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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) - Novela - -Author: Alain-René Lesage - -Translator: P. Isla - -Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - - Le Sage - - - HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA - - TOMO III y ÚLTIMO - - - - - MCMXXII - - - - - Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA. - - - - - LE SAGE - - - Historia - de - Gil Blas de Santillana - - - NOVELA - - - TOMO III y ÚLTIMO - - Traducción del P. Isla - - - [Ilustración] - - - MADRID, 1922 - - - - - Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID - - - - - GIL BLAS DE SANTILLANA - - - - - LIBRO OCTAVO - - CAPITULO PRIMERO - - Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que - le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don - Valerio de Luna. - - -Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había -ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, -y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el -duque de Medinasidonia. - -Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda -y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino -si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel -mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a -ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse. -Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero -con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento -indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba -a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando, -mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con -mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted -me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa -de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a -favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el -caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace -más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!--añadió, estrechándome -lleno de gozo--. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi -propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la -honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en -caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted. -Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos -que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría -en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien -mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa. -Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.» - -Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el -mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos -y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y -apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a -usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los -días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.» - -La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y -enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues, -y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una -cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en -aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo -tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de -la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él -y el mayordomo estaban muy bien avenidos. - -Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi -amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre, -me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que -proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma, -primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente -al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos -a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de -Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo -Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad -absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus -órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta -mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para -usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser -estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que -le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de -comer, iremos a su casa.» - -Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo -del administrador que había sido despedido, el cual consistía en -visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una -palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los -meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que -le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero -esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal -pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre. - -Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y -reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente -pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de -las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas, -que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del -sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no -pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó -con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses -se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a -contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en -la corte. Esta historia es la siguiente: - -En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada -Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos -decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden -de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues -la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar -a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después -de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la -corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que -no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la -marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante -noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le -hacían excitar pasiones hasta en su vejez. - -Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los -secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado -de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que -el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía -sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué -hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado -arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde, -enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora -que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me -caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo -y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta -reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, -respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de -los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos -frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os -lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, -o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.» -«Pues bien--replicó ella--, una vez que con tanta porfía queréis -continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada -mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi -vista.» - -Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio -de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo -contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados -el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó, -suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó -lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora, -rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a -refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.» - -Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su -atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para -librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula -para huir de mis deseos!» «¡No, no!--interrumpió ella--. Te revelo un -secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la -necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro -de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste -el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, -y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon -a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te -vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa -para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una -persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros -mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para -colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti -como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; -si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre, -no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta -aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la -naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.» - -Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un -triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio -a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos -pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo -muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se -oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y -sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con -la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el -crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no -haberle podido cometer. - -El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de -arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí -mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa -del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la -relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había -hecho, me eligió para substituir a este joven. - - - CAPITULO II - - Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de - sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer - y queda gustoso de él. - - -Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil -Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de -alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos -consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su -excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo, -que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja -el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar -a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que -subiréis mucho en poco tiempo.» - -Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije: -«Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque -he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el -pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele -hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues, -decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado--me -respondió el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le -diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría -decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que -conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don -Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro -modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues--prosiguió--, -que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era -éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado -a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano. -Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle -a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como -un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que -participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace -conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público, -frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque -lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública. -Por lo que acabo de decir conoceréis--añadió don Diego--cómo debéis -portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted -a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se -conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser -poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así--repuso Monteser--, voy -a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.» - -Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando -audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio. -Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que -solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis -contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar -de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos, -que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados -haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se -consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos -de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que -respondía muy cortésmente a los que le hablaban. - -Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes. -Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana, -a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don -Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía -merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar -en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio -de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la -historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación -tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España -no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían -ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión -general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la -verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla -desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla. -«Señor de Santillana--me dijo sonriéndose al fin de mi narración--, -a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor--le -respondí sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero -y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco--replicó--. Veo, hijo mío, -que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal -ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se -pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo -Santillana--continuó el ministro--, no te acuerdes más de lo pasado; -piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear -en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has -de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su -despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de -registro en folio muy gruesos. «Aquí--me dijo--has de trabajar. Todos -estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias -nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española. -Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de -todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios -que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los -lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus -bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o -malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno, -veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados -en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome -sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos -provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey -quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide -un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero -emplearte en él.» - -En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que -me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo -el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de -términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor -un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo -de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y -sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y, -por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una -calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé -por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda -la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases -castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas. -Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de -saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo -que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi -escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver -lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--, -te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente -escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que -además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el -acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida -de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si -a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde -de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo -que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para -tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del -que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey. - -Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los -secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a -comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no -a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido, -sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las -ordinarias no convenía a mi persona. _¡Piensa que ahora sirves al rey!_ -Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a -la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por -momentos en mi ánimo. - - - CAPITULO III - - Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la - inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió - obligado a guardar. - - -Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un -secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que -me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le -dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir -como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al -pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían -volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería -con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona. - -A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de -ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de -cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o -tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después -de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo -comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros -dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que -el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, -me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a -casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que -ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España. - -Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que -entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde -luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su -secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y -bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en -las Universidades. - -En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a -entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa -del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha -que servimos--decía uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y -lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» -«Por lo que hace a mí--decía el otro--, quisiera haber recibido veinte -zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de -tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito -no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia -para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el -castillo de Alicante!» - -«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda -tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna, -vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a -cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual -no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que -seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que, -por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era -menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar -mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar. -Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a -desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta -tuve una disputa con el hostelero sobre su importe. - -Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más. -Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia -habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de -veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena -cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en -discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre -este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir -a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor -disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor -bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este -secretario. - -Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a -ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles -al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el -sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de -una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario--me decía yo en este -tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el -ajo antes que usted se lo haga morder a otros!» - -Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo, -que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se -lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado -al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro -con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la -cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no -puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo -de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza; -pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió -con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera -servirme. - -Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la -inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno -reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me -perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego -que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la -obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la -mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del -principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas -este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma -de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve -una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y -familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos -personas que contrastaban singularmente. - -Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y -resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que -producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo -más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese -lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores) -abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban -sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses -para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo -que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de -conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en -aprovecharme de los momentos de conversación con el duque. - - - CAPITULO IV - - Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un - secreto de importancia. - - -Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin -embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos -que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que -me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy -inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño -de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de -haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, -le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme -con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar -vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don -Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él--respondió el duque--. -Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus -sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me -gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer -que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» -Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había -conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar -muy bien con él. - -«Para principiar--prosiguió el duque--a ponerte en posesión de mi -confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te -enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso -darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente -respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi -arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y -aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar -a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a -amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el -conde de Lemos, mi sobrino.» - -Habiendo advertido el ministro que este último punto me había -sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien -lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a -mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de -cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. -No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que -éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a -la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan -envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por -más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto -te manifiesto--continuó--lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado -desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo -podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de -Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España. -Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión -de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio -de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo -mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia -que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que -tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi -proyecto--añadió--, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré -a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo -que tenga que participarme.» - -Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi -inquietud. «¡En fin--decía yo--, heme aquí colocado en una situación -que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente -de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien -presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con -indiferencia apurarse mi pobre bolsillo. - - - CAPITULO V - - En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria. - - -Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él -mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los -papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba -a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en -el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo -bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, -no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me -convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia -cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me -veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó -de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta -entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el -tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente -cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que -no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con -tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado -mejor un cortesano consumado. - -También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo -regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de -su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a -la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer -en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se -retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino -de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos -que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los -sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por -la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía -de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes -para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba -en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a -solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y -se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, -¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la -corte que con menos fundamento se tienen por tales. - -Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque -había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de -ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de -Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer -extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al -pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que -su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba -satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis -ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba -poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de -Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas. - -Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del -príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le -aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del -asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El -conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos -encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos -términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de -Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted -depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir -de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores -de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he -tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar -disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para -seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto -correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía, -y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se -levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado -le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy -cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--, -noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su -sentir acerca de ello.» - -Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de -Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones, -de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde, -diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es -el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su -intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas -prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca -estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el -padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos -me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe -de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y -yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que -muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en -estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de -satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a -ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto -era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia. -¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe! -«¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en -cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en -ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como -otro. Solamente se diferencian en el provecho. - -Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de -día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras -esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera -preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi -aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas -de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo -llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta -la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es -decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando -me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre -Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle. -Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis -necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a -quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde -que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis -vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente -necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi -manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas -las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y -un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no -comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar. - -Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía -causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a -mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque -de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El -Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días -después. - - - CAPITULO VI - - Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de - Lerma y cómo se portó con él este ministro. - - -Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva, -de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una -recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado -el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar -algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los -jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por -orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la -copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía -en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios -muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su -excelencia no le disgustaban. - -Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que -me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas -sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar -con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves--dijo -el duque--parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su -pendencia.» «Señor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me -trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor -fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté -en estos términos: - -«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo -suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba -este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un -gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía, -manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer -amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos -hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc -tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir, -a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se -complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus -más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque, -viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a -su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su -lengua.» «Señor--le respondió el cachemiriano--, vuestros deseos -se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, -señor--respondió Zangir--, que un dervís cabalista me enseñó el idioma -de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré -palabra por palabra lo que les haya oído.» - -»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los -cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después -a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el -asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!--exclamó el ministro -persiano--. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos--replicó el -secretario--ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila -tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela -sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas, -viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este -secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a -poco!--interrumpió el otro cuervo--. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto -la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con -él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda -en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero -entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo -en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más -necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de -la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no -con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a -la miseria.» - -Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma, -quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo -en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del -atrevimiento de su secretario. «No, señor--le respondí, algo turbado -de su pregunta--; la fábula dice, al contrario, que le colmó de -beneficios.» «Fué fortuna--replicó el duque con seriedad--, porque hay -ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones. -Pero--añadió, cortando la conversación y levantándose--creo que el rey -no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho -esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo -que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana. - -Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a -poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado. -Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios -copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted, -señor de Santillana?--dijeron al verme--. ¡Usted está muy demudado! ¡A -usted le ha sucedido algún lance pesaroso!» - -Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para -ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que -había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre -de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado--me -dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al -revés.» «Esa es mucha verdad--dijo el otro--. ¡Quiera Dios que sea -usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa, -que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía -empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus -necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es--le dijo -el ministro--que se os pague. Tomad--prosiguió, dándole una libranza -de mil ducados--, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero -acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios. -El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después -de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra -parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le -condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.» - -Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé -perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca -paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!--decía--. -¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula -que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y -quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas -que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! -Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada -y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren -sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi -dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre, -para echarle a él toda la culpa!» - -Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la -siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró, -contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que -en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche -estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables -ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo -me permitieron suspirar y lamentarme. - -El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella -mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado. -«Santillana--me dijo alargándome un papel que tenía en la mano--, toma -esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre -mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está -prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel -momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies, -le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy -humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a -entender a vuestra excelencia mi miseria!» - -El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil -Blas--me respondió--, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades -sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal, -amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte -preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este -descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te -entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo -te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en -favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.» - -En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al -ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo -familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me -fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan -turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que -creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el -temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua -no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza -para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había -hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me -apreciaba más. - - - CAPITULO VII - - De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer - negocio en que medió y del provecho que sacó de él. - - -El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió -el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde -cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que -no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la -miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché -más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de -caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje -de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por -fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía -a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un -mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban -para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la -española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los -sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además -ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de -castor con galón de oro. - -Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a -Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más -de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban -a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada -todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que -se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota -que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no -quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso, -porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando -llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje -cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele -algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era -travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi -elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo. -Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a -quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil -permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir, -de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme -gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era -la habilidad de Escipión--que así se llamaba mi lacayo--, que había -servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en -cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que, -mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él. - -Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del -rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran -descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino, -llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el -duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le -haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder -le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber -que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de -que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento -y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese -seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado -de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.» -«¡Cómo, pues--le dije--, señor Escipión, usted ha andado ya mucho -camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño -que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a -usted--me respondió--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.» - -Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con -una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío--le dije--, antes de -tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae -a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él -al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, -y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda -tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto--respondió el -granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de -esta suerte. - - - CAPITULO VIII - - Historia de don Rogerio de Rada. - - -«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad -de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio -afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba -tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy -celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su -mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto -de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía -desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba -libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste -el único hombre de quien debía recelar. - -»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía -ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró -de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que -era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales -consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su -maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy -seriamente que no debía esperar el logro de sus designios. - -»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual, -imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este -carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día -tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella -le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio -castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no -hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo -pasado. - -»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan -mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía -a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él -quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más -horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde -que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante -muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin -revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que -os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor -y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa -en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta -aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.» - -«¡Ya os entiendo--interrumpió don Anastasio todo turbado--, vuestra -prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!--repuso Hordales -con aspecto irritado--. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por -marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!--exclamó don Anastasio--. -¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!--prosiguió don -Huberto--. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no -puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se -ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña, -y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto -os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra -Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es -inútil--continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el -efecto que esperaba--, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado -de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis -una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar -cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que -nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.» - -»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra -una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de -que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender -en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que -las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a -su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al -pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces, -sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría -resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía -tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada, -se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que -mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te -deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No -quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!» - -»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a -Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas -y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado, -por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis -quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel, -mirad que os engañáis!» - -«¡No, no!--repuso el irritado celoso--. ¡Estoy muy cierto de vuestra -traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don -Huberto...» «¡Ah señor!--interrumpió ella con precipitación--. ¡No -debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis! -Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.» -«¡Callad, infame!--replicó don Anastasio--. Vos misma acreditáis -mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis -desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está -enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio, -pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo -de castigaros.» «¡Amado esposo mío--repitió la inocente Estefanía -llorando amargamente--, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus -movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando -reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo! -A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces -haréis más justicia a una mujer que no es culpable.» - -»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y -todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las -pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda -vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente, -bárbaro!--gritó--. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido -enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu -memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable -intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa -contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser -verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, -te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un -atentado tan horrible!» - -»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de -las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a -su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así, -como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se -aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el -puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra, -él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de -Antequera. - -»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe -que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra -sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó -a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego -que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales -gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos, -de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron -cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por -peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo -a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de -aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz -parto. - -»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las -mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena -se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que -mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar. -Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes -había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a -lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría -no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi -madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima -y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada -y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para -medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del -motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y -ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada -de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y -sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a -Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo -combate, le di tres estocadas y cayó en tierra. - -»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas -miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo -del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme -que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la -resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al -Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver -a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado -dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde -me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando -que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los -voluntarios que tenía a bordo. - -»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías -de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía -hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente -cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos -intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en -los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería, -y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para -acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de -Elena. - -»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes -eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que -podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era -de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también -advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos -saber vuestra familia?» «¡Ah!--me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga -vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años -hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin -horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don -Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!--exclamé--. ¿Debo creer lo que -oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» -«¡Qué decís, joven!--exclamó mirándome atónito--. ¿Será posible seáis -aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre -cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío--le dije--, yo soy -a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta -noche en que la dejasteis anegada en su sangre.» - -Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme -estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar -nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los -tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi -padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida -a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin -motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado -la inocencia de su mujer. «Señor--le respondí--, nadie ha dudado -jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre -irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto -fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este -pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a -morir. - -»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad -como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a -abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que -estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío--me dijo--, tomemos presto el camino -de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa -a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi -injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!» -Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise -se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no -quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero -que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me -contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que -prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En -fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato -a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para -entrar secretamente en nuestra casa. - -»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que -creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso -con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón -de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento -que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino, -vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado -es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en -extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué -sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el -matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que -mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto -me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo, -señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra -señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo -su valimiento.» - -El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con -mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece -perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto -a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto, -el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y -por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación -al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en -movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome -permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy -enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha -dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable -y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor -ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid -seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen -amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.» - -Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya -palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió -inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié -a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez -de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado -un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No -fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo -Calderón para despreciarlo. - - - CAPITULO IX - - Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de - cómo tomó el aire de persona de importancia. - - -El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a -Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones. -Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar -el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó -fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a -despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de -uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos -ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una -fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro, -su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del -impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el -siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario -berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de -mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que, -habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar -un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar, -y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus -géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el -favor. - -Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de -Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar -su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a -mi criado con un nuevo _quidam_ que acaba de enganchar. Cabalmente es -Escipión. Escuchémosle. «Señor--me dice--, permítame usted le presente -a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus -medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la -Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que -se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares -donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que -le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de -un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!» -En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía -engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España. - -Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar -todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba -creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado -de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo -de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno -de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de -Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír -viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--. -¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando -no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me -pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena -con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis -pensar--continuó--el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos -arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a -pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso -que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios. -Sirvaos esto de gobierno.» - -Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más -bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más -sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho -fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir -gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un -lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero. -Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil -doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un -caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí -hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos -en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la -clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos, -canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados -y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, -quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos, -lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los -pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar -los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre -los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones -de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros -parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del -pueblo recontando su dinero. - -Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura _compañeras -inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados -y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba -hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé -una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un -escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él -por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es -regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple -honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo -que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que -mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de -juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, -a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como -su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para -juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría -por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba -extremadamente. - -Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y -a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo -uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa -memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber -hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes. -Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales -covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad -el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y -siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte--porque tal amo tal -criado--también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba -a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él -contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para -ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como -un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera -el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no -cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer -agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía -tener clavada la rueda de la fortuna. - -Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida -ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el -gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el -que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar, -señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi -casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que -yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí--le dije--, -amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y -sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible--exclamó con viveza--que -te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte -colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor -era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda--añadió--que -seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al -repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto -los mayordomos de las casas grandes.» - -Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del -conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de -haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias -las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que -le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería -estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo -perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más -motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no -se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde -todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una -palabra, no sería confidente del duque de Lerma.» - -Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el -pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe -el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la -confianza del primer ministro!» «La divido--le respondí--con don -Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es -verdad, señor de Santillana--replicó--, que me causáis admiración. -¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen -en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo, -poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado. -Finalmente, señor--prosiguió--, me alegro mucho de la prosperidad de -vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!--interrumpí yo--. ¡Señor Núñez, -nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos -siempre con familiaridad!» «Tienes razón--repitió--. Aunque te hayas -enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he -mirado siempre. Pero--añadió--te confieso mi flaqueza: al oír tu -fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en -ti más que a mi amigo Gil Blas.» - -Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas -que llegaron. «Señores--les dije mostrándoles a Núñez--, ustedes -cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa -y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba -con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al -poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas -para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que, -tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y -desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se -sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho. - -Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y -me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi -gabinete. «Perdóname, amigo mío--me dijo--, si he ofendido a tus -covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado -entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos -hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes -un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan -estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré--le -dije--mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con -razón!--me respondió--. Yo te prometo talentos superiores y de los más -entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a -reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con -otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.» - -Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió, -acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro, -haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes -ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--decía -él--merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores -muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación -de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera -encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la -clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto -con profusión. - -En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas -principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con -vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro, -vituperando la elección que una academia de literatos acababa de -hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido; -los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me -fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba -por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro -declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el -cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos -versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le -dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción -defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los -ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes -se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero -aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, -Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos -en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una -taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica. - -Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de -aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien--le dije--, amigo, -¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis -traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas. -¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso--me respondió--presentarte -otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.» - - - CAPITULO X - - Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del - encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este - señor y él se metieron. - - -Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, -empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena -de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa -dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que -pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas -para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían -seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, -me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo -que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era -yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta -debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí -también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les -tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión -a José Navarro. - -Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para -decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día -a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba -hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma -cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por -quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que -necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo -usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien -a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el -apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque -os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto -era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde. -Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a -servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que -poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho -por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita -otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá -el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de -usted.» - -Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin -embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro -por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los -agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien, -con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado -Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo -que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.» - -José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero -creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi -casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan -mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento. -Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me -pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me -hallaba en la corte. - -Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al -que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo -dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del -dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde -quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que -al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del -príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me -dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo -Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer -cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este -príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred, -investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» -Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño -de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay -tantas gentes que se ocupan en él. - -Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no -dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que -volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte -un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la -fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo -que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted -necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta, -y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no -la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro -tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una -dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy -delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas -costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es -algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde -hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.» - -Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un -tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y -de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una -casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes, -que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía -y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería -difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no -escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En -esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que -le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a -las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un -sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le -respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No -me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y -de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como -usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el -Júpiter enviando una lluvia de doblones.» - -Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos, -no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase -a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus -amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me -recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, -en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en -almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron -con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía, -que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no -atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que -me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse -que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, -que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían -imperceptibles sus defectos. - -Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en -mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo -entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan -bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya -principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis -impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar -a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de -vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle -el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por -eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con -recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he -presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor -gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene, -pues a otro no la conseguiréis.» - -Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una -flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me -hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del -conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora, -vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque -hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a -la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante: -la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía -fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario -acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--, -hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien -pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa -de usted he hallado lo que buscaba.» - -Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien -conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer -la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie -de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de -carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser -dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita -es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple -aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es -quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores -ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la -Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad, -en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el -nombre de su madre con el suyo.» - -Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a -aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al -príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer -nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora -Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó -la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos -siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe -de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una -visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como -igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que -el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán -cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente. - -Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina. -Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas -llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos -me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias -imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad -entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo -necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho -sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad. - -El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho -un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en -tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche -siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las -señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a -la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría -descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno -de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos -días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este -señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que -habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me -llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta -principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones -para finalizarla. - -Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había -pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión -en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina, -porque de todo hace uno mérito para con los grandes. - -Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo -el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás -talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará -que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en -el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga -que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra -excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en -posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de -él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me -preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le -dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está -bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que -no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera -hacer.» - - - CAPITULO XI - - De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a - Catalina. - - -En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No -podíais venir más a tiempo!--me dijo este señor--. He hablado al -príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a -Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente -de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo -así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario -manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera -de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos. -Supuesto que le has de acompañar conmigo--prosiguió--, hállate esta -noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu -coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media -noche cerca de Palacio.» - -Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a -Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la -señora Mencía. «Perdone usted, señora--le dije--, si vengo de día a su -casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que -el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted--añadí entregándole -el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que -envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya -ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a -usted las gracias--me respondió--. Pero dígame, señor de Santillana, si -al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!--le contesté--. Ninguna -cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado -con destreza.» «¡Mucho mejor!--exclamó ella enajenada de alegría--. Lo -que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta -de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con -perfección.» «¡Vive diez--exclamé--, esas son muchas habilidades, tía -mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de -esas gracias le basta.» - -Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía -acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde -de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de -tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin -de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se -levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que -iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían -concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar. -Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había -tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los -príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En -fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres, -que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual -subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a -cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a -su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta -nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar. - -Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi -la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una -lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin -que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más -agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista -de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad -de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el -patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa, -seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían -mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que -escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió -la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina. - -«Y bien, príncipe mío--le dijo el conde--, ¿podíamos haber -proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más -bonitas?» «Ambas me embelesan--respondió el príncipe--. No pienso sacar -libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de -la tía.» - -Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil -cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha -discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el -personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los -amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su -ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese -estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con -mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado, -tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe -se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un -lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que -se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas -le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella -peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes -le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento. -Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una -aventurera como si le hubiesen casado con una princesa. - -La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo -quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos -dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha -gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a -otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene -dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me -busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu -bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún -tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el -agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de -haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente: -«Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra -alteza desea.» «No es difícil satisfacerle--dijo entonces el duque a -su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él -mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y -sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome -con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!--le respondí--. Veo -que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.» -Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello. -«¡Ninguno!--replicó el tío riéndose--. Es que un día Santillana quiso -trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor -ni en provecho suyo.» - -Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero -se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían -jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las -circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien -su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a -casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar -al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las -entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones -del dinero del duque para irlas a pagar. - -Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado -las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que -consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas -arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas -demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar -como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen -conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que -eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que -yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para -averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me -retiré con intento de tener una conferencia con Escipión. - - - CAPITULO XII - - Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la - precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. - - -Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me -dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos. -Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa. -Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios. - -El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus -convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os -inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras -y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es -esa?--le dije--. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son -poetas?» «¡Perdone usted!--me respondió--. Sería lástima dar a beber -vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre -mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por -vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta. -A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros, -y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto--le -respondí--, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.» - -No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la -mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú -sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero -que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme -como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una -cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas -de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en -satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto -más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe -de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que -para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha -enamorado de ella.» «Señor--me respondió Escipión--, usted se porta -demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve -una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó -su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente -relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina--prosiguió--es -hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad -de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador -anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses, -después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella -su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones -en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que -todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos -buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta -de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las -señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a -Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin -tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor: -han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique, -pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que -hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad -en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña -vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa -tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la -tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y -cuando de nieta, Sirena.» - -Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué -me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa -sea la querida de Calderón!» «Cabalito--respondió--, la misma es. Yo -quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no -lo creas--repliqué--; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés -tú las consecuencias?» «No, a fe mía--replicó Escipión--. ¿Qué mal -puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que -pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro, -contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y -si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque -verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.» - -Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo -y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también -aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía -haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el -ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello. -Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era -gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España -y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al -conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario -descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque. - -Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro -de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de -Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de -encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle -las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival. - - - CAPITULO XIII - - Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su - familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio. - - -Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala -muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería -que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o -por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: -«Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que -un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía -un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar -a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos -todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo -con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor. - -Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en -la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma -esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque -de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_, -_Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, -que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni -pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de -vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace -olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado. - -Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un -mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar -en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre -ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues -qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que -responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano -vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el -especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. -Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.» - -«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea -confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado -de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con -el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho -que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de -lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país, -llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.» - -Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar -cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di -motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien -me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia -que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo -cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo -desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes. -No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me -preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que -vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen -canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir -poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que -os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como -amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les -proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.» - -En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me -incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo -rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza -sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio -que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia, -me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--. -¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y -busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién -es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he -de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y -le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta. - -No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí -mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria -los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me -representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos -impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi -ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un -profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes. - -La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo -mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y -pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio -ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él, -no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un -día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la -corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente -agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más -adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes -conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que -consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas -con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las -atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil -Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.» - -«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna -mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no -debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo, -amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por -la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas -veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero -hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu -antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de -esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor. -Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que -semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada? -No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos -amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo -de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.» - -Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se -retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un -poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en -el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el -trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de -carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos -conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde -y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos -estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito -los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como -yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables. -¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo -bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se -entrega a criados! - - - - - LIBRO NOVENO - - - CAPITULO PRIMERO - - Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y - famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin. - - -Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a -cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho -aquel día. «Dar un golpe de maestro--me respondió--; proporcionar a -usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única -de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!--exclamé con aire -desdeñoso--. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito -y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener -ideas más elevadas.» «¡Ah, señor--repitió Escipión--, no lo creáis -así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado -que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera -de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es -éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan -grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi -secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?» -«¡Vamos despacio, señor!--me respondió--. ¡Un poco de paciencia! Es -menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir -en ello.» «¡Bueno!--respondí riendo a carcajadas--. ¿Todavía estás -ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que -usted piensa--replicó--; sólo quiero una hora de conversación con el -platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, -capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted -cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí. -«¡Alabado sea Dios!--dijo--. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez -mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me -emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá -o yo no soy sino un bestia.» - -Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel -de Salero--que éste era el nombre del padre de la niña--, y es tanto -lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la -propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija, -con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois -valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso--dije entonces a -Escipión--, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has -visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote--respondió--. Hablando aquí -para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna, -a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío--le -respondí--. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos -y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por -acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que -es bien merecido el que por ello nos castiguen.» - -«Todavía no lo he dicho todo--repitió Escipión--. El señor Gabriel -convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha -de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos -mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como -un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo -modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle -antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco -delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!--interrumpí con aire de confianza--. -¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en -este examen!» - -Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero, -quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya -muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se -pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven -Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo -tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de -corte. - -Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no -me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no -la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor -Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la -que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en -mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era -un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para -hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes, -todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y -puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de -negociantes que una plática de amigos. - -La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía -deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a -aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía -ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron -de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y -lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen -Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por -un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte, -afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como -de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos -de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo -tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan -poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al -retirarse que iba muy satisfecho. - -Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para -preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado--le -respondió--; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor -Escipión--añadió--, suplico a usted por nuestra antigua amistad -que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro -flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? -¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted -no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante -pregunta!--replicó el medianero--. Me intereso más por usted que por -mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada, -¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy -servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le -encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro -tanto oro!--respondió el platero--. Eso me agrada. Vaya usted, amigo -mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría -aun cuando no fuera querido del ministro.» - -Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí -al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición -favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado -su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me -recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a -ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le -presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le -manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno -a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después -siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de -mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor -partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas -se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me -dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de -Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.» - - - CAPITULO II - - Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y - del servicio que le hizo. - - -Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de -mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso, -mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora -diré por qué causa me acordé de él. - -Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo -sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le -vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación, -determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me -daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma, -y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo -y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba -la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro -el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto, -Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra -parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos -servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a -tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.» - -Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante -a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso. -Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio, -aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre -aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué -abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros -sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de -admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer -a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una -cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando, -por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos -cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos -sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en -su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia. -Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire -fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me -hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales -términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se -vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen. - -Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a -un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de -amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!--exclamó--. -¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En -qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró -en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se -expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues -me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con -los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos -obsequios?--decía yo en el camino--. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará -este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear -mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él -con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví -al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y -cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo -a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató -groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó; -pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió, -y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los -covachuelistas y secretarios que lo lean. - -Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no -aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber -presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero, -sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi -niñez me llamaban Frasquito--le respondió con serenidad el tal--, -después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde -de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con -un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor, -perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito -de tus excusas!--interrumpió con altivez Frasquito--. ¡Las desprecio -tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro -debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan -fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides -de que no eres mas que un criado suyo.» - -Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no -obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. -Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente -sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido, -lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con -carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey -le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la -que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía -gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando -viniese a la corte a prestar el juramento. - - - CAPITULO III - - De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas - y del grande acontecimiento que los inutilizó. - - -Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de -celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para -esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le -busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual -eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día -en que habían de entregarme la dote. - -La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos, -tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un -yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer; -fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas -conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia, -y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los -parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos. - -Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde -había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó -mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid. -Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a -bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de -Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres -lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro -de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido -bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y -cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!--me dijo Salero abrazándome--. -Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de -oro.» «Será usted bien recibido--respondí--, amado padre mío.» Luego, -habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a -la puerta, y tomé el camino de mi casa. - -Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres, -unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas, -rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: _¡Favor al rey!_ Hiciéronme -bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el -principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino -de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil; -y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo -que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía -necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba. -«¡No, no!--respondió--. Estoy seguro de que no he errado el golpe; -usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de -conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé -el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla -del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de -caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me -encerraron. - - - CAPITULO IV - - De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo - supo la causa de su prisión. - - -Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de -paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche, -no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal, -sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi -desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que -lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque -de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que -me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor -mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen -hacer algunas veces los ministros con sus favoritos. - -Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba -por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me -afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas, -que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la -mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para -aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el -rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me -dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida -se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo -vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.» - -Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con -suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar -en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más -me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su -bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados -que para mitigarla. - -En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me -llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre -con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor -Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don -Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre -del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted -le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para -el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me -quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán -del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego, -he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la -fortuna--continuó--de encontrar en un hombre que tiene el cargo de -maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de -su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con -nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que -pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de -compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento -puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de -instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo -es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase -conmigo.» - -Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra -al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud. -Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy -estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo -entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas -que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios. -«Inmediatamente--me dijo Tordesillas--van a traer de comer a usted; -ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito, -en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana -las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el -pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta -Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista -tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce -melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista -con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que -no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo -del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido -y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las -comodidades de que puede disfrutar un preso.» - -Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di -mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me -restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle -mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su -primer estado?--me respondió--. ¿Cree usted haber perdido para siempre -la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que -con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted, -señor don Andrés?--exclamé--. Parece que usted sabe el motivo de mi -desgracia.» «Confieso--me dijo--que no lo ignoro. El alguacil que -ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo -dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que -usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España -a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de -desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en -ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues -cómo--le dije--ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia -quisiera yo saber particularmente y esto es--respondió--lo que -cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él -mismo sabe.» - -En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que -traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y -tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con -mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la -tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas -que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que -no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno -enfrente del otro. «Empecemos--me dijo--por lo más urgente. Después -de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y -diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento, -y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus -manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad -que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca -sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado -actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles -ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo -exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera -bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo, -se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento; -pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación -tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que -acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener -por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de -la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar, -o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que -no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se -le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que -cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el -señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se -llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil -colgado en la pared. - - - CAPITULO V - - De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó. - - -Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me -había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber -contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia -ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven! -Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar -de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad. -Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el -resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste -querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo -comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.» - -Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía, -más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era -el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro -mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de -vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en -menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría -en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La -confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza -que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había -podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga -que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé -profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así -a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario -para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son -de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño, -pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que -cantaban los versos siguientes: - - ¡Ay de mí! ¡Un año felice - parece un soplo ligero; - pero, sin dicha, un instante - es un siglo de tormento! - -Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó -mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la -experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien -pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en -una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en -ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del -sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me -levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré -el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el -señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que -acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a -lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo -eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle -delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas. -Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía -representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces. - -Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada -anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--, -aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo -cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha -pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos -instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera -despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha -turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto -inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de -muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes -quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones -se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.» -Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba -de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender -mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro -cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí -con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál -sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la -juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una -miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las -princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la -Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había -dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una -ligera idea de las perfecciones que le adornaban. - -Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle. -Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió -a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una -mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió -bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La -libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo, -pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar -con paciencia nuestra desgracia. - -Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la -guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era -la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y -cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía -a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome: -«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus -galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me -favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse -para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a -una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a -usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.» - - - CAPITULO VI - - Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo. - - -«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía -doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la -Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando -el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas -daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía -ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta -proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de -ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían -equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que -hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis -señas. - -»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan -prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, -que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas -leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban -frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba -todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su -sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de -ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes -bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a -un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante -mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié -también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación. -Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones -fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama: -ambas se mostraron duras e inaccesibles. - -»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a -otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia -tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor -amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con -frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué -con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en -su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al -día siguiente. - -«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han -excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que -me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es -dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle -feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena -voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear -a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una -señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y -altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle -algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de -demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para -qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas -circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!» -Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de -trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que -la hice llorar. - -»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi -generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco -las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no -debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido. -Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere, -y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar -ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que -se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir -que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una -ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de -sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la -observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña -Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré -pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en -agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de -sus disimulos.» - -»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy -satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto -a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó -los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para -sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña -Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy -expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio -alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me -ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don -Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y -es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede -ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero -que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone -usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don -Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado -diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que -paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le -permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas -expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.» - -»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando -con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para -propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez -el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene -todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra -persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo -más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que -hago en mi cuarto!» - -»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas -las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que -mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras -no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que -procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi -favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi -desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío, -escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado. -Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición -de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto, -pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente -como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi -cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del -que usted le hace.» - -»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión -de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy -patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después -de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el -arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos -el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome -que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho -tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y -se volvió al momento a casa de don Jorge. - -«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón. -Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera. -Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia, -si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras -órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he -dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que -me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad -de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga -agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se -le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este -fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado. -Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa -de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi -desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la -vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su -vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no -ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha -hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación, -me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me -hacía, y desapareció al momento.» - -»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a -su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después -hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--, -que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar -de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu -conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche -que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este -instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí -a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le -respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que -así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le -vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la -mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un -frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que -yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir -dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos -términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle -jamás de mí. - -»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi -vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia -mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban -prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche -debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en -mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes -inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó -el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido -combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por -las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a -don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con -muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde. -Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y -casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a -casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad. - -»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que -entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al -sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto -se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante -que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo -pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la -Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él -era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado -como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella, -e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan -violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No -obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la -alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de -los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, -mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña -Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces -miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver -más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse -conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad -de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan -dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos -inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las -mujeres el último que llega. - -»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo -había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia. -De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi -herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve -permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la -criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de -tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba -su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía -solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo -pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la -boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda -la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo. - -»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que -tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su -hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto -por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una -compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia. -Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que -estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy -interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y -me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara, -el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras: -«Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no -dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde -encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que -os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña -Elena.--_Don Agustín de la Higuera._» - -»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor -tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al -solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi -me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve -tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente -en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la -función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis -decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el -combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio -que me señala.» - -»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a -reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo -que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté -estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la -cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se -retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, -que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, -pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio -de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que -amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y -partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en -cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda -suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, -bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo -con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; -pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted -renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted -persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían -cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una -ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la -noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» -«Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted -que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban -mis intentos.» - -»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual -hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos -a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear -con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, -no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y -así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como -de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival -recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó -muerto. - -»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había -pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado -Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve -a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para -mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se -entra en la ciudad, me encontrarás.» - -»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia -tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado -más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había -yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que -tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella -componía mi asunto. - -»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por -Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia. -Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y -presentarme en ellas con decencia. - -»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y -tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba -secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su -familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario, -cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían -pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al -tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía -enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa -occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le -había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó -allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo. -Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo -tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes -decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros. - -»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya -peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su -desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan -temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre, -consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno, -le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a -doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era -inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su -pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la -dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los -medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de -mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por -aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a -su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el -padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año -entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla -a olvidarme. - -»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por -él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante -tan apasionada. «Ved aquí--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que -un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano, -en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio, -se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la -corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos. -Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada -doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor -poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado -de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le -suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de -su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.--Parma, etc.» - -»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en -los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre, -la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que -conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el -fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le -proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi -inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar -al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron -el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando -enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que -nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre -en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón -más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan -fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su -infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de -recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó, -meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de -mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas -lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con -entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza -séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se -acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al -hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos, -nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá -que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi -amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó -a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose -del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos -de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó -precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le -hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia -que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida -de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la -injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés -de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento, -sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno -entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta -sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su -mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en -divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para -inventar. - -»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba -entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto -con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia -inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé -a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en -fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la -hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía, -dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida -de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón -y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.» - -»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón -para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo -que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente -si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al -deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para -enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora -Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente -encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y -quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer. -La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura -Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O -tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la -ingrata de haberos negado a oírlas?» - -«Señor--me respondió la criada--, confieso ingenuamente que vuestra -presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil -remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de -ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza -presentarme a usted?» «¡Oh cielos!