summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/55796-8.txt10716
-rw-r--r--old/55796-8.zipbin246777 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/55796-h.zipbin315204 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/55796-h/55796-h.htm14930
-rw-r--r--old/55796-h/images/cover.jpgbin52636 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/55796-h/images/illo.pngbin4741 -> 0 bytes
9 files changed, 17 insertions, 25646 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..7a025b3
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #55796 (https://www.gutenberg.org/ebooks/55796)
diff --git a/old/55796-8.txt b/old/55796-8.txt
deleted file mode 100644
index 7ccb141..0000000
--- a/old/55796-8.txt
+++ /dev/null
@@ -1,10716 +0,0 @@
-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: Novela
-(Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
-
-
-
-
- Le Sage
-
-
- HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
-
- TOMO III y ÚLTIMO
-
-
-
-
- MCMXXII
-
-
-
-
- Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
-
-
-
-
- LE SAGE
-
-
- Historia
- de
- Gil Blas de Santillana
-
-
- NOVELA
-
-
- TOMO III y ÚLTIMO
-
- Traducción del P. Isla
-
-
- [Ilustración]
-
-
- MADRID, 1922
-
-
-
-
- Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID
-
-
-
-
- GIL BLAS DE SANTILLANA
-
-
-
-
- LIBRO OCTAVO
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que
- le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don
- Valerio de Luna.
-
-
-Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había
-ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa,
-y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el
-duque de Medinasidonia.
-
-Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda
-y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino
-si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel
-mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a
-ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse.
-Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero
-con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento
-indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba
-a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando,
-mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con
-mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted
-me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa
-de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a
-favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el
-caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace
-más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!--añadió, estrechándome
-lleno de gozo--. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi
-propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la
-honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en
-caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted.
-Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos
-que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría
-en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien
-mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa.
-Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.»
-
-Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el
-mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos
-y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y
-apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a
-usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los
-días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.»
-
-La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y
-enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues,
-y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una
-cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en
-aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo
-tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de
-la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él
-y el mayordomo estaban muy bien avenidos.
-
-Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi
-amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre,
-me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que
-proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma,
-primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente
-al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos
-a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de
-Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo
-Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad
-absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus
-órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta
-mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para
-usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser
-estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que
-le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de
-comer, iremos a su casa.»
-
-Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo
-del administrador que había sido despedido, el cual consistía en
-visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una
-palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los
-meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que
-le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero
-esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal
-pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre.
-
-Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y
-reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente
-pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de
-las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas,
-que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del
-sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no
-pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó
-con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses
-se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a
-contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en
-la corte. Esta historia es la siguiente:
-
-En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada
-Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos
-decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden
-de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues
-la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar
-a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después
-de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la
-corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que
-no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la
-marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante
-noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le
-hacían excitar pasiones hasta en su vejez.
-
-Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los
-secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado
-de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que
-el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía
-sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué
-hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado
-arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde,
-enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora
-que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me
-caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo
-y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta
-reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón,
-respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de
-los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos
-frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os
-lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo,
-o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.»
-«Pues bien--replicó ella--, una vez que con tanta porfía queréis
-continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada
-mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi
-vista.»
-
-Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio
-de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo
-contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados
-el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó,
-suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó
-lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora,
-rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a
-refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»
-
-Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su
-atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para
-librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula
-para huir de mis deseos!» «¡No, no!--interrumpió ella--. Te revelo un
-secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la
-necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro
-de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste
-el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado,
-y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon
-a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te
-vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa
-para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una
-persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros
-mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para
-colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti
-como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas;
-si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre,
-no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta
-aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la
-naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»
-
-Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un
-triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio
-a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos
-pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo
-muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se
-oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y
-sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con
-la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el
-crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no
-haberle podido cometer.
-
-El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de
-arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí
-mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa
-del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la
-relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había
-hecho, me eligió para substituir a este joven.
-
-
- CAPITULO II
-
- Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de
- sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer
- y queda gustoso de él.
-
-
-Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil
-Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de
-alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos
-consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su
-excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo,
-que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja
-el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar
-a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que
-subiréis mucho en poco tiempo.»
-
-Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije:
-«Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque
-he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el
-pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele
-hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues,
-decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado--me
-respondió el apoderado con una sonrisa maligna--. A cualquier otro le
-diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría
-decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que
-conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don
-Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro
-modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues--prosiguió--,
-que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era
-éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado
-a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano.
-Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle
-a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como
-un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que
-participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace
-conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público,
-frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque
-lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública.
-Por lo que acabo de decir conoceréis--añadió don Diego--cómo debéis
-portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted
-a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se
-conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser
-poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así--repuso Monteser--, voy
-a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.»
-
-Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando
-audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio.
-Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que
-solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis
-contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar
-de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos,
-que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados
-haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se
-consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos
-de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que
-respondía muy cortésmente a los que le hablaban.
-
-Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes.
-Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana,
-a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don
-Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía
-merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar
-en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio
-de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la
-historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación
-tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España
-no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían
-ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión
-general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la
-verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla
-desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla.
-«Señor de Santillana--me dijo sonriéndose al fin de mi narración--,
-a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor--le
-respondí sonrojado--, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero
-y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco--replicó--. Veo, hijo mío,
-que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal
-ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se
-pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo
-Santillana--continuó el ministro--, no te acuerdes más de lo pasado;
-piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear
-en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has
-de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su
-despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de
-registro en folio muy gruesos. «Aquí--me dijo--has de trabajar. Todos
-estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias
-nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española.
-Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de
-todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios
-que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los
-lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus
-bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o
-malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno,
-veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados
-en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome
-sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos
-provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey
-quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide
-un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero
-emplearte en él.»
-
-En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que
-me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo
-el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de
-términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor
-un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo
-de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y
-sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y,
-por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una
-calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé
-por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda
-la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases
-castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas.
-Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de
-saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo
-que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi
-escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver
-lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor--me dijo--,
-te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente
-escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que
-además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el
-acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida
-de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si
-a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde
-de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo
-que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para
-tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del
-que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey.
-
-Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los
-secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a
-comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no
-a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido,
-sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las
-ordinarias no convenía a mi persona. _¡Piensa que ahora sirves al rey!_
-Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a
-la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por
-momentos en mi ánimo.
-
-
- CAPITULO III
-
- Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la
- inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió
- obligado a guardar.
-
-
-Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un
-secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que
-me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le
-dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir
-como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al
-pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían
-volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería
-con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona.
-
-A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de
-ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de
-cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o
-tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después
-de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo
-comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros
-dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que
-el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos,
-me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a
-casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que
-ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España.
-
-Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que
-entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde
-luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su
-secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y
-bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en
-las Universidades.
-
-En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a
-entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa
-del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha
-que servimos--decía uno--a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y
-lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.»
-«Por lo que hace a mí--decía el otro--, quisiera haber recibido veinte
-zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de
-tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito
-no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia
-para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el
-castillo de Alicante!»
-
-«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?--les dije--. Sin duda
-tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna,
-vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a
-cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual
-no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que
-seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que,
-por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era
-menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar
-mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar.
-Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a
-desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta
-tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.
-
-Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más.
-Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia
-habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de
-veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena
-cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en
-discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre
-este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir
-a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor
-disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor
-bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este
-secretario.
-
-Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a
-ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles
-al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el
-sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de
-una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario--me decía yo en este
-tiempo--, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el
-ajo antes que usted se lo haga morder a otros!»
-
-Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo,
-que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se
-lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado
-al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro
-con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la
-cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no
-puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo
-de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza;
-pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió
-con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera
-servirme.
-
-Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la
-inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno
-reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me
-perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego
-que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la
-obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la
-mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del
-principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas
-este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma
-de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve
-una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y
-familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos
-personas que contrastaban singularmente.
-
-Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y
-resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que
-producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo
-más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese
-lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores)
-abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban
-sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses
-para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo
-que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de
-conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en
-aprovecharme de los momentos de conversación con el duque.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un
- secreto de importancia.
-
-
-Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin
-embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos
-que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que
-me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy
-inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño
-de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de
-haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme,
-le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme
-con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar
-vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don
-Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él--respondió el duque--.
-Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus
-sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me
-gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer
-que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.»
-Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había
-conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar
-muy bien con él.
-
-«Para principiar--prosiguió el duque--a ponerte en posesión de mi
-confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te
-enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso
-darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente
-respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi
-arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y
-aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar
-a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a
-amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el
-conde de Lemos, mi sobrino.»
-
-Habiendo advertido el ministro que este último punto me había
-sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien
-lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a
-mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de
-cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo.
-No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que
-éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a
-la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan
-envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por
-más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto
-te manifiesto--continuó--lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado
-desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo
-podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de
-Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España.
-Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión
-de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio
-de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo
-mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia
-que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que
-tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi
-proyecto--añadió--, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré
-a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo
-que tenga que participarme.»
-
-Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi
-inquietud. «¡En fin--decía yo--, heme aquí colocado en una situación
-que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente
-de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien
-presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con
-indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.
-
-
- CAPITULO V
-
- En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.
-
-
-Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él
-mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los
-papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba
-a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en
-el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo
-bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos,
-no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me
-convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia
-cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me
-veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó
-de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta
-entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el
-tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente
-cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que
-no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con
-tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado
-mejor un cortesano consumado.
-
-También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo
-regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de
-su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a
-la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer
-en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se
-retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino
-de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos
-que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los
-sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por
-la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía
-de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes
-para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba
-en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a
-solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y
-se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto,
-¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la
-corte que con menos fundamento se tienen por tales.
-
-Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque
-había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de
-ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de
-Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer
-extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al
-pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que
-su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba
-satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis
-ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba
-poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de
-Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.
-
-Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del
-príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le
-aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del
-asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El
-conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos
-encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos
-términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de
-Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted
-depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir
-de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores
-de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he
-tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar
-disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para
-seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto
-correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía,
-y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se
-levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado
-le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy
-cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--,
-noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su
-sentir acerca de ello.»
-
-Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de
-Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones,
-de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde,
-diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es
-el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su
-intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas
-prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca
-estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el
-padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos
-me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe
-de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y
-yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que
-muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en
-estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de
-satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a
-ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto
-era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia.
-¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe!
-«¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en
-cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en
-ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como
-otro. Solamente se diferencian en el provecho.
-
-Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de
-día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras
-esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera
-preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi
-aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas
-de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo
-llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta
-la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es
-decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando
-me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre
-Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle.
-Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis
-necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a
-quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde
-que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis
-vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente
-necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi
-manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas
-las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y
-un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no
-comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.
-
-Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía
-causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a
-mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque
-de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El
-Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días
-después.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de
- Lerma y cómo se portó con él este ministro.
-
-
-Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva,
-de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una
-recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado
-el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar
-algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los
-jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por
-orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la
-copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía
-en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios
-muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su
-excelencia no le disgustaban.
-
-Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que
-me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas
-sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar
-con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves--dijo
-el duque--parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su
-pendencia.» «Señor--le dije--, la curiosidad de vuestra excelencia me
-trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor
-fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté
-en estos términos:
-
-«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo
-suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba
-este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un
-gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía,
-manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer
-amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos
-hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc
-tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir,
-a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se
-complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus
-más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque,
-viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a
-su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su
-lengua.» «Señor--le respondió el cachemiriano--, vuestros deseos
-se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber,
-señor--respondió Zangir--, que un dervís cabalista me enseñó el idioma
-de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré
-palabra por palabra lo que les haya oído.»
-
-»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los
-cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después
-a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el
-asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!--exclamó el ministro
-persiano--. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos--replicó el
-secretario--ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila
-tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela
-sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas,
-viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este
-secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a
-poco!--interrumpió el otro cuervo--. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto
-la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con
-él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda
-en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero
-entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo
-en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más
-necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de
-la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no
-con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a
-la miseria.»
-
-Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma,
-quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo
-en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del
-atrevimiento de su secretario. «No, señor--le respondí, algo turbado
-de su pregunta--; la fábula dice, al contrario, que le colmó de
-beneficios.» «Fué fortuna--replicó el duque con seriedad--, porque hay
-ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones.
-Pero--añadió, cortando la conversación y levantándose--creo que el rey
-no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho
-esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo
-que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana.
-
-Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a
-poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado.
-Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios
-copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted,
-señor de Santillana?--dijeron al verme--. ¡Usted está muy demudado! ¡A
-usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»
-
-Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para
-ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que
-había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre
-de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado--me
-dijo uno de ellos--. Su excelencia toma algunas veces las cosas al
-revés.» «Esa es mucha verdad--dijo el otro--. ¡Quiera Dios que sea
-usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa,
-que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía
-empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus
-necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es--le dijo
-el ministro--que se os pague. Tomad--prosiguió, dándole una libranza
-de mil ducados--, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero
-acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios.
-El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después
-de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra
-parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le
-condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.»
-
-Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé
-perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca
-paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!--decía--.
-¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula
-que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y
-quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas
-que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino!
-Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada
-y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren
-sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi
-dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre,
-para echarle a él toda la culpa!»
-
-Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la
-siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró,
-contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que
-en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche
-estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables
-ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo
-me permitieron suspirar y lamentarme.
-
-El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella
-mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado.
-«Santillana--me dijo alargándome un papel que tenía en la mano--, toma
-esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre
-mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está
-prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel
-momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies,
-le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy
-humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a
-entender a vuestra excelencia mi miseria!»
-
-El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil
-Blas--me respondió--, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades
-sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal,
-amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte
-preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este
-descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te
-entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo
-te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en
-favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.»
-
-En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al
-ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo
-familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me
-fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan
-turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que
-creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el
-temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua
-no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza
-para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había
-hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me
-apreciaba más.
-
-
- CAPITULO VII
-
- De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer
- negocio en que medió y del provecho que sacó de él.
-
-
-El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió
-el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde
-cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que
-no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la
-miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché
-más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de
-caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje
-de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por
-fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía
-a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un
-mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban
-para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la
-española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los
-sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además
-ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de
-castor con galón de oro.
-
-Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a
-Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más
-de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban
-a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada
-todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que
-se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota
-que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no
-quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso,
-porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando
-llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje
-cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele
-algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era
-travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi
-elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo.
-Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a
-quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil
-permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir,
-de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme
-gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era
-la habilidad de Escipión--que así se llamaba mi lacayo--, que había
-servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en
-cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que,
-mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él.
-
-Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del
-rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran
-descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino,
-llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el
-duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le
-haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder
-le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber
-que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de
-que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento
-y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese
-seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado
-de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.»
-«¡Cómo, pues--le dije--, señor Escipión, usted ha andado ya mucho
-camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño
-que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a
-usted--me respondió--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»
-
-Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con
-una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío--le dije--, antes de
-tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae
-a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él
-al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación,
-y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda
-tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto--respondió el
-granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de
-esta suerte.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Historia de don Rogerio de Rada.
-
-
-«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad
-de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio
-afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba
-tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy
-celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su
-mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto
-de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía
-desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba
-libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste
-el único hombre de quien debía recelar.
-
-»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía
-ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró
-de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que
-era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales
-consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su
-maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy
-seriamente que no debía esperar el logro de sus designios.
-
-»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual,
-imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este
-carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día
-tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella
-le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio
-castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no
-hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo
-pasado.
-
-»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan
-mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía
-a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él
-quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más
-horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde
-que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante
-muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin
-revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que
-os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor
-y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa
-en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta
-aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.»
-
-«¡Ya os entiendo--interrumpió don Anastasio todo turbado--, vuestra
-prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!--repuso Hordales
-con aspecto irritado--. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por
-marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!--exclamó don Anastasio--.
-¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!--prosiguió don
-Huberto--. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no
-puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se
-ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña,
-y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto
-os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra
-Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es
-inútil--continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el
-efecto que esperaba--, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado
-de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis
-una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar
-cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que
-nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.»
-
-»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra
-una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de
-que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender
-en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que
-las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a
-su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al
-pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces,
-sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría
-resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía
-tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada,
-se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que
-mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te
-deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No
-quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!»
-
-»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a
-Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas
-y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado,
-por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis
-quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel,
-mirad que os engañáis!»
-
-«¡No, no!--repuso el irritado celoso--. ¡Estoy muy cierto de vuestra
-traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don
-Huberto...» «¡Ah señor!--interrumpió ella con precipitación--. ¡No
-debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis!
-Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.»
-«¡Callad, infame!--replicó don Anastasio--. Vos misma acreditáis
-mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis
-desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está
-enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio,
-pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo
-de castigaros.» «¡Amado esposo mío--repitió la inocente Estefanía
-llorando amargamente--, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus
-movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando
-reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo!
-A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces
-haréis más justicia a una mujer que no es culpable.»
-
-»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y
-todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las
-pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda
-vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente,
-bárbaro!--gritó--. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido
-enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu
-memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable
-intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa
-contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser
-verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca,
-te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un
-atentado tan horrible!»
-
-»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de
-las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a
-su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así,
-como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se
-aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el
-puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra,
-él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de
-Antequera.
-
-»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe
-que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra
-sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó
-a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego
-que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales
-gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos,
-de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron
-cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por
-peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo
-a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de
-aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz
-parto.
-
-»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las
-mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena
-se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que
-mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar.
-Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes
-había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a
-lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría
-no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi
-madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima
-y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada
-y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para
-medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del
-motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y
-ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada
-de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y
-sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a
-Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo
-combate, le di tres estocadas y cayó en tierra.
-
-»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas
-miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo
-del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme
-que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la
-resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al
-Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver
-a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado
-dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde
-me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando
-que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los
-voluntarios que tenía a bordo.
-
-»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías
-de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía
-hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente
-cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos
-intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en
-los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería,
-y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para
-acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de
-Elena.
-
-»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes
-eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que
-podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era
-de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también
-advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos
-saber vuestra familia?» «¡Ah!--me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga
-vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años
-hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin
-horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don
-Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!--exclamé--. ¿Debo creer lo que
-oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?»
-«¡Qué decís, joven!--exclamó mirándome atónito--. ¿Será posible seáis
-aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre
-cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío--le dije--, yo soy
-a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta
-noche en que la dejasteis anegada en su sangre.»
-
-Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme
-estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar
-nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los
-tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi
-padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida
-a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin
-motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado
-la inocencia de su mujer. «Señor--le respondí--, nadie ha dudado
-jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre
-irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto
-fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este
-pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a
-morir.
-
-»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad
-como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a
-abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que
-estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío--me dijo--, tomemos presto el camino
-de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa
-a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi
-injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!»
-Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise
-se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no
-quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero
-que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me
-contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que
-prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En
-fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato
-a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para
-entrar secretamente en nuestra casa.
-
-»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que
-creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso
-con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón
-de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento
-que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino,
-vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado
-es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en
-extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué
-sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el
-matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que
-mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto
-me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo,
-señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra
-señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo
-su valimiento.»
-
-El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con
-mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece
-perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto
-a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto,
-el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y
-por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación
-al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en
-movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome
-permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy
-enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha
-dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable
-y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor
-ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid
-seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen
-amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.»
-
-Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya
-palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió
-inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié
-a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez
-de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado
-un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No
-fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo
-Calderón para despreciarlo.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de
- cómo tomó el aire de persona de importancia.
-
-
-El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a
-Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones.
-Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar
-el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó
-fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a
-despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de
-uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos
-ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una
-fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro,
-su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del
-impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el
-siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario
-berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de
-mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que,
-habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar
-un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar,
-y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus
-géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el
-favor.
-
-Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de
-Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar
-su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a
-mi criado con un nuevo _quidam_ que acaba de enganchar. Cabalmente es
-Escipión. Escuchémosle. «Señor--me dice--, permítame usted le presente
-a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus
-medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la
-Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que
-se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares
-donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que
-le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de
-un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!»
-En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía
-engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España.
-
-Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar
-todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba
-creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado
-de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo
-de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno
-de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de
-Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír
-viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!--me dijo--.
-¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando
-no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me
-pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena
-con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis
-pensar--continuó--el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos
-arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a
-pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso
-que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios.
-Sirvaos esto de gobierno.»
-
-Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más
-bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más
-sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho
-fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir
-gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un
-lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero.
-Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil
-doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un
-caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí
-hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos
-en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la
-clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos,
-canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados
-y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón,
-quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos,
-lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los
-pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar
-los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre
-los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones
-de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros
-parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del
-pueblo recontando su dinero.
-
-Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura _compañeras
-inseparables de los ricos_. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados
-y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba
-hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé
-una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un
-escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él
-por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es
-regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple
-honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo
-que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que
-mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de
-juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando,
-a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como
-su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para
-juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría
-por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba
-extremadamente.
-
-Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y
-a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo
-uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa
-memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber
-hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes.
-Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales
-covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad
-el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y
-siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte--porque tal amo tal
-criado--también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba
-a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él
-contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para
-ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como
-un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera
-el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no
-cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer
-agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía
-tener clavada la rueda de la fortuna.
-
-Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida
-ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el
-gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el
-que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar,
-señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi
-casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que
-yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí--le dije--,
-amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y
-sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible--exclamó con viveza--que
-te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte
-colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor
-era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda--añadió--que
-seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al
-repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto
-los mayordomos de las casas grandes.»
-
-Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del
-conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de
-haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias
-las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que
-le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería
-estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo
-perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más
-motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no
-se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde
-todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una
-palabra, no sería confidente del duque de Lerma.»
-
-Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el
-pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe
-el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la
-confianza del primer ministro!» «La divido--le respondí--con don
-Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es
-verdad, señor de Santillana--replicó--, que me causáis admiración.
-¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen
-en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo,
-poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado.
-Finalmente, señor--prosiguió--, me alegro mucho de la prosperidad de
-vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!--interrumpí yo--. ¡Señor Núñez,
-nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos
-siempre con familiaridad!» «Tienes razón--repitió--. Aunque te hayas
-enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he
-mirado siempre. Pero--añadió--te confieso mi flaqueza: al oír tu
-fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en
-ti más que a mi amigo Gil Blas.»
-
-Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas
-que llegaron. «Señores--les dije mostrándoles a Núñez--, ustedes
-cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa
-y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba
-con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al
-poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas
-para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que,
-tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y
-desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se
-sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.
-
-Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y
-me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi
-gabinete. «Perdóname, amigo mío--me dijo--, si he ofendido a tus
-covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado
-entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos
-hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes
-un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan
-estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré--le
-dije--mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con
-razón!--me respondió--. Yo te prometo talentos superiores y de los más
-entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a
-reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con
-otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.»
-
-Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió,
-acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro,
-haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes
-ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras--decía
-él--merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores
-muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación
-de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera
-encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la
-clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto
-con profusión.
-
-En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas
-principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con
-vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro,
-vituperando la elección que una academia de literatos acababa de
-hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido;
-los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me
-fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba
-por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro
-declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el
-cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos
-versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le
-dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción
-defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los
-ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes
-se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero
-aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio,
-Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos
-en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una
-taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica.
-
-Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de
-aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien--le dije--, amigo,
-¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis
-traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas.
-¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso--me respondió--presentarte
-otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.»
-
-
- CAPITULO X
-
- Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del
- encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este
- señor y él se metieron.
-
-
-Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma,
-empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena
-de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa
-dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que
-pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas
-para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían
-seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas,
-me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo
-que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era
-yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta
-debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí
-también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les
-tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión
-a José Navarro.
-
-Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para
-decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día
-a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba
-hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma
-cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por
-quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que
-necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo
-usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien
-a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el
-apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque
-os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto
-era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde.
-Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a
-servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que
-poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho
-por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita
-otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá
-el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de
-usted.»
-
-Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin
-embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro
-por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los
-agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien,
-con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado
-Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo
-que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»
-
-José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero
-creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi
-casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan
-mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento.
-Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me
-pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me
-hallaba en la corte.
-
-Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al
-que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo
-dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del
-dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde
-quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que
-al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del
-príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me
-dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo
-Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer
-cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este
-príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred,
-investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!»
-Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño
-de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay
-tantas gentes que se ocupan en él.
-
-Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no
-dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que
-volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte
-un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la
-fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo
-que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted
-necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta,
-y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no
-la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro
-tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una
-dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy
-delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas
-costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es
-algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde
-hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»
-
-Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un
-tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y
-de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una
-casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes,
-que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía
-y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería
-difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no
-escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En
-esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que
-le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a
-las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un
-sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le
-respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No
-me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y
-de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como
-usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el
-Júpiter enviando una lluvia de doblones.»
-
-Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos,
-no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase
-a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus
-amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me
-recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente,
-en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en
-almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron
-con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía,
-que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no
-atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que
-me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse
-que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias,
-que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían
-imperceptibles sus defectos.
-
-Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en
-mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo
-entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan
-bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya
-principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis
-impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar
-a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de
-vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle
-el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por
-eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con
-recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he
-presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor
-gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene,
-pues a otro no la conseguiréis.»
-
-Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una
-flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me
-hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del
-conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora,
-vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque
-hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a
-la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante:
-la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía
-fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario
-acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--,
-hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien
-pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa
-de usted he hallado lo que buscaba.»
-
-Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien
-conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer
-la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie
-de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de
-carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser
-dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita
-es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple
-aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es
-quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores
-ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la
-Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad,
-en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el
-nombre de su madre con el suyo.»
-
-Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a
-aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al
-príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer
-nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora
-Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó
-la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos
-siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe
-de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una
-visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como
-igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que
-el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán
-cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente.
-
-Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina.
-Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas
-llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos
-me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias
-imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad
-entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo
-necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho
-sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad.
-
-El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho
-un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en
-tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche
-siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las
-señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a
-la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría
-descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno
-de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos
-días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este
-señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que
-habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me
-llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta
-principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones
-para finalizarla.
-
-Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había
-pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión
-en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina,
-porque de todo hace uno mérito para con los grandes.
-
-Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo
-el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás
-talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará
-que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en
-el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga
-que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra
-excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en
-posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de
-él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me
-preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le
-dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está
-bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que
-no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera
-hacer.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- De la visita secreta y de los regalos que el príncipe hizo a
- Catalina.
-
-
-En aquel mismo punto llevé los mil doblones al conde de Lemos. «¡No
-podíais venir más a tiempo!--me dijo este señor--. He hablado al
-príncipe, quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia ver a
-Catalina, por lo que se ha resuelto que esta noche salga secretamente
-de palacio para ir a su casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo
-así a las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario
-manifestarles que el que va a verlas no es un amante común; fuera
-de que los regalos de los príncipes deben preceder a sus galanteos.
-Supuesto que le has de acompañar conmigo--prosiguió--, hállate esta
-noche en palacio a la hora de acostarse. También será preciso que tu
-coche, porque me parece del caso servirnos de él, nos espere a media
-noche cerca de Palacio.»
-
-Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en la que no vi a
-Catalina, por estar, según se me dijo, acostada, y sólo hablé con la
-señora Mencía. «Perdone usted, señora--le dije--, si vengo de día a su
-casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es preciso avisar a usted que
-el príncipe vendrá aquí esta noche; y reciba usted--añadí entregándole
-el talego en donde llevaba el dinero--, reciba usted una ofrenda que
-envía al templo de Citerea para que le sean propicias sus deidades. Ya
-ve usted que no les he proporcionado una mala conveniencia.» «Doy a
-usted las gracias--me respondió--. Pero dígame, señor de Santillana, si
-al príncipe le gusta la música.» «¡Con extremo!--le contesté--. Ninguna
-cosa le divierte tanto como una buena voz acompañada de un laúd tocado
-con destreza.» «¡Mucho mejor!--exclamó ella enajenada de alegría--. Lo
-que usted dice me llena de gozo, porque mi sobrina tiene la garganta
-de un ruiseñor, tañe maravillosamente el laúd y también baila con
-perfección.» «¡Vive diez--exclamé--, esas son muchas habilidades, tía
-mía! No necesita tantas una señorita para hacer fortuna; una sola de
-esas gracias le basta.»
-
-Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que el príncipe solía
-acostarse. Llegada ésta, di mis órdenes al cochero y me reuní al conde
-de Lemos, quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo antes de
-tiempo, iba a fingir una ligera indisposición, y aun acostarse, a fin
-de hacer creer mejor que estaba malo, pero que de allí a una hora se
-levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera excusada que
-iba a dar a los patios. Luego que me enteró de lo que ambos habían
-concertado, me apostó en un sitio por donde me aseguró había de pasar.
-Duró tanto el poste, que comencé a creer que nuestro galán había
-tomado otro camino o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los
-príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos satisfecho. En
-fin, cuando creía que me habían olvidado, se llegaron a mí dos hombres,
-que conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi coche, en el cual
-subimos ambos. Yo iba cerca del cochero para guiarle y le hice parar a
-cincuenta pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al príncipe y a
-su compañero para ayudarles a bajar y marchamos a la casa, cuya puerta
-nos abrieron inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.
-
-Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas en que yo me vi
-la primera vez, aunque por distinción habían puesto en la pared una
-lamparilla, cuya luz era tan escasa que solamente la percibíamos, sin
-que ella nos alumbrara. Todo esto servía para hacer la aventura más
-agradable a su héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista
-de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde la claridad
-de un sinnúmero de bujías recompensó la obscuridad que había en el
-patio. La tía y la sobrina se presentaron en gracioso traje de casa,
-seductoramente descuidado, y con aire tan atractivo que no se podían
-mirar sin embelesamiento. Nuestro príncipe, si no hubiera tenido que
-escoger, se hubiera contentado muy bien con la señora Mencía; pero dió
-la preferencia, como era razón, a las gracias de la joven Catalina.
-
-«Y bien, príncipe mío--le dijo el conde--, ¿podíamos haber
-proporcionado a vuestra alteza el gusto de ver dos personas más
-bonitas?» «Ambas me embelesan--respondió el príncipe--. No pienso sacar
-libre de aquí mi corazón, pues si faltara la sobrina no se escaparía de
-la tía.»
-
-Después de este cumplimiento, tan agradable para una tía, dijo mil
-cosas lisonjeras a Catalina, a las que ésta respondió con mucha
-discreción. Como les es permitido a las gentes honradas que hacen el
-personaje que yo en esta ocasión mezclarse en la conversación de los
-amantes, siempre que sea para atizar el fuego, dije al galán que su
-ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se alegró de saber tuviese
-estas habilidades y le suplicó le diese alguna muestra de ellas. Con
-mucho gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd bien templado,
-tocó sonatas tiernas y cantó de un modo tan expresivo, que el príncipe
-se echó a sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos a un
-lado esta pintura y digamos solamente que la dulce embriaguez en que
-se había sepultado el heredero de la Monarquía hizo que las horas
-le pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle de aquella
-peligrosa casa cuando ya se acercaba el día. Los señores agentes
-le condujeron prontamente a palacio y le dejaron en su aposento.
-Después se volvieron a su casa, tan contentos de haberle unido con una
-aventurera como si le hubiesen casado con una princesa.
-
-La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo
-quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos
-dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha
-gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a
-otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene
-dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me
-busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu
-bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún
-tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el
-agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de
-haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente:
-«Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra
-alteza desea.» «No es difícil satisfacerle--dijo entonces el duque a
-su sobrino--. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él
-mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y
-sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome
-con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!--le respondí--. Veo
-que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.»
-Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello.
-«¡Ninguno!--replicó el tío riéndose--. Es que un día Santillana quiso
-trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor
-ni en provecho suyo.»
-
-Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero
-se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían
-jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las
-circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien
-su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a
-casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar
-al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las
-entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones
-del dinero del duque para irlas a pagar.
-
-Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado
-las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que
-consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas
-arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas
-demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar
-como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen
-conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que
-eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que
-yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para
-averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me
-retiré con intento de tener una conferencia con Escipión.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la
- precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.
-
-
-Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me
-dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos.
-Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa.
-Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.
-
-El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus
-convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os
-inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras
-y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es
-esa?--le dije--. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son
-poetas?» «¡Perdone usted!--me respondió--. Sería lástima dar a beber
-vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre
-mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por
-vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta.
-A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros,
-y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto--le
-respondí--, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.»
-
-No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la
-mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú
-sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero
-que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme
-como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una
-cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas
-de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en
-satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto
-más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe
-de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que
-para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha
-enamorado de ella.» «Señor--me respondió Escipión--, usted se porta
-demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve
-una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó
-su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente
-relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina--prosiguió--es
-hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad
-de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador
-anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses,
-después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella
-su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones
-en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que
-todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos
-buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta
-de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las
-señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a
-Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin
-tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor:
-han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique,
-pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que
-hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad
-en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña
-vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa
-tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la
-tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y
-cuando de nieta, Sirena.»
-
-Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué
-me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa
-sea la querida de Calderón!» «Cabalito--respondió--, la misma es. Yo
-quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no
-lo creas--repliqué--; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés
-tú las consecuencias?» «No, a fe mía--replicó Escipión--. ¿Qué mal
-puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que
-pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro,
-contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y
-si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque
-verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.»
-
-Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo
-y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también
-aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía
-haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el
-ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello.
-Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era
-gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España
-y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al
-conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario
-descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque.
-
-Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro
-de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de
-Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de
-encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle
-las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su
- familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.
-
-
-Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala
-muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería
-que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o
-por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente:
-«Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que
-un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía
-un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar
-a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos
-todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo
-con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.
-
-Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en
-la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma
-esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque
-de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_,
-_Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano,
-que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni
-pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de
-vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace
-olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.
-
-Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un
-mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar
-en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre
-ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues
-qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que
-responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano
-vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el
-especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien.
-Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»
-
-«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea
-confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado
-de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con
-el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho
-que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de
-lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país,
-llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»
-
-Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar
-cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di
-motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien
-me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia
-que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo
-cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo
-desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes.
-No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me
-preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que
-vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen
-canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir
-poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que
-os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como
-amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les
-proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»
-
-En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me
-incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo
-rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza
-sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio
-que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia,
-me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--.
-¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y
-busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién
-es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he
-de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y
-le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta.
-
-No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí
-mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria
-los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me
-representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos
-impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi
-ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un
-profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.
-
-La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo
-mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y
-pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio
-ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él,
-no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un
-día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la
-corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente
-agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más
-adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes
-conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que
-consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas
-con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las
-atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil
-Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.»
-
-«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna
-mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no
-debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo,
-amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por
-la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas
-veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero
-hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu
-antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de
-esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor.
-Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que
-semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada?
-No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos
-amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo
-de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»
-
-Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se
-retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un
-poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en
-el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el
-trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de
-carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos
-conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde
-y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos
-estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito
-los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como
-yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables.
-¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo
-bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se
-entrega a criados!
-
-
-
-
- LIBRO NOVENO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y
- famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.
-
-
-Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a
-cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho
-aquel día. «Dar un golpe de maestro--me respondió--; proporcionar a
-usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única
-de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!--exclamé con aire
-desdeñoso--. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito
-y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener
-ideas más elevadas.» «¡Ah, señor--repitió Escipión--, no lo creáis
-así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado
-que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera
-de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es
-éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan
-grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi
-secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?»
-«¡Vamos despacio, señor!--me respondió--. ¡Un poco de paciencia! Es
-menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir
-en ello.» «¡Bueno!--respondí riendo a carcajadas--. ¿Todavía estás
-ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que
-usted piensa--replicó--; sólo quiero una hora de conversación con el
-platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos,
-capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted
-cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí.
-«¡Alabado sea Dios!--dijo--. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez
-mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me
-emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá
-o yo no soy sino un bestia.»
-
-Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel
-de Salero--que éste era el nombre del padre de la niña--, y es tanto
-lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la
-propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija,
-con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois
-valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso--dije entonces a
-Escipión--, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has
-visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote--respondió--. Hablando aquí
-para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna,
-a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío--le
-respondí--. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos
-y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por
-acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que
-es bien merecido el que por ello nos castiguen.»
-
-«Todavía no lo he dicho todo--repitió Escipión--. El señor Gabriel
-convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha
-de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos
-mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como
-un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo
-modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle
-antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco
-delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!--interrumpí con aire de confianza--.
-¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en
-este examen!»
-
-Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero,
-quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya
-muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se
-pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven
-Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo
-tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de
-corte.
-
-Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no
-me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no
-la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor
-Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la
-que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en
-mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era
-un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para
-hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes,
-todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y
-puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de
-negociantes que una plática de amigos.
-
-La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía
-deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a
-aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía
-ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron
-de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y
-lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen
-Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por
-un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte,
-afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como
-de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos
-de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo
-tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan
-poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al
-retirarse que iba muy satisfecho.
-
-Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para
-preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado--le
-respondió--; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor
-Escipión--añadió--, suplico a usted por nuestra antigua amistad
-que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro
-flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador?
-¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted
-no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante
-pregunta!--replicó el medianero--. Me intereso más por usted que por
-mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada,
-¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy
-servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le
-encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro
-tanto oro!--respondió el platero--. Eso me agrada. Vaya usted, amigo
-mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría
-aun cuando no fuera querido del ministro.»
-
-Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí
-al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición
-favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado
-su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me
-recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a
-ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le
-presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le
-manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno
-a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después
-siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de
-mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor
-partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas
-se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me
-dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de
-Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.»
-
-
- CAPITULO II
-
- Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y
- del servicio que le hizo.
-
-
-Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de
-mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso,
-mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora
-diré por qué causa me acordé de él.
-
-Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo
-sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le
-vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación,
-determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me
-daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma,
-y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo
-y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba
-la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro
-el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto,
-Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra
-parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos
-servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a
-tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.»
-
-Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante
-a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso.
-Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio,
-aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre
-aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué
-abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros
-sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de
-admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer
-a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una
-cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando,
-por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos
-cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos
-sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en
-su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia.
-Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire
-fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me
-hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales
-términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se
-vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen.
-
-Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a
-un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de
-amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!--exclamó--.
-¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En
-qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró
-en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se
-expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues
-me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con
-los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos
-obsequios?--decía yo en el camino--. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará
-este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear
-mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él
-con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví
-al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y
-cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo
-a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató
-groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó;
-pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió,
-y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los
-covachuelistas y secretarios que lo lean.
-
-Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no
-aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber
-presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero,
-sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi
-niñez me llamaban Frasquito--le respondió con serenidad el tal--,
-después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde
-de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con
-un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor,
-perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito
-de tus excusas!--interrumpió con altivez Frasquito--. ¡Las desprecio
-tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro
-debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan
-fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides
-de que no eres mas que un criado suyo.»
-
-Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no
-obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso.
-Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente
-sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido,
-lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con
-carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey
-le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la
-que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía
-gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando
-viniese a la corte a prestar el juramento.
-
-
- CAPITULO III
-
- De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas
- y del grande acontecimiento que los inutilizó.
-
-
-Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de
-celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para
-esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le
-busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual
-eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día
-en que habían de entregarme la dote.
-
-La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos,
-tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un
-yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer;
-fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas
-conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia,
-y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los
-parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos.
-
-Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde
-había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó
-mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid.
-Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a
-bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de
-Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres
-lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro
-de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido
-bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y
-cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!--me dijo Salero abrazándome--.
-Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de
-oro.» «Será usted bien recibido--respondí--, amado padre mío.» Luego,
-habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a
-la puerta, y tomé el camino de mi casa.
-
-Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres,
-unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas,
-rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: _¡Favor al rey!_ Hiciéronme
-bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el
-principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino
-de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil;
-y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo
-que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía
-necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba.
-«¡No, no!--respondió--. Estoy seguro de que no he errado el golpe;
-usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de
-conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé
-el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla
-del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de
-caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me
-encerraron.
-
-
- CAPITULO IV
-
- De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo
- supo la causa de su prisión.
-
-
-Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de
-paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche,
-no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal,
-sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi
-desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que
-lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque
-de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que
-me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor
-mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen
-hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.
-
-Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba
-por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me
-afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas,
-que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la
-mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para
-aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el
-rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me
-dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida
-se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo
-vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.»
-
-Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con
-suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar
-en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más
-me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su
-bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados
-que para mitigarla.
-
-En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me
-llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre
-con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor
-Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don
-Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre
-del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted
-le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para
-el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me
-quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán
-del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego,
-he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la
-fortuna--continuó--de encontrar en un hombre que tiene el cargo de
-maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de
-su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con
-nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que
-pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de
-compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento
-puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de
-instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo
-es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase
-conmigo.»
-
-Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra
-al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud.
-Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy
-estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo
-entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas
-que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios.
-«Inmediatamente--me dijo Tordesillas--van a traer de comer a usted;
-ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito,
-en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana
-las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el
-pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta
-Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista
-tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce
-melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista
-con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que
-no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo
-del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido
-y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las
-comodidades de que puede disfrutar un preso.»
-
-Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di
-mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me
-restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle
-mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su
-primer estado?--me respondió--. ¿Cree usted haber perdido para siempre
-la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que
-con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted,
-señor don Andrés?--exclamé--. Parece que usted sabe el motivo de mi
-desgracia.» «Confieso--me dijo--que no lo ignoro. El alguacil que
-ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo
-dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que
-usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España
-a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de
-desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en
-ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues
-cómo--le dije--ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia
-quisiera yo saber particularmente y esto es--respondió--lo que
-cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él
-mismo sabe.»
-
-En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que
-traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y
-tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con
-mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la
-tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas
-que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que
-no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno
-enfrente del otro. «Empecemos--me dijo--por lo más urgente. Después
-de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y
-diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento,
-y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus
-manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad
-que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca
-sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado
-actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles
-ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo
-exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera
-bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo,
-se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento;
-pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación
-tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que
-acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener
-por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de
-la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar,
-o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que
-no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se
-le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que
-cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el
-señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se
-llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil
-colgado en la pared.
-
-
- CAPITULO V
-
- De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.
-
-
-Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me
-había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber
-contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia
-ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven!
-Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar
-de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad.
-Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el
-resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste
-querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo
-comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»
-
-Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía,
-más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era
-el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro
-mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de
-vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en
-menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría
-en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La
-confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza
-que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había
-podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga
-que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé
-profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así
-a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario
-para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son
-de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño,
-pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que
-cantaban los versos siguientes:
-
- ¡Ay de mí! ¡Un año felice
- parece un soplo ligero;
- pero, sin dicha, un instante
- es un siglo de tormento!
-
-Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó
-mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la
-experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien
-pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en
-una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en
-ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del
-sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me
-levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré
-el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el
-señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que
-acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a
-lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo
-eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle
-delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas.
-Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía
-representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.
-
-Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada
-anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--,
-aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo
-cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha
-pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos
-instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera
-despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha
-turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto
-inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de
-muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes
-quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones
-se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.»
-Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba
-de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender
-mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro
-cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí
-con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál
-sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la
-juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una
-miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las
-princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la
-Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había
-dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una
-ligera idea de las perfecciones que le adornaban.
-
-Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle.
-Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió
-a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una
-mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió
-bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La
-libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo,
-pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar
-con paciencia nuestra desgracia.
-
-Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la
-guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era
-la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y
-cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía
-a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome:
-«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus
-galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me
-favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse
-para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a
-una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a
-usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»
-
-
- CAPITULO VI
-
- Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.
-
-
-«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía
-doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la
-Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando
-el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas
-daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía
-ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta
-proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de
-ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían
-equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que
-hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis
-señas.
-
-»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan
-prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena,
-que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas
-leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban
-frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba
-todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su
-sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de
-ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes
-bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a
-un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante
-mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié
-también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación.
-Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones
-fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama:
-ambas se mostraron duras e inaccesibles.
-
-»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a
-otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia
-tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor
-amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con
-frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué
-con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en
-su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al
-día siguiente.
-
-«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han
-excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que
-me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es
-dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle
-feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena
-voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear
-a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una
-señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y
-altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle
-algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de
-demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para
-qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas
-circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!»
-Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de
-trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que
-la hice llorar.
-
-»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi
-generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco
-las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no
-debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido.
-Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere,
-y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar
-ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que
-se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir
-que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una
-ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de
-sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la
-observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña
-Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré
-pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en
-agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de
-sus disimulos.»
-
-»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy
-satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto
-a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó
-los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para
-sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña
-Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy
-expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio
-alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me
-ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don
-Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y
-es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede
-ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero
-que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone
-usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don
-Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado
-diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que
-paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le
-permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas
-expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.»
-
-»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando
-con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para
-propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez
-el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene
-todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra
-persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo
-más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que
-hago en mi cuarto!»
-
-»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas
-las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que
-mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras
-no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que
-procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi
-favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi
-desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío,
-escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado.
-Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición
-de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto,
-pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente
-como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi
-cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del
-que usted le hace.»
-
-»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión
-de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy
-patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después
-de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el
-arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos
-el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome
-que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho
-tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y
-se volvió al momento a casa de don Jorge.
-
-«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón.
-Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera.
-Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia,
-si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras
-órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he
-dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que
-me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad
-de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga
-agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se
-le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este
-fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado.
-Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa
-de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi
-desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la
-vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su
-vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no
-ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha
-hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación,
-me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me
-hacía, y desapareció al momento.»
-
-»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a
-su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después
-hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--,
-que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar
-de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu
-conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche
-que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este
-instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí
-a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le
-respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que
-así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le
-vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la
-mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un
-frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que
-yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir
-dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos
-términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle
-jamás de mí.
-
-»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi
-vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia
-mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban
-prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche
-debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en
-mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes
-inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó
-el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido
-combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por
-las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a
-don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con
-muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde.
-Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y
-casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a
-casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.
-
-»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que
-entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al
-sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto
-se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante
-que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo
-pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la
-Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él
-era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado
-como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella,
-e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan
-violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No
-obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la
-alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de
-los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor,
-mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña
-Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces
-miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver
-más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse
-conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad
-de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan
-dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos
-inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las
-mujeres el último que llega.
-
-»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo
-había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia.
-De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi
-herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve
-permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la
-criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de
-tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba
-su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía
-solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo
-pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la
-boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda
-la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.
-
-»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que
-tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su
-hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto
-por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una
-compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia.
-Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que
-estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy
-interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y
-me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara,
-el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras:
-«Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no
-dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde
-encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que
-os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña
-Elena.--_Don Agustín de la Higuera._»
-
-»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor
-tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al
-solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi
-me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve
-tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente
-en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la
-función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis
-decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el
-combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio
-que me señala.»
-
-»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a
-reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo
-que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté
-estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la
-cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se
-retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo,
-que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente,
-pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio
-de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que
-amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y
-partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en
-cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda
-suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así,
-bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo
-con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted;
-pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted
-renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted
-persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían
-cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una
-ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la
-noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.»
-«Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted
-que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban
-mis intentos.»
-
-»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual
-hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos
-a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear
-con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo,
-no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y
-así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como
-de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival
-recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó
-muerto.
-
-»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había
-pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado
-Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve
-a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para
-mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se
-entra en la ciudad, me encontrarás.»
-
-»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia
-tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado
-más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había
-yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que
-tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella
-componía mi asunto.
-
-»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por
-Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia.
-Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y
-presentarme en ellas con decencia.
-
-»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y
-tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba
-secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su
-familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario,
-cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían
-pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al
-tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía
-enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa
-occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le
-había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó
-allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo.
-Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo
-tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes
-decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.
-
-»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya
-peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su
-desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan
-temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre,
-consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno,
-le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a
-doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era
-inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su
-pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la
-dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los
-medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de
-mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por
-aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a
-su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el
-padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año
-entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla
-a olvidarme.
-
-»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por
-él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante
-tan apasionada. «Ved aquí--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que
-un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano,
-en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio,
-se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la
-corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos.
-Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada
-doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor
-poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado
-de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le
-suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de
-su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.--Parma, etc.»
-
-»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en
-los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre,
-la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que
-conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el
-fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le
-proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi
-inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar
-al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron
-el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando
-enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que
-nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre
-en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón
-más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan
-fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su
-infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de
-recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó,
-meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de
-mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas
-lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con
-entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza
-séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se
-acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al
-hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos,
-nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá
-que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi
-amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó
-a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose
-del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos
-de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó
-precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le
-hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia
-que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida
-de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la
-injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés
-de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento,
-sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno
-entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta
-sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su
-mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en
-divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para
-inventar.
-
-»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba
-entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto
-con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia
-inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé
-a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en
-fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la
-hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía,
-dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida
-de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón
-y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»
-
-»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón
-para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo
-que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente
-si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al
-deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para
-enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora
-Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente
-encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y
-quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer.
-La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura
-Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O
-tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la
-ingrata de haberos negado a oírlas?»
-
-«Señor--me respondió la criada--, confieso ingenuamente que vuestra
-presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil
-remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de
-ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza
-presentarme a usted?» «¡Oh cielos!--repliqué yo con sorpresa--. ¿Qué me
-dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto
-por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme
-a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se
-esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama;
-me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra,
-no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió
-esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.
-
-»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir
-de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo
-conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente
-en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda,
-adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo
-común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se
-ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su
-mujer.
-
-»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me
-hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí
-no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis
-dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado
-mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las
-instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en
-adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más
-satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero
-ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus
-decretos.»
-
-«Pues qué, señora--le respondí--, ¿no basta el haberos perdido? ¿No
-basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que
-soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento?
-¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda!
-¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis
-el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis
-y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está
-bien--replicó ella con precipitación--; pues cesad vos también de
-esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento.
-Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la
-amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--añadió--y
-acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a
-pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si
-la prolongase.»
-
-»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé
-a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé
-hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que
-de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado
-de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado
-infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas,
-mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con
-intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena,
-que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus
-consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!--me dijo--. ¿Es este el modo que
-tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a
-deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»
-
-»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a
-estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos
-que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin
-duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas,
-que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su
-hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra
-conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor
-don Gastón--exclamó, deteniéndome el brazo--, recóbrese usted y no se
-rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»
-
-»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide
-ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal?
-Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis
-de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar
-vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede
-dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano--me
-respondió don Blas--procura usted interesar mi honor para que le dé la
-muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco
-tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la
-ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--añadió--, no os
-desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»
-
-»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó
-poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de
-alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después
-me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el
-cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar
-en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha
-amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual,
-por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del
-dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el
-duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha
-hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser
-cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre
-noble y castellano.»
-
-Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero,
-el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la
-cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque
-de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo
-importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado
-injustamente de traición.»
-
-
- CAPITULO VII
-
- Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas
- noticias.
-
-
-Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación
-diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha
-presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted
-preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble
-alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor
-Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle
-hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por
-un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar
-un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En
-fin--continuó don Andrés--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de
-ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.»
-
-Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era
-traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas
-muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel
-Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba.
-A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que
-solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos
-extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él
-hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron
-de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este
-abrazo.
-
-En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi
-casa. «Ya no tiene usted casa--me respondió--, y para ahorrarle el
-trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras
-lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto
-por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole
-ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus
-salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad
-de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que
-saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario
-de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo
-estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso
-sin conocimiento del duque de Lerma.»
-
-Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte
-en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente--me respondió--, de ello estoy muy
-bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me
-ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho
-que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la
-señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de
-España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del
-señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida,
-para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo
-descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado
-tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla,
-informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con
-eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado
-su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a
-Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión
-perpetua. Vea usted aquí--prosiguió Escipión--lo que me ha dicho mi
-amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más
-bien de don Rodrigo Calderón.»
-
-Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis
-asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino,
-todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me
-lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la
-esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me
-puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar
-mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de
-acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para
-elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente:
-los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre
-Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe
-el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos
-amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el
-Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso,
-y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será
-llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me
-presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he
-padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los
-gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también
-que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en
-casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme
-prontamente.
-
-El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en
-prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del
-pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted--me dijo--otra señal de
-reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara
-la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos--me
-respondió--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he
-tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío--le
-dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en
-que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos
-hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen,
-son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la
-compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir
-al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que
-quiero--exclamó--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a
-suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía
-que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a
-adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna
-mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá
-usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.»
-
-Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas.
-Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso
-alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y
- éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo.
-
-
-Aunque comúnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros
-criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son
-nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión me había
-manifestado me hacía mirarle como a mi misma persona. Así, ya no hubo
-subordinación ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en
-adelante comiendo y durmiendo juntos.
-
-La conversación de Escipión era muy divertida, y con razón se le podía
-haber llamado el hombre de buen humor. Además era discreto y me iba
-bien con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me parece no sería
-malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal
-efecto. ¿Qué te parece a ti?» «Ya estoy--respondió--; pero los grandes
-se mudan tanto de un instante a otro, que no sé cómo recibirá vuestra
-carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que
-escribáis, pero con maña. Aunque el ministro os estima, no fiéis por
-eso en que se acordará de vos. Esta suerte de protectores fácilmente
-olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.»
-
-«Aunque eso es muy cierto--le repliqué--, yo hago mejor concepto de mi
-favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece
-de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera
-para sacarme de la prisión que se aplaque la cólera del rey.» «Sea
-enhorabuena--respondió--; yo me alegraré que el juicio que usted hace
-de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio
-de una carta muy expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su
-propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia
-que a Escipión le pareció patético y Tordesillas juzgó superior a las
-mismas homilías del arzobispo de Granada.
-
-Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecería al leer la
-triste pintura que le hacía del miserable estado en que no estaba,
-y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas llegó a
-Madrid cuando fué a casa del ministro. Encontró a uno de mis amigos,
-ayuda de cámara, que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien
-dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, uno de los más
-fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un
-obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente
-lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder escribir uno de
-los carceleros.» El ministro la abrió y leyó; pero aunque vió en ella
-un retrato capaz de enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse
-compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante de algunas
-personas que podían oírlo: «Amigo, diga usted a Santillana que es mucha
-osadía el recurrir a mí después de la acción perversa que ha cometido
-y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre
-indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al
-resentimiento del rey.»
-
-Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar
-de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de
-interceder por mí. «Señor--replicó--, aquel pobre preso morirá de dolor
-cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió
-a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda.
-Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había
-tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que
-deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los
-grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos.
-
-Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su
-comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el
-primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la
-protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron
-para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares,
-de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad.
-
-El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para
-recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza
-de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil
-Blas--me dijo al presentármelos--, vea usted aquí dos Hipócrates que
-vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la
-oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría
-recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero
-me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me
-pusiera en sus manos.
-
-«Caballero--me dijo uno de los médicos--, es necesario ante todas cosas
-que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande--le
-respondí--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes
-quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí--respondió--, lo
-quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté
-de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan
-maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura.
-Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de
-San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después
-de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora,
-hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo
-mío--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las
-medicinas y sangrías me habían causado--, de los dos talegos que hay
-en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias
-a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero,
-¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi
-ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza
-quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a
-pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el
-talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia,
-y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el
-descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano,
-que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la
-aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el
-llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.
-
-Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante,
-me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a
-la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que,
-según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y
-me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto
-sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de
-consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio
-que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía
-mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor
-particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun
-cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía
-de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un
-filósofo.
-
-Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto
-cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha
-ocurrido una cosa--añadió--. Conozco a una persona que podrá servirnos,
-y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una
-muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos
-los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde,
-aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien--le
-respondí--. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa
-diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!»
-
-
- CAPITULO IX
-
- Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la
- libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido
- de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.
-
-
-Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué
-a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo
-quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer,
-pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran
-librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque
-encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión
-a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.
-
-Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin
-y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo
-a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su
-criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha
-tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra
-soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega,
-ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a
-toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi
-obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.
-
-No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta
-y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del
-rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide,
-quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo,
-usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero
-las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá
-le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas
-saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda
-salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran
-mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo
-estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de
-ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»
-
-Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el
-día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de
-Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que
-me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger
-del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había
-quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si
-no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo
-menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun
-cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi
-suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan
-desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto,
-te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea
-que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya
-veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el
-murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y
-otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos
-esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a
-nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá
-satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo
-comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la
-bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta
-verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo
-reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias
-maravillosa para conservar la salud.»
-
-«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi
-secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta
-frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de
-mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos
-enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con
-qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión
-del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será
-preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones
-convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano
-para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para
-gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice
-Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_.
-_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear
-tenerlas._»
-
-«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado
-los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa
-de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante
-que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un
-grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que
-extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano.
-Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas
-tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--,
-tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en
-qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia
-filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí
-encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida
-deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón;
-consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione
-todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»
-
-
- CAPITULO X
-
- De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en
- la calle, y de lo que siguió a este encuentro.
-
-
-Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en
-la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos
-fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy
-bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro
-a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha
-disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas
-están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico
-mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que
-este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un
-noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»
-
-Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí:
-«Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los
-dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el
-platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos
-talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos
-de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me
-dijo--el depósito tal como se me confió.»
-
-Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de
-haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en
-donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados
-los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad.
-Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario
-tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte
-cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que
-iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach,
-aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don
-Alfonso.
-
-Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido,
-se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su
-señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber
-de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar
-a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están
-actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la
-corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido
-a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al
-Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le
-haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha
-hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca
-gusta de recompensar el valor.»
-
-Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté
-saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo
-de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo
-inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar
-por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala
-jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció,
-dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre
-sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría:
-«¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento!
-No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos;
-yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva,
-y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a
-delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde
-entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte
-buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había
-escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--,
-dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten
-por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le
-respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un
-puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y
-confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con
-grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer
-ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a
-decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa
-exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco
-que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en
-ella una vida retirada.
-
-El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me
-dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora
-más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar
-tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna.
-Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá
-quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una
-pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas
-de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin
-incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta
-determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»
-
-Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar;
-le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su
-beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me
-hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento
-de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su
-generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso
-de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba.
-Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración.
-Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno
-de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No
-obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que
-te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria:
-quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»
-
-«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi
-codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres,
-como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de
-Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte,
-esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en
-perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son
-una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»
-
-Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó
-al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del
-agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que
-había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre
-y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la
-escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera
-un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron,
-diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando
-quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del
-barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado
-a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino
-de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto
-puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados
-de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad.
-Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de
-mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la
-orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un
-país hermosísimo.»
-
-«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza,
-vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa
-a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que
-tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje
-a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado.
-Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos
-días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para
-recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión
-apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos
-tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y
-tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos
-cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi
-retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en
-nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la
-puerta de mi casa estos dos versos latinos:
-
- _Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:
- Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].»
-
-
- [1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!
- ¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!
-
-
-
-
- LIBRO DECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a
- su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con
- el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital.
-
-
-Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir
-a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de
-Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de
-Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que
-el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían
-perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como
-a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.
-
-Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante
-de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase
-al nuevo cardenal. «Puede ser--me dijo--que su eminencia, viéndole a
-usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse
-irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.»
-«Señor Escipión--le respondí--, usted ha olvidado sin duda que sólo
-conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las
-dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de
-Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque
-de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto
-que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está
-tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos
-a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío,
-si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que
-decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y
-te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde
-pudieres.»
-
-«¿Cómo así?--replicó mi secretario, algo resentido de estas
-expresiones--. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener
-repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi
-inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte
-en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted
-en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en
-una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna
-gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle
-mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué
-únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas
-reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido
-de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar
-de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una
-idea tan risueña!»
-
-Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos
-buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi
-comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el
-segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso
-alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a
-Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo
-suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo
-mío--le dije--, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la
-Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos
-secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que
-maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué
-imaginación!--dijo mi secretario--. ¡Sin duda, señor de Santillana,
-que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber
-hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos
-remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor
-sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y
-atribuyéndose a ellos solamente los felices.»
-
-«En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo
-fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte
-enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de
-la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba
-sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían
-los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no
-los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez--exclamó Escipión dando
-una carcajada--, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes
-curiosidad de verle y oírle--repuse yo--, mañana la podrás satisfacer,
-como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya
-era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes
-años.»
-
-Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a
-apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había
-muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a
-causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro
-doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar
-que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente,
-tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo.
-A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado
-en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos
-vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos
-preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor--le respondí--, ¿es
-posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de
-haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto
-Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo
-así?--me replicó dándome un abrazo--. ¿Eres tú Santillana? Cierto que
-no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has
-hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre
-la Medicina.» «Teníale--le respondí--mucha inclinación, pero razones
-poderosas me apartaron de ella.»
-
-«¡Peor para ti!--replicó Sangredo--. Con los principios que aprendiste
-de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo
-te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la
-química. ¡Ah hijo mío!--exclamó arrancando un doloroso suspiro--. ¡Qué
-novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta
-parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que
-en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en
-poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los
-hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el
-desorden de los nuevos prácticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta
-ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al
-carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos
-desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y
-curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica
-en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su
-método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros
-tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los
-purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético
-y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la
-libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden
-y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.»
-
-Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica,
-pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber
-lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían
-inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena,
-quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor--dijo
-a Sangredo--, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como
-tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios
-químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego
-partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos
-que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La
-razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos
-ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia
-como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos
-miserables?»
-
-«Ese desorden--replicó el doctor--va todavía más lejos de lo que usted
-piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos
-de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los
-cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces
-de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo
-sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el
-quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se
-juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta
-dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son
-a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se
-aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian
-la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan
-más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora
-el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la
-sangría del pie.» «Señor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la
-indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo
-mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los
-hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del
-de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la
-Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo
-que este día fatal no esté cerca de llegar!»
-
-Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor
-una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno,
-un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego
-que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había
-mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las
-reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor
-doctor!--le dije--. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber
-vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las
-tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá
-se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad
-avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que
-es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_,
-y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de
-aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. ¿Qué me dirá
-usted ahora en su defensa?»
-
-«Digo--me respondió el viejo--que me reconvienes sin razón. Si yo
-bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel
-observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que
-he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición--le repliqué yo--, mi
-querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el
-canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua.
-Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el
-vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con
-tal que se beba con moderación.»
-
-Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía
-negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la
-vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa
-reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano
-mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a
-que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo,
-señor Sangredo!--le dije--. ¡No se canse usted de desacreditar el
-quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su
-celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la
-rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho
-cuanto estaba de su parte para sostenerla!»
-
-Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso
-y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la
-calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba
-con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle
-atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez,
-aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica
-mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme
-a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y
-discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para
-conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con
-mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida,
-pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba--le
-respondí--a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado
-Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una
-sonrisa maligna--. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e
-hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio?
-Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»
-
-«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al
-señor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que
-Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué
-llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir--le contesté--que
-escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es
-un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y
-cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan
-bien--le respondí--como con las personas de calidad; porque, aquí para
-los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la
-menor duda!--repuso Ordóñez--. Haga la corte a los grandes todo lo que
-quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le
-producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico:
-algún día le veréis en el hospital.»
-
-«Esto no me causará novedad--dije yo--, porque la poesía ha llevado
-a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en
-haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría
-nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría--respondió Ordóñez--. Yo
-le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto,
-hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se
-le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que
-hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta
-ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó
-la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo
-el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias
-que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré
-persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude
-detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No
-conocía su felicidad!--añadió--. Buena prueba es de esto el criado que
-recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos
-talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que
-le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la
-actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de
-los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien
-cargado de una numerosa familia.»
-
-
- CAPITULO II
-
- Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué
- estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.
-
-
-Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos
-sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del
-refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los
-pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían
-errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado
-para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había
-aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener
-gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión
-era un poco espadachín.
-
-Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón
-poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba
-yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de
-presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me
-informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas
-que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con
-efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención,
-me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que
-éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por
-cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado;
-es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo.
-¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino
-para cenar su tío!»
-
-«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una
-memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin
-duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.»
-«Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el
-estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que
-haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil
-Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy
-poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el
-canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla
-actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco
-goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos
-enfermos.»
-
-Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a
-Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi
-secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de
-mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción
-que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes
-de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo
-mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver
-morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso
-espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas
-de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un
-pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de
-las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado
-esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide
-perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches
-tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban
-a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la
-postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció
-de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano,
-y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra,
-exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo
-llegase para expirar.
-
-Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse
-desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi
-padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además
-de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no
-haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad,
-me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como
-un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco
-menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos
-remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--.
-¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus
-parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de
-los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado
-las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de
-esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.»
-
-El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y
-el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle
-muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más
-que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que
-mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre
-y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a
-quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una
-situación tan digna de lástima.
-
-Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me
-acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos.
-Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas
-cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de
-un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo
-mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te
-creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de
-familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi
-madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente
-fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi
-salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones
-que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña,
-confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las
-hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado
-para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré
-que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera
-ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido
-las circunstancias inútiles de ella.
-
-Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima
-todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había
-hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo,
-me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi
-madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse
-de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me
-respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor
-del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado
-conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha
-frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran
-siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal
-corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de
-ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»
-
-«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo,
-pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna
-verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la
-ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De
-consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que
-recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me
-dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un
-judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto
-a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos
-nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza,
-y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso
-que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa
-vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía
-seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo
-que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido
-a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis
-obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan
-mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer
-mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la
-avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del
-rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta
-dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por
-cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar
-a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido
-enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido
-a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo
-a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted
-admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de
-Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá
-usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que
-el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de
-tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles
-atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»
-
-«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi
-madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas
-dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi
-hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy
-connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como
-esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por
-ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese
-cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto
-conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar
-en él.»
-
-No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque
-era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en
-que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir
-una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que
-se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la
-ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió
-mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de
-ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi
-esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más
-pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más
-infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente
-las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de
-Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»
-
-Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no
-economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se
-despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio
-por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte
-generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que
-aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado
-con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder
-tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso
-entierro.
-
-Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó
-contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo,
-desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este
-ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar
-a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía
-otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras
-después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una
-disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la
-iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias,
-acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos,
-los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar
-la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué
-menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que
-no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón
-donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente
-lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado
-modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante
-intento.
-
-Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había
-hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal
-aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de
-Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido
-algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba
-menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se
-opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en
-adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío,
-no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas
-las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted
-palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»
-
-«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los
-pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué,
-señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No
-lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña
-linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos
-vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por
-ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea,
-esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo
-esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una
-cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me
-atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen
-algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al
-mío, por grande que fuese su sinrazón.»
-
-«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en
-la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son
-muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos,
-ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en
-el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de
-cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por
-este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a
-doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes
-interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí
-de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el
-populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento
-que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas
-de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país,
-quieran volver a él para hacer de personas de importancia!
-
-
- CAPITULO III
-
- Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a
- Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué
- gentes encontró allí.
-
-
-Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro
-viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe,
-y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo
-dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos
-acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las
-quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que
-descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el
-dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»
-
-«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra
-morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda
-de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si
-no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate
-aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el
-país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso
-me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó
-Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una
-cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy
-modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de
-mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su
-orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que
-tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»
-
-«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio
-es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus
-torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído
-y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla,
-llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser
-más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale
-un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al
-que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad!
-¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él
-largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto
-nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.»
-
-Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas
-puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el
-señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta.
-Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar
-la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome
-gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la
-que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo
-que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor,
-habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen,
-uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la
-misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos
-de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían
-corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de
-estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el
-cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión
-de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la
-comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años
-en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos
-platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar
-a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora
-de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para
-reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.»
-Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y
-Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de
-pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún
-rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo
-pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad
-que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron
-mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a
-ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería
-de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo,
-todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros
-ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro
-aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés,
-de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas
-de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario
-hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos.
-
-Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario
-y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con
-dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla
-podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de
-Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es
-que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal.
-A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban
-unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de
-la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la
-satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con
-miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan
-contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas
-que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la
-olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos
-hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir
-al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y
-agradable.
-
-Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de
-cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le
-pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que
-don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en
-hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas
-de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco,
-en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua,
-la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos
-objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una
-prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta
-la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos
-frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para
-preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un
-olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo
-alegrillos que acababan de comer bien.
-
-Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos
-escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron.
-Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era
-fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez
-aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín
-de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La
-mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces
-en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron,
-gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien
-venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me
-obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que
-me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció
-conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección
-y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo,
-no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario,
-dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos
-fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin
-que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto
-de vernos en nuestra nueva posesión.
-
-Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni
-el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a
-la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala
-donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa
-cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en
-pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco,
-pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente
-vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no
-podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a
-acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor
-cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me
-dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles
-en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»
-
-Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para
-conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que
-se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me
-respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que
-esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir
-que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería
-abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme
-de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi
-casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir
-con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos,
-Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de
-que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador
-de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien,
-conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer.
-Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la
- conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo
- doña Serafina.
-
-
-Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme
-dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad
-con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía,
-y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban,
-resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la
-impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía
-anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este
-placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre
-en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora
-Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón,
-no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas
-especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a
-dejarse ver el sol.
-
-Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en
-el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi
-secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un
-hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir
-inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena
-fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este
-deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de
-acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho
-días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre,
-que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están
-muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras
-las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por
-demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a
-Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba
-las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando
-mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma
-persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.
-
-En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme
-a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me
-condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con
-su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los
-dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse
-a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que
-viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme
-en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon
-entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad.
-«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a
-Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y
-suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.»
-«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa
-que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la
-posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella
-cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester,
-ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»
-
-«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados
-que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa
-quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos
-pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es
-demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con
-la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de
-lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro
-que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción.
-En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o
-dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras
-con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían
-violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me
-pareciese.
-
-Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin
-la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió
-diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que
-tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de
-la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió
-prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--,
-creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será
-menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana
-debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi
-memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece
-el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora
-la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del
-peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron
-a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de
-muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto
-de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una
-sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a
-comer.
-
-Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más
-acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno
-de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no
-ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a
-influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a
-saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se
-habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes
-elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se
-suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían
-incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los
-divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba
-de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de
-aquellos caballeros por un mozo muy discreto.
-
-Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir
-la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron
-en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una
-ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador
-con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se
-acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para
-que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de
-cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba
-de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que
-siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en
-casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la
-aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza
-Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se
-habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que
-usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al
-cabo murió más llorada del ama que del amo.»
-
-Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me
-pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino.
-No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y,
-compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin
-pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de
-que se había prendado.
-
-Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la
-ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo
-mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la
-atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha
-gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan
-crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo
-estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol
-negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí
-también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera
-vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel
-Triaquero.
-
-
- CAPITULO V
-
- Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué
- éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia.
-
-
-Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las
-personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros
-de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura
-como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches
-para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas
-aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda
-clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me
-disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron.
-Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me
-llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que
-podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de
-alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de
-las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso.
-«No hay que admirarse de eso--me respondió--, porque la tragedia
-que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero,
-apellidado _el poeta de moda_. Cuando los carteles de los cómicos
-anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se
-pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa;
-todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se
-estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla
-el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se
-respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda--dije entonces
-al gobernador--que esa viva curiosidad del público, esa furiosa
-impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don
-Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»
-
-Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los
-actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el
-principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin
-de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el
-teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba
-modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros
-y damas le llenaban a competencia.
-
-Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después
-llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy
-apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto
-de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la
-cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes
-de la tragedia?--preguntó un caballero de Santiago--. ¿No es esto lo
-que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones
-tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es
-un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo--respondió un
-caballero de Alcántara--que nadie pueda pensar de él de otra manera.
-Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo
-Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el
-señor--añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano--, que
-me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste
-usted, caballero--le respondió el de Madrid con cierta risita falsa--.
-Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con
-tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos
-por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la
-escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos
-haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad
-no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado
-en la escena. Por eso antes de calificar un poema--prosiguió--lo
-examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un
-autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían
-composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los
-cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber
-juzgado que eran dignos de ella.»
-
-«¡Oh! Por cierto--interrumpió el caballero de Santiago--, nosotros
-no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que
-se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su
-mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención,
-sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para
-persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta
-deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los
-Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran
-maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón
-como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este
-discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto,
-señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la
-primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de
-su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que
-sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena
-rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos,
-frecuentemente muy obscuros.»
-
-Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan
-loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase
-de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión
-de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un
-efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a
-los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel,
-y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y
-ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al
-cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega,
-raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos
-los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya
-suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno
-ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las
-Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así
-como formáis la nuestra, hace mención de él.»
-
-Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la
-concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me
-condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto.
-Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi
-señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano
-de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un
- religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso.
-
-
-Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y
-salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un
-cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los
-ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de
-todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él
-a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios
-capítulos de esta historia.
-
-Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que
-en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos,
-lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!--dije--. ¿Se
-habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar?
-¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve
-demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante.
-
-Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, adonde fuí al momento
-con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese
-al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve
-necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a
-la puerta del monasterio otra cara que yo conocía trocó mi duda en
-certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi
-antiguo criado.
-
-Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos allí. «¿Será acaso
-una ilusión?--le dije al saludarle--. ¿Es realmente un amigo mío el
-que tengo a la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió no
-conocerme; pero considerando que era inútil la ficción y haciendo como
-quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil
-Blas!--exclamó--. ¡Perdone usted si no le conocí tan prontamente! Desde
-que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que
-prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de
-lo que he visto en el mundo.»
-
-«Tengo un verdadero gozo--le dije--de volverte a ver después de diez
-años con un traje tan respetable.» «Y yo--respondió--me avergüenzo de
-presentarme con él a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida;
-este hábito me la está continuamente reprendiendo. ¡Ah!--añadió dando
-un suspiro--. ¡Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre
-en la inocencia!» «Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer--le
-repliqué--, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Señor
-os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente
-por saber de qué modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don
-Rafael, porque estoy persuadido de que es él a quien acabo de encontrar
-en la ciudad en hábito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido
-en la calle para hablarle y le espero aquí para reparar mi falta cuando
-se retire al monasterio.»
-
-«No se engañó usted--me dijo Lamela--; el mismo don Rafael es a quien
-usted ha visto. Y en cuanto a la relación que usted me pide, es la
-siguiente: Después de habernos separado de usted cerca de Segorbe,
-el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con ánimo de
-hacer allí alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrásemos
-en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando
-en el coro; detuvímonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma
-experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud.
-Admirámonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y
-desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba
-ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su
-conciencia. Haciendo estas observaciones caímos en una meditación que
-nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos
-buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos
-llenó de turbación y de inquietud. «Lamela--me dijo don Rafael luego
-que salimos de la iglesia--, ¿qué impresión ha causado en ti lo que
-acabamos de ver? Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no tengo
-el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos
-y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En
-igual disposición me hallo yo--le respondí--. Las malas acciones que
-he cometido se levantan en este instante contra mí, y mi corazón, que
-jamás había sentido remordimientos, está en la actualidad despedazado
-por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio--continuó mi compañero--, somos dos
-ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver
-al aprisco! El es, amigo mío. El es quien nos llama. No seamos sordos
-a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolución en
-que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande
-negocio de nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra vida en
-este monasterio y consagrarla a la penitencia.» Aprobé el pensamiento
-de Rafael--prosiguió el hermano Ambrosio--y tomamos la generosa
-resolución de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al
-padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar
-nuestra vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos tratase como
-a religiosos durante un año entero. Observamos las reglas con tanta
-exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estábamos
-tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos
-valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admitió
-a la profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado don Rafael
-un talento a propósito para el manejo de negocios, le nombraron para
-aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Más hubiera
-querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oración, pero
-se vió obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tenía de
-él. Adquirió un conocimiento tan completo de los intereses de la casa,
-que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres
-años después. Y así está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede
-decirse que le desempeña con grande satisfacción de los padres, que
-alaban mucho su conducta en la administración de los bienes temporales.
-Pero lo que más me admira es que, a pesar del cuidado que se le confió
-de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna.
-Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas
-meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este
-monasterio.»
-
-Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con un grande movimiento de
-gozo que manifesté al ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de
-nosotros. «¡He aquí--exclamé--, he aquí el santo procurador que yo
-estaba esperando con tanta impaciencia!» Y al mismo tiempo corrí hacia
-él y le di un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la más
-leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteración,
-«¡Sea Dios loado, señor de Santillana!--me dijo con una voz llena
-de dulzura--. ¡Dios sea loado por el placer que me causa el veros!»
-«Verdaderamente--le dije--, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte
-posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia
-de vuestra conversión y confieso que su relación me ha encantado.
-¡Qué ventura la vuestra, amados amigos míos, la de poder lisonjearos
-de ser de aquel corto número de escogidos que deben gozar de una
-bienaventuranza eterna!»
-
-«Dos miserables como nosotros--respondió en tono muy humilde el
-hijo de Lucinda--no podían concebir semejante esperanza; pero el
-arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre
-de las misericordias. Y usted, señor Gil Blas--añadió--, ¿no piensa
-también en merecer que el Señor le perdone las culpas que contra él
-ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted a Valencia? ¿Ejerce,
-por desgracia, algún empleo peligroso?» «No, a Dios gracias--les
-respondí--; desde que salí de la corte hago una vida honrada. Unas
-veces gozo de la inocente diversión del campo, en una hacienda que
-tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme
-algunos días con mi amigo el señor gobernador, a quien ustedes dos
-conocen muy bien.»
-
-Entonces les conté la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con
-atención, y cuando les dije que yo había llevado de parte de este señor
-a Samuel Simón los tres mil ducados que le habíamos hurtado, Lamela
-me interrumpió, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: «Según eso,
-padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se
-le ha restituído con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia
-bien tranquila sobre este punto.» «Con efecto--dijo el procurador--,
-antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos el hábito hicimos entregar
-secretamente a Samuel Simón mil quinientos ducados por mano de un
-honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a
-hacer esta restitución secreta. Tanto peor para Samuel si fué capaz de
-embolsarse esta cantidad después de haber sido reintegrado por el señor
-de Santillana.» «Pero esos mil quinientos ducados--repliqué yo--, ¿se
-le entregaron fielmente?» «Sin duda alguna--contestó don Rafael--; yo
-respondería de la integridad del eclesiástico como de la mía.» «Y yo
-también la abonaría--dijo Lamela--, especialmente después que ganó dos
-pleitos que le suscitaron por depósitos que se le habían confiado y en
-los que fueron condenados en costas sus acusadores.»
-
-Nuestra conversación duró todavía algún tiempo y luego nos separamos,
-ellos exhortándome a que tuviese siempre presente el santo temor de
-Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. Fuí al momento a verme
-con don Alfonso y le dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién
-acabo de tener una larga conversación. No hago más que separarme de
-dos venerables cartujos que vuestra señoría conoce: el uno se llama
-el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas--me
-respondió don Alfonso--, porque no conozco a ningún cartujo.» «Perdone
-vuestra señoría--le repliqué--, pues conoció en Chelva al hermano
-Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al padre Hilario, secretario.»
-«¡Oh cielos!--exclamó sorprendido el gobernador--. ¿Será posible que
-Rafael y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo--le respondí--,
-y años ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el
-segundo, portero.»
-
-Quedó pensativo algunos momentos el hijo de don César y luego, meneando
-la cabeza, dijo: «¡Harto será que el señor comisario de la Inquisición
-y su secretario no estén representando aquí una nueva comedia!»
-«Usía--repuse yo--juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo,
-que vengo de hablarles, juzgo más benignamente. Es verdad que no se
-ve en el fondo de los corazones, mas, según todas las apariencias,
-éstos son dos bribones convertidos.» «Bien puede ser--respondió
-don Alfonso--, porque hay muchos libertinos que después de haber
-escandalizado al mundo con sus desórdenes se encierran en los claustros
-para hacer una rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que nuestros
-dos monjes fueran de estos libertinos.»
-
-«¿Y por qué no lo serían?--le dije--. Ellos han abrazado
-voluntariamente la vida monástica muchos años ha y se portan en ella
-con la mayor edificación.» «Di todo lo que quisieres--me contestó el
-gobernador--, pero a mí nada me gusta que los caudales del monasterio
-estén en poder del padre Hilario, de quien no podría menos de
-desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relación que nos hizo de sus
-aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como tú,
-que haya tomado el hábito con muy buena intención, pero el manejo del
-dinero puede despertar su codicia. A ningún borracho que ha dejado el
-vino se le debe fiar la llave de la bodega.»
-
-Pocos días después se verificó no ser infundada la desconfianza del
-gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero
-con el dinero del monasterio, noticia que no dejó de dar que reír a
-los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos
-que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a mí, nos
-compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocíamos a los
-apóstatas.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable
- que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia.
-
-
-Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y
-viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias
-y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas,
-proporcionándome todas estas diversiones tanto el señor gobernador como
-la señora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que
-ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar
-a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad.
-Convinimos en que permanecería en la ciudad el invierno y el verano en
-mi quinta. Con esta condición me dejaron libertad mis bienhechores para
-que me fuese a gozar de sus beneficios.
-
-Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegró infinito de ella,
-aumentándose su gozo con la relación que le hice de mi viaje. «Y tú,
-amigo mío--le pregunté--, ¿qué te has hecho aquí durante mi ausencia?
-¿Te has divertido mucho?» «Cuanto puede hacerlo--me respondió--un
-criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado
-por todos los puntos de nuestros pequeños Estados, y sentándome
-unas veces junto a la fuente que está en el bosque, contemplaba con
-particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como
-las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso
-bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un árbol oía cantar a
-los ruiseñores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que
-me ha gustado aún más que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de
-muchos libros tan útiles como entretenidos.»
-
-Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole dónde
-había hallado aquellos libros. «Los he encontrado--me respondió--en
-una selecta librería que hay en casa, que me ha enseñado el maestro
-Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta librería?--le volví a
-preguntar--. ¿No registramos toda la casa el día que llegamos?» «Así
-le pareció a usted--me respondió--; pero sepa que solamente recorrimos
-tres distritos, olvidándosenos el cuarto, y allí es donde don César,
-cuando venía a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura.
-Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos han dejado como un
-recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados
-de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de él. Los
-señores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado
-tanto del alimento espiritual como del corporal.»
-
-Esta noticia me causó una verdadera alegría. Hice que me enseñasen el
-cuarto distrito, en el cual se me ofreció un espectáculo muy agradable.
-Halléme en una vivienda que desde luego destiné para mi morada, como
-don César la había escogido para sí. La cama de dicho señor estaba
-allí todavía con todos los adornos, es a saber: una tapicería que
-representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cámara pasé a un
-gabinete que tenía estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre
-la estantería los retratos de todos nuestros reyes. Había también en
-él, al lado de una ventana que tenía vistas a una campiña deliciosa,
-un escritorio de ébano delante de un gran sofá de tafilete negro; pero
-lo que principalmente llamó mi atención fué la librería. Componíase
-de obras de filósofos, poetas, historiadores y gran número de libros
-de caballerías. Conocí que don César gustaba de éstos en vista de
-los muchos que de esta clase había juntado. Confieso, no sin rubor,
-que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las
-extravagancias de que están atestadas, ya porque no fuese entonces un
-lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los españoles muy
-indulgentes. Con todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite en
-los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis
-autores favoritos.
-
-«Amigo mío--dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería--,
-aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra
-cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted--me
-respondió--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado
-bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente.
-Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo,
-y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del
-arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto
-de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones:
-la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le
-perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser
-muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en
-ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó
-y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como
-tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad
-del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que
-me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no
-quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosiguió--,
-es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos,
-como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar
-muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa
-escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me
-parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a
-los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría
-yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.»
-
-Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos
-quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y
-despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo
-día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos
-doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos
-establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que
-correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos
-a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero
-mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no
-era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín.
-La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y
-delicadas.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.
-
-
-Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio,
-mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme
-el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él,
-tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en
-eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar
-con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez
-y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares,
-tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo
-estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y
-unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la
-sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido
-atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las
-lacedemonias.
-
-Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su
-hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella
-Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle
-algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la
-fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado,
-turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que
-conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las
-alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no
-deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo
-un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar.
-Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos
-cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido
-silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro,
-extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad
-que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que
-iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia,
-se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla
-de mi vista para siempre.
-
-Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro
-remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que
-vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi,
-aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y
-en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso;
-pero--añadió--esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque
-a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego--respondí--. ¡Ah
-hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de
-repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con
-que ella ha atravesado mi corazón.»
-
-«Mucho gozo me causa usted--replicó mi secretario--en confesarme que al
-fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad
-de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios,
-tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé--continuó--que nos costará
-algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi
-cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una
-secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión--le respondí--,
-quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer
-experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de
-esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y
-así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo
-que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con
-tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo,
-ciertamente--me respondió--, que usted tomase tan de golpe semejante
-resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se
-hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni
-se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después
-de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás--añadió--, no crea
-usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de
-su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario
-es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda
-entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy
-mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá
-con ella misma.»
-
-Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía.
-Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi
-gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el
-temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar
-desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña
-cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré
-satisfechos mis deseos.» «Así es--me respondió--, mi querido amo.
-Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a
-su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber
-que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de
-Antonia.» «¡Oh Cielo!--interrumpí todo enajenado de gozo--. ¡Conque he
-tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude
-usted--me respondió--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión
-no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que
-ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosiguió--,
-usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os
-inquietéis por eso--me dijo--; este rival no os robará el corazón de
-vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah
-ladrón!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. ¡Ve ahí por qué
-ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente--añadió
-Escipión--, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué
-negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá--le
-repliqué yo--deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que
-quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un
-rival peligroso.» «Tiene usted razón--respondió mi confidente--; se
-le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se
-ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer
-de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continuó Escipión--, no deja
-de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a
-la seguridad de usted.» «No debes--le dije--sentir tanto su pérdida,
-porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero
-que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don
-Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me
-envió uno que consoló a Escipión.
-
-Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que
-Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la
-conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo
-se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de
-ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto
-me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi
-embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de
-haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible
-satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría--añadió--que se la doy
-porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría
-más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos
-los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido
-grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga
-una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna--le dije--;
-su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría
-mil gracias--exclamó--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún
-descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a
-Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría
-de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas
-de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a
-mil en gracia de este matrimonio.»
-
-«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respondí--, y nunca
-reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de
-acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía
-tiene ya el mío--me dijo--; ¿y éste no basta?» «No--le respondí--. Si
-el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende
-del mío--repuso él--, y no se atreverá a resollar en mi presencia.»
-«Antonia--le repliqué--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda
-estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión
-lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría
-de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des
-su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué
-diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable
-vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que
-nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y
-me dejó un momento a solas con ella.
-
-Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto.
-«Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el
-consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para
-violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio
-si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.»
-«Eso es, señor--me respondió ella--, lo que nunca os diré. Vuestra
-solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en
-vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No
-sé--prosiguió--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no
-me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por
-qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?»
-
-Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado,
-hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi
-alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán
-tierno y apasionado. «Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me
-hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu
-esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda
-lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con
-la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste
-de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si
-me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse
-conmigo. «Y bien--me dijo--, ¿está vuestra señoría contento con la
-respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto--le respondí--, que desde este
-momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho
-esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con
-mi secretario.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo;
- qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró.
-
-
-Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme,
-juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la
-gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio
-y aun de pedirles su consentimiento por política.
-
-Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos
-de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso,
-que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil
-enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me
-hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de
-que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía
-que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a
-la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme
-asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones,
-me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero--añadió
-con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con
-que había correspondido al amor de Séfora--, aunque no me hubieran
-ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque
-sé lo delicado que es.»
-
-No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino
-que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta.
-«Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de allí
-hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la
-boda, que ese es cuidado nuestro.»
-
-Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi
-quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros
-protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué
-posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días,
-pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras
-dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia,
-escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me
-entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor
-que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al
-otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia.
-Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo,
-Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos,
-precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y
-seguido de la guardia del gobernador.
-
-Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de
-ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a
-saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó
-admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina--preguntó don César a su
-nuera--, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección
-mejor?» «No--respondió Serafina--; parece que nacieron el uno para el
-otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron
-mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún
-más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues,
-según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado
-otros en su vida.
-
-Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre
-nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar
-y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos
-a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor
-para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los
-habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes
-había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban
-consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en
-la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición
-de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una
-para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la
-mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera,
-porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda
-y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó;
-no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas
-estuviesen bien servidas y todos contentos.
-
-Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida,
-y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos
-de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron
-con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una
-alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento
-que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde
-yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas
-de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento.
-Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en
-hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos
-nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en
-efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando
-de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja:
-«¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto!
-¡Ninguno puede evitar su desgracia!--añadió--. ¡Acabo de encontrar a mi
-mujer en una de las criadas de Serafina!»
-
-«¡Qué es lo que oigo!--exclamé--. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso
-el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?»
-«Sí, señor--me respondió--, soy su marido, y juro a usted que no podía
-la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.»
-«Ignoro, amigo mío--repliqué--, las razones que tienes para quejarte de
-tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te
-ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público
-tu resentimiento.» «Señor--repuso Escipión--, quedaréis satisfecho de
-mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.»
-
-Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras
-también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura
-como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver,
-«¡Ah mi querida Beatriz!--le dijo--¡Conque al fin el Cielo nos vuelve
-a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para
-mí!» «Yo no sé--le respondió su mujer--si experimentas realmente algún
-placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida
-de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me
-encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba
-enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró
-a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te
-trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de
-un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis
-descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho
-para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que
-sí--continuó ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se
-casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió;
-pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su
-servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te
-podrán informar de la pureza de mis costumbres.»
-
-No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía
-probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su
-esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de
-ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por
-él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no
-pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse
-a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos
-dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa
-juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos,
-y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella
-reconciliación que para festejar mi boda.
-
-La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella
-los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el
-ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las
-otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se
-pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con
-las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron
-en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César
-otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con
-ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas
-que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una
-parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me
-había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el
-concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron
-al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de
-lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué
-interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro,
-los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba.
-«Hijos míos--les dijo--, en este día de regocijo se acrecienta mi
-satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión--añadió--,
-ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido
-siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú,
-Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta
-que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya
-a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió
-tratarla con todas las atenciones imaginables.
-
-Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber
-estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta.
-Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger,
-el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y
-los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué
-que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora
-quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a
-Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se
-dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.
-
-
- CAPITULO X
-
- Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella
- Antonia. Principio de la historia de Escipión.
-
-
-Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia,
-después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que
-mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras
-mujeres y nuestros criados.
-
-El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no
-fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como
-le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le
-había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó
-fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin,
-todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una
-suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos.
-Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun
-cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer
-la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una
-de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la
-concurrencia.
-
-Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al
-sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor
-que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla
-esa boca--le dije--, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos
-alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor--me
-respondió--. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don
-Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya--le repliqué--; pero este gusto
-nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que
-jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la
-historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el
-menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que
-usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas
-estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la
-palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de
-causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos
-al sueño.
-
-«Yo--comenzó a decir Escipión--sería hijo de un grande de España de
-primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago
-o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno
-es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado
-Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad.
-Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le
-obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre
-Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba
-sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila
-echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando
-cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero--contestó
-ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de
-comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable--replicó
-él--, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias
-a Dios--respondió la gitanilla--, tengo varias habilidades; sé hacer
-pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la
-buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las
-cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un
-espejo.»
-
-»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido
-muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le
-producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la
-mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña
-la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se
-casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio.
-Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender
-pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco,
-comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su
-casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron
-bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana.
-No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya
-llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era
-único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella
-que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado
-palabra de casamiento se la cumpliría.
-
-»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi
-madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se
-cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por
-haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba
-frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de
-la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le
-revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla.
-
-»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al
-diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía
-el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la
-aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con
-lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al
-aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán
-majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la
-espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus
-ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo
-tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años,
-me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa
-unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de
-la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a
-leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me
-distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo
-era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a
-misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina;
-pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a
-pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más,
-un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez
-de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de
-Sevilla.
-
-»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí
-de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba
-qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía
-lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado
-dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca
-había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar.
-Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y
-para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé
-a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los
-azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de
-cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando
-satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de
-declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de
-aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse
-a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la
-misma. «Hijito mío--me dijo sonriéndose--, me parece que los dos nos
-hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi
-ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le
-haga a usted--le respondí con bastante sequedad--, que yo ninguna gana
-tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una
-grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío,
-no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad,
-pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos
-circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me
-idolatran. Vente conmigo--añadió--y te pondré un hábito como el mío. Si
-te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida
-que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte,
-sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo
-el bien que pueda.»
-
-»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias
-preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he
-tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas
-frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había
-comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en
-el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las
-quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de
-que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena
-provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.»
-Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada
-encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba
-vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no
-muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí.
-
-»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos
-pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como
-la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía
-también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito--me dijo luego
-que nos levantamos de la mesa--, ¿estás contento con mi trato? De este
-modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este
-ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes
-cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás
-para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que
-los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y
-pescado; no te pido más.» «Haré--le respondí--todo lo que usted quiera,
-con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse
-de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano
-ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis
-inclinaciones.
-
-»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por
-el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano
-que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno
-daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina
-y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita
-víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban
-al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les
-servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle,
-pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando
-dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de
-males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban
-tener hijos.
-
-»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien
-tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era
-desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera
-una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera
-que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano
-Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él
-mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión.
-Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a
-todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga.
-Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían
-en verme.
-
-»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y
-regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me
-aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas
-no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que
-debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo
-abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir.
-
-»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de
-cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser.
-Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un
-movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje
-que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a
-la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces
-más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre
-partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como
-unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.
-
-»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los
-aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que
-por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere,
-apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme,
-cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle,
-que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por
-mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un
-saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de
-dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto
-a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que
-llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.
-
-»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo--continuó Escipión--, y no
-dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré
-sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas
-a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos
-allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede
-hacer un hombre de bien.
-
-»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de
-Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo,
-que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé,
-pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya
-huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las
-cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego
-que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me
-había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era
-y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía
-en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo--me volvió a
-preguntar--, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía
-lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera
-que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para
-llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo--repuso
-la mesonera--para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque
-correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y
-debo. No te señalaré salario--añadió--, porque los muchos caballeros
-que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que
-seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.»
-
-»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la
-facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no
-me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando
-sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que
-nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo
-que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me
-podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para
-guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en
-fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra
-parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible.
-
-»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la
-cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los
-huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo
-recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la
-cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para
-que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de
-los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que
-nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba
-al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía
-yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas
-veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que
-solamente los avaros pueden comprender suficientemente.
-
-»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces
-al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar,
-y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué
-era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a
-escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas
-que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con
-él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió
-creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó
-del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó
-al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que
-me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho
-desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería
-aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada
-le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más
-crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano
-Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona.
-
-»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo
-único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar
-lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión
-a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de
-Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste
-estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin
-de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí.
-«¡Cuánta lástima--dijo--me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es
-que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión
-haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no
-haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome
-la palabra, «Hijo mío--añadió--, ¿de qué lugar de España eres y quiénes
-son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada.
-Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.»
-
-»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué
-insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y
-lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo
-cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los
-ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano
-Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar;
-pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero
-y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte
-puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto
-era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines,
-no paró aquí. «Hijo mío--prosiguió--, quiero empeñarme a favor tuyo y
-buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo
-con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de
-aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el
-número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos
-beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte
-con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.»
-
-»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los
-azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir
-como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando,
-llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la
-una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi
-compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa
-del prójimo. «Querido Escipión--me dijo--, en verdad que tienes un
-buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de
-lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a
-quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo.
-No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento
-y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo,
-colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte
-en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás
-en su casa a pedir de boca.»
-
-»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba,
-continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo
-celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar
-hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un
-pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el
-mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger
-sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba
-en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de
-los huérfanos, concebida en estos términos:
-
-«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un
-bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy
-despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle
-encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de
-él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan
-piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Gálvez_.»
-
-»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena
-intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había
-de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas
-del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de
-un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del
-hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto
-me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo
-tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es
-verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de
-talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues
-no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a
-cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres
-servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo
-como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así--me
-replicó--, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice
-sin réplica.
-
-Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba
-don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba
-un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean
-ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para
-fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al
-barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho
-esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las
-once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba
-tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome
-libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la
-noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él
-muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea
-muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de
-galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no
-podía hallar otro que más se adaptase a mi genio.
