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As captured February 7, 2025
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Habían proyectado una excursión para ir a +coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se +desvaneciesen en las vertientes de la montaña, y el sol derramase el +calor del veranillo de San Martín sobre los campos y las praderas y en +los escondrijos de los bosques. El día prometía ser de los más +agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la +niebla de la mañana llenaba aún todo el valle, sobre el cual, en una +altura de suave pendiente, se levantaba la quinta. + +La masa de vapor blanco se extendía hasta unas cien varas de la casa. +Escondía por completo todo lo que hubiera más lejos, excepto unas +cuantas copas de árboles, rojizas o amarillas, que surgían aquí y allí, +y estaban glorificadas por el sol madrugador, que también hacía brillar +la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se +levantaba la cima de una montaña elevadísima. Quince millas más lejos, +en la misma dirección, se alzaba otra mucho más alta, tan azul y etérea, +que apenas parecía más sólida que el vaporoso mar de niebla que se +extendía sobre ella. Las colinas más próximas, que bordeaban el valle, +estaban medio sumergidas y manchadas con pequeñas guirnaldas de nubes, +hasta en las mismas cimas. En resumen: había tanta nube y tan poca +tierra sólida, que todo ello hacía el efecto de una visión. + +Los niños antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo +del pórtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba húmeda +de la pradera. No puedo decir fijamente cuántos eran: no menos de nueve, +no más de una docena, de todas clases, tamaños y edades, muchachos y +chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos +amiguitos que habían sido invitados por el señor y la señora Pringle +para pasar unos cuantos días de la deliciosa estación, con sus hijitos, +en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con +nombre ninguno que algún niño haya llevado antes que ellos, porque sé de +cierto que muchos autores se ponen en grandísimos compromisos por haber +dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y +verdaderas. Por esta razón quiero llamarles Primavera, Bellorita, +Amapola, Romero, Ojos azules, Trébol, Madreselva, Capuchina, Flor de +Limón, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos +nombres serían mucho más propios de un grupo de hadas, que de una +reunión de niños de este mundo. + +No hay que suponer que a estos niños les permitían sus cuidadosos padres +y madres, tíos, tías o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin +la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. ¡De ningún +modo! En el primer párrafo de mi libro recordaréis que he hablado de un +joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os diré +el verdadero, porque considera grandísimo honor haber contado los +cuentos que van aquí impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era +estudiante y había alcanzado en aquella época la respetable edad de diez +y ocho años; de modo que casi se parecía a si mismo abuelo de Bellorita, +Romero, Madreselva, Flor de Limón, Tomillo y los demás, que eran no más +la mitad o la tercera parte de venerables que él. Una molestia en la +vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy día, para +demostrar su aplicación) le había hecho abandonar las clases dos semanas +antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un +par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o más de lejos que los de +Eustaquio Bright. + +El aplicado estudiante era delgado y un poco pálido, como lo son todos +los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y +activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear +arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se había calzado para la +expedición botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una +gorra de paño y un par de anteojos verdes, que se había puesto, +probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad +que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habérselos dejado en +casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subió en los hombros de +Eustaquio cuando estaba él sentado en uno de los escalones del pórtico, +le arrancó los lentes de la nariz y los plantó en la suya, y como al +estudiante se le olvidó volverlos a coger, cayeron en la hierba, y allí +se quedaron hasta la primavera siguiente. + +Ahora bien: es preciso que sepáis que Eustaquio había alcanzado entre +los niños gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque +algunas veces fingía que le molestaba el que le pidiesen que les contase +más y más, y siempre más, yo tengo mis dudas y pienso que no había cosa +en el mundo que más le agradase. Había que ver cómo le brillaban los +ojos, cuando aquella mañana, Trébol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la +mayor parte de sus compañeros, le pidieron que les contase uno de sus +cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por +completo. + +--Sí, primo Eustaquio--dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de +doce años, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona--: la +mañana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo +pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu +susceptibilidad, durmiéndonos en el momento más interesante... como hizo +anoche Capuchina. + +--¡Qué mala eres!--exclamó Capuchina, niña de seis años--. No me dormí: +es que cerré los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba +contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una +soñar con ellos, dormida; pero también son buenos por la mañana, porque +puede una soñar con ellos despierta. Así es que espero que nos va a +contar uno ahora mismito. + +--¡Gracias, Capuchina!--dijo Eustaquio--. Tendrás el mejor de los +cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque sólo sea por haberme +defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, niños, os he +contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno +que no me hayáis oído por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a +repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras. + +--¡No, no, no!--exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media +docena--. Los cuentos que más nos gustan son los que hemos oído dos o +tres veces. + +Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de interés para los niños, +no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio +Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeñaba el aprovecharse de +una ventaja que hubiese agradecido un narrador más viejo. + +--Sería lástima--dijo--que un hombre de mis conocimientos (pasando por +alto mi fantasía original) no pudiese encontrar cada día del año un +cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contaré uno de los que se +inventaron para distracción de nuestra vieja abuela la Tierra, cuando +era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me +maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas +para niñas y niños. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas +grises, se queman las pestañas leyéndolos en librotes llenos de polvo, +escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cuándo y +cómo y para qué se inventaron. + +--Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio--exclamaron a una todos +los chiquillos--: no hables más de tus cuentos, y empieza a contar. + +--Sentaos todos--dijo Eustaquio--, y callad, porque a la primera +interrupción, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de +cualquier otro, daré un mordisco al cuento, y me tragaré el pedazo que +falte por contar. Pero, en primer lugar, ¿alguno de vosotros sabe lo que +es una Gorgona? + +--Yo, sí--dijo Primavera. + +--¡Pues, cállatelo!--replicó Eustaquio, que hubiese preferido que no +hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto--. Callad todos, y os +contaré un cuento preciosísimo de la cabeza de una Gorgona. + +Y así lo hizo, como podéis empezar a leer en la página siguiente. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LA CABEZA DE LA GORGONA + + +Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando +Perseo era muy pequeño, unos malvados le pusieron con su madre en un +arca y los lanzaron a las ondas. Sopló el viento fuertemente, y alejó el +arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cáscara de +nuez. Danae estrechó a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos +que una ola mayor que las demás les sepultara para siempre en el fondo +del Océano. El arca siguió, sin embargo, navegando, y no se hundió ni +zozobró, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, +que se enredó entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la +costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, +que era hermano del pescador que había recogido por casualidad en sus +redes a los pobres náufragos. + +Este pescador era hombre justo y compasivo. Trató con gran bondad a +Danae y a su hijo, y continuó protegiéndoles hasta que Perseo llegó a +ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilísimo en el manejo de +las armas. + +Mucho antes había visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e +hijo, que en un arca frágil habían llegado a sus playas. No era +Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo +malvado, y resolvió enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual +probablemente perdería la vida, y entonces, quedándose la madre sin +defensa, podría él causarle algún daño grande. Con este fin, aquel rey +de mal corazón pasó tiempo y tiempo pensando cuál sería la hazaña de más +peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, dió con una +empresa que prometía tener el fatal resultado que deseaba, mandó llamar +a Perseo. + +El muchacho fué a palacio, y encontró al rey sentado en su trono. + +--Perseo--dijo el rey Polidectes, sonriendo hipócritamente--, eres todo +un buen mozo. Tú y tu excelente madre habéis recibido muchísimos +favores, tanto míos como de mi hermano el pescador, y supongo que +sentirás no poder pagar algunos de ellos. + +--Con permiso de Vuestra Majestad--respondió Perseo--, arriesgaría con +gusto mi vida por lograrlo. + +--Muy bien; entonces--continuó el rey, siempre con la sonrisa en los +labios--, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres +un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrarás de +tener tan buena ocasión de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo, +que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es +costumbre, en ocasiones como ésta, regalar a la novia algo elegante y +extraño, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que +he estado bastante perplejo, sin saber dónde encontrar cosa capaz de +agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta mañana me parece +que he encontrado precisamente lo que necesitaba. + +--¿Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?--exclamó Perseo +con vehemencia. + +--Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro--repuso el rey +Polidectes con la mayor astucia--. El regalo de boda que quiero ofrecer +a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus +cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. Así +es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la +princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, más me +complacerás. + +--Saldré mañana, por la mañana--respondió Perseo. + +--Te ruego que lo hagas así, valiente joven--aseguró el rey--. Y al +cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para +no estropearla. La traerás aquí lo mejor acondicionada que sea posible, +porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto. + +Perseo salió del palacio, y apenas había pasado la puerta, el rey +Polidectes se echó a reir; le divertía mucho, tan malvado era, que el +pobre muchacho hubiese caído en la trampa. Pronto corrió la noticia de +que Perseo se había decidido a cortar la cabeza de Medusa con su +cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegró al saberlo, porque casi +todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y +se hubiesen alegrado muchísimo de que les sucediese algún mal muy grande +a Danae y a su hijo. Parece que el único hombre bueno en aquella +desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la +calle, las gentes le señalaban con el dedo y le hacían muecas de +desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevían. + +--¡Ay!, ¡ay!--exclamaban--. Las serpientes de Medusa le van a morder +lindamente. + +Ahora bien; en aquel tiempo vivían tres Gorgonas, y eran los monstruos +más extraños y terribles que hubieran existido desde que el mundo es +mundo, y después no se ha visto ni se volverá a ver cosa más terrible +que ellas. La verdad es que no sé por qué nombre de monstruo nombrarlas. +Eran tres hermanas, y parece que tenían cierta remota semejanza con las +mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y dañina especie de +dragones. De veras es difícil imaginar qué espantosos seres eran las +tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tenía cada una en la cabeza +cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcían, se enredaban, se +enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta. +Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las +tenían de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de +hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como él. También +tenían alas, y hermosísimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran +de oro purísimo, brillante, centelleante, bruñido, y figuraos cómo +resplandecería cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol. + +Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor, +pocas veces se detenía a mirarlo, sino que corría y se escondía a toda +prisa. Acaso os figuráis que tenía miedo de que le mordiesen las +serpientes que servían de cabello a las Gorgonas, o de que le +destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos +peligros, aunque grandísimos, no eran los más difíciles de evitar. ¡Lo +peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba +de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante, +de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y +fría! + +Así es que, como comprenderéis perfectamente, la aventura que el malvado +rey Polidectes había buscado para el pobre muchacho, era peligrosísima. +El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de +comprender que tenía muy pocas probabilidades de salir con bien de ella, +y que era mucho más probable convertirse en estatua de piedra que +conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a +un lado otras dificultades, había una que hubiese puesto en apuro a +cualquier hombre de mucha más edad que Perseo. No sólo tenía que luchar +con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de larguísimos +dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la +cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra él, no podía mirar a +su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se +convertiría en piedra y se quedaría con el brazo en el aire siglos y +siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por +completo. Y sería bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien +tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en +este hermoso mundo. + +Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor +para decir a su madre lo que se había comprometido a hacer. Por +consiguiente, cogió su escudo, se ciñó la espada y atravesó la isla, +yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas podía contener las +lágrimas. + +Pero cuando estaba más pensativo y triste, oyó una voz junto a él. + +--Perseo--dijo la voz--, ¿por qué estás triste? + +Levantó la cabeza de entre las manos, en las cuales la había escondido, +y ¡oh, asombro!, aunque creía estar completamente solo, encontró +a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y +extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en +la cabeza un gorro muy extraño y en la mano un bastón trenzado, también +de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy +retorcida. Tenía aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como +hombre acostumbrado a ejercicios gimnásticos, a correr y a saltar. Y, +sobre todo, tenía una expresión tan alegre, tan inteligente y tan +servicial--aunque, por supuesto, un poco maliciosa--, que Perseo no pudo +menos de animarse inmediatamente que le miró a la cara. Además, como en +realidad era valiente, le dió muchísima vergüenza que alguien le hubiese +encontrado con las lágrimas en los ojos, como a un chiquillo de la +escuela, cuando, después de todo, puede que no hubiera motivo para +desesperarse. Enjugóse los ojos, y respondió al desconocido prontamente, +poniendo la cara más alegre que pudo. + +--No estoy triste--dijo--, sino pensando en una aventura que he +emprendido. + +--¡Oh!--respondió el desconocido--. Cuéntame en qué consiste, y puede te +sirva yo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aventuras que al +principio parecían bastante difíciles. Acaso hayas oído hablar de mí. +Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro +cualquiera. Dime en qué consiste la dificultad, y hablaremos del asunto +y veremos lo que se puede hacer. + +Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvió +contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podían +ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algún +consejo que le sirviese de algo. Así es que en pocas palabras le +explicó el caso: cómo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, +con la cabellera de serpientes, para dársela como regalo de boda a la +hermosa princesa Hipodamia, y cómo se había comprometido a ir a +buscarla, pero temía verse convertido en piedra. + +--Y sería lástima--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--. Es verdad que +serías una estatua de mármol de muy buen ver, y que pasarían unos +cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; +pero más vale ser joven unos pocos años, que estatua de piedra muchos. + +--¡Oh, mucho más!--exclamó Perseo con los ojos húmedos otra vez--. Y +además, ¿qué sería de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en +piedra? + +--Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin--repuso Azogue en tono +animoso--. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte más +eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con +bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable. + +--¿Tu hermana?--repitió Perseo. + +--Sí, mi hermana--respondió el desconocido--. Es muy sabia, te lo +aseguro; y en cuanto a mí, también suelo tener todo el talento que me +hace falta. Si tú eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros +consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de +piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas +verte en él como en un espejo. + +Esto le pareció a Perseo un principio de aventura más bien extravagante, +porque pensó que más importaría que el escudo fuera lo bastante fuerte +para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que +estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en él. Pero +pensando que Azogue sabía más que él, inmediatamente puso manos a la +obra, y frotó el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto +brilló como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le miró y sonrió, +aprobando. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó +a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba. + +--No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propósito que +llevas--observó--. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y +el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que +tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos +dirán dónde podemos encontrar a las Ninfas. + +--¡Las Tres Mujeres Grises!--exclamó Perseo, a quien esto parecía +únicamente una dificultad más en la aventura--. ¿Quiénes son esas Tres +Mujeres Grises? Nunca he oído hablar de ellas. + +--Son tres viejecitas muy raras--dijo Azogue, riendo--. No tienen más +que un ojo para las tres, y un diente. Tendrás que encontrarlas a la luz +de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver +cuando brillan el sol o la luna. + +--Pero--dijo Perseo--, ¿a qué gastar el tiempo con esas Tres Mujeres +Grises? ¿No sería mejor ir desde luego en busca de las terribles +Gorgonas? + +--No, no--respondió su amigo--. Hay bastantes cosas que hacer antes de +encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay más +remedio que ir a caza de esas tres señoras. Y cuando las hayamos +encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarán muy +lejos. De modo que vamos ligerito. + +Perseo tenía ya tanta confianza en la sagacidad de su acompañante, que +no hizo más objeciones, y aseguró que estaba pronto para emprender +inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan +ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A +decir verdad, se le ocurrió la peregrina idea de que Azogue llevaba un +par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil +maravillas. Y, además, al mirarle de reojo, porque no se atrevía a +volver del todo la cabeza, le pareció que también tenía alas a los lados +de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se veían las alas, sino +un gorro muy raro. Lo que sí era seguro es que el bastón trenzado le +servía a Azogue de grandísima ayuda para caminar, y le hacía andar tan +de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el +aliento. + +--¡Vamos!--exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, vivo como era, el +trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso--; toma este +bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay +en la isla de Serifo mejores andarines que tú? + +--Mejor podría andar--dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su +compañero--, si tuviese un par de zapatos con alas. + +--Buscaremos un par para ti--respondió Azogue. + +Pero el bastón ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvió a sentir el +menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicar algo de su +vida a Perseo. Él y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor +facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan +divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le +había servido en muchas ocasiones, que Perseo empezó a considerarle como +persona maravillosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan +encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de +conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio +ingenio con todo lo que oía. + +Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había +de prestar ayuda en la aventura que tenían emprendida. + +--¿Dónde está?--preguntó--. ¿La encontraremos pronto? + +--En cuanto la necesitemos--dijo su compañero--. Pero debo advertirte +que esta hermana mía tiene un genio completamente distinto del mío. Es +muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene +por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy +profundo que decir. Ni tampoco escucha conversación alguna que no sea +absolutamente razonable. + +--¡Pobre de mí!--exclamó Perseo--. No me atreveré a pronunciar ni una +sílaba delante de ella. + +--Es una persona instruidísima, te lo aseguro--continuó Azogue--, y +tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan +asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabiduría +personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta +viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para +compañera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya verás de +cuánto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas. + +Ya había anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio +completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan +solitario y silencioso, que parecía como si nunca nadie hubiese vivido +en él ni hubiese pasado por allí. Todo estaba vacío y desolado en el +crepúsculo gris, que a cada instante se hacía más obscuro. Perseo miró +en derredor, más bien con desconsuelo, y preguntó si tenían que ir mucho +más lejos. + +--Chiss, chiss...--susurró su compañero--. No hagas ruido. Precisamente +éstos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres +Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que tú las hayas +visto, porque aunque no tienen más que un ojo para las tres, es tan +perspicaz como media docena de ojos vulgares. + +--Pero, ¿qué tengo que hacer--preguntó Perseo--cuando las encontremos? + +Azogue explicó a Perseo cómo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises +con su único ojo. Parece que tenían la costumbre de usarle por turno, +como si hubiese sido un par de lentes o--cosa que les hubiese convenido +mejor--un monóculo. Cuando una de las tres le había disfrutado durante +algún tiempo, se le sacaba de la órbita y se le daba a otra de las +hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un +ratito de la vista del mundo. Fácil es de comprender por esto que sólo +una de las mujeres veía, mientras las otras dos permanecían en la +obscuridad, y además, en el instante en que el ojo estaba pasando de +mano en mano, ninguna de las pobres señoras veía gota. He oído contar +muchas cosas extrañas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a +mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, +todas mirando con un ojo solo. + +Esto mismo pensó Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que llegó a +figurarse que su compañero se estaba burlando de él y que no existían en +el mundo semejantes mujeres. + +--Pronto te convencerás de si es verdad o no--observó Azogue--. Chiss, +chiss, chiss... ¡Ya vienen! + +Perseo miró ansiosamente a través de la obscuridad de la noche, y con +seguridad, a poca distancia, vió a las Tres Mujeres Grises. Como la luz +era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qué caras tenían; sólo +descubrió que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, +vió cómo dos de ellas no tenían sino una órbita vacía en medio de la +frente. Pero en medio de la frente de su hermana había un ojo brillante, +que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante +parecía ser, que Perseo no pudo menos de pensar que poseía el don de ver +en la media noche más obscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres +pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo único. + +De este modo las tres ancianas se arreglaban, después de todo, casi tan +cómodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tenía el ojo +en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en +derredor suyo; tanto, que Perseo temía que pudiese atravesar con la +vista la espesa zarza tras de la cual él y Azogue se habían escondido. +¡Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan +penetrante! + +Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclamó: + +--¡Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el +ojo! Ahora me toca a mí. + +--Déjamelo un momento más, hermana Pesadilla--respondió Espanto--. Me +parece que veo algo detrás de aquella zarza. + +--Bueno, ¿y qué?--respondió Pesadilla con malos modos--. ¿No puedo yo +ver tan bien como tú lo que haya detrás de la zarza? El ojo es tan mío +como tuyo, y me parece que sé usarle tan bien como tú, por no decir +mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente. + +Pero al llegar aquí, la tercera hermana, cuyo nombre era +Quebrantahuesos, empezó a quejarse, y dijo que a ella era a quien le +tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le querían sólo +para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quitó el ojo de la +frente y le levantó en la mano. + +--Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera--exclamó--, y acabemos +con esta disputa necia. Por mi parte, me alegraré muchísimo de estar un +rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la +frente. + +Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando +ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos +estaban ciegas, no acertaban a encontrar la maño de su hermana; y como +en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a +poner el ojo en sus manos. Así, como comprenderéis fácilmente, las tres +viejas estaban en grandísimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y +centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba +una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su +demasiada impaciencia por ver. + +A Azogue le divertía tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos +esforzándose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas +podía contener la risa. + +--Ha llegado el momento--dijo en voz muy baja a Perseo--. Vivo, vivo, +antes de que alguna pueda pescar el ojo. ¡Quítaselo de la mano! + +Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguían disputando, +Perseo saltó de detrás de la zarza y se hizo dueño de la presa. El ojo +maravilloso, al pasar a su mano, centelleó más brillante que nunca, y +pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma +expresión que si hubiese tenido un par de párpados para hacer un guiño. +Las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que había sucedido, y +suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las +otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las +pobres viejas se insultasen más de lo necesario, y creyó que había +llegado el momento de las explicaciones. + +--Señoras mías--dijo--, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas +con otras. Si hay aquí algún culpable, ese soy yo, porque tengo el +honor de llevar en la mano vuestro brillantísimo y excelentísimo ojo. + +--¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú?--chillaron a un tiempo +las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísimo al +oir una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos no +sabían de quién--. ¡Ay, hermanas, hermanas! ¿Qué vamos a hacer? ¡Todas +estamos en la obscuridad! ¡Danos nuestro ojo precioso y único! ¡Tú +tienes dos para ti solo! + +--Diles--apuntó Azogue a Perseo--que se lo entregarás en cuanto te hayan +dicho dónde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que +vuelan, el saco mágico y el yelmo de la invisibilidad. + +--Mis queridas, buenas y admirables señoras--dijo Perseo, dirigiéndose a +las Tres Mujeres Grises--: no hay motivo para que se asusten ustedes de +ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolveré a ustedes el +ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dónde puedo +encontrar a las Ninfas. + +--¿A las Ninfas? ¡Pobres de nosotras, hermanas! ¿Qué dice este +hombre?--gritó Espanto--. La gente asegura que hay muchísimas Ninfas: +unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre +los árboles, otras que tienen cómoda habitación en el agua de las +fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas +desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos +tenido más que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. +¡Devuélvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devuélvenosle! + +Y las tres mujeres extendían la mano, intentando coger a Perseo. Pero él +tenía buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance. + +--Respetables señoras mías--dijo, porque su madre le había enseñado a +emplear siempre la mayor cortesía--: tengo el ojo en la mano, y lo +conservaré con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad +de decirme dónde están las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que +tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... ¿cómo se +llama?... ¡ah, sí!, el yelmo de la invisibilidad. + +--¡Desgraciadas de nosotras, hermanas! ¿De qué habla este +joven?--exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigiéndose +unas a otras con gran apariencia de asombro--. ¡Un par de sandalias que +vuelan! Pero, ¿no comprende que si tuviera la locura de ponerse +semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza? +¡Y un yelmo de invisibilidad! ¿Cómo puede un yelmo hacer invisible a un +hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si era poco, un +saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no +podemos decirte nada de todas esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos, y +nosotras uno para las tres; mejor podrás tú que nosotras, pobres mujeres +ciegas, encontrar todo lo que necesitas. + +Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, empezó a creer que, en realidad, +las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que les preguntara, y le +daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de +devolverles el ojo, pidiéndoles perdón por la molestia que les había +causado; pero Azogue le sujetó la mano. + +--No consientas que se burlen de ti--dijo--. Estas Tres Mujeres Grises +son las únicas en el mundo que pueden decirte dónde encontrarás a las +Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirás cortar la cabeza de +Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldrá +bien. + +Y sucedió como Azogue decía. Hay pocas cosas que la gente quiera más que +la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises querían al suyo como si +hubiese sido media docena. Viendo que no había otro medio de recobrarlo, +acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo +hubieron dicho, él, con el mayor respeto, puso el ojo en la órbita vacía +de una de sus frentes, les dió las gracias por su amabilidad y se +despidió de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante +para dejar de oirlas, ya habían empezado otra disputa, porque dió la +casualidad de que había entregado el ojo a Espanto, que ya había +disfrutado de él antes de que empezase la cuestión con Perseo. + +Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre +de turbar su armonía con peleas de esta clase; lo cual era muy de +sentir, ya que no podían vivir unas sin otras y estaban, evidentemente, +destinadas a ser compañeras inseparables. Como regla general aconsejo a +todos, hermanos o hermanas, jóvenes o viejos, que no tengan más que un +ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se +empeñen en gozarle todos a un mismo tiempo. + +Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo más de prisa que podían en +busca de las Ninfas. Las viejas les habían dado indicaciones tan +detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de +Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran +jóvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tenía un par +de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad. +Parecían ser muy amigas de Azogue, y cuando les contó la aventura que +Perseo había emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle +los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer +lugar, trajeron lo que parecía ser una bolsa pequeña, hecha de piel de +ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de +ella, para no perderla. Éste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron +después un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas +al talón de cada una. + +--Póntelas, Perseo--dijo Azogue--. Con ellas te encontrarás tan ligero +de pies como puedas desear para todo el resto del viaje. + +Perseo empezó a ponerse una y dejó la otra en el suelo, a su lado. De +repente la sandalia que había dejado abrió las alas y saltó del suelo, y +probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto +y la hubiese atrapado al vuelo. + +--Ten más cuidado--dijo a Perseo--. Los pájaros se asustarían si viesen +una sandalia volando a su lado. + +Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sintió +demasiado ligero para andar por la tierra. Dió un paso o dos, y--¡oh, +maravilla!--se levantó en el aire muy por encima de las cabezas de +Azogue y de las Ninfas, y le costó mucho trabajo volver a bajar. Las +sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy +difíciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se echó +a reir de la involuntaria ligereza de su compañero, y le dijo que era +menester no apresurarse tanto, porque aún tenían que aguardar a que les +trajesen el yelmo de la invisibilidad. + +Las amables Ninfas sostenían el yelmo con su hermoso penacho de +ondulantes plumas, dispuestas a ponérselo en la cabeza a Perseo. Y +entonces sucedió el incidente más maravilloso de todos los que os vengo +contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, allí estaba +Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas +sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo +al brazo: figura que parecía hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero +en cuanto el yelmo se apoyó en su frente blanca, ¡nada se vió ya de +Perseo! ¡Nada, sino el aire vacío! ¡Hasta el yelmo que le cubría con su +invisibilidad se había desvanecido! + +--¿Dónde estás, Perseo?--preguntó Azogue. + +--Aquí--respondió Perseo tranquilamente, aunque su voz parecía salir de +la transparente atmósfera--. Donde estaba ahora mismo. ¿No me ves? + +--No te veo, no--respondió su amigo--. Estás oculto por el yelmo. Y si +yo no te veo, tampoco te verán las Gorgonas. Sígueme, y probaremos qué +tal maña te das para usar las sandalias con alas. + +Con estas palabras, el gorro de Azogue abrió las alas, como si la cabeza +fuese a volar separándose de los hombros; pero todo su cuerpo se levantó +en el aire, y Perseo le siguió. Cuando hubieron subido unos cuantos +metros, el joven empezó a sentir cuán delicioso era dejar abajo la +tierra dura y poder volar como un pájaro. + +Era ya completamente de noche. Perseo miró hacia arriba y vió la +redonda, brillante y plateada luna, y pensó que le gustaría más que nada +levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse allí la vida. Entonces volvió +a mirar hacia abajo y vió la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso +de plata de sus ríos, y los nevados picos de sus montañas, y lo ancho de +sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mármol +blanco. + +Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa +como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre +todo, vió la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas +veces, él y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, parecía estar +hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se +encontraban mojados y llenos de frío por la niebla gris. Tan rápido era +su vuelo, sin embargo, que en un instante salían de la nube otra vez a +la luz de la luna. Una vez pasó casi rozando a Perseo un águila que +volaba muy alto. Lo más hermoso de todo lo que vieron fueron los +meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se +estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacían palidecer la luz de la +luna muchas millas en derredor. + +Mientras los dos compañeros volaban uno junto a otro, Perseo creyó oir a +su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al +lado opuesto a aquel en que veía a Azogue. Miró con atención, pero no +vió nada. + +--¿De quién es este vestido--preguntó--que parece moverse a mi lado con +la brisa? + +--¡Oh! ¡Es el de mi hermana!...--respondió Azogue--. Viene con nosotros, +como ya te lo había anunciado. Nada podríamos hacer si mi hermana no nos +ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. ¡Y tiene unos ojos...! En +este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa +a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas. + +En su rápido viaje por los aires, habían ya + +[imagen] + +[imagen] + +llegado a la vista del gran Océano, y pronto volaron sobre él. A lo +lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se +rompían formando una ancha franja de espuma sobre los peñascos de la +orilla, con un ruido que en el bajo mundo parecía el del trueno, pero +que en lo alto llegaba a los oídos de Perseo como un suave murmullo, +como la voz de un niño medio dormido. Precisamente en aquel momento una +voz habló a su lado. Parecía ser de mujer, y era melodiosa, aunque no +precisamente dulce, sino grave y serena. + +--Perseo--dijo la voz--, ahí están las Gorgonas. + +--¿Dónde?--exclamó Perseo--. ¡No las veo! + +--En la costa de esa isla, debajo de ti--replicó la voz--. Si dejases +caer una piedra, caería entre ellas. + +--Ya te dije yo que ella era la primera que había de verlas--dijo Azogue +a Perseo--. Y ahí están. + +Abajo, en línea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanzó a +ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, +excepto por un lado, donde había una playa de arena blanca como nieve. +Descendió hacia ella, y mirando con atención hacia algo que brillaba, a +los pies de un precipicio de roca negra vió a las terribles Gorgonas. +Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el +atronador ruido del mar; porque hacía falta un estruendo que hubiese +dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas +criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de +acero y sobre sus alas de oro, que caían perezosamente sobre la arena. + +Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la +roca, mientras las dormidas Gorgonas soñaban que estaban despedazando a +algún pobre mortal. Las serpientes que les servían de cabellos, también +parecían estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorcía o +alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un +adormilado silbido, y dejándose luego caer entre sus hermanas +serpientes. + +Las Gorgonas se parecían más a alguna tremenda gigantesca especie de +insecto--inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por +este estilo--, que a ningún otro ser vivo; sólo que eran como un millón +de veces más grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, había en +ellas algo humano también. Afortunadamente para Perseo, tenían la cara +escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese +mirado un solo instante, hubiera caído pesadamente del aire, convertido +en imagen de piedra. + +--Ahora--susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo--, ahora es el +tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una +de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde! + +--¿A cuál es a la que debo herir?--preguntó Perseo sacando la espada y +bajando un poco más--. Las tres parecen iguales. Las tres tienen +cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa? + +Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien +Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible +hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada +del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida. + +--Sé prudente--le dijo la misma voz tranquila que antes le había +hablado--. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y +precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te +convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el +brillante espejo de tu escudo. + +Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que +puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía mirar con +tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel +rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la +luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las +serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por +completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y +más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había +en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban +cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones +estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo +sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con +sus garras de bronce. + +Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse +con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, +se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir +los ojos. + +--¡Ahora, ahora!--murmuró Azogue, que se iba impacientando--. ¡Hiere al +monstruo! + +--Pero con calma--dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven--. +Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no +errar el primer golpe. + +Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el +rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más +terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo +metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en +que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo +instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se +alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado +tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza +de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo. + +--¡Admirablemente hecho!--dijo Azogue--. Apresúrate y mete la cabeza en +el saco mágico. + +Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se había colgado al +cuello aumentó de tamaño lo bastante para contener la cabeza de Medusa. +Pronto, como el pensamiento, la levantó, cuando aún las serpientes se +retorcían en torno de ella, y la metió en el saco. + +--Tu misión está cumplida--dijo la voz serena--. Ahora vuela, porque las +otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de +Medusa. + +Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no había +realizado su hazaña tan silenciosamente que el ruido de la espada, el +silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer +sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros +monstruos. Se incorporaron un instante, frotándose los ojos adormilados +con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus +cabezas se revolvían con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra +quién. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin +cabeza, con las alas de oro erizadas y caídas y sobre la arena, fué +realmente terrible oir sus alaridos. ¡Y las serpientes! Lanzaron mil +silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron +desde el saco mágico. + +Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron +en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes +horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las +plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que aún estén +allí desparramadas. Levantáronse, como digo, las Gorgonas, mirando +horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a +alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese caído en sus +garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen +cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la +invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qué dirección seguirle, ni +tampoco dejó él de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, +subiendo en línea perpendicular un kilómetro próximamente. A aquella +altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta +él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo, para +entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes. + +No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a +Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo +marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo +convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la +cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un +viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía +lleva el antiguo nombre del gigante. + +Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver +a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había +tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a +refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos +la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador +de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a +Perseo, niño, cuando los encontró flotando en el arca, parecen haber +sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. +Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran +notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber +que cayó sobre ellos. + +No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a +palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no +se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con +regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al +pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle +volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había +hecho. + +--¿Has cumplido tu promesa?--preguntó--. ¿Me traes la cabeza de Medusa +con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro, +porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que +no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto. + +--Sí, Majestad--respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por +qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal +hazaña--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de +serpientes. + +--¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela--dijo el rey Polidectes--. +Debe de ser + +[imagen] + +espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella +han dicho la verdad. + +--Vuestra Majestad está en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un +objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra +Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy +fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad +para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que +pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca +puedan volver a verla! + +Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados, +aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes +perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas +direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas +las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen +dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran +multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al +mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido +algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había +en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice +nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo +a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea +comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se +empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón +donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano. + +En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey +Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, +formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y +pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo. + +--¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!--gritaba el pueblo. Y +había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a +Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía--. ¡Enséñanos la +cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes! + +Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo. + +--¡Oh, rey Polidectes--exclamó--, y vosotros pueblo: no quisiera +mostraros la cabeza de la Gorgona! + +--¡Ah, canalla, cobarde!--gritó el pueblo, más furioso que nunca--. Se +está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. +Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer +con ella una pelota de _foot-ball_. + +Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, +todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y +el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y +grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería +perder la suya. + +--Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya. + +Perseo suspiró. + +--¡Ahora mismo!--repitió Polidectes--, o mueres. + +--¡Miradla entonces!--exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín. + +Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de +entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces +súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su +pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel +instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en +blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a +decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado +rey Polidectes. + +--¿Qué, no ha sido un cuento bonito?--preguntó Eustaquio. + +--¡Ay, sí, sí!--exclamó Capuchina, palmoteando--. ¡Y esas viejas tan +raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa +más extraña! + +--En lo del diente--observó Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo +que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a +Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez! + +--¡Ah!, ¿no era hermana suya?--preguntó Eustaquio--. Si se me hubiese +ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho +favorito. + +--Bueno--dijo Primavera--; después de todo, con el cuento se ha +desvanecido la niebla. + +Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían +desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un +panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido +creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección +donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo +del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta +imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de +las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de +la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su +más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el +valle. Eustaquio le comparó a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta +en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el +follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo +alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el +terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y +los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño +obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de +las vertientes de las colinas. + +Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima +neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día +de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron +apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, +corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo +muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que +ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía +ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era +uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y +probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar +alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de +Eustaquio Bright. + +[imagen] + + + + +EL TOQUE DE ORO + + + + +[imagen] + + + + +ARROYO UMBRÍO + + +A mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de +cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus +vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban +cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños, +entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos +arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se +encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un +crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de _Arroyo Umbrío_. +Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo +el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje +incendiaba la cañada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas +amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido +conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo +el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también. +Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el +sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse. + +El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para +formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, +nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si +tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde +iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la +corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra +el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el +agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que +estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir +la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más +aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago. + +En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se +habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de +Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían servido sobre troncos +caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían +hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería +moverse. + +--Aquí descansaremos--dijeron algunos de los niños--, mientras el primo +Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos. + +El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera +de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en +aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban +casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las +Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la +copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en +pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho +llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las +recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero +como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, +parecía dispuesto a descansar un poco. + +Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio +ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le +gastaseis en contarles un cuento. + +--Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, ¡qué cuento tan bonito el de la +cabeza de la Gorgona! ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan +bonito como ese? + +--Sí, hija mía--dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la +gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podría contaros una +docena, tan bonitos o más, si me diese la gana. + +--¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?--exclamó Capuchina, +bailando de contenta--. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena +de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona! + +--No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi +con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la +consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco +más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes +cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir +la siesta en paz y en gracia de Dios. + +Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan +aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su +entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y +apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento. + +¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada +diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a +fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la +felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja +de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños. + +Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento +siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba +tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol, +observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus +hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos +hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios +que Eustaquio relató al contar la historia de Midas. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL TOQUE DE ORO + + +Vivió hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se +llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído +hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he +olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las +niñas, me parece bien llamarla Clavellina. + +El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real, +principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer +oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había +en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su +hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la +quería, más ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. +Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a +quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de +monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa. +Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman +al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder +guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y +riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, +lo único que le decía era:--¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de +oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas. + +Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente +dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado +a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más +grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal. + +Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan +fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras +mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo +para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los +innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. +Y aunque también en + +[imagen] + +otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que +cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música +agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar +contra otra. + +Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que +tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas +llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no +fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una +habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es +donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía +servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser +completamente feliz. + +Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de +monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una +barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los +llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio +donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le +gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía +ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, +o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se +deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña +de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía +a sí mismo:--¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz +eres!--. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía +muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella +imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él. + +Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo +era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el +mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese +lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo. + +No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en +los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban +cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían +maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo +nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los +tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi +parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los +antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento. + +Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro +subterráneo, cuando vió que una sombra caía sobre los montones de oro, +y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que +estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era +un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del +rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier +otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el +desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí +era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los +tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos +rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían +iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos +llamas o chispas. + +Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y +que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus +tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un +mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la +Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla +de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la +costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, +las mujeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas había +tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba +encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan +amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable +sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a +hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus +montones de tesoros! + +El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa +hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se +volvió hacia Midas. + +--Eres un hombre rico, amigo Midas--observó--. Me parece que no habrá en +la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú +has conseguido amontonar en esta habitación. + +--He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondió Midas en +tono descontento--. Pero, después de todo, esto no es nada si se +considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno +vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras. + +--¡Cómo!--exclamó el desconocido--. ¿Todavía no estás satisfecho? + +Midas movió la cabeza. + +--¿Y con qué te contentarías?--preguntó el forastero--. Sólo por +curiosidad me gustaría saberlo. + +Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel +desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, +había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores +deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más +que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se +le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su +imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo +bastante grande para satisfacerle por completo. + +Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan +brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba. + +Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara. + +--Ea, Midas--observó el visitante--, veo que por fin has pensado cosa +que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas. + +--Sólo esto--respondió Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto +trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme +aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en +oro! + +La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la +habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, +donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de +oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz. + +--¡El Toque de Oro!--exclamó--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres +hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso +te quedarás satisfecho? + +--¡Completamente!...--dijo Midas. + +--¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don? + +--¿Por qué había de arrepentirme?--preguntó Midas--. Es lo único que +pido para ser completamente feliz. + +--Entonces, hágase como deseas--respondió el forastero, moviendo la mano +en señal de despedida--. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado +con el Toque de Oro. + +El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente +brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos +de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y +alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda +la vida en reunir. + +La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre. +Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo +estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un +juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los +montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los +brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su +alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el +Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el +dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros +varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban +siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita +del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese +venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de +él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas +hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por +medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar! + +Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo +brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se +volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus +esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer +rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su +cabeza. Parecióle a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se +reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más +de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de +hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y +más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de +sol! + +Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por +la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los +barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote +de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que +estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un +montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se +convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya +visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se +convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales +todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a +vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de +oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un +poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a +vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose las +puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también +en hilo de oro. + +A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por +completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se +hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas, +besándole para entregárselo. + +Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes +del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. +En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común +de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si +no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó +que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de +ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los +transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo +metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro +valiesen bastante. + +Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría +conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo. + +--Pero, después de todo, importa poco--se dijo a sí mismo con mucha +filosofía--. No podemos tener un gran bien que no venga acompañado de +algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de +un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me +servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina +pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo +necesite. + +El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el +palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las +escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se +iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte +de la puerta--era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto +sus dedos le hubieron tocado--y salió al jardín. Encontró en él, como de +costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en +capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color +delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan +amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas +flores. + +Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo +de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para +conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su +Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los +capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de +ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, +llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había +despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio. + +En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de +Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. +Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en +panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos +frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas +de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un +rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas +acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito. + +Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y +sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a +desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería +muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan +contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y +la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta +circunstancia le sorprendió mucho, porque era su hijita una de las +niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con +las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese +podido llenar un dedal. + +Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa +agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que +era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro +reluciente. + +Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de +su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si +se le rompiese el corazón. + +--¿Qué es eso, hija mía?--exclamó Midas--. ¿Qué te pasa, hoy que hace +una mañana tan hermosa? + +Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la +cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar. + +--¡Muy bonita!--exclamó su padre--. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que +pueda hacerte llorar? + +--Papá--respondió la chiquilla llorando a más y mejor--, no es bonita: +es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al +jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan +más cuando te las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha +sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan +bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a +perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les +habrá pasado? + +--Bueno, hijita, no llores por eso--dijo Midas, a quien le dió vergüenza +confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la +niña--. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es +cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años, +por una vulgar, que se deshoja en un día. + +--No quiero rosas como ésta--dijo Clavellina tirándola +despectivamente--. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me +araña la nariz. + +La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por +las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del +tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a +divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan +extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos +aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal. + +Midas, entretanto, se había servido una taza de café, y, naturalmente, +la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba +convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un +momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como +las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en +el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos +sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante +seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de +oro. + +Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al +sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios +tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después +se solidificó, formando un terrón dorado. + +--¡Ah!--exclamó Midas casi con horror. + +--¿Qué te pasa, papá?--preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas +en los ojos. + +--¡Nada, niña, nada!--dijo Midas--. Toma la leche antes de que se enfríe +por completo. + +Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con +el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha +admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen +ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal +verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero +del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la +cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales +del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien +frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis +figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor +tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y +valiosa imitación. + +--No comprendo--se dijo a sí mismo--cómo voy a arreglármelas para +desayunar. + +Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con +gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de +trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A +decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas +mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron +comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se +sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio +análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo +pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la +fábula tenía costumbre de poner. + +--¡Pues, señor, estoy divertido!--pensó recostándose en el respaldo del +sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus +sopas de leche con gran satisfacción--. ¡Un desayuno tan rico sobre la +mesa y no poder probar ni un bocado! + +Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave +inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó +tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro +era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata +harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de +un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear +por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía. + +--¡Papá! ¡Papá!--exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa--. +¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua? + +--¡Ay, hija mía!--murmuró Midas tristemente--. ¡No sé qué va a ser de tu +pobre padre! + +Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida? +Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa +de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador +más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, está +realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares +valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la +hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a +la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la +cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que +entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un +régimen tan substancioso? + +Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que +empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único +deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no +fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el +brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de +Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio +por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es +decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un +panecillo caliente y una taza de café! + +--¡Sería demasiado caro!--pensó Midas. + +Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que +volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindísima +Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada, +mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento +comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de +consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le +rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña. +Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que +todo lo que había ganado con el Toque de Oro. + +--¡Clavellina, hijita, preciosa mía!--exclamó. + +Pero Clavellina no respondió. + +¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había +otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de +su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, +tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también +quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el +mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e +inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible +desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a +su propia hija en una estatua de oro... + +Sí: una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última e +interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como +tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos +mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y +peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un +encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus +rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores +eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella +imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que +Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:--¡Vales más oro +que pesas!--. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, +y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán +infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno +cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y +la tierra. + +Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía +todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse +a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de +ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que +se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa +figurita con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una +mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión +tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde +luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a +desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus +riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de +rosa. + +Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un +desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la +cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se +le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la +desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún +tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la +habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás +objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas. + +--¡Eh!, amigo Midas--dijo el desconocido--: ¿qué tal te va con el Toque +de Oro? + +Midas movió la cabeza. + +--Soy muy desgraciado--dijo. + +--¿Muy desgraciado, de veras?--exclamó el desconocido--. ¿Y cómo es eso? +¿No he cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo +lo que deseaba tu corazón? + +--El oro no es todo en este mundo--respondió Midas--, y he perdido lo +que mi corazón realmente quería más que nada. + +--¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?--observó +el desconocido--. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que +vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara? + +--¡Oh, bendita agua!--exclamó Midas--. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi +seca garganta! + +--¿El Toque de Oro--continuó el desconocido--o un pedazo de pan? + +--Un pedazo de pan--respondió Midas--vale por todo el oro del mundo. + +--¿El Toque de Oro--preguntó el desconocido--o tu hijita palpitante, +viva, suave y cariñosa como hace una hora? + +--¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!--exclamó el pobre Midas retorciéndose las +manos--. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el +poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro! + +--Eres más cuerdo que eras, rey Midas--dijo el desconocido--. Ya veo que +tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si así +fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de +comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el +mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales +se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del +Toque de Oro? + +--¡Le odio!--respondió Midas. + +Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo; +también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció. + +--Entonces--dijo el desconocido--, ve y báñate en el río que pasa por +detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con +ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua +substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares +el daño que has causado con tu avaricia. + +El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el +reluciente desconocido ya no estaba allí. + +Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar +un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de +ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba +corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y +frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje se ponía amarillo, como +si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza, +sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.--¡Puf, puf, puf!--resopló +el rey Midas al sacar la cabeza del agua--. Está bien. Éste es un baño +refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de +Oro. Ahora, a llenar el cántaro. + +Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle +convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que +fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro +de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande, +duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su +humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba +ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la +orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la +delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un +brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se +había apartado de él. + +El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos +criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan +cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer +todo el daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas +que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, +como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la +dorada figura de su hija. + +Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el +color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse! +Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que +seguía echándole agua encima. + +--¡Basta, papá; por favor, ya no más!--exclamó--. Mira lo que has hecho +con mi vestido tan bonito. ¡Y que le estreno hoy! + +Clavellina no sabía que había sido un rato estatua de oro; no podía +acordarse de lo que había sucedido desde el momento en que corrió con +los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre. + +No creyó éste necesario contar a su querida hija cuán loco había sido, +pero se decidió a demostrar lo mucho más cuerdo que ahora era. Para esto +llevó a Clavellina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los +rosales, y con tan buena suerte, que más de cinco mil rosas recobraron +su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras +vivió conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una +fué que las arenas del río + +[imagen] + +[imagen] + +brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tenía +ahora un reflejo dorado que nunca había observado en él antes de que se +hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en +realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho más bonito +que antes. + +Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tenía a los hijos de +Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le +gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento +yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les decía que su +cabello también tenía un bonito reflejo de oro, que habían heredado de +su madre. + +--Y para deciros la verdad, queridos niños míos--comentaba el rey Midas, +haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos--, desde aquella mañana +he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra +madre. + +--Ea, niños--preguntó Eustaquio, que era muy aficionado a saber la +opinión definida de sus oyentes--, ¿habéis oído en toda vuestra vida +cuento mejor que este del Toque de Oro? + +--La historia del rey Midas--dijo la burlona Primavera--era famosa miles +de años antes de que el señor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y +continuará siéndolo después que él lo abandone. Pero algunas personas +tienen lo que pudiéramos llamar «toque de plomo», y convierten en +pesado y seco todo lo que tocan sus manos. + +--Eres una niña muy lista, para no haber cumplido aún los quince--dijo +Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crítica--. Pero bien +convencida estás, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruñido +el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto más brillante que +nunca. ¿Y la figura de Clavellina? ¿No está maravillosamente dibujada? Y +la moraleja, ¿no es profunda, clara y bien traída? ¿Qué decís, Amapola, +Romero, Trébol, Margarita? Alguno de vosotros, después de haber oído +este cuento, ¿desearíais poseer la facultad de convertir las cosas en +oro? + +--A mí me gustaría--dijo Margarita, chiquilla de diez años--tener el +poder de convertirlo todo en oro con el dedo índice de la mano derecha, +pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a +su estado primero, si el cambio no había resultado a mi gusto. ¡Ay, si +lo tuviera, ya sé lo que haría esta misma tarde! + +--¿Qué harías?--dijo Eustaquio. + +--Tocaría--respondió Margarita--cada una de las hojas de estos árboles +con el dedo índice de la mano izquierda, y las pondría verdes otra vez; +así es que volveríamos a empezar el verano, sin tener que pasar por el +feo invierno. + +--¡Oh, Margarita!--exclamó Eustaquio Bright--; estás en un error, y +harías una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no haría más que días +de oro, como este de hoy, durante todo el año. Las mejores ideas siempre +se me ocurren un poco tarde. ¿Por qué no os habré dicho cómo el viejo +rey Midas vino a América y cambió el sombrío otoño que hay en otros +países en la deslumbrante belleza con que aquí se viste? Doró todas las +hojas del gran libro de la Naturaleza. + +--Primo Eustaquio--dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba +haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeñez +de las hadas--, ¿qué altura justa tenía Clavellina, y cuánto pesaría +después de haberse convertido en oro? + +--Era casi tan alta como tú--replicó Eustaquio--, y como el oro es muy +pesado, pesaría lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda +con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro. +¡Ojalá Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la cañada, +subiendo a lo alto del peñón, y echemos una mirada en derredor. + +Así lo hicieron. El sol había ya andado dos horas más de la mitad de su +camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiación occidental, +de modo que parecía estar lleno hasta el borde de luz suave que se +desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un día +tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de +él: ¡Nunca ha existido día semejante, aunque ayer tal vez fué, y mañana +será, tan luminosamente radiante! ¡Ah! Pero hay pocos de esos en el +círculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos días de Octubre +que cada uno de ellos parece ocupar muchísimo espacio, aunque el sol se +levanta más bien tarde en esta estación del año, y se va a la cama, como +debieran irse los niños, a las tempranas seis de la tarde o un poco +antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos días largos; pero +parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y +cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un +inmenso brazado de vida desde por la mañana. + +--¡Venid, niños, venid!--exclamó Eustaquio--. ¡Más nueces, más nueces, +más nueces! ¡Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las +partiré para vosotros y os contaré magnificas historias! + +Y así se fueron, todos contentísimos, excepto el pequeño Romero, que, +siento decíroslo, se había sentado sobre un erizo de castaña y se había +convertido en acerico de sus pinchos. ¡Dios mío, qué incómodo debía ir +el pobre! + + + + +EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS + + + + +[imagen] + + + + +EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD + + +Pasaron los días de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han +pasado, y pasó el obscuro Noviembre y la mayor parte del frío Diciembre +también. Por fin llegó la alegre Navidad, y Eustaquio Bright llegó con +ella, haciéndola aún más alegre con su presencia. Y al día siguiente de +haber llegado él, cayó una gran nevada. Hasta entonces el invierno +parecía haberse retrasado, y nos había dado muchos días tibios, que eran +como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se había conservado verde +en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes +que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban +pasar el viento frío. Aún no hacía un par de semanas que los niños +habían encontrado un amargón en flor, en la margen del Arroyo Umbrío, +precisamente a la salida de la cañada. + +Pero ya no había ni hierba ni flores. ¡Qué nevada! Veinte millas de +tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de +Tanglewood y la alta montaña, si la vista alcanzase tan lejos, entre los +remolinos de copos que blanqueaban toda la atmósfera. Parecía como si +las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse +unos a otros monstruosos puñados de nieve. Tan espesos caían los copos, +que hasta los árboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, +quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es +verdad, los pequeños prisioneros de Tanglewood podían divisar el confuso +contorno de la gran montaña y la lisa blancura del lago helado al pie de +ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte más +cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la +tormenta. + +Sin embargo, los niños se regocijaban con la nevada. Ya habían trabado +conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caía más +espesa, y tirándosela unos a otros a puñados, precisamente como ahora +mismo nos figurábamos que hacían las montañas. Y ahora habían vuelto al +espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran salón, y +estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeños. El mayor de +todos era un caballo de movimiento, que parecía un jaco de verdad, y +había una familia entera de muñecas de madera, de cera, de cartón y de +china, además de unos cuantos bebés de trapo; y tarugos de construcción, +innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y +combas, y muchísimos más objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar +en una página. Pero los niños preferían la nevada a todos los juguetes. +¡Prometía para mañana tantas animadas diversiones, y para todo el resto +del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el +valle, las estatuas de nieve que había que esculpir, las fortalezas de +nieve que había que edificar, y la batalla de bolas de nieve que había +que ganar. + +Así los chiquillos bendecían la nevada, y se alegraban de ver que caía +cada vez más espesa, y miraban con esperanza el montón que se estaba +formando en la avenida, y que ya era más alto que el más alto de ellos. + +--¡Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!--exclamaron con el mayor +entusiasmo--. ¡Qué lástima que la casa sea demasiado alta y que no pueda +cubrirla la nieve! La casita encarnada de allá abajo va a quedar +enterrada hasta el tejado. + +--Pero, chiquillos locos, ¿todavía deseáis más nieve?--preguntó +Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, había +entrado en el cuarto de juego--. Ya ha hecho bastante daño, echando a +perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en +todo el invierno. ¡No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y +hoy iba a ser el primer día que yo pasase patinando sobre él! ¿No me +compadeces, Primavera? + +--¡Claro que sí!--respondió Primavera, riendo--. Pero, para que te +consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos +contabas en el Pórtico o en Arroyo Umbrío. Puede que ahora que no tengo +nada que hacer, me gusten más que cuando había nueces que buscar o buen +tiempo que disfrutar. + +Inmediatamente, Margarita, Trébol, Amapola y todos los chiquillos que +aún estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, +pidiéndole con afán que contase un cuento. El estudiante bostezó, se +desperezó, y después, con gran admiración de la gente menuda, dió tres +saltos hacia adelante y tres hacia atrás por encima del respaldo de una +silla, con el fin, según les explicó, de poner en movimiento su +inteligencia. + +--Bueno, bueno, chiquillos--dijo después de estos preliminares--, puesto +que insistís, y puesto que Primavera se empeña, veremos si puedo +complaceros. Y para que sepáis qué días tan felices existieron antes de +que estuviesen de moda las nevadas, os contaré una historia del más +viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el peón +nuevo de Capuchina. Entonces no existía en la Tierra más que una +estación: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la +infancia. + +--Nunca he oído hablar de eso--dijo Primavera. + +--Claro que no--respondió Eustaquio--. Será un cuento que nadie ha +soñado antes que yo, un Paraíso de los niños que se desvaneció por culpa +de una chiquilla tan mala como Primavera. + +Y Eustaquio Bright se sentó en la silla sobre la cual había estado +saltando, sentó a Capuchina sobre sus rodillas, mandó callar al +auditorio, y empezó el cuento sobre la niña mala, cuyo nombre era +Pandora, y sobre su compañero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podéis +leerle palabra por palabra, porque empieza en la página siguiente. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS + + +Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia, +hubo un niño, llamado Epimeteo, que no había tenido ni padre ni madre, y +para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un país lejano una +niña, también sin padre y sin madre, que viviese con él y fuese su +compañera de juegos y su ayuda. Llamábase la niña Pandora. + +Lo primero que vió Pandora, cuando entró en la casita donde vivía +Epimeteo, fué una caja grande. Y casi lo primero que le preguntó en +cuanto pasó el umbral, fué esto: + +--Epimeteo, ¿qué tienes guardado en esa caja? + +--Querida Pandora--respondió Epimeteo--, es un secreto y debes tener la +bondad de no preguntarme nada respecto de él. Han dejado aquí la caja +para que esté bien guardada, y yo mismo no sé lo que tiene dentro. + +--Pero, ¿quién te la ha dado a guardar?--preguntó Pandora--. ¿Y de dónde +ha venido? + +--También eso es un secreto--respondió Epimeteo. + +--¡Qué fastidio!--exclamó Pandora haciendo una mueca--. ¡Me gustaría que +la dichosa caja estuviese a cien leguas de aquí! + +--¡No pienses más en eso!--exclamó Epimeteo--. Vamos fuera, a jugar con +los demás niños. + +Hace miles de años que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es +muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era +niño. No hacían falta padres ni madres para cuidar de las criaturas, +porque no había peligros ni males de ninguna clase, no había ropa que +coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre +que un niño necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algún árbol. Y +si miraba al árbol por la mañana, veía en flor la comida que se le +estaba preparando para la noche, y al anochecer veía el tierno capullo +de su almuerzo del día siguiente. Era una vida muy agradable. No había +tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no había más que juegos y +danzas, y dulces voces de niños que hablaban o cantaban como pájaros, o +saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo día. + +Y lo mejor de todo es que los niños no disputaban, ni tomaban rabietas, +ni se recordaba, desde que empezó el tiempo, que ninguno se hubiese ido +a un rincón refunfuñando. + +¡Qué tiempo más bueno para vivir en él! La verdad es que esos horribles +y diminutos monstruos con alas que se llaman _Molestias_, y que ahora +abundan tanto como los mosquitos, no se habían visto nunca en la tierra. +Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un niño +nunca, fuese la mortificación de Pandora por no poder descubrir el +secreto de la caja misteriosa. + +Esto fué en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada día +se hizo más y más real, hasta que, pasado algún tiempo, la casita de +Epimeteo fué menos alegre que la de los demás niños. + +--¿De dónde puede haber venido esa caja?--decía a todas horas Pandora--. +¿Y qué tendrá dentro? + +--¡Siempre hablando de la dichosa caja!--dijo, por fin, Epimeteo, porque +había llegado a cansarse de oir siempre lo mismo--. Me gustaría, querida +Pandora, que hablásemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos +higos bien maduros, y a comérnoslos debajo de un árbol, porque ya es +hora de merendar. Y también sé dónde está una viña que tiene las uvas +más dulces que has probado nunca. + +--¡Siempre hablando de uvas y de higos!--dijo Pandora con malhumor. + +--Bueno, entonces--dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio, +como muchísimos niños de aquellos tiempos--, vamos a correr y a jugar +con nuestros compañeros. + +--Estoy cansada de tanto juego y no jugaré más--respondió Pandora--. No +tengo humor para juegos. ¡Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en +ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro. + +--Ya te he dicho cincuenta veces que no lo sé--respondió Epimeteo, ya un +poco molesto--. ¿Cómo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he +visto? + +--Puedes abrirla--dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo--, y así lo +vemos. + +--Pandora, ¿en qué estás pensando?--exclamó Epimeteo. + +Y su rostro expresó tal horror ante la idea de abrir la caja que se le +había confiado con condición de no abrirla nunca, que Pandora comprendió +que más valía no insistir. Pero no podía menos de seguir pensando en la +caja y hablando de ella. + +[imagen] + +[imagen] + +--Por lo menos--dijo--, bien puedes decirme cómo ha venido aquí. + +--La dejó en la puerta--respondió Epimeteo--, un momento antes de que +llegases tú, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y +cuando la dejó en el suelo, apenas podía contener la risa. Estaba +envuelto en una capa muy extraña, y llevaba un gorrito que parecía estar +hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegué a creer que tenía alas. + +--¿Y qué bastón llevaba?--preguntó Pandora. + +--El más curioso que he visto en mi vida--exclamó Epimeteo--. Era como +dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien +tallado, que al principio creí que las serpientes estaban vivas. + +--Le conozco--respondió Pandora, quedándose pensativa--. ¡Sólo él tiene +un bastón como ese: es Azogue, y él es quien me trajo aquí, como la +caja! ¡Sin duda la trajo para mí, y probablemente contiene trajes +bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos tú y yo, +o alguna golosina muy rica! + +--Puede que sí--respondió Epimeteo, dando media vuelta--; pero hasta que +Azogue vuelva y nos lo diga, ni tú ni yo levantaremos la tapa. + +--¡Que chico más estúpido!--murmuró Pandora cuando Epimeteo salió de la +casita--. Me gustaría que fuese un poco más atrevido, que tuviese un +poco más de valor. + +Por primera vez desde que había llegado Pandora, Epimeteo se marchó sin +pedirle que le acompañase. Se fué solo, a coger higos y uvas, y a +divertirse luego como pudo en compañía de los otros niños. Estaba harto +de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazón que Azogue, o +como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la +casita de cualquier otro niño, donde Pandora nunca la hubiese visto. ¡La +caja, la caja, siempre la caja! Parecía como si la caja estuviese +embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para +contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella, +y haciendo que Epimeteo tropezase también. + +Sí que era triste para el pobre niño tener una caja en los oídos de la +mañana a la noche; sobre todo, porque como los niños en aquel tiempo no +estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no sabían cómo arreglarse +para soportarlas. Así es que una pequeña les daba entonces mucho más que +hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande. + +Cuando Epimeteo se marchó, Pandora se quedó mirando la caja. La había +llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto había dicho +contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado +perfectamente cualquier habitación en que se hubiese colocado. Estaba +hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y +la superficie era tan brillante, que Pandora podía verse la cara en +ella. Como la niña no tenía otro espejo, no comprendo cómo no le gustaba +más, sólo por ese motivo. + +Los ángulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de +la tapa había graciosas figuras de hombres y de mujeres y los niños más +lindos que se han visto jamás, echados o jugando entre profusión de +flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente +representados y agrupados con tal armonía, que flores, follaje y seres +humanos parecían combinarse en una guirnalda de belleza única. Pero aquí +y allí, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una ó dos veces, +se le antojó que veía una cara no tan amable, y alguna otra desagradable +del todo, que deslucían por completo la belleza del conjunto. Sin +embargo, mirando más de cerca, y tocando con la punta del dedo, no +encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara +verdaderamente bonita, le había parecido fea. + +La más bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve, +en el centro de la tapa. No había más en toda ella; la madera bien +pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de +flores en la frente. Pandora había mirado aquella cara muchísimas veces +y se le antojaba que podía sonreir o ponerse seria, lo mismo que si +estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenían una expresión viva y +casi maliciosa, y parecía que en algunos momentos quisiera hablar, y +como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras. + +Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy +parecido a esto: + +--¡No temas, Pandora! ¿Qué mal puede haber en que abras la caja? ¡No +hagas caso a ese infeliz Epimeteo! Tú sabes mucho más que él y tienes +cien veces más talento que él. ¡Abre la caja, y ya verás qué cosas más +bonitas encuentras dentro! + +La caja, he olvidado decíroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni +cosa parecida, sino con un nudo intrincadísimo de cuerda de oro. Parecía +un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo más ingeniosamente +enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que parecía desafiar +maliciosamente a que le desatasen a los dedos más hábiles. Y cuanta más +dificultad parecía haber en él, más tentación le entraba a Pandora de +examinarle, sólo para ver cómo estaba hecho. Dos o tres veces ya se +había detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el índice y el +pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle. + +--Creo--se dijo a sí misma--que empiezo a comprender cómo está hecho. Me +parece que si lo deshago podré volverlo a hacer igual que estaba. En eso +sí que no habrá mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurriría regañarme por +eso. No quiero abrir la caja y no lo haré nunca, si ese terco de chico +no consiente, aunque desate el nudo. + +Más hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en +qué pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo +asunto. Pero los niños llevaban tan buena vida antes de que las penas +apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchísimo tiempo de +sobra. No siempre podían estar jugando al escondite entre las zarzas +floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, +o a otros juegos que ya se habían inventado cuando la madre Tierra +estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el +juego en realidad. No había absolutamente nada que hacer. Barrer un poco +y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que +abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba +hecho todo el trabajo del día de la pobre Pandora, y para todo el resto +del tiempo ¡allí estaba la caja! + +Y después de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no +fuese para ella una bendición. ¡Porque le suministraba tal variedad de +ideas en qué pensar y sobre qué hablar, en cuanto encontraba alguien que +la escuchase! Cuando estaba de buen humor, podía divertirse admirando el +brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y +follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, podía +darle un empujón o un puntapié. Y muchos recibió la caja (era una caja +malévola, como hemos de ver, y bien los merecía). Pero, después de todo, +si no hubiese sido por ella, Pandora, que tenía una inteligencia tan +viva, no hubiese sabido en qué pasar el tiempo. + +Porque era, realmente, ocupación sin fin calcular qué habría dentro de +la caja. ¿Qué podría ser? Figuraos, queridos niños, qué ocupado +tendríais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy +grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una +porción de cosas bonitas, que habían de daros como regalo el día de +vuestro cumpleaños. ¿Creéis que hubieseis sido menos curiosos que +Pandora? ¿Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido +siquiera una tentación chiquitita de levantar la tapa? ¡Ay, no, no! ¡Qué +cosa tan fea! Pero si pensabais que había juguetes dentro, ya os +hubiese costado trabajo perder la ocasión de echar una miradita. En +realidad, no sé si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque aún no se +había empezado a hacer ninguno en aquellos días, en que el mundo mismo +era un juguete grande para los niños que vivían en él. Pero Pandora +estaba convencida de que en la caja había algo muy bueno y muy bonito. Y +por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estaría +cualquiera de las niñas que me rodean. Y hasta puede que un poco más, +pero de eso no estoy completamente seguro. + +Aquel día de que estamos hablando, su curiosidad aumentó tanto, tanto, +que por fin se acercó a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si +podía. ¡Ay, Pandora curiosa! + +Primero intentó levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una +niña como Pandora. Levantó uno de los lados unas cuantas pulgadas del +suelo, y la dejó caer de nuevo: la caja dió un buen golpe. Un momento +después se le figuró que había oído algo dentro de la caja. Acercó el +oído lo más que pudo, y escuchó. ¡Sí, sí: dentro había una especie de +murmullo! ¿Sería sólo el ruido de los oídos de Pandora o el latido de su +corazón? La niña no pudo convencerse de si había oído algo o no, pero su +curiosidad era más fuerte que nunca. + +Cuando volvió la cabeza, cayó su vista sobre el nudo de cuerda de oro. + +--Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo--pensó--. +Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos, +quiero encontrar los dos cabos de la cuerda. + +Tomó el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo más +atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontró con que estaba +empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana +abierta, y con él las voces de los niños que jugaban lejos, y acaso +entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. ¡Qué +hermoso día! ¿No sería mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver +a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compañeros, y jugar y ser +feliz? + +Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio +inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza +ceñida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja +encantada, le pareció que le hacía una mueca. + +--Esta cara parece que me mira con malicia--pensó Pandora--. Puede que +se ría porque estoy haciendo una cosa mal hecha. ¡Me dan unas ganas de +echar a correr!... + +Pero precisamente entonces, por casualidad, dió al nudo una vuelta, que +produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desató sola, como +por magia, y dejó la caja sin cierre de ninguna clase. + +--¡Qué cosa más extraña!--dijo Pandora--. ¿Qué va a decir Epimeteo? ¿Y +cómo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo? + +Intentó una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendió que no +tenía habilidad para tanto. Se había desatado tan repentinamente, que no +podía recordar cómo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y +aspecto primitivos, parecía escapársele por completo de la memoria. No +podía hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo +volviese. + +--Pero--dijo Pandora--cuando se encuentre el nudo desatado, querrá saber +quién lo desató. ¿Cómo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay +dentro de la caja? + +Entonces, en su corazoncillo perverso nació la idea de que, puesto que +de todos modos habían de sospechar que había mirado dentro de la caja, +más valía mirar de verdad. ¡Oh, loca y curiosa Pandora! Podías haber +pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya +habías hecho, y no en lo que tu compañero Epimeteo fuera a decir o a +pensar. Y así hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada de la +tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan +persuasivo, y si no le hubiera parecido oir más claro que nunca el +murmullo de vocecitas dentro. No podía saber si era imaginación o no, +pero en sus oídos había como un pequeño tumulto de murmullos... Acaso +era su curiosidad misma la que murmuraba: + +--¡Déjanos salir, querida Pandora...; por favor, déjanos salir! ¡Si +vieras qué buenos compañeros vamos a ser para ti! ¡Déjanos salir y +verás! + +--¿Qué será?--pensó Pandora--. ¿Habrá algo vivo en la caja? ¡Sea lo que +quiera, estoy decidida a verlo! ¡Sólo una miradita, y luego vuelvo a +cerrar la caja como antes! ¿Qué mal puede haber en que mire un poquito? + +Pero ya es hora de que sepamos qué estaba haciendo Epimeteo. + +Aquélla era la primera vez, desde que había llegado su compañera, que +había intentado divertirse sin que ella le acompañase. Pero nada le +salía a su gusto, ni era tan feliz como los demás días. + +No podía encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le +empalagaban. No había regocijo en su corazón, ni su voz surgía alegre +como otras veces, al unirse a las de sus compañeros en sus bulliciosos +juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los +otros niños no podían comprender lo que le pasaba. Tampoco él lo +comprendía del todo. Porque debéis recordar que en el tiempo de que +vamos hablando, todo el mundo tenía la costumbre de ser constantemente +feliz. El mundo aún no había aprendido a ser de otra manera. Ni un solo +cuerpo había estado enfermo, ni una sola alma había estado triste, desde +que aquellos niños fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y +gozar de ella. + +Por fin, descubriendo que algo le sucedía, fuese lo que fuese, dejó de +jugar, y le pareció lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba +de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegría, +cogió unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pensó +ponérsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas--rosas y azucenas y +flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de +fragancia--. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos +de un niño. Los dedos de las niñas, al menos a mí me lo ha parecido +siempre, tienen más habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los +niños de aquellos tiempos eran más hábiles que los de los nuestros. + +Y aquí llega el momento de decir que una gran nube negra hacía ya algún +tiempo que andaba por el cielo, aunque todavía no había ocultado la luz +del sol. Pero cuando Epimeteo entró en su casita, la nube interceptó la +luz, y produjo una repentina y triste obscuridad. + +Entró Epimeteo despacito, porque quería, a ser posible, llegar sin que +le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores, +antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no había +necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y +ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los +de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese oído llegar. + +Estaba demasiado absorta en sus malos propósitos. En el momento en que +Epimeteo entró en la casita, la chiquilla había puesto la mano en la +tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la miró. Si hubiese +dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el +misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca. + +Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tenía también su poquito de +curiosidad por saber lo que había dentro. Comprendiendo que Pandora +estaba resuelta a descubrir el secreto, decidió que su compañera no +había de ser la única en enterarse de él. Y si dentro de la caja había +algo bonito o que valiese la pena, también él quería tener su parte. +Así es que, después de tantos prudentes consejos a Pandora para que +demorase su curiosidad, Epimeteo se volvió casi tan insensato como ella, +y casi tan culpable como su compañera. De modo que si echamos la culpa a +Pandora de lo que sucedió, no debemos dejar de echársela también a +Epimeteo. + +Cuando Pandora levantó la tapa, la casita se quedó muy obscura y muy +triste, porque la nube negra había ocultado por completo el sol y +parecía haberlo enterrado vivo. Desde hacía un rato venían oyéndose +truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin +oirlos, levantó la tapa y miró al interior de la caja. Parecióle que un +enjambre de criaturitas aladas salía de ella volando, y en el mismo +instante oyó la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese +algo. + +--¡Ay, me han mordido!--exclamó--, ¡me han mordido! Pandora, Pandora, +¿por qué has abierto esa caja maldita? + +Pandora dejó caer la tapa, y volviéndose rápidamente, miró a ver qué +había sucedido a Epimeteo. La tormenta había obscurecido de tal modo la +habitación, que no podía ver bien dónde estaba. Pero oyó un zumbido +desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos +gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le +acostumbraron los ojos a la escasa luz, vió multitud de feísimas y +diminutas formas con alas de murciélago, que parecían encolerizadísimas +y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que +había picado a Epimeteo. No pasó mucho tiempo sin que Pandora empezase a +llorar con no menos dolor y susto que su compañero, y haciendo muchísimo +más ruido que él. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le +había posado en la frente, y no sé hasta cuándo la hubiese estado +picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle. + +Y ahora, si queréis saber quiénes podían ser aquellos feísimos +animalejos que se habían escapado de la caja, os diré que eran la +familia entera de los _males del mundo_. Eran todas _las malas +pasiones_. Eran las muchísimas especies de _cuidados_. Eran más de +ciento cincuenta _penas_ distintas; eran las _enfermedades_, en gran +número, de miserables y dolorosas formas; eran muchas más clases de +_calamidades_ de las que yo puedo deciros. + +En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las +almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les +había entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen +cuidadosamente, para que los felices niños del mundo no sintiesen nunca +la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo +hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca; +ninguna niña hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lágrima, +desde aquella hora hasta este momento. + +Pero--y por esto podéis comprender cómo una mala acción de un solo +mortal es una calamidad para el mundo entero--, por haber Pandora +levantado la tapa de la caja, y por no habérselo impedido Epimeteo, +aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no +tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como +comprenderéis, que los dos niños tuvieran encerrado el enjambre feísimo +dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fué abrir +de par en par las ventanas, a ver si podían librarse de ellos, y allá +salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a +toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo +ninguno de los niños volvió a sonreir. Y, lo que es más extraño, todas +aquellas flores llenas de rocío de la tierra, ninguna de las cuales se +había marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a +deshojarse, y ninguna dura más de un día o dos. Los niños también, que +parecían inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer +día por día, y pronto se hicieron jóvenes, y luego hombres y mujeres, y +ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio. + +Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron +en su casita. Los dos habían sido picados dolorosamente y tenían +bastante dolor, que les parecía más intolerable porque era el primero +que habían sentido desde que empezó el mundo. Como no tenían costumbre +alguna de sufrir, no podían comprender lo que el sufrimiento +significaba. Además, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada +uno contra sí mismo. Epimeteo se sentó en un rincón de espaldas a +Pandora, y Pandora se tiró al suelo y apoyó la cabeza en la caja fatal y +abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a rompérsele el corazón. + +De repente oyó un ruidito suave dentro de la caja. + +--¿Qué dirá?--preguntó Pandora, levantando la cabeza. + +Pero Epimeteo no había oído el ruido, o estaba de demasiado mal humor +para darse por enterado: el caso es que no respondió. + +--¡Qué poco amable eres!--dijo Pandora volviendo a sollozar--; ya no +quieres hablarme. + +¡Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada +golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja. + +[imagen] + +--¿Quién eres?--preguntó Pandora con un poco de su antigua curiosidad--. +¿Quién eres tú, que aún estás dentro de esta maldita caja? + +Una vocecilla dulce respondió desde dentro: + +--Levanta la tapa, y lo verás. + +--No, no--respondió Pandora echándose a llorar de nuevo--. No quiero +volver a levantar la tapa. Dentro de la caja estás, maligna criatura, y +dentro te quedarás. Bastantes de tus feísimos hermanos y hermanas andan +ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti +también te deje salir. + +Miró hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su +prudencia. Pero el niño, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de +tener prudencia. + +--¡Ah!--dijo la dulce voz--, más os valdría dejarme salir. No soy de +esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran +hermanos ni hermanas míos los que han salido, como veréis si queréis +mirarme. Ven, ven, Pandora mía. Estoy segura de que me vas a dejar +salir. + +Había una especie de amable hechicería en el tono de la voz, que hacía +imposible negar nada de lo que pidiera. El corazón de Pandora se había +ido aliviando insensiblemente a cada palabra que salía de la caja. +También Epimeteo, aunque sin salir de su rincón, se había vuelto un +poco, y parecía estar de mejor humor que antes. + +--Mi querido Epimeteo--exclamó Pandora--, ¿has oído esa vocecita? + +--Sí la he oído, sí--respondió Epimeteo con no muy buenos modos--. ¿Qué +tenemos con eso? + +--¿Quieres que vuelva a levantar la tapa?--preguntó Pandora. + +--Haz lo que te parezca--dijo Epimeteo--. Ya has hecho tanto daño, que +puede que no importe que hagas un poco más. Un mal, añadido al enjambre +que has echado a volar por el mundo, no significa nada. + +--Podías hablarme con mejores modos--murmuró Pandora, limpiándose los +ojos. + +--¡Ah, niño, niño!--exclamó la voz dentro de la caja en tono medio +serio, medio de burla--. De sobra sabes tú que estás deseando verme. +Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Déjame +que respire un poco el aire libre, y ya veréis cómo las cosas no son tan +tristes como os parecen. + +--Epimeteo--exclamó Pandora--, pase lo que pase, estoy decidida a abrir +la caja. + +--Y como me parece que la tapa pesa mucho--exclamó Epimeteo corriendo +por la habitación--, te ayudaré. + +Así, de común acuerdo, los dos niños levantaron de nuevo la tapa. Salió +volando una radiante y sonriente mujercita, que revoloteó por toda la +habitación, arrojando luz por dondequiera que pasaba. ¿No habéis hecho +bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso parecía el +alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad +triste de la habitación. Voló hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo +en el sitio en que el mal le había picado, e inmediatamente cesó el +dolor. Luego besó a Pandora en la frente, y también curó el daño. + +Después de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revoloteó +juguetonamente sobre las cabezas de los dos niños, y los miró tan +dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo +haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huéspeda se +hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes +con sus aguijones en la cola. + +--¿Quién eres, hermosa criatura?--preguntó Pandora. + +--¡Hay que llamarme Esperanza!--respondió la mujercita--. Y porque soy +tan alegre y sé dar tanto ánimo, aunque soy tan pequeña, me encerraron +en la caja, para consolar al género humano de todo el enjambre de males +que estaba destinado a caer sobre ellos. ¡No temáis! Ya veréis cómo lo +pasamos muy bien, a pesar de todos. + +--Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris--exclamó Pandora--. +¡Qué bonitas son! + +--Sí, son como el arco iris--dijo la Esperanza--, porque aunque soy +alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lágrimas como de sonrisas. + +--¿Y te quedarás con nosotros?--preguntó Epimeteo--. ¿Siempre y para +siempre? + +--Siempre que me necesitéis, me tendréis--dijo la Esperanza con su +placentera sonrisa--, y me necesitaréis mientras estéis en el mundo. +Prometo no abandonaros nunca. Vendrán tiempos y ocasiones, de cuando en +cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra +vez, y otra y otra, cuando menos lo penséis, veréis el resplandor de mis +alas en el techo de vuestra cabaña. Sí, hijos míos, y sé que luego os +van a dar una cosa muy buena y muy bonita. + +--¡Oh, dinos qué es!--exclamaron los niños--, ¡dinos qué es! + +--No me preguntéis--repuso la Esperanza, poniéndose un dedo en los +labios de rosa--. Pero no desesperéis de alcanzarlo, aunque no os llegue +mientras viváis en la tierra. ¡Creed en mi promesa, porque es verdad! + +--¡Te creemos!--exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo. + +Y así lo hicieron. Y no sólo ellos, sino todo el que ha vivido, ha +creído en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de +alegrarme (aunque desde luego fué cosa muy mal hecha), no puedo menos de +alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la +caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el +mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie +de duendes feísimos, y llevan en la cola los aguijones más envenenados. +Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarán mucho +más, según vaya siendo más viejo. Pero, ¿y la luciente y amable figura +de la Esperanza? ¿Qué haríamos en el mundo sin ella? La Esperanza +espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el +mundo en su aspecto mejor y más brillante, la Esperanza nos dice que +toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que +hemos de encontrar después. + +--Primavera--preguntó Eustaquio, tirándole de una oreja--, ¿te gusta mi +pequeña Pandora? ¿No piensas que es tu vivo retrato? Pero tú no hubieras +vacilado tanto antes de abrir la caja. + +--Bien castigada hubiese estado por mi maldad--replicó la chiquilla +agudamente--, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar +la tapa, hubiese sido el señor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad. + +--Primo Eustaquio--dijo Amapola--, ¿contenía la caja todo el mal que ha +sucedido en el mundo? + +--¡Sin faltar una miga!--respondió Eustaquio--. Esta misma nevada, que +ha echado a perder mi partida de patines, estaba allí encerrada. + +--¿Y qué tamaño tenía la caja?--preguntó Romero. + +--Unos tres pies de largo--dijo Eustaquio--, dos de ancho y dos y medio +de alto. + +--¡Ah!--dijo el niño--, ¡te estás burlando de mí, primo Eustaquio! No +hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la +nevada, no es mal, que es diversión; de modo que no estaba en la caja, +de seguro. + +--¡Miren ustedes el chiquillo!--exclamó Primavera con aire de +superioridad--. ¡Qué poco sabe de los males del mundo! ¡Pobrecillo! ¡Ya +hablará de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo! + +Y diciendo esto, empezó a saltar a la comba. + +Entretanto el día iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tenía aspecto +tenebroso. Había a lo lejos, en el crepúsculo que se acercaba, como un +rebaño de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se habían +borrado todos los caminos, y la nieve que se había amontonado sobre los +escalones del Pórtico demostraba que nadie había entrado ni salido +durante muchas horas. Si un niño solo hubiese estado en la ventana +mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media +docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un +Paraíso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no +serán capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, además, aguijoneado +por las circunstancias, inventó varios juegos nuevos, que les +conservaron llenos de alegría hasta la hora de irse a la cama, y +sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del día siguiente. + +[imagen] + + + + +LAS TRES MANZANAS DE ORO + + + + +[imagen] + + + + +AL AMOR DE LA LUMBRE + + +La nevada duró un día más; qué fué de ella después, no puedo +figurármelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareció por +completo, y cuando salió el sol a la mañana siguiente, brilló sobre las +montañas cubiertas de bosque con la mayor alegría del mundo. La escarcha +había cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi +imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba +el desayuno, la gente menuda de Tanglewood había hecho agujeros en la +escarcha con las uñas, y había conseguido ver con gran deleite que +excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaña, o sobre +los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una +mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba +blanco como una sábana. ¡Qué precioso! Y para colmo de felicidad, hacía +un frío capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona +tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que +le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre más +vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada. + +En cuanto desapareció el desayuno, toda la chiquillería, bien arropada +en pieles y estambres, se desparramó sobre la nieve. ¡Vaya un día de +diversión! Deslizáronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas +cien veces, y, para divertirse más, haciendo volcar los trineos y dando +volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las +veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subió en el +mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limón, y echaron a correr +cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el +trineo tropezó con un tronco escondido bajo la nieve, ¡y allí cayeron en +un solo montón los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al +más pequeño, que era Flor de Limón. ¿Qué había sido del pobre muchacho? +Y mientras se lo estaban preguntando y buscándole, Flor de Limón sacó la +cabeza de entre un montón de nieve, con la cara colorada como si fuese +una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del +invierno. ¡Había que oirles reir a todos! + +Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocupó a los niños +en cavar para hacer una cueva en el montón de nieve más alto que +encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la +chiquillería se metió en el hueco, se hundió el techo sobre sus cabezas, +y les enterró vivos a todos. Un minuto después todos sacaban las +cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante aparecía en medio y +encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se había +enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo +Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los +niños le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal +modo que tuvo que echar a correr. Huyó, y llegó a los bosques, y desde +allí a la margen del Arroyo Umbrío, donde pudo oir el rumor del +arroyuelo que corría bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas +le dejaban ver la luz del día. Había témpanos diamantinos, que +rebrillaban en torno de sus pequeñas cascadas. De allí llegó corriendo a +la orilla del lago, y se encontró con una llanura blanca e intacta, que +iba desde sus pies al pie de la inmensa montaña. Y como ya casi se +estaba poniendo el sol, Eustaquio pensó que nunca había visto +espectáculo más hermoso. Se alegró de que los niños no estuviesen con +él, porque su animación y su actividad desaforada hubieran disipado su +estado de ánimo, elevado y grave; así es que sólo hubiese estado alegre +(como, en efecto, lo había estado durante el día entero), pero no +hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las +montañas. + +Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvió a +casa a cenar. Después de la cena se encerró en el despacho, con el +propósito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o +versos de cualquier clase, en elogio de las nubes púrpura y oro que +había visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado +la primera rima, se abrió la puerta, y Primavera y Margarita +aparecieron. + +--¡Marchaos, chiquillas! ¡Ahora no puedo perder el tiempo con +vosotros!--exclamó el estudiante, mirándolas por encima del hombro con +la pluma en la mano--. ¿Qué mil diablos queréis? ¡Creí que estabais +todos en la cama! + +--Óyele, Margarita--dijo Primavera, hablando como si fuera una persona +mayor--. Parece olvidar que yo ya tengo trece años, y puedo irme a la +cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar +tus aires solemnes y venir con nosotros al salón. Los niños han hablado +tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si +puede hacernos algún daño oirlos. + +--¡Bah, bah, Primavera!