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de -verle con el sainete de la sorpresa.» - -Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al -sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso -de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí, -señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente -abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la -vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?», -le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de -la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia -y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar -cuenta de mi conducta.» - -Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo -a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada -sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice -tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla -confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que -vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta -visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá -le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando -fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo -él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi -familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el -resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme -obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá -me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con -alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte -antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra -señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa, -pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se -servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que -exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el -mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo -no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias -de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para -preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había -quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero -que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al -mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener -para estar quejoso del hijo de don César. - -Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no -tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos -del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--. -Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las -lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno? -¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--, -aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a -términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador -de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me -fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro -admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?» -Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que -debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo -obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de -que se trataba. - -Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad -hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo -ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don -Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La -visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso? -Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por -aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de -agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te -le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo, -y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso -de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia, -pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que -le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar -juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción -a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su -excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le -desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de -que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en -aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé -de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía -creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de -que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de -dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que -le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien -en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey -apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el -virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es -superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa -no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me -tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel -negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las -habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era -hechura mía. - -Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó -un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al -momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y -colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo -tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más -amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi -amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no -hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban -como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían -sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad. -Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber -recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado -el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a -establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública -con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus -aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto. - - - CAPITULO XIII - - Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don - Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la - historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo - Santillana a Tordesillas. - - -Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en -virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban -tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi -valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para -hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en -el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte. - -Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores -que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que -me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de -Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de -Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de -Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir -a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de -verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos. - -Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana, -tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito -para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor -de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.» -Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio. -Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle, -metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en -donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una -soberbia casa. «Señor Gil Blas--me dijo don Andrés luego que entramos -en una sala alhajada con magnificencia--, paréceme que cuando usted -salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto -a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio--le -respondí--, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero -luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver -si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me -recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro, -quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que -nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo -lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía -de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto--me respondió--; -el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente -parcial de su predecesor.» «Yo--dijo entonces don Gastón--obtuve mi -libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que -yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma, -cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de -contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que -hice--continuó--, después de haber dado mil gracias a don Andrés por -las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a -Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No -tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más -mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy -tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal, -de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar -de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos -parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe -imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para -reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el -rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este -empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a -desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla. -Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que -emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar -y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un -caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que -le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle; -fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que -nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos -combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos -vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los -otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos -funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto, -porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos -peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa -cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados, -marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su -defensor. «¡Ah, don Gastón!--exclamó--. Pues qué, ¿sois vos quien venís -a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin -duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra -dama.» «Es cierto que lo ignoraba--le respondí--; pero aun cuando lo -hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice? -¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No, -no!--respondió--. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas -que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos -de mi muerte.» «Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todavía a -doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y -aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de -tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra -esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y, -acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la -mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados. -«Es Caprara--exclamó--, aquel pérfido primo que, en despecho de haber -perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace -mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este -día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo -haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría -en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo, -heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de -Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de -batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que -nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran -muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después -de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero -no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados -desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su -mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que -se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde -llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes: -por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que -mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos -afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora--le dijo don -Blas luego que la vió--, aun venís a tiempo para recibir mi última -despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por -la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él, -yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.» -Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era -la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida -de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don -Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano -había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus -heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La -viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria -el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus -cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse -informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba. -Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de -restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo -determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase -otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en -atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví -a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia, -temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se -me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad -de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosiguió -Cogollos--, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento -con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo -gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpió aquí don -Andrés--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí -el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que -puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don -Andrés--dije yo entonces sonriéndome--, en mí tiene usted un amigo -que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque -me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y -se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le -pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo -un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del -arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico -a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no -le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor -estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del -primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso -Tordesillas--. Pero--añadió sonriéndose también--suplico a usted que no -me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá -aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.» - -Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena, -que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía -a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora--le dijo -Cogollos--, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he -hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la -prisión mis pesares.» «Sí, señora--dije a doña Elena--; mi conversación -le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don -Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me -despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el -himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después, -dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de -su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no -me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el -poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente -el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide. -«Santillana--me dijo su excelencia--está vacante la plaza de gobernador -de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al -año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor--le respondí--, -aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos -que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero -éste--replicó el ministro--puedes desempeñarle muy bien sin necesidad -de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a -visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse -yo--, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me -permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés -de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría -hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que -usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar -así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador -de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así, -amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas. -Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te -tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.» -«Señor--le respondí--, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me -proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo -que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de -Santillana--me replicó su excelencia--; me parece que lo erais mucho -menos en el último Ministerio.» «Es verdad--le repuse--, porque el -mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me -conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar -mi integridad.» - -Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de Tordesillas el gobierno -de la cárcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad, -tan contento con su nuevo empleo como lo quedé yo por haber desempeñado -para con él las obligaciones que le debía. - - - CAPITULO XIV - - Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella - y qué conversación tuvieron allí. - - -Un día, después de comer, se me antojó ir a ver al poeta asturiano, -movido sólo de la curiosidad de saber qué vivienda tenía. Me encaminé -a casa del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté en ella -por Núñez. «Ya no vive aquí--me respondió un lacayo que estaba en -la puerta--; vive ahora en aquella casa--añadió mostrándome una que -estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.» - -Fuíme allá, y después de haber atravesado un patio pequeño entré en -una sala enteramente desalhajada, en donde hallé a mi amigo Fabricio, -sentado todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes -había convidado aquel día. Estaban al fin de la comida, y, por -consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedió un -profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse apresuradamente -Núñez para recibirme, exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de -Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas! -¡Ayúdenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer -ministro!» Al oír esto, todos los convidados se levantaron también -para saludarme, y en consideración al título que se me había dado me -hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad de -beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y -aun de corresponder a un brindis que me dirigieron. - -Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando -con libertad, «Señores--les dije--, creo haber interrumpido su -conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos -señores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de -Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden, -preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le -interesaba en aquella tragedia.» «Así es--dijo don Jacinto--, y yo le -he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo--dijo el -bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que -no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues -cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento», -respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta -que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por -alegrar la conversación. - -Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía -de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les -diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más -impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más -es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido -precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de -capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse -cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban -en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de -repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los -tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no -les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es -el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los -griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota, -mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es -un medio para obtener de los dioses un viento favorable.» - -Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su -costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión, -sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se -divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero -el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los -trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento -que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el -término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo -se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron -después de haber comido y bebido a discreción. - -Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa -del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los -dos. «¿Desavenencia?--me respondió--. ¡Dios me libre de ello! Nunca -ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me -permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves -para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen -a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya -sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis -herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener -todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.» -«Me alegro infinito, querido Núñez--le repliqué--, y no puedo menos -de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las -ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le -valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de -Saldaña_.» - - - - - LIBRO DUODECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje. - - -Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: -«Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y -destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su -excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía -de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se -asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores -cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona -tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey -le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la -hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de -ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a -Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; -yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío -enteramente de tu discernimiento.» - -Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella -comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo, -a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo -con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé, -pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al -alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin -duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente, -vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe -que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto, -le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y -cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a -aquella ciudad. «Verá vuestra señoría--prosiguió él--una de las más -excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice, -más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han -de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol -oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse -principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me -vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí -cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión, -tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban -primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o -pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos -con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada -en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de -tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con -llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de -los otros de menor pena. - -Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede -negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin -llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio. -Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy -viendo!--dije entre mí mismo--. ¡El Cielo, cansado de los excesos de -estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!» -Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de -mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer -desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la -aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió -en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía -dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de -la coroza. - -Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible -espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que -tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé -en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi -amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella, -pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada -que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto -a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego -conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle -una pregunta. «Caballero--me respondió muy atentamente--, usted me -honrará en ello.» «He oído ponderar--proseguí--a los cómicos de Toledo. -¿Me habrán engañado?» «No--me respondió el caballero--; la compañía -no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre -otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que -le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se -deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle -a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y -aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a -representar. - -Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada -habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; -pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron -ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del -teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo -general. «¡Ah, ésta es!--dije para mí--. