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-The Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El amigo Manso
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: September 16, 2017 [EBook #55563]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares
-Box and the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive/Canadian
-Libraries)
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-
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta
- obra.
-
- * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente
- de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
- sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
- recientes.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
-
-
-
-
-EL AMIGO MANSO
-
-
-
-
- Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra
- que no lleven el sello del periódico _La Guirnalda_.
-
-
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-
- EL AMIGO
- MANSO
-
- POR
- B. PÉREZ GALDÓS
-
-
- SEGUNDA EDICIÓN
-
-
- MADRID
- 1885
- Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA
- _Calle de las Pozas, núm._ 12.
-
-
-
-
-OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS
-
-
-NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
-
- I.--Doña Perfecta (5.ª _edición_). 2 pesetas.
- II.--Gloria (dos tomos) (5.ª _edición_). 4 pesetas.
- III.--Marianela (5.ª _edición_). 2 pesetas.
- IV.--La familia de León Roch (tres tomos)
- (4.ª _edición_). 6 pesetas.
- V.--La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas.
- VI.--El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas
- (2.ª _edición_).
- VII.--El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas.
- VIII.--Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas.
- IX.--La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas.
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-PRIMERA SÉRIE.
-
- I.--_Trafalgar_ (4.ª edición).
- II.--_La corte de Carlos IV_ (3.ª edición).
- III.--_El 19 de Marzo y el 2 de Mayo_ (4.ª edición).
- IV.--_Bailén_ (3.ª edición).
- V.--_Napoleon en Chamartin_ (2.ª edición).
- VI.--_Zaragoza_ (3.ª edición).
- VII.--_Gerona_ (2.ª edición).
- VIII.--_Cádiz_ (2.ª edición).
- IX.--_Juan Martín el Empecinado_ (3.ª edición).
- X.--_La batalla de los Arapiles_ (2.ª edición).
-
-SEGUNDA SÉRIE.
-
- I.--_El equipaje del Rey José._ (3.ª edición).
- II.--_Memorias de un Cortesano de 1815._ (2.ª edición).
- III.--_La segunda casaca._
- IV.--_El Grande Oriente._
- V.--_7 de Julio._
- VI.--_Los cien mil hijos de San Luis._
- VII.--_El Terror de 1824._
- VIII.--_Un voluntario realista._
- IX.--_Los Apostólicos._ (2.ª edición.)
- X.--_Un faccioso más y algunos frailes menos._
-
- PRECIO DE CADA TOMO
- DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA
-
-
- LA FONTANA DE ORO
- (1820-1823)
- 2.ª ed. notablemente corregida
- _Un vol. en 8.º de 400 págs._
-
- EL AUDAZ
- HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO
- (1804)
- En prensa 3.ª edición corregida. Tomo en 8.º
-
-
- Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de
- _La Guirnalda_ y _Episodios Nacionales_, calle del Barco, núm. 2
- duplicado. Madrid.
-
-
-
-
-EL AMIGO MANSO
-
-
-
-
-I
-
-Yo no existo.
-
-
-Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo
-no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento
-para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo
-protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido
-de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni
-siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos
-profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin
-carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un
-ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito,
-probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he
-sido, ni seré nunca nadie.
-
-Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor), una
-condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano
-(_ximia Dei_), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se
-pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en
-el mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones del
-hombre que desde que el mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla
-por aquellos que yo llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y
-que el bondadoso vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera
-soy, sueño de sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad;
-y recreándome en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo
-infinito, cuyo fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse
-en entretenimiento, me pregunto si el no ser nadie equivale á ser
-todos, y si mi falta de atributos personales equivale á la posesión de
-los atributos del sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro
-todavía, ni quiera Dios que la ponga, para que no se desvanezca la
-ilusión de orgullo que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos
-espacios de la idea. Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe,
-hay también vanidades ¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...!
-Tenemos antagonismos tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba
-y pronunciamientos. Muchas entidades que aquí estamos, podríamos
-decir, si viviéramos, que vivimos de milagro. Y á escape me salgo
-de estos laberintos y me meto por la clara senda del lenguaje común
-para explicar por qué motivo no teniendo voz hablo, y no teniendo
-manos trazo estas líneas, que llegarán, si hay cristiano que las lea,
-á componer un libro. Vedme con apariencia humana. Es que alguien me
-evoca, y por no sé qué sutiles artes me pone como un forro corporal
-y hace de mí un remedo ó máscara de persona viviente, con todas las
-trazas y movimientos de ella. El que me saca de mis casillas y me lleva
-á estos malos andares es un amigo...
-
-Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido por
-sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas de la
-mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros cumplen,
-leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á mí hace
-pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que había escrito
-ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude mostrarme
-insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo delito
-de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á los
-treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel
-inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar
-un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación;
-que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo
-adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había
-pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en
-su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás
-preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando
-de estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco
-aliento, y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto,
-venía á comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros
-literarios, pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas,
-admirablemente puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres
-de licor sentimental, encabezado para resistir bien la exportación,
-y por último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde
-y bien recortaditas, con más una redoma de mucílago para pegotes,
-acopladuras, compaginazgos, empalmes y armazones. No me pareció mal
-trato y acepté.
-
-No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no sé
-qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de
-tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos
-metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á
-azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada
-roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un hombre.
-
-
-
-
-II
-
-Yo soy Máximo Manso.
-
-
-Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó. Y si á esto
-añado que el caso es reciente, y que muchos de los acontecimientos
-incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos de un
-año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias
-cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer
-momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del
-Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero
-nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los
-estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de
-mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las
-personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y
-siempre nueva, maestra de todas las sabidurías y gobernadora visible ó
-invisible de la humana existencia.
-
-Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la guía
-de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente han
-visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria
-dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de
-mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos
-especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la
-razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de
-caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el
-verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar
-emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer paso
-dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga jornada.
-
-Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de
-este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento
-y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar
-de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido
-tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre
-divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una
-pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza
-potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi
-tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han
-enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso lo
-que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho voluble,
-así el fenómeno indubitable como la hipótesis atrevida; adelantando
-cada día con el paso lento y seguro de las medianías; construyendo
-el saber propio con la suma del saber de los demás; y tratando, por
-último, de que las ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad
-labrado, no sean vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una
-firme estructura de la realidad de mi vida con poderosos cimientos
-en mi conciencia. El predicador que no practica lo que dice, no es
-predicador, sino un púlpito que habla.
-
-Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general
-presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario,
-de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me
-tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de
-buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó
-actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba por
-bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me lo han
-manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de mediana
-estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de la talla en
-la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien nutrido, fuerte,
-musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario, á consecuencia
-de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo bastante agilidad
-y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso de las lecturas
-nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por mucho tiempo
-gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción que la
-conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya comodidad
-no me canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi
-cabello es fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño
-en no ser nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á
-la sencillez un elemento decorativo que no suelen despreciar los que,
-como yo, carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la
-novedad llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa
-medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y
-me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el
-vulgo llama con doble sentido _chistera_, que no puedo pasarme sin él,
-ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas,
-por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy
-sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de
-los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete
-me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije
-que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido
-nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados
-manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo
-como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes;
-y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente,
-aunque se refiere á cosa ordinaria, el _cicer arietinum_, que en
-romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es
-comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas
-bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es
-para mí de gran autoridad, sustitución posible, y no me consolaría
-de perderlas, mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya,
-que es mi vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin
-cuidado los progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos
-manantiales de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago
-prudente uso, después de bien bautizado por el tabernero y confirmado
-por mí; pero de esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en
-mi cuerpo. Otra pincelada: no fumo.
-
-Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y
-del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues
-ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de
-verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas
-alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se
-encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus
-profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de
-espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías
-de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era
-gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella
-á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve
-edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba
-consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos,
-anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos
-paseamos por las nubes.
-
-Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San
-Pedro de Villanueva, en cuyas piedras está esculpida la historia tan
-breve como triste de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba
-por las corroídas columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las
-figuras atónitas del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas
-impregnadas de no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y
-ayudado de otros muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos
-y los bigotes, con lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos
-con esto; pero cuando volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura
-retocada por mí y me dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía
-en mi sueño la mano chata y simétrica, los piés como palmetas, las
-contorsiones de cuerpo, los ojos saltándose del casco, y me ponía á
-gritar y no me callaba hasta que mi madre no me llevaba á dormir con
-ella.
-
-Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto
-le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y
-arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían
-letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda
-no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico
-bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que
-el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza.
-El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las
-personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la
-vida! la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que
-pasé mi infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión
-tan profunda, que constantemente noto en mí algo que procede de la
-melancolía y amenidad de aquellos valles, de la grandeza de aquellas
-moles y cavidades, cuyos ecos repiten el primer balbucir de la historia
-patria; de aquellas alturas en que el viajero cree andar por los aires
-sobre celajes de piedra. Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste
-lago Nol, que es un mar ermitaño, y el solitario monasterio de San
-Pedro, tienen indudablemente algo mío, ó es que tengo yo con ellos el
-parentesco de conformación, no de sustancia, que el vaciado tiene con
-su molde. También parece que ha quedado sellada en mi vida la hondísima
-lástima que me inspiraba aquel rey que fué comido del oso. Siento como
-impresos ó calcados en mi masa encefálica los capiteles que reproducen
-la terrible historia. En uno el joven soberano se despide de su tierna
-esposa; en otro está acometiendo al fiero animal y más allá éste se lo
-merienda. Cuando yo hacía travesuras, mi padre me amenazaba con que
-vendría el oso á comerme, como al señor de Favila, y muchas noches tuve
-pesadilla y veía desfilar por delante de mí las espantables figuras de
-los capiteles. Por nada del mundo me internaba solo dentro del monte;
-y aún hoy siempre que veo un oso me figuro por breve instante que soy
-rey; y también si acierto á ver á un rey, me parece que hay en mí algo
-de oso.
-
-Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María,
-de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de
-riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por el
-desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi corta
-edad no había en el pueblo persona que me echase el pié adelante
-en ilustración. Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el
-cura me consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á
-adquirir cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de
-que posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre
-estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de
-campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas
-me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura,
-hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en
-la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los
-cabellos.
-
-Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á
-Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí
-fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en
-olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos
-horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados
-profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis
-lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego
-en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á
-otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas
-la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la
-Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida,
-porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el
-tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me
-hacía falta para nada.
-
-Estoy impaciente por hablar de mi sér moral, por la afición que tengo
-á la predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la
-pluma á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le
-permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando
-mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de
-principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de
-algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho
-dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me
-congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de
-mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite
-tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á
-su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las
-riendas de mí mismo.
-
-Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse
-conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, así
-de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me ha ido
-con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y observen
-los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, para que su
-encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de la vida. Yo he
-sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho infeliz, y apetitos
-cuyo desorden lleva á otros á la degradación. Estas laboriosas
-reformas me han adestrado y robustecido para obtener en la moral
-menuda una serie de victorias á cual más importantes. Yo he conseguido
-una regularidad de vida que muchos me envidian, una sobriedad que
-lleva en sí más delicias que el desenfreno de todos los apetitos.
-Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados
-de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con
-una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan,
-estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento
-de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una
-grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al
-proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato,
-estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque
-podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine
-la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que,
-arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando
-endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de
-esclavitud ó de libertad.
-
-Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo
-que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á
-desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos
-escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del
-heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, ya
-infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero á
-mis materialidades para que ni un instante me distrajese del estudio.
-Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y después
-otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis hábitos de
-trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le debo la
-conservación de una parte de la fortunita que dejó mi padre, la cual
-supo ella defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente
-preciso para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en
-decorosa indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un
-temple y un vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi
-cátedra y mi madre cumplió su misión.
-
-Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el de
-ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido mi
-guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi madre
-murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán torpe
-me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á
-consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba
-á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran
-aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer
-mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus
-pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.
-
-Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes;
-pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años,
-hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún.
-Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables
-condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco
-á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y
-limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta
-es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra
-por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el
-mundo.
-
-Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta
-ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el
-bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me
-estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del
-mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el _¡dos
-cuartitos escarola!_ no podría preparar mis lecciones tan bien como las
-preparo hoy.
-
-
-
-
-III
-
-Voy á hablar de mi vecina.
-
-
-Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi
-asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores
-que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya
-en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de
-_vecina_, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á
-meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no
-entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo
-de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.
-
-En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento de los
-más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía de los
-Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, muy conocida
-en este barrio y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto
-esposo era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias
-alianzas con la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de
-verano del 78, en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los
-vecinos todos escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña
-Javiera una excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna
-por todos conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa
-(tercero derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de
-elogios, llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.
-
---No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso--me dijo.--¡Un hombre sin
-trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa;
-un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por
-las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace
-tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted
-le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué
-decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me
-quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres
-todos los días.
-
-Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal
-izquierda), me recibía poco menos que con palio.
-
---Yo no debiera abrir la boca delante de usted--me decía,--porque soy
-una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar
-callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como que
-no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, señor
-de Manso. No tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería
-ridículo. ¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón,
-que es mi boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua;
-como que soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar
-con remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo
-que significan.
-
-La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía rápidamente.
-Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos vestidos de
-charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de codo, el dengue
-ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el picote morado, la
-mantilla de rocador, las horquillas de plata, los pendientes y collares
-de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que me acabara de pasmar,
-mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran una riqueza. Un día
-que bajé, ví que había puesto en marco y colgado en la pared de la sala
-un retrato mío que publicó no sé qué periódico ilustrado. Esto me hizo
-reir; y ella, congratulándose de lo que había hecho, me hizo reir más.
-
---He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y vengan
-catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted decía
-el periódico, me daba un gozo...
-
-No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito de
-chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que en
-la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por
-mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro,
-alguno de los cuales, ardiente devoto de la carne de cerdo, me daba
-bromas con mi vecina.
-
-Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso,
-ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en
-que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y
-sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se
-puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos
-bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á
-una traducción del _Sistema de Bellas Artes_ de Hegel, hecha por un
-amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en
-ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora
-fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que
-se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como
-cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos
-están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis
-ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de
-la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me
-había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se
-me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila,
-amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico
-del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas,
-de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de
-filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien
-peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en
-muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engrosar
-más de lo que ordena el Maestro en el capítulo de las proporciones, su
-gallarda estatura, su buena conformación, y reparto de carnosidades,
-huecos y bultos casi casi hacían de aquel defecto una hermosura.
-Al mirarla destacándose sobre aquel fondo de librería, hallaba yo
-tan gracioso el contraste, que al punto se me ocurrió añadir á mis
-comentarios uno sobre la _Ironía en las Bellas Artes_.
-
---Estoy aquí mirando los _padrotes_--dijo, volviendo sus ojos á lo alto
-de la pared.
-
-Los _padrotes_ eran cuatro bustos comprados por mi madre en una tienda
-de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo sólo al
-tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián Romea.
-
---Esos son los maestros de todo lo que se sabe--indicó la señora,
-llena de profundo respeto.--¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...!
-¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto.
-Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.
-
-No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención
-puesta en ella.
-
---Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre
-como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se
-me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me
-aposentó en el corazón...
-
-Al decir esto rompió á reir, añadiendo:
-
---Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr.
-de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque
-tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos al
-caso... Se ha quedado usted un poco pálido; se ha quedado usted más
-serio que un plato de habas.
-
-Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se
-explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural
-y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque
-los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia
-estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de
-la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara
-confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión,
-la cual era que me encargase de educar á su hijo.
-
---El chico--prosiguió ella, echándose atrás el manto,--es de la piel
-de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí,
-tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de
-ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento.
-Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos de
-las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. Duerme
-las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el gimnasio,
-en eso que llaman... no sé cómo, el _Ascátin_, que es donde se patina
-con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna rota. Me
-gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de sus amiguitos
-otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de aficionados,
-tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar mucho pecho,
-mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le toque, ya
-tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades buenas y
-hasta por sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto
-caballero; pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo,
-porque si no, mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no
-puedo hacer carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención
-de reñirle, de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para
-no dejarme embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante
-con aquella carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela...
-Se me cae la baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco
-que le estoy echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues
-oiga usted, se me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle
-en camino y hacer de él un hombre, un gran señor, un caballero, no
-conviene llevarle la contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver
-si me explico... Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora
-un halago, después un palito, mucho ten con ten y estira y afloja,
-variarle poquito á poquito las aficiones, despertarle el gusto por
-otras cosas, fingirle ceder para después apretar más fuerte, aquí
-te toco, aquí te dejo, ponerle un freno de seda, y si á mano viene,
-buscarle distracciones que le enseñen algo, ó hacerle de modo que las
-lecciones le diviertan... Si le pongo en manos de un profesorazo seco,
-él se reirá del profesor. Lo que le hace falta es un maestro que, al
-mismo tiempo que sea maestro, sea un buen amigo, un compañero que á la
-chita callando y de sorpresa le vaya metiendo en la cabeza las buenas
-ideas; que le presente la ciencia como cosa bonita y agradable; que
-no sea regañón, ni pesado, sino bondadoso, un alma de Dios con mucho
-pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga labia para hablar de
-cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los ojos y por el corazón.
-
-Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había comprendido
-tan admirablemente el gran problema de la educación. Encantado de su
-charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi aquiescencia con
-expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, hábito que he
-adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.
-
---Mi hijo--añadió la carnicera,--tiene y tendrá siempre con qué vivir.
-Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de
-tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser
-económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar
-mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo
-Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que
-se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que
-sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después
-de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa
-todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero
-que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas
-de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen
-del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese
-sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el
-chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien,
-mi Manolo tiene por usted unas simpatías... Como se ponga á hablar
-de nuestro vecino, no acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á
-él, hombre, aunque no sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy
-á poner á estudiar tres ó cuatro horas todos los días en casa del
-amigo Manso,» y se puso más contento... Le tengo matriculado en la
-Universidad; pero de cada ocho días, me falta siete á clase. Dice que
-le aburren los profesores y que le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D.
-Máximo, usted me le toma por su cuenta ó perdemos las amistades. En
-cuanto á honorarios, usted es quien los ha de fijar... Bendito sea Dios
-que le trajo á usted á poner su nido en el tercero de mi casa... Lo
-digo, amigo Manso, usted ha bajado del sétimo Cielo...
-
-Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por lo
-agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía,
-acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal
-resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de
-pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo
-día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.
-
-
-
-
-IV
-
-Manolito Peña, mi discípulo.
-
-
-Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo evitar)
-viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos del difunto,
-hombre de gran probidad muy entendido en cuerno y cerda, sagaz
-negociante, castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros
-llevada al delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta
-años. Cuatro habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á
-doña Javiera, que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por
-aquellos mismos días los murmullos del barrio la suponían en relaciones
-ilícitas con un tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto
-de chispa y de buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado,
-aunque blasonaba de ciertas habilidades mecánicas que para nada
-servían, como no fuera para que él se impacientara y se aburrieran los
-demás. Todo el santo día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina,
-bien haciendo un palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo
-una jaula tan grande y complicada, que no se acababa nunca. Era un
-_retrato_ del Escorial hecho en alambre. Sabía hacer composturas y
-tenía máquina de calar, con la que confeccionaba mil fruslerías de
-tabla, chapa y marfil, todo enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y
-jamás concluido.
-
-Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña
-de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto
-comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas
-provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos
-hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente
-aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y
-sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de
-melancolías, y por último, de la vanidad juvenil que en él despertaban
-su hermosísima figura y agraciado rostro.
-
-Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto
-trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día
-conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía;
-feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace
-querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad,
-que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.
-
-Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios
-serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos
-filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos
-de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de
-combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome
-las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á
-aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto
-serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas
-que parezcan.
-
-De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi casa
-la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me
-parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que en
-la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, se
-determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de ver
-las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación en
-el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la brecha
-del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría la
-entrada la imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las
-penalidades de un largo asedio.
-
-Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no
-supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros
-de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos
-con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba
-en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer,
-inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según
-que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León,
-San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera.
-Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo
-bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto.
-Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los
-primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de
-conocimientos gramaticales.
-
-Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo se
-familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le
-sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos,
-de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había
-para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la
-poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio
-unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené
-no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que
-se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño que
-imposibilita la familiaridad. Le convencí de que no era de la familia,
-de que son cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él,
-sin ofensa de su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros
-versos que de los ajenos.
-
-Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que el
-_Quijote_ le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien
-estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas
-veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del
-héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame
-que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos
-y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las
-mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en
-la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el
-profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas
-las grandezas y las debilidades del corazón humano.
-
-Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar á
-Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en
-la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era
-una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y
-la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de
-vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico.
-Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la
-práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos
-escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los
-modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.
-
-Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á pasear
-por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á un tiempo
-caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza deambulatoria,
-que debiera llamarse _peripatética_, no por lo que tenga de
-aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que veíamos
-y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del Prado, y
-allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio notaba yo
-cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. Pero muy
-pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las artes
-plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado el de
-los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al Museo;
-pero no lo había visto hasta ahora.»
-
-Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre que
-no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora que
-tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En la
-esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, y
-la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle algún
-principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de arte.
-En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones
-materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que
-podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi
-pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas
-se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como
-quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la lluvia, de la
-nieve, con un poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales.
-No me gustaba mucho meterme en estas averiguaciones.
-
-Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que me
-tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre
-sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter!
-Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi
-vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores,
-dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente
-interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la
-sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con
-insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora
-de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi
-madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este
-censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y
-paciencia.
-
-
-
-
-V
-
-¿Quién podrá pintar á doña Cándida?
-
-
-Nadie, absolutamente nadie. Pero como _el intentarlo sólo es heroismo_,
-voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba guardada para mí
-desde que el tal cínife describió su primera curva graciosa en el aire
-y halagó la humana oreja con el _do_ sobre-agudo de su trompetilla.
-Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó
-segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la
-Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la
-fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del
-partido y son llamados _probos_, _activos_, _celosos_, _concienzudos_,
-_inteligentes_ ó cosa tal. García Grande había sido hombre de
-negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra
-en los negocios gordos, un _bifronte_ de esta raza inextinguible y
-fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos
-fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de
-buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles;
-un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones
-parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador
-sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las
-situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la
-política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador
-de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director
-general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril
-sin carriles.
-
-En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física acusaba
-dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna,
-la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque
-una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fué director
-gerente, arrambló con las economías de media generación, y allá se fué
-todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué
-gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así
-como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á
-la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y
-particulares exige.
-
-Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que
-aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa
-era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre
-las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra
-con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que
-se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras
-manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más
-apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de
-la edad presente.
-
-Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días,
-no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de
-África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes
-nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi,
-de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre,
-repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la
-opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las que
-fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle de
-Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas, tés,
-merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida eran
-tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de atosigarle
-para que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto,
-y conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde
-que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso
-adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy
-arreglados.
-
-Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida
-superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa
-fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar
-de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía
-su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de
-la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la
-degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas
-nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas
-doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver
-sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra
-especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando
-doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía
-poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo,
-ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando el
-alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para vender
-no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver en el
-caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro de Pablo
-de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras, cuadros,
-estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para hablar de cosa
-grave ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y
-duques. En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía
-ridícula comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras
-mal arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo,
-que hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con
-artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza
-justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando
-venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada:
-«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en
-las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los
-momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora
-de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un
-plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:
-
---Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé que
-la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para tu
-coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por tí
-sacrifico mis intereses... una cosa atroz.
-
-Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi buena
-madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña
-Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas
-deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración
-local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto
-ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en materias de
-agradecimiento alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se
-le olvidase el beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas
-que por ningún motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda.
-Comprábale yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba
-medio de llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible
-fecundidad los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor
-entraba diciendo:
-
---¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana
-que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te
-he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de
-noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi
-colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin,
-tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz...
-Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin falta.
-
-Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo
-festivo y de _gran mundo_, exclamando:
-
---¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la
-reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos
-bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me
-parece que te lo he dicho...
-
---¿Qué, señora?
-
---Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como para
-tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la vizcondesa
-de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto que desean
-conocerte. Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas
-más que en tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo
-pases bien.
-
-Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á mí
-me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la
-puerta volvía, diciendo:
-
---¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana
-que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para
-tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor...
-¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?
-
---Á mí no me hace falta nada--le decía yo.
-
-Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;» pero
-calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente necesidad,
-cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el recuerdo de
-mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.
-
-No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó miniatura
-antigua de escaso mérito.
-
---Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué
-enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo
-explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por
-la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas...
-Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita
-de chocha, una tostadita con _foie gras_ y á veces media copita de
-Chablis.
-
-Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la risa.
-
---Para distraerme--continuaba,--estuve anoche en el Real. Me subí
-al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á
-la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que
-volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo
-me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria;
-son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San
-Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.
-
---Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le
-vendrán mal.
-
---No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu
-buena madre que tanto me quiso.
-
-Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que
-concluía por obsequiarme con una lágrima.
-
---Cercana á la tumba--decía con patética voz,--parece que se enardecen
-mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.
-
-Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la
-puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de
-contrariedad y sorpresa, y decía:
-
-«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el
-portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y
-subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes
-ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»
-
-Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que me
-embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á mi
-cínife:
-
---Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias,
-pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad
-en todo, y las farsas me incomodan.
-
-Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia, que
-su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.
-
-Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco
-fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda
-cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La
-indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el
-estómago la fantasía de los embustes.
-
-Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria
-había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la
-época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio,
-la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado
-los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más
-bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono
-revelaban su traje y peinado, hecho de varios _crepés_ de diferentes
-colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á
-imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la
-dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que
-son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de
-moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas
-metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un
-viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un
-vestido color de pasa de Corinto, que lo menos databa de los tiempos
-de la Vicalvarada, y que con las trasformaciones y el uso se había
-vuelto de un color así como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó
-ráfagas que le daban el mérito de una tela rarísima y milagrosa.
-
-Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes
-del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían
-agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas
-que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera
-estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio
-siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían
-el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí,
-mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los
-agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por
-las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para
-limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana.
-Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con
-los otros _padrotes_, sobre mi estantería. De frente no eran tan
-perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos
-no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente
-secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el
-cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La
-finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y
-á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas.
-El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día á mi
-discípulo, fué causa de que éste la diese aquel nombre romano; pero
-después, confundiendo maliciosamente aquel emperador con otro, la
-llamaba _Calígula_.
-
-Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió de
-sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas
-veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes
-se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un
-papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor
-de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que entra.»
-
-Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de
-setenta semanas de años ó poco menos.
-
-El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña, era
-prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque, conociendo
-mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la negativa.
-Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la postulante
-alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba echando mano
-á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción de la pobre
-niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.
-
-
-
-
-VI
-
-Se llamaba Irene.
-
-
-Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía
-denotar falta de nutrición; su actitud cohibida y pudorosa, como
-si le ocasionaran vivísimo disgusto las comisiones de su tía, me
-inspiraban mucha lástima. Así es que además de la limosna, yo solía
-tener en mi mesa algún repuesto de golosinas. Presumiendo que rara
-vez tendrían satisfacción en ella los vehementes apetitos infantiles,
-dábale aquellas golosinas sin hacerla esperar, y ella las cogía con
-no disimulada ansia, me daba tímidamente las gracias, bajando los
-ojos, y en el mismo instante empezaba á comérselas. Sospeché que
-este apresuramiento en disfrutar de mi regalo, era por el temor de
-que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en el bolsillo, doña
-Cándida querría participar de ellos. Más adelante supe que no me había
-equivocado al pensar de este modo.
-
-Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros,
-cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía
-entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades
-de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me
-asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo
-que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba
-que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes
-trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: _catedrático_.
-
-Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios,
-su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior
-á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente.
-¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel feliz
-desarrollo ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez!
-Pero en el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y
-energías embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su
-penetración era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento
-no superficial de las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía
-contarme con gracioso lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba
-en sí una chispa de ironía, algunos lances de la pobre señora, sin
-faltar al respeto y amor que le tenía.
-
-La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola mal
-vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me
-representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de
-cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro
-de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede
-imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo,
-de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la
-fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas,
-grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles
-lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría
-sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente
-ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco
-rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los
-ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente;
-pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello
-se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron
-las lágrimas.
-
-Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía esta
-nota:
-
- «Te ruego que proporciones á Irene una gramática.»
-
-Y en otra ocasión:
-
- «Irene tiene vergüenza de pedirte un libro bonito que leer. Á mí
- mándame una novela interesante ó, si lo tienes, un tomo de causas
- célebres.»
-
-Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero
-su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden,
-de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del
-espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal,
-que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del
-sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa,
-en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día
-haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un
-mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á
-la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de
-rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron.
-De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco,
-acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para
-entretenerse.
-
-Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de
-aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni
-metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una
-mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó
-pasaba revista á los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso
-mío, cualquier librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los
-grabados. Tanto respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar,
-como otros niños, «¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo,
-ó se quedaba con las ganas de saberlo.
-
-El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y
-¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no
-trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas
-de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún,
-porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo
-correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba,
-comprándola un vestidillo.
-
-Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida,
-sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición.
-Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató
-como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero
-afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de
-la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por
-no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó un
-bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en esa
-negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros depura
-y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si estaba
-contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la tristeza
-que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos ojos
-aquella tristeza que á veces me parecía un efecto estético, producido
-por la luz y color de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos
-de la expresión, por donde se nos trasparentan los misterios del mundo
-moral, quizás revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos
-mucho tiempo, ó quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.
-
-Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus
-visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida,
-sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la
-esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la
-pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las
-menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el
-tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la
-criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por
-éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con
-injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero
-que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos
-del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó
-mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras,
-no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo
-de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho
-exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los
-varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una
-sabia, una filósofa, en fin una _cosa atroz_...
-
-Esta parte de mi relato viene á caer hacia 1877. En este año me mudé
-de la sosegada calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo,
-y poco después conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel
-Peña, con todo lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden
-lógico, que es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es,
-tiene sus arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del
-saber y el relojero del tiempo.
-
-
-
-
-VII
-
-Contento estaba yo de mi discípulo.
-
-
-Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban
-admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La
-historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis
-que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo
-que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la
-escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta
-agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de
-asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario
-á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre
-cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo,
-me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me
-exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él
-las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté
-en esto.
-
-Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba
-sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo
-tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo
-expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado,
-dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas
-que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me
-pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas,
-el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia
-seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de
-sonoridades simpáticas.
-
---Vamos--le dije con entusiasmo un día.--Está visto que eres orador, y
-si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.
-
-Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en
-la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de
-encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar
-en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le
-seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia
-las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando
-quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito
-bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía
-pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me
-suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque
-se ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente
-rechazaba su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi
-primera explicación sobre la _indagación de un principio de certeza_,
-había producido en su entendimiento efecto semejante al que en el
-cuerpo produce la toma de un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar
-sobre la _unidad real entre el ser y el conocer_, asegurándole que
-cuando se acostumbrase á los ejercicios de la reflexión, hallaría en
-ellos indecibles deleites; pero ni por esas. Él sostenía que cada vez
-que se había puesto á reflexionar sobre esto ó sobre _la conformidad
-esencial del pensamiento con lo pensado_, se le nublaba por completo
-el entendimiento, y le entraba un dolor de estómago tan pícaro, que
-suspendía las reflexiones y cerraba maquinalmente el libro.
-
-¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito Peña!
-Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me
-hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho
-habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que
-pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención
-en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de
-curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y
-de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo.
-Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su
-aversión á lo que él llamaba la _teología sin Dios_. Ya por entonces
-gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y
-epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero
-esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto
-en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo,
-poseyendo aquella cualidad, remataba y como que ponía la veleta al
-gallardo edificio de sus aptitudes. Observando éstas, viendo lo que
-á Manuel faltaba, y lo que en grado tan excelso tenía, me preguntaba
-yo: «Este muchacho, ¿qué va á ser? ¿Será un hombre ligero ó el más
-sólido de los hombres? ¿Tendremos en él una de tantas eminencias sin
-principios, ó la personificación del espíritu práctico y positivo?»
-Aturdido yo, no sabía qué contestarme.
-
-Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he visto
-semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas simpatías
-á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil expresión, su
-oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente y dominadora que
-le abría las puertas de todos los corazones. Sabía ponerse al nivel
-intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno el lenguaje que
-le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él era su excelente
-corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más lejos de lo que los
-buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve empeño en regularizar
-sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad, marcándole juiciosos
-límites y reglas. También trabajé en corregirle el pernicioso hábito
-de gastar dinero tontamente, empleándolo en fruslerías tan pronto
-adquiridas como olvidadas. Imposible me fué quitarle el vicio de
-fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra la maldita maña
-suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales tenía lleno el
-bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las ganas de comer; y lo
-peor era que durante la lección me engolosinaba á mí; y tal imperio
-tiene la costumbre y de tal manera se apodera de nuestros flacos
-sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio
-mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi
-casi me mortificó aquella falta.
-
-Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la conducta
-de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de su gratitud
-venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de jamones,
-morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero tan
-grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones
-impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media
-tienda, siempre salía ganando.
-
-Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle mucho
-en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los buenos
-modales y un principio por sí de buena educación. Como el muchacho era
-rico y había de representar en el mundo un papel muy airoso, debía
-prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el aspecto,
-la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que da al
-caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte, vigor
-y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas veces,
-con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente torera, para
-ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la dehesa en que
-están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias tuvimos sobre
-esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que debe dejarse
-á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece, y que además es
-locura prescindir del medio ambiente y del influjo local, transigía,
-dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á
-mi discípulo de aquella pueril vanidad.
-
-Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito tendría
-que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar en
-ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión! Es
-evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros
-profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha
-salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle,
-siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes
-personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos,
-y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio,
-sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto
-aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado
-más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos,
-donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación
-en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza
-política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados
-Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y
-utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo.
-La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación
-y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del
-coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de
-fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho
-odiosa con apelaciones á la fuerza, carece de prestigio, la libertad
-de pensamiento toma un vuelo extraordinario, y las energías fatales de
-la época, riqueza y talento, extienden su inmenso imperio.
-
-Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al
-punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que
-toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico,
-digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque
-solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de
-lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza;
-pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y
-visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que
-en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un
-pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de
-estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras
-que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo
-establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan
-guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado
-entre sus compañeros de la Universidad: el _hijo de la carnicera_.
-
-Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y
-temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y
-de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del
-empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera
-también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era
-de honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de
-inmejorables condiciones morales, y en jerarquía superaba á Manuel,
-pues si bien los Vendesol habían sido carniceros, la tienda se cerró
-treinta años há, y luego fueron tratantes en ganado, contratistas de
-abastos en grande escala. Doña Javiera veía con gusto la inclinación de
-su hijo, y con su buen humor me decía:
-
---Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene
-_parné_, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos.
-
-Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo que la
-edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún propia
-para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para
-casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un
-asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que
-doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje
-de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés
-descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero
-cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica,
-honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un
-pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla
-auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de
-nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse
-á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por
-Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto
-final al comercio de carne.
-
-Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando tiempo
-y atención al estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones,
-y aunque no se habían enfriado la delicada afición y el respeto que
-me tenía, nuestra comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras
-conferencias más breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de
-diversas cosas, y mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes
-generales, él no gustaba sino de los hechos y de las particularidades,
-prefiriendo siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á
-veces con calor, y decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no
-paseábamos juntos. Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba
-solo y á pié. Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches,
-porque él iba al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol.
-
-Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la suspensión
-de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía dar por
-finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya podía
-aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así lo
-manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena
-señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba
-ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros
-días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle
-el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á
-una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada.
-Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus
-proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja
-costumbre, al dinero _parné_, al figurar _darse pisto_. Ya más de una
-vez su hijo había intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las
-buenas vías académicas en materia de lenguaje.
-
-Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me las daba
-á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda y limpiarse
-para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo manifestó palabra
-por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros decía que si
-la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría para lavarse
-las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth para limpiarse
-las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de legitimar sus
-relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase en sociedad y
-le diera visos de persona respetable, como por ejemplo, una crucecilla
-de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un empleo ó
-comisión de estas que llaman honoríficas.
-
-Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió
-doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera
-se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba
-del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se
-despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad;
-la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba
-delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio,
-Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños
-de Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de
-naranjo agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba
-las aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de sus viajes, de sus
-relaciones, de duques y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan
-bien, concluía por suponerla digna de figurar en el _Almanaque Gotha_.
-
-Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la
-vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me
-declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las
-rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador
-tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los
-considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo
-en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante,
-lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro
-de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja
-suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no
-sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado
-mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus
-aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación
-y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de
-la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.
-
-Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar
-por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida
-delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no
-iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á
-un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la
-criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero
-aseadísimo, revelando en todo la virtud del arreglo, que sin duda no
-le había enseñado su tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo
-de la pobreza, llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento
-fué saludarla; mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo
-como que no me veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera.
-Respetando yo esta esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la
-esquina de la calle del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre
-pálido y expresivo de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que
-en la explicación de aquel día, que era la _Relación recíproca entre la
-conciencia moral y la voluntad_.
-
-
-
-
-VIII
-
-¡Ay mísero de mí!
-
-
-¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los
-desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y
-método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos,
-someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad
-placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano;
-arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y
-tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os
-desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta,
-desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos
-arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro _yo_ y de sus
-felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de _uno mismo_, ó
-lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras
-horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones,
-aunque salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y
-radical cambio que sobrevino en mis costumbres.
-
-Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los veintidos
-años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su
-propósito de regresar á España trayendo toda la familia. En América
-había estado veinte años probando distintas industrias y menesteres,
-pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la
-insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma,
-infame aliada de la suerte.
-
-Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos
-representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á
-la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero
-y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La
-educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos
-y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de
-satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal
-resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto,
-cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que
-yo temía.
-
-Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á trastornar
-mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se amargaba
-con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres.
-Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación
-del Norte á José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus
-tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce
-años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en
-grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro
-butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula,
-un sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.
-
-Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este
-escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó
-desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande
-y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como
-en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo,
-pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle
-lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con
-cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los
-tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado
-como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá,
-con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del
-sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los
-cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas.
-Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido
-verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas
-representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos
-risueños países, el encanto de sus bosques poblados de lindísimos
-pajarracos y de insectos vestidos con todos los colores del iris.
-
-José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme de
-nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes de
-llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro
-de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria,
-nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado
-con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar
-mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin
-encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que
-rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á
-la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se
-necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras
-en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los
-hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo
-me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior
-y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de
-alfombrado y carruajes.
-
-Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se empleó
-en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de
-aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á
-todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos,
-y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse las
-tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque todo
-les parecía poco para el gran frío que esperaban y para defenderse de
-las pulmonías. Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el
-pequeñuelo, no parecían los mismos.
-
-Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis
-conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio
-de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas
-y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así
-trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los
-precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las
-tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y
-chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego
-trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en
-moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel
-timbrado, los _bibelots_, los abanicos, las flores contrahechas, los
-estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y
-porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto
-algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También
-daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían
-siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía
-de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites
-con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como
-se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los
-antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse,
-ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y á cada
-ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado,
-me apetece pescado frito, me apetece merengue.» Las campanillas de
-las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres
-diablitos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y
-bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las
-tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras,
-con los mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale
-á los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si
-hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se
-acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban
-tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran.
-Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni
-dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta
-incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo.
-
-En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza
-destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata
-Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle;
-jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran
-algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble.
-Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras,
-hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos
-con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les
-habían hecho para salir á paseo.
-
-Rupertico era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la
-mañana á la noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver
-pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara
-alguna cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era
-preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le
-traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan
-desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito
-me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo
-á toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el
-corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos
-inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?»
-decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta
-que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me
-apareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí
-los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios
-de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «_mucho
-fío, mucho fío_.» Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un
-tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel
-día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en
-caracter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me
-hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.
-
-Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo cual
-era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en
-el muelle de la Habana.
-
-Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre
-lo que ésta había de comer.
-
---Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.
-
---¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.
-
---Niña, toma carne y vino.
-
---¡Qué chinchoso!... Quiero melón.
-
-En tanto la _niña Chucha_ (así llamaban á la suegra de mi hermano),
-que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas
-críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar
-una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el
-moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen
-la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en
-la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto.
-Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada
-junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba.
-Después me pasaba la mano por la cara llamándome _tiíto bonito_. El
-chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa,
-y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con
-atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y
-los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al
-delicado temperamento y al crítico estado de Lica.
-
---Chinita, toma vino.
-
---¿Vino? ¡qué asco!
-
---Mujer, no bebas tanta agua.
-
---¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.
-
---Carne, mujer, toma carne.
-
-Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:
-
---Papá _mapiango_.
-
---Niño, si te cojo...
-
---Papá cochino...
-
---Yo quiero fideo con azucar--chillaba una vocecita más allá.
-
---Me apetece garbanzo.
-
---¡Silencio, silencio!--gritaba José María dando fuertes golpes en la
-mesa con el mango del cuchillo.
-
-Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la
-blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y
-daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la
-fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía
-la _niña Chucha_ enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á
-la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y
-en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía
-encomendarme para que se serenara mi espíritu.
-
-Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que
-probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los
-postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más
-negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro
-brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y
-contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.
-
-Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas,
-porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía
-su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á
-cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como
-un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi
-hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora
-de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado
-de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis
-tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón
-que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.
-
-
-
-
-IX
-
-Mi hermano quiere consagrarse al país.
-
-
-Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer día
-se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica
-estaba _fluxionada_, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la
-niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos
-que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y
-frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella,
-y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas
-viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo
-mal, el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su
-dolorida dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á
-seguir ella el mismo camino. Uno de los tomeguines se escapó de la
-jaula y no se le volvió á ver más. Á la buena señora no había quien le
-quitara de la cabeza que el pobre pájaro se había ido de un tirón á los
-perfumados bosques de su patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro
-tanto! ¡Pobre doña Jesusa, y que lástima me daba! Su única distracción
-era contarme cosas de su bendita tierra, explicarme cómo se hace el
-ajiaco, describirme los bailes de los negros y el tañido de la maruga y
-el güiro, y por poco me enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle
-por temor á encontrarse con una pulmonía; no se movía de su butaca ni
-para comer. Rupertico le servía la comida, y se iba comiendo por el
-camino las sobras que ella le daba.
-
-En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando
-asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y
-tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba
-de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y
-se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado,
-y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban
-á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes
-viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre
-diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta
-fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los
-asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más
-embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No
-era preciso ser zahorí para ver en José María al hombre afanoso de
-hacer papeles y de figurar en un partidillo de los que se forman todos
-los días por antojo de cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que
-hacer. Un día me le encontré muy apurado en su despacho, hablando solo,
-y á mis preguntas contestó sinceramente que se sentía orador, que se
-desbordaban en su mente las ideas, los argumentos y los planes, que se
-le ocurrían frases sin número y combinaciones mil que, á su juicio,
-eran dignas de ser comunicadas al país.
-
-Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al
-sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un
-país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas
-nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya
-realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras
-de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa
-de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo
-cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil
-engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa
-y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y
-teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la
-tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco
-de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas
-del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción
-de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema,
-y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso
-de una figura arquitectónica, que siempre viene á la mano hablando
-de política, no significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme
-indiferente en las formas de gobierno, y añadí que la política era
-y sería siempre para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico
-conjunto de principios científicos y de reglas de arte, un organismo,
-en fin, y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las
-contingencias personales, los subjetivismos perniciosos, los modos
-escurridizos, las corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y
-agudezas que constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.
-
-Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi hermano
-bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar sorna
-_metafísico_, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles del
-cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan
-remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha
-seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á
-cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus
-doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido
-análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le
-aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos,
-y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has
-acertado.»
-
-Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa sumamente
-natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de instalación,
-mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta para todas las
-notabilidades que quisieran honrarle. Las visitas se sucedían á
-las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó en
-comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas
-prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando
-había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden
-perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las
-rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron
-un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra
-cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones
-de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de
-Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y
-el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener
-un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños,
-excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección
-de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á
-poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer,
-ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la
-incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su
-marido, volvióse éste á mí y me dijo:--«Es preciso que sin pérdida de
-tiempo me busques una institutriz.»
-
-
-
-
-X
-
-Al punto me acordé de Irene.
-
-
-La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición
-para mi familia y admirable partido para la huérfana! Contentísimo
-de ser autor de este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á
-doña Cándida. ¡Dios mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que
-mi hermano con toda su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida
-y traqueteo de sus disparados nervios la ocasionaran un accidente
-epiléptico, porque la ví echar de sus ojos relámpagos de alegría; la
-ví retozona, febril, casi dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas
-muestras de loco júbilo se trocaron en furia, que descargó sobre mí,
-diciendo á gritos:
-
---Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué
-piensas? Tú estás en Babia.
-
-Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto
-admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart
-y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas!
-Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible
-distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña
-Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la
-casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra.
-La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba
-un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me
-dijo:
-
---¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.
-
-No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario
-Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando
-caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había
-atraido sobre mis parientes una plaga mayor que las siete de Egipto
-juntas. Era yo autor del mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al
-ver entrar en la casa para hacer su primera visita á la representante
-de la cólera divina, puesta de veinticinco alfileres, radiante,
-amenazadora, con expresión de fiera majestad semejante á la que debía
-de tener Atila. No sé de dónde sacó las ropas que llevaba en aquella
-ocasión trágica. Creo que las alquiló en una casa de empeños con
-cuyos dueños tenía amistad, ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues
-hay siempre impenetrables misterios en los modos y procedimientos de
-ciertos séres, y ni el más listo observador sorprende sus maravillosas
-combinaciones. Lo que llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y
-como la muy pícara tenía aquel continente de señora principal, daba
-un chasco á cualquiera, y ante los ojos inexpertos pasaba por una de
-esas personas que imperan en la sociedad y en la moda. Su noble perfil
-romano y sus distinguidos ademanes hicieron aquel día papel más lucido
-que en toda la temporada de los esplendores de García Grande en tiempo
-de la Unión Liberal.
-
-Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos
-hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con
-frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir
-que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con
-Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las
-cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que
-nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera
-visita dió también doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos
-cariñosos con los niños, haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías,
-y demostrándoles un amor que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo
-un breve consuelo á su nostalgia en las tiernas expresiones de aquella
-improvisada amiga, que supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes
-las comidas cubanas, y terminó con un parrafillo sobre enfermedades.
-Hasta José María cayó en la astuta red, y un rato después de haber
-salido Calígula, me preguntaba si á los salones de doña Cándida iba
-mucha gente notable, al oir lo cual me entró una risa tan grande que
-creo oyeron mis carcajadas los sordo-mudos que están en el inmediato
-colegio de la calle de San Mateo.
-
-Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde sus
-primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres: «Si
-parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes como
-si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida, y hablaba
-de sí misma y de sus males en términos que me llenaba de admiración su
-númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus posesiones de Zamora
-para poder gozar de la compañía de tan simpática familia, y aunque sus
-intereses habían sufrido mucho por culpa de los malos administradores,
-no quería salir de Madrid, porque sus amigas la marquesa de acá y la
-duquesa de allá la retenían. Sus dolencias eran lastimosa epopeya,
-digna de que Homero se volviera Hipócrates para cantarlas. Por último,
-en aquel segundo día y en los siguientes (pues antes faltara el sol en
-el zénit que Calígula en la casa de Manso), demostró tal conocimiento
-y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo de Estado de
-Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni cinta sin previa
-opinión de la de García Grande.
-
---¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar
-nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el
-doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No,
-no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo;
-no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan
-buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...
-
-Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos á que
-estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña Cándida, le
-conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos, con lo que se
-rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá la viera en
-tal estado!...»
-
-Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella,
-rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones
-diciéndome con su lánguida expresión:
-
---No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña
-Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por
-los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas
-cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme
-con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta
-tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en fin,
-lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo... ni por nada
-del mundo. Yo le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me
-hiciera el favor de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas
-sencillo... ¡La pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron
-las lágrimas. Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no
-desairarme.
-
-Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía el mal;
-ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y á los demás
-medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo contemplaba con
-tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma, no contaminada
-de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su lado existía
-la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel virginal
-espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí respetar
-su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas que en las
-grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.
-
-En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y moral
-de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo mío, un
-holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas con los
-alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro. Yo previne
-que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al estudio
-sedentario más que las horas de la mañana. La discreción, mesura,
-recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica que, en
-tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber traido á
-su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano estaba
-contentísimo, y yo me consolaba así del mal que hice con llevarles la
-calamidad de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al
-chupador vampiro.
-
-
-
-
-XI
-
-¿Cómo pintar mi confusión?
-
-
-¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi vida la
-que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme
-de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían á su lado
-casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquier asunto y
-matarme á preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada
-marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de
-los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de
-comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?...
-Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el
-recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea,
-su función ó su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las
-reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún
-tiempo atrás á retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia
-entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar
-indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario á
-mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito
-hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de
-tan antipática vestimenta.
-
-Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones
-con todas las personas notables y todas las familias distinguidas
-que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan fácilmente. Lica
-no había logrado hacerse simpática á la mayor parte de las familias
-cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la
-superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad,
-su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de
-requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y chismes
-poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas
-punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la _habían
-cogido con lazo_. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no
-se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en ello.
-Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos
-para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva
-vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su
-inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la
-permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no
-eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y
-no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi
-hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba
-entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las
-delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.
-
-José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste
-de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible
-catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad
-que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña,
-que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero
-¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias
-de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen
-por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso,
-el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos
-que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le
-igualara?
-
-Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero
-aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse
-afiliado á un partido que tiene en su escudo _la democracia rampante_,
-quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese
-haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran
-de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le
-agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque
-para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No
-seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en
-su tierra había hecho _natales_ y algunas décimas, que tenían todo
-el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la
-manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al
-poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los
-de tres por un cuarto...
-
-
-
-
-XII
-
-¡Pero qué poeta!
-
-
-Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado,
-favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años,
-desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez
-palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas
-por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían
-las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello
-estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si
-manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano
-de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea
-pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado
-con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban
-mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero
-empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía
-creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay
-hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba
-en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para
-que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los
-honores, redactaba sus tarjetas así:
-
-
- Francisco de Paula de la Costa
- y Sainz del Bardal
-
- JEFE DEL GABINETE PARTICULAR
-
- DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE BENEFICENCIA Y SANIDAD
-
-
-Luego venían las señas: _Aguardiente_, 1.
-
-Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él
-la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha
-orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo, le
-parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba un
-día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre de
-aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso entero.
-
-Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de estos
-afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos
-y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado
-repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas
-son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea
-que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para
-resolver diviesos. Hace _pequeños poemas_, fabrica poemas grandes,
-recorta _suspirillos germánicos_ y todo lo demás que cae debajo del
-fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas;
-cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño
-alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades
-huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la
-melancolía, ó sonetos emolientes seguidos de metro y medio de firma.
-Trae sofocados á los directores de Ilustraciones para que inserten sus
-versos, y se los insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más
-que el autor, que es el público de sí mismo.
-
-Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó dolor
-de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones de mi
-hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le traían en
-palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso. Excuso
-decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de Paula de
-la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había compuesto
-y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y nocturnos
-en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas, sinsontes,
-cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.
-
-Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez. Cuando
-este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras se
-quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro de tal
-magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era el oráculo
-de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su opinión sobre
-lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el arreglo de
-la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en torno de
-él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en el
-célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial y
-encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus
-palabras salían revestidas de autoridad sibilina. Obligado por las
-exigencias sociales, yo no tenía más remedio que poner atención á sus
-huecos párrafos, que resonaban en mi espíritu con rumor semejante al
-de un cascarón de huevo vacío cuando se cae al suelo y se aplasta
-por sí solo. La cortesía me obligaba á oirle; pero en mi corazón le
-despreciaba como despreciamos esa artimaña de feria que llaman _la
-cabeza parlante_. Él no debía de tenerme gran estima; pero como hombre
-de mundo, afectaba respeto á los estudios serios que eran mi tarea
-constante. Así, siempre que venía rodando á la conversación algún grave
-tema, decía con cierta benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al
-amigo Manso...»
-
-Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen en
-Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos, también
-diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que saben
-intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza de
-todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una
-determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo
-de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores.
-Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido
-en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y
-respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor
-de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes
-párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante,
-yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba,
-¡extraña cosa! con los suyos. De esta clase de gentes está lleno
-Madrid: son su flor y su escoria, porque al mismo tiempo le alegran y
-le pudren. No busquemos nunca la compañía de estos hombres más que para
-un rato de solaz; estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen
-notorio poder de contagio, y es fácil que el observador demasiado
-atento se encuentre manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo
-piense.
-
-Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en
-día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí _reinaba el
-buen tono_, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió
-con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me
-pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué el
-conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con una
-cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría en ir
-también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de Fúcar.
-
-Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la historia,
-es que en las tertulias de Manso nació una de las más ilustres
-asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más dignifican
-á la humanidad. Me refiero á esa _Sociedad general para socorro de los
-inválidos de la industria_, que hoy parece tiene vida robusta y presta
-eficaces servicios á los obreros que se inutilizan por enfermedad ó
-cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la idea, pero ello es
-que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se constituyó la junta de
-gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón Pez, que tocante á la
-estadística, á la administración, á la beneficencia, era un verdadero
-coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados llenos de
-números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado presidente.
-Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero, y Sainz
-del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á sí mismo
-secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar los poetas
-en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que soldado
-raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me nombraran
-consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la negra
-suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora la
-ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas
-absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel
-dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por
-nombre _el tífus_, y huía de él como de un foco de intoxicación.
-
-Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia
-y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos
-se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de
-carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos
-tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de
-Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía
-estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo,
-apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se
-burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el
-mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió en llamar á mi discípulo
-_Peñita_, diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que
-quieran, siempre lleva en sí algo de desdén.
-
-José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había dicho
-en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas y de
-organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del partido.
-
---¿Qué te parece el partido?--me preguntaba con frecuencia.
-
-Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha
-se había visto. Á lo que él decía:--«Yo quisiera que se organizase
-á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es
-verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa
-y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»
-
-Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese adelante
-en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la
-asombrosa variedad de las manías humanas.
-
-Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus hijos,
-me decía:
-
---Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á ver
-qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.
-
-Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta de
-ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones
-y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y
-sobriedad me agradaban en extremo.
-
-
-
-
-XIII
-
-Siempre era pálida.
-
-
-Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada
-de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos,
-admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer
-orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me
-agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una
-vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido
-profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella
-superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna
-parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz,
-donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo,
-aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente,
-todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la
-serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos
-modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus
-principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se
-ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el
-lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era
-correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que
-triunfarían de la crítica más rebuscona.
-
-Desde mis primeras visitas de inspección, sorprendióme el sensato
-juicio de la maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas
-de esta vida, y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su
-aplomo declaraba una naturaleza superior compuesta de maravillosos
-equilibrios. Parecía una mujer del Norte, nacida y criada lejos de
-nuestro enervante clima y de este dañino ambiente moral.
-
-Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación que
-Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta el
-día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas
-horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus
-vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado
-de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro
-y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á
-esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección?
-Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la
-admiración que despertó en mí.
-
-Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños, que aunque
-de buena índole, eran, antes de caer en sus manos, voluntariosos,
-díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios. ¿Cómo llegó á
-domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo milagros, con
-su innata sabiduría de las condiciones de la infancia. Los pequeños,
-jamás castigados por ella corporalmente, la querían con delirio. La
-persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales de aquella
-alma privilegiada.
-
-Un día que hablábamos de varias cosas, concluida la lección, traje á
-la memoria los tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla
-aún garabateando en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues
-aunque no hice mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este
-recuerdo fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al
-punto la conversación.
-
-Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía
-resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación
-postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la
-pobre niña, mal calzada y peor vestida.
-
-Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar secundario.
-Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de relumbrón,
-y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las hembras.
-¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas de
-la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus
-palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias
-y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer
-razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me
-encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario
-por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de
-piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel
-tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva
-á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica
-su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general
-maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos
-varios que á mí mismo me sorprendían poniéndome como fuera de mí y
-haciéndome como diferente de mí mismo, en términos que noté un brioso
-movimiento en mi voluntad, la cual se encabritó (no hallo otra palabra)
-como corcel no domado, y esparció por todo mi sér impulsos semejantes á
-los que en otro orden resultan de la plétora sanguínea, y...
-
-
-
-
-XIV
-
-¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?
-
-
-¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque trato
-de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de que
-disfruto en este momento.
-
---Esta joven es un tesoro--dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy
-contentos con los progresos de las niñas.
-
-En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo
-cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por
-la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes,
-unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba
-(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con
-orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude
-observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía
-la cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la
-que pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo. Tenía rudimentos
-de algunas ciencias, y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía
-con tanto tino, que más se la admiraba por lo que no quería saber que
-por lo que no ignoraba.
-
-Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas
-generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción
-que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y
-apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando
-antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese
-en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al
-mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que
-viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo
-deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.
-
-Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo
-encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No
-le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa
-chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni
-gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas
-artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes
-de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y
-cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman _home_. Sabía poner á
-raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar el
-sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente son.
-
-Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas de
-doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto debió
-de sufrir la pobre joven en compañía de persona tan contraria á su
-natural recto y á sus gustos delicados. Confianza tras confianza, fué
-contándome poco á poco, en sucesivos paseos y sesiones interesantes,
-cosas de su infancia y pormenores mil, que así revelaban su talento
-como su exquisita sensibilidad.
-
-Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el 15
-de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos
-por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia,
-se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba
-asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su
-liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las
-manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento,
-no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una
-reunión magna de la _Sociedad para socorros de los inválidos de la
-industria_, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones,
-las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto
-y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de
-aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué
-felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase
-á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo
-rayos de beneficencia por todas partes!
-
-Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre y
-para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica.
-Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño
-una ternura idolátrica, cuya última nota era quedarse á comer. La
-admiración tácita de Calígula por el cocinero de la casa, si discreta,
-no era nada platónica.
-
-Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de Martín
-está tan cerca y daban _El Nacimiento del Hijo de Dios y La Degollación
-de los Inocentes_, tomé un palco y nos fuimos allá Irene, yo y la
-familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó hasta la
-escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la cara, se
-volvió adentro porque se sentía muy _fluxionada_. Yo estaba alegre
-aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de todas
-edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía de una
-recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie humana.
-Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías, donde tanta
-gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas, entre las
-cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto algazara como
-aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba otro, y en palcos
-y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel contínuo mover de caras
-producían confusión, mareo y como un principio de demencia. Las luces
-rojizas del gas daban á aquel recinto, donde hervían tanto ardiente
-apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril impaciencia, no sé qué
-graciosa similitud con calderas infernales ó con un infiernito de juego
-y miniatura, improvisado en el Limbo en una tarde de Carnaval.
-
-Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se
-alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El
-pobre niño escondía su cara para no verlo; sus hermanitas se reían,
-y él, excitado por todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba
-más que á abrir un poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles
-cuernos del actor que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía
-que le sacaran de allí. Felizmente la salida de un angel, armado de
-lanza y escudo, que con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y
-darle media docena de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó
-mucho oyendo las exclamaciones de contento que de todos los puntos del
-teatro salían.
-
-Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos
-admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en
-indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento
-de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto
-en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un
-mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San
-José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes
-y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al
-tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era
-una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que
-se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente,
-no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los
-indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella
-farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano
-de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se
-permitía atroces libertades de lenguaje á propósito de la mansedumbre
-de San José. Irene opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben
-permitirse, y hacía consideraciones bien tristes sobre los sentimientos
-religiosos de un pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.
-
-Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su convencionalismo,
-de las falsedades que le informan, y hablaba de esto, porque no me
-ocurría la manera de introducir en la conversación otros temas más
-en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba fórmulas de
-transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el calor, el
-bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego sainetón
-ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal y
-desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos
-comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma
-belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en
-mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.
-
-Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia.
-Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente
-su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una
-cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos.
-Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto
-á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna,
-más humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora
-recibía una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres,
-abuelos y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres,
-guardamangieres ó no sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia
-familia era una idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la
-tía de Irene perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de
-pena, y al poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras
-de doña Cándida.
-
-Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario,
-y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente
-manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se
-asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á
-molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un
-ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro
-de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene
-conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo
-un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.
-
-Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de
-qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de
-tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra
-vez el telón, vimos el monte, la cascada _de agua natural_ que caía
-de lo alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el
-rebaño vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel
-momento parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo
-suscitaban los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista,
-consideraba la índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del
-Nuevo Testamento, y luego, mientras se presentaba á los admirados
-ojos de la chiquillería, de las criadas y nodrizas el bonito cuadro
-del Portal, dejóse ir mi mente á un orden de juicios que no eran
-totalmente distintos de los anteriores. Viendo en caricatura los hechos
-más sagrados y puesto en farsa lo que la religión llama misterio para
-hacerlo más respetable, se despertó en mí un prurito de crítica que, á
-mi parecer, no dejaba de relacionarse con el pícaro dolor de cabeza,
-pues parecía que éste lo estimulaba, dando á mi criterio pesimista
-la agudeza de aquel filo que me cortaba el cráneo. Y lo más raro era
-que mi crítica implacable se cebaba en aquello que más admiraban mis
-ojos y que traía á mi espíritu tan risueñas esperanzas. Sin duda aquel
-feo demonio que tanto había asustado á Pepito se metió en mí, porque
-yo no cesaba de contemplar á Irene, no para saciarme en la vista de
-sus perfecciones, sino para buscarle defectos y encontrárselos en
-gran número, que esto era lo más grave. Su nariz me parecía de una
-incorrección escandalosa, sus cejas demasiado ténues no permitían que
-luciera bastante la proyección melancólica de sus ojos. ¿No era su boca
-quizás, ó sin quizás, más grande de lo conveniente? Luego dejaba correr
-mi despiadada regla por el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual
-parte hacía el vestido demasiados pliegues, que el corsé no acusaba
-perfiles estéticos, que la cintura se doblaba más de lo regular, y al
-mismo tiempo, ni había en su traje el esmerado corte que, á mi juicio,
-debía tener, y sus guantes tenían una roturilla, y sus orejas estaban
-demasiado rojas, no sé si por el calor, y su sombrero era muy grande, y
-sus cabellos... Pero ¿á qué seguir? Mi cruel observación no perdonaba
-nada, iba á rebuscar los defectos hasta á las regiones menos visibles,
-y al hallarlos, cierta complacencia impía parece que daba descanso á
-mi espíritu y alivio á mi dolor de cabeza... ¡Tontería grande aquel
-trabajo mío, y cómo me reí de él más tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá
-que á tal análisis resista! Pero es una desdicha conocer el amargo
-placer de la crítica y ser llevado por impulsos de la mente á deshojar
-la misma flor que admiramos. Vale más ser niño y mirar con loco asombro
-las imperfecciones de un rudo juguete, ó sentar plaza para siempre en
-la infantería del vulgo. Esto me lleva á sospechar si el ideal estético
-será puro convencionalismo, nacido de la finitud ó determinación
-individual, y si tendrán razón los tontos al reirse de nosotros, ó lo
-que es lo mismo, si los tontos serán en definitiva los discretos.
-
---¡Pobrecito Máximo!--me dijo de improviso Irene, en el momento que
-caía el telón.--¿No se alivia esa cabeza?
-
-Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que
-me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan
-acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.
-
---Me duele mucho... El calor... el ruido...
-
-En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.
-
---Pues vámonos--dijo Irene.
-
-Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero
-Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy
-afligida: «Si falta la degollación...»
-
-Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.
-
---Le pondré á usted paños de agua sedativa--me dijo la profesora al
-atravesar la calle de Santa Agueda.
-
-¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente
-ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los
-santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los
-que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas.
-
---El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco.
-
---¿Se va usted á su casa?
-
---No; me echaré en el sofá del despacho de José María.
-
-Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una
-taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene,
-pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi
-casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:
-
---Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un
-rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá
-usted que duerme? Está leyendo acostada.
-
-Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto!
-¿Qué leería?
-
-
-
-
-XV
-
-¿Qué leería?
-
-
-Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé
-en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me
-dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí
-no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de
-idealidad.
-
-Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando
-explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de
-ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión
-de lo que leía Irene.
-
-Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fuí á
-almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme agradable
-aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí,
-por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres.
-Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al
-medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y
-no nuestra hechura.
-
-Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues
-en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la
-distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de
-las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San
-Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas
-del _Año Cristiano_. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve
-balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y
-eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista
-que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía
-con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno
-y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba
-entonces á todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy
-viene á formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos
-días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.
-
-El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas,
-besándome la mano y llamándome _Taita_. Aquel día me dijo:
-
---Mi ama Lica se ha levantado hoy.
-
-Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de
-amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón,
-cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo
-poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y
-preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la
-nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes
-como la _Novísima Recopilación_. Ella había buscado el ama y la había
-vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo
-lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el
-régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de
-cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas,
-fajas y abrigos para mi tierno ahijado.
-
-«Tiene toda la cara de tu madre--me decía,--y este se me figura que va
-á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este angel?»
-
-Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es
-característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto
-avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando
-pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.
-
-Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se le
-ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños,
-ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y
-riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín
-bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba
-ella: «¡Ama, la teta, la teta!»
-
-Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado,
-ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como
-si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se
-expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi
-cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia
-y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña
-Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con
-dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar
-como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando
-ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:
-
---No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que ha
-sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan
-bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la
-esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha
-visto usted? No dice esta boca es mía.
-
-Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada
-manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:
-
---¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy
-mona.
-
-Y Lica me dijo, como siempre:
-
---Máximo, cuéntame cosas.
-
---¿Qué cosas ha de contar este sosón?--zumbó mi cínife con humor
-picaresco.--Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.
-
-Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de teatros,
-actualidades y de las noticias de Cuba.
-
-La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban el
-pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la
-última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á
-ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada
-tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias
-de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no
-veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien
-cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando
-armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los
-actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las
-rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas
-hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les
-veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó
-en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas,
-cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y
-la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste
-dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser
-cuotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes
-se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de
-azucar, otras á medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un
-sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota;
-el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un
-florerito de porcelana.
-
-El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos ricos y
-al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña Cándida
-se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la
-chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez
-se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado
-también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle
-á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los de la casa
-parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes,
-pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que á cada hora
-soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no hubo forma
-humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los demás relojes
-de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenía nunca
-datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de minutos.
-
---Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José María.
-No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz
-del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de
-almorzar.
-
-En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de
-Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya
-cantidad de cartas bastante á cargar un vapor-correo.
-
---Ya sabes--me dijo mi hermano,--que creo tener segura mi elección
-en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro
-se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he
-de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de
-Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy
-verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse
-usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.
-
-Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la
-política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una
-copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.
-
---Ese Cimarra--manifestó en su respiro,--es hombre verdaderamente
-notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme
-en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente
-activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las
-dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos
-de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien
-podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de
-Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres
-verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito
-corto.
-
-Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico,
-que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta,
-para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad
-filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictámen una de las
-comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular,
-y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de
-un problema muy importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad
-fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado
-de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no
-variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no
-hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre...
-
-El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le corté
-la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al
-despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario
-de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras
-fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades
-que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y
-retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política.
-¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un
-partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los _Mansistas_.
-Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al
-través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.
-
---Todo me lo dan hecho--decía,--yo no me muevo, yo no pido nada. Pero
-se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente
-agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no
-me deja á sol ni sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero
-estar metido en mi casa, y no me dejan.
-
-Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación
-política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los
-ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren
-salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus
-intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes
-hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano
-el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos
-de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado
-todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «_Estamos á ver
-venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va;
-lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á
-dar_», etcétera. Llamaba _cogida_ á los fracasos parlamentarios de
-un orador, y _enchiquerado_ al ministro que estaba bajo la amenaza
-de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en
-la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le
-escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única
-muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «_Las
-cosas caen del lado á que se inclinan._»
-
-En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un nuevo
-orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á quejarse
-de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía
-convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las dos de la
-noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa,
-y exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al
-aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre
-Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que
-sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas
-las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea.
-Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de
-su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no
-llamaba _túnico_ al vestido, ni á las enaguas _sayuelas_, ni al polisón
-_bullerengue_. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción
-castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino
-Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba
-Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era
-refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña
-Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de
-Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.
-
-Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de
-demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de
-que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería
-la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos
-heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores
-que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero
-de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la
-curiosidad, pregunté:
-
---¿Pero es cierto que vas á titularte?
-
---Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me
-fastidian...--repuso con turbación.--Es empeño de ellos, yo me resisto.
-Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es
-verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería
-verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el
-tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso
-correo de Cuba.
-
-Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano
-de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de
-todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa;
-pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice
-de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno
-infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus
-vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de
-fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas,
-producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona
-el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar
-la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la
-célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso
-del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas
-monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio
-legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre
-una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta
-sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva
-con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos
-Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad,
-llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los
-ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos
-y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos
-y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que
-lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un
-paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la
-historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos,
-azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y
-traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de
-próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y
-como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el
-universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.»
-
- * * * * *
-
-Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde
-que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté:
-
-
-
-
-XVI
-
-¿Qué leía usted anoche?
-
-
-Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué
-responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á
-su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo
-favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al
-punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento,
-si algo mío leía, había de ser ó la _Memoria sobre la psicogénesis y
-la neurosis_, ó los _Comentarios á Du Bois-Raymond_, ó la _Traducción
-de Wundt_, ó quizás los artículos refutando el _Transformismo_ y las
-locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar
-una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi
-amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía
-estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.»
-
-Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis
-novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi
-encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían
-allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un
-gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la
-existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera
-quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran
-muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes
-con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca
-y de los ojos.
-
-La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y
-al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella
-á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad
-marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de
-la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu
-de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer
-cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.--La estancia
-aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble
-con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde
-las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de
-gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas
-nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo
-recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi
-cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al
-precio de las demás gangas que á la casa llevaba.
-
---Vamos á ver, Isabel,--decía Irene,--los verbos irregulares.
-
-La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para
-aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea
-escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo
-con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia
-Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus
-hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun
-para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas
-les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas,
-partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad,
-solía dormitar _aliquando_, como el buen Homero.
-
-Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa,
-al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito,
-á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera
-callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento
-venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas.
-Irene descansaba, y cogiendo el encaje de _frivolité_, se ponía á hacer
-nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos.
-Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita
-laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus
-múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía
-á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»
-
-De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia
-Irene y decirle:
-
---¿Está usted contenta con esta vida?
-
-Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué
-negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato?
-Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero
-sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto
-triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.
-
---Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo,
-¿qué más puedo desear por ahora?
-
---Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no
-pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere.
-Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores
-que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo?
-¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un
-abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando
-tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...
-
-Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me
-había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si
-ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas
-y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones
-quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu,
-y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y
-como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de
-exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento,
-estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los
-mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso
-estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un
-elogio.
-
---Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.
-
-Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas
-sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo
-era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado
-con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!...
-No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza
-habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca.
-Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante,
-decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi
-parecer, comprendió perfectamente--Nuevos elogios de Irene, dirigidos
-en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio.
-«Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio
-de ambos.
-
-La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella
-tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no
-precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un
-largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo
-que pisaba.
-
-«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho
-me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro
-camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que
-empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no
-equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de
-impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco
-bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis
-ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino
-aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo,
-que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones
-morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte
-y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la
-mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia,
-sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi
-organización intelectual y estética.»
-
-Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y
-muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La
-digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un
-chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente
-nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y
-nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de
-que ella y los niños se constipasen.
-
---Por mí no tema usted--me dijo Irene.--Jamás he estado mala. Yo tengo
-una salud... tremenda.
-
-¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella
-criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos
-en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella
-escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la
-crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería
-entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de
-la maternidad y del siglo.
-
---Cuídese usted, cuídese usted--le dije con afán previsor,--para que su
-hermosa salud no se altere nunca.
-
-Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan
-malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía
-también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando
-fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el
-rostro de Irene alegría muy viva.
-
---¡Qué caro se vende usted!--me dijo poniéndose más pálida.
-
---Me parece--repliqué yo,--que hace dos siglos que no nos vemos.
-¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin
-embargo, le dije á usted estas y estas cosas.
-
---Es usted... tremendo.
-
---No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de
-tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?
-
---No, no, nada--respondió con precipitación y un poco de sobresalto.
-
---Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género
-de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.
-
---Ya se ve que no--dijo con vehemencia.
-
---Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me
-oculte nada... Esta vida...
-
---Es tremenda.
-
---Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser
-de otra manera.
-
---Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes?
-
---¿Y cuidando chiquillos...?
-
---¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?
-
-Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan
-desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de
-la excomunión mayor.
-
---Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente,
-demasiado bella para vivir asalariada.
-
-Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había
-interpretado sus sentimientos.
-
---Esto se acabará. Irene. Yo respondo...
-
---Si no fuera por usted, Máximo--me dijo con expresión de la más
-generosa amistad,--ya habría salido de aquí.
-
---Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?
-
---No... es decir... pero no, no--murmuró contradiciéndose cuatro veces
-en seis palabras.
-
---Algo hay...
-
---No, no, digo á usted que no.
-
---Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted
-conmigo la confianza que merezco...?
-
---Sí la tengo, la tendré--replicó animándose.--Usted es mi único amigo,
-mi protector... Usted...
-
-¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba
-en su boca.
-
---Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...
-
---Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas
-cosas... tremendas...
-
---¡Tremendas!
-
-No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para
-todo.
-
---Y yo le juro á usted--añadió cruzando las manos y poniéndose
-bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...--Yo juro que
-no haré sino lo que usted me mande.
-
---Pues...
-
-El corazón se me salía con aquel _pues_... No sé hasta donde habría
-llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.
-
---Máximo--dijo sin entrar,--llégate aquí, chinito...
-
-Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche. ¡Pobre
-Lica, cómo me contrarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene
-aquella tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y
-la oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra,
-sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento
-hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.
-
-
-
-
-XVII
-
-La llevaba conmigo.
-
-
-Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada milagrosamente
-en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con espíritu; y
-esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando fuí á la
-reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como inspiración
-chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo que de los
-poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al delirio que le
-entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y placentero, como
-proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se trasfiguraban á mis
-ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las ventas castillos.
-Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba atrás á Catón,
-el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la estadística,
-un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la mujer más
-aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había pisado
-alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones morbosas
-me condujo mi loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis
-labios frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que
-me ocuparía de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le
-puso como fuera de sí, y rodando la conversación de personalidad en
-personalidad, afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á
-todos los padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los
-ojos y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había
-en mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que
-más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para
-restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal
-á propósito de los inmensos progresos de la _Sociedad de inválidos
-de la industria_. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario
-una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los
-trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección
-del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á
-otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable que
-pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades. Todo
-marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes de los
-caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de pronto,
-se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos á imprimir
-los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las turbulentas
-sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de elocuencia se
-perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la oratoria. Los
-autores del voto particular y la mayoría de la comisión no habían
-logrado ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del
-paso, se había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos
-de la de propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema
-de nuevo. Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía
-hacerse era abrir un certámen poético, para premiar la mejor _oda al
-trabajo_. El primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de
-quinientos ejemplares; el _accesit_ en girasol de plata é impresión
-de doscientos. Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes
-funestos, y en efecto, me nombraron presidente del jurado. También
-se pensaba en gran rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y
-resonante velada, ó quizás _matinée_, en la cual, después de leida
-por Bardal la memoria de los trabajos de la sociedad, habría música,
-discursos y lectura de versos, que son la sal de estos festejos
-filantrópicos.
-
-Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una vuelta
-por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y una
-simpática voz que me dijo:
-
---Hola, maestro... Le ví á usted con _el tífus_, y no quise acercarme.
-
---¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré
-convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una debilidad...
-
---Esa es la _febris carnis_... Yo no me rindo á Sainz del Bardal.
-Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me
-habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo
-necio.
-
---Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?
-
---Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. _Achantémonos_ en ese
-gabinete.
-
---¿Qué me cuentas?
-
---Nada de particular.
-
---¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?
-
---¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable.
-Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba
-de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si
-en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor
-genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por
-celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta
-pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca
-impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación
-la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice _pedrominio_, y tiene un
-cariño á las haches...
-
---Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á
-una de las de Pez?
-
---Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas,
-principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas,
-es decir, tienen un barniz...
-
---Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero
-se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son,
-realmente, más que muñecas, de las que dicen _papá_ y _mamá_.
-
---Pero éstas no dicen _papá_ y _mamá_, sino _marido_, _marido_. La
-mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas...
-Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si
-decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo
-de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica.
-Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y
-amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que
-si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.
-
---Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.
-
---Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la pequeña.
-Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á una
-tabla de la Edad Media...
-
---Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las
-pretensiones más enfáticas...
-
---¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?
-
---Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la atención.
-
---Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los
-cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.
-
---Madrid es un valle de problemas.
-
---Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las
-de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé
-yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case
-con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con
-las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros, con
-Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos los
-arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo, ¿dónde
-encontrarán capital bastante fuerte para sostenerlo? Maestro, esto
-está perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud
-masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la
-tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los
-cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La
-frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan
-á la doncella de estos países latinos para la constitución de las
-familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia,
-la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo
-atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la
-patria potestad en la mujer...?
-
---Lo femenino eterno--dije yo gravemente,--tiene leyes que no puede
-dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en
-hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.
-
---¡Aislados!
-
---Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia en
-el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir
-unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á la
-ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo lo
-que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.
-
-Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la
-solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:
-
---Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque te
-tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del mal.
-Hay séres excepcionales, criaturas privilegiadas, dotadas de cuanto la
-Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede
-ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo,
-el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios
-variedad, adios unidad suprema...
-
---No digo que no...
-
-Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el
-bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.
-
---¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas
-rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á
-echar un pitillo. ¿Viene usted?
-
-No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que se
-había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones, y
-el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el
-género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.
-
-El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que se
-había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la
-elección de José María.
-
-
-
-
-XVIII
-
-«Verdaderamente, señores...»
-
-
-Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental que
-padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:
-
---Verdaderamente...
-
-Pudo al fin formular un premioso discursejo, cuyas cláusulas iban
-saliendo á golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se
-hubiese atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas,
-como: «Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se
-puede servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores
-se empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto
-es para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto
-á defender los sagrados intereses...»
-
-Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba
-extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y
-periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía
-un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran
-los de la _democracia rampante_, partido tan joven como inquieto, al
-cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo
-que fuera transacción.
-
-El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña con
-acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es lo
-_verdaderamente inglés_. Lo de _la sucesiva serie de transacciones_ no
-se le cae de la boca: es su _Padre Nuestro_ político, y así, todo lo
-transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No
-existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con
-un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo
-y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la
-república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad.
-Toda idea pura es para él _una verdadera exageración_, y corta las
-cuestiones diciendo: _basta de exclusivismos_. Para él no conviene que
-haya exclusivismos en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda
-idea, toda teoría artística ó moral debe ceder una parte de sus regios
-dominios á la teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si
-este fenómeno no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús
-y los Santos Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber
-intentado un arreglito con la herejía.
-
-Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé
-del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y
-políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña
-Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija
-en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien
-contaba cuentos.
-
---No me quiero acostar--me dijo,--porque el _sambeque_ del salón y
-esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa
-parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á
-usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té,
-los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido
-ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto;
-si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche,
-si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una
-peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella no
-sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy _chiqueada_. Pero
-José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no piensa
-más que en sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién
-sabe, si en otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...
-
-Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:
-
---Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de Madrid...
-Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser diputado y
-ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres las de esta
-tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan. Yo les diría
-si las viera: «Grandísimas _sinvergüenzas_, ¿para qué engatusais á un
-padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan bueno?...» Porque José
-María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño, de algún tiempo acá, no
-le conocemos.
-
-Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra, tratando
-de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres está más
-en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como señales de
-pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me ocurrió.
-
---Yo--dijo ella, bajando más la voz,--no me meto en nada. Allá se
-entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no
-tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras
-allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos
-hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?
-
-Miraba á todos los lados de la pieza.
-
---¿Pero no se ha recogido aún?--pregunté.--Esto es contrario á sus
-costumbres.
-
---Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al
-corredor á ver un poquitico de la sala.
-
-Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo y
-estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y
-algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.
-
---Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?
-
---Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa que
-deslumbra...
-
---Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.
-
---Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego, es
-preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no conocemos.
-
---¡Oh! es justo--dije pensando en lo mucho que luciría Irene si
-penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor
-que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.--Pero es
-cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna,
-estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos
-y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida
-doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y
-felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.
-
---¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice
-las cosas!--exclamó doña Jesusa.
-
-Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos
-movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.
-
---Máximo--dijo de súbito la señora,--¿por qué no se casa usted? ¿Á
-cuándo espera, niño?
-
---Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...
-
---En veremos se le pasa á usted la vida.
-
-Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo: «¿Y
-las niñas?»
-
---Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También han
-querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta,
-pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han
-dormido.
-
---¿Y usted no tiene sueno?
-
---Ni chispa.
-
---Pero es muy tarde.
-
---Me voy á mi cuarto.
-
---¿Va usted á leer?--dije siguiéndola y llevándole la luz.
-
---Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...
-
---¿Mañana, qué?
-
---Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...
-
---Hablaremos de aquello...--repetí sintiendo en mi pensamiento el
-estímulo que los novelistas llaman _un mundo de ideas_, y en mis labios
-cosquilleo de palabras impacientes.
-
-Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una
-presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á
-poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un
-golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:
-
---Tráigame usted lo que me prometió.
-
---¿Qué, criatura?--le pregunté, sospechando, en un momento de ansiedad,
-que le había prometido mi vida toda entera.
-
---¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...
-
---¡Ah! ya... bueno...
-
---Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.
-
---Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...
-
---No sea usted tremendo... Abur.
-
---No se fatigue usted la imaginación con la lectura...
-
---Si me estoy durmiendo ya.
-
---Eso es, descansar... buenas noches.
-
---Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?
-
---Creí que ya estaba usted dormida.
-
---Hombre, si estoy rezando... Adios.
-
-Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un poquito
-desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en ella;
-pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente no
-alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y
-accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.
-
-Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano me
-entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para
-que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos
-por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí,
-alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra
-me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso,
-arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José había
-hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho: «¡Oh!
-sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á arreglar la
-incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligárquico que hoy
-priva, y me incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico
-y á abandonar de una vez para siempre las utopias y exageraciones,
-buscando en el ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una
-manera de reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el
-hecho. De la misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba
-presente, encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente
-práctico, y tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón
-que llamaba _logomaquias_ á todo lo que no entendía. Este señor me dió
-después un solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los
-hombres como yo debían consagrarse á defender los intereses de las
-clases productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias
-venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie
-libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios
-de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me
-merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás
-por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme,
-me dijo:
-
---Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están todos
-los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de ley
-que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de
-leerlo y decirme su opinión imparcial...
-
-Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación, no me
-ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á entrar
-por las vías políticas, y riñéndome por mi caracter retraido y mi amor
-á la vida oscura, me decía:
-
---Pero chinito, no seas _jollullo_.
-
-
-
-
-XIX
-
-El reloj del comedor dió las ocho.
-
-
-Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella casa
-exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres. ¡Qué
-tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo, una
-chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de
-pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando
-en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía
-síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor para
-tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el cuarto de
-Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis miradas,
-y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.--«Pero, ¿no me dijo
-usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba á dormir en
-seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta de espíritu á
-espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía inconveniente.
-¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras filosóficas...?
-
-Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un
-impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene.
-¿Qué tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo
-que había dicho? Podía ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó
-preparando las lecciones del día siguiente... ¡Las tres y media!...
-¿Cuántas horas dormía aquella criatura, que se levantaba á las siete?
-¡Deplorable costumbre la de calentarse el cerebro en las horas de la
-noche! ¡Oh! Yo haría cumplir en mi familia con estricta rigidez los
-preceptos de la higiene.
-
-En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial de
-la calle.
-
---Maestro, ¿se va usted á su casa?
-
---Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?
-
---Yo no me acuesto todavía. Es temprano.
-
---¡Es temprano y van á dar las cuatro!
-
-Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus
-costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de
-tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se
-reía.
-
---Por respeto á usted, maestro--me dijo,--voy á acompañarle hasta casa.
-Después me voy á la _Farmacia_.
-
---¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no te
-conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.
-
---Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan
-tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted
-hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de
-acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal
-ejemplo!...
-
-Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.
-
---Mira, perdido--le dije tomándole por un brazo.--Que quieras que no,
-te llevo á casa. No irás á la _Farmacia_. Yo lo mando y tienes que
-obedecer á tu maestro.
-
---Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano de
-usted. No iré á la _Farmacia_; pero no puedo acostarme sin tomar algo.
-
---Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?
-
---Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por
-aquello de ir á alguna parte.
-
---¿Y á dónde quieres ir?
-
---Renuncio á la _Farmacia_ con tal que usted me acompañe á tomar
-buñuelos.
-
---¿Dónde, libertino?
-
---Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la noche,
-y una copita de aguardiente no viene mal.
-
---¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?
-
---Vamos, _magister_, sea usted amable. Ya ve usted que por complacerle
-renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos. Luego nos
-iremos juntos á nuestra casita, como las personas más arregladas del
-mundo.
-
-Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en aquel
-local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar más
-con él por un acto que en verdad era insignificante.
-
---¡Caprichoso!
-
---Sentémonos, maestro.
-
-
-
-
-XX
-
-¡Me parecía mentira!
-
-
-¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana,
-teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!...
-Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño
-de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea
-desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de
-la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las
-encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones?
-La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había
-estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo
-remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa
-personalidad en días más venturosos.
-
-Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las mesillas
-de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía. Eran
-cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras, que
-acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban todas
-las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona,
-espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza,
-liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos
-bonitas, los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta
-peluda, afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los
-hombres eran de lo más antipático que puede verse en la Creación. Las
-cuatro voces roncas sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno
-de interjecciones, del cual no se entendían más que las groserías y
-barbarismos. Era la primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes
-tipos, y no les quitaba los ojos.
-
---¡Qué guapa es la gorda!--me dijo Manuel.--Maestro, veo que se
-entusiasma usted.
-
---¿Yo?...
-
---Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...
-
---No seas necio.
-
---Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los
-ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama _flirtation_, se
-llama aquí _tomar varas_.
-
---¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?--le dije, con vivo
-deseo de salir de allí.
-
---¿Y usted no toma?
-
---¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...
-
---¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de
-nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me
-pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no
-sé lo que pasa en mí...
-
---Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi
-discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto
-le quería.
-
---Porque, sí señor--siguió;--hay ocasiones en que nos es necesario
-hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y
-sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo
-dramático. Suprima usted de la vida el elemento dramático, y adios
-juventud. ¿No le parece á usted que nos divertiríamos si ahora armase
-yo camorra con esta gente?
-
---¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco, ó
-has bebido...
-
---Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos
-todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á
-clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las
-uñas de la policía.
-
---Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un
-maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa.
-Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me
-cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo
-considerando la esterilidad de lo que te enseñé.
-
---¡Oh! no--exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el
-corazón y un palmetazo en la frente.--Algo queda. Mucho hay aquí y
-aquí, maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se
-extinguirá jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...
-
-Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el entusiasmo
-de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban la risa. Se me
-parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la puerta de la venta
-cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes expresiones, que
-tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo abierto cuando
-se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con quién armar la
-trapisonda que deseaba.
-
-La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de
-Madrid. Las paredes sucias, forradas de un papel con casetones
-repetidos, llenos de pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y
-pringosa. Un mostrador chapeado de latón, varias sillas desvencijadas,
-un reloj y un calendario americano, que no sé para qué servía, formaban
-el mueblaje, y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.
-
---Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.
-
---Un ratito más...
-
---Yo me caigo de sueño.
-
---Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más en
-mi vida.
-
---Á tí te pasa algo.
-
---Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el
-alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero
-hacer algo, _magister_, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social
-y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática
-(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar
-florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los
-Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como
-los diablillos que atormentan al endemoniado.
-
-No pude menos de reir.
-
---Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?
-
---Leo á Maquiavelo. Su _Historia de Florencia_, su _Mandrágora_, sus
-_Comentarios á Tito Livio_ y su _Tratado del Príncipe_ son los libros
-más asombrosos que han salido de manos del hombre.
-
---Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación
-conveniente.--Es mi tema, querido Manuel; si no haces caso de mí,
-tu inteligencia se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los
-principios generales...
-
---¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La
-metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por
-Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de
-sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la
-vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de
-sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo
-me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por
-él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.
-
---Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una buñolería
-el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia, y vámonos á
-dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado mucho y has
-crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito enderezarte.
-Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis lecciones. Quizás
-alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas que marcan el
-período culminante de la juventud... En fin, sea lo que quiera, vámonos
-ya.
-
-Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.
-
---Voy á revelarle á usted un secreto--me dijo cuando pasábamos junto
-al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla
-triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.--Desde
-que estoy así...
-
---¿Cómo?
-
---Así, nervioso, excitado, con estos estímulos musculares que me piden
-la violencia, la arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así,
-mis antipatías son tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco
-con toda mi alma. ¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de
-cuantos hay sobre la tierra?
-
---¿Quién?
-
---Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D. José
-María Manso, marqués presunto, según dicen.
-
-Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor,
-diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías
-era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual
-sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos.
-Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón
-de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su
-humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo
-aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo
-dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban
-su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el
-delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo
-cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el
-bautismo.
-
---¿Duelito tenemos?--dije, no pudiendo consentir que mi discípulo, á
-quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me viniese
-hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é ineficaz
-procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la ignorancia.
-
---Usted no vive en el mundo, maestro--replicó él. Su sombra de usted
-se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa
-Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es
-un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de
-la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria,
-ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si
-yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de
-Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo,
-llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de
-la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre
-que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi
-maestro.
-
---¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has declarado
-la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera esos
-impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás hecho
-un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos que se
-estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el Don
-Juan con los trapos y la voz de Polichinela.
-
-Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta. Nunca
-se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella noche,
-la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la tardanza del
-nene, nos echó un mediano réspice á los dos.