--exclamó el estudiante, un poco molesto--. No me +creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas +mayores. Además, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me dé +miedo su erudición, porque no dudo que estará tan enmohecida como un +cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutirá la admirable tontería +que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia +cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. +Ningún hombre de cincuenta años, que haya leído los mitos clásicos en su +juventud, puede comprender mi mérito como reinventor y mejorador de +todos ellos. + +--Puede que todo eso sea verdad--dijo Primavera--, pero no tienes más +remedio que venir. Mi padre no abrirá su libro, ni mamá el piano, hasta +que nos hayas regalado con algunas de tus tonterías, como tú mismo las +llamas muy acertadamente. De modo que sé bueno, y ven. + +Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchísimo de aprovechar +la oportunidad de demostrar al señor Pringle qué excelente facultad +poseía para modernizar los mitos de los tiempos antiguos. Hasta que +cumple los veinte años, un joven debe sentir cierta timidez al enseñar +su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta +tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondrían +en la más alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de +rogar demasiado, Eustaquio consintió en que Primavera y Margarita le +arrastrasen al salón. + +Era una habitación amplia y cómoda, con una ventana semicircular en uno +de los extremos, en cuyo hueco había una copia en mármol del Ángel y el +Niño, de Greenough. A un lado de la chimenea había muchos estantes con +libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lámpara que +colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacían la habitación +brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran sillón, estaba +sentado el señor Pringle. Era un caballero alto y simpático, con una +gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no +se atrevía nunca a presentarse ante él sin detenerse un momento en la +puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como +Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio +obligado a entrar con un aspecto bastante desaliñado, como si se hubiese +pasado el día rodando por un montón de nieve, lo cual era verdad. + +El señor Pringle se volvió hacia el estudiante con benevolencia, desde +luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado +que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban también sus +pensamientos. + +--Eustaquio--dijo el señor Pringle con una sonrisa--, me he enterado de +que estás causando sensación grandísima entre el pequeño público de +Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, +como la llaman los pequeños, y los demás chiquillos, han elogiado de tal +modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiéramos oir una muestra de +ellos. Y a mí me agradará especialísimamente, porque parece que los +cuentos son un intento de trasladar las fábulas de la antiguedad clásica +al idioma del sentimiento y la fantasía modernos. Al menos, eso he +sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta +mí de segunda mano. + +--No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, +señor--observó el estudiante--, para fantasías de esta naturaleza. + +--Es posible que no--replicó el señor Pringle--. Sospecho, sin embargo, +que el crítico más útil para un autor joven es precisamente aquel que +menos hubiese querido elegir. + +--Creo que la simpatía debe tener algo de parte en la opinión de un +crítico--murmuró Eustaquio--. En fin, señor, si usted encuentra +paciencia, yo encontraré historias que contar. Pero tenga usted la +bondad de recordar que me dirijo a la imaginación y a la simpatía de los +niños, no a la de usted. + +E inmediatamente el estudiante aprovechó el primer tema que se le +presentó. Sugiriósele un plato de manzanas que alcanzó a ver sobre la +chimenea. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LAS TRES MANZANAS DE ORO + + +No habéis oído nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el +jardín de las Hespérides? ¡Oh, aquéllas sí que eran manzanas! Si se +encontraran iguales en los huertos de ahora, ¡ya valdrían dinero! Pero +no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo árbol injerto en aquel +frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas. + +Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que +el jardín de las Hespérides no había sido invadido aún por la mala +hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber árboles verdaderos, +cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos habían oído hablar de +ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los niños +solían escuchar, boquiabiertos, los cuentos del árbol de las manzanas +de oro, y se proponían descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca +de ese fruto iban los jóvenes valerosos que deseaban realizar hazañas +más señaladas que sus compañeros. Muchos de ellos no volvieron jamás, y +ninguno trajo las manzanas. ¡No es maravilla que les fuera imposible +cogerlas! Decíase que, bajo el árbol, había un dragón de cien terribles +cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras +cincuenta dormían. + +Me parece a mí que apenas si valía la pena de correr tanto peligro por +una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, +sazonadas, ya sería otra cosa. Podría haber tenido entonces algún +sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragón de las cien cabezas. + +Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jóvenes, cuando +se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardín de las +Hespérides. Y una vez fué emprendida la aventura por un héroe que había +disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el +tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia +con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los +hombros. Iba envuelto en la piel del león más grande y más fiero de +aquellos bosques, que él mismo había matado, y aunque en el fondo era +bueno y generoso y noble, tenía en su corazón mucho de la fiereza del +león. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cuál era el +camino más derecho para llegar al famoso jardín; pero nadie sabía +palabra de ello, y muchos se hubiesen reído de la pregunta, si el +forastero no hubiera llevado una maza tan enorme. + +Así fué andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin +llegó a la orilla de un río, en donde unas cuantas jóvenes hermosísimas +estaban tejiendo guirnaldas de flores. + +--Lindas doncellas--preguntó el forastero--, ¿podéis decirme si éste es +el camino derecho para ir al jardín de las Hespérides? + +Las jóvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse +con ellas unas a otras. Parecía como si en sus dedos hubiese algún poder +mágico, porque al tocarlas se volvían las rosas más frescas y se +cuajaban de rocío, se avivaban sus colores y exhalaban más suave +fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del +forastero dejaron caer todas las flores en el césped, y se miraron unas +a otras con asombro. + +--¡El jardín de las Hespérides!--exclamó una--. Creíamos que, después +de tanta decepción, se habrían cansado los mortales de buscarle. Y dime, +intrépido viajero, ¿para qué deseas ir allí? + +--Cierto rey, primo mío--replicó el viajero--, me ha mandado que le +lleve tres de las manzanas de oro. + +--Casi todos los jóvenes que van en busca de esas manzanas--advirtió +otra de las damiselas--, desean adquirirlas para sí mismos o para +regalarlas a alguna hermosa doncella de quien están enamorados. ¿Tanto +quieres tú a ese rey, primo tuyo? + +--Tal vez no--replicó el forastero, suspirando--. Ha sido severo y cruel +conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle. + +--¿Y no sabes--preguntó la que había hablado primero--que un terrible +dragón de cien cabezas está bajo el árbol de las manzanas de oro, +guardándole? + +--Bien sabido lo tengo--respondió el forastero--; pero desde la cuna ha +sido mi ocupación y casi mi entretenimiento el habérmelas con serpientes +y dragones. + +Las jóvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de león que llevaba, +y también sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy +bajito que el forastero parecía ser persona de quien razonablemente +cabía esperar que realizara hazañas muy fuera del alcance de los demás +hombres. + +Pero, ¡el dragón de las cien cabezas! ¿Qué mortal, aunque tuviera cien +vidas, podría abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante +monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podían ver con +tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan +arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien +voraces bocas del dragón. + +--¡Vuelve atrás--exclamaron todas--, vuelve a tu casa! Tu madre, al +verte sano y salvo, llorará lágrimas de alegría. ¿Qué más podría hacer +si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No +hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el +dragón de las cien cabezas. + +El forastero pareció impacientarse con estas advertencias. Levantó +negligentemente su poderosa maza, y la dejó caer sobre una roca que allí +cerca había, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe +indolente, la roca saltó hecha toda pedazos. El dar aquella señal de +fortaleza gigantesca no costó al extranjero más esfuerzo que a una de +las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana. + +--¿No creéis--dijo mirándolas y sonriéndo--que un golpe como éste +habría aplastado una de las cien cabezas del dragón? + +Sentóse después sobre la hierba y les contó la historia de su vida, o +por lo menos todo lo que de ella podía recordar desde el día en que tuvo +por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en él, +llegaron, arrastrándose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron +sus horribles mandíbulas para devorarlo; pero él, un bebé de meses nada +más, agarró una de las fieras culebras en cada uno de sus puñitos y las +estranguló. + +Cuando era un chiquillo mató a un león enorme, casi tan grande como +aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo +primero que hizo después fué luchar con una especie de monstruo feísimo, +al cual llamaban hidra, y que tenía nueve cabezas nada menos, y con +dientes afiladísimos en todas ellas. + +--Pero el dragón de las Hespérides, ya lo sabes--observó una de las +doncellas--, ¡tiene cien cabezas! + +--Sin embargo--replicó el forastero---, mejor hubiera querido pelear con +dos dragones así, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba +una cabeza, nacían otras dos en su lugar, y además, entre las cabezas +había una a la que no era posible matar de ningún modo, sino + +[imagen] + +[imagen] + +que seguía mordiendo tan fieramente como antes, mucho después de haber +sido cortada. Así es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran +piedra, donde, sin duda, hoy mismo estará viva todavía; pero el cuerpo +de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volverá a hacer daño a +nadie. + +Las jóvenes, calculando que la relación iba a durar buen rato, habían +dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera +refrescar en los intervalos de su charla. Se complacían en animarle a +tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se ponía +un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara +de comer solo. + +El viajero pasó a contar cómo había dado caza a un velocísimo ciervo, +corriendo detrás de él durante un año entero, sin pararse ni a tomar +aliento, y cómo le cogió al fin por los cuernos, llevándosele vivo a +casa. Y cómo había peleado con una casta de gentes rarísima, mitad +caballos y mitad hombres, y los había matado a todos, creyéndolo su +deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y además +de todo esto, se dió mucho tono por haber limpiado un establo. + +--¿Y a eso le llamas hazaña maravillosa?--preguntó, sonriendo, una de +las doncellas--. Cualquier trabajador del campo lo haría. + +--Si hubiera sido un establo ordinario--replicó el forastero--, no lo +habría mencionado; pero fué una tarea tan gigantesca, que habría +consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrírseme felizmente la idea +de meter un río por la puerta, desviándole de su cauce. ¡Eso realizó el +trabajo en muy poco tiempo! + +Viendo con qué atención le escuchaban sus hermosas oyentes, les contó +luego que había matado unas aves monstruosas y había cogido vivo a un +toro bravo y le había soltado otra vez, y que había domado muchísimos +caballos muy salvajes, y vencido a Hipólita, la belicosa reina de las +Amazonas. Refirió también que había cogido el cinturón encantado que +tenía Hipólita, y se le había regalado a la hija de su primo, el rey. + +--¿Era el cinturón de Venus--preguntó la más bonita de las doncellas--, +que hace a las mujeres hermosas? + +--No--respondió el forastero--. Había sido en tiempos el tahalí de +Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso. + +--¡Un tahalí viejo!--exclamó la damisela, levantando la cabeza con +desdén--. ¡No daría un comino por tenerle! + +--Harías muy bien--dijo el forastero. + +Siguiendo su maravilloso relato, enteró a las doncellas de que la más +extraña de cuantas aventuras se le presentaron fué su pelea con Gerión, +el hombre de seis piernas. Bien podéis creer que sería una figura +rarísima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, +supondría que tres buenos compañeros habían pasado marchando juntitos. +Al oir sus pisadas a corta distancia, nada más razonable que pensar que +se acercaban varias personas. ¡Y era solamente el extraño Gerión, que +venía pisando con sus seis pies! + +¡Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sería un monstruo de +aspecto sorprendente. Y, amiguitos, ¡qué gasto de piel para botas! + +Cuando el forastero acabó la narración de sus aventuras, miró las +atentas caras de las doncellas. + +--Tal vez hayáis oído hablar de mí antes de ahora--dijo modestamente--. +Me llamo Hércules. + +--Ya lo habíamos sospechado--replicaron--, porque la noticia de tus +hazañas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece +extraño que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hespérides. +Venid, hermanas, y coronemos de flores al héroe. + +Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus +poderosos hombros, de manera que la piel de león quedó casi enteramente +cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su +alrededor los más brillantes, los más delicados, los más olorosos +capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leñoso +material; parecía toda ella un enorme ramo de flores. + +Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando +palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesía y formaban +una composición coral en honor del ilustre Hércules. + +Y Hércules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro +héroe, al ver que aquellas hermosas jóvenes ya habían oído hablar de los +valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le habían costado +llevar a cabo; pero no estaba aún satisfecho. No podía creer que lo +realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura +temeraria o difícil por emprender. + +--Queridas doncellas--dijo cuando se detuvieron para tomar aliento--, +ahora que ya sabéis mi nombre, ¿no me diréis cómo podré llegar al jardín +de las Hespérides? + +--¡Ah! ¿Te vas tan pronto?--exclamaron--. Tú, que has hecho tantas +maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, ¿no puedes +permitirte algún descanso a la orilla de este manso río? + +Hércules movió la cabeza. + +--Tengo que irme ahora mismo--dijo. + +--Entonces te daremos las señas lo mejor que podamos--replicaron las +jóvenes--. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y +obligarle a informarte de dónde se encuentran las manzanas de oro. + +--¡El Viejo!--o repitió Hércules, riéndose de ese nombre--. ¿Y quién es +el Viejo? + +--¿Quién ha de ser? ¡El Viejo del Mar!--contestó una de las muchachas--. +Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos +ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color +verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que +hablar con ese Viejo del Mar. Siempre está cruzando mares. Sabe cuanto +se refiere al jardín de las Hespérides, porque está en una isla que él +acostumbra a visitar. + +Hércules preguntó entonces dónde se podría encontrar más fácilmente al +Viejo, y cuando las jóvenes le hubieron informado, les dió las gracias +por todas sus bondades--por el pan y las uvas que le dieron, las flores +exquisitas con que le coronaron y los cánticos y danzas con que le +habían honrado--, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se +puso en marcha inmediatamente. + +Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llamó una de las +doncellas. + +--¡Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!--le gritó, sonriendo y +levantando un dedo para dar más fuerza a la recomendación--, y no te +asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujétale bien, y él te dirá +lo que deseas saber. + +Hércules dió las gracias de nuevo y siguió su camino, mientras volvían +las jóvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. +Siguieron hablando del héroe mucho después de haberse alejado. + +--Le hemos de coronar con nuestras más hermosas +guirnaldas--dijeron--cuando vuelva por aquí con las tres manzanas de +oro, después de haber matado al dragón de las cien cabezas. + +Mientras tanto, Hércules caminaba avanzando siempre, salvando montes y +valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al +descargar el golpe hacía astillas un poderoso roble. Tenía la +imaginación tan llena de los gigantes y monstruos que había estado +combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento árbol por uno +de ellos. Tan ansioso estaba Hércules de dar cima a la empresa +acometida, que sentía casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, +malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre +siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que +ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos +les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun +arriesgar la vida. + +Las personas que pasaran por el bosque, no podrían menos de asustarse al +verle derribar los árboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba +el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caían +crujiendo y tronchándose. + +Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrás, no tardó en +oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad +aún más, y pronto llegó a una playa en donde las olas, muy grandes, se +deshacían sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca +como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa había un sitio +agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un +peñasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. +Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trébol oloroso, +cubría el estrecho espacio comprendido entre la base del peñasco y el +mar. ¿Y qué pudo vislumbrar Hércules allí? Pues vió a un hombre viejo, +profundamente dormido. + +Pero, ¿era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera +vista lo parecía; pero después de un examen detenido, semejaba más bien +alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenían +escama como la de los peces; tenía las manos y los pies membranosos, a +la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, más parecía +un puñado de algas que una barba ordinaria. ¿No habéis visto nunca un +leño que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto +enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a +tierra, parece haber surgido de los más profundos senos del mar? Bueno; +pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni más ni menos que por +un leño así. Pero Hércules, en cuanto puso los ojos sobre aquella +extraña figura, se convenció de que no podía ser más que el Viejo, el +que había de indicarle su camino. + +Sí: era el mismísimo Viejo del Mar, de quien le habían hablado las +hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena +suerte de encontrarle dormido, Hércules fué hacia él de puntillas y le +cogió de un brazo y de una pierna. + +--Dime--exclamó antes de que el Viejo se despertase del todo--, ¿por +dónde se va al jardín de las Hespérides? + +Como os podéis figurar fácilmente, el Viejo del Mar se despertó +asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hércules +en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareció que el Viejo se le +deshacía entre los dedos, y en su lugar se encontró sujetando a un +ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero siguió apretando. +Entonces desapareció el ciervo, y en su lugar había un ave marina que +chillaba y aleteaba, mientras Hércules le apretaba un ala y una pata. +Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente después había un horroroso +perro de tres cabezas, que gruñó y ladró a Hércules, y mordió fieramente +las manos con que le sujetaba. Pero Hércules no le soltó. Al minuto +siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareció nada menos que +Gerión, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapiés a +Hércules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hércules +siguió sujetando fuerte. En seguida, no estaba allí Gerión, sino una +serpiente inmensa, como aquellas que Hércules había estrangulado en su +niñez, sólo que cien veces más grande; se retorció y se enlazó alrededor +del cuello y del cuerpo del héroe, y sacudió su cola erguida y abrió sus +espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el +espectáculo era de lo más terrible. Pero Hércules no se desanimó ni +pizca, y estrujó la grandísima sierpe con tanta fuerza, que la hizo +silbar de dolor. + +Habéis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se parecía +muchísimo al mascarón de proa de un barco azotado por las olas, tenía el +poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sintió tan +fuertemente cogido por Hércules, tuvo la esperanza de producirle +sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mágicas, que el héroe +le dejara escapar. Si Hércules hubiera aflojado un poco, el Viejo habría +ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera +molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo +que noventa y nueve personas de cada ciento se habrían asustado hasta +perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habrían +echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas más difíciles en +este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los +imaginarios. + +Pero como Hércules le sujetaba tan tercamente y no hacía sino estrujarle +más a cada cambio de forma, haciéndole, en realidad, no poco daño, acabó +por pensar que lo mejor sería reaparecer en su propia figura. Y así de +nuevo se mostró aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en +pies y manos y con una especie de mechón de algas en la barba. + +--Haz el favor de decirme qué quieres de mí--exclamó el Viejo en cuanto +pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea +muy fatigosa--. ¿Por qué me aprietas tan fuerte? Déjame al momento, o me +harás pensar que eres una persona sumamente incivil. + +--¡Me llamo Hércules--dijo con voz bronca el poderoso forastero--, y no +te soltaré si no me dices cuál es el camino más derecho para ir al +jardín de las Hespérides! + +Cuando el Viejo oyó quién era el que le había cogido, comprendió al +instante que sería preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened +presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas +partes, como toda la gente marina. Por de contado, había oído hablar +muchas veces de la fama de Hércules, de las hazañas maravillosas que +estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para +llevar a término cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya más +esfuerzos por escapar, y dijo al héroe cómo podía encontrar el jardín de +las Hespérides, y le advirtió, además, cuáles eran las muchas +dificultades que habría de vencer antes de llegar a él. + +--Tienes que ir por aquí, por allá--dijo el Viejo del Mar después de +marcar los rumbos--, hasta que llegues a la vista de un gigante muy +alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que +está de humor, te dirá exactamente dónde se encuentra el jardín de las +Hespérides. + +--Y si por casualidad el gigante no está de humor--observó Hércules +balanceando su maza en la punta de un dedo--, es muy posible que +encuentre yo manera de convencerle. + +Dando las gracias al Viejo del Mar y pidiéndole perdón por haberle +estrujado tan rudamente, emprendió de nuevo la marcha nuestro héroe. Le +ocurrieron muchas y extrañas aventuras, que valdrían muy bien la pena de +que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan +detalladamente como merecen. + +En este viaje fué, si no me equivoco, donde encontró a aquel prodigioso +gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada +vez que tocaba la tierra se hacía diez veces más fuerte que antes de +caer. Se llamaba Anteo. Fácilmente comprenderéis que era cosa muy +difícil pelear con él, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un +golpe, se levantaba de nuevo más fuerte, más fiero, más diestro para +manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. Así, +cuanto más fuerte golpeaba Hércules al gigante con su maza, más lejos +parecía de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con +personas así, pero nunca me he peleado con ninguna. El único medio que +encontró Hércules para poner fin al combate fué el de levantar a Anteo, +sosteniéndole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle +y estrujarle hasta que le sacó toda la resistencia del enorme cuerpo. + +Terminado este asunto, prosiguió Hércules su viaje y llegó a tierras de +Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habrían quitado la vida, +de no haber matado al rey del país, escapando de ese modo. Cruzó luego +los desiertos de África, y marchando lo más aprisa que pudo, llegó por +fin a la orilla del gran Océano. Y allí, a menos que pudiera andar sobre +las crestas de las olas, parecía que su viaje tenía que darse por +concluído. + +Nada había delante de él, salvo el Océano espumante, impetuoso, inmenso; +pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vió a mucha distancia algo +que no se veía un momento antes. Relucía con gran brillo, casi como el +redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde +del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel +objeto maravilloso se hacía más grande y más brillante. Al cabo se +acercó tanto, que Hércules reconoció que era una inmensa copa o un tazón +enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cómo podía flotar sobre el +mar, es cosa que yo no sé explicaros; pero, de todos modos, allí estaba +balanceándose sobre las olas tumultuosas, que lo mecían a un lado y a +otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin +hacer pasar nunca la espuma por encima del borde. + +--He visto muchos gigantes en mi vida--pensó Hércules--, pero ninguno +que para beber necesitara copa como ésta. + +Y, verdaderamente, ¡vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... +tan grande... ¡Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para +compararla con algo, os diré que era diez veces mayor que una gran +piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas +embravecidas más ligera que una cáscara de nuez en las aguas de un +arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que rozó la orilla a +corta distancia del sitio en donde estaba Hércules. + +Tan pronto como sucedió esto, comprendió lo que había de hacer: que no +le habían ocurrido tantas aventuras notables para no aprender +perfectísimamente cómo había de conducirse cuando sucediera algo que se +apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del día que aquella +copa maravillosa había sido enviada sobre las olas por algún poder +oculto, y guiada hasta allí a fin de llevar a Hércules a través del +mar, siguiendo su ruta hacia el jardín de las Hespérides. En +consecuencia, sin perder momento saltó por encima del borde y se deslizó +hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de león, se dispuso a +reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si había descansado desde que +se despidió de las jovencitas a la orilla del río. Las olas se +estrellaban, con agradable y metálico sonido, contra la superficie de la +cóncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el +movimiento era tan suave, que Hércules, blandamente mecido, cayó pronto +en un sueño delicioso. + +Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acertó +a tropezar contra una roca, y en consecuencia resonó y repercutió, a +través de su substancia de oro o de bronce, cien veces más fuerte que la +mayor campana de iglesia que hayáis podido oir. Al ruido despertó +Hércules, que inmediatamente se levantó y examinó el lugar en que se +hallaba. No tardó mucho en reconocer que la copa había flotado a través +de gran parte del mar, y estaba acercándose a la costa de lo que le +pareció ser una isla. Y en aquella isla, ¿qué pensaréis que vió? + +No, no lograréis jamás adivinarlo, ni aun cuando lo intentéis cincuenta +mil veces. Creo positivamente que aquél fué el más admirable +espectáculo de cuantos había visto Hércules en todo el curso de sus +maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla más grande que la +hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban +cortando; más grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; más +grande que Anteo; más grande que todo lo que haya podido ver nadie antes +o después de los días de Hércules, y que cualquier cosa que haya aún de +ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. ¡Era un gigante! + +Pero, ¡qué gigante más intolerablemente enorme! Un gigante alto como una +montaña; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un +cinturón y pendían de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por +delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a +Hércules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo más maravilloso de +todo era que el gigante tenía levantadas sus grandes manos, y parecía +sostener el cielo, que según pudo entrever Hércules a través de las +nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para +creerlo. + +Mientras tanto, la copa resplandeciente seguía flotando y avanzando +hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barrió las nubes que +ocultaban la cara del gigante, y Hércules contempló sus enormes +facciones: ojos que + +[imagen] + +parecían lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con +su enormidad de tamaño tenía un terrible aspecto, pero desconsolado y +fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a +sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para +el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar +por ellos. ¡Cuántas veces acometen los hombres más de lo que permiten +sus facultades, y encuentran su perdición, como al pobre gigante le +había ocurrido! + +¡Pobre hombre! Evidentemente llevaba allí una larga temporada. Una selva +espesa había crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de +seis o siete siglos habían brotado y arraigado entre sus dedos. + +El gigante miró entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos +enormes, y divisando a Hércules, gritó con voz que parecía un trueno +salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara: + +--¿Quién anda ahí entre mis pies? ¿De dónde vienes en esa tacita? + +--¡Soy Hércules!--tronó el héroe con voz tan fuerte o poco menos como la +del gigante--. Voy en busca del jardín de las Hespérides. + +--¡Oh! ¡Oh!--rugió el gigante en un acceso de risa inmenso--. Si que es +una aventura prudente. + +--¿Y por qué no?--exclamó Hércules, un tanto enojado por la hilaridad +del gigante--. ¿Piensas que tengo miedo al dragón de las cien cabezas? + +Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras +alrededor de la cintura del gigante y estalló una tormenta de truenos y +relámpagos, causando tal estrépito, que Hércules no pudo entender ni +palabra. Únicamente se veían las piernas inmensas del gigante bajo la +negrura de la tempestad, y de cuando en cuando aparecía momentáneamente +su figura entera envuelta en la niebla. Parecía estar hablando la mayor +parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confundía con +el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las +montañas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido +gigante malgastó inútilmente cantidad incalculable de aliento, porque el +trueno hablaba tan alto como él. + +Al fin cesó la tempestad tan súbitamente como había empezado. De nuevo +pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sosteniéndolo, y la +luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminándole y +haciéndole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya +lejanas. Tan por encima del chaparrón había quedado su cabeza, que ni un +solo cabello se le había mojado con la lluvia. + +Cuando el gigante pudo ver a Hércules, en pie todavía a la orilla del +mar, le gritó de nuevo: + +--Yo soy Atlas, el gigante más fuerte del mundo, y sostengo el cielo +sobre mi cabeza. + +--Ya lo veo--contestó Hércules--; pero, ¿no puedes enseñarme el camino +del jardín de las Hespérides? + +--¿Qué buscas allí?--preguntó el gigante. + +--Quiero tres manzanas de oro--gritó Hércules--para mi primo, el rey. + +--Nadie más que yo--afirmó el gigante--puede ir al jardín de las +Hespérides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito +de sostener el cielo, daría media docena de zancadas a través del mar y +te las traería. + +--Eres muy amable--replicó Hércules--. ¿Y no puedes dejar el cielo +apoyado sobre una montaña? + +--No hay ninguna de bastante altura--dijo Atlas, moviendo la cabeza--; +pero si fueras a ponerte en la cima de esa que está más cerca, quedaría +tu cabeza casi a nivel con la mía. Pareces ser muchacho forzudo. ¿Por +qué no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por +ti? + +Hércules, según recordaréis, era un hombre notablemente vigoroso, y +aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si +algún mortal había a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaña, +era él. Sin embargo, tan difícil parecía aquéllo, que vaciló por vez +primera en su vida. + +--¿Pesa mucho el cielo?--preguntó. + +--¡Bah! No gran cosa, al principio--respondió el gigante encogiendo los +hombros--; pero al cabo de un millar de años, se hace un poquito pesado. + +--¿Y cuánto tiempo tardarás--preguntó el héroe--en traerme las manzanas +de oro? + +--¡Oh! Eso es cosa de un momento--exclamó Atlas--; salvaré doce o quince +leguas de cada paso, e iré y volveré antes de que empiecen a dolerte los +hombros. + +--Entonces, bueno--respondió Hércules--. Subiré a la montaña que hay +detrás de ti y te libraré de tu carga. + +La verdad es que Hércules era muy compasivo de suyo, y consideró que +haría un gran favor al gigante proporcionándole aquella oportunidad de +hacer una escapatoria. Además, pensó que si lograba sostener el cielo, +alcanzaría más gloria que realizando hazaña tan corriente como vencer a +un dragón de cien cabezas. En consecuencia, sin decir más palabra, +Hércules levantó el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las +suyas. + +Cuando quedó ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el +gigante fué desperezarse, y os podéis figurar qué prodigioso espectáculo +sería. Primero, con mucho cuidadito, sacó un pie de la selva que había +crecido alrededor; luego, el otro. Después, de pronto, comenzó a brincar +y a saltar y a bailar de alegría por verse libre. Se lanzaba al aire, +nadie sabe hasta qué altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan +grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Después se echó a reir con +tal estruendo, que su carcajada repercutió de montaña en montaña, cerca +y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos +regocijados. Cuando se calmó un poco su alegría, echó a andar por el +mar; diez leguas avanzó del primer paso, llegándole el agua a media +pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, +y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca +de la cintura. + +Hércules miraba cómo iba avanzando el gigante. Realmente, era +maravilloso ver aquella inmensa forma humana a más de treinta leguas, +medio sumergida en el Océano, pero con su mitad superior tan alta, +brumosa y azulada como una montaña lejana. Al cabo, la forma gigantesca +se perdió enteramente de vista, y entonces fué cuando se puso Hércules a +considerar qué haría en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o +fuera muerto a dentelladas por el dragón de las cien cabezas que +guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Si ocurría +tal desgracia, ¿cómo podría llegar a desembarazarse del cielo? Porque, +entre paréntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su +cabeza y sus hombros. + +--Compadezco al pobre gigante--pensó Hércules--. Si el cielo me pesa +tanto en diez minutos, ¡cuánto no le habrá pesado a él en mil años! + +¡Oh, hijitos!... No tenéis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan +aéreo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, +además, el viento impetuoso y las frías y húmedas nubes, y el sol +abrasador, todo lo cual contribuía a que Hércules se encontrara +incómodo. Comenzó a temer que el gigante no volviera nunca. Miró +atentamente el mundo que tenía debajo, y reconoció que se era mucho más +feliz siendo pastor al pie de una montaña, que estando en su cumbre +vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, según +comprenderéis, desde luego tenía Hércules tan inmensa responsabilidad +sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si +no mantenía perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmóvil, +podría ocurrir que el sol se desquiciase, o que, después de anochecer, +se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego +sobre la cabeza de las gentes. Y ¡qué vergüenza para el héroe si, por no +aguantar firme el peso, crujía el cielo y se rajaba de punta a punta! + +No sé cuánto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegría indecible, +viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto +límite del mar. Cuando se acercó, alzó Atlas la mano, y Hércules pudo +distinguir tres magníficas manzanas de oro, grandes como calabazas, +pendientes todas de una rama. + +--Me alegro de volverte a ver--gritó Hércules, cuando el gigante estuvo +suficientemente cerca para oirle--. ¿De modo que traes las manzanas de +oro? + +--Claro, claro--respondió Atlas--. ¡Y qué hermosas son! He cogido las +mejores que había en el árbol; puedes creerme, sí, y el dragón de las +cien cabezas es cosa digna de verse. Después de todo, mejor sería que +hubieras ido tú mismo a buscarlas. + +--No importa--replicó Hércules--. Has hecho una excursión agradable y +arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te +doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir +lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, está impaciente por +recibir las manzanas de oro, ¿tendrás la amabilidad de volver a coger el +cielo y quitarle de encima de mis hombros? + +--En eso--dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas +de altura o cosa así, y cogiéndolas cuando caían--, en eso me parece, mi +buen amigo, que eres poco razonable. ¿No podría llevar yo las manzanas +de oro al rey, tu primo, mucho más de prisa que tú? Ya que Su Majestad +tiene tanto afán por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas más +largas que pueda. Y además, que no tengo humor de cargar ahora mismo con +el cielo otra vez. + +Al oir esto se impacientó Hércules, e hizo un gran movimiento de +hombros. Era durante el crepúsculo, y hubierais podido ver caer de su +sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, miró hacia +arriba asustado, pensando si el cielo se caería inmediatamente después. + +--¿Qué es eso?--gritó el gigante Atlas riendo estrepitosamente--. En los +últimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando +lleves ahí tanto tiempo como he estado yo, aprenderás a tener calma. + +--¡Cómo!--gritó Hércules muy rabioso--. ¿Te propones hacerme sostener +esta carga toda la vida? + +--Eso lo veremos un día de éstos--respondió el gigante--. Y, en todo +caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien años o mil. Mucho +más tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo +de mil años me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a +relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrás mejor ocasión de +demostrarlo. La posteridad hablará de ti, te lo aseguro. + +--¡Me importa un rábano que hable o no hable!--exclamó Hércules con otra +sacudida de hombros--. Sostén el cielo un instante con la cabeza, +¿quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de león, para apoyar +el peso encima. Realmente me está despellejando, y me causaría una +molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aquí. + +--Eso sí lo haré--dijo el gigante, que no quería mal a Hércules, y si se +portaba de tal manera lo hacía sólo por buscar, con demasiado egoísmo, +su propia conveniencia--. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco +minutos justos; pero cinco minutos nada más, acuérdate bien. No tengo +ganas de pasar otros mil años como estos últimos. La variedad es la sal +de la vida. + +¡Ah, y qué torpe era aquel gigante! Echó a rodar las áureas manzanas, y +recibió otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hércules sobre +las suyas, que eran las que debían sostenerle. Hércules recogió las tres +manzanas de oro, grandes como calabazas, o más, y se fué derechito hacia +su casa, sin prestar la más pequeña atención a las desaforadas voces que +le daba el gigante, gritándole que volviera. Alrededor de sus pies +creció una nueva selva, y se hizo vieja allí, y otra vez pudieron verse +robles de cinco o seis siglos, que se habían hecho añosos entre sus +enormes dedos. + +Y allí está el gigante aún, o por lo menos allí hay una montaña tan alta +como él y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, +podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a +Hércules. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +AL AMOR DE LA LUMBRE + + +Primo Eustaquio--preguntó Trébol, que durante todo el cuento había +estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta--, ¿qué +altura exacta tenía el gigante? + +--¡Oh, Trébol, Trébol!--exclamó el estudiante--. ¿Te figuras que estaba +yo allí con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, +poco más o menos, supongo que debía tener de tres a quince millas de +alto. + +--¡Dios mío--dijo el niño con un gruñido de satisfacción--, eso es ser +gigante de veras! ¿Y qué largo tenía el dedo meñique? + +--Desde esta casa al lago--dijo Eustaquio. + +--¡Eso es ser gigante de veras!--repitió Trébol, en éxtasis ante la +precisión de las medidas--. ¿Y qué anchura tendrían los hombros de +Hércules? + +--Eso no lo he podido averiguar nunca--respondió el estudiante--. Pero +me figuro que debían ser un poco más anchos que los míos o que los de tu +padre, y en general un poco más que los de cualquier hombre de los de +ahora. + +--Quisiera--murmuró Trébol, acercando sus labios al oído del +estudiante--que me dijeras qué tamaño tenían las encinas que brotaron +entre los dedos del gigante. + +--Eran más grandes--dijo Eustaquio--que el castaño que hay delante de la +casa del capitán Smith. + +--Eustaquio--observó el señor Pringle, después de un momento de +meditación--, me es imposible expresar respecto de este cuento una +opinión que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas +a meterte con los mitos clásicos. Tu imaginación es completamente +gótica, e inevitablemente dará un carácter gótico a todo lo que toques. +Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de +mármol. ¡Ese gigante! ¿Cómo te has atrevido a intercalar esa masa +inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fábula +griega, cuya tendencia es reducir a límite hasta lo extravagante, a +fuerza de dominadora elegancia? + +--He descrito al gigante como me ha parecido--respondió Eustaquio un +poco molesto--. Y si usted, señor, quiere tomarse el trabajo de poner +su entendimiento en relación con esas fábulas, como es de necesidad si +ha de modelarlas usted de nuevo, verá usted, sin duda, que un griego +antiguo no tenía más derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son +propiedad común del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas +las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su +plasticidad maravillosa. ¿Por qué no han de ceder también entre las +mías? + +El señor Pringle no pudo contener una sonrisa. + +--Y además--continuó Eustaquio--, en el momento en que pone usted en un +molde clásico algo que sea calor de corazón, pasión o afecto, moralidad +divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo +que fué antes. Mi opinión es que los griegos, al tomar posesión de estas +leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas +en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fría y sin corazón, +han hecho a todos los siglos subsiguientes un daño irreparable. + +--Que tú, sin duda, has nacido para remediar--dijo el señor Pringle, +echándose a reir--. Está bien; sigue, sigue, pero sigue también mi +consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de +máscara. Y para tu próximo esfuerzo, ¿por qué no intentas renovar +alguna de las leyendas de Apolo? + +--¡Ah, señor mío! Me lo propone usted como si fuera un +imposible--observó el estudiante después de un momento de reflexión--. Y +a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gótico parece un +tanto descabellada; pero aprovecharé la indicación, y no desespero de +hacer algo que valga la pena. + +Durante la discusión precedente, los niños, que no entendieron palabra +de ella, se habían ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la +cama. Se oían sus vocecillas soñolientas, mientras iban subiendo la +escalera, y un viento Noroeste rugía ásperamente entre las copas de los +árboles y cantaba antífonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se +volvió al despacho, y de nuevo intentó forjar unos cuantos versos, pero +se quedó dormido entre dos rimas. + +[imagen] + + + + +EL CÁNTARO MILAGROSO + + + + +[imagen] + + + + +EN LA VERTIENTE DE LA COLINA + + +¿Dónde y cómo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los niños? No +ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de +juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de +una monstruosa colina o más bien montaña, porque acaso montaña nos +podamos atrever a llamarla. Habían subido de casa con el valeroso +propósito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro +que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos +modos, era más alta que miles de collados o que millones de toperas. Y +medida en relación de los pasos cortos de los niños pequeños, se la +podía considerar como montaña verdaderamente respetable. + +¿Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros; +porque, a no ser así, ¿cómo iba el libro a adelantar un solo paso? +Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tenía próximante el mismo +aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se +le miraba muy de cerca, se podía advertir sobre el labio superior un +asomo de bigote sumamente cómico. Dejando aparte esta señal de madura +virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo +como cuando le conocieron por vez primera. Seguía tan alegre, tan +divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y +continuaba siendo el favorito de los pequeñuelos, como lo había sido +siempre. Esta expedición a la montaña era por completo idea suya. Y +durante todo el camino cuesta arriba, había ido animando a los mayores +con su alegre voz; y cuando los pequeños se cansaban, los llevaba a +cuestas por turno. De este modo habían pasado ya los huertos y los +pastos de la parte baja de la colina, y habían llegado al bosque que +trepa hacia la cumbre pelada. + +El mes de Mayo se había portado esta vez mejor que de costumbre, y era +el día más agradable que pudiera desear un corazón de hombre o de niño. +Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas, +azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las hubiese tocado el +mismo Midas. Las margaritas blancas cubrían las praderas. En el linde +del bosque había columbinas rojo pálido, tan modestas que a toda costa +querían esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores +blancas del fresal silvestre... + +Pero no malgastemos nuestras valiosas páginas en hablar tontamente de la +primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, más interesante de que +tratar. Si miráis al grupo de niños, veréis que están todos reunidos en +torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un árbol caído, +parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los más +jóvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para +medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha +decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a +que el grupo de mayores termine la ascensión y vuelva a buscarles. Y +como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrás, les +reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone +contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y +cambian sus miradas ofendidas en la más radiante de las sonrisas. + +En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrás de unas matas, le +pude oir, y os le contaré en las páginas siguientes. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL CÁNTARO MILAGROSO + + +Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemón y su mujer, Baucis, +también anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaña, disfrutando +la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya habían cenado frugalmente, y +querían pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de +su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la +pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color púrpura. +Pero del pueblo próximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y +ladridos de perros, que cada vez iban siendo más fuertes; tanto, que +Filemón y Baucis apenas podían entenderse. + +--Mujer--dijo Filemón--, temo que algún pobre viajero venga buscando +hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y +posada, hayan soltado contra él los perros, como acostumbran. + +--Sí--respondió Baucis--. Ya podían nuestros vecinos tener un poco más +de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos +sentimientos, animándoles a tirar piedras a los forasteros. + +--Estos niños nunca harán nada bueno--dijo Filemón moviendo la cabeza ya +blanca--. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos +pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no +se enmiendan. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de +pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que +lo necesite. + +--Es verdad--dijo Baucis--. Así lo haremos. + +Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que trabajar mucho para vivir. +Filemón cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba +siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con +la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consistía casi +siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su +colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las +mejores del mundo, y con alegría se hubiesen quedado alguna vez sin +comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche +recién ordeñada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase +por su puerta. Les parecía que tales huéspedes tenían una especie de +santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a +sí mismos. + +La cabaña estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yacía +en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos +pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente había sido el lecho de +un lago. Allí habían vivido peces, y en las orillas habían crecido +juncos, y los árboles y las colinas habían visto reflejada su imagen en +el ancho y pacífico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los +hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre él; de modo que a +la sazón era un terreno fértil y no quedaban más huellas del antiguo +lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y +surtía de agua a los habitantes... Tanto tiempo hacía que el valle era +terreno seco, que habían nacido en él árboles, habían crecido robustos, +se habían muerto de viejos y habían sido sustituídos por otros que ya +eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle +más hermoso ni más fértil. Sólo la vista de la abundancia que les +rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, +dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus +semejantes. + +Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran +dignos de vivir en lugar sobre el cual había sonreído el cielo con tal +benevolencia. Eran egoístas y duros de corazón, no tenían lástima de los +pobres ni simpatía hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho +que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los demás hombres, +porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la +Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costará creer lo que +voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser +peores que ellos, y aplaudían para animarlos, viendo a los niños y a las +niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole +piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se +atrevía a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguían, +ladrando y enseñando los dientes. Luego, si podían, le mordían una +pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el +pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Cosa terrible para los +pobres caminantes, como podréis suponer, especialmente cuando acertaban +a estar enfermos + +[imagen] + +[imagen] + +o débiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si sabían ya de antes +el modo de portarse que tenían aquellos niños y aquellos perros) eran +capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo. + +Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por allí algún viajero +que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas +acompañándole, no había gentes más amables y obsequiosas que los +habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacían +profundas reverencias. Y si los niños chillaban por costumbre, de seguro +se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atrevía a ladrar, su +amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual +hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se +preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el +bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en +el príncipe. + +Ahora podéis comprender por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis, +hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les +llegaban desde el extremo de la calle del pueblo. + +--Nunca he oído a los perros ladrar tan fuerte--observó el buen anciano. + +--Ni a los chiquillos gritar tanto--respondió su mujer. + +Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más, hasta que al +pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron +a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguían de cerca, +ladrando. Un poco detrás venía corriendo multitud de chiquillos que +chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el +más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y +golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compañero, +que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los +chiquillos ni en los perros. + +Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y parecía que no tuviesen +dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. +Por eso, sin duda, los del pueblo habían consentido a sus hijos y a sus +perros que les tratasen tan mal. + +--Vamos, mujer--dijo Filemón--, salgamos al encuentro de esas pobres +gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí. + +--Anda tú--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro +algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que +les sentaría admirablemente. + +Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y +alargó la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo +que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros. + +--¡Bien venidos, señores forasteros, bien venidos! + +--Gracias--respondió el más joven con tono jovial, a pesar de su +cansancio y su molestia--. Éste es un recibimiento muy distinto del que +hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives en tan mala vecindad? + +--¡Ah!--observó Filemón con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la +Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda +desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos. + +--¡Bien dicho, viejo!--exclamó el viajero echándose a reir--. Y a decir +verdad, desagravios necesitamos mi compañero y yo. Esos chiquillos, +¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los +perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. +Pero le he dado en el hocico con el bastón. Me figuro que le habréis +oído aullar desde aquí. + +Filemón se alegró al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese +dicho, por su risueño aspecto y sus modales, que venía cansado por todo +un largo día de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que +encontró para fin de jornada. Iba vestido de modo más bien extraño, y +llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalían a los lados. Aunque +era tarde de verano, llevaba capa y se envolvía estrechamente en ella, +acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemón +le sorprendió también la forma extraña de sus zapatos; pero estaba +anocheciendo, y como el anciano tenía ya la vista cansada, no pudo darse +cuenta exacta de en qué consistía la rareza. Una cosa le intrigaba sobre +todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que +parecía como si los pies se le levantasen del suelo por sí mismos y +tuviese que sujetarlos a la fuerza. + +--En mi juventud tenía yo también los pies ligeros--dijo Filemón al +caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche solía tenerlos un poco +cansados. + +--No hay nada como un buen bastón para aligerar el camino--respondió el +forastero--, y el mío es excelente, como puedes ver. + +El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su +vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de +alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían en derredor +del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemón (cuyos +ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron +vivas. + +--Curioso trabajo, en verdad--dijo--. ¡Un bastón con alas! No haría mal +caballito de palo para un niño. + +Filemón y sus huéspedes habían ya llegado a la puerta de la casa. + +--Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, +Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero +vuestro es todo lo que haya en la alacena. + +El más joven de los viajeros se tendió descuidadamente en el banco y +dejó caer el bastón. Y sucedió una cosa maravillosa. El bastón pareció +levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de +diminutas alas fué medio volando, medio saltando, a apoyarse en la +pared. Allí se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcían. Esto vió +Filemón; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacían ver visiones. + +Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de más edad distrajo su +atención del bastón, diciéndole: + +--¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar +donde ahora está la aldea? + +La voz del forastero era extraordinariamente grave. + +--No en mis días, amigo--respondió Filemón--, y eso que, como ves, soy +ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas +praderas, y los árboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del +valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin +duda todo estará lo mismo cuando el viejo Filemón esté ya muerto y +olvidado. + +--Eso ya no se puede asegurar--observó el forastero, y en su voz había +severidad extraordinaria. Movió la cabeza, sacudiendo con el movimiento +su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han +olvidado los afectos y simpatías de su naturaleza, más valdría que el +lago cayese de nuevo sobre sus moradas. + +El viajero parecía tan serio, que Filemón casi se asustó; tanto más, +cuanto que al fruncir él el ceño, el crepúsculo pareció obscurecerse de +pronto, y cuando movió la cabeza sonó un trueno en el aire. + +Pero, un momento después, el rostro del viajero volvió a ser tan amable +y bondadoso, que el anciano olvidó su terror casi por completo. Sin +embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser +vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que +Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado o cosa por el estilo; +más bien creyó que sería algún hombre muy sabio, que andaba por el mundo +en tan pobre atavío despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y +buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta +idea parecía más probable, porque cuando Filemón alzó los ojos hasta el +rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de +las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada +al estudio. + +Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron +a charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era +extraordinariamente locuaz, y hacía observaciones tan agudas e +ingeniosas, que el buen hombre no podía menos de echarse a reir, y +pensaba que nunca había tropezado con persona más divertida. + +--Amigo--le preguntó, cuando ya fué tomando más confianza--, ¿cómo te +llamas? + +--Soy bastante vivo, como ves--respondió el viajero--; así es que puedes +llamarme Azogue; creo que el nombre no me estará mal. + +--¿Azogue?--repitió Filemón, mirando cara a cara al viajero, por ver si +se estaba burlando de él--. Sí que es nombre raro. Y tu compañero, +¿también tiene uno por el estilo? + +--Pregunta al trueno y te lo dirá--respondió Mercurio misteriosamente--. +No hay voz bastante fuerte para pronunciarle. + +Esta observación, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a +Filemón, si al mirar al forastero de más edad no hubiese reparado en la +expresión extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la +figura más grandiosa que había visto nunca. + +Cuando hablaba, lo hacía con gravedad y de tal modo, que Filemón se +sentía irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tenía en el +corazón. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran +con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo +el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro. + +Pero Filemón, hombre sencillo y bondadoso, no tenía muchos secretos que +descubrir. Habló, sí, gárrulamente, de los acontecimientos de su vida +pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel +lugar. Su mujer, Baucis, y él, habían vivido desde su juventud en +aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, +pero siempre contentos. Dijo cuán excelentes eran el queso y la manteca +que hacía Baucis, y cuán sabrosas las verduras que cultivaba él en el +huerto. También dijo que por lo mucho que se querían, su único deseo era +que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como habían +vivido. Cuando oyó esto el forastero, una sonrisa iluminó su rostro, y +su expresión se hizo tan suave como grandiosa. + +--Eres un buen viejo--dijo a Filemón--y tienes una excelente mujer por +compañera. Justo es que se logre vuestro deseo. + +Y parecióle a Filemón, precisamente entonces, como si las nubes de la +puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando +en fugitiva llama todo el cielo. + +Baucis había preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenzó a +disculparse por la pobreza de los manjares que podía ofrecer a sus +huéspedes. + +--Si hubiéramos sabido que veníais--dijo--, mi marido y yo no hubiésemos +probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado +casi toda la leche en hacer queso, y el último pan casi nos le hemos +comido. ¡Ay de mí: nunca siento ser pobre, más que cuando un necesitado +llama a mi puerta! + +--Todo se arreglará; no te apures, mujer--repuso el forastero de más +edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace +maravillas y es capaz de convertir los manjares más humildes en néctar y +ambrosía. + +--Recibimiento cordial sí le tendréis--exclamó Baucis--, y además un +poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de +púrpura. + +--Pero, ¡madre Baucis, eso es un festín!--exclamó Azogue, riéndose--. +¡Un festín completo! Y ya verás qué bien represento yo mi papel de +invitado. ¡Creo que en mi vida he tenido más hambre! + +--¡Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. ¡Si +este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio +cenar! + +Todos entraron en la cabaña. + +Y ahora, oyentes míos, ¿queréis que os cuente algo que os hará abrir los +ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas más extrañas de +toda esta historia. Recordaréis que el bastón de Mercurio se había +apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró en +ella, dejándole olvidado, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamente las +alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap +iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se quedó quieto hasta que +llegó a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de +Azogue. El anciano Filemón y su mujer estaban tan atareados atendiendo a +sus huéspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastón. + +Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes +hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un +pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Había un gran racimo +de uvas para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi +lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo +llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, sólo +quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. ¡Ay, es triste cosa +cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! La +pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de +que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena +más abundante. + +Y ya que la cena era tan escasa, no podía menos de desear que hubiesen +tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se +bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones. + +--Un poco más de leche, madre--dijo Azogue--. El día ha sido caluroso y +estoy sediento. + +--¡Ay de mí!--respondió Baucis, confusa--. ¡Me da tanta pena y tanta +vergüenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cántaro una sola +gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar? + +--Me parece--dijo Azogue, levantándose y cogiendo el cantarillo por el +asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro +hay más leche en el cántaro. + +Diciendo esto, ¡cuál fué el asombro de Baucis, al ver que el viajero +llenó no sólo su tazón, sino el de su compañero, con leche del cántaro +que ella se figuraba estar casi vacío! La buena mujer apenas podía creer +lo que estaba viendo. Seguramente había echado en los tazones casi toda +la leche, y había visto la poca que en el fondo del cántaro quedaba, +antes de volverle a dejar encima de la mesa. + +--Como soy vieja--pensó Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me +habré equivocado. De todos modos, ahora sí que no puede menos de estar +vacío, después de haber llenado dos veces los tazones. + +--¡Qué leche tan rica!--observó Azogue, después de sorberse el segundo +tazón--. Perdón, excelente huéspeda, si te pido un poquito más. + +Baucis había visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, había +vuelto el cántaro completamente boca abajo, echando hasta la última gota +de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, no era posible que +quedase más. Y para hacérselo comprender así, levantó el cántaro e hizo +el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota +esperanza de que cayese nada. ¡Cuál fué, por lo tanto, su sorpresa, +cuando cayó en la taza tan abundante cascada, que el tazón se llenó +inmediatamente y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos +serpientes, que estaban enroscadas en el bastón de Azogue, alargaron la +cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni +Filemón ni Baucis repararon en esta circunstancia. + +¡Y qué deliciosa fragancia tenía! Parecía como si las vacas de Filemón +hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me +alegraría si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazón de leche como +aquélla, a la hora de cenar! + +--Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco +de miel. + +Baucis cortó una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le +comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de +salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le +pareció el pan más delicioso que había comido en su vida, y apenas podía +creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, ¿de qué +otra hogaza podía ser? + +¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor +exquisito que tenía: su color era el del oro más puro y transparente, y +olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín +de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por +encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear +sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se +hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de +Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el +perfume de aquélla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso +que, cerrando los ojos, instantáneamente hubieseis olvidado el techo +bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis creído estar bajo una glorieta +de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos +de pensar que allí estaba pasando algo extraordinario. Así es que, +después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de +Filemón, y le dijo en voz baja lo que había visto. + +--¿Has oído nunca cosa semejante?--le preguntó. + +--No, nunca--respondió Filemón sonriendo--. Y creo más bien, vieja de mi +alma, que has estado soñando despierta. Si hubiese yo servido la leche, +hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cántaro +un poco más de la que tú creías; eso es todo. + +--¡Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero éstas son gentes +muy extrañas. + +--Bien, bien--respondió Filemón sin dejar de sonreir--, puede que lo +sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en +mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con +tanto gusto. + +Cada uno de los huéspedes había cogido su racimo de uvas. Baucis, que se +estaba restregando los ojos para ver más claro, se figuró que los +racimos habían crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de +estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para +ella cómo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja +que trepaba por las paredes de su casa. + +--¡Admirables uvas!--observó Azogue, que las iba tragando una tras otra, +sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. ¿De dónde las coges, +amable huésped? + +--De mi parra--respondió Filemón--. Desde aquí se pueden ver las ramas +retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca creímos que +fuesen muy buenas. + +--Nunca las he comido mejores--respondió el huésped--. Otra tacita de +esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un +príncipe. + +Esta vez fué Filemón el que se levantó y cogió el cántaro, porque tenía +curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le había +contado. Bien sabía que su buena mujer era incapaz de mentir, y que +pocas veces se equivocaba en lo que suponía ser verdad. Pero era tan +peregrino el caso, que quería verlo con sus propios ojos. Al coger el +cántaro, miró hacia dentro y se convenció de que apenas contenía unas +cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brotó como una +fuentecita blanca, que lo llenó hasta la boca de leche espumosa y +fragante. Suerte fué, y grande, que Filemón, en su sorpresa, no dejase +caer el cántaro milagroso. + +--¿Quiénes sois, maravillosos viajeros?--exclamó mucho más asombrado que +lo había estado su mujer. + +--Tus huéspedes, buen Filemón, y tus amigos--repuso el viajero de más +edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo parecía suave y +melodiosa--. Dame a mí también otra taza de leche, y así tu cántaro no +se vacíe nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes +necesitados. + +Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran +sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un +rato más hablando con ellos, para expresar la admiración que sentían y +su alegría al ver que la cena, pobre y escasa, había resultado mucho +mejor y más abundante de lo que creían. Pero el forastero de más edad +les había inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle +nada, y cuando Filemón llevó a Azogue a un lado y le preguntó cómo era +posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cántaro, el +viajero señaló su bastón. + +--Ahí está todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar tú, +me alegraré muchísimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo +contarte todo lo que hace ese bastón; siempre me está dando bromas de +éstas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en +semejantes tonterías, diría que está embrujado. + +No dijo más; pero les miró de un modo tan extraño, que los viejos +pensaron que estaba burlándose de ellos. El bastón mágico fué tras de su +amo dando saltos, cuando Azogue salió de la habitación. Cuando se +quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos +de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque habían dado +su cama a los huéspedes y no tenían otra más que aquellas tablas, que +ojalá hubieran sido tan blandas como sus corazones. + +El anciano y su mujer se levantaron temprano por la mañana, y los +viajeros también se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su +camino. + +Filemón, hospitalariamente, les pidió que se quedaran un poco más, +hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno, y +acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los +viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase +demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, +pero pidieron a Filemón y a Baucis que les acompañasen un rato, para +enseñarles el camino que debían tomar. + +Así salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos +antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos +tomaron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas +y sencillas se perdían en la suya como dos gotas de agua se perderían en +el Océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, +parecía descubrir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en sus +mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces +deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a +cien leguas su bastón, que tenía un aire tan endemoniadamente malicioso +con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensándolo bien, +Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen +alegrado de tenerle en casa a él, a su bastón y a sus serpientes, +mientras les durase la vida. + +--¡Ay de mí!--exclamó Filemón cuando ya se hubieron alejado un poco de +la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar +hospitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a +consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra. + +--Es un pecado y una vergüenza para ellos el portarse así--exclamó con +vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir +cuatro verdades a esos desalmados. + +--Temo--observó Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar +en casa a ninguno de ellos. + +El entrecejo de su compañero adquirió precisamente entonces tan grave, +austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que +ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la +cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo. + +--Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los +extraños como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan +profundo que su voz sonaba como la música de un órgano--, no son dignos +de existir sobre la Tierra, que fué creada para morada de la gran +hermandad humana. + +--Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la +mirada más regocijada del mundo--, ¿dónde está el pueblo de que vamos +hablando? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por +ninguna parte. + +Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol +el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los +macizos de árboles, la calle ancha, los niños jugando y todas las +señales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, ¡cuál fué su asombro! +¡No había allí ni asomo de aldea! Hasta el fértil valle, en cuyo hueco +yacía, había dejado de existir. En su lugar se veía la superficie amplia +y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a +orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila +como si hubiese estado allí desde el principio del mundo. Un instante, +el lago permaneció completamente quieto. Luego una brisa pasó sobre él e +hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del +sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla. + +El lago parecía tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se +quedaron asombrados, como si pensaran que habían estado soñando con un +pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas +desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y +comprendieron que no soñaban. ¡El pueblo había estado allí ayer, pero ya +no estaba! + +--¡Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. ¿Qué ha sido de +nuestros pobres vecinos? + +--Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de más edad con +su voz profunda, y un trueno pareció hacerle eco en la lejanía--. No +había en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni +dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos +bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen +de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aquí hace siglos, se ha +tendido de nuevo para reflejar el cielo. + +--Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa +sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que +cambiar, porque ya eran un puñado de pillos con escamas en el corazón y +sangre completamente fría. De modo, madre Baucis, que si tú o tu marido +tenéis capricho de comer una trucha a la parrilla, podéis echar un +anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos. + +--¡Ah!--exclamó Baucis estremeciéndose--. ¡Por todo el oro del mundo no +pondría una sola en la sartén! + +--No--añadió Filemón haciendo un gesto de desagrado--; ¡no las podríamos +atravesar! + +--En cuanto a ti, buen Filemón--continuó el viajero de más edad--, y tú, +amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta +cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha +convertido en inextinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en +ambrosía. Así las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos +manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habéis hecho bien, +queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis conseguir, y +está concedido. + +Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero +lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones. + +--Queremos vivir juntos hasta nuestro último día, y salir de este mundo +en el mismo instante, cuando muramos. ¡Porque siempre nos hemos amado! + +--¡Así sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad +vuestra casa. + +Así lo hicieron; pero, ¡cuál fué su sorpresa al encontrarse con un gran +edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio +donde hasta hace un momento estaba su humilde morada! + +--Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benévolamente--. +Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la +pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis. + +Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni él ni +Azogue estaban allí. + +Así, Filemón y Baucis se instalaron en el palacio de mármol, y pasaron +días y días con gran satisfacción en recibir y agasajar a cuantos +viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el +cántaro conservó su virtud maravillosa de no estar nunca vacío cuando +hacía falta que estuviese lleno. Siempre que un huésped honrado, de buen +genio y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que +era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero +si un pillo de mal carácter, terco o malintencionado, acertaba a beber +de él, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la +leche estaba agria. + +Así el matrimonio, ya tan viejo, vivió en su palacio y envejeció más y +más. Por fin llegó una mañana de verano, en que Filemón y Baucis no +aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes +de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas +partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero inútilmente. + +Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos +venerables árboles, que nadie pudo recordar haber visto allí el día +antes. Allí estaban, con las raíces fuertemente hundidas en tierra, y +anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: +uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extraño y hermoso el +verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; así es que cada +uno de los árboles parecía vivir en el seno de su compañero mucho más +que en el suyo propio. + +Mientras los huéspedes se maravillaban viendo cómo aquellos árboles, que +hubiesen necesitado casi un siglo para crecer así, podían haberse hecho +tan altos y venerables en una sola noche, se levantó un poco de viento y +movió las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo +murmullo, como si los dos misteriosos árboles estuviesen hablando. + +--Yo soy el viejo Filemón--murmuró el roble. + +--Y yo Baucis--murmuró el tilo. + +Y como el viento se hizo más fuerte, los dos árboles hablaron a un +tiempo--¡Filemón! ¡Baucis! ¡Baucis! ¡Filemón!--, como si ambos fuesen +uno solo y hablasen juntos desde lo más hondo de su corazón. Fácil era +de comprender que la anciana pareja había renovado su vida e iba a pasar +lo menos cien años tranquilos y deleitosos: Filemón convertido en roble +y Baucis en tilo. ¡Oh, qué hospitalaria la sombra que daban! Siempre que +un caminante se detenía + +[imagen] + +bajo ella, oía un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se +maravillaba al escuchar cómo el rumor aquél se parecía a un sonar de +palabras que dijese: + +--¡Bien venido, bien venido, viajero! + +Y algún alma buena, que sabía lo que hubiese agradado a Filemón y a +Baucis, construyó un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho +tiempo después, los cansados, los hambrientos y los sedientos, +acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cántaro +milagroso. + +--¡Ojalá nosotros le tuviéramos aquí ahora! + +--¿Cuánto cabía el cántaro?--preguntó Trébol. + +--Dos cuartillos escasos--respondió el estudiante--; pero podías estar +sacando leche de él hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin +cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese +arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo. + +--Y ¿dónde está ahora el cántaro?--preguntó el niño. + +--Se rompió, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil +años--respondió el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible; +pero aunque siguió sirviendo para contener leche, ya nunca volvió a +llenarse solo. Así es que no tenía ya más mérito que cualquier otro +cántaro viejo y rajado. + +--¡Qué lástima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos. + +El respetable perro _Ben_ había acompañado a los excursionistas, así +como también un perrillo pequeño de Terranova, que respondía al nombre +de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de más edad +y el de costumbres más circunspectas, el primo Eustaquio le rogó +respetuosamente que se quedase con los pequeños para guardarles de todo +mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni más ni menos que un +chiquillo, el estudiante juzgó más prudente llevarle consigo, por temor +a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a +rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se +estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el +estudiante, con Primavera y demás niños grandes, empezó a subir, y +pronto se perdieron todos de vista entre los árboles. + + + + +LA QUIMERA + + + + +[imagen] + + + + +CUMBRE PELADA + + +Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright +y sus compañeros. Los árboles no estaban aún completamente cubiertos de +hojas, pero tenían ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras +el sol los inundaba de luz verde. Había rocas cubiertas de musgo, medio +escondidas entre las pardas hojas secas; había troncos de árbol casi +podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se habían +derrumbado; había arbustos secos, que habían sido arrancados de raíz por +los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero, +aunque todas esas cosas parecían tan viejas, el aspecto del bosque era +de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se +encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dándose prisa a +prepararse para el verano. + +Por fin la gente joven alcanzó el límite superior del bosque, y se +encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No +era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor +dicho meseta, bastante ancha; en ella había una casa y un cobertizo a +cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces +las nubes, de las cuales caía la lluvia o la nieve sobre el valle, +estaban por debajo de aquella habitación, sola y desamparada. + +En el punto más alto de la colina había un montón de piedras, en cuyo +centro estaba clavado un gran mástil que sostenía una banderita. +Eustaquio condujo allí a los niños, y les mandó que mirasen en derredor +y viesen cuán gran espacio de hermoso mundo podían alcanzar con una +ojeada. Y a medida que miraban, parecía que se les iban agrandando los +ojos. + +Se veía, al Sur, la altísima montaña que formaba generalmente el centro +del paisaje, pero que parecía haberse hundido, y ahora había pasado a +ser miembro de una gran familia de alturas. Detrás de ella, la sierra, +que desde la casa parecía lejana y no muy alta, había crecido y se había +elevado. El lindo lago se veía con todas sus pequeñas ensenadas, y no +estaba solo: que había más allá otros tres que abrían al sol sus ojos +azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban +desparramadas en la lejanía. Había tantas granjas, con sus fanegas de +bosque, pastos y tierras de labranza, que los niños apenas podían hacer +sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. Allí +también estaba Tanglewood, que hasta entonces le había parecido cosa tan +importante en el mundo. + +Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscándole no le encontraban, y su +vista iba mucho más allá de donde en realidad se encontraba. + +Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y +movedizas sombras aquí y allá sobre el paisaje. Pero a cada instante la +luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la +sombra se había marchado a otra parte. + +Al Oeste había otra serie de montañas azules. + +--En aquella colina--dijo Eustaquio a los niños--había un lugar, donde +unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, +y donde un individuo holgazanísimo, llamado Rip Van Winkle, se había +quedado dormido y se había estado durmiendo veinte años de un tirón. + +Los niños pidieron con afán a Eustaquio que les contase todo lo que +supiera de casos tan maravillosos. + +Pero el estudiante replicó que ese cuento ya estaba contado hace mucho +tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo él, y que nadie en el +mundo tenía derecho a cambiar una sola palabra en él, hasta que se +hubiese puesto tan viejo como «La cabeza de la Gorgona», «Las tres +manzanas de oro» y el resto de esas milagrosas leyendas. + +--Pero, al menos, mientras estamos descansando aquí--dijo Margarita, y +mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que tú +inventas. + +--Sí, primo Eustaquio--exclamó Primavera--: te aconsejo que nos cuentes +aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginación +se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaña te ponga +poético siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraña y +maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a +creerlo todo. + +--¿Serás capaz de creer--preguntó Eustaquio--que hubo una vez un caballo +con alas? + +--Sí--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que tú no vas a conseguir +cogerlo nunca. + +--Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy +difícil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por +lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por +lo menos, os contaré un cuento que se refiere a él, y el lugar más a +propósito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte. + +Y así, sentándose en el montón de piedras, mientras los niños se +agrupaban a su alrededor, Eustaquio fijó la vista en una blanca nube que +iba flotando, y empezó como sigue. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LA QUIMERA + + +Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas +extrañas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda +recordar), había en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que +manaba en la falda de una montaña. Y según me figuro, debe estar manando +aún, al cabo de tantos miles de años, en el mismísimo sitio. Sea como +sea, el caso es que allí estaba la apacible fuente, derramando frescura +por la montaña abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, +cuando llegó junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba +en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de +oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un +niño, y también una jovencita que estaba llenando un cántaro, se detuvo +y preguntó si podía refrescarse tomando un trago. + +--Es un agua riquísima--dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su +cántaro, después de haber bebido en él--. ¿Serías tan amable que me +dijeras si tiene algún nombre esta fuente? + +--Sí: la llaman la Fuente de Pirene--respondió la doncella, y añadió +luego:--Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una +mujer hermosísima; mas cuando su hijo fué muerto por las flechas de +Diana cazadora, se deshizo toda en lágrimas. De manera que el agua que +has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazón de aquella +pobre madre. + +--¡Nunca hubiera soñado--dijo el joven forastero--que tan clara fuente, +con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lágrimas +en su seno! ¿Y ésta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme +dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este +sitio. + +Un campesino de mediana edad (que había llevado una vaca a beber de la +fuente) miró fijamente al joven Belerofonte y a la magnífica brida que +llevaba en la mano. + +--Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu país--observó--, +si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, ¿has +perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es +con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan +hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin él. + +--No he perdido ningún caballo--dijo Belerofonte, sonriendo--, pero voy +buscando uno muy famoso, que según me han informado los sabios, sólo por +aquí se puede encontrar. ¿Sabéis si Pegaso, el caballo con alas, sigue +frecuentando la Fuente de Pirene, como solía en tiempos de vuestros +antepasados? + +El campesino se echó a reir. + +--Algunos de vosotros, amiguitos míos, habréis oído, probablemente, que +este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas +plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cúspide del monte +Helicón. Jamás águila alguna atravesó las nubes tan veloz, tan impetuosa +en su vuelo, como él por los aires. No había nada igual en el mundo. No +tenía compañero; nunca había sido montado ni guiado por un amo, y en +muchos y dilatados años vivió solo y feliz. + +¡Oh, qué hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como él lo +hacía, en la cima de una alta montaña, y pasando la mayor parte del día +en el aire, Pegaso apenas parecía criatura de la tierra. Dondequiera que +se le veía a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo +de sus alas plateadas, hubierais pensado que pertenecía al cielo, y que +habiendo descendido demasiado bajo, se había extraviado entre nuestras +nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy +bonito mirar cómo se hundía en el seno lanoso de una brillante nube, +perdiéndose en ella por un momento y atravesándola para salir al otro +lado. En medio de un sombrío aguacero, cuando por todo el cielo había un +pavimento gris de nubes, sucedía a veces que el caballo alado bajaba a +plomo a través de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores +brillaba tras él. Verdad que un instante después, tanto Pegaso como la +gozosa luz habían desaparecido; pero el que había tenido la fortuna de +ver aquel maravilloso espectáculo, estaba animado todo el día, y más si +duraba más la tormenta. + +En verano, en lo más hermoso de la estación, solía Pegaso bajar a +tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretenía en galopar por +valles y colinas con la rapidez del viento. Más a menudo que en ningún +otro sitio se le había visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su +agua deliciosa o revolcándose por la blanda hierba de la orilla. También +algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) pacía unos +cuantos brotes de trébol de los más tiernos. + +Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivían, +habían tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran +jóvenes y seguían creyendo en caballos con alas), llevados por la +esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los últimos años +se le había visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya +casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no había +contemplado nunca a Pegaso, ni creía en la existencia de semejante +criatura. Y ocurrió que el campesino a quien se dirigió Belerofonte era +una de esas personas incrédulas. + +Y ésta fué la razón de que se riese. + +--¿Pegaso? ¡Sí, sí!--exclamó, dilatando las narices todo lo que pueden +dilatarse unas narices chatas--; ¡sí, sí, Pegaso! ¡Un caballo con alas, +eh! Pero, amigo, ¿estás en tus cabales? ¿Para qué le servirían las alas +a un caballo? ¿Crees que tiraría bien de un carro? A decir verdad, +alguna economía podría hacerse en el gasto de herraduras; pero, ¿cómo le +había de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la +ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por +encima de las nubes, cuando sólo quisiera ir al molino? No, no; yo no +creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridícula clase de caballos-pájaros. + +--Yo tengo mis razones para pensar de otro modo--dijo Belerofonte con +toda calma. + +Entonces se volvió hacia un viejo canoso que, apoyándose en una cayada, +escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja, +porque hacía veinte años que se había quedado un poquito sordo. + +--¿Qué dices tú, venerable anciano?--le preguntó--. Me figuro que cuando +eras más joven habrás visto con frecuencia al caballo alado. + +--¡Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria--dijo el viejo--. Si no +recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que existía ese +caballo, y lo mismo que yo lo creía todo el mundo; pero ahora casi no sé +qué creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna +vez he visto a ese animal, hará mucho, muchísimo tiempo. Y a decir +verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo +era muy joven, recuerdo haber visto un día muchas pisadas de caballo +alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero también podían +ser de cualquier otro caballo. + +--¿Y tú, hermosa joven, no le has visto nunca?--preguntó Belerofonte a +la muchacha, que estaba parada con el cántaro sobre la cabeza mientras +tenían esta conversación--. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso +eres tú, porque tienes unos ojos muy vivos. + +--Creo que le he visto una vez--replicó la doncella, sonriéndose y +sonrojándose--. O era Pegaso o un pájaro blanco grandísimo, que iba muy +alto por el aire. Y otra vez, cuando venía a la fuente con mi cántaro, +oí un relincho, pero ¡qué relincho más fuerte y melodioso! Con la +delicia de aquel sonido me dió un salto el corazón; pero me asusté, sin +embargo, y eché a correr a casa sin llenar el cántaro. + +--¡Fué una lástima, verdaderamente!--dijo Belerofonte, y se volvió hacia +el niño que mencioné al principio del cuento, y que estaba mirándole +fijo, fijo, como acostumbran los niños mirar a los forasteros, con su +rosada boquita abierta de par en par. + +--¡Eh, amiguito!--exclamó Belerofonte, tirándole cariñosamente de uno de +los rizos--. Supongo que tú habrás visto a menudo el caballo con alas. + +--Sí que le he visto--respondió el niño vivamente--. Le vi ayer, y +muchas veces antes. + +--¡Eres un hombre!--dijo Belerofonte atrayendo al niño hacia sí--. Ven, +y cuéntame todo lo que sepas. + +--Pues, nada--replicó el niño--. Yo vengo aquí a menudo para echar +barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces, +cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo +del cielo que allí se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar +en él y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le +molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdiéndose de vista. + +Y Belerofonte tuvo más fe en el niño que había visto la imagen de Pegaso +en el agua, y en la joven que le había oído relinchar tan +melodiosamente, que en el patán de mediana edad, que sólo creía en los +caballos de carro, o que en el viejo, que había olvidado ya las bellas +cosas de su juventud. + +Por eso fué muchos días a la Fuente de Pirene, y observando +continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a +la superficie del agua, no perdía la esperanza de ver la imagen +reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad. +Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus +piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivían allí +cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se reían a menudo del +pobre Belerofonte, y algunas veces le zaherían con dureza. Le decían +que un hombre robusto como él debía hacer algo más útil que perder el +tiempo en tan ocioso empeño. Le ofrecían venderle un caballo, si lo +necesitaba, y como Belerofonte se negó a la compra, quisieron comprarle +a él la hermosa brida. + +Hasta los niños la tomaron con él, y acostumbraban a jugar allí cerca, +sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oía y les +veía. Un chiquillo de aquéllos hacía de Pegaso, por ejemplo, y daba los +saltos más extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno +de sus compañeros iba tras él, llevando en la mano un par de juncos, que +representaban la brida lujosísima de Belerofonte. Pero el niño bondadoso +que había visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven +forastero más de lo que todos los chiquillos malos podían atormentarle. +Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y +sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con +fe tan inocente, que Belerofonte no podía menos de sentirse animado. + +Ahora querréis, probablemente, que os diga por qué se había puesto +Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontraré mejor oportunidad +para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca. + +Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte, +resultaría un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible +monstruo, llamado la Quimera, había aparecido en cierto país de Asia, y +estaba haciendo más daño del que se puede decir de aquí a mañana. Esta +Quimera era una de las más horribles y ponzoñosas criaturas, la más rara +e inexplicable y la más difícil de combatir y de escapar de ella, que +jamás salió de las entrañas de la Tierra. Tenía la cola como una +serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tenía tres cabezas distintas, +una de las cuales era de león, la segunda de cabra y la tercera de +serpiente, abominablemente grande. Y ¡qué chorro de fuego salía +flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre, +dudo si tendría alas; pero, tuviéralas o no, el caso es que corría como +una cabra y un león, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una +cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos. + +¡Oh! ¡Cuánto, cuánto daño hacía esa maligna criatura! Con su aliento de +llamas podía incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un +pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes +extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las +personas y los animales vivos, cociéndolos después en el ardiente horno +de su estómago. ¡Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos +jamás con un monstruo semejante! + +Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamársele) estaba +haciendo todas estas cosas terribles, llegó Belerofonte a aquella parte +del mundo para visitar al rey. Éste se llamaba Iobates, y el país que +regía era Licia. Belerofonte era uno de los jóvenes más valientes del +mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algún hecho valeroso y +benéfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos +tiempos, un joven que deseara distinguirse no tenía más camino que el de +librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con +malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no +podía encontrar cosa más peligrosa con que habérselas. El rey Iobates, +conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear +con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto, +llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no +vaciló un instante, y aseguró al rey que mataría a la temida Quimera o +perecería en la demanda. + +Reflexionó, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente +veloz, no podría nunca vencerle si luchaba con él a pie. Lo prudente +sería, por tanto, adquirir el mejor y más rápido caballo que pudiera +encontrarse. Y ¿qué otro había en el mundo que fuera ni la mitad de +rápido que Pegaso, el caballo maravilloso que tenía alas y piernas y se +movía en el aire con más facilidad aún que sobre la tierra? Cierto que +muchísima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y +decía que sólo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por +maravilloso que pareciese, Belerofonte creía que Pegaso era un caballo +auténtico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez +montado sobre sus lomos, estaría en condiciones de pelear ventajosamente +con la Quimera. + +Y éste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en +la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con +sólo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo +alado se mostraría sumiso, reconocería por amo a Belerofonte, y volaría +hacia donde éste quisiera volver la rienda. + +Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con +la esperanza de que Pegaso iría a beber a la Fuente de Pirene, fatigó +extraordinariamente a Belerofonte y le llenó de ansiedad. Temía que el +rey Iobates se figurase que había huído de la Quimera. Le causaba dolor +también el pensar cuánto daño estaría haciendo el monstruo, mientras que +él, en lugar de combatirle, se veía obligado a sentarse ocioso, mirando +cómo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso había ido por +allí tan de tarde en tarde aquellos años últimos, y apenas si bajaba una +vez durante la vida de un hombre, temía Belerofonte hacerse viejo y +perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazón, antes de que +apareciese el caballo con alas. ¡Oh! ¡Cuán pesadamente pasa el tiempo +cuando un joven arrojado ansía tomar parte en la vida y cortar la +cosecha de su fama! ¡Qué difícil es esperar! Nuestra vida es corta, y +¡qué parte más grande de ella se pierde en aprender esta verdad! + +Suerte fué para Belerofonte que el niño le hubiese tomado tanto cariño y +no se cansase de su compañía. Todas las mañanas le infundía una nueva +esperanza, en sustitución de la perdida el día antes. + +--Querido Belerofonte--exclamaba mirándole animosamente--, creo que hoy +vamos a ver a Pegaso. + +Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte +habría acabado por perder toda esperanza, y habría vuelto a Licia e +intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal +caso, el pobre Belerofonte habría sido, cuando menos, terriblemente +chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y +devorado. Nadie podía ni intentar combatir con una Quimera terrestre, +sin ir montado sobre algún animal aéreo. + +Una mañana habló el niño a Belerofonte con más fe todavía que de +costumbre. + +--Mi queridísimo Belerofonte--exclamó--, no sé por qué, pero siento como +si hoy, seguramente, fuéramos a ver a Pegaso. + +En todo aquel día no quiso apartarse ni un momento del lado de +Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la +fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el niño colocó +una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. Éste se hallaba +abismado en sus pensamientos, y miraba distraído los troncos de los +árboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus +ramas. Mas el niño no dejaba de observar en el agua; por su cariño a +Belerofonte, le afligía pensar que la esperanza de aquel día saliera +fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas +lágrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, según +decían, había vertido Pirene por su hijo muerto. + +Cuando menos lo pensaba, sintió Belerofonte la presión de la manecita +del niño, y oyó un susurro casi imperceptible: + +--¡Mira ahí, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua. + +El joven miró en el movedizo espejo de la fuente, y vió algo como la +imagen de un pájaro que parecía estar volando a grandísima altura, +reflejándose el sol en sus níveas o argentadas alas. + +--¡Qué pájaro más espléndido debe ser--dijo--, y qué grande parece, a +pesar de estar volando más alto que las nubes! + +--Me hace temblar--murmuró el niño--. Me da miedo mirar hacia arriba, en +el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo más que a mirar su imagen +en el agua. Querido Belerofonte, ¿no ves que no es un pájaro? Es el +caballo con alas, es Pegaso. + +El corazón empezó a saltar en su pecho. Miró fijamente hacia arriba; +pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pájaro o caballo, porque +entonces precisamente se había hundido en un nubarrón; sin embargo, un +momento después reapareció, atravesando la nube por la parte inferior, +aunque todavía a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogió al niño +en brazos y se apartó con él, hasta que ambos quedaron ocultos entre el +espeso bosquecillo de arbustos que crecía alrededor de la fuente. No +porque tuviese miedo de ningún daño, pero sí por temor a que si llegaba +a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna +inaccesible montaña. Porque era, realmente, el caballo alado. Después de +esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de +Pirene. + +Cada vez se acercaba más y más la aérea maravilla, describiendo grandes +círculos, como habréis visto hacer a las palomas cuando van a bajar a +tierra. Hacia abajo iba también Pegaso, y los amplios, majestuosos +círculos, se iban haciendo más y más estrechos a medida que se +aproximaba a tierra. Cuanto más cerca se le veía, parecía más hermoso, y +más maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por último, con tan +ligera presión que apenas aplastó la hierba que crecía alrededor de la +fuente, ni dejó la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se +posó en tierra, y bajando la indómita cabeza, comenzó a beber. Absorbía +el agua con grandes suspiros de satisfacción y tranquilas pausas de +contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la +tierra ni en las nubes había agua que agradara a Pegaso tanto como +aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronchó con los dientes +unos cuantos de los dulces capullos del trébol, y los saboreó +delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque las hierbas +nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicón, +convenían a su paladar mejor que aquel pasto ordinario. + +Después de haber bebido así hasta satisfacerse, y de haberse dignado +comer un poquito por coquetería, el caballo alado comenzó a brincar de +un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la +holganza y al juego. Nunca hubo criatura más juguetona que aquel Pegaso. +Sacudía sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por +la tierra, medio por el aire, que no sé si llamar vuelos o galopes. +Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas +veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le +costaba algo más mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte +entretanto, y sin soltar de la mano al niño, se asomó fuera del boscaje, +y pensó que no había visto cosa más hermosa que aquélla, ni ojos de +caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Parecía un pecado +pensar en ponerle una brida y montarlo. + +Una o dos veces se paró Pegaso, aspirando fuertemente el aire, +levantando las orejas, estirando el cuello y volviéndose a todos lados, +como si recelase algún mal. Sin embargo, como ni vió ni oyó nada, pronto +volvió a sus juegos. + +Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y +desocupado, plegó Pegaso las alas y se tumbó sobre la verde pradera; +pero como estaba demasiado lleno de vida aérea para permanecer quieto +mucho tiempo, comenzó pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire +sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, única y +solitaria, cuyo compañero no había sido creado, que no lo necesitaba +tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos. +Cuantas más cosas hacía de las que los caballos mortales acostumbran a +hacer, menos terreno y más maravilloso parecía. Belerofonte y el niño +casi no respiraban, en parte por su emoción deliciosa, pero +principalmente porque temían que el más ligero ruido o murmullo le +hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al más lejano azul del cielo. + +Por último, cuando ya se había revolcado bastante, Pegaso dió vuelta, e +indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirmó los cascos +delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivinó que iba a +hacerlo así, y saliendo súbitamente del boscaje, se montó de un salto +sobre sus lomos. + +Sí. ¡Se montó sobre los lomos del caballo con alas! + +Pero, ¡qué salto dió Pegaso cuando, por primera vez en su vida, sintió +sobre sí el peso de un mortal! ¡Aquéllo era un salto! Antes de que +tuviera tiempo de respirar, se encontró Belerofonte levantado a una +altura de doscientos metros, siguiendo aún hacia arriba, mientras que el +caballo con alas resoplaba y se estremecía de terror y de cólera. Hacia +arriba fué, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el húmedo seno de +una hube, a la cual había mirado Belerofonte un poquito antes, +imaginándosela como un lugar muy agradable. Después, fuera ya de la +nube, se dejó caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera +estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las +más salvajes cabriolas que jamás hayan podido hacer pájaro ni caballo +alguno. + +No sabré deciros ni la mitad de lo que hizo. Se deslizó, rápido, hacia +adelante, y a los lados y hacia atrás. Se paró con las patas delanteras +en un jirón de neblina, y las de atrás en nada absolutamente. Coceó +furiosamente y bajó la cabeza, metiéndola entre las manos, con las alas +apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilómetros de altura sobre +la tierra, dió un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte +estuvieron donde debía estar la cabeza, y parecía que miraba al cielo +hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvió la cabeza +violentamente, y mirando a Belerofonte a la cara, como si echara fuego +por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudió las alas +con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendió y cayó a +tierra, siendo recogida por el niño, quien la guardó toda su vida como +recuerdo de Pegaso y Belerofonte. + +Mas este último (que según podéis apreciar, era tan buen jinete como el +mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al +fin encajó el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del +caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvió tan +manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de +Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan +súbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena debía sentir Pegaso +también. Miró a Belerofonte con lágrimas en los hermosos ojos, en vez +del fuego que poco antes despedían; pero cuando Belerofonte le acarició +la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero +con cariño, vió en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si +le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y +compañero. + +Así ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indómitas +y solitarias como ellos. Si podéis atraparlas y dominarlas, es el mejor +camino para lograr su cariño. + +Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima +a Belerofonte, recorrió una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle +el bocado estaban llegando a la vista de una montaña altísima. +Belerofonte ya había visto antes esa montaña, y conoció que era Helicón, +en cuya cima vivía el caballo alado. Allá voló Pegaso (después de mirar +dócilmente a su jinete, como preguntándole si lo permitía), y posándose, +esperó pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven saltó de +los lomos de su caballo, manteniéndolo sujeto por la brida; pero al +mirar sus ojos le conmovió tanto la docilidad de su aspecto y su +hermosura, y la idea de la vida libérrima que había llevado Pegaso hasta +entonces, que no se sintió capaz de tenerlo prisionero, si él realmente +deseaba su libertad. + +Dejándose llevar de tan generoso impulso, dejó caer la brida encantada +de la cabeza de Pegaso y le sacó el bocado. + +--¡Déjame, Pegaso!--le dijo--. ¡Déjame o quiéreme! + +En un instante, el caballo alado salió disparado hasta perderse casi de +vista, remontándose a plomo sobre la cima del Monte Helicón. El sol se +había puesto hacía ya tiempo, lo alto de la montaña estaba aún en el +crepúsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero Pegaso +voló tan alto, que alcanzó al día que se iba y se bañó en la luz que +irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez más alto, parecía +una mancha brillante, y al fin se perdió en la inmensidad del cielo. +Temió Belerofonte no volverle a ver más; pero cuando estaba deplorando +su locura, reapareció la mancha brillante y se fué acercando más cada +vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y ¡allí estaba Pegaso +de vuelta! Después de prueba tal, ya no había cuidado de que el caballo +con alas se escapase. Él y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron +fielmente el uno al otro. + +Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte +sobre el cuello de Pegaso, no por precaución, sino por cariño. Ambos se +despertaron al despuntar la mañana, y se dieron los buenos días, cada +cual en su lengua. + +De este modo pasaron varios días Belerofonte y el maravilloso caballo, +conociéndose cada vez más y aficionándose más el uno al otro. Hacían +largos viajes aéreos, y alguna vez subían tan altos, que la Tierra +apenas parecía mayor que... la Luna. Visitaron países remotos y +asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven, +montado en un caballo con alas, tenía que haber bajado del cielo. +Recorrer mil kilómetros por día era cosa muy fácil para el veloz +Pegaso. Aquel género de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto +habría vivido siempre así, en la clara atmósfera de las alturas, en +donde hacía siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo +fuera abajo; pero no podía olvidar a la horrible Quimera y la promesa +hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien +la equitación aérea y sabía manejar a Pegaso con un ligero movimiento de +la mano, y le enseñó a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la +peligrosa aventura. + +En consecuencia, al romper el día y tan pronto como abrió los ojos, dió +un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente +se alzó Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y dió, +velocísimo, una gran vuelta a la cima de la montaña, como para mostrar +que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursión. Mientras +duró ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y +finalmente descendió junto a Belerofonte tan levemente como habréis +visto que se posan los pájaros sobre los arbustos. + +--¡Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!--exclamó +Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo--. Y ahora, +mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con +la terrible Quimera. + +En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente +llamada de Hipocrene, ofreció Pegaso la cabeza, espontáneamente, para +que su amo pudiera poner la brida. Luego dió muchos brincos y cabriolas +aéreas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras +Belerofonte se ceñía la espada, disponía el escudo y se preparaba para +la batalla. Cuando estuvo todo listo, montó el jinete y (según solía +hacer cuando iba lejos) subió cuatro kilómetros verticalmente, para +orientarse mejor. Después volvió la cabeza de Pegaso hacia el Este, +dirigiéndose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un águila, pasando tan +cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habría +sido fácil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso, +antes del mediodía divisaron las altas montañas de Licia, con sus +profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte habían +dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tenía su guarida la +espantosa Quimera. + +Estando ya tan cerca del término de su viaje, descendieron poco a poco, +aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas +ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y +asomándose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montañosa +de Licia, y mirar a la vez todos sus umbríos valles. Nada de +extraordinario encontró a primera vista. Era aquélla una zona desierta, +pedregosa, con altas y escarpadas montañas; en la parte baja y más llana +del país había ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales, +desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento. + +--Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto--pensó Belerofonte--; +pero, ¿dónde está el monstruo? + +Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera +vista, en ninguno de los valles y barrancos que había entre las +imponentes montañas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de +humo negro salían de algo como la boca de una caverna y subían +pesadamente por la atmósfera, confundiéndose en una sola columna antes +de llegar a la cumbre de la montaña. La caverna estaba casi a plomo, +bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El +humo tenía un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar +a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso +caballo (acostumbrado a respirar únicamente el aire más puro), que agitó +las alas y se lanzó como un kilómetro fuera del alcance de aquellos +molestos vapores. + +Pero, al mirar hacia atrás, vió Belerofonte algo que le indujo a tirar +de las riendas primero, y a dar vuelta después. Hizo una seña, que el +caballo alado entendió, y éste bajó por el aire lentamente hasta que sus +cascos estuvieron a poco más de la altura de un hombre sobre el suelo +roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la +caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban. + +Dentro de la dicha caverna parecía haber un montón de extrañas y +terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan +juntos, que Belerofonte no acertó a distinguirlos; pero, a juzgar por +sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo +un fiero león y el tercero una cabra horrible. El león y la cabra +estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba +fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo más asombroso del +caso era que las tres columnas de humo salían evidentemente de las +narices de aquellas tres cabezas. Tan extraño era el espectáculo, que +aun cuando tanta tiempo había estado esperando verlo, la verdad, no se +le ocurrió al pronto que aquélla era la terrible Quimera de tres +cabezas. Había dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el león +y la cabra no eran tres criaturas distintas, como había supuesto, sino +un monstruo solo. + +¡Qué cosa más horrible y más odiosa! Aun dormitando, como dormitaban, +sus dos terceras partes, tenía entre sus abominables mandíbulas los +restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el +pensarlo) fuera de algún pobre niño que las tres bocazas habían estado +mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas. + +De pronto, como si saliese de un sueño, cayó Belerofonte en la cuenta de +que era aquélla la Quimera. Pegaso pareció también comprenderlo, y dió +un relincho, que sonó como un clarín de guerra. Al oirlo se alzaron +erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que +Belerofonte pudiera pensar lo que debía hacer, se lanzó el monstruo +fuera de la caverna y se fué derecho a él, con las inmensas fauces +abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si +Pegaso no hubiera sido tan ágil como un pájaro, tanto él como su jinete +se habrían visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habría +acabado así el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo +alado no se dejaba atrapar tan fácilmente. En un abrir y cerrar de ojos +se elevó casi hasta las nubes, resoplando con furia. También temblaba, +pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y +ponzoñoso con sus tres cabezas. + +La Quimera, por su parte, se irguió hasta sostenerse únicamente sobre el +extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo +fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. ¡Cómo rugía, silbaba y +bramaba, hijitos míos! Belerofonte, entretanto, se ponía el escudo al +brazo y sacaba la espada. + +--Ahora, mi querido Pegaso--murmuró al oído del caballo alado--, has de +ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrás de volverte a +tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la +Quimera, o sus tres bocas se comerán esta cabeza mía, que tantas veces +ha dormitado sobre tu cuello. + +Pegaso relinchó, y volviendo la cabeza, frotó cariñosamente el hocico +contra la cara de su jinete. Así decía, a su manera, que aún tenía alas +y era caballo inmortal; mejor perecería, si lo inmortal pudiera perecer, +que dejar tras sí a Belerofonte. + +--Gracias, Pegaso--respondió Belerofonte--. Y ahora, vamos a pelear al +monstruo. + +Diciendo estas palabras, sacudió las riendas, y Pegaso descendió +oblicuamente, rápido como una flecha, hacia la triple cabeza de la +Quimera, que todo aquel tiempo había estado irguiéndose en el aire +cuanto podía. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, dió Belerofonte un +gran tajo al monstruo; pero su caballo siguió adelante sin dejarle ver +si había aprovechado el golpe. Pegaso continuó su carrera; pero pronto +viró en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que +antes. Belerofonte vió entonces que había cortado al monstruo, casi del +todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y parecía enteramente +muerta. + +Pero, en compensación, la cabeza de león y de la serpiente habían +adquirido toda la fiereza de la otra, y escupían llamas, y silbaban y +rugían con mucha más furia que antes. + +--No te importe, mi bravo Pegaso--exclamó Belerofonte--; con otro golpe +como ese haremos que cese el rugir y el silbar. + +De nuevo sacudió las riendas. El caballo alado se lanzó oblicuamente y +veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asestó un +golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni él ni +Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el +monstruo al joven un profundo arañazo en un hombro, y con la otra +estropeó un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por +su parte, había herido mortalmente la cabeza de león, de tal modo, que +caía colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo +negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la única que +quedaba ya) era entonces dos veces más fiera y más venenosa que nunca. +Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba +silbidos tan altos, tan ásperos, tan penetrantes, que el rey Iobates los +oyó a cincuenta millas de distancia, y se estremeció hasta hacer temblar +al trono debajo de él. + +--¡Ay de mí!--pensó el pobre rey--. Esto es que la Quimera viene a +devorarme. + +Pegaso, mientras tanto, se había parado otra vez en el aire y relinchaba +colérico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. +¡Qué diferente el fuego cárdeno de la Quimera! Ni el espíritu del +caballo aéreo ni el de Belerofonte decayeron. + +--¿Echas sangre, mi caballo inmortal?--exclamo el joven, cuidándose +menos del mal propio que del de aquella criatura que no debía haber +conocido nunca el dolor--. ¡La execrable Quimera pagará este daño con su +última cabeza! + +Luego sacudió las riendas, dando grandes gritos, y guió a Pegaso, no +oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del +monstruo. Tan rápida fué la embestida, que en la duración de un +relámpago llegó Belerofonte al alcance de su enemigo. + +A esto, con la pérdida de su segunda cabeza, había caído la Quimera en +una pasión ardentísima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad en tierra +y mitad en el aire, siendo imposible decir en qué elemento descansaba. +Abrió su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por +decir que podía haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas +desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanzó un chorro +tremendo de su encendido aliento, y envolvió a Belerofonte y a su +caballo en una atmósfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso, +quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los +dos, de la cabeza a los pies, mucho más de lo cómodo. + +Pero esto no es nada para lo que sucedió después. Cuando el caballo +alado llegó en su acometida a la distancia de unos cien metros, la +Quimera dió un salto y lanzó su enorme, horrible, ponzoñoso y detestable +cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enroscó a su alrededor con gran fuerza +y retorció su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo aéreo +volaba más alto, más alto, más alto, por encima de los picos de las +montañas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la +tierra sólida; pero el monstruo terrestre no soltó presa y fué llevado +hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras +tanto, se volvió y se encontró frente a frente con la horrible fealdad +de la Quimera, y sólo resguardándose bien con el escudo, pudo librarse +de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco. + +Por la orillita del escudo miró fieramente a los salvajes ojos del +monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se +resguardaba, como en otro caso habría hecho. Después de todo, para +luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo +posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios, +el monstruo dejó su pecho enteramente al descubierto. Al verlo, +Belerofonte clavó hasta el puño la espada en su cruel corazón. La cola +de la serpiente desató en seguida su nudo. El monstruo soltó a Pegaso y +cayó desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho +ardió, en vez de extinguirse, más vivo que nunca, y pronto comenzó a +consumir aquel cuerpo muerto. + +Cayó del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de +llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un +cometa; pero al despuntar el día salieron unos labriegos a su labor y +vieron, con gran asombro, que varias hectáreas de terreno estaban +salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo había un montón de +huesos calcinados, mucho más alto que una gran pila de heno. ¡Nada más +volvió a verse de la espantosa Quimera! + +[imagen] + +[imagen] + +Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclinó hacia adelante y +besó a Pegaso con lágrimas en los ojos. + +--¡Vuelve ahora, mi caballo bienamado--le dijo--, vuelve a la Fuente de +Pirene! + +Pegaso hendió el aire más rápido que nunca, y llegó a la fuente en muy +poco tiempo. Allí encontró al viejo apoyado en su báculo, al campesino +dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cántaro. + +--Ahora me acuerdo--advirtió el viejo--. Cuando yo era un chiquillo, vi +una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces más +hermoso. + +--Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que él--dijo el +campesino--. Si este pingo fuera mío, lo primero que hacía era cortarle +las alas. + +La pobre muchachita no dijo nada, porque tenía el sino de asustarse +fuera de tiempo. Echó a correr, dejó caer el cántaro y lo rompió. + +--¿Dónde está--preguntó Belerofonte--el simpático niño que solía +acompañarme, y nunca perdió la fe y nunca se cansaba de mirar en la +fuente? + +--Aquí estoy, querido Belerofonte--dijo el niño tiernamente. + +El muchachito había pasado día tras día a la orilla de Pirene, esperando +que volviera su amigo; pero cuando vió a Belerofonte bajando a través +de las nubes, montado en su caballo alado, se internó en el boscaje. Era +un niño muy delicado, de gran ternura, y temía que el viejo y el +campesino vieran brotar las lágrimas de sus ojos. + +--Has logrado la victoria--dijo gozosamente, abrazándose a una pierna de +Belerofonte, que aún estaba montado sobre Pegaso--. Conozco que la has +ganado. + +--Sí, niño querido--replicó Belerofonte, bajándose del caballo alado--; +pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a +Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jamás a la +terrible Quimera. Todo lo hiciste tú, mi amado amiguito, y ahora +devolvamos a Pegaso su libertad. + +Y diciendo esto, quitó la brida encantada de la cabeza de aquel caballo +maravilloso. + +--¡Sé libre para siempre. Pegaso mío!--exclamó con cierto dejo de +tristeza en la voz--. ¡Sé tan libre como rápido eres! + +Mas Pegaso apoyó la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera +de inducirle a emprender el vuelo. + +--Bien; pues--dijo Belerofonte, acariciando al aéreo caballo--estarás +conmigo mientras quieras. Vámonos sin tardar a decir al rey Iobates que +la Quimera ha sido destruída. + +Belerofonte abrazó a aquel niño tan bueno, y le prometió volver a verle, +y se puso en marcha; pero, años después, aquel niño voló sobre el +caballo aéreo mucho más alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo +cosas mucho más honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera. +Porque, siendo tan tierno y delicado, llegó a ser un poderoso poeta. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +CUMBRE PELADA + + +Eustaquio Bright contó la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y +animación como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con +alas. + +Al terminar se llenó de alegría, al comprender, por el rostro radiante +de sus oyentes, lo mucho que les había interesado. + +Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la +chiquilla positivamente había lágrimas, porque se daba cuenta de que +había algo en la leyenda que los demás aún no tenían edad de comprender. + +Era un cuento de niños; pero el estudiante había conseguido poner en él +el ardor, la generosa esperanza y la imaginación emprendedora de la +juventud. + +--Ahora te perdono, Primavera--dijo--, todo el ridículo que has +intentado echar sobre mis cuentos. Una lágrima paga muchas risas. + +--¡Ay, señor Bright!--respondió Primavera, limpiándose los ojos y +lazándole otra de sus maliciosas sonrisas--: esto de estar encima de las +nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar más +cuentos, si no estás, como ahora, en la cumbre de una montaña. + +--O cabalgando sobre Pegaso--replicó Eustaquio, riendo--. ¿No te parece +que he conseguido a las mil maravillas mi propósito de apresar al corcel +maravilloso? + +--¡Sí, ha sido un bonito salto mortal!--exclamó palmoteando--. Me parece +que le veo a caballo sobre él, a tres millas de alto, por los aires, +cabeza abajo! + +--¡Ojalá tuviese aquí a Pegaso en este instante!--dijo el estudiante--. +Le montaría inmediatamente, y haría una visita por todo el país a cada +uno de mis autores favoritos. + +Charlando de Pegaso y sus hazañas, empezaron a andar colina abajo. A +poco _Bruin_ empezó a ladrar, y le respondió el _gua-gua_ solemne del +respetable _Ben_. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia +cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeños, repuestos por completo +de su fatiga, se habían puesto a buscar fresas, y al divisar a sus +compañeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro. + +Así reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos, +y se encaminaron despacio a Tanglewood. + + +FIN + +[imagen] + +[imagen] + + + + +INDICE + + + Páginas + +LA CABEZA DE LA GORGONA 5 +EL TOQUE DE ORO 55 +EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS 93 +LAS TRES MANZANAS DE ORO 129 +EL CÁNTARO MILAGROSO 175 +LA QUIMERA 211 + +[imagen] + + + + + + +End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era niña, by Nathaniel Hawthorne + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 55215 *** diff --git a/55215-h/55215-h.htm b/55215-h/55215-h.htm index 82400bd..b252a4a 100644 --- a/55215-h/55215-h.htm +++ b/55215-h/55215-h.htm @@ -1,6023 +1,5601 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
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-Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne
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-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Cuando la tierra era nia
-
-Author: Nathaniel Hawthorne
-
-Illustrator: Pablo Mil Fontanals
-
-Translator: Gregorio Martnez Sierra
-
-Release Date: July 28, 2017 [EBook #55215]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***
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-
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/American Libraries.)