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué -talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó -completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde -los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego, -maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a -los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró -la representación. «Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve -usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro», -le respondí. «Pues menos se admiraría usted--me replicó--si la oyera -cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen, -si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No -es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su -voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso--exclamé -yo entonces--, será preciso confesar que esta niña es un portento. -¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por -una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa--me -dijo--, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No -obstante--añadió--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la -vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas -las cómicas.» - -Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero -si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las -mejores--me replicó--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos -perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente -lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal -vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto -que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y -por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella -misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia. - -Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia. -Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la -vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá -no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a -Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de -Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad -que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío -recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré -incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a -Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura--decía yo--, no quiero -que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para -esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de -Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es -áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro -que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la -Corte.» - -Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había -hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando -me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y -me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de -Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí, -y que contenía estas palabras: _Olvida el modo con que te recibí en -el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe._ Seguí luego al -lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro, -y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde -encontré a Laura en su tocador. - -Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que -usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que -le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía -derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra -disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber -oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían -sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía. -La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento -de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que -siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi -falta.» «Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura; -no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos -ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo -castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si -te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es -verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante -portugués?» «¡Nada de eso!--respondió Laura--. ¿Pues no sabes que en -semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran -a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse? - -»Sostuve--continuó ella--al marqués de Marialba que eras hermano mío. -Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad -que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres -añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No -conoce usted--le dije al señor portugués--que todo eso es obra de los -celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de -ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó -todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para -apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto -en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don -Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para -quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra -patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración -de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si -estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero -Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle -desaparecer.» - -»Aunque estas razones--prosiguió Laura--no bastasen para hacer mi -completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas; -tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que -dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy -inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme -perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después -algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía -disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los -cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo -me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a -quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.» - -No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me -reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?--le respondí--. Tú no tienes hermano -ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además -de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad -que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el -parentesco entre vosotras dos. - -«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas--replicó algo sonrojada -la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes -los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío; -Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de -nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya, -reina mía--repliqué yo--, que es grande el esfuerzo que haces en -revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con -el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te -aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás -podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá -fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!» - -Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las -secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era -secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que -podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de -Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha. - -Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual -de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle -indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana--me dijo luego que -acabé--, veo que representas un papel brillante en el teatro del -mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello. -Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía -del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de -Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes--le respondí--; cuenta -conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe -cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.» -«Desde luego te cogería tu palabra--replicó Laura--, y mañana mismo -marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa -escritura la anula una Real orden--le respondí--. Yo me encargo de -ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles -a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los -cortesanos, y nos pertenece de derecho.» - -A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe: -tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo -su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista -un objeto encantador. «Ven, sobrina mía--le dijo su madre--; ven a -agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de -mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está -empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto -mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo -con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por -su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me -estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez -perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber -conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo -cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y -exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia--le -respondí--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, -lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los -grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina--me dijo -Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado, -ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención -pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que -deba ser despreciada.» - -Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la -parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario -talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que -inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid. - - - CAPITULO II - - Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga - el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de - esta actriz, y de su primera representación en la corte. - - -Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber -el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra -comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le -respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las -mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, -que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus -habilidades.» - -«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que -leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo -por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable -como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--, -confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» -«Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu -viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la -palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura -inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués -de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada -viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber -hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre -aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia -sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su -favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del -modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de -sonar únicamente Gil Blas de Santillana.» - -Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él -despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica -a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de -Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento -será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa -por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me -entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo -lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron -a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al -corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por -medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de -mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé -para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela -dichosa y brillante. - -Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la -compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y -representaron por primera vez una comedia que solían representar en -Toledo con aplauso. - -¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a -espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso -extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta -representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase, -porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre -y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero -apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que -recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en -la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles -amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la -hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y -sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron -hechizados de su persona. - -El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno -de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir -hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de -nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado -satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete, -en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--, -¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me -respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su -voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia, -y no dudo que el rey la vea con placer.» - - - CAPITULO III - - Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del - rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores. - - -La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la -atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto -del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan -hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual -no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y -aparentó no atender aquella conversación. - -Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó -quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le -respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado -el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta -actriz--añadió--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha -propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me -habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la -compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi -nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido -a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo -servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al -ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten -cuidado de hacérselo saber.» - -Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el -rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de -la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a -Laura la primera, «Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Mañana -tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así -me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu -hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor -que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una -comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir -todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo--me respondió Laura--, -y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá -menos de quedarlo--repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía -en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda -que adornada con las más soberbias galas del teatro--. Quedará tanto -más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna -cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si -acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No -quisiera--interrumpió Laura--que su majestad tuviese tal tentación, -porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar -obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha -criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud, -y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia -más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.» - -«Tía mía--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la -conversación--, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para -combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del -rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior -que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.» -«Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese -ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a -tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?