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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El amigo Manso - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: September 16, 2017 [EBook #55563] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares -Box and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive/Canadian -Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta - obra. - - * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente - de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia. - - * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido - sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más - recientes. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan. - - - - -EL AMIGO MANSO - - - - - Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra - que no lleven el sello del periódico _La Guirnalda_. - - - - - EL AMIGO - MANSO - - POR - B. PÉREZ GALDÓS - - - SEGUNDA EDICIÓN - - - MADRID - 1885 - Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA - _Calle de las Pozas, núm._ 12. - - - - -OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS - - -NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS - - I.--Doña Perfecta (5.ª _edición_). 2 pesetas. - II.--Gloria (dos tomos) (5.ª _edición_). 4 pesetas. - III.--Marianela (5.ª _edición_). 2 pesetas. - IV.--La familia de León Roch (tres tomos) - (4.ª _edición_). 6 pesetas. - V.--La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas. - VI.--El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas - (2.ª _edición_). - VII.--El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas. - VIII.--Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas. - IX.--La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas. - - -EPISODIOS NACIONALES - -PRIMERA SÉRIE. - - I.--_Trafalgar_ (4.ª edición). - II.--_La corte de Carlos IV_ (3.ª edición). - III.--_El 19 de Marzo y el 2 de Mayo_ (4.ª edición). - IV.--_Bailén_ (3.ª edición). - V.--_Napoleon en Chamartin_ (2.ª edición). - VI.--_Zaragoza_ (3.ª edición). - VII.--_Gerona_ (2.ª edición). - VIII.--_Cádiz_ (2.ª edición). - IX.--_Juan Martín el Empecinado_ (3.ª edición). - X.--_La batalla de los Arapiles_ (2.ª edición). - -SEGUNDA SÉRIE. - - I.--_El equipaje del Rey José._ (3.ª edición). - II.--_Memorias de un Cortesano de 1815._ (2.ª edición). - III.--_La segunda casaca._ - IV.--_El Grande Oriente._ - V.--_7 de Julio._ - VI.--_Los cien mil hijos de San Luis._ - VII.--_El Terror de 1824._ - VIII.--_Un voluntario realista._ - IX.--_Los Apostólicos._ (2.ª edición.) - X.--_Un faccioso más y algunos frailes menos._ - - PRECIO DE CADA TOMO - DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA - - - LA FONTANA DE ORO - (1820-1823) - 2.ª ed. notablemente corregida - _Un vol. en 8.º de 400 págs._ - - EL AUDAZ - HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO - (1804) - En prensa 3.ª edición corregida. Tomo en 8.º - - - Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de - _La Guirnalda_ y _Episodios Nacionales_, calle del Barco, núm. 2 - duplicado. Madrid. - - - - -EL AMIGO MANSO - - - - -I - -Yo no existo. - - -Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo -no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento -para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo -protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido -de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni -siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos -profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin -carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un -ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito, -probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he -sido, ni seré nunca nadie. - -Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor), una -condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano -(_ximia Dei_), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se -pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en -el mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones del -hombre que desde que el mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla -por aquellos que yo llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y -que el bondadoso vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera -soy, sueño de sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad; -y recreándome en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo -infinito, cuyo fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse -en entretenimiento, me pregunto si el no ser nadie equivale á ser -todos, y si mi falta de atributos personales equivale á la posesión de -los atributos del sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro -todavía, ni quiera Dios que la ponga, para que no se desvanezca la -ilusión de orgullo que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos -espacios de la idea. Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe, -hay también vanidades ¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...! -Tenemos antagonismos tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba -y pronunciamientos. Muchas entidades que aquí estamos, podríamos -decir, si viviéramos, que vivimos de milagro. Y á escape me salgo -de estos laberintos y me meto por la clara senda del lenguaje común -para explicar por qué motivo no teniendo voz hablo, y no teniendo -manos trazo estas líneas, que llegarán, si hay cristiano que las lea, -á componer un libro. Vedme con apariencia humana. Es que alguien me -evoca, y por no sé qué sutiles artes me pone como un forro corporal -y hace de mí un remedo ó máscara de persona viviente, con todas las -trazas y movimientos de ella. El que me saca de mis casillas y me lleva -á estos malos andares es un amigo... - -Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido por -sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas de la -mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros cumplen, -leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á mí hace -pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que había escrito -ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude mostrarme -insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo delito -de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á los -treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel -inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar -un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación; -que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo -adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había -pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en -su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás -preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando -de estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco -aliento, y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto, -venía á comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros -literarios, pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas, -admirablemente puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres -de licor sentimental, encabezado para resistir bien la exportación, -y por último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde -y bien recortaditas, con más una redoma de mucílago para pegotes, -acopladuras, compaginazgos, empalmes y armazones. No me pareció mal -trato y acepté. - -No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no sé -qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de -tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos -metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á -azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada -roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un hombre. - - - - -II - -Yo soy Máximo Manso. - - -Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó. Y si á esto -añado que el caso es reciente, y que muchos de los acontecimientos -incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos de un -año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias -cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer -momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del -Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero -nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los -estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de -mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las -personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y -siempre nueva, maestra de todas las sabidurías y gobernadora visible ó -invisible de la humana existencia. - -Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la guía -de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente han -visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria -dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de -mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos -especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la -razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de -caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el -verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar -emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer paso -dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga jornada. - -Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de -este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento -y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar -de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido -tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre -divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una -pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza -potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi -tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han -enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso lo -que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho voluble, -así el fenómeno indubitable como la hipótesis atrevida; adelantando -cada día con el paso lento y seguro de las medianías; construyendo -el saber propio con la suma del saber de los demás; y tratando, por -último, de que las ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad -labrado, no sean vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una -firme estructura de la realidad de mi vida con poderosos cimientos -en mi conciencia. El predicador que no practica lo que dice, no es -predicador, sino un púlpito que habla. - -Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general -presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario, -de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me -tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de -buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó -actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba por -bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me lo han -manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de mediana -estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de la talla en -la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien nutrido, fuerte, -musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario, á consecuencia -de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo bastante agilidad -y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso de las lecturas -nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por mucho tiempo -gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción que la -conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya comodidad -no me canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi -cabello es fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño -en no ser nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á -la sencillez un elemento decorativo que no suelen despreciar los que, -como yo, carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la -novedad llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa -medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y -me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el -vulgo llama con doble sentido _chistera_, que no puedo pasarme sin él, -ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas, -por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy -sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de -los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete -me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije -que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido -nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados -manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo -como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes; -y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente, -aunque se refiere á cosa ordinaria, el _cicer arietinum_, que en -romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es -comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas -bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es -para mí de gran autoridad, sustitución posible, y no me consolaría -de perderlas, mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya, -que es mi vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin -cuidado los progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos -manantiales de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago -prudente uso, después de bien bautizado por el tabernero y confirmado -por mí; pero de esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en -mi cuerpo. Otra pincelada: no fumo. - -Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y -del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues -ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de -verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas -alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se -encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus -profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de -espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías -de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era -gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella -á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve -edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba -consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos, -anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos -paseamos por las nubes. - -Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San -Pedro de Villanueva, en cuyas piedras está esculpida la historia tan -breve como triste de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba -por las corroídas columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las -figuras atónitas del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas -impregnadas de no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y -ayudado de otros muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos -y los bigotes, con lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos -con esto; pero cuando volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura -retocada por mí y me dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía -en mi sueño la mano chata y simétrica, los piés como palmetas, las -contorsiones de cuerpo, los ojos saltándose del casco, y me ponía á -gritar y no me callaba hasta que mi madre no me llevaba á dormir con -ella. - -Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto -le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y -arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían -letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda -no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico -bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que -el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza. -El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las -personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la -vida! la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que -pasé mi infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión -tan profunda, que constantemente noto en mí algo que procede de la -melancolía y amenidad de aquellos valles, de la grandeza de aquellas -moles y cavidades, cuyos ecos repiten el primer balbucir de la historia -patria; de aquellas alturas en que el viajero cree andar por los aires -sobre celajes de piedra. Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste -lago Nol, que es un mar ermitaño, y el solitario monasterio de San -Pedro, tienen indudablemente algo mío, ó es que tengo yo con ellos el -parentesco de conformación, no de sustancia, que el vaciado tiene con -su molde. También parece que ha quedado sellada en mi vida la hondísima -lástima que me inspiraba aquel rey que fué comido del oso. Siento como -impresos ó calcados en mi masa encefálica los capiteles que reproducen -la terrible historia. En uno el joven soberano se despide de su tierna -esposa; en otro está acometiendo al fiero animal y más allá éste se lo -merienda. Cuando yo hacía travesuras, mi padre me amenazaba con que -vendría el oso á comerme, como al señor de Favila, y muchas noches tuve -pesadilla y veía desfilar por delante de mí las espantables figuras de -los capiteles. Por nada del mundo me internaba solo dentro del monte; -y aún hoy siempre que veo un oso me figuro por breve instante que soy -rey; y también si acierto á ver á un rey, me parece que hay en mí algo -de oso. - -Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María, -de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de -riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por el -desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi corta -edad no había en el pueblo persona que me echase el pié adelante -en ilustración. Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el -cura me consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á -adquirir cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de -que posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre -estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de -campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas -me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura, -hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en -la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los -cabellos. - -Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á -Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí -fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en -olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos -horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados -profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis -lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego -en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á -otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas -la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la -Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida, -porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el -tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me -hacía falta para nada. - -Estoy impaciente por hablar de mi sér moral, por la afición que tengo -á la predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la -pluma á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le -permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando -mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de -principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de -algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho -dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me -congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de -mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite -tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á -su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las -riendas de mí mismo. - -Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse -conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, así -de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me ha ido -con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y observen -los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, para que su -encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de la vida. Yo he -sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho infeliz, y apetitos -cuyo desorden lleva á otros á la degradación. Estas laboriosas -reformas me han adestrado y robustecido para obtener en la moral -menuda una serie de victorias á cual más importantes. Yo he conseguido -una regularidad de vida que muchos me envidian, una sobriedad que -lleva en sí más delicias que el desenfreno de todos los apetitos. -Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados -de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con -una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan, -estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento -de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una -grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al -proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato, -estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque -podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine -la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que, -arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando -endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de -esclavitud ó de libertad. - -Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo -que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á -desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos -escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del -heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, ya -infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero á -mis materialidades para que ni un instante me distrajese del estudio. -Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y después -otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis hábitos de -trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le debo la -conservación de una parte de la fortunita que dejó mi padre, la cual -supo ella defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente -preciso para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en -decorosa indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un -temple y un vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi -cátedra y mi madre cumplió su misión. - -Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el de -ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido mi -guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi madre -murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán torpe -me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á -consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba -á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran -aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer -mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus -pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia. - -Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes; -pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años, -hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún. -Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables -condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco -á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y -limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta -es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra -por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el -mundo. - -Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta -ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el -bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me -estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del -mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el _¡dos -cuartitos escarola!_ no podría preparar mis lecciones tan bien como las -preparo hoy. - - - - -III - -Voy á hablar de mi vecina. - - -Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi -asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores -que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya -en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de -_vecina_, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á -meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no -entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo -de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto. - -En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento de los -más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía de los -Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, muy conocida -en este barrio y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto -esposo era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias -alianzas con la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de -verano del 78, en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los -vecinos todos escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña -Javiera una excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna -por todos conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa -(tercero derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de -elogios, llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud. - ---No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso--me dijo.--¡Un hombre sin -trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa; -un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por -las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace -tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted -le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué -decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me -quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres -todos los días. - -Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal -izquierda), me recibía poco menos que con palio. - ---Yo no debiera abrir la boca delante de usted--me decía,--porque soy -una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar -callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como que -no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, señor -de Manso. No tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería -ridículo. ¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón, -que es mi boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua; -como que soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar -con remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo -que significan. - -La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía rápidamente. -Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos vestidos de -charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de codo, el dengue -ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el picote morado, la -mantilla de rocador, las horquillas de plata, los pendientes y collares -de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que me acabara de pasmar, -mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran una riqueza. Un día -que bajé, ví que había puesto en marco y colgado en la pared de la sala -un retrato mío que publicó no sé qué periódico ilustrado. Esto me hizo -reir; y ella, congratulándose de lo que había hecho, me hizo reir más. - ---He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y vengan -catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted decía -el periódico, me daba un gozo... - -No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito de -chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que en -la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por -mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro, -alguno de los cuales, ardiente devoto de la carne de cerdo, me daba -bromas con mi vecina. - -Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso, -ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en -que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y -sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se -puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos -bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á -una traducción del _Sistema de Bellas Artes_ de Hegel, hecha por un -amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en -ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora -fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que -se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como -cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos -están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis -ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de -la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me -había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se -me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila, -amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico -del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas, -de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de -filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien -peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en -muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engrosar -más de lo que ordena el Maestro en el capítulo de las proporciones, su -gallarda estatura, su buena conformación, y reparto de carnosidades, -huecos y bultos casi casi hacían de aquel defecto una hermosura. -Al mirarla destacándose sobre aquel fondo de librería, hallaba yo -tan gracioso el contraste, que al punto se me ocurrió añadir á mis -comentarios uno sobre la _Ironía en las Bellas Artes_. - ---Estoy aquí mirando los _padrotes_--dijo, volviendo sus ojos á lo alto -de la pared. - -Los _padrotes_ eran cuatro bustos comprados por mi madre en una tienda -de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo sólo al -tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián Romea. - ---Esos son los maestros de todo lo que se sabe--indicó la señora, -llena de profundo respeto.--¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...! -¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto. -Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted. - -No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención -puesta en ella. - ---Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre -como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se -me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me -aposentó en el corazón... - -Al decir esto rompió á reir, añadiendo: - ---Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr. -de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque -tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos al -caso... Se ha quedado usted un poco pálido; se ha quedado usted más -serio que un plato de habas. - -Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se -explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural -y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque -los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia -estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de -la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara -confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión, -la cual era que me encargase de educar á su hijo. - ---El chico--prosiguió ella, echándose atrás el manto,--es de la piel -de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí, -tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de -ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento. -Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos de -las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. Duerme -las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el gimnasio, -en eso que llaman... no sé cómo, el _Ascátin_, que es donde se patina -con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna rota. Me -gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de sus amiguitos -otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de aficionados, -tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar mucho pecho, -mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le toque, ya -tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades buenas y -hasta por sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto -caballero; pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo, -porque si no, mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no -puedo hacer carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención -de reñirle, de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para -no dejarme embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante -con aquella carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela... -Se me cae la baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco -que le estoy echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues -oiga usted, se me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle -en camino y hacer de él un hombre, un gran señor, un caballero, no -conviene llevarle la contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver -si me explico... Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora -un halago, después un palito, mucho ten con ten y estira y afloja, -variarle poquito á poquito las aficiones, despertarle el gusto por -otras cosas, fingirle ceder para después apretar más fuerte, aquí -te toco, aquí te dejo, ponerle un freno de seda, y si á mano viene, -buscarle distracciones que le enseñen algo, ó hacerle de modo que las -lecciones le diviertan... Si le pongo en manos de un profesorazo seco, -él se reirá del profesor. Lo que le hace falta es un maestro que, al -mismo tiempo que sea maestro, sea un buen amigo, un compañero que á la -chita callando y de sorpresa le vaya metiendo en la cabeza las buenas -ideas; que le presente la ciencia como cosa bonita y agradable; que -no sea regañón, ni pesado, sino bondadoso, un alma de Dios con mucho -pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga labia para hablar de -cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los ojos y por el corazón. - -Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había comprendido -tan admirablemente el gran problema de la educación. Encantado de su -charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi aquiescencia con -expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, hábito que he -adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien. - ---Mi hijo--añadió la carnicera,--tiene y tendrá siempre con qué vivir. -Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de -tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser -económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar -mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo -Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que -se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que -sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después -de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa -todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero -que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas -de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen -del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese -sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el -chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien, -mi Manolo tiene por usted unas simpatías... Como se ponga á hablar -de nuestro vecino, no acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á -él, hombre, aunque no sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy -á poner á estudiar tres ó cuatro horas todos los días en casa del -amigo Manso,» y se puso más contento... Le tengo matriculado en la -Universidad; pero de cada ocho días, me falta siete á clase. Dice que -le aburren los profesores y que le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D. -Máximo, usted me le toma por su cuenta ó perdemos las amistades. En -cuanto á honorarios, usted es quien los ha de fijar... Bendito sea Dios -que le trajo á usted á poner su nido en el tercero de mi casa... Lo -digo, amigo Manso, usted ha bajado del sétimo Cielo... - -Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por lo -agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía, -acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal -resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de -pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo -día, y desde el siguiente empezaron las lecciones. - - - - -IV - -Manolito Peña, mi discípulo. - - -Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo evitar) -viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos del difunto, -hombre de gran probidad muy entendido en cuerno y cerda, sagaz -negociante, castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros -llevada al delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta -años. Cuatro habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á -doña Javiera, que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por -aquellos mismos días los murmullos del barrio la suponían en relaciones -ilícitas con un tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto -de chispa y de buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado, -aunque blasonaba de ciertas habilidades mecánicas que para nada -servían, como no fuera para que él se impacientara y se aburrieran los -demás. Todo el santo día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina, -bien haciendo un palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo -una jaula tan grande y complicada, que no se acababa nunca. Era un -_retrato_ del Escorial hecho en alambre. Sabía hacer composturas y -tenía máquina de calar, con la que confeccionaba mil fruslerías de -tabla, chapa y marfil, todo enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y -jamás concluido. - -Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña -de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto -comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas -provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos -hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente -aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y -sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de -melancolías, y por último, de la vanidad juvenil que en él despertaban -su hermosísima figura y agraciado rostro. - -Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto -trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día -conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía; -feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace -querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad, -que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre. - -Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios -serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos -filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos -de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de -combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome -las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á -aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto -serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas -que parezcan. - -De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi casa -la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me -parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que en -la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, se -determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de ver -las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación en -el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la brecha -del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría la -entrada la imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las -penalidades de un largo asedio. - -Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no -supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros -de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos -con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba -en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer, -inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según -que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León, -San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera. -Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo -bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto. -Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los -primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de -conocimientos gramaticales. - -Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo se -familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le -sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos, -de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había -para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la -poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio -unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené -no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que -se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño que -imposibilita la familiaridad. Le convencí de que no era de la familia, -de que son cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él, -sin ofensa de su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros -versos que de los ajenos. - -Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que el -_Quijote_ le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien -estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas -veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del -héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame -que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos -y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las -mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en -la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el -profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas -las grandezas y las debilidades del corazón humano. - -Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar á -Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en -la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era -una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y -la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de -vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico. -Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la -práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos -escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los -modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros. - -Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á pasear -por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á un tiempo -caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza deambulatoria, -que debiera llamarse _peripatética_, no por lo que tenga de -aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que veíamos -y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del Prado, y -allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio notaba yo -cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. Pero muy -pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las artes -plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado el de -los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al Museo; -pero no lo había visto hasta ahora.» - -Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre que -no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora que -tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En la -esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, y -la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle algún -principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de arte. -En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones -materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que -podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi -pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas -se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como -quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la lluvia, de la -nieve, con un poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales. -No me gustaba mucho meterme en estas averiguaciones. - -Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que me -tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre -sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter! -Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi -vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores, -dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente -interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la -sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con -insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora -de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi -madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este -censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y -paciencia. - - - - -V - -¿Quién podrá pintar á doña Cándida? - - -Nadie, absolutamente nadie. Pero como _el intentarlo sólo es heroismo_, -voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba guardada para mí -desde que el tal cínife describió su primera curva graciosa en el aire -y halagó la humana oreja con el _do_ sobre-agudo de su trompetilla. -Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó -segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la -Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la -fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del -partido y son llamados _probos_, _activos_, _celosos_, _concienzudos_, -_inteligentes_ ó cosa tal. García Grande había sido hombre de -negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra -en los negocios gordos, un _bifronte_ de esta raza inextinguible y -fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos -fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de -buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles; -un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones -parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador -sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las -situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la -política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador -de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director -general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril -sin carriles. - -En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física acusaba -dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna, -la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque -una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fué director -gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fué -todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué -gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así -como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á -la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y -particulares exige. - -Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que -aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa -era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre -las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra -con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que -se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras -manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más -apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de -la edad presente. - -Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días, -no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de -África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes -nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi, -de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre, -repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la -opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las que -fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle de -Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, tés, -merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida eran -tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de atosigarle -para que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto, -y conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde -que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso -adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy -arreglados. - -Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida -superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa -fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar -de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía -su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de -la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la -degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas -nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas -doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver -sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra -especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando -doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía -poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo, -ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando el -alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para vender -no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver en el -caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro de Pablo -de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, cuadros, -estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para hablar de cosa -grave ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y -duques. En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía -ridícula comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras -mal arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo, -que hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con -artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza -justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando -venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada: -«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en -las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los -momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora -de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un -plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome: - ---Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé que -la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para tu -coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por tí -sacrifico mis intereses... una cosa atroz. - -Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi buena -madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña -Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas -deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración -local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto -ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en materias de -agradecimiento alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se -le olvidase el beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas -que por ningún motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda. -Comprábale yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba -medio de llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible -fecundidad los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor -entraba diciendo: - ---¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana -que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te -he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de -noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi -colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin, -tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz... -Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin falta. - -Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo -festivo y de _gran mundo_, exclamando: - ---¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la -reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos -bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me -parece que te lo he dicho... - ---¿Qué, señora? - ---Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para -tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa -de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean -conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas -más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo -pases bien. - -Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí -me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la -puerta volvía, diciendo: - ---¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana -que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para -tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor... -¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero? - ---Á mí no me hace falta nada--le decía yo. - -Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero -calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad, -cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de -mi madre, y le daba la mitad de lo pedido. - -No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura -antigua de escaso mérito. - ---Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué -enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo -explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por -la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas... -Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita -de chocha, una tostadita con _foie gras_ y á veces media copita de -Chablis. - -Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa. - ---Para distraerme--continuaba,--estuve anoche en el Real. Me subí -al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á -la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que -volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo -me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria; -son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San -Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas. - ---Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le -vendrán mal. - ---No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu -buena madre que tanto me quiso. - -Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que -concluía por obsequiarme con una lágrima. - ---Cercana á la tumba--decía con patética voz,--parece que se enardecen -mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío. - -Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la -puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de -contrariedad y sorpresa, y decía: - -«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el -portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y -subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes -ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.» - -Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me -embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi -cínife: - ---Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias, -pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad -en todo, y las farsas me incomodan. - -Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que -su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más. - -Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco -fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda -cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La -indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el -estómago la fantasía de los embustes. - -Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria -había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la -época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio, -la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado -los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más -bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono -revelaban su traje y peinado, hecho de varios _crepés_ de diferentes -colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á -imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la -dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que -son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de -moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas -metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un -viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un -vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos -de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había -vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó -ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa. - -Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes -del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían -agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas -que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera -estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio -siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían -el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí, -mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los -agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por -las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para -limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana. -Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con -los otros _padrotes_, sobre mi estantería. De frente no eran tan -perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos -no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente -secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el -cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La -finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y -á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas. -El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día á mi -discípulo, fué causa de que éste la diese aquel nombre romano; pero -después, confundiendo maliciosamente aquel emperador con otro, la -llamaba _Calígula_. - -Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió de -sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas -veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes -se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un -papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor -de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que entra.» - -Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de -setenta semanas de años ó poco menos. - -El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, era -prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, conociendo -mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la negativa. -Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la postulante -alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba echando mano -á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción de la pobre -niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado. - - - - -VI - -Se llamaba Irene. - - -Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía -denotar falta de nutrición; su actitud cohibida y pudorosa, como -si le ocasionaran vivísimo disgusto las comisiones de su tía, me -inspiraban mucha lástima. Así es que además de la limosna, yo solía -tener en mi mesa algún repuesto de golosinas. Presumiendo que rara -vez tendrían satisfacción en ella los vehementes apetitos infantiles, -dábale aquellas golosinas sin hacerla esperar, y ella las cogía con -no disimulada ansia, me daba tímidamente las gracias, bajando los -ojos, y en el mismo instante empezaba á comérselas. Sospeché que -este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, era por el temor de -que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en el bolsillo, doña -Cándida querría participar de ellos. Más adelante supe que no me había -equivocado al pensar de este modo. - -Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros, -cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía -entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades -de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me -asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo -que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba -que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes -trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: _catedrático_. - -Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios, -su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior -á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente. -¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel feliz -desarrollo ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez! -Pero en el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y -energías embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su -penetración era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento -no superficial de las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía -contarme con gracioso lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba -en sí una chispa de ironía, algunos lances de la pobre señora, sin -faltar al respeto y amor que le tenía. - -La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola mal -vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me -representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de -cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro -de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede -imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo, -de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la -fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas, -grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles -lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría -sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente -ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco -rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los -ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente; -pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello -se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron -las lágrimas. - -Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía esta -nota: - - «Te ruego que proporciones á Irene una gramática.» - -Y en otra ocasión: - - «Irene tiene vergüenza de pedirte un libro bonito que leer. Á mí - mándame una novela interesante ó, si lo tienes, un tomo de causas - célebres.» - -Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero -su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden, -de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del -espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal, -que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del -sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa, -en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día -haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un -mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á -la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de -rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron. -De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco, -acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para -entretenerse. - -Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de -aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni -metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una -mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó -pasaba revista á los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso -mío, cualquier librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los -grabados. Tanto respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar, -como otros niños, «¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo, -ó se quedaba con las ganas de saberlo. - -El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y -¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no -trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas -de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún, -porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo -correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba, -comprándola un vestidillo. - -Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida, -sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición. -Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató -como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero -afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de -la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por -no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó un -bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en esa -negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros depura -y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si estaba -contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la tristeza -que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos ojos -aquella tristeza que á veces me parecía un efecto estético, producido -por la luz y color de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos -de la expresión, por donde se nos trasparentan los misterios del mundo -moral, quizás revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos -mucho tiempo, ó quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello. - -Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus -visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida, -sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la -esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la -pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las -menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el -tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la -criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por -éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con -injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero -que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos -del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó -mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras, -no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo -de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho -exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los -varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una -sabia, una filósofa, en fin una _cosa atroz_... - -Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé -de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo, -y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel -Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden -lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es, -tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del -saber y el relojero del tiempo. - - - - -VII - -Contento estaba yo de mi discípulo. - - -Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban -admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La -historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis -que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo -que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la -escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta -agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de -asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario -á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre -cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo, -me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me -exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él -las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté -en esto. - -Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba -sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo -tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo -expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado, -dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas -que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me -pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas, -el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia -seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de -sonoridades simpáticas. - ---Vamos--le dije con entusiasmo un día.--Está visto que eres orador, y -si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos. - -Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en -la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de -encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar -en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le -seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia -las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando -quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito -bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía -pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me -suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque -se ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente -rechazaba su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi -primera explicación sobre la _indagación de un principio de certeza_, -había producido en su entendimiento efecto semejante al que en el -cuerpo produce la toma de un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar -sobre la _unidad real entre el ser y el conocer_, asegurándole que -cuando se acostumbrase á los ejercicios de la reflexión, hallaría en -ellos indecibles deleites; pero ni por esas. Él sostenía que cada vez -que se había puesto á reflexionar sobre esto ó sobre _la conformidad -esencial del pensamiento con lo pensado_, se le nublaba por completo -el entendimiento, y le entraba un dolor de estómago tan pícaro, que -suspendía las reflexiones y cerraba maquinalmente el libro. - -¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito Peña! -Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me -hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho -habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que -pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención -en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de -curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y -de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo. -Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su -aversión á lo que él llamaba la _teología sin Dios_. Ya por entonces -gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y -epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero -esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto -en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo, -poseyendo aquella cualidad, remataba y como que ponía la veleta al -gallardo edificio de sus aptitudes. Observando éstas, viendo lo que -á Manuel faltaba, y lo que en grado tan excelso tenía, me preguntaba -yo: «Este muchacho, ¿qué va á ser? ¿Será un hombre ligero ó el más -sólido de los hombres? ¿Tendremos en él una de tantas eminencias sin -principios, ó la personificación del espíritu práctico y positivo?» -Aturdido yo, no sabía qué contestarme. - -Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he visto -semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas simpatías -á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil expresión, su -oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente y dominadora que -le abría las puertas de todos los corazones. Sabía ponerse al nivel -intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno el lenguaje que -le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él era su excelente -corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más lejos de lo que los -buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve empeño en regularizar -sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, marcándole juiciosos -límites y reglas. También trabajé en corregirle el pernicioso hábito -de gastar dinero tontamente, empleándolo en fruslerías tan pronto -adquiridas como olvidadas. Imposible me fué quitarle el vicio de -fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra la maldita maña -suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales tenía lleno el -bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las ganas de comer; y lo -peor era que durante la lección me engolosinaba á mí; y tal imperio -tiene la costumbre y de tal manera se apodera de nuestros flacos -sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio -mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi -casi me mortificó aquella falta. - -Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la conducta -de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de su gratitud -venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de jamones, -morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero tan -grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones -impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media -tienda, siempre salía ganando. - -Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle mucho -en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los buenos -modales y un principio por sí de buena educación. Como el muchacho era -rico y había de representar en el mundo un papel muy airoso, debía -prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el aspecto, -la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que da al -caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte, vigor -y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas veces, -con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente torera, para -ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la dehesa en que -están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias tuvimos sobre -esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que debe dejarse -á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece, y que además es -locura prescindir del medio ambiente y del influjo local, transigía, -dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á -mi discípulo de aquella pueril vanidad. - -Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito tendría -que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar en -ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión! Es -evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros -profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha -salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle, -siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes -personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos, -y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio, -sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto -aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado -más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos, -donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación -en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza -política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados -Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y -utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo. -La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación -y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del -coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de -fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho -odiosa con apelaciones á la fuerza, carece de prestigio, la libertad -de pensamiento toma un vuelo extraordinario, y las energías fatales de -la época, riqueza y talento, extienden su inmenso imperio. - -Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al -punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que -toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico, -digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque -solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de -lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza; -pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y -visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que -en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un -pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de -estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras -que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo -establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan -guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado -entre sus compañeros de la Universidad: el _hijo de la carnicera_. - -Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y -temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y -de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del -empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera -también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era -de honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de -inmejorables condiciones morales, y en jerarquía superaba á Manuel, -pues si bien los Vendesol habían sido carniceros, la tienda se cerró -treinta años há, y luego fueron tratantes en ganado, contratistas de -abastos en grande escala. Doña Javiera veía con gusto la inclinación de -su hijo, y con su buen humor me decía: - ---Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene -_parné_, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos. - -Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo que la -edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún propia -para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para -casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un -asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que -doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje -de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés -descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero -cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica, -honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un -pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla -auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de -nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse -á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por -Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto -final al comercio de carne. - -Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando tiempo -y atención al estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones, -y aunque no se habían enfriado la delicada afición y el respeto que -me tenía, nuestra comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras -conferencias más breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de -diversas cosas, y mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes -generales, él no gustaba sino de los hechos y de las particularidades, -prefiriendo siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á -veces con calor, y decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no -paseábamos juntos. Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba -solo y á pié. Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches, -porque él iba al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol. - -Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la suspensión -de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía dar por -finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya podía -aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así lo -manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena -señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba -ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros -días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle -el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á -una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada. -Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus -proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja -costumbre, al dinero _parné_, al figurar _darse pisto_. Ya más de una -vez su hijo había intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las -buenas vías académicas en materia de lenguaje. - -Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me las daba -á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda y limpiarse -para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo manifestó palabra -por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros decía que si -la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría para lavarse -las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth para limpiarse -las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de legitimar sus -relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase en sociedad y -le diera visos de persona respetable, como por ejemplo, una crucecilla -de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un empleo ó -comisión de estas que llaman honoríficas. - -Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió -doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera -se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba -del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se -despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad; -la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba -delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio, -Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños -de Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de -naranjo agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba -las aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de sus viajes, de sus -relaciones, de duques y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan -bien, concluía por suponerla digna de figurar en el _Almanaque Gotha_. - -Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la -vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me -declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las -rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador -tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los -considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo -en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante, -lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro -de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja -suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no -sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado -mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus -aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación -y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de -la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años. - -Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar -por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida -delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no -iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á -un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la -criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero -aseadísimo, revelando en todo la virtud del arreglo, que sin duda no -le había enseñado su tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo -de la pobreza, llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento -fué saludarla; mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo -como que no me veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera. -Respetando yo esta esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la -esquina de la calle del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre -pálido y expresivo de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que -en la explicación de aquel día, que era la _Relación recíproca entre la -conciencia moral y la voluntad_. - - - - -VIII - -¡Ay mísero de mí! - - -¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los -desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y -método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos, -someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad -placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano; -arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y -tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os -desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta, -desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos -arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro _yo_ y de sus -felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de _uno mismo_, ó -lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras -horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones, -aunque salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y -radical cambio que sobrevino en mis costumbres. - -Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los veintidos -años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su -propósito de regresar á España trayendo toda la familia. En América -había estado veinte años probando distintas industrias y menesteres, -pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la -insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma, -infame aliada de la suerte. - -Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos -representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á -la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero -y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La -educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos -y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de -satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal -resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto, -cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que -yo temía. - -Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á trastornar -mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se amargaba -con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres. -Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación -del Norte á José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus -tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce -años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en -grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro -butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula, -un sinsonte en otra, dos tomeguines en idem. - -Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este -escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó -desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande -y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como -en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo, -pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle -lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con -cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los -tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado -como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá, -con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del -sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los -cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas. -Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido -verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas -representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos -risueños países, el encanto de sus bosques poblados de lindísimos -pajarracos y de insectos vestidos con todos los colores del iris. - -José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme de -nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes de -llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro -de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria, -nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado -con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar -mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin -encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que -rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á -la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se -necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras -en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los -hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo -me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior -y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de -alfombrado y carruajes. - -Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se empleó -en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de -aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á -todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos, -y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse las -tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque todo -les parecía poco para el gran frío que esperaban y para defenderse de -las pulmonías. Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el -pequeñuelo, no parecían los mismos. - -Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis -conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio -de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas -y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así -trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los -precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las -tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y -chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego -trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en -moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel -timbrado, los _bibelots_, los abanicos, las flores contrahechas, los -estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y -porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto -algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También -daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían -siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía -de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites -con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como -se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los -antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse, -ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y á cada -ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado, -me apetece pescado frito, me apetece merengue.» Las campanillas de -las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres -diablitos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y -bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las -tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras, -con los mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale -á los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si -hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se -acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban -tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran. -Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni -dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta -incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo. - -En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza -destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata -Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle; -jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran -algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble. -Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras, -hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos -con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les -habían hecho para salir á paseo. - -Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la -mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver -pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara -alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era -preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le -traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan -desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito -me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo -á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el -corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos -inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?» -decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta -que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me -apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí -los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios -de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho -fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un -tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel -día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en -caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me -hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano. - -Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual -era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en -el muelle de la Habana. - -Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre -lo que ésta había de comer. - ---Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios. - ---¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa. - ---Niña, toma carne y vino. - ---¡Qué chinchoso!... Quiero melón. - -En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano), -que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas -críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar -una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el -moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen -la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en -la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto. -Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada -junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba. -Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El -chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa, -y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con -atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y -los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al -delicado temperamento y al crítico estado de Lica. - ---Chinita, toma vino. - ---¿Vino? ¡qué asco! - ---Mujer, no bebas tanta agua. - ---¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos. - ---Carne, mujer, toma carne. - -Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo: - ---Papá _mapiango_. - ---Niño, si te cojo... - ---Papá cochino... - ---Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá. - ---Me apetece garbanzo. - ---¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la -mesa con el mango del cuchillo. - -Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la -blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y -daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la -fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía -la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á -la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y -en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía -encomendarme para que se serenara mi espíritu. - -Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que -probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los -postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más -negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro -brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y -contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle. - -Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas, -porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía -su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á -cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como -un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi -hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora -de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado -de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis -tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón -que hubiera descubierto el Nuevo Mundo. - - - - -IX - -Mi hermano quiere consagrarse al país. - - -Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día -se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica -estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la -niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos -que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y -frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella, -y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas -viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo -mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su -dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á -seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la -jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le -quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los -perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro -tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción -era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el -ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y -el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle -por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni -para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el -camino las sobras que ella le daba. - -En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando -asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y -tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba -de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y -se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado, -y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban -á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes -viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre -diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta -fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los -asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más -embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No -era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de -hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos -los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que -hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo, -y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se -desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se -le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio, -eran dignas de ser comunicadas al país. - -Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al -sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un -país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas -nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya -realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras -de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa -de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo -cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil -engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa -y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y -teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la -tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco -de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas -del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción -de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema, -y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso -de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando -de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme -indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era -y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico -conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo, -en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las -contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos -escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y -agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar. - -Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano -bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna -_metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del -cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan -remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha -seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á -cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus -doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido -análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le -aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos, -y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has -acertado.» - -Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente -natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación, -mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las -notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á -las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en -comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas -prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando -había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden -perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las -rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron -un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra -cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones -de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de -Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y -el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener -un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños, -excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección -de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á -poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer, -ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la -incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su -marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de -tiempo me busques una institutriz.» - - - - -X - -Al punto me acordé de Irene. - - -La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición -para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo -de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á -doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que -mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida -y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente -epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la -ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas -muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí, -diciendo á gritos: - ---Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué -piensas? Tú estás en Babia. - -Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto -admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart -y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas! -Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible -distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña -Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la -casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra. -La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba -un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me -dijo: - ---¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda. - -No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario -Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando -caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había -atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto -juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al -ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante -de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante, -amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía -de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella -ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con -cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues -hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de -ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas -combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y -como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba -un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de -esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil -romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido -que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo -de la Unión Liberal. - -Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos -hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con -frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir -que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con -Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las -cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que -nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera -visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos -cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías, -y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo -un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella -improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes -las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades. -Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber -salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba -mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que -creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato -colegio de la calle de San Mateo. - -Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus -primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si -parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como -si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba -de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su -númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora -para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus -intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores, -no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la -duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya, -digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último, -en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en -el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento -y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de -Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa -opinión de la de García Grande. - ---¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar -nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el -doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No, -no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo; -no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan -buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas... - -Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que -estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le -conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se -rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en -tal estado!...» - -Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella, -rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones -diciéndome con su lánguida expresión: - ---No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña -Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por -los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas -cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme -con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta -tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin, -lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada -del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me -hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas -sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron -las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no -desairarme. - -Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal; -ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás -medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con -tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada -de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía -la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal -espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar -su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las -grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula. - -En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral -de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un -holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los -alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne -que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio -sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura, -recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en -tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á -su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba -contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la -calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al -chupador vampiro. - - - - -XI - -¿Cómo pintar mi confusión? - - -¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la -que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme -de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado -casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y -matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada -marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de -los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de -comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?... -Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el -recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea, -su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las -reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún -tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia -entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar -indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á -mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito -hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de -tan antipática vestimenta. - -Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones -con todas las personas notables y todas las familias distinguidas -que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica -no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias -cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la -superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad, -su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de -requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes -poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas -punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían -cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no -se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello. -Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos -para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva -vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su -inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la -permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no -eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y -no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi -hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba -entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las -delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad. - -José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste -de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible -catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad -que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña, -que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero -¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias -de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen -por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso, -el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos -que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le -igualara? - -Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero -aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse -afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_, -quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese -haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran -de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le -agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque -para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No -seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en -su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo -el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la -manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al -poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los -de tres por un cuarto... - - - - -XII - -¡Pero qué poeta! - - -Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado, -favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años, -desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez -palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas -por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían -las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello -estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si -manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano -de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea -pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado -con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban -mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero -empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía -creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay -hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba -en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para -que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los -honores, redactaba sus tarjetas así: - - - Francisco de Paula de la Costa - y Sainz del Bardal - - JEFE DEL GABINETE PARTICULAR - - DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE BENEFICENCIA Y SANIDAD - - -Luego venían las señas: _Aguardiente_, 1. - -Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él -la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha -orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, le -parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba un -día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre de -aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso entero. - -Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de estos -afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos -y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado -repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas -son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea -que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para -resolver diviesos. Hace _pequeños poemas_, fabrica poemas grandes, -recorta _suspirillos germánicos_ y todo lo demás que cae debajo del -fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas; -cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño -alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades -huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la -melancolía, ó sonetos emolientes seguidos de metro y medio de firma. -Trae sofocados á los directores de Ilustraciones para que inserten sus -versos, y se los insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más -que el autor, que es el público de sí mismo. - -Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó dolor -de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones de mi -hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le traían en -palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. Excuso -decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de Paula de -la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había compuesto -y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y nocturnos -en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, sinsontes, -cucuyos, y la bonita languidez de las americanas. - -Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. Cuando -este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras se -quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro de tal -magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era el oráculo -de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su opinión sobre -lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el arreglo de -la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en torno de -él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en el -célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial y -encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus -palabras salían revestidas de autoridad sibilina. Obligado por las -exigencias sociales, yo no tenía más remedio que poner atención á sus -huecos párrafos, que resonaban en mi espíritu con rumor semejante al -de un cascarón de huevo vacío cuando se cae al suelo y se aplasta -por sí solo. La cortesía me obligaba á oirle; pero en mi corazón le -despreciaba como despreciamos esa artimaña de feria que llaman _la -cabeza parlante_. Él no debía de tenerme gran estima; pero como hombre -de mundo, afectaba respeto á los estudios serios que eran mi tarea -constante. Así, siempre que venía rodando á la conversación algún grave -tema, decía con cierta benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al -amigo Manso...» - -Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen en -Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, también -diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que saben -intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza de -todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una -determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo -de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores. -Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido -en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y -respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor -de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes -párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante, -yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba, -¡extraña cosa! con los suyos. De esta clase de gentes está lleno -Madrid: son su flor y su escoria, porque al mismo tiempo le alegran y -le pudren. No busquemos nunca la compañía de estos hombres más que para -un rato de solaz; estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen -notorio poder de contagio, y es fácil que el observador demasiado -atento se encuentre manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo -piense. - -Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en -día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí _reinaba el -buen tono_, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió -con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me -pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué el -conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con una -cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría en ir -también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de Fúcar. - -Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la historia, -es que en las tertulias de Manso nació una de las más ilustres -asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más dignifican -á la humanidad. Me refiero á esa _Sociedad general para socorro de los -inválidos de la industria_, que hoy parece tiene vida robusta y presta -eficaces servicios á los obreros que se inutilizan por enfermedad ó -cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la idea, pero ello es -que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se constituyó la junta de -gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón Pez, que tocante á la -estadística, á la administración, á la beneficencia, era un verdadero -coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados llenos de -números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado presidente. -Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, y Sainz -del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á sí mismo -secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar los poetas -en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que soldado -raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me nombraran -consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la negra -suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora la -ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas -absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel -dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por -nombre _el tífus_, y huía de él como de un foco de intoxicación. - -Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia -y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos -se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de -carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos -tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de -Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía -estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo, -apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se -burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el -mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió en llamar á mi discípulo -_Peñita_, diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que -quieran, siempre lleva en sí algo de desdén. - -José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había dicho -en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas y de -organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del partido. - ---¿Qué te parece el partido?