-
---¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted,
-amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero, tan
-madrugador, ¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya
-con el maestrito, con el padrote...
-
---Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.
-
---No, mamá; él á mí.
-
---¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?
-
---Nada, mamá; no tengo nada.
-
---¿Pero no entras á acostarte?
-
---Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos
-libros que necesito.
-
---¡Libros tú!--le dije, entrando en mi casa.--¿Para qué quieres libros?
-
---Para preparar mi discurso.
-
---¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?
-
---Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á hablar
-en la gran velada?
-
---¿Qué gran velada es esa?
-
---La que dará la _Sociedad para socorro de los inválidos de la
-Industria_.
-
---¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que
-quieras...
-
-Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba,
-que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los
-estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.
-
-Antes de dormirme, le dije:
-
---Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes
-contra mi pobre hermano.
-
---No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve á
-Spencer?
-
---Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.
-
-Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:
-
---Es un canalla, es un canalla.
-
-Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias
-de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie
-oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre
-el mar.
-
-
-
-
-XXI
-
-Al día siguiente...
-
-
-Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar
-me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á
-los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi
-deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta
-franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.--Vamos á
-ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi hermano
-llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin que
-pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi habitual
-mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos, que para
-mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El apetito de
-aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible. Estaba
-yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve privado de
-tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo y por la
-tienda de que soy parroquiano, titulada la _Aduana en comestibles_, se
-me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no
-por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar
-más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que
-me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que
-me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora,
-adelante.
-
-Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio. Quería
-enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo con la
-maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática, que me
-pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir á Irene
-varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré cohibida y
-como atontada con la presencia, con las preguntas y con la amabilidad
-del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones, y las
-alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me privó
-mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al director
-de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.
-
-Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos.
-Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este
-particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde,
-¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el
-coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa,
-pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más
-remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos
-deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo
-Máximo; ya te cayó quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos
-de ornamentación doméstica y gastronomía suntuaria.»
-
-Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado en
-aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio con
-que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender á
-tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde
-estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á
-darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus
-cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva
-elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me
-olvidarán nunca.--Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en
-salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar,
-porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se
-había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras
-para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada
-á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la
-calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía
-más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo
-cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida,
-y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas
-peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y
-el trato de Cimarra le habían _enciguatado_; se había corrompido como
-la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la
-pobrecita de la atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan
-afrentada, que sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y
-no encontraba palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir
-todo. Sí; revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José
-María, había encontrado una carta de una _sinvergüenza_... ¡Una carta
-pidiéndole dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus
-hijos iba á manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba
-la plata, sino la _sinvergüencería_... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser
-ella una persona decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba
-á su marido, le había de dar una buena soba y un par de galletas bien
-dadas. ¡Ay qué Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por
-el monte, vivir en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que
-peinar á la moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros...
-Mejor estaba ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina
-y señora del pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á
-comerle los codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella.
-Luego esta vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir
-y ponerse en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que
-olvidar las palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar,
-á recibir, á mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella.
-Si José no se enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra
-llevándose á sus hijos.
-
-Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella á mí,
-á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á las tintas y
-á las magnitudes tropicales, agrandaba las cosas. ¿No podría ser que
-la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella
-quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos
-que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su
-amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba
-desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo
-de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito,
-sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro
-marqués, que me dejaron absorto.--En su propia casa se atrevía el
-indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y
-principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de
-galantear á Irene...?
-
-¡Á Irene!
-
-¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este
-punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En
-su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien
-disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas
-se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas...
-Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En fin,
-¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde anterior
-hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta misma... ¡Cómo
-se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en la puerta misma
-del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta no alentaba
-ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la casa. Por el
-contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha honesta,
-dignísima, que no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de
-un hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado
-á la señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era
-una buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre
-recto, el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo,
-el sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad
-y atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé
-cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría
-rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí,
-á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella
-quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito
-y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque
-bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para
-poner en ejercicio mis facultades de consejo.
-
-
-
-
-XXII
-
-«Esto marcha.»
-
-
-«Esto se complica--pensé al retirarme.--Hénos aquí en plena evolución
-de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal
-deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es
-muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable
-todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres,
-actuando en la reducida escena de un círculo doméstico ó de un grupo
-social, han concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su
-período de protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías,
-principian á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á
-rozamientos primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas.
-Tengamos calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que
-tan util es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones
-de los demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de
-general en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida
-en el estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía
-comparada del corazón humano.»
-
-Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las presunciones
-de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi hermano y dije á
-Lica:
-
---Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.
-
-Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no sospechaba
-cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.
-
---Cuidado, cuidado con esa mujer...--le respondí creyendo hallarme
-en lo firme.--Á pesar de la protección que se le da en esta casa,
-mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas
-necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha
-matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no
-tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y
-pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los
-años cierta ferocidad.
-
---Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...
-
---Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.
-
---¿Y tú observarás á Irene?
-
---Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del
-día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...
-
---Á todo has de poner pero...
-
---¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud
-en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes,
-angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una
-sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano
-han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido,
-inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál?
-El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente,
-el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte,
-generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance
-de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto
-en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin
-distinción de clases.
-
---_Aguaita_, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo lo
-que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno;
-cuidadito con la maestra...
-
-Y en mi cerebro se estampó aquello de _cuidadito con la maestra_, de
-tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi suspicacia.
-
-Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo? Mi
-fé en Irene se había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional.
-Es que el procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como
-punto de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en
-mi espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de
-todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba
-la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo
-del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes
-progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del
-triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su
-virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu
-de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de
-su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba
-desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés,
-el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta
-entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier
-aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos.
-Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona
-que los motivaba.
-
-Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que sentía,
-mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la maestra
-resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla y
-hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla
-meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran su
-alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda mi
-habilidad y mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de
-su alma, ni sorprender por una frase el misterio encerrado en ella.
-Aquel día funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea
-que yo tenía de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su
-caracter. No pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista
-en la labor, hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de
-éstos era un _ergo_ de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza,
-porque indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba
-y hacía prodigios de sofística.
-
-Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve, tan
-hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana,
-luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le dije:
-
---Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas de
-José María.
-
-Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella
-turbación grande.
-
---Su hermanito de usted--me contestó,--es muy particular. Qué poco se
-parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.
-
-Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso; le
-disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...
-
-Irene me interrumpió diciéndome:
-
---Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una
-palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta
-casa.
-
-No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á contestarle
-negativamente. Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de
-la tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa
-las desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:
-
---Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.
-
-¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á la
-locura misma.
-
---Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me consultaría
-no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo que usted
-me mande.»
-
-Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como una
-espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había
-revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los
-más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas
-que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á
-ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:
-
---Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le
-consulte nada.
-
-Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales
-averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su
-resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no
-pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele
-declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender
-otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la
-evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.
-
-Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra
-conversación, en nuestros escarceos y juegos de diálogo me manifestaba
-que había algo que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo
-que se me ponía á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.
-
---Yo haré méritos--le dije,--para ganar otra vez su confianza y oir las
-consultillas que quiere usted hacerme.
-
---Veremos. Por de pronto...
-
---¿Qué?
-
---Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho
-pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en
-mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no
-me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las
-consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y
-cuando ellas solas se salen del corazón.
-
-Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí más
-con esta salida de Irene.
-
---Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor... ¡Cuánto
-le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en un
-papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me
-confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece
-que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de
-Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...
-
---Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...
-
---Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya me
-las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de moros,
-siempre lo mismo, y luego los casamientos de el de acá con la de allá,
-y reinos que se juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para
-arriba y para abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera
-el Gobierno suprimiría todo eso.
-
---¿La historia?
-
---Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y abur.
-
-
-
-
-XXIII
-
-¡La historia en un papelito!
-
-
-¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean
-demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas
-entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en
-bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos
-en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan
-grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la
-fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos
-que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es
-que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la
-creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al
-contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y
-mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...
-
-Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la
-reunión. Ocupóme completamente al otro día un asunto universitario,
-que me tuvo no sé cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho
-del rector á la Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida
-dada por mis discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme
-á mi casa dí una vuelta por la de mi hermano, donde encontré una
-gran novedad, que me refirió puntualmente Lica. La noche anterior
-habían cruzado palabras bastante agrias Manuel Peña y el marqués de
-Casa-Bojío. Fué cuestión de etiqueta que trajo al punto la cuestión de
-clases, y prontamente la de personas; tres cuestiones que se encerraban
-en una, en la necesidad de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos
-ó á tiros en lo que llaman el campo de honor. La dureza provocativa de
-las frases dichas por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia
-á dar explicaciones, hacían inevitable el duelo. Había querido José
-María arreglar el asunto urgándose el caletre para buscar fórmulas de
-transacción; que tal era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de
-Vergara no vendría, como en 1839, sino después de la efusión de sangre,
-y ya estaba todo concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra
-y no sé qué otro caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto
-de Lica era grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de
-talento claro y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de
-la barbarie humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse.
-Lo que yo hablé aquella noche sobre este particular no es para contado
-aquí. Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis
-ideas, y se admiraba de que un criterio tan sano no triunfara en la
-sociedad, anonadando el error y las preocupaciones.
-
-Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no respondiera
-de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado poeta, secretario
-de la _sociedad de inválidos_. Pero él, rechazado fuertemente por mi
-desvío, volvía á la carga con más empuje, y me acribillaba con sus
-inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos, que yo tomase parte
-en la gran velada que se estaba organizando, y que echase también
-mi discursito, rivalizando con los demás oradores que ya estaban
-comprometidos, entre los cuales los había de primera fuerza. Resistíme
-á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso poder oratorio; pero
-ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y otros dos graves señores
-(uno de ellos ex-ministro) que presentes estaban, me atacaron de flanco
-diciéndome que no hacían falta discursos brillantes, sino sólidos y
-razonados; que con mi palabra tendría la solemne fiesta una autoridad
-que no le darían los cantorrios y los discursos floridos; y por último,
-que la _Sociedad_, si yo la desairaba negándole mi _valioso concurso_,
-vería en mi ausencia de la velada un vacío imposible de llenar con otro
-discurso ni con poesías ni con música. Estas lisonjas no hacían mella
-en mi rígido caracter, y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi
-hermanito que yo era una calamidad; llamóme Lica _jollullo_, y _la
-cabeza parlante_ me agració con un juicio bastante duro acerca del poco
-sentido práctico de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al
-movimiento de la civilización. El párrafo que este señor me echó,
-como una rociada de sabiduría, algo semejante al vinagrillo aromático,
-parecía un artículo de periódico, de esos que se escriben por el vulgo
-y para el vulgo, y que constituyen la escuela diaria y constante de la
-vulgaridad. No hice caso, y me marché á casa.
-
-Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera se
-había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen sermón
-preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no había
-medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social,
-berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería
-inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra
-me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de
-repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar
-á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase
-cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social,
-que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me
-habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la
-idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que
-no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado _campo del honor_,
-si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No
-olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho,
-de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente.
-Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.
-
-Doña Javiera no sabía nada. Manuel había tenido el buen acuerdo
-de engañarla diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no
-volvería hasta el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba
-tranquila. Yo no lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos
-los duelos del día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de
-todos los que intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien
-podría suceder que las leyes físicas con su fatalidad profundamente
-seria y enemiga de bromitas, nos regalasen una tragedia.
-
-Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo
-ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en
-su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar
-cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un
-día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que
-hay para una semana.»
-
-Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la
-tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío.
-Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios
-sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y
-barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de
-inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su
-figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado
-á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y
-por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente
-de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor
-bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas, la
-muerte de un mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de
-los séres!
-
-Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No era
-el conducto motivo bastante para dudar...?
-
---Sí, sí--me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José
-María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería
-hasta la noche.
-
- * * * * *
-
-¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios, ó todos los
-genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del alma humana,
-carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y le pinchen
-y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le acogoten,
-y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen hasta
-reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra vez,
-y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el mundo
-poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De dónde
-sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos, Manolo
-Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que por estar
-blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago, tiene en
-su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué fuente
-bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las Musas?
-¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó nada,
-si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja derecha
-del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual brotaron
-obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la cosa era _á
-primera sangre_, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron
-repletos de honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que
-hacía de médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la
-oreja de Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente
-terminado para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas
-ideas de la Edad Media que aún viven...
-
-Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la
-serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para
-llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de
-café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta,
-Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se
-alegraron de que no hubiera pasado nada.
-
-Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio para
-ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría. ¿Por qué
-estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus mejillas? La
-observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus bellos ojos,
-decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de ordinario.
-
---Perdóneme usted--le dije,--pero he tenido muchas ocupaciones y no he
-podido traerle la _historia en un papelito_...
-
---¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La
-verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente...
-En fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á
-veces molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No es
-verdad, señora, que no debe hacer caso?...
-
---¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más.
-¿Para qué le sirve todo lo que sabe?
-
---Pero qué soso, ¡qué soso es!--dijo Irene mirándome y riendo,
-fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con
-escalofrío nervioso.--¿Ve usted como no quiere tomar parte en la
-velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...
-
---_¡Jollullo!_
-
---Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora,
-mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...
-
---Pues sí, tienes que hablar, Máximo.
-
---Se deslucirá la fiesta si no habla--añadió Irene.--Ya le he dicho:
-«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha
-prometido llevarme á un palquito de los de arriba.
-
---Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con
-comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.
-
-Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas,
-resonó en la puerta, murmurando:
-
---Tiene que hablar, sí señó...
-
-Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba á
-mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:
-
---Tienes que hablar, tiíto.
-
-Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme como
-siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días, estaba
-dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos que vió en los
-ojos de la maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la
-amargura de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían,
-como náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar
-y mazapán:
-
---Es preciso que hable... tiene usted que hablar...
-
-
-
-
-XXIV
-
-¡Tiene usted que hablar!
-
-
-Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé
-qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia
-y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la
-velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?
-
-Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con
-Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando
-qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo
-fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito
-mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado
-en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes
-que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas
-aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían
-cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama
-inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme
-la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más
-bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría
-la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por
-la que amamos á Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos
-por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh!
-mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación
-de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del
-universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del
-espíritu y la caridad la del amor»... Después de apurar bien la caridad
-católica, yo, por medio de una transición apoyada en la hermosa frase
-de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al
-campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito á
-pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre
-asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima...
-Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con
-que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba
-en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa
-grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto
-de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables.
-Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre
-tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro,
-y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el
-dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia
-social, la fraternidad y la economía política. Parecióme ridícula la
-fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré á
-qué locos extravíos conduce la manía del hacinamiento de libros. La
-erudición es un vino que tiene sus embriagueces. Librémonos de ellas,
-mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar á cada
-sitio y á cada momento lo que sea propio de uno y otro y encaje en
-ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda á mi biblioteca y me
-dije:--«Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada
-te descuelgas como un mosáico de erudición tediosa ó con un catafalco
-de filosofía trascendente, el público se reirá de tí. Considera que
-vas á hablar delante de un senado de señoras; que éstas y los pollos y
-todas las demás personas insustanciales que á tales fiestas asisten,
-estarán deseando que acabes pronto para oir tocar el violín ó recitar
-una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de
-sentimiento y su toque de galantería á las damas; es decir, que cuando
-se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de
-arroz. Dí cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate
-un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier
-poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se
-desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades
-fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la
-línea del vulgo bien vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los
-periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente.»
-
-Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel día
-pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi
-hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla doméstica.
-
-La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado.
-No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un
-fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de
-notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en
-una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran:
-«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.
-
-Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me
-entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María
-con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más
-explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y
-me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto.
-La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día
-en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que
-pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta
-figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un
-popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome
-la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la
-rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado
-á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas.
-Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi
-historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera
-especial de absolutismo ó inquisición filosófica con que me había
-venido gobernando desde la niñez.
-
-Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las
-masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de
-mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de
-Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte
-de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez
-y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y
-educativo que en Historia se llama revoluciones.
-
-«Basta de sabidurías,--me dije;--acábense los estudios de caracter,
-y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas
-suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la
-cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se
-repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir.
-¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una
-flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no
-cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque
-así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse
-que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»
-
-Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto. ¡Desilusión!
-Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi encuentro y me
-explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido á casa de
-su tía á arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña
-Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas
-para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en
-la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la
-mudanza, y ayudando á su tía.
-
-Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos
-ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia,
-iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos
-los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa,
-que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba
-paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el
-gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni
-con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban
-en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales
-para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo,
-y hablaba de marcharse á su casa con su _hombre_ y _los sus mozucos_.
-Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos
-sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba
-delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla
-en lo más ligero.
-
---Que se lleve todo,--me decía lloriqueando, á solas los dos,--con tal
-que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me
-atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad
-y me mate al hijo.
-
---¡Buen punto te ha traido doña Cándida! ¿Ves? de mi cínife no puede
-salir cosa buena.
-
---Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas
-ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se
-maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres
-tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como
-si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...
-
---Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?
-
---Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de
-Zamora y tiene moneda...
-
---¡Dinero doña Cándida!--exclamé más asombrado que si me dijeran que
-Manzanedo pedía limosna.--Dinero Calígula.
-
---Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...
-
---¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo
-has hecho?
-
---Pero ven acá, ponderativo...
-
-Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué
-instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de
-doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba
-preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando,
-hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero
-nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su
-sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la
-portera ni los vecinos lo sabían.
-
-Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida
-que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de
-Santa Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina
-habían trabajado mucho aquella tarde.
-
---¡He cogido tanto polvo!...--me dijo Irene.--Estoy rendida de sueño y
-cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.
-
-¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene.
-Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y
-amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían
-más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.
-
-Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no dí
-con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número
-todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí á varios
-pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad
-humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió si el
-_cuartito muy mono_ estaría en uno de los yermos solares en que no se
-había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San
-Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me dijo:
-«Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral.»
-
-Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del
-mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...
-
-
-
-
-XXV
-
-Mis pensamientos me atormentaban...
-
-
-Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo
-vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada
-delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas.
-Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta
-del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como
-recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró
-delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era
-ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro,
-como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire
-elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que
-iban por la calle.
-
-Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento
-viendo las telas en el _Comercio del Catalán_. Después acortó el paso;
-había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en
-la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra
-acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos.
-Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á
-la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona
-que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del
-Arco de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También
-mogigata!... Siguió adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón.
-Para observarla mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una
-esquina, luego por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo
-se ve el pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de
-hierro con un letrero que dice: _Viaje de la Alcubilla. Registro núm.
-6. B. Arca núm. 18. B_. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el
-rótulo del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal
-oscuro... Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía
-agonías de muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego,
-angosto y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también
-allí. Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!...
-
-Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los autores
-de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando los más
-locos desatinos.
-
-_Entonces desperté. Todo había sido un sueño._
-
-Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido
-de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué
-probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el
-soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus
-accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario
-y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos
-cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita.
-Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre
-la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el sueño es el
-reposo intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo
-pensé y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama,
-interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir
-á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había
-de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados
-días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía
-plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador,
-siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar
-de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y
-sencillez que me habían parecido más propios.
-
-Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido
-satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido
-tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las
-frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura.
-Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba
-seguro de que no me se rebelaría el lenguaje.
-
-Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo así,
-porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere escaparse.
-Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de mi dignidad
-para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa; pero el yo
-autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo timidez, que
-éste no se podía mover.--Bien se conocía, en la proximidad del teatro,
-que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era aún temprano,
-y ya se agolpaba el público en las puertas. Aunque se habían tomado
-precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules
-con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo.
-Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de
-armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte
-del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina
-dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del
-espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los
-letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces
-barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas.
-
-No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con
-un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se
-multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el
-espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo,
-y llegué á creer que las energías reproductrices del universo
-habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y
-desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando
-la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo
-los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien
-colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él
-adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la
-lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de
-las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:
-
-«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes,
-y... abur, abur.»
-
-Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco que
-lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á la
-señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una
-deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había
-organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos
-en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con
-algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.
-
---Ya estaba yo con cuidado--dijo,--temiendo que usted...
-
---¿Qué?
-
---Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.
-
---¿Pero no prometí...?
-
-
-
-
-XXVI
-
-Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.
-
-
-Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya hablaremos
-largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»
-
---¿No sabes?--me dijo Lica.--José María se ha puesto muy bravo, porque
-no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada...
-Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí
-estamos muy bien... _Aguaita_, chinito; hemos venido de bata. No te
-chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi
-marido! Dice que no sirvo más que para vivir en un potrero... ¡Qué
-cosa! En fin, que rabie.
-
-Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista
-de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio
-de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito
-fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.
-
---No he venido más que á oirle, niño--me dijo con toda la bondad del
-mundo.--Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de
-mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.
-
-Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta, con
-gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la
-fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato.
-Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá
-de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de
-Cuba.
-
---Parece que hay solo de arpa--me dijo Mercedes ilusionada con los
-misteriosos atractivos del programa.
-
---Creo que sí. Y también...
-
---¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...--indicó
-Manuela.--Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no
-sé cómo.
-
---¿Y quién más recita?
-
---Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del
-Bardal les mande á ustedes un programa.
-
-Irene no desplegaba sus labios. Sentada tan lejos del antepecho como
-del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acusando
-su inferioridad, pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo.
-Modesta y digna, me habría cautivado en aquella ocasión, si entonces
-la hubiera visto por primera vez. Al salir ví en la penumbra roja
-del palco un objeto, una cosa negra, una cara... Me eché á reir,
-reconociendo á Rupertico, que me miraba y se apretaba la nariz con los
-dedos para contener sus carcajadas. Estaba sentado en una banqueta,
-tieso, estirado por la circunspección y el respeto, sin atreverse á
-mover brazo ni pierna. No había en él más señales de vida que los
-ímpetus de risa, y para sofocarla se apretaba la boca con las palmas de
-las manos.
-
---No hemos tenido más remedio que traerle--me dijo la niña
-Chucha.--¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir
-á oirle.
-
---Yo creo que le da un accidente, si no le traemos--añadió Lica.--Nos
-tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo
-Máximo...» Y llora que llora.
-
-Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto en
-un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo, acudió
-con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro estaba.
-Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también...
-
---Fresco, _relambido_, márchate, márchate, que aquí no haces falta--me
-dijo Lica.--Después que hables vendrás á vernos.
-
-En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que le
-habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase allí
-el que quisiese, y todo era desorden y apreturas. Periodistas que iban
-en busca de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos
-de los oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que
-habían de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos
-afiliados á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía
-llenaban el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro
-señor filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas
-cosas, se esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente
-á los intrusos. Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se
-había corrido, y los indivíduos de la junta ocupaban una fila de
-sillas, junto á pomposa mesa, tras de la cual aparecía la imagen más
-grave de todas las imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este
-señor debía pronunciar breves palabras, explicando el objeto de la
-ceremonia, y dando las gracias á las distinguidísimas y eminentes
-personas que se habían dignado _cooperar á su esplendor en bien de la
-humanidad y de los pobres_. Era la oratoria de este buen señor acabado
-ejemplo del género ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y
-amplificaciones, revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de
-talco, oratoria que sirve á las nulidades para hacer un breve papel
-parlamentario, fatigar á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide
-papirácea que se llama el _Diario de la Sesiones_. Para descubrir una
-idea del Sr. de Pez era preciso demoler á pico un paredón de palabras,
-y aún no había seguridad de encontrar cosa de provecho. Decía así:
-
-«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo grado
-lisonjero para nuestra edad, para nuestro tiempo, para nuestra
-generación, que tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres
-en las artes y en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno
-y otro ramo del saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos
-estos miembros del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas
-pausas, entre graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que
-fatigaba como los mazos de un batán. No seguí prestándole atención,
-porque necesitaba enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver
-cuál era mi puesto y en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á
-las candilejas.
-
-El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro. Á
-la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su
-destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo;
-habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de
-celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que
-sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones
-especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su
-ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita
-de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa,
-tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid
-pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre
-aria de Mozart _Al mio tesoro intanto_, y entre el tenor y el barítono
-despacharían el dúo _I marinari_... No sé si había algo más. Creo que
-no.
-
-Sainz del Bardal me notificó que mi puesto en el programa seguía
-inmediatamente al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho
-más cuando acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra.
-Estaba en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de
-una nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré
-supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no
-podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda,
-el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco
-retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos
-que parecían hechas con colorete.
-
-Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y me
-dijo:
-
---¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su
-discurso?
-
---Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.
-
---¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!
-
-Otro llegó y dijo:
-
---Ya se acabó el _dies iræ_. Es un piporro ese señor de Pez... ¡Ah! vea
-usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso sonara...
-
---Parece mentira--añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más
-señas, buen chico, ateneista...--¡Qué escándalo con los revendedores!
-Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á
-alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se
-han vendido en el despacho y son todos personales...
-
-Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo
-junto á mí.
-
---Señor de Manso, ¿cuándo va usted?
-
---Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de arpegios!
-
---Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.
-
---¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal.
-
---¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal?
-
---Ps...
-
---Demasiado sabe usted que...
-
---Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale.
-
---Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su discurso
-para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y después, si
-usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues, un folletito.
-
---Quiá, hombre, es demasiado breve.
-
---¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve.
-
---¿De qué trata?
-
---De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante
-de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro
-generalidades...
-
---Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó su
-autor ayer tarde. Es un asombro...
-
---Sí; pero vean ustedes qué manera de leer.
-
---Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde.
-
---Milagro será que no se le reviente una vena.
-
---Esa descripción del naufragio... ¿eh?
-
---Es de primera fuerza...
-
---Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo!
-
---El poema es de barba de pato.
-
---¡Calzones, qué verso!
-
---Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos...
-
---En las transiciones saca una voz de vieja...
-
---¡Muy bien, muy bien!
-
-Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De
-las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad.
-De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de
-mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero
-echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.
-
---Hola, perdis...
-
---Maestro, dichoso usted que está tranquilo.
-
---Y tú, ¿tienes miedo?...
-
---¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.
-
---¿Sobre qué vas á hablar?
-
---Sobre lo primero que me ocurra.
-
---¿No has preparado nada?
-
---Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta mañana
-no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar?
-
---Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este
-modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una
-docena de imágenes...
-
---De esas de patrón de mico... ¿eh?
-
---Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta... Hablaré
-de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del
-Cristianismo...
-
---De la mujer cristiana, ¿eh?...
-
---Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad... Á ver, señores,
-¿quién dijo aquello de _la caridad corre á la desgracia como el agua al
-mar_?
-
---Chateaubriand.
-
---No, hombre, me parece que es el Padre Gratry.
-
---No, no. Usted, Manso, ¿sabe...?
-
---Pues no recuerdo...
-
---En fin, lo diré como mío.
-
---¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...
-
---Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.
-
---Detrás del arpa... Ahí va.
-
-El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía mi
-benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera rasguñar
-el aire.
-
-Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que
-pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio
-semejante. Después oyéronse _pizzicatos_. Parecían pellizcos dados
-al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa
-pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una
-tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros,
-puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante,
-con armonías misteriosas.
-
---¡Caramba, que este hombre toca bien!
-
---¡Vaya!
-
---Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?
-
---Es una fantasía sobre _La Estrella del Norte_.
-
---¡Qué dedos!
-
---Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.
-
---¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le
-mueven los cuernecitos del pelo.
-
---¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?
-
---¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba en
-la feria...
-
---Ps... silencio, señores; esas risas...
-
-Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me
-arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había
-llegado. Dí algunos pasos mecánicos.
-
---Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.
-
---¡Qué placer!... cinco minutos de vida.
-
-Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba
-muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele
-ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal.
-El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin
-retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado
-rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los
-músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir,
-las piernas me temblaban.
-
-Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las
-candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos
-de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso
-de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del
-peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente,
-pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer
-tan mal que me ponga en ridículo...
-
-Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo, ví
-destacarse un grupo de cabezas.
-
-
-
-
-XXVII
-
-La de Irene dominaba á las otras tres.
-
-
-Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié, con voz
-no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado pseudo-morisco
-de los palcos. La puntería de gemelos, así como el movimiento de
-tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios bajos había una
-bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se cerraba y se abría
-á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía que me subrayaba
-algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de trapo. ¡Maldito
-comentario! En el momento de concluir una frase, cuando yo la soltaba
-redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los nervios como
-alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia y seguir
-adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un alumno
-de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...»
-
-Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el discursito
-iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad que me
-había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á disgusto
-mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica decía: «no
-voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...»
-
-¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí sería impertinente. Una de
-las muchas Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño
-de hacer suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el
-curioso. No ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de
-primer orden. Era una disertación breve y sencilla, á propósito para
-esto que llaman público, que es, como si dijéramos, una reunión de
-muchos, de cuya suma resulta un _nadie_. Todo se reducía á unas cuantas
-consideraciones sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con
-la ley, las costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las
-instituciones benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen
-por objeto la protección de la infancia. En esta parte logré poner en
-mi discurso una nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos.
-Pero lo demás fué severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de
-lo que yo sabía, y sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva
-y adquiridos la noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico
-reinaba en las varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni
-vocablo. La precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones
-y golpes de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo
-sin reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que
-declaro que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria.
-Era como si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el
-efecto de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al
-través de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela,
-veía yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos
-las damas y caballeros charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso
-de lo que decía como de las nubes de antaño. En cambio ví un par de
-catedráticos en primera fila de butacas que me flechaban con el reflejo
-de sus gafas, y con movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones...
-Y el _ras_ del dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi
-lenguaje como punta de diamante que raya la superficie del cristal.
-
-Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos oficiales
-de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo sino en grado
-insignificante; que la iniciativa personal, que esas agrupaciones que
-se forman al calor de la idea cristiana... en fin, mis conclusiones
-ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo mismo que yo. Baste por
-ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba ardientemente, y parte del
-público también. Un aplauso mecánico, oficial, sin entusiasmo, pero
-con bastante simpatía y respeto, me despidió. Había salido bien, como
-yo esperaba y deseaba. Por mi parte, discreción y verdad; por la del
-público, benevolencia y cortesía. Saludé satisfecho, y ya me retiraba
-cuando...
-
-¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas? Era
-una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas
-rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó
-sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó
-aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían
-botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles
-como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda
-extemporánea, y no sé cómo la recibí. Me turbé tanto que no supe lo
-que hacía, y por poco pongo la corona en la cabeza calva del señor de
-Pez, que me dijo al pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»
-
-Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como yo, había
-considerado aquella demostración absolutamente impropia, inoportuna
-y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron ganas de
-tirarla en medio de las butacas.
-
---Es obsequio de la familia--oí que decía no sé quién.
-
-Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía lo que
-guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo viera!
-Debió de ser idea de la niña Chucha...
-
-Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de
-trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien
-pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó
-en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las
-sinceridades ó malicias de otros.
-
---Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.
-
---Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con modestias.
-Debe estar usted satisfecho.
-
---¡Orador laureado!... nada menos.
-
---Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila 11
-apenas se oía.
-
---Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor no
-hubiera estado mal.
-
---¡Pero qué bien dicho... qué claridad!
-
---Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...
-
---Al pelo, Mansito, al pelo.
-
---Caballero Manso, bravísimo.
-
---Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar
-nervio...
-
---Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha gustado
-mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les ha
-gustado...
-
---¿Con que coronita y todo...?
-
-También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse
-á sí mismo para tener _l’onore de stringere la mano d’un egregio
-professore_...
-
-Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas frases
-al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus dificultades,
-poniendo á los profesores de este instrumento por encima de todas las
-demás castas de músicos y danzantes.
-
-Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis amigos,
-me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta donde
-estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio, algunas
-emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal. Su
-declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que admiraban
-las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando de
-diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario; y
-entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba, oíamos:
-_creed_ y _esperad_... _inmensidad sublime_... _místicos ensueños_...
-_salve, creencia santa_. De varios vocablos sueltos y de frasecillas
-volantes colegimos que el señor del Bardal se guarecía _bajo el manto
-de la religión_; que _bogaba en el mar de la vida_; que su alma
-_rasgaba pujante el velo del misterio_, y que el muy pillín iba á
-romper la cadena que le ataba á la _humana impureza_. También oimos
-mucho de _faros de esperanza_, de _puertos de refugio_, de _vientos
-bramadores_ y del _golfo de la duda_, lo que no significaba que Bardal
-se hubiera metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí,
-por embarcarse en la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era
-naufragios retóricos y chubascos rimados.
-
---Si encallará de una vez este hombre...
-
---Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos galeras!
-
---¡Y cómo me le aplauden!...
-
---Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas tendrán
-_alabarda_ segura... El público aplaude más estas vulgaridades que los
-versos sublimes de XXX. Así es el mundo.
-
---Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.
-
---¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?
-
---Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético
-siempre me produce náuseas... Huyamos.
-
---Sálvese el que pueda.
-
-Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del
-escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido
-á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos
-me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe
-que el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había
-excusado á última hora por haber sido acometido de un cólico. Faltaban
-ya pocos números, y era indudable que parte del público se aburría
-soberanamente, y pensaba que á los autores de la velada no les venía
-mal su poquito de caridad, terminando la inhumana fiesta lo más pronto
-posible.
-
-En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía un
-ramito en un ojal y estrujaba en su mano _La Correspondencia_.
-
---Has estado verdaderamente filósofo--me dijo con pegadiza
-bondad,--pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes
-mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que
-te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por
-mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo
-he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción
-primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...
-
---¿Has estado arriba, en el palco de la familia?--le pregunté, para
-cortar el hilo funesto de su estadística.
-
---No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡_Guindarse_
-en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi
-mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?...
-¿Qué te ha parecido lo de la coronita?
-
-La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del
-malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto
-me causaba.
-
---Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la _niña
-Chucha_. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en figura
-humana. Basta que yo desee una cosa...
-
-Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías de
-sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.
-
---Pero José...
-
---Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca serás
-nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de esta
-noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no ha
-gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas, ni
-harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama... Y
-tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula, de
-ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.
-
---¡Ay, José, José!...
-
---Lo dicho, camarada.
-
-En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la
-sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran
-aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.
-
---¿Pero qué pasa?
-
-Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su sitio
-para ver de qué provenía tal locura.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-«Habla Peñita.»
-
-
-Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á mi
-hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie
-volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las
-cuatro damas en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró,
-y acariciándome una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer
-ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto
-nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido
-á un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante
-ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el
-público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que
-concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes
-y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y
-como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas
-diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio
-y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él
-despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble
-espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un
-solo espectador que no respondiese á invocación tan admirable. Doña
-Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela.
-Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora me
-pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil ó porcelana.
-Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: «esto sí
-que es bueno.» Lica é Irene no movían la cabeza; la emoción las había
-hecho estátuas.
-
-Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y
-el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi
-discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para
-mí una parte, siquier pequeña, de la gloria que el divino muchacho
-recogía á manos llenas aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel
-extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería
-de su grande ingenio; yo había dado á sus dones nativos la vestidura
-del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le
-había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y
-sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales
-de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al
-terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo
-me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle
-entre mis brazos.
-
-¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No
-concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del
-espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse
-en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan
-lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado
-que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con
-estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender
-que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar
-algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos. Mi
-entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de gozo,
-hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la carne de tan
-opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el principal objeto
-del orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último
-grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan
-brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias,
-qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la
-unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados,
-y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica
-y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni
-salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no
-todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco
-mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también,
-las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de
-encantadora novedad.
-
-Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del
-Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la
-libertad y un poco de los ideales grandes del siglo XIX. Allí salieron
-á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón _redondeando la
-civilización_ y Stephenson que, con la locomotora, _ha emparentado
-las partes del mundo_... Allí oí algo de las catacumbas de Lincoln,
-el _Cristo del negro_, de las hermanas de la Caridad, del cielo de
-Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de Goya, todo
-enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de sorpresa en
-sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta luz, de tan
-variados tonos y de transiciones tan gallardas.
-
-Cuando concluyó, parecía que se desplomaba el teatro, y que todo su
-maderámen crujía y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los
-más cercanos se abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran
-abrazar, y las señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse
-alguna lágrima, por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el
-entusiasmo mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos
-le hacían volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El
-señor de Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en
-tan solemne ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al
-público con paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros,
-«qué prodigio,» y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi
-discípulo, señores, es mi discípulo.»
-
-Lica se volvió á mí y me dijo:
-
---¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!
-
-Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y me
-dijo:
-
---También usted ha estado muy bien...
-
-¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!
-
---¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!
-
---Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...
-
---Calla, chinito, más mereces tú.
-
---Si es que Máximo--me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia
-porque me suponía triste del bien ajeno,--estuvo también muy bueno...
-Todos, todos han estado buenos...
-
-Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á su
-asiento. La miré; tenía las mejillas encendidas; también había llorado.
-
---¡Qué bueno, qué bueno!--exclamaba Lica sin cesar.--Este niño es un
-milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?
-
-Irene me miró, y tuvo una frase celestial.
-
---Hace honor á su maestro.
-
---Este muchacho--afirmé yo,--será un gran orador. Ya lo es. Parece
-que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época
-presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como
-encaja en una máquina su pieza principal.
-
---Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será ministro
-antes de diez años.
-
---Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino.
-Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...
-
---Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted,
-mamá?
-
---Por mí, vámonos.
-
---¿Y no oimos al tenor?--indicó Mercedes con desconsuelo.
-
---Niña, en el Real le oiremos.
-
-Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos.
-Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí
-primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su
-alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió
-las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño
-de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo
-obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi
-oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:
-
---Ninguno ha estado tan bien como _taita_. Mi amo Máximo les gana á
-todos, y si dicen que no...
-
---Calla, tonto.
-
---_Po que_ no lo entienden.
-
-La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario para
-dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería pronto
-en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de aquella
-noche...
-
-¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: _in mente_ se
-la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al
-subir al coche:
-
---Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la
-corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea
-mía, ¿qué te parece?
-
---No, que fué idea mía--replicó prontamente la niña Chucha.
-
---No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no
-impide que sea una idea detestable.
-
---Mal agradecido.
-
---Relambido.
-
---Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica escogió
-las flores.
-
---Y yo las hojas verdes.
-
---Y yo las cintas encarnadas.
-
---Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.
-
---Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.
-
---¡Ay, qué fantasioso!
-
-Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el
-movimiento del coche su codo y el mío se frotaban ligeramente. Si
-fuera yo más inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de
-aquel rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi
-cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas...
-Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y
-dijo:
-
---Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido
-también?
-
---No, señora--replicó la maestra con cierta sequedad.
-
---Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no
-hablas?
-
-Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio de
-tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por fin,
-á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general y
-desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á
-Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el
-pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al
-comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la
-mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué
-prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.
-
-El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme al
-oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro cariñoso
-que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de la
-inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido
-orgullo.
-
---Yo _taje_ la corona de la tienda.
-
---Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.
-
-Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre señora
-estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y presenciado
-desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo. Este le
-había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo cedió á unas
-amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer demostraciones
-demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo. En el paraíso,
-acompañada tan sólo de la criada, había llorado á sus anchas, y cuando
-oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del público, creyóse
-trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora había perdido el
-conocimiento, y por poco me la llevan á la casa de socorro. Abrazóme
-con ardiente alegría, diciéndome que yo, como maestro de aquel milagro
-de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su victoria.
-
-Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran
-carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya un
-hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca. Se me
-caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de ponerme en
-pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi hijo, si le he
-parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que me desmayé... En
-fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto en la garganta...
-Por cierto que le ví á usted en un palco alto con las señoras. Yo le
-miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer una seña diciendo;
-«aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y ahora que me
-acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al lado mío, había
-un señor muy descontentadizo que dijo tonterías de usted... Casi
-reñimos él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á
-ese... bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se
-oyó nada de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es
-el caso que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada
-cuando le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas...
-Después vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un
-gusto!... Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una
-cosquillas. Se ríe y se llora... no sé si me explico.
-
-Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba
-retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella
-misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño;
-pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido
-de silencio, de quietud, de descanso.
-
-
-
-
-XXIX
-
-¡Oh, negra tristeza!
-
-
-Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os elevasteis
-lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte, como vapores
-que suben de la superficie de un lago caldeado? Y vosotras, horas de
-la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que me martirizárais
-una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro con vuestro compás
-de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas con dorados
-ojos de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar
-con tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie
-debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio
-quisquilloso y sofístico...
-
-Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella
-noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la
-noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó
-mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí
-tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre,
-cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio,
-otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al
-aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo
-lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...
-
-La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis
-tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas
-del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña
-comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí,
-muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos
-de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado
-nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi
-hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba
-sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra
-la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero
-seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora
-afirmación. En vano demostraba yo que los datos eran falsos; la
-imaginación me presentaba al instante otros nuevos, marcados con el
-sello de la evidencia.--Al levantarme, me dije:
-
-«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo
-descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del
-cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban
-la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos
-ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de
-este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino
-que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie
-me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe,
-ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo.
-Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano,
-el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino
-por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que
-llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi
-razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo
-probarán ó me tendré por loco.»
-
-Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me felicitaron.
-Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice preguntas, y no
-sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la casa de mi
-hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara la hora.
-Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué Manuela,
-que me dijo con mucho misterio:
-
---Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está encerrada con José María en
-el despacho. Negocios...
-
---Pobre José; de ésta va á San Bernardino.
-
---Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...
-
---¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos. Lica,
-Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es terrible; le
-habrá embestido con mil mentiras, y como es tan generoso...
-
---No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.
-
-Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo
-en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa,
-el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su
-mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un
-rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y
-volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:
-
---Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás
-ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que
-se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que
-estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu
-vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle
-un disgusto?
-
---¿Á mí? ¿Qué?--exclamó mi pobre cuñada asustadísima.
-
---Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted... Estoy tan
-sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha variado tanto,
-que verdaderamente no está bien que Irene... me parece á mí... sea
-institutriz asalariada, teniendo una tía...
-
---Rica.
-
---Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No cree
-usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que me
-acompañe, para que me cuide...?
-
---Claro...
-
---Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera... porque
-estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...
-
-Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se supo
-más de ella.
-
---Esto no quiere decir--prosiguió,--que yo me lleve á Irene de prisa y
-corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para
-que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que
-se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan
-agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí.
-Adora á las niñas.
-
-Manuela estaba algo desorientada.
-
---¿Y el ama?--preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.--¿Siguen
-los antojos y las...?
-
---¡Ah!--exclamó Manuela;--no me hable usted, doña Cándida...
-Insoportable, insoportable. Es un demonio.
-
-Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente
-curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí
-diciendo con voz dulcísima: _hubiérais_, _habríais_ y _hubiéseis amado_.
-
-Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para preguntarle:
-
-
-
-
-XXX
-
-«¿Con que se nos va usted?»
-
-
---Sí--me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara
-(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.
-
---De veras. ¿Y cuándo?
-
---Hoy mismo. Lo que ha de ser...
-
---¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la
-casa?
-
---No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted
-agradecidísima.
-
---Entonces...
-
---Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y
-si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada
-día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo,
-tomo mi resolución...
-
---¡Es tremendo!...--exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo
-favorito.
-
---Sí señor; me corto la coleta... de maestra,--replicó echándose á reir.
-
-¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más
-torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría
-me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo
-desconcertaba, y sólo le dije:
-
---¿Hay proyectos?...
-
---Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía
-usted que sólo los sabios tienen proyectos.
-
-Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus
-abiertos libros en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas.
-Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían
-agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.
-
---No, no, no.--Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta
-vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la
-lección, que después...
-
---¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es
-tanto lo que hay que decir...
-
---Luego... aquí--dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la
-solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en
-la escena.
-
-De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que
-me puse pálido y que me temblaba la voz.
-
---Aquí no...--indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya,
-y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la
-conciencia de sus deberes pedagógicos.
-
-Y el _aquí no_ salió de sus labios timbrado con un dulce tono de
-precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la
-primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el
-uso de muchos años lo cultivara.
-
---Es verdad, aquí no--repetí.
-
-Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:
-
---En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á visitarnos?
-
---Mañana mismo.
-
---Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.
-
---¿Pero será pronto?
-
---Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.
-
-Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro
-de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un
-fervor...
-
-Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se
-alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero
-mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades,
-y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:
-
---Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta
-prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido
-quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé
-qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta
-prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando
-la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga
-verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...
-
-Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:
-
---Pronto lo sabremos.
-
-Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo,
-apenas probé bocado.
-
-José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho
-parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora. Mostróse
-complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada
-bondad, se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba
-magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta
-de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que
-fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.
-
---¿Y tú no vas?--preguntó á su marido.
-
---Ya ves. Tengo que hacer aquí.
-
-Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había
-ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos empleados
-cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó
-á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre
-la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención,
-guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían
-sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar en solicitud de
-recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién
-se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo sabía burlar toda
-clase de molestias siempre que no le impulsara á sobrellevarlas el amor
-propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa
-nube de pretendientes, y salía dejándoles plantados en el recibimiento
-ó mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar
-indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fué
-recibiendo uno por uno á los sitiadores dando á todos esperanzas y
-alentando su necesidad ó su ambición.
-
---Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea
-usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó
-usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la
-nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra
-nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.
-
-Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas se
-pasó el muy ladino toda la tarde.
-
-Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada
-en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á empaquetar y
-hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el pasillo atado
-con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su
-rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas
-de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban á
-moco y baba.
-
---¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último
-beso.--Si vendré todos los días...
-
-La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no
-se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió á la
-que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.
-
-En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las
-ocupaciones y las notas todas como por encanto.
-
---¿Pero ya se va usted?--dijo muy gozoso.--Yo también salgo. La llevaré
-á usted en mi coche.
-
---No señor, gracias, no, de ninguna manera--replicó Irene echando á
-correr escalera abajo.--Ruperto va conmigo.
-
-José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los cristales
-del balcón del gabinete para ver...
-
-En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano, entró
-en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la
-berlina hacia la calle de San Mateo.
-
---¡Has visto, has visto...!--exclamó Lica clavando en mí sus ojos
-llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.
-
---¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...
-
---¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su
-coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo,
-qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te
-chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...
-
-Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras
-lo expresan con violentas sacudidas.
-
---Yo me muero, yo no puedo vivir así--exclamó rompiendo en
-llanto.--¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí,
-estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la _sinvergüencería_ no
-la perdono.
-
---Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos lo
-que pasa después...
-
---Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos--me dijo meciéndose
-tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.--Nada sé positivo, y sin
-embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena.
-¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido
-en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae
-enredos consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos.
-¡Es una hipócrita!
-
-
-
-
-XXXI
-
-¡Es una hipócrita!
-
-
-Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y hacía
-vibrar mi sér todo.
-
---Pero Lica, cálmate, razona...
-
---Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.
-
---¿Qué has visto?
-
---Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás
-como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy
-más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando
-entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego
-este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que
-también la tía es buena lámpara...
-
---¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu marido?
-
---Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago... No
-ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas _pes_ y aquellas
-_haches_ tan particulares que hace José María... Esa chica, esa...
-No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito á mi
-marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y arruinarse,
-y tirar el pan de mis hijos, yo soy madre, yo me voy á mi tierra, yo
-me ahogo en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que
-con mi dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!
-
-Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la buena y
-pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan violento, que
-allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en caja. Después de
-llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual daba cada gemido
-que partía el corazón, perdió el conocimiento, y disparados sus nervios
-empezó una zambra tal de convulsiones y estirar de brazos y encoger de
-piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el ama con su poderosa
-fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de la infeliz esposa, y
-al fin se tranquilizó ésta, y le administramos, por fin de fiesta, una
-taza de tila.
-
---Nos iremos, niña de mi alma--le decía doña Jesusa,--nos iremos para
-nuestra tierra, donde no hay estos _zambeques_.
-
-Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí, acompañándola.
-Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á la mañana
-siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría un nuevo
-desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había entrado
-tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones que
-debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba bastante
-desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable del
-mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último instante,
-que por nada se enardecía, y por menos que nada se desenojaba. El
-furor y el regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como
-lucecillas que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte
-siempre que su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José
-María no acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió,
-porque en los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués
-emplear algún tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo,
-y cuando hablamos del asunto peligroso, me dijo:
-
---Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya antojado
-decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche, se ha
-de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio, hombre
-profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera malicia
-en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?
-
---No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de saber,
-porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la publicidad,
-correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio; pero que tiene
-su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos, ¿no podrías
-darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de confusión? ¿No
-podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa fortunilla que
-le permite poner casa y darse lustre?...
-
---Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le dí
-el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera mucho,
-ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas después
-como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras,
-verdaderamente no lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos...
-en fin, no lo sé, ni me importa. Supongo que la casa que ha puesto será
-algún cuartito alto con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y
-qué dices de la sesión de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las
-manos en la cabeza, y el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo
-derecho... ¿Te has enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...
-
---No me he enterado de nada.
-
---Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras
-una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el
-ministro.
-
---Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...
-
---Déjame tú en paz con doña Cándida.
-
-Conocí que no era de su agrado aquel tema, y _tomé nota_.
-
---¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada...
-Mira, éste te llama _concienzudo_, que es el adjetivo que se aplica á
-los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por
-lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos
-convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si
-se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que
-te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que
-vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir
-cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar
-diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí
-hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franqueza... me
-revienta ese niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no
-tendría igual para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso...
-¡Hombre, por amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan
-reputaciones así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal
-Colón, las Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de
-Dios, hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso
-se pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras
-serán verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye
-y observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece
-un borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados
-prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de
-aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios
-me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le
-pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser
-hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales
-humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar
-sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para
-que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor
-de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana
-un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto.
-Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos,
-filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría
-verdaderamente limpia y boyante la sociedad.
-
---¡José!--exclamé con efusión humorística y hasta con
-entusiasmo,--eres el mayor bruto que conozco.
-
---Y tú la octava plaga de Egipto.
-
---Y tú la burra de Balaam.
-
-Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.
-
---Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.
-
---Sí, la nación sería un pesebre.
-
---Eso... lo veríamos. Yo hablaría...
-
---Y dirías _mu_...
-
---Hombre, la vanidad, la suficiencia, el _tupé_ de estos señores sabios
-es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no sirven
-para nada; son un rebaño de idiotas...
-
-Y se amoscaba más.
-
---Pero la vanidad del ignorante,--dije yo,--además de insoportable es
-desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.
-
---Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.
-
---Mira como estamos, gobernados por tanto necio.
-
---No señor.
-
-Se puso pálido.
-
---Pues sí señor.
-
-Me puse rojo.
-
---Eres lo más...
-
---Y tú...
-
-Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que
-retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme
-la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba de
-aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me producía,
-unida á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro
-tonterías se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal
-que entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él
-la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado
-á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo,
-cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.
-
-
-
-
-XXXII
-
-Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.
-
-
-¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance.
-Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto
-á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial
-había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la
-discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar
-del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de
-la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con
-paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría
-más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla
-con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida
-de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros
-tiempos.
-
-Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche,
-que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión,
-y no recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino
-breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al
-Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de
-melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma
-á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía
-tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para
-mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido
-aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad,
-no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía
-mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y
-digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio,
-aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser
-su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como
-infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de
-Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella,
-y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y
-menos para novio.
-
-Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros
-coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia,
-sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse
-en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por
-poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían
-montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las
-de su infame oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el
-golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirle.
-
-Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me presenta
-Ruperto sofocadísimo.
-
---Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado
-hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...
-
---¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María,
-qué hace?
-
---Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á buscarle... Mi
-ama que vaya usted pronto... para que le busque otra _criandera_...
-
---Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita
-Manuela qué hace?
-
---Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no
-hace más que rabiar.
-
---Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...
-
-Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta.
-¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí,
-tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.
-
-«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo
-perdonará nunca su amiga...--_Irene._»
-
-La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano
-impulsada del miedo y del peligro...
-
-¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo
-momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente
-había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?
-
---¿Qué tiene usted, Mansito?--me dijo doña Javiera que volvía de misa.
-
---Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al
-socorro...
-
---¿Hay fuego?...
-
---No, señora; no hay más sino que el ama...
-
---¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo,
-mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á mi
-Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me
-reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.
-
---Usted no sabría de alguna...
-
---Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo
-Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?
-
---¿Qué he de ver, señora?
-
---Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena en
-Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D.
-Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para
-cuando sea padre.
-
---Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas
-bestias feroces que llaman amas de cría...
-
---Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía...
-Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració.
-Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos...
-hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la
-población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota,
-fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una
-traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su
-marido. En fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para
-dormir á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito
-la mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de
-ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas
-las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen,
-una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede
-usted lelo, coja usted _La Correspondencia_ y lea los anuncios. _Ama
-para casa de los padres._ ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil
-donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie
-de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna...
-Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser
-las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena
-dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.
-
-Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á dónde
-acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela,
-pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver
-la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra
-amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se
-quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar _El interior
-contenido del Bien_.
-
-Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas,
-rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética
-de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica
-se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos
-ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres
-aturdidas mujeres invocaban á todos los santos de la Corte celestial.
-Se habían mandado recados á varias casas amigas para que diesen noticia
-de alguna nodriza, pero ¡ay! la familia confiaba principalmente en mí,
-en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-¡Dichoso corazón humanitario!
-
-
-Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al
-servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de
-lo que llamamos el _otroismo_, religión harto desusada. Si dabas
-flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad,
-abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el
-bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino
-del Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que
-hacía falta á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto
-Miquis, joven y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero
-sus amigos me dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil.
-Afortunadamente estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta
-feliz coincidencia me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin
-tardanza me personé en aquella paternal oficina, ejemplo que, con
-otros muchos, viene á confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra
-administración y lo desgraciados que seríamos si ella no cuidase
-de todo lo que nos concierne, llevándonos en sus amorosos brazos
-desde la cuna al sepulcro. Con decir que por darnos todo nos da
-hasta la teta, está dicho. Yo había visto la administración-médico,
-la administración-maestro, y otras muchas variantes de tan sabio
-instituto; pero no conocía la administración-nodriza. Así, quedéme
-pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver
-el escuadrón mamífico, alineado en los bancos fijos en la pared,
-mientras dos facultativos, uno de los cuales era Augusto, hacían el
-reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi
-primer pensamiento fué para considerar la horrible desnaturalización y
-sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante
-industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una
-combinación de desgracia y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las
-había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos ó socios.
-Rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad,
-sombreada de expresión de astucia. Era la escoria de las ciudades
-mezclada con la hez de las aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas
-de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana; mucho pañuelo
-rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía; refajos de
-paño negro redondos, huecos, inflados como si ocultaran un bombo
-de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y piés
-descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de
-Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros, y como inscripción ornamental,
-el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa
-que cantar, cantó la nodriza, y la llamó _lugarteniente del pezón
-humano_.
-
-Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un
-niño, y se oían contrataciones y regateos. Había _lugarteniente_ que
-elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había
-exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de
-durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado
-de caballos, se decía _veamos los dientes_, y se observaba el aire, la
-andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera
-visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de
-entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de
-goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados
-por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado
-el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar
-vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él
-la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al
-trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.
-
---En ésta todo es agua...--decía;--ésta tal cual... mayor cantidad
-de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos
-barrios?
-
---Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que
-haya, y á cualquier precio.
-
---¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?
-
---Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están
-esperando...
-
---Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.
-
-Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con tan
-picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de bromas.
-
-Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me
-amenazó con rociarme, diciendo:
-
---Si no se me quita usted de delante...
-
-¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en cuenta
-la gravedad de las circunstancias.
-
---Querido, que tengo prisa...
-
---Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario
-por la _vía lactea_?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga
-otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro...
-Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos
-de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros
-esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á
-divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.
-
---Pero Miquis, que es tarde, y...
-
---Á ver, Sanchez, Sanchez.
-
-Sanchez, que era el otro médico, se acercó.
-
---Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo. La
-segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la comió
-un cerdo cuando era niña.
-
---¿Es buena?
-
---Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era
-pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué
-el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas
-saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás
-lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de
-usted?
-
---Y ahijado por más señas.
-
---Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto
-que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo
-todos los días. Es vecino mío.
-
---¡Vecino de usted!
-
---Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha
-metido hace tres días una señora...
-
---¡Doña Cándida!--murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se
-infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.
-
---Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija suya?
-
---Sobrina.
-
---Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han dicho.
-Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me conoce, y no
-me saluda.
-
---Mi hermano es muy particular...
-
-Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con pesadez
-melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que dejé de
-ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...
-
---Aquí la tiene usted--me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo,
-presentándome una humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de
-refajo verdinegro que la asemejaba con una peonza dando vueltas.--Es
-buena. No haga usted caso de esto de la oreja. Es que se la comió un
-cerdo cuando niña. Por lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á
-ver, chica, enseña las herramientas. No hay señales de mal infeccioso.
-
-Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó algo,
-mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse el
-animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana que
-la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»
-
---Abur, Manso.
-
---Miquis, abur, y muchas gracias.
-
-Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras de su
-misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño pardo,
-como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de cuero; una
-madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes, amarillos,
-negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de color de
-bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios, salvajes,
-el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la cabeza.
-
-Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y ladró
-así:
-
---Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?
-
---Porque somos gente honrada--regurgitó la mamá silvestre.--Mi
-Regustiana no va á cualquier parte.
-
---Señor--bramó uno de los muchachos.--¿Quiéreme por criado?
-
---Oiga, señor--añadió el autor de los días de Regustiana.--¿Es casa
-grande?
-
---Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.
-
-Cinco bocas se abrieron de par en par.
-
---¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?
-
---Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.
-
---¿Es buena la señora? Llévenos pronto.
-
---Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.
-
-Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse
-después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...
-
---No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que vayan
-á pié.
-
---No, señorito, llévenos á todos--exclamaron á coro, con el tono
-plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.
-
---No, lo que es sin mí no va mi hija--manifestó el papá, con
-aspavientos de dignidad.
-
---¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás--dijo uno de los
-chicos.--Diga, señor ¿me tomará de criado?
-
---Y yo alante--gritó el otro.
-
---Diga, señor, ¿y cuánto me dará?
-
-Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas delanteras
-que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus gestos, y al
-fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los llevé á casa de
-mi hermano.
-
-Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía pastoreando
-aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda eso», y marcharme á
-donde me solicitaban mi curiosidad y mi afán; pero esto hubiera sido
-muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á su
-nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres y
-hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de
-su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola
-que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con
-tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los
-pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse
-de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo,
-y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus
-ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.
-
-Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo
-sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con
-que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica
-lloraba de contento.
-
---Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me
-has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á
-poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un
-santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de
-almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso
-protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer,
-que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna...
-¡Gente mejor...!
-
-Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando.
-Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!
-
-
-
-
-XXXIV
-
-¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!
-
-
-Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura,
-fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví
-una placa de cobre que decía: _Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6_; más
-arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran
-banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras,
-y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»
-
-Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar
-vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué
-simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme
-aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en
-aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres
-sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los
-dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se
-conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me
-lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de
-una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.
-
---Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece una
-escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17 están
-con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre, espera:
-no te sientes en esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito;
-tampoco en esa otra, que está un poco derrengada.
-
-Dirigíme á la tercera.
-
---Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del
-gabinete... ¡Melchora!...
-
-Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.
-
---¿Irene...?--le pregunté.
-
---Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...
-
-Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en las
-fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el
-jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de
-arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla
-se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér
-completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel
-semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que
-no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que,
-llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que
-deseaba.
-
---Con que delicada...--murmuré, pasándome la mano por los ojos.
-
-Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable
-aparición!
-
---¿Qué tal te encuentras, hijita?--le preguntó su tía, en quien
-sorprendí disgusto.
-
---Bien--replicó secamente Irene.--Y usted, Máximo, qué caro se vende.
-
-¡Maldito Calígula! Sin género de duda, quería desviarme de mi objeto,
-distraerme, interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.
-
---¡Ah!--exclamó con aspavientos que me causaron frío,--¿no has visto lo
-que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene,
-trae _La Correspondencia_ de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.
-
-Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo del
-que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino
-al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico
-había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer
-rápidamente, estas palabras: _Ha venido usted tarde. Nunca hace las
-cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas
-tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y
-vuelva después de las tres._
-
-Haciendo que leía _La Correspondencia_ guardé con disimulo el papelejo.
-Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza confirmaban,
-diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad de aquellas
-cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el papel decía,
-hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa, de sus buenas
-vistas y...
-
---¿Pero no sabes, Máximo--me dijo Calígula de improviso,--que anoche
-hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!
-
---¡Señora!
-
---Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que duerme
-como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré... Yo duermo
-ahora muy mal... estos tunantes de nervios... Serían las dos de
-la madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á
-Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo...
-ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice
-que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á
-la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á
-la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...
-
---¿Por la ventana?
-
---No, por la puerta de la escalera.
-
-Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones, pero
-en aquel momento se levantaba y salía diciendo:
-
---Han llamado, tía; creo que será la modista.
-
---¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un susto...
-La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca los
-fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras y
-decía que estábamos locas...
-
---¿Pero usted vió...?
-
---Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He
-registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.
-
---Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...
-
-Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo, se
-precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi mente,
-no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña Cándida
-contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué fin...?
-
-Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado con
-lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo que
-no volvería hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la
-misteriosa cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de
-Salamanca y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y
-la misma Irene abría la puerta. Estábamos solos.
-
---Gracias á Dios--le dije sentándome en el mismo sillón que algunas
-horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo
-sitio...--Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...
-
---¡Y tan tremendas!...
-
-¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones, qué
-palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al decirme!:
-
---¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por esta
-huérfana desgraciada!...
-
-No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto
-cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que
-encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el
-temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía
-exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas
-del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de
-esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez
-tan sólo supo decir del modo más soso posible:
-
---Veremos eso, veremos eso...
-
-Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra, que
-la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.
-
---¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me
-tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más
-tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién
-ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes
-y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué
-sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor
-empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la
-desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me
-tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted,
-y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida,
-amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de
-esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.
-
-Petrificado la oí; balbuciente le dije:
-
---Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el
-primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.
-
---Es que yo...
-
-Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea,
-quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con
-completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.
-
---Vamos á ver, Irene--le dije procurando tomar un tono muy
-paternal.--¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde
-no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted,
-en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla á
-usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no me era posible
-intervenir en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo
-para abandonar aquella colocación honrada y tranquila?
-
---Allí también me perseguía.
-
---Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él,
-mientras que aquí...
-
---Porque mi tía me engañó.
-
---Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las
-actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión
-ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva
-de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas
-empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero
-ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á
-la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan
-torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se
-justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y
-dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella
-casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó
-me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa.
-Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo
-patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta
-sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y
-proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que
-usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de
-su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y
-la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que
-la ha tratado á usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es
-una hipócrita.» Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han
-echado en mi pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como
-jamás hombre alguno ha servido á mujer desvalida.
-
-Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó caballeresco.
-Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto que cada
-palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar, observéla
-desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.
-
-Yo creía hallarme en terreno firme.
-
---Reconoce usted--le dije en tono de amigo,--que antes de pedirme mi
-ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es
-eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos,
-para mayor claridad, que es como un mundo aparte.
-
-Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir,
-respondió:
-
---Sí señor.
-
-Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me la
-hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un
-hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la
-total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la
-aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué
-decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las
-palabras para decirle:
-
---Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no
-me tenga usted en ascuas más tiempo.
-
-¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente de
-horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la vergüenza,
-después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena, levantóse del
-asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de la sala.
-
-No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos en la
-habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá. Encontréla
-arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre el frío
-mármol de una consola, llorando á mares.
-
---No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...--murmuré
-conteniéndome para no llorar como ella.--Usted se juzga quizás con más
-rigor del que debe... Desde luego yo...
-
-Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un
-movimiento para apartarme.
-
---Déjeme usted... Manso... yo no merezco...
-
---¿Qué, criatura?
-
---Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...
-
-Y más llanto, y más.
-
---Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla
-fríamente...
-
-Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y
-ella con la izquierda mano me quería alejar.
-
---No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.
-
---Yo no merezco... Me he portado tan mal...
-
---Pero hija mía...
-
-No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni arrancarle una palabra
-explícita, volví á la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto
-tiempo. Al dar la vuelta me veía en el espejo con semblante tétrico
-y los brazos cruzados, y me causaba miedo. No sé las curvas que
-describí ni los pensamientos que revolví. Creo que anduve lo necesario
-para dar la vuelta al mundo, y que pensé cuanto puede irradiar en
-su giro infinito la mente humana. Los gemidos no concluían, ni
-aquella tristísima situación parecía tener término. De pronto sonó
-el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de Melchora armonizada
-ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba la maldita; ¡buena
-le esperaba!... Entró...
-
-No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la
-puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua
-debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte,
-nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la
-decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de
-caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita
-y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con
-el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes.
-Su primer pensamiento y palabra fueron:
-
---Pero qué... ¿se te olvidó algo?...
-
-No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña
-Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del
-gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo
-miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome,
-y el silencio y las miradas suplían con ventaja entre los dos á
-cuanto pudiera expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo,
-debió Calígula pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se
-envalentonaba. Después de gruñir, con artificio de cólera digna,
-sentóse, y sin mirarme se permitió decir:
-
---Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en su
-casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...
-
-Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía
-y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil
-desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con
-todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:
-
-
-
-
-XXXV
-
-«Proxenetes.»
-
-
---¿Qué, hombre?
-
---_Proxenetes._ Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.
-
---¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar
-como la gente.
-
---Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.
-
---¿Quién?
-
---El juez de primera instancia.
-
-Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su terror.
-Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví que el
-fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del sillón...
-Su ingenio debió inspirarle el cómodo partido de desviar el asunto,
-ingiriendo otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel
-de víctima.
-
---Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando
-no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más
-nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho
-hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que
-Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica
-para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no
-existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que
-tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este
-olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de
-correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno
-civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una
-familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio.
-Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más
-desaires.
-
-Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover sandeces.
-
---Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un disgusto
-tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos, pongan á
-una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí resultan
-cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su casa hace
-lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes y de la
-dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar nunca.
-Viene luego cualquiera que no está en antecedentes, y por lo primero
-que ve, juzga y sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y
-llorona contribuye con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio
-se acalora, se pone á hacer papeles caballerescos... y si mediara una
-explicación, todos quedarían en buen lugar...
-
-Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía contener.
-
---Señora...
-
---Qué.
-
---¿Quiere usted hacer el favor de callarse?
-
---¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte?
-Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre,
-aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os
-pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría
-como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su
-recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar
-á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad,
-Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á
-insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte
-de aquella santa...
-
-La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de
-ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados
-para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un
-destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron
-á sus ojos.
-
---Nunca--gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente
-el caudal lacrimatorio,--nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me
-debes, si no otra cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de
-esta desgraciada, á quien podrías considerar como tu segunda madre,
-debes informarte bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á
-todo, á sacarte de dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues
-no se lo preguntes á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas
-muchachas de hoy no son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan
-sumisas. ¡Quiá! una cosa atroz... No hay vigilancia bastante para
-impedir que hagan mil coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte
-en dos palabras?... Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé
-que no lo vas á creer y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi
-deber es antes que todo, y el interés que me tomo por ella. Allí, en
-la propia casa de Lica, donde la sujeción parecía ser tan grande como
-en un convento, la muy picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio.
-No hay como estas tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni
-yo que iba allá todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de
-sospechar viendo aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella
-cosita... así...? Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para
-esconder sus líos. ¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si
-quieres que te lo pruebe...
-
-La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí
-en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido
-trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares
-inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se
-levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.
-
---¿Quieres que te lo pruebe?--repitió doña Cándida á la manera de las
-hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea bajeza,
-y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera
-acogida.--¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel
-desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen
-firma... ¿conocerás tú...?
-
-Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé un
-momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...!
-¡No, por aquel medio jamás!
-
---Señora, no se mueva usted--grité con brío, ya repuesto en mi normal
-sér.--No quiero ver nada.
-
---Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella
-casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas...
-¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran
-misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á
-sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado
-mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor
-de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre
-sacrificada... Y ya ves qué pago...
-
-Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.
-
-Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme particularmente
-antipáticas la papada trémula y la despejada frente cesárica, en la
-cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se enroscan y se
-retuercen los gusanos al caer en el fuego.
-
---Señora, hágame usted el favor de callarse.
-
---Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí qué te importa,
-caballero andante y filósofo aventurero?
-
-Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de nuevo...
-El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas
-declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor.
-El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como
-llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi
-voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía
-sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de
-ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz:
-
---La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me puedo
-contener. Es preciso darle una taza de tila.
-
-Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de
-drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del
-teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi
-hermano!...
-
-
-
-
-XXXVI
-
-¡Esta es la mía!
-
-
-Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron
-pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre
-desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades
-para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la mosquita
-muerta mi ardiente defensa, ¿qué me importaba? Yo, caballero del bien,
-me disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á
-la carga, pues, y luego veríamos.
-
-La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó decirme:
-
---¿Qué demonios buscas aquí?
-
-Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas,
-disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:
-
---¡Ah!--exclamó fingiéndose asombrado.--¡Qué casualidad! Los dos
-venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba
-venir.
-
-Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde la
-disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su
-visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente
-dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra
-butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las
-primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta
-del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la
-papada que con la voz nos dijo:
-
---Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...
-
-Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado. Las
-tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa por
-vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro
-para decirle á gritos:
-
---Al fin me tiene usted por aquí...
-
-Pero notando mi empaque severo, me miró mucho. Estábamos sentados el
-uno frente al otro.
-
---Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú aquí?
-
---Es la primera vez.
-
---Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos
-sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en
-las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que
-Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con
-la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La
-comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular
-de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su
-tierra...
-
-Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo silencio.
-Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme anticipadamente
-con la lisonja.
-
---¡Ah! se me olvidaba--dijo, tomando la máscara de la risa, que le
-sentaba como al Cristo las pistolas.--Tengo que darte las gracias. Ya
-me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy.
-Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente
-cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego
-fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El
-pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí
-varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había
-pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste...
-Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire
-marrullero, y me dijo: «Ya sé que el señor marqués va para _menistro_.
-Si quisiera dar algo á estos _probecitos_ de Dios...» Empezó á pedir.
-Figúrate, no quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del
-pueblo y el sello para su hijo mayor; para el segundo la cartería,
-y para sí propio la cobranza de contribuciones, la vara de alcalde,
-el remate de consumos y la administración de obras pías... Yo me
-desternillaba de risa y Sainz del Bardal le prometió proponerle para
-una mitra.
-
-Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo
-siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería
-romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero
-probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse,
-dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se
-levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes
-láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.
-
---¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico.
-_Naufragio del navío_ INTRÉPIDO _delante de las rocas de Saint
-Maló_. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno á la cara. ¿Y este
-otro? _Naufragio de la Medusa_, por Gericault... Pero aquí todo son
-naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las cinco.
-
---Allá se va este reloj con los de mi casa--observó mi hermano,
-sentándose.--Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina...
-Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta
-pronto doña Cándida, me voy.
-
-Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo grave.
-Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo, por lo
-que pensó en ponerse en salvo.
-
---¿Tú te quedas?
-
---Sí: y tú también.
-
---Hombre, eso es mucho decir.
-
---Tenemos que hablar.
-
---¿Tienes algo que decirme?
-
---Algo, sí.
-
---Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.
-
---Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa señora
-tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...
-
-José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con todo el
-comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni manotadas.
-Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!
-
---Pues dímelo pronto--indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de
-músculos.
-
---En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí hoy
-por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que
-vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al
-juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación,
-habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las
-calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres
-ni pariente alguno...
-
---No sigas, no, no sigas--dijo mi hermano, echándoselas de espíritu
-fuerte.--Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre,
-hermano, esposo ó siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te
-metes á juzgar lo que no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?
-
---Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un hombre
-que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien
-quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que
-se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras
-diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre.
-No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.
-
---Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...--balbució José,
-enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde
-salir.--Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en
-cuenta...
-
---Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia
-aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á
-la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué,
-creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear
-ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta
-desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre
-ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos,
-ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas
-como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí
-y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud
-fuerzas bastantes para defenderse...
-
---Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar
-las cosas como son... Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur...
-Cosa absurda... Aguarda... Oye.
-
---No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no
-puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...
-
---En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo,
-estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...
-
---¿Pues qué es?...
-
-Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de
-conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro
-encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y
-le dije:
-
---Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi
-vida?
-
---Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por
-casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es
-definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de
-moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene...
-No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve;
-cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro
-que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor
-de Dios, hombre...
-
---Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble conspiración
-fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus ideas y tu
-dinero...
-
---Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce... Ven
-á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar...
-Porque tú... Entendámonos...
-
---Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir
-adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada
-de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se
-acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la
-policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la
-justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da
-por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.
-
---Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo...
-Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto...
-¡dale!..
-
---¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son espadas
-de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa: es
-inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad,
-con el escándalo, y además con el juez.
-
---Dale, si no es eso...
-
---¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de decir:
-el juez...
-
---¿Pero qué juez ni qué niño muerto?
-
---En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner
-los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes
-dedicarte tranquilamente á la vida pública.
-
---Hombre, te estoy oyendo--gritó mi hermano envalentonándose mucho
-y cruzándose de brazos,--y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!...
-¿Qué significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo...
-Con que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus
-filosofías me apestan... No habrá más remedio que tomarlo á risa...
-Y en último caso, ¿á qué se reduce todo?... Á nada, á una bobada...
-Tanta bulla, tanta ponderación y tanta soflama por una cosa sin maldita
-importancia. Estos sabios son verdaderamente idiotas... Que se me haya
-antojado decir cuatro tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que
-aquí en esta casa le haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco...
-¡por amor de Dios! ¿es eso motivo?... Ni sé como te escucho...
-
---Quedamos en que esto se acabó--dije, gozoso de verle batiéndose en
-retirada.
-
---Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración
-tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si
-te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te
-maldecirían. Eres muy _plantillero_, el colmo de la impertinencia, de
-la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus
-buenas cualidades...
-
---Quedamos en que no volverás más aquí.
-
---Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso bien
-lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero,
-interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta
-desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente
-ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe
-practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro
-modo.
-
---Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te
-canonicen...?
-
---Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo á vencer
-las dificultades de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo
-á la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia
-á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi
-conciencia está tranquila...
-
-No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante,
-acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que
-á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de
-su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:
-
---Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires
-caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención
-solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando.
-Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y
-caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito
-filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la
-honra de las doncellas puras... Verdaderamente...
-
-Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más
-arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.
-
---Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole la
-rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; yo te
-he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á ella...
-Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy
-antipático...
-
-Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á
-acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.
-
---Si saldremos ahora con que un señor catedrático de moral anda
-enamorado... ¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa
-respetable fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de
-tus gafas están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio...
-Por María Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso:
-nunca gustarás á las mujeres.
-
-Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me
-mortificaban.
-
---Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita
-Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad...
-porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan
-bien sus picardías...
-
-Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.
-
---Mira, José--le dije,--haz el favor de marcharte de una vez. Abandona
-el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré
-en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa
-contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos
-hermanos.
-
---No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...--balbució
-contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su
-semblante.--¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre,
-no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una
-familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...
-
---Pues de una vez...
-
---Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios.
-Trabajo te mando, camaradita, porque no es oro todo lo que reluce.
-Y no es que yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado
-por ella, no como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un
-hermano. Que viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes
-de cartas... Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de
-cualquier pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil
-tapujos y tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene
-le pasa algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la
-ilusión... cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales
-boberías... Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por
-las tardes, por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya
-coquetas, habrá gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno,
-mejor dicho, de aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú,
-el señor de la protección caballeresca. Veremos si con rociadas de
-moral ahuyentas al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el
-Cristo, ó el Sócrates. Ó si no, otra cosa...
-
-Se echó á reir como un condenado.
-
---Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me
-amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi
-futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...»
-Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.
-
-Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más digno
-no contestarle nada.
-
---Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me
-contarás y nos reiremos.
-
-Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocurrió entonces que decir;
-pero me callé para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada,
-tarareando una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de
-este resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José
-María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido
-el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el
-abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor
-era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había
-habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.
-
-José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo
-daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela.
-Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á
-Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse
-ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña
-ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo,
-antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé
-lo que es.
-
-
-
-
-XXXVII
-
-Anochecía.
-
-
-La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con
-pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y
-cascada:
-
---Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á tener función gorda...
-Pero ambos sois muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre
-niña...
-
---¿Qué?
-
---Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos acostado.
-¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace un rato
-deliraba y decía mil disparates.
-
---Que suba Miquis.
-
---Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene
-sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de
-los ladrones...
-
---Que suba Miquis...
-
---Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como
-perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.
-
---Pero que suba Miquis...
-
---Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que
-duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho.
-¡Qué sería de nosotras sin tí!
-
-Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se comunicaba
-con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro pintadas
-de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga en las
-construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba estaba
-casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado en esbozo
-por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura cuya cabeza
-estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La veía de
-espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no asomaba
-nada. Su respiración era fatigosa y febril, acompañada de un cuchicheo
-que más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de
-una fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente
-el silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero
-¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella
-callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del
-espíritu.
-
---La pobrecita tiene una gran pena--me dijo doña Cándida al oido.--El
-motivo ve á saberlo...
-
---Ya... ¿le parece á usted poco...?
-
---No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el
-suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba,
-como herramientas para quitarse la vida.
-
-Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la delicadeza
-me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro encendido, la boca
-entreabierta, el cabello suelto, encrespado, anilloso y formando un
-gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de la cabeza. De cerca, el
-cuchicheo era tan ininteligible como de lejos; diálogo misterioso entre
-el alma y el sueño.
-
-Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre
-una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer
-á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento
-Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo:
-
---Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas
-ricas que hay en tu casa...
-
---Gracias.
-
---Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia. Bien
-sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.
-
-Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.
-
---Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto
-me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo
-hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa atroz.
-
-La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices se
-traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.
-
---Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de
-querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no
-puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo...
-Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores
-tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una
-cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín!
-un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con
-sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las
-tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y yo
-también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación. Yo
-no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle. Le
-debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado la
-pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta le
-insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto á los
-regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por cierto que
-por empeño de José María... es tan pesado... se han traido algunas
-cosas, que vendrán á cobrar, y...
-
-La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá
-imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de
-improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un
-desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso
-y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo,
-no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las
-ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta
-ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto,
-sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les
-muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés
-de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos,
-antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de
-la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis
-de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis
-bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una
-fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:
-
---Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir
-dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el
-alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María
-me debe un piquillo...
-
-Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á reir
-con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso del
-mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo para
-alegrar un cementerio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.
-
---Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.
-
---Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de
-la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso.
-Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera
-enferma...
-
---Creo que esto pasará pronto--dije en voz alta; y para mis
-adentros:--Ya te siento zumbar, cínife.
-
---¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban
-dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso
-sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy
-yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades
-eminentes. Eres el número uno de los hombres...
-
---¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...
-
---Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado por
-ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la palabra.
-
---En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa
-atroz...
-
---Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...
-
-¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella se
-callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para
-esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada
-y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y
-necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo
-punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo
-y mi Purgatorio... Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más
-tristes; pasadas, presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza
-obstrucción semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que
-las ideas no cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los
-oidos. En este laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora,
-en la cual la verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me
-freía los sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna
-comedia del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados
-los que padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento,
-porque ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su
-momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del
-espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga
-del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda
-suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado
-al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que
-sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive
-meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza
-próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus
-leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por
-el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad
-de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en
-saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la
-experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales
-se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo, han
-hecho un Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...
-
-Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas, impropias
-de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque violentísimo
-con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no tuve
-contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de
-un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y
-preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme
-parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La
-conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de
-pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que
-la amargura, y la escupí en estas palabras:
-
---¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?
-
-Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana,
-comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres
-privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da
-el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le
-leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima
-esquina.
-
-Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó:
-
---Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.
-
---¿Estás enfermo?
-
---La garganta... siempre la garganta.
-
---¿Con que la garganta...?
-
-Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije:
-
---¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de
-consulta.
-
---Pero como es amigo...
-
---¡Manuel, Manuel!...
-
-Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me
-ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le
-desconcertó sobremanera, y fué esto:
-
---Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y
-después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.
-
---No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa
-tiene?... vamos; no, no...
-
-
-
-
-XXXVIII
-
-¡Ah! ¡traidor embustero!
-
-
-¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos
-los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que
-pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta
-cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía:
-ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has
-tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á
-ahogar, sí, te ahogo...!
-
-Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á
-maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome
-á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo
-dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras,
-le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole:
-
---No quiero molestarte. Ve solo...
-
-Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí
-su voz:
-
---Maestro, maestro...
-
---¿Qué quieres?
-
-Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con
-ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que
-bajaba.
-
---¿Qué quieres?--repetí, cuando pasó el peligro.
-
---Me voy con usted... Tengo que decirle...
-
-Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos
-de exclamar:
-
---¡Hipócrita!...
-
---¿Por qué?...--me respondió con frescura.--Hablaremos... Yo sé dónde
-ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la
-tarde.
-
-¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que
-me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era
-preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco
-interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las
-uñas, padecí horriblemente al decirle:
-
---Eres un calavera, un libertino; mereces...
-
---Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,--manifestó él con
-desenvoltura.--¿Por quién ha sabido usted esto?
-
-Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le
-respondí:
-
---Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.
-
---¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto.
-Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes
-decírselo.»
-
-Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la
-sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:
-
---Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo
-que yo sospechaba ya.
-
---Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos
-tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro
-secreto. Así es más sabroso...
-
---¡Mala cabeza!...
-
-Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios...
-Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle
-no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis
-apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho!
-Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca
-del traidor, como versículos del _Dies iræ_, y á medida que íbais
-formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto.
-Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo
-que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y
-tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi
-espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el
-mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con
-vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á
-mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel
-me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de
-hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.
-
-Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón,
-como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más
-odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres.
-¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería
-conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con
-buenos modos.
-
---Manuel--le dije.--Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito
-prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te
-suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá
-la noche tontamente.
-
---¿Va usted á trabajar después de comer?
-
---Es preciso.
-
---¿No sale usted?
-
---No...
-
---Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que
-veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un
-pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio,
-profundamente serio.
-
---De modo que también tú...--le pregunté sintiendo cierto alivio.
-
-Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y
-miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.
-
---También yo--murmuró,--estoy loco por ella.
-
-Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un tanto
-pálido y excesivamente abatido.
-
---Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de
-sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por
-pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del
-mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un
-volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...
-
---Harás bien.
-
-Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de
-decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios,
-nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como
-la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más
-pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios
-excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta
-rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance
-mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese
-venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la
-mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico
-entretenimiento de hacer fiestas á un gato.
-
---Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las
-cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que
-parecía más lejano, más imposible...
-
-No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á revolver
-papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba manotadas
-sobre la mesa...
-
---Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la
-tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático
-desde que usted me presentó en su casa...
-
---También tú tienes unas cosas...--gruñí, por aquello de que estar
-completamente mudo no era propio de un buen disimular.
-
-Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo
-con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo
-había ido allí.
-
---¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande,
-doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?
-
---Hombre, sí--dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.--Lo
-sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...
-
---¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que
-yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo
-H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier
-barbaridad....
-
---¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...
-
-Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un
-líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso;
-pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y
-por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos
-diciendo: «botinas de _chagrín_, para señora, 54 reales,» ó cosa por el
-estilo.
-
---Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la
-criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su
-hermano de usted... le mato...
-
-Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el
-brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el
-espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada,
-chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión,
-apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.
-
---Pero mi hermano no fué...--dije.
-
---Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito
-salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en
-las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el
-roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de
-luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...
-
-Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento...
-Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...
-
---Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la
-vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la
-idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar
-de un sorbo...
-
-Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi
-espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:
-
---Metafísico estás... y poeta de redomilla...
-
-Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que
-me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para
-aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre,
-mientras Manuel decía:
-
---Á la mañana siguiente volví...
-
---¿Con revólver?...
-
---Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni
-peligros, ni obstáculos veía yo...
-
-Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla
-lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin
-saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se
-había quedado vacío.
-
---Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando
-aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando:
-«¡ladrones!»
-
-Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo
-de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y
-declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar
-al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del
-Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el
-papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité
-en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!»
-Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió
-un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque
-positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo
-tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la
-mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no
-encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.
-
-Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel...
-Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento...
-
---Travesuras de gravísimas consecuencias--dije con voz
-campanuda.--Petra, la comida.
-
-Manuel miró su reloj y yo miré el mío.
-
---Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.
-
---Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?
-
---Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?
-
---La cosa es grave... Hay que pensarlo...
-
-Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé
-si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban
-trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros
-aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi
-razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla.
-Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del
-mismo asunto otro día, y se fué...
-
-
-
-
-XXXIX
-
-Quedéme solo delante de mi sopa.
-
-
-Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos
-redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada, á
-quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo de no
-sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que me pareció
-entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y extraordinario.
-Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme con lo que
-es uso y costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con
-más ánimos para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero
-mi amor á la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito,
-y que comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra
-causa, lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza
-que esto resulta en contradicción con lo que afirman los autores más
-graves que han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han
-estudiado el paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos
-afectivos, pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada
-cual las consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno
-era la distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba
-por mi boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte
-que toma el espíritu en la digestión. Punto y aparte.
-
-En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía hallar
-consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera, lograba
-cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su desdicha.
-Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al dogma
-que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de
-imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras
-esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se
-volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las
-energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios
-y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de
-próxima muerte... Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta
-de sueño, estas ideas de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía
-con su convicción correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer
-muerto, y me entretenía en considerar la sorpresa que recibirían mis
-amigos al saber la triste nueva y el duelo que harían las personas que
-verdaderamente me estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y
-aquella sorpresa desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame
-estar absolutamente ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero
-continuando conocedor de mí mismo en una esfera, región ó espacio
-completamente privado de las propiedades generales de la física.
-¡Meditación morbosa, fiebre del vacío, yo no sé lo que era aquello!...
-Después pensaba en las frases que emplearían los periódicos para dar
-cuenta de mi inopinado fallecimiento. Entre otras cosas, y después de
-echarme ese incienso ordinario, corriente, de fórmula, y que parece
-traido de la tienda, como el espliego que usa el vulgo, dirían poco
-más ó menos: «Este triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del
-Sr. Manso, cuanto que éste se había dedicado el día anterior á sus
-habituales ocupaciones en perfecto estado de salud, se había retirado á
-su casa á la hora de costumbre, había comido con apetito...»
-
-Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre
-cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada,
-propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían
-algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á
-escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto escrito _el
-canto del cisne_... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que
-se celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos,
-me entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya
-muerto estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía
-Sainz del Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de
-veladas... Nada, nada, ¡á vivir!
-
-Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo reparó
-mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí estaba
-destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y aplomo
-concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en mi
-cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de
-género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas
-manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí
-y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber
-soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se
-celebraban veladas en honor mío.
-
-La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi conciencia
-dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase; tenía
-deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en que
-lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi
-mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien.
-Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con
-una facilidad de expresión que me causaba asombro.
-
---«El hombre es un microcosmos. Su naturaleza contiene en admirable
-compendio todo el organismo del universo en sus variados órdenes...
-
-»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre ser
-como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve
-palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren
-diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen
-atención...
-
-»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo
-actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral
-que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el
-atmosférico.
-
-»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un
-reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda
-la grandeza del cielo.
-
-»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el
-maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el
-trabajo constante en la investigación de la verdad.
-
-»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo es la
-imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución y muere,
-aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir consagrada al
-gobierno del mundo.
-
-»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de ella
-y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre de
-mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en el
-ajetreo de los hechos comunes.
-
-»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo lento
-ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.
-
-»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de todo.
-
-»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los
-encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza
-secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso
-de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en
-posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas
-igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.
-
-»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la compara
-á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya fragancia
-trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida poma del
-egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que tiene hambre.
-
-»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un principio
-de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal del
-individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto si no
-existiese el principio reconstructivo y vigilante de la conciencia...»
-
-Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé
-que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención.
-Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que
-son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron
-al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas
-y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran
-escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo.
-Llamaba yo escogidos á los que tienen la piel delicada para apreciar
-bien los palmetazos, pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido
-maestro de escuela, pues á los señores que tienen sus almas forradas
-con cuero semejante al del rinoceronte, ni con disciplinas les entra
-una sola letra.
-
-
-
-
-XL
-
-Mentira, mentira.
-
-
-Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas, que
-no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme
-de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que
-la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad,
-sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa,
-dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las
-propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas
-confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de
-sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en
-cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo
-elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera
-se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de
-relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban
-Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso.
-Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó.
-Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora
-pensaba hacerla olvidar con una vida arregladísima, de intachables
-apariencias. El porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de
-esperanzas, lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y
-tal es la fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera
-no se acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las
-relaciones hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la
-historia como un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo
-observé en mi amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar
-bajito, escoger vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su
-vestido respondía bien á este plan de regeneración, que había empezado
-por tormento de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy
-bien. La señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su
-capital había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá
-por los holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal
-y las cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no
-aceptaba un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en
-el mismo precio del de la calle del Espíritu Santo.
-
---Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...
-
-La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose muy
-sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa bonita y
-vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.
-
---¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted unas
-manos...
-
-Aún había más. La señora, sentándose confiadamente en mi sillón,
-frente al estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía
-límites el agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su
-hijo con mi enseñanza la brillante senda...
-
---Señora... por Dios... yo... No hable usted más...
-
-Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban
-el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan
-poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y
-corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él
-para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad
-para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un
-distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario
-_de p_ y _p_ y _doble h_, y al cabo de algunos años ministro. La señora
-pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo,
-porque...
-
---Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar
-tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí
-no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el _randibú_; como soy tan
-llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo
-no desmerezca.
-
-Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que
-estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas
-entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole.
-Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran
-seguramente años negativos que iban marchando al revés de los años de
-todo el mundo, y la aproximaban á la juventud.
-
-La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme el
-encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de que
-anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de
-casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías,
-inapetencia y desabrimiento de caracter.
-
---Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan
-pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de
-usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían
-por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...
-
-Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier cosa
-que se me ofreciese...
-
---No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo
-Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero
-muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted
-necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.
-
---Señora, mis medios...
-
---Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable, una
-gloria del país no debe vivir así...
-
-Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito
-interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día
-siguiente, que era domingo.