--respondió -prontamente--. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la -virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su -pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta -manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la -última por haber dado a la otra tan buena educación. - -Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro. -Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la -cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz. - -Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver -si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero -burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró -constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo -que tenía tantas ganas de saber. «Santillana--me dijo el ministro--, -vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas -expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le -tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado -deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al -momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden -de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa -conversación.» - -Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase -a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas -preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle, -y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna -distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de -conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca -dió muestras de gran placer. «Siendo eso así--repuso--, te elijo -por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto -qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte--añadió, -entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta -mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de -otras pruebas más sólidas de mi afecto.» - -Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien -di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel -ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya -dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y -que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba, -porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que, -no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que -yo recogí. «¡Ah rey mío!--exclamó--. ¡Ahora sí que te tengo seguro! -¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me -hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este -señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios, -procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter. -«Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo -mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos -cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa--continuó--que -no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor -del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.» - -De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que -pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me -había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso, -y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me -decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo -sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para -rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que -veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien -anhelaba complacer. - -Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del -particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados, -concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de -las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente. -«Señor Gil Blas--exclamó--, a presencia del mejor y más antiguo de -mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una -fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por -cierto--prosiguió ella--, confieso que me faltan voces para explicar el -regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas -conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con -otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de -tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables -y opulentos. Dirásme quizá--prosiguió ella--que dos señores no son dos -reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede -hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos -de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré -violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el -afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero -que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve -mañana--añadió--, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o -sus joyas.» - -A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría más bien a Lucrecia -a desviarse de su deber que a mantenerse en él, y contaba positivamente -con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa al día siguiente -que Laura había tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el -mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien, -y lo que más hay que admirar todavía es que Lucrecia, después de -haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, quedó -tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente -renunció al mundo y se encerró en un convento de la villa de Madrid, -donde luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza y del dolor. -Laura, por su parte, inconsolable de la pérdida de su hija, de cuya -muerte se consideraba autora, se metió en las Arrepentidas, donde pasó -el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos años. -Afligió mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su -genio naturalmente inclinado a divertirse hacían poca mansión en él las -pesadumbres, se fué consolando poco a poco. El conde-duque aparentó la -mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dejó de -desazonarle, como fácilmente lo creerá el advertido lector. - - - CAPITULO IV - - Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana. - - -Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos -remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como -un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido, -resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro -la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en -cualquier otra cosa. «Santillana--me dijo--, me agrada sobremanera tu -delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación -más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza -que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza--continuó--vi por -casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la -siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola, -que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que -don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y -casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer -debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el -deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel. -Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya -habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la -genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival -como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas, -y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos. -Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusión de cortejantes, -llegó insensiblemente a ser madre y dió a luz un niño, con cuya -paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero -como ninguno podía preciarse en conciencia de que le era debido aquel -honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vió precisada -a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que duró -diez y ocho años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando a su -hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educación. Tal es--continuó su -excelencia--la confianza que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte -del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte -a este joven sin ventura, y, haciéndole pasar de un extremo a otro, -elevarle a los honores y reconocerle por hijo mío.» - -Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué posible callar. -«¡Cómo, señor!--exclamé--. ¿Es posible que haya cabido en vuestra -excelencia una resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia -esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás justa--replicó con -precipitación--cuando te haya dicho las razones que me han determinado -a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes colaterales. -Tal vez me dirás que no soy tan viejo que no pueda todavía esperar -tener sucesión con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a -sí mismo. Bástete saber que he probado inútilmente todos los secretos -de la química para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna, -supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del -cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero -adoptarle por hijo. Así lo he resuelto.» - -Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopción, dejé de -oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto -antes que desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata--prosiguió -él--de dar una educación correspondiente a don Enrique Felipe de -Guzmán, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se -halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi -querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido -enteramente en tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el cuidado -de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y, -en una palabra, de hacerle un caballero completo.» Quise negarme a -admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no podía -en conciencia encargarme de un ministerio que jamás había ejercido y -que pedía más ilustración y mérito del que yo tenía; pero luego me -interrumpió y me tapó la boca diciéndome con entereza que absolutamente -quería fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para -ocupar los primeros puestos de la Monarquía. Me resigné, pues, a -desempeñar este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio -de mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con una pensión de mil -escudos, que hizo se me concediese, o más bien me dió él, sobre una -encomienda de la Orden de Montesa. - - - CAPITULO V - - Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre - de don Enrique Felipe de Guzmán; establece Santillana la casa de - este señor y le proporciona toda clase de maestros. - - -Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de -doña Margarita Espínola. Hízose esta adopción por medio de escritura -pública y solemne, con noticia y aprobación del rey. A don Enrique -Felipe de Guzmán (éste fué el nombre que se dió a aquel hijo de muchos -padres) se le declaró por único heredero del condado de Olivares y -del ducado de Sanlúcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, dió -parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de -España, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones -de Madrid tuvieron asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y -los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión de desahogar su -mordacidad. - -Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia -quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está--me respondió--a cargo de una -tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa -y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que -hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores, -y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales -de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien -hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes. -Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique--le dijo -su excelencia señalándome a mí con el dedo--, este caballero que aquí -ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe -en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le -he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana--añadió -dirigiéndose a mí--, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de -que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro -otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo -cual llevé a don Enrique conmigo a su casa. - -Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados, -explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle -novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad -todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban -como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por -capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en -sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le -enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de -Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un -maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid -que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién -dar la preferencia. - -Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un -sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a -recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o -de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su -profesión, «Señor de Santillana--me dijo--, como he sabido que es -vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a -ofrecerle mis servicios. Yo, señor--añadió--, me llamo Martín Ligero, -y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza -de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes. -Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al -señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos -otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como -criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.» -«Por lo que usted me dice--repuse yo--, veo ser el sujeto que nos -hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro--me -respondió--, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones -por semana.» «¡Cuatro doblones!--le repliqué--. Eso es demasiado.» -«¿Cómo demasiado?--repuso con aire de admiración--. ¡Y tal vez vuestra -señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!» - -No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan -ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un -hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y -como que lo creo!