--me preguntaba con frecuencia. - -Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha -se había visto. Á lo que él decía:--«Yo quisiera que se organizase -á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es -verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa -y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.» - -Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese adelante -en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la -asombrosa variedad de las manías humanas. - -Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus hijos, -me decía: - ---Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á ver -qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable. - -Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta de -ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones -y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y -sobriedad me agradaban en extremo. - - - - -XIII - -Siempre era pálida. - - -Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada -de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos, -admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer -orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me -agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una -vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido -profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella -superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna -parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz, -donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo, -aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente, -todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la -serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos -modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus -principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se -ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el -lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era -correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que -triunfarían de la crítica más rebuscona. - -Desde mis primeras visitas de inspección, sorprendióme el sensato -juicio de la maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas -de esta vida, y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su -aplomo declaraba una naturaleza superior compuesta de maravillosos -equilibrios. Parecía una mujer del Norte, nacida y criada lejos de -nuestro enervante clima y de este dañino ambiente moral. - -Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación que -Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta el -día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas -horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus -vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado -de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro -y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á -esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección? -Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la -admiración que despertó en mí. - -Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, que aunque -de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, voluntariosos, -díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. ¿Cómo llegó á -domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo milagros, con -su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. Los pequeños, -jamás castigados por ella corporalmente, la querían con delirio. La -persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales de aquella -alma privilegiada. - -Un día que hablábamos de varias cosas, concluida la lección, traje á -la memoria los tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla -aún garabateando en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues -aunque no hice mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este -recuerdo fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al -punto la conversación. - -Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía -resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación -postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la -pobre niña, mal calzada y peor vestida. - -Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario. -Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón, -y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras. -¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de -la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus -palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias -y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer -razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me -encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario -por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de -piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel -tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva -á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica -su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general -maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos -varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y -haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso -movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra) -como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á -los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y... - - - - -XIV - -¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito? - - -¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato -de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que -disfruto en este momento. - ---Esta joven es un tesoro--dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy -contentos con los progresos de las niñas. - -En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo -cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por -la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes, -unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba -(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con -orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude -observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía -la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la -que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos -de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía -con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que -por lo que no ignoraba. - -Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas -generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción -que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y -apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando -antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese -en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al -mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que -viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo -deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio. - -Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo -encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No -le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa -chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni -gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas -artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes -de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y -cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman _home_. Sabía poner á -raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el -sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son. - -Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas de -doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto debió -de sufrir la pobre joven en compañía de persona tan contraria á su -natural recto y á sus gustos delicados. Confianza tras confianza, fué -contándome poco á poco, en sucesivos paseos y sesiones interesantes, -cosas de su infancia y pormenores mil, que así revelaban su talento -como su exquisita sensibilidad. - -Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el 15 -de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos -por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia, -se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba -asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su -liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las -manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento, -no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una -reunión magna de la _Sociedad para socorros de los inválidos de la -industria_, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones, -las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto -y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de -aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué -felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase -á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo -rayos de beneficencia por todas partes! - -Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre y -para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica. -Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño -una ternura idolátrica, cuya última nota era quedarse á comer. La -admiración tácita de Calígula por el cocinero de la casa, si discreta, -no era nada platónica. - -Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de Martín -está tan cerca y daban _El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación -de los Inocentes_, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, yo y la -familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó hasta la -escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se -volvió adentro porque se sentía muy _fluxionada_. Yo estaba alegre -aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas -edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una -recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana. -Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta -gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las -cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como -aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos -y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel contínuo mover de caras -producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces -rojizas del gas daban á aquel recinto, donde hervían tanto ardiente -apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué -graciosa similitud con calderas infernales ó con un infiernito de juego -y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval. - -Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se -alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El -pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían, -y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba -más que á abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles -cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía -que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un angel, armado de -lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y -darle media docena de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó -mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del -teatro salían. - -Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos -admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en -indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento -de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto -en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un -mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San -José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes -y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al -tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era -una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que -se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente, -no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los -indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella -farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano -de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se -permitía atroces libertades de lenguaje á propósito de la mansedumbre -de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben -permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos -religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude. - -Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su convencionalismo, -de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, porque no me -ocurría la manera de introducir en la conversación otros temas más -en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba fórmulas de -transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el calor, el -bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego sainetón -ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal y -desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos -comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma -belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en -mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras. - -Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia. -Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente -su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una -cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos. -Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto -á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna, -más humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora -recibía una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres, -abuelos y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres, -guardamangieres ó no sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia -familia era una idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la -tía de Irene perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de -pena, y al poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras -de doña Cándida. - -Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario, -y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente -manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se -asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á -molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un -ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro -de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene -conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo -un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría. - -Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de -qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de -tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra -vez el telón, vimos el monte, la cascada _de agua natural_ que caía -de lo alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el -rebaño vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel -momento parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo -suscitaban los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista, -consideraba la índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del -Nuevo Testamento, y luego, mientras se presentaba á los admirados -ojos de la chiquillería, de las criadas y nodrizas el bonito cuadro -del Portal, dejóse ir mi mente á un orden de juicios que no eran -totalmente distintos de los anteriores. Viendo en caricatura los hechos -más sagrados y puesto en farsa lo que la religión llama misterio para -hacerlo más respetable, se despertó en mí un prurito de crítica que, á -mi parecer, no dejaba de relacionarse con el pícaro dolor de cabeza, -pues parecía que éste lo estimulaba, dando á mi criterio pesimista -la agudeza de aquel filo que me cortaba el cráneo. Y lo más raro era -que mi crítica implacable se cebaba en aquello que más admiraban mis -ojos y que traía á mi espíritu tan risueñas esperanzas. Sin duda aquel -feo demonio que tanto había asustado á Pepito se metió en mí, porque -yo no cesaba de contemplar á Irene, no para saciarme en la vista de -sus perfecciones, sino para buscarle defectos y encontrárselos en -gran número, que esto era lo más grave. Su nariz me parecía de una -incorrección escandalosa, sus cejas demasiado ténues no permitían que -luciera bastante la proyección melancólica de sus ojos. ¿No era su boca -quizás, ó sin quizás, más grande de lo conveniente? Luego dejaba correr -mi despiadada regla por el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual -parte hacía el vestido demasiados pliegues, que el corsé no acusaba -perfiles estéticos, que la cintura se doblaba más de lo regular, y al -mismo tiempo, ni había en su traje el esmerado corte que, á mi juicio, -debía tener, y sus guantes tenían una roturilla, y sus orejas estaban -demasiado rojas, no sé si por el calor, y su sombrero era muy grande, y -sus cabellos... Pero ¿á qué seguir? Mi cruel observación no perdonaba -nada, iba á rebuscar los defectos hasta á las regiones menos visibles, -y al hallarlos, cierta complacencia impía parece que daba descanso á -mi espíritu y alivio á mi dolor de cabeza... ¡Tontería grande aquel -trabajo mío, y cómo me reí de él más tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá -que á tal análisis resista! Pero es una desdicha conocer el amargo -placer de la crítica y ser llevado por impulsos de la mente á deshojar -la misma flor que admiramos. Vale más ser niño y mirar con loco asombro -las imperfecciones de un rudo juguete, ó sentar plaza para siempre en -la infantería del vulgo. Esto me lleva á sospechar si el ideal estético -será puro convencionalismo, nacido de la finitud ó determinación -individual, y si tendrán razón los tontos al reirse de nosotros, ó lo -que es lo mismo, si los tontos serán en definitiva los discretos. - ---¡Pobrecito Máximo!--me dijo de improviso Irene, en el momento que -caía el telón.--¿No se alivia esa cabeza? - -Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que -me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan -acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma. - ---Me duele mucho... El calor... el ruido... - -En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas. - ---Pues vámonos--dijo Irene. - -Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero -Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy -afligida: «Si falta la degollación...» - -Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos. - ---Le pondré á usted paños de agua sedativa--me dijo la profesora al -atravesar la calle de Santa Agueda. - -¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente -ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los -santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los -que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas. - ---El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco. - ---¿Se va usted á su casa? - ---No; me echaré en el sofá del despacho de José María. - -Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una -taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene, -pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi -casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo: - ---Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un -rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá -usted que duerme? Está leyendo acostada. - -Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto! -¿Qué leería? - - - - -XV - -¿Qué leería? - - -Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé -en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me -dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí -no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de -idealidad. - -Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando -explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de -ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión -de lo que leía Irene. - -Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fuí á -almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme agradable -aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí, -por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres. -Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al -medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y -no nuestra hechura. - -Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues -en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la -distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de -las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San -Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas -del _Año Cristiano_. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve -balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y -eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista -que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía -con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno -y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba -entonces á todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy -viene á formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos -días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos. - -El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, -besándome la mano y llamándome _Taita_. Aquel día me dijo: - ---Mi ama Lica se ha levantado hoy. - -Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de -amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, -cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo -poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y -preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la -nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes -como la _Novísima Recopilación_. Ella había buscado el ama y la había -vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo -lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el -régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de -cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, -fajas y abrigos para mi tierno ahijado. - -«Tiene toda la cara de tu madre--me decía,--y este se me figura que va -á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este angel?» - -Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es -característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto -avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando -pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida. - -Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se le -ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, -ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y -riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín -bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba -ella: «¡Ama, la teta, la teta!» - -Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado, -ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como -si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se -expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi -cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia -y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña -Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con -dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar -como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando -ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo: - ---No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que ha -sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan -bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la -esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha -visto usted? No dice esta boca es mía. - -Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada -manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía: - ---¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy -mona. - -Y Lica me dijo, como siempre: - ---Máximo, cuéntame cosas. - ---¿Qué cosas ha de contar este sosón?--zumbó mi cínife con humor -picaresco.--Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas. - -Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros, -actualidades y de las noticias de Cuba. - -La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el -pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la -última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á -ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada -tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias -de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no -veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien -cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando -armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los -actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las -rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas -hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les -veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó -en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas, -cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y -la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste -dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser -cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes -se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de -azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un -sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; -el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un -florerito de porcelana. - -El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y -al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida -se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la -chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez -se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado -también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle -á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa -parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes, -pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora -soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma -humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes -de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca -datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos. - ---Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María. -No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz -del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de -almorzar. - -En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de -Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya -cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo. - ---Ya sabes--me dijo mi hermano,--que creo tener segura mi elección -en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro -se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he -de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de -Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy -verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse -usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa. - -Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la -política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una -copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior. - ---Ese Cimarra--manifestó en su respiro,--es hombre verdaderamente -notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme -en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente -activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las -dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos -de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien -podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de -Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres -verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito -corto. - -Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico, -que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta, -para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad -filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictámen una de las -comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular, -y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de -un problema muy importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad -fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado -de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no -variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no -hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre... - -El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le corté -la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al -despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario -de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras -fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades -que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y -retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política. -¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un -partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los _Mansistas_. -Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al -través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba. - ---Todo me lo dan hecho--decía,--yo no me muevo, yo no pido nada. Pero -se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente -agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no -me deja á sol ni sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero -estar metido en mi casa, y no me dejan. - -Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación -política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los -ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren -salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus -intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes -hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano -el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos -de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado -todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «_Estamos á ver -venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va; -lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á -dar_», etcétera. Llamaba _cogida_ á los fracasos parlamentarios de -un orador, y _enchiquerado_ al ministro que estaba bajo la amenaza -de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en -la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le -escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única -muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «_Las -cosas caen del lado á que se inclinan._» - -En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un nuevo -orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á quejarse -de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía -convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las dos de la -noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa, -y exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al -aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre -Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que -sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas -las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea. -Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de -su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no -llamaba _túnico_ al vestido, ni á las enaguas _sayuelas_, ni al polisón -_bullerengue_. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción -castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino -Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba -Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era -refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña -Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de -Madrid lo último que le quedaba de su querida patria. - -Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de -demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de -que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería -la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos -heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores -que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero -de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la -curiosidad, pregunté: - ---¿Pero es cierto que vas á titularte? - ---Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me -fastidian...--repuso con turbación.--Es empeño de ellos, yo me resisto. -Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es -verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería -verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el -tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso -correo de Cuba. - -Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano -de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de -todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa; -pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice -de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno -infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus -vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de -fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas, -producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona -el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar -la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la -célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso -del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas -monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio -legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre -una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta -sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva -con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos -Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad, -llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los -ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos -y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos -y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que -lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un -paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la -historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, -azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y -traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de -próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y -como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el -universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.» - - * * * * * - -Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde -que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté: - - - - -XVI - -¿Qué leía usted anoche? - - -Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué -responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á -su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo -favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al -punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento, -si algo mío leía, había de ser ó la _Memoria sobre la psicogénesis y -la neurosis_, ó los _Comentarios á Du Bois-Raymond_, ó la _Traducción -de Wundt_, ó quizás los artículos refutando el _Transformismo_ y las -locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar -una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi -amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía -estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.» - -Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis -novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi -encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían -allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un -gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la -existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera -quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran -muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes -con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca -y de los ojos. - -La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y -al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella -á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad -marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de -la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu -de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer -cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.--La estancia -aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble -con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde -las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de -gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas -nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo -recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi -cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al -precio de las demás gangas que á la casa llevaba. - ---Vamos á ver, Isabel,--decía Irene,--los verbos irregulares. - -La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para -aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea -escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo -con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia -Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus -hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun -para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas -les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas, -partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad, -solía dormitar _aliquando_, como el buen Homero. - -Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa, -al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito, -á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera -callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento -venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas. -Irene descansaba, y cogiendo el encaje de _frivolité_, se ponía á hacer -nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos. -Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita -laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus -múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía -á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...» - -De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia -Irene y decirle: - ---¿Está usted contenta con esta vida? - -Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué -negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato? -Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero -sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto -triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo. - ---Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo, -¿qué más puedo desear por ahora? - ---Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no -pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere. -Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores -que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo? -¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un -abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando -tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores... - -Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me -había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si -ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas -y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones -quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu, -y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y -como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de -exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento, -estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los -mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso -estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un -elogio. - ---Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco. - -Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas -sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo -era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado -con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!... -No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza -habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca. -Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante, -decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi -parecer, comprendió perfectamente--Nuevos elogios de Irene, dirigidos -en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio. -«Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio -de ambos. - -La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella -tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no -precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un -largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo -que pisaba. - -«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho -me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro -camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que -empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no -equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de -impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco -bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis -ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino -aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo, -que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones -morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte -y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la -mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia, -sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi -organización intelectual y estética.» - -Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y -muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La -digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un -chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente -nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y -nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de -que ella y los niños se constipasen. - ---Por mí no tema usted--me dijo Irene.--Jamás he estado mala. Yo tengo -una salud... tremenda. - -¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella -criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos -en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella -escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la -crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería -entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de -la maternidad y del siglo. - ---Cuídese usted, cuídese usted--le dije con afán previsor,--para que su -hermosa salud no se altere nunca. - -Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan -malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía -también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando -fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el -rostro de Irene alegría muy viva. - ---¡Qué caro se vende usted!--me dijo poniéndose más pálida. - ---Me parece--repliqué yo,--que hace dos siglos que no nos vemos. -¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin -embargo, le dije á usted estas y estas cosas. - ---Es usted... tremendo. - ---No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de -tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable? - ---No, no, nada--respondió con precipitación y un poco de sobresalto. - ---Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género -de vida, de esta rutina impropia de un alma superior. - ---Ya se ve que no--dijo con vehemencia. - ---Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me -oculte nada... Esta vida... - ---Es tremenda. - ---Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser -de otra manera. - ---Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes? - ---¿Y cuidando chiquillos...? - ---¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...? - -Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan -desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de -la excomunión mayor. - ---Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente, -demasiado bella para vivir asalariada. - -Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había -interpretado sus sentimientos. - ---Esto se acabará. Irene. Yo respondo... - ---Si no fuera por usted, Máximo--me dijo con expresión de la más -generosa amistad,--ya habría salido de aquí. - ---Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia? - ---No... es decir... pero no, no--murmuró contradiciéndose cuatro veces -en seis palabras. - ---Algo hay... - ---No, no, digo á usted que no. - ---Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted -conmigo la confianza que merezco...? - ---Sí la tengo, la tendré--replicó animándose.--Usted es mi único amigo, -mi protector... Usted... - -¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba -en su boca. - ---Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que... - ---Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas -cosas... tremendas... - ---¡Tremendas! - -No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para -todo. - ---Y yo le juro á usted--añadió cruzando las manos y poniéndose -bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...--Yo juro que -no haré sino lo que usted me mande. - ---Pues... - -El corazón se me salía con aquel _pues_... No sé hasta donde habría -llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento. - ---Máximo--dijo sin entrar,--llégate aquí, chinito... - -Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. ¡Pobre -Lica, cómo me contrarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene -aquella tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y -la oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra, -sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento -hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba. - - - - -XVII - -La llevaba conmigo. - - -Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada milagrosamente -en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con espíritu; y -esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando fuí á la -reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como inspiración -chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo que de los -poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al delirio que le -entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y placentero, como -proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se trasfiguraban á mis -ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las ventas castillos. -Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba atrás á Catón, -el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la estadística, -un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la mujer más -aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había pisado -alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones morbosas -me condujo mi loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis -labios frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que -me ocuparía de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le -puso como fuera de sí, y rodando la conversación de personalidad en -personalidad, afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á -todos los padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los -ojos y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había -en mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que -más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para -restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal -á propósito de los inmensos progresos de la _Sociedad de inválidos -de la industria_. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario -una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los -trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección -del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á -otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable que -pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. Todo -marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes de los -caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de pronto, -se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos á imprimir -los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las turbulentas -sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de elocuencia se -perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la oratoria. Los -autores del voto particular y la mayoría de la comisión no habían -logrado ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del -paso, se había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos -de la de propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema -de nuevo. Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía -hacerse era abrir un certámen poético, para premiar la mejor _oda al -trabajo_. El primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de -quinientos ejemplares; el _accesit_ en girasol de plata é impresión -de doscientos. Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes -funestos, y en efecto, me nombraron presidente del jurado. También -se pensaba en gran rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y -resonante velada, ó quizás _matinée_, en la cual, después de leida -por Bardal la memoria de los trabajos de la sociedad, habría música, -discursos y lectura de versos, que son la sal de estos festejos -filantrópicos. - -Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una vuelta -por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y una -simpática voz que me dijo: - ---Hola, maestro... Le ví á usted con _el tífus_, y no quise acercarme. - ---¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré -convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una debilidad... - ---Esa es la _febris carnis_... Yo no me rindo á Sainz del Bardal. -Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me -habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo -necio. - ---Pero, hombre, ¿qué es de tu vida? - ---Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. _Achantémonos_ en ese -gabinete. - ---¿Qué me cuentas? - ---Nada de particular. - ---¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol? - ---¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable. -Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba -de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si -en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor -genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por -celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta -pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca -impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación -la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice _pedrominio_, y tiene un -cariño á las haches... - ---Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á -una de las de Pez? - ---Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas, -principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas, -es decir, tienen un barniz... - ---Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero -se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son, -realmente, más que muñecas, de las que dicen _papá_ y _mamá_. - ---Pero éstas no dicen _papá_ y _mamá_, sino _marido_, _marido_. La -mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas... -Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si -decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo -de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica. -Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y -amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que -si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa. - ---Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente. - ---Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña. -Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una -tabla de la Edad Media... - ---Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las -pretensiones más enfáticas... - ---¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente? - ---Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención. - ---Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los -cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar. - ---Madrid es un valle de problemas. - ---Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las -de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé -yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case -con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con -las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con -Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los -arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde -encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto -está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud -masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la -tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los -cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La -frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan -á la doncella de estos países latinos para la constitución de las -familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia, -la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo -atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la -patria potestad en la mujer...? - ---Lo femenino eterno--dije yo gravemente,--tiene leyes que no puede -dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en -hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados. - ---¡Aislados! - ---Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en -el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir -unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la -ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo -que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón. - -Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la -solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo: - ---Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te -tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal. -Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la -Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede -ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo, -el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios -variedad, adios unidad suprema... - ---No digo que no... - -Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el -bolsillo del faldón y sacó una petaquilla. - ---¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas -rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á -echar un pitillo. ¿Viene usted? - -No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se -había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y -el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el -género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas. - -El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se -había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la -elección de José María. - - - - -XVIII - -«Verdaderamente, señores...» - - -Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental que -padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato: - ---Verdaderamente... - -Pudo al fin formular un premioso discursejo, cuyas cláusulas iban -saliendo á golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se -hubiese atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas, -como: «Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se -puede servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores -se empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto -es para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto -á defender los sagrados intereses...» - -Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba -extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y -periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía -un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran -los de la _democracia rampante_, partido tan joven como inquieto, al -cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo -que fuera transacción. - -El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña con -acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es lo -_verdaderamente inglés_. Lo de _la sucesiva serie de transacciones_ no -se le cae de la boca: es su _Padre Nuestro_ político, y así, todo lo -transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No -existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con -un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo -y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la -república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad. -Toda idea pura es para él _una verdadera exageración_, y corta las -cuestiones diciendo: _basta de exclusivismos_. Para él no conviene que -haya exclusivismos en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda -idea, toda teoría artística ó moral debe ceder una parte de sus regios -dominios á la teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si -este fenómeno no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús -y los Santos Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber -intentado un arreglito con la herejía. - -Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé -del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y -políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña -Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija -en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien -contaba cuentos. - ---No me quiero acostar--me dijo,--porque el _sambeque_ del salón y -esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa -parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á -usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té, -los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido -ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto; -si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche, -si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una -peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella no -sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy _chiqueada_. Pero -José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no piensa -más que en sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién -sabe, si en otras partes peores... Parece que hay descubrimiento... - -Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo: - ---Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de Madrid... -Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser diputado y -ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres las de esta -tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. Yo les diría -si las viera: «Grandísimas _sinvergüenzas_, ¿para qué engatusais á un -padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan bueno?...» Porque José -María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, de algún tiempo acá, no -le conocemos. - -Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, tratando -de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres está más -en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como señales de -pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me ocurrió. - ---Yo--dijo ella, bajando más la voz,--no me meto en nada. Allá se -entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no -tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras -allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos -hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios? - -Miraba á todos los lados de la pieza. - ---¿Pero no se ha recogido aún?--pregunté.--Esto es contrario á sus -costumbres. - ---Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al -corredor á ver un poquitico de la sala. - -Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y -estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y -algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera. - ---Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...? - ---Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que -deslumbra... - ---Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida. - ---Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es -preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos. - ---¡Oh! es justo--dije pensando en lo mucho que luciría Irene si -penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor -que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.--Pero es -cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna, -estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos -y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida -doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y -felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden. - ---¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice -las cosas!--exclamó doña Jesusa. - -Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos -movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios. - ---Máximo--dijo de súbito la señora,--¿por qué no se casa usted? ¿Á -cuándo espera, niño? - ---Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos... - ---En veremos se le pasa á usted la vida. - -Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y -las niñas?» - ---Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han -querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta, -pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han -dormido. - ---¿Y usted no tiene sueno? - ---Ni chispa. - ---Pero es muy tarde. - ---Me voy á mi cuarto. - ---¿Va usted á leer?--dije siguiéndola y llevándole la luz. - ---Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana... - ---¿Mañana, qué? - ---Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello... - ---Hablaremos de aquello...--repetí sintiendo en mi pensamiento el -estímulo que los novelistas llaman _un mundo de ideas_, y en mis labios -cosquilleo de palabras impacientes. - -Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una -presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á -poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un -golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo: - ---Tráigame usted lo que me prometió. - ---¿Qué, criatura?--le pregunté, sospechando, en un momento de ansiedad, -que le había prometido mi vida toda entera. - ---¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn... - ---¡Ah! ya... bueno... - ---Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3. - ---Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna... - ---No sea usted tremendo... Abur. - ---No se fatigue usted la imaginación con la lectura... - ---Si me estoy durmiendo ya. - ---Eso es, descansar... buenas noches. - ---Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso? - ---Creí que ya estaba usted dormida. - ---Hombre, si estoy rezando... Adios. - -Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito -desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella; -pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no -alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y -accidental no destruía la admirable armonía de su caracter. - -Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me -entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para -que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos -por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí, -alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra -me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso, -arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había -hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh! -sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la -incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy -priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico -y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones, -buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una -manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el -hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba -presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente -práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón -que llamaba _logomaquias_ á todo lo que no entendía. Este señor me dió -después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los -hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las -clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias -venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie -libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios -de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me -merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás -por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme, -me dijo: - ---Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos -los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley -que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de -leerlo y decirme su opinión imparcial... - -Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me -ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar -por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor -á la vida oscura, me decía: - ---Pero chinito, no seas _jollullo_. - - - - -XIX - -El reloj del comedor dió las ocho. - - -Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa -exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué -tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una -chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de -pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando -en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía -síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para -tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de -Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas, -y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.--«Pero, ¿no me dijo -usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en -seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á -espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente. -¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...? - -Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un -impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene. -¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo -que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó -preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!... -¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete? -¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la -noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los -preceptos de la higiene. - -En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de -la calle. - ---Maestro, ¿se va usted á su casa? - ---Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas? - ---Yo no me acuesto todavía. Es temprano. - ---¡Es temprano y van á dar las cuatro! - -Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus -costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de -tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se -reía. - ---Por respeto á usted, maestro--me dijo,--voy á acompañarle hasta casa. -Después me voy á la _Farmacia_. - ---¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te -conozco. Parece mentira que seas mi discípulo. - ---Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan -tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted -hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de -acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal -ejemplo!... - -Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder. - ---Mira, perdido--le dije tomándole por un brazo.--Que quieras que no, -te llevo á casa. No irás á la _Farmacia_. Yo lo mando y tienes que -obedecer á tu maestro. - ---Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano de -usted. No iré á la _Farmacia_; pero no puedo acostarme sin tomar algo. - ---Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José? - ---Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por -aquello de ir á alguna parte. - ---¿Y á dónde quieres ir? - ---Renuncio á la _Farmacia_ con tal que usted me acompañe á tomar -buñuelos. - ---¿Dónde, libertino? - ---Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la noche, -y una copita de aguardiente no viene mal. - ---¿Estás loco? ¿Crees que yo..,? - ---Vamos, _magister_, sea usted amable. Ya ve usted que por complacerle -renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. Luego nos -iremos juntos á nuestra casita, como las personas más arregladas del -mundo. - -Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en aquel -local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar más -con él por un acto que en verdad era insignificante. - ---¡Caprichoso! - ---Sentémonos, maestro. - - - - -XX - -¡Me parecía mentira! - - -¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana, -teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!... -Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño -de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea -desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de -la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las -encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones? -La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había -estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo -remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa -personalidad en días más venturosos. - -Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las mesillas -de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. Eran -cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, que -acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban todas -las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona, -espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza, -liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos -bonitas, los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta -peluda, afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los -hombres eran de lo más antipático que puede verse en la Creación. Las -cuatro voces roncas sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno -de interjecciones, del cual no se entendían más que las groserías y -barbarismos. Era la primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes -tipos, y no les quitaba los ojos. - ---¡Qué guapa es la gorda!--me dijo Manuel.--Maestro, veo que se -entusiasma usted. - ---¿Yo?... - ---Si parece que se la quiere usted comer con los ojos... - ---No seas necio. - ---Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los -ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama _flirtation_, se -llama aquí _tomar varas_. - ---¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?--le dije, con vivo -deseo de salir de allí. - ---¿Y usted no toma? - ---¿Yo? Quita allá este asco, este veneno... - ---¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de -nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me -pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no -sé lo que pasa en mí... - ---Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi -discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto -le quería. - ---Porque, sí señor--siguió;--hay ocasiones en que nos es necesario -hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y -sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo -dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios -juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase -yo camorra con esta gente? - ---¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó -has bebido... - ---Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos -todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á -clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las -uñas de la policía. - ---Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un -maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa. -Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me -cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo -considerando la esterilidad de lo que te enseñé. - ---¡Oh! no--exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el -corazón y un palmetazo en la frente.--Algo queda. Mucho hay aquí y -aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se -extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo... - -Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo -de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me -parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta -cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que -tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando -se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la -trapisonda que deseaba. - -La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de -Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones -repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y -pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas, -un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban -el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera. - ---Vámonos, Manuel; esto es un escándalo. - ---Un ratito más... - ---Yo me caigo de sueño. - ---Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en -mi vida. - ---Á tí te pasa algo. - ---Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el -alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero -hacer algo, _magister_, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social -y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática -(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar -florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los -Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como -los diablillos que atormentan al endemoniado. - -No pude menos de reir. - ---Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas? - ---Leo á Maquiavelo. Su _Historia de Florencia_, su _Mandrágora_, sus -_Comentarios á Tito Livio_ y su _Tratado del Príncipe_ son los libros -más asombrosos que han salido de manos del hombre. - ---Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación -conveniente.--Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí, -tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los -principios generales... - ---¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La -metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por -Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de -sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la -vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de -sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo -me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por -él doy á todos los filosofistas habidos y por haber. - ---Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería -el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á -dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has -crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte. -Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás -alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el -período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos -ya. - -Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo. - ---Voy á revelarle á usted un secreto--me dijo cuando pasábamos junto -al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla -triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.--Desde -que estoy así... - ---¿Cómo? - ---Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden -la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así, -mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco -con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de -cuantos hay sobre la tierra? - ---¿Quién? - ---Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José -María Manso, marqués presunto, según dicen. - -Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor, -diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías -era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual -sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos. -Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón -de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su -humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo -aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo -dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban -su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el -delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo -cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el -bautismo. - ---¿Duelito tenemos?--dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á -quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese -hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz -procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia. - ---Usted no vive en el mundo, maestro--replicó él. Su sombra de usted -se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa -Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es -un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de -la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria, -ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si -yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de -Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo, -llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de -la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre -que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi -maestro. - ---¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado -la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos -impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho -un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se -estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don -Juan con los trapos y la voz de Polichinela. - -Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca -se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche, -la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del -nene, nos echó un mediano réspice á los dos. - ---¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted, -amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan -madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya -con el maestrito, con el padrote... - ---Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte. - ---No, mamá; él á mí. - ---¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo? - ---Nada, mamá; no tengo nada. - ---¿Pero no entras á acostarte? - ---Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos -libros que necesito. - ---¡Libros tú!--le dije, entrando en mi casa.--¿Para qué quieres libros? - ---Para preparar mi discurso. - ---¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso? - ---Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar -en la gran velada? - ---¿Qué gran velada es esa? - ---La que dará la _Sociedad para socorro de los inválidos de la -Industria_. - ---¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que -quieras... - -Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba, -que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los -estantes, tomando y dejando este ó el otro libro. - -Antes de dormirme, le dije: - ---Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes -contra mi pobre hermano. - ---No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á -Spencer? - ---Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar. - -Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir: - ---Es un canalla, es un canalla. - -Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias -de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie -oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre -el mar. - - - - -XXI - -Al día siguiente... - - -Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar -me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á -los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi -deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta -franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.--Vamos á -ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi hermano -llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin que -pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi habitual -mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, que para -mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El apetito de -aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. Estaba -yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve privado de -tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo y por la -tienda de que soy parroquiano, titulada la _Aduana en comestibles_, se -me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no -por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar -más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que -me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que -me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora, -adelante. - -Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. Quería -enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo con la -maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, que me -pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir á Irene -varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré cohibida y -como atontada con la presencia, con las preguntas y con la amabilidad -del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, y las -alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me privó -mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al director -de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba. - -Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos. -Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este -particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde, -¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el -coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa, -pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más -remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos -deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo -Máximo; ya te cayó quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos -de ornamentación doméstica y gastronomía suntuaria.» - -Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado en -aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio con -que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender á -tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde -estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á -darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus -cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva -elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me -olvidarán nunca.--Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en -salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar, -porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se -había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras -para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada -á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la -calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía -más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo -cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida, -y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas -peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y -el trato de Cimarra le habían _enciguatado_; se había corrompido como -la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la -pobrecita de la atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan -afrentada, que sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y -no encontraba palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir -todo. Sí; revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José -María, había encontrado una carta de una _sinvergüenza_... ¡Una carta -pidiéndole dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus -hijos iba á manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba -la plata, sino la _sinvergüencería_... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser -ella una persona decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba -á su marido, le había de dar una buena soba y un par de galletas bien -dadas. ¡Ay qué Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por -el monte, vivir en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que -peinar á la moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros... -Mejor estaba ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina -y señora del pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á -comerle los codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella. -Luego esta vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir -y ponerse en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que -olvidar las palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar, -á recibir, á mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella. -Si José no se enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra -llevándose á sus hijos. - -Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella á mí, -á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á las tintas y -á las magnitudes tropicales, agrandaba las cosas. ¿No podría ser que -la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella -quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos -que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su -amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba -desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo -de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito, -sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro -marqués, que me dejaron absorto.--En su propia casa se atrevía el -indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y -principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de -galantear á Irene...? - -¡Á Irene! - -¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este -punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En -su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien -disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas -se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas... -Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En fin, -¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde anterior -hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta misma... ¡Cómo -se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en la puerta misma -del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta no alentaba -ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la casa. Por el -contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha honesta, -dignísima, que no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de -un hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado -á la señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era -una buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre -recto, el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo, -el sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad -y atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé -cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría -rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí, -á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella -quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito -y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque -bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para -poner en ejercicio mis facultades de consejo. - - - - -XXII - -«Esto marcha.» - - -«Esto se complica--pensé al retirarme.--Hénos aquí en plena evolución -de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal -deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es -muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable -todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres, -actuando en la reducida escena de un círculo doméstico ó de un grupo -social, han concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su -período de protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías, -principian á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á -rozamientos primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas. -Tengamos calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que -tan util es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones -de los demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de -general en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida -en el estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía -comparada del corazón humano.» - -Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las presunciones -de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi hermano y dije á -Lica: - ---Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene. - -Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no sospechaba -cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial. - ---Cuidado, cuidado con esa mujer...--le respondí creyendo hallarme -en lo firme.--Á pesar de la protección que se le da en esta casa, -mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas -necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha -matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no -tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y -pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los -años cierta ferocidad. - ---Pero ¿qué tiene que ver, chinito?... - ---Vigila, te digo; observa sin decir una palabra. - ---¿Y tú observarás á Irene? - ---Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del -día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero... - ---Á todo has de poner pero... - ---¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud -en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes, -angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una -sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano -han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido, -inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál? -El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente, -el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte, -generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance -de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto -en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin -distinción de clases. - ---_Aguaita_, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo -que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno; -cuidadito con la maestra... - -Y en mi cerebro se estampó aquello de _cuidadito con la maestra_, de -tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia. - -Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi -fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional. -Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como -punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en -mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de -todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba -la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo -del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes -progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del -triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su -virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu -de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de -su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba -desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés, -el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta -entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier -aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos. -Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona -que los motivaba. - -Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía, -mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra -resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y -hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla -meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su -alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi -habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de -su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella. -Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea -que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su -caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista -en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de -éstos era un _ergo_ de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza, -porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba -y hacía prodigios de sofística. - -Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan -hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana, -luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije: - ---Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de -José María. - -Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella -turbación grande. - ---Su hermanito de usted--me contestó,--es muy particular. Qué poco se -parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche. - -Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le -disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y... - -Irene me interrumpió diciéndome: - ---Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una -palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta -casa. - -No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle -negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de -la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa -las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó: - ---Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no. - -¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la -locura misma. - ---Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría -no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted -me mande.» - -Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una -espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había -revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los -más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas -que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á -ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir: - ---Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le -consulte nada. - -Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales -averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su -resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no -pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele -declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender -otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la -evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella. - -Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra -conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba -que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo -que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho. - ---Yo haré méritos--le dije,--para ganar otra vez su confianza y oir las -consultillas que quiere usted hacerme. - ---Veremos. Por de pronto... - ---¿Qué? - ---Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho -pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en -mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no -me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las -consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y -cuando ellas solas se salen del corazón. - -Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más -con esta salida de Irene. - ---Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto -le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un -papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me -confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece -que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de -Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?... - ---Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?... - ---Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me -las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros, -siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá, -y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para -arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera -el Gobierno suprimiría todo eso. - ---¿La historia? - ---Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur. - - - - -XXIII - -¡La historia en un papelito! - - -¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean -demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas -entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en -bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos -en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan -grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la -fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos -que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es -que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la -creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al -contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y -mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y... - -Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la -reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario, -que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho -del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida -dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme -á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una -gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior -habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de -Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de -clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban -en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos -ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de -las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia -á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José -María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de -transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de -Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre, -y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra -y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto -de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de -talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de -la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse. -Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado -aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis -ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la -sociedad, anonadando el error y las preocupaciones. - -Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera -de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario -de la _sociedad de inválidos_. Pero él, rechazado fuertemente por mi -desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus -inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte -en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también -mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban -comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme -á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero -ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores -(uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco -diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y -razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad -que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último, -que la _Sociedad_, si yo la desairaba negándole mi _valioso concurso_, -vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro -discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella -en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi -hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica _jollullo_, y _la -cabeza parlante_ me agració con un juicio bastante duro acerca del poco -sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al -movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó, -como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático, -parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo -y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la -vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa. - -Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se -había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón -preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había -medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social, -berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería -inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra -me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de -repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar -á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase -cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social, -que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me -habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la -idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que -no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado _campo del honor_, -si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No -olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho, -de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente. -Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús. - -Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo -de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no -volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba -tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos -los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de -todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien -podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente -seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia. - -Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo -ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en -su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar -cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un -día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que -hay para una semana.» - -Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la -tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío. -Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios -sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y -barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de -inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su -figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado -á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y -por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente -de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor -bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la -muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de -los séres! - -Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era -el conducto motivo bastante para dudar...? - ---Sí, sí--me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José -María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería -hasta la noche. - - * * * * * - -¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, ó todos los -genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana, -carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen -y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten, -y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta -reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez, -y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo -poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde -sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo -Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar -blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en -su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente -bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas? -¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada, -si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha -del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron -obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era _á -primera sangre_, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron -repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que -hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la -oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente -terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas -ideas de la Edad Media que aún viven... - -Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la -serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para -llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de -café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta, -Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se -alegraron de que no hubiera pasado nada. - -Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para -ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué -estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La -observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos, -decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario. - ---Perdóneme usted--le dije,--pero he tenido muchas ocupaciones y no he -podido traerle la _historia en un papelito_... - ---¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La -verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente... -En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á -veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es -verdad, señora, que no debe hacer caso?... - ---¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más. -¿Para qué le sirve todo lo que sabe? - ---Pero qué soso, ¡qué soso es!--dijo Irene mirándome y riendo, -fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con -escalofrío nervioso.--¿Ve usted como no quiere tomar parte en la -velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo... - ---_¡Jollullo!_ - ---Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora, -mándeselo usted, pues no hace caso de nadie... - ---Pues sí, tienes que hablar, Máximo. - ---Se deslucirá la fiesta si no habla--añadió Irene.--Ya le he dicho: -«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha -prometido llevarme á un palquito de los de arriba. - ---Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con -comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también. - -Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas, -resonó en la puerta, murmurando: - ---Tiene que hablar, sí señó... - -Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á -mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también: - ---Tienes que hablar, tiíto. - -Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como -siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba -dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los -ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la -amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían, -como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar -y mazapán: - ---Es preciso que hable... tiene usted que hablar... - - - - -XXIV - -¡Tiene usted que hablar! - - -Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé -qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia -y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la -velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué? - -Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con -Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando -qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo -fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito -mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado -en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes -que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas -aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían -cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama -inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme -la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más -bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría -la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por -la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos -por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh! -mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación -de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del -universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del -espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad -católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase -de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al -campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á -pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre -asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... -Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con -que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba -en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa -grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto -de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables. -Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre -tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro, -y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el -dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia -social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la -fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á -qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La -erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas, -mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada -sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en -ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me -dije:--«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada -te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco -de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que -vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y -todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten, -estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar -una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de -sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando -se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de -arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate -un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier -poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se -desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades -fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la -línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los -periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.» - -Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día -pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi -hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica. - -La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado. -No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un -fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de -notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en -una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran: -«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé. - -Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me -entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María -con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más -explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y -me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto. -La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día -en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que -pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta -figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un -popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome -la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la -rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado -á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas. -Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi -historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera -especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había -venido gobernando desde la niñez. - -Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las -masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de -mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de -Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte -de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez -y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y -educativo que en Historia se llama revoluciones. - -«Basta de sabidurías,--me dije;--acábense los estudios de caracter, -y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas -suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la -cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se -repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir. -¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una -flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no -cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque -así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse -que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.» - -Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión! -Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me -explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de -su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña -Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas -para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en -la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la -mudanza, y ayudando á su tía. - -Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos -ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia, -iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos -los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa, -que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba -paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el -gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni -con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban -en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales -para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo, -y hablaba de marcharse á su casa con su _hombre_ y _los sus mozucos_. -Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos -sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba -delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla -en lo más ligero. - ---Que se lleve todo,--me decía lloriqueando, á solas los dos,--con tal -que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me -atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad -y me mate al hijo. - ---¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede -salir cosa buena. - ---Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas -ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se -maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres -tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como -si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito... - ---Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice? - ---Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de -Zamora y tiene moneda... - ---¡Dinero doña Cándida!--exclamé más asombrado que si me dijeran que -Manzanedo pedía limosna.--Dinero Calígula. - ---Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías... - ---¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo -has hecho? - ---Pero ven acá, ponderativo... - -Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué -instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de -doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba -preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando, -hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero -nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su -sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la -portera ni los vecinos lo sabían. - -Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida -que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de -Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina -habían trabajado mucho aquella tarde. - ---¡He cogido tanto polvo!...--me dijo Irene.--Estoy rendida de sueño y -cansancio. Hasta mañana, amigo Manso. - -¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene. -Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y -amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían -más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula. - -Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí -con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número -todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios -pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad -humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el -_cuartito muy mono_ estaría en uno de los yermos solares en que no se -había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San -Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo: -«Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.» - -Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del -mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche... - - - - -XXV - -Mis pensamientos me atormentaban... - - -Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo -vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada -delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas. -Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta -del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como -recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró -delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era -ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro, -como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire -elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que -iban por la calle. - -Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento -viendo las telas en el _Comercio del Catalán_. Después acortó el paso; -había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en -la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra -acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos. -Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á -la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona -que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del -Arco de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También -mogigata!... Siguió adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón. -Para observarla mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una -esquina, luego por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo -se ve el pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de -hierro con un letrero que dice: _Viaje de la Alcubilla. Registro núm. -6. B. Arca núm. 18. B_. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el -rótulo del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal -oscuro... Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía -agonías de muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego, -angosto y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también -allí. Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!... - -Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los autores -de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando los más -locos desatinos. - -_Entonces desperté. Todo había sido un sueño._ - -Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido -de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué -probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el -soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus -accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario -y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos -cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita. -Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre -la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el sueño es el -reposo intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo -pensé y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama, -interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir -á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había -de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados -días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía -plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador, -siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar -de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y -sencillez que me habían parecido más propios. - -Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido -satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido -tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las -frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura. -Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba -seguro de que no me se rebelaría el lenguaje. - -Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo así, -porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere escaparse. -Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de mi dignidad -para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa; pero el yo -autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo timidez, que -éste no se podía mover.--Bien se conocía, en la proximidad del teatro, -que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era aún temprano, -y ya se agolpaba el público en las puertas. Aunque se habían tomado -precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules -con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo. -Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de -armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte -del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina -dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del -espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los -letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces -barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas. - -No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con -un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se -multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el -espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo, -y llegué á creer que las energías reproductrices del universo -habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y -desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando -la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo -los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien -colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él -adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la -lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de -las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo: - -«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes, -y... abur, abur.» - -Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco que -lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á la -señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una -deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había -organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos -en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con -algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo. - ---Ya estaba yo con cuidado--dijo,--temiendo que usted... - ---¿Qué? - ---Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar. - ---¿Pero no prometí...? - - - - -XXVI - -Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio. - - -Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya hablaremos -largamente de ello y de otras mil cosas agradables.» - ---¿No sabes?--me dijo Lica.--José María se ha puesto muy bravo, porque -no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada... -Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí -estamos muy bien... _Aguaita_, chinito; hemos venido de bata. No te -chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi -marido! Dice que no sirvo más que para vivir en un potrero... ¡Qué -cosa! En fin, que rabie. - -Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista -de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio -de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito -fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias. - ---No he venido más que á oirle, niño--me dijo con toda la bondad del -mundo.--Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de -mi sillón ni toitas las Potencias celestiales. - -Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, con -gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la -fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato. -Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá -de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de -Cuba. - ---Parece que hay solo de arpa--me dijo Mercedes ilusionada con los -misteriosos atractivos del programa. - ---Creo que sí. Y también... - ---¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...--indicó -Manuela.--Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no -sé cómo. - ---¿Y quién más recita? - ---Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del -Bardal les mande á ustedes un programa. - -Irene no desplegaba sus labios. Sentada tan lejos del antepecho como -del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acusando -su inferioridad, pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo. -Modesta y digna, me habría cautivado en aquella ocasión, si entonces -la hubiera visto por primera vez. Al salir ví en la penumbra roja -del palco un objeto, una cosa negra, una cara... Me eché á reir, -reconociendo á Rupertico, que me miraba y se apretaba la nariz con los -dedos para contener sus carcajadas. Estaba sentado en una banqueta, -tieso, estirado por la circunspección y el respeto, sin atreverse á -mover brazo ni pierna. No había en él más señales de vida que los -ímpetus de risa, y para sofocarla se apretaba la boca con las palmas de -las manos. - ---No hemos tenido más remedio que traerle--me dijo la niña -Chucha.--¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir -á oirle. - ---Yo creo que le da un accidente, si no le traemos--añadió Lica.--Nos -tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo -Máximo...» Y llora que llora. - -Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto en -un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo, acudió -con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro estaba. -Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también... - ---Fresco, _relambido_, márchate, márchate, que aquí no haces falta--me -dijo Lica.--Después que hables vendrás á vernos. - -En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que le -habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase allí -el que quisiese, y todo era desorden y apreturas. Periodistas que iban -en busca de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos -de los oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que -habían de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos -afiliados á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía -llenaban el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro -señor filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas -cosas, se esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente -á los intrusos. Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se -había corrido, y los indivíduos de la junta ocupaban una fila de -sillas, junto á pomposa mesa, tras de la cual aparecía la imagen más -grave de todas las imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este -señor debía pronunciar breves palabras, explicando el objeto de la -ceremonia, y dando las gracias á las distinguidísimas y eminentes -personas que se habían dignado _cooperar á su esplendor en bien de la -humanidad y de los pobres_. Era la oratoria de este buen señor acabado -ejemplo del género ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y -amplificaciones, revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de -talco, oratoria que sirve á las nulidades para hacer un breve papel -parlamentario, fatigar á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide -papirácea que se llama el _Diario de la Sesiones_. Para descubrir una -idea del Sr. de Pez era preciso demoler á pico un paredón de palabras, -y aún no había seguridad de encontrar cosa de provecho. Decía así: - -«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo grado -lisonjero para nuestra edad, para nuestro tiempo, para nuestra -generación, que tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres -en las artes y en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno -y otro ramo del saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos -estos miembros del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas -pausas, entre graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que -fatigaba como los mazos de un batán. No seguí prestándole atención, -porque necesitaba enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver -cuál era mi puesto y en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á -las candilejas. - -El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro. Á -la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su -destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo; -habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de -celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que -sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones -especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su -ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita -de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa, -tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid -pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre -aria de Mozart _Al mio tesoro intanto_, y entre el tenor y el barítono -despacharían el dúo _I marinari_... No sé si había algo más. Creo que -no. - -Sainz del Bardal me notificó que mi puesto en el programa seguía -inmediatamente al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho -más cuando acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra. -Estaba en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de -una nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré -supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no -podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda, -el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco -retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos -que parecían hechas con colorete. - -Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y me -dijo: - ---¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su -discurso? - ---Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted. - ---¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez! - -Otro llegó y dijo: - ---Ya se acabó el _dies iræ_. Es un piporro ese señor de Pez... ¡Ah! vea -usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso sonara... - ---Parece mentira--añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más -señas, buen chico, ateneista...