-
-»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me
-preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado
-que no podía estarlo más, «Pues bien--me replicó--, mañana saldremos
-para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver
-aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir
-que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_.» «¡Que me
-place!--respondí yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte
-del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de
-caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al
-siguiente tomamos el camino de Andalucía.
-
-»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía
-cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de
-lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos
-que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados
-a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta
-de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló
-diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla
-encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces
-volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el
-enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por
-qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor--le respondí
-yo--, porque enteramente se me olvidó.»
-
-»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas
-tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el
-templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo,
-esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación!
-¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué
-no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia,
-como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes
-hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy
-enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que
-me dió por tan pequeño motivo.
-
-»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa
-muy acalorado. «Escipión--me dijo--, he determinado irme a Italia
-y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo
-mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y
-aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del
-mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en
-desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de
-vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso.
-Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no
-pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré
-casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas
-amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las
-bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba
-de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté
-qué le parecía esta determinación.
-
-»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después
-afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un
-hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza
-que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no
-pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu
-afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo
-después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural
-propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un
-robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo
-la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el
-éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino
-a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en
-que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo
-cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?--me dijo.--¡Sábete que
-cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!»
-Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una
-paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo
-paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí
-a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.
-
-«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi
-turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el
-guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó
-para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me
-volvió a preguntar mi amo. «Señor--le respondí más muerto que vivo--,
-le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana
-para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú--me replicó--en qué buque me
-había de embarcar?» «Señor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene,
-a Roma va_: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír
-esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos
-que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero
-dime--replicó otra vez--: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera
-de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo--le dije--. ¿Ya no se
-acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo
-usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi
-obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba
-a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador,
-conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me
-despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí
-no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El
-Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una
-carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia--añadió mudando de
-tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!»
-
-»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de
-miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y
-eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que
-se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal
-a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un
-olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!--dije
-entre mí--. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me
-regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los
-cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para
-probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto
-no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento,
-me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me
-salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las
-cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: _¡Socorro!
-¡Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.
-
-»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego,
-cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no
-viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué
-gritaba de aquella manera. «¡Señores--les respondí fingiendo miedo--,
-por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me
-quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?--exclamó Diego--. Porque tú
-estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo
-mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en
-asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio,
-porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no--le
-dije al cocinero--; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que
-quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!»
-«Si fuese así--replicó el cocinero--, en verdad que tendrá que
-aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te
-dejaremos salir hasta mañana.»
-
-»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni
-lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las
-cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta
-quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de
-exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando
-conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz
-llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado.
-Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los
-cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente
-fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho
-en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis
-mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han
-asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda
-franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra
-tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso
-así, amigo mío--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por
-criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto
-del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser
-admitido entre los marmitones.
-
-»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro
-Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas
-grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a
-sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya
-trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda
-de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas
-las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no
-contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía
-también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor
-arzobispo.
-
-»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis
-mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo
-en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en
-representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la
-de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que
-hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo,
-que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y
-con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería
-yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo,
-no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón
-un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados
-se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando
-viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que
-todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la
-función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la
-ciudad.
-
-»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que
-le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó
-acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme,
-quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre
-un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones
-y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo
-metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una
-corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas
-con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color
-de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos
-graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían
-se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme.
-Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una
-relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las
-dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre
-bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado;
-pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir
-a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla
-oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a
-propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con
-mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha
-escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «_¡A un lado!
-¡A un lado, que voy a mudar de traje!_» Todos se pusieron en fila para
-dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente
-del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el
-valentón.
-
-»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo
-reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se
-lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó
-por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos
-correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido
-en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos
-largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi
-jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso
-no te dé cuidado--me respondió--; conozco a un prendero muy hombre de
-bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con
-preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré
-y le traeré aquí.»
-
-»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en
-la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un
-lío cubierto con tela amarilla. «Amigo--me dijo--, aquí te presento
-al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar
-del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia
-lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte
-ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso--dijo el prendero--,
-me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una
-cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha
-tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos--añadió--esa ropa que usted
-quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está--dijo
-el valentón poniéndosela delante--. No me negará usted que nada hay más
-magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo
-exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta--respondió
-el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor
-atención--; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace
-usted--le preguntó mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?»
-«Si fueran redondas--respondió Ibáñez--no tendrían precio; pero tales
-cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni
-puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi
-lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio
-y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que
-tengo conciencia, ofrezco cuarenta.»
-
-»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un
-apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de
-doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira
-la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El
-señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de
-la muerte.» «Así es--respondió el prendero--, y por eso no hay que
-andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto,
-éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere
-usted!--replicó el valentón--. Antes de eso es menester que mi amiguito
-se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho
-me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el
-prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo
-con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el
-vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los
-dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en
-diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me
-fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del
-bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras
-reales y de mi corona, y se lo llevó.
-
-»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de
-este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que
-le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se
-contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había
-sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión,
-te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al
-momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que
-se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el
-mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para
-inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una
-prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de
-Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas,
-salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que
-entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres
-días llegué a Córdoba.
-
-»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los
-mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que
-viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para
-hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del
-posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años
-no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa
-de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él
-no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá
-por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por
-seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente
-había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta
-doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían
-sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro
-y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de
-los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y
-embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían
-reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que
-por burlarnos de ellas.
-
-»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel
-estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón
-de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una
-conversación que me importaba. «Señores--exclamó al fin de la cena--,
-les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días
-pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de
-Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.»
-Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba
-a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto
-el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba;
-es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que
-voy a referir a ustedes.
-
-»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que
-se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con
-el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me
-creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se
-quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la
-comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan,
-éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la
-bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la
-voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y
-dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey
-de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.»
-«¡Bendito sea Dios!--exclamó el arzobispo--. ¡Ha hecho muy bien en
-huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas
-que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su
-reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando
-seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su
-majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que
-dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase
-la comedia.
-
-
- CAPITULO XI
-
- Prosigue la historia de Escipión.
-
-
-»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones
-conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó
-a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una
-mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla
-desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres
-dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre
-y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le
-di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto
-una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de
-haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.»
-
-»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad
-me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera--le
-respondí--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase
-bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más--le contesté--,
-porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o
-habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.»
-«Si llegara ese caso--repuso él--, se le haría a usted muy cuesta
-arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se
-hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin
-disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere
-más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro
-de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil;
-hállese aquí mañana a esta misma hora.»
-
-»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día siguiente al mismo sitio,
-en donde no tardó mucho en presentarse el mendigo, que, acercándose
-a mí, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo así, y me
-llevó a un sótano no distante de la misma iglesia y en el cual tenía
-su albergue. Entramos ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco
-largo que por lo menos habría servido cien años, el pobre me habló de
-esta manera: «Una buena acción, como dice el refrán, halla siempre
-su recompensa. Ayer me dió usted limosna, y esto me ha determinado
-a proporcionarle una buena colocación, la que, si Dios quiere, se
-conseguirá muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre
-Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual;
-tengo el honor de ser su demandadero, y desempeño este empleo con tanta
-discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento
-en mi favor y en el de mis amigos. Yo le hablé de usted, y le dejé
-muy inclinado a servirle. Le presentaré a su reverencia cuando usted
-quiera.» «¡No hay que perder momento!--dije al viejo mendigo--. ¡Vamos
-ahora mismo a ver ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al
-momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos
-escribiendo cartas espirituales. Suspendió su trabajo para hablarme,
-y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. «Habiendo
-sabido--continuó--que el señor Baltasar Velázquez necesita de un criado
-le he escrito esta mañana en tu favor, y acaba de responderme que te
-recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. Puedes ir hoy mismo a
-verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre esto el
-religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a
-que cumpliese bien con mis deberes, y se extendió particularmente sobre
-la obligación que yo tenía de servir con esmero al señor Velázquez; y
-concluyó asegurándome que él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con
-tal que mi amo no tuviese queja de mí.
-
-»Después de haber dado gracias por su favor al religioso, salí del
-convento con el pordiosero, quien me dijo que el señor Baltasar
-Velázquez era un mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso;
-«y no dudo--añadió--que lo pasará usted perfectamente en su casa». Me
-informé del sitio donde vivía, y al momento pasé allá después de haber
-prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan
-pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entré en una gran
-tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de
-un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntéles
-si el amo estaba en casa, y les dije que tenía que hablarle de parte
-del padre Alejo. Al oír este nombre venerable me hicieron entrar en la
-trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento
-que tenía sobre el escritorio. Saludéle respetuosamente, y habiéndome
-acercado a él, «Señor--le dije--, yo soy el mozo que el reverendo padre
-Alejo le ha propuesto para criado.» «¡Ah, hijo mío--me respondió--;
-seas muy bien venido! Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo a
-mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han
-hablado. Es negocio concluído, y desde hoy te corre el salario.»
-
-»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que
-era tal cual me le habían pintado, y aun me pareció tan sencillo que
-no pude menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar de jugarle
-alguna pieza. Hacía cuatro años que estaba viudo y tenía dos hijos: un
-varón que acababa de cumplir veinticinco años y una hembra que entraba
-en los quince. Esta, educada por una dueña severa y dirigida por el
-padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez,
-su hermano, aunque nada se había omitido para hacerle hombre de bien,
-tenía todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o
-tres días fuera de casa, y si cuando volvía le daba el padre alguna
-reprensión, Gaspar le mandaba callar levantando la voz más que él.
-
-«Escipión--me dijo un día el viejo--, tengo un hijo que me da
-mucho que sentir. Está envuelto en todo género de desórdenes, lo
-que verdaderamente extraño, porque su educación de ningún modo fué
-descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo
-ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin
-haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje.
-Acaso me dirás que le he tratado con demasiada indulgencia en la
-pubertad y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he castigado
-siempre que me pareció necesario el rigor, porque, aunque soy tan
-bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice
-encerrar en una casa de corrección, de donde salió peor que entró en
-ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden
-corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; sólo Dios
-puede hacer este milagro.»
-
-»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado padre, a lo
-menos aparenté que la tenía. «¡Cuánto me compadezco, señor!--le dije--.
-Un hombre tan honrado como usted merecía tener mejor hijo.» «¿Qué le
-hemos de hacer, hijo mío?--me respondió--. ¡Dios ha querido privarme de
-este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar--continuó--, te diré
-en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinación
-a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer,
-a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de
-inteligencia con él y por eso le despedí; pero de ti espero que no te
-dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con celo y fidelidad por mis
-intereses, como sin duda te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.»
-«Así es, señor--le repliqué--; durante una hora su reverencia no hizo
-otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien
-de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su
-exhortación, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente,
-y por último le prometo un celo a toda prueba.»
-
-»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las dos partes. El mocito
-Velázquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía
-que yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, me llamó a
-un paraje retirado y me habló en estos términos: «Escucha, amigo mío:
-estoy persuadido de que mi padre te habrá encargado que me espíes;
-pero te advierto que mires cómo lo haces, porque este oficio tiene sus
-quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he
-de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engañar a mi padre, puedes
-esperarlo todo de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más claro?
-Tendrás tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este
-mismo momento declárate por el padre o por el hijo, porque no admito
-neutralidad.»
-
-«Señor--le respondí--, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré
-menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser
-traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!--replicó
-Gaspar--. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con
-andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a
-contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de
-veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar
-a mi padre.» «¡Basta, señor!--le dije--. No es posible resistir a un
-motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables
-empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no
-se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si
-aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás,
-sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y
-algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me
-mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar.
-Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le
-serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted
-con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona
-cuanto malo me viniere a la boca.»
-
-«¡Vive diez--exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas
-palabras--que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes,
-muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego
-me prometo de él los más felices resultados y espero que con el
-auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.»
-«Usted me honra demasiado--le dije--confiando tanto en mi industria;
-haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y
-si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»
-
-»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre
-que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el
-arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen
-hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo
-la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces:
-«¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el
-placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me
-daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida,
-entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía,
-después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave
-detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este
-descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi
-querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es
-hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y
-me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un
-cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde
-hay menos bribones.»
-
-»Pero ¿a qué fin--dije a Gaspar--quiere usted mandar hacer una llave
-falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto--me
-respondió--; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro
-motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una
-que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento
-me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana
-mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien
-tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me
-serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos
-grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no
-sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de
-los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía
-hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los
-mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave
-detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder
-debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía.
-
-»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a
-buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina,
-para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que
-acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil
-caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en
-el talego, que yo no quise aceptar. «Señor--le dije--, este primer
-talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades.
-Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios,
-hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de
-ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de
-los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias
-que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos
-como buenos hermanos.
-
-»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en
-estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se
-entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse
-con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran
-y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos
-gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que
-al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión--me
-dijo una mañana--, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba,
-amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella
-muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir
-este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle
-hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú
-mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte
-su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo,
-no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por
-responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me
-tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad
-hipócrita que contribuyó a sincerarme.
-
-»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no
-dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra
-nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya
-llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose
-interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los
-talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar,
-que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado
-a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que
-le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué
-el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado
-a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el
-último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución
-anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su
-heredero.
-
-»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso,
-considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía
-profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya
-a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida,
-dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre,
-el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco
-satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento
-para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme
-al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que
-estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa
-abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida
-al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del
-cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las
-más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo--añadí echándome a sus
-pies--, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la
-indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!»
-
-»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un
-pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios
-tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación;
-lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar
-de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice
-para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente
-las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil
-toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio,
-me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.
-
-»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería
-hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor--le dije--,
-permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.»
-Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación
-y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella
-demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un
-delito de que me arrepiento--le respondí--y que lloraré toda mi vida!
-He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a
-que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo
-lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la
-conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé
-sin omitir la menor circunstancia.
-
-»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo,
-apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de
-la verdad de mi narración, «Escipión--me dijo levantándome del suelo,
-porque estaba todavía arrodillado--, yo te perdono en gracia del
-importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar--continuó alzando la
-voz--, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a
-quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir
-para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días?
-¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y
-no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte
-que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe,
-me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que
-debía hacer en tan delicada coyuntura.
-
-»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría
-aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y,
-sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío,
-he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres
-casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy
-hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al
-matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida,
-veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.»
-Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su
-poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con
-efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos
-en buenas mulas.
-
-»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio
-tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros,
-Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo.
-Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje.
-«Voy a decírtelo--le respondió el anciano mirándole con unos ojos
-en que estaban pintados la cólera y el dolor--. No iremos a Mérida,
-y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para
-atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro
-el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene
-preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido
-lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror!
-Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo.
-Hay--continuó--otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin
-exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y
-en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento
-estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá
-esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo
-Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira,
-Gaspar--añadió--, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber
-engendrado a un malvado como tú!»
-
-»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy
-lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los
-pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le
-pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a
-la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar,
-luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre
-tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a
-montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar,
-y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en
-donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en
-la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo
-penitencia.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Fin de la historia de Escipión.
-
-
-»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La
-conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias
-reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y
-me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído
-de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había
-radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin
-embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es
-menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra,
-y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos
-el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado
-en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin
-embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi
-integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.
-
-»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de
-Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho,
-porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los
-más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me
-encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.
-«Escipión--me dijo un día--, si yo tuviera un criado de tan buen
-humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a
-quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor--le
-respondí--, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo
-inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales
-caballerosos me encantan.» «Siendo eso así--me replicó don Manrique--,
-quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de
-su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo
-Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se
-persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi
-parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un
-mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero
-de Alcántara.
-
-»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era
-un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres
-y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le
-faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más
-ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía
-anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo,
-cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse.
-Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido.
-Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la
-marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos
-modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la
-nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y
-su casa se llamaba _la buena sociedad_.
-
-»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta
-señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle
-en un desasosiego que no era natural. «Señor--le dije--, parece que
-vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa?
-¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?»
-Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le
-ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener
-con la marquesa de Almenara. «Me alegrara--le dije riéndome--que
-esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración
-de amor.» «Pues no lo tomes a chanza--me respondió--; has de saber,
-amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto
-vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os
-miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para
-proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros
-de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al
-público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán
-por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo
-despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único
-que temo--me ha añadido--es que mostréis repugnancia al cumplimiento
-de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosiguió mi
-amo--. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente
-de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar
-en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me
-hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había
-persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto
-me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer
-participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.»
-«Sin duda--le repliqué entonces--que vuestra señoría está ya resuelto a
-saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?--me respondió mi amo--. La marquesa
-es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso
-estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.»
-
-»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de
-adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos;
-tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero,
-por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara,
-y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso
-todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba
-la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique
-de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa
-de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y
-chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a
-los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique.
-Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la
-murmuración. «La novia--se decía--debiera, a lo menos por pudor, haber
-suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas
-ancianas que se casan con mozos.»
-
-»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa
-de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello
-experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo
-convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que
-siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron
-para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y
-conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique,
-ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de
-noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como
-madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora
-no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese
-una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia
-debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas
-instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de
-permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole:
-«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes
-que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he
-casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por
-nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y
-no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.»
-Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose
-ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que
-le acompañase.
-
-»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de
-lo que acabábamos de oír. «Escipión--me dijo mi amo--, ¿esperabas oír
-lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como
-ésta?» «Juzgo, señor--le respondí--, que es de lo que no hay. ¡Qué
-dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin
-carga!» «Yo--replicó don Manrique--no acabo de admirar el carácter de
-una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones
-imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de
-la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había
-en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le
-habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no
-le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto.
-
-»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la
-recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las
-chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo
-que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que
-aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos
-contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba
-y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad.
-Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de
-acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que
-lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse
-la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que
-pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato
-que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la
-que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que
-parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él.
-
-»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a
-esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase.
-Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez.
-Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo
-pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de
-criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra,
-por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de
-Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán
-ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones
-y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de
-cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró
-su tesorero.»
-
-«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó
-a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!--me replicó con
-semblante sereno y formal--. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo
-a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso
-habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me
-cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio
-del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún
-alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá
-hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de
-rectitud y probidad.
-
-»Hallábame, pues--continuó el hijo de la Coscolina--, de secretario y
-tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo
-estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban
-que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le
-fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad
-para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con
-él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de
-cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores
-caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos
-a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría
-de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros
-pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía.
-
-»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo
-visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que
-por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba
-su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo
-trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su
-dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban
-a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo
-don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente
-me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a
-esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas
-mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi
-virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes
-vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una
-linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz
-más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte
-impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de
-varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de
-doña Julia, hija segunda del conde de Polán.»
-
-Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y
-dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia--le dijo--, míreme
-usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de
-divinidad!» «Por lo menos entonces--le dijo Escipión--lo tenías a mis
-ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces
-más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan
-amorosa, prosiguió así su historia:
-
-«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor
-legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su
-virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo
-conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y
-mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó
-con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos,
-y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que
-aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique.
-Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio
-por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la
-señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de
-Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo
-de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por
-una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos
-esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo:
-era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada
-para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia,
-y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque
-algunas veces no dejaba de ser bien largo.
-
-»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las
-anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar
-abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella
-un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido
-lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia
-un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un
-hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis
-oídos estas palabras: _¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz!
-¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En
-vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad
-de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando
-sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el
-cenador. «¡Ah vil seductor!--exclamé--. ¡Cualquiera que tú seas, antes
-de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo
-estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con
-Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona
-más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido
-sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de
-su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un
-tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente,
-me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que
-me llamaba.»
-
-«Así fué puntualmente--interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos
-la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero
-que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva.
-Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado
-a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por
-este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de
-concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi
-fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una
-esposa infiel.»
-
-«En el estado en que me hallaba--replicó Escipión--, era capaz de
-eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos
-y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no
-se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al
-momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que
-un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien
-pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y
-desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber
-muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos
-de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por
-todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen.
-En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y
-sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo,
-sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba
-en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un
-recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar
-de criado en toda su vida.
-
-»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la
-idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba
-un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué
-a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia,
-que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me
-senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis
-negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo
-para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia
-tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por
-allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me
-engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que
-llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!--le grité--. ¿Adónde
-van esas mulas?» «A Madrid--me respondió--; en ellas han venido a este
-pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.»
-
-»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró
-deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus
-mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche.
-
-»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona
-de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la
-Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a
-maitines, en seguida cantó el _Credo_, como en las misas solemnes, y
-luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun
-el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía
-menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado
-a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!--le decía--.
-¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted
-no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso--me respondió--no me
-parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no
-cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances
-sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo
-menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis--le repliqué--una
-pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo
-tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de
-castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente--me
-respondió--. La continencia es también una cosa de que me precio en
-estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No
-quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los
-alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé
-conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana.
-
-»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en
-el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en
-la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena,
-lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi
-vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced--añadió--,
-pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a
-todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como
-las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado
-de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi
-habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había--según él
-decía--un conejo hecho ya trozos. «Mire usted--continuó--lo que pienso
-darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de
-hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo
-que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar
-a un contador mayor.»
-
-»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a
-disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome
-en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no
-haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a
-despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta;
-venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en
-una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y
-yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy
-bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete
-que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron
-un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba
-de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me
-respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta,
-o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció
-misteriosa. «Usted me oculta--le dije--la verdadera razón que le impide
-comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted
-tiene tanta curiosidad de saberla--replicó él--, le diré que tengo
-repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde
-que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por
-conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión
-a los cochifritos.»
-
-»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el
-apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza
-que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado
-sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión,
-me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España
-hacían con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como
-ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien,
-me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas
-ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más
-realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones
-al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé
-la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy
-temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como
-si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el
-pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me
-ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber
-satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca
-de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran
-mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se
-ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de
-coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los
-grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando,
-habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos.
-Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no
-me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de
-Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito
-el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.»
-Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles.
-Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso
-en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de
-Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su
-patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y
-cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía.
-
-»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba
-el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento
-le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático
-jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos
-o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que
-solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece
-digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos,
-griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los
-apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba
-llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura
-de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos
-hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando
-menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más
-extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas
-nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un
-plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso
-descaro: _Furto laetamur in ipso_.
-
-»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición
-sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no
-merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía
-inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de
-aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a
-lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir
-decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como
-discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar
-mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado
-había hecho algo malo: «¡Escipión--me decía--, guárdate bien, hijo, de
-hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir
-lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de
-exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión,
-que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación
-de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco
-hice en su casa la más leve travesura.
-
-»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una
-parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado
-al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me
-valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa
-de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para
-que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El
-ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel
-reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real
-y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid,
-porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir
-a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la
-tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me
-gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder
-ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en
-conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz,
-esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me
-hizo propasar a lo que no me era permitido.
-
-»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a
-Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que
-se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe.
-Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y
-del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado
-del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme
-reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de
-lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de
-la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por
-oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que
-le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta,
-a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o
-para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad.
-
-»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé
-curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había
-dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la
-asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme.
-Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy
-diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de
-que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno
-de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas,
-era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas
-a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar
-pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían
-viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su
-satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho
-de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que
-le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo
-con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada
-generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto
-de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual,
-enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos
-casásemos.
-
-«¡Poco a poco!--le respondí--. Querida mía, esa ceremonia no la
-podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte
-de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados
-estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!--replicó Catalina--.
-Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la
-repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces
-que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer;
-y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por
-ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos
-a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose
-visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a
-los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al
-bien parecer.
-
-»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de
-Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba
-a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más
-ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana--me dijeron--es
-un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de
-Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además
-de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus
-negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión;
-presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación,
-agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto
-en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el
-último amo a quien sirva.»
-
-Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose después a mí,
-me habló en estos términos: «Señor de Santillana, hágame usted el favor
-de atestiguar a estas señoras que siempre me ha tenido por un criado
-tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles
-que el hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía sus malas
-costumbres, sucediendo a ellas en su corazón y en sus operaciones
-virtuosos y honrados pensamientos.»
-
-«Así es, señoras--les dije--; eso puedo asegurárselo. Si en su
-niñez Escipión era un verdadero pícaro, se ha corregido después tan
-completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados.
-Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender en su modo de portarse
-desde que está en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy
-deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme
-al alcázar de Segovia libertó mi casa del pillaje y puso en seguridad
-parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No
-contento con haber mirado por la conservación de mis bienes, quiso,
-llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a
-los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme en mis
-trabajos.»
-
-
-
-
- LIBRO UNDECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado
- en su vida, y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones
- sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana
- volviese a ella.
-
-
-Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían muy bien las
-dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra
-acostumbrándose gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos muy
-condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien
-pronto la satisfacción de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas
-casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera que parió, y dió a luz
-una niña, y pocos días después Antonia nos llenó de alegría dándome
-un niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al
-gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compañía de Serafina
-y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos,
-teniendo el gusto de añadir esta prueba más de afecto a todas las que
-yo había recibido de él. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este señor
-y a la marquesa, se llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo
-dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos títulos, se
-prestó a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipión, a la
-cual se le puso el nombre de Serafina.
-
-El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a las personas de la
-quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron también con
-festejos. Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente se
-convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en
-más de veinte años no he podido olvidar y que tendré eternamente en la
-memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió su madre, sin embargo
-de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebató mi
-querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figúrese el
-lector cuánta sería mi amargura. Caí en un abatimiento de ánimo y en
-una estupidez inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible
-a fuerza de sentir la pérdida experimentada. Pasé cinco o seis días en
-tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo
-que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado morir de hambre o
-hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer
-mi aflicción tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme
-tomar algunos caldos presentándomelos con un semblante tan triste,
-que parecía me los ponía delante no tanto para conservar mi vida como
-para dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escribió al mismo
-tiempo a don Alfonso noticiándole las desgracias que me habían sucedido
-y la lastimosa situación en que me encontraba. Este señor, tierno y
-compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente a Liria. Yo no puedo
-traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se presentó a mi
-vista. «Mi amado Santillana--me dijo echándome los brazos al cuello--,
-no vengo a consolarte; vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu
-amable Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la de mi adorada
-Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado.» Con efecto; vertió
-algunas lágrimas y confundió sus suspiros con los míos. En medio de
-la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron de excitar en mi
-corazón un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don
-Alfonso.
-
-Este gobernador tuvo una larga conversación con Escipión sobre lo
-que convendría adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería
-necesario por algún tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes
-se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en
-esto, me propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia con él;
-y mi secretario apoyó tan eficazmente la propuesta, que la acepté.
-Dejé a Escipión y a su mujer en la quinta y marché con el gobernador.
-Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera no perdonaron
-diligencia alguna para divertir mi aflicción, echando mano de todas
-las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los
-esfuerzos permanecí sumergido en una profunda melancolía, de que
-no pudieron sacarme. Nada omitía tampoco por su parte Escipión de
-cuanto pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba
-frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se
-volvía más alegre o más triste según me veía más o menos dispuesto a
-consolarme.
-
-Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre
-por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía.
-Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe
-su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su
-empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar
-de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.»
-Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo
-parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío,
-que yo tome en él?--respondí--. Ya dejé la corte; todas las mutaciones
-que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»
-
-«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que
-tiene!--replicó el hijo de la Coscolina--. Si yo me hallase en su
-lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a
-presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto.
-Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!--le dije--. Tú
-quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo
-la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento
-y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las
-costumbres de usted?--me replicó Escipión--. Tenga usted más confianza
-que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas
-reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros
-de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase,
-pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien
-conocidos.» «¡Calla, adulador!--le interrumpí sonriéndome--. ¿Estás ya
-cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más
-mi sosiego.»
-
-Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don
-César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey
-y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo
-éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le
-había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si
-estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese
-a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le
-había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante
-gusto. «Yo a lo menos--dijo don Alfonso--no tengo la menor duda de que
-se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas
-del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo--dijo don César--,
-y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte
-le ha de abrir camino para grandes empleos.»
-
-«En verdad, señores míos--exclamé--, que ustedes no han meditado bien
-lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid
-para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados.
-Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí
-aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba
-para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva,
-y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes
-iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este
-viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo
-sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la
-confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas
-quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se
-acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.
-
-Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a
-incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su
-hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me
-atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba
-un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de
-mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun
-pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé
-el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi
-hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno.
-
-
- CAPITULO II
-
- Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele
- el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta
- recomendación.
-
-
-En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado
-dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor
-diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro
-tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón,
-que tuvo mucho gusto de volverme a ver.
-
-Era éste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en
-la corte y en la villa, y le pregunté qué había de nuevo. «Muchas
-novedades--me respondió--. Después de la muerte de Felipe III los
-amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de
-varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus
-esfuerzos han sido inútiles, porque el conde de Olivares pudo más que
-todos ellos. Quieren decir que España nada ha perdido en el cambio,
-porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan
-vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo
-que no admite duda es--continuó--que la nación ha concebido la idea más
-ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dirá si el sucesor del duque
-de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.» Empeñado
-ya Forero en una conversación tan de su genio, me hizo una puntual
-relación de todas las mutaciones que se habían hecho en la corte desde
-que el conde de Olivares manejaba el timón de la monarquía.
-
-A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, cuando ya el rey
-había acabado de comer. Me coloqué al paso por donde debía entrar a su
-gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al mismo paraje, y no
-fuí más dichoso. El subsiguiente echó sobre mí una mirada al pasar;
-pero no dió muestras de haber reparado en mí, y en vista de esto, tomé
-mi resolución. «Tú ves--dije a Escipión que me acompañaba--que el rey
-ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de mí. Lo
-más acertado será volver a tomar el camino de Valencia.» «¡No vayamos
-tan aprisa, señor!--me respondió mi secretario--. Usted sabe mejor que
-yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted
-de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará
-usted a considerar más atentamente y a recordar las facciones de su
-agente cerca de la bella Catalina.»
-
-Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme tuve la
-condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres
-semanas. Llegó, finalmente, un día en que, habiendo atraído la
-atención del monarca, me mandó llamar. Entré en su gabinete, no sin
-gran turbación de hallarme a solas con mi rey. «¿Quién eres?--me
-dijo--. Tus facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he visto?»
-«Señor--le respondí temblando--, yo tuve la honra de conducir una noche
-a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya me
-acuerdo!--interrumpió el rey--. Tú eres secretario del duque de Lerma,
-y, si no me engaño, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que
-en aquella ocasión me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron
-mal recompensados tus afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?»
-«Sí, señor--le repliqué--; cuatro meses lo estuve en el alcázar de
-Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en
-libertad.» «Eso--respondió--no satisfizo la obligación que contraje con
-Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo
-premiarle también lo mucho que padeció por servirme.»
-
-Al acabar el rey de decir estas palabras entró en el gabinete el conde
-de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Quedó absorto de ver allí a
-un desconocido, y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: «Conde, pongo
-a tu cuidado este joven; te encargo que le des algún empleo y procures
-adelantarle.» Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado,
-mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quién era
-yo. «Vete, amigo mío--añadió el monarca, dirigiéndome la palabra y
-haciéndome seña de que me retirase--; el conde no dejará de emplearte
-en provecho de mi servicio y de tus intereses.»
-
-Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al hijo de la Coscolina,
-que, impaciente por saber lo que el rey me había dicho, se hallaba en
-una agitación imponderable, y al momento me preguntó si era necesario
-volver a Valencia o permanecer en la corte. «Tú lo podrás juzgar», le
-respondí, y al mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra
-por palabra la conversación que acababa de tener con el monarca.
-«Querido amo--me dijo entonces Escipión en el exceso de su alegría--,
-¿se burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese usted que ni
-los señores de Leiva ni yo discurríamos mal cuando le instábamos tanto
-a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto
-eminente: será el Calderón del conde de Olivares.» «Eso es lo que menos
-deseo--interrumpí--. Ese destino está cercado de demasiados precipicios
-para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera
-ninguna ocasión de hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los
-favores del rey; después del uso que he hecho de mi pasado valimiento,
-no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambición.»
-«¡Animo, señor!--me replicó mi secretario--. El ministro os colocará en
-algún puesto que podáis desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.»
-
-Instado más por Escipión que por mi curiosidad, me fuí el día siguiente
-a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas
-las mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial
-a cuantos querían hablarle. Me coloqué por modestia en un rincón de la
-sala y desde allí estuve observando bien al conde luego que se dejó
-ver, porque había fijado poco la atención sobre él en el gabinete del
-rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y podía pasar por
-gordo en un país donde los más son flacos; tan cargado de espaldas, que
-parecía corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de
-gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello negro y lacio; la
-cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla,
-puntiaguda y muy levantada.
-
-Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso,
-como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia
-y me parecía bien. Verdad es que recibía a todos con un aire tan
-afable y bondadoso, y tomaba tan cortésmente los memoriales que se le
-presentaban, que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo,
-cuando me llegó la vez de acercarme para saludarle y que me conociera,
-me echó una mirada ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda sin
-dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces me pareció aquel
-señor aún más feo de lo que naturalmente era. Salí atónito en extremo
-de un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo qué inferir de
-él.
-
-Reunido con Escipión, que me esperaba a la puerta, «¿Sabes--le dije--el
-recibimiento que he tenido?» «No, señor--me respondió--; pero no
-es difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la
-voluntad del rey, habrá propuesto a usted un empleo de importancia.»
-«Te engañas», le repliqué; referíle el lance según había pasado, el
-que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso es que el conde no le
-conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted
-a verle y no dude que le recibirá con mejor semblante.» Tomé el consejo
-de mi secretario. Presénteme segunda vez al ministro, quien me recibió
-todavía peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome como si mi
-presencia le causase enojo; después apartó de mí la vista y se retiró
-sin hablar una palabra.
-
-Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar
-inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no
-pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido.
-«¿No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte?
-Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca,
-¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos,
-hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.»
-«Señor--respondió colérico Escipión--, yo no abandonaría el campo;
-iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su
-recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan
-imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro
-en detenerme en esta capital.»
-
-A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que
-las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de
-Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía
-de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente.
-
-
- CAPITULO III
-
- Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento
- de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José
- Navarro.
-
-
-Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro,
-repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé
-acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad
-de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su
-amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió
-bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón
-para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he
-expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya
-que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome
-un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché
-cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto
-nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi
-suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta
-la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal
-recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que
-me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--.
-Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario
-que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde
-Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la
-presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la
-clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la
-causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque
-os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad
-del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don
-Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda
-a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo
-vivía, y sin decirme más nos separamos.
-
-Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor
-de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere
-favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha
-ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que
-le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a
-medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con
-semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un
-elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una
-profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me
-confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado
-la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la
-antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación
-me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted
-volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de
-él.»
-
-Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez;
-reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo
-que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije
-entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.»
-Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en
-verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me
-hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona,
-amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he
-complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido
-que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de
-que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré
-que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera
-mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación.
-Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha
-encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito
-más para determinarme a ponerte a mi lado.»
-
-Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi
-enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que
-me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá
-y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le
-encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a
-oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de
-dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el
-cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.
-
-
-No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro.
-Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el
-cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me
-dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la
-habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó
-por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o
-seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada
-regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia
-le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de
-cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y
-tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su
-excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas
-consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.»
-
-«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo
-consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna
-malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan
-honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando
-entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde
-me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en
-su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu
-habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de
-vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto
-sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en
-honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere
-que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber.
-Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna
-brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de
-Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído
-decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os
-conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada;
-dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en
-que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso
-y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más
-afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido
-que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que
-me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de
-Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más
-gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le
-perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico
-que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos.
-
-«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo
-cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han
-presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más
-importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas
-su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su
-muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado
-la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese
-largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien
-causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien
-Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había
-mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de
-España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar
-qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se
-venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos
-los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que,
-a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de
-placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo,
-como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma.
-
-Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no
-dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don
-Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había
-hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables
-disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí.
-
-
- CAPITULO V
-
- Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa
- en que le ocupó el conde de Olivares.
-
-
-Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que
-noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de
-lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir.
-«Paréceme--respondió--que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo
-se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no
-dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder
-haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda
-cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os
-ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales
-familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo
-suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa
-su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro
-tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes
-proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea
-de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina
-ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los
-más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer
-que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no
-se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando
-entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo
-perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia
-natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara,
-para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado;
-tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es
-el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es
-generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son
-los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación!
-También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de
-Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores;
-mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro
-dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de
-Olivares--prosiguió José--, es una señora en quien no advierto otra
-tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión
-se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más
-ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su
-padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra
-conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más
-adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de
-vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso.
-También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi
-amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros
-ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al
-presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros
-en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío
-y sobrino--repliqué yo a Navarro--gobiernan el Estado, ¿quién sabe si
-con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay
-que temer--me respondió--, porque reina entre ambos una estrechísima
-unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de
-Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos
-y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del
-cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos
-los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron
-todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para
-asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus
-competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió
-el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los
-negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de
-suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que
-deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos
-señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece
-inalterable.»
-
-Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía
-sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don
-Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con
-el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le
-proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente
-contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a
-hablar a favor mío, «aunque no sea más--añadió--que para que conozcáis
-cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo
-tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos».
-Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en
-atención a las buenos oficios de Navarro.
-
-Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir
-en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento,
-en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes
-durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal
-vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen.
-
-Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de
-reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras
-esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba
-embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun
-no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de
-ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin
-entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla,
-en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche
-atesorando para casar a su hija Serafina.
-
-No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a
-llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia,
-el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer!
-Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias
-para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu
-capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una
-obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho
-correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran
-desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del
-público la triste situación a que se halla reducida la monarquía.
-Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y
-no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas
-que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey,
-florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.»
-
-Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de
-los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me
-acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era
-muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después
-pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo
-para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria
-lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso
-en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de
-la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada.
-Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado
-la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que
-podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro
-y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria,
-la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la
-verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin
-embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de
-haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a
-la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los
-pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde
-de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la
-salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené
-tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi
-obra cuando acabó de leerla. «Santillana--me dijo--, ¿tú sabes que has
-hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de
-que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y
-aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo,
-haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió,
-juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho
-Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque
-le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la
-dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi
-Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me
-envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer.
-
-
- CAPITULO VI
-
- En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que
- dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.
-
-
-Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para
-repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me
-dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está
-usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor
-conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!»
-«A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir
-de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas
-el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera
-atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría
-mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la
-prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de
-noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo
-desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo
-a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría
-en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a
-Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación
-actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo
-ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.»
-«¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy
-a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera
-por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los
-dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino
-con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar
-compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro
-deslumbra.»
-
-No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con
-todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió
-la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que
-darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi
-madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí
-enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano
-propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un
-hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me
-respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos
-encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por
-vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual
-no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus
-habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para
-la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese
-felizmente el largo viaje que iba a emprender.
-
-Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra
-Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las
-conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le
-gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada
-con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si
-los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos
-de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a
-las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas
-la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del
-Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y
-les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de
-manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.
-
-El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto,
-que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública,
-quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que
-fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador
-Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían
-enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos
-resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas
-sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas
-reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las
-pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones
-que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución
-de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del
-Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me
-indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la
-ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases.
-«Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad
-y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde
-anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de
-haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.
-
-Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos
-que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente
-sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado
-que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la
-nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía
-la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas
-sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría
-en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos
-que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su
-tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para
-unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y
-empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales
-podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas,
-y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que
-quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.
-
-Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres
-días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por
-estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que
-me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo,
-enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones
-vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me
-servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios
-que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de
-su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda
-la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió
-felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía
-recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan
-insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado
-aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese
-algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos
-escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más
-apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo
-había ganado con mucha facilidad.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil
- Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.
-
-
-Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba
-en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los
-días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que
-le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían
-hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía
-encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que
-sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan
-suelta, que nada respeta.
-
-Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias,
-me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las
-conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban
-del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo
-supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse
-que jamás le decía nada que no le fuera favorable.
-
-Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante
-de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí
-dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes,
-vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin
-lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi
-paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para
-enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez,
-con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle
-nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo,
-rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que
-miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes
-maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que
-el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras
-de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un
-hospital.»
-
-No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al
-ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa
-te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una
-pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas
-casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú,
-hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la
-Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun
-me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en
-un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me
-viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después
-perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo,
-amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que
-aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo
-Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella
-vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.»
-«Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela
-de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar
-por ellas.»
-
-«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la
-cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al
-presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado,
-o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--.
-Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor
-ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete
-saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte
-en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal
-que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en
-prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al
-Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente.
-Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una
-ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.»
-
-«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez;
-pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me
-replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a
-las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba
-haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para
-siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--,
-no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración,
-porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.»
-«¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos
-que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado
-aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle
-sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que
-lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me
-dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los
-aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién
-gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una
-manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se
-llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas
-con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho
-ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en
-el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna
-corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión
-cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de
-todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer
-en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les
-han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan
-después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este
-siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la
-estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en
-suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y
-un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.»
-
-A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal
-humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di
-por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte
-divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía
-de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te
-haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar
-tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio
-comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que
-el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse
-yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si
-persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan
-honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te
-ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le
-puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.
-
-«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el
-hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte
-traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.»
-Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada.
-Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole
-a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado.
-Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de
-Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna
-de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces
-tan buen uso de ella.»
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve
- Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje.
-
-
-El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el _conde-duque_,
-porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo,
-tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era
-la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le
-servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé
-en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con
-ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con
-demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas
-las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me
-fuera posible.
-
-Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir
-lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo,
-quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que
-él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo.
-Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza,
-igualmente que el señor Carnero, su primer secretario.
-
-Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su
-excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos
-del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro
-y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a
-Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los
-que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo
-así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos
-igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía
-motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome
-continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en
-estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en
-medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la
-sinceridad de mi afecto hacia él.
-
-«Santillana--me dijo un día--, tú has visto al duque de Lerma gozar
-de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el
-poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era
-él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables
-en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III;
-en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para
-perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad.
-Es verdad--continuó--que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor
-cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que
-las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos
-o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito
-personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano,
-que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la
-actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya
-ves, Gil Blas--añadió--, que te descubro mi corazón; como tengo motivo
-para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para
-que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso,
-prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el
-desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que
-tome parte en mis intereses.»
-
-No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras
-excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza
-algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos
-afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría
-cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me
-preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por
-conveniente darme.
-
-Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a
-la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo--me dijo--muy larga
-relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva
-cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le
-conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»
-
-Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado,
-amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo
-en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los
-rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de
-su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondió--. ¡Ya
-presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!»
-
-«Mudemos de conversación--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando
-saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah,
-señor!--me respondió, tomando de repente un aspecto afligido--. Las
-noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh
-cielos!--exclamé--. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha--dijo
-mi secretario--que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y
-lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.»
-
-Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no
-había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos
-para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas
-por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi
-educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto
-quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis
-parientes.
-
-
- CAPITULO IX
-
- Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los
- sinsabores que produjo este matrimonio.
-
-
-Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por
-espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que
-estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué
-a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil
-Blas--me dijo una tarde--, quizá habrás reparado que hace días ando
-pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un
-negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo.
-Mi hija doña María--continuó--se halla ya en edad de tomar estado,
-y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de
-Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de
-Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de
-mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de
-merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior
-al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será
-el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte
-los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto
-los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de
-la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que
-nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al
-título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que
-mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de
-la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime,
-Santillana--añadió--: ¿apruebas este proyecto?» «Señor--le respondí--,
-es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que
-recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese
-cuanto quiera--respondió--; nada me importa. No tengo inclinación a su
-rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y
-los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el
-sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su
-hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi
-gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo
-determinado.»
-
-Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo,
-a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política.
-Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades
-se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles
-las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose
-enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del
-marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a
-este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a
-su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don
-Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el
-partido que más te convenga será el que a mí más me agrade._--EL REY.
-
-Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo
-entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su
-hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente
-la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy
-satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de
-esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento,
-aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría.
-Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó
-poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para
-el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al
-nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto.
-
-¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija,
-y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho
-de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan
-profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie
-sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba
-tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché
-esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La
-semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió
-a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que
-el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no
-pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte
-en sus amarguras. «Gil Blas--me dijo un día que le parecí abismado en
-una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para mí el tener un
-confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!--le respondí,
-vendiéndole por fineza mi quebranto--. Sería yo el hombre más ingrato
-y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué,
-¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito
-y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con
-las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de
-beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en
-sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»
-
-
- CAPITULO X
-
- Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste
- que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe;
- desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta
- desgracia.
-
-
-Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo
-a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en
-coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto
-después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente
-vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en
-el prado de San Jerónimo.
-
-«Señor Núñez--le dije--, ha sido fortuna mía haberos encontrado por
-casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate
-de reconvenciones, Santillana!--interrumpió con precipitación--.
-Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te
-voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que
-renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la
-condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme
-a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez
-del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería
-mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy
-sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se
-presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.»
-
-«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese
-don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!--me replicó
-Fabricio--. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como
-quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en
-su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de
-ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y
-de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene
-frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra
-en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes,
-para hacer ver mis muchos talentos.»
-
-«Pero tú no me enteras--le dije--de lo que más deseo saber. ¿Te
-pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad--me
-respondió--. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco
-que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente.
-Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados,
-me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo
-cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el
-tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la
-melancolía.» «En suma--le repliqué yo--: ¿es tu tesorero hombre de
-tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?»
-«¡Oh! Tanto como eso, no--me respondió Núñez--. Aunque tiene una
-verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree
-otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta
-altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos
-se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones
-descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen.
-De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme
-jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para
-ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su
-boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues--continuó--,
-todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta
-condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues
-fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden
-servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono.
-Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo.
-Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las
-lecciones que él me ha dado.»
-
-Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase _El
-conde de Saldaña_, la cual se representará en el corral del Príncipe
-dentro de tres días.» «Deseo mucho--le repliqué--, que logre todo el
-aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo
-espero--me dijo él--; verdad es que no hay esperanzas más falibles que
-éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus
-obras en las tablas.»
-
-Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a
-ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó,
-y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me
-informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de
-haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante
-que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien--le
-pregunté--: ¿cómo ha recibido el público a _El conde de Saldaña_?»
-«Malísimamente--me respondió--. En mi vida he visto comedia tratada
-con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del
-patio.» «No estoy yo menos indignado--le interrumpí--contra la manía
-que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido
-el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al
-decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando
-pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía,
-afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan
-satisfecho de su obra.
-
-Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía
-en sí de gozo. «Santillana--exclamó alborozado luego que me vió--,
-vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala
-tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi
-pobre _Conde de Saldaña_; todos los espectadores se amotinaron contra
-él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi
-dicha para toda vida.»
-
-Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así,
-Fabricio?--le pregunté pasmado--. ¿Es posible que el alto desprecio
-con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu
-desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos--me respondió--. Ya
-te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por
-lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en
-extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario
-al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, _Victrix causa diis placuit,
-sed victa Catoni_; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí
-me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del
-dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del
-siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual
-y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi
-escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente.
-El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer
-año anticipado.»
-
-Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su _Conde
-de Saldaña_, que había redundado en provecho del autor. «Tienes
-razón--prosiguió él--en cumplimentarme por una cosa tan extraña.
-¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más
-benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera
-sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me
-servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de
-pasar cómodamente el resto de mis días.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca
- para Nueva España.
-
-
-No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta
-Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella.
-«Admirado estoy--me decía--de los caprichos de la Fortuna, la cual
-muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable
-autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto
-celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a
-la mañana!» «Eso--le dije--podrá quizá suceder más presto de lo que
-piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me
-engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar
-_el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos
-los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad--me respondió--;
-pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a
-decir--le repliqué--que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas
-horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos
-días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio
-del conde-duque y no la dejé escapar.
-
-Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo
-del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia.
-«Mi señor--decía él--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes
-militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más
-obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los
-tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran
-canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo
-esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las
-Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o
-de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y
-todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste
-un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio
-cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en
-esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo
-Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este
-es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del
-Erario. Y no extrañará usted--continuó--que las personas empleadas en
-hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su
-excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas
-el suyo.»
-
-El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo
-oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor
-Caporis--exclamó--, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y
-más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto
-satisfaría yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el señor de
-Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en
-la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este
-tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te
-sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.»
-«Mucha satisfacción tendría--dije a don Ramón--en que usted me diese
-esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además
-de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo,
-que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como
-pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así--replicó Caporis--, desde
-luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a
-la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía
-para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer
-para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su
-excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.»
-
-Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla,
-con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite
-y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de
-las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo
-separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave
- aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.
-
-
-Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró
-en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si
-el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de
-San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores
-amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por
-qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de
-verle con el sainete de la sorpresa.»
-
-Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al
-sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso
-de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí,
-señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente
-abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la
-vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?»,
-le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de
-la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia
-y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar
-cuenta de mi conducta.»
-
-Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo
-a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada
-sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice
-tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla
-confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que
-vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta
-visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá
-le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando
-fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo
-él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi
-familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el
-resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme
-obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá
-me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con
-alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte
-antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra
-señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa,
-pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se
-servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que
-exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el
-mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo
-no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias
-de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para
-preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había
-quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero
-que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al
-mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener
-para estar quejoso del hijo de don César.
-
-Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no
-tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos
-del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--.
-Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las
-lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno?
-¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--,
-aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a
-términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador
-de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me
-fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro
-admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?»
-Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que
-debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo
-obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de
-que se trataba.
-
-Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad
-hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo
-ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don
-Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La
-visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso?
-Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por
-aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de
-agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te
-le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo,
-y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso
-de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia,
-pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que
-le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar
-juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción
-a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su
-excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le
-desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de
-que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en
-aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé
-de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía
-creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de
-que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de
-dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que
-le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien
-en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey
-apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el
-virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es
-superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa
-no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me
-tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel
-negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las
-habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era
-hechura mía.
-
-Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó
-un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al
-momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y
-colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo
-tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más
-amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi
-amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no
-hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban
-como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían
-sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad.
-Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber
-recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado
-el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a
-establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública
-con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus
-aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don
- Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la
- historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo
- Santillana a Tordesillas.
-
-
-Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en
-virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban
-tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi
-valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para
-hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en
-el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte.
-
-Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores
-que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que
-me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de
-Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de
-Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de
-Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir
-a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de
-verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos.
-
-Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana,
-tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito
-para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor
-de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.»
-Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio.
-Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle,
-metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en
-donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una
-soberbia casa. «Señor Gil Blas--me dijo don Andrés luego que entramos
-en una sala alhajada con magnificencia--, paréceme que cuando usted
-salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto
-a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio--le
-respondí--, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero
-luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver
-si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me
-recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro,
-quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que
-nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo
-lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía
-de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto--me respondió--;
-el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente
-parcial de su predecesor.» «Yo--dijo entonces don Gastón--obtuve mi
-libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que
-yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma,
-cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de
-contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que
-hice--continuó--, después de haber dado mil gracias a don Andrés por
-las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a
-Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No
-tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más
-mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy
-tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal,
-de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar
-de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos
-parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe
-imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para
-reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el
-rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este
-empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a
-desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla.
-Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que
-emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar
-y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un
-caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que
-le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle;
-fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que
-nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos
-combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos
-vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los
-otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos
-funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto,
-porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos
-peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa
-cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados,
-marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su
-defensor. «¡Ah, don Gastón!--exclamó--. Pues qué, ¿sois vos quien venís
-a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin
-duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra
-dama.» «Es cierto que lo ignoraba--le respondí--; pero aun cuando lo
-hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice?
-¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No,
-no!--respondió--. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas
-que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos
-de mi muerte.» «Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todavía a
-doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y
-aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de
-tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra
-esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y,
-acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la
-mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados.
-«Es Caprara--exclamó--, aquel pérfido primo que, en despecho de haber
-perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace
-mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este
-día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo
-haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría
-en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo,
-heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de
-Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de
-batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que
-nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran
-muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después
-de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero
-no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados
-desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su
-mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que
-se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde
-llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes:
-por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que
-mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos
-afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora--le dijo don
-Blas luego que la vió--, aun venís a tiempo para recibir mi última
-despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por
-la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él,
-yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.»
-Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era
-la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida
-de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don
-Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano
-había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus
-heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La
-viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria
-el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus
-cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse
-informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba.
-Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de
-restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo
-determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase
-otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en
-atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví
-a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia,
-temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se
-me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad
-de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosiguió
-Cogollos--, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento
-con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo
-gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpió aquí don
-Andrés--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí
-el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que
-puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don
-Andrés--dije yo entonces sonriéndome--, en mí tiene usted un amigo
-que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque
-me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y
-se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le
-pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo
-un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del
-arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico
-a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no
-le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor
-estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del
-primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso
-Tordesillas--. Pero--añadió sonriéndose también--suplico a usted que no
-me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá
-aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.»
-
-Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena,
-que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía
-a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora--le dijo
-Cogollos--, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he
-hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la
-prisión mis pesares.» «Sí, señora--dije a doña Elena--; mi conversación
-le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don
-Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me
-despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el
-himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después,
-dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de
-su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no
-me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el
-poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente
-el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide.
-«Santillana--me dijo su excelencia--está vacante la plaza de gobernador
-de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al
-año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor--le respondí--,
-aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos
-que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero
-éste--replicó el ministro--puedes desempeñarle muy bien sin necesidad
-de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a
-visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse
-yo--, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me
-permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés
-de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría
-hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que
-usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar
-así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador
-de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así,
-amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas.
-Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te
-tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.»
-«Señor--le respondí--, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me
-proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo
-que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de
-Santillana--me replicó su excelencia--; me parece que lo erais mucho
-menos en el último Ministerio.» «Es verdad--le repuse--, porque el
-mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me
-conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar
-mi integridad.»
-
-Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de Tordesillas el gobierno
-de la cárcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad,
-tan contento con su nuevo empleo como lo quedé yo por haber desempeñado
-para con él las obligaciones que le debía.
-
-
- CAPITULO XIV
-
- Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella
- y qué conversación tuvieron allí.
-
-
-Un día, después de comer, se me antojó ir a ver al poeta asturiano,
-movido sólo de la curiosidad de saber qué vivienda tenía. Me encaminé
-a casa del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté en ella
-por Núñez. «Ya no vive aquí--me respondió un lacayo que estaba en
-la puerta--; vive ahora en aquella casa--añadió mostrándome una que
-estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.»
-
-Fuíme allá, y después de haber atravesado un patio pequeño entré en
-una sala enteramente desalhajada, en donde hallé a mi amigo Fabricio,
-sentado todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes
-había convidado aquel día. Estaban al fin de la comida, y, por
-consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedió un
-profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse apresuradamente
-Núñez para recibirme, exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de
-Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas!
-¡Ayúdenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer
-ministro!» Al oír esto, todos los convidados se levantaron también
-para saludarme, y en consideración al título que se me había dado me
-hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad de
-beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y
-aun de corresponder a un brindis que me dirigieron.
-
-Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando
-con libertad, «Señores--les dije--, creo haber interrumpido su
-conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos
-señores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de
-Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden,
-preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le
-interesaba en aquella tragedia.» «Así es--dijo don Jacinto--, y yo le
-he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo--dijo el
-bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que
-no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues
-cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento»,
-respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta
-que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por
-alegrar la conversación.
-
-Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía
-de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les
-diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más
-impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más
-es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido
-precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de
-capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse
-cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban
-en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de
-repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los
-tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no
-les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es
-el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los
-griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota,
-mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es
-un medio para obtener de los dioses un viento favorable.»
-
-Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su
-costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión,
-sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se
-divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero
-el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los
-trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento
-que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el
-término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo
-se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron
-después de haber comido y bebido a discreción.
-
-Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa
-del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los
-dos. «¿Desavenencia?--me respondió--. ¡Dios me libre de ello! Nunca
-ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me
-permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves
-para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen
-a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya
-sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis
-herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener
-todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.»
-«Me alegro infinito, querido Núñez--le repliqué--, y no puedo menos
-de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las
-ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le
-valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de
-Saldaña_.»
-
-
-
-
- LIBRO DUODECIMO
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
- Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje.
-
-
-Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días:
-«Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y
-destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su
-excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía
-de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se
-asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores
-cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona
-tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey
-le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la
-hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de
-ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a
-Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina;
-yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío
-enteramente de tu discernimiento.»
-
-Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella
-comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo,
-a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo
-con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé,
-pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al
-alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin
-duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente,
-vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe
-que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto,
-le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y
-cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a
-aquella ciudad. «Verá vuestra señoría--prosiguió él--una de las más
-excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice,
-más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han
-de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol
-oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse
-principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me
-vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí
-cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión,
-tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban
-primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o
-pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos
-con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada
-en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de
-tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con
-llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de
-los otros de menor pena.
-
-Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede
-negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin
-llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio.
-Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy
-viendo!--dije entre mí mismo--. ¡El Cielo, cansado de los excesos de
-estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!»
-Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de
-mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer
-desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la
-aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió
-en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía
-dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de
-la coroza.
-
-Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible
-espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que
-tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé
-en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi
-amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella,
-pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada
-que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto
-a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego
-conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle
-una pregunta. «Caballero--me respondió muy atentamente--, usted me
-honrará en ello.» «He oído ponderar--proseguí--a los cómicos de Toledo.
-¿Me habrán engañado?» «No--me respondió el caballero--; la compañía
-no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre
-otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que
-le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se
-deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle
-a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y
-aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a
-representar.
-
-Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada
-habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras;
-pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron
-ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del
-teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo
-general. «¡Ah, ésta es!--dije para mí--. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué
-talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó
-completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde
-los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego,
-maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a
-los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró
-la representación. «Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve
-usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro»,
-le respondí. «Pues menos se admiraría usted--me replicó--si la oyera
-cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen,
-si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No
-es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su
-voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso--exclamé
-yo entonces--, será preciso confesar que esta niña es un portento.
-¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por
-una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa--me
-dijo--, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No
-obstante--añadió--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la
-vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas
-las cómicas.»
-
-Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero
-si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las
-mejores--me replicó--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos
-perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente
-lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal
-vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto
-que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y
-por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella
-misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia.
-
-Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia.
-Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la
-vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá
-no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a
-Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de
-Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad
-que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío
-recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré
-incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a
-Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura--decía yo--, no quiero
-que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para
-esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de
-Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es
-áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro
-que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la
-Corte.»
-
-Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había
-hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando
-me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y
-me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de
-Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí,
-y que contenía estas palabras: _Olvida el modo con que te recibí en
-el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe._ Seguí luego al
-lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro,
-y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde
-encontré a Laura en su tocador.
-
-Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que
-usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que
-le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía
-derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra
-disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber
-oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían
-sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía.
-La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento
-de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que
-siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi
-falta.» «Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura;
-no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos
-ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo
-castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si
-te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es
-verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante
-portugués?» «¡Nada de eso!--respondió Laura--. ¿Pues no sabes que en
-semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran
-a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?
-
-»Sostuve--continuó ella--al marqués de Marialba que eras hermano mío.
-Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad
-que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres
-añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No
-conoce usted--le dije al señor portugués--que todo eso es obra de los
-celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de
-ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó
-todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para
-apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto
-en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don
-Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para
-quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra
-patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración
-de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si
-estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero
-Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle
-desaparecer.»
-
-»Aunque estas razones--prosiguió Laura--no bastasen para hacer mi
-completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas;
-tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que
-dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy
-inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme
-perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después
-algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía
-disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los
-cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo
-me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a
-quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.»
-
-No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me
-reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?--le respondí--. Tú no tienes hermano
-ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además
-de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad
-que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el
-parentesco entre vosotras dos.
-
-«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas--replicó algo sonrojada
-la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes
-los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío;
-Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de
-nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya,
-reina mía--repliqué yo--, que es grande el esfuerzo que haces en
-revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con
-el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te
-aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás
-podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá
-fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!»
-
-Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las
-secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era
-secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que
-podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de
-Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.
-
-Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual
-de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle
-indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana--me dijo luego que
-acabé--, veo que representas un papel brillante en el teatro del
-mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello.
-Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía
-del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de
-Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes--le respondí--; cuenta
-conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe
-cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.»
-«Desde luego te cogería tu palabra--replicó Laura--, y mañana mismo
-marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa
-escritura la anula una Real orden--le respondí--. Yo me encargo de
-ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles
-a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los
-cortesanos, y nos pertenece de derecho.»
-
-A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe:
-tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo
-su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista
-un objeto encantador. «Ven, sobrina mía--le dijo su madre--; ven a
-agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de
-mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está
-empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto
-mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo
-con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por
-su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me
-estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez
-perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber
-conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo
-cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y
-exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia--le
-respondí--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien,
-lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los
-grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina--me dijo
-Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado,
-ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención
-pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que
-deba ser despreciada.»
-
-Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la
-parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario
-talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que
-inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid.
-
-
- CAPITULO II
-
- Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga
- el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de
- esta actriz, y de su primera representación en la corte.
-
-
-Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber
-el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra
-comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le
-respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las
-mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia,
-que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus
-habilidades.»
-
-«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que
-leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo
-por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable
-como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--,
-confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.»
-«Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu
-viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la
-palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura
-inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués
-de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada
-viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber
-hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre
-aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia
-sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su
-favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del
-modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de
-sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»
-
-Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él
-despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica
-a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de
-Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento
-será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa
-por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me
-entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo
-lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron
-a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al
-corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por
-medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de
-mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé
-para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela
-dichosa y brillante.
-
-Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la
-compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y
-representaron por primera vez una comedia que solían representar en
-Toledo con aplauso.
-
-¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a
-espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso
-extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta
-representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase,
-porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre
-y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero
-apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que
-recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en
-la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles
-amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la
-hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y
-sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron
-hechizados de su persona.
-
-El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno
-de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir
-hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de
-nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado
-satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete,
-en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--,
-¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me
-respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su
-voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia,
-y no dudo que el rey la vea con placer.»
-
-
- CAPITULO III
-
- Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del
- rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores.
-
-
-La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la
-atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto
-del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan
-hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual
-no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y
-aparentó no atender aquella conversación.
-
-Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó
-quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le
-respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado
-el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta
-actriz--añadió--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha
-propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me
-habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la
-compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi
-nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido
-a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo
-servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al
-ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten
-cuidado de hacérselo saber.»
-
-Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el
-rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de
-la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a
-Laura la primera, «Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Mañana
-tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así
-me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu
-hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor
-que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una
-comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir
-todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo--me respondió Laura--,
-y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá
-menos de quedarlo--repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía
-en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda
-que adornada con las más soberbias galas del teatro--. Quedará tanto
-más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna
-cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si
-acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No
-quisiera--interrumpió Laura--que su majestad tuviese tal tentación,
-porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar
-obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha
-criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud,
-y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia
-más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»
-
-«Tía mía--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la
-conversación--, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para
-combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del
-rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior
-que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.»
-«Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese
-ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a
-tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?--respondió
-prontamente--. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la
-virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su
-pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta
-manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la
-última por haber dado a la otra tan buena educación.
-
-Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro.
-Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la
-cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz.
-
-Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver
-si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero
-burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró
-constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo
-que tenía tantas ganas de saber. «Santillana--me dijo el ministro--,
-vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas
-expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le
-tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado
-deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al
-momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden
-de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa
-conversación.»
-
-Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase
-a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas
-preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle,
-y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna
-distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de
-conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca
-dió muestras de gran placer. «Siendo eso así--repuso--, te elijo
-por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto
-qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte--añadió,
-entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta
-mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de
-otras pruebas más sólidas de mi afecto.»
-
-Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien
-di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel
-ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya
-dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y
-que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba,
-porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que,
-no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que
-yo recogí. «¡Ah rey mío!--exclamó--. ¡Ahora sí que te tengo seguro!
-¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me
-hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este
-señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios,
-procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter.
-«Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo
-mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos
-cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa--continuó--que
-no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor
-del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.»
-
-De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que
-pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me
-había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso,
-y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me
-decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo
-sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para
-rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que
-veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien
-anhelaba complacer.
-
-Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del
-particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados,
-concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de
-las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente.
-«Señor Gil Blas--exclamó--, a presencia del mejor y más antiguo de
-mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una
-fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por
-cierto--prosiguió ella--, confieso que me faltan voces para explicar el
-regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas
-conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con
-otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de
-tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables
-y opulentos. Dirásme quizá--prosiguió ella--que dos señores no son dos
-reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede
-hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos
-de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré
-violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el
-afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero
-que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve
-mañana--añadió--, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o
-sus joyas.»
-
-A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría más bien a Lucrecia
-a desviarse de su deber que a mantenerse en él, y contaba positivamente
-con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa al día siguiente
-que Laura había tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el
-mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien,
-y lo que más hay que admirar todavía es que Lucrecia, después de
-haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, quedó
-tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente
-renunció al mundo y se encerró en un convento de la villa de Madrid,
-donde luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza y del dolor.
-Laura, por su parte, inconsolable de la pérdida de su hija, de cuya
-muerte se consideraba autora, se metió en las Arrepentidas, donde pasó
-el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos años.
-Afligió mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su
-genio naturalmente inclinado a divertirse hacían poca mansión en él las
-pesadumbres, se fué consolando poco a poco. El conde-duque aparentó la
-mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dejó de
-desazonarle, como fácilmente lo creerá el advertido lector.
-
-
- CAPITULO IV
-
- Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana.
-
-
-Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos
-remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como
-un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido,
-resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro
-la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en
-cualquier otra cosa. «Santillana--me dijo--, me agrada sobremanera tu
-delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación
-más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza
-que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza--continuó--vi por
-casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la
-siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola,
-que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que
-don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y
-casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer
-debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el
-deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel.
-Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya
-habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la
-genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival
-como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas,
-y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos.
-Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusión de cortejantes,
-llegó insensiblemente a ser madre y dió a luz un niño, con cuya
-paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero
-como ninguno podía preciarse en conciencia de que le era debido aquel
-honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vió precisada
-a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que duró
-diez y ocho años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando a su
-hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educación. Tal es--continuó su
-excelencia--la confianza que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte
-del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte
-a este joven sin ventura, y, haciéndole pasar de un extremo a otro,
-elevarle a los honores y reconocerle por hijo mío.»
-
-Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué posible callar.
-«¡Cómo, señor!--exclamé--. ¿Es posible que haya cabido en vuestra
-excelencia una resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia
-esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás justa--replicó con
-precipitación--cuando te haya dicho las razones que me han determinado
-a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes colaterales.
-Tal vez me dirás que no soy tan viejo que no pueda todavía esperar
-tener sucesión con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a
-sí mismo. Bástete saber que he probado inútilmente todos los secretos
-de la química para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna,
-supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del
-cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero
-adoptarle por hijo. Así lo he resuelto.»
-
-Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopción, dejé de
-oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto
-antes que desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata--prosiguió
-él--de dar una educación correspondiente a don Enrique Felipe de
-Guzmán, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se
-halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi
-querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido
-enteramente en tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el cuidado
-de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y,
-en una palabra, de hacerle un caballero completo.» Quise negarme a
-admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no podía
-en conciencia encargarme de un ministerio que jamás había ejercido y
-que pedía más ilustración y mérito del que yo tenía; pero luego me
-interrumpió y me tapó la boca diciéndome con entereza que absolutamente
-quería fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para
-ocupar los primeros puestos de la Monarquía. Me resigné, pues, a
-desempeñar este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio
-de mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con una pensión de mil
-escudos, que hizo se me concediese, o más bien me dió él, sobre una
-encomienda de la Orden de Montesa.
-
-
- CAPITULO V
-
- Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre
- de don Enrique Felipe de Guzmán; establece Santillana la casa de
- este señor y le proporciona toda clase de maestros.
-
-
-Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de
-doña Margarita Espínola. Hízose esta adopción por medio de escritura
-pública y solemne, con noticia y aprobación del rey. A don Enrique
-Felipe de Guzmán (éste fué el nombre que se dió a aquel hijo de muchos
-padres) se le declaró por único heredero del condado de Olivares y
-del ducado de Sanlúcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, dió
-parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de
-España, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones
-de Madrid tuvieron asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y
-los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión de desahogar su
-mordacidad.
-
-Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia
-quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está--me respondió--a cargo de una
-tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa
-y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que
-hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores,
-y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales
-de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien
-hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes.
-Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique--le dijo
-su excelencia señalándome a mí con el dedo--, este caballero que aquí
-ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe
-en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le
-he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana--añadió
-dirigiéndose a mí--, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de
-que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro
-otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo
-cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.
-
-Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados,
-explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle
-novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad
-todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban
-como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por
-capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en
-sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le
-enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de
-Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un
-maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid
-que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién
-dar la preferencia.
-
-Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un
-sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a
-recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o
-de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su
-profesión, «Señor de Santillana--me dijo--, como he sabido que es
-vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a
-ofrecerle mis servicios. Yo, señor--añadió--, me llamo Martín Ligero,
-y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza
-de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes.
-Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al
-señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos
-otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como
-criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.»
-«Por lo que usted me dice--repuse yo--, veo ser el sujeto que nos
-hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro--me
-respondió--, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones
-por semana.» «¡Cuatro doblones!--le repliqué--. Eso es demasiado.»
-«¿Cómo demasiado?--repuso con aire de admiración--. ¡Y tal vez vuestra
-señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!»
-
-No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan
-ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un
-hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y
-como que lo creo!--me respondió--. Nosotros somos cien veces más útiles
-a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría:
-¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas
-de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan
-poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una
-palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»
-
-Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que
-enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el
-precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte.
-
-
- CAPITULO VI
-
- Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don
- Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y
- con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo
- noble, con repugnancia suya.
-
-
-Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando
-Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su
-expedición. «Debo estarlo--me respondió--, pues que con los tres mil
-ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en
-géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío--le dije--, yo te
-doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano
-está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o
-si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a
-los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que
-hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez--me respondió el hijo de la
-Coscolina--, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen
-destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una
-larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a
-su criado?»
-
-Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que
-el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de
-haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este
-ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería
-hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba
-otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que
-en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su
-nuevo amo.
-
-Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar
-al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad
-sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía
-y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy
-contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al
-conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana--me
-dijo enajenado--, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que
-don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer
-en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría
-más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la
-Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia
-lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé
-gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique.
-
-Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de
-nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían
-solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que
-había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si
-fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este
-ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa
-a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para
-don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil
-escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando
-entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso
-los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué
-tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la
-novia, y de sus parientes.
-
-Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia,
-y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí
-tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres
-noble.» «Señor--le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír--,
-vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero.
-Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla,
-y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco
-ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento--replicó el ministro--es un
-obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del
-Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además--añadió
-sonriéndose--, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser
-premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que
-quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo
-exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome,
-señor--le repliqué--, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y
-diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo.
-
-«¡Conque ahora soy caballero!--me dije a mí mismo cuando estuve en
-la calle--. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis
-parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen _don Gil
-Blas_; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome
-de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla--continué,
-sacándola del bolsillo--, y veamos de qué manera se borra en ella el
-villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que
-el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había
-mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a
-bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir,
-en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no
-perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en
-vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la
-ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla.
-
-
- CAPITULO VII
-
- Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última
- conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió
- a Santillana.
-
-
-El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí.
-Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así,
-no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre
-la _Ifigenia_ de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le
-encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué
-a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de
-un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna
-nueva composición tuya!»
-
-«Sin duda debe esperarla--me respondió--. Actualmente estoy haciendo
-imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.»
-«No dudo de su mérito--le repliqué--; pero me parece que la mayor
-parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a
-sus autores.» «Convengo en eso--me respondió--, pues sé muy bien que
-solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime
-gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos
-folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un
-hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo
-a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?--repliqué yo admirado--. ¿Es
-posible que me llegue a decir esto el autor de _El conde de Saldaña_?
-¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta
-manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!--me interrumpió Núñez--. Ya
-no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada.
-Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó
-el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo
-mi pensión.» «¡Malo es eso!--le dije--. Pero ¿no te ha quedado aún
-alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!--me respondió--. El señor
-Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin
-que pueda jamás salir a la orilla.»
-
-«Según eso, amigo mío--repuse yo--, te veo en términos de que me será
-preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de
-tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo--me dijo--; aunque
-me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil
-ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no
-convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente
-les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te
-diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.
-Por lo demás--continuó--, no creas que nosotros seamos tan infelices
-como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos
-asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que
-comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará
-entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de
-almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo
-dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados:
-uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien
-dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que
-tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa.
-Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla
-cuantos quiere en la población.»
-
-«En ese caso--dije al poeta asturiano--ya no te tengo lástima, puesto
-que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro
-de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de
-tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude
-francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive
-de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte
-útil.»
-
-«En esas generosas expresiones--exclamó Núñez--te reconozco,
-Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme
-en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un
-consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque
-y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a
-enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila
-en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me
-respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen
-olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer:
-«El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle.
-Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del
-rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a
-las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero
-hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza
-de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas
-que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más
-violentos huracanes.
-
-
- CAPITULO VIII
-
- Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el
- rey un viaje a Zaragoza.
-
-
-Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento.
-Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar
-al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin
-embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los
-confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin
-que yo notase que su privanza disminuyera.
-
-Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los
-desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo
-a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas
-fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que
-quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la
-Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca
-se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus
-tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para
-el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado
-que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta
-opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle
-en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués
-de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la
-franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del
-primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que,
-convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta
-al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida
-para el ejército.
-
-Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir
-el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura,
-considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se
-retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me
-llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado
-y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como
-si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana--continuó--;
-el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca
-ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del
-marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios
-a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de
-Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente
-se conoce--prosiguió el ministro--que hay un partido formado contra
-mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra
-excelencia?--le repliqué yo--. Doce años ha que la reina está
-acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros
-tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su
-esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy
-bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver
-su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!--interrumpió
-el conde--. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el
-rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le
-habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho
-de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se
-engañan miserablemente--añadió--, porque sabré disponer que durante el
-viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó
-efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.
-
-Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber
-nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso
-en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez,
-le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres
-semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde
-le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo
-en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde
-la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de
-donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí;
-pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a
-peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras
-de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no
-podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera
-en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y
-bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como
-un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber
-hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al
-soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de
-él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza,
-o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se
-restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al
-marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el
-honor de las armas españolas.
-
-
- CAPITULO IX
-
- De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.
-
-
-Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala
-nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de
-Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el
-yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado
-al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a
-mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar,
-estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No
-les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una
-dominación que aborrecían.
-
-Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se
-hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque
-quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su
-majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un
-semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su
-inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída
-cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra
-él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar
-a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes,
-especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a
-Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el
-conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe
-decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había
-sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de
-la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su
-primer ministro.
-
-Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de
-aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento
-hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No
-bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y
-murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia
-para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la
-injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio
-habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande
-efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él
-inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro;
-pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso
-que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.
-
-Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un
-rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin
-embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y
-me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría
-mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a
-alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días.
-«Piensas juiciosamente--repuso mi amo--, y estoy resuelto a ir a
-terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez
-con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible
-en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros,
-sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que
-me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto
-puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.»
-Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver
-las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su
-audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía
-para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería.
-
-Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió
-buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de
-ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y
-criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto
-para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le
-insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer
-salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con
-su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo
-corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un
-convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos
-en él, y poco después llegó el resto de la familia.
-
-
- CAPITULO X
-
- Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque;
- síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en
- su retiro.
-
-
-La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció
-algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de
-súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a
-pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo
-aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina,
-que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se
-acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto
-de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que
-recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien
-que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes,
-se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de
-un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse
-que era el primero de la monarquía.
-
-La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado
-las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del
-conde-duque. «Vuestros enemigos--le dijo llorando--, el duque de
-Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al
-rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo
-celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las
-que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.»
-«Señora--le respondió mi amo--, imitad mi ejemplo: llevad con
-resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca
-que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar
-mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los
-ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su
-suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se
-engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura
-con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua
-duración de su autoridad?»
-
-De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de
-paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se
-renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el
-cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí
-pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de
-estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo
-adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente
-después de su matrimonio con doña Juana.
-
-Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor
-era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en
-unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída
-del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras
-fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus
-enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro,
-quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero
-entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó
-al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que
-la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las
-Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a
-quien siempre había aborrecido.
-
-Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y
-desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso
-dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A
-fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en
-su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de
-desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada
-de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La
-condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que
-la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había
-fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina
-Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud,
-cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los
-sinsabores de su vida.
-
-Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo
-se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una
-distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la
-mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a
-comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos
-conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo
-regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces
-salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta
-por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí.
-
-Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba
-en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame
-vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de
-satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a
-familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado--me
-respondió--, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme
-en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición
-a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»
-
-
- CAPITULO XI
-
- El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo
- extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo.
-
-
-Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también
-algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo
-trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un
-ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.»
-«Señor--le respondí en el mismo tono--, me parece que estoy viendo a
-Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto,
-después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de
-mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación.
-
-Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan
-superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de
-la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina
-mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor.
-Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía.
-Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos
-para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto,
-donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza
-podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia
-le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco
-pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse,
-cada día se iba aumentando.
-
-Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o
-disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el
-designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento
-de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor--le dije con
-aire mezclado de respeto y de cariño--, ¿será permitido a Gil Blas
-atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes--me
-respondió--, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho--repliqué--de
-aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia?
-¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre
-la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas
-inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver
-a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había
-libertado?» «No; gracias al Cielo--respondió el ministro--, ya no me
-atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de
-la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me
-tributaron.» «Pues, señor--le repliqué--, si vuestra excelencia ha
-podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de
-una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia?
-Mi querido amo--prorrumpí, arrojándome a sus pies--, vuestra excelencia
-tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia
-hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad
-tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su
-antigua confianza?» «La posees todavía--me dijo su excelencia--, pero
-confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la
-tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las
-instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo
-de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante
-confesión. Sí--continuó--, me domina una negra melancolía, que poco a
-poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy
-viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa.
-Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión,
-un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me
-turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir
-persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante
-débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que
-te confiese--añadió--; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a
-todos el verdadero motivo de mi melancolía.»
-
-Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y
-que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor--dije al
-ministro--, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma
-vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo
-pensé yo al principio--me respondió--, y para experimentar si debía
-atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero
-todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá--le
-repliqué para consolarle--, y si vuestra excelencia quisiera distraerse
-un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados,
-me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.»
-
-Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo,
-y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar
-a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir
-también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas
-veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de
-estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando
-todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra
-tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un
-cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los
-escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el
-suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde
-la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo
-de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le
-libraron de su visión.
-
-La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un
-agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos
-de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su
-testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso
-al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el
-más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por
-pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su
-fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el
-conde-duque.
-
-
- CAPITULO XII
-
- Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del
- conde-duque y partido que tomó Santillana.
-
-
-Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el
-convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de
-nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares
-nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para
-quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente
-al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la
-mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del
-singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales,
-y fundó aniversarios en muchos conventos.
-
-La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que
-cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía
-orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte
-calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u
-ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque
-este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose
-en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba
-hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré--le
-respondí--, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo
-mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para
-hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!--exclamó el religioso--.
-Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos!
-Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para
-siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones
-piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana,
-a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.»
-
-En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo
-del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo
-para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a
-Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a
-este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de
-Santillana--me dijo--, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues
-no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo
-quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se
-halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y
-atractivos de la Naturaleza.»
-
-Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión.
-«Amigo mío--le dije--, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con
-efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido.
-Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino,
-lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve
-tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid,
-cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.
-
-Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de
-un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta
-villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis
-días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida
-para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis,
-que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice
-con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis
-pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una
-palabra, dejé arreglados todos mis asuntos.
-
-El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había
-despedido de don Enrique. «Sí, señor--me respondió--, y ambos nos hemos
-separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que
-sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba
-con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que
-el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de
-que--añadió--don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se
-le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan
-con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea
-usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un
-amo desacreditado.»
-
-Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca.
-Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo
-íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían
-tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas;
-tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión,
-montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban,
-por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de
-la silla.
-
-Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran
-resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de
-que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban
-nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y
-los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro
-acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que
-iba a tomar posesión de un virreinato.
-
-
- CAPITULO XIII
-
- Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya
- casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una
- señorita.
-
-
-Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar
-las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que
-efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos
-pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré
-desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que
-no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado
-desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.
-
-Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija
-Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de
-abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego
-que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible
-que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté
-de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester
-que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?--exclamó mi
-ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras--. ¿No bien
-me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija
-mía--le respondí--, no pretendemos separarte de nosotros dándote
-marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.»
-
-«Uno que tiene esa circunstancia--dijo entonces Beatriz--pretende a la
-niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en
-misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después
-a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco
-adelantaría usted--le respondí--aunque yo se lo concediera. Serafina
-depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden
-disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles
-para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto,
-señores--prosiguió ella--, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se
-hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.»
-
-«Pero, en suma--dijo Escipión--, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se
-parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido
-con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso,
-no!--respondió Beatriz--. Es un mozo muy afable y atento con todos,
-sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos
-haces--dije a Beatriz--un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se
-llama?» «Don Juan de Antella--respondió la mujer de Escipión--. Ha poco
-tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo
-dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana
-suya.» «Oí en otro tiempo--repuse yo--hablar de la familia de ese
-hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio
-menos--exclamó Escipión--la hidalguía que las buenas prendas, y ese
-don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama
-tiene--dijo Serafina tomando parte en la conversación--, y los vecinos
-de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves
-palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por
-ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija.
-
-Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después
-vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales,
-y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos
-había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos
-que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la
-mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de
-pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan,
-sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos
-solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse
-mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después
-que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le
-respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no
-podía ofrecer mejor colocación a Serafina.
-
-Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina
-para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino
-de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado
-tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de
-Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos
-largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la
-descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles,
-cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto
-antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza
-de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que
-el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del
-edificio.
-
-Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos
-presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea
-y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de
-gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos
-bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la
-misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe
-disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra
-conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo
-que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de
-buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por
-nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar
-su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir.
-Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a
-Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y
-cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras
-tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo,
-por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura
-completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados
-que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin
-embargo, el conjunto me embelesaba.
-
-En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había
-entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no
-veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?--me dijo Escipión
-mirándome como suspenso--. Mucho le ocupa a usted la hermana de don
-Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo--le respondí--, y
-estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia
-he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre,
-a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda
-resistir?» «Señor--me replicó el hijo de la Coscolina--, parecíame a
-mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella.
-Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo
-abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su
-semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted:
-la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro
-de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de
-que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted
-lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después
-que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre
-el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o
-cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más
-ilustres.»
-
-
- CAPITULO XIV
-
- De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo
- cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana.
-
-
-Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera
-me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso,
-no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba
-mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin
-miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento
-que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví
-arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano,
-el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada,
-no estaba sin zozobra.
-
-Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa
-de vestirme. «Señor de Santillana--me dijo--, hoy vengo a Liria a
-tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho,
-y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo--me dijo--que
-no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo
-puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo
-que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi
-vida!» «Señor don Juan--le respondí--, ya que usted ha ido derechamente
-al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de
-haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada,
-implore los de usted para con su hermana.»
-
-A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro,
-del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor--exclamó
-prontamente--, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro
-corazón!» «Me ha encantado--le dije--, y me tendré por el hombre más
-dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso
-debe usted estar seguro--me replicó--, pues, aunque somos nobles, no
-desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro--repuse yo--que no tenga
-usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me
-obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa
-usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su
-hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo
-con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las
-oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que
-hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy
-a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón,
-entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la
-mayor satisfacción. «Está muy buena--me dijo al devolvérmela--. Dorotea
-es de usted.» «Y usted--exclamé yo--cuente con Serafina.»
-
-Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los
-dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían
-gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos
-conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de
-Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión,
-Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había
-tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por
-esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que
-era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero
-mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar,
-correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente
-necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me
-tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.
-
-Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto--le dije--va
-a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va
-que no puede ir mejor--me respondió--. No he necesitado emplear la
-autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de
-usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su
-gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su
-corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!--exclamó fuera de mí de
-alegría--. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su
-suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con
-ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.»
-
-Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido
-dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las
-ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas.
-Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina;
-y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de
-nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana
-Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear
-lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme,
-y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un
-mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas
-para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo,
-fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de
-don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me
-presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé
-hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen
-tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo
-querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a
-Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos
-al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con
-nuestras novias.
-
-Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve
-motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor
-gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a
-llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera
-en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió
-con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos
-cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte,
-advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero
-cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba
-entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la
-noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se
-verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos
-resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la
-quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se
-le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia.
-
-Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de
-personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado
-concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya
-educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad.
-
-
- FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO
-
-
-
-
- INDICE DEL TOMO III
-
-
- LIBRO OCTAVO
-
-
- Páginas.
-
- CAPÍTULO I.--Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un
- buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano.
- Historia de don Valerio de Luna. 5
-
- CAPÍTULO II.--Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le
- admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el
- trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él. 12
-
- CAPÍTULO III.--Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener
- desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la
- conducta que se vió obligado a guardar. 18
-
- CAPÍTULO IV.--Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que
- le confía un secreto de importancia. 23
-
- CAPÍTULO V.--En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de
- honra y de miseria. 26
-
- CAPÍTULO VI.--Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza
- al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro. 31
-
- CAPÍTULO VII.--De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados;
- del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él. 38
-
- CAPÍTULO VIII.--Historia de don Rogerio de Rada. 41
-
- CAPÍTULO IX.--Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una
- gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia. 52
-
- CAPÍTULO X.--Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas
- en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la
- intriga en que este señor y él se metieron. 62
-
- CAPÍTULO XI.--De la visita secreta y de los regalos que el
- príncipe hizo a Catalina. 71
-
- CAPÍTULO XII.--Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su
- inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo. 77
-
- CAPÍTULO XIII.--Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene
- noticias de su familia; impresión que le hicieron; se
- descompadra con Fabricio. 81
-
-
- LIBRO NOVENO
-
- CAPÍTULO I.--Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la
- hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a
- este fin. 87
-
- CAPÍTULO II.--Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don
- Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo. 92
-
- CAPÍTULO III.--De los preparativos que se hicieron para el
- casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los
- inutilizó. 96
-
- CAPÍTULO IV.--De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de
- Segovia y de cómo supo la causa de su prisión. 98
-
- CAPÍTULO V.--De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido
- que le despertó. 104
-
- CAPÍTULO VI.--Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena
- de Galisteo. 108
-
- CAPÍTULO VII.--Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil
- Blas y le da muchas noticias. 130
-
- CAPÍTULO VIII.--Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid;
- cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad
- y resultas que tuvo. 134
-
- CAPÍTULO IX.--Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué
- condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los
- dos después de haber salido de la torre de Segovia y
- conversación que tuvieron. 140
-
- CAPÍTULO X.--De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién
- encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este
- encuentro. 144
-
-
- LIBRO DECIMO
-
- CAPÍTULO I.--Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid,
- donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se
- encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador
- del hospital. 151
-
- CAPÍTULO II.--Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a
- Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y
- sus consecuencias. 162
-
- CAPÍTULO III.--Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y
- llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué
- recibido en ella y qué gentes encontró allí. 172
-
- CAPÍTULO IV.--Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores
- de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena
- acogida que le hizo doña Serafina. 179
-
- CAPÍTULO V.--Va Gil Blas a la comedia y ve representar una
- tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de
- Valencia. 185
-
- CAPÍTULO VI.--Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia,
- encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre
- era este religioso. 190
-
- CAPÍTULO VII.--Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la
- noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que
- hicieron en su familia. 198
-
- CAPÍTULO VIII.--Amores de Gil Blas y de la bella Antonia. 203
-
- CAPÍTULO IX.--Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato
- con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que
- se celebró. 210
-
- CAPÍTULO X.--Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de
- la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión. 217
-
- CAPÍTULO XI.--Prosigue la historia de Escipión. 248
-
- CAPÍTULO XII.--Fin de la historia de Escipión. 263
-
-
- LIBRO UNDECIMO
-
- CAPÍTULO I.--De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había
- experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó.
- Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que
- Santillana volviese a ella. 287
-
- CAPÍTULO II.--Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte,
- reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos
- de esta recomendación. 293
-
- CAPÍTULO III.--Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por
- obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio
- que le hizo José Navarro. 299
-
- CAPÍTULO IV.--Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de
- Olivares. 302
-
- CAPÍTULO V.--Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro
- y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares. 305
-
- CAPÍTULO VI.--En qué invirtió Gil Blas estos trescientos
- doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria
- de que acaba de hablarse. 312
-
- CAPÍTULO VII.--Por qué casualidad, en dónde y en qué estado
- volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación
- que tuvieron. 317
-
- CAPÍTULO VIII.--Gil Blas se granjea cada día más el afecto del
- ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a
- Santillana de su viaje. 322
-
- CAPÍTULO IX.--Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija
- única y los sinsabores que produjo este matrimonio. 326
-
- CAPÍTULO X.--Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez;
- refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro
- del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que
- le produjo esta desgracia. 330
-
- CAPÍTULO XI.--Consigue Santillana un empleo para Escipión, el
- cual se embarca para Nueva España. 335
-
- CAPÍTULO XII.--Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su
- viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió. 338
-
- CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de
- Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos
- tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo;
- qué servicio hizo Santillana a Tordesillas. 343
-
- CAPÍTULO XIV.--Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué
- personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí. 352
-
-
- LIBRO DUODECIMO
-
- CAPÍTULO I.--Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y
- éxito de su viaje. 357
-
- CAPÍTULO II.--Da Santillana cuenta de su comisión al ministro,
- quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a
- Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera
- representación en la corte. 368
-
- CAPÍTULO III.--Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte;
- representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas
- de estos amores. 371
-
- CAPÍTULO IV.--Nuevo empleo que confirió el ministro a
- Santillana. 378
-
- CAPÍTULO V.--Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa
- bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece
- Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de
- maestros. 382
-
- CAPÍTULO VI.--Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil
- Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores
- que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque;
- cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya. 385
-
- CAPÍTULO VII.--Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a
- Fabricio; última conversación que ambos tuvieron y consejo
- importante que Núñez dió a Santillana. 389
-
- CAPÍTULO VIII.--Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió
- Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza. 392
-
- CAPÍTULO IX.--De la rebelión de Portugal y caída del
- conde-duque. 396
-
- CAPÍTULO X.--Cuidados que por el pronto inquietaron al
- conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida
- que entabló en su retiro. 399
-
- CAPÍTULO XI.--El conde-duque se pone repentinamente triste y
- pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado
- fatal que tuvo. 403
-
- CAPÍTULO XII.--Lo que pasó en el palacio de Loeches después de
- la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana. 407
-
- CAPÍTULO XIII.--Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de
- encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se
- enamora de una señorita. 411
-
- CAPÍTULO XIV.--De las dos bodas que se celebraron en la quinta
- de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de
- Santillana. 416
-
-
-
-
- OBRAS DE J. H. FABRE
- EDITADAS POR CALPE
-
-
- Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas
- cada uno.
-
- LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE
- LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS
- NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA
-
-
- TITULO DE CADA VOLUMEN
-
-=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas
-fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color.
-En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
-
-=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales
-a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la
-agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-
-
-
- LIBROS DE LA NATURALEZA
-
- _El contenido de las obras que forman esta serie de libros
- editados por CALPE es rigurosamente científico y está al
- corriente de los últimos progresos de las ciencias naturales.
- Garantía de ello son los autores de esas obras, todos los
- cuales figuran entre los naturalistas de mayor autoridad en
- nuestro país._
-
-
- VAN PUBLICADOS
-
-=Los animales familiares=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados en papel estucado.
-
-=La vida de la Tierra=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo alado=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo Nacional de
-Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas
-fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo de los minerales=, por _Lucas Fernández Navarro_, profesor en
-la Universidad de Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 10
-fotograbados en papel estucado.
-
-=El mundo de los insectos=, por _Antonio de Zulueta_, profesor en
-el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 12 fotograbados en papel
-estucado.
-
-=Los animales salvajes=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=Peces de mar y de agua dulce=, por _Angel Cabrera_, profesor en el
-Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 40
-dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel
-estucado.
-
-=La vida de las plantas=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-=Los animales microscópicos=, por _Angel Cabrera_, profesor en el Museo
-Nacional de Ciencias Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos y
-6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados en papel estucado.
-
-=La vida de las flores=, por _J. Dantín Cereceda_, profesor en el
-Instituto de San Isidro de Madrid. Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados en papel estucado.
-
-
-Todas las obras de esta colección se venden al precio de =1,75 pesetas
-cada libro= y llevan artísticas cubiertas del gran dibujante Bagaría
-impresas a cinco tintas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE
- IDEAS DEL SIGLO XX
-
- SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR
-
- DON JOSE ORTEGA Y GASSET
-
- Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.
-
- _Compondrán esta colección los libros maestros de Europa y
- América que, aparecidos en estos últimos veinte años, inician
- nuevas maneras de pensar en filosofía como en política, en
- critica artística como en biología, en ciencias sociales como
- en física. Será, pues, una colección, única hoy en el mundo,
- que ofrece en apretada fila los temas más incitantes de la
- nueva cultura._
-
-
- Volúmenes que aparecerán en breve,
- editados por CALPE:
-
-Rickert.--=Ciencia cultural y ciencia natural.=
-
-Born.--=La teoría de la relatividad de Einstein.=
-
-Driesch.--=Filosofía del organismo.=--Dos volúmenes.
-
-J. von Uexküll.--=Ideas para una concepción biológica del mundo.=
-
-Bonola.--=Geometría noeuclidiana.=
-
-Worringer.--=El espíritu del arte gótico.=
-
-Wölfflin.--=Conceptos fundamentales de la historia del arte.=
-
-Spengler.--=La decadencia de Occidente.=
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana:
-Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
-***** This file should be named 55796-8.txt or 55796-8.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/5/5/7/9/55796/
-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you'll have to check the laws of the country where you
- are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
diff --git a/old/55796-8.zip b/old/55796-8.zip
deleted file mode 100644
index 67ce721..0000000
--- a/old/55796-8.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/55796-h.zip b/old/55796-h.zip
deleted file mode 100644
index ba366d2..0000000
--- a/old/55796-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/55796-h/55796-h.htm b/old/55796-h/55796-h.htm
deleted file mode 100644
index 8b4c1c5..0000000
--- a/old/55796-h/55796-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,14930 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
- "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es">
- <head>
- <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" />
- <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" />
- <title>
- The Project Gutenberg eBook of Historia de Gil Blas de Santillana, Tomo III, by Alain-René Lesage.