--me respondió--. Nosotros somos cien veces más útiles -a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría: -¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas -de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan -poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una -palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.» - -Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que -enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el -precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte. - - - CAPITULO VI - - Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don - Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y - con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo - noble, con repugnancia suya. - - -Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando -Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su -expedición. «Debo estarlo--me respondió--, pues que con los tres mil -ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en -géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío--le dije--, yo te -doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano -está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o -si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a -los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que -hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez--me respondió el hijo de la -Coscolina--, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen -destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una -larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a -su criado?» - -Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que -el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de -haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este -ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería -hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba -otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que -en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su -nuevo amo. - -Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar -al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad -sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía -y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy -contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al -conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana--me -dijo enajenado--, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que -don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer -en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría -más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la -Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia -lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé -gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique. - -Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de -nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían -solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que -había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si -fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este -ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa -a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para -don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil -escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando -entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso -los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué -tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la -novia, y de sus parientes. - -Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia, -y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí -tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres -noble.» «Señor--le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír--, -vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero. -Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla, -y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco -ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento--replicó el ministro--es un -obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del -Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además--añadió -sonriéndose--, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser -premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que -quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo -exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, -señor--le repliqué--, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y -diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo. - -«¡Conque ahora soy caballero!--me dije a mí mismo cuando estuve en -la calle--. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis -parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen _don Gil -Blas_; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome -de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla--continué, -sacándola del bolsillo--, y veamos de qué manera se borra en ella el -villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que -el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había -mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a -bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, -en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no -perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en -vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la -ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla. - - - CAPITULO VII - - Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última - conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió - a Santillana. - - -El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí. -Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así, -no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre -la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le -encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué -a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de -un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna -nueva composición tuya!» - -«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo -imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.» -«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor -parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a -sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que -solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime -gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos -folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un -hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo -a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es -posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_? -¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta -manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya -no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada. -Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó -el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo -mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún -alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor -Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin -que pueda jamás salir a la orilla.» - -«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será -preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de -tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque -me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil -ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no -convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente -les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te -diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte. -Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices -como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos -asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que -comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará -entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de -almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo -dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados: -uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien -dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que -tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa. -Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla -cuantos quiere en la población.» - -«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto -que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro -de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de -tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude -francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive -de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte -útil.» - -«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco, -Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme -en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un -consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque -y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a -enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila -en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me -respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen -olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer: -«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle. -Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del -rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a -las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero -hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza -de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas -que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más -violentos huracanes. - - - CAPITULO VIII - - Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el - rey un viaje a Zaragoza. - - -Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento. -Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar -al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin -embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los -confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin -que yo notase que su privanza disminuyera. - -Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los -desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo -a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas -fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que -quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la -Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca -se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus -tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para -el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado -que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta -opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle -en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués -de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la -franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del -primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que, -convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta -al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida -para el ejército. - -Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir -el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura, -considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se -retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me -llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado -y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como -si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--; -el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca -ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del -marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios -a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de -Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente -se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra -mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra -excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está -acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros -tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su -esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy -bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver -su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió -el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el -rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le -habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho -de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se -engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el -viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó -efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor. - -Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber -nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso -en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez, -le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres -semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde -le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo -en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde -la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de -donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí; -pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a -peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras -de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no -podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera -en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y -bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como -un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber -hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al -soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de -él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza, -o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se -restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al -marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el -honor de las armas españolas. - - - CAPITULO IX - - De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque. - - -Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala -nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de -Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el -yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado -al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a -mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar, -estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No -les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una -dominación que