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-<h1>CUANDO<br />
-LA TIERRA<br />
-ERA NIA</h1>
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-
-CUANDO
-LA TIERRA
-ERA NIA
-
-TRADUCCIN DE
-G. MARTNEZ SIERRA
-
-ILUSTRACIONES DE
-FONTANALS
-
-MADRID
-MCMXX" /></a>
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-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p>
-
-<p class="cb">
-COPYRIGHT BY<br />
-G. MARTNEZ SIERRA, 1920<br />
-<br />
-<span class="smcap">Tipografa Artstica</span><br />
-<span class="smcap">Cervantes, 28.—Madrid</span><br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p>
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-<tr><td align="left"><a href="#INDICE"><b>AL INDICE</b></a></td></tr>
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-<h2>
-<a name="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA" id="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA"></a>LA CABEZA DE<br />
-LA GORGONA<br />
-</h2>
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-
-<h3><a name="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD" id="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD"></a>EL PRTICO DE TANGLEWOOD</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">B</span><span class="smcap">ajo</span> el prtico de la quinta llamada <i>Tanglewood</i>, una hermosa maana de
-otoo estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos
-estaba en pie un joven alto. Haban proyectado una excursin para ir a
-coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se
-desvaneciesen en las vertientes de la montaa, y el sol derramase el
-calor del veranillo de San Martn sobre los campos y las praderas y en
-los escondrijos de los bosques. El da prometa ser de los ms
-agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la
-niebla de la maana llenaba an todo el valle, sobre el cual, en una
-altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p>
-
-<p>La masa de vapor blanco se extenda hasta unas cien varas de la casa.
-Esconda por completo todo lo que hubiera ms lejos, excepto unas
-cuantas copas de rboles, rojizas o amarillas, que surgan aqu y all,
-y estaban glorificadas por el sol madrugador, que tambin haca brillar
-la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se
-levantaba la cima de una montaa elevadsima. Quince millas ms lejos,
-en la misma direccin, se alzaba otra mucho ms alta, tan azul y etrea,
-que apenas pareca ms slida que el vaporoso mar de niebla que se
-extenda sobre ella. Las colinas ms prximas, que bordeaban el valle,
-estaban medio sumergidas y manchadas con pequeas guirnaldas de nubes,
-hasta en las mismas cimas. En resumen: haba tanta nube y tan poca
-tierra slida, que todo ello haca el efecto de una visin.</p>
-
-<p>Los nios antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo
-del prtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba hmeda
-de la pradera. No puedo decir fijamente cuntos eran: no menos de nueve,
-no ms de una docena, de todas clases, tamaos y edades, muchachos y
-chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos
-amiguitos que haban sido invitados por el seor y la seora Pringle
-para pasar unos cuantos<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> das de la deliciosa estacin, con sus hijitos,
-en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con
-nombre ninguno que algn nio haya llevado antes que ellos, porque s de
-cierto que muchos autores se ponen en grandsimos compromisos por haber
-dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y
-verdaderas. Por esta razn quiero llamarles Primavera, Bellorita,
-Amapola, Romero, Ojos azules, Trbol, Madreselva, Capuchina, Flor de
-Limn, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos
-nombres seran mucho ms propios de un grupo de hadas, que de una
-reunin de nios de este mundo.</p>
-
-<p>No hay que suponer que a estos nios les permitan sus cuidadosos padres
-y madres, tos, tas o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin
-la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. De ningn
-modo! En el primer prrafo de mi libro recordaris que he hablado de un
-joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os dir
-el verdadero, porque considera grandsimo honor haber contado los
-cuentos que van aqu impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era
-estudiante y haba alcanzado en aquella poca la respetable edad de diez
-y ocho aos; de modo que casi se pareca a si mismo abuelo de Bellorita,
-Romero, Madreselva, Flor de Limn, Tomillo<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> y los dems, que eran no ms
-la mitad o la tercera parte de venerables que l. Una molestia en la
-vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy da, para
-demostrar su aplicacin) le haba hecho abandonar las clases dos semanas
-antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un
-par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o ms de lejos que los de
-Eustaquio Bright.</p>
-
-<p>El aplicado estudiante era delgado y un poco plido, como lo son todos
-los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y
-activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear
-arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se haba calzado para la
-expedicin botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una
-gorra de pao y un par de anteojos verdes, que se haba puesto,
-probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad
-que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habrselos dejado en
-casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subi en los hombros de
-Eustaquio cuando estaba l sentado en uno de los escalones del prtico,
-le arranc los lentes de la nariz y los plant en la suya, y como al
-estudiante se le olvid volverlos a coger, cayeron en la hierba, y all
-se quedaron hasta la primavera siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span></p>
-
-<p>Ahora bien: es preciso que sepis que Eustaquio haba alcanzado entre
-los nios gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque
-algunas veces finga que le molestaba el que le pidiesen que les contase
-ms y ms, y siempre ms, yo tengo mis dudas y pienso que no haba cosa
-en el mundo que ms le agradase. Haba que ver cmo le brillaban los
-ojos, cuando aquella maana, Trbol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la
-mayor parte de sus compaeros, le pidieron que les contase uno de sus
-cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por
-completo.</p>
-
-<p>—S, primo Eustaquio—dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de
-doce aos, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona—: la
-maana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo
-pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu
-susceptibilidad, durmindonos en el momento ms interesante... como hizo
-anoche Capuchina.</p>
-
-<p>—Qu mala eres!—exclam Capuchina, nia de seis aos—. No me dorm:
-es que cerr los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba
-contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una
-soar con ellos, dormida; pero tambin son buenos por la maana, porque
-puede una soar con<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> ellos despierta. As es que espero que nos va a
-contar uno ahora mismito.</p>
-
-<p>—Gracias, Capuchina!—dijo Eustaquio—. Tendrs el mejor de los
-cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque slo sea por haberme
-defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, nios, os he
-contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno
-que no me hayis odo por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a
-repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.</p>
-
-<p>—No, no, no!—exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media
-docena—. Los cuentos que ms nos gustan son los que hemos odo dos o
-tres veces.</p>
-
-<p>Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de inters para los nios,
-no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio
-Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeaba el aprovecharse de
-una ventaja que hubiese agradecido un narrador ms viejo.</p>
-
-<p>—Sera lstima—dijo—que un hombre de mis conocimientos (pasando por
-alto mi fantasa original) no pudiese encontrar cada da del ao un
-cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contar uno de los que se
-inventaron para distraccin de nuestra vieja abuela<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> la Tierra, cuando
-era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me
-maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas
-para nias y nios. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas
-grises, se queman las pestaas leyndolos en librotes llenos de polvo,
-escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cundo y
-cmo y para qu se inventaron.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio—exclamaron a una todos
-los chiquillos—: no hables ms de tus cuentos, y empieza a contar.</p>
-
-<p>—Sentaos todos—dijo Eustaquio—, y callad, porque a la primera
-interrupcin, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de
-cualquier otro, dar un mordisco al cuento, y me tragar el pedazo que
-falte por contar. Pero, en primer lugar, alguno de vosotros sabe lo que
-es una Gorgona?</p>
-
-<p>—Yo, s—dijo Primavera.</p>
-
-<p>—Pues, cllatelo!—replic Eustaquio, que hubiese preferido que no
-hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto—. Callad todos, y os
-contar un cuento preciossimo de la cabeza de una Gorgona.</p>
-
-<p>Y as lo hizo, como podis empezar a leer en la pgina siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 133px;">
-<a href="images/illus-014_lg.jpg">
-<img src="images/illus-014_sml.jpg" width="133" height="126" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 278px;">
-<a href="images/illus-015_lg.jpg">
-<img src="images/illus-015_sml.jpg" width="278" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h2>LA CABEZA DE LA GORGONA</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">erseo</span> era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando
-Perseo era muy pequeo, unos malvados le pusieron con su madre en un
-arca y los lanzaron a las ondas. Sopl el viento fuertemente, y alej el
-arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cscara de
-nuez. Danae estrech a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos
-que una ola mayor que las dems les sepultara para siempre en el fondo
-del Ocano. El arca sigui, sin embargo, navegando, y no se hundi ni
-zozobr, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla,
-que se enred entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la
-costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes,
-que era hermano del<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> pescador que haba recogido por casualidad en sus
-redes a los pobres nufragos.</p>
-
-<p>Este pescador era hombre justo y compasivo. Trat con gran bondad a
-Danae y a su hijo, y continu protegindoles hasta que Perseo lleg a
-ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilsimo en el manejo de
-las armas.</p>
-
-<p>Mucho antes haba visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e
-hijo, que en un arca frgil haban llegado a sus playas. No era
-Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo
-malvado, y resolvi enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual
-probablemente perdera la vida, y entonces, quedndose la madre sin
-defensa, podra l causarle algn dao grande. Con este fin, aquel rey
-de mal corazn pas tiempo y tiempo pensando cul sera la hazaa de ms
-peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, di con una
-empresa que prometa tener el fatal resultado que deseaba, mand llamar
-a Perseo.</p>
-
-<p>El muchacho fu a palacio, y encontr al rey sentado en su trono.</p>
-
-<p>—Perseo—dijo el rey Polidectes, sonriendo hipcritamente—, eres todo
-un buen mozo. T y tu excelente madre habis recibido muchsimos
-favores, tanto mos como de mi hermano el pescador, y supongo que
-sentirs no poder pagar algunos de ellos.<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span></p>
-
-<p>—Con permiso de Vuestra Majestad—respondi Perseo—, arriesgara con
-gusto mi vida por lograrlo.</p>
-
-<p>—Muy bien; entonces—continu el rey, siempre con la sonrisa en los
-labios—, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres
-un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrars de
-tener tan buena ocasin de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo,
-que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es
-costumbre, en ocasiones como sta, regalar a la novia algo elegante y
-extrao, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que
-he estado bastante perplejo, sin saber dnde encontrar cosa capaz de
-agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta maana me parece
-que he encontrado precisamente lo que necesitaba.</p>
-
-<p>—Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?—exclam Perseo
-con vehemencia.</p>
-
-<p>—Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro—repuso el rey
-Polidectes con la mayor astucia—. El regalo de boda que quiero ofrecer
-a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus
-cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. As
-es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la
-princesa, cuanto<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> antes vayas en busca de la Gorgona, ms me
-complacers.</p>
-
-<p>—Saldr maana, por la maana—respondi Perseo.</p>
-
-<p>—Te ruego que lo hagas as, valiente joven—asegur el rey—. Y al
-cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para
-no estropearla. La traers aqu lo mejor acondicionada que sea posible,
-porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.</p>
-
-<p>Perseo sali del palacio, y apenas haba pasado la puerta, el rey
-Polidectes se ech a reir; le diverta mucho, tan malvado era, que el
-pobre muchacho hubiese cado en la trampa. Pronto corri la noticia de
-que Perseo se haba decidido a cortar la cabeza de Medusa con su
-cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegr al saberlo, porque casi
-todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y
-se hubiesen alegrado muchsimo de que les sucediese algn mal muy grande
-a Danae y a su hijo. Parece que el nico hombre bueno en aquella
-desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la
-calle, las gentes le sealaban con el dedo y le hacan muecas de
-desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevan.</p>
-
-<p>—Ay!, ay!—exclamaban—. Las serpientes de Medusa le van a morder
-lindamente.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p>
-
-<p>Ahora bien; en aquel tiempo vivan tres Gorgonas, y eran los monstruos
-ms extraos y terribles que hubieran existido desde que el mundo es
-mundo, y despus no se ha visto ni se volver a ver cosa ms terrible
-que ellas. La verdad es que no s por qu nombre de monstruo nombrarlas.
-Eran tres hermanas, y parece que tenan cierta remota semejanza con las
-mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y daina especie de
-dragones. De veras es difcil imaginar qu espantosos seres eran las
-tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tena cada una en la cabeza
-cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcan, se enredaban, se
-enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta.
-Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las
-tenan de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de
-hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como l. Tambin
-tenan alas, y hermossimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran
-de oro pursimo, brillante, centelleante, bruido, y figuraos cmo
-resplandecera cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.</p>
-
-<p>Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor,
-pocas veces se detena a mirarlo, sino que corra y se esconda a toda
-prisa. Acaso os figuris que tena miedo<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> de que le mordiesen las
-serpientes que servan de cabello a las Gorgonas, o de que le
-destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos
-peligros, aunque grandsimos, no eran los ms difciles de evitar. Lo
-peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba
-de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante,
-de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y
-fra!</p>
-
-<p>As es que, como comprenderis perfectamente, la aventura que el malvado
-rey Polidectes haba buscado para el pobre muchacho, era peligrossima.
-El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de
-comprender que tena muy pocas probabilidades de salir con bien de ella,
-y que era mucho ms probable convertirse en estatua de piedra que
-conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a
-un lado otras dificultades, haba una que hubiese puesto en apuro a
-cualquier hombre de mucha ms edad que Perseo. No slo tena que luchar
-con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de largusimos
-dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la
-cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra l, no poda mirar a
-su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span>
-convertira en piedra y se quedara con el brazo en el aire siglos y
-siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por
-completo. Y sera bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien
-tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en
-este hermoso mundo.</p>
-
-<p>Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor
-para decir a su madre lo que se haba comprometido a hacer. Por
-consiguiente, cogi su escudo, se ci la espada y atraves la isla,
-yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas poda contener las
-lgrimas.</p>
-
-<p>Pero cuando estaba ms pensativo y triste, oy una voz junto a l.</p>
-
-<p>—Perseo—dijo la voz—, por qu ests triste?</p>
-
-<p>Levant la cabeza de entre las manos, en las cuales la haba escondido,
-y oh, asombro!, aunque crea estar completamente solo, encontr a su
-lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y
-extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en
-la cabeza un gorro muy extrao y en la mano un bastn trenzado, tambin
-de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy
-retorcida. Tena aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como
-hombre acostumbrado<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> a ejercicios gimnsticos, a correr y a saltar. Y,
-sobre todo, tena una expresin tan alegre, tan inteligente y tan
-servicial—aunque, por supuesto, un poco maliciosa—, que Perseo no pudo
-menos de animarse inmediatamente que le mir a la cara. Adems, como en
-realidad era valiente, le di muchsima vergenza que alguien le hubiese
-encontrado con las lgrimas en los ojos, como a un chiquillo de la
-escuela, cuando, despus de todo, puede que no hubiera motivo para
-desesperarse. Enjugse los ojos, y respondi al desconocido prontamente,
-poniendo la cara ms alegre que pudo.</p>
-
-<p>—No estoy triste—dijo—, sino pensando en una aventura que he
-emprendido.</p>
-
-<p>—Oh!—respondi el desconocido—. Cuntame en qu consiste, y puede te
-sirva yo de algo. He ayudado a muchos jvenes en aventuras que al
-principio parecan bastante difciles. Acaso hayas odo hablar de m.
-Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro
-cualquiera. Dime en qu consiste la dificultad, y hablaremos del asunto
-y veremos lo que se puede hacer.</p>
-
-<p>Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvi
-contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podan
-ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algn
-consejo que le<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> sirviese de algo. As es que en pocas palabras le
-explic el caso: cmo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa,
-con la cabellera de serpientes, para drsela como regalo de boda a la
-hermosa princesa Hipodamia, y cmo se haba comprometido a ir a
-buscarla, pero tema verse convertido en piedra.</p>
-
-<p>—Y sera lstima—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—. Es verdad que
-seras una estatua de mrmol de muy buen ver, y que pasaran unos
-cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo;
-pero ms vale ser joven unos pocos aos, que estatua de piedra muchos.</p>
-
-<p>—Oh, mucho ms!—exclam Perseo con los ojos hmedos otra vez—. Y
-adems, qu sera de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en
-piedra?</p>
-
-<p>—Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin—repuso Azogue en tono
-animoso—. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte ms
-eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con
-bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.</p>
-
-<p>—Tu hermana?—repiti Perseo.</p>
-
-<p>—S, mi hermana—respondi el desconocido—. Es muy sabia, te lo
-aseguro; y en cuanto a m, tambin suelo tener todo el talento que<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> me
-hace falta. Si t eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros
-consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de
-piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas
-verte en l como en un espejo.</p>
-
-<p>Esto le pareci a Perseo un principio de aventura ms bien extravagante,
-porque pens que ms importara que el escudo fuera lo bastante fuerte
-para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que
-estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en l. Pero
-pensando que Azogue saba ms que l, inmediatamente puso manos a la
-obra, y frot el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto
-brill como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le mir y sonri,
-aprobando. Entonces, quitndose la espada corta y retorcida, se la colg
-a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.</p>
-
-<p>—No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propsito que
-llevas—observ—. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y
-el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que
-tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos
-dirn dnde podemos encontrar a las Ninfas.</p>
-
-<p>—Las Tres Mujeres Grises!—exclam Perseo,<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> a quien esto pareca
-nicamente una dificultad ms en la aventura—. Quines son esas Tres
-Mujeres Grises? Nunca he odo hablar de ellas.</p>
-
-<p>—Son tres viejecitas muy raras—dijo Azogue, riendo—. No tienen ms
-que un ojo para las tres, y un diente. Tendrs que encontrarlas a la luz
-de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver
-cuando brillan el sol o la luna.</p>
-
-<p>—Pero—dijo Perseo—, a qu gastar el tiempo con esas Tres Mujeres
-Grises? No sera mejor ir desde luego en busca de las terribles
-Gorgonas?</p>
-
-<p>—No, no—respondi su amigo—. Hay bastantes cosas que hacer antes de
-encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay ms
-remedio que ir a caza de esas tres seoras. Y cuando las hayamos
-encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarn muy
-lejos. De modo que vamos ligerito.</p>
-
-<p>Perseo tena ya tanta confianza en la sagacidad de su acompaante, que
-no hizo ms objeciones, y asegur que estaba pronto para emprender
-inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan
-ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A
-decir verdad, se le ocurri la peregrina idea de que Azogue llevaba un
-par de<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil
-maravillas. Y, adems, al mirarle de reojo, porque no se atreva a
-volver del todo la cabeza, le pareci que tambin tena alas a los lados
-de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se vean las alas, sino
-un gorro muy raro. Lo que s era seguro es que el bastn trenzado le
-serva a Azogue de grandsima ayuda para caminar, y le haca andar tan
-de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el
-aliento.</p>
-
-<p>—Vamos!—exclam al fin Azogue, que de sobra saba, vivo como era, el
-trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso—; toma este
-bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante ms que yo. No hay
-en la isla de Serifo mejores andarines que t?</p>
-
-<p>—Mejor podra andar—dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su
-compaero—, si tuviese un par de zapatos con alas.</p>
-
-<p>—Buscaremos un par para ti—respondi Azogue.</p>
-
-<p>Pero el bastn ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvi a sentir el
-menor cansancio. Pareca estar vivo en su mano y comunicar algo de su
-vida a Perseo. l y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor
-facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan
-divertidas sobre sus aventuras<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> anteriores, y lo bien que su ingenio le
-haba servido en muchas ocasiones, que Perseo empez a considerarle como
-persona maravillosa. Evidentemente conoca el mundo, y nada es tan
-encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de
-conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio
-ingenio con todo lo que oa.</p>
-
-<p>Por fin record que Azogue haba hablado de una hermana suya, que haba
-de prestar ayuda en la aventura que tenan emprendida.</p>
-
-<p>—Dnde est?—pregunt—. La encontraremos pronto?</p>
-
-<p>—En cuanto la necesitemos—dijo su compaero—. Pero debo advertirte
-que esta hermana ma tiene un genio completamente distinto del mo. Es
-muy seria y muy prudente; no sonre casi nunca; no se re jams, y tiene
-por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy
-profundo que decir. Ni tampoco escucha conversacin alguna que no sea
-absolutamente razonable.</p>
-
-<p>—Pobre de m!—exclam Perseo—. No me atrever a pronunciar ni una
-slaba delante de ella.</p>
-
-<p>—Es una persona instruidsima, te lo aseguro—continu Azogue—, y
-tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan
-asombrosamente sabia, que muchas gentes<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> la llaman la sabidura
-personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta
-viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para
-compaera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya vers de
-cunto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.</p>
-
-<p>Ya haba anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio
-completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan
-solitario y silencioso, que pareca como si nunca nadie hubiese vivido
-en l ni hubiese pasado por all. Todo estaba vaco y desolado en el
-crepsculo gris, que a cada instante se haca ms obscuro. Perseo mir
-en derredor, ms bien con desconsuelo, y pregunt si tenan que ir mucho
-ms lejos.</p>
-
-<p>—Chiss, chiss...—susurr su compaero—. No hagas ruido. Precisamente
-stos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres
-Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que t las hayas
-visto, porque aunque no tienen ms que un ojo para las tres, es tan
-perspicaz como media docena de ojos vulgares.</p>
-
-<p>—Pero, qu tengo que hacer—pregunt Perseo—cuando las encontremos?</p>
-
-<p>Azogue explic a Perseo cmo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises
-con su nico ojo. Parece que tenan la costumbre de usarle por<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> turno,
-como si hubiese sido un par de lentes o—cosa que les hubiese convenido
-mejor—un monculo. Cuando una de las tres le haba disfrutado durante
-algn tiempo, se le sacaba de la rbita y se le daba a otra de las
-hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un
-ratito de la vista del mundo. Fcil es de comprender por esto que slo
-una de las mujeres vea, mientras las otras dos permanecan en la
-obscuridad, y adems, en el instante en que el ojo estaba pasando de
-mano en mano, ninguna de las pobres seoras vea gota. He odo contar
-muchas cosas extraas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a
-mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises,
-todas mirando con un ojo solo.</p>
-
-<p>Esto mismo pens Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que lleg a
-figurarse que su compaero se estaba burlando de l y que no existan en
-el mundo semejantes mujeres.</p>
-
-<p>—Pronto te convencers de si es verdad o no—observ Azogue—. Chiss,
-chiss, chiss... Ya vienen!</p>
-
-<p>Perseo mir ansiosamente a travs de la obscuridad de la noche, y con
-seguridad, a poca distancia, vi a las Tres Mujeres Grises. Como la luz
-era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qu caras tenan; slo
-descubri<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron,
-vi cmo dos de ellas no tenan sino una rbita vaca en medio de la
-frente. Pero en medio de la frente de su hermana haba un ojo brillante,
-que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante
-pareca ser, que Perseo no pudo menos de pensar que posea el don de ver
-en la media noche ms obscura lo mismo que a medioda. La vista de tres
-pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo nico.</p>
-
-<p>De este modo las tres ancianas se arreglaban, despus de todo, casi tan
-cmodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tena el ojo
-en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en
-derredor suyo; tanto, que Perseo tema que pudiese atravesar con la
-vista la espesa zarza tras de la cual l y Azogue se haban escondido.
-Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan
-penetrante!</p>
-
-<p>Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclam:</p>
-
-<p>—Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el
-ojo! Ahora me toca a m.</p>
-
-<p>—Djamelo un momento ms, hermana Pesadilla—respondi Espanto—. Me
-parece que veo algo detrs de aquella zarza.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p>
-
-<p>—Bueno, y qu?—respondi Pesadilla con malos modos—. No puedo yo
-ver tan bien como t lo que haya detrs de la zarza? El ojo es tan mo
-como tuyo, y me parece que s usarle tan bien como t, por no decir
-mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.</p>
-
-<p>Pero al llegar aqu, la tercera hermana, cuyo nombre era
-Quebrantahuesos, empez a quejarse, y dijo que a ella era a quien le
-tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le queran slo
-para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quit el ojo de la
-frente y le levant en la mano.</p>
-
-<p>—Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera—exclam—, y acabemos
-con esta disputa necia. Por mi parte, me alegrar muchsimo de estar un
-rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la
-frente.</p>
-
-<p>Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando
-ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos
-estaban ciegas, no acertaban a encontrar la mao de su hermana; y como
-en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a
-poner el ojo en sus manos. As, como comprenderis fcilmente, las tres
-viejas estaban en grandsimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y
-centelleaba como una<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba
-una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su
-demasiada impaciencia por ver.</p>
-
-<p>A Azogue le diverta tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos
-esforzndose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas
-poda contener la risa.</p>
-
-<p>—Ha llegado el momento—dijo en voz muy baja a Perseo—. Vivo, vivo,
-antes de que alguna pueda pescar el ojo. Qutaselo de la mano!</p>
-
-<p>Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguan disputando,
-Perseo salt de detrs de la zarza y se hizo dueo de la presa. El ojo
-maravilloso, al pasar a su mano, centelle ms brillante que nunca, y
-pareci mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma
-expresin que si hubiese tenido un par de prpados para hacer un guio.
-Las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que haba sucedido, y
-suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las
-otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las
-pobres viejas se insultasen ms de lo necesario, y crey que haba
-llegado el momento de las explicaciones.</p>
-
-<p>—Seoras mas—dijo—, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas
-con otras. Si<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> hay aqu algn culpable, ese soy yo, porque tengo el
-honor de llevar en la mano vuestro brillantsimo y excelentsimo ojo.</p>
-
-<p>—T, t tienes nuestro ojo! Y quin eres t?—chillaron a un tiempo
-las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchsimo al
-oir una voz extraa y comprender que su vista haba cado en manos no
-saban de quin—. Ay, hermanas, hermanas! Qu vamos a hacer? Todas
-estamos en la obscuridad! Danos nuestro ojo precioso y nico! T
-tienes dos para ti solo!</p>
-
-<p>—Diles—apunt Azogue a Perseo—que se lo entregars en cuanto te hayan
-dicho dnde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que
-vuelan, el saco mgico y el yelmo de la invisibilidad.</p>
-
-<p>—Mis queridas, buenas y admirables seoras—dijo Perseo, dirigindose a
-las Tres Mujeres Grises—: no hay motivo para que se asusten ustedes de
-ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolver a ustedes el
-ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dnde puedo
-encontrar a las Ninfas.</p>
-
-<p>—A las Ninfas? Pobres de nosotras, hermanas! Qu dice este
-hombre?—grit Espanto—. La gente asegura que hay muchsimas Ninfas:
-unas que se pasan la vida cazando en<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> los bosques, otras que viven entre
-los rboles, otras que tienen cmoda habitacin en el agua de las
-fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas
-desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos
-tenido ms que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado.
-Devulvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devulvenosle!</p>
-
-<p>Y las tres mujeres extendan la mano, intentando coger a Perseo. Pero l
-tena buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.</p>
-
-<p>—Respetables seoras mas—dijo, porque su madre le haba enseado a
-emplear siempre la mayor cortesa—: tengo el ojo en la mano, y lo
-conservar con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad
-de decirme dnde estn las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que
-tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... cmo se
-llama?... ah, s!, el yelmo de la invisibilidad.</p>
-
-<p>—Desgraciadas de nosotras, hermanas! De qu habla este
-joven?—exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigindose
-unas a otras con gran apariencia de asombro—. Un par de sandalias que
-vuelan! Pero, no comprende que si tuviera la locura de ponerse
-semejante calzado, los pies le echaran a volar por encima de la cabeza?
-Y un yelmo de invisibilidad!<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> Cmo puede un yelmo hacer invisible a un
-hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? Y, por si era poco, un
-saco encantado! Qu clase de bolso ser ese? No, no, buen amigo; no
-podemos decirte nada de todas esas maravillas. T tienes tus dos ojos, y
-nosotras uno para las tres; mejor podrs t que nosotras, pobres mujeres
-ciegas, encontrar todo lo que necesitas.</p>
-
-<p>Perseo, oyndolas hablar de aquel modo, empez a creer que, en realidad,
-las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que les preguntara, y le
-daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de
-devolverles el ojo, pidindoles perdn por la molestia que les haba
-causado; pero Azogue le sujet la mano.</p>
-
-<p>—No consientas que se burlen de ti—dijo—. Estas Tres Mujeres Grises
-son las nicas en el mundo que pueden decirte dnde encontrars a las
-Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirs cortar la cabeza de
-Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldr
-bien.</p>
-
-<p>Y sucedi como Azogue deca. Hay pocas cosas que la gente quiera ms que
-la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises queran al suyo como si
-hubiese sido media docena. Viendo que no haba otro medio de recobrarlo,
-acabaron<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo
-hubieron dicho, l, con el mayor respeto, puso el ojo en la rbita vaca
-de una de sus frentes, les di las gracias por su amabilidad y se
-despidi de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante
-para dejar de oirlas, ya haban empezado otra disputa, porque di la
-casualidad de que haba entregado el ojo a Espanto, que ya haba
-disfrutado de l antes de que empezase la cuestin con Perseo.</p>
-
-<p>Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre
-de turbar su armona con peleas de esta clase; lo cual era muy de
-sentir, ya que no podan vivir unas sin otras y estaban, evidentemente,
-destinadas a ser compaeras inseparables. Como regla general aconsejo a
-todos, hermanos o hermanas, jvenes o viejos, que no tengan ms que un
-ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se
-empeen en gozarle todos a un mismo tiempo.</p>
-
-<p>Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo ms de prisa que podan en
-busca de las Ninfas. Las viejas les haban dado indicaciones tan
-detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de
-Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran
-jvenes y bonitas; en vez de un ojo<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> para tres, cada Ninfa tena un par
-de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad.
-Parecan ser muy amigas de Azogue, y cuando les cont la aventura que
-Perseo haba emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle
-los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer
-lugar, trajeron lo que pareca ser una bolsa pequea, hecha de piel de
-ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de
-ella, para no perderla. ste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron
-despus un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas
-al taln de cada una.</p>
-
-<p>—Pntelas, Perseo—dijo Azogue—. Con ellas te encontrars tan ligero
-de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.</p>
-
-<p>Perseo empez a ponerse una y dej la otra en el suelo, a su lado. De
-repente la sandalia que haba dejado abri las alas y salt del suelo, y
-probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto
-y la hubiese atrapado al vuelo.</p>
-
-<p>—Ten ms cuidado—dijo a Perseo—. Los pjaros se asustaran si viesen
-una sandalia volando a su lado.</p>
-
-<p>Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sinti
-demasiado ligero para andar por la tierra. Di un paso o dos, y<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>—oh,
-maravilla!—se levant en el aire muy por encima de las cabezas de
-Azogue y de las Ninfas, y le cost mucho trabajo volver a bajar. Las
-sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy
-difciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se ech
-a reir de la involuntaria ligereza de su compaero, y le dijo que era
-menester no apresurarse tanto, porque an tenan que aguardar a que les
-trajesen el yelmo de la invisibilidad.</p>
-
-<p>Las amables Ninfas sostenan el yelmo con su hermoso penacho de
-ondulantes plumas, dispuestas a ponrselo en la cabeza a Perseo. Y
-entonces sucedi el incidente ms maravilloso de todos los que os vengo
-contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, all estaba
-Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas
-sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo
-al brazo: figura que pareca hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero
-en cuanto el yelmo se apoy en su frente blanca, nada se vi ya de
-Perseo! Nada, sino el aire vaco! Hasta el yelmo que le cubra con su
-invisibilidad se haba desvanecido!</p>
-
-<p>—Dnde ests, Perseo?—pregunt Azogue.</p>
-
-<p>—Aqu—respondi Perseo tranquilamente, aunque su voz pareca salir de
-la transparente<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> atmsfera—. Donde estaba ahora mismo. No me ves?</p>
-
-<p>—No te veo, no—respondi su amigo—. Ests oculto por el yelmo. Y si
-yo no te veo, tampoco te vern las Gorgonas. Sgueme, y probaremos qu
-tal maa te das para usar las sandalias con alas.</p>
-
-<p>Con estas palabras, el gorro de Azogue abri las alas, como si la cabeza
-fuese a volar separndose de los hombros; pero todo su cuerpo se levant
-en el aire, y Perseo le sigui. Cuando hubieron subido unos cuantos
-metros, el joven empez a sentir cun delicioso era dejar abajo la
-tierra dura y poder volar como un pjaro.</p>
-
-<p>Era ya completamente de noche. Perseo mir hacia arriba y vi la
-redonda, brillante y plateada luna, y pens que le gustara ms que nada
-levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse all la vida. Entonces volvi
-a mirar hacia abajo y vi la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso
-de plata de sus ros, y los nevados picos de sus montaas, y lo ancho de
-sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mrmol
-blanco.</p>
-
-<p>Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa
-como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre
-todo, vi la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas
-veces, l y Azogue se<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> acercaban a una nube que, de lejos, pareca estar
-hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se
-encontraban mojados y llenos de fro por la niebla gris. Tan rpido era
-su vuelo, sin embargo, que en un instante salan de la nube otra vez a
-la luz de la luna. Una vez pas casi rozando a Perseo un guila que
-volaba muy alto. Lo ms hermoso de todo lo que vieron fueron los
-meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se
-estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacan palidecer la luz de la
-luna muchas millas en derredor.</p>
-
-<p>Mientras los dos compaeros volaban uno junto a otro, Perseo crey oir a
-su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al
-lado opuesto a aquel en que vea a Azogue. Mir con atencin, pero no
-vi nada.</p>
-
-<p>—De quin es este vestido—pregunt—que parece moverse a mi lado con
-la brisa?</p>
-
-<p>—Oh! Es el de mi hermana!...—respondi Azogue—. Viene con nosotros,
-como ya te lo haba anunciado. Nada podramos hacer si mi hermana no nos
-ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. Y tiene unos ojos...! En
-este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa
-a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.</p>
-
-<p>En su rpido viaje por los aires, haban ya</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 331px;">
-<a href="images/illus-040b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-040b_sml.jpg" width="331" height="509" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter">
-<a href="images/illus-040c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-040c_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> </p>
-
-<p class="nind">llegado a la vista del gran Ocano, y pronto volaron sobre l. A lo
-lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se
-rompan formando una ancha franja de espuma sobre los peascos de la
-orilla, con un ruido que en el bajo mundo pareca el del trueno, pero
-que en lo alto llegaba a los odos de Perseo como un suave murmullo,
-como la voz de un nio medio dormido. Precisamente en aquel momento una
-voz habl a su lado. Pareca ser de mujer, y era melodiosa, aunque no
-precisamente dulce, sino grave y serena.</p>
-
-<p>—Perseo—dijo la voz—, ah estn las Gorgonas.</p>
-
-<p>—Dnde?—exclam Perseo—. No las veo!</p>
-
-<p>—En la costa de esa isla, debajo de ti—replic la voz—. Si dejases
-caer una piedra, caera entre ellas.</p>
-
-<p>—Ya te dije yo que ella era la primera que haba de verlas—dijo Azogue
-a Perseo—. Y ah estn.</p>
-
-<p>Abajo, en lnea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanz a
-ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa,
-excepto por un lado, donde haba una playa de arena blanca como nieve.
-Descendi hacia ella, y mirando con atencin hacia algo que brillaba, a
-los pies de un precipicio de roca negra vi a las terribles Gorgonas.
-Estaban<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el
-atronador ruido del mar; porque haca falta un estruendo que hubiese
-dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas
-criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de
-acero y sobre sus alas de oro, que caan perezosamente sobre la arena.</p>
-
-<p>Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la
-roca, mientras las dormidas Gorgonas soaban que estaban despedazando a
-algn pobre mortal. Las serpientes que les servan de cabellos, tambin
-parecan estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorca o
-alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un
-adormilado silbido, y dejndose luego caer entre sus hermanas
-serpientes.</p>
-
-<p>Las Gorgonas se parecan ms a alguna tremenda gigantesca especie de
-insecto—inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por
-este estilo—, que a ningn otro ser vivo; slo que eran como un milln
-de veces ms grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, haba en
-ellas algo humano tambin. Afortunadamente para Perseo, tenan la cara
-escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese
-mirado un solo instante, hubiera cado pesadamente<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> del aire, convertido
-en imagen de piedra.</p>
-
-<p>—Ahora—susurr Azogue, que segua al lado de Perseo—, ahora es el
-tiempo que has de aprovechar para tu hazaa. Apresrate, porque si una
-de las Gorgonas despierta, ser demasiado tarde!</p>
-
-<p>—A cul es a la que debo herir?—pregunt Perseo sacando la espada y
-bajando un poco ms—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen
-cabellera de serpientes. Cul de las tres es Medusa?</p>
-
-<p>Hay que saber que Medusa era la nica de aquellos tres monstruos a quien
-Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible
-hacerles el menor dao, aunque hubiese tenido la espada mejor templada
-del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.</p>
-
-<p>—S prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le haba
-hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueo, y
-precisamente se va a volver. Esa es Medusa! No la mires! Su vista te
-convertira en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el
-brillante espejo de tu escudo.</p>
-
-<p>Perseo comprendi entonces por qu motivo le haba aconsejado Azogue que
-puliese su escudo con tanto afn. En aquella superficie poda<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> mirar con
-tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y all estaba aquel
-rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la
-luna cayendo de plano sobre l y descubriendo todo su horror. Las
-serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permita dormir por
-completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro ms fiero y
-ms horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, haba
-en l una extraa, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban
-cerrados, porque la Gorgona dorma an profundamente; pero sus facciones
-estaban conturbadas por una expresin inquieta, como si el monstruo
-sufriese algn mal sueo. Rechinaba los dientes y araaba la arena con
-sus garras de bronce.</p>
-
-<p>Las serpientes tambin parecan sentir el sueo de Medusa e inquietarse
-con l cada vez ms. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos,
-se retorcan furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir
-los ojos.</p>
-
-<p>—Ahora, ahora!—murmur Azogue, que se iba impacientando—. Hiere al
-monstruo!</p>
-
-<p>—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—.
-Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no
-errar el primer golpe.</p>
-
-<p>Perseo baj, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el
-rostro de Medusa,<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> reflejado en su escudo. Cuanto ms se acercaba, ms
-terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo
-metlico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en
-que poda alcanzarla con el brazo, Perseo levant la espada. En el mismo
-instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se
-alzaron amenazadoras, y Medusa abri los ojos. Pero despert demasiado
-tarde. La espada era cortante. El golpe cay como un rayo, y la cabeza
-de la horrible Medusa rod separada del cuerpo.</p>
-
-<p>—Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresrate y mete la cabeza en
-el saco mgico.</p>
-
-<p>Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se haba colgado al
-cuello aument de tamao lo bastante para contener la cabeza de Medusa.
-Pronto, como el pensamiento, la levant, cuando an las serpientes se
-retorcan en torno de ella, y la meti en el saco.</p>
-
-<p>—Tu misin est cumplida—dijo la voz serena—. Ahora vuela, porque las
-otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de
-Medusa.</p>
-
-<p>Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no haba
-realizado su hazaa tan silenciosamente que el ruido de la espada, el
-silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> de Medusa, al caer
-sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros
-monstruos. Se incorporaron un instante, frotndose los ojos adormilados
-con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus
-cabezas se revolvan con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra
-quin. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin
-cabeza, con las alas de oro erizadas y cadas y sobre la arena, fu
-realmente terrible oir sus alaridos. Y las serpientes! Lanzaron mil
-silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron
-desde el saco mgico.</p>
-
-<p>Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron
-en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes
-horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las
-plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que an estn
-all desparramadas. Levantronse, como digo, las Gorgonas, mirando
-horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a
-alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese cado en sus
-garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen
-cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la
-invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qu direccin<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> seguirle, ni
-tampoco dej l de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas,
-subiendo en lnea perpendicular un kilmetro prximamente. A aquella
-altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta
-l muy dbiles, se dirigi en lnea recta hacia la isla de Serifo, para
-entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.</p>
-
-<p>No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a
-Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo
-marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cmo
-convirti a un enorme gigante en montaa de piedra con slo ensearle la
-cabeza de la Gorgona. Si dudis de esta ltima historia, podis hacer un
-viaje a frica, cualquier da de stos, y veris la montaa, que todava
-lleva el antiguo nombre del gigante.</p>
-
-<p>Por ltimo, nuestro valiente Perseo lleg a la isla, donde esperaba ver
-a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey haba
-tratado tan mal a Danae, que se haba visto obligada a huir y a
-refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos
-la haban recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador
-de buen corazn, que fu el primero en dar hospitalidad a Danae y a
-Perseo, nio, cuando los encontr<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> flotando en el arca, parecen haber
-sido las nicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien.
-Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran
-notablemente malos y no merecan mejor destino que el que vais a saber
-que cay sobre ellos.</p>
-
-<p>No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fu derecho a
-palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no
-se alegr gran cosa de volver a verle, porque casi tena por cierto, con
-regocijo de su mal corazn, que las Gorgonas habran hecho pedazos al
-pobre muchacho y se lo habran comido inmediatamente. Pero al verle
-volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le pregunt qu haba
-hecho.</p>
-
-<p>—Has cumplido tu promesa?—pregunt—. Me traes la cabeza de Medusa
-con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mo, te va a costar caro,
-porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y s que
-no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.</p>
-
-<p>—S, Majestad—respondi Perseo tranquilamente y como si no hubiera por
-qu asombrarse de que un joven como l hubiese llevado a cabo tal
-hazaa—. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de
-serpientes.</p>
-
-<p>—De veras! Pues haz el favor de ensermela—dijo el rey Polidectes—.
-Debe de ser</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 332px;">
-<a href="images/illus-048a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-048a_sml.jpg" width="332" height="513" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> </p>
-
-<p class="nind">espectculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella
-han dicho la verdad.</p>
-
-<p>—Vuestra Majestad est en lo cierto—repuso Perseo—. Realmente es un
-objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra
-Majestad quiere, me permitir aconsejar que se declare el da de hoy
-fiesta nacional y que se llame a todos los sbditos de Vuestra Majestad
-para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. Me parece que
-pocos sern los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca
-puedan volver a verla!</p>
-
-<p>Bien saba el rey que todos sus sbditos eran haraganes rematados,
-aficionadsimos a espectculos como suelen serlo todas las gentes
-perezosas; as es que sigui el consejo del joven y envi en todas
-direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas
-las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen
-dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran
-multitud de gentes intiles y vagabundas, que todas, por puro amor al
-mal, se hubiesen alegrado muchsimo de que a Perseo le hubiese sucedido
-algn dao en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas haba
-en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice
-nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo
-a<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea
-comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se
-empujaron, y se dieron codazos por afn de estar cerca de un balcn
-donde se veia a Perseo con el saco mgico y bordado en la mano.</p>
-
-<p>En una tribuna colocada enfrente del balcn estaba sentado el rey
-Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores,
-formando semicrculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y
-pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.</p>
-
-<p>—Ensea la cabeza de la Gorgona!... Ensala!—gritaba el pueblo. Y
-haba en sus gritos tal fiereza, que parecan querer hacer pedazos a
-Perseo, si lo que haba de ensearles no les satisfaca—. Ensanos la
-cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!</p>
-
-<p>Un sentimiento de pena y de lstima sobrecogi a Perseo.</p>
-
-<p>—Oh, rey Polidectes—exclam—, y vosotros pueblo: no quisiera
-mostraros la cabeza de la Gorgona!</p>
-
-<p>—Ah, canalla, cobarde!—grit el pueblo, ms furioso que nunca—. Se
-est burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona.
-Ensanosla, si la has trado, y si no te cortaremos la tuya para hacer
-con ella una pelota de <i>foot-ball</i>.<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p>
-
-<p>Los malos consejeros hablaron al rey al odo; los cortesanos murmuraron,
-todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y seor, y
-el gran rey Polidectes levant la mano y le orden, con la voz austera y
-grave de la autoridad, que ensease la cabeza al pueblo, si no quera
-perder la suya.</p>
-
-<p>—Mustranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.</p>
-
-<p>Perseo suspir.</p>
-
-<p>—Ahora mismo!—repiti Polidectes—, o mueres.</p>
-
-<p>—Miradla entonces!—exclam Perseo con voz que reson como un clarn.</p>
-
-<p>Y alz de repente la terrible cabeza. Ni un solo prpado tuvo tiempo de
-entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces
-sbditos quedaron al punto convertidos en imgenes de un monarca y su
-pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel
-instante. La vista de la cabeza de Medusa les haba transformado en
-blanco mrmol! Y Perseo volvi a meter la cabeza en el saco, y fu a
-decir a su madre querida que ya no haba por qu tener miedo al malvado
-rey Polidectes.</p>
-
-<p>—Qu, no ha sido un cuento bonito?—pregunt Eustaquio.</p>
-
-<p>—Ay, s, s!—exclam Capuchina, palmoteando—. Y esas viejas tan
-raras, que no tenan<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> ms que un ojo para las tres! Nunca he odo cosa
-ms extraa!</p>
-
-<p>—En lo del diente—observ Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo
-que sera un diente postizo. Pero, qu es eso de haber convertido a
-Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? Es una ridiculez!</p>
-
-<p>—Ah!, no era hermana suya?—pregunt Eustaquio—. Si se me hubiese
-ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tena un buho
-favorito.</p>
-
-<p>—Bueno—dijo Primavera—; despus de todo, con el cuento se ha
-desvanecido la niebla.</p>
-
-<p>Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores haban
-desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubra un
-panorama, que los espectadores casi podan figurarse que haba sido
-creado desde la ltima vez que haban levantado los ojos en la direccin
-donde ahora se extenda. A una media milla de distancia, en el regazo
-del valle, apareca ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta
-imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de
-las colinas ms lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de
-la ms ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su
-ms lejana orilla estaba el alto monte, que pareca estar tumbado en el
-valle. Eustaquio le compar a<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta
-en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el
-follaje otoal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo
-alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el
-terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de rboles y
-los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castao
-obscuras, porque haban sufrido ms con las heladas que el follaje de
-las vertientes de las colinas.</p>
-
-<p>Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligersima
-neblina, que haca la luz imponderablemente suave y tierna. Oh, qu da
-de veranillo de San Martn tan hermoso! Los nios cogieron
-apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando,
-corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo
-muy digno que era de presidir la reunin, corriendo mucho mejor que
-ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos poda
-ni imitarlos. Acompabales tambin un perro, cuyo nombre era <i>Ben</i>. Era
-uno de los cuadrpedos ms respetables y de mejor corazn del mundo, y
-probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar
-alejarse a los nios sin mejor guardin que aquel cabeza loca de
-Eustaquio Bright.<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 152px;">
-<a href="images/illus-054_lg.jpg">
-<img src="images/illus-054_sml.jpg" width="152" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p>
-
-<h2><a name="EL_TOQUE_DE_ORO" id="EL_TOQUE_DE_ORO"></a>EL TOQUE DE ORO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 280px;">
-<a href="images/illus-057_lg.jpg">
-<img src="images/illus-057_sml.jpg" width="280" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3><a name="ARROYO_UMBRIO" id="ARROYO_UMBRIO"></a>ARROYO UMBRO</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span> medioda, nuestra partida juvenil se reuni en una caada, a travs de
-cuya profundidad corra un arroyuelo. La caada era angosta, y sus
-vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban
-cubiertas con espesura de rboles, principalmente nogales y castaos,
-entre los cuales crecan tambin unas cuantas encinas y unos cuantos
-arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se
-encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un
-crepsculo en pleno medioda. De ah vena el nombre de <i>Arroyo Umbro</i>.
-Pero ahora, desde que el otoo haba llegado a aquel lugar oculto, todo
-el obscuro verdor se haba cambiado en oro; as es que el ramaje
-incendiaba la caada, en vez de darle<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> sombra. Las brillantes hojas
-amarillas, aunque el da hubiese estado nublado, hubieran parecido
-conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se haban cado, que todo
-el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol tambin.
-As el rincn umbro, donde el verano se haba refrescado, ahora era el
-sitio ms lleno de sol que pudiera encontrarse.</p>
-
-<p>El arroyuelo corra, siguiendo su camino de oro, detenindose aqu para
-formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos,
-nadando de un lado a otro; apresurndose luego cuesta abajo, como si
-tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidndose de mirar por donde
-iba, tropezaba con la raz de un rbol, que se le atravesaba en la
-corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra
-el inesperado obstculo. Y aun despus de haberle salvado, segua el
-agua hablndose a s misma, como si estuviera perpleja. Supongo que
-estaba maravilladsima al ver su caada umbra tan iluminada, y al oir
-la charla y la alegra de tantos chiquillos. As es que corra lo ms
-aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.</p>
-
-<p>En la caada de Arroyo Umbro, Eustaquio Bright y sus amiguitos se
-haban detenido para comer. Haban trado muchas cosas ricas de
-Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las haban<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> servido sobre troncos
-cados, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegra haban
-hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando termin, ninguno quera
-moverse.</p>
-
-<p>—Aqu descansaremos—dijeron algunos de los nios—, mientras el primo
-Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.</p>
-
-<p>El primo Eustaquio tena tanto derecho a estar cansado como cualquiera
-de los chiquillos, porque haba llevado a cabo grandes hazaas en
-aquella maana memorable. Trbol, Romero, Capuchina y Girasol estaban
-casi convencidos de que tena zapatillas con alas, como las que las
-Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le haban visto en lo alto de la
-copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en
-pie en el suelo. Y entonces, qu chaparrones de nueces haba hecho
-llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las
-recogiesen en los cestitos! En una palabra: se haba mostrado tan ligero
-como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas,
-pareca dispuesto a descansar un poco.</p>
-
-<p>Pero los nios no tienen piedad ni consideracin para el cansancio
-ajeno, y si no os quedase ms que un solo aliento, os pediran que le
-gastaseis en contarles un cuento.</p>
-
-<p>—Primo Eustaquio—dijo Capuchina—, qu cuento tan bonito el de la
-cabeza de la Gorgona!<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> Crees que seras capaz de contarnos otro tan
-bonito como ese?</p>
-
-<p>—S, hija ma—dijo Eustaquio, tapndose los ojos con la visera de la
-gorra, como si se preparase a echar una siesta—. Podra contaros una
-docena, tan bonitos o ms, si me diese la gana.</p>
-
-<p>—Oh, Primavera y Margarita!, os lo que dice?—exclam Capuchina,
-bailando de contenta—. El primo Eustaquio nos va a contar una docena
-de cuentos, ms bonitos que la cabeza de la Gorgona!</p>
-
-<p>—No he prometido contar ni uno. Capuchina loca—dijo Eustaquio, casi
-con malhumor—. Y sin embargo, temo que no haya ms remedio. sta es la
-consecuencia de haber logrado una reputacin! Por qu no ser un poco
-ms tonto de lo que soy, o por qu habr demostrado nunca las brillantes
-cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? As hubiera podido dormir
-la siesta en paz y en gracia de Dios.</p>
-
-<p>Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan
-aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su
-entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y
-apenas requera impulso exterior para ponerse en movimiento.</p>
-
-<p>Cun diferente este espontneo juego de la<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> inteligencia, de la educada
-diligencia de los aos maduros, cuando la tarea se ha hecho fcil a
-fuerza de costumbre, y el trabajo del da es indispensable para la
-felicidad del da, aunque todo lo dems se haya desvanecido como burbuja
-de jabn! Pero esta observacin no hace falta que la oigan los nios.</p>
-
-<p>Sin hacerse rogar ms, Eustaquio Bright empez a contar el cuento
-siguiente, realmente esplndido. Se le haba ocurrido mientras estaba
-tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un rbol,
-observando cmo el toque del otoo haba convertido cada una de sus
-hojas verdes en lo que pareca oro finsimo. Y ese cambio, que todos
-hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios
-que Eustaquio relat al contar la historia de Midas.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 86px;">
-<a href="images/illus-062_lg.jpg">
-<img src="images/illus-062_sml.jpg" width="86" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 280px;">
-<a href="images/illus-063_lg.jpg">
-<img src="images/illus-063_sml.jpg" width="280" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>EL TOQUE DE ORO</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">V</span><span class="smcap">ivi</span> hace mucho tiempo un hombre muy rico, que adems era rey. Se
-llamaba Midas. Tena una hijita, de la cual nadie ms que yo ha odo
-hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he
-olvidado. As es que, como me gustan los nombres extraos para las
-nias, me parece bien llamarla Clavellina.</p>
-
-<p>El rey Midas era aficionadsimo al oro. Apreciaba su corona real,
-principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer
-oro, mucho oro, era la ambicin ms grande del rey Midas. Si algo haba
-en la Tierra a que quisiese ms que al oro, era a la preciosa niita, su
-hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto ms la
-quera, ms ansia<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas.
-Pensaba, tontamente, que lo mejor que poda hacer por aquella nia, a
-quien quera tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de
-monedas amarillas y brillantes. As es que jams pensaba en otra cosa.
-Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman
-al ponerse el sol, slo deseaba que fuesen oro de veras, para poder
-guardarlas en su caja fuerte. Cuando vena Clavellina, saltando y
-riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo,
-lo nico que le deca era:—Bah! Bah, hijita! Si esas flores fueran de
-oro, como parecen, entonces s que valdra la pena de recogerlas.</p>
-
-<p>Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente
-dominado por el deseo desordenado de riquezas, haba sido muy aficionado
-a las flores. Haba plantado un jardn, en el cual crecan las rosas ms
-grandes y ms hermosas que haya visto u olido ningn mortal.</p>
-
-<p>Las rosas seguan creciendo en el jardn, tan bellas, tan grandes y tan
-fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras
-mirndolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era slo
-para calcular cunto ms valdra el jardn si cada uno de los
-innumerables ptalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino.
-Y aunque tambin en</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 323px;">
-<a href="images/illus-064a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-064a_sml.jpg" width="323" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> </p>
-
-<p class="nind">otros tiempos fu muy aficionado a la msica (a pesar de la historia que
-cuenta que sus orejas se parecan a las de los burros), la nica msica
-agradable para el pobre rey Midas era el tintn de una moneda al chocar
-contra otra.</p>
-
-<p>Por fin (porque la gente se vuelve cada da ms tonta, a no ser que
-tenga buen cuidado de hacerse cada da ms y ms cuerda), el rey Midas
-lleg a ser tan poco razonable, que no poda ver ni tocar cosa que no
-fuese de oro. Y tom por costumbre pasar gran parte del da en una
-habitacin obscura y subterrnea en los stanos de su palacio. All es
-donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero fesimo, que apenas poda
-servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quera ser
-completamente feliz.</p>
-
-<p>All, despus de cerrar cuidadosamente la puerta, coga un saco lleno de
-monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una
-barra de oro pesadsima, o un celemn lleno de polvo de oro, y los
-llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el nico sitio
-donde caa un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le
-gustaba mucho aquel rayo de sol, nicamente porque sin su ayuda no poda
-ver brillar su tesoro. Luego remova con las manos las monedas del saco,
-o tiraba la barra a lo alto y la recoga al caer, o haca que se
-deslizara entre sus dedos el polvo<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> de oro, o miraba la imagen extraa
-de su cara reflejada en la bruida circunferencia de la copa, y se deca
-a s mismo:—Oh, Midas, riqusimo rey Midas, qu hombre tan feliz
-eres!—. Pero era muy gracioso ver cmo la imagen de su rostro le haca
-muecas desde la pulida superficie de la copa. Pareca como si aquella
-imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de l.</p>
-
-<p>Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de s mismo senta que no lo
-era del todo. No podra llegar a la felicidad completa, a no ser que el
-mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese
-lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.</p>
-
-<p>No necesito recordar, a nios tan instrudos como vosotros, que all en
-los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando viva el rey Midas, pasaban
-cosas que en nuestros tiempos y en nuestro pas se nos antojaran
-maravillosas. Por otra parte, muchsimas cosas suceden ahora que no slo
-nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los
-tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi
-parte, creo que nuestros tiempos son mucho ms extraos que los
-antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.</p>
-
-<p>Un da estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro
-subterrneo, cuando<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> vi que una sombra caa sobre los montones de oro,
-y mirando de repente hacia arriba, vi la figura de un desconocido, que
-estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era
-un joven con cara alegre y rubicunda. No s si porque la imaginacin del
-rey Midas pona un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier
-otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el
-desconocido le miraba tena una especie de radiacin dorada. Lo que s
-era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los
-tesoros amontonados brillaban ms que nunca. Hasta los ms remotos
-rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecan
-iluminados cuando el desconocido sonrea, como si hubiese en ellos
-llamas o chispas.</p>
-
-<p>Como Midas saba que haba cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y
-que no haba mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus
-tesoros, sac en consecuencia que el visitante era algo ms que un
-mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos das, cuando la
-Tierra era relativamente nueva, se supona que deban venir a visitarla
-de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenan la
-costumbre de interesarse por las alegras y las penas de los hombres,
-las mujeres y los nios, medio en broma y medio en<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> serio. Midas haba
-tropezado ya antes con seres de esa ndole, y no le disgustaba
-encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan
-amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable
-sospechar que vena a hacer dao. Era ms que probable que viniese a
-hacer un favor al rey Midas. Y qu favor podra ser, sino aumentar sus
-montones de tesoros!</p>
-
-<p>El desconocido mir por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa
-hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que all haba, se
-volvi hacia Midas.</p>
-
-<p>—Eres un hombre rico, amigo Midas—observ—. Me parece que no habr en
-la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que t
-has conseguido amontonar en esta habitacin.</p>
-
-<p>—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondi Midas en
-tono descontento—. Pero, despus de todo, esto no es nada si se
-considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno
-vivir mil aos, tendra tiempo para llegar a ser rico de veras.</p>
-
-<p>—Cmo!—exclam el desconocido—. Todava no ests satisfecho?</p>
-
-<p>Midas movi la cabeza.</p>
-
-<p>—Y con qu te contentaras?—pregunt el<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> forastero—. Slo por
-curiosidad me gustara saberlo.</p>
-
-<p>Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel
-desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor,
-haba venido all con poder y con intencin de satisfacer sus mayores
-deseos. Por consiguiente, haba llegado el feliz momento, y no tena ms
-que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se
-le ocurriese pedir. As es que pens, y pens, y pens, y amonton en su
-imaginacin montaa sobre montaa de oro, sin llegar a figurarse una lo
-bastante grande para satisfacerle por completo.</p>
-
-<p>Por ltimo, se le ocurri una idea luminosa. Pareca, en realidad, tan
-brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.</p>
-
-<p>Levantando la cabeza, mir al desconocido cara a cara.</p>
-
-<p>—Ea, Midas—observ el visitante—, veo que por fin has pensado cosa
-que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.</p>
-
-<p>—Slo esto—respondi Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto
-trabajo reunir mis tesoros y de ver que despus de tanto cansarme
-aumentan tan despacio. Deseo que todo lo que yo toque se convierta en
-oro!</p>
-
-<p>La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia,<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> que pareci llenar la
-habitacin, como el sol que centellease en un sombro y hondo valle,
-donde las amarillas hojas del otoo (porque esto parecan los pedazos de
-oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.</p>
-
-<p>—El Toque de Oro!—exclam—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres
-hombre de imaginacin. Pero, ests completamente seguro de que con eso
-te quedars satisfecho?</p>
-
-<p>—Completamente!...—dijo Midas.</p>
-
-<p>—Y que nunca te arrepentirs de poseer ese don?</p>
-
-<p>—Por qu haba de arrepentirme?—pregunt Midas—. Es lo nico que
-pido para ser completamente feliz.</p>
-
-<p>—Entonces, hgase como deseas—respondi el forastero, moviendo la mano
-en seal de despedida—. Maana, al salir el sol, te encontrars dotado
-con el Toque de Oro.</p>
-
-<p>El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente
-brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos
-de nuevo, no vi ms que el nico rayo de sol en el subterrneo, y
-alrededor suyo el centelleo del precioso metal que haba empleado toda
-la vida en reunir.</p>
-
-<p>La historia no dice si Midas durmi aquella noche como de costumbre.
-Dormido o despierto, su espritu estaba probablemente en el mismo<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span>
-estado que el de un nio a quien se ha prometido por la maana un
-juguete nuevo. Y apenas el da acababa de asomar por encima de los
-montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los
-brazos fuera de la cama, empez a tocar cuanto se encontraba a su
-alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le haba llegado el
-Toque de Oro, segn la promesa del desconocido. Para convencerse pas el
-dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros
-varios objetos; pero tuvo una triste desilusin al ver que continuaban
-siendo de la misma substancia que antes. Entonces temi que la visita
-del reluciente desconocido hubiese sido un sueo, o que, aunque hubiese
-venido de veras a visitarle, hubiese sido nicamente para burlarse de
-l. Qu cosa tan triste, si despus de tantas esperanzas el rey Midas
-hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por
-medios ordinarios, en lugar de crearlo con slo tocar!</p>
-
-<p>Mientras pensaba esto, an estaba la maana gris, con un solo rayo
-brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se
-volvi a echar en la cama, muy desconsolado por la cada de sus
-esperanzas, y se fu poniendo cada vez ms triste, hasta que el primer
-rayo de sol pas a travs de la ventana y vino a dorar el techo sobre su
-cabeza. Parecile a<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se
-reflejaba de modo extrao sobre la colcha blanca de su cama. Mirando ms
-de cerca, cul no sera su asombro y su alegra al ver que el tejido de
-hilo se haba transformado en otro que pareca ser del oro ms puro y
-ms brillante! El Toque de Oro le haba llegado con el primer rayo de
-sol!</p>
-
-<p>Midas se incorpor en una especie de frenes gozoso, y ech a correr por
-la habitacin, tocando cuanto encontraba al paso. Toc uno de los
-barrotes de la cama, e inmediatamente se convirti en estriado lingote
-de oro. Descorri una cortina para ver mejor todas las maravillas que
-estaba realizando, y la borla se le convirti entre las manos en un
-montn de oro. Tom un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se
-convirti en el volumen ms ricamente encuadernado y dorado que se haya
-visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ay!, se
-convirtieron stas en un montn de delgadas placas de oro, en las cuales
-todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresur a
-vestirse, y se qued encantado al verse con magnfico traje de tela de
-oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un
-poco ms que de costumbre. Sac el pauelo que su hijita haba hecho a
-vainica para regalrselo. Tambin se hizo de oro, convirtindose<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> las
-puntadas primorosas que haba hecho la nia con tanto cuidado, tambin
-en hilo de oro.</p>
-
-<p>A pesar de todo, esta ltima transformacin no dej satisfecho por
-completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se
-hubiese conservado siempre como cuando la nia se subi en sus rodillas,
-besndole para entregrselo.</p>
-
-<p>Pero no era cosa de afligirse por una pequeez. Midas sac sus lentes
-del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba.
-En aquellos tiempos an no se haban inventado los lentes para el comn
-de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si
-no, de dnde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, not
-que aunque los cristales eran excelentes, no vea nada a travs de
-ellos. Era la cosa ms natural del mundo, porque al tocarlos, los
-transparentes cristales se haban convertido en discos de amarillo
-metal, y por lo tanto eran intiles como lentes, aunque como oro
-valiesen bastante.</p>
-
-<p>Molestle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podra
-conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.</p>
-
-<p>—Pero, despus de todo, importa poco—se dijo a s mismo con mucha
-filosofa—. No podemos<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> tener un gran bien que no venga acompaado de
-algn ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de
-un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los mos me
-servirn para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina
-pronto ser una personita formal y podr leerme todos los libros que yo
-necesite.</p>
-
-<p>El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el
-palacio le pareca pequeo para contenerla. Por consiguiente, baj las
-escaleras y sonrea al observar cmo la balaustrada y el pasamanos se
-iban convirtiendo en oro bruido, segn los tocaba. Levant el picaporte
-de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fu de oro en cuanto
-sus dedos le hubieron tocado—y sali al jardn. Encontr en l, como de
-costumbre, muchsimas rosas: unas completamente abiertas, otras en
-capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la maana. Su color
-delicado era una de las ms lindas cosas que se pudieran ver; tan
-amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecan aquellas
-flores.</p>
-
-<p>Pero Midas saba el modo de hacerlas mucho ms preciosas, segn su modo
-de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para
-conseguirlo se tom el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercit su
-Toque de Oro infatigablemente,<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> hasta que todas las flores y todos los
-capullos, y hasta los gusanillos que haba en el corazn de algunas de
-ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena,
-llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la maana le haba
-despertado el apetito, se apresur a volver a palacio.</p>
-
-<p>En qu consista generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de
-Midas, es cosa que no s, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo.
-Supongo, sin embargo, que aquella maana el desayuno consista en
-panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos
-frescos, pasados por agua, y caf para el rey Midas, y un tazn de sopas
-de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un
-rey, y a m me parece que fuese ste o no fuese el que el rey Midas
-acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.</p>
-
-<p>Clavellina no haba llegado todava. Su padre mand que la llamasen, y
-sentndose a la mesa esper que la nia llegara para empezar a
-desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quera
-muy de veras a su hijita, y mucho ms aquella maana, que estaba tan
-contento por la buena suerte que haba cado sobre l. Pas un momento y
-la oy llegar; pero Clavellina vena llorando amargamente. Esta
-circunstancia le sorprendi mucho,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> porque era su hijita una de las
-nias ms alegres que se hayan visto nunca en un da de verano, y con
-las lgrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese
-podido llenar un dedal.</p>
-
-<p>Cuando Midas oy sus sollozos, decidi consolarla dndole una sorpresa
-agradable, e inclinndose sobre la mesa, toc el tazn de su hija (que
-era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambi en oro
-reluciente.</p>
-
-<p>Clavellina, muy desconsolada, abri la puerta y se present delante de
-su padre, limpindose las lgrimas con el delantal, y sollozando como si
-se le rompiese el corazn.</p>
-
-<p>—Qu es eso, hija ma?—exclam Midas—. Qu te pasa, hoy que hace
-una maana tan hermosa?</p>
-
-<p>Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alarg una mano, en la
-cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.</p>
-
-<p>—Muy bonita!—exclam su padre—. Qu hay en esa magnfica rosa que
-pueda hacerte llorar?</p>
-
-<p>—Pap—respondi la chiquilla llorando a ms y mejor—, no es bonita:
-es la flor ms fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al
-jardn a cortar rosas para ti, porque s que te gustan, y que te gustan
-ms cuando te<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> las corta tu hijita. Pero, a que no sabes lo que ha
-sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. Todas las rosas tan
-bonitas, que olan tan bien y tenan tantos colores, se han echado a
-perder! Se han puesto amarillas como sta, y no huelen a nada. Qu les
-habr pasado?</p>
-
-<p>—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le di vergenza
-confesar que l mismo haba producido el cambio que tanto afliga a la
-nia—. Sintate y toma tus sopas de leche. Ya vers qu fcil es
-cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de aos,
-por una vulgar, que se deshoja en un da.</p>
-
-<p>—No quiero rosas como sta—dijo Clavellina tirndola
-despectivamente—. No huele a nada, y con estos ptalos tan duros me
-araa la nariz.</p>
-
-<p>La nia se sent a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por
-las rosas marchitas, que no repar en la transformacin maravillosa del
-tazn de China. Y ms vali as. Porque Clavellina estaba acostumbrada a
-divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los rboles tan
-extraos que estaban pintados en la superficie del tazn, y todos
-aquellos adornos haban desaparecido en el tono amarillo del metal.</p>
-
-<p>Midas, entretanto, se haba servido una taza<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> de caf, y, naturalmente,
-la cafetera, que no s de qu metal era cuando la cogi, estaba
-convertida en oro cuando volvi a dejarla sobre la mesa. Pens un
-momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como
-las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empez a pensar en
-el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos
-sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecan sitios bastante
-seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de
-oro.</p>
-
-<p>Con estos pensamientos se llev a los labios una cucharada de caf, y al
-sorberla se qued atnito, al notar que en el instante en que sus labios
-tocaron el lquido se convirti en oro derretido, y un instante despus
-se solidific, formando un terrn dorado.</p>
-
-<p>—Ah!—exclam Midas casi con horror.</p>
-
-<p>—Qu te pasa, pap?—pregunt Clavellina mirndole, an con lgrimas
-en los ojos.</p>
-
-<p>—Nada, nia, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfre
-por completo.</p>
-
-<p>Se sirvi una de las truchas, y por va de experimento toc la cola con
-el dedo. Con gran espanto suyo vi que se converta de trucha
-admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen
-ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> metal
-verdad, y pareca que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero
-del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la
-cola eran delgadsimas placas de oro, y quedaban en l hasta las seales
-del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien
-frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podis
-figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor
-tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y
-valiosa imitacin.</p>
-
-<p>—No comprendo—se dijo a s mismo—cmo voy a arreglrmelas para
-desayunar.</p>
-
-<p>Cogi uno de los panecillos calientes, y apenas lo parti cuando, con
-gran mortificacin suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de
-trigo ms blanca), mucho ms amarillo que si hubiese sido pan de maz. A
-decir verdad, si hubiese sido pan de maz, le hubiese gustado a Midas
-mucho ms que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron
-comprender, sin gnero de duda, que era de oro. Casi desesperado, se
-sirvi un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufri un cambio
-anlogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo
-pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la
-fbula tena costumbre de poner.<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p>
-
-<p>—Pues, seor, estoy divertido!—pens recostndose en el respaldo del
-silln y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus
-sopas de leche con gran satisfaccin—. Un desayuno tan rico sobre la
-mesa y no poder probar ni un bocado!</p>
-
-<p>Esperando que a fuerza de darse prisa podra evitar el grave
-inconveniente, el rey Midas se ech sobre una patata caliente e intent
-tragrsela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro
-era ms listo que l. Y se encontr con la boca llena, no por una patata
-harinosa, sino por un pedazo de metal slido, que le quem la lengua de
-un modo tan horroroso, que empez a dar alaridos y a saltar y patalear
-por todo el cuarto; tanto le quemaba y dola.</p>
-
-<p>—Pap! Pap!—exclam Clavellina, que era una nia muy cariosa—.
-Qu te pasa, pap? Te has quemado la lengua?</p>
-
-<p>—Ay, hija ma!—murmur Midas tristemente—. No s qu va a ser de tu
-pobre padre!</p>
-
-<p>Y, verdaderamente, habis odo caso ms lastimoso en toda vuestra vida?
-Aqu est literalmente el desayuno ms rico que pueda servirse en mesa
-de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador
-ms pobre, sentado delante de un pedazo de pan y<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> un vaso de agua, est
-realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares
-valan en realidad tanto oro como pesaban. Y qu iba a hacer? Ya a la
-hora del desayuno; Midas tena muchsimo apetito. Iba a tener menos a
-la hora de comer? Y figuraos qu hambre de lobo tendra a la hora de la
-cena, que consistira, sin duda, en manjares tan indigestos como los que
-entonces tena delante. Cuntos das pensis que podra sobrevivir a un
-rgimen tan substancioso?</p>
-
-<p>Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que
-empez a poner en duda si, despus de todo, las riquezas eran lo nico
-deseable de este mundo o siquiera lo ms deseable de todo. Pero esto no
-fu ms que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el
-brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de
-Oro por consideracin tan mezquina como la de un desayuno. Qu precio
-por unos cuantos comestibles! Y adems, perder tantos millones! Es
-decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un
-panecillo caliente y una taza de caf!</p>
-
-<p>—Sera demasiado caro!—pens Midas.</p>
-
-<p>Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situacin, que
-volvi a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> lindsima
-Clavellina no pudo soportarlo ms. Se qued an un momento sentada,
-mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento
-comprender qu le pasaba. Luego sinti un deseo suave y triste de
-consolarle, salt de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le
-rode las piernas con los brazos. El se inclin a dar un beso a la nia.
-Y entonces comprendi que el amor de su hija vala mil veces ms que
-todo lo que haba ganado con el Toque de Oro.</p>
-
-<p>—Clavellina, hijita, preciosa ma!—exclam.</p>
-
-<p>Pero Clavellina no respondi.</p>
-
-<p>Ay, qu haba hecho! Cun fatal era el don que el desconocido le haba
-otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de
-su hija, se oper en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro,
-tan lleno de cario, se puso amarillento, y lgrimas amarillas tambin
-quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el
-mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e
-inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. Oh, terrible
-desdicha! Vctima de su insaciable deseo de riqueza, haba convertido a
-su propia hija en una estatua de oro...</p>
-
-<p>S: una estatua era ya aquella bellsima<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> nia, y su ltima e
-interrogadora mirada de cario, de pena y de lstima, endurecida y como
-tallada en su rostro, era la cosa ms bonita y ms triste que ojos
-mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y
-peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un
-encantador hoyito que tena en la barba, y agraciaba delicadamente sus
-rasgos fisonmicos. Pero cuanto ms perfecto era el parecido, mayores
-eran la agona y desesperacin del rey Midas, contemplando aquella
-imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que
-Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—Vales ms oro
-que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta,
-y el dolorido monarca comprenda, aunque demasiado tarde, cun
-infinitamente ms vale un corazn amante y compasivo, que le tenga a uno
-cario, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y
-la tierra.</p>
-
-<p>Sera historia demasiado triste contaros cmo Midas, ahora que ya tena
-todo lo que haba deseado, empez a retorcerse las manos y a maldecirse
-a s mismo. Y como no poda ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de
-ella, excepto cuando los tena fijos en la estatua, no poda creer que
-se haba convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, vea la preciosa
-figurita<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> con una lgrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una
-mirada tan compasiva y tan cariosa, que pareca que la misma expresin
-tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde
-luego, no poda ser. As es que Midas volvi a retorcerse las manos y a
-desear ser el hombre ms pobre del mundo, si la prdida de todas sus
-riquezas pudiera volver al rostro de la nia el desvanecido color de
-rosa.</p>
-
-<p>Cuando estaba en lo ms tremendo de la desesperacin, de pronto vi a un
-desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclin la
-cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoci la misma figura que se
-le haba aparecido el da antes en el subterrneo y le haba otorgado la
-desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido an
-tena la misma sonrisa, que pareca derramar amarillo lustre sobre la
-habitacin y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los dems
-objetos que haban sido transformados por el tacto de Midas.</p>
-
-<p>—Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: qu tal te va con el Toque
-de Oro?</p>
-
-<p>Midas movi la cabeza.</p>
-
-<p>—Soy muy desgraciado—dijo.</p>
-
-<p>—Muy desgraciado, de veras?—exclam el desconocido—. Y cmo es eso?
-No he<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> cumplido fielmente la promesa que te hice? No has tenido todo
-lo que deseaba tu corazn?</p>
-
-<p>—El oro no es todo en este mundo—respondi Midas—, y he perdido lo
-que mi corazn realmente quera ms que nada.</p>
-
-<p>—Ah! De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observ
-el desconocido—. A ver, a ver. Cul de estas dos cosas te parece que
-vale ms: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?</p>
-
-<p>—Oh, bendita agua!—exclam Midas—. Ya nunca volvers a humedecer mi
-seca garganta!</p>
-
-<p>—El Toque de Oro—continu el desconocido—o un pedazo de pan?</p>
-
-<p>—Un pedazo de pan—respondi Midas—vale por todo el oro del mundo.</p>
-
-<p>—El Toque de Oro—pregunt el desconocido—o tu hijita palpitante,
-viva, suave y cariosa como hace una hora?</p>
-
-<p>—Oh! Mi hijita, mi hijita!—exclam el pobre Midas retorcindose las
-manos—. No hubiera dado yo el hoyito que tena en la barba por el
-poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!</p>
-
-<p>—Eres ms cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que
-tu corazn no se ha convertido totalmente de carne en<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> oro. Si as
-fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero an pareces capaz de
-comprender que las cosas sencillas, las que estn al alcance de todo el
-mundo, valen mucho ms que las riquezas por las cuales tantos mortales
-se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: deseas verte libre del
-Toque de Oro?</p>
-
-<p>—Le odio!—respondi Midas.</p>
-
-<p>Una mosca se le pos en la nariz, pero inmediatamente cay al suelo;
-tambin ella se haba convertido en oro. Midas se estremeci.</p>
-
-<p>—Entonces—dijo el desconocido—, ve y bate en el ro que pasa por
-detrs de tu jardn. Toma un cntaro del agua misma y ve rociando con
-ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua
-substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares
-el dao que has causado con tu avaricia.</p>
-
-<p>El rey Midas se inclin profundamente, y cuando levant la cabeza, el
-reluciente desconocido ya no estaba all.</p>
-
-<p>Comprenderis fcilmente que Midas no perdi el tiempo, y fu a buscar
-un gran cntaro de barro; pero, ay de m!, en cuanto le toc dej de
-ser barro. Corri, sin embargo, hasta la orilla del ro. Segn iba
-corriendo a travs del huerto, que estaba plantado de grosellas y
-frambuesas, era maravilloso ver cmo el follaje<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> se pona amarillo, como
-si hubiese pasado por all el otoo. Al llegar al ro se tir de cabeza,
-sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—Puf, puf, puf!—resopl
-el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Est bien. ste es un bao
-refrescante, y supongo que me habr lavado por completo del Toque de
-Oro. Ahora, a llenar el cntaro.</p>
-
-<p>Al meter el cntaro en el agua alegrsele el corazn al verle
-convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cntaro de barro que
-fu antes de que le hubiese tocado l. Tambin notaba un cambio dentro
-de s mismo. Pareca que se le haba quitado del pecho un peso grande,
-duro y fro. Sin duda su corazn haba ido perdiendo poco a poco su
-humana substancia y transmutndose en metal insensible; pero ahora iba
-ablandndose en carne de nuevo. Viendo una violeta que creca a la
-orilla del ro, Midas la toc, y no caba en s de gozo al ver que la
-delicada flor conservaba su color caracterstico, en vez de tomar un
-brillante amarillo. La maldicin del Toque de Oro, por lo tanto, se
-haba apartado de l.</p>
-
-<p>El rey Midas se apresur a volver a palacio, y supongo que algunos
-criados no saban lo que les pasaba al ver a su real dueo llevando tan
-cuidadosamente un cntaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer
-todo el<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> dao que haba causado su locura, era ms preciosa para Midas
-que pudiera haberlo sido un ocano de oro lquido. Lo primero que hizo,
-como apenas necesito deciros, fu echar agua a manos llenas sobre la
-dorada figura de su hija.</p>
-
-<p>Apenas cay el agua sobre ella, os hubieseis redo al ver cmo volvi el
-color de rosa a sus mejillas. Y cmo empez a estornudar y a sacudirse!