-
-Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces me
-parecieron tan inverosímiles como mi apetito de la noche anterior;
-pero aún hubo otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José
-encontré á éste y á Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del
-cielo! que ni la más ligera nube había empañado nunca el sol de la
-concordia entre marido y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque
-me pareció observarle receloso y como en espectativa, bajo aquel
-capisayo de jovialidad. Á mí me trató con una dulzura que nunca había
-empleado conmigo. Corrió á cerrar una puerta por temor á que con el
-aire que violentamente entraba me constipase. Aquel día todo era
-plácemes. El ama se portaba bien. El médico de la familia la declaraba
-excelente lechera, y aunque el familión continuaba en la casa viviendo
-á mesa y mantel, todavía no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en
-vestir á Robustiana con la librea de pasiega, las tres damas no hacían
-más que revolver telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul
-ó encarnado. De cualquier modo que fuese, mi adquisición había de
-asemejarse mucho, luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha
-obtenido el primer premio en la Exposición de ganados.
-
-En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:
-
---No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante conmigo.
-Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que hagamos
-viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte algún
-regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como uno
-que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno de
-la abundancia... No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón
-á José María. ¡Qué complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre
-estoy en ascuas cuando le veo tan _cambambero_...
-
-Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de
-todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie
-que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la
-digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía.
-Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel
-día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen
-hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo
-diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban
-con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé
-cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron
-gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con
-pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen
-considerando que pueden verse en trotes semejantes.
-
-Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No
-lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado
-cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando
-fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me
-presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero
-ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas.
-Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero
-sufriendo sus efectos, y yo me preguntaba confuso: ¿La debilidad
-y la pena aumentan su belleza, ó la destruyen casi por completo?
-¿Está interesantísima, tal como el convencionalismo plástico exige,
-ó completamente despoetizada? El desquiciamiento que había en mí era
-causa de que por momentos la viese en el primer concepto, por momentos
-en el segundo. Cuando me saludó, su voz temblaba tanto, que casi no
-entendí lo que me dijo. Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí
-y se puso á revolver una cesta de costura mientras yo me informaba
-de si había subido Miquis y de lo que había prescrito. Doña Cándida
-caracoleaba junto á los dos, ferozmente amable. Con la frescura que tan
-bien cuadraba contra ella, le dije:
-
---Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á mí,
-que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo que
-guste; cuanto más mejor.
-
---¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...
-
-Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito donde
-había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en forma
-condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la
-vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.
-
---Ese es obsequio especial de D. José á mi tía--me dijo Irene, buscando
-en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin turbarse.
-
---¿Y usted, qué tal se encuentra?--le pregunté, como hacen estas
-preguntas los médicos.
-
---Regular... perfectamente...
-
---¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!
-
---Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...
-
---Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si usted
-me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos ó
-tres preguntas...
-
---Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba
-cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego
-desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata.
-Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.
-
-
-
-
-XLI
-
-La pícara se sentó con la espalda á la luz.
-
-
-Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad
-del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos
-procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.
-
---Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?
-
-Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien mientras
-me contestaba con humilde voz de escolar:
-
---Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un refresco...
-
---¿Habló él con usted en aquellos días?
-
---No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él
-salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.
-
---Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?
-
---Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático,
-amigo suyo.
-
---Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?
-
---Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El
-me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo
-iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...
-
---Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á
-usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media
-noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...
-
---Es cierto--respondió, sin levantar los ojos de su costura.--¿Cómo lo
-sabe usted?
-
---Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de
-Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...
-
-Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»
-
---Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el
-pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...
-
-Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido
-en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos
-componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión
-es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué
-razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé
-mover de mi bondad, y le dije:
-
---Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho;
-pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya
-sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted
-muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por
-completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía
-por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida
-ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla
-en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos
-que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es
-de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación
-de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo
-placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas,
-y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de
-usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío
-de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy
-poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto
-más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes,
-iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y
-debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines
-más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel
-debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un
-joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo,
-usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además
-algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La
-enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco
-de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y
-añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser
-la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.
-
-La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se
-iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima
-que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una
-palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí:
-
---Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero
-sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que
-suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y
-con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba
-esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el
-momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa
-crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en
-que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento,
-bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la
-suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir...
-¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre
-al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto
-diputado, ministro...!
-
-Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente
-lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo
-á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:
-
---Sabe usted... más que Dios...
-
---Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta--añadí
-bromeando.--Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el
-desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya
-con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona
-querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura
-sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente,
-su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido
-rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo
-un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia,
-y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir
-de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver
-pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante
-después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse
-independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de
-mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo.
-Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros
-que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular.
-¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada
-por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que
-es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con
-Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento
-á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí
-á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones
-de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en
-ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado
-de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con
-Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi
-hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted
-á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre
-bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer?
-Manuel y usted han de decidirlo.
-
-Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á
-cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada;
-no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que
-no obedecía, me dijo:
-
---No callará mientras no cierre el balcón.
-
-Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á
-oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no
-se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver
-á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de
-frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y
-siguió el lloriqueo.
-
-No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento
-de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado
-delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada
-estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si
-la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y
-embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos
-pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada.
-¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el contrario, debería
-yo evadirme lindamente dejando que los criminales se arreglaran como
-pudieran?... ¡Pobre Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó
-Irene esperaba de mí no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho
-tiempo pasó hasta el momento en que me dijo, sin dejar de llorar:
-
---Usted lo sabe todo... Parece que adivina...
-
-Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí
-mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás
-sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo,
-que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí
-no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar
-gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos
-desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas
-sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde
-que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y
-comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene
-un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios
-secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza
-generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón
-práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona
-alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en
-el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la
-pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos
-del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad
-no mostraba más que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de
-adivinación tenía este triste pensador de cosas pensadas antes por
-otros; este teórico que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces
-había estado haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo,
-mientras el sér verdaderamente humano, desordenado en su espíritu,
-voluntarioso en sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del
-instinto de los hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos,
-se iba derecho al objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico
-de gabinete que en su vida ha olido la pólvora y que se consagra con
-metódica pachorra á estudiar las paralelas de la plaza que se propone
-tomar; y ved en Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro
-de arte, y mientras el otro calcula, se lanza él espada en mano á la
-plaza, y la asalta y toma á degüello... Esto es de lo más triste...
-
-Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme
-con nuevas lisonjas. Hélas aquí:
-
---Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le
-respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo
-Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace
-más que lo que usted le mande.
-
-«Te veo venir, palomita--pensé sonriendo en mi interior.--Ahora
-quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya
-inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo
-Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo y
-de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran empeño en
-conservarla. Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no
-pierdes ripio... ¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y
-casamentero...? Es lo que me faltaba.»
-
-Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en aquel
-punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra prueba
-de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las frágiles
-maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la puerta.
-Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que limpiaba la
-puerta con un gran zorro que en la mano traía.
-
---Hoy sí que no te nos escapas, Máximo--me dijo.
-
---Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?
-
---No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.
-
-Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con la
-cabeza.
-
---Bueno--respondí.
-
---No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los
-pichones? Porque tengo pichones.
-
---Á mí me gusta todo.
-
---Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?
-
---¿Qué más anguila que usted?
-
-No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo,
-donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.
-
---Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer
-un pastel que á tí te gusta mucho.
-
-Miré á Irene, que se apretaba la boca con el pañuelo, muerta de risa,
-y con las lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel
-de risa y llanto, qué amargo eras!
-
-
-
-
-XLII
-
-¡Qué amargo!
-
-
---Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto--dijo Calígula
-entrando.--¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido,
-Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás.
-¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende...
-¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel,
-servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves.
-Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes
-tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto,
-Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la
-francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre
-está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni
-guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro
-día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo
-arreglado.
-
---¡Qué cosas tiene mi tía!--me dijo Irene cuando nos quedamos
-solos.--Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni
-tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos
-desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que haya
-mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un veladorcito de
-hierro que tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de
-galletas... Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría
-mil veces comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.
-
-No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que ví
-en su semblante.
-
---Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.
-
---Sí; pero creí venir de paso--me respondió con una decisión que me
-parecía nueva en ella.--Vine como se va á una estación de ferrocarril
-para tomar el tren.
-
-Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome
-una energía que me pasmó, me dijo:
-
---Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.
-
-Me dejó frío...
-
---Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña
-Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir
-á comer á una fonda.
-
-Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor,
-que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin
-cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á
-creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran
-dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo
-semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un
-perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla
-mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo
-que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares.
-
---Este es el museo de mi tía--dijo Irene burlándose.--Ahora, explaye
-usted sus miradas por esta suntuosa _salle à manger_. Ella dice que es
-del gusto de la _renaissance_ por esas dos arquitas talladas que tiene
-ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal
-estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de
-mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos
-sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En
-días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete;
-en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos
-de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer
-la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina
-funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los
-fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda
-usted para cuando se case...
-
-Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella
-enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para
-remacharla así:
-
---¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es
-vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién
-lo va á hacer?
-
---¡Es verdad, es verdad!
-
---¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es
-abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola,
-sin padres, sin guía...
-
-Complacíame mucho verla tan expansiva.
-
---Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina.
-Amigo, es preciso trabajar. Si no...
-
-Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha
-limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre
-estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio
-de cosa comestible.
-
---Eso sí--observó Irene,--hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día
-se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.
-
---Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...
-
---No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted...
-coja por ese lado.
-
-Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella
-riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.
-
---Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules...
-Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía
-no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.
-
---Vengan esas llaves... abriremos.
-
-Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules
-y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla
-de lo profundo, sacar antes el _Año Cristiano_ en doce tomos, algunas
-colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.
-
---Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo
-que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal.
-En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con un
-par de tenedores nos arreglamos; pero no sé si nuestro convidado...
-¡Ah! sí, en el otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas
-que fueron de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un
-juego de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es
-de Toledo...
-
-Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y no
-quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería
-nueva dábanle excelente aspecto.
-
---Ahora falta lo principal--dijo Irene.--Veremos cómo sale del paso...
-Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al
-entrar... Como si la oyera...
-
-Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje de
-diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y la
-sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de
-pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro,
-veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa
-producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.
-
---¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para
-desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier
-medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he
-criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este
-desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en
-palacios...
-
---Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito.
-Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos
-caminos.
-
---Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que seguirlos.
-No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le voy á
-contar...
-
-Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí,
-frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no
-olvidaré nunca:
-
---Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la escuela,
-¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No sé
-si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho
-que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme
-mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres...
-¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz...
-tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la
-escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la
-puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer
-aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra,
-aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera
-yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me
-gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder
-de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos
-tranquila; pero mi imaginación no descansaba...
-
-¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia,
-la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en
-ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin
-caprichos!... Pero atendamos ahora.
-
---Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es que
-no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo á solas
-conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á averiguar
-lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía bien mis
-deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera usted,
-amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia á
-enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética!
-Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un
-heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena
-de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco
-más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»
-
-¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero
-chitón, y oigamos.
-
---¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí!
-Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos,
-usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la
-maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse
-lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas
-tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...
-
-¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio!
-Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón...
-Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me
-gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en
-aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de verdad
-que acababa de obtener podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo
-había hecho lucidamente una hora antes.
-
---Mire usted, Irene,--le dije envalentonándome mucho y empleando ese
-acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.--Lo que
-usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien
-lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la
-superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted?
-Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los
-libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos
-de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece
-podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos,
-de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos
-de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que
-constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer
-honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza.
-Faltan las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos
-y esas aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea,
-aspira á ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino
-se las depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada
-á la juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba
-las redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural,
-resulta ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel
-se casa con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que
-desea, será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un
-hombre notable; señora de una excelente casa, donde podrá darse toda
-la importancia que quiera; dueña de mil comodidades, coche, criados,
-palco...
-
---Cállese usted, cállese--me dijo poniéndose roja, y echándose á reir y
-escondiendo la cara.
-
---No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al
-contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en
-el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena
-esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo...
-Lucirá usted...
-
---Cállese usted, cállese usted...
-
-Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para
-comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión
-de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo
-me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad
-¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se
-me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción
-vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada
-según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que
-constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble
-era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis
-generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á
-los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica
-y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento,
-aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...
-
---Lo que yo aseguro á usted--me dijo,--es que mis deseos han sido
-siempre los deseos más nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como
-lo son otras... ¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo
-he visto á otras que se han casado con jóvenes de mérito y de buena
-posición. ¿Por qué no he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios,
-Manso. Para que me concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la
-Virgen...!
-
-¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo
-desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa
-clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas
-triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas,
-un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu
-y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que
-se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como
-dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un
-arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga
-presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que
-realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte,
-la serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe
-de vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y
-los maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por
-cuyas cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta
-criatura de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas
-prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora
-y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes
-leyes, de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y
-todo para que el muñeco fabricado por mí se rompiera más tarde en mis
-propias manos, dejándome en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde
-habría llegado yo con estas lamentaciones internas si no apareciera
-doña Cándida cuando menos la esperábamos...
-
---¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa
-puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á
-comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi
-mesa...
-
-Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.
-
---No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido
-aquí...
-
-De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un
-trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí
-y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos
-en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:
-
---Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra
-fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de
-las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al
-fuego...
-
-Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que
-esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no
-sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas
-de hablar.
-
---Dígame usted, Irene--le pregunté con interés profundo.--Si Manuel
-tuviese ahora un mal pensamiento y...
-
-No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición de
-su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:
-
---Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de pena...
-
---¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...
-
---Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no
-quedaba bien muerta... Usted no me conoce...
-
-¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.
-
-Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para decirme:
-
---Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año pasado...
-¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y al
-momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.
-
---¡Tortilla para comer... tía!
-
---¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas.
-¿No eres de mi opinión, Máximo?
-
---Sí señora; todo lo que usted quiera...
-
---Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?
-
-¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen
-agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero
-Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude
-pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña
-Cándida el retumbante apodo de _filet à la Maréchale_.
-
---Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo ya
-en Madrid más que yo...
-
---Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.
-
-Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para burlarse de
-la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no aparecieron
-ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.
-
---Aquí tienes un pavo trufado--declaró Calígula,--que lo ha hecho
-expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito
-á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de
-Champagne...
-
---Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...
-
---Te digo que es del propio _Duc de Montebello_. Tú entenderás de
-filosofía; pero no de bebidas...
-
---Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?
-
---Es el platito de que te hablé... _haricots à la sauce provençale_...
-Lo hace Melchora á maravilla.
-
---Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me parece
-una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...
-
---¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así es
-todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.
-
-Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso _filet
-à la Maréchale_. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar otra vez
-sobre el tema eterno.
-
-«Quién sabe,--me dije,--si una crítica completamente sana y fría
-podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y
-rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado
-más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te
-entusiasmaba, ¿no será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos
-de ideas como los hay de palabras... Ponte en el terreno firme de
-la realidad y haz un estudio serio de la mujer-mujer... Estos que
-ahora te parecen defectos, ¿no serán las manifestaciones naturales
-del temperamento, de la edad, del medio ambiente?... ¿De dónde
-sacaste aquel tipo septentrional más frío que el hielo, compuesto
-no de pasiones, virtudes, debilidades y prendas diferentes, sino
-de capítulos de libro y de hojas de Enciclopedia? Observa ahora la
-verdad palpitante, y no vengas con refunfuños de una moral de cátedra
-á llamar graves defectos á lo que en realidad es tan sólo accidentes
-humanos, partes y modos de la verdad natural que en todo se manifiesta.
-La pasión es propio fruto de la juventud, y el arte de disimular que
-tanto te espeluzna es una forma de caracter adquirida en el estado de
-soledad en que ha vivido esa criatura, sin padres, sin apoyo alguno.
-Un poderoso instinto de defensa le ha dado ese arte, con el cual sabe
-suplir la falta del amparo natural de la familia. Ese disimulo ha sido
-su gran arma en la lucha por la vida. Se ha defendido del mundo con
-su reserva. Y esa ambición que tanto te desagrada no es más que un
-producto del mismo desamparo en que ha vivido. Se ha acostumbrado á
-deberlo todo á sí misma, y de ahí ha venido el prurito de emprenderlo
-todo por sí misma. Arrastrada por la pasión, ha tenido flaquezas
-lamentables. Su agudeza y su prudencia han sido vencidas por el
-temperamento... Hay que considerar lo extraordinario de las seducciones
-con que luchaba. Enamorada, la atraía el galán de sus sueños; pobre,
-la atraía el joven de posición. ¡Amor satisfecho y miseria remediada!
-Estos grandes imanes, ¿á quién no llevan tras sí? El espíritu
-utilitario de la actual sociedad no podía menos de hacer sentir su
-influjo en ella. Hé aquí una huérfana desamparada que se abre camino, y
-su pasión esconde un genio práctico de primer orden...»
-
-¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, hastiado de
-alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban amenazando
-desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el mango, y
-de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya en lo
-maravilloso.
-
-Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos nada.
-Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza de
-haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía muda
-y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí
-acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal
-en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la
-vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una
-palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción
-extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos
-sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos.
-Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que
-yo y que todas mis filosofías.
-
-Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella reserva
-interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en los
-horizontes de su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel
-mismo resabio utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa
-muletilla, aquella pobreza de estilo por la cual llamaba _tremendas_
-á todas las cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que
-fué Manuel, ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel
-armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la
-razón!... Pero ya era tarde.
-
-Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del
-crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví
-tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es
-necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga
-á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios
-gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de
-ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que
-por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no
-es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque
-si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente
-serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros
-de la tontería.
-
-
-
-
-XLIII
-
-Doña Javiera me acometió con furor.
-
-
-Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta entonces
-desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, afabilidad
-y suma tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del
-domingo, que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo,
-llevóme á su gabinete, cerró...
-
---Pero, señora...
-
-Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos modos
-la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los ojos;
-creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de la
-legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino con
-monosílabos y entrecortadas cláusulas:
-
---Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe usted
-lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... Manuel,
-¡qué pillo, qué ingrato hijo!...
-
---Pero, señora...
-
---¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se
-quiere casar con una maestra de escuela.
-
-Y al decir _maestra de escuela_, alzaba la voz con alarido de agonía,
-como el que recibe el golpe de gracia...
-
---Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen,
-re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto
-mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de
-Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?...
-Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho
-cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos
-el _pe á pa_... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á dar
-algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando me
-lo dijo... Ahí tiene usted un hombre perdido... adios carrera, adios
-porvenir... ¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...
-
---Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.
-
-El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al
-comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:
-
---En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi salvación.
-
---Yo...
-
---Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se
-dice así?
-
---Así se dice.
-
---Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las
-amistades.
-
-Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días me
-pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se
-parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares
-y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de
-mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos
-y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín
-más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las
-consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el
-apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien
-dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco
-que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome
-que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á
-Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este
-entró cuando ya habíamos tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le
-conocí que había visto á su víctima; mas no podía suponer dónde ni
-cómo. Probablemente habría sido en la misma casa caligulense, pues
-no era difícil para Manuel embaucar á doña Cándida y aun prescindir
-completamente de ella. Durante toda la comida, doña Javiera no perdía
-ripio de reñir á su hijo, fulminando contra él los rayos de sus bellos
-ojos ó los de sus frases agudas y mortificantes. Á mí me traía en
-palmitas, quería que de todo comiese, cosa imposible, y me atendía y me
-obsequiaba con cariñosa finura. Cuando me despedí, después de hablar un
-poco sobre el consabido conflicto, le dije:
-
---Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.
-
-Y ella:
-
---En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va
-á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy
-abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la
-calle.
-
-Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que le
-esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en voz
-bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:
-
---Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale usted
-que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su
-porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en
-que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no
-me venga con mimos, porque no le perdono...
-
---Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.
-
-
-
-
-XLIV
-
-Mi venganza.
-
-
-Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia
-por decirme:
-
---¿Ha hablado usted con mamá?
-
---Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con
-Irene--le respondí;--y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece
-que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena
-boda. Ya ves que la pobre Irene...
-
---Es pobre y humilde; pero yo la quiero.
-
-El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y al
-compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de
-pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!...
-Formé un plan y lo puse en práctica al instante.
-
---Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la
-verdad, la verdad pura quiero.
-
---Déme usted antes consejos.
-
---¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...
-
---Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le
-diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de
-ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme,
-le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía
-una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se
-oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes
-ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.
-
---¿Tienes algún recelo,--le dije violentándome mucho para aparecer
-sereno,--de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á
-ese tu entusiasmo de hoy...?
-
---Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la
-pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que
-he de ser feliz con ella...
-
---Entonces...
-
---Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á
-Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella?
-
---La misma que tú.
-
---¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me
-embarco con ella.
-
---¿Crees que no te pesará?
-
---Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos
-flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere
-usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en
-la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en
-revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual
-más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que
-la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se
-levanta cada ola...
-
-Yo meditaba.
-
---¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...
-
---¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?
-
---Juro que sí,--me dijo con entereza.--No hay nadie en el mundo que
-tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.
-
---¿Y si te digo que no te cases?...
-
---Si me dice usted que no me case,--murmuró muy confuso mirando al
-suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,--también lo
-haré...
-
---¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas
-absolutamente con ella y no la veas más?
-
---Eso ya...
-
---Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí
-sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo.
-Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el
-vicio.
-
---Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede
-inspirarme una villanía.
-
---Pues cásate.
-
---Si realmente...
-
---Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte
-á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías
-considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera...
-Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad
-fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas
-ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres
-medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas
-aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida
-moderna. La riqueza general crece como espuma y las competencias de
-lujo llegan á lo increible. Dentro de diez ó quince años quizás te
-consideres pobre, y quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales
-que ocupes ofrezcan un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel,
-mira á lo futuro, y no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas
-cuantas semanas. Ten por seguro que si te dispensan la edad, entrarás
-en el Congreso antes de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades
-de orador te habrán proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las
-comisiones y en los grandes debates políticos. Puede ser que á los
-dos años de aprendizaje seas lugarteniente de un jefe de partido, ó
-coronel de un batalloncito de dragones. De seguro acaudillarás pronto
-uno de esos puñados de valientes que son la desesperación del Gobierno.
-Te veo subsecretario á los veinte y seis años, y ministro antes de
-los treinta. Entonces... figúrate: un matrimonio con cualquier rica
-heredera americana ó española remachará tu fortuna, y... no te quiero
-decir lo que esto valdrá para tí...
-
-Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué así:
-
---Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene...
-Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del
-sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que
-cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote
-ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus
-amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que no
-tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mucho; pero
-los ríos de lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes
-sequías. Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y
-el consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión
-de endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á
-la suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora;
-pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más
-talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda
-de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás
-á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por
-los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre
-honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á
-la calladita con los restos del naufragio...
-
---Por vida de las ánimas--gritó Peña con ímpetu, sin dejarme
-acabar,--que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del
-mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...
-
-Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica, que
-mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi estratagema,
-me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba duda de la
-rectitud de su corazón...
-
---No siga usted--exclamó levantándose.--Yo me marcho: no puedo oir
-ciertas cosas...
-
-Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los
-hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con
-estas palabras mías:
-
---Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que
-yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de
-pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar
-con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has
-esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia
-hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas,
-pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te
-tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el
-tiempo en que te tuve por amigo...
-
-Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:
-
-
-
-
-XLV
-
-Mi madre...
-
-
---Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella no
-conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi madre
-me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre huérfana,
-de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud... Sí,
-lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora
-mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi
-protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un
-nombre y el decoro de una familia.
-
-Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más enérgicas.
-
---Las preocupaciones de tu madre son ridículas. Dejémonos de
-abolengos, pues si á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu
-madre y todos los Peñas de Candelario.
-
---Sí--gritó él con entusiasmo,--abajo los abolengos.
-
---Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas un
-tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías
-llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en
-gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña
-Javiera cederá; déjala de mi cuenta...
-
-Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre
-triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba
-una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando
-en ellas.
-
-Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el
-resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:
-
---Convencido, señora, convencido--fué lo único que le dije.
-
-Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con
-ama de llaves, á manera de presbítero.
-
---Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo
-Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone
-de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan
-sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle
-de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en
-la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle
-á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted
-dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba
-más...
-
-Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día,
-sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me
-presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de
-espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando
-una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender
-lo siguiente:
-
---Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á
-Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me
-traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.
-
-Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me
-atreví á responderle:
-
---El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo
-podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.
-
---No hable usted así, que estoy volada...
-
---Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted
-hablar de otra manera.
-
---Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí
-para que me lo atrape la primera esguízara...?
-
---Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no
-logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa
-usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo
-que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita
-huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.
-
---¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se
-va volviendo cargante? Mi hijo...
-
---Vale menos que ella.
-
---Vale más, más, óigalo usted, más.
-
-Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso.
-
---Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano,
-amigo Manso.
-
---Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán,
-y en paz.
-
---No le doy la licencia--exclamó doña Javiera puesta en jarras.
-
---Se la dará usted.
-
-Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no
-podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave
-tema.
-
---Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted
-algún Coburgo Gotha?...
-
---No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á
-usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se
-compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.
-
---Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño
-una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de
-belleza, de virtud... hija de un caballerizo...
-
---¡Hija de un caballerizo!...--repitió la ex-carnicera con cierto
-aturdimiento,--de esos monigotes que van al lado del coche real...
-brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.
-
---Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio
-de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi
-protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa.
-
---¿De veras, hombre?--dijo ella mezclando á la cólera un grano de
-risa.--Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
-
---Sí señora...
-
---Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea,
-no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es
-profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más
-sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo
-mi niño ha tenido el antojo...
-
---Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.
-
---No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La
-sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.
-
-Diciendo esto, parecíame algo desenojada.
-
---Siga usted, siga usted--me dijo--elogiando á su ahijada. Es de las
-que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de
-un repelón...
-
---No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la
-querrá muchísimo.
-
---¿De veras...?--exclamó con dejo chulesco.--Voy viendo que el señor
-catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó
-la manteca.
-
---Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de
-mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...
-
---¡Ay! sí señor--respondió con oficiosa prontitud, levantándose.
-
---Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan
-botones...
-
---Sí, sí, sí, venga.
-
-Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.
-
---Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un
-cuello nuevo.
-
---Ya lo creo; venga.
-
---Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...
-
---¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste...
-
---Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un
-poco esto... La pobre Petra...
-
---Subiré yo misma. ¿Qué más?
-
---Que es preciso dar la licencia á Manuel.
-
-La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con
-su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña
-y enojada:
-
---No me da la gana... Pues me gusta...
-
---Vaya, que sí lo hará usted.
-
---Me llevo esto.
-
-Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de
-mujer hacendosa.
-
---Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude.
-¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la
-ponemos como el lucero del alba.
-
-Y desde la puerta me miró de un modo particular.
-
---Aquello, aquello...--le grité.
-
---Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es
-pesadito...
-
-
-
-
-XLVI
-
-¿Se casaron?
-
-
-Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica
-y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo
-tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la
-tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo
-de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que
-se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella
-noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus
-perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían
-amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber
-resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas
-al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi
-narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos,
-retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde
-que partió mi vecina diciendo aquello de _Pesadito_, etcétera, cuando
-sonó la campanilla.
-
-_Una criada._--La señora que baje usted á ver unos muebles.
-
---Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.
-
-Al poco rato, tilín...
-
---La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.
-
-Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva
-casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta
-conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en
-cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto,
-mis caprichos eran leyes.
-
-Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en
-famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de
-cortinajes, portieres y telas diversas.
-
---¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas sillotas
-no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas
-inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en
-ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente
-forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas,
-Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda...
-
-Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á
-adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.
-
---Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D.
-Máximo...--me dijo más tarde.--Porque yo no sé lo que harán los
-pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues...
-Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices
-muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora
-se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los
-platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me
-aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija
-todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que
-le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar
-las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted,
-Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada
-que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que
-he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es
-de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son
-guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto
-y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y
-estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles,
-y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con
-que vamos allá?
-
-Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar
-para que viese una bata que le probaba la modista.
-
---Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...
-
---Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es
-verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas
-que van por ahí.
-
-Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de
-lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños.
-
---¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos
-que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de
-que por mis barrios...
-
-Al decir _por mis barrios_, se pasaba suavemente las manos por los
-hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así:
-
---... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas
-sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.
-
-Vistióse prontamente.
-
---Lo que es sombrero--me dijo mirándome como si se mirara al
-espejo,--no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?...
-Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor
-catedrático esperando.
-
-Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho
-tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el
-camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de la
-famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes,
-alzando demasiadamente la voz.
-
---Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo
-fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar
-el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...
-
-En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por
-donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios
-de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa
-de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas
-tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil
-herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un
-gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo
-que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina
-cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.
-
-También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita.
-Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis gustos y
-deseos.
-
---Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor
-de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera;
-acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para más comodidad...
-Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza
-pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador y se traga con los ojos
-todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacerle el amor
-á la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir á bramidos
-con el león del Retiro...
-
-La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa
-y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en
-cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la
-señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla
-más amansada. Ya no decía: _la maestra de escuela_, sino _esa pobre
-joven_... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban
-arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:
-
---Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca,
-machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No
-hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...
-
---Pero, señora...
-
---Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se
-va á la calle.
-
-Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado
-posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo á su
-antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de
-Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían
-puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto
-arreglo y limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares.
-En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo,
-sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían.
-La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome
-discretamente con ellos.
-
-Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de
-complacerla, disminuían sus _voladuras_ con motivo de la licencia, y al
-fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen
-sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una
-tarde me dijo:
-
---Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga
-de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.
-
-
-
-
-XLVII
-
-No me dejaba á sol ni sombra.
-
-
-Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había propuesto
-hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano. ¡Ley de las
-compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida árida, en
-las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las frescas
-vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.
-
-Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que me
-pareció más negro que la misma usura.
-
---Mi ama que vaya luego...
-
---Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.
-
-Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días no
-había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con mis
-quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por
-donde cogerme.
-
---Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que
-acompañes á D. Pedro...
-
---¿Y quién es D. Pedro?
-
---¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno... Es
-preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.
-
---¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!
-
---No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el
-buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo...
-
---Á todos los colocaremos... en medio de la calle.
-
---¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no
-hay otro como tú...
-
---¿Y José María?
-
---¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo
-del marquesado está ya hecho.
-
---Saludo á la _señá_ marquesa.
-
---Á mí... esas cosas...
-
-No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La
-humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay
-nada que la tuerza.
-
---Yo quiero mi tranquilidad--añadió.--José María está cada vez más
-_relambido_... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la
-comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.
-
-Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy
-mal talante, fué esto:
-
---Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo
-nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué
-hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide
-papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus
-dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de
-aquí esta plaga.
-
---Los pobres--murmuró Lica,--son tan buenos...
-
---Pues ponerles en la calle--indiqué yo.
-
---¡No, no, que se le retira la leche!--exclamó con espanto
-Manuela.--Habla bajo, por Dios... Pueden oir...
-
-Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda
-de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano,
-atrozmente inmutado, no dijo más que:
-
---Ya lo sabía.
-
-Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo,
-encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara
-en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía
-no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...
-
---Oiga usted, don espantajo--le dijo á gritos,--¿cree usted que estoy
-yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase
-usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...
-
-¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo
-mi cuñada le daba el _don_, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna
-esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora;
-los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana
-empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi
-de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi
-ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José
-María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á
-quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una
-carta.
-
---Al fin se le hace justicia--pensé;--y no tuve más remedio que amansar
-á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses,
-y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los
-chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica
-hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche
-al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y
-mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir
-la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos
-empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta
-merienda para el camino.
-
-¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!
-
---Esto es una cosa atroz--dije para mí, parodiando á doña
-Cándida.--Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y
-otra al egoismo.
-
-
-
-
-XLVIII
-
-La boda se celebró.
-
-
-Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por
-ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido.
-Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por
-éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir
-de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir
-mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en
-aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que
-fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno
-de la amistad...»
-
---Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente
-criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad,
-privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona
-que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía
-lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos
-para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar
-su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica.
-¡Oh! sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se
-muriera de dolor al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la
-pobre niña al separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!...
-Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife,
-y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas,
-su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne...
-Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una
-acostumbrar á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo,
-de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una
-cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel
-como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque
-realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella
-transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos
-no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula
-sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que
-quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita
-para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su
-casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo
-cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta
-las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como
-recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella
-nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel
-en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas...
-también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella más
-que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora
-sacara á Irene de algunos apuritos.
-
-Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima.
-Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó la serie de
-sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de parasitismo, que
-no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los
-enredos y cocodrilo de las bolsas.
-
-Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba
-más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no
-pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía
-en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero
-su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser
-sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él.
-Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y
-extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar
-cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil
-tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me
-traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como
-ponzoña...
-
-Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento;
-sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha
-perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella
-en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía
-estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me
-acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:
-
-«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal
-idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos
-los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible,
-imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo
-se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad
-de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese
-pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo
-ahogaran y comprimieran...»
-
-Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con
-ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi
-sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi
-temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía
-oirla hablar así en su interior:
-
-«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más clara
-de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el
-amor á estilo filosófico, pobre hombre...»
-
-Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era todo
-uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la
-_tremenda_ idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la
-conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó.
-Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.
-
---¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que
-nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un
-endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin
-sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado
-permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos
-de la amistad...
-
-Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.
-
---Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la
-amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas,
-y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á
-nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama
-del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la
-constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales de
-donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido
-conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange
-del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha
-servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del espíritu...
-
-¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con
-Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del
-cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de
-nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.
-
-Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:
-
---No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el
-último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo,
-me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más
-que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí mismos.
-
-
-
-
-XLIX
-
-Aquel día me puse malo.
-
-
-¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir...
-Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama.
-Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que
-susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme,
-cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular,
-más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los
-concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos
-para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos.
-Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me
-levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña
-Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente
-día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que
-empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla,
-y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que
-á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad
-materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido
-los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre
-pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que
-ella. Manolo _daba la hora_. La pícara maestra debía tener más talento
-que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más
-mérito de todas las Españas.
-
-¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había
-cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la _señá_ marquesa, Lica
-por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas
-notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté
-con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias á
-todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole:
-
---¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?
-
---Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares...
-Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa,
-cuando Manolo empiece á figurar, y demos _tées_... Será aquello un
-pueblo...
-
-No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para
-consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel
-día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios
-amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles,
-libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver
-encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género
-mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos
-beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de
-los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua
-sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy sana, mi
-casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo atendía con
-extremada solicitud, dando motivo á murmuraciones de maliciosos amigos
-y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente
-de ellas.
-
---Déjeles usted que hablen--me dijo con menos desparpajo del que solía
-tener, antes bien algo turbada.--Riámonos del mundo. Á usted no le
-hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues
-á mí me da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué
-quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que
-es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre
-en cuidado, por temor de soltar una barbaridad.
-
-Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y
-ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de
-esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente
-ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos
-ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño
-apotegma: _la sabiduría es la sal de los hombres_. Cualquiera que fuese
-el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina
-á su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa
-que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía
-yo: «le pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»--Pero
-no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y
-apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en
-los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y
-acostumbrado á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación
-en todo lo más importante de la vida, llegué á considerar que si me
-faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de
-menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la
-pendiente, sin ocuparme de calcular á dónde llegaría.
-
-No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa,
-después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor.
-Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y
-amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia
-yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene
-me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña
-Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:
-
---Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea,
-pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.
-
-Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada
-debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de
-la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal...
-¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y
-funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que
-no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras
-postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en
-novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo
-por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina
-y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en
-esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que
-si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se
-entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...
-
-Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no
-se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había
-vuelto á coger un libro.
-
-Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra
-cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de
-los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una
-controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente
-dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas
-veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el
-afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes
-de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel
-empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de
-viso y á otras que aspiraban á tenerlo.
-
-Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de
-importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo
-en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con
-pasmo, y doña Javiera estaba asustada.
-
---Es de la piel del diablo--me dijo un día,--sabe más que usted.
-
-¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!--Lo
-más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos
-con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi
-le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo
-hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.
-
---Esta nació para hacer gran papel.
-
---Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?
-
---Como siga así y no se tuerza...
-
---¡Oh! si ella es buena, es un angel...
-
-Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.
-
---Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto
-exhibirse.
-
---Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...
-
---Se ven unas cosas...
-
-¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente.
-El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos,
-lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición,
-desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con
-las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era
-natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para
-otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni
-hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y
-pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de
-toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose
-de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que
-recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran
-beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en
-una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose
-con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.
-
-
-
-
-L
-
-¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.
-
-
-Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces,
-delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza,
-soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más
-de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de
-mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que
-veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo,
-aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja
-y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me
-hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era
-combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más
-humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á
-quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo
-idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los
-días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á
-las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme
-cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El
-influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad.
-Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos
-sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de
-la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.
-
---¿Pero qué tiene usted?--me dijo un día doña Javiera.
-
---Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre
-dos vacíos, prefiero el otro.
-
---Se queda usted como una vela.
-
---Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre
-los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su
-ley, desaparece.
-
---Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.
-
---Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos
-importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley,
-toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que
-microscopios?
-
---¿Quiere usted que llame un médico?--me dijo la señora muy alarmada.
-
---Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al
-jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el
-aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.
-
---Vaya usted á tomar baños.
-
---De eternidad los tomaré pronto.
-
---Nada, nada; yo llamo á un médico.
-
---No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar
-postura...
-
-Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día
-vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias
-preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que
-doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo
-afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre
-pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y
-tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin
-tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos,
-rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un
-pájaro.
-
-El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él,
-repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la
-redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi
-encarnación.
-
---Hombre de Dios--le dije;--¿quiere usted acabar de una vez conmigo y
-recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más
-sin gracia...
-
-Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el
-sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.
-
-Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado
-para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos
-vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima
-que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me
-iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y
-hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me
-lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones
-de los periódicos á dedicarme _sentidas frases_. En cuanto lo supo
-Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la
-cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan
-todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor.
-
-Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la
-aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que
-parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas
-como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar
-las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la
-casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También
-supersticiosa!
-
-Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña
-Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos
-que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio
-donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un
-rótulo que decía que yo había sido muy sabio.
-
-De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que siempre
-que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba el papel de
-la langosta en los feraces campos, me había de nombrar suspirando, para
-mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi noticia ha llegado,
-por no sé qué chismografía de serafines, que no se puede calcular ya
-el dinero que le han dado para misas por mi reposo, el cual dinero
-suma tanto, que si se aplicara por los demás, ya estaría vacío el
-Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña saca la señora con
-estos giros de ultratumba mediana rentilla para ayudarse. No hablo de
-la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo
-ingenio de Calígula, porque debe suponerse.
-
-Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es
-un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas
-quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones
-el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama
-en plena sesión de cualquier academia el _inolvidable Manso_, si se
-va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra
-rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso
-inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario.
-Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida
-la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y
-metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos,
-he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo
-descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á
-encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros
-espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales,
-más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la
-experiencia.
-
-De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en Manuel
-Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso fárrago de
-adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el Congreso y
-en los combates de la vida política, que es la vida de la acción pura
-y de la gimnástica volitiva. Manuel hace prodigios en el arte que
-podríamos llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje
-en conocer y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer
-pesos, en combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos.
-También he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin
-encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo
-que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento
-mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja
-que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después
-vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo
-aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:
-
---No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.
-
-Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi
-hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y
-convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza,
-pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de
-la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un
-frasco, estaba allí el lema de _Moralidad y economías_. José no pensaba
-más, ni sabía hablar de otra cosa.
-
-Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en
-aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías!
-Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que
-le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público
-que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha ganado mi hermano
-simpatías ardientes y un prestigio que le encamina derecho al poder.
-¿Será ministro? Me lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un
-periodicazo, que le cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que
-los indivíduos del grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se
-lo escribe casi todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo
-más enfadoso, pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes
-atracones que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea,
-contrajo una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios.
-Cuando lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos
-los huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos
-medios estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso
-alargarle la vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los
-de por allá se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber
-contentar á todos.
-
-Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que
-estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi
-espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté
-acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el
-plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere
-lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano
-hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no
-han concluido el gran _plantón_ del vivir terrestre y hacen, con no
-poca molestia, la antesala del nuestro.
-
-¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en que puedo mirar á Irene,
-á mi hermano, á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás
-desgraciadas figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve
-los juguetes que le entretuvieron cuando era niño!
-
-
-MADRID.--Enero-Abril de 1882.
-
-
-FIN DE LA NOVELA
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- PÁGINAS
-
- I.--Yo no existo. 5
-
- II.--Yo soy Máximo Manso. 8
-
- III.--Voy á hablar de mi vecina. 19
-
- IV.--Manolito Peña, mi discípulo. 27
-
- V.--¿Quién podrá pintar á Doña Cándida? 33
-
- VI.--Se llamaba Irene. 43
-
- VII.--Contento estaba yo de mi discípulo. 49
-
- VIII.--¡Ay, mísero de mí! 60
-
- IX.--Mi hermano quiere consagrarse al país. 69
-
- X.--Al punto me acordé de Irene. 73
-
- XI.--¿Cómo pintar mi confusión? 79
-
- XII.--¡Pero qué poeta! 82
-
- XIII.--Siempre era pálida. 89
-
- XIV.--¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito? 92
-
- XV.--¿Qué leería? 101
-
- XVI.--¿Qué leía usted anoche? 112
-
- XVII.--La llevaba conmigo. 121
-
- XVIII.--«Verdaderamente, señores...» 127
-
- XIX.--El reloj del comedor dió las ocho. 135
-
- XX.--¡Me parecía mentira! 138
-
- XXI.--Al día siguiente... 146
-
- XXII.--«Esto marcha.» 151
-
- XXIII.--¡La historia en un papelito! 158
-
- XXIV.--Tiene usted que hablar. 166
-
- XXV.--Mis pensamientos me atormentaban. 174
-
- XXVI.--Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio. 178
-
- XXVII.--La de Irene dominaba á las otras tres. 188
-
- XXVIII.--«Habla Peñita.» 195
-
- XXIX.--¡Oh, negra tristeza! 204
-
- XXX.--¿Con que se nos va usted? 209
-
- XXXI.--¡Es una hipócrita! 215
-
- XXXII.--Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube. 221
-
- XXXIII.--¡Dichoso corazón humanitario! 226
-
- XXXIV.--¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa! 234
-
- XXXV.--«Proxenetes.» 244
-
- XXXVI.--¡Esta es la mía! 249
-
- XXXVII.--Anochecía. 261
-
- XXXVIII.--¡Ah! ¡traidor embustero! 269
-
- XXXIX.--Quedéme solo delante de mi sopa. 277
-
- XL.--Mentira, mentira. 283
-
- XLI.--La pícara se sentó con la espalda á la luz. 290
-
- XLII.--¡Qué amargo! 299
-
- XLIII.--Doña Javiera me acometió con furor. 314
-
- XLIV.--Mi venganza. 318
-
- XLV.--Mi madre. 323
-
- XLVI.--¿Se casaron? 329
-
- XLVII.--No me dejaba á sol ni sombra. 334
-
- XLVIII.--La boda se celebró. 338
-
- XLIX.--Aquel día me puse malo. 343
-
- L.--¡Que vivan, que gocen! Yo me voy. 349
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO ***
-
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- </head>
- <body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: El amigo Manso
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: September 16, 2017 [EBook #55563]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals, Ramon Pajares
-Box and the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive/Canadian
-Libraries)
-
-
-
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-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Book cover" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <h1>EL AMIGO MANSO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad.
- Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven
- el sello del periódico <i>La Guirnalda</i>.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="tit pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
-
- <p class="xl">EL AMIGO</p>
- <p class="fs450">MANSO</p>
-
- <p class="small mt2">POR</p>
-
- <p class="large mt15 mb3">B. PÉREZ GALDÓS</p>
-
- <hr class="min" />
- <p><b>SEGUNDA EDICIÓN</b></p>
- <hr class="min" />
-
-
- <p class="large mt3"><big>MADRID</big><br />
- <span class="fs90">1885<br />
- Imprenta y litografía de LA GUIRNALDA</span><br />
- <span class="small"><i>Calle de las Pozas, núm.</i> 12.</span></p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="xl centra">OBRAS DE B. PÉREZ GALDÓS</p>
-<hr class="min" />
-<p class="large centra">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p>
-
-<table class="anunc1 mt05" summary="Novelas contemporáneas de Galdós">
- <tr>
- <td class="tdru">I.—</td>
- <td class="tdlh">Doña Perfecta (5.ª <i>edición</i>). 2 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">II.—</td>
- <td class="tdlh">Gloria (dos tomos) (5.ª <i>edición</i>). 4 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">III.—</td>
- <td class="tdlh">Marianela (5.ª <i>edición</i>). 2 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">IV.—</td>
- <td class="tdlh">La familia de León Roch (tres tomos) (4.ª <i>edición</i>).
- 6 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">V.—</td>
- <td class="tdlh">La Desheredada (un tomo en 4.º), 8 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VI.—</td>
- <td class="tdlh">El Amigo Manso (un tomo en 8.º), 3 pesetas
- (2.ª <i>edición</i>).</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VII.—</td>
- <td class="tdlh">El Doctor Centeno (dos tomos) 6 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">VIII.—</td>
- <td class="tdlh">Tormento (un tomo en 8.º), 3,50 pesetas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru">IX.—</td>
- <td class="tdlh">La de Bringas (un tomo en 8.º) 3 ptas.</td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="sep" />
-
-<p class="large centra">EPISODIOS NACIONALES</p>
-<table class="anunc2 mt05" summary="Episodios nacionales de Galdós">
- <tr>
- <td class="tdc"><b>PRIMERA SÉRIE.</b></td>
- <td class="tdc"><b>SEGUNDA SÉRIE.</b></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <p>I.—<i>Trafalgar</i> (4.ª edición).</p>
- <p>II.—<i>La corte de Carlos IV</i> (3.ª edición).</p>
- <p>III.—<i>El 19 de Marzo y el 2 de Mayo</i> (4.ª edición).</p>
- <p>IV.—<i>Bailén</i> (3.ª edición).</p>
- <p>V.—<i>Napoleon en Chamartin</i> (2.ª edición).</p>
- <p>VI.—<i>Zaragoza</i> (3.ª edición).</p>
- <p>VII.—<i>Gerona</i> (2.ª edición).</p>
- <p>VIII.—<i>Cádiz</i> (2.ª edición).</p>
- <p>IX.—<i>Juan Martín el Empecinado</i> (3.ª edición).</p>
- <p>X.—<i>La batalla de los Arapiles</i> (2.ª edición).</p>
- </td>
- <td class="tdl">
- <p>I.—<i>El equipaje del Rey José.</i> (3.ª edición).</p>
- <p>II.—<i>Memorias de un Cortesano de 1815.</i> (2.ª edición).</p>
- <p>III.—<i>La segunda casaca.</i></p>
- <p>IV.—<i>El Grande Oriente.</i></p>
- <p>V.—<i>7 de Julio.</i></p>
- <p>VI.—<i>Los cien mil hijos de San Luis.</i></p>
- <p>VII.—<i>El Terror de 1824.</i></p>
- <p>VIII.—<i>Un voluntario realista.</i></p>
- <p>IX.—<i>Los Apostólicos.</i> (2.ª edición.)</p>
- <p>X.—<i>Un faccioso más y algunos frailes menos.</i></p>
- </td>
- </tr>
-</table>
-
-<p class="centra mt05">PRECIO DE CADA TOMO<br />
-<small>DOS PESETAS EN TODA ESPAÑA</small></p>
-
-<hr class="sep" />
-
-<table class="anunc2 mt05" summary="Otras dos novelas de Galdós">
- <tr>
- <td class="tdc">
- <b>LA<br />FONTANA DE ORO</b><br />
- (1820-1823)<br />
- <b>2.ª ed. notablemente corregida</b><br />
- <i>Un vol. en 8.º de 400 págs.</i>
- </td>
- <td class="tdc">
- <b>EL AUDAZ</b><br />
- <small>HISTORIA DE UN RADICAL DE ANTAÑO</small><br />
- (1804)<br />
- En prensa 3.ª edición corregida.<br />Tomo en 8.º
- </td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="sep" />
-
-<p>Los pedidos de ejemplares se dirigirán á la Administración de <i>La
-Guirnalda</i> y <i>Episodios Nacionales</i>, calle del Barco, núm. 2 duplicado.
-Madrid.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <p class="falseh1">EL AMIGO MANSO</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="inicial">I</h2>
- <p class="subh2">Yo no existo.</p>
-</div>
-
-<p>Yo no existo... Y por si algún desconfiado ó terco ó maliciosillo
-no creyese lo que tan llanamente digo, ó exigiese algo de juramento
-para creerlo, juro y perjuro que no existo; y al mismo tiempo
-protesto contra toda inclinación ó tendencia á suponerme investido
-de los inequívocos atributos de la existencia real. Declaro que ni
-siquiera soy el retrato de alguien, y prometo que si alguno de estos
-profundizadores del día se mete á buscar semejanzas entre mi yo sin
-carne ni hueso y cualquier indivíduo susceptible de ser sometido á un
-ensayo de vivisección, he de salir á la defensa de mis fueros de mito,
-probando con testigos, traidos de donde me convenga, que no soy, ni he
-sido, ni seré nunca nadie.</p>
-
-<p>Soy (diciéndolo en lenguaje oscuro para que lo entiendan mejor),
-una condensación artística, diabólica hechura del pensamiento humano
-(<i>ximia Dei</i>), el cual, si coge entre sus dedos algo de estilo, se
-pone á imitar con él las obras que con la materia ha hecho Dios en el
-mundo físico; soy un ejemplar nuevo de estas falsificaciones<span
-class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span> del hombre que desde que el
-mundo es mundo andan por ahí vendidas en tabla por aquellos que yo
-llamo holgazanes, faltando á todo deber filial, y que el bondadoso
-vulgo denomina artistas, poetas ó cosa así. Quimera soy, sueño de
-sueño y sombra de sombra, sospecha de una posibilidad; y recreándome
-en mi no ser, viendo trascurrir tontamente el tiempo infinito, cuyo
-fastidio, por serlo tan grande, llega á convertirse en entretenimiento,
-me pregunto si el no ser nadie equivale á ser todos, y si mi falta
-de atributos personales equivale á la posesión de los atributos del
-sér. Cosa es esta que no he logrado poner en claro todavía, ni quiera
-Dios que la ponga, para que no se desvanezca la ilusión de orgullo
-que siempre mitiga el frío aburrimiento de estos espacios de la idea.
-Aquí, señores, donde mora todo lo que no existe, hay también vanidades
-¡pasmaos! hay clases, ¡y cada intriga...! Tenemos antagonismos
-tradicionales, privilegios, rebeldías, sopa boba y pronunciamientos.
-Muchas entidades que aquí estamos, podríamos decir, si viviéramos, que
-vivimos de milagro. Y á escape me salgo de estos laberintos y me meto
-por la clara senda del lenguaje común para explicar por qué motivo
-no teniendo voz hablo, y no teniendo manos trazo estas líneas, que
-llegarán, si hay cristiano que las lea, á componer un libro. Vedme con
-apariencia humana. Es que alguien me evoca, y por no sé qué sutiles
-artes me pone como un forro corporal y hace de mí un remedo ó máscara
-de persona viviente, con todas las trazas y movimientos de ella. El
-que me saca de mis casillas y me lleva á estos malos andares es un
-amigo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span></p>
-
-<p>Orden, orden en la narración. Tengo yo un amigo que ha incurrido
-por sus pecados, que deben de ser tantos en número como las arenas
-de la mar, en la pena infamante de escribir novelas, así como otros
-cumplen, leyéndolas, la condena ó maldición divina. Este tal vino á
-mí hace pocos días, hablóme de sus trabajos, y como me dijera que
-había escrito ya treinta volúmenes, le tuve tanta lástima que no pude
-mostrarme insensible á sus acaloradas instancias. Reincidente en el feo
-delito de escribir, me pedía mi complicidad para añadir un volumen á
-los treinta desafueros consabidos. Díjome aquel buen presidiario, aquel
-inocente empedernido, que estaba encariñado con la idea de perpetrar
-un detenido crímen novelesco, sobre el gran asunto de la educación;
-que había premeditado su plan, pero que faltándole datos para llevarlo
-adelante con la alevosa presteza que pone en todas sus fechorías, había
-pensado aplazar esta obra para acometerla con brío cuando estuvieran en
-su mano las armas, herramientas, escalas, ganzúas, troqueles y demás
-preciosos objetos pertinentes al caso; que entre tanto, no gustando de
-estar mano sobre mano, quería emprender un trabajillo de poco aliento,
-y que sabedor de que yo poseía un agradable y fácil asunto, venía á
-comprármelo, ofreciéndome por él cuatro docenas de géneros literarios,
-pagaderas en cuatro plazos, una fanega de ideas pasadas, admirablemente
-puestas en lechos y que servían para todo, diez azumbres de licor
-sentimental, encabezado para resistir bien la exportación, y por
-último, una gran partida de frases y fórmulas, hechas á molde y bien
-recortaditas, con más una redoma<span class="pagenum" id="Page_8">[p.
-8]</span> de mucílago para pegotes, acopladuras, compaginazgos,
-empalmes y armazones. No me pareció mal trato y acepté.</p>
-
-<p>No sé qué garabatos trazó aquel perverso sin hiel delante de mí; no
-sé qué diabluras hechiceras hizo... Creo que me zambulló en una gota de
-tinta; que dió fuego á un papel; que después fuego, tinta y yo fuimos
-metidos y bien meneados en una redomita que olía detestablemente á
-azufre y otras drogas infernales... Poco después salí de una llamarada
-roja, convertido en carne mortal. El dolor me dijo que yo era un
-hombre.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_2">
- <h2 class="nobreak">II</h2>
- <p class="subh2">Yo soy Máximo Manso.</p>
-</div>
-
-<p>Y tenía treinta y cinco años cuando me pasó lo que me pasó.
-Y si á esto añado que el caso es reciente, y que muchos de los
-acontecimientos incluídos en este verdadero relato ocurrieron en menos
-de un año, quedarán satisfechos los lectores más exigentes en materias
-cronológicas. Á los sentimentales he de disgustarles desde el primer
-momento diciéndoles que soy doctor en dos facultades y catedrático del
-Instituto, por oposición, de una eminente asignatura que no quiero
-nombrar. He consagrado mi poca inteligencia y mi tiempo todo á los
-estudios filosóficos, encontrando en ellos los más puros deleites de
-mi vida. Para mí es incomprensible la aridez que la mayoría de las
-personas asegura encontrar en esa deliciosa ciencia, siempre vieja y
-siempre nueva, maestra de todas las sabidurías<span class="pagenum"
-id="Page_9">[p. 9]</span> y gobernadora visible ó invisible de la
-humana existencia.</p>
-
-<p>Será porque han querido penetrar en ella sin método, que es la
-guía de sus tortuosos senos, ó porque estudiándola superficialmente
-han visto sus asperezas exteriores antes de gustar la extraordinaria
-dulzura y suavidad de lo que dentro guarda. Por singular beneficio de
-mi naturaleza, desde niño mostré especial querencia á los trabajos
-especulativos, á la investigación de la verdad y al ejercicio de la
-razón; y á tal ventaja se añadió, por mi suerte, la preciosísima de
-caer en manos de un hábil maestro, que desde luego me puso en el
-verdadero camino. Tan cierto es, que de un buen modo de principiar
-emana el logro feliz de difíciles empresas, y que de un primer
-paso dado con acierto depende la seguridad y presteza de una larga
-jornada.</p>
-
-<p>Digan, pues, de mí que soy filósofo, aunque no me creo merecedor de
-este nombre, sólo aplicable á los insignes maestros del pensamiento
-y de la vida. Discípulo soy no más, ó si se quiere, humilde auxiliar
-de esa falange de nobles artífices que siglo tras siglo han venido
-tallando en el bloque de la bestia humana la hermosa figura del hombre
-divino. Soy el aprendiz que aguza una herramíenta, que mantiene una
-pieza; pero la penetración activa, la audacia fecunda, la fuerza
-potente y creadora me están vedadas como á los demás mortales de mi
-tiempo. Soy un profesor de fila, que cumplo enseñando lo que me han
-enseñado á mí, trabajando sin tregua; reuniendo con método cariñoso
-lo que en torno á mí veo, lo mismo la teoría sólida que el hecho
-voluble, así el fenómeno indubitable como la hi<span class="pagenum"
-id="Page_10">[p. 10]</span>pótesis atrevida; adelantando cada día con
-el paso lento y seguro de las medianías; construyendo el saber propio
-con la suma del saber de los demás; y tratando, por último, de que las
-ideas adquiridas y el sistema con tanta dificultad labrado, no sean
-vanas fábricas de viento y humo, sino más bien una firme estructura
-de la realidad de mi vida con poderosos cimientos en mi conciencia.
-El predicador que no practica lo que dice, no es predicador, sino un
-púlpito que habla.</p>
-
-<p>Ocupándome ahora de lo externo, diré que en mi aspecto general
-presento, según me han dicho, las apariencias de un hombre sedentario,
-de estudios y de meditación. Antes que por catedrático, muchos me
-tienen por letrado ó curial, y otros, fundándose en que carezco de
-buena barba y voy siempre afeitado, me han supuesto cura liberal ó
-actor, dos tipos de extraordinaria semejanza. En mi niñez pasaba
-por bien parecido. Ahora creo que no lo soy tanto, al menos así me
-lo han manifestado directa ó indirectamente varias personas. Soy de
-mediana estatura, que casi casi, con el progresivo rebajamiento de
-la talla en la especie humana, puede pasar por gallarda; soy bien
-nutrido, fuerte, musculoso, mas no pesado ni obeso. Por el contrario,
-á consecuencia de los bien ordenados ejercicios gimnásticos, poseo
-bastante agilidad y salud inalterable. La miopía ingénita y el abuso
-de las lecturas nocturnas en mi niñez, me obligan á usar vidrios. Por
-mucho tiempo gasté quevedos, uso en que tiene más parte la presunción
-que la conveniencia; pero al fin he adoptado las gafas de oro, cuya
-comodidad no me<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span>
-canso de alabar, reconociendo que me envejecen un poco. Mi cabello es
-fuerte, oscuro y abundante; mas he tenido singular empeño en no ser
-nunca melenudo, y me lo corto á lo quinto, sacrificando á la sencillez
-un elemento decorativo que no suelen despreciar los que, como yo,
-carecen de otros. Visto sin afectación, huyendo lo mismo de la novedad
-llamativa que de las ridiculeces de lo anticuado. Apuro mi ropa
-medianamente, con la cooperación de algún sastre de portal, mi amigo; y
-me he acostumbrado de tal modo al uso del sombrero de copa, á quien el
-vulgo llama con doble sentido <i>chistera</i>, que no puedo pasarme sin él,
-ni acierto á sustituirle con otras clases ó familias de tapa-cabezas,
-por lo cual lo llevo hasta en verano, y aun en viaje me lo pondría muy
-sereno si no temiera caer en extravagancia. La capa no se me cae de
-los hombros en todo el invierno, y hasta para estudiar en mi gabinete
-me envuelvo en ella, porque aborrezco los braseros y estufa. Ya dije
-que mi salud es preciosa, y añado ahora que no recuerdo haber comido
-nunca sin apetito. No soy gastrónomo; no entiendo palotada de refinados
-manjares ni de rarezas de cocina. Todo lo que me ponen delante me lo
-como, sin preguntar al plato su abolengo ni escudriñar sus componentes;
-y en punto á preferencias, sólo tengo una que declaro sinceramente,
-aunque se refiere á cosa ordinaria, el <i>cicer arietinum</i>, que en
-romance llamamos garbanzo, y que, según enfadosos higienistas, es
-comida indigesta. Si lo es, yo no lo he notado nunca. Estas deliciosas
-bolitas de carne vegetal no tienen, en opinión de mi paladar, que es
-para mí de gran autoridad, sustitución posi<span class="pagenum"
-id="Page_12">[p. 12]</span>ble, y no me consolaría de perderlas,
-mayormente si desaparecía con ellas el agua de Lozoya, que es mi
-vino. No necesito añadir que personalmente me tienen sin cuidado los
-progresos de la filoxera, pues mi bodega son los frescos manantiales
-de la sierra vecina. Únicamente del tinto y flojo hago prudente uso,
-después de bien bautizado por el tabernero y confirmado por mí; pero de
-esos traidores vinos del Mediodía, no entra una gota en mi cuerpo. Otra
-pincelada: no fumo.</p>
-
-<p>Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la puerta de Covadonga y
-del monte Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues
-ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de
-verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve; con sus faldas
-alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se
-encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus
-profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de
-espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías
-de roca, pedestal de las nubes. Mi padre, farmacéutico del pueblo, era
-gran cazador y conocía palmo á palmo todo el país, desde Rivadesella
-á Ponga y Tarua, y desde las Arriondas á los Urrieles. Cuando yo tuve
-edad para resistir el cansancio de estas expediciones nos llevaba
-consigo á mi hermano José María y á mí. Subimos á los Puertos Altos,
-anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos
-paseamos por las nubes.</p>
-
-<p>Solo ó acompañado por los chicos de mi edad, iba muchas tardes á San
-Pedro de Villanueva,<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span>
-en cuyas piedras está esculpida la historia tan breve como triste
-de aquel rey que fué comido de un oso. Yo trepaba por las corroídas
-columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las figuras atónitas
-del Padre Eterno y de los Santos, toscas esculturas impregnadas de
-no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas, y ayudado de otros
-muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos y los bigotes, con
-lo cual las hacía más espantadas. Nos reíamos con esto; pero cuando
-volvía yo á mi casa, me acordaba de la figura retocada por mí y me
-dormía con miedo de ella y con ella soñaba. Veía en mi sueño la mano
-chata y simétrica, los piés como palmetas, las contorsiones de cuerpo,
-los ojos saltándose del casco, y me ponía á gritar y no me callaba
-hasta que mi madre no me llevaba á dormir con ella.</p>
-
-<p>Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto
-le quitaban la nariz á un apóstol ó los dedos al Padre Eterno, y
-arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas, ó ponían
-letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuya sabia leyenda
-no entendíamos. Para jugar á la pelota, preferíamos siempre el pórtico
-bizantino á los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que
-el Padre Eterno y su corte nos devolvían la pelota con más presteza.
-El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las
-personas más respetables de Asturias, y preside ¡oh ironías de la vida!
-la Comisión de Monumentos. La naturaleza de los sitios en que pasé mi
-infancia ha dejado para siempre en mi espíritu impresión tan profunda,
-que constantemente noto en mí<span class="pagenum" id="Page_14">[p.
-14]</span> algo que procede de la melancolía y amenidad de aquellos
-valles, de la grandeza de aquellas moles y cavidades, cuyos ecos
-repiten el primer balbucir de la historia patria; de aquellas alturas
-en que el viajero cree andar por los aires sobre celajes de piedra.
-Esto, y el sonoro, pintoresco río, y el triste lago Nol, que es un mar
-ermitaño, y el solitario monasterio de San Pedro, tienen indudablemente
-algo mío, ó es que tengo yo con ellos el parentesco de conformación, no
-de sustancia, que el vaciado tiene con su molde. También parece que ha
-quedado sellada en mi vida la hondísima lástima que me inspiraba aquel
-rey que fué comido del oso. Siento como impresos ó calcados en mi masa
-encefálica los capiteles que reproducen la terrible historia. En uno el
-joven soberano se despide de su tierna esposa; en otro está acometiendo
-al fiero animal y más allá éste se lo merienda. Cuando yo hacía
-travesuras, mi padre me amenazaba con que vendría el oso á comerme,
-como al señor de Favila, y muchas noches tuve pesadilla y veía desfilar
-por delante de mí las espantables figuras de los capiteles. Por nada
-del mundo me internaba solo dentro del monte; y aún hoy siempre que veo
-un oso me figuro por breve instante que soy rey; y también si acierto á
-ver á un rey, me parece que hay en mí algo de oso.</p>
-
-<p>Mi padre murió antes de ser viejo. Quedamos huérfanos José María,
-de veintidos años, y yo de quince. Tenía mi hermano más ambición de
-riqueza que de gloria, y se marchó á la Habana. Yo despuntaba por
-el desprecio de las vanidades y por el prurito de la fama, y en mi
-corta edad no había en el pueblo persona que<span class="pagenum"
-id="Page_15">[p. 15]</span> me echase el pié adelante en ilustración.
-Pasaba por erudito, tenía muchos libros, y hasta el cura me
-consultaba casos de filosofía y ciencias naturales. Llegué á adquirir
-cierta presunción pedantesca y un airecillo de autoridad de que
-posteriormente, á Dios gracias, me he curado por completo. Mi madre
-estaba tonta conmigo, y siempre que iba á visitarla algún señor de
-campanillas me hacía entrar en la sala, y con toda suerte de socaliñas
-me obligaba á mostrar mi sabiduría en historia ó en literatura,
-hablando de cosas tales, que aquellas materias vinieran á encajar en
-la conversación. Las más de las veces era preciso traerlas por los
-cabellos.</p>
-
-<p>Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á
-Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí
-fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en
-olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos
-horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados
-profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis
-lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego
-en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á
-otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas
-la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la
-Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida,
-porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el
-tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me
-hacía falta para nada.</p>
-
-<p>Estoy impaciente por hablar de mi sér mo<span class="pagenum"
-id="Page_16">[p. 16]</span>ral, por la afición que tengo á la
-predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la pluma
-á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le
-permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando
-mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de
-principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de
-algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho
-dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me
-congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de
-mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite
-tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á
-su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las
-riendas de mí mismo.</p>
-
-<p>Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse
-conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos,
-así de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me
-ha ido con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y
-observen los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos,
-para que su encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de
-la vida. Yo he sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho
-infeliz, y apetitos cuyo desorden lleva á otros á la degradación.
-Estas laboriosas reformas me han adestrado y robustecido para obtener
-en la moral menuda una serie de victorias á cual más importantes.
-Yo he conseguido una regularidad de vida que muchos me envidian,
-una sobriedad que lleva en sí más delicias que el desenfreno<span
-class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> de todos los apetitos.
-Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados
-de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con
-una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan,
-estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento
-de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una
-grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al
-proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato,
-estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque
-podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine
-la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que,
-arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando
-endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de
-esclavitud ó de libertad.</p>
-
-<p>Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo
-que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á
-desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos
-escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del
-heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer,
-ya infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero
-á mis materialidades para que ni un instante me distrajese del
-estudio. Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y
-después otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis
-hábitos de trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le
-debo la conservación de una parte de la fortunita que dejó mi<span
-class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> padre, la cual supo ella
-defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente preciso
-para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en decorosa
-indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un temple y un
-vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi cátedra y
-mi madre cumplió su misión.</p>
-
-<p>Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el
-de ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido
-mi guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi
-madre murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán
-torpe me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á
-consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba
-á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran
-aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer
-mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus
-pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.</p>
-
-<p>Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de
-huéspedes; pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví
-seis años, hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la
-que ocupo aún. Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de
-inmejorables condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de
-llaves. Poco á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad,
-arreglo y limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de
-soltero, y esta es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni
-cambiaría mi Pe<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span>tra
-por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el
-mundo.</p>
-
-<p>Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no
-falta ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar
-entre el bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las
-verduleras me estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el
-ritmo del mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara
-el <i>¡dos cuartitos escarola!</i> no podría preparar mis lecciones tan bien
-como las preparo hoy.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_3">
- <h2 class="nobreak">III</h2>
- <p class="subh2">Voy á hablar de mi vecina.</p>
-</div>
-
-<p>Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi
-asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores
-que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya
-en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de
-<i>vecina</i>, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á
-meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no
-entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo
-de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.</p>
-
-<p>En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento
-de los más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía
-de los Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera,
-muy conocida en este barrio<span class="pagenum" id="Page_20">[p.
-20]</span> y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto esposo
-era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias alianzas con
-la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de verano del 78,
-en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los vecinos todos
-escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña Javiera una
-excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna por todos
-conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa (tercero
-derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de elogios,
-llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.</p>
-
-<p>—No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso—me dijo.—¡Un hombre sin
-trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa;
-un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por
-las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace
-tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted
-le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué
-decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me
-quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres
-todos los días.</p>
-
-<p>Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal
-izquierda), me recibía poco menos que con palio.</p>
-
-<p>—Yo no debiera abrir la boca delante de usted—me decía,—porque soy
-una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar
-callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como
-que no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no,
-señor<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> de Manso. No
-tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería ridículo.
-¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón, que es mi
-boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua; como que
-soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar con
-remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo que
-significan.</p>
-
-<p>La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía
-rápidamente. Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos
-vestidos de charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de
-codo, el dengue ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el
-picote morado, la mantilla de rocador, las horquillas de plata, los
-pendientes y collares de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que
-me acabara de pasmar, mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran
-una riqueza. Un día que bajé, ví que había puesto en marco y colgado
-en la pared de la sala un retrato mío que publicó no sé qué periódico
-ilustrado. Esto me hizo reir; y ella, congratulándose de lo que había
-hecho, me hizo reir más.</p>
-
-<p>—He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y
-vengan catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted
-decía el periódico, me daba un gozo...</p>
-
-<p>No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito
-de chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que
-en la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por
-mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro,
-alguno de los cuales, ardiente devoto de la<span class="pagenum"
-id="Page_22">[p. 22]</span> carne de cerdo, me daba bromas con mi
-vecina.</p>
-
-<p>Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso,
-ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en
-que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y
-sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se
-puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos
-bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á
-una traducción del <i>Sistema de Bellas Artes</i> de Hegel, hecha por un
-amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en
-ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora
-fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que
-se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como
-cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos
-están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis
-ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de
-la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me
-había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se
-me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila,
-amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico
-del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas,
-de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de
-filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien
-peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en
-muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engro<span
-class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span>sar más de lo que ordena el
-Maestro en el capítulo de las proporciones, su gallarda estatura, su
-buena conformación, y reparto de carnosidades, huecos y bultos casi
-casi hacían de aquel defecto una hermosura. Al mirarla destacándose
-sobre aquel fondo de librería, hallaba yo tan gracioso el contraste,
-que al punto se me ocurrió añadir á mis comentarios uno sobre la
-<i>Ironía en las Bellas Artes</i>.</p>
-
-<p>—Estoy aquí mirando los <i>padrotes</i>—dijo, volviendo sus ojos á lo
-alto de la pared.</p>
-
-<p>Los <i>padrotes</i> eran cuatro bustos comprados por mi madre en una
-tienda de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo
-sólo al tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián
-Romea.</p>
-
-<p>—Esos son los maestros de todo lo que se sabe—indicó la señora,
-llena de profundo respeto.—¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...!
-¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto.
-Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.</p>
-
-<p>No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención
-puesta en ella.</p>
-
-<p>—Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre
-como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se
-me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me
-aposentó en el corazón...</p>
-
-<p>Al decir esto rompió á reir, añadiendo:</p>
-
-<p>—Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr.
-de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque
-tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos
-al caso... Se ha quedado us<span class="pagenum" id="Page_24">[p.
-24]</span>ted un poco pálido; se ha quedado usted más serio que un
-plato de habas.</p>
-
-<p>Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se
-explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural
-y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque
-los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia
-estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de
-la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara
-confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión,
-la cual era que me encargase de educar á su hijo.</p>
-
-<p>—El chico—prosiguió ella, echándose atrás el manto,—es de la piel
-de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí,
-tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de
-ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento.
-Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos
-de las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros.
-Duerme las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el
-gimnasio, en eso que llaman... no sé cómo, el <i>Ascátin</i>, que es donde
-se patina con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna
-rota. Me gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de
-sus amiguitos otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de
-aficionados, tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar
-mucho pecho, mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le
-toque, ya tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades
-buenas y hasta por<span class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span>
-sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto caballero;
-pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo, porque si no,
-mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no puedo hacer
-carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención de reñirle,
-de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para no dejarme
-embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante con aquella
-carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela... Se me cae la
-baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco que le estoy
-echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues oiga usted, se
-me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle en camino y hacer
-de él un hombre, un gran señor, un caballero, no conviene llevarle la
-contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver si me explico...
-Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora un halago, después
-un palito, mucho ten con ten y estira y afloja, variarle poquito á
-poquito las aficiones, despertarle el gusto por otras cosas, fingirle
-ceder para después apretar más fuerte, aquí te toco, aquí te dejo,
-ponerle un freno de seda, y si á mano viene, buscarle distracciones que
-le enseñen algo, ó hacerle de modo que las lecciones le diviertan... Si
-le pongo en manos de un profesorazo seco, él se reirá del profesor. Lo
-que le hace falta es un maestro que, al mismo tiempo que sea maestro,
-sea un buen amigo, un compañero que á la chita callando y de sorpresa
-le vaya metiendo en la cabeza las buenas ideas; que le presente la
-ciencia como cosa bonita y agradable; que no sea regañón, ni pesado,
-sino bondadoso, un alma de Dios<span class="pagenum" id="Page_26">[p.
-26]</span> con mucho pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga
-labia para hablar de cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los
-ojos y por el corazón.</p>
-
-<p>Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había
-comprendido tan admirablemente el gran problema de la educación.
-Encantado de su charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi
-aquiescencia con expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos,
-hábito que he adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.</p>
-
-<p>—Mi hijo—añadió la carnicera,—tiene y tendrá siempre con qué vivir.
-Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de
-tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser
-económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar
-mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo
-Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que
-se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que
-sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después
-de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa
-todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero
-que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas
-de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen
-del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese
-sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el
-chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien,
-mi Manolo tiene por<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span>
-usted unas simpatías... Como se ponga á hablar de nuestro vecino, no
-acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á él, hombre, aunque no
-sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy á poner á estudiar tres
-ó cuatro horas todos los días en casa del amigo Manso,» y se puso más
-contento... Le tengo matriculado en la Universidad; pero de cada ocho
-días, me falta siete á clase. Dice que le aburren los profesores y que
-le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D. Máximo, usted me le toma por su
-cuenta ó perdemos las amistades. En cuanto á honorarios, usted es quien
-los ha de fijar... Bendito sea Dios que le trajo á usted á poner su
-nido en el tercero de mi casa... Lo digo, amigo Manso, usted ha bajado
-del sétimo Cielo...</p>
-
-<p>Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por
-lo agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía,
-acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal
-resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de
-pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo
-día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_4">
- <h2 class="nobreak">IV</h2>
- <p class="subh2">Manolito Peña, mi discípulo.</p>
-</div>
-
-<p>Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo
-evitar) viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos
-del difunto, hombre de gran probidad muy enten<span class="pagenum"
-id="Page_28">[p. 28]</span>dido en cuerno y cerda, sagaz negociante,
-castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros llevada al
-delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta años. Cuatro
-habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á doña Javiera,
-que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por aquellos mismos
-días los murmullos del barrio la suponían en relaciones ilícitas con un
-tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto de chispa y de
-buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado, aunque blasonaba
-de ciertas habilidades mecánicas que para nada servían, como no fuera
-para que él se impacientara y se aburrieran los demás. Todo el santo
-día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina, bien haciendo un
-palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo una jaula tan grande
-y complicada, que no se acababa nunca. Era un <i>retrato</i> del Escorial
-hecho en alambre. Sabía hacer composturas y tenía máquina de calar,
-con la que confeccionaba mil fruslerías de tabla, chapa y marfil, todo
-enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y jamás concluido.</p>
-
-<p>Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña
-de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto
-comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas
-provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos
-hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente
-aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y
-sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de
-melancolías, y por último, de la<span class="pagenum" id="Page_29">[p.
-29]</span> vanidad juvenil que en él despertaban su hermosísima figura
-y agraciado rostro.</p>
-
-<p>Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto
-trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día
-conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía;
-feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace
-querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad,
-que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.</p>
-
-<p>Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios
-serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos
-filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos
-de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de
-combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome
-las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á
-aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto
-serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas
-que parezcan.</p>
-
-<p>De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi
-casa la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me
-parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que
-en la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales,
-se determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de
-ver las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación
-en el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la
-brecha del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría
-la en<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>trada la
-imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las penalidades de
-un largo asedio.</p>
-
-<p>Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no
-supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros
-de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos
-con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba
-en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer,
-inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según
-que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León,
-San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera.
-Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo
-bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto.
-Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los
-primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de
-conocimientos gramaticales.</p>
-
-<p>Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo
-se familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le
-sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos,
-de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había
-para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la
-poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio
-unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené
-no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que
-se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño
-que imposibilita la familiari<span class="pagenum" id="Page_31">[p.
-31]</span>dad. Le convencí de que no era de la familia, de que son
-cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él, sin ofensa de
-su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros versos que de
-los ajenos.</p>
-
-<p>Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que
-el <i>Quijote</i> le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien
-estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas
-veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del
-héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame
-que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos
-y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las
-mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en
-la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el
-profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas
-las grandezas y las debilidades del corazón humano.</p>
-
-<p>Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar
-á Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en
-la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era
-una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y
-la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de
-vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico.
-Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la
-práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos
-escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los
-modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span></p>
-
-<p>Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á
-pasear por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á
-un tiempo caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza
-deambulatoria, que debiera llamarse <i>peripatética</i>, no por lo que
-tenga de aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que
-veíamos y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del
-Prado, y allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio
-notaba yo cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo.
-Pero muy pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las
-artes plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado
-el de los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al
-Museo; pero no lo había visto hasta ahora.»</p>
-
-<p>Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre
-que no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora
-que tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En
-la esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones,
-y la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle
-algún principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de
-arte. En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones
-materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que
-podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi
-pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas
-se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como
-quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la llu<span
-class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span>via, de la nieve, con un
-poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales. No me gustaba
-mucho meterme en estas averiguaciones.</p>
-
-<p>Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que
-me tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre
-sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter!
-Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi
-vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores,
-dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente
-interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la
-sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con
-insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora
-de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi
-madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este
-censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y
-paciencia.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
- <p class="subh2">¿Quién podrá pintar á doña Cándida?</p>
-</div>
-
-<p>Nadie, absolutamente nadie. Pero como <i>el intentarlo sólo es
-heroismo</i>, voy á ser héroe de esta empresa pictórica, que estaba
-guardada para mí desde que el tal cínife describió su primera curva
-graciosa en el aire y halagó la humana oreja con el <i>do</i> sobre-agudo
-de su trompetilla. Doña Cándida era viuda de García Gran<span
-class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span>de, personaje que desempeñó
-segundos ó terceros papeles en el período político llamado de la
-Unión liberal. Era de estos que no fatigan á la posteridad ni á la
-fama, y que al morirse reciben el frío homenaje de los periódicos del
-partido y son llamados <i>probos</i>, <i>activos</i>, <i>celosos</i>, <i>concienzudos</i>,
-<i>inteligentes</i> ó cosa tal. García Grande había sido hombre de
-negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra
-en los negocios gordos, un <i>bifronte</i> de esta raza inextinguible y
-fecundísima, que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos
-fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de
-buenas formas, que suplen á aquéllas; apetitoso de riquezas fáciles;
-un sargentuelo de pandilla de esas que se forman con las subdivisiones
-parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador
-sin estilo y político sin tacto, que no informaba sino decoraba las
-situaciones; una sustancia antropomórfica, que bajo la acción de la
-política apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador
-de provincia, ya como administrador de patronatos, ahora de director
-general, después de gerente de un desbancado Banco ó de un ferrocarril
-sin carriles.</p>
-
-<p>En estos trotes, García Grande, cuya determinación psico-física
-acusaba dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su
-fortuna, la de su mujer, y parte no chica de varios patrimonios
-ajenos, porque una sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que
-fué director gerente, arrambló con las economías de media generación,
-y allá se fué todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado,
-pero<span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span> débil. ¡Qué
-gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así
-como la humildad evangélica y el amor á los semejantes suelen andar á
-la greña con aquel vigor de caracter que el manejo de fondos propios y
-particulares exige.</p>
-
-<p>Sirva de disculpa á García Grande, aunque no de consuelo á los que
-aseguraron sus vidas en él, la afirmación de que su eminente esposa
-era un sér providencial, hecho de encargo y enviado por Dios sobre
-las sociedades anónimas (¡designios misteriosos!) para dar en tierra
-con todos los capitales que se le pusieran delante y aun con los que
-se le pusieran detrás; que á todas partes convertía sus destructoras
-manos aquella bendita dama. Jamás vió Madrid mujer más disipadora, más
-apasionada del lujo, más frenética por todas las ruinosas vanidades de
-la edad presente.</p>
-
-<p>Mi madre, que la conoció en sus buenos tiempos, allá en los días,
-no sé si dichosos ó adversos, del consolidado á 50, de la guerra de
-África, del no de Negrete, de las millonadas por ventas de bienes
-nacionales, del ensanche de la Puerta del Sol, de Mario y la Grissi,
-de la omnipotencia de O’Donnell y del ministerio largo, mi madre,
-repito, que fué muy amiga de esta señora, me contaba que vivía en la
-opulencia relativa de los ricos de ocasión. Á su casa (una de las
-que fueron derribadas detrás de la Almudena para prolongar la calle
-de Bailén), iba mucha gente á comer, y se daban saraos y veladas,
-tés, merendonas y asaltos. Las pretensiones aristocráticas de Cándida
-eran tan extremadas, que mientras vivió García Grande no dejó de
-atosi<span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span>garle para
-que se proporcionase un título; pero él se mantuvo firme en esto, y
-conservando hacia la aristocracia el respeto que se ha perdido desde
-que han empezado á entrar en ella á granel todos los ricos, no quiso
-adquirir título, ni aun de los romanos, que según dicen, son muy
-arreglados.</p>
-
-<p>Si mientras los dineros duraron la vanidad y disipación de Cándida
-superaban á los derroches de la marquesa de Tellería, en la adversa
-fortuna ésta sabía defenderse heroicamente de la pobreza y enmascarar
-de dignidad su escasez, mientras que la amiga de mi madre hacía
-su papel de pobre lastimosamente, y puesto el pié en la escala de
-la miseria, descendió con rapidez hasta un extremo parecido á la
-degradación. La de Tellería tenía ciertos hábitos, ciertas delicadezas
-nativas que le ayudaban á disimular los quebrantos pecuniarios; mas
-doña Cándida, cuya educación debió de ser perversa, no sabía envolver
-sus apuros en el cendal de nobleza y distinción que era en la otra
-especialidad notoria. Veinte años después de muerto su marido, y cuando
-doña Cándida, sin juventud, sin belleza, sin casa ni rentas, vivía
-poco menos que de limosna, no se podía aguantar su enfático orgullo,
-ni su charla llena de pomposos embustes. Siempre estaba esperando
-el alza para vender unos títulos... siempre estaba en tratos para
-vender no sé qué tierras situadas más allá de Zamora... se iba á ver
-en el caso doloroso de malbaratar dos cuadros, uno de Ribera y otro
-de Pablo de Voss, un apóstol y una cacería... Títulos, ¡ah! tierras,
-cuadros, estaban sólo en su mente soñadora. No abría la boca para
-hablar de cosa grave<span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span>
-ó insignificante, sin sacar á relucir nombres de marqueses y duques.
-En toda ocasión salía su dignidad; de su infeliz estado hacía ridícula
-comedia, y lo que llamaba su decoro era un velo de mentiras mal
-arrojado sobre lastimosos harapos. Tan trasparente era el tal velo, que
-hasta los ciegos podían ver lo que debajo estaba. Pedía limosna con
-artimañas y trampantojos, poniéndose con esto al nivel de la pobreza
-justiciable. Yo la conocía en el modo de tirar de la campanilla cuando
-venía á esta casa. Llamaba de una manera imperiosa, decía á la criada:
-«¿está ese?» y se colaba de rondón en mi cuarto interrumpiéndome en
-las peores ocasiones, pues la condenada parece que sabía escoger los
-momentos en que más anheloso estaba yo de soledad y quietud. Conocedora
-de mi flaqueza de coleccionar cachivaches, mi enemiga traía siempre un
-plato, estampa ó fruslería, y me la mostraba diciéndome:</p>
-
-<p>—Á ver ¿cuánto te parece que darán por esto? Es hermosa pieza. Sé
-que la marquesa de X daría diez ó doce duros; pero si lo quieres para
-tu coleccioncita, tómalo por cuatro, y dáme las gracias. Ya ves que por
-tí sacrifico mis intereses... una cosa atroz.</p>
-
-<p>Me entraban ganas de ponerla en la calle; pero me acordaba de mi
-buena madre y del encargo solemne que me hizo poco antes de morir. Doña
-Cándida había tenido con ella, en sus días de prosperidad, exquisitas
-deferencias. Además de esto, García Grande, director de Administración
-local en 1859, salvó á mi padre de no sé qué gravísimo conflicto
-ocasionado por cuestiones electorales. Mi madre, que en mate<span
-class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>rias de agradecimiento
-alambicaba su memoria para que ni en la eternidad se le olvidase el
-beneficio recibido, me recomendó en sus últimas horas que por ningún
-motivo dejase de amparar como pudiese á la pobre viuda. Comprábale
-yo las baratijas; pero ella con ingenio truhanesco hallaba medio de
-llevárselas juntamente con el dinero. Variaba con increible fecundidad
-los procedimientos de sus feroces exacciones. Á lo mejor entraba
-diciendo:</p>
-
-<p>—¿Sabes? Mi administrador de Zamora me escribe que para la semana
-que entra me enviará el primer plazo de esas tierras... ¿Pero no te
-he dicho que al fin hallé comprador? Sí, hombre, atrasado estás de
-noticias... ¡Y si vieras en qué buenas condiciones!... El duque X, mi
-colindante, las toma para redondear su finca del Espigal... En fin,
-tengo que mandar un poder y hacer varios documentos, una cosa atroz...
-Préstame mil reales, que te los devolveré la semana que entra sin
-falta.</p>
-
-<p>Y luego por disimular su ansiedad de metálico, tomaba un tonillo
-festivo y de <i>gran mundo</i>, exclamando:</p>
-
-<p>—¡Qué atrocidad!... Parece increible lo que he gastado en la
-reparación de los muebles de mi sala... Los tapiceros del día son unos
-bandidos... Una cosa atroz, hijo... ¡Ah! ¿No te lo he dicho? Sí, me
-parece que te lo he dicho...</p>
-
-<p>—¿Qué, señora?</p>
-
-<p>—Que entre mi sobrina y yo te estamos bordando un almohadón. Como
-para tí, hombre. Es atroz de bonito. La condesa de H y su hija la
-vizcondesa de M, lo vieron ayer y se quedaron encantadas. Por cierto
-que desean conocerte.<span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>
-Yo les dije que tú no vas á ninguna parte, que no piensas más que en
-tus libros y en tus discípulos. Con que adios, hijo, que lo pases
-bien.</p>
-
-<p>Hacía que se marchaba, fingiendo una distracción de buen tono, y á
-mí me parecía que veía el cielo abierto mirándola partir; mas desde la
-puerta volvía, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Ah! ¡Qué cabeza la mía!... ¿Me das ó no esos mil reales? La semana
-que viene te podré entregar un par de mil duros, si te hacen falta para
-tus negocios... No, no me lo agradezcas... Si me haces un gran favor...
-¿Donde hallaría mayor seguridad para colocar mi dinero?</p>
-
-<p>—Á mí no me hace falta nada—le decía yo.</p>
-
-<p>Veníanseme á la boca las palabras: «vaya usted noramala, señora;»
-pero calculando que me pedía para el casero ó para otra urgente
-necesidad, cedían mis ímpetus egoistas ante mi generosa flaqueza y el
-recuerdo de mi madre, y le daba la mitad de lo pedido.</p>
-
-<p>No pasaba el mes sin que volviese trayéndome un viejo reloj ó
-miniatura antigua de escaso mérito.</p>
-
-<p>—Me vas á hacer un favor. Acepta esto en memoria mía. ¡Si vieras qué
-enferma estoy, una cosa atroz!... Un estado nervioso... Yo no sé cómo
-explicártelo. Ni yo lo entiendo, ni los médicos tampoco. Cuando voy por
-la calle, parece que se derrumban sobre mí las paredes de las casas...
-Hace tantísimas noches que no duermo. No como más que alguna pechuguita
-de chocha, una tostadita con <i>foie gras</i> y á veces media copita de
-Chablis.</p>
-
-<p>Yo, que sabía cómo se alimentaba la cuitada, no podía contener la
-risa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span></p>
-
-<p>—Para distraerme—continuaba,—estuve anoche en el Real. Me subí
-al Paraíso, porque no tenía ganas de vestirme. Desde arriba ví á
-la duquesa de Tal en su palco. Acaba de llegar de Paris... Con que
-volviendo á lo de antes: te regalo esos objetos preciosos, porque yo
-me muero, hijo, me muero sin remedio, y quiero dejarte esa memoria;
-son piezas de tan raro mérito, que el anticuario de la Carrera de San
-Jerónimo me ha ofrecido dos mil reales por ellas.</p>
-
-<p>—Pues llévelas usted al anticuario y cobre los dos mil, que no le
-vendrán mal.</p>
-
-<p>—No me hagas ese desaire, hombre... ¡qué atrocidad! Acuérdate de tu
-buena madre que tanto me quiso.</p>
-
-<p>Se empeñaba en afligirse, y tan bien sabía desempeñar su papel, que
-concluía por obsequiarme con una lágrima.</p>
-
-<p>—Cercana á la tumba—decía con patética voz,—parece que se enardecen
-mis afectos y que te quiero más, una cosa atroz... Adios, hijo mío.</p>
-
-<p>Levantábase pesadamente; pero al dar los primeros pasos hacia la
-puerta, se metía las manos en el bolsillo, lanzaba una exclamación de
-contrariedad y sorpresa, y decía:</p>
-
-<p>«¡Vaya... qué cabeza! ¡qué atrocidad! ¿Pues no se me ha olvidado el
-portamonedas?... Y tenía que ir á la botica. Tendré que volver á casa y
-subir los noventa escalones... ¡Qué mala estoy, Dios mío! Dime, ¿tienes
-ahí tres duros? Te los mandaré esta tarde con Irenilla.»</p>
-
-<p>Se los daba. ¿Qué había de hacer? Pero un día de los muchos en que
-me embistió con esta estratagema, no pude contener el enfado y dije á
-mi cínife:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span></p>
-
-<p>—Señora, cuando usted tenga falta, pídame con verdad y sin comedias,
-pues tengo el deber de no dejarla morir de hambre... Me gusta la verdad
-en todo, y las farsas me incomodan.</p>
-
-<p>Ella lo tomó á risa, diciéndome que mis bromitas le hacían gracia,
-que su dignidad... ¡una cosa atroz! y no sé qué más.</p>
-
-<p>Después que le eché tal filípica, parecióme que había estado un poco
-fuerte, y sentí vivos remordimientos, porque la pobreza tiene sin duda
-cierto derecho á emplear para sus disimulos los medios más extraños. La
-indigencia es la gran propagadora de la mentira sobre la tierra, y el
-estómago la fantasía de los embustes.</p>
-
-<p>Doña Cándida había sido hermosa. En la primera etapa de su miseria
-había defendido sus facciones de la lima del tiempo; pero ya en la
-época esta de las visitas y de los ataques á mi mal defendido peculio,
-la vejez la redimía del cuidado de su figura, y no sólo había colgado
-los pinceles, sino que ni aún se arreglaba con aquel esmero que más
-bien corresponde á la decencia que á la presunción. Deplorable abandono
-revelaban su traje y peinado, hecho de varios <i>crepés</i> de diferentes
-colores, añadidos y pelotas como de lana, aspirando el conjunto á
-imitar la forma más en moda. Así como en su conducta no existía la
-dignidad de la pobreza, en su vestido no había el aseo y compostura que
-son el lujo, ó mejor dicho, el decoro de la miseria. El corte era de
-moda, pero las telas ajadas y sucias declaraban haber sufrido infinitas
-metamorfosis antes de llegar á aquel estado. Prefería harapos de un
-viso elegante, á una falda nueva de percal ó mantón de lana. Tenía un
-vestido color de<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> pasa
-de Corinto, que lo menos databa de los tiempos de la Vicalvarada, y
-que con las trasformaciones y el uso se había vuelto de un color así
-como de caoba, con ciertos tornasoles, vetas ó ráfagas que le daban el
-mérito de una tela rarísima y milagrosa.</p>
-
-<p>Usaba un tupido velo que á la luz solar ofrecía todos los cambiantes
-del iris, por efecto de los corpúsculos del polvo que se habían
-agarrado á sus urdimbres. En la sombra parecía una masa de telarañas
-que velaban su frente, como si la cabeza anticuada de la señora hubiera
-estado expuesta á la soledad y abandono de un desván durante medio
-siglo. Sus dos manos, con guantes de color de ceniza, me producían
-el efecto de un par de garras, cuando las veía vueltas hacia mí,
-mostrándome descosidas las puntas de la cabritilla y dejando ver los
-agudos dedos. Sentía yo cierto descanso cuando las veía esconderse por
-las dos bocas de un manguito, cuya piel parecía haber servido para
-limpiar suelos. De perfil tenía doña Cándida algo de figura romana.