aborrecían. - -Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se -hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque -quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su -majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un -semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su -inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída -cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra -él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar -a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes, -especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a -Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el -conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe -decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había -sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de -la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su -primer ministro. - -Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de -aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento -hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No -bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y -murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia -para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la -injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio -habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande -efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él -inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro; -pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso -que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera. - -Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un -rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin -embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y -me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría -mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a -alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días. -«Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a -terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez -con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible -en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros, -sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que -me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto -puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.» -Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver -las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su -audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía -para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería. - -Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió -buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de -ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y -criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto -para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le -insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer -salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con -su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo -corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un -convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos -en él, y poco después llegó el resto de la familia. - - - CAPITULO X - - Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque; - síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en - su retiro. - - -La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció -algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de -súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a -pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo -aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina, -que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se -acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto -de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que -recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien -que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, -se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de -un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse -que era el primero de la monarquía. - -La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado -las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del -conde-duque. «Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de -Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al -rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo -celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las -que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.» -«Señora--le respondió mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con -resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca -que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar -mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los -ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su -suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se -engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura -con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua -duración de su autoridad?» - -De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de -paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se -renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el -cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí -pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de -estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo -adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente -después de su matrimonio con doña Juana. - -Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor -era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en -unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída -del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras -fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus -enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro, -quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero -entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó -al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que -la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las -Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a -quien siempre había aborrecido. - -Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y -desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso -dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A -fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en -su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de -desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada -de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La -condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que -la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había -fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina -Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud, -cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los -sinsabores de su vida. - -Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo -se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una -distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la -mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a -comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos -conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo -regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces -salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta -por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí. - -Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba -en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame -vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de -satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a -familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado--me -respondió--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme -en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición -a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.» - - - CAPITULO XI - - El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo - extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo. - - -Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también -algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo -trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un -ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.» -«Señor--le respondí en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a -Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto, -después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de -mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación. - -Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan -superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de -la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina -mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor. -Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía. -Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos -para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto, -donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza -podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia -le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco -pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse, -cada día se iba aumentando. - -Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o -disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el -designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento -de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor--le dije con -aire mezclado de respeto y de cariño--, ¿será permitido a Gil Blas -atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes--me -respondió--, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho--repliqué--de -aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia? -¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre -la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas -inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver -a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había -libertado?» «No; gracias al Cielo--respondió el ministro--, ya no me -atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de -la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me -tributaron.» «Pues, señor--le repliqué--, si vuestra excelencia ha -podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de -una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia? -Mi querido amo--prorrumpí, arrojándome a sus pies--, vuestra excelencia -tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia -hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad -tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su -antigua confianza?» «La posees todavía--me dijo su excelencia--, pero -confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la -tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las -instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo -de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante -confesión. Sí--continuó--, me domina una negra melancolía, que poco a -poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy -viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa. -Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión, -un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me -turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir -persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante -débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que -te confiese--añadió--; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a -todos el verdadero motivo de mi melancolía.» - -Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y -que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor--dije al -ministro--, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma -vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo -pensé yo al principio--me respondió--, y para experimentar si debía -atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero -todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá--le -repliqué para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse -un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados, -me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.» - -Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo, -y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar -a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir -también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas -veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de -estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando -todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra -tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un -cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los -escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el -suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde -la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo -de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le -libraron de su visión. - -La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un -agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos -de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su -testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso -al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el -más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por -pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su -fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el -conde-duque. - - - CAPITULO XII - - Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del - conde-duque y partido que tomó Santillana. - - -Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el -convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de -nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares -nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para -quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente -al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la -mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del -singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales, -y fundó aniversarios en muchos conventos. - -La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que -cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía -orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte -calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u -ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque -este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose -en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba -hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré--le -respondí--, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo -mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para -hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!