--repliqué yo con sorpresa--. ¿Qué me -dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto -por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme -a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se -esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama; -me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra, -no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió -esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas. - -»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir -de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo -conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente -en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda, -adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo -común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se -ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su -mujer. - -»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me -hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí -no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis -dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado -mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las -instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en -adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más -satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero -ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus -decretos.» - -«Pues qué, señora--le respondí--, ¿no basta el haberos perdido? ¿No -basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que -soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento? -¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda! -¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis -el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis -y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está -bien--replicó ella con precipitación--; pues cesad vos también de -esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento. -Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la -amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--añadió--y -acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a -pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si -la prolongase.» - -»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé -a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé -hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que -de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado -de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado -infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas, -mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con -intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena, -que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus -consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!--me dijo--. ¿Es este el modo que -tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a -deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.» - -»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a -estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos -que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin -duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas, -que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su -hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra -conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor -don Gastón--exclamó, deteniéndome el brazo--, recóbrese usted y no se -rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!» - -»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide -ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal? -Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis -de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar -vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede -dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano--me -respondió don Blas--procura usted interesar mi honor para que le dé la -muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco -tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la -ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--añadió--, no os -desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.» - -»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó -poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de -alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después -me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el -cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar -en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha -amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual, -por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del -dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el -duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha -hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser -cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre -noble y castellano.» - -Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero, -el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la -cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque -de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo -importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado -injustamente de traición.» - - - CAPITULO VII - - Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas - noticias. - - -Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación -diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha -presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted -preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble -alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor -Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle -hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por -un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar -un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En -fin--continuó don Andrés--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de -ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.» - -Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era -traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas -muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel -Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba. -A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que -solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos -extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él -hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron -de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este -abrazo. - -En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi -casa. «Ya no tiene usted casa--me respondió--, y para ahorrarle el -trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras -lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto -por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole -ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus -salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad -de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que -saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario -de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo -estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso -sin conocimiento del duque de Lerma.» - -Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte -en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente--me respondió--, de ello estoy muy -bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me -ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho -que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la -señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de -España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del -señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida, -para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo -descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado -tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla, -informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con -eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado -su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a -Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión -perpetua. Vea usted aquí--prosiguió Escipión--lo que me ha dicho mi -amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más -bien de don Rodrigo Calderón.» - -Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis -asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino, -todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me -lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la -esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me -puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar -mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de -acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para -elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente: -los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre -Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe -el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos -amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el -Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso, -y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será -llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me -presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he -padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los -gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también -que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en -casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme -prontamente. - -El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en -prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del -pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted--me dijo--otra señal de -reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara -la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos--me -respondió--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he -tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío--le -dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en -que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos -hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen, -son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la -compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir -al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que -quiero--exclamó--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a -suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía -que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a -adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna -mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá -usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.» - -Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas. -Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso -alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo. - - - CAPITULO VIII - - Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y - éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo. - - -Aunque comúnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros -criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son -nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión me había -manifestado me hacía mirarle como a mi misma persona. Así, ya no hubo -subordinación ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en -adelante comiendo y durmiendo juntos. - -La conversación de Escipión era muy divertida, y con razón se le podía -haber llamado el hombre de buen humor. Además era discreto y me iba -bien con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me parece no sería -malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal -efecto. ¿Qué te parece a ti?» «Ya estoy--respondió--; pero los grandes -se mudan tanto de un instante a otro, que no sé cómo recibirá vuestra -carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que -escribáis, pero con maña. Aunque el ministro os estima, no fiéis por -eso en que se acordará de vos. Esta suerte de protectores fácilmente -olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.» - -«Aunque eso es muy cierto--le repliqué--, yo hago mejor concepto de mi -favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece -de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera -para sacarme de la prisión que se aplaque la cólera del rey.» «Sea -enhorabuena--respondió--; yo me alegraré que el juicio que usted hace -de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio -de una carta muy expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su -propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia -que a Escipión le pareció patético y Tordesillas juzgó superior a las -mismas homilías del arzobispo de Granada. - -Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecería al leer la -triste pintura que le hacía del miserable estado en que no estaba, -y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas llegó a -Madrid cuando fué a casa del ministro. Encontró a uno de mis amigos, -ayuda de cámara, que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien -dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, uno de los más -fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un -obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente -lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder escribir uno de -los carceleros.» El ministro la abrió y leyó; pero aunque vió en ella -un retrato capaz de enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse -compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante de algunas -personas que podían oírlo: «Amigo, diga usted a Santillana que es mucha -osadía el recurrir a mí después de la acción perversa que ha cometido -y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre -indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al -resentimiento del rey.» - -Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar -de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de -interceder por mí. «Señor--replicó--, aquel pobre preso morirá de dolor -cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió -a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda. -Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había -tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que -deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los -grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos. - -Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su -comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el -primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la -protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron -para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares, -de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad. - -El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para -recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza -de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil -Blas--me dijo al presentármelos--, vea usted aquí dos Hipócrates que -vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la -oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría -recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero -me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me -pusiera en sus manos. - -«Caballero--me dijo uno de los médicos--, es necesario ante todas cosas -que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande--le -respondí--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes -quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí--respondió--, lo -quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté -de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan -maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. -Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de -San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después -de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora, -hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo -mío--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las -medicinas y sangrías me habían causado--, de los dos talegos que hay -en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias -a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero, -¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi -ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza -quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a -pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el -talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, -y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el -descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano, -que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la -aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el -llanto de un heredero no es siempre risa disimulada. - -Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante, -me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a -la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que, -según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y -me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto -sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de -consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio -que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía -mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor -particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun -cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía -de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un -filósofo. - -Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto -cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha -ocurrido una cosa--añadió--. Conozco a una persona que podrá servirnos, -y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una -muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos -los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde, -aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien--le -respondí--. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa -diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!» - - - CAPITULO IX - - Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la - libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido - de la torre de Segovia y conversación que tuvieron. - - -Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué -a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo -quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, -pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran -librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque -encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión -a la corte y la afición que había cobrado a la soledad. - -Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin -y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo -a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su -criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha -tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra -soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega, -ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a -toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi -obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte. - -No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta -y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del -rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide, -quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo, -usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero -las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá -le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas -saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda -salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran -mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo -estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de -ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.» - -Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el -día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de -Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que -me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger -del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había -quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si -no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo -menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun -cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi -suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan -desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto, -te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea -que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya -veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el -murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y -otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos -esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a -nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá -satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo -comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la -bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta -verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo -reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias -maravillosa para conservar la salud.» - -«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi -secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta -frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de -mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos -enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con -qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión -del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será -preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones -convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano -para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para -gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice -Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_. -_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear -tenerlas._» - -«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado -los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa -de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante -que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un -grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que -extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano. -Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas -tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--, -tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en -qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia -filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí -encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida -deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón; -consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione -todos los placeres con que se recrea mi imaginación!» - - - CAPITULO X - - De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en - la calle, y de lo que siguió a este encuentro. - - -Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en -la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos -fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy -bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro -a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha -disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas -están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico -mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que -este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un -noble no está siempre gustoso con su señor yerno.» - -Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí: -«Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los -dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el -platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos -talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos -de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me -dijo--el depósito tal como se me confió.» - -Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de -haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en -donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados -los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad. -Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario -tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte -cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que -iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach, -aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don -Alfonso. - -Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido, -se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su -señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber -de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar -a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están -actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la -corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido -a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al -Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le -haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha -hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca -gusta de recompensar el valor.» - -Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté -saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo -de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo -inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar -por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala -jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció, -dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre -sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría: -«¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento! -No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos; -yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva, -y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a -delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde -entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte -buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había -escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--, -dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten -por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le -respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un -puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y -confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con -grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer -ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a -decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa -exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco -que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en -ella una vida retirada. - -El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me -dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora -más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar -tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna. -Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá -quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una -pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas -de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin -incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta -determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.» - -Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar; -le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su -beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me -hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento -de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su -generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso -de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba. -Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración. -Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno -de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No -obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que -te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria: -quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.» - -«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi -codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres, -como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de -Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte, -esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en -perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son -una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.» - -Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó -al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del -agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que -había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre -y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la -escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera -un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, -diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando -quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del -barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado -a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino -de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto -puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados -de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad. -Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de -mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la -orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un -país hermosísimo.» - -«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza, -vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa -a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que -tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje -a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado. -Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos -días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para -recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión -apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos -tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y -tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos -cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi -retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en -nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la -puerta de mi casa estos dos versos latinos: - - _Inveni portum: Spes et Fortuna, valete: - Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].» - - - [1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna! - ¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros! - - - - - LIBRO DECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a - su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con - el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital. - - -Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir -a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de -Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de -Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que -el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían -perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como -a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición. - -Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante -de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase -al nuevo cardenal. «Puede ser--me dijo--que su eminencia, viéndole a -usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse -irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.» -«Señor Escipión--le respondí--, usted ha olvidado sin duda que sólo -conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las -dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de -Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque -de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto -que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está -tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos -a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío, -si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que -decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y -te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde -pudieres.» - -«¿Cómo así?--replicó mi secretario, algo resentido de estas -expresiones--. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener -repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi -inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte -en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted -en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en -una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna -gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle -mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué -únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas -reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido -de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar -de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una -idea tan risueña!» - -Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos -buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi -comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el -segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso -alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a -Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo -suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo -mío--le dije--, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la -Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos -secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que -maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué -imaginación!--dijo mi secretario--. ¡Sin duda, señor de Santillana, -que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber -hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos -remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor -sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y -atribuyéndose a ellos solamente los felices.» - -«En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo -fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte -enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de -la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba -sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían -los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no -los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez--exclamó Escipión dando -una carcajada--, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes -curiosidad de verle y oírle--repuse yo--, mañana la podrás satisfacer, -como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya -era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes -años.» - -Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a -apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había -muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a -causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro -doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar -que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente, -tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo. -A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado -en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos -vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos -preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor--le respondí--, ¿es -posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de -haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto -Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo -así?--me replicó dándome un abrazo--. ¿Eres tú Santillana? Cierto que -no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has -hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre -la Medicina.» «Teníale--le respondí--mucha inclinación, pero razones -poderosas me apartaron de ella.» - -«¡Peor para ti!--replicó Sangredo--. Con los principios que aprendiste -de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo -te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la -química. ¡Ah hijo mío!--exclamó arrancando un doloroso suspiro--. ¡Qué -novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta -parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que -en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en -poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los -hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el -desorden de los nuevos prácticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta -ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al -carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos -desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y -curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica -en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su -método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros -tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los -purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético -y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la -libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden -y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.» - -Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica, -pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber -lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían -inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena, -quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor--dijo -a Sangredo--, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como -tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios -químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego -partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos -que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La -razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos -ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia -como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos -miserables?» - -«Ese desorden--replicó el doctor--va todavía más lejos de lo que usted -piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos -de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los -cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces -de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo -sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el -quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se -juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta -dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son -a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se -aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian -la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan -más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora -el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la -sangría del pie.» «Señor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la -indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo -mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los -hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del -de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la -Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo -que este día fatal no esté cerca de llegar!» - -Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor -una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno, -un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego -que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había -mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las -reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor -doctor!--le dije--. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber -vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las -tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá -se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad -avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que -es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_, -y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de -aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. ¿Qué me dirá -usted ahora en su defensa?» - -«Digo--me respondió el viejo--que me reconvienes sin razón. Si yo -bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel -observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que -he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición--le repliqué yo--, mi -querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el -canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua. -Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el -vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con -tal que se beba con moderación.» - -Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía -negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la -vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa -reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano -mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a -que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo, -señor Sangredo!--le dije--. ¡No se canse usted de desacreditar el -quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su -celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la -rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho -cuanto estaba de su parte para sostenerla!» - -Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso -y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la -calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba -con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle -atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez, -aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica -mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme -a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y -discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para -conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con -mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida, -pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba--le -respondí--a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado -Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una -sonrisa maligna--. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e -hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? -Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.» - -«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al -señor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que -Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué -llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir--le contesté--que -escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es -un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y -cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan -bien--le respondí--como con las personas de calidad; porque, aquí para -los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la -menor duda!--repuso Ordóñez--. Haga la corte a los grandes todo lo que -quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le -producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico: -algún día le veréis en el hospital.» - -«Esto no me causará novedad--dije yo--, porque la poesía ha llevado -a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en -haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría -nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría--respondió Ordóñez--. Yo -le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto, -hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se -le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que -hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta -ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó -la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo -el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias -que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré -persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude -detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No -conocía su felicidad!--añadió--. Buena prueba es de esto el criado que -recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos -talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que -le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la -actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de -los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien -cargado de una numerosa familia.» - - - CAPITULO II - - Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué - estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias. - - -Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos -sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del -refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los -pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían -errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado -para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había -aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener -gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión -era un poco espadachín. - -Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón -poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba -yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de -presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me -informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas -que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con -efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención, -me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que -éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por -cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado; -es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo. -¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino -para cenar su tío!» - -«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una -memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin -duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.» -«Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el -estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que -haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil -Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy -poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el -canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla -actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco -goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos -enfermos.» - -Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a -Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi -secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de -mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción -que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes -de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo -mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver -morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso -espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas -de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un -pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de -las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado -esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide -perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches -tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban -a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la -postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció -de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano, -y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra, -exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo -llegase para expirar. - -Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse -desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi -padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además -de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no -haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad, -me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como -un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco -menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos -remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--. -¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus -parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de -los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado -las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de -esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.» - -El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y -el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle -muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más -que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que -mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre -y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a -quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una -situación tan digna de lástima. - -Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me -acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos. -Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas -cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de -un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo -mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te -creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de -familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi -madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente -fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi -salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones -que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña, -confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las -hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado -para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré -que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera -ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido -las circunstancias inútiles de ella. - -Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima -todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había -hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo, -me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi -madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse -de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me -respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor -del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado -conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha -frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran -siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal -corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de -ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.» - -«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo, -pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna -verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la -ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De -consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que -recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me -dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un -judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto -a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos -nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza, -y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso -que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa -vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía -seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo -que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido -a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis -obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan -mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer -mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la -avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del -rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta -dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por -cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar -a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido -enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido -a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo -a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted -admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de -Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá -usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que -el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de -tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles -atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.» - -«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi -madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas -dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi -hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy -connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como -esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por -ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese -cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto -conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar -en él.» - -No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque -era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en -que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir -una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que -se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la -ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió -mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de -ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi -esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más -pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más -infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente -las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de -Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.» - -Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no -economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se -despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio -por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte -generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que -aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado -con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder -tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso -entierro. - -Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó -contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo, -desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este -ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar -a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía -otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras -después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una -disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la -iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias, -acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos, -los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar -la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué -menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que -no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón -donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente -lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado -modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante -intento. - -Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había -hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal -aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de -Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido -algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba -menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se -opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en -adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío, -no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas -las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted -palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.» - -«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los -pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué, -señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No -lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña -linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos -vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por -ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea, -esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo -esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una -cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me -atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen -algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al -mío, por grande que fuese su sinrazón.» - -«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en -la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son -muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos, -ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en -el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de -cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por -este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a -doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes -interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí -de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el -populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento -que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas -de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país, -quieran volver a él para hacer de personas de importancia! - - - CAPITULO III - - Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a - Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué - gentes encontró allí. - - -Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro -viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, -y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo -dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos -acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las -quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que -descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el -dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.» - -«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra -morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda -de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si -no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate -aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el -país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso -me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó -Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una -cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy -modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de -mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su -orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que -tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.» - -«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio -es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus -torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído -y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla, -llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser -más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale -un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al -que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad! -¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él -largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto -nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.» - -Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas -puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el -señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta. -Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar -la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome -gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la -que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo -que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor, -habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen, -uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la -misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos -de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían -corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de -estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el -cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión -de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la -comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años -en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos -platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar -a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora -de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para -reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.» -Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y -Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de -pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún -rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo -pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad -que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron -mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a -ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería -de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo, -todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros -ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro -aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés, -de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas -de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario -hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos. - -Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario -y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con -dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla -podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de -Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es -que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal. -A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban -unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de -la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la -satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con -miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan -contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas -que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la -olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos -hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir -al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y -agradable. - -Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de -cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le -pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que -don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en -hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas -de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco, -en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua, -la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos -objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una -prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta -la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos -frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para -preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un -olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo -alegrillos que acababan de comer bien. - -Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos -escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron. -Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era -fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez -aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín -de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La -mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces -en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron, -gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien -venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me -obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que -me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció -conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección -y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo, -no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario, -dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos -fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin -que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto -de vernos en nuestra nueva posesión. - -Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni -el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a -la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala -donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa -cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en -pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco, -pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente -vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no -podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a -acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor -cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me -dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles -en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.» - -Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para -conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que -se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me -respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que -esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir -que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería -abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme -de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi -casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir -con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos, -Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de -que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador -de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien, -conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer. -Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo. - - - CAPITULO IV - - Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la - conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo - doña Serafina. - - -Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme -dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad -con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía, -y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban, -resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la -impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía -anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este -placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre -en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora -Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón, -no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas -especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a -dejarse ver el sol. - -Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en -el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi -secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un -hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir -inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena -fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este -deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de -acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho -días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre, -que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están -muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras -las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por -demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a -Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba -las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando -mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma -persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías. - -En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme -a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me -condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con -su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los -dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse -a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que -viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme -en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon -entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad. -«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a -Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y -suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» -«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa -que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la -posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella -cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester, -ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.» - -«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados -que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa -quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos -pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es -demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con -la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de -lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro -que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción. -En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o -dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras -con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían -violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me -pareciese. - -Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin -la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió -diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que -tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de -la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió -prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--, -creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será -menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana -debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi -memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece -el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora -la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del -peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron -a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de -muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto -de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una -sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a -comer. - -Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más -acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno -de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no -ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a -influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a -saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se -habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes -elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se -suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían -incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los -divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba -de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de -aquellos caballeros por un mozo muy discreto. - -Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir -la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron -en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una -ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador -con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se -acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para -que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de -cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba -de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que -siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en -casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la -aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza -Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se -habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que -usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al -cabo murió más llorada del ama que del amo.» - -Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me -pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino. -No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y, -compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin -pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de -que se había prendado. - -Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la -ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo -mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la -atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha -gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan -crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo -estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol -negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí -también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera -vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel -Triaquero. - - - CAPITULO V - - Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué - éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia. - - -Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las -personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros -de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura -como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches -para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas -aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda -clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me -disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron. -Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me -llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que -podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de -alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de -las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso. -«No hay que admirarse de eso--me respondió--, porque la tragedia -que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero, -apellidado _el poeta de moda_. Cuando los carteles de los cómicos -anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se -pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa; -todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se -estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla -el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se -respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda--dije entonces -al gobernador--que esa viva curiosidad del público, esa furiosa -impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don -Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.» - -Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los -actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el -principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin -de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el -teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba -modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros -y damas le llenaban a competencia. - -Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después -llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy -apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto -de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la -cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes -de la tragedia?--preguntó un caballero de Santiago--. ¿No es esto lo -que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones -tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es -un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo--respondió un -caballero de Alcántara--que nadie pueda pensar de él de otra manera. -Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo -Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el -señor--añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano--, que -me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste -usted, caballero--le respondió el de Madrid con cierta risita falsa--. -Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con -tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos -por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la -escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos -haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad -no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado -en la escena. Por eso antes de calificar un poema--prosiguió--lo -examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un -autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían -composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los -cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber -juzgado que eran dignos de ella.» - -«¡Oh! Por cierto--interrumpió el caballero de Santiago--, nosotros -no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que -se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su -mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención, -sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para -persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta -deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los -Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran -maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón -como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este -discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto, -señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la -primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de -su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que -sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena -rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos, -frecuentemente muy obscuros.» - -Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan -loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase -de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión -de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un -efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a -los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel, -y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y -ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al -cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega, -raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos -los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya -suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno -ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las -Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así -como formáis la nuestra, hace mención de él.» - -Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la -concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me -condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto. -Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi -señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano -de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón. - - - CAPITULO VI - - Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un - religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso. - - -Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y -salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un -cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los -ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de -todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él -a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios -capítulos de esta historia. - -Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que -en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos, -lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!--dije--. ¿Se -habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar? -¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve -demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante. - -Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, adonde fuí al momento -con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese -al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve -necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a -la puerta del monasterio otra cara que yo conocía trocó mi duda en -certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi -antiguo criado. - -Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos allí. «¿Será acaso -una ilusión?--le dije al saludarle--. ¿Es realmente un amigo mío el -que tengo a la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió no -conocerme; pero considerando que era inútil la ficción y haciendo como -quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil -Blas!--exclamó--. ¡Perdone usted si no le conocí tan prontamente! Desde -que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que -prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de -lo que he visto en el mundo.» - -«Tengo un verdadero gozo--le dije--de volverte a ver después de diez -años con un traje tan respetable.» «Y yo--respondió--me avergüenzo de -presentarme con él a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida; -este hábito me la está continuamente reprendiendo. ¡Ah!--añadió dando -un suspiro--. ¡Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre -en la inocencia!» «Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer--le -repliqué--, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Señor -os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente -por saber de qué modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don -Rafael, porque estoy persuadido de que es él a quien acabo de encontrar -en la ciudad en hábito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido -en la calle para hablarle y le espero aquí para reparar mi falta cuando -se retire al monasterio.» - -«No se engañó usted--me dijo Lamela--; el mismo don Rafael es a quien -usted ha visto. Y en cuanto a la relación que usted me pide, es la -siguiente: Después de habernos separado de usted cerca de Segorbe, -el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con ánimo de -hacer allí alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrásemos -en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando -en el coro; detuvímonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma -experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud. -Admirámonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y -desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba -ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su -conciencia. Haciendo estas observaciones caímos en una meditación que -nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos -buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos -llenó de turbación y de inquietud. «Lamela--me dijo don Rafael luego -que salimos de la iglesia--, ¿qué impresión ha causado en ti lo que -acabamos de ver? Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no tengo -el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos -y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En -igual disposición me hallo yo--le respondí--. Las malas acciones que -he cometido se levantan en este instante contra mí, y mi corazón, que -jamás había sentido remordimientos, está en la actualidad despedazado -por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio--continuó mi compañero--, somos dos -ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver -al aprisco! El es, amigo mío. El es quien nos llama. No seamos sordos -a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolución en -que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande -negocio de nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra vida en -este monasterio y consagrarla a la penitencia.» Aprobé el pensamiento -de Rafael--prosiguió el hermano Ambrosio--y tomamos la generosa -resolución de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al -padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar -nuestra vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos tratase como -a religiosos durante un año entero. Observamos las reglas con tanta -exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estábamos -tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos -valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admitió -a la profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado don Rafael -un talento a propósito para el manejo de negocios, le nombraron para -aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Más hubiera -querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oración, pero -se vió obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tenía de -él. Adquirió un conocimiento tan completo de los intereses de la casa, -que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres -años después. Y así está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede -decirse que le desempeña con grande satisfacción de los padres, que -alaban mucho su conducta en la administración de los bienes temporales. -Pero lo que más me admira es que, a pesar del cuidado que se le confió -de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna. -Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas -meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este -monasterio.» - -Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con un grande movimiento de -gozo que manifesté al ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de -nosotros. «¡He aquí--exclamé--, he aquí el santo procurador que yo -estaba esperando con tanta impaciencia!» Y al mismo tiempo corrí hacia -él y le di un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la más -leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteración, -«¡Sea Dios loado, señor de Santillana!--me dijo con una voz llena -de dulzura--. ¡Dios sea loado por el placer que me causa el veros!» -«Verdaderamente--le dije--, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte -posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia -de vuestra conversión y confieso que su relación me ha encantado. -¡Qué ventura la vuestra, amados amigos míos, la de poder lisonjearos -de ser de aquel corto número de escogidos que deben gozar de una -bienaventuranza eterna!» - -«Dos miserables como nosotros--respondió en tono muy humilde el -hijo de Lucinda--no podían concebir semejante esperanza; pero el -arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre -de las misericordias. Y usted, señor Gil Blas--añadió--, ¿no piensa -también en merecer que el Señor le perdone las culpas que contra él -ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted a Valencia? ¿Ejerce, -por desgracia, algún empleo peligroso?» «No, a Dios gracias--les -respondí--; desde que salí de la corte hago una vida honrada. Unas -veces gozo de la inocente diversión del campo, en una hacienda que -tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme -algunos días con mi amigo el señor gobernador, a quien ustedes dos -conocen muy bien.» - -Entonces les conté la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con -atención, y cuando les dije que yo había llevado de parte de este señor -a Samuel Simón los tres mil ducados que le habíamos hurtado, Lamela -me interrumpió, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: «Según eso, -padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se -le ha restituído con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia -bien tranquila sobre este punto.» «Con efecto--dijo el procurador--, -antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos el hábito hicimos entregar -secretamente a Samuel Simón mil quinientos ducados por mano de un -honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a -hacer esta restitución secreta. Tanto peor para Samuel si fué capaz de -embolsarse esta cantidad después de haber sido reintegrado por el señor -de Santillana.» «Pero esos mil quinientos ducados--repliqué yo--, ¿se -le entregaron fielmente?» «Sin duda alguna--contestó don Rafael--; yo -respondería de la integridad del eclesiástico como de la mía.» «Y yo -también la abonaría--dijo Lamela--, especialmente después que ganó dos -pleitos que le suscitaron por depósitos que se le habían confiado y en -los que fueron condenados en costas sus acusadores.» - -Nuestra conversación duró todavía algún tiempo y luego nos separamos, -ellos exhortándome a que tuviese siempre presente el santo temor de -Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. Fuí al momento a verme -con don Alfonso y le dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién -acabo de tener una larga conversación. No hago más que separarme de -dos venerables cartujos que vuestra señoría conoce: el uno se llama -el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas--me -respondió don Alfonso--, porque no conozco a ningún cartujo.» «Perdone -vuestra señoría--le repliqué--, pues conoció en Chelva al hermano -Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al padre Hilario, secretario.» -«¡Oh cielos!--exclamó sorprendido el gobernador--. ¿Será posible que -Rafael y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo--le respondí--, -y años ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el -segundo, portero.» - -Quedó pensativo algunos momentos el hijo de don César y luego, meneando -la cabeza, dijo: «¡Harto será que el señor comisario de la Inquisición -y su secretario no estén representando aquí una nueva comedia!» -«Usía--repuse yo--juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo, -que vengo de hablarles, juzgo más benignamente. Es verdad que no se -ve en el fondo de los corazones, mas, según todas las apariencias, -éstos son dos bribones convertidos.» «Bien puede ser--respondió -don Alfonso--, porque hay muchos libertinos que después de haber -escandalizado al mundo con sus desórdenes se encierran en los claustros -para hacer una rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que nuestros -dos monjes fueran de estos libertinos.» - -«¿Y por qué no lo serían?--le dije--. Ellos han abrazado -voluntariamente la vida monástica muchos años ha y se portan en ella -con la mayor edificación.» «Di todo lo que quisieres--me contestó el -gobernador--, pero a mí nada me gusta que los caudales del monasterio -estén en poder del padre Hilario, de quien no podría menos de -desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relación que nos hizo de sus -aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como tú, -que haya tomado el hábito con muy buena intención, pero el manejo del -dinero puede despertar su codicia. A ningún borracho que ha dejado el -vino se le debe fiar la llave de la bodega.» - -Pocos días después se verificó no ser infundada la desconfianza del -gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero -con el dinero del monasterio, noticia que no dejó de dar que reír a -los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos -que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a mí, nos -compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocíamos a los -apóstatas. - - - CAPITULO VII - - Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable - que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia. - - -Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y -viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias -y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas, -proporcionándome todas estas diversiones tanto el señor gobernador como -la señora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que -ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar -a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad. -Convinimos en que permanecería en la ciudad el invierno y el verano en -mi quinta. Con esta condición me dejaron libertad mis bienhechores para -que me fuese a gozar de sus beneficios. - -Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegró infinito de ella, -aumentándose su gozo con la relación que le hice de mi viaje. «Y tú, -amigo mío--le pregunté--, ¿qué te has hecho aquí durante mi ausencia? -¿Te has divertido mucho?» «Cuanto puede hacerlo--me respondió--un -criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado -por todos los puntos de nuestros pequeños Estados, y sentándome -unas veces junto a la fuente que está en el bosque, contemplaba con -particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como -las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso -bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un árbol oía cantar a -los ruiseñores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que -me ha gustado aún más que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de -muchos libros tan útiles como entretenidos.» - -Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole dónde -había hallado aquellos libros. «Los he encontrado--me respondió--en -una selecta librería que hay en casa, que me ha enseñado el maestro -Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta librería?--le volví a -preguntar--. ¿No registramos toda la casa el día que llegamos?» «Así -le pareció a usted--me respondió--; pero sepa que solamente recorrimos -tres distritos, olvidándosenos el cuarto, y allí es donde don César, -cuando venía a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura. -Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos han dejado como un -recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados -de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de él. Los -señores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado -tanto del alimento espiritual como del corporal.» - -Esta noticia me causó una verdadera alegría. Hice que me enseñasen el -cuarto distrito, en el cual se me ofreció un espectáculo muy agradable. -Halléme en una vivienda que desde luego destiné para mi morada, como -don César la había escogido para sí. La cama de dicho señor estaba -allí todavía con todos los adornos, es a saber: una tapicería que -representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cámara pasé a un -gabinete que tenía estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre -la estantería los retratos de todos nuestros reyes. Había también en -él, al lado de una ventana que tenía vistas a una campiña deliciosa, -un escritorio de ébano delante de un gran sofá de tafilete negro; pero -lo que principalmente llamó mi atención fué la librería. Componíase -de obras de filósofos, poetas, historiadores y gran número de libros -de caballerías. Conocí que don César gustaba de éstos en vista de -los muchos que de esta clase había juntado. Confieso, no sin rubor, -que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las -extravagancias de que están atestadas, ya porque no fuese entonces un -lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los españoles muy -indulgentes. Con todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite en -los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis -autores favoritos. - -«Amigo mío--dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería--, -aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra -cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted--me -respondió--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado -bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente. -Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo, -y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del -arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto -de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones: -la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le -perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser -muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en -ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó -y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como -tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad -del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que -me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no -quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosiguió--, -es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos, -como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar -muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa -escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me -parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a -los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría -yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.» - -Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos -quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y -despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo -día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos -doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos -establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que -correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos -a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero -mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no -era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín. -La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y -delicadas. - - - CAPITULO VIII - - Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. - - -Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio, -mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme -el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él, -tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en -eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar -con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez -y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares, -tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo -estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y -unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la -sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido -atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las -lacedemonias. - -Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su -hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella -Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle -algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la -fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado, -turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que -conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las -alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no -deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo -un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar. -Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos -cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido -silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro, -extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad -que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que -iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia, -se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla -de mi vista para siempre. - -Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro -remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que -vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi, -aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y -en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso; -pero--añadió--esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque -a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego--respondí--. ¡Ah -hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de -repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con -que ella ha atravesado mi corazón.» - -«Mucho gozo me causa usted--replicó mi secretario--en confesarme que al -fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad -de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios, -tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé--continuó--que nos costará -algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi -cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una -secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión--le respondí--, -quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer -experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de -esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y -así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo -que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con -tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo, -ciertamente--me respondió--, que usted tomase tan de golpe semejante -resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se -hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni -se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después -de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás--añadió--, no crea -usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de -su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario -es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda -entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy -mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá -con ella misma.» - -Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía. -Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi -gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el -temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar -desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña -cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré -satisfechos mis deseos.» «Así es--me respondió--, mi querido amo. -Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a -su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber -que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de -Antonia.» «¡Oh Cielo!--interrumpí todo enajenado de gozo--. ¡Conque he -tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude -usted--me respondió--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión -no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que -ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosiguió--, -usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os -inquietéis por eso--me dijo--; este rival no os robará el corazón de -vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah -ladrón!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. ¡Ve ahí por qué -ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente--añadió -Escipión--, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué -negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá--le -repliqué yo--deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que -quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un -rival peligroso.» «Tiene usted razón--respondió mi confidente--; se -le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se -ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer -de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continuó Escipión--, no deja -de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a -la seguridad de usted.» «No debes--le dije--sentir tanto su pérdida, -porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero -que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don -Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me -envió uno que consoló a Escipión. - -Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que -Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la -conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo -se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de -ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto -me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi -embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de -haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible -satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría--añadió--que se la doy -porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría -más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos -los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido -grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga -una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna--le dije--; -su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría -mil gracias--exclamó--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún -descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a -Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría -de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas -de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a -mil en gracia de este matrimonio.» - -«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respondí--, y nunca -reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de -acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía -tiene ya el mío--me dijo--; ¿y éste no basta?» «No--le respondí--. Si -el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende -del mío--repuso él--, y no se atreverá a resollar en mi presencia.» -«Antonia--le repliqué--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda -estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión -lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría -de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des -su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué -diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable -vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que -nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y -me dejó un momento a solas con ella. - -Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto. -«Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el -consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para -violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio -si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.» -«Eso es, señor--me respondió ella--, lo que nunca os diré. Vuestra -solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en -vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No -sé--prosiguió--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no -me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por -qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?» - -Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado, -hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi -alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán -tierno y apasionado. «Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me -hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu -esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda -lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con -la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste -de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si -me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse -conmigo. «Y bien--me dijo--, ¿está vuestra señoría contento con la -respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto--le respondí--, que desde este -momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho -esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con -mi secretario. - - - CAPITULO IX - - Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; - qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró. - - -Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme, -juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la -gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio -y aun de pedirles su consentimiento por política. - -Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos -de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, -que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil -enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me -hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de -que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía -que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a -la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme -asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, -me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero--añadió -con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con -que había correspondido al amor de Séfora--, aunque no me hubieran -ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque -sé lo delicado que es.» - -No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino -que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. -«Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de allí -hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la -boda, que ese es cuidado nuestro.» - -Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi -quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros -protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué -posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días, -pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras -dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia, -escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me -entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor -que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al -otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia. -Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo, -Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos, -precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y -seguido de la guardia del gobernador. - -Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de -ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a -saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó -admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina--preguntó don César a su -nuera--, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección -mejor?» «No--respondió Serafina--; parece que nacieron el uno para el -otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron -mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún -más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues, -según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado -otros en su vida. - -Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre -nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar -y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos -a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor -para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los -habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes -había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban -consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en -la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición -de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una -para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la -mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera, -porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda -y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó; -no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas -estuviesen bien servidas y todos contentos. - -Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida, -y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos -de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron -con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una -alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento -que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde -yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas -de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento. -Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en -hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos -nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en -efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando -de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja: -«¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto! -¡Ninguno puede evitar su desgracia!--añadió--. ¡Acabo de encontrar a mi -mujer en una de las criadas de Serafina!» - -«¡Qué es lo que oigo!--exclamé--. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso -el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?» -«Sí, señor--me respondió--, soy su marido, y juro a usted que no podía -la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.» -«Ignoro, amigo mío--repliqué--, las razones que tienes para quejarte de -tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te -ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público -tu resentimiento.» «Señor--repuso Escipión--, quedaréis satisfecho de -mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.» - -Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras -también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura -como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver, -«¡Ah mi querida Beatriz!--le dijo--¡Conque al fin el Cielo nos vuelve -a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para -mí!» «Yo no sé--le respondió su mujer--si experimentas realmente algún -placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida -de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me -encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba -enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró -a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te -trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de -un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis -descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho -para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que -sí--continuó ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se -casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió; -pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su -servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te -podrán informar de la pureza de mis costumbres.» - -No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía -probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su -esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de -ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por -él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no -pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse -a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos -dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa -juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos, -y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella -reconciliación que para festejar mi boda. - -La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella -los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el -ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las -otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se -pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con -las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron -en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César -otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con -ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas -que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una -parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me -había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el -concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron -al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de -lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué -interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro, -los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba. -«Hijos míos--les dijo--, en este día de regocijo se acrecienta mi -satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión--añadió--, -ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido -siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú, -Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta -que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya -a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió -tratarla con todas las atenciones imaginables. - -Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber -estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta. -Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger, -el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y -los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué -que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora -quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a -Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se -dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad. - - - CAPITULO X - - Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella - Antonia. Principio de la historia de Escipión. - - -Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia, -después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que -mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras -mujeres y nuestros criados. - -El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no -fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como -le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le -había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó -fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, -todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una -suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos. -Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun -cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer -la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una -de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la -concurrencia. - -Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al -sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor -que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla -esa boca--le dije--, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos -alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor--me -respondió--. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don -Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya--le repliqué--; pero este gusto -nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que -jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la -historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el -menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que -usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas -estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la -palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de -causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos -al sueño. - -«Yo--comenzó a decir Escipión--sería hijo de un grande de España de -primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago -o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno -es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado -Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. -Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le -obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre -Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba -sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila -echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando -cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero--contestó -ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de -comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable--replicó -él--, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias -a Dios--respondió la gitanilla--, tengo varias habilidades; sé hacer -pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la -buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las -cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un -espejo.» - -»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido -muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le -producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la -mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña -la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se -casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio. -Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender -pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco, -comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su -casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron -bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana. -No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya -llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era -único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella -que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado -palabra de casamiento se la cumpliría. - -»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi -madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se -cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por -haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba -frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de -la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le -revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla. - -»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al -diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía -el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la -aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con -lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al -aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán -majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la -espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus -ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo -tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años, -me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa -unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de -la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a -leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me -distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo -era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a -misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina; -pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a -pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más, -un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez -de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de -Sevilla. - -»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí -de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba -qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía -lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado -dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca -había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar. -Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y -para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé -a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los -azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de -cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando -satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de -declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de -aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse -a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la -misma. «Hijito mío--me dijo sonriéndose--, me parece que los dos nos -hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi -ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le -haga a usted--le respondí con bastante sequedad--, que yo ninguna gana -tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una -grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, -no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, -pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos -circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me -idolatran. Vente conmigo--añadió--y te pondré un hábito como el mío. Si -te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida -que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, -sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo -el bien que pueda.» - -»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias -preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he -tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas -frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había -comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en -el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las -quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de -que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena -provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.» -Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada -encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba -vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no -muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí. - -»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos -pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como -la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía -también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito--me dijo luego -que nos levantamos de la mesa--, ¿estás contento con mi trato? De este -modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este -ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes -cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás -para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que -los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y -pescado; no te pido más.» «Haré--le respondí--todo lo que usted quiera, -con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse -de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano -ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis -inclinaciones. - -»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por -el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano -que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno -daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina -y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita -víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban -al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les -servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle, -pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando -dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de -males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban -tener hijos. - -»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien -tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era -desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera -una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera -que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano -Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él -mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión. -Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a -todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga. -Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían -en verme. - -»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y -regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me -aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas -no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que -debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo -abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir. - -»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de -cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser. -Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un -movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje -que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a -la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces -más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre -partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como -unos cincuenta escudos en toda clase de monedas. - -»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los -aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que -por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere, -apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme, -cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle, -que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por -mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un -saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de -dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto -a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que -llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias. - -»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo--continuó Escipión--, y no -dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré -sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas -a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos -allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede -hacer un hombre de bien. - -»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de -Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo, -que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé, -pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya -huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las -cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego -que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me -había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era -y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía -en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo--me volvió a -preguntar--, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía -lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera -que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para -llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo--repuso -la mesonera--para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque -correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y -debo. No te señalaré salario--añadió--, porque los muchos caballeros -que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que -seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.» - -»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la -facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no -me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando -sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que -nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo -que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me -podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para -guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en -fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra -parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible. - -»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la -cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los -huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo -recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la -cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para -que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de -los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que -nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba -al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía -yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas -veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que -solamente los avaros pueden comprender suficientemente. - -»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces -al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar, -y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué -era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a -escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas -que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con -él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió -creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó -del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó -al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que -me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho -desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería -aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada -le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más -crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano -Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona. - -»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo -único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar -lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión -a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de -Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste -estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin -de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí. -«¡Cuánta lástima--dijo--me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es -que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión -haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no -haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome -la palabra, «Hijo mío--añadió--, ¿de qué lugar de España eres y quiénes -son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada. -Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.» - -»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué -insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y -lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo -cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los -ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano -Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; -pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero -y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte -puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto -era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines, -no paró aquí. «Hijo mío--prosiguió--, quiero empeñarme a favor tuyo y -buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo -con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de -aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el -número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos -beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte -con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.» - -»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los -azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir -como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, -llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la -una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi -compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa -del prójimo. «Querido Escipión--me dijo--, en verdad que tienes un -buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de -lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a -quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo. -No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento -y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, -colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte -en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás -en su casa a pedir de boca.» - -»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba, -continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo -celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar -hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un -pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el -mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger -sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba -en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de -los huérfanos, concebida en estos términos: - -«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un -bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy -despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle -encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de -él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan -piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Gálvez_.» - -»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena -intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había -de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas -del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de -un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del -hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto -me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo -tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es -verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de -talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues -no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a -cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres -servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo -como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así--me -replicó--, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice -sin réplica. - -Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba -don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba -un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean -ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para -fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al -barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho -esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las -once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba -tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome -libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la -noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él -muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea -muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de -galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no -podía hallar otro que más se adaptase a mi genio. - -»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me -preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado -que no podía estarlo más, «Pues bien--me replicó--, mañana saldremos -para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver -aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir -que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_.» «¡Que me -place!--respondí yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte -del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de -caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al -siguiente tomamos el camino de Andalucía. - -»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía -cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de -lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos -que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados -a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta -de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló -diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla -encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces -volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el -enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por -qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor--le respondí -yo--, porque enteramente se me olvidó.» - -»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas -tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el -templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo, -esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación! -¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué -no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia, -como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes -hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy -enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que -me dió por tan pequeño motivo. - -»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa -muy acalorado. «Escipión--me dijo--, he determinado irme a Italia -y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo -mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y -aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del -mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en -desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de -vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso. -Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no -pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré -casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas -amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las -bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba -de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté -qué le parecía esta determinación. - -»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después -afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un -hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza -que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no -pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu -afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo -después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural -propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un -robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo -la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el -éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino -a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en -que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo -cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?--me dijo.--¡Sábete que -cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!» -Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una -paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo -paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí -a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno. - -«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi -turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el -guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó -para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me -volvió a preguntar mi amo. «Señor--le respondí más muerto que vivo--, -le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana -para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú--me replicó--en qué buque me -había de embarcar?» «Señor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene, -a Roma va_: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír -esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos -que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero -dime--replicó otra vez--: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera -de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo--le dije--. ¿Ya no se -acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo -usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi -obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba -a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, -conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me -despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí -no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El -Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una -carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia--añadió mudando de -tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!» - -»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de -miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y -eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que -se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal -a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un -olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!--dije -entre mí--. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me -regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los -cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para -probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto -no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento, -me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me -salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las -cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: _¡Socorro! -¡Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida. - -»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego, -cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no -viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué -gritaba de aquella manera. «¡Señores--les respondí fingiendo miedo--, -por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me -quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?--exclamó Diego--. Porque tú -estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo -mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en -asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio, -porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no--le -dije al cocinero--; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que -quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!» -«Si fuese así--replicó el cocinero--, en verdad que tendrá que -aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te -dejaremos salir hasta mañana.» - -»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni -lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las -cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta -quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de -exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando -conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz -llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. -Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los -cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente -fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho -en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis -mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han -asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda -franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra -tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso -así, amigo mío--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por -criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto -del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser -admitido entre los marmitones. - -»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro -Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas -grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a -sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya -trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda -de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas -las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no -contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía -también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor -arzobispo. - -»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis -mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo -en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en -representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la -de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que -hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo, -que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y -con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería -yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo, -no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón -un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados -se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando -viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que -todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la -función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la -ciudad. - -»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que -le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó -acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme, -quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre -un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones -y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo -metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una -corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas -con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color -de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos -graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían -se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme. -Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una -relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las -dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre -bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado; -pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir -a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla -oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a -propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con -mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha -escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «_¡A un lado! -¡A un lado, que voy a mudar de traje!_» Todos se pusieron en fila para -dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente -del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el -valentón. - -»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo -reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se -lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó -por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos -correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido -en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos -largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi -jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso -no te dé cuidado--me respondió--; conozco a un prendero muy hombre de -bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con -preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré -y le traeré aquí.» - -»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en -la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un -lío cubierto con tela amarilla. «Amigo--me dijo--, aquí te presento -al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar -del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia -lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte -ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso--dijo el prendero--, -me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una -cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha -tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos--añadió--esa ropa que usted -quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está--dijo -el valentón poniéndosela delante--. No me negará usted que nada hay más -magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo -exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta--respondió -el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor -atención--; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace -usted--le preguntó mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?» -«Si fueran redondas--respondió Ibáñez--no tendrían precio; pero tales -cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni -puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi -lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio -y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que -tengo conciencia, ofrezco cuarenta.» - -»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un -apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de -doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira -la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El -señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de -la muerte.» «Así es--respondió el prendero--, y por eso no hay que -andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto, -éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere -usted!