-Era mi cínife muy semejante al Marco Aurelio de yeso que estaba con
-los otros <i>padrotes</i>, sobre mi estantería. De frente no eran tan
-perceptibles las reminiscencias de su belleza. Brillaba en sus ojos
-no sé qué avidez insana, y tenía sonrisas antipáticas, propiamente
-secuestradoras, con más un movimiento de cabeza siempre afirmativo, el
-cual, no sé por qué, me revelaba incorregible prurito de engañar. La
-finura de sus modales era otra reminiscencia que la hacía tolerable, y
-á veces agradable, si bien no tanto que me hiciera desear sus visitas.
-El parecido con Marco Aurelio, que yo hice notar cierto día<span
-class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> á mi discípulo, fué causa
-de que éste la diese aquel nombre romano; pero después, confundiendo
-maliciosamente aquel emperador con otro, la llamaba <i>Calígula</i>.</p>
-
-<p>Impresionada sin duda por la filípica que le eché aquel día, varió
-de sistema. Larga temporada estuvo sin ir á mi casa sino muy contadas
-veces, y nunca me pedía dinero verbalmente. Para darme los golpes
-se valía de su sobrina, á quien mandaba á mi casa, portadora de un
-papelito pidiéndome cualquier cantidad con esta fórmula: «Haz el favor
-de prestarme tres ó cuatro duros, que te devolveré la semana que
-entra.»</p>
-
-<p>Las semanas de doña Cándida se componían, como las de Daniel, de
-setenta semanas de años ó poco menos.</p>
-
-<p>El sistema de poner el sablote en las inocentes manos de una niña,
-era prueba clara de la astucia y sagacidad de la vieja, porque,
-conociendo mi grande amor á la infancia, calculaba que era imposible la
-negativa. Y tenía razón la maldita; porque cuando yo veía entrar á la
-postulante alargándome el papelito sin rodeos ni socaliñas, ya estaba
-echando mano á mi bolsillo ó á la gaveta para adelantarme á la acción
-de la pobre niña y evitarle la pena de dar el fastidioso recado.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_6">
- <h2 class="nobreak">VI</h2>
- <p class="subh2">Se llamaba Irene.</p>
-</div>
-
-<p>Su palidez, su mirada un tanto errática y ansiosa, que parecía
-denotar falta de nutrición; su<span class="pagenum" id="Page_44">[p.
-44]</span> actitud cohibida y pudorosa, como si le ocasionaran vivísimo
-disgusto las comisiones de su tía, me inspiraban mucha lástima. Así es
-que además de la limosna, yo solía tener en mi mesa algún repuesto de
-golosinas. Presumiendo que rara vez tendrían satisfacción en ella los
-vehementes apetitos infantiles, dábale aquellas golosinas sin hacerla
-esperar, y ella las cogía con no disimulada ansia, me daba tímidamente
-las gracias, bajando los ojos, y en el mismo instante empezaba á
-comérselas. Sospeché que este apresuramiento en disfrutar de mi regalo,
-era por el temor de que si llegaba á su casa con caramelos ó dulces en
-el bolsillo, doña Cándida querría participar de ellos. Más adelante
-supe que no me había equivocado al pensar de este modo.</p>
-
-<p>Me parece que la estoy mirando junto á mi mesa escudriñando libros,
-cuartillas y papeles, y leyendo en todo lo que encontraba. Tenía
-entonces doce años y en poco más de tres había vencido las dificultades
-de los primeros estudios en no sé qué colegio. Yo la mandaba leer, y me
-asombraba su entonación y seguridad, así como lo bien que comprendía lo
-que leía, no extrañando palabra rara ni frase oscura. Cuando le rogaba
-que escribiese, para conocer su letra, ponía mi nombre con elegantes
-trazos de caligrafía inglesa, y debajo añadía: <i>catedrático</i>.</p>
-
-<p>Hablando conmigo y respondiendo á mis preguntas sobre sus estudios,
-su vida y su destino probable, me mostraba un discernimiento superior
-á sus años. Era el bosquejo de una mujer bella, honesta, inteligente.
-¡Lástima grande que por influencias nocivas se torciese aquel
-feliz<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> desarrollo
-ó que se malograse antes de llegar á conveniente madurez! Pero en
-el espíritu de ella noté yo admirables medios de defensa y energías
-embrionarias, que eran las bases de un caracter recto. Su penetración
-era preciosísima, y hasta demostraba un conocimiento no superficial de
-las flaquezas y necedades de doña Cándida. Solía contarme con gracioso
-lenguaje, en el cual el candor infantil llevaba en sí una chispa de
-ironía, algunos lances de la pobre señora, sin faltar al respeto y amor
-que le tenía.</p>
-
-<p>La compasión que esta criatura me inspiraba, crecía viéndola
-mal vestida y peor calzada. Durante muchos meses, que ahora se me
-representan años, ví en ella un como sombrero de paja, una especie de
-cesta deforme y abollada, con una cinta pálida, como el propio rostro
-de Irene, que caía por un lado del modo menos gracioso que puede
-imaginarse. Todo lo demás de su vestimenta era marchito, ajado, viejo,
-de tercera ó cuarta mano, con disimulos aquí y allí que aumentaban la
-fealdad. Tanto me desagradaba ver en sus piés unas botas torcidas,
-grandonas, destaconadas, que determiné cambiarle aquellas horribles
-lanchas por un par de botinas elegantes. Entregarle el dinero habría
-sido inútil porque doña Cándida lo hubiera tomado para sí. Mi diligente
-ama de llaves se encargó de llevar á Irene á una zapatería, y al poco
-rato me la trajo perfectamente calzada. Como le ví lágrimas en los
-ojos, creí que las botinas, por ser nuevas, le apretaban cruelmente;
-pero ella me dijo que no, y que no. Y para que me convenciera de ello
-se ponía á dar saltos y á correr por mi cuarto. Riendo, se le secaron
-las lágrimas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p>
-
-<p>Algunos días el papelito, después de la petición de dinero, traía
-esta nota:</p>
-
-<div class="sangrado"> <p>«Te ruego que proporciones á Irene una
-gramática.»</p> </div>
-
-<p>Y en otra ocasión:</p>
-
-<div class="sangrado"> <p>«Irene tiene vergüenza de pedirte un libro
-bonito que leer. Á mí mándame una novela interesante ó, si lo tienes,
-un tomo de causas célebres.»</p> </div>
-
-<p>Lo de los libros para Irene lo atendía yo con muchísimo gusto. Pero
-su palidez, su mirada afanosa me revelaban necesidades de otro orden,
-de esas que no se satisfacen con lecturas, ni admiten sofismas del
-espíritu: la necesidad orgánica, la imperiosa ley de la vida animal,
-que los hartos cumplimos sin poner atención en ello ni cuidarnos del
-sufrimiento con que la burlan ó la trampean los menesterosos. ¡Cosa,
-en verdad, tristísima! Irene tenía hambre. Convencíme de ello un día
-haciéndola comer conmigo. La pobrecita parecía que había estado un
-mes privada de todo alimento, según honraba los platos. Sin faltar á
-la compostura, comió con apetito de gorrión, y no se hizo mucho de
-rogar para llevarse, envueltos en un papel, los postres que sobraron.
-De sobremesa parecía como avergonzada de su voracidad; hablaba poco,
-acariciaba al gato, y después me pidió un libro de estampas para
-entretenerse.</p>
-
-<p>Era niña poco alborotadora y que no gustaba de enredar. Fuera de
-aquella ocasión de las botas, nunca la ví saltando en mi cuarto, ni
-metiendo bulla. Generalmente se sentaba callada y juiciosa como una
-mujer, ó miraba una tras otra las láminas colgadas en la pared, ó
-pasaba re<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>vista á
-los rótulos de la biblioteca, ó cogía, previo permiso mío, cualquier
-librote de ilustraciones ó viajes para recrearse en los grabados. Tanto
-respeto me tenía, que ni áun se atrevía á preguntar, como otros niños,
-«¿qué es esto, qué es lo otro?» Ó lo adivinaba todo, ó se quedaba con
-las ganas de saberlo.</p>
-
-<p>El día de mi santo vino á traerme una relojera bordada por ella, y
-¡caso inaudito! aquel día, por consideración especial del cínife, no
-trajo papelito. En otras solemnidades me obsequió con varias cosillas
-de labores y una cajita de papel cañamazo, que no conservo aún,
-porque un día la cogió el gato por su cuenta y me la hizo pedazos. Yo
-correspondí á las finezas de Irene y á la compasión que me inspiraba,
-comprándola un vestidillo.</p>
-
-<p>Esta inteligente y desgraciada niña no era sobrina de doña Cándida,
-sino de García Grande. Sus padres habían estado en buena posición.
-Quedó huérfana en vida del esposo de doña Cándida, el cual la trató
-como hija. Vino el desastre con la muerte del asegurador de vidas; pero
-afortunadamente Irene no estaba en edad de apreciar el brusco paso de
-la bienandanza á la adversidad. Conservóla á su lado mi cínife, por
-no tener la criatura otros parientes. Y yo pregunto: ¿fué un mal ó
-un bien para Irene haber crecido entre escaseces y haber educado en
-esa negra academia de la desgracia que á algunos embrutece y á otros
-depura y avalora, según el natural de cada uno? Yo le preguntaba si
-estaba contenta de su suerte, y siempre me respondía que sí. Pero la
-tristeza que despedían, como cualidad intrínseca y propia, sus bonitos
-ojos<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> aquella tristeza
-que á veces me parecía un efecto estético, producido por la luz y color
-de la pupila, á veces un resultado de los fenómenos de la expresión,
-por donde se nos trasparentan los misterios del mundo moral, quizás
-revelaba uno de esos engaños cardinales en que vivimos mucho tiempo, ó
-quizás toda la vida, sin darnos cuenta de ello.</p>
-
-<p>Á medida que el tiempo pasaba y que Irene crecía, escaseaban sus
-visitas, lo que no significaba mejoramiento de fortuna de doña Cándida,
-sino repugnancia de Irene á desempeñar las innobles misiones de la
-esquelita de petitorio. Desarrollado con la edad su amor propio, la
-pequeña venía á mi casa sólo para las exacciones de cuantía, y las
-menudas las hacía la criada. Por último, rodando insensiblemente el
-tiempo, llegó un día en que todas las comisiones las desempeñaba la
-criada. Dejé de ver á la sobrina de mi cínife, aunque siempre por
-éste y por la muchacha tenía noticias de ella. Supe, al fin, con
-injustificada sorpresa, que llevaba traje bajo, cosa muy natural, pero
-que á mí me pareció extraña, por este rutinario olvido en que vivimos
-del crecimiento de todas las cosas y la marcha del mundo. Me agradó
-mucho saber que Irene había entrado en la Escuela Normal de Maestras,
-no por sugestiones de su tía, sino por idea propia, llevada del deseo
-de labrarse una posición y de no depender de nadie. Había hecho
-exámenes brillantes y obtenido premios. Doña Cándida me ponderaba los
-varios talentos de su sobrina, que era el asombro de la escuela, una
-sabia, una filósofa, en fin una <i>cosa atroz</i>...</p>
-
-<p>Esta parte de mi relato viene á caer hacia<span class="pagenum"
-id="Page_49">[p. 49]</span> 1877. En este año me mudé de la sosegada
-calle de Don Felipe á la bulliciosa del Espíritu Santo, y poco después
-conocí á doña Javiera, y emprendí la educación de Manuel Peña, con todo
-lo demás que, sacrificando el orden cronológico al orden lógico, que
-es el mío, he contado antes. El tiempo, como reloj que es, tiene sus
-arbitrariedades; la lógica, por no tenerlas, es la llave del saber y el
-relojero del tiempo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_7">
- <h2 class="nobreak">VII</h2>
- <p class="subh2">Contento estaba yo de mi discípulo.</p>
-</div>
-
-<p>Porque algunas de sus brillantes facultades se desarrollaban
-admirablemente con el estudio, mostrándome cada día nuevas riquezas. La
-historia le encantaba y sabía encontrar en ella las hermosas síntesis
-que son el principal hechizo y el mejor provecho de su estudio. En lo
-que siempre le veía premioso era en expresar su pensamiento por la
-escritura. ¡Lástima grande que pensando tan bien y á veces con tanta
-agudeza y originalidad, careciese de estilo, y que teniendo el don de
-asimilarse las ideas de los buenos escritores, fuese tan refractario
-á la forma literaria! Yo le mandaba que me hiciera memorias sobre
-cualquier punto de historia ó de economía. Hechas en breve tiempo,
-me las leía, y si me admiraba en ellas la solidez del juicio, me
-exasperaba lo tosco y pedestre del lenguaje. Ni aun pude corregir en él
-las faltas ortográficas, aunque á fuerza de constancia, mucho adelanté
-en esto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p>
-
-<p>Para que se comprenda el tipo intelectual de mi discípulo, faltaba
-sólo un detalle, que es el siguiente: Mandábale yo que aquello mismo
-tan bien pensado en las memorias y tan perversamente escrito, me lo
-expresase en forma oral, y aquí era de ver á mi hombre trasformado,
-dueño de sí, libre y á sus anchas, como quien se despoja de las cadenas
-que le oprimían. Poníase delante de mí, y con el mayor despejo me
-pronunciaba un discurso en que sorprendían la abundancia de ideas,
-el acertado enlace, la gradación, el calor persuasivo, la afluencia
-seductora, la frase incorrecta, pero facilísima, engañadora, llena de
-sonoridades simpáticas.</p>
-
-<p>—Vamos—le dije con entusiasmo un día.—Está visto que eres orador, y
-si te aplicas llegarás á donde han llegado pocos.</p>
-
-<p>Entonces caí en la cuenta de que su verdadero estilo estaba en
-la conversación, y de que su pensamiento no era susceptible de
-encarnarse en otra forma que en la oratoria. Ya empezaba á brillar
-en el diálogo su ingenio un tanto paradójico y controversista, y le
-seducían las cuestiones palpitantes y positivas, manifestando hacia
-las especulativas repugnancia notoria. Esto lo ví más claro cuando
-quise enseñarle algo de filosofía. Trabajo inútil. Mi buen Manolito
-bostezaba, no comprendía una palabra, no ponía atención, hacía
-pajaritas, hasta que no pudiendo soportar más su aburrimiento, me
-suplicaba por amor de Dios que suspendiese mis explicaciones, porque se
-ponía malo, sí, se ponía nervioso y febril. Tan enérgicamente rechazaba
-su espíritu esta clase de estudios, que, según decía, mi primera
-explicación sobre la <i>indagación<span class="pagenum" id="Page_51">[p.
-51]</span> de un principio de certeza</i>, había producido en su
-entendimiento efecto semejante al que en el cuerpo produce la toma de
-un vomitivo. Yo le instaba á reflexionar sobre la <i>unidad real entre
-el ser y el conocer</i>, asegurándole que cuando se acostumbrase á los
-ejercicios de la reflexión, hallaría en ellos indecibles deleites; pero
-ni por esas. Él sostenía que cada vez que se había puesto á reflexionar
-sobre esto ó sobre <i>la conformidad esencial del pensamiento con lo
-pensado</i>, se le nublaba por completo el entendimiento, y le entraba un
-dolor de estómago tan pícaro, que suspendía las reflexiones y cerraba
-maquinalmente el libro.</p>
-
-<p>¡Refractario á la filosofía, rebelde al estilo! ¡Pobre Manolito
-Peña! Si á medida que se rebelaba contra la enseñanza filosófica no me
-hubiera asombrado con sus progresos en otros ramos del saber, mucho
-habría perdido el discípulo en el concepto del maestro. Lo único que
-pude conseguir de él en esta materia, fué que pusiese alguna atención
-en la historia de la filosofía, pero mirándola más como un objeto de
-curiosidad y erudición, que como objeto de conocimiento sistemático y
-de ciencia. Me enojaba que Manuel se educase así en el escepticismo.
-Grandes esfuerzos hice para evitarlo; pero con ellos aumentaba su
-aversión á lo que él llamaba la <i>teología sin Dios</i>. Ya por entonces
-gustaba de condenar ó ensalzar las cosas con una frase picante y
-epigramática. Era á veces oportunísimo, las más paradójico; pero
-esta manera de juzgar con epigramas las cosas más serias priva tanto
-en nuestros días, que casi casi se podía asegurar que mi discípulo,
-poseyendo aquella cualidad, rema<span class="pagenum" id="Page_52">[p.
-52]</span>taba y como que ponía la veleta al gallardo edificio de sus
-aptitudes. Observando éstas, viendo lo que á Manuel faltaba, y lo que
-en grado tan excelso tenía, me preguntaba yo: «Este muchacho, ¿qué va á
-ser? ¿Será un hombre ligero ó el más sólido de los hombres? ¿Tendremos
-en él una de tantas eminencias sin principios, ó la personificación
-del espíritu práctico y positivo?» Aturdido yo, no sabía qué
-contestarme.</p>
-
-<p>Iba descubriendo además Manolito un don de gentes cual no le he
-visto semejante en ningún chico de su edad. Sabía inspirar vivas
-simpatías á toda persona con quien hablaba, y su gracia, su fácil
-expresión, su oportunidad, daban á su palabra una fuerza convincente
-y dominadora que le abría las puertas de todos los corazones. Sabía
-ponerse al nivel intelectual de su interlocutor, hablando con cada uno
-el lenguaje que le correspondía. Pero lo más digno de alabanza en él
-era su excelente corazón, cuyas expansiones iban frecuentemente más
-lejos de lo que los buenos términos de la generosidad piden. Yo tuve
-empeño en regularizar sus nobles sentimientos y su espíritu de caridad,
-marcándole juiciosos límites y reglas. También trabajé en corregirle
-el pernicioso hábito de gastar dinero tontamente, empleándolo en
-fruslerías tan pronto adquiridas como olvidadas. Imposible me fué
-quitarle el vicio de fumar, por ser ya viejo en él; pero triunfé contra
-la maldita maña suya de estar siempre chupando caramelos, de los cuales
-tenía lleno el bolsillo. Con esto y el fumar, se le quitaban las
-ganas de comer; y lo peor era que durante la lección me engolosinaba
-á mí; y tal imperio tiene la costumbre y de<span class="pagenum"
-id="Page_53">[p. 53]</span> tal manera se apodera de nuestros flacos
-sentidos cualquier vano apetito, que el día en que, por mi propio
-mandato, faltaron los caramelos, los echó mi lengua de menos, y casi
-casi me mortificó aquella falta.</p>
-
-<p>Cuánto me agradecía doña Javiera las reformas obtenidas en la
-conducta de su hijo, no hay para qué decirlo. Las declaraciones de
-su gratitud venían á mí por Páscuas y otras festividades en forma de
-jamones, morcillas y butifarras, todo de lo mejor y abundantísimo; pero
-tan grande economía resultaba á la señora de Peña de las restricciones
-impuestas por mí al bolsillo filial, que aunque me regalase media
-tienda, siempre salía ganando.</p>
-
-<p>Vestía Manuel con elegancia y variedad, y jamás intenté moderarle
-mucho en esto, porque la compostura de la persona es garantía de los
-buenos modales y un principio por sí de buena educación. Como el
-muchacho era rico y había de representar en el mundo un papel muy
-airoso, debía prepararse á ello, cultivando y ensayando desde luego el
-aspecto, la forma, el buen parecer, el estilo, pues estilo es esto que
-da al caracter lo que la frase al pensamiento, es decir, tono, corte,
-vigor y personalidad. Lo que no me gustaba era verle adoptar algunas
-veces, con capricho elegante, las maneras y el traje de la gente
-torera, para ir al encierro ó á una expedición de campo ó á visitar la
-dehesa en que están los toros. Discusiones reñidas y un tanto agrias
-tuvimos sobre esto; él se defendía con zalamerías, y yo, conociendo que
-debe dejarse á cada edad, si no todo, parte de lo que le pertenece,
-y que además es locura prescindir del me<span class="pagenum"
-id="Page_54">[p. 54]</span>dio ambiente y del influjo local, transigía,
-dejando que el tiempo, con las exigencias serias de la vida, curara á
-mi discípulo de aquella pueril vanidad.</p>
-
-<p>Yo no cesaba de pensar en las dificultades con que Manolito
-tendría que combatir para abrirse paso en la sociedad y para ocupar
-en ella un puesto conforme á sus altas dotes. ¡Delicada cuestión!
-Es evidentísimo que la democracia social ha echado entre nosotros
-profundas raíces, y á nadie se le pregunta quién es ni de dónde ha
-salido para admitirle en todas partes y festejarle y aplaudirle,
-siempre que tenga dinero ó talento. Todos conocemos á diferentes
-personas de origen humildísimo que llegan á los primeros puestos,
-y aun se alían con las razas históricas. El dinero y el ingenio,
-sustituidos á menudo por sus similares, ágio y travesura, han roto
-aquí las barreras todas, estableciendo la confusión de clases en grado
-más alto y con aplicaciones más positivas que en los países europeos,
-donde la democracia, excluida de las costumbres, tiene representación
-en las leyes. Bajo este punto de vista, y aparte de la gran desemejanza
-política, España se va pareciendo, cosa extraña, á los Estados
-Unidos de América, y como esta nación va siendo un país escéptico y
-utilitario, donde el espíritu fundente y nivelador domina sobre todo.
-La historia tiene cada día entre nosotros menos valor de aplicación
-y está toda ella en las frías manos del arqueólogo, del curioso, del
-coleccionista y del erudito seco y monomaniaco. Las improvisaciones de
-fortuna y posición menudean, la tradición, quizás por haberse hecho
-odiosa con apelaciones á la<span class="pagenum" id="Page_55">[p.
-55]</span> fuerza, carece de prestigio, la libertad de pensamiento toma
-un vuelo extraordinario, y las energías fatales de la época, riqueza y
-talento, extienden su inmenso imperio.</p>
-
-<p>Pero esta trasformación, con ser ya tan avanzada, no ha llegado al
-punto de excluir ciertos miramientos, ciertos reparillos en lo que
-toca á la admisión de personas de bajo origen en el ciclo céntrico,
-digámoslo así, de la sociedad. Si el bajo origen está lejano, aunque
-solamente lo separe del tiempo presente el espacio de un par de
-lustros, todo va bien, muy bien. Nuestra democracia es olvidadiza;
-pero no ha llegado á ser ciega; así, cuando la bajeza está presente y
-visible, cuesta algún trabajo disimularla con dinero. ¿Quién duda que
-en ciertos escudos de nobleza podría pintarse una pierna de carnero, un
-pececillo ó cualquier otro emblema de baja industria? Pero el origen de
-estas casas se halla ya tan lejano, que nadie se cuida de él, mientras
-que en el caso de mi discípulo, aún subsistía abierto el plebeyo
-establecimiento, y aquel Manolito Peña tan listo, tan discreto, tan
-guapo, tan distinguido, tan noble en todo y por todo, solía ser llamado
-entre sus compañeros de la Universidad: el <i>hijo de la carnicera</i>.</p>
-
-<p>Yo no hablaba con él de estas cosas; pero pensaba mucho en ellas y
-temía penosas contrariedades. Un día que hablábamos de su porvenir y
-de sus proyectos, me confesó que andaba algo enamorado de la hija del
-empresario de la Plaza de Toros, chica bonita y graciosa. Doña Javiera
-también lo supo y no pareció contrariada. La niña de Vendesol era de
-honrada familia, heredera única de una gran fortuna; parecía de<span
-class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span> inmejorables condiciones
-morales, y en jerarquía superaba á Manuel, pues si bien los Vendesol
-habían sido carniceros, la tienda se cerró treinta años há, y luego
-fueron tratantes en ganado, contratistas de abastos en grande escala.
-Doña Javiera veía con gusto la inclinación de su hijo, y con su buen
-humor me decía:</p>
-
-<p>—Esto parece cosa de la Providencia, amigo Manso. La chica tiene
-<i>parné</i>, y en cuanto á nobleza, allá se van cuernos con cuernos.</p>
-
-<p>Respetando esta argumentación positivista y cornúpeta, creía yo
-que la edad de Manuel (que no pasaba de veintitres años), no era aún
-propia para el matrimonio, á lo cual me dijo la señora de Peña que para
-casarse bien todas las edades son buenas. Comprendí que aquel era un
-asunto en el cual no debía entrometerme, y me callé. Me parecía que
-doña Javiera estaba rabiando por entroncar con Vendesol, personaje
-de bajísimo origen, que de niño había corrido y jugado con los piés
-descalzos en los arroyos sangrientos de las calles de Candelario, pero
-cuya bajeza estaba ya redimida por treinta años de posición rica,
-honrosa y respetada. La señora y las hermanas de Vendesol vivían en un
-pié de elegancia y de relaciones, que á mi vecina, por motivos de tabla
-auténtica y visible, le estaba aún vedado. No las conocía más que de
-nombre y de vista doña Javiera; pero deliraba por tratarlas y ponerse
-á su nivel, cosa que á ella le parecía muy fácil, teniendo dinero. Por
-Ponce supe un día que se trataba de traspasar la tienda, poniendo punto
-final al comercio de carne.</p>
-
-<p>Manuel se enzarzaba más de día en día en sus amores, escatimando
-tiempo y atención al<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span>
-estudio. Dos años y medio llevábamos ya de lecciones, y aunque no se
-habían enfriado la delicada afición y el respeto que me tenía, nuestra
-comunidad intelectual era menos estrecha y nuestras conferencias más
-breves. Nos veíamos diariamente, charlábamos de diversas cosas, y
-mientras yo procuraba llevar su espíritu á las leyes generales, él
-no gustaba sino de los hechos y de las particularidades, prefiriendo
-siempre todo lo reciente y visible. Disputábamos á veces con calor, y
-decíamos algo sobre las obras nuevas; pero ya no paseábamos juntos.
-Él salía todas las tardes á caballo y yo paseaba solo y á pié.
-Últimamente, ni en el Ateneo nos veíamos por las noches, porque él iba
-al teatro muy á menudo y á la casa de Vendesol.</p>
-
-<p>Notaba yo en mí cierta soledad, el triste vacío que deja la
-suspensión de una costumbre. Habíamos llegado á un punto en que debía
-dar por finalizada la dirección intelectual de mi discípulo, quien ya
-podía aprender por sí solo todo lo cognoscible, y aún aventajarme. Así
-lo manifesté á doña Javiera, que se me mostró muy agradecida. La buena
-señora subía á acompañarme á prima noche, y su conversación exhalaba
-ciertos humos de vanidad, que hacían contraste con su llaneza de otros
-días. La idea de emparentar con los de Vendesol empezaba á trastornarle
-el juicio, y como se sentía con fuerzas pecuniarias para hacer frente á
-una situación de lujo, su vanidad no parecía totalmente injustificada.
-Era por demás irónico el efecto que resultaba de la grandeza de sus
-proyectos y del lenguaje con que las traducía, llamando, por vieja
-costumbre, al dinero <i>parné</i>, al figurar <i>dar<span class="pagenum"
-id="Page_58">[p. 58]</span>se pisto</i>. Ya más de una vez su hijo había
-intentado, con poco éxito, traer á su mamá á las buenas vías académicas
-en materia de lenguaje.</p>
-
-<p>Unas cosas me las confiaba doña Javiera claramente, y otras me
-las daba á entender con discreción y gracia. Lo de quitar la tienda
-y limpiarse para siempre de las manos la sangre de ternera, me lo
-manifestó palabra por palabra. Yo lo aprobaba, aunque para mis adentros
-decía que si la señora continuaba hablando de aquel modo, hallaría
-para lavarse las manos la misma dificultad que halló lady Macbeth
-para limpiarse las suyas. Indirectamente me declaró el propósito de
-legitimar sus relaciones con Ponce, y de conseguir algo que le decorase
-en sociedad y le diera visos de persona respetable, como por ejemplo,
-una crucecilla de cualquier orden, aunque fuera la de Beneficencia, un
-empleo ó comisión de estas que llaman honoríficas.</p>
-
-<p>Por aquellos días, que eran los de la primavera del año 80, volvió
-doña Cándida á darme sus picotazos personalmente. Ella y doña Javiera
-se encontraban en mi despacho, y no necesito decir lo que resultaba
-del rozamiento de aquellas dos naturalezas tan distintas. Cada cual se
-despachaba á su gusto; la carnicera, toda desenfado y espontaneidad;
-la de García Grande, toda hinchazón, embustería y fingimientos. Estaba
-delicadísima, perdida de los nervios. La habían visto Federico Rubio,
-Olavide y Martinez Molina, y por su dictámen, se iba á los baños de
-Spa. Doña Javiera le recetaba vino de Jerez y agua de hojas de naranjo
-agrio. Reíase doña Cándida del empirismo médico, y preconizaba las
-aguas minerales. De aquí pasaba á hablar de<span class="pagenum"
-id="Page_59">[p. 59]</span> sus viajes, de sus relaciones, de duques
-y marqueses, y al fin, yo, que la conocía tan bien, concluía por
-suponerla digna de figurar en el <i>Almanaque Gotha</i>.</p>
-
-<p>Cuando mi cínife y yo nos quedábamos solos, dejaba el clarín de la
-vanidad por la trompetilla de mosquito, y entre sollozos y mentiras me
-declaraba sus necesidades. ¡Era una cosa atroz! Estaba esperando las
-rentas de Zamora, y ¡aquel pícaro administrador!... ¡qué administrador
-tan pícaro! Entre tanto no sabía cómo arreglarse para atender á los
-considerables gastos de Irene en la escuela de Institutrices, pues sólo
-en libros le consumía la mayor parte de su hacienda. Todo, no obstante,
-lo daba por bien empleado, porque Irenilla era un prodigio, el asombro
-de los profesores y la gloria de la institución. Para mayor ventaja
-suya, había caído en manos de unas señoras extranjeras (doña Cándida no
-sabía bien si eran inglesas ó francesas), las cuales le habían tomado
-mucho cariño, le enseñaban mil primores de gusto y perfilaban sus
-aptitudes de maestra, comunicándole esos refinamientos de la educación
-y ese culto de la forma y del buen parecer, que son gala principal de
-la mujer sajona. Tenía ya diez y nueve años.</p>
-
-<p>Tiempo hacía que yo no la había visto, y deseaba verla para juzgar
-por mí mismo sus adelantos. Pero ella, por no sé qué mal entendida
-delicadeza, por amor propio ó por otra razón que se me ocultaba, no
-iba nunca á mi casa. Una mañana me la encontré en la calle, junto á
-un puesto de verduras. Estaba haciendo la compra en compañía de la
-criada. Sorprendiéronme su estatura airosa, su vestido humilde, pero
-aseadísi<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span>mo, revelando
-en todo la virtud del arreglo, que sin duda no le había enseñado su
-tía. Claramente se mostraba en ella el noble tipo de la pobreza,
-llevada con valía y hasta con cariño. Mi primer intento fué saludarla;
-mas ella, como avergonzada, se recató de mí, haciendo como que no me
-veía, y volvió la cara para hablar con la verdulera. Respetando yo esta
-esquivez, seguí hacia mi cátedra, y al volver la esquina de la calle
-del Tesoro ya me había olvidado del rostro siempre pálido y expresivo
-de Irene, de su esbelto talle, y no pensaba más que en la explicación
-de aquel día, que era la <i>Relación recíproca entre la conciencia moral
-y la voluntad</i>.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_8">
- <h2 class="nobreak">VIII</h2>
- <p class="subh2">¡Ay mísero de mí!</p>
-</div>
-
-<p>¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los
-desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y
-método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos,
-someted vuestra vida á un plan de oportuno trabajo y de regularidad
-placentera; acomodaos en vuestro capullo como el hábil gusano;
-arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y
-tareas á discreta medida para que á lo mejor venga de fuera quien os
-desconcierte, obligándoos á entrar en la general corriente, inquieta,
-desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos
-arrancas á las delicias de la reflexión, al goce del puro <i>yo</i> y de
-sus felices proyecciones; que<span class="pagenum" id="Page_61">[p.
-61]</span> nos robas la grata sombra de <i>uno mismo</i>, ó lo que es
-igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras horas,
-el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones, aunque
-salidas del fondo del alma, no bastan á explicar el grande y radical
-cambio que sobrevino en mis costumbres.</p>
-
-<p>Oid y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que á los
-veintidos años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me
-anunció su propósito de regresar á España trayendo toda la familia.
-En América había estado veinte años probando distintas industrias y
-menesteres, pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por
-la insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma,
-infame aliada de la suerte.</p>
-
-<p>Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos
-representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar á
-la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero
-y personas á Europa, donde uno y otras hallarán más seguridad? La
-educación de los hijos, el anhelo de ponerse á salvo de sobresaltos
-y temores, y por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de
-satisfacer ciertas vanidades, decidieron á mi hermano á tomar tal
-resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto,
-cuando recibí un telegrama de Santander participándome ¡ay!... lo que
-yo temía.</p>
-
-<p>Dióme la corazonada de que el arribo de aquel familión iba á
-trastornar mi vida, y así el natural gusto de abrazar á mi hermano se
-amargaba con el pensamiento de un molestísimo des<span class="pagenum"
-id="Page_62">[p. 62]</span>barajuste en mis costumbres. Corría el mes
-de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación del Norte á
-José María con todo su cargamento, á saber: su mujer, sus tres niños,
-su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce años, una
-mulatica, y por añadidura diez y ocho baules facturados en grande y
-pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro butacas.
-El reino animal estaba representado por un loro en su jaula, un
-sinsonte en otra, dos tomeguines en idem.</p>
-
-<p>Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este
-escuadrón. Acomodé á mi gente como pude, y mi hermano me manifestó
-desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande
-y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como
-en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo,
-pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendióme verle
-lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con
-cierta trasparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los
-tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado
-como yo. Traía ropa de fina alpaca, finísimo sombrero de Panamá,
-con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del
-sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los
-cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas.
-Lica (que este nombre daban á mi hermana política), traía un vestido
-verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas
-representaban, á mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos
-risueños países, el encanto de<span class="pagenum" id="Page_63">[p.
-63]</span> sus bosques poblados de lindísimos pajarracos y de insectos
-vestidos con todos los colores del iris.</p>
-
-<p>José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme
-de nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes
-de llegar á Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro
-de Rivadesella. Pagado este sentimental tributo á la madre patria,
-nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado
-con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar
-mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin
-encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que
-rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones á
-la calle y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se
-necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras
-en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los
-hechos y los números de los tapiceros demostraron más tarde que yo
-me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior
-y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materia de
-alfombrado y carruajes.</p>
-
-<p>Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se
-empleó en la trasformación de vestidos y en ataviarse según los usos de
-aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y á
-todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos,
-y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse
-las tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque
-todo<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> les parecía poco
-para el gran frío que esperaban y para defenderse de las pulmonías.
-Á los quince días, todos, desde mi hermano hasta el pequeñuelo, no
-parecían los mismos.</p>
-
-<p>Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis
-conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio
-de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas
-y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así
-trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los
-precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las
-tardes volvían á casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y
-chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego
-trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en
-moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, la cajas de papel
-timbrado, los <i>bibelots</i>, los abanicos, las flores contrahechas, los
-estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y
-porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto
-algo fantástico. Francamente, yo creía que iban á poner tienda. También
-daban frecuentes asaltos á las confiterías, y en el gabinete tenían
-siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía
-de regalarse á cada instante con golosinas, entreverando los confites
-con las frutas, y á veces con algún pastelillo ó carne fiambre. Como
-se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los
-antojos sucedían á los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse,
-ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y<span
-class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span> á cada ratito decían una
-y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado, me apetece pescado
-frito, me apetece merengue.» Las campanillas de las habitaciones
-repicaban como si anduvieran por los altos alambres diablitos
-juguetones, y los criados entraban y salían con platos y bandejas,
-tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las tres damas
-pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras, con los
-mismos vestidos que habían traido de la calle, dale que dale á los
-abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si hacía frío.
-Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se acostaban.
-Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban tan muertas de
-sueño, que no había forma humana de que se levantaran. Vencida de su
-abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni dejar de peinarse,
-echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta incómoda postura se
-dejaba peinar para seguir durmiendo.</p>
-
-<p>En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza
-destinada á ellos y á sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata
-Remedios y el negro Rupertico. Los gritos se oían desde la calle;
-jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran
-algo ó rasgaran de medio á medio una cortina ó desvencijaran un mueble.
-Á poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras,
-hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos
-con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que se les
-habían hecho para salir á paseo.</p>
-
-<p>Rupertico era tan travieso que no se podía<span class="pagenum"
-id="Page_66">[p. 66]</span> hacer carrera de él. De la mañana á la
-noche no hacía más que jugar ó asomarse al balcón para ver pasar los
-coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara alguna
-cosa, lo cual ocurría poco más ó menos cada dos minutos, era preciso
-buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le traíamos por
-una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan desconforme con
-mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito me molestaban
-menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo á toda hora:
-«Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven á apretarme el corsé; tráeme
-agua; alcánzame una horquilla, etc...» Un día le buscamos inútilmente
-por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?» decíamos mi
-hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta que al fin le
-hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me apareció como
-un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí los dos globos
-blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios de granate. Una
-voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «<i>mucho fío, mucho fío</i>.»
-Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un tintero, pues estaba
-arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel día se le compró un
-chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en caracter. Era un buen
-chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me hacía pensar en los
-ángeles del fetichismo africano.</p>
-
-<p>Casi todos los días tenía que quedarme á comer con la familia, lo
-cual era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo
-que en el muelle de la Habana.</p>
-
-<p>Principiaba la fiesta por las disputas entre<span class="pagenum"
-id="Page_67">[p. 67]</span> mi hermano y Lica sobre lo que ésta había
-de comer.</p>
-
-<p>—Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios.</p>
-
-<p>—¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero
-sopa.</p>
-
-<p>—Niña, toma carne y vino.</p>
-
-<p>—¡Qué chinchoso!... Quiero melón.</p>
-
-<p>En tanto la <i>niña Chucha</i> (así llamaban á la suegra de mi hermano),
-que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas
-críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar
-una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el
-moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen
-la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en
-la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto.
-Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada
-junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba.
-Después me pasaba la mano por la cara llamándome <i>tiíto bonito</i>. El
-chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa,
-y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con
-atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y
-los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al
-delicado temperamento y al crítico estado de Lica.</p>
-
-<p>—Chinita, toma vino.</p>
-
-<p>—¿Vino? ¡qué asco!</p>
-
-<p>—Mujer, no bebas tanta agua.</p>
-
-<p>—¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span></p>
-
-<p>—Carne, mujer, toma carne.</p>
-
-<p>Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:</p>
-
-<p>—Papá <i>mapiango</i>.</p>
-
-<p>—Niño, si te cojo...</p>
-
-<p>—Papá cochino...</p>
-
-<p>—Yo quiero fideo con azucar—chillaba una vocecita más allá.</p>
-
-<p>—Me apetece garbanzo.</p>
-
-<p>—¡Silencio, silencio!—gritaba José María dando fuertes golpes en la
-mesa con el mango del cuchillo.</p>
-
-<p>Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la
-blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y
-daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la
-fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía
-la <i>niña Chucha</i> enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á
-la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y
-en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía
-encomendarme para que se serenara mi espíritu.</p>
-
-<p>Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que
-probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los
-postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más
-negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro
-brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y
-contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.</p>
-
-<p>Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas,
-porque no sólo era mi<span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span>
-hermano el que chupaba, sino que Lica encendía su cigarrito y la niña
-Chucha se ponía en la boca un tabaco de á cuarta. El humo y el vaivén
-de las mecedoras, me ponían la cabeza como un molino de viento, y
-aguantaba, y sostenía la conversación de mi hermano, que despuntaba
-ya por la política, hasta que llegada la hora de la abolición de
-mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado de tan miserable
-vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis tristes ojos
-á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón que hubiera
-descubierto el Nuevo Mundo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_9">
- <h2 class="nobreak">IX</h2>
- <p class="subh2">Mi hermano quiere consagrarse al país.</p>
-</div>
-
-<p>Instaláronse á mitad de Octubre en la casa alquilada, y el primer
-día se encendieron las chimeneas, porque todos se morían de frío. Lica
-estaba <i>fluxionada</i>, su hermana Chita (Merceditas) poco menos, y la
-niña Chucha, atacada de súbita nostalgia, pedía con lamentos elegiacos
-que la llevasen á su querida Sagua, porque se moría en Madrid de pena y
-frío. La casa, estrecha y no muy clara, era tediosa cárcel para ella,
-y no cesaba de traer á la memoria las anchas, despejadas y abiertas
-viviendas del templado país en que había nacido. Víctima del mismo mal,
-el expatriado sinsonte falleció á las primeras lluvias, y su dolorida
-dueña le hizo tales exequias de suspiros, que creímos iba á seguir ella
-el mismo camino. Uno de los<span class="pagenum" id="Page_70">[p.
-70]</span> tomeguines se escapó de la jaula y no se le volvió á ver
-más. Á la buena señora no había quien le quitara de la cabeza que el
-pobre pájaro se había ido de un tirón á los perfumados bosques de su
-patria. ¡Si hubiera podido ella hacer otro tanto! ¡Pobre doña Jesusa,
-y que lástima me daba! Su única distracción era contarme cosas de su
-bendita tierra, explicarme cómo se hace el ajiaco, describirme los
-bailes de los negros y el tañido de la maruga y el güiro, y por poco me
-enseña á tocar el birimbao. No salía á la calle por temor á encontrarse
-con una pulmonía; no se movía de su butaca ni para comer. Rupertico le
-servía la comida, y se iba comiendo por el camino las sobras que ella
-le daba.</p>
-
-<p>En cambio, mi hermano, su mujer y cuñada se iban adaptando
-asombrosamente á la nueva vida, al áspero clima y á la precipitación y
-tumulto de nuestras costumbres. José María, principalmente, no echaba
-de menos nada de lo que se había quedado del otro lado de los mares, y
-se le conocía la satisfacción que le causaba el verse tan obsequiado,
-y atraido por mil lisonjas y solicitaciones, que á la legua le daban
-á conocer como un centro metálico de primer orden. Hacía frecuentes
-viajes al Congreso, y me admiró verle buscar sus amistades entre
-diputados, periodistas y políticos, aunque fueran de quinta ó sexta
-fila. Sus conversaciones empezaron á girar sobre el gastado eje de los
-asuntos públicos, y especialmente de los ultramarinos, que son los más
-embrollados y sutiles que han fatigado el humano entendimiento. No era
-preciso ser zahorí para ver en José María al hom<span class="pagenum"
-id="Page_71">[p. 71]</span>bre afanoso de hacer papeles y de figurar
-en un partidillo de los que se forman todos los días por antojo de
-cualquier indivíduo que no tiene otra cosa que hacer. Un día me le
-encontré muy apurado en su despacho, hablando solo, y á mis preguntas
-contestó sinceramente que se sentía orador, que se desbordaban en su
-mente las ideas, los argumentos y los planes, que se le ocurrían frases
-sin número y combinaciones mil que, á su juicio, eran dignas de ser
-comunicadas al país.</p>
-
-<p>Al oir esto del país, díjele que debía empezar por conocer bien al
-sujeto de quien tan ardientemente se había enamorado, pues existe un
-país convencional, puramente hipotético, á quien se refieren todas
-nuestras campañas y todas nuestras retóricas políticas, ente cuya
-realidad sólo está en los temperamentos ávidos y en las cabezas ligeras
-de nuestras eminencias. Era necesario distinguir la patria apócrifa
-de la auténtica, buscando ésta en su realidad palpitante, para lo
-cual convenía, en mi sentir, hacer abstracción completa de los mil
-engaños que nos rodean, cerrar los oidos al bullicio de la prensa
-y de la tribuna, cerrar los ojos á todo este aparato decorativo y
-teatral, y luego darse con alma y cuerpo á la reflexión asídua y á la
-tenaz observación. Era preciso echar por tierra este vano catafalco
-de pintado lienzo, y abrir cimientos nuevos en las firmes entrañas
-del verdadero país, para que sobre ellos se asentara la construcción
-de un nuevo y sólido Estado. Díjome que no entendía bien mi sistema,
-y me lo probó llamándome demoledor. Yo tuve que explicarle que el uso
-de una figura arquitectónica,<span class="pagenum" id="Page_72">[p.
-72]</span> que siempre viene á la mano hablando de política, no
-significaba en mí inclinaciones demagógicas. Mostréme indiferente en
-las formas de gobierno, y añadí que la política era y sería siempre
-para mí un cuerpo de doctrina, un sabio y metódico conjunto de
-principios científicos y de reglas de arte, un organismo, en fin,
-y que por tanto quedaban excluidos de mi sistema las contingencias
-personales, los subjetivismos perniciosos, los modos escurridizos, las
-corruptelas de hecho y de lenguaje, las habilidades y agudezas que
-constituyen entre nosotros todo el arte de gobernar.</p>
-
-<p>Tan pronto aburrido de mi explicación como tomándolo á risa, mi
-hermano bostezaba oyéndome, y luego se reía, y llamándome con vulgar
-sorna <i>metafísico</i>, me invitaba á enseñar mi sabiduría á los ángeles
-del cielo, pues los hombres, según él, no estaban hechos para cosa tan
-remontada y tan fuera de lo práctico. Después me consultó con mucha
-seriedad que á qué partido debería afiliarse, y le contesté que á
-cualquiera, pues todos son iguales en sus hechos, y si no lo son en sus
-doctrinas, es porque éstas, que no le importan á nadie, no han sufrido
-análisis detenido. Luego, dándole una lección de sentido práctico, le
-aconsejé que se afiliara al partido más nuevo y fresquecito de todos,
-y él halló oportunísima la idea y dijo con gozo: «Metafísico, has
-acertado.»</p>
-
-<p>Las relaciones de la familia aumentaban de día en día, cosa
-sumamente natural, habiendo en la casa olor á dinero. Al mes de
-instalación, mi hermano tenía la mesa puesta y la puerta abierta
-para todas las notabilidades que quisie<span class="pagenum"
-id="Page_73">[p. 73]</span>ran honrarle. Las visitas se sucedían
-á las visitas, las presentaciones á las presentaciones. No tardó
-en comprender el jefe de la familia que debía desarraigar ciertas
-prácticas muy nocivas á su buen crédito, y así, en la mesa, cuando
-había convidados, que era los más días del año, reinaba un orden
-perfecto, no turbado por las disputas sobre carne y vino, ni por las
-rarezas de la niña Chucha, ni por las libertades de los chicos. Tomaron
-un buen jefe, un maestresala ó mozo de comedor, y aquello parecía otra
-cosa. El buen tono se iba apoderando poco á poco de todas las regiones
-de la casa y de los actos todos de la familia, y en las personas de
-Lica y Chita no era donde menos se echaba de ver la trasformación y
-el rápido triunfo de las maneras europeas. Mi cuñada supo contener
-un poco su pasión por las yemas, caramelos y bombones, y los niños,
-excluidos de la mesa general, comían solos y aparte, bajo la dirección
-de la mulata. Conociendo su padre lo mal educados que estaban, acudió á
-poner remedio á este grave mal, pues no sabían cosa alguna, ni comer,
-ni vestirse, ni hablar, ni andar derechos. Lica deploraba también la
-incuria en que vivían sus hijos, y un día que hablaba de esto con su
-marido, volvióse éste á mí y me dijo:—«Es preciso que sin pérdida de
-tiempo me busques una institutriz.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
- <p class="subh2">Al punto me acordé de Irene.</p>
-</div>
-
-<p>La cual para el caso venía como de encargo. ¡Preciosa adquisición
-para mi familia y admira<span class="pagenum" id="Page_74">[p.
-74]</span>ble partido para la huérfana! Contentísimo de ser autor de
-este doble beneficio, aquella misma tarde hablé á doña Cándida. ¡Dios
-mío, cómo se puso aquella mujer cuando supo que mi hermano con toda
-su gente estaba en Madrid! Temí que la sacudida y traqueteo de sus
-disparados nervios la ocasionaran un accidente epiléptico, porque la ví
-echar de sus ojos relámpagos de alegría; la ví retozona, febril, casi
-dispuesta á bailar, y de pronto, aquellas muestras de loco júbilo se
-trocaron en furia, que descargó sobre mí, diciendo á gritos:</p>
-
-<p>—Pero soso, sosón, ¿por qué no me has avisado antes?... ¿En qué
-piensas? Tú estás en Babia.</p>
-
-<p>Yo sorprendí en su mirada destellos de su excelso ingenio, conjunto
-admirable de la rapidez napoleónica, de la audacia de Roque Guinart
-y de la inventiva de un folletinista francés. ¡Ay de las víctimas!
-Como el buitre desde el escueto picacho arroja la mirada á increible
-distancia y distingue la res muerta en el fondo del valle, así doña
-Cándida, desde su eminente pobreza, vió el provechoso esquilmo de la
-casa de mi hermano y carne riquísima donde clavar el pico y la garra.
-La risa retozaba en sus labios trémulos y su semblante todo denotaba
-un estado semejante á la inspiración del artista. Loca de contento, me
-dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay Máximo, cuánto te quiero! Eres el angel de mi guarda.</p>
-
-<p>No supe lo que me hacía al poner en comunicación al sanguinario
-Calígula con la inocente familia de mi hermano. Era ya tarde cuando
-caí en la cuenta de que, llevado de un sentimiento caritativo, había
-atraido sobre mis parientes una<span class="pagenum" id="Page_75">[p.
-75]</span> plaga mayor que las siete de Egipto juntas. Era yo autor del
-mal, y me reía, no podía evitarlo, me reía al ver entrar en la casa
-para hacer su primera visita á la representante de la cólera divina,
-puesta de veinticinco alfileres, radiante, amenazadora, con expresión
-de fiera majestad semejante á la que debía de tener Atila. No sé de
-dónde sacó las ropas que llevaba en aquella ocasión trágica. Creo que
-las alquiló en una casa de empeños con cuyos dueños tenía amistad,
-ó que se las prestaron, ó no sé qué, pues hay siempre impenetrables
-misterios en los modos y procedimientos de ciertos séres, y ni el más
-listo observador sorprende sus maravillosas combinaciones. Lo que
-llevaba encima, sin ser bueno, era pasable, y como la muy pícara tenía
-aquel continente de señora principal, daba un chasco á cualquiera, y
-ante los ojos inexpertos pasaba por una de esas personas que imperan
-en la sociedad y en la moda. Su noble perfil romano y sus distinguidos
-ademanes hicieron aquel día papel más lucido que en toda la temporada
-de los esplendores de García Grande en tiempo de la Unión Liberal.</p>
-
-<p>Cuando vió á mi hermano, le abrazó de tal modo y tales sentimientos
-hizo, que yo creí que se desmayaba. Recordó á nuestra buena madre con
-frases patéticas que hicieron llorar á José María, y se dejó decir
-que ella era una segunda madre para nosotros. En su conversación con
-Lica y Chita se mostró tan discreta, tan delicada, tan señora, que las
-cubanas se quedaron encantadas, embobecidas, y Lica me dijo después que
-nunca había tratado á una persona más fina y amable. En aquella primera
-visita dió también<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>
-doña Cándida rienda suelta á sus sentimientos cariñosos con los niños,
-haciéndolos toda suerte de mimos y zalamerías, y demostrándoles un amor
-que rayaba en idolatría. La niña Chucha tuvo un breve consuelo á su
-nostalgia en las tiernas expresiones de aquella improvisada amiga, que
-supo hablarle del ajiaco, poniendo en las nubes las comidas cubanas,
-y terminó con un parrafillo sobre enfermedades. Hasta José María cayó
-en la astuta red, y un rato después de haber salido Calígula, me
-preguntaba si á los salones de doña Cándida iba mucha gente notable, al
-oir lo cual me entró una risa tan grande que creo oyeron mis carcajadas
-los sordo-mudos que están en el inmediato colegio de la calle de San
-Mateo.</p>
-
-<p>Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa mi cínife. Desde
-sus primeras charlas mostróse muy concienzuda, y decía á las mujeres:
-«Si parece que nos hemos conocido toda la vida... Las miro á ustedes
-como si fueran hijas mías.» Luego les contaba sucesos de su vida,
-y hablaba de sí misma y de sus males en términos que me llenaba
-de admiración su númen hiperbólico. Había detenido el viaje á sus
-posesiones de Zamora para poder gozar de la compañía de tan simpática
-familia, y aunque sus intereses habían sufrido mucho por culpa de los
-malos administradores, no quería salir de Madrid, porque sus amigas
-la marquesa de acá y la duquesa de allá la retenían. Sus dolencias
-eran lastimosa epopeya, digna de que Homero se volviera Hipócrates
-para cantarlas. Por último, en aquel segundo día y en los siguientes
-(pues antes faltara el sol en el zénit que Calígula en la casa de
-Manso), de<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span>mostró tal
-conocimiento y arte en materia de modas, que fué constituida en Consejo
-de Estado de Lica y Chita, y ya no se escogió sombrero, ni tela ni
-cinta sin previa opinión de la de García Grande.</p>
-
-<p>—¡Pobrecitas! les decía, no entren ustedes en las tiendas á comprar
-nada. En seguida conocen que son americanas y les hacen pagar el
-doble, una cosa atroz... Yo me encargo de hacerles las compras... No,
-no, hija, no hay que agradecer nada. Eso á mí no me cuesta trabajo;
-no tengo nada que hacer. Conozco á todos los tenderos, y como soy tan
-buena parroquiana, saco las cosas tan arregladas...</p>
-
-<p>Para que mi hermano se previniera contra los peligros económicos
-á que estaba expuesta la familia admitiendo los servicios de doña
-Cándida, le conté la dilatada y pintoresca historia de los sablazos,
-con lo que se rió mucho, no diciendo más sino: «¡Pobre señora! ¡si mamá
-la viera en tal estado!...»</p>
-
-<p>Á los pocos días hablé con Lica del mismo asunto; pero ella,
-rebelándose contra lo que juzgaba malicia mía, cortó mis amonestaciones
-diciéndome con su lánguida expresión:</p>
-
-<p>—No seas ponderativo... Tú tienes mala voluntad á la pobre niña
-Cándida. ¡Es más buena la pobre...! Sería riquísima si no fuera por
-los malos administradores... ¡Será que el refaccionista le hace malas
-cuentas...! Luego es tan delicada la pobre... Ayer tuve que enfadarme
-con ella para hacerla aceptar un favorcito, un pequeño anticipo, hasta
-tanto que le vengan esas rentas del potrero... no es potrero, en
-fin, lo que sea. La pobre es más buena... No quería tomarlo...<span
-class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span> ni por nada del mundo. Yo
-le pedí por la Virgen de la Caridad del Cobre que me hiciera el favor
-de tomar aquella poca cosa... Veo que te ríes; no seas sencillo... ¡La
-pobre!... me ofendí con su resistencia y se me saltaron las lágrimas.
-Ella se echó á llorar entonces, y por fin se avino á no desairarme.</p>
-
-<p>Lica era una criatura celeste, un corazón seráfico. No conocía
-el mal; ignoraba cuanto de falaz y malicioso encierra el mundo, y
-á los demás medía por la tasa de su propia inocencia y bondad. Yo
-contemplaba con tanto gozo como asombro aquella flor pura de su alma,
-no contaminada de ninguna maleza, y que ni siquiera sospechaba que á su
-lado existía la cizaña. Me daba tanta lástima de turbar la paz de aquel
-virginal espíritu inoculándole el vírus de la desconfianza, que decidí
-respetar su condición ingénua, más propia para la vida en las selvas
-que en las grandes ciudades, y no le hablé más del feroz Calígula.</p>
-
-<p>En tanto, Irene había tomado la dirección intelectual, social y
-moral de las dos niñas y el pequeñuelo. Se les destinó, por acuerdo
-mío, un holgado aposento, donde todo el día estaba la maestra á solas
-con los alumnitos, y en una habitación cercana comían los cuatro.
-Yo previne que todas las tardes salieran á paseo, no consagrando al
-estudio sedentario más que las horas de la mañana. La discreción,
-mesura, recato y laboriosidad de la joven maestra, enamoraban á Lica
-que, en tocando á este punto, me echaba mil bendiciones por haber
-traido á su casa alhaja tan bella y de tal valor. También mi hermano
-estaba contentísimo, y yo me consolaba así del<span class="pagenum"
-id="Page_79">[p. 79]</span> mal que hice con llevarles la calamidad
-de doña Cándida; y pensando en la util abeja, olvidaba al chupador
-vampiro.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_11">
- <h2 class="nobreak">XI</h2>
- <p class="subh2">¿Cómo pintar mi confusión?</p>
-</div>
-
-<p>¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo á mi
-vida la que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese
-evadirme de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían
-á su lado casi todo el día, unas veces para consultarme sobre
-cualquier asunto y matarme á preguntas, otras para que les acompañase.
-Parecía que nada marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la
-universalidad de los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el
-obligado tributo de comer con ellos un día sí y otro no, cuando no
-todos los del mes?... Adios mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos,
-mi independencia, el recreo de mis horas, acomodada cada cual para
-su correspondiente tarea, su función ó su descanso. Pero lo que más
-me desconcertaba eran las reuniones de aquella casa, pues habiéndome
-acostumbrado desde algún tiempo atrás á retirarme temprano, las horas
-avanzadas de tertulia entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me
-producían malestar indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre
-tan contrario á mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe;
-pero mi bendito hermano se había vuelto tan ceremonioso, que<span
-class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> no podía yo prescindir de
-tan antipática vestimenta.</p>
-
-<p>Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus
-salones con todas las personas notables y todas las familias
-distinguidas que se pudieran atraer, pero no lo conseguía tan
-fácilmente. Lica no había logrado hacerse simpática á la mayor parte
-de las familias cubanas que en Madrid residen, y que en distinción
-y modales la superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino
-su rusticidad, su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en
-materia de requisitos sociales. Á mis oidos llegaron ciertos rumores y
-chismes poco favorables á la pobre Lica. Por toda la colonia corrían
-anécdotas punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que
-la <i>habían cogido con lazo</i>. Y tanta era la inocencia de la guajirita,
-que no se desazonaba por hacer á veces ridículo papel, ó no caía en
-ello. Ponía, sí, mucha atención á lo que mi hermano ó yo le advertíamos
-para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara á la nueva
-vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su
-inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la
-permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no
-eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y
-no obstante estos perversos antecedentes, la excelente esposa de mi
-hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba
-entrando poco á poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las
-delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span></p>
-
-<p>José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste
-de mí! ¿á quién podía llevar, como no fuese á algún desapacible
-catedrático, que iba á fastidiarse y á fastidiar á los demás? Es verdad
-que presenté á mi amado discípulo, á mi hijo espiritual, Manuel Peña,
-que fué muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero
-¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias ecualitarias
-de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen
-por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso,
-el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos
-que descollaba sobre todos los de su edad y no había ninguno que le
-igualara?</p>
-
-<p>Mi hermano simpatizó mucho con él, tasándole en lo que valía; pero
-aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y á pesar de haberse
-afiliado á un partido que tiene en su escudo <i>la democracia rampante</i>,
-quería, ante todo, ver en su salón, gente con título, aunque éste fuese
-haitiano ó pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran
-de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le
-agradaban, y Lica estimaba particularmente á los primeros, porque
-para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No
-seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en
-su tierra había hecho <i>natales</i> y algunas décimas, que tenían todo
-el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la
-manigua. Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al
-poco tiempo llegó á ser concurrente infalible á ella, un poeta de los
-de tres por un cuarto...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XII</h2>
- <p class="subh2">¡Pero qué poeta!</p>
-</div>
-
-<p>Era de estos que entre los de su numerosa clase podía ser colocado,
-favoreciéndole mucho, en octavo ó noveno lugar. Veinticinco años,
-desparpajo, figura escueta, un nombre muy largo formado con diez
-palabras; un desmedido repertorio de composiciones varias, distribuidas
-por todos los álbums de la cursilería; soberbia y raquitismo componían
-las tres cuartas partes de su persona: lo demás lo hacían cuello
-estirado, barbas amarillentas y una voz agria y dificultosa, como si
-manos impías le estuvieran apretando el gaznate. Aquel pariente lejano
-de las musas (no vacilo en decirlo groseramente) me reventaba. La idea
-pomposa que de sí mismo tenía, su ignorancia absoluta y el desenfado
-con que se ponía á hablar de cuestiones de arte y crítica me causaban
-mareos y un malestar grande en todo el cuerpo. Vivía de un mísero
-empleillo de seis mil reales, y tal tono se daba, que á muchos hacía
-creer que llevaba sobre sí el peso todo de la Administración. Hay
-hombres que se pintan en un hecho, otros en una frase. Este se pintaba
-en sus tarjetas. Parece que el Director General le había elegido para
-que le escribiese las cartas, y estimando él esto como el mayor de los
-honores, redactaba sus tarjetas así:</p>
-
-<div class=" centrado">
-
-<p class="centra xl"><span class="pagenum" id="Page_83">[p.
-83]</span>Francisco de Paula de la Costa<br /> y Sainz del Bardal</p>
-
-<p class="centra small mt1">JEFE DEL GABINETE PARTICULAR</p>
-
-<p class="centra xs mt1">DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR GENERAL DE
-BENEFICENCIA Y SANIDAD</p>
-
-</div>
-
-<p>Luego venían las señas: <i>Aguardiente</i>, 1.</p>
-
-<p>Y á la cabeza de esta retahila, la cruz de Carlos III, no porque él
-la tuviese, sino porque su padre había tenido la encomienda de dicha
-orden. Cuando este caballerito daba su tarjeta por cualquier motivo,
-le parecía á uno que recibía una biblioteca. Yo pensaba que si llegaba
-un día en que por artes del Demonio hubiera de inscribirse el nombre
-de aquel poeta en el templo del arte, se habría de coger un friso
-entero.</p>
-
-<p>Actualmente han variado las tarjetas; pero la persona no. Es de
-estos afortunados séres que concurren á todos los certámenes poéticos
-y juegos florales que se celebran en los pueblos, y se ha ganado
-repetidas veces el pensamiento de oro ó la violeta de plata. Sus odas
-son del dominio de la farmacia por la virtud somnífera y papaverácea
-que tienen; sus baladas son como el diaquilón, sustancia admirable para
-resolver diviesos. Hace <i>pequeños poemas</i>, fabrica poemas grandes,
-recorta <i>suspirillos germánicos</i> y todo lo demás que cae debajo del
-fuero de la rima. Desvalija sin piedad á los demás poetas y tima ideas;
-cuanto pasa por sus manos se hace vulgar y necio, porque es el caño
-alambique por donde los sublimes pensamientos se truecan en necedades
-huecas. En todos los álbums pone sus endechas expresando la duda ó la
-melancolía, ó<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> sonetos
-emolientes seguidos de metro y medio de firma. Trae sofocados á los
-directores de Ilustraciones para que inserten sus versos, y se los
-insertan por ser gratuitos; pero no los lee nadie más que el autor, que
-es el público de sí mismo.</p>
-
-<p>Este tipo, que aún suele visitarme y regalarme alguna jaqueca ó
-dolor de estómago, era uno de los principales ornamentos de los salones
-de mi hermano, pues si éste no le hacía caso, Lica y su hermana le
-traían en palmitas por la pícara inclinación que ambas tenían al verso.
-Excuso decir que á los dos días de conocimiento, ya D. Francisco de
-Paula de la Costa y Sainz del Bardal... ¡Dios nos asista!... les había
-compuesto y dedicado una caterva de elegías, doloras, meditaciones y
-nocturnos en que salían á relucir los cocoteros, manglares, hamacas,
-sinsontes, cucuyos, y la bonita languidez de las americanas.</p>
-
-<p>Pero la gran adquisición de mi hermano fué D. Ramón María Pez.
-Cuando este hombre asistió á las reuniones, todas las demás figuras
-se quedaron en segundo término; toda luz palideció ante un astro
-de tal magnitud. Hasta el poeta sufrió algo de eclipse. Pez era
-el oráculo de toda aquella gente, y cuando se dignaba expresar su
-opinión sobre lo que había pasado aquel día en el Congreso, sobre el
-arreglo de la Hacienda ó el uso de la regia prerrogativa, reinaba en
-torno de él un silencio tan respetuoso que no lo tuvo igual Platón en
-el célebre jardín de Academos. El buen señor, diputado ministerial
-y encargado de una Dirección, tenía tal idea de sí mismo, que sus
-palabras salían revestidas de au<span class="pagenum" id="Page_85">[p.
-85]</span>toridad sibilina. Obligado por las exigencias sociales, yo
-no tenía más remedio que poner atención á sus huecos párrafos, que
-resonaban en mi espíritu con rumor semejante al de un cascarón de huevo
-vacío cuando se cae al suelo y se aplasta por sí solo. La cortesía me
-obligaba á oirle; pero en mi corazón le despreciaba como despreciamos
-esa artimaña de feria que llaman <i>la cabeza parlante</i>. Él no debía
-de tenerme gran estima; pero como hombre de mundo, afectaba respeto
-á los estudios serios que eran mi tarea constante. Así, siempre que
-venía rodando á la conversación algún grave tema, decía con cierta
-benevolencia un poquillo socarrona: «Eso, al amigo Manso...»</p>
-
-<p>Llevado por Pez fué también Federico Cimarra, hombre que conocen
-en Madrid hasta las piedras, como le conocían antes los garitos,
-también diputado de la mayoría de estos que no hablan nunca, pero que
-saben intrigar por setenta, y afectando independencia, andan á caza
-de todo negocio no limpio. Constituyen éstos antes que una clase, una
-determinación cancerosa, que secretamente se difunde por todo el cuerpo
-de la patria, desde la última aldea hasta los Cuerpos Colegisladores.
-Hombre de malísimos antecedentes políticos y domésticos, pero admitido
-en todas partes y amigo de todo el mundo, solicitado por servicial y
-respetado por astuto, Cimarra no tenía las formas enfáticas del señor
-de Pez, antes bien era simpático y ameno. Solíamos echar grandes
-párrafos, él mostrándome su escepticismo tan brutal como chispeante,
-yo poniendo á las cosas políticas algún comentario que concordaba,
-¡extraña cosa!<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> con
-los suyos. De esta clase de gentes está lleno Madrid: son su flor y su
-escoria, porque al mismo tiempo le alegran y le pudren. No busquemos
-nunca la compañía de estos hombres más que para un rato de solaz;
-estudiémosles de lejos, porque estos apestados tienen notorio poder de
-contagio, y es fácil que el observador demasiado atento se encuentre
-manchado de su gangrenoso cinismo cuando menos lo piense.</p>
-
-<p>Y las recepciones de mi hermano ganaban en importancia de día en
-día, y no faltó un periodiquín que se salió con que allí <i>reinaba el
-buen tono</i>, y dijo que todos éramos muy distinguidos. José María vió
-con gozo que entraban títulos en sus salones, cosa que á mí nunca me
-pareció difícil. El primero á quien tuvimos el honor de recibir fué
-el conde de Casa-Bojío, hijo de los marqueses de Tellería, casado con
-una cubana millonaria y distinguidísima. Se esperaba que no tardaría
-en ir también la marquesa de Tellería, y quizás quizás el marqués de
-Fúcar.</p>
-
-<p>Pero lo más digno de consignarse y áun de ser trasmitido á la
-historia, es que en las tertulias de Manso nació una de las más
-ilustres asociaciones que en estos tiempos se han formado y que más
-dignifican á la humanidad. Me refiero á esa <i>Sociedad general para
-socorro de los inválidos de la industria</i>, que hoy parece tiene vida
-robusta y presta eficaces servicios á los obreros que se inutilizan
-por enfermedad ó cualquier accidente. Yo no sé de quién partió la
-idea, pero ello es que tuvo feliz acogida, y en pocas noches se
-constituyó la junta de gobierno y se hicieron los estatutos. D. Ramón
-Pez,<span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span> que tocante
-á la estadística, á la administración, á la beneficencia, era un
-verdadero coloso, y combinaba estas tres materias para sacar estados
-llenos de números y de los números pasmosas enseñanzas, fué nombrado
-presidente. Á Cimarra hiciéronle vicepresidente, á mi hermano tesorero,
-y Sainz del Bardal, que era quien más mangoneaba en esto, se hizo á
-sí mismo secretario. ¡Que siempre, oh bondad de Dios, han de andar
-los poetas en estas cosas! Yo, por más que luché para no ser más que
-soldado raso en aquella batalla filantrópica, no pude evitar que me
-nombraran consiliario. No me molestaba el cargo ni su objeto, sino la
-negra suerte de tener que bregar con el poeta y de sufrir á toda hora
-la ingestión de sus increibles necedades. Era su trato como sucesivas
-absorciones de no sé qué miasmas morbosos. Yo me ponía malo con aquel
-dichoso hombre. Manuel Peña le odiaba tanto, que le había puesto por
-nombre <i>el tífus</i>, y huía de él como de un foco de intoxicación.</p>
-
-<p>Y ya que hablo de Peña, diré que era muy considerado en la tertulia
-y que se apreciaban sus méritos y condiciones. Algo y áun algos
-se trasparentaba á veces del inconveniente aquel de la tabla de
-carne; pero la cortesía de todos, el tufillo democrático de algunos
-tertuliantes, y más que nada, la finura, corrección y caballerosidad de
-Peña, ponían las cosas en buen terreno. ¡Cosa rara! el que más parecía
-estimarnos á Peña y á mí era el cínico Cimarra, despreocupadísimo,
-apasionado, según decía, de la gente que vale. Era de estos que se
-burlan del saber y admiran á los que saben. Pero no me gustó que el
-mismo Cimarra fuese quien por primera vez dió<span class="pagenum"
-id="Page_88">[p. 88]</span> en llamar á mi discípulo <i>Peñita</i>,
-diminutivo que le quedó fijo y estampado, y que, digan lo que quieran,
-siempre lleva en sí algo de desdén.</p>
-
-<p>José María pasaba el día rumiando lo que por la noche se había
-dicho en la tertulia, y no se ocupaba más que de fortificar sus ideas
-y de organizarlas de modo que estuvieran conformes con el credo del
-partido.</p>
-
-<p>—¿Qué te parece el partido?—me preguntaba con frecuencia.</p>
-
-<p>Y yo le respondía que el partido era el mejor que hasta la fecha
-se había visto. Á lo que él decía:—«Yo quisiera que se organizase
-á lo inglés... porque esto es lo verdaderamente práctico, ¿eh? Es
-verdaderamente lamentable que aquí no estudie nadie la política inglesa
-y que vivamos en un tejer y destejer verdaderamente estéril.»</p>
-
-<p>Yo le oía, y alabando á Dios, le daba cuerda para que siguiese
-adelante en sus apreciaciones y me mostrase, como asunto de estudio, la
-asombrosa variedad de las manías humanas.</p>
-
-<p>Volviendo alguna vez los ojos á los asuntos de su casa y de sus
-hijos, me decía:</p>
-
-<p>—Bueno será que des vuelta por el cuarto de los chicos, ¿eh?... á
-ver qué tal se porta esa institutriz verdaderamente notable.</p>
-
-<p>Yo lo hacía de muy buen grado. Iba por un rato, y sin darme cuenta
-de ello, me pasaba allí un par de horas, inspeccionando las lecciones
-y contemplando como un tonto á la maestra, cuya belleza, talento y
-sobriedad me agradaban en extremo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIII</h2>
- <p class="subh2">Siempre era pálida.</p>
-</div>
-
-<p>Tan pálida como en su niñez, de buen talle, muy esbelta, delgada
-de cintura, de lo demás proporcionadísima, en todos sus contornos,
-admirable de forma, y con un aire... Sin ser una belleza de primer
-orden, agradaba probablemente á cuantos la veían, y con seguridad me
-agradaba á mí, y aun me encantaba un poquillo, para decirlo de una
-vez. Bien se podían poner reparos á sus facciones; pero, ¿qué rígido
-profesor de estética se atrevería á criticar su expresión, aquella
-superficie temblorosa del alma, que se veía en toda ella y en ninguna
-parte de ella, siempre y nunca, en los ojos y en el eco de la voz,
-donde estaba y donde no estaba, aquel viso del aire en derredor suyo,
-aquel hueco que dejaba cuando partía?... Era, hablando más llanamente,
-todo lo que en ella revelaba el contento de la propia suerte, la
-serenidad y temple del ánimo. Formando como el núcleo de todos estos
-modos de expresión, veía yo su conciencia pura y la rectitud de sus
-principios morales. La persona tiene su fondo y su estilo; aquél se
-ve en el caracter y en las acciones, éste se observa no sólo en el
-lenguaje, sino en los modales, en el vestir. El traje de Irene era
-correcto, de moda y sin afectación, de una sencillez y limpieza que
-triunfarían de la crítica más rebuscona.</p>
-
-<p>Desde mis primeras visitas de inspección,<span class="pagenum"
-id="Page_90">[p. 90]</span> sorprendióme el sensato juicio de la
-maestra, su exacto golpe de vista para apreciar las cosas de esta vida,
-y poner á respetuosa distancia las que son de otra. Su aplomo declaraba
-una naturaleza superior compuesta de maravillosos equilibrios. Parecía
-una mujer del Norte, nacida y criada lejos de nuestro enervante clima y
-de este dañino ambiente moral.</p>
-
-<p>Desde que los chicos se dormían, Irene se retiraba á la habitación
-que Lica le había destinado en la casa, y nadie la volvía á ver hasta
-el día siguiente muy temprano. Por la mulata supe que parte de aquellas
-horas de la noche las empleaba en arreglar sus cosas y en reparar sus
-vestidos; de aquí que su persona se mantuviera siempre en aquel estado
-de compostura y aseo, que la realzaba del mismo modo que un cielo puro
-y diáfano realza un bello paisaje. Su honrada pobreza la obligaba á
-esto, y en verdad, ¿qué mejor escuela para llegar á la perfección?
-Este detalle me cautivaba, y fué, con el trato, grande motivo de la
-admiración que despertó en mí.</p>
-
-<p>Otro encanto. Tenía finísimo tacto para tratar á los niños,
-que aunque de buena índole, eran, antes de caer en sus manos,
-voluntariosos, díscolos, y estaban llenos de los más feos resabios.
-¿Cómo llegó á domar á aquellas tres fierecitas? Con su penetración hizo
-milagros, con su innata sabiduría de las condiciones de la infancia.
-Los pequeños, jamás castigados por ella corporalmente, la querían con
-delirio. La persuasión, la paciencia, la dulzura eran frutos naturales
-de aquella alma privilegiada.</p>
-
-<p>Un día que hablábamos de varias cosas, con<span class="pagenum"
-id="Page_91">[p. 91]</span>cluida la lección, traje á la memoria los
-tiempos en que Irene iba á mi casa. Me parecía verla aún garabateando
-en mi mesa y revolviéndome libros y cuartillas. Pues aunque no hice
-mención de los infaustos papelitos de doña Cándida, este recuerdo
-fué muy poco agradable á la maestra. Lo conocí y varié al punto la
-conversación.</p>
-
-<p>Había yo cometido la torpeza de lastimar su dignidad, que aún debía
-resentirse de las crueles heridas hechas en ella por la degradación
-postulante de su tía, por las escaseces de ambas y por el hambre de la
-pobre niña, mal calzada y peor vestida.</p>
-
-<p>Más encantos. Noté que la imaginación tenía en ella lugar
-secundario. Su claro juicio sabía descartar las cosas triviales y de
-relumbrón, y no se pagaba de fantasmagorías como la mayor parte de las
-hembras. ¿Consistía esto en cualidades originales ó en las enseñanzas
-de la desgracia? Creo que en ambas cosas. Rara vez sorprendí en sus
-palabras el entusiasmo, y este era siempre por cosas grandes, sérias
-y nobles. Hé aquí la mujer perfecta, la mujer positiva, la mujer
-razón, contrapuesta á la mujer frivolidad, á la mujer capricho. Me
-encontraba en la situación de aquel que después de vagar solitario
-por desamparados y negros abismos, tropieza con una mina de oro ó de
-piedras preciosas y se figura que la Naturaleza ha guardado aquel
-tesoro para que él lo goce, y lo coge, y á la calladita se lo lleva
-á su casa; primero lo disfruta y aprecia á solas; después publica
-su hallazgo para que todo el mundo lo alabe y sea motivo de general
-maravilla y contento. Y de esta situación mía nacieron pensamientos
-varios que á<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> mí mismo
-me sorprendían poniéndome como fuera de mí y haciéndome como diferente
-de mí mismo, en términos que noté un brioso movimiento en mi voluntad,
-la cual se encabritó (no hallo otra palabra) como corcel no domado, y
-esparció por todo mi sér impulsos semejantes á los que en otro orden
-resultan de la plétora sanguínea, y...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_14">
- <h2 class="nobreak">XIV</h2>
- <p class="subh2">¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel
- propósito?</p>
-</div>
-
-<p>¿Nació del sentimiento ó de la razón? Hoy mismo no lo sé, aunque
-trato de sondear el problema, ayudado de la serenidad de espíritu de
-que disfruto en este momento.</p>
-
-<p>—Esta joven es un tesoro—dije á mi hermano y á Lica, que estaban muy
-contentos con los progresos de las niñas.</p>
-
-<p>En los días buenos, Irene y las tres criaturas salían á paseo. Yo
-cuidaba mucho de que no se alterara aquella costumbre, recomendada por
-la higiene, y me agregaba á tan buena compañía las más de las tardes,
-unas veces porque hacía propósito de ello, otras porque las encontraba
-(no sé si casualmente) en la calle. Estas casualidades ocurrían con
-orden tan infalible, que dejaron de serlo. Hablando con Irene, pude
-observar que no era mujer con pretensiones de sabia, sino que poseía la
-cultura apropiada á su sexo y superior indisputablemente á toda la que
-pudieran mostrar las mujeres de nuestro tiempo.<span class="pagenum"
-id="Page_93">[p. 93]</span> Tenía rudimentos de algunas ciencias,
-y siempre que hablaba de cosas de estudio lo hacía con tanto tino,
-que más se la admiraba por lo que no quería saber que por lo que no
-ignoraba.</p>
-
-<p>Nuestras conversaciones en aquellos gratos paseos eran de cosas
-generales, de aficiones, de gustos y á veces del grado de instrucción
-que se debe dar á las mujeres. Conformándose con mi opinión y
-apartándose del dictámen de tanto propagandista indigesto, manifestando
-antipatía á la sabiduría facultativa de las mujeres y á que anduviese
-en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre; pero al
-mismo tiempo vituperaba la ignorancia, superstición y atraso en que
-viven la mayor parte de las españolas, de lo que tanto ella como yo
-deducíamos que el toque está en hallar un buen término medio.</p>
-
-<p>Y á medida que me iba mostrando su interior riquísimo, iba yo
-encontrando mayor consonancia y parentesco entre su alma y la mía. No
-le gustaban los toros, y aborrecía todo lo que tuviera visos de cosa
-chulesca. Era profunda y elevadamente religiosa; pero no rezona, ni
-gustaba de pasar más de un rato en las iglesias. Adoraba las bellas
-artes y se dolía de no tener aptitud para cultivarlas. Tenía afanes
-de decorar bien el recinto donde viviese y de labrarse el agradable y
-cómodo rincón doméstico que los ingleses llaman <i>home</i>. Sabía poner
-á raya el sentimentalismo huero que desnaturaliza las cosas y evocar
-el sano criterio para juzgarlas, pesarlas y medirlas como realmente
-son.</p>
-
-<p>Cuando hubo adquirido más franqueza, me contaba algunas anécdotas
-de doña Cándida, que me hacían morir de risa. Comprendí cuánto<span
-class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> debió de sufrir la pobre
-joven en compañía de persona tan contraria á su natural recto y á sus
-gustos delicados. Confianza tras confianza, fué contándome poco á poco,
-en sucesivos paseos y sesiones interesantes, cosas de su infancia
-y pormenores mil, que así revelaban su talento como su exquisita
-sensibilidad.</p>
-
-<p>Y en esto se echaron encima las Páscuas. Lica había dado á luz el
-15 de Diciembre un enteco niño de quien fuí padrino y á quien pusimos
-por nombre Máximo. Mi hermano, gozoso del crecimiento de la familia,
-se extremó tanto en dar propinas y en hacer regalos, que yo estaba
-asustado y le aconsejé que se refrenara, porque los excesos de su
-liberalidad tocaban ya en el mal gusto. Pero él, con tal de oir las
-manifestaciones de gratitud y de que se alabara su desprendimiento,
-no vacilaba en exprimir sus bolsillos. Aquellos días hubo en casa una
-reunión magna de la <i>Sociedad para socorros de los inválidos de la
-industria</i>, y se nombraron no sé cuantas comisiones y subcomisiones,
-las cuales eligieron sus respectivas ponencias para emitir pronto
-y luminoso dictámen sobre los gravísimos puntos de doctrina y de
-aplicación que se habían de tratar. ¡Bienaventurados obreros, y qué
-felices iban á ser cuando aquella máquina, todavía no armada, echase
-á andar, llenando á España con su admirable movimiento y esparciendo
-rayos de beneficencia por todas partes!</p>
-
-<p>Las tardes de la semana de Navidad, que para algunos es tan alegre
-y para mí ha sido siempre muy sosa, las pasábamos acompañando á Lica.
-Doña Cándida no faltaba nunca, y demostraba á mi cuñada y á su niño una
-ternura<span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> idolátrica,
-cuya última nota era quedarse á comer. La admiración tácita de Calígula
-por el cocinero de la casa, si discreta, no era nada platónica.</p>
-
-<p>Una tarde se les antojó á los chicos ir al teatro, y como el de
-Martín está tan cerca y daban <i>El Nacimiento del Hijo de Dios y La
-Degollación de los Inocentes</i>, tomé un palco y nos fuimos allá Irene,
-yo y la familia menuda. Chita, que se dispuso á ir también y llegó
-hasta la escalera con un sombrerote tan grande que no se le veía la
-cara, se volvió adentro porque se sentía muy <i>fluxionada</i>. Yo estaba
-alegre aquella tarde, y el aspecto del teatro, poblado de criaturas de
-todas edades y sexos, aumentaba mi regocijo, el cual no sé si provenía
-de una recóndita admiración de la fecundidad y aumento de la especie
-humana. Hacía bastante calor allí dentro, y las estrechas galerías,
-donde tanta gente se acomodaba, parecían guirnaldas de cabezas humanas,
-entre las cuales descollaban las de los chiquillos. No he visto
-algazara como aquella; arriba uno pedía la teta, abajo berraqueaba
-otro, y en palcos y butacas las pataditas, el palmoteo, y aquel
-contínuo mover de caras producían confusión, mareo y como un principio
-de demencia. Las luces rojizas del gas daban á aquel recinto, donde
-hervían tanto ardiente apetito de emociones, tanta bulliciosa y febril
-impaciencia, no sé qué graciosa similitud con calderas infernales ó
-con un infiernito de juego y miniatura, improvisado en el Limbo en una
-tarde de Carnaval.</p>
-
-<p>Mucho terror causó á Pepito María ver salir al demonio luego que se
-alzó el telón. Era el más feo mamarracho que he visto en mi vida. El
-po<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>bre niño escondía
-su cara para no verlo; sus hermanitas se reían, y él, excitado por
-todos para que perdiese el miedo, no se aventuraba más que á abrir un
-poquito de un ojo, hasta que, viendo los horribles cuernos del actor
-que hacía de demonio, los volvía á cerrar, y pedía que le sacaran de
-allí. Felizmente la salida de un angel, armado de lanza y escudo, que
-con cuatro palabras supo acoquinar al diablo y darle media docena
-de patadas, tranquilizó á Pepito, el cual se animó mucho oyendo las
-exclamaciones de contento que de todos los puntos del teatro salían.</p>
-
-<p>Á medida que adelantaba la exposición del drama, Irene y yo nos
-admirábamos de que tan serio asunto, poético y respetable se pusiera en
-indecente farsa. Sale allí un templo con la ceremonia del casamiento
-de la Virgen, que es lo que hay que ver y oir. El sacerdote, envuelto
-en una sábana con tiras de papel dorado, tenía todo el empaque de un
-mozo de cuerda que acababa de llegar de la esquina próxima. Vimos á San
-José, representado por un comiquejo de estos que lucen en los sainetes
-y que allí era más ridículo por la enfática gravedad que quería dar al
-tipo incoloro y poco teatral del esposo de María; vimos á ésta, que era
-una actriz de fisonomía graciosa, con más de maja que de señora, y que
-se esforzaba en poner cara inocente y dulzona. Vestida impropiamente,
-no podía acomodar su desfigurado talle de modo que desapareciesen los
-indicios de próxima maternidad. Pero lo más repugnante de aquella
-farsa increible era un pastor zafio y bestial, pretendiente á la mano
-de María, y que en la escena del Templo y en el resto de la obra se
-permitía atroces libertades<span class="pagenum" id="Page_97">[p.
-97]</span> de lenguaje á propósito de la mansedumbre de San José. Irene
-opinaba, como yo, que tales espectáculos no deben permitirse, y hacía
-consideraciones bien tristes sobre los sentimientos religiosos de un
-pueblo que semejantes caricaturas tolera y aplaude.</p>
-
-<p>Esto me llevó á hablarle del teatro en general, de su
-convencionalismo, de las falsedades que le informan, y hablaba de esto,
-porque no me ocurría la manera de introducir en la conversación otros
-temas más en armonía con el estado de mis sentimientos. Yo buscaba
-fórmulas de transición y hallaba en mí increible torpeza. Creo que el
-calor, el bullicio de los entreactos y el tedio de aquel sacrílego
-sainetón ponían en mi mente un aturdimiento espantoso. No sé qué fatal
-y desconocida fuerza me llevaba á no poder tratar más que asuntos
-comunes, desabridos y áridos, como una lección de mi cátedra. La misma
-belleza y gracia de Irene, lejos de espolearme, ponía como un sello en
-mi boca, y en todo mi espíritu no sé qué misteriosas ligaduras.</p>
-
-<p>Ignoro cómo rodó la conversación á cosas y hechos de su infancia.
-Irene me habló de su padre, que fué caballerizo; recordaba vagamente
-su uniforme con bordados, una pechera roja, un tricornio sobre una
-cara que se inclinaba hacia ella, chiquitita, para darle besos.
-Recordaba que en los albores de su conocimiento, todo respiraba junto
-á ella profundo respeto hacia la Casa Real. Una tía suya paterna, más
-humana que doña Cándida, la amaba entrañablemente. Esta señora recibía
-una pensión de la Casa Real, porque su esposo, sus padres, abuelos
-y tatarabuelos habían sido también caballerizos, sumilleres,<span
-class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span> guardamangieres ó no
-sé qué. El entusiasmo de esta señora por la regia familia era una
-idolatría. Cuando sobrevino la revolución del 68, la tía de Irene
-perdió la pensión y el juicio, porque se volvió loca de pena, y al
-poco tiempo murió, dejando á su tierna sobrina en las garras de doña
-Cándida.</p>
-
-<p>Verdaderamente, estas cosas tenían para mí un interés secundario,
-y más cuando mi espíritu se atormentaba con la idea de una urgente
-manifestación de sentimientos. Por natural simpatía, mi cabeza se
-asimilaba y hacía suyo aquel estado de congoja moral, y empezó á
-molestarme con una obstrucción dolorosa. Y permanecí callado en un
-ángulo del palco, mientras los chicos miraban embobecidos el cuadro
-de la Anunciación, el del Empadronamiento y el viaje á Belén. Irene
-conoció en mi silencio que me dolía la cabeza, y me dijo que saliendo
-un poquito á la calle para que me diera el aire se me quitaría.</p>
-
-<p>Pero no quise salir, y durante el segundo entreacto hablamos... ¿de
-qué? pues del caballerizo, de la tía de Irene, que padecía jaquecas de
-tres días, con vómito, delirio y síncope. Poco después, alzado otra vez
-el telón, vimos el monte, la cascada <i>de agua natural</i> que caía de lo
-alto del escenario y escurría entre hojalata; los pastores y el rebaño
-vivo, compuesto de una docena de blancos borregos. En aquel momento
-parecía que se iba á hundir el teatro: tan loco entusiasmo suscitaban
-los chorros de agua y los corderos. Yo, como artista, consideraba la
-índole de unos tiempos en que se hacen zarzuelas del Nuevo Testamento,
-y luego, mientras se pre<span class="pagenum" id="Page_99">[p.
-99]</span>sentaba á los admirados ojos de la chiquillería, de las
-criadas y nodrizas el bonito cuadro del Portal, dejóse ir mi mente á un
-orden de juicios que no eran totalmente distintos de los anteriores.