--exclamó el religioso--. -Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos! -Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para -siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones -piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana, -a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.» - -En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo -del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo -para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a -Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a -este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de -Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues -no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo -quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se -halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y -atractivos de la Naturaleza.» - -Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión. -«Amigo mío--le dije--, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con -efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido. -Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino, -lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve -tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid, -cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo. - -Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de -un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta -villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis -días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida -para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis, -que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice -con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis -pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una -palabra, dejé arreglados todos mis asuntos. - -El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había -despedido de don Enrique. «Sí, señor--me respondió--, y ambos nos hemos -separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que -sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba -con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que -el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de -que--añadió--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se -le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan -con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea -usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un -amo desacreditado.» - -Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca. -Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo -íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían -tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas; -tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión, -montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban, -por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de -la silla. - -Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran -resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de -que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban -nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y -los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro -acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que -iba a tomar posesión de un virreinato. - - - CAPITULO XIII - - Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya - casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una - señorita. - - -Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar -las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que -efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos -pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré -desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que -no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado -desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida. - -Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija -Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de -abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego -que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible -que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté -de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester -que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?--exclamó mi -ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras--. ¿No bien -me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija -mía--le respondí--, no pretendemos separarte de nosotros dándote -marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.» - -«Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la -niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en -misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después -a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco -adelantaría usted--le respondí--aunque yo se lo concediera. Serafina -depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden -disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles -para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto, -señores--prosiguió ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se -hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.» - -«Pero, en suma--dijo Escipión--, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se -parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido -con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso, -no!--respondió Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos, -sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos -haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se -llama?» «Don Juan de Antella--respondió la mujer de Escipión--. Ha poco -tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo -dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana -suya.» «Oí en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese -hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio -menos--exclamó Escipión--la hidalguía que las buenas prendas, y ese -don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama -tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversación--, y los vecinos -de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves -palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por -ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija. - -Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después -vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales, -y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos -había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos -que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la -mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de -pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan, -sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos -solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse -mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después -que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le -respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no -podía ofrecer mejor colocación a Serafina. - -Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina -para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino -de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado -tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de -Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos -largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la -descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles, -cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto -antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza -de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que -el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del -edificio. - -Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos -presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea -y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de -gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos -bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la -misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe -disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra -conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo -que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de -buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por -nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar -su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir. -Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a -Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y -cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras -tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, -por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura -completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados -que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin -embargo, el conjunto me embelesaba. - -En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había -entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no -veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?--me dijo Escipión -mirándome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don -Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo--le respondí--, y -estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia -he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre, -a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda -resistir?» «Señor--me replicó el hijo de la Coscolina--, parecíame a -mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella. -Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo -abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su -semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted: -la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro -de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de -que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted -lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después -que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre -el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o -cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más -ilustres.» - - - CAPITULO XIV - - De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo - cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana. - - -Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera -me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso, -no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba -mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin -miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento -que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví -arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano, -el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada, -no estaba sin zozobra. - -Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa -de vestirme. «Señor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a -tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho, -y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo--me dijo--que -no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo -puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo -que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi -vida!» «Señor don Juan--le respondí--, ya que usted ha ido derechamente -al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de -haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada, -implore los de usted para con su hermana.» - -A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro, -del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor--exclamó -prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro -corazón!» «Me ha encantado--le dije--, y me tendré por el hombre más -dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso -debe usted estar seguro--me replicó--, pues, aunque somos nobles, no -desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro--repuse yo--que no tenga -usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me -obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa -usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su -hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo -con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las -oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que -hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy -a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón, -entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la -mayor satisfacción. «Está muy buena--me dijo al devolvérmela--. Dorotea -es de usted.» «Y usted--exclamé yo--cuente con Serafina.» - -Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los -dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían -gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos -conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de -Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión, -Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había -tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por -esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que -era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero -mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar, -correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente -necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me -tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada. - -Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto--le dije--va -a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va -que no puede ir mejor--me respondió--. No he necesitado emplear la -autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de -usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su -gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su -corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!