--replicó el valentón--. Antes de eso es menester que mi amiguito -se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho -me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el -prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo -con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el -vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los -dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en -diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me -fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del -bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras -reales y de mi corona, y se lo llevó. - -»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de -este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que -le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se -contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había -sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, -te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al -momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que -se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el -mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para -inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una -prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de -Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas, -salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que -entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres -días llegué a Córdoba. - -»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los -mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que -viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para -hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del -posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años -no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa -de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él -no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá -por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por -seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente -había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta -doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían -sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro -y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de -los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y -embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían -reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que -por burlarnos de ellas. - -»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel -estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón -de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una -conversación que me importaba. «Señores--exclamó al fin de la cena--, -les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días -pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de -Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.» -Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba -a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto -el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; -es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que -voy a referir a ustedes. - -»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que -se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con -el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me -creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se -quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la -comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan, -éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la -bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la -voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y -dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey -de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» -«¡Bendito sea Dios!--exclamó el arzobispo--. ¡Ha hecho muy bien en -huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas -que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su -reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando -seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su -majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que -dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase -la comedia. - - - CAPITULO XI - - Prosigue la historia de Escipión. - - -»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones -conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó -a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una -mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla -desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres -dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre -y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le -di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto -una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de -haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.» - -»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad -me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera--le -respondí--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase -bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más--le contesté--, -porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o -habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.» -«Si llegara ese caso--repuso él--, se le haría a usted muy cuesta -arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se -hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin -disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere -más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro -de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil; -hállese aquí mañana a esta misma hora.» - -»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día siguiente al mismo sitio, -en donde no tardó mucho en presentarse el mendigo, que, acercándose -a mí, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo así, y me -llevó a un sótano no distante de la misma iglesia y en el cual tenía -su albergue. Entramos ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco -largo que por lo menos habría servido cien años, el pobre me habló de -esta manera: «Una buena acción, como dice el refrán, halla siempre -su recompensa. Ayer me dió usted limosna, y esto me ha determinado -a proporcionarle una buena colocación, la que, si Dios quiere, se -conseguirá muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre -Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual; -tengo el honor de ser su demandadero, y desempeño este empleo con tanta -discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento -en mi favor y en el de mis amigos. Yo le hablé de usted, y le dejé -muy inclinado a servirle. Le presentaré a su reverencia cuando usted -quiera.» «¡No hay que perder momento!--dije al viejo mendigo--. ¡Vamos -ahora mismo a ver ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al -momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos -escribiendo cartas espirituales. Suspendió su trabajo para hablarme, -y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. «Habiendo -sabido--continuó--que el señor Baltasar Velázquez necesita de un criado -le he escrito esta mañana en tu favor, y acaba de responderme que te -recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. Puedes ir hoy mismo a -verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre esto el -religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a -que cumpliese bien con mis deberes, y se extendió particularmente sobre -la obligación que yo tenía de servir con esmero al señor Velázquez; y -concluyó asegurándome que él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con -tal que mi amo no tuviese queja de mí. - -»Después de haber dado gracias por su favor al religioso, salí del -convento con el pordiosero, quien me dijo que el señor Baltasar -Velázquez era un mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso; -«y no dudo--añadió--que lo pasará usted perfectamente en su casa». Me -informé del sitio donde vivía, y al momento pasé allá después de haber -prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan -pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entré en una gran -tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de -un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntéles -si el amo estaba en casa, y les dije que tenía que hablarle de parte -del padre Alejo. Al oír este nombre venerable me hicieron entrar en la -trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento -que tenía sobre el escritorio. Saludéle respetuosamente, y habiéndome -acercado a él, «Señor--le dije--, yo soy el mozo que el reverendo padre -Alejo le ha propuesto para criado.» «¡Ah, hijo mío--me respondió--; -seas muy bien venido! Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo a -mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han -hablado. Es negocio concluído, y desde hoy te corre el salario.» - -»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que -era tal cual me le habían pintado, y aun me pareció tan sencillo que -no pude menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar de jugarle -alguna pieza. Hacía cuatro años que estaba viudo y tenía dos hijos: un -varón que acababa de cumplir veinticinco años y una hembra que entraba -en los quince. Esta, educada por una dueña severa y dirigida por el -padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez, -su hermano, aunque nada se había omitido para hacerle hombre de bien, -tenía todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o -tres días fuera de casa, y si cuando volvía le daba el padre alguna -reprensión, Gaspar le mandaba callar levantando la voz más que él. - -«Escipión--me dijo un día el viejo--, tengo un hijo que me da -mucho que sentir. Está envuelto en todo género de desórdenes, lo -que verdaderamente extraño, porque su educación de ningún modo fué -descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo -ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin -haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje. -Acaso me dirás que le he tratado con demasiada indulgencia en la -pubertad y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he castigado -siempre que me pareció necesario el rigor, porque, aunque soy tan -bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice -encerrar en una casa de corrección, de donde salió peor que entró en -ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden -corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; sólo Dios -puede hacer este milagro.» - -»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado padre, a lo -menos aparenté que la tenía. «¡Cuánto me compadezco, señor!--le dije--. -Un hombre tan honrado como usted merecía tener mejor hijo.» «¿Qué le -hemos de hacer, hijo mío?--me respondió--. ¡Dios ha querido privarme de -este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar--continuó--, te diré -en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinación -a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer, -a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de -inteligencia con él y por eso le despedí; pero de ti espero que no te -dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con celo y fidelidad por mis -intereses, como sin duda te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.» -«Así es, señor--le repliqué--; durante una hora su reverencia no hizo -otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien -de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su -exhortación, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente, -y por último le prometo un celo a toda prueba.» - -»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las dos partes. El mocito -Velázquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía -que yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, me llamó a -un paraje retirado y me habló en estos términos: «Escucha, amigo mío: -estoy persuadido de que mi padre te habrá encargado que me espíes; -pero te advierto que mires cómo lo haces, porque este oficio tiene sus -quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he -de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engañar a mi padre, puedes -esperarlo todo de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más claro? -Tendrás tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este -mismo momento declárate por el padre o por el hijo, porque no admito -neutralidad.» - -«Señor--le respondí--, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré -menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser -traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!--replicó -Gaspar--. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con -andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a -contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de -veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar -a mi padre.» «¡Basta, señor!--le dije--. No es posible resistir a un -motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables -empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no -se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si -aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás, -sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y -algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me -mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar. -Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le -serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted -con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona -cuanto malo me viniere a la boca.» - -«¡Vive diez--exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas -palabras--que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes, -muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego -me prometo de él los más felices resultados y espero que con el -auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.» -«Usted me honra demasiado--le dije--confiando tanto en mi industria; -haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y -si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.» - -»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre -que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el -arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen -hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo -la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces: -«¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el -placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me -daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida, -entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía, -después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave -detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este -descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi -querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es -hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y -me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un -cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde -hay menos bribones.» - -»Pero ¿a qué fin--dije a Gaspar--quiere usted mandar hacer una llave -falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto--me -respondió--; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro -motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una -que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento -me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana -mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien -tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me -serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos -grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no -sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de -los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía -hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los -mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave -detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder -debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía. - -»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a -buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina, -para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que -acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil -caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en -el talego, que yo no quise aceptar. «Señor--le dije--, este primer -talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades. -Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios, -hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de -ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de -los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias -que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos -como buenos hermanos. - -»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en -estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se -entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse -con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran -y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos -gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que -al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión--me -dijo una mañana--, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba, -amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella -muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir -este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle -hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú -mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte -su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo, -no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por -responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me -tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad -hipócrita que contribuyó a sincerarme. - -»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no -dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra -nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya -llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose -interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los -talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar, -que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado -a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que -le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué -el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado -a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el -último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución -anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su -heredero. - -»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso, -considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía -profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya -a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida, -dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre, -el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco -satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento -para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme -al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que -estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa -abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida -al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del -cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las -más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo--añadí echándome a sus -pies--, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la -indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!» - -»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un -pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios -tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación; -lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar -de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice -para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente -las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil -toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio, -me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle. - -»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería -hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor--le dije--, -permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.» -Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación -y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella -demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un -delito de que me arrepiento--le respondí--y que lloraré toda mi vida! -He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a -que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo -lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la -conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé -sin omitir la menor circunstancia. - -»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo, -apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de -la verdad de mi narración, «Escipión--me dijo levantándome del suelo, -porque estaba todavía arrodillado--, yo te perdono en gracia del -importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar--continuó alzando la -voz--, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a -quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir -para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días? -¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y -no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte -que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe, -me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que -debía hacer en tan delicada coyuntura. - -»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría -aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y, -sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío, -he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres -casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy -hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al -matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida, -veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.» -Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su -poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con -efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos -en buenas mulas. - -»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio -tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros, -Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo. -Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje. -«Voy a decírtelo--le respondió el anciano mirándole con unos ojos -en que estaban pintados la cólera y el dolor--. No iremos a Mérida, -y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para -atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro -el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene -preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido -lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror! -Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo. -Hay--continuó--otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin -exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y -en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento -estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá -esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo -Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira, -Gaspar--añadió--, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber -engendrado a un malvado como tú!» - -»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy -lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los -pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le -pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a -la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar, -luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre -tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a -montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, -y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en -donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en -la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo -penitencia. - - - CAPITULO XII - - Fin de la historia de Escipión. - - -»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La -conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias -reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y -me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído -de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había -radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin -embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es -menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra, -y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos -el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado -en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin -embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi -integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez. - -»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de -Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho, -porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los -más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me -encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello. -«Escipión--me dijo un día--, si yo tuviera un criado de tan buen -humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a -quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor--le -respondí--, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo -inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales -caballerosos me encantan.» «Siendo eso así--me replicó don Manrique--, -quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de -su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo -Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se -persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi -parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un -mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero -de Alcántara. - -»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era -un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres -y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le -faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más -ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía -anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo, -cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse. -Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido. -Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la -marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos -modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la -nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y -su casa se llamaba _la buena sociedad_. - -»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta -señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle -en un desasosiego que no era natural. «Señor--le dije--, parece que -vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa? -¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?» -Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le -ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener -con la marquesa de Almenara. «Me alegrara--le dije riéndome--que -esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración -de amor.» «Pues no lo tomes a chanza--me respondió--; has de saber, -amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto -vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os -miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para -proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros -de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al -público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán -por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo -despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único -que temo--me ha añadido--es que mostréis repugnancia al cumplimiento -de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosiguió mi -amo--. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente -de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar -en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me -hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había -persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto -me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer -participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.» -«Sin duda--le repliqué entonces--que vuestra señoría está ya resuelto a -saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?--me respondió mi amo--. La marquesa -es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso -estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.» - -»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de -adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos; -tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero, -por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara, -y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso -todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba -la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique -de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa -de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y -chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a -los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique. -Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la -murmuración. «La novia--se decía--debiera, a lo menos por pudor, haber -suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas -ancianas que se casan con mozos.» - -»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa -de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello -experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo -convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que -siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron -para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y -conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique, -ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de -noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como -madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora -no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese -una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia -debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas -instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de -permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole: -«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes -que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he -casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por -nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y -no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.» -Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose -ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que -le acompañase. - -»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de -lo que acabábamos de oír. «Escipión--me dijo mi amo--, ¿esperabas oír -lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como -ésta?» «Juzgo, señor--le respondí--, que es de lo que no hay. ¡Qué -dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin -carga!» «Yo--replicó don Manrique--no acabo de admirar el carácter de -una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones -imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de -la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había -en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le -habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no -le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto. - -»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la -recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las -chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo -que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que -aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos -contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba -y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad. -Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de -acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que -lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse -la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que -pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato -que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la -que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que -parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él. - -»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a -esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase. -Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez. -Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo -pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de -criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra, -por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de -Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán -ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones -y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de -cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró -su tesorero.» - -«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó -a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!--me replicó con -semblante sereno y formal--. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo -a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso -habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me -cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio -del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún -alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá -hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de -rectitud y probidad. - -»Hallábame, pues--continuó el hijo de la Coscolina--, de secretario y -tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo -estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban -que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le -fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad -para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con -él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de -cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores -caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos -a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría -de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros -pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía. - -»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo -visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que -por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba -su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo -trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su -dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban -a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo -don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente -me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a -esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas -mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi -virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes -vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una -linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz -más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte -impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de -varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de -doña Julia, hija segunda del conde de Polán.» - -Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y -dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia--le dijo--, míreme -usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de -divinidad!» «Por lo menos entonces--le dijo Escipión--lo tenías a mis -ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces -más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan -amorosa, prosiguió así su historia: - -«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor -legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su -virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo -conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y -mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó -con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos, -y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que -aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique. -Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio -por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la -señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de -Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo -de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por -una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos -esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo: -era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada -para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia, -y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque -algunas veces no dejaba de ser bien largo. - -»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las -anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar -abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella -un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido -lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia -un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un -hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis -oídos estas palabras: _¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz! -¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En -vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad -de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando -sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el -cenador. «¡Ah vil seductor!--exclamé--. ¡Cualquiera que tú seas, antes -de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo -estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con -Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona -más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido -sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de -su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un -tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente, -me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que -me llamaba.» - -«Así fué puntualmente--interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos -la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero -que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva. -Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado -a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por -este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de -concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi -fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una -esposa infiel.» - -«En el estado en que me hallaba--replicó Escipión--, era capaz de -eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos -y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no -se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al -momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que -un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien -pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y -desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber -muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos -de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por -todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen. -En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y -sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo, -sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba -en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un -recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar -de criado en toda su vida. - -»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la -idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba -un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué -a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia, -que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me -senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis -negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo -para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia -tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por -allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me -engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que -llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!--le grité--. ¿Adónde -van esas mulas?» «A Madrid--me respondió--; en ellas han venido a este -pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.» - -»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró -deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus -mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche. - -»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona -de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la -Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a -maitines, en seguida cantó el _Credo_, como en las misas solemnes, y -luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun -el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía -menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado -a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!--le decía--. -¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted -no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso--me respondió--no me -parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no -cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances -sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo -menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis--le repliqué--una -pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo -tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de -castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente--me -respondió--. La continencia es también una cosa de que me precio en -estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No -quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los -alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé -conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana. - -»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en -el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en -la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena, -lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi -vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced--añadió--, -pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a -todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como -las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado -de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi -habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había--según él -decía--un conejo hecho ya trozos. «Mire usted--continuó--lo que pienso -darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de -hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo -que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar -a un contador mayor.» - -»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a -disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome -en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no -haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a -despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta; -venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en -una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y -yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy -bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete -que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron -un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba -de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me -respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta, -o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció -misteriosa. «Usted me oculta--le dije--la verdadera razón que le impide -comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted -tiene tanta curiosidad de saberla--replicó él--, le diré que tengo -repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde -que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por -conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión -a los cochifritos.» - -»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el -apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza -que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado -sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión, -me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España -hacían con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como -ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, -me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas -ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más -realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones -al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé -la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy -temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como -si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el -pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me -ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber -satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca -de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran -mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se -ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de -coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los -grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando, -habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos. -Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no -me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de -Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito -el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.» -Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles. -Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso -en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de -Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su -patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y -cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía. - -»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba -el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento -le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático -jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos -o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que -solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece -digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos, -griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los -apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba -llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura -de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos -hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando -menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más -extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas -nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un -plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso -descaro: _Furto laetamur in ipso_. - -»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición -sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no -merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía -inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de -aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a -lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir -decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como -discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar -mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado -había hecho algo malo: «¡Escipión--me decía--, guárdate bien, hijo, de -hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir -lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de -exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión, -que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación -de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco -hice en su casa la más leve travesura. - -»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una -parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado -al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me -valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa -de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para -que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El -ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel -reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real -y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid, -porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir -a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la -tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me -gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder -ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en -conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz, -esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me -hizo propasar a lo que no me era permitido. - -»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a -Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que -se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe. -Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y -del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado -del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme -reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de -lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de -la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por -oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que -le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta, -a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o -para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad. - -»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé -curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había -dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la -asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme. -Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy -diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de -que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno -de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas, -era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas -a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar -pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían -viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su -satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho -de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que -le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo -con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada -generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto -de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual, -enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos -casásemos. - -«¡Poco a poco!--le respondí--. Querida mía, esa ceremonia no la -podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte -de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados -estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!--replicó Catalina--. -Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la -repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces -que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer; -y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por -ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos -a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose -visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a -los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al -bien parecer. - -»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de -Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba -a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más -ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana--me dijeron--es -un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de -Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además -de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus -negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión; -presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación, -agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto -en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el -último amo a quien sirva.» - -Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose después a mí, -me habló en estos términos: «Señor de Santillana, hágame usted el favor -de atestiguar a estas señoras que siempre me ha tenido por un criado -tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles -que el hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía sus malas -costumbres, sucediendo a ellas en su corazón y en sus operaciones -virtuosos y honrados pensamientos.» - -«Así es, señoras--les dije--; eso puedo asegurárselo. Si en su -niñez Escipión era un verdadero pícaro, se ha corregido después tan -completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados. -Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender en su modo de portarse -desde que está en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy -deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme -al alcázar de Segovia libertó mi casa del pillaje y puso en seguridad -parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No -contento con haber mirado por la conservación de mis bienes, quiso, -llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a -los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme en mis -trabajos.» - - - - - LIBRO UNDECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado - en su vida, y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones - sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana - volviese a ella. - - -Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían muy bien las -dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra -acostumbrándose gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos muy -condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien -pronto la satisfacción de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas -casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera que parió, y dió a luz -una niña, y pocos días después Antonia nos llenó de alegría dándome -un niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al -gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compañía de Serafina -y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos, -teniendo el gusto de añadir esta prueba más de afecto a todas las que -yo había recibido de él. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este señor -y a la marquesa, se llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo -dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos títulos, se -prestó a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipión, a la -cual se le puso el nombre de Serafina. - -El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a las personas de la -quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron también con -festejos. Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente se -convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en -más de veinte años no he podido olvidar y que tendré eternamente en la -memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió su madre, sin embargo -de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebató mi -querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figúrese el -lector cuánta sería mi amargura. Caí en un abatimiento de ánimo y en -una estupidez inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible -a fuerza de sentir la pérdida experimentada. Pasé cinco o seis días en -tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo -que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado morir de hambre o -hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer -mi aflicción tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme -tomar algunos caldos presentándomelos con un semblante tan triste, -que parecía me los ponía delante no tanto para conservar mi vida como -para dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escribió al mismo -tiempo a don Alfonso noticiándole las desgracias que me habían sucedido -y la lastimosa situación en que me encontraba. Este señor, tierno y -compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente a Liria. Yo no puedo -traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se presentó a mi -vista. «Mi amado Santillana--me dijo echándome los brazos al cuello--, -no vengo a consolarte; vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu -amable Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la de mi adorada -Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado.» Con efecto; vertió -algunas lágrimas y confundió sus suspiros con los míos. En medio de -la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron de excitar en mi -corazón un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don -Alfonso. - -Este gobernador tuvo una larga conversación con Escipión sobre lo -que convendría adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería -necesario por algún tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes -se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en -esto, me propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia con él; -y mi secretario apoyó tan eficazmente la propuesta, que la acepté. -Dejé a Escipión y a su mujer en la quinta y marché con el gobernador. -Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera no perdonaron -diligencia alguna para divertir mi aflicción, echando mano de todas -las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los -esfuerzos permanecí sumergido en una profunda melancolía, de que -no pudieron sacarme. Nada omitía tampoco por su parte Escipión de -cuanto pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba -frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se -volvía más alegre o más triste según me veía más o menos dispuesto a -consolarme. - -Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre -por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía. -Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe -su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su -empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar -de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.» -Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo -parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío, -que yo tome en él?--respondí--. Ya dejé la corte; todas las mutaciones -que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.» - -«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que -tiene!--replicó el hijo de la Coscolina--. Si yo me hallase en su -lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a -presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto. -Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!--le dije--. Tú -quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo -la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento -y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las -costumbres de usted?--me replicó Escipión--. Tenga usted más confianza -que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas -reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros -de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase, -pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien -conocidos.» «¡Calla, adulador!--le interrumpí sonriéndome--. ¿Estás ya -cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más -mi sosiego.» - -Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don -César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey -y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo -éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le -había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si -estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese -a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le -había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante -gusto. «Yo a lo menos--dijo don Alfonso--no tengo la menor duda de que -se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas -del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo--dijo don César--, -y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte -le ha de abrir camino para grandes empleos.» - -«En verdad, señores míos--exclamé--, que ustedes no han meditado bien -lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid -para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados. -Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí -aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba -para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva, -y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes -iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este -viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo -sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la -confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas -quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se -acrecentaba a favor de mi engrandecimiento. - -Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a -incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su -hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me -atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba -un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de -mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun -pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé -el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi -hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno. - - - CAPITULO II - - Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele - el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta - recomendación. - - -En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado -dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor -diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro -tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, -que tuvo mucho gusto de volverme a ver. - -Era éste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en -la corte y en la villa, y le pregunté qué había de nuevo. «Muchas -novedades--me respondió--. Después de la muerte de Felipe III los -amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de -varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus -esfuerzos han sido inútiles, porque el conde de Olivares pudo más que -todos ellos. Quieren decir que España nada ha perdido en el cambio, -porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan -vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo -que no admite duda es--continuó--que la nación ha concebido la idea más -ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dirá si el sucesor del duque -de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.» Empeñado -ya Forero en una conversación tan de su genio, me hizo una puntual -relación de todas las mutaciones que se habían hecho en la corte desde -que el conde de Olivares manejaba el timón de la monarquía. - -A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, cuando ya el rey -había acabado de comer. Me coloqué al paso por donde debía entrar a su -gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al mismo paraje, y no -fuí más dichoso. El subsiguiente echó sobre mí una mirada al pasar; -pero no dió muestras de haber reparado en mí, y en vista de esto, tomé -mi resolución. «Tú ves--dije a Escipión que me acompañaba--que el rey -ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de mí. Lo -más acertado será volver a tomar el camino de Valencia.» «¡No vayamos -tan aprisa, señor!--me respondió mi secretario--. Usted sabe mejor que -yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted -de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará -usted a considerar más atentamente y a recordar las facciones de su -agente cerca de la bella Catalina.» - -Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme tuve la -condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres -semanas. Llegó, finalmente, un día en que, habiendo atraído la -atención del monarca, me mandó llamar. Entré en su gabinete, no sin -gran turbación de hallarme a solas con mi rey. «¿Quién eres?--me -dijo--. Tus facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he visto?» -«Señor--le respondí temblando--, yo tuve la honra de conducir una noche -a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya me -acuerdo!--interrumpió el rey--. Tú eres secretario del duque de Lerma, -y, si no me engaño, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que -en aquella ocasión me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron -mal recompensados tus afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?» -«Sí, señor--le repliqué--; cuatro meses lo estuve en el alcázar de -Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en -libertad.» «Eso--respondió--no satisfizo la obligación que contraje con -Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo -premiarle también lo mucho que padeció por servirme.» - -Al acabar el rey de decir estas palabras entró en el gabinete el conde -de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Quedó absorto de ver allí a -un desconocido, y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: «Conde, pongo -a tu cuidado este joven; te encargo que le des algún empleo y procures -adelantarle.» Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado, -mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quién era -yo. «Vete, amigo mío--añadió el monarca, dirigiéndome la palabra y -haciéndome seña de que me retirase--; el conde no dejará de emplearte -en provecho de mi servicio y de tus intereses.» - -Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al hijo de la Coscolina, -que, impaciente por saber lo que el rey me había dicho, se hallaba en -una agitación imponderable, y al momento me preguntó si era necesario -volver a Valencia o permanecer en la corte. «Tú lo podrás juzgar», le -respondí, y al mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra -por palabra la conversación que acababa de tener con el monarca. -«Querido amo--me dijo entonces Escipión en el exceso de su alegría--, -¿se burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese usted que ni -los señores de Leiva ni yo discurríamos mal cuando le instábamos tanto -a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto -eminente: será el Calderón del conde de Olivares.» «Eso es lo que menos -deseo--interrumpí--. Ese destino está cercado de demasiados precipicios -para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera -ninguna ocasión de hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los -favores del rey; después del uso que he hecho de mi pasado valimiento, -no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambición.» -«¡Animo, señor!--me replicó mi secretario--. El ministro os colocará en -algún puesto que podáis desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.» - -Instado más por Escipión que por mi curiosidad, me fuí el día siguiente -a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas -las mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial -a cuantos querían hablarle. Me coloqué por modestia en un rincón de la -sala y desde allí estuve observando bien al conde luego que se dejó -ver, porque había fijado poco la atención sobre él en el gabinete del -rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y podía pasar por -gordo en un país donde los más son flacos; tan cargado de espaldas, que -parecía corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de -gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello negro y lacio; la -cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla, -puntiaguda y muy levantada. - -Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso, -como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia -y me parecía bien. Verdad es que recibía a todos con un aire tan -afable y bondadoso, y tomaba tan cortésmente los memoriales que se le -presentaban, que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo, -cuando me llegó la vez de acercarme para saludarle y que me conociera, -me echó una mirada ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda sin -dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces me pareció aquel -señor aún más feo de lo que naturalmente era. Salí atónito en extremo -de un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo qué inferir de -él. - -Reunido con Escipión, que me esperaba a la puerta, «¿Sabes--le dije--el -recibimiento que he tenido?» «No, señor--me respondió--; pero no -es difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la -voluntad del rey, habrá propuesto a usted un empleo de importancia.» -«Te engañas», le repliqué; referíle el lance según había pasado, el -que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso es que el conde no le -conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted -a verle y no dude que le recibirá con mejor semblante.» Tomé el consejo -de mi secretario. Presénteme segunda vez al ministro, quien me recibió -todavía peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome como si mi -presencia le causase enojo; después apartó de mí la vista y se retiró -sin hablar una palabra. - -Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar -inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no -pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido. -«¿No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte? -Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca, -¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos, -hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.» -«Señor--respondió colérico Escipión--, yo no abandonaría el campo; -iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su -recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan -imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro -en detenerme en esta capital.» - -A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que -las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de -Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía -de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente. - - - CAPITULO III - - Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento - de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José - Navarro. - - -Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro, -repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé -acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad -de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su -amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió -bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón -para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he -expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya -que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome -un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché -cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto -nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi -suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta -la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal -recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que -me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--. -Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario -que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde -Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la -presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la -clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la -causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque -os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad -del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don -Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda -a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo -vivía, y sin decirme más nos separamos. - -Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor -de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere -favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha -ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que -le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a -medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con -semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un -elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una -profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me -confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado -la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la -antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación -me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted -volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de -él.» - -Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez; -reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo -que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije -entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.» -Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en -verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me -hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona, -amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he -complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido -que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de -que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré -que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera -mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación. -Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha -encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito -más para determinarme a ponerte a mi lado.» - -Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi -enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que -me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá -y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le -encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a -oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de -dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el -cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad. - - - CAPITULO IV - - Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares. - - -No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro. -Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el -cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me -dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la -habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó -por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o -seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada -regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia -le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de -cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y -tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su -excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas -consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.» - -«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo -consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna -malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan -honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando -entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde -me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en -su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu -habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de -vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto -sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en -honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere -que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber. -Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna -brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de -Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído -decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os -conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada; -dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en -que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso -y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más -afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido -que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que -me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de -Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más -gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le -perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico -que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos. - -«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo -cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han -presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más -importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas -su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su -muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado -la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese -largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien -causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien -Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había -mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de -España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar -qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se -venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos -los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que, -a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de -placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo, -como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma. - -Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no -dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don -Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había -hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables -disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí. - - - CAPITULO V - - Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa - en que le ocupó el conde de Olivares. - - -Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que -noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de -lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir. -«Paréceme--respondió--que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo -se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no -dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder -haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda -cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os -ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales -familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo -suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa -su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro -tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes -proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea -de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina -ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los -más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer -que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no -se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando -entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo -perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia -natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara, -para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; -tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es -el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es -generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son -los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación! -También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de -Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores; -mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro -dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de -Olivares--prosiguió José--, es una señora en quien no advierto otra -tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión -se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más -ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su -padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra -conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más -adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de -vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso. -También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi -amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros -ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al -presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros -en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío -y sobrino--repliqué yo a Navarro--gobiernan el Estado, ¿quién sabe si -con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay -que temer--me respondió--, porque reina entre ambos una estrechísima -unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de -Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos -y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del -cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos -los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron -todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para -asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus -competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió -el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los -negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de -suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que -deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos -señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece -inalterable.» - -Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía -sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don -Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con -el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le -proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente -contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a -hablar a favor mío, «aunque no sea más--añadió--que para que conozcáis -cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo -tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos». -Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en -atención a las buenos oficios de Navarro. - -Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir -en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento, -en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes -durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal -vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen. - -Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de -reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras -esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba -embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun -no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de -ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin -entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla, -en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche -atesorando para casar a su hija Serafina. - -No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a -llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia, -el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer! -Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias -para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu -capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una -obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho -correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran -desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del -público la triste situación a que se halla reducida la monarquía. -Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y -no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas -que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey, -florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.» - -Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de -los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me -acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era -muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después -pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo -para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria -lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso -en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de -la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada. -Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado -la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que -podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro -y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria, -la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la -verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin -embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de -haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a -la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los -pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde -de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la -salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené -tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi -obra cuando acabó de leerla. «Santillana--me dijo--, ¿tú sabes que has -hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de -que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y -aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo, -haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió, -juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho -Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque -le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la -dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi -Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me -envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer. - - - CAPITULO VI - - En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que - dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse. - - -Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para -repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me -dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está -usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor -conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!» -«A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir -de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas -el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera -atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría -mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la -prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de -noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo -desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo -a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría -en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a -Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación -actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo -ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.» -«¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy -a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera -por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los -dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino -con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar -compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro -deslumbra.» - -No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con -todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió -la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que -darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi -madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí -enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano -propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un -hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me -respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos -encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por -vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual -no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus -habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para -la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese -felizmente el largo viaje que iba a emprender. - -Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra -Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las -conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le -gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada -con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si -los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos -de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a -las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas -la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del -Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y -les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de -manera que por toda la población resonaron sus alabanzas. - -El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto, -que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública, -quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que -fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador -Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían -enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos -resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas -sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas -reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las -pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones -que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución -de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del -Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me -indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la -ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases. -«Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad -y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde -anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de -haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada. - -Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos -que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente -sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado -que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la -nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía -la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas -sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría -en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos -que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su -tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para -unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y -empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales -podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, -y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que -quisiesen seguir la carrera de la Iglesia. - -Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres -días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por -estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que -me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo, -enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones -vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me -servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios -que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de -su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda -la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió -felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía -recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan -insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado -aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese -algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos -escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más -apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo -había ganado con mucha facilidad. - - - CAPITULO VII - - Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil - Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron. - - -Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba -en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los -días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que -le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían -hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía -encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que -sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan -suelta, que nada respeta. - -Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias, -me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las -conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban -del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo -supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse -que jamás le decía nada que no le fuera favorable. - -Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante -de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí -dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes, -vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin -lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi -paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para -enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez, -con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle -nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo, -rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que -miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes -maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que -el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras -de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un -hospital.» - -No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al -ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa -te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una -pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas -casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú, -hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la -Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun -me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en -un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me -viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después -perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo, -amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que -aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo -Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella -vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.» -«Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela -de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar -por ellas.» - -«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la -cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al -presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado, -o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--. -Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor -ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete -saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte -en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal -que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en -prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al -Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente. -Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una -ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.» - -«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez; -pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me -replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a -las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba -haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para -siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--, -no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración, -porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.» -«¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos -que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado -aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle -sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que -lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me -dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los -aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién -gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una -manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se -llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas -con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho -ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en -el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna -corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión -cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de -todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer -en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les -han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan -después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este -siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la -estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en -suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y -un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.» - -A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal -humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di -por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte -divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía -de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te -haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar -tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio -comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que -el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse -yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si -persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan -honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te -ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le -puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones. - -«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el -hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte -traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.» -Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada. -Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole -a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado. -Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de -Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna -de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces -tan buen uso de ella.» - - - CAPITULO VIII - - Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve - Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje. - - -El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el _conde-duque_, -porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo, -tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era -la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le -servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé -en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con -ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con -demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas -las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me -fuera posible. - -Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir -lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo, -quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que -él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo. -Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza, -igualmente que el señor Carnero, su primer secretario. - -Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su -excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos -del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro -y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a -Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los -que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo -así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos -igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía -motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome -continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en -estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en -medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la -sinceridad de mi afecto hacia él. - -«Santillana--me dijo un día--, tú has visto al duque de Lerma gozar -de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el -poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era -él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables -en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III; -en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para -perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad. -Es verdad--continuó--que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor -cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que -las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos -o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito -personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano, -que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la -actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya -ves, Gil Blas--añadió--, que te descubro mi corazón; como tengo motivo -para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para -que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso, -prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el -desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que -tome parte en mis intereses.» - -No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras -excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza -algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos -afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría -cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me -preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por -conveniente darme. - -Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a -la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo--me dijo--muy larga -relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva -cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le -conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.» - -Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado, -amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo -en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los -rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de -su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondió--. ¡Ya -presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!» - -«Mudemos de conversación--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando -saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, -señor!--me respondió, tomando de repente un aspecto afligido--. Las -noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh -cielos!--exclamé--. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha--dijo -mi secretario--que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y -lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.» - -Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no -había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos -para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas -por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi -educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto -quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis -parientes. - - - CAPITULO IX - - Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los - sinsabores que produjo este matrimonio. - - -Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por -espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que -estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué -a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil -Blas--me dijo una tarde--, quizá habrás reparado que hace días ando -pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un -negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo. -Mi hija doña María--continuó--se halla ya en edad de tomar estado, -y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de -Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de -Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de -mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de -merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior -al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será -el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte -los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto -los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de -la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que -nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al -título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que -mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de -la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime, -Santillana--añadió--: ¿apruebas este proyecto?» «Señor--le respondí--, -es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que -recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese -cuanto quiera--respondió--; nada me importa. No tengo inclinación a su -rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y -los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el -sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su -hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi -gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo -determinado.» - -Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo, -a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política. -Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades -se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles -las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose -enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del -marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a -este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a -su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don -Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el -partido que más te convenga será el que a mí más me agrade._--EL REY. - -Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo -entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su -hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente -la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy -satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de -esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento, -aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría. -Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó -poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para -el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al -nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto. - -¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija, -y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho -de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan -profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie -sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba -tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché -esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La -semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió -a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que -el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no -pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte -en sus amarguras. «Gil Blas--me dijo un día que le parecí abismado en -una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para mí el tener un -confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!--le respondí, -vendiéndole por fineza mi quebranto--. Sería yo el hombre más ingrato -y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué, -¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito -y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con -las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de -beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en -sus satisfacciones y en sus pesadumbres.» - - - CAPITULO X - - Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste - que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe; - desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta - desgracia. - - -Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo -a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en -coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto -después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente -vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en -el prado de San Jerónimo. - -«Señor Núñez--le dije--, ha sido fortuna mía haberos encontrado por -casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate -de reconvenciones, Santillana!--interrumpió con precipitación--. -Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te -voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que -renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la -condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme -a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez -del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería -mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy -sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se -presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.» - -«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese -don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!--me replicó -Fabricio--. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como -quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en -su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de -ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y -de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene -frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra -en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes, -para hacer ver mis muchos talentos.» - -«Pero tú no me enteras--le dije--de lo que más deseo saber. ¿Te -pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad--me -respondió--. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco -que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente. -Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados, -me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo -cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el -tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la -melancolía.» «En suma--le repliqué yo--: ¿es tu tesorero hombre de -tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?» -«¡Oh! Tanto como eso, no--me respondió Núñez--. Aunque tiene una -verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree -otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta -altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos -se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones -descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen. -De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme -jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para -ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su -boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues--continuó--, -todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta -condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues -fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden -servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono. -Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo. -Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las -lecciones que él me ha dado.» - -Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase _El -conde de Saldaña_, la cual se representará en el corral del Príncipe -dentro de tres días.» «Deseo mucho--le repliqué--, que logre todo el -aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo -espero--me dijo él--; verdad es que no hay esperanzas más falibles que -éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus -obras en las tablas.» - -Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a -ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó, -y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me -informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de -haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante -que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien--le -pregunté--: ¿cómo ha recibido el público a _El conde de Saldaña_?» -«Malísimamente--me respondió--. En mi vida he visto comedia tratada -con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del -patio.» «No estoy yo menos indignado--le interrumpí--contra la manía -que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido -el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al -decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando -pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía, -afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan -satisfecho de su obra. - -Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía -en sí de gozo. «Santillana--exclamó alborozado luego que me vió--, -vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala -tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi -pobre _Conde de Saldaña_; todos los espectadores se amotinaron contra -él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi -dicha para toda vida.» - -Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así, -Fabricio?--le pregunté pasmado--. ¿Es posible que el alto desprecio -con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu -desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos--me respondió--. Ya -te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por -lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en -extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario -al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, _Victrix causa diis placuit, -sed victa Catoni_; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí -me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del -dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del -siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual -y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi -escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente. -El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer -año anticipado.» - -Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su _Conde -de Saldaña_, que había redundado en provecho del autor. «Tienes -razón--prosiguió él--en cumplimentarme por una cosa tan extraña. -¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más -benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera -sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me -servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de -pasar cómodamente el resto de mis días.» - - - CAPITULO XI - - Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca - para Nueva España. - - -No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta -Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella. -«Admirado estoy--me decía--de los caprichos de la Fortuna, la cual -muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable -autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto -celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a -la mañana!» «Eso--le dije--podrá quizá suceder más presto de lo que -piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me -engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar -_el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos -los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad--me respondió--; -pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a -decir--le repliqué--que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas -horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos -días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio -del conde-duque y no la dejé escapar. - -Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo -del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. -«Mi señor--decía él--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes -militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más -obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los -tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran -canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo -esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las -Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o -de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y -todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste -un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio -cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en -esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo -Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este -es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del -Erario. Y no extrañará usted--continuó--que las personas empleadas en -hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su -excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas -el suyo.» - -El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo -oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor -Caporis--exclamó--, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y -más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto -satisfaría yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el señor de -Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en -la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este -tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te -sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.» -«Mucha satisfacción tendría--dije a don Ramón--en que usted me diese -esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además -de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo, -que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como -pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así--replicó Caporis--, desde -luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a -la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía -para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer -para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su -excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.» - -Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla, -con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite -y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de -las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo -separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos. - - - CAPITULO XII - - Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave - aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. - - -Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró -en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si -el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de -San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores -amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por -qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de -verle con el sainete de la sorpresa.» - -Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al -sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso -de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí, -señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente -abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la -vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?», -le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de -la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia -y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar -cuenta de mi conducta.» - -Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo -a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada -sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice -tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla -confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que -vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta -visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá -le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando -fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo -él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi -familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el -resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme -obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá -me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con -alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte -antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra -señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa, -pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se -servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que -exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el -mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo -no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias -de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para -preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había -quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero -que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al -mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener -para estar quejoso del hijo de don César. - -Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no -tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos -del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--. -Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las -lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno? -¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--, -aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a -términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador -de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me -fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro -admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?» -Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que -debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo -obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de -que se trataba. - -Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad -hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo -ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don -Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La -visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso? -Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por -aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de -agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te -le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo, -y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso -de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia, -pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que -le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar -juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción -a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su -excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le -desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de -que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en -aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé -de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía -creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de -que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de -dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que -le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien -en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey -apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el -virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es -superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa -no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me -tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel -negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las -habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era -hechura mía. - -Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó -un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al -momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y -colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo -tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más -amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi -amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no -hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban -como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían -sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad. -Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber -recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado -el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a -establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública -con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus -aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto. - - - CAPITULO XIII - - Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don - Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la - historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo - Santillana a Tordesillas. - - -Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en -virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban -tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi -valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para -hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en -el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte. - -Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores -que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que -me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de -Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de -Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de -Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir -a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de -verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos. - -Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana, -tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito -para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor -de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.» -Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio. -Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle, -metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en -donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una -soberbia casa. «Señor Gil Blas--me dijo don Andrés luego que entramos -en una sala alhajada con magnificencia--, paréceme que cuando usted -salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto -a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio--le -respondí--, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero -luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver -si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me -recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro, -quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que -nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo -lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía -de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto--me respondió--; -el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente -parcial de su predecesor.» «Yo--dijo entonces don Gastón--obtuve mi -libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que -yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma, -cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de -contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que -hice--continuó--, después de haber dado mil gracias a don Andrés por -las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a -Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No -tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más -mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy -tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal, -de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar -de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos -parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe -imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para -reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el -rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este -empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a -desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla. -Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que -emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar -y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un -caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que -le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle; -fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que -nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos -combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos -vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los -otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos -funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto, -porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos -peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa -cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados, -marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su -defensor. «¡Ah, don Gastón!--exclamó--. Pues qué, ¿sois vos quien venís -a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin -duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra -dama.» «Es cierto que lo ignoraba--le respondí--; pero aun cuando lo -hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice? -¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No, -no!--respondió--. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas -que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos -de mi muerte.» «Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todavía a -doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y -aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de -tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra -esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y, -acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la -mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados. -«Es Caprara--exclamó--, aquel pérfido primo que, en despecho de haber -perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace -mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este -día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo -haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría -en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo, -heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de -Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de -batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que -nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran -muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después -de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero -no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados -desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su -mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que -se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde -llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes: -por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que -mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos -afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora--le dijo don -Blas luego que la vió--, aun venís a tiempo para recibir mi última -despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por -la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él, -yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.» -Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era -la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida -de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don -Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano -había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus -heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La -viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria -el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus -cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse -informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba. -Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de -restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo -determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase -otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en -atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví -a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia, -temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se -me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad -de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosiguió -Cogollos--, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento -con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo -gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpió aquí don -Andrés--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí -el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que -puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don -Andrés--dije yo entonces sonriéndome--, en mí tiene usted un amigo -que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque -me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y -se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le -pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo -un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del -arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico -a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no -le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor -estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del -primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso -Tordesillas--. Pero--añadió sonriéndose también--suplico a usted que no -me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá -aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.» - -Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena, -que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía -a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora--le dijo -Cogollos--, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he -hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la -prisión mis pesares.» «Sí, señora--dije a doña Elena--; mi conversación -le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don -Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me -despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el -himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después, -dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de -su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no -me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el -poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente -el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide. -«Santillana--me dijo su excelencia--está vacante la plaza de gobernador -de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al -año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor--le respondí--, -aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos -que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero -éste--replicó el ministro--puedes desempeñarle muy bien sin necesidad -de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a -visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse -yo--, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me -permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés -de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría -hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que -usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar -así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador -de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así, -amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas. -Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te -tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.» -«Señor--le respondí--, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me -proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo -que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de -Santillana--me replicó su excelencia--; me parece que lo erais mucho -menos en el último Ministerio.» «Es verdad--le repuse--, porque el -mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me -conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar -mi integridad.» - -Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de Tordesillas el gobierno -de la cárcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad, -tan contento con su nuevo empleo como lo quedé yo por haber desempeñado -para con él las obligaciones que le debía. - - - CAPITULO XIV - - Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella - y qué conversación tuvieron allí. - - -Un día, después de comer, se me antojó ir a ver al poeta asturiano, -movido sólo de la curiosidad de saber qué vivienda tenía. Me encaminé -a casa del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté en ella -por Núñez. «Ya no vive aquí--me respondió un lacayo que estaba en -la puerta--; vive ahora en aquella casa--añadió mostrándome una que -estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.» - -Fuíme allá, y después de haber atravesado un patio pequeño entré en -una sala enteramente desalhajada, en donde hallé a mi amigo Fabricio, -sentado todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes -había convidado aquel día. Estaban al fin de la comida, y, por -consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedió un -profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse apresuradamente -Núñez para recibirme, exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de -Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas! -¡Ayúdenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer -ministro!» Al oír esto, todos los convidados se levantaron también -para saludarme, y en consideración al título que se me había dado me -hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad de -beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y -aun de corresponder a un brindis que me dirigieron. - -Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando -con libertad, «Señores--les dije--, creo haber interrumpido su -conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos -señores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de -Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden, -preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le -interesaba en aquella tragedia.» «Así es--dijo don Jacinto--, y yo le -he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo--dijo el -bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que -no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues -cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento», -respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta -que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por -alegrar la conversación. - -Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía -de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les -diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más -impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más -es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido -precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de -capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse -cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban -en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de -repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los -tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no -les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es -el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los -griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota, -mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es -un medio para obtener de los dioses un viento favorable.» - -Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su -costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión, -sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se -divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero -el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los -trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento -que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el -término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo -se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron -después de haber comido y bebido a discreción. - -Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa -del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los -dos. «¿Desavenencia?--me respondió--. ¡Dios me libre de ello! Nunca -ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me -permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves -para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen -a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya -sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis -herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener -todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.» -«Me alegro infinito, querido Núñez--le repliqué--, y no puedo menos -de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las -ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le -valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de -Saldaña_.» - - - - - LIBRO DUODECIMO - - - CAPITULO PRIMERO - - Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje. - - -Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: -«Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y -destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su -excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía -de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se -asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores -cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona -tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey -le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la -hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de -ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a -Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; -yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío -enteramente de tu discernimiento.» - -Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella -comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo, -a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo -con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé, -pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al -alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin -duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente, -vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe -que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto, -le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y -cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a -aquella ciudad. «Verá vuestra señoría--prosiguió él--una de las más -excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice, -más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han -de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol -oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse -principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me -vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí -cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión, -tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban -primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o -pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos -con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada -en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de -tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con -llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de -los otros de menor pena. - -Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede -negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin -llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio. -Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy -viendo!--dije entre mí mismo--. ¡El Cielo, cansado de los excesos de -estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!» -Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de -mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer -desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la -aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió -en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía -dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de -la coroza. - -Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible -espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que -tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé -en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi -amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella, -pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada -que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto -a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego -conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle -una pregunta. «Caballero--me respondió muy atentamente--, usted me -honrará en ello.» «He oído ponderar--proseguí--a los cómicos de Toledo. -¿Me habrán engañado?» «No--me respondió el caballero--; la compañía -no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre -otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que -le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se -deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle -a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y -aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a -representar. - -Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada -habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; -pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron -ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del -teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo -general. «¡Ah, ésta es!--dije para mí--. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué -talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó -completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde -los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego, -maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a -los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró -la representación. «Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve -usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro», -le respondí. «Pues menos se admiraría usted--me replicó--si la oyera -cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen, -si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No -es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su -voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso--exclamé -yo entonces--, será preciso confesar que esta niña es un portento. -¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por -una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa--me -dijo--, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No -obstante--añadió--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la -vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas -las cómicas.» - -Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero -si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las -mejores--me replicó--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos -perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente -lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal -vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto -que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y -por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella -misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia. - -Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia. -Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la -vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá -no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a -Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de -Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad -que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío -recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré -incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a -Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura--decía yo--, no quiero -que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para -esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de -Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es -áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro -que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la -Corte.» - -Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había -hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando -me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y -me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de -Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí, -y que contenía estas palabras: _Olvida el modo con que te recibí en -el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe._ Seguí luego al -lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro, -y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde -encontré a Laura en su tocador. - -Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que -usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que -le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía -derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra -disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber -oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían -sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía. -La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento -de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que -siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi -falta.» «Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura; -no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos -ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo -castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si -te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es -verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante -portugués?» «¡Nada de eso!--respondió Laura--. ¿Pues no sabes que en -semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran -a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse? - -»Sostuve--continuó ella--al marqués de Marialba que eras hermano mío. -Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad -que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres -añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No -conoce usted--le dije al señor portugués--que todo eso es obra de los -celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de -ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó -todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para -apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto -en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don -Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para -quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra -patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración -de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si -estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero -Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle -desaparecer.» - -»Aunque estas razones--prosiguió Laura--no bastasen para hacer mi -completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas; -tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que -dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy -inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme -perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después -algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía -disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los -cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo -me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a -quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.» - -No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me -reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?