--¡Qué escándalo con los revendedores! -Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á -alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se -han vendido en el despacho y son todos personales... - -Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo -junto á mí. - ---Señor de Manso, ¿cuándo va usted? - ---Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de arpegios! - ---Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado. - ---¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal. - ---¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal? - ---Ps... - ---Demasiado sabe usted que... - ---Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale. - ---Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su discurso -para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y después, si -usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues, un folletito. - ---Quiá, hombre, es demasiado breve. - ---¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve. - ---¿De qué trata? - ---De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante -de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro -generalidades... - ---Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó su -autor ayer tarde. Es un asombro... - ---Sí; pero vean ustedes qué manera de leer. - ---Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde. - ---Milagro será que no se le reviente una vena. - ---Esa descripción del naufragio... ¿eh? - ---Es de primera fuerza... - ---Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo! - ---El poema es de barba de pato. - ---¡Calzones, qué verso! - ---Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos... - ---En las transiciones saca una voz de vieja... - ---¡Muy bien, muy bien! - -Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De -las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad. -De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de -mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero -echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta. - ---Hola, perdis... - ---Maestro, dichoso usted que está tranquilo. - ---Y tú, ¿tienes miedo?... - ---¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla. - ---¿Sobre qué vas á hablar? - ---Sobre lo primero que me ocurra. - ---¿No has preparado nada? - ---Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta mañana -no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar? - ---Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este -modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una -docena de imágenes... - ---De esas de patrón de mico... ¿eh? - ---Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta... Hablaré -de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del -Cristianismo... - ---De la mujer cristiana, ¿eh?... - ---Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad... Á ver, señores, -¿quién dijo aquello de _la caridad corre á la desgracia como el agua al -mar_? - ---Chateaubriand. - ---No, hombre, me parece que es el Padre Gratry. - ---No, no. Usted, Manso, ¿sabe...? - ---Pues no recuerdo... - ---En fin, lo diré como mío. - ---¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin... - ---Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra. - ---Detrás del arpa... Ahí va. - -El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía mi -benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera rasguñar -el aire. - -Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que -pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio -semejante. Después oyéronse _pizzicatos_. Parecían pellizcos dados -al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa -pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una -tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros, -puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante, -con armonías misteriosas. - ---¡Caramba, que este hombre toca bien! - ---¡Vaya! - ---Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto? - ---Es una fantasía sobre _La Estrella del Norte_. - ---¡Qué dedos! - ---Si parecen patas de araña corriendo por los hilos. - ---¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le -mueven los cuernecitos del pelo. - ---¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre? - ---¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba en -la feria... - ---Ps... silencio, señores; esas risas... - -Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me -arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había -llegado. Dí algunos pasos mecánicos. - ---Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza. - ---¡Qué placer!... cinco minutos de vida. - -Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba -muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele -ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal. -El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin -retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado -rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los -músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir, -las piernas me temblaban. - -Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las -candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos -de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso -de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del -peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente, -pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer -tan mal que me ponga en ridículo... - -Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo, ví -destacarse un grupo de cabezas. - - - - -XXVII - -La de Irene dominaba á las otras tres. - - -Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié, con voz -no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado pseudo-morisco -de los palcos. La puntería de gemelos, así como el movimiento de -tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios bajos había una -bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se cerraba y se abría -á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía que me subrayaba -algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de trapo. ¡Maldito -comentario! En el momento de concluir una frase, cuando yo la soltaba -redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los nervios como -alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia y seguir -adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un alumno -de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...» - -Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el discursito -iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad que me -había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á disgusto -mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica decía: «no -voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...» - -¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí sería impertinente. Una de -las muchas Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño -de hacer suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el -curioso. No ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de -primer orden. Era una disertación breve y sencilla, á propósito para -esto que llaman público, que es, como si dijéramos, una reunión de -muchos, de cuya suma resulta un _nadie_. Todo se reducía á unas cuantas -consideraciones sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con -la ley, las costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las -instituciones benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen -por objeto la protección de la infancia. En esta parte logré poner en -mi discurso una nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos. -Pero lo demás fué severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de -lo que yo sabía, y sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva -y adquiridos la noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico -reinaba en las varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni -vocablo. La precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones -y golpes de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo -sin reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que -declaro que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria. -Era como si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el -efecto de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al -través de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela, -veía yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos -las damas y caballeros charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso -de lo que decía como de las nubes de antaño. En cambio ví un par de -catedráticos en primera fila de butacas que me flechaban con el reflejo -de sus gafas, y con movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones... -Y el _ras_ del dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi -lenguaje como punta de diamante que raya la superficie del cristal. - -Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos oficiales -de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo sino en grado -insignificante; que la iniciativa personal, que esas agrupaciones que -se forman al calor de la idea cristiana... en fin, mis conclusiones -ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo mismo que yo. Baste por -ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba ardientemente, y parte del -público también. Un aplauso mecánico, oficial, sin entusiasmo, pero -con bastante simpatía y respeto, me despidió. Había salido bien, como -yo esperaba y deseaba. Por mi parte, discreción y verdad; por la del -público, benevolencia y cortesía. Saludé satisfecho, y ya me retiraba -cuando... - -¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? Era -una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas -rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó -sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó -aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían -botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles -como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda -extemporánea, y no sé cómo la recibí. Me turbé tanto que no supe lo -que hacía, y por poco pongo la corona en la cabeza calva del señor de -Pez, que me dijo al pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.» - -Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había -considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna -y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de -tirarla en medio de las butacas. - ---Es obsequio de la familia--oí que decía no sé quién. - -Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que -guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera! -Debió de ser idea de la niña Chucha... - -Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de -trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien -pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó -en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las -sinceridades ó malicias de otros. - ---Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron. - ---Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias. -Debe estar usted satisfecho. - ---¡Orador laureado!... nada menos. - ---Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11 -apenas se oía. - ---Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no -hubiera estado mal. - ---¡Pero qué bien dicho... qué claridad! - ---Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera... - ---Al pelo, Mansito, al pelo. - ---Caballero Manso, bravísimo. - ---Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar -nervio... - ---Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado -mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha -gustado... - ---¿Con que coronita y todo...? - -También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse -á sí mismo para tener _l’onore de stringere la mano d’un egregio -professore_... - -Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases -al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades, -poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las -demás castas de músicos y danzantes. - -Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos, -me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde -estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas -emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su -declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban -las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de -diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y -entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos: -_creed_ y _esperad_... _inmensidad sublime_... _místicos ensueños_... -_salve, creencia santa_. De varios vocablos sueltos y de frasecillas -volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía _bajo el manto -de la religión_; que _bogaba en el mar de la vida_; que su alma -_rasgaba pujante el velo del misterio_, y que el muy pillín iba á -romper la cadena que le ataba á la _humana impureza_. También oimos -mucho de _faros de esperanza_, de _puertos de refugio_, de _vientos -bramadores_ y del _golfo de la duda_, lo que no significaba que Bardal -se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí, -por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era -naufragios retóricos y chubascos rimados. - ---Si encallará de una vez este hombre... - ---Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras! - ---¡Y cómo me le aplauden!... - ---Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán -_alabarda_ segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los -versos sublimes de XXX. Así es el mundo. - ---Así es el Arte... Vámonos, que ya viene. - ---¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora? - ---Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético -siempre me produce náuseas... Huyamos. - ---Sálvese el que pueda. - -Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del -escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido -á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos -me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe -que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había -excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban -ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría -soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía -mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto -posible. - -En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un -ramito en un ojal y estrujaba en su mano _La Correspondencia_. - ---Has estado verdaderamente filósofo--me dijo con pegadiza -bondad,--pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes -mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que -te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por -mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo -he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción -primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada... - ---¿Has estado arriba, en el palco de la familia?--le pregunté, para -cortar el hilo funesto de su estadística. - ---No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡_Guindarse_ -en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi -mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?... -¿Qué te ha parecido lo de la coronita? - -La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del -malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto -me causaba. - ---Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la _niña -Chucha_. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura -humana. Basta que yo desee una cosa... - -Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de -sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa. - ---Pero José... - ---Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás -nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta -noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha -gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni -harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y -tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de -ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas. - ---¡Ay, José, José!... - ---Lo dicho, camarada. - -En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la -sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran -aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo. - ---¿Pero qué pasa? - -Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su sitio -para ver de qué provenía tal locura. - - - - -XXVIII - -«Habla Peñita.» - - -Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á mi -hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie -volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las -cuatro damas en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró, -y acariciándome una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer -ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto -nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido -á un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante -ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el -público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que -concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes -y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y -como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas -diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio -y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él -despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble -espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un -solo espectador que no respondiese á invocación tan admirable. Doña -Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela. -Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora me -pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil ó porcelana. -Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: «esto sí -que es bueno.» Lica é Irene no movían la cabeza; la emoción las había -hecho estátuas. - -Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y -el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi -discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para -mí una parte, siquier pequeña, de la gloria que el divino muchacho -recogía á manos llenas aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel -extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería -de su grande ingenio; yo había dado á sus dones nativos la vestidura -del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le -había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y -sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales -de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al -terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo -me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle -entre mis brazos. - -¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No -concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del -espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse -en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan -lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado -que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con -estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender -que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar -algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. Mi -entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de gozo, -hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la carne de tan -opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el principal objeto -del orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último -grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan -brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias, -qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la -unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados, -y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica -y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni -salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no -todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco -mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también, -las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de -encantadora novedad. - -Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del -Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la -libertad y un poco de los ideales grandes del siglo XIX. Allí salieron -á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón _redondeando la -civilización_ y Stephenson que, con la locomotora, _ha emparentado -las partes del mundo_... Allí oí algo de las catacumbas de Lincoln, -el _Cristo del negro_, de las hermanas de la Caridad, del cielo de -Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de Goya, todo -enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de sorpresa en -sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta luz, de tan -variados tonos y de transiciones tan gallardas. - -Cuando concluyó, parecía que se desplomaba el teatro, y que todo su -maderámen crujía y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los -más cercanos se abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran -abrazar, y las señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse -alguna lágrima, por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el -entusiasmo mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos -le hacían volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El -señor de Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en -tan solemne ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al -público con paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros, -«qué prodigio,» y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi -discípulo, señores, es mi discípulo.» - -Lica se volvió á mí y me dijo: - ---¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle! - -Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me -dijo: - ---También usted ha estado muy bien... - -¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona! - ---¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas! - ---Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!... - ---Calla, chinito, más mereces tú. - ---Si es que Máximo--me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia -porque me suponía triste del bien ajeno,--estuvo también muy bueno... -Todos, todos han estado buenos... - -Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su -asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado. - ---¡Qué bueno, qué bueno!--exclamaba Lica sin cesar.--Este niño es un -milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene? - -Irene me miró, y tuvo una frase celestial. - ---Hace honor á su maestro. - ---Este muchacho--afirmé yo,--será un gran orador. Ya lo es. Parece -que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época -presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como -encaja en una máquina su pieza principal. - ---Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro -antes de diez años. - ---Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino. -Todas las hadas le han visitado en su nacimiento... - ---Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted, -mamá? - ---Por mí, vámonos. - ---¿Y no oimos al tenor?--indicó Mercedes con desconsuelo. - ---Niña, en el Real le oiremos. - -Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos. -Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí -primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su -alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió -las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño -de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo -obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi -oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto: - ---Ninguno ha estado tan bien como _taita_. Mi amo Máximo les gana á -todos, y si dicen que no... - ---Calla, tonto. - ---_Po que_ no lo entienden. - -La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para -dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto -en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella -noche... - -¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: _in mente_ se -la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al -subir al coche: - ---Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la -corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea -mía, ¿qué te parece? - ---No, que fué idea mía--replicó prontamente la niña Chucha. - ---No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no -impide que sea una idea detestable. - ---Mal agradecido. - ---Relambido. - ---Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió -las flores. - ---Y yo las hojas verdes. - ---Y yo las cintas encarnadas. - ---Pues todas, todas han tenido un gusto perverso. - ---Bueno, bueno, no te obsequiaremos más. - ---¡Ay, qué fantasioso! - -Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el -movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si -fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de -aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi -cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas... -Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y -dijo: - ---Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido -también? - ---No, señora--replicó la maestra con cierta sequedad. - ---Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no -hablas? - -Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de -tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin, -á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y -desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á -Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el -pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al -comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la -mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué -prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro. - -El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al -oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso -que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la -inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido -orgullo. - ---Yo _taje_ la corona de la tienda. - ---Bueno, hombre, que te aproveche. Adios. - -Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora -estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado -desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le -había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas -amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones -demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso, -acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando -oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse -trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el -conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme -con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro -de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria. - -Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran -carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un -hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me -caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en -pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he -parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En -fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta... -Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le -miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo; -«aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me -acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había -un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi -reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á -ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se -oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es -el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada -cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas... -Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un -gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una -cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico. - -Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba -retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella -misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño; -pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido -de silencio, de quietud, de descanso. - - - - -XXIX - -¡Oh, negra tristeza! - - -Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis -lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores -que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de -la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais -una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás -de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados -ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar -con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie -debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio -quisquilloso y sofístico... - -Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella -noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la -noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó -mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí -tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre, -cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio, -otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al -aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo -lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño... - -La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis -tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas -del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña -comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí, -muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos -de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado -nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi -hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba -sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra -la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero -seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora -afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la -imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el -sello de la evidencia.--Al levantarme, me dije: - -«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo -descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del -cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban -la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos -ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de -este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino -que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie -me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe, -ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo. -Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano, -el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino -por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que -llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi -razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo -probarán ó me tendré por loco.» - -Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron. -Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no -sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi -hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora. -Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela, -que me dijo con mucho misterio: - ---Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en -el despacho. Negocios... - ---Pobre José; de ésta va á San Bernardino. - ---Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras... - ---¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica, -Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le -habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso... - ---No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande. - -Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo -en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa, -el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su -mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un -rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y -volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir: - ---Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás -ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que -se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que -estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu -vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle -un disgusto? - ---¿Á mí? ¿Qué?--exclamó mi pobre cuñada asustadísima. - ---Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan -sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto, -que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea -institutriz asalariada, teniendo una tía... - ---Rica. - ---Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree -usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me -acompañe, para que me cuide...? - ---Claro... - ---Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque -estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted... - -Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo -más de ella. - ---Esto no quiere decir--prosiguió,--que yo me lleve á Irene de prisa y -corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para -que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que -se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan -agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí. -Adora á las niñas. - -Manuela estaba algo desorientada. - ---¿Y el ama?--preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.--¿Siguen -los antojos y las...? - ---¡Ah!--exclamó Manuela;--no me hable usted, doña Cándida... -Insoportable, insoportable. Es un demonio. - -Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente -curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí -diciendo con voz dulcísima: _hubiérais_, _habríais_ y _hubiéseis amado_. - -Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle: - - - - -XXX - -«¿Con que se nos va usted?» - - ---Sí--me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara -(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí. - ---De veras. ¿Y cuándo? - ---Hoy mismo. Lo que ha de ser... - ---¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la -casa? - ---No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted -agradecidísima. - ---Entonces... - ---Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y -si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada -día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo, -tomo mi resolución... - ---¡Es tremendo!...--exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo -favorito. - ---Sí señor; me corto la coleta... de maestra,--replicó echándose á reir. - -¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más -torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría -me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo -desconcertaba, y sólo le dije: - ---¿Hay proyectos?... - ---Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía -usted que sólo los sabios tienen proyectos. - -Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus -abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas. -Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían -agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día. - ---No, no, no.--Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta -vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la -lección, que después... - ---¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es -tanto lo que hay que decir... - ---Luego... aquí--dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la -solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en -la escena. - -De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que -me puse pálido y que me temblaba la voz. - ---Aquí no...--indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya, -y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la -conciencia de sus deberes pedagógicos. - -Y el _aquí no_ salió de sus labios timbrado con un dulce tono de -precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la -primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el -uso de muchos años lo cultivara. - ---Es verdad, aquí no--repetí. - -Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo: - ---En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos? - ---Mañana mismo. - ---Poquito á poco. Ya le avisaré á usted. - ---¿Pero será pronto? - ---Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise. - -Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro -de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un -fervor... - -Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se -alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero -mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades, -y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo: - ---Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta -prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido -quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé -qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta -prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando -la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga -verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa... - -Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije: - ---Pronto lo sabremos. - -Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo, -apenas probé bocado. - -José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho -parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse -complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada -bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba -magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta -de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que -fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco. - ---¿Y tú no vas?--preguntó á su marido. - ---Ya ves. Tengo que hacer aquí. - -Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había -ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados -cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó -á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre -la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención, -guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían -sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de -recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién -se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda -clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor -propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa -nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento -ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar -indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué -recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y -alentando su necesidad ó su ambición. - ---Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea -usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó -usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la -nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra -nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota. - -Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se -pasó el muy ladino toda la tarde. - -Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada -en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y -hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado -con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su -rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas -de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á -moco y baba. - ---¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último -beso.--Si vendré todos los días... - -La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no -se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la -que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta. - -En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las -ocupaciones y las notas todas como por encanto. - ---¿Pero ya se va usted?--dijo muy gozoso.--Yo también salgo. La llevaré -á usted en mi coche. - ---No señor, gracias, no, de ninguna manera--replicó Irene echando á -correr escalera abajo.--Ruperto va conmigo. - -José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales -del balcón del gabinete para ver... - -En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró -en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la -berlina hacia la calle de San Mateo. - ---¡Has visto, has visto...!--exclamó Lica clavando en mí sus ojos -llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora. - ---¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía... - ---¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su -coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo, -qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te -chancees... ya... Estoy brava, soy una loba... - -Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras -lo expresan con violentas sacudidas. - ---Yo me muero, yo no puedo vivir así--exclamó rompiendo en -llanto.--¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí, -estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la _sinvergüencería_ no -la perdono. - ---Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos lo -que pasa después... - ---Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos--me dijo meciéndose -tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.--Nada sé positivo, y sin -embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena. -¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido -en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae -enredos consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos. -¡Es una hipócrita! - - - - -XXXI - -¡Es una hipócrita! - - -Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y hacía -vibrar mi sér todo. - ---Pero Lica, cálmate, razona... - ---Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer. - ---¿Qué has visto? - ---Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás -como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy -más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando -entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego -este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que -también la tía es buena lámpara... - ---¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido? - ---Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No -ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas _pes_ y aquellas -_haches_ tan particulares que hace José María... Esa chica, esa... -No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi -marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse, -y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo -me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que -con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá! - -Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y -pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que -allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de -llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido -que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios -empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de -piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa -fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y -al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una -taza de tila. - ---Nos iremos, niña de mi alma--le decía doña Jesusa,--nos iremos para -nuestra tierra, donde no hay estos _zambeques_. - -Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola. -Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana -siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo -desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado -tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que -debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante -desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del -mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante, -que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El -furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como -lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte -siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José -María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió, -porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués -emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo, -y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo: - ---Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado -decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha -de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre -profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia -en esto, había de manifestarla yo tan á las claras? - ---No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber, -porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad, -correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene -su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías -darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No -podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que -le permite poner casa y darse lustre?... - ---Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí -el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho, -ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después -como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras, -verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos... -en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será -algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y -qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las -manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo -derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros... - ---No me he enterado de nada. - ---Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras -una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el -ministro. - ---Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida... - ---Déjame tú en paz con doña Cándida. - -Conocí que no era de su agrado aquel tema, y _tomé nota_. - ---¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada... -Mira, éste te llama _concienzudo_, que es el adjetivo que se aplica á -los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por -lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos -convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si -se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que -te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que -vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir -cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar -diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí -hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me -revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no -tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso... -¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan -reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal -Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de -Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso -se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras -serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye -y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece -un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados -prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de -aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios -me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le -pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser -hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales -humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar -sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para -que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor -de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana -un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto. -Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos, -filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría -verdaderamente limpia y boyante la sociedad. - ---¡José!--exclamé con efusión humorística y hasta con -entusiasmo,--eres el mayor bruto que conozco. - ---Y tú la octava plaga de Egipto. - ---Y tú la burra de Balaam. - -Parecíame que se amoscaba... Pues yo también. - ---Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto. - ---Sí, la nación sería un pesebre. - ---Eso... lo veríamos. Yo hablaría... - ---Y dirías _mu_... - ---Hombre, la vanidad, la suficiencia, el _tupé_ de estos señores sabios -es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no sirven -para nada; son un rebaño de idiotas... - -Y se amoscaba más. - ---Pero la vanidad del ignorante,--dije yo,--además de insoportable es -desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad. - ---Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio. - ---Mira como estamos, gobernados por tanto necio. - ---No señor. - -Se puso pálido. - ---Pues sí señor. - -Me puse rojo. - ---Eres lo más... - ---Y tú... - -Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que -retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme -la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de -aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía, -unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro -tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal -que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él -la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado -á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo, -cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme. - - - - -XXXII - -Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube. - - -¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance. -Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto -á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial -había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la -discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar -del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de -la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con -paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría -más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla -con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida -de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros -tiempos. - -Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche, -que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión, -y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino -breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al -Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de -melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma -á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía -tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para -mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido -aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad, -no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía -mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y -digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio, -aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser -su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como -infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de -Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella, -y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y -menos para novio. - -Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros -coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia, -sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse -en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por -poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían -montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las -de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el -golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle. - -Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta -Ruperto sofocadísimo. - ---Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado -hace un rato. El niño no tiene de qué mamar... - ---¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María, -qué hace? - ---Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi -ama que vaya usted pronto... para que le busque otra _criandera_... - ---Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita -Manuela qué hace? - ---Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no -hace más que rabiar. - ---Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama... - -Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta. -¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí, -tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán. - -«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo -perdonará nunca su amiga...--_Irene._» - -La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano -impulsada del miedo y del peligro... - -¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo -momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente -había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué? - ---¿Qué tiene usted, Mansito?--me dijo doña Javiera que volvía de misa. - ---Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al -socorro... - ---¿Hay fuego?... - ---No, señora; no hay más sino que el ama... - ---¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo, -mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi -Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me -reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve. - ---Usted no sabría de alguna... - ---Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo -Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche? - ---¿Qué he de ver, señora? - ---Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en -Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D. -Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para -cuando sea padre. - ---Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas -bestias feroces que llaman amas de cría... - ---Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía... -Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració. -Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos... -hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la -población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota, -fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una -traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su -marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para -dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito -la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de -ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas -las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen, -una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede -usted lelo, coja usted _La Correspondencia_ y lea los anuncios. _Ama -para casa de los padres._ ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil -donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie -de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna... -Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser -las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena -dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur. - -Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde -acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela, -pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver -la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra -amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se -quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar _El interior -contenido del Bien_. - -Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas, -rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética -de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica -se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos -ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres -aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial. -Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia -de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí, -en mi rara bondad y en mi corazón humanitario. - - - - -XXXIII - -¡Dichoso corazón humanitario! - - -Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al -servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de -lo que llamamos el _otroismo_, religión harto desusada. Si dabas -flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad, -abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el -bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino -del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que -hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto -Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero -sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil. -Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta -feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin -tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con -otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra -administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase -de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos -desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da -hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico, -la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio -instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme -pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver -el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared, -mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el -reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi -primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y -sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante -industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una -combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las -había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios. -Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad, -sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades -mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas -de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo -rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de -paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo -de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés -descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de -Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental, -el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa -que cantar, cantó la nodriza, y la llamó _lugarteniente del pezón -humano_. - -Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un -niño, y se oían contrataciones y regateos. Había _lugarteniente_ que -elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había -exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de -durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado -de caballos, se decía _veamos los dientes_, y se observaba el aire, la -andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera -visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de -entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de -goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados -por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado -el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar -vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él -la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al -trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida. - ---En ésta todo es agua...--decía;--ésta tal cual... mayor cantidad -de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos -barrios? - ---Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que -haya, y á cualquier precio. - ---¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos? - ---Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están -esperando... - ---Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito. - -Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan -picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas. - -Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me -amenazó con rociarme, diciendo: - ---Si no se me quita usted de delante... - -¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta -la gravedad de las circunstancias. - ---Querido, que tengo prisa... - ---Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario -por la _vía lactea_?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga -otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro... -Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos -de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros -esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á -divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas. - ---Pero Miquis, que es tarde, y... - ---Á ver, Sanchez, Sanchez. - -Sanchez, que era el otro médico, se acercó. - ---Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. La -segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la comió -un cerdo cuando era niña. - ---¿Es buena? - ---Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era -pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué -el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas -saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás -lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de -usted? - ---Y ahijado por más señas. - ---Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto -que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo -todos los días. Es vecino mío. - ---¡Vecino de usted! - ---Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha -metido hace tres días una señora... - ---¡Doña Cándida!--murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se -infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña. - ---Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya? - ---Sobrina. - ---Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han dicho. -Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no -me saluda. - ---Mi hermano es muy particular... - -Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez -melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de -ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos... - ---Aquí la tiene usted--me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo, -presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de -refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.--Es -buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un -cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á -ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso. - -Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo, -mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el -animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que -la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.» - ---Abur, Manso. - ---Miquis, abur, y muchas gracias. - -Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su -misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo, -como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una -madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos, -negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de -bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes, -el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza. - -Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró -así: - ---Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica? - ---Porque somos gente honrada--regurgitó la mamá silvestre.--Mi -Regustiana no va á cualquier parte. - ---Señor--bramó uno de los muchachos.--¿Quiéreme por criado? - ---Oiga, señor--añadió el autor de los días de Regustiana.--¿Es casa -grande? - ---Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas. - -Cinco bocas se abrieron de par en par. - ---¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica? - ---Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena. - ---¿Es buena la señora? Llévenos pronto. - ---Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche. - -Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse -después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento... - ---No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan -á pié. - ---No, señorito, llévenos á todos--exclamaron á coro, con el tono -plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias. - ---No, lo que es sin mí no va mi hija--manifestó el papá, con -aspavientos de dignidad. - ---¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás--dijo uno de los -chicos.--Diga, señor ¿me tomará de criado? - ---Y yo alante--gritó el otro. - ---Diga, señor, ¿y cuánto me dará? - -Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras -que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al -fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de -mi hermano. - -Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando -aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á -donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido -muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su -nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y -hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de -su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola -que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con -tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los -pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse -de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo, -y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus -ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey. - -Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo -sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con -que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica -lloraba de contento. - ---Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me -has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á -poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un -santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de -almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso -protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer, -que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna... -¡Gente mejor...! - -Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando. -Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais! - - - - -XXXIV - -¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa! - - -Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura, -fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví -una placa de cobre que decía: _Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6_; más -arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran -banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras, -y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?» - -Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar -vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué -simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme -aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en -aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres -sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los -dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se -conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me -lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de -una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete. - ---Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una -escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están -con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera: -no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito; -tampoco en esa otra, que está un poco derrengada. - -Dirigíme á la tercera. - ---Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del -gabinete... ¡Melchora!... - -Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara. - ---¿Irene...?--le pregunté. - ---Quizás no la puedas ver... Está algo delicada... - -Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las -fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el -jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de -arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla -se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér -completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel -semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que -no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que, -llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que -deseaba. - ---Con que delicada...--murmuré, pasándome la mano por los ojos. - -Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable -aparición! - ---¿Qué tal te encuentras, hijita?--le preguntó su tía, en quien -sorprendí disgusto. - ---Bien--replicó secamente Irene.--Y usted, Máximo, qué caro se vende. - -¡Maldito Calígula! Sin género de duda, quería desviarme de mi objeto, -distraerme, interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados. - ---¡Ah!--exclamó con aspavientos que me causaron frío,--¿no has visto lo -que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene, -trae _La Correspondencia_ de la mañana. Allí está sobre mi cómoda. - -Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo del -que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino -al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico -había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer -rápidamente, estas palabras: _Ha venido usted tarde. Nunca hace las -cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas -tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y -vuelva después de las tres._ - -Haciendo que leía _La Correspondencia_ guardé con disimulo el papelejo. -Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza confirmaban, -diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad de aquellas -cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el papel decía, -hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, de sus buenas -vistas y... - ---¿Pero no sabes, Máximo--me dijo Calígula de improviso,--que anoche -hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío! - ---¡Señora! - ---Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que duerme -como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... Yo duermo -ahora muy mal... estos tunantes de nervios... Serían las dos de -la madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á -Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo... -ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice -que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á -la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á -la claridad de la luna ví un hombre que escapaba... - ---¿Por la ventana? - ---No, por la puerta de la escalera. - -Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, pero -en aquel momento se levantaba y salía diciendo: - ---Han llamado, tía; creo que será la modista. - ---¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto... -La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los -fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y -decía que estábamos locas... - ---¿Pero usted vió...? - ---Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He -registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz. - ---Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos... - -Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se -precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente, -no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida -contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...? - -Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con -lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que -no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la -misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de -Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y -la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos. - ---Gracias á Dios--le dije sentándome en el mismo sillón que algunas -horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo -sitio...--Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas... - ---¡Y tan tremendas!... - -¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué -palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!: - ---¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta -huérfana desgraciada!... - -No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto -cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que -encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el -temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía -exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas -del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de -esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez -tan sólo supo decir del modo más soso posible: - ---Veremos eso, veremos eso... - -Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que -la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad. - ---¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me -tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más -tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién -ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes -y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué -sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor -empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la -desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me -tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted, -y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida, -amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de -esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón. - -Petrificado la oí; balbuciente le dije: - ---Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el -primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos. - ---Es que yo... - -Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea, -quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con -completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo. - ---Vamos á ver, Irene--le dije procurando tomar un tono muy -paternal.--¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde -no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted, -en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á -usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible -intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo -para abandonar aquella colocación honrada y tranquila? - ---Allí también me perseguía. - ---Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él, -mientras que aquí... - ---Porque mi tía me engañó. - ---Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las -actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión -ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva -de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas -empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero -ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á -la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan -torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se -justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y -dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella -casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó -me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa. -Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo -patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta -sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y -proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que -usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de -su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y -la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que -la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es -una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han -echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como -jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida. - -Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco. -Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada -palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla -desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor. - -Yo creía hallarme en terreno firme. - ---Reconoce usted--le dije en tono de amigo,--que antes de pedirme mi -ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es -eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos, -para mayor claridad, que es como un mundo aparte. - -Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir, -respondió: - ---Sí señor. - -Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la -hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un -hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la -total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la -aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué -decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las -palabras para decirle: - ---Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no -me tenga usted en ascuas más tiempo. - -¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de -horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza, -después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del -asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala. - -No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la -habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla -arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío -mármol de una consola, llorando á mares. - ---No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...--murmuré -conteniéndome para no llorar como ella.--Usted se juzga quizás con más -rigor del que debe... Desde luego yo... - -Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un -movimiento para apartarme. - ---Déjeme usted... Manso... yo no merezco... - ---¿Qué, criatura? - ---Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada... - -Y más llanto, y más. - ---Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla -fríamente... - -Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y -ella con la izquierda mano me quería alejar. - ---No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca. - ---Yo no merezco... Me he portado tan mal... - ---Pero hija mía... - -No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra -explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto -tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico -y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que -describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario -para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en -su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni -aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó -el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada -ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena -le esperaba!... Entró... - -No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la -puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua -debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte, -nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la -decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de -caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita -y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con -el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes. -Su primer pensamiento y palabra fueron: - ---Pero qué... ¿se te olvidó algo?... - -No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña -Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del -gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo -miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome, -y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á -cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo, -debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se -envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna, -sentóse, y sin mirarme se permitió decir: - ---Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su -casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear... - -Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía -y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil -desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con -todo el desdén del mundo, dije á mi cínife: - - - - -XXXV - -«Proxenetes.» - - ---¿Qué, hombre? - ---_Proxenetes._ Se lo digo á usted en griego para mayor claridad. - ---¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar -como la gente. - ---Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua. - ---¿Quién? - ---El juez de primera instancia. - -Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror. -Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el -fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón... -Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto, -ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel -de víctima. - ---Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando -no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más -nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho -hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que -Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica -para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no -existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que -tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este -olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de -correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno -civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una -familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio. -Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más -desaires. - -Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover sandeces. - ---Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un disgusto -tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, pongan á -una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí resultan -cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su casa hace -lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes y de la -dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar nunca. -Viene luego cualquiera que no está en antecedentes, y por lo primero -que ve, juzga y sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y -llorona contribuye con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio -se acalora, se pone á hacer papeles caballerescos... y si mediara una -explicación, todos quedarían en buen lugar... - -Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía contener. - ---Señora... - ---Qué. - ---¿Quiere usted hacer el favor de callarse? - ---¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte? -Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre, -aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os -pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría -como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su -recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar -á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad, -Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á -insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte -de aquella santa... - -La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de -ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados -para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un -destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron -á sus ojos. - ---Nunca--gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente -el caudal lacrimatorio,--nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me -debes, si no otra cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de -esta desgraciada, á quien podrías considerar como tu segunda madre, -debes informarte bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á -todo, á sacarte de dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues -no se lo preguntes á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas -muchachas de hoy no son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan -sumisas. ¡Quiá! una cosa atroz... No hay vigilancia bastante para -impedir que hagan mil coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte -en dos palabras?... Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé -que no lo vas á creer y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi -deber es antes que todo, y el interés que me tomo por ella. Allí, en -la propia casa de Lica, donde la sujeción parecía ser tan grande como -en un convento, la muy picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio. -No hay como estas tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni -yo que iba allá todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de -sospechar viendo aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella -cosita... así...? Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para -esconder sus líos. ¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si -quieres que te lo pruebe... - -La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí -en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido -trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares -inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se -levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé. - ---¿Quieres que te lo pruebe?--repitió doña Cándida á la manera de las -hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea bajeza, -y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera -acogida.--¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel -desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen -firma... ¿conocerás tú...? - -Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé un -momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...! -¡No, por aquel medio jamás! - ---Señora, no se mueva usted--grité con brío, ya repuesto en mi normal -sér.--No quiero ver nada. - ---Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella -casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas... -¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran -misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á -sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado -mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor -de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre -sacrificada... Y ya ves qué pago... - -Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia. - -Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme particularmente -antipáticas la papada trémula y la despejada frente cesárica, en la -cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se enroscan y se -retuercen los gusanos al caer en el fuego. - ---Señora, hágame usted el favor de callarse. - ---Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí qué te importa, -caballero andante y filósofo aventurero? - -Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de nuevo... -El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas -declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor. -El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como -llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi -voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía -sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de -ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz: - ---La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me puedo -contener. Es preciso darle una taza de tila. - -Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de -drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del -teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi -hermano!... - - - - -XXXVI - -¡Esta es la mía! - - -Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron -pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre -desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades -para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la mosquita -muerta mi ardiente defensa, ¿qué me importaba? Yo, caballero del bien, -me disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á -la carga, pues, y luego veríamos. - -La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó decirme: - ---¿Qué demonios buscas aquí? - -Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas, -disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio: - ---¡Ah!--exclamó fingiéndose asombrado.--¡Qué casualidad! Los dos -venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba -venir. - -Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde la -disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su -visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente -dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra -butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las -primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta -del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la -papada que con la voz nos dijo: - ---Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo... - -Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. Las -tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa por -vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro -para decirle á gritos: - ---Al fin me tiene usted por aquí... - -Pero notando mi empaque severo, me miró mucho. Estábamos sentados el -uno frente al otro. - ---Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú aquí? - ---Es la primera vez. - ---Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos -sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en -las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que -Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con -la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La -comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular -de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su -tierra... - -Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo silencio. -Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme anticipadamente -con la lisonja. - ---¡Ah! se me olvidaba--dijo, tomando la máscara de la risa, que le -sentaba como al Cristo las pistolas.--Tengo que darte las gracias. Ya -me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy. -Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente -cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego -fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El -pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí -varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había -pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste... -Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire -marrullero, y me dijo: «Ya sé que el señor marqués va para _menistro_. -Si quisiera dar algo á estos _probecitos_ de Dios...» Empezó á pedir. -Figúrate, no quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del -pueblo y el sello para su hijo mayor; para el segundo la cartería, -y para sí propio la cobranza de contribuciones, la vara de alcalde, -el remate de consumos y la administración de obras pías... Yo me -desternillaba de risa y Sainz del Bardal le prometió proponerle para -una mitra. - -Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo -siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería -romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero -probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse, -dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se -levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes -láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita. - ---¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico. -_Naufragio del navío_ INTRÉPIDO _delante de las rocas de Saint -Maló_. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno á la cara. ¿Y este -otro? _Naufragio de la Medusa_, por Gericault... Pero aquí todo son -naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las cinco. - ---Allá se va este reloj con los de mi casa--observó mi hermano, -sentándose.--Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina... -Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta -pronto doña Cándida, me voy. - -Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo grave. -Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, por lo -que pensó en ponerse en salvo. - ---¿Tú te quedas? - ---Sí: y tú también. - ---Hombre, eso es mucho decir. - ---Tenemos que hablar. - ---¿Tienes algo que decirme? - ---Algo, sí. - ---Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí. - ---Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa señora -tiene vergüenza de ponerse delante de los dos... - -José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con todo el -comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni manotadas. -Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance! - ---Pues dímelo pronto--indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de -músculos. - ---En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí hoy -por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que -vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al -juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación, -habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las -calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres -ni pariente alguno... - ---No sigas, no, no sigas--dijo mi hermano, echándoselas de espíritu -fuerte.--Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre, -hermano, esposo ó siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te -metes á juzgar lo que no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo? - ---Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un hombre -que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien -quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que -se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras -diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre. -No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí. - ---Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...--balbució José, -enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde -salir.--Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en -cuenta... - ---Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia -aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á -la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué, -creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear -ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta -desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre -ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos, -ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas -como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí -y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud -fuerzas bastantes para defenderse... - ---Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar -las cosas como son... Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur... -Cosa absurda... Aguarda... Oye. - ---No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no -puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas... - ---En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo, -estás hablando ahí... y no es eso, no es eso... - ---¿Pues qué es?... - -Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de -conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro -encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y -le dije: - ---Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi -vida? - ---Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por -casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es -definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de -moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene... -No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve; -cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro -que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor -de Dios, hombre... - ---Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble conspiración -fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus ideas y tu -dinero... - ---Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... Ven -á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar... -Porque tú... Entendámonos... - ---Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir -adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada -de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se -acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la -policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la -justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da -por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue. - ---Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo... -Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto... -¡dale!.. - ---¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son espadas -de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa: es -inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad, -con el escándalo, y además con el juez. - ---Dale, si no es eso... - ---¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de decir: -el juez... - ---¿Pero qué juez ni qué niño muerto? - ---En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner -los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes -dedicarte tranquilamente á la vida pública. - ---Hombre, te estoy oyendo--gritó mi hermano envalentonándose mucho -y cruzándose de brazos,--y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!... -¿Qué significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo... -Con que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus -filosofías me apestan... No habrá más remedio que tomarlo á risa... -Y en último caso, ¿á qué se reduce todo?... Á nada, á una bobada... -Tanta bulla, tanta ponderación y tanta soflama por una cosa sin maldita -importancia. Estos sabios son verdaderamente idiotas... Que se me haya -antojado decir cuatro tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que -aquí en esta casa le haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco... -¡por amor de Dios! ¿es eso motivo?... Ni sé como te escucho... - ---Quedamos en que esto se acabó--dije, gozoso de verle batiéndose en -retirada. - ---Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración -tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si -te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te -maldecirían. Eres muy _plantillero_, el colmo de la impertinencia, de -la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus -buenas cualidades... - ---Quedamos en que no volverás más aquí. - ---Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso bien -lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero, -interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta -desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente -ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe -practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro -modo. - ---Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te -canonicen...? - ---Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo á vencer -las dificultades de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo -á la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia -á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi -conciencia está tranquila... - -No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante, -acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que -á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de -su falsa posición, y tornándose en juez, me decía: - ---Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires -caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención -solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando. -Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y -caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito -filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la -honra de las doncellas puras... Verdaderamente... - -Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más -arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende. - ---Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole la -rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; yo te -he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á ella... -Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy -antipático... - -Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á -acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada. - ---Si saldremos ahora con que un señor catedrático de moral anda -enamorado... ¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa -respetable fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de -tus gafas están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio... -Por María Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso: -nunca gustarás á las mujeres. - -Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me -mortificaban. - ---Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita -Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad... -porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan -bien sus picardías... - -Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón. - ---Mira, José--le dije,--haz el favor de marcharte de una vez. Abandona -el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré -en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa -contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos -hermanos. - ---No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...--balbució -contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su -semblante.--¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre, -no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una -familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé... - ---Pues de una vez... - ---Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios. -Trabajo te mando, camaradita, porque no es oro todo lo que reluce. -Y no es que yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado -por ella, no como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un -hermano. Que viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes -de cartas... Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de -cualquier pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil -tapujos y tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene -le pasa algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la -ilusión... cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales -boberías... Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por -las tardes, por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya -coquetas, habrá gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno, -mejor dicho, de aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú, -el señor de la protección caballeresca. Veremos si con rociadas de -moral ahuyentas al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el -Cristo, ó el Sócrates. Ó si no, otra cosa... - -Se echó á reir como un condenado. - ---Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me -amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi -futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...» -Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta. - -Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más digno -no contestarle nada. - ---Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me -contarás y nos reiremos. - -Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocurrió entonces que decir; -pero me callé para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada, -tarareando una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de -este resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José -María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido -el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el -abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor -era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había -habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos. - -José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo -daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela. -Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á -Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse -ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña -ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo, -antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé -lo que es. - - - - -XXXVII - -Anochecía. - - -La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con -pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y -cascada: - ---Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á tener función gorda... -Pero ambos sois muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre -niña... - ---¿Qué? - ---Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos acostado. -¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace un rato -deliraba y decía mil disparates. - ---Que suba Miquis. - ---Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene -sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de -los ladrones... - ---Que suba Miquis... - ---Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como -perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba. - ---Pero que suba Miquis... - ---Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que -duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho. -¡Qué sería de nosotras sin tí! - -Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se comunicaba -con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro pintadas -de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga en las -construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba estaba -casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado en esbozo -por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura cuya cabeza -estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La veía de -espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no asomaba -nada. Su respiración era fatigosa y febril, acompañada de un cuchicheo -que más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de -una fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente -el silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero -¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella -callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del -espíritu. - ---La pobrecita tiene una gran pena--me dijo doña Cándida al oido.--El -motivo ve á saberlo... - ---Ya... ¿le parece á usted poco...? - ---No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el -suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba, -como herramientas para quitarse la vida. - -Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la delicadeza -me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro encendido, la boca -entreabierta, el cabello suelto, encrespado, anilloso y formando un -gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de la cabeza. De cerca, el -cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; diálogo misterioso entre -el alma y el sueño. - -Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre -una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer -á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento -Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo: - ---Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas -ricas que hay en tu casa... - ---Gracias. - ---Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. Bien -sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa. - -Tanta finura me alarmó. No contaba con ella. - ---Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto -me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo -hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz. - -La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se -traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu. - ---Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de -querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no -puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo... -Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores -tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una -cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín! -un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con -sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las -tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo -también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo -no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le -debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la -pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le -insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los -regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que -por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas -cosas, que vendrán á cobrar, y... - -La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá -imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de -improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un -desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso -y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo, -no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las -ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta -ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto, -sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les -muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés -de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos, -antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de -la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis -de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis -bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una -fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo: - ---Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir -dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el -alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María -me debe un piquillo... - -Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir -con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del -mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para -alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre. - ---Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más. - ---Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de -la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso. -Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera -enferma... - ---Creo que esto pasará pronto--dije en voz alta; y para mis -adentros:--Ya te siento zumbar, cínife. - ---¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban -dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso -sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy -yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades -eminentes. Eres el número uno de los hombres... - ---¡Oh! Gracias... Que me sonrojo... - ---Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado por -ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la palabra. - ---En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa -atroz... - ---Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios... - -¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella se -callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para -esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada -y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y -necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo -punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo -y mi Purgatorio... Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más -tristes; pasadas, presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza -obstrucción semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que -las ideas no cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los -oidos. En este laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora, -en la cual la verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me -freía los sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna -comedia del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados -los que padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento, -porque ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su -momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del -espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga -del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda -suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado -al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que -sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive -meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza -próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus -leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por -el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad -de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en -saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la -experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales -se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, han -hecho un Infierno de inquietudes y disputas... Por eso... - -Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, impropias -de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque violentísimo -con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no tuve -contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de -un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y -preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme -parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La -conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de -pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que -la amargura, y la escupí en estas palabras: - ---¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí? - -Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana, -comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres -privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da -el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le -leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima -esquina. - -Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó: - ---Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle. - ---¿Estás enfermo? - ---La garganta... siempre la garganta. - ---¿Con que la garganta...? - -Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije: - ---¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de -consulta. - ---Pero como es amigo... - ---¡Manuel, Manuel!... - -Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me -ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le -desconcertó sobremanera, y fué esto: - ---Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y -después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte. - ---No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa -tiene?... vamos; no, no... - - - - -XXXVIII - -¡Ah! ¡traidor embustero! - - -¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos -los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que -pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta -cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía: -ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has -tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á -ahogar, sí, te ahogo...! - -Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á -maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome -á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo -dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras, -le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole: - ---No quiero molestarte. Ve solo... - -Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí -su voz: - ---Maestro, maestro... - ---¿Qué quieres? - -Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con -ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que -bajaba. - ---¿Qué quieres?--repetí, cuando pasó el peligro. - ---Me voy con usted... Tengo que decirle... - -Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos -de exclamar: - ---¡Hipócrita!... - ---¿Por qué?...--me respondió con frescura.--Hablaremos... Yo sé dónde -ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la -tarde. - -¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que -me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era -preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco -interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las -uñas, padecí horriblemente al decirle: - ---Eres un calavera, un libertino; mereces... - ---Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,--manifestó él con -desenvoltura.--¿Por quién ha sabido usted esto? - -Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le -respondí: - ---Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma. - ---¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto. -Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes -decírselo.» - -Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la -sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar: - ---Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo -que yo sospechaba ya. - ---Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos -tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro -secreto. Así es más sabroso... - ---¡Mala cabeza!... - -Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios... -Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle -no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis -apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho! -Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca -del traidor, como versículos del _Dies iræ_, y á medida que íbais -formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto. -Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo -que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y -tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi -espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el -mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con -vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á -mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel -me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de -hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos. - -Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón, -como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más -odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres. -¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería -conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con -buenos modos. - ---Manuel--le dije.--Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito -prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te -suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá -la noche tontamente. - ---¿Va usted á trabajar después de comer? - ---Es preciso. - ---¿No sale usted? - ---No... - ---Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que -veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un -pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio, -profundamente serio. - ---De modo que también tú...--le pregunté sintiendo cierto alivio. - -Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y -miró un libro abierto que por casualidad estaba allí. - ---También yo--murmuró,--estoy loco por ella. - -Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un tanto -pálido y excesivamente abatido. - ---Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de -sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por -pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del -mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un -volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre... - ---Harás bien. - -Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de -decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios, -nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como -la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más -pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios -excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta -rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance -mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese -venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la -mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico -entretenimiento de hacer fiestas á un gato. - ---Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las -cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que -parecía más lejano, más imposible... - -No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á revolver -papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba manotadas -sobre la mesa... - ---Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la -tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático -desde que usted me presentó en su casa... - ---También tú tienes unas cosas...--gruñí, por aquello de que estar -completamente mudo no era propio de un buen disimular. - -Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo -con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo -había ido allí. - ---¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande, -doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...? - ---Hombre, sí--dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.--Lo -sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones... - ---¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que -yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo -H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier -barbaridad.... - ---¡Drama, violencia!... la pasión juvenil... - -Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un -líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso; -pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y -por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos -diciendo: «botinas de _chagrín_, para señora, 54 reales,» ó cosa por el -estilo. - ---Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la -criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su -hermano de usted... le mato... - -Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el -brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el -espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada, -chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión, -apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo. - ---Pero mi hermano no fué...--dije. - ---Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito -salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en -las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el -roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de -luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que... - -Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento... -Inclinéme para recoger un papel que no se había caido... - ---Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la -vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la -idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar -de un sorbo... - -Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi -espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza: - ---Metafísico estás... y poeta de redomilla... - -Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que -me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para -aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre, -mientras Manuel decía: - ---Á la mañana siguiente volví... - ---¿Con revólver?... - ---Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni -peligros, ni obstáculos veía yo... - -Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla -lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin -saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se -había quedado vacío. - ---Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando -aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando: -«¡ladrones!» - -Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo -de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y -declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar -al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del -Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el -papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité -en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!» -Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió -un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque -positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo -tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la -mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no -encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo. - -Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel... -Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento... - ---Travesuras de gravísimas consecuencias--dije con voz -campanuda.--Petra, la comida. - -Manuel miró su reloj y yo miré el mío. - ---Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado. - ---Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer? - ---Gracias. ¿Y qué me aconseja usted? - ---La cosa es grave... Hay que pensarlo... - -Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé -si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban -trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros -aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi -razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla. -Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del -mismo asunto otro día, y se fué... - - - - -XXXIX - -Quedéme solo delante de mi sopa. - - -Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos -redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, á -quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo de no -sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que me pareció -entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y extraordinario. -Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme con lo que -es uso y costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con -más ánimos para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero -mi amor á la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito, -y que comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra -causa, lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza -que esto resulta en contradicción con lo que afirman los autores más -graves que han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han -estudiado el paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos -afectivos, pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada -cual las consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno -era la distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba -por mi boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte -que toma el espíritu en la digestión. Punto y aparte. - -En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía hallar -consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, lograba -cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su desdicha. -Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al dogma -que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de -imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras -esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se -volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las -energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios -y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de -próxima muerte... Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta -de sueño, estas ideas de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía -con su convicción correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer -muerto, y me entretenía en considerar la sorpresa que recibirían mis -amigos al saber la triste nueva y el duelo que harían las personas que -verdaderamente me estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y -aquella sorpresa desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame -estar absolutamente ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero -continuando conocedor de mí mismo en una esfera, región ó espacio -completamente privado de las propiedades generales de la física. -¡Meditación morbosa, fiebre del vacío, yo no sé lo que era aquello!... -Después pensaba en las frases que emplearían los periódicos para dar -cuenta de mi inopinado fallecimiento. Entre otras cosas, y después de -echarme ese incienso ordinario, corriente, de fórmula, y que parece -traido de la tienda, como el espliego que usa el vulgo, dirían poco -más ó menos: «Este triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del -Sr. Manso, cuanto que éste se había dedicado el día anterior á sus -habituales ocupaciones en perfecto estado de salud, se había retirado á -su casa á la hora de costumbre, había comido con apetito...» - -Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre -cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada, -propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían -algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á -escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto escrito _el -canto del cisne_... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que -se celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos, -me entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya -muerto estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía -Sainz del Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de -veladas... Nada, nada, ¡á vivir! - -Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo reparó -mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí estaba -destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y aplomo -concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en mi -cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de -género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas -manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí -y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber -soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se -celebraban veladas en honor mío. - -La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi conciencia -dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; tenía -deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en que -lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi -mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien. -Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con -una facilidad de expresión que me causaba asombro. - ---«El hombre es un microcosmos. Su naturaleza contiene en admirable -compendio todo el organismo del universo en sus variados órdenes... - -»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre ser -como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve -palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren -diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen -atención... - -»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo -actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral -que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el -atmosférico. - -»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un -reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda -la grandeza del cielo. - -»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el -maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el -trabajo constante en la investigación de la verdad. - -»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo es la -imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución y muere, -aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir consagrada al -gobierno del mundo. - -»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de ella -y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre de -mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en el -ajetreo de los hechos comunes. - -»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo lento -ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia. - -»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de todo. - -»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los -encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza -secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso -de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en -posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas -igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia. - -»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara -á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia -trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del -egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que tiene hambre. - -»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio -de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del -individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no -existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia...» - -Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé -que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención. -Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que -son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron -al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas -y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran -escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo. -Llamaba yo escogidos á los que tienen la piel delicada para apreciar -bien los palmetazos, pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido -maestro de escuela, pues á los señores que tienen sus almas forradas -con cuero semejante al del rinoceronte, ni con disciplinas les entra -una sola letra. - - - - -XL - -Mentira, mentira. - - -Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que -no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme -de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que -la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad, -sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa, -dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las -propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas -confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de -sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en -cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo -elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera -se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de -relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban -Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso. -Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó. -Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora -pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables -apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de -esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y -tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera -no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las -relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la -historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo -observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar -bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su -vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado -por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy -bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su -capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá -por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal -y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no -aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en -el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo. - ---Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar... - -La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy -sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y -vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una. - ---¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas -manos... - -Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón, -frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía -límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su -hijo con mi enseñanza la brillante senda... - ---Señora... por Dios... yo... No hable usted más... - -Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban -el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan -poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y -corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él -para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad -para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un -distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario -_de p_ y _p_ y _doble h_, y al cabo de algunos años ministro. La señora -pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo, -porque... - ---Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar -tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí -no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el _randibú_; como soy tan -llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo -no desmerezca. - -Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que -estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas -entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole. -Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran -seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de -todo el mundo, y la aproximaban á la juventud. - -La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el -encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que -anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de -casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías, -inapetencia y desabrimiento de caracter. - ---Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan -pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de -usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían -por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses... - -Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa -que se me ofreciese... - ---No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo -Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero -muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted -necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico. - ---Señora, mis medios... - ---Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una -gloria del país no debe vivir así... - -Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito -interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día -siguiente, que era domingo. - -Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me -parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior; -pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José -encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del -cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la -concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque -me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel -capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había -empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el -aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era -plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba -excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo -á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en -vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían -más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul -ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de -asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha -obtenido el primer premio en la Exposición de ganados. - -En un momento que estuvimos solos, díjome Lica: - ---No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo. -Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos -viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún -regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno -que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de -la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón -á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre -estoy en ascuas cuando le veo tan _cambambero_... - -Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de -todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie -que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la -digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía. -Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel -día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen -hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo -diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban -con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé -cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron -gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con -pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen -considerando que pueden verse en trotes semejantes. - -Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No -lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado -cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando -fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me -presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero -ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas. -Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero -sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad -y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo? -¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige, -ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era -causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos -en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no -entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí -y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba -de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida -caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan -bien cuadraba contra ella, le dije: - ---Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí, -que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que -guste; cuanto más mejor. - ---¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos... - -Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde -había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma -condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la -vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula. - ---Ese es obsequio especial de D. José á mi tía--me dijo Irene, buscando -en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse. - ---¿Y usted, qué tal se encuentra?--le pregunté, como hacen estas -preguntas los médicos. - ---Regular... perfectamente... - ---¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente! - ---Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar... - ---Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si usted -me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos ó -tres preguntas... - ---Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba -cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego -desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata. -Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura. - - - - -XLI - -La pícara se sentó con la espalda á la luz. - - -Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad -del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos -procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo. - ---Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña? - -Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien mientras -me contestaba con humilde voz de escolar: - ---Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un refresco... - ---¿Habló él con usted en aquellos días? - ---No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él -salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí. - ---Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde? - ---Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático, -amigo suyo. - ---Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso? - ---Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El -me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo -iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente... - ---Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á -usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media -noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto... - ---Es cierto--respondió, sin levantar los ojos de su costura.--¿Cómo lo -sabe usted? - ---Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de -Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde... - -Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.» - ---Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el -pasillo, por algunas partes no bien alumbrado... - -Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido -en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos -componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión -es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué -razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé -mover de mi bondad, y le dije: - ---Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho; -pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya -sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted -muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por -completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía -por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida -ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla -en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos -que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es -de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación -de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo -placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas, -y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de -usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío -de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy -poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto -más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes, -iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y -debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines -más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel -debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un -joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo, -usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además -algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La -enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco -de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y -añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser -la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas. - -La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se -iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima -que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una -palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí: - ---Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero -sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que -suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y -con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba -esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el -momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa -crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en -que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento, -bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la -suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir... -¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre -al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto -diputado, ministro...! - -Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente -lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo -á los ojos, y con voz de ahogo me dijo: - ---Sabe usted... más que Dios... - ---Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta--añadí -bromeando.--Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el -desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya -con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona -querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura -sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente, -su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido -rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo -un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia, -y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir -de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver -pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante -después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse -independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de -mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo. -Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros -que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular. -¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada -por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que -es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con -Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento -á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí -á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones -de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en -ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado -de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con -Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi -hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted -á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre -bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer? -Manuel y usted han de decidirlo. - -Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á -cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada; -no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que -no obedecía, me dijo: - ---No callará mientras no cierre el balcón. - -Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á -oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no -se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver -á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de -frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y -siguió el lloriqueo. - -No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento -de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado -delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada -estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si -la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y -embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos -pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada. -¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el contrario, debería -yo evadirme lindamente dejando que los criminales se arreglaran como -pudieran?... ¡Pobre Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó -Irene esperaba de mí no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho -tiempo pasó hasta el momento en que me dijo, sin dejar de llorar: - ---Usted lo sabe todo... Parece que adivina... - -Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí -mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás -sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo, -que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí -no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar -gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos -desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas -sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde -que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y -comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene -un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios -secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza -generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón -práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona -alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en -el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la -pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos -del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad -no mostraba más que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de -adivinación tenía este triste pensador de cosas pensadas antes por -otros; este teórico que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces -había estado haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo, -mientras el sér verdaderamente humano, desordenado en su espíritu, -voluntarioso en sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del -instinto de los hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos, -se iba derecho al objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico -de gabinete que en su vida ha olido la pólvora y que se consagra con -metódica pachorra á estudiar las paralelas de la plaza que se propone -tomar; y ved en Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro -de arte, y mientras el otro calcula, se lanza él espada en mano á la -plaza, y la asalta y toma á degüello... Esto es de lo más triste... - -Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme -con nuevas lisonjas. Hélas aquí: - ---Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le -respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo -Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace -más que lo que usted le mande. - -«Te veo venir, palomita--pensé sonriendo en mi interior.--Ahora -quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya -inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo -Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo y -de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran empeño en -conservarla. Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no -pierdes ripio... ¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y -casamentero...? Es lo que me faltaba.» - -Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en aquel -punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra prueba -de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las frágiles -maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la puerta. -Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que limpiaba la -puerta con un gran zorro que en la mano traía. - ---Hoy sí que no te nos escapas, Máximo--me dijo. - ---Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular? - ---No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras. - -Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la -cabeza. - ---Bueno--respondí. - ---No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los -pichones? Porque tengo pichones. - ---Á mí me gusta todo. - ---Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta? - ---¿Qué más anguila que usted? - -No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo, -donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo. - ---Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer -un pastel que á tí te gusta mucho. - -Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa, -y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel -de risa y llanto, qué amargo eras! - - - - -XLII - -¡Qué amargo! - - ---Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto--dijo Calígula -entrando.--¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido, -Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás. -¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende... -¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel, -servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves. -Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes -tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto, -Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la -francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre -está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni -guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro -día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo -arreglado. - ---¡Qué cosas tiene mi tía!--me dijo Irene cuando nos quedamos -solos.--Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni -tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos -desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que haya -mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un veladorcito de -hierro que tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de -galletas... Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría -mil veces comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía. - -No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que ví -en su semblante. - ---Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema. - ---Sí; pero creí venir de paso--me respondió con una decisión que me -parecía nueva en ella.--Vine como se va á una estación de ferrocarril -para tomar el tren. - -Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome -una energía que me pasmó, me dijo: - ---Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta. - -Me dejó frío... - ---Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña -Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir -á comer á una fonda. - -Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor, -que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin -cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á -creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran -dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo -semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un -perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla -mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo -que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares. - ---Este es el museo de mi tía--dijo Irene burlándose.--Ahora, explaye -usted sus miradas por esta suntuosa _salle à manger_. Ella dice que es -del gusto de la _renaissance_ por esas dos arquitas talladas que tiene -ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal -estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de -mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos -sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En -días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete; -en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos -de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer -la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina -funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los -fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda -usted para cuando se case... - -Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella -enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para -remacharla así: - ---¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es -vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién -lo va á hacer? - ---¡Es verdad, es verdad! - ---¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es -abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola, -sin padres, sin guía... - -Complacíame mucho verla tan expansiva. - ---Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina. -Amigo, es preciso trabajar. Si no... - -Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha -limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre -estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio -de cosa comestible. - ---Eso sí--observó Irene,--hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día -se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí. - ---Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien... - ---No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted... -coja por ese lado. - -Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella -riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor. - ---Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules... -Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía -no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza. - ---Vengan esas llaves... abriremos. - -Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules -y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla -de lo profundo, sacar antes el _Año Cristiano_ en doce tomos, algunas -colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más. - ---Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo -que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal. -En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con un -par de tenedores nos arreglamos; pero no sé si nuestro convidado... -¡Ah! sí, en el otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas -que fueron de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un -juego de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es -de Toledo... - -Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y no -quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería -nueva dábanle excelente aspecto. - ---Ahora falta lo principal--dijo Irene.--Veremos cómo sale del paso... -Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al -entrar... Como si la oyera... - -Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje de -diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y la -sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de -pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro, -veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa -producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto. - ---¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para -desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier -medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he -criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este -desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en -palacios... - ---Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito. -Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos -caminos. - ---Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que seguirlos. -No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le voy á -contar... - -Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí, -frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no -olvidaré nunca: - ---Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la escuela, -¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No sé -si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho -que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme -mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres... -¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz... -tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la -escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la -puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer -aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra, -aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera -yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me -gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder -de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos -tranquila; pero mi imaginación no descansaba... - -¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia, -la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en -ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin -caprichos!... Pero atendamos ahora. - ---Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es que -no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo á solas -conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á averiguar -lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía bien mis -deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera usted, -amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia á -enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética! -Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un -heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena -de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco -más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...» - -¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero -chitón, y oigamos. - ---¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí! -Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos, -usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la -maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse -lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas -tremendas gramáticas, aritméticas y geografías... - -¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio! -Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón... -Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me -gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en -aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de verdad -que acababa de obtener podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo -había hecho lucidamente una hora antes. - ---Mire usted, Irene,--le dije envalentonándome mucho y empleando ese -acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.--Lo que -usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien -lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la -superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted? -Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los -libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos -de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece -podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos, -de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos -de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que -constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer -honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza. -Faltan las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos -y esas aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea, -aspira á ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino -se las depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada -á la juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba -las redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural, -resulta ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel -se casa con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que -desea, será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un -hombre notable; señora de una excelente casa, donde podrá darse toda -la importancia que quiera; dueña de mil comodidades, coche, criados, -palco... - ---Cállese usted, cállese--me dijo poniéndose roja, y echándose á reir y -escondiendo la cara. - ---No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al -contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en -el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena -esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo... -Lucirá usted... - ---Cállese usted, cállese usted... - -Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para -comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión -de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo -me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad -¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se -me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción -vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada -según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que -constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble -era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis -generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á -los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica -y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento, -aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene... - ---Lo que yo aseguro á usted--me dijo,--es que mis deseos han sido -siempre los deseos más nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como -lo son otras... ¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo -he visto á otras que se han casado con jóvenes de mérito y de buena -posición. ¿Por qué no he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios, -Manso. Para que me concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la -Virgen...! - -¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo -desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa -clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas -triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas, -un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu -y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que -se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como -dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un -arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga -presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que -realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte, -la serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe -de vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y -los maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por -cuyas cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta -criatura de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas -prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora -y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes -leyes, de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y -todo para que el muñeco fabricado por mí se rompiera más tarde en mis -propias manos, dejándome en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde -habría llegado yo con estas lamentaciones internas si no apareciera -doña Cándida cuando menos la esperábamos... - ---¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa -puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á -comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi -mesa... - -Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije. - ---No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido -aquí... - -De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un -trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí -y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos -en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa: - ---Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra -fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de -las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al -fuego... - -Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que -esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no -sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas -de hablar. - ---Dígame usted, Irene--le pregunté con interés profundo.--Si Manuel -tuviese ahora un mal pensamiento y... - -No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición de -su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo: - ---Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de pena... - ---¿Y si no se moría usted?... Se dan casos... - ---Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no -quedaba bien muerta... Usted no me conoce... - -¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí. - -Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para decirme: - ---Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año pasado... -¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y al -momento va á freir la carne y á hacer la tortilla. - ---¡Tortilla para comer... tía! - ---¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas. -¿No eres de mi opinión, Máximo? - ---Sí señora; todo lo que usted quiera... - ---Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es? - -¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen -agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero -Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude -pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña -Cándida el retumbante apodo de _filet à la Maréchale_. - ---Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo ya -en Madrid más que yo... - ---Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias. - -Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para burlarse de -la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no aparecieron -ni en efigie los pichones y la anguila anunciados. - ---Aquí tienes un pavo trufado--declaró Calígula,--que lo ha hecho -expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito -á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de -Champagne... - ---Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor... - ---Te digo que es del propio _Duc de Montebello_. Tú entenderás de -filosofía; pero no de bebidas... - ---Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla? - ---Es el platito de que te hablé... _haricots à la sauce provençale_... -Lo hace Melchora á maravilla. - ---Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me parece -una cataplasma... pero en fin, se puede pasar... - ---¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así es -todos los días; se mantiene del aire como los camaleones. - -Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso _filet -à la Maréchale_. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar otra vez -sobre el tema eterno. - -«Quién sabe,--me dije,--si una crítica completamente sana y fría -podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y -rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado -más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te -entusiasmaba, ¿no será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos -de ideas como los hay de palabras... Ponte en el terreno firme de -la realidad y haz un estudio serio de la mujer-mujer... Estos que -ahora te parecen defectos, ¿no serán las manifestaciones naturales -del temperamento, de la edad, del medio ambiente?... ¿De dónde -sacaste aquel tipo septentrional más frío que el hielo, compuesto -no de pasiones, virtudes, debilidades y prendas diferentes, sino -de capítulos de libro y de hojas de Enciclopedia? Observa ahora la -verdad palpitante, y no vengas con refunfuños de una moral de cátedra -á llamar graves defectos á lo que en realidad es tan sólo accidentes -humanos, partes y modos de la verdad natural que en todo se manifiesta. -La pasión es propio fruto de la juventud, y el arte de disimular que -tanto te espeluzna es una forma de caracter adquirida en el estado de -soledad en que ha vivido esa criatura, sin padres, sin apoyo alguno. -Un poderoso instinto de defensa le ha dado ese arte, con el cual sabe -suplir la falta del amparo natural de la familia. Ese disimulo ha sido -su gran arma en la lucha por la vida. Se ha defendido del mundo con -su reserva. Y esa ambición que tanto te desagrada no es más que un -producto del mismo desamparo en que ha vivido. Se ha acostumbrado á -deberlo todo á sí misma, y de ahí ha venido el prurito de emprenderlo -todo por sí misma. Arrastrada por la pasión, ha tenido flaquezas -lamentables. Su agudeza y su prudencia han sido vencidas por el -temperamento... Hay que considerar lo extraordinario de las seducciones -con que luchaba. Enamorada, la atraía el galán de sus sueños; pobre, -la atraía el joven de posición. ¡Amor satisfecho y miseria remediada! -Estos grandes imanes, ¿á quién no llevan tras sí? El espíritu -utilitario de la actual sociedad no podía menos de hacer sentir su -influjo en ella. Hé aquí una huérfana desamparada que se abre camino, y -su pasión esconde un genio práctico de primer orden...» - -¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, hastiado de -alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban amenazando -desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el mango, y -de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya en lo -maravilloso. - -Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos nada. -Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza de -haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía muda -y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí -acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal -en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la -vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una -palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción -extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos -sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos. -Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que -yo y que todas mis filosofías. - -Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella reserva -interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en los -horizontes de su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel -mismo resabio utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa -muletilla, aquella pobreza de estilo por la cual llamaba _tremendas_ -á todas las cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que -fué Manuel, ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel -armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la -razón!... Pero ya era tarde. - -Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del -crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví -tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es -necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga -á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios -gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de -ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que -por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no -es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque -si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente -serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros -de la tontería. - - - - -XLIII - -Doña Javiera me acometió con furor. - - -Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta entonces -desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, afabilidad -y suma tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del -domingo, que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo, -llevóme á su gabinete, cerró... - ---Pero, señora... - -Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos modos -la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los ojos; -creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de la -legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino con -monosílabos y entrecortadas cláusulas: - ---Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe usted -lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... Manuel, -¡qué pillo, qué ingrato hijo!... - ---Pero, señora... - ---¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se -quiere casar con una maestra de escuela. - -Y al decir _maestra de escuela_, alzaba la voz con alarido de agonía, -como el que recibe el golpe de gracia... - ---Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen, -re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto -mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de -Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?... -Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho -cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos -el _pe á pa_... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á dar -algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando me -lo dijo... Ahí tiene usted un hombre perdido... adios carrera, adios -porvenir... ¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo... - ---Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos. - -El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al -comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo: - ---En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi salvación. - ---Yo... - ---Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se -dice así? - ---Así se dice. - ---Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las -amistades. - -Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días me -pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se -parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares -y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de -mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos -y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín -más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las -consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el -apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien -dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco -que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome -que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á -Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este -entró cuando ya habíamos tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le -conocí que había visto á su víctima; mas no podía suponer dónde ni -cómo. Probablemente habría sido en la misma casa caligulense, pues -no era difícil para Manuel embaucar á doña Cándida y aun prescindir -completamente de ella. Durante toda la comida, doña Javiera no perdía -ripio de reñir á su hijo, fulminando contra él los rayos de sus bellos -ojos ó los de sus frases agudas y mortificantes. Á mí me traía en -palmitas, quería que de todo comiese, cosa imposible, y me atendía y me -obsequiaba con cariñosa finura. Cuando me despedí, después de hablar un -poco sobre el consabido conflicto, le dije: - ---Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré. - -Y ella: - ---En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va -á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy -abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la -calle. - -Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que le -esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en voz -bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo: - ---Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale usted -que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su -porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en -que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no -me venga con mimos, porque no le perdono... - ---Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré. - - - - -XLIV - -Mi venganza. - - -Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia -por decirme: - ---¿Ha hablado usted con mamá? - ---Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con -Irene--le respondí;--y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece -que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena -boda. Ya ves que la pobre Irene... - ---Es pobre y humilde; pero yo la quiero. - -El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y al -compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de -pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!... -Formé un plan y lo puse en práctica al instante. - ---Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la -verdad, la verdad pura quiero. - ---Déme usted antes consejos. - ---¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas... - ---Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le -diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de -ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme, -le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía -una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se -oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes -ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso. - ---¿Tienes algún recelo,--le dije violentándome mucho para aparecer -sereno,--de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á -ese tu entusiasmo de hoy...? - ---Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la -pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que -he de ser feliz con ella... - ---Entonces... - ---Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á -Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella? - ---La misma que tú. - ---¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me -embarco con ella. - ---¿Crees que no te pesará? - ---Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos -flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere -usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en -la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en -revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual -más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que -la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se -levanta cada ola... - -Yo meditaba. - ---¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?... - ---¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande? - ---Juro que sí,--me dijo con entereza.--No hay nadie en el mundo que -tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro. - ---¿Y si te digo que no te cases?... - ---Si me dice usted que no me case,--murmuró muy confuso mirando al -suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,--también lo -haré... - ---¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas -absolutamente con ella y no la veas más? - ---Eso ya... - ---Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí -sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo. -Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el -vicio. - ---Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede -inspirarme una villanía. - ---Pues cásate. - ---Si realmente... - ---Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte -á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías -considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera... -Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad -fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas -ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres -medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas -aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida -moderna. La riqueza general crece como espuma y las competencias de -lujo llegan á lo increible. Dentro de diez ó quince años quizás te -consideres pobre, y quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales -que ocupes ofrezcan un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel, -mira á lo futuro, y no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas -cuantas semanas. Ten por seguro que si te dispensan la edad, entrarás -en el Congreso antes de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades -de orador te habrán proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las -comisiones y en los grandes debates políticos. Puede ser que á los -dos años de aprendizaje seas lugarteniente de un jefe de partido, ó -coronel de un batalloncito de dragones. De seguro acaudillarás pronto -uno de esos puñados de valientes que son la desesperación del Gobierno. -Te veo subsecretario á los veinte y seis años, y ministro antes de -los treinta. Entonces... figúrate: un matrimonio con cualquier rica -heredera americana ó española remachará tu fortuna, y... no te quiero -decir lo que esto valdrá para tí... - -Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué así: - ---Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene... -Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del -sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que -cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote -ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus -amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que no -tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mucho; pero -los ríos de lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes -sequías. Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y -el consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión -de endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á -la suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora; -pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más -talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda -de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás -á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por -los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre -honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á -la calladita con los restos del naufragio... - ---Por vida de las ánimas--gritó Peña con ímpetu, sin dejarme -acabar,--que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del -mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted... - -Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, que -mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi estratagema, -me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba duda de la -rectitud de su corazón... - ---No siga usted--exclamó levantándose.--Yo me marcho: no puedo oir -ciertas cosas... - -Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los -hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con -estas palabras mías: - ---Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que -yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de -pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar -con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has -esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia -hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas, -pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te -tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el -tiempo en que te tuve por amigo... - -Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto: - - - - -XLV - -Mi madre... - - ---Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella no -conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi madre -me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre huérfana, -de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... Sí, -lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora -mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi -protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un -nombre y el decoro de una familia. - -Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más enérgicas. - ---Las preocupaciones de tu madre son ridículas. Dejémonos de -abolengos, pues si á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu -madre y todos los Peñas de Candelario. - ---Sí--gritó él con entusiasmo,--abajo los abolengos. - ---Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas un -tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías -llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en -gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña -Javiera cederá; déjala de mi cuenta... - -Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre -triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba -una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando -en ellas. - -Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el -resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente: - ---Convencido, señora, convencido--fué lo único que le dije. - -Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con -ama de llaves, á manera de presbítero. - ---Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo -Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone -de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan -sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle -de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en -la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle -á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted -dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba -más... - -Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día, -sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me -presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de -espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando -una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender -lo siguiente: - ---Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á -Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me -traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho. - -Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me -atreví á responderle: - ---El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo -podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor. - ---No hable usted así, que estoy volada... - ---Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted -hablar de otra manera. - ---Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí -para que me lo atrape la primera esguízara...? - ---Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no -logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa -usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo -que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita -huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva. - ---¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se -va volviendo cargante? Mi hijo... - ---Vale menos que ella. - ---Vale más, más, óigalo usted, más. - -Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso. - ---Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano, -amigo Manso. - ---Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán, -y en paz. - ---No le doy la licencia--exclamó doña Javiera puesta en jarras. - ---Se la dará usted. - -Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no -podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave -tema. - ---Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted -algún Coburgo Gotha?... - ---No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á -usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se -compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez. - ---Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño -una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de -belleza, de virtud... hija de un caballerizo... - ---¡Hija de un caballerizo!...--repitió la ex-carnicera con cierto -aturdimiento,--de esos monigotes que van al lado del coche real... -brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver. - ---Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio -de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi -protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa. - ---¿De veras, hombre?--dijo ella mezclando á la cólera un grano de -risa.--Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen. - ---Sí señora... - ---Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea, -no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es -profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más -sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo -mi niño ha tenido el antojo... - ---Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted. - ---No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La -sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres. - -Diciendo esto, parecíame algo desenojada. - ---Siga usted, siga usted--me dijo--elogiando á su ahijada. Es de las -que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de -un repelón... - ---No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la -querrá muchísimo. - ---¿De veras...?--exclamó con dejo chulesco.--Voy viendo que el señor -catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó -la manteca. - ---Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de -mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala... - ---¡Ay! sí señor--respondió con oficiosa prontitud, levantándose. - ---Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan -botones... - ---Sí, sí, sí, venga. - -Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres. - ---Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un -cuello nuevo. - ---Ya lo creo; venga. - ---Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer... - ---¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste... - ---Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un -poco esto... La pobre Petra... - ---Subiré yo misma. ¿Qué más? - ---Que es preciso dar la licencia á Manuel. - -La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con -su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña -y enojada: - ---No me da la gana... Pues me gusta... - ---Vaya, que sí lo hará usted. - ---Me llevo esto. - -Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de -mujer hacendosa. - ---Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude. -¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la -ponemos como el lucero del alba. - -Y desde la puerta me miró de un modo particular. - ---Aquello, aquello...--le grité. - ---Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es -pesadito... - - - - -XLVI - -¿Se casaron? - - -Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica -y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo -tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la -tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo -de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que -se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella -noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus -perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían -amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber -resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas -al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi -narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos, -retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde -que partió mi vecina diciendo aquello de _Pesadito_, etcétera, cuando -sonó la campanilla. - -_Una criada._--La señora que baje usted á ver unos muebles. - ---Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo. - -Al poco rato, tilín... - ---La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas. - -Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva -casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta -conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en -cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, -mis caprichos eran leyes. - -Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en -famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de -cortinajes, portieres y telas diversas. - ---¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas sillotas -no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas -inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en -ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente -forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas, -Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda... - -Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á -adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto. - ---Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D. -Máximo...--me dijo más tarde.--Porque yo no sé lo que harán los -pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues... -Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices -muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora -se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los -platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me -aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija -todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que -le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar -las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted, -Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada -que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que -he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es -de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son -guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto -y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y -estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles, -y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con -que vamos allá? - -Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar -para que viese una bata que le probaba la modista. - ---Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni... - ---Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es -verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas -que van por ahí. - -Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de -lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños. - ---¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos -que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de -que por mis barrios... - -Al decir _por mis barrios_, se pasaba suavemente las manos por los -hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así: - ---... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas -sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme. - -Vistióse prontamente. - ---Lo que es sombrero--me dijo mirándome como si se mirara al -espejo,--no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?... -Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor -catedrático esperando. - -Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho -tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el -camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de la -famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes, -alzando demasiadamente la voz. - ---Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo -fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar -el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?... - -En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por -donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios -de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa -de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas -tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil -herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un -gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo -que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina -cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda. - -También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita. -Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis gustos y -deseos. - ---Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor -de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera; -acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad... -Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza -pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos -todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor -á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos -con el león del Retiro... - -La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa -y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en -cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la -señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla -más amansada. Ya no decía: _la maestra de escuela_, sino _esa pobre -joven_... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban -arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse: - ---Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca, -machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No -hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo... - ---Pero, señora... - ---Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se -va á la calle. - -Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado -posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su -antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de -Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían -puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto -arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares. -En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, -sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. -La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome -discretamente con ellos. - -Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de -complacerla, disminuían sus _voladuras_ con motivo de la licencia, y al -fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen -sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una -tarde me dijo: - ---Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga -de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas. - - - - -XLVII - -No me dejaba á sol ni sombra. - - -Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había propuesto -hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. ¡Ley de las -compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida árida, en -las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las frescas -vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos. - -Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que me -pareció más negro que la misma usura. - ---Mi ama que vaya luego... - ---Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante. - -Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días no -había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con mis -quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por -donde cogerme. - ---Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que -acompañes á D. Pedro... - ---¿Y quién es D. Pedro? - ---¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... Es -preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural. - ---¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia! - ---No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el -buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo... - ---Á todos los colocaremos... en medio de la calle. - ---¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no -hay otro como tú... - ---¿Y José María? - ---¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo -del marquesado está ya hecho. - ---Saludo á la _señá_ marquesa. - ---Á mí... esas cosas... - -No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La -humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay -nada que la tuerza. - ---Yo quiero mi tranquilidad--añadió.--José María está cada vez más -_relambido_... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la -comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados. - -Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy -mal talante, fué esto: - ---Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo -nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué -hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide -papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus -dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de -aquí esta plaga. - ---Los pobres--murmuró Lica,--son tan buenos... - ---Pues ponerles en la calle--indiqué yo. - ---¡No, no, que se le retira la leche!--exclamó con espanto -Manuela.--Habla bajo, por Dios... Pueden oir... - -Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda -de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano, -atrozmente inmutado, no dijo más que: - ---Ya lo sabía. - -Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo, -encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara -en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía -no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener... - ---Oiga usted, don espantajo--le dijo á gritos,--¿cree usted que estoy -yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase -usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua... - -¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo -mi cuñada le daba el _don_, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna -esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora; -los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana -empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi -de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi -ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José -María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á -quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una -carta. - ---Al fin se le hace justicia--pensé;--y no tuve más remedio que amansar -á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses, -y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los -chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica -hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche -al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y -mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir -la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos -empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta -merienda para el camino. - -¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás! - ---Esto es una cosa atroz--dije para mí, parodiando á doña -Cándida.--Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y -otra al egoismo. - - - - -XLVIII - -La boda se celebró. - - -Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por -ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido. -Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por -éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir -de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir -mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en -aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que -fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno -de la amistad...» - ---Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente -criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad, -privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona -que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía -lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos -para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar -su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica. -¡Oh! sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se -muriera de dolor al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la -pobre niña al separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!... -Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife, -y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas, -su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne... -Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una -acostumbrar á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo, -de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una -cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel -como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque -realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella -transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos -no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula -sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que -quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita -para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su -casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo -cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta -las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como -recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella -nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel -en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas... -también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella más -que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora -sacara á Irene de algunos apuritos. - -Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima. -Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó la serie de -sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de parasitismo, que -no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los -enredos y cocodrilo de las bolsas. - -Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba -más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no -pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía -en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero -su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser -sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él. -Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y -extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar -cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil -tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me -traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como -ponzoña... - -Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento; -sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha -perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella -en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía -estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me -acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía: - -«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal -idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos -los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible, -imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo -se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad -de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese -pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo -ahogaran y comprimieran...» - -Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con -ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi -sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi -temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía -oirla hablar así en su interior: - -«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara -de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el -amor á estilo filosófico, pobre hombre...» - -Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo -uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la -_tremenda_ idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la -conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó. -Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él. - ---¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que -nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un -endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin -sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado -permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos -de la amistad... - -Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases. - ---Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la -amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas, -y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á -nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama -del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la -constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de -donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido -conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange -del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha -servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu... - -¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con -Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del -cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de -nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba. - -Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí: - ---No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el -último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo, -me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más -que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos. - - - - -XLIX - -Aquel día me puse malo. - - -¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir... -Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama. -Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que -susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme, -cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular, -más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los -concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos -para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos. -Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me -levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña -Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente -día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que -empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla, -y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que -á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad -materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido -los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre -pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que -ella. Manolo _daba la hora_. La pícara maestra debía tener más talento -que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más -mérito de todas las Españas. - -¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había -cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la _señá_ marquesa, Lica -por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas -notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté -con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias á -todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole: - ---¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto? - ---Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares... -Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa, -cuando Manolo empiece á figurar, y demos _tées_... Será aquello un -pueblo... - -No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para -consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel -día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios -amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles, -libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver -encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género -mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos -beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de -los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua -sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy sana, mi -casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo atendía con -extremada solicitud, dando motivo á murmuraciones de maliciosos amigos -y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente -de ellas. - ---Déjeles usted que hablen--me dijo con menos desparpajo del que solía -tener, antes bien algo turbada.--Riámonos del mundo. Á usted no le -hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues -á mí me da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué -quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que -es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre -en cuidado, por temor de soltar una barbaridad. - -Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y -ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de -esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente -ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos -ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño -apotegma: _la sabiduría es la sal de los hombres_. Cualquiera que fuese -el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina -á su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa -que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía -yo: «le pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»--Pero -no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y -apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en -los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y -acostumbrado á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación -en todo lo más importante de la vida, llegué á considerar que si me -faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de -menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la -pendiente, sin ocuparme de calcular á dónde llegaría. - -No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa, -después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor. -Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y -amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia -yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene -me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña -Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día: - ---Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea, -pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía. - -Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada -debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de -la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal... -¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y -funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que -no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras -postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en -novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo -por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina -y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en -esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que -si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se -entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte... - -Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no -se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había -vuelto á coger un libro. - -Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra -cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de -los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una -controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente -dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas -veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el -afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes -de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel -empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de -viso y á otras que aspiraban á tenerlo. - -Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de -importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo -en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con -pasmo, y doña Javiera estaba asustada. - ---Es de la piel del diablo--me dijo un día,--sabe más que usted. - -¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!--Lo -más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos -con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi -le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo -hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces. - ---Esta nació para hacer gran papel. - ---Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije? - ---Como siga así y no se tuerza... - ---¡Oh! si ella es buena, es un angel... - -Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones. - ---Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto -exhibirse. - ---Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios... - ---Se ven unas cosas... - -¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente. -El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos, -lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición, -desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con -las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era -natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para -otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni -hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y -pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de -toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose -de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que -recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran -beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en -una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose -con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia. - - - - -L - -¡Que vivan, que gocen! Yo me voy. - - -Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces, -delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza, -soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más -de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de -mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que -veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo, -aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja -y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me -hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era -combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más -humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á -quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo -idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los -días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á -las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme -cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El -influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad. -Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos -sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de -la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma. - ---¿Pero qué tiene usted?--me dijo un día doña Javiera. - ---Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre -dos vacíos, prefiero el otro. - ---Se queda usted como una vela. - ---Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre -los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su -ley, desaparece. - ---Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso. - ---Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos -importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley, -toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que -microscopios? - ---¿Quiere usted que llame un médico?--me dijo la señora muy alarmada. - ---Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al -jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el -aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos. - ---Vaya usted á tomar baños. - ---De eternidad los tomaré pronto. - ---Nada, nada; yo llamo á un médico. - ---No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar -postura... - -Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día -vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias -preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que -doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo -afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre -pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y -tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin -tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos, -rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un -pájaro. - -El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él, -repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la -redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi -encarnación. - ---Hombre de Dios--le dije;--¿quiere usted acabar de una vez conmigo y -recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más -sin gracia... - -Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el -sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre. - -Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado -para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos -vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima -que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me -iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y -hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me -lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones -de los periódicos á dedicarme _sentidas frases_. En cuanto lo supo -Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la -cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan -todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor. - -Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la -aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que -parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas -como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar -las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la -casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También -supersticiosa! - -Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña -Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos -que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio -donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un -rótulo que decía que yo había sido muy sabio. - -De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que siempre -que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba el papel de -la langosta en los feraces campos, me había de nombrar suspirando, para -mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi noticia ha llegado, -por no sé qué chismografía de serafines, que no se puede calcular ya -el dinero que le han dado para misas por mi reposo, el cual dinero -suma tanto, que si se aplicara por los demás, ya estaría vacío el -Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña saca la señora con -estos giros de ultratumba mediana rentilla para ayudarse. No hablo de -la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo -ingenio de Calígula, porque debe suponerse. - -Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es -un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas -quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones -el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama -en plena sesión de cualquier academia el _inolvidable Manso_, si se -va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra -rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso -inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario. -Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida -la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y -metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos, -he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo -descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á -encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros -espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales, -más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la -experiencia. - -De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel -Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de -adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y -en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura -y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que -podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje -en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer -pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos. -También he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin -encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo -que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento -mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja -que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después -vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo -aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase: - ---No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón. - -Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi -hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y -convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza, -pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de -la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un -frasco, estaba allí el lema de _Moralidad y economías_. José no pensaba -más, ni sabía hablar de otra cosa. - -Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en -aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías! -Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que -le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público -que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha ganado mi hermano -simpatías ardientes y un prestigio que le encamina derecho al poder. -¿Será ministro? Me lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un -periodicazo, que le cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que -los indivíduos del grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se -lo escribe casi todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo -más enfadoso, pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes -atracones que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea, -contrajo una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios. -Cuando lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos -los huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos -medios estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso -alargarle la vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los -de por allá se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber -contentar á todos. - -Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que -estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi -espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté -acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el -plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere -lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano -hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no -han concluido el gran _plantón_ del vivir terrestre y hacen, con no -poca molestia, la antesala del nuestro. - -¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en que puedo mirar á Irene, -á mi hermano, á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás -desgraciadas figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve -los juguetes que le entretuvieron cuando era niño! - - -MADRID.--Enero-Abril de 1882. - - -FIN DE LA NOVELA - - - - -ÍNDICE - - - PÁGINAS - - I.--Yo no existo. 5 - - II.--Yo soy Máximo Manso. 8 - - III.--Voy á hablar de mi vecina. 19 - - IV.--Manolito Peña, mi discípulo. 27 - - V.--¿Quién podrá pintar á Doña Cándida? 33 - - VI.--Se llamaba Irene. 43 - - VII.--Contento estaba yo de mi discípulo. 49 - - VIII.--¡Ay, mísero de mí! 60 - - IX.--Mi hermano quiere consagrarse al país. 69 - - X.--Al punto me acordé de Irene. 73 - - XI.--¿Cómo pintar mi confusión? 79 - - XII.--¡Pero qué poeta! 82 - - XIII.--Siempre era pálida. 89 - - XIV.--¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito? 92 - - XV.--¿Qué leería? 101 - - XVI.--¿Qué leía usted anoche? 112 - - XVII.--La llevaba conmigo. 121 - - XVIII.--«Verdaderamente, señores...» 127 - - XIX.--El reloj del comedor dió las ocho. 135 - - XX.--¡Me parecía mentira! 138 - - XXI.--Al día siguiente... 146 - - XXII.--«Esto marcha.» 151 - - XXIII.--¡La historia en un papelito! 158 - - XXIV.--Tiene usted que hablar. 166 - - XXV.--Mis pensamientos me atormentaban. 174 - - XXVI.--Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio. 178 - - XXVII.--La de Irene dominaba á las otras tres. 188 - - XXVIII.--«Habla Peñita.» 195 - - XXIX.--¡Oh, negra tristeza! 204 - - XXX.--¿Con que se nos va usted? 209 - - XXXI.--¡Es una hipócrita! 215 - - XXXII.--Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube. 221 - - XXXIII.--¡Dichoso corazón humanitario! 226 - - XXXIV.--¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa! 234 - - XXXV.--«Proxenetes.» 244 - - XXXVI.--¡Esta es la mía! 249 - - XXXVII.--Anochecía. 261 - - XXXVIII.--¡Ah! ¡traidor embustero! 269 - - XXXIX.--Quedéme solo delante de mi sopa. 277 - - XL.--Mentira, mentira. 283 - - XLI.--La pícara se sentó con la espalda á la luz. 290 - - XLII.--¡Qué amargo! 299 - - XLIII.--Doña Javiera me acometió con furor. 314 - - XLIV.--Mi venganza. 318 - - XLV.--Mi madre. 323 - - XLVI.--¿Se casaron? 329 - - XLVII.--No me dejaba á sol ni sombra. 334 - - XLVIII.--La boda se celebró. 338 - - XLIX.--Aquel día me puse malo. 343 - - L.--¡Que vivan, que gocen! Yo me voy. 349 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO *** - -***** This file should be named 55563-0.txt or 55563-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/5/6/55563/ - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares -Box and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive/Canadian -Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: El amigo Manso - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: September 16, 2017 [EBook #55563] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares -Box and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive/Canadian -Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Book cover" /> - </div> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <h1>EL AMIGO MANSO</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad. - Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven - el sello del periódico <i>La Guirnalda</i>.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="tit pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - - <p class="xl">EL AMIGO</p> - <p class="fs450">MANSO</p> - - <p class="small mt2">POR</p> - - <p class="large mt15 mb3">B. PÉREZ GALDÓS</p> - - <hr class="min" /> - <p><b>SEGUNDA EDICIÓN</b></p> - <hr class="min" /> - - - <p class="large mt3"><big>MADRID</big><br /> - <span class="fs90">1885<br /> - Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA</span><br /> - <span class="small"><i>Calle de las Pozas, núm.</i> 12.</span></p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> -<p class="xl centra">OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS</p> -<hr class="min" /> -<p class="large centra">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p> - -<table class="anunc1 mt05" summary="Novelas contemporáneas de Galdós"> - <tr> - <td class="tdru">I.—</td> - <td class="tdlh">Doña Perfecta (5.ª <i>edición</i>). 2 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">II.—</td> - <td class="tdlh">Gloria (dos tomos) (5.ª <i>edición</i>). 4 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">III.—</td> - <td class="tdlh">Marianela (5.ª <i>edición</i>). 2 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">IV.—</td> - <td class="tdlh">La familia de León Roch (tres tomos) (4.ª <i>edición</i>). - 6 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">V.—</td> - <td class="tdlh">La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VI.—</td> - <td class="tdlh">El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas - (2.ª <i>edición</i>).</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VII.—</td> - <td class="tdlh">El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">VIII.—</td> - <td class="tdlh">Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru">IX.—</td> - <td class="tdlh">La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas.</td> - </tr> -</table> - -<hr class="sep" /> - -<p class="large centra">EPISODIOS NACIONALES</p> -<table class="anunc2 mt05" summary="Episodios nacionales de Galdós"> - <tr> - <td class="tdc"><b>PRIMERA SÉRIE.</b></td> - <td class="tdc"><b>SEGUNDA SÉRIE.</b></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <p>I.—<i>Trafalgar</i> (4.ª edición).</p> - <p>II.—<i>La corte de Carlos IV</i> (3.ª edición).</p> - <p>III.—<i>El 19 de Marzo y el 2 de Mayo</i> (4.ª edición).</p> - <p>IV.—<i>Bailén</i> (3.ª edición).</p> - <p>V.—<i>Napoleon en Chamartin</i> (2.ª edición).</p> - <p>VI.—<i>Zaragoza</i> (3.ª edición).</p> - <p>VII.—<i>Gerona</i> (2.ª edición).</p> - <p>VIII.—<i>Cádiz</i> (2.ª edición).</p> - <p>IX.—<i>Juan Martín el Empecinado</i> (3.ª edición).</p> - <p>X.—<i>La batalla de los Arapiles</i> (2.ª edición).</p> - </td> - <td class="tdl"> - <p>I.—<i>El equipaje del Rey José.</i> (3.ª edición).</p> - <p>II.—<i>Memorias de un Cortesano de 1815.</i> (2.ª edición).</p> - <p>III.—<i>La segunda casaca.</i></p> - <p>IV.—<i>El Grande Oriente.</i></p> - <p>V.—<i>7 de Julio.</i></p> - <p>VI.—<i>Los cien mil hijos de San Luis.</i></p> - <p>VII.—<i>El Terror de 1824.</i></p> - <p>VIII.—<i>Un voluntario realista.</i></p> - <p>IX.—<i>Los Apostólicos.</i> (2.ª edición.)</p> - <p>X.—<i>Un faccioso más y algunos frailes menos.</i></p> - </td> - </tr> -</table> - -<p class="centra mt05">PRECIO DE CADA TOMO<br /> -<small>DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA</small></p> - -<hr class="sep" /> - -<table class="anunc2 mt05" summary="Otras dos novelas de Galdós"> - <tr> - <td class="tdc"> - <b>LA<br />FONTANA DE ORO</b><br /> - (1820-1823)<br /> - <b>2.ª ed. notablemente corregida</b><br /> - <i>Un vol. en 8.º de 400 págs.</i> - </td> - <td class="tdc"> - <b>EL AUDAZ</b><br /> - <small>HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO</small><br /> - (1804)<br /> - En prensa 3.ª edición corregida.<br />Tomo en 8.º - </td> - </tr> -</table> - -<hr class="sep" /> - -<p>Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de <i>La -Guirnalda</i> y <i>Episodios Nacionales</i>, calle del Barco, núm. 2 duplicado. -Madrid.</p> - -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <p class="falseh1">EL AMIGO MANSO</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="inicial">I</h2> - <p class="subh2">Yo no existo.</p> -</div> - -<p>Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo -no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento -para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo -protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido -de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni -siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos -profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin -carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un -ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito, -probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he -sido, ni seré nunca nadie.</p> - -<p>Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor), -una condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano -(<i>ximia Dei</i>), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se -pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en el -mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones<span -class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span> del hombre que desde que el -mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla por aquellos que yo -llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y que el bondadoso -vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera soy, sueño de -sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad; y recreándome -en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo infinito, cuyo -fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse en entretenimiento, -me pregunto si el no ser nadie equivale á ser todos, y si mi falta -de atributos personales equivale á la posesión de los atributos del -sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro todavía, ni quiera -Dios que la ponga, para que no se desvanezca la ilusión de orgullo -que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos espacios de la idea. -Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe, hay también vanidades -¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...! Tenemos antagonismos -tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba y pronunciamientos. -Muchas entidades que aquí estamos, podríamos decir, si viviéramos, que -vivimos de milagro. Y á escape me salgo de estos laberintos y me meto -por la clara senda del lenguaje común para explicar por qué motivo -no teniendo voz hablo, y no teniendo manos trazo estas líneas, que -llegarán, si hay cristiano que las lea, á componer un libro. Vedme con -apariencia humana. Es que alguien me evoca, y por no sé qué sutiles -artes me pone como un forro corporal y hace de mí un remedo ó máscara -de persona viviente, con todas las trazas y movimientos de ella. El -que me saca de mis casillas y me lleva á estos malos andares es un -amigo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span></p> - -<p>Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido -por sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas -de la mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros -cumplen, leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á -mí hace pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que -había escrito ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude -mostrarme insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo -delito de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á -los treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel -inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar -un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación; -que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo -adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había -pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en -su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás -preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando de -estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco aliento, -y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto, venía á -comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros literarios, -pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas, admirablemente -puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres de licor -sentimental, encabezado para resistir bien la exportación, y por -último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde y bien -recortaditas, con más una redoma<span class="pagenum" id="Page_8">[p. -8]</span> de mucílago para pegotes, acopladuras, compaginazgos, -empalmes y armazones. No me pareció mal trato y acepté.</p> - -<p>No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no -sé qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de -tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos -metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á -azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada -roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un -hombre.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_2"> - <h2 class="nobreak">II</h2> - <p class="subh2">Yo soy Máximo Manso.</p> -</div> - -<p>Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó. -Y si á esto añado que el caso es reciente, y que muchos de los -acontecimientos incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos -de un año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias -cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer -momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del -Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero -nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los -estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de -mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las -personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y -siempre nueva, maestra de todas las sabidurías<span class="pagenum" -id="Page_9">[p. 9]</span> y gobernadora visible ó invisible de la -humana existencia.</p> - -<p>Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la -guía de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente -han visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria -dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de -mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos -especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la -razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de -caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el -verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar -emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer -paso dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga -jornada.</p> - -<p>Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de -este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento -y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar -de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido -tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre -divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una -pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza -potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi -tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han -enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso -lo que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho -voluble, así el fenómeno indubitable como la hi<span class="pagenum" -id="Page_10">[p. 10]</span>pótesis atrevida; adelantando cada día con -el paso lento y seguro de las medianías; construyendo el saber propio -con la suma del saber de los demás; y tratando, por último, de que las -ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad labrado, no sean -vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una firme estructura -de la realidad de mi vida con poderosos cimientos en mi conciencia. -El predicador que no practica lo que dice, no es predicador, sino un -púlpito que habla.</p> - -<p>Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general -presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario, -de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me -tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de -buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó -actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba -por bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me -lo han manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de -mediana estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de -la talla en la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien -nutrido, fuerte, musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario, -á consecuencia de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo -bastante agilidad y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso -de las lecturas nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por -mucho tiempo gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción -que la conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya -comodidad no me<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span> -canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi cabello es -fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño en no ser -nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á la sencillez -un elemento decorativo que no suelen despreciar los que, como yo, -carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la novedad -llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa -medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y -me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el -vulgo llama con doble sentido <i>chistera</i>, que no puedo pasarme sin él, -ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas, -por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy -sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de -los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete -me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije -que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido -nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados -manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo -como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes; -y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente, -aunque se refiere á cosa ordinaria, el <i>cicer arietinum</i>, que en -romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es -comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas -bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es -para mí de gran autoridad, sustitución posi<span class="pagenum" -id="Page_12">[p. 12]</span>ble, y no me consolaría de perderlas, -mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya, que es mi -vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin cuidado los -progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos manantiales -de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago prudente uso, -después de bien bautizado por el tabernero y confirmado por mí; pero de -esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en mi cuerpo. Otra -pincelada: no fumo.</p> - -<p>Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y -del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues -ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de -verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas -alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se -encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus -profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de -espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías -de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era -gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella -á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve -edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba -consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos, -anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos -paseamos por las nubes.</p> - -<p>Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San -Pedro de Villanueva,<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span> -en cuyas piedras está esculpida la historia tan breve como triste -de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba por las corroídas -columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las figuras atónitas -del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas impregnadas de -no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y ayudado de otros -muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos y los bigotes, con -lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos con esto; pero cuando -volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura retocada por mí y me -dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía en mi sueño la mano -chata y simétrica, los piés como palmetas, las contorsiones de cuerpo, -los ojos saltándose del casco, y me ponía á gritar y no me callaba -hasta que mi madre no me llevaba á dormir con ella.</p> - -<p>Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto -le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y -arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían -letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda -no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico -bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que -el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza. -El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las -personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la vida! -la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que pasé mi -infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión tan profunda, -que constantemente noto en mí<span class="pagenum" id="Page_14">[p. -14]</span> algo que procede de la melancolía y amenidad de aquellos -valles, de la grandeza de aquellas moles y cavidades, cuyos ecos -repiten el primer balbucir de la historia patria; de aquellas alturas -en que el viajero cree andar por los aires sobre celajes de piedra. -Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste lago Nol, que es un mar -ermitaño, y el solitario monasterio de San Pedro, tienen indudablemente -algo mío, ó es que tengo yo con ellos el parentesco de conformación, no -de sustancia, que el vaciado tiene con su molde. También parece que ha -quedado sellada en mi vida la hondísima lástima que me inspiraba aquel -rey que fué comido del oso. Siento como impresos ó calcados en mi masa -encefálica los capiteles que reproducen la terrible historia. En uno el -joven soberano se despide de su tierna esposa; en otro está acometiendo -al fiero animal y más allá éste se lo merienda. Cuando yo hacía -travesuras, mi padre me amenazaba con que vendría el oso á comerme, -como al señor de Favila, y muchas noches tuve pesadilla y veía desfilar -por delante de mí las espantables figuras de los capiteles. Por nada -del mundo me internaba solo dentro del monte; y aún hoy siempre que veo -un oso me figuro por breve instante que soy rey; y también si acierto á -ver á un rey, me parece que hay en mí algo de oso.</p> - -<p>Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María, -de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de -riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por -el desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi -corta edad no había en el pueblo persona que<span class="pagenum" -id="Page_15">[p. 15]</span> me echase el pié adelante en ilustración. -Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el cura me -consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á adquirir -cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de que -posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre -estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de -campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas -me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura, -hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en -la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los -cabellos.</p> - -<p>Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á -Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí -fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en -olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos -horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados -profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis -lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego -en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á -otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas -la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la -Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida, -porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el -tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me -hacía falta para nada.</p> - -<p>Estoy impaciente por hablar de mi sér mo<span class="pagenum" -id="Page_16">[p. 16]</span>ral, por la afición que tengo á la -predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la pluma -á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le -permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando -mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de -principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de -algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho -dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me -congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de -mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite -tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á -su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las -riendas de mí mismo.</p> - -<p>Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse -conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, -así de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me -ha ido con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y -observen los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, -para que su encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de -la vida. Yo he sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho -infeliz, y apetitos cuyo desorden lleva á otros á la degradación. -Estas laboriosas reformas me han adestrado y robustecido para obtener -en la moral menuda una serie de victorias á cual más importantes. -Yo he conseguido una regularidad de vida que muchos me envidian, -una sobriedad que lleva en sí más delicias que el desenfreno<span -class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> de todos los apetitos. -Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados -de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con -una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan, -estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento -de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una -grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al -proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato, -estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque -podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine -la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que, -arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando -endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de -esclavitud ó de libertad.</p> - -<p>Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo -que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á -desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos -escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del -heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, -ya infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero -á mis materialidades para que ni un instante me distrajese del -estudio. Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y -después otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis -hábitos de trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le -debo la conservación de una parte de la fortunita que dejó mi<span -class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> padre, la cual supo ella -defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente preciso -para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en decorosa -indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un temple y un -vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi cátedra y -mi madre cumplió su misión.</p> - -<p>Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el -de ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido -mi guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi -madre murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán -torpe me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á -consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba -á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran -aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer -mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus -pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.</p> - -<p>Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de -huéspedes; pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví -seis años, hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la -que ocupo aún. Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de -inmejorables condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de -llaves. Poco á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, -arreglo y limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de -soltero, y esta es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni -cambiaría mi Pe<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span>tra -por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el -mundo.</p> - -<p>Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no -falta ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar -entre el bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las -verduleras me estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el -ritmo del mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara -el <i>¡dos cuartitos escarola!</i> no podría preparar mis lecciones tan bien -como las preparo hoy.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_3"> - <h2 class="nobreak">III</h2> - <p class="subh2">Voy á hablar de mi vecina.</p> -</div> - -<p>Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi -asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores -que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya -en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de -<i>vecina</i>, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á -meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no -entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo -de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.</p> - -<p>En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento -de los más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía -de los Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, -muy conocida en este barrio<span class="pagenum" id="Page_20">[p. -20]</span> y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto esposo -era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias alianzas con -la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de verano del 78, -en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los vecinos todos -escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña Javiera una -excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna por todos -conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa (tercero -derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de elogios, -llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.</p> - -<p>—No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso—me dijo.—¡Un hombre sin -trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa; -un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por -las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace -tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted -le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué -decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me -quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres -todos los días.</p> - -<p>Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal -izquierda), me recibía poco menos que con palio.</p> - -<p>—Yo no debiera abrir la boca delante de usted—me decía,—porque soy -una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar -callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como -que no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, -señor<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> de Manso. No -tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería ridículo. -¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón, que es mi -boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua; como que -soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar con -remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo que -significan.