-Y qu asombrada se qued al encontrarse toda mojada y ver a su padre que
-segua echndole agua encima.</p>
-
-<p>—Basta, pap; por favor, ya no ms!—exclam—. Mira lo que has hecho
-con mi vestido tan bonito. Y que le estreno hoy!</p>
-
-<p>Clavellina no saba que haba sido un rato estatua de oro; no poda
-acordarse de lo que haba sucedido desde el momento en que corri con
-los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.</p>
-
-<p>No crey ste necesario contar a su querida hija cun loco haba sido,
-pero se decidi a demostrar lo mucho ms cuerdo que ahora era. Para esto
-llev a Clavellina al jardn, donde ech el agua que quedaba sobre los
-rosales, y con tan buena suerte, que ms de cinco mil rosas recobraron
-su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras
-vivi conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una
-fu que las arenas del ro</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 335px;">
-<a href="images/illus-088b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-088b_sml.jpg" width="335" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter" style="width: 335px;">
-<a href="images/illus-088c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-088c_sml.jpg" width="335" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> </p>
-
-<p class="nind">brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tena
-ahora un reflejo dorado que nunca haba observado en l antes de que se
-hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en
-realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho ms bonito
-que antes.</p>
-
-<p>Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tena a los hijos de
-Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le
-gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento
-yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les deca que su
-cabello tambin tena un bonito reflejo de oro, que haban heredado de
-su madre.</p>
-
-<p>—Y para deciros la verdad, queridos nios mos—comentaba el rey Midas,
-haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos—, desde aquella maana
-he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra
-madre.</p>
-
-<p>—Ea, nios—pregunt Eustaquio, que era muy aficionado a saber la
-opinin definida de sus oyentes—, habis odo en toda vuestra vida
-cuento mejor que este del Toque de Oro?</p>
-
-<p>—La historia del rey Midas—dijo la burlona Primavera—era famosa miles
-de aos antes de que el seor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y
-continuar sindolo despus que l lo abandone. Pero algunas personas
-tienen lo que pudiramos llamar toque de plomo, y<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> convierten en
-pesado y seco todo lo que tocan sus manos.</p>
-
-<p>—Eres una nia muy lista, para no haber cumplido an los quince—dijo
-Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crtica—. Pero bien
-convencida ests, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruido
-el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto ms brillante que
-nunca. Y la figura de Clavellina? No est maravillosamente dibujada? Y
-la moraleja, no es profunda, clara y bien trada? Qu decs, Amapola,
-Romero, Trbol, Margarita? Alguno de vosotros, despus de haber odo
-este cuento, desearais poseer la facultad de convertir las cosas en
-oro?</p>
-
-<p>—A m me gustara—dijo Margarita, chiquilla de diez aos—tener el
-poder de convertirlo todo en oro con el dedo ndice de la mano derecha,
-pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a
-su estado primero, si el cambio no haba resultado a mi gusto. Ay, si
-lo tuviera, ya s lo que hara esta misma tarde!</p>
-
-<p>—Qu haras?—dijo Eustaquio.</p>
-
-<p>—Tocara—respondi Margarita—cada una de las hojas de estos rboles
-con el dedo ndice de la mano izquierda, y las pondra verdes otra vez;
-as es que volveramos a empezar el verano, sin tener que pasar por el
-feo invierno.<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span></p>
-
-<p>—Oh, Margarita!—exclam Eustaquio Bright—; ests en un error, y
-haras una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no hara ms que das
-de oro, como este de hoy, durante todo el ao. Las mejores ideas siempre
-se me ocurren un poco tarde. Por qu no os habr dicho cmo el viejo
-rey Midas vino a Amrica y cambi el sombro otoo que hay en otros
-pases en la deslumbrante belleza con que aqu se viste? Dor todas las
-hojas del gran libro de la Naturaleza.</p>
-
-<p>—Primo Eustaquio—dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba
-haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeez
-de las hadas—, qu altura justa tena Clavellina, y cunto pesara
-despus de haberse convertido en oro?</p>
-
-<p>—Era casi tan alta como t—replic Eustaquio—, y como el oro es muy
-pesado, pesara lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda
-con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro.
-Ojal Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la caada,
-subiendo a lo alto del pen, y echemos una mirada en derredor.</p>
-
-<p>As lo hicieron. El sol haba ya andado dos horas ms de la mitad de su
-camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiacin occidental,
-de modo que pareca estar lleno hasta<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> el borde de luz suave que se
-desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un da
-tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de
-l: Nunca ha existido da semejante, aunque ayer tal vez fu, y maana
-ser, tan luminosamente radiante! Ah! Pero hay pocos de esos en el
-crculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos das de Octubre
-que cada uno de ellos parece ocupar muchsimo espacio, aunque el sol se
-levanta ms bien tarde en esta estacin del ao, y se va a la cama, como
-debieran irse los nios, a las tempranas seis de la tarde o un poco
-antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos das largos; pero
-parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y
-cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un
-inmenso brazado de vida desde por la maana.</p>
-
-<p>—Venid, nios, venid!—exclam Eustaquio—. Ms nueces, ms nueces,
-ms nueces! Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las
-partir para vosotros y os contar magnificas historias!</p>
-
-<p>Y as se fueron, todos contentsimos, excepto el pequeo Romero, que,
-siento decroslo, se haba sentado sobre un erizo de castaa y se haba
-convertido en acerico de sus pinchos. Dios mo, qu incmodo deba ir
-el pobre!<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p>
-
-<h2><a name="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS" id="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS"></a>EL PARASO DE LOS NIOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 285px;">
-<a href="images/illus-095_lg.jpg">
-<img src="images/illus-095_sml.jpg" width="285" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3><a name="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD" id="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD"></a>EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">asaron</span> los das de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han
-pasado, y pas el obscuro Noviembre y la mayor parte del fro Diciembre
-tambin. Por fin lleg la alegre Navidad, y Eustaquio Bright lleg con
-ella, hacindola an ms alegre con su presencia. Y al da siguiente de
-haber llegado l, cay una gran nevada. Hasta entonces el invierno
-pareca haberse retrasado, y nos haba dado muchos das tibios, que eran
-como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se haba conservado verde
-en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes
-que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban
-pasar el viento fro. An no haca<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> un par de semanas que los nios
-haban encontrado un amargn en flor, en la margen del Arroyo Umbro,
-precisamente a la salida de la caada.</p>
-
-<p>Pero ya no haba ni hierba ni flores. Qu nevada! Veinte millas de
-tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de
-Tanglewood y la alta montaa, si la vista alcanzase tan lejos, entre los
-remolinos de copos que blanqueaban toda la atmsfera. Pareca como si
-las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse
-unos a otros monstruosos puados de nieve. Tan espesos caan los copos,
-que hasta los rboles que estaban a mitad del camino, valle abajo,
-quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es
-verdad, los pequeos prisioneros de Tanglewood podan divisar el confuso
-contorno de la gran montaa y la lisa blancura del lago helado al pie de
-ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte ms
-cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la
-tormenta.</p>
-
-<p>Sin embargo, los nios se regocijaban con la nevada. Ya haban trabado
-conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caa ms
-espesa, y tirndosela unos a otros a puados, precisamente como ahora
-mismo nos figurbamos que hacan las montaas. Y ahora haban<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> vuelto al
-espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran saln, y
-estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeos. El mayor de
-todos era un caballo de movimiento, que pareca un jaco de verdad, y
-haba una familia entera de muecas de madera, de cera, de cartn y de
-china, adems de unos cuantos bebs de trapo; y tarugos de construccin,
-innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y
-combas, y muchsimos ms objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar
-en una pgina. Pero los nios preferan la nevada a todos los juguetes.
-Prometa para maana tantas animadas diversiones, y para todo el resto
-del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el
-valle, las estatuas de nieve que haba que esculpir, las fortalezas de
-nieve que haba que edificar, y la batalla de bolas de nieve que haba
-que ganar.</p>
-
-<p>As los chiquillos bendecan la nevada, y se alegraban de ver que caa
-cada vez ms espesa, y miraban con esperanza el montn que se estaba
-formando en la avenida, y que ya era ms alto que el ms alto de ellos.</p>
-
-<p>—Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!—exclamaron con el mayor
-entusiasmo—. Qu lstima que la casa sea demasiado alta y que no pueda
-cubrirla la nieve! La casita encarnada<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> de all abajo va a quedar
-enterrada hasta el tejado.</p>
-
-<p>—Pero, chiquillos locos, todava deseis ms nieve?—pregunt
-Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, haba
-entrado en el cuarto de juego—. Ya ha hecho bastante dao, echando a
-perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en
-todo el invierno. No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y
-hoy iba a ser el primer da que yo pasase patinando sobre l! No me
-compadeces, Primavera?</p>
-
-<p>—Claro que s!—respondi Primavera, riendo—. Pero, para que te
-consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos
-contabas en el Prtico o en Arroyo Umbro. Puede que ahora que no tengo
-nada que hacer, me gusten ms que cuando haba nueces que buscar o buen
-tiempo que disfrutar.</p>
-
-<p>Inmediatamente, Margarita, Trbol, Amapola y todos los chiquillos que
-an estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio,
-pidindole con afn que contase un cuento. El estudiante bostez, se
-desperez, y despus, con gran admiracin de la gente menuda, di tres
-saltos hacia adelante y tres hacia atrs por encima del respaldo de una
-silla, con el fin, segn les explic, de poner en movimiento su
-inteligencia.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span></p>
-
-<p>—Bueno, bueno, chiquillos—dijo despus de estos preliminares—, puesto
-que insists, y puesto que Primavera se empea, veremos si puedo
-complaceros. Y para que sepis qu das tan felices existieron antes de
-que estuviesen de moda las nevadas, os contar una historia del ms
-viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el pen
-nuevo de Capuchina. Entonces no exista en la Tierra ms que una
-estacin: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la
-infancia.</p>
-
-<p>—Nunca he odo hablar de eso—dijo Primavera.</p>
-
-<p>—Claro que no—respondi Eustaquio—. Ser un cuento que nadie ha
-soado antes que yo, un Paraso de los nios que se desvaneci por culpa
-de una chiquilla tan mala como Primavera.</p>
-
-<p>Y Eustaquio Bright se sent en la silla sobre la cual haba estado
-saltando, sent a Capuchina sobre sus rodillas, mand callar al
-auditorio, y empez el cuento sobre la nia mala, cuyo nombre era
-Pandora, y sobre su compaero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podis
-leerle palabra por palabra, porque empieza en la pgina siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 106px;">
-<a href="images/illus-100_lg.jpg">
-<img src="images/illus-100_sml.jpg" width="106" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 282px;">
-<a href="images/illus-101_lg.jpg">
-<img src="images/illus-101_sml.jpg" width="282" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>EL PARASO DE LOS NIOS</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">H</span><span class="smcap">ace</span> mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia,
-hubo un nio, llamado Epimeteo, que no haba tenido ni padre ni madre, y
-para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un pas lejano una
-nia, tambin sin padre y sin madre, que viviese con l y fuese su
-compaera de juegos y su ayuda. Llambase la nia Pandora.</p>
-
-<p>Lo primero que vi Pandora, cuando entr en la casita donde viva
-Epimeteo, fu una caja grande. Y casi lo primero que le pregunt en
-cuanto pas el umbral, fu esto:</p>
-
-<p>—Epimeteo, qu tienes guardado en esa caja?</p>
-
-<p>—Querida Pandora—respondi Epimeteo—, es un secreto y debes tener la
-bondad<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> de no preguntarme nada respecto de l. Han dejado aqu la caja
-para que est bien guardada, y yo mismo no s lo que tiene dentro.</p>
-
-<p>—Pero, quin te la ha dado a guardar?—pregunt Pandora—. Y de dnde
-ha venido?</p>
-
-<p>—Tambin eso es un secreto—respondi Epimeteo.</p>
-
-<p>—Qu fastidio!—exclam Pandora haciendo una mueca—. Me gustara que
-la dichosa caja estuviese a cien leguas de aqu!</p>
-
-<p>—No pienses ms en eso!—exclam Epimeteo—. Vamos fuera, a jugar con
-los dems nios.</p>
-
-<p>Hace miles de aos que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es
-muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era
-nio. No hacan falta padres ni madres para cuidar de las criaturas,
-porque no haba peligros ni males de ninguna clase, no haba ropa que
-coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre
-que un nio necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algn rbol. Y
-si miraba al rbol por la maana, vea en flor la comida que se le
-estaba preparando para la noche, y al anochecer vea el tierno capullo
-de su almuerzo del da siguiente. Era una vida muy agradable. No haba
-tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no haba ms que juegos y
-danzas, y dulces voces<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> de nios que hablaban o cantaban como pjaros, o
-saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo da.</p>
-
-<p>Y lo mejor de todo es que los nios no disputaban, ni tomaban rabietas,
-ni se recordaba, desde que empez el tiempo, que ninguno se hubiese ido
-a un rincn refunfuando.</p>
-
-<p>Qu tiempo ms bueno para vivir en l! La verdad es que esos horribles
-y diminutos monstruos con alas que se llaman <i>Molestias</i>, y que ahora
-abundan tanto como los mosquitos, no se haban visto nunca en la tierra.
-Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un nio
-nunca, fuese la mortificacin de Pandora por no poder descubrir el
-secreto de la caja misteriosa.</p>
-
-<p>Esto fu en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada da
-se hizo ms y ms real, hasta que, pasado algn tiempo, la casita de
-Epimeteo fu menos alegre que la de los dems nios.</p>
-
-<p>—De dnde puede haber venido esa caja?—deca a todas horas Pandora—.
-Y qu tendr dentro?</p>
-
-<p>—Siempre hablando de la dichosa caja!—dijo, por fin, Epimeteo, porque
-haba llegado a cansarse de oir siempre lo mismo—. Me gustara, querida
-Pandora, que hablsemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos
-higos<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> bien maduros, y a comrnoslos debajo de un rbol, porque ya es
-hora de merendar. Y tambin s dnde est una via que tiene las uvas
-ms dulces que has probado nunca.</p>
-
-<p>—Siempre hablando de uvas y de higos!—dijo Pandora con malhumor.</p>
-
-<p>—Bueno, entonces—dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio,
-como muchsimos nios de aquellos tiempos—, vamos a correr y a jugar
-con nuestros compaeros.</p>
-
-<p>—Estoy cansada de tanto juego y no jugar ms—respondi Pandora—. No
-tengo humor para juegos. Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en
-ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.</p>
-
-<p>—Ya te he dicho cincuenta veces que no lo s—respondi Epimeteo, ya un
-poco molesto—. Cmo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he
-visto?</p>
-
-<p>—Puedes abrirla—dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo—, y as lo
-vemos.</p>
-
-<p>—Pandora, en qu ests pensando?—exclam Epimeteo.</p>
-
-<p>Y su rostro expres tal horror ante la idea de abrir la caja que se le
-haba confiado con condicin de no abrirla nunca, que Pandora comprendi
-que ms vala no insistir. Pero no poda menos de seguir pensando en la
-caja y hablando de ella.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 331px;">
-<a href="images/illus-104b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-104b_sml.jpg" width="331" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter" style="width: 332px;">
-<a href="images/illus-104c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-104c_sml.jpg" width="332" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span></p>
-
-<p>—Por lo menos—dijo—, bien puedes decirme cmo ha venido aqu.</p>
-
-<p>—La dej en la puerta—respondi Epimeteo—, un momento antes de que
-llegases t, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y
-cuando la dej en el suelo, apenas poda contener la risa. Estaba
-envuelto en una capa muy extraa, y llevaba un gorrito que pareca estar
-hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegu a creer que tena alas.</p>
-
-<p>—Y qu bastn llevaba?—pregunt Pandora.</p>
-
-<p>—El ms curioso que he visto en mi vida—exclam Epimeteo—. Era como
-dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien
-tallado, que al principio cre que las serpientes estaban vivas.</p>
-
-<p>—Le conozco—respondi Pandora, quedndose pensativa—. Slo l tiene
-un bastn como ese: es Azogue, y l es quien me trajo aqu, como la
-caja! Sin duda la trajo para m, y probablemente contiene trajes
-bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos t y yo,
-o alguna golosina muy rica!</p>
-
-<p>—Puede que s—respondi Epimeteo, dando media vuelta—; pero hasta que
-Azogue vuelva y nos lo diga, ni t ni yo levantaremos la tapa.</p>
-
-<p>—Que chico ms estpido!—murmur Pandora<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> cuando Epimeteo sali de la
-casita—. Me gustara que fuese un poco ms atrevido, que tuviese un
-poco ms de valor.</p>
-
-<p>Por primera vez desde que haba llegado Pandora, Epimeteo se march sin
-pedirle que le acompaase. Se fu solo, a coger higos y uvas, y a
-divertirse luego como pudo en compaa de los otros nios. Estaba harto
-de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazn que Azogue, o
-como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la
-casita de cualquier otro nio, donde Pandora nunca la hubiese visto. La
-caja, la caja, siempre la caja! Pareca como si la caja estuviese
-embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para
-contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella,
-y haciendo que Epimeteo tropezase tambin.</p>
-
-<p>S que era triste para el pobre nio tener una caja en los odos de la
-maana a la noche; sobre todo, porque como los nios en aquel tiempo no
-estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no saban cmo arreglarse
-para soportarlas. As es que una pequea les daba entonces mucho ms que
-hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.</p>
-
-<p>Cuando Epimeteo se march, Pandora se qued mirando la caja. La haba
-llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto haba<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> dicho
-contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado
-perfectamente cualquier habitacin en que se hubiese colocado. Estaba
-hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y
-la superficie era tan brillante, que Pandora poda verse la cara en
-ella. Como la nia no tena otro espejo, no comprendo cmo no le gustaba
-ms, slo por ese motivo.</p>
-
-<p>Los ngulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de
-la tapa haba graciosas figuras de hombres y de mujeres y los nios ms
-lindos que se han visto jams, echados o jugando entre profusin de
-flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente
-representados y agrupados con tal armona, que flores, follaje y seres
-humanos parecan combinarse en una guirnalda de belleza nica. Pero aqu
-y all, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una dos veces,
-se le antoj que vea una cara no tan amable, y alguna otra desagradable
-del todo, que deslucan por completo la belleza del conjunto. Sin
-embargo, mirando ms de cerca, y tocando con la punta del dedo, no
-encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara
-verdaderamente bonita, le haba parecido fea.</p>
-
-<p>La ms bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve,
-en el centro de la<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> tapa. No haba ms en toda ella; la madera bien
-pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de
-flores en la frente. Pandora haba mirado aquella cara muchsimas veces
-y se le antojaba que poda sonreir o ponerse seria, lo mismo que si
-estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenan una expresin viva y
-casi maliciosa, y pareca que en algunos momentos quisiera hablar, y
-como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.</p>
-
-<p>Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy
-parecido a esto:</p>
-
-<p>—No temas, Pandora! Qu mal puede haber en que abras la caja? No
-hagas caso a ese infeliz Epimeteo! T sabes mucho ms que l y tienes
-cien veces ms talento que l. Abre la caja, y ya vers qu cosas ms
-bonitas encuentras dentro!</p>
-
-<p>La caja, he olvidado decroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni
-cosa parecida, sino con un nudo intrincadsimo de cuerda de oro. Pareca
-un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo ms ingeniosamente
-enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que pareca desafiar
-maliciosamente a que le desatasen a los dedos ms hbiles. Y cuanta ms
-dificultad pareca haber en l, ms tentacin le entraba a Pandora de
-examinarle, slo para ver cmo estaba hecho. Dos o tres veces ya se
-haba detenido<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> junto a la caja, cogiendo el nudo entre el ndice y el
-pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.</p>
-
-<p>—Creo—se dijo a s misma—que empiezo a comprender cmo est hecho. Me
-parece que si lo deshago podr volverlo a hacer igual que estaba. En eso
-s que no habr mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurrira regaarme por
-eso. No quiero abrir la caja y no lo har nunca, si ese terco de chico
-no consiente, aunque desate el nudo.</p>
-
-<p>Ms hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en
-qu pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo
-asunto. Pero los nios llevaban tan buena vida antes de que las penas
-apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchsimo tiempo de
-sobra. No siempre podan estar jugando al escondite entre las zarzas
-floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos,
-o a otros juegos que ya se haban inventado cuando la madre Tierra
-estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el
-juego en realidad. No haba absolutamente nada que hacer. Barrer un poco
-y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que
-abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba
-hecho todo el trabajo del da de la pobre Pandora, y<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> para todo el resto
-del tiempo all estaba la caja!</p>
-
-<p>Y despus de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no
-fuese para ella una bendicin. Porque le suministraba tal variedad de
-ideas en qu pensar y sobre qu hablar, en cuanto encontraba alguien que
-la escuchase! Cuando estaba de buen humor, poda divertirse admirando el
-brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y
-follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, poda
-darle un empujn o un puntapi. Y muchos recibi la caja (era una caja
-malvola, como hemos de ver, y bien los mereca). Pero, despus de todo,
-si no hubiese sido por ella, Pandora, que tena una inteligencia tan
-viva, no hubiese sabido en qu pasar el tiempo.</p>
-
-<p>Porque era, realmente, ocupacin sin fin calcular qu habra dentro de
-la caja. Qu podra ser? Figuraos, queridos nios, qu ocupado
-tendrais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy
-grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una
-porcin de cosas bonitas, que haban de daros como regalo el da de
-vuestro cumpleaos. Creis que hubieseis sido menos curiosos que
-Pandora? Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido
-siquiera una tentacin chiquitita de levantar la tapa? Ay, no, no! Qu
-cosa tan fea! Pero si pensabais que haba<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> juguetes dentro, ya os
-hubiese costado trabajo perder la ocasin de echar una miradita. En
-realidad, no s si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque an no se
-haba empezado a hacer ninguno en aquellos das, en que el mundo mismo
-era un juguete grande para los nios que vivan en l. Pero Pandora
-estaba convencida de que en la caja haba algo muy bueno y muy bonito. Y
-por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estara
-cualquiera de las nias que me rodean. Y hasta puede que un poco ms,
-pero de eso no estoy completamente seguro.</p>
-
-<p>Aquel da de que estamos hablando, su curiosidad aument tanto, tanto,
-que por fin se acerc a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si
-poda. Ay, Pandora curiosa!</p>
-
-<p>Primero intent levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una
-nia como Pandora. Levant uno de los lados unas cuantas pulgadas del
-suelo, y la dej caer de nuevo: la caja di un buen golpe. Un momento
-despus se le figur que haba odo algo dentro de la caja. Acerc el
-odo lo ms que pudo, y escuch. S, s: dentro haba una especie de
-murmullo! Sera slo el ruido de los odos de Pandora o el latido de su
-corazn? La nia no pudo convencerse de si haba odo algo o no, pero su
-curiosidad era ms fuerte que nunca.<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span></p>
-
-<p>Cuando volvi la cabeza, cay su vista sobre el nudo de cuerda de oro.</p>
-
-<p>—Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo—pens—.
-Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos,
-quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.</p>
-
-<p>Tom el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo ms
-atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontr con que estaba
-empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana
-abierta, y con l las voces de los nios que jugaban lejos, y acaso
-entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. Qu
-hermoso da! No sera mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver
-a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compaeros, y jugar y ser
-feliz?</p>
-
-<p>Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio
-inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza
-ceida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja
-encantada, le pareci que le haca una mueca.</p>
-
-<p>—Esta cara parece que me mira con malicia—pens Pandora—. Puede que
-se ra porque estoy haciendo una cosa mal hecha. Me dan unas ganas de
-echar a correr!...</p>
-
-<p>Pero precisamente entonces, por casualidad,<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> di al nudo una vuelta, que
-produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desat sola, como
-por magia, y dej la caja sin cierre de ninguna clase.</p>
-
-<p>—Qu cosa ms extraa!—dijo Pandora—. Qu va a decir Epimeteo? Y
-cmo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?</p>
-
-<p>Intent una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendi que no
-tena habilidad para tanto. Se haba desatado tan repentinamente, que no
-poda recordar cmo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y
-aspecto primitivos, pareca escaprsele por completo de la memoria. No
-poda hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo
-volviese.</p>
-
-<p>—Pero—dijo Pandora—cuando se encuentre el nudo desatado, querr saber
-quin lo desat. Cmo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay
-dentro de la caja?</p>
-
-<p>Entonces, en su corazoncillo perverso naci la idea de que, puesto que
-de todos modos haban de sospechar que haba mirado dentro de la caja,
-ms vala mirar de verdad. Oh, loca y curiosa Pandora! Podas haber
-pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya
-habas hecho, y no en lo que tu compaero Epimeteo fuera a decir o a
-pensar. Y as hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> de la
-tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan
-persuasivo, y si no le hubiera parecido oir ms claro que nunca el
-murmullo de vocecitas dentro. No poda saber si era imaginacin o no,
-pero en sus odos haba como un pequeo tumulto de murmullos... Acaso
-era su curiosidad misma la que murmuraba:</p>
-
-<p>—Djanos salir, querida Pandora...; por favor, djanos salir! Si
-vieras qu buenos compaeros vamos a ser para ti! Djanos salir y
-vers!</p>
-
-<p>—Qu ser?—pens Pandora—. Habr algo vivo en la caja? Sea lo que
-quiera, estoy decidida a verlo! Slo una miradita, y luego vuelvo a
-cerrar la caja como antes! Qu mal puede haber en que mire un poquito?</p>
-
-<p>Pero ya es hora de que sepamos qu estaba haciendo Epimeteo.</p>
-
-<p>Aqulla era la primera vez, desde que haba llegado su compaera, que
-haba intentado divertirse sin que ella le acompaase. Pero nada le
-sala a su gusto, ni era tan feliz como los dems das.</p>
-
-<p>No poda encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le
-empalagaban. No haba regocijo en su corazn, ni su voz surga alegre
-como otras veces, al unirse a las de sus compaeros en sus bulliciosos
-juegos. En una palabra:<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> se puso tan molesto y tan disgustado, que los
-otros nios no podan comprender lo que le pasaba. Tampoco l lo
-comprenda del todo. Porque debis recordar que en el tiempo de que
-vamos hablando, todo el mundo tena la costumbre de ser constantemente
-feliz. El mundo an no haba aprendido a ser de otra manera. Ni un solo
-cuerpo haba estado enfermo, ni una sola alma haba estado triste, desde
-que aquellos nios fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y
-gozar de ella.</p>
-
-<p>Por fin, descubriendo que algo le suceda, fuese lo que fuese, dej de
-jugar, y le pareci lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba
-de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegra,
-cogi unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pens
-ponrsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas—rosas y azucenas y
-flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de
-fragancia—. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos
-de un nio. Los dedos de las nias, al menos a m me lo ha parecido
-siempre, tienen ms habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los
-nios de aquellos tiempos eran ms hbiles que los de los nuestros.</p>
-
-<p>Y aqu llega el momento de decir que una gran nube negra haca ya algn
-tiempo que<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> andaba por el cielo, aunque todava no haba ocultado la luz
-del sol. Pero cuando Epimeteo entr en su casita, la nube intercept la
-luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.</p>
-
-<p>Entr Epimeteo despacito, porque quera, a ser posible, llegar sin que
-le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores,
-antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no haba
-necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y
-ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los
-de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese odo llegar.</p>
-
-<p>Estaba demasiado absorta en sus malos propsitos. En el momento en que
-Epimeteo entr en la casita, la chiquilla haba puesto la mano en la
-tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la mir. Si hubiese
-dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el
-misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.</p>
-
-<p>Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tena tambin su poquito de
-curiosidad por saber lo que haba dentro. Comprendiendo que Pandora
-estaba resuelta a descubrir el secreto, decidi que su compaera no
-haba de ser la nica en enterarse de l. Y si dentro de la caja haba
-algo bonito o que valiese la pena,<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> tambin l quera tener su parte.
-As es que, despus de tantos prudentes consejos a Pandora para que
-demorase su curiosidad, Epimeteo se volvi casi tan insensato como ella,
-y casi tan culpable como su compaera. De modo que si echamos la culpa a
-Pandora de lo que sucedi, no debemos dejar de echrsela tambin a
-Epimeteo.</p>
-
-<p>Cuando Pandora levant la tapa, la casita se qued muy obscura y muy
-triste, porque la nube negra haba ocultado por completo el sol y
-pareca haberlo enterrado vivo. Desde haca un rato venan oyndose
-truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin
-oirlos, levant la tapa y mir al interior de la caja. Parecile que un
-enjambre de criaturitas aladas sala de ella volando, y en el mismo
-instante oy la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese
-algo.</p>
-
-<p>—Ay, me han mordido!—exclam—, me han mordido! Pandora, Pandora,
-por qu has abierto esa caja maldita?</p>
-
-<p>Pandora dej caer la tapa, y volvindose rpidamente, mir a ver qu
-haba sucedido a Epimeteo. La tormenta haba obscurecido de tal modo la
-habitacin, que no poda ver bien dnde estaba. Pero oy un zumbido
-desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos
-gigantescos estuviesen volando<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> en derredor suyo. Y cuando se le
-acostumbraron los ojos a la escasa luz, vi multitud de fesimas y
-diminutas formas con alas de murcilago, que parecan encolerizadsimas
-y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que
-haba picado a Epimeteo. No pas mucho tiempo sin que Pandora empezase a
-llorar con no menos dolor y susto que su compaero, y haciendo muchsimo
-ms ruido que l. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le
-haba posado en la frente, y no s hasta cundo la hubiese estado
-picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.</p>
-
-<p>Y ahora, si queris saber quines podan ser aquellos fesimos
-animalejos que se haban escapado de la caja, os dir que eran la
-familia entera de los <i>males del mundo</i>. Eran todas <i>las malas
-pasiones</i>. Eran las muchsimas especies de <i>cuidados</i>. Eran ms de
-ciento cincuenta <i>penas</i> distintas; eran las <i>enfermedades</i>, en gran
-nmero, de miserables y dolorosas formas; eran muchas ms clases de
-<i>calamidades</i> de las que yo puedo deciros.</p>
-
-<p>En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las
-almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les
-haba entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen
-cuidadosamente, para que los felices nios del mundo no sintiesen<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> nunca
-la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo
-hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca;
-ninguna nia hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lgrima,
-desde aquella hora hasta este momento.</p>
-
-<p>Pero—y por esto podis comprender cmo una mala accin de un solo
-mortal es una calamidad para el mundo entero—, por haber Pandora
-levantado la tapa de la caja, y por no habrselo impedido Epimeteo,
-aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no
-tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como
-comprenderis, que los dos nios tuvieran encerrado el enjambre fesimo
-dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fu abrir
-de par en par las ventanas, a ver si podan librarse de ellos, y all
-salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a
-toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo
-ninguno de los nios volvi a sonreir. Y, lo que es ms extrao, todas
-aquellas flores llenas de roco de la tierra, ninguna de las cuales se
-haba marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a
-deshojarse, y ninguna dura ms de un da o dos. Los nios tambin, que
-parecan inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span>
-da por da, y pronto se hicieron jvenes, y luego hombres y mujeres, y
-ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.</p>
-
-<p>Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron
-en su casita. Los dos haban sido picados dolorosamente y tenan
-bastante dolor, que les pareca ms intolerable porque era el primero
-que haban sentido desde que empez el mundo. Como no tenan costumbre
-alguna de sufrir, no podan comprender lo que el sufrimiento
-significaba. Adems, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada
-uno contra s mismo. Epimeteo se sent en un rincn de espaldas a
-Pandora, y Pandora se tir al suelo y apoy la cabeza en la caja fatal y
-abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a romprsele el corazn.</p>
-
-<p>De repente oy un ruidito suave dentro de la caja.</p>
-
-<p>—Qu dir?—pregunt Pandora, levantando la cabeza.</p>
-
-<p>Pero Epimeteo no haba odo el ruido, o estaba de demasiado mal humor
-para darse por enterado: el caso es que no respondi.</p>
-
-<p>—Qu poco amable eres!—dijo Pandora volviendo a sollozar—; ya no
-quieres hablarme.</p>
-
-<p>Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada
-golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 341px;">
-<a href="images/illus-120a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-120a_sml.jpg" width="341" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span></p>
-
-<p>—Quin eres?—pregunt Pandora con un poco de su antigua curiosidad—.
-Quin eres t, que an ests dentro de esta maldita caja?</p>
-
-<p>Una vocecilla dulce respondi desde dentro:</p>
-
-<p>—Levanta la tapa, y lo vers.</p>
-
-<p>—No, no—respondi Pandora echndose a llorar de nuevo—. No quiero
-volver a levantar la tapa. Dentro de la caja ests, maligna criatura, y
-dentro te quedars. Bastantes de tus fesimos hermanos y hermanas andan
-ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti
-tambin te deje salir.</p>
-
-<p>Mir hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su
-prudencia. Pero el nio, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de
-tener prudencia.</p>
-
-<p>—Ah!—dijo la dulce voz—, ms os valdra dejarme salir. No soy de
-esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran
-hermanos ni hermanas mos los que han salido, como veris si queris
-mirarme. Ven, ven, Pandora ma. Estoy segura de que me vas a dejar
-salir.</p>
-
-<p>Haba una especie de amable hechicera en el tono de la voz, que haca
-imposible negar nada de lo que pidiera. El corazn de Pandora se haba
-ido aliviando insensiblemente a cada palabra que sala de la caja.
-Tambin Epimeteo, aunque sin salir de su rincn, se haba vuelto<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> un
-poco, y pareca estar de mejor humor que antes.</p>
-
-<p>—Mi querido Epimeteo—exclam Pandora—, has odo esa vocecita?</p>
-
-<p>—S la he odo, s—respondi Epimeteo con no muy buenos modos—. Qu
-tenemos con eso?</p>
-
-<p>—Quieres que vuelva a levantar la tapa?—pregunt Pandora.</p>
-
-<p>—Haz lo que te parezca—dijo Epimeteo—. Ya has hecho tanto dao, que
-puede que no importe que hagas un poco ms. Un mal, aadido al enjambre
-que has echado a volar por el mundo, no significa nada.</p>
-
-<p>—Podas hablarme con mejores modos—murmur Pandora, limpindose los
-ojos.</p>
-
-<p>—Ah, nio, nio!—exclam la voz dentro de la caja en tono medio
-serio, medio de burla—. De sobra sabes t que ests deseando verme.
-Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Djame
-que respire un poco el aire libre, y ya veris cmo las cosas no son tan
-tristes como os parecen.</p>
-
-<p>—Epimeteo—exclam Pandora—, pase lo que pase, estoy decidida a abrir
-la caja.</p>
-
-<p>—Y como me parece que la tapa pesa mucho—exclam Epimeteo corriendo
-por la habitacin—, te ayudar.</p>
-
-<p>As, de comn acuerdo, los dos nios levantaron<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> de nuevo la tapa. Sali
-volando una radiante y sonriente mujercita, que revolote por toda la
-habitacin, arrojando luz por dondequiera que pasaba. No habis hecho
-bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso pareca el
-alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad
-triste de la habitacin. Vol hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo
-en el sitio en que el mal le haba picado, e inmediatamente ces el
-dolor. Luego bes a Pandora en la frente, y tambin cur el dao.</p>
-
-<p>Despus de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revolote
-juguetonamente sobre las cabezas de los dos nios, y los mir tan
-dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo
-haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huspeda se
-hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes
-con sus aguijones en la cola.</p>
-
-<p>—Quin eres, hermosa criatura?—pregunt Pandora.</p>
-
-<p>—Hay que llamarme Esperanza!—respondi la mujercita—. Y porque soy
-tan alegre y s dar tanto nimo, aunque soy tan pequea, me encerraron
-en la caja, para consolar al gnero humano de todo el enjambre de males
-que estaba destinado a caer sobre ellos. No<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> temis! Ya veris cmo lo
-pasamos muy bien, a pesar de todos.</p>
-
-<p>—Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris—exclam Pandora—.
-Qu bonitas son!</p>
-
-<p>—S, son como el arco iris—dijo la Esperanza—, porque aunque soy
-alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lgrimas como de sonrisas.</p>
-
-<p>—Y te quedars con nosotros?—pregunt Epimeteo—. Siempre y para
-siempre?</p>
-
-<p>—Siempre que me necesitis, me tendris—dijo la Esperanza con su
-placentera sonrisa—, y me necesitaris mientras estis en el mundo.
-Prometo no abandonaros nunca. Vendrn tiempos y ocasiones, de cuando en
-cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra
-vez, y otra y otra, cuando menos lo pensis, veris el resplandor de mis
-alas en el techo de vuestra cabaa. S, hijos mos, y s que luego os
-van a dar una cosa muy buena y muy bonita.</p>
-
-<p>—Oh, dinos qu es!—exclamaron los nios—, dinos qu es!</p>
-
-<p>—No me preguntis—repuso la Esperanza, ponindose un dedo en los
-labios de rosa—. Pero no desesperis de alcanzarlo, aunque no os llegue
-mientras vivis en la tierra. Creed en mi promesa, porque es verdad!<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span></p>
-
-<p>—Te creemos!—exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.</p>
-
-<p>Y as lo hicieron. Y no slo ellos, sino todo el que ha vivido, ha
-credo en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de
-alegrarme (aunque desde luego fu cosa muy mal hecha), no puedo menos de
-alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la
-caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el
-mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie
-de duendes fesimos, y llevan en la cola los aguijones ms envenenados.
-Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarn mucho
-ms, segn vaya siendo ms viejo. Pero, y la luciente y amable figura
-de la Esperanza? Qu haramos en el mundo sin ella? La Esperanza
-espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el
-mundo en su aspecto mejor y ms brillante, la Esperanza nos dice que
-toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que
-hemos de encontrar despus.</p>
-
-<p>—Primavera—pregunt Eustaquio, tirndole de una oreja—, te gusta mi
-pequea Pandora? No piensas que es tu vivo retrato? Pero t no hubieras
-vacilado tanto antes de abrir la caja.</p>
-
-<p>—Bien castigada hubiese estado por mi maldad<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span>—replic la chiquilla
-agudamente—, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar
-la tapa, hubiese sido el seor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.</p>
-
-<p>—Primo Eustaquio—dijo Amapola—, contena la caja todo el mal que ha
-sucedido en el mundo?</p>
-
-<p>—Sin faltar una miga!—respondi Eustaquio—. Esta misma nevada, que
-ha echado a perder mi partida de patines, estaba all encerrada.</p>
-
-<p>—Y qu tamao tena la caja?—pregunt Romero.</p>
-
-<p>—Unos tres pies de largo—dijo Eustaquio—, dos de ancho y dos y medio
-de alto.</p>
-
-<p>—Ah!—dijo el nio—, te ests burlando de m, primo Eustaquio! No
-hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la
-nevada, no es mal, que es diversin; de modo que no estaba en la caja,
-de seguro.</p>
-
-<p>—Miren ustedes el chiquillo!—exclam Primavera con aire de
-superioridad—. Qu poco sabe de los males del mundo! Pobrecillo! Ya
-hablar de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!</p>
-
-<p>Y diciendo esto, empez a saltar a la comba.</p>
-
-<p>Entretanto el da iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tena aspecto
-tenebroso. Haba a lo lejos, en el crepsculo que se acercaba, como<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> un
-rebao de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se haban
-borrado todos los caminos, y la nieve que se haba amontonado sobre los
-escalones del Prtico demostraba que nadie haba entrado ni salido
-durante muchas horas. Si un nio solo hubiese estado en la ventana
-mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media
-docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un
-Paraso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no
-sern capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, adems, aguijoneado
-por las circunstancias, invent varios juegos nuevos, que les
-conservaron llenos de alegra hasta la hora de irse a la cama, y
-sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del da siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 91px;">
-<a href="images/illus-128_lg.jpg">
-<img src="images/illus-128_sml.jpg" width="91" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span></p>
-
-<h2><a name="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO" id="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO"></a>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 279px;">
-<a href="images/illus-131_lg.jpg">
-<img src="images/illus-131_sml.jpg" width="279" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span><span class="smcap">a</span> nevada dur un da ms; qu fu de ella despus, no puedo
-figurrmelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareci por
-completo, y cuando sali el sol a la maana siguiente, brill sobre las
-montaas cubiertas de bosque con la mayor alegra del mundo. La escarcha
-haba cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi
-imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba
-el desayuno, la gente menuda de Tanglewood haba hecho agujeros en la
-escarcha con las uas, y haba conseguido ver con gran deleite que
-excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaa, o sobre
-los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una
-mancha gris, todo el resto<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> del mundo que se alcanzaba a divisar estaba
-blanco como una sbana. Qu precioso! Y para colmo de felicidad, haca
-un fro capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona
-tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que
-le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre ms
-vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.</p>
-
-<p>En cuanto desapareci el desayuno, toda la chiquillera, bien arropada
-en pieles y estambres, se desparram sobre la nieve. Vaya un da de
-diversin! Deslizronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas
-cien veces, y, para divertirse ms, haciendo volcar los trineos y dando
-volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las
-veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subi en el
-mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limn, y echaron a correr
-cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el
-trineo tropez con un tronco escondido bajo la nieve, y all cayeron en
-un solo montn los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al
-ms pequeo, que era Flor de Limn. Qu haba sido del pobre muchacho?
-Y mientras se lo estaban preguntando y buscndole, Flor de Limn sac la
-cabeza de entre un montn de nieve, con la cara colorada como si fuese<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span>
-una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del
-invierno. Haba que oirles reir a todos!</p>
-
-<p>Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocup a los nios
-en cavar para hacer una cueva en el montn de nieve ms alto que
-encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la
-chiquillera se meti en el hueco, se hundi el techo sobre sus cabezas,
-y les enterr vivos a todos. Un minuto despus todos sacaban las
-cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante apareca en medio y
-encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se haba
-enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo
-Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los
-nios le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal
-modo que tuvo que echar a correr. Huy, y lleg a los bosques, y desde
-all a la margen del Arroyo Umbro, donde pudo oir el rumor del
-arroyuelo que corra bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas
-le dejaban ver la luz del da. Haba tmpanos diamantinos, que
-rebrillaban en torno de sus pequeas cascadas. De all lleg corriendo a
-la orilla del lago, y se encontr con una llanura blanca e intacta, que
-iba desde sus pies al pie de la inmensa montaa. Y como ya casi se
-estaba poniendo<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> el sol, Eustaquio pens que nunca haba visto
-espectculo ms hermoso. Se alegr de que los nios no estuviesen con
-l, porque su animacin y su actividad desaforada hubieran disipado su
-estado de nimo, elevado y grave; as es que slo hubiese estado alegre
-(como, en efecto, lo haba estado durante el da entero), pero no
-hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las
-montaas.</p>
-
-<p>Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvi a
-casa a cenar. Despus de la cena se encerr en el despacho, con el
-propsito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o
-versos de cualquier clase, en elogio de las nubes prpura y oro que
-haba visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado
-la primera rima, se abri la puerta, y Primavera y Margarita
-aparecieron.</p>
-
-<p>—Marchaos, chiquillas! Ahora no puedo perder el tiempo con
-vosotros!—exclam el estudiante, mirndolas por encima del hombro con
-la pluma en la mano—. Qu mil diablos queris? Cre que estabais
-todos en la cama!</p>
-
-<p>—yele, Margarita—dijo Primavera, hablando como si fuera una persona
-mayor—. Parece olvidar que yo ya tengo trece aos, y puedo irme a la
-cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar
-tus aires solemnes y venir con nosotros al saln.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> Los nios han hablado
-tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si
-puede hacernos algn dao oirlos.</p>
-
-<p>—Bah, bah, Primavera!—exclam el estudiante, un poco molesto—. No me
-creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas
-mayores. Adems, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me d
-miedo su erudicin, porque no dudo que estar tan enmohecida como un
-cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutir la admirable tontera
-que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia
-cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros.
-Ningn hombre de cincuenta aos, que haya ledo los mitos clsicos en su
-juventud, puede comprender mi mrito como reinventor y mejorador de
-todos ellos.</p>
-
-<p>—Puede que todo eso sea verdad—dijo Primavera—, pero no tienes ms
-remedio que venir. Mi padre no abrir su libro, ni mam el piano, hasta
-que nos hayas regalado con algunas de tus tonteras, como t mismo las
-llamas muy acertadamente. De modo que s bueno, y ven.</p>
-
-<p>Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchsimo de aprovechar
-la oportunidad de demostrar al seor Pringle qu excelente facultad
-posea para modernizar los mitos de los<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> tiempos antiguos. Hasta que
-cumple los veinte aos, un joven debe sentir cierta timidez al ensear
-su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta
-tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondran
-en la ms alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de
-rogar demasiado, Eustaquio consinti en que Primavera y Margarita le
-arrastrasen al saln.</p>
-
-<p>Era una habitacin amplia y cmoda, con una ventana semicircular en uno
-de los extremos, en cuyo hueco haba una copia en mrmol del ngel y el
-Nio, de Greenough. A un lado de la chimenea haba muchos estantes con
-libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lmpara que
-colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacan la habitacin
-brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran silln, estaba
-sentado el seor Pringle. Era un caballero alto y simptico, con una
-gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no
-se atreva nunca a presentarse ante l sin detenerse un momento en la
-puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como
-Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio
-obligado a entrar con un aspecto bastante desaliado, como si se hubiese
-pasado el da rodando por un montn de nieve, lo cual era verdad.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p>
-
-<p>El seor Pringle se volvi hacia el estudiante con benevolencia, desde
-luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado
-que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban tambin sus
-pensamientos.</p>
-
-<p>—Eustaquio—dijo el seor Pringle con una sonrisa—, me he enterado de
-que ests causando sensacin grandsima entre el pequeo pblico de
-Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera,
-como la llaman los pequeos, y los dems chiquillos, han elogiado de tal
-modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiramos oir una muestra de
-ellos. Y a m me agradar especialsimamente, porque parece que los
-cuentos son un intento de trasladar las fbulas de la antiguedad clsica
-al idioma del sentimiento y la fantasa modernos. Al menos, eso he
-sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta
-m de segunda mano.</p>
-
-<p>—No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido,
-seor—observ el estudiante—, para fantasas de esta naturaleza.</p>
-
-<p>—Es posible que no—replic el seor Pringle—. Sospecho, sin embargo,
-que el crtico ms til para un autor joven es precisamente aquel que
-menos hubiese querido elegir.</p>
-
-<p>—Creo que la simpata debe tener algo de parte en la opinin de un
-crtico—murmur<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> Eustaquio—. En fin, seor, si usted encuentra
-paciencia, yo encontrar historias que contar. Pero tenga usted la
-bondad de recordar que me dirijo a la imaginacin y a la simpata de los
-nios, no a la de usted.</p>
-
-<p>E inmediatamente el estudiante aprovech el primer tema que se le
-present. Sugirisele un plato de manzanas que alcanz a ver sobre la
-chimenea.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 154px;">
-<a href="images/illus-138_lg.jpg">
-<img src="images/illus-138_sml.jpg" width="154" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 276px;">
-<a href="images/illus-139_lg.jpg">
-<img src="images/illus-139_sml.jpg" width="276" height="119" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span><span class="smcap">o</span> habis odo nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el
-jardn de las Hesprides? Oh, aqullas s que eran manzanas! Si se
-encontraran iguales en los huertos de ahora, ya valdran dinero! Pero
-no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo rbol injerto en aquel
-frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.</p>
-
-<p>Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que
-el jardn de las Hesprides no haba sido invadido an por la mala
-hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber rboles verdaderos,
-cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos haban odo hablar de
-ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los nios
-solan<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> escuchar, boquiabiertos, los cuentos del rbol de las manzanas
-de oro, y se proponan descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca
-de ese fruto iban los jvenes valerosos que deseaban realizar hazaas
-ms sealadas que sus compaeros. Muchos de ellos no volvieron jams, y
-ninguno trajo las manzanas. No es maravilla que les fuera imposible
-cogerlas! Decase que, bajo el rbol, haba un dragn de cien terribles
-cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras
-cincuenta dorman.</p>
-
-<p>Me parece a m que apenas si vala la pena de correr tanto peligro por
-una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas,
-sazonadas, ya sera otra cosa. Podra haber tenido entonces algn
-sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragn de las cien cabezas.</p>
-
-<p>Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jvenes, cuando
-se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardn de las
-Hesprides. Y una vez fu emprendida la aventura por un hroe que haba
-disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el
-tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia
-con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los
-hombros. Iba envuelto<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> en la piel del len ms grande y ms fiero de
-aquellos bosques, que l mismo haba matado, y aunque en el fondo era
-bueno y generoso y noble, tena en su corazn mucho de la fiereza del
-len. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cul era el
-camino ms derecho para llegar al famoso jardn; pero nadie saba
-palabra de ello, y muchos se hubiesen redo de la pregunta, si el
-forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.</p>
-
-<p>As fu andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin
-lleg a la orilla de un ro, en donde unas cuantas jvenes hermossimas
-estaban tejiendo guirnaldas de flores.</p>
-
-<p>—Lindas doncellas—pregunt el forastero—, podis decirme si ste es
-el camino derecho para ir al jardn de las Hesprides?</p>
-
-<p>Las jvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse
-con ellas unas a otras. Pareca como si en sus dedos hubiese algn poder
-mgico, porque al tocarlas se volvan las rosas ms frescas y se
-cuajaban de roco, se avivaban sus colores y exhalaban ms suave
-fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del
-forastero dejaron caer todas las flores en el csped, y se miraron unas
-a otras con asombro.</p>
-
-<p>—El jardn de las Hesprides!—exclam<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> una—. Creamos que, despus
-de tanta decepcin, se habran cansado los mortales de buscarle. Y dime,
-intrpido viajero, para qu deseas ir all?</p>
-
-<p>—Cierto rey, primo mo—replic el viajero—, me ha mandado que le
-lleve tres de las manzanas de oro.</p>
-
-<p>—Casi todos los jvenes que van en busca de esas manzanas—advirti
-otra de las damiselas—, desean adquirirlas para s mismos o para
-regalarlas a alguna hermosa doncella de quien estn enamorados. Tanto
-quieres t a ese rey, primo tuyo?</p>
-
-<p>—Tal vez no—replic el forastero, suspirando—. Ha sido severo y cruel
-conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.</p>
-
-<p>—Y no sabes—pregunt la que haba hablado primero—que un terrible
-dragn de cien cabezas est bajo el rbol de las manzanas de oro,
-guardndole?</p>
-
-<p>—Bien sabido lo tengo—respondi el forastero—; pero desde la cuna ha
-sido mi ocupacin y casi mi entretenimiento el habrmelas con serpientes
-y dragones.</p>
-
-<p>Las jvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de len que llevaba,
-y tambin sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy
-bajito que el forastero pareca ser persona de quien razonablemente
-caba<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> esperar que realizara hazaas muy fuera del alcance de los dems
-hombres.</p>
-
-<p>Pero, el dragn de las cien cabezas! Qu mortal, aunque tuviera cien
-vidas, podra abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante
-monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podan ver con
-tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan
-arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien
-voraces bocas del dragn.</p>
-
-<p>—Vuelve atrs—exclamaron todas—, vuelve a tu casa! Tu madre, al
-verte sano y salvo, llorar lgrimas de alegra. Qu ms podra hacer
-si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No
-hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el
-dragn de las cien cabezas.</p>
-
-<p>El forastero pareci impacientarse con estas advertencias. Levant
-negligentemente su poderosa maza, y la dej caer sobre una roca que all
-cerca haba, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe
-indolente, la roca salt hecha toda pedazos. El dar aquella seal de
-fortaleza gigantesca no cost al extranjero ms esfuerzo que a una de
-las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.</p>
-
-<p>—No creis—dijo mirndolas y sonrindo<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span>—que un golpe como ste
-habra aplastado una de las cien cabezas del dragn?</p>
-
-<p>Sentse despus sobre la hierba y les cont la historia de su vida, o
-por lo menos todo lo que de ella poda recordar desde el da en que tuvo
-por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en l,
-llegaron, arrastrndose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron
-sus horribles mandbulas para devorarlo; pero l, un beb de meses nada
-ms, agarr una de las fieras culebras en cada uno de sus puitos y las
-estrangul.</p>
-
-<p>Cuando era un chiquillo mat a un len enorme, casi tan grande como
-aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo
-primero que hizo despus fu luchar con una especie de monstruo fesimo,
-al cual llamaban hidra, y que tena nueve cabezas nada menos, y con
-dientes afiladsimos en todas ellas.</p>
-
-<p>—Pero el dragn de las Hesprides, ya lo sabes—observ una de las
-doncellas—, tiene cien cabezas!</p>
-
-<p>—Sin embargo—replic el forastero—-, mejor hubiera querido pelear con
-dos dragones as, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba
-una cabeza, nacan otras dos en su lugar, y adems, entre las cabezas
-haba una a la que no era posible matar de ningn modo, sino</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 331px;">
-<a href="images/illus-144b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-144b_sml.jpg" width="331" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter" style="width: 328px;">
-<a href="images/illus-144c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-144c_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> </p>
-
-<p class="nind">que segua mordiendo tan fieramente como antes, mucho despus de haber
-sido cortada. As es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran
-piedra, donde, sin duda, hoy mismo estar viva todava; pero el cuerpo
-de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volver a hacer dao a
-nadie.</p>
-
-<p>Las jvenes, calculando que la relacin iba a durar buen rato, haban
-dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera
-refrescar en los intervalos de su charla. Se complacan en animarle a
-tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se pona
-un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara
-de comer solo.</p>
-
-<p>El viajero pas a contar cmo haba dado caza a un velocsimo ciervo,
-corriendo detrs de l durante un ao entero, sin pararse ni a tomar
-aliento, y cmo le cogi al fin por los cuernos, llevndosele vivo a
-casa. Y cmo haba peleado con una casta de gentes rarsima, mitad
-caballos y mitad hombres, y los haba matado a todos, creyndolo su
-deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y adems
-de todo esto, se di mucho tono por haber limpiado un establo.</p>
-
-<p>—Y a eso le llamas hazaa maravillosa?—pregunt, sonriendo, una de
-las doncellas—. Cualquier trabajador del campo lo hara.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span></p>
-
-<p>—Si hubiera sido un establo ordinario—replic el forastero—, no lo
-habra mencionado; pero fu una tarea tan gigantesca, que habra
-consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrrseme felizmente la idea
-de meter un ro por la puerta, desvindole de su cauce. Eso realiz el
-trabajo en muy poco tiempo!</p>
-
-<p>Viendo con qu atencin le escuchaban sus hermosas oyentes, les cont
-luego que haba matado unas aves monstruosas y haba cogido vivo a un
-toro bravo y le haba soltado otra vez, y que haba domado muchsimos
-caballos muy salvajes, y vencido a Hiplita, la belicosa reina de las
-Amazonas. Refiri tambin que haba cogido el cinturn encantado que
-tena Hiplita, y se le haba regalado a la hija de su primo, el rey.</p>
-
-<p>—Era el cinturn de Venus—pregunt la ms bonita de las doncellas—,
-que hace a las mujeres hermosas?</p>
-
-<p>—No—respondi el forastero—. Haba sido en tiempos el tahal de
-Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.</p>
-
-<p>—Un tahal viejo!—exclam la damisela, levantando la cabeza con
-desdn—. No dara un comino por tenerle!</p>
-
-<p>—Haras muy bien—dijo el forastero.</p>
-
-<p>Siguiendo su maravilloso relato, enter a las doncellas de que la ms
-extraa de cuantas<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> aventuras se le presentaron fu su pelea con Gerin,
-el hombre de seis piernas. Bien podis creer que sera una figura
-rarsima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve,
-supondra que tres buenos compaeros haban pasado marchando juntitos.
-Al oir sus pisadas a corta distancia, nada ms razonable que pensar que
-se acercaban varias personas. Y era solamente el extrao Gerin, que
-vena pisando con sus seis pies!</p>
-
-<p>Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sera un monstruo de
-aspecto sorprendente. Y, amiguitos, qu gasto de piel para botas!</p>
-
-<p>Cuando el forastero acab la narracin de sus aventuras, mir las
-atentas caras de las doncellas.</p>
-
-<p>—Tal vez hayis odo hablar de m antes de ahora—dijo modestamente—.
-Me llamo Hrcules.</p>
-
-<p>—Ya lo habamos sospechado—replicaron—, porque la noticia de tus
-hazaas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece
-extrao que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hesprides.
-Venid, hermanas, y coronemos de flores al hroe.</p>
-
-<p>Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus
-poderosos hombros, de manera que la piel de len qued casi<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> enteramente
-cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su
-alrededor los ms brillantes, los ms delicados, los ms olorosos
-capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leoso
-material; pareca toda ella un enorme ramo de flores.</p>
-
-<p>Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando
-palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesa y formaban
-una composicin coral en honor del ilustre Hrcules.</p>
-
-<p>Y Hrcules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro
-hroe, al ver que aquellas hermosas jvenes ya haban odo hablar de los
-valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le haban costado
-llevar a cabo; pero no estaba an satisfecho. No poda creer que lo
-realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura
-temeraria o difcil por emprender.</p>
-
-<p>—Queridas doncellas—dijo cuando se detuvieron para tomar aliento—,
-ahora que ya sabis mi nombre, no me diris cmo podr llegar al jardn
-de las Hesprides?</p>
-
-<p>—Ah! Te vas tan pronto?—exclamaron—. T, que has hecho tantas
-maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, no puedes
-permitirte algn descanso a la orilla de este manso ro?<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span></p>
-
-<p>Hrcules movi la cabeza.</p>
-
-<p>—Tengo que irme ahora mismo—dijo.</p>
-
-<p>—Entonces te daremos las seas lo mejor que podamos—replicaron las
-jvenes—. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y
-obligarle a informarte de dnde se encuentran las manzanas de oro.</p>
-
-<p>—El Viejo!—o repiti Hrcules, rindose de ese nombre—. Y quin es
-el Viejo?</p>
-
-<p>—Quin ha de ser? El Viejo del Mar!—contest una de las muchachas—.
-Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos
-ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color
-verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que
-hablar con ese Viejo del Mar. Siempre est cruzando mares. Sabe cuanto
-se refiere al jardn de las Hesprides, porque est en una isla que l
-acostumbra a visitar.</p>
-
-<p>Hrcules pregunt entonces dnde se podra encontrar ms fcilmente al
-Viejo, y cuando las jvenes le hubieron informado, les di las gracias
-por todas sus bondades—por el pan y las uvas que le dieron, las flores
-exquisitas con que le coronaron y los cnticos y danzas con que le
-haban honrado—, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se
-puso en marcha inmediatamente.<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span></p>
-
-<p>Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llam una de las
-doncellas.</p>
-
-<p>—Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!—le grit, sonriendo y
-levantando un dedo para dar ms fuerza a la recomendacin—, y no te
-asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujtale bien, y l te dir
-lo que deseas saber.</p>
-
-<p>Hrcules di las gracias de nuevo y sigui su camino, mientras volvan
-las jvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores.
-Siguieron hablando del hroe mucho despus de haberse alejado.</p>
-
-<p>—Le hemos de coronar con nuestras ms hermosas
-guirnaldas—dijeron—cuando vuelva por aqu con las tres manzanas de
-oro, despus de haber matado al dragn de las cien cabezas.</p>
-
-<p>Mientras tanto, Hrcules caminaba avanzando siempre, salvando montes y
-valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al
-descargar el golpe haca astillas un poderoso roble. Tena la
-imaginacin tan llena de los gigantes y monstruos que haba estado
-combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento rbol por uno
-de ellos. Tan ansioso estaba Hrcules de dar cima a la empresa
-acometida, que senta casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas,
-malgastando<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre
-siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que
-ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos
-les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun
-arriesgar la vida.</p>
-
-<p>Las personas que pasaran por el bosque, no podran menos de asustarse al
-verle derribar los rboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba
-el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caan
-crujiendo y tronchndose.</p>
-
-<p>Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrs, no tard en
-oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad
-an ms, y pronto lleg a una playa en donde las olas, muy grandes, se
-deshacan sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca
-como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa haba un sitio
-agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un
-peasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella.
-Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trbol oloroso,
-cubra el estrecho espacio comprendido entre la base del peasco y el
-mar. Y qu pudo vislumbrar Hrcules all? Pues vi a un hombre viejo,
-profundamente dormido.<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span></p>
-
-<p>Pero, era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera
-vista lo pareca; pero despus de un examen detenido, semejaba ms bien
-alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenan
-escama como la de los peces; tena las manos y los pies membranosos, a
-la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, ms pareca
-un puado de algas que una barba ordinaria. No habis visto nunca un
-leo que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto
-enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a
-tierra, parece haber surgido de los ms profundos senos del mar? Bueno;
-pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni ms ni menos que por
-un leo as. Pero Hrcules, en cuanto puso los ojos sobre aquella
-extraa figura, se convenci de que no poda ser ms que el Viejo, el
-que haba de indicarle su camino.</p>
-
-<p>S: era el mismsimo Viejo del Mar, de quien le haban hablado las
-hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena
-suerte de encontrarle dormido, Hrcules fu hacia l de puntillas y le
-cogi de un brazo y de una pierna.</p>
-
-<p>—Dime—exclam antes de que el Viejo se despertase del todo—, por
-dnde se va al jardn de las Hesprides?<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span></p>
-
-<p>Como os podis figurar fcilmente, el Viejo del Mar se despert
-asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hrcules
-en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareci que el Viejo se le
-deshaca entre los dedos, y en su lugar se encontr sujetando a un
-ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero sigui apretando.
-Entonces desapareci el ciervo, y en su lugar haba un ave marina que
-chillaba y aleteaba, mientras Hrcules le apretaba un ala y una pata.
-Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente despus haba un horroroso
-perro de tres cabezas, que gru y ladr a Hrcules, y mordi fieramente
-las manos con que le sujetaba. Pero Hrcules no le solt. Al minuto
-siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareci nada menos que
-Gerin, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapis a
-Hrcules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hrcules
-sigui sujetando fuerte. En seguida, no estaba all Gerin, sino una
-serpiente inmensa, como aquellas que Hrcules haba estrangulado en su
-niez, slo que cien veces ms grande; se retorci y se enlaz alrededor
-del cuello y del cuerpo del hroe, y sacudi su cola erguida y abri sus
-espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el
-espectculo era de lo ms terrible. Pero Hrcules no se<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> desanim ni
-pizca, y estruj la grandsima sierpe con tanta fuerza, que la hizo
-silbar de dolor.</p>
-
-<p>Habis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se pareca
-muchsimo al mascarn de proa de un barco azotado por las olas, tena el
-poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sinti tan
-fuertemente cogido por Hrcules, tuvo la esperanza de producirle
-sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mgicas, que el hroe
-le dejara escapar. Si Hrcules hubiera aflojado un poco, el Viejo habra
-ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera
-molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo
-que noventa y nueve personas de cada ciento se habran asustado hasta
-perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habran
-echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas ms difciles en
-este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los
-imaginarios.</p>
-
-<p>Pero como Hrcules le sujetaba tan tercamente y no haca sino estrujarle
-ms a cada cambio de forma, hacindole, en realidad, no poco dao, acab
-por pensar que lo mejor sera reaparecer en su propia figura. Y as de
-nuevo se mostr aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en
-pies y manos y con una especie de mechn de algas en la barba.<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span></p>
-
-<p>—Haz el favor de decirme qu quieres de m—exclam el Viejo en cuanto
-pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea
-muy fatigosa—. Por qu me aprietas tan fuerte? Djame al momento, o me
-hars pensar que eres una persona sumamente incivil.</p>
-
-<p>—Me llamo Hrcules—dijo con voz bronca el poderoso forastero—, y no
-te soltar si no me dices cul es el camino ms derecho para ir al
-jardn de las Hesprides!</p>
-
-<p>Cuando el Viejo oy quin era el que le haba cogido, comprendi al
-instante que sera preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened
-presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas
-partes, como toda la gente marina. Por de contado, haba odo hablar
-muchas veces de la fama de Hrcules, de las hazaas maravillosas que
-estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para
-llevar a trmino cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya ms
-esfuerzos por escapar, y dijo al hroe cmo poda encontrar el jardn de
-las Hesprides, y le advirti, adems, cules eran las muchas
-dificultades que habra de vencer antes de llegar a l.</p>
-
-<p>—Tienes que ir por aqu, por all—dijo el Viejo del Mar despus de
-marcar los rumbos—, hasta que llegues a la vista de un gigante muy<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span>
-alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que
-est de humor, te dir exactamente dnde se encuentra el jardn de las
-Hesprides.</p>
-
-<p>—Y si por casualidad el gigante no est de humor—observ Hrcules
-balanceando su maza en la punta de un dedo—, es muy posible que
-encuentre yo manera de convencerle.</p>
-
-<p>Dando las gracias al Viejo del Mar y pidindole perdn por haberle
-estrujado tan rudamente, emprendi de nuevo la marcha nuestro hroe. Le
-ocurrieron muchas y extraas aventuras, que valdran muy bien la pena de
-que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan
-detalladamente como merecen.</p>
-
-<p>En este viaje fu, si no me equivoco, donde encontr a aquel prodigioso
-gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada
-vez que tocaba la tierra se haca diez veces ms fuerte que antes de
-caer. Se llamaba Anteo. Fcilmente comprenderis que era cosa muy
-difcil pelear con l, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un
-golpe, se levantaba de nuevo ms fuerte, ms fiero, ms diestro para
-manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. As,
-cuanto ms fuerte golpeaba Hrcules al gigante con su maza, ms lejos
-pareca de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con
-personas as, pero<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> nunca me he peleado con ninguna. El nico medio que
-encontr Hrcules para poner fin al combate fu el de levantar a Anteo,
-sostenindole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle
-y estrujarle hasta que le sac toda la resistencia del enorme cuerpo.</p>
-
-<p>Terminado este asunto, prosigui Hrcules su viaje y lleg a tierras de
-Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habran quitado la vida,
-de no haber matado al rey del pas, escapando de ese modo. Cruz luego
-los desiertos de frica, y marchando lo ms aprisa que pudo, lleg por
-fin a la orilla del gran Ocano. Y all, a menos que pudiera andar sobre
-las crestas de las olas, pareca que su viaje tena que darse por
-concludo.</p>
-
-<p>Nada haba delante de l, salvo el Ocano espumante, impetuoso, inmenso;
-pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vi a mucha distancia algo
-que no se vea un momento antes. Reluca con gran brillo, casi como el
-redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde
-del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel
-objeto maravilloso se haca ms grande y ms brillante. Al cabo se
-acerc tanto, que Hrcules reconoci que era una inmensa copa o un tazn
-enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cmo poda flotar sobre el
-mar, es cosa que yo<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> no s explicaros; pero, de todos modos, all estaba
-balancendose sobre las olas tumultuosas, que lo mecan a un lado y a
-otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin
-hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.</p>
-
-<p>—He visto muchos gigantes en mi vida—pens Hrcules—, pero ninguno
-que para beber necesitara copa como sta.</p>
-
-<p>Y, verdaderamente, vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande...
-tan grande... Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para
-compararla con algo, os dir que era diez veces mayor que una gran
-piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas
-embravecidas ms ligera que una cscara de nuez en las aguas de un
-arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que roz la orilla a
-corta distancia del sitio en donde estaba Hrcules.</p>
-
-<p>Tan pronto como sucedi esto, comprendi lo que haba de hacer: que no
-le haban ocurrido tantas aventuras notables para no aprender
-perfectsimamente cmo haba de conducirse cuando sucediera algo que se
-apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del da que aquella
-copa maravillosa haba sido enviada sobre las olas por algn poder
-oculto, y guiada hasta all a fin de llevar a Hrcules a<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> travs del
-mar, siguiendo su ruta hacia el jardn de las Hesprides. En
-consecuencia, sin perder momento salt por encima del borde y se desliz
-hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de len, se dispuso a
-reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si haba descansado desde que
-se despidi de las jovencitas a la orilla del ro. Las olas se
-estrellaban, con agradable y metlico sonido, contra la superficie de la
-cncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el
-movimiento era tan suave, que Hrcules, blandamente mecido, cay pronto
-en un sueo delicioso.</p>
-
-<p>Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acert
-a tropezar contra una roca, y en consecuencia reson y repercuti, a
-travs de su substancia de oro o de bronce, cien veces ms fuerte que la
-mayor campana de iglesia que hayis podido oir. Al ruido despert
-Hrcules, que inmediatamente se levant y examin el lugar en que se
-hallaba. No tard mucho en reconocer que la copa haba flotado a travs
-de gran parte del mar, y estaba acercndose a la costa de lo que le
-pareci ser una isla. Y en aquella isla, qu pensaris que vi?</p>
-
-<p>No, no lograris jams adivinarlo, ni aun cuando lo intentis cincuenta
-mil veces. Creo positivamente que aqul fu el ms admirable<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span>
-espectculo de cuantos haba visto Hrcules en todo el curso de sus
-maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla ms grande que la
-hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban
-cortando; ms grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; ms
-grande que Anteo; ms grande que todo lo que haya podido ver nadie antes
-o despus de los das de Hrcules, y que cualquier cosa que haya an de
-ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. Era un gigante!</p>
-
-<p>Pero, qu gigante ms intolerablemente enorme! Un gigante alto como una
-montaa; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un
-cinturn y pendan de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por
-delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a
-Hrcules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo ms maravilloso de
-todo era que el gigante tena levantadas sus grandes manos, y pareca
-sostener el cielo, que segn pudo entrever Hrcules a travs de las
-nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para
-creerlo.</p>
-
-<p>Mientras tanto, la copa resplandeciente segua flotando y avanzando
-hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barri las nubes que
-ocultaban la cara del gigante, y Hrcules contempl sus enormes
-facciones: ojos que</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 336px;">
-<a href="images/illus-160a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-160a_sml.jpg" width="336" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> </p>
-
-<p class="nind">parecan lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con
-su enormidad de tamao tena un terrible aspecto, pero desconsolado y
-fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a
-sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para
-el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar
-por ellos. Cuntas veces acometen los hombres ms de lo que permiten
-sus facultades, y encuentran su perdicin, como al pobre gigante le
-haba ocurrido!</p>
-
-<p>Pobre hombre! Evidentemente llevaba all una larga temporada. Una selva
-espesa haba crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de
-seis o siete siglos haban brotado y arraigado entre sus dedos.</p>
-
-<p>El gigante mir entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos
-enormes, y divisando a Hrcules, grit con voz que pareca un trueno
-salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:</p>
-
-<p>—Quin anda ah entre mis pies? De dnde vienes en esa tacita?</p>
-
-<p>—Soy Hrcules!—tron el hroe con voz tan fuerte o poco menos como la
-del gigante—. Voy en busca del jardn de las Hesprides.</p>
-
-<p>—Oh! Oh!—rugi el gigante en un acceso<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> de risa inmenso—. Si que es
-una aventura prudente.</p>
-
-<p>—Y por qu no?—exclam Hrcules, un tanto enojado por la hilaridad
-del gigante—. Piensas que tengo miedo al dragn de las cien cabezas?</p>
-
-<p>Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras
-alrededor de la cintura del gigante y estall una tormenta de truenos y
-relmpagos, causando tal estrpito, que Hrcules no pudo entender ni
-palabra. nicamente se vean las piernas inmensas del gigante bajo la
-negrura de la tempestad, y de cuando en cuando apareca momentneamente
-su figura entera envuelta en la niebla. Pareca estar hablando la mayor
-parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confunda con
-el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las
-montaas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido
-gigante malgast intilmente cantidad incalculable de aliento, porque el
-trueno hablaba tan alto como l.</p>
-
-<p>Al fin ces la tempestad tan sbitamente como haba empezado. De nuevo
-pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sostenindolo, y la
-luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminndole y
-hacindole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> ya
-lejanas. Tan por encima del chaparrn haba quedado su cabeza, que ni un
-solo cabello se le haba mojado con la lluvia.</p>
-
-<p>Cuando el gigante pudo ver a Hrcules, en pie todava a la orilla del
-mar, le grit de nuevo:</p>
-
-<p>—Yo soy Atlas, el gigante ms fuerte del mundo, y sostengo el cielo
-sobre mi cabeza.</p>
-
-<p>—Ya lo veo—contest Hrcules—; pero, no puedes ensearme el camino
-del jardn de las Hesprides?</p>
-
-<p>—Qu buscas all?—pregunt el gigante.</p>
-
-<p>—Quiero tres manzanas de oro—grit Hrcules—para mi primo, el rey.</p>
-
-<p>—Nadie ms que yo—afirm el gigante—puede ir al jardn de las
-Hesprides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito
-de sostener el cielo, dara media docena de zancadas a travs del mar y
-te las traera.</p>
-
-<p>—Eres muy amable—replic Hrcules—. Y no puedes dejar el cielo
-apoyado sobre una montaa?</p>
-
-<p>—No hay ninguna de bastante altura—dijo Atlas, moviendo la cabeza—;
-pero si fueras a ponerte en la cima de esa que est ms cerca, quedara
-tu cabeza casi a nivel con la ma. Pareces ser muchacho forzudo. Por
-qu no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por
-ti?<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span></p>
-
-<p>Hrcules, segn recordaris, era un hombre notablemente vigoroso, y
-aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si
-algn mortal haba a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaa,
-era l. Sin embargo, tan difcil pareca aqullo, que vacil por vez
-primera en su vida.</p>
-
-<p>—Pesa mucho el cielo?—pregunt.</p>
-
-<p>—Bah! No gran cosa, al principio—respondi el gigante encogiendo los
-hombros—; pero al cabo de un millar de aos, se hace un poquito pesado.</p>
-
-<p>—Y cunto tiempo tardars—pregunt el hroe—en traerme las manzanas
-de oro?</p>
-
-<p>—Oh! Eso es cosa de un momento—exclam Atlas—; salvar doce o quince
-leguas de cada paso, e ir y volver antes de que empiecen a dolerte los
-hombros.</p>
-
-<p>—Entonces, bueno—respondi Hrcules—. Subir a la montaa que hay
-detrs de ti y te librar de tu carga.</p>
-
-<p>La verdad es que Hrcules era muy compasivo de suyo, y consider que
-hara un gran favor al gigante proporcionndole aquella oportunidad de
-hacer una escapatoria. Adems, pens que si lograba sostener el cielo,
-alcanzara ms gloria que realizando hazaa tan corriente como vencer a
-un dragn de cien cabezas. En consecuencia, sin decir ms palabra,
-Hrcules levant<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las
-suyas.</p>
-
-<p>Cuando qued ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el
-gigante fu desperezarse, y os podis figurar qu prodigioso espectculo
-sera. Primero, con mucho cuidadito, sac un pie de la selva que haba
-crecido alrededor; luego, el otro. Despus, de pronto, comenz a brincar
-y a saltar y a bailar de alegra por verse libre. Se lanzaba al aire,
-nadie sabe hasta qu altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan
-grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Despus se ech a reir con
-tal estruendo, que su carcajada repercuti de montaa en montaa, cerca
-y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos
-regocijados. Cuando se calm un poco su alegra, ech a andar por el
-mar; diez leguas avanz del primer paso, llegndole el agua a media
-pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas,
-y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca
-de la cintura.</p>
-
-<p>Hrcules miraba cmo iba avanzando el gigante. Realmente, era
-maravilloso ver aquella inmensa forma humana a ms de treinta leguas,
-medio sumergida en el Ocano, pero con su mitad superior tan alta,
-brumosa y azulada como una montaa lejana. Al cabo, la forma<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> gigantesca
-se perdi enteramente de vista, y entonces fu cuando se puso Hrcules a
-considerar qu hara en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o
-fuera muerto a dentelladas por el dragn de las cien cabezas que
-guardaba las manzanas de oro del jardn de las Hesprides. Si ocurra
-tal desgracia, cmo podra llegar a desembarazarse del cielo? Porque,
-entre parntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su
-cabeza y sus hombros.</p>
-
-<p>—Compadezco al pobre gigante—pens Hrcules—. Si el cielo me pesa
-tanto en diez minutos, cunto no le habr pesado a l en mil aos!</p>
-
-<p>Oh, hijitos!... No tenis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan
-areo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta,
-adems, el viento impetuoso y las fras y hmedas nubes, y el sol
-abrasador, todo lo cual contribua a que Hrcules se encontrara
-incmodo. Comenz a temer que el gigante no volviera nunca. Mir
-atentamente el mundo que tena debajo, y reconoci que se era mucho ms
-feliz siendo pastor al pie de una montaa, que estando en su cumbre
-vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, segn
-comprenderis, desde luego tena Hrcules tan inmensa responsabilidad
-sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> hombros; porque, si
-no mantena perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmvil,
-podra ocurrir que el sol se desquiciase, o que, despus de anochecer,
-se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego
-sobre la cabeza de las gentes. Y qu vergenza para el hroe si, por no
-aguantar firme el peso, cruja el cielo y se rajaba de punta a punta!</p>
-
-<p>No s cunto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegra indecible,
-viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto
-lmite del mar. Cuando se acerc, alz Atlas la mano, y Hrcules pudo
-distinguir tres magnficas manzanas de oro, grandes como calabazas,
-pendientes todas de una rama.</p>
-
-<p>—Me alegro de volverte a ver—grit Hrcules, cuando el gigante estuvo
-suficientemente cerca para oirle—. De modo que traes las manzanas de
-oro?</p>
-
-<p>—Claro, claro—respondi Atlas—. Y qu hermosas son! He cogido las
-mejores que haba en el rbol; puedes creerme, s, y el dragn de las
-cien cabezas es cosa digna de verse. Despus de todo, mejor sera que
-hubieras ido t mismo a buscarlas.</p>
-
-<p>—No importa—replic Hrcules—. Has hecho una excursin agradable y
-arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> yo mismo. Te
-doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir
-lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, est impaciente por
-recibir las manzanas de oro, tendrs la amabilidad de volver a coger el
-cielo y quitarle de encima de mis hombros?</p>
-
-<p>—En eso—dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas
-de altura o cosa as, y cogindolas cuando caan—, en eso me parece, mi
-buen amigo, que eres poco razonable. No podra llevar yo las manzanas
-de oro al rey, tu primo, mucho ms de prisa que t? Ya que Su Majestad
-tiene tanto afn por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas ms
-largas que pueda. Y adems, que no tengo humor de cargar ahora mismo con
-el cielo otra vez.</p>
-
-<p>Al oir esto se impacient Hrcules, e hizo un gran movimiento de
-hombros. Era durante el crepsculo, y hubierais podido ver caer de su
-sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, mir hacia
-arriba asustado, pensando si el cielo se caera inmediatamente despus.</p>
-
-<p>—Qu es eso?—grit el gigante Atlas riendo estrepitosamente—. En los
-ltimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando
-lleves ah tanto tiempo como he estado yo, aprenders a tener calma.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p>
-
-<p>—Cmo!—grit Hrcules muy rabioso—. Te propones hacerme sostener
-esta carga toda la vida?</p>
-
-<p>—Eso lo veremos un da de stos—respondi el gigante—. Y, en todo
-caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien aos o mil. Mucho
-ms tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo
-de mil aos me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a
-relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrs mejor ocasin de
-demostrarlo. La posteridad hablar de ti, te lo aseguro.</p>
-
-<p>—Me importa un rbano que hable o no hable!—exclam Hrcules con otra
-sacudida de hombros—. Sostn el cielo un instante con la cabeza,
-quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de len, para apoyar
-el peso encima. Realmente me est despellejando, y me causara una
-molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aqu.</p>
-
-<p>—Eso s lo har—dijo el gigante, que no quera mal a Hrcules, y si se
-portaba de tal manera lo haca slo por buscar, con demasiado egosmo,
-su propia conveniencia—. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco
-minutos justos; pero cinco minutos nada ms, acurdate bien. No tengo
-ganas de pasar otros mil aos como estos ltimos. La variedad es la sal
-de la vida.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span></p>
-
-<p>Ah, y qu torpe era aquel gigante! Ech a rodar las ureas manzanas, y
-recibi otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hrcules sobre
-las suyas, que eran las que deban sostenerle. Hrcules recogi las tres
-manzanas de oro, grandes como calabazas, o ms, y se fu derechito hacia
-su casa, sin prestar la ms pequea atencin a las desaforadas voces que
-le daba el gigante, gritndole que volviera. Alrededor de sus pies
-creci una nueva selva, y se hizo vieja all, y otra vez pudieron verse
-robles de cinco o seis siglos, que se haban hecho aosos entre sus
-enormes dedos.</p>
-
-<p>Y all est el gigante an, o por lo menos all hay una montaa tan alta
-como l y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima,
-podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a
-Hrcules.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 166px;">
-<a href="images/illus-170_lg.jpg">
-<img src="images/illus-170_sml.jpg" width="166" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 277px;">
-<a href="images/illus-171_lg.jpg">
-<img src="images/illus-171_sml.jpg" width="277" height="121" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">rimo</span> Eustaquio—pregunt Trbol, que durante todo el cuento haba
-estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta—, qu
-altura exacta tena el gigante?</p>
-
-<p>—Oh, Trbol, Trbol!—exclam el estudiante—. Te figuras que estaba
-yo all con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo,
-poco ms o menos, supongo que deba tener de tres a quince millas de
-alto.</p>
-
-<p>—Dios mo—dijo el nio con un gruido de satisfaccin—, eso es ser
-gigante de veras! Y qu largo tena el dedo meique?</p>
-
-<p>—Desde esta casa al lago—dijo Eustaquio.</p>
-
-<p>—Eso es ser gigante de veras!—repiti Trbol, en xtasis ante la
-precisin de las medidas—. Y qu anchura tendran los hombros de
-Hrcules?<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span></p>
-
-<p>—Eso no lo he podido averiguar nunca—respondi el estudiante—. Pero
-me figuro que deban ser un poco ms anchos que los mos o que los de tu
-padre, y en general un poco ms que los de cualquier hombre de los de
-ahora.</p>
-
-<p>—Quisiera—murmur Trbol, acercando sus labios al odo del
-estudiante—que me dijeras qu tamao tenan las encinas que brotaron
-entre los dedos del gigante.</p>
-
-<p>—Eran ms grandes—dijo Eustaquio—que el castao que hay delante de la
-casa del capitn Smith.</p>
-
-<p>—Eustaquio—observ el seor Pringle, despus de un momento de
-meditacin—, me es imposible expresar respecto de este cuento una
-opinin que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas
-a meterte con los mitos clsicos. Tu imaginacin es completamente
-gtica, e inevitablemente dar un carcter gtico a todo lo que toques.
-Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de
-mrmol. Ese gigante! Cmo te has atrevido a intercalar esa masa
-inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fbula
-griega, cuya tendencia es reducir a lmite hasta lo extravagante, a
-fuerza de dominadora elegancia?</p>
-
-<p>—He descrito al gigante como me ha parecido—respondi Eustaquio un
-poco molesto<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span>—. Y si usted, seor, quiere tomarse el trabajo de poner
-su entendimiento en relacin con esas fbulas, como es de necesidad si
-ha de modelarlas usted de nuevo, ver usted, sin duda, que un griego
-antiguo no tena ms derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son
-propiedad comn del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas
-las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su
-plasticidad maravillosa. Por qu no han de ceder tambin entre las
-mas?</p>
-
-<p>El seor Pringle no pudo contener una sonrisa.</p>
-
-<p>—Y adems—continu Eustaquio—, en el momento en que pone usted en un
-molde clsico algo que sea calor de corazn, pasin o afecto, moralidad
-divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo
-que fu antes. Mi opinin es que los griegos, al tomar posesin de estas
-leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas
-en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fra y sin corazn,
-han hecho a todos los siglos subsiguientes un dao irreparable.</p>
-
-<p>—Que t, sin duda, has nacido para remediar—dijo el seor Pringle,
-echndose a reir—. Est bien; sigue, sigue, pero sigue tambin mi
-consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de
-mscara. Y para tu prximo<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> esfuerzo, por qu no intentas renovar
-alguna de las leyendas de Apolo?</p>
-
-<p>—Ah, seor mo! Me lo propone usted como si fuera un
-imposible—observ el estudiante despus de un momento de reflexin—. Y
-a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gtico parece un
-tanto descabellada; pero aprovechar la indicacin, y no desespero de
-hacer algo que valga la pena.</p>
-
-<p>Durante la discusin precedente, los nios, que no entendieron palabra
-de ella, se haban ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la
-cama. Se oan sus vocecillas soolientas, mientras iban subiendo la
-escalera, y un viento Noroeste ruga speramente entre las copas de los
-rboles y cantaba antfonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se
-volvi al despacho, y de nuevo intent forjar unos cuantos versos, pero
-se qued dormido entre dos rimas.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 136px;">
-<a href="images/illus-174_lg.jpg">
-<img src="images/illus-174_sml.jpg" width="136" height="113" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span></p>
-
-<h2><a name="EL_CANTARO_MILAGROSO" id="EL_CANTARO_MILAGROSO"></a>EL CNTARO MILAGROSO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 281px;">
-<a href="images/illus-177_lg.jpg">
-<img src="images/illus-177_sml.jpg" width="281" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3><a name="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA" id="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA"></a>EN LA VERTIENTE DE LA COLINA</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span><span class="smcap">nde</span> y cmo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los nios? No
-ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de
-juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de
-una monstruosa colina o ms bien montaa, porque acaso montaa nos
-podamos atrever a llamarla. Haban subido de casa con el valeroso
-propsito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro
-que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos
-modos, era ms alta que miles de collados o que millones de toperas. Y
-medida en relacin de los pasos cortos de los nios pequeos, se la
-poda considerar como montaa verdaderamente respetable.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p>
-
-<p>Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros;
-porque, a no ser as, cmo iba el libro a adelantar un solo paso?
-Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tena prximante el mismo
-aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se
-le miraba muy de cerca, se poda advertir sobre el labio superior un
-asomo de bigote sumamente cmico. Dejando aparte esta seal de madura
-virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo
-como cuando le conocieron por vez primera. Segua tan alegre, tan
-divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y
-continuaba siendo el favorito de los pequeuelos, como lo haba sido
-siempre. Esta expedicin a la montaa era por completo idea suya. Y
-durante todo el camino cuesta arriba, haba ido animando a los mayores
-con su alegre voz; y cuando los pequeos se cansaban, los llevaba a
-cuestas por turno. De este modo haban pasado ya los huertos y los
-pastos de la parte baja de la colina, y haban llegado al bosque que
-trepa hacia la cumbre pelada.</p>
-
-<p>El mes de Mayo se haba portado esta vez mejor que de costumbre, y era
-el da ms agradable que pudiera desear un corazn de hombre o de nio.
-Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas,
-azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> hubiese tocado el
-mismo Midas. Las margaritas blancas cubran las praderas. En el linde
-del bosque haba columbinas rojo plido, tan modestas que a toda costa
-queran esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores
-blancas del fresal silvestre...</p>
-
-<p>Pero no malgastemos nuestras valiosas pginas en hablar tontamente de la
-primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, ms interesante de que
-tratar. Si miris al grupo de nios, veris que estn todos reunidos en
-torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un rbol cado,
-parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los ms
-jvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para
-medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha
-decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a
-que el grupo de mayores termine la ascensin y vuelva a buscarles. Y
-como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrs, les
-reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone
-contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y
-cambian sus miradas ofendidas en la ms radiante de las sonrisas.</p>
-
-<p>En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrs de unas matas, le
-pude oir, y os le contar en las pginas siguientes.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 171px;">
-<a href="images/illus-180_lg.jpg">
-<img src="images/illus-180_sml.jpg" width="171" height="129" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 280px;">
-<a href="images/illus-181_lg.jpg">
-<img src="images/illus-181_sml.jpg" width="280" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>EL CNTARO MILAGROSO</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
-tambin anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaa, disfrutando
-la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya haban cenado frugalmente, y
-queran pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de
-su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la
-pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color prpura.