--le respondí--. Tú no tienes hermano -ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además -de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad -que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el -parentesco entre vosotras dos. - -«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas--replicó algo sonrojada -la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes -los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío; -Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de -nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya, -reina mía--repliqué yo--, que es grande el esfuerzo que haces en -revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con -el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te -aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás -podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá -fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!» - -Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las -secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era -secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que -podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de -Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha. - -Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual -de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle -indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana--me dijo luego que -acabé--, veo que representas un papel brillante en el teatro del -mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello. -Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía -del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de -Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes--le respondí--; cuenta -conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe -cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.» -«Desde luego te cogería tu palabra--replicó Laura--, y mañana mismo -marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa -escritura la anula una Real orden--le respondí--. Yo me encargo de -ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles -a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los -cortesanos, y nos pertenece de derecho.» - -A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe: -tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo -su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista -un objeto encantador. «Ven, sobrina mía--le dijo su madre--; ven a -agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de -mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está -empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto -mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo -con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por -su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me -estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez -perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber -conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo -cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y -exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia--le -respondí--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, -lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los -grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina--me dijo -Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado, -ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención -pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que -deba ser despreciada.» - -Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la -parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario -talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que -inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid. - - - CAPITULO II - - Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga - el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de - esta actriz, y de su primera representación en la corte. - - -Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber -el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra -comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le -respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las -mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, -que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus -habilidades.» - -«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que -leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo -por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable -como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--, -confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» -«Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu -viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la -palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura -inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués -de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada -viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber -hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre -aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia -sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su -favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del -modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de -sonar únicamente Gil Blas de Santillana.» - -Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él -despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica -a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de -Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento -será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa -por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me -entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo -lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron -a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al -corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por -medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de -mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé -para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela -dichosa y brillante. - -Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la -compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y -representaron por primera vez una comedia que solían representar en -Toledo con aplauso. - -¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a -espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso -extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta -representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase, -porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre -y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero -apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que -recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en -la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles -amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la -hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y -sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron -hechizados de su persona. - -El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno -de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir -hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de -nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado -satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete, -en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--, -¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me -respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su -voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia, -y no dudo que el rey la vea con placer.» - - - CAPITULO III - - Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del - rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores. - - -La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la -atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto -del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan -hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual -no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y -aparentó no atender aquella conversación. - -Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó -quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le -respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado -el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta -actriz--añadió--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha -propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me -habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la -compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi -nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido -a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo -servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al -ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten -cuidado de hacérselo saber.» - -Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el -rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de -la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a -Laura la primera, «Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Mañana -tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así -me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu -hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor -que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una -comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir -todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo--me respondió Laura--, -y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá -menos de quedarlo--repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía -en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda -que adornada con las más soberbias galas del teatro--. Quedará tanto -más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna -cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si -acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No -quisiera--interrumpió Laura--que su majestad tuviese tal tentación, -porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar -obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha -criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud, -y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia -más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.» - -«Tía mía--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la -conversación--, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para -combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del -rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior -que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.» -«Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese -ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a -tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?--respondió -prontamente--. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la -virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su -pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta -manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la -última por haber dado a la otra tan buena educación. - -Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro. -Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la -cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz. - -Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver -si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero -burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró -constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo -que tenía tantas ganas de saber. «Santillana--me dijo el ministro--, -vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas -expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le -tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado -deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al -momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden -de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa -conversación.» - -Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase -a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas -preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle, -y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna -distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de -conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca -dió muestras de gran placer. «Siendo eso así--repuso--, te elijo -por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto -qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte--añadió, -entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta -mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de -otras pruebas más sólidas de mi afecto.» - -Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien -di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel -ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya -dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y -que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba, -porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que, -no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que -yo recogí. «¡Ah rey mío!--exclamó--. ¡Ahora sí que te tengo seguro! -¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me -hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este -señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios, -procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter. -«Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo -mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos -cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa--continuó--que -no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor -del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.» - -De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que -pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me -había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso, -y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me -decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo -sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para -rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que -veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien -anhelaba complacer. - -Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del -particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados, -concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de -las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente. -«Señor Gil Blas--exclamó--, a presencia del mejor y más antiguo de -mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una -fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por -cierto--prosiguió ella--, confieso que me faltan voces para explicar el -regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas -conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con -otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de -tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables -y opulentos. Dirásme quizá--prosiguió ella--que dos señores no son dos -reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede -hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos -de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré -violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el -afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero -que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve -mañana--añadió--, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o -sus joyas.» - -A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría más bien a Lucrecia -a desviarse de su deber que a mantenerse en él, y contaba positivamente -con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa al día siguiente -que Laura había tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el -mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien, -y lo que más hay que admirar todavía es que Lucrecia, después de -haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, quedó -tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente -renunció al mundo y se encerró en un convento de la villa de Madrid, -donde luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza y del dolor. -Laura, por su parte, inconsolable de la pérdida de su hija, de cuya -muerte se consideraba autora, se metió en las Arrepentidas, donde pasó -el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos años. -Afligió mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su -genio naturalmente inclinado a divertirse hacían poca mansión en él las -pesadumbres, se fué consolando poco a poco. El conde-duque aparentó la -mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dejó de -desazonarle, como fácilmente lo creerá el advertido lector. - - - CAPITULO IV - - Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana. - - -Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos -remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como -un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido, -resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro -la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en -cualquier otra cosa. «Santillana--me dijo--, me agrada sobremanera tu -delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación -más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza -que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza--continuó--vi por -casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la -siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola, -que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que -don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y -casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer -debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el -deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel. -Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya -habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la -genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival -como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas, -y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos. -Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusión de cortejantes, -llegó insensiblemente a ser madre y dió a luz un niño, con cuya -paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero -como ninguno podía preciarse en conciencia de que le era debido aquel -honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vió precisada -a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que duró -diez y ocho años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando a su -hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educación. Tal es--continuó su -excelencia--la confianza que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte -del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte -a este joven sin ventura, y, haciéndole pasar de un extremo a otro, -elevarle a los honores y reconocerle por hijo mío.» - -Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué posible callar. -«¡Cómo, señor!--exclamé--. ¿Es posible que haya cabido en vuestra -excelencia una resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia -esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás justa--replicó con -precipitación--cuando te haya dicho las razones que me han determinado -a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes colaterales. -Tal vez me dirás que no soy tan viejo que no pueda todavía esperar -tener sucesión con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a -sí mismo. Bástete saber que he probado inútilmente todos los secretos -de la química para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna, -supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del -cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero -adoptarle por hijo. Así lo he resuelto.» - -Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopción, dejé de -oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto -antes que desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata--prosiguió -él--de dar una educación correspondiente a don Enrique Felipe de -Guzmán, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se -halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi -querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido -enteramente en tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el cuidado -de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y, -en una palabra, de hacerle un caballero completo.» Quise negarme a -admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no podía -en conciencia encargarme de un ministerio que jamás había ejercido y -que pedía más ilustración y mérito del que yo tenía; pero luego me -interrumpió y me tapó la boca diciéndome con entereza que absolutamente -quería fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para -ocupar los primeros puestos de la Monarquía. Me resigné, pues, a -desempeñar este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio -de mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con una pensión de mil -escudos, que hizo se me concediese, o más bien me dió él, sobre una -encomienda de la Orden de Montesa. - - - CAPITULO V - - Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre - de don Enrique Felipe de Guzmán; establece Santillana la casa de - este señor y le proporciona toda clase de maestros. - - -Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de -doña Margarita Espínola. Hízose esta adopción por medio de escritura -pública y solemne, con noticia y aprobación del rey. A don Enrique -Felipe de Guzmán (éste fué el nombre que se dió a aquel hijo de muchos -padres) se le declaró por único heredero del condado de Olivares y -del ducado de Sanlúcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, dió -parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de -España, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones -de Madrid tuvieron asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y -los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión de desahogar su -mordacidad. - -Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia -quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está--me respondió--a cargo de una -tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa -y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que -hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores, -y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales -de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien -hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes. -Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique--le dijo -su excelencia señalándome a mí con el dedo--, este caballero que aquí -ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe -en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le -he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana--añadió -dirigiéndose a mí--, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de -que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro -otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo -cual llevé a don Enrique conmigo a su casa. - -Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados, -explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle -novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad -todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban -como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por -capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en -sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le -enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de -Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un -maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid -que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién -dar la preferencia. - -Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un -sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a -recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o -de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su -profesión, «Señor de Santillana--me dijo--, como he sabido que es -vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a -ofrecerle mis servicios. Yo, señor--añadió--, me llamo Martín Ligero, -y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza -de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes. -Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al -señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos -otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como -criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.» -«Por lo que usted me dice--repuse yo--, veo ser el sujeto que nos -hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro--me -respondió--, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones -por semana.» «¡Cuatro doblones!--le repliqué--. Eso es demasiado.» -«¿Cómo demasiado?--repuso con aire de admiración--. ¡Y tal vez vuestra -señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!» - -No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan -ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un -hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y -como que lo creo!--me respondió--. Nosotros somos cien veces más útiles -a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría: -¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas -de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan -poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una -palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.» - -Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que -enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el -precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte. - - - CAPITULO VI - - Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don - Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y - con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo - noble, con repugnancia suya. - - -Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando -Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su -expedición. «Debo estarlo--me respondió--, pues que con los tres mil -ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en -géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío--le dije--, yo te -doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano -está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o -si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a -los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que -hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez--me respondió el hijo de la -Coscolina--, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen -destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una -larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a -su criado?» - -Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que -el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de -haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este -ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería -hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba -otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que -en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su -nuevo amo. - -Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar -al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad -sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía -y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy -contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al -conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana--me -dijo enajenado--, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que -don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer -en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría -más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la -Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia -lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé -gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique. - -Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de -nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían -solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que -había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si -fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este -ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa -a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para -don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil -escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando -entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso -los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué -tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la -novia, y de sus parientes. - -Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia, -y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí -tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres -noble.» «Señor--le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír--, -vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero. -Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla, -y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco -ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento--replicó el ministro--es un -obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del -Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además--añadió -sonriéndose--, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser -premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que -quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo -exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, -señor--le repliqué--, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y -diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo. - -«¡Conque ahora soy caballero!--me dije a mí mismo cuando estuve en -la calle--. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis -parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen _don Gil -Blas_; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome -de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla--continué, -sacándola del bolsillo--, y veamos de qué manera se borra en ella el -villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que -el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había -mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a -bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, -en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no -perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en -vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la -ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla. - - - CAPITULO VII - - Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última - conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió - a Santillana. - - -El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí. -Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así, -no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre -la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le -encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué -a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de -un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna -nueva composición tuya!» - -«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo -imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.» -«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor -parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a -sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que -solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime -gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos -folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un -hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo -a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es -posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_? -¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta -manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya -no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada. -Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó -el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo -mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún -alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor -Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin -que pueda jamás salir a la orilla.» - -«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será -preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de -tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque -me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil -ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no -convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente -les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te -diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte. -Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices -como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos -asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que -comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará -entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de -almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo -dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados: -uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien -dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que -tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa. -Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla -cuantos quiere en la población.» - -«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto -que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro -de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de -tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude -francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive -de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte -útil.» - -«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco, -Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme -en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un -consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque -y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a -enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila -en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me -respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen -olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer: -«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle. -Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del -rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a -las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero -hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza -de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas -que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más -violentos huracanes. - - - CAPITULO VIII - - Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el - rey un viaje a Zaragoza. - - -Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento. -Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar -al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin -embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los -confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin -que yo notase que su privanza disminuyera. - -Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los -desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo -a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas -fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que -quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la -Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca -se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus -tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para -el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado -que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta -opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle -en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués -de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la -franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del -primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que, -convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta -al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida -para el ejército. - -Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir -el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura, -considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se -retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me -llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado -y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como -si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--; -el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca -ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del -marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios -a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de -Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente -se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra -mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra -excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está -acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros -tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su -esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy -bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver -su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió -el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el -rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le -habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho -de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se -engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el -viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó -efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor. - -Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber -nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso -en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez, -le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres -semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde -le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo -en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde -la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de -donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí; -pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a -peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras -de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no -podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera -en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y -bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como -un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber -hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al -soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de -él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza, -o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se -restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al -marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el -honor de las armas españolas. - - - CAPITULO IX - - De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque. - - -Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala -nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de -Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el -yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado -al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a -mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar, -estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No -les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una -dominación que aborrecían. - -Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se -hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque -quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su -majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un -semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su -inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída -cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra -él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar -a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes, -especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a -Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el -conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe -decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había -sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de -la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su -primer ministro. - -Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de -aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento -hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No -bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y -murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia -para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la -injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio -habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande -efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él -inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro; -pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso -que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera. - -Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un -rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin -embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y -me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría -mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a -alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días. -«Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a -terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez -con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible -en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros, -sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que -me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto -puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.» -Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver -las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su -audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía -para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería. - -Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió -buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de -ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y -criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto -para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le -insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer -salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con -su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo -corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un -convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos -en él, y poco después llegó el resto de la familia. - - - CAPITULO X - - Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque; - síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en - su retiro. - - -La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció -algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de -súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a -pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo -aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina, -que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se -acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto -de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que -recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien -que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, -se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de -un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse -que era el primero de la monarquía. - -La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado -las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del -conde-duque. «Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de -Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al -rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo -celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las -que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.» -«Señora--le respondió mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con -resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca -que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar -mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los -ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su -suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se -engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura -con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua -duración de su autoridad?» - -De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de -paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se -renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el -cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí -pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de -estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo -adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente -después de su matrimonio con doña Juana. - -Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor -era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en -unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída -del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras -fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus -enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro, -quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero -entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó -al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que -la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las -Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a -quien siempre había aborrecido. - -Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y -desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso -dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A -fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en -su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de -desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada -de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La -condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que -la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había -fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina -Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud, -cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los -sinsabores de su vida. - -Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo -se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una -distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la -mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a -comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos -conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo -regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces -salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta -por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí. - -Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba -en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame -vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de -satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a -familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado--me -respondió--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme -en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición -a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.» - - - CAPITULO XI - - El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo - extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo. - - -Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también -algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo -trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un -ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.» -«Señor--le respondí en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a -Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto, -después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de -mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación. - -Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan -superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de -la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina -mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor. -Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía. -Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos -para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto, -donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza -podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia -le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco -pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse, -cada día se iba aumentando. - -Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o -disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el -designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento -de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor--le dije con -aire mezclado de respeto y de cariño--, ¿será permitido a Gil Blas -atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes--me -respondió--, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho--repliqué--de -aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia? -¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre -la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas -inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver -a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había -libertado?» «No; gracias al Cielo--respondió el ministro--, ya no me -atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de -la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me -tributaron.» «Pues, señor--le repliqué--, si vuestra excelencia ha -podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de -una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia? -Mi querido amo--prorrumpí, arrojándome a sus pies--, vuestra excelencia -tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia -hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad -tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su -antigua confianza?» «La posees todavía--me dijo su excelencia--, pero -confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la -tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las -instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo -de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante -confesión. Sí--continuó--, me domina una negra melancolía, que poco a -poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy -viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa. -Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión, -un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me -turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir -persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante -débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que -te confiese--añadió--; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a -todos el verdadero motivo de mi melancolía.» - -Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y -que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor--dije al -ministro--, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma -vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo -pensé yo al principio--me respondió--, y para experimentar si debía -atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero -todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá--le -repliqué para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse -un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados, -me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.» - -Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo, -y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar -a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir -también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas -veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de -estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando -todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra -tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un -cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los -escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el -suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde -la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo -de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le -libraron de su visión. - -La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un -agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos -de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su -testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso -al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el -más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por -pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su -fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el -conde-duque. - - - CAPITULO XII - - Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del - conde-duque y partido que tomó Santillana. - - -Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el -convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de -nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares -nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para -quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente -al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la -mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del -singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales, -y fundó aniversarios en muchos conventos. - -La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que -cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía -orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte -calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u -ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque -este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose -en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba -hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré--le -respondí--, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo -mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para -hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!--exclamó el religioso--. -Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos! -Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para -siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones -piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana, -a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.» - -En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo -del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo -para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a -Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a -este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de -Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues -no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo -quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se -halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y -atractivos de la Naturaleza.» - -Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión. -«Amigo mío--le dije--, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con -efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido. -Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino, -lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve -tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid, -cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo. - -Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de -un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta -villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis -días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida -para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis, -que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice -con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis -pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una -palabra, dejé arreglados todos mis asuntos. - -El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había -despedido de don Enrique. «Sí, señor--me respondió--, y ambos nos hemos -separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que -sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba -con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que -el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de -que--añadió--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se -le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan -con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea -usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un -amo desacreditado.» - -Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca. -Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo -íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían -tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas; -tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión, -montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban, -por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de -la silla. - -Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran -resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de -que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban -nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y -los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro -acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que -iba a tomar posesión de un virreinato. - - - CAPITULO XIII - - Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya - casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una - señorita. - - -Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar -las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que -efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos -pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré -desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que -no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado -desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida. - -Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija -Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de -abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego -que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible -que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté -de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester -que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?--exclamó mi -ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras--. ¿No bien -me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija -mía--le respondí--, no pretendemos separarte de nosotros dándote -marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.» - -«Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la -niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en -misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después -a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco -adelantaría usted--le respondí--aunque yo se lo concediera. Serafina -depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden -disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles -para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto, -señores--prosiguió ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se -hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.» - -«Pero, en suma--dijo Escipión--, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se -parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido -con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso, -no!--respondió Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos, -sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos -haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se -llama?» «Don Juan de Antella--respondió la mujer de Escipión--. Ha poco -tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo -dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana -suya.» «Oí en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese -hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio -menos--exclamó Escipión--la hidalguía que las buenas prendas, y ese -don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama -tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversación--, y los vecinos -de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves -palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por -ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija. - -Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después -vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales, -y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos -había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos -que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la -mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de -pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan, -sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos -solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse -mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después -que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le -respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no -podía ofrecer mejor colocación a Serafina. - -Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina -para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino -de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado -tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de -Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos -largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la -descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles, -cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto -antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza -de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que -el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del -edificio. - -Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos -presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea -y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de -gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos -bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la -misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe -disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra -conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo -que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de -buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por -nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar -su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir. -Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a -Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y -cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras -tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, -por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura -completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados -que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin -embargo, el conjunto me embelesaba. - -En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había -entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no -veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?--me dijo Escipión -mirándome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don -Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo--le respondí--, y -estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia -he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre, -a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda -resistir?» «Señor--me replicó el hijo de la Coscolina--, parecíame a -mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella. -Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo -abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su -semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted: -la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro -de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de -que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted -lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después -que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre -el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o -cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más -ilustres.» - - - CAPITULO XIV - - De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo - cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana. - - -Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera -me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso, -no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba -mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin -miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento -que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví -arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano, -el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada, -no estaba sin zozobra. - -Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa -de vestirme. «Señor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a -tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho, -y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo--me dijo--que -no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo -puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo -que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi -vida!» «Señor don Juan--le respondí--, ya que usted ha ido derechamente -al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de -haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada, -implore los de usted para con su hermana.» - -A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro, -del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor--exclamó -prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro -corazón!» «Me ha encantado--le dije--, y me tendré por el hombre más -dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso -debe usted estar seguro--me replicó--, pues, aunque somos nobles, no -desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro--repuse yo--que no tenga -usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me -obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa -usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su -hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo -con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las -oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que -hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy -a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón, -entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la -mayor satisfacción. «Está muy buena--me dijo al devolvérmela--. Dorotea -es de usted.» «Y usted--exclamé yo--cuente con Serafina.» - -Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los -dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían -gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos -conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de -Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión, -Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había -tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por -esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que -era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero -mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar, -correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente -necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me -tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada. - -Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto--le dije--va -a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va -que no puede ir mejor--me respondió--. No he necesitado emplear la -autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de -usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su -gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su -corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!--exclamó fuera de mí de -alegría--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su -suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con -ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.» - -Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido -dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las -ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas. -Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina; -y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de -nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana -Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear -lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme, -y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un -mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas -para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo, -fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de -don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me -presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé -hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen -tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo -querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a -Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos -al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con -nuestras novias. - -Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve -motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor -gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a -llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera -en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió -con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos -cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte, -advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero -cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba -entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la -noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se -verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos -resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la -quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se -le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia. - -Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de -personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado -concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya -educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad. - - - FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO - - - - - INDICE DEL TOMO III - - - LIBRO OCTAVO - - - Páginas. - - CAPÍTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un - buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. - Historia de don Valerio de Luna. 5 - - CAPÍTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le - admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el - trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él. 12 - - CAPÍTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener - desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la - conducta que se vió obligado a guardar. 18 - - CAPÍTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que - le confía un secreto de importancia. 23 - - CAPÍTULO V.--En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de - honra y de miseria. 26 - - CAPÍTULO VI.--Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza - al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro. 31 - - CAPÍTULO VII.--De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; - del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él. 38 - - CAPÍTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada. 41 - - CAPÍTULO IX.--Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una - gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia. 52 - - CAPÍTULO X.--Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas - en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la - intriga en que este señor y él se metieron. 62 - - CAPÍTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el - príncipe hizo a Catalina. 71 - - CAPÍTULO XII.--Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su - inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. 77 - - CAPÍTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene - noticias de su familia; impresión que le hicieron; se - descompadra con Fabricio. 81 - - - LIBRO NOVENO - - CAPÍTULO I.--Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la - hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a - este fin. 87 - - CAPÍTULO II.--Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don - Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo. 92 - - CAPÍTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el - casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los - inutilizó. 96 - - CAPÍTULO IV.--De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de - Segovia y de cómo supo la causa de su prisión. 98 - - CAPÍTULO V.--De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido - que le despertó. 104 - - CAPÍTULO VI.--Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena - de Galisteo. 108 - - CAPÍTULO VII.--Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil - Blas y le da muchas noticias. 130 - - CAPÍTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; - cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad - y resultas que tuvo. 134 - - CAPÍTULO IX.--Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué - condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los - dos después de haber salido de la torre de Segovia y - conversación que tuvieron. 140 - - CAPÍTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién - encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este - encuentro. 144 - - - LIBRO DECIMO - - CAPÍTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, - donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se - encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador - del hospital. 151 - - CAPÍTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a - Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y - sus consecuencias. 162 - - CAPÍTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y - llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué - recibido en ella y qué gentes encontró allí. 172 - - CAPÍTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores - de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena - acogida que le hizo doña Serafina. 179 - - CAPÍTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una - tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de - Valencia. 185 - - CAPÍTULO VI.--Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, - encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre - era este religioso. 190 - - CAPÍTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la - noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que - hicieron en su familia. 198 - - CAPÍTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. 203 - - CAPÍTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato - con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que - se celebró. 210 - - CAPÍTULO X.--Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de - la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión. 217 - - CAPÍTULO XI.--Prosigue la historia de Escipión. 248 - - CAPÍTULO XII.--Fin de la historia de Escipión. 263 - - - LIBRO UNDECIMO - - CAPÍTULO I.--De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había - experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó. - Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que - Santillana volviese a ella. 287 - - CAPÍTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, - reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos - de esta recomendación. 293 - - CAPÍTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por - obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio - que le hizo José Navarro. 299 - - CAPÍTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de - Olivares. 302 - - CAPÍTULO V.--Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro - y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares. 305 - - CAPÍTULO VI.--En qué invirtió Gil Blas estos trescientos - doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria - de que acaba de hablarse. 312 - - CAPÍTULO VII.--Por qué casualidad, en dónde y en qué estado - volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación - que tuvieron. 317 - - CAPÍTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada día más el afecto del - ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a - Santillana de su viaje. 322 - - CAPÍTULO IX.--Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija - única y los sinsabores que produjo este matrimonio. 326 - - CAPÍTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; - refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro - del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que - le produjo esta desgracia. 330 - - CAPÍTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipión, el - cual se embarca para Nueva España. 335 - - CAPÍTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su - viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. 338 - - CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de - Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos - tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; - qué servicio hizo Santillana a Tordesillas. 343 - - CAPÍTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué - personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí. 352 - - - LIBRO DUODECIMO - - CAPÍTULO I.--Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y - éxito de su viaje. 357 - - CAPÍTULO II.--Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, - quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a - Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera - representación en la corte. 368 - - CAPÍTULO III.--Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; - representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas - de estos amores. 371 - - CAPÍTULO IV.--Nuevo empleo que confirió el ministro a - Santillana. 378 - - CAPÍTULO V.--Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa - bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece - Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de - maestros. 382 - - CAPÍTULO VI.--Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil - Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores - que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque; - cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya. 385 - - CAPÍTULO VII.--Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a - Fabricio; última conversación que ambos tuvieron y consejo - importante que Núñez dió a Santillana. 389 - - CAPÍTULO VIII.--Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió - Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza. 392 - - CAPÍTULO IX.--De la rebelión de Portugal y caída del - conde-duque. 396 - - CAPÍTULO X.--Cuidados que por el pronto inquietaron al - conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida - que entabló en su retiro. 399 - - CAPÍTULO XI.--El conde-duque se pone repentinamente triste y - pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado - fatal que tuvo. 403 - - CAPÍTULO XII.--Lo que pasó en el palacio de Loeches después de - la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana. 407 - - CAPÍTULO XIII.--Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de - encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se - enamora de una señorita. 411 - - CAPÍTULO XIV.--De las dos bodas que se celebraron en la quinta - de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de - Santillana. 416 - - - - - OBRAS DE J. H. FABRE - EDITADAS POR CALPE - - - Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas - cada uno. - - LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE - LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS - NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA - - - TITULO DE CADA VOLUMEN - -=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas -fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. -En rústica, 5 pesetas; en tela, 7. - -=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto, -según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 -pesetas; en tela, 7. - -=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales -a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - -=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la -agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según -fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7. - - - - - LIBROS DE LA NATURALEZA - - _El contenido de las obras que forman esta serie de libros - editados por CALPE es rigurosamente científico y está al - corriente de los últimos progresos de las ciencias naturales. - Garantía de ello son los autores de esas obras, todos los - cuales figuran entre los naturalistas de mayor autoridad en - nuestro país._ - - - VAN PUBLICADOS - -=Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado. - -=La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional de -Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas -fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - -=El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor en -la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10 -fotograbados en papel estucado. - -=El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en -el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, -41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel -estucado. - -=Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el -Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40 -dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel -estucado. - -=La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - -=Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo -Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y -6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado. - -=La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el -Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado. - - -Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas -cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría -impresas a cinco tintas. - - - - - BIBLIOTECA DE - IDEAS DEL SIGLO XX - - SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR - - DON JOSE ORTEGA Y GASSET - - Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid. - - _Compondrán esta colección los libros maestros de Europa y - América que, aparecidos en estos últimos veinte años, inician - nuevas maneras de pensar en filosofía como en política, en - critica artística como en biología, en ciencias sociales como - en física. Será, pues, una colección, única hoy en el mundo, - que ofrece en apretada fila los temas más incitantes de la - nueva cultura._ - - - Volúmenes que aparecerán en breve, - editados por CALPE: - -Rickert.--=Ciencia cultural y ciencia natural.= - -Born.--=La teoría de la relatividad de Einstein.= - -Driesch.--=Filosofía del organismo.=--Dos volúmenes. - -J. von Uexküll.--=Ideas para una concepción biológica del mundo.= - -Bonola.--=Geometría noeuclidiana.= - -Worringer.--=El espíritu del arte gótico.= - -Wölfflin.--=Conceptos fundamentales de la historia del arte.= - -Spengler.--=La decadencia de Occidente.= - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: -Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - -***** This file should be named 55796-8.txt or 55796-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/7/9/55796/ - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) - Novela - -Author: Alain-René Lesage - -Translator: P. Isla - -Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> -<hr class="chap" /> - - - - -<p class="p6 center">Le Sage</p> - -<h1>HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA<br /> -<span class="medium">TOMO III y ÚLTIMO</span></h1> - -<p class="p6 center">MCMXXII</p> - - -<p class="p6 center">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p> -<hr class="chap" /> - - - - - -<p class="p6 center">LE SAGE</p> - -<p class="p4 center"><span class="large">Historia</span><br /> -de<br /> -<span class="large">Gil Blas de Santillana</span></p> - -<p class="p2 center">NOVELA</p> - -<p class="center">TOMO III y ÚLTIMO</p> - -<p class="center">Traducción del P. Isla</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/illo.png" width="100" -height="100" alt="" title="" /></div> - -<p class="center">MADRID, 1922</p> - -<p class="center">Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID</p> -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6 large center">GIL BLAS DE SANTILLANA</p> -<h2>LIBRO OCTAVO</h2> - -<h3 id="I_I">CAPITULO PRIMERO</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un -buen empleo, que le consuela de la ingratitud del -conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna.</b></p></div> - - -<p class="p2">Como en todo este tiempo no había oído hablar -de Núñez, discurrí había ido a divertirse a algún -lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, y supe -que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía -con el duque de Medinasidonia.</p> - -<p>Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria -Melchor de la Ronda y me acordé que le -había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino si -algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir -mi promesa aquel mismo día, me informé de la -casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a ella. Pregunté -por el señor José Navarro, que no tardó en -presentarse. Habiéndole saludado y díchole quién -era, me recibió atentamente, pero con frialdad, de<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span> -suerte que no podía conciliar aquel recibimiento -indiferente con el retrato que me habían hecho de -este repostero. Iba a retirarme, con ánimo de no -volver a hacerle otra visita, cuando, mostrándome -de repente un semblante apacible y risueño, me -dijo con mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de -Santillana! Suplico a usted me perdone el recibimiento -que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa -de que yo no haya manifestado el buen afecto con -que estoy dispuesto a favor de usted; se me había -olvidado su nombre, y ya no pensaba en el caballero -que me recomendaban en una carta que recibí -de Granada hace más de cuatro meses. ¡Permitidme -que os abrace!—añadió, estrechándome -lleno de gozo—. Mi tío Melchor, a quien estimo y -venero como a mi propio padre, me encarga encarecidamente -que, si por acaso tengo la honra de -ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y -emplee en caso necesario mi valimiento y el de mis -amigos en obsequio de usted. Me hace un elogio -del buen corazón y talento de usted en tales términos -que, aun cuando no me moviera a ello su -recomendación, me empeñaría en servirle. Míreme -usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien -mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación -que le profesa. Franqueo a usted mi amistad; -no me niegue la suya.»</p> - -<p>Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía -de José, y en el mismo instante contrajimos -una estrecha amistad, siendo ambos francos y sinceros. -No dudé descubrirle el triste estado de mis<span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span> -asuntos, y apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo -del cuidado de acomodar a usted, y entre -tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos -los días, que tendrá mejor comida que en la -posada donde está.»</p> - -<p>La oferta halagaba demasiado a un convaleciente -escaso de dinero y enseñado a los buenos bocados -para que yo la desechase; aceptéla, pues, y me repuse -tanto en aquella casa, que a los quince días -tenía ya una cara de monje bernardo. Parecióme -que el sobrino de Melchor hacía en aquella casa su -agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo -tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, -de la cueva y de la despensa? Además, y sin -perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él y el -mayordomo estaban muy bien avenidos.</p> - -<p>Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando -viéndome un día mi amigo José llegar a casa -de Zúñiga para comer, según mi costumbre, me -salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil -Blas, tengo que proponeros un acomodo muy bueno; -sepa usted que el duque de Lerma, primer ministro -de la corona de España, para entregarse enteramente -al despacho de los negocios del Estado -confía el cuidado de los suyos a dos personas; para -recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de -Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su -casa a don Rodrigo Calderón. Estos dos confidentes -ejercen sus empleos con una autoridad absoluta y -sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente -a sus órdenes dos administradores, que ha<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>cen -las cobranzas, y como supe esta mañana que -había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza -para usted. El señor de Monteser, que me conoce, -y de quien me precio ser estimado, me la ha concedido -sin dificultad por los buenos informes que -le he dado de las costumbres y capacidad de usted, -y hoy, después de comer, iremos a su casa.»</p> - -<p>Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y -colocado en el empleo del administrador que había -sido despedido, el cual consistía en visitar nuestras -granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; -en una palabra, mi incumbencia era cuidar de los -bienes del campo. Todos los meses daba mis cuentas -a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que -le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con -mucha atención; pero esto era lo que yo quería, -porque aunque mi rectitud había sido tan mal -pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto -a conservarla siempre.</p> - -<p>Supimos un día que se había pegado fuego a la -quinta de Lerma y reducido a cenizas más de la -mitad, y con esta noticia inmediatamente pasé a -ella a reconocer el daño. Habiéndome informado -puntualmente de las circunstancias del incendio, -formé una extensa relación de ellas, que Monteser -manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar -del sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, -admiró la relación y no pudo menos de preguntar -quién era su autor. Don Diego no se contentó -con decírselo, sino que le habló tan a favor mío -que pasados seis meses se acordó su excelencia de<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span> -esto con motivo de una historia que voy a contar -y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado -empleo en la corte. Esta historia es la siguiente:</p> - -<p>En la calle de las Infantas vivía entonces una -señora anciana, llamada Inesilla de Cantarilla, cuyo -nacimiento no se sabía a punto fijo; unos decían -era hija de un guitarrero y otros de un comendador -de la Orden de Santiago. Fuese lo que fuese, ella -era una persona admirable, pues la Naturaleza le -había concedido el singular privilegio de hechizar -a los hombres durante el curso de su vida, que -subsistía aún después de quince lustros cumplidos. -Había sido el ídolo de los señores de la corte antigua -y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, -que no respeta la hermosura, trabajaba en vano -en disminuir la suya; la marchitaba, sí, pero no le -quitaba el poder de agradar. Un semblante noble, -un entendimiento embelesador y muchas gracias -naturales le hacían excitar pasiones hasta en su -vejez.</p> - -<p>Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco -años y uno de los secretarios del duque de Lerma, -visitaba a Inesilla y quedó enamorado de ella. Declaróle -su pasión y siguió la fiebre con todo el -ardor que el amor y la juventud son capaces de -inspirar. La señora, que tenía sus motivos para no -querer condescender con sus deseos, no sabía qué -hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un -día haber encontrado arbitrio para ello, haciendo -pasar al joven a su gabinete, donde, enseñándole<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved -la hora que es; hoy hace setenta y cinco años que -nací a la misma. ¡A fe que me caerían bien los -amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos -mismo y ahogad unos sentimientos que no convienen -ni a vos ni a mí!» A esta reconvención juiciosa, -el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, -respondió a la señora con toda la impetuosidad -de un hombre poseído de los movimientos que -le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos -frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros -otra a mis ojos? No os lisonjeéis con una esperanza -tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, o ya mi -vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de -amaros.» «Pues bien—replicó ella—, una vez que -con tanta porfía queréis continuar con vuestra -pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada -mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás -os presentéis a mi vista.»</p> - -<p>Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado -y confuso don Valerio de lo que acababa de oír, se -retiró cortésmente; pero sucedió todo lo contrario, -pues se hizo más importuno. El amor hace en los -enamorados el mismo efecto que el vino en los -borrachos. El caballero suplicó, suspiró, y pasando -repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó -lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro -modo; pero la señora, rechazándole con valor, le -dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a refrenar -tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»</p> - -<p>Atónito don Valerio de oír semejantes palabras,<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span> -suspendió su atrevimiento; pero discurriendo que -Inesilla decía aquello para librarse de su solicitud, -le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula para huir -de mis deseos!» «¡No, no!—interrumpió ella—. Te -revelo un secreto que siempre te hubiera ocultado -si no me hubieras reducido a la necesidad de declarártelo. -Veintiséis años hace que amaba a don -Pedro de Luna, tu padre, que era entonces gobernador -de Segovia; tú fuiste el fruto de nuestros -amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, y -además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas -le estimularon a dejarte caudal. Yo por mi -parte no te he desamparado; luego que te vi ya -metido en el trato del mundo, he procurado atraerte -a mi casa para inspirarte aquellos modales corteses -que son tan necesarios en una persona fina y que -sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros -mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi -valimiento para colocarte en casa del primer ministro; -en fin, me he interesado por ti como debía -hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; -si puedes purificar tus sentimientos y -mirarme sólo como a una madre, no te echaré de -mi presencia y te amaré tan tiernamente como -hasta aquí; pero si no eres capaz de hacer este -esfuerzo, que la razón y la naturaleza exigen de -ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»</p> - -<p>Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba -don Valerio un triste silencio. Nadie hubiera -dicho sino que llamaba en su auxilio a la virtud -para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -menos pensaba. Meditaba otro designio y preparaba -a su madre un espectáculo muy diverso, porque -viendo que era insuperable el obstáculo que -se oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a -la desesperación, y sacando la espada se atravesó -con ella. Se castigó como otro Edipo, con la diferencia -de que al tebano le cegó el dolor de haber -consumado el crimen, y el castellano, al contrario, -se atravesó de sentimiento de no haberle podido -cometer.</p> - -<p>El desgraciado don Valerio no murió al instante; -tuvo tiempo de arrepentirse y pedir al Cielo perdón -de haberse quitado la vida a sí mismo. Como por -su muerte quedó vacante el empleo de secretario -en casa del duque de Lerma, este ministro, que no -había echado en olvido la relación que escribí del -incendio ni el elogio que de mí se le había hecho, -me eligió para substituir a este joven.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_II">CAPITULO II</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien -le admite por uno de sus secretarios. Este ministro -le señala el trabajo que ha de hacer y queda -gustoso de él.</b></p></div> - - -<p class="p2">Monteser me participó esta agradable noticia, -diciéndome: «Amigo Gil Blas, siento os separéis de -mí; pero como os estimo, no puedo menos de alegrarme -seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortu<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>na -si seguís dos consejos que voy a daros: el primero -es que os mostréis tan adicto a su excelencia -que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el -segundo, que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, -porque este hombre maneja el ánimo de su -amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de -agradar a este secretario favorito, me atrevo a -aseguraros con certidumbre que subiréis mucho -en poco tiempo.»</p> - -<p>Di las gracias a don Diego por sus saludables -consejos y le dije: «Hágame usted el favor de explicarme -el carácter de don Rodrigo, porque he -oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque -alguna vez el pueblo acierta en sus juicios, -no me fío de las pinturas que suele hacer de las -personas que están en el candelero. Sírvase usted, -pues, decirme lo que piensa del señor Calderón.» -«Asunto es delicado—me respondió el apoderado -con una sonrisa maligna—. A cualquier otro le -diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, -de quien no se podría decir sino bien; pero con -vos quiero ser franco, porque, además de que conozco -vuestra prudencia, me parece debo hablaros -claramente de don Rodrigo, pues os he avisado -que debéis guardarle miramientos; de otro modo, -no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, -pues—prosiguió—, que era un simple criado de -su excelencia cuando todavía no era éste más que -don Francisco de Sandoval y que por grados ha -llegado a ser su primer secretario. No se ha visto -nunca hombre más vano. Jamás corresponde a las<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span> -cortesías que se le hacen, a no precisarle a ello razones -muy poderosas. En una palabra, él se considera -como un compañero del duque de Lerma, y -en realidad podría decirse que participa de la autoridad -del primer ministro, pues que le hace conferir -los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. -El público, frecuentemente, murmura de ello, mas -él no hace caso; con tal que saque lo que llamamos -para guantes, le importa muy poco la censura pública. -Por lo que acabo de decir conoceréis—añadió -don Diego—cómo debéis portaros con un hombre -tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted a mí! -¡Muy mal han de andar las cosas para que no me -estime! Cuando se conoce el flaco de un hombre a -quien se intenta agradar es preciso ser poco diestro -para no conseguirlo.» «Siendo así—repuso Monteser—, -voy a presentaros ahora mismo al duque -de Lerma.»</p> - -<p>Al instante pasamos a casa del ministro, a quien -encontramos dando audiencia en una gran sala, en -donde había más gente que en palacio. Allí vi comendadores -y caballeros de Santiago y de Calatrava, -que solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos -que, siendo sus diócesis contrarias a su salud, -querían ser arzobispos nada más que por mudar de -aires; y también muy buenos religiosos, dominicos -y franciscanos, que pedían con toda humildad mitras; -vi también oficiales reformados haciendo el -mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, -que se consumían esperando una pensión. Si el -duque no satisfacía los deseos de todos, recibía a<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> -lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que -respondía muy cortésmente a los que le hablaban.</p> - -<p>Esperamos con paciencia que despachara a todos -los pretendientes. Entonces don Diego le dijo: «Señor, -aquí está Gil Blas de Santillana, a quien vuestra -excelencia ha elegido para ocupar el empleo de -don Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha -afabilidad que lo tenía merecido por los servicios -que le había hecho. Me hizo después entrar en -su despacho para hablarme a solas, o más bien para -formar juicio de mi talento por mi conversación. -Quiso saber quién era yo y la historia de mi vida, -diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación -tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer -ministro de España no era regular, y, por otra parte, -había tantos pasajes que podían ajar mi vanidad, -que no sabía cómo resolverme a hacer una -confesión general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté -el partido de disimular la verdad en aquellos -puntos en que me hubiera avergonzado de decirla -desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó -de percibirla. «Señor de Santillana—me dijo sonriéndose -al fin de mi narración—, a lo que veo, usted -ha sido un si es no es travieso.» «Señor—le respondí -sonrojado—, vuestra excelencia me ha mandado -sea sincero y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco—replicó—. -Veo, hijo mío, que te has librado -de los peligros a poca costa; extraño que el mal -ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos -hombres de bien se pervertirían si la fortuna los pusiera -a semejantes pruebas! Amigo Santillana—con<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>tinuó -el ministro—, no te acuerdes más de lo pasado; -piensa solamente en que ahora sirves al rey -y que te has de emplear en adelante en su servicio. -Sígueme, que voy a decirte en qué te has de ocupar.» -Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto -inmediato a su despacho, donde tenía sobre varios -estantes unos veinte libros de registro en folio muy -gruesos. «Aquí—me dijo—has de trabajar. Todos -estos registros que ves componen un diccionario -de todas las familias nobles que hay en los reinos -y principados de la Monarquía española. Cada libro -contiene, por orden alfabético, un resumen de la -historia de todos los hidalgos del reino, en la que -se especifican los servicios que ellos y sus antepasados -han hecho al Estado, como también los lances -de honor que les han ocurrido. También se hace -mención de sus bienes, de sus costumbres, y, en -una palabra, de todas sus buenas o malas cualidades; -de modo que cuando piden algunas gracias al -Gobierno, veo de una ojeada si las merecen. A este -fin tengo sujetos asalariados en todas partes, que -procuran averiguarlo e instruirme enviándome sus -informes; pero como éstos son difusos y están llenos -de modismos provinciales, es necesario extractarlos -y pulirlos, porque el rey quiere algunas veces -que le lean estos registros. Este trabajo pide -un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este -instante quiero emplearte en él.»</p> - -<p>En seguida sacó de una gran cartera llena de -papeles un informe, que me entregó, y me dejó en -mi cuarto para que con libertad hiciese yo el pri<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>mer -ensayo. Leí el papel, que no solamente me -pareció lleno de términos bárbaros, sino también -de encono, no obstante ser su autor un fraile de la -ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo -de un hombre de bien, denigraba sin piedad a -una familia catalana, y sabe Dios si decía la verdad. -Juzgué leer un libelo infamatorio, y, por tanto, -escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice -de una calumnia. No obstante, aunque recién -introducido en la corte, pasé por alto el mal -o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo -toda la iniquidad, si la había, principié a deshonrar -en bellas frases castellanas a dos o tres generaciones -que acaso serían muy honradas. Ya había -compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso -el duque de saber qué tal me portaba, volvió y me -dijo: «Santillana, enséñame lo que has hecho, que -quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por -mi escrito y leyó el principio con mucha atención. -Yo me sorprendí al ver lo que le gustó. «Aunque -estaba tan inclinado a tu favor—me dijo—, te confieso -que has excedido a lo que esperaba de ti. No -solamente escribes con toda la propiedad y precisión -que yo quiero, sino que además encuentro -tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el acierto -que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas -de la pérdida de tu predecesor.» El ministro no -hubiera limitado a esto mi elogio si a este tiempo -no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el -conde de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos -y le recibió de un modo que me hizo entender<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para -tratar en secreto de un negocio de familia de que -luego hablaré y del que estaba el duque entonces -más ocupado que de los del rey.</p> - -<p>Mientras estaban encerrados oí dar las doce. -Como sabía que los secretarios y covachuelistas -dejaban a esta hora el bufete para ir a comer adonde -querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para -ir, no a casa de Monteser, porque ya me había pagado -mis salarios y despedido, sino a la más famosa -hostería del barrio de Palacio. Una de las ordinarias -no convenía a mi persona. <i>¡Piensa que ahora -sirves al rey!</i> Estas palabras, que el duque me había -dicho, se me venían sin cesar a la memoria y eran -otras tantas semillas de ambición que fermentaban -por momentos en mi ánimo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_III">CAPITULO III</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. -De la inquietud que le causó esta nueva y de la -conducta que se vió obligado a guardar.</b></p></div> - -<p class="p2">Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al -hostelero que era yo un secretario del primer ministro, -y, como tal, no sabía qué mandarle que me -trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, -y así, le dije me diese lo que le pareciera. -Me regaló muy bien y me hizo servir como a persona -de distinción, lo que me llenó más que la co<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>mida. -Al pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí -a los criados lo que debían volverme, que sería a -lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería -con gravedad y tiesura, en ademán de un joven -muy pagado de su persona.</p> - -<p>A veinte pasos había una gran posada de caballeros, -en donde de ordinario se hospedaban señores -extranjeros. Alquilé un aposento de cinco o seis -piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos -o tres mil ducados de renta, y pagué adelantado -el primer mes. Después de esto volví a mi tarea y -empleé toda la siesta en continuar lo comenzado -por la mañana. En una pieza inmediata a la mía -estaban otros dos secretarios; pero éstos no hacían -más que poner en limpio lo que el mismo duque -les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, -me hice amigo de ellos, y para granjear -mejor su amistad los llevé a casa de mi hostelero, -en donde les hice servir los mejores platos que -ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados -en España.</p> - -<p>Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar -con más alegría que entendimiento, porque, -sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde -luego que no debían a sus talentos los empleos que -ocupaban en su secretaría. Eran hábiles, a la verdad, -en hacer hermosa letra redonda y bastardilla, -pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan -en las Universidades.</p> - -<p>En recompensa, sabían con primor lo que les tenía -cuenta, y me dieron a entender que no estaban<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -tan embriagados con el honor de estar en casa del -primer ministro, que no se quejasen de su estado. -«Cinco meses ha que servimos—decía uno—a nuestra -costa. No nos pagan el sueldo, y lo peor es que -está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» -«Por lo que hace a mí—decía el otro—, quisiera -haber recibido veinte zurriagazos en lugar de -sueldo, con tal que me dejasen la libertad de tomar -otro destino, porque después de las cosas secretas -que he escrito no me atrevería a retirarme de mi -propio motivo ni a pedir licencia para ello. ¡Bien -puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el -castillo de Alicante!»</p> - -<p>«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?—les -dije—. Sin duda tendrán hacienda.» Me respondieron -que muy poca, pero que, por fortuna, -vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba -y daba de comer a cada uno por cien doblones al -año. Toda esta conversación, de la cual no perdí -palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me -figuré que seguramente no se tendría conmigo más -atención que con los otros; que, por consiguiente, -no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que -era menos sólido de lo que yo había creído, y que, -en fin, debía economizar mucho el bolsillo. Estas -reflexiones me sanaron de la furia de gastar. Principié -a arrepentirme de haber convidado a aquellos -secretarios y a desear se acabase la comida, y cuando -llegó el caso de pagar la cuenta tuve una disputa -con el hostelero sobre su importe.</p> - -<p>Separámonos a media noche, porque no les insté<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -a que bebieran más. Ellos se marcharon a casa de -su viuda y yo me retiré a mi soberbia habitación, -lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo -de veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me -acosté en una buena cama, mi desazón me quitó -el sueño. Pasé lo restante de la noche en discurrir -los medios de no servir de balde al rey, y me atuve -sobre este particular a los consejos de Monteser. -Me levanté con ánimo de ir a cumplimentar a don -Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor -disposición para presentarme a un hombre tan -altivo y de cuyo favor bien conocía yo que necesitaba; -y, con efecto, pasé a casa de este secretario.</p> - -<p>Su vivienda tenía comunicación con la del duque -de Lerma y era igual a ella en magnificencia. No -hubiera sido fácil distinguir por los muebles al amo -del criado. Dije le entrasen recado de que estaba -allí el sucesor de don Valerio, pero esto no impidió -me hiciesen esperar más de una hora en la antesala. -«¡Señor nuevo secretario—me decía yo en este -tiempo—, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted -le harán morder el ajo antes que usted se lo haga -morder a otros!»</p> - -<p>Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me -acerqué a don Rodrigo, que acababa de escribir un -billete amoroso a su sirena encantadora y se lo -estaba entregando en aquel momento a Perico. No -me había presentado al arzobispo de Granada, al -conde Galiano ni aun al primer ministro con tanto -respeto como ante el señor Calderón. Le saludé -bajando la cabeza hasta el suelo y le pedí su pro<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>tección -en términos de que no puedo acordarme -sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el -ánimo de otro menos vano que él no me hubiera -hecho ningún favor mi bajeza; pero a él le agradaron -mucho mis rastreros rendimientos y me respondió -con bastante cortesía que no malograría -ninguna ocasión en que pudiera servirme.</p> - -<p>Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones -de celo por la inclinación favorable que me -manifestaba y le aseguré de mi eterno reconocimiento; -después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole -me perdonase si había interrumpido sus -importantes ocupaciones. Luego que di este paso -tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí -la obra que se me había encargado. El duque no -dejó de entrar por la mañana, y quedando no menos -complacido del fin de mi trabajo que del principio, -me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo -mejor que puedas este compendio histórico en el -registro de Cataluña y, concluído, toma de la bolsa -otro informe, que pondrás en orden del mismo -modo.» Tuve una conversación bastante larga con -su excelencia, cuyo modo afable y familiar me encantaba. -¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran -dos personas que contrastaban singularmente.</p> - -<p>Aquel día me fuí a una hostería en donde se -comía a precio fijo, y resolví ir allí de incógnito todos -los días hasta ver el efecto que producían mi -respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses -a lo más y me prescribí este término para trabajar -a costa de quien hubiese lugar, proponién<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>dome -(siendo las locuras más cortas las mejores) -abandonar, pasado este término, la corte y su oropel -si no me señalaban sueldo. Dispuesto así mi -plan, nada me quedó por hacer en dos meses para -agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso -de todo lo que yo practicaba para conseguirlo, que -perdí las esperanzas. Mudé de conducta con respecto -a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en -aprovecharme de los momentos de conversación -con el duque.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_IV">CAPITULO IV</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que -le confía un secreto de importancia.</b></p></div> - -<p class="p2">Aunque su excelencia me veía todos los días por -un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente -la voluntad en tales términos que un día, -después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe -que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres -un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y -así, me parece que no erraré si te hago dueño de -mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus -pies, y después de haberle besado respetuosamente -la mano, que me alargó para levantarme, le respondí: -«¡Es posible que se digne vuestra excelencia -honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos -secretos me van a suscitar vuestras bondades! -Pero sólo temo el rencor de una persona, que<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer -de él—respondió el duque—. Yo le conozco; desde -su niñez me ha querido, y puedo decir que sus -sentimientos son tan conformes con los míos, que -quiere todo lo que me gusta, así como aborrece -todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que -te tenga aversión, debes, al contrario, contar con -su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el -señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo -de su excelencia, y que yo debía procurar -estar muy bien con él.</p> - -<p>«Para principiar—prosiguió el duque—a ponerte -en posesión de mi confianza, voy a descubrirte un -designio que medito, porque conviene te enteres de -él a fin de que procures desempeñar los encargos -que pienso darte en adelante. Hace mucho tiempo -que veo mi autoridad generalmente respetada, que -mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo -a mi arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, -virreinatos, beneficios, y aun me atrevo a decir -que reino en España. Mi fortuna no puede llegar -a más; pero quisiera preservarla de las borrascas -que empiezan a amenazarla, y a este efecto desearía -me sucediese en el ministerio el conde de Lemos, -mi sobrino.»</p> - -<p>Habiendo advertido el ministro que este último -punto me había sorprendido en extremo, me dijo: -«Veo bien, Santillana, conozco bien lo que te admira. -Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino -a mi propio hijo el duque de Uceda; pero -has de saber que éste es de cortísimos alcances<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span> -para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. -No puedo llevar el que haya hallado el secreto -de agradar al rey y que éste quiera hacerle -su privado. El favor de un soberano se parece a la -posesión de una mujer a quien se adora; es ésta -una felicidad tan envidiable, que nadie quiere que -un rival tenga parte en ella, por más que le unan -a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto -te manifiesto—continuó—lo íntimo de mi corazón. -Ya he intentado desconceptuar en el ánimo del rey -al duque de Uceda, y no habiendo podido conseguirlo, -he levantado otra batería: quiero que el -conde de Lemos, por su parte, se granjee la estimación -del príncipe de España. Siendo gentilhombre -de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión -de hablarle a cada paso, y además de que -tiene talento, yo sé un medio de hacerle lograr esta -empresa. Con esta estratagema, contraponiendo mi -hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una -competencia que los obligará a ambos a buscar mi -apoyo, y esta necesidad que tendrán de mí hará -me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi -proyecto—añadió—, y tu mediación no me será -inútil en él. Te enviaré a hablar secretamente al -conde de Lemos, y me contarás de su parte lo que -tenga que participarme.»</p> - -<p>Después de esta confianza, que yo miraba como -dinero contante, cesó mi inquietud. «¡En fin—decía -yo—, heme aquí colocado en una situación que -me promete montes de oro! Porque es imposible -que el confidente de un hombre que gobierna la<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -Monarquía española no se halle bien presto colmado -de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, -veía con indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_V">CAPITULO V</h3> - - -<p class="i2 center"><b>En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra -y de miseria.</b></p></div> - -<p class="p2">Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía -al ministro, y él mismo lo daba a entender -públicamente entregándome la bolsa de los papeles -que acostumbraba antes llevar su excelencia -mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que -dió motivo para que me tuviesen en el concepto de -un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo -bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, -mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme -sobre mi próxima elevación y me convidaron -a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia -cuanto con la mira de tenerme obligado -a su favor para en adelante. Me veía obsequiado -por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón -mudó de modales conmigo. Ya me llamaba <i>señor -de Santillana</i>, cuando hasta entonces me había -tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás -el tratamiento de <i>usted</i>. Se me mostraba muy propicio, -especialmente cuando pensaba que nuestro -favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no -trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> -atenciones con tanta más urbanidad cuanto más -le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano -consumado.</p> - -<p>También acompañaba al duque mi señor cuando -iba a palacio, que por lo regular era tres veces al -día; por la mañana entraba en el cuarto de su -majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de -rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale -de lo que había su majestad de hacer en el día y -le dictaba las cosas que había de decir, con lo que -se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle -de negocios, sino de cosas alegres; le divertía -contándole todos los lances graciosos que ocurrían -en Madrid, los cuales era siempre el primero que -los sabía, porque tenía personas pagadas a este -efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a -ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo -que había hecho en el día y le pedía por ceremonia -sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba -con su majestad, yo me quedaba en la antecámara, -en donde había personas distinguidas dedicadas -a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban -mi conversación y se vanagloriaban de que yo me -dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría -yo no creerme hombre de importancia? Muchos -hay en la corte que con menos fundamento -se tienen por tales.</p> - -<p>Un día tuve mayor motivo para envanecerme. -El rey, a quien el duque había hablado con grande -elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de ver una -muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el re<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>gistro -de Cataluña, llevóme a presencia del monarca -y me mandó leyese el primer extracto que -había formado. Si la presencia del soberano me -turbó al pronto, la del ministro me animó inmediatamente, -y leí mi obra, que su majestad oyó -con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba -satisfecho de mí y aun la de encargar a su -ministro cuidase de mis ascensos, todo lo cual en -nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba -poseído, y la conversación que tuve pocos días -después con el conde de Lemos acabó de llenarme -la cabeza de ideas ambiciosas.</p> - -<p>Fuí un día a buscar a este señor de parte de su -tío al cuarto del príncipe y le presenté una carta -credencial, en la que el duque le aseguraba podía -hablarme con confianza, como que estaba enterado -del asunto que tenía entre manos y escogido para -mensajero de ambos. El conde, así que leyó la esquela -me condujo a un cuarto, donde nos encerramos -solos, y allí aquel caballero joven me habló -en estos términos: «Supuesto que usted ha logrado -la confianza del duque de Lerma, no dudo -que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted -depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las -cosas van a pedir de boca; el príncipe de España -me distingue entre todos los señores de su servidumbre -que estudian el modo de agradarle. Esta -mañana he tenido una conferencia con su alteza, -en la que me ha parecido estar disgustado de verse, -por la mezquindad del rey, sin facultades para seguir -los impulsos de su generoso corazón y aun de<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span> -hacer un gasto correspondiente a un príncipe. Yo -le he manifestado cuánto lo sentía, y aprovechándome -de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, -cuando se levante, mil doblones, esperando mayores -sumas, las que he asegurado le suministraré sin -tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y -estoy cierto de captar su benevolencia si le cumplo -la palabra. Id—añadió—, noticiad a mi tío estos -pormenores y volved esta tarde a decirme su -sentir acerca de ello.»</p> - -<p>Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a -dar parte al duque de Lerma, quien, oído mi recado, -envió a pedir a Calderón mil doblones, de -que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos -al conde, diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora -veo claramente cuál es el medio infalible de que se -vale el ministro para salir con su intento! ¡Pardiez -que tiene razón, y según todas las señales, estas -prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino -de qué cofre saca estos hermosos doblones; pero -bien considerado, ¿no es razón que el padre sea -quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde -de Lemos me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro -amado confidente! El príncipe de España es un -poco inclinado a las damas y será necesario que tú -y yo tratemos de este punto en la primera ocasión, -porque preveo que muy presto necesitaré de tu ministerio.» -Me retiré reflexionando en estas palabras, -que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban -de satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?—decía -yo—. ¿Si estaré próximo a ser el Mercurio del he<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>redero -de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto -era bueno o malo, porque la claridad del galán -ofuscaba mi conciencia. ¡Qué gloria para mí ser -agente de los placeres de un gran príncipe! «¡Oh! -¡Poco a poco, señor Gil Blas!—se me dirá—. No -se trataba en cuanto a vos más que de haceros un -agente subalterno.» Convengo en ello; pero en substancia, -estos dos empleos son de tanto honor uno -como otro. Solamente se diferencian en el provecho.</p> - -<p>Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, -adelantando más de día en día en la gracia del -primer ministro y con tan lisonjeras esperanzas, -¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera -preservado del hambre! Ya hacía más de dos -meses que había dejado mi aposento magnífico y -ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas -de caballeros más económicas. Aunque esto me -causaba sentimiento, lo llevaba con paciencia, porque -salía de madrugada y no volvía hasta la noche -a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi -teatro, es decir, en casa del duque, en donde hacía -el papel de señor; pero cuando me retiraba a mi -cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre -Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener -de qué hacerle. Además de que yo era demasiado -orgulloso para descubrir a alguno mis necesidades, -a nadie conocía que pudiese socorrerme -sino a Navarro, a quien no me atrevía a recurrir -por haber hecho poco caso de él desde que me había -introducido en la Corte. Me vi precisado a ven<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>der -mis vestidos uno a uno, sin quedarme mas que -con aquellos que precisamente necesitaba, y ya no -iba a la hostería por no tener con qué pagar mi -manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? -Voy a decirlo. Todas las mañanas nos traían a la -oficina para desayunarnos un panecillo y un traguito -de vino; esto era cuanto nos hacía dar el -ministro. Yo no comía más en todo el día y comúnmente -me acostaba sin cenar.</p> - -<p>Tal era la suerte de un hombre que brillaba en -la corte y que debía causar más lástima que envidia. -Sin embargo, no pudiendo resistir a mi miseria, -me determiné por último a descubrírsela con -maña al duque de Lerma si encontraba ocasión. -Por fortuna, se presentó ésta en El Escorial, adonde -el rey y el príncipe de España fueron algunos -días después.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_VI">CAPITULO VI</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza -al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.</b></p></div> - -<p class="p2">Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a -toda la comitiva, de modo que allí no sentía yo el -peso de la miseria. Dormía en una recámara cerca -del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado -el ministro, según su costumbre, al rom<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>per -el día, me hizo tomar algunos papeles con recado -de escribir y me dijo le siguiese a los jardines -de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, -en donde, por orden suya, me puse en la actitud -de un hombre que escribe sobre la copa de su sombrero, -y su excelencia aparentaba leer un papel -que tenía en la mano. Desde lejos parecía que -estábamos ocupados en negocios muy graves, y, -a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque -a su excelencia no le disgustaban.</p> - -<p>Ya hacía más de una hora que le divertía con -todas las agudezas que me sugería mi humor jocoso, -cuando vinieron a plantarse dos urracas sobre -los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron -a charlar con tanta algazara que nos llamaron -la atención. «Estas aves—dijo el duque—parece -que riñen, y me alegraría saber el asunto de -su pendencia.» «Señor—le dije—, la curiosidad de -vuestra excelencia me trae a la memoria una fábula -indiana que leí en Pilpai o en otro autor fabulista.» -El ministro me preguntó qué fábula era -ésta y se la conté en estos términos:</p> - -<p>«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen -monarca que, no teniendo suficiente capacidad para -gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba este -cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado -Atalmuc, tenía un gran talento. Sostenía sin fatiga -el peso de aquella vasta Monarquía, manteniéndola -en una paz profunda, y poseía también el arte -de hacer amable y respetable la autoridad real en -términos que los vasallos hallaban un padre afec<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>tuoso -en un visir fiel a su monarca. Atalmuc tenía -entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado -Zangir, a quien estimaba más que a los otros -y con cuya conversación se complacía, llevándole -consigo a la caza y descubriéndole hasta sus más -íntimos secretos. Un día que andaban cazando -ambos por un bosque, viendo el visir dos cuervos -que graznaban sobre un árbol, dijo a su secretario: -«Me alegrara saber lo que estas aves se dicen -en su lengua.» «Señor—le respondió el cachemiriano—, -vuestros deseos se pueden satisfacer.» «¿Y -cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, señor—respondió -Zangir—, que un dervís cabalista me -enseñó el idioma de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé -a estos cuervos y os repetiré palabra por -palabra lo que les haya oído.»</p> - -<p>»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano -a los cuervos y haciendo como que -los escuchaba atentamente, volvió después a su -amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros -somos el asunto de su conversación.» «¡Eso no es -posible!—exclamó el ministro persiano—. ¿Pues -qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos—replicó el -secretario—ha dicho: «Ve aquí al mismo gran -visir, a esa águila tutelar que cubre con sus alas -la Persia como su nido y que se desvela sin cesar -por su conservación. Para descansar de sus penosas -tareas, viene a cazar a este bosque con su fiel -Zangir. ¡Qué dichoso es este secretario en servir a -un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a poco!—interrumpió -el otro cuervo—. ¡Poco a poco! ¡No<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -ponderes tanto la felicidad de ese cachemiriano! -Es cierto que Atalmuc conversa con él familiarmente, -que le honra con su confianza, y tampoco -pongo duda en que tendrá intención de darle algún -día un empleo importante, pero entretanto Zangir -se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo -en un miserable cuarto de una posada, en -donde carece de lo más necesario; en una palabra, -pasa una vida miserable, sin que ninguno de la -corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber -si tiene o no con qué vivir, y, contentándose -con tenerle afecto, le deja entregado a la miseria.»</p> - -<p>Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba -el duque de Lerma, quien me preguntó sonriéndose -qué impresión había hecho este apólogo en el -ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había -ofendido del atrevimiento de su secretario. «No, -señor—le respondí, algo turbado de su pregunta—; -la fábula dice, al contrario, que le colmó de beneficios.» -«Fué fortuna—replicó el duque con seriedad—, -porque hay ministros que no llevarían a -bien se les diesen semejantes lecciones. Pero—añadió, -cortando la conversación y levantándose—creo -que el rey no tardará mucho en despertar. Mi obligación -me llama a su lado.» Dicho esto, se encaminó -muy de prisa hacia palacio, sin hablarme -más, y, a lo que me pareció, muy disgustado de -mi fábula indiana.</p> - -<p>Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad -y después fuí a poner los papeles que llevaba -en el sitio de donde los había tomado. Entré en<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios -copiantes, que también habían ido a la -jornada. «¿Qué tiene usted, señor de Santillana?—dijeron -al verme—. ¡Usted está muy demudado! -¡A usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»</p> - -<p>Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto -de mi apólogo para ocultarles la causa de mi -aflicción, y así, les conté las cosas que había dicho -al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre -de que les parecí poseído. «Tiene usted -razón para estar desazonado—me dijo uno de -ellos—. Su excelencia toma algunas veces las cosas -al revés.» «Esa es mucha verdad—dijo el otro—. -¡Quiera Dios que sea usted mejor tratado que lo -fué un secretario del cardenal Espinosa, que, cansado -de no haber recibido nada en quince meses -que le tenía empleado su eminencia, se tomó un -día la libertad de manifestarle sus necesidades y de -pedir algún dinero para mantenerse! Razón es—le -dijo el ministro—que se os pague. Tomad—prosiguió, -dándole una libranza de mil ducados—, id a -la Tesorería real a recibir este dinero; pero acordaos -al mismo tiempo que quedo agradecido a -vuestros servicios. El secretario se hubiera ido -consolado de ser despedido si después de recibir -los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo -en otra parte; pero al salir de casa del -cardenal le prendió un alguacil y le condujo a -la torre de Segovia, en donde ha estado mucho -tiempo.»</p> - -<p>Este hecho histórico aumentó mi temor de modo<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span> -que me contemplé perdido, y no hallando consuelo, -empecé a reprenderme de mi poca paciencia, -como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!—decía—. -¿Para qué me habré yo aventurado a -relatar aquella desgraciada fábula que ha desagradado -al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi -apuro y quizá estaba yo en vísperas de hacer una -de aquellas fortunas rápidas que asombran. ¡Qué -de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! -Debía haber mirado que hay grandes que -no gustan se les advierta nada y que hasta las más -leves cosas que tienen obligación de dar quieren -sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado -continuar con mi dieta, sin manifestar nada -al duque, y aun dejarme morir de hambre, para -echarle a él toda la culpa!»</p> - -<p>Aunque hubiera conservado alguna esperanza, -mi amo, a quien vi por la siesta, me la habría desvanecido -enteramente. Su excelencia se mostró, -contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me -habló palabra, lo que en el resto del día me causó -una inquietud mortal, sin que en la noche estuviese -más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse -mis agradables ilusiones y el temor de aumentar -el número de los presos de Estado sólo me -permitieron suspirar y lamentarme.</p> - -<p>El día siguiente fué el día de crisis. El duque -me hizo llamar aquella mañana. Entré en su cuarto -más azorado que un reo que va a ser juzgado. -«Santillana—me dijo alargándome un papel que -tenía en la mano—, toma esta libranza...» Esta<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -palabra libranza me estremeció, y dije entre mí: -«¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! -¡El carruaje está prevenido para Segovia!» El sobresalto -que se apoderó de mí en aquel momento -fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome -a sus pies, le dije anegado en llanto: «¡Señor, -suplico a vuestra excelencia muy humildemente -perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga -a dar a entender a vuestra excelencia mi miseria!»</p> - -<p>El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. -«Consuélate, Gil Blas—me respondió—, y -óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades sea -echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo -tomo a mal, amigo mío; antes bien, me atribuyo -el mal a mí mismo por no haberte preguntado de -qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar -este descuido, te doy una libranza de mil quinientos -ducados, los cuales te entregarán a la vista -en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo te -prometo todos los años, y además te doy facultad -de que me hables en favor de personas ricas y generosas -que busquen tu protección.»</p> - -<p>En el impulso de gozo que me causaron estas -palabras, besé los pies al ministro, quien, habiéndome -mandado levantar, siguió hablando conmigo -familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi -buen humor, pero no me fué posible pasar con -tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan -turbado como un delincuente que oye gritar perdón -en el instante que creía recibir el golpe mortal. -Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el temor de<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -haberle desagradado, aunque el temor de una prisión -perpetua no tuvo en ello menos parte, y me -confesó que había aparentado tibieza para ver si -yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento -le había hecho conocer la inclinación que le tenía, -por lo que él también me apreciaba más.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_VII">CAPITULO VII</h3> - - -<p class="i2 center"><b>De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; -del primer negocio en que medió y del provecho que -sacó de él.</b></p></div> - -<p class="p2">El rey, como si hubiera querido librarme de mi -impaciencia, se volvió el día siguiente a Madrid. -Fuí volando a la Tesorería real, en donde cobré -inmediatamente el importe de mi libramiento. Es -de admirar que no se le trastorne el juicio a un -mendigo que pasa prontamente de la miseria a la -opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no -escuché más que a mi ambición y a mi vanidad. -Dejé mi miserable posada de caballeros para los -secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje -de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi -hermosa vivienda, que por fortuna estaba desocupada. -Envié a buscar un sastre famoso que vestía -a casi todos los elegantes; me tomó la medida -y me llevó a casa de un mercader, de donde sacó -seis varas de paño que decía se necesitaban para -hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -vestido a la española! ¡Adónde vamos a parar! Pero -no murmuremos sobre esto. Los sastres afamados -siempre necesitan más que los otros. Compré además -ropa blanca, que me hacía gran falta, medias -de seda y un sombrero de castor con galón de oro.</p> - -<p>Después de esto, no siéndome decente pasar sin -un lacayo, supliqué a Vicente Foreto, mi huésped, -me buscase uno de su satisfacción. Los más de los -extranjeros que alojaban en su casa solían, luego -que llegaban a Madrid, recibir criados españoles, -lo que atraía a aquella posada todos los lacayos -que se encontraban sin acomodo. El primero -que se presentó era un mozo de una fisonomía tan -apacible y tan devota que no le quise; me parecía -ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no quiero—dije -a Foreto—criados que tengan un aspecto -tan virtuoso, porque estoy escarmentado de ellos.» -Apenas despaché a éste, cuando llegó otro, que me -parecía muy despierto, más arriscado que un paje -cortesano y, además, un si es no es taimado. Este -me agradó. Hícele algunas preguntas, a las que -respondió con despejo. Conocí que era travieso y -como de molde para mis asuntos. Le recibí y no -me pesó de mi elección, antes advertí bien presto -que había hecho un buen hallazgo. Como el duque -me había permitido le hablase a favor de las personas -a quienes deseara servir, y yo estaba en -ánimo de no despreciar tan útil permiso, necesitaba -de un perdiguero que descubriese la caza, es -decir, de un hombre astuto que tuviese maña y -pudiera escudriñar y traerme gentes que tuviesen<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era -la habilidad de Escipión—que así se llamaba mi -lacayo—, que había servido a doña Ana de Guevara, -ama de leche del príncipe de España, en cuya -casa la había ejercitado, siendo esta señora una -de aquellas que, mirándose con algún valimiento -en la Corte, quieren aprovecharse de él.</p> - -<p>Así que manifesté a Escipión que me era posible -obtener gracias del rey, salió a campaña, y el mismo -día me dijo: «Señor, he hecho un gran descubrimiento: -acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero -granadino, llamado don Rogerio de Rada. -Desea la protección de usted para con el duque -de Lerma en un negocio de honor y pagará bien -el favor que se le haga. Me he visto con él y quería -dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder le han ponderado, -pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole -saber que el secretario vendía sus buenos oficios a -peso de oro, en vez de que usted se contentaba -con una decente demostración de agradecimiento -y que aun haría usted el empeño de balde si su -situación le permitiese seguir su inclinación generosa -y desinteresada. En fin, le he hablado de modo -que mañana por la mañana le tendrá usted aquí -de madrugada.» «¡Cómo, pues—le dije—, señor Escipión, -usted ha andado ya mucho camino! Conozco -que no es usted novicio en materia de manejos -y extraño que no esté usted más rico.» «Esto es lo -que no debe sorprender a usted—me respondió—; -yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»</p> - -<p>Efectivamente, vino a verme don Rogerio de<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> -Rada, a quien recibí con una cortesía mezclada de -gravedad. «Señor mío—le dije—, antes de tomar -cartas por usted, quiero saber el negocio de honor -que le trae a la corte, porque podría ser tal que -no me atreviera a hablar de él al primer ministro. -Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, y -crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales -que pueda tomarlos a su cargo un hombre honrado.» -«Con mucho gusto—respondió el granadino—; -voy a contar a usted mi historia sinceramente.» -Y fué de esta suerte.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_VIII">CAPITULO VIII</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Historia de don Rogerio de Rada.</b></p></div> - -<p class="p2">«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía -dichoso en la ciudad de Antequera con doña -Estefanía, su esposa, la que, además de su genio -afable y extremada hermosura, poseía una sólida -virtud. Si amaba tiernamente a su marido, él la -correspondía con extremo. Pero era muy celoso, y -aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad -de su mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía -que algún enemigo oculto de su sosiego intentase -ofender su honor, y esta sospecha le hacía desconfiar -de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, -que entraba libremente en su casa, como -primo de Estefanía, siendo a la verdad éste el único -hombre de quien debía recelar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p> - -<p>»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco -que los unía ni a la amistad particular -que don Anastasio le profesaba, se enamoró de su -prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. -La señora, que era prudente, en lugar de un rompimiento, -que hubiera tenido fatales consecuencias, -reprendió con suavidad a su pariente lo grave de -su maldad en querer seducirla y deshonrar a su -marido y le dijo muy seriamente que no debía esperar -el logro de sus designios.</p> - -<p>»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más -al caballero, el cual, imaginando que era necesario -arriesgarlo todo con una mujer de este carácter, -principió a usar con ella de modales poco atentos, -y un día tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese -sus deseos. Ella le rechazó con severidad -y le amenazó con que haría que don Anastasio castigase -su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán -ofreció no hablarle más de amor, y en fe de -esta promesa Estefanía le perdonó lo pasado.</p> - -<p>»Don Huberto, que naturalmente era de mala -índole, no pudo ver tan mal pagado su cariño sin -concebir un vil deseo de venganza. Conocía a don -Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo -cuanto él quisiera infundirle; este conocimiento le -bastó para idear el más horrible designio que pueda -caber en el corazón más malvado. Una tarde que -se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con -semblante muy melancólico: «Mi amado amigo, yo -no puedo estar más tiempo sin revelaros un secreto -que no pensara descubriros si no conociera que os<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> -importa más vuestro honor que vuestro reposo; -vuestro pundonor y el mío, en punto de ofensas, -no me permitan ocultaros lo que pasa en vuestra -casa. Preparaos a oír una noticia que os causará -tanta aflicción como asombro, porque voy a heriros -en la parte más sensible.»</p> - -<p>«¡Ya os entiendo—interrumpió don Anastasio -todo turbado—, vuestra prima me es infiel!» «¡Yo -no la reconozco por prima!—repuso Hordales con -aspecto irritado—. ¡La desconozco! ¡Es indigna de -teneros por marido!» «¡Eso es demasiado hacerme -padecer!—exclamó don Anastasio—. ¡Hablad! ¿Qué -ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!—prosiguió -don Huberto—. Tenéis un rival, a quien recibe de -oculto, cuyo nombre no puedo decir, porque el -adúltero, a favor de una noche obscura, se ha escondido -de quien le observaba. Lo que yo sé es -que os engaña, y de ello estoy seguro. El interés -que debo tomar en este asunto os afianza la verdad -de mi narración. Cuando me declaro contra -Estefanía es preciso que esté bien convencido de -su infidelidad. Es inútil—continuó, habiendo observado -que sus palabras causaban el efecto que -esperaba—, es ocioso deciros más. Advierto estáis -indignado de la ingratitud con que se atreve a pagar -vuestro amor y que meditáis una justa venganza; -yo no me opondré a ella. No os paréis a -considerar cuál es la víctima que vais a sacrificar; -mostrad a toda la ciudad que nada hay que no -podáis inmolar a vuestro honor.»</p> - -<p>»De este modo excitaba el traidor a un esposo<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> -demasiado crédulo contra una mujer inocente; y -le pintó con tan vivos colores la afrenta de que se -cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a -encender en cólera a don Anastasio, el cual, perdido -el juicio, pareciendo que las furias le agitaban, -vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a su -desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse -en la cama. Al pronto se contiene, esperando -que los criados se retiren. Entonces, sin contenerle -el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría -resultar a una honrada familia, ni aun el amor -natural que debía tener a la criatura de seis meses -de que su mujer estaba embarazada, se acercó a -su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso -que mueras, malvada, y sólo te queda un instante -de vida, que mi bondad te deja para que pidas -perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No -quiero que pierdas tu alma como has perdido el -honor!»</p> - -<p>»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones -sobresaltaron a Estefanía, la que, echándose -a sus pies, le dijo con las manos cruzadas y fuera -de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto -os he dado, por desgracia mía, para que lleguéis a -tal extremo? ¿Por qué queréis quitar la vida a -vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido -fiel, mirad que os engañáis!»</p> - -<p>«¡No, no!—repuso el irritado celoso—. ¡Estoy -muy cierto de vuestra traición! Las personas que -me lo han dicho son de todo crédito. Don Huberto...» -«¡Ah señor!—interrumpió ella con precipita<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>ción—. -¡No debéis fiaros de don Huberto, que no -es tan amigo vuestro como pensáis! Si os ha dicho -alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.» -«¡Callad, infame!—replicó don Anastasio—. Vos -misma acreditáis mis sospechas con querer poner -mal conmigo a Hordales! ¡No penséis desvanecerlas! -Si me lo queréis hacer sospechoso es porque -está enterado de vuestra mala conducta. Quisierais -destruir su testimonio, pero semejante artificio es -inútil y aumenta en mí el deseo que tengo de castigaros.» -«¡Amado esposo mío—repitió la inocente -Estefanía llorando amargamente—, temed vuestra -ciega cólera! ¡Si seguís sus movimientos, cometeréis -una acción de que no podréis consolaros cuando -reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad -vuestro enojo! A lo menos, esperad que se aclaren -vuestras sospechas, que entonces haréis más -justicia a una mujer que no es culpable.»</p> - -<p>»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza -estas palabras, y todavía se hubiera enternecido -más con la aflicción de la que las pronunciaba; -pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo -segunda vez que se encomendara a Dios y alzó el -brazo para herirla. «¡Detente, bárbaro!—gritó—. -¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido enteramente; -si la ternura con que te he amado se -ha borrado de tu memoria; si mis lágrimas no alcanzan -a hacerte desistir de tu execrable intento, -respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu -mano furiosa contra un inocente que aun no ha -visto la luz! ¡Tú no puedes ser verdugo sin ofender<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, te -perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá -justicia de un atentado tan horrible!»</p> - -<p>»Por muy determinado que estuviese don Anastasio -a no hacer caso de las disculpas de Estefanía, -las imágenes espantosas que ofrecieron a su espíritu -estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, -y así, como si hubiese temido que esta emoción -paralizase su resentimiento, se aprovechó apresuradamente -del furor que le quedaba y atravesó -con el puñal el costado derecho de su mujer, que, -cayendo al punto en tierra, él la creyó muerta. -Salió prontamente de su casa y desapareció de -Antequera.</p> - -<p>»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó -tan turbada del golpe que había recibido, que permaneció -algunos instantes tendida en tierra sin -dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus -espíritus, empezó a quejarse y gemir, lo que hizo -acudiese una dueña que la servía. Luego que esta -buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, -dió tales gritos que despertó a los demás -criados y a los vecinos cercanos, de modo que en -un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron -cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, -no la tuvieron por peligrosa, sin que errasen en su -concepto. Curaron en poquísimo tiempo a Estefanía, -quien dió felizmente a luz un hijo tres meses -después de aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, -soy el fruto de aquel infeliz parto.</p> - -<p>»Aunque la murmuración en ninguna manera re<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>serva -la virtud de las mujeres, respetó, no obstante, -la de mi madre, y esta sangrienta escena se contaba -en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es -verdad que mi padre estaba reputado por hombre -violento y fácil en sospechar. Hordales juzgó con -razón que su prima presumiría que él con sus chismes -había trastornado el ánimo de don Anastasio, -y satisfecho de haberse a lo menos vengado, cesó -de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría no me -detendré en contar la educación que tuve; solamente -diré que mi madre se dedicó principalmente -a hacerme enseñar el arte de la esgrima y que -me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas -de Granada y Sevilla. Esperaba mi madre -con impaciencia que yo tuviese edad para medir -mi espada con la de don Huberto, para enterarme -entonces del motivo que tenía para quejarse de -él, y viéndome, en fin, ya de diez y ocho años, -me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas -y penetrada de un amargo dolor. ¡Qué impresión -no hace en un hijo dotado de valor y sensibilidad -la vista de una madre en este estado! Busqué -prontamente a Hordales, le conduje a un sitio retirado, -en donde, después de un largo combate, le -di tres estocadas y cayó en tierra.