-Viendo en caricatura los hechos más sagrados y puesto en farsa lo que
-la religión llama misterio para hacerlo más respetable, se despertó en
-mí un prurito de crítica que, á mi parecer, no dejaba de relacionarse
-con el pícaro dolor de cabeza, pues parecía que éste lo estimulaba,
-dando á mi criterio pesimista la agudeza de aquel filo que me cortaba
-el cráneo. Y lo más raro era que mi crítica implacable se cebaba en
-aquello que más admiraban mis ojos y que traía á mi espíritu tan
-risueñas esperanzas. Sin duda aquel feo demonio que tanto había
-asustado á Pepito se metió en mí, porque yo no cesaba de contemplar
-á Irene, no para saciarme en la vista de sus perfecciones, sino para
-buscarle defectos y encontrárselos en gran número, que esto era lo
-más grave. Su nariz me parecía de una incorrección escandalosa, sus
-cejas demasiado ténues no permitían que luciera bastante la proyección
-melancólica de sus ojos. ¿No era su boca quizás, ó sin quizás, más
-grande de lo conveniente? Luego dejaba correr mi despiadada regla por
-el cuello abajo y encontraba que en tal ó cual parte hacía el vestido
-demasiados pliegues, que el corsé no acusaba perfiles estéticos, que la
-cintura se doblaba más de lo regular, y al mismo tiempo, ni había en su
-traje el esmerado corte que, á mi juicio, debía tener, y sus guantes
-tenían una roturilla, y sus orejas estaban demasiado rojas, no sé si
-por el calor, y su sombrero era muy grande, y sus cabellos... Pero
-¿á<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> qué seguir? Mi
-cruel observación no perdonaba nada, iba á rebuscar los defectos hasta
-á las regiones menos visibles, y al hallarlos, cierta complacencia
-impía parece que daba descanso á mi espíritu y alivio á mi dolor de
-cabeza... ¡Tontería grande aquel trabajo mío, y cómo me reí de él más
-tarde! ¡Ni qué cosa humana habrá que á tal análisis resista! Pero es
-una desdicha conocer el amargo placer de la crítica y ser llevado por
-impulsos de la mente á deshojar la misma flor que admiramos. Vale
-más ser niño y mirar con loco asombro las imperfecciones de un rudo
-juguete, ó sentar plaza para siempre en la infantería del vulgo. Esto
-me lleva á sospechar si el ideal estético será puro convencionalismo,
-nacido de la finitud ó determinación individual, y si tendrán razón los
-tontos al reirse de nosotros, ó lo que es lo mismo, si los tontos serán
-en definitiva los discretos.</p>
-
-<p>—¡Pobrecito Máximo!—me dijo de improviso Irene, en el momento que
-caía el telón.—¿No se alivia esa cabeza?</p>
-
-<p>Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que
-me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan
-acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.</p>
-
-<p>—Me duele mucho... El calor... el ruido...</p>
-
-<p>En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.</p>
-
-<p>—Pues vámonos—dijo Irene.</p>
-
-<p>Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero
-Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy
-afligida: «Si falta la degollación...»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span></p>
-
-<p>Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.</p>
-
-<p>—Le pondré á usted paños de agua sedativa—me dijo la profesora al
-atravesar la calle de Santa Agueda.</p>
-
-<p>¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino
-puramente ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el
-Cielo á los santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan
-y curan á los que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus
-heridas.</p>
-
-<p>—El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un
-poco.</p>
-
-<p>—¿Se va usted á su casa?</p>
-
-<p>—No; me echaré en el sofá del despacho de José María.</p>
-
-<p>Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una
-taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene,
-pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi
-casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:</p>
-
-<p>—Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un
-rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá
-usted que duerme? Está leyendo acostada.</p>
-
-<p>Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto!
-¿Qué leería?</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_15">
- <h2 class="nobreak">XV</h2>
- <p class="subh2">¿Qué leería?</p>
-</div>
-
-<p>Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo
-que tardé en llegar á mi<span class="pagenum" id="Page_102">[p.
-102]</span> casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí,
-después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí no
-sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de
-idealidad.</p>
-
-<p>Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando
-explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de
-ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión
-de lo que leía Irene.</p>
-
-<p>Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos,
-fuí á almorzar á casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó á serme
-agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba
-en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis
-costumbres. Pero yo empezaba á formarme una segunda rutina de vida,
-acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea
-nuestro molde y no nuestra hechura.</p>
-
-<p>Favorecía mis visitas á aquella casa su proximidad á la mía, pues
-en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la
-distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de
-las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San
-Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas
-del <i>Año Cristiano</i>. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve
-balcones de antepecho corrido, que semejaban pentágrama de música! ¡Y
-eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista
-que habitaba en el piso bajo...! La gran escalera blanquecina me acogía
-con paternal agasajo, y al entrar salía á recibirme el huésped eterno
-y fijo de la<span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span> casa,
-un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces á todas las
-imágenes, ideas y sucesos de la familia, y áun hoy viene á formar en el
-fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente
-sensorio que envuelve y perfuma mi recuerdos.</p>
-
-<p>El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas,
-besándome la mano y llamándome <i>Taita</i>. Aquel día me dijo:</p>
-
-<p>—Mi ama Lica se ha levantado hoy.</p>
-
-<p>Entré á verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de
-amabilidad, atendiendo á Lica, arreglándole las almohadas en el sillón,
-cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo
-poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y
-preceptos que Calígula dictaba á cada momento para que el niño y la
-nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes
-como la <i>Novísima Recopilación</i>. Ella había buscado el ama y la había
-vestido, poniéndole más galones que á un féretro, collares rojos y todo
-lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el
-régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de
-cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas,
-fajas y abrigos para mi tierno ahijado.</p>
-
-<p>«Tiene toda la cara de tu madre—me decía,—y este se me figura que
-va á ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este
-angel?»</p>
-
-<p>Á mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es
-característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto
-avinagrado, un mohín tan displicente, que me le<span class="pagenum"
-id="Page_104">[p. 104]</span> figuraba echando pestes de los
-fastidiosos obsequios de doña Cándida.</p>
-
-<p>Esta se multiplicaba para atender á todo; y como al muchacho se
-le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños,
-ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y
-riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín
-bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba
-ella: «¡Ama, la teta, la teta!»</p>
-
-<p>Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezado,
-ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos las personas como
-si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se
-expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano que sólo mi
-cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia
-y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente á la consigna de doña
-Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con
-dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba á sonar
-como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando
-ésta no podía oirlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:</p>
-
-<p>—No hay mujer como esta, no la hay... Le digo á usted, Lica, que
-ha sido una adquisición... ¡Gracias á mí, que la he buscado como pan
-bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran á la vuelta de la
-esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha
-visto usted? No dice esta boca es mía.</p>
-
-<p>Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada
-manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le
-decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span></p>
-
-<p>—¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy
-mona.</p>
-
-<p>Y Lica me dijo, como siempre:</p>
-
-<p>—Máximo, cuéntame cosas.</p>
-
-<p>—¿Qué cosas ha de contar este sosón?—zumbó mi cínife con humor
-picaresco.—Que empiece á echar filosofías y nos dormimos todas.</p>
-
-<p>Á pesar de esta sátira, yo contaba cosas á Lica, le hablaba de
-teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.</p>
-
-<p>La peinadora entró á peinar á Chita que, mientras le arreglaban
-el pelo, me obligó á darle cuenta de todas las funciones que en la
-última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido á
-ninguna, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada
-tenían pasión por los dramas y antipatía á la música y á las comedias
-de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no
-veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien
-cargados de barbas y vestidos de verde, ó forrados de hojalata imitando
-armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los
-actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las
-rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas
-hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les
-veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas ó
-en el suelo, á veces enteros, otras partidos en actos ó en escenas,
-cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la protasis y
-la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste
-dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser
-cuotidia<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span>nos, no me
-llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes se veían las tazas
-de café, unas sucias, mostrando el sedimento de azucar, otras á medio
-beber y frías como el hielo; sobre tal silla un sombrero de señora;
-un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; el devocionario
-encima de un plato y cucharillas de café dentro de un florerito de
-porcelana.</p>
-
-<p>El gabinete estaba adornado á prisa y por contrata, con objetos
-ricos y al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su natural. Doña
-Cándida se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que
-sobre la chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que
-rara vez se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que
-llevado también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo
-endosarle á Lica media docena de cuadros sin mérito, que á todos los
-de la casa parecieron admirables por el rabioso y brillante color de
-los trajes, pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que
-á cada hora soltaba una tocata; pero á los ocho días se plantó, y no
-hubo forma humana de que tocase más ni de que diese hora. Y como los
-demás relojes de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se
-tenía nunca datos del tiempo, y había huelga de horas é insurrección de
-minutos.</p>
-
-<p>—Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate á ver qué hace José
-María. No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho
-con Sainz del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe
-ser hora de almorzar.</p>
-
-<p>En el despacho encontré á José María atareadísimo con el correo de
-Cuba. Ayudábale<span class="pagenum" id="Page_107">[p. 107]</span>
-Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya cantidad de cartas
-bastante á cargar un vapor-correo.</p>
-
-<p>—Ya sabes—me dijo mi hermano,—que creo tener segura mi elección
-en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro
-se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he
-de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de
-Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy
-verdaderamente agradecido á estos señores... Querido Sainz, descanse
-usted y vámonos á almorzar. Ea, camaradas, á la mesa.</p>
-
-<p>Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la
-política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una
-copa, leía, como á bocados y á sorbos, la sesión del día anterior.</p>
-
-<p>—Ese Cimarra—manifestó en su respiro,—es hombre verdaderamente
-notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme
-en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente
-activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las
-dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos
-de tí. Ya es hora de que pases á una cátedra de Universidad, y bien
-podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de
-Instrucción pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres
-verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito
-corto.</p>
-
-<p>Y cuando mi hermano volvía á engolfarse en la lectura del periódico,
-que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta,
-para<span class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> comunicarme,
-sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad filantrópica, de
-que era secretario. Ya había dado dictámen una de las comisiones. Los
-debates serían reñidísimos. Había voto particular, y los pareceres
-de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de un problema muy
-importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad fundamento sólido
-en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado de eficacia que
-podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no variasen las
-actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no hubiese una
-disposición legislativa que de una vez para siempre...</p>
-
-<p>El condenado quería hacerme un resumen del dictámen; pero yo le
-corté la palabra, por temor á que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos
-al despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado á ser secretario
-de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras
-fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades
-que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y
-retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política.
-¡Bendito José! Me le figuraba en primera línea y á la cabeza de un
-partido, fracción ó grupillo, que se llamaría de los <i>Mansistas</i>.
-Cuando yo lo decía así, él se reía á carcajadas, demostrándome, al
-través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.</p>
-
-<p>—Todo me lo dan hecho—decía,—yo no me muevo, yo no pido nada. Pero
-se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente
-agradecido... Anoche recibí un B. L. M. del ministro... Ese señor no
-me deja á<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span> sol ni
-sombra... Yo no busco á nadie; me buscan. Yo quiero estar metido en mi
-casa, y no me dejan.</p>
-
-<p>Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación
-política que empezaba á padecer José, pues es muy propio de los
-ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren
-salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus
-intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga á ser grandes
-hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano
-el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos
-de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado
-todos estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «<i>Estamos á ver
-venir, los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va;
-lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran á
-dar</i>», etcétera. Llamaba <i>cogida</i> á los fracasos parlamentarios de
-un orador, y <i>enchiquerado</i> al ministro que estaba bajo la amenaza
-de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en
-la oratoria, tiene también su estilo flamenco. Á mi neófito no se le
-escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única
-muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «<i>Las
-cosas caen del lado á que se inclinan.</i>»</p>
-
-<p>En sus costumbres no se advertía menos su conversión rápida á un
-nuevo orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado á
-quejarse de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que
-no tenía convidados, comía fuera de casa, y entraba siempre á las
-dos de la<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> noche.
-Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa, y
-exigentísimo en todo lo referente á menudencias sociales y al aparato
-de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre Lica
-agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que
-sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas
-las palabras de la tierra, y no hablar ni pensar más que á la europea.
-Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención á las fraternas de
-su marido que logró reformar mucho sus modales y lenguaje, y ya no
-llamaba <i>túnico</i> al vestido, ni á las enaguas <i>sayuelas</i>, ni al polisón
-<i>bullerengue</i>. Por este mismo tiempo empezó á restituirse la dicción
-castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino
-Manuela, y su hermana fué Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba
-Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era
-refractaria á estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña
-Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar á las calles de
-Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.</p>
-
-<p>Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de
-demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de
-que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería
-la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos
-heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido á ciertos rumores
-que habían llegado á mí y á las tonterías que escribió un revistero
-de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la
-curiosidad, pregunté:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span></p>
-
-<p>—¿Pero es cierto que vas á titularte?</p>
-
-<p>—Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me
-fastidian...—repuso con turbación.—Es empeño de ellos, yo me resisto.
-Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es
-verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería
-verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el
-tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso
-correo de Cuba.</p>
-
-<p>Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano
-de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de
-todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa;
-pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice
-de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno
-infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus
-vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de
-fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas,
-producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona
-el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar
-la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la
-célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso
-del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas
-monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio
-legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre
-una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta
-sociedad que<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span>
-despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres que
-han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos Estados latinos
-que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad, llevando este
-principio no sólo á las leyes sino á la formación de los ejércitos
-más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos y en los
-cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos y al mismo
-tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que lentamente
-se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un paso ó
-trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la historia.
-Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, azotado
-negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y traficado en
-estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de próceres, que
-son como la imagen del poder histórico inamovible y como su garantía
-de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el universo se
-desquicia, ó el hijo de Dios perece.»</p>
-
-
-<p class="mt2">Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo
-lo olvidé desde que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le
-pregunté:</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_16">
- <h2 class="nobreak">XVI</h2>
- <p class="subh2">¿Qué leía usted anoche?</p>
-</div>
-
-<p>Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no
-supo qué responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases
-evasivas,<span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span> y á su
-vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo
-favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al
-punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento,
-si algo mío leía, había de ser ó la <i>Memoria sobre la psicogénesis y
-la neurosis</i>, ó los <i>Comentarios á Du Bois-Raymond</i>, ó la <i>Traducción
-de Wundt</i>, ó quizás los artículos refutando el <i>Transformismo</i> y las
-locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á
-dar una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro
-de mi amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme
-que leía estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó
-marisabidilla.»</p>
-
-<p>Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis
-novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi
-encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían
-allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un
-gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la
-existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera
-quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran
-muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes
-con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca
-y de los ojos.</p>
-
-<p>La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden,
-y al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella
-á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad
-marmórea tomabas á mis<span class="pagenum" id="Page_114">[p.
-114]</span> ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de la llama y
-de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu de su
-normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer cabriolas,
-impropias de todo espíritu bien educado.—La estancia aquella había
-sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble con listones
-negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde las niñas
-escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de gutapercha
-y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas nuevos, y
-dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo recordaba
-haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi cínife le
-endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al precio de
-las demás gangas que á la casa llevaba.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Isabel,—decía Irene,—los verbos irregulares.</p>
-
-<p>La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para
-aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea
-escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo
-con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia
-Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus
-hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun
-para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas
-les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas,
-partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad,
-solía dormitar <i>aliquando</i>, como el buen Homero.</p>
-
-<p>Mientras escribían, había un poco más de<span class="pagenum"
-id="Page_115">[p. 115]</span> libertad. Isabel y Jesusa, al trazar
-sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito, á quien era
-preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera callado, hacía
-rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento venía á enseñarme
-sus obras, llamándolas caballos, burros y casas. Irene descansaba,
-y cogiendo el encaje de <i>frivolité</i>, se ponía á hacer nudos con
-la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos. Con
-aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita
-laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus
-múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía
-á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»</p>
-
-<p>De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia
-Irene y decirle:</p>
-
-<p>—¿Está usted contenta con esta vida?</p>
-
-<p>Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué
-negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato?
-Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero
-sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto
-triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.</p>
-
-<p>—Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo,
-¿qué más puedo desear por ahora?</p>
-
-<p>—Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita,
-no pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que
-saliere. Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades
-superiores que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas
-con ese codo? ¿Lo quieres<span class="pagenum" id="Page_116">[p.
-116]</span> poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un
-abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando
-tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...</p>
-
-<p>Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me
-había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si
-ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas
-y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones
-quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu,
-y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y
-como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de
-exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento,
-estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los
-mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso
-estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un
-elogio.</p>
-
-<p>—Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.</p>
-
-<p>Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis
-alabanzas sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según
-ella, yo era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único.
-¡Y cuidado con los elogios que hacían de mí todas las personas que
-me trataban!... No, no podía existir tal perfección en la persona
-humana, y por fuerza habían de descubrir algún defectillo los que me
-trataran de cerca. Contestando á esto, creo que estuve oportuno y
-algo chispeante, decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias
-que ella, á mi<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span>
-parecer, comprendió perfectamente—Nuevos elogios de Irene, dirigidos en
-particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio. «Es
-usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio de
-ambos.</p>
-
-<p>La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella
-tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no
-precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un
-largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo
-que pisaba.</p>
-
-<p>«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el
-hecho me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro
-camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que
-empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no
-equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de
-impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco
-bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis
-ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino
-aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo,
-que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones
-morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte
-y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la
-mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia,
-sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi
-organización intelectual y estética.»</p>
-
-<p>Tal como lo pensaba lo hice. Muchas maña<span class="pagenum"
-id="Page_118">[p. 118]</span>nas asistí á las lecciones y muchas tardes
-á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La digna reserva
-de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un chaparrón en el
-Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente nos metimos en
-él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y nuestras ropas
-estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de que ella y los
-niños se constipasen.</p>
-
-<p>—Por mí no tema usted—me dijo Irene.—Jamás he estado mala. Yo tengo
-una salud... tremenda.</p>
-
-<p>¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en
-aquella criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los
-fines humanos en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de
-aquella escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar
-la crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería
-entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de
-la maternidad y del siglo.</p>
-
-<p>—Cuídese usted, cuídese usted—le dije con afán previsor,—para que su
-hermosa salud no se altere nunca.</p>
-
-<p>Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan
-malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía
-también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando
-fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el
-rostro de Irene alegría muy viva.</p>
-
-<p>—¡Qué caro se vende usted!—me dijo poniéndose más pálida.</p>
-
-<p>—Me parece—repliqué yo,—que hace dos si<span class="pagenum"
-id="Page_119">[p. 119]</span>glos que no nos vemos. ¡He pensado tanto
-en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin embargo, le dije á
-usted estas y estas cosas.</p>
-
-<p>—Es usted... tremendo.</p>
-
-<p>—No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de
-tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?</p>
-
-<p>—No, no, nada—respondió con precipitación y un poco de
-sobresalto.</p>
-
-<p>—Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este
-género de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.</p>
-
-<p>—Ya se ve que no—dijo con vehemencia.</p>
-
-<p>—Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me
-oculte nada... Esta vida...</p>
-
-<p>—Es tremenda.</p>
-
-<p>—Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede
-ser de otra manera.</p>
-
-<p>—Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer
-palotes?</p>
-
-<p>—¿Y cuidando chiquillos...?</p>
-
-<p>—¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?</p>
-
-<p>Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan
-desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de
-la excomunión mayor.</p>
-
-<p>—Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente,
-demasiado bella para vivir asalariada.</p>
-
-<p>Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había
-interpretado sus sentimientos.</p>
-
-<p>—Esto se acabará. Irene. Yo respondo...</p>
-
-<p>—Si no fuera por usted, Máximo—me dijo<span class="pagenum"
-id="Page_120">[p. 120]</span> con expresión de la más generosa
-amistad,—ya habría salido de aquí.</p>
-
-<p>—Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?</p>
-
-<p>—No... es decir... pero no, no—murmuró contradiciéndose cuatro veces
-en seis palabras.</p>
-
-<p>—Algo hay...</p>
-
-<p>—No, no, digo á usted que no.</p>
-
-<p>—Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted
-conmigo la confianza que merezco...?</p>
-
-<p>—Sí la tengo, la tendré—replicó animándose.—Usted es mi único amigo,
-mi protector... Usted...</p>
-
-<p>¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad
-retozaba en su boca.</p>
-
-<p>—Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...</p>
-
-<p>—Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas
-cosas... tremendas...</p>
-
-<p>—¡Tremendas!</p>
-
-<p>No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba
-para todo.</p>
-
-<p>—Y yo le juro á usted—añadió cruzando las manos y poniéndose
-bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...—Yo juro que
-no haré sino lo que usted me mande.</p>
-
-<p>—Pues...</p>
-
-<p>El corazón se me salía con aquel <i>pues</i>... No sé hasta donde habría
-llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.</p>
-
-<p>—Máximo—dijo sin entrar,—llégate aquí, chinito...</p>
-
-<p>Quería que yo le redactase las invitaciones para aquella noche.
-¡Pobre Lica, cómo me con<span class="pagenum" id="Page_121">[p.
-121]</span>trarió con su inoportunidad! No volví á ver á Irene aquella
-tarde; pero yo estaba tan contento como si la tuviera delante y la
-oyese sin cesar. El discursillo del cual no dije sino una palabra,
-sonaba en mí como si cien veces se hubiera pronunciado y otras ciento
-hubiera recibido de ella la hermosa aprobación que yo esperaba.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_17">
- <h2 class="nobreak">XVII</h2>
- <p class="subh2">La llevaba conmigo.</p>
-</div>
-
-<p>Era como si la naturaleza de ella hubiera sido inoculada
-milagrosamente en la mía. La sentía compenetrada en mí, espíritu con
-espíritu; y esto me daba una alegría que se avivó por la noche, cuando
-fuí á la reunión de jueves; y esta alegría radiosa salía de mí como
-inspiración chispeante, brotando de los labios, de los ojos y áun creo
-que de los poros. Entróme de súbito un optimismo, algo semejante al
-delirio que le entra al calenturiento, y todo me parecía hermoso y
-placentero, como proyección de mí mismo. Con todos hablé y todos se
-trasfiguraban á mis ojos, que, cual los de D. Quijote, hacían de las
-ventas castillos. Mi hermano me pareció un Bismarck, Cimarra se dejaba
-atrás á Catón, el poeta eclipsaba á Homero, Pez era un Maltus por la
-estadística, un Stuart Mill por la política, y mi cuñada Manuela la
-mujer más aristocrática, más fina, más elegante y distinguida que había
-pisado alfombras en el mundo. Para que se vea hasta qué aberraciones
-morbosas me condujo mi<span class="pagenum" id="Page_122">[p.
-122]</span> loco optimismo, diré que el poeta mismo oyó de mis labios
-frases de benevolencia, y que casi llegué á prometerle que me ocuparía
-de sus escritos en un próximo trabajo crítico. Esto le puso como fuera
-de sí, y rodando la conversación de personalidad en personalidad,
-afirmó que yo me dejaba muy atrás á Kant, á Schelling y á todos los
-padres de la filosofía. Sus indignas lisonjas me abrieron los ojos
-y fueron correctivo de mi debilidad optimista. Yo creo que había en
-mí un desorden físico, no sé qué reblandecimiento de los órganos que
-más relación tienen con la entereza de caracter. De mucho sirvió para
-restituirme á mi sér el interminable solo que me dió Sainz del Bardal
-á propósito de los inmensos progresos de la <i>Sociedad de inválidos
-de la industria</i>. En servicio de ella desplegaba el poeta-secretario
-una actividad demente, febril, y se multiplicaba para organizar los
-trabajos, para aumentar el número de socios y alcanzar la protección
-del Gobierno. Había logrado meter en ella á tres ex-ministros y á
-otro personaje muy conocido en Madrid, propagandista infatigable
-que pronunciaba seis discursos por semana en distintas sociedades.
-Todo marchaba admirablemente, y marcharía mejor cuando los planes
-de los caritativos fundadores tuvieran completo desarrollo. Por de
-pronto, se había acordado destinar los cuantiosos fondos reunidos
-á imprimir los notabilísimos discursos que se pronunciaran en las
-turbulentas sesiones. Lástima grande que tan admirables piezas de
-elocuencia se perdieran. Ante todo, España es el país clásico de la
-oratoria. Los autores del voto particular y la mayoría de la comisión
-no habían<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> logrado
-ponerse de acuerdo sobre aquel sutil tema; mas para salir del paso, se
-había nombrado una comisión mixta, compuesta de indivíduos de la de
-propaganda y de la de aplicación para que redactasen el tema de nuevo.
-Reunida esta junta magna, acordó que lo primero que debía hacerse era
-abrir un certámen poético, para premiar la mejor <i>oda al trabajo</i>. El
-primer premio consistía en coliflor de oro é impresión de quinientos
-ejemplares; el <i>accesit</i> en girasol de plata é impresión de doscientos.
-Ya ví venir el nublado al enterarme de estos planes funestos, y en
-efecto, me nombraron presidente del jurado. También se pensaba en gran
-rifa, organizada por señoras, y en una soberbia y resonante velada, ó
-quizás <i>matinée</i>, en la cual, después de leida por Bardal la memoria
-de los trabajos de la sociedad, habría música, discursos y lectura de
-versos, que son la sal de estos festejos filantrópicos.</p>
-
-<p>Como pude, me sacudí de encima al moscón que me aturdía, dí una
-vuelta por los salones, y de repente sentí un golpecito en el hombro y
-una simpática voz que me dijo:</p>
-
-<p>—Hola, maestro... Le ví á usted con <i>el tífus</i>, y no quise
-acercarme.</p>
-
-<p>—¡Ay! Peña, el ataque ha sido tan fuerte, que creo tendré
-convalecencia para toda la noche... Sentémonos, siento una
-debilidad...</p>
-
-<p>—Esa es la <i>febris carnis</i>... Yo no me rindo á Sainz del Bardal.
-Cuando viene á hablarme, le vuelvo la espalda. Si á pesar de eso me
-habla, le echo una rociada de ácido fénico, quiero decir que le llamo
-necio.</p>
-
-<p>—Pero, hombre, ¿qué es de tu vida?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span></p>
-
-<p>—Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. <i>Achantémonos</i> en ese
-gabinete.</p>
-
-<p>—¿Qué me cuentas?</p>
-
-<p>—Nada de particular.</p>
-
-<p>—¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?</p>
-
-<p>—¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable.
-Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba
-de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si
-en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor
-genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por
-celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta
-pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca
-impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación
-la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice <i>pedrominio</i>, y tiene un
-cariño á las haches...</p>
-
-<p>—Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á
-una de las de Pez?</p>
-
-<p>—Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas,
-principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas,
-es decir, tienen un barniz...</p>
-
-<p>—Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero
-se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son,
-realmente, más que muñecas, de las que dicen <i>papá</i> y <i>mamá</i>.</p>
-
-<p>—Pero éstas no dicen <i>papá</i> y <i>mamá</i>, sino <i>marido</i>, <i>marido</i>.
-La mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas
-cosas... Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con ver<span
-class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span>dad, no sé si decirle
-á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo de los
-visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica. Á veces
-marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y amor. La
-mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que si un
-príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.</p>
-
-<p>—Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.</p>
-
-<p>—Lo creo. Tiene un tupé la niña... Algo se la ha pegado á la
-pequeña. Ya se ve. Con aquella tiesa mamá que parece figura arrancada á
-una tabla de la Edad Media...</p>
-
-<p>—Con aquel soplado papá, que es el sincretismo de todas las
-pretensiones más enfáticas...</p>
-
-<p>—¿Pero no le llama la atención el lujo de esa gente?</p>
-
-<p>—Á mí, en materia de estupidez humana, no me llama ya nada la
-atención.</p>
-
-<p>—Es un lujo imposible, misterioso. ¿Qué hay detrás de todo eso? Los
-cincuenta mil reales del señor de Pez, y pare usted de contar.</p>
-
-<p>—Madrid es un valle de problemas.</p>
-
-<p>—Yo creo que las pretensiones de las niñas dejan muy atrás á las
-de los papás. La ley de herencia se ha cumplido con exceso. Y no sé
-yo quién va á cargar con esos apuntes. El desgraciado que se case
-con cualquiera de ellas, ya puede hacer la cuenta que se casa con
-las modistas, con los tapiceros, con los empresarios de teatros,
-con Binder el de los coches, con Worth el de los trajes y con todos
-los arruinadores de la humanidad. Acostumbradas esas niñas al lujo,
-¿dónde encontrarán capital bastante fuerte<span class="pagenum"
-id="Page_126">[p. 126]</span> para sostenerlo? Maestro, esto está
-perdido, aquí va á venir un desquiciamiento. Hablan de la juventud
-masculina y de su corrupción, de su alejamiento de la familia, de la
-tendencia antidoméstica que determinan en nosotros el estudio, los
-cafés, los casinos... Pues, ¿y qué me dice usted de las niñas? La
-frivolidad, el lujo y cierta precocidad de mal gusto imposibilitan
-á la doncella de estos países latinos para la constitución de las
-familias futuras. ¿Qué vendrá aquí? ¿La destrucción de la familia,
-la organización de la sociedad sobre la base de un individualismo
-atomístico, el desenfreno de la variedad, sin unidad ni armonía, la
-patria potestad en la mujer...?</p>
-
-<p>—Lo femenino eterno—dije yo gravemente,—tiene leyes que no puede
-dejar de cumplir. No seas pesimista, ni generalices fundándote en
-hechos, que por múltiples que sean, no dejan de ser aislados.</p>
-
-<p>—¡Aislados!</p>
-
-<p>—Conoces poco el mundo. Eres un niño. Antes consistía la inocencia
-en el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele
-ir unido el estado de inocencia al conocimiento de todos los males y á
-la ignorancia del bien, del bien que luce poco y se esconde, como todo
-lo que está en minoría. Créeme, créeme, te hablo con el corazón.</p>
-
-<p>Y tomando entre mis dedos (¡cómo me acuerdo de esto!) el ojal de la
-solapa de su frac, proseguí hablándole de este modo:</p>
-
-<p>—Hay mucho tesoro, mucho bien, mucha ventura que tú no ves, porque
-te tapa los ojos la inocencia, porque te ciega el vivo resplandor del
-mal. Hay séres excepcionales, criaturas pri<span class="pagenum"
-id="Page_127">[p. 127]</span>vilegiadas, dotadas de cuanto la
-Naturaleza puede crear de más perfecto, de cuanto la educación puede
-ofrecer de más refinado y exquisito. Flaquearía por su base el santo,
-el sólido principio de armonía, si así no fuera, y sin armonía, adios
-variedad, adios unidad suprema...</p>
-
-<p>—No digo que no...</p>
-
-<p>Y distraido, pero atento á mis palabras, se metió la mano en el
-bolsillo del faldón y sacó una petaquilla.</p>
-
-<p>—¡Ah! ya no me acordaba que usted no fuma... Yo tengo unas ganas
-rabiosas de fumar. Con su permiso, maestro, me voy por ahí adentro á
-echar un pitillo. ¿Viene usted?</p>
-
-<p>No le seguí porque solicitaba mi curiosidad un grupo entusiasta que
-se había formado en torno de mi hermano. Parecíame oir felicitaciones,
-y el Sr. de Pez tenía un aire de protección tal que no sé cómo todo el
-género humano no se arrojaba contrito y agradecido á sus plantas.</p>
-
-<p>El motivo de tantos plácemes y de bullanga tan estrepitosa era que
-se había recibido un telegrama de Cuba manifestando estar asegurada la
-elección de José María.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_18">
- <h2 class="nobreak">XVIII</h2>
- <p class="subh2">«Verdaderamente, señores...»</p>
-</div>
-
-<p>Dijo mi hermano; y atascado en su exordio por la obstrucción mental
-que padecía en los momentos críticos, repitió al poco rato:</p>
-
-<p>—Verdaderamente...</p>
-
-<p>Pudo al fin formular un premioso discurse<span class="pagenum"
-id="Page_128">[p. 128]</span>jo, cuyas cláusulas iban saliendo á
-golpecitos, como el agua de una fuente, en cuyo caño se hubiese
-atragantado una piedra. Acerquéme un poco y oí frases sueltas, como:
-«Yo no quiero salir de mis cuatro paredes... porque también se puede
-servir al país desde el rincón de una casa... Pero estos señores se
-empeñan... Á la benevolencia de estos señores debo... En fin, esto es
-para mí un verdadero sacrificio; pero estoy verdaderamente dispuesto á
-defender los sagrados intereses...»</p>
-
-<p>Desde entonces tomó el sarao un aspecto político que le daba
-extraordinario brillo. Había tres ex-ministros y muchos diputados y
-periodistas, que hablaban por los codos. La sala del tresillo parecía
-un rinconcito del Salón de Conferencias. Los que más bulla metían eran
-los de la <i>democracia rampante</i>, partido tan joven como inquieto, al
-cual se había afiliado José, llevado de sus preferencias por todo lo
-que fuera transacción.</p>
-
-<p>El espíritu reconciliatorio de José llega hasta el delirio, y sueña
-con acoplar y emparejar las cosas más heterogéneas. Esto, según él, es
-lo <i>verdaderamente inglés</i>. Lo de <i>la sucesiva serie de transacciones</i>
-no se le cae de la boca: es su <i>Padre Nuestro</i> político, y así, todo lo
-transige y siempre halla modo de aplicar sus ideales casamenteros. No
-existe rivalidad histórica y fatal que él no se proponga resolver con
-un abrazo de Vergara. Eso es: abrácense como hermanos el separatismo
-y la nacionalidad, la insurrección y el ejército, la monarquía y la
-república, la Iglesia y el libre examen, la aristocracia y la igualdad.
-Toda idea pura es para él <i>una<span class="pagenum" id="Page_129">[p.
-129]</span> verdadera exageración</i>, y corta las cuestiones diciendo:
-<i>basta de exclusivismos</i>. Para él no conviene que haya exclusivismos
-en el arte, ni en religión, ni en filosofía. Toda idea, toda teoría
-artística ó moral debe ceder una parte de sus regios dominios á la
-teoría y á la idea contrarias. Lo bello deja de serlo si este fenómeno
-no cruza con lo vulgar el famoso abrazo de Vergara. Jesús y los Santos
-Padres son unos exagerados y exclusivistas por no haber intentado un
-arreglito con la herejía.</p>
-
-<p>Las majaderías de aquella gente me aburrían tanto, que me alejé
-del salón y me interné en la casa. Harto de poetas, periodistas y
-políticos, mi espíritu me pedía el descanso de un párrafo con doña
-Jesusa. En el lejano aposento donde residía, estaba aquella noche, fija
-en su butaca, envuelta en su mantón y acompañada de Rupertico, á quien
-contaba cuentos.</p>
-
-<p>—No me quiero acostar—me dijo,—porque el <i>sambeque</i> del salón y
-esta bulla de criados que van y vienen no me dejan dormir. Esta casa
-parece un trapiche los jueves por la noche. ¡Jesús qué terremoto! Á
-usted no le gusta esto; ya lo sé. ¡Y qué gente tan comilona! Con el té,
-los dulces, los fiambres, las pastas, los helados que se han comido
-ya, habría para mantener un ejército. La pobre Lica no es para esto;
-si sigue así va á perder la salud... Le contaré á usted lo de anoche,
-si me promete ser reservado... Pues tuvieron ella y José María una
-peleíta. ¡Jesús qué jarana!... por si él entraba tarde, por si ella
-no sabía hacer los honores. Yo bien sé que Lica está muy <i>chiqueada</i>.
-Pero José ha echado un genio... No sé cuánta cosa sacaron: que él no
-pien<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>sa más que en
-sencilleces; que se pasa la noche en el Casino, y quién sabe, si en
-otras partes peores... Parece que hay descubrimiento...</p>
-
-<p>Acercó su sillón al mío y casi al oido me dijo:</p>
-
-<p>—Falditicas, ¿eh?... José María es como todos. Esta vida de
-Madrid... Tenemos calaveradas... Ya se ve... un hombre que va á ser
-diputado y ministro... Hay en Madrid cada gancho... ¡Ay! qué mujeres
-las de esta tierra; son capaces de pervertir al cordero de San Juan.
-Yo les diría si las viera: «Grandísimas <i>sinvergüenzas</i>, ¿para qué
-engatusais á un padre de familia, á un sencillo, á un hombre tan
-bueno?...» Porque José María ha sido muy bueno hasta ahora; pero niño,
-de algún tiempo acá, no le conocemos.</p>
-
-<p>Yo defendí á mi hermano como pude y tranquilicé á su suegra,
-tratando de hacerle comprender que la licencia de nuestras costumbres
-está más en la forma que en el fondo, y que no debía tomar como
-señales de pecado ciertos detalles corrientes... Fué lo único que me
-ocurrió.</p>
-
-<p>—Yo—dijo ella, bajando más la voz,—no me meto en nada. Allá se
-entiendan; allá se las hayan. No me muevo de este sillón, porque no
-tengo salud para nada. Aquí me acompaña Ruperto. Esta noche, mientras
-allá reían y alborotaban, Irene y yo hemos rezado el rosario y hemos
-hablado de cosas pasadas... ¿Pero dónde se ha ido ese angel de Dios?</p>
-
-<p>Miraba á todos los lados de la pieza.</p>
-
-<p>—¿Pero no se ha recogido aún?—pregunté.—Esto es contrario á sus
-costumbres.</p>
-
-<p>—Calle, niño; si debe de andar por ahí. Algunos ratos se va al
-corredor á ver un poquitico de la sala.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span></p>
-
-<p>Ya iba yo á buscarla, cuando entró ella. Su fisonomía revelaba gozo
-y estaba menos pálida. Parecía agitada, con mucho brillo en los ojos y
-algo de ardor en las mejillas como si volviese de una larga carrera.</p>
-
-<p>—Irene, ¿qué tal? ¿Ha visto usted...?</p>
-
-<p>—Un poquito... desde el pasillo... ¡Qué lujo, qué trajes! Es cosa
-que deslumbra...</p>
-
-<p>—Yo creí que á estas horas... es la una... estaba usted recogida.</p>
-
-<p>—Me he quedado aquí para acompañar un poco á doña Jesusa... Luego,
-es preciso ver algo, amigo Manso, ver algo de estas cosas que no
-conocemos.</p>
-
-<p>—¡Oh! es justo—dije pensando en lo mucho que luciría Irene si
-penetrara en los círculos de la sociedad elegante, y en el valor
-que sus grandes atractivos tomarían realzados por el lujo.—Pero es
-cuestión de caracter; ni á usted ni á mí nos agrada esto. Por fortuna,
-estamos conformados de manera que no echamos de menos estos ruidosos
-y brillantes placeres, y preferimos los goces tranquilos de la vida
-doméstica, el modesto pan de cada día con su natural mistura de pena y
-felicidad, siempre dentro del inalterable círculo del orden.</p>
-
-<p>—¡Jesús de mi alma! ¡qué talento tiene este hombre, y qué bien dice
-las cosas!—exclamó doña Jesusa.</p>
-
-<p>Irene se reía del entusiasmo de la niña Chucha, y con enérgicos
-movimientos de cabeza daba su aprobación á aquellos elogios.</p>
-
-<p>—Máximo—dijo de súbito la señora,—¿por qué no se casa usted? ¿Á
-cuándo espera, niño?</p>
-
-<p>—Todavía hay tiempo, señora. Ya veremos...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p>
-
-<p>—En veremos se le pasa á usted la vida.</p>
-
-<p>Mirando á Irene, que atenta me miraba, le dije, por decirle algo:
-«¿Y las niñas?»</p>
-
-<p>—Han estado muy desveladas. Ya se ve... con la bulla... También
-han querido ver algo. Después han estado jugando, de broma y fiesta,
-pasándose de una cama á otra y arrojándose las almohadas... Pero se han
-dormido.</p>
-
-<p>—¿Y usted no tiene sueno?</p>
-
-<p>—Ni chispa.</p>
-
-<p>—Pero es muy tarde.</p>
-
-<p>—Me voy á mi cuarto.</p>
-
-<p>—¿Va usted á leer?—dije siguiéndola y llevándole la luz.</p>
-
-<p>—Es tardísimo... Veré si me duermo al momento. Mañana...</p>
-
-<p>—¿Mañana, qué?</p>
-
-<p>—Digo que mañana será otro día, y hablaremos de aquello...</p>
-
-<p>—Hablaremos de aquello...—repetí sintiendo en mi pensamiento el
-estímulo que los novelistas llaman <i>un mundo de ideas</i>, y en mis labios
-cosquilleo de palabras impacientes.</p>
-
-<p>Pero ella me quitó de las manos la luz, entró en su cuarto con una
-presteza que me parecía resbaladiza, dióme las buenas noches, y á
-poco sentí el ruido de la llave cerrando por dentro. Después dió un
-golpecito en la madera, como para llamarme, si me alejaba, y dijo:</p>
-
-<p>—Tráigame usted lo que me prometió.</p>
-
-<p>—¿Qué, criatura?—le pregunté, sospechando, en un momento de
-ansiedad, que le había prometido mi vida toda entera.</p>
-
-<p>—¡Qué memoria! La Gramática inglesa de Ahn...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span></p>
-
-<p>—¡Ah! ya... bueno...</p>
-
-<p>—Y los dos lápices de Faber, números 2 y 3.</p>
-
-<p>—Vamos, acabe usted de pedir. Pida usted el sol y la luna...</p>
-
-<p>—No sea usted tremendo... Abur.</p>
-
-<p>—No se fatigue usted la imaginación con la lectura...</p>
-
-<p>—Si me estoy durmiendo ya.</p>
-
-<p>—Eso es, descansar... buenas noches.</p>
-
-<p>—Pero qué, ¿todavía está usted ahí, amigo Manso?</p>
-
-<p>—Creí que ya estaba usted dormida.</p>
-
-<p>—Hombre, si estoy rezando... Adios.</p>
-
-<p>Retiréme. Algo me daba que pensar aquel humorismo de Irene, un
-poquito desconforme con la seriedad y mesura que yo había observado en
-ella; pero reflexionando más, consideré que este fenómeno contingente
-no alteraba el hecho en sí, ó mejor dicho, que un desentono pasajero y
-accidental no destruía la admirable armonía de su caracter.</p>
-
-<p>Era ya hora de abandonar la reunión; pero Cimarra y mi hermano
-me entretuvieron, dando una batida en toda regla á mi modestia para
-que consintiese en ser hombre político y en lanzarme con ellos
-por la única senda que conduce á la prosperidad. Yo me resistí,
-alegando razones de caracter, de conveniencia y de ideas. Cimarra
-me aseguraba que era posible facilitarme la entrada en el Congreso,
-arreglándome uno de los distritos que estaban vacantes. Ya José
-había hecho algunas indicaciones al ministro, el cual había dicho:
-«¡Oh! sí verdaderamente...» Mi hermano se prestaba benévolo á
-arreglar la incompatibilidad de mis ideas con el régimen oligár<span
-class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span>quico que hoy priva, y me
-incitaba con empeño á ser hombre verdaderamente práctico y á abandonar
-de una vez para siempre las utopias y exageraciones, buscando en el
-ancho campo de mi saber una fórmula de transacción, una manera de
-reconciliar la teoría con el uso y el pensamiento con el hecho. De la
-misma opinión era el marqués de Tellería, que se hallaba presente,
-encarnizado enemigo de las utopias, hombre esencialmente práctico, y
-tan práctico que vivía á costa del prójimo; santo varón que llamaba
-<i>logomaquias</i> á todo lo que no entendía. Este señor me dió después un
-solo, adulándome mucho y diciéndome, en conclusión, que los hombres
-como yo debían consagrarse á defender los intereses de las clases
-productoras contra las amenazas del proletariado, las creencias
-venerandas de nuestros mayores contra la irrupción de la barbarie
-libre-pensadora, y las buenas prácticas de gobierno contra los delirios
-de los teóricos. Yo ocultaba con frases de cortesía el desprecio que me
-merecía este sujeto, á quien de oidas conocía desde algunos años atrás
-por lo que me había contado su yerno y mi amigo León Roch. Al soltarme,
-me dijo:</p>
-
-<p>—Le voy á mandar á usted un folletito que he hecho, donde están
-todos los discursos, todos los incidentes que motivó la proposición de
-ley que presenté al Senado sobre la vagancia. Me hará usted el favor de
-leerlo y decirme su opinión imparcial...</p>
-
-<p>Manuela, que se enteró de que me querían enjaretar la diputación,
-no me ocultaba su gozo. Pero no le cabía en la cabeza mi resistencia á
-entrar por las vías políticas, y riñéndome por<span class="pagenum"
-id="Page_135">[p. 135]</span> mi caracter retraido y mi amor á la vida
-oscura, me decía:</p>
-
-<p>—Pero chinito, no seas <i>jollullo</i>.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_19">
- <h2 class="nobreak">XIX</h2>
- <p class="subh2">El reloj del comedor dió las ocho.</p>
-</div>
-
-<p>Haciendo el cómputo que el desorden de los relojes de aquella
-casa exigía, resultaba que las ocho campanadas marcaban las tres.
-¡Qué tarde! Retirarme yo á casa á tal hora me parecía un absurdo,
-una chanza, un criminal secuestro del tiempo. Me ví como figura de
-pesadilla, ó como si yo fuera otro y con ese otro estuviera soñando
-en la plácida quietud de mi cama. Salí. La somnolencia me producía
-síntomas parecidos á los de la embriaguez. Cuando fuí al comedor
-para tomar un vaso de agua ví con asombro que aún había luz en el
-cuarto de Irene. El rectángulo de claridad sobre la puerta atrajo mis
-miradas, y breve rato estuve clavado en mitad del pasillo.—«Pero,
-¿no me dijo usted hace dos horas que tenía mucho sueño y que se iba
-á dormir en seguida?» Esto no lo dije en voz alta. Hice la pregunta
-de espíritu á espíritu, porque dar voces á aquella hora me parecía
-inconveniente. ¿Rezaba? ¿Qué hacía? ¿Leer novelas? ¿Devorar mis obras
-filosóficas...?</p>
-
-<p>Bebiendo agua me tranquilicé sobre aquel punto. En verdad, yo era un
-impertinente exigiendo un método imposible en los actos de Irene. ¿Qué
-tenía de particular que apagase la luz dos horas más tarde de lo que
-había dicho? Po<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span>día
-ser que estuviera cosiendo sus vestidos, ó preparando las lecciones del
-día siguiente... ¡Las tres y media!... ¿Cuántas horas dormía aquella
-criatura, que se levantaba á las siete? ¡Deplorable costumbre la de
-calentarse el cerebro en las horas de la noche! ¡Oh! Yo haría cumplir
-en mi familia con estricta rigidez los preceptos de la higiene.</p>
-
-<p>En el portal se me unió Peña. Embozados, acometimos el frío glacial
-de la calle.</p>
-
-<p>—Maestro, ¿se va usted á su casa?</p>
-
-<p>—Desalmado, ¿á dónde he de ir? Y tú, ¿á dónde vas?</p>
-
-<p>—Yo no me acuesto todavía. Es temprano.</p>
-
-<p>—¡Es temprano y van á dar las cuatro!</p>
-
-<p>Andando á prisa, le eché una filípica sobre el desarreglo de sus
-costumbres y la antihigiénica de hacer de la noche día, motivo de
-tantas enfermedades y del raquitismo de la generación presente. Él se
-reía.</p>
-
-<p>—Por respeto á usted, maestro—me dijo,—voy á acompañarle hasta casa.
-Después me voy á la <i>Farmacia</i>.</p>
-
-<p>—¡Y tu madre esperándote, desvelada y llena de temores! Manuel, no
-te conozco. Parece mentira que seas mi discípulo.</p>
-
-<p>—Buen barbián está usted, maestro... ¿Pues no se retira usted tan
-tarde como yo? En un metafísico eso es imperdonable. ¡Si está usted
-hecho un gomoso!... Concluirá usted por ir á la cátedra antes de
-acostarse y presentarse de frac ante los alumnos. ¡Cómo cunde el mal
-ejemplo!...</p>
-
-<p>Sus bromitas me desconcertaron un poco; pero no quise ceder.</p>
-
-<p>—Mira, perdido—le dije tomándole por un<span class="pagenum"
-id="Page_137">[p. 137]</span> brazo.—Que quieras que no, te llevo á
-casa. No irás á la <i>Farmacia</i>. Yo lo mando y tienes que obedecer á tu
-maestro.</p>
-
-<p>—Transacción... Procuremos conciliarlo todo, como dice su hermano
-de usted. No iré á la <i>Farmacia</i>; pero no puedo acostarme sin tomar
-algo.</p>
-
-<p>—Pero, gandul, ¿No has cenado en casa de José?</p>
-
-<p>—Sí... Distingamos; no es precisamente porque tenga apetito. Es por
-aquello de ir á alguna parte.</p>
-
-<p>—¿Y á dónde quieres ir?</p>
-
-<p>—Renuncio á la <i>Farmacia</i> con tal que usted me acompañe á tomar
-buñuelos.</p>
-
-<p>—¿Dónde, libertino?</p>
-
-<p>—Aquí, en la buñolería de la calle de San Joaquín. Está fría la
-noche, y una copita de aguardiente no viene mal.</p>
-
-<p>—¿Estás loco? ¿Crees que yo..,?</p>
-
-<p>—Vamos, <i>magister</i>, sea usted amable. Ya ve usted que por
-complacerle renuncio á ir á mi círculo. Es cuestión de diez minutos.
-Luego nos iremos juntos á nuestra casita, como las personas más
-arregladas del mundo.</p>
-
-<p>Y tirando de mi capa, hizo tales esfuerzos por meterme consigo en
-aquel local innoble, que no pude resistirme, ni creí oportuno disputar
-más con él por un acto que en verdad era insignificante.</p>
-
-<p>—¡Caprichoso!</p>
-
-<p>—Sentémonos, maestro.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_20">
- <p><span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XX</h2>
- <p class="subh2">¡Me parecía mentira!</p>
-</div>
-
-<p>¡Yo sentado en el banco de una buñolería, á las cuatro de la mañana,
-teniendo delante un plato de churros y una copa de aguardiente!...
-Vamos, era para echarme á reir, y así lo hice. ¿Quién se llamará dueño
-de sí, quién blasonará de informar con la idea la vida, que no se vea
-desmentido, cuando menos lo piense, por la despótica imposición de
-la misma vida y por mil fatalidades que salen á sorprendernos en las
-encrucijadas de la sociedad, ó nos secuestran como cobardes ladrones?
-La pícara sociedad, blandamente y como quien no hace nada, me había
-estafado mi serenidad filosófica, y tiempo llegaría, si Dios no lo
-remediaba, en que yo no hallaría en mí nada de lo que formó mi vigorosa
-personalidad en días más venturosos.</p>
-
-<p>Estas reflexiones hacía yo, mirando á dos parejas que en las
-mesillas de enfrente estaban, y asombrándome de verme en tal compañía.
-Eran cuatro artistas del género flamenco, dos machos y dos hembras,
-que acababan de salir del café-teatro de la esquina, donde cantaban
-todas las noches. Ellas eran graciosas, insolentes, la una gordiflona,
-espiritual la otra, ambas con mantones pardos, pañuelos á la cabeza,
-liados con desaliño y formando teja sobre la frente; las manos bonitas,
-los piés calzados con perfección. De capa, pavero y chaqueta peluda,
-afeitados como curas, peinados como toreros, sin coleta, los<span
-class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> hombres eran de lo más
-antipático que puede verse en la Creación. Las cuatro voces roncas
-sostenían un diálogo, picado, zumbante y lleno de interjecciones,
-del cual no se entendían más que las groserías y barbarismos. Era la
-primera vez que yo me veía tan cerca de semejantes tipos, y no les
-quitaba los ojos.</p>
-
-<p>—¡Qué guapa es la gorda!—me dijo Manuel.—Maestro, veo que se
-entusiasma usted.</p>
-
-<p>—¿Yo?...</p>
-
-<p>—Si parece que se la quiere usted comer con los ojos...</p>
-
-<p>—No seas necio.</p>
-
-<p>—Y ella no lo lleva á mal, maestro. También le echa á usted los
-ojazos. Esto que allá por otras regiones se llama <i>flirtation</i>, se
-llama aquí <i>tomar varas</i>.</p>
-
-<p>—¿Has acabado ya de beber tu aguardiente, vicioso?—le dije, con vivo
-deseo de salir de allí.</p>
-
-<p>—¿Y usted no toma?</p>
-
-<p>—¿Yo? Quita allá este asco, este veneno...</p>
-
-<p>—¿Sabe usted, maestro, que estoy esta noche así como excitado de
-nervios, enardecido de sangre, y parece que una electricidad se me
-pasea por todo el cuerpo?... Siento apetito de acción, de violencia; no
-sé lo que pasa en mí...</p>
-
-<p>—Yo le miraba atentamente y reflexionaba sobre aquel estado de mi
-discípulo, que era cosa nueva en él, y desagradable para mí, que tanto
-le quería.</p>
-
-<p>—Porque, sí señor—siguió;—hay ocasiones en que nos es necesario
-hacer cualquier barbaridad, como compensación de las tonterías y
-sosadas que informan nuestra vida habitual; algo violento, algo
-dramático. Suprima usted de la<span class="pagenum" id="Page_140">[p.
-140]</span> vida el elemento dramático, y adios juventud. ¿No le parece
-á usted que nos divertiríamos si ahora armase yo camorra con esta
-gente?</p>
-
-<p>—¡Con estos...! Por Dios, Manuel, á tí te pasa algo. Tú estás loco,
-ó has bebido...</p>
-
-<p>—Después de todo, ¿qué pasaría? Nada. Esta es gente cobarde. Iríamos
-todos á la prevención, y mañana, mejor dicho, hoy, faltaría usted á
-clase, y quizás tendrían que ir el rector y el decano á sacarle de las
-uñas de la policía.</p>
-
-<p>—Si tuviera aquí palmeta y disciplinas, te trataría como trata un
-maestro de escuela al más pillo de sus alumnos. No mereces otra cosa.
-Desde que no estás bajo mi dirección, has variado tanto, que á veces me
-cuesta trabajo conocerte. Piensas y hablas tan bajamente, que me aflijo
-considerando la esterilidad de lo que te enseñé.</p>
-
-<p>—¡Oh! no—exclamó Peña con vehemencia, dándose una puñada sobre el
-corazón y un palmetazo en la frente.—Algo queda. Mucho hay aquí y aquí,
-maestro, que permanecerá por tiempo infinito. Esta luz no se extinguirá
-jamás, y mientras haya espacio, mientras haya tiempo...</p>
-
-<p>Los cuatro flamencos se levantaron para marcharse. Viendo el
-entusiasmo de Manuel, ellos se miraron asombrados, ellas sofocaban
-la risa. Se me parecieron á las dos célebres mozas que estaban á la
-puerta de la venta cuando llegó don Quijote y dijo aquellas retumbantes
-expresiones, que tanto disonaban del lugar y la ocasión. Yo ví el cielo
-abierto cuando se fueron los del cante, porque así no tenía Manuel con
-quién armar la trapisonda que deseaba.</p>
-
-<p>La buñolería estaba pintada de rojo, á estilo de las tabernas de
-Madrid. Las paredes sucias,<span class="pagenum" id="Page_141">[p.
-141]</span> forradas de un papel con casetones repetidos, llenos de
-pastorcitas, ofrecían una superficie rameada y pringosa. Un mostrador
-chapeado de latón, varias sillas desvencijadas, un reloj y un
-calendario americano, que no sé para qué servía, formaban el mueblaje,
-y el vaho de aceite frito espesaba la atmósfera.</p>
-
-<p>—Vámonos, Manuel; esto es un escándalo.</p>
-
-<p>—Un ratito más...</p>
-
-<p>—Yo me caigo de sueño.</p>
-
-<p>—Pues yo estoy tan desvelado, que se me figura no he de dormir más
-en mi vida.</p>
-
-<p>—Á tí te pasa algo.</p>
-
-<p>—Lo que dije á usted; que me anda, no sé si por el cuerpo ó por el
-alma, el prurito dramático, dándome cosquillas y picazones. Yo quiero
-hacer algo, <i>magister</i>, yo necesito acción. Esta vida de tiesura social
-y de pasividad sosa me cansa, me aburre. Estoy en la edad dramática
-(voy á ser pedante), en el momento histórico que no vacilo en llamar
-florentino, porque su determinación es arte, pasiones, violencia. Los
-Médicis se me han metido en el cuerpo y se han posesionado de él, como
-los diablillos que atormentan al endemoniado.</p>
-
-<p>No pude menos de reir.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, ¿qué lees ahora, en qué te ocupas?</p>
-
-<p>—Leo á Maquiavelo. Su <i>Historia de Florencia</i>, su <i>Mandrágora</i>, sus
-<i>Comentarios á Tito Livio</i> y su <i>Tratado del Príncipe</i> son los libros
-más asombrosos que han salido de manos del hombre.</p>
-
-<p>—Mala, perversa lectura si no va precedida de la preparación
-conveniente.—Es mi tema,<span class="pagenum" id="Page_142">[p.
-142]</span> querido Manuel; si no haces caso de mí, tu inteligencia
-se llenará de vicios. Dedícate al estudio de los principios
-generales...</p>
-
-<p>—¡Oh, maestro, por favor, no siga usted! La filosofía me apesta. La
-metafísica no entra en mí. Es un juego de palabras. ¡La ontología! Por
-Dios, aparte usted de mí ese caliz emético. Cuando tomo una pócima de
-sustancia, sér y causa, estoy malo tres días. Me gustan los hechos, la
-vida, las particularidades. No me hable usted de teorías, hábleme de
-sucesos, no me hable usted de sistema, hábleme de hombres. Maquiavelo
-me presenta el panorama rico y verdadero de la naturaleza humana, y por
-él doy á todos los filosofistas habidos y por haber.</p>
-
-<p>—Estamos haciendo el tonto, Peña; estamos discutiendo en una
-buñolería el tema radical y eterno. No profanemos la inteligencia,
-y vámonos á dormir... En otra ocasión discutiremos. Tú has variado
-mucho y has crecido lozano y vigoroso, pero algo torcido. Yo necesito
-enderezarte. Algo hay en tí que no me gusta, que no procede de mis
-lecciones. Quizás alguna pasajera florescencia del espíritu, de esas
-que marcan el período culminante de la juventud... En fin, sea lo que
-quiera, vámonos ya.</p>
-
-<p>Al fin logré que se levantara del tabernario banquetillo.</p>
-
-<p>—Voy á revelarle á usted un secreto—me dijo cuando pasábamos junto
-al mercado, en cuyas galerías y puestos algún rumor, alguna lucecilla
-triste anunciaban los primeros desperezos de la faena del día.—Desde
-que estoy así...</p>
-
-<p>—¿Cómo?</p>
-
-<p>—Así, nervioso, excitado, con estos estímulos<span class="pagenum"
-id="Page_143">[p. 143]</span> musculares que me piden la violencia, la
-arbitrariedad, el drama... Pues desde que estoy así, mis antipatías son
-tan atroces, que al que me desagrada, le aborrezco con toda mi alma.
-¿Sabe usted quién es la persona que más me carga de cuantos hay sobre
-la tierra?</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Su hermano de usted, nuestro anfitrión de esta noche, el Sr. D.
-José María Manso, marqués presunto, según dicen.</p>
-
-<p>Lastimado de esta cruel antipatía, defendí á mi hermano con calor,
-diciendo á Peña que si aquél tenía ciertas ridiculeces y manías
-era bueno y leal. Pero mi defensa exasperó más al joven, el cual
-sostuvo que toda la rectitud y lealtad de José no valían dos pepinos.
-Sospeché que Manuel había oido en los corrillos políticos del salón
-de mi hermano algún comentario picante, alguna frase alusiva á su
-humildísimo origen, y que, mortificado por esto, confundía en un solo
-aborrecimiento al dueño de la casa y á los murmuradores. Así se lo
-dije, y me confesó que, en efecto, había oido cosillas que lastimaban
-su dignidad horriblemente; pero que en este orden de agravios, el
-delincuente era Leopoldito Tellería, marqués de Casa-Bojío, por lo
-cual mi buen amigo aguardaba una coyuntura propicia para romperle el
-bautismo.</p>
-
-<p>—¿Duelito tenemos?—dije, no pudiendo consentir que mi discípulo,
-á quien yo había inculcado las más severas nociones de moral, me
-viniese hablando de resolver sus asuntos de honor con el bárbaro é
-ineficaz procedimiento del desafío, herencia del vandalismo y de la
-ignorancia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span></p>
-
-<p>—Usted no vive en el mundo, maestro—replicó él. Su sombra de usted
-se pasea por el salón de Manso; pero usted permanece en la grandiosa
-Babia del pensamiento, donde todo es ontológico, donde el hombre es
-un sér incorpóreo, sin sangre ni nervios, más hijo de la idea que de
-la historia y de la Naturaleza; un sér que no tiene edad, ni patria,
-ni padres, ni novia. Diga usted lo que quiera; pero me parece que si
-yo no tuviera ocasión de ponerle la mano en la cara al marqués de
-Casa-Bojío, y de echarle al suelo y de pasearme luego por su cuerpo,
-llegaría á creer que el Universo está desequilibrado y que el orden de
-la Naturaleza se ha destruido... ¿Y lo creerá usted? Hay otro hombre
-que me encocora más que Leopoldito, y es el benemérito hermano de mi
-maestro.</p>
-
-<p>—¿Y también le vas á desafiar? ¿Pero estás loco? Anda... has
-declarado la guerra al género humano... Manuel, Manuel, niño, modera
-esos impulsitos, ó será preciso ponerte un chaleco de fuerza. Estás
-hecho un pisaverde, un monstruo de alfeñique, un calaverilla de estos
-que se estilan hoy, verdaderos muñecos desengonzados que representan el
-Don Juan con los trapos y la voz de Polichinela.</p>
-
-<p>Cuando subíamos la escalera, la señora de Peña abrió la puerta.
-Nunca se acostaba hasta que no volvía de la calle su hijo. Aquella
-noche, la célebre doña Javiera, soñolienta y malhumorada por la
-tardanza del nene, nos echó un mediano réspice á los dos.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué horas, qué horas de venir á casa!... Pero ¿también usted,
-amigo Manso, anda en estos pasos? Usted tan pacífico, tan casero,
-tan<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> madrugador,
-¿se descuelga aquí á las cuatro y media de la mañana? Vaya con el
-maestrito, con el padrote...</p>
-
-<p>—Este pillo, señora, este pillo es quien me pervierte.</p>
-
-<p>—No, mamá; él á mí.</p>
-
-<p>—¡Ay! hijo, qué pálido estás... ¿qué tienes? ¿Te ha pasado algo?</p>
-
-<p>—Nada, mamá; no tengo nada.</p>
-
-<p>—¿Pero no entras á acostarte?</p>
-
-<p>—Voy un momento arriba con el amigo Manso. Quiero que me deje unos
-libros que necesito.</p>
-
-<p>—¡Libros tú!—le dije, entrando en mi casa.—¿Para qué quieres
-libros?</p>
-
-<p>—Para preparar mi discurso.</p>
-
-<p>—¿Qué discurso? ¿Ahora sales con eso?</p>
-
-<p>—Usted sí que está en Belén. ¿No le he dicho á usted que voy á
-hablar en la gran velada?</p>
-
-<p>—¿Qué gran velada es esa?</p>
-
-<p>—La que dará la <i>Sociedad para socorro de los inválidos de la
-Industria</i>.</p>
-
-<p>—¡Ah! es verdad. ¿Sobre qué tema vas á hablar? Toma los libros que
-quieras...</p>
-
-<p>Yo me caía de sueño. Dejéle en el despacho y me fuí á mi alcoba,
-que era la pieza contígua. Desde mi cama le veía revolviendo en los
-estantes, tomando y dejando este ó el otro libro.</p>
-
-<p>Antes de dormirme, le dije:</p>
-
-<p>—Mañana me contarás los motivos de ese resentimiento que sientes
-contra mi pobre hermano.</p>
-
-<p>—No lo puedo decir, es un secreto... ¿Le parece á usted que me lleve
-á Spencer?</p>
-
-<p>—Hombre, llévate al moro Muza, y déjame descansar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span></p>
-
-<p>Ya desvanecido en el primer sueño, le oí decir:</p>
-
-<p>—Es un canalla, es un canalla.</p>
-
-<p>Y dormido profundamente, en mi cerebro no había más reminiscencias
-de la vida exterior que aquellas palabras, rielando en la superficie
-oscura y temblorosa de mi sueño, como el fulgor de las estrellas sobre
-el mar.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_21">
- <h2 class="nobreak">XXI</h2>
- <p class="subh2">Al día siguiente...</p>
-</div>
-
-<p>Pero antes quiero hacer una confidencia. El hecho que voy á declarar
-me favorece poco, me pintará quizás como hombre vulgar, insensible á
-los delicados gustos de nuestra sociedad reformista; pero pongo mi
-deber de historiador por delante de todo, y así se apreciará por esta
-franqueza la sinceridad de las demás partes de mi narración.—Vamos
-á ello. Las buenas comidas y los platos selectos de la mesa de mi
-hermano llegaron á empacharme, y como trascurrían semanas enteras sin
-que pudiera librarme de comer allá, concluí por echar de menos mi
-habitual mesa humilde y el manjar preferente de ella, los garbanzos,
-que para mí, como he dicho antes, no tienen sustitución posible. El
-apetito de aquella legumbre me fué ganando, y llegó á ser irresistible.
-Estaba yo como el fumador vicioso, cuando por mucho tiempo se ve
-privado de tabaco. Siempre que pasaba por la Corredera de San Pablo
-y por la tienda de que soy parroquiano, titulada la <i>Aduana en
-comestibles</i>,<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span> se
-me iban los ojos al gran saco de garbanzos colocado en la puerta, y no
-por verlos crudos se me antojaban menos sabrosos. No pudiendo refrenar
-más mi deseo, resistíme un día á comer con Lica, y previne á Petra que
-me pusiera el cocido de reglamento. No tengo más que decir sino que
-me desquité bárbaramente de la privación que había sufrido. Y ahora,
-adelante.</p>
-
-<p>Al día siguiente encontré á mi hermano en el cuarto de estudio.
-Quería enterarse personalmente de los adelantos de los niños. Festivo
-con la maestra, y afectando hacia los alumnos una severidad enfática,
-que me pareció fuera de lugar, el futuro marqués me estorbó para decir
-á Irene varias cosillas que pensadas llevaba. Á ella la encontré
-cohibida y como atontada con la presencia, con las preguntas y con la
-amabilidad del amo de la casa. No daba pié con bola en las lecciones,
-y las alumnas corregían á la maestra. Para mayor desgracia, también me
-privó mi hermano de pasear, llevándome, que quieras que no, á ver al
-director de Instrucción pública para un asunto que no me interesaba.</p>
-
-<p>Por fin me convencí de que José María no era un modelo de maridos.
-Varias veces me había hecho Lica algunas indicaciones sobre este
-particular, pero me parecieron extravagancias y mimosidades. Una tarde,
-¡ay! dispuso mi cuñada que Irene, los niños y el ama salieran en el
-coche. Mercedes había salido con sus amigas. Yo permanecí en la casa,
-pues aunque mi gusto habría sido ir al Retiro con Irene, no tuve más
-remedio que quedarme acompañando á Manuela. Esta me manifestó vivos
-deseos de hablarme á solas, y yo dije para mí: «Prepárate, amigo
-Má<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>ximo; ya te cayó
-quehacer. Despabílate y refresca tus conocimientos de ornamentación
-doméstica y gastronomía suntuaria.»</p>
-
-<p>Pero Lica se ocupó muy poco de estas cosas, y parecía haber tomado
-en aborrecimiento los saraos y los comistrajos, según el desprecio
-con que de ello hablaba. Sus cuitas de esposa no le permitían atender
-á tonterías de vanidad, y apenas hubo tocado el delicado punto donde
-estaba su herida, comenzó á llorar. Oía yo sus quejas, y no acertaba á
-darle ningún consuelo eficaz. ¡Pobre Lica! Sus palabras exóticas, sus
-cláusulas truncadas, á las que el dolor y la verdad daban persuasiva
-elocuencia; sus hipérboles americanas no se me han olvidado ni se me
-olvidarán nunca.—Estaba muy brava; tenía el alma abrasada y la vida en
-salmuera con las cosas de Pepe María. Ya no le valía quejarse y llorar,
-porque él no hacía maldito caso de sus quejas ni de sus lágrimas. Se
-había vuelto muy guachinango, muy pillo, y siempre encontraba palabras
-para escaparse y aun para probar que no rompía un plato. Tenía olvidada
-á su mujer, olvidados á sus hijos; todo el santo día se lo pasaba en la
-calle, y por la noche salía después de la reunión y ya no se le veía
-más hasta el día siguiente á la hora de almorzar. Marido y mujer sólo
-cambiaban algunas palabras tocante á la invitación, al té, á la comida,
-y pare usted de contar... Esto podría pasar si no hubiera otras cosas
-peores, faltas graves. José María estaba echado á perder; la compañía y
-el trato de Cimarra le habían <i>enciguatado</i>; se había corrompido como
-la fruta sana al contacto de la podrida... Ya no le quedaba duda á la
-pobrecita de la<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span>
-atroz infidelidad de su esposo. Ella se sentía tan afrentada, que
-sólo de pensarlo se le salían los colores á la cara, y no encontraba
-palabras para contarlo... Pero á mí se me podría decir todo. Sí;
-revolviendo una mañana los bolsillos de la ropa de José María, había
-encontrado una carta de una <i>sinvergüenza</i>... ¡Una carta pidiéndole
-dinero!... Se volvía loca pensando que la plata de sus hijos iba á
-manos de una... Pero á la infeliz esposa no le importaba la plata, sino
-la <i>sinvergüencería</i>... ¡Ay! Estaba bramando. Con ser ella una persona
-decente, si cogiera delante á la bribona que le robaba á su marido, le
-había de dar una buena soba y un par de galletas bien dadas. ¡Ay qué
-Madrid, qué Madrid este! Vale más andar en camisón por el monte, vivir
-en un bohío, comer vianda, jutía y naranjas cajeles que peinar á la
-moda, arrastrar cola, hablar fino y comer con ministros... Mejor estaba
-ella en su bendita tierra que en Madrid. Allí era reina y señora del
-pueblo; aquí no le hacían caso más que los que venían á comerle los
-codos, y después de vivir á su costa se burlaban de ella. Luego esta
-vida, Señor, esta vida en que todo es forzarse una, fingir y ponerse
-en tormento para hacer todo á la moda de acá, y tener que olvidar las
-palabras cubanas para saber otras, y aprender á saludar, á recibir, á
-mil tontadas y boberías... No, no; esto no iba con ella. Si José no se
-enmendaba, ella se plantaba de un salto en su tierra llevándose á sus
-hijos.</p>
-
-<p>Yo la consolé diciéndole lo que tantas veces me había dicho ella
-á mí, á saber: que no fuera ponderativa. Su imaginación, hecha á
-las tintas y á las magnitudes tropicales, agrandaba las co<span
-class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span>sas. ¿No podría ser que
-la carta descubierta no tuviera la significación pecaminosa que ella
-quería darle?... Á esto me respondió con ciertas aclaraciones y datos
-que no me dejaron duda acerca de los malos pasos de mi hermano. Su
-amistad con Cimarra, que había llegado á ser muy íntima, me anunciaba
-desastres sin cuento y quizás rápidas mermas en el peculio del esposo
-de Lica. Esta no concluyó sus confidencias con lo que dejo escrito,
-sino que fué sacando á relucir otras grandes picardías del futuro
-marqués, que me dejaron absorto.—En su propia casa se atrevía el
-indigno á hacer cosas que resultaban en desdoro de toda la familia, y
-principalmente de su digna esposa... ¿Pues no tenía el atrevimiento de
-galantear á Irene...?</p>
-
-<p>¡Á Irene!</p>
-
-<p>¡Sí: el muy...! La pobre Lica se ponía fuera de sí al tocar este
-punto. No acertaba á expresar su furor sino á medias palabras... ¡En
-su propia casa, en su misma cara! Pues sí, era una persecución no bien
-disimulada... Últimamente lo hacía con un descaro... Por las mañanas
-se metía en la salita de estudio y se estaba allí las horas muertas...
-Una noche entró en el cuarto de Irene, cuando ésta se retiraba. En
-fin, ¿para qué hablar más de una cosa tan desagradable...? la tarde
-anterior hubo una escena fuerte entre marido y mujer en la puerta
-misma... ¡Cómo se le atragantaban las palabras á la buena Lica!... en
-la puerta misma del cuartito de la institutriz. Era indudable que ésta
-no alentaba ni poco ni mucho el indecoroso galanteo del dueño de la
-casa. Por el contrario, Irene no disimulaba su pena; era una muchacha
-honesta, dignísima, que<span class="pagenum" id="Page_151">[p.
-151]</span> no podía tener responsabilidad de los atrevimientos de un
-hombre tan... En fin, aquella misma mañana Irene había manifestado á la
-señora que deseaba salir de la casa. Ambas habían llorado... Era una
-buena de Dios... Y para concluir, yo, Máximo Manso, el hombre recto,
-el hombre sin tacha, el pensamiento de la familia, el filósofo, el
-sabio era llamado á arreglarlo todo, haciendo ver á José la fealdad y
-atroces consecuencias de su conducta inícua; pintándole... yo no sé
-cuántas cosas dijo Lica que debía yo pintarle. La cuitada no guardaría
-rencor si su esposo se enmendaba, y estaba decidida á perdonarle, sí,
-á perdonarle de todo corazón, si volvía al buen camino, porque ella
-quería mucho á su marido, y era toda alma, sentimiento, cariño, mimito
-y dulzura... Y ya no me dijo más, ni era preciso que más dijera, porque
-bastante había sabido yo aquella tarde, y tenía materia sobrada para
-poner en ejercicio mis facultades de consejo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_22">
- <h2 class="nobreak">XXII</h2>
- <p class="subh2">«Esto marcha.»</p>
-</div>
-
-<p>«Esto se complica—pensé al retirarme.—Hénos aquí en plena evolución
-de los sucesos, asistiendo á su natural desarrollo y con el fatal
-deber de figurar en ellos, bien como simple testigo, lo cual no es
-muy agradable á veces, bien como víctima, lo que es menos agradable
-todavía. Ya tenemos que las energías morales, ó llámense caracteres,
-actuando en la reducida es<span class="pagenum" id="Page_152">[p.
-152]</span>cena de un círculo doméstico ó de un grupo social, han
-concluido lo que podríamos llamar en términos dramáticos su período de
-protasis, y ahora, maduradas y crecidas las tales energías, principian
-á estorbarse y se disputan el espacio, dando origen á rozamientos
-primero, á choques después, y quizás á furiosas embestidas. Tengamos
-calma y ojo certero. Conservemos la serenidad de espíritu que tan util
-es en medio de una batalla, y si la suerte ó las sugestiones de los
-demás ó el propio interés nos llevan á desempeñar el papel de general
-en jefe, procuremos llevar al terreno toda la táctica aprendida en el
-estudio y todo el golpe de vista adquirido en la topografía comparada
-del corazón humano.»</p>
-
-<p>Desveláronme aquella noche la idea de lo que pasaba y las
-presunciones de lo que pasaría. Al día siguiente corrí á casa de mi
-hermano y dije á Lica:</p>
-
-<p>—Vigila tú á doña Cándida, que yo vigilaré á Irene.</p>
-
-<p>Ella extrañó que yo recelase de Calígula, y me dijo que no
-sospechaba cosa mala de amiga tan cariñosa y servicial.</p>
-
-<p>—Cuidado, cuidado con esa mujer...—le respondí creyendo hallarme
-en lo firme.—Á pesar de la protección que se le da en esta casa,
-mi cínife no ha variado de fortuna y se crea todos los días nuevas
-necesidades. Nada le basta, y mientras más tiene más quiere. Se le ha
-matado el hambre, y ahora aspira á ciertas comodidades que antes no
-tenía. Proporciónale las comodidades, y aspirará al lujo. Dale lujo y
-pretenderá la opulencia. Es insaciable. Sus apetitos adquieren con los
-años cierta ferocidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span></p>
-
-<p>—Pero ¿qué tiene que ver, chinito?...</p>
-
-<p>—Vigila, te digo; observa sin decir una palabra.</p>
-
-<p>—¿Y tú observarás á Irene?</p>
-
-<p>—Sí. La creo buena, la tengo por excepcional entre las jóvenes del
-día. Es superior á cuanto conozco, es una maravilla; pero...</p>
-
-<p>—Á todo has de poner pero...</p>
-
-<p>—¡Ay! Manuela, no sabes á qué tentaciones vive expuesta la virtud
-en nuestros días. Tú figúrate. Se dan casos de criaturas inocentes,
-angelicales, que en un momento de desfallecimiento han cedido á una
-sugestión de vanidad, y desde la altura de su mérito casi sobrehumano
-han descendido al abismo del pecado. La serpiente les ha mordido,
-inoculando en su sangre pura el vírus de un loco apetito. ¿Sabes cuál?
-El lujo. El lujo es lo que antes se llamaba el demonio, la serpiente,
-el angel caido; porque el lujo fué también querubín, fué arte,
-generosidad, realeza, y ahora es un maleficio mesocrático, al alcance
-de la burguesía, pues con la industria y las máquinas se ha puesto
-en condiciones perfectas para corromper á todo el género humano, sin
-distinción de clases.</p>
-
-<p>—<i>Aguaita</i>, Máximo; si quieres que te diga la verdad, no entiendo
-lo que has hablado; pero ello será cierto, pues tú lo dices... Bueno;
-cuidadito con la maestra...</p>
-
-<p>Y en mi cerebro se estampó aquello de <i>cuidadito con la maestra</i>,
-de tal modo, que sólo la idea de mi papel de vigía aumentaba mi
-suspicacia.</p>
-
-<p>Porque en mí habían surgido terribles desconfianzas, ¿á qué negarlo?
-Mi fé en Irene se<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span>
-había quebrantado un poco, sin ningún motivo racional. Es que el
-procedimiento de duda que he cultivado en mis estudios como punto
-de apoyo para llegar al descubrimiento de la verdad, sostiene en mi
-espíritu esta levadura de malicia, que es como el planteamiento de
-todos los problemas. Así, en aquel caso, mientras más me mortificaba
-la duda, más quería yo dudar, seguro de la eficacia de este modo
-del pensamiento; y de la misma manera que éste ha realizado grandes
-progresos por el camino de la duda, mi suspicacia sería precursora del
-triunfo moral de Irene, y tras de mi poca fé vendría la evidencia de su
-virtud, y tras de las pruebas rigurosas á que la sometería mi espíritu
-de hipótesis resultarían probadas racionalmente las perfecciones de
-su alma preciosa. Por otra parte, aquel desasosiego en que yo estaba
-desde que supe las acometidas de José, me revelaba el profundo interés,
-el amor, digámoslo de una vez, que Irene me inspiraba, y que hasta
-entonces podía haberse confundido ante mi conciencia con cualquier
-aberración caprichosa del sentimiento ó fantasmagoría de los sentidos.
-Yo tenía ardientes celos; luego yo quería con igual ardor á la persona
-que los motivaba.</p>
-
-<p>Lo primero que resolví fué no declarar á Irene nada de lo que
-sentía, mientras no fuera para mí claro como la luz del sol que la
-maestra resistiría las torpes asechanzas de mi hermano. Entré á verla
-y hablarle. ¡Qué confusión tan grande se apoderó de mí al hallarla
-meditabunda, tristísima, más pálida que nunca, como si embargaran
-su alma graves y contradictorios pensamientos! ¿Qué le pasaba? Toda
-mi habili<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span>dad y
-mi charla capciosa no consiguieron abrir el sagrario de su alma, ni
-sorprender por una frase el misterio encerrado en ella. Aquel día
-funesto no la ví sonreir. Desmintió por completo la idea que yo tenía
-de su ecuanimidad y del reposo y sereno equilibrio de su caracter. No
-pude obtener de ella más que monosílabos. Fija su vista en la labor,
-hacía nudos y más nudos, y yo me figuraba que cada uno de éstos era
-un <i>ergo</i> de la enmarañada dialéctica que había en su cabeza, porque
-indudablemente pensaba, y pensaba mucho, y discutía y ergotizaba y
-hacía prodigios de sofística.</p>
-
-<p>Muy mal impresionado me retiré á mi casa, y tan inquieto estuve,
-tan hostigado del recelo, de la curiosidad, que á la siguiente mañana,
-luego que concluyó la lección de los niños, abordé mi asunto y le
-dije:</p>
-
-<p>—Ya sé todo lo que le pasa á usted. Manuela me ha contado las cosas
-de José María.</p>
-
-<p>Oyóme tranquila y se sonrió un poco. Yo esperaba sorprender en ella
-turbación grande.</p>
-
-<p>—Su hermanito de usted—me contestó,—es muy particular. Qué poco se
-parece á usted, amigo Manso. Son ustedes el día y la noche.</p>
-
-<p>Yo seguí hablando de mi hermano, de su caracter ligero y vanidoso;
-le disculpé un poco; puse en las nubes á Lica, y...</p>
-
-<p>Irene me interrumpió diciéndome:</p>
-
-<p>—Aunque D. José no ha vuelto á entrar aquí, ni me ha dirigido una
-palabra desde la escena aquella, me parece que no puedo seguir en esta
-casa.</p>
-
-<p>No hice más que un signo de sorpresa, porque no me atreví á
-contestarle negativamente.<span class="pagenum" id="Page_156">[p.
-156]</span> Comprendí que tenía razón. Preguntéle si el motivo de la
-tristeza que había notado en ella el día anterior tenía por causa las
-desagradables galanterías del amo de la casa, y me contestó:</p>
-
-<p>—Sí y no... sería largo de explicar, pues... sí y no.</p>
-
-<p>¡Sí y no! Admirable fórmula para llegar al colmo de la confusión ó á
-la locura misma.</p>
-
-<p>—Pero sea usted sincera conmigo. Usted me ha dicho que me
-consultaría no sé qué asunto grave, y áun creo que dijo: «Juro hacer lo
-que usted me mande.»</p>
-
-<p>Entonces me miró muy atenta. Sus ojos penetraban en mi alma como
-una espada luminosa. Nunca me había parecido tan guapa, ni se me había
-revelado en ella, como entonces, aquella hermosura inteligente que los
-más excelsos artistas han sabido remedar en esas pinturas alegóricas
-que representan la Teología ó la Astronomía. Yo me sentí inferior á
-ella, tan inferior que casi temblaba cuando le oí decir:</p>
-
-<p>—Usted ha dudado de mí... Luego no es usted digno de que yo le
-consulte nada.</p>
-
-<p>Era verdad, era verdad. Mis preguntas capciosas, mis inquisitoriales
-averiguaciones del día anterior debieron serle poco gratas. Su
-resentimiento me pareció bellísimo, y dióme tanto placer, que no
-pude ocultarle cuánto me agradaba aquel noble tesón suyo. Hícele
-declaraciones de firme amistad; pero sin excederme ni dar á entender
-otra cosa, pues no era llegada la ocasión, ni había logrado yo la
-evidencia que buscaba, aunque tenía el presentimiento de ella.</p>
-
-<p>Salimos á paseo. Mostróse apacible y cordial; pero en nuestra
-conversación, en nuestros es<span class="pagenum" id="Page_157">[p.
-157]</span>carceos y juegos de diálogo me manifestaba que había algo
-que no estaba dispuesta á revelarme, y ese algo era lo que se me ponía
-á mí entre ceja y ceja, mortificándome mucho.</p>
-
-<p>—Yo haré méritos—le dije,—para ganar otra vez su confianza y oir las
-consultillas que quiere usted hacerme.</p>
-
-<p>—Veremos. Por de pronto...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Por de pronto no me ametralle usted á preguntas. Quien mucho
-pregunta poco averigua. Tenga usted más paciencia y confianza en
-mi espontaneidad. En esto soy tremenda; quiero decir que cuando no
-me chistan me entran á mí deseos de contar algo. Y en cuanto á las
-consultillas, pierden toda su sal si no se hacen en tiempo oportuno y
-cuando ellas solas se salen del corazón.</p>
-
-<p>Esto me hizo reir, y cuando nos despedimos en casa de Lica, me reí
-más con esta salida de Irene.</p>
-
-<p>—Para que haga usted más méritos, le voy á pedir otro favor...
-¡Cuánto le agradecería que me hiciera una notita, un resumen, pues, en
-un papelito así... de la historia de España! ¿Creerá usted que se me
-confunden los once Alfonsos y no les distingo bien? Todos me parece
-que han hecho lo mismo. Luego se me forma en la cabeza una ensalada de
-Castilla con León, que no sé lo que me pasa. ¿Hará usted la nota?...</p>
-
-<p>—Pero, criatura, ¿la historia de España en un papelito?...</p>
-
-<p>—Nada más que los once Alfonsos. De don Pedro el Cruel para acá ya
-me las manejo bien... ¡Qué cosa más aburrida! aquellas guerras de<span
-class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> moros, siempre lo mismo,
-y luego los casamientos de el de acá con la de allá, y reinos que se
-juntan, y reinos que se separan, y tanto Alfonso para arriba y para
-abajo... Es tremendo. Le soy á usted franca. Si yo fuera el Gobierno
-suprimiría todo eso.</p>
-
-<p>—¿La historia?</p>
-
-<p>—Eso, eso que he dicho. No se enfade usted por estas herejías, y
-abur.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_23">
- <h2 class="nobreak">XXIII</h2>
- <p class="subh2">¡La historia en un papelito!</p>
-</div>
-
-<p>¿Cuándo se ha visto extravagancia semejante? Me parece que menudean
-demasiado los antojos. Un día la Gramática de la Academia, que apenas
-entiende; otro día lápices y dibujos que no usa, primero las poesías en
-bable, después la canción de Tosti, y ahora la historia de los Alfonsos
-en un papelito... Al demonio se le ocurre... Vaya, vaya, que no es tan
-grande en ella el dominio de la razón; que no hay en su espíritu la
-fijeza que imaginé ni aquel desprecio de las frivolidades y caprichos
-que tanto me agradaba cuando en ella lo suponía. Pero lo extraño es
-que no por perder á mis ojos alguna de las raras cualidades de que la
-creí dotada, amengua la vivísima inclinación que siento hacia ella; al
-contrario... Parece que á medida que es menos perfecta es más mujer, y
-mientras más se altera y rebaja el ideal soñado, más la quiero y...</p>
-
-<p>Esto pensaba yo aquella noche. Hondamente abstraido no asistí á la
-reunión. Ocupóme<span class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span>
-completamente al otro día un asunto universitario, que me tuvo no sé
-cuantas horas de Herodes á Pilatos, desde el despacho del rector á la
-Dirección de Instrucción pública. Asistí á una comida dada por mis
-discípulos á tres catedráticos, y antes de retirarme á mi casa dí una
-vuelta por la de mi hermano, donde encontré una gran novedad, que me
-refirió puntualmente Lica. La noche anterior habían cruzado palabras
-bastante agrias Manuel Peña y el marqués de Casa-Bojío. Fué cuestión
-de etiqueta que trajo al punto la cuestión de clases, y prontamente la
-de personas; tres cuestiones que se encerraban en una, en la necesidad
-de que ambos jóvenes se descrismaran á sablazos ó á tiros en lo que
-llaman el campo de honor. La dureza provocativa de las frases dichas
-por Peña en la malhadada disputa, y su resistencia á dar explicaciones,
-hacían inevitable el duelo. Había querido José María arreglar el asunto
-urgándose el caletre para buscar fórmulas de transacción; que tal
-era su fuerte; mas por aquella vez el abrazo de Vergara no vendría,
-como en 1839, sino después de la efusión de sangre, y ya estaba todo
-concertado para el día siguiente muy temprano. Cimarra y no sé qué otro
-caballerito eran padrinos de mi discípulo. El disgusto de Lica era
-grande, y yo deploraba con toda mi alma que un joven de talento claro
-y de sanas ideas, educado por mí en el aborrecimiento de la barbarie
-humana, incurriera en la estúpida flaqueza de desafiarse. Lo que yo
-hablé aquella noche sobre este particular no es para contado aquí.
-Estuve casi elocuente, y Lica aprobaba con toda su alma mis ideas, y se
-admiraba de<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> que un
-criterio tan sano no triunfara en la sociedad, anonadando el error y
-las preocupaciones.</p>
-
-<p>Grande era la pena que yo sentía aquella noche para que no
-respondiera de malísimo gusto al insufrible y cada vez más pesado
-poeta, secretario de la <i>sociedad de inválidos</i>. Pero él, rechazado
-fuertemente por mi desvío, volvía á la carga con más empuje, y me
-acribillaba con sus inhumanas pretensiones. Quería, ni más ni menos,
-que yo tomase parte en la gran velada que se estaba organizando, y
-que echase también mi discursito, rivalizando con los demás oradores
-que ya estaban comprometidos, entre los cuales los había de primera
-fuerza. Resistíme á todo trance, me blindé con la razón de mi escaso
-poder oratorio; pero ni áun esto me valía, porque mi hermano, Pez y
-otros dos graves señores (uno de ellos ex-ministro) que presentes
-estaban, me atacaron de flanco diciéndome que no hacían falta discursos
-brillantes, sino sólidos y razonados; que con mi palabra tendría
-la solemne fiesta una autoridad que no le darían los cantorrios y
-los discursos floridos; y por último, que la <i>Sociedad</i>, si yo la
-desairaba negándole mi <i>valioso concurso</i>, vería en mi ausencia de la
-velada un vacío imposible de llenar con otro discurso ni con poesías
-ni con música. Estas lisonjas no hacían mella en mi rígido caracter,
-y obstinadamente negué mi concurso. Díjome mi hermanito que yo era
-una calamidad; llamóme Lica <i>jollullo</i>, y <i>la cabeza parlante</i> me
-agració con un juicio bastante duro acerca del poco sentido práctico
-de los filósofos y de la escasa ayuda que prestan al movimiento de la
-civiliza<span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span>ción. El
-párrafo que este señor me echó, como una rociada de sabiduría, algo
-semejante al vinagrillo aromático, parecía un artículo de periódico, de
-esos que se escriben por el vulgo y para el vulgo, y que constituyen la
-escuela diaria y constante de la vulgaridad. No hice caso, y me marché
-á casa.</p>
-
-<p>Deseaba saber si Manuel Peña estaba en la suya, y si doña Javiera
-se había enterado de las andanzas caballerescas de su niño. Buen
-sermón preparaba yo á mi discípulo, aunque en rigor de verdad, ya no
-había medio de retroceder en el lance, y la feroz preocupación social,
-berruga de la cultura moderna y escándalo de la filosofía, sería
-inevitablemente respetada y cumplida. La idolatría del punto de honra
-me parece tan absurda hoy, como si á mis contemporáneos les diera de
-repente la humorada de restablecer los sacrificios humanos y de inmolar
-á sus semejantes en el altar de un muñeco de barro que representase
-cualquier divinidad salvaje. Pero tal es la fuerza del medio social,
-que yo, con todo el vigor y pureza intolerante de mis ideas, no me
-habría atrevido á alejar á Peña del bárbaro terreno ni á sugerirle la
-idea de faltar al emplazamiento. ¿Qué más? Siendo quien soy, creo que
-no podría ni sabría eximirme de acudir al llamado <i>campo del honor</i>,
-si me viera impulsado á ello por circunstancias excepcionales. No
-olvidemos nunca los grandes ejemplos de debilidad humana, mejor dicho,
-de transacciones de la conciencia, determinadas por el medio ambiente.
-Sócrates sacrificó un gallo á Esculapio, San Pedro negó á Jesús.</p>
-
-<p>Doña Javiera no sabía nada. Manuel había<span class="pagenum"
-id="Page_162">[p. 162]</span> tenido el buen acuerdo de engañarla
-diciéndole que iba á Toledo con unos amigos, y que no volvería hasta
-el día siguiente. Con esto, la pobre señora estaba tranquila. Yo no
-lo estaba, pues aunque en la generalidad de los casos los duelos del
-día son verdaderos sainetes, y esta es la tendencia de todos los que
-intervienen en ellos como padrinos ó componedores, bien podría suceder
-que las leyes físicas con su fatalidad profundamente seria y enemiga de
-bromitas, nos regalasen una tragedia.</p>
-
-<p>Desde muy temprano salí, al siguiente día, para enterarme de lo
-ocurrido, mas nada pude averiguar. Á las diez no había entrado Peña en
-su casa, lo que me puso en cuidado; pero doña Javiera, sin sospechar
-cosa mala, decía: «Vendrá en el tren de la noche. Figúrese usted, en un
-día no tienen tiempo de ver nada, pues sólo en la catedral dicen que
-hay para una semana.»</p>
-
-<p>Corrí á casa de José, donde Lica, atrozmente inmutada, me dió la
-tremenda noticia de que Peñita había matado al marqués de Casa-Bojío.