-Pero del pueblo prximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y
-ladridos de perros, que cada vez iban siendo ms fuertes; tanto, que
-Filemn y Baucis apenas podan entenderse.</p>
-
-<p>—Mujer—dijo Filemn—, temo que algn pobre viajero venga buscando
-hospitalidad, y<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y
-posada, hayan soltado contra l los perros, como acostumbran.</p>
-
-<p>—S—respondi Baucis—. Ya podan nuestros vecinos tener un poco ms
-de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos
-sentimientos, animndoles a tirar piedras a los forasteros.</p>
-
-<p>—Estos nios nunca harn nada bueno—dijo Filemn moviendo la cabeza ya
-blanca—. A decir verdad, esposa ma, no me sorprender que el da menos
-pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no
-se enmiendan. Pero t y yo, mientras la Providencia nos d un pedazo de
-pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que
-lo necesite.</p>
-
-<p>—Es verdad—dijo Baucis—. As lo haremos.</p>
-
-<p>Estos dos viejos eran muy pobres y tenan que trabajar mucho para vivir.
-Filemn cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba
-siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con
-la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consista casi
-siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su
-colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las
-mejores del mundo, y con alegra<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> se hubiesen quedado alguna vez sin
-comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche
-recin ordeada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase
-por su puerta. Les pareca que tales huspedes tenan una especie de
-santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a
-s mismos.</p>
-
-<p>La cabaa estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yaca
-en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos
-pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente haba sido el lecho de
-un lago. All haban vivido peces, y en las orillas haban crecido
-juncos, y los rboles y las colinas haban visto reflejada su imagen en
-el ancho y pacfico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los
-hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre l; de modo que a
-la sazn era un terreno frtil y no quedaban ms huellas del antiguo
-lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y
-surta de agua a los habitantes... Tanto tiempo haca que el valle era
-terreno seco, que haban nacido en l rboles, haban crecido robustos,
-se haban muerto de viejos y haban sido sustitudos por otros que ya
-eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle
-ms hermoso ni ms frtil. Slo la vista de la abundancia<span class="pagenum">
-<a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> que les
-rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos,
-dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus
-semejantes.</p>
-
-<p>Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran
-dignos de vivir en lugar sobre el cual haba sonredo el cielo con tal
-benevolencia. Eran egostas y duros de corazn, no tenan lstima de los
-pobres ni simpata hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho
-que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los dems hombres,
-porque ese es el nico modo de pagar el amor que a todos nos tiene la
-Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costar creer lo que
-voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseaban a sus hijos a ser
-peores que ellos, y aplaudan para animarlos, viendo a los nios y a las
-nias correr detrs de algn forastero pobre, dando gritos y tirndole
-piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se
-atreva a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguan,
-ladrando y enseando los dientes. Luego, si podan, le mordan una
-pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el
-pueblo, cuando sala de l era una pura lstima. Cosa terrible para los
-pobres caminantes, como podris suponer, especialmente cuando acertaban
-a estar enfermos</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 327px;">
-<a href="images/illus-184b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-184b_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter" style="width: 320px;">
-<a href="images/illus-184c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-184c_sml.jpg" width="320" height="500" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> </p>
-
-<p class="nind">o dbiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si saban ya de antes
-el modo de portarse que tenan aquellos nios y aquellos perros) eran
-capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.</p>
-
-<p>Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por all algn viajero
-que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas
-acompandole, no haba gentes ms amables y obsequiosas que los
-habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacan
-profundas reverencias. Y si los nios chillaban por costumbre, de seguro
-se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atreva a ladrar, su
-amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual
-hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se
-preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el
-bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en
-el prncipe.</p>
-
-<p>Ahora podis comprender por qu el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
-hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les
-llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.</p>
-
-<p>—Nunca he odo a los perros ladrar tan fuerte—observ el buen anciano.</p>
-
-<p>—Ni a los chiquillos gritar tanto—respondi su mujer.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p>
-
-<p>Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez ms, hasta que al
-pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron
-a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguan de cerca,
-ladrando. Un poco detrs vena corriendo multitud de chiquillos que
-chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el
-ms joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvi y
-golpe a los perros con un bastn que llevaba en la mano. Su compaero,
-que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los
-chiquillos ni en los perros.</p>
-
-<p>Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y pareca que no tuviesen
-dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche.
-Por eso, sin duda, los del pueblo haban consentido a sus hijos y a sus
-perros que les tratasen tan mal.</p>
-
-<p>—Vamos, mujer—dijo Filemn—, salgamos al encuentro de esas pobres
-gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aqu.</p>
-
-<p>—Anda t—dijo la mujer—, mientras yo voy dentro y veo si encuentro
-algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que
-les sentara admirablemente.</p>
-
-<p>Diciendo esto, entr en la casa. Filemn, por su parte, se adelant y
-alarg la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span>
-que, sin embargo, dijo con el tono ms amable que podis figuraros.</p>
-
-<p>—Bien venidos, seores forasteros, bien venidos!</p>
-
-<p>—Gracias—respondi el ms joven con tono jovial, a pesar de su
-cansancio y su molestia—. ste es un recibimiento muy distinto del que
-hemos encontrado en el pueblo. Cmo vives en tan mala vecindad?</p>
-
-<p>—Ah!—observ Filemn con tranquila y bondadosa sonrisa—, creo que la
-Providencia me ha puesto aqu, entre otras razones, para que pueda
-desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.</p>
-
-<p>—Bien dicho, viejo!—exclam el viajero echndose a reir—. Y a decir
-verdad, desagravios necesitamos mi compaero y yo. Esos chiquillos,
-grandsimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los
-perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa.
-Pero le he dado en el hocico con el bastn. Me figuro que le habris
-odo aullar desde aqu.</p>
-
-<p>Filemn se alegr al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese
-dicho, por su risueo aspecto y sus modales, que vena cansado por todo
-un largo da de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que
-encontr para fin de jornada. Iba vestido de modo ms bien extrao,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> y
-llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalan a los lados. Aunque
-era tarde de verano, llevaba capa y se envolva estrechamente en ella,
-acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemn
-le sorprendi tambin la forma extraa de sus zapatos; pero estaba
-anocheciendo, y como el anciano tena ya la vista cansada, no pudo darse
-cuenta exacta de en qu consista la rareza. Una cosa le intrigaba sobre
-todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que
-pareca como si los pies se le levantasen del suelo por s mismos y
-tuviese que sujetarlos a la fuerza.</p>
-
-<p>—En mi juventud tena yo tambin los pies ligeros—dijo Filemn al
-caminante—, pero recuerdo que al llegar la noche sola tenerlos un poco
-cansados.</p>
-
-<p>—No hay nada como un buen bastn para aligerar el camino—respondi el
-forastero—, y el mo es excelente, como puedes ver.</p>
-
-<p>El bastn, en efecto, era el ms extrao que Filemn haba visto en su
-vida. Estaba hecho de madera de olivo y tena en el puo como un par de
-alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcan en derredor
-del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemn (cuyos
-ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron
-vivas.</p>
-
-<p>—Curioso trabajo, en verdad—dijo—. Un<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> bastn con alas! No hara mal
-caballito de palo para un nio.</p>
-
-<p>Filemn y sus huspedes haban ya llegado a la puerta de la casa.</p>
-
-<p>—Amigos—dijo el viejo—, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer,
-Baucis, ha ido a ver qu puede daros de comer. Somos pobres, pero
-vuestro es todo lo que haya en la alacena.</p>
-
-<p>El ms joven de los viajeros se tendi descuidadamente en el banco y
-dej caer el bastn. Y sucedi una cosa maravillosa. El bastn pareci
-levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de
-diminutas alas fu medio volando, medio saltando, a apoyarse en la
-pared. All se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcan. Esto vi
-Filemn; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacan ver visiones.</p>
-
-<p>Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de ms edad distrajo su
-atencin del bastn, dicindole:</p>
-
-<p>—No haba aqu, en tiempos muy antiguos, un lago que cubra el lugar
-donde ahora est la aldea?</p>
-
-<p>La voz del forastero era extraordinariamente grave.</p>
-
-<p>—No en mis das, amigo—respondi Filemn—, y eso que, como ves, soy
-ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> y las mismas
-praderas, y los rboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del
-valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin
-duda todo estar lo mismo cuando el viejo Filemn est ya muerto y
-olvidado.</p>
-
-<p>—Eso ya no se puede asegurar—observ el forastero, y en su voz haba
-severidad extraordinaria. Movi la cabeza, sacudiendo con el movimiento
-su cabello negro y rizado—. Puesto que los habitantes de este valle han
-olvidado los afectos y simpatas de su naturaleza, ms valdra que el
-lago cayese de nuevo sobre sus moradas.</p>
-
-<p>El viajero pareca tan serio, que Filemn casi se asust; tanto ms,
-cuanto que al fruncir l el ceo, el crepsculo pareci obscurecerse de
-pronto, y cuando movi la cabeza son un trueno en el aire.</p>
-
-<p>Pero, un momento despus, el rostro del viajero volvi a ser tan amable
-y bondadoso, que el anciano olvid su terror casi por completo. Sin
-embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser
-vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que
-Filemn le tomase por algn prncipe disfrazado o cosa por el estilo;
-ms bien crey que sera algn hombre muy sabio, que andaba por el mundo
-en tan pobre atavo despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span>
-buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabidura. Esta
-idea pareca ms probable, porque cuando Filemn alz los ojos hasta el
-rostro del viajero, le pareci ver ms pensamiento en una sola mirada de
-las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada
-al estudio.</p>
-
-<p>Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron a
-charlar con Filemn muy amablemente. El ms joven era
-extraordinariamente locuaz, y haca observaciones tan agudas e
-ingeniosas, que el buen hombre no poda menos de echarse a reir, y
-pensaba que nunca haba tropezado con persona ms divertida.</p>
-
-<p>—Amigo—le pregunt, cuando ya fu tomando ms confianza—, cmo te
-llamas?</p>
-
-<p>—Soy bastante vivo, como ves—respondi el viajero—; as es que puedes
-llamarme Azogue; creo que el nombre no me estar mal.</p>
-
-<p>—Azogue?—repiti Filemn, mirando cara a cara al viajero, por ver si
-se estaba burlando de l—. S que es nombre raro. Y tu compaero,
-tambin tiene uno por el estilo?</p>
-
-<p>—Pregunta al trueno y te lo dir—respondi Mercurio misteriosamente—.
-No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.</p>
-
-<p>Esta observacin, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a
-Filemn, si al mirar<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> al forastero de ms edad no hubiese reparado en la
-expresin extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la
-figura ms grandiosa que haba visto nunca.</p>
-
-<p>Cuando hablaba, lo haca con gravedad y de tal modo, que Filemn se
-senta irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tena en el
-corazn. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran
-con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo
-el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.</p>
-
-<p>Pero Filemn, hombre sencillo y bondadoso, no tena muchos secretos que
-descubrir. Habl, s, grrulamente, de los acontecimientos de su vida
-pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel
-lugar. Su mujer, Baucis, y l, haban vivido desde su juventud en
-aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres,
-pero siempre contentos. Dijo cun excelentes eran el queso y la manteca
-que haca Baucis, y cun sabrosas las verduras que cultivaba l en el
-huerto. Tambin dijo que por lo mucho que se queran, su nico deseo era
-que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como haban
-vivido. Cuando oy esto el forastero, una sonrisa ilumin su rostro, y
-su expresin se hizo tan suave como grandiosa.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span></p>
-
-<p>—Eres un buen viejo—dijo a Filemn—y tienes una excelente mujer por
-compaera. Justo es que se logre vuestro deseo.</p>
-
-<p>Y parecile a Filemn, precisamente entonces, como si las nubes de la
-puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando
-en fugitiva llama todo el cielo.</p>
-
-<p>Baucis haba preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenz a
-disculparse por la pobreza de los manjares que poda ofrecer a sus
-huspedes.</p>
-
-<p>—Si hubiramos sabido que venais—dijo—, mi marido y yo no hubisemos
-probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado
-casi toda la leche en hacer queso, y el ltimo pan casi nos le hemos
-comido. Ay de m: nunca siento ser pobre, ms que cuando un necesitado
-llama a mi puerta!</p>
-
-<p>—Todo se arreglar; no te apures, mujer—repuso el forastero de ms
-edad, bondadosamente—. Un recibimiento honrado y cordial hace
-maravillas y es capaz de convertir los manjares ms humildes en nctar y
-ambrosa.</p>
-
-<p>—Recibimiento cordial s le tendris—exclam Baucis—, y adems un
-poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de
-prpura.</p>
-
-<p>—Pero, madre Baucis, eso es un festn!—exclam Azogue, rindose—.
-Un festn completo!<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> Y ya vers qu bien represento yo mi papel de
-invitado. Creo que en mi vida he tenido ms hambre!</p>
-
-<p>—Los dioses nos ayuden!—dijo por lo bajo Baucis a su marido—. Si
-este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio
-cenar!</p>
-
-<p>Todos entraron en la cabaa.</p>
-
-<p>Y ahora, oyentes mos, queris que os cuente algo que os har abrir los
-ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas ms extraas de
-toda esta historia. Recordaris que el bastn de Mercurio se haba
-apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueo entr en
-ella, dejndole olvidado, qu hizo el bastn? Abrir inmediatamente las
-alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap
-iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se qued quieto hasta que
-lleg a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de
-Azogue. El anciano Filemn y su mujer estaban tan atareados atendiendo a
-sus huspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastn.</p>
-
-<p>Como Baucis haba dicho, la comida era escasa para dos caminantes
-hambrientos. En medio de la mesa haba un trozo de pan negro con un
-pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Haba un gran racimo
-de uvas<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> para cada uno de los huspedes. Y un cantarillo de barro, casi
-lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo
-llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, slo
-quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. Ay, es triste cosa
-cuando un corazn generoso se encuentra apretado por la escasez! La
-pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de
-que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena
-ms abundante.</p>
-
-<p>Y ya que la cena era tan escasa, no poda menos de desear que hubiesen
-tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se
-bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.</p>
-
-<p>—Un poco ms de leche, madre—dijo Azogue—. El da ha sido caluroso y
-estoy sediento.</p>
-
-<p>—Ay de m!—respondi Baucis, confusa—. Me da tanta pena y tanta
-vergenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cntaro una sola
-gota. Ay, marido, marido!, por qu no nos habremos pasado sin cenar?</p>
-
-<p>—Me parece—dijo Azogue, levantndose y cogiendo el cantarillo por el
-asa—, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro
-hay ms leche en el cntaro.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span></p>
-
-<p>Diciendo esto, cul fu el asombro de Baucis, al ver que el viajero
-llen no slo su tazn, sino el de su compaero, con leche del cntaro
-que ella se figuraba estar casi vaco! La buena mujer apenas poda creer
-lo que estaba viendo. Seguramente haba echado en los tazones casi toda
-la leche, y haba visto la poca que en el fondo del cntaro quedaba,
-antes de volverle a dejar encima de la mesa.</p>
-
-<p>—Como soy vieja—pens Baucis—, ya no veo tan bien como antes. Me
-habr equivocado. De todos modos, ahora s que no puede menos de estar
-vaco, despus de haber llenado dos veces los tazones.</p>
-
-<p>—Qu leche tan rica!—observ Azogue, despus de sorberse el segundo
-tazn—. Perdn, excelente huspeda, si te pido un poquito ms.</p>
-
-<p>Baucis haba visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, haba
-vuelto el cntaro completamente boca abajo, echando hasta la ltima gota
-de leche al llenar el segundo tazn. Por lo tanto, no era posible que
-quedase ms. Y para hacrselo comprender as, levant el cntaro e hizo
-el movimiento de echar leche en el tazn de Azogue, sin la ms remota
-esperanza de que cayese nada. Cul fu, por lo tanto, su sorpresa,
-cuando cay en la taza tan abundante cascada, que el tazn se llen
-inmediatamente<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> y la leche empez a correr por la mesa! Las dos
-serpientes, que estaban enroscadas en el bastn de Azogue, alargaron la
-cabeza y empezaron a lamer la leche que se haba vertido. Pero ni
-Filemn ni Baucis repararon en esta circunstancia.</p>
-
-<p>Y qu deliciosa fragancia tena! Pareca como si las vacas de Filemn
-hubiesen pastado aquel da la hierba ms rica del mundo. Cmo me
-alegrara si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazn de leche como
-aqulla, a la hora de cenar!</p>
-
-<p>—Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis—dijo Azogue—, y un poco
-de miel.</p>
-
-<p>Baucis cort una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le
-comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de
-salir del horno. Probando una miga que se haba cado en la mesa, le
-pareci el pan ms delicioso que haba comido en su vida, y apenas poda
-creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, de qu
-otra hogaza poda ser?</p>
-
-<p>Y la miel! Ms vale que no intente describiros el color y el olor
-exquisito que tena: su color era el del oro ms puro y transparente, y
-ola a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningn jardn
-de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> por
-encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, despus de revolotear
-sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se
-hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de
-Filemn. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el
-perfume de aqulla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso
-que, cerrando los ojos, instantneamente hubieseis olvidado el techo
-bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis credo estar bajo una glorieta
-de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos
-de pensar que all estaba pasando algo extraordinario. As es que,
-despus de servir a sus huspedes el pan y la miel, se sent al lado de
-Filemn, y le dijo en voz baja lo que haba visto.</p>
-
-<p>—Has odo nunca cosa semejante?—le pregunt.</p>
-
-<p>—No, nunca—respondi Filemn sonriendo—. Y creo ms bien, vieja de mi
-alma, que has estado soando despierta. Si hubiese yo servido la leche,
-hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cntaro
-un poco ms de la que t creas; eso es todo.</p>
-
-<p>—Ay, marido!—dijo Baucis—, di lo que quieras; pero stas son gentes
-muy extraas.</p>
-
-<p>—Bien, bien—respondi Filemn sin dejar de sonreir—, puede que lo
-sean. Ciertamente,<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> parece que en otros tiempos han debido estar en
-mejor posicin que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con
-tanto gusto.</p>
-
-<p>Cada uno de los huspedes haba cogido su racimo de uvas. Baucis, que se
-estaba restregando los ojos para ver ms claro, se figur que los
-racimos haban crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de
-estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para
-ella cmo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja
-que trepaba por las paredes de su casa.</p>
-
-<p>—Admirables uvas!—observ Azogue, que las iba tragando una tras otra,
-sin que, al parecer, el racimo disminuyese—. De dnde las coges,
-amable husped?</p>
-
-<p>—De mi parra—respondi Filemn—. Desde aqu se pueden ver las ramas
-retorcindose detrs de la ventana; pero mi mujer y yo nunca cremos que
-fuesen muy buenas.</p>
-
-<p>—Nunca las he comido mejores—respondi el husped—. Otra tacita de
-esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un
-prncipe.</p>
-
-<p>Esta vez fu Filemn el que se levant y cogi el cntaro, porque tena
-curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le haba
-contado. Bien saba que su buena mujer era incapaz de mentir, y que
-pocas veces se<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> equivocaba en lo que supona ser verdad. Pero era tan
-peregrino el caso, que quera verlo con sus propios ojos. Al coger el
-cntaro, mir hacia dentro y se convenci de que apenas contena unas
-cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brot como una
-fuentecita blanca, que lo llen hasta la boca de leche espumosa y
-fragante. Suerte fu, y grande, que Filemn, en su sorpresa, no dejase
-caer el cntaro milagroso.</p>
-
-<p>—Quines sois, maravillosos viajeros?—exclam mucho ms asombrado que
-lo haba estado su mujer.</p>
-
-<p>—Tus huspedes, buen Filemn, y tus amigos—repuso el viajero de ms
-edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo pareca suave y
-melodiosa—. Dame a m tambin otra taza de leche, y as tu cntaro no
-se vace nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes
-necesitados.</p>
-
-<p>Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran
-sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un
-rato ms hablando con ellos, para expresar la admiracin que sentan y
-su alegra al ver que la cena, pobre y escasa, haba resultado mucho
-mejor y ms abundante de lo que crean. Pero el forastero de ms edad
-les haba inspirado tal respeto, que no se atrevieron a<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> preguntarle
-nada, y cuando Filemn llev a Azogue a un lado y le pregunt cmo era
-posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cntaro, el
-viajero seal su bastn.</p>
-
-<p>—Ah est todo el misterio—dijo Azogue—. Y si le puedes descifrar t,
-me alegrar muchsimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo
-contarte todo lo que hace ese bastn; siempre me est dando bromas de
-stas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en
-semejantes tonteras, dira que est embrujado.</p>
-
-<p>No dijo ms; pero les mir de un modo tan extrao, que los viejos
-pensaron que estaba burlndose de ellos. El bastn mgico fu tras de su
-amo dando saltos, cuando Azogue sali de la habitacin. Cuando se
-quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos
-de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque haban dado
-su cama a los huspedes y no tenan otra ms que aquellas tablas, que
-ojal hubieran sido tan blandas como sus corazones.</p>
-
-<p>El anciano y su mujer se levantaron temprano por la maana, y los
-viajeros tambin se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su
-camino.</p>
-
-<p>Filemn, hospitalariamente, les pidi que se<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> quedaran un poco ms,
-hasta que Baucis ordease la vaca y cociese un panecillo en el horno, y
-acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los
-viajeros queran andar buena parte del camino antes de que apretase
-demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente,
-pero pidieron a Filemn y a Baucis que les acompaasen un rato, para
-ensearles el camino que deban tomar.</p>
-
-<p>As salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos
-antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos
-tomaron confianza con el viajero de ms edad, y cmo sus almas honradas
-y sencillas se perdan en la suya como dos gotas de agua se perderan en
-el Ocano sin lmites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado,
-pareca descubrir hasta el ms pequeo pensamiento que apuntaba en sus
-mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces
-deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a
-cien leguas su bastn, que tena un aire tan endemoniadamente malicioso
-con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensndolo bien,
-Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen
-alegrado de tenerle en casa a l, a su bastn y a sus serpientes,
-mientras les durase la vida.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span></p>
-
-<p>—Ay de m!—exclam Filemn cuando ya se hubieron alejado un poco de
-la puerta—. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar
-hospitalidad a los forasteros, ataran sus perros y no volveran a
-consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.</p>
-
-<p>—Es un pecado y una vergenza para ellos el portarse as—exclam con
-vehemencia Baucis—, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir
-cuatro verdades a esos desalmados.</p>
-
-<p>—Temo—observ Azogue, sonriendo maliciosamente—que no vas a encontrar
-en casa a ninguno de ellos.</p>
-
-<p>El entrecejo de su compaero adquiri precisamente entonces tan grave,
-austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que
-ni Filemn ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la
-cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.</p>
-
-<p>—Cuando los hombres no quieren portarse con el ms humilde de los
-extraos como si fuese hermano suyo—dijo el viajero en tono tan
-profundo que su voz sonaba como la msica de un rgano—, no son dignos
-de existir sobre la Tierra, que fu creada para morada de la gran
-hermandad humana.</p>
-
-<p>—Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma—dijo Azogue con la
-mirada ms regocijada del mundo—, dnde est el pueblo<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> de que vamos
-hablando? A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por
-ninguna parte.</p>
-
-<p>Filemn y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol
-el da antes, haban visto las praderas, las casas, los huertos, los
-macizos de rboles, la calle ancha, los nios jugando y todas las
-seales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, cul fu su asombro!
-No haba all ni asomo de aldea! Hasta el frtil valle, en cuyo hueco
-yaca, haba dejado de existir. En su lugar se vea la superficie amplia
-y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a
-orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila
-como si hubiese estado all desde el principio del mundo. Un instante,
-el lago permaneci completamente quieto. Luego una brisa pas sobre l e
-hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del
-sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.</p>
-
-<p>El lago pareca tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se
-quedaron asombrados, como si pensaran que haban estado soando con un
-pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas
-desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y
-comprendieron que no soaban. El pueblo haba estado all ayer, pero ya
-no estaba!<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span></p>
-
-<p>—Ay!—exclamaron los dos ancianos bondadosos—. Qu ha sido de
-nuestros pobres vecinos?</p>
-
-<p>—Ya no existen como hombres y mujeres—dijo el viajero de ms edad con
-su voz profunda, y un trueno pareci hacerle eco en la lejana—. No
-haba en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni
-dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos
-bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen
-de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aqu hace siglos, se ha
-tendido de nuevo para reflejar el cielo.</p>
-
-<p>—Y en cuanto a aquellas gentes necias—dijo Azogue con su maliciosa
-sonrisa—, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que
-cambiar, porque ya eran un puado de pillos con escamas en el corazn y
-sangre completamente fra. De modo, madre Baucis, que si t o tu marido
-tenis capricho de comer una trucha a la parrilla, podis echar un
-anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.</p>
-
-<p>—Ah!—exclam Baucis estremecindose—. Por todo el oro del mundo no
-pondra una sola en la sartn!</p>
-
-<p>—No—aadi Filemn haciendo un gesto de desagrado—; no las podramos
-atravesar!<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span></p>
-
-<p>—En cuanto a ti, buen Filemn—continu el viajero de ms edad—, y t,
-amable Baucis, con vuestros escasos medios habis puesto tanta
-cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha
-convertido en inextinguible fuente de nctar, y el pan y la miel en
-ambrosa. As las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos
-manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habis hecho bien,
-queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que ms deseis conseguir, y
-est concedido.</p>
-
-<p>Filemn y Baucis se miraron, y luego no s cul de los dos habl; pero
-lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.</p>
-
-<p>—Queremos vivir juntos hasta nuestro ltimo da, y salir de este mundo
-en el mismo instante, cuando muramos. Porque siempre nos hemos amado!</p>
-
-<p>—As sea!—repuso el viajero con majestuosa bondad—. Y ahora, mirad
-vuestra casa.</p>
-
-<p>As lo hicieron; pero, cul fu su sorpresa al encontrarse con un gran
-edificio de mrmol blanco, con grandioso prtico, que ocupaba el sitio
-donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!</p>
-
-<p>—Esa es vuestra casa—dijo el viajero sonriendo benvolamente—.
-Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la
-pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span></p>
-
-<p>Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni l ni
-Azogue estaban all.</p>
-
-<p>As, Filemn y Baucis se instalaron en el palacio de mrmol, y pasaron
-das y das con gran satisfaccin en recibir y agasajar a cuantos
-viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el
-cntaro conserv su virtud maravillosa de no estar nunca vaco cuando
-haca falta que estuviese lleno. Siempre que un husped honrado, de buen
-genio y de buen corazn, beba un trago de aquel cntaro, comprenda que
-era el lquido ms agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero
-si un pillo de mal carcter, terco o malintencionado, acertaba a beber
-de l, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la
-leche estaba agria.</p>
-
-<p>As el matrimonio, ya tan viejo, vivi en su palacio y envejeci ms y
-ms. Por fin lleg una maana de verano, en que Filemn y Baucis no
-aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huspedes
-de la noche anterior al desayuno. Los huspedes los buscaron por todas
-partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero intilmente.</p>
-
-<p>Por fin, despus de mucha perplejidad, vieron frente al prtico dos
-venerables rboles, que nadie pudo recordar haber visto all el da
-antes. All estaban, con las races fuertemente<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> hundidas en tierra, y
-anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio:
-uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas—y era extrao y hermoso el
-verlo—estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; as es que cada
-uno de los rboles pareca vivir en el seno de su compaero mucho ms
-que en el suyo propio.</p>
-
-<p>Mientras los huspedes se maravillaban viendo cmo aquellos rboles, que
-hubiesen necesitado casi un siglo para crecer as, podan haberse hecho
-tan altos y venerables en una sola noche, se levant un poco de viento y
-movi las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo
-murmullo, como si los dos misteriosos rboles estuviesen hablando.</p>
-
-<p>—Yo soy el viejo Filemn—murmur el roble.</p>
-
-<p>—Y yo Baucis—murmur el tilo.</p>
-
-<p>Y como el viento se hizo ms fuerte, los dos rboles hablaron a un
-tiempo—Filemn! Baucis! Baucis! Filemn!—, como si ambos fuesen
-uno solo y hablasen juntos desde lo ms hondo de su corazn. Fcil era
-de comprender que la anciana pareja haba renovado su vida e iba a pasar
-lo menos cien aos tranquilos y deleitosos: Filemn convertido en roble
-y Baucis en tilo. Oh, qu hospitalaria la sombra que daban! Siempre que
-un caminante se detena</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 328px;">
-<a href="images/illus-208a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-208a_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> </p>
-
-<p class="nind">bajo ella, oa un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se
-maravillaba al escuchar cmo el rumor aqul se pareca a un sonar de
-palabras que dijese:</p>
-
-<p>—Bien venido, bien venido, viajero!</p>
-
-<p>Y algn alma buena, que saba lo que hubiese agradado a Filemn y a
-Baucis, construy un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho
-tiempo despus, los cansados, los hambrientos y los sedientos,
-acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cntaro
-milagroso.</p>
-
-<p>—Ojal nosotros le tuviramos aqu ahora!</p>
-
-<p>—Cunto caba el cntaro?—pregunt Trbol.</p>
-
-<p>—Dos cuartillos escasos—respondi el estudiante—; pero podas estar
-sacando leche de l hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin
-cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese
-arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.</p>
-
-<p>—Y dnde est ahora el cntaro?—pregunt el nio.</p>
-
-<p>—Se rompi, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil
-aos—respondi el primo Eustaquio—. Le compusieron lo mejor posible;
-pero aunque sigui sirviendo para contener leche, ya nunca volvi a
-llenarse<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> solo. As es que no tena ya ms mrito que cualquier otro
-cntaro viejo y rajado.</p>
-
-<p>—Qu lstima!—exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.</p>
-
-<p>El respetable perro <i>Ben</i> haba acompaado a los excursionistas, as
-como tambin un perrillo pequeo de Terranova, que responda al nombre
-de <i>Bruin</i>, porque era negro como un oso. Como <i>Ben</i> era el de ms edad
-y el de costumbres ms circunspectas, el primo Eustaquio le rog
-respetuosamente que se quedase con los pequeos para guardarles de todo
-mal. En cuanto al negro <i>Bruin</i>, que era ni ms ni menos que un
-chiquillo, el estudiante juzg ms prudente llevarle consigo, por temor
-a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a
-rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se
-estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el
-estudiante, con Primavera y dems nios grandes, empez a subir, y
-pronto se perdieron todos de vista entre los rboles.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p>
-
-<h2><a name="LA_QUIMERA" id="LA_QUIMERA"></a>LA QUIMERA</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 278px;">
-<a href="images/illus-213_lg.jpg">
-<img src="images/illus-213_sml.jpg" width="278" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3><a name="CUMBRE_PELADA" id="CUMBRE_PELADA"></a>CUMBRE PELADA</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">M</span><span class="smcap">onte</span> arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright
-y sus compaeros. Los rboles no estaban an completamente cubiertos de
-hojas, pero tenan ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras
-el sol los inundaba de luz verde. Haba rocas cubiertas de musgo, medio
-escondidas entre las pardas hojas secas; haba troncos de rbol casi
-podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se haban
-derrumbado; haba arbustos secos, que haban sido arrancados de raz por
-los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero,
-aunque todas esas cosas parecan tan viejas, el aspecto del bosque era
-de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se
-encontraba<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> algo fresco y verde que estaba brotando, dndose prisa a
-prepararse para el verano.</p>
-
-<p>Por fin la gente joven alcanz el lmite superior del bosque, y se
-encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No
-era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor
-dicho meseta, bastante ancha; en ella haba una casa y un cobertizo a
-cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces
-las nubes, de las cuales caa la lluvia o la nieve sobre el valle,
-estaban por debajo de aquella habitacin, sola y desamparada.</p>
-
-<p>En el punto ms alto de la colina haba un montn de piedras, en cuyo
-centro estaba clavado un gran mstil que sostena una banderita.
-Eustaquio condujo all a los nios, y les mand que mirasen en derredor
-y viesen cun gran espacio de hermoso mundo podan alcanzar con una
-ojeada. Y a medida que miraban, pareca que se les iban agrandando los
-ojos.</p>
-
-<p>Se vea, al Sur, la altsima montaa que formaba generalmente el centro
-del paisaje, pero que pareca haberse hundido, y ahora haba pasado a
-ser miembro de una gran familia de alturas. Detrs de ella, la sierra,
-que desde la casa pareca lejana y no muy alta, haba crecido y se haba
-elevado. El lindo lago se vea con todas sus pequeas ensenadas, y no<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span>
-estaba solo: que haba ms all otros tres que abran al sol sus ojos
-azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban
-desparramadas en la lejana. Haba tantas granjas, con sus fanegas de
-bosque, pastos y tierras de labranza, que los nios apenas podan hacer
-sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. All
-tambin estaba Tanglewood, que hasta entonces le haba parecido cosa tan
-importante en el mundo.</p>
-
-<p>Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscndole no le encontraban, y su
-vista iba mucho ms all de donde en realidad se encontraba.</p>
-
-<p>Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y
-movedizas sombras aqu y all sobre el paisaje. Pero a cada instante la
-luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la
-sombra se haba marchado a otra parte.</p>
-
-<p>Al Oeste haba otra serie de montaas azules.</p>
-
-<p>—En aquella colina—dijo Eustaquio a los nios—haba un lugar, donde
-unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos,
-y donde un individuo holgazansimo, llamado Rip Van Winkle, se haba
-quedado dormido y se haba estado durmiendo veinte aos de un tirn.<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span></p>
-
-<p>Los nios pidieron con afn a Eustaquio que les contase todo lo que
-supiera de casos tan maravillosos.</p>
-
-<p>Pero el estudiante replic que ese cuento ya estaba contado hace mucho
-tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo l, y que nadie en el
-mundo tena derecho a cambiar una sola palabra en l, hasta que se
-hubiese puesto tan viejo como La cabeza de la Gorgona, Las tres
-manzanas de oro y el resto de esas milagrosas leyendas.</p>
-
-<p>—Pero, al menos, mientras estamos descansando aqu—dijo Margarita, y
-mirando en derredor—, bien puedes contarnos una de las historias que t
-inventas.</p>
-
-<p>—S, primo Eustaquio—exclam Primavera—: te aconsejo que nos cuentes
-aqu un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginacin
-se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaa te ponga
-potico siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraa y
-maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a
-creerlo todo.</p>
-
-<p>—Sers capaz de creer—pregunt Eustaquio—que hubo una vez un caballo
-con alas?</p>
-
-<p>—S—dijo la maliciosa Primavera—; pero temo que t no vas a conseguir
-cogerlo nunca.</p>
-
-<p>—Lo que es eso, Primavera—dijo el estudiante<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span>—, no me parece muy
-difcil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por
-lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por
-lo menos, os contar un cuento que se refiere a l, y el lugar ms a
-propsito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.</p>
-
-<p>Y as, sentndose en el montn de piedras, mientras los nios se
-agrupaban a su alrededor, Eustaquio fij la vista en una blanca nube que
-iba flotando, y empez como sigue.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 153px;">
-<a href="images/illus-218_lg.jpg">
-<img src="images/illus-218_sml.jpg" width="153" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 275px;">
-<a href="images/illus-219_lg.jpg">
-<img src="images/illus-219_sml.jpg" width="275" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>LA QUIMERA</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas
-extraas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda
-recordar), haba en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que
-manaba en la falda de una montaa. Y segn me figuro, debe estar manando
-an, al cabo de tantos miles de aos, en el mismsimo sitio. Sea como
-sea, el caso es que all estaba la apacible fuente, derramando frescura
-por la montaa abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol,
-cuando lleg junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba
-en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de
-oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un
-nio,<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> y tambin una jovencita que estaba llenando un cntaro, se detuvo
-y pregunt si poda refrescarse tomando un trago.</p>
-
-<p>—Es un agua riqusima—dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su
-cntaro, despus de haber bebido en l—. Seras tan amable que me
-dijeras si tiene algn nombre esta fuente?</p>
-
-<p>—S: la llaman la Fuente de Pirene—respondi la doncella, y aadi
-luego:—Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una
-mujer hermossima; mas cuando su hijo fu muerto por las flechas de
-Diana cazadora, se deshizo toda en lgrimas. De manera que el agua que
-has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazn de aquella
-pobre madre.</p>
-
-<p>—Nunca hubiera soado—dijo el joven forastero—que tan clara fuente,
-con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lgrimas
-en su seno! Y sta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme
-dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este
-sitio.</p>
-
-<p>Un campesino de mediana edad (que haba llevado una vaca a beber de la
-fuente) mir fijamente al joven Belerofonte y a la magnfica brida que
-llevaba en la mano.</p>
-
-<p>—Por fuerza que las fuentes andan muy escasas<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> por tu pas—observ—,
-si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, has
-perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es
-con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan
-hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin l.</p>
-
-<p>—No he perdido ningn caballo—dijo Belerofonte, sonriendo—, pero voy
-buscando uno muy famoso, que segn me han informado los sabios, slo por
-aqu se puede encontrar. Sabis si Pegaso, el caballo con alas, sigue
-frecuentando la Fuente de Pirene, como sola en tiempos de vuestros
-antepasados?</p>
-
-<p>El campesino se ech a reir.</p>
-
-<p>—Algunos de vosotros, amiguitos mos, habris odo, probablemente, que
-este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas
-plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cspide del monte
-Helicn. Jams guila alguna atraves las nubes tan veloz, tan impetuosa
-en su vuelo, como l por los aires. No haba nada igual en el mundo. No
-tena compaero; nunca haba sido montado ni guiado por un amo, y en
-muchos y dilatados aos vivi solo y feliz.</p>
-
-<p>Oh, qu hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como l lo
-haca, en la cima de una alta montaa, y pasando la mayor<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> parte del da
-en el aire, Pegaso apenas pareca criatura de la tierra. Dondequiera que
-se le vea a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo
-de sus alas plateadas, hubierais pensado que perteneca al cielo, y que
-habiendo descendido demasiado bajo, se haba extraviado entre nuestras
-nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy
-bonito mirar cmo se hunda en el seno lanoso de una brillante nube,
-perdindose en ella por un momento y atravesndola para salir al otro
-lado. En medio de un sombro aguacero, cuando por todo el cielo haba un
-pavimento gris de nubes, suceda a veces que el caballo alado bajaba a
-plomo a travs de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores
-brillaba tras l. Verdad que un instante despus, tanto Pegaso como la
-gozosa luz haban desaparecido; pero el que haba tenido la fortuna de
-ver aquel maravilloso espectculo, estaba animado todo el da, y ms si
-duraba ms la tormenta.</p>
-
-<p>En verano, en lo ms hermoso de la estacin, sola Pegaso bajar a
-tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretena en galopar por
-valles y colinas con la rapidez del viento. Ms a menudo que en ningn
-otro sitio se le haba visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su
-agua deliciosa o revolcndose por la blanda hierba de la orilla. Tambin
-algunas veces<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> (pues Pegaso era muy delicado para la comida) paca unos
-cuantos brotes de trbol de los ms tiernos.</p>
-
-<p>Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivan,
-haban tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran
-jvenes y seguan creyendo en caballos con alas), llevados por la
-esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los ltimos aos
-se le haba visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya
-casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no haba
-contemplado nunca a Pegaso, ni crea en la existencia de semejante
-criatura. Y ocurri que el campesino a quien se dirigi Belerofonte era
-una de esas personas incrdulas.</p>
-
-<p>Y sta fu la razn de que se riese.</p>
-
-<p>—Pegaso? S, s!—exclam, dilatando las narices todo lo que pueden
-dilatarse unas narices chatas—; s, s, Pegaso! Un caballo con alas,
-eh! Pero, amigo, ests en tus cabales? Para qu le serviran las alas
-a un caballo? Crees que tirara bien de un carro? A decir verdad,
-alguna economa podra hacerse en el gasto de herraduras; pero, cmo le
-haba de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la
-ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por
-encima<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> de las nubes, cuando slo quisiera ir al molino? No, no; yo no
-creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridcula clase de caballos-pjaros.</p>
-
-<p>—Yo tengo mis razones para pensar de otro modo—dijo Belerofonte con
-toda calma.</p>
-
-<p>Entonces se volvi hacia un viejo canoso que, apoyndose en una cayada,
-escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja,
-porque haca veinte aos que se haba quedado un poquito sordo.</p>
-
-<p>—Qu dices t, venerable anciano?—le pregunt—. Me figuro que cuando
-eras ms joven habrs visto con frecuencia al caballo alado.</p>
-
-<p>—Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria—dijo el viejo—. Si no
-recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que exista ese
-caballo, y lo mismo que yo lo crea todo el mundo; pero ahora casi no s
-qu creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna
-vez he visto a ese animal, har mucho, muchsimo tiempo. Y a decir
-verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo
-era muy joven, recuerdo haber visto un da muchas pisadas de caballo
-alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero tambin podan
-ser de cualquier otro caballo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span>—Y t, hermosa joven, no le has visto nunca?—pregunt Belerofonte a
-la muchacha, que estaba parada con el cntaro sobre la cabeza mientras
-tenan esta conversacin—. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso
-eres t, porque tienes unos ojos muy vivos.</p>
-
-<p>—Creo que le he visto una vez—replic la doncella, sonrindose y
-sonrojndose—. O era Pegaso o un pjaro blanco grandsimo, que iba muy
-alto por el aire. Y otra vez, cuando vena a la fuente con mi cntaro,
-o un relincho, pero qu relincho ms fuerte y melodioso! Con la
-delicia de aquel sonido me di un salto el corazn; pero me asust, sin
-embargo, y ech a correr a casa sin llenar el cntaro.</p>
-
-<p>—Fu una lstima, verdaderamente!—dijo Belerofonte, y se volvi hacia
-el nio que mencion al principio del cuento, y que estaba mirndole
-fijo, fijo, como acostumbran los nios mirar a los forasteros, con su
-rosada boquita abierta de par en par.</p>
-
-<p>—Eh, amiguito!—exclam Belerofonte, tirndole cariosamente de uno de
-los rizos—. Supongo que t habrs visto a menudo el caballo con alas.</p>
-
-<p>—S que le he visto—respondi el nio vivamente—. Le vi ayer, y
-muchas veces antes.</p>
-
-<p>—Eres un hombre!—dijo Belerofonte atrayendo al nio hacia s—. Ven,
-y cuntame todo lo que sepas.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span></p>
-
-<p>—Pues, nada—replic el nio—. Yo vengo aqu a menudo para echar
-barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces,
-cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo
-del cielo que all se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar
-en l y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le
-molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdindose de vista.</p>
-
-<p>Y Belerofonte tuvo ms fe en el nio que haba visto la imagen de Pegaso
-en el agua, y en la joven que le haba odo relinchar tan
-melodiosamente, que en el patn de mediana edad, que slo crea en los
-caballos de carro, o que en el viejo, que haba olvidado ya las bellas
-cosas de su juventud.</p>
-
-<p>Por eso fu muchos das a la Fuente de Pirene, y observando
-continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a
-la superficie del agua, no perda la esperanza de ver la imagen
-reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad.
-Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus
-piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivan all
-cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se rean a menudo del
-pobre Belerofonte, y algunas veces le zaheran con dureza. Le decan<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span>
-que un hombre robusto como l deba hacer algo ms til que perder el
-tiempo en tan ocioso empeo. Le ofrecan venderle un caballo, si lo
-necesitaba, y como Belerofonte se neg a la compra, quisieron comprarle
-a l la hermosa brida.</p>
-
-<p>Hasta los nios la tomaron con l, y acostumbraban a jugar all cerca,
-sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oa y les
-vea. Un chiquillo de aqullos haca de Pegaso, por ejemplo, y daba los
-saltos ms extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno
-de sus compaeros iba tras l, llevando en la mano un par de juncos, que
-representaban la brida lujossima de Belerofonte. Pero el nio bondadoso
-que haba visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven
-forastero ms de lo que todos los chiquillos malos podan atormentarle.
-Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y
-sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con
-fe tan inocente, que Belerofonte no poda menos de sentirse animado.</p>
-
-<p>Ahora querris, probablemente, que os diga por qu se haba puesto
-Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontrar mejor oportunidad
-para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span></p>
-
-<p>Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte,
-resultara un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible
-monstruo, llamado la Quimera, haba aparecido en cierto pas de Asia, y
-estaba haciendo ms dao del que se puede decir de aqu a maana. Esta
-Quimera era una de las ms horribles y ponzoosas criaturas, la ms rara
-e inexplicable y la ms difcil de combatir y de escapar de ella, que
-jams sali de las entraas de la Tierra. Tena la cola como una
-serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tena tres cabezas distintas,
-una de las cuales era de len, la segunda de cabra y la tercera de
-serpiente, abominablemente grande. Y qu chorro de fuego sala
-flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre,
-dudo si tendra alas; pero, tuviralas o no, el caso es que corra como
-una cabra y un len, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una
-cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.</p>
-
-<p>Oh! Cunto, cunto dao haca esa maligna criatura! Con su aliento de
-llamas poda incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un
-pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes
-extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las
-personas y los animales vivos, cocindolos despus<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> en el ardiente horno
-de su estmago. Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos
-jams con un monstruo semejante!</p>
-
-<p>Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamrsele) estaba
-haciendo todas estas cosas terribles, lleg Belerofonte a aquella parte
-del mundo para visitar al rey. ste se llamaba Iobates, y el pas que
-rega era Licia. Belerofonte era uno de los jvenes ms valientes del
-mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algn hecho valeroso y
-benfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos
-tiempos, un joven que deseara distinguirse no tena ms camino que el de
-librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con
-malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no
-poda encontrar cosa ms peligrosa con que habrselas. El rey Iobates,
-conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear
-con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto,
-llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no
-vacil un instante, y asegur al rey que matara a la temida Quimera o
-perecera en la demanda.</p>
-
-<p>Reflexion, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente
-veloz, no podra nunca vencerle si luchaba con l a pie. Lo prudente<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span>
-sera, por tanto, adquirir el mejor y ms rpido caballo que pudiera
-encontrarse. Y qu otro haba en el mundo que fuera ni la mitad de
-rpido que Pegaso, el caballo maravilloso que tena alas y piernas y se
-mova en el aire con ms facilidad an que sobre la tierra? Cierto que
-muchsima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y
-deca que slo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por
-maravilloso que pareciese, Belerofonte crea que Pegaso era un caballo
-autntico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez
-montado sobre sus lomos, estara en condiciones de pelear ventajosamente
-con la Quimera.</p>
-
-<p>Y ste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en
-la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con
-slo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo
-alado se mostrara sumiso, reconocera por amo a Belerofonte, y volara
-hacia donde ste quisiera volver la rienda.</p>
-
-<p>Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con
-la esperanza de que Pegaso ira a beber a la Fuente de Pirene, fatig
-extraordinariamente a Belerofonte y le llen de ansiedad. Tema que el
-rey Iobates se figurase que haba hudo de la Quimera. Le<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> causaba dolor
-tambin el pensar cunto dao estara haciendo el monstruo, mientras que
-l, en lugar de combatirle, se vea obligado a sentarse ocioso, mirando
-cmo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso haba ido por
-all tan de tarde en tarde aquellos aos ltimos, y apenas si bajaba una
-vez durante la vida de un hombre, tema Belerofonte hacerse viejo y
-perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazn, antes de que
-apareciese el caballo con alas. Oh! Cun pesadamente pasa el tiempo
-cuando un joven arrojado ansa tomar parte en la vida y cortar la
-cosecha de su fama! Qu difcil es esperar! Nuestra vida es corta, y
-qu parte ms grande de ella se pierde en aprender esta verdad!</p>
-
-<p>Suerte fu para Belerofonte que el nio le hubiese tomado tanto cario y
-no se cansase de su compaa. Todas las maanas le infunda una nueva
-esperanza, en sustitucin de la perdida el da antes.</p>
-
-<p>—Querido Belerofonte—exclamaba mirndole animosamente—, creo que hoy
-vamos a ver a Pegaso.</p>
-
-<p>Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte
-habra acabado por perder toda esperanza, y habra vuelto a Licia e
-intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal
-caso, el pobre Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> habra sido, cuando menos, terriblemente
-chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y
-devorado. Nadie poda ni intentar combatir con una Quimera terrestre,
-sin ir montado sobre algn animal areo.</p>
-
-<p>Una maana habl el nio a Belerofonte con ms fe todava que de
-costumbre.</p>
-
-<p>—Mi queridsimo Belerofonte—exclam—, no s por qu, pero siento como
-si hoy, seguramente, furamos a ver a Pegaso.</p>
-
-<p>En todo aquel da no quiso apartarse ni un momento del lado de
-Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la
-fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el nio coloc
-una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. ste se hallaba
-abismado en sus pensamientos, y miraba distrado los troncos de los
-rboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus
-ramas. Mas el nio no dejaba de observar en el agua; por su cario a
-Belerofonte, le afliga pensar que la esperanza de aquel da saliera
-fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas
-lgrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, segn
-decan, haba vertido Pirene por su hijo muerto.</p>
-
-<p>Cuando menos lo pensaba, sinti Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> la presin de la manecita
-del nio, y oy un susurro casi imperceptible:</p>
-
-<p>—Mira ah, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.</p>
-
-<p>El joven mir en el movedizo espejo de la fuente, y vi algo como la
-imagen de un pjaro que pareca estar volando a grandsima altura,
-reflejndose el sol en sus nveas o argentadas alas.</p>
-
-<p>—Qu pjaro ms esplndido debe ser—dijo—, y qu grande parece, a
-pesar de estar volando ms alto que las nubes!</p>
-
-<p>—Me hace temblar—murmur el nio—. Me da miedo mirar hacia arriba, en
-el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo ms que a mirar su imagen
-en el agua. Querido Belerofonte, no ves que no es un pjaro? Es el
-caballo con alas, es Pegaso.</p>
-
-<p>El corazn empez a saltar en su pecho. Mir fijamente hacia arriba;
-pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pjaro o caballo, porque
-entonces precisamente se haba hundido en un nubarrn; sin embargo, un
-momento despus reapareci, atravesando la nube por la parte inferior,
-aunque todava a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogi al nio
-en brazos y se apart con l, hasta que ambos quedaron ocultos entre el
-espeso bosquecillo de arbustos que creca alrededor de la fuente. No<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span>
-porque tuviese miedo de ningn dao, pero s por temor a que si llegaba
-a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna
-inaccesible montaa. Porque era, realmente, el caballo alado. Despus de
-esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de
-Pirene.</p>
-
-<p>Cada vez se acercaba ms y ms la area maravilla, describiendo grandes
-crculos, como habris visto hacer a las palomas cuando van a bajar a
-tierra. Hacia abajo iba tambin Pegaso, y los amplios, majestuosos
-crculos, se iban haciendo ms y ms estrechos a medida que se
-aproximaba a tierra. Cuanto ms cerca se le vea, pareca ms hermoso, y
-ms maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por ltimo, con tan
-ligera presin que apenas aplast la hierba que creca alrededor de la
-fuente, ni dej la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se
-pos en tierra, y bajando la indmita cabeza, comenz a beber. Absorba
-el agua con grandes suspiros de satisfaccin y tranquilas pausas de
-contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la
-tierra ni en las nubes haba agua que agradara a Pegaso tanto como
-aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronch con los dientes
-unos cuantos de los dulces capullos del trbol, y los sabore
-delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> las hierbas
-nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicn,
-convenan a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.</p>
-
-<p>Despus de haber bebido as hasta satisfacerse, y de haberse dignado
-comer un poquito por coquetera, el caballo alado comenz a brincar de
-un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la
-holganza y al juego. Nunca hubo criatura ms juguetona que aquel Pegaso.
-Sacuda sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por
-la tierra, medio por el aire, que no s si llamar vuelos o galopes.
-Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas
-veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le
-costaba algo ms mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte
-entretanto, y sin soltar de la mano al nio, se asom fuera del boscaje,
-y pens que no haba visto cosa ms hermosa que aqulla, ni ojos de
-caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Pareca un pecado
-pensar en ponerle una brida y montarlo.</p>
-
-<p>Una o dos veces se par Pegaso, aspirando fuertemente el aire,
-levantando las orejas, estirando el cuello y volvindose a todos lados,
-como si recelase algn mal. Sin embargo, como ni vi ni oy nada, pronto
-volvi a sus juegos.<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span></p>
-
-<p>Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y
-desocupado, pleg Pegaso las alas y se tumb sobre la verde pradera;
-pero como estaba demasiado lleno de vida area para permanecer quieto
-mucho tiempo, comenz pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire
-sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, nica y
-solitaria, cuyo compaero no haba sido creado, que no lo necesitaba
-tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos.
-Cuantas ms cosas haca de las que los caballos mortales acostumbran a
-hacer, menos terreno y ms maravilloso pareca. Belerofonte y el nio
-casi no respiraban, en parte por su emocin deliciosa, pero
-principalmente porque teman que el ms ligero ruido o murmullo le
-hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al ms lejano azul del cielo.</p>
-
-<p>Por ltimo, cuando ya se haba revolcado bastante, Pegaso di vuelta, e
-indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirm los cascos
-delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivin que iba a
-hacerlo as, y saliendo sbitamente del boscaje, se mont de un salto
-sobre sus lomos.</p>
-
-<p>S. Se mont sobre los lomos del caballo con alas!</p>
-
-<p>Pero, qu salto di Pegaso cuando, por primera<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> vez en su vida, sinti
-sobre s el peso de un mortal! Aqullo era un salto! Antes de que
-tuviera tiempo de respirar, se encontr Belerofonte levantado a una
-altura de doscientos metros, siguiendo an hacia arriba, mientras que el
-caballo con alas resoplaba y se estremeca de terror y de clera. Hacia
-arriba fu, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el hmedo seno de
-una hube, a la cual haba mirado Belerofonte un poquito antes,
-imaginndosela como un lugar muy agradable. Despus, fuera ya de la
-nube, se dej caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera
-estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las
-ms salvajes cabriolas que jams hayan podido hacer pjaro ni caballo
-alguno.</p>
-
-<p>No sabr deciros ni la mitad de lo que hizo. Se desliz, rpido, hacia
-adelante, y a los lados y hacia atrs. Se par con las patas delanteras
-en un jirn de neblina, y las de atrs en nada absolutamente. Coce
-furiosamente y baj la cabeza, metindola entre las manos, con las alas
-apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilmetros de altura sobre
-la tierra, di un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte
-estuvieron donde deba estar la cabeza, y pareca que miraba al cielo
-hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvi la cabeza
-violentamente, y mirando a Belerofonte a la<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> cara, como si echara fuego
-por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudi las alas
-con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendi y cay a
-tierra, siendo recogida por el nio, quien la guard toda su vida como
-recuerdo de Pegaso y Belerofonte.</p>
-
-<p>Mas este ltimo (que segn podis apreciar, era tan buen jinete como el
-mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al
-fin encaj el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del
-caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvi tan
-manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de
-Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan
-sbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena deba sentir Pegaso
-tambin. Mir a Belerofonte con lgrimas en los hermosos ojos, en vez
-del fuego que poco antes despedan; pero cuando Belerofonte le acarici
-la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero
-con cario, vi en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si
-le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y
-compaero.</p>
-
-<p>As ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indmitas
-y solitarias como ellos. Si podis atraparlas y dominarlas, es el mejor
-camino para lograr su cario.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p>
-
-<p>Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima
-a Belerofonte, recorri una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle
-el bocado estaban llegando a la vista de una montaa altsima.
-Belerofonte ya haba visto antes esa montaa, y conoci que era Helicn,
-en cuya cima viva el caballo alado. All vol Pegaso (despus de mirar
-dcilmente a su jinete, como preguntndole si lo permita), y posndose,
-esper pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven salt de
-los lomos de su caballo, mantenindolo sujeto por la brida; pero al
-mirar sus ojos le conmovi tanto la docilidad de su aspecto y su
-hermosura, y la idea de la vida librrima que haba llevado Pegaso hasta
-entonces, que no se sinti capaz de tenerlo prisionero, si l realmente
-deseaba su libertad.</p>
-
-<p>Dejndose llevar de tan generoso impulso, dej caer la brida encantada
-de la cabeza de Pegaso y le sac el bocado.</p>
-
-<p>—Djame, Pegaso!—le dijo—. Djame o quireme!</p>
-
-<p>En un instante, el caballo alado sali disparado hasta perderse casi de
-vista, remontndose a plomo sobre la cima del Monte Helicn. El sol se
-haba puesto haca ya tiempo, lo alto de la montaa estaba an en el
-crepsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> Pegaso
-vol tan alto, que alcanz al da que se iba y se ba en la luz que
-irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez ms alto, pareca
-una mancha brillante, y al fin se perdi en la inmensidad del cielo.
-Temi Belerofonte no volverle a ver ms; pero cuando estaba deplorando
-su locura, reapareci la mancha brillante y se fu acercando ms cada
-vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y all estaba Pegaso
-de vuelta! Despus de prueba tal, ya no haba cuidado de que el caballo
-con alas se escapase. l y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron
-fielmente el uno al otro.</p>
-
-<p>Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte
-sobre el cuello de Pegaso, no por precaucin, sino por cario. Ambos se
-despertaron al despuntar la maana, y se dieron los buenos das, cada
-cual en su lengua.</p>
-
-<p>De este modo pasaron varios das Belerofonte y el maravilloso caballo,
-conocindose cada vez ms y aficionndose ms el uno al otro. Hacan
-largos viajes areos, y alguna vez suban tan altos, que la Tierra
-apenas pareca mayor que... la Luna. Visitaron pases remotos y
-asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven,
-montado en un caballo con alas, tena que haber bajado del cielo.
-Recorrer mil kilmetros por da era cosa muy<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> fcil para el veloz
-Pegaso. Aquel gnero de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto
-habra vivido siempre as, en la clara atmsfera de las alturas, en
-donde haca siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo
-fuera abajo; pero no poda olvidar a la horrible Quimera y la promesa
-hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien
-la equitacin area y saba manejar a Pegaso con un ligero movimiento de
-la mano, y le ense a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la
-peligrosa aventura.</p>
-
-<p>En consecuencia, al romper el da y tan pronto como abri los ojos, di
-un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente
-se alz Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y di,
-velocsimo, una gran vuelta a la cima de la montaa, como para mostrar
-que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursin. Mientras
-dur ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y
-finalmente descendi junto a Belerofonte tan levemente como habris
-visto que se posan los pjaros sobre los arbustos.</p>
-
-<p>—Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!—exclam
-Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo—. Y ahora,
-mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con
-la terrible Quimera.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span></p>
-
-<p>En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente
-llamada de Hipocrene, ofreci Pegaso la cabeza, espontneamente, para
-que su amo pudiera poner la brida. Luego di muchos brincos y cabriolas
-areas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras
-Belerofonte se cea la espada, dispona el escudo y se preparaba para
-la batalla. Cuando estuvo todo listo, mont el jinete y (segn sola
-hacer cuando iba lejos) subi cuatro kilmetros verticalmente, para
-orientarse mejor. Despus volvi la cabeza de Pegaso hacia el Este,
-dirigindose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un guila, pasando tan
-cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habra
-sido fcil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso,
-antes del medioda divisaron las altas montaas de Licia, con sus
-profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte haban
-dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tena su guarida la
-espantosa Quimera.</p>
-
-<p>Estando ya tan cerca del trmino de su viaje, descendieron poco a poco,
-aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas
-ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y
-asomndose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montaosa
-de Licia, y mirar a la vez todos sus umbros<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> valles. Nada de
-extraordinario encontr a primera vista. Era aqulla una zona desierta,
-pedregosa, con altas y escarpadas montaas; en la parte baja y ms llana
-del pas haba ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales,
-desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.</p>
-
-<p>—Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto—pens Belerofonte—;
-pero, dnde est el monstruo?</p>
-
-<p>Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera
-vista, en ninguno de los valles y barrancos que haba entre las
-imponentes montaas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de
-humo negro salan de algo como la boca de una caverna y suban
-pesadamente por la atmsfera, confundindose en una sola columna antes
-de llegar a la cumbre de la montaa. La caverna estaba casi a plomo,
-bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El
-humo tena un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar
-a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso
-caballo (acostumbrado a respirar nicamente el aire ms puro), que agit
-las alas y se lanz como un kilmetro fuera del alcance de aquellos
-molestos vapores.</p>
-
-<p>Pero, al mirar hacia atrs, vi Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> algo que le indujo a tirar
-de las riendas primero, y a dar vuelta despus. Hizo una sea, que el
-caballo alado entendi, y ste baj por el aire lentamente hasta que sus
-cascos estuvieron a poco ms de la altura de un hombre sobre el suelo
-roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la
-caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.</p>
-
-<p>Dentro de la dicha caverna pareca haber un montn de extraas y
-terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan
-juntos, que Belerofonte no acert a distinguirlos; pero, a juzgar por
-sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo
-un fiero len y el tercero una cabra horrible. El len y la cabra
-estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba
-fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo ms asombroso del
-caso era que las tres columnas de humo salan evidentemente de las
-narices de aquellas tres cabezas. Tan extrao era el espectculo, que
-aun cuando tanta tiempo haba estado esperando verlo, la verdad, no se
-le ocurri al pronto que aqulla era la terrible Quimera de tres
-cabezas. Haba dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el len
-y la cabra no eran tres criaturas distintas, como haba supuesto, sino
-un monstruo solo.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p>
-
-<p>Qu cosa ms horrible y ms odiosa! Aun dormitando, como dormitaban,
-sus dos terceras partes, tena entre sus abominables mandbulas los
-restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el
-pensarlo) fuera de algn pobre nio que las tres bocazas haban estado
-mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.</p>
-
-<p>De pronto, como si saliese de un sueo, cay Belerofonte en la cuenta de
-que era aqulla la Quimera. Pegaso pareci tambin comprenderlo, y di
-un relincho, que son como un clarn de guerra. Al oirlo se alzaron
-erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que
-Belerofonte pudiera pensar lo que deba hacer, se lanz el monstruo
-fuera de la caverna y se fu derecho a l, con las inmensas fauces
-abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si
-Pegaso no hubiera sido tan gil como un pjaro, tanto l como su jinete
-se habran visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habra
-acabado as el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo
-alado no se dejaba atrapar tan fcilmente. En un abrir y cerrar de ojos
-se elev casi hasta las nubes, resoplando con furia. Tambin temblaba,
-pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y
-ponzooso con sus tres cabezas.<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span></p>
-
-<p>La Quimera, por su parte, se irgui hasta sostenerse nicamente sobre el
-extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo
-fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. Cmo ruga, silbaba y
-bramaba, hijitos mos! Belerofonte, entretanto, se pona el escudo al
-brazo y sacaba la espada.</p>
-
-<p>—Ahora, mi querido Pegaso—murmur al odo del caballo alado—, has de
-ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrs de volverte a
-tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la
-Quimera, o sus tres bocas se comern esta cabeza ma, que tantas veces
-ha dormitado sobre tu cuello.</p>
-
-<p>Pegaso relinch, y volviendo la cabeza, frot cariosamente el hocico
-contra la cara de su jinete. As deca, a su manera, que an tena alas
-y era caballo inmortal; mejor perecera, si lo inmortal pudiera perecer,
-que dejar tras s a Belerofonte.</p>
-
-<p>—Gracias, Pegaso—respondi Belerofonte—. Y ahora, vamos a pelear al
-monstruo.</p>
-
-<p>Diciendo estas palabras, sacudi las riendas, y Pegaso descendi
-oblicuamente, rpido como una flecha, hacia la triple cabeza de la
-Quimera, que todo aquel tiempo haba estado irguindose en el aire
-cuanto poda. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, di Belerofonte un
-gran tajo al monstruo; pero su caballo sigui adelante<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> sin dejarle ver
-si haba aprovechado el golpe. Pegaso continu su carrera; pero pronto
-vir en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que
-antes. Belerofonte vi entonces que haba cortado al monstruo, casi del
-todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y pareca enteramente
-muerta.</p>
-
-<p>Pero, en compensacin, la cabeza de len y de la serpiente haban
-adquirido toda la fiereza de la otra, y escupan llamas, y silbaban y
-rugan con mucha ms furia que antes.</p>
-
-<p>—No te importe, mi bravo Pegaso—exclam Belerofonte—; con otro golpe
-como ese haremos que cese el rugir y el silbar.</p>
-
-<p>De nuevo sacudi las riendas. El caballo alado se lanz oblicuamente y
-veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asest un
-golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni l ni
-Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el
-monstruo al joven un profundo araazo en un hombro, y con la otra
-estrope un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por
-su parte, haba herido mortalmente la cabeza de len, de tal modo, que
-caa colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo
-negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la nica que
-quedaba ya) era entonces dos veces ms fiera<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> y ms venenosa que nunca.
-Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba
-silbidos tan altos, tan speros, tan penetrantes, que el rey Iobates los
-oy a cincuenta millas de distancia, y se estremeci hasta hacer temblar
-al trono debajo de l.</p>
-
-<p>—Ay de m!—pens el pobre rey—. Esto es que la Quimera viene a
-devorarme.</p>
-
-<p>Pegaso, mientras tanto, se haba parado otra vez en el aire y relinchaba
-colrico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal.
-Qu diferente el fuego crdeno de la Quimera! Ni el espritu del
-caballo areo ni el de Belerofonte decayeron.</p>
-
-<p>—Echas sangre, mi caballo inmortal?—exclamo el joven, cuidndose
-menos del mal propio que del de aquella criatura que no deba haber
-conocido nunca el dolor—. La execrable Quimera pagar este dao con su
-ltima cabeza!</p>
-
-<p>Luego sacudi las riendas, dando grandes gritos, y gui a Pegaso, no
-oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del
-monstruo. Tan rpida fu la embestida, que en la duracin de un
-relmpago lleg Belerofonte al alcance de su enemigo.</p>
-
-<p>A esto, con la prdida de su segunda cabeza, haba cado la Quimera en
-una pasin ardentsima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> en tierra
-y mitad en el aire, siendo imposible decir en qu elemento descansaba.
-Abri su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por
-decir que poda haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas
-desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanz un chorro
-tremendo de su encendido aliento, y envolvi a Belerofonte y a su
-caballo en una atmsfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso,
-quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los
-dos, de la cabeza a los pies, mucho ms de lo cmodo.</p>
-
-<p>Pero esto no es nada para lo que sucedi despus. Cuando el caballo
-alado lleg en su acometida a la distancia de unos cien metros, la
-Quimera di un salto y lanz su enorme, horrible, ponzooso y detestable
-cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enrosc a su alrededor con gran fuerza
-y retorci su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo areo
-volaba ms alto, ms alto, ms alto, por encima de los picos de las
-montaas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la
-tierra slida; pero el monstruo terrestre no solt presa y fu llevado
-hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras
-tanto, se volvi y se encontr frente a frente con la horrible fealdad
-de la Quimera, y slo resguardndose bien con<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> el escudo, pudo librarse
-de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.</p>
-
-<p>Por la orillita del escudo mir fieramente a los salvajes ojos del
-monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se
-resguardaba, como en otro caso habra hecho. Despus de todo, para
-luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo
-posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios,
-el monstruo dej su pecho enteramente al descubierto. Al verlo,
-Belerofonte clav hasta el puo la espada en su cruel corazn. La cola
-de la serpiente desat en seguida su nudo. El monstruo solt a Pegaso y
-cay desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho
-ardi, en vez de extinguirse, ms vivo que nunca, y pronto comenz a
-consumir aquel cuerpo muerto.</p>
-
-<p>Cay del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de
-llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un
-cometa; pero al despuntar el da salieron unos labriegos a su labor y
-vieron, con gran asombro, que varias hectreas de terreno estaban
-salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo haba un montn de
-huesos calcinados, mucho ms alto que una gran pila de heno. Nada ms
-volvi a verse de la espantosa Quimera!</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 332px;">
-<a href="images/illus-250b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-250b_sml.jpg" width="332" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<div class="figcenter" style="width: 333px;">
-<a href="images/illus-250c_lg.jpg">
-<img src="images/illus-250c_sml.jpg" width="333" height="499" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span></p>
-
-<p>Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclin hacia adelante y
-bes a Pegaso con lgrimas en los ojos.</p>
-
-<p>—Vuelve ahora, mi caballo bienamado—le dijo—, vuelve a la Fuente de
-Pirene!</p>
-
-<p>Pegaso hendi el aire ms rpido que nunca, y lleg a la fuente en muy
-poco tiempo. All encontr al viejo apoyado en su bculo, al campesino
-dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cntaro.</p>
-
-<p>—Ahora me acuerdo—advirti el viejo—. Cuando yo era un chiquillo, vi
-una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces ms
-hermoso.</p>
-
-<p>—Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que l—dijo el
-campesino—. Si este pingo fuera mo, lo primero que haca era cortarle
-las alas.</p>
-
-<p>La pobre muchachita no dijo nada, porque tena el sino de asustarse
-fuera de tiempo. Ech a correr, dej caer el cntaro y lo rompi.</p>
-
-<p>—Dnde est—pregunt Belerofonte—el simptico nio que sola
-acompaarme, y nunca perdi la fe y nunca se cansaba de mirar en la
-fuente?</p>
-
-<p>—Aqu estoy, querido Belerofonte—dijo el nio tiernamente.</p>
-
-<p>El muchachito haba pasado da tras da a la orilla de Pirene, esperando
-que volviera su<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> amigo; pero cuando vi a Belerofonte bajando a travs
-de las nubes, montado en su caballo alado, se intern en el boscaje. Era
-un nio muy delicado, de gran ternura, y tema que el viejo y el
-campesino vieran brotar las lgrimas de sus ojos.</p>
-
-<p>—Has logrado la victoria—dijo gozosamente, abrazndose a una pierna de
-Belerofonte, que an estaba montado sobre Pegaso—. Conozco que la has
-ganado.</p>
-
-<p>—S, nio querido—replic Belerofonte, bajndose del caballo alado—;
-pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a
-Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jams a la
-terrible Quimera. Todo lo hiciste t, mi amado amiguito, y ahora
-devolvamos a Pegaso su libertad.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, quit la brida encantada de la cabeza de aquel caballo
-maravilloso.</p>
-
-<p>—S libre para siempre. Pegaso mo!—exclam con cierto dejo de
-tristeza en la voz—. S tan libre como rpido eres!</p>
-
-<p>Mas Pegaso apoy la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera
-de inducirle a emprender el vuelo.</p>
-
-<p>—Bien; pues—dijo Belerofonte, acariciando al areo caballo—estars
-conmigo mientras quieras. Vmonos sin tardar a decir al rey Iobates que
-la Quimera ha sido destruda.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span></p>
-
-<p>Belerofonte abraz a aquel nio tan bueno, y le prometi volver a verle,
-y se puso en marcha; pero, aos despus, aquel nio vol sobre el
-caballo areo mucho ms alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo
-cosas mucho ms honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera.
-Porque, siendo tan tierno y delicado, lleg a ser un poderoso poeta.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 145px;">
-<a href="images/illus-254_lg.jpg">
-<img src="images/illus-254_sml.jpg" width="145" height="116" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 281px;">
-<a href="images/illus-255_lg.jpg">
-<img src="images/illus-255_sml.jpg" width="281" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3>CUMBRE PELADA</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span><span class="smcap">ustaquio</span> Bright cont la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y
-animacin como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con
-alas.</p>
-
-<p>Al terminar se llen de alegra, al comprender, por el rostro radiante
-de sus oyentes, lo mucho que les haba interesado.</p>
-
-<p>Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la
-chiquilla positivamente haba lgrimas, porque se daba cuenta de que
-haba algo en la leyenda que los dems an no tenan edad de comprender.</p>
-
-<p>Era un cuento de nios; pero el estudiante haba conseguido poner en l
-el ardor, la generosa esperanza y la imaginacin emprendedora de la
-juventud.<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span></p>
-
-<p>—Ahora te perdono, Primavera—dijo—, todo el ridculo que has
-intentado echar sobre mis cuentos. Una lgrima paga muchas risas.</p>
-
-<p>—Ay, seor Bright!—respondi Primavera, limpindose los ojos y
-lazndole otra de sus maliciosas sonrisas—: esto de estar encima de las
-nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar ms
-cuentos, si no ests, como ahora, en la cumbre de una montaa.</p>
-
-<p>—O cabalgando sobre Pegaso—replic Eustaquio, riendo—. No te parece
-que he conseguido a las mil maravillas mi propsito de apresar al corcel
-maravilloso?</p>
-
-<p>—S, ha sido un bonito salto mortal!—exclam palmoteando—. Me parece
-que le veo a caballo sobre l, a tres millas de alto, por los aires,
-cabeza abajo!</p>
-
-<p>—Ojal tuviese aqu a Pegaso en este instante!—dijo el estudiante—.