</p> - -<p>»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, -fijó en mí sus últimas miradas y me dijo que recibía -la muerte de mi mano como justo castigo del delito -que había cometido contra el honor de mi madre. -Confesóme que por vengarse del rigor con que -le había despreciado tomó la resolución de per<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>derla, -y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa -al Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No -juzgué acertado volver a casa a informar a mi madre -de este acontecimiento, cuyo cuidado dejé a -la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, -donde me embarqué con un corsario que salía -del puerto, quien, conceptuando que no me -faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese -a los voluntarios que tenía a bordo.</p> - -<p>»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. -En las cercanías de las islas de Alborán -encontramos un corsario de Melilla, que volvía -hacia las costas de Africa con una embarcación -española ricamente cargada, que había apresado -en las aguas de Cartagena. Acometimos intrépidamente -al africano y nos apoderamos de sus dos -bajeles, en los cuales iban ochenta cristianos que -conducía esclavos a Berbería, y aprovechando un -viento que se levantó y nos era favorable para -acercamos a la costa de Granada, llegamos en -breve tiempo a Punta de Elena.</p> - -<p>»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos -libertado de qué parajes eran, y yo hice esta pregunta -a un hombre de muy buen aspecto, que podía -tener cincuenta años cumplidos. Respondióme -suspirando que era de Antequera. Su respuesta me -conmovió, sin saber por qué, y también advertí -que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. -¿Podremos saber vuestra familia?» «¡Ah!—me dijo. -¡No me instéis a que satisfaga vuestra curiosidad -si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -hace que falto de Antequera, en donde no se pueden -acordar de mí sin horror. Usted habrá quizá -oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don -Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!—exclamé—. -¿Debo creer lo que oigo? ¿Conque usted es don -Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» «¡Qué -decís, joven!—exclamó mirándome atónito—. ¿Será -posible seáis aquel niño desgraciado que todavía -estaba en el vientre de su madre cuando la sacrifiqué -a mi furor?» «Sí, padre mío—le dije—, yo -soy a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses -después de la funesta noche en que la dejasteis -anegada en su sangre.»</p> - -<p>Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras -para abrazarme estrechamente, y en un -cuarto de hora no hicimos más que mezclar nuestros -suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado -a los tiernos afectos que semejante encuentro -debía inspirar, alzó mi padre los ojos al -Cielo para darle gracias de haber salvado la vida -a Estefanía; pero, pasado un momento, como si -temiese dárselas sin motivo, se dirigió a mí y me -preguntó de qué manera se había averiguado la -inocencia de su mujer. «Señor—le respondí—, nadie -ha dudado jamás de ella sino vos. La conducta -de vuestra esposa ha sido siempre irreprensible. -Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don -Huberto fué quien os engañó.» Y entonces le conté -toda la perfidia de este pariente, cómo me había -vengado de él y lo que me había confesado a -morir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - -<p>»A mi padre no le causó tanto placer el haber -recobrado la libertad como el oír las nuevas que le -anunciaba. Colmado de alegría, volvió a abrazarme -tiernamente y no se cansaba de manifestarme -lo gustoso que estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío—me -dijo—, tomemos presto el camino de Antequera! -¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies -de una esposa a quien tan indignamente he tratado, -porque, después de conocida mi injusticia, -siento crueles remordimientos que despedazan mi -corazón!» Deseando yo reunir estas dos personas -para mí tan amables, no quise se alargase tan dulce -momento. Dejé al corsario, y como mi padre no -quería exponerse a los peligros del mar, compré -en Adra, con el dinero que me tocó de la presa, -dos mulas. El camino dió tiempo para que me contase -sus aventuras, que escuché con aquella atención -ansiosa que prestó el príncipe de Itaca a la -narración de las del rey su padre. En fin, después -de muchas jornadas llegamos al pie del monte más -inmediato a Antequera, en donde hicimos alto, y -esperamos la media noche para entrar secretamente -en nuestra casa.</p> - -<p>»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre -al ver a un marido que creía perdido para -siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso -con que puede decirse le había sido restituído. -Pidióle mi padre perdón de su barbarie, con -demostraciones tan vehementes de arrepentimiento -que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle -como a un asesino, vió en él un hombre a<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> -quien el Cielo la había sometido; tan sagrado es -el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía -sintió en extremo mi fuga y tuvo mucho -gusto de verme; pero su alegría no fué sin desazón. -Una hermana de Hordales procedía criminalmente -contra el matador de su hermano y me hacía -buscar por todas partes, de suerte que mi madre -estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin -seguridad. Esto me obligó a partir aquella misma -noche para la corte, adonde vengo, señor, a solicitar -el perdón que espero obtener, puesto que -vuestra señoría quiere hablar a mi favor al primer -ministro y apoyarme con todo su valimiento.»</p> - -<p>El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a -su narración, y yo con mucha gravedad le dije: -«¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece perdonable; -quedo con el encargo de referir puntualmente -este asunto a su excelencia y me atrevo a -prometeros su protección.» Sobre esto, el granadino -me dió mil gracias, que por un oído me hubiera -entrado y por otro salido a no haberme asegurado -se seguiría la gratificación al favor que le hiciera; -pero luego que tocó esta cuerda me puse en movimiento. -El mismo día conté este suceso al duque, -quien, habiéndome permitido le presentara al caballero, -le dijo: «Don Rogerio, estoy enterado del -lance de honor que os trae a la corte. Santillana -me ha dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. -Vuestra acción es disculpable y su majestad gusta -de perdonar a los nobles que vengan su honor -ofendido. Es necesario que por pura fórmula es<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>téis -preso, pero vivid seguro de que no lo estaréis -largo tiempo. En Santillana tenéis un buen -amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará -vuestra libertad.»</p> - -<p>Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, -sobre cuya palabra se fué a la cárcel. Su -carta de perdón se le expidió inmediatamente en -fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié -a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises -y su Penélope, en vez de que, si no hubiera tenido -protector y dinero, acaso hubiera pasado un año -en la prisión. De todo esto no saqué más que cien -doblones. No fué este lance muy provechoso, pero -yo no era todavía un don Rodrigo Calderón para -despreciarlo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_IX">CAPITULO IX</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una -gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de -importancia.</b></p></div> - -<p class="p2">El asunto que acabo de referir me engolosinó, y -diez doblones que di a Escipión por su corretaje -le animaron a hacer nuevas investigaciones. Ya -dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que -se le podía dar el nombre de Escipión el Grande. -El segundo penitente que me llevó fué un impresor -de libros de caballerías que se había enriquecido -a despecho del sano juicio. Este impresor había<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -reimpreso una obra de uno de sus compañeros y -le habían embargado la edición. Por trescientos -ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares -y le libré de una fuerte multa. Aunque esto no era -de la inspección del primer ministro, su excelencia -quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después -del impresor, me trajo a las manos un mercader, y -el negocio era el siguiente: un navío portugués había -sido apresado por un corsario berberisco y represado -por otro de Cádiz. Las dos terceras partes -de mercancías de que iba cargado pertenecían a -un mercader de Lisboa, que, habiéndolas reclamado -inútilmente, venía a la corte de España a -buscar un protector cuyo valimiento fuese bastante -para hacérselas entregar, y tuvo la fortuna de -encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró -sus géneros mediante la cantidad de cuatrocientos -doblones que pagó por el favor.</p> - -<p>Me parece que oigo al lector gritarme al llegar -aquí: «¡Animo, señor de Santillana! ¡Cálcese usted -las botas, pues está en camino de adelantar su -fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, -veo llegar a mi criado con un nuevo <i>quidam</i> -que acaba de enganchar. Cabalmente es Escipión. -Escuchémosle. «Señor—me dice—, permítame usted -le presente a este famoso empírico, quien solicita -un privilegio para vender sus medicamentos -por espacio de diez años en todas las ciudades de -la Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera -otros; es decir, que se prohiba a las personas -de su profesión establecerse en los lugares<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span> -donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos -doblones al que le saque el privilegio.» Yo -dije al charlatán, tomando el aspecto de un protector: -«¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de -mi cuenta!» En efecto, pocos días después le saqué -un privilegio que le permitía engañar al pueblo -exclusivamente en todos los reinos de España.</p> - -<p>Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice -que «el comer y el rascar todo es empezar». Pero -además de que advertía que la codicia iba creciendo -en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, -había logrado de su excelencia con tanta facilidad -las cuatro gracias de que acabo de hablar, que -no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno -de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, -para un caballero de Calatrava que me ofrecía -mil doblones. El ministro se echó a reír viéndome -caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!—me -dijo—. ¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente -hacer bien al prójimo! Mirad: cuando no se trate -más que de bagatelas, no repararé en ello; pero -cuando me pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, -os quedaréis enhorabuena con la mitad -del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis -pensar—continuó—el gasto que tengo precisión de -hacer ni cuántos arbitrios necesito para mantener -la dignidad de mi empleo, porque, a pesar del desinterés -que aparento a los ojos del mundo, os confieso -que no soy tan imprudente que quiera abandonar -mis intereses propios. Sirvaos esto de gobierno.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p> - -<p>Con esta advertencia me quitó mi amo el temor -de importunarle, o más bien me excitó a que prosiguiese -con mayor empeño, y me sentí aún más -sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces -con gusto hecho fijar un cartel que dijese -que todos aquellos que quisieran conseguir gracias -en la corte no tenían mas que acudir a mí; -yo iba por un lado y Escipión por otro buscando -ocasiones de servir por dinero. Mi caballero de Calatrava -alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil -doblones, y bien presto hice conceder otro por el -mismo precio a un caballero de Santiago. No contento -con nombrar gobernadores, concedí hábitos -de las Ordenes militares, transformé algunos buenos -plebeyos en malos hidalgos con famosos títulos -de nobleza; quise también que la clerecía participase -de mis favores, y así, conferí beneficios -cortos, canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. -En orden a los obispados y arzobispados era -el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, -quien además nombraba para las togas, encomiendas -y virreinatos, lo que prueba que no se proveían -los empleos grandes mejor que los pequeños, porque -los sujetos a quienes nosotros elegíamos para -ocupar los puestos de que hacíamos un tráfico tan -honorífico no eran siempre los más hábiles ni los -más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones -de Madrid se divertían en este punto a costa -nuestra, pero nosotros parecíamos a los avaros, -que se consuelan de las murmuraciones del pueblo -recontando su dinero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p> - -<p>Isócrates llama con razón a la intemperancia y -a la locura <i>compañeras inseparables de los ricos</i>. -Cuando me vi dueño de treinta mil ducados y en -disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué -me tocaba hacer un papel digno de un confidente -del primer ministro; alquilé una casa entera, que -hice adornar lujosamente; compré el coche de un -escribano, que lo había echado por ostentación y -que se deshizo de él por consejo de su panadero. -Recibí un cochero, tres lacayos, y como es regular -promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión -al triple honor de mi ayuda de cámara, mi -secretario y mayordomo mío. Pero lo que acabó -de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese -a bien que mis criados llevasen su librea. Con esto -perdí lo que me restaba de juicio; no estaba menos -loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, a -fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron -tan pálidos como su maestro, imaginándose -tan sabios como él. Poco me faltaba para juzgarme -pariente del duque de Lerma. Se me puso en -la cabeza pasaría por tal, y quizá por uno de sus -hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba extremadamente.</p> - -<p>Añádase a esto que quise, como su excelencia, -tener mesa de estado, y a este efecto encargué a -Escipión me buscase un cocinero, y me trajo uno -que podía casi compararse con el del romano Nomentano, -de golosa memoria. Abastecí mi cueva -de vinos exquisitos, y después de haber hecho las -demás provisiones necesarias, principié a convidar<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span> -gentes. Todas las noches venían a cenar a mi casa -algunos de los principales covachuelistas del ministro, -los cuales se apropiaban con vanidad el -dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy -buena comida y siempre iban bien bebidos. Escipión -por su parte—porque tal amo tal criado—también -daba mesa en el tinelo, en donde a costa -mía regalaba a sus conocidos. Pero además de que -yo quería a este mozo, como él contribuía a hacerme -ganar dinero, me parecía tenía derecho para -ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas -disposiciones como un joven que no reflexiona -el daño que se le sigue y sólo considera el honor -que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo -para no cuidar de esto, y era que los beneficios -y empleos no cesaban de traer agua al molino, -con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo -creía tener clavada la rueda de la fortuna.</p> - -<p>Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese -testigo de mi vida ostentosa. Creyendo habría ya -vuelto de Andalucía, quise tener el gusto de sorprenderle, -y a este fin le envié un papel anónimo, -en el que le decía que un señor siciliano, amigo -suyo, le esperaba a cenar, señalándole día, hora y -lugar adonde debía acudir; la cita era en mi casa. -Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado -cuando supo que yo era el señor extranjero que le -había convidado. «¡Sí—le dije—, amigo mío, yo -soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena -mesa y sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible—exclamó -con viveza—que te encuentre nadando<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte colocado -con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que -aquel señor era generoso y que no tardaría en acomodarte! -Sin duda—añadió—que seguiste el sabio -consejo que te di de aflojar algo la rienda al repostero. -¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta -engordan tanto los mayordomos de las casas -grandes.»</p> - -<p>Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme -llevado a casa del conde Galiano, y después, -para moderar la alegría que manifestaba de haberme -agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir -circunstancias las señales de agradecimiento con -que este señor había pagado lo que le había servido; -pero percibiendo que mi poeta mientras yo -le refería estos pormenores cantaba interiormente -la palinodia, le dije: «Yo perdono al siciliano su -ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más motivo -tengo de darme el parabién que de lamentarme. -Si el conde no se hubiera portado mal conmigo, -le habría seguido a Sicilia, en donde todavía -le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo -incierto. En una palabra, no sería confidente del -duque de Lerma.»</p> - -<p>Estas últimas palabras dejaron tan atónito a -Núñez, que por el pronto no pudo desplegar los -labios; pero luego, rompiendo de golpe el silencio, -me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de -la confianza del primer ministro!» «La divido—le -respondí—con don Rodrigo Calderón, y según las -apariencias llegaré más lejos.» «Es verdad, señor<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> -de Santillana—replicó—, que me causáis admiración. -¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! -¡Qué talentos se unen en vos! O más bien, -para servirme de una expresión a nuestro modo, -poseéis un talento universal, es decir, que para -todo sois adecuado. Finalmente, señor—prosiguió—, -me alegro mucho de la prosperidad de -vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!—interrumpí -yo—. ¡Señor Núñez, nada de señor ni señoría! ¡Dejaos -de esos tratamientos y vivamos siempre con -familiaridad!» «Tienes razón—repitió—. Aunque te -hayas enriquecido, no debo mirarte con otros ojos -que con los que te he mirado siempre. Pero—añadió—te -confieso mi flaqueza: al oír tu fortuna me -ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, -no veo en ti más que a mi amigo Gil Blas.»</p> - -<p>Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro -o cinco covachuelistas que llegaron. «Señores—les -dije mostrándoles a Núñez—, ustedes cenarán -con el señor don Fabricio, que hace versos dignos -del rey Numa y que escribe en prosa como -nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba con gentes -que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron -cortado al poeta; apenas se dignaron mirarle. -Por más que dijo cosas muy agudas para atraerse -su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto -que, tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente -de entre todos y desapareció. Nuestros covachuelistas -no advirtieron su retirada y se sentaron -a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.</p> - -<p>Al siguiente día por la mañana, cuando yo me<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -acababa de vestir y me disponía a salir de casa, el -poeta de las Asturias entró en mi gabinete. «Perdóname, -amigo mío—me dijo—, si he ofendido a tus -covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me -encontré tan desairado entre ellos, que no pude -resistir. Son para mí muy fastidiosos unos hombres -tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo -cómo tú, que tienes un entendimiento tan delicado, -puedes acomodarte a convidados tan estúpidos! Yo -quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré—le -dije—mucha satisfacción en eso, y para ello -me fío de tu gusto.» «¡Con razón!—me respondió—. -Yo te prometo talentos superiores y de los más -entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, -adonde van a reunirse dentro de poco; los -apalabraré para que no se comprometan con otro, -porque son tan festivos que en todas partes los -apetecen.»</p> - -<p>Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora -de cenar, volvió, acompañado de sólo seis autores, -que me presentó uno tras otro, haciéndome su -elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes -ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, -y sus obras—decía él—merecían imprimirse en letras -de oro. Recibí a aquellos señores muy atentamente -y aun afecté llenarlos de atenciones, porque -la nación de los autores es un poco vana y amiga -de gloria. Aunque no hubiera encargado a Escipión -que la cena fuese abundante, como él sabía -la clase de gentes a que debía obsequiar en aquel -día, la había dispuesto con profusión.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p> - -<p>En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. -Mis poetas principiaron a hablar de sí propios -y a alabarse. Uno citaba con vanidad los -grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; -otro, vituperando la elección que una academia -de literatos acababa de hacer de dos sujetos, decía -modestamente que debían haberle elegido; los demás -discurrían con la misma presunción. Mientras -comían, me fastidiaron con trozos de versos y de -prosa. Cada uno de ellos recitaba por turno algún -pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro -declama una escena trágica, otro lee la crítica de -una comedia, y el cuarto, leyendo a su vez una -oda de Anacreonte, traducida en malos versos españoles, -es interrumpido por uno de sus compañeros, -que le dice se ha servido de una voz impropia. -El autor de la traducción defiende lo contrario y -se arma una disputa, en la cual todos los ingenios -toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes -se acaloran y llegan a las injurias. Todo -esto era tolerable; pero aquellos furiosos se levantan -de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, Escipión, -mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos -vimos para ponerlos en paz! Cuando se vieron separados -salieron de mi casa como de una taberna, -sin pedirme ningún perdón de su impolítica.</p> - -<p>Núñez, sobre cuya palabra había yo formado -una idea agradable de aquella comida, se quedó -atónito del lance. «Y bien—le dije—, amigo, ¿me -elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe -mía que me habéis traído unas gentes bien des<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>preciables! -Aténgome a mis covachuelistas. ¡No me -hables más de autores!» «Yo no pienso—me respondió—presentarte -otros, pues acabas de ver a -los más juiciosos.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_X">CAPITULO X</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Corrómpense enteramente las costumbres de Gil -Blas en la Corte; del encargo que le dió el conde -de Lemos y de la intriga en que este señor y él se -metieron.</b></p></div> - -<p class="p2">Luego que se llegó a saber que yo era privado -del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas -las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a -quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi -casa dos clases de personas: unas, interesándome -con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro, -y otras a moverme con súplicas para conseguirles -<i>gratis</i> lo que pretendían. Las primeras -tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas. -En orden a las segundas, me desembarazaba -prontamente con excusas, o les entretenía tanto -tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de -hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso -y caritativo; pero como en ella no hay esta -debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, -de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos -y me desnudé de todo el afecto que les tenía.<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté -en una ocasión a José Navarro.</p> - -<p>Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer -y quien—para decirlo de una vez—era la -causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi -casa. Después de haberme mostrado mucho amor, -como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba, -me suplicó pidiese al duque de Lerma -cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome -que el sujeto por quien se interesaba era un mozo -muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba -empleo para subsistir. «No dudo—añadió José—que -siendo usted tan bueno y amigo de hacer un -favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre -honrado. Su indigencia es un título que merece -el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me -daréis las gracias, porque os proporciono ocasión -de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era -decirme claramente que esperaba que hiciese este -favor de balde. Aunque esto me disgustaba, no -dejé de aparentar que estaba propicio a servirle. -«Me alegro—respondí a Navarro—de tener esta -ocasión en que poder manifestar a usted mi vivo -agradecimiento a cuanto usted ha hecho por mí; -me basta que usted se interese por cualquiera y -no necesita otra recomendación para decidirme a -servirle. Su amigo de usted tendrá el empleo que -desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío -y no de usted.»</p> - -<p>Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho -de mi favor. Sin embargo, su recomendado se que<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>dó -sin empleo, porque lo hice dar a otro por mil -ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este -dinero a los agradecimientos que hubiera recibido -de mi buen repostero, a quien, con un modo pesaroso, -dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado -Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se -me anticipó a dar el empleo que usted sabe. Siento -en extremo no dar a usted mejor noticia.»</p> - -<p>José me creyó de buena fe y nos separamos -más amigos que nunca; pero creo que presto descubrió -la verdad, porque no volvió a parecer por -mi casa. En vez de sentir algunos remordimientos -de haberme portado tan mal con un amigo verdadero -y a quien tanto debía, quedé muy contento. -Además de que ya me pesaban los favores que me -había hecho, no me pareció conveniente tratar con -reposteros en la categoría en que me hallaba en la -corte.</p> - -<p>Volvamos al conde de Lemos, de quien hace -tiempo no he hablado y al que visitaba algunas -veces. Le había llevado mil doblones, como tengo -dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del -duque su tío, del dinero que yo tenía de su excelencia. -En este día fué cuando el conde quiso tener -una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó -que al fin había logrado su intento y que -enteramente gozaba del favor del príncipe de España, -de quien era el único confidente, y en seguida -me dió un encargo muy honroso, para el cual ya -me tenía destinado. «¡Amigo Santillana—me dijo—, -vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir -a este príncipe galán! Entendimiento tenéis; -nada más os digo. ¡Id, corred, investigad, y cuando -hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» -Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir -al buen desempeño de mi empleo, cuyo ejercicio -no debe de ser muy difícil, pues hay tantas gentes -que se ocupan en él.</p> - -<p>Yo no estaba muy acostumbrado a este género -de averiguaciones, pero no dudaba que Escipión -sería también admirable para el caso. Luego que -volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, -tengo que hacerte un encargo importante. En medio -de tanto como sabes me favorece la fortuna, -conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente -adivino lo que es—interrumpió sin dejarme acabar -lo que quería decirle—; usted necesita una ninfa -agradable que le distraiga un poco y le divierta, -y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor -de sus días, no la tenga, cuando viejos barbones -no pueden estar sin ella.» «¡Admiro tu perspicacia!—le -dije sonriéndome—. Sí, amigo mío, necesito -una dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas -advierte que soy muy delicado en este negocio; -quiero una persona linda y que no tenga malas -costumbres.» «Lo que usted desea—interrumpió Escipión -sonriéndose—es algo raro; no obstante, estamos, -a Dios gracias, en un pueblo en donde hay -de todo, y espero encontrar presto lo que usted -pretende.»</p> - -<p>Efectivamente, a los tres días me dijo: «He des<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>cubierto -un tesoro: una señorita joven, llamada -Catalina, de buena familia y de indecible hermosura. -Vive a la sombra de una tía suya, en una -casita, en donde subsisten ambas muy decentemente -con sus haberes, que no son considerables. -La criada que las sirve es conocida mía y acaba -de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, -no sería difícil la hallase un galán rico y espléndido, -con tal que, para no escandalizar, entrase -en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En -esta inteligencia, le he pintado a usted como un -hombre digno de que le admitan en su casa, y he -suplicado a la criada se lo proponga a las dos señoras, -lo cual me ha ofrecido, como también ir -mañana a un sitio determinado a darme la respuesta.» -«¡Bravo va el negocio!—le respondí—. Pero -temo te engañe la criada.» «¡No, no!—replicó—. -¡No me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado -ya a los vecinos, y de lo que me han dicho -he inferido que la señora Catalina es tal como -usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien -usted puede ser el Júpiter enviando una lluvia de -doblones.»</p> - -<p>Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta -clase de hallazgos, no dejé de aceptar éste, y como -la criada al día siguiente avisase a Escipión que -podía presentarme aquella misma noche en casa -de sus amas, entre once y doce me entré en ella -con mucho sigilo. La criada me recibió a obscuras, -me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, -en donde encontré a las dos señoras airosamente<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -vestidas y sentadas en almohadones de raso. Luego -que me vieron se levantaron y me saludaron con -tanta finura que me parecieron personas distinguidas. -La tía, que se llamaba la señora Mencía, aunque -todavía de buen parecer, no atrajo mi atención. -Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, -que me pareció una diosa, y aunque examinada -rigurosamente podía decirse que no era una hermosura -perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, -que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, -ofuscaban y hacían imperceptibles sus defectos.</p> - -<p>Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba -como emisario; hablé en mi propio y privado nombre -y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo -entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo -que realmente era—tan bien me había parecido—, -acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya principiaba -yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar -la tía mis impulsos, tomó la palabra y me dijo: -«Señor de Santillana, voy a hablar a vuestra señoría -francamente. Por lo mucho bien que me han -dicho de vuestra señoría le he permitido entrar en -mi casa, sin ponderarle el gran favor que le hago -en ello; pero no crea vuestra señoría por eso que -ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina -con recato, y vos sois, por decirlo así, el primer -caballero a quien la he presentado. Si os parece -digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor -gusto en que ella logre este honor; ved si a este -precio os conviene, pues a otro no la conseguiréis.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p> - -<p>Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que -me iba a disparar una flecha. Hablando sin metáfora, -un casamiento propuesto tan a secas me hizo -entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser -fiel agente del conde de Lemos, mudé de tono y -respondí a la señora Mencía: «Señora, vuestra franqueza -me agrada, y por tanto quiero imitarla. -Aunque hago un papel distinguido en la corte, no -basta éste para merecer a la sin igual Catalina; -le tengo reservado un partido más brillante: la -destino para el príncipe de España.» «Me parece—respondió -la tía fríamente—que bastaba despreciar -a mi sobrina, sin que fuera necesario acompañar -el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora—exclamé—, -hablo seriamente. Tengo orden de -buscar una persona de mérito a quien pueda honrar -con sus visitas secretas el príncipe de España, -y en casa de usted he hallado lo que buscaba.»</p> - -<p>Esta declaración sorprendió en gran manera a -la señora Mencía, a quien conocí no le había desagradado. -Sin embargo, creyendo que debía hacer -la reservada, me replicó en estos términos: «Aun -cuando tomara al pie de la letra lo que vuestra señoría -me dice, ha de saber que no soy de carácter -que haga vanidad del infame honor de ver a mi -sobrina ser dama de un príncipe; mi decoro se ofende -con la idea...» «¡Qué bendita es usted—le interrumpí—con -su virtud! Usted piensa como una -simple aldeana y se chancea si mira estas cosas -con tanto escrúpulo. ¡Eso es quitarles lo que tienen -de bueno! Es necesario mirarlas con mejores<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina -al heredero de la Monarquía; representaos que la -adora y la llena de regalos; y pensad, en fin, que -quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice -el nombre de su madre con el suyo.»</p> - -<p>Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque -estaba determinada a aceptar mi propuesta, y Catalina, -que ya hubiera querido poseer al príncipe, -aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve -que hacer nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, -hasta que al fin la señora Mencía, viéndome ya -cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó -la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía -los artículos siguientes: <i>Primero</i>: Que si por -los informes que diese yo al príncipe de las gracias -de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle -una visita nocturna, sería de mi cargo advertir de -ella a las señoras, como igualmente de la noche -que eligiese para este efecto. <i>Segundo</i>: Que el príncipe -había de entrar en casa de dichas señoras -como un galán cualquiera y acompañado sólo de -mí y de su principal confidente.</p> - -<p>Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos -tía y sobrina. Empezaron a tratarme familiarmente, -con lo que me aventuré a algunas llanezas, -que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos -separamos me abrazaron de su propio motivo, haciéndome -todas las caricias imaginables. ¡Es cosa -maravillosa la facilidad con que se traba amistad -entre los corredores de amor, digámoslo así, y las -mujeres que lo necesitan! Al verme salir de allí tan<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -favorecido, nadie hubiera dicho sino que yo había -sido más dichoso de lo que era en realidad.</p> - -<p>El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le -dije que había hecho un descubrimiento cual podía -apetecerlo. Le hablé de Catalina en tales términos -que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche -siguiente, y me confesó que había hecho muy -buen hallazgo. Dijo a las señoras que no dudaba -que el príncipe quedase muy complacido de ver a -la señorita que yo le había elegido y que ésta por -su parte no quedaría descontenta de tal amante, -por ser el príncipe generoso, afable y lleno de bondad. -En fin, les ofreció que le conducirían dentro -de algunos días del modo que deseaban, esto es, -sin acompañamiento ni ruido. Este señor se despidió -y yo me retiré con él para ir a tomar el coche -en que habíamos venido, el cual nos esperaba -al fin de la calle. Después me llevó a mi casa y me -encargó enterase al día siguiente a su tío de esta -principiada aventura y le suplicase de su parte le -enviara mil doblones para finalizarla.</p> - -<p>Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual -cuenta de cuanto había pasado al duque de Lerma, -callando la parte que había tenido Escipión en el -negocio para pasar yo por autor del descubrimiento -de Catalina, porque de todo hace uno mérito para -con los grandes.</p> - -<p>Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor -Gil Blas—me dijo el ministro con aire burlón—, -me alegro que usted una a sus demás talentos el -de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no ex<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>trañará -que cuando yo necesite alguna acuda a -usted.» «Señor—le respondí en el mismo tono—, -agradezco la preferencia; pero permítaseme que -diga que escrupulizaría si proporcionase esta clase -de placeres a vuestra excelencia, porque hace tanto -tiempo que el señor don Rodrigo está en posesión -de ese empleo, que se le haría una injusticia -en despojarle de él.» El duque se sonrió de mi respuesta -y, mudando de conversación, me preguntó -si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad—le -dije—, él suplica a vuestra excelencia -le envíe mil doblones.» «Está bien—respondió el -ministro—, no tienes más que llevárselos. Dile que -no los escasee y que aplauda todos los gastos que -el príncipe quiera hacer.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_XI">CAPITULO XI</h3> - - -<p class="i2 center"><b>De la visita secreta y de los regalos que el príncipe -hizo a Catalina.</b></p></div> - -<p class="p2">En aquel mismo punto llevé los mil doblones al -conde de Lemos. «¡No podíais venir más a tiempo!—me -dijo este señor—. He hablado al príncipe, -quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia -ver a Catalina, por lo que se ha resuelto que esta -noche salga secretamente de palacio para ir a su -casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo así a -las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario -manifestarles que el que va a verlas no es<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> -un amante común; fuera de que los regalos de los -príncipes deben preceder a sus galanteos. Supuesto -que le has de acompañar conmigo—prosiguió—, -hállate esta noche en palacio a la hora de acostarse. -También será preciso que tu coche, porque me -parece del caso servirnos de él, nos espere a media -noche cerca de Palacio.»</p> - -<p>Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en -la que no vi a Catalina, por estar, según se me dijo, -acostada, y sólo hablé con la señora Mencía. «Perdone -usted, señora—le dije—, si vengo de día a -su casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es -preciso avisar a usted que el príncipe vendrá aquí -esta noche; y reciba usted—añadí entregándole el -talego en donde llevaba el dinero—, reciba usted -una ofrenda que envía al templo de Citerea para -que le sean propicias sus deidades. Ya ve usted que -no les he proporcionado una mala conveniencia.» -«Doy a usted las gracias—me respondió—. Pero -dígame, señor de Santillana, si al príncipe le gusta -la música.» «¡Con extremo!—le contesté—. Ninguna -cosa le divierte tanto como una buena voz -acompañada de un laúd tocado con destreza.» «¡Mucho -mejor!—exclamó ella enajenada de alegría—. -Lo que usted dice me llena de gozo, porque mi -sobrina tiene la garganta de un ruiseñor, tañe maravillosamente -el laúd y también baila con perfección.» -«¡Vive diez—exclamé—, esas son muchas -habilidades, tía mía! No necesita tantas una señorita -para hacer fortuna; una sola de esas gracias -le basta.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p> - -<p>Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que -el príncipe solía acostarse. Llegada ésta, di mis -órdenes al cochero y me reuní al conde de Lemos, -quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo -antes de tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, -y aun acostarse, a fin de hacer creer mejor -que estaba malo, pero que de allí a una hora se -levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera -excusada que iba a dar a los patios. Luego -que me enteró de lo que ambos habían concertado, -me apostó en un sitio por donde me aseguró había -de pasar. Duró tanto el poste, que comencé a -creer que nuestro galán había tomado otro camino -o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los -príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos -satisfecho. En fin, cuando creía que me habían -olvidado, se llegaron a mí dos hombres, que -conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi -coche, en el cual subimos ambos. Yo iba cerca del -cochero para guiarle y le hice parar a cincuenta -pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al -príncipe y a su compañero para ayudarles a bajar -y marchamos a la casa, cuya puerta nos abrieron -inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.</p> - -<p>Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas -en que yo me vi la primera vez, aunque -por distinción habían puesto en la pared una lamparilla, -cuya luz era tan escasa que solamente la -percibíamos, sin que ella nos alumbrara. Todo esto -servía para hacer la aventura más agradable a su -héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde -la claridad de un sinnúmero de bujías recompensó -la obscuridad que había en el patio. La tía y la sobrina -se presentaron en gracioso traje de casa, seductoramente -descuidado, y con aire tan atractivo -que no se podían mirar sin embelesamiento. Nuestro -príncipe, si no hubiera tenido que escoger, se -hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; -pero dió la preferencia, como era razón, a las -gracias de la joven Catalina.</p> - -<p>«Y bien, príncipe mío—le dijo el conde—, ¿podíamos -haber proporcionado a vuestra alteza el -gusto de ver dos personas más bonitas?» «Ambas -me embelesan—respondió el príncipe—. No pienso -sacar libre de aquí mi corazón, pues si faltara la -sobrina no se escaparía de la tía.»</p> - -<p>Después de este cumplimiento, tan agradable -para una tía, dijo mil cosas lisonjeras a Catalina, -a las que ésta respondió con mucha discreción. -Como les es permitido a las gentes honradas que -hacen el personaje que yo en esta ocasión mezclarse -en la conversación de los amantes, siempre -que sea para atizar el fuego, dije al galán que su -ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se -alegró de saber tuviese estas habilidades y le suplicó -le diese alguna muestra de ellas. Con mucho -gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd -bien templado, tocó sonatas tiernas y cantó de -un modo tan expresivo, que el príncipe se echó a -sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos -a un lado esta pintura y digamos solamente<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> -que la dulce embriaguez en que se había sepultado -el heredero de la Monarquía hizo que las horas le -pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle -de aquella peligrosa casa cuando ya se acercaba -el día. Los señores agentes le condujeron prontamente -a palacio y le dejaron en su aposento. -Después se volvieron a su casa, tan contentos de -haberle unido con una aventurera como si le hubiesen -casado con una princesa.</p> - -<p>La mañana siguiente conté el suceso al duque de -Lerma, porque todo lo quería saber, y al concluir -mi narración llegó el conde de Lemos y nos dijo: -«El príncipe de España está tan prendado de Catalina -y le ha gustado tanto, que piensa ir a verla -con frecuencia y no aficionarse a otra. Quisiera -enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no -tiene dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: -«Mi amado Lemos, es preciso me busques al momento -esta cantidad. Sé que te incomodo, que -apuro tu bolsillo, y por tanto mi corazón te está -muy agradecido, y si en algún tiempo me hallo -en estado de serte reconocido de otro modo que -por el agradecimiento a todo lo que has hecho por -mí, no te arrepentirás de haberme servido.» Yo le -respondí, separándome de él inmediatamente: «Príncipe -mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo -que vuestra alteza desea.» «No es difícil satisfacerle—dijo -entonces el duque a su sobrino—. Santillana -va a traeros ese dinero, o, si queréis, él mismo -comprará las joyas, porque es muy inteligente en -pedrerías, y sobre todo en rubíes. ¿No es verdad,<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -Gil Blas?», añadió mirándome con un aire taimado. -«¡Qué malicioso sois, señor!—le respondí—. Veo -que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa -mía al señor Conde.» Y así sucedió. El sobrino preguntó -qué misterio encerraba aquello. «¡Ninguno!—replicó -el tío riéndose—. Es que un día Santillana -quiso trocar un diamante por un rubí, y este -trueque no redundó ni en honor ni en provecho -suyo.»</p> - -<p>Hubiera salido bien librado si el ministro no -hubiera dicho más, pero se tomó el trabajo de -contar la pieza que Camila y don Rafael me habían -jugado en la posada de caballeros y se extendió -particularmente en las circunstancias que yo más -sentía. Después de haberse divertido bien su excelencia, -me mandó acompañar al conde de Lemos, -quien me llevó a casa de un joyero, en donde escogimos -las joyas, que fuimos a enseñar al príncipe -de España, las cuales se me confiaron para que -se las entregase a Catalina, y después fuí a mi -casa a tomar dos mil doblones del dinero del duque -para irlas a pagar.</p> - -<p>Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron -con agrado las señoras cuando les presenté -los regalos de mi embajada, que consistían en un -bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas -arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas -una y otra con estas demostraciones de amor -y generosidad del príncipe, empezaron a charlar -como dos cotorras y a darme gracias porque les -había agenciado tan buen conocimiento, y con el<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> -exceso de su alegría dieron a entender lo que eran. -Se les escaparon algunas palabras que me hicieron -sospechar que yo había facilitado una bribona al -hijo de nuestro gran monarca. Para averiguar con -certeza si yo había sido autor de tan buena obra, -me retiré con intento de tener una conferencia con -Escipión.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_XII">CAPITULO XII</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud -y la precaución que tomó para tranquilizar -su ánimo.</b></p></div> - -<p class="p2">Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada -la causa, me dijeron que Escipión tenía -aquella noche a cenar a seis amigos suyos. Cantaban -cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas -de risa. Esta cena, a la verdad, no era el -banquete de los siete sabios.</p> - -<p>El que daba el festín, luego que supo mi llegada, -dijo a sus convidados: «Señores, no es nada. Es el -amo que ha vuelto; no os inquietéis por eso; continuad -divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras y -al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué -gritería es esa?—le dije—. ¿A qué clase de personajes -festejas allá abajo? ¿Son poetas?» «¡Perdone -usted!—me respondió—. Sería lástima dar a beber -vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor -uso de él. Entre mis convidados hay un joven -muy rico, que quiere lograr un empleo por vuestra<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -mediación y por su dinero, y a causa suya se hace -la fiesta. A cada trago que bebe aumenta diez doblones -a lo que ha de tocaros, y quiero hacerle -beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto—le -respondí—, vuélvete a la mesa y no escasees el -vino de mi cueva.»</p> - -<p>No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, -dejándolo para la mañana al levantarme, lo -que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú sabes -de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más -como a compañero que como a criado, y, por consiguiente, -harás muy mal en engañarme como a -amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy -a decirte una cosa que te sorprenderá, y tú por tu -parte me dirás lo que piensas de las dos mujeres -que me has dado a conocer. Hablando los dos en -satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto -más astutas cuanto más sencillez aparentan. Si les -hago justicia, no tiene el príncipe de España gran -motivo de estarme agradecido, porque te confieso -que para él te pedí la dama. Le he llevado a casa -de Catalina y se ha enamorado de ella.» «Señor—me -respondió Escipión—, usted se porta demasiado -bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. -Ayer tuve una conversación a solas con la criada -de estas dos ninfas, y me contó su historia, que -me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente -relación de ella, y no sentiréis haberla oído. -Catalina—prosiguió—es hija de un hidalguillo aragonés. -Habiendo quedado huérfana de edad de -quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> -a un comendador anciano, quien la llevó a Toledo, -donde murió a los seis meses, después de haberle -servido más de padre que de esposo. Recogió ella -su herencia, que consistía en algunas ropas y en -trescientos doblones en dinero contante, y se fué -luego a vivir con la señora Mencía, que todavía se -mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. -Estas dos buenas amigas permanecieron juntas y -principiaron a tener una conducta de que la justicia -quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a -las señoras, quienes, por enfado o por otra causa, -dejaron prontamente a Toledo y vinieron a Madrid, -en donde viven cerca de dos años hace sin -tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero -oiga usted lo mejor: han alquilado dos casas pequeñas, -separadas solamente por un tabique, pudiéndose -pasar de una a otra por una escalera de -comunicación que hay en los sótanos. La señora -Mencía vive con una criada de poca edad en una -de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra -con una dueña vieja, a quien hace pasar por su -abuela; de modo que nuestra aragonesa tan presto -es una sobrina educada por su tía como una pupila -bajo la tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, -se llama Catalina, y cuando de nieta, Sirena.»</p> - -<p>Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado -a Escipión: «¿Qué me dices? ¡Me haces temblar! -¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa -sea la querida de Calderón!» «Cabalito—respondió—, -la misma es. Yo quería dar a usted un gran -gusto participándole esta noticia.» «Pues no lo<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -creas—repliqué—; más me causa disgusto que alegría. -¿No prevés tú las consecuencias?» «No, a fe mía—replicó -Escipión—. ¿Qué mal puede venir de -ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente -lo que pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo -al primer ministro, contándole el caso -sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; -y si después quisiese Calderón ponerle a mal con -su excelencia, el duque verá que no trata de perjudicarle -sino por espíritu de venganza.»</p> - -<p>Con estas palabras me desvaneció Escipión el -miedo. Seguí su consejo y di parte al duque de -Lerma de este fatal descubrimiento, y también -aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle -de que sentía haber inocentemente dado al -príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el ministro, -lejos de compadecerse de su favorito, se burló de -ello. Después me dijo que siguiera en mi comisión -y que, sobre todo, era gran gloria para Calderón -amar a la misma que el príncipe de España y recibir -la misma acogida que él. Instruí en los mismos -términos al conde de Lemos, quien me aseguró -su protección si el primer secretario descubría -la trama y quería ponerme a mal con el duque.</p> - -<p>Con esta maniobra creí haber salvado la nave -de mi fortuna del peligro de encallar y me sosegué. -Seguí acompañando al príncipe a casa de Catalina, -por otro nombre la bella Sirena, que tenía -la destreza de encontrar pretextos para apartar -de su casa a don Rodrigo y ocultarle las noches que -ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_XIII">CAPITULO XIII</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias -de su familia; impresión que le hicieron; se -descompadra con Fabricio.</b></p></div> - -<p class="p2">Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente -en mi antesala muchas gentes que venían -a proponerme varios asuntos; pero yo no -quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo -el estilo de la corte, o por mejor decir, -para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: -«Tráigame usted un memorial.» Y me había -acostumbrado tanto a esto, que un día respondí -así a mi casero cuando vino a recordarme que le -debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero -y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese -memorial, pues eran muy puntuales en traerlos -todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato -mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para -que se empeñase conmigo a su favor.</p> - -<p>Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: -había dado en la fatuidad de hablar de los -grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si, -por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, -al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía -con llaneza: <i>Alba</i>, <i>Osuna</i>, <i>Medinasidonia</i>. En una -palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, -que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña -y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -tenido cuidado alguno de informarme de vuestra -suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que -nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos -si se hallan en infeliz estado.</p> - -<p>Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró -una mañana en mi casa un mozo que me dijo -deseaba hablarme a solas un momento. Le hice -entrar en mi despacho, en donde, sin decirle se -sentase, por parecerme hombre ordinario, le pregunté -qué me quería. «Señor Gil Blas—me dijo—, -pues qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le -miré con atención, tuve que responderle que no -caía en quién era. «Yo soy—me replicó—un paisano -vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de -Beltrán Moscada, el especiero, vecino de vuestro -tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. Hemos -jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»</p> - -<p>«De los juegos de mi niñez—le respondí—sólo -conservo una idea confusa; los cuidados que me -han ocupado después me los han borrado de la -memoria.» «He venido a Madrid—me dijo—a ajustar -cuentas con el corresponsal de mi padre. He -oído hablar de usted y me han dicho que está en -un gran puesto en la corte y ya tan rico como un -judío, de lo que le doy a usted la enhorabuena, y -ofrezco, a mi vuelta al país, llenar de gozo a su -familia dándole una nueva tan gustosa.»</p> - -<p>Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no -podía menos de preguntar cómo estaban mis padres -y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di -motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -de la sangre. Bien me lo dió a entender, pues se -manifestó sorprendido de la indiferencia que yo -mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar -sumo cariño, y, como era mozo franco y grosero, -«Yo creía—me dijo desabridamente—que tuvieseis -más amor y afición a vuestros parientes. -No parece sino que los habéis olvidado, según la -frialdad con que me preguntáis por ellos. ¿Ignoráis -cuál es su situación? Pues sabed que vuestro padre -y vuestra madre están todavía sirviendo y que el -buen canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de -achaques, está ya para vivir poco. Es necesario -tener buen corazón—prosiguió—, y supuesto que -os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, -os aconsejo como amigo les enviéis todos los años -doscientos doblones. Este socorro les proporcionará -sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»</p> - -<p>En lugar de enternecerme la pintura que hacía -de mi familia, me incomodó la libertad que se tomaba -de aconsejarme sin que yo se lo rogase. Quizá -con más maña me hubiera persuadido; pero su -franqueza sólo sirvió para irritarme. El lo conoció -bien por el ceñudo silencio que guardé, y continuando -su exhortación con menos caridad que malicia, -me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!—respondí -lleno de cólera—. ¡Vaya usted, señor -de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya -y busque al corresponsal de su padre y ajuste sus -cuentas con él! ¿Quién es usted para enseñarme -mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he de<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho -al especiero y le envié a Oviedo a vender azafrán -y pimienta.</p> - -<p>No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, -y acusándome a mí mismo de ser un hijo -desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria -los afanes que había costado a mis padres mi niñez -y mi educación. Me representé lo que les debía, -y a mis reflexiones siguieron algunos impulsos de -agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. -Mi ingratitud sofocó bien pronto estos afectos -y a ellos sucedió un profundo olvido. Muchos padres -hay que tienen hijos semejantes.</p> - -<p>La codicia y la ambición de que estaba poseído -mudaron del todo mi carácter. Perdí toda mi alegría -y andaba siempre distraído y pensativo; en -una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio -ocupado continuamente en pos de la fortuna -y tan indiferente con él, no venía a mi casa sino -rara vez; pero no pudo dejar de decirme un día: -«En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes -de venir a la corte siempre tenías el ánimo tranquilo, -y ahora te veo constantemente agitado. Formas -proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y -cuanto más adquieres más deseas. Además—¿me -atreveré a decirlo?—ya no tienes conmigo aquellos -desahogos del corazón, aquellas familiaridades en -que consiste el encanto de la amistad; antes por el -contrario, me tratas con reserva y ocultas lo íntimo -de tu alma. También observo que las atenciones -de que usas conmigo son como forzadas. En fin,<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> -este Gil Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo -conocía.»</p> - -<p>«Tú sin duda te chanceas—le respondí con frialdad—; -yo ninguna mutación percibo en mí.» «Tienes -fascinados los ojos—replicó—y no debes preguntárselo -a ellos. Créeme: eres otro del que eras. -Dilo, amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso -como otras veces? Cuando por la mañana llamaba -a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas -veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin -cumplimiento; pero hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, -y se me hace esperar en tu antesala mientras -dan el recado de si puedo hablarte. Después -de esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política -y haciendo el señor. Parece que mis visitas principian -a incomodarte. ¿Crees tú que semejante recibimiento -agrade a un hombre que ha sido tu camarada? -No, Santillana, no; de ningún modo me -conviene. Adiós, separémonos amigablemente. Deshagámonos -ambos, tú de un censor de tus acciones -y yo de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»</p> - -<p>Me sentí más exasperado que conmovido de sus -reprensiones y dejé se retirase sin hacer el menor -esfuerzo para detenerle. La amistad de un poeta -no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase -aflicción en el estado en que me hallaba. Además, -fácilmente encontré consuelo en el trato de algunos -empleados de palacio con quienes, por la semejanza -de carácter, había recientemente contraído -estrecha amistad. Estos nuevos conocimientos eran -con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -y a quienes su dichosa estrella había conducido a -sus empleos. Todos estaban ya acomodados, y atribuyendo -estos miserables sólo a su mérito los beneficios -que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban -como yo de sí mismos, y todos nos creíamos -unos personajes muy respetables. ¡Oh, Fortuna, ve -ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo -bien el estoico Epicteto en compararte con una -joven ilustre que se entrega a criados!</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<h2>LIBRO NOVENO</h2> - -<h3 id="II_I">CAPITULO PRIMERO</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija -de un rico y famoso platero; de los pasos que se -dieron a este fin.</b></p></div> - -<p class="p2">Una noche, después de haber despedido a la concurrencia -que había ido a cenar conmigo, viéndome -solo con Escipión, le pregunté qué había hecho -aquel día. «Dar un golpe de maestro—me respondió—; -proporcionar a usted un rico establecimiento, -pues le quiero casar con la hija única de un platero -conocido mío.» «¡Hija de un platero!—exclamé -con aire desdeñoso—. ¿Has perdido el juicio? Cuando -se tiene tal cual mérito y se está en la corte en -cierta altura, me parece que se deben tener ideas -más elevadas.» «¡Ah, señor—repitió Escipión—, no -lo creáis así! Pensad que el varón es quien ennoblece -y no seáis más delicado que mil señores que -pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera -de quien hablo es un partido de cien mil ducados -a lo menos? ¿No es éste un buen trozo de platería?» -Cuando oí hablar de una suma tan grande, me hice<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de -mi secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres -tú que la reciba?» «¡Vamos despacio, señor!—me -respondió—. ¡Un poco de paciencia! Es menester -que trate yo antes del asunto con el padre -y que le haga venir en ello.» «¡Bueno!—respondí -riendo a carcajadas—. ¿Todavía estás ahí? ¡Ve, -por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más -de lo que usted piensa—replicó—; sólo quiero una -hora de conversación con el platero y respondo de -su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, capitulemos, -si usted gusta. Suponiendo que yo haga -recibir a usted cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán -a mí?» «Veinte mil», le respondí. «¡Alabado -sea Dios!—dijo—. Yo limitaba vuestro agradecimiento -a diez mil. Usted es la mitad más generoso -que yo. ¡Vamos! Desde mañana me emplearé en -esta negociación y puede usted contar con que se -conseguirá o yo no soy sino un bestia.»</p> - -<p>Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado -con el señor Gabriel de Salero—que éste era el -nombre del padre de la niña—, y es tanto lo que le -he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió -oídos a la propuesta que le hice de recibiros por -yerno. Será vuestra su hija, con cien mil ducados, -siempre que le hagáis ver claramente que sois valido -del ministro.» «Si no consiste más que en eso—dije -entonces a Escipión—, presto estaré casado. -Pero tratando de la muchacha, ¿la has visto? ¿Es -hermosa?» «No tanto como la dote—respondió—. -Hablando aquí para los dos, esta rica heredera no<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> -es muy bonita; pero, por fortuna, a usted ningún -cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío—le -respondí—. Nosotros los cortesanos nos casamos -solamente por casarnos y buscamos la hermosura -en las mujeres de nuestros amigos; y si por acaso -se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, -que es bien merecido el que por ello -nos castiguen.»</p> - -<p>«Todavía no lo he dicho todo—repitió Escipión—. -El señor Gabriel convida a usted a cenar esta noche, -y hemos quedado en que no le ha de hablar -usted del casamiento proyectado. Debe convidar a -muchos mercaderes amigos suyos a esta cena, a la -cual ha de asistir usted como un simple convidado, -y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo -modo; en esto conocerá usted que este hombre -quiere experimentarle antes de pasar adelante. Convendrá -que usted se contenga un poco delante de -él.» «¡Oh! ¡Pardiez!—interrumpí con aire de confianza—. -¡Aunque examine lo que quiera, no puedo -menos de salir ganancioso en este examen!»</p> - -<p>Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran -a casa del platero, quien me recibió tan familiarmente -como si nos hubiésemos visto ya muchas -veces. Era de tan buena pasta que, como solemos -decir, se pasaba de cortés. Me presentó la señora -Eugenia, su mujer, y la joven Gabriela, su hija; -yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo -tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos -y frases de corte.</p> - -<p>Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span> -ella mi secretario, no me pareció fea, ya fuese porque -estaba muy bien puesta o ya porque no la mirase -sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía -el señor Gabriel! Yo creo que habrá menos -plata en las minas del Perú que la que había allí. -Este metal se ofrecía a la vista por todas partes -en mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente -la de la cena, era un tesoro. ¡Qué espectáculo -para los ojos de un yerno! El suegro, para hacer -más lucido el convite, había convidado a cinco o -seis mercaderes, todos personas graves y enfadosas, -que sólo hablaron de comercio, y puede decirse -que su conversación más bien fué una conferencia -de negociantes que una plática de amigos.</p> - -<p>La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al -platero, y como no podía deslumbrarle con mi vajilla, -recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a aquellos -amigos míos que hacían mayor figura en la -corte y que yo sabía ser unos ambiciosos que no -ponían límites a sus deseos. No hablaron de otra -cosa más que de las grandezas y de los empleos -brillantes y lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo -su efecto. Aturdido el buen Gabriel de oír sus -grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por -un mísero mortal en comparación de aquellos señores. -Por mi parte, afectando moderación, dije -me contentaría con una mediana fortuna, como de -veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo -aquellos hambrientos de honores y riquezas exclamaron -diciendo que haría mal y que, siendo tan -querido como era del primer ministro, no debía<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -contentarme con tan poco. El suegro no perdió ni -una de estas palabras, y creí advertir al retirarse -que iba muy satisfecho.</p> - -<p>Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por -la mañana para preguntarle si yo le había gustado. -«He quedado muy prendado—le respondió—; tanto, -que me ha robado el corazón. Pero, señor Escipión—añadió—, -suplico a usted por nuestra antigua -amistad que me hable sinceramente. Todos, como -usted sabe, tenemos nuestro flaco; dígame usted -cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? ¿Es -cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico -a usted no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor -Gabriel, con semejante pregunta!—replicó el medianero—. -Me intereso más por usted que por mi -amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su -hija desgraciada, ¿se lo hubiera propuesto por yerno? -¡Juro a bríos que no! Yo soy muy servidor de -usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le -encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy -juicioso.» «¡Otro tanto oro!—respondió el platero—. -Eso me agrada. Vaya usted, amigo mío; puede asegurar -que logrará la mano de mi hija y que se la -daría aun cuando no fuera querido del ministro.»</p> - -<p>Luego que mi secretario me dió noticia de esta -conversación, fuí al momento a casa del Salero a -darle las gracias de la disposición favorable en que -estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado -su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el -modo con que me recibieron me hicieron conocer -que se sujetaban sin repugnancia a ella. Después<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span> -de haber prevenido la noche antes al duque de -Lerma, le presenté el suegro. Su excelencia le recibió -con mucho agasajo y le manifestó la satisfacción -que tenía en que hubiese elegido para yerno a -un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería -ascender. Después siguió haciendo el elogio de -mis buenas prendas, y dijo tanto bien de mí, que el -pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría -el mejor partido de España para su hija. Estaba -tan gozoso, que las lágrimas se le asomaban. Al -despedirnos me estrechó entre sus brazos y me -dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo -de veros esposo de Gabriela, que dentro de ocho -días a más tardar lo seréis.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_II">CAPITULO II</h3> - - -<p class="i2 center"><b>Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso -de Leiva, y del servicio que le hizo.</b></p></div> - -<p class="p2">Dejemos en este estado mi casamiento, porque -así lo exige el orden de mi historia, y quiere que -cuente el servicio que hice a don Alfonso, mi antiguo -amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente -y ahora diré por qué causa me acordé -de él.</p> - -<p>Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad -de Valencia y, habiéndolo sabido, pensé en don Alfonso -de Leiva. Consideré que este empleo le vendría -perfectamente, y, quizá menos por amistad<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span> -que por ostentación, determiné pedirlo para él, haciéndome -cargo de que, si lo obtenía, me daría este -paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque -de Lerma, y le dije que había sido mayordomo de -don Alfonso de Leiva y de su hijo y que, teniendo -grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba -la libertad de suplicar a su excelencia concediese -al uno o al otro el Gobierno de Valencia. -El ministro me respondió: «Con mucho gusto, Gil -Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. -Por otra parte, me hablas de una familia a -quien estimo. Los Leivas son buenos servidores -del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer -de él a tu arbitrio; yo te lo doy por regalo -de la boda.»</p> - -<p>Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí -sin perder instante a casa de Calderón a hacerle -extender el despacho para don Alfonso. Había allí -un crecido número de personas que, con respetuoso -silencio, aguardaban a que les diese audiencia don -Rodrigo. Atravesé por entre aquella gente y me -presenté a la puerta del gabinete, que me fué abierta, -y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores -y otros sujetos distinguidos, a quienes -Calderón oía por su orden. Era de admirar el diferente -modo con que los recibía. Se contentaba con -hacer a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba -a aquéllos con una cortesía, y los conducía -hasta la puerta de su gabinete, graduando, por decirlo -así, el aprecio con que los distinguía por los -diversos cumplimientos que empleaba. Por otra<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -parte, vi a algunos de aquellos sujetos que, ofendidos -del poco caso que de ellos hacía, maldecían -en su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse -en su presencia. Otros vi que, por el contrario, -se reían entre sí mismos de su aire fantástico -y presumido. Por más que hacía estas observaciones -no me hallaba en estado de aprovecharme -de ellas, pues me portaba en iguales términos -en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se -aprobasen o se vituperasen mis modales orgullosos -con tal que me los respetasen.</p> - -<p>Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, -dejó precipitadamente a un hidalgo que le hablaba -y vino a abrazarme con demostraciones de amistad -que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!—exclamó—. -¿Qué asunto es el que me proporciona -el gusto de ver a usted aquí? ¿En qué puedo -servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me -aseguró en los términos más políticos que el día -siguiente a la misma hora se expediría el despacho -que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues -me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que -jamás hacía sino con los grandes señores, y allí me -volvió a abrazar. «¿Qué significan estos obsequios?—decía -yo en el camino—. ¿Qué me anuncian? ¿Si -meditará este hombre mi ruina o, previendo que -declina su favor, querrá granjear mi amistad y tenerme -de su parte, con la mira de que interceda -por él con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas -quedarme. Cuando volví al día siguiente -me trató del mismo modo, llenándome de caricias<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -y cumplimientos. Es verdad que las desquitó en -el recibimiento que hizo a otras personas que se -presentaron a hablarle, porque a unas trató groseramente, -a otras habló con frialdad y a casi todas -descontentó; pero quedaron suficientemente vengadas -con un lance que ocurrió, y que no debo pasar -en silencio, el cual servirá de lección a los covachuelistas -y secretarios que lo lean.</p> - -<p>Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido -llanamente y que no aparentaba lo que era, -le habló de cierto memorial que decía haber presentado -al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo -no miró al caballero, sino que le dijo ásperamente: -«¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi niñez me -llamaban Frasquito—le respondió con serenidad el -tal—, después me han llamado don Francisco de -Zúñiga y hoy me llamo el conde de Pedrosa.» Sorprendido -de esto Calderón, y viendo que trataba -con un hombre de la primera distinción, quiso -disculparse y dijo: «Señor, perdone vuestra excelencia -si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito de -tus excusas!—interrumpió con altivez Frasquito—. -¡Las desprecio tanto como tus modales groseros! -Sabe que el secretario de un ministro debe -recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, -si quieres, tan fantástico que te mires como el -sustituto de tu amo; pero no te olvides de que no -eres mas que un criado suyo.»</p> - -<p>Este pasaje mortificó infinito al soberbio don -Rodrigo, quien, no obstante, nada se enmendó. -Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. Re<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>solví -mirar con quién hablaba en mis audiencias -y no ser insolente sino con los mudos. Como el -despacho de don Alfonso estaba ya expedido, lo -recogí y se lo envié por un correo extraordinario -a este señor con carta del duque de Lerma, en la -que su excelencia le avisaba que el rey le había -nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di -parte de la que tenía en este nombramiento, ni -quise aun escribirle, porque tenía gusto de decírselo -de boca y de causarle esta agradable sorpresa -cuando viniese a la corte a prestar el juramento.</p> - -<hr class="chap" /> - - - - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_III">CAPITULO III</h3> - - -<p class="i2 center"><b>De los preparativos que se hicieron para el casamiento -de Gil Blas y del grande acontecimiento -que los inutilizó.</b></p></div> - -<p class="p2">Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro -de ocho días había de celebrar mi matrimonio. -Por ambas partes se hacían preparativos para esta -ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, -y yo le busqué una doncella, un lacayo y un -escudero anciano, todo lo cual eligió Escipión, que -esperaba todavía con más impaciencia que yo el -día en que habían de entregarme la dote.</p> - -<p>La víspera de este día tan deseado cené en casa -del suegro con tíos, tías, primos y primas de mi -novia. Hice perfectamente el papel de un yerno -hipócrita; mostréme muy obsequioso con el plate<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>ro -y su mujer; fingíme apasionado de Gabriela; -agasajé a toda la familia, cuyas conversaciones y -expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia, -y así, en premio de ella, tuve la dicha de -agradar a todos los parientes, que se alegraron de -mi enlace con ellos.</p> - -<p>Acabada la comida, pasaron los convidados a una -gran sala, en donde había dispuesta una música -de voces e instrumentos, que no se ejecutó mal, -aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades -de Madrid. Nos puso de tan buen humor lo -bien que cantaron, que empezamos a bailar. Dios -sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo -de Terpsícore, aunque no tenía más principios -de este arte que dos o tres lecciones que en casa -de la marquesa de Chaves me había dado un maestro -de baile que iba a enseñar a los pajes. Después -de habernos divertido bastante pensamos en retirarnos, -y entonces prodigué las cortesías y cumplimientos. -«¡Adiós, mi amado hijo!—me dijo Salero -abrazándome—. Mañana por la mañana iré a tu -casa a llevar el dote en buena moneda de oro.» -«Será usted bien recibido—respondí—, amado padre -mío.» Luego, habiéndome despedido de la familia, -subí en mi coche, que me esperaba a la -puerta, y tomé el camino de mi casa.</p> - -<p>Apenas había andado doscientos pasos, cuando -quince o veinte hombres, unos a pie y otros a caballo, -armados todos de espadas y carabinas, rodearon -mi coche y lo detuvieron gritando: <i>¡Favor -al rey!</i> Hiciéronme bajar aceleradamente y me me<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>tieron -en una silla de posta, adonde el principal -de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase -el camino de Segovia. Juzgué que el que iba a mi -lado era algún honrado alguacil; y habiéndole preguntado -el motivo de mi prisión, me respondió del -modo que acostumbran estos señores, quiero decir -brutalmente, que no tenía necesidad de darme -cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba. -«¡No, no!—respondió—. Estoy seguro de que no -he errado el golpe; usted es el señor de Santillana; -a usted es a quien tengo orden de conducir adonde -le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, -tomé el partido de callar. Lo restante de la noche -caminamos por la orilla del río Manzanares con un -profundo silencio. En Colmenar mudamos de caballos, -y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, -en cuya torre me encerraron.</p> - -<hr class="chap" /> - - - - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_IV">CAPITULO IV</h3> - - -<p class="i2 center"><b>De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de -Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.</b></p></div> - -<p class="p2">Lo primero fué meterme en un encierro, sin más -cama que un jergón de paja, como si fuese un reo -digno del último suplicio. Pasé la noche, no con el -mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo -mi mal, sino repasando en mi imaginación qué sería -lo que había acarreado mi desgracia. No dudaba -fuese obra de Calderón; sin embargo, por más<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> -que lo sospechase, no comprendía cómo hubiese -podido conseguir que el duque de Lerma me tratase -con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba -que me habrían preso sin noticia de su excelencia, -y otras, que este señor mismo me habría hecho -arrestar por alguna razón política, como suelen -hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.</p> - -<p>Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor -de una luz que entraba por una rendija pequeña, -lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me -afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos -raudales de lágrimas, que la memoria de mi prosperidad -hacía inagotables. Cuando estaba en la mayor -aflicción entró en el encierro un carcelero, que -me traía para aquel día un pan y un cántaro de -agua. Me miró, y viendo que tenía el rostro bañado -en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión -y me dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! -¡Las desgracias de la vida se han de sufrir con -resignación! Usted es joven y tras de este tiempo -vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el -pan del rey.»</p> - -<p>Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien -sólo respondí con suspiros. Todo el día lo empleé -en maldecir mi estrella, sin pensar en comer nada -de mi ración, que en el estado en que me hallaba -más me parecía un efecto de la indignación del rey -que un presente de su bondad, pues servía más -bien para prolongar la pena de los desgraciados -que para mitigarla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span></p> - -<p>En esto llegó la noche, y al instante oí un gran -ruido de llaves que me llamó la atención. Abrieron -la puerta del calabozo y entró un hombre con una -bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: -«Señor Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. -Yo soy aquel don Andrés de Tordesillas que -vivía con usted en Granada y era gentilhombre del -arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel -prelado. Usted le pidió, si hace memoria, que me -diese un empleo en Méjico, para el cual se me nombró; -pero en lugar de embarcarme para Indias, -me quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé -con la hija del capitán del castillo, y por una serie -de sucesos que contaré a usted luego, he venido a -ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido -la fortuna—continuó—de encontrar en un hombre -que tiene el cargo de maltratarle un amigo que -nada escaseará para suavizar el rigor de su prisión. -Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar -con nadie, que le haga dormir sobre paja y que no -le dé más alimento que pan y agua; pero además -de que soy caritativo y no había de dejar de compadecerme -de sus males, usted me ha servido, y -mi agradecimiento puede más que las órdenes que -he recibido. Lejos de servir de instrumento para -la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo -es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese -usted y véngase conmigo.»</p> - -<p>Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder -una sola palabra al señor alcaide, aunque -sus expresiones merecían tanta gratitud. Le seguí.<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span> -Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera -muy estrecha a una pequeña pieza que había -en lo alto de la torre. Habiendo entrado en ella, -me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos -velas que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos -bastante limpios. «Inmediatamente—me -dijo Tordesillas—van a traer de comer a usted; -ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su -habitación este cuartito, en donde estará mejor -que en el encierro, pues verá desde su ventana las -floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que -desde el pie de las montañas que separan las dos -Castillas se extiende hasta Coca. No dudo que al -principio no le hará ninguna impresión una vista -tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho -suceder una dulce melancolía a la amargura de su -dolor, tendrá gusto en recrear la vista con unos -objetos tan deleitables. Además de esto, cuente -usted con que no faltará ropa blanca ni las demás -cosas que necesita un hombre amigo del aseo. Sobre -todo, tendrá usted buena cama, estará bien -mantenido y le proporcionaré los libros que quiera -y, en una palabra, todas las comodidades de que -puede disfrutar un preso.»</p> - -<p>Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, -cobré ánimo y di mil gracias a mi carcelero. Le dije -que su generoso proceder me restituía la vida y -que deseaba hallarme en estado de manifestarle -mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver -usted a verse en su primer estado?—me respondió—. -¿Cree usted haber perdido para siempre la<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> -libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a -asegurarle que con algunos meses de prisión habrá -usted pagado.» «¿Qué dice usted, señor don Andrés?—exclamé—. -Parece que usted sabe el motivo de -mi desgracia.» «Confieso—me dijo—que no lo ignoro. -El alguacil que ha conducido a usted aquí me -ha confiado este secreto y no tengo dificultad en -revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de -que usted y el conde de Lemos habían llevado de -noche al príncipe de España a casa de una dama -sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de -desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre -para ser tratado en ella con todo el rigor que ha -experimentado desde que vino.» «¿Pues cómo—le -dije—ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia -quisiera yo saber particularmente y esto es—respondió—lo -que cabalmente no me ha dicho -el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él mismo -sabe.»</p> - -<p>En este punto de nuestra conversación, entraron -muchos criados que traían la cena. Pusieron en la -mesa pan, dos tazas, dos botellas y tres fuentes, -en la una de las cuales venía un guisado de liebre -con mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, -una olla podrida, y en la tercera un pavipollo con -salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas que -nos habían servido lo necesario, despachó a sus -criados para que no oyesen nuestra conversación. -Cerró la puerta y nos sentamos el uno enfrente del -otro. «Empecemos—me dijo—por lo más urgente. -Después de dos días de dieta, es preciso que usted<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -tenga buen apetito.» Y diciendo esto, me hizo un -buen plato. Creía servir a un hambriento, y, efectivamente, -tenía motivo para pensar que yo me -atracaría de sus manjares. Sin embargo, engañé -sus esperanzas, pues, por mucha necesidad que tuviese -de comer, los bocados se me quedaban atravesados -en la boca sin poder tragarlos; tan oprimido -tenía el corazón a causa de mi estado actual. -En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las -crueles ideas que sin cesar le afligían, me excitaba -a beber y celebraba lo exquisito de su vino, pues -aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera -bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando -otro rumbo, se puso a contarme con estilo alegre -la historia de su casamiento; pero con esto todavía -consiguió menos el fin. Escuché su relación tan distraído, -que cuando la concluyó no hubiera podido -decir lo que acababa de contarme. Juzgó que era -demasiada empresa querer entretener por aquella -noche mis penas. Después de concluída la cena se -levantó de la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, -voy a dejar a usted descansar, o más bien meditar -con libertad sobre su desgracia; pero repito -que no será de larga duración. El rey es naturalmente -bueno, y cuando se le haya pasado el enfado -y considere la deplorable situación en que -cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» -Dicho esto, el señor alcaide bajó o hizo que -subiesen los criados a quitar la mesa. Se llevaron -hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de -un candil colgado en la pared.</p> -<hr class="chap" /> - - - - - -<div class="chapter"> -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - - -<h3 id="II_V">CAPITULO V</h3> - - -<p class="i2 center"><b>De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido -que le despertó.</b></p></div> - -<p class="p2">Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar -sobre lo que me había dicho Tordesillas. -«¿Conque aquí me estoy—decía—por haber contribuído -a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué -imprudencia ha sido el haber servido en semejantes -cosas a un príncipe tan joven! Pues todo mi delito -consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar -de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese -de más edad. Pero ¿quién habrá dado semejante -aviso al monarca sin haber temido el resentimiento -del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, -éste querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. -Pero lo que yo no puedo comprender es cómo el rey -ha podido descubrirlo.»</p> - -<p>Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, -lo que más me afligía, más me desesperaba y lo -que no podía desechar de mi imaginación era el -saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. -«¡Tesoro mío!—exclamé—. ¿Dónde estás? ¡Amadas -riquezas mías! ¿Qué ha sido de vosotras? ¿En -qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido -en menos tiempo del que os gané!» Me representaba -el desorden que habría en mi casa, y -sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La -confusión de tantos pensamientos diferentes me<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -sepultó en una tristeza que me fué provechosa, -pues cogí el sueño, que la noche antes no había -podido conciliar. También contribuyeron a ello la -buena cama, la fatiga que había padecido y los -vapores del vino y de la cena. Me quedé profundamente -dormido, y, según las señales, me hubiera -amanecido así a no haberme despertado de improviso -un ruido bastante extraordinario para una -cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que -cantaba al son de ella. Escuché con atención, pero -ya nada oí. Creí que era un sueño, pero de allí a -un instante volví a oír el mismo instrumento y que -cantaban los versos siguientes:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">¡Ay de mí! ¡Un año felice</div> -<div class="line">parece un soplo ligero;</div> -<div class="line">pero, sin dicha, un instante</div> -<div class="line">es un siglo de tormento!</div> -</div></div></div> - -<p>Esta copla, que parecía se había compuesto de -intento para mí, aumentó mis pesares. «La verdad -de estas palabras—me decía yo—harto la experimento. -Me parece que el tiempo de mi felicidad ha -pasado bien pronto y que hace un siglo que estoy -preso.» Volví a sepultarme en una terrible melancolía -y a desconsolarme como si tuviese gusto en -ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los -primeros rayos del sol que alumbraron mi estancia -calmaron un poco mis inquietudes. Me levanté a -abrir la ventana para que entrase el aire en el -cuarto; miré el campo, cuya vista me trajo a la -memoria la bella descripción que el señor alcaide<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -me había hecho de él, pero no encontré objetos -con que acreditar la verdad de lo que me había -dicho. El Eresma, que yo creía a lo menos igual -al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el -cardo eran el único adorno de sus <i>riberas floridas</i>, -y el supuesto <i>valle delicioso</i> no ofreció a mi vista -sino tierras la mayor parte incultas. Al parecer, -todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía -que debía representarme las cosas de otro modo -de como las veía entonces.</p> - -<p>Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas -acompañado de una criada anciana que me traía -camisas y toallas. «Señor Gil Blas—me dijo—, aquí -tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, -que yo cuidaré de que la tenga siempre de sobra. -Y bien—añadió—, ¿cómo ha pasado usted la -noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos -instantes?» «Puede ser—respondí—que durmiera -todavía si no me hubiera despertado una -voz acompañada de una guitarra.» «El caballero -que ha turbado su reposo—respondió—es un reo -de Estado que está en un cuarto inmediato al de -usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, -y de muy buena presencia, que se llama don Gastón -de Cogollos. Si ustedes quieren, pueden tratarse -y comer juntos, y así, en sus conversaciones se consolarán -mutuamente y para ambos será esto de -mucha satisfacción.» Manifesté a don Andrés que -agradecía infinito la licencia que me daba de unir -mi dolor con el de este caballero, y como diese a -entender mi vivo deseo de conocer a aquel compa<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>ñero -en mi desgracia, nuestro cortés alcaide desde -aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí -con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me -cautivaron. ¿Cuál sería su hermosura, cuando deslumbró -mis ojos, acostumbrados a ver la juventud -más bella de la corte? Imagínese un hombre que -parecía una miniatura, uno de aquellos héroes de -novela que para desvelar a las princesas no necesitaba -mas que presentarse; añádase a esto que la -Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad -sus dones, había dotado a Cogollos de -mucho valor y entendimiento y se formará una -ligera idea de las perfecciones que le adornaban.</p> - -<p>Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna -de no desagradarle. Aunque le supliqué no dejase -de cantar por mí de noche, nunca volvió a hacerlo, -temiendo incomodarme. Dos personas a quienes -aflige una mala suerte se unen con facilidad. A nuestro -conocimiento se siguió bien presto una tierna -amistad, la cual se estrechó cada día más. La libertad -que teníamos de hablar cuando queríamos -nos sirvió muchísimo, pues en nuestras conversaciones -nos ayudábamos recíprocamente a llevar -con paciencia nuestra desgracia.</p> - -<p>Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se -preparaba a tocar la guitarra. Para oírle más cómodamente -me senté en un banquillo, que era la -única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una -sonata tierna y cantó después unas coplas que explicaban -la desesperación a que reducía a un amante -la crueldad de su dama. Así que acabó le dije<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -sonriéndome: «Caballero, nunca necesitará usted -emplear tales versos en sus galanteos, porque su -persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted -me favorece—respondió—. Los versos que usted -acaba de oír los compuse para ablandar un corazón -que yo creía de diamante, para enternecer a -una dama que me trataba con un rigor extremado. -Es preciso cuente a usted esta historia y al mismo -tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VI">CAPITULO VI</h3> - -<p class="i2 center"><b>Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena -de Galisteo.</b></p></div> - -<p class="p2">«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para -Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una -de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de -quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, -cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso -en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las -celosías de una señora a quien fácilmente podía ver, -pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié -esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina, -que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté -prontamente, con miradas tan vivas que no podían -equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas -señoritas que hacen gala de semejante observación, -y todavía correspondió menos a mis señas.</p> - -<p>»Quise saber el nombre de aquella peligrosa per<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>sona -que tan prontamente trastornaba los corazones, -y supe se llamaba doña Elena, que era hija -única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas -leguas de Coria una hacienda de mucho producto; -que se le presentaban frecuentemente buenos -partidos, pero que su padre los despreciaba -todos, con la mira de casarla con don Agustín de la -Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de -este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos -los días a su prima. No me desalenté por eso; -antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso -placer de desbancar a un rival, amado quizá, -me excitó más que mi amor a llevar adelante mi -empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente -a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su -criada, para solicitar su mediación. Hice igualmente -hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones -fueron inútiles. La misma respuesta tuve -de la criada que del ama: ambas se mostraron duras -e inaccesibles.</p> - -<p>»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de -mis ojos, recurrí a otros intérpretes. Puse gente en -campaña para descubrir si Felicia tenía algún conocimiento -en la ciudad, y llegué a saber que su -mayor amiga era una señora anciana llamada Teodora -y que se visitaban con frecuencia. Alegre con -esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué -con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me -ofreció facilitarme en su casa una conversación secreta -con su amiga, promesa que cumplió al día -siguiente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span></p> - -<p>«Ya dejo de ser desgraciado—dije a Felicia—, -pues mis penas han excitado tu piedad. ¿Qué no -debo a tu amiga por haberte inclinado a que me -des la satisfacción de hablarte?» «Señor—me respondió—, -Teodora es dueña de mi voluntad. Me -ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle feliz, -bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda -esta buena voluntad, no sé si podré seros de gran -provecho. No quiero lisonjear a usted; su empresa -es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una señorita -cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! -Es tan disimulada y altiva, que si usted con su -constancia y obsequios consigue merecerle algunos -suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción -de demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!—prorrumpí -con dolor—. ¿Para qué me expresas -todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas -circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame -y no me desesperes!» Dicho esto, y cogiéndole una -mano, le puse en el dedo un diamante de trescientos -doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan -tiernas que la hice llorar.</p> - -<p>»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan -contenta con mi generosidad, que no quiso dejarme -sin consuelo, y allanando un poco las dificultades -me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted -no debe quitarle toda esperanza. Es verdad -que su rival no es aborrecido. Viene a casa a ver -con libertad a su prima; le habla cuando quiere, y -esto es lo que favorece a usted. La costumbre que -tienen de estar ambos juntos todos los días entibia<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> -un poco su trato. Me parece que se separan sin -pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir -que están ya casados. En una palabra, no parece -que mi ama tiene una ciega pasión a don Agustín. -Por otra parte, hay mucha diferencia de sus prendas -personales a las de usted, y esta particularidad -no la observará inútilmente una señorita de tan -delicado gusto como doña Elena. No se acobarde -usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré pasar -ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que -usted se esmera en agradarle y, por más que disimule, -descubriré su interior al través de sus disimulos.»</p> - -<p>»Después de esta conversación, Felicia y yo nos -separamos muy satisfechos uno de otro. Yo me -dispuse de nuevo a obsequiar en secreto a la hija -de don Jorge; díle una música, en la cual una bella -voz cantó los versos que usted ha oído. Acabado -el concierto, la criada, para sondear a su ama, le -preguntó si se había divertido. «La voz—dijo doña -Elena—me ha gustado.» «Y las palabras que ha -cantado, ¿no son muy expresivas?» «De eso es—dijo -la señora—de lo que no he hecho aprecio alguno, -atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber -quién me ha dado esta música.» «Según eso—exclamó -la criada—, el pobre don Gastón de Cogollos -está muy lejos de merecer la atención de usted, -y es muy loco en gastar el tiempo en mirar -nuestras celosías.» «Puede ser que no sea él—dijo -el ama fríamente—, sino algún otro caballero que -con este concierto ha querido declararme su pa<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>sión.» -«Perdone usted—respondió Felicia—. Está -usted muy engañada; es el mismo don Gastón, porque -esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado -diga a usted de su parte que le adora a -pesar de los rigores con que paga su amor, y que, -en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le permite -acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. -Estas expresiones—continuó—denotan bien -que no me engaño.»</p> - -<p>»La hija de don Jorge mudó repentinamente de -semblante, y mirando con aire severo a su criada -le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para propasarte -a contarme esa necia conversación? ¡No te -suceda otra vez el venirme con semejantes impertinencias! -¡Y si ese temerario tiene todavía la osadía -de hablarte, te mando le digas se dirija a otra -persona que haga más caso de sus galanteos y que -elija un pasatiempo más decente que el de estar -todo el día a la ventana observando lo que hago -en mi cuarto!»</p> - -<p>»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta -puntual de todas las circunstancias de esta conversación, -y para persuadirme de que mi pretensión -no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras -no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a -mí toca, que procedía sencillamente y no creía se -pudiese explicar el texto en mi favor, desconfiaba -de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi -desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me -dijo: «Señor mío, escriba usted prontamente a doña -Elena como un amante desesperado. Píntele viva<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>mente -sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición -de asomarse a la ventana. Prométale usted -que obedecerá su precepto, pero asegúrele que -le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente -como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo -demás queda a mi cuidado. Espero que las resultas -harán a mi penetración más honor del que usted -le hace.»</p> - -<p>»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando -tan oportuna ocasión de escribir a su dama -la hubiera desaprovechado. Compuse una carta -muy patética, y antes de cerrarla se la enseñé a -Felicia, quien, después de haberla leído, se sonrió, -y me dijo que si las mujeres sabían el arte de encaprichar -a los hombres, en recompensa, no ignoraban -ellos el de embobar a las mujeres. La criada -tomó el billete, asegurándome que si no producía -buen efecto no sería culpa de ella; me encargó -mucho tuviese gran cuidado de no dejarme ver a -la ventana por algunos días y se volvió al momento -a casa de don Jorge.</p> - -<p>«Señora—dijo a doña Elena cuando llegó—, he -encontrado a don Gastón. Ha venido a hablarme y -me ha tenido una conversación muy lisonjera. Me -ha preguntado temblando, y como un reo que va -a oír su sentencia, si había hablado a usted de su -parte. Yo, por no faltar a vuestras órdenes, no le -he dejado proseguir y le he hartado de injurias y -le he dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro—respondió -doña Elena—que me hayas librado de -ese importuno; pero para eso no había necesidad<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span> -de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que -una doncella tenga agrado.» «Señora—replicó la -criada—, a un amante apasionado no se le aleja -con palabras suaves, pues vemos que ni aun se -consigue este fin con enojo y furor. Don Gastón, por -ejemplo, no se ha desanimado. Después de haberle -llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa -de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. -Esta señora, por mi desgracia, me ha detenido -mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la -vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no -esperaba verle más, y su vista me ha turbado tanto, -que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no -ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero -y entretanto, ¿qué ha hecho él?» «Aprovechándose -de mi silencio, o más bien de mi turbación, me -ha metido en la mano un papel, que he guardado -sin saber lo que me hacía, y desapareció al momento.»</p> - -<p>»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó -en tono de chanza a su ama, quien la tomó como -por diversión, la leyó con todo y después hizo la -reservada. «En verdad, Felicia—dijo seriamente a -su criada—, que eres una loca en haber recibido -este billete. ¿Qué podrá pensar de esto don Gastón -y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo -con tu conducta para que desconfíe de tu fidelidad -y a él para que sospeche que correspondo a su inclinación. -¡Ay de mí! Puede ser que en este instante -crea que leo y releo con gusto sus expresiones. -¡Ve aquí a qué afrenta expones mi altivez!»<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> -«De ninguna manera, señora—le respondió la criada—; -él no puede pensar de esta suerte, y, caso -que así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la -primera vez que le vea que he enseñado a usted -su carta, que usted la ha mirado con la mayor indiferencia -y que sin leerla la ha hecho usted pedazos -con un frío desprecio.» «Libremente puedes -afirmarle—repuso doña Elena—que yo no la he -leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera -que decir dos palabras.» La hija de don Jorge no se -contentó con hablar en estos términos, sino que -aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle -jamás de mí.</p> - -<p>»Como yo había prometido no galantearla desde -mis ventanas, porque mi vista desagradaba, las -tuve cerradas muchos días para que mi obediencia -mereciese más aprecio; pero en desquite de mis -señas, que me estaban prohibidas, me dispuse a -dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche -debajo de su balcón con los músicos, cuando un -caballero con espada en mano turbó el concierto -dando de golpes a los instrumentistas, quienes inmediatamente -huyeron. El coraje que animaba a -este atrevido despertó el mío, y arrojándome a él -para castigarle, principiamos un reñido combate. -Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, -miran por las celosías y ven dos hombres que -riñen. Dan grandes gritos; obligan a don Jorge y a -sus criados a que se levanten inmediatamente y -acuden con muchos vecinos a separar a los combatientes; -pero ya llegaron tarde. Sólo encontraron<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> -en el sitio a un caballero nadando en su sangre y -casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. -Me llevaron a casa de mi tía y se llamaron -los cirujanos más hábiles de la ciudad.</p> - -<p>»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente -doña Elena, que entonces descubrió el interior -de su corazón. Su disimulo se rindió al sentimiento -y ya—¿lo creerá usted?—no era aquella -señora que tanto se preciaba de no hacer caso de -mis obsequios, sino una tierna amante que se entregaba -sin reserva a su dolor, y así, el resto de la -noche lo pasó llorando con su criada y maldiciendo -a su primo don Agustín de la Higuera, a quien ellas -creían autor de sus lágrimas, como en efecto él era -quien había interrumpido la música tan funestamente. -Tan disimulado como su prima, había conocido -mi intención y nada había dicho de ella, e -imaginando que Elena me correspondía había hecho -esta acción tan violenta para mostrar que era -menos sufrido de lo que se pensaba. No obstante, -este triste accidente se olvidó poco tiempo después -por la alegría que sobrevino. Aunque mi herida -era peligrosa, la habilidad de los cirujanos me sacó -a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, -mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi -casamiento con doña Elena. Consintió en este enlace, -tanto más gustoso cuanto que entonces miraba -a don Agustín como a un hombre a quien quizá -no volvería a ver más. El buen viejo recelaba que -su hija tendría repugnancia a casarse conmigo a -causa de que el primo la Higuera había tenido la<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span> -libertad de visitarla mucho tiempo para granjear -su cariño; pero se mostró tan dispuesta a obedecer -en este punto a su padre, que de aquí podemos inferir -que en España, como en todas partes, es afortunado -con las mujeres el último que llega.</p> - -<p>»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe -hasta qué extremo había afligido a su ama el desgraciado -suceso de mi pasada pendencia. De modo -que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía -yo mi herida, pues había tenido tan buenas -consecuencias para mi amor. Obtuve permiso del señor -don Jorge para hablar a su hija en presencia de -la criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para -mí! Tanto supliqué y de tal manera insté a la señorita -a que me dijese si su padre violentaba su -inclinación concediéndome su mano, que me confesó -que no la debía solamente a su obediencia. -A vista de esta halagüeña declaración, sólo pensé -en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba -el día de la boda, que había de celebrarse con -una magnífica cabalgata, en que toda la nobleza -de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.</p> - -<p>»Di con este fin un gran banquete en una hermosa -casa de recreo que tenía mi tía cerca de la ciudad -del lado de Monroy. Don Jorge y su hija concurrieron -con todos sus parientes y amigos. Se había -dispuesto por mi orden un concierto de voces e -instrumentos y hecho venir una compañía de cómicos -de la legua para que representaran una comedia. -Cuando estábamos a mitad de la comedia,<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -entraron a decirme que estaba en la antesala un -hombre que quería hablarme de un negocio muy -interesante para mí. Me levanté de la mesa para -ir a ver quién era y me encontré con un desconocido, -que me pareció ser un ayuda de cámara, el -que me entregó un billete, que abrí, y contenía -estas palabras: «Si estimáis el honor como debe un -caballero de vuestra Orden, no dejéis mañana por -la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde -encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción -de la ofensa que os ha hecho y poneros, si -puede, fuera de estado de casaros con doña Elena.—<i>Don -Agustín de la Higuera.</i>»</p> - -<p>»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, -el pundonor tiene todavía más. No pude -leer el billete con ánimo tranquilo. Al solo nombre -de don Agustín se encendió en mis venas un fuego -que casi me hizo olvidar las obligaciones indispensables -de aquel día. Tuve tentaciones de evadirme -de la concurrencia para ir inmediatamente en busca -de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo -turbar la función, y dije al que me había -traído la carta: «Amigo mío, podéis decir al caballero -que os envía que deseo demasiado renovar -con él el combate para no hallarme mañana, antes -que salga el sol, en el sitio que me señala.»</p> - -<p>»Después de haber despachado al mensajero con -la respuesta volví a reunirme con mis convidados -y me senté a la mesa, disimulando de modo que -ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante -del día aparenté estar entretenido como los otros<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a -media noche. La concurrencia se separó y todos -se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían -venido, menos yo, que me quedé con pretexto -de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no -era por otro motivo sino para acudir más pronto -al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé -con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente -monté en el mejor caballo que tenía y partí -solo, como para pasearme en el campo. Caminé -hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre -a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo -hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, -y así, bien presto nos encontramos y vi que era -mi rival. «Caballero—me dijo con insolencia—, vengo, -a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; -pero la culpa es vuestra. Después del lance de la -música debió usted renunciar voluntariamente a la -hija de don Jorge o saber que si usted persistía en -el designio de obsequiarla nuestros debates no habían -cesado.» «Usted se ha ensoberbecido—le respondí—del -logro de una ventaja que quizá debió -menos a su destreza que a la obscuridad de la -noche. Usted se olvida de que las victorias no son -siempre de uno.» «Siempre son mías—replicó con -arrogancia—, y voy a hacer ver a usted que así -de día como de noche sé castigar a los atrevidos -que estorban mis intentos.»</p> - -<p>»A estas altaneras palabras sólo respondí echando -pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos -los caballos a un árbol y principiamos a reñir<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> -con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía -que pelear con un enemigo que sabía manejar -las armas con más destreza que yo, no obstante -mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, -y así, no podía exponer yo mi vida a mayor -peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede -que al más fuerte le venza el más débil, mi -rival recibió una estocada en el corazón, a pesar -de su destreza, y cayó muerto.</p> - -<p>»Volví al instante a la casa de recreo, en donde -conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad -conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro, -antes que la justicia sepa el caso, toma un buen -caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele -de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a -buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como -se entra en la ciudad, me encontrarás.»</p> - -<p>»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza -que llegó a Plasencia tres horas después que yo. -Díjome que doña Leonor se había alegrado más -que no afligido de un combate que reparaba la -afrenta que había yo recibido en el primero y que -me enviaba todo el oro y pedrería que tenía para -que viajara cómodamente por países extranjeros -mientras ella componía mi asunto.</p> - -<p>»Para omitir las circunstancias superfluas, diré -que atravesé por Castilla la Nueva para ir al reino -de Valencia a embarcarme en Denia. Pasé a Italia, -en donde me puse en estado de recorrer las cortes -y presentarme en ellas con decencia.</p> - -<p>»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -engañar mi amor y tristezas lo más que me era -posible, esta señora en Coria lloraba secretamente -mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones -de su familia contra mí por la muerte de la -Higuera, deseaba, al contrario, cesasen por una -pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya -habían pasado seis meses, y creo que su constancia -habría vencido siempre al tiempo si sólo hubiera -tenido que luchar con éste, pero tenía todavía enemigos -más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo -de la costa occidental de Galicia, pasó a Coria -a recoger una rica herencia que le había disputado -en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se -avecindó allí por haberle parecido aquel país más -agradable que el suyo. Cambados era bien plantado, -parecía afable y atento, siendo al mismo -tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento -con todas las gentes decentes de la ciudad y supo -los asuntos de unos y de otros.</p> - -<p>»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge -tenía una hija cuya peligrosa hermosura parecía -no inflamar a los hombres sino para su desgracia, -cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora -tan temible, y habiendo buscado a este efecto -la amistad de su padre, consiguió ganarla tan bien, -que el viejo, mirándole ya como a yerno, le dió -entrada en su casa, con permiso de hablar en su -presencia a doña Elena. El gallego nada tardó en -enamorarse de ella; esto era inevitable. Se declaró -con don Jorge, quien le dijo que accedía a su pretensión, -pero que no quería precisar a su hija, y<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -que así, la dejaba dueña de la elección. En seguida -se valió don Blas de todos los medios que pudo discurrir -para agradarla; pero estaba tan prendada -de mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se -había interesado por aquel caballero, habiéndola -obligado éste con regalos a contribuir a su amor, -y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra -parte, el padre ayudaba a la criada con reconvenciones, -y, con todo, en un año entero no hicieron -mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla -a olvidarme.</p> - -<p>»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se -empeñaban inútilmente por él, les propuso un arbitrio -para vencer la obstinación de una amante tan -apasionada. «Ved aquí—les dijo—lo que he pensado: -fingiremos que un mercader de Coria acaba de -recibir carta de un comerciante italiano, en la que, -después de hablarle largamente de negocios de comercio, -se leerán las palabras siguientes: «Poco -tiempo hace que llegó a la corte de Parma un caballero -español, llamado don Gastón de Cogollos. -Dice ser sobrino y único heredero de una viuda -rica de Coria, llamada doña Leonor de Lajarilla, -y pretende casarse con la hija de un señor poderoso, -pero no quieren aceptar su propuesta hasta -haberse informado de la verdad, y tengo el encargo -de preguntárselo a usted. Dígame, le suplico, -si conoce a este don Gastón y en qué consisten -los bienes de su tía. La respuesta de usted -decidirá este enlace.—Parma, etc.»</p> - -<p>»Esta trampa le pareció al viejo un juego y en<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>gaño -perdonable en los enamorados; la criada, aún -menos escrupulosa que el buen hombre, la aplaudió -mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto -que conocían la altivez de Elena, la cual, como no -llegara a sospechar el fraude, era una mujer capaz -de resolverse a abrazar el partido que le proponían. -Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por -sí mismo mi inconstancia, y, para que pareciera -la cosa más natural, hacerle hablar al mercader -que había recibido de Parma la supuesta carta. -Efectuaron el pensamiento como lo habían formado. -El padre, alterado y aparentando enojo y despecho, -le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré -sino que nuestros parientes todos los días claman -sobre que jamás permita entre en nuestra familia -al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón -más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate -de serle tan fiel! Es un voltario, un pérfido, -y ve aquí una prueba cierta de su infidelidad: -lee tú misma esa carta que un mercader de Coria -acaba de recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó -el fingido papel, lo leyó, meditó sobre todas sus -expresiones y se quedó absorta de la nueva de mi -inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después -verter algunas lágrimas; pero recobrando presto -su orgullo, las enjugó y dijo con entereza a su padre: -«Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza -séalo también de la victoria que voy a conseguir -sobre mí. ¡Ya se acabó! Don Gastón es ya -despreciable a mis ojos; en él sólo veo al hombre -más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -él! ¡Vamos, nada me detiene ya! Dispuesta estoy a -dar la mano a don Blas. ¡Ojalá que mi casamiento -preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado -mi amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír -estas palabras, abrazó a su hija, alabó la esforzada -resolución que tomaba y, aplaudiéndose del feliz -éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los -deseos de mi rival. De este modo me quitaron a -doña Elena, la que se entregó precipitadamente a -Cambados, sin querer escuchar al amor que le hablaba -por mí en su corazón ni aun dudar un instante -de una noticia que debiera haber encontrado -menos credulidad en una amante. Impelida de su -orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento -de la injuria que imaginaba había yo hecho -a su hermosura superó al interés de su amor. Sin -embargo, pasados algunos días después de su casamiento, -sintió algunos remordimientos de haberlo -acelerado. Se le previno entonces que la carta del -mercader podía haber sido fingida, y esta sospecha -la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba -lugar a que su mujer alimentase ideas contrarias -a su reposo y no pensaba mas que en divertirla, lo -que conseguía con repetidos placeres que tenía arte -para inventar.</p> - -<p>»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo -tan obsequioso y reinaba entre ambos una perfecta -unión, cuando mi tía compuso mi asunto con -los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso -en Italia inmediatamente. Estaba entonces en Regio, -en la Calabria Ulterior. Pasé a Sicilia, de allí<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -a España, y, llevado en alas del amor, llegué en fin -a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el -casamiento de la hija de don Jorge, me lo notició -a mi llegada, y viendo que me afligía, dijo: «Haces -mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la -pérdida de una dama que no ha podido serte fiel. -Créeme: destierra del corazón y de la memoria a -una persona que ya no es digna de ocuparlos.»</p> - -<p>»Como mi tía ignoraba que habían engañado a -doña Elena, tenía razón para hablarme así y no -podía darme un consejo más discreto, por lo que -me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un -aire indiferente si no era capaz de vencer mi pasión. -Sin embargo, no pude resistir al deseo de -saber de qué modo se había concertado este casamiento -y, para enterarme, resolví ver a la amiga -de Felicia, es decir, a la señora Teodora, de quien -ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente -encontré a Felicia, la cual, estando muy -ajena de verme, se turbó y quiso retirarse por evitar -la averiguación que juzgó querría yo hacer. -La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está -contenta la perjura Elena con haberme sacrificado? -¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O tratáis -solamente de evitar mi presencia por haceros -un mérito con la ingrata de haberos negado a oírlas?»</p> - -<p>«Señor—me respondió la criada—, confieso ingenuamente -que vuestra presencia me confunde; no -puedo veros sin sentirme despedazada de mil remordimientos. -A mi ama la han seducido y yo he -tenido la desgracia de ser cómplice en la seducción.<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza presentarme -a usted?» «¡Oh cielos!—repliqué yo con sorpresa—. -¿Qué me dices? ¡Explícate con más claridad!» -Entonces la criada me contó punto por -punto la estratagema de que se había valido Cambados -para robarme a doña Elena, y advirtiendo -que su narración me atravesaba el alma, se esforzó -a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para -con su ama; me prometió desengañarla y pintarle -mi desesperación; en una palabra, no omitir nada -para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió -esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.</p> - -<p>»Dejando a un lado las infinitas contradicciones -que tuvo que sufrir de parte de doña Elena para -que consintiera en verme, al fin pudo conseguirlo -y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente -en casa de don Blas la primera vez que -éste saliese para una hacienda, adonde iba de tiempo -en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo -común un día o dos. Este designio no tardó en -ejecutarse; el marido se ausentó, de lo que advertido -yo, fuí introducido en el cuarto de su mujer.</p> - -<p>»Quise principiar la conversación con reconvenciones, -pero ella me hizo callar diciéndome: «Es inútil -traer a la memoria lo pasado; aquí no se trata -de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me -creéis dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro -que no he dado mi consentimiento para esta -secreta entrevista ni he cedido a las instancias que -se me han hecho sino para deciros de viva voz que -en adelante no debéis pensar mas que en olvidar<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>me. -Quizá viviría yo más satisfecha de mi suerte -si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero ya que -el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer -sus decretos.»</p> - -<p>«Pues qué, señora—le respondí—, ¿no basta el -haberos perdido? ¿No basta ver al dichoso don -Blas poseer pacíficamente la única persona que -soy capaz de amar, sino que también debo desterraros -de mi pensamiento? ¡Queréis privarme de -mi amor y quitarme el único bien que me queda! -¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre -a quien robasteis el corazón vuelva a recobrarle? -¡Conoceos más bien que os conocéis y dejaos de -exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» -«Está bien—replicó ella con precipitación—; -pues cesad vos también de esperar que yo corresponda -a vuestra pasión con algún agradecimiento. -Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de -don Blas no será la amante de don Gastón. Caminad -sobre este supuesto. Retiraos—añadió—y acabemos -prontamente una conversación de que me -reprendo a mí misma, a pesar de la pureza de mis -intenciones, y que miraría como un crimen si la -prolongase.»</p> - -<p>»Al oír estas palabras, que me privaban de toda -esperanza, me arrojé a los pies de doña Elena; habléle -con la mayor ternura y empleé hasta lágrimas -para enternecerla; pero todo esto no sirvió -mas que de excitar acaso algunos afectos de lástima, -que tuvo buen cuidado de ocultar y que sacrificó -a su deber. Después de haber apurado in<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>fructuosamente -las expresiones amorosas, los ruegos -y las lágrimas, mi cariño se convirtió de repente -en furor y saqué la espada con intento de -atravesarme con ella a presencia de la inexorable -Elena, que apenas advirtió mi acción cuando se -arrojó a mí para precaver sus consecuencias. «¡Deteneos, -Cogollos!—me dijo—. ¿Es este el modo que -tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así -la vida, vais a deshonrarme y hacer pasar a mi -marido por un asesino.»</p> - -<p>»En la desesperación de que estaba dominado, -muy lejos de atender a estas palabras como debía, -no pensaba mas que en burlar los esfuerzos que -hacían el ama y la criada para salvarme de mi -funesta mano. Sin duda hubiera conseguido demasiado -pronto mi intento si don Blas, que estaba -avisado de nuestra entrevista y que en lugar de -ir a su hacienda se había escondido detrás de un -tapiz para oír nuestra conversación, no hubiera -acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor don -Gastón—exclamó, deteniéndome el brazo—, recóbrese -usted y no se rinda cobardemente al furioso -enajenamiento que le agita!»</p> - -<p>»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted -quien me impide ejecutar mi resolución, cuando -debiera atravesar mi pecho con un puñal? Mi amor, -aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me -sorprendáis de noche en el cuarto de vuestra esposa? -¿Se necesita más para excitar vuestra venganza? -¡Traspasadme para libraros de un hombre -que no puede dejar de adorar a doña Elena sino<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -cesando de vivir!» «En vano—me respondió don -Blas—procura usted interesar mi honor para que -le dé la muerte. Bastante castigado queda usted de -su temeridad, y yo agradezco tanto a mi esposa -sus sentimientos virtuosos, que le perdono la ocasión -en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos—añadió—, -no os desesperéis como un débil amante; -someteos con valor a la necesidad.»</p> - -<p>»El prudente gallego, con estas y otras semejantes -expresiones, calmó poco a poco mi arrebato y -despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de alejarme -de Elena y de los lugares que habitaba, y dos -días después me volví a Madrid, en donde, no queriendo -ya ocuparme sino en el cuidado de mi fortuna, -comencé a presentarme en la corte y a ganar -en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer -una estrecha amistad con el marqués de Villarreal, -gran señor portugués, el cual, por haberse -sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal -del dominio de los españoles, está hoy en el -castillo de Alicante. Como el duque de Lerma ha -sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me -ha hecho también prender y conducir aquí. Este -ministro cree que puedo ser cómplice en tal proyecto, -ultraje que es más sensible para un hombre -noble y castellano.»</p> - -<p>Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé -diciendo: «Caballero, el honor de usted no puede -recibir lesión alguna en esta desgracia, la cual en -adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando -el duque de Lerma se entere de su inocencia, no<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -dejará de darle un empleo importante para restablecer -la buena opinión de un caballero acusado -injustamente de traición.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VII">CAPITULO VII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas -y le da muchas noticias.</b></p></div> - -<p class="p2">Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió -nuestra conversación diciéndome: «Señor Gil Blas, -acabo de hablar con un mozo que se ha presentado -a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba -usted preso; y no habiéndole querido dar respuesta, -me dijo llorando: «¡Noble alcaide, no desprecie -usted mi humilde súplica; dígame si el señor -Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si -me permite verle hará en ello una obra de caridad. -En Segovia está usted tenido por un hidalgo compasivo, -y así, espero no me niegue el favor de hablar -un instante con mi querido amo, que es más -infeliz que culpado.» En fin—continuó don Andrés—, -este mozo me ha manifestado tanto deseo -de ver a usted, que le he prometido darle a la noche -este gusto.»</p> - -<p>Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que -podía darme era traerme aquel joven, quien probablemente -tendría que decirme cosas muy importantes. -Esperé con impaciencia el momento de ver -a mi fiel Escipión, porque no dudaba fuese él, y,<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span> -a la verdad, no me engañaba. A la caída del día -se le dió entrada en la torre, y su gozo, que solamente -podía igualarse con el mío, se mostró al -verme con arrebatos extraordinarios. Yo, con el -júbilo que sentí al verle, le abracé, y él hizo lo -mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que -tuvieron de verse el amo y el secretario, que se -confundieron en uno con este abrazo.</p> - -<p>En seguida de esto pregunté a Escipión en qué -estado había dejado mi casa. «Ya no tiene usted -casa—me respondió—, y para ahorrarle el trabajo -de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en -dos palabras lo que ha pasado en ella. Vuestros -muebles han sido saqueados, tanto por los ministros -como por los criados de usted, los cuales, mirándole -ya como un hombre enteramente perdido, -han tomado a cuenta de sus salarios cuanto han -podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad -de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones -de a ocho que saqué del cofre y puse en -salvo. Salero, a quien he hecho depositario de ellos, -os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde -no creo estéis mucho tiempo a expensas de su -majestad, pues habéis sido preso sin conocimiento -del duque de Lerma.»</p> - -<p>Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia -no tenía parte en mi desgracia. «¡Ah! -Ciertamente—me respondió—, de ello estoy muy -bien informado, pues un amigo mío, confidente -del duque de Uceda, me ha contado todas las particularidades -de vuestra prisión. Me ha dicho que,<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> -habiendo descubierto Calderón por medio de un -criado que la señora Sirena, usando de otro nombre, -recibía de noche al príncipe de España, y que -el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose -del señor de Santillana, había resuelto vengarse -de ellos y de su querida, para cuyo logro, dirigiéndose -secretamente al duque de Uceda, se lo descubrió -todo, y que alegre éste de que se le hubiese -presentado tan bella ocasión de perder a su -enemigo, no dejó de aprovecharla, informando al -rey de lo que había sabido y haciéndole presente -con eficacia los peligros a que el príncipe se había -expuesto. Indignado su majestad de esta noticia, -mandó poner en la casa de las Recogidas a Sirena, -desterró al conde de Lemos y condenó a Gil -Blas a una prisión perpetua. Vea usted aquí—prosiguió -Escipión—lo que me ha dicho mi amigo. -Ya ve usted que su desgracia es obra del duque -de Uceda, o más bien de don Rodrigo Calderón.»</p> - -<p>Esta relación me hizo creer que con el tiempo -podrían componerse mis asuntos y que el duque -de Lerma, resentido del destierro de su sobrino, -todo lo pondría en movimiento para hacerle volver -a la corte, y me lisonjeaba de que su excelencia -no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la esperanza! -De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos -y me puse tan alegre como si tuviera motivo -para estarlo. Lejos de mirar mi prisión como una -habitación desdichada, en donde quizá había de -acabar mis días, me pareció un medio de que se<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -valía la Fortuna para elevarme a un gran puesto. -Mi fantasía discurría del modo siguiente: los allegados -del primer ministro son don Fernando de -Borja, el padre Jerónimo de Florencia y sobre -todo fray Luis de Aliaga, quien le debe el lugar -que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos -amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, -o, por otra parte, el Estado acaso mudará -presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso, -y así que muera, la primera cosa que hará -el príncipe su hijo será llamar al conde de Lemos, -quien me sacará inmediatamente de aquí, me presentará -al monarca, el que, para compensar los -trabajos que he padecido, me colmará de beneficios. -Embelesado así con pensar en los gustos venideros, -casi ya no sentía los males presentes. Creo -también que los dos talegos de doblones que mi -secretario había depositado en casa del platero -contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme -prontamente.</p> - -<p>El celo e integridad de Escipión me habían agradado -mucho y en prueba de ello le ofrecí la mitad -del dinero que había salvado del pillaje, lo que rehusó. -«Espero de usted—me dijo—otra señal de -reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras -como de que rehusara la oferta, le pregunté qué -podía hacer por él. «No nos separemos—me respondió—; -permita usted que una mi fortuna con -la suya. Jamás he tenido a ningún amo el amor -que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío—le dije—, -puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -el punto en que te presentaste para servirme, gusté -de ti; posible es que ambos hayamos nacido bajo -los signos de Libra o Géminis, que, según dicen, -son las dos constelaciones que unen a los hombres. -Admito gustoso la compañía que me propones, y -para dar principio a ella voy a pedir al señor alcaide -te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que -quiero—exclamó—; usted me ha adivinado el pensamiento -e iba a suplicarle pretendiese esta gracia, -pues aprecio más vuestra compañía que la libertad. -Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid -a adquirir noticias a la covachuela y ver si ha -habido en la corte alguna mudanza que pueda serle -a usted favorable, de modo que en mí tendrá usted -a un mismo tiempo un confidente, un correo y un -espía.»</p> - -<p>Estas ventajas eran demasiado considerables para -privarme de ellas. Retuve, pues, conmigo a un -hombre tan útil, con licencia del generoso alcaide, -que no me quiso negar tan dulce consuelo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VIII">CAPITULO VIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál -fué el motivo y éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad -y resultas que tuvo.</b></p></div> - -<p class="p2">Aunque comúnmente decimos que no tenemos -mayores enemigos que nuestros criados, no hay -duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión -me había manifestado me hacía mirarle como -a mi misma persona. Así, ya no hubo subordinación -ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. -Habitaron en adelante comiendo y durmiendo -juntos.</p> - -<p>La conversación de Escipión era muy divertida, -y con razón se le podía haber llamado el hombre -de buen humor. Además era discreto y me iba bien -con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me -parece no sería malo que yo escribiese al duque de -Lerma; esto no puede producir mal efecto. ¿Qué -te parece a ti?» «Ya estoy—respondió—; pero los -grandes se mudan tanto de un instante a otro, -que no sé cómo recibirá vuestra carta. No obstante, -soy de dictamen que no se pierde nada en que escribáis, -pero con maña. Aunque el ministro os estima, -no fiéis por eso en que se acordará de vos. -Esta suerte de protectores fácilmente olvida a aquellos -de quienes ya no oyen hablar.»</p> - -<p>«Aunque eso es muy cierto—le repliqué—, yo -hago mejor concepto de mi favorecedor. Conozco -su bondad; estoy persuadido de que se compadece -de mis penas y que siempre las tiene presentes. -A la cuenta, espera para sacarme de la prisión que -se aplaque la cólera del rey.» «Sea enhorabuena—respondió—; -yo me alegraré que el juicio que -usted hace de su excelencia sea verdadero. Implore -usted su patrocinio por medio de una carta muy -expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su -propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -trozo de elocuencia que a Escipión le pareció patético -y Tordesillas juzgó superior a las mismas -homilías del arzobispo de Granada.</p> - -<p>Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se -compadecería al leer la triste pintura que le hacía -del miserable estado en que no estaba, y con esta -confianza hice partir mi correo, el cual apenas -llegó a Madrid cuando fué a casa del ministro. -Encontró a uno de mis amigos, ayuda de cámara, -que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien -dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, -uno de los más fieles criados de su excelencia, el -cual duerme sobre paja en un obscuro calabozo de -la torre de Segovia, le suplica muy humildemente -lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder -escribir uno de los carceleros.» El ministro la abrió -y leyó; pero aunque vió en ella un retrato capaz de -enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse -compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante -de algunas personas que podían oírlo: «Amigo, -diga usted a Santillana que es mucha osadía el -recurrir a mí después de la acción perversa que ha -cometido y por la cual se le ha impuesto el castigo -que merece. Es un hombre indigno, que ya no debe -contar con mi apoyo y a quien abandono al resentimiento -del rey.»</p> - -<p>Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó -turbado de oír hablar de esta suerte al ministro; -pero, a pesar de su turbación, no dejó de interceder -por mí. «Señor—replicó—, aquel pobre preso -morirá de dolor cuando sepa la respuesta de vues<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>tra -excelencia.» El duque no respondió a mi intercesor -sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la -espalda. Así me trataba este ministro para disimular -mejor la parte que había tenido en la amorosa -intriga del príncipe de España, y esto es lo que deben -esperar todos los agentes inferiores de quienes -se valen los grandes señores en sus secretos y peligrosos -manejos.</p> - -<p>Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó -el resultado de su comisión, me sepulté de nuevo -en el abismo de tristezas en que caí el primer día -de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome -la protección del duque de Lerma. Decaí -de ánimo, y por más que me dijeron para consolarme, -todo fué inútil; atormentáronme otra vez -los pesares, de manera que insensiblemente me -causaron una grave enfermedad.</p> - -<p>El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, -creído de que para recobrarla era lo mejor llamar -médicos, me trajo dos que tenían traza de ser unos -celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil -Blas—me dijo al presentármelos—, vea usted aquí -dos Hipócrates que vienen a visitarle y que dentro -de poco le pondrán bueno.» Era tal la oposición que -tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría -recibido muy mal si me hubiera quedado algún -apego a la vida; pero me sentía tan cansado de -ella, que agradecí a Tordesillas el que me pusiera -en sus manos.</p> - -<p>«Caballero—me dijo uno de los médicos—, es -necesario ante todas cosas que usted tenga con<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>fianza -en nosotros.» «La tengo muy grande—le -respondí—, pues estoy cierto de que con la asistencia -de ustedes quedaré curado de todos mis males -en pocos días.» «Sí—respondió—, lo quedará -usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos -lo que esté de nuestra parte para ello.» En -efecto, estos señores se portaron tan maravillosamente, -que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. -Desconfiado ya don Andrés de mi curación, -hizo venir un religioso de San Francisco para que -me ayudase a bien morir. El buen padre, después -de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome -en mi última hora, hice señas a Escipión para que -se acercara a mi cama. «Amado amigo mío—le dije -con una voz casi apagada; tal era la debilidad que -las medicinas y sangrías me habían causado—, de -los dos talegos que hay en casa de Gabriel, te dejo -uno y te suplico lleves el otro a Asturias a mis padres, -quienes, si todavía viven, estarán necesitados. -Pero, ¡ay de mí, temo mucho que no han de -haber podido sobrevivir a mi ingratitud! Lo que -Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza -quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los -ha conservado a pesar de la indiferencia con que -he pagado su ternura, les darás el talego de doblones, -suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, -y si han muerto te encargo emplees el -dinero en pedir al Cielo por el descanso de sus -almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una -mano, que bañó con sus lágrimas sin poder responderme -una palabra; tal era la aflicción que te<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>nía -el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba -que el llanto de un heredero no es siempre risa -disimulada.</p> - -<p>Esperaba, pues, experimentar el trance de la -muerte, y, no obstante, me engañé. Habiéndome -desahuciado mis doctores y dejado campo libre a -la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. -La calentura, que, según su pronóstico, debía llevarme -al otro mundo, quiso desmentirlos y me -dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad -y un perfecto sosiego de espíritu fué el fruto -de mi mal. Ya entonces no necesité de consuelo; -antes bien, miré las riquezas y honores con aquel -desprecio que inspira la cercanía de la muerte, y, -vuelto en mí mismo, bendecía mi desgracia y daba -gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor -particular, e hice firme propósito de no volver más -a la corte, aun cuando el duque de Lerma quisiese -llamarme a ella, con ánimo, si salía de la prisión, -de comprar una casa de campo y vivir en ella como -un filósofo.</p> - -<p>Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, -para que tuviese efecto cuanto antes, pensaba volver -a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha ocurrido -una cosa—añadió—. Conozco a una persona que -podrá servirnos, y es la criada favorita del ama de -leche del príncipe, que es una muchacha de entendimiento. -Voy a que hable a su ama y a poner todos -los medios imaginables para sacar a usted de -esta torre, en donde, aunque se le dé el mejor trato, -siempre es prisión.» «Dices bien—le respondí—. Vé,<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a -esa diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos -ya en nuestro retiro!»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_IX">CAPITULO IX</h3> - -<p class="i2 center"><b>Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones -alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron -los dos después de haber salido de la torre de -Segovia y conversación que tuvieron.</b></p></div> - -<p class="p2">Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin -volvía, me dediqué a la lectura. Tordesillas me suministraba -más libros de los que yo quería, los que -le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, -pero que, queriendo hacer ostentación de hombre -sabio, tenía una gran librería. Sobre todo me agradaban -las buenas obras morales, porque encontraba -en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban -mi aversión a la corte y la afición que había -cobrado a la soledad.</p> - -<p>Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, -el cual volvió en fin y me dijo muy contento: -«¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo a usted -buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas -por usted. Su criada, a mis ruegos, y mediante -cien doblones que le he ofrecido, ha tenido la bondad -de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra -soltura, y éste, que, como otras veces he dicho -a usted, nada le niega, ha prometido hablar al rey<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -su padre a fin de conseguirla. He venido a toda -prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la -última mano a mi obra.» Diciendo esto me dejó y -volvió a tomar el camino de la corte.</p> - -<p>No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días -estuvo de vuelta y me dijo que el príncipe había, -aunque no sin trabajo, obtenido del rey mi libertad, -lo cual en el mismo día me confirmó el señor -alcaide, quien vino a decirme abrazándome: «Mi -amado Gil Blas, gracias al Cielo, usted ya está -libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; -pero las dos condiciones con que se le concede a -usted esta libertad quizá le darán mucha pena y -siento verme en la obligación de hacérselas saber. -Su Majestad prohibe a usted se presente en la -corte y le manda salir de las dos Castillas en el -término de un mes. Me es de gran mortificación -el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues -yo estoy muy contento—le respondí—. ¡Bien sabe -Dios lo que pienso de ella! Sólo esperaba del rey -una gracia, y me ha hecho dos.»</p> - -<p>Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en -las cuales salimos el día siguiente mi confidente y -yo, después de haberme despedido de Cogollos y -dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores -que me había hecho. Tomamos alegremente el -camino de Madrid para recoger del señor Gabriel -los dos talegos, en cada uno de los cuales había -quinientos doblones de a ocho. En el camino me -dijo mi compañero: «Si no tenemos bastante dinero -para comprar una hacienda magnífica, a lo<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -menos habrá para una mediana.» «Yo me daría -por feliz—le respondí—aun cuando no tuviese mas -que una choza; en ella estaría contento con mi -suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de -mi carrera, estoy tan desengañado del mundo, que -sólo quiero vivir para mí. Además de esto, te digo -que me he formado de los placeres de la vida campestre -una idea que me embelesa y hace que los -goce con anticipación. Me parece que ya veo el -esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores -y el murmullo de los arroyos; que unas -veces creo divertirme en la caza y otras en la pesca. -Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos -que nos esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia -como yo. En orden a nuestro sustento, -el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá -satisfacernos cuando nos atormente el hambre, -y el apetito con que lo comamos nos le hará parecer -muy sabroso. El deleite no consiste en la bondad -de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, -y esto es tanta verdad como que mis comidas -más delicadas no son aquellas en que veo reinar -el arte y la abundancia. La frugalidad es una -fuente de delicias maravillosa para conservar la -salud.»</p> - -<p>«Con el permiso de usted, señor Gil Blas—me interrumpió -mi secretario—, yo no soy enteramente -de su opinión sobre la supuesta frugalidad con que -usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de -mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos -bien, no caeremos enfermos por eso. Créame<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con qué -vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos -la mansión del hambre y de la pobreza. Luego -que tengamos una hacienda, será preciso abastecerla -de buenos vinos y de todas las demás provisiones -convenientes a personas de entendimiento, -que no dejan el trato humano para renunciar a las -comodidades de la vida, sino más bien para gozarlas -con más quietud. <i>Lo que cada uno tiene en su -casa</i>—dice Hesíodo—<i>no daña, en lugar de que lo -que no se tiene puede dañar</i>. <i>Vale más—añade—tener -uno en su casa las cosas necesarias que desear -tenerlas.</i>»</p> - -<p>«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!—interrumpí—. -¿Usted ha manejado los poetas griegos? ¡Hola! -¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa de un -sabio—respondió—. Serví algún tiempo en Salamanca -a un pedante que era un gran comentador; -en un abrir y cerrar de ojos componía un grueso -volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, -que extractaba de los libros de su biblioteca -y traducía al castellano. Como yo era su amanuense, -he retenido no sé cuántas sentencias, todas tan -notables como las que acabo de citar.» «Siendo así—le -repliqué—, tienes la memoria bien adornada. -Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en qué reino -de España te parece del caso que fijemos nuestra -residencia filosófica?» «Yo opino por Aragón—respondió -mi confidente—; allí encontraremos sitios -muy amenos, en donde podremos pasar una vida -deleitosa.» «Está bien—le dije—, sea así. Detengá<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>monos -en Aragón; consiento en ello. ¡Ojalá descubramos -una morada que me proporcione todos los -placeres con que se recrea mi imaginación!»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_X">CAPITULO X</h3> - -<p class="i2 center"><b>De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró -Gil Blas en la calle, y de lo que siguió a este -encuentro.</b></p></div> - -<p class="p2">Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos -a una pequeña posada, en la cual se había alojado -Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos fué -ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. -Recibiónos muy bien; me manifestó se alegraba -mucho de verme en libertad. «Aseguro a usted—añadió—que -he sentido mucho su desgracia, la -cual me ha disgustado de la amistad de las gentes -de la Corte, cuyas fortunas están muy en el aire. -He casado a mi hija Gabriela con un rico mercader.» -«Usted ha obrado con juicio—le respondí—. -Además de que este partido es más sólido, un plebeyo -que llega a ser suegro de un noble no está -siempre gustoso con su señor yerno.»