</p> - -<p>La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía -rápidamente. Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos -vestidos de charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de -codo, el dengue ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el -picote morado, la mantilla de rocador, las horquillas de plata, los -pendientes y collares de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que -me acabara de pasmar, mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran -una riqueza. Un día que bajé, ví que había puesto en marco y colgado -en la pared de la sala un retrato mío que publicó no sé qué periódico -ilustrado. Esto me hizo reir; y ella, congratulándose de lo que había -hecho, me hizo reir más.</p> - -<p>—He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y -vengan catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted -decía el periódico, me daba un gozo...</p> - -<p>No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito -de chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que -en la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por -mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro, -alguno de los cuales, ardiente devoto de la<span class="pagenum" -id="Page_22">[p. 22]</span> carne de cerdo, me daba bromas con mi -vecina.</p> - -<p>Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso, -ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en -que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y -sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se -puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos -bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á -una traducción del <i>Sistema de Bellas Artes</i> de Hegel, hecha por un -amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en -ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora -fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que -se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como -cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos -están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis -ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de -la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me -había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se -me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila, -amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico -del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas, -de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de -filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien -peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en -muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engro<span -class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span>sar más de lo que ordena el -Maestro en el capítulo de las proporciones, su gallarda estatura, su -buena conformación, y reparto de carnosidades, huecos y bultos casi -casi hacían de aquel defecto una hermosura. Al mirarla destacándose -sobre aquel fondo de librería, hallaba yo tan gracioso el contraste, -que al punto se me ocurrió añadir á mis comentarios uno sobre la -<i>Ironía en las Bellas Artes</i>.</p> - -<p>—Estoy aquí mirando los <i>padrotes</i>—dijo, volviendo sus ojos á lo -alto de la pared.</p> - -<p>Los <i>padrotes</i> eran cuatro bustos comprados por mi madre en una -tienda de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo -sólo al tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián -Romea.</p> - -<p>—Esos son los maestros de todo lo que se sabe—indicó la señora, -llena de profundo respeto.—¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...! -¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto. -Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.</p> - -<p>No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención -puesta en ella.</p> - -<p>—Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre -como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se -me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me -aposentó en el corazón...</p> - -<p>Al decir esto rompió á reir, añadiendo:</p> - -<p>—Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr. -de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque -tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos -al caso... Se ha quedado us<span class="pagenum" id="Page_24">[p. -24]</span>ted un poco pálido; se ha quedado usted más serio que un -plato de habas.</p> - -<p>Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se -explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural -y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque -los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia -estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de -la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara -confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión, -la cual era que me encargase de educar á su hijo.</p> - -<p>—El chico—prosiguió ella, echándose atrás el manto,—es de la piel -de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí, -tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de -ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento. -Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos -de las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. -Duerme las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el -gimnasio, en eso que llaman... no sé cómo, el <i>Ascátin</i>, que es donde -se patina con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna -rota. Me gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de -sus amiguitos otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de -aficionados, tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar -mucho pecho, mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le -toque, ya tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades -buenas y hasta por<span class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span> -sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto caballero; -pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo, porque si no, -mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no puedo hacer -carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención de reñirle, -de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para no dejarme -embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante con aquella -carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela... Se me cae la -baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco que le estoy -echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues oiga usted, se -me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle en camino y hacer -de él un hombre, un gran señor, un caballero, no conviene llevarle la -contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver si me explico... -Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora un halago, después -un palito, mucho ten con ten y estira y afloja, variarle poquito á -poquito las aficiones, despertarle el gusto por otras cosas, fingirle -ceder para después apretar más fuerte, aquí te toco, aquí te dejo, -ponerle un freno de seda, y si á mano viene, buscarle distracciones que -le enseñen algo, ó hacerle de modo que las lecciones le diviertan... Si -le pongo en manos de un profesorazo seco, él se reirá del profesor. Lo -que le hace falta es un maestro que, al mismo tiempo que sea maestro, -sea un buen amigo, un compañero que á la chita callando y de sorpresa -le vaya metiendo en la cabeza las buenas ideas; que le presente la -ciencia como cosa bonita y agradable; que no sea regañón, ni pesado, -sino bondadoso, un alma de Dios<span class="pagenum" id="Page_26">[p. -26]</span> con mucho pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga -labia para hablar de cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los -ojos y por el corazón.</p> - -<p>Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había -comprendido tan admirablemente el gran problema de la educación. -Encantado de su charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi -aquiescencia con expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, -hábito que he adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.</p> - -<p>—Mi hijo—añadió la carnicera,—tiene y tendrá siempre con qué vivir. -Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de -tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser -económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar -mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo -Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que -se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que -sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después -de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa -todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero -que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas -de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen -del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese -sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el -chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien, -mi Manolo tiene por<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> -usted unas simpatías... Como se ponga á hablar de nuestro vecino, no -acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á él, hombre, aunque no -sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy á poner á estudiar tres -ó cuatro horas todos los días en casa del amigo Manso,» y se puso más -contento... Le tengo matriculado en la Universidad; pero de cada ocho -días, me falta siete á clase. Dice que le aburren los profesores y que -le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D. Máximo, usted me le toma por su -cuenta ó perdemos las amistades. En cuanto á honorarios, usted es quien -los ha de fijar... Bendito sea Dios que le trajo á usted á poner su -nido en el tercero de mi casa... Lo digo, amigo Manso, usted ha bajado -del sétimo Cielo...</p> - -<p>Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por -lo agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía, -acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal -resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de -pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo -día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_4"> - <h2 class="nobreak">IV</h2> - <p class="subh2">Manolito Peña, mi discípulo.</p> -</div> - -<p>Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo -evitar) viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos -del difunto, hombre de gran probidad muy enten<span class="pagenum" -id="Page_28">[p. 28]</span>dido en cuerno y cerda, sagaz negociante, -castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros llevada al -delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta años. Cuatro -habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á doña Javiera, -que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por aquellos mismos -días los murmullos del barrio la suponían en relaciones ilícitas con un -tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto de chispa y de -buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado, aunque blasonaba -de ciertas habilidades mecánicas que para nada servían, como no fuera -para que él se impacientara y se aburrieran los demás. Todo el santo -día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina, bien haciendo un -palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo una jaula tan grande -y complicada, que no se acababa nunca. Era un <i>retrato</i> del Escorial -hecho en alambre. Sabía hacer composturas y tenía máquina de calar, -con la que confeccionaba mil fruslerías de tabla, chapa y marfil, todo -enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y jamás concluido.</p> - -<p>Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña -de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto -comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas -provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos -hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente -aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y -sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de -melancolías, y por último, de la<span class="pagenum" id="Page_29">[p. -29]</span> vanidad juvenil que en él despertaban su hermosísima figura -y agraciado rostro.</p> - -<p>Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto -trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día -conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía; -feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace -querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad, -que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.</p> - -<p>Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios -serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos -filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos -de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de -combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome -las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á -aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto -serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas -que parezcan.</p> - -<p>De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi -casa la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me -parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que -en la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, -se determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de -ver las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación -en el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la -brecha del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría -la en<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>trada la -imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las penalidades de -un largo asedio.</p> - -<p>Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no -supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros -de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos -con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba -en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer, -inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según -que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León, -San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera. -Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo -bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto. -Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los -primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de -conocimientos gramaticales.</p> - -<p>Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo -se familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le -sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos, -de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había -para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la -poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio -unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené -no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que -se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño -que imposibilita la familiari<span class="pagenum" id="Page_31">[p. -31]</span>dad. Le convencí de que no era de la familia, de que son -cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él, sin ofensa de -su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros versos que de -los ajenos.</p> - -<p>Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que -el <i>Quijote</i> le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien -estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas -veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del -héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame -que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos -y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las -mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en -la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el -profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas -las grandezas y las debilidades del corazón humano.</p> - -<p>Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar -á Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en -la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era -una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y -la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de -vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico. -Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la -práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos -escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los -modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span></p> - -<p>Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á -pasear por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á -un tiempo caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza -deambulatoria, que debiera llamarse <i>peripatética</i>, no por lo que -tenga de aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que -veíamos y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del -Prado, y allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio -notaba yo cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. -Pero muy pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las -artes plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado -el de los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al -Museo; pero no lo había visto hasta ahora.»</p> - -<p>Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre -que no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora -que tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En -la esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, -y la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle -algún principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de -arte. En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones -materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que -podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi -pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas -se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como -quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la llu<span -class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span>via, de la nieve, con un -poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales. No me gustaba -mucho meterme en estas averiguaciones.</p> - -<p>Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que -me tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre -sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter! -Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi -vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores, -dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente -interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la -sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con -insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora -de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi -madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este -censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y -paciencia.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> - <p class="subh2">¿Quién podrá pintar á doña Cándida?</p> -</div> - -<p>Nadie, absolutamente nadie. Pero como <i>el intentarlo sólo es -heroismo</i>, voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba -guardada para mí desde que el tal cínife describió su primera curva -graciosa en el aire y halagó la humana oreja con el <i>do</i> sobre-agudo -de su trompetilla. Doña Cándida era viuda de García Gran<span -class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>de, personaje que desempeñó -segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la -Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la -fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del -partido y son llamados <i>probos</i>, <i>activos</i>, <i>celosos</i>, <i>concienzudos</i>, -<i>inteligentes</i> ó cosa tal. García Grande había sido hombre de -negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra -en los negocios gordos, un <i>bifronte</i> de esta raza inextinguible y -fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos -fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de -buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles; -un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones -parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador -sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las -situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la -política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador -de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director -general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril -sin carriles.</p> - -<p>En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física -acusaba dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su -fortuna, la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios -ajenos, porque una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que -fué director gerente, arrambló con las economías de media generación, -y allá se fué todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, -pero<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> débil. ¡Qué -gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así -como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á -la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y -particulares exige.</p> - -<p>Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que -aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa -era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre -las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra -con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que -se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras -manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más -apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de -la edad presente.</p> - -<p>Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días, -no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de -África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes -nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi, -de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre, -repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la -opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las -que fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle -de Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, -tés, merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida -eran tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de -atosi<span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span>garle para -que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto, y -conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde -que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso -adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy -arreglados.</p> - -<p>Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida -superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa -fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar -de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía -su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de -la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la -degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas -nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas -doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver -sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra -especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando -doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía -poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo, -ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando -el alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para -vender no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver -en el caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro -de Pablo de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, -cuadros, estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para -hablar de cosa grave<span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span> -ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y duques. -En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía ridícula -comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras mal -arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo, que -hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con -artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza -justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando -venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada: -«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en -las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los -momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora -de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un -plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:</p> - -<p>—Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé -que la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para -tu coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por -tí sacrifico mis intereses... una cosa atroz.</p> - -<p>Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi -buena madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña -Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas -deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración -local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto -ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en mate<span -class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>rias de agradecimiento -alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se le olvidase el -beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas que por ningún -motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda. Comprábale -yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba medio de -llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible fecundidad -los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor entraba -diciendo:</p> - -<p>—¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana -que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te -he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de -noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi -colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin, -tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz... -Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin -falta.</p> - -<p>Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo -festivo y de <i>gran mundo</i>, exclamando:</p> - -<p>—¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la -reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos -bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me -parece que te lo he dicho...</p> - -<p>—¿Qué, señora?</p> - -<p>—Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como -para tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la -vizcondesa de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto -que desean conocerte.<span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> -Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas más que en -tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo pases -bien.</p> - -<p>Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á -mí me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la -puerta volvía, diciendo:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana -que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para -tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor... -¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?</p> - -<p>—Á mí no me hace falta nada—le decía yo.</p> - -<p>Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» -pero calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente -necesidad, cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el -recuerdo de mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.</p> - -<p>No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó -miniatura antigua de escaso mérito.</p> - -<p>—Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué -enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo -explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por -la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas... -Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita -de chocha, una tostadita con <i>foie gras</i> y á veces media copita de -Chablis.</p> - -<p>Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la -risa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span></p> - -<p>—Para distraerme—continuaba,—estuve anoche en el Real. Me subí -al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á -la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que -volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo -me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria; -son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San -Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.</p> - -<p>—Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le -vendrán mal.</p> - -<p>—No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu -buena madre que tanto me quiso.</p> - -<p>Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que -concluía por obsequiarme con una lágrima.</p> - -<p>—Cercana á la tumba—decía con patética voz,—parece que se enardecen -mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.</p> - -<p>Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la -puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de -contrariedad y sorpresa, y decía:</p> - -<p>«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el -portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y -subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes -ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»</p> - -<p>Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que -me embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á -mi cínife:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span></p> - -<p>—Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias, -pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad -en todo, y las farsas me incomodan.</p> - -<p>Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, -que su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.</p> - -<p>Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco -fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda -cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La -indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el -estómago la fantasía de los embustes.</p> - -<p>Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria -había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la -época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio, -la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado -los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más -bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono -revelaban su traje y peinado, hecho de varios <i>crepés</i> de diferentes -colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á -imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la -dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que -son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de -moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas -metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un -viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un -vestido color de<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> pasa -de Corinto, que lo menos databa de los tiempos de la Vicalvarada, y -que con las trasformaciones y el uso se había vuelto de un color así -como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó ráfagas que le daban el -mérito de una tela rarísima y milagrosa.</p> - -<p>Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes -del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían -agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas -que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera -estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio -siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían -el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí, -mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los -agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por -las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para -limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana. -Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con -los otros <i>padrotes</i>, sobre mi estantería. De frente no eran tan -perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos -no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente -secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el -cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La -finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y -á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas. -El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día<span -class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> á mi discípulo, fué causa -de que éste la diese aquel nombre romano; pero después, confundiendo -maliciosamente aquel emperador con otro, la llamaba <i>Calígula</i>.</p> - -<p>Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió -de sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas -veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes -se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un -papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor -de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que -entra.»</p> - -<p>Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de -setenta semanas de años ó poco menos.</p> - -<p>El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, -era prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, -conociendo mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la -negativa. Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la -postulante alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba -echando mano á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción -de la pobre niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_6"> - <h2 class="nobreak">VI</h2> - <p class="subh2">Se llamaba Irene.</p> -</div> - -<p>Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía -denotar falta de nutrición; su<span class="pagenum" id="Page_44">[p. -44]</span> actitud cohibida y pudorosa, como si le ocasionaran vivísimo -disgusto las comisiones de su tía, me inspiraban mucha lástima. Así es -que además de la limosna, yo solía tener en mi mesa algún repuesto de -golosinas. Presumiendo que rara vez tendrían satisfacción en ella los -vehementes apetitos infantiles, dábale aquellas golosinas sin hacerla -esperar, y ella las cogía con no disimulada ansia, me daba tímidamente -las gracias, bajando los ojos, y en el mismo instante empezaba á -comérselas. Sospeché que este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, -era por el temor de que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en -el bolsillo, doña Cándida querría participar de ellos. Más adelante -supe que no me había equivocado al pensar de este modo.</p> - -<p>Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros, -cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía -entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades -de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me -asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo -que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba -que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes -trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: <i>catedrático</i>.</p> - -<p>Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios, -su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior -á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente. -¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel -feliz<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> desarrollo -ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez! Pero en -el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y energías -embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su penetración -era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento no superficial de -las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía contarme con gracioso -lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba en sí una chispa de -ironía, algunos lances de la pobre señora, sin faltar al respeto y amor -que le tenía.</p> - -<p>La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola -mal vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me -representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de -cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro -de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede -imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo, -de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la -fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas, -grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles -lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría -sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente -ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco -rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los -ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente; -pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello -se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron -las lágrimas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p> - -<p>Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía -esta nota:</p> - -<div class="sangrado"> <p>«Te ruego que proporciones á Irene una -gramática.»</p> </div> - -<p>Y en otra ocasión:</p> - -<div class="sangrado"> <p>«Irene tiene vergüenza de pedirte un libro -bonito que leer. Á mí mándame una novela interesante ó, si lo tienes, -un tomo de causas célebres.»</p> </div> - -<p>Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero -su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden, -de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del -espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal, -que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del -sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa, -en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día -haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un -mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á -la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de -rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron. -De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco, -acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para -entretenerse.</p> - -<p>Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de -aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni -metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una -mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó -pasaba re<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>vista á -los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso mío, cualquier -librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los grabados. Tanto -respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar, como otros niños, -«¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo, ó se quedaba con -las ganas de saberlo.</p> - -<p>El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y -¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no -trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas -de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún, -porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo -correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba, -comprándola un vestidillo.</p> - -<p>Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida, -sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición. -Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató -como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero -afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de -la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por -no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó -un bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en -esa negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros -depura y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si -estaba contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la -tristeza que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos -ojos<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> aquella tristeza -que á veces me parecía un efecto estético, producido por la luz y color -de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos de la expresión, -por donde se nos trasparentan los misterios del mundo moral, quizás -revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos mucho tiempo, ó -quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.</p> - -<p>Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus -visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida, -sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la -esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la -pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las -menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el -tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la -criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por -éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con -injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero -que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos -del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó -mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras, -no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo -de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho -exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los -varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una -sabia, una filósofa, en fin una <i>cosa atroz</i>...</p> - -<p>Esta parte de mi relato viene á caer hacia<span class="pagenum" -id="Page_49">[p. 49]</span> 1877. En este año me mudé de la sosegada -calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo, y poco después -conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel Peña, con todo -lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden lógico, que -es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es, tiene sus -arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del saber y el -relojero del tiempo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_7"> - <h2 class="nobreak">VII</h2> - <p class="subh2">Contento estaba yo de mi discípulo.</p> -</div> - -<p>Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban -admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La -historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis -que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo -que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la -escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta -agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de -asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario -á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre -cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo, -me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me -exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él -las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté -en esto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p> - -<p>Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba -sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo -tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo -expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado, -dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas -que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me -pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas, -el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia -seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de -sonoridades simpáticas.</p> - -<p>—Vamos—le dije con entusiasmo un día.—Está visto que eres orador, y -si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.</p> - -<p>Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en -la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de -encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar -en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le -seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia -las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando -quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito -bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía -pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me -suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque se -ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente rechazaba -su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi primera -explicación sobre la <i>indagación<span class="pagenum" id="Page_51">[p. -51]</span> de un principio de certeza</i>, había producido en su -entendimiento efecto semejante al que en el cuerpo produce la toma de -un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar sobre la <i>unidad real entre -el ser y el conocer</i>, asegurándole que cuando se acostumbrase á los -ejercicios de la reflexión, hallaría en ellos indecibles deleites; pero -ni por esas. Él sostenía que cada vez que se había puesto á reflexionar -sobre esto ó sobre <i>la conformidad esencial del pensamiento con lo -pensado</i>, se le nublaba por completo el entendimiento, y le entraba un -dolor de estómago tan pícaro, que suspendía las reflexiones y cerraba -maquinalmente el libro.</p> - -<p>¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito -Peña! Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me -hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho -habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que -pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención -en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de -curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y -de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo. -Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su -aversión á lo que él llamaba la <i>teología sin Dios</i>. Ya por entonces -gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y -epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero -esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto -en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo, -poseyendo aquella cualidad, rema<span class="pagenum" id="Page_52">[p. -52]</span>taba y como que ponía la veleta al gallardo edificio de sus -aptitudes. Observando éstas, viendo lo que á Manuel faltaba, y lo que -en grado tan excelso tenía, me preguntaba yo: «Este muchacho, ¿qué va á -ser? ¿Será un hombre ligero ó el más sólido de los hombres? ¿Tendremos -en él una de tantas eminencias sin principios, ó la personificación -del espíritu práctico y positivo?» Aturdido yo, no sabía qué -contestarme.</p> - -<p>Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he -visto semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas -simpatías á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil -expresión, su oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente -y dominadora que le abría las puertas de todos los corazones. Sabía -ponerse al nivel intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno -el lenguaje que le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él -era su excelente corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más -lejos de lo que los buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve -empeño en regularizar sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, -marcándole juiciosos límites y reglas. También trabajé en corregirle -el pernicioso hábito de gastar dinero tontamente, empleándolo en -fruslerías tan pronto adquiridas como olvidadas. Imposible me fué -quitarle el vicio de fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra -la maldita maña suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales -tenía lleno el bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las -ganas de comer; y lo peor era que durante la lección me engolosinaba -á mí; y tal imperio tiene la costumbre y de<span class="pagenum" -id="Page_53">[p. 53]</span> tal manera se apodera de nuestros flacos -sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio -mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi -casi me mortificó aquella falta.</p> - -<p>Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la -conducta de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de -su gratitud venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de -jamones, morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero -tan grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones -impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media -tienda, siempre salía ganando.</p> - -<p>Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle -mucho en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los -buenos modales y un principio por sí de buena educación. Como el -muchacho era rico y había de representar en el mundo un papel muy -airoso, debía prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el -aspecto, la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que -da al caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte, -vigor y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas -veces, con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente -torera, para ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la -dehesa en que están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias -tuvimos sobre esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que -debe dejarse á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece, -y que además es locura prescindir del me<span class="pagenum" -id="Page_54">[p. 54]</span>dio ambiente y del influjo local, transigía, -dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á -mi discípulo de aquella pueril vanidad.</p> - -<p>Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito -tendría que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar -en ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión! -Es evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros -profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha -salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle, -siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes -personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos, -y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio, -sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto -aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado -más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos, -donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación -en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza -política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados -Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y -utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo. -La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación -y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del -coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de -fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho -odiosa con apelaciones á la<span class="pagenum" id="Page_55">[p. -55]</span> fuerza, carece de prestigio, la libertad de pensamiento toma -un vuelo extraordinario, y las energías fatales de la época, riqueza y -talento, extienden su inmenso imperio.</p> - -<p>Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al -punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que -toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico, -digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque -solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de -lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza; -pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y -visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que -en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un -pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de -estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras -que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo -establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan -guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado -entre sus compañeros de la Universidad: el <i>hijo de la carnicera</i>.</p> - -<p>Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y -temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y -de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del -empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera -también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era de -honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de<span -class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span> inmejorables condiciones -morales, y en jerarquía superaba á Manuel, pues si bien los Vendesol -habían sido carniceros, la tienda se cerró treinta años há, y luego -fueron tratantes en ganado, contratistas de abastos en grande escala. -Doña Javiera veía con gusto la inclinación de su hijo, y con su buen -humor me decía:</p> - -<p>—Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene -<i>parné</i>, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos.</p> - -<p>Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo -que la edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún -propia para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para -casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un -asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que -doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje -de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés -descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero -cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica, -honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un -pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla -auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de -nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse -á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por -Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto -final al comercio de carne.</p> - -<p>Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando -tiempo y atención al<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> -estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones, y aunque no se -habían enfriado la delicada afición y el respeto que me tenía, nuestra -comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras conferencias más -breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de diversas cosas, y -mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes generales, él -no gustaba sino de los hechos y de las particularidades, prefiriendo -siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á veces con calor, y -decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no paseábamos juntos. -Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba solo y á pié. -Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches, porque él iba -al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol.</p> - -<p>Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la -suspensión de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía -dar por finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya -podía aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así -lo manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena -señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba -ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros -días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle -el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á -una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada. -Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus -proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja -costumbre, al dinero <i>parné</i>, al figurar <i>dar<span class="pagenum" -id="Page_58">[p. 58]</span>se pisto</i>. Ya más de una vez su hijo había -intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las buenas vías académicas -en materia de lenguaje.</p> - -<p>Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me -las daba á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda -y limpiarse para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo -manifestó palabra por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros -decía que si la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría -para lavarse las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth -para limpiarse las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de -legitimar sus relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase -en sociedad y le diera visos de persona respetable, como por ejemplo, -una crucecilla de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un -empleo ó comisión de estas que llaman honoríficas.</p> - -<p>Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió -doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera -se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba -del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se -despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad; -la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba -delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio, -Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños de -Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de naranjo -agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba las -aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de<span class="pagenum" -id="Page_59">[p. 59]</span> sus viajes, de sus relaciones, de duques -y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan bien, concluía por -suponerla digna de figurar en el <i>Almanaque Gotha</i>.</p> - -<p>Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la -vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me -declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las -rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador -tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los -considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo -en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante, -lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro -de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja -suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no -sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado -mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus -aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación -y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de -la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.</p> - -<p>Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar -por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida -delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no -iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á -un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la -criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero -aseadísi<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span>mo, revelando -en todo la virtud del arreglo, que sin duda no le había enseñado su -tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo de la pobreza, -llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento fué saludarla; -mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo como que no me -veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera. Respetando yo esta -esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la esquina de la calle -del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre pálido y expresivo -de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que en la explicación -de aquel día, que era la <i>Relación recíproca entre la conciencia moral -y la voluntad</i>.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_8"> - <h2 class="nobreak">VIII</h2> - <p class="subh2">¡Ay mísero de mí!</p> -</div> - -<p>¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los -desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y -método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos, -someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad -placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano; -arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y -tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os -desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta, -desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos -arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro <i>yo</i> y de -sus felices proyecciones; que<span class="pagenum" id="Page_61">[p. -61]</span> nos robas la grata sombra de <i>uno mismo</i>, ó lo que es -igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras horas, -el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones, aunque -salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y radical -cambio que sobrevino en mis costumbres.</p> - -<p>Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los -veintidos años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me -anunció su propósito de regresar á España trayendo toda la familia. -En América había estado veinte años probando distintas industrias y -menesteres, pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por -la insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma, -infame aliada de la suerte.</p> - -<p>Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos -representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á -la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero -y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La -educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos -y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de -satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal -resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto, -cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que -yo temía.</p> - -<p>Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á -trastornar mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se -amargaba con el pensamiento de un molestísimo des<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span>barajuste en mis costumbres. Corría el mes -de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación del Norte á -José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus tres niños, -su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce años, una -mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en grande y -pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro butacas. -El reino animal estaba representado por un loro en su jaula, un -sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.</p> - -<p>Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este -escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó -desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande -y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como -en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo, -pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle -lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con -cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los -tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado -como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá, -con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del -sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los -cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas. -Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido -verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas -representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos -risueños países, el encanto de<span class="pagenum" id="Page_63">[p. -63]</span> sus bosques poblados de lindísimos pajarracos y de insectos -vestidos con todos los colores del iris.</p> - -<p>José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme -de nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes -de llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro -de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria, -nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado -con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar -mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin -encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que -rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á -la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se -necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras -en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los -hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo -me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior -y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de -alfombrado y carruajes.</p> - -<p>Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se -empleó en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de -aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á -todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos, -y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse -las tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque -todo<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> les parecía poco -para el gran frío que esperaban y para defenderse de las pulmonías. -Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el pequeñuelo, no -parecían los mismos.</p> - -<p>Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis -conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio -de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas -y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así -trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los -precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las -tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y -chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego -trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en -moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel -timbrado, los <i>bibelots</i>, los abanicos, las flores contrahechas, los -estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y -porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto -algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También -daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían -siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía -de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites -con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como -se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los -antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse, -ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y<span -class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span> á cada ratito decían una -y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado, me apetece pescado -frito, me apetece merengue.» Las campanillas de las habitaciones -repicaban como si anduvieran por los altos alambres diablitos -juguetones, y los criados entraban y salían con platos y bandejas, -tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las tres damas -pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras, con los -mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale á los -abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si hacía frío. -Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se acostaban. -Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban tan muertas de -sueño, que no había forma humana de que se levantaran. Vencida de su -abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni dejar de peinarse, -echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta incómoda postura se -dejaba peinar para seguir durmiendo.</p> - -<p>En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza -destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata -Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle; -jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran -algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble. -Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras, -hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos -con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les -habían hecho para salir á paseo.</p> - -<p>Rupertico era tan travieso que no se podía<span class="pagenum" -id="Page_66">[p. 66]</span> hacer carrera de él. De la mañana á la -noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver pasar los -coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara alguna -cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era preciso -buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le traíamos por -una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan desconforme con -mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito me molestaban -menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo á toda hora: -«Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el corsé; tráeme -agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos inútilmente -por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?» decíamos mi -hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta que al fin le -hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me apareció como -un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí los dos globos -blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios de granate. Una -voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «<i>mucho fío, mucho fío</i>.» -Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un tintero, pues estaba -arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel día se le compró un -chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en caracter. Era un buen -chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me hacía pensar en los -ángeles del fetichismo africano.</p> - -<p>Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo -cual era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo -que en el muelle de la Habana.</p> - -<p>Principiaba la fiesta por las disputas entre<span class="pagenum" -id="Page_67">[p. 67]</span> mi hermano y Lica sobre lo que ésta había -de comer.</p> - -<p>—Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.</p> - -<p>—¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero -sopa.</p> - -<p>—Niña, toma carne y vino.</p> - -<p>—¡Qué chinchoso!... Quiero melón.</p> - -<p>En tanto la <i>niña Chucha</i> (así llamaban á la suegra de mi hermano), -que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas -críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar -una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el -moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen -la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en -la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto. -Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada -junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba. -Después me pasaba la mano por la cara llamándome <i>tiíto bonito</i>. El -chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa, -y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con -atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y -los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al -delicado temperamento y al crítico estado de Lica.</p> - -<p>—Chinita, toma vino.</p> - -<p>—¿Vino? ¡qué asco!</p> - -<p>—Mujer, no bebas tanta agua.</p> - -<p>—¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span></p> - -<p>—Carne, mujer, toma carne.</p> - -<p>Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:</p> - -<p>—Papá <i>mapiango</i>.</p> - -<p>—Niño, si te cojo...</p> - -<p>—Papá cochino...</p> - -<p>—Yo quiero fideo con azucar—chillaba una vocecita más allá.</p> - -<p>—Me apetece garbanzo.</p> - -<p>—¡Silencio, silencio!—gritaba José María dando fuertes golpes en la -mesa con el mango del cuchillo.</p> - -<p>Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la -blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y -daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la -fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía -la <i>niña Chucha</i> enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á -la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y -en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía -encomendarme para que se serenara mi espíritu.</p> - -<p>Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que -probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los -postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más -negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro -brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y -contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.</p> - -<p>Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas, -porque no sólo era mi<span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span> -hermano el que chupaba, sino que Lica encendía su cigarrito y la niña -Chucha se ponía en la boca un tabaco de á cuarta. El humo y el vaivén -de las mecedoras, me ponían la cabeza como un molino de viento, y -aguantaba, y sostenía la conversación de mi hermano, que despuntaba -ya por la política, hasta que llegada la hora de la abolición de -mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado de tan miserable -vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis tristes ojos -á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón que hubiera -descubierto el Nuevo Mundo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_9"> - <h2 class="nobreak">IX</h2> - <p class="subh2">Mi hermano quiere consagrarse al país.</p> -</div> - -<p>Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer -día se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica -estaba <i>fluxionada</i>, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la -niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos -que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y -frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella, -y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas -viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo mal, -el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su dolorida -dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á seguir ella -el mismo camino. Uno de los<span class="pagenum" id="Page_70">[p. -70]</span> tomeguines se escapó de la jaula y no se le volvió á ver -más. Á la buena señora no había quien le quitara de la cabeza que el -pobre pájaro se había ido de un tirón á los perfumados bosques de su -patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro tanto! ¡Pobre doña Jesusa, -y que lástima me daba! Su única distracción era contarme cosas de su -bendita tierra, explicarme cómo se hace el ajiaco, describirme los -bailes de los negros y el tañido de la maruga y el güiro, y por poco me -enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle por temor á encontrarse -con una pulmonía; no se movía de su butaca ni para comer. Rupertico le -servía la comida, y se iba comiendo por el camino las sobras que ella -le daba.</p> - -<p>En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando -asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y -tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba -de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y -se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado, -y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban -á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes -viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre -diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta -fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los -asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más -embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No era -preciso ser zahorí para ver en José María al hom<span class="pagenum" -id="Page_71">[p. 71]</span>bre afanoso de hacer papeles y de figurar -en un partidillo de los que se forman todos los días por antojo de -cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que hacer. Un día me le -encontré muy apurado en su despacho, hablando solo, y á mis preguntas -contestó sinceramente que se sentía orador, que se desbordaban en su -mente las ideas, los argumentos y los planes, que se le ocurrían frases -sin número y combinaciones mil que, á su juicio, eran dignas de ser -comunicadas al país.</p> - -<p>Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al -sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un -país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas -nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya -realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras -de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa -de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo -cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil -engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa -y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y -teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la -tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco -de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas -del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción -de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema, -y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso -de una figura arquitectónica,<span class="pagenum" id="Page_72">[p. -72]</span> que siempre viene á la mano hablando de política, no -significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme indiferente en -las formas de gobierno, y añadí que la política era y sería siempre -para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico conjunto de -principios científicos y de reglas de arte, un organismo, en fin, -y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las contingencias -personales, los subjetivismos perniciosos, los modos escurridizos, las -corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y agudezas que -constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.</p> - -<p>Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi -hermano bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar -sorna <i>metafísico</i>, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles -del cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan -remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha -seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á -cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus -doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido -análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le -aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos, -y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has -acertado.»</p> - -<p>Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa -sumamente natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de -instalación, mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta -para todas las notabilidades que quisie<span class="pagenum" -id="Page_73">[p. 73]</span>ran honrarle. Las visitas se sucedían -á las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó -en comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas -prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando -había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden -perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las -rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron -un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra -cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones -de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de -Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y -el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener -un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños, -excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección -de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á -poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer, -ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la -incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su -marido, volvióse éste á mí y me dijo:—«Es preciso que sin pérdida de -tiempo me busques una institutriz.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_10"> - <h2 class="nobreak">X</h2> - <p class="subh2">Al punto me acordé de Irene.</p> -</div> - -<p>La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición -para mi familia y admira<span class="pagenum" id="Page_74">[p. -74]</span>ble partido para la huérfana! Contentísimo de ser autor de -este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á doña Cándida. ¡Dios -mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que mi hermano con toda -su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida y traqueteo de sus -disparados nervios la ocasionaran un accidente epiléptico, porque la ví -echar de sus ojos relámpagos de alegría; la ví retozona, febril, casi -dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas muestras de loco júbilo se -trocaron en furia, que descargó sobre mí, diciendo á gritos:</p> - -<p>—Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué -piensas? Tú estás en Babia.</p> - -<p>Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto -admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart -y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas! -Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible -distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña -Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la -casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra. -La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba -un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me -dijo:</p> - -<p>—¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.</p> - -<p>No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario -Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando -caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había -atraido sobre mis parientes una<span class="pagenum" id="Page_75">[p. -75]</span> plaga mayor que las siete de Egipto juntas. Era yo autor del -mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al ver entrar en la casa -para hacer su primera visita á la representante de la cólera divina, -puesta de veinticinco alfileres, radiante, amenazadora, con expresión -de fiera majestad semejante á la que debía de tener Atila. No sé de -dónde sacó las ropas que llevaba en aquella ocasión trágica. Creo que -las alquiló en una casa de empeños con cuyos dueños tenía amistad, -ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues hay siempre impenetrables -misterios en los modos y procedimientos de ciertos séres, y ni el más -listo observador sorprende sus maravillosas combinaciones. Lo que -llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y como la muy pícara tenía -aquel continente de señora principal, daba un chasco á cualquiera, y -ante los ojos inexpertos pasaba por una de esas personas que imperan -en la sociedad y en la moda. Su noble perfil romano y sus distinguidos -ademanes hicieron aquel día papel más lucido que en toda la temporada -de los esplendores de García Grande en tiempo de la Unión Liberal.</p> - -<p>Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos -hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con -frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir -que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con -Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las -cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que -nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera -visita dió también<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span> -doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos cariñosos con los niños, -haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías, y demostrándoles un amor -que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo un breve consuelo á su -nostalgia en las tiernas expresiones de aquella improvisada amiga, que -supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes las comidas cubanas, -y terminó con un parrafillo sobre enfermedades. Hasta José María cayó -en la astuta red, y un rato después de haber salido Calígula, me -preguntaba si á los salones de doña Cándida iba mucha gente notable, al -oir lo cual me entró una risa tan grande que creo oyeron mis carcajadas -los sordo-mudos que están en el inmediato colegio de la calle de San -Mateo.</p> - -<p>Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde -sus primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: -«Si parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes -como si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, -y hablaba de sí misma y de sus males en términos que me llenaba -de admiración su númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus -posesiones de Zamora para poder gozar de la compañía de tan simpática -familia, y aunque sus intereses habían sufrido mucho por culpa de los -malos administradores, no quería salir de Madrid, porque sus amigas -la marquesa de acá y la duquesa de allá la retenían. Sus dolencias -eran lastimosa epopeya, digna de que Homero se volviera Hipócrates -para cantarlas. Por último, en aquel segundo día y en los siguientes -(pues antes faltara el sol en el zénit que Calígula en la casa de -Manso), de<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span>mostró tal -conocimiento y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo -de Estado de Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni -cinta sin previa opinión de la de García Grande.</p> - -<p>—¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar -nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el -doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No, -no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo; -no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan -buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...</p> - -<p>Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos -á que estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña -Cándida, le conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, -con lo que se rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá -la viera en tal estado!...»</p> - -<p>Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella, -rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones -diciéndome con su lánguida expresión:</p> - -<p>—No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña -Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por -los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas -cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme -con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta -tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en -fin, lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo...<span -class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span> ni por nada del mundo. Yo -le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me hiciera el favor -de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas sencillo... ¡La -pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron las lágrimas. -Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no desairarme.</p> - -<p>Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía -el mal; ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y -á los demás medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo -contemplaba con tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, -no contaminada de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su -lado existía la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel -virginal espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí -respetar su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas -que en las grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.</p> - -<p>En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y -moral de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo -mío, un holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas -con los alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. -Yo previne que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al -estudio sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, -mesura, recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica -que, en tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber -traido á su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano -estaba contentísimo, y yo me consolaba así del<span class="pagenum" -id="Page_79">[p. 79]</span> mal que hice con llevarles la calamidad -de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al chupador -vampiro.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_11"> - <h2 class="nobreak">XI</h2> - <p class="subh2">¿Cómo pintar mi confusión?</p> -</div> - -<p>¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi -vida la que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese -evadirme de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían -á su lado casi todo el día, unas veces para consultarme sobre -cualquier asunto y matarme á preguntas, otras para que les acompañase. -Parecía que nada marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la -universalidad de los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el -obligado tributo de comer con ellos un día sí y otro no, cuando no -todos los del mes?... Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, -mi independencia, el recreo de mis horas, acomodada cada cual para -su correspondiente tarea, su función ó su descanso. Pero lo que más -me desconcertaba eran las reuniones de aquella casa, pues habiéndome -acostumbrado desde algún tiempo atrás á retirarme temprano, las horas -avanzadas de tertulia entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me -producían malestar indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre -tan contrario á mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; -pero mi bendito hermano se había vuelto tan ceremonioso, que<span -class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> no podía yo prescindir de -tan antipática vestimenta.</p> - -<p>Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus -salones con todas las personas notables y todas las familias -distinguidas que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan -fácilmente. Lica no había logrado hacerse simpática á la mayor parte -de las familias cubanas que en Madrid residen, y que en distinción -y modales la superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino -su rusticidad, su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en -materia de requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y -chismes poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían -anécdotas punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que -la <i>habían cogido con lazo</i>. Y tanta era la inocencia de la guajirita, -que no se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en -ello. Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos -para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva -vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su -inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la -permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no -eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y -no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi -hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba -entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las -delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span></p> - -<p>José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste -de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible -catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad -que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña, -que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero -¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias -de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen -por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso, -el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos -que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le -igualara?</p> - -<p>Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero -aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse -afiliado á un partido que tiene en su escudo <i>la democracia rampante</i>, -quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese -haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran -de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le -agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque -para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No -seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en -su tierra había hecho <i>natales</i> y algunas décimas, que tenían todo -el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la -manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al -poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los -de tres por un cuarto...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p> - <h2 class="nobreak">XII</h2> - <p class="subh2">¡Pero qué poeta!</p> -</div> - -<p>Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado, -favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años, -desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez -palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas -por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían -las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello -estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si -manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano -de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea -pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado -con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban -mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero -empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía -creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay -hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba -en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para -que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los -honores, redactaba sus tarjetas así:</p> - -<div class=" centrado"> - -<p class="centra xl"><span class="pagenum" id="Page_83">[p. -83]</span>Francisco de Paula de la Costa<br /> y Sainz del Bardal</p> - -<p class="centra small mt1">JEFE DEL GABINETE PARTICULAR</p> - -<p class="centra xs mt1">DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE -BENEFICENCIA Y SANIDAD</p> - -</div> - -<p>Luego venían las señas: <i>Aguardiente</i>, 1.</p> - -<p>Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él -la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha -orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, -le parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba -un día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre -de aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso -entero.</p> - -<p>Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de -estos afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos -y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado -repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas -son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea -que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para -resolver diviesos. Hace <i>pequeños poemas</i>, fabrica poemas grandes, -recorta <i>suspirillos germánicos</i> y todo lo demás que cae debajo del -fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas; -cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño -alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades -huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la -melancolía, ó<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> sonetos -emolientes seguidos de metro y medio de firma. Trae sofocados á los -directores de Ilustraciones para que inserten sus versos, y se los -insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más que el autor, que -es el público de sí mismo.</p> - -<p>Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó -dolor de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones -de mi hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le -traían en palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. -Excuso decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de -Paula de la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había -compuesto y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y -nocturnos en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, -sinsontes, cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.</p> - -<p>Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. -Cuando este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras -se quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro -de tal magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era -el oráculo de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su -opinión sobre lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el -arreglo de la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en -torno de él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en -el célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial -y encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus -palabras salían revestidas de au<span class="pagenum" id="Page_85">[p. -85]</span>toridad sibilina. Obligado por las exigencias sociales, yo -no tenía más remedio que poner atención á sus huecos párrafos, que -resonaban en mi espíritu con rumor semejante al de un cascarón de huevo -vacío cuando se cae al suelo y se aplasta por sí solo. La cortesía me -obligaba á oirle; pero en mi corazón le despreciaba como despreciamos -esa artimaña de feria que llaman <i>la cabeza parlante</i>. Él no debía -de tenerme gran estima; pero como hombre de mundo, afectaba respeto -á los estudios serios que eran mi tarea constante. Así, siempre que -venía rodando á la conversación algún grave tema, decía con cierta -benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al amigo Manso...»</p> - -<p>Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen -en Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, -también diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que -saben intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza -de todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una -determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo -de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores. -Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido -en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y -respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor -de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes -párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante, -yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba, -¡extraña cosa!<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> con -los suyos. De esta clase de gentes está lleno Madrid: son su flor y su -escoria, porque al mismo tiempo le alegran y le pudren. No busquemos -nunca la compañía de estos hombres más que para un rato de solaz; -estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen notorio poder de -contagio, y es fácil que el observador demasiado atento se encuentre -manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo piense.</p> - -<p>Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en -día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí <i>reinaba el -buen tono</i>, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió -con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me -pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué -el conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con -una cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría -en ir también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de -Fúcar.</p> - -<p>Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la -historia, es que en las tertulias de Manso nació una de las más -ilustres asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más -dignifican á la humanidad. Me refiero á esa <i>Sociedad general para -socorro de los inválidos de la industria</i>, que hoy parece tiene vida -robusta y presta eficaces servicios á los obreros que se inutilizan -por enfermedad ó cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la -idea, pero ello es que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se -constituyó la junta de gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón -Pez,<span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> que tocante -á la estadística, á la administración, á la beneficencia, era un -verdadero coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados -llenos de números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado -presidente. Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, -y Sainz del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á -sí mismo secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar -los poetas en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que -soldado raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me -nombraran consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la -negra suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora -la ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas -absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel -dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por -nombre <i>el tífus</i>, y huía de él como de un foco de intoxicación.</p> - -<p>Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia -y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos -se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de -carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos -tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de -Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía -estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo, -apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se -burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el -mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió<span class="pagenum" -id="Page_88">[p. 88]</span> en llamar á mi discípulo <i>Peñita</i>, -diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que quieran, -siempre lleva en sí algo de desdén.</p> - -<p>José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había -dicho en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas -y de organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del -partido.</p> - -<p>—¿Qué te parece el partido?—me preguntaba con frecuencia.</p> - -<p>Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha -se había visto. Á lo que él decía:—«Yo quisiera que se organizase -á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es -verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa -y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»</p> - -<p>Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese -adelante en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la -asombrosa variedad de las manías humanas.</p> - -<p>Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus -hijos, me decía:</p> - -<p>—Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á -ver qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.</p> - -<p>Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta -de ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones -y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y -sobriedad me agradaban en extremo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span></p> - <h2 class="nobreak">XIII</h2> - <p class="subh2">Siempre era pálida.</p> -</div> - -<p>Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada -de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos, -admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer -orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me -agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una -vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido -profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella -superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna -parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz, -donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo, -aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente, -todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la -serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos -modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus -principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se -ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el -lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era -correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que -triunfarían de la crítica más rebuscona.</p> - -<p>Desde mis primeras visitas de inspección,<span class="pagenum" -id="Page_90">[p. 90]</span> sorprendióme el sensato juicio de la -maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas de esta vida, -y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su aplomo declaraba -una naturaleza superior compuesta de maravillosos equilibrios. Parecía -una mujer del Norte, nacida y criada lejos de nuestro enervante clima y -de este dañino ambiente moral.</p> - -<p>Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación -que Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta -el día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas -horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus -vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado -de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro -y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á -esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección? -Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la -admiración que despertó en mí.</p> - -<p>Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, -que aunque de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, -voluntariosos, díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. -¿Cómo llegó á domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo -milagros, con su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. -Los pequeños, jamás castigados por ella corporalmente, la querían con -delirio. La persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales -de aquella alma privilegiada.</p> - -<p>Un día que hablábamos de varias cosas, con<span class="pagenum" -id="Page_91">[p. 91]</span>cluida la lección, traje á la memoria los -tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla aún garabateando -en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues aunque no hice -mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este recuerdo -fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al punto la -conversación.</p> - -<p>Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía -resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación -postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la -pobre niña, mal calzada y peor vestida.</p> - -<p>Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar -secundario. Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de -relumbrón, y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las -hembras. ¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas -de la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus -palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias -y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer -razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me -encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario -por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de -piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel -tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva -á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica -su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general -maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos -varios que á<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> mí mismo -me sorprendían poniéndome como fuera de mí y haciéndome como diferente -de mí mismo, en términos que noté un brioso movimiento en mi voluntad, -la cual se encabritó (no hallo otra palabra) como corcel no domado, y -esparció por todo mi sér impulsos semejantes á los que en otro orden -resultan de la plétora sanguínea, y...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_14"> - <h2 class="nobreak">XIV</h2> - <p class="subh2">¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel - propósito?</p> -</div> - -<p>¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque -trato de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de -que disfruto en este momento.</p> - -<p>—Esta joven es un tesoro—dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy -contentos con los progresos de las niñas.</p> - -<p>En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo -cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por -la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes, -unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba -(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con -orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude -observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía la -cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la que -pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo.<span class="pagenum" -id="Page_93">[p. 93]</span> Tenía rudimentos de algunas ciencias, -y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía con tanto tino, -que más se la admiraba por lo que no quería saber que por lo que no -ignoraba.</p> - -<p>Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas -generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción -que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y -apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando -antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese -en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al -mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que -viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo -deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.</p> - -<p>Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo -encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No -le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa -chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni -gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas -artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes -de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y -cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman <i>home</i>. Sabía poner -á raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar -el sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente -son.</p> - -<p>Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas -de doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto<span -class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> debió de sufrir la pobre -joven en compañía de persona tan contraria á su natural recto y á sus -gustos delicados. Confianza tras confianza, fué contándome poco á poco, -en sucesivos paseos y sesiones interesantes, cosas de su infancia -y pormenores mil, que así revelaban su talento como su exquisita -sensibilidad.</p> - -<p>Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el -15 de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos -por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia, -se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba -asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su -liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las -manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento, -no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una -reunión magna de la <i>Sociedad para socorros de los inválidos de la -industria</i>, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones, -las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto -y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de -aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué -felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase -á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo -rayos de beneficencia por todas partes!</p> - -<p>Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre -y para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica. -Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño una -ternura<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> idolátrica, -cuya última nota era quedarse á comer. La admiración tácita de Calígula -por el cocinero de la casa, si discreta, no era nada platónica.</p> - -<p>Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de -Martín está tan cerca y daban <i>El Nacimiento del Hijo de Dios y La -Degollación de los Inocentes</i>, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, -yo y la familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó -hasta la escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la -cara, se volvió adentro porque se sentía muy <i>fluxionada</i>. Yo estaba -alegre aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de -todas edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía -de una recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie -humana. Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, -donde tanta gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, -entre las cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto -algazara como aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba -otro, y en palcos y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel -contínuo mover de caras producían confusión, mareo y como un principio -de demencia. Las luces rojizas del gas daban á aquel recinto, donde -hervían tanto ardiente apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril -impaciencia, no sé qué graciosa similitud con calderas infernales ó -con un infiernito de juego y miniatura, improvisado en el Limbo en una -tarde de Carnaval.</p> - -<p>Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se -alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El -po<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>bre niño escondía -su cara para no verlo; sus hermanitas se reían, y él, excitado por -todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba más que á abrir un -poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles cuernos del actor -que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía que le sacaran de -allí. Felizmente la salida de un angel, armado de lanza y escudo, que -con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y darle media docena -de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó mucho oyendo las -exclamaciones de contento que de todos los puntos del teatro salían.</p> - -<p>Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos -admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en -indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento -de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto -en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un -mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San -José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes -y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al -tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era -una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que -se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente, -no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los -indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella -farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano -de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se -permitía atroces libertades<span class="pagenum" id="Page_97">[p. -97]</span> de lenguaje á propósito de la mansedumbre de San José. Irene -opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben permitirse, y hacía -consideraciones bien tristes sobre los sentimientos religiosos de un -pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.</p> - -<p>Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su -convencionalismo, de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, -porque no me ocurría la manera de introducir en la conversación otros -temas más en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba -fórmulas de transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el -calor, el bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego -sainetón ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal -y desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos -comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma -belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en -mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.</p> - -<p>Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia. -Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente -su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una -cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos. -Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto -á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna, más -humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora recibía -una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres, abuelos -y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres,<span -class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span> guardamangieres ó no -sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia familia era una -idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la tía de Irene -perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de pena, y al -poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras de doña -Cándida.</p> - -<p>Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario, -y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente -manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se -asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á -molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un -ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro -de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene -conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo -un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.</p> - -<p>Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de -qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de -tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra vez -el telón, vimos el monte, la cascada <i>de agua natural</i> que caía de lo -alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el rebaño -vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel momento -parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo suscitaban -los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista, consideraba la -índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del Nuevo Testamento, -y luego, mientras se pre<span class="pagenum" id="Page_99">[p. -99]</span>sentaba á los admirados ojos de la chiquillería, de las -criadas y nodrizas el bonito cuadro del Portal, dejóse ir mi mente á un -orden de juicios que no eran totalmente distintos de los anteriores. -Viendo en caricatura los hechos más sagrados y puesto en farsa lo que -la religión llama misterio para hacerlo más respetable, se despertó en -mí un prurito de crítica que, á mi parecer, no dejaba de relacionarse -con el pícaro dolor de cabeza, pues parecía que éste lo estimulaba, -dando á mi criterio pesimista la agudeza de aquel filo que me cortaba -el cráneo. Y lo más raro era que mi crítica implacable se cebaba en -aquello que más admiraban mis ojos y que traía á mi espíritu tan -risueñas esperanzas. Sin duda aquel feo demonio que tanto había -asustado á Pepito se metió en mí, porque yo no cesaba de contemplar -á Irene, no para saciarme en la vista de sus perfecciones, sino para -buscarle defectos y encontrárselos en gran número, que esto era lo -más grave. Su nariz me parecía de una incorrección escandalosa, sus -cejas demasiado ténues no permitían que luciera bastante la proyección -melancólica de sus ojos. ¿No era su boca quizás, ó sin quizás, más -grande de lo conveniente? Luego dejaba correr mi despiadada regla por -el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual parte hacía el vestido -demasiados pliegues, que el corsé no acusaba perfiles estéticos, que la -cintura se doblaba más de lo regular, y al mismo tiempo, ni había en su -traje el esmerado corte que, á mi juicio, debía tener, y sus guantes -tenían una roturilla, y sus orejas estaban demasiado rojas, no sé si -por el calor, y su sombrero era muy grande, y sus cabellos... Pero -¿á<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> qué seguir? Mi -cruel observación no perdonaba nada, iba á rebuscar los defectos hasta -á las regiones menos visibles, y al hallarlos, cierta complacencia -impía parece que daba descanso á mi espíritu y alivio á mi dolor de -cabeza... ¡Tontería grande aquel trabajo mío, y cómo me reí de él más -tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá que á tal análisis resista! Pero es -una desdicha conocer el amargo placer de la crítica y ser llevado por -impulsos de la mente á deshojar la misma flor que admiramos. Vale -más ser niño y mirar con loco asombro las imperfecciones de un rudo -juguete, ó sentar plaza para siempre en la infantería del vulgo. Esto -me lleva á sospechar si el ideal estético será puro convencionalismo, -nacido de la finitud ó determinación individual, y si tendrán razón los -tontos al reirse de nosotros, ó lo que es lo mismo, si los tontos serán -en definitiva los discretos.</p> - -<p>—¡Pobrecito Máximo!—me dijo de improviso Irene, en el momento que -caía el telón.—¿No se alivia esa cabeza?</p> - -<p>Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que -me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan -acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.</p> - -<p>—Me duele mucho... El calor... el ruido...</p> - -<p>En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.</p> - -<p>—Pues vámonos—dijo Irene.</p> - -<p>Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero -Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy -afligida: «Si falta la degollación...»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span></p> - -<p>Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.</p> - -<p>—Le pondré á usted paños de agua sedativa—me dijo la profesora al -atravesar la calle de Santa Agueda.</p> - -<p>¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino -puramente ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el -Cielo á los santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan -y curan á los que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus -heridas.</p> - -<p>—El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un -poco.</p> - -<p>—¿Se va usted á su casa?</p> - -<p>—No; me echaré en el sofá del despacho de José María.</p> - -<p>Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una -taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene, -pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi -casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:</p> - -<p>—Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un -rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá -usted que duerme? Está leyendo acostada.</p> - -<p>Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto! -¿Qué leería?</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_15"> - <h2 class="nobreak">XV</h2> - <p class="subh2">¿Qué leería?</p> -</div> - -<p>Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo -que tardé en llegar á mi<span class="pagenum" id="Page_102">[p. -102]</span> casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, -después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí no -sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de -idealidad.</p> - -<p>Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando -explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de -ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión -de lo que leía Irene.</p> - -<p>Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, -fuí á almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme -agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba -en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis -costumbres. Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, -acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea -nuestro molde y no nuestra hechura.</p> - -<p>Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues -en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la -distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de -las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San -Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas -del <i>Año Cristiano</i>. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve -balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y -eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista -que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía -con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno -y fijo de la<span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span> casa, -un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces á todas las -imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy viene á formar en el -fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente -sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.</p> - -<p>El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, -besándome la mano y llamándome <i>Taita</i>. Aquel día me dijo:</p> - -<p>—Mi ama Lica se ha levantado hoy.</p> - -<p>Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de -amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, -cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo -poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y -preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la -nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes -como la <i>Novísima Recopilación</i>. Ella había buscado el ama y la había -vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo -lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el -régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de -cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, -fajas y abrigos para mi tierno ahijado.</p> - -<p>«Tiene toda la cara de tu madre—me decía,—y este se me figura que -va á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este -angel?»</p> - -<p>Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es -característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto -avinagrado, un mohín tan displicente, que me le<span class="pagenum" -id="Page_104">[p. 104]</span> figuraba echando pestes de los -fastidiosos obsequios de doña Cándida.</p> - -<p>Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se -le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, -ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y -riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín -bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba -ella: «¡Ama, la teta, la teta!»</p> - -<p>Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado, -ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como -si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se -expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi -cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia -y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña -Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con -dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar -como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando -ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:</p> - -<p>—No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que -ha sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan -bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la -esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha -visto usted? No dice esta boca es mía.</p> - -<p>Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada -manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le -decía:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span></p> - -<p>—¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy -mona.</p> - -<p>Y Lica me dijo, como siempre:</p> - -<p>—Máximo, cuéntame cosas.</p> - -<p>—¿Qué cosas ha de contar este sosón?—zumbó mi cínife con humor -picaresco.—Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.