-Le montara inmediatamente, y hara una visita por todo el pas a cada
-uno de mis autores favoritos.</p>
-
-<p>Charlando de Pegaso y sus hazaas, empezaron a andar colina abajo. A
-poco <i>Bruin</i> empez a ladrar, y le respondi el <i>gua-gua</i> solemne del
-respetable <i>Ben</i>. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia
-cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeos, repuestos<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> por completo
-de su fatiga, se haban puesto a buscar fresas, y al divisar a sus
-compaeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.</p>
-
-<p>As reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos,
-y se encaminaron despacio a Tanglewood.</p>
-
-<p class="c">FIN</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 128px;">
-<a href="images/illus-258_lg.jpg">
-<img src="images/illus-258_sml.jpg" width="128" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 284px;">
-<a href="images/illus-259a_lg.jpg">
-<img src="images/illus-259a_sml.jpg" width="284" height="120" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td> </td><td class="rt"><small>Pginas</small></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA">LA CABEZA DE LA GORGONA </a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#EL_TOQUE_DE_ORO">EL TOQUE DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_055">55</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS">EL PARASO DE LOS NIOS</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_093">93</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO">LAS TRES MANZANAS DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_129">129</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#EL_CANTARO_MILAGROSO">EL CNTARO MILAGROSO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_175">175</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#LA_QUIMERA">LA QUIMERA</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_211">211</a></td></tr>
-</table>
-
-<div class="figcenter" style="width: 146px;">
-<a href="images/illus-259b_lg.jpg">
-<img src="images/illus-259b_sml.jpg" width="146" height="141" alt="[imagen no disponible]" /></a>
-</div>
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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+<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" +"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> +<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=UTF-8" /> +<title> + The Project Gutenberg eBook of Cuando la tierra era niña, por Nathaniel Hawthorne. +</title> +<style type="text/css"> + p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} + +.c {text-align:center;text-indent:0%;} + +.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} + +.letra {font-size:250%;float:left;margin-top:-.75%;} + @media print, handheld + { .letra + {font-size:250%;margin:auto auto;padding:0%;} + } + +.nind {text-indent:0%;} + +.rt {text-align:right;} + +small {font-size: 70%;} + +big {font-size: 130%;} + + h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;} + + h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; + font-size:120%;letter-spacing:.1em;} + + h3 {margin:4% auto 2% auto;text-align:center;clear:both;letter-spacing:.1em;} + + hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;} + + hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black; +padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;} + + table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;} + + body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} + +a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + + link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + +a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} + +a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} + +.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;} + + img {border:none;} + +.caption {font-weight:bold;} + +.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%;clear:both; +margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} + @media all + {.figcenter + {page-break-before: avoid;page-break-after: avoid;} + } + +.pagenum {font-style:normal;position:absolute; +left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray; +background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;} +@media print, handheld +{.pagenum + {display: none;} + } + +</style> + </head> +<body> +<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 55215 ***</div> + +<hr class="full" /> + +<div class="figcenter"> +<img src="images/cover.jpg" width="314" height="500" alt="" /> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 132px;"> +<a href="images/illus-001_lg.jpg"> +<img src="images/illus-001_sml.jpg" width="132" height="147" alt="[imagen no disponible]" /></a> +<div class="caption"><p class="c"><i>E S T R E L L A</i></p></div> +</div> + +<p class="cb">C O L E C C I Ó N E S M E R A L D A</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span> </p> + +<h1>CUANDO<br /> +LA TIERRA<br /> +ERA NIÑA</h1> + +<div class="figcenter" style="width: 382px;"> +<a href="images/title_lg.jpg"> +<img src="images/title_sml.jpg" width="382" height="583" alt="HAWTHORNE + +CUANDO +LA TIERRA +ERA NIÑA + +TRADUCCIÓN DE +G. MARTÍNEZ SIERRA + +ILUSTRACIONES DE +FONTANALS + +MADRID +MCMXX" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p> + +<p class="cb"> +COPYRIGHT BY<br /> +G. MARTÍNEZ SIERRA, 1920<br /> +<br /> +<span class="smcap">Tipografía Artística</span><br /> +<span class="smcap">Cervantes, 28.—Madrid</span><br /> +</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p> + +<table border="4" cellpadding="0" cellspacing="4" summary="" +style="border:3px solid gray;"> +<tr><td align="left"><a href="#INDICE"><b>AL INDICE</b></a></td></tr> +</table> + +<h2> +<a name="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA" id="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA"></a>LA CABEZA DE<br /> +LA GORGONA<br /> +</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-007_lg.jpg"> +<img src="images/illus-007_sml.jpg" width="278" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD" id="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD"></a>EL PÓRTICO DE TANGLEWOOD</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">B</span><span class="smcap">ajo</span> el pórtico de la quinta llamada <i>Tanglewood</i>, una hermosa mañana de +otoño estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos +estaba en pie un joven alto. Habían proyectado una excursión para ir a +coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se +desvaneciesen en las vertientes de la montaña, y el sol derramase el +calor del veranillo de San Martín sobre los campos y las praderas y en +los escondrijos de los bosques. El día prometía ser de los más +agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la +niebla de la mañana llenaba aún todo el valle, sobre el cual, en una +altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p> + +<p>La masa de vapor blanco se extendía hasta unas cien varas de la casa. +Escondía por completo todo lo que hubiera más lejos, excepto unas +cuantas copas de árboles, rojizas o amarillas, que surgían aquí y allí, +y estaban glorificadas por el sol madrugador, que también hacía brillar +la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se +levantaba la cima de una montaña elevadísima. Quince millas más lejos, +en la misma dirección, se alzaba otra mucho más alta, tan azul y etérea, +que apenas parecía más sólida que el vaporoso mar de niebla que se +extendía sobre ella. Las colinas más próximas, que bordeaban el valle, +estaban medio sumergidas y manchadas con pequeñas guirnaldas de nubes, +hasta en las mismas cimas. En resumen: había tanta nube y tan poca +tierra sólida, que todo ello hacía el efecto de una visión.</p> + +<p>Los niños antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo +del pórtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba húmeda +de la pradera. No puedo decir fijamente cuántos eran: no menos de nueve, +no más de una docena, de todas clases, tamaños y edades, muchachos y +chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos +amiguitos que habían sido invitados por el señor y la señora Pringle +para pasar unos cuantos<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> días de la deliciosa estación, con sus hijitos, +en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con +nombre ninguno que algún niño haya llevado antes que ellos, porque sé de +cierto que muchos autores se ponen en grandísimos compromisos por haber +dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y +verdaderas. Por esta razón quiero llamarles Primavera, Bellorita, +Amapola, Romero, Ojos azules, Trébol, Madreselva, Capuchina, Flor de +Limón, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos +nombres serían mucho más propios de un grupo de hadas, que de una +reunión de niños de este mundo.</p> + +<p>No hay que suponer que a estos niños les permitían sus cuidadosos padres +y madres, tíos, tías o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin +la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. ¡De ningún +modo! En el primer párrafo de mi libro recordaréis que he hablado de un +joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os diré +el verdadero, porque considera grandísimo honor haber contado los +cuentos que van aquí impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era +estudiante y había alcanzado en aquella época la respetable edad de diez +y ocho años; de modo que casi se parecía a si mismo abuelo de Bellorita, +Romero, Madreselva, Flor de Limón, Tomillo<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> y los demás, que eran no más +la mitad o la tercera parte de venerables que él. Una molestia en la +vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy día, para +demostrar su aplicación) le había hecho abandonar las clases dos semanas +antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un +par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o más de lejos que los de +Eustaquio Bright.</p> + +<p>El aplicado estudiante era delgado y un poco pálido, como lo son todos +los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y +activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear +arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se había calzado para la +expedición botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una +gorra de paño y un par de anteojos verdes, que se había puesto, +probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad +que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habérselos dejado en +casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subió en los hombros de +Eustaquio cuando estaba él sentado en uno de los escalones del pórtico, +le arrancó los lentes de la nariz y los plantó en la suya, y como al +estudiante se le olvidó volverlos a coger, cayeron en la hierba, y allí +se quedaron hasta la primavera siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span></p> + +<p>Ahora bien: es preciso que sepáis que Eustaquio había alcanzado entre +los niños gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque +algunas veces fingía que le molestaba el que le pidiesen que les contase +más y más, y siempre más, yo tengo mis dudas y pienso que no había cosa +en el mundo que más le agradase. Había que ver cómo le brillaban los +ojos, cuando aquella mañana, Trébol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la +mayor parte de sus compañeros, le pidieron que les contase uno de sus +cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por +completo.</p> + +<p>—Sí, primo Eustaquio—dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de +doce años, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona—: la +mañana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo +pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu +susceptibilidad, durmiéndonos en el momento más interesante... como hizo +anoche Capuchina.</p> + +<p>—¡Qué mala eres!—exclamó Capuchina, niña de seis años—. No me dormí: +es que cerré los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba +contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una +soñar con ellos, dormida; pero también son buenos por la mañana, porque +puede una soñar con<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> ellos despierta. Así es que espero que nos va a +contar uno ahora mismito.</p> + +<p>—¡Gracias, Capuchina!—dijo Eustaquio—. Tendrás el mejor de los +cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque sólo sea por haberme +defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, niños, os he +contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno +que no me hayáis oído por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a +repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.</p> + +<p>—¡No, no, no!—exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media +docena—. Los cuentos que más nos gustan son los que hemos oído dos o +tres veces.</p> + +<p>Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de interés para los niños, +no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio +Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeñaba el aprovecharse de +una ventaja que hubiese agradecido un narrador más viejo.</p> + +<p>—Sería lástima—dijo—que un hombre de mis conocimientos (pasando por +alto mi fantasía original) no pudiese encontrar cada día del año un +cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contaré uno de los que se +inventaron para distracción de nuestra vieja abuela<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> la Tierra, cuando +era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me +maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas +para niñas y niños. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas +grises, se queman las pestañas leyéndolos en librotes llenos de polvo, +escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cuándo y +cómo y para qué se inventaron.</p> + +<p>—Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio—exclamaron a una todos +los chiquillos—: no hables más de tus cuentos, y empieza a contar.</p> + +<p>—Sentaos todos—dijo Eustaquio—, y callad, porque a la primera +interrupción, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de +cualquier otro, daré un mordisco al cuento, y me tragaré el pedazo que +falte por contar. Pero, en primer lugar, ¿alguno de vosotros sabe lo que +es una Gorgona?</p> + +<p>—Yo, sí—dijo Primavera.</p> + +<p>—¡Pues, cállatelo!—replicó Eustaquio, que hubiese preferido que no +hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto—. Callad todos, y os +contaré un cuento preciosísimo de la cabeza de una Gorgona.</p> + +<p>Y así lo hizo, como podéis empezar a leer en la página siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 133px;"> +<a href="images/illus-014_lg.jpg"> +<img src="images/illus-014_sml.jpg" width="133" height="126" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-015_lg.jpg"> +<img src="images/illus-015_sml.jpg" width="278" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h2>LA CABEZA DE LA GORGONA</h2> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">erseo</span> era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando +Perseo era muy pequeño, unos malvados le pusieron con su madre en un +arca y los lanzaron a las ondas. Sopló el viento fuertemente, y alejó el +arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cáscara de +nuez. Danae estrechó a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos +que una ola mayor que las demás les sepultara para siempre en el fondo +del Océano. El arca siguió, sin embargo, navegando, y no se hundió ni +zozobró, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, +que se enredó entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la +costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, +que era hermano del<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> pescador que había recogido por casualidad en sus +redes a los pobres náufragos.</p> + +<p>Este pescador era hombre justo y compasivo. Trató con gran bondad a +Danae y a su hijo, y continuó protegiéndoles hasta que Perseo llegó a +ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilísimo en el manejo de +las armas.</p> + +<p>Mucho antes había visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e +hijo, que en un arca frágil habían llegado a sus playas. No era +Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo +malvado, y resolvió enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual +probablemente perdería la vida, y entonces, quedándose la madre sin +defensa, podría él causarle algún daño grande. Con este fin, aquel rey +de mal corazón pasó tiempo y tiempo pensando cuál sería la hazaña de más +peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, dió con una +empresa que prometía tener el fatal resultado que deseaba, mandó llamar +a Perseo.</p> + +<p>El muchacho fué a palacio, y encontró al rey sentado en su trono.</p> + +<p>—Perseo—dijo el rey Polidectes, sonriendo hipócritamente—, eres todo +un buen mozo. Tú y tu excelente madre habéis recibido muchísimos +favores, tanto míos como de mi hermano el pescador, y supongo que +sentirás no poder pagar algunos de ellos.<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span></p> + +<p>—Con permiso de Vuestra Majestad—respondió Perseo—, arriesgaría con +gusto mi vida por lograrlo.</p> + +<p>—Muy bien; entonces—continuó el rey, siempre con la sonrisa en los +labios—, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres +un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrarás de +tener tan buena ocasión de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo, +que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es +costumbre, en ocasiones como ésta, regalar a la novia algo elegante y +extraño, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que +he estado bastante perplejo, sin saber dónde encontrar cosa capaz de +agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta mañana me parece +que he encontrado precisamente lo que necesitaba.</p> + +<p>—¿Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?—exclamó Perseo +con vehemencia.</p> + +<p>—Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro—repuso el rey +Polidectes con la mayor astucia—. El regalo de boda que quiero ofrecer +a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus +cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. Así +es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la +princesa, cuanto<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> antes vayas en busca de la Gorgona, más me +complacerás.</p> + +<p>—Saldré mañana, por la mañana—respondió Perseo.</p> + +<p>—Te ruego que lo hagas así, valiente joven—aseguró el rey—. Y al +cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para +no estropearla. La traerás aquí lo mejor acondicionada que sea posible, +porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.</p> + +<p>Perseo salió del palacio, y apenas había pasado la puerta, el rey +Polidectes se echó a reir; le divertía mucho, tan malvado era, que el +pobre muchacho hubiese caído en la trampa. Pronto corrió la noticia de +que Perseo se había decidido a cortar la cabeza de Medusa con su +cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegró al saberlo, porque casi +todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y +se hubiesen alegrado muchísimo de que les sucediese algún mal muy grande +a Danae y a su hijo. Parece que el único hombre bueno en aquella +desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la +calle, las gentes le señalaban con el dedo y le hacían muecas de +desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevían.</p> + +<p>—¡Ay!, ¡ay!—exclamaban—. Las serpientes de Medusa le van a morder +lindamente.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p> + +<p>Ahora bien; en aquel tiempo vivían tres Gorgonas, y eran los monstruos +más extraños y terribles que hubieran existido desde que el mundo es +mundo, y después no se ha visto ni se volverá a ver cosa más terrible +que ellas. La verdad es que no sé por qué nombre de monstruo nombrarlas. +Eran tres hermanas, y parece que tenían cierta remota semejanza con las +mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y dañina especie de +dragones. De veras es difícil imaginar qué espantosos seres eran las +tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tenía cada una en la cabeza +cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcían, se enredaban, se +enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta. +Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las +tenían de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de +hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como él. También +tenían alas, y hermosísimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran +de oro purísimo, brillante, centelleante, bruñido, y figuraos cómo +resplandecería cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.</p> + +<p>Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor, +pocas veces se detenía a mirarlo, sino que corría y se escondía a toda +prisa. Acaso os figuráis que tenía miedo<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> de que le mordiesen las +serpientes que servían de cabello a las Gorgonas, o de que le +destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos +peligros, aunque grandísimos, no eran los más difíciles de evitar. ¡Lo +peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba +de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante, +de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y +fría!</p> + +<p>Así es que, como comprenderéis perfectamente, la aventura que el malvado +rey Polidectes había buscado para el pobre muchacho, era peligrosísima. +El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de +comprender que tenía muy pocas probabilidades de salir con bien de ella, +y que era mucho más probable convertirse en estatua de piedra que +conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a +un lado otras dificultades, había una que hubiese puesto en apuro a +cualquier hombre de mucha más edad que Perseo. No sólo tenía que luchar +con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de larguísimos +dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la +cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra él, no podía mirar a +su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> +convertiría en piedra y se quedaría con el brazo en el aire siglos y +siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por +completo. Y sería bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien +tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en +este hermoso mundo.</p> + +<p>Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor +para decir a su madre lo que se había comprometido a hacer. Por +consiguiente, cogió su escudo, se ciñó la espada y atravesó la isla, +yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas podía contener las +lágrimas.</p> + +<p>Pero cuando estaba más pensativo y triste, oyó una voz junto a él.</p> + +<p>—Perseo—dijo la voz—, ¿por qué estás triste?</p> + +<p>Levantó la cabeza de entre las manos, en las cuales la había escondido, +y ¡oh, asombro!, aunque creía estar completamente solo, encontró a su +lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y +extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en +la cabeza un gorro muy extraño y en la mano un bastón trenzado, también +de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy +retorcida. Tenía aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como +hombre acostumbrado<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> a ejercicios gimnásticos, a correr y a saltar. Y, +sobre todo, tenía una expresión tan alegre, tan inteligente y tan +servicial—aunque, por supuesto, un poco maliciosa—, que Perseo no pudo +menos de animarse inmediatamente que le miró a la cara. Además, como en +realidad era valiente, le dió muchísima vergüenza que alguien le hubiese +encontrado con las lágrimas en los ojos, como a un chiquillo de la +escuela, cuando, después de todo, puede que no hubiera motivo para +desesperarse. Enjugóse los ojos, y respondió al desconocido prontamente, +poniendo la cara más alegre que pudo.</p> + +<p>—No estoy triste—dijo—, sino pensando en una aventura que he +emprendido.</p> + +<p>—¡Oh!—respondió el desconocido—. Cuéntame en qué consiste, y puede te +sirva yo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aventuras que al +principio parecían bastante difíciles. Acaso hayas oído hablar de mí. +Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro +cualquiera. Dime en qué consiste la dificultad, y hablaremos del asunto +y veremos lo que se puede hacer.</p> + +<p>Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvió +contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podían +ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algún +consejo que le<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> sirviese de algo. Así es que en pocas palabras le +explicó el caso: cómo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, +con la cabellera de serpientes, para dársela como regalo de boda a la +hermosa princesa Hipodamia, y cómo se había comprometido a ir a +buscarla, pero temía verse convertido en piedra.</p> + +<p>—Y sería lástima—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—. Es verdad que +serías una estatua de mármol de muy buen ver, y que pasarían unos +cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; +pero más vale ser joven unos pocos años, que estatua de piedra muchos.</p> + +<p>—¡Oh, mucho más!—exclamó Perseo con los ojos húmedos otra vez—. Y +además, ¿qué sería de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en +piedra?</p> + +<p>—Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin—repuso Azogue en tono +animoso—. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte más +eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con +bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.</p> + +<p>—¿Tu hermana?—repitió Perseo.</p> + +<p>—Sí, mi hermana—respondió el desconocido—. Es muy sabia, te lo +aseguro; y en cuanto a mí, también suelo tener todo el talento que<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> me +hace falta. Si tú eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros +consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de +piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas +verte en él como en un espejo.</p> + +<p>Esto le pareció a Perseo un principio de aventura más bien extravagante, +porque pensó que más importaría que el escudo fuera lo bastante fuerte +para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que +estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en él. Pero +pensando que Azogue sabía más que él, inmediatamente puso manos a la +obra, y frotó el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto +brilló como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le miró y sonrió, +aprobando. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó +a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.</p> + +<p>—No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propósito que +llevas—observó—. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y +el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que +tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos +dirán dónde podemos encontrar a las Ninfas.</p> + +<p>—¡Las Tres Mujeres Grises!—exclamó Perseo,<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> a quien esto parecía +únicamente una dificultad más en la aventura—. ¿Quiénes son esas Tres +Mujeres Grises? Nunca he oído hablar de ellas.</p> + +<p>—Son tres viejecitas muy raras—dijo Azogue, riendo—. No tienen más +que un ojo para las tres, y un diente. Tendrás que encontrarlas a la luz +de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver +cuando brillan el sol o la luna.</p> + +<p>—Pero—dijo Perseo—, ¿a qué gastar el tiempo con esas Tres Mujeres +Grises? ¿No sería mejor ir desde luego en busca de las terribles +Gorgonas?</p> + +<p>—No, no—respondió su amigo—. Hay bastantes cosas que hacer antes de +encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay más +remedio que ir a caza de esas tres señoras. Y cuando las hayamos +encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarán muy +lejos. De modo que vamos ligerito.</p> + +<p>Perseo tenía ya tanta confianza en la sagacidad de su acompañante, que +no hizo más objeciones, y aseguró que estaba pronto para emprender +inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan +ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A +decir verdad, se le ocurrió la peregrina idea de que Azogue llevaba un +par de<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil +maravillas. Y, además, al mirarle de reojo, porque no se atrevía a +volver del todo la cabeza, le pareció que también tenía alas a los lados +de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se veían las alas, sino +un gorro muy raro. Lo que sí era seguro es que el bastón trenzado le +servía a Azogue de grandísima ayuda para caminar, y le hacía andar tan +de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el +aliento.</p> + +<p>—¡Vamos!—exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, vivo como era, el +trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso—; toma este +bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay +en la isla de Serifo mejores andarines que tú?</p> + +<p>—Mejor podría andar—dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su +compañero—, si tuviese un par de zapatos con alas.</p> + +<p>—Buscaremos un par para ti—respondió Azogue.</p> + +<p>Pero el bastón ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvió a sentir el +menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicar algo de su +vida a Perseo. Él y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor +facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan +divertidas sobre sus aventuras<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> anteriores, y lo bien que su ingenio le +había servido en muchas ocasiones, que Perseo empezó a considerarle como +persona maravillosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan +encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de +conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio +ingenio con todo lo que oía.</p> + +<p>Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había +de prestar ayuda en la aventura que tenían emprendida.</p> + +<p>—¿Dónde está?—preguntó—. ¿La encontraremos pronto?</p> + +<p>—En cuanto la necesitemos—dijo su compañero—. Pero debo advertirte +que esta hermana mía tiene un genio completamente distinto del mío. Es +muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene +por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy +profundo que decir. Ni tampoco escucha conversación alguna que no sea +absolutamente razonable.</p> + +<p>—¡Pobre de mí!—exclamó Perseo—. No me atreveré a pronunciar ni una +sílaba delante de ella.</p> + +<p>—Es una persona instruidísima, te lo aseguro—continuó Azogue—, y +tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan +asombrosamente sabia, que muchas gentes<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> la llaman la sabiduría +personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta +viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para +compañera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya verás de +cuánto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.</p> + +<p>Ya había anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio +completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan +solitario y silencioso, que parecía como si nunca nadie hubiese vivido +en él ni hubiese pasado por allí. Todo estaba vacío y desolado en el +crepúsculo gris, que a cada instante se hacía más obscuro. Perseo miró +en derredor, más bien con desconsuelo, y preguntó si tenían que ir mucho +más lejos.</p> + +<p>—Chiss, chiss...—susurró su compañero—. No hagas ruido. Precisamente +éstos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres +Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que tú las hayas +visto, porque aunque no tienen más que un ojo para las tres, es tan +perspicaz como media docena de ojos vulgares.</p> + +<p>—Pero, ¿qué tengo que hacer—preguntó Perseo—cuando las encontremos?</p> + +<p>Azogue explicó a Perseo cómo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises +con su único ojo. Parece que tenían la costumbre de usarle por<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> turno, +como si hubiese sido un par de lentes o—cosa que les hubiese convenido +mejor—un monóculo. Cuando una de las tres le había disfrutado durante +algún tiempo, se le sacaba de la órbita y se le daba a otra de las +hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un +ratito de la vista del mundo. Fácil es de comprender por esto que sólo +una de las mujeres veía, mientras las otras dos permanecían en la +obscuridad, y además, en el instante en que el ojo estaba pasando de +mano en mano, ninguna de las pobres señoras veía gota. He oído contar +muchas cosas extrañas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a +mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, +todas mirando con un ojo solo.</p> + +<p>Esto mismo pensó Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que llegó a +figurarse que su compañero se estaba burlando de él y que no existían en +el mundo semejantes mujeres.</p> + +<p>—Pronto te convencerás de si es verdad o no—observó Azogue—. Chiss, +chiss, chiss... ¡Ya vienen!</p> + +<p>Perseo miró ansiosamente a través de la obscuridad de la noche, y con +seguridad, a poca distancia, vió a las Tres Mujeres Grises. Como la luz +era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qué caras tenían; sólo +descubrió<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, +vió cómo dos de ellas no tenían sino una órbita vacía en medio de la +frente. Pero en medio de la frente de su hermana había un ojo brillante, +que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante +parecía ser, que Perseo no pudo menos de pensar que poseía el don de ver +en la media noche más obscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres +pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo único.</p> + +<p>De este modo las tres ancianas se arreglaban, después de todo, casi tan +cómodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tenía el ojo +en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en +derredor suyo; tanto, que Perseo temía que pudiese atravesar con la +vista la espesa zarza tras de la cual él y Azogue se habían escondido. +¡Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan +penetrante!</p> + +<p>Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclamó:</p> + +<p>—¡Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el +ojo! Ahora me toca a mí.</p> + +<p>—Déjamelo un momento más, hermana Pesadilla—respondió Espanto—. Me +parece que veo algo detrás de aquella zarza.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p> + +<p>—Bueno, ¿y qué?—respondió Pesadilla con malos modos—. ¿No puedo yo +ver tan bien como tú lo que haya detrás de la zarza? El ojo es tan mío +como tuyo, y me parece que sé usarle tan bien como tú, por no decir +mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.</p> + +<p>Pero al llegar aquí, la tercera hermana, cuyo nombre era +Quebrantahuesos, empezó a quejarse, y dijo que a ella era a quien le +tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le querían sólo +para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quitó el ojo de la +frente y le levantó en la mano.</p> + +<p>—Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera—exclamó—, y acabemos +con esta disputa necia. Por mi parte, me alegraré muchísimo de estar un +rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la +frente.</p> + +<p>Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando +ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos +estaban ciegas, no acertaban a encontrar la maño de su hermana; y como +en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a +poner el ojo en sus manos. Así, como comprenderéis fácilmente, las tres +viejas estaban en grandísimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y +centelleaba como una<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba +una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su +demasiada impaciencia por ver.</p> + +<p>A Azogue le divertía tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos +esforzándose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas +podía contener la risa.</p> + +<p>—Ha llegado el momento—dijo en voz muy baja a Perseo—. Vivo, vivo, +antes de que alguna pueda pescar el ojo. ¡Quítaselo de la mano!</p> + +<p>Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguían disputando, +Perseo saltó de detrás de la zarza y se hizo dueño de la presa. El ojo +maravilloso, al pasar a su mano, centelleó más brillante que nunca, y +pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma +expresión que si hubiese tenido un par de párpados para hacer un guiño. +Las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que había sucedido, y +suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las +otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las +pobres viejas se insultasen más de lo necesario, y creyó que había +llegado el momento de las explicaciones.</p> + +<p>—Señoras mías—dijo—, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas +con otras. Si<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> hay aquí algún culpable, ese soy yo, porque tengo el +honor de llevar en la mano vuestro brillantísimo y excelentísimo ojo.</p> + +<p>—¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú?—chillaron a un tiempo +las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísimo al +oir una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos no +sabían de quién—. ¡Ay, hermanas, hermanas! ¿Qué vamos a hacer? ¡Todas +estamos en la obscuridad! ¡Danos nuestro ojo precioso y único! ¡Tú +tienes dos para ti solo!</p> + +<p>—Diles—apuntó Azogue a Perseo—que se lo entregarás en cuanto te hayan +dicho dónde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que +vuelan, el saco mágico y el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>—Mis queridas, buenas y admirables señoras—dijo Perseo, dirigiéndose a +las Tres Mujeres Grises—: no hay motivo para que se asusten ustedes de +ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolveré a ustedes el +ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dónde puedo +encontrar a las Ninfas.</p> + +<p>—¿A las Ninfas? ¡Pobres de nosotras, hermanas! ¿Qué dice este +hombre?—gritó Espanto—. La gente asegura que hay muchísimas Ninfas: +unas que se pasan la vida cazando en<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> los bosques, otras que viven entre +los árboles, otras que tienen cómoda habitación en el agua de las +fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas +desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos +tenido más que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. +¡Devuélvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devuélvenosle!</p> + +<p>Y las tres mujeres extendían la mano, intentando coger a Perseo. Pero él +tenía buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.</p> + +<p>—Respetables señoras mías—dijo, porque su madre le había enseñado a +emplear siempre la mayor cortesía—: tengo el ojo en la mano, y lo +conservaré con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad +de decirme dónde están las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que +tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... ¿cómo se +llama?... ¡ah, sí!, el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>—¡Desgraciadas de nosotras, hermanas! ¿De qué habla este +joven?—exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigiéndose +unas a otras con gran apariencia de asombro—. ¡Un par de sandalias que +vuelan! Pero, ¿no comprende que si tuviera la locura de ponerse +semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza? +¡Y un yelmo de invisibilidad!<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> ¿Cómo puede un yelmo hacer invisible a un +hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si era poco, un +saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no +podemos decirte nada de todas esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos, y +nosotras uno para las tres; mejor podrás tú que nosotras, pobres mujeres +ciegas, encontrar todo lo que necesitas.</p> + +<p>Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, empezó a creer que, en realidad, +las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que les preguntara, y le +daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de +devolverles el ojo, pidiéndoles perdón por la molestia que les había +causado; pero Azogue le sujetó la mano.</p> + +<p>—No consientas que se burlen de ti—dijo—. Estas Tres Mujeres Grises +son las únicas en el mundo que pueden decirte dónde encontrarás a las +Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirás cortar la cabeza de +Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldrá +bien.</p> + +<p>Y sucedió como Azogue decía. Hay pocas cosas que la gente quiera más que +la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises querían al suyo como si +hubiese sido media docena. Viendo que no había otro medio de recobrarlo, +acabaron<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo +hubieron dicho, él, con el mayor respeto, puso el ojo en la órbita vacía +de una de sus frentes, les dió las gracias por su amabilidad y se +despidió de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante +para dejar de oirlas, ya habían empezado otra disputa, porque dió la +casualidad de que había entregado el ojo a Espanto, que ya había +disfrutado de él antes de que empezase la cuestión con Perseo.</p> + +<p>Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre +de turbar su armonía con peleas de esta clase; lo cual era muy de +sentir, ya que no podían vivir unas sin otras y estaban, evidentemente, +destinadas a ser compañeras inseparables. Como regla general aconsejo a +todos, hermanos o hermanas, jóvenes o viejos, que no tengan más que un +ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se +empeñen en gozarle todos a un mismo tiempo.</p> + +<p>Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo más de prisa que podían en +busca de las Ninfas. Las viejas les habían dado indicaciones tan +detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de +Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran +jóvenes y bonitas; en vez de un ojo<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> para tres, cada Ninfa tenía un par +de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad. +Parecían ser muy amigas de Azogue, y cuando les contó la aventura que +Perseo había emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle +los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer +lugar, trajeron lo que parecía ser una bolsa pequeña, hecha de piel de +ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de +ella, para no perderla. Éste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron +después un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas +al talón de cada una.</p> + +<p>—Póntelas, Perseo—dijo Azogue—. Con ellas te encontrarás tan ligero +de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.</p> + +<p>Perseo empezó a ponerse una y dejó la otra en el suelo, a su lado. De +repente la sandalia que había dejado abrió las alas y saltó del suelo, y +probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto +y la hubiese atrapado al vuelo.</p> + +<p>—Ten más cuidado—dijo a Perseo—. Los pájaros se asustarían si viesen +una sandalia volando a su lado.</p> + +<p>Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sintió +demasiado ligero para andar por la tierra. Dió un paso o dos, y<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>—¡oh, +maravilla!—se levantó en el aire muy por encima de las cabezas de +Azogue y de las Ninfas, y le costó mucho trabajo volver a bajar. Las +sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy +difíciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se echó +a reir de la involuntaria ligereza de su compañero, y le dijo que era +menester no apresurarse tanto, porque aún tenían que aguardar a que les +trajesen el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>Las amables Ninfas sostenían el yelmo con su hermoso penacho de +ondulantes plumas, dispuestas a ponérselo en la cabeza a Perseo. Y +entonces sucedió el incidente más maravilloso de todos los que os vengo +contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, allí estaba +Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas +sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo +al brazo: figura que parecía hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero +en cuanto el yelmo se apoyó en su frente blanca, ¡nada se vió ya de +Perseo! ¡Nada, sino el aire vacío! ¡Hasta el yelmo que le cubría con su +invisibilidad se había desvanecido!</p> + +<p>—¿Dónde estás, Perseo?—preguntó Azogue.</p> + +<p>—Aquí—respondió Perseo tranquilamente, aunque su voz parecía salir de +la transparente<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> atmósfera—. Donde estaba ahora mismo. ¿No me ves?</p> + +<p>—No te veo, no—respondió su amigo—. Estás oculto por el yelmo. Y si +yo no te veo, tampoco te verán las Gorgonas. Sígueme, y probaremos qué +tal maña te das para usar las sandalias con alas.</p> + +<p>Con estas palabras, el gorro de Azogue abrió las alas, como si la cabeza +fuese a volar separándose de los hombros; pero todo su cuerpo se levantó +en el aire, y Perseo le siguió. Cuando hubieron subido unos cuantos +metros, el joven empezó a sentir cuán delicioso era dejar abajo la +tierra dura y poder volar como un pájaro.</p> + +<p>Era ya completamente de noche. Perseo miró hacia arriba y vió la +redonda, brillante y plateada luna, y pensó que le gustaría más que nada +levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse allí la vida. Entonces volvió +a mirar hacia abajo y vió la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso +de plata de sus ríos, y los nevados picos de sus montañas, y lo ancho de +sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mármol +blanco.</p> + +<p>Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa +como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre +todo, vió la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas +veces, él y Azogue se<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> acercaban a una nube que, de lejos, parecía estar +hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se +encontraban mojados y llenos de frío por la niebla gris. Tan rápido era +su vuelo, sin embargo, que en un instante salían de la nube otra vez a +la luz de la luna. Una vez pasó casi rozando a Perseo un águila que +volaba muy alto. Lo más hermoso de todo lo que vieron fueron los +meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se +estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacían palidecer la luz de la +luna muchas millas en derredor.</p> + +<p>Mientras los dos compañeros volaban uno junto a otro, Perseo creyó oir a +su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al +lado opuesto a aquel en que veía a Azogue. Miró con atención, pero no +vió nada.</p> + +<p>—¿De quién es este vestido—preguntó—que parece moverse a mi lado con +la brisa?</p> + +<p>—¡Oh! ¡Es el de mi hermana!...—respondió Azogue—. Viene con nosotros, +como ya te lo había anunciado. Nada podríamos hacer si mi hermana no nos +ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. ¡Y tiene unos ojos...! En +este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa +a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.</p> + +<p>En su rápido viaje por los aires, habían ya</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-040b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-040b_sml.jpg" width="331" height="509" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter"> +<a href="images/illus-040c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-040c_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> </p> + +<p class="nind">llegado a la vista del gran Océano, y pronto volaron sobre él. A lo +lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se +rompían formando una ancha franja de espuma sobre los peñascos de la +orilla, con un ruido que en el bajo mundo parecía el del trueno, pero +que en lo alto llegaba a los oídos de Perseo como un suave murmullo, +como la voz de un niño medio dormido. Precisamente en aquel momento una +voz habló a su lado. Parecía ser de mujer, y era melodiosa, aunque no +precisamente dulce, sino grave y serena.</p> + +<p>—Perseo—dijo la voz—, ahí están las Gorgonas.</p> + +<p>—¿Dónde?—exclamó Perseo—. ¡No las veo!</p> + +<p>—En la costa de esa isla, debajo de ti—replicó la voz—. Si dejases +caer una piedra, caería entre ellas.</p> + +<p>—Ya te dije yo que ella era la primera que había de verlas—dijo Azogue +a Perseo—. Y ahí están.</p> + +<p>Abajo, en línea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanzó a +ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, +excepto por un lado, donde había una playa de arena blanca como nieve. +Descendió hacia ella, y mirando con atención hacia algo que brillaba, a +los pies de un precipicio de roca negra vió a las terribles Gorgonas. +Estaban<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el +atronador ruido del mar; porque hacía falta un estruendo que hubiese +dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas +criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de +acero y sobre sus alas de oro, que caían perezosamente sobre la arena.</p> + +<p>Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la +roca, mientras las dormidas Gorgonas soñaban que estaban despedazando a +algún pobre mortal. Las serpientes que les servían de cabellos, también +parecían estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorcía o +alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un +adormilado silbido, y dejándose luego caer entre sus hermanas +serpientes.</p> + +<p>Las Gorgonas se parecían más a alguna tremenda gigantesca especie de +insecto—inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por +este estilo—, que a ningún otro ser vivo; sólo que eran como un millón +de veces más grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, había en +ellas algo humano también. Afortunadamente para Perseo, tenían la cara +escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese +mirado un solo instante, hubiera caído pesadamente<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> del aire, convertido +en imagen de piedra.</p> + +<p>—Ahora—susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo—, ahora es el +tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una +de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde!</p> + +<p>—¿A cuál es a la que debo herir?—preguntó Perseo sacando la espada y +bajando un poco más—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen +cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa?</p> + +<p>Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien +Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible +hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada +del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.</p> + +<p>—Sé prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le había +hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y +precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te +convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el +brillante espejo de tu escudo.</p> + +<p>Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que +puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> mirar con +tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel +rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la +luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las +serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por +completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y +más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había +en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban +cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones +estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo +sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con +sus garras de bronce.</p> + +<p>Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse +con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, +se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir +los ojos.</p> + +<p>—¡Ahora, ahora!—murmuró Azogue, que se iba impacientando—. ¡Hiere al +monstruo!</p> + +<p>—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—. +Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no +errar el primer golpe.</p> + +<p>Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el +rostro de Medusa,<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más +terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo +metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en +que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo +instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se +alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado +tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza +de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo.</p> + +<p>—¡Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresúrate y mete la cabeza en +el saco mágico.</p> + +<p>Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se había colgado al +cuello aumentó de tamaño lo bastante para contener la cabeza de Medusa. +Pronto, como el pensamiento, la levantó, cuando aún las serpientes se +retorcían en torno de ella, y la metió en el saco.</p> + +<p>—Tu misión está cumplida—dijo la voz serena—. Ahora vuela, porque las +otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de +Medusa.</p> + +<p>Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no había +realizado su hazaña tan silenciosamente que el ruido de la espada, el +silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> de Medusa, al caer +sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros +monstruos. Se incorporaron un instante, frotándose los ojos adormilados +con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus +cabezas se revolvían con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra +quién. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin +cabeza, con las alas de oro erizadas y caídas y sobre la arena, fué +realmente terrible oir sus alaridos. ¡Y las serpientes! Lanzaron mil +silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron +desde el saco mágico.</p> + +<p>Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron +en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes +horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las +plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que aún estén +allí desparramadas. Levantáronse, como digo, las Gorgonas, mirando +horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a +alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese caído en sus +garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen +cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la +invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qué dirección<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> seguirle, ni +tampoco dejó él de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, +subiendo en línea perpendicular un kilómetro próximamente. A aquella +altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta +él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo, para +entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.</p> + +<p>No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a +Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo +marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo +convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la +cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un +viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía +lleva el antiguo nombre del gigante.</p> + +<p>Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver +a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había +tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a +refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos +la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador +de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a +Perseo, niño, cuando los encontró<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> flotando en el arca, parecen haber +sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. +Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran +notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber +que cayó sobre ellos.</p> + +<p>No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a +palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no +se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con +regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al +pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle +volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había +hecho.</p> + +<p>—¿Has cumplido tu promesa?—preguntó—. ¿Me traes la cabeza de Medusa +con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro, +porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que +no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.</p> + +<p>—Sí, Majestad—respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por +qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal +hazaña—. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de +serpientes.</p> + +<p>—¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela—dijo el rey Polidectes—. +Debe de ser</p> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-048a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-048a_sml.jpg" width="332" height="513" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> </p> + +<p class="nind">espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella +han dicho la verdad.</p> + +<p>—Vuestra Majestad está en lo cierto—repuso Perseo—. Realmente es un +objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra +Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy +fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad +para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que +pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca +puedan volver a verla!</p> + +<p>Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados, +aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes +perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas +direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas +las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen +dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran +multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al +mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido +algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había +en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice +nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo +a<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea +comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se +empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón +donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano.</p> + +<p>En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey +Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, +formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y +pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.</p> + +<p>—¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!—gritaba el pueblo. Y +había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a +Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía—. ¡Enséñanos la +cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!</p> + +<p>Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo.</p> + +<p>—¡Oh, rey Polidectes—exclamó—, y vosotros pueblo: no quisiera +mostraros la cabeza de la Gorgona!</p> + +<p>—¡Ah, canalla, cobarde!—gritó el pueblo, más furioso que nunca—. Se +está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. +Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer +con ella una pelota de <i>foot-ball</i>.<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p> + +<p>Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, +todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y +el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y +grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería +perder la suya.</p> + +<p>—Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.</p> + +<p>Perseo suspiró.</p> + +<p>—¡Ahora mismo!—repitió Polidectes—, o mueres.</p> + +<p>—¡Miradla entonces!—exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.</p> + +<p>Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de +entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces +súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su +pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel +instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en +blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a +decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado +rey Polidectes.</p> + +<p>—¿Qué, no ha sido un cuento bonito?—preguntó Eustaquio.</p> + +<p>—¡Ay, sí, sí!—exclamó Capuchina, palmoteando—. ¡Y esas viejas tan +raras, que no tenían<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa +más extraña!</p> + +<p>—En lo del diente—observó Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo +que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a +Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!</p> + +<p>—¡Ah!, ¿no era hermana suya?—preguntó Eustaquio—. Si se me hubiese +ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho +favorito.</p> + +<p>—Bueno—dijo Primavera—; después de todo, con el cuento se ha +desvanecido la niebla.</p> + +<p>Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían +desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un +panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido +creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección +donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo +del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta +imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de +las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de +la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su +más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el +valle. Eustaquio le comparó a<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta +en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el +follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo +alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el +terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y +los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño +obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de +las vertientes de las colinas.</p> + +<p>Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima +neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día +de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron +apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, +corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo +muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que +ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía +ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era <i>Ben</i>. Era +uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y +probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar +alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de +Eustaquio Bright.<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 152px;"> +<a href="images/illus-054_lg.jpg"> +<img src="images/illus-054_sml.jpg" width="152" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p> + +<h2><a name="EL_TOQUE_DE_ORO" id="EL_TOQUE_DE_ORO"></a>EL TOQUE DE ORO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-057_lg.jpg"> +<img src="images/illus-057_sml.jpg" width="280" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="ARROYO_UMBRIO" id="ARROYO_UMBRIO"></a>ARROYO UMBRÍO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">A</span> mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de +cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus +vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban +cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños, +entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos +arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se +encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un +crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de <i>Arroyo Umbrío</i>. +Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo +el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje +incendiaba la cañada, en vez de darle<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> sombra. Las brillantes hojas +amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido +conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo +el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también. +Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el +sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse.</p> + +<p>El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para +formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, +nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si +tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde +iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la +corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra +el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el +agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que +estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir +la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más +aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.</p> + +<p>En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se +habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de +Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> servido sobre troncos +caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían +hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería +moverse.</p> + +<p>—Aquí descansaremos—dijeron algunos de los niños—, mientras el primo +Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.</p> + +<p>El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera +de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en +aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban +casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las +Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la +copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en +pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho +llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las +recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero +como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, +parecía dispuesto a descansar un poco.</p> + +<p>Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio +ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le +gastaseis en contarles un cuento.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Capuchina—, ¡qué cuento tan bonito el de la +cabeza de la Gorgona!<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan +bonito como ese?</p> + +<p>—Sí, hija mía—dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la +gorra, como si se preparase a echar una siesta—. Podría contaros una +docena, tan bonitos o más, si me diese la gana.</p> + +<p>—¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?—exclamó Capuchina, +bailando de contenta—. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena +de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona!</p> + +<p>—No he prometido contar ni uno. Capuchina loca—dijo Eustaquio, casi +con malhumor—. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la +consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco +más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes +cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir +la siesta en paz y en gracia de Dios.</p> + +<p>Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan +aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su +entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y +apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento.</p> + +<p>¡Cuán diferente este espontáneo juego de la<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> inteligencia, de la educada +diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a +fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la +felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja +de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños.</p> + +<p>Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento +siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba +tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol, +observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus +hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos +hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios +que Eustaquio relató al contar la historia de Midas.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 86px;"> +<a href="images/illus-062_lg.jpg"> +<img src="images/illus-062_sml.jpg" width="86" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-063_lg.jpg"> +<img src="images/illus-063_sml.jpg" width="280" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL TOQUE DE ORO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">V</span><span class="smcap">ivió</span> hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se +llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído +hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he +olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las +niñas, me parece bien llamarla Clavellina.</p> + +<p>El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real, +principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer +oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había +en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su +hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la +quería, más ansia<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. +Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a +quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de +monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa. +Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman +al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder +guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y +riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, +lo único que le decía era:—¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de +oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas.</p> + +<p>Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente +dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado +a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más +grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal.</p> + +<p>Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan +fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras +mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo +para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los +innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. +Y aunque también en</p> + +<div class="figcenter" style="width: 323px;"> +<a href="images/illus-064a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-064a_sml.jpg" width="323" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> </p> + +<p class="nind">otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que +cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música +agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar +contra otra.</p> + +<p>Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que +tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas +llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no +fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una +habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es +donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía +servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser +completamente feliz.</p> + +<p>Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de +monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una +barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los +llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio +donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le +gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía +ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, +o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se +deslizara entre sus dedos el polvo<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> de oro, o miraba la imagen extraña +de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía +a sí mismo:—¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz +eres!—. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía +muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella +imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él.</p> + +<p>Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo +era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el +mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese +lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.</p> + +<p>No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en +los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban +cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían +maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo +nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los +tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi +parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los +antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.</p> + +<p>Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro +subterráneo, cuando<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> vió que una sombra caía sobre los montones de oro, +y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que +estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era +un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del +rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier +otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el +desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí +era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los +tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos +rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían +iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos +llamas o chispas.</p> + +<p>Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y +que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus +tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un +mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la +Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla +de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la +costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, +las mujeres y los niños, medio en broma y medio en<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> serio. Midas había +tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba +encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan +amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable +sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a +hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus +montones de tesoros!</p> + +<p>El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa +hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se +volvió hacia Midas.</p> + +<p>—Eres un hombre rico, amigo Midas—observó—. Me parece que no habrá en +la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú +has conseguido amontonar en esta habitación.</p> + +<p>—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondió Midas en +tono descontento—. Pero, después de todo, esto no es nada si se +considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno +vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó el desconocido—. ¿Todavía no estás satisfecho?</p> + +<p>Midas movió la cabeza.</p> + +<p>—¿Y con qué te contentarías?—preguntó el<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> forastero—. Sólo por +curiosidad me gustaría saberlo.</p> + +<p>Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel +desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, +había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores +deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más +que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se +le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su +imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo +bastante grande para satisfacerle por completo.</p> + +<p>Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan +brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.</p> + +<p>Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.</p> + +<p>—Ea, Midas—observó el visitante—, veo que por fin has pensado cosa +que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.</p> + +<p>—Sólo esto—respondió Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto +trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme +aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en +oro!</p> + +<p>La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia,<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> que pareció llenar la +habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, +donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de +oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.</p> + +<p>—¡El Toque de Oro!—exclamó—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres +hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso +te quedarás satisfecho?</p> + +<p>—¡Completamente!...—dijo Midas.</p> + +<p>—¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?</p> + +<p>—¿Por qué había de arrepentirme?—preguntó Midas—. Es lo único que +pido para ser completamente feliz.</p> + +<p>—Entonces, hágase como deseas—respondió el forastero, moviendo la mano +en señal de despedida—. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado +con el Toque de Oro.</p> + +<p>El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente +brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos +de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y +alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda +la vida en reunir.</p> + +<p>La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre. +Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> +estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un +juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los +montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los +brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su +alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el +Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el +dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros +varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban +siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita +del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese +venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de +él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas +hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por +medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar!</p> + +<p>Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo +brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se +volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus +esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer +rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su +cabeza. Parecióle a<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se +reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más +de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de +hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y +más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de +sol!</p> + +<p>Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por +la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los +barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote +de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que +estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un +montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se +convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya +visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se +convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales +todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a +vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de +oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un +poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a +vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> las +puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también +en hilo de oro.</p> + +<p>A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por +completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se +hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas, +besándole para entregárselo.</p> + +<p>Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes +del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. +En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común +de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si +no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó +que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de +ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los +transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo +metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro +valiesen bastante.</p> + +<p>Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría +conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.</p> + +<p>—Pero, después de todo, importa poco—se dijo a sí mismo con mucha +filosofía—. No podemos<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> tener un gran bien que no venga acompañado de +algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de +un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me +servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina +pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo +necesite.</p> + +<p>El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el +palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las +escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se +iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte +de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto +sus dedos le hubieron tocado—y salió al jardín. Encontró en él, como de +costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en +capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color +delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan +amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas +flores.</p> + +<p>Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo +de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para +conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su +Toque de Oro infatigablemente,<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> hasta que todas las flores y todos los +capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de +ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, +llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había +despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.</p> + +<p>En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de +Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. +Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en +panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos +frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas +de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un +rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas +acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.</p> + +<p>Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y +sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a +desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería +muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan +contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y +la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta +circunstancia le sorprendió mucho,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> porque era su hijita una de las +niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con +las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese +podido llenar un dedal.</p> + +<p>Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa +agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que +era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro +reluciente.</p> + +<p>Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de +su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si +se le rompiese el corazón.</p> + +<p>—¿Qué es eso, hija mía?—exclamó Midas—. ¿Qué te pasa, hoy que hace +una mañana tan hermosa?</p> + +<p>Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la +cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.</p> + +<p>—¡Muy bonita!—exclamó su padre—. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que +pueda hacerte llorar?</p> + +<p>—Papá—respondió la chiquilla llorando a más y mejor—, no es bonita: +es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al +jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan +más cuando te<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha +sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan +bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a +perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les +habrá pasado?</p> + +<p>—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le dió vergüenza +confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la +niña—. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es +cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años, +por una vulgar, que se deshoja en un día.</p> + +<p>—No quiero rosas como ésta—dijo Clavellina tirándola +despectivamente—. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me +araña la nariz.</p> + +<p>La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por +las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del +tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a +divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan +extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos +aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal.</p> + +<p>Midas, entretanto, se había servido una taza<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> de café, y, naturalmente, +la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba +convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un +momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como +las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en +el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos +sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante +seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de +oro.</p> + +<p>Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al +sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios +tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después +se solidificó, formando un terrón dorado.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Midas casi con horror.</p> + +<p>—¿Qué te pasa, papá?—preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas +en los ojos.</p> + +<p>—¡Nada, niña, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfríe +por completo.</p> + +<p>Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con +el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha +admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen +ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> metal +verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero +del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la +cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales +del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien +frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis +figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor +tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y +valiosa imitación.</p> + +<p>—No comprendo—se dijo a sí mismo—cómo voy a arreglármelas para +desayunar.</p> + +<p>Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con +gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de +trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A +decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas +mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron +comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se +sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio +análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo +pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la +fábula tenía costumbre de poner.<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p> + +<p>—¡Pues, señor, estoy divertido!—pensó recostándose en el respaldo del +sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus +sopas de leche con gran satisfacción—. ¡Un desayuno tan rico sobre la +mesa y no poder probar ni un bocado!</p> + +<p>Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave +inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó +tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro +era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata +harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de +un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear +por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía.</p> + +<p>—¡Papá! ¡Papá!—exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa—. +¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua?</p> + +<p>—¡Ay, hija mía!—murmuró Midas tristemente—. ¡No sé qué va a ser de tu +pobre padre!</p> + +<p>Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida? +Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa +de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador +más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> un vaso de agua, está +realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares +valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la +hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a +la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la +cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que +entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un +régimen tan substancioso?</p> + +<p>Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que +empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único +deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no +fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el +brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de +Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio +por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es +decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un +panecillo caliente y una taza de café!</p> + +<p>—¡Sería demasiado caro!—pensó Midas.</p> + +<p>Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que +volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> lindísima +Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada, +mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento +comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de +consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le +rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña. +Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que +todo lo que había ganado con el Toque de Oro.</p> + +<p>—¡Clavellina, hijita, preciosa mía!—exclamó.</p> + +<p>Pero Clavellina no respondió.</p> + +<p>¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había +otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de +su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, +tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también +quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el +mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e +inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible +desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a +su propia hija en una estatua de oro...</p> + +<p>Sí: una estatua era ya aquella bellísima<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> niña, y su última e +interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como +tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos +mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y +peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un +encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus +rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores +eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella +imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que +Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—¡Vales más oro +que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, +y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán +infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno +cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y +la tierra.</p> + +<p>Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía +todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse +a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de +ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que +se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa +figurita<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una +mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión +tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde +luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a +desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus +riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de +rosa.</p> + +<p>Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un +desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la +cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se +le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la +desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún +tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la +habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás +objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas.</p> + +<p>—¡Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: ¿qué tal te va con el Toque +de Oro?</p> + +<p>Midas movió la cabeza.</p> + +<p>—Soy muy desgraciado—dijo.</p> + +<p>—¿Muy desgraciado, de veras?—exclamó el desconocido—. ¿Y cómo es eso? +¿No he<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo +lo que deseaba tu corazón?</p> + +<p>—El oro no es todo en este mundo—respondió Midas—, y he perdido lo +que mi corazón realmente quería más que nada.</p> + +<p>—¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observó +el desconocido—. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que +vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?</p> + +<p>—¡Oh, bendita agua!—exclamó Midas—. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi +seca garganta!</p> + +<p>—¿El Toque de Oro—continuó el desconocido—o un pedazo de pan?</p> + +<p>—Un pedazo de pan—respondió Midas—vale por todo el oro del mundo.</p> + +<p>—¿El Toque de Oro—preguntó el desconocido—o tu hijita palpitante, +viva, suave y cariñosa como hace una hora?</p> + +<p>—¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!—exclamó el pobre Midas retorciéndose las +manos—. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el +poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!</p> + +<p>—Eres más cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que +tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> oro. Si así +fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de +comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el +mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales +se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del +Toque de Oro?</p> + +<p>—¡Le odio!—respondió Midas.</p> + +<p>Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo; +también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció.</p> + +<p>—Entonces—dijo el desconocido—, ve y báñate en el río que pasa por +detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con +ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua +substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares +el daño que has causado con tu avaricia.</p> + +<p>El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el +reluciente desconocido ya no estaba allí.</p> + +<p>Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar +un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de +ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba +corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y +frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> se ponía amarillo, como +si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza, +sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—¡Puf, puf, puf!—resopló +el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Está bien. Éste es un baño +refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de +Oro. Ahora, a llenar el cántaro.</p> + +<p>Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle +convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que +fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro +de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande, +duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su +humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba +ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la +orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la +delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un +brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se +había apartado de él.</p> + +<p>El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos +criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan +cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer +todo el<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas +que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, +como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la +dorada figura de su hija.</p> + +<p>Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el +color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse! +Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que +seguía echándole agua encima.</p> + +<p>—¡Basta, papá; por favor, ya no más!—exclamó—. Mira lo que has hecho +con mi vestido tan bonito. ¡Y que le estreno hoy!</p> + +<p>Clavellina no sabía que había sido un rato estatua de oro; no podía +acordarse de lo que había sucedido desde el momento en que corrió con +los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.</p> + +<p>No creyó éste necesario contar a su querida hija cuán loco había sido, +pero se decidió a demostrar lo mucho más cuerdo que ahora era. Para esto +llevó a Clavellina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los +rosales, y con tan buena suerte, que más de cinco mil rosas recobraron +su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras +vivió conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una +fué que las arenas del río</p> + +<div class="figcenter" style="width: 335px;"> +<a href="images/illus-088b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-088b_sml.jpg" width="335" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 335px;"> +<a href="images/illus-088c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-088c_sml.jpg" width="335" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> </p> + +<p class="nind">brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tenía +ahora un reflejo dorado que nunca había observado en él antes de que se +hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en +realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho más bonito +que antes.</p> + +<p>Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tenía a los hijos de +Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le +gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento +yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les decía que su +cabello también tenía un bonito reflejo de oro, que habían heredado de +su madre.</p> + +<p>—Y para deciros la verdad, queridos niños míos—comentaba el rey Midas, +haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos—, desde aquella mañana +he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra +madre.</p> + +<p>—Ea, niños—preguntó Eustaquio, que era muy aficionado a saber la +opinión definida de sus oyentes—, ¿habéis oído en toda vuestra vida +cuento mejor que este del Toque de Oro?</p> + +<p>—La historia del rey Midas—dijo la burlona Primavera—era famosa miles +de años antes de que el señor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y +continuará siéndolo después que él lo abandone. Pero algunas personas +tienen lo que pudiéramos llamar «toque de plomo», y<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> convierten en +pesado y seco todo lo que tocan sus manos.</p> + +<p>—Eres una niña muy lista, para no haber cumplido aún los quince—dijo +Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crítica—. Pero bien +convencida estás, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruñido +el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto más brillante que +nunca. ¿Y la figura de Clavellina? ¿No está maravillosamente dibujada? Y +la moraleja, ¿no es profunda, clara y bien traída? ¿Qué decís, Amapola, +Romero, Trébol, Margarita? Alguno de vosotros, después de haber oído +este cuento, ¿desearíais poseer la facultad de convertir las cosas en +oro?</p> + +<p>—A mí me gustaría—dijo Margarita, chiquilla de diez años—tener el +poder de convertirlo todo en oro con el dedo índice de la mano derecha, +pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a +su estado primero, si el cambio no había resultado a mi gusto. ¡Ay, si +lo tuviera, ya sé lo que haría esta misma tarde!</p> + +<p>—¿Qué harías?—dijo Eustaquio.</p> + +<p>—Tocaría—respondió Margarita—cada una de las hojas de estos árboles +con el dedo índice de la mano izquierda, y las pondría verdes otra vez; +así es que volveríamos a empezar el verano, sin tener que pasar por el +feo invierno.<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span></p> + +<p>—¡Oh, Margarita!—exclamó Eustaquio Bright—; estás en un error, y +harías una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no haría más que días +de oro, como este de hoy, durante todo el año. Las mejores ideas siempre +se me ocurren un poco tarde. ¿Por qué no os habré dicho cómo el viejo +rey Midas vino a América y cambió el sombrío otoño que hay en otros +países en la deslumbrante belleza con que aquí se viste? Doró todas las +hojas del gran libro de la Naturaleza.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba +haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeñez +de las hadas—, ¿qué altura justa tenía Clavellina, y cuánto pesaría +después de haberse convertido en oro?</p> + +<p>—Era casi tan alta como tú—replicó Eustaquio—, y como el oro es muy +pesado, pesaría lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda +con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro. +¡Ojalá Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la cañada, +subiendo a lo alto del peñón, y echemos una mirada en derredor.</p> + +<p>Así lo hicieron. El sol había ya andado dos horas más de la mitad de su +camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiación occidental, +de modo que parecía estar lleno hasta<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> el borde de luz suave que se +desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un día +tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de +él: ¡Nunca ha existido día semejante, aunque ayer tal vez fué, y mañana +será, tan luminosamente radiante! ¡Ah! Pero hay pocos de esos en el +círculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos días de Octubre +que cada uno de ellos parece ocupar muchísimo espacio, aunque el sol se +levanta más bien tarde en esta estación del año, y se va a la cama, como +debieran irse los niños, a las tempranas seis de la tarde o un poco +antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos días largos; pero +parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y +cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un +inmenso brazado de vida desde por la mañana.</p> + +<p>—¡Venid, niños, venid!—exclamó Eustaquio—. ¡Más nueces, más nueces, +más nueces! ¡Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las +partiré para vosotros y os contaré magnificas historias!</p> + +<p>Y así se fueron, todos contentísimos, excepto el pequeño Romero, que, +siento decíroslo, se había sentado sobre un erizo de castaña y se había +convertido en acerico de sus pinchos. ¡Dios mío, qué incómodo debía ir +el pobre!<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p> + +<h2><a name="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS" id="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS"></a>EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 285px;"> +<a href="images/illus-095_lg.jpg"> +<img src="images/illus-095_sml.jpg" width="285" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD" id="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD"></a>EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">asaron</span> los días de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han +pasado, y pasó el obscuro Noviembre y la mayor parte del frío Diciembre +también. Por fin llegó la alegre Navidad, y Eustaquio Bright llegó con +ella, haciéndola aún más alegre con su presencia. Y al día siguiente de +haber llegado él, cayó una gran nevada. Hasta entonces el invierno +parecía haberse retrasado, y nos había dado muchos días tibios, que eran +como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se había conservado verde +en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes +que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban +pasar el viento frío. Aún no hacía<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> un par de semanas que los niños +habían encontrado un amargón en flor, en la margen del Arroyo Umbrío, +precisamente a la salida de la cañada.</p> + +<p>Pero ya no había ni hierba ni flores. ¡Qué nevada! Veinte millas de +tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de +Tanglewood y la alta montaña, si la vista alcanzase tan lejos, entre los +remolinos de copos que blanqueaban toda la atmósfera. Parecía como si +las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse +unos a otros monstruosos puñados de nieve. Tan espesos caían los copos, +que hasta los árboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, +quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es +verdad, los pequeños prisioneros de Tanglewood podían divisar el confuso +contorno de la gran montaña y la lisa blancura del lago helado al pie de +ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte más +cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la +tormenta.</p> + +<p>Sin embargo, los niños se regocijaban con la nevada. Ya habían trabado +conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caía más +espesa, y tirándosela unos a otros a puñados, precisamente como ahora +mismo nos figurábamos que hacían las montañas. Y ahora habían<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> vuelto al +espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran salón, y +estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeños. El mayor de +todos era un caballo de movimiento, que parecía un jaco de verdad, y +había una familia entera de muñecas de madera, de cera, de cartón y de +china, además de unos cuantos bebés de trapo; y tarugos de construcción, +innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y +combas, y muchísimos más objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar +en una página. Pero los niños preferían la nevada a todos los juguetes. +¡Prometía para mañana tantas animadas diversiones, y para todo el resto +del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el +valle, las estatuas de nieve que había que esculpir, las fortalezas de +nieve que había que edificar, y la batalla de bolas de nieve que había +que ganar.</p> + +<p>Así los chiquillos bendecían la nevada, y se alegraban de ver que caía +cada vez más espesa, y miraban con esperanza el montón que se estaba +formando en la avenida, y que ya era más alto que el más alto de ellos.</p> + +<p>—¡Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!—exclamaron con el mayor +entusiasmo—. ¡Qué lástima que la casa sea demasiado alta y que no pueda +cubrirla la nieve! La casita encarnada<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> de allá abajo va a quedar +enterrada hasta el tejado.</p> + +<p>—Pero, chiquillos locos, ¿todavía deseáis más nieve?—preguntó +Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, había +entrado en el cuarto de juego—. Ya ha hecho bastante daño, echando a +perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en +todo el invierno. ¡No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y +hoy iba a ser el primer día que yo pasase patinando sobre él! ¿No me +compadeces, Primavera?</p> + +<p>—¡Claro que sí!—respondió Primavera, riendo—. Pero, para que te +consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos +contabas en el Pórtico o en Arroyo Umbrío. Puede que ahora que no tengo +nada que hacer, me gusten más que cuando había nueces que buscar o buen +tiempo que disfrutar.</p> + +<p>Inmediatamente, Margarita, Trébol, Amapola y todos los chiquillos que +aún estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, +pidiéndole con afán que contase un cuento. El estudiante bostezó, se +desperezó, y después, con gran admiración de la gente menuda, dió tres +saltos hacia adelante y tres hacia atrás por encima del respaldo de una +silla, con el fin, según les explicó, de poner en movimiento su +inteligencia.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span></p> + +<p>—Bueno, bueno, chiquillos—dijo después de estos preliminares—, puesto +que insistís, y puesto que Primavera se empeña, veremos si puedo +complaceros. Y para que sepáis qué días tan felices existieron antes de +que estuviesen de moda las nevadas, os contaré una historia del más +viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el peón +nuevo de Capuchina. Entonces no existía en la Tierra más que una +estación: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la +infancia.</p> + +<p>—Nunca he oído hablar de eso—dijo Primavera.</p> + +<p>—Claro que no—respondió Eustaquio—. Será un cuento que nadie ha +soñado antes que yo, un Paraíso de los niños que se desvaneció por culpa +de una chiquilla tan mala como Primavera.</p> + +<p>Y Eustaquio Bright se sentó en la silla sobre la cual había estado +saltando, sentó a Capuchina sobre sus rodillas, mandó callar al +auditorio, y empezó el cuento sobre la niña mala, cuyo nombre era +Pandora, y sobre su compañero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podéis +leerle palabra por palabra, porque empieza en la página siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 106px;"> +<a href="images/illus-100_lg.jpg"> +<img src="images/illus-100_sml.jpg" width="106" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 282px;"> +<a href="images/illus-101_lg.jpg"> +<img src="images/illus-101_sml.jpg" width="282" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">H</span><span class="smcap">ace</span> mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia, +hubo un niño, llamado Epimeteo, que no había tenido ni padre ni madre, y +para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un país lejano una +niña, también sin padre y sin madre, que viviese con él y fuese su +compañera de juegos y su ayuda. Llamábase la niña Pandora.</p> + +<p>Lo primero que vió Pandora, cuando entró en la casita donde vivía +Epimeteo, fué una caja grande. Y casi lo primero que le preguntó en +cuanto pasó el umbral, fué esto:</p> + +<p>—Epimeteo, ¿qué tienes guardado en esa caja?</p> + +<p>—Querida Pandora—respondió Epimeteo—, es un secreto y debes tener la +bondad<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> de no preguntarme nada respecto de él. Han dejado aquí la caja +para que esté bien guardada, y yo mismo no sé lo que tiene dentro.</p> + +<p>—Pero, ¿quién te la ha dado a guardar?—preguntó Pandora—. ¿Y de dónde +ha venido?</p> + +<p>—También eso es un secreto—respondió Epimeteo.</p> + +<p>—¡Qué fastidio!—exclamó Pandora haciendo una mueca—. ¡Me gustaría que +la dichosa caja estuviese a cien leguas de aquí!</p> + +<p>—¡No pienses más en eso!—exclamó Epimeteo—. Vamos fuera, a jugar con +los demás niños.</p> + +<p>Hace miles de años que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es +muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era +niño. No hacían falta padres ni madres para cuidar de las criaturas, +porque no había peligros ni males de ninguna clase, no había ropa que +coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre +que un niño necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algún árbol. Y +si miraba al árbol por la mañana, veía en flor la comida que se le +estaba preparando para la noche, y al anochecer veía el tierno capullo +de su almuerzo del día siguiente. Era una vida muy agradable. No había +tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no había más que juegos y +danzas, y dulces voces<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> de niños que hablaban o cantaban como pájaros, o +saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo día.</p> + +<p>Y lo mejor de todo es que los niños no disputaban, ni tomaban rabietas, +ni se recordaba, desde que empezó el tiempo, que ninguno se hubiese ido +a un rincón refunfuñando.</p> + +<p>¡Qué tiempo más bueno para vivir en él! La verdad es que esos horribles +y diminutos monstruos con alas que se llaman <i>Molestias</i>, y que ahora +abundan tanto como los mosquitos, no se habían visto nunca en la tierra. +Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un niño +nunca, fuese la mortificación de Pandora por no poder descubrir el +secreto de la caja misteriosa.</p> + +<p>Esto fué en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada día +se hizo más y más real, hasta que, pasado algún tiempo, la casita de +Epimeteo fué menos alegre que la de los demás niños.</p> + +<p>—¿De dónde puede haber venido esa caja?—decía a todas horas Pandora—. +¿Y qué tendrá dentro?</p> + +<p>—¡Siempre hablando de la dichosa caja!—dijo, por fin, Epimeteo, porque +había llegado a cansarse de oir siempre lo mismo—. Me gustaría, querida +Pandora, que hablásemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos +higos<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> bien maduros, y a comérnoslos debajo de un árbol, porque ya es +hora de merendar. Y también sé dónde está una viña que tiene las uvas +más dulces que has probado nunca.</p> + +<p>—¡Siempre hablando de uvas y de higos!—dijo Pandora con malhumor.</p> + +<p>—Bueno, entonces—dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio, +como muchísimos niños de aquellos tiempos—, vamos a correr y a jugar +con nuestros compañeros.</p> + +<p>—Estoy cansada de tanto juego y no jugaré más—respondió Pandora—. No +tengo humor para juegos. ¡Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en +ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.</p> + +<p>—Ya te he dicho cincuenta veces que no lo sé—respondió Epimeteo, ya un +poco molesto—. ¿Cómo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he +visto?</p> + +<p>—Puedes abrirla—dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo—, y así lo +vemos.</p> + +<p>—Pandora, ¿en qué estás pensando?—exclamó Epimeteo.</p> + +<p>Y su rostro expresó tal horror ante la idea de abrir la caja que se le +había confiado con condición de no abrirla nunca, que Pandora comprendió +que más valía no insistir. Pero no podía menos de seguir pensando en la +caja y hablando de ella.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-104b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-104b_sml.jpg" width="331" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-104c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-104c_sml.jpg" width="332" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span></p> + +<p>—Por lo menos—dijo—, bien puedes decirme cómo ha venido aquí.</p> + +<p>—La dejó en la puerta—respondió Epimeteo—, un momento antes de que +llegases tú, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y +cuando la dejó en el suelo, apenas podía contener la risa. Estaba +envuelto en una capa muy extraña, y llevaba un gorrito que parecía estar +hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegué a creer que tenía alas.</p> + +<p>—¿Y qué bastón llevaba?—preguntó Pandora.</p> + +<p>—El más curioso que he visto en mi vida—exclamó Epimeteo—. Era como +dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien +tallado, que al principio creí que las serpientes estaban vivas.</p> + +<p>—Le conozco—respondió Pandora, quedándose pensativa—. ¡Sólo él tiene +un bastón como ese: es Azogue, y él es quien me trajo aquí, como la +caja! ¡Sin duda la trajo para mí, y probablemente contiene trajes +bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos tú y yo, +o alguna golosina muy rica!</p> + +<p>—Puede que sí—respondió Epimeteo, dando media vuelta—; pero hasta que +Azogue vuelva y nos lo diga, ni tú ni yo levantaremos la tapa.</p> + +<p>—¡Que chico más estúpido!—murmuró Pandora<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> cuando Epimeteo salió de la +casita—. Me gustaría que fuese un poco más atrevido, que tuviese un +poco más de valor.</p> + +<p>Por primera vez desde que había llegado Pandora, Epimeteo se marchó sin +pedirle que le acompañase. Se fué solo, a coger higos y uvas, y a +divertirse luego como pudo en compañía de los otros niños. Estaba harto +de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazón que Azogue, o +como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la +casita de cualquier otro niño, donde Pandora nunca la hubiese visto. ¡La +caja, la caja, siempre la caja! Parecía como si la caja estuviese +embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para +contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella, +y haciendo que Epimeteo tropezase también.</p> + +<p>Sí que era triste para el pobre niño tener una caja en los oídos de la +mañana a la noche; sobre todo, porque como los niños en aquel tiempo no +estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no sabían cómo arreglarse +para soportarlas. Así es que una pequeña les daba entonces mucho más que +hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.</p> + +<p>Cuando Epimeteo se marchó, Pandora se quedó mirando la caja. La había +llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto había<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> dicho +contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado +perfectamente cualquier habitación en que se hubiese colocado. Estaba +hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y +la superficie era tan brillante, que Pandora podía verse la cara en +ella. Como la niña no tenía otro espejo, no comprendo cómo no le gustaba +más, sólo por ese motivo.</p> + +<p>Los ángulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de +la tapa había graciosas figuras de hombres y de mujeres y los niños más +lindos que se han visto jamás, echados o jugando entre profusión de +flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente +representados y agrupados con tal armonía, que flores, follaje y seres +humanos parecían combinarse en una guirnalda de belleza única. Pero aquí +y allí, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una ó dos veces, +se le antojó que veía una cara no tan amable, y alguna otra desagradable +del todo, que deslucían por completo la belleza del conjunto. Sin +embargo, mirando más de cerca, y tocando con la punta del dedo, no +encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara +verdaderamente bonita, le había parecido fea.</p> + +<p>La más bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve, +en el centro de la<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> tapa. No había más en toda ella; la madera bien +pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de +flores en la frente. Pandora había mirado aquella cara muchísimas veces +y se le antojaba que podía sonreir o ponerse seria, lo mismo que si +estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenían una expresión viva y +casi maliciosa, y parecía que en algunos momentos quisiera hablar, y +como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.</p> + +<p>Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy +parecido a esto:</p> + +<p>—¡No temas, Pandora! ¿Qué mal puede haber en que abras la caja? ¡No +hagas caso a ese infeliz Epimeteo! Tú sabes mucho más que él y tienes +cien veces más talento que él. ¡Abre la caja, y ya verás qué cosas más +bonitas encuentras dentro!</p> + +<p>La caja, he olvidado decíroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni +cosa parecida, sino con un nudo intrincadísimo de cuerda de oro. Parecía +un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo más ingeniosamente +enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que parecía desafiar +maliciosamente a que le desatasen a los dedos más hábiles. Y cuanta más +dificultad parecía haber en él, más tentación le entraba a Pandora de +examinarle, sólo para ver cómo estaba hecho. Dos o tres veces ya se +había detenido<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> junto a la caja, cogiendo el nudo entre el índice y el +pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.</p> + +<p>—Creo—se dijo a sí misma—que empiezo a comprender cómo está hecho. Me +parece que si lo deshago podré volverlo a hacer igual que estaba. En eso +sí que no habrá mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurriría regañarme por +eso. No quiero abrir la caja y no lo haré nunca, si ese terco de chico +no consiente, aunque desate el nudo.</p> + +<p>Más hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en +qué pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo +asunto. Pero los niños llevaban tan buena vida antes de que las penas +apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchísimo tiempo de +sobra. No siempre podían estar jugando al escondite entre las zarzas +floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, +o a otros juegos que ya se habían inventado cuando la madre Tierra +estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el +juego en realidad. No había absolutamente nada que hacer. Barrer un poco +y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que +abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba +hecho todo el trabajo del día de la pobre Pandora, y<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> para todo el resto +del tiempo ¡allí estaba la caja!</p> + +<p>Y después de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no +fuese para ella una bendición. ¡Porque le suministraba tal variedad de +ideas en qué pensar y sobre qué hablar, en cuanto encontraba alguien que +la escuchase! Cuando estaba de buen humor, podía divertirse admirando el +brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y +follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, podía +darle un empujón o un puntapié. Y muchos recibió la caja (era una caja +malévola, como hemos de ver, y bien los merecía). Pero, después de todo, +si no hubiese sido por ella, Pandora, que tenía una inteligencia tan +viva, no hubiese sabido en qué pasar el tiempo.</p> + +<p>Porque era, realmente, ocupación sin fin calcular qué habría dentro de +la caja. ¿Qué podría ser? Figuraos, queridos niños, qué ocupado +tendríais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy +grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una +porción de cosas bonitas, que habían de daros como regalo el día de +vuestro cumpleaños. ¿Creéis que hubieseis sido menos curiosos que +Pandora? ¿Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido +siquiera una tentación chiquitita de levantar la tapa? ¡Ay, no, no! ¡Qué +cosa tan fea! Pero si pensabais que había<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> juguetes dentro, ya os +hubiese costado trabajo perder la ocasión de echar una miradita. En +realidad, no sé si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque aún no se +había empezado a hacer ninguno en aquellos días, en que el mundo mismo +era un juguete grande para los niños que vivían en él. Pero Pandora +estaba convencida de que en la caja había algo muy bueno y muy bonito. Y +por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estaría +cualquiera de las niñas que me rodean. Y hasta puede que un poco más, +pero de eso no estoy completamente seguro.</p> + +<p>Aquel día de que estamos hablando, su curiosidad aumentó tanto, tanto, +que por fin se acercó a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si +podía. ¡Ay, Pandora curiosa!</p> + +<p>Primero intentó levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una +niña como Pandora. Levantó uno de los lados unas cuantas pulgadas del +suelo, y la dejó caer de nuevo: la caja dió un buen golpe. Un momento +después se le figuró que había oído algo dentro de la caja. Acercó el +oído lo más que pudo, y escuchó. ¡Sí, sí: dentro había una especie de +murmullo! ¿Sería sólo el ruido de los oídos de Pandora o el latido de su +corazón? La niña no pudo convencerse de si había oído algo o no, pero su +curiosidad era más fuerte que nunca.<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span></p> + +<p>Cuando volvió la cabeza, cayó su vista sobre el nudo de cuerda de oro.</p> + +<p>—Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo—pensó—. +Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos, +quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.</p> + +<p>Tomó el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo más +atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontró con que estaba +empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana +abierta, y con él las voces de los niños que jugaban lejos, y acaso +entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. ¡Qué +hermoso día! ¿No sería mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver +a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compañeros, y jugar y ser +feliz?</p> + +<p>Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio +inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza +ceñida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja +encantada, le pareció que le hacía una mueca.</p> + +<p>—Esta cara parece que me mira con malicia—pensó Pandora—. Puede que +se ría porque estoy haciendo una cosa mal hecha. ¡Me dan unas ganas de +echar a correr!...</p> + +<p>Pero precisamente entonces, por casualidad,<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> dió al nudo una vuelta, que +produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desató sola, como +por magia, y dejó la caja sin cierre de ninguna clase.</p> + +<p>—¡Qué cosa más extraña!—dijo Pandora—. ¿Qué va a decir Epimeteo? ¿Y +cómo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?</p> + +<p>Intentó una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendió que no +tenía habilidad para tanto. Se había desatado tan repentinamente, que no +podía recordar cómo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y +aspecto primitivos, parecía escapársele por completo de la memoria. No +podía hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo +volviese.</p> + +<p>—Pero—dijo Pandora—cuando se encuentre el nudo desatado, querrá saber +quién lo desató. ¿Cómo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay +dentro de la caja?</p> + +<p>Entonces, en su corazoncillo perverso nació la idea de que, puesto que +de todos modos habían de sospechar que había mirado dentro de la caja, +más valía mirar de verdad. ¡Oh, loca y curiosa Pandora! Podías haber +pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya +habías hecho, y no en lo que tu compañero Epimeteo fuera a decir o a +pensar. Y así hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> de la +tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan +persuasivo, y si no le hubiera parecido oir más claro que nunca el +murmullo de vocecitas dentro. No podía saber si era imaginación o no, +pero en sus oídos había como un pequeño tumulto de murmullos... Acaso +era su curiosidad misma la que murmuraba:</p> + +<p>—¡Déjanos salir, querida Pandora...; por favor, déjanos salir! ¡Si +vieras qué buenos compañeros vamos a ser para ti! ¡Déjanos salir y +verás!</p> + +<p>—¿Qué será?—pensó Pandora—. ¿Habrá algo vivo en la caja? ¡Sea lo que +quiera, estoy decidida a verlo! ¡Sólo una miradita, y luego vuelvo a +cerrar la caja como antes! ¿Qué mal puede haber en que mire un poquito?</p> + +<p>Pero ya es hora de que sepamos qué estaba haciendo Epimeteo.</p> + +<p>Aquélla era la primera vez, desde que había llegado su compañera, que +había intentado divertirse sin que ella le acompañase. Pero nada le +salía a su gusto, ni era tan feliz como los demás días.</p> + +<p>No podía encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le +empalagaban. No había regocijo en su corazón, ni su voz surgía alegre +como otras veces, al unirse a las de sus compañeros en sus bulliciosos +juegos. En una palabra:<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> se puso tan molesto y tan disgustado, que los +otros niños no podían comprender lo que le pasaba. Tampoco él lo +comprendía del todo. Porque debéis recordar que en el tiempo de que +vamos hablando, todo el mundo tenía la costumbre de ser constantemente +feliz. El mundo aún no había aprendido a ser de otra manera. Ni un solo +cuerpo había estado enfermo, ni una sola alma había estado triste, desde +que aquellos niños fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y +gozar de ella.</p> + +<p>Por fin, descubriendo que algo le sucedía, fuese lo que fuese, dejó de +jugar, y le pareció lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba +de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegría, +cogió unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pensó +ponérsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas—rosas y azucenas y +flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de +fragancia—. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos +de un niño. Los dedos de las niñas, al menos a mí me lo ha parecido +siempre, tienen más habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los +niños de aquellos tiempos eran más hábiles que los de los nuestros.</p> + +<p>Y aquí llega el momento de decir que una gran nube negra hacía ya algún +tiempo que<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> andaba por el cielo, aunque todavía no había ocultado la luz +del sol. Pero cuando Epimeteo entró en su casita, la nube interceptó la +luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.</p> + +<p>Entró Epimeteo despacito, porque quería, a ser posible, llegar sin que +le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores, +antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no había +necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y +ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los +de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese oído llegar.</p> + +<p>Estaba demasiado absorta en sus malos propósitos. En el momento en que +Epimeteo entró en la casita, la chiquilla había puesto la mano en la +tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la miró. Si hubiese +dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el +misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.</p> + +<p>Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tenía también su poquito de +curiosidad por saber lo que había dentro. Comprendiendo que Pandora +estaba resuelta a descubrir el secreto, decidió que su compañera no +había de ser la única en enterarse de él. Y si dentro de la caja había +algo bonito o que valiese la pena,<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> también él quería tener su parte. +Así es que, después de tantos prudentes consejos a Pandora para que +demorase su curiosidad, Epimeteo se volvió casi tan insensato como ella, +y casi tan culpable como su compañera. De modo que si echamos la culpa a +Pandora de lo que sucedió, no debemos dejar de echársela también a +Epimeteo.</p> + +<p>Cuando Pandora levantó la tapa, la casita se quedó muy obscura y muy +triste, porque la nube negra había ocultado por completo el sol y +parecía haberlo enterrado vivo. Desde hacía un rato venían oyéndose +truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin +oirlos, levantó la tapa y miró al interior de la caja. Parecióle que un +enjambre de criaturitas aladas salía de ella volando, y en el mismo +instante oyó la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese +algo.</p> + +<p>—¡Ay, me han mordido!—exclamó—, ¡me han mordido! Pandora, Pandora, +¿por qué has abierto esa caja maldita?</p> + +<p>Pandora dejó caer la tapa, y volviéndose rápidamente, miró a ver qué +había sucedido a Epimeteo. La tormenta había obscurecido de tal modo la +habitación, que no podía ver bien dónde estaba. Pero oyó un zumbido +desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos +gigantescos estuviesen volando<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> en derredor suyo. Y cuando se le +acostumbraron los ojos a la escasa luz, vió multitud de feísimas y +diminutas formas con alas de murciélago, que parecían encolerizadísimas +y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que +había picado a Epimeteo. No pasó mucho tiempo sin que Pandora empezase a +llorar con no menos dolor y susto que su compañero, y haciendo muchísimo +más ruido que él. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le +había posado en la frente, y no sé hasta cuándo la hubiese estado +picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.</p> + +<p>Y ahora, si queréis saber quiénes podían ser aquellos feísimos +animalejos que se habían escapado de la caja, os diré que eran la +familia entera de los <i>males del mundo</i>. Eran todas <i>las malas +pasiones</i>. Eran las muchísimas especies de <i>cuidados</i>. Eran más de +ciento cincuenta <i>penas</i> distintas; eran las <i>enfermedades</i>, en gran +número, de miserables y dolorosas formas; eran muchas más clases de +<i>calamidades</i> de las que yo puedo deciros.</p> + +<p>En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las +almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les +había entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen +cuidadosamente, para que los felices niños del mundo no sintiesen<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> nunca +la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo +hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca; +ninguna niña hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lágrima, +desde aquella hora hasta este momento.</p> + +<p>Pero—y por esto podéis comprender cómo una mala acción de un solo +mortal es una calamidad para el mundo entero—, por haber Pandora +levantado la tapa de la caja, y por no habérselo impedido Epimeteo, +aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no +tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como +comprenderéis, que los dos niños tuvieran encerrado el enjambre feísimo +dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fué abrir +de par en par las ventanas, a ver si podían librarse de ellos, y allá +salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a +toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo +ninguno de los niños volvió a sonreir. Y, lo que es más extraño, todas +aquellas flores llenas de rocío de la tierra, ninguna de las cuales se +había marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a +deshojarse, y ninguna dura más de un día o dos. Los niños también, que +parecían inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> +día por día, y pronto se hicieron jóvenes, y luego hombres y mujeres, y +ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.</p> + +<p>Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron +en su casita. Los dos habían sido picados dolorosamente y tenían +bastante dolor, que les parecía más intolerable porque era el primero +que habían sentido desde que empezó el mundo. Como no tenían costumbre +alguna de sufrir, no podían comprender lo que el sufrimiento +significaba. Además, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada +uno contra sí mismo. Epimeteo se sentó en un rincón de espaldas a +Pandora, y Pandora se tiró al suelo y apoyó la cabeza en la caja fatal y +abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a rompérsele el corazón.</p> + +<p>De repente oyó un ruidito suave dentro de la caja.</p> + +<p>—¿Qué dirá?—preguntó Pandora, levantando la cabeza.</p> + +<p>Pero Epimeteo no había oído el ruido, o estaba de demasiado mal humor +para darse por enterado: el caso es que no respondió.</p> + +<p>—¡Qué poco amable eres!—dijo Pandora volviendo a sollozar—; ya no +quieres hablarme.</p> + +<p>¡Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada +golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 341px;"> +<a href="images/illus-120a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-120a_sml.jpg" width="341" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span></p> + +<p>—¿Quién eres?—preguntó Pandora con un poco de su antigua curiosidad—. +¿Quién eres tú, que aún estás dentro de esta maldita caja?</p> + +<p>Una vocecilla dulce respondió desde dentro:</p> + +<p>—Levanta la tapa, y lo verás.</p> + +<p>—No, no—respondió Pandora echándose a llorar de nuevo—. No quiero +volver a levantar la tapa. Dentro de la caja estás, maligna criatura, y +dentro te quedarás. Bastantes de tus feísimos hermanos y hermanas andan +ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti +también te deje salir.</p> + +<p>Miró hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su +prudencia. Pero el niño, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de +tener prudencia.</p> + +<p>—¡Ah!—dijo la dulce voz—, más os valdría dejarme salir. No soy de +esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran +hermanos ni hermanas míos los que han salido, como veréis si queréis +mirarme. Ven, ven, Pandora mía. Estoy segura de que me vas a dejar +salir.</p> + +<p>Había una especie de amable hechicería en el tono de la voz, que hacía +imposible negar nada de lo que pidiera. El corazón de Pandora se había +ido aliviando insensiblemente a cada palabra que salía de la caja. +También Epimeteo, aunque sin salir de su rincón, se había vuelto<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> un +poco, y parecía estar de mejor humor que antes.</p> + +<p>—Mi querido Epimeteo—exclamó Pandora—, ¿has oído esa vocecita?</p> + +<p>—Sí la he oído, sí—respondió Epimeteo con no muy buenos modos—. ¿Qué +tenemos con eso?</p> + +<p>—¿Quieres que vuelva a levantar la tapa?—preguntó Pandora.</p> + +<p>—Haz lo que te parezca—dijo Epimeteo—. Ya has hecho tanto daño, que +puede que no importe que hagas un poco más. Un mal, añadido al enjambre +que has echado a volar por el mundo, no significa nada.</p> + +<p>—Podías hablarme con mejores modos—murmuró Pandora, limpiándose los +ojos.</p> + +<p>—¡Ah, niño, niño!—exclamó la voz dentro de la caja en tono medio +serio, medio de burla—. De sobra sabes tú que estás deseando verme. +Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Déjame +que respire un poco el aire libre, y ya veréis cómo las cosas no son tan +tristes como os parecen.</p> + +<p>—Epimeteo—exclamó Pandora—, pase lo que pase, estoy decidida a abrir +la caja.</p> + +<p>—Y como me parece que la tapa pesa mucho—exclamó Epimeteo corriendo +por la habitación—, te ayudaré.</p> + +<p>Así, de común acuerdo, los dos niños levantaron<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> de nuevo la tapa. Salió +volando una radiante y sonriente mujercita, que revoloteó por toda la +habitación, arrojando luz por dondequiera que pasaba. ¿No habéis hecho +bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso parecía el +alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad +triste de la habitación. Voló hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo +en el sitio en que el mal le había picado, e inmediatamente cesó el +dolor. Luego besó a Pandora en la frente, y también curó el daño.</p> + +<p>Después de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revoloteó +juguetonamente sobre las cabezas de los dos niños, y los miró tan +dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo +haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huéspeda se +hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes +con sus aguijones en la cola.</p> + +<p>—¿Quién eres, hermosa criatura?—preguntó Pandora.</p> + +<p>—¡Hay que llamarme Esperanza!—respondió la mujercita—. Y porque soy +tan alegre y sé dar tanto ánimo, aunque soy tan pequeña, me encerraron +en la caja, para consolar al género humano de todo el enjambre de males +que estaba destinado a caer sobre ellos. ¡No<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> temáis! Ya veréis cómo lo +pasamos muy bien, a pesar de todos.</p> + +<p>—Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris—exclamó Pandora—. +¡Qué bonitas son!</p> + +<p>—Sí, son como el arco iris—dijo la Esperanza—, porque aunque soy +alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lágrimas como de sonrisas.</p> + +<p>—¿Y te quedarás con nosotros?—preguntó Epimeteo—. ¿Siempre y para +siempre?</p> + +<p>—Siempre que me necesitéis, me tendréis—dijo la Esperanza con su +placentera sonrisa—, y me necesitaréis mientras estéis en el mundo. +Prometo no abandonaros nunca. Vendrán tiempos y ocasiones, de cuando en +cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra +vez, y otra y otra, cuando menos lo penséis, veréis el resplandor de mis +alas en el techo de vuestra cabaña. Sí, hijos míos, y sé que luego os +van a dar una cosa muy buena y muy bonita.</p> + +<p>—¡Oh, dinos qué es!—exclamaron los niños—, ¡dinos qué es!</p> + +<p>—No me preguntéis—repuso la Esperanza, poniéndose un dedo en los +labios de rosa—. Pero no desesperéis de alcanzarlo, aunque no os llegue +mientras viváis en la tierra. ¡Creed en mi promesa, porque es verdad!<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span></p> + +<p>—¡Te creemos!—exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.</p> + +<p>Y así lo hicieron. Y no sólo ellos, sino todo el que ha vivido, ha +creído en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de +alegrarme (aunque desde luego fué cosa muy mal hecha), no puedo menos de +alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la +caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el +mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie +de duendes feísimos, y llevan en la cola los aguijones más envenenados. +Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarán mucho +más, según vaya siendo más viejo. Pero, ¿y la luciente y amable figura +de la Esperanza? ¿Qué haríamos en el mundo sin ella? La Esperanza +espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el +mundo en su aspecto mejor y más brillante, la Esperanza nos dice que +toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que +hemos de encontrar después.</p> + +<p>—Primavera—preguntó Eustaquio, tirándole de una oreja—, ¿te gusta mi +pequeña Pandora? ¿No piensas que es tu vivo retrato? Pero tú no hubieras +vacilado tanto antes de abrir la caja.</p> + +<p>—Bien castigada hubiese estado por mi maldad<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span>—replicó la chiquilla +agudamente—, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar +la tapa, hubiese sido el señor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Amapola—, ¿contenía la caja todo el mal que ha +sucedido en el mundo?</p> + +<p>—¡Sin faltar una miga!—respondió Eustaquio—. Esta misma nevada, que +ha echado a perder mi partida de patines, estaba allí encerrada.</p> + +<p>—¿Y qué tamaño tenía la caja?—preguntó Romero.</p> + +<p>—Unos tres pies de largo—dijo Eustaquio—, dos de ancho y dos y medio +de alto.</p> + +<p>—¡Ah!—dijo el niño—, ¡te estás burlando de mí, primo Eustaquio! No +hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la +nevada, no es mal, que es diversión; de modo que no estaba en la caja, +de seguro.</p> + +<p>—¡Miren ustedes el chiquillo!—exclamó Primavera con aire de +superioridad—. ¡Qué poco sabe de los males del mundo! ¡Pobrecillo! ¡Ya +hablará de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!</p> + +<p>Y diciendo esto, empezó a saltar a la comba.</p> + +<p>Entretanto el día iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tenía aspecto +tenebroso. Había a lo lejos, en el crepúsculo que se acercaba, como<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> un +rebaño de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se habían +borrado todos los caminos, y la nieve que se había amontonado sobre los +escalones del Pórtico demostraba que nadie había entrado ni salido +durante muchas horas. Si un niño solo hubiese estado en la ventana +mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media +docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un +Paraíso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no +serán capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, además, aguijoneado +por las circunstancias, inventó varios juegos nuevos, que les +conservaron llenos de alegría hasta la hora de irse a la cama, y +sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del día siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 91px;"> +<a href="images/illus-128_lg.jpg"> +<img src="images/illus-128_sml.jpg" width="91" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span></p> + +<h2><a name="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO" id="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO"></a>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 279px;"> +<a href="images/illus-131_lg.jpg"> +<img src="images/illus-131_sml.jpg" width="279" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">L</span><span class="smcap">a</span> nevada duró un día más; qué fué de ella después, no puedo +figurármelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareció por +completo, y cuando salió el sol a la mañana siguiente, brilló sobre las +montañas cubiertas de bosque con la mayor alegría del mundo. La escarcha +había cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi +imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba +el desayuno, la gente menuda de Tanglewood había hecho agujeros en la +escarcha con las uñas, y había conseguido ver con gran deleite que +excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaña, o sobre +los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una +mancha gris, todo el resto<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> del mundo que se alcanzaba a divisar estaba +blanco como una sábana. ¡Qué precioso! Y para colmo de felicidad, hacía +un frío capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona +tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que +le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre más +vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.</p> + +<p>En cuanto desapareció el desayuno, toda la chiquillería, bien arropada +en pieles y estambres, se desparramó sobre la nieve. ¡Vaya un día de +diversión! Deslizáronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas +cien veces, y, para divertirse más, haciendo volcar los trineos y dando +volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las +veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subió en el +mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limón, y echaron a correr +cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el +trineo tropezó con un tronco escondido bajo la nieve, ¡y allí cayeron en +un solo montón los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al +más pequeño, que era Flor de Limón. ¿Qué había sido del pobre muchacho? +Y mientras se lo estaban preguntando y buscándole, Flor de Limón sacó la +cabeza de entre un montón de nieve, con la cara colorada como si fuese<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> +una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del +invierno. ¡Había que oirles reir a todos!</p> + +<p>Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocupó a los niños +en cavar para hacer una cueva en el montón de nieve más alto que +encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la +chiquillería se metió en el hueco, se hundió el techo sobre sus cabezas, +y les enterró vivos a todos. Un minuto después todos sacaban las +cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante aparecía en medio y +encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se había +enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo +Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los +niños le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal +modo que tuvo que echar a correr. Huyó, y llegó a los bosques, y desde +allí a la margen del Arroyo Umbrío, donde pudo oir el rumor del +arroyuelo que corría bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas +le dejaban ver la luz del día. Había témpanos diamantinos, que +rebrillaban en torno de sus pequeñas cascadas. De allí llegó corriendo a +la orilla del lago, y se encontró con una llanura blanca e intacta, que +iba desde sus pies al pie de la inmensa montaña. Y como ya casi se +estaba poniendo<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> el sol, Eustaquio pensó que nunca había visto +espectáculo más hermoso. Se alegró de que los niños no estuviesen con +él, porque su animación y su actividad desaforada hubieran disipado su +estado de ánimo, elevado y grave; así es que sólo hubiese estado alegre +(como, en efecto, lo había estado durante el día entero), pero no +hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las +montañas.