- </title>
- <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
- <style type="text/css">
-
-body {
- margin-left: 10%;
- margin-right: 10%;
-}
-
- h1,h2,h3{
- text-align: center; /* all headings centered */
- clear: both;
- line-height: 2;
-}
-
-h1 {margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;}
-
-h2 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;}
-
-h3 {margin-top: 2em; margin-bottom: 1em;}
-
-
-
-div.chapter {page-break-before: always;}
-
-
-p {
- margin-top: .75em;
- text-align: justify;
- margin-bottom: .75em;
- }
-
- .p2 {margin-top: 2em;}
- .p4 {margin-top: 4em;}
- .p6 {margin-top: 6em;}
-
-.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */
- /* visibility: hidden; */
- position: absolute;
- left: 92%;
- font-size: small;
- text-align: right;
- /* not bold */
- font-weight: normal;
- /* not italic */
- font-style: normal;
- /* not small cap */
- font-variant: normal;
-} /* page numbers */
-
-.poetry-container
-{
- text-align: center;
- font-size: 95%;
-}
-
-.poetry
- {
- display: inline-block;
- text-align: left;
- }
-
-.poetry .stanza
-{
- margin: 1em 0em 2em 0em;
-}
-
-.poetry .line
-{
- margin: 0;
- text-indent: -3em;
- padding-left: 3em;
-}
-
-.poetry .i1 {margin-left: 1em;}
-
-.figcenter4em {margin: auto;
- text-align: center;
- margin-top: 4em;
- margin-bottom: 4em;}
-
-.center {text-align: center;}
-.large {font-size: large;}
-.small {font-size: small;}
-.medium {font-size: medium;}
-.smcap {font-variant: small-caps;}
-.i2 {margin-left: 2em; padding-right: 2em;}
-
-
-hr {
- width: 33%;
- margin-top: 2em;
- margin-bottom: 2em;
- margin-left: auto;
- margin-right: auto;
- clear: both;
-}
-
-
-hr.chap {width: 25%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;}
-
-/* Footnotes */
-
-.footnote {margin-left: 10%; margin-right: 10%; font-size: 0.9em;}
-
-.footnote .label {position: absolute; right: 84%; text-align: right;}
-
-.fnanchor {
- vertical-align: super;
- font-size: .8em;
- text-decoration:
- none;
-}
-
-
-/* Transcriber's notes */
-.box {margin: auto;
- margin-top: 2em;
- border: 1px solid;
- padding: 1em;
- background-color: #F0FFFF;
- width: 25em;}
-
-table {
- margin-left: auto;
- margin-right: auto;
- margin-top: 2em;
- margin-bottom: 2em;
-}
-
- .tdl {text-align: left;}
- .tdrp {text-align: right; padding-left: 2em; padding-top: 1em;}
- .tdrb {text-align: right; vertical-align: bottom; padding-left: 2em}
- .tdcc {text-align: center; padding-top: 1.5em;}
-
-
-
-@media handheld
-{
- body
- {
- margin: 0;
- padding: 0;
- width: 90%;
- }
-
- .box {
- width: 75%;}
-
- hr.chap
- {
- width: 20%;
- margin-left: 42.5%;
- margin-top: 2em;
- margin-bottom: 2em;
- }
-
- .poetry
- {
- margin: 2em;
- display: block;
- }
-
-
-}
- </style>
- </head>
-
-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana: Novela
-(Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-Title: Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: October 23, 2017 [EBook #55796]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<p class="p6 center">Le Sage</p>
-
-<h1>HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA<br />
-<span class="medium">TOMO III y ÚLTIMO</span></h1>
-
-<p class="p6 center">MCMXXII</p>
-
-
-<p class="p6 center">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-
-<p class="p6 center">LE SAGE</p>
-
-<p class="p4 center"><span class="large">Historia</span><br />
-de<br />
-<span class="large">Gil Blas de Santillana</span></p>
-
-<p class="p2 center">NOVELA</p>
-
-<p class="center">TOMO III y ÚLTIMO</p>
-
-<p class="center">Traducción del P. Isla</p>
-
-<div class="figcenter4em"><img src="images/illo.png" width="100"
-height="100" alt="" title="" /></div>
-
-<p class="center">MADRID, 1922</p>
-
-<p class="center">Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.&mdash;MADRID</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6 large center">GIL BLAS DE SANTILLANA</p>
-<h2>LIBRO OCTAVO</h2>
-
-<h3 id="I_I">CAPITULO PRIMERO</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un
-buen empleo, que le consuela de la ingratitud del
-conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna.</b></p></div>
-
-
-<p class="p2">Como en todo este tiempo no había oído hablar
-de Núñez, discurrí había ido a divertirse a algún
-lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, y supe
-que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía
-con el duque de Medinasidonia.</p>
-
-<p>Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria
-Melchor de la Ronda y me acordé que le
-había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino si
-algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir
-mi promesa aquel mismo día, me informé de la
-casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a ella. Pregunté
-por el señor José Navarro, que no tardó en
-presentarse. Habiéndole saludado y díchole quién
-era, me recibió atentamente, pero con frialdad, de<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span>
-suerte que no podía conciliar aquel recibimiento
-indiferente con el retrato que me habían hecho de
-este repostero. Iba a retirarme, con ánimo de no
-volver a hacerle otra visita, cuando, mostrándome
-de repente un semblante apacible y risueño, me
-dijo con mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de
-Santillana! Suplico a usted me perdone el recibimiento
-que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa
-de que yo no haya manifestado el buen afecto con
-que estoy dispuesto a favor de usted; se me había
-olvidado su nombre, y ya no pensaba en el caballero
-que me recomendaban en una carta que recibí
-de Granada hace más de cuatro meses. ¡Permitidme
-que os abrace!&mdash;añadió, estrechándome
-lleno de gozo&mdash;. Mi tío Melchor, a quien estimo y
-venero como a mi propio padre, me encarga encarecidamente
-que, si por acaso tengo la honra de
-ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y
-emplee en caso necesario mi valimiento y el de mis
-amigos en obsequio de usted. Me hace un elogio
-del buen corazón y talento de usted en tales términos
-que, aun cuando no me moviera a ello su
-recomendación, me empeñaría en servirle. Míreme
-usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien
-mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación
-que le profesa. Franqueo a usted mi amistad;
-no me niegue la suya.»</p>
-
-<p>Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía
-de José, y en el mismo instante contrajimos
-una estrecha amistad, siendo ambos francos y sinceros.
-No dudé descubrirle el triste estado de mis<span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span>
-asuntos, y apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo
-del cuidado de acomodar a usted, y entre
-tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos
-los días, que tendrá mejor comida que en la
-posada donde está.»</p>
-
-<p>La oferta halagaba demasiado a un convaleciente
-escaso de dinero y enseñado a los buenos bocados
-para que yo la desechase; aceptéla, pues, y me repuse
-tanto en aquella casa, que a los quince días
-tenía ya una cara de monje bernardo. Parecióme
-que el sobrino de Melchor hacía en aquella casa su
-agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo
-tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería,
-de la cueva y de la despensa? Además, y sin
-perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él y el
-mayordomo estaban muy bien avenidos.</p>
-
-<p>Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando
-viéndome un día mi amigo José llegar a casa
-de Zúñiga para comer, según mi costumbre, me
-salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil
-Blas, tengo que proponeros un acomodo muy bueno;
-sepa usted que el duque de Lerma, primer ministro
-de la corona de España, para entregarse enteramente
-al despacho de los negocios del Estado
-confía el cuidado de los suyos a dos personas; para
-recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de
-Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su
-casa a don Rodrigo Calderón. Estos dos confidentes
-ejercen sus empleos con una autoridad absoluta y
-sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente
-a sus órdenes dos administradores, que ha<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>cen
-las cobranzas, y como supe esta mañana que
-había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza
-para usted. El señor de Monteser, que me conoce,
-y de quien me precio ser estimado, me la ha concedido
-sin dificultad por los buenos informes que
-le he dado de las costumbres y capacidad de usted,
-y hoy, después de comer, iremos a su casa.»</p>
-
-<p>Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y
-colocado en el empleo del administrador que había
-sido despedido, el cual consistía en visitar nuestras
-granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos;
-en una palabra, mi incumbencia era cuidar de los
-bienes del campo. Todos los meses daba mis cuentas
-a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que
-le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con
-mucha atención; pero esto era lo que yo quería,
-porque aunque mi rectitud había sido tan mal
-pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto
-a conservarla siempre.</p>
-
-<p>Supimos un día que se había pegado fuego a la
-quinta de Lerma y reducido a cenizas más de la
-mitad, y con esta noticia inmediatamente pasé a
-ella a reconocer el daño. Habiéndome informado
-puntualmente de las circunstancias del incendio,
-formé una extensa relación de ellas, que Monteser
-manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar
-del sentimiento que tenía de saber tan mala nueva,
-admiró la relación y no pudo menos de preguntar
-quién era su autor. Don Diego no se contentó
-con decírselo, sino que le habló tan a favor mío
-que pasados seis meses se acordó su excelencia de<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span>
-esto con motivo de una historia que voy a contar
-y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado
-empleo en la corte. Esta historia es la siguiente:</p>
-
-<p>En la calle de las Infantas vivía entonces una
-señora anciana, llamada Inesilla de Cantarilla, cuyo
-nacimiento no se sabía a punto fijo; unos decían
-era hija de un guitarrero y otros de un comendador
-de la Orden de Santiago. Fuese lo que fuese, ella
-era una persona admirable, pues la Naturaleza le
-había concedido el singular privilegio de hechizar
-a los hombres durante el curso de su vida, que
-subsistía aún después de quince lustros cumplidos.
-Había sido el ídolo de los señores de la corte antigua
-y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo,
-que no respeta la hermosura, trabajaba en vano
-en disminuir la suya; la marchitaba, sí, pero no le
-quitaba el poder de agradar. Un semblante noble,
-un entendimiento embelesador y muchas gracias
-naturales le hacían excitar pasiones hasta en su
-vejez.</p>
-
-<p>Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco
-años y uno de los secretarios del duque de Lerma,
-visitaba a Inesilla y quedó enamorado de ella. Declaróle
-su pasión y siguió la fiebre con todo el
-ardor que el amor y la juventud son capaces de
-inspirar. La señora, que tenía sus motivos para no
-querer condescender con sus deseos, no sabía qué
-hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un
-día haber encontrado arbitrio para ello, haciendo
-pasar al joven a su gabinete, donde, enseñándole<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved
-la hora que es; hoy hace setenta y cinco años que
-nací a la misma. ¡A fe que me caerían bien los
-amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos
-mismo y ahogad unos sentimientos que no convienen
-ni a vos ni a mí!» A esta reconvención juiciosa,
-el caballero, a quien no hacía fuerza la razón,
-respondió a la señora con toda la impetuosidad
-de un hombre poseído de los movimientos que
-le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos
-frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros
-otra a mis ojos? No os lisonjeéis con una esperanza
-tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, o ya mi
-vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de
-amaros.» «Pues bien&mdash;replicó ella&mdash;, una vez que
-con tanta porfía queréis continuar con vuestra
-pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada
-mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás
-os presentéis a mi vista.»</p>
-
-<p>Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado
-y confuso don Valerio de lo que acababa de oír, se
-retiró cortésmente; pero sucedió todo lo contrario,
-pues se hizo más importuno. El amor hace en los
-enamorados el mismo efecto que el vino en los
-borrachos. El caballero suplicó, suspiró, y pasando
-repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó
-lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro
-modo; pero la señora, rechazándole con valor, le
-dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a refrenar
-tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»</p>
-
-<p>Atónito don Valerio de oír semejantes palabras,<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>
-suspendió su atrevimiento; pero discurriendo que
-Inesilla decía aquello para librarse de su solicitud,
-le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula para huir
-de mis deseos!» «¡No, no!&mdash;interrumpió ella&mdash;. Te
-revelo un secreto que siempre te hubiera ocultado
-si no me hubieras reducido a la necesidad de declarártelo.
-Veintiséis años hace que amaba a don
-Pedro de Luna, tu padre, que era entonces gobernador
-de Segovia; tú fuiste el fruto de nuestros
-amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, y
-además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas
-le estimularon a dejarte caudal. Yo por mi
-parte no te he desamparado; luego que te vi ya
-metido en el trato del mundo, he procurado atraerte
-a mi casa para inspirarte aquellos modales corteses
-que son tan necesarios en una persona fina y que
-sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros
-mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi
-valimiento para colocarte en casa del primer ministro;
-en fin, me he interesado por ti como debía
-hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas;
-si puedes purificar tus sentimientos y
-mirarme sólo como a una madre, no te echaré de
-mi presencia y te amaré tan tiernamente como
-hasta aquí; pero si no eres capaz de hacer este
-esfuerzo, que la razón y la naturaleza exigen de
-ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»</p>
-
-<p>Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba
-don Valerio un triste silencio. Nadie hubiera
-dicho sino que llamaba en su auxilio a la virtud
-para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-menos pensaba. Meditaba otro designio y preparaba
-a su madre un espectáculo muy diverso, porque
-viendo que era insuperable el obstáculo que
-se oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a
-la desesperación, y sacando la espada se atravesó
-con ella. Se castigó como otro Edipo, con la diferencia
-de que al tebano le cegó el dolor de haber
-consumado el crimen, y el castellano, al contrario,
-se atravesó de sentimiento de no haberle podido
-cometer.</p>
-
-<p>El desgraciado don Valerio no murió al instante;
-tuvo tiempo de arrepentirse y pedir al Cielo perdón
-de haberse quitado la vida a sí mismo. Como por
-su muerte quedó vacante el empleo de secretario
-en casa del duque de Lerma, este ministro, que no
-había echado en olvido la relación que escribí del
-incendio ni el elogio que de mí se le había hecho,
-me eligió para substituir a este joven.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_II">CAPITULO II</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien
-le admite por uno de sus secretarios. Este ministro
-le señala el trabajo que ha de hacer y queda
-gustoso de él.</b></p></div>
-
-
-<p class="p2">Monteser me participó esta agradable noticia,
-diciéndome: «Amigo Gil Blas, siento os separéis de
-mí; pero como os estimo, no puedo menos de alegrarme
-seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortu<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>na
-si seguís dos consejos que voy a daros: el primero
-es que os mostréis tan adicto a su excelencia
-que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el
-segundo, que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón,
-porque este hombre maneja el ánimo de su
-amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de
-agradar a este secretario favorito, me atrevo a
-aseguraros con certidumbre que subiréis mucho
-en poco tiempo.»</p>
-
-<p>Di las gracias a don Diego por sus saludables
-consejos y le dije: «Hágame usted el favor de explicarme
-el carácter de don Rodrigo, porque he
-oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque
-alguna vez el pueblo acierta en sus juicios,
-no me fío de las pinturas que suele hacer de las
-personas que están en el candelero. Sírvase usted,
-pues, decirme lo que piensa del señor Calderón.»
-«Asunto es delicado&mdash;me respondió el apoderado
-con una sonrisa maligna&mdash;. A cualquier otro le
-diría sin detenerme que es un hidalgo honrado,
-de quien no se podría decir sino bien; pero con
-vos quiero ser franco, porque, además de que conozco
-vuestra prudencia, me parece debo hablaros
-claramente de don Rodrigo, pues os he avisado
-que debéis guardarle miramientos; de otro modo,
-no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis,
-pues&mdash;prosiguió&mdash;, que era un simple criado de
-su excelencia cuando todavía no era éste más que
-don Francisco de Sandoval y que por grados ha
-llegado a ser su primer secretario. No se ha visto
-nunca hombre más vano. Jamás corresponde a las<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>
-cortesías que se le hacen, a no precisarle a ello razones
-muy poderosas. En una palabra, él se considera
-como un compañero del duque de Lerma, y
-en realidad podría decirse que participa de la autoridad
-del primer ministro, pues que le hace conferir
-los gobiernos y los empleos a quien se le antoja.
-El público, frecuentemente, murmura de ello, mas
-él no hace caso; con tal que saque lo que llamamos
-para guantes, le importa muy poco la censura pública.
-Por lo que acabo de decir conoceréis&mdash;añadió
-don Diego&mdash;cómo debéis portaros con un hombre
-tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted a mí!
-¡Muy mal han de andar las cosas para que no me
-estime! Cuando se conoce el flaco de un hombre a
-quien se intenta agradar es preciso ser poco diestro
-para no conseguirlo.» «Siendo así&mdash;repuso Monteser&mdash;,
-voy a presentaros ahora mismo al duque
-de Lerma.»</p>
-
-<p>Al instante pasamos a casa del ministro, a quien
-encontramos dando audiencia en una gran sala, en
-donde había más gente que en palacio. Allí vi comendadores
-y caballeros de Santiago y de Calatrava,
-que solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos
-que, siendo sus diócesis contrarias a su salud,
-querían ser arzobispos nada más que por mudar de
-aires; y también muy buenos religiosos, dominicos
-y franciscanos, que pedían con toda humildad mitras;
-vi también oficiales reformados haciendo el
-mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es,
-que se consumían esperando una pensión. Si el
-duque no satisfacía los deseos de todos, recibía a<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
-lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que
-respondía muy cortésmente a los que le hablaban.</p>
-
-<p>Esperamos con paciencia que despachara a todos
-los pretendientes. Entonces don Diego le dijo: «Señor,
-aquí está Gil Blas de Santillana, a quien vuestra
-excelencia ha elegido para ocupar el empleo de
-don Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha
-afabilidad que lo tenía merecido por los servicios
-que le había hecho. Me hizo después entrar en
-su despacho para hablarme a solas, o más bien para
-formar juicio de mi talento por mi conversación.
-Quiso saber quién era yo y la historia de mi vida,
-diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación
-tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer
-ministro de España no era regular, y, por otra parte,
-había tantos pasajes que podían ajar mi vanidad,
-que no sabía cómo resolverme a hacer una
-confesión general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté
-el partido de disimular la verdad en aquellos
-puntos en que me hubiera avergonzado de decirla
-desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó
-de percibirla. «Señor de Santillana&mdash;me dijo sonriéndose
-al fin de mi narración&mdash;, a lo que veo, usted
-ha sido un si es no es travieso.» «Señor&mdash;le respondí
-sonrojado&mdash;, vuestra excelencia me ha mandado
-sea sincero y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco&mdash;replicó&mdash;.
-Veo, hijo mío, que te has librado
-de los peligros a poca costa; extraño que el mal
-ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos
-hombres de bien se pervertirían si la fortuna los pusiera
-a semejantes pruebas! Amigo Santillana&mdash;con<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>tinuó
-el ministro&mdash;, no te acuerdes más de lo pasado;
-piensa solamente en que ahora sirves al rey
-y que te has de emplear en adelante en su servicio.
-Sígueme, que voy a decirte en qué te has de ocupar.»
-Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto
-inmediato a su despacho, donde tenía sobre varios
-estantes unos veinte libros de registro en folio muy
-gruesos. «Aquí&mdash;me dijo&mdash;has de trabajar. Todos
-estos registros que ves componen un diccionario
-de todas las familias nobles que hay en los reinos
-y principados de la Monarquía española. Cada libro
-contiene, por orden alfabético, un resumen de la
-historia de todos los hidalgos del reino, en la que
-se especifican los servicios que ellos y sus antepasados
-han hecho al Estado, como también los lances
-de honor que les han ocurrido. También se hace
-mención de sus bienes, de sus costumbres, y, en
-una palabra, de todas sus buenas o malas cualidades;
-de modo que cuando piden algunas gracias al
-Gobierno, veo de una ojeada si las merecen. A este
-fin tengo sujetos asalariados en todas partes, que
-procuran averiguarlo e instruirme enviándome sus
-informes; pero como éstos son difusos y están llenos
-de modismos provinciales, es necesario extractarlos
-y pulirlos, porque el rey quiere algunas veces
-que le lean estos registros. Este trabajo pide
-un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este
-instante quiero emplearte en él.»</p>
-
-<p>En seguida sacó de una gran cartera llena de
-papeles un informe, que me entregó, y me dejó en
-mi cuarto para que con libertad hiciese yo el pri<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>mer
-ensayo. Leí el papel, que no solamente me
-pareció lleno de términos bárbaros, sino también
-de encono, no obstante ser su autor un fraile de la
-ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo
-de un hombre de bien, denigraba sin piedad a
-una familia catalana, y sabe Dios si decía la verdad.
-Juzgué leer un libelo infamatorio, y, por tanto,
-escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice
-de una calumnia. No obstante, aunque recién
-introducido en la corte, pasé por alto el mal
-o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo
-toda la iniquidad, si la había, principié a deshonrar
-en bellas frases castellanas a dos o tres generaciones
-que acaso serían muy honradas. Ya había
-compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso
-el duque de saber qué tal me portaba, volvió y me
-dijo: «Santillana, enséñame lo que has hecho, que
-quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por
-mi escrito y leyó el principio con mucha atención.
-Yo me sorprendí al ver lo que le gustó. «Aunque
-estaba tan inclinado a tu favor&mdash;me dijo&mdash;, te confieso
-que has excedido a lo que esperaba de ti. No
-solamente escribes con toda la propiedad y precisión
-que yo quiero, sino que además encuentro
-tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el acierto
-que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas
-de la pérdida de tu predecesor.» El ministro no
-hubiera limitado a esto mi elogio si a este tiempo
-no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el
-conde de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos
-y le recibió de un modo que me hizo entender<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
-le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para
-tratar en secreto de un negocio de familia de que
-luego hablaré y del que estaba el duque entonces
-más ocupado que de los del rey.</p>
-
-<p>Mientras estaban encerrados oí dar las doce.
-Como sabía que los secretarios y covachuelistas
-dejaban a esta hora el bufete para ir a comer adonde
-querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para
-ir, no a casa de Monteser, porque ya me había pagado
-mis salarios y despedido, sino a la más famosa
-hostería del barrio de Palacio. Una de las ordinarias
-no convenía a mi persona. <i>¡Piensa que ahora
-sirves al rey!</i> Estas palabras, que el duque me había
-dicho, se me venían sin cesar a la memoria y eran
-otras tantas semillas de ambición que fermentaban
-por momentos en mi ánimo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_III">CAPITULO III</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones.
-De la inquietud que le causó esta nueva y de la
-conducta que se vió obligado a guardar.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al
-hostelero que era yo un secretario del primer ministro,
-y, como tal, no sabía qué mandarle que me
-trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez,
-y así, le dije me diese lo que le pareciera.
-Me regaló muy bien y me hizo servir como a persona
-de distinción, lo que me llenó más que la co<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>mida.
-Al pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí
-a los criados lo que debían volverme, que sería a
-lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería
-con gravedad y tiesura, en ademán de un joven
-muy pagado de su persona.</p>
-
-<p>A veinte pasos había una gran posada de caballeros,
-en donde de ordinario se hospedaban señores
-extranjeros. Alquilé un aposento de cinco o seis
-piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos
-o tres mil ducados de renta, y pagué adelantado
-el primer mes. Después de esto volví a mi tarea y
-empleé toda la siesta en continuar lo comenzado
-por la mañana. En una pieza inmediata a la mía
-estaban otros dos secretarios; pero éstos no hacían
-más que poner en limpio lo que el mismo duque
-les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos,
-me hice amigo de ellos, y para granjear
-mejor su amistad los llevé a casa de mi hostelero,
-en donde les hice servir los mejores platos que
-ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados
-en España.</p>
-
-<p>Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar
-con más alegría que entendimiento, porque,
-sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde
-luego que no debían a sus talentos los empleos que
-ocupaban en su secretaría. Eran hábiles, a la verdad,
-en hacer hermosa letra redonda y bastardilla,
-pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan
-en las Universidades.</p>
-
-<p>En recompensa, sabían con primor lo que les tenía
-cuenta, y me dieron a entender que no estaban<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-tan embriagados con el honor de estar en casa del
-primer ministro, que no se quejasen de su estado.
-«Cinco meses ha que servimos&mdash;decía uno&mdash;a nuestra
-costa. No nos pagan el sueldo, y lo peor es que
-está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.»
-«Por lo que hace a mí&mdash;decía el otro&mdash;, quisiera
-haber recibido veinte zurriagazos en lugar de
-sueldo, con tal que me dejasen la libertad de tomar
-otro destino, porque después de las cosas secretas
-que he escrito no me atrevería a retirarme de mi
-propio motivo ni a pedir licencia para ello. ¡Bien
-puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el
-castillo de Alicante!»</p>
-
-<p>«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?&mdash;les
-dije&mdash;. Sin duda tendrán hacienda.» Me respondieron
-que muy poca, pero que, por fortuna,
-vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba
-y daba de comer a cada uno por cien doblones al
-año. Toda esta conversación, de la cual no perdí
-palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me
-figuré que seguramente no se tendría conmigo más
-atención que con los otros; que, por consiguiente,
-no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que
-era menos sólido de lo que yo había creído, y que,
-en fin, debía economizar mucho el bolsillo. Estas
-reflexiones me sanaron de la furia de gastar. Principié
-a arrepentirme de haber convidado a aquellos
-secretarios y a desear se acabase la comida, y cuando
-llegó el caso de pagar la cuenta tuve una disputa
-con el hostelero sobre su importe.</p>
-
-<p>Separámonos a media noche, porque no les insté<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-a que bebieran más. Ellos se marcharon a casa de
-su viuda y yo me retiré a mi soberbia habitación,
-lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo
-de veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me
-acosté en una buena cama, mi desazón me quitó
-el sueño. Pasé lo restante de la noche en discurrir
-los medios de no servir de balde al rey, y me atuve
-sobre este particular a los consejos de Monteser.
-Me levanté con ánimo de ir a cumplimentar a don
-Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor
-disposición para presentarme a un hombre tan
-altivo y de cuyo favor bien conocía yo que necesitaba;
-y, con efecto, pasé a casa de este secretario.</p>
-
-<p>Su vivienda tenía comunicación con la del duque
-de Lerma y era igual a ella en magnificencia. No
-hubiera sido fácil distinguir por los muebles al amo
-del criado. Dije le entrasen recado de que estaba
-allí el sucesor de don Valerio, pero esto no impidió
-me hiciesen esperar más de una hora en la antesala.
-«¡Señor nuevo secretario&mdash;me decía yo en este
-tiempo&mdash;, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted
-le harán morder el ajo antes que usted se lo haga
-morder a otros!»</p>
-
-<p>Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me
-acerqué a don Rodrigo, que acababa de escribir un
-billete amoroso a su sirena encantadora y se lo
-estaba entregando en aquel momento a Perico. No
-me había presentado al arzobispo de Granada, al
-conde Galiano ni aun al primer ministro con tanto
-respeto como ante el señor Calderón. Le saludé
-bajando la cabeza hasta el suelo y le pedí su pro<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>tección
-en términos de que no puedo acordarme
-sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el
-ánimo de otro menos vano que él no me hubiera
-hecho ningún favor mi bajeza; pero a él le agradaron
-mucho mis rastreros rendimientos y me respondió
-con bastante cortesía que no malograría
-ninguna ocasión en que pudiera servirme.</p>
-
-<p>Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones
-de celo por la inclinación favorable que me
-manifestaba y le aseguré de mi eterno reconocimiento;
-después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole
-me perdonase si había interrumpido sus
-importantes ocupaciones. Luego que di este paso
-tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí
-la obra que se me había encargado. El duque no
-dejó de entrar por la mañana, y quedando no menos
-complacido del fin de mi trabajo que del principio,
-me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo
-mejor que puedas este compendio histórico en el
-registro de Cataluña y, concluído, toma de la bolsa
-otro informe, que pondrás en orden del mismo
-modo.» Tuve una conversación bastante larga con
-su excelencia, cuyo modo afable y familiar me encantaba.
-¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran
-dos personas que contrastaban singularmente.</p>
-
-<p>Aquel día me fuí a una hostería en donde se
-comía a precio fijo, y resolví ir allí de incógnito todos
-los días hasta ver el efecto que producían mi
-respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses
-a lo más y me prescribí este término para trabajar
-a costa de quien hubiese lugar, proponién<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>dome
-(siendo las locuras más cortas las mejores)
-abandonar, pasado este término, la corte y su oropel
-si no me señalaban sueldo. Dispuesto así mi
-plan, nada me quedó por hacer en dos meses para
-agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso
-de todo lo que yo practicaba para conseguirlo, que
-perdí las esperanzas. Mudé de conducta con respecto
-a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en
-aprovecharme de los momentos de conversación
-con el duque.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_IV">CAPITULO IV</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que
-le confía un secreto de importancia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Aunque su excelencia me veía todos los días por
-un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente
-la voluntad en tales términos que un día,
-después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe
-que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres
-un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y
-así, me parece que no erraré si te hago dueño de
-mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus
-pies, y después de haberle besado respetuosamente
-la mano, que me alargó para levantarme, le respondí:
-«¡Es posible que se digne vuestra excelencia
-honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos
-secretos me van a suscitar vuestras bondades!
-Pero sólo temo el rencor de una persona, que<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
-es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer
-de él&mdash;respondió el duque&mdash;. Yo le conozco; desde
-su niñez me ha querido, y puedo decir que sus
-sentimientos son tan conformes con los míos, que
-quiere todo lo que me gusta, así como aborrece
-todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que
-te tenga aversión, debes, al contrario, contar con
-su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el
-señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo
-de su excelencia, y que yo debía procurar
-estar muy bien con él.</p>
-
-<p>«Para principiar&mdash;prosiguió el duque&mdash;a ponerte
-en posesión de mi confianza, voy a descubrirte un
-designio que medito, porque conviene te enteres de
-él a fin de que procures desempeñar los encargos
-que pienso darte en adelante. Hace mucho tiempo
-que veo mi autoridad generalmente respetada, que
-mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo
-a mi arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos,
-virreinatos, beneficios, y aun me atrevo a decir
-que reino en España. Mi fortuna no puede llegar
-a más; pero quisiera preservarla de las borrascas
-que empiezan a amenazarla, y a este efecto desearía
-me sucediese en el ministerio el conde de Lemos,
-mi sobrino.»</p>
-
-<p>Habiendo advertido el ministro que este último
-punto me había sorprendido en extremo, me dijo:
-«Veo bien, Santillana, conozco bien lo que te admira.
-Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino
-a mi propio hijo el duque de Uceda; pero
-has de saber que éste es de cortísimos alcances<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>
-para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo.
-No puedo llevar el que haya hallado el secreto
-de agradar al rey y que éste quiera hacerle
-su privado. El favor de un soberano se parece a la
-posesión de una mujer a quien se adora; es ésta
-una felicidad tan envidiable, que nadie quiere que
-un rival tenga parte en ella, por más que le unan
-a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto
-te manifiesto&mdash;continuó&mdash;lo íntimo de mi corazón.
-Ya he intentado desconceptuar en el ánimo del rey
-al duque de Uceda, y no habiendo podido conseguirlo,
-he levantado otra batería: quiero que el
-conde de Lemos, por su parte, se granjee la estimación
-del príncipe de España. Siendo gentilhombre
-de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión
-de hablarle a cada paso, y además de que
-tiene talento, yo sé un medio de hacerle lograr esta
-empresa. Con esta estratagema, contraponiendo mi
-hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una
-competencia que los obligará a ambos a buscar mi
-apoyo, y esta necesidad que tendrán de mí hará
-me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi
-proyecto&mdash;añadió&mdash;, y tu mediación no me será
-inútil en él. Te enviaré a hablar secretamente al
-conde de Lemos, y me contarás de su parte lo que
-tenga que participarme.»</p>
-
-<p>Después de esta confianza, que yo miraba como
-dinero contante, cesó mi inquietud. «¡En fin&mdash;decía
-yo&mdash;, heme aquí colocado en una situación que
-me promete montes de oro! Porque es imposible
-que el confidente de un hombre que gobierna la<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-Monarquía española no se halle bien presto colmado
-de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza,
-veía con indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_V">CAPITULO V</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra
-y de miseria.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía
-al ministro, y él mismo lo daba a entender
-públicamente entregándome la bolsa de los papeles
-que acostumbraba antes llevar su excelencia
-mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que
-dió motivo para que me tuviesen en el concepto de
-un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo
-bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales,
-mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme
-sobre mi próxima elevación y me convidaron
-a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia
-cuanto con la mira de tenerme obligado
-a su favor para en adelante. Me veía obsequiado
-por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón
-mudó de modales conmigo. Ya me llamaba <i>señor
-de Santillana</i>, cuando hasta entonces me había
-tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás
-el tratamiento de <i>usted</i>. Se me mostraba muy propicio,
-especialmente cuando pensaba que nuestro
-favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no
-trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
-atenciones con tanta más urbanidad cuanto más
-le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano
-consumado.</p>
-
-<p>También acompañaba al duque mi señor cuando
-iba a palacio, que por lo regular era tres veces al
-día; por la mañana entraba en el cuarto de su
-majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de
-rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale
-de lo que había su majestad de hacer en el día y
-le dictaba las cosas que había de decir, con lo que
-se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle
-de negocios, sino de cosas alegres; le divertía
-contándole todos los lances graciosos que ocurrían
-en Madrid, los cuales era siempre el primero que
-los sabía, porque tenía personas pagadas a este
-efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a
-ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo
-que había hecho en el día y le pedía por ceremonia
-sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba
-con su majestad, yo me quedaba en la antecámara,
-en donde había personas distinguidas dedicadas
-a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban
-mi conversación y se vanagloriaban de que yo me
-dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría
-yo no creerme hombre de importancia? Muchos
-hay en la corte que con menos fundamento
-se tienen por tales.</p>
-
-<p>Un día tuve mayor motivo para envanecerme.
-El rey, a quien el duque había hablado con grande
-elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de ver una
-muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el re<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>gistro
-de Cataluña, llevóme a presencia del monarca
-y me mandó leyese el primer extracto que
-había formado. Si la presencia del soberano me
-turbó al pronto, la del ministro me animó inmediatamente,
-y leí mi obra, que su majestad oyó
-con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba
-satisfecho de mí y aun la de encargar a su
-ministro cuidase de mis ascensos, todo lo cual en
-nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba
-poseído, y la conversación que tuve pocos días
-después con el conde de Lemos acabó de llenarme
-la cabeza de ideas ambiciosas.</p>
-
-<p>Fuí un día a buscar a este señor de parte de su
-tío al cuarto del príncipe y le presenté una carta
-credencial, en la que el duque le aseguraba podía
-hablarme con confianza, como que estaba enterado
-del asunto que tenía entre manos y escogido para
-mensajero de ambos. El conde, así que leyó la esquela
-me condujo a un cuarto, donde nos encerramos
-solos, y allí aquel caballero joven me habló
-en estos términos: «Supuesto que usted ha logrado
-la confianza del duque de Lerma, no dudo
-que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted
-depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las
-cosas van a pedir de boca; el príncipe de España
-me distingue entre todos los señores de su servidumbre
-que estudian el modo de agradarle. Esta
-mañana he tenido una conferencia con su alteza,
-en la que me ha parecido estar disgustado de verse,
-por la mezquindad del rey, sin facultades para seguir
-los impulsos de su generoso corazón y aun de<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>
-hacer un gasto correspondiente a un príncipe. Yo
-le he manifestado cuánto lo sentía, y aprovechándome
-de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana,
-cuando se levante, mil doblones, esperando mayores
-sumas, las que he asegurado le suministraré sin
-tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y
-estoy cierto de captar su benevolencia si le cumplo
-la palabra. Id&mdash;añadió&mdash;, noticiad a mi tío estos
-pormenores y volved esta tarde a decirme su
-sentir acerca de ello.»</p>
-
-<p>Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a
-dar parte al duque de Lerma, quien, oído mi recado,
-envió a pedir a Calderón mil doblones, de
-que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos
-al conde, diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora
-veo claramente cuál es el medio infalible de que se
-vale el ministro para salir con su intento! ¡Pardiez
-que tiene razón, y según todas las señales, estas
-prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino
-de qué cofre saca estos hermosos doblones; pero
-bien considerado, ¿no es razón que el padre sea
-quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde
-de Lemos me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro
-amado confidente! El príncipe de España es un
-poco inclinado a las damas y será necesario que tú
-y yo tratemos de este punto en la primera ocasión,
-porque preveo que muy presto necesitaré de tu ministerio.»
-Me retiré reflexionando en estas palabras,
-que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban
-de satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?&mdash;decía
-yo&mdash;. ¿Si estaré próximo a ser el Mercurio del he<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>redero
-de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto
-era bueno o malo, porque la claridad del galán
-ofuscaba mi conciencia. ¡Qué gloria para mí ser
-agente de los placeres de un gran príncipe! «¡Oh!
-¡Poco a poco, señor Gil Blas!&mdash;se me dirá&mdash;. No
-se trataba en cuanto a vos más que de haceros un
-agente subalterno.» Convengo en ello; pero en substancia,
-estos dos empleos son de tanto honor uno
-como otro. Solamente se diferencian en el provecho.</p>
-
-<p>Cumpliendo bien con estas nobles comisiones,
-adelantando más de día en día en la gracia del
-primer ministro y con tan lisonjeras esperanzas,
-¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera
-preservado del hambre! Ya hacía más de dos
-meses que había dejado mi aposento magnífico y
-ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas
-de caballeros más económicas. Aunque esto me
-causaba sentimiento, lo llevaba con paciencia, porque
-salía de madrugada y no volvía hasta la noche
-a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi
-teatro, es decir, en casa del duque, en donde hacía
-el papel de señor; pero cuando me retiraba a mi
-cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre
-Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener
-de qué hacerle. Además de que yo era demasiado
-orgulloso para descubrir a alguno mis necesidades,
-a nadie conocía que pudiese socorrerme
-sino a Navarro, a quien no me atrevía a recurrir
-por haber hecho poco caso de él desde que me había
-introducido en la Corte. Me vi precisado a ven<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>der
-mis vestidos uno a uno, sin quedarme mas que
-con aquellos que precisamente necesitaba, y ya no
-iba a la hostería por no tener con qué pagar mi
-manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir?
-Voy a decirlo. Todas las mañanas nos traían a la
-oficina para desayunarnos un panecillo y un traguito
-de vino; esto era cuanto nos hacía dar el
-ministro. Yo no comía más en todo el día y comúnmente
-me acostaba sin cenar.</p>
-
-<p>Tal era la suerte de un hombre que brillaba en
-la corte y que debía causar más lástima que envidia.
-Sin embargo, no pudiendo resistir a mi miseria,
-me determiné por último a descubrírsela con
-maña al duque de Lerma si encontraba ocasión.
-Por fortuna, se presentó ésta en El Escorial, adonde
-el rey y el príncipe de España fueron algunos
-días después.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_VI">CAPITULO VI</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza
-al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a
-toda la comitiva, de modo que allí no sentía yo el
-peso de la miseria. Dormía en una recámara cerca
-del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado
-el ministro, según su costumbre, al rom<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>per
-el día, me hizo tomar algunos papeles con recado
-de escribir y me dijo le siguiese a los jardines
-de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles,
-en donde, por orden suya, me puse en la actitud
-de un hombre que escribe sobre la copa de su sombrero,
-y su excelencia aparentaba leer un papel
-que tenía en la mano. Desde lejos parecía que
-estábamos ocupados en negocios muy graves, y,
-a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque
-a su excelencia no le disgustaban.</p>
-
-<p>Ya hacía más de una hora que le divertía con
-todas las agudezas que me sugería mi humor jocoso,
-cuando vinieron a plantarse dos urracas sobre
-los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron
-a charlar con tanta algazara que nos llamaron
-la atención. «Estas aves&mdash;dijo el duque&mdash;parece
-que riñen, y me alegraría saber el asunto de
-su pendencia.» «Señor&mdash;le dije&mdash;, la curiosidad de
-vuestra excelencia me trae a la memoria una fábula
-indiana que leí en Pilpai o en otro autor fabulista.»
-El ministro me preguntó qué fábula era
-ésta y se la conté en estos términos:</p>
-
-<p>«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen
-monarca que, no teniendo suficiente capacidad para
-gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba este
-cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado
-Atalmuc, tenía un gran talento. Sostenía sin fatiga
-el peso de aquella vasta Monarquía, manteniéndola
-en una paz profunda, y poseía también el arte
-de hacer amable y respetable la autoridad real en
-términos que los vasallos hallaban un padre afec<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>tuoso
-en un visir fiel a su monarca. Atalmuc tenía
-entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado
-Zangir, a quien estimaba más que a los otros
-y con cuya conversación se complacía, llevándole
-consigo a la caza y descubriéndole hasta sus más
-íntimos secretos. Un día que andaban cazando
-ambos por un bosque, viendo el visir dos cuervos
-que graznaban sobre un árbol, dijo a su secretario:
-«Me alegrara saber lo que estas aves se dicen
-en su lengua.» «Señor&mdash;le respondió el cachemiriano&mdash;,
-vuestros deseos se pueden satisfacer.» «¿Y
-cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, señor&mdash;respondió
-Zangir&mdash;, que un dervís cabalista me
-enseñó el idioma de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé
-a estos cuervos y os repetiré palabra por
-palabra lo que les haya oído.»</p>
-
-<p>»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano
-a los cuervos y haciendo como que
-los escuchaba atentamente, volvió después a su
-amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros
-somos el asunto de su conversación.» «¡Eso no es
-posible!&mdash;exclamó el ministro persiano&mdash;. ¿Pues
-qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos&mdash;replicó el
-secretario&mdash;ha dicho: «Ve aquí al mismo gran
-visir, a esa águila tutelar que cubre con sus alas
-la Persia como su nido y que se desvela sin cesar
-por su conservación. Para descansar de sus penosas
-tareas, viene a cazar a este bosque con su fiel
-Zangir. ¡Qué dichoso es este secretario en servir a
-un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a poco!&mdash;interrumpió
-el otro cuervo&mdash;. ¡Poco a poco! ¡No<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-ponderes tanto la felicidad de ese cachemiriano!
-Es cierto que Atalmuc conversa con él familiarmente,
-que le honra con su confianza, y tampoco
-pongo duda en que tendrá intención de darle algún
-día un empleo importante, pero entretanto Zangir
-se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo
-en un miserable cuarto de una posada, en
-donde carece de lo más necesario; en una palabra,
-pasa una vida miserable, sin que ninguno de la
-corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber
-si tiene o no con qué vivir, y, contentándose
-con tenerle afecto, le deja entregado a la miseria.»</p>
-
-<p>Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba
-el duque de Lerma, quien me preguntó sonriéndose
-qué impresión había hecho este apólogo en el
-ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había
-ofendido del atrevimiento de su secretario. «No,
-señor&mdash;le respondí, algo turbado de su pregunta&mdash;;
-la fábula dice, al contrario, que le colmó de beneficios.»
-«Fué fortuna&mdash;replicó el duque con seriedad&mdash;,
-porque hay ministros que no llevarían a
-bien se les diesen semejantes lecciones. Pero&mdash;añadió,
-cortando la conversación y levantándose&mdash;creo
-que el rey no tardará mucho en despertar. Mi obligación
-me llama a su lado.» Dicho esto, se encaminó
-muy de prisa hacia palacio, sin hablarme
-más, y, a lo que me pareció, muy disgustado de
-mi fábula indiana.</p>
-
-<p>Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad
-y después fuí a poner los papeles que llevaba
-en el sitio de donde los había tomado. Entré en<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios
-copiantes, que también habían ido a la
-jornada. «¿Qué tiene usted, señor de Santillana?&mdash;dijeron
-al verme&mdash;. ¡Usted está muy demudado!
-¡A usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»</p>
-
-<p>Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto
-de mi apólogo para ocultarles la causa de mi
-aflicción, y así, les conté las cosas que había dicho
-al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre
-de que les parecí poseído. «Tiene usted
-razón para estar desazonado&mdash;me dijo uno de
-ellos&mdash;. Su excelencia toma algunas veces las cosas
-al revés.» «Esa es mucha verdad&mdash;dijo el otro&mdash;.
-¡Quiera Dios que sea usted mejor tratado que lo
-fué un secretario del cardenal Espinosa, que, cansado
-de no haber recibido nada en quince meses
-que le tenía empleado su eminencia, se tomó un
-día la libertad de manifestarle sus necesidades y de
-pedir algún dinero para mantenerse! Razón es&mdash;le
-dijo el ministro&mdash;que se os pague. Tomad&mdash;prosiguió,
-dándole una libranza de mil ducados&mdash;, id a
-la Tesorería real a recibir este dinero; pero acordaos
-al mismo tiempo que quedo agradecido a
-vuestros servicios. El secretario se hubiera ido
-consolado de ser despedido si después de recibir
-los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo
-en otra parte; pero al salir de casa del
-cardenal le prendió un alguacil y le condujo a
-la torre de Segovia, en donde ha estado mucho
-tiempo.»</p>
-
-<p>Este hecho histórico aumentó mi temor de modo<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>
-que me contemplé perdido, y no hallando consuelo,
-empecé a reprenderme de mi poca paciencia,
-como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!&mdash;decía&mdash;.
-¿Para qué me habré yo aventurado a
-relatar aquella desgraciada fábula que ha desagradado
-al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi
-apuro y quizá estaba yo en vísperas de hacer una
-de aquellas fortunas rápidas que asombran. ¡Qué
-de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino!
-Debía haber mirado que hay grandes que
-no gustan se les advierta nada y que hasta las más
-leves cosas que tienen obligación de dar quieren
-sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado
-continuar con mi dieta, sin manifestar nada
-al duque, y aun dejarme morir de hambre, para
-echarle a él toda la culpa!»</p>
-
-<p>Aunque hubiera conservado alguna esperanza,
-mi amo, a quien vi por la siesta, me la habría desvanecido
-enteramente. Su excelencia se mostró,
-contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me
-habló palabra, lo que en el resto del día me causó
-una inquietud mortal, sin que en la noche estuviese
-más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse
-mis agradables ilusiones y el temor de aumentar
-el número de los presos de Estado sólo me
-permitieron suspirar y lamentarme.</p>
-
-<p>El día siguiente fué el día de crisis. El duque
-me hizo llamar aquella mañana. Entré en su cuarto
-más azorado que un reo que va a ser juzgado.
-«Santillana&mdash;me dijo alargándome un papel que
-tenía en la mano&mdash;, toma esta libranza...» Esta<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-palabra libranza me estremeció, y dije entre mí:
-«¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa!
-¡El carruaje está prevenido para Segovia!» El sobresalto
-que se apoderó de mí en aquel momento
-fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome
-a sus pies, le dije anegado en llanto: «¡Señor,
-suplico a vuestra excelencia muy humildemente
-perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga
-a dar a entender a vuestra excelencia mi miseria!»</p>
-
-<p>El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación.
-«Consuélate, Gil Blas&mdash;me respondió&mdash;, y
-óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades sea
-echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo
-tomo a mal, amigo mío; antes bien, me atribuyo
-el mal a mí mismo por no haberte preguntado de
-qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar
-este descuido, te doy una libranza de mil quinientos
-ducados, los cuales te entregarán a la vista
-en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo te
-prometo todos los años, y además te doy facultad
-de que me hables en favor de personas ricas y generosas
-que busquen tu protección.»</p>
-
-<p>En el impulso de gozo que me causaron estas
-palabras, besé los pies al ministro, quien, habiéndome
-mandado levantar, siguió hablando conmigo
-familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi
-buen humor, pero no me fué posible pasar con
-tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan
-turbado como un delincuente que oye gritar perdón
-en el instante que creía recibir el golpe mortal.
-Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el temor de<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-haberle desagradado, aunque el temor de una prisión
-perpetua no tuvo en ello menos parte, y me
-confesó que había aparentado tibieza para ver si
-yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento
-le había hecho conocer la inclinación que le tenía,
-por lo que él también me apreciaba más.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_VII">CAPITULO VII</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados;
-del primer negocio en que medió y del provecho que
-sacó de él.</b></p></div>
-
-<p class="p2">El rey, como si hubiera querido librarme de mi
-impaciencia, se volvió el día siguiente a Madrid.
-Fuí volando a la Tesorería real, en donde cobré
-inmediatamente el importe de mi libramiento. Es
-de admirar que no se le trastorne el juicio a un
-mendigo que pasa prontamente de la miseria a la
-opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no
-escuché más que a mi ambición y a mi vanidad.
-Dejé mi miserable posada de caballeros para los
-secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje
-de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi
-hermosa vivienda, que por fortuna estaba desocupada.
-Envié a buscar un sastre famoso que vestía
-a casi todos los elegantes; me tomó la medida
-y me llevó a casa de un mercader, de donde sacó
-seis varas de paño que decía se necesitaban para
-hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-vestido a la española! ¡Adónde vamos a parar! Pero
-no murmuremos sobre esto. Los sastres afamados
-siempre necesitan más que los otros. Compré además
-ropa blanca, que me hacía gran falta, medias
-de seda y un sombrero de castor con galón de oro.</p>
-
-<p>Después de esto, no siéndome decente pasar sin
-un lacayo, supliqué a Vicente Foreto, mi huésped,
-me buscase uno de su satisfacción. Los más de los
-extranjeros que alojaban en su casa solían, luego
-que llegaban a Madrid, recibir criados españoles,
-lo que atraía a aquella posada todos los lacayos
-que se encontraban sin acomodo. El primero
-que se presentó era un mozo de una fisonomía tan
-apacible y tan devota que no le quise; me parecía
-ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no quiero&mdash;dije
-a Foreto&mdash;criados que tengan un aspecto
-tan virtuoso, porque estoy escarmentado de ellos.»
-Apenas despaché a éste, cuando llegó otro, que me
-parecía muy despierto, más arriscado que un paje
-cortesano y, además, un si es no es taimado. Este
-me agradó. Hícele algunas preguntas, a las que
-respondió con despejo. Conocí que era travieso y
-como de molde para mis asuntos. Le recibí y no
-me pesó de mi elección, antes advertí bien presto
-que había hecho un buen hallazgo. Como el duque
-me había permitido le hablase a favor de las personas
-a quienes deseara servir, y yo estaba en
-ánimo de no despreciar tan útil permiso, necesitaba
-de un perdiguero que descubriese la caza, es
-decir, de un hombre astuto que tuviese maña y
-pudiera escudriñar y traerme gentes que tuviesen<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>
-que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era
-la habilidad de Escipión&mdash;que así se llamaba mi
-lacayo&mdash;, que había servido a doña Ana de Guevara,
-ama de leche del príncipe de España, en cuya
-casa la había ejercitado, siendo esta señora una
-de aquellas que, mirándose con algún valimiento
-en la Corte, quieren aprovecharse de él.</p>
-
-<p>Así que manifesté a Escipión que me era posible
-obtener gracias del rey, salió a campaña, y el mismo
-día me dijo: «Señor, he hecho un gran descubrimiento:
-acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero
-granadino, llamado don Rogerio de Rada.
-Desea la protección de usted para con el duque
-de Lerma en un negocio de honor y pagará bien
-el favor que se le haga. Me he visto con él y quería
-dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder le han ponderado,
-pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole
-saber que el secretario vendía sus buenos oficios a
-peso de oro, en vez de que usted se contentaba
-con una decente demostración de agradecimiento
-y que aun haría usted el empeño de balde si su
-situación le permitiese seguir su inclinación generosa
-y desinteresada. En fin, le he hablado de modo
-que mañana por la mañana le tendrá usted aquí
-de madrugada.» «¡Cómo, pues&mdash;le dije&mdash;, señor Escipión,
-usted ha andado ya mucho camino! Conozco
-que no es usted novicio en materia de manejos
-y extraño que no esté usted más rico.» «Esto es lo
-que no debe sorprender a usted&mdash;me respondió&mdash;;
-yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»</p>
-
-<p>Efectivamente, vino a verme don Rogerio de<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
-Rada, a quien recibí con una cortesía mezclada de
-gravedad. «Señor mío&mdash;le dije&mdash;, antes de tomar
-cartas por usted, quiero saber el negocio de honor
-que le trae a la corte, porque podría ser tal que
-no me atreviera a hablar de él al primer ministro.
-Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, y
-crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales
-que pueda tomarlos a su cargo un hombre honrado.»
-«Con mucho gusto&mdash;respondió el granadino&mdash;;
-voy a contar a usted mi historia sinceramente.»
-Y fué de esta suerte.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_VIII">CAPITULO VIII</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Historia de don Rogerio de Rada.</b></p></div>
-
-<p class="p2">«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía
-dichoso en la ciudad de Antequera con doña
-Estefanía, su esposa, la que, además de su genio
-afable y extremada hermosura, poseía una sólida
-virtud. Si amaba tiernamente a su marido, él la
-correspondía con extremo. Pero era muy celoso, y
-aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad
-de su mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía
-que algún enemigo oculto de su sosiego intentase
-ofender su honor, y esta sospecha le hacía desconfiar
-de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales,
-que entraba libremente en su casa, como
-primo de Estefanía, siendo a la verdad éste el único
-hombre de quien debía recelar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p>
-
-<p>»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco
-que los unía ni a la amistad particular
-que don Anastasio le profesaba, se enamoró de su
-prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor.
-La señora, que era prudente, en lugar de un rompimiento,
-que hubiera tenido fatales consecuencias,
-reprendió con suavidad a su pariente lo grave de
-su maldad en querer seducirla y deshonrar a su
-marido y le dijo muy seriamente que no debía esperar
-el logro de sus designios.</p>
-
-<p>»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más
-al caballero, el cual, imaginando que era necesario
-arriesgarlo todo con una mujer de este carácter,
-principió a usar con ella de modales poco atentos,
-y un día tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese
-sus deseos. Ella le rechazó con severidad
-y le amenazó con que haría que don Anastasio castigase
-su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán
-ofreció no hablarle más de amor, y en fe de
-esta promesa Estefanía le perdonó lo pasado.</p>
-
-<p>»Don Huberto, que naturalmente era de mala
-índole, no pudo ver tan mal pagado su cariño sin
-concebir un vil deseo de venganza. Conocía a don
-Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo
-cuanto él quisiera infundirle; este conocimiento le
-bastó para idear el más horrible designio que pueda
-caber en el corazón más malvado. Una tarde que
-se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con
-semblante muy melancólico: «Mi amado amigo, yo
-no puedo estar más tiempo sin revelaros un secreto
-que no pensara descubriros si no conociera que os<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>
-importa más vuestro honor que vuestro reposo;
-vuestro pundonor y el mío, en punto de ofensas,
-no me permitan ocultaros lo que pasa en vuestra
-casa. Preparaos a oír una noticia que os causará
-tanta aflicción como asombro, porque voy a heriros
-en la parte más sensible.»</p>
-
-<p>«¡Ya os entiendo&mdash;interrumpió don Anastasio
-todo turbado&mdash;, vuestra prima me es infiel!» «¡Yo
-no la reconozco por prima!&mdash;repuso Hordales con
-aspecto irritado&mdash;. ¡La desconozco! ¡Es indigna de
-teneros por marido!» «¡Eso es demasiado hacerme
-padecer!&mdash;exclamó don Anastasio&mdash;. ¡Hablad! ¿Qué
-ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!&mdash;prosiguió
-don Huberto&mdash;. Tenéis un rival, a quien recibe de
-oculto, cuyo nombre no puedo decir, porque el
-adúltero, a favor de una noche obscura, se ha escondido
-de quien le observaba. Lo que yo sé es
-que os engaña, y de ello estoy seguro. El interés
-que debo tomar en este asunto os afianza la verdad
-de mi narración. Cuando me declaro contra
-Estefanía es preciso que esté bien convencido de
-su infidelidad. Es inútil&mdash;continuó, habiendo observado
-que sus palabras causaban el efecto que
-esperaba&mdash;, es ocioso deciros más. Advierto estáis
-indignado de la ingratitud con que se atreve a pagar
-vuestro amor y que meditáis una justa venganza;
-yo no me opondré a ella. No os paréis a
-considerar cuál es la víctima que vais a sacrificar;
-mostrad a toda la ciudad que nada hay que no
-podáis inmolar a vuestro honor.»</p>
-
-<p>»De este modo excitaba el traidor a un esposo<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
-demasiado crédulo contra una mujer inocente; y
-le pintó con tan vivos colores la afrenta de que se
-cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a
-encender en cólera a don Anastasio, el cual, perdido
-el juicio, pareciendo que las furias le agitaban,
-vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a su
-desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse
-en la cama. Al pronto se contiene, esperando
-que los criados se retiren. Entonces, sin contenerle
-el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría
-resultar a una honrada familia, ni aun el amor
-natural que debía tener a la criatura de seis meses
-de que su mujer estaba embarazada, se acercó a
-su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso
-que mueras, malvada, y sólo te queda un instante
-de vida, que mi bondad te deja para que pidas
-perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No
-quiero que pierdas tu alma como has perdido el
-honor!»</p>
-
-<p>»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones
-sobresaltaron a Estefanía, la que, echándose
-a sus pies, le dijo con las manos cruzadas y fuera
-de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto
-os he dado, por desgracia mía, para que lleguéis a
-tal extremo? ¿Por qué queréis quitar la vida a
-vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido
-fiel, mirad que os engañáis!»</p>
-
-<p>«¡No, no!&mdash;repuso el irritado celoso&mdash;. ¡Estoy
-muy cierto de vuestra traición! Las personas que
-me lo han dicho son de todo crédito. Don Huberto...»
-«¡Ah señor!&mdash;interrumpió ella con precipita<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>ción&mdash;.
-¡No debéis fiaros de don Huberto, que no
-es tan amigo vuestro como pensáis! Si os ha dicho
-alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.»
-«¡Callad, infame!&mdash;replicó don Anastasio&mdash;. Vos
-misma acreditáis mis sospechas con querer poner
-mal conmigo a Hordales! ¡No penséis desvanecerlas!
-Si me lo queréis hacer sospechoso es porque
-está enterado de vuestra mala conducta. Quisierais
-destruir su testimonio, pero semejante artificio es
-inútil y aumenta en mí el deseo que tengo de castigaros.»
-«¡Amado esposo mío&mdash;repitió la inocente
-Estefanía llorando amargamente&mdash;, temed vuestra
-ciega cólera! ¡Si seguís sus movimientos, cometeréis
-una acción de que no podréis consolaros cuando
-reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad
-vuestro enojo! A lo menos, esperad que se aclaren
-vuestras sospechas, que entonces haréis más
-justicia a una mujer que no es culpable.»</p>
-
-<p>»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza
-estas palabras, y todavía se hubiera enternecido
-más con la aflicción de la que las pronunciaba;
-pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo
-segunda vez que se encomendara a Dios y alzó el
-brazo para herirla. «¡Detente, bárbaro!&mdash;gritó&mdash;.
-¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido enteramente;
-si la ternura con que te he amado se
-ha borrado de tu memoria; si mis lágrimas no alcanzan
-a hacerte desistir de tu execrable intento,
-respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu
-mano furiosa contra un inocente que aun no ha
-visto la luz! ¡Tú no puedes ser verdugo sin ofender<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, te
-perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá
-justicia de un atentado tan horrible!»</p>
-
-<p>»Por muy determinado que estuviese don Anastasio
-a no hacer caso de las disculpas de Estefanía,
-las imágenes espantosas que ofrecieron a su espíritu
-estas últimas palabras no dejaron de suspenderle,
-y así, como si hubiese temido que esta emoción
-paralizase su resentimiento, se aprovechó apresuradamente
-del furor que le quedaba y atravesó
-con el puñal el costado derecho de su mujer, que,
-cayendo al punto en tierra, él la creyó muerta.
-Salió prontamente de su casa y desapareció de
-Antequera.</p>
-
-<p>»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó
-tan turbada del golpe que había recibido, que permaneció
-algunos instantes tendida en tierra sin
-dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus
-espíritus, empezó a quejarse y gemir, lo que hizo
-acudiese una dueña que la servía. Luego que esta
-buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso,
-dió tales gritos que despertó a los demás
-criados y a los vecinos cercanos, de modo que en
-un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron
-cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida,
-no la tuvieron por peligrosa, sin que errasen en su
-concepto. Curaron en poquísimo tiempo a Estefanía,
-quien dió felizmente a luz un hijo tres meses
-después de aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas,
-soy el fruto de aquel infeliz parto.</p>
-
-<p>»Aunque la murmuración en ninguna manera re<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>serva
-la virtud de las mujeres, respetó, no obstante,
-la de mi madre, y esta sangrienta escena se contaba
-en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es
-verdad que mi padre estaba reputado por hombre
-violento y fácil en sospechar. Hordales juzgó con
-razón que su prima presumiría que él con sus chismes
-había trastornado el ánimo de don Anastasio,
-y satisfecho de haberse a lo menos vengado, cesó
-de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría no me
-detendré en contar la educación que tuve; solamente
-diré que mi madre se dedicó principalmente
-a hacerme enseñar el arte de la esgrima y que
-me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas
-de Granada y Sevilla. Esperaba mi madre
-con impaciencia que yo tuviese edad para medir
-mi espada con la de don Huberto, para enterarme
-entonces del motivo que tenía para quejarse de
-él, y viéndome, en fin, ya de diez y ocho años,
-me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas
-y penetrada de un amargo dolor. ¡Qué impresión
-no hace en un hijo dotado de valor y sensibilidad
-la vista de una madre en este estado! Busqué
-prontamente a Hordales, le conduje a un sitio retirado,
-en donde, después de un largo combate, le
-di tres estocadas y cayó en tierra.</p>
-
-<p>»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido,
-fijó en mí sus últimas miradas y me dijo que recibía
-la muerte de mi mano como justo castigo del delito
-que había cometido contra el honor de mi madre.
-Confesóme que por vengarse del rigor con que
-le había despreciado tomó la resolución de per<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>derla,
-y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa
-al Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No
-juzgué acertado volver a casa a informar a mi madre
-de este acontecimiento, cuyo cuidado dejé a
-la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga,
-donde me embarqué con un corsario que salía
-del puerto, quien, conceptuando que no me
-faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese
-a los voluntarios que tenía a bordo.</p>
-
-<p>»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos.
-En las cercanías de las islas de Alborán
-encontramos un corsario de Melilla, que volvía
-hacia las costas de Africa con una embarcación
-española ricamente cargada, que había apresado
-en las aguas de Cartagena. Acometimos intrépidamente
-al africano y nos apoderamos de sus dos
-bajeles, en los cuales iban ochenta cristianos que
-conducía esclavos a Berbería, y aprovechando un
-viento que se levantó y nos era favorable para
-acercamos a la costa de Granada, llegamos en
-breve tiempo a Punta de Elena.</p>
-
-<p>»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos
-libertado de qué parajes eran, y yo hice esta pregunta
-a un hombre de muy buen aspecto, que podía
-tener cincuenta años cumplidos. Respondióme
-suspirando que era de Antequera. Su respuesta me
-conmovió, sin saber por qué, y también advertí
-que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro.
-¿Podremos saber vuestra familia?» «¡Ah!&mdash;me dijo.
-¡No me instéis a que satisfaga vuestra curiosidad
-si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-hace que falto de Antequera, en donde no se pueden
-acordar de mí sin horror. Usted habrá quizá
-oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don
-Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!&mdash;exclamé&mdash;.
-¿Debo creer lo que oigo? ¿Conque usted es don
-Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» «¡Qué
-decís, joven!&mdash;exclamó mirándome atónito&mdash;. ¿Será
-posible seáis aquel niño desgraciado que todavía
-estaba en el vientre de su madre cuando la sacrifiqué
-a mi furor?» «Sí, padre mío&mdash;le dije&mdash;, yo
-soy a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses
-después de la funesta noche en que la dejasteis
-anegada en su sangre.»</p>
-
-<p>Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras
-para abrazarme estrechamente, y en un
-cuarto de hora no hicimos más que mezclar nuestros
-suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado
-a los tiernos afectos que semejante encuentro
-debía inspirar, alzó mi padre los ojos al
-Cielo para darle gracias de haber salvado la vida
-a Estefanía; pero, pasado un momento, como si
-temiese dárselas sin motivo, se dirigió a mí y me
-preguntó de qué manera se había averiguado la
-inocencia de su mujer. «Señor&mdash;le respondí&mdash;, nadie
-ha dudado jamás de ella sino vos. La conducta
-de vuestra esposa ha sido siempre irreprensible.
-Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don
-Huberto fué quien os engañó.» Y entonces le conté
-toda la perfidia de este pariente, cómo me había
-vengado de él y lo que me había confesado a
-morir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p>
-
-<p>»A mi padre no le causó tanto placer el haber
-recobrado la libertad como el oír las nuevas que le
-anunciaba. Colmado de alegría, volvió a abrazarme
-tiernamente y no se cansaba de manifestarme
-lo gustoso que estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío&mdash;me
-dijo&mdash;, tomemos presto el camino de Antequera!
-¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies
-de una esposa a quien tan indignamente he tratado,
-porque, después de conocida mi injusticia,
-siento crueles remordimientos que despedazan mi
-corazón!» Deseando yo reunir estas dos personas
-para mí tan amables, no quise se alargase tan dulce
-momento. Dejé al corsario, y como mi padre no
-quería exponerse a los peligros del mar, compré
-en Adra, con el dinero que me tocó de la presa,
-dos mulas. El camino dió tiempo para que me contase
-sus aventuras, que escuché con aquella atención
-ansiosa que prestó el príncipe de Itaca a la
-narración de las del rey su padre. En fin, después
-de muchas jornadas llegamos al pie del monte más
-inmediato a Antequera, en donde hicimos alto, y
-esperamos la media noche para entrar secretamente
-en nuestra casa.</p>
-
-<p>»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre
-al ver a un marido que creía perdido para
-siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso
-con que puede decirse le había sido restituído.
-Pidióle mi padre perdón de su barbarie, con
-demostraciones tan vehementes de arrepentimiento
-que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle
-como a un asesino, vió en él un hombre a<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
-quien el Cielo la había sometido; tan sagrado es
-el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía
-sintió en extremo mi fuga y tuvo mucho
-gusto de verme; pero su alegría no fué sin desazón.
-Una hermana de Hordales procedía criminalmente
-contra el matador de su hermano y me hacía
-buscar por todas partes, de suerte que mi madre
-estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin
-seguridad. Esto me obligó a partir aquella misma
-noche para la corte, adonde vengo, señor, a solicitar
-el perdón que espero obtener, puesto que
-vuestra señoría quiere hablar a mi favor al primer
-ministro y apoyarme con todo su valimiento.»</p>
-
-<p>El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a
-su narración, y yo con mucha gravedad le dije:
-«¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece perdonable;
-quedo con el encargo de referir puntualmente
-este asunto a su excelencia y me atrevo a
-prometeros su protección.» Sobre esto, el granadino
-me dió mil gracias, que por un oído me hubiera
-entrado y por otro salido a no haberme asegurado
-se seguiría la gratificación al favor que le hiciera;
-pero luego que tocó esta cuerda me puse en movimiento.
-El mismo día conté este suceso al duque,
-quien, habiéndome permitido le presentara al caballero,
-le dijo: «Don Rogerio, estoy enterado del
-lance de honor que os trae a la corte. Santillana
-me ha dicho todas sus circunstancias. Sosegaos.
-Vuestra acción es disculpable y su majestad gusta
-de perdonar a los nobles que vengan su honor
-ofendido. Es necesario que por pura fórmula es<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>téis
-preso, pero vivid seguro de que no lo estaréis
-largo tiempo. En Santillana tenéis un buen
-amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará
-vuestra libertad.»</p>
-
-<p>Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro,
-sobre cuya palabra se fué a la cárcel. Su
-carta de perdón se le expidió inmediatamente en
-fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié
-a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises
-y su Penélope, en vez de que, si no hubiera tenido
-protector y dinero, acaso hubiera pasado un año
-en la prisión. De todo esto no saqué más que cien
-doblones. No fué este lance muy provechoso, pero
-yo no era todavía un don Rodrigo Calderón para
-despreciarlo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_IX">CAPITULO IX</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una
-gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de
-importancia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">El asunto que acabo de referir me engolosinó, y
-diez doblones que di a Escipión por su corretaje
-le animaron a hacer nuevas investigaciones. Ya
-dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que
-se le podía dar el nombre de Escipión el Grande.
-El segundo penitente que me llevó fué un impresor
-de libros de caballerías que se había enriquecido
-a despecho del sano juicio. Este impresor había<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-reimpreso una obra de uno de sus compañeros y
-le habían embargado la edición. Por trescientos
-ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares
-y le libré de una fuerte multa. Aunque esto no era
-de la inspección del primer ministro, su excelencia
-quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después
-del impresor, me trajo a las manos un mercader, y
-el negocio era el siguiente: un navío portugués había
-sido apresado por un corsario berberisco y represado
-por otro de Cádiz. Las dos terceras partes
-de mercancías de que iba cargado pertenecían a
-un mercader de Lisboa, que, habiéndolas reclamado
-inútilmente, venía a la corte de España a
-buscar un protector cuyo valimiento fuese bastante
-para hacérselas entregar, y tuvo la fortuna de
-encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró
-sus géneros mediante la cantidad de cuatrocientos
-doblones que pagó por el favor.</p>
-
-<p>Me parece que oigo al lector gritarme al llegar
-aquí: «¡Animo, señor de Santillana! ¡Cálcese usted
-las botas, pues está en camino de adelantar su
-fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño,
-veo llegar a mi criado con un nuevo <i>quidam</i>
-que acaba de enganchar. Cabalmente es Escipión.
-Escuchémosle. «Señor&mdash;me dice&mdash;, permítame usted
-le presente a este famoso empírico, quien solicita
-un privilegio para vender sus medicamentos
-por espacio de diez años en todas las ciudades de
-la Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera
-otros; es decir, que se prohiba a las personas
-de su profesión establecerse en los lugares<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>
-donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos
-doblones al que le saque el privilegio.» Yo
-dije al charlatán, tomando el aspecto de un protector:
-«¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de
-mi cuenta!» En efecto, pocos días después le saqué
-un privilegio que le permitía engañar al pueblo
-exclusivamente en todos los reinos de España.</p>
-
-<p>Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice
-que «el comer y el rascar todo es empezar». Pero
-además de que advertía que la codicia iba creciendo
-en mí a medida que iba adquiriendo riquezas,
-había logrado de su excelencia con tanta facilidad
-las cuatro gracias de que acabo de hablar, que
-no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno
-de la ciudad de Vera, en la costa de Granada,
-para un caballero de Calatrava que me ofrecía
-mil doblones. El ministro se echó a reír viéndome
-caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!&mdash;me
-dijo&mdash;. ¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente
-hacer bien al prójimo! Mirad: cuando no se trate
-más que de bagatelas, no repararé en ello; pero
-cuando me pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia,
-os quedaréis enhorabuena con la mitad
-del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis
-pensar&mdash;continuó&mdash;el gasto que tengo precisión de
-hacer ni cuántos arbitrios necesito para mantener
-la dignidad de mi empleo, porque, a pesar del desinterés
-que aparento a los ojos del mundo, os confieso
-que no soy tan imprudente que quiera abandonar
-mis intereses propios. Sirvaos esto de gobierno.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p>
-
-<p>Con esta advertencia me quitó mi amo el temor
-de importunarle, o más bien me excitó a que prosiguiese
-con mayor empeño, y me sentí aún más
-sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces
-con gusto hecho fijar un cartel que dijese
-que todos aquellos que quisieran conseguir gracias
-en la corte no tenían mas que acudir a mí;
-yo iba por un lado y Escipión por otro buscando
-ocasiones de servir por dinero. Mi caballero de Calatrava
-alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil
-doblones, y bien presto hice conceder otro por el
-mismo precio a un caballero de Santiago. No contento
-con nombrar gobernadores, concedí hábitos
-de las Ordenes militares, transformé algunos buenos
-plebeyos en malos hidalgos con famosos títulos
-de nobleza; quise también que la clerecía participase
-de mis favores, y así, conferí beneficios
-cortos, canonjías y algunas dignidades eclesiásticas.
-En orden a los obispados y arzobispados era
-el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón,
-quien además nombraba para las togas, encomiendas
-y virreinatos, lo que prueba que no se proveían
-los empleos grandes mejor que los pequeños, porque
-los sujetos a quienes nosotros elegíamos para
-ocupar los puestos de que hacíamos un tráfico tan
-honorífico no eran siempre los más hábiles ni los
-más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones
-de Madrid se divertían en este punto a costa
-nuestra, pero nosotros parecíamos a los avaros,
-que se consuelan de las murmuraciones del pueblo
-recontando su dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p>
-
-<p>Isócrates llama con razón a la intemperancia y
-a la locura <i>compañeras inseparables de los ricos</i>.
-Cuando me vi dueño de treinta mil ducados y en
-disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué
-me tocaba hacer un papel digno de un confidente
-del primer ministro; alquilé una casa entera, que
-hice adornar lujosamente; compré el coche de un
-escribano, que lo había echado por ostentación y
-que se deshizo de él por consejo de su panadero.
-Recibí un cochero, tres lacayos, y como es regular
-promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión
-al triple honor de mi ayuda de cámara, mi
-secretario y mayordomo mío. Pero lo que acabó
-de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese
-a bien que mis criados llevasen su librea. Con esto
-perdí lo que me restaba de juicio; no estaba menos
-loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, a
-fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron
-tan pálidos como su maestro, imaginándose
-tan sabios como él. Poco me faltaba para juzgarme
-pariente del duque de Lerma. Se me puso en
-la cabeza pasaría por tal, y quizá por uno de sus
-hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba extremadamente.</p>
-
-<p>Añádase a esto que quise, como su excelencia,
-tener mesa de estado, y a este efecto encargué a
-Escipión me buscase un cocinero, y me trajo uno
-que podía casi compararse con el del romano Nomentano,
-de golosa memoria. Abastecí mi cueva
-de vinos exquisitos, y después de haber hecho las
-demás provisiones necesarias, principié a convidar<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
-gentes. Todas las noches venían a cenar a mi casa
-algunos de los principales covachuelistas del ministro,
-los cuales se apropiaban con vanidad el
-dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy
-buena comida y siempre iban bien bebidos. Escipión
-por su parte&mdash;porque tal amo tal criado&mdash;también
-daba mesa en el tinelo, en donde a costa
-mía regalaba a sus conocidos. Pero además de que
-yo quería a este mozo, como él contribuía a hacerme
-ganar dinero, me parecía tenía derecho para
-ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas
-disposiciones como un joven que no reflexiona
-el daño que se le sigue y sólo considera el honor
-que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo
-para no cuidar de esto, y era que los beneficios
-y empleos no cesaban de traer agua al molino,
-con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo
-creía tener clavada la rueda de la fortuna.</p>
-
-<p>Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese
-testigo de mi vida ostentosa. Creyendo habría ya
-vuelto de Andalucía, quise tener el gusto de sorprenderle,
-y a este fin le envié un papel anónimo,
-en el que le decía que un señor siciliano, amigo
-suyo, le esperaba a cenar, señalándole día, hora y
-lugar adonde debía acudir; la cita era en mi casa.
-Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado
-cuando supo que yo era el señor extranjero que le
-había convidado. «¡Sí&mdash;le dije&mdash;, amigo mío, yo
-soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena
-mesa y sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible&mdash;exclamó
-con viveza&mdash;que te encuentre nadando<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte colocado
-con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que
-aquel señor era generoso y que no tardaría en acomodarte!
-Sin duda&mdash;añadió&mdash;que seguiste el sabio
-consejo que te di de aflojar algo la rienda al repostero.
-¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta
-engordan tanto los mayordomos de las casas
-grandes.»</p>
-
-<p>Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme
-llevado a casa del conde Galiano, y después,
-para moderar la alegría que manifestaba de haberme
-agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir
-circunstancias las señales de agradecimiento con
-que este señor había pagado lo que le había servido;
-pero percibiendo que mi poeta mientras yo
-le refería estos pormenores cantaba interiormente
-la palinodia, le dije: «Yo perdono al siciliano su
-ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más motivo
-tengo de darme el parabién que de lamentarme.
-Si el conde no se hubiera portado mal conmigo,
-le habría seguido a Sicilia, en donde todavía
-le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo
-incierto. En una palabra, no sería confidente del
-duque de Lerma.»</p>
-
-<p>Estas últimas palabras dejaron tan atónito a
-Núñez, que por el pronto no pudo desplegar los
-labios; pero luego, rompiendo de golpe el silencio,
-me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de
-la confianza del primer ministro!» «La divido&mdash;le
-respondí&mdash;con don Rodrigo Calderón, y según las
-apariencias llegaré más lejos.» «Es verdad, señor<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>
-de Santillana&mdash;replicó&mdash;, que me causáis admiración.
-¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos!
-¡Qué talentos se unen en vos! O más bien,
-para servirme de una expresión a nuestro modo,
-poseéis un talento universal, es decir, que para
-todo sois adecuado. Finalmente, señor&mdash;prosiguió&mdash;,
-me alegro mucho de la prosperidad de
-vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!&mdash;interrumpí
-yo&mdash;. ¡Señor Núñez, nada de señor ni señoría! ¡Dejaos
-de esos tratamientos y vivamos siempre con
-familiaridad!» «Tienes razón&mdash;repitió&mdash;. Aunque te
-hayas enriquecido, no debo mirarte con otros ojos
-que con los que te he mirado siempre. Pero&mdash;añadió&mdash;te
-confieso mi flaqueza: al oír tu fortuna me
-ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento,
-no veo en ti más que a mi amigo Gil Blas.»</p>
-
-<p>Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro
-o cinco covachuelistas que llegaron. «Señores&mdash;les
-dije mostrándoles a Núñez&mdash;, ustedes cenarán
-con el señor don Fabricio, que hace versos dignos
-del rey Numa y que escribe en prosa como
-nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba con gentes
-que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron
-cortado al poeta; apenas se dignaron mirarle.
-Por más que dijo cosas muy agudas para atraerse
-su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto
-que, tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente
-de entre todos y desapareció. Nuestros covachuelistas
-no advirtieron su retirada y se sentaron
-a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.</p>
-
-<p>Al siguiente día por la mañana, cuando yo me<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-acababa de vestir y me disponía a salir de casa, el
-poeta de las Asturias entró en mi gabinete. «Perdóname,
-amigo mío&mdash;me dijo&mdash;, si he ofendido a tus
-covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me
-encontré tan desairado entre ellos, que no pude
-resistir. Son para mí muy fastidiosos unos hombres
-tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo
-cómo tú, que tienes un entendimiento tan delicado,
-puedes acomodarte a convidados tan estúpidos! Yo
-quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré&mdash;le
-dije&mdash;mucha satisfacción en eso, y para ello
-me fío de tu gusto.» «¡Con razón!&mdash;me respondió&mdash;.
-Yo te prometo talentos superiores y de los más
-entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos,
-adonde van a reunirse dentro de poco; los
-apalabraré para que no se comprometan con otro,
-porque son tan festivos que en todas partes los
-apetecen.»</p>
-
-<p>Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora
-de cenar, volvió, acompañado de sólo seis autores,
-que me presentó uno tras otro, haciéndome su
-elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes
-ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia,
-y sus obras&mdash;decía él&mdash;merecían imprimirse en letras
-de oro. Recibí a aquellos señores muy atentamente
-y aun afecté llenarlos de atenciones, porque
-la nación de los autores es un poco vana y amiga
-de gloria. Aunque no hubiera encargado a Escipión
-que la cena fuese abundante, como él sabía
-la clase de gentes a que debía obsequiar en aquel
-día, la había dispuesto con profusión.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p>
-
-<p>En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría.
-Mis poetas principiaron a hablar de sí propios
-y a alabarse. Uno citaba con vanidad los
-grandes y las señoras a quienes agradaba su musa;
-otro, vituperando la elección que una academia
-de literatos acababa de hacer de dos sujetos, decía
-modestamente que debían haberle elegido; los demás
-discurrían con la misma presunción. Mientras
-comían, me fastidiaron con trozos de versos y de
-prosa. Cada uno de ellos recitaba por turno algún
-pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro
-declama una escena trágica, otro lee la crítica de
-una comedia, y el cuarto, leyendo a su vez una
-oda de Anacreonte, traducida en malos versos españoles,
-es interrumpido por uno de sus compañeros,
-que le dice se ha servido de una voz impropia.
-El autor de la traducción defiende lo contrario y
-se arma una disputa, en la cual todos los ingenios
-toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes
-se acaloran y llegan a las injurias. Todo
-esto era tolerable; pero aquellos furiosos se levantan
-de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, Escipión,
-mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos
-vimos para ponerlos en paz! Cuando se vieron separados
-salieron de mi casa como de una taberna,
-sin pedirme ningún perdón de su impolítica.</p>
-
-<p>Núñez, sobre cuya palabra había yo formado
-una idea agradable de aquella comida, se quedó
-atónito del lance. «Y bien&mdash;le dije&mdash;, amigo, ¿me
-elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe
-mía que me habéis traído unas gentes bien des<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>preciables!
-Aténgome a mis covachuelistas. ¡No me
-hables más de autores!» «Yo no pienso&mdash;me respondió&mdash;presentarte
-otros, pues acabas de ver a
-los más juiciosos.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_X">CAPITULO X</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Corrómpense enteramente las costumbres de Gil
-Blas en la Corte; del encargo que le dió el conde
-de Lemos y de la intriga en que este señor y él se
-metieron.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Luego que se llegó a saber que yo era privado
-del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas
-las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a
-quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi
-casa dos clases de personas: unas, interesándome
-con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro,
-y otras a moverme con súplicas para conseguirles
-<i>gratis</i> lo que pretendían. Las primeras
-tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas.
-En orden a las segundas, me desembarazaba
-prontamente con excusas, o les entretenía tanto
-tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de
-hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso
-y caritativo; pero como en ella no hay esta
-debilidad, me hice más duro que un pedernal, y,
-de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos
-y me desnudé de todo el afecto que les tenía.<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté
-en una ocasión a José Navarro.</p>
-
-<p>Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer
-y quien&mdash;para decirlo de una vez&mdash;era la
-causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi
-casa. Después de haberme mostrado mucho amor,
-como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba,
-me suplicó pidiese al duque de Lerma
-cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome
-que el sujeto por quien se interesaba era un mozo
-muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba
-empleo para subsistir. «No dudo&mdash;añadió José&mdash;que
-siendo usted tan bueno y amigo de hacer un
-favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre
-honrado. Su indigencia es un título que merece
-el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me
-daréis las gracias, porque os proporciono ocasión
-de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era
-decirme claramente que esperaba que hiciese este
-favor de balde. Aunque esto me disgustaba, no
-dejé de aparentar que estaba propicio a servirle.
-«Me alegro&mdash;respondí a Navarro&mdash;de tener esta
-ocasión en que poder manifestar a usted mi vivo
-agradecimiento a cuanto usted ha hecho por mí;
-me basta que usted se interese por cualquiera y
-no necesita otra recomendación para decidirme a
-servirle. Su amigo de usted tendrá el empleo que
-desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío
-y no de usted.»</p>
-
-<p>Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho
-de mi favor. Sin embargo, su recomendado se que<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>dó
-sin empleo, porque lo hice dar a otro por mil
-ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este
-dinero a los agradecimientos que hubiera recibido
-de mi buen repostero, a quien, con un modo pesaroso,
-dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado
-Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se
-me anticipó a dar el empleo que usted sabe. Siento
-en extremo no dar a usted mejor noticia.»</p>
-
-<p>José me creyó de buena fe y nos separamos
-más amigos que nunca; pero creo que presto descubrió
-la verdad, porque no volvió a parecer por
-mi casa. En vez de sentir algunos remordimientos
-de haberme portado tan mal con un amigo verdadero
-y a quien tanto debía, quedé muy contento.
-Además de que ya me pesaban los favores que me
-había hecho, no me pareció conveniente tratar con
-reposteros en la categoría en que me hallaba en la
-corte.</p>
-
-<p>Volvamos al conde de Lemos, de quien hace
-tiempo no he hablado y al que visitaba algunas
-veces. Le había llevado mil doblones, como tengo
-dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del
-duque su tío, del dinero que yo tenía de su excelencia.
-En este día fué cuando el conde quiso tener
-una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó
-que al fin había logrado su intento y que
-enteramente gozaba del favor del príncipe de España,
-de quien era el único confidente, y en seguida
-me dió un encargo muy honroso, para el cual ya
-me tenía destinado. «¡Amigo Santillana&mdash;me dijo&mdash;,
-vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>
-podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir
-a este príncipe galán! Entendimiento tenéis;
-nada más os digo. ¡Id, corred, investigad, y cuando
-hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!»
-Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir
-al buen desempeño de mi empleo, cuyo ejercicio
-no debe de ser muy difícil, pues hay tantas gentes
-que se ocupan en él.</p>
-
-<p>Yo no estaba muy acostumbrado a este género
-de averiguaciones, pero no dudaba que Escipión
-sería también admirable para el caso. Luego que
-volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío,
-tengo que hacerte un encargo importante. En medio
-de tanto como sabes me favorece la fortuna,
-conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente
-adivino lo que es&mdash;interrumpió sin dejarme acabar
-lo que quería decirle&mdash;; usted necesita una ninfa
-agradable que le distraiga un poco y le divierta,
-y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor
-de sus días, no la tenga, cuando viejos barbones
-no pueden estar sin ella.» «¡Admiro tu perspicacia!&mdash;le
-dije sonriéndome&mdash;. Sí, amigo mío, necesito
-una dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas
-advierte que soy muy delicado en este negocio;
-quiero una persona linda y que no tenga malas
-costumbres.» «Lo que usted desea&mdash;interrumpió Escipión
-sonriéndose&mdash;es algo raro; no obstante, estamos,
-a Dios gracias, en un pueblo en donde hay
-de todo, y espero encontrar presto lo que usted
-pretende.»</p>
-
-<p>Efectivamente, a los tres días me dijo: «He des<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>cubierto
-un tesoro: una señorita joven, llamada
-Catalina, de buena familia y de indecible hermosura.
-Vive a la sombra de una tía suya, en una
-casita, en donde subsisten ambas muy decentemente
-con sus haberes, que no son considerables.
-La criada que las sirve es conocida mía y acaba
-de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie,
-no sería difícil la hallase un galán rico y espléndido,
-con tal que, para no escandalizar, entrase
-en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En
-esta inteligencia, le he pintado a usted como un
-hombre digno de que le admitan en su casa, y he
-suplicado a la criada se lo proponga a las dos señoras,
-lo cual me ha ofrecido, como también ir
-mañana a un sitio determinado a darme la respuesta.»
-«¡Bravo va el negocio!&mdash;le respondí&mdash;. Pero
-temo te engañe la criada.» «¡No, no!&mdash;replicó&mdash;.
-¡No me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado
-ya a los vecinos, y de lo que me han dicho
-he inferido que la señora Catalina es tal como
-usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien
-usted puede ser el Júpiter enviando una lluvia de
-doblones.»</p>
-
-<p>Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta
-clase de hallazgos, no dejé de aceptar éste, y como
-la criada al día siguiente avisase a Escipión que
-podía presentarme aquella misma noche en casa
-de sus amas, entre once y doce me entré en ella
-con mucho sigilo. La criada me recibió a obscuras,
-me cogió de la mano y me llevó a una sala decente,
-en donde encontré a las dos señoras airosamente<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-vestidas y sentadas en almohadones de raso. Luego
-que me vieron se levantaron y me saludaron con
-tanta finura que me parecieron personas distinguidas.
-La tía, que se llamaba la señora Mencía, aunque
-todavía de buen parecer, no atrajo mi atención.
-Es verdad que toda se la llevaba la sobrina,
-que me pareció una diosa, y aunque examinada
-rigurosamente podía decirse que no era una hermosura
-perfecta, tenía, con todo, tantas gracias,
-que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso,
-ofuscaban y hacían imperceptibles sus defectos.</p>
-
-<p>Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba
-como emisario; hablé en mi propio y privado nombre
-y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo
-entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo
-que realmente era&mdash;tan bien me había parecido&mdash;,
-acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya principiaba
-yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar
-la tía mis impulsos, tomó la palabra y me dijo:
-«Señor de Santillana, voy a hablar a vuestra señoría
-francamente. Por lo mucho bien que me han
-dicho de vuestra señoría le he permitido entrar en
-mi casa, sin ponderarle el gran favor que le hago
-en ello; pero no crea vuestra señoría por eso que
-ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina
-con recato, y vos sois, por decirlo así, el primer
-caballero a quien la he presentado. Si os parece
-digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor
-gusto en que ella logre este honor; ved si a este
-precio os conviene, pues a otro no la conseguiréis.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p>
-
-<p>Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que
-me iba a disparar una flecha. Hablando sin metáfora,
-un casamiento propuesto tan a secas me hizo
-entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser
-fiel agente del conde de Lemos, mudé de tono y
-respondí a la señora Mencía: «Señora, vuestra franqueza
-me agrada, y por tanto quiero imitarla.
-Aunque hago un papel distinguido en la corte, no
-basta éste para merecer a la sin igual Catalina;
-le tengo reservado un partido más brillante: la
-destino para el príncipe de España.» «Me parece&mdash;respondió
-la tía fríamente&mdash;que bastaba despreciar
-a mi sobrina, sin que fuera necesario acompañar
-el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora&mdash;exclamé&mdash;,
-hablo seriamente. Tengo orden de
-buscar una persona de mérito a quien pueda honrar
-con sus visitas secretas el príncipe de España,
-y en casa de usted he hallado lo que buscaba.»</p>
-
-<p>Esta declaración sorprendió en gran manera a
-la señora Mencía, a quien conocí no le había desagradado.
-Sin embargo, creyendo que debía hacer
-la reservada, me replicó en estos términos: «Aun
-cuando tomara al pie de la letra lo que vuestra señoría
-me dice, ha de saber que no soy de carácter
-que haga vanidad del infame honor de ver a mi
-sobrina ser dama de un príncipe; mi decoro se ofende
-con la idea...» «¡Qué bendita es usted&mdash;le interrumpí&mdash;con
-su virtud! Usted piensa como una
-simple aldeana y se chancea si mira estas cosas
-con tanto escrúpulo. ¡Eso es quitarles lo que tienen
-de bueno! Es necesario mirarlas con mejores<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina
-al heredero de la Monarquía; representaos que la
-adora y la llena de regalos; y pensad, en fin, que
-quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice
-el nombre de su madre con el suyo.»</p>
-
-<p>Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque
-estaba determinada a aceptar mi propuesta, y Catalina,
-que ya hubiera querido poseer al príncipe,
-aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve
-que hacer nuevos esfuerzos para estrechar la plaza,
-hasta que al fin la señora Mencía, viéndome ya
-cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó
-la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía
-los artículos siguientes: <i>Primero</i>: Que si por
-los informes que diese yo al príncipe de las gracias
-de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle
-una visita nocturna, sería de mi cargo advertir de
-ella a las señoras, como igualmente de la noche
-que eligiese para este efecto. <i>Segundo</i>: Que el príncipe
-había de entrar en casa de dichas señoras
-como un galán cualquiera y acompañado sólo de
-mí y de su principal confidente.</p>
-
-<p>Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos
-tía y sobrina. Empezaron a tratarme familiarmente,
-con lo que me aventuré a algunas llanezas,
-que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos
-separamos me abrazaron de su propio motivo, haciéndome
-todas las caricias imaginables. ¡Es cosa
-maravillosa la facilidad con que se traba amistad
-entre los corredores de amor, digámoslo así, y las
-mujeres que lo necesitan! Al verme salir de allí tan<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
-favorecido, nadie hubiera dicho sino que yo había
-sido más dichoso de lo que era en realidad.</p>
-
-<p>El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le
-dije que había hecho un descubrimiento cual podía
-apetecerlo. Le hablé de Catalina en tales términos
-que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche
-siguiente, y me confesó que había hecho muy
-buen hallazgo. Dijo a las señoras que no dudaba
-que el príncipe quedase muy complacido de ver a
-la señorita que yo le había elegido y que ésta por
-su parte no quedaría descontenta de tal amante,
-por ser el príncipe generoso, afable y lleno de bondad.
-En fin, les ofreció que le conducirían dentro
-de algunos días del modo que deseaban, esto es,
-sin acompañamiento ni ruido. Este señor se despidió
-y yo me retiré con él para ir a tomar el coche
-en que habíamos venido, el cual nos esperaba
-al fin de la calle. Después me llevó a mi casa y me
-encargó enterase al día siguiente a su tío de esta
-principiada aventura y le suplicase de su parte le
-enviara mil doblones para finalizarla.</p>
-
-<p>Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual
-cuenta de cuanto había pasado al duque de Lerma,
-callando la parte que había tenido Escipión en el
-negocio para pasar yo por autor del descubrimiento
-de Catalina, porque de todo hace uno mérito para
-con los grandes.</p>
-
-<p>Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor
-Gil Blas&mdash;me dijo el ministro con aire burlón&mdash;,
-me alegro que usted una a sus demás talentos el
-de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no ex<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>trañará
-que cuando yo necesite alguna acuda a
-usted.» «Señor&mdash;le respondí en el mismo tono&mdash;,
-agradezco la preferencia; pero permítaseme que
-diga que escrupulizaría si proporcionase esta clase
-de placeres a vuestra excelencia, porque hace tanto
-tiempo que el señor don Rodrigo está en posesión
-de ese empleo, que se le haría una injusticia
-en despojarle de él.» El duque se sonrió de mi respuesta
-y, mudando de conversación, me preguntó
-si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad&mdash;le
-dije&mdash;, él suplica a vuestra excelencia
-le envíe mil doblones.» «Está bien&mdash;respondió el
-ministro&mdash;, no tienes más que llevárselos. Dile que
-no los escasee y que aplauda todos los gastos que
-el príncipe quiera hacer.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_XI">CAPITULO XI</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>De la visita secreta y de los regalos que el príncipe
-hizo a Catalina.</b></p></div>
-
-<p class="p2">En aquel mismo punto llevé los mil doblones al
-conde de Lemos. «¡No podíais venir más a tiempo!&mdash;me
-dijo este señor&mdash;. He hablado al príncipe,
-quien ha caído en el lazo y desea con impaciencia
-ver a Catalina, por lo que se ha resuelto que esta
-noche salga secretamente de palacio para ir a su
-casa. Las medidas están ya tomadas. Díselo así a
-las señoras y dales el dinero que me traes. Es necesario
-manifestarles que el que va a verlas no es<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>
-un amante común; fuera de que los regalos de los
-príncipes deben preceder a sus galanteos. Supuesto
-que le has de acompañar conmigo&mdash;prosiguió&mdash;,
-hállate esta noche en palacio a la hora de acostarse.
-También será preciso que tu coche, porque me
-parece del caso servirnos de él, nos espere a media
-noche cerca de Palacio.»</p>
-
-<p>Me fuí inmediatamente a casa de las señoras, en
-la que no vi a Catalina, por estar, según se me dijo,
-acostada, y sólo hablé con la señora Mencía. «Perdone
-usted, señora&mdash;le dije&mdash;, si vengo de día a
-su casa, porque no puedo hacer otra cosa; me es
-preciso avisar a usted que el príncipe vendrá aquí
-esta noche; y reciba usted&mdash;añadí entregándole el
-talego en donde llevaba el dinero&mdash;, reciba usted
-una ofrenda que envía al templo de Citerea para
-que le sean propicias sus deidades. Ya ve usted que
-no les he proporcionado una mala conveniencia.»
-«Doy a usted las gracias&mdash;me respondió&mdash;. Pero
-dígame, señor de Santillana, si al príncipe le gusta
-la música.» «¡Con extremo!&mdash;le contesté&mdash;. Ninguna
-cosa le divierte tanto como una buena voz
-acompañada de un laúd tocado con destreza.» «¡Mucho
-mejor!&mdash;exclamó ella enajenada de alegría&mdash;.
-Lo que usted dice me llena de gozo, porque mi
-sobrina tiene la garganta de un ruiseñor, tañe maravillosamente
-el laúd y también baila con perfección.»
-«¡Vive diez&mdash;exclamé&mdash;, esas son muchas
-habilidades, tía mía! No necesita tantas una señorita
-para hacer fortuna; una sola de esas gracias
-le basta.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p>
-
-<p>Dispuestas así las cosas, esperé la hora en que
-el príncipe solía acostarse. Llegada ésta, di mis
-órdenes al cochero y me reuní al conde de Lemos,
-quien me dijo que el príncipe, para quedarse solo
-antes de tiempo, iba a fingir una ligera indisposición,
-y aun acostarse, a fin de hacer creer mejor
-que estaba malo, pero que de allí a una hora se
-levantaría y por una puerta falsa tomaría una escalera
-excusada que iba a dar a los patios. Luego
-que me enteró de lo que ambos habían concertado,
-me apostó en un sitio por donde me aseguró había
-de pasar. Duró tanto el poste, que comencé a
-creer que nuestro galán había tomado otro camino
-o perdido el deseo de ver a Catalina, como si los
-príncipes abandonaran estos antojos antes de haberlos
-satisfecho. En fin, cuando creía que me habían
-olvidado, se llegaron a mí dos hombres, que
-conocí ser los que esperaba, y los conduje a mi
-coche, en el cual subimos ambos. Yo iba cerca del
-cochero para guiarle y le hice parar a cincuenta
-pasos de donde vivían las señoras. Di la mano al
-príncipe y a su compañero para ayudarles a bajar
-y marchamos a la casa, cuya puerta nos abrieron
-inmediatamente que llamamos y volvieron a cerrar.</p>
-
-<p>Al principio nos encontramos en las mismas tinieblas
-en que yo me vi la primera vez, aunque
-por distinción habían puesto en la pared una lamparilla,
-cuya luz era tan escasa que solamente la
-percibíamos, sin que ella nos alumbrara. Todo esto
-servía para hacer la aventura más agradable a su
-héroe, el cual quedó vivamente sorprendido a vista<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-de las señoras, que le recibieron en la sala, en donde
-la claridad de un sinnúmero de bujías recompensó
-la obscuridad que había en el patio. La tía y la sobrina
-se presentaron en gracioso traje de casa, seductoramente
-descuidado, y con aire tan atractivo
-que no se podían mirar sin embelesamiento. Nuestro
-príncipe, si no hubiera tenido que escoger, se
-hubiera contentado muy bien con la señora Mencía;
-pero dió la preferencia, como era razón, a las
-gracias de la joven Catalina.</p>
-
-<p>«Y bien, príncipe mío&mdash;le dijo el conde&mdash;, ¿podíamos
-haber proporcionado a vuestra alteza el
-gusto de ver dos personas más bonitas?» «Ambas
-me embelesan&mdash;respondió el príncipe&mdash;. No pienso
-sacar libre de aquí mi corazón, pues si faltara la
-sobrina no se escaparía de la tía.»</p>
-
-<p>Después de este cumplimiento, tan agradable
-para una tía, dijo mil cosas lisonjeras a Catalina,
-a las que ésta respondió con mucha discreción.
-Como les es permitido a las gentes honradas que
-hacen el personaje que yo en esta ocasión mezclarse
-en la conversación de los amantes, siempre
-que sea para atizar el fuego, dije al galán que su
-ninfa cantaba y tocaba a las mil maravillas. Se
-alegró de saber tuviese estas habilidades y le suplicó
-le diese alguna muestra de ellas. Con mucho
-gusto cedió a sus instancias, y, tomando un laúd
-bien templado, tocó sonatas tiernas y cantó de
-un modo tan expresivo, que el príncipe se echó a
-sus pies enajenado de amor y de placer. Pero dejemos
-a un lado esta pintura y digamos solamente<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>
-que la dulce embriaguez en que se había sepultado
-el heredero de la Monarquía hizo que las horas le
-pareciesen momentos y que tuviésemos que arrancarle
-de aquella peligrosa casa cuando ya se acercaba
-el día. Los señores agentes le condujeron prontamente
-a palacio y le dejaron en su aposento.
-Después se volvieron a su casa, tan contentos de
-haberle unido con una aventurera como si le hubiesen
-casado con una princesa.</p>
-
-<p>La mañana siguiente conté el suceso al duque de
-Lerma, porque todo lo quería saber, y al concluir
-mi narración llegó el conde de Lemos y nos dijo:
-«El príncipe de España está tan prendado de Catalina
-y le ha gustado tanto, que piensa ir a verla
-con frecuencia y no aficionarse a otra. Quisiera
-enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no
-tiene dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho:
-«Mi amado Lemos, es preciso me busques al momento
-esta cantidad. Sé que te incomodo, que
-apuro tu bolsillo, y por tanto mi corazón te está
-muy agradecido, y si en algún tiempo me hallo
-en estado de serte reconocido de otro modo que
-por el agradecimiento a todo lo que has hecho por
-mí, no te arrepentirás de haberme servido.» Yo le
-respondí, separándome de él inmediatamente: «Príncipe
-mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo
-que vuestra alteza desea.» «No es difícil satisfacerle&mdash;dijo
-entonces el duque a su sobrino&mdash;. Santillana
-va a traeros ese dinero, o, si queréis, él mismo
-comprará las joyas, porque es muy inteligente en
-pedrerías, y sobre todo en rubíes. ¿No es verdad,<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-Gil Blas?», añadió mirándome con un aire taimado.