--exclamó fuera de mí de -alegría--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su -suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con -ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.» - -Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido -dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las -ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas. -Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina; -y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de -nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana -Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear -lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme, -y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un -mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas -para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo, -fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de -don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me -presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé -hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen -tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo -querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a -Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos -al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con -nuestras novias. - -Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve -motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor -gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a -llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera -en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió -con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos -cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte, -advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero -cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba -entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la -noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se -verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos -resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la -quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se -le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia. - -Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de -personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado -concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya -educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad. - - - FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO - - - - - INDICE DEL TOMO III - - - LIBRO OCTAVO - - - Páginas. - - CAPÍTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un - buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. - Historia de don Valerio de Luna. 5 - - CAPÍTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le - admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el - trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él. 12 - - CAPÍTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener - desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la - conducta que se vió obligado a guardar. 18 - - CAPÍTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que - le confía un secreto de importancia. 23 - - CAPÍTULO V.--En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de - honra y de miseria. 26 - - CAPÍTULO VI.--Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza - al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro. 31 - - CAPÍTULO VII.--De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; - del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él. 38 - - CAPÍTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada. 41 - - CAPÍTULO IX.--Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una - gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia. 52 - - CAPÍTULO X.--Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas - en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la - intriga en que este señor y él se metieron. 62 - - CAPÍTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el - príncipe hizo a Catalina. 71 - - CAPÍTULO XII.--Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su - inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. 77 - - CAPÍTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene - noticias de su familia; impresión que le hicieron; se - descompadra con Fabricio. 81 - - - LIBRO NOVENO - - CAPÍTULO I.--Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la - hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a - este fin. 87 - - CAPÍTULO II.--Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don - Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo. 92 - - CAPÍTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el - casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los - inutilizó. 96 - - CAPÍTULO IV.--De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de - Segovia y de cómo supo la causa de su prisión. 98 - - CAPÍTULO V.--De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido - que le despertó. 104 - - CAPÍTULO VI.--Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena - de Galisteo. 108 - - CAPÍTULO VII.--Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil - Blas y le da muchas noticias. 130 - - CAPÍTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; - cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad - y resultas que tuvo. 134 - - CAPÍTULO IX.--Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué - condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los - dos después de haber salido de la torre de Segovia y - conversación que tuvieron. 140 - - CAPÍTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién - encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este - encuentro. 144 - - - LIBRO DECIMO - - CAPÍTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, - donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se - encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador - del hospital. 151 - - CAPÍTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a - Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y - sus consecuencias. 162 - - CAPÍTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y - llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué - recibido en ella y qué gentes encontró allí. 172 - - CAPÍTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores - de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena - acogida que le hizo doña Serafina. 179 - - CAPÍTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una - tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de - Valencia. 185 - - CAPÍTULO VI.--Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, - encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre - era este religioso. 190 - - CAPÍTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la - noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que - hicieron en su familia. 198 - - CAPÍTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. 203 - - CAPÍTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato - con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que - se celebró. 210 - - CAPÍTULO X.--Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de - la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión. 217 - - CAPÍTULO XI.--Prosigue la historia de Escipión. 248 - - CAPÍTULO XII.--Fin de la historia de Escipión. 263 - - - LIBRO UNDECIMO - - CAPÍTULO I.--De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había - experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó. - Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que - Santillana volviese a ella. 287 - - CAPÍTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, - reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos - de esta recomendación. 293 - - CAPÍTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por - obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio - que le hizo José Navarro. 299 - - CAPÍTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de - Olivares. 302 - - CAPÍTULO V.--Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro - y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares. 305 - - CAPÍTULO VI.--En qué invirtió Gil Blas estos trescientos - doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria - de que acaba de hablarse. 312 - - CAPÍTULO VII.--Por qué casualidad, en dónde y en qué estado - volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación - que tuvieron. 317 - - CAPÍTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada día más el afecto del - ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a - Santillana de su viaje. 322 - - CAPÍTULO IX.--Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija - única y los sinsabores que produjo este matrimonio. 326 - - CAPÍTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; - refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro - del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que - le produjo esta desgracia. 330 - - CAPÍTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipión, el - cual se embarca para Nueva España. 335 - - CAPÍTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su - viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. 338 - - CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de - Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos - tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; - qué servicio hizo Santillana a Tordesillas. 343 - - CAPÍTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué - personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí. 352 - - - LIBRO DUODECIMO - - CAPÍTULO I.--Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y - éxito de su viaje. 357 - - CAPÍTULO II.--Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, - quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a - Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera - representación en la corte. 368 - - CAPÍTULO III.--Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; - representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas - de estos amores. 371 - - CAPÍTULO IV.--Nuevo empleo que confirió el ministro a - Santillana. 378 - - CAPÍTULO V.--Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa - bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece - Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de - maestros. 382 - - CAPÍTULO VI.--Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil - Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores - que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque; - cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya. 385 - - CAPÍTULO VII.--Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a - Fabricio; última conversación que ambos tuvieron y consejo - importante que Núñez dió a Santillana. 389 - - CAPÍTULO VIII.--Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió - Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza. 392 - - CAPÍTULO IX.--De la rebelión de Portugal y caída del - conde-duque. 396 - - CAPÍTULO X.--Cuidados que por el pronto inquietaron al - conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida - que entabló en su retiro. 399 - - CAPÍTULO XI.--El conde-duque se pone repentinamente triste y - pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado - fatal que tuvo. 403 - - CAPÍTULO XII.--Lo que pasó en el palacio de Loeches después de - la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana. 407 - - CAPÍTULO XIII.--Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de - encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se - enamora de una señorita. 411 - - CAPÍTULO XIV.--De las dos bodas que se celebraron en la quinta - de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de - Santillana. 416 - - - - - OBRAS DE J. H. FABRE - EDITADAS POR CALPE - - - Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas - cada uno. - - LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE - LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS - NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA - - - TITULO DE CADA VOLUMEN - -=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas -fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. -En rústica, 5 pesetas; en tela, 7. - -=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales -a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - -=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la -agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - - - - - LIBROS DE LA NATURALEZA - - _El contenido de las obras que forman esta serie de libros - editados por CALPE es rigurosamente científico y está al - corriente de los últimos progresos de las ciencias naturales. - Garantía de ello son los autores de esas obras, todos los - cuales figuran entre los naturalistas de mayor autoridad en - nuestro país._ - - - VAN PUBLICADOS - -=Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado. - -=La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional de -Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas -fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - -=El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor en -la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 -fotograbados en papel estucado. - -=El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en -el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, -41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel -estucado. - -=Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el -Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40 -dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel -estucado. - -=La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - -=Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - - -Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas -cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría -impresas a cinco tintas. - - - - - BIBLIOTECA DE - IDEAS DEL SIGLO XX - - SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR - - DON JOSE ORTEGA Y GASSET - - Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid. - - _Compondrán esta colección los libros maestros de Europa y - América que, aparecidos en estos últimos veinte años, inician - nuevas maneras de pensar en filosofía como en política, en - critica artística como en biología, en ciencias sociales como - en física. Será, pues, una colección, única hoy en el mundo, - que ofrece en apretada fila los temas más incitantes de la - nueva cultura._ - - - Volúmenes que aparecerán en breve, - editados por CALPE: - -Rickert.--=Ciencia cultural y ciencia natural.= - -Born.--=La teoría de la relatividad de Einstein.= - -Driesch.--=Filosofía del organismo.=--Dos volúmenes. - -J. von Uexküll.--=Ideas para una concepción biológica del mundo.= - -Bonola.--=Geometría noeuclidiana.= - -Worringer.--=El espíritu del arte gótico.= - -Wölfflin.--=Conceptos fundamentales de la historia del arte.= - -Spengler.--=La decadencia de Occidente.= - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: -Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - -***** This file should be named 55796-8.txt or 55796-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/7/9/55796/ - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. 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