</p> + +<p>Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvió a +casa a cenar. Después de la cena se encerró en el despacho, con el +propósito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o +versos de cualquier clase, en elogio de las nubes púrpura y oro que +había visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado +la primera rima, se abrió la puerta, y Primavera y Margarita +aparecieron.</p> + +<p>—¡Marchaos, chiquillas! ¡Ahora no puedo perder el tiempo con +vosotros!—exclamó el estudiante, mirándolas por encima del hombro con +la pluma en la mano—. ¿Qué mil diablos queréis? ¡Creí que estabais +todos en la cama!</p> + +<p>—Óyele, Margarita—dijo Primavera, hablando como si fuera una persona +mayor—. Parece olvidar que yo ya tengo trece años, y puedo irme a la +cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar +tus aires solemnes y venir con nosotros al salón.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> Los niños han hablado +tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si +puede hacernos algún daño oirlos.</p> + +<p>—¡Bah, bah, Primavera!—exclamó el estudiante, un poco molesto—. No me +creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas +mayores. Además, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me dé +miedo su erudición, porque no dudo que estará tan enmohecida como un +cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutirá la admirable tontería +que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia +cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. +Ningún hombre de cincuenta años, que haya leído los mitos clásicos en su +juventud, puede comprender mi mérito como reinventor y mejorador de +todos ellos.</p> + +<p>—Puede que todo eso sea verdad—dijo Primavera—, pero no tienes más +remedio que venir. Mi padre no abrirá su libro, ni mamá el piano, hasta +que nos hayas regalado con algunas de tus tonterías, como tú mismo las +llamas muy acertadamente. De modo que sé bueno, y ven.</p> + +<p>Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchísimo de aprovechar +la oportunidad de demostrar al señor Pringle qué excelente facultad +poseía para modernizar los mitos de los<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> tiempos antiguos. Hasta que +cumple los veinte años, un joven debe sentir cierta timidez al enseñar +su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta +tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondrían +en la más alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de +rogar demasiado, Eustaquio consintió en que Primavera y Margarita le +arrastrasen al salón.</p> + +<p>Era una habitación amplia y cómoda, con una ventana semicircular en uno +de los extremos, en cuyo hueco había una copia en mármol del Ángel y el +Niño, de Greenough. A un lado de la chimenea había muchos estantes con +libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lámpara que +colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacían la habitación +brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran sillón, estaba +sentado el señor Pringle. Era un caballero alto y simpático, con una +gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no +se atrevía nunca a presentarse ante él sin detenerse un momento en la +puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como +Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio +obligado a entrar con un aspecto bastante desaliñado, como si se hubiese +pasado el día rodando por un montón de nieve, lo cual era verdad.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p> + +<p>El señor Pringle se volvió hacia el estudiante con benevolencia, desde +luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado +que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban también sus +pensamientos.</p> + +<p>—Eustaquio—dijo el señor Pringle con una sonrisa—, me he enterado de +que estás causando sensación grandísima entre el pequeño público de +Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, +como la llaman los pequeños, y los demás chiquillos, han elogiado de tal +modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiéramos oir una muestra de +ellos. Y a mí me agradará especialísimamente, porque parece que los +cuentos son un intento de trasladar las fábulas de la antiguedad clásica +al idioma del sentimiento y la fantasía modernos. Al menos, eso he +sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta +mí de segunda mano.</p> + +<p>—No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, +señor—observó el estudiante—, para fantasías de esta naturaleza.</p> + +<p>—Es posible que no—replicó el señor Pringle—. Sospecho, sin embargo, +que el crítico más útil para un autor joven es precisamente aquel que +menos hubiese querido elegir.</p> + +<p>—Creo que la simpatía debe tener algo de parte en la opinión de un +crítico—murmuró<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> Eustaquio—. En fin, señor, si usted encuentra +paciencia, yo encontraré historias que contar. Pero tenga usted la +bondad de recordar que me dirijo a la imaginación y a la simpatía de los +niños, no a la de usted.</p> + +<p>E inmediatamente el estudiante aprovechó el primer tema que se le +presentó. Sugiriósele un plato de manzanas que alcanzó a ver sobre la +chimenea.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 154px;"> +<a href="images/illus-138_lg.jpg"> +<img src="images/illus-138_sml.jpg" width="154" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 276px;"> +<a href="images/illus-139_lg.jpg"> +<img src="images/illus-139_sml.jpg" width="276" height="119" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">N</span><span class="smcap">o</span> habéis oído nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el +jardín de las Hespérides? ¡Oh, aquéllas sí que eran manzanas! Si se +encontraran iguales en los huertos de ahora, ¡ya valdrían dinero! Pero +no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo árbol injerto en aquel +frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.</p> + +<p>Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que +el jardín de las Hespérides no había sido invadido aún por la mala +hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber árboles verdaderos, +cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos habían oído hablar de +ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los niños +solían<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> escuchar, boquiabiertos, los cuentos del árbol de las manzanas +de oro, y se proponían descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca +de ese fruto iban los jóvenes valerosos que deseaban realizar hazañas +más señaladas que sus compañeros. Muchos de ellos no volvieron jamás, y +ninguno trajo las manzanas. ¡No es maravilla que les fuera imposible +cogerlas! Decíase que, bajo el árbol, había un dragón de cien terribles +cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras +cincuenta dormían.</p> + +<p>Me parece a mí que apenas si valía la pena de correr tanto peligro por +una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, +sazonadas, ya sería otra cosa. Podría haber tenido entonces algún +sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragón de las cien cabezas.</p> + +<p>Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jóvenes, cuando +se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardín de las +Hespérides. Y una vez fué emprendida la aventura por un héroe que había +disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el +tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia +con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los +hombros. Iba envuelto<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> en la piel del león más grande y más fiero de +aquellos bosques, que él mismo había matado, y aunque en el fondo era +bueno y generoso y noble, tenía en su corazón mucho de la fiereza del +león. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cuál era el +camino más derecho para llegar al famoso jardín; pero nadie sabía +palabra de ello, y muchos se hubiesen reído de la pregunta, si el +forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.</p> + +<p>Así fué andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin +llegó a la orilla de un río, en donde unas cuantas jóvenes hermosísimas +estaban tejiendo guirnaldas de flores.</p> + +<p>—Lindas doncellas—preguntó el forastero—, ¿podéis decirme si éste es +el camino derecho para ir al jardín de las Hespérides?</p> + +<p>Las jóvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse +con ellas unas a otras. Parecía como si en sus dedos hubiese algún poder +mágico, porque al tocarlas se volvían las rosas más frescas y se +cuajaban de rocío, se avivaban sus colores y exhalaban más suave +fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del +forastero dejaron caer todas las flores en el césped, y se miraron unas +a otras con asombro.</p> + +<p>—¡El jardín de las Hespérides!—exclamó<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> una—. Creíamos que, después +de tanta decepción, se habrían cansado los mortales de buscarle. Y dime, +intrépido viajero, ¿para qué deseas ir allí?</p> + +<p>—Cierto rey, primo mío—replicó el viajero—, me ha mandado que le +lleve tres de las manzanas de oro.</p> + +<p>—Casi todos los jóvenes que van en busca de esas manzanas—advirtió +otra de las damiselas—, desean adquirirlas para sí mismos o para +regalarlas a alguna hermosa doncella de quien están enamorados. ¿Tanto +quieres tú a ese rey, primo tuyo?</p> + +<p>—Tal vez no—replicó el forastero, suspirando—. Ha sido severo y cruel +conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.</p> + +<p>—¿Y no sabes—preguntó la que había hablado primero—que un terrible +dragón de cien cabezas está bajo el árbol de las manzanas de oro, +guardándole?</p> + +<p>—Bien sabido lo tengo—respondió el forastero—; pero desde la cuna ha +sido mi ocupación y casi mi entretenimiento el habérmelas con serpientes +y dragones.</p> + +<p>Las jóvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de león que llevaba, +y también sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy +bajito que el forastero parecía ser persona de quien razonablemente +cabía<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> esperar que realizara hazañas muy fuera del alcance de los demás +hombres.</p> + +<p>Pero, ¡el dragón de las cien cabezas! ¿Qué mortal, aunque tuviera cien +vidas, podría abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante +monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podían ver con +tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan +arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien +voraces bocas del dragón.</p> + +<p>—¡Vuelve atrás—exclamaron todas—, vuelve a tu casa! Tu madre, al +verte sano y salvo, llorará lágrimas de alegría. ¿Qué más podría hacer +si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No +hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el +dragón de las cien cabezas.</p> + +<p>El forastero pareció impacientarse con estas advertencias. Levantó +negligentemente su poderosa maza, y la dejó caer sobre una roca que allí +cerca había, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe +indolente, la roca saltó hecha toda pedazos. El dar aquella señal de +fortaleza gigantesca no costó al extranjero más esfuerzo que a una de +las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.</p> + +<p>—¿No creéis—dijo mirándolas y sonriéndo<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span>—que un golpe como éste +habría aplastado una de las cien cabezas del dragón?</p> + +<p>Sentóse después sobre la hierba y les contó la historia de su vida, o +por lo menos todo lo que de ella podía recordar desde el día en que tuvo +por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en él, +llegaron, arrastrándose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron +sus horribles mandíbulas para devorarlo; pero él, un bebé de meses nada +más, agarró una de las fieras culebras en cada uno de sus puñitos y las +estranguló.</p> + +<p>Cuando era un chiquillo mató a un león enorme, casi tan grande como +aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo +primero que hizo después fué luchar con una especie de monstruo feísimo, +al cual llamaban hidra, y que tenía nueve cabezas nada menos, y con +dientes afiladísimos en todas ellas.</p> + +<p>—Pero el dragón de las Hespérides, ya lo sabes—observó una de las +doncellas—, ¡tiene cien cabezas!</p> + +<p>—Sin embargo—replicó el forastero—-, mejor hubiera querido pelear con +dos dragones así, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba +una cabeza, nacían otras dos en su lugar, y además, entre las cabezas +había una a la que no era posible matar de ningún modo, sino</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-144b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-144b_sml.jpg" width="331" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 328px;"> +<a href="images/illus-144c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-144c_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> </p> + +<p class="nind">que seguía mordiendo tan fieramente como antes, mucho después de haber +sido cortada. Así es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran +piedra, donde, sin duda, hoy mismo estará viva todavía; pero el cuerpo +de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volverá a hacer daño a +nadie.</p> + +<p>Las jóvenes, calculando que la relación iba a durar buen rato, habían +dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera +refrescar en los intervalos de su charla. Se complacían en animarle a +tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se ponía +un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara +de comer solo.</p> + +<p>El viajero pasó a contar cómo había dado caza a un velocísimo ciervo, +corriendo detrás de él durante un año entero, sin pararse ni a tomar +aliento, y cómo le cogió al fin por los cuernos, llevándosele vivo a +casa. Y cómo había peleado con una casta de gentes rarísima, mitad +caballos y mitad hombres, y los había matado a todos, creyéndolo su +deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y además +de todo esto, se dió mucho tono por haber limpiado un establo.</p> + +<p>—¿Y a eso le llamas hazaña maravillosa?—preguntó, sonriendo, una de +las doncellas—. Cualquier trabajador del campo lo haría.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span></p> + +<p>—Si hubiera sido un establo ordinario—replicó el forastero—, no lo +habría mencionado; pero fué una tarea tan gigantesca, que habría +consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrírseme felizmente la idea +de meter un río por la puerta, desviándole de su cauce. ¡Eso realizó el +trabajo en muy poco tiempo!</p> + +<p>Viendo con qué atención le escuchaban sus hermosas oyentes, les contó +luego que había matado unas aves monstruosas y había cogido vivo a un +toro bravo y le había soltado otra vez, y que había domado muchísimos +caballos muy salvajes, y vencido a Hipólita, la belicosa reina de las +Amazonas. Refirió también que había cogido el cinturón encantado que +tenía Hipólita, y se le había regalado a la hija de su primo, el rey.</p> + +<p>—¿Era el cinturón de Venus—preguntó la más bonita de las doncellas—, +que hace a las mujeres hermosas?</p> + +<p>—No—respondió el forastero—. Había sido en tiempos el tahalí de +Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.</p> + +<p>—¡Un tahalí viejo!—exclamó la damisela, levantando la cabeza con +desdén—. ¡No daría un comino por tenerle!</p> + +<p>—Harías muy bien—dijo el forastero.</p> + +<p>Siguiendo su maravilloso relato, enteró a las doncellas de que la más +extraña de cuantas<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> aventuras se le presentaron fué su pelea con Gerión, +el hombre de seis piernas. Bien podéis creer que sería una figura +rarísima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, +supondría que tres buenos compañeros habían pasado marchando juntitos. +Al oir sus pisadas a corta distancia, nada más razonable que pensar que +se acercaban varias personas. ¡Y era solamente el extraño Gerión, que +venía pisando con sus seis pies!</p> + +<p>¡Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sería un monstruo de +aspecto sorprendente. Y, amiguitos, ¡qué gasto de piel para botas!</p> + +<p>Cuando el forastero acabó la narración de sus aventuras, miró las +atentas caras de las doncellas.</p> + +<p>—Tal vez hayáis oído hablar de mí antes de ahora—dijo modestamente—. +Me llamo Hércules.</p> + +<p>—Ya lo habíamos sospechado—replicaron—, porque la noticia de tus +hazañas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece +extraño que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hespérides. +Venid, hermanas, y coronemos de flores al héroe.</p> + +<p>Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus +poderosos hombros, de manera que la piel de león quedó casi<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> enteramente +cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su +alrededor los más brillantes, los más delicados, los más olorosos +capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leñoso +material; parecía toda ella un enorme ramo de flores.</p> + +<p>Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando +palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesía y formaban +una composición coral en honor del ilustre Hércules.</p> + +<p>Y Hércules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro +héroe, al ver que aquellas hermosas jóvenes ya habían oído hablar de los +valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le habían costado +llevar a cabo; pero no estaba aún satisfecho. No podía creer que lo +realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura +temeraria o difícil por emprender.</p> + +<p>—Queridas doncellas—dijo cuando se detuvieron para tomar aliento—, +ahora que ya sabéis mi nombre, ¿no me diréis cómo podré llegar al jardín +de las Hespérides?</p> + +<p>—¡Ah! ¿Te vas tan pronto?—exclamaron—. Tú, que has hecho tantas +maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, ¿no puedes +permitirte algún descanso a la orilla de este manso río?<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span></p> + +<p>Hércules movió la cabeza.</p> + +<p>—Tengo que irme ahora mismo—dijo.</p> + +<p>—Entonces te daremos las señas lo mejor que podamos—replicaron las +jóvenes—. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y +obligarle a informarte de dónde se encuentran las manzanas de oro.</p> + +<p>—¡El Viejo!—o repitió Hércules, riéndose de ese nombre—. ¿Y quién es +el Viejo?</p> + +<p>—¿Quién ha de ser? ¡El Viejo del Mar!—contestó una de las muchachas—. +Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos +ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color +verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que +hablar con ese Viejo del Mar. Siempre está cruzando mares. Sabe cuanto +se refiere al jardín de las Hespérides, porque está en una isla que él +acostumbra a visitar.</p> + +<p>Hércules preguntó entonces dónde se podría encontrar más fácilmente al +Viejo, y cuando las jóvenes le hubieron informado, les dió las gracias +por todas sus bondades—por el pan y las uvas que le dieron, las flores +exquisitas con que le coronaron y los cánticos y danzas con que le +habían honrado—, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se +puso en marcha inmediatamente.<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span></p> + +<p>Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llamó una de las +doncellas.</p> + +<p>—¡Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!—le gritó, sonriendo y +levantando un dedo para dar más fuerza a la recomendación—, y no te +asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujétale bien, y él te dirá +lo que deseas saber.</p> + +<p>Hércules dió las gracias de nuevo y siguió su camino, mientras volvían +las jóvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. +Siguieron hablando del héroe mucho después de haberse alejado.</p> + +<p>—Le hemos de coronar con nuestras más hermosas +guirnaldas—dijeron—cuando vuelva por aquí con las tres manzanas de +oro, después de haber matado al dragón de las cien cabezas.</p> + +<p>Mientras tanto, Hércules caminaba avanzando siempre, salvando montes y +valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al +descargar el golpe hacía astillas un poderoso roble. Tenía la +imaginación tan llena de los gigantes y monstruos que había estado +combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento árbol por uno +de ellos. Tan ansioso estaba Hércules de dar cima a la empresa +acometida, que sentía casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, +malgastando<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre +siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que +ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos +les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun +arriesgar la vida.</p> + +<p>Las personas que pasaran por el bosque, no podrían menos de asustarse al +verle derribar los árboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba +el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caían +crujiendo y tronchándose.</p> + +<p>Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrás, no tardó en +oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad +aún más, y pronto llegó a una playa en donde las olas, muy grandes, se +deshacían sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca +como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa había un sitio +agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un +peñasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. +Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trébol oloroso, +cubría el estrecho espacio comprendido entre la base del peñasco y el +mar. ¿Y qué pudo vislumbrar Hércules allí? Pues vió a un hombre viejo, +profundamente dormido.<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span></p> + +<p>Pero, ¿era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera +vista lo parecía; pero después de un examen detenido, semejaba más bien +alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenían +escama como la de los peces; tenía las manos y los pies membranosos, a +la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, más parecía +un puñado de algas que una barba ordinaria. ¿No habéis visto nunca un +leño que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto +enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a +tierra, parece haber surgido de los más profundos senos del mar? Bueno; +pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni más ni menos que por +un leño así. Pero Hércules, en cuanto puso los ojos sobre aquella +extraña figura, se convenció de que no podía ser más que el Viejo, el +que había de indicarle su camino.</p> + +<p>Sí: era el mismísimo Viejo del Mar, de quien le habían hablado las +hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena +suerte de encontrarle dormido, Hércules fué hacia él de puntillas y le +cogió de un brazo y de una pierna.</p> + +<p>—Dime—exclamó antes de que el Viejo se despertase del todo—, ¿por +dónde se va al jardín de las Hespérides?<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span></p> + +<p>Como os podéis figurar fácilmente, el Viejo del Mar se despertó +asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hércules +en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareció que el Viejo se le +deshacía entre los dedos, y en su lugar se encontró sujetando a un +ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero siguió apretando. +Entonces desapareció el ciervo, y en su lugar había un ave marina que +chillaba y aleteaba, mientras Hércules le apretaba un ala y una pata. +Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente después había un horroroso +perro de tres cabezas, que gruñó y ladró a Hércules, y mordió fieramente +las manos con que le sujetaba. Pero Hércules no le soltó. Al minuto +siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareció nada menos que +Gerión, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapiés a +Hércules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hércules +siguió sujetando fuerte. En seguida, no estaba allí Gerión, sino una +serpiente inmensa, como aquellas que Hércules había estrangulado en su +niñez, sólo que cien veces más grande; se retorció y se enlazó alrededor +del cuello y del cuerpo del héroe, y sacudió su cola erguida y abrió sus +espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el +espectáculo era de lo más terrible. Pero Hércules no se<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> desanimó ni +pizca, y estrujó la grandísima sierpe con tanta fuerza, que la hizo +silbar de dolor.</p> + +<p>Habéis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se parecía +muchísimo al mascarón de proa de un barco azotado por las olas, tenía el +poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sintió tan +fuertemente cogido por Hércules, tuvo la esperanza de producirle +sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mágicas, que el héroe +le dejara escapar. Si Hércules hubiera aflojado un poco, el Viejo habría +ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera +molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo +que noventa y nueve personas de cada ciento se habrían asustado hasta +perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habrían +echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas más difíciles en +este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los +imaginarios.</p> + +<p>Pero como Hércules le sujetaba tan tercamente y no hacía sino estrujarle +más a cada cambio de forma, haciéndole, en realidad, no poco daño, acabó +por pensar que lo mejor sería reaparecer en su propia figura. Y así de +nuevo se mostró aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en +pies y manos y con una especie de mechón de algas en la barba.<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span></p> + +<p>—Haz el favor de decirme qué quieres de mí—exclamó el Viejo en cuanto +pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea +muy fatigosa—. ¿Por qué me aprietas tan fuerte? Déjame al momento, o me +harás pensar que eres una persona sumamente incivil.</p> + +<p>—¡Me llamo Hércules—dijo con voz bronca el poderoso forastero—, y no +te soltaré si no me dices cuál es el camino más derecho para ir al +jardín de las Hespérides!</p> + +<p>Cuando el Viejo oyó quién era el que le había cogido, comprendió al +instante que sería preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened +presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas +partes, como toda la gente marina. Por de contado, había oído hablar +muchas veces de la fama de Hércules, de las hazañas maravillosas que +estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para +llevar a término cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya más +esfuerzos por escapar, y dijo al héroe cómo podía encontrar el jardín de +las Hespérides, y le advirtió, además, cuáles eran las muchas +dificultades que habría de vencer antes de llegar a él.</p> + +<p>—Tienes que ir por aquí, por allá—dijo el Viejo del Mar después de +marcar los rumbos—, hasta que llegues a la vista de un gigante muy<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> +alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que +está de humor, te dirá exactamente dónde se encuentra el jardín de las +Hespérides.</p> + +<p>—Y si por casualidad el gigante no está de humor—observó Hércules +balanceando su maza en la punta de un dedo—, es muy posible que +encuentre yo manera de convencerle.</p> + +<p>Dando las gracias al Viejo del Mar y pidiéndole perdón por haberle +estrujado tan rudamente, emprendió de nuevo la marcha nuestro héroe. Le +ocurrieron muchas y extrañas aventuras, que valdrían muy bien la pena de +que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan +detalladamente como merecen.</p> + +<p>En este viaje fué, si no me equivoco, donde encontró a aquel prodigioso +gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada +vez que tocaba la tierra se hacía diez veces más fuerte que antes de +caer. Se llamaba Anteo. Fácilmente comprenderéis que era cosa muy +difícil pelear con él, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un +golpe, se levantaba de nuevo más fuerte, más fiero, más diestro para +manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. Así, +cuanto más fuerte golpeaba Hércules al gigante con su maza, más lejos +parecía de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con +personas así, pero<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> nunca me he peleado con ninguna. El único medio que +encontró Hércules para poner fin al combate fué el de levantar a Anteo, +sosteniéndole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle +y estrujarle hasta que le sacó toda la resistencia del enorme cuerpo.</p> + +<p>Terminado este asunto, prosiguió Hércules su viaje y llegó a tierras de +Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habrían quitado la vida, +de no haber matado al rey del país, escapando de ese modo. Cruzó luego +los desiertos de África, y marchando lo más aprisa que pudo, llegó por +fin a la orilla del gran Océano. Y allí, a menos que pudiera andar sobre +las crestas de las olas, parecía que su viaje tenía que darse por +concluído.</p> + +<p>Nada había delante de él, salvo el Océano espumante, impetuoso, inmenso; +pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vió a mucha distancia algo +que no se veía un momento antes. Relucía con gran brillo, casi como el +redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde +del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel +objeto maravilloso se hacía más grande y más brillante. Al cabo se +acercó tanto, que Hércules reconoció que era una inmensa copa o un tazón +enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cómo podía flotar sobre el +mar, es cosa que yo<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> no sé explicaros; pero, de todos modos, allí estaba +balanceándose sobre las olas tumultuosas, que lo mecían a un lado y a +otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin +hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.</p> + +<p>—He visto muchos gigantes en mi vida—pensó Hércules—, pero ninguno +que para beber necesitara copa como ésta.</p> + +<p>Y, verdaderamente, ¡vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... +tan grande... ¡Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para +compararla con algo, os diré que era diez veces mayor que una gran +piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas +embravecidas más ligera que una cáscara de nuez en las aguas de un +arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que rozó la orilla a +corta distancia del sitio en donde estaba Hércules.</p> + +<p>Tan pronto como sucedió esto, comprendió lo que había de hacer: que no +le habían ocurrido tantas aventuras notables para no aprender +perfectísimamente cómo había de conducirse cuando sucediera algo que se +apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del día que aquella +copa maravillosa había sido enviada sobre las olas por algún poder +oculto, y guiada hasta allí a fin de llevar a Hércules a<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> través del +mar, siguiendo su ruta hacia el jardín de las Hespérides. En +consecuencia, sin perder momento saltó por encima del borde y se deslizó +hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de león, se dispuso a +reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si había descansado desde que +se despidió de las jovencitas a la orilla del río. Las olas se +estrellaban, con agradable y metálico sonido, contra la superficie de la +cóncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el +movimiento era tan suave, que Hércules, blandamente mecido, cayó pronto +en un sueño delicioso.</p> + +<p>Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acertó +a tropezar contra una roca, y en consecuencia resonó y repercutió, a +través de su substancia de oro o de bronce, cien veces más fuerte que la +mayor campana de iglesia que hayáis podido oir. Al ruido despertó +Hércules, que inmediatamente se levantó y examinó el lugar en que se +hallaba. No tardó mucho en reconocer que la copa había flotado a través +de gran parte del mar, y estaba acercándose a la costa de lo que le +pareció ser una isla. Y en aquella isla, ¿qué pensaréis que vió?</p> + +<p>No, no lograréis jamás adivinarlo, ni aun cuando lo intentéis cincuenta +mil veces. Creo positivamente que aquél fué el más admirable<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> +espectáculo de cuantos había visto Hércules en todo el curso de sus +maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla más grande que la +hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban +cortando; más grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; más +grande que Anteo; más grande que todo lo que haya podido ver nadie antes +o después de los días de Hércules, y que cualquier cosa que haya aún de +ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. ¡Era un gigante!</p> + +<p>Pero, ¡qué gigante más intolerablemente enorme! Un gigante alto como una +montaña; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un +cinturón y pendían de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por +delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a +Hércules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo más maravilloso de +todo era que el gigante tenía levantadas sus grandes manos, y parecía +sostener el cielo, que según pudo entrever Hércules a través de las +nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para +creerlo.</p> + +<p>Mientras tanto, la copa resplandeciente seguía flotando y avanzando +hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barrió las nubes que +ocultaban la cara del gigante, y Hércules contempló sus enormes +facciones: ojos que</p> + +<div class="figcenter" style="width: 336px;"> +<a href="images/illus-160a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-160a_sml.jpg" width="336" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> </p> + +<p class="nind">parecían lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con +su enormidad de tamaño tenía un terrible aspecto, pero desconsolado y +fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a +sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para +el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar +por ellos. ¡Cuántas veces acometen los hombres más de lo que permiten +sus facultades, y encuentran su perdición, como al pobre gigante le +había ocurrido!</p> + +<p>¡Pobre hombre! Evidentemente llevaba allí una larga temporada. Una selva +espesa había crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de +seis o siete siglos habían brotado y arraigado entre sus dedos.</p> + +<p>El gigante miró entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos +enormes, y divisando a Hércules, gritó con voz que parecía un trueno +salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:</p> + +<p>—¿Quién anda ahí entre mis pies? ¿De dónde vienes en esa tacita?</p> + +<p>—¡Soy Hércules!—tronó el héroe con voz tan fuerte o poco menos como la +del gigante—. Voy en busca del jardín de las Hespérides.</p> + +<p>—¡Oh! ¡Oh!—rugió el gigante en un acceso<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> de risa inmenso—. Si que es +una aventura prudente.</p> + +<p>—¿Y por qué no?—exclamó Hércules, un tanto enojado por la hilaridad +del gigante—. ¿Piensas que tengo miedo al dragón de las cien cabezas?</p> + +<p>Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras +alrededor de la cintura del gigante y estalló una tormenta de truenos y +relámpagos, causando tal estrépito, que Hércules no pudo entender ni +palabra. Únicamente se veían las piernas inmensas del gigante bajo la +negrura de la tempestad, y de cuando en cuando aparecía momentáneamente +su figura entera envuelta en la niebla. Parecía estar hablando la mayor +parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confundía con +el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las +montañas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido +gigante malgastó inútilmente cantidad incalculable de aliento, porque el +trueno hablaba tan alto como él.</p> + +<p>Al fin cesó la tempestad tan súbitamente como había empezado. De nuevo +pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sosteniéndolo, y la +luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminándole y +haciéndole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> ya +lejanas. Tan por encima del chaparrón había quedado su cabeza, que ni un +solo cabello se le había mojado con la lluvia.</p> + +<p>Cuando el gigante pudo ver a Hércules, en pie todavía a la orilla del +mar, le gritó de nuevo:</p> + +<p>—Yo soy Atlas, el gigante más fuerte del mundo, y sostengo el cielo +sobre mi cabeza.</p> + +<p>—Ya lo veo—contestó Hércules—; pero, ¿no puedes enseñarme el camino +del jardín de las Hespérides?</p> + +<p>—¿Qué buscas allí?—preguntó el gigante.</p> + +<p>—Quiero tres manzanas de oro—gritó Hércules—para mi primo, el rey.</p> + +<p>—Nadie más que yo—afirmó el gigante—puede ir al jardín de las +Hespérides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito +de sostener el cielo, daría media docena de zancadas a través del mar y +te las traería.</p> + +<p>—Eres muy amable—replicó Hércules—. ¿Y no puedes dejar el cielo +apoyado sobre una montaña?</p> + +<p>—No hay ninguna de bastante altura—dijo Atlas, moviendo la cabeza—; +pero si fueras a ponerte en la cima de esa que está más cerca, quedaría +tu cabeza casi a nivel con la mía. Pareces ser muchacho forzudo. ¿Por +qué no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por +ti?<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span></p> + +<p>Hércules, según recordaréis, era un hombre notablemente vigoroso, y +aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si +algún mortal había a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaña, +era él. Sin embargo, tan difícil parecía aquéllo, que vaciló por vez +primera en su vida.</p> + +<p>—¿Pesa mucho el cielo?—preguntó.</p> + +<p>—¡Bah! No gran cosa, al principio—respondió el gigante encogiendo los +hombros—; pero al cabo de un millar de años, se hace un poquito pesado.</p> + +<p>—¿Y cuánto tiempo tardarás—preguntó el héroe—en traerme las manzanas +de oro?</p> + +<p>—¡Oh! Eso es cosa de un momento—exclamó Atlas—; salvaré doce o quince +leguas de cada paso, e iré y volveré antes de que empiecen a dolerte los +hombros.</p> + +<p>—Entonces, bueno—respondió Hércules—. Subiré a la montaña que hay +detrás de ti y te libraré de tu carga.</p> + +<p>La verdad es que Hércules era muy compasivo de suyo, y consideró que +haría un gran favor al gigante proporcionándole aquella oportunidad de +hacer una escapatoria. Además, pensó que si lograba sostener el cielo, +alcanzaría más gloria que realizando hazaña tan corriente como vencer a +un dragón de cien cabezas. En consecuencia, sin decir más palabra, +Hércules levantó<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las +suyas.</p> + +<p>Cuando quedó ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el +gigante fué desperezarse, y os podéis figurar qué prodigioso espectáculo +sería. Primero, con mucho cuidadito, sacó un pie de la selva que había +crecido alrededor; luego, el otro. Después, de pronto, comenzó a brincar +y a saltar y a bailar de alegría por verse libre. Se lanzaba al aire, +nadie sabe hasta qué altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan +grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Después se echó a reir con +tal estruendo, que su carcajada repercutió de montaña en montaña, cerca +y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos +regocijados. Cuando se calmó un poco su alegría, echó a andar por el +mar; diez leguas avanzó del primer paso, llegándole el agua a media +pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, +y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca +de la cintura.</p> + +<p>Hércules miraba cómo iba avanzando el gigante. Realmente, era +maravilloso ver aquella inmensa forma humana a más de treinta leguas, +medio sumergida en el Océano, pero con su mitad superior tan alta, +brumosa y azulada como una montaña lejana. Al cabo, la forma<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> gigantesca +se perdió enteramente de vista, y entonces fué cuando se puso Hércules a +considerar qué haría en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o +fuera muerto a dentelladas por el dragón de las cien cabezas que +guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Si ocurría +tal desgracia, ¿cómo podría llegar a desembarazarse del cielo? Porque, +entre paréntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su +cabeza y sus hombros.</p> + +<p>—Compadezco al pobre gigante—pensó Hércules—. Si el cielo me pesa +tanto en diez minutos, ¡cuánto no le habrá pesado a él en mil años!</p> + +<p>¡Oh, hijitos!... No tenéis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan +aéreo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, +además, el viento impetuoso y las frías y húmedas nubes, y el sol +abrasador, todo lo cual contribuía a que Hércules se encontrara +incómodo. Comenzó a temer que el gigante no volviera nunca. Miró +atentamente el mundo que tenía debajo, y reconoció que se era mucho más +feliz siendo pastor al pie de una montaña, que estando en su cumbre +vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, según +comprenderéis, desde luego tenía Hércules tan inmensa responsabilidad +sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> hombros; porque, si +no mantenía perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmóvil, +podría ocurrir que el sol se desquiciase, o que, después de anochecer, +se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego +sobre la cabeza de las gentes. Y ¡qué vergüenza para el héroe si, por no +aguantar firme el peso, crujía el cielo y se rajaba de punta a punta!</p> + +<p>No sé cuánto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegría indecible, +viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto +límite del mar. Cuando se acercó, alzó Atlas la mano, y Hércules pudo +distinguir tres magníficas manzanas de oro, grandes como calabazas, +pendientes todas de una rama.</p> + +<p>—Me alegro de volverte a ver—gritó Hércules, cuando el gigante estuvo +suficientemente cerca para oirle—. ¿De modo que traes las manzanas de +oro?</p> + +<p>—Claro, claro—respondió Atlas—. ¡Y qué hermosas son! He cogido las +mejores que había en el árbol; puedes creerme, sí, y el dragón de las +cien cabezas es cosa digna de verse. Después de todo, mejor sería que +hubieras ido tú mismo a buscarlas.</p> + +<p>—No importa—replicó Hércules—. Has hecho una excursión agradable y +arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> yo mismo. Te +doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir +lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, está impaciente por +recibir las manzanas de oro, ¿tendrás la amabilidad de volver a coger el +cielo y quitarle de encima de mis hombros?</p> + +<p>—En eso—dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas +de altura o cosa así, y cogiéndolas cuando caían—, en eso me parece, mi +buen amigo, que eres poco razonable. ¿No podría llevar yo las manzanas +de oro al rey, tu primo, mucho más de prisa que tú? Ya que Su Majestad +tiene tanto afán por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas más +largas que pueda. Y además, que no tengo humor de cargar ahora mismo con +el cielo otra vez.</p> + +<p>Al oir esto se impacientó Hércules, e hizo un gran movimiento de +hombros. Era durante el crepúsculo, y hubierais podido ver caer de su +sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, miró hacia +arriba asustado, pensando si el cielo se caería inmediatamente después.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—gritó el gigante Atlas riendo estrepitosamente—. En los +últimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando +lleves ahí tanto tiempo como he estado yo, aprenderás a tener calma.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p> + +<p>—¡Cómo!—gritó Hércules muy rabioso—. ¿Te propones hacerme sostener +esta carga toda la vida?</p> + +<p>—Eso lo veremos un día de éstos—respondió el gigante—. Y, en todo +caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien años o mil. Mucho +más tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo +de mil años me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a +relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrás mejor ocasión de +demostrarlo. La posteridad hablará de ti, te lo aseguro.</p> + +<p>—¡Me importa un rábano que hable o no hable!—exclamó Hércules con otra +sacudida de hombros—. Sostén el cielo un instante con la cabeza, +¿quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de león, para apoyar +el peso encima. Realmente me está despellejando, y me causaría una +molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aquí.</p> + +<p>—Eso sí lo haré—dijo el gigante, que no quería mal a Hércules, y si se +portaba de tal manera lo hacía sólo por buscar, con demasiado egoísmo, +su propia conveniencia—. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco +minutos justos; pero cinco minutos nada más, acuérdate bien. No tengo +ganas de pasar otros mil años como estos últimos. La variedad es la sal +de la vida.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span></p> + +<p>¡Ah, y qué torpe era aquel gigante! Echó a rodar las áureas manzanas, y +recibió otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hércules sobre +las suyas, que eran las que debían sostenerle. Hércules recogió las tres +manzanas de oro, grandes como calabazas, o más, y se fué derechito hacia +su casa, sin prestar la más pequeña atención a las desaforadas voces que +le daba el gigante, gritándole que volviera. Alrededor de sus pies +creció una nueva selva, y se hizo vieja allí, y otra vez pudieron verse +robles de cinco o seis siglos, que se habían hecho añosos entre sus +enormes dedos.</p> + +<p>Y allí está el gigante aún, o por lo menos allí hay una montaña tan alta +como él y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, +podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a +Hércules.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 166px;"> +<a href="images/illus-170_lg.jpg"> +<img src="images/illus-170_sml.jpg" width="166" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 277px;"> +<a href="images/illus-171_lg.jpg"> +<img src="images/illus-171_sml.jpg" width="277" height="121" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">rimo</span> Eustaquio—preguntó Trébol, que durante todo el cuento había +estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta—, ¿qué +altura exacta tenía el gigante?</p> + +<p>—¡Oh, Trébol, Trébol!—exclamó el estudiante—. ¿Te figuras que estaba +yo allí con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, +poco más o menos, supongo que debía tener de tres a quince millas de +alto.</p> + +<p>—¡Dios mío—dijo el niño con un gruñido de satisfacción—, eso es ser +gigante de veras! ¿Y qué largo tenía el dedo meñique?</p> + +<p>—Desde esta casa al lago—dijo Eustaquio.</p> + +<p>—¡Eso es ser gigante de veras!—repitió Trébol, en éxtasis ante la +precisión de las medidas—. ¿Y qué anchura tendrían los hombros de +Hércules?<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span></p> + +<p>—Eso no lo he podido averiguar nunca—respondió el estudiante—. Pero +me figuro que debían ser un poco más anchos que los míos o que los de tu +padre, y en general un poco más que los de cualquier hombre de los de +ahora.</p> + +<p>—Quisiera—murmuró Trébol, acercando sus labios al oído del +estudiante—que me dijeras qué tamaño tenían las encinas que brotaron +entre los dedos del gigante.</p> + +<p>—Eran más grandes—dijo Eustaquio—que el castaño que hay delante de la +casa del capitán Smith.</p> + +<p>—Eustaquio—observó el señor Pringle, después de un momento de +meditación—, me es imposible expresar respecto de este cuento una +opinión que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas +a meterte con los mitos clásicos. Tu imaginación es completamente +gótica, e inevitablemente dará un carácter gótico a todo lo que toques. +Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de +mármol. ¡Ese gigante! ¿Cómo te has atrevido a intercalar esa masa +inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fábula +griega, cuya tendencia es reducir a límite hasta lo extravagante, a +fuerza de dominadora elegancia?</p> + +<p>—He descrito al gigante como me ha parecido—respondió Eustaquio un +poco molesto<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span>—. Y si usted, señor, quiere tomarse el trabajo de poner +su entendimiento en relación con esas fábulas, como es de necesidad si +ha de modelarlas usted de nuevo, verá usted, sin duda, que un griego +antiguo no tenía más derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son +propiedad común del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas +las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su +plasticidad maravillosa. ¿Por qué no han de ceder también entre las +mías?</p> + +<p>El señor Pringle no pudo contener una sonrisa.</p> + +<p>—Y además—continuó Eustaquio—, en el momento en que pone usted en un +molde clásico algo que sea calor de corazón, pasión o afecto, moralidad +divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo +que fué antes. Mi opinión es que los griegos, al tomar posesión de estas +leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas +en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fría y sin corazón, +han hecho a todos los siglos subsiguientes un daño irreparable.</p> + +<p>—Que tú, sin duda, has nacido para remediar—dijo el señor Pringle, +echándose a reir—. Está bien; sigue, sigue, pero sigue también mi +consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de +máscara. Y para tu próximo<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> esfuerzo, ¿por qué no intentas renovar +alguna de las leyendas de Apolo?</p> + +<p>—¡Ah, señor mío! Me lo propone usted como si fuera un +imposible—observó el estudiante después de un momento de reflexión—. Y +a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gótico parece un +tanto descabellada; pero aprovecharé la indicación, y no desespero de +hacer algo que valga la pena.</p> + +<p>Durante la discusión precedente, los niños, que no entendieron palabra +de ella, se habían ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la +cama. Se oían sus vocecillas soñolientas, mientras iban subiendo la +escalera, y un viento Noroeste rugía ásperamente entre las copas de los +árboles y cantaba antífonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se +volvió al despacho, y de nuevo intentó forjar unos cuantos versos, pero +se quedó dormido entre dos rimas.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 136px;"> +<a href="images/illus-174_lg.jpg"> +<img src="images/illus-174_sml.jpg" width="136" height="113" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span></p> + +<h2><a name="EL_CANTARO_MILAGROSO" id="EL_CANTARO_MILAGROSO"></a>EL CÁNTARO MILAGROSO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 281px;"> +<a href="images/illus-177_lg.jpg"> +<img src="images/illus-177_sml.jpg" width="281" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA" id="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA"></a>EN LA VERTIENTE DE LA COLINA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">¿D</span><span class="smcap">ónde</span> y cómo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los niños? No +ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de +juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de +una monstruosa colina o más bien montaña, porque acaso montaña nos +podamos atrever a llamarla. Habían subido de casa con el valeroso +propósito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro +que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos +modos, era más alta que miles de collados o que millones de toperas. Y +medida en relación de los pasos cortos de los niños pequeños, se la +podía considerar como montaña verdaderamente respetable.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p> + +<p>¿Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros; +porque, a no ser así, ¿cómo iba el libro a adelantar un solo paso? +Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tenía próximante el mismo +aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se +le miraba muy de cerca, se podía advertir sobre el labio superior un +asomo de bigote sumamente cómico. Dejando aparte esta señal de madura +virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo +como cuando le conocieron por vez primera. Seguía tan alegre, tan +divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y +continuaba siendo el favorito de los pequeñuelos, como lo había sido +siempre. Esta expedición a la montaña era por completo idea suya. Y +durante todo el camino cuesta arriba, había ido animando a los mayores +con su alegre voz; y cuando los pequeños se cansaban, los llevaba a +cuestas por turno. De este modo habían pasado ya los huertos y los +pastos de la parte baja de la colina, y habían llegado al bosque que +trepa hacia la cumbre pelada.</p> + +<p>El mes de Mayo se había portado esta vez mejor que de costumbre, y era +el día más agradable que pudiera desear un corazón de hombre o de niño. +Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas, +azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> hubiese tocado el +mismo Midas. Las margaritas blancas cubrían las praderas. En el linde +del bosque había columbinas rojo pálido, tan modestas que a toda costa +querían esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores +blancas del fresal silvestre...</p> + +<p>Pero no malgastemos nuestras valiosas páginas en hablar tontamente de la +primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, más interesante de que +tratar. Si miráis al grupo de niños, veréis que están todos reunidos en +torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un árbol caído, +parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los más +jóvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para +medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha +decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a +que el grupo de mayores termine la ascensión y vuelva a buscarles. Y +como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrás, les +reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone +contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y +cambian sus miradas ofendidas en la más radiante de las sonrisas.</p> + +<p>En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrás de unas matas, le +pude oir, y os le contaré en las páginas siguientes.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 171px;"> +<a href="images/illus-180_lg.jpg"> +<img src="images/illus-180_sml.jpg" width="171" height="129" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-181_lg.jpg"> +<img src="images/illus-181_sml.jpg" width="280" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL CÁNTARO MILAGROSO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemón y su mujer, Baucis, +también anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaña, disfrutando +la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya habían cenado frugalmente, y +querían pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de +su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la +pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color púrpura. +Pero del pueblo próximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y +ladridos de perros, que cada vez iban siendo más fuertes; tanto, que +Filemón y Baucis apenas podían entenderse.</p> + +<p>—Mujer—dijo Filemón—, temo que algún pobre viajero venga buscando +hospitalidad, y<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y +posada, hayan soltado contra él los perros, como acostumbran.</p> + +<p>—Sí—respondió Baucis—. Ya podían nuestros vecinos tener un poco más +de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos +sentimientos, animándoles a tirar piedras a los forasteros.</p> + +<p>—Estos niños nunca harán nada bueno—dijo Filemón moviendo la cabeza ya +blanca—. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos +pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no +se enmiendan. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de +pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que +lo necesite.</p> + +<p>—Es verdad—dijo Baucis—. Así lo haremos.</p> + +<p>Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que trabajar mucho para vivir. +Filemón cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba +siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con +la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consistía casi +siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su +colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las +mejores del mundo, y con alegría<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> se hubiesen quedado alguna vez sin +comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche +recién ordeñada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase +por su puerta. Les parecía que tales huéspedes tenían una especie de +santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a +sí mismos.</p> + +<p>La cabaña estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yacía +en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos +pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente había sido el lecho de +un lago. Allí habían vivido peces, y en las orillas habían crecido +juncos, y los árboles y las colinas habían visto reflejada su imagen en +el ancho y pacífico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los +hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre él; de modo que a +la sazón era un terreno fértil y no quedaban más huellas del antiguo +lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y +surtía de agua a los habitantes... Tanto tiempo hacía que el valle era +terreno seco, que habían nacido en él árboles, habían crecido robustos, +se habían muerto de viejos y habían sido sustituídos por otros que ya +eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle +más hermoso ni más fértil. Sólo la vista de la abundancia<span class="pagenum"> +<a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> que les +rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, +dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus +semejantes.</p> + +<p>Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran +dignos de vivir en lugar sobre el cual había sonreído el cielo con tal +benevolencia. Eran egoístas y duros de corazón, no tenían lástima de los +pobres ni simpatía hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho +que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los demás hombres, +porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la +Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costará creer lo que +voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser +peores que ellos, y aplaudían para animarlos, viendo a los niños y a las +niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole +piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se +atrevía a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguían, +ladrando y enseñando los dientes. Luego, si podían, le mordían una +pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el +pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Cosa terrible para los +pobres caminantes, como podréis suponer, especialmente cuando acertaban +a estar enfermos</p> + +<div class="figcenter" style="width: 327px;"> +<a href="images/illus-184b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-184b_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 320px;"> +<a href="images/illus-184c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-184c_sml.jpg" width="320" height="500" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> </p> + +<p class="nind">o débiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si sabían ya de antes +el modo de portarse que tenían aquellos niños y aquellos perros) eran +capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.</p> + +<p>Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por allí algún viajero +que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas +acompañándole, no había gentes más amables y obsequiosas que los +habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacían +profundas reverencias. Y si los niños chillaban por costumbre, de seguro +se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atrevía a ladrar, su +amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual +hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se +preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el +bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en +el príncipe.</p> + +<p>Ahora podéis comprender por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis, +hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les +llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.</p> + +<p>—Nunca he oído a los perros ladrar tan fuerte—observó el buen anciano.</p> + +<p>—Ni a los chiquillos gritar tanto—respondió su mujer.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p> + +<p>Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más, hasta que al +pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron +a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguían de cerca, +ladrando. Un poco detrás venía corriendo multitud de chiquillos que +chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el +más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y +golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compañero, +que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los +chiquillos ni en los perros.</p> + +<p>Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y parecía que no tuviesen +dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. +Por eso, sin duda, los del pueblo habían consentido a sus hijos y a sus +perros que les tratasen tan mal.</p> + +<p>—Vamos, mujer—dijo Filemón—, salgamos al encuentro de esas pobres +gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí.</p> + +<p>—Anda tú—dijo la mujer—, mientras yo voy dentro y veo si encuentro +algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que +les sentaría admirablemente.</p> + +<p>Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y +alargó la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> +que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros.</p> + +<p>—¡Bien venidos, señores forasteros, bien venidos!</p> + +<p>—Gracias—respondió el más joven con tono jovial, a pesar de su +cansancio y su molestia—. Éste es un recibimiento muy distinto del que +hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives en tan mala vecindad?</p> + +<p>—¡Ah!—observó Filemón con tranquila y bondadosa sonrisa—, creo que la +Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda +desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.</p> + +<p>—¡Bien dicho, viejo!—exclamó el viajero echándose a reir—. Y a decir +verdad, desagravios necesitamos mi compañero y yo. Esos chiquillos, +¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los +perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. +Pero le he dado en el hocico con el bastón. Me figuro que le habréis +oído aullar desde aquí.</p> + +<p>Filemón se alegró al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese +dicho, por su risueño aspecto y sus modales, que venía cansado por todo +un largo día de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que +encontró para fin de jornada. Iba vestido de modo más bien extraño,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> y +llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalían a los lados. Aunque +era tarde de verano, llevaba capa y se envolvía estrechamente en ella, +acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemón +le sorprendió también la forma extraña de sus zapatos; pero estaba +anocheciendo, y como el anciano tenía ya la vista cansada, no pudo darse +cuenta exacta de en qué consistía la rareza. Una cosa le intrigaba sobre +todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que +parecía como si los pies se le levantasen del suelo por sí mismos y +tuviese que sujetarlos a la fuerza.</p> + +<p>—En mi juventud tenía yo también los pies ligeros—dijo Filemón al +caminante—, pero recuerdo que al llegar la noche solía tenerlos un poco +cansados.</p> + +<p>—No hay nada como un buen bastón para aligerar el camino—respondió el +forastero—, y el mío es excelente, como puedes ver.</p> + +<p>El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su +vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de +alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían en derredor +del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemón (cuyos +ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron +vivas.</p> + +<p>—Curioso trabajo, en verdad—dijo—. ¡Un<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> bastón con alas! No haría mal +caballito de palo para un niño.</p> + +<p>Filemón y sus huéspedes habían ya llegado a la puerta de la casa.</p> + +<p>—Amigos—dijo el viejo—, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, +Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero +vuestro es todo lo que haya en la alacena.</p> + +<p>El más joven de los viajeros se tendió descuidadamente en el banco y +dejó caer el bastón. Y sucedió una cosa maravillosa. El bastón pareció +levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de +diminutas alas fué medio volando, medio saltando, a apoyarse en la +pared. Allí se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcían. Esto vió +Filemón; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacían ver visiones.</p> + +<p>Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de más edad distrajo su +atención del bastón, diciéndole:</p> + +<p>—¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar +donde ahora está la aldea?</p> + +<p>La voz del forastero era extraordinariamente grave.</p> + +<p>—No en mis días, amigo—respondió Filemón—, y eso que, como ves, soy +ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> y las mismas +praderas, y los árboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del +valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin +duda todo estará lo mismo cuando el viejo Filemón esté ya muerto y +olvidado.</p> + +<p>—Eso ya no se puede asegurar—observó el forastero, y en su voz había +severidad extraordinaria. Movió la cabeza, sacudiendo con el movimiento +su cabello negro y rizado—. Puesto que los habitantes de este valle han +olvidado los afectos y simpatías de su naturaleza, más valdría que el +lago cayese de nuevo sobre sus moradas.</p> + +<p>El viajero parecía tan serio, que Filemón casi se asustó; tanto más, +cuanto que al fruncir él el ceño, el crepúsculo pareció obscurecerse de +pronto, y cuando movió la cabeza sonó un trueno en el aire.</p> + +<p>Pero, un momento después, el rostro del viajero volvió a ser tan amable +y bondadoso, que el anciano olvidó su terror casi por completo. Sin +embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser +vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que +Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado o cosa por el estilo; +más bien creyó que sería algún hombre muy sabio, que andaba por el mundo +en tan pobre atavío despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> +buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta +idea parecía más probable, porque cuando Filemón alzó los ojos hasta el +rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de +las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada +al estudio.</p> + +<p>Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron a +charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era +extraordinariamente locuaz, y hacía observaciones tan agudas e +ingeniosas, que el buen hombre no podía menos de echarse a reir, y +pensaba que nunca había tropezado con persona más divertida.</p> + +<p>—Amigo—le preguntó, cuando ya fué tomando más confianza—, ¿cómo te +llamas?</p> + +<p>—Soy bastante vivo, como ves—respondió el viajero—; así es que puedes +llamarme Azogue; creo que el nombre no me estará mal.</p> + +<p>—¿Azogue?—repitió Filemón, mirando cara a cara al viajero, por ver si +se estaba burlando de él—. Sí que es nombre raro. Y tu compañero, +¿también tiene uno por el estilo?</p> + +<p>—Pregunta al trueno y te lo dirá—respondió Mercurio misteriosamente—. +No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.</p> + +<p>Esta observación, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a +Filemón, si al mirar<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> al forastero de más edad no hubiese reparado en la +expresión extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la +figura más grandiosa que había visto nunca.</p> + +<p>Cuando hablaba, lo hacía con gravedad y de tal modo, que Filemón se +sentía irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tenía en el +corazón. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran +con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo +el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.</p> + +<p>Pero Filemón, hombre sencillo y bondadoso, no tenía muchos secretos que +descubrir. Habló, sí, gárrulamente, de los acontecimientos de su vida +pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel +lugar. Su mujer, Baucis, y él, habían vivido desde su juventud en +aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, +pero siempre contentos. Dijo cuán excelentes eran el queso y la manteca +que hacía Baucis, y cuán sabrosas las verduras que cultivaba él en el +huerto. También dijo que por lo mucho que se querían, su único deseo era +que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como habían +vivido. Cuando oyó esto el forastero, una sonrisa iluminó su rostro, y +su expresión se hizo tan suave como grandiosa.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span></p> + +<p>—Eres un buen viejo—dijo a Filemón—y tienes una excelente mujer por +compañera. Justo es que se logre vuestro deseo.</p> + +<p>Y parecióle a Filemón, precisamente entonces, como si las nubes de la +puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando +en fugitiva llama todo el cielo.</p> + +<p>Baucis había preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenzó a +disculparse por la pobreza de los manjares que podía ofrecer a sus +huéspedes.</p> + +<p>—Si hubiéramos sabido que veníais—dijo—, mi marido y yo no hubiésemos +probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado +casi toda la leche en hacer queso, y el último pan casi nos le hemos +comido. ¡Ay de mí: nunca siento ser pobre, más que cuando un necesitado +llama a mi puerta!</p> + +<p>—Todo se arreglará; no te apures, mujer—repuso el forastero de más +edad, bondadosamente—. Un recibimiento honrado y cordial hace +maravillas y es capaz de convertir los manjares más humildes en néctar y +ambrosía.</p> + +<p>—Recibimiento cordial sí le tendréis—exclamó Baucis—, y además un +poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de +púrpura.</p> + +<p>—Pero, ¡madre Baucis, eso es un festín!—exclamó Azogue, riéndose—. +¡Un festín completo!<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> Y ya verás qué bien represento yo mi papel de +invitado. ¡Creo que en mi vida he tenido más hambre!</p> + +<p>—¡Los dioses nos ayuden!—dijo por lo bajo Baucis a su marido—. ¡Si +este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio +cenar!</p> + +<p>Todos entraron en la cabaña.</p> + +<p>Y ahora, oyentes míos, ¿queréis que os cuente algo que os hará abrir los +ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas más extrañas de +toda esta historia. Recordaréis que el bastón de Mercurio se había +apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró en +ella, dejándole olvidado, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamente las +alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap +iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se quedó quieto hasta que +llegó a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de +Azogue. El anciano Filemón y su mujer estaban tan atareados atendiendo a +sus huéspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastón.</p> + +<p>Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes +hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un +pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Había un gran racimo +de uvas<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi +lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo +llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, sólo +quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. ¡Ay, es triste cosa +cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! La +pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de +que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena +más abundante.</p> + +<p>Y ya que la cena era tan escasa, no podía menos de desear que hubiesen +tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se +bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.</p> + +<p>—Un poco más de leche, madre—dijo Azogue—. El día ha sido caluroso y +estoy sediento.</p> + +<p>—¡Ay de mí!—respondió Baucis, confusa—. ¡Me da tanta pena y tanta +vergüenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cántaro una sola +gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar?</p> + +<p>—Me parece—dijo Azogue, levantándose y cogiendo el cantarillo por el +asa—, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro +hay más leche en el cántaro.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span></p> + +<p>Diciendo esto, ¡cuál fué el asombro de Baucis, al ver que el viajero +llenó no sólo su tazón, sino el de su compañero, con leche del cántaro +que ella se figuraba estar casi vacío! La buena mujer apenas podía creer +lo que estaba viendo. Seguramente había echado en los tazones casi toda +la leche, y había visto la poca que en el fondo del cántaro quedaba, +antes de volverle a dejar encima de la mesa.</p> + +<p>—Como soy vieja—pensó Baucis—, ya no veo tan bien como antes. Me +habré equivocado. De todos modos, ahora sí que no puede menos de estar +vacío, después de haber llenado dos veces los tazones.</p> + +<p>—¡Qué leche tan rica!—observó Azogue, después de sorberse el segundo +tazón—. Perdón, excelente huéspeda, si te pido un poquito más.</p> + +<p>Baucis había visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, había +vuelto el cántaro completamente boca abajo, echando hasta la última gota +de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, no era posible que +quedase más. Y para hacérselo comprender así, levantó el cántaro e hizo +el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota +esperanza de que cayese nada. ¡Cuál fué, por lo tanto, su sorpresa, +cuando cayó en la taza tan abundante cascada, que el tazón se llenó +inmediatamente<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos +serpientes, que estaban enroscadas en el bastón de Azogue, alargaron la +cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni +Filemón ni Baucis repararon en esta circunstancia.</p> + +<p>¡Y qué deliciosa fragancia tenía! Parecía como si las vacas de Filemón +hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me +alegraría si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazón de leche como +aquélla, a la hora de cenar!</p> + +<p>—Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis—dijo Azogue—, y un poco +de miel.</p> + +<p>Baucis cortó una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le +comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de +salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le +pareció el pan más delicioso que había comido en su vida, y apenas podía +creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, ¿de qué +otra hogaza podía ser?</p> + +<p>¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor +exquisito que tenía: su color era el del oro más puro y transparente, y +olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín +de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> por +encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear +sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se +hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de +Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el +perfume de aquélla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso +que, cerrando los ojos, instantáneamente hubieseis olvidado el techo +bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis creído estar bajo una glorieta +de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos +de pensar que allí estaba pasando algo extraordinario. Así es que, +después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de +Filemón, y le dijo en voz baja lo que había visto.</p> + +<p>—¿Has oído nunca cosa semejante?—le preguntó.</p> + +<p>—No, nunca—respondió Filemón sonriendo—. Y creo más bien, vieja de mi +alma, que has estado soñando despierta. Si hubiese yo servido la leche, +hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cántaro +un poco más de la que tú creías; eso es todo.</p> + +<p>—¡Ay, marido!—dijo Baucis—, di lo que quieras; pero éstas son gentes +muy extrañas.</p> + +<p>—Bien, bien—respondió Filemón sin dejar de sonreir—, puede que lo +sean. Ciertamente,<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> parece que en otros tiempos han debido estar en +mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con +tanto gusto.</p> + +<p>Cada uno de los huéspedes había cogido su racimo de uvas. Baucis, que se +estaba restregando los ojos para ver más claro, se figuró que los +racimos habían crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de +estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para +ella cómo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja +que trepaba por las paredes de su casa.</p> + +<p>—¡Admirables uvas!—observó Azogue, que las iba tragando una tras otra, +sin que, al parecer, el racimo disminuyese—. ¿De dónde las coges, +amable huésped?</p> + +<p>—De mi parra—respondió Filemón—. Desde aquí se pueden ver las ramas +retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca creímos que +fuesen muy buenas.</p> + +<p>—Nunca las he comido mejores—respondió el huésped—. Otra tacita de +esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un +príncipe.</p> + +<p>Esta vez fué Filemón el que se levantó y cogió el cántaro, porque tenía +curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le había +contado. Bien sabía que su buena mujer era incapaz de mentir, y que +pocas veces se<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> equivocaba en lo que suponía ser verdad. Pero era tan +peregrino el caso, que quería verlo con sus propios ojos. Al coger el +cántaro, miró hacia dentro y se convenció de que apenas contenía unas +cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brotó como una +fuentecita blanca, que lo llenó hasta la boca de leche espumosa y +fragante. Suerte fué, y grande, que Filemón, en su sorpresa, no dejase +caer el cántaro milagroso.</p> + +<p>—¿Quiénes sois, maravillosos viajeros?—exclamó mucho más asombrado que +lo había estado su mujer.</p> + +<p>—Tus huéspedes, buen Filemón, y tus amigos—repuso el viajero de más +edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo parecía suave y +melodiosa—. Dame a mí también otra taza de leche, y así tu cántaro no +se vacíe nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes +necesitados.</p> + +<p>Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran +sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un +rato más hablando con ellos, para expresar la admiración que sentían y +su alegría al ver que la cena, pobre y escasa, había resultado mucho +mejor y más abundante de lo que creían. Pero el forastero de más edad +les había inspirado tal respeto, que no se atrevieron a<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> preguntarle +nada, y cuando Filemón llevó a Azogue a un lado y le preguntó cómo era +posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cántaro, el +viajero señaló su bastón.</p> + +<p>—Ahí está todo el misterio—dijo Azogue—. Y si le puedes descifrar tú, +me alegraré muchísimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo +contarte todo lo que hace ese bastón; siempre me está dando bromas de +éstas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en +semejantes tonterías, diría que está embrujado.</p> + +<p>No dijo más; pero les miró de un modo tan extraño, que los viejos +pensaron que estaba burlándose de ellos. El bastón mágico fué tras de su +amo dando saltos, cuando Azogue salió de la habitación. Cuando se +quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos +de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque habían dado +su cama a los huéspedes y no tenían otra más que aquellas tablas, que +ojalá hubieran sido tan blandas como sus corazones.</p> + +<p>El anciano y su mujer se levantaron temprano por la mañana, y los +viajeros también se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su +camino.</p> + +<p>Filemón, hospitalariamente, les pidió que se<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> quedaran un poco más, +hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno, y +acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los +viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase +demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, +pero pidieron a Filemón y a Baucis que les acompañasen un rato, para +enseñarles el camino que debían tomar.</p> + +<p>Así salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos +antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos +tomaron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas +y sencillas se perdían en la suya como dos gotas de agua se perderían en +el Océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, +parecía descubrir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en sus +mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces +deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a +cien leguas su bastón, que tenía un aire tan endemoniadamente malicioso +con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensándolo bien, +Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen +alegrado de tenerle en casa a él, a su bastón y a sus serpientes, +mientras les durase la vida.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span></p> + +<p>—¡Ay de mí!—exclamó Filemón cuando ya se hubieron alejado un poco de +la puerta—. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar +hospitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a +consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.</p> + +<p>—Es un pecado y una vergüenza para ellos el portarse así—exclamó con +vehemencia Baucis—, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir +cuatro verdades a esos desalmados.</p> + +<p>—Temo—observó Azogue, sonriendo maliciosamente—que no vas a encontrar +en casa a ninguno de ellos.</p> + +<p>El entrecejo de su compañero adquirió precisamente entonces tan grave, +austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que +ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la +cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.</p> + +<p>—Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los +extraños como si fuese hermano suyo—dijo el viajero en tono tan +profundo que su voz sonaba como la música de un órgano—, no son dignos +de existir sobre la Tierra, que fué creada para morada de la gran +hermandad humana.</p> + +<p>—Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma—dijo Azogue con la +mirada más regocijada del mundo—, ¿dónde está el pueblo<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> de que vamos +hablando? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por +ninguna parte.</p> + +<p>Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol +el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los +macizos de árboles, la calle ancha, los niños jugando y todas las +señales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, ¡cuál fué su asombro! +¡No había allí ni asomo de aldea! Hasta el fértil valle, en cuyo hueco +yacía, había dejado de existir. En su lugar se veía la superficie amplia +y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a +orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila +como si hubiese estado allí desde el principio del mundo. Un instante, +el lago permaneció completamente quieto. Luego una brisa pasó sobre él e +hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del +sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.</p> + +<p>El lago parecía tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se +quedaron asombrados, como si pensaran que habían estado soñando con un +pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas +desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y +comprendieron que no soñaban. ¡El pueblo había estado allí ayer, pero ya +no estaba!<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span></p> + +<p>—¡Ay!—exclamaron los dos ancianos bondadosos—. ¿Qué ha sido de +nuestros pobres vecinos?</p> + +<p>—Ya no existen como hombres y mujeres—dijo el viajero de más edad con +su voz profunda, y un trueno pareció hacerle eco en la lejanía—. No +había en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni +dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos +bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen +de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aquí hace siglos, se ha +tendido de nuevo para reflejar el cielo.</p> + +<p>—Y en cuanto a aquellas gentes necias—dijo Azogue con su maliciosa +sonrisa—, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que +cambiar, porque ya eran un puñado de pillos con escamas en el corazón y +sangre completamente fría. De modo, madre Baucis, que si tú o tu marido +tenéis capricho de comer una trucha a la parrilla, podéis echar un +anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Baucis estremeciéndose—. ¡Por todo el oro del mundo no +pondría una sola en la sartén!</p> + +<p>—No—añadió Filemón haciendo un gesto de desagrado—; ¡no las podríamos +atravesar!<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span></p> + +<p>—En cuanto a ti, buen Filemón—continuó el viajero de más edad—, y tú, +amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta +cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha +convertido en inextinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en +ambrosía. Así las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos +manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habéis hecho bien, +queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis conseguir, y +está concedido.</p> + +<p>Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero +lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.</p> + +<p>—Queremos vivir juntos hasta nuestro último día, y salir de este mundo +en el mismo instante, cuando muramos. ¡Porque siempre nos hemos amado!</p> + +<p>—¡Así sea!—repuso el viajero con majestuosa bondad—. Y ahora, mirad +vuestra casa.</p> + +<p>Así lo hicieron; pero, ¡cuál fué su sorpresa al encontrarse con un gran +edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio +donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!</p> + +<p>—Esa es vuestra casa—dijo el viajero sonriendo benévolamente—. +Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la +pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span></p> + +<p>Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni él ni +Azogue estaban allí.</p> + +<p>Así, Filemón y Baucis se instalaron en el palacio de mármol, y pasaron +días y días con gran satisfacción en recibir y agasajar a cuantos +viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el +cántaro conservó su virtud maravillosa de no estar nunca vacío cuando +hacía falta que estuviese lleno. Siempre que un huésped honrado, de buen +genio y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que +era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero +si un pillo de mal carácter, terco o malintencionado, acertaba a beber +de él, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la +leche estaba agria.</p> + +<p>Así el matrimonio, ya tan viejo, vivió en su palacio y envejeció más y +más. Por fin llegó una mañana de verano, en que Filemón y Baucis no +aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes +de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas +partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero inútilmente.</p> + +<p>Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos +venerables árboles, que nadie pudo recordar haber visto allí el día +antes. Allí estaban, con las raíces fuertemente<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> hundidas en tierra, y +anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: +uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas—y era extraño y hermoso el +verlo—estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; así es que cada +uno de los árboles parecía vivir en el seno de su compañero mucho más +que en el suyo propio.</p> + +<p>Mientras los huéspedes se maravillaban viendo cómo aquellos árboles, que +hubiesen necesitado casi un siglo para crecer así, podían haberse hecho +tan altos y venerables en una sola noche, se levantó un poco de viento y +movió las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo +murmullo, como si los dos misteriosos árboles estuviesen hablando.</p> + +<p>—Yo soy el viejo Filemón—murmuró el roble.</p> + +<p>—Y yo Baucis—murmuró el tilo.</p> + +<p>Y como el viento se hizo más fuerte, los dos árboles hablaron a un +tiempo—¡Filemón! ¡Baucis! ¡Baucis! ¡Filemón!—, como si ambos fuesen +uno solo y hablasen juntos desde lo más hondo de su corazón. Fácil era +de comprender que la anciana pareja había renovado su vida e iba a pasar +lo menos cien años tranquilos y deleitosos: Filemón convertido en roble +y Baucis en tilo. ¡Oh, qué hospitalaria la sombra que daban! Siempre que +un caminante se detenía</p> + +<div class="figcenter" style="width: 328px;"> +<a href="images/illus-208a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-208a_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> </p> + +<p class="nind">bajo ella, oía un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se +maravillaba al escuchar cómo el rumor aquél se parecía a un sonar de +palabras que dijese:</p> + +<p>—¡Bien venido, bien venido, viajero!</p> + +<p>Y algún alma buena, que sabía lo que hubiese agradado a Filemón y a +Baucis, construyó un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho +tiempo después, los cansados, los hambrientos y los sedientos, +acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cántaro +milagroso.</p> + +<p>—¡Ojalá nosotros le tuviéramos aquí ahora!</p> + +<p>—¿Cuánto cabía el cántaro?—preguntó Trébol.</p> + +<p>—Dos cuartillos escasos—respondió el estudiante—; pero podías estar +sacando leche de él hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin +cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese +arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.</p> + +<p>—Y ¿dónde está ahora el cántaro?—preguntó el niño.</p> + +<p>—Se rompió, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil +años—respondió el primo Eustaquio—. Le compusieron lo mejor posible; +pero aunque siguió sirviendo para contener leche, ya nunca volvió a +llenarse<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> solo. Así es que no tenía ya más mérito que cualquier otro +cántaro viejo y rajado.</p> + +<p>—¡Qué lástima!—exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.</p> + +<p>El respetable perro <i>Ben</i> había acompañado a los excursionistas, así +como también un perrillo pequeño de Terranova, que respondía al nombre +de <i>Bruin</i>, porque era negro como un oso. Como <i>Ben</i> era el de más edad +y el de costumbres más circunspectas, el primo Eustaquio le rogó +respetuosamente que se quedase con los pequeños para guardarles de todo +mal. En cuanto al negro <i>Bruin</i>, que era ni más ni menos que un +chiquillo, el estudiante juzgó más prudente llevarle consigo, por temor +a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a +rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se +estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el +estudiante, con Primavera y demás niños grandes, empezó a subir, y +pronto se perdieron todos de vista entre los árboles.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p> + +<h2><a name="LA_QUIMERA" id="LA_QUIMERA"></a>LA QUIMERA</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-213_lg.jpg"> +<img src="images/illus-213_sml.jpg" width="278" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="CUMBRE_PELADA" id="CUMBRE_PELADA"></a>CUMBRE PELADA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">M</span><span class="smcap">onte</span> arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright +y sus compañeros. Los árboles no estaban aún completamente cubiertos de +hojas, pero tenían ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras +el sol los inundaba de luz verde. Había rocas cubiertas de musgo, medio +escondidas entre las pardas hojas secas; había troncos de árbol casi +podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se habían +derrumbado; había arbustos secos, que habían sido arrancados de raíz por +los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero, +aunque todas esas cosas parecían tan viejas, el aspecto del bosque era +de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se +encontraba<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> algo fresco y verde que estaba brotando, dándose prisa a +prepararse para el verano.</p> + +<p>Por fin la gente joven alcanzó el límite superior del bosque, y se +encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No +era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor +dicho meseta, bastante ancha; en ella había una casa y un cobertizo a +cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces +las nubes, de las cuales caía la lluvia o la nieve sobre el valle, +estaban por debajo de aquella habitación, sola y desamparada.</p> + +<p>En el punto más alto de la colina había un montón de piedras, en cuyo +centro estaba clavado un gran mástil que sostenía una banderita. +Eustaquio condujo allí a los niños, y les mandó que mirasen en derredor +y viesen cuán gran espacio de hermoso mundo podían alcanzar con una +ojeada. Y a medida que miraban, parecía que se les iban agrandando los +ojos.</p> + +<p>Se veía, al Sur, la altísima montaña que formaba generalmente el centro +del paisaje, pero que parecía haberse hundido, y ahora había pasado a +ser miembro de una gran familia de alturas. Detrás de ella, la sierra, +que desde la casa parecía lejana y no muy alta, había crecido y se había +elevado. El lindo lago se veía con todas sus pequeñas ensenadas, y no<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> +estaba solo: que había más allá otros tres que abrían al sol sus ojos +azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban +desparramadas en la lejanía. Había tantas granjas, con sus fanegas de +bosque, pastos y tierras de labranza, que los niños apenas podían hacer +sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. Allí +también estaba Tanglewood, que hasta entonces le había parecido cosa tan +importante en el mundo.</p> + +<p>Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscándole no le encontraban, y su +vista iba mucho más allá de donde en realidad se encontraba.</p> + +<p>Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y +movedizas sombras aquí y allá sobre el paisaje. Pero a cada instante la +luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la +sombra se había marchado a otra parte.</p> + +<p>Al Oeste había otra serie de montañas azules.</p> + +<p>—En aquella colina—dijo Eustaquio a los niños—había un lugar, donde +unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, +y donde un individuo holgazanísimo, llamado Rip Van Winkle, se había +quedado dormido y se había estado durmiendo veinte años de un tirón.<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span></p> + +<p>Los niños pidieron con afán a Eustaquio que les contase todo lo que +supiera de casos tan maravillosos.</p> + +<p>Pero el estudiante replicó que ese cuento ya estaba contado hace mucho +tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo él, y que nadie en el +mundo tenía derecho a cambiar una sola palabra en él, hasta que se +hubiese puesto tan viejo como «La cabeza de la Gorgona», «Las tres +manzanas de oro» y el resto de esas milagrosas leyendas.</p> + +<p>—Pero, al menos, mientras estamos descansando aquí—dijo Margarita, y +mirando en derredor—, bien puedes contarnos una de las historias que tú +inventas.</p> + +<p>—Sí, primo Eustaquio—exclamó Primavera—: te aconsejo que nos cuentes +aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginación +se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaña te ponga +poético siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraña y +maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a +creerlo todo.</p> + +<p>—¿Serás capaz de creer—preguntó Eustaquio—que hubo una vez un caballo +con alas?</p> + +<p>—Sí—dijo la maliciosa Primavera—; pero temo que tú no vas a conseguir +cogerlo nunca.</p> + +<p>—Lo que es eso, Primavera—dijo el estudiante<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span>—, no me parece muy +difícil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por +lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por +lo menos, os contaré un cuento que se refiere a él, y el lugar más a +propósito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.</p> + +<p>Y así, sentándose en el montón de piedras, mientras los niños se +agrupaban a su alrededor, Eustaquio fijó la vista en una blanca nube que +iba flotando, y empezó como sigue.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 153px;"> +<a href="images/illus-218_lg.jpg"> +<img src="images/illus-218_sml.jpg" width="153" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 275px;"> +<a href="images/illus-219_lg.jpg"> +<img src="images/illus-219_sml.jpg" width="275" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>LA QUIMERA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas +extrañas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda +recordar), había en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que +manaba en la falda de una montaña. Y según me figuro, debe estar manando +aún, al cabo de tantos miles de años, en el mismísimo sitio. Sea como +sea, el caso es que allí estaba la apacible fuente, derramando frescura +por la montaña abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, +cuando llegó junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba +en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de +oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un +niño,<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> y también una jovencita que estaba llenando un cántaro, se detuvo +y preguntó si podía refrescarse tomando un trago.</p> + +<p>—Es un agua riquísima—dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su +cántaro, después de haber bebido en él—. ¿Serías tan amable que me +dijeras si tiene algún nombre esta fuente?</p> + +<p>—Sí: la llaman la Fuente de Pirene—respondió la doncella, y añadió +luego:—Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una +mujer hermosísima; mas cuando su hijo fué muerto por las flechas de +Diana cazadora, se deshizo toda en lágrimas. De manera que el agua que +has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazón de aquella +pobre madre.</p> + +<p>—¡Nunca hubiera soñado—dijo el joven forastero—que tan clara fuente, +con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lágrimas +en su seno! ¿Y ésta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme +dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este +sitio.</p> + +<p>Un campesino de mediana edad (que había llevado una vaca a beber de la +fuente) miró fijamente al joven Belerofonte y a la magnífica brida que +llevaba en la mano.</p> + +<p>—Por fuerza que las fuentes andan muy escasas<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> por tu país—observó—, +si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, ¿has +perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es +con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan +hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin él.</p> + +<p>—No he perdido ningún caballo—dijo Belerofonte, sonriendo—, pero voy +buscando uno muy famoso, que según me han informado los sabios, sólo por +aquí se puede encontrar. ¿Sabéis si Pegaso, el caballo con alas, sigue +frecuentando la Fuente de Pirene, como solía en tiempos de vuestros +antepasados?</p> + +<p>El campesino se echó a reir.</p> + +<p>—Algunos de vosotros, amiguitos míos, habréis oído, probablemente, que +este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas +plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cúspide del monte +Helicón. Jamás águila alguna atravesó las nubes tan veloz, tan impetuosa +en su vuelo, como él por los aires. No había nada igual en el mundo. No +tenía compañero; nunca había sido montado ni guiado por un amo, y en +muchos y dilatados años vivió solo y feliz.</p> + +<p>¡Oh, qué hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como él lo +hacía, en la cima de una alta montaña, y pasando la mayor<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> parte del día +en el aire, Pegaso apenas parecía criatura de la tierra. Dondequiera que +se le veía a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo +de sus alas plateadas, hubierais pensado que pertenecía al cielo, y que +habiendo descendido demasiado bajo, se había extraviado entre nuestras +nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy +bonito mirar cómo se hundía en el seno lanoso de una brillante nube, +perdiéndose en ella por un momento y atravesándola para salir al otro +lado. En medio de un sombrío aguacero, cuando por todo el cielo había un +pavimento gris de nubes, sucedía a veces que el caballo alado bajaba a +plomo a través de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores +brillaba tras él. Verdad que un instante después, tanto Pegaso como la +gozosa luz habían desaparecido; pero el que había tenido la fortuna de +ver aquel maravilloso espectáculo, estaba animado todo el día, y más si +duraba más la tormenta.</p> + +<p>En verano, en lo más hermoso de la estación, solía Pegaso bajar a +tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretenía en galopar por +valles y colinas con la rapidez del viento. Más a menudo que en ningún +otro sitio se le había visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su +agua deliciosa o revolcándose por la blanda hierba de la orilla. También +algunas veces<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> (pues Pegaso era muy delicado para la comida) pacía unos +cuantos brotes de trébol de los más tiernos.</p> + +<p>Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivían, +habían tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran +jóvenes y seguían creyendo en caballos con alas), llevados por la +esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los últimos años +se le había visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya +casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no había +contemplado nunca a Pegaso, ni creía en la existencia de semejante +criatura. Y ocurrió que el campesino a quien se dirigió Belerofonte era +una de esas personas incrédulas.</p> + +<p>Y ésta fué la razón de que se riese.</p> + +<p>—¿Pegaso? ¡Sí, sí!—exclamó, dilatando las narices todo lo que pueden +dilatarse unas narices chatas—; ¡sí, sí, Pegaso! ¡Un caballo con alas, +eh! Pero, amigo, ¿estás en tus cabales? ¿Para qué le servirían las alas +a un caballo? ¿Crees que tiraría bien de un carro? A decir verdad, +alguna economía podría hacerse en el gasto de herraduras; pero, ¿cómo le +había de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la +ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por +encima<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> de las nubes, cuando sólo quisiera ir al molino? No, no; yo no +creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridícula clase de caballos-pájaros.</p> + +<p>—Yo tengo mis razones para pensar de otro modo—dijo Belerofonte con +toda calma.</p> + +<p>Entonces se volvió hacia un viejo canoso que, apoyándose en una cayada, +escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja, +porque hacía veinte años que se había quedado un poquito sordo.</p> + +<p>—¿Qué dices tú, venerable anciano?—le preguntó—. Me figuro que cuando +eras más joven habrás visto con frecuencia al caballo alado.</p> + +<p>—¡Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria—dijo el viejo—. Si no +recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que existía ese +caballo, y lo mismo que yo lo creía todo el mundo; pero ahora casi no sé +qué creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna +vez he visto a ese animal, hará mucho, muchísimo tiempo. Y a decir +verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo +era muy joven, recuerdo haber visto un día muchas pisadas de caballo +alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero también podían +ser de cualquier otro caballo.</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span>—¿Y tú, hermosa joven, no le has visto nunca?—preguntó Belerofonte a +la muchacha, que estaba parada con el cántaro sobre la cabeza mientras +tenían esta conversación—. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso +eres tú, porque tienes unos ojos muy vivos.</p> + +<p>—Creo que le he visto una vez—replicó la doncella, sonriéndose y +sonrojándose—. O era Pegaso o un pájaro blanco grandísimo, que iba muy +alto por el aire. Y otra vez, cuando venía a la fuente con mi cántaro, +oí un relincho, pero ¡qué relincho más fuerte y melodioso! Con la +delicia de aquel sonido me dió un salto el corazón; pero me asusté, sin +embargo, y eché a correr a casa sin llenar el cántaro.</p> + +<p>—¡Fué una lástima, verdaderamente!—dijo Belerofonte, y se volvió hacia +el niño que mencioné al principio del cuento, y que estaba mirándole +fijo, fijo, como acostumbran los niños mirar a los forasteros, con su +rosada boquita abierta de par en par.</p> + +<p>—¡Eh, amiguito!—exclamó Belerofonte, tirándole cariñosamente de uno de +los rizos—. Supongo que tú habrás visto a menudo el caballo con alas.</p> + +<p>—Sí que le he visto—respondió el niño vivamente—. Le vi ayer, y +muchas veces antes.</p> + +<p>—¡Eres un hombre!—dijo Belerofonte atrayendo al niño hacia sí—. Ven, +y cuéntame todo lo que sepas.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span></p> + +<p>—Pues, nada—replicó el niño—. Yo vengo aquí a menudo para echar +barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces, +cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo +del cielo que allí se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar +en él y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le +molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdiéndose de vista.</p> + +<p>Y Belerofonte tuvo más fe en el niño que había visto la imagen de Pegaso +en el agua, y en la joven que le había oído relinchar tan +melodiosamente, que en el patán de mediana edad, que sólo creía en los +caballos de carro, o que en el viejo, que había olvidado ya las bellas +cosas de su juventud.</p> + +<p>Por eso fué muchos días a la Fuente de Pirene, y observando +continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a +la superficie del agua, no perdía la esperanza de ver la imagen +reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad. +Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus +piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivían allí +cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se reían a menudo del +pobre Belerofonte, y algunas veces le zaherían con dureza. Le decían<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> +que un hombre robusto como él debía hacer algo más útil que perder el +tiempo en tan ocioso empeño. Le ofrecían venderle un caballo, si lo +necesitaba, y como Belerofonte se negó a la compra, quisieron comprarle +a él la hermosa brida.</p> + +<p>Hasta los niños la tomaron con él, y acostumbraban a jugar allí cerca, +sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oía y les +veía. Un chiquillo de aquéllos hacía de Pegaso, por ejemplo, y daba los +saltos más extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno +de sus compañeros iba tras él, llevando en la mano un par de juncos, que +representaban la brida lujosísima de Belerofonte. Pero el niño bondadoso +que había visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven +forastero más de lo que todos los chiquillos malos podían atormentarle. +Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y +sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con +fe tan inocente, que Belerofonte no podía menos de sentirse animado.</p> + +<p>Ahora querréis, probablemente, que os diga por qué se había puesto +Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontraré mejor oportunidad +para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span></p> + +<p>Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte, +resultaría un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible +monstruo, llamado la Quimera, había aparecido en cierto país de Asia, y +estaba haciendo más daño del que se puede decir de aquí a mañana. Esta +Quimera era una de las más horribles y ponzoñosas criaturas, la más rara +e inexplicable y la más difícil de combatir y de escapar de ella, que +jamás salió de las entrañas de la Tierra. Tenía la cola como una +serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tenía tres cabezas distintas, +una de las cuales era de león, la segunda de cabra y la tercera de +serpiente, abominablemente grande. Y ¡qué chorro de fuego salía +flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre, +dudo si tendría alas; pero, tuviéralas o no, el caso es que corría como +una cabra y un león, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una +cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.</p> + +<p>¡Oh! ¡Cuánto, cuánto daño hacía esa maligna criatura! Con su aliento de +llamas podía incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un +pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes +extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las +personas y los animales vivos, cociéndolos después<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> en el ardiente horno +de su estómago. ¡Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos +jamás con un monstruo semejante!</p> + +<p>Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamársele) estaba +haciendo todas estas cosas terribles, llegó Belerofonte a aquella parte +del mundo para visitar al rey. Éste se llamaba Iobates, y el país que +regía era Licia. Belerofonte era uno de los jóvenes más valientes del +mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algún hecho valeroso y +benéfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos +tiempos, un joven que deseara distinguirse no tenía más camino que el de +librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con +malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no +podía encontrar cosa más peligrosa con que habérselas. El rey Iobates, +conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear +con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto, +llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no +vaciló un instante, y aseguró al rey que mataría a la temida Quimera o +perecería en la demanda.</p> + +<p>Reflexionó, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente +veloz, no podría nunca vencerle si luchaba con él a pie. Lo prudente<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> +sería, por tanto, adquirir el mejor y más rápido caballo que pudiera +encontrarse. Y ¿qué otro había en el mundo que fuera ni la mitad de +rápido que Pegaso, el caballo maravilloso que tenía alas y piernas y se +movía en el aire con más facilidad aún que sobre la tierra? Cierto que +muchísima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y +decía que sólo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por +maravilloso que pareciese, Belerofonte creía que Pegaso era un caballo +auténtico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez +montado sobre sus lomos, estaría en condiciones de pelear ventajosamente +con la Quimera.</p> + +<p>Y éste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en +la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con +sólo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo +alado se mostraría sumiso, reconocería por amo a Belerofonte, y volaría +hacia donde éste quisiera volver la rienda.</p> + +<p>Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con +la esperanza de que Pegaso iría a beber a la Fuente de Pirene, fatigó +extraordinariamente a Belerofonte y le llenó de ansiedad. Temía que el +rey Iobates se figurase que había huído de la Quimera. Le<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> causaba dolor +también el pensar cuánto daño estaría haciendo el monstruo, mientras que +él, en lugar de combatirle, se veía obligado a sentarse ocioso, mirando +cómo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso había ido por +allí tan de tarde en tarde aquellos años últimos, y apenas si bajaba una +vez durante la vida de un hombre, temía Belerofonte hacerse viejo y +perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazón, antes de que +apareciese el caballo con alas. ¡Oh! ¡Cuán pesadamente pasa el tiempo +cuando un joven arrojado ansía tomar parte en la vida y cortar la +cosecha de su fama! ¡Qué difícil es esperar! Nuestra vida es corta, y +¡qué parte más grande de ella se pierde en aprender esta verdad!</p> + +<p>Suerte fué para Belerofonte que el niño le hubiese tomado tanto cariño y +no se cansase de su compañía. Todas las mañanas le infundía una nueva +esperanza, en sustitución de la perdida el día antes.</p> + +<p>—Querido Belerofonte—exclamaba mirándole animosamente—, creo que hoy +vamos a ver a Pegaso.</p> + +<p>Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte +habría acabado por perder toda esperanza, y habría vuelto a Licia e +intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal +caso, el pobre Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> habría sido, cuando menos, terriblemente +chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y +devorado. Nadie podía ni intentar combatir con una Quimera terrestre, +sin ir montado sobre algún animal aéreo.</p> + +<p>Una mañana habló el niño a Belerofonte con más fe todavía que de +costumbre.</p> + +<p>—Mi queridísimo Belerofonte—exclamó—, no sé por qué, pero siento como +si hoy, seguramente, fuéramos a ver a Pegaso.</p> + +<p>En todo aquel día no quiso apartarse ni un momento del lado de +Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la +fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el niño colocó +una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. Éste se hallaba +abismado en sus pensamientos, y miraba distraído los troncos de los +árboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus +ramas. Mas el niño no dejaba de observar en el agua; por su cariño a +Belerofonte, le afligía pensar que la esperanza de aquel día saliera +fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas +lágrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, según +decían, había vertido Pirene por su hijo muerto.</p> + +<p>Cuando menos lo pensaba, sintió Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> la presión de la manecita +del niño, y oyó un susurro casi imperceptible:</p> + +<p>—¡Mira ahí, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.</p> + +<p>El joven miró en el movedizo espejo de la fuente, y vió algo como la +imagen de un pájaro que parecía estar volando a grandísima altura, +reflejándose el sol en sus níveas o argentadas alas.</p> + +<p>—¡Qué pájaro más espléndido debe ser—dijo—, y qué grande parece, a +pesar de estar volando más alto que las nubes!</p> + +<p>—Me hace temblar—murmuró el niño—. Me da miedo mirar hacia arriba, en +el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo más que a mirar su imagen +en el agua. Querido Belerofonte, ¿no ves que no es un pájaro? Es el +caballo con alas, es Pegaso.</p> + +<p>El corazón empezó a saltar en su pecho. Miró fijamente hacia arriba; +pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pájaro o caballo, porque +entonces precisamente se había hundido en un nubarrón; sin embargo, un +momento después reapareció, atravesando la nube por la parte inferior, +aunque todavía a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogió al niño +en brazos y se apartó con él, hasta que ambos quedaron ocultos entre el +espeso bosquecillo de arbustos que crecía alrededor de la fuente. No<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> +porque tuviese miedo de ningún daño, pero sí por temor a que si llegaba +a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna +inaccesible montaña. Porque era, realmente, el caballo alado. Después de +esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de +Pirene.</p> + +<p>Cada vez se acercaba más y más la aérea maravilla, describiendo grandes +círculos, como habréis visto hacer a las palomas cuando van a bajar a +tierra. Hacia abajo iba también Pegaso, y los amplios, majestuosos +círculos, se iban haciendo más y más estrechos a medida que se +aproximaba a tierra. Cuanto más cerca se le veía, parecía más hermoso, y +más maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por último, con tan +ligera presión que apenas aplastó la hierba que crecía alrededor de la +fuente, ni dejó la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se +posó en tierra, y bajando la indómita cabeza, comenzó a beber. Absorbía +el agua con grandes suspiros de satisfacción y tranquilas pausas de +contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la +tierra ni en las nubes había agua que agradara a Pegaso tanto como +aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronchó con los dientes +unos cuantos de los dulces capullos del trébol, y los saboreó +delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> las hierbas +nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicón, +convenían a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.</p> + +<p>Después de haber bebido así hasta satisfacerse, y de haberse dignado +comer un poquito por coquetería, el caballo alado comenzó a brincar de +un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la +holganza y al juego. Nunca hubo criatura más juguetona que aquel Pegaso. +Sacudía sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por +la tierra, medio por el aire, que no sé si llamar vuelos o galopes. +Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas +veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le +costaba algo más mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte +entretanto, y sin soltar de la mano al niño, se asomó fuera del boscaje, +y pensó que no había visto cosa más hermosa que aquélla, ni ojos de +caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Parecía un pecado +pensar en ponerle una brida y montarlo.</p> + +<p>Una o dos veces se paró Pegaso, aspirando fuertemente el aire, +levantando las orejas, estirando el cuello y volviéndose a todos lados, +como si recelase algún mal. Sin embargo, como ni vió ni oyó nada, pronto +volvió a sus juegos.<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span></p> + +<p>Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y +desocupado, plegó Pegaso las alas y se tumbó sobre la verde pradera; +pero como estaba demasiado lleno de vida aérea para permanecer quieto +mucho tiempo, comenzó pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire +sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, única y +solitaria, cuyo compañero no había sido creado, que no lo necesitaba +tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos. +Cuantas más cosas hacía de las que los caballos mortales acostumbran a +hacer, menos terreno y más maravilloso parecía. Belerofonte y el niño +casi no respiraban, en parte por su emoción deliciosa, pero +principalmente porque temían que el más ligero ruido o murmullo le +hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al más lejano azul del cielo.</p> + +<p>Por último, cuando ya se había revolcado bastante, Pegaso dió vuelta, e +indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirmó los cascos +delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivinó que iba a +hacerlo así, y saliendo súbitamente del boscaje, se montó de un salto +sobre sus lomos.</p> + +<p>Sí. ¡Se montó sobre los lomos del caballo con alas!</p> + +<p>Pero, ¡qué salto dió Pegaso cuando, por primera<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> vez en su vida, sintió +sobre sí el peso de un mortal! ¡Aquéllo era un salto! Antes de que +tuviera tiempo de respirar, se encontró Belerofonte levantado a una +altura de doscientos metros, siguiendo aún hacia arriba, mientras que el +caballo con alas resoplaba y se estremecía de terror y de cólera. Hacia +arriba fué, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el húmedo seno de +una hube, a la cual había mirado Belerofonte un poquito antes, +imaginándosela como un lugar muy agradable. Después, fuera ya de la +nube, se dejó caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera +estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las +más salvajes cabriolas que jamás hayan podido hacer pájaro ni caballo +alguno.</p> + +<p>No sabré deciros ni la mitad de lo que hizo. Se deslizó, rápido, hacia +adelante, y a los lados y hacia atrás. Se paró con las patas delanteras +en un jirón de neblina, y las de atrás en nada absolutamente. Coceó +furiosamente y bajó la cabeza, metiéndola entre las manos, con las alas +apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilómetros de altura sobre +la tierra, dió un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte +estuvieron donde debía estar la cabeza, y parecía que miraba al cielo +hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvió la cabeza +violentamente, y mirando a Belerofonte a la<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> cara, como si echara fuego +por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudió las alas +con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendió y cayó a +tierra, siendo recogida por el niño, quien la guardó toda su vida como +recuerdo de Pegaso y Belerofonte.</p> + +<p>Mas este último (que según podéis apreciar, era tan buen jinete como el +mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al +fin encajó el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del +caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvió tan +manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de +Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan +súbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena debía sentir Pegaso +también. Miró a Belerofonte con lágrimas en los hermosos ojos, en vez +del fuego que poco antes despedían; pero cuando Belerofonte le acarició +la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero +con cariño, vió en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si +le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y +compañero.</p> + +<p>Así ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indómitas +y solitarias como ellos. Si podéis atraparlas y dominarlas, es el mejor +camino para lograr su cariño.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p> + +<p>Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima +a Belerofonte, recorrió una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle +el bocado estaban llegando a la vista de una montaña altísima. +Belerofonte ya había visto antes esa montaña, y conoció que era Helicón, +en cuya cima vivía el caballo alado. Allá voló Pegaso (después de mirar +dócilmente a su jinete, como preguntándole si lo permitía), y posándose, +esperó pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven saltó de +los lomos de su caballo, manteniéndolo sujeto por la brida; pero al +mirar sus ojos le conmovió tanto la docilidad de su aspecto y su +hermosura, y la idea de la vida libérrima que había llevado Pegaso hasta +entonces, que no se sintió capaz de tenerlo prisionero, si él realmente +deseaba su libertad.</p> + +<p>Dejándose llevar de tan generoso impulso, dejó caer la brida encantada +de la cabeza de Pegaso y le sacó el bocado.</p> + +<p>—¡Déjame, Pegaso!—le dijo—. ¡Déjame o quiéreme!</p> + +<p>En un instante, el caballo alado salió disparado hasta perderse casi de +vista, remontándose a plomo sobre la cima del Monte Helicón. El sol se +había puesto hacía ya tiempo, lo alto de la montaña estaba aún en el +crepúsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> Pegaso +voló tan alto, que alcanzó al día que se iba y se bañó en la luz que +irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez más alto, parecía +una mancha brillante, y al fin se perdió en la inmensidad del cielo. +Temió Belerofonte no volverle a ver más; pero cuando estaba deplorando +su locura, reapareció la mancha brillante y se fué acercando más cada +vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y ¡allí estaba Pegaso +de vuelta! Después de prueba tal, ya no había cuidado de que el caballo +con alas se escapase. Él y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron +fielmente el uno al otro.</p> + +<p>Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte +sobre el cuello de Pegaso, no por precaución, sino por cariño. Ambos se +despertaron al despuntar la mañana, y se dieron los buenos días, cada +cual en su lengua.</p> + +<p>De este modo pasaron varios días Belerofonte y el maravilloso caballo, +conociéndose cada vez más y aficionándose más el uno al otro. Hacían +largos viajes aéreos, y alguna vez subían tan altos, que la Tierra +apenas parecía mayor que... la Luna. Visitaron países remotos y +asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven, +montado en un caballo con alas, tenía que haber bajado del cielo. +Recorrer mil kilómetros por día era cosa muy<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> fácil para el veloz +Pegaso. Aquel género de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto +habría vivido siempre así, en la clara atmósfera de las alturas, en +donde hacía siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo +fuera abajo; pero no podía olvidar a la horrible Quimera y la promesa +hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien +la equitación aérea y sabía manejar a Pegaso con un ligero movimiento de +la mano, y le enseñó a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la +peligrosa aventura.</p> + +<p>En consecuencia, al romper el día y tan pronto como abrió los ojos, dió +un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente +se alzó Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y dió, +velocísimo, una gran vuelta a la cima de la montaña, como para mostrar +que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursión. Mientras +duró ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y +finalmente descendió junto a Belerofonte tan levemente como habréis +visto que se posan los pájaros sobre los arbustos.</p> + +<p>—¡Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!—exclamó +Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo—. Y ahora, +mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con +la terrible Quimera.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span></p> + +<p>En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente +llamada de Hipocrene, ofreció Pegaso la cabeza, espontáneamente, para +que su amo pudiera poner la brida. Luego dió muchos brincos y cabriolas +aéreas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras +Belerofonte se ceñía la espada, disponía el escudo y se preparaba para +la batalla. Cuando estuvo todo listo, montó el jinete y (según solía +hacer cuando iba lejos) subió cuatro kilómetros verticalmente, para +orientarse mejor. Después volvió la cabeza de Pegaso hacia el Este, +dirigiéndose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un águila, pasando tan +cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habría +sido fácil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso, +antes del mediodía divisaron las altas montañas de Licia, con sus +profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte habían +dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tenía su guarida la +espantosa Quimera.</p> + +<p>Estando ya tan cerca del término de su viaje, descendieron poco a poco, +aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas +ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y +asomándose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montañosa +de Licia, y mirar a la vez todos sus umbríos<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> valles. Nada de +extraordinario encontró a primera vista. Era aquélla una zona desierta, +pedregosa, con altas y escarpadas montañas; en la parte baja y más llana +del país había ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales, +desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.</p> + +<p>—Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto—pensó Belerofonte—; +pero, ¿dónde está el monstruo?</p> + +<p>Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera +vista, en ninguno de los valles y barrancos que había entre las +imponentes montañas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de +humo negro salían de algo como la boca de una caverna y subían +pesadamente por la atmósfera, confundiéndose en una sola columna antes +de llegar a la cumbre de la montaña. La caverna estaba casi a plomo, +bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El +humo tenía un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar +a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso +caballo (acostumbrado a respirar únicamente el aire más puro), que agitó +las alas y se lanzó como un kilómetro fuera del alcance de aquellos +molestos vapores.</p> + +<p>Pero, al mirar hacia atrás, vió Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> algo que le indujo a tirar +de las riendas primero, y a dar vuelta después. Hizo una seña, que el +caballo alado entendió, y éste bajó por el aire lentamente hasta que sus +cascos estuvieron a poco más de la altura de un hombre sobre el suelo +roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la +caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.</p> + +<p>Dentro de la dicha caverna parecía haber un montón de extrañas y +terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan +juntos, que Belerofonte no acertó a distinguirlos; pero, a juzgar por +sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo +un fiero león y el tercero una cabra horrible. El león y la cabra +estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba +fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo más asombroso del +caso era que las tres columnas de humo salían evidentemente de las +narices de aquellas tres cabezas. Tan extraño era el espectáculo, que +aun cuando tanta tiempo había estado esperando verlo, la verdad, no se +le ocurrió al pronto que aquélla era la terrible Quimera de tres +cabezas. Había dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el león +y la cabra no eran tres criaturas distintas, como había supuesto, sino +un monstruo solo.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p> + +<p>¡Qué cosa más horrible y más odiosa! Aun dormitando, como dormitaban, +sus dos terceras partes, tenía entre sus abominables mandíbulas los +restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el +pensarlo) fuera de algún pobre niño que las tres bocazas habían estado +mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.</p> + +<p>De pronto, como si saliese de un sueño, cayó Belerofonte en la cuenta de +que era aquélla la Quimera. Pegaso pareció también comprenderlo, y dió +un relincho, que sonó como un clarín de guerra. Al oirlo se alzaron +erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que +Belerofonte pudiera pensar lo que debía hacer, se lanzó el monstruo +fuera de la caverna y se fué derecho a él, con las inmensas fauces +abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si +Pegaso no hubiera sido tan ágil como un pájaro, tanto él como su jinete +se habrían visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habría +acabado así el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo +alado no se dejaba atrapar tan fácilmente. En un abrir y cerrar de ojos +se elevó casi hasta las nubes, resoplando con furia. También temblaba, +pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y +ponzoñoso con sus tres cabezas.<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span></p> + +<p>La Quimera, por su parte, se irguió hasta sostenerse únicamente sobre el +extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo +fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. ¡Cómo rugía, silbaba y +bramaba, hijitos míos! Belerofonte, entretanto, se ponía el escudo al +brazo y sacaba la espada.</p> + +<p>—Ahora, mi querido Pegaso—murmuró al oído del caballo alado—, has de +ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrás de volverte a +tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la +Quimera, o sus tres bocas se comerán esta cabeza mía, que tantas veces +ha dormitado sobre tu cuello.</p> + +<p>Pegaso relinchó, y volviendo la cabeza, frotó cariñosamente el hocico +contra la cara de su jinete. Así decía, a su manera, que aún tenía alas +y era caballo inmortal; mejor perecería, si lo inmortal pudiera perecer, +que dejar tras sí a Belerofonte.</p> + +<p>—Gracias, Pegaso—respondió Belerofonte—. Y ahora, vamos a pelear al +monstruo.</p> + +<p>Diciendo estas palabras, sacudió las riendas, y Pegaso descendió +oblicuamente, rápido como una flecha, hacia la triple cabeza de la +Quimera, que todo aquel tiempo había estado irguiéndose en el aire +cuanto podía. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, dió Belerofonte un +gran tajo al monstruo; pero su caballo siguió adelante<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> sin dejarle ver +si había aprovechado el golpe. Pegaso continuó su carrera; pero pronto +viró en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que +antes. Belerofonte vió entonces que había cortado al monstruo, casi del +todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y parecía enteramente +muerta.</p> + +<p>Pero, en compensación, la cabeza de león y de la serpiente habían +adquirido toda la fiereza de la otra, y escupían llamas, y silbaban y +rugían con mucha más furia que antes.</p> + +<p>—No te importe, mi bravo Pegaso—exclamó Belerofonte—; con otro golpe +como ese haremos que cese el rugir y el silbar.</p> + +<p>De nuevo sacudió las riendas. El caballo alado se lanzó oblicuamente y +veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asestó un +golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni él ni +Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el +monstruo al joven un profundo arañazo en un hombro, y con la otra +estropeó un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por +su parte, había herido mortalmente la cabeza de león, de tal modo, que +caía colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo +negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la única que +quedaba ya) era entonces dos veces más fiera<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> y más venenosa que nunca. +Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba +silbidos tan altos, tan ásperos, tan penetrantes, que el rey Iobates los +oyó a cincuenta millas de distancia, y se estremeció hasta hacer temblar +al trono debajo de él.</p> + +<p>—¡Ay de mí!—pensó el pobre rey—. Esto es que la Quimera viene a +devorarme.</p> + +<p>Pegaso, mientras tanto, se había parado otra vez en el aire y relinchaba +colérico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. +¡Qué diferente el fuego cárdeno de la Quimera! Ni el espíritu del +caballo aéreo ni el de Belerofonte decayeron.</p> + +<p>—¿Echas sangre, mi caballo inmortal?—exclamo el joven, cuidándose +menos del mal propio que del de aquella criatura que no debía haber +conocido nunca el dolor—. ¡La execrable Quimera pagará este daño con su +última cabeza!</p> + +<p>Luego sacudió las riendas, dando grandes gritos, y guió a Pegaso, no +oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del +monstruo. Tan rápida fué la embestida, que en la duración de un +relámpago llegó Belerofonte al alcance de su enemigo.</p> + +<p>A esto, con la pérdida de su segunda cabeza, había caído la Quimera en +una pasión ardentísima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> en tierra +y mitad en el aire, siendo imposible decir en qué elemento descansaba. +Abrió su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por +decir que podía haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas +desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanzó un chorro +tremendo de su encendido aliento, y envolvió a Belerofonte y a su +caballo en una atmósfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso, +quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los +dos, de la cabeza a los pies, mucho más de lo cómodo.</p> + +<p>Pero esto no es nada para lo que sucedió después. Cuando el caballo +alado llegó en su acometida a la distancia de unos cien metros, la +Quimera dió un salto y lanzó su enorme, horrible, ponzoñoso y detestable +cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enroscó a su alrededor con gran fuerza +y retorció su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo aéreo +volaba más alto, más alto, más alto, por encima de los picos de las +montañas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la +tierra sólida; pero el monstruo terrestre no soltó presa y fué llevado +hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras +tanto, se volvió y se encontró frente a frente con la horrible fealdad +de la Quimera, y sólo resguardándose bien con<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> el escudo, pudo librarse +de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.</p> + +<p>Por la orillita del escudo miró fieramente a los salvajes ojos del +monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se +resguardaba, como en otro caso habría hecho. Después de todo, para +luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo +posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios, +el monstruo dejó su pecho enteramente al descubierto. Al verlo, +Belerofonte clavó hasta el puño la espada en su cruel corazón. La cola +de la serpiente desató en seguida su nudo. El monstruo soltó a Pegaso y +cayó desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho +ardió, en vez de extinguirse, más vivo que nunca, y pronto comenzó a +consumir aquel cuerpo muerto.</p> + +<p>Cayó del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de +llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un +cometa; pero al despuntar el día salieron unos labriegos a su labor y +vieron, con gran asombro, que varias hectáreas de terreno estaban +salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo había un montón de +huesos calcinados, mucho más alto que una gran pila de heno. ¡Nada más +volvió a verse de la espantosa Quimera!</p> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-250b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-250b_sml.jpg" width="332" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 333px;"> +<a href="images/illus-250c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-250c_sml.jpg" width="333" height="499" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span></p> + +<p>Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclinó hacia adelante y +besó a Pegaso con lágrimas en los ojos.</p> + +<p>—¡Vuelve ahora, mi caballo bienamado—le dijo—, vuelve a la Fuente de +Pirene!</p> + +<p>Pegaso hendió el aire más rápido que nunca, y llegó a la fuente en muy +poco tiempo. Allí encontró al viejo apoyado en su báculo, al campesino +dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cántaro.</p> + +<p>—Ahora me acuerdo—advirtió el viejo—. Cuando yo era un chiquillo, vi +una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces más +hermoso.</p> + +<p>—Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que él—dijo el +campesino—. Si este pingo fuera mío, lo primero que hacía era cortarle +las alas.</p> + +<p>La pobre muchachita no dijo nada, porque tenía el sino de asustarse +fuera de tiempo. Echó a correr, dejó caer el cántaro y lo rompió.</p> + +<p>—¿Dónde está—preguntó Belerofonte—el simpático niño que solía +acompañarme, y nunca perdió la fe y nunca se cansaba de mirar en la +fuente?</p> + +<p>—Aquí estoy, querido Belerofonte—dijo el niño tiernamente.</p> + +<p>El muchachito había pasado día tras día a la orilla de Pirene, esperando +que volviera su<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> amigo; pero cuando vió a Belerofonte bajando a través +de las nubes, montado en su caballo alado, se internó en el boscaje. Era +un niño muy delicado, de gran ternura, y temía que el viejo y el +campesino vieran brotar las lágrimas de sus ojos.</p> + +<p>—Has logrado la victoria—dijo gozosamente, abrazándose a una pierna de +Belerofonte, que aún estaba montado sobre Pegaso—. Conozco que la has +ganado.</p> + +<p>—Sí, niño querido—replicó Belerofonte, bajándose del caballo alado—; +pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a +Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jamás a la +terrible Quimera. Todo lo hiciste tú, mi amado amiguito, y ahora +devolvamos a Pegaso su libertad.</p> + +<p>Y diciendo esto, quitó la brida encantada de la cabeza de aquel caballo +maravilloso.</p> + +<p>—¡Sé libre para siempre. Pegaso mío!—exclamó con cierto dejo de +tristeza en la voz—. ¡Sé tan libre como rápido eres!</p> + +<p>Mas Pegaso apoyó la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera +de inducirle a emprender el vuelo.</p> + +<p>—Bien; pues—dijo Belerofonte, acariciando al aéreo caballo—estarás +conmigo mientras quieras. Vámonos sin tardar a decir al rey Iobates que +la Quimera ha sido destruída.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span></p> + +<p>Belerofonte abrazó a aquel niño tan bueno, y le prometió volver a verle, +y se puso en marcha; pero, años después, aquel niño voló sobre el +caballo aéreo mucho más alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo +cosas mucho más honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera. +Porque, siendo tan tierno y delicado, llegó a ser un poderoso poeta.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 145px;"> +<a href="images/illus-254_lg.jpg"> +<img src="images/illus-254_sml.jpg" width="145" height="116" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 281px;"> +<a href="images/illus-255_lg.jpg"> +<img src="images/illus-255_sml.jpg" width="281" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>CUMBRE PELADA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">E</span><span class="smcap">ustaquio</span> Bright contó la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y +animación como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con +alas.</p> + +<p>Al terminar se llenó de alegría, al comprender, por el rostro radiante +de sus oyentes, lo mucho que les había interesado.</p> + +<p>Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la +chiquilla positivamente había lágrimas, porque se daba cuenta de que +había algo en la leyenda que los demás aún no tenían edad de comprender.</p> + +<p>Era un cuento de niños; pero el estudiante había conseguido poner en él +el ardor, la generosa esperanza y la imaginación emprendedora de la +juventud.<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span></p> + +<p>—Ahora te perdono, Primavera—dijo—, todo el ridículo que has +intentado echar sobre mis cuentos. Una lágrima paga muchas risas.</p> + +<p>—¡Ay, señor Bright!—respondió Primavera, limpiándose los ojos y +lazándole otra de sus maliciosas sonrisas—: esto de estar encima de las +nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar más +cuentos, si no estás, como ahora, en la cumbre de una montaña.</p> + +<p>—O cabalgando sobre Pegaso—replicó Eustaquio, riendo—. ¿No te parece +que he conseguido a las mil maravillas mi propósito de apresar al corcel +maravilloso?</p> + +<p>—¡Sí, ha sido un bonito salto mortal!—exclamó palmoteando—. Me parece +que le veo a caballo sobre él, a tres millas de alto, por los aires, +cabeza abajo!</p> + +<p>—¡Ojalá tuviese aquí a Pegaso en este instante!—dijo el estudiante—. +Le montaría inmediatamente, y haría una visita por todo el país a cada +uno de mis autores favoritos.</p> + +<p>Charlando de Pegaso y sus hazañas, empezaron a andar colina abajo. A +poco <i>Bruin</i> empezó a ladrar, y le respondió el <i>gua-gua</i> solemne del +respetable <i>Ben</i>. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia +cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeños, repuestos<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> por completo +de su fatiga, se habían puesto a buscar fresas, y al divisar a sus +compañeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.</p> + +<p>Así reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos, +y se encaminaron despacio a Tanglewood.</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 128px;"> +<a href="images/illus-258_lg.jpg"> +<img src="images/illus-258_sml.jpg" width="128" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 284px;"> +<a href="images/illus-259a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-259a_sml.jpg" width="284" height="120" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> +<tr><td> </td><td class="rt"><small>Páginas</small></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA">LA CABEZA DE LA GORGONA </a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_TOQUE_DE_ORO">EL TOQUE DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_055">55</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS">EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_093">93</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO">LAS TRES MANZANAS DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_129">129</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_CANTARO_MILAGROSO">EL CÁNTARO MILAGROSO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_175">175</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LA_QUIMERA">LA QUIMERA</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_211">211</a></td></tr> +</table> + +<div class="figcenter" style="width: 146px;"> +<a href="images/illus-259b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-259b_sml.jpg" width="146" height="141" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 55215 ***</div> +</body> +</html> diff --git a/55215-8.txt b/old/55215-8.txt index d30e4ff..c4b7c99 100644 --- a/55215-8.txt +++ b/old/55215-8.txt @@ -1,5809 +1,5809 @@ -Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne
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-Title: Cuando la tierra era nia
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-Author: Nathaniel Hawthorne
-
-Illustrator: Pablo Mil Fontanals
-
-Translator: Gregorio Martnez Sierra
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-Release Date: July 28, 2017 [EBook #55215]
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-Language: Spanish
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-Character set encoding: ISO-8859-1
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***
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-Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online
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- COLECCIN ESMERALDA
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- HAWTHORNE
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- CUANDO
- LA TIERRA
- ERA NIA
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- TRADUCCIN DE
- G. MARTNEZ SIERRA
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- ILUSTRACIONES DE
- FONTANALS
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- MADRID
- MCMXX]
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- COPYRIGHT BY
- G. MARTNEZ SIERRA, 1920
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- TIPOGRAFA ARTSTICA
- CERVANTES, 28.--MADRID
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- LA CABEZA DE
- LA GORGONA
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-EL PRTICO DE TANGLEWOOD
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-Bajo el prtico de la quinta llamada _Tanglewood_, una hermosa maana de
-otoo estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos
-estaba en pie un joven alto. Haban proyectado una excursin para ir a
-coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se
-desvaneciesen en las vertientes de la montaa, y el sol derramase el
-calor del veranillo de San Martn sobre los campos y las praderas y en
-los escondrijos de los bosques. El da prometa ser de los ms
-agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la
-niebla de la maana llenaba an todo el valle, sobre el cual, en una
-altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.