-«¡Qué malicioso sois, señor!&mdash;le respondí&mdash;. Veo
-que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa
-mía al señor Conde.» Y así sucedió. El sobrino preguntó
-qué misterio encerraba aquello. «¡Ninguno!&mdash;replicó
-el tío riéndose&mdash;. Es que un día Santillana
-quiso trocar un diamante por un rubí, y este
-trueque no redundó ni en honor ni en provecho
-suyo.»</p>
-
-<p>Hubiera salido bien librado si el ministro no
-hubiera dicho más, pero se tomó el trabajo de
-contar la pieza que Camila y don Rafael me habían
-jugado en la posada de caballeros y se extendió
-particularmente en las circunstancias que yo más
-sentía. Después de haberse divertido bien su excelencia,
-me mandó acompañar al conde de Lemos,
-quien me llevó a casa de un joyero, en donde escogimos
-las joyas, que fuimos a enseñar al príncipe
-de España, las cuales se me confiaron para que
-se las entregase a Catalina, y después fuí a mi
-casa a tomar dos mil doblones del dinero del duque
-para irlas a pagar.</p>
-
-<p>Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron
-con agrado las señoras cuando les presenté
-los regalos de mi embajada, que consistían en un
-bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas
-arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas
-una y otra con estas demostraciones de amor
-y generosidad del príncipe, empezaron a charlar
-como dos cotorras y a darme gracias porque les
-había agenciado tan buen conocimiento, y con el<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span>
-exceso de su alegría dieron a entender lo que eran.
-Se les escaparon algunas palabras que me hicieron
-sospechar que yo había facilitado una bribona al
-hijo de nuestro gran monarca. Para averiguar con
-certeza si yo había sido autor de tan buena obra,
-me retiré con intento de tener una conferencia con
-Escipión.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_XII">CAPITULO XII</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud
-y la precaución que tomó para tranquilizar
-su ánimo.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada
-la causa, me dijeron que Escipión tenía
-aquella noche a cenar a seis amigos suyos. Cantaban
-cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas
-de risa. Esta cena, a la verdad, no era el
-banquete de los siete sabios.</p>
-
-<p>El que daba el festín, luego que supo mi llegada,
-dijo a sus convidados: «Señores, no es nada. Es el
-amo que ha vuelto; no os inquietéis por eso; continuad
-divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras y
-al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué
-gritería es esa?&mdash;le dije&mdash;. ¿A qué clase de personajes
-festejas allá abajo? ¿Son poetas?» «¡Perdone
-usted!&mdash;me respondió&mdash;. Sería lástima dar a beber
-vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor
-uso de él. Entre mis convidados hay un joven
-muy rico, que quiere lograr un empleo por vuestra<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-mediación y por su dinero, y a causa suya se hace
-la fiesta. A cada trago que bebe aumenta diez doblones
-a lo que ha de tocaros, y quiero hacerle
-beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto&mdash;le
-respondí&mdash;, vuélvete a la mesa y no escasees el
-vino de mi cueva.»</p>
-
-<p>No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina,
-dejándolo para la mañana al levantarme, lo
-que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú sabes
-de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más
-como a compañero que como a criado, y, por consiguiente,
-harás muy mal en engañarme como a
-amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy
-a decirte una cosa que te sorprenderá, y tú por tu
-parte me dirás lo que piensas de las dos mujeres
-que me has dado a conocer. Hablando los dos en
-satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto
-más astutas cuanto más sencillez aparentan. Si les
-hago justicia, no tiene el príncipe de España gran
-motivo de estarme agradecido, porque te confieso
-que para él te pedí la dama. Le he llevado a casa
-de Catalina y se ha enamorado de ella.» «Señor&mdash;me
-respondió Escipión&mdash;, usted se porta demasiado
-bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad.
-Ayer tuve una conversación a solas con la criada
-de estas dos ninfas, y me contó su historia, que
-me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente
-relación de ella, y no sentiréis haberla oído.
-Catalina&mdash;prosiguió&mdash;es hija de un hidalguillo aragonés.
-Habiendo quedado huérfana de edad de
-quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
-a un comendador anciano, quien la llevó a Toledo,
-donde murió a los seis meses, después de haberle
-servido más de padre que de esposo. Recogió ella
-su herencia, que consistía en algunas ropas y en
-trescientos doblones en dinero contante, y se fué
-luego a vivir con la señora Mencía, que todavía se
-mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo.
-Estas dos buenas amigas permanecieron juntas y
-principiaron a tener una conducta de que la justicia
-quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a
-las señoras, quienes, por enfado o por otra causa,
-dejaron prontamente a Toledo y vinieron a Madrid,
-en donde viven cerca de dos años hace sin
-tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero
-oiga usted lo mejor: han alquilado dos casas pequeñas,
-separadas solamente por un tabique, pudiéndose
-pasar de una a otra por una escalera de
-comunicación que hay en los sótanos. La señora
-Mencía vive con una criada de poca edad en una
-de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra
-con una dueña vieja, a quien hace pasar por su
-abuela; de modo que nuestra aragonesa tan presto
-es una sobrina educada por su tía como una pupila
-bajo la tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina,
-se llama Catalina, y cuando de nieta, Sirena.»</p>
-
-<p>Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado
-a Escipión: «¿Qué me dices? ¡Me haces temblar!
-¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa
-sea la querida de Calderón!» «Cabalito&mdash;respondió&mdash;,
-la misma es. Yo quería dar a usted un gran
-gusto participándole esta noticia.» «Pues no lo<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-creas&mdash;repliqué&mdash;; más me causa disgusto que alegría.
-¿No prevés tú las consecuencias?» «No, a fe mía&mdash;replicó
-Escipión&mdash;. ¿Qué mal puede venir de
-ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente
-lo que pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo
-al primer ministro, contándole el caso
-sencillamente. El conocerá la buena fe de usted;
-y si después quisiese Calderón ponerle a mal con
-su excelencia, el duque verá que no trata de perjudicarle
-sino por espíritu de venganza.»</p>
-
-<p>Con estas palabras me desvaneció Escipión el
-miedo. Seguí su consejo y di parte al duque de
-Lerma de este fatal descubrimiento, y también
-aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle
-de que sentía haber inocentemente dado al
-príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el ministro,
-lejos de compadecerse de su favorito, se burló de
-ello. Después me dijo que siguiera en mi comisión
-y que, sobre todo, era gran gloria para Calderón
-amar a la misma que el príncipe de España y recibir
-la misma acogida que él. Instruí en los mismos
-términos al conde de Lemos, quien me aseguró
-su protección si el primer secretario descubría
-la trama y quería ponerme a mal con el duque.</p>
-
-<p>Con esta maniobra creí haber salvado la nave
-de mi fortuna del peligro de encallar y me sosegué.
-Seguí acompañando al príncipe a casa de Catalina,
-por otro nombre la bella Sirena, que tenía
-la destreza de encontrar pretextos para apartar
-de su casa a don Rodrigo y ocultarle las noches que
-ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_XIII">CAPITULO XIII</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias
-de su familia; impresión que le hicieron; se
-descompadra con Fabricio.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente
-en mi antesala muchas gentes que venían
-a proponerme varios asuntos; pero yo no
-quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo
-el estilo de la corte, o por mejor decir,
-para hacer más de persona, decía a todo pretendiente:
-«Tráigame usted un memorial.» Y me había
-acostumbrado tanto a esto, que un día respondí
-así a mi casero cuando vino a recordarme que le
-debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero
-y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese
-memorial, pues eran muy puntuales en traerlos
-todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato
-mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para
-que se empeñase conmigo a su favor.</p>
-
-<p>Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme:
-había dado en la fatuidad de hablar de los
-grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si,
-por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba,
-al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía
-con llaneza: <i>Alba</i>, <i>Osuna</i>, <i>Medinasidonia</i>. En una
-palabra, me había puesto tan orgulloso y vano,
-que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña
-y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-tenido cuidado alguno de informarme de vuestra
-suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que
-nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos
-si se hallan en infeliz estado.</p>
-
-<p>Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró
-una mañana en mi casa un mozo que me dijo
-deseaba hablarme a solas un momento. Le hice
-entrar en mi despacho, en donde, sin decirle se
-sentase, por parecerme hombre ordinario, le pregunté
-qué me quería. «Señor Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;,
-pues qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le
-miré con atención, tuve que responderle que no
-caía en quién era. «Yo soy&mdash;me replicó&mdash;un paisano
-vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de
-Beltrán Moscada, el especiero, vecino de vuestro
-tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. Hemos
-jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»</p>
-
-<p>«De los juegos de mi niñez&mdash;le respondí&mdash;sólo
-conservo una idea confusa; los cuidados que me
-han ocupado después me los han borrado de la
-memoria.» «He venido a Madrid&mdash;me dijo&mdash;a ajustar
-cuentas con el corresponsal de mi padre. He
-oído hablar de usted y me han dicho que está en
-un gran puesto en la corte y ya tan rico como un
-judío, de lo que le doy a usted la enhorabuena, y
-ofrezco, a mi vuelta al país, llenar de gozo a su
-familia dándole una nueva tan gustosa.»</p>
-
-<p>Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no
-podía menos de preguntar cómo estaban mis padres
-y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di
-motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-de la sangre. Bien me lo dió a entender, pues se
-manifestó sorprendido de la indiferencia que yo
-mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar
-sumo cariño, y, como era mozo franco y grosero,
-«Yo creía&mdash;me dijo desabridamente&mdash;que tuvieseis
-más amor y afición a vuestros parientes.
-No parece sino que los habéis olvidado, según la
-frialdad con que me preguntáis por ellos. ¿Ignoráis
-cuál es su situación? Pues sabed que vuestro padre
-y vuestra madre están todavía sirviendo y que el
-buen canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de
-achaques, está ya para vivir poco. Es necesario
-tener buen corazón&mdash;prosiguió&mdash;, y supuesto que
-os halláis en estado de socorrer a vuestros padres,
-os aconsejo como amigo les enviéis todos los años
-doscientos doblones. Este socorro les proporcionará
-sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»</p>
-
-<p>En lugar de enternecerme la pintura que hacía
-de mi familia, me incomodó la libertad que se tomaba
-de aconsejarme sin que yo se lo rogase. Quizá
-con más maña me hubiera persuadido; pero su
-franqueza sólo sirvió para irritarme. El lo conoció
-bien por el ceñudo silencio que guardé, y continuando
-su exhortación con menos caridad que malicia,
-me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!&mdash;respondí
-lleno de cólera&mdash;. ¡Vaya usted, señor
-de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya
-y busque al corresponsal de su padre y ajuste sus
-cuentas con él! ¿Quién es usted para enseñarme
-mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he de<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho
-al especiero y le envié a Oviedo a vender azafrán
-y pimienta.</p>
-
-<p>No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme,
-y acusándome a mí mismo de ser un hijo
-desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria
-los afanes que había costado a mis padres mi niñez
-y mi educación. Me representé lo que les debía,
-y a mis reflexiones siguieron algunos impulsos de
-agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron.
-Mi ingratitud sofocó bien pronto estos afectos
-y a ellos sucedió un profundo olvido. Muchos padres
-hay que tienen hijos semejantes.</p>
-
-<p>La codicia y la ambición de que estaba poseído
-mudaron del todo mi carácter. Perdí toda mi alegría
-y andaba siempre distraído y pensativo; en
-una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio
-ocupado continuamente en pos de la fortuna
-y tan indiferente con él, no venía a mi casa sino
-rara vez; pero no pudo dejar de decirme un día:
-«En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes
-de venir a la corte siempre tenías el ánimo tranquilo,
-y ahora te veo constantemente agitado. Formas
-proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y
-cuanto más adquieres más deseas. Además&mdash;¿me
-atreveré a decirlo?&mdash;ya no tienes conmigo aquellos
-desahogos del corazón, aquellas familiaridades en
-que consiste el encanto de la amistad; antes por el
-contrario, me tratas con reserva y ocultas lo íntimo
-de tu alma. También observo que las atenciones
-de que usas conmigo son como forzadas. En fin,<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>
-este Gil Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo
-conocía.»</p>
-
-<p>«Tú sin duda te chanceas&mdash;le respondí con frialdad&mdash;;
-yo ninguna mutación percibo en mí.» «Tienes
-fascinados los ojos&mdash;replicó&mdash;y no debes preguntárselo
-a ellos. Créeme: eres otro del que eras.
-Dilo, amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso
-como otras veces? Cuando por la mañana llamaba
-a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas
-veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin
-cumplimiento; pero hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos,
-y se me hace esperar en tu antesala mientras
-dan el recado de si puedo hablarte. Después
-de esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política
-y haciendo el señor. Parece que mis visitas principian
-a incomodarte. ¿Crees tú que semejante recibimiento
-agrade a un hombre que ha sido tu camarada?
-No, Santillana, no; de ningún modo me
-conviene. Adiós, separémonos amigablemente. Deshagámonos
-ambos, tú de un censor de tus acciones
-y yo de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»</p>
-
-<p>Me sentí más exasperado que conmovido de sus
-reprensiones y dejé se retirase sin hacer el menor
-esfuerzo para detenerle. La amistad de un poeta
-no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase
-aflicción en el estado en que me hallaba. Además,
-fácilmente encontré consuelo en el trato de algunos
-empleados de palacio con quienes, por la semejanza
-de carácter, había recientemente contraído
-estrecha amistad. Estos nuevos conocimientos eran
-con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-y a quienes su dichosa estrella había conducido a
-sus empleos. Todos estaban ya acomodados, y atribuyendo
-estos miserables sólo a su mérito los beneficios
-que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban
-como yo de sí mismos, y todos nos creíamos
-unos personajes muy respetables. ¡Oh, Fortuna, ve
-ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo
-bien el estoico Epicteto en compararte con una
-joven ilustre que se entrega a criados!</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<h2>LIBRO NOVENO</h2>
-
-<h3 id="II_I">CAPITULO PRIMERO</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija
-de un rico y famoso platero; de los pasos que se
-dieron a este fin.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Una noche, después de haber despedido a la concurrencia
-que había ido a cenar conmigo, viéndome
-solo con Escipión, le pregunté qué había hecho
-aquel día. «Dar un golpe de maestro&mdash;me respondió&mdash;;
-proporcionar a usted un rico establecimiento,
-pues le quiero casar con la hija única de un platero
-conocido mío.» «¡Hija de un platero!&mdash;exclamé
-con aire desdeñoso&mdash;. ¿Has perdido el juicio? Cuando
-se tiene tal cual mérito y se está en la corte en
-cierta altura, me parece que se deben tener ideas
-más elevadas.» «¡Ah, señor&mdash;repitió Escipión&mdash;, no
-lo creáis así! Pensad que el varón es quien ennoblece
-y no seáis más delicado que mil señores que
-pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera
-de quien hablo es un partido de cien mil ducados
-a lo menos? ¿No es éste un buen trozo de platería?»
-Cuando oí hablar de una suma tan grande, me hice<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de
-mi secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres
-tú que la reciba?» «¡Vamos despacio, señor!&mdash;me
-respondió&mdash;. ¡Un poco de paciencia! Es menester
-que trate yo antes del asunto con el padre
-y que le haga venir en ello.» «¡Bueno!&mdash;respondí
-riendo a carcajadas&mdash;. ¿Todavía estás ahí? ¡Ve,
-por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más
-de lo que usted piensa&mdash;replicó&mdash;; sólo quiero una
-hora de conversación con el platero y respondo de
-su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, capitulemos,
-si usted gusta. Suponiendo que yo haga
-recibir a usted cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán
-a mí?» «Veinte mil», le respondí. «¡Alabado
-sea Dios!&mdash;dijo&mdash;. Yo limitaba vuestro agradecimiento
-a diez mil. Usted es la mitad más generoso
-que yo. ¡Vamos! Desde mañana me emplearé en
-esta negociación y puede usted contar con que se
-conseguirá o yo no soy sino un bestia.»</p>
-
-<p>Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado
-con el señor Gabriel de Salero&mdash;que éste era el
-nombre del padre de la niña&mdash;, y es tanto lo que le
-he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió
-oídos a la propuesta que le hice de recibiros por
-yerno. Será vuestra su hija, con cien mil ducados,
-siempre que le hagáis ver claramente que sois valido
-del ministro.» «Si no consiste más que en eso&mdash;dije
-entonces a Escipión&mdash;, presto estaré casado.
-Pero tratando de la muchacha, ¿la has visto? ¿Es
-hermosa?» «No tanto como la dote&mdash;respondió&mdash;.
-Hablando aquí para los dos, esta rica heredera no<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
-es muy bonita; pero, por fortuna, a usted ningún
-cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío&mdash;le
-respondí&mdash;. Nosotros los cortesanos nos casamos
-solamente por casarnos y buscamos la hermosura
-en las mujeres de nuestros amigos; y si por acaso
-se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia,
-que es bien merecido el que por ello
-nos castiguen.»</p>
-
-<p>«Todavía no lo he dicho todo&mdash;repitió Escipión&mdash;.
-El señor Gabriel convida a usted a cenar esta noche,
-y hemos quedado en que no le ha de hablar
-usted del casamiento proyectado. Debe convidar a
-muchos mercaderes amigos suyos a esta cena, a la
-cual ha de asistir usted como un simple convidado,
-y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo
-modo; en esto conocerá usted que este hombre
-quiere experimentarle antes de pasar adelante. Convendrá
-que usted se contenga un poco delante de
-él.» «¡Oh! ¡Pardiez!&mdash;interrumpí con aire de confianza&mdash;.
-¡Aunque examine lo que quiera, no puedo
-menos de salir ganancioso en este examen!»</p>
-
-<p>Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran
-a casa del platero, quien me recibió tan familiarmente
-como si nos hubiésemos visto ya muchas
-veces. Era de tan buena pasta que, como solemos
-decir, se pasaba de cortés. Me presentó la señora
-Eugenia, su mujer, y la joven Gabriela, su hija;
-yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo
-tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos
-y frases de corte.</p>
-
-<p>Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>
-ella mi secretario, no me pareció fea, ya fuese porque
-estaba muy bien puesta o ya porque no la mirase
-sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía
-el señor Gabriel! Yo creo que habrá menos
-plata en las minas del Perú que la que había allí.
-Este metal se ofrecía a la vista por todas partes
-en mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente
-la de la cena, era un tesoro. ¡Qué espectáculo
-para los ojos de un yerno! El suegro, para hacer
-más lucido el convite, había convidado a cinco o
-seis mercaderes, todos personas graves y enfadosas,
-que sólo hablaron de comercio, y puede decirse
-que su conversación más bien fué una conferencia
-de negociantes que una plática de amigos.</p>
-
-<p>La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al
-platero, y como no podía deslumbrarle con mi vajilla,
-recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a aquellos
-amigos míos que hacían mayor figura en la
-corte y que yo sabía ser unos ambiciosos que no
-ponían límites a sus deseos. No hablaron de otra
-cosa más que de las grandezas y de los empleos
-brillantes y lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo
-su efecto. Aturdido el buen Gabriel de oír sus
-grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por
-un mísero mortal en comparación de aquellos señores.
-Por mi parte, afectando moderación, dije
-me contentaría con una mediana fortuna, como de
-veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo
-aquellos hambrientos de honores y riquezas exclamaron
-diciendo que haría mal y que, siendo tan
-querido como era del primer ministro, no debía<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-contentarme con tan poco. El suegro no perdió ni
-una de estas palabras, y creí advertir al retirarse
-que iba muy satisfecho.</p>
-
-<p>Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por
-la mañana para preguntarle si yo le había gustado.
-«He quedado muy prendado&mdash;le respondió&mdash;; tanto,
-que me ha robado el corazón. Pero, señor Escipión&mdash;añadió&mdash;,
-suplico a usted por nuestra antigua
-amistad que me hable sinceramente. Todos, como
-usted sabe, tenemos nuestro flaco; dígame usted
-cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? ¿Es
-cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico
-a usted no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor
-Gabriel, con semejante pregunta!&mdash;replicó el medianero&mdash;.
-Me intereso más por usted que por mi
-amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su
-hija desgraciada, ¿se lo hubiera propuesto por yerno?
-¡Juro a bríos que no! Yo soy muy servidor de
-usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le
-encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy
-juicioso.» «¡Otro tanto oro!&mdash;respondió el platero&mdash;.
-Eso me agrada. Vaya usted, amigo mío; puede asegurar
-que logrará la mano de mi hija y que se la
-daría aun cuando no fuera querido del ministro.»</p>
-
-<p>Luego que mi secretario me dió noticia de esta
-conversación, fuí al momento a casa del Salero a
-darle las gracias de la disposición favorable en que
-estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado
-su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el
-modo con que me recibieron me hicieron conocer
-que se sujetaban sin repugnancia a ella. Después<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-de haber prevenido la noche antes al duque de
-Lerma, le presenté el suegro. Su excelencia le recibió
-con mucho agasajo y le manifestó la satisfacción
-que tenía en que hubiese elegido para yerno a
-un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería
-ascender. Después siguió haciendo el elogio de
-mis buenas prendas, y dijo tanto bien de mí, que el
-pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría
-el mejor partido de España para su hija. Estaba
-tan gozoso, que las lágrimas se le asomaban. Al
-despedirnos me estrechó entre sus brazos y me
-dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo
-de veros esposo de Gabriela, que dentro de ocho
-días a más tardar lo seréis.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_II">CAPITULO II</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso
-de Leiva, y del servicio que le hizo.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Dejemos en este estado mi casamiento, porque
-así lo exige el orden de mi historia, y quiere que
-cuente el servicio que hice a don Alfonso, mi antiguo
-amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente
-y ahora diré por qué causa me acordé
-de él.</p>
-
-<p>Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad
-de Valencia y, habiéndolo sabido, pensé en don Alfonso
-de Leiva. Consideré que este empleo le vendría
-perfectamente, y, quizá menos por amistad<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>
-que por ostentación, determiné pedirlo para él, haciéndome
-cargo de que, si lo obtenía, me daría este
-paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque
-de Lerma, y le dije que había sido mayordomo de
-don Alfonso de Leiva y de su hijo y que, teniendo
-grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba
-la libertad de suplicar a su excelencia concediese
-al uno o al otro el Gobierno de Valencia.
-El ministro me respondió: «Con mucho gusto, Gil
-Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso.
-Por otra parte, me hablas de una familia a
-quien estimo. Los Leivas son buenos servidores
-del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer
-de él a tu arbitrio; yo te lo doy por regalo
-de la boda.»</p>
-
-<p>Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí
-sin perder instante a casa de Calderón a hacerle
-extender el despacho para don Alfonso. Había allí
-un crecido número de personas que, con respetuoso
-silencio, aguardaban a que les diese audiencia don
-Rodrigo. Atravesé por entre aquella gente y me
-presenté a la puerta del gabinete, que me fué abierta,
-y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores
-y otros sujetos distinguidos, a quienes
-Calderón oía por su orden. Era de admirar el diferente
-modo con que los recibía. Se contentaba con
-hacer a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba
-a aquéllos con una cortesía, y los conducía
-hasta la puerta de su gabinete, graduando, por decirlo
-así, el aprecio con que los distinguía por los
-diversos cumplimientos que empleaba. Por otra<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-parte, vi a algunos de aquellos sujetos que, ofendidos
-del poco caso que de ellos hacía, maldecían
-en su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse
-en su presencia. Otros vi que, por el contrario,
-se reían entre sí mismos de su aire fantástico
-y presumido. Por más que hacía estas observaciones
-no me hallaba en estado de aprovecharme
-de ellas, pues me portaba en iguales términos
-en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se
-aprobasen o se vituperasen mis modales orgullosos
-con tal que me los respetasen.</p>
-
-<p>Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo,
-dejó precipitadamente a un hidalgo que le hablaba
-y vino a abrazarme con demostraciones de amistad
-que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!&mdash;exclamó&mdash;.
-¿Qué asunto es el que me proporciona
-el gusto de ver a usted aquí? ¿En qué puedo
-servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me
-aseguró en los términos más políticos que el día
-siguiente a la misma hora se expediría el despacho
-que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues
-me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que
-jamás hacía sino con los grandes señores, y allí me
-volvió a abrazar. «¿Qué significan estos obsequios?&mdash;decía
-yo en el camino&mdash;. ¿Qué me anuncian? ¿Si
-meditará este hombre mi ruina o, previendo que
-declina su favor, querrá granjear mi amistad y tenerme
-de su parte, con la mira de que interceda
-por él con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas
-quedarme. Cuando volví al día siguiente
-me trató del mismo modo, llenándome de caricias<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-y cumplimientos. Es verdad que las desquitó en
-el recibimiento que hizo a otras personas que se
-presentaron a hablarle, porque a unas trató groseramente,
-a otras habló con frialdad y a casi todas
-descontentó; pero quedaron suficientemente vengadas
-con un lance que ocurrió, y que no debo pasar
-en silencio, el cual servirá de lección a los covachuelistas
-y secretarios que lo lean.</p>
-
-<p>Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido
-llanamente y que no aparentaba lo que era,
-le habló de cierto memorial que decía haber presentado
-al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo
-no miró al caballero, sino que le dijo ásperamente:
-«¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi niñez me
-llamaban Frasquito&mdash;le respondió con serenidad el
-tal&mdash;, después me han llamado don Francisco de
-Zúñiga y hoy me llamo el conde de Pedrosa.» Sorprendido
-de esto Calderón, y viendo que trataba
-con un hombre de la primera distinción, quiso
-disculparse y dijo: «Señor, perdone vuestra excelencia
-si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito de
-tus excusas!&mdash;interrumpió con altivez Frasquito&mdash;.
-¡Las desprecio tanto como tus modales groseros!
-Sabe que el secretario de un ministro debe
-recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé,
-si quieres, tan fantástico que te mires como el
-sustituto de tu amo; pero no te olvides de que no
-eres mas que un criado suyo.»</p>
-
-<p>Este pasaje mortificó infinito al soberbio don
-Rodrigo, quien, no obstante, nada se enmendó.
-Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. Re<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>solví
-mirar con quién hablaba en mis audiencias
-y no ser insolente sino con los mudos. Como el
-despacho de don Alfonso estaba ya expedido, lo
-recogí y se lo envié por un correo extraordinario
-a este señor con carta del duque de Lerma, en la
-que su excelencia le avisaba que el rey le había
-nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di
-parte de la que tenía en este nombramiento, ni
-quise aun escribirle, porque tenía gusto de decírselo
-de boca y de causarle esta agradable sorpresa
-cuando viniese a la corte a prestar el juramento.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_III">CAPITULO III</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>De los preparativos que se hicieron para el casamiento
-de Gil Blas y del grande acontecimiento
-que los inutilizó.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro
-de ocho días había de celebrar mi matrimonio.
-Por ambas partes se hacían preparativos para esta
-ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia,
-y yo le busqué una doncella, un lacayo y un
-escudero anciano, todo lo cual eligió Escipión, que
-esperaba todavía con más impaciencia que yo el
-día en que habían de entregarme la dote.</p>
-
-<p>La víspera de este día tan deseado cené en casa
-del suegro con tíos, tías, primos y primas de mi
-novia. Hice perfectamente el papel de un yerno
-hipócrita; mostréme muy obsequioso con el plate<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>ro
-y su mujer; fingíme apasionado de Gabriela;
-agasajé a toda la familia, cuyas conversaciones y
-expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia,
-y así, en premio de ella, tuve la dicha de
-agradar a todos los parientes, que se alegraron de
-mi enlace con ellos.</p>
-
-<p>Acabada la comida, pasaron los convidados a una
-gran sala, en donde había dispuesta una música
-de voces e instrumentos, que no se ejecutó mal,
-aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades
-de Madrid. Nos puso de tan buen humor lo
-bien que cantaron, que empezamos a bailar. Dios
-sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo
-de Terpsícore, aunque no tenía más principios
-de este arte que dos o tres lecciones que en casa
-de la marquesa de Chaves me había dado un maestro
-de baile que iba a enseñar a los pajes. Después
-de habernos divertido bastante pensamos en retirarnos,
-y entonces prodigué las cortesías y cumplimientos.
-«¡Adiós, mi amado hijo!&mdash;me dijo Salero
-abrazándome&mdash;. Mañana por la mañana iré a tu
-casa a llevar el dote en buena moneda de oro.»
-«Será usted bien recibido&mdash;respondí&mdash;, amado padre
-mío.» Luego, habiéndome despedido de la familia,
-subí en mi coche, que me esperaba a la
-puerta, y tomé el camino de mi casa.</p>
-
-<p>Apenas había andado doscientos pasos, cuando
-quince o veinte hombres, unos a pie y otros a caballo,
-armados todos de espadas y carabinas, rodearon
-mi coche y lo detuvieron gritando: <i>¡Favor
-al rey!</i> Hiciéronme bajar aceleradamente y me me<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>tieron
-en una silla de posta, adonde el principal
-de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase
-el camino de Segovia. Juzgué que el que iba a mi
-lado era algún honrado alguacil; y habiéndole preguntado
-el motivo de mi prisión, me respondió del
-modo que acostumbran estos señores, quiero decir
-brutalmente, que no tenía necesidad de darme
-cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba.
-«¡No, no!&mdash;respondió&mdash;. Estoy seguro de que no
-he errado el golpe; usted es el señor de Santillana;
-a usted es a quien tengo orden de conducir adonde
-le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto,
-tomé el partido de callar. Lo restante de la noche
-caminamos por la orilla del río Manzanares con un
-profundo silencio. En Colmenar mudamos de caballos,
-y llegamos a la caída de la tarde a Segovia,
-en cuya torre me encerraron.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_IV">CAPITULO IV</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de
-Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Lo primero fué meterme en un encierro, sin más
-cama que un jergón de paja, como si fuese un reo
-digno del último suplicio. Pasé la noche, no con el
-mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo
-mi mal, sino repasando en mi imaginación qué sería
-lo que había acarreado mi desgracia. No dudaba
-fuese obra de Calderón; sin embargo, por más<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-que lo sospechase, no comprendía cómo hubiese
-podido conseguir que el duque de Lerma me tratase
-con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba
-que me habrían preso sin noticia de su excelencia,
-y otras, que este señor mismo me habría hecho
-arrestar por alguna razón política, como suelen
-hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.</p>
-
-<p>Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor
-de una luz que entraba por una rendija pequeña,
-lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me
-afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos
-raudales de lágrimas, que la memoria de mi prosperidad
-hacía inagotables. Cuando estaba en la mayor
-aflicción entró en el encierro un carcelero, que
-me traía para aquel día un pan y un cántaro de
-agua. Me miró, y viendo que tenía el rostro bañado
-en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión
-y me dijo: «¡No se desanime usted, señor preso!
-¡Las desgracias de la vida se han de sufrir con
-resignación! Usted es joven y tras de este tiempo
-vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el
-pan del rey.»</p>
-
-<p>Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien
-sólo respondí con suspiros. Todo el día lo empleé
-en maldecir mi estrella, sin pensar en comer nada
-de mi ración, que en el estado en que me hallaba
-más me parecía un efecto de la indignación del rey
-que un presente de su bondad, pues servía más
-bien para prolongar la pena de los desgraciados
-que para mitigarla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span></p>
-
-<p>En esto llegó la noche, y al instante oí un gran
-ruido de llaves que me llamó la atención. Abrieron
-la puerta del calabozo y entró un hombre con una
-bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo:
-«Señor Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos.
-Yo soy aquel don Andrés de Tordesillas que
-vivía con usted en Granada y era gentilhombre del
-arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel
-prelado. Usted le pidió, si hace memoria, que me
-diese un empleo en Méjico, para el cual se me nombró;
-pero en lugar de embarcarme para Indias,
-me quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé
-con la hija del capitán del castillo, y por una serie
-de sucesos que contaré a usted luego, he venido a
-ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido
-la fortuna&mdash;continuó&mdash;de encontrar en un hombre
-que tiene el cargo de maltratarle un amigo que
-nada escaseará para suavizar el rigor de su prisión.
-Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar
-con nadie, que le haga dormir sobre paja y que no
-le dé más alimento que pan y agua; pero además
-de que soy caritativo y no había de dejar de compadecerme
-de sus males, usted me ha servido, y
-mi agradecimiento puede más que las órdenes que
-he recibido. Lejos de servir de instrumento para
-la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo
-es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese
-usted y véngase conmigo.»</p>
-
-<p>Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder
-una sola palabra al señor alcaide, aunque
-sus expresiones merecían tanta gratitud. Le seguí.<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>
-Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera
-muy estrecha a una pequeña pieza que había
-en lo alto de la torre. Habiendo entrado en ella,
-me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos
-velas que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos
-bastante limpios. «Inmediatamente&mdash;me
-dijo Tordesillas&mdash;van a traer de comer a usted;
-ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su
-habitación este cuartito, en donde estará mejor
-que en el encierro, pues verá desde su ventana las
-floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que
-desde el pie de las montañas que separan las dos
-Castillas se extiende hasta Coca. No dudo que al
-principio no le hará ninguna impresión una vista
-tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho
-suceder una dulce melancolía a la amargura de su
-dolor, tendrá gusto en recrear la vista con unos
-objetos tan deleitables. Además de esto, cuente
-usted con que no faltará ropa blanca ni las demás
-cosas que necesita un hombre amigo del aseo. Sobre
-todo, tendrá usted buena cama, estará bien
-mantenido y le proporcionaré los libros que quiera
-y, en una palabra, todas las comodidades de que
-puede disfrutar un preso.»</p>
-
-<p>Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado,
-cobré ánimo y di mil gracias a mi carcelero. Le dije
-que su generoso proceder me restituía la vida y
-que deseaba hallarme en estado de manifestarle
-mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver
-usted a verse en su primer estado?&mdash;me respondió&mdash;.
-¿Cree usted haber perdido para siempre la<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
-libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a
-asegurarle que con algunos meses de prisión habrá
-usted pagado.» «¿Qué dice usted, señor don Andrés?&mdash;exclamé&mdash;.
-Parece que usted sabe el motivo de
-mi desgracia.» «Confieso&mdash;me dijo&mdash;que no lo ignoro.
-El alguacil que ha conducido a usted aquí me
-ha confiado este secreto y no tengo dificultad en
-revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de
-que usted y el conde de Lemos habían llevado de
-noche al príncipe de España a casa de una dama
-sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de
-desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre
-para ser tratado en ella con todo el rigor que ha
-experimentado desde que vino.» «¿Pues cómo&mdash;le
-dije&mdash;ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia
-quisiera yo saber particularmente y esto es&mdash;respondió&mdash;lo
-que cabalmente no me ha dicho
-el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él mismo
-sabe.»</p>
-
-<p>En este punto de nuestra conversación, entraron
-muchos criados que traían la cena. Pusieron en la
-mesa pan, dos tazas, dos botellas y tres fuentes,
-en la una de las cuales venía un guisado de liebre
-con mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra,
-una olla podrida, y en la tercera un pavipollo con
-salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas que
-nos habían servido lo necesario, despachó a sus
-criados para que no oyesen nuestra conversación.
-Cerró la puerta y nos sentamos el uno enfrente del
-otro. «Empecemos&mdash;me dijo&mdash;por lo más urgente.
-Después de dos días de dieta, es preciso que usted<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-tenga buen apetito.» Y diciendo esto, me hizo un
-buen plato. Creía servir a un hambriento, y, efectivamente,
-tenía motivo para pensar que yo me
-atracaría de sus manjares. Sin embargo, engañé
-sus esperanzas, pues, por mucha necesidad que tuviese
-de comer, los bocados se me quedaban atravesados
-en la boca sin poder tragarlos; tan oprimido
-tenía el corazón a causa de mi estado actual.
-En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las
-crueles ideas que sin cesar le afligían, me excitaba
-a beber y celebraba lo exquisito de su vino, pues
-aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera
-bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando
-otro rumbo, se puso a contarme con estilo alegre
-la historia de su casamiento; pero con esto todavía
-consiguió menos el fin. Escuché su relación tan distraído,
-que cuando la concluyó no hubiera podido
-decir lo que acababa de contarme. Juzgó que era
-demasiada empresa querer entretener por aquella
-noche mis penas. Después de concluída la cena se
-levantó de la mesa y me dijo: «Señor de Santillana,
-voy a dejar a usted descansar, o más bien meditar
-con libertad sobre su desgracia; pero repito
-que no será de larga duración. El rey es naturalmente
-bueno, y cuando se le haya pasado el enfado
-y considere la deplorable situación en que
-cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.»
-Dicho esto, el señor alcaide bajó o hizo que
-subiesen los criados a quitar la mesa. Se llevaron
-hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de
-un candil colgado en la pared.</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="II_V">CAPITULO V</h3>
-
-
-<p class="i2 center"><b>De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido
-que le despertó.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar
-sobre lo que me había dicho Tordesillas.
-«¿Conque aquí me estoy&mdash;decía&mdash;por haber contribuído
-a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué
-imprudencia ha sido el haber servido en semejantes
-cosas a un príncipe tan joven! Pues todo mi delito
-consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar
-de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese
-de más edad. Pero ¿quién habrá dado semejante
-aviso al monarca sin haber temido el resentimiento
-del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda,
-éste querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino.
-Pero lo que yo no puedo comprender es cómo el rey
-ha podido descubrirlo.»</p>
-
-<p>Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo,
-lo que más me afligía, más me desesperaba y lo
-que no podía desechar de mi imaginación era el
-saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos.
-«¡Tesoro mío!&mdash;exclamé&mdash;. ¿Dónde estás? ¡Amadas
-riquezas mías! ¿Qué ha sido de vosotras? ¿En
-qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido
-en menos tiempo del que os gané!» Me representaba
-el desorden que habría en mi casa, y
-sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La
-confusión de tantos pensamientos diferentes me<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>
-sepultó en una tristeza que me fué provechosa,
-pues cogí el sueño, que la noche antes no había
-podido conciliar. También contribuyeron a ello la
-buena cama, la fatiga que había padecido y los
-vapores del vino y de la cena. Me quedé profundamente
-dormido, y, según las señales, me hubiera
-amanecido así a no haberme despertado de improviso
-un ruido bastante extraordinario para una
-cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que
-cantaba al son de ella. Escuché con atención, pero
-ya nada oí. Creí que era un sueño, pero de allí a
-un instante volví a oír el mismo instrumento y que
-cantaban los versos siguientes:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">¡Ay de mí! ¡Un año felice</div>
-<div class="line">parece un soplo ligero;</div>
-<div class="line">pero, sin dicha, un instante</div>
-<div class="line">es un siglo de tormento!</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Esta copla, que parecía se había compuesto de
-intento para mí, aumentó mis pesares. «La verdad
-de estas palabras&mdash;me decía yo&mdash;harto la experimento.
-Me parece que el tiempo de mi felicidad ha
-pasado bien pronto y que hace un siglo que estoy
-preso.» Volví a sepultarme en una terrible melancolía
-y a desconsolarme como si tuviese gusto en
-ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los
-primeros rayos del sol que alumbraron mi estancia
-calmaron un poco mis inquietudes. Me levanté a
-abrir la ventana para que entrase el aire en el
-cuarto; miré el campo, cuya vista me trajo a la
-memoria la bella descripción que el señor alcaide<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-me había hecho de él, pero no encontré objetos
-con que acreditar la verdad de lo que me había
-dicho. El Eresma, que yo creía a lo menos igual
-al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el
-cardo eran el único adorno de sus <i>riberas floridas</i>,
-y el supuesto <i>valle delicioso</i> no ofreció a mi vista
-sino tierras la mayor parte incultas. Al parecer,
-todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía
-que debía representarme las cosas de otro modo
-de como las veía entonces.</p>
-
-<p>Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas
-acompañado de una criada anciana que me traía
-camisas y toallas. «Señor Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;, aquí
-tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo,
-que yo cuidaré de que la tenga siempre de sobra.
-Y bien&mdash;añadió&mdash;, ¿cómo ha pasado usted la
-noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos
-instantes?» «Puede ser&mdash;respondí&mdash;que durmiera
-todavía si no me hubiera despertado una
-voz acompañada de una guitarra.» «El caballero
-que ha turbado su reposo&mdash;respondió&mdash;es un reo
-de Estado que está en un cuarto inmediato al de
-usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava,
-y de muy buena presencia, que se llama don Gastón
-de Cogollos. Si ustedes quieren, pueden tratarse
-y comer juntos, y así, en sus conversaciones se consolarán
-mutuamente y para ambos será esto de
-mucha satisfacción.» Manifesté a don Andrés que
-agradecía infinito la licencia que me daba de unir
-mi dolor con el de este caballero, y como diese a
-entender mi vivo deseo de conocer a aquel compa<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>ñero
-en mi desgracia, nuestro cortés alcaide desde
-aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí
-con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me
-cautivaron. ¿Cuál sería su hermosura, cuando deslumbró
-mis ojos, acostumbrados a ver la juventud
-más bella de la corte? Imagínese un hombre que
-parecía una miniatura, uno de aquellos héroes de
-novela que para desvelar a las princesas no necesitaba
-mas que presentarse; añádase a esto que la
-Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad
-sus dones, había dotado a Cogollos de
-mucho valor y entendimiento y se formará una
-ligera idea de las perfecciones que le adornaban.</p>
-
-<p>Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna
-de no desagradarle. Aunque le supliqué no dejase
-de cantar por mí de noche, nunca volvió a hacerlo,
-temiendo incomodarme. Dos personas a quienes
-aflige una mala suerte se unen con facilidad. A nuestro
-conocimiento se siguió bien presto una tierna
-amistad, la cual se estrechó cada día más. La libertad
-que teníamos de hablar cuando queríamos
-nos sirvió muchísimo, pues en nuestras conversaciones
-nos ayudábamos recíprocamente a llevar
-con paciencia nuestra desgracia.</p>
-
-<p>Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se
-preparaba a tocar la guitarra. Para oírle más cómodamente
-me senté en un banquillo, que era la
-única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una
-sonata tierna y cantó después unas coplas que explicaban
-la desesperación a que reducía a un amante
-la crueldad de su dama. Así que acabó le dije<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-sonriéndome: «Caballero, nunca necesitará usted
-emplear tales versos en sus galanteos, porque su
-persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted
-me favorece&mdash;respondió&mdash;. Los versos que usted
-acaba de oír los compuse para ablandar un corazón
-que yo creía de diamante, para enternecer a
-una dama que me trataba con un rigor extremado.
-Es preciso cuente a usted esta historia y al mismo
-tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VI">CAPITULO VI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena
-de Galisteo.</b></p></div>
-
-<p class="p2">«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para
-Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una
-de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de
-quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa,
-cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso
-en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las
-celosías de una señora a quien fácilmente podía ver,
-pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié
-esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina,
-que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté
-prontamente, con miradas tan vivas que no podían
-equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas
-señoritas que hacen gala de semejante observación,
-y todavía correspondió menos a mis señas.</p>
-
-<p>»Quise saber el nombre de aquella peligrosa per<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>sona
-que tan prontamente trastornaba los corazones,
-y supe se llamaba doña Elena, que era hija
-única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas
-leguas de Coria una hacienda de mucho producto;
-que se le presentaban frecuentemente buenos
-partidos, pero que su padre los despreciaba
-todos, con la mira de casarla con don Agustín de la
-Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de
-este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos
-los días a su prima. No me desalenté por eso;
-antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso
-placer de desbancar a un rival, amado quizá,
-me excitó más que mi amor a llevar adelante mi
-empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente
-a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su
-criada, para solicitar su mediación. Hice igualmente
-hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones
-fueron inútiles. La misma respuesta tuve
-de la criada que del ama: ambas se mostraron duras
-e inaccesibles.</p>
-
-<p>»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de
-mis ojos, recurrí a otros intérpretes. Puse gente en
-campaña para descubrir si Felicia tenía algún conocimiento
-en la ciudad, y llegué a saber que su
-mayor amiga era una señora anciana llamada Teodora
-y que se visitaban con frecuencia. Alegre con
-esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué
-con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me
-ofreció facilitarme en su casa una conversación secreta
-con su amiga, promesa que cumplió al día
-siguiente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span></p>
-
-<p>«Ya dejo de ser desgraciado&mdash;dije a Felicia&mdash;,
-pues mis penas han excitado tu piedad. ¿Qué no
-debo a tu amiga por haberte inclinado a que me
-des la satisfacción de hablarte?» «Señor&mdash;me respondió&mdash;,
-Teodora es dueña de mi voluntad. Me
-ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle feliz,
-bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda
-esta buena voluntad, no sé si podré seros de gran
-provecho. No quiero lisonjear a usted; su empresa
-es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una señorita
-cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita!
-Es tan disimulada y altiva, que si usted con su
-constancia y obsequios consigue merecerle algunos
-suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción
-de demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!&mdash;prorrumpí
-con dolor&mdash;. ¿Para qué me expresas
-todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas
-circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame
-y no me desesperes!» Dicho esto, y cogiéndole una
-mano, le puse en el dedo un diamante de trescientos
-doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan
-tiernas que la hice llorar.</p>
-
-<p>»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan
-contenta con mi generosidad, que no quiso dejarme
-sin consuelo, y allanando un poco las dificultades
-me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted
-no debe quitarle toda esperanza. Es verdad
-que su rival no es aborrecido. Viene a casa a ver
-con libertad a su prima; le habla cuando quiere, y
-esto es lo que favorece a usted. La costumbre que
-tienen de estar ambos juntos todos los días entibia<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-un poco su trato. Me parece que se separan sin
-pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir
-que están ya casados. En una palabra, no parece
-que mi ama tiene una ciega pasión a don Agustín.
-Por otra parte, hay mucha diferencia de sus prendas
-personales a las de usted, y esta particularidad
-no la observará inútilmente una señorita de tan
-delicado gusto como doña Elena. No se acobarde
-usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré pasar
-ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que
-usted se esmera en agradarle y, por más que disimule,
-descubriré su interior al través de sus disimulos.»</p>
-
-<p>»Después de esta conversación, Felicia y yo nos
-separamos muy satisfechos uno de otro. Yo me
-dispuse de nuevo a obsequiar en secreto a la hija
-de don Jorge; díle una música, en la cual una bella
-voz cantó los versos que usted ha oído. Acabado
-el concierto, la criada, para sondear a su ama, le
-preguntó si se había divertido. «La voz&mdash;dijo doña
-Elena&mdash;me ha gustado.» «Y las palabras que ha
-cantado, ¿no son muy expresivas?» «De eso es&mdash;dijo
-la señora&mdash;de lo que no he hecho aprecio alguno,
-atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber
-quién me ha dado esta música.» «Según eso&mdash;exclamó
-la criada&mdash;, el pobre don Gastón de Cogollos
-está muy lejos de merecer la atención de usted,
-y es muy loco en gastar el tiempo en mirar
-nuestras celosías.» «Puede ser que no sea él&mdash;dijo
-el ama fríamente&mdash;, sino algún otro caballero que
-con este concierto ha querido declararme su pa<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>sión.»
-«Perdone usted&mdash;respondió Felicia&mdash;. Está
-usted muy engañada; es el mismo don Gastón, porque
-esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado
-diga a usted de su parte que le adora a
-pesar de los rigores con que paga su amor, y que,
-en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le permite
-acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones.
-Estas expresiones&mdash;continuó&mdash;denotan bien
-que no me engaño.»</p>
-
-<p>»La hija de don Jorge mudó repentinamente de
-semblante, y mirando con aire severo a su criada
-le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para propasarte
-a contarme esa necia conversación? ¡No te
-suceda otra vez el venirme con semejantes impertinencias!
-¡Y si ese temerario tiene todavía la osadía
-de hablarte, te mando le digas se dirija a otra
-persona que haga más caso de sus galanteos y que
-elija un pasatiempo más decente que el de estar
-todo el día a la ventana observando lo que hago
-en mi cuarto!»</p>
-
-<p>»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta
-puntual de todas las circunstancias de esta conversación,
-y para persuadirme de que mi pretensión
-no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras
-no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a
-mí toca, que procedía sencillamente y no creía se
-pudiese explicar el texto en mi favor, desconfiaba
-de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi
-desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me
-dijo: «Señor mío, escriba usted prontamente a doña
-Elena como un amante desesperado. Píntele viva<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>mente
-sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición
-de asomarse a la ventana. Prométale usted
-que obedecerá su precepto, pero asegúrele que
-le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente
-como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo
-demás queda a mi cuidado. Espero que las resultas
-harán a mi penetración más honor del que usted
-le hace.»</p>
-
-<p>»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando
-tan oportuna ocasión de escribir a su dama
-la hubiera desaprovechado. Compuse una carta
-muy patética, y antes de cerrarla se la enseñé a
-Felicia, quien, después de haberla leído, se sonrió,
-y me dijo que si las mujeres sabían el arte de encaprichar
-a los hombres, en recompensa, no ignoraban
-ellos el de embobar a las mujeres. La criada
-tomó el billete, asegurándome que si no producía
-buen efecto no sería culpa de ella; me encargó
-mucho tuviese gran cuidado de no dejarme ver a
-la ventana por algunos días y se volvió al momento
-a casa de don Jorge.</p>
-
-<p>«Señora&mdash;dijo a doña Elena cuando llegó&mdash;, he
-encontrado a don Gastón. Ha venido a hablarme y
-me ha tenido una conversación muy lisonjera. Me
-ha preguntado temblando, y como un reo que va
-a oír su sentencia, si había hablado a usted de su
-parte. Yo, por no faltar a vuestras órdenes, no le
-he dejado proseguir y le he hartado de injurias y
-le he dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro&mdash;respondió
-doña Elena&mdash;que me hayas librado de
-ese importuno; pero para eso no había necesidad<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>
-de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que
-una doncella tenga agrado.» «Señora&mdash;replicó la
-criada&mdash;, a un amante apasionado no se le aleja
-con palabras suaves, pues vemos que ni aun se
-consigue este fin con enojo y furor. Don Gastón, por
-ejemplo, no se ha desanimado. Después de haberle
-llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa
-de vuestra parienta, adonde me habéis enviado.
-Esta señora, por mi desgracia, me ha detenido
-mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la
-vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no
-esperaba verle más, y su vista me ha turbado tanto,
-que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no
-ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero
-y entretanto, ¿qué ha hecho él?» «Aprovechándose
-de mi silencio, o más bien de mi turbación, me
-ha metido en la mano un papel, que he guardado
-sin saber lo que me hacía, y desapareció al momento.»</p>
-
-<p>»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó
-en tono de chanza a su ama, quien la tomó como
-por diversión, la leyó con todo y después hizo la
-reservada. «En verdad, Felicia&mdash;dijo seriamente a
-su criada&mdash;, que eres una loca en haber recibido
-este billete. ¿Qué podrá pensar de esto don Gastón
-y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo
-con tu conducta para que desconfíe de tu fidelidad
-y a él para que sospeche que correspondo a su inclinación.
-¡Ay de mí! Puede ser que en este instante
-crea que leo y releo con gusto sus expresiones.
-¡Ve aquí a qué afrenta expones mi altivez!»<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
-«De ninguna manera, señora&mdash;le respondió la criada&mdash;;
-él no puede pensar de esta suerte, y, caso
-que así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la
-primera vez que le vea que he enseñado a usted
-su carta, que usted la ha mirado con la mayor indiferencia
-y que sin leerla la ha hecho usted pedazos
-con un frío desprecio.» «Libremente puedes
-afirmarle&mdash;repuso doña Elena&mdash;que yo no la he
-leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera
-que decir dos palabras.» La hija de don Jorge no se
-contentó con hablar en estos términos, sino que
-aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle
-jamás de mí.</p>
-
-<p>»Como yo había prometido no galantearla desde
-mis ventanas, porque mi vista desagradaba, las
-tuve cerradas muchos días para que mi obediencia
-mereciese más aprecio; pero en desquite de mis
-señas, que me estaban prohibidas, me dispuse a
-dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche
-debajo de su balcón con los músicos, cuando un
-caballero con espada en mano turbó el concierto
-dando de golpes a los instrumentistas, quienes inmediatamente
-huyeron. El coraje que animaba a
-este atrevido despertó el mío, y arrojándome a él
-para castigarle, principiamos un reñido combate.
-Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas,
-miran por las celosías y ven dos hombres que
-riñen. Dan grandes gritos; obligan a don Jorge y a
-sus criados a que se levanten inmediatamente y
-acuden con muchos vecinos a separar a los combatientes;
-pero ya llegaron tarde. Sólo encontraron<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>
-en el sitio a un caballero nadando en su sangre y
-casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado.
-Me llevaron a casa de mi tía y se llamaron
-los cirujanos más hábiles de la ciudad.</p>
-
-<p>»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente
-doña Elena, que entonces descubrió el interior
-de su corazón. Su disimulo se rindió al sentimiento
-y ya&mdash;¿lo creerá usted?&mdash;no era aquella
-señora que tanto se preciaba de no hacer caso de
-mis obsequios, sino una tierna amante que se entregaba
-sin reserva a su dolor, y así, el resto de la
-noche lo pasó llorando con su criada y maldiciendo
-a su primo don Agustín de la Higuera, a quien ellas
-creían autor de sus lágrimas, como en efecto él era
-quien había interrumpido la música tan funestamente.
-Tan disimulado como su prima, había conocido
-mi intención y nada había dicho de ella, e
-imaginando que Elena me correspondía había hecho
-esta acción tan violenta para mostrar que era
-menos sufrido de lo que se pensaba. No obstante,
-este triste accidente se olvidó poco tiempo después
-por la alegría que sobrevino. Aunque mi herida
-era peligrosa, la habilidad de los cirujanos me sacó
-a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor,
-mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi
-casamiento con doña Elena. Consintió en este enlace,
-tanto más gustoso cuanto que entonces miraba
-a don Agustín como a un hombre a quien quizá
-no volvería a ver más. El buen viejo recelaba que
-su hija tendría repugnancia a casarse conmigo a
-causa de que el primo la Higuera había tenido la<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>
-libertad de visitarla mucho tiempo para granjear
-su cariño; pero se mostró tan dispuesta a obedecer
-en este punto a su padre, que de aquí podemos inferir
-que en España, como en todas partes, es afortunado
-con las mujeres el último que llega.</p>
-
-<p>»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe
-hasta qué extremo había afligido a su ama el desgraciado
-suceso de mi pasada pendencia. De modo
-que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía
-yo mi herida, pues había tenido tan buenas
-consecuencias para mi amor. Obtuve permiso del señor
-don Jorge para hablar a su hija en presencia de
-la criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para
-mí! Tanto supliqué y de tal manera insté a la señorita
-a que me dijese si su padre violentaba su
-inclinación concediéndome su mano, que me confesó
-que no la debía solamente a su obediencia.
-A vista de esta halagüeña declaración, sólo pensé
-en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba
-el día de la boda, que había de celebrarse con
-una magnífica cabalgata, en que toda la nobleza
-de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.</p>
-
-<p>»Di con este fin un gran banquete en una hermosa
-casa de recreo que tenía mi tía cerca de la ciudad
-del lado de Monroy. Don Jorge y su hija concurrieron
-con todos sus parientes y amigos. Se había
-dispuesto por mi orden un concierto de voces e
-instrumentos y hecho venir una compañía de cómicos
-de la legua para que representaran una comedia.
-Cuando estábamos a mitad de la comedia,<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
-entraron a decirme que estaba en la antesala un
-hombre que quería hablarme de un negocio muy
-interesante para mí. Me levanté de la mesa para
-ir a ver quién era y me encontré con un desconocido,
-que me pareció ser un ayuda de cámara, el
-que me entregó un billete, que abrí, y contenía
-estas palabras: «Si estimáis el honor como debe un
-caballero de vuestra Orden, no dejéis mañana por
-la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde
-encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción
-de la ofensa que os ha hecho y poneros, si
-puede, fuera de estado de casaros con doña Elena.&mdash;<i>Don
-Agustín de la Higuera.</i>»</p>
-
-<p>»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles,
-el pundonor tiene todavía más. No pude
-leer el billete con ánimo tranquilo. Al solo nombre
-de don Agustín se encendió en mis venas un fuego
-que casi me hizo olvidar las obligaciones indispensables
-de aquel día. Tuve tentaciones de evadirme
-de la concurrencia para ir inmediatamente en busca
-de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo
-turbar la función, y dije al que me había
-traído la carta: «Amigo mío, podéis decir al caballero
-que os envía que deseo demasiado renovar
-con él el combate para no hallarme mañana, antes
-que salga el sol, en el sitio que me señala.»</p>
-
-<p>»Después de haber despachado al mensajero con
-la respuesta volví a reunirme con mis convidados
-y me senté a la mesa, disimulando de modo que
-ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante
-del día aparenté estar entretenido como los otros<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a
-media noche. La concurrencia se separó y todos
-se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían
-venido, menos yo, que me quedé con pretexto
-de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no
-era por otro motivo sino para acudir más pronto
-al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé
-con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente
-monté en el mejor caballo que tenía y partí
-solo, como para pasearme en el campo. Caminé
-hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre
-a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo
-hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino,
-y así, bien presto nos encontramos y vi que era
-mi rival. «Caballero&mdash;me dijo con insolencia&mdash;, vengo,
-a pesar mío, a pelear segunda vez con usted;
-pero la culpa es vuestra. Después del lance de la
-música debió usted renunciar voluntariamente a la
-hija de don Jorge o saber que si usted persistía en
-el designio de obsequiarla nuestros debates no habían
-cesado.» «Usted se ha ensoberbecido&mdash;le respondí&mdash;del
-logro de una ventaja que quizá debió
-menos a su destreza que a la obscuridad de la
-noche. Usted se olvida de que las victorias no son
-siempre de uno.» «Siempre son mías&mdash;replicó con
-arrogancia&mdash;, y voy a hacer ver a usted que así
-de día como de noche sé castigar a los atrevidos
-que estorban mis intentos.»</p>
-
-<p>»A estas altaneras palabras sólo respondí echando
-pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos
-los caballos a un árbol y principiamos a reñir<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>
-con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía
-que pelear con un enemigo que sabía manejar
-las armas con más destreza que yo, no obstante
-mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima,
-y así, no podía exponer yo mi vida a mayor
-peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede
-que al más fuerte le venza el más débil, mi
-rival recibió una estocada en el corazón, a pesar
-de su destreza, y cayó muerto.</p>
-
-<p>»Volví al instante a la casa de recreo, en donde
-conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad
-conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro,
-antes que la justicia sepa el caso, toma un buen
-caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele
-de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a
-buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como
-se entra en la ciudad, me encontrarás.»</p>
-
-<p>»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza
-que llegó a Plasencia tres horas después que yo.
-Díjome que doña Leonor se había alegrado más
-que no afligido de un combate que reparaba la
-afrenta que había yo recibido en el primero y que
-me enviaba todo el oro y pedrería que tenía para
-que viajara cómodamente por países extranjeros
-mientras ella componía mi asunto.</p>
-
-<p>»Para omitir las circunstancias superfluas, diré
-que atravesé por Castilla la Nueva para ir al reino
-de Valencia a embarcarme en Denia. Pasé a Italia,
-en donde me puse en estado de recorrer las cortes
-y presentarme en ellas con decencia.</p>
-
-<p>»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-engañar mi amor y tristezas lo más que me era
-posible, esta señora en Coria lloraba secretamente
-mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones
-de su familia contra mí por la muerte de la
-Higuera, deseaba, al contrario, cesasen por una
-pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya
-habían pasado seis meses, y creo que su constancia
-habría vencido siempre al tiempo si sólo hubiera
-tenido que luchar con éste, pero tenía todavía enemigos
-más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo
-de la costa occidental de Galicia, pasó a Coria
-a recoger una rica herencia que le había disputado
-en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se
-avecindó allí por haberle parecido aquel país más
-agradable que el suyo. Cambados era bien plantado,
-parecía afable y atento, siendo al mismo
-tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento
-con todas las gentes decentes de la ciudad y supo
-los asuntos de unos y de otros.</p>
-
-<p>»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge
-tenía una hija cuya peligrosa hermosura parecía
-no inflamar a los hombres sino para su desgracia,
-cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora
-tan temible, y habiendo buscado a este efecto
-la amistad de su padre, consiguió ganarla tan bien,
-que el viejo, mirándole ya como a yerno, le dió
-entrada en su casa, con permiso de hablar en su
-presencia a doña Elena. El gallego nada tardó en
-enamorarse de ella; esto era inevitable. Se declaró
-con don Jorge, quien le dijo que accedía a su pretensión,
-pero que no quería precisar a su hija, y<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
-que así, la dejaba dueña de la elección. En seguida
-se valió don Blas de todos los medios que pudo discurrir
-para agradarla; pero estaba tan prendada
-de mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se
-había interesado por aquel caballero, habiéndola
-obligado éste con regalos a contribuir a su amor,
-y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra
-parte, el padre ayudaba a la criada con reconvenciones,
-y, con todo, en un año entero no hicieron
-mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla
-a olvidarme.</p>
-
-<p>»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se
-empeñaban inútilmente por él, les propuso un arbitrio
-para vencer la obstinación de una amante tan
-apasionada. «Ved aquí&mdash;les dijo&mdash;lo que he pensado:
-fingiremos que un mercader de Coria acaba de
-recibir carta de un comerciante italiano, en la que,
-después de hablarle largamente de negocios de comercio,
-se leerán las palabras siguientes: «Poco
-tiempo hace que llegó a la corte de Parma un caballero
-español, llamado don Gastón de Cogollos.
-Dice ser sobrino y único heredero de una viuda
-rica de Coria, llamada doña Leonor de Lajarilla,
-y pretende casarse con la hija de un señor poderoso,
-pero no quieren aceptar su propuesta hasta
-haberse informado de la verdad, y tengo el encargo
-de preguntárselo a usted. Dígame, le suplico,
-si conoce a este don Gastón y en qué consisten
-los bienes de su tía. La respuesta de usted
-decidirá este enlace.&mdash;Parma, etc.»</p>
-
-<p>»Esta trampa le pareció al viejo un juego y en<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>gaño
-perdonable en los enamorados; la criada, aún
-menos escrupulosa que el buen hombre, la aplaudió
-mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto
-que conocían la altivez de Elena, la cual, como no
-llegara a sospechar el fraude, era una mujer capaz
-de resolverse a abrazar el partido que le proponían.
-Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por
-sí mismo mi inconstancia, y, para que pareciera
-la cosa más natural, hacerle hablar al mercader
-que había recibido de Parma la supuesta carta.
-Efectuaron el pensamiento como lo habían formado.
-El padre, alterado y aparentando enojo y despecho,
-le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré
-sino que nuestros parientes todos los días claman
-sobre que jamás permita entre en nuestra familia
-al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón
-más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate
-de serle tan fiel! Es un voltario, un pérfido,
-y ve aquí una prueba cierta de su infidelidad:
-lee tú misma esa carta que un mercader de Coria
-acaba de recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó
-el fingido papel, lo leyó, meditó sobre todas sus
-expresiones y se quedó absorta de la nueva de mi
-inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después
-verter algunas lágrimas; pero recobrando presto
-su orgullo, las enjugó y dijo con entereza a su padre:
-«Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza
-séalo también de la victoria que voy a conseguir
-sobre mí. ¡Ya se acabó! Don Gastón es ya
-despreciable a mis ojos; en él sólo veo al hombre
-más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-él! ¡Vamos, nada me detiene ya! Dispuesta estoy a
-dar la mano a don Blas. ¡Ojalá que mi casamiento
-preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado
-mi amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír
-estas palabras, abrazó a su hija, alabó la esforzada
-resolución que tomaba y, aplaudiéndose del feliz
-éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los
-deseos de mi rival. De este modo me quitaron a
-doña Elena, la que se entregó precipitadamente a
-Cambados, sin querer escuchar al amor que le hablaba
-por mí en su corazón ni aun dudar un instante
-de una noticia que debiera haber encontrado
-menos credulidad en una amante. Impelida de su
-orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento
-de la injuria que imaginaba había yo hecho
-a su hermosura superó al interés de su amor. Sin
-embargo, pasados algunos días después de su casamiento,
-sintió algunos remordimientos de haberlo
-acelerado. Se le previno entonces que la carta del
-mercader podía haber sido fingida, y esta sospecha
-la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba
-lugar a que su mujer alimentase ideas contrarias
-a su reposo y no pensaba mas que en divertirla, lo
-que conseguía con repetidos placeres que tenía arte
-para inventar.</p>
-
-<p>»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo
-tan obsequioso y reinaba entre ambos una perfecta
-unión, cuando mi tía compuso mi asunto con
-los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso
-en Italia inmediatamente. Estaba entonces en Regio,
-en la Calabria Ulterior. Pasé a Sicilia, de allí<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
-a España, y, llevado en alas del amor, llegué en fin
-a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el
-casamiento de la hija de don Jorge, me lo notició
-a mi llegada, y viendo que me afligía, dijo: «Haces
-mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la
-pérdida de una dama que no ha podido serte fiel.
-Créeme: destierra del corazón y de la memoria a
-una persona que ya no es digna de ocuparlos.»</p>
-
-<p>»Como mi tía ignoraba que habían engañado a
-doña Elena, tenía razón para hablarme así y no
-podía darme un consejo más discreto, por lo que
-me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un
-aire indiferente si no era capaz de vencer mi pasión.
-Sin embargo, no pude resistir al deseo de
-saber de qué modo se había concertado este casamiento
-y, para enterarme, resolví ver a la amiga
-de Felicia, es decir, a la señora Teodora, de quien
-ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente
-encontré a Felicia, la cual, estando muy
-ajena de verme, se turbó y quiso retirarse por evitar
-la averiguación que juzgó querría yo hacer.
-La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está
-contenta la perjura Elena con haberme sacrificado?
-¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O tratáis
-solamente de evitar mi presencia por haceros
-un mérito con la ingrata de haberos negado a oírlas?»</p>
-
-<p>«Señor&mdash;me respondió la criada&mdash;, confieso ingenuamente
-que vuestra presencia me confunde; no
-puedo veros sin sentirme despedazada de mil remordimientos.
-A mi ama la han seducido y yo he
-tenido la desgracia de ser cómplice en la seducción.<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza presentarme
-a usted?» «¡Oh cielos!&mdash;repliqué yo con sorpresa&mdash;.
-¿Qué me dices? ¡Explícate con más claridad!»
-Entonces la criada me contó punto por
-punto la estratagema de que se había valido Cambados
-para robarme a doña Elena, y advirtiendo
-que su narración me atravesaba el alma, se esforzó
-a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para
-con su ama; me prometió desengañarla y pintarle
-mi desesperación; en una palabra, no omitir nada
-para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió
-esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.</p>
-
-<p>»Dejando a un lado las infinitas contradicciones
-que tuvo que sufrir de parte de doña Elena para
-que consintiera en verme, al fin pudo conseguirlo
-y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente
-en casa de don Blas la primera vez que
-éste saliese para una hacienda, adonde iba de tiempo
-en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo
-común un día o dos. Este designio no tardó en
-ejecutarse; el marido se ausentó, de lo que advertido
-yo, fuí introducido en el cuarto de su mujer.</p>
-
-<p>»Quise principiar la conversación con reconvenciones,
-pero ella me hizo callar diciéndome: «Es inútil
-traer a la memoria lo pasado; aquí no se trata
-de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me
-creéis dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro
-que no he dado mi consentimiento para esta
-secreta entrevista ni he cedido a las instancias que
-se me han hecho sino para deciros de viva voz que
-en adelante no debéis pensar mas que en olvidar<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>me.
-Quizá viviría yo más satisfecha de mi suerte
-si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero ya que
-el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer
-sus decretos.»</p>
-
-<p>«Pues qué, señora&mdash;le respondí&mdash;, ¿no basta el
-haberos perdido? ¿No basta ver al dichoso don
-Blas poseer pacíficamente la única persona que
-soy capaz de amar, sino que también debo desterraros
-de mi pensamiento? ¡Queréis privarme de
-mi amor y quitarme el único bien que me queda!
-¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre
-a quien robasteis el corazón vuelva a recobrarle?
-¡Conoceos más bien que os conocéis y dejaos de
-exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!»
-«Está bien&mdash;replicó ella con precipitación&mdash;;
-pues cesad vos también de esperar que yo corresponda
-a vuestra pasión con algún agradecimiento.
-Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de
-don Blas no será la amante de don Gastón. Caminad
-sobre este supuesto. Retiraos&mdash;añadió&mdash;y acabemos
-prontamente una conversación de que me
-reprendo a mí misma, a pesar de la pureza de mis
-intenciones, y que miraría como un crimen si la
-prolongase.»</p>
-
-<p>»Al oír estas palabras, que me privaban de toda
-esperanza, me arrojé a los pies de doña Elena; habléle
-con la mayor ternura y empleé hasta lágrimas
-para enternecerla; pero todo esto no sirvió
-mas que de excitar acaso algunos afectos de lástima,
-que tuvo buen cuidado de ocultar y que sacrificó
-a su deber. Después de haber apurado in<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>fructuosamente
-las expresiones amorosas, los ruegos
-y las lágrimas, mi cariño se convirtió de repente
-en furor y saqué la espada con intento de
-atravesarme con ella a presencia de la inexorable
-Elena, que apenas advirtió mi acción cuando se
-arrojó a mí para precaver sus consecuencias. «¡Deteneos,
-Cogollos!&mdash;me dijo&mdash;. ¿Es este el modo que
-tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así
-la vida, vais a deshonrarme y hacer pasar a mi
-marido por un asesino.»</p>
-
-<p>»En la desesperación de que estaba dominado,
-muy lejos de atender a estas palabras como debía,
-no pensaba mas que en burlar los esfuerzos que
-hacían el ama y la criada para salvarme de mi
-funesta mano. Sin duda hubiera conseguido demasiado
-pronto mi intento si don Blas, que estaba
-avisado de nuestra entrevista y que en lugar de
-ir a su hacienda se había escondido detrás de un
-tapiz para oír nuestra conversación, no hubiera
-acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor don
-Gastón&mdash;exclamó, deteniéndome el brazo&mdash;, recóbrese
-usted y no se rinda cobardemente al furioso
-enajenamiento que le agita!»</p>
-
-<p>»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted
-quien me impide ejecutar mi resolución, cuando
-debiera atravesar mi pecho con un puñal? Mi amor,
-aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me
-sorprendáis de noche en el cuarto de vuestra esposa?
-¿Se necesita más para excitar vuestra venganza?
-¡Traspasadme para libraros de un hombre
-que no puede dejar de adorar a doña Elena sino<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
-cesando de vivir!» «En vano&mdash;me respondió don
-Blas&mdash;procura usted interesar mi honor para que
-le dé la muerte. Bastante castigado queda usted de
-su temeridad, y yo agradezco tanto a mi esposa
-sus sentimientos virtuosos, que le perdono la ocasión
-en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos&mdash;añadió&mdash;,
-no os desesperéis como un débil amante;
-someteos con valor a la necesidad.»</p>
-
-<p>»El prudente gallego, con estas y otras semejantes
-expresiones, calmó poco a poco mi arrebato y
-despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de alejarme
-de Elena y de los lugares que habitaba, y dos
-días después me volví a Madrid, en donde, no queriendo
-ya ocuparme sino en el cuidado de mi fortuna,
-comencé a presentarme en la corte y a ganar
-en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer
-una estrecha amistad con el marqués de Villarreal,
-gran señor portugués, el cual, por haberse
-sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal
-del dominio de los españoles, está hoy en el
-castillo de Alicante. Como el duque de Lerma ha
-sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me
-ha hecho también prender y conducir aquí. Este
-ministro cree que puedo ser cómplice en tal proyecto,
-ultraje que es más sensible para un hombre
-noble y castellano.»</p>
-
-<p>Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé
-diciendo: «Caballero, el honor de usted no puede
-recibir lesión alguna en esta desgracia, la cual en
-adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando
-el duque de Lerma se entere de su inocencia, no<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-dejará de darle un empleo importante para restablecer
-la buena opinión de un caballero acusado
-injustamente de traición.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VII">CAPITULO VII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas
-y le da muchas noticias.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió
-nuestra conversación diciéndome: «Señor Gil Blas,
-acabo de hablar con un mozo que se ha presentado
-a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba
-usted preso; y no habiéndole querido dar respuesta,
-me dijo llorando: «¡Noble alcaide, no desprecie
-usted mi humilde súplica; dígame si el señor
-Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si
-me permite verle hará en ello una obra de caridad.
-En Segovia está usted tenido por un hidalgo compasivo,
-y así, espero no me niegue el favor de hablar
-un instante con mi querido amo, que es más
-infeliz que culpado.» En fin&mdash;continuó don Andrés&mdash;,
-este mozo me ha manifestado tanto deseo
-de ver a usted, que le he prometido darle a la noche
-este gusto.»</p>
-
-<p>Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que
-podía darme era traerme aquel joven, quien probablemente
-tendría que decirme cosas muy importantes.
-Esperé con impaciencia el momento de ver
-a mi fiel Escipión, porque no dudaba fuese él, y,<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>
-a la verdad, no me engañaba. A la caída del día
-se le dió entrada en la torre, y su gozo, que solamente
-podía igualarse con el mío, se mostró al
-verme con arrebatos extraordinarios. Yo, con el
-júbilo que sentí al verle, le abracé, y él hizo lo
-mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que
-tuvieron de verse el amo y el secretario, que se
-confundieron en uno con este abrazo.</p>
-
-<p>En seguida de esto pregunté a Escipión en qué
-estado había dejado mi casa. «Ya no tiene usted
-casa&mdash;me respondió&mdash;, y para ahorrarle el trabajo
-de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en
-dos palabras lo que ha pasado en ella. Vuestros
-muebles han sido saqueados, tanto por los ministros
-como por los criados de usted, los cuales, mirándole
-ya como un hombre enteramente perdido,
-han tomado a cuenta de sus salarios cuanto han
-podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad
-de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones
-de a ocho que saqué del cofre y puse en
-salvo. Salero, a quien he hecho depositario de ellos,
-os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde
-no creo estéis mucho tiempo a expensas de su
-majestad, pues habéis sido preso sin conocimiento
-del duque de Lerma.»</p>
-
-<p>Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia
-no tenía parte en mi desgracia. «¡Ah!
-Ciertamente&mdash;me respondió&mdash;, de ello estoy muy
-bien informado, pues un amigo mío, confidente
-del duque de Uceda, me ha contado todas las particularidades
-de vuestra prisión. Me ha dicho que,<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-habiendo descubierto Calderón por medio de un
-criado que la señora Sirena, usando de otro nombre,
-recibía de noche al príncipe de España, y que
-el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose
-del señor de Santillana, había resuelto vengarse
-de ellos y de su querida, para cuyo logro, dirigiéndose
-secretamente al duque de Uceda, se lo descubrió
-todo, y que alegre éste de que se le hubiese
-presentado tan bella ocasión de perder a su
-enemigo, no dejó de aprovecharla, informando al
-rey de lo que había sabido y haciéndole presente
-con eficacia los peligros a que el príncipe se había
-expuesto. Indignado su majestad de esta noticia,
-mandó poner en la casa de las Recogidas a Sirena,
-desterró al conde de Lemos y condenó a Gil
-Blas a una prisión perpetua. Vea usted aquí&mdash;prosiguió
-Escipión&mdash;lo que me ha dicho mi amigo.
-Ya ve usted que su desgracia es obra del duque
-de Uceda, o más bien de don Rodrigo Calderón.»</p>
-
-<p>Esta relación me hizo creer que con el tiempo
-podrían componerse mis asuntos y que el duque
-de Lerma, resentido del destierro de su sobrino,
-todo lo pondría en movimiento para hacerle volver
-a la corte, y me lisonjeaba de que su excelencia
-no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la esperanza!
-De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos
-y me puse tan alegre como si tuviera motivo
-para estarlo. Lejos de mirar mi prisión como una
-habitación desdichada, en donde quizá había de
-acabar mis días, me pareció un medio de que se<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-valía la Fortuna para elevarme a un gran puesto.
-Mi fantasía discurría del modo siguiente: los allegados
-del primer ministro son don Fernando de
-Borja, el padre Jerónimo de Florencia y sobre
-todo fray Luis de Aliaga, quien le debe el lugar
-que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos
-amigos, su excelencia destruirá sus enemigos,
-o, por otra parte, el Estado acaso mudará
-presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso,
-y así que muera, la primera cosa que hará
-el príncipe su hijo será llamar al conde de Lemos,
-quien me sacará inmediatamente de aquí, me presentará
-al monarca, el que, para compensar los
-trabajos que he padecido, me colmará de beneficios.
-Embelesado así con pensar en los gustos venideros,
-casi ya no sentía los males presentes. Creo
-también que los dos talegos de doblones que mi
-secretario había depositado en casa del platero
-contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme
-prontamente.</p>
-
-<p>El celo e integridad de Escipión me habían agradado
-mucho y en prueba de ello le ofrecí la mitad
-del dinero que había salvado del pillaje, lo que rehusó.
-«Espero de usted&mdash;me dijo&mdash;otra señal de
-reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras
-como de que rehusara la oferta, le pregunté qué
-podía hacer por él. «No nos separemos&mdash;me respondió&mdash;;
-permita usted que una mi fortuna con
-la suya. Jamás he tenido a ningún amo el amor
-que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío&mdash;le dije&mdash;,
-puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-el punto en que te presentaste para servirme, gusté
-de ti; posible es que ambos hayamos nacido bajo
-los signos de Libra o Géminis, que, según dicen,
-son las dos constelaciones que unen a los hombres.
-Admito gustoso la compañía que me propones, y
-para dar principio a ella voy a pedir al señor alcaide
-te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que
-quiero&mdash;exclamó&mdash;; usted me ha adivinado el pensamiento
-e iba a suplicarle pretendiese esta gracia,
-pues aprecio más vuestra compañía que la libertad.
-Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid
-a adquirir noticias a la covachuela y ver si ha
-habido en la corte alguna mudanza que pueda serle
-a usted favorable, de modo que en mí tendrá usted
-a un mismo tiempo un confidente, un correo y un
-espía.»</p>
-
-<p>Estas ventajas eran demasiado considerables para
-privarme de ellas. Retuve, pues, conmigo a un
-hombre tan útil, con licencia del generoso alcaide,
-que no me quiso negar tan dulce consuelo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VIII">CAPITULO VIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál
-fué el motivo y éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad
-y resultas que tuvo.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Aunque comúnmente decimos que no tenemos
-mayores enemigos que nuestros criados, no hay
-duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión
-me había manifestado me hacía mirarle como
-a mi misma persona. Así, ya no hubo subordinación
-ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario.
-Habitaron en adelante comiendo y durmiendo
-juntos.</p>
-
-<p>La conversación de Escipión era muy divertida,
-y con razón se le podía haber llamado el hombre
-de buen humor. Además era discreto y me iba bien
-con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me
-parece no sería malo que yo escribiese al duque de
-Lerma; esto no puede producir mal efecto. ¿Qué
-te parece a ti?» «Ya estoy&mdash;respondió&mdash;; pero los
-grandes se mudan tanto de un instante a otro,
-que no sé cómo recibirá vuestra carta. No obstante,
-soy de dictamen que no se pierde nada en que escribáis,
-pero con maña. Aunque el ministro os estima,
-no fiéis por eso en que se acordará de vos.
-Esta suerte de protectores fácilmente olvida a aquellos
-de quienes ya no oyen hablar.»</p>
-
-<p>«Aunque eso es muy cierto&mdash;le repliqué&mdash;, yo
-hago mejor concepto de mi favorecedor. Conozco
-su bondad; estoy persuadido de que se compadece
-de mis penas y que siempre las tiene presentes.
-A la cuenta, espera para sacarme de la prisión que
-se aplaque la cólera del rey.» «Sea enhorabuena&mdash;respondió&mdash;;
-yo me alegraré que el juicio que
-usted hace de su excelencia sea verdadero. Implore
-usted su patrocinio por medio de una carta muy
-expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su
-propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-trozo de elocuencia que a Escipión le pareció patético
-y Tordesillas juzgó superior a las mismas
-homilías del arzobispo de Granada.</p>
-
-<p>Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se
-compadecería al leer la triste pintura que le hacía
-del miserable estado en que no estaba, y con esta
-confianza hice partir mi correo, el cual apenas
-llegó a Madrid cuando fué a casa del ministro.
-Encontró a uno de mis amigos, ayuda de cámara,
-que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien
-dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor,
-uno de los más fieles criados de su excelencia, el
-cual duerme sobre paja en un obscuro calabozo de
-la torre de Segovia, le suplica muy humildemente
-lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder
-escribir uno de los carceleros.» El ministro la abrió
-y leyó; pero aunque vió en ella un retrato capaz de
-enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse
-compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante
-de algunas personas que podían oírlo: «Amigo,
-diga usted a Santillana que es mucha osadía el
-recurrir a mí después de la acción perversa que ha
-cometido y por la cual se le ha impuesto el castigo
-que merece. Es un hombre indigno, que ya no debe
-contar con mi apoyo y a quien abandono al resentimiento
-del rey.»</p>
-
-<p>Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó
-turbado de oír hablar de esta suerte al ministro;
-pero, a pesar de su turbación, no dejó de interceder
-por mí. «Señor&mdash;replicó&mdash;, aquel pobre preso
-morirá de dolor cuando sepa la respuesta de vues<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>tra
-excelencia.» El duque no respondió a mi intercesor
-sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la
-espalda. Así me trataba este ministro para disimular
-mejor la parte que había tenido en la amorosa
-intriga del príncipe de España, y esto es lo que deben
-esperar todos los agentes inferiores de quienes
-se valen los grandes señores en sus secretos y peligrosos
-manejos.</p>
-
-<p>Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó
-el resultado de su comisión, me sepulté de nuevo
-en el abismo de tristezas en que caí el primer día
-de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome
-la protección del duque de Lerma. Decaí
-de ánimo, y por más que me dijeron para consolarme,
-todo fué inútil; atormentáronme otra vez
-los pesares, de manera que insensiblemente me
-causaron una grave enfermedad.</p>
-
-<p>El señor alcaide, que se interesaba en mi salud,
-creído de que para recobrarla era lo mejor llamar
-médicos, me trajo dos que tenían traza de ser unos
-celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil
-Blas&mdash;me dijo al presentármelos&mdash;, vea usted aquí
-dos Hipócrates que vienen a visitarle y que dentro
-de poco le pondrán bueno.» Era tal la oposición que
-tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría
-recibido muy mal si me hubiera quedado algún
-apego a la vida; pero me sentía tan cansado de
-ella, que agradecí a Tordesillas el que me pusiera
-en sus manos.</p>
-
-<p>«Caballero&mdash;me dijo uno de los médicos&mdash;, es
-necesario ante todas cosas que usted tenga con<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>fianza
-en nosotros.» «La tengo muy grande&mdash;le
-respondí&mdash;, pues estoy cierto de que con la asistencia
-de ustedes quedaré curado de todos mis males
-en pocos días.» «Sí&mdash;respondió&mdash;, lo quedará
-usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos
-lo que esté de nuestra parte para ello.» En
-efecto, estos señores se portaron tan maravillosamente,
-que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura.
-Desconfiado ya don Andrés de mi curación,
-hizo venir un religioso de San Francisco para que
-me ayudase a bien morir. El buen padre, después
-de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome
-en mi última hora, hice señas a Escipión para que
-se acercara a mi cama. «Amado amigo mío&mdash;le dije
-con una voz casi apagada; tal era la debilidad que
-las medicinas y sangrías me habían causado&mdash;, de
-los dos talegos que hay en casa de Gabriel, te dejo
-uno y te suplico lleves el otro a Asturias a mis padres,
-quienes, si todavía viven, estarán necesitados.
-Pero, ¡ay de mí, temo mucho que no han de
-haber podido sobrevivir a mi ingratitud! Lo que
-Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza
-quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los
-ha conservado a pesar de la indiferencia con que
-he pagado su ternura, les darás el talego de doblones,
-suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia,
-y si han muerto te encargo emplees el
-dinero en pedir al Cielo por el descanso de sus
-almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una
-mano, que bañó con sus lágrimas sin poder responderme
-una palabra; tal era la aflicción que te<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>nía
-el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba
-que el llanto de un heredero no es siempre risa
-disimulada.</p>
-
-<p>Esperaba, pues, experimentar el trance de la
-muerte, y, no obstante, me engañé. Habiéndome
-desahuciado mis doctores y dejado campo libre a
-la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro.
-La calentura, que, según su pronóstico, debía llevarme
-al otro mundo, quiso desmentirlos y me
-dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad
-y un perfecto sosiego de espíritu fué el fruto
-de mi mal. Ya entonces no necesité de consuelo;
-antes bien, miré las riquezas y honores con aquel
-desprecio que inspira la cercanía de la muerte, y,
-vuelto en mí mismo, bendecía mi desgracia y daba
-gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor
-particular, e hice firme propósito de no volver más
-a la corte, aun cuando el duque de Lerma quisiese
-llamarme a ella, con ánimo, si salía de la prisión,
-de comprar una casa de campo y vivir en ella como
-un filósofo.</p>
-
-<p>Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que,
-para que tuviese efecto cuanto antes, pensaba volver
-a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha ocurrido
-una cosa&mdash;añadió&mdash;. Conozco a una persona que
-podrá servirnos, y es la criada favorita del ama de
-leche del príncipe, que es una muchacha de entendimiento.
-Voy a que hable a su ama y a poner todos
-los medios imaginables para sacar a usted de
-esta torre, en donde, aunque se le dé el mejor trato,
-siempre es prisión.» «Dices bien&mdash;le respondí&mdash;. Vé,<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a
-esa diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos
-ya en nuestro retiro!»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_IX">CAPITULO IX</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones
-alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron
-los dos después de haber salido de la torre de
-Segovia y conversación que tuvieron.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin
-volvía, me dediqué a la lectura. Tordesillas me suministraba
-más libros de los que yo quería, los que
-le prestaba un comendador viejo que no sabía leer,
-pero que, queriendo hacer ostentación de hombre
-sabio, tenía una gran librería. Sobre todo me agradaban
-las buenas obras morales, porque encontraba
-en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban
-mi aversión a la corte y la afición que había
-cobrado a la soledad.</p>
-
-<p>Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente,
-el cual volvió en fin y me dijo muy contento:
-«¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo a usted
-buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas
-por usted. Su criada, a mis ruegos, y mediante
-cien doblones que le he ofrecido, ha tenido la bondad
-de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra
-soltura, y éste, que, como otras veces he dicho
-a usted, nada le niega, ha prometido hablar al rey<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-su padre a fin de conseguirla. He venido a toda
-prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la
-última mano a mi obra.» Diciendo esto me dejó y
-volvió a tomar el camino de la corte.</p>
-
-<p>No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días
-estuvo de vuelta y me dijo que el príncipe había,
-aunque no sin trabajo, obtenido del rey mi libertad,
-lo cual en el mismo día me confirmó el señor
-alcaide, quien vino a decirme abrazándome: «Mi
-amado Gil Blas, gracias al Cielo, usted ya está
-libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión;
-pero las dos condiciones con que se le concede a
-usted esta libertad quizá le darán mucha pena y
-siento verme en la obligación de hacérselas saber.
-Su Majestad prohibe a usted se presente en la
-corte y le manda salir de las dos Castillas en el
-término de un mes. Me es de gran mortificación
-el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues
-yo estoy muy contento&mdash;le respondí&mdash;. ¡Bien sabe
-Dios lo que pienso de ella! Sólo esperaba del rey
-una gracia, y me ha hecho dos.»</p>
-
-<p>Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en
-las cuales salimos el día siguiente mi confidente y
-yo, después de haberme despedido de Cogollos y
-dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores
-que me había hecho. Tomamos alegremente el
-camino de Madrid para recoger del señor Gabriel
-los dos talegos, en cada uno de los cuales había
-quinientos doblones de a ocho. En el camino me
-dijo mi compañero: «Si no tenemos bastante dinero
-para comprar una hacienda magnífica, a lo<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-menos habrá para una mediana.» «Yo me daría
-por feliz&mdash;le respondí&mdash;aun cuando no tuviese mas
-que una choza; en ella estaría contento con mi
-suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de
-mi carrera, estoy tan desengañado del mundo, que
-sólo quiero vivir para mí. Además de esto, te digo
-que me he formado de los placeres de la vida campestre
-una idea que me embelesa y hace que los
-goce con anticipación. Me parece que ya veo el
-esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores
-y el murmullo de los arroyos; que unas
-veces creo divertirme en la caza y otras en la pesca.
-Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos
-que nos esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia
-como yo. En orden a nuestro sustento,
-el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá
-satisfacernos cuando nos atormente el hambre,
-y el apetito con que lo comamos nos le hará parecer
-muy sabroso. El deleite no consiste en la bondad
-de los alimentos exquisitos, sino en nosotros,
-y esto es tanta verdad como que mis comidas
-más delicadas no son aquellas en que veo reinar
-el arte y la abundancia. La frugalidad es una
-fuente de delicias maravillosa para conservar la
-salud.»</p>
-
-<p>«Con el permiso de usted, señor Gil Blas&mdash;me interrumpió
-mi secretario&mdash;, yo no soy enteramente
-de su opinión sobre la supuesta frugalidad con que
-usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de
-mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos
-bien, no caeremos enfermos por eso. Créame<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con qué
-vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos
-la mansión del hambre y de la pobreza. Luego
-que tengamos una hacienda, será preciso abastecerla
-de buenos vinos y de todas las demás provisiones
-convenientes a personas de entendimiento,
-que no dejan el trato humano para renunciar a las
-comodidades de la vida, sino más bien para gozarlas
-con más quietud. <i>Lo que cada uno tiene en su
-casa</i>&mdash;dice Hesíodo&mdash;<i>no daña, en lugar de que lo
-que no se tiene puede dañar</i>. <i>Vale más&mdash;añade&mdash;tener
-uno en su casa las cosas necesarias que desear
-tenerlas.</i>»</p>
-
-<p>«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!&mdash;interrumpí&mdash;.
-¿Usted ha manejado los poetas griegos? ¡Hola!
-¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa de un
-sabio&mdash;respondió&mdash;. Serví algún tiempo en Salamanca
-a un pedante que era un gran comentador;
-en un abrir y cerrar de ojos componía un grueso
-volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos,
-que extractaba de los libros de su biblioteca
-y traducía al castellano. Como yo era su amanuense,
-he retenido no sé cuántas sentencias, todas tan
-notables como las que acabo de citar.» «Siendo así&mdash;le
-repliqué&mdash;, tienes la memoria bien adornada.
-Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en qué reino
-de España te parece del caso que fijemos nuestra
-residencia filosófica?» «Yo opino por Aragón&mdash;respondió
-mi confidente&mdash;; allí encontraremos sitios
-muy amenos, en donde podremos pasar una vida
-deleitosa.» «Está bien&mdash;le dije&mdash;, sea así. Detengá<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>monos
-en Aragón; consiento en ello. ¡Ojalá descubramos
-una morada que me proporcione todos los
-placeres con que se recrea mi imaginación!»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_X">CAPITULO X</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró
-Gil Blas en la calle, y de lo que siguió a este
-encuentro.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos
-a una pequeña posada, en la cual se había alojado
-Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos fué
-ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones.
-Recibiónos muy bien; me manifestó se alegraba
-mucho de verme en libertad. «Aseguro a usted&mdash;añadió&mdash;que
-he sentido mucho su desgracia, la
-cual me ha disgustado de la amistad de las gentes
-de la Corte, cuyas fortunas están muy en el aire.
-He casado a mi hija Gabriela con un rico mercader.»
-«Usted ha obrado con juicio&mdash;le respondí&mdash;.
-Además de que este partido es más sólido, un plebeyo
-que llega a ser suegro de un noble no está
-siempre gustoso con su señor yerno.»</p>
-
-<p>Después, mudando de conversación y viniendo
-a nuestro asunto, proseguí: «Señor Gabriel, háganos
-usted el favor, si gusta, de entregarnos los dos
-mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto&mdash;interrumpió
-el platero, el cual, habiéndonos hecho
-pasar a su gabinete, nos mostró dos talegos<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>
-en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos
-talegos de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»&mdash;.
-Ved aquí&mdash;me dijo&mdash;el depósito tal como
-se me confió.»</p>
-
-<p>Di gracias a Salero del favor que me había hecho,
-y muy consolado de haberme quedado sin
-su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en
-donde contamos nuestras monedas. La cuenta se
-encontró cabal, rebajados los cincuenta doblones
-que se habían gastado en conseguir mi libertad.
-Ya no pensamos mas que en disponernos para ir
-a Aragón. Mi secretario tomó a su cargo comprar
-una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte
-cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En
-una de las veces que iba arriba y abajo a estas
-compras encontré al barón de Steinbach, aquel
-oficial de la guardia alemana en cuya casa se había
-criado don Alfonso.</p>
-
-<p>Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome
-también conocido, se vino a mí y me abrazó.
-«Me alegro en extremo&mdash;le dije&mdash;de ver a su
-señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de
-tener ocasión de saber de mis amados señores don
-César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar a usted
-noticias suyas muy ciertas&mdash;me respondió&mdash;, pues
-ambos están actualmente en Madrid y en mi casa.
-Tres meses hace que vinieron a la corte a dar gracias
-al rey de un empleo que su majestad ha conferido
-a don Alfonso en premio de los servicios que
-sus abuelos hicieron al Estado; le ha nombrado gobernador
-de la ciudad de Valencia, sin que le haya<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona.
-No se ha hecho una gracia más espontánea, lo cual
-prueba que nuestro monarca gusta de recompensar
-el valor.»</p>
-
-<p>Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen
-de esto, no manifesté saber la menor cosa de lo
-que me contaba y sí un deseo tan vivo de saludar
-a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo
-inmediatamente a su casa. Yo quería probar
-a don Alfonso y juzgar por su recibimiento si me
-estimaba todavía. Le encontré en una sala jugando
-al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego
-que me conoció, dejó el juego y se vino a mí arrebatado
-de gozo, y estrechándome entre sus brazos
-me dijo en un tono que manifestaba una ingenua
-alegría: «¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte!
-¡Estoy loco de contento! No ha estado en mi mano
-el que no hayamos permanecido siempre juntos;
-yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de
-la casa de Leiva, y tú no hiciste caso de mis ruegos.
-No obstante, no te lo imputo a delito; antes
-bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde
-entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el
-trabajo de hacerte buscar inútilmente en Granada,
-en donde mi cuñado don Fernando me había escrito
-que estabas. Después de esta ligera reconvención&mdash;continuó&mdash;,
-dime qué haces en Madrid. Regularmente
-tendrás aquí algún empleo. Ten por cierto
-que me intereso ahora más que nunca en tu
-bien.» «Señor&mdash;le respondí&mdash;, no hace todavía cuatro
-meses que ocupaba en la corte un puesto de<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
-bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario
-y confidente del duque de Lerma.» «¡Es
-posible!&mdash;exclamó don Alfonso con grande asombro&mdash;.
-¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este
-primer ministro?» «Logré su favor&mdash;respondí&mdash;y le
-perdí del modo que voy a decir.» Entonces le conté
-toda esta historia y concluí mi narrativa exponiéndole
-la determinación que había tomado de comprar,
-con lo poco que me quedaba de mi prosperidad
-pasada, una pobre choza para pasar en ella
-una vida retirada.</p>
-
-<p>El hijo de don César, después de haberme oído
-con mucha atención, me dijo: «Mi amado Gil Blas,
-ya sabes que siempre te he querido y ahora más
-que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado
-de poder aumentar tus bienes, quiero que no seas
-más tiempo juguete de la fortuna. Para libertarte
-de su poder, te quiero dar una hacienda que no
-podrá quitarte, y pues estás determinado a vivir
-en el campo, te doy una pequeña quinta que tenemos
-cerca de Liria, distante cuatro leguas de Valencia,
-que ya has visto tú. Este regalo podemos
-hacerlo sin incomodarnos, y me atrevo a asegurar
-que mi padre no desaprobará esta determinación
-y que Serafina recibirá en ello gran contento.»</p>
-
-<p>Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento
-me hizo levantar; le besé la mano y, más
-enamorado de su buen corazón que de su beneficio,
-le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan.
-El don que me hacéis me es tanto más agradable
-cuanto que precede al agradecimiento de un favor<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo
-a su generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador
-se quedó algo suspenso de lo que oía y
-no pudo menos de preguntarme de qué favor le
-hablaba. Díjeselo con todas sus circunstancias, lo
-cual aumentó su admiración. Estaba muy lejos de
-pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno
-de la ciudad de Valencia se le hubiese dado
-por mediación mía. No obstante, no teniendo ya
-duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que te debo
-mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda
-de Liria: quiero agregar a ella dos mil ducados
-de renta al año.»</p>
-
-<p>«¡Alto ahí, señor don Alfonso!&mdash;interrumpí&mdash;.
-¡No despierte usted mi codicia! Los bienes no sirven
-mas que para corromper mis costumbres, como
-harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra
-quinta de Liria. En ella viviré cómodamente
-con lo que tengo. Por otra parte, esto me es suficiente,
-y, lejos de desear más, primero consentiré
-en perder todo lo que hay de superfluo en lo que
-poseo. Las riquezas son una carga en un retiro en
-donde sólo se busca la tranquilidad.»</p>
-
-<p>Don César llegó cuando estábamos en esta conversación.
-No manifestó al verme menos alegría
-que su hijo, y cuando supo el motivo del agradecimiento
-a que me estaba obligada su familia, se
-empeñó en que había de aceptar yo la renta, lo cual
-rehusé de nuevo. En fin, el padre y el hijo me condujeron
-a casa de un escribano, en donde otorgaron
-la escritura de donación, que ambos firmaron<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>
-con más gusto que si fuera un instrumento a favor
-suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron,
-diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya
-y que fuese cuando quisiese a tomar posesión de
-ella. Después se volvieron a casa del barón de
-Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde
-dejé pasmado a mi secretario cuando le dije que
-teníamos una hacienda en el reino de Valencia y
-le conté el modo como acababa de adquirirla.
-«¿Cuánto puede producir esta pequeña heredad?»,
-me dijo. «Quinientos ducados de renta&mdash;le respondí&mdash;,
-y puedo asegurarte que es una amena soledad.
-Yo la he visto, por haber estado en ella muchas
-veces en calidad de mayordomo de los señores
-de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la
-orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o
-seis vecinos y en un país hermosísimo.»</p>
-
-<p>«Lo que me gusta mucho&mdash;exclamó Escipión&mdash;es
-que tendremos allí caza, vino de Benicarló y
-excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos
-prisa a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!»
-«No tengo menos deseo que tú&mdash;le respondí&mdash;de
-estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje a
-Asturias, porque mis padres no deben de hallarse
-en buen estado. Quiero ir a verlos y llevármelos a
-Liria, en donde pasarán sus últimos días con descanso.
-Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo
-para recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me
-castigaría.» Escipión apoyó mucho mi determinación
-y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos
-tiempo&mdash;me dijo&mdash;; ya tengo carruaje. Compremos<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>
-prontamente mulas y tomemos el camino de Oviedo.»
-«Sí, amigo mío&mdash;le respondí&mdash;, marchemos
-cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias
-de mi retiro con los que me han dado
-el ser. Presto estaremos de vuelta en nuestra aldea,
-y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre
-la puerta de mi casa estos dos versos latinos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line"><i>Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:</i></div>
-<div class="line"><i>Sat me ludistis; ludite nunc alios</i><a name="FNanchor_1" id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.»</div>
-</div></div></div>
-
-<div class="footnote">
-<p><a name="Footnote_1" id="Footnote_1" href="#FNanchor_1"><span class="label">[1]</span></a>Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!<br />
-¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!</p>
-</div>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span></p>
-
-
-<h2>LIBRO DECIMO</h2>
-
-
-<h3 id="III_I">CAPITULO PRIMERO</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid,
-donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo,
-y se encuentra casualmente con el señor Manuel
-Ordóñez, administrador del hospital.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid
-con Escipión para ir a Asturias, el duque de
-Lerma fué creado cardenal por la Santidad de
-Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición
-en el reino de Nápoles, honró con el capelo
-a este ministro para empeñarle a hacer que el rey
-Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los
-que conocían perfectamente a este nuevo miembro
-del Sacro Colegio les pareció, como a mí, que la
-Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.</p>
-
-<p>Escipión, que hubiera querido más volver a verme
-en un puesto brillante de la corte que sepultado
-en un retiro, me aconsejó que me presentase
-al nuevo cardenal. «Puede ser&mdash;me dijo&mdash;que
-su eminencia, viéndole a usted fuera de la<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>
-prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse
-irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo
-a su servicio.» «Señor Escipión&mdash;le respondí&mdash;, usted
-ha olvidado sin duda que sólo conseguí la libertad
-bajo condición de salir inmediatamente de
-las dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado
-de mi quinta de Liria? Ya te lo he dicho,
-y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque de
-Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese
-el mismo puesto que ocupa don Rodrigo Calderón,
-lo renunciaría. Mi determinación está tomada.
-Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme
-con ellos a las cercanías de la ciudad de Valencia.
-En cuanto a ti, amigo mío, si estás arrepentido
-de unir tu suerte con la mía, no tienes
-mas que decirlo, que estoy pronto a darte la mitad
-del dinero que tengo y te quedarás en Madrid, en
-donde adelantarás tu fortuna hasta donde pudieres.»</p>
-
-<p>«¿Cómo así?&mdash;replicó mi secretario, algo resentido
-de estas expresiones&mdash;. ¿Es posible que usted
-sospeche que sea yo capaz de tener repugnancia
-a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo
-y mi inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel
-criado que por tomar parte en sus penas hubiera
-pasado con gusto el resto de sus días con usted
-en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia
-en acompañarle en una mansión donde espera
-gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna
-gana tengo de disuadir a usted de su resolución;
-pero quiero confesarle mi malicia: si le aconsejé
-que se presentase al duque de Lerma fué única<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>mente
-para sondearle y ver si todavía le quedaban
-algunas reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que
-se halla usted tan desprendido de las grandezas,
-abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar
-de aquellos inocentes y deliciosos placeres
-de que nos formamos una idea tan risueña!»</p>
-
-<p>Con efecto, poco después salimos de Madrid en
-una silla tirada de dos buenas mulas, guiadas por
-un mozo que tuve por conveniente agregar a mi
-comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar,
-al pie de Guadarrama; el segundo, en Segovia, de
-donde salí sin detenerme a visitar al generoso alcaide
-Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día
-siguiente a Valladolid. Al descubrir esta ciudad no
-pude menos de dar un profundo suspiro, que habiéndolo
-oído mi compañero, me preguntó la causa.
-«Hijo mío&mdash;le dije&mdash;, es la de que ejercí mucho
-tiempo en Valladolid la Medicina, y sobre este
-punto me están atormentando los remordimientos
-secretos de mi conciencia, pues me parece que todos
-aquellos que maté salen de sus sepulcros para
-venir a despedazarme.» «¡Qué imaginación!&mdash;dijo
-mi secretario&mdash;. ¡Sin duda, señor de Santillana,
-que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente
-usted de haber hecho su oficio? ¿Por ventura
-los doctores ancianos sienten los mismos remordimientos?
-No, señor; llevan la suya adelante
-con el mayor sosiego del mundo, imputando a la
-Naturaleza los accidentes funestos y atribuyéndose
-a ellos solamente los felices.»</p>
-
-<p>«En verdad&mdash;repuse&mdash;que el doctor Sangredo,<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-cuyo método seguía yo fielmente, era de este carácter.
-Aunque viese morir cada día veinte enfermos
-entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia
-de la sangría del brazo y de la bebida frecuente,
-a las cuales llamaba sus dos específicos
-para todo género de enfermedades, que si morían
-los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido
-poco y a que no los habían sangrado bastante.»
-«¡Vive diez&mdash;exclamó Escipión dando una carcajada&mdash;,
-que me cita usted un sujeto original!» «Si
-tienes curiosidad de verle y oírle&mdash;repuse yo&mdash;,
-mañana la podrás satisfacer, como no haya muerto
-y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque
-ya era viejo cuando le dejé y desde entonces acá
-se han pasado bastantes años.»</p>
-
-<p>Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón
-adonde fuimos a apearnos fué preguntar por
-el tal doctor. Supimos que aun no se había muerto,
-pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho
-movimiento a causa de su gran vejez, había abandonado
-el campo a otros tres o cuatro doctores,
-que habían adquirido gran fama por otro nuevo
-método de curar que no valía más que el suyo.
-Resolvimos hacer parada el día siguiente, tanto
-para que descansasen las mulas como por ver al
-doctor Sangredo. A cosa de las diez de la mañana
-fuimos a su casa y le hallamos sentado en una silla
-poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego
-que nos vió, vino hacia nosotros con paso muy firme
-para un setentón, y nos preguntó qué le queríamos.
-«Pues qué, señor doctor&mdash;le respondí&mdash;, ¿es<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>
-posible que ya no me conozca usted, siendo así
-que tuve la fortuna de haber sido uno de sus discípulos?
-¿No se acuerda usted de un cierto Gil
-Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?»
-«¿Cómo así?&mdash;me replicó dándome un abrazo&mdash;.
-¿Eres tú Santillana? Cierto que no te había
-conocido y me alegro infinito de volverte a ver.
-¿Qué has hecho después que nos separamos? Sin
-duda, habrás ejercido siempre la Medicina.» «Teníale&mdash;le
-respondí&mdash;mucha inclinación, pero razones
-poderosas me apartaron de ella.»</p>
-
-<p>«¡Peor para ti!&mdash;replicó Sangredo&mdash;. Con los principios
-que aprendiste de mí hubieras llegado a ser
-un médico hábil, con tal que el Cielo te hubiera
-hecho la gracia de preservarte del peligroso amor
-a la química. ¡Ah hijo mío!&mdash;exclamó arrancando
-un doloroso suspiro&mdash;. ¡Qué novedades se han introducido
-en la Medicina de algunos años a esta
-parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad;
-esta arte, que en todos tiempos ha respetado
-la vida de los hombres, hoy se halla en poder de
-la temeridad, de la presunción y de la impericia,
-porque los hechos hablan y presto alzarán el grito
-hasta las piedras contra el desorden de los nuevos
-prácticos: <i>lapides clamabunt</i>. Se ven en esta ciudad
-algunos médicos, o que se llaman tales, que se han
-uncido al carro de triunfo del antimonio: <i>carrus
-triumphalis antimonii</i>; unos desertores de la escuela
-de Paracelso, adoradores del <i>quermes</i> y curanderos
-de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia
-médica en saber preparar algunas drogas quími<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>cas.
-¿Qué más te diré? En su método todo está
-desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en
-otros tiempos tan raras veces practicada, hoy es la
-única que se usa; los purgantes, antiguamente suaves
-y benignos, se han convertido en emético y en
-quermes. Ya todo no es mas que un caos en que
-cada uno se toma la libertad de hacer lo que se le
-antoja y traspasa los límites del orden y de la sabiduría
-que nuestros primitivos maestros señalaron.»</p>
-
-<p>Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación
-tan cómica, pude contenerme. Y aun
-hice más: declamé contra el quermes, sin saber lo
-que era, y di al diablo sin más reflexión a los que
-lo habían inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho
-que me divertía esta escena, quiso contribuir
-también por su parte a ella. «Yo, señor doctor&mdash;dijo
-a Sangredo&mdash;, soy sobrino de un médico de la escuela
-antigua, y como tal, pido a usted licencia
-para declararme enemigo de los remedios químicos.
-Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan
-ciego partidario de Hipócrates, que se batió muchas
-veces con los empíricos que no hablaban con
-el debido respeto de este rey de la Medicina. La
-razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el
-verdugo de esos ignorantes novadores, de quienes
-usted se queja con tanta justicia como elocuencia!
-¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos
-miserables?»</p>
-
-<p>«Ese desorden&mdash;replicó el doctor&mdash;va todavía
-más lejos de lo que usted piensa. De nada me ha<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-servido publicar un libro contra esos asesinos de
-la Medicina; antes al contrario, cada día van en
-aumento. Los cirujanos, cuyo gran hipo es querer
-hacer de médicos, se creen capaces de serlo cuando
-sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo
-sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta
-el punto de mezclar el quermes en las pócimas y
-cocimientos cordiales, y cátate que ya se juzgan
-iguales a los grandes médicos. Este contagio
-ha cundido hasta dentro de los claustros. Hay entre
-los frailes ciertos legos que son a un mismo
-tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos
-se aplican a la química y hacen drogas perniciosas,
-con las que abrevian la vida de sus padres
-reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan más
-de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple
-usted ahora el destrozo que hacen en ellos el
-quermes junto con el emético y la sangría del pie.»
-«Señor Sangredo&mdash;dije yo entonces&mdash;es muy justa
-la indignación de usted contra esos envenenadores;
-yo me lamento de lo mismo y entro a la parte
-en su compasivo temor por la vida de los hombres,
-manifiestamente amenazada por un método tan
-diferente del de usted. Mucho temo que la química
-no sea algún día la ruina de la Medicina, como
-lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo
-que este día fatal no esté cerca de llegar!»</p>
-
-<p>Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró
-en el cuarto del doctor una criada vieja, que le
-traía en una bandeja un panecillo tierno, un vaso
-y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino.<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>
-Luego que comió un bocado echó un trago, en el
-cual, ciertamente, había mezclado dos terceras partes
-de agua; pero esto no le libró de las reconvenciones
-que me daba motivo para hacerle. «¡Hola,
-hola, señor doctor!&mdash;le dije&mdash;. ¡Le he cogido a usted
-en el garlito! ¡Usted beber vino, cuando siempre
-se ha declarado contra esta bebida y cuando
-en las tres cuartas partes de su vida no ha bebido
-sino agua! ¿De cuándo acá se ha contrariado usted
-a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad
-avanzada, pues en un lugar de sus escritos define
-la vejez diciendo que es <i>una tisis natural que poco
-a poco nos va disecando y consumiendo</i>, y, en fuerza
-de esta definición, lamenta usted la ignorancia de
-aquellos que llaman al vino <i>la leche de los viejos</i>.
-¿Qué me dirá usted ahora en su defensa?»</p>
-
-<p>«Digo&mdash;me respondió el viejo&mdash;que me reconvienes
-sin razón. Si yo bebiera vino puro, tendrías
-motivo para mirarme como a un infiel observador
-de mi propia doctrina; pero ya has visto que el
-vino que he bebido estaba muy aguado.» «Otra
-condición&mdash;le repliqué yo&mdash;, mi querido maestro:
-acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el
-canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba
-con mucha agua. Confiese usted de buena fe que
-al cabo ha reconocido su error y que el vino no es
-un licor tan funesto como usted lo sentó en sus
-obras, con tal que se beba con moderación.»</p>
-
-<p>Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta
-réplica. No podía negar que en sus libros había
-prohibido el uso del vino; pero como la vergüenza<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
-y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía
-una justa reconvención, no sabía qué responderme.
-Para sacarle de este pantano mudé de conversación,
-y poco después me despedí de él, exhortándole
-a que se mantuviese siempre firme contra
-los nuevos médicos. «¡Animo, señor Sangredo!&mdash;le
-dije&mdash;. ¡No se canse usted de desacreditar el quermes
-y persiga a sangre y fuego la sangría del pie!
-Si a pesar de su celo y amor a la ortodoxia médica
-esa raza empírica logra arruinar la rigidez antigua,
-por lo menos tendrá usted el consuelo de haber
-hecho cuanto estaba de su parte para sostenerla!»</p>
-
-<p>Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón,
-hablando del gracioso y original carácter del tal
-doctor, pasó cerca de nosotros por la calle un hombre
-como de cincuenta y cinco a sesenta años, que
-caminaba con los ojos bajos y un rosario de cuentas
-gordas en la mano. Miréle atentamente y sin
-dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez,
-aquel buen administrador del hospital de quien se
-hizo tan honorífica mención en el capítulo XVII
-del libro primero de mi historia. Lleguéme a él con
-grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al
-venerable y discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre
-más a propósito del mundo para conservar la
-hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me
-miró con mucha atención y me respondió que mi
-fisonomía no le era desconocida, pero que no podía
-acordarse en dónde me había visto. «Yo iba&mdash;le
-respondí&mdash;a casa de usted en tiempo que le servía
-un amigo mío llamado Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>
-me acuerdo!&mdash;repuso el administrador con una sonrisa
-maligna&mdash;. Por señas, que los dos erais muy
-buenas alhajas e hicisteis admirables muchachadas.
-¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? Siempre
-que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»</p>
-
-<p>«Me he tomado la libertad de detener a usted en
-la calle&mdash;dije al señor Manuel&mdash;precisamente para
-darle noticias suyas. Sepa usted que Fabricio está
-en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.»
-«¿A qué llamas obras misceláneas?», me replicó.
-«Quiero decir&mdash;le contesté&mdash;que escribe en prosa y
-en verso; compone comedias y novelas; en suma,
-es un mozo de ingenio y es bien recibido en las
-casas distinguidas.» «¿Y cómo lo pasa con su panadero?»,
-me preguntó el administrador. «No tan bien&mdash;le
-respondí&mdash;como con las personas de calidad;
-porque, aquí para los dos, creo que está tan pobre
-como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la menor duda!&mdash;repuso
-Ordóñez&mdash;. Haga la corte a los grandes
-todo lo que quisiere; sus complacencias, sus lisonjas
-y sus vergonzosas bajezas le producirán todavía
-menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico:
-algún día le veréis en el hospital.»</p>
-
-<p>«Esto no me causará novedad&mdash;dije yo&mdash;, porque
-la poesía ha llevado a él a otros muchos. Mucho
-mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en
-haberse mantenido a la sombra de usted, que a la
-hora de ésta estaría nadando en oro.» «A lo menos
-nada le faltaría&mdash;respondió Ordóñez&mdash;. Yo le quería
-bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>
-en puesto, hasta asegurarle un sólido acomodo en
-la casa de los pobres, cuando se le antojó querer
-pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia,
-que hizo representar por los comediantes que
-a la sazón se hallaban en esta ciudad; la pieza
-logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó
-la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope
-de Vega, y prefiriendo el humo de los aplausos
-del público a las verdaderas conveniencias que mi
-amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En
-vano procuré persuadirle que dejaba la carne para
-correr tras la sombra; no pude detener a este loco,
-a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No conocía
-su felicidad!&mdash;añadió&mdash;. Buena prueba es de esto
-el criado que recibí después que él me dejó; más
-juicioso que Fabricio, y con menos talento que él,
-se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos
-que le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado
-como merecía y en la actualidad está desempeñando
-en el hospital dos destinos, el menor
-de los cuales es más que suficiente para sustentar
-a un hombre de bien cargado de una numerosa
-familia.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p>
-
-<h3 id="III_II">CAPITULO II</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo;
-en qué estado halla a su familia; muerte de su
-padre, y sus consecuencias.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Desde Valladolid nos pusimos en seis días en
-Oviedo, adonde llegamos sin habernos sucedido la
-menor desgracia en el viaje, a pesar del refrán que
-dice: <i>Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los
-pasajeros</i>. A la verdad, si hubieran olido el nuestro,
-no habrían errado el golpe, y sólo dos habitantes
-de una cueva habrían bastado para soplarnos
-nuestros doblones, porque en la corte yo no
-había aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo
-de mulas, no parecía tener gana de dejarse matar
-por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión era
-un poco espadachín.</p>
-
-<p>Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad.
-Nos apeamos en un mesón poco distante de la
-casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba yo
-tener noticia del estado en que se hallaban mis
-padres antes de presentarme a ellos; y para saberlo
-no podía dirigirme a quien me informase mejor
-que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas
-que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa
-de sus vecinos. Con efecto, después de haberme
-mirado el mesonero con la mayor atención, me conoció
-y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de
-Padua, que éste es el hijo del buen escudero Blas<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-de Santillana!» «¡Sí, por cierto&mdash;añadió la mesonera&mdash;;
-él mismo es! Y apenas se ha mudado; es aquel
-despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que
-cuerpo. ¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía
-aquí con la botella por vino para cenar su tío!»</p>
-
-<p>«Señora&mdash;dije a la mesonera&mdash;, no se puede negar
-que tiene usted una memoria feliz. Pero deme
-usted, le ruego, noticias de mi familia; sin duda
-que mis padres no deben de estar en una situación
-agradable.» «Demasiado cierto es&mdash;respondió la mesonera&mdash;.
-Por triste que sea el estado en que usted
-pueda representárselos, no es posible imaginar que
-haya dos personas más dignas de compasión que
-ellos. El buen señor Gil Pérez está baldado de la
-mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy
-poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a
-esta parte vive con el canónigo, padece una opresión
-de pecho, o por mejor decir, se halla actualmente
-entre la vida y la muerte, y su madre de
-usted, que tampoco goza la mejor salud, se ve precisada
-a servir de asistenta a los dos enfermos.»</p>
-
-<p>Así que oí esta relación, que me hizo conocer
-que era hijo, dejé a Beltrán en el mesón en guarda
-de mi equipaje, y acompañado de mi secretario
-Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé
-a casa de mi tío. Apenas me puse delante de mi
-madre, cuando cierta conmoción que sintió en su
-interior le hizo conocer quién yo era, aun antes de
-tener tiempo para examinar las facciones de mi
-rostro. «¡Hijo mío&mdash;me dijo tristemente echándome
-los brazos al cuello&mdash;, ven a ver morir a tu<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
-padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso
-espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un
-cuarto donde el triste Blas de Santillana, tendido
-en una cama que mostraba bien la miseria de un
-pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo,
-aunque cercado de las sombras de la muerte,
-todavía conservaba algún conocimiento. «Amado
-esposo&mdash;le dijo mi madre&mdash;, aquí tienes a tu hijo
-Gil Blas, que te pide perdón de todos los disgustos
-que te ha causado y te ruega le eches tu bendición.»
-Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya
-comenzaban a cerrarse para siempre; fijólos en mí,
-y observando, a pesar de la postración en que se
-hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció
-de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo
-entonces le tomé una mano, y mientras se la bañaba
-en lágrimas, sin poder proferir una palabra,
-exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado
-a que yo llegase para expirar.</p>
-
-<p>Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte
-para afligirse desmedidamente; quizá me afligí
-yo más que ella, sin embargo de que mi padre en
-su vida me había dado la menor demostración de
-cariño. Además de que bastaba ser hijo suyo para
-llorarle, me acusaba a mí mismo de no haberle socorrido,
-y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad,
-me consideraba como un monstruo
-de ingratitud, o por mejor decir, como un parricida.
-Mi tío, a quien vi después postrado en otra
-cama poco menos pobre y en un estado lastimoso,
-me hizo experimentar nuevos remordimientos.<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span>
-«¡Hijo desnaturalizado!&mdash;me dije a mí mismo&mdash;.
-¡Considera para tu mayor tormento la miseria en
-que se hallan tus parientes! Si los hubieras socorrido
-con parte de lo que te sobraba de los bienes
-que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado
-las comodidades a que no podía alcanzar
-la renta de la prebenda, y de esta manera acaso
-hubieras alargado la vida a tu padre.»</p>
-
-<p>El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había
-perdido la memoria y el juicio. De nada me sirvió
-estrecharle entre mis brazos y darle muestras de
-mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron.
-Por más que mi madre le decía que yo era su sobrino
-Gil Blas, no hacía mas que mirarme con un
-aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la
-sangre y el agradecimiento no me hubieran obligado
-a compadecerme de un tío a quien tanto debía,
-no hubiera podido menos de hacerlo viéndole
-en una situación tan digna de lástima.</p>
-
-<p>Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo
-silencio, me acompañaba en mi pena y mezclaba
-por amistad sus suspiros con los míos. Pareciéndome
-que después de tan larga ausencia tendría
-mi madre muchas cosas reservadas que decirme
-y que podía detenerla la presencia de un
-hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le
-dije: «Vete, hijo mío, a descansar al mesón y déjame
-aquí con mi madre, que acaso te creería de más
-en una conversación que no recaerá sino sobre
-asuntos de familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos,
-y, efectivamente, mi madre y yo es<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>tuvimos
-hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente
-fiel cuenta de todo lo que a uno y otro
-nos había sucedido desde mi salida de Oviedo. Ella
-me hizo extensa relación de todas las desazones
-que había tenido en las varias casas donde había
-servido de dueña, confiándome en el asunto muchas
-cosas que no me hubiera alegrado las hubiese
-oído mi secretario, sin embargo de no tener yo
-nada reservado para él. Con todo el respeto que
-debo a la memoria de mi madre, diré que la buena
-señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera
-ahorrado las tres cuartas partes de su historia
-si hubiese suprimido las circunstancias inútiles
-de ella.</p>
-
-<p>Acabó por fin su relación y yo di principio a la
-mía. Conté por encima todas mis aventuras; pero
-cuando llegué a la visita que me había hecho en
-Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de
-Oviedo, me extendí un poco sobre este pasaje.
-«Confieso, señora&mdash;dije a mi madre&mdash;, que recibí
-con despego al tal mozo, el cual, por vengarse de
-ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.»
-«Así es&mdash;me respondió&mdash;; díjonos que te había encontrado
-tan engreído con el favor del primer ministro
-de la Monarquía, que apenas te habías dignado
-conocerle, y que cuando te pintó nuestras
-miserias le oíste con mucha frialdad. Pero como
-los padres y las madres&mdash;añadió ella&mdash;-procuran
-siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer
-tuvieses tan mal corazón. Tu venida a Oviedo
-acredita la buena opinión que teníamos de ti y el<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
-sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»</p>
-
-<p>«Me hace mucho favor&mdash;respondí&mdash;ese buen concepto
-que a usted debo, pero lo cierto es que en la
-relación del hijo de Moscada hay alguna verdad.
-Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con
-mi fortuna, y la ambición que me dominaba no
-me permitía pensar en mis parientes. De consiguiente,
-hallándome en semejante disposición, no
-es de admirar que recibiese mal a un hombre que,
-acercándose a mí de un modo grosero, me dijo
-brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba
-más rico que un judío, iba a aconsejarme que enviase
-a ustedes algún dinero, respecto a que se
-veían en grande necesidad, y aun me echó en cara
-en términos nada comedidos mi indiferencia hacia
-mi gente. Me incomodó su llaneza, y, perdiendo la
-paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso
-que me porté mal en aquella ocasión, que debí
-reflexionar no era culpa vuestra la falta de atención
-del especiero y que su consejo merecía seguirse,
-aunque había sido grosero el modo de dármelo.
-Esto fué lo que me ocurrió al pensamiento un momento
-después que había despedido a Moscada.
-La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de
-mis obligaciones hacia mis padres, me avergoncé
-de haberlas cumplido tan mal y sentí remordimientos,
-de los cuales no puedo, sin embargo, hacer
-mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente
-por la avaricia y por la ambición.
-Pero después fuí encerrado por orden del rey en el<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo,
-y esta dichosa enfermedad es la que a usted
-le restituye su hijo. Sí, por cierto; mi enfermedad
-y mi prisión fueron las que hicieron recobrar a la
-Naturaleza todos sus derechos y las que me han
-desprendido enteramente de la Corte. Hoy sólo
-suspiro por la soledad y he venido a Asturias con
-el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo
-a que disfrutemos juntos las dulzuras de una
-vida retirada. Si usted admite mi oferta, la conduciré
-a una posesión que tengo en el reino de Valencia,
-en donde espero que pasaremos una vida
-muy cómoda. Bien podrá usted conocer que mi
-ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que
-el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos
-la satisfacción de tener en mi compañía a mi madre
-y pueda reparar con todas las posibles atenciones
-el tiempo que pasé sin servirle de nada.»</p>
-
-<p>«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones&mdash;me
-dijo entonces mi madre&mdash;. Sin duda alguna
-me iría contigo a no impedírmelo algunas
-dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar
-a tu tío y mi hermano en el estado en que se
-halla; después de eso, estoy muy connaturalizada
-con este país para que yo le deje. Sin embargo,
-como esto merece examinarse con madurez, quiero
-meditarlo despacio; por ahora solamente debemos
-pensar en los funerales de tu padre.» «Ese cuidado&mdash;le
-respondí&mdash;se lo encargaremos a ese mozo
-que usted ha visto conmigo, que es mi secretario;
-tiene talento y celo y podemos descuidar en él.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p>
-
-<p>No bien había pronunciado estas palabras cuando
-entró Escipión, porque era ya día claro. Preguntónos
-si podía servirnos de algo en el apuro en
-que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy
-a tiempo para recibir una orden importante que
-pensaba darle. Luego que se impuso de lo que se
-trataba, «¡Basta!&mdash;dijo&mdash;. Ya tengo ideada acá en
-mi cabeza toda la ceremonia y ustedes podrán
-fiarse de mí.» «Pero guardaos bien&mdash;añadió mi madre&mdash;de
-pensar en un funeral que tenga la menor
-apariencia de ostentación; por modesto que sea,
-nunca lo será demasiado para mi esposo, a quien
-toda la ciudad ha conocido por un escudero de los
-más pobres.» «Señora&mdash;respondió Escipión&mdash;, aunque
-hubiera sido mucho más infeliz, no por eso
-rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente
-las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito
-del duque de Lerma, a su padre debe enterrársele
-con grandeza.»</p>
-
-<p>Aprobé el designio de mi secretario y aun le
-encargué que no economizase el dinero; un resto
-de vanidad que yo conservaba todavía se despertó
-en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este
-dispendio por un padre que ninguna herencia me
-dejaba, admirarían todos mi porte generoso. Mi
-madre por su parte, a pesar de la gran modestia
-que aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su
-marido fuese enterrado con pompa. Dimos, pues,
-amplias facultades a Escipión, que sin perder tiempo
-marchó a dar las disposiciones necesarias para
-un suntuoso entierro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span></p>
-
-<p>Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan
-magnífico que irritó contra mí a la ciudad y arrabales;
-a todos los vecinos de Oviedo, desde el mayor
-hasta el menor, chocó infinito mi ostentación.
-«¡Este ministro de la noche a la mañana&mdash;decía
-uno&mdash;tiene dinero para enterrar a su padre y no
-lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido&mdash;decía
-otro&mdash;haber tenido más amor a su padre
-vivo que hacerle tantas honras después de muerto!»
-En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada
-una disparó su saeta. No se contentaron con esto:
-cuando salimos de la iglesia, así a mí como a Escipión
-y a Beltrán nos cargaron de injurias, acompañándonos
-hasta nuestra casa las befas y gritos
-de los muchachos, los cuales llevaron a Beltrán a
-pedradas hasta el mesón. Para disipar la canalla
-que se había agolpado delante de la casa de mi
-tío fué menester que mi madre se asomase a la
-ventana y asegurase a todos que no tenía queja
-ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo
-al mesón donde estaba mi silla, para hacerla mil
-pedazos, como infaliblemente lo hubieran ejecutado
-si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado
-modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y
-disuadirles de semejante intento.</p>
-
-<p>Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos
-de lo que había hablado de mí el mozo especiero
-de la ciudad, me inspiraron tal aversión hacia
-mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de
-Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me
-hubiera detenido algún tiempo más. Díjeselo a mi<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-madre claramente, y como no estaba menos sentida
-que yo de ver lo mal que me había recibido
-mi país, no se opuso a mi resolución. Sólo se trató
-del modo de portarme con ella en adelante. «Madre&mdash;le
-dije&mdash;, ya que usted no puede abandonar a
-mi tío, no debo insistir en que se venga usted conmigo;
-pero como, según todas las señales, no puede
-estar muy distante el fin de sus días, deme usted
-palabra de venir a vivir en mi compañía luego que
-él fallezca.»</p>
-
-<p>«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero
-pasar en Asturias los pocos días que me quedan
-de vida y con total independencia.» «Pues qué,
-señora&mdash;le repliqué&mdash;, ¿no será usted dueña absoluta
-en mi casa?» «No lo sé, hijo mío&mdash;me respondió&mdash;.
-Tal vez te enamorarás de alguna niña linda
-y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra
-y no podremos vivir juntas.» «Usted&mdash;le dije&mdash;prevé
-los disgustos muy de lejos. Por ahora no pienso
-en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta
-idea, esté usted cierta de que mandaré a mi mujer
-que en todo y por todo esté sujeta a la voluntad
-de usted.» «Te obligas temerariamente a una cosa&mdash;repuso
-mi madre&mdash;que nunca podrás cumplir;
-antes bien, no me atrevería yo a afirmar que si
-entre la suegra y la nuera ocurriesen algunas desazones,
-no te declarases a favor de tu mujer antes que
-al mío, por grande que fuese su sinrazón.»</p>
-
-<p>«Señora, habla usted como un oráculo&mdash;dijo mi
-secretario metiéndose en la conversación&mdash;. Yo
-pienso, como usted, que las nueras dóciles son muy<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden
-contentos, ya que quiere usted decididamente
-permanecer en las Asturias y él en el reino de Valencia,
-será menester que le señale una renta anual
-de cien doblones, que yo me encargo de traer aquí
-todos los años, y por este medio la madre y el
-hijo estarán muy satisfechos uno de otro a doscientas
-leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las
-dos partes interesadas, y yo desde luego pagué
-adelantado el primer año, y salí de Oviedo el día
-siguiente antes de amanecer, por miedo de que el
-populacho no me tratara como a San Esteban. Tal
-fué el recibimiento que se me hizo en mi patria.
-¡Admirable lección para aquellas personas de humilde
-nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera
-de su país, quieran volver a él para hacer de personas
-de importancia!</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_III">CAPITULO III</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y
-llega en fin a Liria; descripción de su quinta, cómo
-fué recibido en ella y qué gentes encontró allí.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Tomamos el camino de León, después el de Palencia,
-y, siguiendo nuestro viaje a cortas jornadas,
-llegamos al cabo de veinte días a Segorbe,
-y al día siguiente por la mañana entramos en mi
-quinta, que sólo dista cinco leguas de aquella ciudad.
-Advertí que conforme nos íbamos acercando<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-mi secretario observaba con la mayor atención
-todas las quintas que a diestra y siniestra se le
-ofrecían a la vista. Luego que descubría alguna de
-grande apariencia, me decía enseñándomela con
-el dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro
-retiro.»</p>
-
-<p>«No sé, amigo mío&mdash;le dije&mdash;, qué idea te has
-formado de nuestra morada; pero si te la figuras
-como una casa magnífica, como la hacienda de un
-gran señor, desde luego te digo que estás muy
-equivocado. Si no quieres que tu imaginación se
-ría después de ti, represéntate aquella casa campestre
-que Mecenas regaló a Horacio, situada en
-el país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta
-que don Alfonso me ha hecho un regalo muy semejante
-a aquél.» «Según eso&mdash;replicó Escipión&mdash;, sólo
-debemos esperar que tendremos por albergue una
-cabaña.» «Acuérdate&mdash;repuse yo&mdash;que siempre te
-hice una descripción muy modesta de ella, y si
-quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de mi
-pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar
-y mira sobre su orilla, junto a aquella aldehuela
-de nueve a diez casas, aquella que tiene cuatro torrecillas,
-que ésa es mi quinta.»</p>
-
-<p>«¡Diantre!&mdash;exclamó entonces asombrado mi secretario&mdash;.
-¡Aquel edificio es una preciosidad! Además
-del aspecto de nobleza que le dan sus torrecillas,
-puede añadirse que está bien situado, bien
-construído y rodeado de cercanías más deliciosas
-que los contornos de Sevilla, llamados por excelencia
-«el paraíso terrenal». El sitio no podía ser<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos
-escogido. Riégale un río con sus aguas
-y un espeso bosque está brindando con su sombra
-al que quiera pasearse aun en la mitad del día.
-¡Oh qué amable soledad! ¡Ah mi querido amo,
-todas las trazas son de que permaneceremos en él
-largo tiempo!» «Me alegro mucho&mdash;le respondí&mdash;de
-que te agrade tanto nuestro retiro, del cual aun
-no conoces todas las conveniencias.»</p>
-
-<p>Divertidos en esta conversación llegamos finalmente
-a la casa, cuyas puertas nos fueron abiertas
-al punto que dijo Escipión que era yo el señor Gil
-Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de
-su quinta. Al oír un nombre tan respetable para
-aquellas gentes, dejaron entrar la silla en un espacioso
-patio, donde al punto me apeé. Apoyándome
-gravemente de Escipión y haciendo de personaje,
-pasé a una sala, en la que inmediatamente se me
-presentaron siete u ocho criados, diciendo que venían
-a ofrecerme sus reverentes obsequios como a
-su nuevo señor, habiéndolos don César y don Alfonso
-escogido para que me sirviesen, uno de cocinero,
-otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la
-misma, otro de portero y los demás de lacayos,
-con prohibición a todos de recibir de mí salario
-alguno, porque aquellos señores querían corriesen
-de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal
-de estos criados, y que como tal llevaba la
-palabra, era el cocinero, el cual se llamaba maestro
-Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión
-de los mejores vinos de España y que, por<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-lo tocante al aderezo de la comida, habiendo tenido
-el honor de servir por espacio de seis años en la
-cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba
-componer unos platos que excitasen mi apetito.
-«Voy a disponerme&mdash;añadió&mdash;para dar a vuestra señoría
-una prueba de mi habilidad. Mientras llega la
-hora de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo
-y visitar su quinta, para reconocer si se halla en
-estado de ser habitada por vuestra señoría.» Ya se
-puede considerar que yo no dejaría de hacer esta
-visita; y Escipión, aun más curioso de hacerla que
-yo, me fué conduciendo de pieza en pieza. Recorrimos
-toda la casa de arriba abajo, sin que ningún
-rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos
-así nos lo pareció, y por todas partes hallé motivos
-para admirar la gran bondad que don César y
-su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron
-mi atención dos aposentos adornados con
-unos muebles que, sin llegar a ser magníficos, eran
-de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería
-de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas
-de terciopelo, todo bien conservado, a pesar
-de haberse hecho en tiempo que los moros ocupaban
-el reino de Valencia. De igual gusto eran los
-muebles del otro aposento: cubría sus paredes una
-colgadura antigua de damasco genovés, de color
-de caña, con una cama y sillas de la misma tela
-guarnecidas de franjas de seda azul. Todos estos
-efectos, que en un inventario hubieran sido poco
-apreciados, parecían allí ostentosos.</p>
-
-<p>Después de haber examinado bien todas las co<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>sas,
-mi secretario y yo volvimos a la sala, en la que
-estaba ya puesta una mesa con dos cubiertos. Sentámonos
-a ella y al punto se nos sirvió una olla
-podrida, tan delicada que nos dió lástima de que
-el arzobispo de Valencia no tuviese ya al cocinero
-que la había sazonado. Verdad es que teníamos
-buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese
-mal. A cada bocado que comíamos, mis lacayos
-de nueva fecha nos presentaban unos grandes
-vasos, que llenaban hasta el borde de un vino
-rico de la Mancha. No atreviéndose Escipión a
-dejar ver delante de ellos la satisfacción interior
-que experimentaba, me la daba a entender con
-miradas expresivas, y yo le manifestaba con las
-mías que estaba tan contento como él. Un plato
-de asado, compuesto de dos codornices gordas que
-acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto,
-nos hizo dejar la olla podrida y acabó de saciarnos.
-Luego que hubimos comido como dos hambrientos
-y bebido a proporción, nos levantamos
-de la mesa para ir al jardín a dormir voluptuosamente
-la siesta en algún sitio fresco y agradable.</p>
-
-<p>Si mi secretario se había mostrado hasta entonces
-muy satisfecho de cuanto había visto, aún lo
-quedó más cuando vió el jardín, que le pareció
-comparable con el parterre del Escorial. Bien es
-verdad que don César, que de cuando en cuando
-venía a Liria, tenía gusto en hacerlo cultivar y
-hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas
-de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque
-de mármol blanco, en cuyo centro un león de<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-bronce arrojaba copiosos chorros de agua, la hermosura
-de las flores y la diversidad de frutas, todos
-estos objetos embelesaron a Escipión. Pero lo
-que más le encantó fué una prolongada calle de
-árboles que bajaban en declive continuando hasta
-la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso
-follaje de unos frondosos árboles. Haciendo
-el elogio de un sitio tan a propósito para preservarse
-del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos
-al pie de un olmo, adonde el sueño acudió
-presto a apoderarse de dos hombres algo alegrillos
-que acababan de comer bien.</p>
-
-<p>Dos horas después despertamos despavoridos al
-ruido de muchos escopetazos disparados tan cerca
-de nosotros que nos asustaron. Levantámonos precipitadamente,
-y para informarnos de lo que era
-fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos
-ocho o diez aldeanos, todos vecinos del lugar,
-que disparaban y quitaban el orín de sus escopetas
-para celebrar mi venida, que acababan de saber.
-La mayor parte de ellos me conocían ya por
-haberme visto algunas veces en aquella quinta
-ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron,
-gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva
-nuestro señor! ¡Sea bien venido a Liria!» Diciendo
-esto, volvieron a cargar sus escopetas y me obsequiaron
-con una descarga general. Recibílos con
-el mayor agrado que me fué posible, pero guardando
-siempre gravedad, porque no me pareció conveniente
-familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles
-mi protección y les di además como unos<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>
-veinte doblones, expresión que, según creo, no fué
-la que menos les agradó. Retiréme después con
-mi secretario, dejándoles la libertad de echar todavía
-más pólvora al aire, y nos fuimos al bosque,
-en donde nos estuvimos paseando hasta la noche,
-sin que nos cansase la vista de los árboles; tanto
-nos embelesaba el gusto de vernos en nuestra nueva
-posesión.</p>
-
-<p>Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero,
-su ayudante ni el galopín. Ocupábanse todos
-tres en disponernos una cena superior a la
-comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y
-entramos en la sala donde habíamos comido, quedamos
-muy admirados de ver poner en la mesa
-cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a
-un lado y un capón en pepitoria al otro, sirviendo
-después de intermedio orejas de puerco, pollos en
-escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente
-vino de Lucena y otros muchos excelentes.
-Cuando conocimos que ya no podíamos
-beber más sin exponer nuestra salud, pensamos
-en irnos a acostar. Mis criados tomaron entonces
-luces y me condujeron al mejor cuarto, en donde
-me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego
-que me dieron mi bata de noche y mi gorro de
-dormir, los despedí diciéndoles en tono de amo:
-«Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»</p>
-
-<p>Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo
-con Escipión para conversar un poco con él. Preguntéle
-qué juicio formaba del trato que se me
-daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>
-mía&mdash;me respondió&mdash;, que me parece no puede
-dárseos mejor y solamente deseo que esto dure
-mucho!» «Pues yo no lo deseo&mdash;le repliqué&mdash;. No
-debo permitir que mis bienhechores hagan tantos
-gastos por mí, porque esto sería abusar de su generosidad.
-Fuera de eso, tampoco me acomoda
-servirme de criados asalariados por otro, porque
-creería no hallarme en mi casa. A todo esto se
-añade que yo no me he retirado aquí para vivir
-con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de
-tantos criados? Bástanos, Beltrán, un cocinero, un
-mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de que
-a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa
-del gobernador de Valencia, no se opuso a mi delicadeza
-en este punto; antes bien, conformándose
-con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería
-hacer. Decidido esto, se salió él de mi cuarto para
-retirarse al suyo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_IV">CAPITULO IV</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores
-de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y
-de la buena acogida que le hizo doña Serafina.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo
-que no podía quedarme dormido, me abandoné a
-mis reflexiones. Se me representó la generosidad
-con que los señores de Leiva pagaban la inclinación
-que yo les tenía, y, sumamente agradecido a<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>
-las nuevas señales que de ello me daban, resolví
-marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer
-la impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud.
-Ya me complacía anticipadamente la idea
-de volver a ver pronto a Serafina; pero este placer
-no era del todo completo, porque no podía
-pensar sin pesadumbre en que al mismo tiempo
-tenía que soportar la presencia de la señora Lorenza
-Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance
-del bofetón, no se alegraría mucho de verme. Cansada
-la imaginación con todas estas especies, me
-quedé finalmente dormido, y no desperté hasta
-que empezó a dejarse ver el sol.</p>
-
-<p>Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto
-el pensamiento en el viaje que meditaba, tardé
-poco en vestirme. Al acabar entró mi secretario
-en mi cuarto. «Escipión&mdash;le dije&mdash;, aquí tienes a
-un hombre que se dispone para ir a Valencia. No
-puedo menos de ir inmediatamente a visitar a unos
-señores a quienes debo mi buena fortuna, y cada
-instante de tardanza en el cumplimiento de este
-deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo
-mío, te dispenso de acompañarme; quédate aquí
-durante mi ausencia, que no pasará de ocho días.»
-«Id, señor&mdash;respondió&mdash;, y cumplid con don Alfonso
-y su padre, que me parece agradecen el celo que
-se les manifiesta y que están muy reconocidos a
-los servicios que se les han hecho; son tan raras
-las personas distinguidas que tienen ese carácter,
-que no están por demás cualesquiera consideraciones
-que se les manifiesten.» Di orden a Beltrán<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-para que se dispusiese a partir, y mientras que él
-preparaba las mulas tomé yo el chocolate. En seguida
-monté en mi silla, dejando mandado a mis
-criados que mirasen a mi secretario como a mi
-misma persona y que obedeciesen sus órdenes como
-las mías.</p>
-
-<p>En menos de cuatro horas llegué a Valencia y
-fuí en derechura a apearme a las caballerizas del
-gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me condujesen
-al cuarto de este señor, en donde se hallaba
-a la sazón con su padre don César. Abrí sin ceremonia
-la puerta y, acercándome a los dos, «Los
-criados&mdash;les dije&mdash;no envían recado delante para
-presentarse a sus amos; aquí está un antiguo criado
-de vuestras señorías, que viene a ofrecerles sus
-respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme en su
-presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos
-me estrecharon entre su brazos con todas las demostraciones
-de una verdadera amistad. «Y bien,
-mi querido Santillana&mdash;me dijo don Alfonso&mdash;,
-¿has ido ya a Liria a tomar posesión de tu hacienda?»
-«Sí, señor&mdash;le respondí&mdash;, y suplico a
-vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.»
-«¿Pues por qué?&mdash;me replicó&mdash;. ¿Has encontrado
-en ella alguna cosa que no te acomode?»
-«¡Nada de eso!&mdash;respondí&mdash;. Por lo que toca a la
-posesión me agrada infinito; pero lo que no me
-acomoda es tener en ella cocineros de arzobispo y
-tres veces más criados de los que he menester,
-ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido
-como superfluo.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span></p>
-
-<p>«Si hubieras aceptado&mdash;dijo don César&mdash;la pensión
-de dos mil ducados que te ofrecimos en Madrid,
-nos hubiéramos limitado a regalarte esa quinta
-alhajada como está; pero no habiéndola tú
-querido admitir, nos pareció que en recompensa
-debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es demasiado&mdash;le
-respondí&mdash;; basta que vuestras señorías me
-favorezcan con la hacienda, que es suficiente para
-colmar todos mis deseos. Además de lo mucho que
-cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente,
-aseguro que una familia tan numerosa me incomoda
-y me causa gran sujeción. En suma, señores&mdash;añadí&mdash;,
-o vuestras señorías recobran su finca
-o dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié
-estas últimas palabras con tanta entereza, que
-padre e hijo, que de ningún modo querían violentarme,
-me permitieron al fin disponer de la quinta
-como mejor me pareciese.</p>
-
-<p>Les repetía mil gracias por haberme concedido
-esta libertad, sin la cual yo no podía ser dichoso,
-cuando don Alfonso me interrumpió diciendo: «Mi
-querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama
-que tendrá singular gusto de verte.» Y hablando
-de este modo me tomó de la mano y me condujo
-al cuarto de Serafina, la cual así que me vió prorrumpió
-en un grito de alegría. «Señora&mdash;le dijo
-el gobernador&mdash;, creo que la llegada de nuestro
-amigo Santillana a Valencia no os será menos gustosa
-que a mí.» «De eso&mdash;respondió ella&mdash;el mismo
-Santillana debe estar muy persuadido. No ha sido
-capaz el tiempo de borrar de mi memoria el favor<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-que me hizo, y añado al agradecimiento que me
-merece el que debo a un hombre a quien vos sois
-deudor.» Respondí a mi señora la gobernadora que
-me consideraba más que suficientemente pagado
-del peligro que yo había corrido juntamente con
-los demás que me ayudaron a librarla, exponiendo
-mi vida por conservar la suya, y después de muchos
-cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó
-fuera del cuarto de Serafina y fuimos a reunimos
-con don César, a quien hallamos en una sala acompañado
-de muchos caballeros que estaban aquel
-día convidados a comer.</p>
-
-<p>Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me
-hicieron tantos más acatamientos cuanto que supieron
-por don César que yo había sido uno de los
-principales secretarios del duque de Lerma. Y aun
-quizá no ignorarían la mayor parte de ellos que
-don Alfonso había obtenido a influjo mío el Gobierno
-de Valencia, porque al cabo todo se llega a
-saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos
-a la mesa sólo se habló del nuevo cardenal;
-unos hacían, o aparentaban hacer, grandes elogios
-de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y,
-como se suele decir, con la boca chica. Luego conocí
-que con esto querían incitarme a que hablase
-extensamente sobre su eminencia y que los divirtiese
-a costa suya. De buena gana hubiera dicho
-lo que pensaba de él, pero contuve la lengua,
-lo que me hizo pasar en el concepto de aquellos
-caballeros por un mozo muy discreto.</p>
-
-<p>Concluída la comida, se retiraron los convidados<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-a sus casas a dormir la siesta. Don César y su hijo,
-instados del mismo deseo, se encerraron en sus
-cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto
-antes una ciudad que tanto había oído alabar, salí
-del palacio del gobernador con ánimo de pasear
-las calles. Encontré a la puerta un hombre que se
-acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor
-de Santillana para que le salude?» Preguntéle quién
-era y me respondió: «Soy el ayuda de cámara del
-señor don César y era uno de sus lacayos cuando
-usted estaba de mayordomo de la casa. Todas las
-mañanas iba al cuarto de usted, que siempre me
-hacía mil favores, y le informaba de todo lo que
-pasaba en casa. ¿No se acuerda usted que un día
-le dije que el cirujano de la aldea de Leiva entraba
-secretamente en el cuarto de la señora Lorenza
-Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien&mdash;le respondí&mdash;.
-Y ahora que se habla de esa dueña, ¿qué
-se ha hecho?» «¡Ah!&mdash;repuso él&mdash;. Luego que usted
-se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión
-de ánimo, y al cabo murió más llorada del ama
-que del amo.»</p>
-
-<p>Después que el ayuda de cámara me informó del
-triste fin de Séfora me pidió perdón de lo que me
-había detenido y me dejó proseguir mi camino.
-No pude menos de suspirar acordándome de aquella
-desdichada dueña, y, compadeciéndome de su
-suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin
-pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer
-que al mérito mío de que se había prendado.</p>
-
-<p>Observaba con gusto todo lo que parecía digno<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
-de ser notado en la ciudad. El palacio arzobispal
-entretuvo agradablemente mi vista, y lo mismo
-los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me
-llevó toda la atención fué una gran casa que vi a
-lo lejos, en la cual entraba mucha gente. Acerquéme
-a ella para saber por qué acudía allí un
-concurso tan crecido de hombres y mujeres, y presto
-salí de mi curiosidad leyendo estas palabras
-escritas con letras de oro en una lápida de mármol
-negro que estaba sobre la puerta: <i>Posada de los
-representantes</i>. Leí también los carteles en los cuales
-los cómicos ofrecían por la primera vez aquel
-día la representación de una tragedia nueva de
-don Gabriel Triaquero.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_V">CAPITULO V</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia
-nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del
-pueblo de Valencia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Detúveme algunos momentos a la puerta para
-hacerme cargo de las personas que entraban, y
-habíalas de todas calidades. Vi caballeros de buena
-traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala
-catadura como traje. Vi varias señoras de título
-que se apeaban de sus coches para ir a ocupar los
-aposentos que habían mandado tomar y algunas
-aventureras que iban a caza de mentecatos. Este
-confuso tropel de toda clase de espectadores me
-<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me
-disponía a tomar billete, cuando el gobernador y
-su esposa llegaron. Reconociéronme entre la muchedumbre
-y, habiéndome mandado llamar, me
-llevaron a su palco, en donde me senté detrás de
-los dos, de modo que podía hablar cómodamente
-con ambos. Estaba el salón lleno de gente de alto
-a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena
-de caballeros de las tres Ordenes militares. «¡Grande
-entrada!», dije a don Alfonso. «No hay que admirarse
-de eso&mdash;me respondió&mdash;, porque la tragedia
-que se va a representar está compuesta por
-don Gabriel Triaquero, apellidado <i>el poeta de moda</i>.
-Cuando los carteles de los cómicos anuncian alguna
-nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia
-se pone en movimiento; hombres y mujeres
-no saben hablar de otra cosa; todos los palcos se
-abonan, y el día de la primera representación se
-estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo
-así que se dobla el precio, exceptuando únicamente
-el del patio, a quien siempre se respeta demasiado
-por temor de que se altere.» «Sin duda&mdash;dije entonces
-al gobernador&mdash;que esa viva curiosidad del público,
-esa furiosa impaciencia que tiene por oír
-todas las composiciones nuevas de don Gabriel me
-dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»</p>
-
-<p>Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron
-ver en el teatro los actores. Callamos inmediatamente
-para oírlos con atención. Desde el principio
-comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían,
-y al fin de cada jornada había un palmoteo<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-que parecía venirse al suelo el teatro. Concluída la
-representación, me mostraron al autor, el cual iba
-modestamente por los aposentos a recoger los aplausos
-de que caballeros y damas le llenaban a competencia.</p>
-
-<p>Nosotros volvimos al palacio del gobernador,
-adonde poco después llegaron tres o cuatro caballeros
-cruzados y dos autores antiguos muy apreciables
-en su clase, acompañados de un caballero
-de Madrid, sujeto de talento y de gusto. Todos
-habían estado en la comedia, y durante la cena no
-se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece
-a ustedes de la tragedia?&mdash;preguntó un caballero
-de Santiago&mdash;. ¿No es esto lo que se llama una
-obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones
-tiernas, versificación vigorosa; nada le falta.
-En una palabra, es un poema compuesto para los
-inteligentes.» «No creo&mdash;respondió un caballero de
-Alcántara&mdash;que nadie pueda pensar de él de otra
-manera. Esta pieza tiene algunos trozos que parecen
-dictados por el mismo Apolo, y ciertos lances
-manejados con destreza; dígalo si no el señor&mdash;añadió,
-dirigiendo la palabra al caballero castellano&mdash;,
-que me parece entendido, y apuesto a
-que es de mi opinión.» «No apueste usted, caballero&mdash;le
-respondió el de Madrid con cierta risita
-falsa&mdash;. Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos
-a decidir con tanta facilidad. Lejos de
-juzgar del mérito de una pieza que oímos por la
-primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando
-solamente la escuchamos en boca de los actores, y
-<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-por mucha impresión que nos haga suspendemos
-el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad
-no siempre nos causa en el papel el mismo placer
-que nos ha causado en la escena. Por eso antes de
-calificar un poema&mdash;prosiguió&mdash;lo examinamos escrupulosamente,
-y por grande que pueda ser la
-fama de un autor, no puede deslumbrarnos. Cuando
-Lope de Vega y Calderón ofrecían composiciones
-nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores,
-los cuales no los elevaron a la cumbre de
-la gloria hasta después de haber juzgado que eran
-dignos de ella.»</p>
-
-<p>«¡Oh! Por cierto&mdash;interrumpió el caballero de
-Santiago&mdash;, nosotros no somos tan tímidos como
-ustedes; no esperamos para decidir a que se imprima
-una pieza. A la primera representación conocemos
-todo su mérito. Ni aun para eso nos es
-necesario oírla con la mayor atención, sino que
-nos basta saber que es producción de don Gabriel
-para persuadirnos de que no tiene ningún defecto.
-Las obras de este poeta deben servir de época al
-nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los Calderones
-no eran mas que unos aprendices en comparación
-de este gran maestro del teatro.» El madrileño,
-que miraba a Lope y a Calderón como a los
-Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado
-con este discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio
-dramático! Supuesto, señores, que ustedes me
-obligan a juzgar como acostumbran por la primera
-representación, les diré que no me ha gustado la
-tragedia de su don Gabriel. Es un drama zurcido
-<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-de rasgos más brillantes que sólidos. Las tres cuartas
-partes de los versos son malos, o sin buena
-rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos,
-y los conceptos, frecuentemente muy obscuros.»</p>
-
-<p>Los dos autores que estaban a la mesa, y que
-por una moderación tan loable como rara no habían
-dicho nada por que no se les sospechase de
-envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los
-ojos la opinión de este caballero, lo que me hizo
-creer que su silencio era menos un efecto de la
-perfección de la obra que de su política. En cuanto
-a los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a
-elogiar a don Gabriel, y aun le colocaron entre los
-dioses. Esa extravagante apoteosis y ciega idolatría
-impacientaron al castellano, que, alzando las
-manos al cielo, exclamó repentinamente entusiasmado:
-«¡Oh divino Lope de Vega, raro y sublime
-ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti
-y todos los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú,
-melifluo Calderón, cuya suavidad elegante y purgada
-de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno ni
-otro que vuestros altares sean derribados por este
-hijo novel de las Musas! Muy afortunado será si la
-posteridad, cuya delicia formaréis así como formáis
-la nuestra, hace mención de él.»</p>
-
-<p>Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba,
-hizo reír a toda la concurrencia, con lo cual se
-levantó de la mesa y se retiró. A mí me condujeron
-por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía
-dispuesto. Encontré en él una buena cama, en
-<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-la que, habiéndose acostado mi señoría, se durmió,
-compadeciéndome tanto como el caballero castellano
-de la injusticia que los ignorantes hacían a
-Lope y a Calderón.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VI">CAPITULO VI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra
-a un religioso a quien le parece conocer;
-qué hombre era este religioso.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Como no había podido ver toda la ciudad el día
-anterior, me levanté y salí al siguiente para acabar
-de examinarla. Divisé en la calle a un cartujo,
-que sin duda iba a negocios de su comunidad.
-Caminaba con los ojos bajos y con un aspecto
-tan devoto que se llevaba la atención de todos.
-Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me
-pareció ver en él a don Rafael, aquel aventurero
-que ocupa tan honorífico lugar en varios capítulos
-de esta historia.</p>
-
-<p>Me quedé tan asombrado y conmovido de este
-inesperado encuentro, que en vez de acercarme al
-monje permanecí inmóvil por algunos momentos,
-lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo
-Cielo!&mdash;dije&mdash;. ¿Se habrán visto jamás dos rostros
-más parecidos? ¿Qué deberé pensar? ¿Creeré que
-éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo
-sea?» Tuve demasiada curiosidad de saber la verdad
-para no pasar adelante.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span></p>
-
-<p>Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja,
-adonde fuí al momento con la esperanza de volver
-a ver al tal hombre cuando se restituyese al monasterio,
-y resuelto a detenerle para hablarle; pero
-no tuve necesidad de aguardarle para quedar enterado
-de todo. Al llegar a la puerta del monasterio
-otra cara que yo conocía trocó mi duda en
-certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio
-Lamela, mi antiguo criado.</p>
-
-<p>Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos
-allí. «¿Será acaso una ilusión?&mdash;le dije al saludarle&mdash;.
-¿Es realmente un amigo mío el que tengo a
-la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió
-no conocerme; pero considerando que era inútil
-la ficción y haciendo como quien de repente se
-acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil Blas!&mdash;exclamó&mdash;.
-¡Perdone usted si no le conocí tan
-prontamente! Desde que vivo en este santo lugar
-y me dedico a cumplir con los deberes que prescriben
-nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente
-la memoria de lo que he visto en el mundo.»</p>
-
-<p>«Tengo un verdadero gozo&mdash;le dije&mdash;de volverte
-a ver después de diez años con un traje tan respetable.»
-«Y yo&mdash;respondió&mdash;me avergüenzo de presentarme
-con él a un hombre que ha sido testigo
-de mi mala vida; este hábito me la está continuamente
-reprendiendo. ¡Ah!&mdash;añadió dando un suspiro&mdash;.
-¡Para ser digno de llevarle debiera haber
-vivido siempre en la inocencia!» «Por ese modo de
-hablar, que me causa sumo placer&mdash;le repliqué&mdash;,
-se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-del Señor os ha tocado. Vuelvo a deciros que me
-lleno de gozo y estoy impaciente por saber de qué
-modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y
-don Rafael, porque estoy persuadido de que es él a
-quien acabo de encontrar en la ciudad en hábito de
-cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido en
-la calle para hablarle y le espero aquí para reparar
-mi falta cuando se retire al monasterio.»</p>
-
-<p>«No se engañó usted&mdash;me dijo Lamela&mdash;; el mismo
-don Rafael es a quien usted ha visto. Y en
-cuanto a la relación que usted me pide, es la siguiente:
-Después de habernos separado de usted
-cerca de Segorbe, el hijo de Lucinda y yo tomamos
-el camino de Valencia, con ánimo de hacer allí
-alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que
-entrásemos en la iglesia de cartujos a tiempo que
-los religiosos estaban rezando en el coro; detuvímonos
-a considerarlos y conocimos por nuestra
-misma experiencia que los malos no pueden menos
-de venerar la virtud. Admirámonos del fervor con
-que rezaban, de aquel aire penitente y desasido
-de los placeres del siglo y de la serenidad que se
-dejaba ver en sus semblantes y que manifestaba
-tan bien la quietud de su conciencia. Haciendo
-estas observaciones caímos en una meditación que
-nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres
-con las de estos buenos religiosos, y la diferencia
-que hallamos entre unas y otras nos llenó de
-turbación y de inquietud. «Lamela&mdash;me dijo don
-Rafael luego que salimos de la iglesia&mdash;, ¿qué impresión
-ha causado en ti lo que acabamos de ver?<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
-Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no
-tengo el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos
-que me son desconocidos y por la primera
-vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En
-igual disposición me hallo yo&mdash;le respondí&mdash;. Las
-malas acciones que he cometido se levantan en
-este instante contra mí, y mi corazón, que jamás
-había sentido remordimientos, está en la actualidad
-despedazado por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio&mdash;continuó
-mi compañero&mdash;, somos dos ovejas
-descarriadas que el Padre celestial quiere por su
-piedad volver al aprisco! El es, amigo mío. El es
-quien nos llama. No seamos sordos a su voz: renunciemos
-a nuestras iniquidades, dejemos la disolución
-en que vivimos y comencemos desde hoy
-a trabajar seriamente en el grande negocio de
-nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra
-vida en este monasterio y consagrarla a la penitencia.»
-Aprobé el pensamiento de Rafael&mdash;prosiguió
-el hermano Ambrosio&mdash;y tomamos la generosa
-resolución de meternos cartujos. Para ponerla
-por obra recurrimos al padre prior, que apenas
-supo nuestro designio cuando, para probar nuestra
-vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos
-tratase como a religiosos durante un año entero.
-Observamos las reglas con tanta exactitud y constancia,
-que fuimos recibidos de novicios. Estábamos
-tan contentos con nuestro estado y tan llenos
-de fervor, que sufrimos valerosamente los trabajos
-del noviciado, y en seguida se nos admitió a la
-profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
-don Rafael un talento a propósito para el manejo
-de negocios, le nombraron para aliviar a un padre
-anciano que era entonces procurador. Más hubiera
-querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo
-en la oración, pero se vió obligado a sacrificar este
-gusto a la necesidad que se tenía de él. Adquirió
-un conocimiento tan completo de los intereses de
-la casa, que le juzgaron capaz de substituir al anciano
-procurador, muerto tres años después. Y así
-está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede
-decirse que le desempeña con grande satisfacción
-de los padres, que alaban mucho su conducta en
-la administración de los bienes temporales. Pero
-lo que más me admira es que, a pesar del cuidado
-que se le confió de recaudar nuestras rentas, no
-parece ocupado sino en la vida eterna. Si los negocios
-le dejan un momento de reposo, se abisma
-en profundas meditaciones; en una palabra, es uno
-de los mejores individuos de este monasterio.»</p>
-
-<p>Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con
-un grande movimiento de gozo que manifesté al
-ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de nosotros.
-«¡He aquí&mdash;exclamé&mdash;, he aquí el santo procurador
-que yo estaba esperando con tanta impaciencia!»
-Y al mismo tiempo corrí hacia él y le di
-un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la
-más leve muestra de que mi visita le hubiese causado
-la menor alteración, «¡Sea Dios loado, señor
-de Santillana!&mdash;me dijo con una voz llena de dulzura&mdash;.
-¡Dios sea loado por el placer que me causa
-el veros!» «Verdaderamente&mdash;le dije&mdash;, mi querido<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>
-Rafael, yo tomo toda la parte posible en vuestra
-felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia
-de vuestra conversión y confieso que su relación
-me ha encantado. ¡Qué ventura la vuestra,
-amados amigos míos, la de poder lisonjearos de ser
-de aquel corto número de escogidos que deben gozar
-de una bienaventuranza eterna!»</p>
-
-<p>«Dos miserables como nosotros&mdash;respondió en
-tono muy humilde el hijo de Lucinda&mdash;no podían
-concebir semejante esperanza; pero el arrepentimiento
-de los pecados les hizo hallar gracia ante
-el Padre de las misericordias. Y usted, señor Gil
-Blas&mdash;añadió&mdash;, ¿no piensa también en merecer
-que el Señor le perdone las culpas que contra él
-ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted
-a Valencia? ¿Ejerce, por desgracia, algún empleo
-peligroso?» «No, a Dios gracias&mdash;les respondí&mdash;;
-desde que salí de la corte hago una vida honrada.
-Unas veces gozo de la inocente diversión del
-campo, en una hacienda que tengo distante pocas
-leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme
-algunos días con mi amigo el señor gobernador,
-a quien ustedes dos conocen muy bien.»</p>
-
-<p>Entonces les conté la historia de don Alfonso de
-Leiva, que oyeron con atención, y cuando les dije
-que yo había llevado de parte de este señor a Samuel
-Simón los tres mil ducados que le habíamos
-hurtado, Lamela me interrumpió, y dirigiendo la
-palabra a Rafael le dijo: «Según eso, padre Hilario,
-el buen mercader ya no debe quejarse de un robo
-que se le ha restituído con usura, y nosotros dos<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
-debemos tener la conciencia bien tranquila sobre
-este punto.» «Con efecto&mdash;dijo el procurador&mdash;,
-antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos
-el hábito hicimos entregar secretamente a Samuel
-Simón mil quinientos ducados por mano de un
-honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo
-de ir a Chelva a hacer esta restitución secreta.
-Tanto peor para Samuel si fué capaz de embolsarse
-esta cantidad después de haber sido reintegrado
-por el señor de Santillana.» «Pero esos mil
-quinientos ducados&mdash;repliqué yo&mdash;, ¿se le entregaron
-fielmente?» «Sin duda alguna&mdash;contestó don
-Rafael&mdash;; yo respondería de la integridad del eclesiástico
-como de la mía.» «Y yo también la abonaría&mdash;dijo
-Lamela&mdash;, especialmente después que
-ganó dos pleitos que le suscitaron por depósitos
-que se le habían confiado y en los que fueron condenados
-en costas sus acusadores.»</p>
-
-<p>Nuestra conversación duró todavía algún tiempo
-y luego nos separamos, ellos exhortándome a
-que tuviese siempre presente el santo temor de
-Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones.
-Fuí al momento a verme con don Alfonso y le
-dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién
-acabo de tener una larga conversación. No hago
-más que separarme de dos venerables cartujos que
-vuestra señoría conoce: el uno se llama el padre
-Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas&mdash;me
-respondió don Alfonso&mdash;, porque no conozco
-a ningún cartujo.» «Perdone vuestra señoría&mdash;le
-repliqué&mdash;, pues conoció en Chelva al her<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span>mano
-Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al
-padre Hilario, secretario.» «¡Oh cielos!&mdash;exclamó
-sorprendido el gobernador&mdash;. ¿Será posible que Rafael
-y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo&mdash;le
-respondí&mdash;, y años ha que profesaron.
-El primero es procurador de la casa, y el segundo,
-portero.»</p>
-
-<p>Quedó pensativo algunos momentos el hijo de
-don César y luego, meneando la cabeza, dijo: «¡Harto
-será que el señor comisario de la Inquisición y su
-secretario no estén representando aquí una nueva
-comedia!» «Usía&mdash;repuse yo&mdash;juzga de lo presente
-por el tiempo pasado; pero yo, que vengo de hablarles,
-juzgo más benignamente. Es verdad que
-no se ve en el fondo de los corazones, mas, según
-todas las apariencias, éstos son dos bribones convertidos.»
-«Bien puede ser&mdash;respondió don Alfonso&mdash;,
-porque hay muchos libertinos que después
-de haber escandalizado al mundo con sus desórdenes
-se encierran en los claustros para hacer una
-rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que
-nuestros dos monjes fueran de estos libertinos.»</p>
-
-<p>«¿Y por qué no lo serían?&mdash;le dije&mdash;. Ellos han
-abrazado voluntariamente la vida monástica muchos
-años ha y se portan en ella con la mayor edificación.»
-«Di todo lo que quisieres&mdash;me contestó
-el gobernador&mdash;, pero a mí nada me gusta que
-los caudales del monasterio estén en poder del
-padre Hilario, de quien no podría menos de desconfiar.
-Cuando me acuerdo de la donosa relación
-que nos hizo de sus aventuras, tiemblo por los po<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>bres
-cartujos. Quiero suponer, como tú, que haya
-tomado el hábito con muy buena intención, pero
-el manejo del dinero puede despertar su codicia.
-A ningún borracho que ha dejado el vino se le
-debe fiar la llave de la bodega.»</p>
-
-<p>Pocos días después se verificó no ser infundada
-la desconfianza del gobernador. Desaparecieron de
-repente el procurador y el portero con el dinero
-del monasterio, noticia que no dejó de dar que
-reír a los burlones, que celebran siempre las desgracias
-de los religiosos que tienen fama de ricos.
-Por lo que toca al gobernador y a mí, nos compadecimos
-de los cartujos, sin hacer alarde de que
-conocíamos a los apóstatas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VII">CAPITULO VII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia
-agradable que Escipión le dió y de la reforma
-que hicieron en su familia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Ocho días fueron los que me detuve en Valencia,
-gozando del mundo y viviendo como los condes
-y marqueses, entretenido en ver comedias y
-concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias
-de damas, proporcionándome todas estas diversiones
-tanto el señor gobernador como la señora gobernadora,
-a quienes hice la corte tan cumplidamente
-que ambos sintieron mi regreso a Liria y<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-aun me obligaron antes de marchar a que les prometiera
-repartir el tiempo entre ellos y mi soledad.
-Convinimos en que permanecería en la ciudad el
-invierno y el verano en mi quinta. Con esta condición
-me dejaron libertad mis bienhechores para
-que me fuese a gozar de sus beneficios.</p>
-
-<p>Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se
-alegró infinito de ella, aumentándose su gozo con
-la relación que le hice de mi viaje. «Y tú, amigo
-mío&mdash;le pregunté&mdash;, ¿qué te has hecho aquí durante
-mi ausencia? ¿Te has divertido mucho?»
-«Cuanto puede hacerlo&mdash;me respondió&mdash;un criado
-fiel que nada ama tanto como la presencia de su
-amo. He paseado por todos los puntos de nuestros
-pequeños Estados, y sentándome unas veces junto
-a la fuente que está en el bosque, contemplaba
-con particular gusto la claridad de sus aguas, tan
-puras y cristalinas como las de aquella sagrada
-fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso
-bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un
-árbol oía cantar a los ruiseñores y jilgueros. En
-fin, he cazado, he pescado; pero lo que me ha gustado
-aún más que todos estos pasatiempos ha sido
-la lectura de muchos libros tan útiles como entretenidos.»</p>
-
-<p>Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole
-dónde había hallado aquellos libros.
-«Los he encontrado&mdash;me respondió&mdash;en una selecta
-librería que hay en casa, que me ha enseñado el
-maestro Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta
-librería?&mdash;le volví a preguntar&mdash;. ¿No registramos<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>
-toda la casa el día que llegamos?» «Así le pareció
-a usted&mdash;me respondió&mdash;; pero sepa que solamente
-recorrimos tres distritos, olvidándosenos el cuarto,
-y allí es donde don César, cuando venía a Liria,
-empleaba una parte de su tiempo en la lectura.
-Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos
-han dejado como un recurso seguro contra el tedio
-para cuando nuestros jardines despojados de flores
-y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos
-de él. Los señores de Leiva no han hecho
-las cosas a medias, sino que han cuidado tanto del
-alimento espiritual como del corporal.»</p>
-
-<p>Esta noticia me causó una verdadera alegría.
-Hice que me enseñasen el cuarto distrito, en el
-cual se me ofreció un espectáculo muy agradable.
-Halléme en una vivienda que desde luego destiné
-para mi morada, como don César la había escogido
-para sí. La cama de dicho señor estaba allí todavía
-con todos los adornos, es a saber: una tapicería
-que representaba el rapto de las Sabinas. De aquella
-cámara pasé a un gabinete que tenía estantes
-bajos alrededor llenos de libros y sobre la estantería
-los retratos de todos nuestros reyes. Había también
-en él, al lado de una ventana que tenía vistas
-a una campiña deliciosa, un escritorio de ébano
-delante de un gran sofá de tafilete negro; pero lo
-que principalmente llamó mi atención fué la librería.
-Componíase de obras de filósofos, poetas, historiadores
-y gran número de libros de caballerías.
-Conocí que don César gustaba de éstos en vista de
-los muchos que de esta clase había juntado. Con<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>fieso,
-no sin rubor, que yo no era menos aficionado
-a estas producciones, a pesar de las extravagancias
-de que están atestadas, ya porque no fuese
-entonces un lector delicado, ya porque lo maravilloso
-hace a los españoles muy indulgentes. Con
-todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite
-en los libros de moral recreativa y que Luciano,
-Horacio y Erasmo eran mis autores favoritos.</p>
-
-<p>«Amigo mío&mdash;dije a Escipión luego que pasé la
-vista por mi librería&mdash;, aquí sí que tenemos en
-qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra
-cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he
-ahorrado a usted&mdash;me respondió&mdash;la mitad de ese
-trabajo. Durante su ausencia he estudiado bien a
-sus criados y me atrevo a decir que los conozco
-perfectamente. Comencemos por el maestro Joaquín:
-creo que es un bribón completo, y no pongo
-la menor duda en que le habrán despedido de casa
-del arzobispo por algunos errores de aritmética en
-las cuentas del gasto de cocina. No obstante, es
-necesario conservarle, por dos razones: la primera,
-porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo
-no le perderé de vista, espiaré todas sus acciones
-y en verdad que ha de ser muy diestro para podérmela
-pegar. Ya le he dicho que usted estaba
-en ánimo de despedir las tres partes de sus criados,
-noticia que le turbó y apesadumbró mucho;
-tanto, que llegó a decirme que teniendo, como
-tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría
-con la mitad del salario que goza al pre<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>sente,
-sólo por no salir de casa, lo que me hace
-sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela
-de quien no quisiera alejarse. Por lo que toca al
-ayudante de cocina&mdash;prosiguió&mdash;, es un borracho,
-y el portero un insolente que para nada le necesitamos,
-como tampoco al cazador. El oficio de éste
-le podré yo desempeñar muy bien, como se lo haré
-ver a usted mañana, ya que tenemos en casa escopetas,
-pólvora y municiones. Entre los lacayos
-sólo hay uno que me parece buen mozo, y es el
-aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a
-los demás, que son unas malas cabezas, pues a
-ninguno de ellos tendría yo en casa aun cuando
-tuviéramos necesidad de cien criados.»</p>
-
-<p>Después de haber tratado largamente sobre todos
-estos puntos resolvimos quedarnos con el cocinero,
-con el mozo de cocina y con el aragonés y
-despedir con buen modo a todos los demás. Así
-se ejecutó en aquel mismo día, regalándoles Escipión
-en nombre mío, además de su salario, algunos
-doblones que sacó del arca del dinero. Hecha
-esta reforma, emprendimos establecer cierto orden
-en la quinta, arreglando las obligaciones que correspondían
-a cada criado y comenzando desde
-entonces a mantenernos a nuestra costa. Yo me
-hubiera contentado con un trato frugal; pero mi
-secretario, que apetecía los buenos bocados y platos
-regalados, no era hombre que quisiese tener
-ociosa la habilidad del maestro Joaquín. La ejercitó
-tan bien, que nuestras comidas y cenas eran
-abundantes y delicadas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VIII">CAPITULO VIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Dos días después de mi vuelta de Valencia a
-Liria, el labrador Basilio, mi arrendatario, vino al
-tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme el
-permiso para presentarme a su hija Antonia, que
-deseaba, decía él, tener el honor de saludar a su
-nuevo amo. Habiéndole respondido que en eso me
-daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente
-a entrar con la hermosa Antonia. Creo deber
-dar este epíteto a una joven de diez y seis a
-diez y ocho años, que, además de unas facciones
-regulares, tenía unos colores muy hermosos y los
-mejores ojos del mundo. Sólo estaba vestida de
-sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y
-unas gracias que no siempre acompañan a la juventud,
-daban realce a la sencillez de su traje.
-Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido atrás
-y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez
-de las lacedemonias.</p>
-
-<p>Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan
-suspenso de ver su hermosura como los paladines
-de Carlo Magno cuando vieron a la bella Angélica.
-En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo
-y decirle algunas cosas lisonjeras, en vez de
-congratular a su padre por la fortuna de tener tan
-preciosa y agraciada hija, quedé admirado, turbado,
-suspenso y sin poder pronunciar palabra. Es<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>cipión,
-que conoció mi turbación, tomó la palabra
-por mí e hizo la costa de las alabanzas que yo debía
-a aquella amable persona. Ella, a quien no
-deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó
-sin cortarse y me hizo un cumplido que, aunque
-de los más comunes, me acabó de encantar. Entre
-tanto que mi secretario, Basilio y su hija se
-hacían recíprocos cumplimientos, yo volví en mí,
-y como si quisiera compensar el estúpido silencio
-que había guardado hasta entonces, pasé de un
-extremo a otro, extendiéndome en discursos obsequiosos
-y hablando con tanta fogosidad que Basilio
-entró en cuidado, y considerándome ya como
-un hombre que iba a poner en ejecución cuanto le
-fuese dable para seducir a Antonia, se apresuró a
-salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla
-de mi vista para siempre.</p>
-
-<p>Así que Escipión se halló a solas conmigo me
-dijo sonriéndose: «Otro remedio tenéis contra el
-fastidio de la soledad. No sabía yo que vuestro
-arrendatario tuviese una hija tan linda, porque
-nunca la vi, aunque estuve dos veces en su casa.
-Debe de cuidar de guardarla, y en esto le disculpo,
-porque en realidad es un bocado muy apetitoso;
-pero&mdash;añadió&mdash;esto creo que no es necesario decírselo
-a usted, porque a la primera vista le deslumbró.»
-«No te lo niego&mdash;respondí&mdash;. ¡Ah hijo
-mío! He creído ver una diosa en aquella criatura;
-me ha dejado de repente abrasado en amor. El
-rayo tarda más en herir que la flecha con que ella
-ha atravesado mi corazón.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p>
-
-<p>«Mucho gozo me causa usted&mdash;replicó mi secretario&mdash;en
-confesarme que al fin ha llegado a enamorarse.
-Para ser enteramente feliz en la soledad
-de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí
-que, gracias a Dios, tiene usted todo lo que ha
-menester! Bien sé&mdash;continuó&mdash;que nos costará algún
-trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero
-eso corre de mi cuenta, y he de hacer que antes de
-tres días logre usted tener una secreta conversación
-con Antonia.» «Señor Escipión&mdash;le respondí&mdash;,
-quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera
-de que no quiero hacer experiencia de ello. Estoy
-muy distante de querer tentar la virtud de esa
-doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones.
-Y así, lejos de exigir de tu celo me
-ayudes a deshonrarla, sólo deseo que emplees tu
-mediación en facilitar mi casamiento con ella, con
-tal que su corazón no esté ya prendado de otro.»
-«No esperaba yo, ciertamente&mdash;me respondió&mdash;,
-que usted tomase tan de golpe semejante resolución.
-En verdad que no todos los señores de aldea,
-si se hallasen en igual caso que usted, procederían
-con tanta honradez ni se dirigirían a solicitar a
-Antonia por medios legítimos sino después de haber
-tentado otros inútilmente. Por lo demás&mdash;añadió&mdash;,
-no crea usted que desapruebo su amor, ni
-que esto lo digo por disuadirle de su intento, pues,
-al contrario, confieso que la hija del arrendatario
-es merecedora del honor que usted quiere hacerle,
-siempre que pueda entregar a usted un corazón
-intacto y agradecido. Eso es lo que hoy mismo<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>
-sabré por la conversación que pienso tener con su
-padre y quizá con ella misma.»</p>
-
-<p>Mi confidente era un hombre puntualísimo en
-cumplir lo que prometía. Fué a verse secretamente
-con Basilio y por la tarde vino a mi gabinete, donde
-yo le estaba esperando entre la impaciencia y
-el temor. Observé que volvía muy alegre, lo que
-me hizo pronosticar desde luego que me traía buenas
-nuevas. «Si he de creer a tu risueña cara&mdash;le
-dije&mdash;, estoy en que vienes a anunciarme que presto
-veré satisfechos mis deseos.» «Así es&mdash;me respondió&mdash;,
-mi querido amo. Todo le sale a usted a
-medida de su deseo. He hablado a Basilio y a su
-hija del designio de usted. El padre está lleno de
-gozo de saber que usted quiere ser su yerno y
-puedo asegurar que sois del gusto de Antonia.»
-«¡Oh Cielo!&mdash;interrumpí todo enajenado de gozo&mdash;.
-¡Conque he tenido la dicha de parecer bien a tan
-amable criatura!» «No lo dude usted&mdash;me respondió&mdash;;
-ella os ama ya, y en verdad que esta confesión
-no la he oído de su boca, sino que la he inferido
-de la alegría que ha manifestado al saber
-vuestro designio. Sin embargo&mdash;prosiguió&mdash;, usted
-tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome
-pálido. «No os inquietéis por eso&mdash;me dijo&mdash;; este
-rival no os robará el corazón de vuestra dama.
-Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.»
-«¡Ah ladrón!&mdash;dije entonces, soltando una gran carcajada&mdash;.
-¡Ve ahí por qué ha mostrado tal repugnancia
-a dejar mi servicio!» «Cabalmente&mdash;añadió
-Escipión&mdash;, días pasados pidió en matrimonio a<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-Antonia, que le fué negada cortésmente.» «Salvo
-tu mejor parecer, creo que convendrá&mdash;le repliqué
-yo&mdash;deshacernos de ese pícaro antes que llegue a
-saber que quiero casarme con la hija de Basilio.
-Un cocinero, como sabes, es un rival peligroso.»
-«Tiene usted razón&mdash;respondió mi confidente&mdash;; se
-le debe echar de casa. Mañana por la mañana le
-despediré antes que se ponga a disponer la comida,
-y con eso usted ya no tendrá nada que temer de
-sus salsas ni de su amor. Sin embargo&mdash;continuó
-Escipión&mdash;, no deja de dolerme el perder tan buen
-cocinero; pero sacrifico mi golosina a la seguridad
-de usted.» «No debes&mdash;le dije&mdash;sentir tanto su pérdida,
-porque no es irreparable. Voy a hacer venir
-de Valencia a un cocinero que valga tanto como
-él.» En efecto, inmediatamente escribí a don Alfonso
-diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día
-siguiente me envió uno que consoló a Escipión.</p>
-
-<p>Aunque este celoso secretario me había dicho
-haber advertido que Antonia allá en su interior
-se alegraba mucho de haber hecho la conquista de
-su señor, no me atrevía a fiarme de su relación,
-temiendo se hubiese dejado engañar de falsas apariencias.
-Para cerciorarme de ello resolví hablar
-yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto
-me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto
-le había dicho mi embajador. Este buen labrador,
-hombre sencillo y franco, después de haberme escuchado,
-me aseguró que me concedía su hija con
-una indecible satisfacción. «Pero no piense vuestra
-señoría&mdash;añadió&mdash;que se la doy porque es se<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>ñor
-de este lugar; aun cuando no fuera vuestra
-señoría más que mayordomo de don César y de
-don Alfonso le preferiría a todos los demás amantes
-que se presentasen, porque siempre le he tenido
-grande inclinación, y lo que más siento es
-que mi Antonia no tenga una dote considerable
-que ofrecerle.» «No le pido ninguna&mdash;le dije&mdash;; su
-persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a
-vuestra señoría mil gracias&mdash;exclamó&mdash;, pero no
-es esa mi cuenta. Yo no soy ningún descamisado
-para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene,
-a Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella
-dé a vuestra señoría de cenar si vuestra señoría le
-da de comer. En una palabra, las rentas de esta
-quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré
-que lleguen a mil en gracia de este matrimonio.»</p>
-
-<p>«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio&mdash;le
-respondí&mdash;, y nunca reñiremos por materia
-de intereses. Supuesto que los dos estamos de acuerdo,
-sólo se trata de obtener el consentimiento de
-tu hija.» «Usía tiene ya el mío&mdash;me dijo&mdash;; ¿y
-éste no basta?» «No&mdash;le respondí&mdash;. Si el tuyo me
-es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende
-del mío&mdash;repuso él&mdash;, y no se atreverá a
-resollar en mi presencia.» «Antonia&mdash;le repliqué&mdash;,
-sumisa a la autoridad paternal, sin duda estará
-pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en
-esta ocasión lo hará sin repugnancia, y por poca
-que tuviese nunca me consolaría de haber sido
-causa de su desgracia. En fin, no me basta que
-me des su mano, sino que es necesario que su cora<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>zón
-no lo sienta.» «¡Qué diantre!&mdash;dijo Basilio&mdash;.
-Yo no entiendo todas esas filosofías; hable vuestra
-señoría mismo con Antonia y verá, si mucho
-no me engaño, que nada apetece más que ser vuestra
-esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y me dejó
-un momento a solas con ella.</p>
-
-<p>Para no malograr tan preciosos instantes, fuí
-desde luego al asunto. «Bella Antonia&mdash;le dije&mdash;,
-decide de mi suerte. Aunque tengo ya el consentimiento
-de tu padre, no creas que quiero valerme
-de él para violentar tu gusto. Por dulce que me
-sea tu posesión, yo la renuncio si me dices que no
-la he de deber sino solamente a tu obediencia.»
-«Eso es, señor&mdash;me respondió ella&mdash;, lo que nunca
-os diré. Vuestra solicitud es para mí tan grata,
-que jamás podrá causarme pena, y en vez de oponerme
-al consentimiento de mi padre, apruebo su
-elección. No sé&mdash;prosiguió&mdash;si hago bien o mal en
-hablaros de este modo; pero si no me hubierais
-agradado sería bastante franca para decíroslo.
-¿Pues por qué no podré declararos lo contrario con
-la misma libertad?»</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin
-quedar enajenado, hinqué una rodilla en tierra delante
-de Antonia, y en el exceso de mi alegría,
-tomándole una de sus hermosas manos, se la besé
-con ademán tierno y apasionado. «Mi amada Antonia&mdash;le
-dije&mdash;, tu franqueza me hechiza. ¡Continúa!
-¡No te violentes por nada, pues hablas a tu
-esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón,
-para que pueda lisonjearme de que no verás
-<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-sin complacencia estrecharse tu suerte con la mía.»
-A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir.
-Deseoso éste de saber lo que su hija me había respondido,
-y dispuesto a reñirla si me hubiese manifestado
-la menor aversión, volvió prontamente a
-reunirse conmigo. «Y bien&mdash;me dijo&mdash;, ¿está vuestra
-señoría contento con la respuesta de Antonia?»
-«Lo estoy tanto&mdash;le respondí&mdash;, que desde este momento
-voy a ocuparme en los preparativos de mi
-casamiento.» Y dicho esto dejé a padre e hija para
-ir a celebrar consejo sobre el asunto con mi secretario.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_IX">CAPITULO IX</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato
-con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas
-con que se celebró.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Aunque no necesitaba permiso de los señores de
-Leiva para casarme, juzgamos Escipión y yo que
-no podría excusarme, sin faltar a la gratitud, de
-participarles mi designio de unirme con la hija de
-Basilio y aun de pedirles su consentimiento por
-política.</p>
-
-<p>Marchó al momento a Valencia, donde todos se
-quedaron tan sorprendidos de verme como de saber
-el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso,
-que conocían a Antonia por haberla visto varias
-veces, me dieron mil enhorabuenas de haberla elegido
-por esposa. Sobre todo don César me hizo un<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
-cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo
-persuadido de que aquel señor había dejado del
-todo ciertos pasatiempos, sospecharía que más de
-una vez había ido a Liria no tanto por ver su
-quinta como a la hija de su arrendador. Serafina,
-por su parte, después de haberme asegurado que
-siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones,
-me dijo que había oído hacer mil elogios de
-Antonia. «Pero&mdash;añadió con algo de malicia, y
-como para zaherirme sobre la indiferencia con que
-había correspondido al amor de Séfora&mdash;, aunque
-no me hubieran ponderado su hermosura, jamás
-hubiera dudado de tu buen gusto, porque sé lo
-delicado que es.»</p>
-
-<p>No se contentaron don César y su hijo con aprobar
-mi matrimonio, sino que quisieron que los
-gastos de la boda corriesen todos de su cuenta.
-«Vuelve&mdash;me dijeron&mdash;a tomar el camino de Liria
-y no salgas de allí hasta que oigas hablar de nosotros,
-ni hagas preparativo alguno para la boda,
-que ese es cuidado nuestro.»</p>
-
-<p>Por condescender con la voluntad de aquellos
-señores, me volví a mi quinta. Comuniqué a Basilio
-y a su hija las intenciones de nuestros protectores,
-y estuvimos esperando con la mayor paciencia
-que nos fué posible noticias suyas. Ninguna
-tuvimos en el espacio de ocho días, pero al noveno
-vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras
-dentro, que traían hermosas telas de seda
-para vestir a la novia, escoltando el coche muchos
-lacayos montados en mulas. Uno de ellos me en<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>tregó
-una carta de parte de don Alfonso, en que me
-decía este señor que el día siguiente estaría en
-Liria con su padre y su esposa y que al otro celebraría
-la ceremonia del matrimonio el provisor de
-Valencia. Con efecto, al otro día llegaron a mi
-quinta don César, su hijo, Serafina y el provisor,
-todos cuatro en un coche de seis caballos, precedido
-de otro con cuatro, en que venían las criadas
-de Serafina, y seguido de la guardia del gobernador.</p>
-
-<p>Luego que la gobernadora entró en la quinta,
-mostró vivos deseos de ver a Antonia, la cual, así
-que supo la llegada de Serafina, acudió a saludarla
-y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia
-que dejó admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina&mdash;preguntó
-don César a su nuera&mdash;, ¿qué os parece
-Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección
-mejor?» «No&mdash;respondió Serafina&mdash;; parece que
-nacieron el uno para el otro, y no dudo que su
-enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron mi
-novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga,
-quedaron aún más encantados de ella cuando
-se presentó con traje ostentoso, pues, según la nobleza
-y desembarazo de su persona, parecía no haber
-usado otros en su vida.</p>
-
-<p>Llegado el momento en que un dulce himeneo
-había de unir para siempre nuestra suerte, don
-Alfonso me tomó de la mano para conducirme al
-altar y Serafina hizo el mismo honor a la novia.
-En este orden nos dirigimos a la iglesia de la aldea,
-en donde nos estaba esperando el provisor<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span>
-para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes
-aclamaciones de los habitantes de Liria y de
-los labradores ricos del contorno a quienes había
-convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales
-llevaban consigo a sus hijas adornadas de cintas
-y de flores y con panderetas en la mano. Nos
-volvimos en seguida a la quinta, en donde, por
-disposición de Escipión, director del festín, había
-prevenidas tres mesas, una para los señores, otra
-para su comitiva, y la tercera, que era la mayor,
-para todos los demás convidados. Antonia se sentó
-a la primera, porque así lo quiso la gobernadora;
-yo hice los honores de la segunda y Basilio
-asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se
-sentó; no hacía más que ir y venir de una a otra,
-cuidando de que las mesas estuviesen bien servidas
-y todos contentos.</p>
-
-<p>Los cocineros del gobernador eran los que habían
-dispuesto la comida, y ya se deja entender
-que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos de
-que el maestro Joaquín había hecho provisión para
-mí se gastaron con profusión. Los convidados comenzaban
-a acalorarse, y reinaba una alegría general,
-cuando fué turbada de repente por un acontecimiento
-que me sobresaltó. Habiendo entrado
-mi secretario en la sala donde yo comía con los
-principales criados de don Alfonso y las criadas de
-Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo
-el conocimiento. Levantéme prontamente a socorrerle,
-y mientras estaba ocupado en hacerle volver
-en sí, una de las criadas se desmayó también.<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-Todos nos persuadimos que estos dos desmayos
-encerraban algún misterio. Y en efecto, ocultaban
-uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando
-de allí a poco Escipión el uso de los sentidos,
-me dijo en voz baja: «¡El día más alegre para usted
-había de ser para mí el más infausto! ¡Ninguno
-puede evitar su desgracia!&mdash;añadió&mdash;. ¡Acabo de
-encontrar a mi mujer en una de las criadas de Serafina!»</p>
-
-<p>«¡Qué es lo que oigo!&mdash;exclamé&mdash;. ¡No puede ser!
-¿Cómo? ¿Serías acaso el marido de esa mujer que
-acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?»
-«Sí, señor&mdash;me respondió&mdash;, soy su marido, y juro
-a usted que no podía la fortuna jugarme una pieza
-más ruin que presentarla a mis ojos.» «Ignoro, amigo
-mío&mdash;repliqué&mdash;, las razones que tienes para
-quejarte de tu esposa; pero sea el que fuere el motivo
-que haya dado para ello, te ruego que te reprimas.
-Si me amas, no turbes la fiesta haciendo
-público tu resentimiento.» «Señor&mdash;repuso Escipión&mdash;,
-quedaréis satisfecho de mí. Vais a ver si
-sé disimular perfectamente.»</p>
-
-<p>Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer,
-a quien sus compañeras también habían hecho
-volver en sí, y abrazándola con tanta ternura como
-si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por
-volverla a ver, «¡Ah mi querida Beatriz!&mdash;le dijo&mdash;¡Conque
-al fin el Cielo nos vuelve a juntar al cabo
-de diez años de separación! ¡Oh dulce momento
-para mí!» «Yo no sé&mdash;le respondió su mujer&mdash;si
-experimentas realmente algún placer en volverme<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida
-de que no te di ningún motivo justo para abandonarme.
-Porque me encontraste una noche con el
-señor don Fernando de Leiva, que estaba enamorado
-de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía
-yo, se te figuró a ti que yo le daba oídos a costa
-de tu honor y del mío; al momento te trastornan
-la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí
-como de un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme
-satisfacción y escuchar mis descargos. Dime
-ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho
-para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión.
-«Ciertamente que sí&mdash;continuó ella&mdash;. Don
-Fernando, luego que partiste de Toledo, se casó
-con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo
-que vivió; pero después que una muerte temprana
-nos la arrebató, me tomó a su servicio su hermana
-mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te
-podrán informar de la pureza de mis costumbres.»</p>
-
-<p>No teniendo qué replicar mi secretario a estas
-razones, pues no podía probar fuesen falsas, cedió
-gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su esposa:
-«Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te
-pido perdón de ella a vista de este respetable concurso.»
-Entonces, intercediendo por él, rogué a
-Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su
-marido no pensaría en adelante más que en tratarla
-con el mayor cariño. Rindióse a mi súplica;
-todos los circunstantes celebraron la reunión de
-estos dos esposos, y para solemnizarla mejor se
-les hizo sentar a una mesa juntos. Se repitieron a<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>
-porfía los brindis por la salud de entrambos, y más
-parecía que el festín se había dispuesto para celebrar
-aquella reconciliación que para festejar mi boda.</p>
-
-<p>La tercera mesa fué la primera que quedó desierta.
-Levantáronse de ella los aldeanos para formar
-bailes con las jóvenes aldeanas, que con el
-ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a
-los convidados de las otras mesas y les inspiraron
-el deseo de seguir su ejemplo. Todos se pusieron
-en movimiento; los dependientes del gobernador
-bailaron con las criadas de la gobernadora, y hasta
-los mismos señores se mezclaron en la fiesta. Don
-Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don
-César otra con Antonia, la cual vino después a
-buscarme para que bailase con ella, y en verdad
-que no lo hizo mal para una persona que no tenía
-mas que algunos principios de baile que había
-aprendido en casa de una parienta suya avecindada
-en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho,
-me había enseñado a bailar en casa de la marquesa
-de Chaves, pasé en el concepto de todos por un
-gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron al
-baile una conversación entre los dos para darse
-recíproca cuenta de lo que les había sucedido mientras
-habían estado separados; pero fué interrumpido
-su coloquio por Serafina, que, informada de
-su encuentro, los hizo llamar para manifestarles lo
-mucho que de ello se alegraba. «Hijos míos&mdash;les
-dijo&mdash;, en este día de regocijo se acrecienta mi
-satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo
-Escipión&mdash;añadió&mdash;, ahí te entrego a tu esposa,<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
-asegurándote que su conducta ha sido siempre
-irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía.
-Y tú, Beatriz, dedícate al servicio de Antonia
-y no le seas menos afecta que tu marido lo
-es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo
-ya a vista de esto mirar a su mujer sino como a
-otra Penélope, prometió tratarla con todas las atenciones
-imaginables.</p>
-
-<p>Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas
-después de haber estado bailando toda la tarde;
-pero continuó la fiesta en la quinta. Sirvióse una
-magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a
-recoger, el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina
-desnudó a la novia y los señores de Leiva me
-hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué que
-los dependientes de don Alfonso y las criadas de la
-gobernadora quisieron para divertirse practicar la
-misma ceremonia: desnudaron a Beatriz y a Escipión,
-los cuales, para hacer más cómica la escena,
-se dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_X">CAPITULO X</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas
-y de la bella Antonia. Principio de la historia de
-Escipión.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva
-regresaron a Valencia, después de haberme dado
-otras mil señales de amistad, de tal modo que mi
-<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-buen secretario y yo nos quedamos solos en la
-quinta con nuestras mujeres y nuestros criados.</p>
-
-<p>El empeño que hicimos uno y otro en agradar a
-nuestras esposas no fué inútil, pues en poco tiempo
-inspiré yo a la mía tanto amor como le profesaba,
-y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos
-que le había causado. Beatriz, que era de carácter
-dócil y afable, se granjeó fácilmente el cariño
-de su nueva ama y ganó su confianza. En fin,
-todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos
-a gozar de una suerte envidiable, pasando
-la vida en los más dulces entretenimientos. Antonia
-era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos
-muy alegres, y aun cuando no lo fuéramos, nos
-bastaría estar con Escipión para no conocer la
-melancolía, porque era un hombre sin igual para
-la sociedad, una de aquellas personas festivas que
-sólo con presentarse divierten a la concurrencia.</p>
-
-<p>Un día que después de comer se nos antojó ir a
-dormir la siesta al sitio más apacible del bosque,
-mi secretario estaba de tan buen humor que nos
-quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias.
-«¡Calla esa boca&mdash;le dije&mdash;, amigo mío; o si
-quieres que no durmamos, cuéntanos alguna cosa
-que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto,
-señor&mdash;me respondió&mdash;. ¿Quiere usted que le cuente
-la historia del rey don Pelayo?» «De mejor gana
-oiría la tuya&mdash;le repliqué&mdash;; pero este gusto nunca
-me lo has querido dar desde que vivimos juntos,
-ni espero que jamás me lo des. ¿De qué proviene
-esto?» «Si no he contado a usted la historia de mi<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-vida ha consistido en que jamás me ha manifestado
-el menor deseo de saberla; por consiguiente,
-no tengo yo la culpa de que usted ignore mis aventuras,
-y por poca curiosidad que tenga de oírlas
-estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y
-yo le cogimos la palabra y nos dispusimos a escuchar
-su relación, que no podía menos de causar en
-nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya
-excitándonos al sueño.</p>
-
-<p>«Yo&mdash;comenzó a decir Escipión&mdash;sería hijo de
-un grande de España de primera clase, o cuando
-menos de un caballero del hábito de Santiago o
-de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano;
-pero como ninguno es dueño de escoger padre, han
-de saber ustedes que el mío, llamado Toribio Escipión,
-fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad.