</p> - -<p>Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de -teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.</p> - -<p>La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban -el pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la -última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á -ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada -tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias -de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no -veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien -cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando -armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los -actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las -rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas -hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les -veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó -en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas, -cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y -la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste -dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser -cuotidia<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span>nos, no me -llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes se veían las tazas -de café, unas sucias, mostrando el sedimento de azucar, otras á medio -beber y frías como el hielo; sobre tal silla un sombrero de señora; -un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; el devocionario -encima de un plato y cucharillas de café dentro de un florerito de -porcelana.</p> - -<p>El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos -ricos y al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña -Cándida se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que -sobre la chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que -rara vez se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que -llevado también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo -endosarle á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los -de la casa parecieron admirables por el rabioso y brillante color de -los trajes, pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que -á cada hora soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no -hubo forma humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los -demás relojes de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se -tenía nunca datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de -minutos.</p> - -<p>—Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José -María. No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho -con Sainz del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe -ser hora de almorzar.</p> - -<p>En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de -Cuba. Ayudábale<span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span> -Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya cantidad de cartas -bastante á cargar un vapor-correo.</p> - -<p>—Ya sabes—me dijo mi hermano,—que creo tener segura mi elección -en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro -se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he -de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de -Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy -verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse -usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.</p> - -<p>Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la -política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una -copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.</p> - -<p>—Ese Cimarra—manifestó en su respiro,—es hombre verdaderamente -notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme -en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente -activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las -dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos -de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien -podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de -Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres -verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito -corto.</p> - -<p>Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico, -que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta, -para<span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> comunicarme, -sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad filantrópica, de -que era secretario. Ya había dado dictámen una de las comisiones. Los -debates serían reñidísimos. Había voto particular, y los pareceres -de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de un problema muy -importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad fundamento sólido -en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado de eficacia que -podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no variasen las -actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no hubiese una -disposición legislativa que de una vez para siempre...</p> - -<p>El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le -corté la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos -al despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario -de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras -fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades -que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y -retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política. -¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un -partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los <i>Mansistas</i>. -Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al -través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.</p> - -<p>—Todo me lo dan hecho—decía,—yo no me muevo, yo no pido nada. Pero -se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente -agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no -me deja á<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span> sol ni -sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero estar metido en mi -casa, y no me dejan.</p> - -<p>Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación -política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los -ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren -salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus -intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes -hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano -el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos -de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado -todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «<i>Estamos á ver -venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va; -lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á -dar</i>», etcétera. Llamaba <i>cogida</i> á los fracasos parlamentarios de -un orador, y <i>enchiquerado</i> al ministro que estaba bajo la amenaza -de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en -la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le -escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única -muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «<i>Las -cosas caen del lado á que se inclinan.</i>»</p> - -<p>En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un -nuevo orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á -quejarse de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que -no tenía convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las -dos de la<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> noche. -Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa, y -exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al aparato -de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre Lica -agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que -sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas -las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea. -Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de -su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no -llamaba <i>túnico</i> al vestido, ni á las enaguas <i>sayuelas</i>, ni al polisón -<i>bullerengue</i>. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción -castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino -Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba -Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era -refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña -Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de -Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.</p> - -<p>Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de -demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de -que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería -la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos -heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores -que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero -de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la -curiosidad, pregunté:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span></p> - -<p>—¿Pero es cierto que vas á titularte?</p> - -<p>—Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me -fastidian...—repuso con turbación.—Es empeño de ellos, yo me resisto. -Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es -verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería -verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el -tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso -correo de Cuba.</p> - -<p>Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano -de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de -todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa; -pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice -de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno -infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus -vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de -fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas, -producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona -el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar -la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la -célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso -del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas -monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio -legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre -una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta -sociedad que<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> -despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres que -han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos Estados latinos -que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad, llevando este -principio no sólo á las leyes sino á la formación de los ejércitos -más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos y en los -cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos y al mismo -tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que lentamente -se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un paso ó -trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la historia. -Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, azotado -negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y traficado en -estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de próceres, que -son como la imagen del poder histórico inamovible y como su garantía -de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el universo se -desquicia, ó el hijo de Dios perece.»</p> - - -<p class="mt2">Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo -lo olvidé desde que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le -pregunté:</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_16"> - <h2 class="nobreak">XVI</h2> - <p class="subh2">¿Qué leía usted anoche?</p> -</div> - -<p>Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no -supo qué responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases -evasivas,<span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span> y á su -vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo -favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al -punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento, -si algo mío leía, había de ser ó la <i>Memoria sobre la psicogénesis y -la neurosis</i>, ó los <i>Comentarios á Du Bois-Raymond</i>, ó la <i>Traducción -de Wundt</i>, ó quizás los artículos refutando el <i>Transformismo</i> y las -locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á -dar una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro -de mi amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme -que leía estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó -marisabidilla.»</p> - -<p>Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis -novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi -encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían -allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un -gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la -existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera -quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran -muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes -con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca -y de los ojos.</p> - -<p>La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, -y al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella -á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad -marmórea tomabas á mis<span class="pagenum" id="Page_114">[p. -114]</span> ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de la llama y -de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu de su -normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer cabriolas, -impropias de todo espíritu bien educado.—La estancia aquella había -sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble con listones -negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde las niñas -escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de gutapercha -y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas nuevos, y -dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo recordaba -haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi cínife le -endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al precio de -las demás gangas que á la casa llevaba.</p> - -<p>—Vamos á ver, Isabel,—decía Irene,—los verbos irregulares.</p> - -<p>La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para -aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea -escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo -con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia -Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus -hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun -para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas -les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas, -partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad, -solía dormitar <i>aliquando</i>, como el buen Homero.</p> - -<p>Mientras escribían, había un poco más de<span class="pagenum" -id="Page_115">[p. 115]</span> libertad. Isabel y Jesusa, al trazar -sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito, á quien era -preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera callado, hacía -rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento venía á enseñarme -sus obras, llamándolas caballos, burros y casas. Irene descansaba, -y cogiendo el encaje de <i>frivolité</i>, se ponía á hacer nudos con -la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos. Con -aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita -laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus -múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía -á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»</p> - -<p>De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia -Irene y decirle:</p> - -<p>—¿Está usted contenta con esta vida?</p> - -<p>Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué -negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato? -Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero -sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto -triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.</p> - -<p>—Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo, -¿qué más puedo desear por ahora?</p> - -<p>—Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, -no pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que -saliere. Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades -superiores que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas -con ese codo? ¿Lo quieres<span class="pagenum" id="Page_116">[p. -116]</span> poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un -abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando -tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...</p> - -<p>Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me -había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si -ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas -y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones -quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu, -y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y -como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de -exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento, -estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los -mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso -estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un -elogio.</p> - -<p>—Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.</p> - -<p>Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis -alabanzas sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según -ella, yo era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. -¡Y cuidado con los elogios que hacían de mí todas las personas que -me trataban!... No, no podía existir tal perfección en la persona -humana, y por fuerza habían de descubrir algún defectillo los que me -trataran de cerca. Contestando á esto, creo que estuve oportuno y -algo chispeante, decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias -que ella, á mi<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span> -parecer, comprendió perfectamente—Nuevos elogios de Irene, dirigidos en -particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio. «Es -usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio de -ambos.</p> - -<p>La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella -tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no -precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un -largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo -que pisaba.</p> - -<p>«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el -hecho me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro -camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que -empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no -equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de -impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco -bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis -ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino -aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo, -que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones -morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte -y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la -mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia, -sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi -organización intelectual y estética.»</p> - -<p>Tal como lo pensaba lo hice. Muchas maña<span class="pagenum" -id="Page_118">[p. 118]</span>nas asistí á las lecciones y muchas tardes -á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La digna reserva -de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un chaparrón en el -Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente nos metimos en -él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y nuestras ropas -estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de que ella y los -niños se constipasen.</p> - -<p>—Por mí no tema usted—me dijo Irene.—Jamás he estado mala. Yo tengo -una salud... tremenda.</p> - -<p>¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en -aquella criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los -fines humanos en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de -aquella escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar -la crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería -entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de -la maternidad y del siglo.</p> - -<p>—Cuídese usted, cuídese usted—le dije con afán previsor,—para que su -hermosa salud no se altere nunca.</p> - -<p>Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan -malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía -también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando -fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el -rostro de Irene alegría muy viva.</p> - -<p>—¡Qué caro se vende usted!—me dijo poniéndose más pálida.</p> - -<p>—Me parece—repliqué yo,—que hace dos si<span class="pagenum" -id="Page_119">[p. 119]</span>glos que no nos vemos. ¡He pensado tanto -en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin embargo, le dije á -usted estas y estas cosas.</p> - -<p>—Es usted... tremendo.</p> - -<p>—No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de -tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?</p> - -<p>—No, no, nada—respondió con precipitación y un poco de -sobresalto.</p> - -<p>—Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este -género de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.</p> - -<p>—Ya se ve que no—dijo con vehemencia.</p> - -<p>—Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me -oculte nada... Esta vida...</p> - -<p>—Es tremenda.</p> - -<p>—Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede -ser de otra manera.</p> - -<p>—Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer -palotes?</p> - -<p>—¿Y cuidando chiquillos...?</p> - -<p>—¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?</p> - -<p>Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan -desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de -la excomunión mayor.</p> - -<p>—Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente, -demasiado bella para vivir asalariada.</p> - -<p>Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había -interpretado sus sentimientos.</p> - -<p>—Esto se acabará. Irene. Yo respondo...</p> - -<p>—Si no fuera por usted, Máximo—me dijo<span class="pagenum" -id="Page_120">[p. 120]</span> con expresión de la más generosa -amistad,—ya habría salido de aquí.</p> - -<p>—Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?</p> - -<p>—No... es decir... pero no, no—murmuró contradiciéndose cuatro veces -en seis palabras.</p> - -<p>—Algo hay...</p> - -<p>—No, no, digo á usted que no.</p> - -<p>—Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted -conmigo la confianza que merezco...?</p> - -<p>—Sí la tengo, la tendré—replicó animándose.—Usted es mi único amigo, -mi protector... Usted...</p> - -<p>¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad -retozaba en su boca.</p> - -<p>—Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...</p> - -<p>—Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas -cosas... tremendas...</p> - -<p>—¡Tremendas!</p> - -<p>No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba -para todo.</p> - -<p>—Y yo le juro á usted—añadió cruzando las manos y poniéndose -bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...—Yo juro que -no haré sino lo que usted me mande.</p> - -<p>—Pues...</p> - -<p>El corazón se me salía con aquel <i>pues</i>... No sé hasta donde habría -llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.</p> - -<p>—Máximo—dijo sin entrar,—llégate aquí, chinito...</p> - -<p>Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. -¡Pobre Lica, cómo me con<span class="pagenum" id="Page_121">[p. -121]</span>trarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene aquella -tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y la -oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra, -sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento -hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_17"> - <h2 class="nobreak">XVII</h2> - <p class="subh2">La llevaba conmigo.</p> -</div> - -<p>Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada -milagrosamente en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con -espíritu; y esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando -fuí á la reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como -inspiración chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo -que de los poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al -delirio que le entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y -placentero, como proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se -trasfiguraban á mis ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las -ventas castillos. Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba -atrás á Catón, el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la -estadística, un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la -mujer más aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había -pisado alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones -morbosas me condujo mi<span class="pagenum" id="Page_122">[p. -122]</span> loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis labios -frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que me ocuparía -de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le puso como fuera -de sí, y rodando la conversación de personalidad en personalidad, -afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á todos los -padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los ojos -y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había en -mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que -más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para -restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal -á propósito de los inmensos progresos de la <i>Sociedad de inválidos -de la industria</i>. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario -una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los -trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección -del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á -otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable -que pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. -Todo marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes -de los caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de -pronto, se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos -á imprimir los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las -turbulentas sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de -elocuencia se perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la -oratoria. Los autores del voto particular y la mayoría de la comisión -no habían<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> logrado -ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del paso, se -había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos de la de -propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema de nuevo. -Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía hacerse era -abrir un certámen poético, para premiar la mejor <i>oda al trabajo</i>. El -primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de quinientos -ejemplares; el <i>accesit</i> en girasol de plata é impresión de doscientos. -Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes funestos, y en -efecto, me nombraron presidente del jurado. También se pensaba en gran -rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y resonante velada, ó -quizás <i>matinée</i>, en la cual, después de leida por Bardal la memoria -de los trabajos de la sociedad, habría música, discursos y lectura de -versos, que son la sal de estos festejos filantrópicos.</p> - -<p>Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una -vuelta por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y -una simpática voz que me dijo:</p> - -<p>—Hola, maestro... Le ví á usted con <i>el tífus</i>, y no quise -acercarme.</p> - -<p>—¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré -convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una -debilidad...</p> - -<p>—Esa es la <i>febris carnis</i>... Yo no me rindo á Sainz del Bardal. -Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me -habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo -necio.</p> - -<p>—Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span></p> - -<p>—Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. <i>Achantémonos</i> en ese -gabinete.</p> - -<p>—¿Qué me cuentas?</p> - -<p>—Nada de particular.</p> - -<p>—¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?</p> - -<p>—¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable. -Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba -de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si -en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor -genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por -celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta -pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca -impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación -la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice <i>pedrominio</i>, y tiene un -cariño á las haches...</p> - -<p>—Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á -una de las de Pez?</p> - -<p>—Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas, -principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas, -es decir, tienen un barniz...</p> - -<p>—Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero -se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son, -realmente, más que muñecas, de las que dicen <i>papá</i> y <i>mamá</i>.</p> - -<p>—Pero éstas no dicen <i>papá</i> y <i>mamá</i>, sino <i>marido</i>, <i>marido</i>. -La mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas -cosas... Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con ver<span -class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>dad, no sé si decirle -á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo de los -visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica. Á veces -marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y amor. La -mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que si un -príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.</p> - -<p>—Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.</p> - -<p>—Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la -pequeña. Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á -una tabla de la Edad Media...</p> - -<p>—Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las -pretensiones más enfáticas...</p> - -<p>—¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?</p> - -<p>—Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la -atención.</p> - -<p>—Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los -cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.</p> - -<p>—Madrid es un valle de problemas.</p> - -<p>—Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las -de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé -yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case -con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con -las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, -con Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos -los arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, -¿dónde encontrarán capital bastante fuerte<span class="pagenum" -id="Page_126">[p. 126]</span> para sostenerlo? Maestro, esto está -perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud -masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la -tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los -cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La -frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan -á la doncella de estos países latinos para la constitución de las -familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia, -la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo -atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la -patria potestad en la mujer...?</p> - -<p>—Lo femenino eterno—dije yo gravemente,—tiene leyes que no puede -dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en -hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.</p> - -<p>—¡Aislados!</p> - -<p>—Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia -en el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele -ir unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á -la ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo -lo que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.</p> - -<p>Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la -solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:</p> - -<p>—Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque -te tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del -mal. Hay séres excepcionales, criaturas pri<span class="pagenum" -id="Page_127">[p. 127]</span>vilegiadas, dotadas de cuanto la -Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede -ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo, -el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios -variedad, adios unidad suprema...</p> - -<p>—No digo que no...</p> - -<p>Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el -bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.</p> - -<p>—¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas -rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á -echar un pitillo. ¿Viene usted?</p> - -<p>No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que -se había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, -y el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el -género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.</p> - -<p>El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que -se había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la -elección de José María.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_18"> - <h2 class="nobreak">XVIII</h2> - <p class="subh2">«Verdaderamente, señores...»</p> -</div> - -<p>Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental -que padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:</p> - -<p>—Verdaderamente...</p> - -<p>Pudo al fin formular un premioso discurse<span class="pagenum" -id="Page_128">[p. 128]</span>jo, cuyas cláusulas iban saliendo á -golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se hubiese -atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas, como: -«Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se puede -servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores se -empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto es -para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto á -defender los sagrados intereses...»</p> - -<p>Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba -extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y -periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía -un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran -los de la <i>democracia rampante</i>, partido tan joven como inquieto, al -cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo -que fuera transacción.</p> - -<p>El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña -con acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es -lo <i>verdaderamente inglés</i>. Lo de <i>la sucesiva serie de transacciones</i> -no se le cae de la boca: es su <i>Padre Nuestro</i> político, y así, todo lo -transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No -existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con -un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo -y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la -república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad. -Toda idea pura es para él <i>una<span class="pagenum" id="Page_129">[p. -129]</span> verdadera exageración</i>, y corta las cuestiones diciendo: -<i>basta de exclusivismos</i>. Para él no conviene que haya exclusivismos -en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda idea, toda teoría -artística ó moral debe ceder una parte de sus regios dominios á la -teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si este fenómeno -no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús y los Santos -Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber intentado un -arreglito con la herejía.</p> - -<p>Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé -del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y -políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña -Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija -en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien -contaba cuentos.</p> - -<p>—No me quiero acostar—me dijo,—porque el <i>sambeque</i> del salón y -esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa -parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á -usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té, -los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido -ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto; -si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche, -si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una -peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella -no sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy <i>chiqueada</i>. -Pero José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no -pien<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>sa más que en -sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién sabe, si en -otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...</p> - -<p>Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:</p> - -<p>—Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de -Madrid... Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser -diputado y ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres -las de esta tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. -Yo les diría si las viera: «Grandísimas <i>sinvergüenzas</i>, ¿para qué -engatusais á un padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan -bueno?...» Porque José María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, -de algún tiempo acá, no le conocemos.</p> - -<p>Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, -tratando de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres -está más en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como -señales de pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me -ocurrió.</p> - -<p>—Yo—dijo ella, bajando más la voz,—no me meto en nada. Allá se -entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no -tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras -allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos -hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?</p> - -<p>Miraba á todos los lados de la pieza.</p> - -<p>—¿Pero no se ha recogido aún?—pregunté.—Esto es contrario á sus -costumbres.</p> - -<p>—Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al -corredor á ver un poquitico de la sala.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span></p> - -<p>Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo -y estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y -algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.</p> - -<p>—Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?</p> - -<p>—Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa -que deslumbra...</p> - -<p>—Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.</p> - -<p>—Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, -es preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no -conocemos.</p> - -<p>—¡Oh! es justo—dije pensando en lo mucho que luciría Irene si -penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor -que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.—Pero es -cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna, -estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos -y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida -doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y -felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.</p> - -<p>—¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice -las cosas!—exclamó doña Jesusa.</p> - -<p>Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos -movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.</p> - -<p>—Máximo—dijo de súbito la señora,—¿por qué no se casa usted? ¿Á -cuándo espera, niño?</p> - -<p>—Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p> - -<p>—En veremos se le pasa á usted la vida.</p> - -<p>Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: -«¿Y las niñas?»</p> - -<p>—Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También -han querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta, -pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han -dormido.</p> - -<p>—¿Y usted no tiene sueno?</p> - -<p>—Ni chispa.</p> - -<p>—Pero es muy tarde.</p> - -<p>—Me voy á mi cuarto.</p> - -<p>—¿Va usted á leer?—dije siguiéndola y llevándole la luz.</p> - -<p>—Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...</p> - -<p>—¿Mañana, qué?</p> - -<p>—Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...</p> - -<p>—Hablaremos de aquello...—repetí sintiendo en mi pensamiento el -estímulo que los novelistas llaman <i>un mundo de ideas</i>, y en mis labios -cosquilleo de palabras impacientes.</p> - -<p>Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una -presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á -poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un -golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:</p> - -<p>—Tráigame usted lo que me prometió.</p> - -<p>—¿Qué, criatura?—le pregunté, sospechando, en un momento de -ansiedad, que le había prometido mi vida toda entera.</p> - -<p>—¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span></p> - -<p>—¡Ah! ya... bueno...</p> - -<p>—Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.</p> - -<p>—Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...</p> - -<p>—No sea usted tremendo... Abur.</p> - -<p>—No se fatigue usted la imaginación con la lectura...</p> - -<p>—Si me estoy durmiendo ya.</p> - -<p>—Eso es, descansar... buenas noches.</p> - -<p>—Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?</p> - -<p>—Creí que ya estaba usted dormida.</p> - -<p>—Hombre, si estoy rezando... Adios.</p> - -<p>Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un -poquito desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en -ella; pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente -no alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y -accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.</p> - -<p>Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano -me entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para -que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos -por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí, -alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra -me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso, -arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José -había hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: -«¡Oh! sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á -arreglar la incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligár<span -class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span>quico que hoy priva, y me -incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico y á abandonar -de una vez para siempre las utopias y exageraciones, buscando en el -ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una manera de -reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el hecho. De la -misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba presente, -encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente práctico, y -tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón que llamaba -<i>logomaquias</i> á todo lo que no entendía. Este señor me dió después un -solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los hombres -como yo debían consagrarse á defender los intereses de las clases -productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias -venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie -libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios -de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me -merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás -por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme, -me dijo:</p> - -<p>—Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están -todos los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de -ley que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de -leerlo y decirme su opinión imparcial...</p> - -<p>Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, -no me ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á -entrar por las vías políticas, y riñéndome por<span class="pagenum" -id="Page_135">[p. 135]</span> mi caracter retraido y mi amor á la vida -oscura, me decía:</p> - -<p>—Pero chinito, no seas <i>jollullo</i>.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_19"> - <h2 class="nobreak">XIX</h2> - <p class="subh2">El reloj del comedor dió las ocho.</p> -</div> - -<p>Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella -casa exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. -¡Qué tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, -una chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de -pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando -en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía -síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor -para tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el -cuarto de Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis -miradas, y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.—«Pero, -¿no me dijo usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba -á dormir en seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta -de espíritu á espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía -inconveniente. ¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras -filosóficas...?</p> - -<p>Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un -impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene. ¿Qué -tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo que -había dicho? Po<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span>día -ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó preparando las lecciones del -día siguiente... ¡Las tres y media!... ¿Cuántas horas dormía aquella -criatura, que se levantaba á las siete? ¡Deplorable costumbre la de -calentarse el cerebro en las horas de la noche! ¡Oh! Yo haría cumplir -en mi familia con estricta rigidez los preceptos de la higiene.</p> - -<p>En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial -de la calle.</p> - -<p>—Maestro, ¿se va usted á su casa?</p> - -<p>—Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?</p> - -<p>—Yo no me acuesto todavía. Es temprano.</p> - -<p>—¡Es temprano y van á dar las cuatro!</p> - -<p>Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus -costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de -tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se -reía.</p> - -<p>—Por respeto á usted, maestro—me dijo,—voy á acompañarle hasta casa. -Después me voy á la <i>Farmacia</i>.</p> - -<p>—¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no -te conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.</p> - -<p>—Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan -tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted -hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de -acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal -ejemplo!...</p> - -<p>Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.</p> - -<p>—Mira, perdido—le dije tomándole por un<span class="pagenum" -id="Page_137">[p. 137]</span> brazo.—Que quieras que no, te llevo á -casa. No irás á la <i>Farmacia</i>. Yo lo mando y tienes que obedecer á tu -maestro.</p> - -<p>—Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano -de usted. No iré á la <i>Farmacia</i>; pero no puedo acostarme sin tomar -algo.</p> - -<p>—Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?</p> - -<p>—Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por -aquello de ir á alguna parte.</p> - -<p>—¿Y á dónde quieres ir?</p> - -<p>—Renuncio á la <i>Farmacia</i> con tal que usted me acompañe á tomar -buñuelos.</p> - -<p>—¿Dónde, libertino?</p> - -<p>—Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la -noche, y una copita de aguardiente no viene mal.</p> - -<p>—¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?</p> - -<p>—Vamos, <i>magister</i>, sea usted amable. Ya ve usted que por -complacerle renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. -Luego nos iremos juntos á nuestra casita, como las personas más -arregladas del mundo.</p> - -<p>Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en -aquel local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar -más con él por un acto que en verdad era insignificante.</p> - -<p>—¡Caprichoso!</p> - -<p>—Sentémonos, maestro.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_20"> - <p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p> - <h2 class="nobreak">XX</h2> - <p class="subh2">¡Me parecía mentira!</p> -</div> - -<p>¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana, -teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!... -Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño -de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea -desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de -la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las -encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones? -La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había -estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo -remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa -personalidad en días más venturosos.</p> - -<p>Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las -mesillas de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. -Eran cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, -que acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban -todas las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona, -espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza, -liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos bonitas, -los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta peluda, -afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los<span -class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> hombres eran de lo más -antipático que puede verse en la Creación. Las cuatro voces roncas -sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno de interjecciones, -del cual no se entendían más que las groserías y barbarismos. Era la -primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes tipos, y no les -quitaba los ojos.</p> - -<p>—¡Qué guapa es la gorda!—me dijo Manuel.—Maestro, veo que se -entusiasma usted.</p> - -<p>—¿Yo?...</p> - -<p>—Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...</p> - -<p>—No seas necio.</p> - -<p>—Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los -ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama <i>flirtation</i>, se -llama aquí <i>tomar varas</i>.</p> - -<p>—¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?—le dije, con vivo -deseo de salir de allí.</p> - -<p>—¿Y usted no toma?</p> - -<p>—¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...</p> - -<p>—¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de -nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me -pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no -sé lo que pasa en mí...</p> - -<p>—Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi -discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto -le quería.</p> - -<p>—Porque, sí señor—siguió;—hay ocasiones en que nos es necesario -hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y -sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo -dramático. Suprima usted de la<span class="pagenum" id="Page_140">[p. -140]</span> vida el elemento dramático, y adios juventud. ¿No le parece -á usted que nos divertiríamos si ahora armase yo camorra con esta -gente?</p> - -<p>—¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, -ó has bebido...</p> - -<p>—Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos -todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á -clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las -uñas de la policía.</p> - -<p>—Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un -maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa. -Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me -cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo -considerando la esterilidad de lo que te enseñé.</p> - -<p>—¡Oh! no—exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el -corazón y un palmetazo en la frente.—Algo queda. Mucho hay aquí y aquí, -maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se extinguirá -jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...</p> - -<p>Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el -entusiasmo de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban -la risa. Se me parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la -puerta de la venta cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes -expresiones, que tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo -abierto cuando se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con -quién armar la trapisonda que deseaba.</p> - -<p>La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de -Madrid. Las paredes sucias,<span class="pagenum" id="Page_141">[p. -141]</span> forradas de un papel con casetones repetidos, llenos de -pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y pringosa. Un mostrador -chapeado de latón, varias sillas desvencijadas, un reloj y un -calendario americano, que no sé para qué servía, formaban el mueblaje, -y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.</p> - -<p>—Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.</p> - -<p>—Un ratito más...</p> - -<p>—Yo me caigo de sueño.</p> - -<p>—Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más -en mi vida.</p> - -<p>—Á tí te pasa algo.</p> - -<p>—Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el -alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero -hacer algo, <i>magister</i>, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social -y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática -(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar -florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los -Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como -los diablillos que atormentan al endemoniado.</p> - -<p>No pude menos de reir.</p> - -<p>—Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?</p> - -<p>—Leo á Maquiavelo. Su <i>Historia de Florencia</i>, su <i>Mandrágora</i>, sus -<i>Comentarios á Tito Livio</i> y su <i>Tratado del Príncipe</i> son los libros -más asombrosos que han salido de manos del hombre.</p> - -<p>—Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación -conveniente.—Es mi tema,<span class="pagenum" id="Page_142">[p. -142]</span> querido Manuel; si no haces caso de mí, tu inteligencia -se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los principios -generales...</p> - -<p>—¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La -metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por -Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de -sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la -vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de -sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo -me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por -él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.</p> - -<p>—Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una -buñolería el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, -y vámonos á dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado -mucho y has crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito -enderezarte. Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis -lecciones. Quizás alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas -que marcan el período culminante de la juventud... En fin, sea lo que -quiera, vámonos ya.</p> - -<p>Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.</p> - -<p>—Voy á revelarle á usted un secreto—me dijo cuando pasábamos junto -al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla -triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.—Desde -que estoy así...</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Así, nervioso, excitado, con estos estímulos<span class="pagenum" -id="Page_143">[p. 143]</span> musculares que me piden la violencia, la -arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así, mis antipatías son -tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco con toda mi alma. -¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de cuantos hay sobre -la tierra?</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. -José María Manso, marqués presunto, según dicen.</p> - -<p>Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor, -diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías -era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual -sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos. -Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón -de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su -humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo -aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo -dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban -su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el -delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo -cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el -bautismo.</p> - -<p>—¿Duelito tenemos?—dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, -á quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me -viniese hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é -ineficaz procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la -ignorancia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p> - -<p>—Usted no vive en el mundo, maestro—replicó él. Su sombra de usted -se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa -Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es -un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de -la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria, -ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si -yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de -Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo, -llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de -la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre -que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi -maestro.</p> - -<p>—¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has -declarado la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera -esos impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás -hecho un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos -que se estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el -Don Juan con los trapos y la voz de Polichinela.</p> - -<p>Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. -Nunca se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella -noche, la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la -tardanza del nene, nos echó un mediano réspice á los dos.</p> - -<p>—¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted, -amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, -tan<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> madrugador, -¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya con el -maestrito, con el padrote...</p> - -<p>—Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.</p> - -<p>—No, mamá; él á mí.</p> - -<p>—¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?</p> - -<p>—Nada, mamá; no tengo nada.</p> - -<p>—¿Pero no entras á acostarte?</p> - -<p>—Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos -libros que necesito.</p> - -<p>—¡Libros tú!—le dije, entrando en mi casa.—¿Para qué quieres -libros?</p> - -<p>—Para preparar mi discurso.</p> - -<p>—¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?</p> - -<p>—Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á -hablar en la gran velada?</p> - -<p>—¿Qué gran velada es esa?</p> - -<p>—La que dará la <i>Sociedad para socorro de los inválidos de la -Industria</i>.</p> - -<p>—¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que -quieras...</p> - -<p>Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba, -que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los -estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.</p> - -<p>Antes de dormirme, le dije:</p> - -<p>—Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes -contra mi pobre hermano.</p> - -<p>—No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve -á Spencer?</p> - -<p>—Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span></p> - -<p>Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:</p> - -<p>—Es un canalla, es un canalla.</p> - -<p>Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias -de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie -oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre -el mar.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_21"> - <h2 class="nobreak">XXI</h2> - <p class="subh2">Al día siguiente...</p> -</div> - -<p>Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar -me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á -los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi -deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta -franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.—Vamos -á ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi -hermano llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin -que pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi -habitual mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, -que para mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El -apetito de aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. -Estaba yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve -privado de tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo -y por la tienda de que soy parroquiano, titulada la <i>Aduana en -comestibles</i>,<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span> se -me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no -por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar -más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que -me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que -me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora, -adelante.</p> - -<p>Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. -Quería enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo -con la maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, -que me pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir -á Irene varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré -cohibida y como atontada con la presencia, con las preguntas y con la -amabilidad del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, -y las alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me -privó mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al -director de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.</p> - -<p>Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos. -Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este -particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde, -¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el -coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa, -pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más -remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos -deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo -Má<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>ximo; ya te cayó -quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos de ornamentación -doméstica y gastronomía suntuaria.»</p> - -<p>Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado -en aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio -con que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender -á tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde -estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á -darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus -cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva -elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me -olvidarán nunca.—Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en -salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar, -porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se -había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras -para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada -á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la -calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía -más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo -cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida, -y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas -peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y -el trato de Cimarra le habían <i>enciguatado</i>; se había corrompido como -la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la -pobrecita de la<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> -atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan afrentada, que -sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y no encontraba -palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir todo. Sí; -revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José María, había -encontrado una carta de una <i>sinvergüenza</i>... ¡Una carta pidiéndole -dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus hijos iba á -manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba la plata, sino -la <i>sinvergüencería</i>... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser ella una persona -decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba á su marido, le -había de dar una buena soba y un par de galletas bien dadas. ¡Ay qué -Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por el monte, vivir -en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que peinar á la -moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros... Mejor estaba -ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina y señora del -pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á comerle los -codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella. Luego esta -vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir y ponerse -en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que olvidar las -palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar, á recibir, á -mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella. Si José no se -enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra llevándose á sus -hijos.</p> - -<p>Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella -á mí, á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á -las tintas y á las magnitudes tropicales, agrandaba las co<span -class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span>sas. ¿No podría ser que -la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella -quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos -que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su -amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba -desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo -de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito, -sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro -marqués, que me dejaron absorto.—En su propia casa se atrevía el -indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y -principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de -galantear á Irene...?</p> - -<p>¡Á Irene!</p> - -<p>¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este -punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En -su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien -disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas -se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas... -Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En -fin, ¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde -anterior hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta -misma... ¡Cómo se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en -la puerta misma del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta -no alentaba ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la -casa. Por el contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha -honesta, dignísima, que<span class="pagenum" id="Page_151">[p. -151]</span> no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de un -hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado á la -señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era una -buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre recto, -el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo, el -sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad y -atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé -cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría -rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí, -á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella -quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito -y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque -bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para -poner en ejercicio mis facultades de consejo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_22"> - <h2 class="nobreak">XXII</h2> - <p class="subh2">«Esto marcha.»</p> -</div> - -<p>«Esto se complica—pensé al retirarme.—Hénos aquí en plena evolución -de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal -deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es -muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable -todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres, -actuando en la reducida es<span class="pagenum" id="Page_152">[p. -152]</span>cena de un círculo doméstico ó de un grupo social, han -concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su período de -protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías, principian -á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á rozamientos -primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas. Tengamos -calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que tan util -es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones de los -demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de general -en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida en el -estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía comparada -del corazón humano.»</p> - -<p>Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las -presunciones de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi -hermano y dije á Lica:</p> - -<p>—Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.</p> - -<p>Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no -sospechaba cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.</p> - -<p>—Cuidado, cuidado con esa mujer...—le respondí creyendo hallarme -en lo firme.—Á pesar de la protección que se le da en esta casa, -mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas -necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha -matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no -tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y -pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los -años cierta ferocidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span></p> - -<p>—Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...</p> - -<p>—Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.</p> - -<p>—¿Y tú observarás á Irene?</p> - -<p>—Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del -día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...</p> - -<p>—Á todo has de poner pero...</p> - -<p>—¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud -en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes, -angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una -sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano -han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido, -inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál? -El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente, -el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte, -generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance -de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto -en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin -distinción de clases.</p> - -<p>—<i>Aguaita</i>, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo -lo que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno; -cuidadito con la maestra...</p> - -<p>Y en mi cerebro se estampó aquello de <i>cuidadito con la maestra</i>, -de tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi -suspicacia.</p> - -<p>Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? -Mi fé en Irene se<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> -había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional. Es que el -procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como punto -de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en mi -espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de -todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba -la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo -del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes -progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del -triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su -virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu -de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de -su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba -desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés, -el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta -entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier -aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos. -Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona -que los motivaba.</p> - -<p>Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que -sentía, mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la -maestra resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla -y hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla -meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran -su alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda -mi habili<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span>dad y -mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de su alma, ni -sorprender por una frase el misterio encerrado en ella. Aquel día -funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea que yo tenía -de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su caracter. No -pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista en la labor, -hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de éstos era -un <i>ergo</i> de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza, porque -indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba y -hacía prodigios de sofística.</p> - -<p>Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, -tan hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana, -luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le -dije:</p> - -<p>—Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas -de José María.</p> - -<p>Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella -turbación grande.</p> - -<p>—Su hermanito de usted—me contestó,—es muy particular. Qué poco se -parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.</p> - -<p>Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; -le disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...</p> - -<p>Irene me interrumpió diciéndome:</p> - -<p>—Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una -palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta -casa.</p> - -<p>No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á -contestarle negativamente.<span class="pagenum" id="Page_156">[p. -156]</span> Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de la -tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa las -desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:</p> - -<p>—Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.</p> - -<p>¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á -la locura misma.</p> - -<p>—Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me -consultaría no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo -que usted me mande.»</p> - -<p>Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como -una espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había -revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los -más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas -que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á -ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:</p> - -<p>—Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le -consulte nada.</p> - -<p>Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales -averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su -resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no -pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele -declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender -otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la -evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.</p> - -<p>Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra -conversación, en nuestros es<span class="pagenum" id="Page_157">[p. -157]</span>carceos y juegos de diálogo me manifestaba que había algo -que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo que se me ponía -á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.</p> - -<p>—Yo haré méritos—le dije,—para ganar otra vez su confianza y oir las -consultillas que quiere usted hacerme.</p> - -<p>—Veremos. Por de pronto...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho -pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en -mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no -me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las -consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y -cuando ellas solas se salen del corazón.</p> - -<p>Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí -más con esta salida de Irene.</p> - -<p>—Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... -¡Cuánto le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en -un papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me -confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece -que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de -Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...</p> - -<p>—Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...</p> - -<p>—Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya -me las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de<span -class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> moros, siempre lo mismo, -y luego los casamientos de el de acá con la de allá, y reinos que se -juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para arriba y para -abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera el Gobierno -suprimiría todo eso.</p> - -<p>—¿La historia?</p> - -<p>—Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y -abur.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_23"> - <h2 class="nobreak">XXIII</h2> - <p class="subh2">¡La historia en un papelito!</p> -</div> - -<p>¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean -demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas -entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en -bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos -en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan -grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la -fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos -que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es -que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la -creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al -contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y -mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...</p> - -<p>Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la -reunión. Ocupóme<span class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> -completamente al otro día un asunto universitario, que me tuvo no sé -cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho del rector á la -Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida dada por mis -discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme á mi casa dí una -vuelta por la de mi hermano, donde encontré una gran novedad, que me -refirió puntualmente Lica. La noche anterior habían cruzado palabras -bastante agrias Manuel Peña y el marqués de Casa-Bojío. Fué cuestión -de etiqueta que trajo al punto la cuestión de clases, y prontamente la -de personas; tres cuestiones que se encerraban en una, en la necesidad -de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos ó á tiros en lo que -llaman el campo de honor. La dureza provocativa de las frases dichas -por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia á dar explicaciones, -hacían inevitable el duelo. Había querido José María arreglar el asunto -urgándose el caletre para buscar fórmulas de transacción; que tal -era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de Vergara no vendría, -como en 1839, sino después de la efusión de sangre, y ya estaba todo -concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra y no sé qué otro -caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto de Lica era -grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de talento claro -y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de la barbarie -humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse. Lo que yo -hablé aquella noche sobre este particular no es para contado aquí. -Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis ideas, y se -admiraba de<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> que un -criterio tan sano no triunfara en la sociedad, anonadando el error y -las preocupaciones.</p> - -<p>Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no -respondiera de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado -poeta, secretario de la <i>sociedad de inválidos</i>. Pero él, rechazado -fuertemente por mi desvío, volvía á la carga con más empuje, y me -acribillaba con sus inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, -que yo tomase parte en la gran velada que se estaba organizando, y -que echase también mi discursito, rivalizando con los demás oradores -que ya estaban comprometidos, entre los cuales los había de primera -fuerza. Resistíme á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso -poder oratorio; pero ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y -otros dos graves señores (uno de ellos ex-ministro) que presentes -estaban, me atacaron de flanco diciéndome que no hacían falta discursos -brillantes, sino sólidos y razonados; que con mi palabra tendría -la solemne fiesta una autoridad que no le darían los cantorrios y -los discursos floridos; y por último, que la <i>Sociedad</i>, si yo la -desairaba negándole mi <i>valioso concurso</i>, vería en mi ausencia de la -velada un vacío imposible de llenar con otro discurso ni con poesías -ni con música. Estas lisonjas no hacían mella en mi rígido caracter, -y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi hermanito que yo era -una calamidad; llamóme Lica <i>jollullo</i>, y <i>la cabeza parlante</i> me -agració con un juicio bastante duro acerca del poco sentido práctico -de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al movimiento de la -civiliza<span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span>ción. El -párrafo que este señor me echó, como una rociada de sabiduría, algo -semejante al vinagrillo aromático, parecía un artículo de periódico, de -esos que se escriben por el vulgo y para el vulgo, y que constituyen la -escuela diaria y constante de la vulgaridad. No hice caso, y me marché -á casa.</p> - -<p>Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera -se había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen -sermón preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no -había medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social, -berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería -inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra -me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de -repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar -á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase -cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social, -que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me -habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la -idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que -no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado <i>campo del honor</i>, -si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No -olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho, -de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente. -Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.</p> - -<p>Doña Javiera no sabía nada. Manuel había<span class="pagenum" -id="Page_162">[p. 162]</span> tenido el buen acuerdo de engañarla -diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no volvería hasta -el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba tranquila. Yo no -lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos los duelos del -día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de todos los que -intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien podría suceder -que las leyes físicas con su fatalidad profundamente seria y enemiga de -bromitas, nos regalasen una tragedia.</p> - -<p>Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo -ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en -su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar -cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un -día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que -hay para una semana.»</p> - -<p>Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la -tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío. -Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios -sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y -barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de -inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su -figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado -á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y -por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente -de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor -bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, -la<span class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> muerte de un -mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de los séres!</p> - -<p>Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No -era el conducto motivo bastante para dudar...?</p> - -<p>—Sí, sí—me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José -María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería -hasta la noche.</p> - - -<p class="mt2">¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, -ó todos los genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del -alma humana, carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y -le pinchen y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le -acogoten, y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen -hasta reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra -vez, y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el -mundo poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De -dónde sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, -Manolo Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que -por estar blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, -tiene en su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué -fuente bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las -Musas? ¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó -nada, si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja -derecha del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual -brotaron obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la<span -class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span> cosa era <i>á primera -sangre</i>, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron repletos de -honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que hacía de -médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la oreja de -Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente terminado -para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas ideas de la -Edad Media que aún viven...</p> - -<p>Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la -serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para -llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de -café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta, -Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se -alegraron de que no hubiera pasado nada.</p> - -<p>Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio -para ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. -¿Por qué estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus -mejillas? La observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus -bellos ojos, decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de -ordinario.</p> - -<p>—Perdóneme usted—le dije,—pero he tenido muchas ocupaciones y no he -podido traerle la <i>historia en un papelito</i>...</p> - -<p>—¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La -verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente... En -fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á veces -molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No<span -class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> es verdad, señora, que no -debe hacer caso?...</p> - -<p>—¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más. -¿Para qué le sirve todo lo que sabe?</p> - -<p>—Pero qué soso, ¡qué soso es!—dijo Irene mirándome y riendo, -fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con -escalofrío nervioso.—¿Ve usted como no quiere tomar parte en la -velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...</p> - -<p>—<i>¡Jollullo!</i></p> - -<p>—Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora, -mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...</p> - -<p>—Pues sí, tienes que hablar, Máximo.</p> - -<p>—Se deslucirá la fiesta si no habla—añadió Irene.—Ya le he dicho: -«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha -prometido llevarme á un palquito de los de arriba.</p> - -<p>—Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con -comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.</p> - -<p>Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas, -resonó en la puerta, murmurando:</p> - -<p>—Tiene que hablar, sí señó...</p> - -<p>Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba -á mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:</p> - -<p>—Tienes que hablar, tiíto.</p> - -<p>Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme -como siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, -estaba dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos<span -class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> que vió en los ojos de la -maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la amargura -de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían, como -náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar y -mazapán:</p> - -<p>—Es preciso que hable... tiene usted que hablar...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_24"> - <h2 class="nobreak">XXIV</h2> - <p class="subh2">¡Tiene usted que hablar!</p> -</div> - -<p>Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé -qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia -y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la -velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?</p> - -<p>Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con -Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando -qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo -fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito -mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado -en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes -que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas -aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían -cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama -inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de parti<span class="pagenum" -id="Page_167">[p. 167]</span>cularidades! Ocurrióseme la exposición -del concepto cristiano de la caridad, uno de los más bellos alcázares -que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría la definición -dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por la que amamos á -Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos por amor de Dios. -Después me metería con los Santos Padres... ¡oh! mi memoria no me era -fiel en este punto; sólo recordaba la gradación de San Francisco de -Sales, que dice: «el hombre es la perfección del universo, el espíritu -es la perfección del hombre, el amor la del espíritu y la caridad -la del amor»... Después de apurar bien la caridad católica, yo, por -medio de una transición apoyada en la hermosa frase de Newton: «sin la -caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al campo filosófico; -establecería el principio de fraternidad, y pasito á pasito me iría -al terreno económico político, donde las teorías sobre asistencia -pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... Luego la -sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con que hacer -siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba en condensar. -No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa grande. Sólo los -espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto de encerrar en el -término de escasas palabras espacios inmensurables. Así, yo estaba -confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre tan variadas -riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro, y consideré -que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el dogmatismo -cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la<span class="pagenum" -id="Page_168">[p. 168]</span> ciencia social, la fraternidad y la -economía política. Parecióme ridícula la fiebre de erudición que me -entró al ver mi biblioteca y consideré á qué locos extravíos conduce -la manía del hacinamiento de libros. La erudición es un vino que tiene -sus embriagueces. Librémonos de ellas, mayormente en ciertos actos, -y aprendamos el arte de llevar á cada sitio y á cada momento lo que -sea propio de uno y otro y encaje en ambos con maravillosa precisión. -Volví la espalda á mi biblioteca y me dije:—«Cuidado, amigo Manso, con -lo que haces. Si en esa famosa velada te descuelgas como un mosáico -de erudición tediosa ó con un catafalco de filosofía trascendente, -el público se reirá de tí. Considera que vas á hablar delante de un -senado de señoras; que éstas y los pollos y todas las demás personas -insustanciales que á tales fiestas asisten, estarán deseando que acabes -pronto para oir tocar el violín ó recitar una poesía. Prepara una -oración breve, discreta, con su golpecito de sentimiento y su toque -de galantería á las damas; es decir, que cuando se te escape alguna -filosofía, eches luego una borlada de polvos de arroz. Dí cosas claras, -si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate un par de metáforas, -para lo cual no tienes más que hojear cualquier poeta de los buenos. -Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se desviven arreglando -funciones para los pobres; habla de generalidades fáciles de entender, -y ten presente que si te apartas tanto así de la línea del vulgo bien -vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los periódicos no te -llamarán inspirado ni elocuente.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span></p> - -<p>Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel -día pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial -de mi hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla -doméstica.</p> - -<p>La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado. -No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un -fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de -notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en -una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran: -«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.</p> - -<p>Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me -entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María -con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más -explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y -me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto. -La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día -en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que -pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta -figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un -popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome -la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la -rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado -á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas. -Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi -historia íntima,<span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span> -por la tiranía de mí propio y por aquella manera especial de -absolutismo ó inquisición filosófica con que me había venido gobernando -desde la niñez.</p> - -<p>Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado -las masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla -de mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome -de Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta -parte de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una -vez y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y -educativo que en Historia se llama revoluciones.</p> - -<p>«Basta de sabidurías,—me dije;—acábense los estudios de caracter, -y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas -suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la -cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se -repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir. -¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una -flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no -cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque -así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse -que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»</p> - -<p>Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. -¡Desilusión! Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi -encuentro y me explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había -ido á casa de su tía á arreglar<span class="pagenum" id="Page_171">[p. -171]</span> sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña Cándida -había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas para -procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en la -antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la -mudanza, y ayudando á su tía.</p> - -<p>Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de -los malos ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial -codicia, iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. -Todos los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa, -que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba -paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el -gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni -con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban -en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales -para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo, -y hablaba de marcharse á su casa con su <i>hombre</i> y <i>los sus mozucos</i>. -Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos -sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba -delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla -en lo más ligero.</p> - -<p>—Que se lleve todo,—me decía lloriqueando, á solas los dos,—con tal -que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me -atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad -y me mate al hijo.</p> - -<p>—¡Buen punto te ha traido doña Cándida!<span class="pagenum" -id="Page_172">[p. 172]</span> ¿Ves? de mi cínife no puede salir cosa -buena.</p> - -<p>—Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas -ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se -maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres -tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como -si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...</p> - -<p>—Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?</p> - -<p>—Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de -Zamora y tiene moneda...</p> - -<p>—¡Dinero doña Cándida!—exclamé más asombrado que si me dijeran que -Manzanedo pedía limosna.—Dinero Calígula.</p> - -<p>—Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...</p> - -<p>—¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo -has hecho?</p> - -<p>—Pero ven acá, ponderativo...</p> - -<p>Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué -instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de -doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba -preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando, -hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero -nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su -sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la -portera ni los vecinos lo sabían.</p> - -<p>Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más -pálida que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada -moderna<span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span> de Santa -Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina habían -trabajado mucho aquella tarde.</p> - -<p>—¡He cogido tanto polvo!...—me dijo Irene.—Estoy rendida de sueño y -cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.</p> - -<p>¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene. -Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y -amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían -más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.</p> - -<p>Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero -no dí con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía -número todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí -á varios pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una -ciudad humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió -si el <i>cuartito muy mono</i> estaría en uno de los yermos solares en que -no se había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de -San Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me -dijo: «Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de -Fuencarral.»</p> - -<p>Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y -del mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_25"> - <p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXV</h2> - <p class="subh2">Mis pensamientos me atormentaban...</p> -</div> - -<p>Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo -vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada -delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas. -Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta -del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como -recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró -delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era -ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro, -como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire -elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que -iban por la calle.</p> - -<p>Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento -viendo las telas en el <i>Comercio del Catalán</i>. Después acortó el paso; -había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en -la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra -acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos. -Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á -la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona -que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del Arco -de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También<span -class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span> mogigata!... Siguió -adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón. Para observarla -mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una esquina, luego -por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo se ve el -pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de hierro -con un letrero que dice: <i>Viaje de la Alcubilla. Registro núm. 6. B. -Arca núm. 18. B</i>. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el rótulo -del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal oscuro... -Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía agonías de -muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego, angosto -y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también allí. -Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!...</p> - -<p>Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los -autores de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando -los más locos desatinos.</p> - -<p><i>Entonces desperté. Todo había sido un sueño.</i></p> - -<p>Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido -de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué -probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el -soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus -accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario -y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos -cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita. -Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre -la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el<span -class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span> sueño es el reposo -intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo pensé -y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama, -interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir -á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había -de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados -días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía -plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador, -siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar -de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y -sencillez que me habían parecido más propios.</p> - -<p>Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido -satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido -tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las -frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura. -Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba -seguro de que no me se rebelaría el lenguaje.</p> - -<p>Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo -así, porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere -escaparse. Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de -mi dignidad para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa; -pero el yo autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo -timidez, que éste no se podía mover.—Bien se conocía, en la proximidad -del teatro, que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era -aún temprano, y ya se agolpaba el público en las puertas. Aun<span -class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>que se habían tomado -precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules -con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo. -Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de -armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte -del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina -dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del -espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los -letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces -barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas.</p> - -<p>No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con -un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se -multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el -espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo, -y llegué á creer que las energías reproductrices del universo -habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y -desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando -la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo -los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien -colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él -adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la -lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de -las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:</p> - -<p>«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes, -y... abur, abur.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span></p> - -<p>Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco -que lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á -la señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una -deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había -organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos -en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con -algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.</p> - -<p>—Ya estaba yo con cuidado—dijo,—temiendo que usted...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.</p> - -<p>—¿Pero no prometí...?</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_26"> - <h2 class="nobreak">XXVI</h2> - <p class="subh2">Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.</p> -</div> - -<p>Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya -hablaremos largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»</p> - -<p>—¿No sabes?—me dijo Lica.—José María se ha puesto muy bravo, porque -no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada... -Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí -estamos muy bien... <i>Aguaita</i>, chinito; hemos venido de bata. No te -chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi -marido! Dice que no sirvo<span class="pagenum" id="Page_179">[p. -179]</span> más que para vivir en un potrero... ¡Qué cosa! En fin, que -rabie.</p> - -<p>Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista -de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio -de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito -fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.</p> - -<p>—No he venido más que á oirle, niño—me dijo con toda la bondad del -mundo.—Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de -mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.</p> - -<p>Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, -con gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la -fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato. -Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá -de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de -Cuba.</p> - -<p>—Parece que hay solo de arpa—me dijo Mercedes ilusionada con los -misteriosos atractivos del programa.</p> - -<p>—Creo que sí. Y también...</p> - -<p>—¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...—indicó -Manuela.—Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no -sé cómo.</p> - -<p>—¿Y quién más recita?</p> - -<p>—Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del -Bardal les mande á ustedes un programa.</p> - -<p>Irene no desplegaba sus labios. Sentada tan lejos del antepecho como -del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acu<span -class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span>sando su inferioridad, -pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo. Modesta y digna, me -habría cautivado en aquella ocasión, si entonces la hubiera visto por -primera vez. Al salir ví en la penumbra roja del palco un objeto, una -cosa negra, una cara... Me eché á reir, reconociendo á Rupertico, -que me miraba y se apretaba la nariz con los dedos para contener sus -carcajadas. Estaba sentado en una banqueta, tieso, estirado por la -circunspección y el respeto, sin atreverse á mover brazo ni pierna. -No había en él más señales de vida que los ímpetus de risa, y para -sofocarla se apretaba la boca con las palmas de las manos.</p> - -<p>—No hemos tenido más remedio que traerle—me dijo la niña -Chucha.—¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir á -oirle.</p> - -<p>—Yo creo que le da un accidente, si no le traemos—añadió Lica.—Nos -tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo -Máximo...» Y llora que llora.</p> - -<p>Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto -en un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo, -acudió con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro -estaba. Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también...</p> - -<p>—Fresco, <i>relambido</i>, márchate, márchate, que aquí no haces falta—me -dijo Lica.—Después que hables vendrás á vernos.</p> - -<p>En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que -le habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase -allí el que quisiese, y todo era desorden y<span class="pagenum" -id="Page_181">[p. 181]</span> apreturas. Periodistas que iban en busca -de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos de los -oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que habían -de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos afiliados -á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía llenaban -el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro señor -filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas cosas, se -esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente á los intrusos. -Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se había corrido, y los -indivíduos de la junta ocupaban una fila de sillas, junto á pomposa -mesa, tras de la cual aparecía la imagen más grave de todas las -imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este señor debía pronunciar -breves palabras, explicando el objeto de la ceremonia, y dando las -gracias á las distinguidísimas y eminentes personas que se habían -dignado <i>cooperar á su esplendor en bien de la humanidad y de los -pobres</i>. Era la oratoria de este buen señor acabado ejemplo del género -ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y amplificaciones, -revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de talco, oratoria que -sirve á las nulidades para hacer un breve papel parlamentario, fatigar -á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide papirácea que se llama -el <i>Diario de la Sesiones</i>. Para descubrir una idea del Sr. de Pez era -preciso demoler á pico un paredón de palabras, y aún no había seguridad -de encontrar cosa de provecho. Decía así:</p> - -<p>«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo -grado lisonjero para nues<span class="pagenum" id="Page_182">[p. -182]</span>tra edad, para nuestro tiempo, para nuestra generación, que -tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres en las artes y -en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno y otro ramo del -saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos estos miembros -del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas pausas, entre -graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que fatigaba como los -mazos de un batán. No seguí prestándole atención, porque necesitaba -enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver cuál era mi puesto y -en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á las candilejas.</p> - -<p>El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro. -Á la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su -destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo; -habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de -celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que -sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones -especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su -ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita -de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa, -tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid -pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre -aria de Mozart <i>Al mio tesoro intanto</i>, y entre el tenor y el barítono -despacharían el dúo <i>I marinari</i>... No sé si había algo más. Creo que -no.</p> - -<p>Sainz del Bardal me notificó que mi puesto<span class="pagenum" -id="Page_183">[p. 183]</span> en el programa seguía inmediatamente -al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho más cuando -acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra. Estaba -en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de una -nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré -supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no -podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda, -el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco -retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos -que parecían hechas con colorete.</p> - -<p>Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y -me dijo:</p> - -<p>—¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su -discurso?</p> - -<p>—Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.</p> - -<p>—¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!</p> - -<p>Otro llegó y dijo:</p> - -<p>—Ya se acabó el <i>dies iræ</i>. Es un piporro ese señor de Pez... -¡Ah! vea usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso -sonara...</p> - -<p>—Parece mentira—añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más -señas, buen chico, ateneista...—¡Qué escándalo con los revendedores! -Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á -alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se -han vendido en el despacho y son todos personales...</p> - -<p>Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo -junto á mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span></p> - -<p>—Señor de Manso, ¿cuándo va usted?</p> - -<p>—Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de -arpegios!</p> - -<p>—Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.</p> - -<p>—¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal.</p> - -<p>—¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal?</p> - -<p>—Ps...</p> - -<p>—Demasiado sabe usted que...</p> - -<p>—Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale.</p> - -<p>—Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su -discurso para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y -después, si usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues, -un folletito.</p> - -<p>—Quiá, hombre, es demasiado breve.</p> - -<p>—¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve.</p> - -<p>—¿De qué trata?</p> - -<p>—De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante -de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro -generalidades...</p> - -<p>—Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó -su autor ayer tarde. Es un asombro...</p> - -<p>—Sí; pero vean ustedes qué manera de leer.</p> - -<p>—Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde.</p> - -<p>—Milagro será que no se le reviente una vena.</p> - -<p>—Esa descripción del naufragio... ¿eh?</p> - -<p>—Es de primera fuerza...</p> - -<p>—Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p> - -<p>—El poema es de barba de pato.</p> - -<p>—¡Calzones, qué verso!</p> - -<p>—Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos...</p> - -<p>—En las transiciones saca una voz de vieja...</p> - -<p>—¡Muy bien, muy bien!</p> - -<p>Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De -las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad. -De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de -mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero -echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.</p> - -<p>—Hola, perdis...</p> - -<p>—Maestro, dichoso usted que está tranquilo.</p> - -<p>—Y tú, ¿tienes miedo?...</p> - -<p>—¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.</p> - -<p>—¿Sobre qué vas á hablar?</p> - -<p>—Sobre lo primero que me ocurra.</p> - -<p>—¿No has preparado nada?</p> - -<p>—Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta -mañana no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar?</p> - -<p>—Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este -modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una -docena de imágenes...</p> - -<p>—De esas de patrón de mico... ¿eh?</p> - -<p>—Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta... -Hablaré de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del -Cristianismo...</p> - -<p>—De la mujer cristiana, ¿eh?...</p> - -<p>—Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad...<span -class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> Á ver, señores, ¿quién -dijo aquello de <i>la caridad corre á la desgracia como el agua al -mar</i>?</p> - -<p>—Chateaubriand.</p> - -<p>—No, hombre, me parece que es el Padre Gratry.</p> - -<p>—No, no. Usted, Manso, ¿sabe...?</p> - -<p>—Pues no recuerdo...</p> - -<p>—En fin, lo diré como mío.</p> - -<p>—¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...</p> - -<p>—Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.</p> - -<p>—Detrás del arpa... Ahí va.</p> - -<p>El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía -mi benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera -rasguñar el aire.</p> - -<p>Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que -pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio -semejante. Después oyéronse <i>pizzicatos</i>. Parecían pellizcos dados -al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa -pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una -tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros, -puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante, -con armonías misteriosas.</p> - -<p>—¡Caramba, que este hombre toca bien!</p> - -<p>—¡Vaya!</p> - -<p>—Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?</p> - -<p>—Es una fantasía sobre <i>La Estrella del Norte</i>.</p> - -<p>—¡Qué dedos!</p> - -<p>—Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span></p> - -<p>—¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le -mueven los cuernecitos del pelo.</p> - -<p>—¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?</p> - -<p>—¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba -en la feria...</p> - -<p>—Ps... silencio, señores; esas risas...</p> - -<p>Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me -arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había -llegado. Dí algunos pasos mecánicos.</p> - -<p>—Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.</p> - -<p>—¡Qué placer!... cinco minutos de vida.</p> - -<p>Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba -muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele -ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal. -El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin -retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado -rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los -músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir, -las piernas me temblaban.</p> - -<p>Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las -candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos -de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso -de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del -peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente, -pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer -tan mal que me ponga en ridículo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p> - -<p>Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo, -ví destacarse un grupo de cabezas.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_27"> - <h2 class="nobreak">XXVII</h2> - <p class="subh2">La de Irene dominaba á las otras tres.</p> -</div> - -<p>Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié, -con voz no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado -pseudo-morisco de los palcos. La puntería de gemelos, así como el -movimiento de tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios -bajos había una bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se -cerraba y se abría á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía -que me subrayaba algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de -trapo. ¡Maldito comentario! En el momento de concluir una frase, cuando -yo la soltaba redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los -nervios como alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia -y seguir adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un -alumno de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...»</p> - -<p>Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el -discursito iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad -que me había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á -disgusto mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica -decía: «no voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...»</p> - -<p>¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí se<span class="pagenum" -id="Page_189">[p. 189]</span>ría impertinente. Una de las muchas -Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño de hacer -suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el curioso. No -ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de primer orden. -Era una disertación breve y sencilla, á propósito para esto que llaman -público, que es, como si dijéramos, una reunión de muchos, de cuya suma -resulta un <i>nadie</i>. Todo se reducía á unas cuantas consideraciones -sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con la ley, las -costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las instituciones -benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen por objeto la -protección de la infancia. En esta parte logré poner en mi discurso una -nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos. Pero lo demás fué -severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de lo que yo sabía, y -sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva y adquiridos la -noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico reinaba en las -varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni vocablo. La -precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones y golpes -de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo sin -reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que declaro -que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria. Era como -si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el efecto -de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al través -de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela, veía -yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos las -damas y<span class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> caballeros -charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso de lo que decía como -de las nubes de antaño. En cambio ví un par de catedráticos en primera -fila de butacas que me flechaban con el reflejo de sus gafas, y con -movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones... Y el <i>ras</i> del -dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi lenguaje como punta -de diamante que raya la superficie del cristal.