</p> - -<p>Después, mudando de conversación y viniendo -a nuestro asunto, proseguí: «Señor Gabriel, háganos -usted el favor, si gusta, de entregarnos los dos -mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto—interrumpió -el platero, el cual, habiéndonos hecho -pasar a su gabinete, nos mostró dos talegos<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span> -en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos -talegos de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»—. -Ved aquí—me dijo—el depósito tal como -se me confió.»</p> - -<p>Di gracias a Salero del favor que me había hecho, -y muy consolado de haberme quedado sin -su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en -donde contamos nuestras monedas. La cuenta se -encontró cabal, rebajados los cincuenta doblones -que se habían gastado en conseguir mi libertad. -Ya no pensamos mas que en disponernos para ir -a Aragón. Mi secretario tomó a su cargo comprar -una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte -cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En -una de las veces que iba arriba y abajo a estas -compras encontré al barón de Steinbach, aquel -oficial de la guardia alemana en cuya casa se había -criado don Alfonso.</p> - -<p>Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome -también conocido, se vino a mí y me abrazó. -«Me alegro en extremo—le dije—de ver a su -señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de -tener ocasión de saber de mis amados señores don -César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar a usted -noticias suyas muy ciertas—me respondió—, pues -ambos están actualmente en Madrid y en mi casa. -Tres meses hace que vinieron a la corte a dar gracias -al rey de un empleo que su majestad ha conferido -a don Alfonso en premio de los servicios que -sus abuelos hicieron al Estado; le ha nombrado gobernador -de la ciudad de Valencia, sin que le haya<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. -No se ha hecho una gracia más espontánea, lo cual -prueba que nuestro monarca gusta de recompensar -el valor.»</p> - -<p>Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen -de esto, no manifesté saber la menor cosa de lo -que me contaba y sí un deseo tan vivo de saludar -a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo -inmediatamente a su casa. Yo quería probar -a don Alfonso y juzgar por su recibimiento si me -estimaba todavía. Le encontré en una sala jugando -al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego -que me conoció, dejó el juego y se vino a mí arrebatado -de gozo, y estrechándome entre sus brazos -me dijo en un tono que manifestaba una ingenua -alegría: «¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! -¡Estoy loco de contento! No ha estado en mi mano -el que no hayamos permanecido siempre juntos; -yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de -la casa de Leiva, y tú no hiciste caso de mis ruegos. -No obstante, no te lo imputo a delito; antes -bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde -entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el -trabajo de hacerte buscar inútilmente en Granada, -en donde mi cuñado don Fernando me había escrito -que estabas. Después de esta ligera reconvención—continuó—, -dime qué haces en Madrid. Regularmente -tendrás aquí algún empleo. Ten por cierto -que me intereso ahora más que nunca en tu -bien.» «Señor—le respondí—, no hace todavía cuatro -meses que ocupaba en la corte un puesto de<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> -bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario -y confidente del duque de Lerma.» «¡Es -posible!—exclamó don Alfonso con grande asombro—. -¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este -primer ministro?» «Logré su favor—respondí—y le -perdí del modo que voy a decir.» Entonces le conté -toda esta historia y concluí mi narrativa exponiéndole -la determinación que había tomado de comprar, -con lo poco que me quedaba de mi prosperidad -pasada, una pobre choza para pasar en ella -una vida retirada.</p> - -<p>El hijo de don César, después de haberme oído -con mucha atención, me dijo: «Mi amado Gil Blas, -ya sabes que siempre te he querido y ahora más -que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado -de poder aumentar tus bienes, quiero que no seas -más tiempo juguete de la fortuna. Para libertarte -de su poder, te quiero dar una hacienda que no -podrá quitarte, y pues estás determinado a vivir -en el campo, te doy una pequeña quinta que tenemos -cerca de Liria, distante cuatro leguas de Valencia, -que ya has visto tú. Este regalo podemos -hacerlo sin incomodarnos, y me atrevo a asegurar -que mi padre no desaprobará esta determinación -y que Serafina recibirá en ello gran contento.»</p> - -<p>Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento -me hizo levantar; le besé la mano y, más -enamorado de su buen corazón que de su beneficio, -le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. -El don que me hacéis me es tanto más agradable -cuanto que precede al agradecimiento de un favor<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo -a su generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador -se quedó algo suspenso de lo que oía y -no pudo menos de preguntarme de qué favor le -hablaba. Díjeselo con todas sus circunstancias, lo -cual aumentó su admiración. Estaba muy lejos de -pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno -de la ciudad de Valencia se le hubiese dado -por mediación mía. No obstante, no teniendo ya -duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que te debo -mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda -de Liria: quiero agregar a ella dos mil ducados -de renta al año.»</p> - -<p>«¡Alto ahí, señor don Alfonso!—interrumpí—. -¡No despierte usted mi codicia! Los bienes no sirven -mas que para corromper mis costumbres, como -harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra -quinta de Liria. En ella viviré cómodamente -con lo que tengo. Por otra parte, esto me es suficiente, -y, lejos de desear más, primero consentiré -en perder todo lo que hay de superfluo en lo que -poseo. Las riquezas son una carga en un retiro en -donde sólo se busca la tranquilidad.»</p> - -<p>Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. -No manifestó al verme menos alegría -que su hijo, y cuando supo el motivo del agradecimiento -a que me estaba obligada su familia, se -empeñó en que había de aceptar yo la renta, lo cual -rehusé de nuevo. En fin, el padre y el hijo me condujeron -a casa de un escribano, en donde otorgaron -la escritura de donación, que ambos firmaron<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span> -con más gusto que si fuera un instrumento a favor -suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, -diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya -y que fuese cuando quisiese a tomar posesión de -ella. Después se volvieron a casa del barón de -Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde -dejé pasmado a mi secretario cuando le dije que -teníamos una hacienda en el reino de Valencia y -le conté el modo como acababa de adquirirla. -«¿Cuánto puede producir esta pequeña heredad?», -me dijo. «Quinientos ducados de renta—le respondí—, -y puedo asegurarte que es una amena soledad. -Yo la he visto, por haber estado en ella muchas -veces en calidad de mayordomo de los señores -de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la -orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o -seis vecinos y en un país hermosísimo.»</p> - -<p>«Lo que me gusta mucho—exclamó Escipión—es -que tendremos allí caza, vino de Benicarló y -excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos -prisa a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» -«No tengo menos deseo que tú—le respondí—de -estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje a -Asturias, porque mis padres no deben de hallarse -en buen estado. Quiero ir a verlos y llevármelos a -Liria, en donde pasarán sus últimos días con descanso. -Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo -para recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me -castigaría.» Escipión apoyó mucho mi determinación -y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos -tiempo—me dijo—; ya tengo carruaje. Compremos<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -prontamente mulas y tomemos el camino de Oviedo.» -«Sí, amigo mío—le respondí—, marchemos -cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias -de mi retiro con los que me han dado -el ser. Presto estaremos de vuelta en nuestra aldea, -y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre -la puerta de mi casa estos dos versos latinos:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line"><i>Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:</i></div> -<div class="line"><i>Sat me ludistis; ludite nunc alios</i><a name="FNanchor_1" id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.»</div> -</div></div></div> - -<div class="footnote"> -<p><a name="Footnote_1" id="Footnote_1" href="#FNanchor_1"><span class="label">[1]</span></a>Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!<br /> -¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!</p> -</div> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span></p> - - -<h2>LIBRO DECIMO</h2> - - -<h3 id="III_I">CAPITULO PRIMERO</h3> - -<p class="i2 center"><b>Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, -donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, -y se encuentra casualmente con el señor Manuel -Ordóñez, administrador del hospital.</b></p></div> - -<p class="p2">Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid -con Escipión para ir a Asturias, el duque de -Lerma fué creado cardenal por la Santidad de -Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición -en el reino de Nápoles, honró con el capelo -a este ministro para empeñarle a hacer que el rey -Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los -que conocían perfectamente a este nuevo miembro -del Sacro Colegio les pareció, como a mí, que la -Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.</p> - -<p>Escipión, que hubiera querido más volver a verme -en un puesto brillante de la corte que sepultado -en un retiro, me aconsejó que me presentase -al nuevo cardenal. «Puede ser—me dijo—que -su eminencia, viéndole a usted fuera de la<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> -prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse -irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo -a su servicio.» «Señor Escipión—le respondí—, usted -ha olvidado sin duda que sólo conseguí la libertad -bajo condición de salir inmediatamente de -las dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado -de mi quinta de Liria? Ya te lo he dicho, -y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque de -Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese -el mismo puesto que ocupa don Rodrigo Calderón, -lo renunciaría. Mi determinación está tomada. -Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme -con ellos a las cercanías de la ciudad de Valencia. -En cuanto a ti, amigo mío, si estás arrepentido -de unir tu suerte con la mía, no tienes -mas que decirlo, que estoy pronto a darte la mitad -del dinero que tengo y te quedarás en Madrid, en -donde adelantarás tu fortuna hasta donde pudieres.»</p> - -<p>«¿Cómo así?—replicó mi secretario, algo resentido -de estas expresiones—. ¿Es posible que usted -sospeche que sea yo capaz de tener repugnancia -a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo -y mi inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel -criado que por tomar parte en sus penas hubiera -pasado con gusto el resto de sus días con usted -en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia -en acompañarle en una mansión donde espera -gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna -gana tengo de disuadir a usted de su resolución; -pero quiero confesarle mi malicia: si le aconsejé -que se presentase al duque de Lerma fué única<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>mente -para sondearle y ver si todavía le quedaban -algunas reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que -se halla usted tan desprendido de las grandezas, -abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar -de aquellos inocentes y deliciosos placeres -de que nos formamos una idea tan risueña!»</p> - -<p>Con efecto, poco después salimos de Madrid en -una silla tirada de dos buenas mulas, guiadas por -un mozo que tuve por conveniente agregar a mi -comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, -al pie de Guadarrama; el segundo, en Segovia, de -donde salí sin detenerme a visitar al generoso alcaide -Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día -siguiente a Valladolid. Al descubrir esta ciudad no -pude menos de dar un profundo suspiro, que habiéndolo -oído mi compañero, me preguntó la causa. -«Hijo mío—le dije—, es la de que ejercí mucho -tiempo en Valladolid la Medicina, y sobre este -punto me están atormentando los remordimientos -secretos de mi conciencia, pues me parece que todos -aquellos que maté salen de sus sepulcros para -venir a despedazarme.» «¡Qué imaginación!—dijo -mi secretario—. ¡Sin duda, señor de Santillana, -que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente -usted de haber hecho su oficio? ¿Por ventura -los doctores ancianos sienten los mismos remordimientos? -No, señor; llevan la suya adelante -con el mayor sosiego del mundo, imputando a la -Naturaleza los accidentes funestos y atribuyéndose -a ellos solamente los felices.»</p> - -<p>«En verdad—repuse—que el doctor Sangredo,<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -cuyo método seguía yo fielmente, era de este carácter. -Aunque viese morir cada día veinte enfermos -entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia -de la sangría del brazo y de la bebida frecuente, -a las cuales llamaba sus dos específicos -para todo género de enfermedades, que si morían -los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido -poco y a que no los habían sangrado bastante.» -«¡Vive diez—exclamó Escipión dando una carcajada—, -que me cita usted un sujeto original!» «Si -tienes curiosidad de verle y oírle—repuse yo—, -mañana la podrás satisfacer, como no haya muerto -y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque -ya era viejo cuando le dejé y desde entonces acá -se han pasado bastantes años.»</p> - -<p>Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón -adonde fuimos a apearnos fué preguntar por -el tal doctor. Supimos que aun no se había muerto, -pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho -movimiento a causa de su gran vejez, había abandonado -el campo a otros tres o cuatro doctores, -que habían adquirido gran fama por otro nuevo -método de curar que no valía más que el suyo. -Resolvimos hacer parada el día siguiente, tanto -para que descansasen las mulas como por ver al -doctor Sangredo. A cosa de las diez de la mañana -fuimos a su casa y le hallamos sentado en una silla -poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego -que nos vió, vino hacia nosotros con paso muy firme -para un setentón, y nos preguntó qué le queríamos. -«Pues qué, señor doctor—le respondí—, ¿es<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -posible que ya no me conozca usted, siendo así -que tuve la fortuna de haber sido uno de sus discípulos? -¿No se acuerda usted de un cierto Gil -Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» -«¿Cómo así?—me replicó dándome un abrazo—. -¿Eres tú Santillana? Cierto que no te había -conocido y me alegro infinito de volverte a ver. -¿Qué has hecho después que nos separamos? Sin -duda, habrás ejercido siempre la Medicina.» «Teníale—le -respondí—mucha inclinación, pero razones -poderosas me apartaron de ella.»</p> - -<p>«¡Peor para ti!—replicó Sangredo—. Con los principios -que aprendiste de mí hubieras llegado a ser -un médico hábil, con tal que el Cielo te hubiera -hecho la gracia de preservarte del peligroso amor -a la química. ¡Ah hijo mío!—exclamó arrancando -un doloroso suspiro—. ¡Qué novedades se han introducido -en la Medicina de algunos años a esta -parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; -esta arte, que en todos tiempos ha respetado -la vida de los hombres, hoy se halla en poder de -la temeridad, de la presunción y de la impericia, -porque los hechos hablan y presto alzarán el grito -hasta las piedras contra el desorden de los nuevos -prácticos: <i>lapides clamabunt</i>. Se ven en esta ciudad -algunos médicos, o que se llaman tales, que se han -uncido al carro de triunfo del antimonio: <i>carrus -triumphalis antimonii</i>; unos desertores de la escuela -de Paracelso, adoradores del <i>quermes</i> y curanderos -de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia -médica en saber preparar algunas drogas quími<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>cas. -¿Qué más te diré? En su método todo está -desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en -otros tiempos tan raras veces practicada, hoy es la -única que se usa; los purgantes, antiguamente suaves -y benignos, se han convertido en emético y en -quermes. Ya todo no es mas que un caos en que -cada uno se toma la libertad de hacer lo que se le -antoja y traspasa los límites del orden y de la sabiduría -que nuestros primitivos maestros señalaron.»</p> - -<p>Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación -tan cómica, pude contenerme. Y aun -hice más: declamé contra el quermes, sin saber lo -que era, y di al diablo sin más reflexión a los que -lo habían inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho -que me divertía esta escena, quiso contribuir -también por su parte a ella. «Yo, señor doctor—dijo -a Sangredo—, soy sobrino de un médico de la escuela -antigua, y como tal, pido a usted licencia -para declararme enemigo de los remedios químicos. -Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan -ciego partidario de Hipócrates, que se batió muchas -veces con los empíricos que no hablaban con -el debido respeto de este rey de la Medicina. La -razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el -verdugo de esos ignorantes novadores, de quienes -usted se queja con tanta justicia como elocuencia! -¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos -miserables?»</p> - -<p>«Ese desorden—replicó el doctor—va todavía -más lejos de lo que usted piensa. De nada me ha<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -servido publicar un libro contra esos asesinos de -la Medicina; antes al contrario, cada día van en -aumento. Los cirujanos, cuyo gran hipo es querer -hacer de médicos, se creen capaces de serlo cuando -sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo -sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta -el punto de mezclar el quermes en las pócimas y -cocimientos cordiales, y cátate que ya se juzgan -iguales a los grandes médicos. Este contagio -ha cundido hasta dentro de los claustros. Hay entre -los frailes ciertos legos que son a un mismo -tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos -se aplican a la química y hacen drogas perniciosas, -con las que abrevian la vida de sus padres -reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan más -de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple -usted ahora el destrozo que hacen en ellos el -quermes junto con el emético y la sangría del pie.» -«Señor Sangredo—dije yo entonces—es muy justa -la indignación de usted contra esos envenenadores; -yo me lamento de lo mismo y entro a la parte -en su compasivo temor por la vida de los hombres, -manifiestamente amenazada por un método tan -diferente del de usted. Mucho temo que la química -no sea algún día la ruina de la Medicina, como -lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo -que este día fatal no esté cerca de llegar!»</p> - -<p>Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró -en el cuarto del doctor una criada vieja, que le -traía en una bandeja un panecillo tierno, un vaso -y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino.<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -Luego que comió un bocado echó un trago, en el -cual, ciertamente, había mezclado dos terceras partes -de agua; pero esto no le libró de las reconvenciones -que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, -hola, señor doctor!—le dije—. ¡Le he cogido a usted -en el garlito! ¡Usted beber vino, cuando siempre -se ha declarado contra esta bebida y cuando -en las tres cuartas partes de su vida no ha bebido -sino agua! ¿De cuándo acá se ha contrariado usted -a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad -avanzada, pues en un lugar de sus escritos define -la vejez diciendo que es <i>una tisis natural que poco -a poco nos va disecando y consumiendo</i>, y, en fuerza -de esta definición, lamenta usted la ignorancia de -aquellos que llaman al vino <i>la leche de los viejos</i>. -¿Qué me dirá usted ahora en su defensa?»</p> - -<p>«Digo—me respondió el viejo—que me reconvienes -sin razón. Si yo bebiera vino puro, tendrías -motivo para mirarme como a un infiel observador -de mi propia doctrina; pero ya has visto que el -vino que he bebido estaba muy aguado.» «Otra -condición—le repliqué yo—, mi querido maestro: -acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el -canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba -con mucha agua. Confiese usted de buena fe que -al cabo ha reconocido su error y que el vino no es -un licor tan funesto como usted lo sentó en sus -obras, con tal que se beba con moderación.»</p> - -<p>Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta -réplica. No podía negar que en sus libros había -prohibido el uso del vino; pero como la vergüenza<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> -y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía -una justa reconvención, no sabía qué responderme. -Para sacarle de este pantano mudé de conversación, -y poco después me despedí de él, exhortándole -a que se mantuviese siempre firme contra -los nuevos médicos. «¡Animo, señor Sangredo!—le -dije—. ¡No se canse usted de desacreditar el quermes -y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! -Si a pesar de su celo y amor a la ortodoxia médica -esa raza empírica logra arruinar la rigidez antigua, -por lo menos tendrá usted el consuelo de haber -hecho cuanto estaba de su parte para sostenerla!»</p> - -<p>Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, -hablando del gracioso y original carácter del tal -doctor, pasó cerca de nosotros por la calle un hombre -como de cincuenta y cinco a sesenta años, que -caminaba con los ojos bajos y un rosario de cuentas -gordas en la mano. Miréle atentamente y sin -dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez, -aquel buen administrador del hospital de quien se -hizo tan honorífica mención en el capítulo XVII -del libro primero de mi historia. Lleguéme a él con -grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al -venerable y discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre -más a propósito del mundo para conservar la -hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me -miró con mucha atención y me respondió que mi -fisonomía no le era desconocida, pero que no podía -acordarse en dónde me había visto. «Yo iba—le -respondí—a casa de usted en tiempo que le servía -un amigo mío llamado Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span> -me acuerdo!—repuso el administrador con una sonrisa -maligna—. Por señas, que los dos erais muy -buenas alhajas e hicisteis admirables muchachadas. -¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? Siempre -que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»</p> - -<p>«Me he tomado la libertad de detener a usted en -la calle—dije al señor Manuel—precisamente para -darle noticias suyas. Sepa usted que Fabricio está -en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» -«¿A qué llamas obras misceláneas?», me replicó. -«Quiero decir—le contesté—que escribe en prosa y -en verso; compone comedias y novelas; en suma, -es un mozo de ingenio y es bien recibido en las -casas distinguidas.» «¿Y cómo lo pasa con su panadero?», -me preguntó el administrador. «No tan bien—le -respondí—como con las personas de calidad; -porque, aquí para los dos, creo que está tan pobre -como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la menor duda!—repuso -Ordóñez—. Haga la corte a los grandes -todo lo que quisiere; sus complacencias, sus lisonjas -y sus vergonzosas bajezas le producirán todavía -menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico: -algún día le veréis en el hospital.»</p> - -<p>«Esto no me causará novedad—dije yo—, porque -la poesía ha llevado a él a otros muchos. Mucho -mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en -haberse mantenido a la sombra de usted, que a la -hora de ésta estaría nadando en oro.» «A lo menos -nada le faltaría—respondió Ordóñez—. Yo le quería -bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span> -en puesto, hasta asegurarle un sólido acomodo en -la casa de los pobres, cuando se le antojó querer -pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, -que hizo representar por los comediantes que -a la sazón se hallaban en esta ciudad; la pieza -logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó -la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope -de Vega, y prefiriendo el humo de los aplausos -del público a las verdaderas conveniencias que mi -amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En -vano procuré persuadirle que dejaba la carne para -correr tras la sombra; no pude detener a este loco, -a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No conocía -su felicidad!—añadió—. Buena prueba es de esto -el criado que recibí después que él me dejó; más -juicioso que Fabricio, y con menos talento que él, -se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos -que le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado -como merecía y en la actualidad está desempeñando -en el hospital dos destinos, el menor -de los cuales es más que suficiente para sustentar -a un hombre de bien cargado de una numerosa -familia.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p> - -<h3 id="III_II">CAPITULO II</h3> - -<p class="i2 center"><b>Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; -en qué estado halla a su familia; muerte de su -padre, y sus consecuencias.</b></p></div> - -<p class="p2">Desde Valladolid nos pusimos en seis días en -Oviedo, adonde llegamos sin habernos sucedido la -menor desgracia en el viaje, a pesar del refrán que -dice: <i>Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los -pasajeros</i>. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, -no habrían errado el golpe, y sólo dos habitantes -de una cueva habrían bastado para soplarnos -nuestros doblones, porque en la corte yo no -había aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo -de mulas, no parecía tener gana de dejarse matar -por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión era -un poco espadachín.</p> - -<p>Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. -Nos apeamos en un mesón poco distante de la -casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba yo -tener noticia del estado en que se hallaban mis -padres antes de presentarme a ellos; y para saberlo -no podía dirigirme a quien me informase mejor -que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas -que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa -de sus vecinos. Con efecto, después de haberme -mirado el mesonero con la mayor atención, me conoció -y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de -Padua, que éste es el hijo del buen escudero Blas<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -de Santillana!» «¡Sí, por cierto—añadió la mesonera—; -él mismo es! Y apenas se ha mudado; es aquel -despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que -cuerpo. ¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía -aquí con la botella por vino para cenar su tío!»</p> - -<p>«Señora—dije a la mesonera—, no se puede negar -que tiene usted una memoria feliz. Pero deme -usted, le ruego, noticias de mi familia; sin duda -que mis padres no deben de estar en una situación -agradable.» «Demasiado cierto es—respondió la mesonera—. -Por triste que sea el estado en que usted -pueda representárselos, no es posible imaginar que -haya dos personas más dignas de compasión que -ellos. El buen señor Gil Pérez está baldado de la -mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy -poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a -esta parte vive con el canónigo, padece una opresión -de pecho, o por mejor decir, se halla actualmente -entre la vida y la muerte, y su madre de -usted, que tampoco goza la mejor salud, se ve precisada -a servir de asistenta a los dos enfermos.»</p> - -<p>Así que oí esta relación, que me hizo conocer -que era hijo, dejé a Beltrán en el mesón en guarda -de mi equipaje, y acompañado de mi secretario -Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé -a casa de mi tío. Apenas me puse delante de mi -madre, cuando cierta conmoción que sintió en su -interior le hizo conocer quién yo era, aun antes de -tener tiempo para examinar las facciones de mi -rostro. «¡Hijo mío—me dijo tristemente echándome -los brazos al cuello—, ven a ver morir a tu<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso -espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un -cuarto donde el triste Blas de Santillana, tendido -en una cama que mostraba bien la miseria de un -pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, -aunque cercado de las sombras de la muerte, -todavía conservaba algún conocimiento. «Amado -esposo—le dijo mi madre—, aquí tienes a tu hijo -Gil Blas, que te pide perdón de todos los disgustos -que te ha causado y te ruega le eches tu bendición.» -Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya -comenzaban a cerrarse para siempre; fijólos en mí, -y observando, a pesar de la postración en que se -hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció -de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo -entonces le tomé una mano, y mientras se la bañaba -en lágrimas, sin poder proferir una palabra, -exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado -a que yo llegase para expirar.</p> - -<p>Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte -para afligirse desmedidamente; quizá me afligí -yo más que ella, sin embargo de que mi padre en -su vida me había dado la menor demostración de -cariño. Además de que bastaba ser hijo suyo para -llorarle, me acusaba a mí mismo de no haberle socorrido, -y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad, -me consideraba como un monstruo -de ingratitud, o por mejor decir, como un parricida. -Mi tío, a quien vi después postrado en otra -cama poco menos pobre y en un estado lastimoso, -me hizo experimentar nuevos remordimientos.<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -«¡Hijo desnaturalizado!—me dije a mí mismo—. -¡Considera para tu mayor tormento la miseria en -que se hallan tus parientes! Si los hubieras socorrido -con parte de lo que te sobraba de los bienes -que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado -las comodidades a que no podía alcanzar -la renta de la prebenda, y de esta manera acaso -hubieras alargado la vida a tu padre.»</p> - -<p>El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había -perdido la memoria y el juicio. De nada me sirvió -estrecharle entre mis brazos y darle muestras de -mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. -Por más que mi madre le decía que yo era su sobrino -Gil Blas, no hacía mas que mirarme con un -aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la -sangre y el agradecimiento no me hubieran obligado -a compadecerme de un tío a quien tanto debía, -no hubiera podido menos de hacerlo viéndole -en una situación tan digna de lástima.</p> - -<p>Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo -silencio, me acompañaba en mi pena y mezclaba -por amistad sus suspiros con los míos. Pareciéndome -que después de tan larga ausencia tendría -mi madre muchas cosas reservadas que decirme -y que podía detenerla la presencia de un -hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le -dije: «Vete, hijo mío, a descansar al mesón y déjame -aquí con mi madre, que acaso te creería de más -en una conversación que no recaerá sino sobre -asuntos de familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, -y, efectivamente, mi madre y yo es<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>tuvimos -hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente -fiel cuenta de todo lo que a uno y otro -nos había sucedido desde mi salida de Oviedo. Ella -me hizo extensa relación de todas las desazones -que había tenido en las varias casas donde había -servido de dueña, confiándome en el asunto muchas -cosas que no me hubiera alegrado las hubiese -oído mi secretario, sin embargo de no tener yo -nada reservado para él. Con todo el respeto que -debo a la memoria de mi madre, diré que la buena -señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera -ahorrado las tres cuartas partes de su historia -si hubiese suprimido las circunstancias inútiles -de ella.</p> - -<p>Acabó por fin su relación y yo di principio a la -mía. Conté por encima todas mis aventuras; pero -cuando llegué a la visita que me había hecho en -Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de -Oviedo, me extendí un poco sobre este pasaje. -«Confieso, señora—dije a mi madre—, que recibí -con despego al tal mozo, el cual, por vengarse de -ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» -«Así es—me respondió—; díjonos que te había encontrado -tan engreído con el favor del primer ministro -de la Monarquía, que apenas te habías dignado -conocerle, y que cuando te pintó nuestras -miserias le oíste con mucha frialdad. Pero como -los padres y las madres—añadió ella—-procuran -siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer -tuvieses tan mal corazón. Tu venida a Oviedo -acredita la buena opinión que teníamos de ti y el<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> -sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»</p> - -<p>«Me hace mucho favor—respondí—ese buen concepto -que a usted debo, pero lo cierto es que en la -relación del hijo de Moscada hay alguna verdad. -Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con -mi fortuna, y la ambición que me dominaba no -me permitía pensar en mis parientes. De consiguiente, -hallándome en semejante disposición, no -es de admirar que recibiese mal a un hombre que, -acercándose a mí de un modo grosero, me dijo -brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba -más rico que un judío, iba a aconsejarme que enviase -a ustedes algún dinero, respecto a que se -veían en grande necesidad, y aun me echó en cara -en términos nada comedidos mi indiferencia hacia -mi gente. Me incomodó su llaneza, y, perdiendo la -paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso -que me porté mal en aquella ocasión, que debí -reflexionar no era culpa vuestra la falta de atención -del especiero y que su consejo merecía seguirse, -aunque había sido grosero el modo de dármelo. -Esto fué lo que me ocurrió al pensamiento un momento -después que había despedido a Moscada. -La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de -mis obligaciones hacia mis padres, me avergoncé -de haberlas cumplido tan mal y sentí remordimientos, -de los cuales no puedo, sin embargo, hacer -mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente -por la avaricia y por la ambición. -Pero después fuí encerrado por orden del rey en el<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, -y esta dichosa enfermedad es la que a usted -le restituye su hijo. Sí, por cierto; mi enfermedad -y mi prisión fueron las que hicieron recobrar a la -Naturaleza todos sus derechos y las que me han -desprendido enteramente de la Corte. Hoy sólo -suspiro por la soledad y he venido a Asturias con -el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo -a que disfrutemos juntos las dulzuras de una -vida retirada. Si usted admite mi oferta, la conduciré -a una posesión que tengo en el reino de Valencia, -en donde espero que pasaremos una vida -muy cómoda. Bien podrá usted conocer que mi -ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que -el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos -la satisfacción de tener en mi compañía a mi madre -y pueda reparar con todas las posibles atenciones -el tiempo que pasé sin servirle de nada.»</p> - -<p>«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones—me -dijo entonces mi madre—. Sin duda alguna -me iría contigo a no impedírmelo algunas -dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar -a tu tío y mi hermano en el estado en que se -halla; después de eso, estoy muy connaturalizada -con este país para que yo le deje. Sin embargo, -como esto merece examinarse con madurez, quiero -meditarlo despacio; por ahora solamente debemos -pensar en los funerales de tu padre.» «Ese cuidado—le -respondí—se lo encargaremos a ese mozo -que usted ha visto conmigo, que es mi secretario; -tiene talento y celo y podemos descuidar en él.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> - -<p>No bien había pronunciado estas palabras cuando -entró Escipión, porque era ya día claro. Preguntónos -si podía servirnos de algo en el apuro en -que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy -a tiempo para recibir una orden importante que -pensaba darle. Luego que se impuso de lo que se -trataba, «¡Basta!—dijo—. Ya tengo ideada acá en -mi cabeza toda la ceremonia y ustedes podrán -fiarse de mí.» «Pero guardaos bien—añadió mi madre—de -pensar en un funeral que tenga la menor -apariencia de ostentación; por modesto que sea, -nunca lo será demasiado para mi esposo, a quien -toda la ciudad ha conocido por un escudero de los -más pobres.» «Señora—respondió Escipión—, aunque -hubiera sido mucho más infeliz, no por eso -rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente -las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito -del duque de Lerma, a su padre debe enterrársele -con grandeza.»</p> - -<p>Aprobé el designio de mi secretario y aun le -encargué que no economizase el dinero; un resto -de vanidad que yo conservaba todavía se despertó -en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este -dispendio por un padre que ninguna herencia me -dejaba, admirarían todos mi porte generoso. Mi -madre por su parte, a pesar de la gran modestia -que aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su -marido fuese enterrado con pompa. Dimos, pues, -amplias facultades a Escipión, que sin perder tiempo -marchó a dar las disposiciones necesarias para -un suntuoso entierro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span></p> - -<p>Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan -magnífico que irritó contra mí a la ciudad y arrabales; -a todos los vecinos de Oviedo, desde el mayor -hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. -«¡Este ministro de la noche a la mañana—decía -uno—tiene dinero para enterrar a su padre y no -lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido—decía -otro—haber tenido más amor a su padre -vivo que hacerle tantas honras después de muerto!» -En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada -una disparó su saeta. No se contentaron con esto: -cuando salimos de la iglesia, así a mí como a Escipión -y a Beltrán nos cargaron de injurias, acompañándonos -hasta nuestra casa las befas y gritos -de los muchachos, los cuales llevaron a Beltrán a -pedradas hasta el mesón. Para disipar la canalla -que se había agolpado delante de la casa de mi -tío fué menester que mi madre se asomase a la -ventana y asegurase a todos que no tenía queja -ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo -al mesón donde estaba mi silla, para hacerla mil -pedazos, como infaliblemente lo hubieran ejecutado -si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado -modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y -disuadirles de semejante intento.</p> - -<p>Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos -de lo que había hablado de mí el mozo especiero -de la ciudad, me inspiraron tal aversión hacia -mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de -Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me -hubiera detenido algún tiempo más. Díjeselo a mi<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -madre claramente, y como no estaba menos sentida -que yo de ver lo mal que me había recibido -mi país, no se opuso a mi resolución. Sólo se trató -del modo de portarme con ella en adelante. «Madre—le -dije—, ya que usted no puede abandonar a -mi tío, no debo insistir en que se venga usted conmigo; -pero como, según todas las señales, no puede -estar muy distante el fin de sus días, deme usted -palabra de venir a vivir en mi compañía luego que -él fallezca.»</p> - -<p>«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero -pasar en Asturias los pocos días que me quedan -de vida y con total independencia.» «Pues qué, -señora—le repliqué—, ¿no será usted dueña absoluta -en mi casa?» «No lo sé, hijo mío—me respondió—. -Tal vez te enamorarás de alguna niña linda -y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra -y no podremos vivir juntas.» «Usted—le dije—prevé -los disgustos muy de lejos. Por ahora no pienso -en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta -idea, esté usted cierta de que mandaré a mi mujer -que en todo y por todo esté sujeta a la voluntad -de usted.» «Te obligas temerariamente a una cosa—repuso -mi madre—que nunca podrás cumplir; -antes bien, no me atrevería yo a afirmar que si -entre la suegra y la nuera ocurriesen algunas desazones, -no te declarases a favor de tu mujer antes que -al mío, por grande que fuese su sinrazón.»</p> - -<p>«Señora, habla usted como un oráculo—dijo mi -secretario metiéndose en la conversación—. Yo -pienso, como usted, que las nueras dóciles son muy<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden -contentos, ya que quiere usted decididamente -permanecer en las Asturias y él en el reino de Valencia, -será menester que le señale una renta anual -de cien doblones, que yo me encargo de traer aquí -todos los años, y por este medio la madre y el -hijo estarán muy satisfechos uno de otro a doscientas -leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las -dos partes interesadas, y yo desde luego pagué -adelantado el primer año, y salí de Oviedo el día -siguiente antes de amanecer, por miedo de que el -populacho no me tratara como a San Esteban. Tal -fué el recibimiento que se me hizo en mi patria. -¡Admirable lección para aquellas personas de humilde -nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera -de su país, quieran volver a él para hacer de personas -de importancia!</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_III">CAPITULO III</h3> - -<p class="i2 center"><b>Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y -llega en fin a Liria; descripción de su quinta, cómo -fué recibido en ella y qué gentes encontró allí.</b></p></div> - -<p class="p2">Tomamos el camino de León, después el de Palencia, -y, siguiendo nuestro viaje a cortas jornadas, -llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, -y al día siguiente por la mañana entramos en mi -quinta, que sólo dista cinco leguas de aquella ciudad. -Advertí que conforme nos íbamos acercando<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -mi secretario observaba con la mayor atención -todas las quintas que a diestra y siniestra se le -ofrecían a la vista. Luego que descubría alguna de -grande apariencia, me decía enseñándomela con -el dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro -retiro.»</p> - -<p>«No sé, amigo mío—le dije—, qué idea te has -formado de nuestra morada; pero si te la figuras -como una casa magnífica, como la hacienda de un -gran señor, desde luego te digo que estás muy -equivocado. Si no quieres que tu imaginación se -ría después de ti, represéntate aquella casa campestre -que Mecenas regaló a Horacio, situada en -el país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta -que don Alfonso me ha hecho un regalo muy semejante -a aquél.» «Según eso—replicó Escipión—, sólo -debemos esperar que tendremos por albergue una -cabaña.» «Acuérdate—repuse yo—que siempre te -hice una descripción muy modesta de ella, y si -quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de mi -pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar -y mira sobre su orilla, junto a aquella aldehuela -de nueve a diez casas, aquella que tiene cuatro torrecillas, -que ésa es mi quinta.»</p> - -<p>«¡Diantre!—exclamó entonces asombrado mi secretario—. -¡Aquel edificio es una preciosidad! Además -del aspecto de nobleza que le dan sus torrecillas, -puede añadirse que está bien situado, bien -construído y rodeado de cercanías más deliciosas -que los contornos de Sevilla, llamados por excelencia -«el paraíso terrenal». El sitio no podía ser<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span> -más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos -escogido. Riégale un río con sus aguas -y un espeso bosque está brindando con su sombra -al que quiera pasearse aun en la mitad del día. -¡Oh qué amable soledad! ¡Ah mi querido amo, -todas las trazas son de que permaneceremos en él -largo tiempo!» «Me alegro mucho—le respondí—de -que te agrade tanto nuestro retiro, del cual aun -no conoces todas las conveniencias.»</p> - -<p>Divertidos en esta conversación llegamos finalmente -a la casa, cuyas puertas nos fueron abiertas -al punto que dijo Escipión que era yo el señor Gil -Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de -su quinta. Al oír un nombre tan respetable para -aquellas gentes, dejaron entrar la silla en un espacioso -patio, donde al punto me apeé. Apoyándome -gravemente de Escipión y haciendo de personaje, -pasé a una sala, en la que inmediatamente se me -presentaron siete u ocho criados, diciendo que venían -a ofrecerme sus reverentes obsequios como a -su nuevo señor, habiéndolos don César y don Alfonso -escogido para que me sirviesen, uno de cocinero, -otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la -misma, otro de portero y los demás de lacayos, -con prohibición a todos de recibir de mí salario -alguno, porque aquellos señores querían corriesen -de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal -de estos criados, y que como tal llevaba la -palabra, era el cocinero, el cual se llamaba maestro -Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión -de los mejores vinos de España y que, por<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -lo tocante al aderezo de la comida, habiendo tenido -el honor de servir por espacio de seis años en la -cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba -componer unos platos que excitasen mi apetito. -«Voy a disponerme—añadió—para dar a vuestra señoría -una prueba de mi habilidad. Mientras llega la -hora de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo -y visitar su quinta, para reconocer si se halla en -estado de ser habitada por vuestra señoría.» Ya se -puede considerar que yo no dejaría de hacer esta -visita; y Escipión, aun más curioso de hacerla que -yo, me fué conduciendo de pieza en pieza. Recorrimos -toda la casa de arriba abajo, sin que ningún -rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos -así nos lo pareció, y por todas partes hallé motivos -para admirar la gran bondad que don César y -su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron -mi atención dos aposentos adornados con -unos muebles que, sin llegar a ser magníficos, eran -de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería -de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas -de terciopelo, todo bien conservado, a pesar -de haberse hecho en tiempo que los moros ocupaban -el reino de Valencia. De igual gusto eran los -muebles del otro aposento: cubría sus paredes una -colgadura antigua de damasco genovés, de color -de caña, con una cama y sillas de la misma tela -guarnecidas de franjas de seda azul. Todos estos -efectos, que en un inventario hubieran sido poco -apreciados, parecían allí ostentosos.</p> - -<p>Después de haber examinado bien todas las co<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>sas, -mi secretario y yo volvimos a la sala, en la que -estaba ya puesta una mesa con dos cubiertos. Sentámonos -a ella y al punto se nos sirvió una olla -podrida, tan delicada que nos dió lástima de que -el arzobispo de Valencia no tuviese ya al cocinero -que la había sazonado. Verdad es que teníamos -buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese -mal. A cada bocado que comíamos, mis lacayos -de nueva fecha nos presentaban unos grandes -vasos, que llenaban hasta el borde de un vino -rico de la Mancha. No atreviéndose Escipión a -dejar ver delante de ellos la satisfacción interior -que experimentaba, me la daba a entender con -miradas expresivas, y yo le manifestaba con las -mías que estaba tan contento como él. Un plato -de asado, compuesto de dos codornices gordas que -acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, -nos hizo dejar la olla podrida y acabó de saciarnos. -Luego que hubimos comido como dos hambrientos -y bebido a proporción, nos levantamos -de la mesa para ir al jardín a dormir voluptuosamente -la siesta en algún sitio fresco y agradable.</p> - -<p>Si mi secretario se había mostrado hasta entonces -muy satisfecho de cuanto había visto, aún lo -quedó más cuando vió el jardín, que le pareció -comparable con el parterre del Escorial. Bien es -verdad que don César, que de cuando en cuando -venía a Liria, tenía gusto en hacerlo cultivar y -hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas -de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque -de mármol blanco, en cuyo centro un león de<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -bronce arrojaba copiosos chorros de agua, la hermosura -de las flores y la diversidad de frutas, todos -estos objetos embelesaron a Escipión. Pero lo -que más le encantó fué una prolongada calle de -árboles que bajaban en declive continuando hasta -la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso -follaje de unos frondosos árboles. Haciendo -el elogio de un sitio tan a propósito para preservarse -del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos -al pie de un olmo, adonde el sueño acudió -presto a apoderarse de dos hombres algo alegrillos -que acababan de comer bien.</p> - -<p>Dos horas después despertamos despavoridos al -ruido de muchos escopetazos disparados tan cerca -de nosotros que nos asustaron. Levantámonos precipitadamente, -y para informarnos de lo que era -fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos -ocho o diez aldeanos, todos vecinos del lugar, -que disparaban y quitaban el orín de sus escopetas -para celebrar mi venida, que acababan de saber. -La mayor parte de ellos me conocían ya por -haberme visto algunas veces en aquella quinta -ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron, -gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva -nuestro señor! ¡Sea bien venido a Liria!» Diciendo -esto, volvieron a cargar sus escopetas y me obsequiaron -con una descarga general. Recibílos con -el mayor agrado que me fué posible, pero guardando -siempre gravedad, porque no me pareció conveniente -familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles -mi protección y les di además como unos<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span> -veinte doblones, expresión que, según creo, no fué -la que menos les agradó. Retiréme después con -mi secretario, dejándoles la libertad de echar todavía -más pólvora al aire, y nos fuimos al bosque, -en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, -sin que nos cansase la vista de los árboles; tanto -nos embelesaba el gusto de vernos en nuestra nueva -posesión.</p> - -<p>Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, -su ayudante ni el galopín. Ocupábanse todos -tres en disponernos una cena superior a la -comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y -entramos en la sala donde habíamos comido, quedamos -muy admirados de ver poner en la mesa -cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a -un lado y un capón en pepitoria al otro, sirviendo -después de intermedio orejas de puerco, pollos en -escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente -vino de Lucena y otros muchos excelentes. -Cuando conocimos que ya no podíamos -beber más sin exponer nuestra salud, pensamos -en irnos a acostar. Mis criados tomaron entonces -luces y me condujeron al mejor cuarto, en donde -me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego -que me dieron mi bata de noche y mi gorro de -dormir, los despedí diciéndoles en tono de amo: -«Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»</p> - -<p>Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo -con Escipión para conversar un poco con él. Preguntéle -qué juicio formaba del trato que se me -daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span> -mía—me respondió—, que me parece no puede -dárseos mejor y solamente deseo que esto dure -mucho!» «Pues yo no lo deseo—le repliqué—. No -debo permitir que mis bienhechores hagan tantos -gastos por mí, porque esto sería abusar de su generosidad. -Fuera de eso, tampoco me acomoda -servirme de criados asalariados por otro, porque -creería no hallarme en mi casa. A todo esto se -añade que yo no me he retirado aquí para vivir -con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de -tantos criados? Bástanos, Beltrán, un cocinero, un -mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de que -a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa -del gobernador de Valencia, no se opuso a mi delicadeza -en este punto; antes bien, conformándose -con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería -hacer. Decidido esto, se salió él de mi cuarto para -retirarse al suyo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_IV">CAPITULO IV</h3> - -<p class="i2 center"><b>Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores -de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y -de la buena acogida que le hizo doña Serafina.</b></p></div> - -<p class="p2">Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo -que no podía quedarme dormido, me abandoné a -mis reflexiones. Se me representó la generosidad -con que los señores de Leiva pagaban la inclinación -que yo les tenía, y, sumamente agradecido a<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -las nuevas señales que de ello me daban, resolví -marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer -la impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. -Ya me complacía anticipadamente la idea -de volver a ver pronto a Serafina; pero este placer -no era del todo completo, porque no podía -pensar sin pesadumbre en que al mismo tiempo -tenía que soportar la presencia de la señora Lorenza -Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance -del bofetón, no se alegraría mucho de verme. Cansada -la imaginación con todas estas especies, me -quedé finalmente dormido, y no desperté hasta -que empezó a dejarse ver el sol.</p> - -<p>Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto -el pensamiento en el viaje que meditaba, tardé -poco en vestirme. Al acabar entró mi secretario -en mi cuarto. «Escipión—le dije—, aquí tienes a -un hombre que se dispone para ir a Valencia. No -puedo menos de ir inmediatamente a visitar a unos -señores a quienes debo mi buena fortuna, y cada -instante de tardanza en el cumplimiento de este -deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo -mío, te dispenso de acompañarme; quédate aquí -durante mi ausencia, que no pasará de ocho días.» -«Id, señor—respondió—, y cumplid con don Alfonso -y su padre, que me parece agradecen el celo que -se les manifiesta y que están muy reconocidos a -los servicios que se les han hecho; son tan raras -las personas distinguidas que tienen ese carácter, -que no están por demás cualesquiera consideraciones -que se les manifiesten.» Di orden a Beltrán<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -para que se dispusiese a partir, y mientras que él -preparaba las mulas tomé yo el chocolate. En seguida -monté en mi silla, dejando mandado a mis -criados que mirasen a mi secretario como a mi -misma persona y que obedeciesen sus órdenes como -las mías.</p> - -<p>En menos de cuatro horas llegué a Valencia y -fuí en derechura a apearme a las caballerizas del -gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me condujesen -al cuarto de este señor, en donde se hallaba -a la sazón con su padre don César. Abrí sin ceremonia -la puerta y, acercándome a los dos, «Los -criados—les dije—no envían recado delante para -presentarse a sus amos; aquí está un antiguo criado -de vuestras señorías, que viene a ofrecerles sus -respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme en su -presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos -me estrecharon entre su brazos con todas las demostraciones -de una verdadera amistad. «Y bien, -mi querido Santillana—me dijo don Alfonso—, -¿has ido ya a Liria a tomar posesión de tu hacienda?» -«Sí, señor—le respondí—, y suplico a -vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» -«¿Pues por qué?—me replicó—. ¿Has encontrado -en ella alguna cosa que no te acomode?» -«¡Nada de eso!—respondí—. Por lo que toca a la -posesión me agrada infinito; pero lo que no me -acomoda es tener en ella cocineros de arzobispo y -tres veces más criados de los que he menester, -ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido -como superfluo.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span></p> - -<p>«Si hubieras aceptado—dijo don César—la pensión -de dos mil ducados que te ofrecimos en Madrid, -nos hubiéramos limitado a regalarte esa quinta -alhajada como está; pero no habiéndola tú -querido admitir, nos pareció que en recompensa -debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es demasiado—le -respondí—; basta que vuestras señorías me -favorezcan con la hacienda, que es suficiente para -colmar todos mis deseos. Además de lo mucho que -cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, -aseguro que una familia tan numerosa me incomoda -y me causa gran sujeción. En suma, señores—añadí—, -o vuestras señorías recobran su finca -o dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié -estas últimas palabras con tanta entereza, que -padre e hijo, que de ningún modo querían violentarme, -me permitieron al fin disponer de la quinta -como mejor me pareciese.</p> - -<p>Les repetía mil gracias por haberme concedido -esta libertad, sin la cual yo no podía ser dichoso, -cuando don Alfonso me interrumpió diciendo: «Mi -querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama -que tendrá singular gusto de verte.» Y hablando -de este modo me tomó de la mano y me condujo -al cuarto de Serafina, la cual así que me vió prorrumpió -en un grito de alegría. «Señora—le dijo -el gobernador—, creo que la llegada de nuestro -amigo Santillana a Valencia no os será menos gustosa -que a mí.» «De eso—respondió ella—el mismo -Santillana debe estar muy persuadido. No ha sido -capaz el tiempo de borrar de mi memoria el favor<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -que me hizo, y añado al agradecimiento que me -merece el que debo a un hombre a quien vos sois -deudor.» Respondí a mi señora la gobernadora que -me consideraba más que suficientemente pagado -del peligro que yo había corrido juntamente con -los demás que me ayudaron a librarla, exponiendo -mi vida por conservar la suya, y después de muchos -cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó -fuera del cuarto de Serafina y fuimos a reunimos -con don César, a quien hallamos en una sala acompañado -de muchos caballeros que estaban aquel -día convidados a comer.</p> - -<p>Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me -hicieron tantos más acatamientos cuanto que supieron -por don César que yo había sido uno de los -principales secretarios del duque de Lerma. Y aun -quizá no ignorarían la mayor parte de ellos que -don Alfonso había obtenido a influjo mío el Gobierno -de Valencia, porque al cabo todo se llega a -saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos -a la mesa sólo se habló del nuevo cardenal; -unos hacían, o aparentaban hacer, grandes elogios -de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, -como se suele decir, con la boca chica. Luego conocí -que con esto querían incitarme a que hablase -extensamente sobre su eminencia y que los divirtiese -a costa suya. De buena gana hubiera dicho -lo que pensaba de él, pero contuve la lengua, -lo que me hizo pasar en el concepto de aquellos -caballeros por un mozo muy discreto.</p> - -<p>Concluída la comida, se retiraron los convidados<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -a sus casas a dormir la siesta. Don César y su hijo, -instados del mismo deseo, se encerraron en sus -cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto -antes una ciudad que tanto había oído alabar, salí -del palacio del gobernador con ánimo de pasear -las calles. Encontré a la puerta un hombre que se -acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor -de Santillana para que le salude?» Preguntéle quién -era y me respondió: «Soy el ayuda de cámara del -señor don César y era uno de sus lacayos cuando -usted estaba de mayordomo de la casa. Todas las -mañanas iba al cuarto de usted, que siempre me -hacía mil favores, y le informaba de todo lo que -pasaba en casa. ¿No se acuerda usted que un día -le dije que el cirujano de la aldea de Leiva entraba -secretamente en el cuarto de la señora Lorenza -Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien—le respondí—. -Y ahora que se habla de esa dueña, ¿qué -se ha hecho?» «¡Ah!—repuso él—. Luego que usted -se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión -de ánimo, y al cabo murió más llorada del ama -que del amo.»</p> - -<p>Después que el ayuda de cámara me informó del -triste fin de Séfora me pidió perdón de lo que me -había detenido y me dejó proseguir mi camino. -No pude menos de suspirar acordándome de aquella -desdichada dueña, y, compadeciéndome de su -suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin -pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer -que al mérito mío de que se había prendado.</p> - -<p>Observaba con gusto todo lo que parecía digno<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> -de ser notado en la ciudad. El palacio arzobispal -entretuvo agradablemente mi vista, y lo mismo -los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me -llevó toda la atención fué una gran casa que vi a -lo lejos, en la cual entraba mucha gente. Acerquéme -a ella para saber por qué acudía allí un -concurso tan crecido de hombres y mujeres, y presto -salí de mi curiosidad leyendo estas palabras -escritas con letras de oro en una lápida de mármol -negro que estaba sobre la puerta: <i>Posada de los -representantes</i>. Leí también los carteles en los cuales -los cómicos ofrecían por la primera vez aquel -día la representación de una tragedia nueva de -don Gabriel Triaquero.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_V">CAPITULO V</h3> - -<p class="i2 center"><b>Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia -nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del -pueblo de Valencia.</b></p></div> - -<p class="p2">Detúveme algunos momentos a la puerta para -hacerme cargo de las personas que entraban, y -habíalas de todas calidades. Vi caballeros de buena -traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala -catadura como traje. Vi varias señoras de título -que se apeaban de sus coches para ir a ocupar los -aposentos que habían mandado tomar y algunas -aventureras que iban a caza de mentecatos. Este -confuso tropel de toda clase de espectadores me -<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me -disponía a tomar billete, cuando el gobernador y -su esposa llegaron. Reconociéronme entre la muchedumbre -y, habiéndome mandado llamar, me -llevaron a su palco, en donde me senté detrás de -los dos, de modo que podía hablar cómodamente -con ambos. Estaba el salón lleno de gente de alto -a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena -de caballeros de las tres Ordenes militares. «¡Grande -entrada!», dije a don Alfonso. «No hay que admirarse -de eso—me respondió—, porque la tragedia -que se va a representar está compuesta por -don Gabriel Triaquero, apellidado <i>el poeta de moda</i>. -Cuando los carteles de los cómicos anuncian alguna -nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia -se pone en movimiento; hombres y mujeres -no saben hablar de otra cosa; todos los palcos se -abonan, y el día de la primera representación se -estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo -así que se dobla el precio, exceptuando únicamente -el del patio, a quien siempre se respeta demasiado -por temor de que se altere.» «Sin duda—dije entonces -al gobernador—que esa viva curiosidad del público, -esa furiosa impaciencia que tiene por oír -todas las composiciones nuevas de don Gabriel me -dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»</p> - -<p>Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron -ver en el teatro los actores. Callamos inmediatamente -para oírlos con atención. Desde el principio -comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, -y al fin de cada jornada había un palmoteo<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -que parecía venirse al suelo el teatro. Concluída la -representación, me mostraron al autor, el cual iba -modestamente por los aposentos a recoger los aplausos -de que caballeros y damas le llenaban a competencia.</p> - -<p>Nosotros volvimos al palacio del gobernador, -adonde poco después llegaron tres o cuatro caballeros -cruzados y dos autores antiguos muy apreciables -en su clase, acompañados de un caballero -de Madrid, sujeto de talento y de gusto. Todos -habían estado en la comedia, y durante la cena no -se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece -a ustedes de la tragedia?—preguntó un caballero -de Santiago—. ¿No es esto lo que se llama una -obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones -tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. -En una palabra, es un poema compuesto para los -inteligentes.» «No creo—respondió un caballero de -Alcántara—que nadie pueda pensar de él de otra -manera. Esta pieza tiene algunos trozos que parecen -dictados por el mismo Apolo, y ciertos lances -manejados con destreza; dígalo si no el señor—añadió, -dirigiendo la palabra al caballero castellano—, -que me parece entendido, y apuesto a -que es de mi opinión.» «No apueste usted, caballero—le -respondió el de Madrid con cierta risita -falsa—. Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos -a decidir con tanta facilidad. Lejos de -juzgar del mérito de una pieza que oímos por la -primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando -solamente la escuchamos en boca de los actores, y -<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -por mucha impresión que nos haga suspendemos -el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad -no siempre nos causa en el papel el mismo placer -que nos ha causado en la escena. Por eso antes de -calificar un poema—prosiguió—lo examinamos escrupulosamente, -y por grande que pueda ser la -fama de un autor, no puede deslumbrarnos. Cuando -Lope de Vega y Calderón ofrecían composiciones -nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, -los cuales no los elevaron a la cumbre de -la gloria hasta después de haber juzgado que eran -dignos de ella.»</p> - -<p>«¡Oh! Por cierto—interrumpió el caballero de -Santiago—, nosotros no somos tan tímidos como -ustedes; no esperamos para decidir a que se imprima -una pieza. A la primera representación conocemos -todo su mérito. Ni aun para eso nos es -necesario oírla con la mayor atención, sino que -nos basta saber que es producción de don Gabriel -para persuadirnos de que no tiene ningún defecto. -Las obras de este poeta deben servir de época al -nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los Calderones -no eran mas que unos aprendices en comparación -de este gran maestro del teatro.» El madrileño, -que miraba a Lope y a Calderón como a los -Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado -con este discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio -dramático! Supuesto, señores, que ustedes me -obligan a juzgar como acostumbran por la primera -representación, les diré que no me ha gustado la -tragedia de su don Gabriel. Es un drama zurcido -<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -de rasgos más brillantes que sólidos. Las tres cuartas -partes de los versos son malos, o sin buena -rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, -y los conceptos, frecuentemente muy obscuros.»</p> - -<p>Los dos autores que estaban a la mesa, y que -por una moderación tan loable como rara no habían -dicho nada por que no se les sospechase de -envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los -ojos la opinión de este caballero, lo que me hizo -creer que su silencio era menos un efecto de la -perfección de la obra que de su política. En cuanto -a los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a -elogiar a don Gabriel, y aun le colocaron entre los -dioses. Esa extravagante apoteosis y ciega idolatría -impacientaron al castellano, que, alzando las -manos al cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: -«¡Oh divino Lope de Vega, raro y sublime -ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti -y todos los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, -melifluo Calderón, cuya suavidad elegante y purgada -de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno ni -otro que vuestros altares sean derribados por este -hijo novel de las Musas! Muy afortunado será si la -posteridad, cuya delicia formaréis así como formáis -la nuestra, hace mención de él.»</p> - -<p>Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, -hizo reír a toda la concurrencia, con lo cual se -levantó de la mesa y se retiró. A mí me condujeron -por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía -dispuesto. Encontré en él una buena cama, en -<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -la que, habiéndose acostado mi señoría, se durmió, -compadeciéndome tanto como el caballero castellano -de la injusticia que los ignorantes hacían a -Lope y a Calderón.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VI">CAPITULO VI</h3> - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra -a un religioso a quien le parece conocer; -qué hombre era este religioso.</b></p></div> - -<p class="p2">Como no había podido ver toda la ciudad el día -anterior, me levanté y salí al siguiente para acabar -de examinarla. Divisé en la calle a un cartujo, -que sin duda iba a negocios de su comunidad. -Caminaba con los ojos bajos y con un aspecto -tan devoto que se llevaba la atención de todos. -Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me -pareció ver en él a don Rafael, aquel aventurero -que ocupa tan honorífico lugar en varios capítulos -de esta historia.</p> - -<p>Me quedé tan asombrado y conmovido de este -inesperado encuentro, que en vez de acercarme al -monje permanecí inmóvil por algunos momentos, -lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo -Cielo!—dije—. ¿Se habrán visto jamás dos rostros -más parecidos? ¿Qué deberé pensar? ¿Creeré que -éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo -sea?» Tuve demasiada curiosidad de saber la verdad -para no pasar adelante.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span></p> - -<p>Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, -adonde fuí al momento con la esperanza de volver -a ver al tal hombre cuando se restituyese al monasterio, -y resuelto a detenerle para hablarle; pero -no tuve necesidad de aguardarle para quedar enterado -de todo. Al llegar a la puerta del monasterio -otra cara que yo conocía trocó mi duda en -certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio -Lamela, mi antiguo criado.</p> - -<p>Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos -allí. «¿Será acaso una ilusión?—le dije al saludarle—. -¿Es realmente un amigo mío el que tengo a -la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió -no conocerme; pero considerando que era inútil -la ficción y haciendo como quien de repente se -acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil Blas!—exclamó—. -¡Perdone usted si no le conocí tan -prontamente! Desde que vivo en este santo lugar -y me dedico a cumplir con los deberes que prescriben -nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente -la memoria de lo que he visto en el mundo.»</p> - -<p>«Tengo un verdadero gozo—le dije—de volverte -a ver después de diez años con un traje tan respetable.» -«Y yo—respondió—me avergüenzo de presentarme -con él a un hombre que ha sido testigo -de mi mala vida; este hábito me la está continuamente -reprendiendo. ¡Ah!—añadió dando un suspiro—. -¡Para ser digno de llevarle debiera haber -vivido siempre en la inocencia!» «Por ese modo de -hablar, que me causa sumo placer—le repliqué—, -se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -del Señor os ha tocado. Vuelvo a deciros que me -lleno de gozo y estoy impaciente por saber de qué -modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y -don Rafael, porque estoy persuadido de que es él a -quien acabo de encontrar en la ciudad en hábito de -cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido en -la calle para hablarle y le espero aquí para reparar -mi falta cuando se retire al monasterio.»</p> - -<p>«No se engañó usted—me dijo Lamela—; el mismo -don Rafael es a quien usted ha visto. Y en -cuanto a la relación que usted me pide, es la siguiente: -Después de habernos separado de usted -cerca de Segorbe, el hijo de Lucinda y yo tomamos -el camino de Valencia, con ánimo de hacer allí -alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que -entrásemos en la iglesia de cartujos a tiempo que -los religiosos estaban rezando en el coro; detuvímonos -a considerarlos y conocimos por nuestra -misma experiencia que los malos no pueden menos -de venerar la virtud. Admirámonos del fervor con -que rezaban, de aquel aire penitente y desasido -de los placeres del siglo y de la serenidad que se -dejaba ver en sus semblantes y que manifestaba -tan bien la quietud de su conciencia. Haciendo -estas observaciones caímos en una meditación que -nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres -con las de estos buenos religiosos, y la diferencia -que hallamos entre unas y otras nos llenó de -turbación y de inquietud. «Lamela—me dijo don -Rafael luego que salimos de la iglesia—, ¿qué impresión -ha causado en ti lo que acabamos de ver?<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> -Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no -tengo el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos -que me son desconocidos y por la primera -vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En -igual disposición me hallo yo—le respondí—. Las -malas acciones que he cometido se levantan en -este instante contra mí, y mi corazón, que jamás -había sentido remordimientos, está en la actualidad -despedazado por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio—continuó -mi compañero—, somos dos ovejas -descarriadas que el Padre celestial quiere por su -piedad volver al aprisco! El es, amigo mío. El es -quien nos llama. No seamos sordos a su voz: renunciemos -a nuestras iniquidades, dejemos la disolución -en que vivimos y comencemos desde hoy -a trabajar seriamente en el grande negocio de -nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra -vida en este monasterio y consagrarla a la penitencia.» -Aprobé el pensamiento de Rafael—prosiguió -el hermano Ambrosio—y tomamos la generosa -resolución de meternos cartujos. Para ponerla -por obra recurrimos al padre prior, que apenas -supo nuestro designio cuando, para probar nuestra -vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos -tratase como a religiosos durante un año entero. -Observamos las reglas con tanta exactitud y constancia, -que fuimos recibidos de novicios. Estábamos -tan contentos con nuestro estado y tan llenos -de fervor, que sufrimos valerosamente los trabajos -del noviciado, y en seguida se nos admitió a la -profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -don Rafael un talento a propósito para el manejo -de negocios, le nombraron para aliviar a un padre -anciano que era entonces procurador. Más hubiera -querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo -en la oración, pero se vió obligado a sacrificar este -gusto a la necesidad que se tenía de él. Adquirió -un conocimiento tan completo de los intereses de -la casa, que le juzgaron capaz de substituir al anciano -procurador, muerto tres años después. Y así -está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede -decirse que le desempeña con grande satisfacción -de los padres, que alaban mucho su conducta en -la administración de los bienes temporales. Pero -lo que más me admira es que, a pesar del cuidado -que se le confió de recaudar nuestras rentas, no -parece ocupado sino en la vida eterna. Si los negocios -le dejan un momento de reposo, se abisma -en profundas meditaciones; en una palabra, es uno -de los mejores individuos de este monasterio.»</p> - -<p>Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con -un grande movimiento de gozo que manifesté al -ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de nosotros. -«¡He aquí—exclamé—, he aquí el santo procurador -que yo estaba esperando con tanta impaciencia!» -Y al mismo tiempo corrí hacia él y le di -un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la -más leve muestra de que mi visita le hubiese causado -la menor alteración, «¡Sea Dios loado, señor -de Santillana!—me dijo con una voz llena de dulzura—. -¡Dios sea loado por el placer que me causa -el veros!» «Verdaderamente—le dije—, mi querido<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span> -Rafael, yo tomo toda la parte posible en vuestra -felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia -de vuestra conversión y confieso que su relación -me ha encantado. ¡Qué ventura la vuestra, -amados amigos míos, la de poder lisonjearos de ser -de aquel corto número de escogidos que deben gozar -de una bienaventuranza eterna!»</p> - -<p>«Dos miserables como nosotros—respondió en -tono muy humilde el hijo de Lucinda—no podían -concebir semejante esperanza; pero el arrepentimiento -de los pecados les hizo hallar gracia ante -el Padre de las misericordias. Y usted, señor Gil -Blas—añadió—, ¿no piensa también en merecer -que el Señor le perdone las culpas que contra él -ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted -a Valencia? ¿Ejerce, por desgracia, algún empleo -peligroso?» «No, a Dios gracias—les respondí—; -desde que salí de la corte hago una vida honrada. -Unas veces gozo de la inocente diversión del -campo, en una hacienda que tengo distante pocas -leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme -algunos días con mi amigo el señor gobernador, -a quien ustedes dos conocen muy bien.»</p> - -<p>Entonces les conté la historia de don Alfonso de -Leiva, que oyeron con atención, y cuando les dije -que yo había llevado de parte de este señor a Samuel -Simón los tres mil ducados que le habíamos -hurtado, Lamela me interrumpió, y dirigiendo la -palabra a Rafael le dijo: «Según eso, padre Hilario, -el buen mercader ya no debe quejarse de un robo -que se le ha restituído con usura, y nosotros dos<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -debemos tener la conciencia bien tranquila sobre -este punto.» «Con efecto—dijo el procurador—, -antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos -el hábito hicimos entregar secretamente a Samuel -Simón mil quinientos ducados por mano de un -honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo -de ir a Chelva a hacer esta restitución secreta. -Tanto peor para Samuel si fué capaz de embolsarse -esta cantidad después de haber sido reintegrado -por el señor de Santillana.» «Pero esos mil -quinientos ducados—repliqué yo—, ¿se le entregaron -fielmente?» «Sin duda alguna—contestó don -Rafael—; yo respondería de la integridad del eclesiástico -como de la mía.» «Y yo también la abonaría—dijo -Lamela—, especialmente después que -ganó dos pleitos que le suscitaron por depósitos -que se le habían confiado y en los que fueron condenados -en costas sus acusadores.»</p> - -<p>Nuestra conversación duró todavía algún tiempo -y luego nos separamos, ellos exhortándome a -que tuviese siempre presente el santo temor de -Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. -Fuí al momento a verme con don Alfonso y le -dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién -acabo de tener una larga conversación. No hago -más que separarme de dos venerables cartujos que -vuestra señoría conoce: el uno se llama el padre -Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas—me -respondió don Alfonso—, porque no conozco -a ningún cartujo.» «Perdone vuestra señoría—le -repliqué—, pues conoció en Chelva al her<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span>mano -Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al -padre Hilario, secretario.» «¡Oh cielos!—exclamó -sorprendido el gobernador—. ¿Será posible que Rafael -y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo—le -respondí—, y años ha que profesaron. -El primero es procurador de la casa, y el segundo, -portero.»</p> - -<p>Quedó pensativo algunos momentos el hijo de -don César y luego, meneando la cabeza, dijo: «¡Harto -será que el señor comisario de la Inquisición y su -secretario no estén representando aquí una nueva -comedia!» «Usía—repuse yo—juzga de lo presente -por el tiempo pasado; pero yo, que vengo de hablarles, -juzgo más benignamente. Es verdad que -no se ve en el fondo de los corazones, mas, según -todas las apariencias, éstos son dos bribones convertidos.» -«Bien puede ser—respondió don Alfonso—, -porque hay muchos libertinos que después -de haber escandalizado al mundo con sus desórdenes -se encierran en los claustros para hacer una -rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que -nuestros dos monjes fueran de estos libertinos.»</p> - -<p>«¿Y por qué no lo serían?—le dije—. Ellos han -abrazado voluntariamente la vida monástica muchos -años ha y se portan en ella con la mayor edificación.» -«Di todo lo que quisieres—me contestó -el gobernador—, pero a mí nada me gusta que -los caudales del monasterio estén en poder del -padre Hilario, de quien no podría menos de desconfiar. -Cuando me acuerdo de la donosa relación -que nos hizo de sus aventuras, tiemblo por los po<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>bres -cartujos. Quiero suponer, como tú, que haya -tomado el hábito con muy buena intención, pero -el manejo del dinero puede despertar su codicia. -A ningún borracho que ha dejado el vino se le -debe fiar la llave de la bodega.»</p> - -<p>Pocos días después se verificó no ser infundada -la desconfianza del gobernador. Desaparecieron de -repente el procurador y el portero con el dinero -del monasterio, noticia que no dejó de dar que -reír a los burlones, que celebran siempre las desgracias -de los religiosos que tienen fama de ricos. -Por lo que toca al gobernador y a mí, nos compadecimos -de los cartujos, sin hacer alarde de que -conocíamos a los apóstatas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VII">CAPITULO VII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia -agradable que Escipión le dió y de la reforma -que hicieron en su familia.</b></p></div> - -<p class="p2">Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, -gozando del mundo y viviendo como los condes -y marqueses, entretenido en ver comedias y -concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias -de damas, proporcionándome todas estas diversiones -tanto el señor gobernador como la señora gobernadora, -a quienes hice la corte tan cumplidamente -que ambos sintieron mi regreso a Liria y<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -aun me obligaron antes de marchar a que les prometiera -repartir el tiempo entre ellos y mi soledad. -Convinimos en que permanecería en la ciudad el -invierno y el verano en mi quinta. Con esta condición -me dejaron libertad mis bienhechores para -que me fuese a gozar de sus beneficios.</p> - -<p>Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se -alegró infinito de ella, aumentándose su gozo con -la relación que le hice de mi viaje. «Y tú, amigo -mío—le pregunté—, ¿qué te has hecho aquí durante -mi ausencia? ¿Te has divertido mucho?» -«Cuanto puede hacerlo—me respondió—un criado -fiel que nada ama tanto como la presencia de su -amo. He paseado por todos los puntos de nuestros -pequeños Estados, y sentándome unas veces junto -a la fuente que está en el bosque, contemplaba -con particular gusto la claridad de sus aguas, tan -puras y cristalinas como las de aquella sagrada -fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso -bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un -árbol oía cantar a los ruiseñores y jilgueros. En -fin, he cazado, he pescado; pero lo que me ha gustado -aún más que todos estos pasatiempos ha sido -la lectura de muchos libros tan útiles como entretenidos.»</p> - -<p>Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole -dónde había hallado aquellos libros. -«Los he encontrado—me respondió—en una selecta -librería que hay en casa, que me ha enseñado el -maestro Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta -librería?—le volví a preguntar—. ¿No registramos<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span> -toda la casa el día que llegamos?» «Así le pareció -a usted—me respondió—; pero sepa que solamente -recorrimos tres distritos, olvidándosenos el cuarto, -y allí es donde don César, cuando venía a Liria, -empleaba una parte de su tiempo en la lectura. -Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos -han dejado como un recurso seguro contra el tedio -para cuando nuestros jardines despojados de flores -y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos -de él. Los señores de Leiva no han hecho -las cosas a medias, sino que han cuidado tanto del -alimento espiritual como del corporal.»</p> - -<p>Esta noticia me causó una verdadera alegría. -Hice que me enseñasen el cuarto distrito, en el -cual se me ofreció un espectáculo muy agradable. -Halléme en una vivienda que desde luego destiné -para mi morada, como don César la había escogido -para sí. La cama de dicho señor estaba allí todavía -con todos los adornos, es a saber: una tapicería -que representaba el rapto de las Sabinas. De aquella -cámara pasé a un gabinete que tenía estantes -bajos alrededor llenos de libros y sobre la estantería -los retratos de todos nuestros reyes. Había también -en él, al lado de una ventana que tenía vistas -a una campiña deliciosa, un escritorio de ébano -delante de un gran sofá de tafilete negro; pero lo -que principalmente llamó mi atención fué la librería. -Componíase de obras de filósofos, poetas, historiadores -y gran número de libros de caballerías. -Conocí que don César gustaba de éstos en vista de -los muchos que de esta clase había juntado. Con<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>fieso, -no sin rubor, que yo no era menos aficionado -a estas producciones, a pesar de las extravagancias -de que están atestadas, ya porque no fuese -entonces un lector delicado, ya porque lo maravilloso -hace a los españoles muy indulgentes. Con -todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite -en los libros de moral recreativa y que Luciano, -Horacio y Erasmo eran mis autores favoritos.</p> - -<p>«Amigo mío—dije a Escipión luego que pasé la -vista por mi librería—, aquí sí que tenemos en -qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra -cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he -ahorrado a usted—me respondió—la mitad de ese -trabajo. Durante su ausencia he estudiado bien a -sus criados y me atrevo a decir que los conozco -perfectamente. Comencemos por el maestro Joaquín: -creo que es un bribón completo, y no pongo -la menor duda en que le habrán despedido de casa -del arzobispo por algunos errores de aritmética en -las cuentas del gasto de cocina. No obstante, es -necesario conservarle, por dos razones: la primera, -porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo -no le perderé de vista, espiaré todas sus acciones -y en verdad que ha de ser muy diestro para podérmela -pegar. Ya le he dicho que usted estaba -en ánimo de despedir las tres partes de sus criados, -noticia que le turbó y apesadumbró mucho; -tanto, que llegó a decirme que teniendo, como -tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría -con la mitad del salario que goza al pre<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>sente, -sólo por no salir de casa, lo que me hace -sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela -de quien no quisiera alejarse. Por lo que toca al -ayudante de cocina—prosiguió—, es un borracho, -y el portero un insolente que para nada le necesitamos, -como tampoco al cazador. El oficio de éste -le podré yo desempeñar muy bien, como se lo haré -ver a usted mañana, ya que tenemos en casa escopetas, -pólvora y municiones. Entre los lacayos -sólo hay uno que me parece buen mozo, y es el -aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a -los demás, que son unas malas cabezas, pues a -ninguno de ellos tendría yo en casa aun cuando -tuviéramos necesidad de cien criados.»</p> - -<p>Después de haber tratado largamente sobre todos -estos puntos resolvimos quedarnos con el cocinero, -con el mozo de cocina y con el aragonés y -despedir con buen modo a todos los demás. Así -se ejecutó en aquel mismo día, regalándoles Escipión -en nombre mío, además de su salario, algunos -doblones que sacó del arca del dinero. Hecha -esta reforma, emprendimos establecer cierto orden -en la quinta, arreglando las obligaciones que correspondían -a cada criado y comenzando desde -entonces a mantenernos a nuestra costa. Yo me -hubiera contentado con un trato frugal; pero mi -secretario, que apetecía los buenos bocados y platos -regalados, no era hombre que quisiese tener -ociosa la habilidad del maestro Joaquín. La ejercitó -tan bien, que nuestras comidas y cenas eran -abundantes y delicadas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VIII">CAPITULO VIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.</b></p></div> - -<p class="p2">Dos días después de mi vuelta de Valencia a -Liria, el labrador Basilio, mi arrendatario, vino al -tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme el -permiso para presentarme a su hija Antonia, que -deseaba, decía él, tener el honor de saludar a su -nuevo amo. Habiéndole respondido que en eso me -daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente -a entrar con la hermosa Antonia. Creo deber -dar este epíteto a una joven de diez y seis a -diez y ocho años, que, además de unas facciones -regulares, tenía unos colores muy hermosos y los -mejores ojos del mundo. Sólo estaba vestida de -sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y -unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, -daban realce a la sencillez de su traje. -Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido atrás -y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez -de las lacedemonias.</p> - -<p>Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan -suspenso de ver su hermosura como los paladines -de Carlo Magno cuando vieron a la bella Angélica. -En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo -y decirle algunas cosas lisonjeras, en vez de -congratular a su padre por la fortuna de tener tan -preciosa y agraciada hija, quedé admirado, turbado, -suspenso y sin poder pronunciar palabra. Es<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>cipión, -que conoció mi turbación, tomó la palabra -por mí e hizo la costa de las alabanzas que yo debía -a aquella amable persona. Ella, a quien no -deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó -sin cortarse y me hizo un cumplido que, aunque -de los más comunes, me acabó de encantar. Entre -tanto que mi secretario, Basilio y su hija se -hacían recíprocos cumplimientos, yo volví en mí, -y como si quisiera compensar el estúpido silencio -que había guardado hasta entonces, pasé de un -extremo a otro, extendiéndome en discursos obsequiosos -y hablando con tanta fogosidad que Basilio -entró en cuidado, y considerándome ya como -un hombre que iba a poner en ejecución cuanto le -fuese dable para seducir a Antonia, se apresuró a -salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla -de mi vista para siempre.</p> - -<p>Así que Escipión se halló a solas conmigo me -dijo sonriéndose: «Otro remedio tenéis contra el -fastidio de la soledad. No sabía yo que vuestro -arrendatario tuviese una hija tan linda, porque -nunca la vi, aunque estuve dos veces en su casa. -Debe de cuidar de guardarla, y en esto le disculpo, -porque en realidad es un bocado muy apetitoso; -pero—añadió—esto creo que no es necesario decírselo -a usted, porque a la primera vista le deslumbró.» -«No te lo niego—respondí—. ¡Ah hijo -mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; -me ha dejado de repente abrasado en amor. El -rayo tarda más en herir que la flecha con que ella -ha atravesado mi corazón.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p> - -<p>«Mucho gozo me causa usted—replicó mi secretario—en -confesarme que al fin ha llegado a enamorarse. -Para ser enteramente feliz en la soledad -de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí -que, gracias a Dios, tiene usted todo lo que ha -menester! Bien sé—continuó—que nos costará algún -trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero -eso corre de mi cuenta, y he de hacer que antes de -tres días logre usted tener una secreta conversación -con Antonia.» «Señor Escipión—le respondí—, -quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera -de que no quiero hacer experiencia de ello. Estoy -muy distante de querer tentar la virtud de esa -doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. -Y así, lejos de exigir de tu celo me -ayudes a deshonrarla, sólo deseo que emplees tu -mediación en facilitar mi casamiento con ella, con -tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» -«No esperaba yo, ciertamente—me respondió—, -que usted tomase tan de golpe semejante resolución. -En verdad que no todos los señores de aldea, -si se hallasen en igual caso que usted, procederían -con tanta honradez ni se dirigirían a solicitar a -Antonia por medios legítimos sino después de haber -tentado otros inútilmente. Por lo demás—añadió—, -no crea usted que desapruebo su amor, ni -que esto lo digo por disuadirle de su intento, pues, -al contrario, confieso que la hija del arrendatario -es merecedora del honor que usted quiere hacerle, -siempre que pueda entregar a usted un corazón -intacto y agradecido. Eso es lo que hoy mismo<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> -sabré por la conversación que pienso tener con su -padre y quizá con ella misma.»</p> - -<p>Mi confidente era un hombre puntualísimo en -cumplir lo que prometía. Fué a verse secretamente -con Basilio y por la tarde vino a mi gabinete, donde -yo le estaba esperando entre la impaciencia y -el temor. Observé que volvía muy alegre, lo que -me hizo pronosticar desde luego que me traía buenas -nuevas. «Si he de creer a tu risueña cara—le -dije—, estoy en que vienes a anunciarme que presto -veré satisfechos mis deseos.» «Así es—me respondió—, -mi querido amo. Todo le sale a usted a -medida de su deseo. He hablado a Basilio y a su -hija del designio de usted. El padre está lleno de -gozo de saber que usted quiere ser su yerno y -puedo asegurar que sois del gusto de Antonia.» -«¡Oh Cielo!—interrumpí todo enajenado de gozo—. -¡Conque he tenido la dicha de parecer bien a tan -amable criatura!» «No lo dude usted—me respondió—; -ella os ama ya, y en verdad que esta confesión -no la he oído de su boca, sino que la he inferido -de la alegría que ha manifestado al saber -vuestro designio. Sin embargo—prosiguió—, usted -tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome -pálido. «No os inquietéis por eso—me dijo—; este -rival no os robará el corazón de vuestra dama. -Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» -«¡Ah ladrón!—dije entonces, soltando una gran carcajada—. -¡Ve ahí por qué ha mostrado tal repugnancia -a dejar mi servicio!» «Cabalmente—añadió -Escipión—, días pasados pidió en matrimonio a<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -Antonia, que le fué negada cortésmente.» «Salvo -tu mejor parecer, creo que convendrá—le repliqué -yo—deshacernos de ese pícaro antes que llegue a -saber que quiero casarme con la hija de Basilio. -Un cocinero, como sabes, es un rival peligroso.» -«Tiene usted razón—respondió mi confidente—; se -le debe echar de casa. Mañana por la mañana le -despediré antes que se ponga a disponer la comida, -y con eso usted ya no tendrá nada que temer de -sus salsas ni de su amor. Sin embargo—continuó -Escipión—, no deja de dolerme el perder tan buen -cocinero; pero sacrifico mi golosina a la seguridad -de usted.» «No debes—le dije—sentir tanto su pérdida, -porque no es irreparable. Voy a hacer venir -de Valencia a un cocinero que valga tanto como -él.» En efecto, inmediatamente escribí a don Alfonso -diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día -siguiente me envió uno que consoló a Escipión.</p> - -<p>Aunque este celoso secretario me había dicho -haber advertido que Antonia allá en su interior -se alegraba mucho de haber hecho la conquista de -su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, -temiendo se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. -Para cerciorarme de ello resolví hablar -yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto -me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto -le había dicho mi embajador. Este buen labrador, -hombre sencillo y franco, después de haberme escuchado, -me aseguró que me concedía su hija con -una indecible satisfacción. «Pero no piense vuestra -señoría—añadió—que se la doy porque es se<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>ñor -de este lugar; aun cuando no fuera vuestra -señoría más que mayordomo de don César y de -don Alfonso le preferiría a todos los demás amantes -que se presentasen, porque siempre le he tenido -grande inclinación, y lo que más siento es -que mi Antonia no tenga una dote considerable -que ofrecerle.» «No le pido ninguna—le dije—; su -persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a -vuestra señoría mil gracias—exclamó—, pero no -es esa mi cuenta. Yo no soy ningún descamisado -para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, -a Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella -dé a vuestra señoría de cenar si vuestra señoría le -da de comer. En una palabra, las rentas de esta -quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré -que lleguen a mil en gracia de este matrimonio.»</p> - -<p>«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio—le -respondí—, y nunca reñiremos por materia -de intereses. Supuesto que los dos estamos de acuerdo, -sólo se trata de obtener el consentimiento de -tu hija.» «Usía tiene ya el mío—me dijo—; ¿y -éste no basta?» «No—le respondí—. Si el tuyo me -es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende -del mío—repuso él—, y no se atreverá a -resollar en mi presencia.» «Antonia—le repliqué—, -sumisa a la autoridad paternal, sin duda estará -pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en -esta ocasión lo hará sin repugnancia, y por poca -que tuviese nunca me consolaría de haber sido -causa de su desgracia. En fin, no me basta que -me des su mano, sino que es necesario que su cora<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>zón -no lo sienta.» «¡Qué diantre!—dijo Basilio—. -Yo no entiendo todas esas filosofías; hable vuestra -señoría mismo con Antonia y verá, si mucho -no me engaño, que nada apetece más que ser vuestra -esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y me dejó -un momento a solas con ella.</p> - -<p>Para no malograr tan preciosos instantes, fuí -desde luego al asunto. «Bella Antonia—le dije—, -decide de mi suerte. Aunque tengo ya el consentimiento -de tu padre, no creas que quiero valerme -de él para violentar tu gusto. Por dulce que me -sea tu posesión, yo la renuncio si me dices que no -la he de deber sino solamente a tu obediencia.» -«Eso es, señor—me respondió ella—, lo que nunca -os diré. Vuestra solicitud es para mí tan grata, -que jamás podrá causarme pena, y en vez de oponerme -al consentimiento de mi padre, apruebo su -elección. No sé—prosiguió—si hago bien o mal en -hablaros de este modo; pero si no me hubierais -agradado sería bastante franca para decíroslo. -¿Pues por qué no podré declararos lo contrario con -la misma libertad?»</p> - -<p>Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin -quedar enajenado, hinqué una rodilla en tierra delante -de Antonia, y en el exceso de mi alegría, -tomándole una de sus hermosas manos, se la besé -con ademán tierno y apasionado. «Mi amada Antonia—le -dije—, tu franqueza me hechiza. ¡Continúa! -¡No te violentes por nada, pues hablas a tu -esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, -para que pueda lisonjearme de que no verás -<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -sin complacencia estrecharse tu suerte con la mía.» -A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. -Deseoso éste de saber lo que su hija me había respondido, -y dispuesto a reñirla si me hubiese manifestado -la menor aversión, volvió prontamente a -reunirse conmigo. «Y bien—me dijo—, ¿está vuestra -señoría contento con la respuesta de Antonia?» -«Lo estoy tanto—le respondí—, que desde este momento -voy a ocuparme en los preparativos de mi -casamiento.» Y dicho esto dejé a padre e hija para -ir a celebrar consejo sobre el asunto con mi secretario.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_IX">CAPITULO IX</h3> - -<p class="i2 center"><b>Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato -con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas -con que se celebró.</b></p></div> - -<p class="p2">Aunque no necesitaba permiso de los señores de -Leiva para casarme, juzgamos Escipión y yo que -no podría excusarme, sin faltar a la gratitud, de -participarles mi designio de unirme con la hija de -Basilio y aun de pedirles su consentimiento por -política.</p> - -<p>Marchó al momento a Valencia, donde todos se -quedaron tan sorprendidos de verme como de saber -el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, -que conocían a Antonia por haberla visto varias -veces, me dieron mil enhorabuenas de haberla elegido -por esposa. Sobre todo don César me hizo un<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> -cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo -persuadido de que aquel señor había dejado del -todo ciertos pasatiempos, sospecharía que más de -una vez había ido a Liria no tanto por ver su -quinta como a la hija de su arrendador. Serafina, -por su parte, después de haberme asegurado que -siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, -me dijo que había oído hacer mil elogios de -Antonia. «Pero—añadió con algo de malicia, y -como para zaherirme sobre la indiferencia con que -había correspondido al amor de Séfora—, aunque -no me hubieran ponderado su hermosura, jamás -hubiera dudado de tu buen gusto, porque sé lo -delicado que es.»</p> - -<p>No se contentaron don César y su hijo con aprobar -mi matrimonio, sino que quisieron que los -gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. -«Vuelve—me dijeron—a tomar el camino de Liria -y no salgas de allí hasta que oigas hablar de nosotros, -ni hagas preparativo alguno para la boda, -que ese es cuidado nuestro.»</p> - -<p>Por condescender con la voluntad de aquellos -señores, me volví a mi quinta. Comuniqué a Basilio -y a su hija las intenciones de nuestros protectores, -y estuvimos esperando con la mayor paciencia -que nos fué posible noticias suyas. Ninguna -tuvimos en el espacio de ocho días, pero al noveno -vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras -dentro, que traían hermosas telas de seda -para vestir a la novia, escoltando el coche muchos -lacayos montados en mulas. Uno de ellos me en<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>tregó -una carta de parte de don Alfonso, en que me -decía este señor que el día siguiente estaría en -Liria con su padre y su esposa y que al otro celebraría -la ceremonia del matrimonio el provisor de -Valencia. Con efecto, al otro día llegaron a mi -quinta don César, su hijo, Serafina y el provisor, -todos cuatro en un coche de seis caballos, precedido -de otro con cuatro, en que venían las criadas -de Serafina, y seguido de la guardia del gobernador.</p> - -<p>Luego que la gobernadora entró en la quinta, -mostró vivos deseos de ver a Antonia, la cual, así -que supo la llegada de Serafina, acudió a saludarla -y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia -que dejó admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina—preguntó -don César a su nuera—, ¿qué os parece -Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección -mejor?» «No—respondió Serafina—; parece que -nacieron el uno para el otro, y no dudo que su -enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron mi -novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, -quedaron aún más encantados de ella cuando -se presentó con traje ostentoso, pues, según la nobleza -y desembarazo de su persona, parecía no haber -usado otros en su vida.</p> - -<p>Llegado el momento en que un dulce himeneo -había de unir para siempre nuestra suerte, don -Alfonso me tomó de la mano para conducirme al -altar y Serafina hizo el mismo honor a la novia. -En este orden nos dirigimos a la iglesia de la aldea, -en donde nos estaba esperando el provisor<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span> -para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes -aclamaciones de los habitantes de Liria y de -los labradores ricos del contorno a quienes había -convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales -llevaban consigo a sus hijas adornadas de cintas -y de flores y con panderetas en la mano. Nos -volvimos en seguida a la quinta, en donde, por -disposición de Escipión, director del festín, había -prevenidas tres mesas, una para los señores, otra -para su comitiva, y la tercera, que era la mayor, -para todos los demás convidados. Antonia se sentó -a la primera, porque así lo quiso la gobernadora; -yo hice los honores de la segunda y Basilio -asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se -sentó; no hacía más que ir y venir de una a otra, -cuidando de que las mesas estuviesen bien servidas -y todos contentos.</p> - -<p>Los cocineros del gobernador eran los que habían -dispuesto la comida, y ya se deja entender -que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos de -que el maestro Joaquín había hecho provisión para -mí se gastaron con profusión. Los convidados comenzaban -a acalorarse, y reinaba una alegría general, -cuando fué turbada de repente por un acontecimiento -que me sobresaltó. Habiendo entrado -mi secretario en la sala donde yo comía con los -principales criados de don Alfonso y las criadas de -Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo -el conocimiento. Levantéme prontamente a socorrerle, -y mientras estaba ocupado en hacerle volver -en sí, una de las criadas se desmayó también.<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -Todos nos persuadimos que estos dos desmayos -encerraban algún misterio. Y en efecto, ocultaban -uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando -de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, -me dijo en voz baja: «¡El día más alegre para usted -había de ser para mí el más infausto! ¡Ninguno -puede evitar su desgracia!—añadió—. ¡Acabo de -encontrar a mi mujer en una de las criadas de Serafina!»</p> - -<p>«¡Qué es lo que oigo!—exclamé—. ¡No puede ser! -¿Cómo? ¿Serías acaso el marido de esa mujer que -acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?» -«Sí, señor—me respondió—, soy su marido, y juro -a usted que no podía la fortuna jugarme una pieza -más ruin que presentarla a mis ojos.» «Ignoro, amigo -mío—repliqué—, las razones que tienes para -quejarte de tu esposa; pero sea el que fuere el motivo -que haya dado para ello, te ruego que te reprimas. -Si me amas, no turbes la fiesta haciendo -público tu resentimiento.» «Señor—repuso Escipión—, -quedaréis satisfecho de mí. Vais a ver si -sé disimular perfectamente.»</p> - -<p>Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, -a quien sus compañeras también habían hecho -volver en sí, y abrazándola con tanta ternura como -si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por -volverla a ver, «¡Ah mi querida Beatriz!—le dijo—¡Conque -al fin el Cielo nos vuelve a juntar al cabo -de diez años de separación! ¡Oh dulce momento -para mí!» «Yo no sé—le respondió su mujer—si -experimentas realmente algún placer en volverme<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida -de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. -Porque me encontraste una noche con el -señor don Fernando de Leiva, que estaba enamorado -de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía -yo, se te figuró a ti que yo le daba oídos a costa -de tu honor y del mío; al momento te trastornan -la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí -como de un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme -satisfacción y escuchar mis descargos. Dime -ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho -para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. -«Ciertamente que sí—continuó ella—. Don -Fernando, luego que partiste de Toledo, se casó -con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo -que vivió; pero después que una muerte temprana -nos la arrebató, me tomó a su servicio su hermana -mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te -podrán informar de la pureza de mis costumbres.»</p> - -<p>No teniendo qué replicar mi secretario a estas -razones, pues no podía probar fuesen falsas, cedió -gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su esposa: -«Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te -pido perdón de ella a vista de este respetable concurso.» -Entonces, intercediendo por él, rogué a -Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su -marido no pensaría en adelante más que en tratarla -con el mayor cariño. Rindióse a mi súplica; -todos los circunstantes celebraron la reunión de -estos dos esposos, y para solemnizarla mejor se -les hizo sentar a una mesa juntos. Se repitieron a<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> -porfía los brindis por la salud de entrambos, y más -parecía que el festín se había dispuesto para celebrar -aquella reconciliación que para festejar mi boda.</p> - -<p>La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. -Levantáronse de ella los aldeanos para formar -bailes con las jóvenes aldeanas, que con el -ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a -los convidados de las otras mesas y les inspiraron -el deseo de seguir su ejemplo. Todos se pusieron -en movimiento; los dependientes del gobernador -bailaron con las criadas de la gobernadora, y hasta -los mismos señores se mezclaron en la fiesta. Don -Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don -César otra con Antonia, la cual vino después a -buscarme para que bailase con ella, y en verdad -que no lo hizo mal para una persona que no tenía -mas que algunos principios de baile que había -aprendido en casa de una parienta suya avecindada -en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, -me había enseñado a bailar en casa de la marquesa -de Chaves, pasé en el concepto de todos por un -gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron al -baile una conversación entre los dos para darse -recíproca cuenta de lo que les había sucedido mientras -habían estado separados; pero fué interrumpido -su coloquio por Serafina, que, informada de -su encuentro, los hizo llamar para manifestarles lo -mucho que de ello se alegraba. «Hijos míos—les -dijo—, en este día de regocijo se acrecienta mi -satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo -Escipión—añadió—, ahí te entrego a tu esposa,<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span> -asegurándote que su conducta ha sido siempre -irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. -Y tú, Beatriz, dedícate al servicio de Antonia -y no le seas menos afecta que tu marido lo -es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo -ya a vista de esto mirar a su mujer sino como a -otra Penélope, prometió tratarla con todas las atenciones -imaginables.</p> - -<p>Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas -después de haber estado bailando toda la tarde; -pero continuó la fiesta en la quinta. Sirvióse una -magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a -recoger, el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina -desnudó a la novia y los señores de Leiva me -hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué que -los dependientes de don Alfonso y las criadas de la -gobernadora quisieron para divertirse practicar la -misma ceremonia: desnudaron a Beatriz y a Escipión, -los cuales, para hacer más cómica la escena, -se dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_X">CAPITULO X</h3> - -<p class="i2 center"><b>Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas -y de la bella Antonia. Principio de la historia de -Escipión.</b></p></div> - -<p class="p2">Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva -regresaron a Valencia, después de haberme dado -otras mil señales de amistad, de tal modo que mi -<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -buen secretario y yo nos quedamos solos en la -quinta con nuestras mujeres y nuestros criados.</p> - -<p>El empeño que hicimos uno y otro en agradar a -nuestras esposas no fué inútil, pues en poco tiempo -inspiré yo a la mía tanto amor como le profesaba, -y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos -que le había causado. Beatriz, que era de carácter -dócil y afable, se granjeó fácilmente el cariño -de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, -todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos -a gozar de una suerte envidiable, pasando -la vida en los más dulces entretenimientos. Antonia -era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos -muy alegres, y aun cuando no lo fuéramos, nos -bastaría estar con Escipión para no conocer la -melancolía, porque era un hombre sin igual para -la sociedad, una de aquellas personas festivas que -sólo con presentarse divierten a la concurrencia.</p> - -<p>Un día que después de comer se nos antojó ir a -dormir la siesta al sitio más apacible del bosque, -mi secretario estaba de tan buen humor que nos -quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. -«¡Calla esa boca—le dije—, amigo mío; o si -quieres que no durmamos, cuéntanos alguna cosa -que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, -señor—me respondió—. ¿Quiere usted que le cuente -la historia del rey don Pelayo?» «De mejor gana -oiría la tuya—le repliqué—; pero este gusto nunca -me lo has querido dar desde que vivimos juntos, -ni espero que jamás me lo des. ¿De qué proviene -esto?» «Si no he contado a usted la historia de mi<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -vida ha consistido en que jamás me ha manifestado -el menor deseo de saberla; por consiguiente, -no tengo yo la culpa de que usted ignore mis aventuras, -y por poca curiosidad que tenga de oírlas -estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y -yo le cogimos la palabra y nos dispusimos a escuchar -su relación, que no podía menos de causar en -nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya -excitándonos al sueño.</p> - -<p>«Yo—comenzó a decir Escipión—sería hijo de -un grande de España de primera clase, o cuando -menos de un caballero del hábito de Santiago o -de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; -pero como ninguno es dueño de escoger padre, han -de saber ustedes que el mío, llamado Toribio Escipión, -fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. -Como iba y venía por los caminos reales, -por donde su profesión le obligaba a andar -casi siempre, cierto día encontró casualmente entre -Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció -muy linda. Caminaba sola a pie y llevaba consigo -todo su ajuar en una especie de mochila echada al -hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, -suavizando cuanto pudo la voz, que era naturalmente -bronca. «Caballero—contestó ella—, voy a -Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar -de comer, viviendo honradamente.» «Tu intención -es muy loable—replicó él—, y no dudo que para -eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias a Dios—respondió -la gitanilla—, tengo varias habilidades; -sé hacer pomadas y quintas esencias muy úti<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>les -para las damas, digo la buenaventura, sé dar -vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las -cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en -una redoma o en un espejo.»</p> - -<p>»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta -era un partido muy ventajoso para un hombre -como él, a quien su empleo apenas le producía -para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo -con la mayor exactitud, le propuso si quería -ser su esposa. Aceptó la niña la propuesta; se fueron -ambos inmediatamente a Toledo, en donde se -casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este -noble matrimonio. Fijaron su residencia en un arrabal, -en donde mi madre comenzó a vender pomadas -y quintas esencias; pero viendo que este trato producía -poco, comenzó a hacer de adivina. Entonces -fué cuando se vieron llover en su casa pesos duros -y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron -bien pronto en auge la fama de Coscolina, -que así se llamaba la gitana. No pasaba día sin -que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; -ya llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo -su tío, de quien era único heredero, partiría -para la otra vida; ya llegaba una doncella que deseaba -con ansia averiguar si un caballero mozo -que le había dado palabra de casamiento se la -cumpliría.</p> - -<p>»Persuádome de que ustedes darán por supuesto -que los vaticinios de mi madre siempre eran favorables -a las personas a quienes los hacía; si se cumplían, -enhorabuena; pero si alguna vez venían a<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -reconvenirla por haber sucedido lo contrario de lo -que había pronosticado, contestaba frescamente -que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar -de la fuerza de los conjuros que ella empleaba para -obligarle a que le revelase lo futuro, tenía algunas -veces la malicia de engañarla.</p> - -<p>»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber -hacer visible al diablo en sus operaciones, entonces -era Toribio Escipión quien hacía el papel -del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque -la aspereza de su voz y la fealdad de su rostro -cuadraban a maravilla con lo que representaba. -Poca credulidad era menester para espantarse al -aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, -cierto capitán majadero que quiso ver a -diablo, y le atravesó de parte a parte con la espada. -Informada la Inquisición de la muerte del diablo, -despachó sus ministros contra la Coscolina, a -quien prendieron, embargando al mismo tiempo -todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía -siete años, me metieron en el hospicio de los niños -huérfanos. Había en esta casa unos caritativos -eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar -de la educación de los pobres huérfanos, tenían el -trabajo de enseñarles a leer y escribir. Parecióles -que yo prometía mucho, y por esta causa me distinguieron -entre los demás, escogiéndome para hacer -sus recados. Yo era el que llevaba sus cartas, -hacía sus demás encargos y les ayudaba a misa. -En pago de mis servicios trataron de enseñarme -la lengua latina; pero lo ejecutaron con tanta as<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>pereza -y me trataron con tal rigor, a pesar de los -servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir -más, un día que me enviaron a un recado -cogí las de Villadiego, y en vez de volver al hospicio -me escapé de Toledo por el arrabal del lado de -Sevilla.</p> - -<p>»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, -no cabía en mí de contento de verme en -libertad y dueño de mis acciones. No llevaba qué -comer ni dinero, pero nada me importaba, porque -tampoco tenía lección que estudiar ni temas que -componer. Después de haber andado dos horas comenzaron -mis piernecitas a negarme su servicio. -Como nunca había hecho tan larga caminata, fué -preciso pararme a descansar. Sentéme al pie de un -árbol que estaba a orillas del camino real, y para -entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. -Comencé a hojearle por diversión; pero acordándome -de las palmetas y de los azotes que me -había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno -de cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar -más!» Estando satisfaciendo mi venganza y sembrando -la tierra alrededor de mí de declinaciones -y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño -de aspecto venerable, con barba blanca y -unos grandes anteojos. Acercóse a mí, miróme con -mucha atención, y yo también le estuve mirando -con la misma. «Hijito mío—me dijo sonriéndose—, -me parece que los dos nos hemos mirado con cariño -y que no haríamos mal en vivir juntos en mi -ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.»<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -«¡Buen provecho le haga a usted—le respondí con -bastante sequedad—, que yo ninguna gana tengo -de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen -viejo dió una grande carcajada de risa y me dijo -abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, no debe asustarte; -si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, -pues me hace dueño de un deleitoso retiro y -de varios lugarcitos circunvecinos, cuyos habitantes -me aman, o por mejor decir me idolatran. -Vente conmigo—añadió—y te pondré un hábito -como el mío. Si te fuese bien con él, participarás -conmigo de las dulzuras de la vida que hago, y si -no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, -sino que puedes contar con que al separarnos -no dejaré de hacerte todo el bien que pueda.»</p> - -<p>»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que -me hizo varias preguntas, a las que respondí con -una ingenuidad que no siempre he tenido en adelante. -Luego que llegamos a la ermita me presentó -algunas frutas, que devoré en un instante, porque -en todo el día no había comido mas que un zoquete -de pan seco con que me había desayunado -en el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome -menear tan bien las quijadas, me dijo: «¡Animo, -hijo mío! No dejes de comer por miedo de que se -acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy -buena provisión de ellas. No te he traído aquí para -matarte de hambre.» Lo que era mucha verdad, -porque una hora después de nuestra llegada encendió -lumbre, puso a asar una pierna de carnero, -y mientras yo daba vueltas al asador él dispuso<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -una mesita, cubriéndola con un mantel no muy -limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para -él y otro para mí.</p> - -<p>»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó -del asador, cortó algunos pedazos de él y nos sentamos -a cenar; pero nuestra cena no fué como la -de las ovejas, porque bebimos de un exquisito -vino, del cual tenía también el ermitaño un buen -repuesto. «Y bien, amiguito—me dijo luego que -nos levantamos de la mesa—, ¿estás contento con -mi trato? De este modo comerás mientras estuvieres -conmigo. Por lo demás, harás en este ermitorio -lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que -me acompañes cuando vaya a recoger la limosna -a los lugares vecinos. Me servirás para llevar del -cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, -que los aldeanos caritativos llenan ordinariamente -de huevos, pan, carne y pescado; no te pido más.» -«Haré—le respondí—todo lo que usted quiera, con -tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo -menos de reírse de mi sencillez el hermano Crisóstomo, -que así se llamaba el anciano ermitaño, y -me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar -mis inclinaciones.</p> - -<p>»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando -yo el borrico por el cabestro, y recogimos -copiosas limosnas, porque no había aldeano que -no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras -banastas. Uno daba un pan entero; otro, un buen -pedazo de tocino; quién una gallina y quién una -perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -ermita víveres para más de una semana; buena -prueba de lo mucho que amaban al hermano Crisóstomo -aquellas gentes. Verdad es que éste también -les servía bastante dándoles buenos consejos -cuando venían a consultarle, pacificando los matrimonios -en que reinaba la discordia, proporcionando -dotes para casarse las solteras, dándoles remedios -para mil clases de males y enseñando varias -oraciones a las mujeres casadas que deseaban -tener hijos.</p> - -<p>»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que -yo estaba bien tratado en la ermita. Si la comida -era buena, la cama no era desgraciada. Acostábame -sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera -una almohada de lana y cubriéndome con una -manta de lo mismo, de manera que no hacía mas -que un sueño, el cual duraba toda la noche. El -hermano Crisóstomo, que me había ofrecido un -hábito de ermitaño, me hizo uno él mismo deshaciendo -otro viejo suyo y me llamó el hermanillo -Escipión. Apenas me presenté en las aldeas vecinas -con aquel nuevo traje caí a todos tan en gracia -que el pobre borrico apenas podía con la carga. -Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; -tanto placer tenían en verme.</p> - -<p>»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle -la vida ociosa y regalona que disfrutaba en -compañía del viejo ermitaño; así es que me aficioné -tanto a ella que la hubiera continuado siempre -si las Parcas no me hubieran hilado otros días muy -diferentes. Pero el destino que debía llenar me<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo -abandonar al hermano Crisóstomo de la manera -que voy a referir.</p> - -<p>»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada -que le servía de cabecera, sin hacer otra cosa que -descoserla y volverla a coser. Observé un día que -metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un -movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer -al primer viaje que el hermano Crisóstomo -hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a la semana. -Aguardé con impaciencia este día, sin tener -por entonces más objeto que el de contentar mi -curiosidad. En fin, el buen hombre partió, y yo descosí -la almohada, en donde hallé entre la lana como -unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.</p> - -<p>»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento -de los aldeanos a quienes había curado -con sus remedios y de las aldeanas que por la virtud -de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo -que fuere, apenas vi que aquél era un dinero que -sin temor podía apropiarme, cuando se declaró mi -complexión gitana: dióme una tentación de robarle, -que no se podía atribuir sino a la fuerza de la -sangre que corría por mis venas. Cedí sin resistencia -a la tentación; encerré el dinero en un saquillo -de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros -gorros de dormir, y después de haberme despojado -del hábito de ermitaño y vuelto a tomar -mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome -que llevaba en mi saquillo todas las -riquezas de las Indias.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p> - -<p>»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo—continuó -Escipión—, y no dudo que esperarán una serie -de acciones del mismo jaez. No engañaré sus -esperanzas, porque aun tengo que contarles otras -hazañas parecidas a ésta antes de llegar a mis -acciones loables; pero al fin llegaremos allá, y ustedes -verán por mi narración que de un gran pícaro -se puede hacer un hombre de bien.</p> - -<p>»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que -tomase el camino de Toledo, porque me expondría -a encontrarme con el hermano Crisóstomo, que sin -duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. -Tomé, pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde -me entré en un mesón cuya huéspeda era una -viuda como de cuarenta años y tenía todas las -cualidades que se requieren para saber vender bien -sus agujetas. Luego que esta mujer puso los ojos -en mí, conociendo por el vestido que me había -escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó -quién era y adónde iba. Respondíle que, -habiendo muerto mis padres, me veía en la necesidad -de buscar conveniencia. «Y dime, hijo—me -volvió a preguntar—, ¿sabes leer?» Le aseguré que -sí, y que también escribía lindamente. En verdad, -yo sabía formar las letras y juntarlas de manera -que figuraba una cosa así como escrita, lo que me -parecía sobrado para llevar la cuenta de un mesón -de aldea. «Pues yo te recibo—repuso la mesonera—para -que me sirvas. No serás inútil en mi casa, -porque correrás con el libro del gasto y llevarás -cuenta de lo que me deben y debo. No te señalaré<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -salario—añadió—, porque los muchos caballeros -que vienen a parar a este mesón siempre dan algo -a los criados, con que seguramente puedes contar -con sacar buenos gajes.»</p> - -<p>»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes -presumirán, la facultad de mudar de aires -siempre que la permanencia en Gálvez no me acomodase. -Apenas me vi apalabrado para servir en -el mesón cuando sentí mi ánimo incomodado con -una grande inquietud. No quería que nadie supiese -que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo -de modo que ninguno pudiese dar con él. Como no -conocía aún la casa, no me podía fiar de aquellos -sitios que me parecían más a propósito para guardarlo. -¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! -Determiné en fin ocultarle en un rincón -del pajar, pareciéndome que en ninguna otra parte -podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto -me fué posible.</p> - -<p>»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo -que cuidaba de la cuadra, una moza gallega -y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los huéspedes, -así de a pie como de a caballo, que paraban -en él. Yo recibía de estos sujetos algún dinerillo -cuando les iba a presentar la cuenta del gasto; -daban también alguna cosa al mozo de la cuadra -para que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, -que era el ídolo de los caleseros y arrieros que pasaban -por allí, ganaba más escudos que nosotros -maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, -los llevaba al pajar para aumentar mi caudal,<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span> -y cuanto más crecía éste, conocía yo que mi tierno -corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas -veces mis monedas y las estaba contemplando -con un dulce embeleso que solamente los avaros -pueden comprender suficientemente.</p> - -<p>»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a -visitarle treinta veces al día. Encontraba a menudo -a la mesonera en la escalera del pajar, y como -era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un -día saber qué era lo que a cada instante me llevaba -al pajar. Subió a él y comenzó a escudriñarlo -todo, recelando que yo tendría escondidas -algunas cosas que le habría hurtado. Revolvió la -paja que cubría mi bolsón y dió con él. Abrióle, -y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o -fingió creer que yo le había robado aquel dinero. -Por de contado, se apoderó del caudal, y tratándome -de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó -al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado -a complacerla, que me sacudiese una buena zurra -de azotes, y después de haberme hecho desollar -de esta manera me echó a la calle, diciéndome -que no quería aguantar pícaros en su casa. En -vano aseguraba yo y clamaba que nada le había -hurtado; la mesonera decía lo contrario y -todos le daban más crédito a ella que a mí, y -de esta manera las monedas del hermano Crisóstomo -pasaron de manos de un ladrón a las de -una ladrona.</p> - -<p>»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la -muerte de un hijo único; pero si mis lágrimas no<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -fueron bastantes para hacerme recobrar lo que -había perdido, por lo menos fueron causa para -mover a compasión a algunas personas que me -las veían verter, y entre otras al cura de Gálvez, -que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado -del triste estado en que me veía y me llevó -consigo a su casa. En ella, a fin de sonsacarme, -usó del medio de manifestarse muy compadecido -de mí. «¡Cuánta lástima—dijo—me causa este pobre -muchacho! ¿Qué maravilla es que en sus pocos -años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión -haya cometido una acción ruin? Apenas -se encontrará un hombre que no haya hecho alguna -en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome -la palabra, «Hijo mío—añadió—, ¿de -qué lugar de España eres y quiénes son tus padres? -Porque tienes trazas de ser hijo de gente -honrada. Háblame en confianza y cuenta con que -no te desampararé.»</p> - -<p>»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, -me fué insensiblemente empeñando en que -le descubriese todos mis pasos, y lo hice con mucha -ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo cual -me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está -bien en los ermitaños el atesorar, eso no disminuye -tu culpa. En robar al hermano Crisóstomo siempre -has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; -pero yo me encargo de obligar a la mesonera -a que devuelva el dinero y hacérselo entregar al -hermano Crisóstomo, y así, por esta parte puedes -desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a uste<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>des -que esto era lo que menos cuidado me daba; -pero el cura, que tenía sus fines, no paró aquí. -«Hijo mío—prosiguió—, quiero empeñarme a favor -tuyo y buscarte una nueva conveniencia. Mañana -mismo pienso enviarte a Toledo con un arriero y -te daré una carta para un sobrino mío, canónigo -de aquella catedral, que no rehusará admitirte por -mi recomendación en el número de sus criados, los -cuales todos lo pasan en su casa como unos beneficiados -que se regalan a costa de la prebenda, y -puedo asegurarte con certidumbre que allí lo pasarás -perfectamente.»</p> - -<p>»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé -el talego y los azotes que me habían dado y ya -no pensé más que en el placer de vivir como un beneficiado. -Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, -llegó a casa del cura un arriero con dos -mulas. Subiéronme en la una, y montando mi conductor -la otra tomamos el camino de Toledo. -Mi compañero de viaje gastaba buen humor y le -gustaba divertirse a costa del prójimo. «Querido -Escipión—me dijo—, en verdad que tienes un buen -amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte -mayor prueba de lo mucho que te quiere que el -acomodarte con su sobrino el canónigo, a quien -tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla -de su Cabildo. No es, ciertamente, uno de aquellos -devotos cuyo semblante macilento y extenuado -está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, -colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, -en fin, que se divierte en todo lo que se presenta<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás en su -casa a pedir de boca.»</p> - -<p>»Conociendo el socarrón del arriero el placer con -que le escuchaba, continuó el elogio del canónigo, -ponderándome lo mucho que yo celebraría mi fortuna -cuando me viese ya criado suyo. No cesó de -hablar hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde -nos apeamos para echar un pienso a las mulas. -En tanto que él andaba de aquí para allí por el -mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel -que yo pude coger sin que él lo advirtiese y que -hallé medio de leer mientras él estaba en la cuadra. -Era una carta dirigida a los capellanes del -hospicio de los huérfanos, concebida en estos términos:</p> - -<p>«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad -a enviar a su poder un bribonzuelo que se escapó -de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy despabilado, -y por lo mismo muy digno de que ustedes -se sirvan tenerle encerrado. No dudo que a -fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de él un -mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve -a ustedes en tan piadoso como caritativo ministerio,—<i>El -cura de Gálvez</i>.»</p> - -<p>»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba -la buena intención del señor cura, no -dudé un punto sobre el partido que había de tomar. -Salir inmediatamente del mesón y ponerme -en las orillas del Tajo, distante más de una legua -de aquel lugar, todo fué obra de un momento. El -miedo me prestó alas para huir de los capellanes<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -del hospicio de los huérfanos, al que de ningún -modo quería volver; tanto me había disgustado su -modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo -tan alegre como si supiera adónde había de ir a -comer y beber. Es verdad que aquélla es una ciudad -de bendición, en la cual un hombre de talento -reducido a vivir a costa ajena no puede morirse -de hambre, pues no bien había entrado en la plaza -cuando un caballero bien vestido, a cuyo lado pasaba, -agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, -¿quieres servirme? Porque me alegrara tener un -criado como tú.» «Y yo un amo como vuesa merced», -le respondí prontamente. «Siendo eso así—me -replicó—, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» -Y yo lo hice sin réplica.</p> - -<p>Este caballero, que podía tener como unos treinta -años y se llamaba don Abel, estaba hospedado -en una posada de caballeros, donde ocupaba un -cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de -profesión, y vean ustedes la vida que hacíamos: -por la mañana le picaba yo tabaco para fumar -cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar -al barbero para que le viniese a afeitar y componerle -los bigotes, y hecho esto, se marchaba a -las casas de juego, de donde no volvía hasta las -once o doce de la noche; pero todas las mañanas -antes de salir sacaba tres reales del bolsillo y me -los daba para que comiese, dejándome libertad -para que hiciera lo que se me antojase hasta las -diez de la noche, con tal de que me hallara en casa -cuando volviera. Estaba él muy contento conmigo<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> -y dió orden para que se me hiciese una librea muy -galana, con la cual parecía propiamente un mensajero -de damas de galanteo. También yo estaba -muy alegre con mi oficio, y en verdad no podía -hallar otro que más se adaptase a mi genio.</p> - -<p>»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida -cuando el amo me preguntó un día si estaba contento -con él, y habiéndole contestado que no podía -estarlo más, «Pues bien—me replicó—, mañana -saldremos para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. -No te pesará el ver aquella capital de Andalucía, -pues ya habrás oído muchas veces decir -que <i>quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla</i>.» -«¡Que me place!—respondí yo—. Estoy pronto -a seguir a usted a cualquiera parte del mundo.» -En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la -posada de caballeros a tomar un gran baúl donde -estaba la ropa de mi amo, y al siguiente tomamos -el camino de Andalucía.</p> - -<p>»Era el señor don Abel tan afortunado en el -juego, que solamente perdía cuando le acomodaba, -lo que le obligaba a mudar con frecuencia de lugar, -por estar expuesto al resentimiento y venganza -de los mentecatos que se dejaban engañar, -y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados a -Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros -cerca de la puerta de Córdoba, donde comenzamos -a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló -diferencia entre las dos ciudades. En las casas de -juego de Sevilla encontró jugadores tan afortunados -como él, de suerte que algunas veces volvía<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía -le duraba el enojo de haber perdido cien -doblones el día anterior, me preguntó por qué no -había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor—le -respondí yo—, porque enteramente se me -olvidó.»</p> - -<p>»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media -docena de bofetadas tan terribles que me hicieron -ver más luces que las que había en el templo -de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: -«¡Toma, bribonzuelo, esto es para que otra vez te -acuerdes de cumplir con tu obligación! ¿Quieres -que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? -¿Por qué no eres tan puntual para servir como -para comer? No siendo un bestia, como ciertamente -no lo eres, bien podías tener presente lo que debes -hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» -Dicho esto, se salió muy enfadado del cuarto, dejándome -sumamente sentido de las bofetadas que -me dió por tan pequeño motivo.</p> - -<p>»Poco después le sucedió no sé qué lance en el -juego que volvió a casa muy acalorado. «Escipión—me -dijo—, he determinado irme a Italia y debo -embarcarme mañana en un buque que se vuelve -a Génova. Tengo mis motivos para hacer este viaje; -discurro querrás venir conmigo y aprovechar -esta excelente ocasión de ver el país más delicioso -del mundo.» Respondí que venía en ello; pero en -mi interior pensaba en desaparecer al tiempo de -ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de -vengarme de las bofetadas y me pareció que éste<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span> -era el más ingenioso. Satisfecho y ufano de que -me hubiese ocurrido semejante idea, no pude contenerme -de confiársela a cierto valentón a quien -encontré casualmente en la calle. Había yo contraído -en Sevilla algunas malas amistades y principalmente -la de este guapo. Contéle el lance de -las bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole -el designio en que estaba de dejar a don Abel escapándome -cuando se fuese a embarcar, le pregunté -qué le parecía esta determinación.</p> - -<p>»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose -el bigote, y después afeando en tono grave la -acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un hombre -sin honra toda tu vida si te contentas con la -frívola venganza que has meditado para volver por -ella. No basta dejar a don Abel y no pisar más su -casa; es menester darle un castigo proporcionado a -tu afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y -dinero, para repartirlo después entre los dos como -buenos hermanos.» No obstante mi natural propensión -a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme -algún horror un robo de tanta importancia. -En medio de eso, el archiganzúa que me hizo la -propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes -cuál fué el éxito de nuestra empresa. El jaquetón, -hombre robusto y rollizo, vino a la posada -el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran -baúl en que mi amo había encerrado sus ropas, y -le pregunté si podría él solo cargar con un mueble -tan pesado. «¿Tan pesado?—me dijo.—¡Sábete que -cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -el arca de Noé!» Diciendo esto, agarró el baúl, -echósele a cuestas como si fuera una paja, y bajó -las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al -mismo paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la -calle, cuando hete aquí a don Abel, que, por gran -fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.</p> - -<p>«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. -Fué tanta mi turbación, que no acerté a -responderle ni una sola palabra, y el guapetón, -viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y -se escapó para ahorrar contestaciones. «¿Adónde -vas, pues, con ese baúl?», me volvió a preguntar -mi amo. «Señor—le respondí más muerto que vivo—, -le hacía llevar al buque donde su merced -se ha de embarcar mañana para Italia.» «Pero ¿por -dónde sabías tú—me replicó—en qué buque me había -de embarcar?» «Señor—repuse prontamente—, -<i>quien lengua tiene, a Roma va</i>: informaríame en el -puerto, y allí me lo dirían.» Al oír esta respuesta, -que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos -ojos que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese -las bofetadas. «Pero dime—replicó otra -vez—: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera -de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo—le -dije—. ¿Ya no se acuerda usted de la reprensión -que me dió hace pocos días? ¿No me dijo usted -regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese -por mí mismo mi obligación para servirle? Pues en -cumplimiento de este precepto iba a llevar su cofre -de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, -conociendo que tenía yo más malicia de la que él<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -había creído, me despidió de su casa, diciéndome -serenamente: «Señor Escipión, a mí no me acomodan -criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! -¡El Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos -que tan pronto tienen una carta de más como -de menos! ¡Quítate de mi presencia—añadió mudando -de tono—, si no quieres que te haga cantar -sin solfa!»</p> - -<p>»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me -alejé al momento, lleno de miedo de que me mandase -quitar el vestido, que por fortuna me dejó, -y eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme -con dos reales a que se reducía todo mi caudal. -Llegué a la puerta del palacio arzobispal a -tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía -de la cocina un olor tan grato, que se percibía una -legua en contorno. «¡Cáspita!—dije entre mí—. -¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que -me regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen -meter en alguno los cuatro deditos y el pulgar! -Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para probar -estos platos que no he hecho más que oler? -¿Por qué no? Esto no me parece imposible.» Entregado -enteramente a este pensamiento, me ocurrió -una feliz treta, que quise probar inmediatamente, -y no me salió mal. Entréme en el patio de -palacio, y comencé a correr hacia las cocinas gritando -a más no poder en aire y tono de asustado: -<i>¡Socorro! ¡Socorro!</i>, como si me viniera siguiendo -alguno para quitarme la vida.</p> - -<p>»A mis descompasadas voces acudió apresurado<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span> -el maestro Diego, cocinero del arzobispo, con -tres o cuatro galopines de cocina; y no viendo a -nadie más que a mí, todos me preguntaron qué -tenía y por qué gritaba de aquella manera. «¡Señores—les -respondí fingiendo miedo—, por amor -de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese -asesino que me quiere matar!» «¿Adónde está ese -asesino?—exclamó Diego—. Porque tú estás solo, -y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, -hijo mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se -ha querido divertir en asustarte y se ha retirado -luego que te ha visto entrar en palacio, porque, -cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» -«¡No, no—le dije al cocinero—; no me siguió de -chanza! ¡Es un gran ladrón que quería robarme, -y estoy seguro de que me está esperando en la -calle!» «Si fuese así—replicó el cocinero—, en verdad -que tendrá que aguardarte largo tiempo, -porque has de cenar y dormir aquí, y no te dejaremos -salir hasta mañana.»</p> - -<p>»No puedo ponderar el gusto que me causaron -estas últimas palabras, ni lo admirado que me quedé -cuando, conducido por el maestro Diego a las -cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la -cena. Conté hasta quince personas empleadas en -ella; mas no pude contar la variedad de exquisitos -platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces -fué cuando conocí por la primera vez lo que era -sensualidad, recibiendo a nariz llena el olor de -tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. -Tuve la honra de cenar y dormir con los ga<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>lopines -de cocina, todos los cuales quedaron tan -prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente -fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que -me había hecho en recogerme con tanta generosidad -la noche anterior, me dijo: «Mis mozos de cocina -te han tomado tanto cariño, que todos a una -voz me han asegurado se alegrarían de tenerte -por camarada. Dime ahora con toda franqueza si -gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que -si lograra tal fortuna me tendría por el hombre -más feliz del mundo. «Siendo eso así, amigo mío—me -dijo—, desde este mismo punto te puedes -contar por criado de la casa arzobispal.» Y diciendo -esto, me llevó al cuarto del mayordomo, el cual, -observando mi despejo, me juzgó digno de ser -admitido entre los marmitones.</p> - -<p>»Al instante que tomé posesión de tan decoroso -empleo, el maestro Diego, que seguía la antigua costumbre -de los cocineros de las casas grandes, conviene -a saber, de enviar todos los días varios platos -a sus queriditas, me eligió para enviar a cierta -dama de la vecindad ya trozos de ternera y ya -aves y cacería. Era la buena señora una viuda de -treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y -que tenía todas las trazas de no ser del todo fiel a -su generoso cocinero. Este, no contento con proveerla -de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía -también de vino; y todo esto, ya se entiende, a -costa del señor arzobispo.</p> - -<p>»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme -en mis mañas, pegando un chasco de que<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -todavía hay y habrá por largo tiempo en Sevilla -gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron -en representar una comedia para celebrar los -días del amo. Escogieron la de <i>Los Benavides</i>; y -como era menester un muchacho de mi edad que -hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano -de mí. El mayordomo, que se preciaba de saber -representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y -con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a -todos que no sería yo el que me portase peor. Como -la función la costeaba el arzobispo, no se perdonó -gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en -un salón un soberbio teatro adornado con el mejor -gusto, en uno de cuyos lados se dispuso un lecho de -césped, donde debía yo fingirme dormido cuando -viniesen los moros a asaltarme para llevarme -prisionero. Luego que todos los actores estuvieron -ensayados, el arzobispo señaló día para la función, -convidando a todas las damas y principales caballeros -de la ciudad.