-Como iba y venía por los caminos reales,
-por donde su profesión le obligaba a andar
-casi siempre, cierto día encontró casualmente entre
-Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció
-muy linda. Caminaba sola a pie y llevaba consigo
-todo su ajuar en una especie de mochila echada al
-hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo,
-suavizando cuanto pudo la voz, que era naturalmente
-bronca. «Caballero&mdash;contestó ella&mdash;, voy a
-Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar
-de comer, viviendo honradamente.» «Tu intención
-es muy loable&mdash;replicó él&mdash;, y no dudo que para
-eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias a Dios&mdash;respondió
-la gitanilla&mdash;, tengo varias habilidades;
-sé hacer pomadas y quintas esencias muy úti<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>les
-para las damas, digo la buenaventura, sé dar
-vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las
-cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en
-una redoma o en un espejo.»</p>
-
-<p>»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta
-era un partido muy ventajoso para un hombre
-como él, a quien su empleo apenas le producía
-para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo
-con la mayor exactitud, le propuso si quería
-ser su esposa. Aceptó la niña la propuesta; se fueron
-ambos inmediatamente a Toledo, en donde se
-casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este
-noble matrimonio. Fijaron su residencia en un arrabal,
-en donde mi madre comenzó a vender pomadas
-y quintas esencias; pero viendo que este trato producía
-poco, comenzó a hacer de adivina. Entonces
-fué cuando se vieron llover en su casa pesos duros
-y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron
-bien pronto en auge la fama de Coscolina,
-que así se llamaba la gitana. No pasaba día sin
-que viniese alguno a ocuparla en su ministerio;
-ya llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo
-su tío, de quien era único heredero, partiría
-para la otra vida; ya llegaba una doncella que deseaba
-con ansia averiguar si un caballero mozo
-que le había dado palabra de casamiento se la
-cumpliría.</p>
-
-<p>»Persuádome de que ustedes darán por supuesto
-que los vaticinios de mi madre siempre eran favorables
-a las personas a quienes los hacía; si se cumplían,
-enhorabuena; pero si alguna vez venían a<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-reconvenirla por haber sucedido lo contrario de lo
-que había pronosticado, contestaba frescamente
-que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar
-de la fuerza de los conjuros que ella empleaba para
-obligarle a que le revelase lo futuro, tenía algunas
-veces la malicia de engañarla.</p>
-
-<p>»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber
-hacer visible al diablo en sus operaciones, entonces
-era Toribio Escipión quien hacía el papel
-del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque
-la aspereza de su voz y la fealdad de su rostro
-cuadraban a maravilla con lo que representaba.
-Poca credulidad era menester para espantarse al
-aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia,
-cierto capitán majadero que quiso ver a
-diablo, y le atravesó de parte a parte con la espada.
-Informada la Inquisición de la muerte del diablo,
-despachó sus ministros contra la Coscolina, a
-quien prendieron, embargando al mismo tiempo
-todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía
-siete años, me metieron en el hospicio de los niños
-huérfanos. Había en esta casa unos caritativos
-eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar
-de la educación de los pobres huérfanos, tenían el
-trabajo de enseñarles a leer y escribir. Parecióles
-que yo prometía mucho, y por esta causa me distinguieron
-entre los demás, escogiéndome para hacer
-sus recados. Yo era el que llevaba sus cartas,
-hacía sus demás encargos y les ayudaba a misa.
-En pago de mis servicios trataron de enseñarme
-la lengua latina; pero lo ejecutaron con tanta as<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>pereza
-y me trataron con tal rigor, a pesar de los
-servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir
-más, un día que me enviaron a un recado
-cogí las de Villadiego, y en vez de volver al hospicio
-me escapé de Toledo por el arrabal del lado de
-Sevilla.</p>
-
-<p>»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos,
-no cabía en mí de contento de verme en
-libertad y dueño de mis acciones. No llevaba qué
-comer ni dinero, pero nada me importaba, porque
-tampoco tenía lección que estudiar ni temas que
-componer. Después de haber andado dos horas comenzaron
-mis piernecitas a negarme su servicio.
-Como nunca había hecho tan larga caminata, fué
-preciso pararme a descansar. Sentéme al pie de un
-árbol que estaba a orillas del camino real, y para
-entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo.
-Comencé a hojearle por diversión; pero acordándome
-de las palmetas y de los azotes que me
-había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno
-de cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar
-más!» Estando satisfaciendo mi venganza y sembrando
-la tierra alrededor de mí de declinaciones
-y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño
-de aspecto venerable, con barba blanca y
-unos grandes anteojos. Acercóse a mí, miróme con
-mucha atención, y yo también le estuve mirando
-con la misma. «Hijito mío&mdash;me dijo sonriéndose&mdash;,
-me parece que los dos nos hemos mirado con cariño
-y que no haríamos mal en vivir juntos en mi
-ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.»<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-«¡Buen provecho le haga a usted&mdash;le respondí con
-bastante sequedad&mdash;, que yo ninguna gana tengo
-de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen
-viejo dió una grande carcajada de risa y me dijo
-abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, no debe asustarte;
-si es poco grato a la vista, es de gran utilidad,
-pues me hace dueño de un deleitoso retiro y
-de varios lugarcitos circunvecinos, cuyos habitantes
-me aman, o por mejor decir me idolatran.
-Vente conmigo&mdash;añadió&mdash;y te pondré un hábito
-como el mío. Si te fuese bien con él, participarás
-conmigo de las dulzuras de la vida que hago, y si
-no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte,
-sino que puedes contar con que al separarnos
-no dejaré de hacerte todo el bien que pueda.»</p>
-
-<p>»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que
-me hizo varias preguntas, a las que respondí con
-una ingenuidad que no siempre he tenido en adelante.
-Luego que llegamos a la ermita me presentó
-algunas frutas, que devoré en un instante, porque
-en todo el día no había comido mas que un zoquete
-de pan seco con que me había desayunado
-en el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome
-menear tan bien las quijadas, me dijo: «¡Animo,
-hijo mío! No dejes de comer por miedo de que se
-acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy
-buena provisión de ellas. No te he traído aquí para
-matarte de hambre.» Lo que era mucha verdad,
-porque una hora después de nuestra llegada encendió
-lumbre, puso a asar una pierna de carnero,
-y mientras yo daba vueltas al asador él dispuso<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-una mesita, cubriéndola con un mantel no muy
-limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para
-él y otro para mí.</p>
-
-<p>»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó
-del asador, cortó algunos pedazos de él y nos sentamos
-a cenar; pero nuestra cena no fué como la
-de las ovejas, porque bebimos de un exquisito
-vino, del cual tenía también el ermitaño un buen
-repuesto. «Y bien, amiguito&mdash;me dijo luego que
-nos levantamos de la mesa&mdash;, ¿estás contento con
-mi trato? De este modo comerás mientras estuvieres
-conmigo. Por lo demás, harás en este ermitorio
-lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que
-me acompañes cuando vaya a recoger la limosna
-a los lugares vecinos. Me servirás para llevar del
-cabestro un borriquillo cargado de dos banastas,
-que los aldeanos caritativos llenan ordinariamente
-de huevos, pan, carne y pescado; no te pido más.»
-«Haré&mdash;le respondí&mdash;todo lo que usted quiera, con
-tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo
-menos de reírse de mi sencillez el hermano Crisóstomo,
-que así se llamaba el anciano ermitaño, y
-me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar
-mis inclinaciones.</p>
-
-<p>»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando
-yo el borrico por el cabestro, y recogimos
-copiosas limosnas, porque no había aldeano que
-no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras
-banastas. Uno daba un pan entero; otro, un buen
-pedazo de tocino; quién una gallina y quién una
-perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-ermita víveres para más de una semana; buena
-prueba de lo mucho que amaban al hermano Crisóstomo
-aquellas gentes. Verdad es que éste también
-les servía bastante dándoles buenos consejos
-cuando venían a consultarle, pacificando los matrimonios
-en que reinaba la discordia, proporcionando
-dotes para casarse las solteras, dándoles remedios
-para mil clases de males y enseñando varias
-oraciones a las mujeres casadas que deseaban
-tener hijos.</p>
-
-<p>»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que
-yo estaba bien tratado en la ermita. Si la comida
-era buena, la cama no era desgraciada. Acostábame
-sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera
-una almohada de lana y cubriéndome con una
-manta de lo mismo, de manera que no hacía mas
-que un sueño, el cual duraba toda la noche. El
-hermano Crisóstomo, que me había ofrecido un
-hábito de ermitaño, me hizo uno él mismo deshaciendo
-otro viejo suyo y me llamó el hermanillo
-Escipión. Apenas me presenté en las aldeas vecinas
-con aquel nuevo traje caí a todos tan en gracia
-que el pobre borrico apenas podía con la carga.
-Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito;
-tanto placer tenían en verme.</p>
-
-<p>»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle
-la vida ociosa y regalona que disfrutaba en
-compañía del viejo ermitaño; así es que me aficioné
-tanto a ella que la hubiera continuado siempre
-si las Parcas no me hubieran hilado otros días muy
-diferentes. Pero el destino que debía llenar me<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo
-abandonar al hermano Crisóstomo de la manera
-que voy a referir.</p>
-
-<p>»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada
-que le servía de cabecera, sin hacer otra cosa que
-descoserla y volverla a coser. Observé un día que
-metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un
-movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer
-al primer viaje que el hermano Crisóstomo
-hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a la semana.
-Aguardé con impaciencia este día, sin tener
-por entonces más objeto que el de contentar mi
-curiosidad. En fin, el buen hombre partió, y yo descosí
-la almohada, en donde hallé entre la lana como
-unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.</p>
-
-<p>»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento
-de los aldeanos a quienes había curado
-con sus remedios y de las aldeanas que por la virtud
-de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo
-que fuere, apenas vi que aquél era un dinero que
-sin temor podía apropiarme, cuando se declaró mi
-complexión gitana: dióme una tentación de robarle,
-que no se podía atribuir sino a la fuerza de la
-sangre que corría por mis venas. Cedí sin resistencia
-a la tentación; encerré el dinero en un saquillo
-de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros
-gorros de dormir, y después de haberme despojado
-del hábito de ermitaño y vuelto a tomar
-mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome
-que llevaba en mi saquillo todas las
-riquezas de las Indias.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p>
-
-<p>»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo&mdash;continuó
-Escipión&mdash;, y no dudo que esperarán una serie
-de acciones del mismo jaez. No engañaré sus
-esperanzas, porque aun tengo que contarles otras
-hazañas parecidas a ésta antes de llegar a mis
-acciones loables; pero al fin llegaremos allá, y ustedes
-verán por mi narración que de un gran pícaro
-se puede hacer un hombre de bien.</p>
-
-<p>»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que
-tomase el camino de Toledo, porque me expondría
-a encontrarme con el hermano Crisóstomo, que sin
-duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero.
-Tomé, pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde
-me entré en un mesón cuya huéspeda era una
-viuda como de cuarenta años y tenía todas las
-cualidades que se requieren para saber vender bien
-sus agujetas. Luego que esta mujer puso los ojos
-en mí, conociendo por el vestido que me había
-escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó
-quién era y adónde iba. Respondíle que,
-habiendo muerto mis padres, me veía en la necesidad
-de buscar conveniencia. «Y dime, hijo&mdash;me
-volvió a preguntar&mdash;, ¿sabes leer?» Le aseguré que
-sí, y que también escribía lindamente. En verdad,
-yo sabía formar las letras y juntarlas de manera
-que figuraba una cosa así como escrita, lo que me
-parecía sobrado para llevar la cuenta de un mesón
-de aldea. «Pues yo te recibo&mdash;repuso la mesonera&mdash;para
-que me sirvas. No serás inútil en mi casa,
-porque correrás con el libro del gasto y llevarás
-cuenta de lo que me deben y debo. No te señalaré<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-salario&mdash;añadió&mdash;, porque los muchos caballeros
-que vienen a parar a este mesón siempre dan algo
-a los criados, con que seguramente puedes contar
-con sacar buenos gajes.»</p>
-
-<p>»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes
-presumirán, la facultad de mudar de aires
-siempre que la permanencia en Gálvez no me acomodase.
-Apenas me vi apalabrado para servir en
-el mesón cuando sentí mi ánimo incomodado con
-una grande inquietud. No quería que nadie supiese
-que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo
-de modo que ninguno pudiese dar con él. Como no
-conocía aún la casa, no me podía fiar de aquellos
-sitios que me parecían más a propósito para guardarlo.
-¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas!
-Determiné en fin ocultarle en un rincón
-del pajar, pareciéndome que en ninguna otra parte
-podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto
-me fué posible.</p>
-
-<p>»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo
-que cuidaba de la cuadra, una moza gallega
-y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los huéspedes,
-así de a pie como de a caballo, que paraban
-en él. Yo recibía de estos sujetos algún dinerillo
-cuando les iba a presentar la cuenta del gasto;
-daban también alguna cosa al mozo de la cuadra
-para que cuidase de sus caballerías; pero la gallega,
-que era el ídolo de los caleseros y arrieros que pasaban
-por allí, ganaba más escudos que nosotros
-maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales,
-los llevaba al pajar para aumentar mi caudal,<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
-y cuanto más crecía éste, conocía yo que mi tierno
-corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas
-veces mis monedas y las estaba contemplando
-con un dulce embeleso que solamente los avaros
-pueden comprender suficientemente.</p>
-
-<p>»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a
-visitarle treinta veces al día. Encontraba a menudo
-a la mesonera en la escalera del pajar, y como
-era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un
-día saber qué era lo que a cada instante me llevaba
-al pajar. Subió a él y comenzó a escudriñarlo
-todo, recelando que yo tendría escondidas
-algunas cosas que le habría hurtado. Revolvió la
-paja que cubría mi bolsón y dió con él. Abrióle,
-y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o
-fingió creer que yo le había robado aquel dinero.
-Por de contado, se apoderó del caudal, y tratándome
-de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó
-al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado
-a complacerla, que me sacudiese una buena zurra
-de azotes, y después de haberme hecho desollar
-de esta manera me echó a la calle, diciéndome
-que no quería aguantar pícaros en su casa. En
-vano aseguraba yo y clamaba que nada le había
-hurtado; la mesonera decía lo contrario y
-todos le daban más crédito a ella que a mí, y
-de esta manera las monedas del hermano Crisóstomo
-pasaron de manos de un ladrón a las de
-una ladrona.</p>
-
-<p>»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la
-muerte de un hijo único; pero si mis lágrimas no<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-fueron bastantes para hacerme recobrar lo que
-había perdido, por lo menos fueron causa para
-mover a compasión a algunas personas que me
-las veían verter, y entre otras al cura de Gálvez,
-que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado
-del triste estado en que me veía y me llevó
-consigo a su casa. En ella, a fin de sonsacarme,
-usó del medio de manifestarse muy compadecido
-de mí. «¡Cuánta lástima&mdash;dijo&mdash;me causa este pobre
-muchacho! ¿Qué maravilla es que en sus pocos
-años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión
-haya cometido una acción ruin? Apenas
-se encontrará un hombre que no haya hecho alguna
-en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome
-la palabra, «Hijo mío&mdash;añadió&mdash;, ¿de
-qué lugar de España eres y quiénes son tus padres?
-Porque tienes trazas de ser hijo de gente
-honrada. Háblame en confianza y cuenta con que
-no te desampararé.»</p>
-
-<p>»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras,
-me fué insensiblemente empeñando en que
-le descubriese todos mis pasos, y lo hice con mucha
-ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo cual
-me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está
-bien en los ermitaños el atesorar, eso no disminuye
-tu culpa. En robar al hermano Crisóstomo siempre
-has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar;
-pero yo me encargo de obligar a la mesonera
-a que devuelva el dinero y hacérselo entregar al
-hermano Crisóstomo, y así, por esta parte puedes
-desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a uste<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>des
-que esto era lo que menos cuidado me daba;
-pero el cura, que tenía sus fines, no paró aquí.
-«Hijo mío&mdash;prosiguió&mdash;, quiero empeñarme a favor
-tuyo y buscarte una nueva conveniencia. Mañana
-mismo pienso enviarte a Toledo con un arriero y
-te daré una carta para un sobrino mío, canónigo
-de aquella catedral, que no rehusará admitirte por
-mi recomendación en el número de sus criados, los
-cuales todos lo pasan en su casa como unos beneficiados
-que se regalan a costa de la prebenda, y
-puedo asegurarte con certidumbre que allí lo pasarás
-perfectamente.»</p>
-
-<p>»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé
-el talego y los azotes que me habían dado y ya
-no pensé más que en el placer de vivir como un beneficiado.
-Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando,
-llegó a casa del cura un arriero con dos
-mulas. Subiéronme en la una, y montando mi conductor
-la otra tomamos el camino de Toledo.
-Mi compañero de viaje gastaba buen humor y le
-gustaba divertirse a costa del prójimo. «Querido
-Escipión&mdash;me dijo&mdash;, en verdad que tienes un buen
-amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte
-mayor prueba de lo mucho que te quiere que el
-acomodarte con su sobrino el canónigo, a quien
-tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla
-de su Cabildo. No es, ciertamente, uno de aquellos
-devotos cuyo semblante macilento y extenuado
-está predicando mortificación y abstinencia: es gordo,
-colorado, siempre alegre y festivo; un hombre,
-en fin, que se divierte en todo lo que se presenta<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
-y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás en su
-casa a pedir de boca.»</p>
-
-<p>»Conociendo el socarrón del arriero el placer con
-que le escuchaba, continuó el elogio del canónigo,
-ponderándome lo mucho que yo celebraría mi fortuna
-cuando me viese ya criado suyo. No cesó de
-hablar hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde
-nos apeamos para echar un pienso a las mulas.
-En tanto que él andaba de aquí para allí por el
-mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel
-que yo pude coger sin que él lo advirtiese y que
-hallé medio de leer mientras él estaba en la cuadra.
-Era una carta dirigida a los capellanes del
-hospicio de los huérfanos, concebida en estos términos:</p>
-
-<p>«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad
-a enviar a su poder un bribonzuelo que se escapó
-de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy despabilado,
-y por lo mismo muy digno de que ustedes
-se sirvan tenerle encerrado. No dudo que a
-fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de él un
-mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve
-a ustedes en tan piadoso como caritativo ministerio,&mdash;<i>El
-cura de Gálvez</i>.»</p>
-
-<p>»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba
-la buena intención del señor cura, no
-dudé un punto sobre el partido que había de tomar.
-Salir inmediatamente del mesón y ponerme
-en las orillas del Tajo, distante más de una legua
-de aquel lugar, todo fué obra de un momento. El
-miedo me prestó alas para huir de los capellanes<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-del hospicio de los huérfanos, al que de ningún
-modo quería volver; tanto me había disgustado su
-modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo
-tan alegre como si supiera adónde había de ir a
-comer y beber. Es verdad que aquélla es una ciudad
-de bendición, en la cual un hombre de talento
-reducido a vivir a costa ajena no puede morirse
-de hambre, pues no bien había entrado en la plaza
-cuando un caballero bien vestido, a cuyo lado pasaba,
-agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito,
-¿quieres servirme? Porque me alegrara tener un
-criado como tú.» «Y yo un amo como vuesa merced»,
-le respondí prontamente. «Siendo eso así&mdash;me
-replicó&mdash;, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.»
-Y yo lo hice sin réplica.</p>
-
-<p>Este caballero, que podía tener como unos treinta
-años y se llamaba don Abel, estaba hospedado
-en una posada de caballeros, donde ocupaba un
-cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de
-profesión, y vean ustedes la vida que hacíamos:
-por la mañana le picaba yo tabaco para fumar
-cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar
-al barbero para que le viniese a afeitar y componerle
-los bigotes, y hecho esto, se marchaba a
-las casas de juego, de donde no volvía hasta las
-once o doce de la noche; pero todas las mañanas
-antes de salir sacaba tres reales del bolsillo y me
-los daba para que comiese, dejándome libertad
-para que hiciera lo que se me antojase hasta las
-diez de la noche, con tal de que me hallara en casa
-cuando volviera. Estaba él muy contento conmigo<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
-y dió orden para que se me hiciese una librea muy
-galana, con la cual parecía propiamente un mensajero
-de damas de galanteo. También yo estaba
-muy alegre con mi oficio, y en verdad no podía
-hallar otro que más se adaptase a mi genio.</p>
-
-<p>»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida
-cuando el amo me preguntó un día si estaba contento
-con él, y habiéndole contestado que no podía
-estarlo más, «Pues bien&mdash;me replicó&mdash;, mañana
-saldremos para Sevilla, adonde me llaman mis negocios.
-No te pesará el ver aquella capital de Andalucía,
-pues ya habrás oído muchas veces decir
-que <i>quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla</i>.»
-«¡Que me place!&mdash;respondí yo&mdash;. Estoy pronto
-a seguir a usted a cualquiera parte del mundo.»
-En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la
-posada de caballeros a tomar un gran baúl donde
-estaba la ropa de mi amo, y al siguiente tomamos
-el camino de Andalucía.</p>
-
-<p>»Era el señor don Abel tan afortunado en el
-juego, que solamente perdía cuando le acomodaba,
-lo que le obligaba a mudar con frecuencia de lugar,
-por estar expuesto al resentimiento y venganza
-de los mentecatos que se dejaban engañar,
-y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados a
-Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros
-cerca de la puerta de Córdoba, donde comenzamos
-a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló
-diferencia entre las dos ciudades. En las casas de
-juego de Sevilla encontró jugadores tan afortunados
-como él, de suerte que algunas veces volvía<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía
-le duraba el enojo de haber perdido cien
-doblones el día anterior, me preguntó por qué no
-había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor&mdash;le
-respondí yo&mdash;, porque enteramente se me
-olvidó.»</p>
-
-<p>»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media
-docena de bofetadas tan terribles que me hicieron
-ver más luces que las que había en el templo
-de Salomón, diciéndome al mismo tiempo:
-«¡Toma, bribonzuelo, esto es para que otra vez te
-acuerdes de cumplir con tu obligación! ¿Quieres
-que cien veces te advierta yo lo que debes hacer?
-¿Por qué no eres tan puntual para servir como
-para comer? No siendo un bestia, como ciertamente
-no lo eres, bien podías tener presente lo que debes
-hacer sin esperar a que yo te lo recordara.»
-Dicho esto, se salió muy enfadado del cuarto, dejándome
-sumamente sentido de las bofetadas que
-me dió por tan pequeño motivo.</p>
-
-<p>»Poco después le sucedió no sé qué lance en el
-juego que volvió a casa muy acalorado. «Escipión&mdash;me
-dijo&mdash;, he determinado irme a Italia y debo
-embarcarme mañana en un buque que se vuelve
-a Génova. Tengo mis motivos para hacer este viaje;
-discurro querrás venir conmigo y aprovechar
-esta excelente ocasión de ver el país más delicioso
-del mundo.» Respondí que venía en ello; pero en
-mi interior pensaba en desaparecer al tiempo de
-ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de
-vengarme de las bofetadas y me pareció que éste<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>
-era el más ingenioso. Satisfecho y ufano de que
-me hubiese ocurrido semejante idea, no pude contenerme
-de confiársela a cierto valentón a quien
-encontré casualmente en la calle. Había yo contraído
-en Sevilla algunas malas amistades y principalmente
-la de este guapo. Contéle el lance de
-las bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole
-el designio en que estaba de dejar a don Abel escapándome
-cuando se fuese a embarcar, le pregunté
-qué le parecía esta determinación.</p>
-
-<p>»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose
-el bigote, y después afeando en tono grave la
-acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un hombre
-sin honra toda tu vida si te contentas con la
-frívola venganza que has meditado para volver por
-ella. No basta dejar a don Abel y no pisar más su
-casa; es menester darle un castigo proporcionado a
-tu afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y
-dinero, para repartirlo después entre los dos como
-buenos hermanos.» No obstante mi natural propensión
-a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme
-algún horror un robo de tanta importancia.
-En medio de eso, el archiganzúa que me hizo la
-propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes
-cuál fué el éxito de nuestra empresa. El jaquetón,
-hombre robusto y rollizo, vino a la posada
-el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran
-baúl en que mi amo había encerrado sus ropas, y
-le pregunté si podría él solo cargar con un mueble
-tan pesado. «¿Tan pesado?&mdash;me dijo.&mdash;¡Sábete que
-cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-el arca de Noé!» Diciendo esto, agarró el baúl,
-echósele a cuestas como si fuera una paja, y bajó
-las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al
-mismo paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la
-calle, cuando hete aquí a don Abel, que, por gran
-fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.</p>
-
-<p>«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado.
-Fué tanta mi turbación, que no acerté a
-responderle ni una sola palabra, y el guapetón,
-viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y
-se escapó para ahorrar contestaciones. «¿Adónde
-vas, pues, con ese baúl?», me volvió a preguntar
-mi amo. «Señor&mdash;le respondí más muerto que vivo&mdash;,
-le hacía llevar al buque donde su merced
-se ha de embarcar mañana para Italia.» «Pero ¿por
-dónde sabías tú&mdash;me replicó&mdash;en qué buque me había
-de embarcar?» «Señor&mdash;repuse prontamente&mdash;,
-<i>quien lengua tiene, a Roma va</i>: informaríame en el
-puerto, y allí me lo dirían.» Al oír esta respuesta,
-que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos
-ojos que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese
-las bofetadas. «Pero dime&mdash;replicó otra
-vez&mdash;: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera
-de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo&mdash;le
-dije&mdash;. ¿Ya no se acuerda usted de la reprensión
-que me dió hace pocos días? ¿No me dijo usted
-regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese
-por mí mismo mi obligación para servirle? Pues en
-cumplimiento de este precepto iba a llevar su cofre
-de usted a la embarcación.» Entonces el jugador,
-conociendo que tenía yo más malicia de la que él<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-había creído, me despidió de su casa, diciéndome
-serenamente: «Señor Escipión, a mí no me acomodan
-criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión!
-¡El Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos
-que tan pronto tienen una carta de más como
-de menos! ¡Quítate de mi presencia&mdash;añadió mudando
-de tono&mdash;, si no quieres que te haga cantar
-sin solfa!»</p>
-
-<p>»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me
-alejé al momento, lleno de miedo de que me mandase
-quitar el vestido, que por fortuna me dejó,
-y eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme
-con dos reales a que se reducía todo mi caudal.
-Llegué a la puerta del palacio arzobispal a
-tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía
-de la cocina un olor tan grato, que se percibía una
-legua en contorno. «¡Cáspita!&mdash;dije entre mí&mdash;.
-¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que
-me regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen
-meter en alguno los cuatro deditos y el pulgar!
-Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para probar
-estos platos que no he hecho más que oler?
-¿Por qué no? Esto no me parece imposible.» Entregado
-enteramente a este pensamiento, me ocurrió
-una feliz treta, que quise probar inmediatamente,
-y no me salió mal. Entréme en el patio de
-palacio, y comencé a correr hacia las cocinas gritando
-a más no poder en aire y tono de asustado:
-<i>¡Socorro! ¡Socorro!</i>, como si me viniera siguiendo
-alguno para quitarme la vida.</p>
-
-<p>»A mis descompasadas voces acudió apresurado<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span>
-el maestro Diego, cocinero del arzobispo, con
-tres o cuatro galopines de cocina; y no viendo a
-nadie más que a mí, todos me preguntaron qué
-tenía y por qué gritaba de aquella manera. «¡Señores&mdash;les
-respondí fingiendo miedo&mdash;, por amor
-de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese
-asesino que me quiere matar!» «¿Adónde está ese
-asesino?&mdash;exclamó Diego&mdash;. Porque tú estás solo,
-y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos,
-hijo mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se
-ha querido divertir en asustarte y se ha retirado
-luego que te ha visto entrar en palacio, porque,
-cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.»
-«¡No, no&mdash;le dije al cocinero&mdash;; no me siguió de
-chanza! ¡Es un gran ladrón que quería robarme,
-y estoy seguro de que me está esperando en la
-calle!» «Si fuese así&mdash;replicó el cocinero&mdash;, en verdad
-que tendrá que aguardarte largo tiempo,
-porque has de cenar y dormir aquí, y no te dejaremos
-salir hasta mañana.»</p>
-
-<p>»No puedo ponderar el gusto que me causaron
-estas últimas palabras, ni lo admirado que me quedé
-cuando, conducido por el maestro Diego a las
-cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la
-cena. Conté hasta quince personas empleadas en
-ella; mas no pude contar la variedad de exquisitos
-platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces
-fué cuando conocí por la primera vez lo que era
-sensualidad, recibiendo a nariz llena el olor de
-tantas delicadísimas viandas que jamás había probado.
-Tuve la honra de cenar y dormir con los ga<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>lopines
-de cocina, todos los cuales quedaron tan
-prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente
-fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que
-me había hecho en recogerme con tanta generosidad
-la noche anterior, me dijo: «Mis mozos de cocina
-te han tomado tanto cariño, que todos a una
-voz me han asegurado se alegrarían de tenerte
-por camarada. Dime ahora con toda franqueza si
-gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que
-si lograra tal fortuna me tendría por el hombre
-más feliz del mundo. «Siendo eso así, amigo mío&mdash;me
-dijo&mdash;, desde este mismo punto te puedes
-contar por criado de la casa arzobispal.» Y diciendo
-esto, me llevó al cuarto del mayordomo, el cual,
-observando mi despejo, me juzgó digno de ser
-admitido entre los marmitones.</p>
-
-<p>»Al instante que tomé posesión de tan decoroso
-empleo, el maestro Diego, que seguía la antigua costumbre
-de los cocineros de las casas grandes, conviene
-a saber, de enviar todos los días varios platos
-a sus queriditas, me eligió para enviar a cierta
-dama de la vecindad ya trozos de ternera y ya
-aves y cacería. Era la buena señora una viuda de
-treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y
-que tenía todas las trazas de no ser del todo fiel a
-su generoso cocinero. Este, no contento con proveerla
-de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía
-también de vino; y todo esto, ya se entiende, a
-costa del señor arzobispo.</p>
-
-<p>»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme
-en mis mañas, pegando un chasco de que<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
-todavía hay y habrá por largo tiempo en Sevilla
-gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron
-en representar una comedia para celebrar los
-días del amo. Escogieron la de <i>Los Benavides</i>; y
-como era menester un muchacho de mi edad que
-hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano
-de mí. El mayordomo, que se preciaba de saber
-representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y
-con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a
-todos que no sería yo el que me portase peor. Como
-la función la costeaba el arzobispo, no se perdonó
-gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en
-un salón un soberbio teatro adornado con el mejor
-gusto, en uno de cuyos lados se dispuso un lecho de
-césped, donde debía yo fingirme dormido cuando
-viniesen los moros a asaltarme para llevarme
-prisionero. Luego que todos los actores estuvieron
-ensayados, el arzobispo señaló día para la función,
-convidando a todas las damas y principales caballeros
-de la ciudad.</p>
-
-<p>»Llegada la hora de la comedia, cada actor se
-vistió del traje que le correspondía. Por lo que toca
-al mío, el sastre me lo presentó acompañado del
-mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de
-ensayarme, quiso tener también la paciencia de
-verme vestir. Trájome el sastre un ropaje talar de
-rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones
-y botones de oro y con mangas largas adornadas
-con flecos del mismo metal. El propio mayordomo
-me puso en la cabeza por su mano una corona de
-cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas,<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>
-mezcladas con algunos diamantes falsos. Pusiéronme
-una faja de seda de color de rosa, recamada
-toda de flores de plata y cuyos remates eran dos
-graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de
-éstas que me ponían se me figuraba que me estaban
-dando alas para volar y escaparme. Comenzó,
-en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena
-con una relación, la cual concluía diciendo que, no
-pudiendo resistir a las dulzuras del sueño, iba a
-entregarme a él. Con efecto, me metí entre bastidores
-y me recosté en el lecho de césped que me
-estaba preparado; pero en lugar de dormir me
-puse sólo a pensar de qué modo podría salir a la
-calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una
-escalerilla oculta, por la cual se bajaba desde el
-teatro al salón, me pareció a propósito para la
-ejecución de mi designio. Levantéme de la cama
-con mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba,
-me escurrí por dicha escalerilla al salón, a
-cuya puerta pude llegar diciendo: «<i>¡A un lado!
-¡A un lado, que voy a mudar de traje!</i>» Todos se pusieron
-en fila para dejarme pasar, de manera que
-en menos de dos minutos salí libremente del palacio
-a favor de la obscuridad y me fuí a casa de
-mi amigo el valentón.</p>
-
-<p>»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle
-el caso, que le hizo reír hasta más no poder.
-Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se lisonjeaba
-de tener parte en los despojos del rey de
-León; me felicitó por haber dado un golpe tan diestro,
-y me dijo que si los progresos correspondían<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>
-a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido
-en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos
-y divertimos largamente los dos celebrando
-mi grande hazaña, pregunté yo a mi jaquetón:
-«¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?»
-«Eso no te dé cuidado&mdash;me respondió&mdash;;
-conozco a un prendero muy hombre de bien, el
-cual compra toda la ropa que le lleven a vender
-sin andar con preguntas, una vez que le tenga cuenta
-el comprarla. Mañana le buscaré y le traeré aquí.»</p>
-
-<p>»En efecto; al día siguiente muy de mañana se
-levantó, dejándome en la cama, y dos horas después
-volvió con el prendero, el cual traía un lío
-cubierto con tela amarilla. «Amigo&mdash;me dijo&mdash;,
-aquí te presento al señor Ibáñez de Segovia, hombre
-de la mayor integridad, a pesar del mal ejemplo
-que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia
-lo que vale el vestido de que te quieres
-deshacer, y puedes fiarte ciegamente en lo que te
-dijere.» «En cuanto a eso&mdash;dijo el prendero&mdash;, me
-tendría por el hombre más ruin y miserable del
-mundo si tasara una cosa en menos de lo que vale.
-Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha tachado de
-esto a Ibáñez de Segovia. Veamos&mdash;añadió&mdash;esa
-ropa que usted quiere vender, y le diré en conciencia
-lo que vale.» «Aquí está&mdash;dijo el valentón poniéndosela
-delante&mdash;. No me negará usted que
-nada hay más magnífico: observe usted la hermosura
-de este terciopelo de Génova y lo exquisito
-de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta&mdash;respondió
-el prendero después de haber<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-examinado el vestido con la mayor atención&mdash;; es
-de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace
-usted&mdash;le preguntó mi amigo&mdash;de las perlas que
-adornan esta corona?» «Si fueran redondas&mdash;respondió
-Ibáñez&mdash;no tendrían precio; pero tales cuales
-son me parecen bellísimas y me gustan tanto
-como lo demás. Ni puedo menos de decir lo que
-siento; otro prendero estafador, en mi lugar aparentaría
-despreciar la mercancía para adquirir a
-bajo precio y no se avergonzaría de ofrecer por
-ella veinte doblones; pero yo, que tengo conciencia,
-ofrezco cuarenta.»</p>
-
-<p>»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento
-no hubiera sido un apreciador muy justificado,
-pues que solamente las perlas valían más de doscientos;
-pero el valentón, que se entendía con él,
-me dijo: «¡Mira la fortuna que has tenido de tropezar
-con un hombre tan timorato! El señor Ibáñez
-aprecia las cosas como si estuviera en el artículo
-de la muerte.» «Así es&mdash;respondió el prendero&mdash;, y
-por eso no hay que andar regateando conmigo ni
-por un solo maravedí; en cuyo supuesto, éste me
-parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.»
-«¡Espere usted!&mdash;replicó el valentón&mdash;. Antes de
-eso es menester que mi amiguito se pruebe el vestido
-que le dije a usted trajese para él, y mucho me
-engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces
-el lío el prendero, y me presentó una ropilla
-y unos calzones de buen paño musgo con
-botones de plata, todo medio usado. Me levanté
-para probarme el vestido, y aunque me venía muy<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-ancho y muy largo, les pareció a los dos compinches
-haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo
-tasó en diez doblones; y como nada se había de
-replicar a lo que decía, me fué preciso pasar por
-ello; de manera que sacó treinta doblones del bolsillo,
-los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio
-de mis vestiduras reales y de mi corona, y se lo
-llevó.</p>
-
-<p>»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy
-muy satisfecho de este prendero.» Tenía razón
-para estarlo, porque puedo asegurar que le sacó
-por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo,
-no se contentó con esto; tomó sin ceremonia
-la mitad del dinero que había sobre la mesa y me
-dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión,
-te aconsejo que con esos quince doblones
-que te quedan salgas al momento de esta ciudad,
-en donde puedes considerar las diligencias que se
-harán para buscarte de orden del señor arzobispo.
-Tendría yo el mayor sentimiento si, después de
-la heroica acción que has hecho para inmortalizar
-tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado
-en una prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto
-a alejarme cuanto antes de Sevilla; y con
-efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas
-camisas, salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa
-y amena campiña que entre viñas y olivares
-conduce a la antigua ciudad de Carmona, en
-tres días llegué a Córdoba.</p>
-
-<p>»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza
-Mayor, donde viven los mercaderes. Vendíme por<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>
-un hijo de familia natural de Toledo, que viajaba
-únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante
-decente para hacerlo creer, y algunos doblones
-que de propósito saqué delante del posadero le
-acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos
-años no me tuvo por algún muchacho travieso
-que se había escapado de casa de sus padres después
-de haberles robado. Como quiera que fuese,
-él no se mostró muy deseoso de saber más de lo
-que yo le decía, quizá por temor de que su curiosidad
-no me obligase a mudar de posada. Por seis
-reales diarios se daba buen trato en esta casa,
-donde comúnmente había gran concurrencia de
-gentes. Conté por la noche a la cena hasta doce
-personas a la mesa, y lo mejor que había era que
-todos comían sin hablar palabra, excepto uno
-que, hablando sin cesar a diestro y siniestro, compensaba
-bien con su charlatanería el silencio de
-los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando
-cuentos y embanastando chistes para divertirnos,
-los que alguna vez nos hacían reír a
-carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus
-ocurrencias que por burlarnos de ellas.</p>
-
-<p>»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que
-charlaba aquel estrafalario, que me hubiera levantado
-de la mesa sin poder dar razón de nada de
-cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo
-en una conversación que me importaba. «Señores&mdash;exclamó
-al fin de la cena&mdash;, les reservo a
-ustedes para postres un gracioso chasco que los
-días pasados dió un pícaro de muchacho en el pa<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>lacio
-del arzobispo de Sevilla. Contómelo cierto
-bachiller amigo mío que se halló presente.» Sobresaltáronme
-un poco estas palabras, no dudando que
-el lance que iba a contar era el mío; y, con efecto, no
-me engañé. Refirió el tal sujeto el pasaje con toda
-exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba;
-es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga,
-que fué lo que voy a referir a ustedes.</p>
-
-<p>»Apenas me escapé, cuando los moros que, según
-orden de la comedia que se representaba, debían
-apoderarse de mí aparecieron en la escena
-con el designio de venir a sorprenderme en la cama
-de césped en que me creían dormido; pero cuando
-quisieron echarse sobre el rey de León, se quedaron
-sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni
-roque. Paró la comedia, agitáronse todos los actores;
-unos me llaman, otros me buscan, éste grita,
-y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo,
-que oyó la bulla y confusión que había detrás del
-teatro, preguntó la causa. A la voz del prelado, un
-paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió
-y dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros
-hagan prisionero al rey de León, porque acaba de
-ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» «¡Bendito
-sea Dios!&mdash;exclamó el arzobispo&mdash;. ¡Ha hecho
-muy bien en huir de los enemigos de nuestra religión,
-librándose de las cadenas que le preparaban!
-Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su
-reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad.
-Por lo demás, mando seriamente que ninguno
-vaya en su seguimiento; sentiría mucho que<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>
-su majestad tuviese que padecer la menor desazón
-por parte mía.» Luego que dijo esto dió orden
-de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase
-la comedia.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XI">CAPITULO XI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Prosigue la historia de Escipión.</b></p></div>
-
-<p class="p2">»Mientras me duró el dinero el posadero usó de
-grandes atenciones conmigo; pero luego que advirtió
-que se me había acabado comenzó a tratarme
-con desagrado, buscando camorra a cada paso,
-y una mañana me dijo que le hiciera el favor de salir
-de su casa. Dejéla desdeñosamente, y me entré
-a oír misa en la iglesia de los padres dominicos.
-Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano
-pobre y me pidió limosna; saqué del bolsillo
-dos o tres maravedises, que le di diciendo: «Amigo
-mío, ruegue usted a Dios que me proporcione
-pronto una buena conveniencia. Si fuere oída su
-oración, no se arrepentirá de haberla hecho, y
-cuente con mi agradecimiento.»</p>
-
-<p>»A estas palabras me miró el pobre con mucha
-atención, y con seriedad me dijo: «¿Qué clase de
-conveniencia desea usted?» «Quisiera&mdash;le respondí&mdash;acomodarme
-de lacayo en cualquiera casa en
-donde lo pasase bien.» Me preguntó si me urgía.
-«No puede urgir más&mdash;le contesté&mdash;, porque si
-no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-hay medio: o habré de morir de hambre, o tendré
-que ser uno de vuestros compañeros.» «Si llegara
-ese caso&mdash;repuso él&mdash;, se le haría a usted muy
-cuesta arriba no estando acostumbrado a nuestra
-vida; pero a poco que se hiciese a ella, preferiría
-nuestro estado al de servir, que es sin disputa
-inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que
-usted quiere más servir que pasar como yo una
-vida holgada e independiente, dentro de poco tendrá
-usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo
-serle útil; hállese aquí mañana a esta misma
-hora.»</p>
-
-<p>»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día
-siguiente al mismo sitio, en donde no tardó mucho
-en presentarse el mendigo, que, acercándose a mí,
-me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo
-así, y me llevó a un sótano no distante de la misma
-iglesia y en el cual tenía su albergue. Entramos
-ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco
-largo que por lo menos habría servido cien años, el
-pobre me habló de esta manera: «Una buena acción,
-como dice el refrán, halla siempre su recompensa.
-Ayer me dió usted limosna, y esto me ha
-determinado a proporcionarle una buena colocación,
-la que, si Dios quiere, se conseguirá muy presto.
-Conozco a un dominico anciano llamado el
-padre Alejo, que es un santo religioso y un excelente
-director espiritual; tengo el honor de ser su demandadero,
-y desempeño este empleo con tanta
-discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear
-su valimiento en mi favor y en el de mis amigos.<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-Yo le hablé de usted, y le dejé muy inclinado a servirle.
-Le presentaré a su reverencia cuando usted
-quiera.» «¡No hay que perder momento!&mdash;dije
-al viejo mendigo&mdash;. ¡Vamos ahora mismo a ver
-ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al momento
-me condujo a la celda del padre Alejo, a
-quien encontramos escribiendo cartas espirituales.
-Suspendió su trabajo para hablarme, y me dijo
-que a ruegos del mendigo se interesaba por mí.
-«Habiendo sabido&mdash;continuó&mdash;que el señor Baltasar
-Velázquez necesita de un criado le he escrito
-esta mañana en tu favor, y acaba de responderme
-que te recibirá ciegamente yendo con mi recomendación.
-Puedes ir hoy mismo a verle de mi
-parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre
-esto el religioso me estuvo exhortando por espacio
-de tres cuartos de hora a que cumpliese bien con
-mis deberes, y se extendió particularmente sobre
-la obligación que yo tenía de servir con esmero
-al señor Velázquez; y concluyó asegurándome que
-él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con
-tal que mi amo no tuviese queja de mí.</p>
-
-<p>»Después de haber dado gracias por su favor al
-religioso, salí del convento con el pordiosero, quien
-me dijo que el señor Baltasar Velázquez era un
-mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso;
-«y no dudo&mdash;añadió&mdash;que lo pasará usted
-perfectamente en su casa». Me informé del sitio
-donde vivía, y al momento pasé allá después de
-haber prometido al mendigo mostrarme agradecido
-a sus buenos servicios tan pronto como estu<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>viese
-bien arraigado en mi acomodo. Entré en una
-gran tienda, en donde dos mancebos decentemente
-puestos que se paseaban de un lado a otro con
-modales afectados esperaban compradores. Preguntéles
-si el amo estaba en casa, y les dije que
-tenía que hablarle de parte del padre Alejo. Al oír
-este nombre venerable me hicieron entrar en la
-trastienda, donde estaba el mercader hojeando un
-gran libro de asiento que tenía sobre el escritorio.
-Saludéle respetuosamente, y habiéndome acercado
-a él, «Señor&mdash;le dije&mdash;, yo soy el mozo que el
-reverendo padre Alejo le ha propuesto para criado.»
-«¡Ah, hijo mío&mdash;me respondió&mdash;; seas muy bien venido!
-Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo
-a mi servicio con preferencia a tres o cuatro
-criados por quienes me han hablado. Es negocio
-concluído, y desde hoy te corre el salario.»</p>
-
-<p>»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader
-para conocer que era tal cual me le habían
-pintado, y aun me pareció tan sencillo que no pude
-menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar
-de jugarle alguna pieza. Hacía cuatro años que
-estaba viudo y tenía dos hijos: un varón que acababa
-de cumplir veinticinco años y una hembra
-que entraba en los quince. Esta, educada por una
-dueña severa y dirigida por el padre Alejo, caminaba
-por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez,
-su hermano, aunque nada se había omitido
-para hacerle hombre de bien, tenía todos los
-vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos
-o tres días fuera de casa, y si cuando volvía le<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-daba el padre alguna reprensión, Gaspar le mandaba
-callar levantando la voz más que él.</p>
-
-<p>«Escipión&mdash;me dijo un día el viejo&mdash;, tengo un
-hijo que me da mucho que sentir. Está envuelto
-en todo género de desórdenes, lo que verdaderamente
-extraño, porque su educación de ningún
-modo fué descuidada; le he tenido buenos maestros
-y mi amigo el padre Alejo ha hecho cuanto
-ha podido para atraerle al camino de la virtud,
-sin haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado
-en el libertinaje. Acaso me dirás que le he
-tratado con demasiada indulgencia en la pubertad
-y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he
-castigado siempre que me pareció necesario el rigor,
-porque, aunque soy tan bonazo, tengo entereza
-en las ocasiones que la piden, y aun le hice
-encerrar en una casa de corrección, de donde salió
-peor que entró en ella. En una palabra, es de aquellos
-mozos perdidos a quienes no pueden corregir
-el buen ejemplo, las represiones ni los castigos;
-sólo Dios puede hacer este milagro.»</p>
-
-<p>»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado
-padre, a lo menos aparenté que la tenía.
-«¡Cuánto me compadezco, señor!&mdash;le dije&mdash;. Un
-hombre tan honrado como usted merecía tener
-mejor hijo.» «¿Qué le hemos de hacer, hijo mío?&mdash;me
-respondió&mdash;. ¡Dios ha querido privarme de
-este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar&mdash;continuó&mdash;,
-te diré en confianza uno que me
-causa mucho desasosiego, y es la inclinación a robarme,
-que con demasiada frecuencia halla me<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>dios
-de satisfacer, a pesar de mi vigilancia. El
-criado antecesor tuyo estaba de inteligencia con
-él y por eso le despedí; pero de ti espero que no
-te dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con
-celo y fidelidad por mis intereses, como sin duda
-te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.» «Así
-es, señor&mdash;le repliqué&mdash;; durante una hora su reverencia
-no hizo otra cosa que exhortarme a no
-tener puesta la mira sino en el bien de su merced;
-pero puedo asegurar que para esto no necesitaba
-de su exhortación, porque me siento dispuesto a
-servir a su merced fielmente, y por último le prometo
-un celo a toda prueba.»</p>
-
-<p>»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las
-dos partes. El mocito Velázquez, elegante hasta
-dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía que
-yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor,
-me llamó a un paraje retirado y me habló en
-estos términos: «Escucha, amigo mío: estoy persuadido
-de que mi padre te habrá encargado que
-me espíes; pero te advierto que mires cómo lo
-haces, porque este oficio tiene sus quiebras. Si
-llego a conocer que andas averiguando mis acciones,
-te he de matar a palos; pero si quieres ayudarme
-a engañar a mi padre, puedes esperarlo todo
-de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más
-claro? Tendrás tu parte en las redadas que echemos
-juntos. Escoge, y en este mismo momento
-declárate por el padre o por el hijo, porque no
-admito neutralidad.»</p>
-
-<p>«Señor&mdash;le respondí&mdash;, mucho me estrecha usted<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-y veo bien que no podré menos de declararme en
-su favor, aunque en la realidad me repugna ser
-traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!&mdash;replicó
-Gaspar&mdash;. Mi padre es un viejo
-avaro que quisiera traerme todavía con andadores;
-un miserable que me niega lo que necesito,
-rehusándose a contribuir a mis placeres, siendo
-éstos de pura necesidad en la edad de veinticinco
-años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes
-mirar a mi padre.» «¡Basta, señor!&mdash;le dije&mdash;.
-No es posible resistir a un motivo tan justo de
-queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables
-empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia,
-para que no se vea en la calle vuestro
-fiel aliado. Creo que lo acertará usted si aparenta
-aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia
-de los demás, sin escasear las malas palabras. Tampoco
-hará daño tal cual bofetón y algún puntapié
-en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión
-me mostrare usted, tanta mayor confianza
-hará de mí el señor Baltasar. Por mi parte, fingiré
-huir de la conversación de usted; en la mesa le
-serviré mostrando que lo hago a más no poder, y
-cuando hable de usted con los mancebos de la
-tienda no lleve a mal que diga de su persona cuanto
-malo me viniere a la boca.»</p>
-
-<p>«¡Vive diez&mdash;exclamó el mozo Velázquez al oír
-estas últimas palabras&mdash;que estoy admirado de ti,
-amigo mío! En la edad que tienes, muestras un
-ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde
-luego me prometo de él los más felices resultados<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>
-y espero que con el auxilio de tu talento no he de
-dejar ni un solo doblón a mi padre.» «Usted me
-honra demasiado&mdash;le dije&mdash;confiando tanto en mi
-industria; haré cuanto pueda para no desmentir el
-concepto que ha formado de mí, y si no puedo
-conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»</p>
-
-<p>»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era
-efectivamente el hombre que necesitaba, y he aquí
-cuál fué el primer servicio que le hice: el arca del
-dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía
-este buen hombre, al lado de su cama, y le
-servía de reclinatorio. Siempre que yo la veía me
-alegraba la vista y en mi interior le decía muchas
-veces: «¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada
-para mí? ¿No tendré nunca el placer de contemplar
-el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando
-me daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a
-Gaspar estaba prohibida, entré un día a tiempo
-que su padre, creyendo que nadie le veía, después
-de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió
-la llave detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente
-el sitio y di parte de este descubrimiento al amo
-mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah
-mi querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de
-decirme? ¡Nuestra fortuna es hecha, hijo mío! Hoy
-mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y
-me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo
-me costará hallar un cerrajero servicial en Córdoba,
-que no es la ciudad de España en donde hay
-menos bribones.»</p>
-
-<p>»Pero ¿a qué fin&mdash;dije a Gaspar&mdash;quiere usted<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>
-mandar hacer una llave falsa, cuando podemos
-servirnos de la verdadera?» «Es cierto&mdash;me respondió&mdash;;
-pero temo que mi padre, por desconfianza
-o por otro motivo, la quiera esconder en otra parte,
-y lo más seguro es tener una que sea nuestra.»
-Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento
-me dispuse a estampar la llave en la cera,
-lo que ejecuté una mañana mientras que mi viejo
-amo hacía una visita al padre Alejo, con quien
-tenía frecuentemente largas conversaciones. No
-contento con esto, me serví de la llave para abrir
-el arca, que, estando llena de talegos grandes y
-pequeños, me puso en una perplejidad agradable,
-porque no sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente
-enamorado de los unos y de los otros. Sin
-embargo, como el miedo de ser sorprendido no me
-permitía hacer un detenido examen, echó mano a
-Dios y a ventura de uno de los mayores. En seguida,
-habiendo cerrado el arca y vuelto a poner
-la llave detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi
-presa, que fuí a esconder debajo de mi cama en
-una pieza pequeña donde yo dormía.</p>
-
-<p>»Después de concluída esta operación con tanta
-felicidad, me fuí a buscar al joven Velázquez, que
-me estaba esperando en una casa vecina, para donde
-me había dado cita, y le llené de gozo contándole
-lo que acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho
-de mí, que me hizo mil caricias y me ofreció
-generosamente la mitad del dinero que había en
-el talego, que yo no quise aceptar. «Señor&mdash;le dije&mdash;,
-este primer talego es para usted solo; sírvase usted<span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span>
-de él para sus necesidades. Presto volveré a hacer
-una visita al arca, en donde, gracias a Dios, hay
-dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días
-después saqué de ella otro talego, que contenía,
-como el primero, quinientos escudos, de los cuales
-no quise admitir más que la cuarta parte, por más
-instancias que me hizo Gaspar para obligarme a
-que los repartiésemos entre los dos como buenos
-hermanos.</p>
-
-<p>»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero,
-y por consiguiente en estado de satisfacer la pasión
-que tenía a las mujeres y al juego, se entregó a
-ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse
-con una de aquellas famosas damas cortesanas
-que en poco tiempo devoran y se tragan
-los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos
-gastos, y me puso en la necesidad de hacer
-tantas visitas al arca, que al fin el viejo Velázquez
-echó de ver que le robaban. «Escipión&mdash;me dijo
-una mañana&mdash;, tengo que hacerte una confianza:
-alguno me roba, amigo mío. Han abierto mi arca
-del dinero y me han sacado de ella muchos talegos.
-El hecho es constante; pero ¿a quién debo
-atribuir este robo? O por mejor decir, ¿quién otro
-sino mi hijo puede haberle hecho? Gaspar habrá
-entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú
-mismo le habrás introducido en ella, porque estoy
-tentado a creerte su confederado, aunque parezcáis
-mal avenidos los dos. Sin embargo, no quiero
-abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre
-Alejo por responsable de tu fidelidad.» Respondí<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>
-que, gracias al Cielo, no me tentaba la hacienda
-ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad
-hipócrita que contribuyó a sincerarme.</p>
-
-<p>»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre
-el asunto; pero no dejó de envolverme en su desconfianza,
-y tomando precauciones contra nuestros
-atentados, mandó poner al arca una cerradura
-nueva, cuya llave traía desde entonces continuamente
-en la faltriquera. Habiéndose interrumpido
-por este medio toda comunicación entre nosotros
-y los talegos, quedamos sin saber lo que nos
-pasaba, particularmente Gaspar, que, no pudiendo
-ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado
-a no verla más. En medio de esto, discurrió
-un arbitrio ingenioso que le proporcionó mantener
-su correspondencia por algunos días más, y fué el
-de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que
-me había tocado a mí de las sangrías que yo había
-hecho al arca. Entreguéle hasta el último maravedí,
-lo que, a mi parecer, podía pasar por una
-restitución anticipada que yo hacía al mercader
-anciano en la persona de su heredero.</p>
-
-<p>»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir
-aquel recurso, considerando que ya no le quedaba
-ningún otro, cayó en una melancolía profunda
-y obscura que poco a poco trastornó su
-razón. No mirando ya a su padre sino como a un
-hombre que causaba la desgracia de su vida, dió
-en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la
-voz de la sangre, el miserable concibió el horroroso
-designio de envenenarle. Poco satisfecho con ha<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>berme
-confiado este execrable proyecto, tuvo aliento
-para proponerme le sirviese de instrumento a
-su venganza. Horroricéme al oírle semejante propuesta,
-y le dije: «¡Es posible, señor, que estéis tan
-dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar
-esa abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais
-valor para quitar la vida al autor de la vuestra?
-¿Habríase de ver en España, en el seno del
-cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea
-horrorizaría a las más bárbaras naciones? ¡No, mi
-querido amo&mdash;añadí echándome a sus pies&mdash;, no!
-¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí
-toda la indignación de la Tierra y que sería castigada
-con un infame suplicio!»</p>
-
-<p>»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para
-disuadirle de un pensamiento tan culpable, y yo
-no sé dónde pude encontrar raciocinios tan honrados
-y discretos como empleé para combatir su
-desesperación; lo cierto es que le hablé como pudiera
-un doctor de Salamanca, a pesar de ser tan
-joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más
-que hice para convencerle de que debía volver sobre
-sí y desechar animosamente las detestables
-ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué
-inútil toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando
-un taciturno silencio, me hizo comprender
-que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.</p>
-
-<p>»En vista de esto, tomando mi determinación
-dije al anciano que quería hablarle en secreto, y
-habiéndome encerrado con él, «Señor&mdash;le dije&mdash;,
-permítame usted que me arroje a sus pies e im<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>plore
-su misericordia.» Dichas estas palabras, me
-postré delante de él lleno de agitación y con el
-rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader
-de aquella demostración y de verme tan turbado,
-me preguntó qué había hecho. «¡Un delito de que
-me arrepiento&mdash;le respondí&mdash;y que lloraré toda mi
-vida! He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo
-de usted y de ayudarle a que le robase.» Al mismo
-tiempo le hice una confesión sincera de todo lo
-sucedido en este particular, después de lo cual le
-di cuenta de la conversación que acababa de tener
-con Gaspar, cuyo designio le revelé sin omitir la
-menor circunstancia.</p>
-
-<p>»Por más mal concepto que el anciano Velázquez
-tuviese de su hijo, apenas podía dar crédito a mis
-palabras. Sin embargo, no dudando de la verdad
-de mi narración, «Escipión&mdash;me dijo levantándome
-del suelo, porque estaba todavía arrodillado&mdash;,
-yo te perdono en gracia del importante aviso que
-acabas de darme. ¡Gaspar&mdash;continuó alzando la
-voz&mdash;, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo
-ingrato, monstruo a quien hubiera valido más
-ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir para
-ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar
-contra mis días? ¡Todos los años te doy una cantidad
-suficiente para tus diversiones, y no estás
-contento! ¿Conque será necesario para contentarte
-permitirte que disipes todos mis bienes?» Habiendo
-hecho este doloroso apóstrofe, me encargó el secreto
-y me dijo que le dejase solo para pensar lo
-que debía hacer en tan delicada coyuntura.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p>
-
-<p>»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué
-resolución tomaría aquel desgraciado padre, cuando
-en el mismo día llamó a Gaspar, y, sin darle a
-entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo
-mío, he recibido una carta de Mérida, en que me
-dicen que si te quieres casar se proporciona una
-señorita de quince años, que, sobre ser muy hermosa,
-llevará consigo un gran dote. Si no tienes
-repugnancia al matrimonio, mañana al romper la
-aurora partiremos los dos a Mérida, veremos la
-persona que te proponen y si te gusta te casarás
-con ella.» Cuando Gaspar oyó hablar de un gran
-dote, y creyendo tenerlo ya en su poder, respondió
-sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y,
-con efecto, el día siguiente al amanecer marcharon
-solos y montados ambos en buenas mulas.</p>
-
-<p>»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y
-se vieron en un sitio tan apetecido de los salteadores
-como temido de los pasajeros, Baltasar echó
-pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo.
-Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía
-apear en aquel paraje. «Voy a decírtelo&mdash;le respondió
-el anciano mirándole con unos ojos en que
-estaban pintados la cólera y el dolor&mdash;. No iremos
-a Mérida, y la boda de que te he hablado es una
-mera invención mía sólo para atraerte aquí. No
-ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro
-el atentado que proyectas; sé que por disposición
-tuya se tiene preparado un veneno para dármelo.
-Pero dime, insensato, ¿has podido lisonjearte de
-quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>
-horror! Tu crimen se descubriría bien pronto y
-morirías a manos del verdugo. Hay&mdash;continuó&mdash;otro
-medio más seguro para que satisfagas tu furor
-sin exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos
-los dos sin testigos y en un sitio en que
-cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento
-estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu
-puñal y se atribuirá esta muerte a los salteadores.»
-A estas palabras, descubriendo Baltasar el pecho
-y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira,
-Gaspar&mdash;añadió&mdash;, dame aquí un golpe mortal,
-para castigarme de haber engendrado a un malvado
-como tú!»</p>
-
-<p>»El joven Velázquez, herido como de un rayo
-con estas palabras, muy lejos de intentar sincerarse,
-cayó de repente sin sentido a los pies de su
-padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado,
-que le pareció un principio de arrepentimiento, no
-pudo menos de ceder a la pasión paternal y acudió
-prontamente a socorrerle; pero Gaspar, luego que
-volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un
-padre tan justamente irritado, hizo un esfuerzo
-para levantarse, volvió a montar en su mula y se
-alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, y,
-abandonándole a sus remordimientos, se restituyó
-a Córdoba, en donde seis meses después supo que
-su hijo había tomado el hábito en la Cartuja de
-Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo
-penitencia.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_XII">CAPITULO XII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Fin de la historia de Escipión.</b></p></div>
-
-<p class="p2">»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir
-buenos efectos. La conducta que el joven
-Velázquez había tenido me obligó a hacer serias
-reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi
-inclinación a hurtar y me propuse vivir como hombre
-honrado. El hábito que yo había contraído de
-apoderarme de cuanto dinero podía haber a las
-manos se había radicado en mí con actos tan repetidos
-que no era fácil de vencer. Sin embargo,
-esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso
-no es menester mas que quererlo de veras.
-Emprendí, pues, esta grande obra, y el Cielo bendijo
-mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos
-el arca del mercader anciano, y aun creo que
-aunque hubiera estado en mi mano sacar de ella
-algunos talegos no los hubiera tocado. Sin embargo,
-confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner
-a prueba mi integridad reciente, de lo cual se
-guardó muy bien Velázquez.</p>
-
-<p>»Concurría frecuentemente a su casa un caballero
-joven de la Orden de Alcántara, llamado Manrique
-de Medrano. Todos le estimábamos mucho, porque
-era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque
-no de los más ricos. Prendóse tanto de mí este
-caballero, que siempre que me encontraba se detenía
-a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>
-«Escipión&mdash;me dijo un día&mdash;, si yo tuviera un
-criado de tan buen humor, creería poseer un tesoro,
-y si no estuvieras con un sujeto a quien estimo,
-nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor&mdash;le
-respondí&mdash;, eso le costaría muy poco a vuestra
-señoría, porque tengo inclinación a las personas
-distinguidas. Este es mi flaco; sus modales
-caballerosos me encantan.» «Siendo eso así&mdash;me
-replicó don Manrique&mdash;, quiero suplicar a mi amigo
-el señor Baltasar que permita te pases de su
-servicio al mío, y creo que no me negará este favor.»
-Concedióselo Velázquez inmediatamente, y
-con tanta mayor facilidad cuanto que se persuadía
-que la pérdida de un criado bribón no era irreparable.
-Por mi parte, me alegré de esta traslación,
-no pareciéndome el criado de un mercader sino
-un desarrapado en comparación del criado de un
-caballero de Alcántara.</p>
-
-<p>»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo
-amo, les diré que era un mozo arrogante, que encantaba
-a todos por sus apacibles costumbres y
-por su talento y que además tenía mucho valor
-y probidad. Sólo le faltaban bienes de fortuna;
-pero siendo el segundo de una casa más ilustre
-que rica, se veía obligado a vivir a expensas de
-una tía anciana residente en Toledo, que, amándole
-como si fuera hijo suyo, cuidaba de suministrarle
-cuanto dinero había menester para mantenerse.
-Vestía siempre con mucho aseo, y en todas
-partes era bien recibido. Visitaba las principales
-señoras de la ciudad, y entre otras a la marquesa<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
-de Almenara, que era una viuda de setenta y dos
-años, cuyos modales atractivos y agudeza de entendimiento
-atraían a su casa toda la nobleza de
-Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación,
-y su casa se llamaba <i>la buena sociedad</i>.</p>
-
-<p>»Mi amo era uno de los que más frecuentemente
-obsequiaban a esta señora. Una noche que acababa
-de separarse de ella me pareció verle en un desasosiego
-que no era natural. «Señor&mdash;le dije&mdash;, parece
-que vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel
-criado saber la causa? ¿Le ha acontecido a vuestra
-señoría alguna cosa extraordinaria?» Mi amo se
-sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto,
-le ocupaba la imaginación una conversación
-seria que acababa de tener con la marquesa de
-Almenara. «Me alegrara&mdash;le dije riéndome&mdash;que esa
-niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una
-declaración de amor.» «Pues no lo tomes a chanza&mdash;me
-respondió&mdash;; has de saber, amigo mío, que
-la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece
-tanto vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra
-distinguida nobleza; os miro con particular inclinación
-y he determinado daros mi mano para
-proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente
-enriqueceros de otro modo. Preveo que
-este enlace dará mucho que reír de mí al público,
-que seré objeto de las murmuraciones y que todos
-me tendrán por una vieja loca que quiere casarse.
-No me da cuidado; todo lo despreciaré por proporcionar
-a usted una suerte venturosa, y lo único que
-temo&mdash;me ha añadido&mdash;es que mostréis repugnan<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>cia
-al cumplimiento de mi deseo.» Esto es lo que me
-ha dicho la marquesa&mdash;prosiguió mi amo&mdash;. Teniéndola,
-como la tengo, por la señora más juiciosa y
-prudente de Córdoba, considera lo admirado que
-quedaría yo de oírla hablar en aquellos términos.
-Le he respondido que me maravillaba de que me
-hiciese el honor de proponerme su mano una señora
-que siempre había persistido en la resolución de
-subsistir viuda hasta la muerte. A esto me ha replicado
-que, poseyendo tan considerables bienes,
-quería hacer participante de ellos en vida a un
-hombre honrado a quien estimaba.» «Sin duda&mdash;le
-repliqué entonces&mdash;que vuestra señoría está ya resuelto
-a saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?&mdash;me
-respondió mi amo&mdash;. La marquesa es dueña de
-inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era
-preciso estar loco para malograr un establecimiento
-tan ventajoso para mí.»</p>
-
-<p>»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar
-tan excelente ocasión de adelantar su fortuna, y
-aun le persuadí que acelerase los preparativos;
-tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase
-este enlace. Pero, por fortuna, la marquesa estaba
-más deseosa que yo de que se realizara, y a este
-fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se
-dispuso todo lo necesario para celebrar la boda.
-Apenas se esparció por Córdoba la voz de que la
-marquesa vieja de Almenara se casaba con don
-Manrique de Medrano, cuando comenzaron los bufones
-a divertirse muy a costa de la buena viuda;
-pero por más que agotaron todas sus bufonadas y<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>
-chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución.
-Dejó hablar a los ociosos y se fué muy sosegada
-a la iglesia con su don Manrique. Celebróse
-la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo
-a la murmuración. «La novia&mdash;se decía&mdash;debiera,
-a lo menos por pudor, haber suprimido la
-pompa y el estrépito, como impropios en la boda
-de viudas ancianas que se casan con mozos.»</p>
-
-<p>»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada
-de ser a su edad esposa de un joven como aquél,
-se entregaba sin reserva al gozo que con ello experimentaba.
-Toda la nobleza cordobesa de uno y
-otro sexo estuvo convidada a una espléndida cena
-y a un baile no menos suntuoso que siguió después,
-al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron
-para ir a una habitación, donde, encerrándose
-con una criada mayor y conmigo, la marquesa
-dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique,
-ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo
-de la casa; de noche cada uno estará en el
-suyo y por el día viviremos juntos como madre e
-hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo
-que la señora no le hablaba de aquella suerte sino
-para obligarle a que le hiciese una dulce violencia,
-e imaginándose que por buena correspondencia
-debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y
-se ofreció con vivas instancias a servirle de ayuda
-de cámara. Pero ella, muy lejos de permitir que
-la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole:
-«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis
-por una de esas viejas verdes que vuelven a ca<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>sarse
-por fragilidad, estáis equivocado; no me he
-casado con vos sino para proporcionaros las ventajas
-que puedo por nuestro contrato matrimonial.
-Este es un don gratuito de mi corazón y no exijo
-de vuestro reconocimiento sino demostraciones de
-amistad.» Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí
-en nuestro cuarto, retirándose ella al suyo con su
-criada y prohibiendo absolutamente al caballero
-que le acompañase.</p>
-
-<p>»Después que se retiró permanecimos los dos un
-gran rato atónitos de lo que acabábamos de oír.
-«Escipión&mdash;me dijo mi amo&mdash;, ¿esperabas oír lo
-que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces
-de una señora como ésta?» «Juzgo, señor&mdash;le respondí&mdash;,
-que es de lo que no hay. ¡Qué dicha tiene
-usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple
-sin carga!» «Yo&mdash;replicó don Manrique&mdash;no acabo
-de admirar el carácter de una esposa tan apreciable
-y pretendo compensar con todas las atenciones
-imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.»
-Continuamos hablando de la señora y después nos
-retiramos a dormir, yo en una cama que había en
-un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada
-y magnífica que le habían puesto y en la cual
-creo que allá en lo íntimo de su corazón no le pesó
-mucho dormir solo, quedando pagado de ello con
-un ligero susto.</p>
-
-<p>»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos,
-en los que la recién casada se mostró de tan
-buen humor que dió nuevo pábulo a las chanzonetas
-de los zumbones. Ella era la primera que se<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-reía de lo que decían, los excitaba a chancearse
-y aun les daba pie para que aumentasen la chacota.
-El caballero por su parte no se mostraba
-menos contento que su esposa, y al ver el aspecto
-cariñoso con que la miraba y le hablaba, se hubiera
-dicho que estaba enamorado de la ancianidad.
-Aquella noche tuvieron los dos esposos otra
-conversación y quedaron de acuerdo en que, sin
-incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo
-que lo habían hecho antes de su casamiento. Sin
-embargo, merece elogiarse la conducta de don Manrique:
-hizo por consideración a su mujer lo que
-pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que
-fué apartarse del trato que tenía con cierta señorita
-de la clase media, a quien amaba y de la que
-era correspondido, no queriendo, decía, mantener
-una amistad que parecía insultar la delicada conducta
-que su esposa observaba con él.</p>
-
-<p>»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles
-de agradecimiento a esta señora anciana, ella se
-las pagaba con usura, aunque las ignorase. Hízole
-dueño del arca de su dinero, que valía más que la
-de Velázquez. Como había reformado su casa durante
-su viudez, la restituyó al mismo pie en que
-estaba en vida de su primer marido; aumentó el
-número de criados, llenó sus caballerizas de caballos
-y mulas; en una palabra, por sus generosas
-bondades, el caballero más pobre de la Orden de
-Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso
-me preguntarán ustedes qué saqué de todo esto:
-mi ama me regaló cincuenta doblones y mi amo<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
-ciento, haciéndome además su secretario con el
-sueldo de cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí
-tanta confianza, que me nombró su tesorero.»</p>
-
-<p>«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión
-cuando llegó a este paso y riéndome a carcajadas.
-«¡Sí, señor!&mdash;me replicó con semblante sereno
-y formal&mdash;. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me
-atrevo a decir que desempeñé con honor aquel
-empleo. Es verdad que acaso habré quedado debiendo
-alguna cosilla a la caja, porque como me
-cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de
-repente el servicio del caballero, no es imposible
-que haya resultado en la cuenta algún alcance; de
-todos modos, es la última reconvención que se me
-podrá hacer, supuesto que desde entonces acá he
-sido un hombre lleno de rectitud y probidad.</p>
-
-<p>»Hallábame, pues&mdash;continuó el hijo de la Coscolina&mdash;,
-de secretario y tesorero de don Manrique,
-que vivía tan satisfecho de mí como yo lo estaba
-de él, cuando recibió una carta de Toledo en que
-le noticiaban que su tía doña Teodora Moscoso
-estaba a los últimos de su vida. Le fué tan dolorosa
-esta noticia, que al momento partió a dicha
-ciudad para asistir a aquella señora, que hacía
-muchos años desempeñaba con él los oficios de
-madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda
-de cámara y un lacayo solamente, y montados
-todos cuatro en los mejores caballos de la cuadra,
-llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos
-a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas
-de que no moriría de aquella enfermedad. Con<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>
-efecto, no desmintió el resultado nuestros pronósticos,
-aunque contrarios al de un médico ya viejo
-que la asistía.</p>
-
-<p>»Mientras que la salud de nuestra buena tía se
-iba restableciendo visiblemente, menos quizá por
-los remedios que le hacían tomar que por la presencia
-de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba
-su tiempo lo más alegremente que podía
-con ciertos jóvenes cuyo trato era muy a propósito
-para proporcionarle ocasiones de gastar su dinero.
-Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde
-me incitaban a jugar con ellos, y como yo no era
-tan diestro jugador como mi amo don Abel, perdía
-muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente
-me iba aficionando al juego, y si me hubiera
-entregado del todo a esta pasión sin duda me hubiera
-precisado a tomar de la caja algunas mesadas
-anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la
-caja y mi virtud. Pasando yo un día cerca de la
-iglesia de San Juan de los Reyes vi asomada a
-una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a
-una linda niña, que más parecía deidad que criatura.
-Si encontrara otra voz más expresiva, usaría
-de ella para dar a entender a ustedes la fuerte impresión
-que sentí al verla. Informéme de quién
-era y, después de varias diligencias, supe que se
-llamaba Beatriz y que era doncella de doña Julia,
-hija segunda del conde de Polán.»</p>
-
-<p>Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a
-carcajada tendida, y dirigiendo la palabra a mi
-mujer, «¡Amable Antonia&mdash;le dijo&mdash;, míreme us<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>ted
-bien, y dígame por su vida si a su parecer
-tengo semblante de divinidad!» «Por lo menos entonces&mdash;le
-dijo Escipión&mdash;lo tenías a mis ojos; y
-ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa,
-me pareces más hermosa que nunca.» Mi secretario,
-después de una respuesta tan amorosa, prosiguió
-así su historia:</p>
-
-<p>«Este descubrimiento acabó de encenderme, no
-a la verdad en un ardor legítimo, porque me imaginé
-que fácilmente podría triunfar de su virtud
-combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla;
-pero yo conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente
-le ofrecí mi bolsillo y mis obsequios por
-medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó
-con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió
-más mis deseos, y recurrí al último arbitrio,
-que fué ofrecerle mi mano, la que aceptó luego
-que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique.
-Pareciónos a los dos que convenía tener
-oculto nuestro matrimonio por algún tiempo, y
-así, nos casamos de secreto, siendo testigos la señora
-Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados
-del conde de Polán. Luego que me casé con
-Beatriz, ella misma me facilitó el modo de verla
-y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba
-por una puertecilla cuya llave me entregó.
-Difícilmente se hallarían dos esposos que se amasen
-con más ternura que nos amábamos Beatriz
-y yo: era igual en ambos la impaciencia con que
-esperábamos la hora señalada para vernos y hablarnos;
-ambos acudíamos allí con la misma an<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>sia,
-y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos
-juntos, aunque algunas veces no dejaba
-de ser bien largo.</p>
-
-<p>»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían
-sido deliciosas las anteriores, al ir a entrar en
-el jardín quedé sorprendido de hallar abierta la
-puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé
-de ella un mal juicio; me puse pálido y trémulo,
-como si hubiese presentido lo que iba a sucederme;
-y acercándome en medio de la obscuridad
-hacia un cenador en donde había solido hablar a
-mi esposa, oí la voz de un hombre; me detuve
-para percibir mejor, y al momento llegaron a mis
-oídos estas palabras: <i>¡No me hagas penar más, mi
-querida Beatriz! ¡Completa mi felicidad, y piensa
-que de ella depende tu fortuna!</i> En vez de tener la
-paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad
-de oír más; un furor celoso se apoderó de
-mi alma, y, no respirando sino venganza, desenvainé
-la espada y entré precipitadamente en el
-cenador. «¡Ah vil seductor!&mdash;exclamé&mdash;. ¡Cualquiera
-que tú seas, antes de quitarme el honor será
-menester que me arranques la vida!» Diciendo estas
-palabras cerré contra el caballero que estaba en
-conversación con Beatriz, que se puso al momento
-en defensa, y se batió como persona más diestra
-en el manejo de las armas que yo, que no había recibido
-sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba.
-Sin embargo, a pesar de su destreza le tiré una
-estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un
-tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
-herido mortalmente, me puse en salvo a carrera
-tendida, sin querer responder a Beatriz, que me
-llamaba.»</p>
-
-<p>«Así fué puntualmente&mdash;interrumpió la mujer
-de Escipión, dirigiéndonos la palabra&mdash;. Yo le
-llamaba para sacarle de su error. El caballero que
-estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando
-de Leiva. Este señor, que amaba tiernamente
-a mi ama Julia, estaba determinado a sacarla de
-casa, pareciéndole que no la podría conseguir
-sino por este medio, y yo misma le había citado para
-el jardín con el fin de concertar con él esta fuga,
-de la cual me aseguraba él que pendía mi fortuna;
-pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí
-como de una esposa infiel.»</p>
-
-<p>«En el estado en que me hallaba&mdash;replicó Escipión&mdash;,
-era capaz de eso y mucho más. Los que saben
-por experiencia qué cosa son celos y las extravagancias
-que hacen cometer aun a los más sensatos,
-no se admirarán del trastorno que causaron
-en mi débil imaginación. Al momento pasé de un
-extremo a otro: a los sentimientos de ternura que
-un instante antes me animaban hacia mi esposa me
-sobrevinieron bien pronto impulsos de aborrecimiento,
-e hice juramento de abandonarla y desecharla
-para siempre de mi memoria. Por otra parte,
-creía haber muerto a un caballero, y bajo este
-concepto, temeroso de caer en manos de la justicia,
-experimentaba la turbación penosa que persigue
-por todas partes como una furia a un hombre que
-acaba de cometer un crimen. En esta horrible si<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>tuación,
-no pensando más que en ponerme en salvo,
-y sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo
-punto salí de Toledo, sin más equipaje que el
-vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba en
-el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no
-dejaba de ser un recurso bastante bueno para un
-mozo que tenía hecho ánimo de no pasar de criado
-en toda su vida.</p>
-
-<p>»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir
-fuí corriendo, porque la idea de los alguaciles,
-presente siempre en mi imaginación, me daba un
-continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda,
-y cuando llegué a este último pueblo, sintiéndome
-algo cansado, entré en la iglesia, que acababan de
-abrir, y después de haber hecho una breve oración
-me senté en un banco para descansar. Púseme a
-meditar en el estado de mis negocios, que no me
-daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo
-para hacer muchas reflexiones, porque luego oí
-resonar en la iglesia tres o cuatro chasquidos de
-látigo que me hicieron creer pasaba por allí
-algún alquilador. Me levanté al momento para ir
-a ver si me engañaba, y cuando estuve en la puerta
-vi uno montado en una mula, que llevaba de reata
-otras dos. «¡Parad, amigo mío!&mdash;le grité&mdash;. ¿Adónde
-van esas mulas?» «A Madrid&mdash;me respondió&mdash;;
-en ellas han venido a este pueblo dos religiosos
-dominicos, y me voy allá de retorno.»</p>
-
-<p>»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje
-de Madrid me inspiró deseo de verificarle. Ajustéme
-con el alquilador, monté en una de sus mu<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>las,
-y nos encaminamos hacia Illescas, en donde
-debíamos hacer noche.</p>
-
-<p>»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el
-alquilador, persona de treinta y cinco a cuarenta
-años, empezó a entonar cánticos de la Iglesia a
-toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos
-cantan a maitines, en seguida cantó el <i>Credo</i>,
-como en las misas solemnes, y luego, pasando a las
-vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni
-aun el <i>Magnificat</i>. Aunque el majadero me aturdía
-los oídos, yo no podía menos de reír; y aun le
-incitaba a continuar cuando se veía precisado a
-detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!&mdash;le
-decía&mdash;. ¡Prosiga usted, que si el Cielo le
-ha dado tan buenos pulmones, usted no hace mal
-uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso&mdash;me respondió&mdash;no
-me parezco, gracias a Dios, a la mayor
-parte de los alquiladores, que no cantan sino canciones
-infames o impías; ni tampoco canto nunca
-romances sobre nuestras guerras contra los moros,
-porque son unas cosas a lo menos frívolas, cuando
-no sean indecentes.» «Tenéis&mdash;le repliqué&mdash;una pureza
-de corazón que raras veces tienen los alquiladores.
-Y siendo tan escrupuloso en punto de canciones,
-¿habéis hecho también voto de castidad
-en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente&mdash;me
-respondió&mdash;. La continencia es también
-una cosa de que me precio en estos parajes;
-en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.»
-No quedé poco admirado de oír hablar de este
-modo a aquel fénix de los alquiladores; y tenién<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>dole
-por un hombre de bien y de talento, entablé
-conversación con él luego que acabó de cantar
-cuanto le dió la gana.</p>
-
-<p>»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego
-que nos apeamos en el mesón dejé a mi compañero
-que cuidase de sus mulas, y me metí en la cocina
-a encargar al mesonero que nos dispusiese una
-buena cena, lo que prometió hacer tan bien, que
-me acordaría, dijo él, toda mi vida de haberme alojado
-en su mesón. «¡Pregunte su merced&mdash;añadió&mdash;,
-pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal
-que desafiaría a todos los cocineros de Madrid y
-de Toledo a hacer una olla podrida como las que
-yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced
-con un guisado de gazapo compuesto de mi mano,
-y verá si tengo razón para ponderar mi habilidad.»
-Dicho esto, mostrándome una cazuela en que
-había&mdash;según él decía&mdash;un conejo hecho ya trozos.
-«Mire usted&mdash;continuó&mdash;lo que pienso darle
-después que le haya echado pimienta, sal, vino, un
-manojo de hierbas y algunos otros ingredientes
-que empleo en mis salsas, con lo que espero regalar
-a su merced con un guisado que se pudiera presentar
-a un contador mayor.»</p>
-
-<p>»El mesonero, después de haber hecho de este
-modo su elogio, comenzó a disponer la cena. Mientras
-tanto me entré en un cuarto, y, echándome en
-una mala cama que había allí, me quedé dormido
-de cansancio por no haber sosegado nada la noche
-antecedente. De allí a dos horas vino a despertarme
-el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>
-está pronta; venga usted, si gusta, a sentarse a la
-mesa», la cual estaba puesta en una sala con solos
-dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y
-yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con
-ansia, y me supo muy bien, ya fuese porque el
-hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete que
-le daban los ingredientes del cocinero. En seguida
-nos sirvieron un trozo de carnero asado; y observando
-que el alquilador sólo tomaba de este segundo
-plato, le pregunté por qué no tomaba del otro.
-Me respondió sonriéndose que no le gustaban los
-guisos; cuya respuesta, o, por mejor decir, la risita
-con que la había acompañado, me pareció misteriosa.
-«Usted me oculta&mdash;le dije&mdash;la verdadera
-razón que le impide comer de este guisado; hágame
-el gusto de decírmelo.» «Ya que usted tiene
-tanta curiosidad de saberla&mdash;replicó él&mdash;, le diré
-que tengo repugnancia a llenarme el estómago de
-esa especie de guisotes desde que caminando de
-Toledo a Cuenca me dieron una noche en un
-mesón, por conejo de vivar, un jigote de gato, lo
-que me ha hecho cobrar aversión a los cochifritos.»</p>
-
-<p>»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí
-enteramente el apetito en medio del hambre que
-me devoraba. Se me encajó en la cabeza que acababa
-de comer conejo sólo en el nombre, y ya no
-miré el guisado sino haciéndole gestos. El arriero,
-lejos de desvanecer mi aprensión, me la aumentó
-diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España
-hacían con frecuencia aquella especie de
-<i>quid pro quo</i>; lo que, como ustedes pueden pensar,<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>
-no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, me
-quitó del todo la gana, no ya de volver a probar
-el guisote, mas ni aun de tocar al asado, temiendo
-que el carnero no lo fuese más realmente que el
-conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones
-al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme
-a tender en la cama, y pasé la noche con más quietud
-de la que pensaba. El día siguiente muy temprano,
-después de haber pagado al mesonero con
-tanta largueza como si me hubiera tratado perfectamente,
-salí de Illescas tan ocupado el pensamiento
-en el guisado, que me parecían gatos cuantos
-animales se me ofrecían a la vista. Entramos
-temprano en Madrid, y después de haber satisfecho
-al conductor me hospedé en una posada de
-caballeros cerca de la Puerta del Sol. Aunque mis
-ojos estaban acostumbrados al gran mundo, no
-dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores
-que se ven comúnmente en el centro de la
-corte. Pasmóme el enorme número de coches y
-la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos
-que los grandes llevaban de comitiva. Llegó
-a lo sumo mi admiración cuando, habiendo ido
-a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos.
-Quedé encantado a la vista de tal espectáculo,
-y dije para mí: «Ya no me admiro de haber
-oído decir que es indispensable ver la corte de
-Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia;
-celebro infinito el visitarla, y el corazón
-me dice que he de hacer algo en ella.» Sin embargo,
-nada más hice que contraer algunas amistades in<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>útiles.
-Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y
-me tuve por muy dichoso en haberme acomodado,
-a pesar de todo mi mérito, con un pedante de Salamanca
-a quien conocí casualmente, que había ido
-a la corte, su patria, a negocios personales. Llegué
-a ser sus pies y sus manos, y cuando se restituyó a
-su Universidad, me llevó en su compañía.</p>
-
-<p>»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo
-amo. El mismo se tomaba el <i>don</i> por haber sido
-maestro de un duque, el cual por agradecimiento
-le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra
-por catedrático jubilado del colegio, y además de
-eso sacaba del público doscientos o trescientos doblones
-anuales por los libros de moral dogmática
-que solía dar a la prensa. El modo con que componía
-sus obras me parece digno de contarse. Gastaba
-casi todo el día en leer autores hebreos, griegos y
-latinos y en escribir en medias cuartillas de papel
-todos los apotegmas o pensamientos sublimes que
-encontraba en ellos. Conforme iba llenando las
-cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en
-figura de guirnalda, y cada una formaba un tomo.
-¡Qué de libros perversos hacíamos! Apenas se pasaba
-mes alguno sin que formásemos cuando menos
-dos volúmenes, y al momento iban a fatigar
-la prensa. Lo más extraordinario era que estas
-compilaciones se hacían pasar por cosas nuevas; y
-si los críticos trataban de hacer ver al autor que
-era un plagiario de las obras de los antiguos, les
-contestaba con orgulloso descaro: <i>Furto laetamur
-in ipso</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p>
-
-<p>»También era gran comentador, y estaban tan
-llenos de erudición sus comentos, que a cada paso
-hacía notas sobre cosas que no merecían reparo,
-así como en las medias cuartillas de papel escribía
-inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros
-autores. Yo no dejé de aprovechar en casa de este
-sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a lo menos,
-a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir
-decentemente; y considerándome él no ya
-como criado, sino como discípulo suyo, ilustró mi
-entendimiento, sin descuidarse en arreglar mis
-costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que
-algún otro criado había hecho algo malo: «¡Escipión&mdash;me
-decía&mdash;, guárdate bien, hijo, de hacer lo
-que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse
-en servir lealmente a su amo»; en una palabra, no
-perdía ocasión don Ignacio de exhortarme a la virtud,
-y sus palabras hacían en mí tanta impresión,
-que en los quince meses que lo serví no tuve la
-más mínima tentación de jugarle ninguna de las
-piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco
-hice en su casa la más leve travesura.</p>
-
-<p>»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de
-Madrid, donde tenía una parienta llamada Catalina,
-que era camarera del ama que había criado al
-príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la
-misma de quien me valí para sacar al señor Santillana
-de la torre de Segovia, deseosa de hacer
-algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su
-ama para que le consiguiese del duque de Lerma
-alguna pieza eclesiástica. El ministro le confirió el<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>
-arcedianato de Granada, porque, siendo aquel
-reino país de conquista, todas las prebendas son
-del patrimonio real y de nombramiento del rey.
-Luego que lo supimos marchamos a Madrid, porque
-quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores
-antes de ir a Granada. Con esta ocasión las tuve
-frecuentes de ver y tratar a la tal Catalina, que se
-pagó mucho de mi buen humor y desembarazo.
-No me gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que
-no pude dejar de corresponder ciertas señales de
-particular inclinación que me manifestaba; en
-conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname,
-querida Beatriz, esta confesión que hago; el
-mirarte entonces infiel a mí fué lo que me hizo
-propasar a lo que no me era permitido.</p>
-
-<p>»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo
-su viaje a Granada. Sobresaltados su parienta
-y yo de la dolorosa separación que se acercaba,
-discurrimos un arbitrio que nos libró de este
-golpe. Fingíme gravemente enfermo, quejándome
-de la cabeza, del vientre y del pecho, con todas las
-demostraciones del hombre más angustiado del
-mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después
-de haberme reconocido, me dijo de buena fe
-que mi enfermedad era más seria de lo que parecía,
-y que verosímilmente no me levantaría tan
-presto de la cama. Impaciente el doctor por irse
-a su catedral, no tuvo por oportuno dilatar más
-su viaje, y prefirió tomar otro criado para que le
-sirviera, contentándose con entregarme al cuidado
-de una asistenta, a la cual dejó cierta cantidad de<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-dinero para mi entierro si moría, o para recompensar
-mis servicios si salía de mi enfermedad.</p>
-
-<p>»Luego que supe que don Ignacio había salido
-para Granada me hallé curado de todos mis males.
-Levantéme, despedí al médico que había dado tan
-notoria prueba de su gran penetración, y me deshice
-de la asistenta, que me robó más de la mitad
-del dinero que debía entregarme. Mientras yo representaba
-este papel, Catalina desempeñaba otro
-muy diverso con su ama doña Ana de Guevara,
-a la cual, persuadiéndola de que yo era un intrigante
-ducho, la puso en deseo de escogerme por
-uno de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho
-apego a las riquezas, era dada a manejos que
-pudieran producirlas, y necesitando de personas a
-propósito para ello, me recibió entre sus criados.
-Tardé poco en dar pruebas de mi talento. Dióme
-algunos encargos delicados que pedían viveza y
-maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé
-a su satisfacción; por lo que quedó tan pagada
-de mí como yo poco satisfecho de ella, pues era
-tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho
-que le redituaban mis manipulaciones y mi industria.
-Parecíale que sólo con pagarme puntual y
-exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada
-generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera
-hecho salir muy presto de su casa a no haberme
-detenido en ella el afecto a Catalina, la cual, enamorada
-cada día más y más de mí, me propuso
-formalmente que nos casásemos.</p>
-
-<p>«¡Poco a poco!&mdash;le respondí&mdash;. Querida mía, esa<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>
-ceremonia no la podemos hacer tan prontamente;
-para eso es menester esperar la muerte de cierta
-jovencita que se anticipó a ti y con quien por
-mis pecados estoy ya casado.» «¡A otro perro con
-ese hueso!&mdash;replicó Catalina&mdash;. Ahora te quieres
-fingir casado para cohonestar cortesanamente la
-repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano
-aseguré mil veces que le decía la pura verdad,
-pues no hubo forma de hacérsela creer; y pareciéndole
-que mi sincera confesión era una excusa, se
-dió por ofendida, y desde aquel mismo punto mudó
-de estilo conmigo. No llegamos a reñir ni a romper
-del todo nuestra comunicación; pero resfriándose
-visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido
-nuestro trato a los precisos términos que no
-se podían negar a la buena crianza y al bien parecer.</p>
-
-<p>»En este estado me hallaba cuando supe que el
-señor Gil Blas de Santillana, secretario del primer
-ministro del reino de España, estaba a la sazón sin
-criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor
-y más ventajosa a que podía aspirar. «El señor
-de Santillana&mdash;me dijeron&mdash;es un caballero de
-mucho mérito, un mozo sumamente querido del
-duque de Lerma y a cuya sombra no puedes menos
-de hacer una gran fortuna; además de eso, es de
-un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo
-tú sus negocios, no dudes que harás también el
-tuyo.» No malogré la ocasión; presentéme al señor
-Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación,
-agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span>
-me detuve un punto en dejar por él la de la señora
-ama; y éste, si Dios quiere, será el último amo a
-quien sirva.»</p>
-
-<p>Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose
-después a mí, me habló en estos términos:
-«Señor de Santillana, hágame usted el favor
-de atestiguar a estas señoras que siempre me ha
-tenido por un criado tan fiel como celoso. He menester
-de este testimonio para persuadirles que el
-hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía
-sus malas costumbres, sucediendo a ellas en su corazón
-y en sus operaciones virtuosos y honrados
-pensamientos.»</p>
-
-<p>«Así es, señoras&mdash;les dije&mdash;; eso puedo asegurárselo.
-Si en su niñez Escipión era un verdadero
-pícaro, se ha corregido después tan completamente,
-que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados.
-Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender
-en su modo de portarse desde que está en
-mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy deudor
-de muchas obligaciones. La noche que me prendieron
-para llevarme al alcázar de Segovia libertó
-mi casa del pillaje y puso en seguridad parte de mis
-efectos, que impunemente pudo haberse apropiado.
-No contento con haber mirado por la conservación
-de mis bienes, quiso, llevado de puro afecto,
-encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a los
-atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme
-en mis trabajos.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p>
-
-<h2>LIBRO UNDECIMO</h2>
-
-<h3 id="IV_I">CAPITULO PRIMERO</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había
-experimentado en su vida, y del funesto accidente
-que la turbó. Mutaciones sobrevenidas en la corte,
-que fueron causa de que Santillana volviese a ella.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían
-muy bien las dos; la una acostumbrada a vivir
-como criada sumisa, y la otra acostumbrándose
-gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos
-muy condescendientes y muy amados de nuestras
-esposas para no tener bien pronto la satisfacción
-de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas
-casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera
-que parió, y dió a luz una niña, y pocos días después
-Antonia nos llenó de alegría dándome un
-niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta
-noticia al gobernador, que vino inmediatamente a
-Liria, en compañía de Serafina y de la marquesa
-de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos, teniendo
-el gusto de añadir esta prueba más de afecto
-a todas las que yo había recibido de él. Mi hijo, que<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-tuvo por padrinos a este señor y a la marquesa, se
-llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo
-dispensarme el honor de que yo fuera su compadre
-por dos títulos, se prestó a ser madrina, juntamente
-conmigo, de la hija de Escipión, a la cual se
-le puso el nombre de Serafina.</p>
-
-<p>El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a
-las personas de la quinta, sino que todos los vecinos
-de Liria lo celebraron también con festejos.
-Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente
-se convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros
-por un suceso que en más de veinte años no
-he podido olvidar y que tendré eternamente en
-la memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió
-su madre, sin embargo de haber tenido un parto
-feliz; una violenta calentura me arrebató mi querida
-esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio.
-Figúrese el lector cuánta sería mi amargura.
-Caí en un abatimiento de ánimo y en una estupidez
-inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible
-a fuerza de sentir la pérdida experimentada.
-Pasé cinco o seis días en tan doloroso estado,
-sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo
-que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado
-morir de hambre o hubiera perdido el juicio; pero
-este discreto secretario supo distraer mi aflicción
-tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme
-tomar algunos caldos presentándomelos con
-un semblante tan triste, que parecía me los ponía
-delante no tanto para conservar mi vida como para
-dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escri<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>bió
-al mismo tiempo a don Alfonso noticiándole las
-desgracias que me habían sucedido y la lastimosa
-situación en que me encontraba. Este señor, tierno
-y compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente
-a Liria. Yo no puedo traer a la memoria
-sin enternecerme el momento en que se presentó
-a mi vista. «Mi amado Santillana&mdash;me dijo echándome
-los brazos al cuello&mdash;, no vengo a consolarte;
-vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu amable
-Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la
-de mi adorada Serafina si la muerte me la hubiera
-arrebatado.» Con efecto; vertió algunas lágrimas y
-confundió sus suspiros con los míos. En medio de
-la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron
-de excitar en mi corazón un vivo agradecimiento
-las afectuosas demostraciones de don Alfonso.</p>
-
-<p>Este gobernador tuvo una larga conversación con
-Escipión sobre lo que convendría adoptar para
-vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería necesario
-por algún tiempo alejarme de Liria, en donde
-por todas partes se me representaba continuamente
-la imagen de Antonia. Convenidos en esto, me
-propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia
-con él; y mi secretario apoyó tan eficazmente la
-propuesta, que la acepté. Dejé a Escipión y a su
-mujer en la quinta y marché con el gobernador.
-Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera
-no perdonaron diligencia alguna para divertir mi
-aflicción, echando mano de todas las distracciones
-oportunas para disiparla; pero a pesar de todos
-los esfuerzos permanecí sumergido en una profun<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>da
-melancolía, de que no pudieron sacarme. Nada
-omitía tampoco por su parte Escipión de cuanto
-pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad.
-Iba frecuentemente de Liria a Valencia
-a informarse de mi estado, y se volvía más alegre
-o más triste según me veía más o menos dispuesto
-a consolarme.</p>
-
-<p>Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y
-me dijo: «Señor, corre por la ciudad una noticia
-que llama la atención de toda la monarquía. Se
-dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el
-trono el príncipe su hijo. Añádese que al cardenal
-duque de Lerma le han separado de su empleo,
-con prohibición de presentarse en la corte, y que
-don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, es en la
-actualidad primer ministro.» Sentíme conmovido; y
-conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba
-yo parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte
-quieres tú, hijo mío, que yo tome en él?&mdash;respondí&mdash;.
-Ya dejé la corte; todas las mutaciones que pueden
-sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»</p>
-
-<p>«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para
-la edad que tiene!&mdash;replicó el hijo de la Coscolina&mdash;.
-Si yo me hallase en su lugar, no dejaría de
-tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a presentarme
-al nuevo monarca para ver si se acordaba
-de haberme visto. Este gusto no me lo perdonaría.»
-«¡Ya te entiendo!&mdash;le dije&mdash;. Tú quisieras que yo
-volviera a la corte para tentar en ella de nuevo la
-fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí
-avariento y ambicioso.» «¿Por qué se habían de es<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span>tragar
-todavía allí las costumbres de usted?&mdash;me
-replicó Escipión&mdash;. Tenga usted más confianza que
-la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de
-usted. Las sanas reflexiones que le obligó a hacer
-su desgracia acerca de los peligros de la corte son
-muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase,
-pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos
-escollos le son bien conocidos.» «¡Calla, adulador!&mdash;le
-interrumpí sonriéndome&mdash;. ¿Estás ya cansado de
-verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas
-más mi sosiego.»</p>
-
-<p>Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron
-en mi cuarto don César y su hijo, quienes
-me confirmaron la noticia de la muerte del rey
-y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo
-que, habiendo éste pedido licencia para retirarse
-a Roma, en lugar de dársela se le había
-mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia.
-Después, como si estuvieran ambos de acuerdo con
-mi secretario, me aconsejaron fuese a Madrid y
-me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía
-y le había hecho unos servicios que los grandes
-recompensan con bastante gusto. «Yo a lo menos&mdash;dijo
-don Alfonso&mdash;no tengo la menor duda de
-que se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe
-IV de pagar las deudas del príncipe de Asturias.»
-«Del mismo sentido soy yo&mdash;dijo don César&mdash;,
-y aun el corazón me está diciendo que el viaje de
-Santillana a la corte le ha de abrir camino para
-grandes empleos.»</p>
-
-<p>«En verdad, señores míos&mdash;exclamé&mdash;, que us<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>tedes
-no han meditado bien lo que me aconsejan.
-Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid
-para lograr la llave dorada o algún gobierno; y
-están muy equivocados. Yo, al contrario, estoy
-muy persuadido de que el rey no reparará en mí
-aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean,
-haré la prueba para desengañarlos.» Cogiéronme
-luego la palabra los señores de Leiva, y
-me instaron tanto, que no pude menos de prometerles
-que cuanto antes iría a Madrid. Luego que
-mi secretario me vió determinado a hacer este
-viaje experimentó una alegría descompasada,
-imaginándose que lo mismo sería ponerme yo delante
-del nuevo monarca que distinguirme entre
-la confusión. En este concepto, forjando en su
-mente las más pomposas quimeras, me encumbraba
-a los primeros empleos del Estado, y él se
-acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.</p>
-
-<p>Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo
-de volver a incensar a la fortuna, sino únicamente
-por complacer a don César y a su hijo, a
-quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente
-me atraería el favor del soberano.
-A decir verdad, a mí también me picaba un poco
-el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente
-de mí. Arrastrado de esta natural curiosidad,
-pero sin esperanza, ni aun pensamiento de
-lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado,
-tomé el camino de Madrid, acompañado de Escipión,
-dejando el cuidado de mi hacienda a Beatriz,
-que era muy buena mujer de gobierno.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="IV_II">CAPITULO II</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte,
-reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro,
-y efectos de esta recomendación.</b></p></div>
-
-<p class="p2">En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos
-don Alfonso dejado dos de sus mejores
-caballos para que hiciésemos el viaje con mayor
-diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros
-donde ya en otro tiempo me había hospedado,
-propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, que
-tuvo mucho gusto de volverme a ver.</p>
-
-<p>Era éste un hombre que se preciaba de saber todo
-lo que pasaba en la corte y en la villa, y le pregunté
-qué había de nuevo. «Muchas novedades&mdash;me
-respondió&mdash;. Después de la muerte de Felipe
-III los amigos y los partidarios del cardenal
-duque de Lerma se valieron de varios medios
-para mantener a su eminencia en el ministerio;
-pero sus esfuerzos han sido inútiles, porque el conde
-de Olivares pudo más que todos ellos. Quieren
-decir que España nada ha perdido en el cambio,
-porque el nuevo primer ministro tiene talento y
-conocimientos tan vastos que es capaz de gobernar
-el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo que no
-admite duda es&mdash;continuó&mdash;que la nación ha concebido
-la idea más ventajosa de su capacidad. El
-tiempo nos dirá si el sucesor del duque de Lerma
-llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.»<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span>
-Empeñado ya Forero en una conversación tan de
-su genio, me hizo una puntual relación de todas
-las mutaciones que se habían hecho en la corte
-desde que el conde de Olivares manejaba el timón
-de la monarquía.</p>
-
-<p>A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio,
-cuando ya el rey había acabado de comer.
-Me coloqué al paso por donde debía entrar a su
-gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al
-mismo paraje, y no fuí más dichoso. El subsiguiente
-echó sobre mí una mirada al pasar; pero no dió
-muestras de haber reparado en mí, y en vista de
-esto, tomé mi resolución. «Tú ves&mdash;dije a Escipión
-que me acompañaba&mdash;que el rey ya no me
-conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso
-de mí. Lo más acertado será volver a tomar el
-camino de Valencia.» «¡No vayamos tan aprisa,
-señor!&mdash;me respondió mi secretario&mdash;. Usted sabe
-mejor que yo que para negociar en la corte es menester
-paciencia. No deje usted de presentarse al
-rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará
-usted a considerar más atentamente y a recordar
-las facciones de su agente cerca de la bella Catalina.»</p>
-
-<p>Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme
-tuve la condescendencia de continuar del mismo
-modo por espacio de tres semanas. Llegó, finalmente,
-un día en que, habiendo atraído la atención
-del monarca, me mandó llamar. Entré en su
-gabinete, no sin gran turbación de hallarme a
-solas con mi rey. «¿Quién eres?&mdash;me dijo&mdash;. Tus<span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span>
-facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he
-visto?» «Señor&mdash;le respondí temblando&mdash;, yo tuve
-la honra de conducir una noche a vuestra majestad
-con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya
-me acuerdo!&mdash;interrumpió el rey&mdash;. Tú eres secretario
-del duque de Lerma, y, si no me engaño, tu
-nombre es Santillana. No me he olvidado de que
-en aquella ocasión me serviste con mucho celo,
-ni tampoco de que fueron mal recompensados tus
-afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?» «Sí,
-señor&mdash;le repliqué&mdash;; cuatro meses lo estuve en el
-alcázar de Segovia; pero vuestra majestad tuvo
-la bondad de mandarme poner en libertad.» «Eso&mdash;respondió&mdash;no
-satisfizo la obligación que contraje
-con Santillana. No basta haber hecho que
-se le pusiese en libertad: debo premiarle también
-lo mucho que padeció por servirme.»</p>
-
-<p>Al acabar el rey de decir estas palabras entró
-en el gabinete el conde de Olivares. Todo espanta a
-los favoritos. Quedó absorto de ver allí a un desconocido,
-y el rey aumentó su sorpresa diciéndole:
-«Conde, pongo a tu cuidado este joven; te encargo
-que le des algún empleo y procures adelantarle.»
-Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado,
-mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud
-por saber quién era yo. «Vete, amigo mío&mdash;añadió
-el monarca, dirigiéndome la palabra y
-haciéndome seña de que me retirase&mdash;; el conde
-no dejará de emplearte en provecho de mi servicio
-y de tus intereses.»</p>
-
-<p>Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span>
-hijo de la Coscolina, que, impaciente por saber lo
-que el rey me había dicho, se hallaba en una agitación
-imponderable, y al momento me preguntó si
-era necesario volver a Valencia o permanecer en
-la corte. «Tú lo podrás juzgar», le respondí, y al
-mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra
-por palabra la conversación que acababa de
-tener con el monarca. «Querido amo&mdash;me dijo entonces
-Escipión en el exceso de su alegría&mdash;, ¿se
-burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese
-usted que ni los señores de Leiva ni yo discurríamos
-mal cuando le instábamos tanto a que
-se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted
-en un puesto eminente: será el Calderón del conde
-de Olivares.» «Eso es lo que menos deseo&mdash;interrumpí&mdash;.
-Ese destino está cercado de demasiados
-precipicios para excitar mi anhelo. Yo quisiera un
-empleo que no me ofreciera ninguna ocasión de
-hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los
-favores del rey; después del uso que he hecho de
-mi pasado valimiento, no puedo menos de precaverme
-contra la avaricia y contra la ambición.»
-«¡Animo, señor!&mdash;me replicó mi secretario&mdash;. El
-ministro os colocará en algún puesto que podáis
-desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.»</p>
-
-<p>Instado más por Escipión que por mi curiosidad,
-me fuí el día siguiente a casa del conde de Olivares
-antes de amanecer, noticioso de que todas las
-mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia
-con luz artificial a cuantos querían hablarle. Me
-coloqué por modestia en un rincón de la sala y<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span>
-desde allí estuve observando bien al conde luego
-que se dejó ver, porque había fijado poco la atención
-sobre él en el gabinete del rey. Era un hombre
-de estatura menos que mediana y podía pasar por
-gordo en un país donde los más son flacos; tan
-cargado de espaldas, que parecía corcovado, aunque
-no lo era en realidad; su cabeza, que era de
-gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello
-negro y lacio; la cara, larga; el color, aceitunado;
-la boca, hundida, y la barbilla, puntiaguda y muy
-levantada.</p>
-
-<p>Este conjunto no formaba una persona muy bien
-parecida. Con todo eso, como ya me lo figuraba
-inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia y
-me parecía bien. Verdad es que recibía a todos
-con un aire tan afable y bondadoso, y tomaba tan
-cortésmente los memoriales que se le presentaban,
-que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo,
-cuando me llegó la vez de acercarme para
-saludarle y que me conociera, me echó una mirada
-ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda
-sin dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces
-me pareció aquel señor aún más feo de lo
-que naturalmente era. Salí atónito en extremo de
-un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo
-qué inferir de él.</p>
-
-<p>Reunido con Escipión, que me esperaba a la
-puerta, «¿Sabes&mdash;le dije&mdash;el recibimiento que he
-tenido?» «No, señor&mdash;me respondió&mdash;; pero no es
-difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse
-con la voluntad del rey, habrá propuesto a<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>
-usted un empleo de importancia.» «Te engañas»,
-le repliqué; referíle el lance según había pasado,
-el que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso
-es que el conde no le conociera a usted o le tuviera
-por otro. Mi parecer es que vuelva usted a verle
-y no dude que le recibirá con mejor semblante.»
-Tomé el consejo de mi secretario. Presénteme segunda
-vez al ministro, quien me recibió todavía
-peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome
-como si mi presencia le causase enojo; después
-apartó de mí la vista y se retiró sin hablar una
-palabra.</p>
-
-<p>Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones
-de regresar inmediatamente a Valencia; pero
-Escipión no cesó de oponerse a ello, no pudiendo
-resolverse a renunciar a las esperanzas que había
-concebido. «¿No conoces&mdash;le dije&mdash;que el conde
-quiere alejarme de la corte? Habiendo visto él
-mismo la inclinación que me manifestó el monarca,
-¿no basta eso para atraerme la aversión de su
-favorito? Cedamos, hijo mío, cedamos con gusto
-al poder de un enemigo tan temible.» «Señor&mdash;respondió
-colérico Escipión&mdash;, yo no abandonaría el
-campo; iría a quejarme al rey del poco caso que
-ha hecho el ministro de su recomendación.» «¡Mal
-consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan imprudente,
-poco tardaría en arrepentirme; ni aun
-sé si corro peligro en detenerme en esta capital.»</p>
-
-<p>A estas palabras mi secretario mudó de parecer,
-y considerando que las habíamos con un hombre
-que podía volvernos a enviar a la torre de Segovia,<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span>
-participó de mi temor y no resistió más al deseo
-que yo tenía de dejar a Madrid, de donde resolví
-alejarme al día siguiente.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_III">CAPITULO III</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por
-obra el pensamiento de dejar la corte y del importante
-servicio que le hizo José Navarro.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Al volverme a la posada de caballeros encontré
-a José Navarro, repostero de don Baltasar de Zúñiga
-y mi antiguo amigo. Le saludé acercándome
-a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la
-bondad de querer hablar a un desatento que había
-pagado con ingratitud su amistad. «¿Luego usted
-mismo confiesa&mdash;me respondió&mdash;que no procedió
-bien conmigo?» «Sí, señor&mdash;le respondí&mdash;, y tiene
-usted sobrada razón para llenarme de reconvenciones,
-porque las merezco, si es que no he expiado
-mi crimen con los remordimientos que a él se han
-seguido.» «Ya que está usted tan arrepentido de
-su culpa&mdash;repuso Navarro dándome un abrazo&mdash;,
-no debo acordarme más de ello.» Yo también le
-estreché cuanto pude entre mis brazos, y ambos
-renovamos desde aquel punto nuestra antigua amistad.
-Había sabido mi prisión y el trastorno de mi
-suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo,
-contándole hasta la conversación que había tenido
-con el rey, sin ocultarle el mal recibimiento que<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span>
-me acababa de hacer el ministro ni el designio en
-que me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate
-usted de irse&mdash;me dijo&mdash;. Supuesto que el monarca
-le ha manifestado inclinación, es necesario que usted
-haga que le sirva de algo. Aquí para entre los
-dos, el conde Olivares tiene sus extravagancias; es
-caprichoso, y a veces, como en la presente ocasión,
-procede de un modo que irrita, pues él solo tiene
-la clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás,
-sea cual fuere la causa de haberos recibido
-tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque os
-aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis
-de la bondad del rey, y, a mayor abundamiento,
-yo le diré dos palabras al señor don Baltasar
-de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de
-Olivares y le ayuda a sostener el peso del gobierno.»
-Preguntóme después Navarro dónde yo vivía,
-y sin decirme más nos separamos.</p>
-
-<p>Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente
-fué a buscarme. «Señor de Santillana&mdash;me dijo&mdash;,
-usted tiene un protector: mi amo quiere favorecerle.
-En virtud del informe que le he dado de
-usted, me ha ofrecido recomendarle al conde de
-Olivares, su sobrino, y no dudo que le incline a su
-favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir
-a medias, me presentó dos días después a don Baltasar,
-quien me dijo con semblante apacible: «Señor
-de Santillana, su amigo José me ha hecho un
-elogio tan cumplido de usted, que me ha movido
-a protegerle.» Hice una profunda reverencia al señor
-de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span>
-confesaría sumamente reconocido al señor Navarro
-por haberme granjeado la protección de un ministro
-a quien llamaban con justa razón <i>la antorcha
-del Consejo</i>. Al oír don Baltasar esta lisonjera
-contestación me dió una palmadita en el hombro
-riéndose y me dijo: «Puede usted volver mañana
-a casa del conde de Olivares y quedará más contento
-de él.»</p>
-
-<p>Con efecto, al otro día me presenté en su antesala
-por la tercera vez; reconocióme entre la multitud
-de pretendientes, miróme y sonrióse, lo que
-desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto
-va bien!&mdash;dije entre mí&mdash;. El tío debe de haber
-reducido a la razón al sobrino.» Así, pues, desde
-entonces me prometí una acogida favorable, y en
-verdad que no me engañé. Después que el conde
-despachó a los demás me hizo entrar en su gabinete
-y en tono muy familiar me dijo: «Perdona,
-amigo Santillana, el apuro en que te he puesto
-por divertirme. Me he complacido en inquietarte
-para probar tu discreción y ver el partido que tomabas
-en vista de mi mal humor. Sin duda tú te
-persuadirías de que me eras desagradable; pero al
-contrario, hijo mío, te confesaré que aprecio mucho
-tu persona. Aunque el rey mi amo no me
-hubiera mandado cuidar de tu fortuna, lo haría
-yo por mi propia inclinación. Además, don Baltasar
-de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me
-ha encargado te mire como a persona por quien él
-se interesa y no necesito más para determinarme
-a ponerte a mi lado.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p>
-
-<p>Esta primera entrada hizo tanta impresión en
-mi ánimo, que quedé casi enajenado. Me eché a los
-pies del ministro, y habiéndome dicho que me levantase,
-prosiguió de esta manera: «Después de
-comer vuelve acá y ve a verte con mi mayordomo,
-que él te dará las órdenes que yo le encargare.»
-Dicho esto, salió su excelencia de su despacho
-para ir a oír misa, que es lo que acostumbraba hacer
-todos los días después de dar audiencia, y en
-seguida se marchaba a palacio para hallarse en
-el cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_IV">CAPITULO IV</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de
-Olivares.</b></p></div>
-
-<p class="p2">No me descuidé en volver después de comer a
-casa del primer ministro. Pregunté por su mayordomo,
-que se llamaba don Ramón Caporis, el cual
-luego que oyó mi nombre me saludó con particular
-respeto y me dijo: «Caballero, sígame usted, si
-gusta, que voy a conducirle a la habitación que
-se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me
-llevó por una escalerilla secreta, la cual conducía
-a una fila de cinco o seis salas a un mismo piso,
-que formaban un ala de la casa, alhajada regularmente.
-«Esta es&mdash;me dijo&mdash;la habitación que su
-excelencia le señala. Usted disfrutará aquí de una
-mesa de seis cubiertos de cuenta de su excelencia<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>,
-será servido por sus propios criados y tendrá siempre
-a su disposición un coche. Aun no lo he dicho
-todo: su excelencia me ha encomendado eficazmente
-que tenga a usted las mismas consideraciones
-que si fuera de la Casa de Guzmán.»</p>
-
-<p>«¿Qué diablos significa todo esto?&mdash;me decía a
-mí mismo&mdash;. ¿Cómo consideraré yo estas distinciones?
-¡Quiero saber si envolverán alguna malicia
-o si todavía por divertirse el ministro hará que me
-traten tan honoríficamente!» Mientras me hallaba
-en esta incertidumbre, fluctuando entre el temor y
-la esperanza, vino un paje a decirme que el conde
-me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia,
-que estaba solo en su gabinete. «Y bien, Santillana&mdash;me
-dijo&mdash;, ¿estás contento con tu habitación y
-con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las
-bondades de vuestra excelencia&mdash;le respondí&mdash;me
-parecen excesivas y no las acepto sin zozobra.»
-«¿Pues por qué?&mdash;me replicó&mdash;. ¿Puede caber exceso
-en honrar a una persona que el rey me ha
-recomendado y de quien quiere que yo cuide? En
-tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber.
-Por mucho que haga por ti, no te admires,
-y cuenta con una fortuna brillante y sólida si me
-eres tan afecto como lo fuiste al duque de Lerma.
-Pero ya que hemos nombrado a este señor&mdash;prosiguió&mdash;,
-he oído decir que vivíais los dos con
-mucha intimidad. Quisiera saber cómo os conocisteis
-y en qué te empleaba aquel ministro. No me
-ocultes nada; dímelo todo con sinceridad.» Acordéme
-entonces de la perplejidad en que me vi<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span>
-cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante
-caso y del medio que me valí para salir de
-ella, el cual practiqué aún más afortunadamente;
-quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido
-que pude a los lances más escabrosos y toqué
-ligeramente aquellos que me hacían poco honor.
-También procuré poner en buen lugar al duque de
-Lerma, aunque conocía que no disculpándole del
-todo hubiera dado más gusto a mi oyente. Por lo
-que toca a don Rodrigo Calderón, nada le perdoné;
-le individualicé las hazañas que sabía relativas
-al tráfico que hacía de encomiendas, beneficios y
-gobiernos.</p>
-
-<p>«En cuanto a don Rodrigo Calderón&mdash;interrumpió
-el ministro&mdash;, todo cuanto me dices es muy
-conforme a ciertos documentos que me han presentado
-contra él y que contienen testimonios de acusación
-aún más importantes. Se va a sustanciar su
-causa inmediatamente, y si deseas su pérdida creo
-que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo
-su muerte&mdash;le dije&mdash;, aunque no quedó por él que
-yo no hubiese encontrado la mía en la torre de
-Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese
-largo tiempo.» «¿Cómo?&mdash;replicó su excelencia&mdash;.
-¿Don Rodrigo fué quien causó tu prisión? He ahí
-lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien Navarro
-contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto
-rey te había mandado prender en castigo de haber
-conducido de noche al príncipe de España a un
-paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo
-adivinar qué papel hacía Calderón en esa far<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span>sa.»
-«El papel de un amante que se venga de un
-ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté
-todos los pormenores de la aventura, la cual le
-pareció tan divertida que, a pesar de su seriedad,
-no pudo menos de reír, o más bien llorar de placer.
-Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró
-en extremo, como asimismo la parte que había
-tenido en el negocio el duque de Lerma.</p>
-
-<p>Luego que acabé mi relación me despidió el conde,
-diciéndome que no dejaría de emplearme el día
-siguiente. Fuíme en derechura a casa de don Baltasar
-de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios
-que me había hecho y al mismo tiempo a participar
-a mi amigo José las favorables disposiciones
-que el ministro manifestaba hacia mí.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_V">CAPITULO V</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro
-y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía
-muchas cosas que noticiarle. Llevóme a un sitio
-retirado, donde, habiéndole enterado de lo ocurrido,
-le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir.
-«Paréceme&mdash;respondió&mdash;que estáis en vísperas
-de una gran fortuna; todo se os presenta propicio.
-Agradáis al primer ministro y (lo que no dejará
-de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado
-para poder haceros el mismo servicio que os hizo<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span>
-mi tío Melchor de la Ronda cuando entrasteis en
-el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os
-ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado
-y de sus principales familiares manifestándoos el
-carácter de cada uno; yo, a ejemplo suyo, quiero
-daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa
-su mujer y el de doña María de Guzmán, su
-hija única. El ministro tiene talento perspicaz, profundo
-y a propósito para formar grandes proyectos.
-Se precia de hombre universal porque tiene una somera
-idea de todas las ciencias y se cree capaz de
-decidir en todo. Se imagina ser un jurisconsulto
-consumado, un gran capitán y un político de los
-más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado
-en su parecer que quiere que prevalezca
-sobre el de los demás, y esto sólo porque no se
-juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto
-que, hablando entre los dos, puede producir
-funestas consecuencias en gravísimo perjuicio de
-la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia
-natural, y escribiría tan elegantemente
-como habla si no afectara, para dar dignidad a su
-estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; tiene
-pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico.
-Este es el retrato de su entendimiento.
-Vea usted ahora el de su corazón: es generoso y
-buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán
-pocos son los que dejan de serlo viéndose con igual
-poder y en tanta elevación! También le motejan
-de ingrato porque hizo desterrar al duque de Uceda
-y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span>
-favores; mas eso puede perdonársele, porque el
-deseo de ser primer ministro dispensa de ser agradecido.
-Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de
-Olivares&mdash;prosiguió José&mdash;, es una señora en quien
-no advierto otra tacha que la de vender a peso de
-oro las gracias que por su intercesión se consiguen.
-Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor
-y más ventajoso de toda España) es una señorita
-completa y el ídolo de su padre. Con arreglo a estas
-luces que os doy podréis arreglar vuestra conducta.
-Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos
-más adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al
-duque de Lerma antes de vuestro viaje a Segovia
-y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso.
-También os aconsejo que no dejéis de visitar de
-cuando en cuando a mi amo don Baltasar. Es verdad
-que no necesitaréis de él para vuestros ascensos;
-mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio.
-Al presente os estima y le merecéis buen concepto;
-procurad conservaros en su amistad, porque
-en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío y
-sobrino&mdash;repliqué yo a Navarro&mdash;gobiernan el Estado,
-¿quién sabe si con el tiempo no se originarán
-entre los dos algunos celillos?» «No hay que temer&mdash;me
-respondió&mdash;, porque reina entre ambos una
-estrechísima unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera
-sido primer ministro el conde de Olivares, porque
-después de la muerte de Felipe III todos los
-amigos y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron
-unos a favor del cardenal y otros al de su
-hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos los<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>
-cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que
-él, frustraron todas sus medidas, y las tomaron
-por su parte tan ajustadas para asegurarse en este
-puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus
-competidores. Nombrado primer ministro el conde
-de Olivares, repartió el ministerio con su tío don
-Baltasar, dando a éste el encargo de los negocios
-exteriores y reservando para sí el de los interiores,
-de suerte que, estrechando por este medio los
-vínculos de la amistad, que deben naturalmente
-unir a las personas de una misma sangre, estos dos
-señores, independientes uno de otro, viven en una
-armonía que me parece inalterable.»</p>
-
-<p>Esta fué la conversación que tuve con José, de
-la cual me prometía sacar buen partido. Después
-pasé a dar las gracias al señor don Baltasar de lo
-mucho que se había interesado por mí. Respondióme
-con el mayor agrado que aprovecharía gustoso
-todas las ocasiones que se le proporcionasen
-de servirme y que celebraba infinito verme igualmente
-contento y satisfecho de su sobrino, a quien
-me aseguró volvería a hablar a favor mío, «aunque
-no sea más&mdash;añadió&mdash;que para que conozcáis cuán
-presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses
-y al mismo tiempo entendáis que en lugar
-de un protector habéis adquirido dos». Tan a pechos
-había tomado el favorecerme el señor don
-Baltasar en atención a las buenos oficios de Navarro.</p>
-
-<p>Desde aquella misma noche dejé mi posada de
-caballeros para ir a vivir en casa del primer mi<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>nistro,
-donde cené con Escipión en mi aposento,
-en el cual fuimos servidos por criados de la misma
-casa, quienes durante la cena, mientras nosotros
-afectábamos una gravedad severa, tal vez reirían
-entre sí del respeto que se les había mandado nos
-guardasen.</p>
-
-<p>Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi
-secretario, dejando de reprimirse, me dijo mil locuras
-que su buen humor y sus lisonjeras esperanzas
-le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba
-embelesado con la brillante situación en que
-comenzaba a verme, aun no sentía en mi interior
-ninguna disposición a dejarme deslumbrar de ella,
-y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente,
-sin entregar mi imaginación a las ideas
-risueñas que podían ocuparla, en vez de que Escipión
-durmió poco, pues pasó la mitad de la noche
-atesorando para casar a su hija Serafina.</p>
-
-<p>No bien me había acabado de vestir el día siguiente,
-cuando vinieron a llamarme de parte del
-conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia,
-el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo
-que sabes hacer! Tú me has dicho que el duque de
-Lerma te encargaba algunas Memorias para que
-se las redactases; yo tengo una que destino para
-prueba de tu capacidad y de cuyo objeto voy a
-enterarte. Se trata de componer una obra que disponga
-al público en favor de mi Ministerio. Ya he
-hecho correr secretamente la voz de que he encontrado
-los negocios en gran desorden y es menester
-ahora manifestar a los ojos de la corte y del pú<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span>blico
-la triste situación a que se halla reducida la
-monarquía. Conviene presentar sobre esto un cuadro
-que llame la atención pública y no deje echar
-de menos a mi predecesor; después ponderarás las
-medidas que he adoptado para hacer que sea glorioso
-el gobierno del rey, florecientes sus Estados
-y sus vasallos completamente dichosos.»</p>
-
-<p>Dicho esto, me entregó un papel que contenía
-los justos motivos de los pueblos para estar descontentos
-con el Gobierno anterior, y me acuerdo
-que constaba de diez artículos, el menor de los
-cuales era muy bastante para sobresaltar a todo
-buen español. Hízome después pasar a un gabinetillo
-contiguo a su despacho y allí me dejó solo
-para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a
-componer mi Memoria lo mejor que me fué posible.
-Expuse primeramente el estado lastimoso en
-que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto,
-las rentas de la corona estancadas en manos de
-asentistas, y la marina arruinada. Recapitulé después
-los defectos cometidos por los que habían
-gobernado la nación en el reinado anterior y las
-funestas consecuencias que podían traer consigo.
-En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro y
-censuré tan acremente al Ministerio anterior que,
-según mi Memoria, la caída del duque de Lerma
-era una felicidad para la España. A la verdad,
-aunque yo no tenía ningún motivo de queja de
-aquel señor, sin embargo, no me pesó hacerle esta
-buena obra. Finalmente, después de haber hecho
-la más espantosa pintura de los males que amena<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span>zaban
-a la España, alentaba los ánimos haciendo
-mañosamente concebir a los pueblos esperanzas
-lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde
-de Olivares como a un restaurador enviado por la
-Providencia para la salvación de la patria; prometía
-montes de oro y, en una palabra, llené tan
-completamente los deseos del ministro, que quedó
-sorprendido de mi obra cuando acabó de leerla.
-«Santillana&mdash;me dijo&mdash;, ¿tú sabes que has hecho
-una obra digna de un secretario de Estado? Ya
-no me admiro de que el duque de Lerma se valiese
-de tu pluma. Tu estilo es lacónico y aun elegante;
-pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo
-tiempo, haciéndome notar los pasajes que no eran
-de su gusto, los varió, juzgando yo por sus correcciones
-que le gustaban, como me había dicho Navarro,
-las expresiones estudiadas y obscuras. Sin
-embargo, aunque le agradase tanto la nobleza, o,
-por mejor decir, la cultura en la dicción, no por
-eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi
-Memoria, y, para darme la mejor prueba de su
-plena satisfacción, me envió por don Ramón trescientos
-doblones al acabar yo de comer.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span></p>
-
-<h3 id="IV_VI">CAPITULO VI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones
-y comisión que dió a Escipión. Resultado de la
-Memoria de que acaba de hablarse.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo
-a Escipión para repetirme mil parabienes de haber
-vuelto a la corte. «Usted ve&mdash;me dijo&mdash;que la fortuna
-tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está
-usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?»
-«¡Viva el señor conde de Olivares, que es un
-amo muy diferente de su predecesor!» «A pesar
-de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le
-dejó morir de hambre muchos meses sin regalarle
-ni un triste peso duro; mas el conde ya le ha dado
-una gratificación que usted no se hubiera atrevido
-a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría
-mucho&mdash;añadió&mdash;de que los señores de Leiva
-fuesen testigos de la prosperidad de usted, o a lo
-menos de que la supiesen.» «Tiempo es de noticiársela&mdash;le
-respondí&mdash;, y de esto iba a hablarte,
-porque no dudo desearán con mucha impaciencia
-saber de mí; pero aguardaba para hacerlo a verme
-en un estado fijo y decirles positivamente si me
-quedaría en la corte o no. Ahora que estoy seguro
-de mi suerte, puedes ir a Valencia cuando quieras
-a informar a aquellos señores de mi situación actual,
-que miro como obra suya, siendo cierto que,
-a no habérmelo ellos persuadido, jamás me hubiera<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span>
-determinado a volver a Madrid.» «¡Oh mi amado
-amo&mdash;exclamó el hijo de la Coscolina&mdash;, qué alegría
-voy a darles cuando les cuente lo que ha sucedido
-a usted! ¡Cuánto diera por hallarme ya a
-las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí.
-Los dos caballos de don Alfonso están prevenidos;
-voy a ponerme en camino con un lacayo de su excelencia,
-porque, además de que me gusta llevar
-compañía por el camino, usted sabe que la librea
-de un primer ministro deslumbra.»</p>
-
-<p>No pude menos de reírme de la necia vanidad
-de mi secretario, y con todo eso, yo, quizá aun
-más vano que él, le permití hacer lo que le dió la
-gana. «Marcha&mdash;le dije&mdash;, y vuelve prontamente,
-porque tengo que darte otro encargo. Quiero enviarte
-a Asturias a llevar dinero a mi madre. Por
-pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que
-prometí enviarle cien doblones, que tú mismo te
-obligaste a ponerle en mano propia. Las promesas
-de esta especie deben ser tan sagradas para un
-hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en
-cumplirlas.» «Señor&mdash;me respondió Escipión&mdash;, en
-seis semanas quedarán desempeñados ambos encargos;
-habré visto a los señores de Leiva, dado
-una vuelta por vuestra quinta y visitado segunda
-vez la ciudad de Oviedo, de la cual no me puedo
-acordar sin dar al diablo las tres partes y media
-de sus habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la
-Coscolina cien doblones para la pensión de mi madre
-y otros ciento para él, deseando que hiciese
-felizmente el largo viaje que iba a emprender.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span></p>
-
-<p>Poco después de su partida su excelencia mandó
-imprimir nuestra Memoria, que apenas se hizo pública
-cuando fué asunto de todas las conversaciones
-de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades,
-le gustó infinito. La disipación de las rentas
-reales, que estaba pintada con los más vivos colores,
-le indignaron contra el duque de Lerma, y si
-los golpes que se descargaban contra este ministro
-no fueron aplaudidos de todos, a lo menos merecieron
-la aprobación de muchos. En cuanto a las pomposas
-promesas que hacía el conde de Olivares, y
-entre ellas la de cubrir por medio de una discreta
-economía las atenciones del Estado sin gravar a
-los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y
-les confirmaron en el gran concepto que ya tenían
-de sus talentos, de manera que por toda la población
-resonaron sus alabanzas.</p>
-
-<p>El ministro, satisfecho de haber conseguido con
-esta obra su objeto, que no había sido otro que el
-de granjearse la estimación pública, quiso merecerla
-verdaderamente por medio de una acción
-laudable que fuese útil al rey. Recurrió para ello
-a la invención del emperador Galba; es decir, que
-hizo que los particulares que se habían enriquecido,
-sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos
-resarciesen al Erario. Luego que el conde
-hizo vomitar a aquellas sanguijuelas la sangre que
-habían chupado y la guardó en las arcas reales,
-trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas
-las pensiones, sin exceptuar la suya, como
-también las gratificaciones que se daban del caudal<span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span>
-de su majestad. Para lograr la ejecución de este
-designio, que no podía verificarse sin mudar la
-faz del Gobierno, me mandó componer otra Memoria,
-cuya substancia y método me indicó; en seguida
-me encargó que procurase elevar todo lo posible
-la ordinaria sencillez de mi estilo para dar más
-dignidad a mis frases. «Ya estoy hecho cargo, señor&mdash;le
-dije&mdash;. Vuecencia quiere sublimidad y brillantez;
-pues las tendrá.» Encerréme en el mismo
-gabinete donde anteriormente había trabajado y
-allí puse manos a la obra después de haber invocado
-el genio elocuente del arzobispo de Granada.</p>
-
-<p>Comencé por exponer que era preciso conservar
-con todo rigor los fondos que había en las arcas
-reales, que no debían emplearse absolutamente sino
-en las necesidades de la Monarquía, como que era
-un fondo sagrado que se debía reservar para imponer
-respeto a los enemigos de la nación. Después
-hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía
-la Memoria) que suprimiendo las pensiones
-y gratificaciones cargadas sobre la real hacienda
-no por eso se privaba del gusto que tendría en recompensar
-generosamente el mérito y servicios de
-los vasallos que se hiciesen acreedores a sus reales
-gracias, pues sin tocar a su tesoro quedaba en estado
-de conceder grandes recompensas, porque para
-unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las
-Ordenes militares y empleos en sus ejércitos; para
-otros, encomiendas, sobre las cuales podría imponer
-muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas,
-y, por último, todo género de beneficios<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span>
-eclesiásticos para los que quisiesen seguir la carrera
-de la Iglesia.</p>
-
-<p>Esta Memoria, mucho más larga que la anterior,
-me ocupó cerca de tres días, y, por mi fortuna, salió
-tan acomodada al gusto de mi amo, por estar
-atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas,
-que me colmó de alabanzas. «Mucho me
-agrada lo que has hecho&mdash;me dijo, enseñándome
-los pasajes más pomposos&mdash;. Estas sí que son expresiones
-vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo
-mío; ya estoy previendo que me servirás de grande
-utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios
-que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria.
-Puso en ella mucho de su casa, y formó una pieza
-de elocuencia que admiró al rey y a toda la corte.
-El público la honró también con su aprobación,
-presagió felicidades para lo venidero, y se lisonjeó
-de que la Monarquía recobraría su antiguo esplendor
-bajo el Ministerio de un personaje tan insigne.
-Viendo su excelencia la mucha fama que le
-había granjeado aquel escrito, quiso que, por la
-parte que yo tenía en él, recogiese algún fruto; y
-así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos
-escudos sobre la encomienda de Castilla; lo
-que me fué tanto más apreciable cuanto que éste
-no era un bien mal adquirido, aunque lo había
-ganado con mucha facilidad.</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p>
-
-<h3 id="IV_VII">CAPITULO VII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió
-a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio, y
-conversación que tuvieron.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber
-lo que se pensaba en Madrid de la conducta
-que observaba en su ministerio. Todos los días me
-preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados
-espías que le contaban puntualmente cuanto pasaba
-en la población. Le referían hasta las más ligeras
-conversaciones que habían oído; y como les
-tenía encargado que le dijesen francamente la verdad,
-no tenía poco que sufrir algunas veces su
-amor propio, porque la lengua del pueblo es tan
-suelta, que nada respeta.</p>
-
-<p>Luego que conocí que el conde era amigo de que
-se le diesen noticias, me dediqué a ir por las tardes
-a los sitios públicos y mezclarme en las conversaciones
-de personas decentes, donde las hubiera.
-Cuando hablaban del Gobierno, escuchaba con
-atención, y si decían algo digno de que lo supiese
-su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe
-observarse que jamás le decía nada que no le fuera
-favorable.</p>
-
-<p>Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios
-pasé por delante de la puerta de un hospital,
-y me dió gana de entrar en él. Recorrí dos o tres
-salas llenas de enfermos, y, mirando a todas par<span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span>tes,
-vi entre aquellos desgraciados, a quienes no
-podía considerar sin lástima, uno que fijó mi atención,
-porque me pareció ver en él a mi paisano y
-antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su
-cama para enterarme mejor, y aunque no pude ya
-dudar que era el poeta Núñez, con todo, me detuve
-algunos instantes a mirarle, pero sin decirle
-nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo
-modo. Al cabo, rompiendo el silencio, le dije:
-«O mis ojos me engañan, o éste que miro es Fabricio.»
-«El mismo soy&mdash;me respondió fríamente&mdash;, y
-no debes maravillarte. Desde que me separé de
-ti no he tenido otro oficio que el de autor: he compuesto
-novelas, comedias y toda clase de obras de
-ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es
-parar en un hospital.»</p>
-
-<p>No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras,
-y mucho más al ver la seriedad con que
-las pronunció. «Pues qué&mdash;exclamé&mdash;, ¿tu musa te
-ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que
-te haya jugado una pieza tan villana?» «Tú mismo
-lo estás viendo&mdash;repuso él&mdash;; a estas casas suelen
-venir a parar todos los que presumen de ingenios.
-Tú, hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo;
-pero ya no estás en la Corte, y me parece que tus
-asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun me
-acuerdo de haber oído decir que de orden del rey
-te habían metido en un castillo.» «Así fué puntualmente&mdash;repuse
-yo&mdash;. La fortuna en que me viste
-cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos
-días después perdí de repente mi empleo, mis<span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span>
-bienes y mi libertad. Sin embargo, amigo mío,
-hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante
-que aquel en que me conociste en otro tiempo.»
-«Eso no es posible&mdash;dijo Núñez&mdash;. Tu aspecto
-es juicioso y modesto; no noto en ti aquella vanidad
-y aquella altanería que suelen inspirar las
-prosperidades.» «Las desgracias&mdash;le repliqué&mdash;han
-purificado mi virtud. En la escuela de la adversidad
-aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme
-dominar por ellas.»</p>
-
-<p>«Acaba, pues, y dime&mdash;interrumpió Fabricio,
-incorporándose en la cama con júbilo&mdash;qué empleo
-es el que tienes y en qué te ocupas al presente.
-¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor
-arruinado, o de alguna viuda rica?» «Todavía
-estoy mucho mejor&mdash;le respondí&mdash;. Pero por ahora
-dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en
-mejor ocasión contentaré enteramente tu curiosidad.
-Al presente bástete saber que estoy en situación
-de poder servirte, o más bien de ponerte
-en estado de no necesitar de nadie para pasarlo
-con decencia, con tal que me des palabra de no
-componer más obras de ingenio en verso ni en
-prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?»
-«Ya lo he hecho al Cielo&mdash;me dijo&mdash;en la enfermedad
-mortal de que me ves convaleciente. Un
-religioso dominico me ha movido a abjurar de la
-poesía como de una ocupación que, si no es criminal,
-desvía por lo menos de la prudencia.»</p>
-
-<p>«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución,
-mi querido Núñez; pero guárdate bien de la<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span>
-recaída.» «Esa es la que no temo&mdash;me replicó&mdash;,
-porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar
-a las Musas; por señas, de que cuando entraste
-en esta sala estaba haciendo una composición
-en verso en que me despedía de ellas para
-siempre.» «Señor Fabricio&mdash;le dije entonces meneando
-la cabeza&mdash;, no sé si el padre dominico y
-yo podremos fiarnos de tu abjuración, porque te
-veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.»
-«¡No, no!&mdash;me respondió con viveza&mdash;.
-Tengo ya rotos todos los lazos que me estrechaban
-con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado
-aversión al público. ¡No merece que los autores
-quieran consagrarle sus desvelos, y yo me avergonzaría
-mucho de componer alguna obra que lograse
-su aprobación! Y no creas&mdash;continuó&mdash;que el resentimiento
-me dicta este lenguaje. Dígotelo con
-serenidad: tanto caso hago de los aplausos del
-público como de sus desprecios.» «Es difícil saber
-quién gana o quién pierde con él; es tan caprichoso
-que hoy piensa de una manera y mañana de otra.
-¡Muy locos son los poetas dramáticos que se llenan
-de vanidad cuando ven que sus producciones
-han sido recibidas con aplauso! Aunque la primera
-vez que se representen causen mucho ruido por la
-novedad, si veinte años después vuelven a aparecer
-en el teatro, son por la mayor parte mal recibidas.
-La misma fortuna corren por lo común las
-novelas y los demás libros de pura diversión cuando
-salen a luz, pues si a los principios logran la
-aprobación de todos, poco a poco la van perdiendo<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span>
-hasta que al fin llegan a caer en desprecio. Los que
-viven ahora acusan de mal gusto a los que les han
-precedido, y el mismo defecto les imputarán a
-ellos los que vengan después. De donde concluyo
-que los autores que son aplaudidos en este siglo
-serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor
-y toda la estimación que nos granjea el buen
-éxito de una obra impresa no es en suma otra cosa
-que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía
-y un fuego de paja cuyo humo desvanece el
-viento en un instante.»</p>
-
-<p>A pesar de que conocí desde luego ser efecto de
-melancolía y de mal humor este juicioso modo de
-discurrir de mi poeta de Asturias, no me di por entendido,
-y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo
-gozoso de verte divorciado de las obras de ingenio
-y curado radicalmente de la manía de escribir.
-Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto
-antes te haré dar un empleo con que puedas mantenerte
-decorosamente sin fatigar tu imaginación.»
-«¡Mejor para mí!&mdash;respondió muy alegre&mdash;. El
-ingenio comienza a olerme mal, y ya le considero
-como el don más funesto que el Cielo puede conceder
-al hombre.» «Deseo, amado Fabricio&mdash;repuse
-yo&mdash;, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo
-a repetir que si persistes en abandonar la poesía,
-muy presto te haré con un empleo tan honroso
-como lucrativo; pero mientras logro hacerte este
-servicio, te ruego que admitas esta corta prueba de
-mi amistad.» Y diciendo esto, le puse en la mano un
-bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p>
-
-<p>«¡Oh generoso amigo!&mdash;exclamó enajenado de
-gozo y de gratitud el hijo del barbero Núñez&mdash;.
-¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte traído
-a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con
-tu socorro.» Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose
-llevar a una buena posada. Pero antes de separarnos
-le informé de mi alojamiento, convidándole
-a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente
-recuperado. Quedóse muy sorprendido
-cuando le dije que vivía en casa del conde de
-Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;que
-tienes la fortuna de agradar a los ministros!
-Me complazco en tu felicidad, pues haces tan buen
-uso de ella.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_VIII">CAPITULO VIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro;
-vuelve Escipión a Madrid, y relación que
-hace a Santillana de su viaje.</b></p></div>
-
-<p class="p2">El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré
-el <i>conde-duque</i>, porque con este título se dignó
-honrarle el rey por este tiempo, tenía una flaqueza,
-que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era la
-de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía
-que alguno le servía con buen afecto, le daba
-parte en su amistad. No me descuidé en aprovecharme
-bien de esta observación, pues no contento
-con ejecutar puntualmente cuanto me mandaba,<span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span>
-obedecía sus órdenes con demostraciones de celo
-que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas
-las cosas para conformarme a él y anticiparme a
-sus deseos en cuanto me fuera posible.</p>
-
-<p>Por este modo de proceder, con el que casi nunca
-se deja de conseguir lo que se intenta, llegué
-insensiblemente a ser el favorito de mi amo, quien
-por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma
-flaqueza que él, me ganó la voluntad con las
-demostraciones de cariño que me hizo. Me granjeé
-tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza,
-igualmente que el señor Carnero, su primer
-secretario.</p>
-
-<p>Este se había valido de los mismos medios que yo
-para agradar a su excelencia, y lo había logrado tan
-bien, que le revelaba los arcanos del Gabinete; y
-así, los dos éramos confidentes del primer ministro
-y los depositarios de sus secretos, pero con esta
-diferencia: que a Carnero sólo le hablaba de los
-negocios de Estado, y a mí, de los que tocaban a
-sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo
-así, dos departamentos separados, con lo cual
-uno y otro estábamos igualmente gustosos, viviendo
-juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía motivo
-para estar contento con mi destino, porque,
-proporcionándome continuamente la ocasión de
-estar con el conde-duque, me ponía en estado de
-penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme,
-en medio de ser naturalmente reservado,
-cuando llegó a convencerse de la sinceridad de mi
-afecto hacia él.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span></p>
-
-<p>«Santillana&mdash;me dijo un día&mdash;, tú has visto al
-duque de Lerma gozar de una autoridad que menos
-parecía la de un ministro favorito que el poder de
-un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz
-que lo era él en el mayor auge de su fortuna.
-El tenía dos enemigos formidables en el duque de
-Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III;
-en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante
-favor para perjudicarme, ni aun de quien yo
-sospeche que me tenga mala voluntad. Es verdad&mdash;continuó&mdash;que
-desde mi elevación al Ministerio
-puse el mayor cuidado en que no estuviesen al lado
-de su majestad otras personas que las enlazadas
-conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos
-o embajadas me he ido deshaciendo de todos
-los señores cuyo mérito personal hubiera podido
-hacerme decaer de la gracia del soberano, que yo
-quiero gozar entera y exclusivamente; de manera
-que en la actualidad me puedo lisonjear de que
-ningún grande me hace sombra. Ya ves, Gil Blas&mdash;añadió&mdash;,
-que te descubro mi corazón; como tengo
-motivo para creer que me eres enteramente
-afecto, he echado mano de ti para que seas mi
-confidente. Tienes entendimiento, te contemplo
-juicioso, prudente y discreto; en una palabra, te
-considero a propósito para el desempeño de mil
-comisiones que piden un sujeto muy inteligente
-y que tome parte en mis intereses.»</p>
-
-<p>No pude desechar del todo las ideas lisonjeras
-que estas palabras excitaron en mi imaginación;
-subiéronseme repentinamente a la cabeza algunos<span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span>
-humos de ambición y de avaricia, que despertaron
-en mí ciertos afectos de que creía haber triunfado.
-Aseguré al ministro que haría cuanto estuviese de
-mi parte para corresponder a sus deseos, y me preparé
-para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes
-que tuviera por conveniente darme.</p>
-
-<p>Entre tanto que yo me disponía de este modo a
-erigir nuevos altares a la Fortuna, volvió Escipión
-de su viaje. «No tengo&mdash;me dijo&mdash;muy larga relación
-que haceros: causé una grande alegría a los
-señores de Leiva cuando les dije la buena acogida
-que usted halló en el rey luego que le conoció, y
-de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»</p>
-
-<p>Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría
-les hubieras causado, amigo mío, si hubieras podido
-contarles el predicamento en que me hallo
-en el día para con el ministro. Son verdaderamente
-de admirar los rápidos progresos que después de
-tu partida he hecho en el corazón de su excelencia.»
-«¡Sea Dios bendito, mi querido amo!&mdash;respondió&mdash;.
-¡Ya presiento que tendremos excelentes
-destinos que desempeñar!»</p>
-
-<p>«Mudemos de conversación&mdash;le dije&mdash;, y hablemos
-de Oviedo. Cuando saliste de Asturias, ¿en
-qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, señor!&mdash;me
-respondió, tomando de repente un aspecto afligido&mdash;.
-Las noticias que tengo que daros sobre ese
-punto no son sino tristes.» «¡Oh cielos!&mdash;exclamé&mdash;.
-¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha&mdash;dijo
-mi secretario&mdash;que la buena señora pagó el<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span>
-tributo a la Naturaleza, y lo mismo el señor Gil
-Pérez su tío de usted.»</p>
-
-<p>Afligióme vivamente la muerte de mi madre,
-aunque en mi infancia no había recibido de ella
-aquellas caricias que tanto necesitan los hijos para
-ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé
-algunas lágrimas por el buen canónigo, acordándome
-del cuidado que había tenido de mi educación.
-A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre,
-que muy presto quedó reducida a una tierna memoria
-que siempre he conservado de mis parientes.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_IX">CAPITULO IX</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija
-única, y los sinsabores que produjo este matrimonio.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Poco después del regreso del hijo de la Coscolina
-vi al conde-duque por espacio de unos ocho días
-muy parado y pensativo. Me persuadí de que estaba
-meditando alguna grande empresa de política;
-pero presto llegué a saber que lo que le tenía tan
-suspenso era un asunto doméstico. «Gil Blas&mdash;me
-dijo una tarde&mdash;, quizá habrás reparado que hace
-días ando pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar
-que enteramente me ocupa un negocio del cual
-depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo.
-Mi hija doña María&mdash;continuó&mdash;se halla ya en<span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span>
-edad de tomar estado, y son muchos los pretendientes
-que aspiran a su mano. El conde de Niebla,
-primogénito del duque de Medinasidonia,
-cabeza de la Casa de Guzmán, y don Luis de Haro,
-hijo y heredero del marqués del Carpio y de mi
-hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen
-más dignos de merecer la preferencia. Sobre
-todo el mérito del último es tan superior al de sus
-competidores, que toda la corte está persuadida
-de que será el que preferiré para yerno. Con todo
-eso, sin pararme en explicarte los motivos que tengo
-para desechar a ambos, te diré que he puesto
-los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués
-de Toral, cabeza de la Casa de los Guzmanes de
-Abrados. A este señor y a los hijos que nacieren de
-mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos
-al título de conde de Olivares, y anejar a él la
-grandeza; de suerte que mis nietos y sus descendientes
-que vinieren de la rama de Abrados y de
-la de Olivares pasarán por primogénitos de la
-Casa de Guzmán. Dime, Santillana&mdash;añadió&mdash;:
-¿apruebas este proyecto?» «Señor&mdash;le respondí&mdash;,
-es propio de la capacidad y talento que lo ha formado;
-lo único que recelo es que el duque de Medinasidonia
-podrá quejarse de él.» «Quéjese cuanto
-quiera&mdash;respondió&mdash;; nada me importa. No tengo
-inclinación a su rama, que ha usurpado a la de
-Abrados el derecho de primogenitura y los títulos
-anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas
-que el sentimiento que tendrá mi hermana la
-marquesa del Carpio al ver que su hijo pierde el<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span>
-enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer
-mi gusto, y don Ramiro será preferido a todos
-sus rivales; así lo tengo determinado.»</p>
-
-<p>Habiendo el conde-duque tomado esta resolución,
-no pasó, sin embargo, a ejecutarla sin afianzarla
-primero con un golpe diestro de política.
-Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando
-a sus majestades se dignasen disponer de la
-mano de su hija doña María, exponiéndoles las cualidades
-de los señores que la pretendían y remitiéndose
-enteramente a la elección de sus majestades,
-bien que, hablando del marqués de Toral, no se
-dejaba de conocer su particular inclinación a este
-partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho
-complacer a su ministro, le dió por escrito la
-respuesta siguiente: <i>Juzgo a don Ramiro Núñez
-digno de doña María. Sin embargo, elige por ti
-mismo; el partido que más te convenga será el que
-a mí más me agrade.</i>&mdash;<span class="smcap">El Rey.</span></p>
-
-<p>Manifestó el ministro esta respuesta con cierta
-afectación, y fingiendo entenderla como una orden
-del soberano, se dió prisa a casar a su hija
-con el marqués de Toral, resolución de que se resintió
-vivamente la marquesa del Carpio, como todos
-los Guzmanes, que estaban muy satisfechos
-con la esperanza del enlace con doña María. En
-medio de esto, unos y otros, cuando vieron que no
-podían impedir el casamiento, aparentaron celebrarle
-con las mayores demostraciones de alegría.
-Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de
-contento; pero tardó poco en verse vengado su dis<span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span>gusto
-del modo más cruel y doloroso para el conde.
-A los diez meses dió a luz doña María una niña,
-que murió al nacer, y poco después la misma madre
-fué víctima de su sobreparto.</p>
-
-<p>¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo
-así) de su hija, y más viendo con esto desvanecido
-su proyecto de quitar el derecho de progenitura
-a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió
-tan profundamente, que se encerró por algunos
-días sin que le viese nadie sino yo, que, conformándome
-a su excesivo sentimiento, me mostraba
-tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir
-la verdad: yo aproveché esta coyuntura para derramar
-nuevas lágrimas en memoria de Antonia.
-La semejanza que había entre su muerte y la de
-la marquesa de Toral volvió a abrir una herida
-mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento,
-que el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía
-su propia pena, no pudo menos de advertir la mía.
-Admiróle verme tomar tan activa parte en sus
-amarguras. «Gil Blas&mdash;me dijo un día que le parecí
-abismado en una profunda tristeza&mdash;, es un consuelo
-muy dulce para mí el tener un confidente
-tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!&mdash;le respondí,
-vendiéndole por fineza mi quebranto&mdash;.
-Sería yo el hombre más ingrato y mi corazón el
-más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues
-qué, ¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de
-una hija de tanto mérito y a quien amaba tan
-tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas
-con las suyas? No, señor; me tiene vuestra exce<span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span>lencia
-demasiado colmado de beneficios para que
-yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte
-en sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_X">CAPITULO X</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez;
-refiérele éste que se representa una tragedia suya
-en el teatro del Príncipe; desgraciado éxito que
-tuvo, y efecto favorable que le produjo esta desgracia.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente,
-también yo a recobrar mi buen humor,
-cuando salí una tarde a pasearme solo en coche.
-En el camino encontré al poeta asturiano, a quien
-no había visto después de su salida del hospital.
-Advertí que estaba decentemente vestido. Llaméle,
-hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear
-en el prado de San Jerónimo.</p>
-
-<p>«Señor Núñez&mdash;le dije&mdash;, ha sido fortuna mía
-haberos encontrado por casualidad; a no ser así,
-nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate de reconvenciones,
-Santillana!&mdash;interrumpió con precipitación&mdash;.
-Confieso de buena fe que de propósito no
-quise ir a visitarte, y te voy a decir el motivo. Tú
-me prometiste un buen empleo, con tal que renunciase
-a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido
-con la condición de hacer versos; he aceptado
-este último por ser más conforme a mi genio. Un
-amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán<span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span>
-Gómez del Ribero, tesorero de las galeras del rey.
-Este don Beltrán quería mantener a sus expensas
-un buen ingenio, y habiéndole parecido muy sublime
-mi versificación, me ha preferido a cinco o
-seis autores que se presentaron para ocupar la
-plaza de secretario de su ramo.»</p>
-
-<p>«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio&mdash;le
-dije&mdash;, porque ese don Beltrán verosímilmente será
-muy rico.» «¡Cómo rico!&mdash;me replicó Fabricio&mdash;.
-Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero,
-como quiera que sea, he aquí en qué consiste el
-empleo que desempeño en su casa. Como se precia
-de cortejante y quiere pasar por hombre de ingenio,
-se vale de mi pluma para componer billetes
-llenos de sal y de gracia, dirigidos a muchas damas
-muy vivarachas con quienes tiene frecuente correspondencia.
-En su nombre escribo a una en
-verso, a otra en prosa, y algunas veces yo mismo
-soy el portador de los billetes, para hacer ver mis
-muchos talentos.»</p>
-
-<p>«Pero tú no me enteras&mdash;le dije&mdash;de lo que más
-deseo saber. ¿Te pagan bien tus epigramas epistolares?»
-«Con mucha liberalidad&mdash;me respondió&mdash;.
-No todos los ricos son espléndidos, pues algunos
-conozco que son muy tacaños; pero don Beltrán se
-porta conmigo generosamente. Además de los doscientos
-doblones de sueldo que me tiene señalados,
-me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones,
-lo cual me pone en estado de hacer el
-papel de señor y de pasar el tiempo alegremente
-con algunos autores tan enemigos como yo de la<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span>
-melancolía.» «En suma&mdash;le repliqué yo&mdash;: ¿es tu
-tesorero hombre de tanto gusto que conozca las
-bellezas de una obra y note sus defectos?» «¡Oh!
-Tanto como eso, no&mdash;me respondió Núñez&mdash;. Aunque
-tiene una verbosidad que deslumbra, no es inteligente.
-Sin embargo, se cree otra <i>Tarpa</i>; decide
-resueltamente, y sostiene su opinión con tanta altanería
-y tenacidad, que las más de las veces,
-cuando disputa, todos se ven obligados a ceder para
-evitar una granizada de expresiones descorteses
-que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen.
-De aquí puedes inferir que pongo el mayor
-cuidado en no oponerme jamás a lo que dice,
-por más razón que muchas veces me asista para
-ello; porque, además de los epítetos poco gustosos
-que oiría de su boca, es seguro que me echaría a la
-calle. Apruebo, pues&mdash;continuó&mdash;, todo lo que él
-alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta
-condescendencia, que en la realidad poco o nada
-me cuesta, pues fácilmente me acomodo al carácter
-y genio de las personas que me pueden servir,
-me he hecho dueño de la estimación y voluntad de
-mi patrono. Empeñóme en componer una tragedia,
-cuya idea me sugirió él mismo. Compúsela a vista
-suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las lecciones
-que él me ha dado.»</p>
-
-<p>Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió:
-«Intitúlase <i>El conde de Saldaña</i>, la cual se representará
-en el corral del Príncipe dentro de tres
-días.» «Deseo mucho&mdash;le repliqué&mdash;, que logre todo
-el aplauso y concepto que tu ingenio me hace es<span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span>perar.»
-«Yo también lo espero&mdash;me dijo él&mdash;; verdad
-es que no hay esperanzas más falibles que
-éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito
-que tendrán sus obras en las tablas.»</p>
-
-<p>Llegó, en fin, el día de la primera representación.
-Yo no asistí a ella por haberme dado el ministro
-cierto encargo que me lo estorbó, y lo más que pude
-hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos
-me informase del éxito de una pieza en que me
-interesaba. Después de haberle estado esperando
-con impaciencia, le vi entrar con un semblante
-que me dió mala espina y no me dejó presagiar
-cosa buena. «Y bien&mdash;le pregunté&mdash;: ¿cómo ha recibido
-el público a <i>El conde de Saldaña</i>?» «Malísimamente&mdash;me
-respondió&mdash;. En mi vida he visto
-comedia tratada con mayor ignominia. Me he
-salido indignado de la insolencia del patio.» «No
-estoy yo menos indignado&mdash;le interrumpí&mdash;contra
-la manía que Núñez tiene de componer piezas dramáticas.
-¿No debe haber perdido el juicio para preferir
-los ignominiosos silbidos del populacho al
-decoroso estado en que pude colocarle?» Así me
-desahogaba yo echando pestes contra el poeta de
-Asturias por la inclinación que le tenía, afligiéndome
-de la desgracia de su drama, mientras él estaba
-tan satisfecho de su obra.</p>
-
-<p>Efectivamente; dos días después le vi entrar en
-mi cuarto que no cabía en sí de gozo. «Santillana&mdash;exclamó
-alborozado luego que me vió&mdash;, vengo
-a darte parte de mi suma felicidad. La composición
-de una mala tragedia ha causado mi fortuna.<span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span>
-Ya sabrás lo mal que fué recibido mi pobre <i>Conde
-de Saldaña</i>; todos los espectadores se amotinaron
-contra él; pero este desenfreno universal fué
-justamente el que aseguró mi dicha para toda
-vida.»</p>
-
-<p>Quedé aturdido al oír hablar de este modo al
-poeta Núñez. «¿Cómo así, Fabricio?&mdash;le pregunté
-pasmado&mdash;. ¿Es posible que el alto desprecio con
-que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el
-motivo de tu desmesurada alegría?» «Así es, ni
-más ni menos&mdash;me respondió&mdash;. Ya te dije la mucha
-parte que don Beltrán tuvo en su composición;
-por lo mismo, la calificó de una obra a todas luces
-excelente. Picado en extremo de que el público
-hubiera sido de un sentir tan contrario al suyo, me
-dijo esta mañana: «Núñez, <i>Victrix causa diis placuit,
-sed victa Catoni</i>; si tu tragedia pareció tan mal
-a las gentes, a mí me gustó mucho, y esto te debe
-bastar. Y para que te consueles del dolor que naturalmente
-te causará la injusticia y el mal gusto del
-siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos
-de renta anual y vitalicia sobre todos mis
-bienes. Vamos desde aquí a casa de mi escribano
-a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente.
-El tesorero firmó la escritura de
-donación, y me ha pagado el primer año anticipado.»</p>
-
-<p>Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado
-éxito de su <i>Conde de Saldaña</i>, que había redundado
-en provecho del autor. «Tienes razón&mdash;prosiguió
-él&mdash;en cumplimentarme por una cosa tan extraña.
-<span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span>
-¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado!
-Si el público, más benévolo, me hubiera honrado
-con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera sacado de
-ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de
-nada me servirían; pero los silbidos en un instante
-me han puesto en estado de pasar cómodamente
-el resto de mis días.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_XI">CAPITULO XI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual
-se embarca para Nueva España.</b></p></div>
-
-<p class="p2">No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada
-fortuna del poeta Núñez, de manera que
-en toda una semana no cesó de hablarme de ella.
-«Admirado estoy&mdash;me decía&mdash;de los caprichos de
-la Fortuna, la cual muchas veces parece que se
-deleita en colmar de bienes a un detestable autor
-mientras abandona a los mejores en manos de la
-miseria. ¡Cuánto celebraría yo que un día se le
-antojase hacerme rico de la noche a la mañana!»
-«Eso&mdash;le dije&mdash;podrá quizá suceder más presto de
-lo que piensas. Tú estás ahora en el templo de esa
-deidad, porque, si no me engaño mucho, la casa
-de un primer ministro se puede muy bien llamar
-<i>el templo de la Fortuna</i>, donde de repente se ven
-elevados y opulentos los que logran su favor.» «Decís,
-señor, mucha verdad&mdash;me respondió&mdash;; pero
-es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuél<span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span>vote
-a decir&mdash;le repliqué&mdash;que te sosiegues. ¿Quién
-sabe si quizá a estas horas se te está preparando
-alguna buena comisión?» Con efecto, pocos días
-después se me presentó ocasión de emplearle útilmente
-en servicio del conde-duque y no la dejé
-escapar.</p>
-
-<p>Hallábame una mañana en conversación con don
-Ramón Caporis, mayordomo del primer ministro,
-y era el asunto sobre las rentas de su excelencia.
-«Mi señor&mdash;decía él&mdash;goza de varias encomiendas
-en todas las Ordenes militares, que le reditúan cada
-año cuarenta mil escudos, sin más obligación que
-la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los
-tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo
-mayor y gran canciller de Indias le producen
-doscientos mil escudos. Pero todo esto es nada en
-comparación de los inmensos caudales que saca de
-las Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques
-del rey salen de Sevilla o de Lisboa para aquellos
-países, hace embarcar en ellos vino, aceite y todo
-el trigo que le produce su condado de Olivares,
-sin que le cueste un maravedí la conducción. En
-Indias se venden estos géneros a precio cuatro veces
-mayor del que valen en España. Con el dinero
-que gana en esta venta compra especiería, colores
-y otras drogas que en el Nuevo Mundo están casi
-de balde y en Europa se venden a subido precio.
-Este es un tráfico que le vale muchos millones, sin
-el menor perjuicio del Erario. Y no extrañará usted&mdash;continuó&mdash;que
-las personas empleadas en hacer
-este comercio vuelvan todas cargadas de ri<span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span>quezas,
-porque su excelencia lleva a bien que, haciendo
-su negocio, hagan también ellas el suyo.»</p>
-
-<p>El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación,
-no pudo oír hablar así a don Ramón sin
-interrumpirle. «¡Pardiez, señor Caporis&mdash;exclamó&mdash;,
-que yo de buena gana sería uno de esos empleados,
-y más que ha muchos años tengo grandes deseos
-de ver a Méjico!» «Presto satisfaría yo tu curiosidad&mdash;le
-dijo el mayordomo&mdash;si el señor de
-Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque
-soy algo delicado en la elección de los sujetos que
-envío a las Indias para hacer este tráfico, porque
-al fin yo soy el que los nombro, desde luego te
-sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo
-consintiese tu amo.» «Mucha satisfacción tendría&mdash;dije
-a don Ramón&mdash;en que usted me diese esta
-prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien
-estimo, y además de eso es muy capaz, y tan puntual
-en todo lo que se pone a su cargo, que espero
-no dará el menor motivo de disgusto; respondo por
-él como pudiera responder por mí mismo.» «Siendo
-así&mdash;replicó Caporis&mdash;, desde luego puede marchar
-a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a
-la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará
-una carta mía para cierto sujeto que le
-instruirá bien en todo lo que debe hacer para utilizar
-mucho sin el menor perjuicio de los intereses
-de su excelencia, que siempre deben ser muy
-sagrados para él.»</p>
-
-<p>Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso
-su viaje a Sevilla, con mil escudos que le di<span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span>
-para que comprase en Andalucía vino y aceite y
-pudiese así traficar por su cuenta en las Indias.
-Mas, sin embargo de las esperanzas que llevaba
-de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo separarse
-de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con
-ojos enjutos.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_XII">CAPITULO XII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su
-viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la
-siguió.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Apenas se había ausentado Escipión, cuando un
-paje del ministro entró en mi cuarto y me entregó
-un billete que contenía estas palabras: «Si el señor
-de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir
-al mesón de San Gabriel, en la calle de Toledo,
-verá en él a uno de sus mayores amigos.» «¿Quién
-podrá ser este amigo?&mdash;decía entre mí mismo&mdash;.
-¿Y por qué razón me ocultará su nombre? Tal vez
-quiere sazonarme el gusto de verle con el sainete
-de la sorpresa.»</p>
-
-<p>Salí al instante de casa, me encaminé a la calle
-de Toledo, llegué al sitio señalado y me quedé no
-poco suspenso de encontrar a don Alfonso de Leiva.
-«¡Qué es lo que veo!&mdash;exclamé&mdash;. ¡Vuestra señoría
-aquí, señor!» «Sí, mi querido Gil Blas&mdash;me respondió
-teniéndome estrechamente abrazado&mdash;. El mismo
-don Alfonso en persona es el que tienes a la
-<span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span>
-vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría
-a Madrid?», le dije. «Te voy a sorprender&mdash;me
-respondió&mdash;y afligirte enterándote de la causa de
-mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de
-Valencia y que el primer ministro ha mandado me
-presente en la corte a dar cuenta de mi conducta.»</p>
-
-<p>Permanecí un cuarto de hora en un profundo
-silencio; después, volviendo a tomar la palabra,
-«¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada sé&mdash;respondió&mdash;;
-pero atribuyo mi desgracia a la visita
-que hice tres semanas ha al cardenal duque
-de Lerma, que hace un mes se halla confinado en
-su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad&mdash;interrumpí
-yo&mdash;que vuestra señoría tiene razón en atribuir su
-desgracia a esta indiscreta visita; no hay que buscar
-otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá le
-diga que se olvidó de consultar su acostumbrada
-prudencia cuando fué a ver a un ministro desgraciado.»
-«El yerro ya se cometió&mdash;me dijo él&mdash;, y he
-tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré
-con mi familia a la quinta de Leiva, donde
-pasaré en un profundo sosiego el resto de mis días.
-Lo único que ahora me aflige&mdash;añadió&mdash;es el verme
-obligado a presentarme a un ministro orgulloso
-y dominante, que quizá me recibirá con poco
-agrado, cosa intolerable para quien nació con alguna
-honra. A pesar de que esto es una necesidad, he
-querido hablarte antes de someterme a ella.» «Señor&mdash;le
-dije&mdash;, no se presente vuestra señoría al
-ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa,
-pues el mal no es irreparable. Sea lo que fue<span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span>re,
-vuestra señoría se servirá llevar a bien que
-yo dé en el asunto todos aquellos pasos que exigen
-de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto,
-le dejé en el mesón, asegurándole que dentro de
-poco nos volveríamos a ver. Como yo no intervenía
-ya en ningún negocio de Estado desde las dos
-Memorias de que he hecho tan elocuente mención,
-fuí a buscar a Carnero para preguntarle si era verdad
-que a don Alfonso de Leiva se le había quitado
-el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme
-que sí, pero que ignoraba la causa de ello.
-Con esto resolví sin vacilar acudir al mismo ministro
-para saber de su propia boca los motivos
-que podía tener para estar quejoso del hijo de don
-César.</p>
-
-<p>Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal
-acontecimiento, que no tuve necesidad de aparentar
-tristeza para parecer afligido a los ojos del
-conde. «¿Qué tienes, Santillana?&mdash;me preguntó luego
-que me vió&mdash;. Descubro en tu semblante señales
-de pesadumbre, y aun veo que las lágrimas están
-prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido
-alguno? ¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor&mdash;le
-respondí llorando&mdash;, aun cuando quisiera
-disimular mi pena, no podría, porque casi llega a
-términos de desesperación. Acaban de asegurarme
-que ya no es gobernador de Valencia don Alfonso
-de Leiva, y no podían darme noticia que me fuera
-más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?&mdash;repuso
-el ministro admirado&mdash;. ¿Pues qué tienes tú con
-don Alfonso ni con su gobierno?» Entonces le hice<span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span>
-una puntual relación de todas las obligaciones que
-debía a los señores de Leiva, y después le conté
-cómo y cuándo había yo obtenido del duque de
-Lerma para el hijo de don César el gobierno de que
-se trataba.</p>
-
-<p>Después que su excelencia me oyó con una atención
-llena de bondad hacia mí, me dijo: «Enjuga tus
-lágrimas, amigo mío. Además de que yo ignoraba
-lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba
-a don Alfonso como hechura del cardenal de
-Lerma. Ponte en mi lugar. La visita que hizo a este
-purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso?
-Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido
-su empleo por aquel ministro, puede haber
-dado este paso por un mero impulso de agradecimiento.
-Siento haber separado de su empleo a un
-hombre que te le debía a ti; pero si deshice lo que
-habías hecho tú, puedo repararlo, y aun quiero
-hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma.
-Don Alfonso de Leiva, tu amigo, no era más que
-gobernador de la ciudad de Valencia, pero yo le
-hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia
-para que le comuniques esta noticia, y puedes decirle
-que venga a prestar juramento.» Cuando oí
-estas palabras, pasé del extremo de la aflicción a un
-exceso de alegría que me enajenó, en términos que
-lo conoció su excelencia en el modo de manifestarle
-mi agradecimiento; mas no le desagradó el desconcierto
-de mis palabras, y como le había enterado
-de que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que
-podía yo presentársele en aquel mismo día. Fuí vo<span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342">[342]</a></span>lando
-al mesón de San Gabriel, en donde colmé de
-gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo
-empleo. No podía creer lo que yo le decía, porque
-tenía dificultad en persuadirse de que, por más
-amistad que me tuviera el primer ministro, fuera
-capaz de dar virreinatos por mi influjo. Condújele
-a casa del conde-duque, que le recibió muy afablemente
-y le dijo que se había comportado tan bien
-en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole
-el rey apto para desempeñar un empleo
-más elevado, le había nombrado para el virreinato
-de Aragón. «Por otra parte&mdash;añadió&mdash;, esta
-dignidad no es superior a la categoría de vuestro
-nacimiento, y la nobleza aragonesa no podría quejarse
-de la elección de la Corte.» Su excelencia no
-me tomó en boca y el público ignoró la parte que
-yo había tenido en aquel negocio, lo que puso a
-cubierto a don Alfonso y al ministro de las habladurías
-del público sobre el nombramiento de un
-virrey que era hechura mía.</p>
-
-<p>Luego que el hijo de don César estuvo seguro de
-su promoción, despachó un propio a Valencia para
-noticiarla a su padre y a Serafina, que al momento
-pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme
-y colmarme de demostraciones de vivo
-agradecimiento. ¡Qué espectáculo tan tierno y glorioso
-fué para mí ver a las tres personas que más
-amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan
-agradecidos a mi amor como al esplendor que el
-virreinato iba a añadir a su casa, no hallaban palabras
-con qué manifestar su reconocimiento. Me<span class="pagenum"><a name="Page_343" id="Page_343">[343]</a></span>
-hablaban como si trataran con igual suyo, pareciendo
-haber olvidado que habían sido mis amos;
-todo les parecía poco para darme pruebas de amistad.
-Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso,
-después de haber recibido el real despacho,
-dado gracias al rey y al ministro y prestado el juramento
-acostumbrado, marchó de Madrid con su
-familia para ir a establecer su residencia en Zaragoza.
-Hizo allí su entrada pública con la mayor
-magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus
-aclamaciones que yo les había dado un virrey que
-les era muy acepto.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_XIII">CAPITULO XIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos
-y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron
-todos tres; fin de la historia de don Gastón y
-doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo Santillana
-a Tordesillas.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Estaba yo loco de contento por haber transformado
-tan felizmente en virrey a un gobernador
-depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban
-tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión
-de emplear mi valimiento a favor de un amigo,
-lo que creo conveniente contar, para hacer ver
-a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil
-Blas que en el Ministerio anterior vendía las mercedes
-de la Corte.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p>
-
-<p>Hallándome un día en la antecámara del rey
-hablando con algunos señores que no se desdeñaban
-de admitirme a su conversación sabiendo que
-me quería el primer ministro, vi entre la multitud
-a don Gastón de Cogollos, aquel reo de Estado a
-quien había dejado en el alcázar de Segovia, que
-estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés
-de Tordesillas. Separéme gustoso de las personas
-con quien estaba para ir a dar un abrazo a estos
-dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de
-verme allí, yo me admiré más de encontrarme con
-ellos.</p>
-
-<p>Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón:
-«Señor de Santillana, tenemos muchas cosas
-que decirnos y no estamos en paraje a propósito
-para ello; permítame usted que le conduzca a un
-sitio en donde el señor de Tordesillas y yo tendremos
-el gusto de hablar largamente con usted.» Vine
-en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos
-de palacio. Hallamos el coche de don Gastón,
-que le estaba esperando en la calle, metímonos en
-él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor,
-en donde se hacen las corridas de toros, que allí
-vivía Cogollos en una soberbia casa. «Señor Gil
-Blas&mdash;me dijo don Andrés luego que entramos en
-una sala alhajada con magnificencia&mdash;, paréceme
-que cuando usted salió de Segovia había cobrado
-horror a la corte y que iba resuelto a alejarse de
-ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio&mdash;le
-respondí&mdash;, y mientras vivió el difunto rey
-no mudé de parecer; pero luego que supe que ocu<span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span>paba
-el trono el príncipe su hijo, quise ver si el
-nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la
-dicha de que me recibiese benignamente. El mismo
-me recomendó al primer ministro, quien me cobró
-amistad y con el cual estoy en mucho más auge
-del que nunca estuve con el duque de Lerma. Esto
-es, señor don Andrés, todo lo que tenía que decirle;
-ahora dígame usted si se mantiene todavía de alcaide
-del alcázar de Segovia.» «No por cierto&mdash;me
-respondió&mdash;; el conde-duque puso a otro en mi
-lugar, creyéndome probablemente parcial de su
-predecesor.» «Yo&mdash;dijo entonces don Gastón&mdash;obtuve
-mi libertad por una razón contraria. Apenas
-supo el primer ministro que yo estaba en la prisión
-de Segovia por orden del duque de Lerma, cuando
-me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor
-Gil Blas, de contaros lo que me sucedió desde que
-salí del alcázar. Lo primero que hice&mdash;continuó&mdash;,
-después de haber dado mil gracias a don Andrés
-por las atenciones que le había debido durante mi
-arresto, fué venirme a Madrid. Presentéme al
-conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No
-tema usted que la desgracia que le ha sucedido
-perjudique en lo más mínimo a su reputación. Usted
-se halla plenamente justificado, y estoy tanto
-más seguro de su inocencia cuanto que el marqués
-de Villarreal, de quien se le sospechaba a usted
-cómplice, no era culpable. A pesar de ser portugués,
-y aun pariente del duque de Braganza, es
-menos parcial del duque que del rey mi señor. Por
-consiguiente, no debe imputársele a usted como de<span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span>lito
-su conexión con el marqués, y para reparar la
-injusticia que se hizo a usted acusándole de traición,
-el rey le hace teniente capitán de su guardia española.»
-Acepté este empleo, suplicando a su excelencia
-me permitiese antes de entrar a desempeñarle
-pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla.
-Concedióme el ministro un mes de licencia para
-el viaje, el que emprendí acompañado de un solo lacayo.
-Habíamos pasado ya de Colmenar y entrado
-en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos
-a un caballero que se estaba defendiendo valerosamente
-de tres hombres que le acometían a
-un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle;
-fuí volando hacia él y me puse a su lado.
-Observé cuando me batía que nuestros enemigos
-estaban enmascarados y que reñíamos con animosos
-combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor
-y destreza, quedamos vencedores; atravesé a uno
-de los tres, que cayó del caballo, y los otros dos
-huyeron al momento. Verdad es que la victoria no
-fué menos funesta para nosotros que para el desgraciado
-a quien yo había muerto, porque, después
-de la acción, tanto mi compañero como yo
-nos hallamos peligrosamente heridos. Pero figúrese
-usted cuál sería mi sorpresa cuando conocí que el
-caballero a quien había socorrido era Cambados,
-marido de doña Elena. No quedó él menos admirado
-al ver que era yo su defensor. «¡Ah, don Gastón!&mdash;exclamó&mdash;.
-Pues qué, ¿sois vos quien venís
-a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con
-tanta generosidad, sin duda ignorabais que defen<span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347">[347]</a></span>díais
-a un hombre que os había robado vuestra
-dama.» «Es cierto que lo ignoraba&mdash;le respondí&mdash;;
-pero aun cuando lo hubiera sabido, ¿os parece que
-hubiera titubeado en hacer lo que hice? ¿Me tendréis
-en tan mal concepto que creáis tengo un
-alma vil?» «¡No, no!&mdash;respondió&mdash;. Tengo mejor
-opinión de vos, y si muero de las heridas que acabo
-de recibir, deseo que las vuestras no os impidan
-aprovecharos de mi muerte.» «Cambados&mdash;le dije&mdash;,
-aunque no he olvidado todavía a doña Elena, sabed
-que no apetezco poseerla a costa de vuestra
-vida, y aun me alegro mucho de haber contribuído
-a salvaros de los golpes de tres asesinos, pues que
-en ello hice una acción que agradecerá vuestra esposa.»
-Mientras estábamos hablando de este modo,
-mi lacayo se apeó y, acercándose al caballero que
-estaba tendido en el suelo, le quitó la mascarilla y
-nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados.
-«Es Caprara&mdash;exclamó&mdash;, aquel pérfido primo
-que, en despecho de haber perdido una rica
-herencia que injustamente me había disputado,
-hace mucho tiempo que pensaba asesinarme, y
-había, por último, elegido este día para realizar
-sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo
-haya sido la víctima de su atentado.» Entre
-tanto nuestra sangre corría en abundancia y por
-instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo,
-heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar
-hasta el lugar de Villarejo, que no distaba
-más que dos tiros de fusil del campo de batalla.
-Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y<span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span>
-vino uno que nos dijeron ser muy hábil. Examinó
-nuestras heridas y halló que eran muy peligrosas;
-hizo la primera cura, y a la mañana siguiente,
-después de haber levantado el vendaje, declaró
-mortales las de don Blas, pero no las mías, y sus
-pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados
-desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir.
-Envió un propio a su mujer para informarla de
-todo lo sucedido y del triste estado en que se hallaba.
-Tardó poco doña Elena en presentarse en
-Villarejo, adonde llegó con el espíritu fuertemente
-agitado por dos causas diferentes: por el peligro
-que corría la vida de su marido y por el temor de
-que mi vista volviese a encender en su pecho un
-fuego mal apagado; dos afectos que la tenían en
-una terrible conmoción. «Señora&mdash;le dijo don Blas
-luego que la vió&mdash;, aun venís a tiempo para recibir
-mi última despedida. Voy a morir y miro mi
-muerte como un castigo del Cielo por la falsedad
-con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme
-de él, yo mismo os exhorto a que le restituyáis
-un corazón que le usurpé.» Doña Elena no le
-respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta
-era la mejor respuesta que le podía dar, porque no
-estaba tan desprendida de mí que hubiese olvidado
-el artificio de que se había valido don Blas para
-determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el
-cirujano había pronosticado: que en menos de tres
-días murió Cambados de sus heridas, en vez de
-que las mías anunciaban una pronta curación. La
-viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que<span class="pagenum"><a name="Page_349" id="Page_349">[349]</a></span>
-trasladasen a Coria el cadáver de su esposo para
-hacerle los honores que ella debía a sus cenizas,
-salió de Villarejo para volverse allí, después de
-haberse informado como por mera urbanidad del
-estado en que yo me hallaba. Seguíla luego que
-pude, tomando el camino de Coria, donde acabé
-de restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y
-don Jorge de Galisteo determinaron casarnos a la
-viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase otra
-pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el
-matrimonio, en atención a la reciente muerte de
-don Blas, y de allí a pocos días volví a Madrid con
-doña Elena. Como se había pasado el tiempo de
-mi licencia, temí que el ministro hubiese dado a
-otro la tenencia de guardias que se me había conferido;
-pero no había dispuesto de ella, y tuvo la
-bondad de admitir la disculpa que le di de mi tardanza.
-Soy, pues&mdash;prosiguió Cogollos&mdash;, primer teniente
-de la guardia española y estoy muy contento
-con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable,
-con quienes vivo gustoso.» «Me alegrara poder
-decir otro tanto&mdash;interrumpió aquí don Andrés&mdash;,
-pues estoy muy lejos de vivir contento
-con mi suerte. Perdí el empleo que tenía, el cual
-me daba de comer, y me veo sin amigos que puedan
-ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone
-usted, señor don Andrés&mdash;dije yo entonces sonriéndome&mdash;,
-en mí tiene usted un amigo que puede
-servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque
-me estima aun quizá más de lo que me estimaba
-el duque de Lerma. ¿Y se atreve usted a<span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span>
-decirme en mi cara que no conoce a nadie que le
-pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le
-hice en otro tiempo un servicio semejante? Acuérdese
-usted de que por el valimiento del arzobispo
-de Granada logré que se le nombrase a usted para
-ir a Méjico a desempeñar un empleo en que hubiera
-hecho su fortuna si el amor no le hubiera
-detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo
-en mejor estado de poder servir a usted actualmente,
-que estoy al lado del primer ministro.»
-«Supuesto eso, me pongo en manos de usted&mdash;repuso
-Tordesillas&mdash;. Pero&mdash;añadió sonriéndose también&mdash;suplico
-a usted que no me haga el favor de
-enviarme a Nueva España, porque no querría ir
-allá aunque me hicieran presidente de la Audiencia
-de Méjico.»</p>
-
-<p>Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida
-por doña Elena, que entró en la sala, y cuya
-persona, llena de atractivos, correspondía a la encantadora
-idea que me había formado de ella. «Señora&mdash;le
-dijo Cogollos&mdash;, este caballero es el señor
-de Santillana, de quien os he hablado varias veces
-y cuya amable compañía calmó frecuentemente en
-la prisión mis pesares.» «Sí, señora&mdash;dije a doña
-Elena&mdash;; mi conversación le agradaba porque siempre
-era usted el asunto de ella.» La hija de don Jorge
-respondió modestamente a mi cumplimiento,
-después de lo cual me despedí de ambos esposos,
-asegurándoles lo mucho que celebraba que el himeneo
-hubiese por último coronado sus prolongados
-amores. Después, dirigiendo la palabra a Tordesi<span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span>llas,
-le rogué que me informase de su habitación, y
-habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted
-no me despido; espero que antes de ocho días verá
-usted que yo reúno el poder a la buena voluntad.»
-No quedé por embustero; al día siguiente el conde-duque
-me proporcionó la ocasión de servir a este
-alcaide. «Santillana&mdash;me dijo su excelencia&mdash;está
-vacante la plaza de gobernador de la cárcel real de
-Valladolid; vale más de trescientos doblones al año
-y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor&mdash;le
-respondí&mdash;, aunque valga diez mil ducados de renta;
-renuncio a todos los empleos que no pueda desempeñar
-sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero
-éste&mdash;replicó el ministro&mdash;puedes desempeñarle muy
-bien sin necesidad de salir de Madrid sino para ir
-de cuando en cuando a Valladolid a visitar la cárcel.»
-«Diga vuestra excelencia cuanto guste&mdash;repuse
-yo&mdash;, no acepto ese empleo sino con la condición
-de que se me permita renunciarlo a favor de un
-digno hidalgo llamado don Andrés de Tordesillas,
-alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría
-hacerle este presente en reconocimiento de los
-buenos procederes que usó conmigo durante mi
-prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar así
-y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer
-un gobernador de la cárcel real del modo que
-hiciste un virrey. Pues bien, sea así, amigo mío;
-desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas.
-Pero dime francamente qué gratificación
-debe producirte, porque no te tengo por tan simple
-que quieras empeñar tu valimiento de balde.»<span class="pagenum"><a name="Page_352" id="Page_352">[352]</a></span>
-«Señor&mdash;le respondí&mdash;, ¿no deben pagarse las deudas?
-Don Andrés me proporcionó sin interés todas
-las comodidades que pudo. ¿No será justo que yo
-le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho,
-señor de Santillana&mdash;me replicó su excelencia&mdash;;
-me parece que lo erais mucho menos en el
-último Ministerio.» «Es verdad&mdash;le repuse&mdash;, porque
-el mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces
-todo se vendía, me conformé con el uso; y
-como en el día todo se da, he vuelto a recobrar
-mi integridad.»</p>
-
-<p>Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de
-Tordesillas el gobierno de la cárcel real de Valladolid
-y le hice marchar luego a dicha ciudad, tan
-contento con su nuevo empleo como lo quedé yo
-por haber desempeñado para con él las obligaciones
-que le debía.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="IV_XIV">CAPITULO XIV</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas
-encontró en ella y qué conversación tuvieron allí.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Un día, después de comer, se me antojó ir a ver
-al poeta asturiano, movido sólo de la curiosidad
-de saber qué vivienda tenía. Me encaminé a casa
-del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté
-en ella por Núñez. «Ya no vive aquí&mdash;me respondió
-un lacayo que estaba en la puerta&mdash;; vive ahora
-en aquella casa&mdash;añadió mostrándome una que es<span class="pagenum"><a name="Page_353" id="Page_353">[353]</a></span>taba
-cerca&mdash;y ocupa un cuarto que cae a espaldas
-de ella.»</p>
-
-<p>Fuíme allá, y después de haber atravesado un
-patio pequeño entré en una sala enteramente desalhajada,
-en donde hallé a mi amigo Fabricio, sentado
-todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos
-a quienes había convidado aquel día. Estaban
-al fin de la comida, y, por consiguiente, metidos
-en disputa; pero luego que me vieron sucedió un
-profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse
-apresuradamente Núñez para recibirme,
-exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de
-Santillana, que tiene la bondad de honrarme con
-una de sus visitas! ¡Ayúdenme ustedes a tributar
-respetuosos obsequios al valido del primer ministro!»
-Al oír esto, todos los convidados se levantaron
-también para saludarme, y en consideración al
-título que se me había dado me hicieron cumplimientos
-muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad
-de beber ni de comer, no me pude excusar
-de sentarme a la mesa con ellos y aun de corresponder
-a un brindis que me dirigieron.</p>
-
-<p>Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar
-hablando con libertad, «Señores&mdash;les dije&mdash;,
-creo haber interrumpido su conversación; suplico
-a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos
-señores&mdash;dijo entonces Fabricio&mdash;estaban hablando
-de la <i>Ifigenia</i> de Eurípides. El bachiller Melchor
-de Villegas, erudito de primer orden, preguntaba al
-señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más
-le interesaba en aquella tragedia.» «Así es&mdash;dijo don<span class="pagenum"><a name="Page_354" id="Page_354">[354]</a></span>
-Jacinto&mdash;, y yo le he respondido que el peligro en
-que se veía Ifigenia.» «Y yo&mdash;dijo el bachiller&mdash;,
-yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar,
-que no es el peligro lo que forma el verdadero interés
-de la pieza.» «¿Pues cuál es?», exclamó el anciano
-licenciado Gabriel de León. «El viento», respondió
-el bachiller. Todos dieron una carcajada al
-oír una respuesta que no creí formal, imaginándome
-que Melchor no la había dado sino por alegrar
-la conversación.</p>
-
-<p>Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un
-hombre que no entendía de burlas, y así, dijo con
-grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les diere la
-gana, que yo siempre sostendré que lo que debe
-hacer más impresión en el espectador, lo que debe
-interesarle y suspenderle más es el viento. Y si
-no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido
-precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren
-la impaciencia de capitanes y soldados por emprender
-y concluir aquel sitio y restituirse cuanto
-antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo
-que más amaban en este mundo: sus dioses lares,
-sus mujeres y sus hijos. Levántase de repente un
-maldito viento contrario que los detiene en Aulida
-y los tiene como clavados en aquel puerto; tanto,
-que mientras no se mude no les es posible ir a sitiar
-la ciudad de Príamo. Pues este viento es el
-que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro
-a favor de los griegos porque apruebo su designio
-y sólo deseo la partida de su flota, mirando con
-indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muer<span class="pagenum"><a name="Page_355" id="Page_355">[355]</a></span>te
-es un medio para obtener de los dioses un viento
-favorable.»</p>
-
-<p>Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron
-las carcajadas a su costa. Fingió Núñez apoyar
-socarronamente aquella ridícula opinión, sólo por
-dar más materia de burla a los zumbones, los cuales
-se divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas
-sobre los vientos. Pero el bachiller, mirándolo
-a todos con aire flemático y orgulloso, los trató de
-ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a
-cada momento que se agarrasen y se diesen de
-mojicones estos botarates, que es el término ordinario
-de sus disputas; pero fué vano mi temor,
-porque todo se redujo a llenarse recíprocamente de
-desvergüenzas, y se retiraron después de haber comido
-y bebido a discreción.</p>
-
-<p>Luego que se marcharon pregunté a Fabricio
-por qué no vivía en casa del tesorero y si acaso
-había ocurrido alguna desavenencia entre los dos.
-«¿Desavenencia?&mdash;me respondió&mdash;. ¡Dios me libre
-de ello! Nunca ha estado en mayor auge mi estimación
-con don Beltrán. Supliquéle me permitiese
-vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto
-que ves para gozar de mayor libertad. Aquí recibo
-a mis amigos, que me vienen a ver con frecuencia,
-y lo paso alegremente con ellos, porque
-ya sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar
-grandes riquezas a mis herederos. Mi mayor gusto
-es hallarme al presente en estado de tener todos
-los días a mi mesa buena compañía sin peligro de
-arruinarme.» «Me alegro infinito, querido Núñez<span class="pagenum"><a name="Page_356" id="Page_356">[356]</a></span>&mdash;le
-repliqué&mdash;, y no puedo menos de repetirte
-mil parabienes por el éxito de tu última tragedia.
-Las ochocientas composiciones dramáticas del gran
-Lope de Vega no le valieron la cuarta parte de lo
-que te ha valido a ti tu <i>Conde de Saldaña</i>.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_357" id="Page_357">[357]</a></span></p>
-
-<h2>LIBRO DUODECIMO</h2>
-
-<h3 id="V_I">CAPITULO PRIMERO</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y
-éxito de su viaje.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me
-repetía todos los días: «Santillana, va llegando el
-tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.»
-Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó
-por fin, y su excelencia me habló en estos términos:
-«Se dice que hay en la compañía de cómicos
-de Toledo una actriz muy celebrada por su
-amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente,
-que arrebata a los espectadores cuando representa,
-y se añade también que es muy hermosa.
-Una persona tan recomendable es digna de venir
-a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias,
-la música y el baile y no le desagrada la
-hermosura. No me parece razón que su majestad
-carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto
-mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo,
-para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan
-peregrina; yo me atendré desde luego a la impre<span class="pagenum"><a name="Page_358" id="Page_358">[358]</a></span>sión
-que cause en ti y me fío enteramente de tu
-discernimiento.»</p>
-
-<p>Respondí a su excelencia que esperaba dar buena
-cuenta de aquella comisión, y desde luego emprendí
-mi viaje, acompañado de un lacayo, a quien
-hice dejar la librea del ministro para desempeñar
-mi encargo con mayor secreto; precaución que agradó
-a su excelencia. Tomé, pues, el camino de Toledo,
-en donde me apeé en un mesón inmediato al
-alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero,
-teniéndome sin duda por algún caballero de
-las cercanías, me dijo: «Naturalmente, vendrá vuestra
-señoría a ver la augusta ceremonia del auto de
-fe que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada
-sabía de tal auto, le respondí inmediatamente que
-sí, para ocultar mejor mi designio y cortarle la gana
-de preguntarme más sobre el fin que me llevaba
-a aquella ciudad. «Verá vuestra señoría&mdash;prosiguió
-él&mdash;una de las más excelentes procesiones que jamás
-se han visto, pues hay, según se dice, más de
-cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez
-los que han de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente
-antes de salir el sol oí tocar todas las campanas
-de la ciudad en señal de que iba a darse principio
-al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta
-ceremonia, me vestí aceleradamente y me encaminé
-hacia la Inquisición. Había allí cerca, y de trecho
-en trecho por donde había de pasar la procesión,
-tablados altos, en uno de los cuales me coloqué
-por mi dinero. Iban primero los padres dominicos,
-precedidos del estandarte de la fe o pendón del<span class="pagenum"><a name="Page_359" id="Page_359">[359]</a></span>
-Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían
-los reos con sus capotillos o especie de escapularios
-de tela amarilla, formada en ellos por la parte anterior
-y posterior el aspa de San Andrés, de tela
-roja llamada sambenito, y todos con corozas en
-la cabeza, con llamas pintadas las de los condenados
-a la hoguera y sin ellas las de los otros de menor
-pena.</p>
-
-<p>Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión
-que no se puede negar a la humanidad,
-cuando creí descubrir entre los encorozados sin
-llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero
-el hermano Ambrosio. Pasaron tan cerca de
-mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy
-viendo!&mdash;dije entre mí mismo&mdash;. ¡El Cielo,
-cansado de los excesos de estos dos malvados, los
-ha entregado a la justicia de la Inquisición!» Hablando
-conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado,
-se apoderó de mí un temblor universal, y
-mi ánimo se turbó en términos que temí caer desmayado.
-Las relaciones que yo había tenido con
-aquellos bribones, la aventura de Chelva, y, en
-fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió
-en aquel momento a representarse a mi imaginación,
-y creí que no podía dar suficientes gracias a
-Dios de haberme preservado del sambenito y de
-la coroza.</p>
-
-<p>Acabada la ceremonia, me restituía al mesón
-temblando por el terrible espectáculo que acababa
-de ver; pero las tristes ideas de que tenía lleno
-el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pen<span class="pagenum"><a name="Page_360" id="Page_360">[360]</a></span>sé
-en desempeñar con acierto la comisión que me
-había encargado mi amo. Esperé con impaciencia
-la hora de la comedia para ir a ella, pareciéndome
-que éste era el primer paso que debía dar. Llegada
-que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente
-me senté junto a un caballero del hábito de Alcántara,
-con quien entablé luego conversación,
-y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle
-una pregunta. «Caballero&mdash;me respondió muy
-atentamente&mdash;, usted me honrará en ello.» «He
-oído ponderar&mdash;proseguí&mdash;a los cómicos de Toledo.
-¿Me habrán engañado?» «No&mdash;me respondió
-el caballero&mdash;; la compañía no es mala, y, a la verdad,
-hay en ella dos papeles excelentes. Entre
-otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce
-años, que le pasmará. No será menester que
-yo se la muestre a usted cuando se deje ver en la
-escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle
-a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió
-que sí, y aun que tenía un papel de mucho
-lucimiento en la pieza que se iba a representar.</p>
-
-<p>Principió la comedia, y aparecieron en la escena
-dos actrices que nada habían omitido de cuanto
-pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; pero
-a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra
-me parecieron ser la que yo esperaba. En fin, dejóse
-ver Lucrecia en el fondo del teatro, y su aproximación
-a la escena fué anunciada con un palmoteo
-general. «¡Ah, ésta es!&mdash;dije para mí&mdash;. ¡Qué
-aire tan noble! ¡Qué talle! ¡Qué hermosos ojos!
-¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó com<span class="pagenum"><a name="Page_361" id="Page_361">[361]</a></span>pletamente,
-o por mejor decir, su persona me dejó
-absorto. Desde los primeros versos que recitó conocí
-que tenía naturalidad, fuego, maestría superior
-a su edad, y reuní voluntariamente mis
-aplausos a los universales que le tributó el concurso
-en todo el tiempo que duró la representación.
-«Y bien&mdash;me dijo entonces el caballero&mdash;; ya ve
-usted la justicia que hace el público a Lucrecia.»
-«No me admiro», le respondí. «Pues menos se admiraría
-usted&mdash;me replicó&mdash;si la oyera cantar;
-es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos
-que la oyen, si no se precaven tapándose los oídos
-para no quedar encantados! No es menos temible
-cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como
-su voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.»
-«Según eso&mdash;exclamé yo entonces&mdash;, será preciso
-confesar que esta niña es un portento. ¿Y quién
-es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse
-por una criatura tan preciosa?» «No tiene
-ningún amante, que se sepa&mdash;me dijo&mdash;, y aun la
-murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta.
-No obstante&mdash;añadió&mdash;, acaso pudiera tenerla,
-porque Lucrecia está bajo la vigilancia de
-su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de
-todas las cómicas.»</p>
-
-<p>Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación
-al tal caballero si aquella Estela era actriz
-de la compañía de Toledo. «Y de las mejores&mdash;me
-replicó&mdash;. Hoy no ha representado, y en verdad
-que no hemos perdido poco. Por lo común hace el
-papel de graciosa, y verdaderamente lo desempe<span class="pagenum"><a name="Page_362" id="Page_362">[362]</a></span>ña
-que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles!
-Tal vez les añade algo de su invención; pero
-éste es un hermoso defecto que le hace gracia.»
-Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y
-por el retrato que me hizo de su persona, no dudé
-fuese Laura, aquella misma que dejé en Granada
-y de quien he hablado tanto en mi historia.</p>
-
-<p>Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario
-concluída la comedia. Pregunté por la señora Estela,
-y, volviendo los ojos a todas partes, la vi
-sentada al brasero en conversación con algunos
-señores, que quizá no la obsequiaban sino porque
-era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a Laura, y
-fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada
-fuga de Granada, fingió no conocerme, y
-recibió mi saludo con tanta sequedad que me
-dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle
-con risa su frío recibimiento, fuí tan simple que
-mostré formalizarme, y aun me retiré incomodado,
-resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme
-a Madrid el día siguiente. «Para vengarme
-de Laura&mdash;decía yo&mdash;, no quiero que su sobrina
-tenga el honor de representar delante del rey: para
-esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato
-que se me antoje de Lucrecia, y me bastará decirle
-que baila con poco garbo, que su voz es áspera,
-y que toda su gracia consiste en sus pocos años.