</p> - -<p>Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos -oficiales de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo -sino en grado insignificante; que la iniciativa personal, que esas -agrupaciones que se forman al calor de la idea cristiana... en fin, -mis conclusiones ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo -mismo que yo. Baste por ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba -ardientemente, y parte del público también. Un aplauso mecánico, -oficial, sin entusiasmo, pero con bastante simpatía y respeto, me -despidió. Había salido bien, como yo esperaba y deseaba. Por mi parte, -discreción y verdad; por la del público, benevolencia y cortesía. -Saludé satisfecho, y ya me retiraba cuando...</p> - -<p>¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? -Era una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas -rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó -sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó -aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían -botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles -como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda -extemporánea, y no sé cómo la<span class="pagenum" id="Page_191">[p. -191]</span> recibí. Me turbé tanto que no supe lo que hacía, y por poco -pongo la corona en la cabeza calva del señor de Pez, que me dijo al -pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»</p> - -<p>Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como -yo, había considerado aquella demostración absolutamente impropia, -inoportuna y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron -ganas de tirarla en medio de las butacas.</p> - -<p>—Es obsequio de la familia—oí que decía no sé quién.</p> - -<p>Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía -lo que guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo -viera! Debió de ser idea de la niña Chucha...</p> - -<p>Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de -trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien -pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó -en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las -sinceridades ó malicias de otros.</p> - -<p>—Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.</p> - -<p>—Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con -modestias. Debe estar usted satisfecho.</p> - -<p>—¡Orador laureado!... nada menos.</p> - -<p>—Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila -11 apenas se oía.</p> - -<p>—Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor -no hubiera estado mal.</p> - -<p>—¡Pero qué bien dicho... qué claridad!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span></p> - -<p>—Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...</p> - -<p>—Al pelo, Mansito, al pelo.</p> - -<p>—Caballero Manso, bravísimo.</p> - -<p>—Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar -nervio...</p> - -<p>—Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha -gustado mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les -ha gustado...</p> - -<p>—¿Con que coronita y todo...?</p> - -<p>También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse -á sí mismo para tener <i>l’onore de stringere la mano d’un egregio -professore</i>...</p> - -<p>Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas -frases al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus -dificultades, poniendo á los profesores de este instrumento por encima -de todas las demás castas de músicos y danzantes.</p> - -<p>Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis -amigos, me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta -donde estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, -algunas emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. -Su declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que -admiraban las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando -de diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; -y entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, -oíamos: <i>creed</i> y <i>esperad</i>... <i>inmensidad sublime</i>... <i>místicos -ensueños</i>... <i>salve, creencia santa</i>. De varios vocablos sueltos<span -class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span> y de frasecillas volantes -colegimos que el señor del Bardal se guarecía <i>bajo el manto de la -religión</i>; que <i>bogaba en el mar de la vida</i>; que su alma <i>rasgaba -pujante el velo del misterio</i>, y que el muy pillín iba á romper la -cadena que le ataba á la <i>humana impureza</i>. También oimos mucho de -<i>faros de esperanza</i>, de <i>puertos de refugio</i>, de <i>vientos bramadores</i> -y del <i>golfo de la duda</i>, lo que no significaba que Bardal se hubiera -metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí, por embarcarse en -la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era naufragios retóricos y -chubascos rimados.</p> - -<p>—Si encallará de una vez este hombre...</p> - -<p>—Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos -galeras!</p> - -<p>—¡Y cómo me le aplauden!...</p> - -<p>—Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas -tendrán <i>alabarda</i> segura... El público aplaude más estas vulgaridades -que los versos sublimes de XXX. Así es el mundo.</p> - -<p>—Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.</p> - -<p>—¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?</p> - -<p>—Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético -siempre me produce náuseas... Huyamos.</p> - -<p>—Sálvese el que pueda.</p> - -<p>Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del -escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido -á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos -me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe que -el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había excusado -á última hora por<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> -haber sido acometido de un cólico. Faltaban ya pocos números, y era -indudable que parte del público se aburría soberanamente, y pensaba -que á los autores de la velada no les venía mal su poquito de caridad, -terminando la inhumana fiesta lo más pronto posible.</p> - -<p>En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía -un ramito en un ojal y estrujaba en su mano <i>La Correspondencia</i>.</p> - -<p>—Has estado verdaderamente filósofo—me dijo con pegadiza -bondad,—pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes -mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que -te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por -mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo -he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción -primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...</p> - -<p>—¿Has estado arriba, en el palco de la familia?—le pregunté, para -cortar el hilo funesto de su estadística.</p> - -<p>—No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡<i>Guindarse</i> -en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi -mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?... -¿Qué te ha parecido lo de la coronita?</p> - -<p>La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del -malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto -me causaba.</p> - -<p>—Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la <i>niña -Chucha</i>. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en<span -class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> figura humana. Basta que -yo desee una cosa...</p> - -<p>Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías -de sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.</p> - -<p>—Pero José...</p> - -<p>—Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca -serás nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de -esta noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no -ha gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, -ni harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... -Y tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, -de ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.</p> - -<p>—¡Ay, José, José!...</p> - -<p>—Lo dicho, camarada.</p> - -<p>En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la -sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran -aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.</p> - -<p>—¿Pero qué pasa?</p> - -<p>Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su -sitio para ver de qué provenía tal locura.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_28"> - <h2 class="nobreak">XXVIII</h2> - <p class="subh2">«Habla Peñita.»</p> -</div> - -<p>Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á -mi hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; -nadie<span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span> volvió la -cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las cuatro damas -en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró, y acariciándome -una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer ruido, y por encima -de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto nunca gentío más -atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido á un punto. -Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante ejemplo de -la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el público. Un -joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que concurrían la -elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes y el encanto -físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y como prendido en -una red de simpatía la heterogénea masa de personas diversas, y en una -misma exclamación de gozo se confundían el necio y el sabio, la mujer y -el hombre, los frívolos y los graves. Él despertaba, con la vibración -celestial de las cuerdas de su noble espíritu, los sentimientos -cardinales del alma humana, y no había un solo espectador que no -respondiese á invocación tan admirable. Doña Jesusa se volvió hacia mí, -y en su cara observé que estaba como lela. Hasta el pintado esposo que -campeaba en el pecho de la señora me pareció que se había entusiasmado -en su placa de marfil ó porcelana. Mercedes me miró también, haciendo -un gesto que quería decir: «esto sí que es bueno.» Lica é Irene no -movían la cabeza; la emoción las había hecho estátuas.</p> - -<p>Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y -el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido<span -class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> mi discípulo, me ponían -un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para mí una parte, siquier -pequeña, de la gloria que el divino muchacho recogía á manos llenas -aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel extraordinario hechizo -de la palabra, yo había labrado la pedrería de su grande ingenio; -yo había dado á sus dones nativos la vestidura del arte, sin la -cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le había enseñado lo -que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y sin duda de mí -procedían muchos de los medios técnicos y elementales de que se valía -para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al terminar un párrafo -estallaba en el público una tronada de aplausos, yo me rompía las manos -y deseaba estar cerca del orador para estrecharle entre mis brazos.</p> - -<p>¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No -concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del -espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse -en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan -lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado -que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con -estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender -que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar -algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. -Mi entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de -gozo, hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la -carne de tan opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el<span -class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> principal objeto del -orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último -grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan -brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias, -qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la -unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados, -y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica -y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni -salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no -todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco -mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también, -las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de -encantadora novedad.</p> - -<p>Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del -Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la -libertad y un poco de los ideales grandes del siglo <small>XIX</small>. -Allí salieron á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón -<i>redondeando la civilización</i> y Stephenson que, con la locomotora, <i>ha -emparentado las partes del mundo</i>... Allí oí algo de las catacumbas -de Lincoln, el <i>Cristo del negro</i>, de las hermanas de la Caridad, del -cielo de Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de -Goya, todo enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de -sorpresa en sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta -luz, de tan variados tonos y de transiciones tan gallardas.</p> - -<p>Cuando concluyó, parecía que se desplomaba<span class="pagenum" -id="Page_199">[p. 199]</span> el teatro, y que todo su maderámen crujía -y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los más cercanos se -abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran abrazar, y las -señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse alguna lágrima, -por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el entusiasmo -mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos le hacían -volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El señor de -Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en tan solemne -ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al público con -paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros, «qué prodigio,» -y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi discípulo, -señores, es mi discípulo.»</p> - -<p>Lica se volvió á mí y me dijo:</p> - -<p>—¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!</p> - -<p>Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y -me dijo:</p> - -<p>—También usted ha estado muy bien...</p> - -<p>¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!</p> - -<p>—¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!</p> - -<p>—Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...</p> - -<p>—Calla, chinito, más mereces tú.</p> - -<p>—Si es que Máximo—me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia -porque me suponía triste del bien ajeno,—estuvo también muy bueno... -Todos, todos han estado buenos...</p> - -<p>Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á -su asiento. La miré; tenía<span class="pagenum" id="Page_200">[p. -200]</span> las mejillas encendidas; también había llorado.</p> - -<p>—¡Qué bueno, qué bueno!—exclamaba Lica sin cesar.—Este niño es un -milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?</p> - -<p>Irene me miró, y tuvo una frase celestial.</p> - -<p>—Hace honor á su maestro.</p> - -<p>—Este muchacho—afirmé yo,—será un gran orador. Ya lo es. Parece -que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época -presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como -encaja en una máquina su pieza principal.</p> - -<p>—Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será -ministro antes de diez años.</p> - -<p>—Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino. -Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...</p> - -<p>—Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted, -mamá?</p> - -<p>—Por mí, vámonos.</p> - -<p>—¿Y no oimos al tenor?—indicó Mercedes con desconsuelo.</p> - -<p>—Niña, en el Real le oiremos.</p> - -<p>Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos. -Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí -primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su -alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió -las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño -de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo -obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi -oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p> - -<p>—Ninguno ha estado tan bien como <i>taita</i>. Mi amo Máximo les gana á -todos, y si dicen que no...</p> - -<p>—Calla, tonto.</p> - -<p>—<i>Po que</i> no lo entienden.</p> - -<p>La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario -para dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería -pronto en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de -aquella noche...</p> - -<p>¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: <i>in mente</i> -se la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al -subir al coche:</p> - -<p>—Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la -corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea -mía, ¿qué te parece?</p> - -<p>—No, que fué idea mía—replicó prontamente la niña Chucha.</p> - -<p>—No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no -impide que sea una idea detestable.</p> - -<p>—Mal agradecido.</p> - -<p>—Relambido.</p> - -<p>—Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica -escogió las flores.</p> - -<p>—Y yo las hojas verdes.</p> - -<p>—Y yo las cintas encarnadas.</p> - -<p>—Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.</p> - -<p>—Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.</p> - -<p>—¡Ay, qué fantasioso!</p> - -<p>Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el -movimiento del coche su<span class="pagenum" id="Page_202">[p. -202]</span> codo y el mío se frotaban ligeramente. Si fuera yo más -inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de aquel -rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi -cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas... -Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y -dijo:</p> - -<p>—Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido -también?</p> - -<p>—No, señora—replicó la maestra con cierta sequedad.</p> - -<p>—Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no -hablas?</p> - -<p>Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio -de tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por -fin, á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general -y desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á -Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el -pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al -comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la -mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué -prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.</p> - -<p>El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme -al oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro -cariñoso que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de -la inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido -orgullo.</p> - -<p>—Yo <i>taje</i> la corona de la tienda.</p> - -<p>—Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p> - -<p>Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre -señora estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y -presenciado desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. -Este le había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo -cedió á unas amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer -demostraciones demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. -En el paraíso, acompañada tan sólo de la criada, había llorado á -sus anchas, y cuando oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del -público, creyóse trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora -había perdido el conocimiento, y por poco me la llevan á la casa -de socorro. Abrazóme con ardiente alegría, diciéndome que yo, como -maestro de aquel milagro de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su -victoria.</p> - -<p>Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran -carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya -un hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. -Se me caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de -ponerme en pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi -hijo, si le he parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que -me desmayé... En fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto -en la garganta... Por cierto que le ví á usted en un palco alto con -las señoras. Yo le miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer -una seña diciendo; «aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y -ahora que me acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al -lado mío, había un señor muy descontentadizo que<span class="pagenum" -id="Page_204">[p. 204]</span> dijo tonterías de usted... Casi reñimos -él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á ese... -bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se oyó nada -de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es el caso -que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada cuando -le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas... Después -vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un gusto!... -Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una cosquillas. Se -ríe y se llora... no sé si me explico.</p> - -<p>Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba -retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella -misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño; -pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido -de silencio, de quietud, de descanso.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_29"> - <h2 class="nobreak">XXIX</h2> - <p class="subh2">¡Oh, negra tristeza!</p> -</div> - -<p>Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os -elevasteis lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, -como vapores que suben de la superficie de un lago caldeado? Y -vosotras, horas de la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que -me martirizárais una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro -con vuestro compás de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas -con dorados<span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> ojos -de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar con -tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie -debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio -quisquilloso y sofístico...</p> - -<p>Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella -noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la -noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó -mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí -tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre, -cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio, -otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al -aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo -lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...</p> - -<p>La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis -tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas -del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña -comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí, -muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos -de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado -nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi -hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba -sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra -la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero -seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora -afirmación. En vano demostraba yo que los datos<span class="pagenum" -id="Page_206">[p. 206]</span> eran falsos; la imaginación me presentaba -al instante otros nuevos, marcados con el sello de la evidencia.—Al -levantarme, me dije:</p> - -<p>«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo -descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del -cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban -la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos -ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de -este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino -que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie -me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe, -ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo. -Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano, -el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino -por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que -llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi -razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo -probarán ó me tendré por loco.»</p> - -<p>Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me -felicitaron. Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice -preguntas, y no sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la -casa de mi hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara -la hora. Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué -Manuela, que me dijo con mucho misterio:</p> - -<p>—Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está<span class="pagenum" -id="Page_207">[p. 207]</span> encerrada con José María en el despacho. -Negocios...</p> - -<p>—Pobre José; de ésta va á San Bernardino.</p> - -<p>—Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...</p> - -<p>—¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. -Lica, Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es -terrible; le habrá embestido con mil mentiras, y como es tan -generoso...</p> - -<p>—No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.</p> - -<p>Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo -en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa, -el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su -mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un -rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y -volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:</p> - -<p>—Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás -ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que -se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que -estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu -vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle -un disgusto?</p> - -<p>—¿Á mí? ¿Qué?—exclamó mi pobre cuñada asustadísima.</p> - -<p>—Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... -Estoy tan sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha -variado tanto, que verdaderamente no está bien que Irene...<span -class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> me parece á mí... sea -institutriz asalariada, teniendo una tía...</p> - -<p>—Rica.</p> - -<p>—Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No -cree usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que -me acompañe, para que me cuide...?</p> - -<p>—Claro...</p> - -<p>—Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... -porque estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...</p> - -<p>Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se -supo más de ella.</p> - -<p>—Esto no quiere decir—prosiguió,—que yo me lleve á Irene de prisa y -corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para -que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que -se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan -agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí. -Adora á las niñas.</p> - -<p>Manuela estaba algo desorientada.</p> - -<p>—¿Y el ama?—preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.—¿Siguen -los antojos y las...?</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó Manuela;—no me hable usted, doña Cándida... -Insoportable, insoportable. Es un demonio.</p> - -<p>Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente -curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí -diciendo con voz dulcísima: <i>hubiérais</i>, <i>habríais</i> y <i>hubiéseis -amado</i>.</p> - -<p>Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para -preguntarle:</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_30"> - <p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXX</h2> - <p class="subh2">«¿Con que se nos va usted?»</p> -</div> - -<p>—Sí—me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara -(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.</p> - -<p>—De veras. ¿Y cuándo?</p> - -<p>—Hoy mismo. Lo que ha de ser...</p> - -<p>—¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la -casa?</p> - -<p>—No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted -agradecidísima.</p> - -<p>—Entonces...</p> - -<p>—Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. -Y si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada -día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo, -tomo mi resolución...</p> - -<p>—¡Es tremendo!...—exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo -favorito.</p> - -<p>—Sí señor; me corto la coleta... de maestra,—replicó echándose á -reir.</p> - -<p>¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más -torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría -me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo -desconcertaba, y sólo le dije:</p> - -<p>—¿Hay proyectos?...</p> - -<p>—Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía -usted que sólo los sabios tienen proyectos.</p> - -<p>Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos mi<span class="pagenum" -id="Page_210">[p. 210]</span>raban absortas, con sus abiertos libros -en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas. Saboreaban quizás -aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían agradecido mucho -que nos estuviéramos charlando todo el día.</p> - -<p>—No, no, no.—Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta -vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la -lección, que después...</p> - -<p>—¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero -es tanto lo que hay que decir...</p> - -<p>—Luego... aquí—dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de -la solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras -en la escena.</p> - -<p>De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo -que me puse pálido y que me temblaba la voz.</p> - -<p>—Aquí no...—indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya, -y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la -conciencia de sus deberes pedagógicos.</p> - -<p>Y el <i>aquí no</i> salió de sus labios timbrado con un dulce tono de -precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la -primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el -uso de muchos años lo cultivara.</p> - -<p>—Es verdad, aquí no—repetí.</p> - -<p>Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:</p> - -<p>—En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á -visitarnos?</p> - -<p>—Mañana mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span></p> - -<p>—Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.</p> - -<p>—¿Pero será pronto?</p> - -<p>—Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le -avise.</p> - -<p>Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro -de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un -fervor...</p> - -<p>Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se -alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero -mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades, -y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:</p> - -<p>—Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta -prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido -quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé -qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta -prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando -la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga -verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...</p> - -<p>Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:</p> - -<p>—Pronto lo sabremos.</p> - -<p>Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, -meditabundo, apenas probé bocado.</p> - -<p>José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su -despacho parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. -Mostróse complaciente conmigo y con Manuela;<span class="pagenum" -id="Page_212">[p. 212]</span> mas el artificio de su forzada bondad, -se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba magnífico, y -enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta de caridad -que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que fuéramos. Manuela -no quiso ir ni yo tampoco.</p> - -<p>—¿Y tú no vas?—preguntó á su marido.</p> - -<p>—Ya ves. Tengo que hacer aquí.</p> - -<p>Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala -había ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos -empleados cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi -hermano empezó á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban -diariamente sobre la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de -intervención, guardas de montes, empleados de consumos, innumerables -tipos que habían sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar -en solicitud de recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién -carta, quién se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo -sabía burlar toda clase de molestias siempre que no le impulsara á -sobrellevarlas el amor propio, se quitaba de encima casi siempre, con -mucho garbo, la enojosa nube de pretendientes, y salía dejándoles -plantados en el recibimiento ó mandándoles volver. Pero aquel día mi -benéfico hermano quiso dar indubitables pruebas de su interés por las -clases desheredadas, y fué recibiendo uno por uno á los sitiadores -dando á todos esperanzas y alentando su necesidad ó su ambición.</p> - -<p>—Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... -Vea usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si -ol<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span>vidó usted ayer -darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la nota: de ahí -viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra nota... Ya -he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.</p> - -<p>Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas -se pasó el muy ladino toda la tarde.</p> - -<p>Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo -encerrada en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á -empaquetar y hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el -pasillo atado con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas -humedecían su rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos -niñas, medrosas de su propia pena, se habían refugiado en la clase, -donde lloraban á moco y baba.</p> - -<p>—¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último -beso.—Si vendré todos los días...</p> - -<p>La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, -y no se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió -á la que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la -puerta.</p> - -<p>En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas -las ocupaciones y las notas todas como por encanto.</p> - -<p>—¿Pero ya se va usted?—dijo muy gozoso.—Yo también salgo. La llevaré -á usted en mi coche.</p> - -<p>—No señor, gracias, no, de ninguna manera—replicó Irene echando á -correr escalera abajo.—Ruperto va conmigo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p> - -<p>José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los -cristales del balcón del gabinete para ver...</p> - -<p>En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, -entró en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la -berlina hacia la calle de San Mateo.</p> - -<p>—¡Has visto, has visto...!—exclamó Lica clavando en mí sus ojos -llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.</p> - -<p>—¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...</p> - -<p>—¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su -coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo, -qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te -chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...</p> - -<p>Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como -otras lo expresan con violentas sacudidas.</p> - -<p>—Yo me muero, yo no puedo vivir así—exclamó rompiendo en -llanto.—¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí, estas -finezas... Eso es no tener vergüenza, y la <i>sinvergüencería</i> no la -perdono.</p> - -<p>—Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos -lo que pasa después...</p> - -<p>—Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos—me dijo meciéndose -tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.—Nada sé positivo, y sin -embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena. -¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido -en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé cono<span class="pagenum" -id="Page_215">[p. 215]</span>cer cuándo una mujer trae enredos -consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos. ¡Es una -hipócrita!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_31"> - <h2 class="nobreak">XXXI</h2> - <p class="subh2">¡Es una hipócrita!</p> -</div> - -<p>Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y -hacía vibrar mi sér todo.</p> - -<p>—Pero Lica, cálmate, razona...</p> - -<p>—Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.</p> - -<p>—¿Qué has visto?</p> - -<p>—Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás -como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy -más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando -entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego -este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que -también la tía es buena lámpara...</p> - -<p>—¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu -marido?</p> - -<p>—Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... -No ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas <i>pes</i> y -aquellas <i>haches</i> tan particulares que hace José María... Esa chica, -esa... No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito -á mi marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y -arruinarse, y tirar el pan de mis hijos, yo soy<span class="pagenum" -id="Page_216">[p. 216]</span> madre, yo me voy á mi tierra, yo me ahogo -en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que con mi -dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!</p> - -<p>Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la -buena y pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan -violento, que allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en -caja. Después de llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual -daba cada gemido que partía el corazón, perdió el conocimiento, y -disparados sus nervios empezó una zambra tal de convulsiones y estirar -de brazos y encoger de piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el -ama con su poderosa fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de -la infeliz esposa, y al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, -por fin de fiesta, una taza de tila.</p> - -<p>—Nos iremos, niña de mi alma—le decía doña Jesusa,—nos iremos para -nuestra tierra, donde no hay estos <i>zambeques</i>.</p> - -<p>Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, -acompañándola. Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á -la mañana siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría -un nuevo desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había -entrado tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones -que debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba -bastante desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable -del mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último -instante, que por nada se enardecía, y por menos que nada se des<span -class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>enojaba. El furor y el -regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como lucecillas -que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte siempre que -su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José María no -acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió, porque en -los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués emplear algún -tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo, y cuando -hablamos del asunto peligroso, me dijo:</p> - -<p>—Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya -antojado decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, -se ha de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, -hombre profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera -malicia en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?</p> - -<p>—No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de -saber, porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la -publicidad, correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; -pero que tiene su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, -¿no podrías darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de -confusión? ¿No podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa -fortunilla que le permite poner casa y darse lustre?...</p> - -<p>—Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le -dí el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera -mucho, ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas -después como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras, -verdadera<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span>mente no -lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos... en fin, no lo sé, ni -me importa. Supongo que la casa que ha puesto será algún cuartito alto -con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y qué dices de la sesión -de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las manos en la cabeza, y -el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo derecho... ¿Te has -enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...</p> - -<p>—No me he enterado de nada.</p> - -<p>—Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras -una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el -ministro.</p> - -<p>—Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...</p> - -<p>—Déjame tú en paz con doña Cándida.</p> - -<p>Conocí que no era de su agrado aquel tema, y <i>tomé nota</i>.</p> - -<p>—¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada... -Mira, éste te llama <i>concienzudo</i>, que es el adjetivo que se aplica á -los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por -lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos -convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si -se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que -te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que -vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir -cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar -diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí -hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franque<span -class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span>za... me revienta ese -niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no tendría igual -para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso... ¡Hombre, por -amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan reputaciones -así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal Colón, las -Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de Dios, -hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso se -pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras serán -verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye y -observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece un -borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados -prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de -aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios -me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le -pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser -hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales -humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar -sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para -que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor -de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana -un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto. -Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos, -filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría -verdaderamente limpia y boyante la sociedad.</p> - -<p>—¡José!—exclamé con efusión humorística y<span class="pagenum" -id="Page_220">[p. 220]</span> hasta con entusiasmo,—eres el mayor bruto -que conozco.</p> - -<p>—Y tú la octava plaga de Egipto.</p> - -<p>—Y tú la burra de Balaam.</p> - -<p>Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.</p> - -<p>—Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.</p> - -<p>—Sí, la nación sería un pesebre.</p> - -<p>—Eso... lo veríamos. Yo hablaría...</p> - -<p>—Y dirías <i>mu</i>...</p> - -<p>—Hombre, la vanidad, la suficiencia, el <i>tupé</i> de estos señores -sabios es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no -sirven para nada; son un rebaño de idiotas...</p> - -<p>Y se amoscaba más.</p> - -<p>—Pero la vanidad del ignorante,—dije yo,—además de insoportable es -desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.</p> - -<p>—Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.</p> - -<p>—Mira como estamos, gobernados por tanto necio.</p> - -<p>—No señor.</p> - -<p>Se puso pálido.</p> - -<p>—Pues sí señor.</p> - -<p>Me puse rojo.</p> - -<p>—Eres lo más...</p> - -<p>—Y tú...</p> - -<p>Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que -retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme -la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba -de aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me -produ<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span>cía, unida -á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro tonterías -se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal que -entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él -la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado -á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo, -cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_32"> - <h2 class="nobreak">XXXII</h2> - <p class="subh2">Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.</p> -</div> - -<p>¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance. -Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto -á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial -había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la -discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar -del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de -la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con -paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría -más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla -con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida -de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros -tiempos.</p> - -<p>Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la -noche, que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la -reunión,<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> y no -recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino breves -momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al -Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de -melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma -á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía -tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para -mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido -aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad, -no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía -mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y -digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio, -aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser -su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como -infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de -Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella, -y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y -menos para novio.</p> - -<p>Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros -coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia, -sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse -en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por -poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían -montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las -de su infame oficio. Lica y yo temíamos una<span class="pagenum" -id="Page_223">[p. 223]</span> desgracia, y en efecto, el golpe vino -hallándonos desprevenidos para recibirle.</p> - -<p>Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me -presenta Ruperto sofocadísimo.</p> - -<p>—Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado -hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...</p> - -<p>—¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María, -qué hace?</p> - -<p>—Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á -buscarle... Mi ama que vaya usted pronto... para que le busque otra -<i>criandera</i>...</p> - -<p>—Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita -Manuela qué hace?</p> - -<p>—Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene -no hace más que rabiar.</p> - -<p>—Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...</p> - -<p>Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta. -¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí, -tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.</p> - -<p>«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo -perdonará nunca su amiga...—<i>Irene.</i>»</p> - -<p>La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano -impulsada del miedo y del peligro...</p> - -<p>¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en -un solo momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque -indudablemente había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... -¿de qué?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">[p. 224]</span></p> - -<p>—¿Qué tiene usted, Mansito?—me dijo doña Javiera que volvía de -misa.</p> - -<p>—Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar -al socorro...</p> - -<p>—¿Hay fuego?...</p> - -<p>—No, señora; no hay más sino que el ama...</p> - -<p>—¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. -Yo, mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á -mi Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me -reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.</p> - -<p>—Usted no sabría de alguna...</p> - -<p>—Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo -Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?</p> - -<p>—¿Qué he de ver, señora?</p> - -<p>—Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena -en Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D. -Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para -cuando sea padre.</p> - -<p>—Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas -bestias feroces que llaman amas de cría...</p> - -<p>—Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía... -Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració. -Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos... -hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la -población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota, -fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una -traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive -con<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span> su marido. En -fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para dormir -á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito la -mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de -ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas -las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen, -una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede -usted lelo, coja usted <i>La Correspondencia</i> y lea los anuncios. <i>Ama -para casa de los padres.</i> ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil -donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie -de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna... -Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser -las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena -dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.</p> - -<p>Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á -dónde acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela, -pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver -la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra -amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se -quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar <i>El interior -contenido del Bien</i>.</p> - -<p>Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas, -rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética -de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica -se empeñaba en<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span> que -chupara de la redoma; apartaba él con furiosos ademanes aquella cosa -fría y desapacible, y en tanto, las tres aturdidas mujeres invocaban -á todos los santos de la Corte celestial. Se habían mandado recados á -varias casas amigas para que diesen noticia de alguna nodriza, pero -¡ay! la familia confiaba principalmente en mí, en mi rara bondad y en -mi corazón humanitario.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_33"> - <h2 class="nobreak">XXXIII</h2> - <p class="subh2">¡Dichoso corazón humanitario!</p> -</div> - -<p>Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al -servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de -lo que llamamos el <i>otroismo</i>, religión harto desusada. Si dabas -flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad, -abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el -bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino del -Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que hacía falta -á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto Miquis, joven -y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero sus amigos me -dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil. Afortunadamente -estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta feliz coincidencia -me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin tardanza me personé -en aquella paternal oficina, ejemplo que, con otros muchos, viene á -confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra admi<span class="pagenum" -id="Page_227">[p. 227]</span>nistración y lo desgraciados que -seríamos si ella no cuidase de todo lo que nos concierne, -llevándonos en sus amorosos brazos desde la cuna al sepulcro. Con -decir que por darnos todo nos da hasta la teta, está dicho. Yo -había visto la administración-médico, la administración-maestro, y -otras muchas variantes de tan sabio instituto; pero no conocía la -administración-nodriza. Así, quedéme pasmado al entrar en aquella gran -pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífico, alineado -en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de -los cuales era Augusto, hacían el reconocimiento. El antipático -ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fué para -considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. -Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían -al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia -y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las había acompañadas de -padres codiciosos, otras de maridos ó socios. Rarísimas eran las caras -bonitas, y dominaba en las filas la fealdad, sombreada de expresión -de astucia. Era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las -aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas -con pendientes de filigrana; mucho pañuelo rojo de indiana tapando -mal la redondez de la mercancía; refajos de paño negro redondos, -huecos, inflados como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, -abarcas, zapatos cortos, botinas y piés descalzos. Faltaban en la -pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y -Cebreros, y como inscripción ornamental, el endecasílabo de aquel<span -class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span> poeta culterano que, -no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza, y la llamó -<i>lugarteniente del pezón humano</i>.</p> - -<p>Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un -niño, y se oían contrataciones y regateos. Había <i>lugarteniente</i> que -elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había -exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de -durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado -de caballos, se decía <i>veamos los dientes</i>, y se observaba el aire, la -andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera -visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de -entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de -goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados -por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado -el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar -vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él -la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al -trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.</p> - -<p>—En ésta todo es agua...—decía;—ésta tal cual... mayor cantidad -de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos -barrios?</p> - -<p>—Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que -haya, y á cualquier precio.</p> - -<p>—¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span></p> - -<p>—Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están -esperando...</p> - -<p>—Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.</p> - -<p>Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con -tan picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de -bromas.</p> - -<p>Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me -amenazó con rociarme, diciendo:</p> - -<p>—Si no se me quita usted de delante...</p> - -<p>¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en -cuenta la gravedad de las circunstancias.</p> - -<p>—Querido, que tengo prisa...</p> - -<p>—Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario -por la <i>vía lactea</i>?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga -otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro... -Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos -de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros -esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á -divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.</p> - -<p>—Pero Miquis, que es tarde, y...</p> - -<p>—Á ver, Sanchez, Sanchez.</p> - -<p>Sanchez, que era el otro médico, se acercó.</p> - -<p>—Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. -La segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la -comió un cerdo cuando era niña.</p> - -<p>—¿Es buena?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span></p> - -<p>—Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era -pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué -el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas -saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás -lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de -usted?</p> - -<p>—Y ahijado por más señas.</p> - -<p>—Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto -que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo -todos los días. Es vecino mío.</p> - -<p>—¡Vecino de usted!</p> - -<p>—Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha -metido hace tres días una señora...</p> - -<p>—¡Doña Cándida!—murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se -infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.</p> - -<p>—Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija -suya?</p> - -<p>—Sobrina.</p> - -<p>—Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han -dicho. Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me -conoce, y no me saluda.</p> - -<p>—Mi hermano es muy particular...</p> - -<p>Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con -pesadez melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que -dejé de ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...</p> - -<p>—Aquí la tiene usted—me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo, -presentándome una<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> -humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de refajo verdinegro que -la asemejaba con una peonza dando vueltas.—Es buena. No haga usted -caso de esto de la oreja. Es que se la comió un cerdo cuando niña. Por -lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á ver, chica, enseña las -herramientas. No hay señales de mal infeccioso.</p> - -<p>Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó -algo, mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse -el animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana -que la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»</p> - -<p>—Abur, Manso.</p> - -<p>—Miquis, abur, y muchas gracias.</p> - -<p>Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras -de su misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño -pardo, como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de -cuero; una madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, -amarillos, negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de -color de bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, -salvajes, el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la -cabeza.</p> - -<p>Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y -ladró así:</p> - -<p>—Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?</p> - -<p>—Porque somos gente honrada—regurgitó la mamá silvestre.—Mi -Regustiana no va á cualquier parte.</p> - -<p>—Señor—bramó uno de los muchachos.—¿Quiéreme por criado?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span></p> - -<p>—Oiga, señor—añadió el autor de los días de Regustiana.—¿Es casa -grande?</p> - -<p>—Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.</p> - -<p>Cinco bocas se abrieron de par en par.</p> - -<p>—¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?</p> - -<p>—Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.</p> - -<p>—¿Es buena la señora? Llévenos pronto.</p> - -<p>—Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.</p> - -<p>Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse -después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...</p> - -<p>—No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que -vayan á pié.</p> - -<p>—No, señorito, llévenos á todos—exclamaron á coro, con el tono -plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.</p> - -<p>—No, lo que es sin mí no va mi hija—manifestó el papá, con -aspavientos de dignidad.</p> - -<p>—¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás—dijo uno de los -chicos.—Diga, señor ¿me tomará de criado?</p> - -<p>—Y yo alante—gritó el otro.</p> - -<p>—Diga, señor, ¿y cuánto me dará?</p> - -<p>Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas -delanteras que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus -gestos, y al fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los -llevé á casa de mi hermano.</p> - -<p>Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía -pastoreando aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda -eso», y marcharme á donde me solicitaban mi curiosidad y mi<span -class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> afán; pero esto hubiera -sido muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á -su nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres -y hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de -su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola -que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con -tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los -pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse -de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo, -y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus -ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.</p> - -<p>Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo -sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con -que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica -lloraba de contento.</p> - -<p>—Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me -has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á -poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un -santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de -almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso -protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer, -que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna... -¡Gente mejor...!</p> - -<p>Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando. -Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_34"> - <p><span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span></p> - <h2 class="nobreak">XXXIV</h2> - <p class="subh2">¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!</p> -</div> - -<p>Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura, -fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví -una placa de cobre que decía: <i>Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6</i>; más -arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran -banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras, -y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»</p> - -<p>Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar -vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué -simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme -aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en -aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres -sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los -dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se -conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me -lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de -una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.</p> - -<p>—Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece -una escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 -están con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, -espera: no te sientes en<span class="pagenum" id="Page_235">[p. -235]</span> esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito; tampoco en -esa otra, que está un poco derrengada.</p> - -<p>Dirigíme á la tercera.</p> - -<p>—Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del -gabinete... ¡Melchora!...</p> - -<p>Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.</p> - -<p>—¿Irene...?—le pregunté.</p> - -<p>—Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...</p> - -<p>Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en -las fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el -jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de -arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla -se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér -completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel -semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que -no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que, -llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que -deseaba.</p> - -<p>—Con que delicada...—murmuré, pasándome la mano por los ojos.</p> - -<p>Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable -aparición!</p> - -<p>—¿Qué tal te encuentras, hijita?—le preguntó su tía, en quien -sorprendí disgusto.</p> - -<p>—Bien—replicó secamente Irene.—Y usted, Máximo, qué caro se -vende.</p> - -<p>¡Maldito Calígula! Sin género de duda, que<span class="pagenum" -id="Page_236">[p. 236]</span>ría desviarme de mi objeto, distraerme, -interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó con aspavientos que me causaron frío,—¿no has visto lo -que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene, -trae <i>La Correspondencia</i> de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.</p> - -<p>Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo -del que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino -al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico -había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer -rápidamente, estas palabras: <i>Ha venido usted tarde. Nunca hace las -cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas -tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y -vuelva después de las tres.</i></p> - -<p>Haciendo que leía <i>La Correspondencia</i> guardé con disimulo el -papelejo. Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza -confirmaban, diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad -de aquellas cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el -papel decía, hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, -de sus buenas vistas y...</p> - -<p>—¿Pero no sabes, Máximo—me dijo Calígula de improviso,—que anoche -hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!</p> - -<p>—¡Señora!</p> - -<p>—Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que -duerme como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... -Yo duermo ahora muy mal... estos tunantes de nervios...<span -class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> Serían las dos de la -madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á -Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo... -ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice -que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á -la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á -la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...</p> - -<p>—¿Por la ventana?</p> - -<p>—No, por la puerta de la escalera.</p> - -<p>Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, -pero en aquel momento se levantaba y salía diciendo:</p> - -<p>—Han llamado, tía; creo que será la modista.</p> - -<p>—¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un -susto... La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca -los fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras -y decía que estábamos locas...</p> - -<p>—¿Pero usted vió...?</p> - -<p>—Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He -registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.</p> - -<p>—Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...</p> - -<p>Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, -se precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi -mente, no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña -Cándida contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué -fin...?</p> - -<p>Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado -con lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo -que<span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span> no volvería -hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la misteriosa -cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de Salamanca -y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y la misma -Irene abría la puerta. Estábamos solos.</p> - -<p>—Gracias á Dios—le dije sentándome en el mismo sillón que algunas -horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo -sitio...—Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...</p> - -<p>—¡Y tan tremendas!...</p> - -<p>¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, -qué palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al -decirme!:</p> - -<p>—¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por -esta huérfana desgraciada!...</p> - -<p>No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto -cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que -encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el -temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía -exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas -del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de -esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez -tan sólo supo decir del modo más soso posible:</p> - -<p>—Veremos eso, veremos eso...</p> - -<p>Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, -que la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span></p> - -<p>—¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me -tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más -tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién -ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes -y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué -sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor -empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la -desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me -tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted, -y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida, -amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de -esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.</p> - -<p>Petrificado la oí; balbuciente le dije:</p> - -<p>—Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el -primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.</p> - -<p>—Es que yo...</p> - -<p>Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea, -quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con -completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.</p> - -<p>—Vamos á ver, Irene—le dije procurando tomar un tono muy -paternal.—¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde -no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted, -en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla -á usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no<span -class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span> me era posible intervenir -en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo para -abandonar aquella colocación honrada y tranquila?</p> - -<p>—Allí también me perseguía.</p> - -<p>—Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él, -mientras que aquí...</p> - -<p>—Porque mi tía me engañó.</p> - -<p>—Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las -actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión -ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva -de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas -empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero -ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á -la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan -torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se -justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y -dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella -casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó -me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa. -Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo -patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta -sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y -proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que -usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de -su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y -la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que -la<span class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> ha tratado á -usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es una hipócrita.» -Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han echado en mi -pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como jamás hombre -alguno ha servido á mujer desvalida.</p> - -<p>Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó -caballeresco. Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto -que cada palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, -observéla desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.</p> - -<p>Yo creía hallarme en terreno firme.</p> - -<p>—Reconoce usted—le dije en tono de amigo,—que antes de pedirme mi -ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es -eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos, -para mayor claridad, que es como un mundo aparte.</p> - -<p>Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir, -respondió:</p> - -<p>—Sí señor.</p> - -<p>Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me -la hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un -hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la -total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la -aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué -decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las -palabras para decirle:</p> - -<p>—Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no -me tenga usted en ascuas más tiempo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p> - -<p>¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente -de horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la -vergüenza, después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, -levantóse del asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de -la sala.</p> - -<p>No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos -en la habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. -Encontréla arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre -el frío mármol de una consola, llorando á mares.</p> - -<p>—No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...—murmuré -conteniéndome para no llorar como ella.—Usted se juzga quizás con más -rigor del que debe... Desde luego yo...</p> - -<p>Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un -movimiento para apartarme.</p> - -<p>—Déjeme usted... Manso... yo no merezco...</p> - -<p>—¿Qué, criatura?</p> - -<p>—Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...</p> - -<p>Y más llanto, y más.</p> - -<p>—Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla -fríamente...</p> - -<p>Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y -ella con la izquierda mano me quería alejar.</p> - -<p>—No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.</p> - -<p>—Yo no merezco... Me he portado tan mal...</p> - -<p>—Pero hija mía...</p> - -<p>No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni<span class="pagenum" -id="Page_243">[p. 243]</span> arrancarle una palabra explícita, volví á -la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto tiempo. Al dar la vuelta -me veía en el espejo con semblante tétrico y los brazos cruzados, y me -causaba miedo. No sé las curvas que describí ni los pensamientos que -revolví. Creo que anduve lo necesario para dar la vuelta al mundo, y -que pensé cuanto puede irradiar en su giro infinito la mente humana. -Los gemidos no concluían, ni aquella tristísima situación parecía tener -término. De pronto sonó el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de -Melchora armonizada ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba -la maldita; ¡buena le esperaba!... Entró...</p> - -<p>No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la -puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua -debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte, -nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la -decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de -caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita -y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con -el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes. -Su primer pensamiento y palabra fueron:</p> - -<p>—Pero qué... ¿se te olvidó algo?...</p> - -<p>No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña -Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del -gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo -miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome, -y el silencio y las miradas suplían con<span class="pagenum" -id="Page_244">[p. 244]</span> ventaja entre los dos á cuanto pudiera -expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo, debió Calígula -pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se envalentonaba. -Después de gruñir, con artificio de cólera digna, sentóse, y sin -mirarme se permitió decir:</p> - -<p>—Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en -su casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...</p> - -<p>Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía -y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil -desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con -todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_35"> - <h2 class="nobreak">XXXV</h2> - <p class="subh2">«Proxenetes.»</p> -</div> - -<p>—¿Qué, hombre?</p> - -<p>—<i>Proxenetes.</i> Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.</p> - -<p>—¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar -como la gente.</p> - -<p>—Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—El juez de primera instancia.</p> - -<p>Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su -terror. Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví -que el fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del -sillón... Su ingenio debió ins<span class="pagenum" id="Page_245">[p. -245]</span>pirarle el cómodo partido de desviar el asunto, ingiriendo -otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel de -víctima.</p> - -<p>—Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando -no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más -nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho -hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que -Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica -para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no -existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que -tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este -olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de -correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno -civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una -familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio. -Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más -desaires.</p> - -<p>Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover -sandeces.</p> - -<p>—Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un -disgusto tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, -pongan á una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí -resultan cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su -casa hace lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes -y de la dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar -nunca. Viene luego cualquiera que no está en ante<span class="pagenum" -id="Page_246">[p. 246]</span>cedentes, y por lo primero que ve, juzga y -sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y llorona contribuye -con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio se acalora, se pone -á hacer papeles caballerescos... y si mediara una explicación, todos -quedarían en buen lugar...</p> - -<p>Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía -contener.</p> - -<p>—Señora...</p> - -<p>—Qué.</p> - -<p>—¿Quiere usted hacer el favor de callarse?</p> - -<p>—¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte? -Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre, -aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os -pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría -como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su -recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar -á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad, -Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á -insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte -de aquella santa...</p> - -<p>La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de -ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados -para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un -destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron -á sus ojos.</p> - -<p>—Nunca—gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente -el caudal lacrimatorio,—nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me<span -class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span> debes, si no otra -cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de esta desgraciada, -á quien podrías considerar como tu segunda madre, debes informarte -bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á todo, á sacarte de -dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues no se lo preguntes -á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas muchachas de hoy no -son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan sumisas. ¡Quiá! una -cosa atroz... No hay vigilancia bastante para impedir que hagan mil -coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte en dos palabras?... -Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé que no lo vas á creer -y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi deber es antes que todo, -y el interés que me tomo por ella. Allí, en la propia casa de Lica, -donde la sujeción parecía ser tan grande como en un convento, la muy -picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio. No hay como estas -tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni yo que iba allá -todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de sospechar viendo -aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella cosita... así...? -Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para esconder sus líos. -¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si quieres que te lo -pruebe...</p> - -<p>La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí -en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido -trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares -inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se -levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span></p> - -<p>—¿Quieres que te lo pruebe?—repitió doña Cándida á la manera de -las hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea -bajeza, y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera -acogida.—¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel -desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen -firma... ¿conocerás tú...?</p> - -<p>Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé -un momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...! -¡No, por aquel medio jamás!</p> - -<p>—Señora, no se mueva usted—grité con brío, ya repuesto en mi normal -sér.—No quiero ver nada.</p> - -<p>—Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella -casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas... -¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran -misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á -sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado -mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor -de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre -sacrificada... Y ya ves qué pago...</p> - -<p>Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.</p> - -<p>Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme -particularmente antipáticas la papada trémula y la despejada frente -cesárica, en la cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se -enroscan y se retuercen los gusanos al caer en el fuego.</p> - -<p>—Señora, hágame usted el favor de callarse.</p> - -<p>—Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí<span class="pagenum" -id="Page_249">[p. 249]</span> qué te importa, caballero andante y -filósofo aventurero?</p> - -<p>Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de -nuevo... El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas -declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor. -El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como -llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi -voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía -sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de -ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz:</p> - -<p>—La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me -puedo contener. Es preciso darle una taza de tila.</p> - -<p>Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de -drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del -teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi -hermano!...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_36"> - <h2 class="nobreak">XXXVI</h2> - <p class="subh2">¡Esta es la mía!</p> -</div> - -<p>Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron -pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre -desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades -para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la -mosquita muerta mi ardiente defensa, ¿qué me im<span class="pagenum" -id="Page_250">[p. 250]</span>portaba? Yo, caballero del bien, me -disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á la -carga, pues, y luego veríamos.</p> - -<p>La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó -decirme:</p> - -<p>—¿Qué demonios buscas aquí?</p> - -<p>Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas, -disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó fingiéndose asombrado.—¡Qué casualidad! Los dos -venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba -venir.</p> - -<p>Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde -la disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su -visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente -dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra -butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las -primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta -del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la -papada que con la voz nos dijo:</p> - -<p>—Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...</p> - -<p>Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. -Las tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa -por vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro -para decirle á gritos:</p> - -<p>—Al fin me tiene usted por aquí...</p> - -<p>Pero notando mi empaque severo, me miró<span class="pagenum" -id="Page_251">[p. 251]</span> mucho. Estábamos sentados el uno frente -al otro.</p> - -<p>—Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú -aquí?</p> - -<p>—Es la primera vez.</p> - -<p>—Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos -sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en -las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que -Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con -la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La -comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular -de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su -tierra...</p> - -<p>Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo -silencio. Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme -anticipadamente con la lisonja.</p> - -<p>—¡Ah! se me olvidaba—dijo, tomando la máscara de la risa, que le -sentaba como al Cristo las pistolas.—Tengo que darte las gracias. Ya -me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy. -Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente -cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego -fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El -pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí -varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había -pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste... -Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire -ma<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>rrullero, y me -dijo: «Ya sé que el señor marqués va para <i>menistro</i>. Si quisiera dar -algo á estos <i>probecitos</i> de Dios...» Empezó á pedir. Figúrate, no -quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del pueblo y el sello -para su hijo mayor; para el segundo la cartería, y para sí propio la -cobranza de contribuciones, la vara de alcalde, el remate de consumos y -la administración de obras pías... Yo me desternillaba de risa y Sainz -del Bardal le prometió proponerle para una mitra.</p> - -<p>Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo -siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería -romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero -probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse, -dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se -levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes -láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.</p> - -<p>—¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico. -<i>Naufragio del navío</i> <span class="smcap">Intrépido</span> <i>delante -de las rocas de Saint Maló</i>. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno -á la cara. ¿Y este otro? <i>Naufragio de la Medusa</i>, por Gericault... -Pero aquí todo son naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las -cinco.</p> - -<p>—Allá se va este reloj con los de mi casa—observó mi hermano, -sentándose.—Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina... -Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta -pronto doña Cándida, me voy.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p> - -<p>Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo -grave. Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, -por lo que pensó en ponerse en salvo.</p> - -<p>—¿Tú te quedas?</p> - -<p>—Sí: y tú también.</p> - -<p>—Hombre, eso es mucho decir.</p> - -<p>—Tenemos que hablar.</p> - -<p>—¿Tienes algo que decirme?</p> - -<p>—Algo, sí.</p> - -<p>—Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.</p> - -<p>—Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa -señora tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...</p> - -<p>José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con -todo el comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni -manotadas. Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!</p> - -<p>—Pues dímelo pronto—indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de -músculos.</p> - -<p>—En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí -hoy por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que -vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al -juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación, -habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las -calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres -ni pariente alguno...</p> - -<p>—No sigas, no, no sigas—dijo mi hermano, echándoselas de espíritu -fuerte.—Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre,<span -class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> hermano, esposo ó -siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te metes á juzgar lo que -no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?</p> - -<p>—Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un -hombre que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien -quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que -se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras -diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre. -No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.</p> - -<p>—Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...—balbució José, -enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde -salir.—Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en -cuenta...</p> - -<p>—Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia -aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á -la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué, -creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear -ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta -desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre -ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos, -ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas -como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí -y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud -fuerzas bastantes para defenderse...</p> - -<p>—Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar -las cosas como son...<span class="pagenum" id="Page_255">[p. -255]</span> Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur... Cosa -absurda... Aguarda... Oye.</p> - -<p>—No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no -puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...</p> - -<p>—En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo, -estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...</p> - -<p>—¿Pues qué es?...</p> - -<p>Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de -conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro -encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y -le dije:</p> - -<p>—Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi -vida?</p> - -<p>—Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por -casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es -definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de -moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene... -No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve; -cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro -que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor -de Dios, hombre...</p> - -<p>—Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble -conspiración fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus -ideas y tu dinero...</p> - -<p>—Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... -Ven á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar... -Porque tú... Entendámonos...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_256">[p. 256]</span></p> - -<p>—Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir -adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada -de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se -acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la -policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la -justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da -por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.</p> - -<p>—Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo... -Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto... -¡dale!..</p> - -<p>—¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son -espadas de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa: -es inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad, -con el escándalo, y además con el juez.</p> - -<p>—Dale, si no es eso...</p> - -<p>—¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de -decir: el juez...</p> - -<p>—¿Pero qué juez ni qué niño muerto?</p> - -<p>—En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner -los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes -dedicarte tranquilamente á la vida pública.</p> - -<p>—Hombre, te estoy oyendo—gritó mi hermano envalentonándose mucho y -cruzándose de brazos,—y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!... ¿Qué -significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo... Con -que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus<span -class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span> filosofías me apestan... -No habrá más remedio que tomarlo á risa... Y en último caso, ¿á qué se -reduce todo?... Á nada, á una bobada... Tanta bulla, tanta ponderación -y tanta soflama por una cosa sin maldita importancia. Estos sabios -son verdaderamente idiotas... Que se me haya antojado decir cuatro -tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que aquí en esta casa le -haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco... ¡por amor de Dios! ¿es -eso motivo?... Ni sé como te escucho...</p> - -<p>—Quedamos en que esto se acabó—dije, gozoso de verle batiéndose en -retirada.</p> - -<p>—Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración -tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si -te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te -maldecirían. Eres muy <i>plantillero</i>, el colmo de la impertinencia, de -la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus -buenas cualidades...</p> - -<p>—Quedamos en que no volverás más aquí.</p> - -<p>—Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso -bien lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero, -interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta -desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente -ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe -practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro -modo.</p> - -<p>—Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te -canonicen...?</p> - -<p>—Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo -á vencer las dificultades<span class="pagenum" id="Page_258">[p. -258]</span> de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo á -la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia -á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi -conciencia está tranquila...</p> - -<p>No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante, -acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que -á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de -su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:</p> - -<p>—Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires -caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención -solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando. -Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y -caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito -filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la -honra de las doncellas puras... Verdaderamente...</p> - -<p>Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más -arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.</p> - -<p>—Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole -la rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; -yo te he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á -ella... Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy -antipático...</p> - -<p>Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á -acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.</p> - -<p>—Si saldremos ahora con que un señor cate<span class="pagenum" -id="Page_259">[p. 259]</span>drático de moral anda enamorado... -¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa respetable -fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de tus gafas -están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio... Por María -Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso: nunca -gustarás á las mujeres.</p> - -<p>Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me -mortificaban.</p> - -<p>—Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita -Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad... -porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan -bien sus picardías...</p> - -<p>Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.</p> - -<p>—Mira, José—le dije,—haz el favor de marcharte de una vez. Abandona -el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré -en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa -contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos -hermanos.</p> - -<p>—No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...—balbució -contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su -semblante.—¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre, -no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una -familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...</p> - -<p>—Pues de una vez...</p> - -<p>—Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios. -Trabajo te mando, ca<span class="pagenum" id="Page_260">[p. -260]</span>maradita, porque no es oro todo lo que reluce. Y no es que -yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado por ella, no -como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un hermano. Que -viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes de cartas... -Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de cualquier -pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil tapujos y -tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene le pasa -algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la ilusión... -cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales boberías... -Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por las tardes, -por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya coquetas, habrá -gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno, mejor dicho, de -aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú, el señor de la -protección caballeresca. Veremos si con rociadas de moral ahuyentas -al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el Cristo, ó el -Sócrates. Ó si no, otra cosa...</p> - -<p>Se echó á reir como un condenado.</p> - -<p>—Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me -amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi -futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...» -Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.</p> - -<p>Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más -digno no contestarle nada.</p> - -<p>—Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me -contarás y nos reiremos.</p> - -<p>Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocu<span class="pagenum" -id="Page_261">[p. 261]</span>rrió entonces que decir; pero me callé -para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada, tarareando -una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de este -resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José -María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido -el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el -abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor -era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había -habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.</p> - -<p>José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo -daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela. -Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á -Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse -ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña -ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo, -antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé -lo que es.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_37"> - <h2 class="nobreak">XXXVII</h2> - <p class="subh2">Anochecía.</p> -</div> - -<p>La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con -pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y -cascada:</p> - -<p>—Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á<span class="pagenum" -id="Page_262">[p. 262]</span> tener función gorda... Pero ambos sois -muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre niña...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos -acostado. ¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace -un rato deliraba y decía mil disparates.</p> - -<p>—Que suba Miquis.</p> - -<p>—Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene -sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de -los ladrones...</p> - -<p>—Que suba Miquis...</p> - -<p>—Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como -perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.</p> - -<p>—Pero que suba Miquis...</p> - -<p>—Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que -duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho. -¡Qué sería de nosotras sin tí!</p> - -<p>Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se -comunicaba con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro -pintadas de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga -en las construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba -estaba casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado -en esbozo por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura -cuya cabeza estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La -veía de espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no -asomaba nada. Su respiración era fatigosa y<span class="pagenum" -id="Page_263">[p. 263]</span> febril, acompañada de un cuchicheo que -más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de una -fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente el -silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero -¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella -callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del -espíritu.</p> - -<p>—La pobrecita tiene una gran pena—me dijo doña Cándida al oido.—El -motivo ve á saberlo...</p> - -<p>—Ya... ¿le parece á usted poco...?</p> - -<p>—No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el -suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba, -como herramientas para quitarse la vida.</p> - -<p>Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la -delicadeza me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro -encendido, la boca entreabierta, el cabello suelto, encrespado, -anilloso y formando un gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de -la cabeza. De cerca, el cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; -diálogo misterioso entre el alma y el sueño.</p> - -<p>Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre -una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer -á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento -Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo:</p> - -<p>—Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas -ricas que hay en tu casa...</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span></p> - -<p>—Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. -Bien sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.</p> - -<p>Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.</p> - -<p>—Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto -me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo -hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa -atroz.</p> - -<p>La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices -se traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.</p> - -<p>—Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de -querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no -puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo... -Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores -tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una -cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín! -un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con -sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las -tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y -yo también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. -Yo no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. -Le debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado -la pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta -le insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto -á los regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por -cierto que por empeño de José María... es tan pesado... se han<span -class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> traido algunas cosas, que -vendrán á cobrar, y...</p> - -<p>La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá -imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de -improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un -desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso -y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo, -no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las -ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta -ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto, -sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les -muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés -de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos, -antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de -la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis -de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis -bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una -fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:</p> - -<p>—Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir -dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el -alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María -me debe un piquillo...</p> - -<p>Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á -reir con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso -del mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo -para alegrar un cemente<span class="pagenum" id="Page_266">[p. -266]</span>rio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.</p> - -<p>—Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.</p> - -<p>—Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de -la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso. -Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera -enferma...</p> - -<p>—Creo que esto pasará pronto—dije en voz alta; y para mis -adentros:—Ya te siento zumbar, cínife.</p> - -<p>—¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban -dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso -sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy -yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades -eminentes. Eres el número uno de los hombres...</p> - -<p>—¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...</p> - -<p>—Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado -por ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la -palabra.</p> - -<p>—En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa -atroz...</p> - -<p>—Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...</p> - -<p>¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella -se callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para -esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada -y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y -necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo -punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo -y mi Purgatorio...<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span> -Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más tristes; pasadas, -presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza obstrucción -semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que las ideas no -cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los oidos. En este -laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora, en la cual la -verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me freía los -sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna comedia -del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados los que -padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento, porque -ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su -momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del -espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga -del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda -suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado -al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que -sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive -meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza -próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus -leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por -el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad -de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en -saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la -experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales -se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, -han<span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> hecho un -Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...</p> - -<p>Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, -impropias de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque -violentísimo con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no -tuve contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de -un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y -preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme -parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La -conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de -pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que -la amargura, y la escupí en estas palabras:</p> - -<p>—¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?</p> - -<p>Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana, -comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres -privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da -el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le -leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima -esquina.</p> - -<p>Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me -contestó:</p> - -<p>—Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.</p> - -<p>—¿Estás enfermo?</p> - -<p>—La garganta... siempre la garganta.</p> - -<p>—¿Con que la garganta...?</p> - -<p>Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le -dije:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p> - -<p>—¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de -consulta.</p> - -<p>—Pero como es amigo...</p> - -<p>—¡Manuel, Manuel!...</p> - -<p>Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después -me ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le -desconcertó sobremanera, y fué esto:</p> - -<p>—Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y -después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.</p> - -<p>—No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa -tiene?... vamos; no, no...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_38"> - <h2 class="nobreak">XXXVIII</h2> - <p class="subh2">¡Ah! ¡traidor embustero!</p> -</div> - -<p>¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos -los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que -pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta -cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía: -ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has -tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á -ahogar, sí, te ahogo...!</p> - -<p>Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á -maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome -á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no -lo dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus<span -class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> mentiras, le traté con el -mayor desprecio del mundo, diciéndole:</p> - -<p>—No quiero molestarte. Ve solo...</p> - -<p>Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y -oí su voz:</p> - -<p>—Maestro, maestro...</p> - -<p>—¿Qué quieres?</p> - -<p>Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma -con ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que -bajaba.</p> - -<p>—¿Qué quieres?—repetí, cuando pasó el peligro.</p> - -<p>—Me voy con usted... Tengo que decirle...</p> - -<p>Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude -menos de exclamar:</p> - -<p>—¡Hipócrita!...</p> - -<p>—¿Por qué?...—me respondió con frescura.—Hablaremos... Yo sé dónde -ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la -tarde.</p> - -<p>¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en -que me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. -Era preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco -interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las -uñas, padecí horriblemente al decirle:</p> - -<p>—Eres un calavera, un libertino; mereces...</p> - -<p>—Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,—manifestó él con -desenvoltura.—¿Por quién ha sabido usted esto?</p> - -<p>Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le -respondí:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p> - -<p>—Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.</p> - -<p>—¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto. -Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes -decírselo.»</p> - -<p>Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la -sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:</p> - -<p>—Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado -lo que yo sospechaba ya.</p> - -<p>—Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos -tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro -secreto. Así es más sabroso...</p> - -<p>—¡Mala cabeza!...</p> - -<p>Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios... -Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle -no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis -apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho! -Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca -del traidor, como versículos del <i>Dies iræ</i>, y á medida que íbais -formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto. -Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo -que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y -tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi -espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el -mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con -vuestro reir<span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span> seco y -roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á mi casa, entrábamos, -subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel me dijo: «Está loca por -mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de hierro, que me pareció -sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.</p> - -<p>Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi -sillón, como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como -el más odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de -los séres. ¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y -yo quería conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le -arrojaría con buenos modos.</p> - -<p>—Manuel—le dije.—Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito -prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te -suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá -la noche tontamente.</p> - -<p>—¿Va usted á trabajar después de comer?</p> - -<p>—Es preciso.</p> - -<p>—¿No sale usted?</p> - -<p>—No...</p> - -<p>—Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo -que veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no -es un pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es -serio, profundamente serio.</p> - -<p>—De modo que también tú...—le pregunté sintiendo cierto alivio.</p> - -<p>Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, -y miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.</p> - -<p>—También yo—murmuró,—estoy loco por ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span></p> - -<p>Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un -tanto pálido y excesivamente abatido.</p> - -<p>—Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de -sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por -pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del -mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un -volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...</p> - -<p>—Harás bien.</p> - -<p>Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de -decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios, -nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como -la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más -pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios -excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta -rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance -mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese -venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la -mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico -entretenimiento de hacer fiestas á un gato.</p> - -<p>—Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las -cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que -parecía más lejano, más imposible...</p> - -<p>No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á -revolver papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba -manotadas sobre la mesa...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span></p> - -<p>—Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la -tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático -desde que usted me presentó en su casa...</p> - -<p>—También tú tienes unas cosas...—gruñí, por aquello de que estar -completamente mudo no era propio de un buen disimular.</p> - -<p>Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo -con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo -había ido allí.</p> - -<p>—¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande, -doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?</p> - -<p>—Hombre, sí—dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.—Lo -sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...</p> - -<p>—¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que -yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo -H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier -barbaridad....</p> - -<p>—¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...</p> - -<p>Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas -de un líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla -de yeso; pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me -viera, y por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos -rengloncillos diciendo: «botinas de <i>chagrín</i>, para señora, 54 reales,» -ó cosa por el estilo.</p> - -<p>—Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la -criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su -hermano de usted... le mato...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span></p> - -<p>Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el -brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el -espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada, -chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión, -apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.</p> - -<p>—Pero mi hermano no fué...—dije.</p> - -<p>—Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. -Callandito salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué -silencio en las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las -calles, y el roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo -salpicado de luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...</p> - -<p>Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el -viento... Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...</p> - -<p>—Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la -vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la -idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar -de un sorbo...</p> - -<p>Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi -espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:</p> - -<p>—Metafísico estás... y poeta de redomilla...</p> - -<p>Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que -me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para -aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre, -mientras Manuel decía:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p> - -<p>—Á la mañana siguiente volví...</p> - -<p>—¿Con revólver?...</p> - -<p>—Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni -peligros, ni obstáculos veía yo...</p> - -<p>Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que -habla lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» -sin saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi -cerebro se había quedado vacío.</p> - -<p>—Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando -aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando: -«¡ladrones!»</p> - -<p>Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo -de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y -declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar -al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del -Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el -papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité -en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!» -Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió -un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque -positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo -tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la -mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no -encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.