-Sentí pena y terror tan grandes, que no acertaba á hacer comentarios
-sobre tan lamentable suceso, prueba evidente de la injusticia y
-barbarie del duelo. ¡Aquel joven, dotado de corazón noble, de
-inteligencia tan clara y simpática, interesantísimo y amable por su
-figura, por su trato, por las prendas todas de su alma, había asesinado
-á un infeliz inocente de todo delito que no fuera el ser necio!... ¿y
-por qué? por unas cuantas palabras vanas, comunes y baldías, accidente
-de la voz y producto de la tontería, ¡palabras que no tenían valor
-bastante para que la naturaleza permitiera, por causa de ellas,
-la<span class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> muerte de un
-mosquito, ni el cambio más insignificante en el estado de los séres!</p>
-
-<p>Pero ¡qué demonio! la noticia la había traido Sainz del Bardal. ¿No
-era el conducto motivo bastante para dudar...?</p>
-
-<p>—Sí, sí—me dijo Lica. Corre á enterarte en casa de Cimarra. José
-María salió muy temprano. No le he visto hoy. Dijo que no volvería
-hasta la noche.</p>
-
-
-<p class="mt2">¡Que todos los demonios juntos, si es que hay demonios,
-ó todos los genios del mal, si es que existe genio del mal fuera del
-alma humana, carguen con Sainz del Bardal, y le puncen y le rajen, y
-le pinchen y le corten, y le sajen y le acribillen, y le arañen y le
-acogoten, y le estrangulen y le muelan, y le pulvericen y le machaquen
-hasta reducirle á pedacitos tan pequeños que no puedan juntarse otra
-vez, y hasta lograr la imposibilidad de que vuelvan á existir en el
-mundo poetas de su ralea...! ¡Valiente susto nos dió el maldito!... ¿De
-dónde sacaste, infernal criatura, que el escogido entre los escogidos,
-Manolo Peña, había quitado la preciosa vida al pobre Leopoldito, que
-por estar blindado de sandeces, como lo está de conchas un galápago,
-tiene en su inútil condición garantías sólidas de inmortalidad? ¿En qué
-fuente bebiste, poeta miasmático, peste del Parnaso y sarampión de las
-Musas? ¿Quién te engañó, quién te sopló, trompa de sandeces? Si no pasó
-nada, si no hubo más sino que el filo del sable de Peña rozó la oreja
-derecha del espejo de los mentecatos y le hizo un rasguño, del cual
-brotaron obra de catorce gotas de sangre de Tellería, y como la<span
-class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span> cosa era <i>á primera
-sangre</i>, aquí paró el lance y ambos caballeros se quedaron repletos de
-honor hasta reventar, y luego se dieron las manos, y el que hacía de
-médico sacó un pedacito de tafetán inglés y lo aplicó á la oreja de
-Tellería, dejándosela como nueva, y todo quedó así felizmente terminado
-para regocijo de la humanidad y descrédito de las malditas ideas de la
-Edad Media que aún viven...</p>
-
-<p>Me contó todo el mismo Cimarra, haciendo ardientes elogios de la
-serenidad, valor y generosa bravura de Manuel Peña. Faltóme tiempo para
-llevar la buena noticia á Lica, que se había tomado ya cinco tazas de
-café para quitar el susto. Doña Jesusa dió gracias á Dios en voz alta,
-Mercedes cantó de alegría, y hasta el ama, Rupertico y la mulata se
-alegraron de que no hubiera pasado nada.</p>
-
-<p>Después de almorzar, entramos Manuela y yo en el cuarto de estudio
-para ver escribir á las niñas. Recibiónos Irene con viva alegría.
-¿Por qué estaba tan poco pálida que casi casi eran sonrosadas sus
-mejillas? La observé inquieta, con no sé qué viveza infantil en sus
-bellos ojos, decidora y de humor más festivo, pronto y ocurrente que de
-ordinario.</p>
-
-<p>—Perdóneme usted—le dije,—pero he tenido muchas ocupaciones y no he
-podido traerle la <i>historia en un papelito</i>...</p>
-
-<p>—¡Ah, qué tontería! No se incomode usted... No merece la pena... La
-verdad; no sé cómo usted me aguanta... Soy de lo más impertinente... En
-fin, como usted es tan bueno, y yo tan ignorante, me permito á veces
-molestarle con preguntas. Pero no haga usted caso de mí. ¿No<span
-class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> es verdad, señora, que no
-debe hacer caso?...</p>
-
-<p>—¡Oh! no, que trabaje, que le ayude, niña... Pues no faltaba más.
-¿Para qué le sirve todo lo que sabe?</p>
-
-<p>—Pero qué soso, ¡qué soso es!—dijo Irene mirándome y riendo,
-fusilándome con el fuego de sus ojos y haciéndome temblar con
-escalofrío nervioso.—¿Ve usted como no quiere tomar parte en la
-velada?... Lo que yo digo, es de lo más tremendo...</p>
-
-<p>—<i>¡Jollullo!</i></p>
-
-<p>—Pues tiene usted que hablar, sí señor. Mándeselo usted, señora,
-mándeselo usted, pues no hace caso de nadie...</p>
-
-<p>—Pues sí, tienes que hablar, Máximo.</p>
-
-<p>—Se deslucirá la fiesta si no habla—añadió Irene.—Ya le he dicho:
-«Si usted no abre el pico, amigo Manso, yo no voy,» y la señora ha
-prometido llevarme á un palquito de los de arriba.</p>
-
-<p>—Sí, iremos á un palquito de los altos, donde podamos estar con
-comodidad... Mamá dice que si hablas, irá también.</p>
-
-<p>Una voz gangosa, lánguida, que arrastraba perezosamente las sílabas,
-resonó en la puerta, murmurando:</p>
-
-<p>—Tiene que hablar, sí señó...</p>
-
-<p>Era doña Jesusa que pasaba. Y al mismo tiempo, Isabelita se abrazaba
-á mis piernas y se colgaba de mis manos, chillando también:</p>
-
-<p>—Tienes que hablar, tiíto.</p>
-
-<p>Miróme Irene de un modo terrible y dulce... Debió de mirarme
-como siempre, pero mi espíritu, desencajado en aquellos días,
-estaba dispuesto á la poesía y á las hipérboles, y lo menos<span
-class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> que vió en los ojos de la
-maestra fué toda la miel del monte Hymeto mezclada á toda la amargura
-de las olas del mar... Y de estos océanos agridulces emergían, como
-náufragos que se salvan en una pastilla, estas palabras de acíbar y
-mazapán:</p>
-
-<p>—Es preciso que hable... tiene usted que hablar...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_24">
- <h2 class="nobreak">XXIV</h2>
- <p class="subh2">¡Tiene usted que hablar!</p>
-</div>
-
-<p>Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé
-qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada á mi modestia
-y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la
-velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?</p>
-
-<p>Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con
-Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba á mi casa iba pensando
-qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo
-fué entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito
-mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado
-en mi biblioteca parecía venir á mí en rayos, como las voces celestes
-que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentía en mí todas
-aquellas voces, tonos, y ecos distintos de la erudición, que me decían
-cada cual su idea ó su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama
-inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de parti<span class="pagenum"
-id="Page_167">[p. 167]</span>cularidades! Ocurrióseme la exposición
-del concepto cristiano de la caridad, uno de los más bellos alcázares
-que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría la definición
-dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por la que amamos á
-Dios por sí mismo y al prójimo como á nosotros mismos por amor de Dios.
-Después me metería con los Santos Padres... ¡oh! mi memoria no me era
-fiel en este punto; sólo recordaba la gradación de San Francisco de
-Sales, que dice: «el hombre es la perfección del universo, el espíritu
-es la perfección del hombre, el amor la del espíritu y la caridad
-la del amor»... Después de apurar bien la caridad católica, yo, por
-medio de una transición apoyada en la hermosa frase de Newton: «sin la
-caridad la virtud es un nombre vano,» me pasaría al campo filosófico;
-establecería el principio de fraternidad, y pasito á pasito me iría
-al terreno económico político, donde las teorías sobre asistencia
-pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... Luego la
-sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con que hacer
-siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba en condensar.
-No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa grande. Sólo los
-espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto de encerrar en el
-término de escasas palabras espacios inmensurables. Así, yo estaba
-confuso; no sabía qué escoger entre tanta tésis, entre tan variadas
-riquezas. Después de reflexionar largo rato, ví claro, y consideré
-que sería el colmo de la pedantería sacar á relucir el dogmatismo
-cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la<span class="pagenum"
-id="Page_168">[p. 168]</span> ciencia social, la fraternidad y la
-economía política. Parecióme ridícula la fiebre de erudición que me
-entró al ver mi biblioteca y consideré á qué locos extravíos conduce
-la manía del hacinamiento de libros. La erudición es un vino que tiene
-sus embriagueces. Librémonos de ellas, mayormente en ciertos actos,
-y aprendamos el arte de llevar á cada sitio y á cada momento lo que
-sea propio de uno y otro y encaje en ambos con maravillosa precisión.
-Volví la espalda á mi biblioteca y me dije:—«Cuidado, amigo Manso, con
-lo que haces. Si en esa famosa velada te descuelgas como un mosáico
-de erudición tediosa ó con un catafalco de filosofía trascendente,
-el público se reirá de tí. Considera que vas á hablar delante de un
-senado de señoras; que éstas y los pollos y todas las demás personas
-insustanciales que á tales fiestas asisten, estarán deseando que acabes
-pronto para oir tocar el violín ó recitar una poesía. Prepara una
-oración breve, discreta, con su golpecito de sentimiento y su toque
-de galantería á las damas; es decir, que cuando se te escape alguna
-filosofía, eches luego una borlada de polvos de arroz. Dí cosas claras,
-si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate un par de metáforas,
-para lo cual no tienes más que hojear cualquier poeta de los buenos.
-Sé muy breve; ensalza mucho á las señoras que se desviven arreglando
-funciones para los pobres; habla de generalidades fáciles de entender,
-y ten presente que si te apartas tanto así de la línea del vulgo bien
-vestido que ha de oirte, harás un mal papel, y los periódicos no te
-llamarán inspirado ni elocuente.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span></p>
-
-<p>Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse á comer, pues aquel
-día pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial
-de mi hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad á la olla
-doméstica.</p>
-
-<p>La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado.
-No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias que con pretexto de un
-fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de
-notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas á hablar en
-una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran:
-«volarás.» Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.</p>
-
-<p>Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me
-entristeció por aquellos días. Una tarde fuí á casa de José María
-con intención decidida de ver á Irene y de hablarle un poco más
-explícitamente, porque mi propia reserva empezaba á atormentarme, y
-me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto.
-La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día
-en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que
-pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta
-figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un
-popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome
-la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la
-rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado
-á cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas.
-Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi
-historia íntima,<span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span>
-por la tiranía de mí propio y por aquella manera especial de
-absolutismo ó inquisición filosófica con que me había venido gobernando
-desde la niñez.</p>
-
-<p>Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado
-las masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla
-de mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome
-de Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta
-parte de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una
-vez y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y
-educativo que en Historia se llama revoluciones.</p>
-
-<p>«Basta de sabidurías,—me dije;—acábense los estudios de caracter,
-y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas
-suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, á la cosa, al fin! Planteada la
-cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se
-repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir.
-¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una
-flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no
-cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su caliz, porque
-así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse
-que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza.»</p>
-
-<p>Así pensaba, y con estas ideas me fuí derecho á su cuarto.
-¡Desilusión! Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió á mi
-encuentro y me explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había
-ido á casa de su tía á arreglar<span class="pagenum" id="Page_171">[p.
-171]</span> sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña Cándida
-había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas para
-procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en la
-antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la
-mudanza, y ayudando á su tía.</p>
-
-<p>Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de
-los malos ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial
-codicia, iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar.
-Todos los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa,
-que la leche se le echaba á perder, y mi buen ahijado se envenenaba
-paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el
-gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni
-con joyas falsas ó finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban
-en algo, ponía un hocico de á cuarta, y era preciso echarle memoriales
-para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño á su hijo postizo,
-y hablaba de marcharse á su casa con su <i>hombre</i> y <i>los sus mozucos</i>.
-Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos
-sigilosamente en el baul de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba
-delante de ella, y no se atrevía á mostrarle caracter ni á contrariarla
-en lo más ligero.</p>
-
-<p>—Que se lleve todo,—me decía lloriqueando, á solas los dos,—con tal
-que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me
-atrevo á resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad
-y me mate al hijo.</p>
-
-<p>—¡Buen punto te ha traido doña Cándida!<span class="pagenum"
-id="Page_172">[p. 172]</span> ¿Ves? de mi cínife no puede salir cosa
-buena.</p>
-
-<p>—Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas
-ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que ésta se
-maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres
-tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como
-si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...</p>
-
-<p>—Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?</p>
-
-<p>—Si ya apenas viene á casa... Desde que ha vendido las tierras de
-Zamora y tiene moneda...</p>
-
-<p>—¡Dinero doña Cándida!—exclamé más asombrado que si me dijeran que
-Manzanedo pedía limosna.—Dinero Calígula.</p>
-
-<p>—Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...</p>
-
-<p>—¡Ay Lica, Lica! yo te encargué que vigilaras bien á mi cínife. ¿Lo
-has hecho?</p>
-
-<p>—Pero ven acá, ponderativo...</p>
-
-<p>Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver á Irene, y no sé qué
-instinto suspicaz, que me impulsaba á observar de cerca los pasos de
-doña Cándida, lleváronme á la casa de ésta. Llegué: mi espíritu estaba
-preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando,
-hasta romperlo, del seboso cordon de aquella campanilla ronca; pero
-nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su
-sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la
-portera ni los vecinos lo sabían.</p>
-
-<p>Volví junto á Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más
-pálida que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada
-moderna<span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span> de Santa
-Bárbara, con vistas á las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina habían
-trabajado mucho aquella tarde.</p>
-
-<p>—¡He cogido tanto polvo!...—me dijo Irene.—Estoy rendida de sueño y
-cansancio. Hasta mañana, amigo Manso.</p>
-
-<p>¡Hasta mañana! Y aquel mañana vino, y también desapareció Irene.
-Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y
-amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían
-más que en el siempre inspirado númen del fiero Calígula.</p>
-
-<p>Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero
-no dí con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía
-número todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí
-á varios pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una
-ciudad humorística como las tierras de doña Cándida, y áun me ocurrió
-si el <i>cuartito muy mono</i> estaría en uno de los yermos solares en que
-no se había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de
-San Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré á Manuel Peña, que me
-dijo: «Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de
-Fuencarral.»</p>
-
-<p>Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y
-del mío. Me fuí á casa, volví á salir. Era de noche...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_25">
- <p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXV</h2>
- <p class="subh2">Mis pensamientos me atormentaban...</p>
-</div>
-
-<p>Me atormentaron toda la noche dentro y fuera de mi casa. No sé cómo
-vino á mí aquella imagen. La encontré, la ví pasar sola y acelerada
-delante de mí por la otra acera, por la acera del Tribunal de Cuentas.
-Yo estaba al amparo de una de las acacias que adornan la puerta
-del Hospicio, y ella no me vió. La seguí... Iba apresurada y como
-recelosa... Á veces se detenía para ver los escaparates. Cuando se paró
-delante de uno muy iluminado, la miré bien para cerciorarme de que era
-ella. Sí, ella era; llevaba el vestido azul marino, sombrero oscuro,
-como un gran cuervo disecado, que daba sombra á la cara. Su aire
-elegante y algo extranjero distinguíala de todas las demás mujeres que
-iban por la calle.</p>
-
-<p>Pasó junto á la esterería, junto al estanco, entretúvose un momento
-viendo las telas en el <i>Comercio del Catalán</i>. Después acortó el paso;
-había descarrilado el tranvía, y un coche de plaza se había metido en
-la acera. El tumulto era grande. Ella miró un poco y pasó á la otra
-acera, alzándose ligeramente las faldas, porque había muchos charcos.
-Aquella tarde había llovido. Tomó la acera de los pares por junto á
-la botica dosimétrica, y siguió luego con alguna prisa, como persona
-que no quiere hacer esperar á otra. Pasó junto á la capilla del Arco
-de Santa María, y mirando hacia dentro, se persignó. ¡También<span
-class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span> mogigata!... Siguió
-adelante. Crueles sospechas me mordían el corazón. Para observarla
-mejor, yo seguía por la acera contraria. Pasó por una esquina, luego
-por otra. Detúvose para reconocer una casa. En el ángulo se ve el
-pilastrón de un registro de agua, y arriba una chapa verde de hierro
-con un letrero que dice: <i>Viaje de la Alcubilla. Registro núm. 6. B.
-Arca núm. 18. B</i>. Leyó el letrero y yo también lo leí. Era el rótulo
-del infierno... Dió algunos pasos y se escurrió por el portal oscuro...
-Yo estaba anonadado, presa del más vivo terror, y sentía agonías de
-muerte. Clavado en la acera de en frente miraba al lóbrego, angosto
-y antipático portal, cuando llegó un coche y se paró también allí.
-Abrióse la portezuela, salió un hombre... ¡Era mi hermano!...</p>
-
-<p>Concluiré esta febril jornada diciendo con la candidez de los
-autores de cuentos, después que se han despachado á su gusto narrando
-los más locos desatinos.</p>
-
-<p><i>Entonces desperté. Todo había sido un sueño.</i></p>
-
-<p>Pero este atroz sueño mío que me atormentó á la mañana, fué nacido
-de mis hipótesis de la noche anterior, y llevaba en sí no sé qué
-probabilidad terrible. Me impresionó tanto, que después recordaba el
-soñado paseo por la calle de Fuencarral y me parecían tan claros sus
-accidentes como los de la misma verdad. No es puramente arbitrario
-y vano el mundo del sueño, y analizando con paciencia los fenómenos
-cerebrales que lo informan, se hallará quizás una lógica recóndita.
-Y despierto me dí á escudriñar la relación que podría existir entre
-la realidad y la serie de impresiones que recibí. Si el<span
-class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span> sueño es el reposo
-intermitente del pensamiento y de los órganos sensorios, ¿cómo pensé
-y ví...? ¡Pero qué tontería! Me estaba yo tan fresco en la cama,
-interpretando sueños como un Faraón, y eran las nueve, y tenía que ir
-á clase, y después preparar mi discurso para la gran velada que había
-de celebrarse aquella noche... Las cavilaciones de los dos pasados
-días no me habían permitido ocuparme de semejante cosa, y aún no tenía
-plan ni ideas claras sobre lo que había de decir. Como improvisador,
-siempre he sido detestable. No quedaba, pues, más recurso que enjaretar
-de cualquier modo una oracioncilla en los términos de fácil claridad y
-sencillez que me habían parecido más propios.</p>
-
-<p>Tal empeño puse, que al anochecer estaba todo concluido
-satisfactoriamente. Había escrito todo mi discurso y lo había leido
-tres ó cuatro veces en voz alta para fijar en mi espíritu, si no las
-frases todas, las partes principales de él y su armónica estructura.
-Hecho esto, podía salir del paso, pues fijando bien las ideas, estaba
-seguro de que no me se rebelaría el lenguaje.</p>
-
-<p>Cuando llegó la hora me vestí, y ¡al teatro con mi persona! Dígolo
-así, porque me llevé como quien lleva á un criminal que quiere
-escaparse. Yo era polizonte de mí mismo, y necesité toda la fuerza de
-mi dignidad para no evadirme en mitad del camino y volverme á mi casa;
-pero el yo autoridad tenía tan fuertemente cogido y agarrotado al yo
-timidez, que éste no se podía mover.—Bien se conocía, en la proximidad
-del teatro, que en éste había aquella noche solemnidad grande. Era
-aún temprano, y ya se agolpaba el público en las puertas. Aun<span
-class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>que se habían tomado
-precauciones para evitar la reventa de billetes, diez ó doce gandules
-con gorra galonada entorpecían el paso, molestando á todo el mundo.
-Llegaban coches sin cesar, sonaban las portezuelas como disparos de
-armas de fuego, y cuando me venía al pensamiento que yo formaba parte
-del espectáculo que atraía tanta gente, se me paseaba por la espina
-dorsal un cosquilleo... El discurso se me borraba súbitamente del
-espíritu, y volvía á aparecer claro para eclipsarse de nuevo, como los
-letreros de gas encendidos sobre la puerta del teatro, y cuyas luces
-barría á intervalos el fuerte viento sin apagarlas.</p>
-
-<p>No había dado dos pasos dentro del vestíbulo, cuando tropecé con
-un objeto duro y atrozmente movedizo. Era Sainz del Bardal, que se
-multiplicaba aquella noche como nunca; tal era su actividad. En el
-espacio de un cuarto de hora le ví en diferentes partes del coliseo,
-y llegué á creer que las energías reproductrices del universo
-habían creado aquella noche una docena de Bardales para tormento y
-desesperación del humano linaje. Él estaba en el escenario arreglando
-la decoración, los atriles, el piano; él en el vestíbulo disponiendo
-los tiestos de plantas vivas que á última hora no habían sido bien
-colocados; él en los palcos saludando á no sé cuántas familias; él
-adentro, afuera, arriba y abajo, y aun creo que le ví colgado de la
-lucerna y saliendo por los agujeros de la caja de un contrabajo. Una de
-las tantas veces que pasó junto á mí, como exhalación, me dijo:</p>
-
-<p>«Arriba, en el palco segundo de proscenio, están Manuela, Mercedes,
-y... abur, abur.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span></p>
-
-<p>Subí. Sorprendióme ver á Lica en lugar tan eminente, en un palco
-que lindaba con el paraíso. El público extrañaría seguramente no ver á
-la señora de Manso en uno de los proscenios bajos. Parecía aquello una
-deserción, harto chocante tratándose de la dama en cuya casa se había
-organizado la fiesta. Cuando entré, Irene estaba colgando los abrigos
-en el estrecho antepalco. Saludóme en voz baja, dulcísimamente, con
-algo como secreteo ó confidencia de amigo íntimo.</p>
-
-<p>—Ya estaba yo con cuidado—dijo,—temiendo que usted...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Nos hiciera una jugarreta, y á última hora no quisiera hablar.</p>
-
-<p>—¿Pero no prometí...?</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_26">
- <h2 class="nobreak">XXVI</h2>
- <p class="subh2">Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.</p>
-</div>
-
-<p>Su discreción me pareció encantadora. Parecía decirme: «Ya
-hablaremos largamente de ello y de otras mil cosas agradables.»</p>
-
-<p>—¿No sabes?—me dijo Lica.—José María se ha puesto muy bravo, porque
-no he querido ir al palco proscenio. Dice que esto es una gansada...
-Mejor; que rabie. No me da la gana de ponerme en evidencia. Aquí
-estamos muy bien... <i>Aguaita</i>, chinito; hemos venido de bata. No te
-chancees. Aquí vemos todo y nadie nos ve... ¡Jesús, cómo está mi
-marido! Dice que no sirvo<span class="pagenum" id="Page_179">[p.
-179]</span> más que para vivir en un potrero... ¡Qué cosa! En fin, que
-rabie.</p>
-
-<p>Mercedes miraba hacia las butacas, y aquel animado panorama á vista
-de pájaro la desconsolaba un poco, por no encontrarse ella en medio
-de tanto brillo y hermosura. También estaba doña Jesusa; inaudito
-fenómeno, tan contrario á sus costumbres sedentarias.</p>
-
-<p>—No he venido más que á oirle, niño—me dijo con toda la bondad del
-mundo.—Pues si no fuera porque usted se va á lucir, no me sacarían de
-mi sillón ni toitas las Potencias celestiales.</p>
-
-<p>Estaba la buena señora horriblemente vestida de día de fiesta,
-con gruesas y relumbrantes alhajas, y un medallón en el pecho con la
-fotografía de su difunto esposo, casi tan grande como un mediano plato.
-Yo no me había enterado hasta aquella noche de las facciones del papá
-de Lica, que era un señor muy bien barbado, vestido de voluntario de
-Cuba.</p>
-
-<p>—Parece que hay solo de arpa—me dijo Mercedes ilusionada con los
-misteriosos atractivos del programa.</p>
-
-<p>—Creo que sí. Y también...</p>
-
-<p>—¡Ah, los versos de Sainz del Bardal son más lindos!...—indicó
-Manuela.—Me los leyó esta tarde. Hablan de Sócrates y de un tal... no
-sé cómo.</p>
-
-<p>—¿Y quién más recita?</p>
-
-<p>—Creo que recitarán los principales actores. Voy á que Sainz del
-Bardal les mande á ustedes un programa.</p>
-
-<p>Irene no desplegaba sus labios. Sentada tan lejos del antepecho como
-del fondo del palco, manteníase á decorosa distancia de Lica, acu<span
-class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span>sando su inferioridad,
-pero sin dar á conocer ni sombra de servilismo. Modesta y digna, me
-habría cautivado en aquella ocasión, si entonces la hubiera visto por
-primera vez. Al salir ví en la penumbra roja del palco un objeto, una
-cosa negra, una cara... Me eché á reir, reconociendo á Rupertico,
-que me miraba y se apretaba la nariz con los dedos para contener sus
-carcajadas. Estaba sentado en una banqueta, tieso, estirado por la
-circunspección y el respeto, sin atreverse á mover brazo ni pierna.
-No había en él más señales de vida que los ímpetus de risa, y para
-sofocarla se apretaba la boca con las palmas de las manos.</p>
-
-<p>—No hemos tenido más remedio que traerle—me dijo la niña
-Chucha.—¡Ay! ¡qué enemigo! Toda la tarde llorando porque quería venir á
-oirle.</p>
-
-<p>—Yo creo que le da un accidente, si no le traemos—añadió Lica.—Nos
-tenía locas. «Yo quiero oir á mi amo Máximo, yo quiero oir á mi amo
-Máximo...» Y llora que llora.</p>
-
-<p>Al tirarle de la oreja ví que en el rincón había un bulto envuelto
-en un pañuelo rojo. El negrito, al observar, que yo miraba aquéllo,
-acudió con sus manos á acomodar el pañuelo y á ocultar lo que dentro
-estaba. Reía convulsamente, y Lica y Mercedes reían también...</p>
-
-<p>—Fresco, <i>relambido</i>, márchate, márchate, que aquí no haces falta—me
-dijo Lica.—Después que hables vendrás á vernos.</p>
-
-<p>En el escenario no se podía dar un paso. Sainz del Bardal y los que
-le habían ayudado en la organización, no supieron impedir que entrase
-allí el que quisiese, y todo era desorden y<span class="pagenum"
-id="Page_181">[p. 181]</span> apreturas. Periodistas que iban en busca
-de pormenores para redactar sus crónicas, oradores, los amigos de los
-oradores, músicos y todos los amigos de los músicos, actores que habían
-de recitar y poetas que iban á que les recitaran, indivíduos afiliados
-á la Sociedad y multitud de personas á quienes nadie conocía llenaban
-el escenario. Sainz del Bardal, rojo como un cangrejo, y otro señor
-filántropo y discursista que tiene la especialidad de estas cosas, se
-esforzaban por imponer orden y expulsaban galantemente á los intrusos.
-Á todas estas concluía la sinfonía, el telón se había corrido, y los
-indivíduos de la junta ocupaban una fila de sillas, junto á pomposa
-mesa, tras de la cual aparecía la imagen más grave de todas las
-imágenes imaginables, D. Manuel María Pez. Este señor debía pronunciar
-breves palabras, explicando el objeto de la ceremonia, y dando las
-gracias á las distinguidísimas y eminentes personas que se habían
-dignado <i>cooperar á su esplendor en bien de la humanidad y de los
-pobres</i>. Era la oratoria de este buen señor acabado ejemplo del género
-ampuloso, hueco y vacío, formado de pleonasmos y amplificaciones,
-revestido de hojarasca y matizado de pedacitos de talco, oratoria que
-sirve á las nulidades para hacer un breve papel parlamentario, fatigar
-á los taquígrafos y macizar esa inmensa pirámide papirácea que se llama
-el <i>Diario de la Sesiones</i>. Para descubrir una idea del Sr. de Pez era
-preciso demoler á pico un paredón de palabras, y aún no había seguridad
-de encontrar cosa de provecho. Decía así:</p>
-
-<p>«Es ciertamente laudable, es altamente consolador, es en sumo
-grado lisonjero para nues<span class="pagenum" id="Page_182">[p.
-182]</span>tra edad, para nuestro tiempo, para nuestra generación, que
-tantas personas eminentes, que tantos varones ilustres en las artes y
-en las letras, que tantas glorias de la patria, en uno y otro ramo del
-saber, se presten, se ofrezcan, se brinden á...» Todos estos miembros
-del discurso iban perfectamente espaciados con enfáticas pausas, entre
-graves compases, con cadencia pomposa y campanuda que fatigaba como los
-mazos de un batán. No seguí prestándole atención, porque necesitaba
-enterarme á prisa del orden de la fiesta, para ver cuál era mi puesto y
-en qué momento me tocaba ¡ay, Dios mío! salir á las candilejas.</p>
-
-<p>El programa era vasto, inmenso, vario y complejo como ningún otro.
-Á la legua se conocía que había andado en ello Sainz del Bardal y su
-destornillada cabeza. Hablaríamos un célebre orador, Manuel Peña y yo;
-habría cuarteto por eminencias del Conservatorio; leerían versos de
-celebrados poetas tres actores de los mejorcitos. El único poeta que
-sería leido por sí mismo era Sainz del Bardal, quien por condiciones
-especiales de caracter no confiaba á boca ajena las hechuras de su
-ingenio. Habría además concierto de piano, desempeñado por una señorita
-de doce años que era un prodigio en teclas; habría gran solo de arpa,
-tocada por un célebre profesor italiano que había llegado á Madrid
-pocos días antes. Por último, cantaría un tenor del Real la célebre
-aria de Mozart <i>Al mio tesoro intanto</i>, y entre el tenor y el barítono
-despacharían el dúo <i>I marinari</i>... No sé si había algo más. Creo que
-no.</p>
-
-<p>Sainz del Bardal me notificó que mi puesto<span class="pagenum"
-id="Page_183">[p. 183]</span> en el programa seguía inmediatamente
-al solo de arpa, lo que me desconcertó un poco, mucho más cuando
-acerté á ver al solista, que parecía sujeto de mala sombra. Estaba
-en el fondo del escenario preparando su instrumento y rodeado de una
-nube de músicos y gente italiana del Real. Mirándole yo, consideré
-supersticiosamente que en la compañía de aquel dichoso hombre no
-podía haber cosa buena. Era bastante obeso, con cara de mujer gorda,
-el peinado en dos cuernecitos muy monos, el bigote pequeño y de moco
-retorcido, también en cuernecillos, y con dos chapitas en los carrillos
-que parecían hechas con colorete.</p>
-
-<p>Yo me paseaba solo esperando mi turno. Un noticiero se me acercó y
-me dijo:</p>
-
-<p>—¿Sobre qué va usted á hablar? ¿Quiere darme usted un extracto de su
-discurso?</p>
-
-<p>—Cuatro generalidades... en fin, ya lo verá usted.</p>
-
-<p>—¡Qué poco feliz ha estado ese señor de Pez!</p>
-
-<p>Otro llegó y dijo:</p>
-
-<p>—Ya se acabó el <i>dies iræ</i>. Es un piporro ese señor de Pez...
-¡Ah! vea usted el del arpa. ¡Qué figura, amigo Manso! Pues si eso
-sonara...</p>
-
-<p>—Parece mentira—añadió un tercero, gomoso, discípulo mío por más
-señas, buen chico, ateneista...—¡Qué escándalo con los revendedores!
-Esto no pasa más que en España. El gobernador ha mandado detener á
-alguno. Sería curioso saber quién les había dado los billetes que no se
-han vendido en el despacho y son todos personales...</p>
-
-<p>Poco á poco iban llegando conocidos, y se formaba animado corrillo
-junto á mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span></p>
-
-<p>—Señor de Manso, ¿cuándo va usted?</p>
-
-<p>—Después del arpa. ¡Lástima que mi discurso sea tan pobre de
-arpegios!</p>
-
-<p>—Yo, á ser usted, hubiera pedido un lugar más adelantado.</p>
-
-<p>—¿Qué más da? Antes ó después lo he de hacer bastante mal.</p>
-
-<p>—¡Hombre, hombre, qué pillín es usted!... ¿Con que mal?</p>
-
-<p>—Ps...</p>
-
-<p>—Demasiado sabe usted que...</p>
-
-<p>—Quiá. Si ese buen señor no sabe lo que vale.</p>
-
-<p>—Diga usted, señor de Manso, ¿le convendría á usted darme su
-discurso para la Revista?... Lo pondremos en el número del 15, y
-después, si usted quiere, se le puede hacer una tirada corta... pues,
-un folletito.</p>
-
-<p>—Quiá, hombre, es demasiado breve.</p>
-
-<p>—¡Ah! mejor... De todos modos, para la Revista ya me sirve.</p>
-
-<p>—¿De qué trata?</p>
-
-<p>—De nada, señores, de nada. ¿Se puede hablar de cosas serias delante
-de esta gente, entre un solo de arpa y una tirada de versos? Cuatro
-generalidades...</p>
-
-<p>—Ya sale el actor á leer el poema de XXX... Es soberbio. Me lo leyó
-su autor ayer tarde. Es un asombro...</p>
-
-<p>—Sí; pero vean ustedes qué manera de leer.</p>
-
-<p>—Ese hombre es un epiléptico. Se pone verde.</p>
-
-<p>—Milagro será que no se le reviente una vena.</p>
-
-<p>—Esa descripción del naufragio... ¿eh?</p>
-
-<p>—Es de primera fuerza...</p>
-
-<p>—Y ahora el incendio de la cabaña... ¡Bravísimo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p>
-
-<p>—El poema es de barba de pato.</p>
-
-<p>—¡Calzones, qué verso!</p>
-
-<p>—Pero esta manera de declamar... ¡Ah! los actores italianos...</p>
-
-<p>—En las transiciones saca una voz de vieja...</p>
-
-<p>—¡Muy bien, muy bien!</p>
-
-<p>Todos aplaudimos al final, rompiéndonos las palmas de las manos. De
-las localidades venía un rumor de aplausos que parecía una tempestad.
-De pronto en el círculo amistoso, que se había formado alrededor de
-mí, apareció Manuel Peña con las manos en los bolsillos y el sombrero
-echado atrás. Parecía un libertino que salía de la ruleta.</p>
-
-<p>—Hola, perdis...</p>
-
-<p>—Maestro, dichoso usted que está tranquilo.</p>
-
-<p>—Y tú, ¿tienes miedo?...</p>
-
-<p>—¿Miedo?... Estoy como el reo en capilla.</p>
-
-<p>—¿Sobre qué vas á hablar?</p>
-
-<p>—Sobre lo primero que me ocurra.</p>
-
-<p>—¿No has preparado nada?</p>
-
-<p>—Este es lo más célebre... ¿Creerá usted, amigo Manso, que esta
-mañana no tenía ni idea siquiera del discurso que va á pronunciar?</p>
-
-<p>—Ni la tengo ahora... Veremos lo que sale. Yo me las arreglo de este
-modo. Esta tarde me he leido unos versos de Víctor Hugo y he tomado una
-docena de imágenes...</p>
-
-<p>—De esas de patrón de mico... ¿eh?</p>
-
-<p>—Cada imagen como la copa de un pino. Y con esto me basta...
-Hablaré de las damas, de la influencia de la mujer en la historia, del
-Cristianismo...</p>
-
-<p>—De la mujer cristiana, ¿eh?...</p>
-
-<p>—Eso, y de la caridad... Mucho de la caridad...<span
-class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> Á ver, señores, ¿quién
-dijo aquello de <i>la caridad corre á la desgracia como el agua al
-mar</i>?</p>
-
-<p>—Chateaubriand.</p>
-
-<p>—No, hombre, me parece que es el Padre Gratry.</p>
-
-<p>—No, no. Usted, Manso, ¿sabe...?</p>
-
-<p>—Pues no recuerdo...</p>
-
-<p>—En fin, lo diré como mío.</p>
-
-<p>—¡Ah!... esa frase es de Víctor Cousin...</p>
-
-<p>—Sea de quien fuere... usted, maestro, pronto entra.</p>
-
-<p>—Detrás del arpa... Ahí va.</p>
-
-<p>El italiano y su comitiva italianesca pasó junto á nosotros. Hacía
-mi benemérito predecesor gimnasia con los dedos, como si quisiera
-rasguñar el aire.</p>
-
-<p>Hubo un silencio espectante que me impresionó, haciéndome pensar que
-pronto se abriría ante mí la cavidad muda y temerosa de un silencio
-semejante. Después oyéronse <i>pizzicatos</i>. Parecían pellizcos dados
-al aire, el cual, cosquilloso, respondía con vibraciones de risa
-pueril. Luego oimos un rasgueado sonoro y firme como el romper de una
-tela, después un caer de gotas ténues, lluvia de soniditos duros,
-puntiagudos, acerados, y al fin una racha musical, inmensa, flagelante,
-con armonías misteriosas.</p>
-
-<p>—¡Caramba, que este hombre toca bien!</p>
-
-<p>—¡Vaya!</p>
-
-<p>—Ahora, ahora, ¡qué melodía! ¿Pero de dónde es esto?</p>
-
-<p>—Es una fantasía sobre <i>La Estrella del Norte</i>.</p>
-
-<p>—¡Qué dedos!</p>
-
-<p>—Si parecen patas de araña corriendo por los hilos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span></p>
-
-<p>—¡Y cómo se sofoca el buen señor!... Mire usted, Manso, cómo se le
-mueven los cuernecitos del pelo.</p>
-
-<p>—¿Pero han visto ustedes las cruces que tiene ese hombre?</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de hombre? Si es la mujer con barbas... esa que estaba
-en la feria...</p>
-
-<p>—Ps... silencio, señores; esas risas...</p>
-
-<p>Cuando concluyó el solo y sonaron los aplausos, parecía que se me
-arrugaba el corazón y que se me desvanecía la vista. Mi hora había
-llegado. Dí algunos pasos mecánicos.</p>
-
-<p>—Todavía no. Va á repetir. Tocará otra pieza.</p>
-
-<p>—¡Qué placer!... cinco minutos de vida.</p>
-
-<p>Para animarme, afecté alegría, despreocupación y un valor que estaba
-muy lejos de tener. La reflexión de estos estímulos artificiales suele
-ser de momentánea eficacia. Y por último, llegó el segundo fatal.
-El italiano entró, volvió á salir llamado por el público, y al fin
-retiróse definitivamente. Yo le ví limpiándose el sudor de su amoratado
-rostro, que parecía un lustroso tomate y oí felicitaciones de los
-músicos que le rodeaban. Cuando rompí por medio de ellos para salir,
-las piernas me temblaban.</p>
-
-<p>Y me ví delante del dragón, como quien va á ser tragado, pues las
-candilejas eran como dentadura de fuego, las filas de butacas, surcos
-de una lengua replegada, y el cóncavo espacio rojo, cálido y halitoso
-de la sala, la capacidad de una horrenda boca. Pero la vista misma del
-peligro parecía restituirme mi valor y fortalecerme. Verdaderamente,
-pensé, es una tontería tener miedo á esta buena gente. Ni lo he hacer
-tan mal que me ponga en ridículo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p>
-
-<p>Alcé la vista, y allá arriba, sobre el mal pintado celaje del techo,
-ví destacarse un grupo de cabezas.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_27">
- <h2 class="nobreak">XXVII</h2>
- <p class="subh2">La de Irene dominaba á las otras tres.</p>
-</div>
-
-<p>Ó por lo menos, fué la que más claramente ví. Cuando principié,
-con voz no muy segura, me hacía visajes en los ojos el decorado
-pseudo-morisco de los palcos. La puntería de gemelos, así como el
-movimiento de tanto abanico me distraían. En uno de los proscenios
-bajos había una bendita señora cuyo abanico, de colosal tamaño, se
-cerraba y se abría á cada momento con rasgueo impertinente. Parecía
-que me subrayaba algunas frases ó que se reía de mí con carcajadas de
-trapo. ¡Maldito comentario! En el momento de concluir una frase, cuando
-yo la soltaba redonda y bien cortada, sonaba aquel ras que me ponía los
-nervios como alambres... Pero no había más remedio que tener paciencia
-y seguir adelante, porque yo no podía decirle á aquella dama, como á un
-alumno de mi clase, «haga usted el favor de no enredar...»</p>
-
-<p>Y seguí, seguí. Un miembro tras otro, frase sobre frase, el
-discursito iba saliendo, limpio, claro, correcto, con aquella facilidad
-que me había costado tanto trabajo. Iba saliendo, sí señor, y no á
-disgusto mío, y á medida que lo iba pronunciando, mi facultad crítica
-decía: «no voy mal, no señor. Me estoy gustando, adelante...»</p>
-
-<p>¿Qué diré de mi discurso? Copiarlo aquí se<span class="pagenum"
-id="Page_189">[p. 189]</span>ría impertinente. Una de las muchas
-Revistas que tenemos y que se distinguen por su vano empeño de hacer
-suscripciones, lo publicó íntegro, y allí puede verlo el curioso. No
-ofrecía gran novedad, no contenía ningún pensamiento de primer orden.
-Era una disertación breve y sencilla, á propósito para esto que llaman
-público, que es, como si dijéramos, una reunión de muchos, de cuya suma
-resulta un <i>nadie</i>. Todo se reducía á unas cuantas consideraciones
-sobre la indigencia, sus causas, sus relaciones con la ley, las
-costumbres y la industria. Luego seguía una reseña de las instituciones
-benéficas, deteniéndome principalmente en las que tienen por objeto la
-protección de la infancia. En esta parte logré poner en mi discurso una
-nota de sentimiento que levantó lisonjeros murmullos. Pero lo demás fué
-severo, correcto, frío y exacto. Cuanto dije era de lo que yo sabía, y
-sabía bien. Nada de conocimientos pegados con saliva y adquiridos la
-noche anterior. Todo allí era sólido; el orden lógico reinaba en las
-varias partes de mi obra, y no holgaban en ella frase ni vocablo. La
-precisión y la verdad la informaban, y las amplificaciones y golpes
-de efecto faltaban en absoluto. Hago estos elogios de mí mismo sin
-reparo alguno, porque me autoriza á ello la franqueza con que declaro
-que no había en mi oración ni chispa de brillantez oratoria. Era como
-si leyese un sesudo y docto informe ó un dictámen fiscal. Y el efecto
-de este defecto lo notaba yo claramente en el público. Sí, al través
-de la urdimbre de mi discurso, como por los claros de una tela, veía
-yo al dragoncillo de mil cabezas, y observaba que en muchos palcos las
-damas y<span class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> caballeros
-charlaban olvidados de mí y haciendo tanto caso de lo que decía como
-de las nubes de antaño. En cambio ví un par de catedráticos en primera
-fila de butacas que me flechaban con el reflejo de sus gafas, y con
-movimientos de cabeza apoyaban mis apreciaciones... Y el <i>ras</i> del
-dichoso abanico seguía rasguñando la limpidez de mi lenguaje como punta
-de diamante que raya la superficie del cristal.</p>
-
-<p>Se acercaba el fin. Mis conclusiones eran que los institutos
-oficiales de beneficencia no resuelven la cuestión del pauperismo
-sino en grado insignificante; que la iniciativa personal, que esas
-agrupaciones que se forman al calor de la idea cristiana... en fin,
-mis conclusiones ofrecían escasa novedad y el lector las sabe lo
-mismo que yo. Baste por ahora decir que terminé, cosa que yo deseaba
-ardientemente, y parte del público también. Un aplauso mecánico,
-oficial, sin entusiasmo, pero con bastante simpatía y respeto, me
-despidió. Había salido bien, como yo esperaba y deseaba. Por mi parte,
-discreción y verdad; por la del público, benevolencia y cortesía.
-Saludé satisfecho, y ya me retiraba cuando...</p>
-
-<p>¿Qué era aquello que bajaba del techo volando y agitando cintas?
-Era una cosa de todos colores, un conjunto de ramos verdes, de cenefas
-rojas... ¡Una corona, cielos vengadores! Fué tan mal arrojada que cayó
-sobre las candilejas. No sé quién la cogió; no sé quién me entregó
-aquella descomunal pieza de hojas de trapo, de bellotas que parecían
-botones de librea, con más cintajos que la moña de un toro, claveles
-como girasoles, letras doradas, y qué sé yo... Recibí aquella ofrenda
-extemporánea, y no sé cómo la<span class="pagenum" id="Page_191">[p.
-191]</span> recibí. Me turbé tanto que no supe lo que hacía, y por poco
-pongo la corona en la cabeza calva del señor de Pez, que me dijo al
-pasar: «Muy bien ganada, muy bien ganada.»</p>
-
-<p>Murmullos del público me declaraban que el dragoncillo, como
-yo, había considerado aquella demostración absolutamente impropia,
-inoportuna y ridícula. Luego la habían arrojado tan mal... Me dieron
-ganas de tirarla en medio de las butacas.</p>
-
-<p>—Es obsequio de la familia—oí que decía no sé quién.</p>
-
-<p>Me confundí mucho, y después me entró una ira... ¡Ya comprendía
-lo que guardaba el pícaro negro dentro de aquel pañuelo! ¡Como si lo
-viera! Debió de ser idea de la niña Chucha...</p>
-
-<p>Me interné en el escenario con mi fastidiosa carga de hojarasca de
-trapo. En verdad, lo mejor era tomarlo á risa, y así lo hice... Bien
-pronto, mientras continuaba el programa con la pieza de piano, se formó
-en torno mío el corrillo de amigos y oí las felicitaciones de unos, las
-sinceridades ó malicias de otros.</p>
-
-<p>—Muy bien, amigo Manso... Tales manos lo hilaron.</p>
-
-<p>—Me ha gustado mucho... pero mucho. No, no venga usted con
-modestias. Debe estar usted satisfecho.</p>
-
-<p>—¡Orador laureado!... nada menos.</p>
-
-<p>—Qué lástima que no alzara usted un poco más la voz. Desde la fila
-11 apenas se oía.</p>
-
-<p>—Muy bien, muy bien... Mil enhorabuenas... Un poquito más de calor
-no hubiera estado mal.</p>
-
-<p>—¡Pero qué bien dicho... qué claridad!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span></p>
-
-<p>—Vaya, vaya, y decía usted que era cosa ligera...</p>
-
-<p>—Al pelo, Mansito, al pelo.</p>
-
-<p>—Caballero Manso, bravísimo.</p>
-
-<p>—Hombre, ya podías haber esforzado un poco la voz, y dar nervio, dar
-nervio...</p>
-
-<p>—Mira, para otra vez mueve los brazos con más garbo... Pero ha
-gustado mucho tu discurso. Las señoras no lo han comprendido; pero les
-ha gustado...</p>
-
-<p>—¿Con que coronita y todo...?</p>
-
-<p>También vino el arpista á felicitarme, permitiéndose presentarse
-á sí mismo para tener <i>l’onore de stringere la mano d’un egregio
-professore</i>...</p>
-
-<p>Estas lisonjas me obligaron, mal de mi grado, á dedicar algunas
-frases al panegírico del arpa, á sus bellos efectos y á sus
-dificultades, poniendo á los profesores de este instrumento por encima
-de todas las demás castas de músicos y danzantes.</p>
-
-<p>Hablando con el italiano, con otros músicos, con algunos de mis
-amigos, me distraje de las partes siguientes del programa; pero hasta
-donde estábamos venían, como olores errantes de un próximo sahumerio,
-algunas emanaciones retóricas de los versos que leía Sainz del Bardal.
-Su declamación hinchada iba lanzando al aire bolas de jabón que
-admiraban las mujeres y los necios. Las bombillas estallaban, resonando
-de diversos modos, ya en tono grave, ya en el plañidero y sermonario;
-y entre el rumor de la cháchara que en derredor mío zumbaba,
-oíamos: <i>creed</i> y <i>esperad</i>... <i>inmensidad sublime</i>... <i>místicos
-ensueños</i>... <i>salve, creencia santa</i>. De varios vocablos sueltos<span
-class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span> y de frasecillas volantes
-colegimos que el señor del Bardal se guarecía <i>bajo el manto de la
-religión</i>; que <i>bogaba en el mar de la vida</i>; que su alma <i>rasgaba
-pujante el velo del misterio</i>, y que el muy pillín iba á romper la
-cadena que le ataba á la <i>humana impureza</i>. También oimos mucho de
-<i>faros de esperanza</i>, de <i>puertos de refugio</i>, de <i>vientos bramadores</i>
-y del <i>golfo de la duda</i>, lo que no significaba que Bardal se hubiera
-metido á patrón de lanchas, sino que le daba por ahí, por embarcarse en
-la nave de su inspiración sin rumbo, y todo era naufragios retóricos y
-chubascos rimados.</p>
-
-<p>—Si encallará de una vez este hombre...</p>
-
-<p>—Dejarle que le dé al remo... ¡Lástima que ya no tengamos
-galeras!</p>
-
-<p>—¡Y cómo me le aplauden!...</p>
-
-<p>—Ya... Mientras exista el sexo femenino, las Musas cotorronas
-tendrán <i>alabarda</i> segura... El público aplaude más estas vulgaridades
-que los versos sublimes de XXX. Así es el mundo.</p>
-
-<p>—Así es el Arte... Vámonos, que ya viene.</p>
-
-<p>—¡Que viene Bardal! ¿Quién le aguanta ahora?</p>
-
-<p>—Temo ponerme malo. Estoy perdido del estómago, y este poeta emético
-siempre me produce náuseas... Huyamos.</p>
-
-<p>—Sálvese el que pueda.</p>
-
-<p>Yo también me marché, temeroso de que me acometiera Bardal. Salí del
-escenario, y en el pasillo bajo encontré mucha gente que había salido
-á fumar, haciendo de la lectura del poeta un cómodo entreacto. Algunos
-me felicitaron con frialdad, otros me miraron curiosos. Allí supe que
-el célebre orador que debía tomar parte en la velada se había excusado
-á última hora por<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span>
-haber sido acometido de un cólico. Faltaban ya pocos números, y era
-indudable que parte del público se aburría soberanamente, y pensaba
-que á los autores de la velada no les venía mal su poquito de caridad,
-terminando la inhumana fiesta lo más pronto posible.</p>
-
-<p>En la escalera encontré á mi hermano. Andaba visitando palcos, traía
-un ramito en un ojal y estrujaba en su mano <i>La Correspondencia</i>.</p>
-
-<p>—Has estado verdaderamente filósofo—me dijo con pegadiza
-bondad,—pero con muchas metafísicas que no entendemos los tristes
-mortales. Lástima que no hicieras uso de los datos de mortalidad que
-te dió Pez á última hora y del tanto por ciento de indigentes por
-mil habitantes que acusan las principales capitales de Europa. Yo
-he estudiado la cuestión, y resulta que las escuelas de instrucción
-primaria nos ofrecen 414 niños y 3/4 de niño por cada...</p>
-
-<p>—¿Has estado arriba, en el palco de la familia?—le pregunté, para
-cortar el hilo funesto de su estadística.</p>
-
-<p>—No: ni pienso ir. ¡Buena la han hecho! ¿Te parece?... ¡<i>Guindarse</i>
-en ese palcucho! ¡Qué inconveniencia, qué tontería y qué estupidez! Mi
-mujer me pone en ridículo cien veces al día... Pues digo, ¿y á tí?...
-¿Qué te ha parecido lo de la coronita?</p>
-
-<p>La carcajada que soltó mi hermano trajo á mi espíritu la imagen del
-malhadado obsequio que recibí, y no pude disimular el disgusto que esto
-me causaba.</p>
-
-<p>—Si es la gente más tonta... Apuesto que la idea fué de la <i>niña
-Chucha</i>. En cuanto á Manuela, es verdaderamente la terquedad en<span
-class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> figura humana. Basta que
-yo desee una cosa...</p>
-
-<p>Yo disculpé á Lica; él se incomodó; díjome que yo, con mis tonterías
-de sabio, fomentaba la terquedad y los mimos de su esposa.</p>
-
-<p>—Pero José...</p>
-
-<p>—Tú eres otra calamidad, otra calamidad, entiéndelo bien. Nunca
-serás nada... porque no estás nunca en situación. ¿Ves tu discurso de
-esta noche, que es práctico y filosófico y todo lo que quieras? Pues no
-ha gustado, ni entusiasmará nunca al público nada de lo que escribas,
-ni harás carrera, ni pasarás de triste catedrático, ni tendrás fama...
-Y tú, tú eres el que hace en mi casa propaganda de modestia ridícula,
-de ñoñerías filosóficas y de necedades metódicas.</p>
-
-<p>—¡Ay, José, José!...</p>
-
-<p>—Lo dicho, camarada.</p>
-
-<p>En esto estábamos, cuando nos sorprendió un estrépito que de la
-sala del teatro venía. Al pronto nos asustamos. ¡Pero quiá!... eran
-aplausos, aplausos furibundos que declaraban entusiasmo vivísimo.</p>
-
-<p>—¿Pero qué pasa?</p>
-
-<p>Los pasillos se habían quedado vacíos. Todo el mundo acudía á su
-sitio para ver de qué provenía tal locura.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_28">
- <h2 class="nobreak">XXVIII</h2>
- <p class="subh2">«Habla Peñita.»</p>
-</div>
-
-<p>Esto decían, y al punto, deseoso de oir á mi discípulo, dejé á
-mi hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré;
-nadie<span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span> volvió la
-cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las cuatro damas
-en contemplar y oir al orador. Sólo el negro me miró, y acariciándome
-una mano, se pegó á mi costado. Acerquéme sin hacer ruido, y por encima
-de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto nunca gentío más
-atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido á un punto.
-Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante ejemplo de
-la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el público. Un
-joven con su palabra arrebatadora, don semidivino en que concurrían la
-elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes y el encanto
-físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y como prendido en
-una red de simpatía la heterogénea masa de personas diversas, y en una
-misma exclamación de gozo se confundían el necio y el sabio, la mujer y
-el hombre, los frívolos y los graves. Él despertaba, con la vibración
-celestial de las cuerdas de su noble espíritu, los sentimientos
-cardinales del alma humana, y no había un solo espectador que no
-respondiese á invocación tan admirable. Doña Jesusa se volvió hacia mí,
-y en su cara observé que estaba como lela. Hasta el pintado esposo que
-campeaba en el pecho de la señora me pareció que se había entusiasmado
-en su placa de marfil ó porcelana. Mercedes me miró también, haciendo
-un gesto que quería decir: «esto sí que es bueno.» Lica é Irene no
-movían la cabeza; la emoción las había hecho estátuas.</p>
-
-<p>Por mi parte debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y
-el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido<span
-class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> mi discípulo, me ponían
-un nudo en la garganta. Sí: yo podía tomar para mí una parte, siquier
-pequeña, de la gloria que el divino muchacho recogía á manos llenas
-aquella noche. Si recibió de la Naturaleza aquel extraordinario hechizo
-de la palabra, yo había labrado la pedrería de su grande ingenio;
-yo había dado á sus dones nativos la vestidura del arte, sin la
-cual habrían parecido desaliñados y toscos; yo le había enseñado lo
-que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y sin duda de mí
-procedían muchos de los medios técnicos y elementales de que se valía
-para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al terminar un párrafo
-estallaba en el público una tronada de aplausos, yo me rompía las manos
-y deseaba estar cerca del orador para estrecharle entre mis brazos.</p>
-
-<p>¿Y de qué hablaba? No lo sé fijamente. Hablaba de todo y de nada. No
-concretaba, y sus elocuentes digresiones eran como una escapatoria del
-espíritu y un paseo por regiones fantásticas. Y sin embargo, notábanse
-en él pujantes esfuerzos por encerrar su fantasía dentro de un plan
-lógico. Yo le veía sujetando con firme rienda el brioso caballo alado
-que en las alturas se encabritaba, insensible al freno y al látigo. Con
-estar yo tan fascinado como los demás oyentes, no dejaba de comprender
-que el brillante discurso, sometido á la lectura, habría de presentar
-algunos puntos vulnerables y tantas contradicciones como párrafos.
-Mi entusiasmo no embotaba en mí el don de análisis, y, temblando de
-gozo, hacía yo la disección del esqueleto lógico, vestido con la
-carne de tan opulentas galas... Pero, ¿qué importaba esto si el<span
-class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> principal objeto del
-orador era conmover, y esto lo conseguía plenamente hasta el último
-grado? ¡Qué admirable estructura de frases, qué enumeraciones tan
-brillantes, qué manera de exponer, qué variedad de tonos y cadencias,
-qué secreto inimitable para someter la voz al sentido y obtener con la
-unión de ambos los más sorprendentes efectos, qué matices tan variados,
-y por último, qué accionar tan sobrio y elegante, qué dicción enérgica
-y dulce sin descomponerse nunca, sin incurrir en la declamación, ni
-salmodiar la frase! Las imágenes sucedían á las imágenes, y aunque no
-todas eran de gran novedad, y áun había alguna que aparecía un poco
-mustia, como flor que ha sido muy manoseada, el público, y yo también,
-las encontrábamos admirables, frescas, bonitas. Algunas eran de
-encantadora novedad.</p>
-
-<p>Pero, ¿de qué hablaba? De lo que él mismo había dicho, del
-Cristianismo, de la redención y enaltecimiento de la mujer, de la
-libertad y un poco de los ideales grandes del siglo <small>XIX</small>.
-Allí salieron á relucir Isabel la Católica dando sus alhajas, Colón
-<i>redondeando la civilización</i> y Stephenson que, con la locomotora, <i>ha
-emparentado las partes del mundo</i>... Allí oí algo de las catacumbas
-de Lincoln, el <i>Cristo del negro</i>, de las hermanas de la Caridad, del
-cielo de Andalucía, de Newton, de las Pirámides y de los caprichos de
-Goya, todo enlazado y tejido con tal arte, que el oyente le seguía de
-sorpresa en sorpresa, pasmado y hechizado, á veces con fatiga de tanta
-luz, de tan variados tonos y de transiciones tan gallardas.</p>
-
-<p>Cuando concluyó, parecía que se desplomaba<span class="pagenum"
-id="Page_199">[p. 199]</span> el teatro, y que todo su maderámen crujía
-y se desarmaba con la vibración de las palmadas. Los más cercanos se
-abalanzaban hacia el escenario como si le quisieran abrazar, y las
-señoras se llevaban el pañuelo á los ojos para secarse alguna lágrima,
-por ser cosa corriente en ellas que toda emoción, y el entusiasmo
-mismo, las hagan llorar. Manuel se retiraba, y los aplausos le hacían
-volver á salir tres, cuatro, qué se yo cuántas veces. El señor de
-Pez, no queriendo dejar de hacer algún papel conspícuo en tan solemne
-ocasión, sacaba de la mano al joven y le presentaba al público con
-paternal solicitud. Alguien decía: «es un niño;» otros, «qué prodigio,»
-y yo gritaba á los vecinos del palco próximo: «es mi discípulo,
-señores, es mi discípulo.»</p>
-
-<p>Lica se volvió á mí y me dijo:</p>
-
-<p>—¡Qué lástima que no haya venido su mamita á oirle!</p>
-
-<p>Y doña Jesusa, suponiéndome desairado, me miró con benevolencia, y
-me dijo:</p>
-
-<p>—También usted ha estado muy bien...</p>
-
-<p>¡Y yo que no me acordaba de mi discurso, ni de la funesta corona!</p>
-
-<p>—¡Qué lástima que no hubiéramos traido dos guirnaldas!</p>
-
-<p>—Á propósito, Manuela, ¡qué inoportunas estuvisteis!...</p>
-
-<p>—Calla, chinito, más mereces tú.</p>
-
-<p>—Si es que Máximo—me dijo doña Jesusa, reforzando su benevolencia
-porque me suponía triste del bien ajeno,—estuvo también muy bueno...
-Todos, todos han estado buenos...</p>
-
-<p>Y la otra no decía nada. Cuando concluyeron los aplausos volvió á
-su asiento. La miré; tenía<span class="pagenum" id="Page_200">[p.
-200]</span> las mejillas encendidas; también había llorado.</p>
-
-<p>—¡Qué bueno, qué bueno!—exclamaba Lica sin cesar.—Este niño es un
-milagro. ¿Qué le ha parecido á usted, Irene?</p>
-
-<p>Irene me miró, y tuvo una frase celestial.</p>
-
-<p>—Hace honor á su maestro.</p>
-
-<p>—Este muchacho—afirmé yo,—será un gran orador. Ya lo es. Parece
-que en él ha querido la Naturaleza hacer el hombre tipo de la época
-presente. Está cortado y moldeado para su siglo, y encaja en éste como
-encaja en una máquina su pieza principal.</p>
-
-<p>—Ahí, en el palco de al lado, decía un señor que Manuel será
-ministro antes de diez años.</p>
-
-<p>—Lo creo; será todo lo que quiera; es el niño mimado del destino.
-Todas las hadas le han visitado en su nacimiento...</p>
-
-<p>—Me parece que debemos marcharnos. Yo estoy muy cansada. ¿Y usted,
-mamá?</p>
-
-<p>—Por mí, vámonos.</p>
-
-<p>—¿Y no oimos al tenor?—indicó Mercedes con desconsuelo.</p>
-
-<p>—Niña, en el Real le oiremos.</p>
-
-<p>Levantáronse. Irene estaba en el antepalco distribuyendo abrigos.
-Cuando todos se abrigaron, también ella tomó el suyo. Yo atendí
-primero á doña Jesusa, á Lica, á Mercedes, después á ella que, con su
-alfiler en la boca, desdoblaba el mantón para ponérselo. Irene me dió
-las gracias. No sé por qué se me antojó que lloraba todavía. ¡Engaño
-de mis embusteros ojos!... Salimos. El negrito se colgó de mi brazo
-obligándome á inclinarme del costado derecho. Todo era para alcanzar mi
-oido con su hociquillo y decirme en tímido secreto:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p>
-
-<p>—Ninguno ha estado tan bien como <i>taita</i>. Mi amo Máximo les gana á
-todos, y si dicen que no...</p>
-
-<p>—Calla, tonto.</p>
-
-<p>—<i>Po que</i> no lo entienden.</p>
-
-<p>La necesidad de acompañar á la familia me privó de ir al escenario
-para dar un estrecho abrazo á mi querido discípulo. Pero yo le vería
-pronto en su casa, y allí hablaríamos largamente del colosal éxito de
-aquella noche...</p>
-
-<p>¡Y mi corona que se había quedado en el escenario! Mejor: <i>in mente</i>
-se la regalaba yo al arpista. No apoyaba esta idea Lica, que me dijo al
-subir al coche:</p>
-
-<p>—Bien dice Irene que eres un sosón... ¿Por qué no has traido la
-corona? ¿Crees que no la mereces?... Pues sí que la mereces. Fué idea
-mía, ¿qué te parece?</p>
-
-<p>—No, que fué idea mía—replicó prontamente la niña Chucha.</p>
-
-<p>—No reñir, señoras; quedemos en que fué idea de las dos, lo cual no
-impide que sea una idea detestable.</p>
-
-<p>—Mal agradecido.</p>
-
-<p>—Relambido.</p>
-
-<p>—Como no hubo tiempo, no pudimos escoger una cosa mejor. Lica
-escogió las flores.</p>
-
-<p>—Y yo las hojas verdes.</p>
-
-<p>—Y yo las cintas encarnadas.</p>
-
-<p>—Pues todas, todas han tenido un gusto perverso.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno, no te obsequiaremos más.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué fantasioso!</p>
-
-<p>Irene callaba. Iba junto á mí en el asiento delantero, y con el
-movimiento del coche su<span class="pagenum" id="Page_202">[p.
-202]</span> codo y el mío se frotaban ligeramente. Si fuera yo más
-inclinado á hacer retruécanos de pensamiento, diría que de aquel
-rozamiento brotaban chispas, y que estas chispas corrían hacia mi
-cerebro á producir combustiones ideológicas ó ilusiones explosivas...
-Con el cuneo del coche se durmió doña Jesusa. Lica se echó á reir, y
-dijo:</p>
-
-<p>—Ya mamá está en la Bienaventuranza. ¿Y usted, Irene, se ha dormido
-también?</p>
-
-<p>—No, señora—replicó la maestra con cierta sequedad.</p>
-
-<p>—Como está usted tan callada... Y tú, Máximo, ¿qué tienes que no
-hablas?</p>
-
-<p>Advertí entonces que no había desplegado mis labios en buen espacio
-de tiempo. No sé si dije algo para responder á Lica. Llegamos, por
-fin, á casa. Nada aconteció digno de ser contado. Aburrimiento general
-y desfile de cada persona hacia su habitación. Yo quise decir algo á
-Irene; la sentí detrás de mí cuando me despedía de doña Jesusa en el
-pasillo; volvíme, dí algunos pasos, y ya había desaparecido. Fuí al
-comedor... nada. En el gabinete de Manuela... tampoco. Pregunté á la
-mulata... La señorita Irene se había encerrado en su cuarto... ¡Ay, qué
-prisa, Dios mío!... Bien, bien, yo también me retiro.</p>
-
-<p>El negrito se me colgó del brazo para hacerme inclinar y hablarme
-al oido. Siempre me decía sus cosas en secreto, con un susurro
-cariñoso que parecía infiltrar en mi espíritu el extracto más puro de
-la inocencia humana. Sus palabras fueron breves y revelaban cándido
-orgullo.</p>
-
-<p>—Yo <i>taje</i> la corona de la tienda.</p>
-
-<p>—Bueno, hombre, que te aproveche. Adios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p>
-
-<p>Antes de subir á casa quise felicitar á doña Javiera. La pobre
-señora estaba fuera de sí. También ella había ido al teatro, y
-presenciado desde el paraíso el grandioso triunfo de su querido hijo.
-Este le había llevado un palco; pero ella no quiso ocuparlo y lo
-cedió á unas amigas: temía que su amor materno la arrastrase á hacer
-demostraciones demasiado violentas, con lo que se pondría en ridículo.
-En el paraíso, acompañada tan sólo de la criada, había llorado á
-sus anchas, y cuando oyó los palmoteos y vió el loco entusiasmo del
-público, creyóse trasportada al Cielo. Á la conclusión, la buena señora
-había perdido el conocimiento, y por poco me la llevan á la casa
-de socorro. Abrazóme con ardiente alegría, diciéndome que yo, como
-maestro de aquel milagro de la Naturaleza, tenía la mejor parte en su
-victoria.</p>
-
-<p>Por allí no decían más sino: «Este muchacho va á hacer la gran
-carrera... El mejor día me le ponen de diputado y de ministro. Vaya
-un hombrecito...» Figúrese usted, amigo Manso, si estaría yo hueca.
-Se me caía la baba y lloraba como una tonta. Me daban ganas de
-ponerme en pié y gritar desde la barandilla del paraíso: «Si es mi
-hijo, si le he parido y le he criado á mis pechos...» La suerte que
-me desmayé... En fin, yo estaba loca. El corazón se me había puesto
-en la garganta... Por cierto que le ví á usted en un palco alto con
-las señoras. Yo le miré muy mucho á ver si me columbraba, para hacer
-una seña diciendo; «aquí estamos todos.» Pero usted no miró... ¡Ah! y
-ahora que me acuerdo. También usted habló muy requetebién. Allí, al
-lado mío, había un señor muy descontentadizo que<span class="pagenum"
-id="Page_204">[p. 204]</span> dijo tonterías de usted... Casi reñimos
-él y yo, y cuando le echaron la corona las del palco, grité: «á ese...
-bien, bien...» Si he de decirle la verdad, desde arriba no se oyó nada
-de lo que usted dijo, porque como habla usted tan bajito... Es el caso
-que como oía tan mal me iba quedando dormida. Desperté asustada cuando
-le echaban á usted la corona, y entonces dí unas palmotadas... Después
-vino el verso. ¡Y qué verso tan precioso! ¡Á mí me daba un gusto!...
-Esto de oir buenos versos es como si le hicieran á una cosquillas. Se
-ríe y se llora... no sé si me explico.</p>
-
-<p>Y por aquí siguió charlando. Yo estaba fatigadísimo y deseaba
-retirarme. Era muy tarde y Manuel no venía. Deseaba yo verle aquella
-misma noche para felicitarle con toda la efusión de mi leal cariño;
-pero tardaba tanto, que me fuí á mi cuarto tercero y me recogí, ávido
-de silencio, de quietud, de descanso.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_29">
- <h2 class="nobreak">XXIX</h2>
- <p class="subh2">¡Oh, negra tristeza!</p>
-</div>
-
-<p>Fúnebre y pesado velo, ¿quién te echó sobre mí? ¿Por qué os
-elevasteis lentos y pavorosos sobre mi alma, pensamientos de muerte,
-como vapores que suben de la superficie de un lago caldeado? Y
-vosotras, horas de la noche, ¿qué agravio recibísteis de mí para que
-me martirizárais una tras otra, implacables, pinchándome el cerebro
-con vuestro compás de agudos minutos? Y tú, sueño, ¿por qué me mirabas
-con dorados<span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> ojos
-de buho haciendo cosquillas en los míos, y sin querer apagar con
-tu bendito soplo la antorcha que ardía en mi mente? Pero á nadie
-debo increpar como á vosotros, argumentos ténues de un raciocinio
-quisquilloso y sofístico...</p>
-
-<p>Tú, imaginación, fuiste la causa de todos mis tormentos en aquella
-noche aciaga. Tú, haciendo pajaritas con una idea y enredando toda la
-noche; tú, la mal criada, la mimosa, la intrusa, fuiste quien recalentó
-mi cerebro, quien puso mis nervios como las cuerdas del arpa que oí
-tocar en la velada. Y cuando yo creía tenerte sujeta para siempre,
-cortaste el grillete; y juntándote con el recelo, con el amor propio,
-otros pillos como tú, me manteásteis sin compasión, me lanzásteis al
-aire. Así amaneció mi triste espíritu rendido, contuso, ofreciendo todo
-lo que en él pudiera valer algo por un poco de sueño...</p>
-
-<p>La verdad es que no tenían explicación racional mi desvelo y mis
-tristezas. Se equivoca el que atribuya aquella desazón á heridas
-del amor propio por el pasmoso éxito del discurso de Manuel Peña
-comparado con el mío que fué un éxito de benevolencia. Yo estaba, sí,
-muy arrepentido de haberme metido en veladas; pero no tenía celos
-de mi discípulo, á quien quería entrañablemente, ni había pensado
-nunca disputarle el premio en la oratoria brillante. La causa de mi
-hondísima pena era un presentimiento de desgracias que me dominaba
-sobreponiéndose á todas las energías que mi espíritu posee contra
-la superstición; era un cálculo basado en datos muy vagos, pero
-seductores, y con lógica admirable llegaba á la más desconsoladora
-afirmación. En vano demostraba yo que los datos<span class="pagenum"
-id="Page_206">[p. 206]</span> eran falsos; la imaginación me presentaba
-al instante otros nuevos, marcados con el sello de la evidencia.—Al
-levantarme, me dije:</p>
-
-<p>«Soy una especie de Leverrier de mi desdicha. Este célebre astrónomo
-descubrió al planeta Neptuno sin verle, sólo por la fuerza del
-cálculo, porque las desviaciones de la órbita de Urano le anunciaban
-la existencia de un cuerpo celeste hasta entonces no visto por humanos
-ojos, y él, con su labor matemática, llegó á determinar la situación de
-este lejano y misterioso viajero del espacio. Del mismo modo yo adivino
-que por mi cielo anda un cuerpo desconocido; no le he visto, ni nadie
-me ha dado noticias de él; pero como el cálculo me dice que existe,
-ahora voy á poner en práctica todas mis matemáticas para descubrirlo.
-Y lo descubriré; me lo profetiza la irregular trayectoria de Urano,
-el planeta querido, irregularidades que no pueden ser producidas sino
-por atracciones físicas. Esta pena profunda que siento consiste en que
-llega hasta mí la influencia de aquel cuerpo lejano y desconocido. Mi
-razón declara su existencia. Falta que mis sentidos lo comprueben, y lo
-probarán ó me tendré por loco.»</p>
-
-<p>Esto dije, y me fuí á mi cátedra, donde varios alumnos me
-felicitaron. Yo estaba tan triste, que no expliqué aquel día. Hice
-preguntas, y no sé si me contestaron bien ó mal. Impaciente por ir á la
-casa de mi hermano, abandoné la clase antes de que el bedel anunciara
-la hora. Cuando satisfice mi deseo, la primera persona á quien ví fué
-Manuela, que me dijo con mucho misterio:</p>
-
-<p>—Cosa nueva. Sabes que doña Cándida está<span class="pagenum"
-id="Page_207">[p. 207]</span> encerrada con José María en el despacho.
-Negocios...</p>
-
-<p>—Pobre José; de ésta va á San Bernardino.</p>
-
-<p>—Cállate, niño. Si está más rica... Si ha vendido unas tierras...</p>
-
-<p>—¡Tierras!... Será la que se le pegue á la suela de los zapatos.
-Lica, Lica, aquí hay algo... Voy á defender á José. Calígula es
-terrible; le habrá embestido con mil mentiras, y como es tan
-generoso...</p>
-
-<p>—No, déjalos... Pero chitito; aquí viene la de García Grande.</p>
-
-<p>Era ella, sí; entró en el gabinete como recelosa, acomodándose algo
-en el luengo bolsillo de su traje. ¡Ah! sin duda acariciaba su presa,
-el pingüe esquilmo de sus últimas depredaciones. ¡Cómo revelaba su
-mirar verdoso la feroz codicia calmada, la reciente satisfacción de un
-rapaz apetito...! Nos miró con postiza dulzura, sentóse majestuosa, y
-volviéndose á tocar el bolsillo, se dejó decir:</p>
-
-<p>—Ya, ya negocié esas letras. ¡Es tan bueno José!... ¡Hola! ¿estás
-ahí, sosón? Me han dicho que anoche estuviste medianillo. Parece que
-se durmió el público en masa. Eso me han contado. El que parece que
-estuvo admirable fué ese Peñilla... ese que es hijo de la carnicera tu
-vecina... Vamos á otra cosa, Manolita; ¿sabe usted que tengo que darle
-un disgusto?</p>
-
-<p>—¿Á mí? ¿Qué?—exclamó mi pobre cuñada asustadísima.</p>
-
-<p>—Hija, creo que tendré que llevarme á Irene. Ya ve usted...
-Estoy tan sola y tan delicadita de salud... Luego mi posición ha
-variado tanto, que verdaderamente no está bien que Irene...<span
-class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> me parece á mí... sea
-institutriz asalariada, teniendo una tía...</p>
-
-<p>—Rica.</p>
-
-<p>—Rica no; pero que tiene lo necesario para vivir cómodamente. ¿No
-cree usted lo mismo? ¿No cree usted que debo llevarla conmigo para que
-me acompañe, para que me cuide...?</p>
-
-<p>—Claro...</p>
-
-<p>—Es mi única familia; yo la he criado, ella será mi heredera...
-porque estoy tan mal, tan mal, Manuela, créalo usted...</p>
-
-<p>Soltó una lágrima pequeñita, que se disolvió en una arruga y no se
-supo más de ella.</p>
-
-<p>—Esto no quiere decir—prosiguió,—que yo me lleve á Irene de prisa y
-corriendo; sería una cosa atroz. Puede estar aquí algunos días, para
-que complete las lecciones... ó si quiere usted que se quede hasta que
-se le encuentre sucesora... Eso usted y ella lo decidirán. Está tan
-agradecida, que... ya, ya le costará algunas lágrimas salir de aquí.
-Adora á las niñas.</p>
-
-<p>Manuela estaba algo desorientada.</p>
-
-<p>—¿Y el ama?—preguntó mi cínife demostrando vivísimo interés.—¿Siguen
-los antojos y las...?</p>
-
-<p>—¡Ah!—exclamó Manuela;—no me hable usted, doña Cándida...
-Insoportable, insoportable. Es un demonio.</p>
-
-<p>Dejélas hablando del ama, y corrí á donde me impelía mi ardiente
-curiosidad. Estaba Irene dando la lección de Gramática, y la sorprendí
-diciendo con voz dulcísima: <i>hubiérais</i>, <i>habríais</i> y <i>hubiéseis
-amado</i>.</p>
-
-<p>Mi ansiedad me quitaba el aliento, y apenas lo tuve para
-preguntarle:</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_30">
- <p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXX</h2>
- <p class="subh2">«¿Con que se nos va usted?»</p>
-</div>
-
-<p>—Sí—me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara
-(así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.</p>
-
-<p>—De veras. ¿Y cuándo?</p>
-
-<p>—Hoy mismo. Lo que ha de ser...</p>
-
-<p>—¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la
-casa?</p>
-
-<p>—No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted
-agradecidísima.</p>
-
-<p>—Entonces...</p>
-
-<p>—Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así.
-Y si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada
-día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo,
-tomo mi resolución...</p>
-
-<p>—¡Es tremendo!...—exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo
-favorito.</p>
-
-<p>—Sí señor; me corto la coleta... de maestra,—replicó echándose á
-reir.</p>
-
-<p>¿No revelaba su rostro una alegría loca? Ó así era, ó soy lo más
-torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría
-me desconcertó, porque habíamos llegado á un punto en que todo
-desconcertaba, y sólo le dije:</p>
-
-<p>—¿Hay proyectos?...</p>
-
-<p>—Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía
-usted que sólo los sabios tienen proyectos.</p>
-
-<p>Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos mi<span class="pagenum"
-id="Page_210">[p. 210]</span>raban absortas, con sus abiertos libros
-en las manos y abandonadas éstas sobre las rodillas. Saboreaban quizás
-aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían agradecido mucho
-que nos estuviéramos charlando todo el día.</p>
-
-<p>—No, no, no.—Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta
-vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la
-lección, que después...</p>
-
-<p>—¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero
-es tanto lo que hay que decir...</p>
-
-<p>—Luego... aquí—dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de
-la solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras
-en la escena.</p>
-
-<p>De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo
-que me puse pálido y que me temblaba la voz.</p>
-
-<p>—Aquí no...—indicó ella respondiendo á mi turbación con la suya,
-y mirando á los chicos y á la Gramática, como solicitada por la
-conciencia de sus deberes pedagógicos.</p>
-
-<p>Y el <i>aquí no</i> salió de sus labios timbrado con un dulce tono de
-precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la
-primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el
-uso de muchos años lo cultivara.</p>
-
-<p>—Es verdad, aquí no—repetí.</p>
-
-<p>Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:</p>
-
-<p>—En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted á
-visitarnos?</p>
-
-<p>—Mañana mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span></p>
-
-<p>—Poquito á poco. Ya le avisaré á usted.</p>
-
-<p>—¿Pero será pronto?</p>
-
-<p>—Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le
-avise.</p>
-
-<p>Y me dió sus señas escritas con lapiz en un papelito. Sentí susurro
-de voces junto á la puerta, y los cuatro empezamos á conjugar con un
-fervor...</p>
-
-<p>Lica entró de muy mal talante. Oimos la voz de José María que se
-alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero
-mi hermano se fué á almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades,
-y cuando almorzábamos Manuela y yo, ésta, muy alterada, me dijo:</p>
-
-<p>—Ya se fué doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta
-prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido
-quedarse á almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé
-qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta
-prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando
-la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga
-verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...</p>
-
-<p>Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:</p>
-
-<p>—Pronto lo sabremos.</p>
-
-<p>Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo,
-meditabundo, apenas probé bocado.</p>
-
-<p>José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su
-despacho parecían un pretexto para estar en la casa á cierta hora.
-Mostróse complaciente conmigo y con Manuela;<span class="pagenum"
-id="Page_212">[p. 212]</span> mas el artificio de su forzada bondad,
-se descubría á la legua. Nos dijo que el tiempo estaba magnífico, y
-enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta de caridad
-que había en los Jardines del Retiro, nos animó á que fuéramos. Manuela
-no quiso ir ni yo tampoco.</p>
-
-<p>—¿Y tú no vas?—preguntó á su marido.</p>
-
-<p>—Ya ves. Tengo que hacer aquí.</p>
-
-<p>Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala
-había ración cumplida de pedigüeños de todas categorías; los unos
-empleados cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi
-hermano empezó á figurar, las nubes de la empleomanía descargaban
-diariamente sobre la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de
-intervención, guardas de montes, empleados de consumos, innumerables
-tipos que habían sido, que eran ó querían ser algo venían sin cesar
-en solicitud de recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién
-carta, quién se presentaba á sí mismo. José María, cuyo egoismo
-sabía burlar toda clase de molestias siempre que no le impulsara á
-sobrellevarlas el amor propio, se quitaba de encima casi siempre, con
-mucho garbo, la enojosa nube de pretendientes, y salía dejándoles
-plantados en el recibimiento ó mandándoles volver. Pero aquel día mi
-benéfico hermano quiso dar indubitables pruebas de su interés por las
-clases desheredadas, y fué recibiendo uno por uno á los sitiadores
-dando á todos esperanzas y alentando su necesidad ó su ambición.</p>
-
-<p>—Está bien: déme usted una nota... He dado la nota al ministro...
-Vea usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si
-ol<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span>vidó usted ayer
-darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la nota: de ahí
-viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra nota... Ya
-he tomado nota, hombre, ya he tomado nota.</p>
-
-<p>Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y trasmitiéndolas
-se pasó el muy ladino toda la tarde.</p>
-
-<p>Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo
-encerrada en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola á
-empaquetar y hacer diversos líos. Poco después ví su baul mundo en el
-pasillo atado con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas
-humedecían su rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos
-niñas, medrosas de su propia pena, se habían refugiado en la clase,
-donde lloraban á moco y baba.</p>
-
-<p>—¡Qué tontería!... les dijo Irene corriendo á darles el último
-beso.—Si vendré todos los días...</p>
-
-<p>La despedida fué muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada,
-y no se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió
-á la que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la
-puerta.</p>
-
-<p>En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas
-las ocupaciones y las notas todas como por encanto.</p>
-
-<p>—¿Pero ya se va usted?—dijo muy gozoso.—Yo también salgo. La llevaré
-á usted en mi coche.</p>
-
-<p>—No señor, gracias, no, de ninguna manera—replicó Irene echando á
-correr escalera abajo.—Ruperto va conmigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span></p>
-
-<p>José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos á los
-cristales del balcón del gabinete para ver...</p>
-
-<p>En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantería de mi hermano,
-entró en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir á escape la
-berlina hacia la calle de San Mateo.</p>
-
-<p>—¡Has visto, has visto...!—exclamó Lica clavando en mí sus ojos
-llenos de ira, y corriendo á echarse en una mecedora.</p>
-
-<p>—¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...</p>
-
-<p>—¿Qué todavía?... Esto es horrible... ¡Qué fresco! La lleva en su
-coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo,
-qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te
-chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...</p>
-
-<p>Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como
-otras lo expresan con violentas sacudidas.</p>
-
-<p>—Yo me muero, yo no puedo vivir así—exclamó rompiendo en
-llanto.—¿Máximo, qué te parece? en mi propia cara, delante de mí, estas
-finezas... Eso es no tener vergüenza, y la <i>sinvergüencería</i> no la
-perdono.</p>
-
-<p>—Pero mujer, si no tienes otro motivo que este... cálmate. Veremos
-lo que pasa después...</p>
-
-<p>—Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos—me dijo meciéndose
-tan fuerte que creí se volcaba la mecedora.—Nada sé positivo, y sin
-embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena.
-¡Guasa! es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido
-en ella... ¡Ay! yo soy tonta; pero sé cono<span class="pagenum"
-id="Page_215">[p. 215]</span>cer cuándo una mujer trae enredos
-consigo, por mucho que lo disimule. Irene nos engaña á todos. ¡Es una
-hipócrita!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_31">
- <h2 class="nobreak">XXXI</h2>
- <p class="subh2">¡Es una hipócrita!</p>
-</div>
-
-<p>Esto caía sobre mi mente como recio martillazo sobre el yunque, y
-hacía vibrar mi sér todo.</p>
-
-<p>—Pero Lica, cálmate, razona...</p>
-
-<p>—Yo no calculo, tonto; yo siento, yo adivino, yo soy mujer.</p>
-
-<p>—¿Qué has visto?</p>
-
-<p>—Pues últimamente Irene daba muy mal las lecciones. Iba para atrás
-como los cangrejos. Lo enseñaba todo al revés... Una tarde... Ahora doy
-más importancia á estas cosas... la pillé leyendo una carta. Cuando
-entré la guardó precipitadamente. Tenía los ojos encendidos... Luego
-este afán de ir á casa de su tía... ¡Qué fresco! Voy comprendiendo que
-también la tía es buena lámpara...</p>
-
-<p>—¡Leía una carta! Pero esa carta, ¿por qué había de ser de tu
-marido?</p>
-
-<p>—Yo no sé... la ví de lejos, un momento... Fué como un relámpago...
-No ví las letras; pero mira tú, me parecía ver aquellas <i>pes</i> y
-aquellas <i>haches</i> tan particulares que hace José María... Esa chica,
-esa... No, no, aquí hay algo, aquí hay algo. Esta noche hablaré clarito
-á mi marido. Me voy para Cuba. Si él quiere mantener queridas, y
-arruinarse, y tirar el pan de mis hijos, yo soy<span class="pagenum"
-id="Page_216">[p. 216]</span> madre, yo me voy á mi tierra, yo me ahogo
-en esta tierra, yo no quiero que la gente se ría de mí, y que con mi
-dinero echen fantasía las bribonas... ¡Mamá, mamá!</p>
-
-<p>Y á punto que aparecía doña Jesusa, pesada y jadeante, Lica, la
-buena y pacífica Manuela cayó en un paroxismo de ira y celos tan
-violento, que allá nos vimos y nos deseamos para hacerla entrar en
-caja. Después de llorar abundantemente en brazos de su madre, la cual
-daba cada gemido que partía el corazón, perdió el conocimiento, y
-disparados sus nervios empezó una zambra tal de convulsiones y estirar
-de brazos y encoger de piernas, que no podíamos sujetarla. Tan sólo el
-ama con su poderosa fuerza pudo domeñar los insubordinados músculos de
-la infeliz esposa, y al fin se tranquilizó ésta, y le administramos,
-por fin de fiesta, una taza de tila.</p>
-
-<p>—Nos iremos, niña de mi alma—le decía doña Jesusa,—nos iremos para
-nuestra tierra, donde no hay estos <i>zambeques</i>.</p>
-
-<p>Toda la tarde y parte de la noche tuve que estar allí,
-acompañándola. Cuando me retiré, José María no había venido aún. Pero á
-la mañana siguiente, cuando fuí, después de la clase, á ver si ocurría
-un nuevo desastre, encontré á Manuela muy sosegada. Su marido había
-entrado tarde, y al verla tan afligida, le había dado explicaciones
-que debieran de ser muy satisfactorias, porque la infeliz estaba
-bastante desagraviada y casi alegre. Era la criatura más impresionable
-del mundo, y cedía con tal ímpetu á las sensaciones del último
-instante, que por nada se enardecía, y por menos que nada se des<span
-class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>enojaba. El furor y el
-regocijo se sucedían en ella llevados por una palabra, como lucecillas
-que con un soplo se apagan. Su credulidad era más fuerte siempre que
-su suspicacia, y así no comprendo cómo el bruto de José María no
-acertaba á tenerla siempre contenta. Aquel día lo consiguió, porque en
-los momentos críticos de la vida sabía el futuro marqués emplear algún
-tacto, ó más bien marrullería. Él también estaba festivo, y cuando
-hablamos del asunto peligroso, me dijo:</p>
-
-<p>—Parece que todos sois tontos en esta casa. Porque se me haya
-antojado decir dos bromas á Irene y la llevara ayer tarde en mi coche,
-se ha de entender... Sois verdaderamente una calamidad; y tú, sabio,
-hombre profundo, analizador del corazón humano, ¿crees que si hubiera
-malicia en esto, había de manifestarla yo tan á las claras?</p>
-
-<p>—No, si yo no creo nada. Lo que de cierto haya, al fin se ha de
-saber, porque ninguna cosa mala se libra hoy del correctivo de la
-publicidad, correctivo ligero ciertamente, y para algunos ilusorio;
-pero que tiene su valor, á falta de otros... Ya que de esto hablamos,
-¿no podrías darme alguna luz en un asunto que me ha llenado de
-confusión? ¿No podrías decirme de dónde le ha venido á doña Cándida esa
-fortunilla que le permite poner casa y darse lustre?...</p>
-
-<p>—Hombre, qué sé yo. Aquí me trajo unas letras á descontar... Le
-dí el dinero. No es gran cosa; una miseria. Sólo que ella pondera
-mucho, ya sabes, y cuenta las pesetas por duros, para gastarlas
-después como céntimos. Si he de decirte de dónde provenían las letras,
-verdadera<span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span>mente no
-lo sé. Tierras vendidas, ó no sé si unos censos... en fin, no lo sé, ni
-me importa. Supongo que la casa que ha puesto será algún cuartito alto
-con cuatro pingos... ¡Pobre señora!... Vamos, ¿y qué dices de la sesión
-de ayer? ¡Si vieras! salió el ministro con las manos en la cabeza, y
-el centro izquierdo quedó fundido con el ángulo derecho... ¿Te has
-enterado de las declaraciones de Cimarra? Nosotros...</p>
-
-<p>—No me he enterado de nada.</p>
-
-<p>—Y en el correo de pasado mañana debe venir mi acta. Si tú no fueras
-una calamidad, podrías aceptar los ofrecimientos que me ha hecho el
-ministro.</p>
-
-<p>—Hombre, déjame en paz... Volviendo á doña Cándida...</p>
-
-<p>—Déjame tú en paz con doña Cándida.</p>
-
-<p>Conocí que no era de su agrado aquel tema, y <i>tomé nota</i>.</p>
-
-<p>—¡Ah!... aquí tienes los periódicos que se ocupan de la velada...