-Estoy seguro que desde luego se le pasará a su excelencia
-la gana de hacerla ir a la Corte.»</p>
-
-<p>Esta era la venganza que pensaba tomar del
-desaire que Laura me había hecho; pero duró poco<span class="pagenum"><a name="Page_363" id="Page_363">[363]</a></span>
-mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando
-me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo
-en mi cuarto, y me dijo: «Aquí traigo un billete
-que tengo que entregar al señor de Santillana»
-«Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta,
-que abrí, y que contenía estas palabras: <i>Olvida el
-modo con que te recibí en el teatro, y ven con el portador
-adonde él te guíe.</i> Seguí luego al lacayuelo,
-que me llevó a una casa muy decente, no distante
-del teatro, y me introdujo en un cuarto alhajado
-con aseo y buen gusto, donde encontré a Laura en
-su tocador.</p>
-
-<p>Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor
-Gil Blas, conozco que usted tuvo motivo para salir
-ayer poco contento del recibimiento que le hice
-cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo
-amigo tenía derecho para esperar de mí una acogida
-más afable. No tengo otra disculpa sino que
-me hallaba a la sazón de malísimo humor, por
-haber oído ciertos dichos malignos que algunos
-de los señores cómicos tenían sobre la conducta de
-mi sobrina, cuya honra me importa más que la
-mía. La precipitada y desabrida retirada de usted
-me hizo volver al momento de mi distracción,
-y en el mismo punto di orden a mi lacayo para
-que siguiese a usted y averiguase su posada, con
-ánimo de reparar hoy mi falta.» «Ya queda&mdash;le
-dije&mdash;enteramente reparada, mi querida Laura;
-no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente
-de lo que nos ha sucedido desde el malaventurado
-día en que el temor de un justo cas<span class="pagenum"><a name="Page_364" id="Page_364">[364]</a></span>tigo
-me obligó a salir tan aceleradamente de Granada.
-Te dejé, si te acuerdas, metida en un gran
-embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es verdad que
-necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a
-tu amante portugués?» «¡Nada de eso!&mdash;respondió
-Laura&mdash;. ¿Pues no sabes que en semejantes lances
-los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran
-a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?</p>
-
-<p>»Sostuve&mdash;continuó ella&mdash;al marqués de Marialba
-que eras hermano mío. Perdone usted, señor
-de Santillana, que le hable con la familiaridad que
-en otro tiempo, porque no puedo desprenderme
-de las costumbres añejas. Diréte, pues, que le
-hablé con desembarazo y entereza. «¿No conoce
-usted&mdash;le dije al señor portugués&mdash;que todo eso
-es obra de los celos y de la indignación? Narcisa,
-mi compañera y rival, colérica de ver que yo poseo
-pacíficamente un corazón que ella ha perdido,
-forjó todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador
-del teatro, quien para apoyar su resentimiento
-tuvo el descaro de decir que me había visto en
-Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso.
-¡La viuda de don Antonio Coello ha tenido siempre
-pensamientos demasiado nobles para quererse
-someter a ser criada de una cómica! Fuera de
-esto, otra patente prueba de la falsedad de esta
-imputación y de la conspiración de mis acusadores
-es la precipitada fuga de mi hermano, que si estuviera
-presente dejaría sin duda bien confundida
-la calumnia; pero Narcisa ciertamente habrá em<span class="pagenum"><a name="Page_365" id="Page_365">[365]</a></span>pleado
-algún nuevo artificio para hacerle desaparecer.»</p>
-
-<p>»Aunque estas razones&mdash;prosiguió Laura&mdash;no
-bastasen para hacer mi completa apología, el marqués
-tuvo la bondad de contentarse con ellas; tanto,
-que el cándido señor prosiguió amándome hasta
-el día en que dejó a Granada para volverse a Portugal.
-En verdad, su partida fué muy inmediata a
-la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de
-verme perder el amante que yo le había quitado.
-Permanecí todavía después algunos años en Granada;
-pero habiéndose introducido en la compañía
-disensiones (como frecuentemente sucede entre
-nosotros), todos los cómicos se separaron: unos
-marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo me
-vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi
-sobrina Lucrecia, a quien ayer oíste representar,
-puesto que estuviste en la comedia.»</p>
-
-<p>No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura
-me preguntó de qué me reía. «Pues qué, ¿no lo
-adivinas?&mdash;le respondí&mdash;. Tú no tienes hermano
-ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía
-de Lucrecia. Además de eso, cuando cotejo el
-tiempo que ha que nos separamos con la edad que
-representa Lucrecia, me parece que puede ser algo
-más estrecho el parentesco entre vosotras dos.</p>
-
-<p>«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas&mdash;replicó
-algo sonrojada la viuda de don Antonio Coello&mdash;.
-Como usted tiene tan presentes los tiempos, no
-hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío;
-Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba,<span class="pagenum"><a name="Page_366" id="Page_366">[366]</a></span>
-y el fruto de nuestro trato, porque no quiero ocultarte
-más esta verdad.» «¡Vaya, reina mía&mdash;repliqué
-yo&mdash;, que es grande el esfuerzo que haces en
-revelarme este secreto, después que me confiaste
-tus aventuras con el administrador del hospital de
-Zamora! Como quiera que sea, yo te aseguro que
-Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público
-jamás podrá agradecerte como debe el regalo
-que le hiciste en ella. ¡Ojalá fueran como
-ésta todos los que le hacen tus compañeras y
-amigas!»</p>
-
-<p>Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí
-se acordará de las secretas conversaciones que
-Laura y yo tuvimos en Granada cuando era secretario
-del marqués de Marialba, y se le antojará
-sospechar que podía yo tener algún derecho para
-disputar al marqués su paternidad de Lucrecia;
-le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.</p>
-
-<p>Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras
-hasta el estado actual de mis asuntos. Oyóme con
-una atención que mostraba bien no serle indiferente
-lo que le decía. «Amigo Santillana&mdash;me dijo
-luego que acabé&mdash;, veo que representas un papel
-brillante en el teatro del mundo, y no alcanzo a
-manifestarte lo mucho que me complazco en ello.
-Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla
-en la compañía del Príncipe, me atrevo a
-lisonjearme de que hallará en el señor de Santillana
-un poderoso protector.» «No lo dudes&mdash;le respondí&mdash;;
-cuenta conmigo, que haré admitir a tu<span class="pagenum"><a name="Page_367" id="Page_367">[367]</a></span>
-hija en la compañía del Príncipe cuando quieras.
-Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi
-poder.» «Desde luego te cogería tu palabra&mdash;replicó
-Laura&mdash;, y mañana mismo marcharía a Madrid
-si no estuviera escriturada en esta compañía.»
-«Esa escritura la anula una Real orden&mdash;le respondí&mdash;.
-Yo me encargo de ella, y la recibirás antes
-de ocho días. Tendré gran placer en robarles a los
-toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido
-para los cortesanos, y nos pertenece de derecho.»</p>
-
-<p>A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí
-ver a la diosa Hebe: tanta era su gracia y su lindeza.
-Acababa de levantarse, y luciendo su hermosura
-natural sin los auxilios del arte, presentaba
-a mi vista un objeto encantador. «Ven, sobrina
-mía&mdash;le dijo su madre&mdash;; ven a agradecer a este
-señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno
-de mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento
-en la corte, y está empeñado en colocarnos a ambas
-en la compañía del Príncipe.» De esto mostró
-alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía,
-y me dijo con una sonrisa embelesadora: «Doy
-a usted muy humildes gracias por su benévola
-intención. Pero al quererme separar de un público
-que me estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré
-al de Madrid? Tal vez perderé en el cambio,
-porque muchas veces he oído decir a mi tía
-haber conocido actores muy aplaudidos en una
-ciudad y silbados en otra, lo cual me sobresalta.
-Tema usted exponerme al desprecio de la corte<span class="pagenum"><a name="Page_368" id="Page_368">[368]</a></span>
-y exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.»
-«Hermosa Lucrecia&mdash;le respondí&mdash;, eso es lo que
-ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, lo único
-que temo es que usted encienda una guerra civil
-entre los grandes, enamorándolos a todos.»
-«El sobresalto de mi sobrina&mdash;me dijo Laura&mdash;me
-parece mejor fundado que el de usted; pero, bien
-considerado, ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia
-no puede llamar la atención pública por sus
-atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz
-que deba ser despreciada.»</p>
-
-<p>Siguió todavía algún tiempo la conversación, y
-pude advertir, por la parte que tomó Lucrecia en
-ella, que era una joven de extraordinario talento.
-En seguida me despedí de las dos, asegurándoles
-que inmediatamente recibirían orden de la Corte
-para ir a Madrid.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_II">CAPITULO II</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Da Santillana cuenta de su comisión al ministro,
-quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia
-a Madrid; de la llegada de esta actriz, y de
-su primera representación en la corte.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy
-impaciente por saber el resultado de mi viaje.
-«Gil Blas&mdash;me dijo&mdash;, ¿has visto a nuestra comedianta?
-¿Merece que se lo haga venir a la corte?»
-«Señor&mdash;le respondí&mdash;, la fama, que pondera co<span class="pagenum"><a name="Page_369" id="Page_369">[369]</a></span>múnmente
-más de lo justo a las mujeres hermosas,
-se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia,
-que es una persona admirable, tanto por su
-hermosura como por sus habilidades.»</p>
-
-<p>«¿Es posible?&mdash;exclamó el ministro con una satisfacción
-interior que leí en sus ojos, y que me hizo
-pensar que me había enviado a Toledo por su interés
-personal&mdash;. ¿Es posible que Lucrecia sea tan
-amable como me dices?» «Cuando vuestra excelencia
-la vea.&mdash;le respondí&mdash;, confesará que no se puede
-hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» «Santillana&mdash;replicó
-su excelencia&mdash;, hazme una puntual
-relación de tu viaje, porque tendré particular
-gusto en oírla.» Tomando entonces la palabra para
-satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de
-Laura inclusive. Díjele que esta actriz había tenido
-a Lucrecia del marqués de Marialba, señor portugués
-que, habiéndose detenido en Granada viajando,
-se había enamorado de ella. Finalmente, después
-de haber hecho a su excelencia una menuda
-relación de lo que había pasado entre aquellas
-comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de
-que Lucrecia sea hija de un sujeto distinguido; eso
-me interesa todavía más en su favor, y es necesario
-traerla a la corte. Pero continúa&mdash;añadió&mdash;del
-modo que has comenzado, y no me tomes en boca,
-sino que en todo ha de sonar únicamente Gil Blas
-de Santillana.»</p>
-
-<p>Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia
-quería que él despachase una orden por la
-cual el rey admitía en su compañía cómica a Es<span class="pagenum"><a name="Page_370" id="Page_370">[370]</a></span>tela
-y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy
-bien, señor de Santillana&mdash;respondió Carnero con
-una sonrisa maligna&mdash;; al momento será usted
-servido, porque, según todas las señas, usted se
-interesa por esas dos damas.» Al mismo tiempo
-extendió de propio puño y me entregó la orden, que
-sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo
-lacayo que me había acompañado a Toledo.
-Ocho días después llegaron a Madrid madre e
-hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata
-al corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo
-a decir por medio de un billete. Pasé al
-punto a la fonda, en donde, después de mil ofertas
-por mi parte y de agradecimientos por la suya,
-las dejé para que se dispusiesen a su primera salida
-a las tablas, deseándosela dichosa y brillante.</p>
-
-<p>Se hicieron anunciar al público como dos actrices
-nuevas que la compañía del Príncipe acababa
-de admitir por orden de la Corte, y representaron
-por primera vez una comedia que solían representar
-en Toledo con aplauso.</p>
-
-<p>¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad
-en punto a espectáculos? Hubo aquel día
-en el corral de comedias un concurso extraordinario
-de espectadores. No necesito decir que no falté
-a esta representación. Estuve algo agitado antes
-que la comedia principiase, porque, por más confianza
-que yo tuviera en la habilidad de la madre
-y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba
-por ellas. Pero apenas abrieron la boca se desvaneció
-mi temor con los aplausos que recibieron.<span class="pagenum"><a name="Page_371" id="Page_371">[371]</a></span>
-Todos celebraban a Estela como una actriz consumada
-en la parte graciosa, y a Lucrecia, como
-un prodigio para los papeles amorosos. Esta última
-arrebató los corazones: unos admiraron la hermosura
-de sus ojos, a otros encantó la suavidad
-de su voz, y sorprendidos todos de sus gracias y
-de su juventud florida, salieron hechizados de su
-persona.</p>
-
-<p>El conde-duque, que se interesaba más de lo que
-yo creía en el estreno de esta actriz, asistió aquella
-tarde a la comedia, y le vi salir hacia el fin de la
-función muy prendado, a lo que me pareció, de
-nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber
-si había quedado satisfecho de ellas, le seguí a su
-casa, y metiéndome en su gabinete, en donde acababa
-de entrar, «Y bien, señor excelentísimo&mdash;le
-dije&mdash;, ¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?»
-«Mi excelencia&mdash;me respondió sonriéndose&mdash;sería
-descontentadiza si se negara a unir su
-voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado
-de tu Lucrecia, y no dudo que el rey la
-vea con placer.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_III">CAPITULO III</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa
-delante del rey, que se enamora de ella, y
-resultas de estos amores.</b></p></div>
-
-<p class="p2">La primera salida al teatro de las dos actrices
-nuevas llamó luego la atención en la corte. Habló<span class="pagenum"><a name="Page_372" id="Page_372">[372]</a></span>se
-de ellas el día siguiente en el cuarto del rey. Algunos
-señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron
-tan hermosa, que el retrato excitó la curiosidad
-del monarca, el cual no sólo disimuló la impresión
-que le había hecho, sino que calló y aparentó
-no atender aquella conversación.</p>
-
-<p>Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque
-le preguntó quién era cierta actriz que tanto
-le habían ponderado. El ministro le respondió que
-era una joven cómica de Toledo, que había representado
-el día anterior por primera vez con mucha
-aceptación. «Esta actriz&mdash;añadió&mdash;se llama Lucrecia,
-nombre que conviene con mucha propiedad a
-las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana
-y me habló tan bien de ella, que me pareció conveniente
-recibirla en la compañía cómica de vuestra
-majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi nombre,
-recordando quizá en aquel momento de que por
-mí había conocido a Catalina y presintiendo acaso
-que le había de prestar el mismo servicio en esta
-ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al
-ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a
-esa Lucrecia; ten cuidado de hacérselo saber.»</p>
-
-<p>Contóme el conde-duque esta conversación que
-había tenido con el rey y me mandó ir a casa de
-las dos comediantas para prevenirlas de la intención
-de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado
-a Laura la primera, «Vengo&mdash;le dije&mdash;a daros
-una gran noticia. Mañana tendréis entre vuestros
-espectadores al soberano de la Monarquía; así
-me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No<span class="pagenum"><a name="Page_373" id="Page_373">[373]</a></span>
-dudo que tú y tu hija emplearéis todos vuestros
-esfuerzos para corresponder al honor que el monarca
-quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis
-una comedia en que haya baile y música, para que
-Lucrecia pueda lucir todas sus habilidades.» «Seguiremos
-tu consejo&mdash;me respondió Laura&mdash;, y haremos
-lo posible para que su majestad quede contento.»
-«No podrá menos de quedarlo&mdash;repliqué yo
-viendo entonces a Lucrecia, que venía en traje casero,
-con el cual parecía cien veces más agraciada
-y linda que adornada con las más soberbias galas
-del teatro&mdash;. Quedará tanto más contento su majestad
-de tu amable sobrina cuanto que ninguna
-cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y
-quién sabe si acaso no la mirará con buenos ojos
-tentándole los de Lucrecia?» «No quisiera&mdash;interrumpió
-Laura&mdash;que su majestad tuviese tal tentación,
-porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso,
-pudiera hallar obstáculos en el cumplimiento
-de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha criado
-entre bastidores y entre las licencias del teatro,
-tiene virtud, y bien que no le desagraden los
-aplausos en la escena, todavía aprecia más ser tenida
-por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»</p>
-
-<p>«Tía mía&mdash;dijo entonces la Marialbita tomando
-parte en la conversación&mdash;, ¿a qué fin forjar monstruos
-imaginarios para combatirlos? Nunca me veré
-en el caso de desdeñar los suspiros del rey porque
-la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior
-que padecería por haberse abatido hasta<span class="pagenum"><a name="Page_374" id="Page_374">[374]</a></span>
-poner los ojos en mí.» «Pero, amable Lucrecia&mdash;le
-dije&mdash;, si aconteciera que el rey quisiese ofrecerte
-su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar
-a tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y
-por qué no?&mdash;respondió prontamente&mdash;. Sin duda
-que lo haría así, pues, prescindiendo de la virtud,
-conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir
-a su pasión que en rendirme a ella.» No me
-admiró poco oír hablar de esta manera a una discípula
-de Laura. Despedíme de las dos, alabando
-a la última por haber dado a la otra tan buena
-educación.</p>
-
-<p>Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la
-tarde siguiente al teatro. Representóse una comedia
-intermediada de música cantante y baile,
-en la cual sobresalió en todas cosas nuestra joven
-actriz.</p>
-
-<p>Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos
-del monarca, a ver si podía descubrir por los suyos
-lo que pasaba en su interior; pero burló toda mi
-penetración con un aire de majestuosa gravedad
-que mostró constantemente hasta el fin, y así,
-hasta el día siguiente no supe lo que tenía tantas
-ganas de saber. «Santillana&mdash;me dijo el ministro&mdash;,
-vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia
-con tan encarecidas expresiones, que no dudo
-ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le
-tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de
-Toledo, ha mostrado deseo de hablar privadamente
-contigo sobre este particular. Ve al momento a
-presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay<span class="pagenum"><a name="Page_375" id="Page_375">[375]</a></span>
-orden de que te dejen entrar. Corre y vuelve al
-instante a enterarme de esa conversación.»</p>
-
-<p>Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré
-solo. Paseábase a paso largo esperándome
-y parecía estar pensativo. Hízome muchas preguntas
-acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a
-contarle, y cuando la acabé me preguntó si aquella
-joven había tenido alguna distracción. Habiéndole
-asegurado resueltamente que no, sin embargo
-de conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes
-aserciones, el monarca dió muestras de gran
-placer. «Siendo eso así&mdash;repuso&mdash;, te elijo por agente
-mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu
-conducto qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo
-de mi parte&mdash;añadió, entregándome un cofrecito
-lleno de joyas de valor de más de cincuenta
-mil ducados&mdash;y dile que le ruego acepte este presente
-como prenda de otras pruebas más sólidas
-de mi afecto.»</p>
-
-<p>Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver
-al conde-duque, a quien di cuenta fiel de lo que
-el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel
-ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría,
-porque, como ya dije, sospechaba yo que tenía
-sus designios amorosos hacia Lucrecia y que sabría
-con sentimiento que su señor era su rival.
-Pero me engañaba, porque, lejos de desazonarle la
-noticia, se alegró tanto de oírla que, no pudiendo
-disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones
-que yo recogí. «¡Ah rey mío!&mdash;exclamó&mdash;. ¡Ahora
-sí que te tengo seguro! ¡Desde este punto van a<span class="pagenum"><a name="Page_376" id="Page_376">[376]</a></span>
-intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me hizo
-ver con claridad todo el manejo del conde-duque
-y conocí que este señor, temiendo que el monarca
-quisiera ocuparse en asuntos serios, procuraba distraerle
-con las diversiones más análogas a su carácter.
-«Santillana&mdash;me dijo luego&mdash;, no pierdas
-tiempo. Ve cuanto antes, amigo mío, a obedecer
-la importante orden que se te ha dado y de que
-muchos cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado.
-Piensa&mdash;continuó&mdash;que no tienes aquí al
-conde de Lemos que te quite la mejor parte del
-honor del servicio hecho; tuyo será por entero, y
-además todo el fruto.»</p>
-
-<p>De este modo me doró su excelencia la píldora,
-que tragué lo mejor que pude, mas no sin percibir
-su amargura, porque después de mi prisión me había
-acostumbrado a mirar las cosas desde un punto
-de vista religioso, y el empleo de Mercurio en jefe
-no me parecía tan honorífico como me decían. No
-obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera
-ejercitarlo sin remordimiento, tampoco era tanta
-mi virtud que tuviese valor para rehusarlo. Obedecí,
-pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto
-que veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría
-al ministro, a quien anhelaba complacer.</p>
-
-<p>Parecióme conveniente avistarme primero con
-Laura y hablarle del particular a solas. Expúsele
-mi comisión en los términos más moderados, concluyendo
-mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo.
-A vista de las joyas, no pudiendo ocultar
-su alegría, la manifestó abiertamente. «Señor Gil<span class="pagenum"><a name="Page_377" id="Page_377">[377]</a></span>
-Blas&mdash;exclamó&mdash;, a presencia del mejor y más antiguo
-de mis amigos no debo reprimirme. Haría
-mal en ostentar contigo una fingida severidad de
-costumbres y andar en retrecherías. Sí, por cierto&mdash;prosiguió
-ella&mdash;, confieso que me faltan voces
-para explicar el regocijo que me ha causado una
-conquista tan preciosa, cuyas ventajas conozco.
-Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia
-las mire con otros ojos, porque, aunque criada en
-el teatro, es tan timorata y de tanto pundonor,
-que ya ha desechado las ofertas de dos señores
-amables y opulentos. Dirásme quizá&mdash;prosiguió
-ella&mdash;que dos señores no son dos reyes; convengo
-en ello, y también en que un amante coronado
-puede hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con
-todo eso, no puedo menos de decirte que el éxito
-es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré violencia
-a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida
-con el afecto momentáneo del rey, lo mira
-como mancha de su recato, espero que este gran
-monarca no se dé por ofendido de su repulsa.
-Vuelve mañana&mdash;añadió&mdash;, y te diré si has de llevar
-una respuesta favorable o sus joyas.»</p>
-
-<p>A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría
-más bien a Lucrecia a desviarse de su deber
-que a mantenerse en él, y contaba positivamente
-con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa
-al día siguiente que Laura había tenido tanta
-dificultad en encaminar su hija hacia el mal como
-otras madres la tienen en conducir las suyas hacia
-el bien, y lo que más hay que admirar todavía es<span class="pagenum"><a name="Page_378" id="Page_378">[378]</a></span>
-que Lucrecia, después de haber tenido algunas
-conversaciones secretas con el monarca, quedó tan
-arrepentida de haber condescendido con sus deseos,
-que de repente renunció al mundo y se encerró
-en un convento de la villa de Madrid, donde
-luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza
-y del dolor. Laura, por su parte, inconsolable de
-la pérdida de su hija, de cuya muerte se consideraba
-autora, se metió en las Arrepentidas, donde
-pasó el resto de su vida llorando los amargos gustos
-de sus floridos años. Afligió mucho al rey el inopinado
-retiro de Lucrecia; pero como por su genio
-naturalmente inclinado a divertirse hacían poca
-mansión en él las pesadumbres, se fué consolando
-poco a poco. El conde-duque aparentó la mayor
-indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien
-que no dejó de desazonarle, como fácilmente lo
-creerá el advertido lector.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_IV">CAPITULO IV</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y
-experimenté tantos remordimientos de haber contribuído
-a ella, que, considerándome como un infame,
-a pesar de la elevación del amante a quien
-había servido, resolví abandonar para siempre el
-caduceo, y manifestando al ministro la repugnancia
-que me causaba el llevarle, le supliqué me<span class="pagenum"><a name="Page_379" id="Page_379">[379]</a></span>
-emplease en cualquier otra cosa. «Santillana&mdash;me
-dijo&mdash;, me agrada sobremanera tu delicadeza, y
-pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una
-ocupación más conforme a tu prudencia; óyela y
-escucha con atención la confianza que voy a hacerte.
-Algunos años antes de mi privanza&mdash;continuó&mdash;vi
-por casualidad a una dama que me pareció tan
-airosa y tan linda que hice la siguiesen. Supe que
-era una genovesa llamada doña Margarita Espínola,
-que vivía en Madrid a expensas de su hermosura.
-Me dijeron también que don Francisco de
-Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y
-casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia,
-que al parecer debiera haberme inspirado desprecio
-hacia ella, encendió en mí el deseo más
-vehemente de entrar a la parte en sus favores con
-Valcárcel. Para satisfacer este capricho me valí de
-una medianera de amor, cuya habilidad me facilitó
-en breve tiempo una conversación secreta con la
-genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera
-que tanto mi rival como yo éramos igualmente
-bien admitidos, gracias a nuestras dádivas,
-y quizá tendría algún otro galán tan favorecido
-como nosotros dos. Como quiera que sea, Margarita,
-en aquella confusión de cortejantes, llegó insensiblemente
-a ser madre y dió a luz un niño, con
-cuya paternidad quiso honrar a cada uno de sus
-amantes en particular; pero como ninguno podía
-preciarse en conciencia de que le era debido aquel
-honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa
-se vió precisada a criarle en su casa con el<span class="pagenum"><a name="Page_380" id="Page_380">[380]</a></span>
-producto de sus galanteos, lo que duró diez y ocho
-años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando
-a su hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin
-educación. Tal es&mdash;continuó su excelencia&mdash;la confianza
-que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte
-del gran proyecto que tengo formado. Quiero
-sacar de su infeliz suerte a este joven sin ventura,
-y, haciéndole pasar de un extremo a otro, elevarle
-a los honores y reconocerle por hijo mío.»</p>
-
-<p>Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué
-posible callar. «¡Cómo, señor!&mdash;exclamé&mdash;. ¿Es posible
-que haya cabido en vuestra excelencia una
-resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia
-esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás
-justa&mdash;replicó con precipitación&mdash;cuando te
-haya dicho las razones que me han determinado
-a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes
-colaterales. Tal vez me dirás que no soy
-tan viejo que no pueda todavía esperar tener sucesión
-con la condesa de Olivares; pero cada uno
-se conoce a sí mismo. Bástete saber que he probado
-inútilmente todos los secretos de la química
-para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna,
-supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta
-un muchacho del cual no es del todo imposible
-sea yo el verdadero padre, quiero adoptarle
-por hijo. Así lo he resuelto.»</p>
-
-<p>Viendo yo encaprichado al ministro en semejante
-adopción, dejé de oponerme a su idea, sabiendo
-era capaz de cualquier gran desacierto antes que
-desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata&mdash;prosi<span class="pagenum"><a name="Page_381" id="Page_381">[381]</a></span>guió
-él&mdash;de dar una educación correspondiente a
-don Enrique Felipe de Guzmán, porque bajo este
-nombre quiero que sea conocido hasta que se halle
-en estado de poseer las dignidades que le esperan.
-En ti, mi querido Santillana, he puesto los ojos
-para que le gobiernes. Descuido enteramente en
-tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el
-cuidado de establecer su casa, de proporcionarle
-toda clase de maestros y, en una palabra, de hacerle
-un caballero completo.» Quise negarme a admitir
-semejante empleo, representando al conde-duque
-que no podía en conciencia encargarme de
-un ministerio que jamás había ejercido y que pedía
-más ilustración y mérito del que yo tenía; pero
-luego me interrumpió y me tapó la boca diciéndome
-con entereza que absolutamente quería fuese
-yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba
-para ocupar los primeros puestos de la Monarquía.
-Me resigné, pues, a desempeñar este destino por
-complacer a su excelencia, quien, en premio de
-mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con
-una pensión de mil escudos, que hizo se me concediese,
-o más bien me dió él, sobre una encomienda
-de la Orden de Montesa.</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_382" id="Page_382">[382]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="V_V">CAPITULO V</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa
-bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán;
-establece Santillana la casa de este señor y
-le proporciona toda clase de maestros.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer
-por hijo suyo al de doña Margarita Espínola.
-Hízose esta adopción por medio de escritura
-pública y solemne, con noticia y aprobación del
-rey. A don Enrique Felipe de Guzmán (éste fué el
-nombre que se dió a aquel hijo de muchos padres)
-se le declaró por único heredero del condado de
-Olivares y del ducado de Sanlúcar. El ministro,
-para que nadie lo ignorase, dió parte de ello por
-medio de Carnero a los embajadores y a los grandes
-de España, quedando todos altamente sorprendidos.
-Los ociosos y bufones de Madrid tuvieron
-asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y
-los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión
-de desahogar su mordacidad.</p>
-
-<p>Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje
-que su excelencia quería fiar a mi cuidado.
-«En Madrid está&mdash;me respondió&mdash;a cargo de una
-tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le
-tengas ya buscada casa y familia.» Esto se hizo
-en poco tiempo: alquilé una habitación, que hice
-adornar magníficamente; busqué pajes, un portero,
-criados menores, y con el auxilio de Caporis<span class="pagenum"><a name="Page_383" id="Page_383">[383]</a></span>
-en breve proveí los empleos principales de la casa.
-Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia,
-quien hizo venir al equívoco y nuevo vástago del
-gran tronco de los Guzmanes. Presentóse a mis
-ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique&mdash;le
-dijo su excelencia señalándome a mí con el dedo&mdash;,
-este caballero que aquí ves es el sujeto que yo
-mismo he escogido para que te gobierne y guíe en
-la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi
-confianza y le he dado poder y autoridad absoluta
-sobre ti. Sí, Santillana&mdash;añadió dirigiéndose a
-mí&mdash;, a tu cuidado le entrego enteramente, muy
-seguro de que me darás buena cuenta de él.» A
-estas palabras añadió el ministro otras para exhortar
-al joven a someterse a mi voluntad, después
-de lo cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.</p>
-
-<p>Luego que estuvimos en ella hice venir ante él
-a todos los criados, explicando a cada uno el oficio
-que tenía. El manifestó no causarle novedad la
-mutación de estado, antes bien admitía con tanta
-naturalidad todas las demostraciones de atención
-y de respeto que se le tributaban como si hubiera
-sido por nacimiento aquello que representaba por
-capricho y por casualidad. No le faltaba talento,
-pero era ignorante en sumo grado. Apenas sabía
-leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le enseñase
-los rudimentos de la lengua latina, maestros
-de Geografía, de Historia y de esgrima. Ya
-se deja discurrir que no me olvidaría de un maestro
-de baile, pero había a la sazón tantos y tan
-famosos en Madrid que solamente me hallé per<span class="pagenum"><a name="Page_384" id="Page_384">[384]</a></span>plejo
-en la elección, no sabiendo a quién dar la
-preferencia.</p>
-
-<p>Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el
-portal de casa un sujeto ricamente vestido, quien
-me dijeron quería hablarme. Salí a recibirle, creyendo
-que era cuando menos un caballero de Santiago
-o de Alcántara, y después de hacerme mil
-cortesías que acreditaban su profesión, «Señor de
-Santillana&mdash;me dijo&mdash;, como he sabido que es
-vuestra señoría quien elige los maestros del señor
-don Enrique, vengo a ofrecerle mis servicios.
-Yo, señor&mdash;añadió&mdash;, me llamo Martín Ligero, y
-gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro
-andar a caza de discípulos, que eso es bueno
-para los maestrillos principiantes. Comúnmente
-espero a que me busquen; pero enseñando,
-como enseño, al señor duque de Medinasidonia, al
-señor don Luis de Haro y a algunos otros caballeros
-de la Casa de Guzmán, de la cual me precio
-ser como criado y servidor nato, me pareció ser
-de mi obligación anticiparme.» «Por lo que usted
-me dice&mdash;repuse yo&mdash;, veo ser el sujeto que nos
-hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro
-doblones de oro&mdash;me respondió&mdash;, que es el precio
-corriente, y no doy más de dos lecciones por semana.»
-«¡Cuatro doblones!&mdash;le repliqué&mdash;. Eso es
-demasiado.» «¿Cómo demasiado?&mdash;repuso con aire
-de admiración&mdash;. ¡Y tal vez vuestra señoría no reparará
-en dar un doblón por mes a un maestro de
-Filosofía!»</p>
-
-<p>No me fué posible contener la risa a vista de<span class="pagenum"><a name="Page_385" id="Page_385">[385]</a></span>
-una contestación tan ridícula, y pregunté al señor
-Ligero si en conciencia creía que un hombre de su
-profesión era preferible a un maestro de Filosofía.
-«¡Y como que lo creo!&mdash;me respondió&mdash;. Nosotros
-somos cien veces más útiles a la sociedad que esos
-señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría:
-¿qué cosa son los hombres antes de pasar por
-nuestras manos? Estatuas de mármol, osos mal
-domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan
-poco a poco y les hacen tomar insensiblemente
-formas regulares; en una palabra, nosotros les
-enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»</p>
-
-<p>Rendíme a las razones de aquel maestro de baile
-y le recibí para que enseñase a don Enrique por los
-cuatro doblones al mes, que era el precio corriente
-entre los grandes maestros de aquel arte.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_VI">CAPITULO VI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil
-Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito;
-honores que se le confieren y con qué señora
-le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo
-noble, con repugnancia suya.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Aun no había recibido la mitad de la familia de
-don Enrique, cuando Escipión volvió de Méjico.
-Preguntéle si estaba contento de su expedición.
-«Debo estarlo&mdash;me respondió&mdash;, pues que con los
-tres mil ducados que tenía en dinero contante he<span class="pagenum"><a name="Page_386" id="Page_386">[386]</a></span>
-traído dos veces más en géneros de buen despacho
-en este país.» «Hijo mío&mdash;le dije&mdash;, yo te doy mil
-enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna,
-en tu mano está acabarla, haciendo el año
-que viene otro viaje a las Indias, o si te acomoda
-más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte
-a los trabajos y peligros de tan larga navegación,
-no tienes más que hablar, que yo podré
-dártelo.» «¡Pardiez&mdash;me respondió el hijo de la Coscolina&mdash;,
-que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero
-ocupar un buen destino al lado de usted que exponerme
-de nuevo a los peligros de una larga navegación!
-Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación
-piensa dar a su criado?»</p>
-
-<p>Para enterarle más bien de todo, le conté la historia
-del señorito que el conde-duque acababa de
-introducir en la Casa de Guzmán. Después de haberle
-informado de este curioso pormenor y héchole
-saber que este ministro me había nombrado ayo
-de don Enrique, le dije que quería hacerle ayuda
-de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no
-deseaba otra cosa, aceptó con gusto este acomodo,
-y le desempeñó tan bien, que en menos de tres o
-cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de
-su nuevo amo.</p>
-
-<p>Se me había figurado que los pedagogos que había
-elegido para enseñar al hijo de la genovesa perderían
-su tiempo, pareciéndome que en su edad
-sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos.
-Comprendía y retenía fácilmente cuanto le
-enseñaban, de lo que estaban muy contentos sus<span class="pagenum"><a name="Page_387" id="Page_387">[387]</a></span>
-maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia
-al conde-duque, que la recibió con extraordinario
-gozo. «Santillana&mdash;me dijo enajenado&mdash;, no sabes la
-alegría que me causas con asegurarme que don Enrique
-tiene feliz memoria y penetración. Esto me
-hace reconocer en él mi sangre, y acaba de persuadirme
-que es hijo mío. No le amaría más si fuera
-hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que
-la Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien
-de decir a su excelencia lo que pensaba sobre el
-particular, y, respetando su flaqueza, le dejé gozar
-del placer, falso o verdadero, de creerse padre de
-don Enrique.</p>
-
-<p>Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte
-al tal señorito de nuevo cuño, disimulaban por
-política, y aun algunos de ellos fingían solicitar su
-amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes
-que había en Madrid, tratándole con el mismo
-respeto y atención que si fuera hijo legítimo del
-conde-duque. Lisonjeado extremadamente este ministro
-con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se
-dió prisa a colmarle de dignidades. La primera gracia
-que pidió al rey para don Enrique fué la cruz de
-Alcántara con una encomienda de diez mil escudos.
-Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y
-deseando entroncarle con una de las familias más
-esclarecidas de España, puso los ojos en doña Juana
-de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué
-tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo
-duque, padre de la novia, y de sus parientes.</p>
-
-<p>Algunos días antes de hacerse la boda me envió
-<span class="pagenum"><a name="Page_388" id="Page_388">[388]</a></span>
-a llamar su excelencia, y luego que me vió me puso
-en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí tienes,
-Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado
-para ti; ya eres noble.» «Señor&mdash;le respondí, sorprendido
-de lo que acababa de oír&mdash;, vuestra excelencia
-sabe que yo soy hijo de una dueña y de un
-escudero. Paréceme que agregarme a la Nobleza
-sería en cierta manera profanarla, y entre todas las
-gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco
-ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento&mdash;replicó
-el ministro&mdash;es un obstáculo muy fácil de
-allanar. Te has ocupado en los negocios del Estado
-bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío.
-Además&mdash;añadió sonriéndose&mdash;, ¿no has hecho al
-monarca servicios que merecen ser premiados? En
-una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra
-que quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que
-ejerces cerca de mi hijo exige que seas noble, y
-por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, señor&mdash;le
-repliqué&mdash;, puesto que así lo quiere vuestra
-excelencia.» Y diciendo esto salí con mi ejecutoria,
-metiéndomela en el bolsillo.</p>
-
-<p>«¡Conque ahora soy caballero!&mdash;me dije a mí
-mismo cuando estuve en la calle&mdash;. ¡Héteme que
-ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis parientes!
-Ya podré cuando me acomode hacer que me
-llamen <i>don Gil Blas</i>; y si a algún conocido mío se
-le antoja reírse de mí llamándome de este modo,
-le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla&mdash;continué,
-sacándola del bolsillo&mdash;, y veamos de qué manera se
-borra en ella el villanismo.» Leí, pues, el real título,
-<span class="pagenum"><a name="Page_389" id="Page_389">[389]</a></span>
-que decía en substancia que el rey, en reconocimiento
-del celo que en más de una ocasión había
-mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado,
-había tenido a bien recompensarme con la
-merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, en alabanza
-mía, que no me inspiró el menor orgullo;
-antes bien, no perdiendo jamás de vista la humildad
-de mi nacimiento, este honor, en vez de engreirme,
-me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la
-ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación
-de poseerla.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_VII">CAPITULO VII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio;
-última conversación que ambos tuvieron, y consejo
-importante que Núñez dió a Santillana.</b></p></div>
-
-<p class="p2">El poeta asturiano, como se habrá notado, se
-olvidaba fácilmente de mí. Por mi parte, mis ocupaciones
-no me permitían ir a visitarle, y así, no había
-vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación
-sobre la <i>Ifigenia</i> de Eurípides, cuando quiso
-la casualidad que un día le encontrase en la Puerta
-del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué a
-él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted
-viene de casa de un impresor! ¡Eso me huele a que
-quieres regalar al público con alguna nueva composición
-tuya!»</p>
-
-<p>«Sin duda debe esperarla&mdash;me respondió&mdash;. Ac<span class="pagenum"><a name="Page_390" id="Page_390">[390]</a></span>tualmente
-estoy haciendo imprimir un librito que ha
-de meter mucho ruido entre los literatos.» «No dudo
-de su mérito&mdash;le repliqué&mdash;; pero me parece que
-la mayor parte de esos papeluchos son unas bagatelas
-que hacen poco honor a sus autores.» «Convengo
-en eso&mdash;me respondió&mdash;, pues sé muy bien
-que solamente aquellos ociosos que quieren leer
-todo cuanto se imprime gustan de divertirse perdiendo
-el tiempo en la lectura de esos folletos. Con
-todo, he caído en la tentación, y te confieso que
-es un hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre
-es la que obliga al lobo a salir de su madriguera.»
-«¿Cómo así?&mdash;repliqué yo admirado&mdash;. ¿Es posible
-que me llegue a decir esto el autor de <i>El conde
-de Saldaña</i>? ¿Un hombre que tiene dos mil escudos
-de renta ha de hablar de esta manera?» «¡Vamos
-poco a poco, amigo!&mdash;me interrumpió Núñez&mdash;.
-Ya no soy aquel poeta afortunado que gozaba de
-una renta bien pagada. Desordenáronse de repente
-los negocios del tesorero don Beltrán, disipó el dinero
-del rey, embargáronle todos los bienes y se
-llevó el diablo mi pensión.» «¡Malo es eso!&mdash;le dije&mdash;.
-Pero ¿no te ha quedado aún alguna esperanza por ese
-lado?» «¡Maldita!&mdash;me respondió&mdash;. El señor Gómez
-del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó
-en el agua, sin que pueda jamás salir a la orilla.»</p>
-
-<p>«Según eso, amigo mío&mdash;repuse yo&mdash;, te veo en
-términos de que me será preciso solicitar algún
-empleo que pueda consolarte de la pérdida de tu
-pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo&mdash;me
-dijo&mdash;; aunque me ofrecieras en las secretarías del<span class="pagenum"><a name="Page_391" id="Page_391">[391]</a></span>
-ministro un empleo de tres mil ducados de sueldo,
-le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no
-convienen a los que se han criado entre las musas.
-A éstos solamente les convienen distracciones literarias.
-En fin, ¿qué quieres que te diga? Yo nací
-para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte.
-Por lo demás&mdash;continuó&mdash;, no creas que nosotros
-seamos tan infelices como parece. Fuera de que
-vivimos en una total independencia, tenemos asegurada
-la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree
-comúnmente que comemos a lo Demócrito; pero
-es engaño manifiesto. No se hallará entre nosotros
-ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores
-de almanaques, que no tenga una buena casa donde
-ir a comer. Yo tengo dos, donde soy bien recibido,
-y en ellas dos cubiertos asegurados: uno, en
-la mesa de un director general de la real Hacienda,
-a quien dediqué una novela, y otro, en la de un caballero
-rico de Madrid, que tiene el flujo de querer
-que siempre le acompañen eruditos a la mesa. Por
-fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente
-halla cuantos quiere en la población.»</p>
-
-<p>«En ese caso&mdash;dije al poeta asturiano&mdash;ya no
-te tengo lástima, puesto que estás contento con tu
-suerte. Como quiera que sea, te aseguro de nuevo
-que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a
-pesar de tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas
-mi bolsillo, acude francamente a mí. Sentiré
-que una vergüenza fuera de tiempo te prive de
-un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue
-el gusto de serte útil.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_392" id="Page_392">[392]</a></span></p>
-
-<p>«En esas generosas expresiones&mdash;exclamó Núñez&mdash;te
-reconozco, Santillana, y te doy mil gracias
-por la gran disposición a favorecerme en que te
-veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero
-darte un consejo saludable. Mientras que todavía
-dura el poder del conde-duque y te mantienes en
-su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a enriquecerte,
-porque ese ministro, a lo que me han asegurado,
-vacila en su asiento.» Preguntéle si aquello
-lo sabía de buen original, y me respondió: «Lo sé
-por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen
-olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y
-le oí decir ayer: «El conde-duque tiene muchos enemigos,
-y todos conspiran a derribarle. Cuenta demasiado
-con el ascendiente que ha logrado sobre
-el ánimo del rey; pero el monarca, a lo que se dice,
-ha comenzado ya a dar oídos a las quejas que le
-llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero
-hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido
-de que la privanza de mi amo era indesquiciable,
-a la manera de aquellas viejas encinas que, arraigadas
-profundamente en la tierra, se burlan de los
-más violentos huracanes.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_VIII">CAPITULO VIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió
-Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza</b></p></div>
-
-<p class="p2">Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía
-de fundamento. Se formaba dentro del palacio
-<span class="pagenum"><a name="Page_393" id="Page_393">[393]</a></span>
-cierta conspiración para derribar al conde-duque,
-a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin
-embargo, nada se traslucía en el público de las
-medidas que tomaban los confederados para hacer
-caer al ministro, y se pasó más de un año sin que
-yo notase que su privanza disminuyera.</p>
-
-<p>Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por
-la Francia, y los desgraciados sucesos de la guerra
-contra los rebeldes dieron motivo a la murmuración
-del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas
-fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia
-del rey, al que quiso su majestad concurriese
-el marqués de la Grana, embajador de la
-Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente
-que el monarca se mantuviese en Castilla o
-que pasase a Aragón a dejarse ver de sus tropas.
-El conde-duque, que no tenía gana de que el rey
-saliera para el ejército, habló el primero, y representó
-que no juzgaba acertado que su majestad
-desamparase el centro de sus Estados, apoyando
-esta opinión con todas las razones que le sugirió
-su elocuencia. Siguiéronle en la misma todos los
-miembros del Consejo, a excepción del marqués
-de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de
-Austria y con la franqueza genial de su nación, se
-opuso abiertamente al parecer del primer ministro
-y defendió lo contrario con razones tan poderosas
-que, convencido el rey de su solidez, abrazó esta
-opinión, aunque opuesta al sentir de todos los votos
-del Consejo, y señaló el día de su salida para
-el ejército.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_394" id="Page_394">[394]</a></span></p>
-
-<p>Esta fué la primera vez de su vida que el monarca
-dejó de seguir el dictamen de su privado; novedad
-que le llenó de amargura, considerándola como
-una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se retiraba
-a su gabinete a tascar en plena libertad el
-freno, me vió, me llamó, y encerrándose conmigo
-en su cuarto, me contó, trémulo, agitado y como
-fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En
-seguida, como si no pudiera volver de su sorpresa,
-«¡Sí, Santillana&mdash;continuó&mdash;; el rey, que hace
-más de veinte años que no habla sino por mi boca
-ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido
-el dictamen del marqués de la Grana al mío! Pero
-¿de qué modo? ¡Colmando de elogios a este embajador,
-y alabando sobre todo su celo por la Casa
-de Austria, como si este alemán tuviera más que
-yo! Por aquí fácilmente se conoce&mdash;prosiguió el
-ministro&mdash;que hay un partido formado contra
-mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le
-inquieta a vuestra excelencia?&mdash;le repliqué yo&mdash;.
-Doce años ha que la reina está acostumbrada a
-ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y
-otros tantos que vuestra excelencia acostumbró al
-rey a no consultar con su esposa ninguno de ellos.
-Respecto del marqués de la Grana, pudo muy
-bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo
-que tiene de ver su ejército y de hacer una campaña.»
-«¡No das en ello!&mdash;interrumpió el conde&mdash;.
-Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose
-el rey entre sus tropas estará siempre rodeado
-de los grandes que le habrán de seguir, y<span class="pagenum"><a name="Page_395" id="Page_395">[395]</a></span>
-entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho de
-mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio.
-¡Pero se engañan miserablemente&mdash;añadió&mdash;,
-porque sabré disponer que durante el viaje
-se haga el rey inaccesible a todos los grandes!»
-Así lo ejecutó efectivamente, pero de un modo que
-merece referirse por menor.</p>
-
-<p>Llegado el día que se señaló para la salida del
-rey, después de haber nombrado éste a la reina
-por gobernadora durante su ausencia, se puso en
-camino para Zaragoza; pero habiendo querido
-pasar por Aranjuez, le pareció tan delicioso aquel
-sitio, que se detuvo cerca de tres semanas en
-él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca,
-donde le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció
-largo tiempo en aquella ciudad. De allí
-se transfirió a Molina de Aragón, donde la caza le
-embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza,
-de donde estaba poco distante el ejército. Ya
-se preparaba para ir allí; pero el conde-duque se lo
-disuadió, haciéndole creer que se ponía a peligro
-de caer en manos de los franceses, que ocupaban
-las llanuras de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado
-de un peligro que no podía temer, resolvió
-mantenerse encerrado en su palacio como pudiera
-en una prisión. Aprovechándose el ministro
-de aquel pánico terror, y bajo pretexto de velar en
-su seguridad, era, por decirlo así, como un centinela
-de vista; de manera que los grandes, después de
-haber hecho excesivos gastos para seguir con la
-correspondiente decencia al soberano, no tuvieron<span class="pagenum"><a name="Page_396" id="Page_396">[396]</a></span>
-el consuelo de lograr ni una sola audiencia de él.
-Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal
-alojado en Zaragoza, o de perder el tiempo en
-ella, o acaso de verse allí prisionero, se restituyó
-cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña,
-dejando al marqués de los Vélez, general del
-ejército, el cuidado de sostener el honor de las
-armas españolas.</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_IX">CAPITULO IX</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Pocos días después del regreso del rey se esparció
-por Madrid una mala nueva. Súpose que los portugueses,
-aprovechándose del levantamiento de Cataluña,
-y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta
-para sacudir el yugo de la dominación de España,
-habían tomado las armas y aclamado al duque de
-Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente
-a mantenerle en el trono, sin miedo de que
-España lo pudiese estorbar, estando ocupada en
-Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No
-les era fácil hallar coyuntura más favorable para
-librarse de una dominación que aborrecían.</p>
-
-<p>Lo más singular fué que cuando la corte y todos
-sus habitantes se hallaban en la mayor consternación
-por aquella novedad, el conde-duque quiso divertir
-al rey a expensas del duque de Braganza;<span class="pagenum"><a name="Page_397" id="Page_397">[397]</a></span>
-pero su majestad, lejos de prestarse a sus insípidos
-gracejos, tomó un semblante serio, que enteramente
-le inmutó, haciéndole prever su inminente desgracia.
-Acabó el ministro de dar por cierta su caída
-cuando supo poco después que se había manifestado
-sin reserva contra él, diciendo públicamente
-que su mala administración había dado lugar a la
-rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte
-de los grandes, especialmente aquellos que habían
-seguido al rey en el viaje a Zaragoza, advirtieron
-la tempestad que se iba levantando contra el conde-duque,
-se unieron a la reina. Pero lo que dió el
-último golpe decisivo fué que la duquesa viuda de
-Mantua, gobernadora que había sido de Portugal,
-regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que
-de la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa
-la conducta de su primer ministro.</p>
-
-<p>Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca
-las palabras de aquella princesa, que desde
-el mismo punto cesó el encaprichamiento hacia su
-privado y se desprendió todo el afecto que le había
-tenido. No bien llegó a noticia del ministro que el
-rey daba oídos a las quejas y murmuraciones de
-sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia
-para dejar su empleo y retirarse de la corte,
-puesto que se le hacía la injusticia de imputarle
-todas las desgracias que durante su ministerio habían
-sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta
-súplica haría grande efecto en el corazón del rey,
-suponiendo que aun se conservaría en él inclinación
-suficiente para no consentir jamás en seme<span class="pagenum"><a name="Page_398" id="Page_398">[398]</a></span>jante
-retiro; pero la única respuesta de su majestad
-fué que le concedía el permiso que solicitaba,
-y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.</p>
-
-<p>Estas pocas palabras, escritas de propio puño
-del rey, fueron como un rayo para su excelencia,
-que no lo esperaba de ninguna manera. Sin embargo,
-por más atónito que estuviese, aparentó un
-aire de entereza y me preguntó qué haría yo en su
-lugar. Respondíle que fácilmente tomaría mi determinación,
-abandonando para siempre la corte y
-retirándome a alguno de mis estados a pasar tranquilamente
-el resto de mis días. «Piensas juiciosamente&mdash;repuso
-mi amo&mdash;, y estoy resuelto a ir a
-terminar mi carrera en Loeches, después que haya
-hablado una sola vez con el monarca para representarle
-que he practicado cuanto era posible en
-lo humano para sostener la pesada carga que tenía
-sobre mis hombros, sin haber tenido más culpa en
-los siniestros acontecimientos de que me acusan
-que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de
-cuanto puede hacer, mira su bajel arrebatado por
-los vientos y por las olas.» Lisonjeábase el ministro
-de que aun podía aquietarse el rey y volver las
-cosas al estado en que se habían hallado, pero no
-pudo conseguir su audiencia; antes bien, se le envió
-a pedir la llave de que se servía para entrar en
-el cuarto de su majestad siempre que quería.</p>
-
-<p>Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza
-y se resolvió buenamente a retirarse. Examinó
-sus papeles y quemó gran parte de ellos, en
-lo que obró con mucha prudencia. Nombró los de<span class="pagenum"><a name="Page_399" id="Page_399">[399]</a></span>pendientes
-y criados que le habían de seguir, y ordenó
-que todo estuviese pronto para marchar el
-día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le
-insultase el populacho, se levantó muy de mañana
-y antes de amanecer salió por la puerta de las cocinas,
-y metiéndose en un coche viejo con su confesor
-y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches,
-pueblo corto de que era señor, donde la condesa
-su mujer había fundado un convento de religiosas
-dominicas. En menos de cuatro horas nos
-pusimos en él, y poco después llegó el resto de la
-familia.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_X">CAPITULO X</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque;
-síguese a ellos un dichoso sosiego; método
-de vida que entabló en su retiro.</b></p></div>
-
-<p class="p2">La condesa de Olivares dejó ir a su marido a
-Loeches y permaneció algunos días más en la corte
-con el objeto de tentar si por medio de súplicas y
-lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle.
-Pero a pesar de haberse echado a los pies de sus
-majestades, el rey no hizo aprecio de sus exposiciones,
-aunque preparadas con arte, y la reina,
-que la aborrecía de muerte, se complacía en verla
-llorar. No por eso se acobardó la esposa del ministro
-desgraciado. Abatióse hasta el punto de implorar
-la protección de las damas de la reina, pero
-el fruto que recogió de sus bajezas fué conocer que
-<span class="pagenum"><a name="Page_400" id="Page_400">[400]</a></span>
-excitaban el desprecio más bien que la compasión.
-Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes,
-se fué a reunir con su esposo, para lamentarse
-con él de la pérdida de un empleo que, bajo
-un reinado como el de aquel monarca, puede decirse
-que era el primero de la monarquía.</p>
-
-<p>La relación que hizo la condesa del estado en
-que había dejado las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente
-la aflicción del conde-duque.
-«Vuestros enemigos&mdash;le dijo llorando&mdash;, el duque
-de Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen,
-no cesan de alabar al rey por la resolución de
-haberos separado del ministerio, y el pueblo celebra
-con insolencia vuestra desgracia, como si el
-fin de todas las que experimenta el Estado dependiese
-del de vuestra administración.» «Señora&mdash;le
-respondió mi amo&mdash;, imitad mi ejemplo: llevad
-con resignación vuestros pesares, porque es preciso
-ceder a la borrasca que no se puede disipar.
-Creía yo, es verdad, que podría perpetuar mi valimiento
-mientras me durase la vida, ilusión ordinaria
-en los ministros y privados, los cuales se olvidan
-por lo común de que su suerte depende de la
-voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no
-se engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido
-de que la púrpura con que se hallaba revestido
-era un seguro garante de la perpetua duración
-de su autoridad?»</p>
-
-<p>De este modo exhortaba el conde-duque a su
-esposa a armarse de paciencia, mientras él mismo
-se hallaba en una agitación que se renovaba dia<span class="pagenum"><a name="Page_401" id="Page_401">[401]</a></span>riamente
-con las cartas que recibía de don Enrique,
-el cual, habiendo permanecido en la corte para
-observar cuanto allí pasaba, cuidaba de informarle
-de todo puntualmente. El portador de estas cartas
-era Escipión, que se había quedado en casa
-del hijo adoptivo de su excelencia, de la cual había
-salido yo inmediatamente después de su matrimonio
-con doña Juana.</p>
-
-<p>Las cartas venían siempre llenas de noticias poco
-gustosas, y lo peor era que en las circunstancias
-no se podían esperar otras. Decía en unas que, no
-contentos los grandes con celebrar públicamente
-la caída del conde-duque, hacían cuanto podían
-para que todas sus hechuras fuesen removidas de
-los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus
-enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo
-favor don Luis de Haro, quien, según todas las señales,
-sería nombrado primer ministro. Pero entre
-todas las noticias que desazonaban a mi amo, la
-que más le llegó al alma fué la mutación que se
-hizo en el virreinato de Nápoles, que la Corte, únicamente
-por desairarle, quitó al duque de Medina
-de las Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al
-almirante de Castilla, a quien siempre había aborrecido.</p>
-
-<p>Puede decirse que en el espacio de tres meses
-todo fué disgustos y desasosiego para el conde-duque;
-pero su confesor, que era un religioso dominico
-tan ejemplar como elocuente, halló modo
-de consolarle. A fuerza de representarle con energía
-que ya no debía pensar mas que en su salva<span class="pagenum"><a name="Page_402" id="Page_402">[402]</a></span>ción,
-logró, con el auxilio de la divina gracia, la
-dicha de desprender su ánimo de la corte. Su excelencia
-no quiso ya saber nada de Madrid ni pensar
-mas que en disponerse para una buena muerte. La
-condesa, desengañada también, y aprovechándose
-de la oportunidad que la ofrecía aquel retiro, halló
-en el convento de religiosas que había fundado
-todo el consuelo que podía desear, preparado por
-la divina Providencia. Hubo entre aquellas religiosas
-algunas de singular virtud, cuyos tiernos coloquios
-convirtieron insensiblemente en dulcedumbre
-los sinsabores de su vida.</p>
-
-<p>Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento
-los negocios del mundo se quedaba más tranquilo.
-Entabló un nuevo método de vida y una distribución
-de horas de la manera siguiente: pasaba casi
-toda la mañana en la iglesia de las monjas oyendo
-misas; iba en seguida a comer, y después se divertía
-por espacio de dos horas a varios juegos conmigo
-y otros criados de su mayor confianza; luego se
-retiraba por lo regular a su despacho, donde se
-estaba hasta puesto el sol. Entonces salía a dar
-un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba
-una vuelta por las cercanías del lugar, acompañado
-siempre de su confesor o de mí.</p>
-
-<p>Un día que íbamos solos y que yo admiraba la
-serenidad que brillaba en su semblante, me tomé
-la licencia de decirle: «Señor, permítame vuestra
-excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el
-aire de satisfacción que vuestra excelencia muestra,
-juzgo que principia a familiarizarse con la so<span class="pagenum"><a name="Page_403" id="Page_403">[403]</a></span>ledad.»
-«Ya estoy del todo familiarizado&mdash;me respondió&mdash;,
-y aunque hace mucho tiempo que estoy
-habituado a ocuparme en los negocios, te protesto,
-hijo mío, que cada día cobro más afición a la
-vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_XI">CAPITULO XI</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo;
-motivo extraordinario de su tristeza y resultado
-fatal que tuvo.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se
-entretenía también algunas veces en cultivar su
-jardín. Un día que yo le estaba viendo trabajar,
-me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana,
-a un ministro desterrado de la corte convertido en
-jardinero en Loeches.» «Señor&mdash;le respondí en el
-mismo tono&mdash;, me parece que estoy viendo a Dionisio
-Siracusano enseñando a leer y escribir a los
-niños de Corinto, después de haber dictado leyes
-en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de mi respuesta
-y mostró que no le desagradaba la comparación.</p>
-
-<p>Toda la familia estaba contentísima y admirada
-de ver al conde tan superior a su desgracia, rebosando
-de gozo en una vida tan diferente de la que
-había tenido hasta allí, cuando advertimos en él
-una repentina mudanza, que iba creciendo visiblemente
-y nos causó grandísimo dolor. Vímosle ta<span class="pagenum"><a name="Page_404" id="Page_404">[404]</a></span>citurno,
-pensativo y sepultado en una profunda
-melancolía. Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión
-le hacía cuanto discurríamos para divertirle.
-Así que acababa de comer se encerraba en
-su cuarto, donde permanecía solo hasta la noche.
-Pareciónos que aquella tristeza podía nacer de
-acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia
-le dejábamos a solas con el padre dominico;
-pero su elocuencia tampoco pudo vencer la melancolía
-del duque, la cual, en vez de disminuirse,
-cada día se iba aumentando.</p>
-
-<p>Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder
-de algún motivo o disgusto reservado que
-no quería manifestar, lo cual me hizo formar el
-designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo
-aguardé el momento de hablarle sin testigos, y habiéndole
-hallado, «Señor&mdash;le dije con aire mezclado
-de respeto y de cariño&mdash;, ¿será permitido a Gil
-Blas atreverse a hacer una pregunta a su amo?»
-«Pregunta lo que gustes&mdash;me respondió&mdash;, que yo
-te lo permito.» «¿Qué se ha hecho&mdash;repliqué&mdash;de
-aquella alegría que se notaba en el semblante de
-vuestra excelencia? ¿Habrá perdido ya vuestra excelencia
-aquel ascendiente que tenía sobre la fortuna?
-¿Será acaso posible que la pérdida del favor
-excite nuevas inquietudes en vuestra excelencia?
-¿Querrá vuestra excelencia volver a sumergirse en
-aquel abismo de amarguras de que su virtud le
-había libertado?» «No; gracias al Cielo&mdash;respondió
-el ministro&mdash;, ya no me atormenta la memoria del
-gran papel que representé en el teatro de la corte,<span class="pagenum"><a name="Page_405" id="Page_405">[405]</a></span>
-y olvidé para siempre todos los obsequios que allí
-se me tributaron.» «Pues, señor&mdash;le repliqué&mdash;, si
-vuestra excelencia ha podido desechar de sí todas
-esas memorias, ¿por qué se deja dominar de una
-melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra
-excelencia? Mi querido amo&mdash;prorrumpí, arrojándome
-a sus pies&mdash;, vuestra excelencia tiene algún
-secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra
-excelencia hacer un misterio de ello a Santillana,
-cuya reserva, celo y fidelidad tiene tan conocidos?
-¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su antigua
-confianza?» «La posees todavía&mdash;me dijo su
-excelencia&mdash;, pero confieso que me cuesta mucha
-repugnancia revelarte el motivo de la tristeza en
-que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme
-a las instancias de un criado y de un amigo
-como tú. Sabe, pues, el motivo de mi pena; sólo
-Santillana me podría merecer que le hiciese semejante
-confesión. Sí&mdash;continuó&mdash;, me domina una
-negra melancolía, que poco a poco me va acortando
-los días de la vida. Casi a cada instante estoy
-viendo un espectro que se pone delante de mí
-bajo una forma espantosa. Trabajo en vano por
-persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión,
-un fantasma que nada tiene de realidad. Sus
-continuas apariciones me turban y trastornan, y
-si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir persuadido
-de que viendo a este espectro nada veo,
-soy también bastante débil para afligirme con esta
-visión. Mira lo que me has obligado a que te confiese&mdash;añadió&mdash;;
-juzga ahora si me sobraba razón<span class="pagenum"><a name="Page_406" id="Page_406">[406]</a></span>
-para ocultar a todos el verdadero motivo de mi
-melancolía.»</p>
-
-<p>Oí con tanto dolor como admiración una cosa
-tan extraordinaria y que suponía que su máquina
-se iba desorganizando: «Señor&mdash;dije al ministro&mdash;,
-¿quién sabe si eso procede del escaso alimento
-que toma vuestra excelencia? Porque su
-sobriedad es excesiva.» «Eso mismo pensé yo al
-principio&mdash;me respondió&mdash;, y para experimentar
-si debía atribuirlo a la dieta, como hace algunos
-días más de lo ordinario, pero todo es inútil, porque
-el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá&mdash;le
-repliqué para consolarle&mdash;, y si vuestra excelencia
-quisiera distraerse un poco, volviendo a entretenerse
-en el juego con sus fieles criados, me
-persuado de que no tardaría en verse libre de esos
-negros vapores.»</p>
-
-<p>Pocos días después de esta conversación cayó
-su excelencia enfermo, y conociendo él mismo que
-el mal se haría de cuidado, envió a buscar a Madrid
-dos escribanos para disponer su testamento, e hizo
-venir también tres célebres médicos que tenían la
-fama de curar algunas veces sus enfermos. Luego
-que se divulgó por el palacio la llegada de estos
-últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y
-gemidos, mirando todos como muy cercana la muerte
-del amo; tan imbuídos estaban contra tales profesores.
-Habían éstos llevado consigo un boticario
-y un cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes,
-y dejando primero a los escribanos hacer su
-oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el<span class="pagenum"><a name="Page_407" id="Page_407">[407]</a></span>
-suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo,
-recetaron desde la primera consulta sangrías
-sobre sangrías, de manera que al cabo de
-seis días redujeron a los últimos al conde-duque,
-y al séptimo le libraron de su visión.</p>
-
-<p>La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio
-de Loeches un agudo y sincero dolor. Sus
-criados le lloraron amargamente, y, lejos de consolarse
-de su pérdida con la memoria que hizo de
-todos en su testamento, no había siquiera uno que
-no hubiera renunciado gustoso al legado que le
-tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el más
-querido de su excelencia y que me había aficionado
-a él por pura inclinación hacia su persona, sentí
-aún más que los otros su fallecimiento. Dudo
-que Antonia me haya costado más lágrimas que el
-conde-duque.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_XII">CAPITULO XII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la
-muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado
-su cadáver en el convento de las religiosas,
-sin pompa ni ostentación, acompañado de
-nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa
-de Olivares nos hizo leer el testamento, del
-cual toda la familia tuvo motivo para quedar con<span class="pagenum"><a name="Page_408" id="Page_408">[408]</a></span>tenta.
-A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente
-al empleo que tenía, siendo la menor
-de dos mil escudos. La mía fué la mayor de todas;
-su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba
-del singular afecto que me había profesado. No se
-olvidó de los hospitales, y fundó aniversarios en
-muchos conventos.</p>
-
-<p>La condesa de Olivares envió a Madrid a todos
-los criados para que cada uno cobrase su manda
-de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía
-orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos,
-porque una fuerte calentura, efecto de mi aflicción,
-me detuvo en el palacio siete u ocho días. No me
-abandonó en todo ese tiempo el padre dominico,
-porque este buen religioso me había tomado inclinación,
-e interesándose en mi salud, me preguntó
-luego que me vió restablecido qué pensaba hacer
-de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que
-haré&mdash;le respondí&mdash;, porque en este punto no estoy
-aún de acuerdo conmigo mismo. Algunos momentos
-estoy tentado a encerrarme en una celda
-para hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!&mdash;exclamó
-el religioso&mdash;. Señor Santillana, ¡y qué bien
-haría usted en aprovecharse de ellos! Aconséjole,
-como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire
-para siempre a algún convento, en donde, por medio
-de algunas donaciones piadosas de sus bienes,
-pueda expiar los extravíos de una vida mundana,
-a ejemplo de muchas personas que han terminado
-así su carrera.»</p>
-
-<p>En la disposición en que me hallaba no me inco<span class="pagenum"><a name="Page_409" id="Page_409">[409]</a></span>modó
-el consejo del religioso, y respondí a su reverencia
-que me tomaría tiempo para reflexionarlo.
-Pero habiendo consultado sobre el particular a Escipión,
-a quien vi un momento después que al padre,
-se opuso a este pensamiento, que le pareció
-un delirio. «¿Es posible, señor de Santillana&mdash;me
-dijo&mdash;, que usted se incline a semejante retiro?
-¿Pues no tiene en su quinta de Liria otro más
-agradable? Si en otro tiempo quedó tan enamorado
-de él, con mayor razón le agradará ahora que se
-halla en edad más adecuada para dejarse embelesar
-de las bellezas y atractivos de la Naturaleza.»</p>
-
-<p>Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme
-mudar de opinión. «Amigo mío&mdash;le dije&mdash;,
-más puedes tú que el padre dominico. Veo, con
-efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a
-ello me decido. Volveremos a Liria luego que mi
-salud me permita ponerme en camino, lo que no
-puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura,
-y en breve tiempo espero recobrarme del todo.»
-Fuímonos Escipión y yo a Madrid, cuya vista no
-me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.</p>
-
-<p>Sabiendo que era casi universal el horror con
-que se oía el nombre de un ministro cuya memoria
-me era tan apreciable, no podía mirar esta villa
-con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella
-cinco o seis días que necesitó Escipión para disponer
-lo necesario a nuestra salida para Liria. Mientras
-él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis,
-que al punto me entregó mi legado en doblones
-efectivos. Lo mismo hice con los depositarios de<span class="pagenum"><a name="Page_410" id="Page_410">[410]</a></span>
-las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis pensiones.
-Concerté con ellos el modo de librarme los
-pagos; en una palabra, dejé arreglados todos mis
-asuntos.</p>
-
-<p>El día antes de partir pregunté al hijo de la
-Coscolina si se había despedido de don Enrique. «Sí,
-señor&mdash;me respondió&mdash;, y ambos nos hemos separado
-esta mañana amistosamente. No obstante, él
-me ha asegurado que sentía le dejase; pero si él
-estaba contento conmigo, yo no lo estaba con él.
-No basta que el criado agrade al amo: es menester
-también que el amo agrade al criado. De otra manera,
-se avienen mal. Fuera de que&mdash;añadió&mdash;don
-Enrique no hace sino un triste papel en la corte.
-Se le mira en ella con el mayor desprecio; en las
-calles todos le señalan con el dedo y ninguno le
-llama mas que el hijo de la genovesa. Vea usted
-ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto
-servir a un amo desacreditado.»</p>
-
-<p>Salimos por último de Madrid al amanecer y
-tomamos el camino de Cuenca. Iba ordenado el
-equipaje de la manera siguiente: mi confidente y
-yo íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos
-por un calesero; seguían tres machos, cargados de
-ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas;
-tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos
-por Escipión, montados sobre dos mulas y
-completamente armados. Los mozos llevaban, por
-su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas
-en el arzón de la silla.</p>
-
-<p>Como éramos siete hombres, y los seis de mucho<span class="pagenum"><a name="Page_411" id="Page_411">[411]</a></span>
-valor y gran resolución, me puse en camino alegremente
-y sin el menor recelo de que me robasen
-mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban
-nuestros machos y mulas haciendo resonar
-sus campanillas, y los paisanos se asomaban a las
-puertas para ver pasar nuestro acompañamiento,
-que les parecía, cuando menos, el de algún grande
-que iba a tomar posesión de un virreinato.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_XIII">CAPITULO XIII</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar
-ya casadera a su ahijada Serafina, y él mismo
-se enamora de una señorita.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Quince días tardé hasta Liria, porque no había
-precisión de acelerar las jornadas. Solamente deseaba
-llegar con salud y descansado, lo que efectivamente
-conseguí. La primera vista de mi quinta
-me causó algunos pensamientos tristes, acordándome
-de mi Antonia; pero luego procuré desecharlos
-divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen,
-lo que no fué difícil, porque al cabo de veinticinco
-años que habían pasado desde su muerte
-estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.</p>
-
-<p>Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme
-Beatriz y su hija Serafina. Después de esto,
-el padre, la madre y la hija se llenaron de abrazos,
-con tantas demostraciones de alegría que me encantaron.
-Luego que se desahogaron fijé la aten<span class="pagenum"><a name="Page_412" id="Page_412">[412]</a></span>ción
-en mi ahijada y dije: «¡Es posible que sea ésta
-aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando
-me ausenté de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan
-bella y tan crecida! ¡Es menester que pensemos en
-casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?&mdash;exclamó
-mi ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas
-palabras&mdash;. ¿No bien me ha visto usted cuando
-ya piensa en separarme de sí?» «No, hija mía&mdash;le
-respondí&mdash;, no pretendemos separarte de nosotros
-dándote marido; queremos que el que te busque
-consienta en vivir con nosotros.»</p>
-
-<p>«Uno que tiene esa circunstancia&mdash;dijo entonces
-Beatriz&mdash;pretende a la niña. Cierto hidalgo de un
-lugar inmediato vió a Serafina un día en misa en
-la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella.
-Vino después a verme, declaróme su intención y
-pidió mi consentimiento. «Poco adelantaría usted&mdash;le
-respondí&mdash;aunque yo se lo concediera. Serafina
-depende de su padre y de su padrino, que son
-los únicos que pueden disponer de su mano. Lo
-más que puedo hacer por usted es escribirles para
-informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.»
-Con efecto, señores&mdash;prosiguió ella&mdash;, esto iba a
-escribir a ustedes. Mas ya que se hallan aquí, harán
-lo que mejor les parezca.»</p>
-
-<p>«Pero, en suma&mdash;dijo Escipión&mdash;, ¿qué carácter
-tiene ese hidalgo? ¿Se parece acaso a la mayor parte
-de los de su clase? ¿Está envanecido con su nobleza
-y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que
-es eso, no!&mdash;respondió Beatriz&mdash;. Es un mozo muy
-afable y atento con todos, sobre ser bien parecido,<span class="pagenum"><a name="Page_413" id="Page_413">[413]</a></span>
-y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos haces&mdash;dije
-a Beatriz&mdash;un buen retrato de ese caballero.
-¿Cómo se llama?» «Don Juan de Antella&mdash;respondió
-la mujer de Escipión&mdash;. Ha poco tiempo
-que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia
-que sólo dista una legua de aquí, en compañía
-de una señorita joven, hermana suya.» «Oí en otro
-tiempo&mdash;repuse yo&mdash;hablar de la familia de ese
-hidalgo, que es una de las más nobles del reino
-de Valencia.» «Aprecio menos&mdash;exclamó Escipión&mdash;la
-hidalguía que las buenas prendas, y ese don
-Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo
-menos esa fama tiene&mdash;dijo Serafina tomando parte
-en la conversación&mdash;, y los vecinos de Liria que
-le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas
-breves palabras a mi ahijada me sonreí mirando a
-su padre, el cual conoció por ellas, como yo, que
-aquel galán no desagradaba a su hija.</p>
-
-<p>Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada,
-y dos días después vino a presentarse a nuestra
-quinta. Se nos acercó con buenos modales, y lejos
-de que su presencia desmintiese el informe que
-Beatriz nos había dado, nos hizo formar mucho
-mayor concepto de su mérito. Díjonos que, como
-vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle
-con la mayor atención y agrado que nos fué posible;
-pero esta visita fué de pura urbanidad, pasándose
-toda en recíprocos cumplimientos, y don
-Juan, sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina,
-se retiró, rogándonos solamente que le permitiéramos
-repetir sus visitas para aprovecharse<span class="pagenum"><a name="Page_414" id="Page_414">[414]</a></span>
-mejor de una vecindad que juzgaba había de serle
-muy gustosa. Después que se fué nos preguntó
-Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le respondimos
-que nos había prendado y que nos parecía
-que la fortuna no podía ofrecer mejor colocación
-a Serafina.</p>
-
-<p>Al día siguiente, después de comer, salí con el
-hijo de la Coscolina para ir a pagar la visita que
-debíamos a don Juan. Tomamos el camino de su
-lugar guiados por un aldeano que, después de haber
-caminado tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella
-es la quinta de don Juan de Antella.» Recorrimos
-con la vista todos aquellos campos, y estuvimos
-largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de
-un collado, la descubrimos en medio de un bosque,
-rodeada de corpulentos árboles, cuya frondosidad
-y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto
-antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la
-opulencia que la nobleza de su dueño. Sin embargo,
-cuando ya estuvimos dentro advertimos que el
-aseo y buen gusto de los muebles recompensaba
-la caduca vejez del edificio.</p>
-
-<p>Don Juan nos recibió en una sala decentemente
-adornada, en donde nos presentó una señora, que
-nombró delante de nosotros su hermana Dorotea
-y que podía tener de diez y nueve a veinte años.
-Estaba vestida de gala, como quien esperaba nuestra
-visita, cuidadosa de parecernos bien. Y presentándose
-a mi vista con todos sus atractivos, hízome
-la misma impresión que Antonia, es decir, que
-me quedé turbado; pero supe disimular tanto, que<span class="pagenum"><a name="Page_415" id="Page_415">[415]</a></span>
-ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra
-conversación versó, como la del día anterior, sobre
-el contento mutuo que tendríamos de vernos algunas
-veces y de vivir con la armonía de buenos vecinos.
-Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina,
-ni por nuestra parte se dijo cosa alguna que
-le pudiese dar ocasión a declarar su amor, persuadidos
-de que en ese punto lo mejor era dejarle
-venir. Durante la conversación echaba yo de cuando
-en cuando alguna ojeada a Dorotea, sin embargo
-de simular mirarla lo menos que me era posible, y
-cada vez que mis miradas se encontraban con las
-suyas eran éstas otras tantas flechas con que me
-atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, por
-hacer recta justicia al objeto amado, que no era
-una hermosura completa: aunque tenía la tez muy
-blanca y los labios más encarnados que la rosa,
-su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños;
-sin embargo, el conjunto me embelesaba.</p>
-
-<p>En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego
-con que había entrado, y al volverme a Liria
-con la imaginación puesta en Dorotea no veía ni
-hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?&mdash;me
-dijo Escipión mirándome como suspenso&mdash;. Mucho
-le ocupa a usted la hermana de don Juan. ¿Le habrá
-inspirado a usted amor?» «Sí, amigo&mdash;le respondí&mdash;,
-y estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde
-la muerte de Antonia he mirado mil hermosuras
-con indiferencia, ¿será posible que encuentre, a la
-edad en que me hallo, una que me inflame sin que
-yo lo pueda resistir?» «Señor&mdash;me replicó el hijo<span class="pagenum"><a name="Page_416" id="Page_416">[416]</a></span>
-de la Coscolina&mdash;, parecíame a mí que debía usted
-celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella.
-Usted se halla todavía en una edad en que nada
-tiene de ridículo abrasarse en una amorosa llama,
-ni el tiempo ha maltratado tanto su semblante
-que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame
-usted: la primera vez que vea a don Juan pídale
-sin temor su hermana, seguro de que no la podrá
-negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera
-de que, aun cuando quisiese absolutamente casarla
-con algún hidalgo, usted lo es, pues tiene su ejecutoria,
-que basta para su posteridad. Después que
-el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso
-velo que cubre el origen de todas las familias,
-quiero decir, después de cuatro o cinco generaciones,
-la descendencia de los Santillana será de las
-más ilustres.»</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="V_XIV">CAPITULO XIV</h3>
-
-<p class="i2 center"><b>De las dos bodas que se celebraron en la quinta de
-Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas
-de Santillana.</b></p></div>
-
-<p class="p2">Animóme tanto Escipión a declararme amante
-de Dorotea, que ni siquiera me pasó por la imaginación
-que me exponía a un desaire. Con todo eso,
-no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque
-mi rostro disimulaba mucho mis años y podía quitarme
-a lo menos diez de los que tenía sin miedo
-<span class="pagenum"><a name="Page_417" id="Page_417">[417]</a></span>
-de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con
-fundamento que pudiera agradar a una mujer joven
-y hermosa. Sin embargo, resolví arriesgarme
-y hacer la petición la primera vez que viera a su
-hermano, el cual, por su parte, no teniendo seguridad
-de conseguir a mi ahijada, no estaba sin zozobra.</p>
-
-<p>Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana,
-a tiempo que acababa de vestirme. «Señor
-de Santillana&mdash;me dijo&mdash;, hoy vengo a Liria a
-tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele
-entrar en mi despacho, y desde luego empezó a
-hablar sobre el particular. «Creo&mdash;me dijo&mdash;que no
-ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a
-Serafina; usted lo puede todo con su padre; suplícole
-favorezca mi pretensión, disponiendo que consiga
-el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la
-felicidad de mi vida!» «Señor don Juan&mdash;le respondí&mdash;,
-ya que usted ha ido derechamente al asunto,
-no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después
-de haberle prometido mis buenos oficios para
-con el padre de mi ahijada, implore los de usted
-para con su hermana.»</p>
-
-<p>A estas últimas palabras don Juan dejó escapar
-un tierno suspiro, del cual inferí un agüero favorable.
-«¡Es posible, señor&mdash;exclamó prontamente&mdash;,
-que Dorotea a la primera vista haya conquistado
-vuestro corazón!» «Me ha encantado&mdash;le dije&mdash;, y
-me tendré por el hombre más dichoso del mundo si
-mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso
-debe usted estar seguro&mdash;me replicó&mdash;, pues, aun<span class="pagenum"><a name="Page_418" id="Page_418">[418]</a></span>que
-somos nobles, no desdeñamos el enlace de
-usted.» «Me alegro&mdash;repuse yo&mdash;que no tenga usted
-dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo;
-esto mismo me obliga a estimarle más, porque es
-prueba de su buen juicio. Pero sepa usted que, aun
-cuando su vanidad le indujese a no permitir que
-su hermana diera la mano a ninguno que no fuera
-noble, todavía tenía yo con qué contentar su presunción.
-Veintiocho años me he empleado en las
-oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar
-los servicios que hice al Estado, me gratificó
-con una ejecutoria de nobleza, que voy a enseñar
-a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un
-cajón, entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz
-a fecha atentamente con la mayor satisfacción.
-«Está muy buena&mdash;me dijo al devolvérmela&mdash;. Dorotea
-es de usted.» «Y usted&mdash;exclamé yo&mdash;cuente
-con Serafina.»</p>
-
-<p>Quedaron, pues, determinados de esta manera
-entre nosotros los dos matrimonios, y sólo restaba
-saber si las novias consentirían gustosas; porque ni
-don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos
-conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo
-a su quinta de Antella a participar mi pretensión
-a su hermana, y yo llamé a Escipión, Beatriz
-y mi ahijada para darles parte de la conversación
-que había tenido con don Juan. Beatriz fué
-de dictamen que se le admitiese por esposo sin vacilar,
-y Serafina dió a entender con su silencio que
-era del mismo parecer que su madre. No fué de
-otro su padre; pero mostró alguna inquietud por<span class="pagenum"><a name="Page_419" id="Page_419">[419]</a></span>
-el dote que le parecía preciso dar, correspondiente
-a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente
-necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión
-diciéndole que eso me tocaba a mí, y que yo
-le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.</p>
-
-<p>Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro
-asunto&mdash;le dije&mdash;va a pedir de boca; deseo que
-el mío no se halle en peor estado.» «Va que no puede
-ir mejor&mdash;me respondió&mdash;. No he necesitado
-emplear la autoridad para obtener el consentimiento
-de Dorotea. La persona de usted le contenta
-y sus modales le agradan. Usted recelaba no
-ser de su gusto, y ella teme con más razón que no
-pudiendo ofrecerle más que su corazón y su mano...»
-«¡Qué más puedo desear!&mdash;exclamó fuera de mí de
-alegría&mdash;. Una vez que la amable Dorotea no tenga
-repugnancia a unir su suerte con la mía, nada más
-pido. Soy bastante rico para casarme con ella sin
-dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos
-mis deseos.»</p>
-
-<p>Don Juan y yo, completamente satisfechos de
-haber conducido dichosamente las cosas a este estado,
-resolvimos excusar todas las ceremonias superfluas,
-para acelerar cuanto antes nuestras bodas.
-Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los
-padres de Serafina; y convenidos en las capitulaciones
-del matrimonio, se despidió de nosotros, prometiendo
-volver al día siguiente acompañado de
-su hermana Dorotea. El deseo de parecer bien a
-esta señorita me obligó a emplear lo menos tres
-horas largas en vestirme, engalanarme y adoni<span class="pagenum"><a name="Page_420" id="Page_420">[420]</a></span>zarme,
-y ni aun así me pude reducir a estar contento
-de mi figura. Para un mozalbete que se dispone
-a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas
-para un hombre que comienza a envejecer, es una
-ocupación. Con todo, fuí más afortunado de lo que
-esperaba; volví a ver a la hermana de don Juan, y
-ella me miró con semblante tan favorable, que todavía
-me presumí valer alguna cosa. Tuve con ella
-una larga conversación; quedé hechizado de su carácter
-y de su juicio, y me persuadí de que, con
-buen tratamiento y mucha condescendencia, podría
-llegar a ser un esposo querido. Lleno de tan
-dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a
-Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial.
-Después acudimos al cura de Paterna, que
-vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con nuestras
-novias.</p>
-
-<p>Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha
-de Himeneo, y nunca tuve motivo para arrepentirme.
-Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor
-gusto que cumplir con su obligación; y como
-yo procuraba adelantarme a llenar sus deseos, tardó
-poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera
-en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en
-mi ahijada se encendió con igual viveza el amor
-conyugal; y lo más singular fué que las dos cuñadas
-contrajeron la más estrecha y sincera amistad.
-Por mi parte, advertí en mi cuñado tan buenas
-prendas, que le cobré un verdadero cariño, que no
-me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba
-entre nosotros era tal, que cuando teníamos<span class="pagenum"><a name="Page_421" id="Page_421">[421]</a></span>
-que separarnos por la noche para volvernos a reunir
-el día siguiente esta separación no se verificaba
-sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas
-familias nos resolviésemos a no formar mas que
-una sola, que tan pronto vivía en la quinta de
-Liria como en la de Antella, a la cual, para este
-efecto, se le hicieron grandes reparos con los doblones
-de su excelencia.</p>
-
-<p>Tres años hace ya, amigo lector, que paso una
-vida deliciosa al lado de personas tan queridas.
-Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado concederme
-dos hijos, de quienes creo prudentemente
-ser padre y cuya educación va a ser el entretenimiento
-de mi ancianidad.</p>
-
-
-<p class="center p4">FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_423" id="Page_423">[423]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>INDICE DEL TOMO III</h2></div>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO OCTAVO</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_I"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un
-buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano.
-Historia de don Valerio de Luna.</td>
-<td class="tdrb">5</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_II"><span class="smcap">Capítulo II.</span></a>&mdash;Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le
-admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el
-trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él.</td>
-<td class="tdrb">12</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_III"><span class="smcap">Capítulo III.</span></a>&mdash;Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener
-desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la
-conducta que se vió obligado a guardar.</td>
-<td class="tdrb">18</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_IV"><span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>&mdash;Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que
-le confía un secreto de importancia.</td>
-<td class="tdrb">23</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_V"><span class="smcap">Capítulo V.</span></a>&mdash;En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de
-honra y de miseria.</td>
-<td class="tdrb">26</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_VI"><span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>&mdash;Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza
-al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.</td>
-<td class="tdrb">31</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_VII"><span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>&mdash;De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados;
-del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él.</td>
-<td class="tdrb">38</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_VIII"><span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>&mdash;Historia de don Rogerio de Rada.</td>
-<td class="tdrb">41</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_IX"><span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>&mdash;Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una
-gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia.</td>
-<td class="tdrb">52</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_X"><span class="smcap">Capítulo X.</span></a>&mdash;Corrómpense enteramente las costumbres de<span class="pagenum"><a name="Page_424" id="Page_424">[424]</a></span>
-Gil Blas en la corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la
-intriga en que este señor y él se metieron.</td>
-<td class="tdrb">62</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_XI"><span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>&mdash;De la visita secreta y de los regalos que el
-príncipe hizo a Catalina.</td>
-<td class="tdrb">71</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_XII"><span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>&mdash;Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su
-inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.</td>
-<td class="tdrb">77</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#I_XIII">
-<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>&mdash;Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene
-noticias de su familia; impresión que le hicieron; se
-descompadra con Fabricio.</td>
-<td class="tdrb">81</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO NOVENO</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_I">
-<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la
-hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a
-este fin.</td>
-<td class="tdrb">87</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_II">
-<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>&mdash;Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don
-Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo.</td>
-<td class="tdrb">92</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_III">
-<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>&mdash;De los preparativos que se hicieron para el
-casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los
-inutilizó.</td>
-<td class="tdrb">96</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_IV">
-<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>&mdash;De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de
-Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.</td>
-<td class="tdrb">98</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_V">
-<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>&mdash;De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido
-que le despertó.</td>
-<td class="tdrb">104</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_VI">
-<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>&mdash;Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena
-de Galisteo.</td>
-<td class="tdrb">108</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_VII">
-<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>&mdash;Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil
-Blas y le da muchas noticias.</td>
-<td class="tdrb">130</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_VIII">
-<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>&mdash;Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid;
-cuál fué el motivo y éxito de él; dale a Gil Blas una enfermedad
-y resultas que tuvo.</td>
-<td class="tdrb">134</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_IX">
-<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>&mdash;Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué
-condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los
-dos después de haber salido de la torre de Segovia y
-conversación que tuvieron.</td>
-<td class="tdrb">140</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#II_X">
-<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>&mdash;De lo que hicieron al llegar a Madrid; a<span class="pagenum"><a name="Page_425" id="Page_425">[425]</a></span>
-quién encontró Gil Blas en la calle y de lo que siguió a este
-encuentro.</td>
-<td class="tdrb">144</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO DECIMO</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_I">
-<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid,
-donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se
-encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador
-del hospital.</td>
-<td class="tdrb">151</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_II">
-<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>&mdash;Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a
-Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y
-sus consecuencias.</td>
-<td class="tdrb">162</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_III">
-<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>&mdash;Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y
-llega en fin a Liria; descripción de su quinta; cómo fué
-recibido en ella y qué gentes encontró allí.</td>
-<td class="tdrb">172</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_IV">
-<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>&mdash;Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores
-de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena
-acogida que le hizo doña Serafina.</td>
-<td class="tdrb">179</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_V">
-<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>&mdash;Va Gil Blas a la comedia y ve representar una
-tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de
-Valencia.</td>
-<td class="tdrb">185</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_VI">
-<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>&mdash;Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia,
-encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre
-era este religioso.</td>
-<td class="tdrb">190</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_VII">
-<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>&mdash;Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la
-noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que
-hicieron en su familia.</td>
-<td class="tdrb">198</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_VIII">
-<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>&mdash;Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.</td>
-<td class="tdrb">203</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_IX">
-<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>&mdash;Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato
-con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que
-se celebró.</td>
-<td class="tdrb">210</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_X">
-<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>&mdash;Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de
-la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión.</td>
-<td class="tdrb">217</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_XI">
-<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>&mdash;Prosigue la historia de Escipión.</td>
-<td class="tdrb">248</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#III_XII">
-<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>&mdash;Fin de la historia de Escipión.</td>
-<td class="tdrb">263</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO UNDECIMO<span class="pagenum"><a name="Page_426" id="Page_426">[426]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_I">
-<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había
-experimentado en su vida y del funesto accidente que la turbó.
-Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que
-Santillana volviese a ella.</td>
-<td class="tdrb">287</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_II">
-<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>&mdash;Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte,
-reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro y efectos
-de esta recomendación.</td>
-<td class="tdrb">293</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_III">
-<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>&mdash;Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por
-obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio
-que le hizo José Navarro.</td>
-<td class="tdrb">299</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_IV">
-<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>&mdash;Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de
-Olivares.</td>
-<td class="tdrb">302</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_V">
-<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>&mdash;Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro
-y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.</td>
-<td class="tdrb">305</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_VI">
-<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>&mdash;En qué invirtió Gil Blas estos trescientos
-doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria
-de que acaba de hablarse.</td>
-<td class="tdrb">312</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_VII">
-<span class="smcap">Capítulo VII.</span></a>&mdash;Por qué casualidad, en dónde y en qué estado
-volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio y conversación
-que tuvieron.</td>
-<td class="tdrb">317</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_VIII">
-<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>&mdash;Gil Blas se granjea cada día más el afecto del
-ministro; vuelve Escipión a Madrid y relación que hace a
-Santillana de su viaje.</td>
-<td class="tdrb">322</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_IX">
-<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>&mdash;Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija
-única y los sinsabores que produjo este matrimonio.</td>
-<td class="tdrb">326</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_X">
-<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>&mdash;Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez;
-refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro
-del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo y efecto favorable que
-le produjo esta desgracia.</td>
-<td class="tdrb">330</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_XI">
-<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>&mdash;Consigue Santillana un empleo para Escipión, el
-cual se embarca para Nueva España.</td>
-<td class="tdrb">335</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_XII">
-<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>&mdash;Llega a Madrid don Alfonso de Leiva;<span class="pagenum"><a name="Page_427" id="Page_427">[427]</a></span>
-motivo de su viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.</td>
-<td class="tdrb">338</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_XIII">
-<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>&mdash;Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de
-Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos
-tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo;
-qué servicio hizo Santillana a Tordesillas.</td>
-<td class="tdrb">343</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#IV_XIV">
-<span class="smcap">Capítulo XIV.</span></a>&mdash;Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué
-personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí.</td>
-<td class="tdrb">352</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc" colspan="2">LIBRO DUODECIMO</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_I">
-<span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y
-éxito de su viaje.</td>
-<td class="tdrb">357</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_II">
-<span class="smcap">Capítulo II.</span></a>&mdash;Da Santillana cuenta de su comisión al ministro,
-quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a
-Madrid; de la llegada de esta actriz y de su primera
-representación en la corte.</td>
-<td class="tdrb">368</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_III">
-<span class="smcap">Capítulo III.</span></a>&mdash;Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte;
-representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas
-de estos amores.</td>
-<td class="tdrb">371</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_IV">
-<span class="smcap">Capítulo IV.</span></a>&mdash;Nuevo empleo que confirió el ministro a
-Santillana.</td>
-<td class="tdrb">378</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_V">
-<span class="smcap">Capítulo V.</span></a>&mdash;Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa
-bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece
-Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de
-maestros.</td>
-<td class="tdrb">382</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_VI">
-<span class="smcap">Capítulo VI.</span></a>&mdash;Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil
-Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores
-que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque;
-cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya.</td>
-<td class="tdrb">385</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_VIII">
-<span class="smcap">Capítulo VIII.</span></a>&mdash;Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que<span class="pagenum"><a name="Page_428" id="Page_428">[428]</a></span>
-le dió Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza.</td>
-<td class="tdrb">392</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_IX">
-<span class="smcap">Capítulo IX.</span></a>&mdash;De la rebelión de Portugal y caída del
-conde-duque.</td>
-<td class="tdrb">396</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_X">
-<span class="smcap">Capítulo X.</span></a>&mdash;Cuidados que por el pronto inquietaron al
-conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida
-que entabló en su retiro.</td>
-<td class="tdrb">399</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_XI">
-<span class="smcap">Capítulo XI.</span></a>&mdash;El conde-duque se pone repentinamente triste y
-pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado
-fatal que tuvo.</td>
-<td class="tdrb">403</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_XII">
-<span class="smcap">Capítulo XII.</span></a>&mdash;Lo que pasó en el palacio de Loeches después de
-la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.</td>
-<td class="tdrb">407</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_XIII">
-<span class="smcap">Capítulo XIII.</span></a>&mdash;Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de
-encontrar ya casadera a su ahijada Serafina y él mismo se
-enamora de una señorita.</td>
-<td class="tdrb">411</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">
-<a href="#V_XIV">
-<span class="smcap">Capítulo XIV.</span></a>&mdash;De las dos bodas que se celebraron en la quinta
-de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de
-Santillana.</td>
-<td class="tdrb">416</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_429" id="Page_429">[429]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>OBRAS DE J. H. FABRE</h2></div>
-<p class="center smcap">editadas por CALPE</p>
-
-<p class="p2 center">Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.</p>
-
-<p class="center p2 i2 small">LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE
-LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS OBRAS
-NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA</p>
-
-<p class="p2 center">TITULO DE CADA VOLUMEN</p>
-
-<p><b>Maravillas del instinto en los insectos</b>, con grabados y
-16 láminas fuera de texto, según fotografías de
-P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.</p>
-
-<p><b>Costumbres de los insectos</b>, con grabados y 16 láminas
-fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y
-portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
-
-<p><b>La vida de los insectos</b>, con grabados y 11 láminas fuera
-de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada
-en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
-
-<p><b>Los destructores.</b> Lecturas acerca de los animales perjudiciales
-a la agricultura, con grabados y 16 láminas
-fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y
-portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
-
-<p><b>Los auxiliares.</b> Lecturas acerca de los animales útiles a
-la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de
-texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada
-en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
-<hr class="chap" />
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_430" id="Page_430">[430]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>LIBROS DE LA NATURALEZA</h2></div>
-
-
-
-<p class="center i2"><i>El contenido de las obras que forman esta serie
-de libros editados por <span class="smcap">Calpe</span> es rigurosamente
-científico y está al corriente de los últimos progresos
-de las ciencias naturales. Garantía de ello
-son los autores de esas obras, todos los cuales
-figuran entre los naturalistas de mayor autoridad
-en nuestro país.</i></p>
-
-
-<p class="center p2">VAN PUBLICADOS</p>
-
-<p><b>Los animales familiares</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 13 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><b>La vida de la Tierra</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 21 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><b>El mundo alado</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor
-en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 27 dibujos y 6 láminas
-fuera de texto, con 11 fotograbados en
-papel estucado.</p>
-
-<p><b>El mundo de los minerales</b>, por <i>Lucas Fernández
-Navarro</i>, profesor en la Universidad de
-Madrid y en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 43 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_431" id="Page_431">[431]</a></span></p>
-
-<p><b>El mundo de los insectos</b>, por <i>Antonio de Zulueta</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-41 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con
-12 fotograbados en papel estucado.</p>
-
-<p><b>Los animales salvajes</b>, por <i>Angel Cabrera</i>, profesor
-en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
-Un volumen de 96 páginas, 24 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><b>Peces de mar y de agua dulce</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas,
-40 dibujos y 6 láminas fuera de texto, con 11
-fotograbados en papel estucado.</p>
-
-<p><b>La vida de las plantas</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><b>Los animales microscópicos</b>, por <i>Angel Cabrera</i>,
-profesor en el Museo Nacional de Ciencias
-Naturales. Un volumen de 96 páginas, 42 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 10 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-<p><b>La vida de las flores</b>, por <i>J. Dantín Cereceda</i>,
-profesor en el Instituto de San Isidro de Madrid.
-Un volumen de 96 páginas, 31 dibujos
-y 6 láminas fuera de texto, con 11 fotograbados
-en papel estucado.</p>
-
-
-<p class="p2">Todas las obras de esta colección se venden
-al precio de <b>1,75 pesetas cada libro</b> y llevan artísticas
-cubiertas del gran dibujante Bagaría
-impresas a cinco tintas.</p><hr class="chap" />
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_432" id="Page_432">[432]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>BIBLIOTECA DE IDEAS DEL SIGLO XX</h2></div>
-<p class="center">SELECCIONADA Y DIRIGIDA POR</p>
-
-<p class="center p2 large">DON JOSE ORTEGA Y GASSET</p>
-
-<p class="p2 center">Catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.</p>
-
-
-<p class="center p2 i2"><i>Compondrán esta colección los libros maestros
-de Europa y América que, aparecidos en
-estos últimos veinte años, inician nuevas maneras
-de pensar en filosofía como en política,
-en critica artística como en biología, en ciencias
-sociales como en física. Será, pues, una
-colección, única hoy en el mundo, que ofrece
-en apretada fila los temas más incitantes de
-la nueva cultura.</i></p>
-
-
-<p class="center p2">Volúmenes que aparecerán en breve,
-editados por <span class="smcap">Calpe</span>:</p>
-
-<p>Rickert.&mdash;<b>Ciencia cultural y ciencia natural.</b></p>
-
-<p>Born.&mdash;<b>La teoría de la relatividad de Einstein.</b></p>
-
-<p>Driesch.&mdash;<b>Filosofía del organismo.</b>&mdash;Dos volúmenes.</p>
-
-<p>J. von Uexküll.&mdash;<b>Ideas para una concepción biológica del mundo.</b></p>
-
-<p>Bonola.&mdash;<b>Geometría noeuclidiana.</b></p>
-
-<p>Worringer.&mdash;<b>El espíritu del arte gótico.</b></p>
-
-<p>Wölfflin.&mdash;<b>Conceptos fundamentales de la historia del arte.</b></p>
-
-<p>Spengler.&mdash;<b>La decadencia de Occidente.</b></p>
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana:
-Novela (Vol 3 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE GIL BLAS ***
-
-***** This file should be named 55796-h.htm or 55796-h.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/5/5/7/9/55796/
-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you'll have to check the laws of the country where you
- are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
-
-
-</pre>
-
-</body>
-</html>
diff --git a/old/55796-h/images/cover.jpg b/old/55796-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index cf61992..0000000
--- a/old/55796-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/55796-h/images/illo.png b/old/55796-h/images/illo.png
deleted file mode 100644
index c22c2ba..0000000
--- a/old/55796-h/images/illo.png
+++ /dev/null
Binary files differ