</p> - -<p>»Llegada la hora de la comedia, cada actor se -vistió del traje que le correspondía. Por lo que toca -al mío, el sastre me lo presentó acompañado del -mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de -ensayarme, quiso tener también la paciencia de -verme vestir. Trájome el sastre un ropaje talar de -rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones -y botones de oro y con mangas largas adornadas -con flecos del mismo metal. El propio mayordomo -me puso en la cabeza por su mano una corona de -cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas,<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -mezcladas con algunos diamantes falsos. Pusiéronme -una faja de seda de color de rosa, recamada -toda de flores de plata y cuyos remates eran dos -graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de -éstas que me ponían se me figuraba que me estaban -dando alas para volar y escaparme. Comenzó, -en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena -con una relación, la cual concluía diciendo que, no -pudiendo resistir a las dulzuras del sueño, iba a -entregarme a él. Con efecto, me metí entre bastidores -y me recosté en el lecho de césped que me -estaba preparado; pero en lugar de dormir me -puse sólo a pensar de qué modo podría salir a la -calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una -escalerilla oculta, por la cual se bajaba desde el -teatro al salón, me pareció a propósito para la -ejecución de mi designio. Levantéme de la cama -con mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, -me escurrí por dicha escalerilla al salón, a -cuya puerta pude llegar diciendo: «<i>¡A un lado! -¡A un lado, que voy a mudar de traje!</i>» Todos se pusieron -en fila para dejarme pasar, de manera que -en menos de dos minutos salí libremente del palacio -a favor de la obscuridad y me fuí a casa de -mi amigo el valentón.</p> - -<p>»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle -el caso, que le hizo reír hasta más no poder. -Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se lisonjeaba -de tener parte en los despojos del rey de -León; me felicitó por haber dado un golpe tan diestro, -y me dijo que si los progresos correspondían<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span> -a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido -en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos -y divertimos largamente los dos celebrando -mi grande hazaña, pregunté yo a mi jaquetón: -«¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» -«Eso no te dé cuidado—me respondió—; -conozco a un prendero muy hombre de bien, el -cual compra toda la ropa que le lleven a vender -sin andar con preguntas, una vez que le tenga cuenta -el comprarla. Mañana le buscaré y le traeré aquí.»</p> - -<p>»En efecto; al día siguiente muy de mañana se -levantó, dejándome en la cama, y dos horas después -volvió con el prendero, el cual traía un lío -cubierto con tela amarilla. «Amigo—me dijo—, -aquí te presento al señor Ibáñez de Segovia, hombre -de la mayor integridad, a pesar del mal ejemplo -que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia -lo que vale el vestido de que te quieres -deshacer, y puedes fiarte ciegamente en lo que te -dijere.» «En cuanto a eso—dijo el prendero—, me -tendría por el hombre más ruin y miserable del -mundo si tasara una cosa en menos de lo que vale. -Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha tachado de -esto a Ibáñez de Segovia. Veamos—añadió—esa -ropa que usted quiere vender, y le diré en conciencia -lo que vale.» «Aquí está—dijo el valentón poniéndosela -delante—. No me negará usted que -nada hay más magnífico: observe usted la hermosura -de este terciopelo de Génova y lo exquisito -de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta—respondió -el prendero después de haber<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -examinado el vestido con la mayor atención—; es -de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace -usted—le preguntó mi amigo—de las perlas que -adornan esta corona?» «Si fueran redondas—respondió -Ibáñez—no tendrían precio; pero tales cuales -son me parecen bellísimas y me gustan tanto -como lo demás. Ni puedo menos de decir lo que -siento; otro prendero estafador, en mi lugar aparentaría -despreciar la mercancía para adquirir a -bajo precio y no se avergonzaría de ofrecer por -ella veinte doblones; pero yo, que tengo conciencia, -ofrezco cuarenta.»</p> - -<p>»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento -no hubiera sido un apreciador muy justificado, -pues que solamente las perlas valían más de doscientos; -pero el valentón, que se entendía con él, -me dijo: «¡Mira la fortuna que has tenido de tropezar -con un hombre tan timorato! El señor Ibáñez -aprecia las cosas como si estuviera en el artículo -de la muerte.» «Así es—respondió el prendero—, y -por eso no hay que andar regateando conmigo ni -por un solo maravedí; en cuyo supuesto, éste me -parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» -«¡Espere usted!—replicó el valentón—. Antes de -eso es menester que mi amiguito se pruebe el vestido -que le dije a usted trajese para él, y mucho me -engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces -el lío el prendero, y me presentó una ropilla -y unos calzones de buen paño musgo con -botones de plata, todo medio usado. Me levanté -para probarme el vestido, y aunque me venía muy<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -ancho y muy largo, les pareció a los dos compinches -haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo -tasó en diez doblones; y como nada se había de -replicar a lo que decía, me fué preciso pasar por -ello; de manera que sacó treinta doblones del bolsillo, -los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio -de mis vestiduras reales y de mi corona, y se lo -llevó.</p> - -<p>»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy -muy satisfecho de este prendero.» Tenía razón -para estarlo, porque puedo asegurar que le sacó -por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, -no se contentó con esto; tomó sin ceremonia -la mitad del dinero que había sobre la mesa y me -dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, -te aconsejo que con esos quince doblones -que te quedan salgas al momento de esta ciudad, -en donde puedes considerar las diligencias que se -harán para buscarte de orden del señor arzobispo. -Tendría yo el mayor sentimiento si, después de -la heroica acción que has hecho para inmortalizar -tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado -en una prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto -a alejarme cuanto antes de Sevilla; y con -efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas -camisas, salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa -y amena campiña que entre viñas y olivares -conduce a la antigua ciudad de Carmona, en -tres días llegué a Córdoba.</p> - -<p>»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza -Mayor, donde viven los mercaderes. Vendíme por<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span> -un hijo de familia natural de Toledo, que viajaba -únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante -decente para hacerlo creer, y algunos doblones -que de propósito saqué delante del posadero le -acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos -años no me tuvo por algún muchacho travieso -que se había escapado de casa de sus padres después -de haberles robado. Como quiera que fuese, -él no se mostró muy deseoso de saber más de lo -que yo le decía, quizá por temor de que su curiosidad -no me obligase a mudar de posada. Por seis -reales diarios se daba buen trato en esta casa, -donde comúnmente había gran concurrencia de -gentes. Conté por la noche a la cena hasta doce -personas a la mesa, y lo mejor que había era que -todos comían sin hablar palabra, excepto uno -que, hablando sin cesar a diestro y siniestro, compensaba -bien con su charlatanería el silencio de -los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando -cuentos y embanastando chistes para divertirnos, -los que alguna vez nos hacían reír a -carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus -ocurrencias que por burlarnos de ellas.</p> - -<p>»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que -charlaba aquel estrafalario, que me hubiera levantado -de la mesa sin poder dar razón de nada de -cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo -en una conversación que me importaba. «Señores—exclamó -al fin de la cena—, les reservo a -ustedes para postres un gracioso chasco que los -días pasados dió un pícaro de muchacho en el pa<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>lacio -del arzobispo de Sevilla. Contómelo cierto -bachiller amigo mío que se halló presente.» Sobresaltáronme -un poco estas palabras, no dudando que -el lance que iba a contar era el mío; y, con efecto, no -me engañé. Refirió el tal sujeto el pasaje con toda -exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; -es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, -que fué lo que voy a referir a ustedes.</p> - -<p>»Apenas me escapé, cuando los moros que, según -orden de la comedia que se representaba, debían -apoderarse de mí aparecieron en la escena -con el designio de venir a sorprenderme en la cama -de césped en que me creían dormido; pero cuando -quisieron echarse sobre el rey de León, se quedaron -sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni -roque. Paró la comedia, agitáronse todos los actores; -unos me llaman, otros me buscan, éste grita, -y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, -que oyó la bulla y confusión que había detrás del -teatro, preguntó la causa. A la voz del prelado, un -paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió -y dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros -hagan prisionero al rey de León, porque acaba de -ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» «¡Bendito -sea Dios!—exclamó el arzobispo—. ¡Ha hecho -muy bien en huir de los enemigos de nuestra religión, -librándose de las cadenas que le preparaban! -Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su -reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. -Por lo demás, mando seriamente que ninguno -vaya en su seguimiento; sentiría mucho que<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span> -su majestad tuviese que padecer la menor desazón -por parte mía.» Luego que dijo esto dió orden -de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase -la comedia.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XI">CAPITULO XI</h3> - -<p class="i2 center"><b>Prosigue la historia de Escipión.</b></p></div> - -<p class="p2">»Mientras me duró el dinero el posadero usó de -grandes atenciones conmigo; pero luego que advirtió -que se me había acabado comenzó a tratarme -con desagrado, buscando camorra a cada paso, -y una mañana me dijo que le hiciera el favor de salir -de su casa. Dejéla desdeñosamente, y me entré -a oír misa en la iglesia de los padres dominicos. -Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano -pobre y me pidió limosna; saqué del bolsillo -dos o tres maravedises, que le di diciendo: «Amigo -mío, ruegue usted a Dios que me proporcione -pronto una buena conveniencia. Si fuere oída su -oración, no se arrepentirá de haberla hecho, y -cuente con mi agradecimiento.»</p> - -<p>»A estas palabras me miró el pobre con mucha -atención, y con seriedad me dijo: «¿Qué clase de -conveniencia desea usted?» «Quisiera—le respondí—acomodarme -de lacayo en cualquiera casa en -donde lo pasase bien.» Me preguntó si me urgía. -«No puede urgir más—le contesté—, porque si -no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span> -hay medio: o habré de morir de hambre, o tendré -que ser uno de vuestros compañeros.» «Si llegara -ese caso—repuso él—, se le haría a usted muy -cuesta arriba no estando acostumbrado a nuestra -vida; pero a poco que se hiciese a ella, preferiría -nuestro estado al de servir, que es sin disputa -inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que -usted quiere más servir que pasar como yo una -vida holgada e independiente, dentro de poco tendrá -usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo -serle útil; hállese aquí mañana a esta misma -hora.»</p> - -<p>»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día -siguiente al mismo sitio, en donde no tardó mucho -en presentarse el mendigo, que, acercándose a mí, -me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo -así, y me llevó a un sótano no distante de la misma -iglesia y en el cual tenía su albergue. Entramos -ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco -largo que por lo menos habría servido cien años, el -pobre me habló de esta manera: «Una buena acción, -como dice el refrán, halla siempre su recompensa. -Ayer me dió usted limosna, y esto me ha -determinado a proporcionarle una buena colocación, -la que, si Dios quiere, se conseguirá muy presto. -Conozco a un dominico anciano llamado el -padre Alejo, que es un santo religioso y un excelente -director espiritual; tengo el honor de ser su demandadero, -y desempeño este empleo con tanta -discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear -su valimiento en mi favor y en el de mis amigos.<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -Yo le hablé de usted, y le dejé muy inclinado a servirle. -Le presentaré a su reverencia cuando usted -quiera.» «¡No hay que perder momento!—dije -al viejo mendigo—. ¡Vamos ahora mismo a ver -ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al momento -me condujo a la celda del padre Alejo, a -quien encontramos escribiendo cartas espirituales. -Suspendió su trabajo para hablarme, y me dijo -que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. -«Habiendo sabido—continuó—que el señor Baltasar -Velázquez necesita de un criado le he escrito -esta mañana en tu favor, y acaba de responderme -que te recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. -Puedes ir hoy mismo a verle de mi -parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre -esto el religioso me estuvo exhortando por espacio -de tres cuartos de hora a que cumpliese bien con -mis deberes, y se extendió particularmente sobre -la obligación que yo tenía de servir con esmero -al señor Velázquez; y concluyó asegurándome que -él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con -tal que mi amo no tuviese queja de mí.</p> - -<p>»Después de haber dado gracias por su favor al -religioso, salí del convento con el pordiosero, quien -me dijo que el señor Baltasar Velázquez era un -mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso; -«y no dudo—añadió—que lo pasará usted -perfectamente en su casa». Me informé del sitio -donde vivía, y al momento pasé allá después de -haber prometido al mendigo mostrarme agradecido -a sus buenos servicios tan pronto como estu<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>viese -bien arraigado en mi acomodo. Entré en una -gran tienda, en donde dos mancebos decentemente -puestos que se paseaban de un lado a otro con -modales afectados esperaban compradores. Preguntéles -si el amo estaba en casa, y les dije que -tenía que hablarle de parte del padre Alejo. Al oír -este nombre venerable me hicieron entrar en la -trastienda, donde estaba el mercader hojeando un -gran libro de asiento que tenía sobre el escritorio. -Saludéle respetuosamente, y habiéndome acercado -a él, «Señor—le dije—, yo soy el mozo que el -reverendo padre Alejo le ha propuesto para criado.» -«¡Ah, hijo mío—me respondió—; seas muy bien venido! -Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo -a mi servicio con preferencia a tres o cuatro -criados por quienes me han hablado. Es negocio -concluído, y desde hoy te corre el salario.»</p> - -<p>»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader -para conocer que era tal cual me le habían -pintado, y aun me pareció tan sencillo que no pude -menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar -de jugarle alguna pieza. Hacía cuatro años que -estaba viudo y tenía dos hijos: un varón que acababa -de cumplir veinticinco años y una hembra -que entraba en los quince. Esta, educada por una -dueña severa y dirigida por el padre Alejo, caminaba -por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez, -su hermano, aunque nada se había omitido -para hacerle hombre de bien, tenía todos los -vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos -o tres días fuera de casa, y si cuando volvía le<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -daba el padre alguna reprensión, Gaspar le mandaba -callar levantando la voz más que él.</p> - -<p>«Escipión—me dijo un día el viejo—, tengo un -hijo que me da mucho que sentir. Está envuelto -en todo género de desórdenes, lo que verdaderamente -extraño, porque su educación de ningún -modo fué descuidada; le he tenido buenos maestros -y mi amigo el padre Alejo ha hecho cuanto -ha podido para atraerle al camino de la virtud, -sin haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado -en el libertinaje. Acaso me dirás que le he -tratado con demasiada indulgencia en la pubertad -y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he -castigado siempre que me pareció necesario el rigor, -porque, aunque soy tan bonazo, tengo entereza -en las ocasiones que la piden, y aun le hice -encerrar en una casa de corrección, de donde salió -peor que entró en ella. En una palabra, es de aquellos -mozos perdidos a quienes no pueden corregir -el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; -sólo Dios puede hacer este milagro.»</p> - -<p>»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado -padre, a lo menos aparenté que la tenía. -«¡Cuánto me compadezco, señor!—le dije—. Un -hombre tan honrado como usted merecía tener -mejor hijo.» «¿Qué le hemos de hacer, hijo mío?—me -respondió—. ¡Dios ha querido privarme de -este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar—continuó—, -te diré en confianza uno que me -causa mucho desasosiego, y es la inclinación a robarme, -que con demasiada frecuencia halla me<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>dios -de satisfacer, a pesar de mi vigilancia. El -criado antecesor tuyo estaba de inteligencia con -él y por eso le despedí; pero de ti espero que no -te dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con -celo y fidelidad por mis intereses, como sin duda -te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.» «Así -es, señor—le repliqué—; durante una hora su reverencia -no hizo otra cosa que exhortarme a no -tener puesta la mira sino en el bien de su merced; -pero puedo asegurar que para esto no necesitaba -de su exhortación, porque me siento dispuesto a -servir a su merced fielmente, y por último le prometo -un celo a toda prueba.»</p> - -<p>»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las -dos partes. El mocito Velázquez, elegante hasta -dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía que -yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, -me llamó a un paraje retirado y me habló en -estos términos: «Escucha, amigo mío: estoy persuadido -de que mi padre te habrá encargado que -me espíes; pero te advierto que mires cómo lo -haces, porque este oficio tiene sus quiebras. Si -llego a conocer que andas averiguando mis acciones, -te he de matar a palos; pero si quieres ayudarme -a engañar a mi padre, puedes esperarlo todo -de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más -claro? Tendrás tu parte en las redadas que echemos -juntos. Escoge, y en este mismo momento -declárate por el padre o por el hijo, porque no -admito neutralidad.»</p> - -<p>«Señor—le respondí—, mucho me estrecha usted<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -y veo bien que no podré menos de declararme en -su favor, aunque en la realidad me repugna ser -traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!—replicó -Gaspar—. Mi padre es un viejo -avaro que quisiera traerme todavía con andadores; -un miserable que me niega lo que necesito, -rehusándose a contribuir a mis placeres, siendo -éstos de pura necesidad en la edad de veinticinco -años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes -mirar a mi padre.» «¡Basta, señor!—le dije—. -No es posible resistir a un motivo tan justo de -queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables -empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, -para que no se vea en la calle vuestro -fiel aliado. Creo que lo acertará usted si aparenta -aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia -de los demás, sin escasear las malas palabras. Tampoco -hará daño tal cual bofetón y algún puntapié -en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión -me mostrare usted, tanta mayor confianza -hará de mí el señor Baltasar. Por mi parte, fingiré -huir de la conversación de usted; en la mesa le -serviré mostrando que lo hago a más no poder, y -cuando hable de usted con los mancebos de la -tienda no lleve a mal que diga de su persona cuanto -malo me viniere a la boca.»</p> - -<p>«¡Vive diez—exclamó el mozo Velázquez al oír -estas últimas palabras—que estoy admirado de ti, -amigo mío! En la edad que tienes, muestras un -ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde -luego me prometo de él los más felices resultados<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span> -y espero que con el auxilio de tu talento no he de -dejar ni un solo doblón a mi padre.» «Usted me -honra demasiado—le dije—confiando tanto en mi -industria; haré cuanto pueda para no desmentir el -concepto que ha formado de mí, y si no puedo -conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»</p> - -<p>»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era -efectivamente el hombre que necesitaba, y he aquí -cuál fué el primer servicio que le hice: el arca del -dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía -este buen hombre, al lado de su cama, y le -servía de reclinatorio. Siempre que yo la veía me -alegraba la vista y en mi interior le decía muchas -veces: «¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada -para mí? ¿No tendré nunca el placer de contemplar -el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando -me daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a -Gaspar estaba prohibida, entré un día a tiempo -que su padre, creyendo que nadie le veía, después -de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió -la llave detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente -el sitio y di parte de este descubrimiento al amo -mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah -mi querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de -decirme? ¡Nuestra fortuna es hecha, hijo mío! Hoy -mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y -me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo -me costará hallar un cerrajero servicial en Córdoba, -que no es la ciudad de España en donde hay -menos bribones.»</p> - -<p>»Pero ¿a qué fin—dije a Gaspar—quiere usted<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> -mandar hacer una llave falsa, cuando podemos -servirnos de la verdadera?» «Es cierto—me respondió—; -pero temo que mi padre, por desconfianza -o por otro motivo, la quiera esconder en otra parte, -y lo más seguro es tener una que sea nuestra.» -Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento -me dispuse a estampar la llave en la cera, -lo que ejecuté una mañana mientras que mi viejo -amo hacía una visita al padre Alejo, con quien -tenía frecuentemente largas conversaciones. No -contento con esto, me serví de la llave para abrir -el arca, que, estando llena de talegos grandes y -pequeños, me puso en una perplejidad agradable, -porque no sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente -enamorado de los unos y de los otros. Sin -embargo, como el miedo de ser sorprendido no me -permitía hacer un detenido examen, echó mano a -Dios y a ventura de uno de los mayores. En seguida, -habiendo cerrado el arca y vuelto a poner -la llave detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi -presa, que fuí a esconder debajo de mi cama en -una pieza pequeña donde yo dormía.</p> - -<p>»Después de concluída esta operación con tanta -felicidad, me fuí a buscar al joven Velázquez, que -me estaba esperando en una casa vecina, para donde -me había dado cita, y le llené de gozo contándole -lo que acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho -de mí, que me hizo mil caricias y me ofreció -generosamente la mitad del dinero que había en -el talego, que yo no quise aceptar. «Señor—le dije—, -este primer talego es para usted solo; sírvase usted<span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span> -de él para sus necesidades. Presto volveré a hacer -una visita al arca, en donde, gracias a Dios, hay -dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días -después saqué de ella otro talego, que contenía, -como el primero, quinientos escudos, de los cuales -no quise admitir más que la cuarta parte, por más -instancias que me hizo Gaspar para obligarme a -que los repartiésemos entre los dos como buenos -hermanos.</p> - -<p>»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, -y por consiguiente en estado de satisfacer la pasión -que tenía a las mujeres y al juego, se entregó a -ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse -con una de aquellas famosas damas cortesanas -que en poco tiempo devoran y se tragan -los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos -gastos, y me puso en la necesidad de hacer -tantas visitas al arca, que al fin el viejo Velázquez -echó de ver que le robaban. «Escipión—me dijo -una mañana—, tengo que hacerte una confianza: -alguno me roba, amigo mío. Han abierto mi arca -del dinero y me han sacado de ella muchos talegos. -El hecho es constante; pero ¿a quién debo -atribuir este robo? O por mejor decir, ¿quién otro -sino mi hijo puede haberle hecho? Gaspar habrá -entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú -mismo le habrás introducido en ella, porque estoy -tentado a creerte su confederado, aunque parezcáis -mal avenidos los dos. Sin embargo, no quiero -abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre -Alejo por responsable de tu fidelidad.» Respondí<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span> -que, gracias al Cielo, no me tentaba la hacienda -ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad -hipócrita que contribuyó a sincerarme.</p> - -<p>»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre -el asunto; pero no dejó de envolverme en su desconfianza, -y tomando precauciones contra nuestros -atentados, mandó poner al arca una cerradura -nueva, cuya llave traía desde entonces continuamente -en la faltriquera. Habiéndose interrumpido -por este medio toda comunicación entre nosotros -y los talegos, quedamos sin saber lo que nos -pasaba, particularmente Gaspar, que, no pudiendo -ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado -a no verla más. En medio de esto, discurrió -un arbitrio ingenioso que le proporcionó mantener -su correspondencia por algunos días más, y fué el -de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que -me había tocado a mí de las sangrías que yo había -hecho al arca. Entreguéle hasta el último maravedí, -lo que, a mi parecer, podía pasar por una -restitución anticipada que yo hacía al mercader -anciano en la persona de su heredero.</p> - -<p>»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir -aquel recurso, considerando que ya no le quedaba -ningún otro, cayó en una melancolía profunda -y obscura que poco a poco trastornó su -razón. No mirando ya a su padre sino como a un -hombre que causaba la desgracia de su vida, dió -en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la -voz de la sangre, el miserable concibió el horroroso -designio de envenenarle. Poco satisfecho con ha<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>berme -confiado este execrable proyecto, tuvo aliento -para proponerme le sirviese de instrumento a -su venganza. Horroricéme al oírle semejante propuesta, -y le dije: «¡Es posible, señor, que estéis tan -dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar -esa abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais -valor para quitar la vida al autor de la vuestra? -¿Habríase de ver en España, en el seno del -cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea -horrorizaría a las más bárbaras naciones? ¡No, mi -querido amo—añadí echándome a sus pies—, no! -¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí -toda la indignación de la Tierra y que sería castigada -con un infame suplicio!»</p> - -<p>»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para -disuadirle de un pensamiento tan culpable, y yo -no sé dónde pude encontrar raciocinios tan honrados -y discretos como empleé para combatir su -desesperación; lo cierto es que le hablé como pudiera -un doctor de Salamanca, a pesar de ser tan -joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más -que hice para convencerle de que debía volver sobre -sí y desechar animosamente las detestables -ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué -inútil toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando -un taciturno silencio, me hizo comprender -que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.</p> - -<p>»En vista de esto, tomando mi determinación -dije al anciano que quería hablarle en secreto, y -habiéndome encerrado con él, «Señor—le dije—, -permítame usted que me arroje a sus pies e im<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>plore -su misericordia.» Dichas estas palabras, me -postré delante de él lleno de agitación y con el -rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader -de aquella demostración y de verme tan turbado, -me preguntó qué había hecho. «¡Un delito de que -me arrepiento—le respondí—y que lloraré toda mi -vida! He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo -de usted y de ayudarle a que le robase.» Al mismo -tiempo le hice una confesión sincera de todo lo -sucedido en este particular, después de lo cual le -di cuenta de la conversación que acababa de tener -con Gaspar, cuyo designio le revelé sin omitir la -menor circunstancia.</p> - -<p>»Por más mal concepto que el anciano Velázquez -tuviese de su hijo, apenas podía dar crédito a mis -palabras. Sin embargo, no dudando de la verdad -de mi narración, «Escipión—me dijo levantándome -del suelo, porque estaba todavía arrodillado—, -yo te perdono en gracia del importante aviso que -acabas de darme. ¡Gaspar—continuó alzando la -voz—, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo -ingrato, monstruo a quien hubiera valido más -ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir para -ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar -contra mis días? ¡Todos los años te doy una cantidad -suficiente para tus diversiones, y no estás -contento! ¿Conque será necesario para contentarte -permitirte que disipes todos mis bienes?» Habiendo -hecho este doloroso apóstrofe, me encargó el secreto -y me dijo que le dejase solo para pensar lo -que debía hacer en tan delicada coyuntura.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p> - -<p>»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué -resolución tomaría aquel desgraciado padre, cuando -en el mismo día llamó a Gaspar, y, sin darle a -entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo -mío, he recibido una carta de Mérida, en que me -dicen que si te quieres casar se proporciona una -señorita de quince años, que, sobre ser muy hermosa, -llevará consigo un gran dote. Si no tienes -repugnancia al matrimonio, mañana al romper la -aurora partiremos los dos a Mérida, veremos la -persona que te proponen y si te gusta te casarás -con ella.» Cuando Gaspar oyó hablar de un gran -dote, y creyendo tenerlo ya en su poder, respondió -sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, -con efecto, el día siguiente al amanecer marcharon -solos y montados ambos en buenas mulas.</p> - -<p>»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y -se vieron en un sitio tan apetecido de los salteadores -como temido de los pasajeros, Baltasar echó -pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo. -Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía -apear en aquel paraje. «Voy a decírtelo—le respondió -el anciano mirándole con unos ojos en que -estaban pintados la cólera y el dolor—. No iremos -a Mérida, y la boda de que te he hablado es una -mera invención mía sólo para atraerte aquí. No -ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro -el atentado que proyectas; sé que por disposición -tuya se tiene preparado un veneno para dármelo. -Pero dime, insensato, ¿has podido lisonjearte de -quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> -horror! Tu crimen se descubriría bien pronto y -morirías a manos del verdugo. Hay—continuó—otro -medio más seguro para que satisfagas tu furor -sin exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos -los dos sin testigos y en un sitio en que -cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento -estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu -puñal y se atribuirá esta muerte a los salteadores.» -A estas palabras, descubriendo Baltasar el pecho -y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira, -Gaspar—añadió—, dame aquí un golpe mortal, -para castigarme de haber engendrado a un malvado -como tú!»</p> - -<p>»El joven Velázquez, herido como de un rayo -con estas palabras, muy lejos de intentar sincerarse, -cayó de repente sin sentido a los pies de su -padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, -que le pareció un principio de arrepentimiento, no -pudo menos de ceder a la pasión paternal y acudió -prontamente a socorrerle; pero Gaspar, luego que -volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un -padre tan justamente irritado, hizo un esfuerzo -para levantarse, volvió a montar en su mula y se -alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, y, -abandonándole a sus remordimientos, se restituyó -a Córdoba, en donde seis meses después supo que -su hijo había tomado el hábito en la Cartuja de -Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo -penitencia.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p> - - -<h3 id="III_XII">CAPITULO XII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Fin de la historia de Escipión.</b></p></div> - -<p class="p2">»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir -buenos efectos. La conducta que el joven -Velázquez había tenido me obligó a hacer serias -reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi -inclinación a hurtar y me propuse vivir como hombre -honrado. El hábito que yo había contraído de -apoderarme de cuanto dinero podía haber a las -manos se había radicado en mí con actos tan repetidos -que no era fácil de vencer. Sin embargo, -esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso -no es menester mas que quererlo de veras. -Emprendí, pues, esta grande obra, y el Cielo bendijo -mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos -el arca del mercader anciano, y aun creo que -aunque hubiera estado en mi mano sacar de ella -algunos talegos no los hubiera tocado. Sin embargo, -confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner -a prueba mi integridad reciente, de lo cual se -guardó muy bien Velázquez.</p> - -<p>»Concurría frecuentemente a su casa un caballero -joven de la Orden de Alcántara, llamado Manrique -de Medrano. Todos le estimábamos mucho, porque -era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque -no de los más ricos. Prendóse tanto de mí este -caballero, que siempre que me encontraba se detenía -a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span> -«Escipión—me dijo un día—, si yo tuviera un -criado de tan buen humor, creería poseer un tesoro, -y si no estuvieras con un sujeto a quien estimo, -nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor—le -respondí—, eso le costaría muy poco a vuestra -señoría, porque tengo inclinación a las personas -distinguidas. Este es mi flaco; sus modales -caballerosos me encantan.» «Siendo eso así—me -replicó don Manrique—, quiero suplicar a mi amigo -el señor Baltasar que permita te pases de su -servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» -Concedióselo Velázquez inmediatamente, y -con tanta mayor facilidad cuanto que se persuadía -que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. -Por mi parte, me alegré de esta traslación, -no pareciéndome el criado de un mercader sino -un desarrapado en comparación del criado de un -caballero de Alcántara.</p> - -<p>»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo -amo, les diré que era un mozo arrogante, que encantaba -a todos por sus apacibles costumbres y -por su talento y que además tenía mucho valor -y probidad. Sólo le faltaban bienes de fortuna; -pero siendo el segundo de una casa más ilustre -que rica, se veía obligado a vivir a expensas de -una tía anciana residente en Toledo, que, amándole -como si fuera hijo suyo, cuidaba de suministrarle -cuanto dinero había menester para mantenerse. -Vestía siempre con mucho aseo, y en todas -partes era bien recibido. Visitaba las principales -señoras de la ciudad, y entre otras a la marquesa<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -de Almenara, que era una viuda de setenta y dos -años, cuyos modales atractivos y agudeza de entendimiento -atraían a su casa toda la nobleza de -Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, -y su casa se llamaba <i>la buena sociedad</i>.</p> - -<p>»Mi amo era uno de los que más frecuentemente -obsequiaban a esta señora. Una noche que acababa -de separarse de ella me pareció verle en un desasosiego -que no era natural. «Señor—le dije—, parece -que vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel -criado saber la causa? ¿Le ha acontecido a vuestra -señoría alguna cosa extraordinaria?» Mi amo se -sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, -le ocupaba la imaginación una conversación -seria que acababa de tener con la marquesa de -Almenara. «Me alegrara—le dije riéndome—que esa -niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una -declaración de amor.» «Pues no lo tomes a chanza—me -respondió—; has de saber, amigo mío, que -la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece -tanto vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra -distinguida nobleza; os miro con particular inclinación -y he determinado daros mi mano para -proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente -enriqueceros de otro modo. Preveo que -este enlace dará mucho que reír de mí al público, -que seré objeto de las murmuraciones y que todos -me tendrán por una vieja loca que quiere casarse. -No me da cuidado; todo lo despreciaré por proporcionar -a usted una suerte venturosa, y lo único que -temo—me ha añadido—es que mostréis repugnan<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>cia -al cumplimiento de mi deseo.» Esto es lo que me -ha dicho la marquesa—prosiguió mi amo—. Teniéndola, -como la tengo, por la señora más juiciosa y -prudente de Córdoba, considera lo admirado que -quedaría yo de oírla hablar en aquellos términos. -Le he respondido que me maravillaba de que me -hiciese el honor de proponerme su mano una señora -que siempre había persistido en la resolución de -subsistir viuda hasta la muerte. A esto me ha replicado -que, poseyendo tan considerables bienes, -quería hacer participante de ellos en vida a un -hombre honrado a quien estimaba.» «Sin duda—le -repliqué entonces—que vuestra señoría está ya resuelto -a saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?—me -respondió mi amo—. La marquesa es dueña de -inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era -preciso estar loco para malograr un establecimiento -tan ventajoso para mí.»</p> - -<p>»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar -tan excelente ocasión de adelantar su fortuna, y -aun le persuadí que acelerase los preparativos; -tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase -este enlace. Pero, por fortuna, la marquesa estaba -más deseosa que yo de que se realizara, y a este -fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se -dispuso todo lo necesario para celebrar la boda. -Apenas se esparció por Córdoba la voz de que la -marquesa vieja de Almenara se casaba con don -Manrique de Medrano, cuando comenzaron los bufones -a divertirse muy a costa de la buena viuda; -pero por más que agotaron todas sus bufonadas y<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> -chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. -Dejó hablar a los ociosos y se fué muy sosegada -a la iglesia con su don Manrique. Celebróse -la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo -a la murmuración. «La novia—se decía—debiera, -a lo menos por pudor, haber suprimido la -pompa y el estrépito, como impropios en la boda -de viudas ancianas que se casan con mozos.»</p> - -<p>»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada -de ser a su edad esposa de un joven como aquél, -se entregaba sin reserva al gozo que con ello experimentaba. -Toda la nobleza cordobesa de uno y -otro sexo estuvo convidada a una espléndida cena -y a un baile no menos suntuoso que siguió después, -al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron -para ir a una habitación, donde, encerrándose -con una criada mayor y conmigo, la marquesa -dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique, -ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo -de la casa; de noche cada uno estará en el -suyo y por el día viviremos juntos como madre e -hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo -que la señora no le hablaba de aquella suerte sino -para obligarle a que le hiciese una dulce violencia, -e imaginándose que por buena correspondencia -debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y -se ofreció con vivas instancias a servirle de ayuda -de cámara. Pero ella, muy lejos de permitir que -la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole: -«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis -por una de esas viejas verdes que vuelven a ca<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>sarse -por fragilidad, estáis equivocado; no me he -casado con vos sino para proporcionaros las ventajas -que puedo por nuestro contrato matrimonial. -Este es un don gratuito de mi corazón y no exijo -de vuestro reconocimiento sino demostraciones de -amistad.» Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí -en nuestro cuarto, retirándose ella al suyo con su -criada y prohibiendo absolutamente al caballero -que le acompañase.</p> - -<p>»Después que se retiró permanecimos los dos un -gran rato atónitos de lo que acabábamos de oír. -«Escipión—me dijo mi amo—, ¿esperabas oír lo -que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces -de una señora como ésta?» «Juzgo, señor—le respondí—, -que es de lo que no hay. ¡Qué dicha tiene -usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple -sin carga!» «Yo—replicó don Manrique—no acabo -de admirar el carácter de una esposa tan apreciable -y pretendo compensar con todas las atenciones -imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» -Continuamos hablando de la señora y después nos -retiramos a dormir, yo en una cama que había en -un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada -y magnífica que le habían puesto y en la cual -creo que allá en lo íntimo de su corazón no le pesó -mucho dormir solo, quedando pagado de ello con -un ligero susto.</p> - -<p>»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, -en los que la recién casada se mostró de tan -buen humor que dió nuevo pábulo a las chanzonetas -de los zumbones. Ella era la primera que se<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -reía de lo que decían, los excitaba a chancearse -y aun les daba pie para que aumentasen la chacota. -El caballero por su parte no se mostraba -menos contento que su esposa, y al ver el aspecto -cariñoso con que la miraba y le hablaba, se hubiera -dicho que estaba enamorado de la ancianidad. -Aquella noche tuvieron los dos esposos otra -conversación y quedaron de acuerdo en que, sin -incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo -que lo habían hecho antes de su casamiento. Sin -embargo, merece elogiarse la conducta de don Manrique: -hizo por consideración a su mujer lo que -pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que -fué apartarse del trato que tenía con cierta señorita -de la clase media, a quien amaba y de la que -era correspondido, no queriendo, decía, mantener -una amistad que parecía insultar la delicada conducta -que su esposa observaba con él.</p> - -<p>»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles -de agradecimiento a esta señora anciana, ella se -las pagaba con usura, aunque las ignorase. Hízole -dueño del arca de su dinero, que valía más que la -de Velázquez. Como había reformado su casa durante -su viudez, la restituyó al mismo pie en que -estaba en vida de su primer marido; aumentó el -número de criados, llenó sus caballerizas de caballos -y mulas; en una palabra, por sus generosas -bondades, el caballero más pobre de la Orden de -Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso -me preguntarán ustedes qué saqué de todo esto: -mi ama me regaló cincuenta doblones y mi amo<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -ciento, haciéndome además su secretario con el -sueldo de cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí -tanta confianza, que me nombró su tesorero.»</p> - -<p>«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión -cuando llegó a este paso y riéndome a carcajadas. -«¡Sí, señor!—me replicó con semblante sereno -y formal—. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me -atrevo a decir que desempeñé con honor aquel -empleo. Es verdad que acaso habré quedado debiendo -alguna cosilla a la caja, porque como me -cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de -repente el servicio del caballero, no es imposible -que haya resultado en la cuenta algún alcance; de -todos modos, es la última reconvención que se me -podrá hacer, supuesto que desde entonces acá he -sido un hombre lleno de rectitud y probidad.</p> - -<p>»Hallábame, pues—continuó el hijo de la Coscolina—, -de secretario y tesorero de don Manrique, -que vivía tan satisfecho de mí como yo lo estaba -de él, cuando recibió una carta de Toledo en que -le noticiaban que su tía doña Teodora Moscoso -estaba a los últimos de su vida. Le fué tan dolorosa -esta noticia, que al momento partió a dicha -ciudad para asistir a aquella señora, que hacía -muchos años desempeñaba con él los oficios de -madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda -de cámara y un lacayo solamente, y montados -todos cuatro en los mejores caballos de la cuadra, -llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos -a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas -de que no moriría de aquella enfermedad. Con<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span> -efecto, no desmintió el resultado nuestros pronósticos, -aunque contrarios al de un médico ya viejo -que la asistía.</p> - -<p>»Mientras que la salud de nuestra buena tía se -iba restableciendo visiblemente, menos quizá por -los remedios que le hacían tomar que por la presencia -de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba -su tiempo lo más alegremente que podía -con ciertos jóvenes cuyo trato era muy a propósito -para proporcionarle ocasiones de gastar su dinero. -Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde -me incitaban a jugar con ellos, y como yo no era -tan diestro jugador como mi amo don Abel, perdía -muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente -me iba aficionando al juego, y si me hubiera -entregado del todo a esta pasión sin duda me hubiera -precisado a tomar de la caja algunas mesadas -anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la -caja y mi virtud. Pasando yo un día cerca de la -iglesia de San Juan de los Reyes vi asomada a -una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a -una linda niña, que más parecía deidad que criatura. -Si encontrara otra voz más expresiva, usaría -de ella para dar a entender a ustedes la fuerte impresión -que sentí al verla. Informéme de quién -era y, después de varias diligencias, supe que se -llamaba Beatriz y que era doncella de doña Julia, -hija segunda del conde de Polán.»</p> - -<p>Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a -carcajada tendida, y dirigiendo la palabra a mi -mujer, «¡Amable Antonia—le dijo—, míreme us<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>ted -bien, y dígame por su vida si a su parecer -tengo semblante de divinidad!» «Por lo menos entonces—le -dijo Escipión—lo tenías a mis ojos; y -ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, -me pareces más hermosa que nunca.» Mi secretario, -después de una respuesta tan amorosa, prosiguió -así su historia:</p> - -<p>«Este descubrimiento acabó de encenderme, no -a la verdad en un ardor legítimo, porque me imaginé -que fácilmente podría triunfar de su virtud -combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; -pero yo conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente -le ofrecí mi bolsillo y mis obsequios por -medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó -con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió -más mis deseos, y recurrí al último arbitrio, -que fué ofrecerle mi mano, la que aceptó luego -que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique. -Pareciónos a los dos que convenía tener -oculto nuestro matrimonio por algún tiempo, y -así, nos casamos de secreto, siendo testigos la señora -Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados -del conde de Polán. Luego que me casé con -Beatriz, ella misma me facilitó el modo de verla -y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba -por una puertecilla cuya llave me entregó. -Difícilmente se hallarían dos esposos que se amasen -con más ternura que nos amábamos Beatriz -y yo: era igual en ambos la impaciencia con que -esperábamos la hora señalada para vernos y hablarnos; -ambos acudíamos allí con la misma an<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>sia, -y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos -juntos, aunque algunas veces no dejaba -de ser bien largo.</p> - -<p>»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían -sido deliciosas las anteriores, al ir a entrar en -el jardín quedé sorprendido de hallar abierta la -puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé -de ella un mal juicio; me puse pálido y trémulo, -como si hubiese presentido lo que iba a sucederme; -y acercándome en medio de la obscuridad -hacia un cenador en donde había solido hablar a -mi esposa, oí la voz de un hombre; me detuve -para percibir mejor, y al momento llegaron a mis -oídos estas palabras: <i>¡No me hagas penar más, mi -querida Beatriz! ¡Completa mi felicidad, y piensa -que de ella depende tu fortuna!</i> En vez de tener la -paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad -de oír más; un furor celoso se apoderó de -mi alma, y, no respirando sino venganza, desenvainé -la espada y entré precipitadamente en el -cenador. «¡Ah vil seductor!—exclamé—. ¡Cualquiera -que tú seas, antes de quitarme el honor será -menester que me arranques la vida!» Diciendo estas -palabras cerré contra el caballero que estaba en -conversación con Beatriz, que se puso al momento -en defensa, y se batió como persona más diestra -en el manejo de las armas que yo, que no había recibido -sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. -Sin embargo, a pesar de su destreza le tiré una -estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un -tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -herido mortalmente, me puse en salvo a carrera -tendida, sin querer responder a Beatriz, que me -llamaba.»</p> - -<p>«Así fué puntualmente—interrumpió la mujer -de Escipión, dirigiéndonos la palabra—. Yo le -llamaba para sacarle de su error. El caballero que -estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando -de Leiva. Este señor, que amaba tiernamente -a mi ama Julia, estaba determinado a sacarla de -casa, pareciéndole que no la podría conseguir -sino por este medio, y yo misma le había citado para -el jardín con el fin de concertar con él esta fuga, -de la cual me aseguraba él que pendía mi fortuna; -pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí -como de una esposa infiel.»</p> - -<p>«En el estado en que me hallaba—replicó Escipión—, -era capaz de eso y mucho más. Los que saben -por experiencia qué cosa son celos y las extravagancias -que hacen cometer aun a los más sensatos, -no se admirarán del trastorno que causaron -en mi débil imaginación. Al momento pasé de un -extremo a otro: a los sentimientos de ternura que -un instante antes me animaban hacia mi esposa me -sobrevinieron bien pronto impulsos de aborrecimiento, -e hice juramento de abandonarla y desecharla -para siempre de mi memoria. Por otra parte, -creía haber muerto a un caballero, y bajo este -concepto, temeroso de caer en manos de la justicia, -experimentaba la turbación penosa que persigue -por todas partes como una furia a un hombre que -acaba de cometer un crimen. En esta horrible si<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>tuación, -no pensando más que en ponerme en salvo, -y sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo -punto salí de Toledo, sin más equipaje que el -vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba en -el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no -dejaba de ser un recurso bastante bueno para un -mozo que tenía hecho ánimo de no pasar de criado -en toda su vida.</p> - -<p>»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir -fuí corriendo, porque la idea de los alguaciles, -presente siempre en mi imaginación, me daba un -continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, -y cuando llegué a este último pueblo, sintiéndome -algo cansado, entré en la iglesia, que acababan de -abrir, y después de haber hecho una breve oración -me senté en un banco para descansar. Púseme a -meditar en el estado de mis negocios, que no me -daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo -para hacer muchas reflexiones, porque luego oí -resonar en la iglesia tres o cuatro chasquidos de -látigo que me hicieron creer pasaba por allí -algún alquilador. Me levanté al momento para ir -a ver si me engañaba, y cuando estuve en la puerta -vi uno montado en una mula, que llevaba de reata -otras dos. «¡Parad, amigo mío!—le grité—. ¿Adónde -van esas mulas?» «A Madrid—me respondió—; -en ellas han venido a este pueblo dos religiosos -dominicos, y me voy allá de retorno.»</p> - -<p>»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje -de Madrid me inspiró deseo de verificarle. Ajustéme -con el alquilador, monté en una de sus mu<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>las, -y nos encaminamos hacia Illescas, en donde -debíamos hacer noche.</p> - -<p>»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el -alquilador, persona de treinta y cinco a cuarenta -años, empezó a entonar cánticos de la Iglesia a -toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos -cantan a maitines, en seguida cantó el <i>Credo</i>, -como en las misas solemnes, y luego, pasando a las -vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni -aun el <i>Magnificat</i>. Aunque el majadero me aturdía -los oídos, yo no podía menos de reír; y aun le -incitaba a continuar cuando se veía precisado a -detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!—le -decía—. ¡Prosiga usted, que si el Cielo le -ha dado tan buenos pulmones, usted no hace mal -uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso—me respondió—no -me parezco, gracias a Dios, a la mayor -parte de los alquiladores, que no cantan sino canciones -infames o impías; ni tampoco canto nunca -romances sobre nuestras guerras contra los moros, -porque son unas cosas a lo menos frívolas, cuando -no sean indecentes.» «Tenéis—le repliqué—una pureza -de corazón que raras veces tienen los alquiladores. -Y siendo tan escrupuloso en punto de canciones, -¿habéis hecho también voto de castidad -en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente—me -respondió—. La continencia es también -una cosa de que me precio en estos parajes; -en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» -No quedé poco admirado de oír hablar de este -modo a aquel fénix de los alquiladores; y tenién<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>dole -por un hombre de bien y de talento, entablé -conversación con él luego que acabó de cantar -cuanto le dió la gana.</p> - -<p>»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego -que nos apeamos en el mesón dejé a mi compañero -que cuidase de sus mulas, y me metí en la cocina -a encargar al mesonero que nos dispusiese una -buena cena, lo que prometió hacer tan bien, que -me acordaría, dijo él, toda mi vida de haberme alojado -en su mesón. «¡Pregunte su merced—añadió—, -pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal -que desafiaría a todos los cocineros de Madrid y -de Toledo a hacer una olla podrida como las que -yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced -con un guisado de gazapo compuesto de mi mano, -y verá si tengo razón para ponderar mi habilidad.» -Dicho esto, mostrándome una cazuela en que -había—según él decía—un conejo hecho ya trozos. -«Mire usted—continuó—lo que pienso darle -después que le haya echado pimienta, sal, vino, un -manojo de hierbas y algunos otros ingredientes -que empleo en mis salsas, con lo que espero regalar -a su merced con un guisado que se pudiera presentar -a un contador mayor.»</p> - -<p>»El mesonero, después de haber hecho de este -modo su elogio, comenzó a disponer la cena. Mientras -tanto me entré en un cuarto, y, echándome en -una mala cama que había allí, me quedé dormido -de cansancio por no haber sosegado nada la noche -antecedente. De allí a dos horas vino a despertarme -el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> -está pronta; venga usted, si gusta, a sentarse a la -mesa», la cual estaba puesta en una sala con solos -dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y -yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con -ansia, y me supo muy bien, ya fuese porque el -hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete que -le daban los ingredientes del cocinero. En seguida -nos sirvieron un trozo de carnero asado; y observando -que el alquilador sólo tomaba de este segundo -plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. -Me respondió sonriéndose que no le gustaban los -guisos; cuya respuesta, o, por mejor decir, la risita -con que la había acompañado, me pareció misteriosa. -«Usted me oculta—le dije—la verdadera -razón que le impide comer de este guisado; hágame -el gusto de decírmelo.» «Ya que usted tiene -tanta curiosidad de saberla—replicó él—, le diré -que tengo repugnancia a llenarme el estómago de -esa especie de guisotes desde que caminando de -Toledo a Cuenca me dieron una noche en un -mesón, por conejo de vivar, un jigote de gato, lo -que me ha hecho cobrar aversión a los cochifritos.»</p> - -<p>»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí -enteramente el apetito en medio del hambre que -me devoraba. Se me encajó en la cabeza que acababa -de comer conejo sólo en el nombre, y ya no -miré el guisado sino haciéndole gestos. El arriero, -lejos de desvanecer mi aprensión, me la aumentó -diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España -hacían con frecuencia aquella especie de -<i>quid pro quo</i>; lo que, como ustedes pueden pensar,<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span> -no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, me -quitó del todo la gana, no ya de volver a probar -el guisote, mas ni aun de tocar al asado, temiendo -que el carnero no lo fuese más realmente que el -conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones -al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme -a tender en la cama, y pasé la noche con más quietud -de la que pensaba. El día siguiente muy temprano, -después de haber pagado al mesonero con -tanta largueza como si me hubiera tratado perfectamente, -salí de Illescas tan ocupado el pensamiento -en el guisado, que me parecían gatos cuantos -animales se me ofrecían a la vista. Entramos -temprano en Madrid, y después de haber satisfecho -al conductor me hospedé en una posada de -caballeros cerca de la Puerta del Sol. Aunque mis -ojos estaban acostumbrados al gran mundo, no -dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores -que se ven comúnmente en el centro de la -corte. Pasmóme el enorme número de coches y -la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos -que los grandes llevaban de comitiva. Llegó -a lo sumo mi admiración cuando, habiendo ido -a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos. -Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, -y dije para mí: «Ya no me admiro de haber -oído decir que es indispensable ver la corte de -Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; -celebro infinito el visitarla, y el corazón -me dice que he de hacer algo en ella.» Sin embargo, -nada más hice que contraer algunas amistades in<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>útiles. -Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y -me tuve por muy dichoso en haberme acomodado, -a pesar de todo mi mérito, con un pedante de Salamanca -a quien conocí casualmente, que había ido -a la corte, su patria, a negocios personales. Llegué -a ser sus pies y sus manos, y cuando se restituyó a -su Universidad, me llevó en su compañía.</p> - -<p>»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo -amo. El mismo se tomaba el <i>don</i> por haber sido -maestro de un duque, el cual por agradecimiento -le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra -por catedrático jubilado del colegio, y además de -eso sacaba del público doscientos o trescientos doblones -anuales por los libros de moral dogmática -que solía dar a la prensa. El modo con que componía -sus obras me parece digno de contarse. Gastaba -casi todo el día en leer autores hebreos, griegos y -latinos y en escribir en medias cuartillas de papel -todos los apotegmas o pensamientos sublimes que -encontraba en ellos. Conforme iba llenando las -cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en -figura de guirnalda, y cada una formaba un tomo. -¡Qué de libros perversos hacíamos! Apenas se pasaba -mes alguno sin que formásemos cuando menos -dos volúmenes, y al momento iban a fatigar -la prensa. Lo más extraordinario era que estas -compilaciones se hacían pasar por cosas nuevas; y -si los críticos trataban de hacer ver al autor que -era un plagiario de las obras de los antiguos, les -contestaba con orgulloso descaro: <i>Furto laetamur -in ipso</i>.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p> - -<p>»También era gran comentador, y estaban tan -llenos de erudición sus comentos, que a cada paso -hacía notas sobre cosas que no merecían reparo, -así como en las medias cuartillas de papel escribía -inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros -autores. Yo no dejé de aprovechar en casa de este -sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a lo menos, -a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir -decentemente; y considerándome él no ya -como criado, sino como discípulo suyo, ilustró mi -entendimiento, sin descuidarse en arreglar mis -costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que -algún otro criado había hecho algo malo: «¡Escipión—me -decía—, guárdate bien, hijo, de hacer lo -que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse -en servir lealmente a su amo»; en una palabra, no -perdía ocasión don Ignacio de exhortarme a la virtud, -y sus palabras hacían en mí tanta impresión, -que en los quince meses que lo serví no tuve la -más mínima tentación de jugarle ninguna de las -piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco -hice en su casa la más leve travesura.</p> - -<p>»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de -Madrid, donde tenía una parienta llamada Catalina, -que era camarera del ama que había criado al -príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la -misma de quien me valí para sacar al señor Santillana -de la torre de Segovia, deseosa de hacer -algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su -ama para que le consiguiese del duque de Lerma -alguna pieza eclesiástica. El ministro le confirió el<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span> -arcedianato de Granada, porque, siendo aquel -reino país de conquista, todas las prebendas son -del patrimonio real y de nombramiento del rey. -Luego que lo supimos marchamos a Madrid, porque -quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores -antes de ir a Granada. Con esta ocasión las tuve -frecuentes de ver y tratar a la tal Catalina, que se -pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. -No me gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que -no pude dejar de corresponder ciertas señales de -particular inclinación que me manifestaba; en -conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, -querida Beatriz, esta confesión que hago; el -mirarte entonces infiel a mí fué lo que me hizo -propasar a lo que no me era permitido.</p> - -<p>»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo -su viaje a Granada. Sobresaltados su parienta -y yo de la dolorosa separación que se acercaba, -discurrimos un arbitrio que nos libró de este -golpe. Fingíme gravemente enfermo, quejándome -de la cabeza, del vientre y del pecho, con todas las -demostraciones del hombre más angustiado del -mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después -de haberme reconocido, me dijo de buena fe -que mi enfermedad era más seria de lo que parecía, -y que verosímilmente no me levantaría tan -presto de la cama. Impaciente el doctor por irse -a su catedral, no tuvo por oportuno dilatar más -su viaje, y prefirió tomar otro criado para que le -sirviera, contentándose con entregarme al cuidado -de una asistenta, a la cual dejó cierta cantidad de<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -dinero para mi entierro si moría, o para recompensar -mis servicios si salía de mi enfermedad.</p> - -<p>»Luego que supe que don Ignacio había salido -para Granada me hallé curado de todos mis males. -Levantéme, despedí al médico que había dado tan -notoria prueba de su gran penetración, y me deshice -de la asistenta, que me robó más de la mitad -del dinero que debía entregarme. Mientras yo representaba -este papel, Catalina desempeñaba otro -muy diverso con su ama doña Ana de Guevara, -a la cual, persuadiéndola de que yo era un intrigante -ducho, la puso en deseo de escogerme por -uno de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho -apego a las riquezas, era dada a manejos que -pudieran producirlas, y necesitando de personas a -propósito para ello, me recibió entre sus criados. -Tardé poco en dar pruebas de mi talento. Dióme -algunos encargos delicados que pedían viveza y -maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé -a su satisfacción; por lo que quedó tan pagada -de mí como yo poco satisfecho de ella, pues era -tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho -que le redituaban mis manipulaciones y mi industria. -Parecíale que sólo con pagarme puntual y -exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada -generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera -hecho salir muy presto de su casa a no haberme -detenido en ella el afecto a Catalina, la cual, enamorada -cada día más y más de mí, me propuso -formalmente que nos casásemos.</p> - -<p>«¡Poco a poco!—le respondí—. Querida mía, esa<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> -ceremonia no la podemos hacer tan prontamente; -para eso es menester esperar la muerte de cierta -jovencita que se anticipó a ti y con quien por -mis pecados estoy ya casado.» «¡A otro perro con -ese hueso!—replicó Catalina—. Ahora te quieres -fingir casado para cohonestar cortesanamente la -repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano -aseguré mil veces que le decía la pura verdad, -pues no hubo forma de hacérsela creer; y pareciéndole -que mi sincera confesión era una excusa, se -dió por ofendida, y desde aquel mismo punto mudó -de estilo conmigo. No llegamos a reñir ni a romper -del todo nuestra comunicación; pero resfriándose -visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido -nuestro trato a los precisos términos que no -se podían negar a la buena crianza y al bien parecer.</p> - -<p>»En este estado me hallaba cuando supe que el -señor Gil Blas de Santillana, secretario del primer -ministro del reino de España, estaba a la sazón sin -criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor -y más ventajosa a que podía aspirar. «El señor -de Santillana—me dijeron—es un caballero de -mucho mérito, un mozo sumamente querido del -duque de Lerma y a cuya sombra no puedes menos -de hacer una gran fortuna; además de eso, es de -un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo -tú sus negocios, no dudes que harás también el -tuyo.» No malogré la ocasión; presentéme al señor -Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación, -agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -me detuve un punto en dejar por él la de la señora -ama; y éste, si Dios quiere, será el último amo a -quien sirva.»</p> - -<p>Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose -después a mí, me habló en estos términos: -«Señor de Santillana, hágame usted el favor -de atestiguar a estas señoras que siempre me ha -tenido por un criado tan fiel como celoso. He menester -de este testimonio para persuadirles que el -hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía -sus malas costumbres, sucediendo a ellas en su corazón -y en sus operaciones virtuosos y honrados -pensamientos.»</p> - -<p>«Así es, señoras—les dije—; eso puedo asegurárselo. -Si en su niñez Escipión era un verdadero -pícaro, se ha corregido después tan completamente, -que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados. -Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender -en su modo de portarse desde que está en -mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy deudor -de muchas obligaciones. La noche que me prendieron -para llevarme al alcázar de Segovia libertó -mi casa del pillaje y puso en seguridad parte de mis -efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. -No contento con haber mirado por la conservación -de mis bienes, quiso, llevado de puro afecto, -encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a los -atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme -en mis trabajos.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p> - -<h2>LIBRO UNDECIMO</h2> - -<h3 id="IV_I">CAPITULO PRIMERO</h3> - -<p class="i2 center"><b>De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había -experimentado en su vida, y del funesto accidente -que la turbó. Mutaciones sobrevenidas en la corte, -que fueron causa de que Santillana volviese a ella.</b></p></div> - -<p class="p2">Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían -muy bien las dos; la una acostumbrada a vivir -como criada sumisa, y la otra acostumbrándose -gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos -muy condescendientes y muy amados de nuestras -esposas para no tener bien pronto la satisfacción -de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas -casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera -que parió, y dió a luz una niña, y pocos días después -Antonia nos llenó de alegría dándome un -niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta -noticia al gobernador, que vino inmediatamente a -Liria, en compañía de Serafina y de la marquesa -de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos, teniendo -el gusto de añadir esta prueba más de afecto -a todas las que yo había recibido de él. Mi hijo, que<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -tuvo por padrinos a este señor y a la marquesa, se -llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo -dispensarme el honor de que yo fuera su compadre -por dos títulos, se prestó a ser madrina, juntamente -conmigo, de la hija de Escipión, a la cual se -le puso el nombre de Serafina.</p> - -<p>El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a -las personas de la quinta, sino que todos los vecinos -de Liria lo celebraron también con festejos. -Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente -se convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros -por un suceso que en más de veinte años no -he podido olvidar y que tendré eternamente en -la memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió -su madre, sin embargo de haber tenido un parto -feliz; una violenta calentura me arrebató mi querida -esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. -Figúrese el lector cuánta sería mi amargura. -Caí en un abatimiento de ánimo y en una estupidez -inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible -a fuerza de sentir la pérdida experimentada. -Pasé cinco o seis días en tan doloroso estado, -sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo -que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado -morir de hambre o hubiera perdido el juicio; pero -este discreto secretario supo distraer mi aflicción -tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme -tomar algunos caldos presentándomelos con -un semblante tan triste, que parecía me los ponía -delante no tanto para conservar mi vida como para -dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escri<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>bió -al mismo tiempo a don Alfonso noticiándole las -desgracias que me habían sucedido y la lastimosa -situación en que me encontraba. Este señor, tierno -y compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente -a Liria. Yo no puedo traer a la memoria -sin enternecerme el momento en que se presentó -a mi vista. «Mi amado Santillana—me dijo echándome -los brazos al cuello—, no vengo a consolarte; -vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu amable -Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la -de mi adorada Serafina si la muerte me la hubiera -arrebatado.» Con efecto; vertió algunas lágrimas y -confundió sus suspiros con los míos. En medio de -la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron -de excitar en mi corazón un vivo agradecimiento -las afectuosas demostraciones de don Alfonso.</p> - -<p>Este gobernador tuvo una larga conversación con -Escipión sobre lo que convendría adoptar para -vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería necesario -por algún tiempo alejarme de Liria, en donde -por todas partes se me representaba continuamente -la imagen de Antonia. Convenidos en esto, me -propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia -con él; y mi secretario apoyó tan eficazmente la -propuesta, que la acepté. Dejé a Escipión y a su -mujer en la quinta y marché con el gobernador. -Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera -no perdonaron diligencia alguna para divertir mi -aflicción, echando mano de todas las distracciones -oportunas para disiparla; pero a pesar de todos -los esfuerzos permanecí sumergido en una profun<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>da -melancolía, de que no pudieron sacarme. Nada -omitía tampoco por su parte Escipión de cuanto -pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. -Iba frecuentemente de Liria a Valencia -a informarse de mi estado, y se volvía más alegre -o más triste según me veía más o menos dispuesto -a consolarme.</p> - -<p>Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y -me dijo: «Señor, corre por la ciudad una noticia -que llama la atención de toda la monarquía. Se -dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el -trono el príncipe su hijo. Añádese que al cardenal -duque de Lerma le han separado de su empleo, -con prohibición de presentarse en la corte, y que -don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, es en la -actualidad primer ministro.» Sentíme conmovido; y -conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba -yo parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte -quieres tú, hijo mío, que yo tome en él?—respondí—. -Ya dejé la corte; todas las mutaciones que pueden -sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»</p> - -<p>«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para -la edad que tiene!—replicó el hijo de la Coscolina—. -Si yo me hallase en su lugar, no dejaría de -tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a presentarme -al nuevo monarca para ver si se acordaba -de haberme visto. Este gusto no me lo perdonaría.» -«¡Ya te entiendo!—le dije—. Tú quisieras que yo -volviera a la corte para tentar en ella de nuevo la -fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí -avariento y ambicioso.» «¿Por qué se habían de es<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span>tragar -todavía allí las costumbres de usted?—me -replicó Escipión—. Tenga usted más confianza que -la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de -usted. Las sanas reflexiones que le obligó a hacer -su desgracia acerca de los peligros de la corte son -muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase, -pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos -escollos le son bien conocidos.» «¡Calla, adulador!—le -interrumpí sonriéndome—. ¿Estás ya cansado de -verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas -más mi sosiego.»</p> - -<p>Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron -en mi cuarto don César y su hijo, quienes -me confirmaron la noticia de la muerte del rey -y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo -que, habiendo éste pedido licencia para retirarse -a Roma, en lugar de dársela se le había -mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. -Después, como si estuvieran ambos de acuerdo con -mi secretario, me aconsejaron fuese a Madrid y -me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía -y le había hecho unos servicios que los grandes -recompensan con bastante gusto. «Yo a lo menos—dijo -don Alfonso—no tengo la menor duda de -que se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe -IV de pagar las deudas del príncipe de Asturias.» -«Del mismo sentido soy yo—dijo don César—, -y aun el corazón me está diciendo que el viaje de -Santillana a la corte le ha de abrir camino para -grandes empleos.»</p> - -<p>«En verdad, señores míos—exclamé—, que us<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>tedes -no han meditado bien lo que me aconsejan. -Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid -para lograr la llave dorada o algún gobierno; y -están muy equivocados. Yo, al contrario, estoy -muy persuadido de que el rey no reparará en mí -aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, -haré la prueba para desengañarlos.» Cogiéronme -luego la palabra los señores de Leiva, y -me instaron tanto, que no pude menos de prometerles -que cuanto antes iría a Madrid. Luego que -mi secretario me vió determinado a hacer este -viaje experimentó una alegría descompasada, -imaginándose que lo mismo sería ponerme yo delante -del nuevo monarca que distinguirme entre -la confusión. En este concepto, forjando en su -mente las más pomposas quimeras, me encumbraba -a los primeros empleos del Estado, y él se -acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.</p> - -<p>Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo -de volver a incensar a la fortuna, sino únicamente -por complacer a don César y a su hijo, a -quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente -me atraería el favor del soberano. -A decir verdad, a mí también me picaba un poco -el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente -de mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, -pero sin esperanza, ni aun pensamiento de -lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, -tomé el camino de Madrid, acompañado de Escipión, -dejando el cuidado de mi hacienda a Beatriz, -que era muy buena mujer de gobierno.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - - -<h3 id="IV_II">CAPITULO II</h3> - -<p class="i2 center"><b>Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, -reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro, -y efectos de esta recomendación.</b></p></div> - -<p class="p2">En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos -don Alfonso dejado dos de sus mejores -caballos para que hiciésemos el viaje con mayor -diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros -donde ya en otro tiempo me había hospedado, -propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, que -tuvo mucho gusto de volverme a ver.</p> - -<p>Era éste un hombre que se preciaba de saber todo -lo que pasaba en la corte y en la villa, y le pregunté -qué había de nuevo. «Muchas novedades—me -respondió—. Después de la muerte de Felipe -III los amigos y los partidarios del cardenal -duque de Lerma se valieron de varios medios -para mantener a su eminencia en el ministerio; -pero sus esfuerzos han sido inútiles, porque el conde -de Olivares pudo más que todos ellos. Quieren -decir que España nada ha perdido en el cambio, -porque el nuevo primer ministro tiene talento y -conocimientos tan vastos que es capaz de gobernar -el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo que no -admite duda es—continuó—que la nación ha concebido -la idea más ventajosa de su capacidad. El -tiempo nos dirá si el sucesor del duque de Lerma -llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.»<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span> -Empeñado ya Forero en una conversación tan de -su genio, me hizo una puntual relación de todas -las mutaciones que se habían hecho en la corte -desde que el conde de Olivares manejaba el timón -de la monarquía.</p> - -<p>A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, -cuando ya el rey había acabado de comer. -Me coloqué al paso por donde debía entrar a su -gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al -mismo paraje, y no fuí más dichoso. El subsiguiente -echó sobre mí una mirada al pasar; pero no dió -muestras de haber reparado en mí, y en vista de -esto, tomé mi resolución. «Tú ves—dije a Escipión -que me acompañaba—que el rey ya no me -conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso -de mí. Lo más acertado será volver a tomar el -camino de Valencia.» «¡No vayamos tan aprisa, -señor!—me respondió mi secretario—. Usted sabe -mejor que yo que para negociar en la corte es menester -paciencia. No deje usted de presentarse al -rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará -usted a considerar más atentamente y a recordar -las facciones de su agente cerca de la bella Catalina.»</p> - -<p>Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme -tuve la condescendencia de continuar del mismo -modo por espacio de tres semanas. Llegó, finalmente, -un día en que, habiendo atraído la atención -del monarca, me mandó llamar. Entré en su -gabinete, no sin gran turbación de hallarme a -solas con mi rey. «¿Quién eres?—me dijo—. Tus<span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span> -facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he -visto?» «Señor—le respondí temblando—, yo tuve -la honra de conducir una noche a vuestra majestad -con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya -me acuerdo!—interrumpió el rey—. Tú eres secretario -del duque de Lerma, y, si no me engaño, tu -nombre es Santillana. No me he olvidado de que -en aquella ocasión me serviste con mucho celo, -ni tampoco de que fueron mal recompensados tus -afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?» «Sí, -señor—le repliqué—; cuatro meses lo estuve en el -alcázar de Segovia; pero vuestra majestad tuvo -la bondad de mandarme poner en libertad.» «Eso—respondió—no -satisfizo la obligación que contraje -con Santillana. No basta haber hecho que -se le pusiese en libertad: debo premiarle también -lo mucho que padeció por servirme.»</p> - -<p>Al acabar el rey de decir estas palabras entró -en el gabinete el conde de Olivares. Todo espanta a -los favoritos. Quedó absorto de ver allí a un desconocido, -y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: -«Conde, pongo a tu cuidado este joven; te encargo -que le des algún empleo y procures adelantarle.» -Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado, -mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud -por saber quién era yo. «Vete, amigo mío—añadió -el monarca, dirigiéndome la palabra y -haciéndome seña de que me retirase—; el conde -no dejará de emplearte en provecho de mi servicio -y de tus intereses.»</p> - -<p>Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span> -hijo de la Coscolina, que, impaciente por saber lo -que el rey me había dicho, se hallaba en una agitación -imponderable, y al momento me preguntó si -era necesario volver a Valencia o permanecer en -la corte. «Tú lo podrás juzgar», le respondí, y al -mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra -por palabra la conversación que acababa de -tener con el monarca. «Querido amo—me dijo entonces -Escipión en el exceso de su alegría—, ¿se -burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese -usted que ni los señores de Leiva ni yo discurríamos -mal cuando le instábamos tanto a que -se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted -en un puesto eminente: será el Calderón del conde -de Olivares.» «Eso es lo que menos deseo—interrumpí—. -Ese destino está cercado de demasiados -precipicios para excitar mi anhelo. Yo quisiera un -empleo que no me ofreciera ninguna ocasión de -hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los -favores del rey; después del uso que he hecho de -mi pasado valimiento, no puedo menos de precaverme -contra la avaricia y contra la ambición.» -«¡Animo, señor!—me replicó mi secretario—. El -ministro os colocará en algún puesto que podáis -desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.»</p> - -<p>Instado más por Escipión que por mi curiosidad, -me fuí el día siguiente a casa del conde de Olivares -antes de amanecer, noticioso de que todas las -mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia -con luz artificial a cuantos querían hablarle. Me -coloqué por modestia en un rincón de la sala y<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span> -desde allí estuve observando bien al conde luego -que se dejó ver, porque había fijado poco la atención -sobre él en el gabinete del rey. Era un hombre -de estatura menos que mediana y podía pasar por -gordo en un país donde los más son flacos; tan -cargado de espaldas, que parecía corcovado, aunque -no lo era en realidad; su cabeza, que era de -gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello -negro y lacio; la cara, larga; el color, aceitunado; -la boca, hundida, y la barbilla, puntiaguda y muy -levantada.</p> - -<p>Este conjunto no formaba una persona muy bien -parecida. Con todo eso, como ya me lo figuraba -inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia y -me parecía bien. Verdad es que recibía a todos -con un aire tan afable y bondadoso, y tomaba tan -cortésmente los memoriales que se le presentaban, -que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo, -cuando me llegó la vez de acercarme para -saludarle y que me conociera, me echó una mirada -ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda -sin dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces -me pareció aquel señor aún más feo de lo -que naturalmente era. Salí atónito en extremo de -un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo -qué inferir de él.</p> - -<p>Reunido con Escipión, que me esperaba a la -puerta, «¿Sabes—le dije—el recibimiento que he -tenido?» «No, señor—me respondió—; pero no es -difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse -con la voluntad del rey, habrá propuesto a<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span> -usted un empleo de importancia.» «Te engañas», -le repliqué; referíle el lance según había pasado, -el que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso -es que el conde no le conociera a usted o le tuviera -por otro. Mi parecer es que vuelva usted a verle -y no dude que le recibirá con mejor semblante.» -Tomé el consejo de mi secretario. Presénteme segunda -vez al ministro, quien me recibió todavía -peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome -como si mi presencia le causase enojo; después -apartó de mí la vista y se retiró sin hablar una -palabra.</p> - -<p>Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones -de regresar inmediatamente a Valencia; pero -Escipión no cesó de oponerse a ello, no pudiendo -resolverse a renunciar a las esperanzas que había -concebido. «¿No conoces—le dije—que el conde -quiere alejarme de la corte? Habiendo visto él -mismo la inclinación que me manifestó el monarca, -¿no basta eso para atraerme la aversión de su -favorito? Cedamos, hijo mío, cedamos con gusto -al poder de un enemigo tan temible.» «Señor—respondió -colérico Escipión—, yo no abandonaría el -campo; iría a quejarme al rey del poco caso que -ha hecho el ministro de su recomendación.» «¡Mal -consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan imprudente, -poco tardaría en arrepentirme; ni aun -sé si corro peligro en detenerme en esta capital.»</p> - -<p>A estas palabras mi secretario mudó de parecer, -y considerando que las habíamos con un hombre -que podía volvernos a enviar a la torre de Segovia,<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span> -participó de mi temor y no resistió más al deseo -que yo tenía de dejar a Madrid, de donde resolví -alejarme al día siguiente.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_III">CAPITULO III</h3> - -<p class="i2 center"><b>Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por -obra el pensamiento de dejar la corte y del importante -servicio que le hizo José Navarro.</b></p></div> - -<p class="p2">Al volverme a la posada de caballeros encontré -a José Navarro, repostero de don Baltasar de Zúñiga -y mi antiguo amigo. Le saludé acercándome -a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la -bondad de querer hablar a un desatento que había -pagado con ingratitud su amistad. «¿Luego usted -mismo confiesa—me respondió—que no procedió -bien conmigo?» «Sí, señor—le respondí—, y tiene -usted sobrada razón para llenarme de reconvenciones, -porque las merezco, si es que no he expiado -mi crimen con los remordimientos que a él se han -seguido.» «Ya que está usted tan arrepentido de -su culpa—repuso Navarro dándome un abrazo—, -no debo acordarme más de ello.» Yo también le -estreché cuanto pude entre mis brazos, y ambos -renovamos desde aquel punto nuestra antigua amistad. -Había sabido mi prisión y el trastorno de mi -suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, -contándole hasta la conversación que había tenido -con el rey, sin ocultarle el mal recibimiento que<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span> -me acababa de hacer el ministro ni el designio en -que me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate -usted de irse—me dijo—. Supuesto que el monarca -le ha manifestado inclinación, es necesario que usted -haga que le sirva de algo. Aquí para entre los -dos, el conde Olivares tiene sus extravagancias; es -caprichoso, y a veces, como en la presente ocasión, -procede de un modo que irrita, pues él solo tiene -la clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, -sea cual fuere la causa de haberos recibido -tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque os -aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis -de la bondad del rey, y, a mayor abundamiento, -yo le diré dos palabras al señor don Baltasar -de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de -Olivares y le ayuda a sostener el peso del gobierno.» -Preguntóme después Navarro dónde yo vivía, -y sin decirme más nos separamos.</p> - -<p>Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente -fué a buscarme. «Señor de Santillana—me dijo—, -usted tiene un protector: mi amo quiere favorecerle. -En virtud del informe que le he dado de -usted, me ha ofrecido recomendarle al conde de -Olivares, su sobrino, y no dudo que le incline a su -favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir -a medias, me presentó dos días después a don Baltasar, -quien me dijo con semblante apacible: «Señor -de Santillana, su amigo José me ha hecho un -elogio tan cumplido de usted, que me ha movido -a protegerle.» Hice una profunda reverencia al señor -de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span> -confesaría sumamente reconocido al señor Navarro -por haberme granjeado la protección de un ministro -a quien llamaban con justa razón <i>la antorcha -del Consejo</i>. Al oír don Baltasar esta lisonjera -contestación me dió una palmadita en el hombro -riéndose y me dijo: «Puede usted volver mañana -a casa del conde de Olivares y quedará más contento -de él.»</p> - -<p>Con efecto, al otro día me presenté en su antesala -por la tercera vez; reconocióme entre la multitud -de pretendientes, miróme y sonrióse, lo que -desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto -va bien!—dije entre mí—. El tío debe de haber -reducido a la razón al sobrino.» Así, pues, desde -entonces me prometí una acogida favorable, y en -verdad que no me engañé. Después que el conde -despachó a los demás me hizo entrar en su gabinete -y en tono muy familiar me dijo: «Perdona, -amigo Santillana, el apuro en que te he puesto -por divertirme. Me he complacido en inquietarte -para probar tu discreción y ver el partido que tomabas -en vista de mi mal humor. Sin duda tú te -persuadirías de que me eras desagradable; pero al -contrario, hijo mío, te confesaré que aprecio mucho -tu persona. Aunque el rey mi amo no me -hubiera mandado cuidar de tu fortuna, lo haría -yo por mi propia inclinación. Además, don Baltasar -de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me -ha encargado te mire como a persona por quien él -se interesa y no necesito más para determinarme -a ponerte a mi lado.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p> - -<p>Esta primera entrada hizo tanta impresión en -mi ánimo, que quedé casi enajenado. Me eché a los -pies del ministro, y habiéndome dicho que me levantase, -prosiguió de esta manera: «Después de -comer vuelve acá y ve a verte con mi mayordomo, -que él te dará las órdenes que yo le encargare.» -Dicho esto, salió su excelencia de su despacho -para ir a oír misa, que es lo que acostumbraba hacer -todos los días después de dar audiencia, y en -seguida se marchaba a palacio para hallarse en -el cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_IV">CAPITULO IV</h3> - -<p class="i2 center"><b>Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de -Olivares.</b></p></div> - -<p class="p2">No me descuidé en volver después de comer a -casa del primer ministro. Pregunté por su mayordomo, -que se llamaba don Ramón Caporis, el cual -luego que oyó mi nombre me saludó con particular -respeto y me dijo: «Caballero, sígame usted, si -gusta, que voy a conducirle a la habitación que -se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me -llevó por una escalerilla secreta, la cual conducía -a una fila de cinco o seis salas a un mismo piso, -que formaban un ala de la casa, alhajada regularmente. -«Esta es—me dijo—la habitación que su -excelencia le señala. Usted disfrutará aquí de una -mesa de seis cubiertos de cuenta de su excelencia<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>, -será servido por sus propios criados y tendrá siempre -a su disposición un coche. Aun no lo he dicho -todo: su excelencia me ha encomendado eficazmente -que tenga a usted las mismas consideraciones -que si fuera de la Casa de Guzmán.»</p> - -<p>«¿Qué diablos significa todo esto?—me decía a -mí mismo—. ¿Cómo consideraré yo estas distinciones? -¡Quiero saber si envolverán alguna malicia -o si todavía por divertirse el ministro hará que me -traten tan honoríficamente!» Mientras me hallaba -en esta incertidumbre, fluctuando entre el temor y -la esperanza, vino un paje a decirme que el conde -me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, -que estaba solo en su gabinete. «Y bien, Santillana—me -dijo—, ¿estás contento con tu habitación y -con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las -bondades de vuestra excelencia—le respondí—me -parecen excesivas y no las acepto sin zozobra.» -«¿Pues por qué?—me replicó—. ¿Puede caber exceso -en honrar a una persona que el rey me ha -recomendado y de quien quiere que yo cuide? En -tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber. -Por mucho que haga por ti, no te admires, -y cuenta con una fortuna brillante y sólida si me -eres tan afecto como lo fuiste al duque de Lerma. -Pero ya que hemos nombrado a este señor—prosiguió—, -he oído decir que vivíais los dos con -mucha intimidad. Quisiera saber cómo os conocisteis -y en qué te empleaba aquel ministro. No me -ocultes nada; dímelo todo con sinceridad.» Acordéme -entonces de la perplejidad en que me vi<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span> -cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante -caso y del medio que me valí para salir de -ella, el cual practiqué aún más afortunadamente; -quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido -que pude a los lances más escabrosos y toqué -ligeramente aquellos que me hacían poco honor. -También procuré poner en buen lugar al duque de -Lerma, aunque conocía que no disculpándole del -todo hubiera dado más gusto a mi oyente. Por lo -que toca a don Rodrigo Calderón, nada le perdoné; -le individualicé las hazañas que sabía relativas -al tráfico que hacía de encomiendas, beneficios y -gobiernos.</p> - -<p>«En cuanto a don Rodrigo Calderón—interrumpió -el ministro—, todo cuanto me dices es muy -conforme a ciertos documentos que me han presentado -contra él y que contienen testimonios de acusación -aún más importantes. Se va a sustanciar su -causa inmediatamente, y si deseas su pérdida creo -que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo -su muerte—le dije—, aunque no quedó por él que -yo no hubiese encontrado la mía en la torre de -Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese -largo tiempo.» «¿Cómo?—replicó su excelencia—. -¿Don Rodrigo fué quien causó tu prisión? He ahí -lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien Navarro -contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto -rey te había mandado prender en castigo de haber -conducido de noche al príncipe de España a un -paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo -adivinar qué papel hacía Calderón en esa far<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span>sa.» -«El papel de un amante que se venga de un -ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté -todos los pormenores de la aventura, la cual le -pareció tan divertida que, a pesar de su seriedad, -no pudo menos de reír, o más bien llorar de placer. -Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró -en extremo, como asimismo la parte que había -tenido en el negocio el duque de Lerma.</p> - -<p>Luego que acabé mi relación me despidió el conde, -diciéndome que no dejaría de emplearme el día -siguiente. Fuíme en derechura a casa de don Baltasar -de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios -que me había hecho y al mismo tiempo a participar -a mi amigo José las favorables disposiciones -que el ministro manifestaba hacia mí.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_V">CAPITULO V</h3> - -<p class="i2 center"><b>Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro -y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.</b></p></div> - -<p class="p2">Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía -muchas cosas que noticiarle. Llevóme a un sitio -retirado, donde, habiéndole enterado de lo ocurrido, -le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir. -«Paréceme—respondió—que estáis en vísperas -de una gran fortuna; todo se os presenta propicio. -Agradáis al primer ministro y (lo que no dejará -de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado -para poder haceros el mismo servicio que os hizo<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span> -mi tío Melchor de la Ronda cuando entrasteis en -el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os -ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado -y de sus principales familiares manifestándoos el -carácter de cada uno; yo, a ejemplo suyo, quiero -daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa -su mujer y el de doña María de Guzmán, su -hija única. El ministro tiene talento perspicaz, profundo -y a propósito para formar grandes proyectos. -Se precia de hombre universal porque tiene una somera -idea de todas las ciencias y se cree capaz de -decidir en todo. Se imagina ser un jurisconsulto -consumado, un gran capitán y un político de los -más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado -en su parecer que quiere que prevalezca -sobre el de los demás, y esto sólo porque no se -juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto -que, hablando entre los dos, puede producir -funestas consecuencias en gravísimo perjuicio de -la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia -natural, y escribiría tan elegantemente -como habla si no afectara, para dar dignidad a su -estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; tiene -pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. -Este es el retrato de su entendimiento. -Vea usted ahora el de su corazón: es generoso y -buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán -pocos son los que dejan de serlo viéndose con igual -poder y en tanta elevación! También le motejan -de ingrato porque hizo desterrar al duque de Uceda -y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span> -favores; mas eso puede perdonársele, porque el -deseo de ser primer ministro dispensa de ser agradecido. -Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de -Olivares—prosiguió José—, es una señora en quien -no advierto otra tacha que la de vender a peso de -oro las gracias que por su intercesión se consiguen. -Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor -y más ventajoso de toda España) es una señorita -completa y el ídolo de su padre. Con arreglo a estas -luces que os doy podréis arreglar vuestra conducta. -Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos -más adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al -duque de Lerma antes de vuestro viaje a Segovia -y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso. -También os aconsejo que no dejéis de visitar de -cuando en cuando a mi amo don Baltasar. Es verdad -que no necesitaréis de él para vuestros ascensos; -mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. -Al presente os estima y le merecéis buen concepto; -procurad conservaros en su amistad, porque -en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío y -sobrino—repliqué yo a Navarro—gobiernan el Estado, -¿quién sabe si con el tiempo no se originarán -entre los dos algunos celillos?» «No hay que temer—me -respondió—, porque reina entre ambos una -estrechísima unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera -sido primer ministro el conde de Olivares, porque -después de la muerte de Felipe III todos los -amigos y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron -unos a favor del cardenal y otros al de su -hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos los<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span> -cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que -él, frustraron todas sus medidas, y las tomaron -por su parte tan ajustadas para asegurarse en este -puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus -competidores. Nombrado primer ministro el conde -de Olivares, repartió el ministerio con su tío don -Baltasar, dando a éste el encargo de los negocios -exteriores y reservando para sí el de los interiores, -de suerte que, estrechando por este medio los -vínculos de la amistad, que deben naturalmente -unir a las personas de una misma sangre, estos dos -señores, independientes uno de otro, viven en una -armonía que me parece inalterable.»</p> - -<p>Esta fué la conversación que tuve con José, de -la cual me prometía sacar buen partido. Después -pasé a dar las gracias al señor don Baltasar de lo -mucho que se había interesado por mí. Respondióme -con el mayor agrado que aprovecharía gustoso -todas las ocasiones que se le proporcionasen -de servirme y que celebraba infinito verme igualmente -contento y satisfecho de su sobrino, a quien -me aseguró volvería a hablar a favor mío, «aunque -no sea más—añadió—que para que conozcáis cuán -presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses -y al mismo tiempo entendáis que en lugar -de un protector habéis adquirido dos». Tan a pechos -había tomado el favorecerme el señor don -Baltasar en atención a las buenos oficios de Navarro.</p> - -<p>Desde aquella misma noche dejé mi posada de -caballeros para ir a vivir en casa del primer mi<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>nistro, -donde cené con Escipión en mi aposento, -en el cual fuimos servidos por criados de la misma -casa, quienes durante la cena, mientras nosotros -afectábamos una gravedad severa, tal vez reirían -entre sí del respeto que se les había mandado nos -guardasen.</p> - -<p>Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi -secretario, dejando de reprimirse, me dijo mil locuras -que su buen humor y sus lisonjeras esperanzas -le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba -embelesado con la brillante situación en que -comenzaba a verme, aun no sentía en mi interior -ninguna disposición a dejarme deslumbrar de ella, -y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, -sin entregar mi imaginación a las ideas -risueñas que podían ocuparla, en vez de que Escipión -durmió poco, pues pasó la mitad de la noche -atesorando para casar a su hija Serafina.</p> - -<p>No bien me había acabado de vestir el día siguiente, -cuando vinieron a llamarme de parte del -conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia, -el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo -que sabes hacer! Tú me has dicho que el duque de -Lerma te encargaba algunas Memorias para que -se las redactases; yo tengo una que destino para -prueba de tu capacidad y de cuyo objeto voy a -enterarte. Se trata de componer una obra que disponga -al público en favor de mi Ministerio. Ya he -hecho correr secretamente la voz de que he encontrado -los negocios en gran desorden y es menester -ahora manifestar a los ojos de la corte y del pú<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span>blico -la triste situación a que se halla reducida la -monarquía. Conviene presentar sobre esto un cuadro -que llame la atención pública y no deje echar -de menos a mi predecesor; después ponderarás las -medidas que he adoptado para hacer que sea glorioso -el gobierno del rey, florecientes sus Estados -y sus vasallos completamente dichosos.»</p> - -<p>Dicho esto, me entregó un papel que contenía -los justos motivos de los pueblos para estar descontentos -con el Gobierno anterior, y me acuerdo -que constaba de diez artículos, el menor de los -cuales era muy bastante para sobresaltar a todo -buen español. Hízome después pasar a un gabinetillo -contiguo a su despacho y allí me dejó solo -para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a -componer mi Memoria lo mejor que me fué posible. -Expuse primeramente el estado lastimoso en -que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, -las rentas de la corona estancadas en manos de -asentistas, y la marina arruinada. Recapitulé después -los defectos cometidos por los que habían -gobernado la nación en el reinado anterior y las -funestas consecuencias que podían traer consigo. -En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro y -censuré tan acremente al Ministerio anterior que, -según mi Memoria, la caída del duque de Lerma -era una felicidad para la España. A la verdad, -aunque yo no tenía ningún motivo de queja de -aquel señor, sin embargo, no me pesó hacerle esta -buena obra. Finalmente, después de haber hecho -la más espantosa pintura de los males que amena<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span>zaban -a la España, alentaba los ánimos haciendo -mañosamente concebir a los pueblos esperanzas -lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde -de Olivares como a un restaurador enviado por la -Providencia para la salvación de la patria; prometía -montes de oro y, en una palabra, llené tan -completamente los deseos del ministro, que quedó -sorprendido de mi obra cuando acabó de leerla. -«Santillana—me dijo—, ¿tú sabes que has hecho -una obra digna de un secretario de Estado? Ya -no me admiro de que el duque de Lerma se valiese -de tu pluma. Tu estilo es lacónico y aun elegante; -pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo -tiempo, haciéndome notar los pasajes que no eran -de su gusto, los varió, juzgando yo por sus correcciones -que le gustaban, como me había dicho Navarro, -las expresiones estudiadas y obscuras. Sin -embargo, aunque le agradase tanto la nobleza, o, -por mejor decir, la cultura en la dicción, no por -eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi -Memoria, y, para darme la mejor prueba de su -plena satisfacción, me envió por don Ramón trescientos -doblones al acabar yo de comer.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span></p> - -<h3 id="IV_VI">CAPITULO VI</h3> - -<p class="i2 center"><b>En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones -y comisión que dió a Escipión. Resultado de la -Memoria de que acaba de hablarse.</b></p></div> - -<p class="p2">Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo -a Escipión para repetirme mil parabienes de haber -vuelto a la corte. «Usted ve—me dijo—que la fortuna -tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está -usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» -«¡Viva el señor conde de Olivares, que es un -amo muy diferente de su predecesor!» «A pesar -de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le -dejó morir de hambre muchos meses sin regalarle -ni un triste peso duro; mas el conde ya le ha dado -una gratificación que usted no se hubiera atrevido -a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría -mucho—añadió—de que los señores de Leiva -fuesen testigos de la prosperidad de usted, o a lo -menos de que la supiesen.» «Tiempo es de noticiársela—le -respondí—, y de esto iba a hablarte, -porque no dudo desearán con mucha impaciencia -saber de mí; pero aguardaba para hacerlo a verme -en un estado fijo y decirles positivamente si me -quedaría en la corte o no. Ahora que estoy seguro -de mi suerte, puedes ir a Valencia cuando quieras -a informar a aquellos señores de mi situación actual, -que miro como obra suya, siendo cierto que, -a no habérmelo ellos persuadido, jamás me hubiera<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span> -determinado a volver a Madrid.» «¡Oh mi amado -amo—exclamó el hijo de la Coscolina—, qué alegría -voy a darles cuando les cuente lo que ha sucedido -a usted! ¡Cuánto diera por hallarme ya a -las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. -Los dos caballos de don Alfonso están prevenidos; -voy a ponerme en camino con un lacayo de su excelencia, -porque, además de que me gusta llevar -compañía por el camino, usted sabe que la librea -de un primer ministro deslumbra.»</p> - -<p>No pude menos de reírme de la necia vanidad -de mi secretario, y con todo eso, yo, quizá aun -más vano que él, le permití hacer lo que le dió la -gana. «Marcha—le dije—, y vuelve prontamente, -porque tengo que darte otro encargo. Quiero enviarte -a Asturias a llevar dinero a mi madre. Por -pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que -prometí enviarle cien doblones, que tú mismo te -obligaste a ponerle en mano propia. Las promesas -de esta especie deben ser tan sagradas para un -hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en -cumplirlas.» «Señor—me respondió Escipión—, en -seis semanas quedarán desempeñados ambos encargos; -habré visto a los señores de Leiva, dado -una vuelta por vuestra quinta y visitado segunda -vez la ciudad de Oviedo, de la cual no me puedo -acordar sin dar al diablo las tres partes y media -de sus habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la -Coscolina cien doblones para la pensión de mi madre -y otros ciento para él, deseando que hiciese -felizmente el largo viaje que iba a emprender.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span></p> - -<p>Poco después de su partida su excelencia mandó -imprimir nuestra Memoria, que apenas se hizo pública -cuando fué asunto de todas las conversaciones -de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, -le gustó infinito. La disipación de las rentas -reales, que estaba pintada con los más vivos colores, -le indignaron contra el duque de Lerma, y si -los golpes que se descargaban contra este ministro -no fueron aplaudidos de todos, a lo menos merecieron -la aprobación de muchos. En cuanto a las pomposas -promesas que hacía el conde de Olivares, y -entre ellas la de cubrir por medio de una discreta -economía las atenciones del Estado sin gravar a -los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y -les confirmaron en el gran concepto que ya tenían -de sus talentos, de manera que por toda la población -resonaron sus alabanzas.</p> - -<p>El ministro, satisfecho de haber conseguido con -esta obra su objeto, que no había sido otro que el -de granjearse la estimación pública, quiso merecerla -verdaderamente por medio de una acción -laudable que fuese útil al rey. Recurrió para ello -a la invención del emperador Galba; es decir, que -hizo que los particulares que se habían enriquecido, -sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos -resarciesen al Erario. Luego que el conde -hizo vomitar a aquellas sanguijuelas la sangre que -habían chupado y la guardó en las arcas reales, -trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas -las pensiones, sin exceptuar la suya, como -también las gratificaciones que se daban del caudal<span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span> -de su majestad. Para lograr la ejecución de este -designio, que no podía verificarse sin mudar la -faz del Gobierno, me mandó componer otra Memoria, -cuya substancia y método me indicó; en seguida -me encargó que procurase elevar todo lo posible -la ordinaria sencillez de mi estilo para dar más -dignidad a mis frases. «Ya estoy hecho cargo, señor—le -dije—. Vuecencia quiere sublimidad y brillantez; -pues las tendrá.» Encerréme en el mismo -gabinete donde anteriormente había trabajado y -allí puse manos a la obra después de haber invocado -el genio elocuente del arzobispo de Granada.</p> - -<p>Comencé por exponer que era preciso conservar -con todo rigor los fondos que había en las arcas -reales, que no debían emplearse absolutamente sino -en las necesidades de la Monarquía, como que era -un fondo sagrado que se debía reservar para imponer -respeto a los enemigos de la nación. Después -hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía -la Memoria) que suprimiendo las pensiones -y gratificaciones cargadas sobre la real hacienda -no por eso se privaba del gusto que tendría en recompensar -generosamente el mérito y servicios de -los vasallos que se hiciesen acreedores a sus reales -gracias, pues sin tocar a su tesoro quedaba en estado -de conceder grandes recompensas, porque para -unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las -Ordenes militares y empleos en sus ejércitos; para -otros, encomiendas, sobre las cuales podría imponer -muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, -y, por último, todo género de beneficios<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span> -eclesiásticos para los que quisiesen seguir la carrera -de la Iglesia.</p> - -<p>Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, -me ocupó cerca de tres días, y, por mi fortuna, salió -tan acomodada al gusto de mi amo, por estar -atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, -que me colmó de alabanzas. «Mucho me -agrada lo que has hecho—me dijo, enseñándome -los pasajes más pomposos—. Estas sí que son expresiones -vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo -mío; ya estoy previendo que me servirás de grande -utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios -que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. -Puso en ella mucho de su casa, y formó una pieza -de elocuencia que admiró al rey y a toda la corte. -El público la honró también con su aprobación, -presagió felicidades para lo venidero, y se lisonjeó -de que la Monarquía recobraría su antiguo esplendor -bajo el Ministerio de un personaje tan insigne. -Viendo su excelencia la mucha fama que le -había granjeado aquel escrito, quiso que, por la -parte que yo tenía en él, recogiese algún fruto; y -así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos -escudos sobre la encomienda de Castilla; lo -que me fué tanto más apreciable cuanto que éste -no era un bien mal adquirido, aunque lo había -ganado con mucha facilidad.</p> -<hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p> - -<h3 id="IV_VII">CAPITULO VII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió -a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio, y -conversación que tuvieron.</b></p></div> - -<p class="p2">Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber -lo que se pensaba en Madrid de la conducta -que observaba en su ministerio. Todos los días me -preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados -espías que le contaban puntualmente cuanto pasaba -en la población. Le referían hasta las más ligeras -conversaciones que habían oído; y como les -tenía encargado que le dijesen francamente la verdad, -no tenía poco que sufrir algunas veces su -amor propio, porque la lengua del pueblo es tan -suelta, que nada respeta.</p> - -<p>Luego que conocí que el conde era amigo de que -se le diesen noticias, me dediqué a ir por las tardes -a los sitios públicos y mezclarme en las conversaciones -de personas decentes, donde las hubiera. -Cuando hablaban del Gobierno, escuchaba con -atención, y si decían algo digno de que lo supiese -su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe -observarse que jamás le decía nada que no le fuera -favorable.</p> - -<p>Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios -pasé por delante de la puerta de un hospital, -y me dió gana de entrar en él. Recorrí dos o tres -salas llenas de enfermos, y, mirando a todas par<span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span>tes, -vi entre aquellos desgraciados, a quienes no -podía considerar sin lástima, uno que fijó mi atención, -porque me pareció ver en él a mi paisano y -antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su -cama para enterarme mejor, y aunque no pude ya -dudar que era el poeta Núñez, con todo, me detuve -algunos instantes a mirarle, pero sin decirle -nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo -modo. Al cabo, rompiendo el silencio, le dije: -«O mis ojos me engañan, o éste que miro es Fabricio.» -«El mismo soy—me respondió fríamente—, y -no debes maravillarte. Desde que me separé de -ti no he tenido otro oficio que el de autor: he compuesto -novelas, comedias y toda clase de obras de -ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es -parar en un hospital.»</p> - -<p>No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, -y mucho más al ver la seriedad con que -las pronunció. «Pues qué—exclamé—, ¿tu musa te -ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que -te haya jugado una pieza tan villana?» «Tú mismo -lo estás viendo—repuso él—; a estas casas suelen -venir a parar todos los que presumen de ingenios. -Tú, hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; -pero ya no estás en la Corte, y me parece que tus -asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun me -acuerdo de haber oído decir que de orden del rey -te habían metido en un castillo.» «Así fué puntualmente—repuse -yo—. La fortuna en que me viste -cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos -días después perdí de repente mi empleo, mis<span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span> -bienes y mi libertad. Sin embargo, amigo mío, -hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante -que aquel en que me conociste en otro tiempo.» -«Eso no es posible—dijo Núñez—. Tu aspecto -es juicioso y modesto; no noto en ti aquella vanidad -y aquella altanería que suelen inspirar las -prosperidades.» «Las desgracias—le repliqué—han -purificado mi virtud. En la escuela de la adversidad -aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme -dominar por ellas.»</p> - -<p>«Acaba, pues, y dime—interrumpió Fabricio, -incorporándose en la cama con júbilo—qué empleo -es el que tienes y en qué te ocupas al presente. -¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor -arruinado, o de alguna viuda rica?» «Todavía -estoy mucho mejor—le respondí—. Pero por ahora -dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en -mejor ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. -Al presente bástete saber que estoy en situación -de poder servirte, o más bien de ponerte -en estado de no necesitar de nadie para pasarlo -con decencia, con tal que me des palabra de no -componer más obras de ingenio en verso ni en -prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» -«Ya lo he hecho al Cielo—me dijo—en la enfermedad -mortal de que me ves convaleciente. Un -religioso dominico me ha movido a abjurar de la -poesía como de una ocupación que, si no es criminal, -desvía por lo menos de la prudencia.»</p> - -<p>«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, -mi querido Núñez; pero guárdate bien de la<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span> -recaída.» «Esa es la que no temo—me replicó—, -porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar -a las Musas; por señas, de que cuando entraste -en esta sala estaba haciendo una composición -en verso en que me despedía de ellas para -siempre.» «Señor Fabricio—le dije entonces meneando -la cabeza—, no sé si el padre dominico y -yo podremos fiarnos de tu abjuración, porque te -veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.» -«¡No, no!—me respondió con viveza—. -Tengo ya rotos todos los lazos que me estrechaban -con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado -aversión al público. ¡No merece que los autores -quieran consagrarle sus desvelos, y yo me avergonzaría -mucho de componer alguna obra que lograse -su aprobación! Y no creas—continuó—que el resentimiento -me dicta este lenguaje. Dígotelo con -serenidad: tanto caso hago de los aplausos del -público como de sus desprecios.» «Es difícil saber -quién gana o quién pierde con él; es tan caprichoso -que hoy piensa de una manera y mañana de otra. -¡Muy locos son los poetas dramáticos que se llenan -de vanidad cuando ven que sus producciones -han sido recibidas con aplauso! Aunque la primera -vez que se representen causen mucho ruido por la -novedad, si veinte años después vuelven a aparecer -en el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. -La misma fortuna corren por lo común las -novelas y los demás libros de pura diversión cuando -salen a luz, pues si a los principios logran la -aprobación de todos, poco a poco la van perdiendo<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span> -hasta que al fin llegan a caer en desprecio. Los que -viven ahora acusan de mal gusto a los que les han -precedido, y el mismo defecto les imputarán a -ellos los que vengan después. De donde concluyo -que los autores que son aplaudidos en este siglo -serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor -y toda la estimación que nos granjea el buen -éxito de una obra impresa no es en suma otra cosa -que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía -y un fuego de paja cuyo humo desvanece el -viento en un instante.»</p> - -<p>A pesar de que conocí desde luego ser efecto de -melancolía y de mal humor este juicioso modo de -discurrir de mi poeta de Asturias, no me di por entendido, -y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo -gozoso de verte divorciado de las obras de ingenio -y curado radicalmente de la manía de escribir. -Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto -antes te haré dar un empleo con que puedas mantenerte -decorosamente sin fatigar tu imaginación.» -«¡Mejor para mí!—respondió muy alegre—. El -ingenio comienza a olerme mal, y ya le considero -como el don más funesto que el Cielo puede conceder -al hombre.» «Deseo, amado Fabricio—repuse -yo—, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo -a repetir que si persistes en abandonar la poesía, -muy presto te haré con un empleo tan honroso -como lucrativo; pero mientras logro hacerte este -servicio, te ruego que admitas esta corta prueba de -mi amistad.» Y diciendo esto, le puse en la mano un -bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p> - -<p>«¡Oh generoso amigo!—exclamó enajenado de -gozo y de gratitud el hijo del barbero Núñez—. -¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte traído -a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con -tu socorro.» Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose -llevar a una buena posada. Pero antes de separarnos -le informé de mi alojamiento, convidándole -a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente -recuperado. Quedóse muy sorprendido -cuando le dije que vivía en casa del conde de -Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas—me dijo—que -tienes la fortuna de agradar a los ministros! -Me complazco en tu felicidad, pues haces tan buen -uso de ella.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_VIII">CAPITULO VIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; -vuelve Escipión a Madrid, y relación que -hace a Santillana de su viaje.</b></p></div> - -<p class="p2">El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré -el <i>conde-duque</i>, porque con este título se dignó -honrarle el rey por este tiempo, tenía una flaqueza, -que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era la -de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía -que alguno le servía con buen afecto, le daba -parte en su amistad. No me descuidé en aprovecharme -bien de esta observación, pues no contento -con ejecutar puntualmente cuanto me mandaba,<span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span> -obedecía sus órdenes con demostraciones de celo -que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas -las cosas para conformarme a él y anticiparme a -sus deseos en cuanto me fuera posible.</p> - -<p>Por este modo de proceder, con el que casi nunca -se deja de conseguir lo que se intenta, llegué -insensiblemente a ser el favorito de mi amo, quien -por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma -flaqueza que él, me ganó la voluntad con las -demostraciones de cariño que me hizo. Me granjeé -tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza, -igualmente que el señor Carnero, su primer -secretario.</p> - -<p>Este se había valido de los mismos medios que yo -para agradar a su excelencia, y lo había logrado tan -bien, que le revelaba los arcanos del Gabinete; y -así, los dos éramos confidentes del primer ministro -y los depositarios de sus secretos, pero con esta -diferencia: que a Carnero sólo le hablaba de los -negocios de Estado, y a mí, de los que tocaban a -sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo -así, dos departamentos separados, con lo cual -uno y otro estábamos igualmente gustosos, viviendo -juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía motivo -para estar contento con mi destino, porque, -proporcionándome continuamente la ocasión de -estar con el conde-duque, me ponía en estado de -penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, -en medio de ser naturalmente reservado, -cuando llegó a convencerse de la sinceridad de mi -afecto hacia él.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span></p> - -<p>«Santillana—me dijo un día—, tú has visto al -duque de Lerma gozar de una autoridad que menos -parecía la de un ministro favorito que el poder de -un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz -que lo era él en el mayor auge de su fortuna. -El tenía dos enemigos formidables en el duque de -Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III; -en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante -favor para perjudicarme, ni aun de quien yo -sospeche que me tenga mala voluntad. Es verdad—continuó—que -desde mi elevación al Ministerio -puse el mayor cuidado en que no estuviesen al lado -de su majestad otras personas que las enlazadas -conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos -o embajadas me he ido deshaciendo de todos -los señores cuyo mérito personal hubiera podido -hacerme decaer de la gracia del soberano, que yo -quiero gozar entera y exclusivamente; de manera -que en la actualidad me puedo lisonjear de que -ningún grande me hace sombra. Ya ves, Gil Blas—añadió—, -que te descubro mi corazón; como tengo -motivo para creer que me eres enteramente -afecto, he echado mano de ti para que seas mi -confidente. Tienes entendimiento, te contemplo -juicioso, prudente y discreto; en una palabra, te -considero a propósito para el desempeño de mil -comisiones que piden un sujeto muy inteligente -y que tome parte en mis intereses.»</p> - -<p>No pude desechar del todo las ideas lisonjeras -que estas palabras excitaron en mi imaginación; -subiéronseme repentinamente a la cabeza algunos<span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span> -humos de ambición y de avaricia, que despertaron -en mí ciertos afectos de que creía haber triunfado. -Aseguré al ministro que haría cuanto estuviese de -mi parte para corresponder a sus deseos, y me preparé -para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes -que tuviera por conveniente darme.</p> - -<p>Entre tanto que yo me disponía de este modo a -erigir nuevos altares a la Fortuna, volvió Escipión -de su viaje. «No tengo—me dijo—muy larga relación -que haceros: causé una grande alegría a los -señores de Leiva cuando les dije la buena acogida -que usted halló en el rey luego que le conoció, y -de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»</p> - -<p>Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría -les hubieras causado, amigo mío, si hubieras podido -contarles el predicamento en que me hallo -en el día para con el ministro. Son verdaderamente -de admirar los rápidos progresos que después de -tu partida he hecho en el corazón de su excelencia.» -«¡Sea Dios bendito, mi querido amo!—respondió—. -¡Ya presiento que tendremos excelentes -destinos que desempeñar!»</p> - -<p>«Mudemos de conversación—le dije—, y hablemos -de Oviedo. Cuando saliste de Asturias, ¿en -qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, señor!—me -respondió, tomando de repente un aspecto afligido—. -Las noticias que tengo que daros sobre ese -punto no son sino tristes.» «¡Oh cielos!—exclamé—. -¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha—dijo -mi secretario—que la buena señora pagó el<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span> -tributo a la Naturaleza, y lo mismo el señor Gil -Pérez su tío de usted.»</p> - -<p>Afligióme vivamente la muerte de mi madre, -aunque en mi infancia no había recibido de ella -aquellas caricias que tanto necesitan los hijos para -ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé -algunas lágrimas por el buen canónigo, acordándome -del cuidado que había tenido de mi educación. -A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, -que muy presto quedó reducida a una tierna memoria -que siempre he conservado de mis parientes.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_IX">CAPITULO IX</h3> - -<p class="i2 center"><b>Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija -única, y los sinsabores que produjo este matrimonio.</b></p></div> - -<p class="p2">Poco después del regreso del hijo de la Coscolina -vi al conde-duque por espacio de unos ocho días -muy parado y pensativo. Me persuadí de que estaba -meditando alguna grande empresa de política; -pero presto llegué a saber que lo que le tenía tan -suspenso era un asunto doméstico. «Gil Blas—me -dijo una tarde—, quizá habrás reparado que hace -días ando pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar -que enteramente me ocupa un negocio del cual -depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo. -Mi hija doña María—continuó—se halla ya en<span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span> -edad de tomar estado, y son muchos los pretendientes -que aspiran a su mano. El conde de Niebla, -primogénito del duque de Medinasidonia, -cabeza de la Casa de Guzmán, y don Luis de Haro, -hijo y heredero del marqués del Carpio y de mi -hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen -más dignos de merecer la preferencia. Sobre -todo el mérito del último es tan superior al de sus -competidores, que toda la corte está persuadida -de que será el que preferiré para yerno. Con todo -eso, sin pararme en explicarte los motivos que tengo -para desechar a ambos, te diré que he puesto -los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués -de Toral, cabeza de la Casa de los Guzmanes de -Abrados. A este señor y a los hijos que nacieren de -mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos -al título de conde de Olivares, y anejar a él la -grandeza; de suerte que mis nietos y sus descendientes -que vinieren de la rama de Abrados y de -la de Olivares pasarán por primogénitos de la -Casa de Guzmán. Dime, Santillana—añadió—: -¿apruebas este proyecto?» «Señor—le respondí—, -es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; -lo único que recelo es que el duque de Medinasidonia -podrá quejarse de él.» «Quéjese cuanto -quiera—respondió—; nada me importa. No tengo -inclinación a su rama, que ha usurpado a la de -Abrados el derecho de primogenitura y los títulos -anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas -que el sentimiento que tendrá mi hermana la -marquesa del Carpio al ver que su hijo pierde el<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span> -enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer -mi gusto, y don Ramiro será preferido a todos -sus rivales; así lo tengo determinado.»</p> - -<p>Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, -no pasó, sin embargo, a ejecutarla sin afianzarla -primero con un golpe diestro de política. -Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando -a sus majestades se dignasen disponer de la -mano de su hija doña María, exponiéndoles las cualidades -de los señores que la pretendían y remitiéndose -enteramente a la elección de sus majestades, -bien que, hablando del marqués de Toral, no se -dejaba de conocer su particular inclinación a este -partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho -complacer a su ministro, le dió por escrito la -respuesta siguiente: <i>Juzgo a don Ramiro Núñez -digno de doña María. Sin embargo, elige por ti -mismo; el partido que más te convenga será el que -a mí más me agrade.</i>—<span class="smcap">El Rey.</span></p> - -<p>Manifestó el ministro esta respuesta con cierta -afectación, y fingiendo entenderla como una orden -del soberano, se dió prisa a casar a su hija -con el marqués de Toral, resolución de que se resintió -vivamente la marquesa del Carpio, como todos -los Guzmanes, que estaban muy satisfechos -con la esperanza del enlace con doña María. En -medio de esto, unos y otros, cuando vieron que no -podían impedir el casamiento, aparentaron celebrarle -con las mayores demostraciones de alegría. -Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de -contento; pero tardó poco en verse vengado su dis<span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span>gusto -del modo más cruel y doloroso para el conde. -A los diez meses dió a luz doña María una niña, -que murió al nacer, y poco después la misma madre -fué víctima de su sobreparto.</p> - -<p>¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo -así) de su hija, y más viendo con esto desvanecido -su proyecto de quitar el derecho de progenitura -a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió -tan profundamente, que se encerró por algunos -días sin que le viese nadie sino yo, que, conformándome -a su excesivo sentimiento, me mostraba -tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir -la verdad: yo aproveché esta coyuntura para derramar -nuevas lágrimas en memoria de Antonia. -La semejanza que había entre su muerte y la de -la marquesa de Toral volvió a abrir una herida -mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, -que el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía -su propia pena, no pudo menos de advertir la mía. -Admiróle verme tomar tan activa parte en sus -amarguras. «Gil Blas—me dijo un día que le parecí -abismado en una profunda tristeza—, es un consuelo -muy dulce para mí el tener un confidente -tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!—le respondí, -vendiéndole por fineza mi quebranto—. -Sería yo el hombre más ingrato y mi corazón el -más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues -qué, ¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de -una hija de tanto mérito y a quien amaba tan -tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas -con las suyas? No, señor; me tiene vuestra exce<span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span>lencia -demasiado colmado de beneficios para que -yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte -en sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_X">CAPITULO X</h3> - -<p class="i2 center"><b>Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; -refiérele éste que se representa una tragedia suya -en el teatro del Príncipe; desgraciado éxito que -tuvo, y efecto favorable que le produjo esta desgracia.</b></p></div> - -<p class="p2">Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, -también yo a recobrar mi buen humor, -cuando salí una tarde a pasearme solo en coche. -En el camino encontré al poeta asturiano, a quien -no había visto después de su salida del hospital. -Advertí que estaba decentemente vestido. Llaméle, -hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear -en el prado de San Jerónimo.</p> - -<p>«Señor Núñez—le dije—, ha sido fortuna mía -haberos encontrado por casualidad; a no ser así, -nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate de reconvenciones, -Santillana!—interrumpió con precipitación—. -Confieso de buena fe que de propósito no -quise ir a visitarte, y te voy a decir el motivo. Tú -me prometiste un buen empleo, con tal que renunciase -a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido -con la condición de hacer versos; he aceptado -este último por ser más conforme a mi genio. Un -amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán<span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span> -Gómez del Ribero, tesorero de las galeras del rey. -Este don Beltrán quería mantener a sus expensas -un buen ingenio, y habiéndole parecido muy sublime -mi versificación, me ha preferido a cinco o -seis autores que se presentaron para ocupar la -plaza de secretario de su ramo.»</p> - -<p>«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio—le -dije—, porque ese don Beltrán verosímilmente será -muy rico.» «¡Cómo rico!—me replicó Fabricio—. -Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, -como quiera que sea, he aquí en qué consiste el -empleo que desempeño en su casa. Como se precia -de cortejante y quiere pasar por hombre de ingenio, -se vale de mi pluma para componer billetes -llenos de sal y de gracia, dirigidos a muchas damas -muy vivarachas con quienes tiene frecuente correspondencia. -En su nombre escribo a una en -verso, a otra en prosa, y algunas veces yo mismo -soy el portador de los billetes, para hacer ver mis -muchos talentos.»</p> - -<p>«Pero tú no me enteras—le dije—de lo que más -deseo saber. ¿Te pagan bien tus epigramas epistolares?» -«Con mucha liberalidad—me respondió—. -No todos los ricos son espléndidos, pues algunos -conozco que son muy tacaños; pero don Beltrán se -porta conmigo generosamente. Además de los doscientos -doblones de sueldo que me tiene señalados, -me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, -lo cual me pone en estado de hacer el -papel de señor y de pasar el tiempo alegremente -con algunos autores tan enemigos como yo de la<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span> -melancolía.» «En suma—le repliqué yo—: ¿es tu -tesorero hombre de tanto gusto que conozca las -bellezas de una obra y note sus defectos?» «¡Oh! -Tanto como eso, no—me respondió Núñez—. Aunque -tiene una verbosidad que deslumbra, no es inteligente. -Sin embargo, se cree otra <i>Tarpa</i>; decide -resueltamente, y sostiene su opinión con tanta altanería -y tenacidad, que las más de las veces, -cuando disputa, todos se ven obligados a ceder para -evitar una granizada de expresiones descorteses -que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen. -De aquí puedes inferir que pongo el mayor -cuidado en no oponerme jamás a lo que dice, -por más razón que muchas veces me asista para -ello; porque, además de los epítetos poco gustosos -que oiría de su boca, es seguro que me echaría a la -calle. Apruebo, pues—continuó—, todo lo que él -alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta -condescendencia, que en la realidad poco o nada -me cuesta, pues fácilmente me acomodo al carácter -y genio de las personas que me pueden servir, -me he hecho dueño de la estimación y voluntad de -mi patrono. Empeñóme en componer una tragedia, -cuya idea me sugirió él mismo. Compúsela a vista -suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las lecciones -que él me ha dado.»</p> - -<p>Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: -«Intitúlase <i>El conde de Saldaña</i>, la cual se representará -en el corral del Príncipe dentro de tres -días.» «Deseo mucho—le repliqué—, que logre todo -el aplauso y concepto que tu ingenio me hace es<span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span>perar.» -«Yo también lo espero—me dijo él—; verdad -es que no hay esperanzas más falibles que -éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito -que tendrán sus obras en las tablas.»</p> - -<p>Llegó, en fin, el día de la primera representación. -Yo no asistí a ella por haberme dado el ministro -cierto encargo que me lo estorbó, y lo más que pude -hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos -me informase del éxito de una pieza en que me -interesaba. Después de haberle estado esperando -con impaciencia, le vi entrar con un semblante -que me dió mala espina y no me dejó presagiar -cosa buena. «Y bien—le pregunté—: ¿cómo ha recibido -el público a <i>El conde de Saldaña</i>?» «Malísimamente—me -respondió—. En mi vida he visto -comedia tratada con mayor ignominia. Me he -salido indignado de la insolencia del patio.» «No -estoy yo menos indignado—le interrumpí—contra -la manía que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. -¿No debe haber perdido el juicio para preferir -los ignominiosos silbidos del populacho al -decoroso estado en que pude colocarle?» Así me -desahogaba yo echando pestes contra el poeta de -Asturias por la inclinación que le tenía, afligiéndome -de la desgracia de su drama, mientras él estaba -tan satisfecho de su obra.</p> - -<p>Efectivamente; dos días después le vi entrar en -mi cuarto que no cabía en sí de gozo. «Santillana—exclamó -alborozado luego que me vió—, vengo -a darte parte de mi suma felicidad. La composición -de una mala tragedia ha causado mi fortuna.<span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span> -Ya sabrás lo mal que fué recibido mi pobre <i>Conde -de Saldaña</i>; todos los espectadores se amotinaron -contra él; pero este desenfreno universal fué -justamente el que aseguró mi dicha para toda -vida.»</p> - -<p>Quedé aturdido al oír hablar de este modo al -poeta Núñez. «¿Cómo así, Fabricio?—le pregunté -pasmado—. ¿Es posible que el alto desprecio con -que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el -motivo de tu desmesurada alegría?» «Así es, ni -más ni menos—me respondió—. Ya te dije la mucha -parte que don Beltrán tuvo en su composición; -por lo mismo, la calificó de una obra a todas luces -excelente. Picado en extremo de que el público -hubiera sido de un sentir tan contrario al suyo, me -dijo esta mañana: «Núñez, <i>Victrix causa diis placuit, -sed victa Catoni</i>; si tu tragedia pareció tan mal -a las gentes, a mí me gustó mucho, y esto te debe -bastar. Y para que te consueles del dolor que naturalmente -te causará la injusticia y el mal gusto del -siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos -de renta anual y vitalicia sobre todos mis -bienes. Vamos desde aquí a casa de mi escribano -a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente. -El tesorero firmó la escritura de -donación, y me ha pagado el primer año anticipado.»</p> - -<p>Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado -éxito de su <i>Conde de Saldaña</i>, que había redundado -en provecho del autor. «Tienes razón—prosiguió -él—en cumplimentarme por una cosa tan extraña. -<span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span> -¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! -Si el público, más benévolo, me hubiera honrado -con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera sacado de -ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de -nada me servirían; pero los silbidos en un instante -me han puesto en estado de pasar cómodamente -el resto de mis días.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_XI">CAPITULO XI</h3> - -<p class="i2 center"><b>Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual -se embarca para Nueva España.</b></p></div> - -<p class="p2">No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada -fortuna del poeta Núñez, de manera que -en toda una semana no cesó de hablarme de ella. -«Admirado estoy—me decía—de los caprichos de -la Fortuna, la cual muchas veces parece que se -deleita en colmar de bienes a un detestable autor -mientras abandona a los mejores en manos de la -miseria. ¡Cuánto celebraría yo que un día se le -antojase hacerme rico de la noche a la mañana!» -«Eso—le dije—podrá quizá suceder más presto de -lo que piensas. Tú estás ahora en el templo de esa -deidad, porque, si no me engaño mucho, la casa -de un primer ministro se puede muy bien llamar -<i>el templo de la Fortuna</i>, donde de repente se ven -elevados y opulentos los que logran su favor.» «Decís, -señor, mucha verdad—me respondió—; pero -es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuél<span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span>vote -a decir—le repliqué—que te sosiegues. ¿Quién -sabe si quizá a estas horas se te está preparando -alguna buena comisión?» Con efecto, pocos días -después se me presentó ocasión de emplearle útilmente -en servicio del conde-duque y no la dejé -escapar.</p> - -<p>Hallábame una mañana en conversación con don -Ramón Caporis, mayordomo del primer ministro, -y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. -«Mi señor—decía él—goza de varias encomiendas -en todas las Ordenes militares, que le reditúan cada -año cuarenta mil escudos, sin más obligación que -la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los -tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo -mayor y gran canciller de Indias le producen -doscientos mil escudos. Pero todo esto es nada en -comparación de los inmensos caudales que saca de -las Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques -del rey salen de Sevilla o de Lisboa para aquellos -países, hace embarcar en ellos vino, aceite y todo -el trigo que le produce su condado de Olivares, -sin que le cueste un maravedí la conducción. En -Indias se venden estos géneros a precio cuatro veces -mayor del que valen en España. Con el dinero -que gana en esta venta compra especiería, colores -y otras drogas que en el Nuevo Mundo están casi -de balde y en Europa se venden a subido precio. -Este es un tráfico que le vale muchos millones, sin -el menor perjuicio del Erario. Y no extrañará usted—continuó—que -las personas empleadas en hacer -este comercio vuelvan todas cargadas de ri<span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span>quezas, -porque su excelencia lleva a bien que, haciendo -su negocio, hagan también ellas el suyo.»</p> - -<p>El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, -no pudo oír hablar así a don Ramón sin -interrumpirle. «¡Pardiez, señor Caporis—exclamó—, -que yo de buena gana sería uno de esos empleados, -y más que ha muchos años tengo grandes deseos -de ver a Méjico!» «Presto satisfaría yo tu curiosidad—le -dijo el mayordomo—si el señor de -Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque -soy algo delicado en la elección de los sujetos que -envío a las Indias para hacer este tráfico, porque -al fin yo soy el que los nombro, desde luego te -sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo -consintiese tu amo.» «Mucha satisfacción tendría—dije -a don Ramón—en que usted me diese esta -prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien -estimo, y además de eso es muy capaz, y tan puntual -en todo lo que se pone a su cargo, que espero -no dará el menor motivo de disgusto; respondo por -él como pudiera responder por mí mismo.» «Siendo -así—replicó Caporis—, desde luego puede marchar -a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a -la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará -una carta mía para cierto sujeto que le -instruirá bien en todo lo que debe hacer para utilizar -mucho sin el menor perjuicio de los intereses -de su excelencia, que siempre deben ser muy -sagrados para él.»</p> - -<p>Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso -su viaje a Sevilla, con mil escudos que le di<span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span> -para que comprase en Andalucía vino y aceite y -pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. -Mas, sin embargo de las esperanzas que llevaba -de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo separarse -de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con -ojos enjutos.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_XII">CAPITULO XII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su -viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la -siguió.</b></p></div> - -<p class="p2">Apenas se había ausentado Escipión, cuando un -paje del ministro entró en mi cuarto y me entregó -un billete que contenía estas palabras: «Si el señor -de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir -al mesón de San Gabriel, en la calle de Toledo, -verá en él a uno de sus mayores amigos.» «¿Quién -podrá ser este amigo?—decía entre mí mismo—. -¿Y por qué razón me ocultará su nombre? Tal vez -quiere sazonarme el gusto de verle con el sainete -de la sorpresa.»</p> - -<p>Salí al instante de casa, me encaminé a la calle -de Toledo, llegué al sitio señalado y me quedé no -poco suspenso de encontrar a don Alfonso de Leiva. -«¡Qué es lo que veo!—exclamé—. ¡Vuestra señoría -aquí, señor!» «Sí, mi querido Gil Blas—me respondió -teniéndome estrechamente abrazado—. El mismo -don Alfonso en persona es el que tienes a la -<span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span> -vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría -a Madrid?», le dije. «Te voy a sorprender—me -respondió—y afligirte enterándote de la causa de -mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de -Valencia y que el primer ministro ha mandado me -presente en la corte a dar cuenta de mi conducta.»