-Mira, éste te llama <i>concienzudo</i>, que es el adjetivo que se aplica á
-los actores medianos. Aquél te pone en las nubes. Váyase lo uno por
-lo otro. Con respecto á Peña, están divididos los pareceres: todos
-convienen en que tiene una gran palabra, pero hay quien dice que si
-se exprime lo que dijo, no sale una gota de sustancia. ¿Quieres que
-te diga mi opinión? Pues el tal Peña me parece un papagayo. ¡Lo que
-vale aquí la oratoria brillante y esa facultad española de decir
-cosas bonitas que no significan nada práctico! Ya hablan de presentar
-diputado á Peñita y dispensarle la edad... Como si no tuviéramos aquí
-hombres graves, hombres encanecidos... Te lo digo con franque<span
-class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span>za... me revienta ese
-niño y su manera de hablar... Lo que es en el púlpito no tendría igual
-para hacer llorar á las viejas... pero en un Congreso... ¡Hombre, por
-amor de Dios! Es verdaderamente lamentable que se hagan reputaciones
-así. Después de todo, ¿qué dijo? Las Cruzadas, Cristóbal Colón, las
-Hermanas de la Caridad con sus tocas blancas... ¡Por amor de Dios,
-hombre! yo creo que concluiremos por hablar en verso, del verso se
-pasará á la música, y, por fin, las sesiones de nuestras Cámaras serán
-verdaderas óperas... Vete al Congreso de los Estados Unidos, oye y
-observa cómo se tratan allí las cuestiones. Hay orador que parece un
-borracho haciendo cuentas. Y sin embargo, ve á ver los resultados
-prácticos... Es verdaderamente asombroso. Nada, nada, estos oradores de
-aquí, estas eminencias de veinte años, estos trovadores parlamentarios
-me atacan los nervios. Y lo que es el tal Peñita me revienta. Yo le
-pondría á picar piedra en una carretera, para que aprendiera á ser
-hombre práctico. Y desde luego á todo aquel que me hablase de ideales
-humanos, de evoluciones, de palingenesia, le mandaría á descargar
-sacos al muelle de la Habana, ó á arrancar mineral en Río Tinto para
-que adquiriera un par de ideas sobre el trabajo humano. ¡Por amor
-de Dios, hombre, no digas que no! Háganme autócrata, dénme mañana
-un poder arbitrario y facultades para hacer y deshacer á mi gusto.
-Pues mi primera disposición sería crear un presidio de oradorcitos,
-filósofos, poetas, novelistas y demás calamidades, con la cual dejaría
-verdaderamente limpia y boyante la sociedad.</p>
-
-<p>—¡José!—exclamé con efusión humorística y<span class="pagenum"
-id="Page_220">[p. 220]</span> hasta con entusiasmo,—eres el mayor bruto
-que conozco.</p>
-
-<p>—Y tú la octava plaga de Egipto.</p>
-
-<p>—Y tú la burra de Balaam.</p>
-
-<p>Parecíame que se amoscaba... Pues yo también.</p>
-
-<p>—Pues todos en presidio, veríais qué bien quedaba esto.</p>
-
-<p>—Sí, la nación sería un pesebre.</p>
-
-<p>—Eso... lo veríamos. Yo hablaría...</p>
-
-<p>—Y dirías <i>mu</i>...</p>
-
-<p>—Hombre, la vanidad, la suficiencia, el <i>tupé</i> de estos señores
-sabios es verdaderamente insoportable. Ellos no hacen nada, ellos no
-sirven para nada; son un rebaño de idiotas...</p>
-
-<p>Y se amoscaba más.</p>
-
-<p>—Pero la vanidad del ignorante,—dije yo,—además de insoportable es
-desastrosa, porque funda y perfecciona la escuela de la vulgaridad.</p>
-
-<p>—Pues mira como estamos, gobernados por tanto sabio.</p>
-
-<p>—Mira como estamos, gobernados por tanto necio.</p>
-
-<p>—No señor.</p>
-
-<p>Se puso pálido.</p>
-
-<p>—Pues sí señor.</p>
-
-<p>Me puse rojo.</p>
-
-<p>—Eres lo más...</p>
-
-<p>—Y tú...</p>
-
-<p>Trémulo de ira salió, cerrando la puerta con tan furioso golpe, que
-retembló toda la casa. Y cuando nos vimos luego, evitaba el dirigirme
-la palabra, y estaba muy serio conmigo. Por mi parte, no conservaba
-de aquella disputa pueril más que la desazón que su recuerdo me
-produ<span class="pagenum" id="Page_221">[p. 221]</span>cía, unida
-á un poquillo de remordimiento. Deploraba que por cuatro tonterías
-se hubiera alterado la buena armonía y comunicación fraternal que
-entre los dos debía existir siempre, y si hubiera sorprendido en él
-la más ligera inclinación á olvidar la reyerta, me habría apresurado
-á celebrar cordiales y duraderas paces. Pero José estaba torvo,
-cejijunto, y al pasar junto á mí, no se dignaba mirarme.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_32">
- <h2 class="nobreak">XXXII</h2>
- <p class="subh2">Entre mí hermano y yo fluctuaba una nube.</p>
-</div>
-
-<p>¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo á todo trance.
-Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto
-á caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial
-había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la
-discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar
-del destronado Himeneo. Durante todo el día que siguió á aquel de
-la trivial disputa, acompañé á mi hermana política, escuchando con
-paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría
-más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería á embaucarla
-con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida
-de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros
-tiempos.</p>
-
-<p>Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la
-noche, que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la
-reunión,<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> y no
-recibía á nadie. José María no se presentaba en la casa sino breves
-momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al
-Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de
-melazas, y el buen representante del país consagrado en cuerpo y alma
-á los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía
-tiempo para nada. En esto trascurrieron cuatro días, que fueron para
-mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido
-aviso ó venia para ir á su casa; y yo con mi delicada escrupulosidad,
-no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía
-mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando á la olvidada y
-digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio,
-aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme á ser
-su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como
-infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de
-Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella,
-y además se me figuraba que yo le hacía muy poca gracia para marido y
-menos para novio.</p>
-
-<p>Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros
-coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia,
-sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse
-en ayunas. Yo maldecía á las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por
-poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían
-montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las
-de su infame oficio. Lica y yo temíamos una<span class="pagenum"
-id="Page_223">[p. 223]</span> desgracia, y en efecto, el golpe vino
-hallándonos desprevenidos para recibirle.</p>
-
-<p>Me disponía á salir una mañana para ir á clase, cuando se me
-presenta Ruperto sofocadísimo.</p>
-
-<p>—Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado
-hace un rato. El niño no tiene de qué mamar...</p>
-
-<p>—¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María,
-qué hace?</p>
-
-<p>—Mi amo no fué esta noche á casa. El lacayo ha salido á
-buscarle... Mi ama que vaya usted pronto... para que le busque otra
-<i>criandera</i>...</p>
-
-<p>—Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡pero vamos allá!... ¿Y la señorita
-Manuela qué hace?</p>
-
-<p>—Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene
-no hace más que rabiar.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...</p>
-
-<p>Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dió una carta.
-¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí,
-tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán.</p>
-
-<p>«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo
-perdonará nunca su amiga...—<i>Irene.</i>»</p>
-
-<p>La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano
-impulsada del miedo y del peligro...</p>
-
-<p>¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en
-un solo momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque
-indudablemente había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro...
-¿de qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">[p. 224]</span></p>
-
-<p>—¿Qué tiene usted, Mansito?—me dijo doña Javiera que volvía de
-misa.</p>
-
-<p>—Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar
-al socorro...</p>
-
-<p>—¿Hay fuego?...</p>
-
-<p>—No, señora; no hay más sino que el ama...</p>
-
-<p>—¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres.
-Yo, mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar á
-mi Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me
-reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.</p>
-
-<p>—Usted no sabría de alguna...</p>
-
-<p>—Veremos, veremos; voy á echarme á la calle... Y á propósito, amigo
-Manso, ¿ha visto usted á Manuel anoche?</p>
-
-<p>—¿Qué he de ver, señora?</p>
-
-<p>—Esta es la hora que no ha venido á casa. Creo que tuvieron cena
-en Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D.
-Máximo, ¡que sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para
-cuando sea padre.</p>
-
-<p>—Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas
-bestias feroces que llaman amas de cría...</p>
-
-<p>—Sí, voy á ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía...
-Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració.
-Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos...
-hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la
-población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota,
-fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una
-traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive
-con<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span> su marido. En
-fin, más gallina que las gallinas. Sabe muchos cantares para dormir
-á los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito la
-mantilla y echo á correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de
-ir á la Concepción Jerónima, á casa de Matías, donde van á parar todas
-las burras de leche que vienen á buscar cría. Es aquello, según dicen,
-una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede
-usted lelo, coja usted <i>La Correspondencia</i> y lea los anuncios. <i>Ama
-para casa de los padres.</i> ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil
-donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fie
-de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna...
-Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser
-las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena
-dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.</p>
-
-<p>Dióme esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿á
-dónde acudiría primero? No había que vacilar y corrí á casa de Manuela,
-pensando en Irene, en su carta garabateada á prisa, y no cesaba de ver
-la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba á la maestra
-amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se
-quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar <i>El interior
-contenido del Bien</i>.</p>
-
-<p>Encontré á Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas,
-rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética
-de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica
-se empeñaba en<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span> que
-chupara de la redoma; apartaba él con furiosos ademanes aquella cosa
-fría y desapacible, y en tanto, las tres aturdidas mujeres invocaban
-á todos los santos de la Corte celestial. Se habían mandado recados á
-varias casas amigas para que diesen noticia de alguna nodriza, pero
-¡ay! la familia confiaba principalmente en mí, en mi rara bondad y en
-mi corazón humanitario.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_33">
- <h2 class="nobreak">XXXIII</h2>
- <p class="subh2">¡Dichoso corazón humanitario!</p>
-</div>
-
-<p>Eras un adminículo de universal aplicación, maquinilla puesta al
-servicio de los demás; eras, más propiamente, un fiel sacerdote de
-lo que llamamos el <i>otroismo</i>, religión harto desusada. Si dabas
-flores, te faltaba tiempo para ponerlas en el vaso de la generosidad,
-abierto á todo el mundo; si echabas espinas te las metías en el
-bolsillo del egoismo, y te pinchabas solo... Esto pensaba, camino del
-Gobierno de provincia, lugar seguro para encontrar lo que hacía falta
-á mi ahijadito. Antes había tratado de ver á Augusto Miquis, joven
-y acreditado médico, amigo mío. No le encontré, pero sus amigos me
-dijeron que quizás le hallaría en el Gobierno civil. Afortunadamente
-estaba encargado del reconocimiento de amas. Esta feliz coincidencia
-me animó mucho; dí por salvado á Maximín, y sin tardanza me personé
-en aquella paternal oficina, ejemplo que, con otros muchos, viene á
-confirmar la vigilancia omnímoda de nuestra admi<span class="pagenum"
-id="Page_227">[p. 227]</span>nistración y lo desgraciados que
-seríamos si ella no cuidase de todo lo que nos concierne,
-llevándonos en sus amorosos brazos desde la cuna al sepulcro. Con
-decir que por darnos todo nos da hasta la teta, está dicho. Yo
-había visto la administración-médico, la administración-maestro, y
-otras muchas variantes de tan sabio instituto; pero no conocía la
-administración-nodriza. Así, quedéme pasmado al entrar en aquella gran
-pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífico, alineado
-en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de
-los cuales era Augusto, hacían el reconocimiento. El antipático
-ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fué para
-considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente.
-Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían
-al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia
-y pobreza, fueron á tan indignos tratos. Las había acompañadas de
-padres codiciosos, otras de maridos ó socios. Rarísimas eran las caras
-bonitas, y dominaba en las filas la fealdad, sombreada de expresión
-de astucia. Era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las
-aldeas. Ví pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas
-con pendientes de filigrana; mucho pañuelo rojo de indiana tapando
-mal la redondez de la mercancía; refajos de paño negro redondos,
-huecos, inflados como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras,
-abarcas, zapatos cortos, botinas y piés descalzos. Faltaban en la
-pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y
-Cebreros, y como inscripción ornamental, el endecasílabo de aquel<span
-class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span> poeta culterano que,
-no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza, y la llamó
-<i>lugarteniente del pezón humano</i>.</p>
-
-<p>Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un
-niño, y se oían contrataciones y regateos. Había <i>lugarteniente</i> que
-elogiaba su género como un vinatero el contenido de sus pellejos. Había
-exploraciones de que en otro lugar se espantaría el recato, curioseo de
-durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo, y como en el mercado
-de caballos, se decía <i>veamos los dientes</i>, y se observaba el aire, la
-andadura, el alzar y mover de patas. ¡Permitiera Dios que no os hubiera
-visto en tal cantidad, fláccidas ubres, aquí saliendo con vergüenza de
-entre bien puestos cendales, allí surgiendo de golpe como pelota de
-goma por la abertura de un pañuelo rojo, y que no os mirara estrujados
-por los dedos experimentadores del profesor ó de la partera! En un lado
-el facultativo examinaba areolas; en otro Miquis, después de rebuscar
-vestigios de pasadas herejías, cogía el lactoscopio y poniendo en él
-la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto á la ventana, al
-trasluz, la delgadísima lámina líquida, entre cristales extendida.</p>
-
-<p>—En ésta todo es agua...—decía;—ésta tal cual... mayor cantidad
-de glóbulos lácteos... Hola, amigo Manso, ¿qué busca usted por estos
-barrios?</p>
-
-<p>—Vengo por una... y pronto, amigo Miquis. Déme usted lo mejor que
-haya, y á cualquier precio.</p>
-
-<p>—¿Se ha casado usted ó se ha hecho padre de hijos ajenos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span></p>
-
-<p>—Más bien lo segundo... Tengo mucha prisa, Augusto; me están
-esperando...</p>
-
-<p>—Esto no es cosa de juego; espere usted, amiguito.</p>
-
-<p>Me miró, sin apartar de su ojo derecho el maldito instrumento, con
-tan picaresca malicia, que me hizo reir, aunque no tenía ganas de
-bromas.</p>
-
-<p>Y cuando preparaba el adminículo para echar en él nuevo licor, me
-amenazó con rociarme, diciendo:</p>
-
-<p>—Si no se me quita usted de delante...</p>
-
-<p>¡Maldito Miquis! Siempre había de estar de fiesta, sin tener en
-cuenta la gravedad de las circunstancias.</p>
-
-<p>—Querido, que tengo prisa...</p>
-
-<p>—Más tengo yo. ¿Le parece á usted que es agradable este viaje diario
-por la <i>vía lactea</i>?... Estoy deseando soltar los trastos y que venga
-otro. Luego nos queda el examen químico con el lacto-butirómetro...
-Porque hay falsificaciones, amigo. ¿Ve usted? Las hay que son cartuchos
-de veneno, y aquí velamos por la infancia. Pero á pesar de nuestros
-esfuerzos, la generación futura va á ser bonita, sí señor; se van á
-divertir los del siglo veinte, que será el siglo de las lagartijas.</p>
-
-<p>—Pero Miquis, que es tarde, y...</p>
-
-<p>—Á ver, Sanchez, Sanchez.</p>
-
-<p>Sanchez, que era el otro médico, se acercó.</p>
-
-<p>—Á ver, aquella, la que vimos antes. Es la única res que vale algo.
-La segoviana... ahí está, la que tiene una oreja menos, porque se la
-comió un cerdo cuando era niña.</p>
-
-<p>—¿Es buena?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span></p>
-
-<p>—Bastante buena, primeriza, inocentísima. Me ha contado que era
-pastora. No recuerda de donde le vino la desgracia, ni sabe quien fué
-el Melibeo... Esta gente es así. Suele resultar que las ignorantonas
-saben más que Merlín. Allí está. Vea usted qué facciones, jamás
-lavadas... Creo que para salir del paso... ¿Es para un sobrinito de
-usted?</p>
-
-<p>—Y ahijado por más señas.</p>
-
-<p>—Á veces más vale un padrino que un padre... Diga usted, ¿es cierto
-que José María se ha hecho hombre de distracciones?... Ahora le veo
-todos los días. Es vecino mío.</p>
-
-<p>—¡Vecino de usted!</p>
-
-<p>—Sí; vivo allá por Santa Bárbara. En el tercero de mi casa se nos ha
-metido hace tres días una señora...</p>
-
-<p>—¡Doña Cándida!—murmuré, sintiendo que la malicia de Miquis se
-infiltraba en mi corazón cual mortífera ponzoña.</p>
-
-<p>—Mi mujer me ha contado que la vió subir con una joven. ¿Es hija
-suya?</p>
-
-<p>—Sobrina.</p>
-
-<p>—Bonita. Su hermano de usted va todas las tardes... Eso me han
-dicho. Cuando nos encontramos en la escalera, hace como que no me
-conoce, y no me saluda.</p>
-
-<p>—Mi hermano es muy particular...</p>
-
-<p>Y diciéndolo me puse torvo, y cayeron al suelo mis miradas con
-pesadez melancólica, y se quedó embargado mi espíritu de tal modo que
-dejé de ver el reconocimiento, el antipático rebaño y los médicos...</p>
-
-<p>—Aquí la tiene usted—me dijo aquel señor Sanchez, bondadosísimo,
-presentándome una<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span>
-humana fiera, vestida de paño pardo, rodeada de refajo verdinegro que
-la asemejaba con una peonza dando vueltas.—Es buena. No haga usted
-caso de esto de la oreja. Es que se la comió un cerdo cuando niña. Por
-lo demás, buena sangre... buena dentadura. Á ver, chica, enseña las
-herramientas. No hay señales de mal infeccioso.</p>
-
-<p>Y mirándola apenas, me dispuse á llevármela conmigo. Ella graznó
-algo, mas no lo entendí. Como aldeano que tira del ronzal para llevarse
-el animalito que ha comprado en la feria, así tiré de la manta de lana
-que la pastora llevaba sobre sus hombros, y dije: «vamos.»</p>
-
-<p>—Abur, Manso.</p>
-
-<p>—Miquis, abur, y muchas gracias.</p>
-
-<p>Al salir, observé que el ronzal arrastraba, con la bestia, otras
-de su misma especie, á saber: un padre, involucrado también en paño
-pardo, como el oso en su lana, con sombrero redondo y abarcas de
-cuero; una madre, engastada en el eje de una esfera de refajos verdes,
-amarillos, negros, con rollos de pelo en las sienes; dos hermanitos de
-color de bellota seca, vestidos de estameña recamada de fango, sucios,
-salvajes, el uno con gorra de piel y el otro con una como banasta en la
-cabeza.</p>
-
-<p>Y en la calle, el venerable cafre que hacía de padre, me paró y
-ladró así:</p>
-
-<p>—Diga, caballero, ¿cuánto va á dar á la mocica?</p>
-
-<p>—Porque somos gente honrada—regurgitó la mamá silvestre.—Mi
-Regustiana no va á cualquier parte.</p>
-
-<p>—Señor—bramó uno de los muchachos.—¿Quiéreme por criado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span></p>
-
-<p>—Oiga, señor—añadió el autor de los días de Regustiana.—¿Es casa
-grande?</p>
-
-<p>—Tan grande que tiene nueve balcones y más de cuarenta puertas.</p>
-
-<p>Cinco bocas se abrieron de par en par.</p>
-
-<p>—¿Y á dónde es? ¿Y cuánto le va á dar á la mocica?</p>
-
-<p>—Se le pagará bien. Verán ustedes qué señora tan buena.</p>
-
-<p>—¿Es buena la señora? Llévenos pronto.</p>
-
-<p>—Ahora mismo. Y les voy á llevar en coche.</p>
-
-<p>Abrí la portezuela. Consideré las fumigaciones á que debía someterse
-después el vehículo, si llevaba todo aquel rústico cargamento...</p>
-
-<p>—No, conmigo no van más que la chica y la madre. Los hombres que
-vayan á pié.</p>
-
-<p>—No, señorito, llévenos á todos—exclamaron á coro, con el tono
-plañidero de los mendigos que asaltan las diligencias.</p>
-
-<p>—No, lo que es sin mí no va mi hija—manifestó el papá, con
-aspavientos de dignidad.</p>
-
-<p>—¡Llévenos á todos!... Yo me monto atrás—dijo uno de los
-chicos.—Diga, señor ¿me tomará de criado?</p>
-
-<p>—Y yo alante—gritó el otro.</p>
-
-<p>—Diga, señor, ¿y cuánto me dará?</p>
-
-<p>Me aturdían estrujándome, porque hablaban más con las patas
-delanteras que con la boca, me sofocaban con sus preguntas, con sus
-gestos, y al fin, deseando concluir pronto, cargué con todos y los
-llevé á casa de mi hermano.</p>
-
-<p>Cuando entré, me reía de mí mismo y de la figura que hacía
-pastoreando aquel rebaño. Tuve intención de decir: «ahí queda
-eso», y marcharme á donde me solicitaban mi curiosidad y mi<span
-class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> afán; pero esto hubiera
-sido muy inconveniente, y me detuve hasta ver qué tal recibía Máximo á
-su nueva mamá, y cómo se desenvolvía Manuela con los indómitos padres
-y hermanitos de la tal Robustiana. Atenta mi cuñada á la necesidad de
-su hijo, y á ver si tomaba bien el pecho, no se cuidaba de la cola
-que el ama traía. Sentado en el recibimiento, el padre aguardaba con
-tiesa compostura el resultado de la prueba; los chicos huían por los
-pasillos, aterrados de la vista de Ruperto; y la madre, sin separarse
-de su moza, examinaba todo lo que veía con miradas de espanto y júbilo,
-y estaba como suspensa y encantada. Tan maravillosa era la casa á sus
-ojos, que sin duda se figuraba estar en los palacios del Rey.</p>
-
-<p>Y Maximín, ¡oh Virgen de la Buena Leche! chupaba, y veíamos con gozo
-sus buenas disposiciones gastronómicas y aquella codicia egoista con
-que se agarraba al negro seno, temeroso de que se lo quitaran. Lica
-lloraba de contento.</p>
-
-<p>—Eres un angel del Cielo, Máximo. Si no es por tí... ¡Qué mujer me
-has traido! Ya la quiero más... Tiene angel. En seguida la vamos á
-poner como una reina. ¿Y su madre?... ¡qué buena es! ¿Y su padre? Un
-santo. ¿Y los hermanitos? ¡unos pobrecillos! Ya he dicho que les den de
-almorzar á todos... ¡los pobres!... ¡Me da una lástima!... Es preciso
-protegerlos bien, sí. Me dijo la madre que no tienen nada que comer,
-que no ha llovido nada, que no cogen nada y tienen que pedir limosna...
-¡Gente mejor...!</p>
-
-<p>Todo esto me parecía muy bien. Yo no hacía falta allí... Andando.
-Pasillos, escalera, calle, ¡qué largos me parecíais!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_34">
- <p><span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXXIV</h2>
- <p class="subh2">¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!</p>
-</div>
-
-<p>Y subí tu escalera nuevecita, estucada, oliendo todavía á pintura,
-fresco el barniz de las puertas y del pasamanos. En el principal ví
-una placa de cobre que decía: <i>Doctor Miquis. Consulta de 3 á 6</i>; más
-arriba encontré un carbonero que bajaba, luego el panadero con su gran
-banasta, una oficiala de modista de sombreros con la caja de muestras,
-y á todos les preguntaba con el pensamiento: «¿venís de allá?»</p>
-
-<p>Y al fin tiré del botón de aquel timbre, que me asustó al sonar
-vibrante, y abrióme la puerta una criada desconocida que no me fué
-simpática y me pareció, no sé por qué, avechucho de mal agüero. Y héme
-aquí en una salita clara, tan nueva que parecía que yo la estrenaba en
-aquel momento. De muebles estaba tal cual, pues no había más que tres
-sillas y un sofá; pero en las paredes ví lujosas cortinas, y entre los
-dos balcones una bonita consola con candelabros y reloj de bronce. Se
-conocía que la instalación no estaba concluida, ni mucho menos. Así me
-lo manifestó doña Cándida, que majestuosa se dejó ver, acompañada de
-una sonrisa proteccionista, por la gran puerta del gabinete.</p>
-
-<p>—Pero, chico... me da vergüenza de recibirte así... Si esto parece
-una escuela de danzantes. Estos tapiceros, ¡qué calmosos! Desde el 17
-están con los muebles, y ya ves; que hoy, que mañana. Espera, hombre,
-espera: no te sientes en<span class="pagenum" id="Page_235">[p.
-235]</span> esa silla, que está rota... Cuidado, cuidadito; tampoco en
-esa otra, que está un poco derrengada.</p>
-
-<p>Dirigíme á la tercera.</p>
-
-<p>—Aguarda, aguarda. Esa también... Melchora te traerá una butaca del
-gabinete... ¡Melchora!...</p>
-
-<p>Dios y Melchora quisieron que yo al fin me sentara.</p>
-
-<p>—¿Irene...?—le pregunté.</p>
-
-<p>—Quizás no la puedas ver... Está algo delicada...</p>
-
-<p>Toda mi atención, toda mi perspicacia, mi arte todo de leer en
-las fisonomías no me parecían de bastante fuerza para descifrar el
-jeroglífico moral que con fruncimiento de músculos, cruzamiento de
-arrugas, pestañeo, pucherito de labios y una postiza sonrisilla
-se trazaba en el rostro egipcio de doña Cándida. Ó yo era un sér
-completamente idiota, ó detrás de los oscuros renglones de aquel
-semblante antiguo había algún sublime sentido. ¡Desgraciado de mí que
-no podía entenderlo! Y ponía al rojo mis facultades todas, para que,
-llegando al último grado de su poder y sutileza, me dieran la clave que
-deseaba.</p>
-
-<p>—Con que delicada...—murmuré, pasándome la mano por los ojos.</p>
-
-<p>Mi cínife iba á decir algo, cuando Irene se presentó. ¡Qué admirable
-aparición!</p>
-
-<p>—¿Qué tal te encuentras, hijita?—le preguntó su tía, en quien
-sorprendí disgusto.</p>
-
-<p>—Bien—replicó secamente Irene.—Y usted, Máximo, qué caro se
-vende.</p>
-
-<p>¡Maldito Calígula! Sin género de duda, que<span class="pagenum"
-id="Page_236">[p. 236]</span>ría desviarme de mi objeto, distraerme,
-interponerse entre Irene y yo con pretextos rebuscados.</p>
-
-<p>—¡Ah!—exclamó con aspavientos que me causaron frío,—¿no has visto lo
-que dicen de tí los periódicos?... Te ponen en las nubes. Mira, Irene,
-trae <i>La Correspondencia</i> de la mañana. Allí está sobre mi cómoda.</p>
-
-<p>Irene salió. Observé (yo lo observaba todo) que tardaba más tiempo
-del que se necesita para traer un papel que está sobre una cómoda. Vino
-al fin, trajo el periódico y me lo puso delante. Sobre el periódico
-había un papelito pequeño, y en él, escritas con lapiz y al parecer
-rápidamente, estas palabras: <i>Ha venido usted tarde. Nunca hace las
-cosas á tiempo. No puedo hablar delante de mi tía. Me pasan cosas
-tremendas. Despídase usted diciendo que no vuelve en una semana y
-vuelva después de las tres.</i></p>
-
-<p>Haciendo que leía <i>La Correspondencia</i> guardé con disimulo el
-papelejo. Irene me parecía desmejoradísima. Palidez suma y tristeza
-confirmaban, diluidas en la tinta suave de su semblante, la veracidad
-de aquellas cosas tremendas. Y yo, puesto en guardia con lo que el
-papel decía, hablé de lo que no me importaba, de lo alegre de la casa,
-de sus buenas vistas y...</p>
-
-<p>—¿Pero no sabes, Máximo—me dijo Calígula de improviso,—que anoche
-hemos tenido ladrones en casa? ¡Qué susto, Dios mío!</p>
-
-<p>—¡Señora!</p>
-
-<p>—Ladrones, sí, lo que oyes... una cosa atroz. Esa Melchora que
-duerme como un palo, dice que no oyó ni vió nada... Te contaré...
-Yo duermo ahora muy mal... estos tunantes de nervios...<span
-class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> Serían las dos de la
-madrugada, cuando sentí ruido en una puerta. Levantéme, llamé á
-Irene... Esta asegura que dormía profundamente... Yo tenía un miedo...
-ya puedes figurarte. En fin, que alboroté toda la casa. Melchora dice
-que yo veo fantasmas... Podrá ser que mis nervios... pero juraría que á
-la claridad de la luna... porque no encontré los malditos fósforos... á
-la claridad de la luna ví un hombre que escapaba...</p>
-
-<p>—¿Por la ventana?</p>
-
-<p>—No, por la puerta de la escalera.</p>
-
-<p>Miré á Irene para ver qué decía sobre las fantásticas apariciones,
-pero en aquel momento se levantaba y salía diciendo:</p>
-
-<p>—Han llamado, tía; creo que será la modista.</p>
-
-<p>—¿Pero no está Melchora?... Pues sí, Máximo, hemos pasado un
-susto... La pobre Irene, al oir mis gritos, salió despavorida. Busca
-los fósforos por aquí y por allí... nada. Melchora se reía de nosotras
-y decía que estábamos locas...</p>
-
-<p>—¿Pero usted vió...?</p>
-
-<p>—Hombre, que ví... La suerte es que no nos han robado nada. He
-registrado, y ni una hilacha me falta... cosa atroz.</p>
-
-<p>—Resultado, que esos ladrones no robarían más que los fósforos...</p>
-
-<p>Esto lo dije, dejando que mi espíritu, espoleado por su pesimismo,
-se precipitara á las más extravagantes cavilaciones. Despeñada mi
-mente, no conocía ningún camino derecho. ¿Sería verdad lo que doña
-Cándida contaba?... Y si no lo era, ¿qué interés, qué malicia, qué
-fin...?</p>
-
-<p>Pero mi primer cuidado debía ser cumplir el programa consignado
-con lapiz trémulo por la mano de la institutriz. Retiréme diciendo
-que<span class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span> no volvería
-hasta dentro de una semana, y pasé las horas que para la misteriosa
-cita faltaban, discurriendo por la Castellana, el barrio de Salamanca
-y Recoletos. Á las tres y media tiraba otra vez del timbre, y la misma
-Irene abría la puerta. Estábamos solos.</p>
-
-<p>—Gracias á Dios—le dije sentándome en el mismo sillón que algunas
-horas antes había sacado Melchora para mí y que aún estaba en el mismo
-sitio...—Al fin me puede usted decir qué cosas tremendas son esas...</p>
-
-<p>—¡Y tan tremendas!...</p>
-
-<p>¡Qué temblor el de sus labios, qué falta de aire en sus pulmones,
-qué palidez mortal y qué timbre de pánico y duelo el de su voz al
-decirme!:</p>
-
-<p>—¡Si usted no me salva, si usted no me prueba que se interesa por
-esta huérfana desgraciada!...</p>
-
-<p>No sé, no sé lo que pasó en mi interior. La efusión de mi oculto
-cariño, que se expansionaba y se venía fuera, cual oprimido gas que
-encuentra de súbito mil puntos de salida, hallaba obstáculos en el
-temor de aquella soledad traicionera, en el comedimiento que me parecía
-exigido por las circunstancias; y así, cuando las más vulgares reglas
-del romanticismo pedían que me pusiera de rodillas y soltara uno de
-esos apasionados ternos que tanto efecto hacen en el teatro, mi timidez
-tan sólo supo decir del modo más soso posible:</p>
-
-<p>—Veremos eso, veremos eso...</p>
-
-<p>Y lo dije cerrando los ojos y moviendo la cabeza, mohín de cátedra,
-que la costumbre ha hecho más fuerte que mi voluntad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span></p>
-
-<p>—¿Pero usted no lo adivina?... ¿usted no comprende que mi tía me
-tiene aquí prisionera para venderme á D. José? Esto es la cosa más
-tremenda que se ha visto. ¿Quién ha puesto esta casa? D. José. ¿Quién
-ha amueblado aquel gabinetito? D. José. ¿Quién viene aquí las tardes
-y las noches á ofrecerme veinte mil regalos, cositas, porvenires, qué
-sé yo, villas y castillos? D. José. ¿Quién me persigue con su amor
-empalagoso, quién me acosa sin dejarme respirar? D. José. He tenido la
-desgracia de que ese señor se enamore de mí como un loco, y aquí me
-tiene usted puesta entre lo que más odio, que es su hermanito de usted,
-y la necesidad de matarme, porque estoy decidida á quitarme la vida,
-amigo Manso, y como hoy mismo no encuentre usted medio de librarme de
-esto, lo juro, sí, lo juro, me tiro á la calle por ese balcón.</p>
-
-<p>Petrificado la oí; balbuciente le dije:</p>
-
-<p>—Lo sospechaba. Si usted no me hubiera prohibido venir acá desde el
-primer día, quizás le habría evitado muchos disgustos.</p>
-
-<p>—Es que yo...</p>
-
-<p>Al argumentarme, había tropezado en una velada y misteriosa idea,
-quizás en la misma que á mí me faltaba para ver aquel asunto con
-completa claridad. Ocurrióseme entonces un argumento decisivo.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Irene—le dije procurando tomar un tono muy
-paternal.—¿Por qué tenía usted tanta prisa en salir de la casa, donde
-no debía temer las asechanzas de mi hermano? ¿No consideraba usted,
-en su buen juicio, que doña Cándida al poner esta casita y traerla
-á usted, la traía á una ratonera? Yo lo sospeché; mas no<span
-class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span> me era posible intervenir
-en asunto tan delicado... ¿Por qué le faltó á usted tiempo para
-abandonar aquella colocación honrada y tranquila?</p>
-
-<p>—Allí también me perseguía.</p>
-
-<p>—Pero allí precisamente tenía usted poderosas defensas contra él,
-mientras que aquí...</p>
-
-<p>—Porque mi tía me engañó.</p>
-
-<p>—Imposible. Doña Cándida no puede engañar á nadie. Es como las
-actrices viejas y en decadencia, que no consiguen producir ilusión
-ninguna en quien las ve representar. Por la atrocidad excesiva
-de sus embustes, esta infeliz señora se vende á sí misma, apenas
-empieza á desempeñar sus innobles papeles. Su loco apetito de dinero
-ha corrompido en ella hasta los sentimientos que más resisten á
-la corrupción. Yo creí que usted no caería en semejante lazo, tan
-torpemente preparado. Usted misma se ha lanzado al abismo... Y no se
-justifique ahora con razones rebuscadas; llénese usted de valor y
-dígame el motivo grande, capital, que ha tenido para abandonar aquella
-casa. Ese motivo no lo sé; pero lo sospecho. Venga esa declaración, ó
-me faltará la fé en usted, que me es necesaria para salir á la defensa.
-Nada hay más erróneo, Irene, que la mitad de la verdad. Yo no puedo
-patrocinar la causa de una persona cuya conciencia no se me manifiesta
-sino por indicaciones incompletas y vagas. No quiero evitar un mal y
-proteger neciamente la caída en otro peor. Desde el momento en que
-usted llama á un abogado en su defensa, muéstrele todos los lados de
-su asunto; no le oculte nada: infúndale con su franqueza el valor y
-la convicción que él, á causa de sus dudas, no tiene. Una persona que
-la<span class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> ha tratado á
-usted de cerca me ha dicho: «no te fíes de ella, es una hipócrita.»
-Arránqueme usted las raicillas que estas palabras han echado en mi
-pensamiento, y ya me tiene usted pronto á servirla como jamás hombre
-alguno ha servido á mujer desvalida.</p>
-
-<p>Esto le dije; estuve elocuente, y un si es no es sutil ó
-caballeresco. Á medida que hablaba, comprendí el grandísimo efecto
-que cada palabra hacía en su espíritu turbado, y antes de terminar,
-observéla desasosegada, luego afligida, al fin llena de temor.</p>
-
-<p>Yo creía hallarme en terreno firme.</p>
-
-<p>—Reconoce usted—le dije en tono de amigo,—que antes de pedirme mi
-ayuda para salir de la ratonera, debe declararme alguna cosa, ¿no es
-eso? ¿alguna cosa que nada tiene que ver con mi hermano?... Digamos,
-para mayor claridad, que es como un mundo aparte.</p>
-
-<p>Humildemente dolorida inclinó su cabeza, y como próxima á sucumbir,
-respondió:</p>
-
-<p>—Sí señor.</p>
-
-<p>Esta afirmación respetuosa me lastimó en el alma, como si me
-la hendieran de arriba abajo, con formidable sacudida. Sentí un
-hundimiento colosal dentro de mí, algo como el caer de la vida, la
-total ruina mía interior. Costóme trabajo sumo sobreponerme á la
-aflicción... No la quería mirar, abatida delante de mí, con no sé qué
-decaimiento de suicida y resignación de culpable. Conté y medí las
-palabras para decirle:</p>
-
-<p>—Puesto que eso que necesito saber no es ni puede ser vergonzoso, no
-me tenga usted en ascuas más tiempo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p>
-
-<p>¡Dios mío, nunca dijera yo tal cosa! La ví acometida repentinamente
-de horrible congoja... Su cara fué el dolor mismo, después la
-vergüenza, después el terror... Rompió á llorar como una Magdalena,
-levantóse del asiento, echó á correr, huyó despavorida y desapareció de
-la sala.</p>
-
-<p>No supe qué hacer; quedéme perplejo y frío... Sentí sus gemidos
-en la habitación cercana. Dudé lo que haría, y al fin corrí allá.
-Encontréla arrojada con abandono en un sillón, apoyada la cabeza sobre
-el frío mármol de una consola, llorando á mares.</p>
-
-<p>—No quiero verla á usted así... no hay motivo para eso...—murmuré
-conteniéndome para no llorar como ella.—Usted se juzga quizás con más
-rigor del que debe... Desde luego yo...</p>
-
-<p>Con la mano derecha se cubría el rostro, y con la izquierda hizo un
-movimiento para apartarme.</p>
-
-<p>—Déjeme usted... Manso... yo no merezco...</p>
-
-<p>—¿Qué, criatura?</p>
-
-<p>—Que usted me... proteja. Soy la más desgraciada...</p>
-
-<p>Y más llanto, y más.</p>
-
-<p>—Pero sea usted juiciosa... Veamos la cuestión; examinémosla
-fríamente...</p>
-
-<p>Esta tontería que dije no hizo, como es de suponer, ningún efecto. Y
-ella con la izquierda mano me quería alejar.</p>
-
-<p>—No, no me marcharé... No faltaba más... Ahora menos que nunca.</p>
-
-<p>—Yo no merezco... Me he portado tan mal...</p>
-
-<p>—Pero hija mía...</p>
-
-<p>No pudiendo calmar su horroroso duelo, ni<span class="pagenum"
-id="Page_243">[p. 243]</span> arrancarle una palabra explícita, volví á
-la sala, donde estuve paseándome no sé cuánto tiempo. Al dar la vuelta
-me veía en el espejo con semblante tétrico y los brazos cruzados, y me
-causaba miedo. No sé las curvas que describí ni los pensamientos que
-revolví. Creo que anduve lo necesario para dar la vuelta al mundo, y
-que pensé cuanto puede irradiar en su giro infinito la mente humana.
-Los gemidos no concluían, ni aquella tristísima situación parecía tener
-término. De pronto sonó el picaporte: alguien entraba. Sentí la voz de
-Melchora armonizada ásperamente con la de doña Cándida. Al fin llegaba
-la maldita; ¡buena le esperaba!... Entró...</p>
-
-<p>No sé pintar el asombro de la señora de García Grande al abrir la
-puerta de la sala y verme. Con el rápido chispazo de su vista perspícua
-debió de conocer mi enojo y la tormenta que la amenazaba. Por mi parte,
-nunca me pareció más odiosa su faz de emperador romano, que, con la
-decadencia, tocaba á la caricatura, ni me enfadaron tanto su nariz de
-caballete, sus cejas rectilíneas, su acentuada boca, su barba redondita
-y su gruesa papada á lo Vitelio que le colgaba ya demasiadamente, y con
-el hablar le temblaba y parecía servirle de depósito de los embustes.
-Su primer pensamiento y palabra fueron:</p>
-
-<p>—Pero qué... ¿se te olvidó algo?...</p>
-
-<p>No le respondí. Mi cólera me puso una mordaza... La papada de doña
-Cándida temblaba y sus cejas culebrearon. Acercóse á la puerta del
-gabinete, abrióla, vió á su sobrina consternada, y miróme después. Tuvo
-miedo, y de tanto temer, no pudo decirme nada. Yo seguía paseándome,
-y el silencio y las miradas suplían con<span class="pagenum"
-id="Page_244">[p. 244]</span> ventaja entre los dos á cuanto pudiera
-expresar la voz... Pasado el primer momento de enojo, debió Calígula
-pedir fuerzas á su malicia, porque me pareció que se envalentonaba.
-Después de gruñir, con artificio de cólera digna, sentóse, y sin
-mirarme se permitió decir:</p>
-
-<p>—Me gusta... Como si cada cual no supiera lo que tiene que hacer en
-su casa, sin necesidad de que vengan los extraños á mangonear...</p>
-
-<p>Entre ahogarla y afrontar su descaro con ventajosa actitud de ironía
-y desprecio, preferí esto último. Entróme una risa nerviosa, fácil
-desahogo de la cólera que me amargaba el corazón y los labios, y con
-todo el desdén del mundo, dije á mi cínife:</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_35">
- <h2 class="nobreak">XXXV</h2>
- <p class="subh2">«Proxenetes.»</p>
-</div>
-
-<p>—¿Qué, hombre?</p>
-
-<p>—<i>Proxenetes.</i> Se lo digo á usted en griego para mayor claridad.</p>
-
-<p>—¡Ay! estos señores sabios ni siquiera para insultarnos saben hablar
-como la gente.</p>
-
-<p>—Alguien vendrá que le hablará á usted más claro que el agua.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—El juez de primera instancia.</p>
-
-<p>Ni con risitas, ni con un gesto de desprecio pudo disimular su
-terror. Yo seguía paseándome. Sucedió larga pausa, durante la cual ví
-que el fiero Calígula batía compases con una mano sobre el brazo del
-sillón... Su ingenio debió ins<span class="pagenum" id="Page_245">[p.
-245]</span>pirarle el cómodo partido de desviar el asunto, ingiriendo
-otro completamente extraño, en el cual podía hacer el papel de
-víctima.</p>
-
-<p>—Tú siempre tan inoportuno y tan... filosófico. Vienes aquí cuando
-no se te llama, y haces aspavientos. Mejor te ocuparas de lo que más
-nos importa á todos, y no me pusieras en mal lugar, como lo has hecho
-hoy... Sí: porque de haber sabido lo que pasaba, de haber sabido que
-Maximín se quedó sin ama, ¿cómo no hubiera volado yo á casa de Lica
-para buscarle al instante otra?... ¡Ay, qué apunte eres! Como si yo no
-existiera... Es hasta una falta de respeto, sí señor. Bien sabes que
-tengo tanto interés como tú, como la misma Manuela... Francamente, este
-olvido me ha llegado al alma. ¡Y tú tan sabio como siempre! En vez de
-correr en busca mía y contarme lo que pasaba, te fuiste al Gobierno
-civil para buscar por tí mismo... Ya, ya sé que llevaste á la casa una
-familia de cafres... Precisamente, conozco una ama que no tiene precio.
-Véase aquí lo que se saca de interesarse por los demás: desaires y más
-desaires.</p>
-
-<p>Y yo, pasea que pasearás... La oía como quien oye llover
-sandeces.</p>
-
-<p>—Luego se espantan de que se nos agrie el caracter, de que un
-disgusto tras otro, y por añadidura los achaques y males nerviosos,
-pongan á una infeliz mujer en el estado más triste del mundo. De aquí
-resultan cosas que parecen distintas de lo que son. Cada una en su
-casa hace lo que le acomoda, siempre dentro del límite de los deberes
-y de la dignidad á que las personas de cierta clase no podemos faltar
-nunca. Viene luego cualquiera que no está en ante<span class="pagenum"
-id="Page_246">[p. 246]</span>cedentes, y por lo primero que ve, juzga y
-sentencia de plano sin enterarse. Una chica mimosa y llorona contribuye
-con sus tonterías á embrollar la cuestión; el sabio se acalora, se pone
-á hacer papeles caballerescos... y si mediara una explicación, todos
-quedarían en buen lugar...</p>
-
-<p>Aquel zumbido me mortificaba de un modo indecible. No me podía
-contener.</p>
-
-<p>—Señora...</p>
-
-<p>—Qué.</p>
-
-<p>—¿Quiere usted hacer el favor de callarse?</p>
-
-<p>—¡Qué falta de respeto! ¿Quieres tú hacerme el favor de marcharte?
-Estoy en mi casa... Mucho estimo á tu familia, mucho quise á tu madre,
-aquel angel del cielo, aquella criatura sin igual... ¡Ah! no os
-pareceis á ella, y si resucitara y se nos presentase aquí, me juzgaría
-como merezco... Digo que mucho la quise, y mucho vale para mí su
-recuerdo al hallarme delante de tu descortesía; pero ésta puede llegar
-á ser tal que no pueda perdonarla... Porque esto es una iniquidad,
-Máximo; una cosa atroz. Lo que haces conmigo no tiene nombre. ¡Venir á
-insultarme á mi propia casa!... sin reparar mis canas... sin acordarte
-de aquella santa...</p>
-
-<p>La papada se movía tanto que parecían agitarse impacientes dentro de
-ella todas las farsas, todos los embustes y trampantojos almacenados
-para un año. Al mismo tiempo pugnaba por traer á su defensa un
-destacamento de lágrimas, que al fin, tras grandes esfuerzos, asomaron
-á sus ojos.</p>
-
-<p>—Nunca—gimió, sonándose con estrépito para aumentar artificialmente
-el caudal lacrimatorio,—nunca hubiera creido tal cosa en tí. Me<span
-class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span> debes, si no otra
-cosa, respeto. Y antes de formar malos juicios de esta desgraciada,
-á quien podrías considerar como tu segunda madre, debes informarte
-bien, preguntarme... Yo estoy pronta á responder á todo, á sacarte de
-dudas... ¿Quieres saber por qué llora Irene? Pues no se lo preguntes
-á ella, pregúntamelo á mí, que te lo diré. Estas muchachas de hoy no
-son como las de mi tiempo, tan recogidas, tan sumisas. ¡Quiá! una
-cosa atroz... No hay vigilancia bastante para impedir que hagan mil
-coqueterías y enredos. ¿Quieres que te la pinte en dos palabras?...
-Pues es una mosquita muerta... No lo creerás, sé que no lo vas á creer
-y que descargarás tu furor contra mí. Pero mi deber es antes que todo,
-y el interés que me tomo por ella. Allí, en la propia casa de Lica,
-donde la sujeción parecía ser tan grande como en un convento, la muy
-picarona, ¿lo creerás? pues sí, tenía un novio. No hay como estas
-tontuelas para ocultar las cosas. Ni Lica, ni tú, ni yo que iba allá
-todos los días, sospechábamos nada... ¿Qué habíamos de sospechar viendo
-aquella modestia, aquella conformidad mansa, aquella cosita... así...?
-Pero estas mansas son de la piel de Barrabás para esconder sus líos.
-¡Un novio! Cuando nos mudamos lo descubrí, y si quieres que te lo
-pruebe...</p>
-
-<p>La ira que se encendió súbitamente en mí era tal, que me desconocí
-en aquel instante, pues en ninguna época de mi vida me había sentido
-trasformado como entonces en un sér brutal, tosco y de vulgares
-inclinaciones á la venganza y á todo lo bajo y torpe. Cómo se
-levantaron en mi alma revuelta aquellos sedimentos, no lo sé.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span></p>
-
-<p>—¿Quieres que te lo pruebe?—repitió doña Cándida á la manera de
-las hienas, sorprendiendo, con su feliz instinto, mi momentánea
-bajeza, y creyendo que la suya permanente podría hallar en mí pasajera
-acogida.—¿Quieres que te lo pruebe?... Cuando nos mudamos, en aquel
-desorden de los baules, sorprendí un paquete de cartas... no tienen
-firma... ¿conocerás tú...?</p>
-
-<p>Afianzó las manos en los brazos del sillón para levantarse. Vacilé
-un momento... ¡Dios! ¡Descubrir el misterioso enigma, saber al fin...!
-¡No, por aquel medio jamás!</p>
-
-<p>—Señora, no se mueva usted—grité con brío, ya repuesto en mi normal
-sér.—No quiero ver nada.</p>
-
-<p>—Tú quizás sepas... Algún moscón de los muchos que van á aquella
-casa... La pícara mulata era quien traía y llevaba las cartitas...
-¿Pero cómo se las componen estas criaturas para envolver en gran
-misterio sus picardías...? Yo estoy aterrada, y de seguro voy á
-sucumbir á fuerza de disgustos... Esta criatura, á quien he consagrado
-mi vida... ¡Oh! Máximo, tú no comprendes este dolor atroz, este dolor
-de una madre, porque madre soy para ella, madre solícita y siempre
-sacrificada... Y ya ves qué pago...</p>
-
-<p>Otra vez su cinismo agotaba mi paciencia.</p>
-
-<p>Yo no la miraba, porque su semblante me hería. Éranme
-particularmente antipáticas la papada trémula y la despejada frente
-cesárica, en la cual ondulaban las arrugas de un modo raro, como se
-enroscan y se retuercen los gusanos al caer en el fuego.</p>
-
-<p>—Señora, hágame usted el favor de callarse.</p>
-
-<p>—Bien, lloraré sola, me lamentaré sola. ¿Á tí<span class="pagenum"
-id="Page_249">[p. 249]</span> qué te importa, caballero andante y
-filósofo aventurero?</p>
-
-<p>Y en aquel punto los dolorosos gemidos de Irene se oyeron de
-nuevo... El corazón se me dividía ante aquella angustia secreta, apenas
-declarada, que venía á combinarse dentro de mí con otra angustia mayor.
-El dolor mío se agitaba entre accidentes de despecho y enojo, como
-llama entre tizones. Me embargaba tanto, que daba perplejidades á mi
-voluntad y yo no sabía qué hacer. Pensé acudir á Irene, que parecía
-sufrir gravísimo paroxismo; pero no sé qué repugnancia me alejaba de
-ella. Doña Cándida se levantó, diciendo con agridulce voz:</p>
-
-<p>—La pobrecita está tan afligida... Es que la he reñido... No me
-puedo contener. Es preciso darle una taza de tila.</p>
-
-<p>Dejóme solo. Y yo pasea que pasearás. Me rodeaba una atmósfera de
-drama. Presentía la violencia, lo que en el mundo artificioso del
-teatro se llama la situación... ¡Tilín! ¡el timbre, la puerta!... ¡Mi
-hermano!...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_36">
- <h2 class="nobreak">XXXVI</h2>
- <p class="subh2">¡Esta es la mía!</p>
-</div>
-
-<p>Los segundos que tardó en aparecer en la sala, ¡cómo se deslizaron
-pavorosos!... Entró, y al verme... No, jamás ha sufrido un hombre
-desconcierto semejante. Yo me sentí fuerte y dueño de mis facultades
-para operar con ellas como me conviniera... Mereciera ó no la
-mosquita muerta mi ardiente defensa, ¿qué me im<span class="pagenum"
-id="Page_250">[p. 250]</span>portaba? Yo, caballero del bien, me
-disponía á dar una batalla á su enemigo, que era también el mío. Á la
-carga, pues, y luego veríamos.</p>
-
-<p>La sorpresa pudo en José más que la turbación, y se le escapó
-decirme:</p>
-
-<p>—¿Qué demonios buscas aquí?</p>
-
-<p>Advertí en él esfuerzos inauditos para poner concierto en sus ideas,
-disimular su cogida y cubrir el flanco de su amor propio:</p>
-
-<p>—¡Ah!—exclamó fingiéndose asombrado.—¡Qué casualidad! Los dos
-venimos de visita... nos encontramos... Es verdad; te dije que pensaba
-venir.</p>
-
-<p>Y el tunante no caía en la cuenta de que no nos hablábamos desde
-la disputilla, siendo por tanto imposible que me hubiera avisado su
-visita. Viéndose cogido en su red, cambió de táctica. Inició torpemente
-dos ó tres temas de conversación (á punto que Melchora traía otra
-butaca, por no ser suficiente una para los dos); pero desde las
-primeras palabras se aturrullaba y confundía. Dejóse ver por la puerta
-del gabinete doña Cándida, tan turbada como mi hermano, y más con la
-papada que con la voz nos dijo:</p>
-
-<p>—Dispénsenme los Mansitos; pero estoy tan ocupada... Vuelvo...</p>
-
-<p>Y desapareció como espectro que tiene pocas ganas de ser evocado.
-Las tenía tan grandes mi hermano de hacerme creer que venía á la casa
-por vez primera, que no quiso esperar la segunda aparición del espectro
-para decirle á gritos:</p>
-
-<p>—Al fin me tiene usted por aquí...</p>
-
-<p>Pero notando mi empaque severo, me miró<span class="pagenum"
-id="Page_251">[p. 251]</span> mucho. Estábamos sentados el uno frente
-al otro.</p>
-
-<p>—Pues sí, es bonita la casa. No la había visto. ¿Habías estado tú
-aquí?</p>
-
-<p>—Es la primera vez.</p>
-
-<p>—Muy fría la sesión de esta tarde... La discusión de presupuestos
-sumamente lánguida. Tres diputados en el salón de sesiones. Pero en
-las secciones hemos tenido mar de fondo. Hay un tacto de codos que
-Dios tirita. Es verdaderamente escandaloso lo que pasa, y luego con
-la plancha que se tiró ayer el Ministro de Gracia y Justicia... La
-comisión de melazas no ha dado aún dictámen. Tendremos voto particular
-de Sanchez Alcudia, que se empeña en proteger los alfajores de su
-tierra...</p>
-
-<p>Y yo callado. Él debía de estar sobre ascuas viendo mi torvo
-silencio. Presagiaba sin duda una escena ruda y quiso debilitarme
-anticipadamente con la lisonja.</p>
-
-<p>—¡Ah! se me olvidaba—dijo, tomando la máscara de la risa, que le
-sentaba como al Cristo las pistolas.—Tengo que darte las gracias. Ya
-me contó Manuela. El pobre Maximín, si no es por tí, se nos muere hoy.
-Anoche no pude ir en toda la noche á casa, porque... es verdaderamente
-cargante. Hasta las dos y media estuve en la comisión de melazas. Luego
-fuí con Bojío á cenar á casa de su padre el marqués de Tellería. El
-pobre señor se agravó tanto anoche, que tuvimos que quedarnos allí
-varios amigos. ¡Cuánto sentí esta mañana, al ir á casa, lo que había
-pasado con la tunanta del ama! Parece que es buena la que llevaste...
-Pero mira, allí me encontré un familión... El padre me abordó con aire
-ma<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>rrullero, y me
-dijo: «Ya sé que el señor marqués va para <i>menistro</i>. Si quisiera dar
-algo á estos <i>probecitos</i> de Dios...» Empezó á pedir. Figúrate, no
-quiere nada el angelito. Ve contando: el estanco del pueblo y el sello
-para su hijo mayor; para el segundo la cartería, y para sí propio la
-cobranza de contribuciones, la vara de alcalde, el remate de consumos y
-la administración de obras pías... Yo me desternillaba de risa y Sainz
-del Bardal le prometió proponerle para una mitra.</p>
-
-<p>Con fuertes carcajadas celebraba José la gracia del cuento... Y yo
-siempre callado, serio. Estaba impaciente, deshecho, porque no quería
-romper el fuego hasta que estuviera delante el emperador Vitelio. Pero
-probablemente la taimada había hecho propósito de no presentarse,
-dejando que los Mansitos se despacharan solos á su gusto. De repente se
-levantó José. Le había entrado súbito afán de admirar las dos grandes
-láminas que doña Cándida había colgado en la pared de su salita.</p>
-
-<p>—¿Pero has visto esto? Es un grabado verdaderamente magnífico.
-<i>Naufragio del navío</i> <span class="smcap">Intrépido</span> <i>delante
-de las rocas de Saint Maló</i>. ¡Qué olas! Parece que le salpican á uno
-á la cara. ¿Y este otro? <i>Naufragio de la Medusa</i>, por Gericault...
-Pero aquí todo son naufragios. En esto el reloj dió las once. Eran las
-cinco.</p>
-
-<p>—Allá se va este reloj con los de mi casa—observó mi hermano,
-sentándose.—Todos padecen reblandecimiento de la médula catalina...
-Pues señor, me gusta este modo de recibir visitas. Si no se presenta
-pronto doña Cándida, me voy.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p>
-
-<p>Farsas, puras farsas. Bien conocía él que en la casa pasaba algo
-grave. Mi inopinada presencia, mi silencio sombrío le causaban miedo,
-por lo que pensó en ponerse en salvo.</p>
-
-<p>—¿Tú te quedas?</p>
-
-<p>—Sí: y tú también.</p>
-
-<p>—Hombre, eso es mucho decir.</p>
-
-<p>—Tenemos que hablar.</p>
-
-<p>—¿Tienes algo que decirme?</p>
-
-<p>—Algo, sí.</p>
-
-<p>—Pues mira, no se conoce. Hace un cuarto de hora que estoy aquí.</p>
-
-<p>—Yo quería que estuviese presente doña Cándida; pero ya que esa
-señora tiene vergüenza de ponerse delante de los dos...</p>
-
-<p>José palideció. Hice propósito de explanar mi interpelación con
-todo el comedimiento posible y de no hacer lógica con violencia ni
-manotadas. Mi enemigo era mi hermano. ¡Difícil y peligroso lance!</p>
-
-<p>—Pues dímelo pronto—indicó él, festivo, á fuerza de contracciones de
-músculos.</p>
-
-<p>—En dos palabras. Has estado haciendo la farsa de que venías aquí
-hoy por primera vez, cuando vienes todas las tardes y noches, desde que
-vive aquí doña Cándida. Entre esta señora, á quien voy á recomendar al
-juez del distrito, y tú, padre de familia y representante de la nación,
-habeis armado una trampa... poco digna, quiero ser prudente en las
-calificaciones... una trampa contra esa pobre joven honrada, sin padres
-ni pariente alguno...</p>
-
-<p>—No sigas, no, no sigas—dijo mi hermano, echándoselas de espíritu
-fuerte.—Eres verdaderamente un caballero andante. ¿Eres tú padre,<span
-class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> hermano, esposo ó
-siquiera novio...? Y si no lo eres, ¿para qué te metes á juzgar lo que
-no conoces? ¿Vienes en calidad de filántropo?</p>
-
-<p>—Vengo en calidad de indiferente. Soy el primero que pasa, un
-hombre que oye gritos de angustia y acude á prestar socorro á... quien
-quiera que sea. Hablo con el título de persona humana, el único que
-se necesita para entrar donde martirizan, y desempeñar las primeras
-diligencias de protección mientras llegan Dios y la justicia terrestre.
-No tengo más que decir sobre mi derecho á intervenir aquí.</p>
-
-<p>—Pero vamos á ver... es preciso poner las cosas...—balbució José,
-enredado en el laberinto de sus conceptos, sin saber por dónde
-salir.—Tú no puedes hacerte cargo... Lo primero que hay que tener en
-cuenta...</p>
-
-<p>—Es que tu conducta ha sido impropia de un caballero y más impropia
-aún de un padre de familia. En tu misma casa trataste de pervertir á
-la que era maestra de tus hijos. No conseguiste nada... ¿Pues qué,
-creías, gran tonto, que no hay más...? Pero tú necesitabas emplear
-ciertas perfidias. Allá no era posible. Te confabulaste con esta
-desgraciada mujer, te valiste de su feroz codicia, armásteis entre
-ambos el lazo... Pero ya ves, ni con tus visitas, ni con tus regalos,
-ni con tus promesas, ni con tus amabilidades, que son tan empalagosas
-como la comisión de melazas, has conseguido tu objeto. Acosada por tí
-y maniatada por su señora tía, la víctima ha encontrado en su virtud
-fuerzas bastantes para defenderse...</p>
-
-<p>—Pero hombre, escúchame, déjame hablar un poco... Hay que presentar
-las cosas como son...<span class="pagenum" id="Page_255">[p.
-255]</span> Te diré... Tú te pones á filosofar, y abur... Cosa
-absurda... Aguarda... Oye.</p>
-
-<p>—No proceden así los caballeros. Si tienes pasiones, véncelas; si no
-puedes vencerlas, con dignidad trampéalas. En resumidas cuentas...</p>
-
-<p>—En resumidas cuentas, tú no te has enterado... Por Dios, Máximo,
-estás hablando ahí... y no es eso, no es eso...</p>
-
-<p>—¿Pues qué es?...</p>
-
-<p>Tal era su atontamiento, que no acertaba á salir del ovillo de
-conceptos en que se había envuelto. Tenía la boca seca, el rostro
-encendido, y fumaba cigarrillos con nerviosa presteza. Ofrecióme uno, y
-le dije:</p>
-
-<p>—Pero hombre, ¿ahora vienes á saber que no fumo ni he fumado en mi
-vida?</p>
-
-<p>—Es verdad: pues vamos á ver... Yo he venido aquí la otra tarde por
-casualidad, cuando salí de la comisión... Pero no es eso. Lo primero es
-definir bien... porque así, presentadas las cosas con ese aparato de
-moral... Aquí no hay lo que crees... Empezaré por decirte que Irene...
-No es que piense mal de ella... Tú no estás enterado... Y ya se ve;
-cuando sin estar en autos... En cuanto á caballerosidad, yo te aseguro
-que nadie me ha dado lecciones todavía... Y vamos al caso... Por amor
-de Dios, hombre...</p>
-
-<p>—Al caso, sí. Mira, José María; descubierta la poco noble
-conspiración fraguada por tí y doña Cándida, y desarrollada con sus
-ideas y tu dinero...</p>
-
-<p>—Poco á poco... De que yo ampare á los desvalidos, no se deduce...
-Ven á razones, hombre. Aquí no somos filósofos, pero sabemos razonar...
-Porque tú... Entendámonos...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_256">[p. 256]</span></p>
-
-<p>—Sí, entendámonos. Descubierto el plan poco noble, no puedes salir
-adelante, José. Dalo por frustrado. Haz cuenta que en una jugada
-de Bolsa perdiste el dinero que has dado á doña Cándida. Esto se
-acabó. No hay que hablar. En este juego prohibido se ha presentado la
-policía, y poniendo el bastón sobre la mesa, ha dicho: «Ténganse á la
-justicia.» La policía soy yo. Estoy pronto á indultar, si esto se da
-por concluido. Estoy pronto á hacer un escarmiento si esto sigue.</p>
-
-<p>—Dale, dale... Si no comprendes... Eres verdaderamente testarudo...
-Déjame que te explique... No hay que tomar las cosas tan por lo alto...
-¡dale!..</p>
-
-<p>—¿Sabes cuáles son mis armas? La publicidad, el escándalo, son
-espadas de dos filos que hieren á tí y á mi protegida. Pero no importa:
-es inocente. Dios cuidará de ella. Te amenazo, pues, con la publicidad,
-con el escándalo, y además con el juez.</p>
-
-<p>—Dale, si no es eso...</p>
-
-<p>—¿Cómo que no es eso?... Veremos. Ten presente lo que acabo de
-decir: el juez...</p>
-
-<p>—¿Pero qué juez ni qué niño muerto?</p>
-
-<p>—En cambio, si esto se queda así, si me prometes no volver á poner
-los piés en esta casa, habrá paz; tu mujer no sabrá nada, y puedes
-dedicarte tranquilamente á la vida pública.</p>
-
-<p>—Hombre, te estoy oyendo—gritó mi hermano envalentonándose mucho y
-cruzándose de brazos,—y no sé qué pensar... ¡Estamos bonitos!... ¿Qué
-significa esto? Te he oido con paciencia; pero ya no la tengo... Con
-que es decir que yo soy un criminal, un no sé qué, un... Tus<span
-class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span> filosofías me apestan...
-No habrá más remedio que tomarlo á risa... Y en último caso, ¿á qué se
-reduce todo?... Á nada, á una bobada... Tanta bulla, tanta ponderación
-y tanta soflama por una cosa sin maldita importancia. Estos sabios
-son verdaderamente idiotas... Que se me haya antojado decir cuatro
-tonterías á Irene. ¡Por amor de Dios, hombre! que aquí en esta casa le
-haya dicho también cuatro tonterías, ó cinco... ¡por amor de Dios! ¿es
-eso motivo?... Ni sé como te escucho...</p>
-
-<p>—Quedamos en que esto se acabó—dije, gozoso de verle batiéndose en
-retirada.</p>
-
-<p>—Pero si no se ha empezado, si no hay nada, si todo es figuración
-tuya... Francamente, yo no sé cómo te aguantan tus amigos... Si
-te casaras, tu mujer se tiraría por el viaducto y tus hijos te
-maldecirían. Eres muy <i>plantillero</i>, el colmo de la impertinencia, de
-la pedantería y del entrometimiento. Vamos, que si no conociera tus
-buenas cualidades...</p>
-
-<p>—Quedamos en que no volverás más aquí.</p>
-
-<p>—Eres tonto... Como si yo tuviera algún interés en ello... Eso
-bien lo puedes creer, y si hay algo aquí que me ha costado el dinero,
-interprétalo con más caridad, hombre, atribúyelo á compasión de esta
-desgraciada familia. Dime tú, ¿los beneficios se hacen públicamente
-ó con cierto recato? Al menos yo he aprendido que la caridad debe
-practicarse en silencio. Vosotros los filósofos lo entendeis de otro
-modo.</p>
-
-<p>—Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te
-canonicen...?</p>
-
-<p>—Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo
-á vencer las dificultades<span class="pagenum" id="Page_258">[p.
-258]</span> de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo á
-la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia
-á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi
-conciencia está tranquila...</p>
-
-<p>No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante,
-acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que
-á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de
-su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:</p>
-
-<p>—Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires
-caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención
-solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando.
-Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y
-caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito
-filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la
-honra de las doncellas puras... Verdaderamente...</p>
-
-<p>Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más
-arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.</p>
-
-<p>—Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole
-la rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico;
-yo te he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á
-ella... Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy
-antipático...</p>
-
-<p>Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á
-acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.</p>
-
-<p>—Si saldremos ahora con que un señor cate<span class="pagenum"
-id="Page_259">[p. 259]</span>drático de moral anda enamorado...
-¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa respetable
-fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de tus gafas
-están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio... Por María
-Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso: nunca
-gustarás á las mujeres.</p>
-
-<p>Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me
-mortificaban.</p>
-
-<p>—Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita
-Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad...
-porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan
-bien sus picardías...</p>
-
-<p>Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.</p>
-
-<p>—Mira, José—le dije,—haz el favor de marcharte de una vez. Abandona
-el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré
-en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa
-contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos
-hermanos.</p>
-
-<p>—No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...—balbució
-contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su
-semblante.—¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre,
-no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una
-familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...</p>
-
-<p>—Pues de una vez...</p>
-
-<p>—Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios.
-Trabajo te mando, ca<span class="pagenum" id="Page_260">[p.
-260]</span>maradita, porque no es oro todo lo que reluce. Y no es que
-yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado por ella, no
-como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un hermano. Que
-viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes de cartas...
-Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de cualquier
-pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil tapujos y
-tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene le pasa
-algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la ilusión...
-cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales boberías...
-Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por las tardes,
-por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya coquetas, habrá
-gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno, mejor dicho, de
-aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú, el señor de la
-protección caballeresca. Veremos si con rociadas de moral ahuyentas
-al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el Cristo, ó el
-Sócrates. Ó si no, otra cosa...</p>
-
-<p>Se echó á reir como un condenado.</p>
-
-<p>—Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me
-amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi
-futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...»
-Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.</p>
-
-<p>Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más
-digno no contestarle nada.</p>
-
-<p>—Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me
-contarás y nos reiremos.</p>
-
-<p>Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocu<span class="pagenum"
-id="Page_261">[p. 261]</span>rrió entonces que decir; pero me callé
-para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada, tarareando
-una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de este
-resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José
-María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido
-el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el
-abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor
-era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había
-habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.</p>
-
-<p>José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo
-daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela.
-Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á
-Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse
-ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña
-ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo,
-antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé
-lo que es.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_37">
- <h2 class="nobreak">XXXVII</h2>
- <p class="subh2">Anochecía.</p>
-</div>
-
-<p>La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con
-pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y
-cascada:</p>
-
-<p>—Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á<span class="pagenum"
-id="Page_262">[p. 262]</span> tener función gorda... Pero ambos sois
-muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre niña...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos
-acostado. ¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace
-un rato deliraba y decía mil disparates.</p>
-
-<p>—Que suba Miquis.</p>
-
-<p>—Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene
-sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de
-los ladrones...</p>
-
-<p>—Que suba Miquis...</p>
-
-<p>—Creo que no será preciso. Siéntate. Parece que estás así como
-perplejo. Delirando hace un rato, Irene te nombraba.</p>
-
-<p>—Pero que suba Miquis...</p>
-
-<p>—Le llamaremos si es preciso... ¿Quieres entrar á verla? Parece que
-duerme ahora. Mañana le diré que pasaste á verla y se alegrará mucho.
-¡Qué sería de nosotras sin tí!</p>
-
-<p>Tanta melosidad me ponía en ascuas. Pasé al gabinete, que se
-comunicaba con la alcoba por un gran hueco entre columnas de hierro
-pintadas de blanco y oro, manera arquitectónica que está muy en boga
-en las construcciones nuevas. En aquella entrada me detuve. La alcoba
-estaba casi á oscuras, pero pude ver el cuerpo de Irene modelado
-en esbozo por las ropas blancas del lecho. Era como una escultura
-cuya cabeza estuviese concluida y el tronco solamente desbastado. La
-veía de espaldas; se había vuelto hacia la pared, y de sus brazos no
-asomaba nada. Su respiración era fatigosa y<span class="pagenum"
-id="Page_263">[p. 263]</span> febril, acompañada de un cuchicheo que
-más parecía rezo que delirio. Me hacía pensar en el rumorcillo de una
-fuente de poca agua que mana entre yerbas y rompe melancólicamente el
-silencio del bosque. Puse atención para entender alguna sílaba; pero
-¡cosa extraña! siempre que yo sutilizaba mi atención y mi oido, ella
-callaba... Volvía; era imposible entender nada de aquella música del
-espíritu.</p>
-
-<p>—La pobrecita tiene una gran pena—me dijo doña Cándida al oido.—El
-motivo ve á saberlo...</p>
-
-<p>—Ya... ¿le parece á usted poco...?</p>
-
-<p>—No, no es sólo por la cuestión de tu hermano... ¡Qué delirio el
-suyo!... Nada menos que de puñales, de venenos y de revólveres hablaba,
-como herramientas para quitarse la vida.</p>
-
-<p>Acerquéme un poco paso á paso; la curiosidad me empujaba, la
-delicadeza me detenía... Al fin la ví de cerca. Tenía el rostro
-encendido, la boca entreabierta, el cabello suelto, encrespado,
-anilloso y formando un gran nimbo negro, partido en dos, alrededor de
-la cabeza. De cerca, el cuchicheo era tan ininteligible como de lejos;
-diálogo misterioso entre el alma y el sueño.</p>
-
-<p>Me retiré alarmado, y en la sala puse cuatro letras á Miquis sobre
-una tarjeta, rogándole que subiera. Hecho esto, pensé en irme á comer
-á mi casa, con propósito de volver más tarde. Adivinó mi pensamiento
-Calígula, y muy obsequiosa y acaramelada me dijo:</p>
-
-<p>—Si quieres, puedes quedarte á comer conmigo. No te daré las cosas
-ricas que hay en tu casa...</p>
-
-<p>—Gracias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span></p>
-
-<p>—Mal agradecido... La culpa tiene quien te quiere y te obsequia.
-Bien sabes que para mí no hay mayor gusto que verte en mi casa.</p>
-
-<p>Tanta finura me alarmó. No contaba con ella.</p>
-
-<p>—Pero siéntate... ¿Qué prisa tienes?... No puedes figurarte cuánto
-me alegro de que tu dichoso hermano haya desfilado... Ahora te puedo
-hablar con franqueza, Máximo. ¡Ay! nos tenía acosadas... una cosa
-atroz.</p>
-
-<p>La miré para recrearme en su cinismo y ver con qué rasgos y matices
-se traduce en el rostro humano aquel excepcional modo del espíritu.</p>
-
-<p>—Porque hazte cargo... empeñado en que esa pobre criatura le ha de
-querer... como si el querer fuera cosa de aquí me llego... Pero tú no
-puedes figurarte qué arrumacos, qué agonías, qué frenesí el suyo...
-Se pasaba las horas mirándola como un bobo, y echándole unas flores
-tan cursis... Luego venían los regalos; todas las tardes traía una
-cosa nueva, joyita, caprichillo, baratija. Y á cada rato... ¡tilín!
-un dependiente de tal tienda con dos vestidos... ¡tilín! un mozo con
-sombreros... Esto parecía la casa de San Antonio Abad, el de las
-tentaciones. La pobre Irene, firme y heroica, ha sufrido mucho, y
-yo también, porque... ya puedes suponer mi dificilísima situación.
-Yo no podía coger á José María por un brazo y ponerle en la calle.
-Le debo favores... es como de la familia. Te digo que hemos pasado
-la pena negra. Irenilla le ponía cara de hereje; últimamente hasta
-le insultaba. No sabes; tiene un genio de lo más atroz... En cuanto
-á los regalos, allí están todos tirados. Algunos se han roto. Por
-cierto que por empeño de José María... es tan pesado... se han<span
-class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> traido algunas cosas, que
-vendrán á cobrar, y...</p>
-
-<p>La miraba, la observaba con verdadero placer, cosa que parecerá
-imposible, pero que es verdad. Era yo como el naturalista que de
-improviso se encuentra, entre las hojarascas que pisa, con un
-desconocido tipo ó especie de reptil, con feísimo coleóptero ó baboso
-y repugnante molusco. Poco afectado por la mala traza del hallazgo,
-no piensa más que en lo extraño del animalejo, se regocija viendo las
-ondulaciones que hace en el fango, ó las materias fétidas que suelta
-ó los agudos rejos con que amenaza, y no sólo se complace en esto,
-sino en considerar la sorpresa de los demás sabios cuando él les
-muestre su descubrimiento. Así observaba yo á doña Cándida, con interés
-de psicólogo, y antes de horrorizarme de sus ondulaciones, rejos,
-antenas, babas, elictros, zancas, me asombraba del infinito poder, de
-la inagotable fecundidad de la Naturaleza. No sé si en esta crísis
-de admiración moví la mano con algo de instinto protector hacia mis
-bolsillos, porque la célebre papada se estremeció mucho, anunciando una
-fuerte emisión de risa. La señora, con bonísimo humor, me dijo:</p>
-
-<p>—Hombre, no seas tonto... Pues qué, ¿creías que te iba á pedir
-dinero?... ¡Ay qué gracioso!... No, tranquilízate. Que te vuelva el
-alma al cuerpo. No estamos ahora en ese caso. Es verdad que José María
-me debe un piquillo...</p>
-
-<p>Al oir que mi hermano le debía un piquillo... vamos, no rompí á
-reir con gana porque mi espíritu se hallaba en el estado más congojoso
-del mundo. Pero me hizo tanta gracia, que me reí un poco. Era motivo
-para alegrar un cemente<span class="pagenum" id="Page_266">[p.
-266]</span>rio ó para hacer bailar á un carro fúnebre.</p>
-
-<p>—Pues es preciso que le pague á usted... no faltaba más.</p>
-
-<p>—Hombre, no; no quiero cuestiones. Ya sabes que tratándose de los de
-la familia... Estoy acostumbrada á sacrificarme... No hablemos de eso.
-Además, no me hace falta por ahora. Sólo en el caso de que esa siguiera
-enferma...</p>
-
-<p>—Creo que esto pasará pronto—dije en voz alta; y para mis
-adentros:—Ya te siento zumbar, cínife.</p>
-
-<p>—¿Estará buena mañana? ¡Dios lo quiera! ¡Pobre niña! Cuando pasaban
-dos, tres días y no venías á vernos, la observaba yo tan triste... Eso
-sí, en poniéndose á hablar de Máximo no acaba. Y á cualquiera se la doy
-yo. Un hombre como tú, una celebridad... y luego con tus cualidades
-eminentes. Eres el número uno de los hombres...</p>
-
-<p>—¡Oh! Gracias... Que me sonrojo...</p>
-
-<p>—Te digo la verdad. Cuando Irene sepa el interés que te has tomado
-por ella, se va á volver loca, loca en toda la extensión de la
-palabra.</p>
-
-<p>—En toda la extensión de la palabra nada menos... Será una cosa
-atroz...</p>
-
-<p>—Á buen seguro que si hubieras sido tú el de los obsequios...</p>
-
-<p>¡Oh! no podía oir más. Le corté la palabra. Una de dos: ó ella
-se callaba ó yo le pegaba. Fué preciso conseguir lo primero, y para
-esto el mejor medio era alejarme de la esfera de acción de su papada
-y salir al aire libre. ¡Terrible cosa el desear salir y el desear y
-necesitar volver! Irene me atraía, Calígula me alejaba. En un solo
-punto estaban mi interés más vivo y mi repugnancia más honda, mi Cielo
-y mi Purgatorio...<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span>
-Salí pensando en diversas cosas, todas á cual más tristes; pasadas,
-presentes y futuras. Nunca había sentido en mi cabeza obstrucción
-semejante. Parecíame, usando un símil materialista, que las ideas no
-cabían en ella, y que se me salían por los ojos y los oidos. En este
-laberinto dominaba una evidencia muy desconsoladora, en la cual la
-verdad era luz que alumbraba mi espíritu y llama que me freía los
-sesos. Por primera vez en mi vida bendije la ilusión, indigna comedia
-del alma, que nos hace dichosos, y dije: «¡Bienaventurados los que
-padecen engaño de los sentidos ó ceguera del entendimiento, porque
-ellos viven consolados!...» Aquella evidencia había venido en su
-momento histórico fatal, cual modificación de anteriores estados del
-espíritu; yo la veía proceder de mis suspicacias, como viene la espiga
-del tallo y el tallo de la simiente. Del mismo modo el árbol de la duda
-suele dar la flor de la certeza. ¡Flor negra, amargo fruto, destinado
-al maldecido paladar del hombre de estudio! Otra vez hay que decir que
-sea mil veces bienaventurado el rústico que crece como una caña y vive
-meciéndose en el seno blando de la mentira... Indaguemos. Naturaleza
-próvida ha puesto dificultades y peligros en la averiguación de sus
-leyes, y de mil modos da á conocer que no le gusta ser investigada por
-el hombre. Parece que desea la ignorancia, y con ella la felicidad
-de sus hijos. Pero éstos, es decir, los hombres, se empeñan en
-saber más de la cuenta; han inventado el progreso, la filosofía, la
-experimentación, el arte y otros instrumentos malignos, con los cuales
-se han puesto á roturar el mundo, y de lo que era un cómodo Limbo,
-han<span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> hecho un
-Infierno de inquietudes y disputas... Por eso...</p>
-
-<p>Iba yo muy engolfado en estas impuras filosofías pesimistas,
-impropias de mí, lo confieso, cuando tropecé... Fué como un choque
-violentísimo con duro y pesado objeto, choque puramente moral, pues no
-tuve contusión, ni mi cuerpo llegó á tocar á aquel otro, que era el de
-un hombre más joven que yo, más alto que yo, de partes, calidades y
-preeminencias físicas superiores de todo en todo á las mías. Quedéme
-parado ante él y él ante mí, sin hablarnos, ambos algo cohibidos. La
-conmoción del choque había sido en él tan grande como en mí... Y de
-pronto subió á mis labios, del corazón, no sé qué hiel más amarga que
-la amargura, y la escupí en estas palabras:</p>
-
-<p>—¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?</p>
-
-<p>Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana,
-comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres
-privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da
-el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le
-leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima
-esquina.</p>
-
-<p>Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me
-contestó:</p>
-
-<p>—Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.</p>
-
-<p>—¿Estás enfermo?</p>
-
-<p>—La garganta... siempre la garganta.</p>
-
-<p>—¿Con que la garganta...?</p>
-
-<p>Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le
-dije:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p>
-
-<p>—¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de
-consulta.</p>
-
-<p>—Pero como es amigo...</p>
-
-<p>—¡Manuel, Manuel!...</p>
-
-<p>Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después
-me ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le
-desconcertó sobremanera, y fué esto:</p>
-
-<p>—Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y
-después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.</p>
-
-<p>—No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa
-tiene?... vamos; no, no...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_38">
- <h2 class="nobreak">XXXVIII</h2>
- <p class="subh2">¡Ah! ¡traidor embustero!</p>
-</div>
-
-<p>¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos
-los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que
-pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta
-cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía:
-ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has
-tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á
-ahogar, sí, te ahogo...!</p>
-
-<p>Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á
-maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome
-á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no
-lo dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus<span
-class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> mentiras, le traté con el
-mayor desprecio del mundo, diciéndole:</p>
-
-<p>—No quiero molestarte. Ve solo...</p>
-
-<p>Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y
-oí su voz:</p>
-
-<p>—Maestro, maestro...</p>
-
-<p>—¿Qué quieres?</p>
-
-<p>Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma
-con ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que
-bajaba.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres?—repetí, cuando pasó el peligro.</p>
-
-<p>—Me voy con usted... Tengo que decirle...</p>
-
-<p>Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude
-menos de exclamar:</p>
-
-<p>—¡Hipócrita!...</p>
-
-<p>—¿Por qué?...—me respondió con frescura.—Hablaremos... Yo sé dónde
-ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la
-tarde.</p>
-
-<p>¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en
-que me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible.
-Era preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco
-interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las
-uñas, padecí horriblemente al decirle:</p>
-
-<p>—Eres un calavera, un libertino; mereces...</p>
-
-<p>—Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,—manifestó él con
-desenvoltura.—¿Por quién ha sabido usted esto?</p>
-
-<p>Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le
-respondí:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p>
-
-<p>—Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.</p>
-
-<p>—¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto.
-Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes
-decírselo.»</p>
-
-<p>Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la
-sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:</p>
-
-<p>—Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado
-lo que yo sospechaba ya.</p>
-
-<p>—Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos
-tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro
-secreto. Así es más sabroso...</p>
-
-<p>—¡Mala cabeza!...</p>
-
-<p>Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios...
-Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle
-no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis
-apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho!
-Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca
-del traidor, como versículos del <i>Dies iræ</i>, y á medida que íbais
-formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto.
-Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo
-que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y
-tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi
-espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el
-mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con
-vuestro reir<span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span> seco y
-roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á mi casa, entrábamos,
-subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel me dijo: «Está loca por
-mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de hierro, que me pareció
-sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.</p>
-
-<p>Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi
-sillón, como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como
-el más odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de
-los séres. ¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y
-yo quería conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le
-arrojaría con buenos modos.</p>
-
-<p>—Manuel—le dije.—Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito
-prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te
-suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá
-la noche tontamente.</p>
-
-<p>—¿Va usted á trabajar después de comer?</p>
-
-<p>—Es preciso.</p>
-
-<p>—¿No sale usted?</p>
-
-<p>—No...</p>
-
-<p>—Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo
-que veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no
-es un pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es
-serio, profundamente serio.</p>
-
-<p>—De modo que también tú...—le pregunté sintiendo cierto alivio.</p>
-
-<p>Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa,
-y miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.</p>
-
-<p>—También yo—murmuró,—estoy loco por ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_273">[p. 273]</span></p>
-
-<p>Dió un gran suspiro. La luz iluminaba ampliamente su rostro, un
-tanto pálido y excesivamente abatido.</p>
-
-<p>—Es preciso declararlo todo, querido maestro. Voy á necesitar de
-sus consejos, de su útil amistad. Esto, que al principio tomé por
-pasatiempo, ha venido rodando, rodando, á ser la cosa más grave del
-mundo... Tengo la conciencia alborotada, y la imaginación hecha un
-volcán... Tengo que hablar de esto con mi madre...</p>
-
-<p>—Harás bien.</p>
-
-<p>Como de costumbre, el gato saltó á sus rodillas. Cuando se trata de
-decir una cosa difícil, de esas que se resisten á venir á los labios,
-nada es tan socorrido, nada ayuda tanto al premioso alumbramiento como
-la operación maquinal de acariciar un gato. Manuel le daba pases y más
-pases en el lomo, y el buen animalito, con el rabo tieso y los nervios
-excitados, se subía por el brazo izquierdo de mi discípulo hasta
-rozarle con su cuerpo la cara... Y yo, deseando disimular á todo trance
-mi profundo interés en aquel negocio, sentía que el gato no hubiese
-venido á jugar conmigo, porque también (creédmelo á pié juntillas) la
-mejor ayuda para ocultar la agitación de nuestro ánimo es el mecánico
-entretenimiento de hacer fiestas á un gato.</p>
-
-<p>—Vea usted... maestro... Parece mentira cómo se van eslabonando las
-cosas; cómo paso á paso, de tontería en tontería, se llega á lo que
-parecía más lejano, más imposible...</p>
-
-<p>No sabiendo qué hacer, me puse á hojear un libro, y después á
-revolver papeles, haciendo como que buscaba un objeto perdido; y daba
-manotadas sobre la mesa...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span></p>
-
-<p>—Si me hallo más comprometido de lo que parece, maestro, la culpa la
-tiene su hermano de usted. Por algo me fué este señor tan antipático
-desde que usted me presentó en su casa...</p>
-
-<p>—También tú tienes unas cosas...—gruñí, por aquello de que estar
-completamente mudo no era propio de un buen disimular.</p>
-
-<p>Cogí un papel, y como si éste fuera lo que buscaba, me puse á leerlo
-con fingida atención. Era el prospecto de una zapatería, que no sé cómo
-había ido allí.</p>
-
-<p>—¡Su hermano de usted!... ¡qué punto! Entre él y la García Grande,
-doña Cosa Atroz... ¿Usted sabe la que tenían armada los dos...?</p>
-
-<p>—Hombre, sí—dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.—Lo
-sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...</p>
-
-<p>—¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que
-yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo
-H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier
-barbaridad....</p>
-
-<p>—¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...</p>
-
-<p>Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas
-de un líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla
-de yeso; pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me
-viera, y por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos
-rengloncillos diciendo: «botinas de <i>chagrín</i>, para señora, 54 reales,»
-ó cosa por el estilo.</p>
-
-<p>—Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la
-criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su
-hermano de usted... le mato...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span></p>
-
-<p>Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el
-brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el
-espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada,
-chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión,
-apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.</p>
-
-<p>—Pero mi hermano no fué...—dije.</p>
-
-<p>—Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima.
-Callandito salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué
-silencio en las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las
-calles, y el roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo
-salpicado de luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...</p>
-
-<p>Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el
-viento... Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...</p>
-
-<p>—Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la
-vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la
-idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar
-de un sorbo...</p>
-
-<p>Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi
-espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:</p>
-
-<p>—Metafísico estás... y poeta de redomilla...</p>
-
-<p>Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que
-me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para
-aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre,
-mientras Manuel decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p>
-
-<p>—Á la mañana siguiente volví...</p>
-
-<p>—¿Con revólver?...</p>
-
-<p>—Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni
-peligros, ni obstáculos veía yo...</p>
-
-<p>Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que
-habla lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,»
-sin saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi
-cerebro se había quedado vacío.</p>
-
-<p>—Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando
-aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando:
-«¡ladrones!»</p>
-
-<p>Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo
-de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y
-declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar
-al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del
-Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el
-papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité
-en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!»
-Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió
-un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque
-positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo
-tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la
-mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no
-encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.</p>
-
-<p>Cuando recobré mi juicio, aparecí en el des<span class="pagenum"
-id="Page_277">[p. 277]</span>pacho, miré á Manuel... Petra, mi ama de
-llaves, entraba en aquel momento...</p>
-
-<p>—Travesuras de gravísimas consecuencias—dije con voz
-campanuda.—Petra, la comida.</p>
-
-<p>Manuel miró su reloj y yo miré el mío.</p>
-
-<p>—Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.</p>
-
-<p>—Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?</p>
-
-<p>—Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?</p>
-
-<p>—La cosa es grave... Hay que pensarlo...</p>
-
-<p>Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no
-sé si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas
-estaban trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y
-otros aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y
-mi razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla.
-Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del
-mismo asunto otro día, y se fué...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_39">
- <h2 class="nobreak">XXXIX</h2>
- <p class="subh2">Quedéme solo delante de mi sopa.</p>
-</div>
-
-<p>Y ví desfilar en ordenado tropel, por delante de mí, los garbanzos
-redondos con su nariz de pico, y después una olorosa carne estofada,
-á quien siguieron pasa de Málaga, bollo de no sé dónde y mostillo
-de no sé qué parte. No puedo, al llegar aquí, ocultar un hecho que
-me pareció entonces, y aún hoy me lo parece, rarísimo, fenomenal y
-extraordinario. Bien quisiera yo, al contar que comí, aparecer conforme
-con<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> lo que es uso y
-costumbre en estos casos, es decir, pintarme desganado y con más ánimos
-para vomitar el corazón que para comerme un garbanzo; pero mi amor á
-la verdad me impone el deber de manifestar que tuve apetito, y que
-comí como todos los días. Fuese porque almorcé poco ó por otra causa,
-lo cierto es que hice honor á los platos. Bien se me alcanza que esto
-resulta en contradicción con lo que afirman los autores más graves que
-han hablado de cosas de amor, y aun los fisiólogos que han estudiado el
-paralelismo de las funciones corporales con los fenómenos afectivos,
-pero sea lo que quiera, como pasó lo cuento, y saque cada cual las
-consecuencias que guste. Lo único que revelaba mi trastorno era la
-distracción con que comí, y aquello de no saber lo que entraba por mi
-boca. De donde deduzco que hay mucho que hablar sobre la parte que toma
-el espíritu en la digestión. Punto y aparte.</p>
-
-<p>En mi despacho pasé luego horas tristísimas y pesadas. Ni podía
-hallar consuelo en la lectura, ni ningún autor, por grande que fuera,
-lograba cautivar mi alma, apartándola de la contemplación de su
-desdicha. Á ella se apegaba con ardiente fervor, como el fanático al
-dogma que idolatra. Y no había medio de separarla. Si con esfuerzos de
-imaginación lograba entretenerla un poco, llevándola engañada á otras
-esferas, ella se escapaba bonitamente y por misteriosos caminos se
-volvía á su objeto... Ya avanzada la noche, y cuando parecía que las
-energías mismas del dolor se cansaban, entróme aplanamiento de nervios
-y marasmo mental. Todo era entonces sensaciones fúnebres, ideas de
-próxi<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span>ma muerte...
-Á la madrugada, excitado mi cerebro con la falta de sueño, estas ideas
-de muerte llegaron á ser en mí verdadera manía con su convicción
-correspondiente. Antojóseme que iba á amanecer muerto, y me entretenía
-en considerar la sorpresa que recibirían mis amigos al saber la
-triste nueva y el duelo que harían las personas que verdaderamente me
-estimaban. ¡Y yo, tranquilo, observando este duelo y aquella sorpresa
-desde el ámbito misterioso de la muerte! Figurábame estar absolutamente
-ausente de todo lo conocido hasta ahora, pero continuando conocedor
-de mí mismo en una esfera, región ó espacio completamente privado de
-las propiedades generales de la física. ¡Meditación morbosa, fiebre
-del vacío, yo no sé lo que era aquello!... Después pensaba en las
-frases que emplearían los periódicos para dar cuenta de mi inopinado
-fallecimiento. Entre otras cosas, y después de echarme ese incienso
-ordinario, corriente, de fórmula, y que parece traido de la tienda,
-como el espliego que usa el vulgo, dirían poco más ó menos: «Este
-triste suceso sorprendió tanto más á los amigos del Sr. Manso, cuanto
-que éste se había dedicado el día anterior á sus habituales ocupaciones
-en perfecto estado de salud, se había retirado á su casa á la hora de
-costumbre, había comido con apetito...»</p>
-
-<p>Nada, nada; el apetito que por desgracia tuve desentonaba el lúgubre
-cuadro que mi fantasía trazaba en aquella hora de la madrugada,
-propicia al delirio y á la fiebre. Sobre mi mesa se encontrarían
-algunas cuartillas del prólogo á Spencer que había empezado á
-escribir... Mis panegiristas llamarían á aquel incompleto es<span
-class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span>crito <i>el canto del
-cisne</i>... Cuando pensaba en esto, cuando pensaba también que se
-celebraría en mi honor una velada literaria con versos y discursos, me
-entraban vivas ganas de no morirme, ó de resucitar, si es que ya muerto
-estaba, para que no se exhibieran y dieran lustre á costa mía Sainz del
-Bardal y los demás poetillas, oradorzuelos y muñidores de veladas...