</p> - -<p>Cuando recobré mi juicio, aparecí en el des<span class="pagenum" -id="Page_277">[p. 277]</span>pacho, miré á Manuel... Petra, mi ama de -llaves, entraba en aquel momento...</p> - -<p>—Travesuras de gravísimas consecuencias—dije con voz -campanuda.—Petra, la comida.</p> - -<p>Manuel miró su reloj y yo miré el mío.</p> - -<p>—Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.</p> - -<p>—Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?</p> - -<p>—Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?</p> - -<p>—La cosa es grave... Hay que pensarlo...</p> - -<p>Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no -sé si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas -estaban trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y -otros aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y -mi razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla. -Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del -mismo asunto otro día, y se fué...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_39"> - <h2 class="nobreak">XXXIX</h2> - <p class="subh2">Quedéme solo delante de mi sopa.</p> -</div> - -<p>Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos -redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, -á quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo -de no sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que -me pareció entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y -extraordinario. Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme -con<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> lo que es uso y -costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con más ánimos -para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero mi amor á -la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito, y que -comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra causa, -lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza que esto -resulta en contradicción con lo que afirman los autores más graves que -han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han estudiado el -paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos afectivos, -pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada cual las -consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno era la -distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba por mi -boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte que toma -el espíritu en la digestión. Punto y aparte.</p> - -<p>En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía -hallar consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, -lograba cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su -desdicha. Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al -dogma que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de -imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras -esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se -volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las -energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios -y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de -próxi<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span>ma muerte... -Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta de sueño, estas ideas -de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía con su convicción -correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer muerto, y me entretenía -en considerar la sorpresa que recibirían mis amigos al saber la -triste nueva y el duelo que harían las personas que verdaderamente me -estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y aquella sorpresa -desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame estar absolutamente -ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero continuando conocedor -de mí mismo en una esfera, región ó espacio completamente privado de -las propiedades generales de la física. ¡Meditación morbosa, fiebre -del vacío, yo no sé lo que era aquello!... Después pensaba en las -frases que emplearían los periódicos para dar cuenta de mi inopinado -fallecimiento. Entre otras cosas, y después de echarme ese incienso -ordinario, corriente, de fórmula, y que parece traido de la tienda, -como el espliego que usa el vulgo, dirían poco más ó menos: «Este -triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del Sr. Manso, cuanto -que éste se había dedicado el día anterior á sus habituales ocupaciones -en perfecto estado de salud, se había retirado á su casa á la hora de -costumbre, había comido con apetito...»</p> - -<p>Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre -cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada, -propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían -algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á -escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto es<span -class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span>crito <i>el canto del -cisne</i>... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que se -celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos, me -entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya muerto -estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía Sainz del -Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de veladas... -Nada, nada, ¡á vivir!</p> - -<p>Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo -reparó mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí -estaba destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y -aplomo concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en -mi cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de -género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas -manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí -y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber -soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se -celebraban veladas en honor mío.</p> - -<p>La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi -conciencia dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; -tenía deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en -que lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi -mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien. -Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con -una facilidad de expresión que me causaba asombro.</p> - -<p>—«El hombre es un microcosmos. Su naturale<span class="pagenum" -id="Page_281">[p. 281]</span>za contiene en admirable compendio todo el -organismo del universo en sus variados órdenes...</p> - -<p>»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre -ser como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve -palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren -diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen -atención...</p> - -<p>»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo -actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral -que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el -atmosférico.</p> - -<p>»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un -reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda -la grandeza del cielo.</p> - -<p>»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el -maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el -trabajo constante en la investigación de la verdad.</p> - -<p>»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo -es la imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución -y muere, aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir -consagrada al gobierno del mundo.</p> - -<p>»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de -ella y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre -de mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en -el ajetreo de los hechos comunes.</p> - -<p>»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo -lento ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span></p> - -<p>»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de -todo.</p> - -<p>»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los -encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza -secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso -de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en -posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas -igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.</p> - -<p>»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la -compara á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya -fragancia trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida -poma del egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que -tiene hambre.</p> - -<p>»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un -principio de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal -del individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto -si no existiese el principio reconstructivo y vigilante de la -conciencia...»</p> - -<p>Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé -que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención. -Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que -son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron -al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas -y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran -escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo. -Llamaba yo escogidos á los que<span class="pagenum" id="Page_283">[p. -283]</span> tienen la piel delicada para apreciar bien los palmetazos, -pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido maestro de escuela, -pues á los señores que tienen sus almas forradas con cuero semejante al -del rinoceronte, ni con disciplinas les entra una sola letra.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_40"> - <h2 class="nobreak">XL</h2> - <p class="subh2">Mentira, mentira.</p> -</div> - -<p>Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, -que no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme -de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que -la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad, -sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa, -dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las -propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas -confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de -sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en -cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo -elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera -se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de -relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban -Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso. -Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó. -Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora -pen<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>saba hacerla -olvidar con una vida arregladísima, de intachables apariencias. El -porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de esperanzas, -lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y tal es la -fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera no se -acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las relaciones -hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la historia como -un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo observé en mi -amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar bajito, escoger -vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su vestido respondía -bien á este plan de regeneración, que había empezado por tormento -de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy bien. La -señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su capital -había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá por los -holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal y las -cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no aceptaba -un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en el mismo -precio del de la calle del Espíritu Santo.</p> - -<p>—Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...</p> - -<p>La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose -muy sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa -bonita y vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.</p> - -<p>—¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted -unas manos...</p> - -<p>Aún había más. La señora, sentándose con<span class="pagenum" -id="Page_285">[p. 285]</span>fiadamente en mi sillón, frente al -estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía límites el -agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su hijo con mi -enseñanza la brillante senda...</p> - -<p>—Señora... por Dios... yo... No hable usted más...</p> - -<p>Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban -el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan -poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y -corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él -para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad -para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un -distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario -<i>de p</i> y <i>p</i> y <i>doble h</i>, y al cabo de algunos años ministro. La señora -pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo, -porque...</p> - -<p>—Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar -tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí -no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el <i>randibú</i>; como soy tan -llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo -no desmerezca.</p> - -<p>Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que -estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas -entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole. -Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran -seguramente años negativos que iban marchan<span class="pagenum" -id="Page_286">[p. 286]</span>do al revés de los años de todo el mundo, -y la aproximaban á la juventud.</p> - -<p>La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme -el encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de -que anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de -casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías, -inapetencia y desabrimiento de caracter.</p> - -<p>—Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan -pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de -usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían -por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...</p> - -<p>Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier -cosa que se me ofreciese...</p> - -<p>—No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo -Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero -muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted -necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.</p> - -<p>—Señora, mis medios...</p> - -<p>—Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, -una gloria del país no debe vivir así...</p> - -<p>Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito -interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día -siguiente, que era domingo.</p> - -<p>Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces -me parecieron tan inverosí<span class="pagenum" id="Page_287">[p. -287]</span>miles como mi apetito de la noche anterior; pero aún hubo -otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José encontré á éste y á -Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del cielo! que ni la más -ligera nube había empañado nunca el sol de la concordia entre marido -y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque me pareció observarle -receloso y como en espectativa, bajo aquel capisayo de jovialidad. Á -mí me trató con una dulzura que nunca había empleado conmigo. Corrió -á cerrar una puerta por temor á que con el aire que violentamente -entraba me constipase. Aquel día todo era plácemes. El ama se portaba -bien. El médico de la familia la declaraba excelente lechera, y aunque -el familión continuaba en la casa viviendo á mesa y mantel, todavía -no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en vestir á Robustiana -con la librea de pasiega, las tres damas no hacían más que revolver -telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul ó encarnado. De -cualquier modo que fuese, mi adquisición había de asemejarse mucho, -luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha obtenido el primer -premio en la Exposición de ganados.</p> - -<p>En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:</p> - -<p>—No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante -conmigo. Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que -hagamos viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte -algún regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como -uno que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno -de la abundancia...<span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span> -No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón á José María. ¡Qué -complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre estoy en ascuas -cuando le veo tan <i>cambambero</i>...</p> - -<p>Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de -todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie -que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la -digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía. -Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel -día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen -hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo -diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban -con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé -cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron -gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con -pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen -considerando que pueden verse en trotes semejantes.</p> - -<p>Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No -lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado -cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando -fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me -presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero -ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas. -Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero -sufriendo sus efectos, y yo me<span class="pagenum" id="Page_289">[p. -289]</span> preguntaba confuso: ¿La debilidad y la pena aumentan su -belleza, ó la destruyen casi por completo? ¿Está interesantísima, tal -como el convencionalismo plástico exige, ó completamente despoetizada? -El desquiciamiento que había en mí era causa de que por momentos la -viese en el primer concepto, por momentos en el segundo. Cuando me -saludó, su voz temblaba tanto, que casi no entendí lo que me dijo. -Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí y se puso á revolver una -cesta de costura mientras yo me informaba de si había subido Miquis y -de lo que había prescrito. Doña Cándida caracoleaba junto á los dos, -ferozmente amable. Con la frescura que tan bien cuadraba contra ella, -le dije:</p> - -<p>—Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á -mí, que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo -que guste; cuanto más mejor.</p> - -<p>—¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...</p> - -<p>Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito -donde había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en -forma condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la -vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.</p> - -<p>—Ese es obsequio especial de D. José á mi tía—me dijo Irene, -buscando en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin -turbarse.</p> - -<p>—¿Y usted, qué tal se encuentra?—le pregunté, como hacen estas -preguntas los médicos.</p> - -<p>—Regular... perfectamente...</p> - -<p>—¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_290">[p. 290]</span></p> - -<p>—Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...</p> - -<p>—Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si -usted me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos -ó tres preguntas...</p> - -<p>—Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba -cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego -desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata. -Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_41"> - <h2 class="nobreak">XLI</h2> - <p class="subh2">La pícara se sentó con la espalda á la luz.</p> -</div> - -<p>Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad -del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos -procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.</p> - -<p>—Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?</p> - -<p>Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien -mientras me contestaba con humilde voz de escolar:</p> - -<p>—Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un -refresco...</p> - -<p>—¿Habló él con usted en aquellos días?</p> - -<p>—No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él -salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.</p> - -<p>—Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p> - -<p>—Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático, -amigo suyo.</p> - -<p>—Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?</p> - -<p>—Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El -me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo -iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...</p> - -<p>—Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó -á usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media -noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...</p> - -<p>—Es cierto—respondió, sin levantar los ojos de su costura.—¿Cómo lo -sabe usted?</p> - -<p>—Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de -Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...</p> - -<p>Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»</p> - -<p>—Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el -pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...</p> - -<p>Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido -en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos -componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión -es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué -razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé -mover de mi bondad, y le dije:</p> - -<p>—Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero -mucho; pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás -haya<span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span> sido usted la -más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted muy secretera. -Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por completo. Yo -observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía por seguro que -en su vida había algo más de lo que constituye la vida ordinaria. -Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla en su -confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos que por -primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es de los -chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación de una -joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo placer -el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas, y en este -comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de usted, que -es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío de dulzura -ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy poético. -Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto más -intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes, iban -sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y debo -reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines más -puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel debían -producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un joven -de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo, -usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además -algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? -La enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un -marco de positivismo... así, así, como suena...<span class="pagenum" -id="Page_293">[p. 293]</span> las cosas claritas... y añadir á lo ideal -una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser la mujer de un -hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.</p> - -<p>La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi -se iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima -que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni -una palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y -seguí:</p> - -<p>—Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero -sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que -suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y -con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba -esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el -momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa -crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en -que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento, -bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la -suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir... -¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre -al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto -diputado, ministro...!</p> - -<p>Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un -torrente lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó -el pañuelo á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:</p> - -<p>—Sabe usted... más que Dios...</p> - -<p>—Quedamos en que aquella noche perdió us<span class="pagenum" -id="Page_294">[p. 294]</span>ted la chaveta—añadí bromeando.—Sigamos -ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el desasosiego de un -querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya con sed furiosa -á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona querida se salía -ya de los términos de persona humana para ser criatura sobrenatural. -Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente, su fantasía -proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido rico y -célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo un -libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia, y -hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir -de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver -pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante -después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse -independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de -mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo. -Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros -que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular. -¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada -por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que -es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con -Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento á -José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí á su -sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones de San -Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en ella; -usted también cre<span class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span>yó -la patraña de que mi cínife había variado de fortuna... Bueno: consigue -usted su objeto; se pone al habla con Manuel, que soborna á la criada, -y se mete aquí. Las sugestiones de mi hermano producen momentánea -contrariedad. Para vencerla me llama usted á mí. Intervengo. Quito -de en medio el gran estorbo. Manuel, entre bastidores, triunfa en -toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer? Manuel y usted han de -decidirlo.</p> - -<p>Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á -cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada; -no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que -no obedecía, me dijo:</p> - -<p>—No callará mientras no cierre el balcón.</p> - -<p>Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á -oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no -se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver -á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de -frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y -siguió el lloriqueo.</p> - -<p>No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento -de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado -delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada -estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si -la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y -embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos -pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada. -¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el<span class="pagenum" -id="Page_296">[p. 296]</span> contrario, debería yo evadirme lindamente -dejando que los criminales se arreglaran como pudieran?... ¡Pobre -Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó Irene esperaba de mí -no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho tiempo pasó hasta el -momento en que me dijo, sin dejar de llorar:</p> - -<p>—Usted lo sabe todo... Parece que adivina...</p> - -<p>Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí -mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás -sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo, -que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí -no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar -gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos -desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas -sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde -que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y -comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene -un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios -secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza -generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón -práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona -alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en -el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la -pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos -del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad -no mostraba<span class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span> más -que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de adivinación tenía -este triste pensador de cosas pensadas antes por otros; este teórico -que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces había estado -haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo, mientras el sér -verdaderamente humano, desordenado en su espíritu, voluntarioso en -sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del instinto de los -hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos, se iba derecho al -objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico de gabinete que en -su vida ha olido la pólvora y que se consagra con metódica pachorra -á estudiar las paralelas de la plaza que se propone tomar; y ved en -Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro de arte, y mientras -el otro calcula, se lanza él espada en mano á la plaza, y la asalta y -toma á degüello... Esto es de lo más triste...</p> - -<p>Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme -con nuevas lisonjas. Hélas aquí:</p> - -<p>—Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le -respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo -Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace -más que lo que usted le mande.</p> - -<p>«Te veo venir, palomita—pensé sonriendo en mi interior.—Ahora -quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya -inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo -Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo -y de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran<span -class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> empeño en conservarla. -Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no pierdes ripio... -¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y casamentero...? -Es lo que me faltaba.»</p> - -<p>Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en -aquel punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra -prueba de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las -frágiles maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la -puerta. Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que -limpiaba la puerta con un gran zorro que en la mano traía.</p> - -<p>—Hoy sí que no te nos escapas, Máximo—me dijo.</p> - -<p>—Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?</p> - -<p>—No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.</p> - -<p>Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con -la cabeza.</p> - -<p>—Bueno—respondí.</p> - -<p>—No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los -pichones? Porque tengo pichones.</p> - -<p>—Á mí me gusta todo.</p> - -<p>—Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?</p> - -<p>—¿Qué más anguila que usted?</p> - -<p>No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo, -donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.</p> - -<p>—Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer -un pastel que á tí te gusta mucho.</p> - -<p>Miré á Irene, que se apretaba la boca con el<span class="pagenum" -id="Page_299">[p. 299]</span> pañuelo, muerta de risa, y con las -lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel de risa y -llanto, qué amargo eras!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_42"> - <h2 class="nobreak">XLII</h2> - <p class="subh2">¡Qué amargo!</p> -</div> - -<p>—Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto—dijo Calígula -entrando.—¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido, -Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás. -¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende... -¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel, -servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves. -Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes -tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto, -Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la -francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre -está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni -guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro -día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo -arreglado.</p> - -<p>—¡Qué cosas tiene mi tía!—me dijo Irene cuando nos quedamos -solos.—Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni -tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos -desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que -haya mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un vela<span -class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span>dorcito de hierro que -tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de galletas... -Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría mil veces -comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.</p> - -<p>No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que -ví en su semblante.</p> - -<p>—Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.</p> - -<p>—Sí; pero creí venir de paso—me respondió con una decisión que me -parecía nueva en ella.—Vine como se va á una estación de ferrocarril -para tomar el tren.</p> - -<p>Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome -una energía que me pasmó, me dijo:</p> - -<p>—Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.</p> - -<p>Me dejó frío...</p> - -<p>—Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á -doña Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos -que ir á comer á una fonda.</p> - -<p>Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor, -que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin -cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á -creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran -dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo -semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un -perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla -mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo -que la se<span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span>ñora no -había podido vender de sus antiguos ajuares.</p> - -<p>—Este es el museo de mi tía—dijo Irene burlándose.—Ahora, explaye -usted sus miradas por esta suntuosa <i>salle à manger</i>. Ella dice que es -del gusto de la <i>renaissance</i> por esas dos arquitas talladas que tiene -ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal -estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de -mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos -sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En -días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete; -en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos -de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer -la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina -funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los -fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda -usted para cuando se case...</p> - -<p>Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella -enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para -remacharla así:</p> - -<p>—¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es -vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién -lo va á hacer?</p> - -<p>—¡Es verdad, es verdad!</p> - -<p>—¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es -abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola, -sin padres, sin guía...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p> - -<p>Complacíame mucho verla tan expansiva.</p> - -<p>—Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina. -Amigo, es preciso trabajar. Si no...</p> - -<p>Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha -limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre -estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio -de cosa comestible.</p> - -<p>—Eso sí—observó Irene,—hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día -se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.</p> - -<p>—Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...</p> - -<p>—No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca -usted... coja por ese lado.</p> - -<p>Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella -riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.</p> - -<p>—Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules... -Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía -no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.</p> - -<p>—Vengan esas llaves... abriremos.</p> - -<p>Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules -y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla -de lo profundo, sacar antes el <i>Año Cristiano</i> en doce tomos, algunas -colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.</p> - -<p>—Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo -que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal. -En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con -un par de tenedores nos arre<span class="pagenum" id="Page_303">[p. -303]</span>glamos; pero no sé si nuestro convidado... ¡Ah! sí, en el -otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas que fueron -de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un juego -de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es de -Toledo...</p> - -<p>Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y -no quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería -nueva dábanle excelente aspecto.</p> - -<p>—Ahora falta lo principal—dijo Irene.—Veremos cómo sale del paso... -Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al -entrar... Como si la oyera...</p> - -<p>Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje -de diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y -la sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de -pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro, -veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa -producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.</p> - -<p>—¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para -desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier -medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he -criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este -desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en -palacios...</p> - -<p>—Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito. -Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos -caminos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span></p> - -<p>—Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que -seguirlos. No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le -voy á contar...</p> - -<p>Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí, -frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no -olvidaré nunca:</p> - -<p>—Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la -escuela, ¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No -sé si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho -que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme -mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres... -¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz... -tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la -escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la -puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer -aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra, -aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera -yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me -gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder -de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos -tranquila; pero mi imaginación no descansaba...</p> - -<p>¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia, -la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en -ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin -caprichos!... Pero atendamos ahora.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span></p> - -<p>—Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es -que no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo -á solas conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á -averiguar lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía -bien mis deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera -usted, amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia -á enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética! -Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un -heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena -de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco -más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»</p> - -<p>¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero -chitón, y oigamos.</p> - -<p>—¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí! -Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos, -usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la -maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse -lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas -tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...</p> - -<p>¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio! -Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón... -Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me -gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en -aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de -verdad que acababa de obtener<span class="pagenum" id="Page_306">[p. -306]</span> podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo había hecho -lucidamente una hora antes.</p> - -<p>—Mire usted, Irene,—le dije envalentonándome mucho y empleando ese -acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.—Lo que -usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien -lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la -superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted? -Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los -libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos -de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece -podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos, -de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos -de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que -constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer -honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza. Faltan -las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos y esas -aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea, aspira á -ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino se las -depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada á la -juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba las -redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural, resulta -ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel se casa -con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que desea, -será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un hombre -notable; señora de<span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span> -una excelente casa, donde podrá darse toda la importancia que quiera; -dueña de mil comodidades, coche, criados, palco...</p> - -<p>—Cállese usted, cállese—me dijo poniéndose roja, y echándose á reir -y escondiendo la cara.</p> - -<p>—No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al -contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en -el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena -esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo... -Lucirá usted...</p> - -<p>—Cállese usted, cállese usted...</p> - -<p>Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para -comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión -de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo -me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad -¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se -me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción -vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada -según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que -constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble -era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis -generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á -los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica -y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento, -aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...</p> - -<p>—Lo que yo aseguro á usted—me dijo,—es que mis deseos han sido -siempre los deseos más<span class="pagenum" id="Page_308">[p. -308]</span> nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como lo son otras... -¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo he visto á otras que -se han casado con jóvenes de mérito y de buena posición. ¿Por qué no -he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios, Manso. Para que me -concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la Virgen...!</p> - -<p>¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo -desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa -clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas -triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas, -un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu -y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que -se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como -dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un -arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga -presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que -realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte, la -serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe de -vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y los -maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por cuyas -cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta criatura -de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas prendas -estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora y -sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes leyes, -de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y todo -para que el mu<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span>ñeco -fabricado por mí se rompiera más tarde en mis propias manos, dejándome -en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde habría llegado yo con estas -lamentaciones internas si no apareciera doña Cándida cuando menos la -esperábamos...</p> - -<p>—¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa -puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á -comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi -mesa...</p> - -<p>Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.</p> - -<p>—No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido -aquí...</p> - -<p>De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un -trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí -y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos -en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:</p> - -<p>—Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra -fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de -las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al -fuego...</p> - -<p>Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que -esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no -sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas -de hablar.</p> - -<p>—Dígame usted, Irene—le pregunté con interés profundo.—Si Manuel -tuviese ahora un mal pensamiento y...</p> - -<p>No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición -de su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span></p> - -<p>—Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de -pena...</p> - -<p>—¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...</p> - -<p>—Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no -quedaba bien muerta... Usted no me conoce...</p> - -<p>¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.</p> - -<p>Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para -decirme:</p> - -<p>—Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año -pasado... ¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y -al momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.</p> - -<p>—¡Tortilla para comer... tía!</p> - -<p>—¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas. -¿No eres de mi opinión, Máximo?</p> - -<p>—Sí señora; todo lo que usted quiera...</p> - -<p>—Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?</p> - -<p>¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen -agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero -Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude -pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña -Cándida el retumbante apodo de <i>filet à la Maréchale</i>.</p> - -<p>—Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo -ya en Madrid más que yo...</p> - -<p>—Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span></p> - -<p>Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para -burlarse de la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no -aparecieron ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.</p> - -<p>—Aquí tienes un pavo trufado—declaró Calígula,—que lo ha hecho -expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito -á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de -Champagne...</p> - -<p>—Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...</p> - -<p>—Te digo que es del propio <i>Duc de Montebello</i>. Tú entenderás de -filosofía; pero no de bebidas...</p> - -<p>—Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?</p> - -<p>—Es el platito de que te hablé... <i>haricots à la sauce -provençale</i>... Lo hace Melchora á maravilla.</p> - -<p>—Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me -parece una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...</p> - -<p>—¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así -es todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.</p> - -<p>Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso -<i>filet à la Maréchale</i>. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar -otra vez sobre el tema eterno.</p> - -<p>«Quién sabe,—me dije,—si una crítica completamente sana y fría -podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y -rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado -más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te -entusiasmaba,<span class="pagenum" id="Page_312">[p. 312]</span> ¿no -será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos de ideas como los -hay de palabras... Ponte en el terreno firme de la realidad y haz un -estudio serio de la mujer-mujer... Estos que ahora te parecen defectos, -¿no serán las manifestaciones naturales del temperamento, de la edad, -del medio ambiente?... ¿De dónde sacaste aquel tipo septentrional más -frío que el hielo, compuesto no de pasiones, virtudes, debilidades -y prendas diferentes, sino de capítulos de libro y de hojas de -Enciclopedia? Observa ahora la verdad palpitante, y no vengas con -refunfuños de una moral de cátedra á llamar graves defectos á lo que en -realidad es tan sólo accidentes humanos, partes y modos de la verdad -natural que en todo se manifiesta. La pasión es propio fruto de la -juventud, y el arte de disimular que tanto te espeluzna es una forma -de caracter adquirida en el estado de soledad en que ha vivido esa -criatura, sin padres, sin apoyo alguno. Un poderoso instinto de defensa -le ha dado ese arte, con el cual sabe suplir la falta del amparo -natural de la familia. Ese disimulo ha sido su gran arma en la lucha -por la vida. Se ha defendido del mundo con su reserva. Y esa ambición -que tanto te desagrada no es más que un producto del mismo desamparo -en que ha vivido. Se ha acostumbrado á deberlo todo á sí misma, y de -ahí ha venido el prurito de emprenderlo todo por sí misma. Arrastrada -por la pasión, ha tenido flaquezas lamentables. Su agudeza y su -prudencia han sido vencidas por el temperamento... Hay que considerar -lo extraordinario de las seducciones con que luchaba. Enamorada, -la atraía el galán de sus sueños; pobre, la<span class="pagenum" -id="Page_313">[p. 313]</span> atraía el joven de posición. ¡Amor -satisfecho y miseria remediada! Estos grandes imanes, ¿á quién no -llevan tras sí? El espíritu utilitario de la actual sociedad no -podía menos de hacer sentir su influjo en ella. Hé aquí una huérfana -desamparada que se abre camino, y su pasión esconde un genio práctico -de primer orden...»</p> - -<p>¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, -hastiado de alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban -amenazando desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el -mango, y de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya -en lo maravilloso.</p> - -<p>Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos -nada. Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza -de haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía -muda y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí -acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal -en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la -vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una -palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción -extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos -sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos. -Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que -yo y que todas mis filosofías.</p> - -<p>Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella -reserva interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en -los ho<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span>rizontes de -su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel mismo resabio -utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa muletilla, -aquella pobreza de estilo por la cual llamaba <i>tremendas</i> á todas las -cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que fué Manuel, ser -hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel armado con la -espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la razón!... -Pero ya era tarde.</p> - -<p>Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del -crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví -tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es -necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga -á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios -gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de -ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que -por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no -es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque -si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente -serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros -de la tontería.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_43"> - <h2 class="nobreak">XLIII</h2> - <p class="subh2">Doña Javiera me acometió con furor.</p> -</div> - -<p>Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta -entonces desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, -afa<span class="pagenum" id="Page_315">[p. 315]</span>bilidad y suma -tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del domingo, -que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo, llevóme á -su gabinete, cerró...</p> - -<p>—Pero, señora...</p> - -<p>Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos -modos la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los -ojos; creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de -la legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino -con monosílabos y entrecortadas cláusulas:</p> - -<p>—Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe -usted lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... -Manuel, ¡qué pillo, qué ingrato hijo!...</p> - -<p>—Pero, señora...</p> - -<p>—¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se -quiere casar con una maestra de escuela.</p> - -<p>Y al decir <i>maestra de escuela</i>, alzaba la voz con alarido de -agonía, como el que recibe el golpe de gracia...</p> - -<p>—Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen, -re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto -mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de -Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?... -Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho -cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos -el <i>pe á pa</i>... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á -dar algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando -me lo dijo... Ahí tiene usted<span class="pagenum" id="Page_316">[p. -316]</span> un hombre perdido... adios carrera, adios porvenir... -¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...</p> - -<p>—Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.</p> - -<p>El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al -comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:</p> - -<p>—En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi -salvación.</p> - -<p>—Yo...</p> - -<p>—Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se -dice así?</p> - -<p>—Así se dice.</p> - -<p>—Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las -amistades.</p> - -<p>Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días -me pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se -parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares -y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de -mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos -y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín -más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las -consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el -apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien -dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco -que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome -que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á -Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este<span -class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> entró cuando ya habíamos -tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le conocí que había visto á -su víctima; mas no podía suponer dónde ni cómo. Probablemente habría -sido en la misma casa caligulense, pues no era difícil para Manuel -embaucar á doña Cándida y aun prescindir completamente de ella. Durante -toda la comida, doña Javiera no perdía ripio de reñir á su hijo, -fulminando contra él los rayos de sus bellos ojos ó los de sus frases -agudas y mortificantes. Á mí me traía en palmitas, quería que de todo -comiese, cosa imposible, y me atendía y me obsequiaba con cariñosa -finura. Cuando me despedí, después de hablar un poco sobre el consabido -conflicto, le dije:</p> - -<p>—Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.</p> - -<p>Y ella:</p> - -<p>—En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va -á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy -abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la -calle.</p> - -<p>Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que -le esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en -voz bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:</p> - -<p>—Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale -usted que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su -porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en -que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no -me venga con mimos, porque no le perdono...</p> - -<p>—Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_44"> - <p><span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span></p> - <h2 class="nobreak">XLIV</h2> - <p class="subh2">Mi venganza.</p> -</div> - -<p>Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia -por decirme:</p> - -<p>—¿Ha hablado usted con mamá?</p> - -<p>—Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con -Irene—le respondí;—y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece -que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena -boda. Ya ves que la pobre Irene...</p> - -<p>—Es pobre y humilde; pero yo la quiero.</p> - -<p>El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y -al compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de -pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!... -Formé un plan y lo puse en práctica al instante.</p> - -<p>—Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la -verdad, la verdad pura quiero.</p> - -<p>—Déme usted antes consejos.</p> - -<p>—¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...</p> - -<p>—Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, -le diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado -y de ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de -casarme, le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir -todavía una idea fija sobre esto. Es cosa grave.<span class="pagenum" -id="Page_319">[p. 319]</span> Por todas partes no se oye otra cosa que -diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes ambos... Hay que -pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.</p> - -<p>—¿Tienes algún recelo,—le dije violentándome mucho para aparecer -sereno,—de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á -ese tu entusiasmo de hoy...?</p> - -<p>—Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la -pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que -he de ser feliz con ella...</p> - -<p>—Entonces...</p> - -<p>—Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á -Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de -ella?</p> - -<p>—La misma que tú.</p> - -<p>—¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo -me embarco con ella.</p> - -<p>—¿Crees que no te pesará?</p> - -<p>—Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da -unos flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! -Considere usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que -ocurren en la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, -todo está en revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos -sociales, á cual más inesperado y sorprendente, se suceden sin -interrupción. Diré que la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde -menos se espera, y se levanta cada ola...</p> - -<p>Yo meditaba.</p> - -<p>—¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...</p> - -<p>—¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p> - -<p>—Juro que sí,—me dijo con entereza.—No hay nadie en el mundo que -tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.</p> - -<p>—¿Y si te digo que no te cases?...</p> - -<p>—Si me dice usted que no me case,—murmuró muy confuso mirando al -suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,—también lo -haré...</p> - -<p>—¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas -absolutamente con ella y no la veas más?</p> - -<p>—Eso ya...</p> - -<p>—Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí -sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo. -Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el -vicio.</p> - -<p>—Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede -inspirarme una villanía.</p> - -<p>—Pues cásate.</p> - -<p>—Si realmente...</p> - -<p>—Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte -á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías -considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera... -Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad -fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas -ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres -medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas -aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida -moderna. La riqueza general crece como espu<span class="pagenum" -id="Page_321">[p. 321]</span>ma y las competencias de lujo llegan á lo -increible. Dentro de diez ó quince años quizás te consideres pobre, y -quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales que ocupes ofrezcan -un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel, mira á lo futuro, y -no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas cuantas semanas. Ten -por seguro que si te dispensan la edad, entrarás en el Congreso antes -de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades de orador te habrán -proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las comisiones y en los -grandes debates políticos. Puede ser que á los dos años de aprendizaje -seas lugarteniente de un jefe de partido, ó coronel de un batalloncito -de dragones. De seguro acaudillarás pronto uno de esos puñados de -valientes que son la desesperación del Gobierno. Te veo subsecretario -á los veinte y seis años, y ministro antes de los treinta. Entonces... -figúrate: un matrimonio con cualquier rica heredera americana ó -española remachará tu fortuna, y... no te quiero decir lo que esto -valdrá para tí...</p> - -<p>Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué -así:</p> - -<p>—Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene... -Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del -sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que -cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote -ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus -amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que -no tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mu<span -class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span>cho; pero los ríos de -lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes sequías. -Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y el -consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión de -endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á la -suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora; -pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más -talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda -de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás -á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por -los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre -honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á -la calladita con los restos del naufragio...</p> - -<p>—Por vida de las ánimas—gritó Peña con ímpetu, sin dejarme -acabar,—que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del -mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...</p> - -<p>Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, -que mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi -estratagema, me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba -duda de la rectitud de su corazón...</p> - -<p>—No siga usted—exclamó levantándose.—Yo me marcho: no puedo oir -ciertas cosas...</p> - -<p>Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los -hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con -estas palabras mías:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_323">[p. 323]</span></p> - -<p>—Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que -yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de -pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar -con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has -esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia -hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas, -pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te -tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el -tiempo en que te tuve por amigo...</p> - -<p>Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_45"> - <h2 class="nobreak">XLV</h2> - <p class="subh2">Mi madre...</p> -</div> - -<p>—Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella -no conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi -madre me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre -huérfana, de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... -Sí, lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora -mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi -protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un -nombre y el decoro de una familia.</p> - -<p>Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más -enérgicas.</p> - -<p>—Las preocupaciones de tu madre son ridí<span class="pagenum" -id="Page_324">[p. 324]</span>culas. Dejémonos de abolengos, pues si -á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu madre y todos los -Peñas de Candelario.</p> - -<p>—Sí—gritó él con entusiasmo,—abajo los abolengos.</p> - -<p>—Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas -un tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías -llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en -gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña -Javiera cederá; déjala de mi cuenta...</p> - -<p>Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre -triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba -una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando -en ellas.</p> - -<p>Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el -resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:</p> - -<p>—Convencido, señora, convencido—fué lo único que le dije.</p> - -<p>Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero -con ama de llaves, á manera de presbítero.</p> - -<p>—Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo -Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone -de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan -sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle -de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en -la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle á -usted su cuartito, y ponérselo como un primor.<span class="pagenum" -id="Page_325">[p. 325]</span> No, no venga usted dando las gracias... -Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba más...</p> - -<p>Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día, -sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me -presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de -espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando -una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender -lo siguiente:</p> - -<p>—Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar -á Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que -me traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.</p> - -<p>Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, -me atreví á responderle:</p> - -<p>—El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo -podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.</p> - -<p>—No hable usted así, que estoy volada...</p> - -<p>—Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá -usted hablar de otra manera.</p> - -<p>—Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está -ahí para que me lo atrape la primera esguízara...?</p> - -<p>—Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no -logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa -usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo -que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita -huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span></p> - -<p>—¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se -va volviendo cargante? Mi hijo...</p> - -<p>—Vale menos que ella.</p> - -<p>—Vale más, más, óigalo usted, más.</p> - -<p>Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían -nervioso.</p> - -<p>—Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de -verano, amigo Manso.</p> - -<p>—Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se -casarán, y en paz.</p> - -<p>—No le doy la licencia—exclamó doña Javiera puesta en jarras.</p> - -<p>—Se la dará usted.</p> - -<p>Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no -podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave -tema.</p> - -<p>—Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted -algún Coburgo Gotha?...</p> - -<p>—No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á -usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se -compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.</p> - -<p>—Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el -niño una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, -de belleza, de virtud... hija de un caballerizo...</p> - -<p>—¡Hija de un caballerizo!...—repitió la ex-carnicera con cierto -aturdimiento,—de esos monigotes que van al lado del coche real... -brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.</p> - -<p>—Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio -de Estado, revuelvo<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span> -el archivo de la cancillería, y le saco á mi protegida un título de -baronesa como una casa... Chúpate esa.</p> - -<p>—¿De veras, hombre?—dijo ella mezclando á la cólera un grano de -risa.—Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.</p> - -<p>—Sí señora...</p> - -<p>—Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea, -no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es -profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más -sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo -mi niño ha tenido el antojo...</p> - -<p>—Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.</p> - -<p>—No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La -sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.</p> - -<p>Diciendo esto, parecíame algo desenojada.</p> - -<p>—Siga usted, siga usted—me dijo—elogiando á su ahijada. Es de las -que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de -un repelón...</p> - -<p>—No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la -querrá muchísimo.</p> - -<p>—¿De veras...?—exclamó con dejo chulesco.—Voy viendo que el señor -catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó -la manteca.</p> - -<p>—Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor -de mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...</p> - -<p>—¡Ay! sí señor—respondió con oficiosa prontitud, levantándose.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_328">[p. 328]</span></p> - -<p>—Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan -botones...</p> - -<p>—Sí, sí, sí, venga.</p> - -<p>Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.</p> - -<p>—Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un -cuello nuevo.</p> - -<p>—Ya lo creo; venga.</p> - -<p>—Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...</p> - -<p>—¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que -guste...</p> - -<p>—Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un -poco esto... La pobre Petra...</p> - -<p>—Subiré yo misma. ¿Qué más?</p> - -<p>—Que es preciso dar la licencia á Manuel.</p> - -<p>La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban -con su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre -risueña y enojada:</p> - -<p>—No me da la gana... Pues me gusta...</p> - -<p>—Vaya, que sí lo hará usted.</p> - -<p>—Me llevo esto.</p> - -<p>Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de -mujer hacendosa.</p> - -<p>—Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude. -¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la -ponemos como el lucero del alba.</p> - -<p>Y desde la puerta me miró de un modo particular.</p> - -<p>—Aquello, aquello...—le grité.</p> - -<p>—Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor -es pesadito...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_46"> - <p><span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span></p> - <h2 class="nobreak">XLVI</h2> - <p class="subh2">¿Se casaron?</p> -</div> - -<p>Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución -lógica y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos -gritos. Yo tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía -vivir la tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio -del buenazo de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el -salvamento que se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba -indeciso aquella noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, -también lo eran sus perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia -que sobre él tenían amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo -el orgullo de haber resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro -palabras apuntadas al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta -elogiarme, y sigo mi narración... Pero como no quiero atropellar -los acontecimientos, retrocedo un poco para decir que no habían -pasado veinte minutos desde que partió mi vecina diciendo aquello de -<i>Pesadito</i>, etcétera, cuando sonó la campanilla.</p> - -<p><i>Una criada.</i>—La señora que baje usted á ver unos muebles.</p> - -<p>—Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.</p> - -<p>Al poco rato, tilín...</p> - -<p>—La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.</p> - -<p>Era que la de Peña, ocupada en hacer com<span class="pagenum" -id="Page_330">[p. 330]</span>pras para arreglar su nueva casa, no se -decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta conmigo. Yo -era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en cuanto Dios -crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, mis caprichos -eran leyes.</p> - -<p>Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados -en famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de -cortinajes, portieres y telas diversas.</p> - -<p>—¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas -sillotas no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué -cosas inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me -siento en ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de -diferente forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas -cortinas, Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo -manda...</p> - -<p>Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á -adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.</p> - -<p>—Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D. -Máximo...—me dijo más tarde.—Porque yo no sé lo que harán los pintores -si no hay una persona de gusto que les diga... pues... Yo mandé que -en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices muertas y algún -ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora se adornan los -comedores con platos pegados en el techo. Antes los platos se usaban -para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me aconsejará. Lo -mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija todo á su<span -class="pagenum" id="Page_331">[p. 331]</span> gusto... Eso; disponga á -su antojo, y quite y ponga lo que le parezca... Me figuro que en los -salones será moda también colgar las sillas del techo... y poner las -arañas en el suelo... Mire usted, Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. -Esta tarde no tiene usted nada que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? -Ahora me van á traer el coche que he comprado. Lo estreno hoy, lo -estrenaremos, y usted me dirá si es de buen gusto, si tiene los muelles -blanditos y si los caballos son guapetones... Verá usted qué casa, -aunque aquello está todo revuelto y lleno de yeso y basura. Virgen, -¡qué calma la de esos pintores y estuquistas! Ya ve usted: aquí he -tenido que meter todos los muebles, y está la sala tan atestada, que no -se puede dar un paso en ella. ¿Con que vamos allá?</p> - -<p>Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó -llamar para que viese una bata que le probaba la modista.</p> - -<p>—Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...</p> - -<p>—Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es -verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas -que van por ahí.</p> - -<p>Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos -vestida de lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros -extraños.</p> - -<p>—¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos -que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de -que por mis barrios...</p> - -<p>Al decir <i>por mis barrios</i>, se pasaba suave<span class="pagenum" -id="Page_332">[p. 332]</span>mente las manos por los hermosos, blancos -y redondeados hombros. Y continuó la frase así:</p> - -<p>—... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas -sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.</p> - -<p>Vistióse prontamente.</p> - -<p>—Lo que es sombrero—me dijo mirándome como si se mirara al -espejo,—no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?... -Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor -catedrático esperando.</p> - -<p>Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos -mucho tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por -el camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de -la famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes, -alzando demasiadamente la voz.</p> - -<p>—Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo -fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar -el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...</p> - -<p>En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por -donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios -de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa -de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas -tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil -herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un -gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo -que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina -cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span></p> - -<p>También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy -bonita. Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis -gustos y deseos.</p> - -<p>—Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama -del señor de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de -la escalera; acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para -más comodidad... Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando -usted tenga la cabeza pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador -y se traga con los ojos todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor -catedrático hacerle el amor á la ermita de los Ángeles que se ve allá -lejos, y discutir á bramidos con el león del Retiro...</p> - -<p>La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa -y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en -cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la -señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla -más amansada. Ya no decía: <i>la maestra de escuela</i>, sino <i>esa pobre -joven</i>... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban -arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:</p> - -<p>—Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca, -machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No -hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...</p> - -<p>—Pero, señora...</p> - -<p>—Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se -va á la calle.</p> - -<p>Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había -tomado posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de<span -class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> todo á su antojo. No -podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de Petra, que -estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían puesto mi -casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto arreglo y -limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares. En varias -partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, sorprendí algunos -objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. La señora de Peña -los había subido de su casa, obsequiándome discretamente con ellos.</p> - -<p>Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de -complacerla, disminuían sus <i>voladuras</i> con motivo de la licencia, y al -fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen -sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una -tarde me dijo:</p> - -<p>—Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no -consiga de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_47"> - <h2 class="nobreak">XLVII</h2> - <p class="subh2">No me dejaba á sol ni sombra.</p> -</div> - -<p>Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había -propuesto hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. -¡Ley de las compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida -árida, en las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las -frescas vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span></p> - -<p>Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que -me pareció más negro que la misma usura.</p> - -<p>—Mi ama que vaya luego...</p> - -<p>—Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.</p> - -<p>Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días -no había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con -mis quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por -donde cogerme.</p> - -<p>—Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que -acompañes á D. Pedro...</p> - -<p>—¿Y quién es D. Pedro?</p> - -<p>—¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... -Es preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.</p> - -<p>—¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!</p> - -<p>—No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, -pues el buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que -colocarlo...</p> - -<p>—Á todos los colocaremos... en medio de la calle.</p> - -<p>—¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si -no hay otro como tú...</p> - -<p>—¿Y José María?</p> - -<p>—¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo -del marquesado está ya hecho.</p> - -<p>—Saludo á la <i>señá</i> marquesa.</p> - -<p>—Á mí... esas cosas...</p> - -<p>No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. -La humanidad es como la<span class="pagenum" id="Page_336">[p. -336]</span> han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay nada que -la tuerza.</p> - -<p>—Yo quiero mi tranquilidad—añadió.—José María está cada vez más -<i>relambido</i>... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la -comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.</p> - -<p>Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy -mal talante, fué esto:</p> - -<p>—Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver -cómo nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya -qué hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide -papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus -dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de -aquí esta plaga.</p> - -<p>—Los pobres—murmuró Lica,—son tan buenos...</p> - -<p>—Pues ponerles en la calle—indiqué yo.</p> - -<p>—¡No, no, que se le retira la leche!—exclamó con espanto -Manuela.—Habla bajo, por Dios... Pueden oir...</p> - -<p>Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la -boda de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano, -atrozmente inmutado, no dijo más que:</p> - -<p>—Ya lo sabía.</p> - -<p>Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo, -encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara -en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía -no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_337">[p. 337]</span></p> - -<p>—Oiga usted, don espantajo—le dijo á gritos,—¿cree usted que estoy -yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase -usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...</p> - -<p>¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues -sólo mi cuñada le daba el <i>don</i>, dijo que á él no le faltaba nadie; -su digna esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como -la señora; los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y -Robustiana empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba -Lica, que casi de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente -y librara á mi ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto -sentíamos á José María dando patadas en su cuarto, en compañía de -Sainz del Bardal, á quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la -redacción de una carta.</p> - -<p>—Al fin se le hace justicia—pensé;—y no tuve más remedio que amansar -á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses, -y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los -chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica -hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche -al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y -mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir -la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos -empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta -merienda para el camino.</p> - -<p>¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p> - -<p>—Esto es una cosa atroz—dije para mí, parodiando á doña -Cándida.—Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y -otra al egoismo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_48"> - <h2 class="nobreak">XLVIII</h2> - <p class="subh2">La boda se celebró.</p> -</div> - -<p>Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por -ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido. -Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por -éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir -de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir -mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en -aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que -fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno -de la amistad...»</p> - -<p>—Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente -criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad, -privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona -que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía -lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos -para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar -su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica. -¡Oh! sí, lo principal era que<span class="pagenum" id="Page_339">[p. -339]</span> Irene se casara bien, aunque su tía se muriera de dolor -al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la pobre niña al -separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!... Era tan tímida, -tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife, y era el origen -poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas, su talento, su -brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne... Irene se casaba -con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una acostumbrar -á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo, de la -igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una cosa -atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel -como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque -realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella -transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos -no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula -sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que -quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita -para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su -casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo -cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta -las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como -recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella -nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel -en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas... -también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella -más que ella de su sobrina, y ocasión había de<span class="pagenum" -id="Page_340">[p. 340]</span> llegar en que la señora sacara á Irene de -algunos apuritos.</p> - -<p>Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una -lágrima. Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó -la serie de sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de -parasitismo, que no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel -monstruo de los enredos y cocodrilo de las bolsas.</p> - -<p>Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba -más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no -pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía -en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero -su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser -sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él. -Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y -extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar -cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil -tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me -traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como -ponzoña...</p> - -<p>Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento; -sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha -perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella -en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía -estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me -acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p> - -<p>«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene -tal idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más -que todos los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. -Imposible, imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, -¡cómo se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad -de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese -pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo -ahogaran y comprimieran...»</p> - -<p>Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba -con ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de -mi sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba -mi temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía -oirla hablar así en su interior:</p> - -<p>«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más -clara de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías -el amor á estilo filosófico, pobre hombre...»</p> - -<p>Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era -todo uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la -<i>tremenda</i> idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la -conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó. -Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.</p> - -<p>—¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que -nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un -endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin -sospecharlo... La rutina del celibato<span class="pagenum" -id="Page_342">[p. 342]</span> acaba por crear un estado permanente -de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos de la -amistad...</p> - -<p>Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las -frases.</p> - -<p>—Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la -amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas, -y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á -nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama -del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la -constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales -de donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he -podido conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la -falange del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, -y ha servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del -espíritu...</p> - -<p>¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé -con Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del -cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de -nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.</p> - -<p>Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:</p> - -<p>—No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como -el último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del -mundo, me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos -más que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí -mismos.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_49"> - <p><span class="pagenum" id="Page_343">[p. 343]</span></p> - <h2 class="nobreak">XLIX</h2> - <p class="subh2">Aquel día me puse malo.</p> -</div> - -<p>¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir... -Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama. -Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que -susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme, -cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular, -más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los -concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos -para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos. -Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me -levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña -Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente -día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que -empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla, -y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que -á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad -materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido -los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, -entre pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más -que ella. Manolo <i>daba la hora</i>. La pícara maestra debía tener más -talento que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más<span -class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span> bonito y de más mérito de -todas las Españas.</p> - -<p>¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también -había cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la <i>señá</i> -marquesa, Lica por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras -muchas personas notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y -así lo manifesté con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar -como eminencias á todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí -diciéndole:</p> - -<p>—¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?</p> - -<p>—Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares... -Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa, -cuando Manolo empiece á figurar, y demos <i>tées</i>... Será aquello un -pueblo...</p> - -<p>No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para -consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel -día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios -amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles, -libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver -encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún -género mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar -tantos beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse -ya de los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi -antigua sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy -sana, mi casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo -atendía con extremada solicitud, dando motivo<span class="pagenum" -id="Page_345">[p. 345]</span> á murmuraciones de maliciosos amigos y -vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente -de ellas.</p> - -<p>—Déjeles usted que hablen—me dijo con menos desparpajo del que solía -tener, antes bien algo turbada.—Riámonos del mundo. Á usted no le hacen -los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues á mí me -da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué quieres -boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que es -indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre en -cuidado, por temor de soltar una barbaridad.</p> - -<p>Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y -ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de -esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente -ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos -ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño -apotegma: <i>la sabiduría es la sal de los hombres</i>. Cualquiera que fuese -el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina á -su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa que -tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía yo: «le -pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»—Pero no pasaba, -no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y apropiándose -cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en los órdenes -moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y acostumbrado -á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación en<span -class="pagenum" id="Page_346">[p. 346]</span> todo lo más importante -de la vida, llegué á considerar que si me faltaba la amistad fervorosa -de mi vecina, había de echarla muy de menos. Por eso, insensiblemente -arrastrado, me dejaba llevar por la pendiente, sin ocuparme de calcular -á dónde llegaría.</p> - -<p>No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa, -después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor. -Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y -amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia -yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene -me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña -Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:</p> - -<p>—Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los -menudea, pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.</p> - -<p>Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque -nada debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al -tipo de la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! -del ideal... ¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas -benéficas y funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en -hospitalitos que no se acaban nunca? También la ví presidiendo una -junta de señoras postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún -dinero en novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un -domingo por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, -peina y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en -esa fiesta sal<span class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span>vaje, -me contestó que le había tomado afición y que si no fuera por el triste -espectáculo de los caballos heridos, se entusiasmaría en la plaza como -en ninguna parte...</p> - -<p>Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente -no se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no -había vuelto á coger un libro.</p> - -<p>Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra -cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de -los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una -controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente -dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas -veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el -afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes -de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel -empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de -viso y á otras que aspiraban á tenerlo.</p> - -<p>Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de -importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo -en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con -pasmo, y doña Javiera estaba asustada.</p> - -<p>—Es de la piel del diablo—me dijo un día,—sabe más que usted.</p> - -<p>¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del -mundo!—Lo más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado -á cuantos con ella vivían, fué poco á poco<span class="pagenum" -id="Page_348">[p. 348]</span> dominada por su nuera... Casi casi -le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo -hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.</p> - -<p>—Esta nació para hacer gran papel.</p> - -<p>—Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?</p> - -<p>—Como siga así y no se tuerza...</p> - -<p>—¡Oh! si ella es buena, es un angel...</p> - -<p>Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.</p> - -<p>—Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto -exhibirse.</p> - -<p>—Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...</p> - -<p>—Se ven unas cosas...</p> - -<p>¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente. -El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos, -lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición, -desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con -las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era -natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para -otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni -hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y -pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de -toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose -de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que -recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran -beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba -en una esfera en la cual el<span class="pagenum" id="Page_349">[p. -349]</span> devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose con máscara -hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_50"> - <h2 class="nobreak">L</h2> - <p class="subh2">¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.</p> -</div> - -<p>Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, -goces, delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza, -soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más -de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de -mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que -veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo, -aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja -y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me -hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era -combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más -humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, -á quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel -fanatismo idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. -Todos los días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no -asistir á las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla -y sentirme cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma -cosa. El influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva -modalidad. Yo no era yo, ó por lo menos, yo no<span class="pagenum" -id="Page_350">[p. 350]</span> me parecía á mí mismo. Era á ratos sombra -desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de la -tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.</p> - -<p>—¿Pero qué tiene usted?—me dijo un día doña Javiera.</p> - -<p>—Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre -dos vacíos, prefiero el otro.</p> - -<p>—Se queda usted como una vela.</p> - -<p>—Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de -entre los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha -cumplido su ley, desaparece.</p> - -<p>—Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.</p> - -<p>—Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos -importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley, -toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que -microscopios?</p> - -<p>—¿Quiere usted que llame un médico?—me dijo la señora muy -alarmada.</p> - -<p>—Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al -jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el -aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.</p> - -<p>—Vaya usted á tomar baños.</p> - -<p>—De eternidad los tomaré pronto.</p> - -<p>—Nada, nada; yo llamo á un médico.</p> - -<p>—No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á -tomar postura...</p> - -<p>Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo -día vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo -varias<span class="pagenum" id="Page_351">[p. 351]</span> preguntas á -que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que doña Javiera se -asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo afecto con que -me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre pronunciado en lo -alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y tal era mi anhelo -de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin tasa mi vecina los -cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos, rodeados de gran -silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un pájaro.</p> - -<p>El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él, -repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la -redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi -encarnación.</p> - -<p>—Hombre de Dios—le dije;—¿quiere usted acabar de una vez conmigo y -recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más -sin gracia...</p> - -<p>Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el -sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.</p> - -<p>Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había -abandonado para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron -algunos vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era -una lástima que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan -bien me iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos -de mí, y hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre -gente! Me lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las -redacciones de los periódicos á dedicarme <i>sentidas frases</i>. En cuanto -lo supo<span class="pagenum" id="Page_352">[p. 352]</span> Sainz del -Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la cual yo y -mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan todas estas -cosas y se aprecian en su verdadero valor.</p> - -<p>Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la -aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que -parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas -como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar -las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la -casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También -supersticiosa!</p> - -<p>Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi -doña Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según -datos que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el -sitio donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra -encima y un rótulo que decía que yo había sido muy sabio.</p> - -<p>De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que -siempre que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba -el papel de la langosta en los feraces campos, me había de nombrar -suspirando, para mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi -noticia ha llegado, por no sé qué chismografía de serafines, que no -se puede calcular ya el dinero que le han dado para misas por mi -reposo, el cual dinero suma tanto, que si se aplicara por los demás, -ya estaría vacío el Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña -saca la señora con estos giros de ultratumba mediana rentilla<span -class="pagenum" id="Page_353">[p. 353]</span> para ayudarse. No hablo -de la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo -ingenio de Calígula, porque debe suponerse.</p> - -<p>Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es -un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas -quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones -el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama -en plena sesión de cualquier academia el <i>inolvidable Manso</i>, si se -va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra -rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso -inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario. -Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida -la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y -metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos, -he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo -descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á -encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros -espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales, -más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la -experiencia.</p> - -<p>De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en -Manuel Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso -fárrago de adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el -Congreso y en los combates de la vida política, que es la vida de la -acción pura y de la gimnástica volitiva. Manuel<span class="pagenum" -id="Page_354">[p. 354]</span> hace prodigios en el arte que podríamos -llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje en conocer -y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer pesos, en -combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos. También -he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin -encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo -que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento -mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja -que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después -vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo -aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:</p> - -<p>—No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.</p> - -<p>Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi -hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y -convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza, -pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de -la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un -frasco, estaba allí el lema de <i>Moralidad y economías</i>. José no pensaba -más, ni sabía hablar de otra cosa.</p> - -<p>Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en -aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías! -Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que -le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público -que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha<span class="pagenum" -id="Page_355">[p. 355]</span> ganado mi hermano simpatías ardientes -y un prestigio que le encamina derecho al poder. ¿Será ministro? Me -lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un periodicazo, que le -cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que los indivíduos del -grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se lo escribe casi -todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo más enfadoso, -pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes atracones -que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea, contrajo -una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios. Cuando -lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos los -huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos medios -estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso alargarle la -vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los de por allá -se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber contentar á -todos.</p> - -<p>Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que -estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi -espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté -acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el -plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere -lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano -hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no -han concluido el gran <i>plantón</i> del vivir terrestre y hacen, con no -poca molestia, la antesala del nuestro.</p> - -<p>¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en<span class="pagenum" -id="Page_356">[p. 356]</span> que puedo mirar á Irene, á mi hermano, -á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás desgraciadas -figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve los juguetes -que le entretuvieron cuando era niño!</p> - - -<p class="small pl2 mt3">MADRID.—Enero-Abril de 1882.</p> - - -<p class="centra mt3">FIN DE LA NOVELA</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_357">[p. 357]</span></p> - <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<table class="toc" summary="Tabla de contenidos"> - <tr> - <td colspan="3" class="tdrb xs"><span class="subrydo">PÁGINAS</span></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_1">I</a>.—</td> - <td class="tdlh">Yo no existo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_1">5</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_2">II</a>.—</td> - <td class="tdlh">Yo soy Máximo Manso.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_2">8</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_3">III</a>.—</td> - <td class="tdlh">Voy á hablar de mi vecina.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_3">19</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_4">IV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Manolito Peña, mi discípulo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_4">27</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_5">V</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Quién podrá pintar á Doña Cándida?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_5">33</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_6">VI</a>.—</td> - <td class="tdlh">Se llamaba Irene.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_6">43</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_7">VII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Contento estaba yo de mi discípulo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_7">49</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_8">VIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Ay, mísero de mí!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_8">60</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_9">IX</a>.—</td> - <td class="tdlh">Mi hermano quiere consagrarse al país.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_9">69</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_10">X</a>.—</td> - <td class="tdlh">Al punto me acordé de Irene.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_10">73</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_11">XI</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Cómo pintar mi confusión?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_11">79</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_12">XII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Pero qué poeta!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_12">82</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_13">XIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Siempre era pálida.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_13">89</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_14">XIV</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_14">92</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_15">XV</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Qué leería?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_15">101</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_16">XVI</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Qué leía usted anoche?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_16">112</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_17">XVII</a>.—</td> - <td class="tdlh">La llevaba conmigo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_17">121</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_18">XVIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">«Verdaderamente, señores...»</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_18">127</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_19">XIX</a>.—</td> - <td class="tdlh">El reloj del comedor dió las ocho.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_19">135</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_20">XX</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Me parecía mentira!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_20">138</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_21">XXI</a>.—</td> - <td class="tdlh">Al día siguiente...</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_21">146</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_22">XXII</a>.—</td> - <td class="tdlh">«Esto marcha.»</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_22">151</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_23">XXIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡La historia en un papelito!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_23">158</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_24">XXIV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Tiene usted que hablar.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_24">166</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_25">XXV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Mis pensamientos me atormentaban.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_25">174</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_26">XXVI</a>.—</td> - <td class="tdlh">Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_26">178</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_27">XXVII</a>.—</td> - <td class="tdlh">La de Irene dominaba á las otras tres.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_27">188</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_28">XXVIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">«Habla Peñita.»</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_28">195</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_29">XXIX</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Oh, negra tristeza!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_29">204</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_30">XXX</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Con que se nos va usted?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_30">209</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_31">XXXI</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Es una hipócrita!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_31">215</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_32"><span class="pagenum" id="Page_358">[p. 358]</span>XXXII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_32">221</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_33">XXXIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Dichoso corazón humanitario!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_33">226</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_34">XXXIV</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_34">234</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_35">XXXV</a>.—</td> - <td class="tdlh">«Proxenetes.»</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_35">244</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_36">XXXVI</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Esta es la mía!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_36">249</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_37">XXXVII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Anochecía.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_37">261</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_38">XXXVIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Ah! ¡traidor embustero!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_38">269</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_39">XXXIX</a>.—</td> - <td class="tdlh">Quedéme solo delante de mi sopa.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_39">277</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_40">XL</a>.—</td> - <td class="tdlh">Mentira, mentira.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_40">283</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_41">XLI</a>.—</td> - <td class="tdlh">La pícara se sentó con la espalda á la luz.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_41">290</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_42">XLII</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Qué amargo!</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_42">299</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_43">XLIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Doña Javiera me acometió con furor.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_43">314</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_44">XLIV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Mi venganza.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_44">318</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_45">XLV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Mi madre.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_45">323</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_46">XLVI</a>.—</td> - <td class="tdlh">¿Se casaron?</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_46">329</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_47">XLVII</a>.—</td> - <td class="tdlh">No me dejaba á sol ni sombra.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_47">334</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_48">XLVIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">La boda se celebró.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_48">338</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_49">XLIX</a>.—</td> - <td class="tdlh">Aquel día me puse malo.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_49">343</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch_50">L</a>.—</td> - <td class="tdlh">¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.</td> - <td class="tdrb"><a href="#Ch_50">349</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de - la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido - sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más - recientes.</li> - - <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO *** - -***** This file should be named 55563-h.htm or 55563-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/5/6/55563/ - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares -Box and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive/Canadian -Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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