</p> - -<p>Permanecí un cuarto de hora en un profundo -silencio; después, volviendo a tomar la palabra, -«¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada sé—respondió—; -pero atribuyo mi desgracia a la visita -que hice tres semanas ha al cardenal duque -de Lerma, que hace un mes se halla confinado en -su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad—interrumpí -yo—que vuestra señoría tiene razón en atribuir su -desgracia a esta indiscreta visita; no hay que buscar -otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá le -diga que se olvidó de consultar su acostumbrada -prudencia cuando fué a ver a un ministro desgraciado.» -«El yerro ya se cometió—me dijo él—, y he -tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré -con mi familia a la quinta de Leiva, donde -pasaré en un profundo sosiego el resto de mis días. -Lo único que ahora me aflige—añadió—es el verme -obligado a presentarme a un ministro orgulloso -y dominante, que quizá me recibirá con poco -agrado, cosa intolerable para quien nació con alguna -honra. A pesar de que esto es una necesidad, he -querido hablarte antes de someterme a ella.» «Señor—le -dije—, no se presente vuestra señoría al -ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa, -pues el mal no es irreparable. Sea lo que fue<span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span>re, -vuestra señoría se servirá llevar a bien que -yo dé en el asunto todos aquellos pasos que exigen -de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, -le dejé en el mesón, asegurándole que dentro de -poco nos volveríamos a ver. Como yo no intervenía -ya en ningún negocio de Estado desde las dos -Memorias de que he hecho tan elocuente mención, -fuí a buscar a Carnero para preguntarle si era verdad -que a don Alfonso de Leiva se le había quitado -el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme -que sí, pero que ignoraba la causa de ello. -Con esto resolví sin vacilar acudir al mismo ministro -para saber de su propia boca los motivos -que podía tener para estar quejoso del hijo de don -César.</p> - -<p>Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal -acontecimiento, que no tuve necesidad de aparentar -tristeza para parecer afligido a los ojos del -conde. «¿Qué tienes, Santillana?—me preguntó luego -que me vió—. Descubro en tu semblante señales -de pesadumbre, y aun veo que las lágrimas están -prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido -alguno? ¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor—le -respondí llorando—, aun cuando quisiera -disimular mi pena, no podría, porque casi llega a -términos de desesperación. Acaban de asegurarme -que ya no es gobernador de Valencia don Alfonso -de Leiva, y no podían darme noticia que me fuera -más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?—repuso -el ministro admirado—. ¿Pues qué tienes tú con -don Alfonso ni con su gobierno?» Entonces le hice<span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span> -una puntual relación de todas las obligaciones que -debía a los señores de Leiva, y después le conté -cómo y cuándo había yo obtenido del duque de -Lerma para el hijo de don César el gobierno de que -se trataba.</p> - -<p>Después que su excelencia me oyó con una atención -llena de bondad hacia mí, me dijo: «Enjuga tus -lágrimas, amigo mío. Además de que yo ignoraba -lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba -a don Alfonso como hechura del cardenal de -Lerma. Ponte en mi lugar. La visita que hizo a este -purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso? -Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido -su empleo por aquel ministro, puede haber -dado este paso por un mero impulso de agradecimiento. -Siento haber separado de su empleo a un -hombre que te le debía a ti; pero si deshice lo que -habías hecho tú, puedo repararlo, y aun quiero -hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. -Don Alfonso de Leiva, tu amigo, no era más que -gobernador de la ciudad de Valencia, pero yo le -hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia -para que le comuniques esta noticia, y puedes decirle -que venga a prestar juramento.» Cuando oí -estas palabras, pasé del extremo de la aflicción a un -exceso de alegría que me enajenó, en términos que -lo conoció su excelencia en el modo de manifestarle -mi agradecimiento; mas no le desagradó el desconcierto -de mis palabras, y como le había enterado -de que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que -podía yo presentársele en aquel mismo día. Fuí vo<span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342">[342]</a></span>lando -al mesón de San Gabriel, en donde colmé de -gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo -empleo. No podía creer lo que yo le decía, porque -tenía dificultad en persuadirse de que, por más -amistad que me tuviera el primer ministro, fuera -capaz de dar virreinatos por mi influjo. Condújele -a casa del conde-duque, que le recibió muy afablemente -y le dijo que se había comportado tan bien -en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole -el rey apto para desempeñar un empleo -más elevado, le había nombrado para el virreinato -de Aragón. «Por otra parte—añadió—, esta -dignidad no es superior a la categoría de vuestro -nacimiento, y la nobleza aragonesa no podría quejarse -de la elección de la Corte.» Su excelencia no -me tomó en boca y el público ignoró la parte que -yo había tenido en aquel negocio, lo que puso a -cubierto a don Alfonso y al ministro de las habladurías -del público sobre el nombramiento de un -virrey que era hechura mía.</p> - -<p>Luego que el hijo de don César estuvo seguro de -su promoción, despachó un propio a Valencia para -noticiarla a su padre y a Serafina, que al momento -pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme -y colmarme de demostraciones de vivo -agradecimiento. ¡Qué espectáculo tan tierno y glorioso -fué para mí ver a las tres personas que más -amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan -agradecidos a mi amor como al esplendor que el -virreinato iba a añadir a su casa, no hallaban palabras -con qué manifestar su reconocimiento. Me<span class="pagenum"><a name="Page_343" id="Page_343">[343]</a></span> -hablaban como si trataran con igual suyo, pareciendo -haber olvidado que habían sido mis amos; -todo les parecía poco para darme pruebas de amistad. -Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, -después de haber recibido el real despacho, -dado gracias al rey y al ministro y prestado el juramento -acostumbrado, marchó de Madrid con su -familia para ir a establecer su residencia en Zaragoza. -Hizo allí su entrada pública con la mayor -magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus -aclamaciones que yo les había dado un virrey que -les era muy acepto.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_XIII">CAPITULO XIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos -y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron -todos tres; fin de la historia de don Gastón y -doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo Santillana -a Tordesillas.</b></p></div> - -<p class="p2">Estaba yo loco de contento por haber transformado -tan felizmente en virrey a un gobernador -depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban -tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión -de emplear mi valimiento a favor de un amigo, -lo que creo conveniente contar, para hacer ver -a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil -Blas que en el Ministerio anterior vendía las mercedes -de la Corte.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p> - -<p>Hallándome un día en la antecámara del rey -hablando con algunos señores que no se desdeñaban -de admitirme a su conversación sabiendo que -me quería el primer ministro, vi entre la multitud -a don Gastón de Cogollos, aquel reo de Estado a -quien había dejado en el alcázar de Segovia, que -estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés -de Tordesillas. Separéme gustoso de las personas -con quien estaba para ir a dar un abrazo a estos -dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de -verme allí, yo me admiré más de encontrarme con -ellos.</p> - -<p>Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: -«Señor de Santillana, tenemos muchas cosas -que decirnos y no estamos en paraje a propósito -para ello; permítame usted que le conduzca a un -sitio en donde el señor de Tordesillas y yo tendremos -el gusto de hablar largamente con usted.» Vine -en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos -de palacio. Hallamos el coche de don Gastón, -que le estaba esperando en la calle, metímonos en -él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, -en donde se hacen las corridas de toros, que allí -vivía Cogollos en una soberbia casa. «Señor Gil -Blas—me dijo don Andrés luego que entramos en -una sala alhajada con magnificencia—, paréceme -que cuando usted salió de Segovia había cobrado -horror a la corte y que iba resuelto a alejarse de -ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio—le -respondí—, y mientras vivió el difunto rey -no mudé de parecer; pero luego que supe que ocu<span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span>paba -el trono el príncipe su hijo, quise ver si el -nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la -dicha de que me recibiese benignamente. El mismo -me recomendó al primer ministro, quien me cobró -amistad y con el cual estoy en mucho más auge -del que nunca estuve con el duque de Lerma. Esto -es, señor don Andrés, todo lo que tenía que decirle; -ahora dígame usted si se mantiene todavía de alcaide -del alcázar de Segovia.» «No por cierto—me -respondió—; el conde-duque puso a otro en mi -lugar, creyéndome probablemente parcial de su -predecesor.» «Yo—dijo entonces don Gastón—obtuve -mi libertad por una razón contraria. Apenas -supo el primer ministro que yo estaba en la prisión -de Segovia por orden del duque de Lerma, cuando -me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor -Gil Blas, de contaros lo que me sucedió desde que -salí del alcázar. Lo primero que hice—continuó—, -después de haber dado mil gracias a don Andrés -por las atenciones que le había debido durante mi -arresto, fué venirme a Madrid. Presentéme al -conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No -tema usted que la desgracia que le ha sucedido -perjudique en lo más mínimo a su reputación. Usted -se halla plenamente justificado, y estoy tanto -más seguro de su inocencia cuanto que el marqués -de Villarreal, de quien se le sospechaba a usted -cómplice, no era culpable. A pesar de ser portugués, -y aun pariente del duque de Braganza, es -menos parcial del duque que del rey mi señor. Por -consiguiente, no debe imputársele a usted como de<span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span>lito -su conexión con el marqués, y para reparar la -injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, -el rey le hace teniente capitán de su guardia española.» -Acepté este empleo, suplicando a su excelencia -me permitiese antes de entrar a desempeñarle -pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla. -Concedióme el ministro un mes de licencia para -el viaje, el que emprendí acompañado de un solo lacayo. -Habíamos pasado ya de Colmenar y entrado -en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos -a un caballero que se estaba defendiendo valerosamente -de tres hombres que le acometían a -un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle; -fuí volando hacia él y me puse a su lado. -Observé cuando me batía que nuestros enemigos -estaban enmascarados y que reñíamos con animosos -combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor -y destreza, quedamos vencedores; atravesé a uno -de los tres, que cayó del caballo, y los otros dos -huyeron al momento. Verdad es que la victoria no -fué menos funesta para nosotros que para el desgraciado -a quien yo había muerto, porque, después -de la acción, tanto mi compañero como yo -nos hallamos peligrosamente heridos. Pero figúrese -usted cuál sería mi sorpresa cuando conocí que el -caballero a quien había socorrido era Cambados, -marido de doña Elena. No quedó él menos admirado -al ver que era yo su defensor. «¡Ah, don Gastón!—exclamó—. -Pues qué, ¿sois vos quien venís -a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con -tanta generosidad, sin duda ignorabais que defen<span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347">[347]</a></span>díais -a un hombre que os había robado vuestra -dama.» «Es cierto que lo ignoraba—le respondí—; -pero aun cuando lo hubiera sabido, ¿os parece que -hubiera titubeado en hacer lo que hice? ¿Me tendréis -en tan mal concepto que creáis tengo un -alma vil?» «¡No, no!—respondió—. Tengo mejor -opinión de vos, y si muero de las heridas que acabo -de recibir, deseo que las vuestras no os impidan -aprovecharos de mi muerte.» «Cambados—le dije—, -aunque no he olvidado todavía a doña Elena, sabed -que no apetezco poseerla a costa de vuestra -vida, y aun me alegro mucho de haber contribuído -a salvaros de los golpes de tres asesinos, pues que -en ello hice una acción que agradecerá vuestra esposa.» -Mientras estábamos hablando de este modo, -mi lacayo se apeó y, acercándose al caballero que -estaba tendido en el suelo, le quitó la mascarilla y -nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados. -«Es Caprara—exclamó—, aquel pérfido primo -que, en despecho de haber perdido una rica -herencia que injustamente me había disputado, -hace mucho tiempo que pensaba asesinarme, y -había, por último, elegido este día para realizar -sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo -haya sido la víctima de su atentado.» Entre -tanto nuestra sangre corría en abundancia y por -instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo, -heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar -hasta el lugar de Villarejo, que no distaba -más que dos tiros de fusil del campo de batalla. -Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y<span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span> -vino uno que nos dijeron ser muy hábil. Examinó -nuestras heridas y halló que eran muy peligrosas; -hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, -después de haber levantado el vendaje, declaró -mortales las de don Blas, pero no las mías, y sus -pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados -desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. -Envió un propio a su mujer para informarla de -todo lo sucedido y del triste estado en que se hallaba. -Tardó poco doña Elena en presentarse en -Villarejo, adonde llegó con el espíritu fuertemente -agitado por dos causas diferentes: por el peligro -que corría la vida de su marido y por el temor de -que mi vista volviese a encender en su pecho un -fuego mal apagado; dos afectos que la tenían en -una terrible conmoción. «Señora—le dijo don Blas -luego que la vió—, aun venís a tiempo para recibir -mi última despedida. Voy a morir y miro mi -muerte como un castigo del Cielo por la falsedad -con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme -de él, yo mismo os exhorto a que le restituyáis -un corazón que le usurpé.» Doña Elena no le -respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta -era la mejor respuesta que le podía dar, porque no -estaba tan desprendida de mí que hubiese olvidado -el artificio de que se había valido don Blas para -determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el -cirujano había pronosticado: que en menos de tres -días murió Cambados de sus heridas, en vez de -que las mías anunciaban una pronta curación. La -viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que<span class="pagenum"><a name="Page_349" id="Page_349">[349]</a></span> -trasladasen a Coria el cadáver de su esposo para -hacerle los honores que ella debía a sus cenizas, -salió de Villarejo para volverse allí, después de -haberse informado como por mera urbanidad del -estado en que yo me hallaba. Seguíla luego que -pude, tomando el camino de Coria, donde acabé -de restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y -don Jorge de Galisteo determinaron casarnos a la -viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase otra -pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el -matrimonio, en atención a la reciente muerte de -don Blas, y de allí a pocos días volví a Madrid con -doña Elena. Como se había pasado el tiempo de -mi licencia, temí que el ministro hubiese dado a -otro la tenencia de guardias que se me había conferido; -pero no había dispuesto de ella, y tuvo la -bondad de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. -Soy, pues—prosiguió Cogollos—, primer teniente -de la guardia española y estoy muy contento -con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, -con quienes vivo gustoso.» «Me alegrara poder -decir otro tanto—interrumpió aquí don Andrés—, -pues estoy muy lejos de vivir contento -con mi suerte. Perdí el empleo que tenía, el cual -me daba de comer, y me veo sin amigos que puedan -ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone -usted, señor don Andrés—dije yo entonces sonriéndome—, -en mí tiene usted un amigo que puede -servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque -me estima aun quizá más de lo que me estimaba -el duque de Lerma. ¿Y se atreve usted a<span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span> -decirme en mi cara que no conoce a nadie que le -pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le -hice en otro tiempo un servicio semejante? Acuérdese -usted de que por el valimiento del arzobispo -de Granada logré que se le nombrase a usted para -ir a Méjico a desempeñar un empleo en que hubiera -hecho su fortuna si el amor no le hubiera -detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo -en mejor estado de poder servir a usted actualmente, -que estoy al lado del primer ministro.» -«Supuesto eso, me pongo en manos de usted—repuso -Tordesillas—. Pero—añadió sonriéndose también—suplico -a usted que no me haga el favor de -enviarme a Nueva España, porque no querría ir -allá aunque me hicieran presidente de la Audiencia -de Méjico.»</p> - -<p>Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida -por doña Elena, que entró en la sala, y cuya -persona, llena de atractivos, correspondía a la encantadora -idea que me había formado de ella. «Señora—le -dijo Cogollos—, este caballero es el señor -de Santillana, de quien os he hablado varias veces -y cuya amable compañía calmó frecuentemente en -la prisión mis pesares.» «Sí, señora—dije a doña -Elena—; mi conversación le agradaba porque siempre -era usted el asunto de ella.» La hija de don Jorge -respondió modestamente a mi cumplimiento, -después de lo cual me despedí de ambos esposos, -asegurándoles lo mucho que celebraba que el himeneo -hubiese por último coronado sus prolongados -amores. Después, dirigiendo la palabra a Tordesi<span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span>llas, -le rogué que me informase de su habitación, y -habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted -no me despido; espero que antes de ocho días verá -usted que yo reúno el poder a la buena voluntad.» -No quedé por embustero; al día siguiente el conde-duque -me proporcionó la ocasión de servir a este -alcaide. «Santillana—me dijo su excelencia—está -vacante la plaza de gobernador de la cárcel real de -Valladolid; vale más de trescientos doblones al año -y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor—le -respondí—, aunque valga diez mil ducados de renta; -renuncio a todos los empleos que no pueda desempeñar -sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero -éste—replicó el ministro—puedes desempeñarle muy -bien sin necesidad de salir de Madrid sino para ir -de cuando en cuando a Valladolid a visitar la cárcel.» -«Diga vuestra excelencia cuanto guste—repuse -yo—, no acepto ese empleo sino con la condición -de que se me permita renunciarlo a favor de un -digno hidalgo llamado don Andrés de Tordesillas, -alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría -hacerle este presente en reconocimiento de los -buenos procederes que usó conmigo durante mi -prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar así -y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer -un gobernador de la cárcel real del modo que -hiciste un virrey. Pues bien, sea así, amigo mío; -desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas. -Pero dime francamente qué gratificación -debe producirte, porque no te tengo por tan simple -que quieras empeñar tu valimiento de balde.»<span class="pagenum"><a name="Page_352" id="Page_352">[352]</a></span> -«Señor—le respondí—, ¿no deben pagarse las deudas? -Don Andrés me proporcionó sin interés todas -las comodidades que pudo. ¿No será justo que yo -le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, -señor de Santillana—me replicó su excelencia—; -me parece que lo erais mucho menos en el -último Ministerio.» «Es verdad—le repuse—, porque -el mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces -todo se vendía, me conformé con el uso; y -como en el día todo se da, he vuelto a recobrar -mi integridad.»</p> - -<p>Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de -Tordesillas el gobierno de la cárcel real de Valladolid -y le hice marchar luego a dicha ciudad, tan -contento con su nuevo empleo como lo quedé yo -por haber desempeñado para con él las obligaciones -que le debía.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="IV_XIV">CAPITULO XIV</h3> - -<p class="i2 center"><b>Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas -encontró en ella y qué conversación tuvieron allí.</b></p></div> - -<p class="p2">Un día, después de comer, se me antojó ir a ver -al poeta asturiano, movido sólo de la curiosidad -de saber qué vivienda tenía. Me encaminé a casa -del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté -en ella por Núñez. «Ya no vive aquí—me respondió -un lacayo que estaba en la puerta—; vive ahora -en aquella casa—añadió mostrándome una que es<span class="pagenum"><a name="Page_353" id="Page_353">[353]</a></span>taba -cerca—y ocupa un cuarto que cae a espaldas -de ella.»</p> - -<p>Fuíme allá, y después de haber atravesado un -patio pequeño entré en una sala enteramente desalhajada, -en donde hallé a mi amigo Fabricio, sentado -todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos -a quienes había convidado aquel día. Estaban -al fin de la comida, y, por consiguiente, metidos -en disputa; pero luego que me vieron sucedió un -profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse -apresuradamente Núñez para recibirme, -exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de -Santillana, que tiene la bondad de honrarme con -una de sus visitas! ¡Ayúdenme ustedes a tributar -respetuosos obsequios al valido del primer ministro!» -Al oír esto, todos los convidados se levantaron -también para saludarme, y en consideración al -título que se me había dado me hicieron cumplimientos -muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad -de beber ni de comer, no me pude excusar -de sentarme a la mesa con ellos y aun de corresponder -a un brindis que me dirigieron.</p> - -<p>Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar -hablando con libertad, «Señores—les dije—, -creo haber interrumpido su conversación; suplico -a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos -señores—dijo entonces Fabricio—estaban hablando -de la <i>Ifigenia</i> de Eurípides. El bachiller Melchor -de Villegas, erudito de primer orden, preguntaba al -señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más -le interesaba en aquella tragedia.» «Así es—dijo don<span class="pagenum"><a name="Page_354" id="Page_354">[354]</a></span> -Jacinto—, y yo le he respondido que el peligro en -que se veía Ifigenia.» «Y yo—dijo el bachiller—, -yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, -que no es el peligro lo que forma el verdadero interés -de la pieza.» «¿Pues cuál es?», exclamó el anciano -licenciado Gabriel de León. «El viento», respondió -el bachiller. Todos dieron una carcajada al -oír una respuesta que no creí formal, imaginándome -que Melchor no la había dado sino por alegrar -la conversación.</p> - -<p>Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un -hombre que no entendía de burlas, y así, dijo con -grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les diere la -gana, que yo siempre sostendré que lo que debe -hacer más impresión en el espectador, lo que debe -interesarle y suspenderle más es el viento. Y si -no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido -precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren -la impaciencia de capitanes y soldados por emprender -y concluir aquel sitio y restituirse cuanto -antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo -que más amaban en este mundo: sus dioses lares, -sus mujeres y sus hijos. Levántase de repente un -maldito viento contrario que los detiene en Aulida -y los tiene como clavados en aquel puerto; tanto, -que mientras no se mude no les es posible ir a sitiar -la ciudad de Príamo. Pues este viento es el -que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro -a favor de los griegos porque apruebo su designio -y sólo deseo la partida de su flota, mirando con -indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muer<span class="pagenum"><a name="Page_355" id="Page_355">[355]</a></span>te -es un medio para obtener de los dioses un viento -favorable.»</p> - -<p>Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron -las carcajadas a su costa. Fingió Núñez apoyar -socarronamente aquella ridícula opinión, sólo por -dar más materia de burla a los zumbones, los cuales -se divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas -sobre los vientos. Pero el bachiller, mirándolo -a todos con aire flemático y orgulloso, los trató de -ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a -cada momento que se agarrasen y se diesen de -mojicones estos botarates, que es el término ordinario -de sus disputas; pero fué vano mi temor, -porque todo se redujo a llenarse recíprocamente de -desvergüenzas, y se retiraron después de haber comido -y bebido a discreción.</p> - -<p>Luego que se marcharon pregunté a Fabricio -por qué no vivía en casa del tesorero y si acaso -había ocurrido alguna desavenencia entre los dos. -«¿Desavenencia?—me respondió—. ¡Dios me libre -de ello! Nunca ha estado en mayor auge mi estimación -con don Beltrán. Supliquéle me permitiese -vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto -que ves para gozar de mayor libertad. Aquí recibo -a mis amigos, que me vienen a ver con frecuencia, -y lo paso alegremente con ellos, porque -ya sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar -grandes riquezas a mis herederos. Mi mayor gusto -es hallarme al presente en estado de tener todos -los días a mi mesa buena compañía sin peligro de -arruinarme.» «Me alegro infinito, querido Núñez<span class="pagenum"><a name="Page_356" id="Page_356">[356]</a></span>—le -repliqué—, y no puedo menos de repetirte -mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. -Las ochocientas composiciones dramáticas del gran -Lope de Vega no le valieron la cuarta parte de lo -que te ha valido a ti tu <i>Conde de Saldaña</i>.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_357" id="Page_357">[357]</a></span></p> - -<h2>LIBRO DUODECIMO</h2> - -<h3 id="V_I">CAPITULO PRIMERO</h3> - -<p class="i2 center"><b>Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y -éxito de su viaje.</b></p></div> - -<p class="p2">Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me -repetía todos los días: «Santillana, va llegando el -tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.» -Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó -por fin, y su excelencia me habló en estos términos: -«Se dice que hay en la compañía de cómicos -de Toledo una actriz muy celebrada por su -amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente, -que arrebata a los espectadores cuando representa, -y se añade también que es muy hermosa. -Una persona tan recomendable es digna de venir -a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias, -la música y el baile y no le desagrada la -hermosura. No me parece razón que su majestad -carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto -mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo, -para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan -peregrina; yo me atendré desde luego a la impre<span class="pagenum"><a name="Page_358" id="Page_358">[358]</a></span>sión -que cause en ti y me fío enteramente de tu -discernimiento.»</p> - -<p>Respondí a su excelencia que esperaba dar buena -cuenta de aquella comisión, y desde luego emprendí -mi viaje, acompañado de un lacayo, a quien -hice dejar la librea del ministro para desempeñar -mi encargo con mayor secreto; precaución que agradó -a su excelencia. Tomé, pues, el camino de Toledo, -en donde me apeé en un mesón inmediato al -alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, -teniéndome sin duda por algún caballero de -las cercanías, me dijo: «Naturalmente, vendrá vuestra -señoría a ver la augusta ceremonia del auto de -fe que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada -sabía de tal auto, le respondí inmediatamente que -sí, para ocultar mejor mi designio y cortarle la gana -de preguntarme más sobre el fin que me llevaba -a aquella ciudad. «Verá vuestra señoría—prosiguió -él—una de las más excelentes procesiones que jamás -se han visto, pues hay, según se dice, más de -cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez -los que han de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente -antes de salir el sol oí tocar todas las campanas -de la ciudad en señal de que iba a darse principio -al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta -ceremonia, me vestí aceleradamente y me encaminé -hacia la Inquisición. Había allí cerca, y de trecho -en trecho por donde había de pasar la procesión, -tablados altos, en uno de los cuales me coloqué -por mi dinero. Iban primero los padres dominicos, -precedidos del estandarte de la fe o pendón del<span class="pagenum"><a name="Page_359" id="Page_359">[359]</a></span> -Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían -los reos con sus capotillos o especie de escapularios -de tela amarilla, formada en ellos por la parte anterior -y posterior el aspa de San Andrés, de tela -roja llamada sambenito, y todos con corozas en -la cabeza, con llamas pintadas las de los condenados -a la hoguera y sin ellas las de los otros de menor -pena.</p> - -<p>Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión -que no se puede negar a la humanidad, -cuando creí descubrir entre los encorozados sin -llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero -el hermano Ambrosio. Pasaron tan cerca de -mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy -viendo!—dije entre mí mismo—. ¡El Cielo, -cansado de los excesos de estos dos malvados, los -ha entregado a la justicia de la Inquisición!» Hablando -conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, -se apoderó de mí un temblor universal, y -mi ánimo se turbó en términos que temí caer desmayado. -Las relaciones que yo había tenido con -aquellos bribones, la aventura de Chelva, y, en -fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió -en aquel momento a representarse a mi imaginación, -y creí que no podía dar suficientes gracias a -Dios de haberme preservado del sambenito y de -la coroza.</p> - -<p>Acabada la ceremonia, me restituía al mesón -temblando por el terrible espectáculo que acababa -de ver; pero las tristes ideas de que tenía lleno -el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pen<span class="pagenum"><a name="Page_360" id="Page_360">[360]</a></span>sé -en desempeñar con acierto la comisión que me -había encargado mi amo. Esperé con impaciencia -la hora de la comedia para ir a ella, pareciéndome -que éste era el primer paso que debía dar. Llegada -que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente -me senté junto a un caballero del hábito de Alcántara, -con quien entablé luego conversación, -y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle -una pregunta. «Caballero—me respondió muy -atentamente—, usted me honrará en ello.» «He -oído ponderar—proseguí—a los cómicos de Toledo. -¿Me habrán engañado?» «No—me respondió -el caballero—; la compañía no es mala, y, a la verdad, -hay en ella dos papeles excelentes. Entre -otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce -años, que le pasmará. No será menester que -yo se la muestre a usted cuando se deje ver en la -escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle -a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió -que sí, y aun que tenía un papel de mucho -lucimiento en la pieza que se iba a representar.</p> - -<p>Principió la comedia, y aparecieron en la escena -dos actrices que nada habían omitido de cuanto -pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; pero -a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra -me parecieron ser la que yo esperaba. En fin, dejóse -ver Lucrecia en el fondo del teatro, y su aproximación -a la escena fué anunciada con un palmoteo -general. «¡Ah, ésta es!—dije para mí—. ¡Qué -aire tan noble! ¡Qué talle! ¡Qué hermosos ojos! -¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó com<span class="pagenum"><a name="Page_361" id="Page_361">[361]</a></span>pletamente, -o por mejor decir, su persona me dejó -absorto. Desde los primeros versos que recitó conocí -que tenía naturalidad, fuego, maestría superior -a su edad, y reuní voluntariamente mis -aplausos a los universales que le tributó el concurso -en todo el tiempo que duró la representación. -«Y bien—me dijo entonces el caballero—; ya ve -usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» -«No me admiro», le respondí. «Pues menos se admiraría -usted—me replicó—si la oyera cantar; -es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos -que la oyen, si no se precaven tapándose los oídos -para no quedar encantados! No es menos temible -cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como -su voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» -«Según eso—exclamé yo entonces—, será preciso -confesar que esta niña es un portento. ¿Y quién -es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse -por una criatura tan preciosa?» «No tiene -ningún amante, que se sepa—me dijo—, y aun la -murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. -No obstante—añadió—, acaso pudiera tenerla, -porque Lucrecia está bajo la vigilancia de -su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de -todas las cómicas.»</p> - -<p>Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación -al tal caballero si aquella Estela era actriz -de la compañía de Toledo. «Y de las mejores—me -replicó—. Hoy no ha representado, y en verdad -que no hemos perdido poco. Por lo común hace el -papel de graciosa, y verdaderamente lo desempe<span class="pagenum"><a name="Page_362" id="Page_362">[362]</a></span>ña -que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! -Tal vez les añade algo de su invención; pero -éste es un hermoso defecto que le hace gracia.» -Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y -por el retrato que me hizo de su persona, no dudé -fuese Laura, aquella misma que dejé en Granada -y de quien he hablado tanto en mi historia.</p> - -<p>Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario -concluída la comedia. Pregunté por la señora Estela, -y, volviendo los ojos a todas partes, la vi -sentada al brasero en conversación con algunos -señores, que quizá no la obsequiaban sino porque -era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a Laura, y -fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada -fuga de Granada, fingió no conocerme, y -recibió mi saludo con tanta sequedad que me -dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle -con risa su frío recibimiento, fuí tan simple que -mostré formalizarme, y aun me retiré incomodado, -resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme -a Madrid el día siguiente. «Para vengarme -de Laura—decía yo—, no quiero que su sobrina -tenga el honor de representar delante del rey: para -esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato -que se me antoje de Lucrecia, y me bastará decirle -que baila con poco garbo, que su voz es áspera, -y que toda su gracia consiste en sus pocos años. -Estoy seguro que desde luego se le pasará a su excelencia -la gana de hacerla ir a la Corte.»</p> - -<p>Esta era la venganza que pensaba tomar del -desaire que Laura me había hecho; pero duró poco<span class="pagenum"><a name="Page_363" id="Page_363">[363]</a></span> -mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando -me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo -en mi cuarto, y me dijo: «Aquí traigo un billete -que tengo que entregar al señor de Santillana» -«Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, -que abrí, y que contenía estas palabras: <i>Olvida el -modo con que te recibí en el teatro, y ven con el portador -adonde él te guíe.</i> Seguí luego al lacayuelo, -que me llevó a una casa muy decente, no distante -del teatro, y me introdujo en un cuarto alhajado -con aseo y buen gusto, donde encontré a Laura en -su tocador.</p> - -<p>Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor -Gil Blas, conozco que usted tuvo motivo para salir -ayer poco contento del recibimiento que le hice -cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo -amigo tenía derecho para esperar de mí una acogida -más afable. No tengo otra disculpa sino que -me hallaba a la sazón de malísimo humor, por -haber oído ciertos dichos malignos que algunos -de los señores cómicos tenían sobre la conducta de -mi sobrina, cuya honra me importa más que la -mía. La precipitada y desabrida retirada de usted -me hizo volver al momento de mi distracción, -y en el mismo punto di orden a mi lacayo para -que siguiese a usted y averiguase su posada, con -ánimo de reparar hoy mi falta.» «Ya queda—le -dije—enteramente reparada, mi querida Laura; -no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente -de lo que nos ha sucedido desde el malaventurado -día en que el temor de un justo cas<span class="pagenum"><a name="Page_364" id="Page_364">[364]</a></span>tigo -me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. -Te dejé, si te acuerdas, metida en un gran -embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es verdad que -necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a -tu amante portugués?» «¡Nada de eso!—respondió -Laura—. ¿Pues no sabes que en semejantes lances -los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran -a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?</p> - -<p>»Sostuve—continuó ella—al marqués de Marialba -que eras hermano mío. Perdone usted, señor -de Santillana, que le hable con la familiaridad que -en otro tiempo, porque no puedo desprenderme -de las costumbres añejas. Diréte, pues, que le -hablé con desembarazo y entereza. «¿No conoce -usted—le dije al señor portugués—que todo eso -es obra de los celos y de la indignación? Narcisa, -mi compañera y rival, colérica de ver que yo poseo -pacíficamente un corazón que ella ha perdido, -forjó todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador -del teatro, quien para apoyar su resentimiento -tuvo el descaro de decir que me había visto en -Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. -¡La viuda de don Antonio Coello ha tenido siempre -pensamientos demasiado nobles para quererse -someter a ser criada de una cómica! Fuera de -esto, otra patente prueba de la falsedad de esta -imputación y de la conspiración de mis acusadores -es la precipitada fuga de mi hermano, que si estuviera -presente dejaría sin duda bien confundida -la calumnia; pero Narcisa ciertamente habrá em<span class="pagenum"><a name="Page_365" id="Page_365">[365]</a></span>pleado -algún nuevo artificio para hacerle desaparecer.»</p> - -<p>»Aunque estas razones—prosiguió Laura—no -bastasen para hacer mi completa apología, el marqués -tuvo la bondad de contentarse con ellas; tanto, -que el cándido señor prosiguió amándome hasta -el día en que dejó a Granada para volverse a Portugal. -En verdad, su partida fué muy inmediata a -la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de -verme perder el amante que yo le había quitado. -Permanecí todavía después algunos años en Granada; -pero habiéndose introducido en la compañía -disensiones (como frecuentemente sucede entre -nosotros), todos los cómicos se separaron: unos -marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo me -vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi -sobrina Lucrecia, a quien ayer oíste representar, -puesto que estuviste en la comedia.»</p> - -<p>No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura -me preguntó de qué me reía. «Pues qué, ¿no lo -adivinas?—le respondí—. Tú no tienes hermano -ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía -de Lucrecia. Además de eso, cuando cotejo el -tiempo que ha que nos separamos con la edad que -representa Lucrecia, me parece que puede ser algo -más estrecho el parentesco entre vosotras dos.</p> - -<p>«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas—replicó -algo sonrojada la viuda de don Antonio Coello—. -Como usted tiene tan presentes los tiempos, no -hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío; -Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba,<span class="pagenum"><a name="Page_366" id="Page_366">[366]</a></span> -y el fruto de nuestro trato, porque no quiero ocultarte -más esta verdad.» «¡Vaya, reina mía—repliqué -yo—, que es grande el esfuerzo que haces en -revelarme este secreto, después que me confiaste -tus aventuras con el administrador del hospital de -Zamora! Como quiera que sea, yo te aseguro que -Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público -jamás podrá agradecerte como debe el regalo -que le hiciste en ella. ¡Ojalá fueran como -ésta todos los que le hacen tus compañeras y -amigas!»</p> - -<p>Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí -se acordará de las secretas conversaciones que -Laura y yo tuvimos en Granada cuando era secretario -del marqués de Marialba, y se le antojará -sospechar que podía yo tener algún derecho para -disputar al marqués su paternidad de Lucrecia; -le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.</p> - -<p>Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras -hasta el estado actual de mis asuntos. Oyóme con -una atención que mostraba bien no serle indiferente -lo que le decía. «Amigo Santillana—me dijo -luego que acabé—, veo que representas un papel -brillante en el teatro del mundo, y no alcanzo a -manifestarte lo mucho que me complazco en ello. -Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla -en la compañía del Príncipe, me atrevo a -lisonjearme de que hallará en el señor de Santillana -un poderoso protector.» «No lo dudes—le respondí—; -cuenta conmigo, que haré admitir a tu<span class="pagenum"><a name="Page_367" id="Page_367">[367]</a></span> -hija en la compañía del Príncipe cuando quieras. -Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi -poder.» «Desde luego te cogería tu palabra—replicó -Laura—, y mañana mismo marcharía a Madrid -si no estuviera escriturada en esta compañía.» -«Esa escritura la anula una Real orden—le respondí—. -Yo me encargo de ella, y la recibirás antes -de ocho días. Tendré gran placer en robarles a los -toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido -para los cortesanos, y nos pertenece de derecho.»</p> - -<p>A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí -ver a la diosa Hebe: tanta era su gracia y su lindeza. -Acababa de levantarse, y luciendo su hermosura -natural sin los auxilios del arte, presentaba -a mi vista un objeto encantador. «Ven, sobrina -mía—le dijo su madre—; ven a agradecer a este -señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno -de mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento -en la corte, y está empeñado en colocarnos a ambas -en la compañía del Príncipe.» De esto mostró -alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, -y me dijo con una sonrisa embelesadora: «Doy -a usted muy humildes gracias por su benévola -intención. Pero al quererme separar de un público -que me estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré -al de Madrid? Tal vez perderé en el cambio, -porque muchas veces he oído decir a mi tía -haber conocido actores muy aplaudidos en una -ciudad y silbados en otra, lo cual me sobresalta. -Tema usted exponerme al desprecio de la corte<span class="pagenum"><a name="Page_368" id="Page_368">[368]</a></span> -y exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» -«Hermosa Lucrecia—le respondí—, eso es lo que -ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, lo único -que temo es que usted encienda una guerra civil -entre los grandes, enamorándolos a todos.» -«El sobresalto de mi sobrina—me dijo Laura—me -parece mejor fundado que el de usted; pero, bien -considerado, ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia -no puede llamar la atención pública por sus -atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz -que deba ser despreciada.»</p> - -<p>Siguió todavía algún tiempo la conversación, y -pude advertir, por la parte que tomó Lucrecia en -ella, que era una joven de extraordinario talento. -En seguida me despedí de las dos, asegurándoles -que inmediatamente recibirían orden de la Corte -para ir a Madrid.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_II">CAPITULO II</h3> - -<p class="i2 center"><b>Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, -quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia -a Madrid; de la llegada de esta actriz, y de -su primera representación en la corte.</b></p></div> - -<p class="p2">Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy -impaciente por saber el resultado de mi viaje. -«Gil Blas—me dijo—, ¿has visto a nuestra comedianta? -¿Merece que se lo haga venir a la corte?» -«Señor—le respondí—, la fama, que pondera co<span class="pagenum"><a name="Page_369" id="Page_369">[369]</a></span>múnmente -más de lo justo a las mujeres hermosas, -se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, -que es una persona admirable, tanto por su -hermosura como por sus habilidades.»</p> - -<p>«¿Es posible?—exclamó el ministro con una satisfacción -interior que leí en sus ojos, y que me hizo -pensar que me había enviado a Toledo por su interés -personal—. ¿Es posible que Lucrecia sea tan -amable como me dices?» «Cuando vuestra excelencia -la vea.—le respondí—, confesará que no se puede -hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» «Santillana—replicó -su excelencia—, hazme una puntual -relación de tu viaje, porque tendré particular -gusto en oírla.» Tomando entonces la palabra para -satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de -Laura inclusive. Díjele que esta actriz había tenido -a Lucrecia del marqués de Marialba, señor portugués -que, habiéndose detenido en Granada viajando, -se había enamorado de ella. Finalmente, después -de haber hecho a su excelencia una menuda -relación de lo que había pasado entre aquellas -comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de -que Lucrecia sea hija de un sujeto distinguido; eso -me interesa todavía más en su favor, y es necesario -traerla a la corte. Pero continúa—añadió—del -modo que has comenzado, y no me tomes en boca, -sino que en todo ha de sonar únicamente Gil Blas -de Santillana.»</p> - -<p>Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia -quería que él despachase una orden por la -cual el rey admitía en su compañía cómica a Es<span class="pagenum"><a name="Page_370" id="Page_370">[370]</a></span>tela -y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy -bien, señor de Santillana—respondió Carnero con -una sonrisa maligna—; al momento será usted -servido, porque, según todas las señas, usted se -interesa por esas dos damas.» Al mismo tiempo -extendió de propio puño y me entregó la orden, que -sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo -lacayo que me había acompañado a Toledo. -Ocho días después llegaron a Madrid madre e -hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata -al corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo -a decir por medio de un billete. Pasé al -punto a la fonda, en donde, después de mil ofertas -por mi parte y de agradecimientos por la suya, -las dejé para que se dispusiesen a su primera salida -a las tablas, deseándosela dichosa y brillante.</p> - -<p>Se hicieron anunciar al público como dos actrices -nuevas que la compañía del Príncipe acababa -de admitir por orden de la Corte, y representaron -por primera vez una comedia que solían representar -en Toledo con aplauso.</p> - -<p>¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad -en punto a espectáculos? Hubo aquel día -en el corral de comedias un concurso extraordinario -de espectadores. No necesito decir que no falté -a esta representación. Estuve algo agitado antes -que la comedia principiase, porque, por más confianza -que yo tuviera en la habilidad de la madre -y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba -por ellas. Pero apenas abrieron la boca se desvaneció -mi temor con los aplausos que recibieron.<span class="pagenum"><a name="Page_371" id="Page_371">[371]</a></span> -Todos celebraban a Estela como una actriz consumada -en la parte graciosa, y a Lucrecia, como -un prodigio para los papeles amorosos. Esta última -arrebató los corazones: unos admiraron la hermosura -de sus ojos, a otros encantó la suavidad -de su voz, y sorprendidos todos de sus gracias y -de su juventud florida, salieron hechizados de su -persona.</p> - -<p>El conde-duque, que se interesaba más de lo que -yo creía en el estreno de esta actriz, asistió aquella -tarde a la comedia, y le vi salir hacia el fin de la -función muy prendado, a lo que me pareció, de -nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber -si había quedado satisfecho de ellas, le seguí a su -casa, y metiéndome en su gabinete, en donde acababa -de entrar, «Y bien, señor excelentísimo—le -dije—, ¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» -«Mi excelencia—me respondió sonriéndose—sería -descontentadiza si se negara a unir su -voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado -de tu Lucrecia, y no dudo que el rey la -vea con placer.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_III">CAPITULO III</h3> - -<p class="i2 center"><b>Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa -delante del rey, que se enamora de ella, y -resultas de estos amores.</b></p></div> - -<p class="p2">La primera salida al teatro de las dos actrices -nuevas llamó luego la atención en la corte. Habló<span class="pagenum"><a name="Page_372" id="Page_372">[372]</a></span>se -de ellas el día siguiente en el cuarto del rey. Algunos -señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron -tan hermosa, que el retrato excitó la curiosidad -del monarca, el cual no sólo disimuló la impresión -que le había hecho, sino que calló y aparentó -no atender aquella conversación.</p> - -<p>Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque -le preguntó quién era cierta actriz que tanto -le habían ponderado. El ministro le respondió que -era una joven cómica de Toledo, que había representado -el día anterior por primera vez con mucha -aceptación. «Esta actriz—añadió—se llama Lucrecia, -nombre que conviene con mucha propiedad a -las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana -y me habló tan bien de ella, que me pareció conveniente -recibirla en la compañía cómica de vuestra -majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi nombre, -recordando quizá en aquel momento de que por -mí había conocido a Catalina y presintiendo acaso -que le había de prestar el mismo servicio en esta -ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al -ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a -esa Lucrecia; ten cuidado de hacérselo saber.»</p> - -<p>Contóme el conde-duque esta conversación que -había tenido con el rey y me mandó ir a casa de -las dos comediantas para prevenirlas de la intención -de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado -a Laura la primera, «Vengo—le dije—a daros -una gran noticia. Mañana tendréis entre vuestros -espectadores al soberano de la Monarquía; así -me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No<span class="pagenum"><a name="Page_373" id="Page_373">[373]</a></span> -dudo que tú y tu hija emplearéis todos vuestros -esfuerzos para corresponder al honor que el monarca -quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis -una comedia en que haya baile y música, para que -Lucrecia pueda lucir todas sus habilidades.» «Seguiremos -tu consejo—me respondió Laura—, y haremos -lo posible para que su majestad quede contento.» -«No podrá menos de quedarlo—repliqué yo -viendo entonces a Lucrecia, que venía en traje casero, -con el cual parecía cien veces más agraciada -y linda que adornada con las más soberbias galas -del teatro—. Quedará tanto más contento su majestad -de tu amable sobrina cuanto que ninguna -cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y -quién sabe si acaso no la mirará con buenos ojos -tentándole los de Lucrecia?» «No quisiera—interrumpió -Laura—que su majestad tuviese tal tentación, -porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, -pudiera hallar obstáculos en el cumplimiento -de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha criado -entre bastidores y entre las licencias del teatro, -tiene virtud, y bien que no le desagraden los -aplausos en la escena, todavía aprecia más ser tenida -por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»</p> - -<p>«Tía mía—dijo entonces la Marialbita tomando -parte en la conversación—, ¿a qué fin forjar monstruos -imaginarios para combatirlos? Nunca me veré -en el caso de desdeñar los suspiros del rey porque -la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior -que padecería por haberse abatido hasta<span class="pagenum"><a name="Page_374" id="Page_374">[374]</a></span> -poner los ojos en mí.» «Pero, amable Lucrecia—le -dije—, si aconteciera que el rey quisiese ofrecerte -su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar -a tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y -por qué no?—respondió prontamente—. Sin duda -que lo haría así, pues, prescindiendo de la virtud, -conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir -a su pasión que en rendirme a ella.» No me -admiró poco oír hablar de esta manera a una discípula -de Laura. Despedíme de las dos, alabando -a la última por haber dado a la otra tan buena -educación.</p> - -<p>Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la -tarde siguiente al teatro. Representóse una comedia -intermediada de música cantante y baile, -en la cual sobresalió en todas cosas nuestra joven -actriz.</p> - -<p>Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos -del monarca, a ver si podía descubrir por los suyos -lo que pasaba en su interior; pero burló toda mi -penetración con un aire de majestuosa gravedad -que mostró constantemente hasta el fin, y así, -hasta el día siguiente no supe lo que tenía tantas -ganas de saber. «Santillana—me dijo el ministro—, -vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia -con tan encarecidas expresiones, que no dudo -ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le -tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de -Toledo, ha mostrado deseo de hablar privadamente -contigo sobre este particular. Ve al momento a -presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay<span class="pagenum"><a name="Page_375" id="Page_375">[375]</a></span> -orden de que te dejen entrar. Corre y vuelve al -instante a enterarme de esa conversación.»</p> - -<p>Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré -solo. Paseábase a paso largo esperándome -y parecía estar pensativo. Hízome muchas preguntas -acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a -contarle, y cuando la acabé me preguntó si aquella -joven había tenido alguna distracción. Habiéndole -asegurado resueltamente que no, sin embargo -de conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes -aserciones, el monarca dió muestras de gran -placer. «Siendo eso así—repuso—, te elijo por agente -mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu -conducto qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo -de mi parte—añadió, entregándome un cofrecito -lleno de joyas de valor de más de cincuenta -mil ducados—y dile que le ruego acepte este presente -como prenda de otras pruebas más sólidas -de mi afecto.»</p> - -<p>Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver -al conde-duque, a quien di cuenta fiel de lo que -el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel -ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, -porque, como ya dije, sospechaba yo que tenía -sus designios amorosos hacia Lucrecia y que sabría -con sentimiento que su señor era su rival. -Pero me engañaba, porque, lejos de desazonarle la -noticia, se alegró tanto de oírla que, no pudiendo -disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones -que yo recogí. «¡Ah rey mío!—exclamó—. ¡Ahora -sí que te tengo seguro! ¡Desde este punto van a<span class="pagenum"><a name="Page_376" id="Page_376">[376]</a></span> -intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me hizo -ver con claridad todo el manejo del conde-duque -y conocí que este señor, temiendo que el monarca -quisiera ocuparse en asuntos serios, procuraba distraerle -con las diversiones más análogas a su carácter. -«Santillana—me dijo luego—, no pierdas -tiempo. Ve cuanto antes, amigo mío, a obedecer -la importante orden que se te ha dado y de que -muchos cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. -Piensa—continuó—que no tienes aquí al -conde de Lemos que te quite la mejor parte del -honor del servicio hecho; tuyo será por entero, y -además todo el fruto.»</p> - -<p>De este modo me doró su excelencia la píldora, -que tragué lo mejor que pude, mas no sin percibir -su amargura, porque después de mi prisión me había -acostumbrado a mirar las cosas desde un punto -de vista religioso, y el empleo de Mercurio en jefe -no me parecía tan honorífico como me decían. No -obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera -ejercitarlo sin remordimiento, tampoco era tanta -mi virtud que tuviese valor para rehusarlo. Obedecí, -pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto -que veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría -al ministro, a quien anhelaba complacer.</p> - -<p>Parecióme conveniente avistarme primero con -Laura y hablarle del particular a solas. Expúsele -mi comisión en los términos más moderados, concluyendo -mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. -A vista de las joyas, no pudiendo ocultar -su alegría, la manifestó abiertamente. «Señor Gil<span class="pagenum"><a name="Page_377" id="Page_377">[377]</a></span> -Blas—exclamó—, a presencia del mejor y más antiguo -de mis amigos no debo reprimirme. Haría -mal en ostentar contigo una fingida severidad de -costumbres y andar en retrecherías. Sí, por cierto—prosiguió -ella—, confieso que me faltan voces -para explicar el regocijo que me ha causado una -conquista tan preciosa, cuyas ventajas conozco. -Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia -las mire con otros ojos, porque, aunque criada en -el teatro, es tan timorata y de tanto pundonor, -que ya ha desechado las ofertas de dos señores -amables y opulentos. Dirásme quizá—prosiguió -ella—que dos señores no son dos reyes; convengo -en ello, y también en que un amante coronado -puede hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con -todo eso, no puedo menos de decirte que el éxito -es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré violencia -a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida -con el afecto momentáneo del rey, lo mira -como mancha de su recato, espero que este gran -monarca no se dé por ofendido de su repulsa. -Vuelve mañana—añadió—, y te diré si has de llevar -una respuesta favorable o sus joyas.»</p> - -<p>A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría -más bien a Lucrecia a desviarse de su deber -que a mantenerse en él, y contaba positivamente -con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa -al día siguiente que Laura había tenido tanta -dificultad en encaminar su hija hacia el mal como -otras madres la tienen en conducir las suyas hacia -el bien, y lo que más hay que admirar todavía es<span class="pagenum"><a name="Page_378" id="Page_378">[378]</a></span> -que Lucrecia, después de haber tenido algunas -conversaciones secretas con el monarca, quedó tan -arrepentida de haber condescendido con sus deseos, -que de repente renunció al mundo y se encerró -en un convento de la villa de Madrid, donde -luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza -y del dolor. Laura, por su parte, inconsolable de -la pérdida de su hija, de cuya muerte se consideraba -autora, se metió en las Arrepentidas, donde -pasó el resto de su vida llorando los amargos gustos -de sus floridos años. Afligió mucho al rey el inopinado -retiro de Lucrecia; pero como por su genio -naturalmente inclinado a divertirse hacían poca -mansión en él las pesadumbres, se fué consolando -poco a poco. El conde-duque aparentó la mayor -indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien -que no dejó de desazonarle, como fácilmente lo -creerá el advertido lector.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_IV">CAPITULO IV</h3> - -<p class="i2 center"><b>Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana.</b></p></div> - -<p class="p2">Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y -experimenté tantos remordimientos de haber contribuído -a ella, que, considerándome como un infame, -a pesar de la elevación del amante a quien -había servido, resolví abandonar para siempre el -caduceo, y manifestando al ministro la repugnancia -que me causaba el llevarle, le supliqué me<span class="pagenum"><a name="Page_379" id="Page_379">[379]</a></span> -emplease en cualquier otra cosa. «Santillana—me -dijo—, me agrada sobremanera tu delicadeza, y -pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una -ocupación más conforme a tu prudencia; óyela y -escucha con atención la confianza que voy a hacerte. -Algunos años antes de mi privanza—continuó—vi -por casualidad a una dama que me pareció tan -airosa y tan linda que hice la siguiesen. Supe que -era una genovesa llamada doña Margarita Espínola, -que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. -Me dijeron también que don Francisco de -Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y -casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, -que al parecer debiera haberme inspirado desprecio -hacia ella, encendió en mí el deseo más -vehemente de entrar a la parte en sus favores con -Valcárcel. Para satisfacer este capricho me valí de -una medianera de amor, cuya habilidad me facilitó -en breve tiempo una conversación secreta con la -genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera -que tanto mi rival como yo éramos igualmente -bien admitidos, gracias a nuestras dádivas, -y quizá tendría algún otro galán tan favorecido -como nosotros dos. Como quiera que sea, Margarita, -en aquella confusión de cortejantes, llegó insensiblemente -a ser madre y dió a luz un niño, con -cuya paternidad quiso honrar a cada uno de sus -amantes en particular; pero como ninguno podía -preciarse en conciencia de que le era debido aquel -honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa -se vió precisada a criarle en su casa con el<span class="pagenum"><a name="Page_380" id="Page_380">[380]</a></span> -producto de sus galanteos, lo que duró diez y ocho -años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando -a su hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin -educación. Tal es—continuó su excelencia—la confianza -que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte -del gran proyecto que tengo formado. Quiero -sacar de su infeliz suerte a este joven sin ventura, -y, haciéndole pasar de un extremo a otro, elevarle -a los honores y reconocerle por hijo mío.»</p> - -<p>Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué -posible callar. «¡Cómo, señor!—exclamé—. ¿Es posible -que haya cabido en vuestra excelencia una -resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia -esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás -justa—replicó con precipitación—cuando te -haya dicho las razones que me han determinado -a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes -colaterales. Tal vez me dirás que no soy -tan viejo que no pueda todavía esperar tener sucesión -con la condesa de Olivares; pero cada uno -se conoce a sí mismo. Bástete saber que he probado -inútilmente todos los secretos de la química -para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna, -supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta -un muchacho del cual no es del todo imposible -sea yo el verdadero padre, quiero adoptarle -por hijo. Así lo he resuelto.»</p> - -<p>Viendo yo encaprichado al ministro en semejante -adopción, dejé de oponerme a su idea, sabiendo -era capaz de cualquier gran desacierto antes que -desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata—prosi<span class="pagenum"><a name="Page_381" id="Page_381">[381]</a></span>guió -él—de dar una educación correspondiente a -don Enrique Felipe de Guzmán, porque bajo este -nombre quiero que sea conocido hasta que se halle -en estado de poseer las dignidades que le esperan. -En ti, mi querido Santillana, he puesto los ojos -para que le gobiernes. Descuido enteramente en -tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el -cuidado de establecer su casa, de proporcionarle -toda clase de maestros y, en una palabra, de hacerle -un caballero completo.» Quise negarme a admitir -semejante empleo, representando al conde-duque -que no podía en conciencia encargarme de -un ministerio que jamás había ejercido y que pedía -más ilustración y mérito del que yo tenía; pero -luego me interrumpió y me tapó la boca diciéndome -con entereza que absolutamente quería fuese -yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba -para ocupar los primeros puestos de la Monarquía. -Me resigné, pues, a desempeñar este destino por -complacer a su excelencia, quien, en premio de -mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con -una pensión de mil escudos, que hizo se me concediese, -o más bien me dió él, sobre una encomienda -de la Orden de Montesa.</p> -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_382" id="Page_382">[382]</a></span></p> - - -<h3 id="V_V">CAPITULO V</h3> - -<p class="i2 center"><b>Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa -bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; -establece Santillana la casa de este señor y -le proporciona toda clase de maestros.</b></p></div> - -<p class="p2">Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer -por hijo suyo al de doña Margarita Espínola. -Hízose esta adopción por medio de escritura -pública y solemne, con noticia y aprobación del -rey. A don Enrique Felipe de Guzmán (éste fué el -nombre que se dió a aquel hijo de muchos padres) -se le declaró por único heredero del condado de -Olivares y del ducado de Sanlúcar. El ministro, -para que nadie lo ignorase, dió parte de ello por -medio de Carnero a los embajadores y a los grandes -de España, quedando todos altamente sorprendidos. -Los ociosos y bufones de Madrid tuvieron -asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y -los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión -de desahogar su mordacidad.</p> - -<p>Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje -que su excelencia quería fiar a mi cuidado. -«En Madrid está—me respondió—a cargo de una -tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le -tengas ya buscada casa y familia.» Esto se hizo -en poco tiempo: alquilé una habitación, que hice -adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, -criados menores, y con el auxilio de Caporis<span class="pagenum"><a name="Page_383" id="Page_383">[383]</a></span> -en breve proveí los empleos principales de la casa. -Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, -quien hizo venir al equívoco y nuevo vástago del -gran tronco de los Guzmanes. Presentóse a mis -ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique—le -dijo su excelencia señalándome a mí con el dedo—, -este caballero que aquí ves es el sujeto que yo -mismo he escogido para que te gobierne y guíe en -la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi -confianza y le he dado poder y autoridad absoluta -sobre ti. Sí, Santillana—añadió dirigiéndose a -mí—, a tu cuidado le entrego enteramente, muy -seguro de que me darás buena cuenta de él.» A -estas palabras añadió el ministro otras para exhortar -al joven a someterse a mi voluntad, después -de lo cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.</p> - -<p>Luego que estuvimos en ella hice venir ante él -a todos los criados, explicando a cada uno el oficio -que tenía. El manifestó no causarle novedad la -mutación de estado, antes bien admitía con tanta -naturalidad todas las demostraciones de atención -y de respeto que se le tributaban como si hubiera -sido por nacimiento aquello que representaba por -capricho y por casualidad. No le faltaba talento, -pero era ignorante en sumo grado. Apenas sabía -leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le enseñase -los rudimentos de la lengua latina, maestros -de Geografía, de Historia y de esgrima. Ya -se deja discurrir que no me olvidaría de un maestro -de baile, pero había a la sazón tantos y tan -famosos en Madrid que solamente me hallé per<span class="pagenum"><a name="Page_384" id="Page_384">[384]</a></span>plejo -en la elección, no sabiendo a quién dar la -preferencia.</p> - -<p>Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el -portal de casa un sujeto ricamente vestido, quien -me dijeron quería hablarme. Salí a recibirle, creyendo -que era cuando menos un caballero de Santiago -o de Alcántara, y después de hacerme mil -cortesías que acreditaban su profesión, «Señor de -Santillana—me dijo—, como he sabido que es -vuestra señoría quien elige los maestros del señor -don Enrique, vengo a ofrecerle mis servicios. -Yo, señor—añadió—, me llamo Martín Ligero, y -gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro -andar a caza de discípulos, que eso es bueno -para los maestrillos principiantes. Comúnmente -espero a que me busquen; pero enseñando, -como enseño, al señor duque de Medinasidonia, al -señor don Luis de Haro y a algunos otros caballeros -de la Casa de Guzmán, de la cual me precio -ser como criado y servidor nato, me pareció ser -de mi obligación anticiparme.» «Por lo que usted -me dice—repuse yo—, veo ser el sujeto que nos -hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro -doblones de oro—me respondió—, que es el precio -corriente, y no doy más de dos lecciones por semana.» -«¡Cuatro doblones!—le repliqué—. Eso es -demasiado.» «¿Cómo demasiado?—repuso con aire -de admiración—. ¡Y tal vez vuestra señoría no reparará -en dar un doblón por mes a un maestro de -Filosofía!»</p> - -<p>No me fué posible contener la risa a vista de<span class="pagenum"><a name="Page_385" id="Page_385">[385]</a></span> -una contestación tan ridícula, y pregunté al señor -Ligero si en conciencia creía que un hombre de su -profesión era preferible a un maestro de Filosofía. -«¡Y como que lo creo!—me respondió—. Nosotros -somos cien veces más útiles a la sociedad que esos -señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría: -¿qué cosa son los hombres antes de pasar por -nuestras manos? Estatuas de mármol, osos mal -domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan -poco a poco y les hacen tomar insensiblemente -formas regulares; en una palabra, nosotros les -enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»</p> - -<p>Rendíme a las razones de aquel maestro de baile -y le recibí para que enseñase a don Enrique por los -cuatro doblones al mes, que era el precio corriente -entre los grandes maestros de aquel arte.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_VI">CAPITULO VI</h3> - -<p class="i2 center"><b>Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil -Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; -honores que se le confieren y con qué señora -le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo -noble, con repugnancia suya.</b></p></div> - -<p class="p2">Aun no había recibido la mitad de la familia de -don Enrique, cuando Escipión volvió de Méjico. -Preguntéle si estaba contento de su expedición. -«Debo estarlo—me respondió—, pues que con los -tres mil ducados que tenía en dinero contante he<span class="pagenum"><a name="Page_386" id="Page_386">[386]</a></span> -traído dos veces más en géneros de buen despacho -en este país.» «Hijo mío—le dije—, yo te doy mil -enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, -en tu mano está acabarla, haciendo el año -que viene otro viaje a las Indias, o si te acomoda -más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte -a los trabajos y peligros de tan larga navegación, -no tienes más que hablar, que yo podré -dártelo.» «¡Pardiez—me respondió el hijo de la Coscolina—, -que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero -ocupar un buen destino al lado de usted que exponerme -de nuevo a los peligros de una larga navegación! -Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación -piensa dar a su criado?»</p> - -<p>Para enterarle más bien de todo, le conté la historia -del señorito que el conde-duque acababa de -introducir en la Casa de Guzmán. Después de haberle -informado de este curioso pormenor y héchole -saber que este ministro me había nombrado ayo -de don Enrique, le dije que quería hacerle ayuda -de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no -deseaba otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, -y le desempeñó tan bien, que en menos de tres o -cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de -su nuevo amo.</p> - -<p>Se me había figurado que los pedagogos que había -elegido para enseñar al hijo de la genovesa perderían -su tiempo, pareciéndome que en su edad -sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. -Comprendía y retenía fácilmente cuanto le -enseñaban, de lo que estaban muy contentos sus<span class="pagenum"><a name="Page_387" id="Page_387">[387]</a></span> -maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia -al conde-duque, que la recibió con extraordinario -gozo. «Santillana—me dijo enajenado—, no sabes la -alegría que me causas con asegurarme que don Enrique -tiene feliz memoria y penetración. Esto me -hace reconocer en él mi sangre, y acaba de persuadirme -que es hijo mío. No le amaría más si fuera -hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que -la Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien -de decir a su excelencia lo que pensaba sobre el -particular, y, respetando su flaqueza, le dejé gozar -del placer, falso o verdadero, de creerse padre de -don Enrique.</p> - -<p>Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte -al tal señorito de nuevo cuño, disimulaban por -política, y aun algunos de ellos fingían solicitar su -amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes -que había en Madrid, tratándole con el mismo -respeto y atención que si fuera hijo legítimo del -conde-duque. Lisonjeado extremadamente este ministro -con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se -dió prisa a colmarle de dignidades. La primera gracia -que pidió al rey para don Enrique fué la cruz de -Alcántara con una encomienda de diez mil escudos. -Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y -deseando entroncarle con una de las familias más -esclarecidas de España, puso los ojos en doña Juana -de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué -tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo -duque, padre de la novia, y de sus parientes.</p> - -<p>Algunos días antes de hacerse la boda me envió -<span class="pagenum"><a name="Page_388" id="Page_388">[388]</a></span> -a llamar su excelencia, y luego que me vió me puso -en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí tienes, -Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado -para ti; ya eres noble.» «Señor—le respondí, sorprendido -de lo que acababa de oír—, vuestra excelencia -sabe que yo soy hijo de una dueña y de un -escudero. Paréceme que agregarme a la Nobleza -sería en cierta manera profanarla, y entre todas las -gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco -ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento—replicó -el ministro—es un obstáculo muy fácil de -allanar. Te has ocupado en los negocios del Estado -bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. -Además—añadió sonriéndose—, ¿no has hecho al -monarca servicios que merecen ser premiados? En -una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra -que quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que -ejerces cerca de mi hijo exige que seas noble, y -por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, señor—le -repliqué—, puesto que así lo quiere vuestra -excelencia.» Y diciendo esto salí con mi ejecutoria, -metiéndomela en el bolsillo.</p> - -<p>«¡Conque ahora soy caballero!—me dije a mí -mismo cuando estuve en la calle—. ¡Héteme que -ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis parientes! -Ya podré cuando me acomode hacer que me -llamen <i>don Gil Blas</i>; y si a algún conocido mío se -le antoja reírse de mí llamándome de este modo, -le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla—continué, -sacándola del bolsillo—, y veamos de qué manera se -borra en ella el villanismo.» Leí, pues, el real título, -<span class="pagenum"><a name="Page_389" id="Page_389">[389]</a></span> -que decía en substancia que el rey, en reconocimiento -del celo que en más de una ocasión había -mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, -había tenido a bien recompensarme con la -merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, en alabanza -mía, que no me inspiró el menor orgullo; -antes bien, no perdiendo jamás de vista la humildad -de mi nacimiento, este honor, en vez de engreirme, -me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la -ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación -de poseerla.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_VII">CAPITULO VII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; -última conversación que ambos tuvieron, y consejo -importante que Núñez dió a Santillana.</b></p></div> - -<p class="p2">El poeta asturiano, como se habrá notado, se -olvidaba fácilmente de mí. Por mi parte, mis ocupaciones -no me permitían ir a visitarle, y así, no había -vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación -sobre la <i>Ifigenia</i> de Eurípides, cuando quiso -la casualidad que un día le encontrase en la Puerta -del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué a -él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted -viene de casa de un impresor! ¡Eso me huele a que -quieres regalar al público con alguna nueva composición -tuya!»</p> - -<p>«Sin duda debe esperarla—me respondió—. Ac<span class="pagenum"><a name="Page_390" id="Page_390">[390]</a></span>tualmente -estoy haciendo imprimir un librito que ha -de meter mucho ruido entre los literatos.» «No dudo -de su mérito—le repliqué—; pero me parece que -la mayor parte de esos papeluchos son unas bagatelas -que hacen poco honor a sus autores.» «Convengo -en eso—me respondió—, pues sé muy bien -que solamente aquellos ociosos que quieren leer -todo cuanto se imprime gustan de divertirse perdiendo -el tiempo en la lectura de esos folletos. Con -todo, he caído en la tentación, y te confieso que -es un hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre -es la que obliga al lobo a salir de su madriguera.» -«¿Cómo así?—repliqué yo admirado—. ¿Es posible -que me llegue a decir esto el autor de <i>El conde -de Saldaña</i>? ¿Un hombre que tiene dos mil escudos -de renta ha de hablar de esta manera?» «¡Vamos -poco a poco, amigo!—me interrumpió Núñez—. -Ya no soy aquel poeta afortunado que gozaba de -una renta bien pagada. Desordenáronse de repente -los negocios del tesorero don Beltrán, disipó el dinero -del rey, embargáronle todos los bienes y se -llevó el diablo mi pensión.» «¡Malo es eso!—le dije—. -Pero ¿no te ha quedado aún alguna esperanza por ese -lado?» «¡Maldita!—me respondió—. El señor Gómez -del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó -en el agua, sin que pueda jamás salir a la orilla.»</p> - -<p>«Según eso, amigo mío—repuse yo—, te veo en -términos de que me será preciso solicitar algún -empleo que pueda consolarte de la pérdida de tu -pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo—me -dijo—; aunque me ofrecieras en las secretarías del<span class="pagenum"><a name="Page_391" id="Page_391">[391]</a></span> -ministro un empleo de tres mil ducados de sueldo, -le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no -convienen a los que se han criado entre las musas. -A éstos solamente les convienen distracciones literarias. -En fin, ¿qué quieres que te diga? Yo nací -para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte. -Por lo demás—continuó—, no creas que nosotros -seamos tan infelices como parece. Fuera de que -vivimos en una total independencia, tenemos asegurada -la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree -comúnmente que comemos a lo Demócrito; pero -es engaño manifiesto. No se hallará entre nosotros -ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores -de almanaques, que no tenga una buena casa donde -ir a comer. Yo tengo dos, donde soy bien recibido, -y en ellas dos cubiertos asegurados: uno, en -la mesa de un director general de la real Hacienda, -a quien dediqué una novela, y otro, en la de un caballero -rico de Madrid, que tiene el flujo de querer -que siempre le acompañen eruditos a la mesa. Por -fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente -halla cuantos quiere en la población.»</p> - -<p>«En ese caso—dije al poeta asturiano—ya no -te tengo lástima, puesto que estás contento con tu -suerte. Como quiera que sea, te aseguro de nuevo -que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a -pesar de tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas -mi bolsillo, acude francamente a mí. Sentiré -que una vergüenza fuera de tiempo te prive de -un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue -el gusto de serte útil.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_392" id="Page_392">[392]</a></span></p> - -<p>«En esas generosas expresiones—exclamó Núñez—te -reconozco, Santillana, y te doy mil gracias -por la gran disposición a favorecerme en que te -veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero -darte un consejo saludable. Mientras que todavía -dura el poder del conde-duque y te mantienes en -su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a enriquecerte, -porque ese ministro, a lo que me han asegurado, -vacila en su asiento.» Preguntéle si aquello -lo sabía de buen original, y me respondió: «Lo sé -por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen -olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y -le oí decir ayer: «El conde-duque tiene muchos enemigos, -y todos conspiran a derribarle. Cuenta demasiado -con el ascendiente que ha logrado sobre -el ánimo del rey; pero el monarca, a lo que se dice, -ha comenzado ya a dar oídos a las quejas que le -llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero -hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido -de que la privanza de mi amo era indesquiciable, -a la manera de aquellas viejas encinas que, arraigadas -profundamente en la tierra, se burlan de los -más violentos huracanes.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_VIII">CAPITULO VIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió -Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza</b></p></div> - -<p class="p2">Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía -de fundamento. Se formaba dentro del palacio -<span class="pagenum"><a name="Page_393" id="Page_393">[393]</a></span> -cierta conspiración para derribar al conde-duque, -a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin -embargo, nada se traslucía en el público de las -medidas que tomaban los confederados para hacer -caer al ministro, y se pasó más de un año sin que -yo notase que su privanza disminuyera.</p> - -<p>Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por -la Francia, y los desgraciados sucesos de la guerra -contra los rebeldes dieron motivo a la murmuración -del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas -fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia -del rey, al que quiso su majestad concurriese -el marqués de la Grana, embajador de la -Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente -que el monarca se mantuviese en Castilla o -que pasase a Aragón a dejarse ver de sus tropas. -El conde-duque, que no tenía gana de que el rey -saliera para el ejército, habló el primero, y representó -que no juzgaba acertado que su majestad -desamparase el centro de sus Estados, apoyando -esta opinión con todas las razones que le sugirió -su elocuencia. Siguiéronle en la misma todos los -miembros del Consejo, a excepción del marqués -de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de -Austria y con la franqueza genial de su nación, se -opuso abiertamente al parecer del primer ministro -y defendió lo contrario con razones tan poderosas -que, convencido el rey de su solidez, abrazó esta -opinión, aunque opuesta al sentir de todos los votos -del Consejo, y señaló el día de su salida para -el ejército.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_394" id="Page_394">[394]</a></span></p> - -<p>Esta fué la primera vez de su vida que el monarca -dejó de seguir el dictamen de su privado; novedad -que le llenó de amargura, considerándola como -una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se retiraba -a su gabinete a tascar en plena libertad el -freno, me vió, me llamó, y encerrándose conmigo -en su cuarto, me contó, trémulo, agitado y como -fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En -seguida, como si no pudiera volver de su sorpresa, -«¡Sí, Santillana—continuó—; el rey, que hace -más de veinte años que no habla sino por mi boca -ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido -el dictamen del marqués de la Grana al mío! Pero -¿de qué modo? ¡Colmando de elogios a este embajador, -y alabando sobre todo su celo por la Casa -de Austria, como si este alemán tuviera más que -yo! Por aquí fácilmente se conoce—prosiguió el -ministro—que hay un partido formado contra -mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le -inquieta a vuestra excelencia?—le repliqué yo—. -Doce años ha que la reina está acostumbrada a -ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y -otros tantos que vuestra excelencia acostumbró al -rey a no consultar con su esposa ninguno de ellos. -Respecto del marqués de la Grana, pudo muy -bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo -que tiene de ver su ejército y de hacer una campaña.» -«¡No das en ello!—interrumpió el conde—. -Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose -el rey entre sus tropas estará siempre rodeado -de los grandes que le habrán de seguir, y<span class="pagenum"><a name="Page_395" id="Page_395">[395]</a></span> -entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho de -mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. -¡Pero se engañan miserablemente—añadió—, -porque sabré disponer que durante el viaje -se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» -Así lo ejecutó efectivamente, pero de un modo que -merece referirse por menor.</p> - -<p>Llegado el día que se señaló para la salida del -rey, después de haber nombrado éste a la reina -por gobernadora durante su ausencia, se puso en -camino para Zaragoza; pero habiendo querido -pasar por Aranjuez, le pareció tan delicioso aquel -sitio, que se detuvo cerca de tres semanas en -él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, -donde le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció -largo tiempo en aquella ciudad. De allí -se transfirió a Molina de Aragón, donde la caza le -embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, -de donde estaba poco distante el ejército. Ya -se preparaba para ir allí; pero el conde-duque se lo -disuadió, haciéndole creer que se ponía a peligro -de caer en manos de los franceses, que ocupaban -las llanuras de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado -de un peligro que no podía temer, resolvió -mantenerse encerrado en su palacio como pudiera -en una prisión. Aprovechándose el ministro -de aquel pánico terror, y bajo pretexto de velar en -su seguridad, era, por decirlo así, como un centinela -de vista; de manera que los grandes, después de -haber hecho excesivos gastos para seguir con la -correspondiente decencia al soberano, no tuvieron<span class="pagenum"><a name="Page_396" id="Page_396">[396]</a></span> -el consuelo de lograr ni una sola audiencia de él. -Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal -alojado en Zaragoza, o de perder el tiempo en -ella, o acaso de verse allí prisionero, se restituyó -cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, -dejando al marqués de los Vélez, general del -ejército, el cuidado de sostener el honor de las -armas españolas.</p> -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_IX">CAPITULO IX</h3> - -<p class="i2 center"><b>De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.</b></p></div> - -<p class="p2">Pocos días después del regreso del rey se esparció -por Madrid una mala nueva. Súpose que los portugueses, -aprovechándose del levantamiento de Cataluña, -y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta -para sacudir el yugo de la dominación de España, -habían tomado las armas y aclamado al duque de -Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente -a mantenerle en el trono, sin miedo de que -España lo pudiese estorbar, estando ocupada en -Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No -les era fácil hallar coyuntura más favorable para -librarse de una dominación que aborrecían.</p> - -<p>Lo más singular fué que cuando la corte y todos -sus habitantes se hallaban en la mayor consternación -por aquella novedad, el conde-duque quiso divertir -al rey a expensas del duque de Braganza;<span class="pagenum"><a name="Page_397" id="Page_397">[397]</a></span> -pero su majestad, lejos de prestarse a sus insípidos -gracejos, tomó un semblante serio, que enteramente -le inmutó, haciéndole prever su inminente desgracia. -Acabó el ministro de dar por cierta su caída -cuando supo poco después que se había manifestado -sin reserva contra él, diciendo públicamente -que su mala administración había dado lugar a la -rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte -de los grandes, especialmente aquellos que habían -seguido al rey en el viaje a Zaragoza, advirtieron -la tempestad que se iba levantando contra el conde-duque, -se unieron a la reina. Pero lo que dió el -último golpe decisivo fué que la duquesa viuda de -Mantua, gobernadora que había sido de Portugal, -regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que -de la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa -la conducta de su primer ministro.</p> - -<p>Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca -las palabras de aquella princesa, que desde -el mismo punto cesó el encaprichamiento hacia su -privado y se desprendió todo el afecto que le había -tenido. No bien llegó a noticia del ministro que el -rey daba oídos a las quejas y murmuraciones de -sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia -para dejar su empleo y retirarse de la corte, -puesto que se le hacía la injusticia de imputarle -todas las desgracias que durante su ministerio habían -sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta -súplica haría grande efecto en el corazón del rey, -suponiendo que aun se conservaría en él inclinación -suficiente para no consentir jamás en seme<span class="pagenum"><a name="Page_398" id="Page_398">[398]</a></span>jante -retiro; pero la única respuesta de su majestad -fué que le concedía el permiso que solicitaba, -y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.</p> - -<p>Estas pocas palabras, escritas de propio puño -del rey, fueron como un rayo para su excelencia, -que no lo esperaba de ninguna manera. Sin embargo, -por más atónito que estuviese, aparentó un -aire de entereza y me preguntó qué haría yo en su -lugar. Respondíle que fácilmente tomaría mi determinación, -abandonando para siempre la corte y -retirándome a alguno de mis estados a pasar tranquilamente -el resto de mis días. «Piensas juiciosamente—repuso -mi amo—, y estoy resuelto a ir a -terminar mi carrera en Loeches, después que haya -hablado una sola vez con el monarca para representarle -que he practicado cuanto era posible en -lo humano para sostener la pesada carga que tenía -sobre mis hombros, sin haber tenido más culpa en -los siniestros acontecimientos de que me acusan -que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de -cuanto puede hacer, mira su bajel arrebatado por -los vientos y por las olas.» Lisonjeábase el ministro -de que aun podía aquietarse el rey y volver las -cosas al estado en que se habían hallado, pero no -pudo conseguir su audiencia; antes bien, se le envió -a pedir la llave de que se servía para entrar en -el cuarto de su majestad siempre que quería.</p> - -<p>Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza -y se resolvió buenamente a retirarse. Examinó -sus papeles y quemó gran parte de ellos, en -lo que obró con mucha prudencia. Nombró los de<span class="pagenum"><a name="Page_399" id="Page_399">[399]</a></span>pendientes -y criados que le habían de seguir, y ordenó -que todo estuviese pronto para marchar el -día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le -insultase el populacho, se levantó muy de mañana -y antes de amanecer salió por la puerta de las cocinas, -y metiéndose en un coche viejo con su confesor -y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, -pueblo corto de que era señor, donde la condesa -su mujer había fundado un convento de religiosas -dominicas. En menos de cuatro horas nos -pusimos en él, y poco después llegó el resto de la -familia.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_X">CAPITULO X</h3> - -<p class="i2 center"><b>Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque; -síguese a ellos un dichoso sosiego; método -de vida que entabló en su retiro.</b></p></div> - -<p class="p2">La condesa de Olivares dejó ir a su marido a -Loeches y permaneció algunos días más en la corte -con el objeto de tentar si por medio de súplicas y -lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. -Pero a pesar de haberse echado a los pies de sus -majestades, el rey no hizo aprecio de sus exposiciones, -aunque preparadas con arte, y la reina, -que la aborrecía de muerte, se complacía en verla -llorar. No por eso se acobardó la esposa del ministro -desgraciado. Abatióse hasta el punto de implorar -la protección de las damas de la reina, pero -el fruto que recogió de sus bajezas fué conocer que -<span class="pagenum"><a name="Page_400" id="Page_400">[400]</a></span> -excitaban el desprecio más bien que la compasión. -Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, -se fué a reunir con su esposo, para lamentarse -con él de la pérdida de un empleo que, bajo -un reinado como el de aquel monarca, puede decirse -que era el primero de la monarquía.</p> - -<p>La relación que hizo la condesa del estado en -que había dejado las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente -la aflicción del conde-duque. -«Vuestros enemigos—le dijo llorando—, el duque -de Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, -no cesan de alabar al rey por la resolución de -haberos separado del ministerio, y el pueblo celebra -con insolencia vuestra desgracia, como si el -fin de todas las que experimenta el Estado dependiese -del de vuestra administración.» «Señora—le -respondió mi amo—, imitad mi ejemplo: llevad -con resignación vuestros pesares, porque es preciso -ceder a la borrasca que no se puede disipar. -Creía yo, es verdad, que podría perpetuar mi valimiento -mientras me durase la vida, ilusión ordinaria -en los ministros y privados, los cuales se olvidan -por lo común de que su suerte depende de la -voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no -se engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido -de que la púrpura con que se hallaba revestido -era un seguro garante de la perpetua duración -de su autoridad?»</p> - -<p>De este modo exhortaba el conde-duque a su -esposa a armarse de paciencia, mientras él mismo -se hallaba en una agitación que se renovaba dia<span class="pagenum"><a name="Page_401" id="Page_401">[401]</a></span>riamente -con las cartas que recibía de don Enrique, -el cual, habiendo permanecido en la corte para -observar cuanto allí pasaba, cuidaba de informarle -de todo puntualmente. El portador de estas cartas -era Escipión, que se había quedado en casa -del hijo adoptivo de su excelencia, de la cual había -salido yo inmediatamente después de su matrimonio -con doña Juana.</p> - -<p>Las cartas venían siempre llenas de noticias poco -gustosas, y lo peor era que en las circunstancias -no se podían esperar otras. Decía en unas que, no -contentos los grandes con celebrar públicamente -la caída del conde-duque, hacían cuanto podían -para que todas sus hechuras fuesen removidas de -los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus -enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo -favor don Luis de Haro, quien, según todas las señales, -sería nombrado primer ministro. Pero entre -todas las noticias que desazonaban a mi amo, la -que más le llegó al alma fué la mutación que se -hizo en el virreinato de Nápoles, que la Corte, únicamente -por desairarle, quitó al duque de Medina -de las Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al -almirante de Castilla, a quien siempre había aborrecido.</p> - -<p>Puede decirse que en el espacio de tres meses -todo fué disgustos y desasosiego para el conde-duque; -pero su confesor, que era un religioso dominico -tan ejemplar como elocuente, halló modo -de consolarle. A fuerza de representarle con energía -que ya no debía pensar mas que en su salva<span class="pagenum"><a name="Page_402" id="Page_402">[402]</a></span>ción, -logró, con el auxilio de la divina gracia, la -dicha de desprender su ánimo de la corte. Su excelencia -no quiso ya saber nada de Madrid ni pensar -mas que en disponerse para una buena muerte. La -condesa, desengañada también, y aprovechándose -de la oportunidad que la ofrecía aquel retiro, halló -en el convento de religiosas que había fundado -todo el consuelo que podía desear, preparado por -la divina Providencia. Hubo entre aquellas religiosas -algunas de singular virtud, cuyos tiernos coloquios -convirtieron insensiblemente en dulcedumbre -los sinsabores de su vida.</p> - -<p>Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento -los negocios del mundo se quedaba más tranquilo. -Entabló un nuevo método de vida y una distribución -de horas de la manera siguiente: pasaba casi -toda la mañana en la iglesia de las monjas oyendo -misas; iba en seguida a comer, y después se divertía -por espacio de dos horas a varios juegos conmigo -y otros criados de su mayor confianza; luego se -retiraba por lo regular a su despacho, donde se -estaba hasta puesto el sol. Entonces salía a dar -un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba -una vuelta por las cercanías del lugar, acompañado -siempre de su confesor o de mí.</p> - -<p>Un día que íbamos solos y que yo admiraba la -serenidad que brillaba en su semblante, me tomé -la licencia de decirle: «Señor, permítame vuestra -excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el -aire de satisfacción que vuestra excelencia muestra, -juzgo que principia a familiarizarse con la so<span class="pagenum"><a name="Page_403" id="Page_403">[403]</a></span>ledad.» -«Ya estoy del todo familiarizado—me respondió—, -y aunque hace mucho tiempo que estoy -habituado a ocuparme en los negocios, te protesto, -hijo mío, que cada día cobro más afición a la -vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_XI">CAPITULO XI</h3> - -<p class="i2 center"><b>El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; -motivo extraordinario de su tristeza y resultado -fatal que tuvo.</b></p></div> - -<p class="p2">Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se -entretenía también algunas veces en cultivar su -jardín. Un día que yo le estaba viendo trabajar, -me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, -a un ministro desterrado de la corte convertido en -jardinero en Loeches.» «Señor—le respondí en el -mismo tono—, me parece que estoy viendo a Dionisio -Siracusano enseñando a leer y escribir a los -niños de Corinto, después de haber dictado leyes -en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de mi respuesta -y mostró que no le desagradaba la comparación.</p> - -<p>Toda la familia estaba contentísima y admirada -de ver al conde tan superior a su desgracia, rebosando -de gozo en una vida tan diferente de la que -había tenido hasta allí, cuando advertimos en él -una repentina mudanza, que iba creciendo visiblemente -y nos causó grandísimo dolor. Vímosle ta<span class="pagenum"><a name="Page_404" id="Page_404">[404]</a></span>citurno, -pensativo y sepultado en una profunda -melancolía. Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión -le hacía cuanto discurríamos para divertirle. -Así que acababa de comer se encerraba en -su cuarto, donde permanecía solo hasta la noche. -Pareciónos que aquella tristeza podía nacer de -acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia -le dejábamos a solas con el padre dominico; -pero su elocuencia tampoco pudo vencer la melancolía -del duque, la cual, en vez de disminuirse, -cada día se iba aumentando.</p> - -<p>Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder -de algún motivo o disgusto reservado que -no quería manifestar, lo cual me hizo formar el -designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo -aguardé el momento de hablarle sin testigos, y habiéndole -hallado, «Señor—le dije con aire mezclado -de respeto y de cariño—, ¿será permitido a Gil -Blas atreverse a hacer una pregunta a su amo?» -«Pregunta lo que gustes—me respondió—, que yo -te lo permito.» «¿Qué se ha hecho—repliqué—de -aquella alegría que se notaba en el semblante de -vuestra excelencia? ¿Habrá perdido ya vuestra excelencia -aquel ascendiente que tenía sobre la fortuna? -¿Será acaso posible que la pérdida del favor -excite nuevas inquietudes en vuestra excelencia? -¿Querrá vuestra excelencia volver a sumergirse en -aquel abismo de amarguras de que su virtud le -había libertado?» «No; gracias al Cielo—respondió -el ministro—, ya no me atormenta la memoria del -gran papel que representé en el teatro de la corte,<span class="pagenum"><a name="Page_405" id="Page_405">[405]</a></span> -y olvidé para siempre todos los obsequios que allí -se me tributaron.» «Pues, señor—le repliqué—, si -vuestra excelencia ha podido desechar de sí todas -esas memorias, ¿por qué se deja dominar de una -melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra -excelencia? Mi querido amo—prorrumpí, arrojándome -a sus pies—, vuestra excelencia tiene algún -secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra -excelencia hacer un misterio de ello a Santillana, -cuya reserva, celo y fidelidad tiene tan conocidos? -¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su antigua -confianza?» «La posees todavía—me dijo su -excelencia—, pero confieso que me cuesta mucha -repugnancia revelarte el motivo de la tristeza en -que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme -a las instancias de un criado y de un amigo -como tú. Sabe, pues, el motivo de mi pena; sólo -Santillana me podría merecer que le hiciese semejante -confesión. Sí—continuó—, me domina una -negra melancolía, que poco a poco me va acortando -los días de la vida. Casi a cada instante estoy -viendo un espectro que se pone delante de mí -bajo una forma espantosa. Trabajo en vano por -persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión, -un fantasma que nada tiene de realidad. Sus -continuas apariciones me turban y trastornan, y -si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir persuadido -de que viendo a este espectro nada veo, -soy también bastante débil para afligirme con esta -visión. Mira lo que me has obligado a que te confiese—añadió—; -juzga ahora si me sobraba razón<span class="pagenum"><a name="Page_406" id="Page_406">[406]</a></span> -para ocultar a todos el verdadero motivo de mi -melancolía.»</p> - -<p>Oí con tanto dolor como admiración una cosa -tan extraordinaria y que suponía que su máquina -se iba desorganizando: «Señor—dije al ministro—, -¿quién sabe si eso procede del escaso alimento -que toma vuestra excelencia? Porque su -sobriedad es excesiva.» «Eso mismo pensé yo al -principio—me respondió—, y para experimentar -si debía atribuirlo a la dieta, como hace algunos -días más de lo ordinario, pero todo es inútil, porque -el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá—le -repliqué para consolarle—, y si vuestra excelencia -quisiera distraerse un poco, volviendo a entretenerse -en el juego con sus fieles criados, me -persuado de que no tardaría en verse libre de esos -negros vapores.»</p> - -<p>Pocos días después de esta conversación cayó -su excelencia enfermo, y conociendo él mismo que -el mal se haría de cuidado, envió a buscar a Madrid -dos escribanos para disponer su testamento, e hizo -venir también tres célebres médicos que tenían la -fama de curar algunas veces sus enfermos. Luego -que se divulgó por el palacio la llegada de estos -últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y -gemidos, mirando todos como muy cercana la muerte -del amo; tan imbuídos estaban contra tales profesores. -Habían éstos llevado consigo un boticario -y un cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, -y dejando primero a los escribanos hacer su -oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el<span class="pagenum"><a name="Page_407" id="Page_407">[407]</a></span> -suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, -recetaron desde la primera consulta sangrías -sobre sangrías, de manera que al cabo de -seis días redujeron a los últimos al conde-duque, -y al séptimo le libraron de su visión.</p> - -<p>La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio -de Loeches un agudo y sincero dolor. Sus -criados le lloraron amargamente, y, lejos de consolarse -de su pérdida con la memoria que hizo de -todos en su testamento, no había siquiera uno que -no hubiera renunciado gustoso al legado que le -tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el más -querido de su excelencia y que me había aficionado -a él por pura inclinación hacia su persona, sentí -aún más que los otros su fallecimiento. Dudo -que Antonia me haya costado más lágrimas que el -conde-duque.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_XII">CAPITULO XII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la -muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.</b></p></div> - -<p class="p2">Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado -su cadáver en el convento de las religiosas, -sin pompa ni ostentación, acompañado de -nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa -de Olivares nos hizo leer el testamento, del -cual toda la familia tuvo motivo para quedar con<span class="pagenum"><a name="Page_408" id="Page_408">[408]</a></span>tenta. -A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente -al empleo que tenía, siendo la menor -de dos mil escudos. La mía fué la mayor de todas; -su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba -del singular afecto que me había profesado. No se -olvidó de los hospitales, y fundó aniversarios en -muchos conventos.</p> - -<p>La condesa de Olivares envió a Madrid a todos -los criados para que cada uno cobrase su manda -de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía -orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, -porque una fuerte calentura, efecto de mi aflicción, -me detuvo en el palacio siete u ocho días. No me -abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, -porque este buen religioso me había tomado inclinación, -e interesándose en mi salud, me preguntó -luego que me vió restablecido qué pensaba hacer -de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que -haré—le respondí—, porque en este punto no estoy -aún de acuerdo conmigo mismo. Algunos momentos -estoy tentado a encerrarme en una celda -para hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!—exclamó -el religioso—. Señor Santillana, ¡y qué bien -haría usted en aprovecharse de ellos! Aconséjole, -como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire -para siempre a algún convento, en donde, por medio -de algunas donaciones piadosas de sus bienes, -pueda expiar los extravíos de una vida mundana, -a ejemplo de muchas personas que han terminado -así su carrera.»</p> - -<p>En la disposición en que me hallaba no me inco<span class="pagenum"><a name="Page_409" id="Page_409">[409]</a></span>modó -el consejo del religioso, y respondí a su reverencia -que me tomaría tiempo para reflexionarlo. -Pero habiendo consultado sobre el particular a Escipión, -a quien vi un momento después que al padre, -se opuso a este pensamiento, que le pareció -un delirio. «¿Es posible, señor de Santillana—me -dijo—, que usted se incline a semejante retiro? -¿Pues no tiene en su quinta de Liria otro más -agradable? Si en otro tiempo quedó tan enamorado -de él, con mayor razón le agradará ahora que se -halla en edad más adecuada para dejarse embelesar -de las bellezas y atractivos de la Naturaleza.»</p> - -<p>Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme -mudar de opinión. «Amigo mío—le dije—, -más puedes tú que el padre dominico. Veo, con -efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a -ello me decido. Volveremos a Liria luego que mi -salud me permita ponerme en camino, lo que no -puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, -y en breve tiempo espero recobrarme del todo.» -Fuímonos Escipión y yo a Madrid, cuya vista no -me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.</p> - -<p>Sabiendo que era casi universal el horror con -que se oía el nombre de un ministro cuya memoria -me era tan apreciable, no podía mirar esta villa -con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella -cinco o seis días que necesitó Escipión para disponer -lo necesario a nuestra salida para Liria. Mientras -él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis, -que al punto me entregó mi legado en doblones -efectivos. Lo mismo hice con los depositarios de<span class="pagenum"><a name="Page_410" id="Page_410">[410]</a></span> -las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis pensiones. -Concerté con ellos el modo de librarme los -pagos; en una palabra, dejé arreglados todos mis -asuntos.</p> - -<p>El día antes de partir pregunté al hijo de la -Coscolina si se había despedido de don Enrique. «Sí, -señor—me respondió—, y ambos nos hemos separado -esta mañana amistosamente. No obstante, él -me ha asegurado que sentía le dejase; pero si él -estaba contento conmigo, yo no lo estaba con él. -No basta que el criado agrade al amo: es menester -también que el amo agrade al criado. De otra manera, -se avienen mal. Fuera de que—añadió—don -Enrique no hace sino un triste papel en la corte. -Se le mira en ella con el mayor desprecio; en las -calles todos le señalan con el dedo y ninguno le -llama mas que el hijo de la genovesa. Vea usted -ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto -servir a un amo desacreditado.»</p> - -<p>Salimos por último de Madrid al amanecer y -tomamos el camino de Cuenca. Iba ordenado el -equipaje de la manera siguiente: mi confidente y -yo íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos -por un calesero; seguían tres machos, cargados de -ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas; -tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos -por Escipión, montados sobre dos mulas y -completamente armados. Los mozos llevaban, por -su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas -en el arzón de la silla.</p> - -<p>Como éramos siete hombres, y los seis de mucho<span class="pagenum"><a name="Page_411" id="Page_411">[411]</a></span> -valor y gran resolución, me puse en camino alegremente -y sin el menor recelo de que me robasen -mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban -nuestros machos y mulas haciendo resonar -sus campanillas, y los paisanos se asomaban a las -puertas para ver pasar nuestro acompañamiento, -que les parecía, cuando menos, el de algún grande -que iba a tomar posesión de un virreinato.</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_XIII">CAPITULO XIII</h3> - -<p class="i2 center"><b>Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar -ya casadera a su ahijada Serafina, y él mismo -se enamora de una señorita.</b></p></div> - -<p class="p2">Quince días tardé hasta Liria, porque no había -precisión de acelerar las jornadas. Solamente deseaba -llegar con salud y descansado, lo que efectivamente -conseguí. La primera vista de mi quinta -me causó algunos pensamientos tristes, acordándome -de mi Antonia; pero luego procuré desecharlos -divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, -lo que no fué difícil, porque al cabo de veinticinco -años que habían pasado desde su muerte -estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.</p> - -<p>Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme -Beatriz y su hija Serafina. Después de esto, -el padre, la madre y la hija se llenaron de abrazos, -con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. -Luego que se desahogaron fijé la aten<span class="pagenum"><a name="Page_412" id="Page_412">[412]</a></span>ción -en mi ahijada y dije: «¡Es posible que sea ésta -aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando -me ausenté de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan -bella y tan crecida! ¡Es menester que pensemos en -casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?—exclamó -mi ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas -palabras—. ¿No bien me ha visto usted cuando -ya piensa en separarme de sí?» «No, hija mía—le -respondí—, no pretendemos separarte de nosotros -dándote marido; queremos que el que te busque -consienta en vivir con nosotros.»</p> - -<p>«Uno que tiene esa circunstancia—dijo entonces -Beatriz—pretende a la niña. Cierto hidalgo de un -lugar inmediato vió a Serafina un día en misa en -la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. -Vino después a verme, declaróme su intención y -pidió mi consentimiento. «Poco adelantaría usted—le -respondí—aunque yo se lo concediera. Serafina -depende de su padre y de su padrino, que son -los únicos que pueden disponer de su mano. Lo -más que puedo hacer por usted es escribirles para -informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» -Con efecto, señores—prosiguió ella—, esto iba a -escribir a ustedes. Mas ya que se hallan aquí, harán -lo que mejor les parezca.»</p> - -<p>«Pero, en suma—dijo Escipión—, ¿qué carácter -tiene ese hidalgo? ¿Se parece acaso a la mayor parte -de los de su clase? ¿Está envanecido con su nobleza -y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que -es eso, no!—respondió Beatriz—. Es un mozo muy -afable y atento con todos, sobre ser bien parecido,<span class="pagenum"><a name="Page_413" id="Page_413">[413]</a></span> -y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos haces—dije -a Beatriz—un buen retrato de ese caballero. -¿Cómo se llama?» «Don Juan de Antella—respondió -la mujer de Escipión—. Ha poco tiempo -que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia -que sólo dista una legua de aquí, en compañía -de una señorita joven, hermana suya.» «Oí en otro -tiempo—repuse yo—hablar de la familia de ese -hidalgo, que es una de las más nobles del reino -de Valencia.» «Aprecio menos—exclamó Escipión—la -hidalguía que las buenas prendas, y ese don -Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo -menos esa fama tiene—dijo Serafina tomando parte -en la conversación—, y los vecinos de Liria que -le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas -breves palabras a mi ahijada me sonreí mirando a -su padre, el cual conoció por ellas, como yo, que -aquel galán no desagradaba a su hija.</p> - -<p>Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, -y dos días después vino a presentarse a nuestra -quinta. Se nos acercó con buenos modales, y lejos -de que su presencia desmintiese el informe que -Beatriz nos había dado, nos hizo formar mucho -mayor concepto de su mérito. Díjonos que, como -vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle -con la mayor atención y agrado que nos fué posible; -pero esta visita fué de pura urbanidad, pasándose -toda en recíprocos cumplimientos, y don -Juan, sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, -se retiró, rogándonos solamente que le permitiéramos -repetir sus visitas para aprovecharse<span class="pagenum"><a name="Page_414" id="Page_414">[414]</a></span> -mejor de una vecindad que juzgaba había de serle -muy gustosa. Después que se fué nos preguntó -Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le respondimos -que nos había prendado y que nos parecía -que la fortuna no podía ofrecer mejor colocación -a Serafina.</p> - -<p>Al día siguiente, después de comer, salí con el -hijo de la Coscolina para ir a pagar la visita que -debíamos a don Juan. Tomamos el camino de su -lugar guiados por un aldeano que, después de haber -caminado tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella -es la quinta de don Juan de Antella.» Recorrimos -con la vista todos aquellos campos, y estuvimos -largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de -un collado, la descubrimos en medio de un bosque, -rodeada de corpulentos árboles, cuya frondosidad -y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto -antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la -opulencia que la nobleza de su dueño. Sin embargo, -cuando ya estuvimos dentro advertimos que el -aseo y buen gusto de los muebles recompensaba -la caduca vejez del edificio.</p> - -<p>Don Juan nos recibió en una sala decentemente -adornada, en donde nos presentó una señora, que -nombró delante de nosotros su hermana Dorotea -y que podía tener de diez y nueve a veinte años. -Estaba vestida de gala, como quien esperaba nuestra -visita, cuidadosa de parecernos bien. Y presentándose -a mi vista con todos sus atractivos, hízome -la misma impresión que Antonia, es decir, que -me quedé turbado; pero supe disimular tanto, que<span class="pagenum"><a name="Page_415" id="Page_415">[415]</a></span> -ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra -conversación versó, como la del día anterior, sobre -el contento mutuo que tendríamos de vernos algunas -veces y de vivir con la armonía de buenos vecinos. -Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, -ni por nuestra parte se dijo cosa alguna que -le pudiese dar ocasión a declarar su amor, persuadidos -de que en ese punto lo mejor era dejarle -venir. Durante la conversación echaba yo de cuando -en cuando alguna ojeada a Dorotea, sin embargo -de simular mirarla lo menos que me era posible, y -cada vez que mis miradas se encontraban con las -suyas eran éstas otras tantas flechas con que me -atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, por -hacer recta justicia al objeto amado, que no era -una hermosura completa: aunque tenía la tez muy -blanca y los labios más encarnados que la rosa, -su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; -sin embargo, el conjunto me embelesaba.</p> - -<p>En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego -con que había entrado, y al volverme a Liria -con la imaginación puesta en Dorotea no veía ni -hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?—me -dijo Escipión mirándome como suspenso—. Mucho -le ocupa a usted la hermana de don Juan. ¿Le habrá -inspirado a usted amor?» «Sí, amigo—le respondí—, -y estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde -la muerte de Antonia he mirado mil hermosuras -con indiferencia, ¿será posible que encuentre, a la -edad en que me hallo, una que me inflame sin que -yo lo pueda resistir?» «Señor—me replicó el hijo<span class="pagenum"><a name="Page_416" id="Page_416">[416]</a></span> -de la Coscolina—, parecíame a mí que debía usted -celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella. -Usted se halla todavía en una edad en que nada -tiene de ridículo abrasarse en una amorosa llama, -ni el tiempo ha maltratado tanto su semblante -que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame -usted: la primera vez que vea a don Juan pídale -sin temor su hermana, seguro de que no la podrá -negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera -de que, aun cuando quisiese absolutamente casarla -con algún hidalgo, usted lo es, pues tiene su ejecutoria, -que basta para su posteridad. Después que -el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso -velo que cubre el origen de todas las familias, -quiero decir, después de cuatro o cinco generaciones, -la descendencia de los Santillana será de las -más ilustres.»</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="V_XIV">CAPITULO XIV</h3> - -<p class="i2 center"><b>De las dos bodas que se celebraron en la quinta de -Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas -de Santillana.</b></p></div> - -<p class="p2">Animóme tanto Escipión a declararme amante -de Dorotea, que ni siquiera me pasó por la imaginación -que me exponía a un desaire. Con todo eso, -no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque -mi rostro disimulaba mucho mis años y podía quitarme -a lo menos diez de los que tenía sin miedo -<span class="pagenum"><a name="Page_417" id="Page_417">[417]</a></span> -de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con -fundamento que pudiera agradar a una mujer joven -y hermosa. Sin embargo, resolví arriesgarme -y hacer la petición la primera vez que viera a su -hermano, el cual, por su parte, no teniendo seguridad -de conseguir a mi ahijada, no estaba sin zozobra.</p> - -<p>Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, -a tiempo que acababa de vestirme. «Señor -de Santillana—me dijo—, hoy vengo a Liria a -tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele -entrar en mi despacho, y desde luego empezó a -hablar sobre el particular. «Creo—me dijo—que no -ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a -Serafina; usted lo puede todo con su padre; suplícole -favorezca mi pretensión, disponiendo que consiga -el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la -felicidad de mi vida!» «Señor don Juan—le respondí—, -ya que usted ha ido derechamente al asunto, -no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después -de haberle prometido mis buenos oficios para -con el padre de mi ahijada, implore los de usted -para con su hermana.»</p> - -<p>A estas últimas palabras don Juan dejó escapar -un tierno suspiro, del cual inferí un agüero favorable. -«¡Es posible, señor—exclamó prontamente—, -que Dorotea a la primera vista haya conquistado -vuestro corazón!» «Me ha encantado—le dije—, y -me tendré por el hombre más dichoso del mundo si -mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso -debe usted estar seguro—me replicó—, pues, aun<span class="pagenum"><a name="Page_418" id="Page_418">[418]</a></span>que -somos nobles, no desdeñamos el enlace de -usted.» «Me alegro—repuse yo—que no tenga usted -dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; -esto mismo me obliga a estimarle más, porque es -prueba de su buen juicio. Pero sepa usted que, aun -cuando su vanidad le indujese a no permitir que -su hermana diera la mano a ninguno que no fuera -noble, todavía tenía yo con qué contentar su presunción. -Veintiocho años me he empleado en las -oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar -los servicios que hice al Estado, me gratificó -con una ejecutoria de nobleza, que voy a enseñar -a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un -cajón, entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz -a fecha atentamente con la mayor satisfacción. -«Está muy buena—me dijo al devolvérmela—. Dorotea -es de usted.» «Y usted—exclamé yo—cuente -con Serafina.»</p> - -<p>Quedaron, pues, determinados de esta manera -entre nosotros los dos matrimonios, y sólo restaba -saber si las novias consentirían gustosas; porque ni -don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos -conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo -a su quinta de Antella a participar mi pretensión -a su hermana, y yo llamé a Escipión, Beatriz -y mi ahijada para darles parte de la conversación -que había tenido con don Juan. Beatriz fué -de dictamen que se le admitiese por esposo sin vacilar, -y Serafina dió a entender con su silencio que -era del mismo parecer que su madre. No fué de -otro su padre; pero mostró alguna inquietud por<span class="pagenum"><a name="Page_419" id="Page_419">[419]</a></span> -el dote que le parecía preciso dar, correspondiente -a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente -necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión -diciéndole que eso me tocaba a mí, y que yo -le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.</p> - -<p>Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro -asunto—le dije—va a pedir de boca; deseo que -el mío no se halle en peor estado.» «Va que no puede -ir mejor—me respondió—. No he necesitado -emplear la autoridad para obtener el consentimiento -de Dorotea. La persona de usted le contenta -y sus modales le agradan. Usted recelaba no -ser de su gusto, y ella teme con más razón que no -pudiendo ofrecerle más que su corazón y su mano...» -«¡Qué más puedo desear!—exclamó fuera de mí de -alegría—. Una vez que la amable Dorotea no tenga -repugnancia a unir su suerte con la mía, nada más -pido. Soy bastante rico para casarme con ella sin -dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos -mis deseos.»</p> - -<p>Don Juan y yo, completamente satisfechos de -haber conducido dichosamente las cosas a este estado, -resolvimos excusar todas las ceremonias superfluas, -para acelerar cuanto antes nuestras bodas. -Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los -padres de Serafina; y convenidos en las capitulaciones -del matrimonio, se despidió de nosotros, prometiendo -volver al día siguiente acompañado de -su hermana Dorotea. El deseo de parecer bien a -esta señorita me obligó a emplear lo menos tres -horas largas en vestirme, engalanarme y adoni<span class="pagenum"><a name="Page_420" id="Page_420">[420]</a></span>zarme, -y ni aun así me pude reducir a estar contento -de mi figura. Para un mozalbete que se dispone -a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas -para un hombre que comienza a envejecer, es una -ocupación. Con todo, fuí más afortunado de lo que -esperaba; volví a ver a la hermana de don Juan, y -ella me miró con semblante tan favorable, que todavía -me presumí valer alguna cosa. Tuve con ella -una larga conversación; quedé hechizado de su carácter -y de su juicio, y me persuadí de que, con -buen tratamiento y mucha condescendencia, podría -llegar a ser un esposo querido. Lleno de tan -dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a -Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. -Después acudimos al cura de Paterna, que -vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con nuestras -novias.</p> - -<p>Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha -de Himeneo, y nunca tuve motivo para arrepentirme. -Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor -gusto que cumplir con su obligación; y como -yo procuraba adelantarme a llenar sus deseos, tardó -poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera -en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en -mi ahijada se encendió con igual viveza el amor -conyugal; y lo más singular fué que las dos cuñadas -contrajeron la más estrecha y sincera amistad. -Por mi parte, advertí en mi cuñado tan buenas -prendas, que le cobré un verdadero cariño, que no -me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba -entre nosotros era tal, que cuando teníamos<span class="pagenum"><a name="Page_421" id="Page_421">[421]</a></span> -que separarnos por la noche para volvernos a reunir -el día siguiente esta separación no se verificaba -sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas -familias nos resolviésemos a no formar mas que -una sola, que tan pronto vivía en la quinta de -Liria como en la de Antella, a la cual, para este -efecto, se le hicieron grandes reparos con los doblones -de su excelencia.</p> - -<p>Tres años hace ya, amigo lector, que paso una -vida deliciosa al lado de personas tan queridas. -Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado concederme -dos hijos, de quienes creo prudentemente -ser padre y cuya educación va a ser el entretenimiento -de mi ancianidad.</p> - - -<p class="center p4">FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO</p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_423" id="Page_423">[423]</a></span></p> - - - - -<h2>INDICE DEL TOMO III</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - - - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO OCTAVO</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_I"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un -buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. -Historia de don Valerio de Luna.</td> -<td class="tdrb">5</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_II"><span class="smcap">Capítulo II.</span></a>—Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le -admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el -trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él.</td> -<td class="tdrb">12</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_III"><span class="smcap">Capítulo III.</span></a>—Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener -desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la -conducta que se vió obligado a guardar.</td> -<td class="tdrb">18</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_IV"><span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>—Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que -le confía un secreto de importancia.</td> -<td class="tdrb">23</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_V"><span class="smcap">Capítulo V.</span></a>—En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de -honra y de miseria.</td> -<td class="tdrb">26</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_VI"><span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>—Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza -al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.</td> -<td class="tdrb">31</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_VII"><span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>—De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; -del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él.</td> -<td class="tdrb">38</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_VIII"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>—Historia de don Rogerio de Rada.</td> -<td class="tdrb">41</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_IX"><span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>—Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una -gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia.</td> -<td class="tdrb">52</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_X"><span class="smcap">Capítulo X.</span></a>—Corrómpense enteramente las costumbres de<span class="pagenum"><a name="Page_424" id="Page_424">[424]</a></span> -Gil Blas en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la -intriga en que este señor y él se metieron.</td> -<td class="tdrb">62</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_XI"><span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>—De la visita secreta y de los regalos que el -príncipe hizo a Catalina.</td> -<td class="tdrb">71</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_XII"><span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>—Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su -inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.</td> -<td class="tdrb">77</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#I_XIII"> -<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>—Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene -noticias de su familia; impresión que le hicieron; se -descompadra con Fabricio.</td> -<td class="tdrb">81</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO NOVENO</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_I"> -<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la -hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a -este fin.</td> -<td class="tdrb">87</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_II"> -<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>—Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don -Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo.</td> -<td class="tdrb">92</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_III"> -<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>—De los preparativos que se hicieron para el -casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los -inutilizó.</td> -<td class="tdrb">96</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_IV"> -<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>—De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de -Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.</td> -<td class="tdrb">98</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_V"> -<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>—De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido -que le despertó.</td> -<td class="tdrb">104</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_VI"> -<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>—Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena -de Galisteo.</td> -<td class="tdrb">108</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_VII"> -<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>—Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil -Blas y le da muchas noticias.</td> -<td class="tdrb">130</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_VIII"> -<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>—Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; -cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad -y resultas que tuvo.</td> -<td class="tdrb">134</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_IX"> -<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>—Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué -condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los -dos después de haber salido de la torre de Segovia y -conversación que tuvieron.</td> -<td class="tdrb">140</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#II_X"> -<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>—De lo que hicieron al llegar a Madrid; a<span class="pagenum"><a name="Page_425" id="Page_425">[425]</a></span> -quién encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este -encuentro.</td> -<td class="tdrb">144</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO DECIMO</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_I"> -<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, -donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se -encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador -del hospital.</td> -<td class="tdrb">151</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_II"> -<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>—Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a -Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y -sus consecuencias.</td> -<td class="tdrb">162</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_III"> -<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>—Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y -llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué -recibido en ella y qué gentes encontró allí.</td> -<td class="tdrb">172</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_IV"> -<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>—Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores -de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena -acogida que le hizo doña Serafina.</td> -<td class="tdrb">179</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_V"> -<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>—Va Gil Blas a la comedia y ve representar una -tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de -Valencia.</td> -<td class="tdrb">185</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_VI"> -<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>—Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, -encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre -era este religioso.</td> -<td class="tdrb">190</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_VII"> -<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>—Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la -noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que -hicieron en su familia.</td> -<td class="tdrb">198</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_VIII"> -<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>—Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.</td> -<td class="tdrb">203</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_IX"> -<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>—Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato -con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que -se celebró.</td> -<td class="tdrb">210</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_X"> -<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>—Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de -la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión.</td> -<td class="tdrb">217</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_XI"> -<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>—Prosigue la historia de Escipión.</td> -<td class="tdrb">248</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#III_XII"> -<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>—Fin de la historia de Escipión.</td> -<td class="tdrb">263</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO UNDECIMO<span class="pagenum"><a name="Page_426" id="Page_426">[426]</a></span></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_I"> -<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había -experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó. -Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que -Santillana volviese a ella.</td> -<td class="tdrb">287</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_II"> -<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>—Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, -reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos -de esta recomendación.</td> -<td class="tdrb">293</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_III"> -<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>—Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por -obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio -que le hizo José Navarro.</td> -<td class="tdrb">299</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_IV"> -<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>—Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de -Olivares.</td> -<td class="tdrb">302</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_V"> -<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>—Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro -y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.</td> -<td class="tdrb">305</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_VI"> -<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>—En qué invirtió Gil Blas estos trescientos -doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria -de que acaba de hablarse.</td> -<td class="tdrb">312</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_VII"> -<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>—Por qué casualidad, en dónde y en qué estado -volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación -que tuvieron.</td> -<td class="tdrb">317</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_VIII"> -<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>—Gil Blas se granjea cada día más el afecto del -ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a -Santillana de su viaje.</td> -<td class="tdrb">322</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_IX"> -<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>—Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija -única y los sinsabores que produjo este matrimonio.</td> -<td class="tdrb">326</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_X"> -<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>—Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; -refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro -del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que -le produjo esta desgracia.</td> -<td class="tdrb">330</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_XI"> -<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>—Consigue Santillana un empleo para Escipión, el -cual se embarca para Nueva España.</td> -<td class="tdrb">335</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_XII"> -<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>—Llega a Madrid don Alfonso de Leiva;<span class="pagenum"><a name="Page_427" id="Page_427">[427]</a></span> -motivo de su viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.</td> -<td class="tdrb">338</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_XIII"> -<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>—Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de -Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos -tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; -qué servicio hizo Santillana a Tordesillas.</td> -<td class="tdrb">343</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#IV_XIV"> -<span class="smcap">Capítulo XIV.</span></a>—Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué -personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí.</td> -<td class="tdrb">352</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO DUODECIMO</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_I"> -<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y -éxito de su viaje.</td> -<td class="tdrb">357</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_II"> -<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>—Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, -quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a -Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera -representación en la corte.</td> -<td class="tdrb">368</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_III"> -<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>—Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; -representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas -de estos amores.</td> -<td class="tdrb">371</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_IV"> -<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>—Nuevo empleo que confirió el ministro a -Santillana.</td> -<td class="tdrb">378</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_V"> -<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>—Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa -bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece -Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de -maestros.</td> -<td class="tdrb">382</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_VI"> -<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>—Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil -Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores -que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque; -cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya.</td> -<td class="tdrb">385</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_VIII"> -<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>—Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que<span class="pagenum"><a name="Page_428" id="Page_428">[428]</a></span> -le dió Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza.</td> -<td class="tdrb">392</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_IX"> -<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>—De la rebelión de Portugal y caída del -conde-duque.</td> -<td class="tdrb">396</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_X"> -<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>—Cuidados que por el pronto inquietaron al -conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida -que entabló en su retiro.</td> -<td class="tdrb">399</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_XI"> -<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>—El conde-duque se pone repentinamente triste y -pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado -fatal que tuvo.</td> -<td class="tdrb">403</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_XII"> -<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>—Lo que pasó en el palacio de Loeches después de -la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.</td> -<td class="tdrb">407</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_XIII"> -<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>—Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de -encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se -enamora de una señorita.</td> -<td class="tdrb">411</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl"> -<a href="#V_XIV"> -<span class="smcap">Capítulo XIV.</span></a>—De las dos bodas que se celebraron en la quinta -de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de -Santillana.</td> -<td class="tdrb">416</td> -</tr> - -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_429" id="Page_429">[429]</a></span></p> - - - - -<h2>OBRAS DE J. H. FABRE</h2></div> -<p class="center smcap">editadas por CALPE</p> - -<p class="p2 center">Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.</p> - -<p class="center p2 i2 small">LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE -LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS -NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA</p> - -<p class="p2 center">TITULO DE CADA VOLUMEN</p> - -<p><b>Maravillas del instinto en los insectos</b>, con grabados y -16 láminas fuera de texto, según fotografías de -P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; -en tela, 7.</p> - -<p><b>Costumbres de los insectos</b>, con grabados y 16 láminas -fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y -portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> - -<p><b>La vida de los insectos</b>, con grabados y 11 láminas fuera -de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada -en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> - -<p><b>Los destructores.</b> Lecturas acerca de los animales perjudiciales -a la agricultura, con grabados y 16 láminas -fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y -portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> - -<p><b>Los auxiliares.</b> Lecturas acerca de los animales útiles a -la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de -texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada -en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> -<hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_430" id="Page_430">[430]</a></span></p> - - - - -<h2>LIBROS DE LA NATURALEZA</h2></div> - - - -<p class="center i2"><i>El contenido de las obras que forman esta serie -de libros editados por <span class="smcap">Calpe</span> es rigurosamente -científico y está al corriente de los últimos progresos -de las ciencias naturales. Garantía de ello -son los autores de esas obras, todos los cuales -figuran entre los naturalistas de mayor autoridad -en nuestro país.</i></p> - - -<p class="center p2">VAN PUBLICADOS</p> - -<p><b>Los animales familiares</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><b>La vida de la Tierra</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><b>El mundo alado</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor -en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas -fuera de texto, con 11 fotograbados en -papel estucado.</p> - -<p><b>El mundo de los minerales</b>, por <i>Lucas Fernández -Navarro</i>, profesor en la Universidad de -Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_431" id="Page_431">[431]</a></span></p> - -<p><b>El mundo de los insectos</b>, por <i>Antonio de Zulueta</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, -41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con -12 fotograbados en papel estucado.</p> - -<p><b>Los animales salvajes</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor -en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. -Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><b>Peces de mar y de agua dulce</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, -40 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 -fotograbados en papel estucado.</p> - -<p><b>La vida de las plantas</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><b>Los animales microscópicos</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, -profesor en el Museo Nacional de Ciencias -Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados -en papel estucado.</p> - -<p><b>La vida de las flores</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>, -profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid. -Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos -y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados -en papel estucado.</p> - - -<p class="p2">Todas las obras de esta colección se venden -al precio de <b>1,75 pesetas cada libro</b> y llevan artísticas -cubiertas del gran dibujante Bagaría -impresas a cinco tintas.</p><hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_432" id="Page_432">[432]</a></span></p> - - - - -<h2>BIBLIOTECA DE IDEAS DEL SIGLO XX</h2></div> -<p class="center">SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR</p> - -<p class="center p2 large">DON JOSE ORTEGA Y GASSET</p> - -<p class="p2 center">Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.</p> - - -<p class="center p2 i2"><i>Compondrán esta colección los libros maestros -de Europa y América que, aparecidos en -estos últimos veinte años, inician nuevas maneras -de pensar en filosofía como en política, -en critica artística como en biología, en ciencias -sociales como en física. Será, pues, una -colección, única hoy en el mundo, que ofrece -en apretada fila los temas más incitantes de -la nueva cultura.</i></p> - - -<p class="center p2">Volúmenes que aparecerán en breve, -editados por <span class="smcap">Calpe</span>:</p> - -<p>Rickert.—<b>Ciencia cultural y ciencia natural.</b></p> - -<p>Born.—<b>La teoría de la relatividad de Einstein.</b></p> - -<p>Driesch.—<b>Filosofía del organismo.</b>—Dos volúmenes.</p> - -<p>J. von Uexküll.—<b>Ideas para una concepción biológica del mundo.</b></p> - -<p>Bonola.—<b>Geometría noeuclidiana.</b></p> - -<p>Worringer.—<b>El espíritu del arte gótico.</b></p> - -<p>Wölfflin.—<b>Conceptos fundamentales de la historia del arte.</b></p> - -<p>Spengler.—<b>La decadencia de Occidente.</b></p> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: -Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS *** - -***** This file should be named 55796-h.htm or 55796-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/7/9/55796/ - -Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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