-Nada, nada, ¡á vivir!</p>
-
-<p>Con estas cosas me dormí profundamente. ¡Bendito sueño, y cómo
-reparó mis fuerzas físicas y morales, y cómo templó todo lo que en mí
-estaba destemplado, y qué equilibrios restableció, y qué frescura y
-aplomo concedió á mi sér todo! Levantéme algo tarde, pero sintiendo en
-mi cabeza despejo, lucidez, y mucha energía moral. Usando una figura de
-género místico y muy bella, aunque algo gastada por el uso de tantas
-manos de poetas y teólogos, diré que algún angel había descendido á mí
-y consoládome durante mi sueño. Y, no obstante, yo no recordaba haber
-soñado nada... Si acaso, si acaso, tuve ligerísima sensación de que se
-celebraban veladas en honor mío.</p>
-
-<p>La energía moral, cierta robustez hercúlea que advertí en mi
-conciencia dábanme fuerzas físicas, agilidad, actividad... Fuí á clase;
-tenía deseos de explicar, y subí á mi cátedra con secreta confianza en
-que lo haría bastante bien. Ideas mil, vigorosas y claras, acudían á mi
-mente, como disputándose la primacía de la exteriorización. Bien, bien.
-Quisiera conservar lo que expliqué aquel día. Me sentí fecundo y con
-una facilidad de expresión que me causaba asombro.</p>
-
-<p>—«El hombre es un microcosmos. Su naturale<span class="pagenum"
-id="Page_281">[p. 281]</span>za contiene en admirable compendio todo el
-organismo del universo en sus variados órdenes...</p>
-
-<p>»Y no sólo en el desarrollo total de la vida demuestra el hombre
-ser como una reducción ó esbozo del universo, sino que á veces se ve
-palpablemente esto en un acto solo, en uno de esos actos que ocurren
-diariamente y que por su aparente insignificancia apenas merecen
-atención...</p>
-
-<p>»Existe perfecta unión entre la sociedad y la filosofía. El filósofo
-actúa constantemente en la sociedad, y la metafísica es el aire moral
-que respiran los espíritus sin conocerlo, como los pulmones respiran el
-atmosférico.</p>
-
-<p>»Á veces el hecho aislado, corriente, ofrece, bien analizado, un
-reflejo de la síntesis universal, como cualquier espejillo retrata toda
-la grandeza del cielo.</p>
-
-<p>»El filósofo actúa en la sociedad de un modo misterioso. Es el
-maquinista interior y recatado de este gran escenario. Su misión es el
-trabajo constante en la investigación de la verdad.</p>
-
-<p>»El filósofo descubre la verdad; pero no goza de ella. El Cristo
-es la imagen augusta y eterna de la filosofía, que sufre persecución
-y muere, aunque sólo por tres días, para resucitar luego y seguir
-consagrada al gobierno del mundo.</p>
-
-<p>»El hombre de pensamiento descubre la verdad; pero quien goza de
-ella y utiliza sus celestiales dones es el hombre de acción, el hombre
-de mundo, que vive en las particularidades, en las contingencias y en
-el ajetreo de los hechos comunes.</p>
-
-<p>»Considerada en su conjunto y unidad, la filosofía es el triunfo
-lento ó rápido de la razón sobre el mal y la ignorancia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span></p>
-
-<p>»Al fin, lo que debe ser es. La razón de las cosas triunfa de
-todo.</p>
-
-<p>»Desde su oscuro retiro, el sacerdote de la razón, privado de los
-encantos de la vida y de la juventud, lo gobierna todo con fuerza
-secreta. Él sabe ceder al hombre de mundo, al frívolo, al perezoso
-de espíritu las riquezas superficiales y transitorias, y se queda en
-posesión de lo eterno y profundo. Se halla colocado entre dos esferas
-igualmente grandes: el mundo exterior y su conciencia.</p>
-
-<p>»La conciencia es creadora, atemperante y reparadora. Si se la
-compara á un árbol, debe decirse que da flores preciosísimas, cuya
-fragancia trasciende á todo lo exterior. Sus frutos no son la desabrida
-poma del egoismo, sino un rico manjar que se reparte á todo el que
-tiene hambre.</p>
-
-<p>»Estas flores y frutos suplen en la sociedad la falta de un
-principio de organización. Porque la sociedad actual sufre el mal
-del individualismo. No hay síntesis. La total ruina vendría pronto
-si no existiese el principio reconstructivo y vigilante de la
-conciencia...»</p>
-
-<p>Y tanto hablé que concluí por sufrir ligero aturdimiento. Observé
-que algunos chicos bostezaban; pero otros me oían con gran atención.
-Algunos de estos pedantuelos que todo lo quieren saber en un día y que
-son harto pegajosos y marean al profesor con preguntillas, me dijeron
-al salir que no habían entendido bien; á lo que respondí, entre bromas
-y veras, que ya lo irían entendiendo á fuerza de cardenales, si eran
-escogidos, y si no, que muy bien se podían pasar sin entenderlo.
-Llamaba yo escogidos á los que<span class="pagenum" id="Page_283">[p.
-283]</span> tienen la piel delicada para apreciar bien los palmetazos,
-pellizcos y carrilladas que da el grande y próvido maestro de escuela,
-pues á los señores que tienen sus almas forradas con cuero semejante al
-del rinoceronte, ni con disciplinas les entra una sola letra.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_40">
- <h2 class="nobreak">XL</h2>
- <p class="subh2">Mentira, mentira.</p>
-</div>
-
-<p>Dígolo porque ahora trae mi narración unas cosas tan estupendas,
-que no las va á creer nadie. Y no porque en ellas entre ni un adarme
-de ingrediente maravilloso, ni tenga el artificio más parte que
-la necesaria para presentar agradable y bien ataviada la verdad,
-sino porque ésta, haciéndose tan juguetona como la loca de la casa,
-dispuso una serie de acontecimientos aparentemente contrarios á las
-propias leyes de ella, de la misma verdad, con lo que padecí nuevas
-confusiones. Empezó la fiesta por aquello de tener apetito fuera de
-sazón, contraviniendo todo lo que ordenan la idealidad, la finura en
-cosas de comer y hasta el buen gusto; después vino lo de volverme yo
-elocuente en mi cátedra; luego pasó una cosa muy rara: Doña Javiera
-se me presentó en mi casa á decirme que había roto toda clase de
-relaciones con aquel marido provisional y temporero que llamaban
-Ponce. Era, según ella decía, hombre ordinario, gastador, vicioso.
-Tiempo había que la señora estaba harta de él, y al fin todo acabó.
-Arrepentidísima de aquella larga distracción de mal género, la señora
-pen<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>saba hacerla
-olvidar con una vida arregladísima, de intachables apariencias. El
-porvenir de su hijo, que entraba en el mundo rodeado de esperanzas,
-lo exigía así. Ya la carnicería había sido traspasada, y tal es la
-fuerza reparatriz del olvido, que áun la misma doña Javiera no se
-acordaba de haber pesado chuletas en su vida. El mundo y las relaciones
-hacían lo mismo. No hay cosa que tan pronto entre en la historia como
-un pasado mercantil que al huir ha dejado dinero. Yo observé en mi
-amiga visibles esfuerzos por plegar la boca, hablar bajito, escoger
-vocablos finos y evitar un dejo demasiado popular. Su vestido respondía
-bien á este plan de regeneración, que había empezado por tormento
-de lengua y gimnasia de laringe. Todo ello me parecía muy bien. La
-señora, sumamente expansiva conmigo, me dijo que parte de su capital
-había sido empleado en comprar una casa, hermosa finca, allá por los
-holgados barrios próximos al Retiro. Se reservaba el principal y las
-cocheras, y alquilaría lo demás. Yo le daría un disgusto si no aceptaba
-un tercerito muy mono que me destinaba, y que me alquilaría en el mismo
-precio del de la calle del Espíritu Santo.</p>
-
-<p>—Gracias, muchas gracias... no sé cómo pagar...</p>
-
-<p>La señora tenía algo más que decirme. Aquellos días, encontrándose
-muy sola, se había entretenido en hacer pantallas de plumas, cosa
-bonita y vistosa, y tenía el gusto de ofrecerme una.</p>
-
-<p>—¡Oh! gracias, gracias. Está preciosísima... Vaya que tiene usted
-unas manos...</p>
-
-<p>Aún había más. La señora, sentándose con<span class="pagenum"
-id="Page_285">[p. 285]</span>fiadamente en mi sillón, frente al
-estante coronado de padrotes, me manifestó que no tenía límites el
-agradecimiento que hacia mí sentía por haber abierto á su hijo con mi
-enseñanza la brillante senda...</p>
-
-<p>—Señora... por Dios... yo... No hable usted más...</p>
-
-<p>Y no parecía sino que cuantos conocían á Manuel se disputaban
-el enaltecerle y abrirle paso. Ni la misma envidia, con ser tan
-poderosa, podía nada contra él. Se lo disputaban todas las academias y
-corporaciones; en lo sucesivo no habría velada que no contara con él
-para su completo lucimiento, y ya se hablaba de dispensarle la edad
-para admitirle en el Congreso. Pez y Cimarra le habían ofrecido un
-distrito; era seguro que Manuel sería pronto un orador parlamentario
-<i>de p</i> y <i>p</i> y <i>doble h</i>, y al cabo de algunos años ministro. La señora
-pensaba poner su nueva casa en altísimo pié de elegancia y lujo,
-porque...</p>
-
-<p>—Ya puede usted figurarse, amigo Manso, que mi hijo tendrá que dar
-tés, y el mejor día se me casa con alguna hija de un título... Á mí
-no me gustan oropeles, ni sirvo para hacer el <i>randibú</i>; como soy tan
-llanota... pero no tendré más remedio que violentarme para que mi hijo
-no desmerezca.</p>
-
-<p>Todo me parecía muy bien, incluso la persona de doña Javiera, que
-estaba, como dicen los revisteros de salones hablando de las damas
-entradas en edad, más hermosa cada día. Allí era cierta la hipérbole.
-Por doña Javiera parecía que no pasaban años, y los que pasaban, eran
-seguramente años negativos que iban marchan<span class="pagenum"
-id="Page_286">[p. 286]</span>do al revés de los años de todo el mundo,
-y la aproximaban á la juventud.</p>
-
-<p>La señora, que no acababa nunca de exponerme sus confianzas, dióme
-el encargo de explorar á Manuel para ver si se descubría el motivo de
-que anduviera tan ensimismado por aquellos días, de que pasara fuera de
-casa gran parte de la noche, cuando no toda ella, y de sus melancolías,
-inapetencia y desabrimiento de caracter.</p>
-
-<p>—Por supuesto, á mí no me la da... Esto es enamoramiento, ó soy tan
-pava que no entiendo... Me han dicho que en la casa de su hermano de
-usted y en otras á donde ha ido mi Manolo, todas las pollas se morían
-por él, empezando por las hijas de los duques y marqueses...</p>
-
-<p>Todavía le quedaba á mi vecina algo que decir; y era que cualquier
-cosa que se me ofreciese...</p>
-
-<p>—No tiene usted más que mandarme un recadito. La verdad es, amigo
-Manso, que está usted muy mal servido. Esa Petra es buena mujer, pero
-muy tosca, y no le cabe en la cabeza la casa de un caballero. Usted
-necesita mejor servicio, otro tren, otro... no sé si me explico.</p>
-
-<p>—Señora, mis medios...</p>
-
-<p>—Qué medios, ni medios... Usted merece más; un hombre tan notable,
-una gloria del país no debe vivir así...</p>
-
-<p>Y temiendo sin duda ir demasiado lejos en su delicado y solícito
-interés por mí, se retiró, después de convidarme á comer para el día
-siguiente, que era domingo.</p>
-
-<p>Esto que he referido entra en la lista de las cosas que entonces
-me parecieron tan inverosí<span class="pagenum" id="Page_287">[p.
-287]</span>miles como mi apetito de la noche anterior; pero aún hubo
-otro fenómeno más raro, y fué que en casa de José encontré á éste y á
-Manuela partiendo un piñón. Creeríase ¡Dios del cielo! que ni la más
-ligera nube había empañado nunca el sol de la concordia entre marido
-y mujer. Ella estaba alegre, él festivo, aunque me pareció observarle
-receloso y como en espectativa, bajo aquel capisayo de jovialidad. Á
-mí me trató con una dulzura que nunca había empleado conmigo. Corrió
-á cerrar una puerta por temor á que con el aire que violentamente
-entraba me constipase. Aquel día todo era plácemes. El ama se portaba
-bien. El médico de la familia la declaraba excelente lechera, y aunque
-el familión continuaba en la casa viviendo á mesa y mantel, todavía
-no había ocurrido ningún disgusto. Ocupadas en vestir á Robustiana
-con la librea de pasiega, las tres damas no hacían más que revolver
-telas, escoger galones y disputar sobre si sería azul ó encarnado. De
-cualquier modo que fuese, mi adquisición había de asemejarse mucho,
-luego que la vistieran, á la engalanada vaca que ha obtenido el primer
-premio en la Exposición de ganados.</p>
-
-<p>En un momento que estuvimos solos, díjome Lica:</p>
-
-<p>—No sé qué le ha pasado á José María que está hecho un guante
-conmigo. Todo es «mi mujercita por aquí y por allá.» Ahora quiere que
-hagamos viaje á Paris. Mira, no me alegro de hacerlo sino por traerte
-algún regalo, por ejemplo, un ajuar completo de tocador de hombre, como
-uno que he visto ayer, en que todas las piezas tienen pintado el cuerno
-de la abundancia...<span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span>
-No sé, no sé, algún buen angel ha tocado el corazón á José María. ¡Qué
-complaciente, qué amable! Pero no me fío, y siempre estoy en ascuas
-cuando le veo tan <i>cambambero</i>...</p>
-
-<p>Después de tal inverosimilitud, viene la más grande y fenomenal de
-todas las de aquel día. Esta sí que es gorda. Estoy seguro que nadie
-que me lea tendrá tragaderas bastante grandes para ella; pero yo la
-digo, y protesto de la verdad de su mentira con toda mi energía.
-Pásmese el que aún tenga fuerzas para pasmarse. El absurdo es que aquel
-día doña Cándida me sacó dinero. ¡Se comprende que su peregrino cacúmen
-hallara trazas y su audacia valor para pedírmelo; pero que yo se lo
-diera!... ¡Si me resistía yo mismo á creerlo, aunque me lo comprobaban
-con su elocuente vaciedad mis apurados bolsillos!... Ello fué, no sé
-cómo, una emboscada, un lazo, un secuestro. Las circunstancias hicieron
-gran parte, mi debilidad lo demás. Renuncio á detallar el hecho con
-pormenores que suplirá el buen juicio de los que al leer se espeluznen
-considerando que pueden verse en trotes semejantes.</p>
-
-<p>Al retirarme la noche anterior, la noche fatal, prometí volver. No
-lo hice, porque después de las confianzas de Peña me había entrado
-cierta repugnancia de aquella casa y de sus habitadores. Fuí cuando
-fuí, por un vivo ímpetu de mi conciencia. Padecí mucho cuando se me
-presentó Irene, cuya vista renovó en mí las turbaciones pasadas: pero
-ya entonces tenía yo en mi espíritu fuerza poderosa con que ocultarlas.
-Ella estaba completamente desmejorada, repuesta ya de la fiebre, pero
-sufriendo sus efectos, y yo me<span class="pagenum" id="Page_289">[p.
-289]</span> preguntaba confuso: ¿La debilidad y la pena aumentan su
-belleza, ó la destruyen casi por completo? ¿Está interesantísima, tal
-como el convencionalismo plástico exige, ó completamente despoetizada?
-El desquiciamiento que había en mí era causa de que por momentos la
-viese en el primer concepto, por momentos en el segundo. Cuando me
-saludó, su voz temblaba tanto, que casi no entendí lo que me dijo.
-Vergonzosa y cohibida, se sentó junto á mí y se puso á revolver una
-cesta de costura mientras yo me informaba de si había subido Miquis y
-de lo que había prescrito. Doña Cándida caracoleaba junto á los dos,
-ferozmente amable. Con la frescura que tan bien cuadraba contra ella,
-le dije:</p>
-
-<p>—Ahora me va usted á hacer el favor de dejarnos solos á Irene y á
-mí, que tenemos que hablar. Estése usted por ahí fuera todo el tiempo
-que guste; cuanto más mejor.</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tienes!... abur, abur. No quieres estorbos...</p>
-
-<p>Y se fué riendo. Irene y yo nos quedamos solos en el gabinetito
-donde había muchas cosas en desorden, y otras como arrinconadas en
-forma condenatoria. Miré todo aquello; después, alzando los ojos á la
-vidriera del balcón, ví un canario en bonita y pintoresca jaula.</p>
-
-<p>—Ese es obsequio especial de D. José á mi tía—me dijo Irene,
-buscando en la conversación corriente un fácil medio de hablar sin
-turbarse.</p>
-
-<p>—¿Y usted, qué tal se encuentra?—le pregunté, como hacen estas
-preguntas los médicos.</p>
-
-<p>—Regular... perfectamente...</p>
-
-<p>—¿Cómo entendemos eso? ¡Regular y perfectamente!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">[p. 290]</span></p>
-
-<p>—Es bonito este canario... si lo oyera usted cantar...</p>
-
-<p>—Como si lo oyera... Á quien quiero oir cantar es á usted... Si
-usted me hiciera el favor de sentarse en esa butaca y contestarme á dos
-ó tres preguntas...</p>
-
-<p>—Ahora mismo, amigo Manso... Déjeme usted buscar una cosa que estaba
-cosiendo para mi tía. Es una bata que deshizo y volvió á armar, y luego
-desbarató para hacerla de nuevo. Esta es la tercera edición de la bata.
-Aguarde usted... aquí tengo ya mi costura.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_41">
- <h2 class="nobreak">XLI</h2>
- <p class="subh2">La pícara se sentó con la espalda á la luz.</p>
-</div>
-
-<p>Había entornado las maderas del balcón para atenuar la viva claridad
-del día, y de esta manera su rostro estaba en sombra. Todos estos
-procedimientos denotaban su práctica en el arte del disimulo.</p>
-
-<p>—Vamos á ver: ¿cuándo vió usted por primera vez á Manuel Peña?</p>
-
-<p>Inclinado el rostro sobre la costura, yo no podía verla bien
-mientras me contestaba con humilde voz de escolar:</p>
-
-<p>—Una noche, cuando entró con usted en el comedor á tomar un
-refresco...</p>
-
-<p>—¿Habló él con usted en aquellos días?</p>
-
-<p>—No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él
-salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.</p>
-
-<p>—Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p>
-
-<p>—Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático,
-amigo suyo.</p>
-
-<p>—Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?</p>
-
-<p>—Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El
-me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo
-iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...</p>
-
-<p>—Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó
-á usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media
-noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...</p>
-
-<p>—Es cierto—respondió, sin levantar los ojos de su costura.—¿Cómo lo
-sabe usted?</p>
-
-<p>—Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de
-Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...</p>
-
-<p>Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»</p>
-
-<p>—Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el
-pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...</p>
-
-<p>Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido
-en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos
-componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión
-es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué
-razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé
-mover de mi bondad, y le dije:</p>
-
-<p>—Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero
-mucho; pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás
-haya<span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span> sido usted la
-más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted muy secretera.
-Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por completo. Yo
-observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía por seguro que
-en su vida había algo más de lo que constituye la vida ordinaria.
-Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla en su
-confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos que por
-primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es de los
-chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación de una
-joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo placer
-el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas, y en este
-comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de usted, que
-es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío de dulzura
-ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy poético.
-Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto más
-intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes, iban
-sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y debo
-reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines más
-puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel debían
-producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un joven
-de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo,
-usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además
-algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente?
-La enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un
-marco de positivismo... así, así, como suena...<span class="pagenum"
-id="Page_293">[p. 293]</span> las cosas claritas... y añadir á lo ideal
-una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser la mujer de un
-hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.</p>
-
-<p>La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi
-se iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima
-que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni
-una palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y
-seguí:</p>
-
-<p>—Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero
-sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que
-suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y
-con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba
-esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el
-momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa
-crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en
-que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento,
-bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la
-suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir...
-¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre
-al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto
-diputado, ministro...!</p>
-
-<p>Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un
-torrente lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó
-el pañuelo á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:</p>
-
-<p>—Sabe usted... más que Dios...</p>
-
-<p>—Quedamos en que aquella noche perdió us<span class="pagenum"
-id="Page_294">[p. 294]</span>ted la chaveta—añadí bromeando.—Sigamos
-ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el desasosiego de un
-querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya con sed furiosa
-á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona querida se salía
-ya de los términos de persona humana para ser criatura sobrenatural.
-Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente, su fantasía
-proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido rico y
-célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo un
-libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia, y
-hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir
-de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver
-pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante
-después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse
-independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de
-mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo.
-Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros
-que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular.
-¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada
-por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que
-es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con
-Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento á
-José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí á su
-sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones de San
-Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en ella;
-usted también cre<span class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span>yó
-la patraña de que mi cínife había variado de fortuna... Bueno: consigue
-usted su objeto; se pone al habla con Manuel, que soborna á la criada,
-y se mete aquí. Las sugestiones de mi hermano producen momentánea
-contrariedad. Para vencerla me llama usted á mí. Intervengo. Quito
-de en medio el gran estorbo. Manuel, entre bastidores, triunfa en
-toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer? Manuel y usted han de
-decidirlo.</p>
-
-<p>Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á
-cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada;
-no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que
-no obedecía, me dijo:</p>
-
-<p>—No callará mientras no cierre el balcón.</p>
-
-<p>Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á
-oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no
-se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver
-á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de
-frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y
-siguió el lloriqueo.</p>
-
-<p>No quise hacerle por el momento más preguntas. Mi procedimiento
-de confesión interrogatoria y deductiva no podía ser empleado
-delicadamente en lo que aún restaba por declarar. En realidad, nada
-estaba ya oculto, y yo veía tan clara la historia toda, cual si
-la hubiese leido en un libro. La historia tenía un final triste y
-embrollado; mejor dicho, no tenía final, y estaba como los pleitos
-pendientes de sentencia. Esta podía ser feliz ó atrozmente desdichada.
-¿Me correspondía intervenir en ella, ó, por el<span class="pagenum"
-id="Page_296">[p. 296]</span> contrario, debería yo evadirme lindamente
-dejando que los criminales se arreglaran como pudieran?... ¡Pobre
-Manso! ó yo no entendía nada de penas humanas, ó Irene esperaba de mí
-no sé qué salvador y providencial auxilio. Mucho tiempo pasó hasta el
-momento en que me dijo, sin dejar de llorar:</p>
-
-<p>—Usted lo sabe todo... Parece que adivina...</p>
-
-<p>Este descomedido elogio me llevó á hacer una observación sobre mí
-mismo. No quiero guardármela, porque es de mucho interés, y quizás
-sirva de explicación á aparentes contradicciones de mi vida. Yo,
-que tan torpe había sido en aquel asunto de Irene, cuando ante mí
-no tenía más que hechos particulares y aislados, acababa de mostrar
-gran perspicacia escudriñando y apreciando aquellos mismos hechos
-desde la altura de la generalización. No supe conocer sino por vagas
-sospechas lo que pasaba entre Irene y mi discípulo, y en cambio, desde
-que tuve noticia cierta de una sola parte de aquel sucedido, lo ví y
-comprendí todo hasta en sus últimos detalles, y pude presentar á Irene
-un cuadro de sus propios sentimientos y áun denunciarle sus propios
-secretos. Aquella falta de habilidad mundana y esta sobra de destreza
-generalizadora, provienen de la diferencia que hay entre mi razón
-práctica y mi razón pura; la una incapaz, como facultad de persona
-alejada del vivir activo, la otra expeditísima como don cultivado en
-el estudio. Todo lo que dije á Irene al confesarla, y que tanto la
-pasmó, fué dicho en teoría, fundándome en conocimientos académicos
-del espíritu humano. ¡Ella me llamaba adivino, cuando en realidad
-no mostraba<span class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span> más
-que memoria y aprovechamiento! ¡Bonito espíritu de adivinación tenía
-este triste pensador de cosas pensadas antes por otros; este teórico
-que con sus sutilezas, sus métodos y sus timideces había estado
-haciendo charadas ideológicas alrededor de su ídolo, mientras el sér
-verdaderamente humano, desordenado en su espíritu, voluntarioso en
-sus afectos, desconocedor del método, pero dotado del instinto de los
-hechos, de corazón valeroso y alientos dramáticos, se iba derecho al
-objeto y lo acometía!... Ved en mí al estratégico de gabinete que en
-su vida ha olido la pólvora y que se consagra con metódica pachorra
-á estudiar las paralelas de la plaza que se propone tomar; y ved en
-Peñita al soldado raso que jamás ha cogido un libro de arte, y mientras
-el otro calcula, se lanza él espada en mano á la plaza, y la asalta y
-toma á degüello... Esto es de lo más triste...</p>
-
-<p>Sacóme de mis reflexiones Irene, que dejó de llorar para obsequiarme
-con nuevas lisonjas. Hélas aquí:</p>
-
-<p>—Usted no tiene precio... Es la persona mejor del mundo... Manuel le
-respeta á usted tanto, que para él no hay autoridad como la del amigo
-Manso... Si ahora le dice usted que es de noche se lo creerá. No hace
-más que lo que usted le mande.</p>
-
-<p>«Te veo venir, palomita—pensé sonriendo en mi interior.—Ahora
-quieres que yo te case... Temes, y lo temes con razón, que haya
-inconvenientes... Primero: doña Javiera se opondrá; segundo: el mismo
-Manuel... (estos soldados rasos son así...) después de su triunfo
-y de haber tomado la plaza con tanto brío, no tendrá gran<span
-class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> empeño en conservarla.
-Es de la escuela de Bonaparte... Veo, Irenita, que no pierdes ripio...
-¿Con que yo mediador, yo diplomático, yo componedor y casamentero...?
-Es lo que me faltaba.»</p>
-
-<p>Díjele esto en espíritu, que es como se dicen ciertas cosas. Y en
-aquel punto parecióme oir ruido en la puerta que á la sala daba. Otra
-prueba de mis facultades adivinatorias. Doña Cándida estaba tras las
-frágiles maderas, oyendo lo que decíamos. Para cerciorarme, abrí la
-puerta. Desconcertada al verse sorprendida, la señora hizo como que
-limpiaba la puerta con un gran zorro que en la mano traía.</p>
-
-<p>—Hoy sí que no te nos escapas, Máximo—me dijo.</p>
-
-<p>—Pues qué, señora, ¿me va usted á enjaular?</p>
-
-<p>—No; es que hoy tienes que quedarte á comer con nosotras.</p>
-
-<p>Desde el rincón en que estaba, Irene me hizo señales afirmativas con
-la cabeza.</p>
-
-<p>—Bueno—respondí.</p>
-
-<p>—No tendrás las cosas ricas de tu casa... Dime, ¿te gustan los
-pichones? Porque tengo pichones.</p>
-
-<p>—Á mí me gusta todo.</p>
-
-<p>—Ayer me han regalado una anguila, ¿te gusta?</p>
-
-<p>—¿Qué más anguila que usted?</p>
-
-<p>No; esto también lo dije en espíritu... Luego se tocó el bolsillo,
-donde sonaban muchas llaves. Yo temblé como la espiga en el tallo.</p>
-
-<p>—Tengo que salir á buscar algunas cosas... Mira, Irene te va á hacer
-un pastel que á tí te gusta mucho.</p>
-
-<p>Miré á Irene, que se apretaba la boca con el<span class="pagenum"
-id="Page_299">[p. 299]</span> pañuelo, muerta de risa, y con las
-lágrimas corriendo todavía por sus pálidas mejillas. ¡Pastel de risa y
-llanto, qué amargo eras!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_42">
- <h2 class="nobreak">XLII</h2>
- <p class="subh2">¡Qué amargo!</p>
-</div>
-
-<p>—Yo tengo que salir. Melchora vendrá pronto—dijo Calígula
-entrando.—¿Pero qué tienes, niña? ¿por qué lloras? ¿La has reñido,
-Máximo?... Nada, nada, tonterías. Vete á la cocina y te distraerás.
-¿Harás el pastel? Mira, Máximo te ayudará, que de todo entiende...
-¿Sabes lo que puedes hacer también? Sacar la vajilla, mantel,
-servilletas; ahí está todo en el baul grande. Toma las llaves.
-Distráete, tonta, ¿qué es eso? ¡Ay Máximo, en diciendo que vienes
-tú aquí, esta joven filosófica se desconcierta!... Por supuesto,
-Máximo, que á tí no te gusta el cocido. Te voy á dar de comer á la
-francesa. ¡Verás qué bien! una cosa atroz... Oye, Irene, la lumbre
-está encendida. Todo va á ser frito, asado, y nada de cazuela ni
-guisotes. Vamos, que ya quedará acostumbrado el mocito para volver otro
-día. Abur, abur. Cuidado, Irene, que al volver me lo encuentre todo
-arreglado.</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tiene mi tía!—me dijo Irene cuando nos quedamos
-solos.—Le va á matar á usted de hambre. Aquí no hay nada, ni
-tenedores... Eso que mi tía llama la vajilla son unos cuantos platos
-desiguales que aún están en los baules. ¡El comedor! Falta que
-haya mesa para los tres. Hasta ahora hemos comido en un vela<span
-class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span>dorcito de hierro que
-tiene una pata menos y hay que calzarlo con una caja de galletas...
-Se va usted á divertir... Le juro á usted que yo preferiría mil veces
-comer el rancho de un hospicio á vivir más tiempo con mi tía.</p>
-
-<p>No olvidaré nunca la expresión de antipatía, de horror, de asco que
-ví en su semblante.</p>
-
-<p>—Pues usted ha venido aquí por su gusto... Vuelvo á mi tema.</p>
-
-<p>—Sí; pero creí venir de paso—me respondió con una decisión que me
-parecía nueva en ella.—Vine como se va á una estación de ferrocarril
-para tomar el tren.</p>
-
-<p>Y luego arrogante, altiva, como no la había visto nunca, revelándome
-una energía que me pasmó, me dijo:</p>
-
-<p>—Créalo usted, pronto saldré de aquí, ó casada ó muerta.</p>
-
-<p>Me dejó frío...</p>
-
-<p>—Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á
-doña Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos
-que ir á comer á una fonda.</p>
-
-<p>Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor,
-que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin
-cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á
-creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran
-dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo
-semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un
-perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla
-mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo
-que la se<span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span>ñora no
-había podido vender de sus antiguos ajuares.</p>
-
-<p>—Este es el museo de mi tía—dijo Irene burlándose.—Ahora, explaye
-usted sus miradas por esta suntuosa <i>salle à manger</i>. Ella dice que es
-del gusto de la <i>renaissance</i> por esas dos arquitas talladas que tiene
-ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal
-estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de
-mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos
-sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En
-días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete;
-en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos
-de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer
-la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina
-funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los
-fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda
-usted para cuando se case...</p>
-
-<p>Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella
-enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para
-remacharla así:</p>
-
-<p>—¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es
-vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién
-lo va á hacer?</p>
-
-<p>—¡Es verdad, es verdad!</p>
-
-<p>—¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es
-abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola,
-sin padres, sin guía...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p>
-
-<p>Complacíame mucho verla tan expansiva.</p>
-
-<p>—Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina.
-Amigo, es preciso trabajar. Si no...</p>
-
-<p>Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha
-limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre
-estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio
-de cosa comestible.</p>
-
-<p>—Eso sí—observó Irene,—hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día
-se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.</p>
-
-<p>—Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...</p>
-
-<p>—No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca
-usted... coja por ese lado.</p>
-
-<p>Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella
-riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.</p>
-
-<p>—Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules...
-Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía
-no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.</p>
-
-<p>—Vengan esas llaves... abriremos.</p>
-
-<p>Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules
-y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla
-de lo profundo, sacar antes el <i>Año Cristiano</i> en doce tomos, algunas
-colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.</p>
-
-<p>—Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo
-que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal.
-En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con
-un par de tenedores nos arre<span class="pagenum" id="Page_303">[p.
-303]</span>glamos; pero no sé si nuestro convidado... ¡Ah! sí, en el
-otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas que fueron
-de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un juego
-de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es de
-Toledo...</p>
-
-<p>Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y
-no quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería
-nueva dábanle excelente aspecto.</p>
-
-<p>—Ahora falta lo principal—dijo Irene.—Veremos cómo sale del paso...
-Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al
-entrar... Como si la oyera...</p>
-
-<p>Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje
-de diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y
-la sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de
-pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro,
-veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa
-producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.</p>
-
-<p>—¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para
-desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier
-medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he
-criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este
-desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en
-palacios...</p>
-
-<p>—Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito.
-Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos
-caminos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span></p>
-
-<p>—Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que
-seguirlos. No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le
-voy á contar...</p>
-
-<p>Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí,
-frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no
-olvidaré nunca:</p>
-
-<p>—Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la
-escuela, ¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No
-sé si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho
-que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme
-mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres...
-¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz...
-tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la
-escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la
-puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer
-aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra,
-aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera
-yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me
-gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder
-de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos
-tranquila; pero mi imaginación no descansaba...</p>
-
-<p>¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia,
-la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en
-ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin
-caprichos!... Pero atendamos ahora.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span></p>
-
-<p>—Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es
-que no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo
-á solas conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á
-averiguar lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía
-bien mis deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera
-usted, amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia
-á enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética!
-Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un
-heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena
-de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco
-más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»</p>
-
-<p>¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero
-chitón, y oigamos.</p>
-
-<p>—¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí!
-Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos,
-usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la
-maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse
-lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas
-tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...</p>
-
-<p>¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio!
-Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón...
-Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me
-gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en
-aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de
-verdad que acababa de obtener<span class="pagenum" id="Page_306">[p.
-306]</span> podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo había hecho
-lucidamente una hora antes.</p>
-
-<p>—Mire usted, Irene,—le dije envalentonándome mucho y empleando ese
-acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.—Lo que
-usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien
-lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la
-superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted?
-Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los
-libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos
-de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece
-podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos,
-de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos
-de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que
-constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer
-honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza. Faltan
-las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos y esas
-aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea, aspira á
-ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino se las
-depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada á la
-juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba las
-redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural, resulta
-ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel se casa
-con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que desea,
-será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un hombre
-notable; señora de<span class="pagenum" id="Page_307">[p. 307]</span>
-una excelente casa, donde podrá darse toda la importancia que quiera;
-dueña de mil comodidades, coche, criados, palco...</p>
-
-<p>—Cállese usted, cállese—me dijo poniéndose roja, y echándose á reir
-y escondiendo la cara.</p>
-
-<p>—No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al
-contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en
-el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena
-esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo...
-Lucirá usted...</p>
-
-<p>—Cállese usted, cállese usted...</p>
-
-<p>Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para
-comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión
-de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo
-me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad
-¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se
-me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción
-vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada
-según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que
-constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble
-era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis
-generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á
-los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica
-y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento,
-aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...</p>
-
-<p>—Lo que yo aseguro á usted—me dijo,—es que mis deseos han sido
-siempre los deseos más<span class="pagenum" id="Page_308">[p.
-308]</span> nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como lo son otras...
-¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo he visto á otras que
-se han casado con jóvenes de mérito y de buena posición. ¿Por qué no
-he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios, Manso. Para que me
-concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la Virgen...!</p>
-
-<p>¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo
-desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa
-clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas
-triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas,
-un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu
-y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que
-se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como
-dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un
-arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga
-presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que
-realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte, la
-serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe de
-vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y los
-maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por cuyas
-cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta criatura
-de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas prendas
-estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora y
-sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes leyes,
-de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y todo
-para que el mu<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span>ñeco
-fabricado por mí se rompiera más tarde en mis propias manos, dejándome
-en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde habría llegado yo con estas
-lamentaciones internas si no apareciera doña Cándida cuando menos la
-esperábamos...</p>
-
-<p>—¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa
-puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á
-comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi
-mesa...</p>
-
-<p>Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.</p>
-
-<p>—No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido
-aquí...</p>
-
-<p>De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un
-trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí
-y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos
-en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:</p>
-
-<p>—Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra
-fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de
-las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al
-fuego...</p>
-
-<p>Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que
-esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no
-sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas
-de hablar.</p>
-
-<p>—Dígame usted, Irene—le pregunté con interés profundo.—Si Manuel
-tuviese ahora un mal pensamiento y...</p>
-
-<p>No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición
-de su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_310">[p. 310]</span></p>
-
-<p>—Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de
-pena...</p>
-
-<p>—¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...</p>
-
-<p>—Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no
-quedaba bien muerta... Usted no me conoce...</p>
-
-<p>¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.</p>
-
-<p>Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para
-decirme:</p>
-
-<p>—Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año
-pasado... ¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y
-al momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.</p>
-
-<p>—¡Tortilla para comer... tía!</p>
-
-<p>—¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas.
-¿No eres de mi opinión, Máximo?</p>
-
-<p>—Sí señora; todo lo que usted quiera...</p>
-
-<p>—Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?</p>
-
-<p>¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen
-agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero
-Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude
-pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña
-Cándida el retumbante apodo de <i>filet à la Maréchale</i>.</p>
-
-<p>—Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo
-ya en Madrid más que yo...</p>
-
-<p>—Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span></p>
-
-<p>Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para
-burlarse de la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no
-aparecieron ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.</p>
-
-<p>—Aquí tienes un pavo trufado—declaró Calígula,—que lo ha hecho
-expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito
-á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de
-Champagne...</p>
-
-<p>—Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...</p>
-
-<p>—Te digo que es del propio <i>Duc de Montebello</i>. Tú entenderás de
-filosofía; pero no de bebidas...</p>
-
-<p>—Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?</p>
-
-<p>—Es el platito de que te hablé... <i>haricots à la sauce
-provençale</i>... Lo hace Melchora á maravilla.</p>
-
-<p>—Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me
-parece una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...</p>
-
-<p>—¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así
-es todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.</p>
-
-<p>Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso
-<i>filet à la Maréchale</i>. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar
-otra vez sobre el tema eterno.</p>
-
-<p>«Quién sabe,—me dije,—si una crítica completamente sana y fría
-podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y
-rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado
-más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te
-entusiasmaba,<span class="pagenum" id="Page_312">[p. 312]</span> ¿no
-será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos de ideas como los
-hay de palabras... Ponte en el terreno firme de la realidad y haz un
-estudio serio de la mujer-mujer... Estos que ahora te parecen defectos,
-¿no serán las manifestaciones naturales del temperamento, de la edad,
-del medio ambiente?... ¿De dónde sacaste aquel tipo septentrional más
-frío que el hielo, compuesto no de pasiones, virtudes, debilidades
-y prendas diferentes, sino de capítulos de libro y de hojas de
-Enciclopedia? Observa ahora la verdad palpitante, y no vengas con
-refunfuños de una moral de cátedra á llamar graves defectos á lo que en
-realidad es tan sólo accidentes humanos, partes y modos de la verdad
-natural que en todo se manifiesta. La pasión es propio fruto de la
-juventud, y el arte de disimular que tanto te espeluzna es una forma
-de caracter adquirida en el estado de soledad en que ha vivido esa
-criatura, sin padres, sin apoyo alguno. Un poderoso instinto de defensa
-le ha dado ese arte, con el cual sabe suplir la falta del amparo
-natural de la familia. Ese disimulo ha sido su gran arma en la lucha
-por la vida. Se ha defendido del mundo con su reserva. Y esa ambición
-que tanto te desagrada no es más que un producto del mismo desamparo
-en que ha vivido. Se ha acostumbrado á deberlo todo á sí misma, y de
-ahí ha venido el prurito de emprenderlo todo por sí misma. Arrastrada
-por la pasión, ha tenido flaquezas lamentables. Su agudeza y su
-prudencia han sido vencidas por el temperamento... Hay que considerar
-lo extraordinario de las seducciones con que luchaba. Enamorada,
-la atraía el galán de sus sueños; pobre, la<span class="pagenum"
-id="Page_313">[p. 313]</span> atraía el joven de posición. ¡Amor
-satisfecho y miseria remediada! Estos grandes imanes, ¿á quién no
-llevan tras sí? El espíritu utilitario de la actual sociedad no
-podía menos de hacer sentir su influjo en ella. Hé aquí una huérfana
-desamparada que se abre camino, y su pasión esconde un genio práctico
-de primer orden...»</p>
-
-<p>¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa,
-hastiado de alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban
-amenazando desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el
-mango, y de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya
-en lo maravilloso.</p>
-
-<p>Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos
-nada. Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza
-de haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía
-muda y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí
-acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal
-en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la
-vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una
-palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción
-extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos
-sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos.
-Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que
-yo y que todas mis filosofías.</p>
-
-<p>Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella
-reserva interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en
-los ho<span class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span>rizontes de
-su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel mismo resabio
-utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa muletilla,
-aquella pobreza de estilo por la cual llamaba <i>tremendas</i> á todas las
-cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que fué Manuel, ser
-hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel armado con la
-espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la razón!...
-Pero ya era tarde.</p>
-
-<p>Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del
-crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví
-tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es
-necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga
-á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios
-gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de
-ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que
-por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no
-es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque
-si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente
-serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros
-de la tontería.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_43">
- <h2 class="nobreak">XLIII</h2>
- <p class="subh2">Doña Javiera me acometió con furor.</p>
-</div>
-
-<p>Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta
-entonces desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel,
-afa<span class="pagenum" id="Page_315">[p. 315]</span>bilidad y suma
-tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del domingo,
-que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo, llevóme á
-su gabinete, cerró...</p>
-
-<p>—Pero, señora...</p>
-
-<p>Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos
-modos la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los
-ojos; creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de
-la legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino
-con monosílabos y entrecortadas cláusulas:</p>
-
-<p>—Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe
-usted lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?...
-Manuel, ¡qué pillo, qué ingrato hijo!...</p>
-
-<p>—Pero, señora...</p>
-
-<p>—¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se
-quiere casar con una maestra de escuela.</p>
-
-<p>Y al decir <i>maestra de escuela</i>, alzaba la voz con alarido de
-agonía, como el que recibe el golpe de gracia...</p>
-
-<p>—Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen,
-re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto
-mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de
-Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?...
-Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho
-cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos
-el <i>pe á pa</i>... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á
-dar algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando
-me lo dijo... Ahí tiene usted<span class="pagenum" id="Page_316">[p.
-316]</span> un hombre perdido... adios carrera, adios porvenir...
-¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...</p>
-
-<p>—Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.</p>
-
-<p>El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al
-comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:</p>
-
-<p>—En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi
-salvación.</p>
-
-<p>—Yo...</p>
-
-<p>—Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se
-dice así?</p>
-
-<p>—Así se dice.</p>
-
-<p>—Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las
-amistades.</p>
-
-<p>Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días
-me pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se
-parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares
-y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de
-mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos
-y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín
-más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las
-consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el
-apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien
-dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco
-que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome
-que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á
-Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este<span
-class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> entró cuando ya habíamos
-tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le conocí que había visto á
-su víctima; mas no podía suponer dónde ni cómo. Probablemente habría
-sido en la misma casa caligulense, pues no era difícil para Manuel
-embaucar á doña Cándida y aun prescindir completamente de ella. Durante
-toda la comida, doña Javiera no perdía ripio de reñir á su hijo,
-fulminando contra él los rayos de sus bellos ojos ó los de sus frases
-agudas y mortificantes. Á mí me traía en palmitas, quería que de todo
-comiese, cosa imposible, y me atendía y me obsequiaba con cariñosa
-finura. Cuando me despedí, después de hablar un poco sobre el consabido
-conflicto, le dije:</p>
-
-<p>—Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.</p>
-
-<p>Y ella:</p>
-
-<p>—En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va
-á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy
-abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la
-calle.</p>
-
-<p>Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que
-le esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en
-voz bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:</p>
-
-<p>—Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale
-usted que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su
-porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en
-que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no
-me venga con mimos, porque no le perdono...</p>
-
-<p>—Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_44">
- <p><span class="pagenum" id="Page_318">[p. 318]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XLIV</h2>
- <p class="subh2">Mi venganza.</p>
-</div>
-
-<p>Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia
-por decirme:</p>
-
-<p>—¿Ha hablado usted con mamá?</p>
-
-<p>—Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con
-Irene—le respondí;—y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece
-que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena
-boda. Ya ves que la pobre Irene...</p>
-
-<p>—Es pobre y humilde; pero yo la quiero.</p>
-
-<p>El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y
-al compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de
-pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!...
-Formé un plan y lo puse en práctica al instante.</p>
-
-<p>—Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la
-verdad, la verdad pura quiero.</p>
-
-<p>—Déme usted antes consejos.</p>
-
-<p>—¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...</p>
-
-<p>—Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento,
-le diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado
-y de ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de
-casarme, le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir
-todavía una idea fija sobre esto. Es cosa grave.<span class="pagenum"
-id="Page_319">[p. 319]</span> Por todas partes no se oye otra cosa que
-diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes ambos... Hay que
-pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.</p>
-
-<p>—¿Tienes algún recelo,—le dije violentándome mucho para aparecer
-sereno,—de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á
-ese tu entusiasmo de hoy...?</p>
-
-<p>—Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la
-pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que
-he de ser feliz con ella...</p>
-
-<p>—Entonces...</p>
-
-<p>—Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á
-Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de
-ella?</p>
-
-<p>—La misma que tú.</p>
-
-<p>—¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo
-me embarco con ella.</p>
-
-<p>—¿Crees que no te pesará?</p>
-
-<p>—Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da
-unos flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...!
-Considere usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que
-ocurren en la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas,
-todo está en revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos
-sociales, á cual más inesperado y sorprendente, se suceden sin
-interrupción. Diré que la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde
-menos se espera, y se levanta cada ola...</p>
-
-<p>Yo meditaba.</p>
-
-<p>—¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...</p>
-
-<p>—¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p>
-
-<p>—Juro que sí,—me dijo con entereza.—No hay nadie en el mundo que
-tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.</p>
-
-<p>—¿Y si te digo que no te cases?...</p>
-
-<p>—Si me dice usted que no me case,—murmuró muy confuso mirando al
-suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,—también lo
-haré...</p>
-
-<p>—¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas
-absolutamente con ella y no la veas más?</p>
-
-<p>—Eso ya...</p>
-
-<p>—Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí
-sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo.
-Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el
-vicio.</p>
-
-<p>—Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede
-inspirarme una villanía.</p>
-
-<p>—Pues cásate.</p>
-
-<p>—Si realmente...</p>
-
-<p>—Yo concedo que por circunstancias especiales te resistas á unirte
-á ella con lazos que duran toda la vida. Yo convengo en que podrías
-considerar este casorio como un entorpecimiento en tu carrera...
-Podrías aguardar á que dentro de algún tiempo, cuando tu notoriedad
-fuera mayor, se te presentara un partido brillantísimo, una de estas
-ricas herederas que se pirran porque las llamen ministras... Eres
-medianamente rico; pero tu fortuna no es tan considerable, que puedas
-aspirar á satisfacer las exigencias, mayores cada día, de la vida
-moderna. La riqueza general crece como espu<span class="pagenum"
-id="Page_321">[p. 321]</span>ma y las competencias de lujo llegan á lo
-increible. Dentro de diez ó quince años quizás te consideres pobre, y
-quién sabe, quién sabe si las posiciones oficiales que ocupes ofrezcan
-un peligro á tu moralidad. Piénsalo bien, Manuel, mira á lo futuro, y
-no te dejes arrastrar de un capricho que dura unas cuantas semanas. Ten
-por seguro que si te dispensan la edad, entrarás en el Congreso antes
-de tres meses. Al año, ya tus grandes facultades de orador te habrán
-proporcionado algunos triunfos. Te lucirás en las comisiones y en los
-grandes debates políticos. Puede ser que á los dos años de aprendizaje
-seas lugarteniente de un jefe de partido, ó coronel de un batalloncito
-de dragones. De seguro acaudillarás pronto uno de esos puñados de
-valientes que son la desesperación del Gobierno. Te veo subsecretario
-á los veinte y seis años, y ministro antes de los treinta. Entonces...
-figúrate: un matrimonio con cualquier rica heredera americana ó
-española remachará tu fortuna, y... no te quiero decir lo que esto
-valdrá para tí...</p>
-
-<p>Él me miraba atento y pasmado. Yo, firme en mi propósito, continué
-así:</p>
-
-<p>—Ahora examinemos el otro término de la cuestión. La pobre Irene...
-Es una buena chica, un angel; pero no nos dejemos arrastrar del
-sentimentalismo. De estos casos de desdicha está lleno el mundo. La que
-cae, cae, y adivina quien te dió... Supongamos que tú, inspirándote
-ahora en ideas de positivismo, das por terminada la novela de tus
-amores, la rematas de golpe y porrazo, como el escritor cansado que
-no tiene ganas de pensar un desenlace. La víctima llorará mu<span
-class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span>cho; pero los ríos de
-lágrimas son los que al fin resisten menos á las grandes sequías.
-Al dolor más vivo dale un buen verano y verás... Todo pasa, y el
-consuelo es ley del mundo moral. ¿Qué es el Universo? Una sucesión de
-endurecimientos, de enfriamientos, de trasformaciones que obedecen á la
-suprema ley del olvido. Pues bien, la joven se oculta, se desmejora;
-pasa un año, pasan dos, y ya es otra mujer. Está más guapa, tiene más
-talento y seducciones mayores. ¿Qué sucede? Que ni ella se acuerda
-de tí, ni tú de ella. Es verdad que su pobreza la impulsaría quizás
-á la degradación; pero no te importe, que la Providencia vela por
-los menesterosos, y esa discreta y bonita joven encontrará un hombre
-honrado y bueno que la ampare, uno de esos solterones que se acomodan á
-la calladita con los restos del naufragio...</p>
-
-<p>—Por vida de las ánimas—gritó Peña con ímpetu, sin dejarme
-acabar,—que si no le tuviera á usted por el hombre más formal del
-mundo, creería que está hablando de broma. Es imposible que usted...</p>
-
-<p>Lo que yo decía hubiera sido insigne perfidia, si no fuera táctica,
-que mi discípulo descubrió antes de tiempo. Anticipándose á mi
-estratagema, me descubría lo que yo quería descubrir. No me quedaba
-duda de la rectitud de su corazón...</p>
-
-<p>—No siga usted—exclamó levantándose.—Yo me marcho: no puedo oir
-ciertas cosas...</p>
-
-<p>Y yo entonces me fuí derecho á él, le puse ambas manos sobre los
-hombros, hícele caer en el asiento. Cada cual quedó en su lugar con
-estas palabras mías:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_323">[p. 323]</span></p>
-
-<p>—Manuel, esperaba de tí lo que me has manifestado. Al suponer que
-yo bromeaba, veo que sabes juzgarme. No estaba seguro de tu modo de
-pensar, y te armé una argumentación capciosa. Ahora me toca á mí hablar
-con el corazón... ¿Quieres un consejo? Pues allá va... No sé cómo has
-esperado á pedírmelo; ni sé cómo has creido que fuera de tu conciencia
-hallarías la norma de tu conducta... Para concluir: si no te casas,
-pierdes mi amistad; tu maestro acabó para tí. Toda la estimación que te
-tengo será menosprecio, y no me acordaré de tí sino para maldecir el
-tiempo en que te tuve por amigo...</p>
-
-<p>Me dió un abrazo. En su efusión no dijo más que esto:</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_45">
- <h2 class="nobreak">XLV</h2>
- <p class="subh2">Mi madre...</p>
-</div>
-
-<p>—Déjala de mi cuenta... Yo la aplacaré haciéndole ver... Ella
-no conoce á Irene, no sabe su mérito. Le diré que la memoria de mi
-madre me impone la obligación de tomar bajo mi amparo á esa pobre
-huérfana, de cuya familia tiene la mía antiguas deudas de gratitud...
-Sí, lo declaro: sépanlo tú y tu madre. La maestra de escuela es ahora
-mi hermana; su desgracia me mueve á darle este título y con él mi
-protección declarada, que irá hasta donde lo exijan el honor de un
-nombre y el decoro de una familia.</p>
-
-<p>Yo me entusiasmaba, y á cada palabra me ocurrían otras más
-enérgicas.</p>
-
-<p>—Las preocupaciones de tu madre son ridí<span class="pagenum"
-id="Page_324">[p. 324]</span>culas. Dejémonos de abolengos, pues si
-á ellos fuéramos, cuán malparados quedarías tú, tu madre y todos los
-Peñas de Candelario.</p>
-
-<p>—Sí—gritó él con entusiasmo,—abajo los abolengos.</p>
-
-<p>—Y no hablemos de entorpecimiento en tu carrera... ¡Si te llevas
-un tesoro; si es tu futura capaz de empujarte hasta donde no podrías
-llegar quizás con tu talento...! Sí; que tiene ella pocos bríos en
-gracia de Dios. Manuel, no hagas caso de tu mamá, ten mucha flema. Doña
-Javiera cederá; déjala de mi cuenta...</p>
-
-<p>Lo que después hablamos no tiene importancia. Quedéme solo, y entre
-triste y alegre. Ví que lo que había hecho era bueno, y esto me daba
-una satisfacción bastante grande para ahogar á ratos mis penas pensando
-en ellas.</p>
-
-<p>Y aunque doña Javiera subió aquella misma noche á preguntarme el
-resultado de la conferencia, no quise hablar explícitamente:</p>
-
-<p>—Convencido, señora, convencido—fué lo único que le dije.</p>
-
-<p>Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero
-con ama de llaves, á manera de presbítero.</p>
-
-<p>—Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo
-Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone
-de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan
-sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle
-de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en
-la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle á
-usted su cuartito, y ponérselo como un primor.<span class="pagenum"
-id="Page_325">[p. 325]</span> No, no venga usted dando las gracias...
-Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba más...</p>
-
-<p>Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día,
-sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me
-presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de
-espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando
-una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender
-lo siguiente:</p>
-
-<p>—Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar
-á Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que
-me traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.</p>
-
-<p>Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas,
-me atreví á responderle:</p>
-
-<p>—El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo
-podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.</p>
-
-<p>—No hable usted así, que estoy volada...</p>
-
-<p>—Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá
-usted hablar de otra manera.</p>
-
-<p>—Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está
-ahí para que me lo atrape la primera esguízara...?</p>
-
-<p>—Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no
-logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa
-usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo
-que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita
-huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span></p>
-
-<p>—¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se
-va volviendo cargante? Mi hijo...</p>
-
-<p>—Vale menos que ella.</p>
-
-<p>—Vale más, más, óigalo usted, más.</p>
-
-<p>Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían
-nervioso.</p>
-
-<p>—Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de
-verano, amigo Manso.</p>
-
-<p>—Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se
-casarán, y en paz.</p>
-
-<p>—No le doy la licencia—exclamó doña Javiera puesta en jarras.</p>
-
-<p>—Se la dará usted.</p>
-
-<p>Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no
-podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave
-tema.</p>
-
-<p>—Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted
-algún Coburgo Gotha?...</p>
-
-<p>—No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á
-usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se
-compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.</p>
-
-<p>—Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el
-niño una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento,
-de belleza, de virtud... hija de un caballerizo...</p>
-
-<p>—¡Hija de un caballerizo!...—repitió la ex-carnicera con cierto
-aturdimiento,—de esos monigotes que van al lado del coche real...
-brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.</p>
-
-<p>—Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio
-de Estado, revuelvo<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span>
-el archivo de la cancillería, y le saco á mi protegida un título de
-baronesa como una casa... Chúpate esa.</p>
-
-<p>—¿De veras, hombre?—dijo ella mezclando á la cólera un grano de
-risa.—Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.</p>
-
-<p>—Sí señora...</p>
-
-<p>—Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea,
-no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es
-profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más
-sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo
-mi niño ha tenido el antojo...</p>
-
-<p>—Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.</p>
-
-<p>—No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La
-sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.</p>
-
-<p>Diciendo esto, parecíame algo desenojada.</p>
-
-<p>—Siga usted, siga usted—me dijo—elogiando á su ahijada. Es de las
-que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de
-un repelón...</p>
-
-<p>—No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la
-querrá muchísimo.</p>
-
-<p>—¿De veras...?—exclamó con dejo chulesco.—Voy viendo que el señor
-catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó
-la manteca.</p>
-
-<p>—Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor
-de mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...</p>
-
-<p>—¡Ay! sí señor—respondió con oficiosa prontitud, levantándose.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_328">[p. 328]</span></p>
-
-<p>—Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan
-botones...</p>
-
-<p>—Sí, sí, sí, venga.</p>
-
-<p>Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.</p>
-
-<p>—Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un
-cuello nuevo.</p>
-
-<p>—Ya lo creo; venga.</p>
-
-<p>—Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...</p>
-
-<p>—¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que
-guste...</p>
-
-<p>—Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un
-poco esto... La pobre Petra...</p>
-
-<p>—Subiré yo misma. ¿Qué más?</p>
-
-<p>—Que es preciso dar la licencia á Manuel.</p>
-
-<p>La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban
-con su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre
-risueña y enojada:</p>
-
-<p>—No me da la gana... Pues me gusta...</p>
-
-<p>—Vaya, que sí lo hará usted.</p>
-
-<p>—Me llevo esto.</p>
-
-<p>Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de
-mujer hacendosa.</p>
-
-<p>—Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude.
-¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la
-ponemos como el lucero del alba.</p>
-
-<p>Y desde la puerta me miró de un modo particular.</p>
-
-<p>—Aquello, aquello...—le grité.</p>
-
-<p>—Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor
-es pesadito...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_46">
- <p><span class="pagenum" id="Page_329">[p. 329]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XLVI</h2>
- <p class="subh2">¿Se casaron?</p>
-</div>
-
-<p>Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución
-lógica y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos
-gritos. Yo tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía
-vivir la tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio
-del buenazo de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el
-salvamento que se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba
-indeciso aquella noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión,
-también lo eran sus perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia
-que sobre él tenían amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo
-el orgullo de haber resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro
-palabras apuntadas al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta
-elogiarme, y sigo mi narración... Pero como no quiero atropellar
-los acontecimientos, retrocedo un poco para decir que no habían
-pasado veinte minutos desde que partió mi vecina diciendo aquello de
-<i>Pesadito</i>, etcétera, cuando sonó la campanilla.</p>
-
-<p><i>Una criada.</i>—La señora que baje usted á ver unos muebles.</p>
-
-<p>—Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.</p>
-
-<p>Al poco rato, tilín...</p>
-
-<p>—La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.</p>
-
-<p>Era que la de Peña, ocupada en hacer com<span class="pagenum"
-id="Page_330">[p. 330]</span>pras para arreglar su nueva casa, no se
-decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta conmigo. Yo
-era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en cuanto Dios
-crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, mis caprichos
-eran leyes.</p>
-
-<p>Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados
-en famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de
-cortinajes, portieres y telas diversas.</p>
-
-<p>—¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas
-sillotas no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué
-cosas inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me
-siento en ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de
-diferente forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas
-cortinas, Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo
-manda...</p>
-
-<p>Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á
-adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.</p>
-
-<p>—Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D.
-Máximo...—me dijo más tarde.—Porque yo no sé lo que harán los pintores
-si no hay una persona de gusto que les diga... pues... Yo mandé que
-en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices muertas y algún
-ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora se adornan los
-comedores con platos pegados en el techo. Antes los platos se usaban
-para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me aconsejará. Lo
-mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija todo á su<span
-class="pagenum" id="Page_331">[p. 331]</span> gusto... Eso; disponga á
-su antojo, y quite y ponga lo que le parezca... Me figuro que en los
-salones será moda también colgar las sillas del techo... y poner las
-arañas en el suelo... Mire usted, Sr. de Manso, se me ocurre una cosa.
-Esta tarde no tiene usted nada que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva?
-Ahora me van á traer el coche que he comprado. Lo estreno hoy, lo
-estrenaremos, y usted me dirá si es de buen gusto, si tiene los muelles
-blanditos y si los caballos son guapetones... Verá usted qué casa,
-aunque aquello está todo revuelto y lleno de yeso y basura. Virgen,
-¡qué calma la de esos pintores y estuquistas! Ya ve usted: aquí he
-tenido que meter todos los muebles, y está la sala tan atestada, que no
-se puede dar un paso en ella. ¿Con que vamos allá?</p>
-
-<p>Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó
-llamar para que viese una bata que le probaba la modista.</p>
-
-<p>—Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...</p>
-
-<p>—Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es
-verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas
-que van por ahí.</p>
-
-<p>Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos
-vestida de lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros
-extraños.</p>
-
-<p>—¡Eh! no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos
-que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve? nada. Ya estaba usted enterado de
-que por mis barrios...</p>
-
-<p>Al decir <i>por mis barrios</i>, se pasaba suave<span class="pagenum"
-id="Page_332">[p. 332]</span>mente las manos por los hermosos, blancos
-y redondeados hombros. Y continuó la frase así:</p>
-
-<p>—... no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas
-sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme.</p>
-
-<p>Vistióse prontamente.</p>
-
-<p>—Lo que es sombrero—me dijo mirándome como si se mirara al
-espejo,—no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?...
-Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor
-catedrático esperando.</p>
-
-<p>Decidido á complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos
-mucho tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por
-el camino, la conversación ofrecióme oportunidad para decirle algo de
-la famosa licencia, y al oirme se enfadó, aunque no tanto como antes,
-alzando demasiadamente la voz.</p>
-
-<p>—Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo
-fuertecito. Si vuelvo á oir hablar de la maestra... ¿Á que mando parar
-el coche y le pongo á usted en medio del arroyo?...</p>
-
-<p>En la casa ví horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por
-donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios
-de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa
-de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas
-tísicas ó hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil
-herejías. Para la extirpación general de ellas habría sido preciso un
-gran auto de fé. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo
-que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer á mi vecina
-cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span></p>
-
-<p>También estuvimos á ver la que me destinaba, que me pareció muy
-bonita. Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose á mis
-gustos y deseos.</p>
-
-<p>—Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama
-del señor de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de
-la escalera; acá el lavabo. Voy á ponerle tubería con grifo para
-más comodidad... Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando
-usted tenga la cabeza pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador
-y se traga con los ojos todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor
-catedrático hacerle el amor á la ermita de los Ángeles que se ve allá
-lejos, y discutir á bramidos con el león del Retiro...</p>
-
-<p>La verdad era que yo estaba profundamente agradecido á mi cariñosa
-y providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en
-cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la
-señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontréla
-más amansada. Ya no decía: <i>la maestra de escuela</i>, sino <i>esa pobre
-joven</i>... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban
-arreglando mi cuarto, volví á la carga y me dijo sin irritarse:</p>
-
-<p>—Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca,
-machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No
-hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...</p>
-
-<p>—Pero, señora...</p>
-
-<p>—Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se
-va á la calle.</p>
-
-<p>Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había
-tomado posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de<span
-class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> todo á su antojo. No
-podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de Petra, que
-estaba medio baldada, doña Javiera y sus criados habían puesto mi
-casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto arreglo y
-limpieza. Daba gusto de ver mi ropa y mis modestos ajuares. En varias
-partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, sorprendí algunos
-objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. La señora de Peña
-los había subido de su casa, obsequiándome discretamente con ellos.</p>
-
-<p>Á medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de
-complacerla, disminuían sus <i>voladuras</i> con motivo de la licencia, y al
-fin tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictámen
-sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una
-tarde me dijo:</p>
-
-<p>—Para no oirle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no
-consiga de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_47">
- <h2 class="nobreak">XLVII</h2>
- <p class="subh2">No me dejaba á sol ni sombra.</p>
-</div>
-
-<p>Bendiciones mil á mi cariñosa vecina, que sin duda se había
-propuesto hacerme agradable la vida y reconciliarme con lo humano.
-¡Ley de las compensaciones, te desconocerán los que arrastran una vida
-árida, en las estepas del estudio; pero los que una vez entraron en las
-frescas vegas de la realidad...! Abajo las metafísicas, y sigamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span></p>
-
-<p>Fatigadillo estaba yo una mañana, cuando... tilín. Era Ruperto, que
-me pareció más negro que la misma usura.</p>
-
-<p>—Mi ama que vaya luego...</p>
-
-<p>—Ya me cayó que hacer. ¿Qué ocurre? Voy al instante.</p>
-
-<p>Hallé á Lica muy alarmada porque en el largo espacio de tres días
-no había ido yo á su casa. En verdad era caso extraño; me disculpé con
-mis quehaceres, y ella me puso de ingrato y descastado que no había por
-donde cogerme.</p>
-
-<p>—Pues verás para lo que te he llamado, chinito. Es preciso que
-acompañes á D. Pedro...</p>
-
-<p>—¿Y quién es D. Pedro?</p>
-
-<p>—¡Ay qué fresco! Es el padre de Robustiana, ese señor tan bueno...
-Es preciso que le busques papeleta para ver la Historia Natural.</p>
-
-<p>—¡Qué más Historia Natural que él y toda su familia!</p>
-
-<p>—No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid,
-pues el buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que
-colocarlo...</p>
-
-<p>—Á todos los colocaremos... en medio de la calle.</p>
-
-<p>—¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si
-no hay otro como tú...</p>
-
-<p>—¿Y José María?</p>
-
-<p>—¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo
-del marquesado está ya hecho.</p>
-
-<p>—Saludo á la <i>señá</i> marquesa.</p>
-
-<p>—Á mí... esas cosas...</p>
-
-<p>No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba.
-La humanidad es como la<span class="pagenum" id="Page_336">[p.
-336]</span> han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay nada que
-la tuerza.</p>
-
-<p>—Yo quiero mi tranquilidad—añadió.—José María está cada vez más
-<i>relambido</i>... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la
-comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.</p>
-
-<p>Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy
-mal talante, fué esto:</p>
-
-<p>—Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver
-cómo nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya
-qué hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide
-papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus
-dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de
-aquí esta plaga.</p>
-
-<p>—Los pobres—murmuró Lica,—son tan buenos...</p>
-
-<p>—Pues ponerles en la calle—indiqué yo.</p>
-
-<p>—¡No, no, que se le retira la leche!—exclamó con espanto
-Manuela.—Habla bajo, por Dios... Pueden oir...</p>
-
-<p>Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la
-boda de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano,
-atrozmente inmutado, no dijo más que:</p>
-
-<p>—Ya lo sabía.</p>
-
-<p>Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo,
-encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara
-en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía
-no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_337">[p. 337]</span></p>
-
-<p>—Oiga usted, don espantajo—le dijo á gritos,—¿cree usted que estoy
-yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase
-usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...</p>
-
-<p>¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues
-sólo mi cuñada le daba el <i>don</i>, dijo que á él no le faltaba nadie;
-su digna esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como
-la señora; los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y
-Robustiana empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba
-Lica, que casi de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente
-y librara á mi ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto
-sentíamos á José María dando patadas en su cuarto, en compañía de
-Sainz del Bardal, á quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la
-redacción de una carta.</p>
-
-<p>—Al fin se le hace justicia—pensé;—y no tuve más remedio que amansar
-á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses,
-y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los
-chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica
-hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche
-al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y
-mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir
-la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos
-empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta
-merienda para el camino.</p>
-
-<p>¡Cuándo acabarían mis dolorosos esfuerzos en pró de los demás!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p>
-
-<p>—Esto es una cosa atroz—dije para mí, parodiando á doña
-Cándida.—Bienaventurado es aquel que enciende una vela á la caridad y
-otra al egoismo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_48">
- <h2 class="nobreak">XLVIII</h2>
- <p class="subh2">La boda se celebró.</p>
-</div>
-
-<p>Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por
-ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido.
-Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por
-éste mismo, vió los cielos abiertos, y en ellos un delicioso porvenir
-de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir
-mi cínife la ley de su caracter, que exigía farsas extraordinarias en
-aquella ocasión culminante, y así había que verla y oirla el día en que
-fué á casa de Lica «á desahogar su pena, á buscar consuelos en el seno
-de la amistad...»</p>
-
-<p>—Porque la sola idea de que iba á vivir separada de la inocente
-criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué sería de ella ya, á su edad,
-privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona
-que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía
-lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos
-para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar
-su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica.
-¡Oh! sí, lo principal era que<span class="pagenum" id="Page_339">[p.
-339]</span> Irene se casara bien, aunque su tía se muriera de dolor
-al perder su compañía... ¡Y que no lloraría poco la pobre niña al
-separarse de su tía para irse á vivir con un hombre!... Era tan tímida,
-tan apocadita... Una cosa no le gustaba á mi cínife, y era el origen
-poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas, su talento, su
-brillante porvenir; pero ¡ay! la carne, la carne... Irene se casaba
-con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una acostumbrar
-á ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo, de la
-igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una cosa
-atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría á Manuel
-como á un hijo, estaba resuelta á no tragar á doña Javiera, porque
-realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella
-transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos
-no fuera tan ordinaria... ¡Quiá! no podía, no podía vencer Calígula
-sus escrúpulos... ó si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que
-quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita
-para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su
-casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo
-cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta
-las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como
-recuerdo de la familia, se los iba á ceder... ¿Para qué quería ella
-nada ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel
-en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas...
-también para ellos. ¡Válganos Dios! su sobrina necesitaría de ella
-más que ella de su sobrina, y ocasión había de<span class="pagenum"
-id="Page_340">[p. 340]</span> llegar en que la señora sacara á Irene de
-algunos apuritos.</p>
-
-<p>Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una
-lágrima. Quedóse doña Cándida á almorzar, y desde aquel día reanudó
-la serie de sus diarias visitas á la casa, entrando en una era de
-parasitismo, que no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel
-monstruo de los enredos y cocodrilo de las bolsas.</p>
-
-<p>Yo me había propuesto no ver más á Irene, porque no viéndola estaba
-más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no
-pude evitarlo. La que fué maestra de niños y después lo había sido mía
-en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero
-su gozo era del orden de los sentimientos fraternales, y no podía ser
-sospechoso al joven Peñita que, á su modo, también participaba de él.
-Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y
-extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar
-cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil
-tonterías graciosas, y cada una de éstas era como afilada saeta que me
-traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota á gota sobre mi corazón como
-ponzoña...</p>
-
-<p>Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento;
-sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha
-perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella
-en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía
-estar yo á sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me
-acongojaba, me ponía nervioso. Á ratos me decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p>
-
-<p>«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene
-tal idea no me queda duda... Es más lista que Cardona y sabe más
-que todos los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo.
-Imposible, imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió,
-¡cómo se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad
-de sus soledades deliciosas!... Si me fuese posible arrancarle ese
-pensamiento, ó al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo
-ahogaran y comprimieran...»</p>
-
-<p>Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba
-con ojos que á mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de
-mi sér. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba
-mi temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía
-oirla hablar así en su interior:</p>
-
-<p>«Te leo, Manso, te leo como si fueras un libro escrito en la más
-clara de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías
-el amor á estilo filosófico, pobre hombre...»</p>
-
-<p>Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre á mi cerebro, era
-todo uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la
-<i>tremenda</i> idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la
-conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó.
-Ví el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré á él.</p>
-
-<p>—¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que
-nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez un
-endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin
-sospecharlo... La rutina del celibato<span class="pagenum"
-id="Page_342">[p. 342]</span> acaba por crear un estado permanente
-de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos de la
-amistad...</p>
-
-<p>Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las
-frases.</p>
-
-<p>—Porque... llegamos á no conocer otro sentimiento que el de la
-amistad... Es que el estudio toma para sí todas las fuerzas afectivas,
-y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa á
-nuestro lado como un problema que pertenece á otro mundo, á otra rama
-del saber y que no nos interesa. He intentado á veces cambiar la
-constitución de mi espíritu, incitándole á beber en los manantiales
-de donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he
-podido conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la
-falange del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano,
-y ha servido en todos los siglos para demostrar la excelencia del
-espíritu...</p>
-
-<p>¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé
-con Irene del tiempo en que ella daba lecciones á mis sobrinitas y del
-cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de
-nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.</p>
-
-<p>Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:</p>
-
-<p>—No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como
-el último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del
-mundo, me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos
-más que los metafísicos, y éstos no engañan ya á nadie más que á sí
-mismos.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_49">
- <p><span class="pagenum" id="Page_343">[p. 343]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XLIX</h2>
- <p class="subh2">Aquel día me puse malo.</p>
-</div>
-
-<p>¡Qué casualidad!... Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir...
-Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama.
-Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que
-susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió á verme,
-cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular,
-más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los
-concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos
-para no sé dónde... Creo que para Biarritz ó para Búrgos ó Burdeos.
-Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me
-levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña
-Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente
-día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que
-empezaba á serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla,
-y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contóme que
-á Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad
-materna que no hacía daño á nadie! Después de almorzar se habían ido
-los dos solos á la estación, en su coche, tan bien agasajaditos,
-entre pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más
-que ella. Manolo <i>daba la hora</i>. La pícara maestra debía tener más
-talento que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más<span
-class="pagenum" id="Page_344">[p. 344]</span> bonito y de más mérito de
-todas las Españas.</p>
-
-<p>¡Virgen! ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también
-había cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la <i>señá</i>
-marquesa, Lica por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras
-muchas personas notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y
-así lo manifesté con mal humor á mi vecina. Ella insistió en designar
-como eminencias á todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí
-diciéndole:</p>
-
-<p>—¿Apostamos á que estaba también el negro Ruperto?</p>
-
-<p>—Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares...
-Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande á mi casa,
-cuando Manolo empiece á figurar, y demos <i>tées</i>... Será aquello un
-pueblo...</p>
-
-<p>No recuerdo cuánto más charló su expedita é incansable lengua. Para
-consolarse de su soledad, empezó á disponer la mudanza desde aquel
-día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios
-amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles,
-libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver
-encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún
-género mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar
-tantos beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse
-ya de los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi
-antigua sirvienta seguía paralizada de una pierna y de la otra no muy
-sana, mi casa continuaba en manos de la señora de Peña, que á todo
-atendía con extremada solicitud, dando motivo<span class="pagenum"
-id="Page_345">[p. 345]</span> á murmuraciones de maliciosos amigos y
-vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente
-de ellas.</p>
-
-<p>—Déjeles usted que hablen—me dijo con menos desparpajo del que solía
-tener, antes bien algo turbada.—Riámonos del mundo. Á usted no le hacen
-los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues á mí me
-da la gana de hacerlo y de traer á mi señor D. Máximo á qué quieres
-boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que es
-indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre en
-cuidado, por temor de soltar una barbaridad.</p>
-
-<p>Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y
-ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de
-esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente
-ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos
-ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño
-apotegma: <i>la sabiduría es la sal de los hombres</i>. Cualquiera que fuese
-el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de la vecina á
-su temperamento un tanto acalorado, á su sensibilidad caprichosa que
-tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía yo: «le
-pasará esto, y llegará día en que no se acuerde de mí.»—Pero no pasaba,
-no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y apropiándose
-cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en los órdenes
-moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y acostumbrado
-á aquella blanda compañía, á aquella diligente cooperación en<span
-class="pagenum" id="Page_346">[p. 346]</span> todo lo más importante
-de la vida, llegué á considerar que si me faltaba la amistad fervorosa
-de mi vecina, había de echarla muy de menos. Por eso, insensiblemente
-arrastrado, me dejaba llevar por la pendiente, sin ocuparme de calcular
-á dónde llegaría.</p>
-
-<p>No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa,
-después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor.
-Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y
-amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia
-yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene
-me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña
-Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:</p>
-
-<p>—Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los
-menudea, pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.</p>
-
-<p>Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque
-nada debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al
-tipo de la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío!
-del ideal... ¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas
-benéficas y funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en
-hospitalitos que no se acaban nunca? También la ví presidiendo una
-junta de señoras postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún
-dinero en novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un
-domingo por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla,
-peina y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en
-esa fiesta sal<span class="pagenum" id="Page_347">[p. 347]</span>vaje,
-me contestó que le había tomado afición y que si no fuera por el triste
-espectáculo de los caballos heridos, se entusiasmaría en la plaza como
-en ninguna parte...</p>
-
-<p>Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente
-no se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no
-había vuelto á coger un libro.</p>
-
-<p>Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra
-cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de
-los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una
-controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente
-dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas
-veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el
-afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes
-de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel
-empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de
-viso y á otras que aspiraban á tenerlo.</p>
-
-<p>Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de
-importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo
-en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con
-pasmo, y doña Javiera estaba asustada.</p>
-
-<p>—Es de la piel del diablo—me dijo un día,—sabe más que usted.</p>
-
-<p>¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del
-mundo!—Lo más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado
-á cuantos con ella vivían, fué poco á poco<span class="pagenum"
-id="Page_348">[p. 348]</span> dominada por su nuera... Casi casi
-le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo
-hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.</p>
-
-<p>—Esta nació para hacer gran papel.</p>
-
-<p>—Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?</p>
-
-<p>—Como siga así y no se tuerza...</p>
-
-<p>—¡Oh! si ella es buena, es un angel...</p>
-
-<p>Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.</p>
-
-<p>—Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto
-exhibirse.</p>
-
-<p>—Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...</p>
-
-<p>—Se ven unas cosas...</p>
-
-<p>¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente.
-El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos,
-lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición,
-desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con
-las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era
-natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para
-otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni
-hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y
-pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de
-toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose
-de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que
-recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran
-beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba
-en una esfera en la cual el<span class="pagenum" id="Page_349">[p.
-349]</span> devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose con máscara
-hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_50">
- <h2 class="nobreak">L</h2>
- <p class="subh2">¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.</p>
-</div>
-
-<p>Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso,
-goces, delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza,
-soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más
-de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de
-mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que
-veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo,
-aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja
-y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me
-hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era
-combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más
-humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu,
-á quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel
-fanatismo idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma.
-Todos los días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no
-asistir á las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla
-y sentirme cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma
-cosa. El influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva
-modalidad. Yo no era yo, ó por lo menos, yo no<span class="pagenum"
-id="Page_350">[p. 350]</span> me parecía á mí mismo. Era á ratos sombra
-desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de la
-tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.</p>
-
-<p>—¿Pero qué tiene usted?—me dijo un día doña Javiera.</p>
-
-<p>—Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre
-dos vacíos, prefiero el otro.</p>
-
-<p>—Se queda usted como una vela.</p>
-
-<p>—Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de
-entre los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha
-cumplido su ley, desaparece.</p>
-
-<p>—Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.</p>
-
-<p>—Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos
-importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley,
-toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que
-microscopios?</p>
-
-<p>—¿Quiere usted que llame un médico?—me dijo la señora muy
-alarmada.</p>
-
-<p>—Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al
-jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el
-aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.</p>
-
-<p>—Vaya usted á tomar baños.</p>
-
-<p>—De eternidad los tomaré pronto.</p>
-
-<p>—Nada, nada; yo llamo á un médico.</p>
-
-<p>—No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á
-tomar postura...</p>
-
-<p>Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo
-día vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo
-varias<span class="pagenum" id="Page_351">[p. 351]</span> preguntas á
-que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que doña Javiera se
-asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo afecto con que
-me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre pronunciado en lo
-alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y tal era mi anhelo
-de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin tasa mi vecina los
-cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos, rodeados de gran
-silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un pájaro.</p>
-
-<p>El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él,
-repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la
-redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi
-encarnación.</p>
-
-<p>—Hombre de Dios—le dije;—¿quiere usted acabar de una vez conmigo y
-recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más
-sin gracia...</p>
-
-<p>Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el
-sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.</p>
-
-<p>Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había
-abandonado para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron
-algunos vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era
-una lástima que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan
-bien me iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos
-de mí, y hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre
-gente! Me lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las
-redacciones de los periódicos á dedicarme <i>sentidas frases</i>. En cuanto
-lo supo<span class="pagenum" id="Page_352">[p. 352]</span> Sainz del
-Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la cual yo y
-mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan todas estas
-cosas y se aprecian en su verdadero valor.</p>
-
-<p>Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la
-aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que
-parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas
-como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar
-las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la
-casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También
-supersticiosa!</p>
-
-<p>Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi
-doña Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según
-datos que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el
-sitio donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra
-encima y un rótulo que decía que yo había sido muy sabio.</p>
-
-<p>De doña Cándida sé que oyó algunos centenares de misas, y que
-siempre que entraba en casa de Peña, donde diariamente desempeñaba
-el papel de la langosta en los feraces campos, me había de nombrar
-suspirando, para mantener vivo el recuerdo de mis virtudes. Á mi
-noticia ha llegado, por no sé qué chismografía de serafines, que no
-se puede calcular ya el dinero que le han dado para misas por mi
-reposo, el cual dinero suma tanto, que si se aplicara por los demás,
-ya estaría vacío el Purgatorio. De las casas de mi hermano y de Peña
-saca la señora con estos giros de ultratumba mediana rentilla<span
-class="pagenum" id="Page_353">[p. 353]</span> para ayudarse. No hablo
-de la admiración que nos causa á todos los que estamos aquí el fecundo
-ingenio de Calígula, porque debe suponerse.</p>
-
-<p>Y á medida que el tiempo pasa se van olvidando todos de mí, que es
-un gusto. Lo más particular es que de cuanto escribí y enseñé apenas
-quedan huellas, y es cosa de graciosísimo efecto en estas regiones
-el ver que mientras un devoto amigo ó ferviente discípulo nos llama
-en plena sesión de cualquier academia el <i>inolvidable Manso</i>, si se
-va á indagar donde está la memoria de nuestro saber, no se encuentra
-rastro ni sombra de ella. El olvido es completo y real, aunque el uso
-inconsiderado de las frases de molde dé ocasión á creer lo contrario.
-Diferentes veces he descendido á los cerebros (pues nos está concedida
-la preciosa facultad de visitar el pensamiento de los que viven), y
-metiéndome en las entendederas de muchos que fueron alumnos míos,
-he buscado en ellos mis ideas. Poco, y no de lo mejor, ha sido lo
-descubierto en estas inspecciones encefálicas, y para llegar á
-encontrar eso poco y malo, ha sido preciso levantar, con ayuda de otros
-espíritus entrometidos, los nuevos depósitos de ideas más originales,
-más recientes, traidas un día y otro por la lectura, el estudio ó la
-experiencia.</p>
-
-<p>De conocimientos experimentales he hallado grandísima copia en
-Manuel Peña. Lo que yo le enseñé apenas se distingue bajo el espeso
-fárrago de adquisiciones tan luminosas como prácticas, obtenidas en el
-Congreso y en los combates de la vida política, que es la vida de la
-acción pura y de la gimnástica volitiva. Manuel<span class="pagenum"
-id="Page_354">[p. 354]</span> hace prodigios en el arte que podríamos
-llamar de mecánica civil, pues no hay otro que le aventaje en conocer
-y manejar fuerzas, en buscar hábiles resultantes, en vencer pesos, en
-combinar materiales, en dar saltos arriesgados y estupendos. También
-he dado una vuelta por el vasto interior de cierta persona, sin
-encontrar nada de particular, más que el desarrollo y madurez de lo
-que ya conocía. En cierta ocasión sorprendí una huella de pensamiento
-mío ó de cosa mía, no sé lo que era, y me entró tal susto y congoja
-que huí, como alimaña sorprendida en inhabitados desvanes. Después
-vine á entender que era un simple recuerdo frío, mezclado de cálculo
-aritmético. Por el teléfono que tenemos me enteré de esta frase:</p>
-
-<p>—No, tía, ya no más misas. Decididamente borro ese renglón.</p>
-
-<p>Rara vez hacía excursiones hacia la parte donde está el pensar de mi
-hermano José. No encontraba allí más que ideas vulgares, rutinarias y
-convencionales. Todo tenía el sello de adquisición fresca y pegadiza,
-pronta á desaparecer cuando llegara nueva remesa, producto insípido de
-la conversación ó lectura de la noche precedente. Como etiqueta de un
-frasco, estaba allí el lema de <i>Moralidad y economías</i>. José no pensaba
-más, ni sabía hablar de otra cosa.</p>
-
-<p>Como si hubiera encontrado la piedra filosofal, se detiene aún en
-aquel punto supremo de la humana sabiduría. ¡Moralidad y economías!
-Con esta receta ha reunido en torno suyo un grupo de sonámbulos que
-le tienen por eminencia, y lo más gracioso es que entre el público
-que se ocupa de estas cosas sin entenderlas, ha<span class="pagenum"
-id="Page_355">[p. 355]</span> ganado mi hermano simpatías ardientes
-y un prestigio que le encamina derecho al poder. ¿Será ministro? Me
-lo temo. Para llegar más pronto ha fundado un periodicazo, que le
-cuesta mucho dinero y que no tiene más lectores que los indivíduos del
-grupo sonambulesco. Sainz del Bardal lo dirige y se lo escribe casi
-todo, con lo cual está dicho que es el tal diario de lo más enfadoso,
-pesado y amodorrante que puede concebirse. De los grandes atracones
-que ha tomado el miasmático poeta para cumplir su tarea, contrajo
-una enfermedad que le puso en la frontera de estos espacios. Cuando
-lo supimos, se armó gran alboroto aquí y nos amotinamos todos los
-huéspedes, conjurándonos para impedirle la entrada por cuantos medios
-estuvieran en nuestro poder. Dios, bondadosísimo, dispuso alargarle la
-vida terrestre, con lo que se aplacó nuestra furia y los de por allá
-se alegraron. Propio de la omnipotente sabiduría es saber contentar á
-todos.</p>
-
-<p>Un día que me quedé dormido en una nube, soñé que vivía y que
-estaba comiendo en casa de doña Cándida. ¡Aberración morbosa de mi
-espíritu que aún no estaba libre de influencias terrestres! Desperté
-acongojadísimo y hubo de pasar algún tiempo antes de recobrar el
-plácido reposo de esta bendita existencia en la cual se adquiere
-lentamente, hasta llegar á poseerlo en absoluto, un desdén soberano
-hacia todas las acciones, pasos y afanes de los séres que todavía no
-han concluido el gran <i>plantón</i> del vivir terrestre y hacen, con no
-poca molestia, la antesala del nuestro.</p>
-
-<p>¡Dichoso estado y regiones dichosas estas en<span class="pagenum"
-id="Page_356">[p. 356]</span> que puedo mirar á Irene, á mi hermano,
-á Peña, á doña Javiera, á Calígula, á Lica y demás desgraciadas
-figurillas con el mismo desdén con que el hombre maduro ve los juguetes
-que le entretuvieron cuando era niño!</p>
-
-
-<p class="small pl2 mt3">MADRID.—Enero-Abril de 1882.</p>
-
-
-<p class="centra mt3">FIN DE LA NOVELA</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_357">[p. 357]</span></p>
- <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Tabla de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdrb xs"><span class="subrydo">PÁGINAS</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_1">I</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Yo no existo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_1">5</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_2">II</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Yo soy Máximo Manso.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_2">8</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_3">III</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Voy á hablar de mi vecina.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_3">19</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_4">IV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Manolito Peña, mi discípulo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_4">27</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_5">V</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Quién podrá pintar á Doña Cándida?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_5">33</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_6">VI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Se llamaba Irene.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_6">43</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_7">VII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Contento estaba yo de mi discípulo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_7">49</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_8">VIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Ay, mísero de mí!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_8">60</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_9">IX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Mi hermano quiere consagrarse al país.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_9">69</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_10">X</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Al punto me acordé de Irene.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_10">73</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_11">XI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Cómo pintar mi confusión?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_11">79</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_12">XII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Pero qué poeta!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_12">82</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_13">XIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Siempre era pálida.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_13">89</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_14">XIV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Pero cómo, Dios mío, nació en mí aquel propósito?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_14">92</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_15">XV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Qué leería?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_15">101</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_16">XVI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Qué leía usted anoche?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_16">112</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_17">XVII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">La llevaba conmigo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_17">121</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_18">XVIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">«Verdaderamente, señores...»</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_18">127</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_19">XIX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">El reloj del comedor dió las ocho.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_19">135</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_20">XX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Me parecía mentira!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_20">138</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_21">XXI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Al día siguiente...</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_21">146</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_22">XXII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">«Esto marcha.»</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_22">151</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_23">XXIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡La historia en un papelito!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_23">158</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_24">XXIV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Tiene usted que hablar.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_24">166</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_25">XXV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Mis pensamientos me atormentaban.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_25">174</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_26">XXVI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Llevóse el dedo á la boca imponiéndome silencio.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_26">178</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_27">XXVII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">La de Irene dominaba á las otras tres.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_27">188</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_28">XXVIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">«Habla Peñita.»</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_28">195</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_29">XXIX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Oh, negra tristeza!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_29">204</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_30">XXX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Con que se nos va usted?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_30">209</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_31">XXXI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Es una hipócrita!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_31">215</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_32"><span class="pagenum" id="Page_358">[p. 358]</span>XXXII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_32">221</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_33">XXXIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Dichoso corazón humanitario!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_33">226</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_34">XXXIV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Y al fin entré por tu puerta, casa misteriosa!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_34">234</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_35">XXXV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">«Proxenetes.»</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_35">244</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_36">XXXVI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Esta es la mía!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_36">249</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_37">XXXVII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Anochecía.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_37">261</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_38">XXXVIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Ah! ¡traidor embustero!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_38">269</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_39">XXXIX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Quedéme solo delante de mi sopa.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_39">277</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_40">XL</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Mentira, mentira.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_40">283</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_41">XLI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">La pícara se sentó con la espalda á la luz.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_41">290</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_42">XLII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Qué amargo!</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_42">299</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_43">XLIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Doña Javiera me acometió con furor.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_43">314</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_44">XLIV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Mi venganza.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_44">318</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_45">XLV</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Mi madre.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_45">323</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_46">XLVI</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¿Se casaron?</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_46">329</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_47">XLVII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">No me dejaba á sol ni sombra.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_47">334</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_48">XLVIII</a>.—</td>
- <td class="tdlh">La boda se celebró.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_48">338</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_49">XLIX</a>.—</td>
- <td class="tdlh">Aquel día me puse malo.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_49">343</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdru"><a href="#Ch_50">L</a>.—</td>
- <td class="tdlh">¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.</td>
- <td class="tdrb"><a href="#Ch_50">349</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de
- la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
- sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
- recientes.</li>
-
- <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El amigo Manso, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMIGO MANSO ***
-
-***** This file should be named 55563-h.htm or 55563-h.zip *****
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-*** START: FULL LICENSE ***
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-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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-1.E.9.
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
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-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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