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-La masa de vapor blanco se extenda hasta unas cien varas de la casa.
-Esconda por completo todo lo que hubiera ms lejos, excepto unas
-cuantas copas de rboles, rojizas o amarillas, que surgan aqu y all,
-y estaban glorificadas por el sol madrugador, que tambin haca brillar
-la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se
-levantaba la cima de una montaa elevadsima. Quince millas ms lejos,
-en la misma direccin, se alzaba otra mucho ms alta, tan azul y etrea,
-que apenas pareca ms slida que el vaporoso mar de niebla que se
-extenda sobre ella. Las colinas ms prximas, que bordeaban el valle,
-estaban medio sumergidas y manchadas con pequeas guirnaldas de nubes,
-hasta en las mismas cimas. En resumen: haba tanta nube y tan poca
-tierra slida, que todo ello haca el efecto de una visin.
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-Los nios antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo
-del prtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba hmeda
-de la pradera. No puedo decir fijamente cuntos eran: no menos de nueve,
-no ms de una docena, de todas clases, tamaos y edades, muchachos y
-chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos
-amiguitos que haban sido invitados por el seor y la seora Pringle
-para pasar unos cuantos das de la deliciosa estacin, con sus hijitos,
-en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con
-nombre ninguno que algn nio haya llevado antes que ellos, porque s de
-cierto que muchos autores se ponen en grandsimos compromisos por haber
-dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y
-verdaderas. Por esta razn quiero llamarles Primavera, Bellorita,
-Amapola, Romero, Ojos azules, Trbol, Madreselva, Capuchina, Flor de
-Limn, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos
-nombres seran mucho ms propios de un grupo de hadas, que de una
-reunin de nios de este mundo.
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-No hay que suponer que a estos nios les permitan sus cuidadosos padres
-y madres, tos, tas o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin
-la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. De ningn
-modo! En el primer prrafo de mi libro recordaris que he hablado de un
-joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os dir
-el verdadero, porque considera grandsimo honor haber contado los
-cuentos que van aqu impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era
-estudiante y haba alcanzado en aquella poca la respetable edad de diez
-y ocho aos; de modo que casi se pareca a si mismo abuelo de Bellorita,
-Romero, Madreselva, Flor de Limn, Tomillo y los dems, que eran no ms
-la mitad o la tercera parte de venerables que l. Una molestia en la
-vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy da, para
-demostrar su aplicacin) le haba hecho abandonar las clases dos semanas
-antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un
-par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o ms de lejos que los de
-Eustaquio Bright.
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-El aplicado estudiante era delgado y un poco plido, como lo son todos
-los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y
-activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear
-arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se haba calzado para la
-expedicin botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una
-gorra de pao y un par de anteojos verdes, que se haba puesto,
-probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad
-que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habrselos dejado en
-casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subi en los hombros de
-Eustaquio cuando estaba l sentado en uno de los escalones del prtico,
-le arranc los lentes de la nariz y los plant en la suya, y como al
-estudiante se le olvid volverlos a coger, cayeron en la hierba, y all
-se quedaron hasta la primavera siguiente.
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-Ahora bien: es preciso que sepis que Eustaquio haba alcanzado entre
-los nios gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque
-algunas veces finga que le molestaba el que le pidiesen que les contase
-ms y ms, y siempre ms, yo tengo mis dudas y pienso que no haba cosa
-en el mundo que ms le agradase. Haba que ver cmo le brillaban los
-ojos, cuando aquella maana, Trbol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la
-mayor parte de sus compaeros, le pidieron que les contase uno de sus
-cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por
-completo.
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---S, primo Eustaquio--dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de
-doce aos, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona--: la
-maana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo
-pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu
-susceptibilidad, durmindonos en el momento ms interesante... como hizo
-anoche Capuchina.
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---Qu mala eres!--exclam Capuchina, nia de seis aos--. No me dorm:
-es que cerr los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba
-contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una
-soar con ellos, dormida; pero tambin son buenos por la maana, porque
-puede una soar con ellos despierta. As es que espero que nos va a
-contar uno ahora mismito.
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---Gracias, Capuchina!--dijo Eustaquio--. Tendrs el mejor de los
-cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque slo sea por haberme
-defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, nios, os he
-contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno
-que no me hayis odo por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a
-repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.
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---No, no, no!--exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media
-docena--. Los cuentos que ms nos gustan son los que hemos odo dos o
-tres veces.
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-Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de inters para los nios,
-no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio
-Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeaba el aprovecharse de
-una ventaja que hubiese agradecido un narrador ms viejo.
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---Sera lstima--dijo--que un hombre de mis conocimientos (pasando por
-alto mi fantasa original) no pudiese encontrar cada da del ao un
-cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contar uno de los que se
-inventaron para distraccin de nuestra vieja abuela la Tierra, cuando
-era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me
-maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas
-para nias y nios. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas
-grises, se queman las pestaas leyndolos en librotes llenos de polvo,
-escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cundo y
-cmo y para qu se inventaron.
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---Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio--exclamaron a una todos
-los chiquillos--: no hables ms de tus cuentos, y empieza a contar.
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---Sentaos todos--dijo Eustaquio--, y callad, porque a la primera
-interrupcin, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de
-cualquier otro, dar un mordisco al cuento, y me tragar el pedazo que
-falte por contar. Pero, en primer lugar, alguno de vosotros sabe lo que
-es una Gorgona?
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---Yo, s--dijo Primavera.
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---Pues, cllatelo!--replic Eustaquio, que hubiese preferido que no
-hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto--. Callad todos, y os
-contar un cuento preciossimo de la cabeza de una Gorgona.
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-Y as lo hizo, como podis empezar a leer en la pgina siguiente.
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-LA CABEZA DE LA GORGONA
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-Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando
-Perseo era muy pequeo, unos malvados le pusieron con su madre en un
-arca y los lanzaron a las ondas. Sopl el viento fuertemente, y alej el
-arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cscara de
-nuez. Danae estrech a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos
-que una ola mayor que las dems les sepultara para siempre en el fondo
-del Ocano. El arca sigui, sin embargo, navegando, y no se hundi ni
-zozobr, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla,
-que se enred entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la
-costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes,
-que era hermano del pescador que haba recogido por casualidad en sus
-redes a los pobres nufragos.
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-Este pescador era hombre justo y compasivo. Trat con gran bondad a
-Danae y a su hijo, y continu protegindoles hasta que Perseo lleg a
-ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilsimo en el manejo de
-las armas.
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-Mucho antes haba visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e
-hijo, que en un arca frgil haban llegado a sus playas. No era
-Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo
-malvado, y resolvi enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual
-probablemente perdera la vida, y entonces, quedndose la madre sin
-defensa, podra l causarle algn dao grande. Con este fin, aquel rey
-de mal corazn pas tiempo y tiempo pensando cul sera la hazaa de ms
-peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, di con una
-empresa que prometa tener el fatal resultado que deseaba, mand llamar
-a Perseo.
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-El muchacho fu a palacio, y encontr al rey sentado en su trono.
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---Perseo--dijo el rey Polidectes, sonriendo hipcritamente--, eres todo
-un buen mozo. T y tu excelente madre habis recibido muchsimos
-favores, tanto mos como de mi hermano el pescador, y supongo que
-sentirs no poder pagar algunos de ellos.
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---Con permiso de Vuestra Majestad--respondi Perseo--, arriesgara con
-gusto mi vida por lograrlo.
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---Muy bien; entonces--continu el rey, siempre con la sonrisa en los
-labios--, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres
-un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrars de
-tener tan buena ocasin de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo,
-que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es
-costumbre, en ocasiones como sta, regalar a la novia algo elegante y
-extrao, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que
-he estado bastante perplejo, sin saber dnde encontrar cosa capaz de
-agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta maana me parece
-que he encontrado precisamente lo que necesitaba.
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---Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?--exclam Perseo
-con vehemencia.
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---Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro--repuso el rey
-Polidectes con la mayor astucia--. El regalo de boda que quiero ofrecer
-a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus
-cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. As
-es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la
-princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, ms me
-complacers.
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---Saldr maana, por la maana--respondi Perseo.
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---Te ruego que lo hagas as, valiente joven--asegur el rey--. Y al
-cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para
-no estropearla. La traers aqu lo mejor acondicionada que sea posible,
-porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.
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-Perseo sali del palacio, y apenas haba pasado la puerta, el rey
-Polidectes se ech a reir; le diverta mucho, tan malvado era, que el
-pobre muchacho hubiese cado en la trampa. Pronto corri la noticia de
-que Perseo se haba decidido a cortar la cabeza de Medusa con su
-cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegr al saberlo, porque casi
-todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y
-se hubiesen alegrado muchsimo de que les sucediese algn mal muy grande
-a Danae y a su hijo. Parece que el nico hombre bueno en aquella
-desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la
-calle, las gentes le sealaban con el dedo y le hacan muecas de
-desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevan.
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---Ay!, ay!--exclamaban--. Las serpientes de Medusa le van a morder
-lindamente.
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-Ahora bien; en aquel tiempo vivan tres Gorgonas, y eran los monstruos
-ms extraos y terribles que hubieran existido desde que el mundo es
-mundo, y despus no se ha visto ni se volver a ver cosa ms terrible
-que ellas. La verdad es que no s por qu nombre de monstruo nombrarlas.
-Eran tres hermanas, y parece que tenan cierta remota semejanza con las
-mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y daina especie de
-dragones. De veras es difcil imaginar qu espantosos seres eran las
-tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tena cada una en la cabeza
-cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcan, se enredaban, se
-enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta.
-Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las
-tenan de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de
-hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como l. Tambin
-tenan alas, y hermossimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran
-de oro pursimo, brillante, centelleante, bruido, y figuraos cmo
-resplandecera cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.
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-Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor,
-pocas veces se detena a mirarlo, sino que corra y se esconda a toda
-prisa. Acaso os figuris que tena miedo de que le mordiesen las
-serpientes que servan de cabello a las Gorgonas, o de que le
-destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos
-peligros, aunque grandsimos, no eran los ms difciles de evitar. Lo
-peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba
-de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante,
-de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y
-fra!
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-As es que, como comprenderis perfectamente, la aventura que el malvado
-rey Polidectes haba buscado para el pobre muchacho, era peligrossima.
-El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de
-comprender que tena muy pocas probabilidades de salir con bien de ella,
-y que era mucho ms probable convertirse en estatua de piedra que
-conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a
-un lado otras dificultades, haba una que hubiese puesto en apuro a
-cualquier hombre de mucha ms edad que Perseo. No slo tena que luchar
-con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de largusimos
-dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la
-cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra l, no poda mirar a
-su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se
-convertira en piedra y se quedara con el brazo en el aire siglos y
-siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por
-completo. Y sera bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien
-tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en
-este hermoso mundo.
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-Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor
-para decir a su madre lo que se haba comprometido a hacer. Por
-consiguiente, cogi su escudo, se ci la espada y atraves la isla,
-yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas poda contener las
-lgrimas.
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-Pero cuando estaba ms pensativo y triste, oy una voz junto a l.
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---Perseo--dijo la voz--, por qu ests triste?
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-Levant la cabeza de entre las manos, en las cuales la haba escondido,
-y oh, asombro!, aunque crea estar completamente solo, encontr
-a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y
-extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en
-la cabeza un gorro muy extrao y en la mano un bastn trenzado, tambin
-de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy
-retorcida. Tena aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como
-hombre acostumbrado a ejercicios gimnsticos, a correr y a saltar. Y,
-sobre todo, tena una expresin tan alegre, tan inteligente y tan
-servicial--aunque, por supuesto, un poco maliciosa--, que Perseo no pudo
-menos de animarse inmediatamente que le mir a la cara. Adems, como en
-realidad era valiente, le di muchsima vergenza que alguien le hubiese
-encontrado con las lgrimas en los ojos, como a un chiquillo de la
-escuela, cuando, despus de todo, puede que no hubiera motivo para
-desesperarse. Enjugse los ojos, y respondi al desconocido prontamente,
-poniendo la cara ms alegre que pudo.
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---No estoy triste--dijo--, sino pensando en una aventura que he
-emprendido.
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---Oh!--respondi el desconocido--. Cuntame en qu consiste, y puede te
-sirva yo de algo. He ayudado a muchos jvenes en aventuras que al
-principio parecan bastante difciles. Acaso hayas odo hablar de m.
-Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro
-cualquiera. Dime en qu consiste la dificultad, y hablaremos del asunto
-y veremos lo que se puede hacer.
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-Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvi
-contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podan
-ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algn
-consejo que le sirviese de algo. As es que en pocas palabras le
-explic el caso: cmo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa,
-con la cabellera de serpientes, para drsela como regalo de boda a la
-hermosa princesa Hipodamia, y cmo se haba comprometido a ir a
-buscarla, pero tema verse convertido en piedra.
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---Y sera lstima--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--. Es verdad que
-seras una estatua de mrmol de muy buen ver, y que pasaran unos
-cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo;
-pero ms vale ser joven unos pocos aos, que estatua de piedra muchos.
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---Oh, mucho ms!--exclam Perseo con los ojos hmedos otra vez--. Y
-adems, qu sera de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en
-piedra?
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---Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin--repuso Azogue en tono
-animoso--. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte ms
-eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con
-bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.
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---Tu hermana?--repiti Perseo.
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---S, mi hermana--respondi el desconocido--. Es muy sabia, te lo
-aseguro; y en cuanto a m, tambin suelo tener todo el talento que me
-hace falta. Si t eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros
-consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de
-piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas
-verte en l como en un espejo.
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-Esto le pareci a Perseo un principio de aventura ms bien extravagante,
-porque pens que ms importara que el escudo fuera lo bastante fuerte
-para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que
-estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en l. Pero
-pensando que Azogue saba ms que l, inmediatamente puso manos a la
-obra, y frot el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto
-brill como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le mir y sonri,
-aprobando. Entonces, quitndose la espada corta y retorcida, se la colg
-a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.
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---No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propsito que
-llevas--observ--. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y
-el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que
-tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos
-dirn dnde podemos encontrar a las Ninfas.
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---Las Tres Mujeres Grises!--exclam Perseo, a quien esto pareca
-nicamente una dificultad ms en la aventura--. Quines son esas Tres
-Mujeres Grises? Nunca he odo hablar de ellas.
-
---Son tres viejecitas muy raras--dijo Azogue, riendo--. No tienen ms
-que un ojo para las tres, y un diente. Tendrs que encontrarlas a la luz
-de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver
-cuando brillan el sol o la luna.
-
---Pero--dijo Perseo--, a qu gastar el tiempo con esas Tres Mujeres
-Grises? No sera mejor ir desde luego en busca de las terribles
-Gorgonas?
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---No, no--respondi su amigo--. Hay bastantes cosas que hacer antes de
-encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay ms
-remedio que ir a caza de esas tres seoras. Y cuando las hayamos
-encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarn muy
-lejos. De modo que vamos ligerito.
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-Perseo tena ya tanta confianza en la sagacidad de su acompaante, que
-no hizo ms objeciones, y asegur que estaba pronto para emprender
-inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan
-ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A
-decir verdad, se le ocurri la peregrina idea de que Azogue llevaba un
-par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil
-maravillas. Y, adems, al mirarle de reojo, porque no se atreva a
-volver del todo la cabeza, le pareci que tambin tena alas a los lados
-de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se vean las alas, sino
-un gorro muy raro. Lo que s era seguro es que el bastn trenzado le
-serva a Azogue de grandsima ayuda para caminar, y le haca andar tan
-de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el
-aliento.
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---Vamos!--exclam al fin Azogue, que de sobra saba, vivo como era, el
-trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso--; toma este
-bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante ms que yo. No hay
-en la isla de Serifo mejores andarines que t?
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---Mejor podra andar--dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su
-compaero--, si tuviese un par de zapatos con alas.
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---Buscaremos un par para ti--respondi Azogue.
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-Pero el bastn ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvi a sentir el
-menor cansancio. Pareca estar vivo en su mano y comunicar algo de su
-vida a Perseo. l y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor
-facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan
-divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le
-haba servido en muchas ocasiones, que Perseo empez a considerarle como
-persona maravillosa. Evidentemente conoca el mundo, y nada es tan
-encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de
-conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio
-ingenio con todo lo que oa.
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-Por fin record que Azogue haba hablado de una hermana suya, que haba
-de prestar ayuda en la aventura que tenan emprendida.
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---Dnde est?--pregunt--. La encontraremos pronto?
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---En cuanto la necesitemos--dijo su compaero--. Pero debo advertirte
-que esta hermana ma tiene un genio completamente distinto del mo. Es
-muy seria y muy prudente; no sonre casi nunca; no se re jams, y tiene
-por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy
-profundo que decir. Ni tampoco escucha conversacin alguna que no sea
-absolutamente razonable.
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---Pobre de m!--exclam Perseo--. No me atrever a pronunciar ni una
-slaba delante de ella.
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---Es una persona instruidsima, te lo aseguro--continu Azogue--, y
-tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan
-asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabidura
-personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta
-viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para
-compaera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya vers de
-cunto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.
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-Ya haba anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio
-completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan
-solitario y silencioso, que pareca como si nunca nadie hubiese vivido
-en l ni hubiese pasado por all. Todo estaba vaco y desolado en el
-crepsculo gris, que a cada instante se haca ms obscuro. Perseo mir
-en derredor, ms bien con desconsuelo, y pregunt si tenan que ir mucho
-ms lejos.
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---Chiss, chiss...--susurr su compaero--. No hagas ruido. Precisamente
-stos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres
-Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que t las hayas
-visto, porque aunque no tienen ms que un ojo para las tres, es tan
-perspicaz como media docena de ojos vulgares.
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---Pero, qu tengo que hacer--pregunt Perseo--cuando las encontremos?
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-Azogue explic a Perseo cmo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises
-con su nico ojo. Parece que tenan la costumbre de usarle por turno,
-como si hubiese sido un par de lentes o--cosa que les hubiese convenido
-mejor--un monculo. Cuando una de las tres le haba disfrutado durante
-algn tiempo, se le sacaba de la rbita y se le daba a otra de las
-hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un
-ratito de la vista del mundo. Fcil es de comprender por esto que slo
-una de las mujeres vea, mientras las otras dos permanecan en la
-obscuridad, y adems, en el instante en que el ojo estaba pasando de
-mano en mano, ninguna de las pobres seoras vea gota. He odo contar
-muchas cosas extraas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a
-mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises,
-todas mirando con un ojo solo.
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-Esto mismo pens Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que lleg a
-figurarse que su compaero se estaba burlando de l y que no existan en
-el mundo semejantes mujeres.
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---Pronto te convencers de si es verdad o no--observ Azogue--. Chiss,
-chiss, chiss... Ya vienen!
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-Perseo mir ansiosamente a travs de la obscuridad de la noche, y con
-seguridad, a poca distancia, vi a las Tres Mujeres Grises. Como la luz
-era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qu caras tenan; slo
-descubri que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron,
-vi cmo dos de ellas no tenan sino una rbita vaca en medio de la
-frente. Pero en medio de la frente de su hermana haba un ojo brillante,
-que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante
-pareca ser, que Perseo no pudo menos de pensar que posea el don de ver
-en la media noche ms obscura lo mismo que a medioda. La vista de tres
-pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo nico.
-
-De este modo las tres ancianas se arreglaban, despus de todo, casi tan
-cmodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tena el ojo
-en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en
-derredor suyo; tanto, que Perseo tema que pudiese atravesar con la
-vista la espesa zarza tras de la cual l y Azogue se haban escondido.
-Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan
-penetrante!
-
-Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclam:
-
---Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el
-ojo! Ahora me toca a m.
-
---Djamelo un momento ms, hermana Pesadilla--respondi Espanto--. Me
-parece que veo algo detrs de aquella zarza.
-
---Bueno, y qu?--respondi Pesadilla con malos modos--. No puedo yo
-ver tan bien como t lo que haya detrs de la zarza? El ojo es tan mo
-como tuyo, y me parece que s usarle tan bien como t, por no decir
-mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.
-
-Pero al llegar aqu, la tercera hermana, cuyo nombre era
-Quebrantahuesos, empez a quejarse, y dijo que a ella era a quien le
-tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le queran slo
-para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quit el ojo de la
-frente y le levant en la mano.
-
---Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera--exclam--, y acabemos
-con esta disputa necia. Por mi parte, me alegrar muchsimo de estar un
-rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la
-frente.
-
-Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando
-ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos
-estaban ciegas, no acertaban a encontrar la mao de su hermana; y como
-en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a
-poner el ojo en sus manos. As, como comprenderis fcilmente, las tres
-viejas estaban en grandsimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y
-centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba
-una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su
-demasiada impaciencia por ver.
-
-A Azogue le diverta tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos
-esforzndose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas
-poda contener la risa.
-
---Ha llegado el momento--dijo en voz muy baja a Perseo--. Vivo, vivo,
-antes de que alguna pueda pescar el ojo. Qutaselo de la mano!
-
-Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguan disputando,
-Perseo salt de detrs de la zarza y se hizo dueo de la presa. El ojo
-maravilloso, al pasar a su mano, centelle ms brillante que nunca, y
-pareci mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma
-expresin que si hubiese tenido un par de prpados para hacer un guio.
-Las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que haba sucedido, y
-suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las
-otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las
-pobres viejas se insultasen ms de lo necesario, y crey que haba
-llegado el momento de las explicaciones.
-
---Seoras mas--dijo--, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas
-con otras. Si hay aqu algn culpable, ese soy yo, porque tengo el
-honor de llevar en la mano vuestro brillantsimo y excelentsimo ojo.
-
---T, t tienes nuestro ojo! Y quin eres t?--chillaron a un tiempo
-las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchsimo al
-oir una voz extraa y comprender que su vista haba cado en manos no
-saban de quin--. Ay, hermanas, hermanas! Qu vamos a hacer? Todas
-estamos en la obscuridad! Danos nuestro ojo precioso y nico! T
-tienes dos para ti solo!
-
---Diles--apunt Azogue a Perseo--que se lo entregars en cuanto te hayan
-dicho dnde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que
-vuelan, el saco mgico y el yelmo de la invisibilidad.
-
---Mis queridas, buenas y admirables seoras--dijo Perseo, dirigindose a
-las Tres Mujeres Grises--: no hay motivo para que se asusten ustedes de
-ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolver a ustedes el
-ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dnde puedo
-encontrar a las Ninfas.
-
---A las Ninfas? Pobres de nosotras, hermanas! Qu dice este
-hombre?--grit Espanto--. La gente asegura que hay muchsimas Ninfas:
-unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre
-los rboles, otras que tienen cmoda habitacin en el agua de las
-fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas
-desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos
-tenido ms que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado.
-Devulvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devulvenosle!
-
-Y las tres mujeres extendan la mano, intentando coger a Perseo. Pero l
-tena buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.
-
---Respetables seoras mas--dijo, porque su madre le haba enseado a
-emplear siempre la mayor cortesa--: tengo el ojo en la mano, y lo
-conservar con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad
-de decirme dnde estn las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que
-tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... cmo se
-llama?... ah, s!, el yelmo de la invisibilidad.
-
---Desgraciadas de nosotras, hermanas! De qu habla este
-joven?--exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigindose
-unas a otras con gran apariencia de asombro--. Un par de sandalias que
-vuelan! Pero, no comprende que si tuviera la locura de ponerse
-semejante calzado, los pies le echaran a volar por encima de la cabeza?
-Y un yelmo de invisibilidad! Cmo puede un yelmo hacer invisible a un
-hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? Y, por si era poco, un
-saco encantado! Qu clase de bolso ser ese? No, no, buen amigo; no
-podemos decirte nada de todas esas maravillas. T tienes tus dos ojos, y
-nosotras uno para las tres; mejor podrs t que nosotras, pobres mujeres
-ciegas, encontrar todo lo que necesitas.
-
-Perseo, oyndolas hablar de aquel modo, empez a creer que, en realidad,
-las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que les preguntara, y le
-daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de
-devolverles el ojo, pidindoles perdn por la molestia que les haba
-causado; pero Azogue le sujet la mano.
-
---No consientas que se burlen de ti--dijo--. Estas Tres Mujeres Grises
-son las nicas en el mundo que pueden decirte dnde encontrars a las
-Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirs cortar la cabeza de
-Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldr
-bien.
-
-Y sucedi como Azogue deca. Hay pocas cosas que la gente quiera ms que
-la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises queran al suyo como si
-hubiese sido media docena. Viendo que no haba otro medio de recobrarlo,
-acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo
-hubieron dicho, l, con el mayor respeto, puso el ojo en la rbita vaca
-de una de sus frentes, les di las gracias por su amabilidad y se
-despidi de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante
-para dejar de oirlas, ya haban empezado otra disputa, porque di la
-casualidad de que haba entregado el ojo a Espanto, que ya haba
-disfrutado de l antes de que empezase la cuestin con Perseo.
-
-Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre
-de turbar su armona con peleas de esta clase; lo cual era muy de
-sentir, ya que no podan vivir unas sin otras y estaban, evidentemente,
-destinadas a ser compaeras inseparables. Como regla general aconsejo a
-todos, hermanos o hermanas, jvenes o viejos, que no tengan ms que un
-ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se
-empeen en gozarle todos a un mismo tiempo.
-
-Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo ms de prisa que podan en
-busca de las Ninfas. Las viejas les haban dado indicaciones tan
-detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de
-Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran
-jvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tena un par
-de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad.
-Parecan ser muy amigas de Azogue, y cuando les cont la aventura que
-Perseo haba emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle
-los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer
-lugar, trajeron lo que pareca ser una bolsa pequea, hecha de piel de
-ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de
-ella, para no perderla. ste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron
-despus un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas
-al taln de cada una.
-
---Pntelas, Perseo--dijo Azogue--. Con ellas te encontrars tan ligero
-de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.
-
-Perseo empez a ponerse una y dej la otra en el suelo, a su lado. De
-repente la sandalia que haba dejado abri las alas y salt del suelo, y
-probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto
-y la hubiese atrapado al vuelo.
-
---Ten ms cuidado--dijo a Perseo--. Los pjaros se asustaran si viesen
-una sandalia volando a su lado.
-
-Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sinti
-demasiado ligero para andar por la tierra. Di un paso o dos, y--oh,
-maravilla!--se levant en el aire muy por encima de las cabezas de
-Azogue y de las Ninfas, y le cost mucho trabajo volver a bajar. Las
-sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy
-difciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se ech
-a reir de la involuntaria ligereza de su compaero, y le dijo que era
-menester no apresurarse tanto, porque an tenan que aguardar a que les
-trajesen el yelmo de la invisibilidad.
-
-Las amables Ninfas sostenan el yelmo con su hermoso penacho de
-ondulantes plumas, dispuestas a ponrselo en la cabeza a Perseo. Y
-entonces sucedi el incidente ms maravilloso de todos los que os vengo
-contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, all estaba
-Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas
-sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo
-al brazo: figura que pareca hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero
-en cuanto el yelmo se apoy en su frente blanca, nada se vi ya de
-Perseo! Nada, sino el aire vaco! Hasta el yelmo que le cubra con su
-invisibilidad se haba desvanecido!
-
---Dnde ests, Perseo?--pregunt Azogue.
-
---Aqu--respondi Perseo tranquilamente, aunque su voz pareca salir de
-la transparente atmsfera--. Donde estaba ahora mismo. No me ves?
-
---No te veo, no--respondi su amigo--. Ests oculto por el yelmo. Y si
-yo no te veo, tampoco te vern las Gorgonas. Sgueme, y probaremos qu
-tal maa te das para usar las sandalias con alas.
-
-Con estas palabras, el gorro de Azogue abri las alas, como si la cabeza
-fuese a volar separndose de los hombros; pero todo su cuerpo se levant
-en el aire, y Perseo le sigui. Cuando hubieron subido unos cuantos
-metros, el joven empez a sentir cun delicioso era dejar abajo la
-tierra dura y poder volar como un pjaro.
-
-Era ya completamente de noche. Perseo mir hacia arriba y vi la
-redonda, brillante y plateada luna, y pens que le gustara ms que nada
-levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse all la vida. Entonces volvi
-a mirar hacia abajo y vi la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso
-de plata de sus ros, y los nevados picos de sus montaas, y lo ancho de
-sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mrmol
-blanco.
-
-Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa
-como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre
-todo, vi la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas
-veces, l y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, pareca estar
-hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se
-encontraban mojados y llenos de fro por la niebla gris. Tan rpido era
-su vuelo, sin embargo, que en un instante salan de la nube otra vez a
-la luz de la luna. Una vez pas casi rozando a Perseo un guila que
-volaba muy alto. Lo ms hermoso de todo lo que vieron fueron los
-meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se
-estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacan palidecer la luz de la
-luna muchas millas en derredor.
-
-Mientras los dos compaeros volaban uno junto a otro, Perseo crey oir a
-su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al
-lado opuesto a aquel en que vea a Azogue. Mir con atencin, pero no
-vi nada.
-
---De quin es este vestido--pregunt--que parece moverse a mi lado con
-la brisa?
-
---Oh! Es el de mi hermana!...--respondi Azogue--. Viene con nosotros,
-como ya te lo haba anunciado. Nada podramos hacer si mi hermana no nos
-ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. Y tiene unos ojos...! En
-este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa
-a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.
-
-En su rpido viaje por los aires, haban ya
-
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-llegado a la vista del gran Ocano, y pronto volaron sobre l. A lo
-lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se
-rompan formando una ancha franja de espuma sobre los peascos de la
-orilla, con un ruido que en el bajo mundo pareca el del trueno, pero
-que en lo alto llegaba a los odos de Perseo como un suave murmullo,
-como la voz de un nio medio dormido. Precisamente en aquel momento una
-voz habl a su lado. Pareca ser de mujer, y era melodiosa, aunque no
-precisamente dulce, sino grave y serena.
-
---Perseo--dijo la voz--, ah estn las Gorgonas.
-
---Dnde?--exclam Perseo--. No las veo!
-
---En la costa de esa isla, debajo de ti--replic la voz--. Si dejases
-caer una piedra, caera entre ellas.
-
---Ya te dije yo que ella era la primera que haba de verlas--dijo Azogue
-a Perseo--. Y ah estn.
-
-Abajo, en lnea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanz a
-ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa,
-excepto por un lado, donde haba una playa de arena blanca como nieve.
-Descendi hacia ella, y mirando con atencin hacia algo que brillaba, a
-los pies de un precipicio de roca negra vi a las terribles Gorgonas.
-Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el
-atronador ruido del mar; porque haca falta un estruendo que hubiese
-dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas
-criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de
-acero y sobre sus alas de oro, que caan perezosamente sobre la arena.
-
-Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la
-roca, mientras las dormidas Gorgonas soaban que estaban despedazando a
-algn pobre mortal. Las serpientes que les servan de cabellos, tambin
-parecan estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorca o
-alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un
-adormilado silbido, y dejndose luego caer entre sus hermanas
-serpientes.
-
-Las Gorgonas se parecan ms a alguna tremenda gigantesca especie de
-insecto--inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por
-este estilo--, que a ningn otro ser vivo; slo que eran como un milln
-de veces ms grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, haba en
-ellas algo humano tambin. Afortunadamente para Perseo, tenan la cara
-escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese
-mirado un solo instante, hubiera cado pesadamente del aire, convertido
-en imagen de piedra.
-
---Ahora--susurr Azogue, que segua al lado de Perseo--, ahora es el
-tiempo que has de aprovechar para tu hazaa. Apresrate, porque si una
-de las Gorgonas despierta, ser demasiado tarde!
-
---A cul es a la que debo herir?--pregunt Perseo sacando la espada y
-bajando un poco ms--. Las tres parecen iguales. Las tres tienen
-cabellera de serpientes. Cul de las tres es Medusa?
-
-Hay que saber que Medusa era la nica de aquellos tres monstruos a quien
-Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible
-hacerles el menor dao, aunque hubiese tenido la espada mejor templada
-del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.
-
---S prudente--le dijo la misma voz tranquila que antes le haba
-hablado--. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueo, y
-precisamente se va a volver. Esa es Medusa! No la mires! Su vista te
-convertira en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el
-brillante espejo de tu escudo.
-
-Perseo comprendi entonces por qu motivo le haba aconsejado Azogue que
-puliese su escudo con tanto afn. En aquella superficie poda mirar con
-tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y all estaba aquel
-rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la
-luna cayendo de plano sobre l y descubriendo todo su horror. Las
-serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permita dormir por
-completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro ms fiero y
-ms horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, haba
-en l una extraa, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban
-cerrados, porque la Gorgona dorma an profundamente; pero sus facciones
-estaban conturbadas por una expresin inquieta, como si el monstruo
-sufriese algn mal sueo. Rechinaba los dientes y araaba la arena con
-sus garras de bronce.
-
-Las serpientes tambin parecan sentir el sueo de Medusa e inquietarse
-con l cada vez ms. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos,
-se retorcan furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir
-los ojos.
-
---Ahora, ahora!--murmur Azogue, que se iba impacientando--. Hiere al
-monstruo!
-
---Pero con calma--dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven--.
-Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no
-errar el primer golpe.
-
-Perseo baj, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el
-rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto ms se acercaba, ms
-terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo
-metlico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en
-que poda alcanzarla con el brazo, Perseo levant la espada. En el mismo
-instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se
-alzaron amenazadoras, y Medusa abri los ojos. Pero despert demasiado
-tarde. La espada era cortante. El golpe cay como un rayo, y la cabeza
-de la horrible Medusa rod separada del cuerpo.
-
---Admirablemente hecho!--dijo Azogue--. Apresrate y mete la cabeza en
-el saco mgico.
-
-Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se haba colgado al
-cuello aument de tamao lo bastante para contener la cabeza de Medusa.
-Pronto, como el pensamiento, la levant, cuando an las serpientes se
-retorcan en torno de ella, y la meti en el saco.
-
---Tu misin est cumplida--dijo la voz serena--. Ahora vuela, porque las
-otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de
-Medusa.
-
-Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no haba
-realizado su hazaa tan silenciosamente que el ruido de la espada, el
-silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer
-sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros
-monstruos. Se incorporaron un instante, frotndose los ojos adormilados
-con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus
-cabezas se revolvan con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra
-quin. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin
-cabeza, con las alas de oro erizadas y cadas y sobre la arena, fu
-realmente terrible oir sus alaridos. Y las serpientes! Lanzaron mil
-silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron
-desde el saco mgico.
-
-Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron
-en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes
-horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las
-plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que an estn
-all desparramadas. Levantronse, como digo, las Gorgonas, mirando
-horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a
-alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese cado en sus
-garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen
-cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la
-invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qu direccin seguirle, ni
-tampoco dej l de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas,
-subiendo en lnea perpendicular un kilmetro prximamente. A aquella
-altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta
-l muy dbiles, se dirigi en lnea recta hacia la isla de Serifo, para
-entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.
-
-No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a
-Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo
-marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cmo
-convirti a un enorme gigante en montaa de piedra con slo ensearle la
-cabeza de la Gorgona. Si dudis de esta ltima historia, podis hacer un
-viaje a frica, cualquier da de stos, y veris la montaa, que todava
-lleva el antiguo nombre del gigante.
-
-Por ltimo, nuestro valiente Perseo lleg a la isla, donde esperaba ver
-a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey haba
-tratado tan mal a Danae, que se haba visto obligada a huir y a
-refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos
-la haban recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador
-de buen corazn, que fu el primero en dar hospitalidad a Danae y a
-Perseo, nio, cuando los encontr flotando en el arca, parecen haber
-sido las nicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien.
-Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran
-notablemente malos y no merecan mejor destino que el que vais a saber
-que cay sobre ellos.
-
-No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fu derecho a
-palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no
-se alegr gran cosa de volver a verle, porque casi tena por cierto, con
-regocijo de su mal corazn, que las Gorgonas habran hecho pedazos al
-pobre muchacho y se lo habran comido inmediatamente. Pero al verle
-volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le pregunt qu haba
-hecho.
-
---Has cumplido tu promesa?--pregunt--. Me traes la cabeza de Medusa
-con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mo, te va a costar caro,
-porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y s que
-no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.
-
---S, Majestad--respondi Perseo tranquilamente y como si no hubiera por
-qu asombrarse de que un joven como l hubiese llevado a cabo tal
-hazaa--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de
-serpientes.
-
---De veras! Pues haz el favor de ensermela--dijo el rey Polidectes--.
-Debe de ser
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-
-espectculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella
-han dicho la verdad.
-
---Vuestra Majestad est en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un
-objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra
-Majestad quiere, me permitir aconsejar que se declare el da de hoy
-fiesta nacional y que se llame a todos los sbditos de Vuestra Majestad
-para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. Me parece que
-pocos sern los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca
-puedan volver a verla!
-
-Bien saba el rey que todos sus sbditos eran haraganes rematados,
-aficionadsimos a espectculos como suelen serlo todas las gentes
-perezosas; as es que sigui el consejo del joven y envi en todas
-direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas
-las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen
-dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran
-multitud de gentes intiles y vagabundas, que todas, por puro amor al
-mal, se hubiesen alegrado muchsimo de que a Perseo le hubiese sucedido
-algn dao en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas haba
-en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice
-nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo
-a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea
-comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se
-empujaron, y se dieron codazos por afn de estar cerca de un balcn
-donde se veia a Perseo con el saco mgico y bordado en la mano.
-
-En una tribuna colocada enfrente del balcn estaba sentado el rey
-Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores,
-formando semicrculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y
-pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.
-
---Ensea la cabeza de la Gorgona!... Ensala!--gritaba el pueblo. Y
-haba en sus gritos tal fiereza, que parecan querer hacer pedazos a
-Perseo, si lo que haba de ensearles no les satisfaca--. Ensanos la
-cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!
-
-Un sentimiento de pena y de lstima sobrecogi a Perseo.
-
---Oh, rey Polidectes--exclam--, y vosotros pueblo: no quisiera
-mostraros la cabeza de la Gorgona!
-
---Ah, canalla, cobarde!--grit el pueblo, ms furioso que nunca--. Se
-est burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona.
-Ensanosla, si la has trado, y si no te cortaremos la tuya para hacer
-con ella una pelota de _foot-ball_.
-
-Los malos consejeros hablaron al rey al odo; los cortesanos murmuraron,
-todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y seor, y
-el gran rey Polidectes levant la mano y le orden, con la voz austera y
-grave de la autoridad, que ensease la cabeza al pueblo, si no quera
-perder la suya.
-
---Mustranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.
-
-Perseo suspir.
-
---Ahora mismo!--repiti Polidectes--, o mueres.
-
---Miradla entonces!--exclam Perseo con voz que reson como un clarn.
-
-Y alz de repente la terrible cabeza. Ni un solo prpado tuvo tiempo de
-entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces
-sbditos quedaron al punto convertidos en imgenes de un monarca y su
-pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel
-instante. La vista de la cabeza de Medusa les haba transformado en
-blanco mrmol! Y Perseo volvi a meter la cabeza en el saco, y fu a
-decir a su madre querida que ya no haba por qu tener miedo al malvado
-rey Polidectes.
-
---Qu, no ha sido un cuento bonito?--pregunt Eustaquio.
-
---Ay, s, s!--exclam Capuchina, palmoteando--. Y esas viejas tan
-raras, que no tenan ms que un ojo para las tres! Nunca he odo cosa
-ms extraa!
-
---En lo del diente--observ Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo
-que sera un diente postizo. Pero, qu es eso de haber convertido a
-Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? Es una ridiculez!
-
---Ah!, no era hermana suya?--pregunt Eustaquio--. Si se me hubiese
-ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tena un buho
-favorito.
-
---Bueno--dijo Primavera--; despus de todo, con el cuento se ha
-desvanecido la niebla.
-
-Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores haban
-desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubra un
-panorama, que los espectadores casi podan figurarse que haba sido
-creado desde la ltima vez que haban levantado los ojos en la direccin
-donde ahora se extenda. A una media milla de distancia, en el regazo
-del valle, apareca ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta
-imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de
-las colinas ms lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de
-la ms ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su
-ms lejana orilla estaba el alto monte, que pareca estar tumbado en el
-valle. Eustaquio le compar a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta
-en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el
-follaje otoal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo
-alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el
-terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de rboles y
-los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castao
-obscuras, porque haban sufrido ms con las heladas que el follaje de
-las vertientes de las colinas.
-
-Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligersima
-neblina, que haca la luz imponderablemente suave y tierna. Oh, qu da
-de veranillo de San Martn tan hermoso! Los nios cogieron
-apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando,
-corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo
-muy digno que era de presidir la reunin, corriendo mucho mejor que
-ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos poda
-ni imitarlos. Acompabales tambin un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era
-uno de los cuadrpedos ms respetables y de mejor corazn del mundo, y
-probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar
-alejarse a los nios sin mejor guardin que aquel cabeza loca de
-Eustaquio Bright.
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-EL TOQUE DE ORO
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-ARROYO UMBRO
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-A medioda, nuestra partida juvenil se reuni en una caada, a travs de
-cuya profundidad corra un arroyuelo. La caada era angosta, y sus
-vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban
-cubiertas con espesura de rboles, principalmente nogales y castaos,
-entre los cuales crecan tambin unas cuantas encinas y unos cuantos
-arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se
-encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un
-crepsculo en pleno medioda. De ah vena el nombre de _Arroyo Umbro_.
-Pero ahora, desde que el otoo haba llegado a aquel lugar oculto, todo
-el obscuro verdor se haba cambiado en oro; as es que el ramaje
-incendiaba la caada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas
-amarillas, aunque el da hubiese estado nublado, hubieran parecido
-conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se haban cado, que todo
-el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol tambin.
-As el rincn umbro, donde el verano se haba refrescado, ahora era el
-sitio ms lleno de sol que pudiera encontrarse.
-
-El arroyuelo corra, siguiendo su camino de oro, detenindose aqu para
-formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos,
-nadando de un lado a otro; apresurndose luego cuesta abajo, como si
-tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidndose de mirar por donde
-iba, tropezaba con la raz de un rbol, que se le atravesaba en la
-corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra
-el inesperado obstculo. Y aun despus de haberle salvado, segua el
-agua hablndose a s misma, como si estuviera perpleja. Supongo que
-estaba maravilladsima al ver su caada umbra tan iluminada, y al oir
-la charla y la alegra de tantos chiquillos. As es que corra lo ms
-aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.
-
-En la caada de Arroyo Umbro, Eustaquio Bright y sus amiguitos se
-haban detenido para comer. Haban trado muchas cosas ricas de
-Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las haban servido sobre troncos
-cados, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegra haban
-hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando termin, ninguno quera
-moverse.
-
---Aqu descansaremos--dijeron algunos de los nios--, mientras el primo
-Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.
-
-El primo Eustaquio tena tanto derecho a estar cansado como cualquiera
-de los chiquillos, porque haba llevado a cabo grandes hazaas en
-aquella maana memorable. Trbol, Romero, Capuchina y Girasol estaban
-casi convencidos de que tena zapatillas con alas, como las que las
-Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le haban visto en lo alto de la
-copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en
-pie en el suelo. Y entonces, qu chaparrones de nueces haba hecho
-llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las
-recogiesen en los cestitos! En una palabra: se haba mostrado tan ligero
-como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas,
-pareca dispuesto a descansar un poco.
-
-Pero los nios no tienen piedad ni consideracin para el cansancio
-ajeno, y si no os quedase ms que un solo aliento, os pediran que le
-gastaseis en contarles un cuento.
-
---Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, qu cuento tan bonito el de la
-cabeza de la Gorgona! Crees que seras capaz de contarnos otro tan
-bonito como ese?
-
---S, hija ma--dijo Eustaquio, tapndose los ojos con la visera de la
-gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podra contaros una
-docena, tan bonitos o ms, si me diese la gana.
-
---Oh, Primavera y Margarita!, os lo que dice?--exclam Capuchina,
-bailando de contenta--. El primo Eustaquio nos va a contar una docena
-de cuentos, ms bonitos que la cabeza de la Gorgona!
-
---No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi
-con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya ms remedio. sta es la
-consecuencia de haber logrado una reputacin! Por qu no ser un poco
-ms tonto de lo que soy, o por qu habr demostrado nunca las brillantes
-cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? As hubiera podido dormir
-la siesta en paz y en gracia de Dios.
-
-Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan
-aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su
-entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y
-apenas requera impulso exterior para ponerse en movimiento.
-
-Cun diferente este espontneo juego de la inteligencia, de la educada
-diligencia de los aos maduros, cuando la tarea se ha hecho fcil a
-fuerza de costumbre, y el trabajo del da es indispensable para la
-felicidad del da, aunque todo lo dems se haya desvanecido como burbuja
-de jabn! Pero esta observacin no hace falta que la oigan los nios.
-
-Sin hacerse rogar ms, Eustaquio Bright empez a contar el cuento
-siguiente, realmente esplndido. Se le haba ocurrido mientras estaba
-tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un rbol,
-observando cmo el toque del otoo haba convertido cada una de sus
-hojas verdes en lo que pareca oro finsimo. Y ese cambio, que todos
-hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios
-que Eustaquio relat al contar la historia de Midas.
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-EL TOQUE DE ORO
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-Vivi hace mucho tiempo un hombre muy rico, que adems era rey. Se
-llamaba Midas. Tena una hijita, de la cual nadie ms que yo ha odo
-hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he
-olvidado. As es que, como me gustan los nombres extraos para las
-nias, me parece bien llamarla Clavellina.
-
-El rey Midas era aficionadsimo al oro. Apreciaba su corona real,
-principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer
-oro, mucho oro, era la ambicin ms grande del rey Midas. Si algo haba
-en la Tierra a que quisiese ms que al oro, era a la preciosa niita, su
-hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto ms la
-quera, ms ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas.
-Pensaba, tontamente, que lo mejor que poda hacer por aquella nia, a
-quien quera tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de
-monedas amarillas y brillantes. As es que jams pensaba en otra cosa.
-Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman
-al ponerse el sol, slo deseaba que fuesen oro de veras, para poder
-guardarlas en su caja fuerte. Cuando vena Clavellina, saltando y
-riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo,
-lo nico que le deca era:--Bah! Bah, hijita! Si esas flores fueran de
-oro, como parecen, entonces s que valdra la pena de recogerlas.
-
-Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente
-dominado por el deseo desordenado de riquezas, haba sido muy aficionado
-a las flores. Haba plantado un jardn, en el cual crecan las rosas ms
-grandes y ms hermosas que haya visto u olido ningn mortal.
-
-Las rosas seguan creciendo en el jardn, tan bellas, tan grandes y tan
-fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras
-mirndolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era slo
-para calcular cunto ms valdra el jardn si cada uno de los
-innumerables ptalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino.
-Y aunque tambin en
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-
-otros tiempos fu muy aficionado a la msica (a pesar de la historia que
-cuenta que sus orejas se parecan a las de los burros), la nica msica
-agradable para el pobre rey Midas era el tintn de una moneda al chocar
-contra otra.
-
-Por fin (porque la gente se vuelve cada da ms tonta, a no ser que
-tenga buen cuidado de hacerse cada da ms y ms cuerda), el rey Midas
-lleg a ser tan poco razonable, que no poda ver ni tocar cosa que no
-fuese de oro. Y tom por costumbre pasar gran parte del da en una
-habitacin obscura y subterrnea en los stanos de su palacio. All es
-donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero fesimo, que apenas poda
-servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quera ser
-completamente feliz.
-
-All, despus de cerrar cuidadosamente la puerta, coga un saco lleno de
-monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una
-barra de oro pesadsima, o un celemn lleno de polvo de oro, y los
-llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el nico sitio
-donde caa un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le
-gustaba mucho aquel rayo de sol, nicamente porque sin su ayuda no poda
-ver brillar su tesoro. Luego remova con las manos las monedas del saco,
-o tiraba la barra a lo alto y la recoga al caer, o haca que se
-deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraa
-de su cara reflejada en la bruida circunferencia de la copa, y se deca
-a s mismo:--Oh, Midas, riqusimo rey Midas, qu hombre tan feliz
-eres!--. Pero era muy gracioso ver cmo la imagen de su rostro le haca
-muecas desde la pulida superficie de la copa. Pareca como si aquella
-imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de l.
-
-Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de s mismo senta que no lo
-era del todo. No podra llegar a la felicidad completa, a no ser que el
-mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese
-lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.
-
-No necesito recordar, a nios tan instrudos como vosotros, que all en
-los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando viva el rey Midas, pasaban
-cosas que en nuestros tiempos y en nuestro pas se nos antojaran
-maravillosas. Por otra parte, muchsimas cosas suceden ahora que no slo
-nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los
-tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi
-parte, creo que nuestros tiempos son mucho ms extraos que los
-antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.
-
-Un da estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro
-subterrneo, cuando vi que una sombra caa sobre los montones de oro,
-y mirando de repente hacia arriba, vi la figura de un desconocido, que
-estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era
-un joven con cara alegre y rubicunda. No s si porque la imaginacin del
-rey Midas pona un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier
-otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el
-desconocido le miraba tena una especie de radiacin dorada. Lo que s
-era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los
-tesoros amontonados brillaban ms que nunca. Hasta los ms remotos
-rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecan
-iluminados cuando el desconocido sonrea, como si hubiese en ellos
-llamas o chispas.
-
-Como Midas saba que haba cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y
-que no haba mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus
-tesoros, sac en consecuencia que el visitante era algo ms que un
-mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos das, cuando la
-Tierra era relativamente nueva, se supona que deban venir a visitarla
-de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenan la
-costumbre de interesarse por las alegras y las penas de los hombres,
-las mujeres y los nios, medio en broma y medio en serio. Midas haba
-tropezado ya antes con seres de esa ndole, y no le disgustaba
-encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan
-amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable
-sospechar que vena a hacer dao. Era ms que probable que viniese a
-hacer un favor al rey Midas. Y qu favor podra ser, sino aumentar sus
-montones de tesoros!
-
-El desconocido mir por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa
-hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que all haba, se
-volvi hacia Midas.
-
---Eres un hombre rico, amigo Midas--observ--. Me parece que no habr en
-la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que t
-has conseguido amontonar en esta habitacin.
-
---He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondi Midas en
-tono descontento--. Pero, despus de todo, esto no es nada si se
-considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno
-vivir mil aos, tendra tiempo para llegar a ser rico de veras.
-
---Cmo!--exclam el desconocido--. Todava no ests satisfecho?
-
-Midas movi la cabeza.
-
---Y con qu te contentaras?--pregunt el forastero--. Slo por
-curiosidad me gustara saberlo.
-
-Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel
-desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor,
-haba venido all con poder y con intencin de satisfacer sus mayores
-deseos. Por consiguiente, haba llegado el feliz momento, y no tena ms
-que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se
-le ocurriese pedir. As es que pens, y pens, y pens, y amonton en su
-imaginacin montaa sobre montaa de oro, sin llegar a figurarse una lo
-bastante grande para satisfacerle por completo.
-
-Por ltimo, se le ocurri una idea luminosa. Pareca, en realidad, tan
-brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.
-
-Levantando la cabeza, mir al desconocido cara a cara.
-
---Ea, Midas--observ el visitante--, veo que por fin has pensado cosa
-que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.
-
---Slo esto--respondi Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto
-trabajo reunir mis tesoros y de ver que despus de tanto cansarme
-aumentan tan despacio. Deseo que todo lo que yo toque se convierta en
-oro!
-
-La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareci llenar la
-habitacin, como el sol que centellease en un sombro y hondo valle,
-donde las amarillas hojas del otoo (porque esto parecan los pedazos de
-oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.
-
---El Toque de Oro!--exclam--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres
-hombre de imaginacin. Pero, ests completamente seguro de que con eso
-te quedars satisfecho?
-
---Completamente!...--dijo Midas.
-
---Y que nunca te arrepentirs de poseer ese don?
-
---Por qu haba de arrepentirme?--pregunt Midas--. Es lo nico que
-pido para ser completamente feliz.
-
---Entonces, hgase como deseas--respondi el forastero, moviendo la mano
-en seal de despedida--. Maana, al salir el sol, te encontrars dotado
-con el Toque de Oro.
-
-El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente
-brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos
-de nuevo, no vi ms que el nico rayo de sol en el subterrneo, y
-alrededor suyo el centelleo del precioso metal que haba empleado toda
-la vida en reunir.
-
-La historia no dice si Midas durmi aquella noche como de costumbre.
-Dormido o despierto, su espritu estaba probablemente en el mismo
-estado que el de un nio a quien se ha prometido por la maana un
-juguete nuevo. Y apenas el da acababa de asomar por encima de los
-montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los
-brazos fuera de la cama, empez a tocar cuanto se encontraba a su
-alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le haba llegado el
-Toque de Oro, segn la promesa del desconocido. Para convencerse pas el
-dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros
-varios objetos; pero tuvo una triste desilusin al ver que continuaban
-siendo de la misma substancia que antes. Entonces temi que la visita
-del reluciente desconocido hubiese sido un sueo, o que, aunque hubiese
-venido de veras a visitarle, hubiese sido nicamente para burlarse de
-l. Qu cosa tan triste, si despus de tantas esperanzas el rey Midas
-hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por
-medios ordinarios, en lugar de crearlo con slo tocar!
-
-Mientras pensaba esto, an estaba la maana gris, con un solo rayo
-brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se
-volvi a echar en la cama, muy desconsolado por la cada de sus
-esperanzas, y se fu poniendo cada vez ms triste, hasta que el primer
-rayo de sol pas a travs de la ventana y vino a dorar el techo sobre su
-cabeza. Parecile a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se
-reflejaba de modo extrao sobre la colcha blanca de su cama. Mirando ms
-de cerca, cul no sera su asombro y su alegra al ver que el tejido de
-hilo se haba transformado en otro que pareca ser del oro ms puro y
-ms brillante! El Toque de Oro le haba llegado con el primer rayo de
-sol!
-
-Midas se incorpor en una especie de frenes gozoso, y ech a correr por
-la habitacin, tocando cuanto encontraba al paso. Toc uno de los
-barrotes de la cama, e inmediatamente se convirti en estriado lingote
-de oro. Descorri una cortina para ver mejor todas las maravillas que
-estaba realizando, y la borla se le convirti entre las manos en un
-montn de oro. Tom un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se
-convirti en el volumen ms ricamente encuadernado y dorado que se haya
-visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ay!, se
-convirtieron stas en un montn de delgadas placas de oro, en las cuales
-todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresur a
-vestirse, y se qued encantado al verse con magnfico traje de tela de
-oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un
-poco ms que de costumbre. Sac el pauelo que su hijita haba hecho a
-vainica para regalrselo. Tambin se hizo de oro, convirtindose las
-puntadas primorosas que haba hecho la nia con tanto cuidado, tambin
-en hilo de oro.
-
-A pesar de todo, esta ltima transformacin no dej satisfecho por
-completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se
-hubiese conservado siempre como cuando la nia se subi en sus rodillas,
-besndole para entregrselo.
-
-Pero no era cosa de afligirse por una pequeez. Midas sac sus lentes
-del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba.
-En aquellos tiempos an no se haban inventado los lentes para el comn
-de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si
-no, de dnde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, not
-que aunque los cristales eran excelentes, no vea nada a travs de
-ellos. Era la cosa ms natural del mundo, porque al tocarlos, los
-transparentes cristales se haban convertido en discos de amarillo
-metal, y por lo tanto eran intiles como lentes, aunque como oro
-valiesen bastante.
-
-Molestle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podra
-conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.
-
---Pero, despus de todo, importa poco--se dijo a s mismo con mucha
-filosofa--. No podemos tener un gran bien que no venga acompaado de
-algn ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de
-un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los mos me
-servirn para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina
-pronto ser una personita formal y podr leerme todos los libros que yo
-necesite.
-
-El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el
-palacio le pareca pequeo para contenerla. Por consiguiente, baj las
-escaleras y sonrea al observar cmo la balaustrada y el pasamanos se
-iban convirtiendo en oro bruido, segn los tocaba. Levant el picaporte
-de la puerta--era de bronce un momento antes, pero fu de oro en cuanto
-sus dedos le hubieron tocado--y sali al jardn. Encontr en l, como de
-costumbre, muchsimas rosas: unas completamente abiertas, otras en
-capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la maana. Su color
-delicado era una de las ms lindas cosas que se pudieran ver; tan
-amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecan aquellas
-flores.
-
-Pero Midas saba el modo de hacerlas mucho ms preciosas, segn su modo
-de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para
-conseguirlo se tom el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercit su
-Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los
-capullos, y hasta los gusanillos que haba en el corazn de algunas de
-ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena,
-llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la maana le haba
-despertado el apetito, se apresur a volver a palacio.
-
-En qu consista generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de
-Midas, es cosa que no s, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo.
-Supongo, sin embargo, que aquella maana el desayuno consista en
-panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos
-frescos, pasados por agua, y caf para el rey Midas, y un tazn de sopas
-de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un
-rey, y a m me parece que fuese ste o no fuese el que el rey Midas
-acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.
-
-Clavellina no haba llegado todava. Su padre mand que la llamasen, y
-sentndose a la mesa esper que la nia llegara para empezar a
-desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quera
-muy de veras a su hijita, y mucho ms aquella maana, que estaba tan
-contento por la buena suerte que haba cado sobre l. Pas un momento y
-la oy llegar; pero Clavellina vena llorando amargamente. Esta
-circunstancia le sorprendi mucho, porque era su hijita una de las
-nias ms alegres que se hayan visto nunca en un da de verano, y con
-las lgrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese
-podido llenar un dedal.
-
-Cuando Midas oy sus sollozos, decidi consolarla dndole una sorpresa
-agradable, e inclinndose sobre la mesa, toc el tazn de su hija (que
-era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambi en oro
-reluciente.
-
-Clavellina, muy desconsolada, abri la puerta y se present delante de
-su padre, limpindose las lgrimas con el delantal, y sollozando como si
-se le rompiese el corazn.
-
---Qu es eso, hija ma?--exclam Midas--. Qu te pasa, hoy que hace
-una maana tan hermosa?
-
-Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alarg una mano, en la
-cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.
-
---Muy bonita!--exclam su padre--. Qu hay en esa magnfica rosa que
-pueda hacerte llorar?
-
---Pap--respondi la chiquilla llorando a ms y mejor--, no es bonita:
-es la flor ms fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al
-jardn a cortar rosas para ti, porque s que te gustan, y que te gustan
-ms cuando te las corta tu hijita. Pero, a que no sabes lo que ha
-sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. Todas las rosas tan
-bonitas, que olan tan bien y tenan tantos colores, se han echado a
-perder! Se han puesto amarillas como sta, y no huelen a nada. Qu les
-habr pasado?
-
---Bueno, hijita, no llores por eso--dijo Midas, a quien le di vergenza
-confesar que l mismo haba producido el cambio que tanto afliga a la
-nia--. Sintate y toma tus sopas de leche. Ya vers qu fcil es
-cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de aos,
-por una vulgar, que se deshoja en un da.
-
---No quiero rosas como sta--dijo Clavellina tirndola
-despectivamente--. No huele a nada, y con estos ptalos tan duros me
-araa la nariz.
-
-La nia se sent a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por
-las rosas marchitas, que no repar en la transformacin maravillosa del
-tazn de China. Y ms vali as. Porque Clavellina estaba acostumbrada a
-divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los rboles tan
-extraos que estaban pintados en la superficie del tazn, y todos
-aquellos adornos haban desaparecido en el tono amarillo del metal.
-
-Midas, entretanto, se haba servido una taza de caf, y, naturalmente,
-la cafetera, que no s de qu metal era cuando la cogi, estaba
-convertida en oro cuando volvi a dejarla sobre la mesa. Pens un
-momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como
-las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empez a pensar en
-el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos
-sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecan sitios bastante
-seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de
-oro.
-
-Con estos pensamientos se llev a los labios una cucharada de caf, y al
-sorberla se qued atnito, al notar que en el instante en que sus labios
-tocaron el lquido se convirti en oro derretido, y un instante despus
-se solidific, formando un terrn dorado.
-
---Ah!--exclam Midas casi con horror.
-
---Qu te pasa, pap?--pregunt Clavellina mirndole, an con lgrimas
-en los ojos.
-
---Nada, nia, nada!--dijo Midas--. Toma la leche antes de que se enfre
-por completo.
-
-Se sirvi una de las truchas, y por va de experimento toc la cola con
-el dedo. Con gran espanto suyo vi que se converta de trucha
-admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen
-ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal
-verdad, y pareca que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero
-del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la
-cola eran delgadsimas placas de oro, y quedaban en l hasta las seales
-del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien
-frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podis
-figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor
-tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y
-valiosa imitacin.
-
---No comprendo--se dijo a s mismo--cmo voy a arreglrmelas para
-desayunar.
-
-Cogi uno de los panecillos calientes, y apenas lo parti cuando, con
-gran mortificacin suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de
-trigo ms blanca), mucho ms amarillo que si hubiese sido pan de maz. A
-decir verdad, si hubiese sido pan de maz, le hubiese gustado a Midas
-mucho ms que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron
-comprender, sin gnero de duda, que era de oro. Casi desesperado, se
-sirvi un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufri un cambio
-anlogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo
-pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la
-fbula tena costumbre de poner.
-
---Pues, seor, estoy divertido!--pens recostndose en el respaldo del
-silln y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus
-sopas de leche con gran satisfaccin--. Un desayuno tan rico sobre la
-mesa y no poder probar ni un bocado!
-
-Esperando que a fuerza de darse prisa podra evitar el grave
-inconveniente, el rey Midas se ech sobre una patata caliente e intent
-tragrsela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro
-era ms listo que l. Y se encontr con la boca llena, no por una patata
-harinosa, sino por un pedazo de metal slido, que le quem la lengua de
-un modo tan horroroso, que empez a dar alaridos y a saltar y patalear
-por todo el cuarto; tanto le quemaba y dola.
-
---Pap! Pap!--exclam Clavellina, que era una nia muy cariosa--.
-Qu te pasa, pap? Te has quemado la lengua?
-
---Ay, hija ma!--murmur Midas tristemente--. No s qu va a ser de tu
-pobre padre!
-
-Y, verdaderamente, habis odo caso ms lastimoso en toda vuestra vida?
-Aqu est literalmente el desayuno ms rico que pueda servirse en mesa
-de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador
-ms pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, est
-realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares
-valan en realidad tanto oro como pesaban. Y qu iba a hacer? Ya a la
-hora del desayuno; Midas tena muchsimo apetito. Iba a tener menos a
-la hora de comer? Y figuraos qu hambre de lobo tendra a la hora de la
-cena, que consistira, sin duda, en manjares tan indigestos como los que
-entonces tena delante. Cuntos das pensis que podra sobrevivir a un
-rgimen tan substancioso?
-
-Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que
-empez a poner en duda si, despus de todo, las riquezas eran lo nico
-deseable de este mundo o siquiera lo ms deseable de todo. Pero esto no
-fu ms que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el
-brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de
-Oro por consideracin tan mezquina como la de un desayuno. Qu precio
-por unos cuantos comestibles! Y adems, perder tantos millones! Es
-decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un
-panecillo caliente y una taza de caf!
-
---Sera demasiado caro!--pens Midas.
-
-Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situacin, que
-volvi a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindsima
-Clavellina no pudo soportarlo ms. Se qued an un momento sentada,
-mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento
-comprender qu le pasaba. Luego sinti un deseo suave y triste de
-consolarle, salt de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le
-rode las piernas con los brazos. El se inclin a dar un beso a la nia.
-Y entonces comprendi que el amor de su hija vala mil veces ms que
-todo lo que haba ganado con el Toque de Oro.
-
---Clavellina, hijita, preciosa ma!--exclam.
-
-Pero Clavellina no respondi.
-
-Ay, qu haba hecho! Cun fatal era el don que el desconocido le haba
-otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de
-su hija, se oper en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro,
-tan lleno de cario, se puso amarillento, y lgrimas amarillas tambin
-quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el
-mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e
-inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. Oh, terrible
-desdicha! Vctima de su insaciable deseo de riqueza, haba convertido a
-su propia hija en una estatua de oro...
-
-S: una estatua era ya aquella bellsima nia, y su ltima e
-interrogadora mirada de cario, de pena y de lstima, endurecida y como
-tallada en su rostro, era la cosa ms bonita y ms triste que ojos
-mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y
-peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un
-encantador hoyito que tena en la barba, y agraciaba delicadamente sus
-rasgos fisonmicos. Pero cuanto ms perfecto era el parecido, mayores
-eran la agona y desesperacin del rey Midas, contemplando aquella
-imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que
-Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:--Vales ms oro
-que pesas!--. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta,
-y el dolorido monarca comprenda, aunque demasiado tarde, cun
-infinitamente ms vale un corazn amante y compasivo, que le tenga a uno
-cario, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y
-la tierra.
-
-Sera historia demasiado triste contaros cmo Midas, ahora que ya tena
-todo lo que haba deseado, empez a retorcerse las manos y a maldecirse
-a s mismo. Y como no poda ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de
-ella, excepto cuando los tena fijos en la estatua, no poda creer que
-se haba convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, vea la preciosa
-figurita con una lgrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una
-mirada tan compasiva y tan cariosa, que pareca que la misma expresin
-tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde
-luego, no poda ser. As es que Midas volvi a retorcerse las manos y a
-desear ser el hombre ms pobre del mundo, si la prdida de todas sus
-riquezas pudiera volver al rostro de la nia el desvanecido color de
-rosa.
-
-Cuando estaba en lo ms tremendo de la desesperacin, de pronto vi a un
-desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclin la
-cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoci la misma figura que se
-le haba aparecido el da antes en el subterrneo y le haba otorgado la
-desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido an
-tena la misma sonrisa, que pareca derramar amarillo lustre sobre la
-habitacin y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los dems
-objetos que haban sido transformados por el tacto de Midas.
-
---Eh!, amigo Midas--dijo el desconocido--: qu tal te va con el Toque
-de Oro?
-
-Midas movi la cabeza.
-
---Soy muy desgraciado--dijo.
-
---Muy desgraciado, de veras?--exclam el desconocido--. Y cmo es eso?
-No he cumplido fielmente la promesa que te hice? No has tenido todo
-lo que deseaba tu corazn?
-
---El oro no es todo en este mundo--respondi Midas--, y he perdido lo
-que mi corazn realmente quera ms que nada.
-
---Ah! De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?--observ
-el desconocido--. A ver, a ver. Cul de estas dos cosas te parece que
-vale ms: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?
-
---Oh, bendita agua!--exclam Midas--. Ya nunca volvers a humedecer mi
-seca garganta!
-
---El Toque de Oro--continu el desconocido--o un pedazo de pan?
-
---Un pedazo de pan--respondi Midas--vale por todo el oro del mundo.
-
---El Toque de Oro--pregunt el desconocido--o tu hijita palpitante,
-viva, suave y cariosa como hace una hora?
-
---Oh! Mi hijita, mi hijita!--exclam el pobre Midas retorcindose las
-manos--. No hubiera dado yo el hoyito que tena en la barba por el
-poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!
-
---Eres ms cuerdo que eras, rey Midas--dijo el desconocido--. Ya veo que
-tu corazn no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si as
-fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero an pareces capaz de
-comprender que las cosas sencillas, las que estn al alcance de todo el
-mundo, valen mucho ms que las riquezas por las cuales tantos mortales
-se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: deseas verte libre del
-Toque de Oro?
-
---Le odio!--respondi Midas.
-
-Una mosca se le pos en la nariz, pero inmediatamente cay al suelo;
-tambin ella se haba convertido en oro. Midas se estremeci.
-
---Entonces--dijo el desconocido--, ve y bate en el ro que pasa por
-detrs de tu jardn. Toma un cntaro del agua misma y ve rociando con
-ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua
-substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares
-el dao que has causado con tu avaricia.
-
-El rey Midas se inclin profundamente, y cuando levant la cabeza, el
-reluciente desconocido ya no estaba all.
-
-Comprenderis fcilmente que Midas no perdi el tiempo, y fu a buscar
-un gran cntaro de barro; pero, ay de m!, en cuanto le toc dej de
-ser barro. Corri, sin embargo, hasta la orilla del ro. Segn iba
-corriendo a travs del huerto, que estaba plantado de grosellas y
-frambuesas, era maravilloso ver cmo el follaje se pona amarillo, como
-si hubiese pasado por all el otoo. Al llegar al ro se tir de cabeza,
-sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.--Puf, puf, puf!--resopl
-el rey Midas al sacar la cabeza del agua--. Est bien. ste es un bao
-refrescante, y supongo que me habr lavado por completo del Toque de
-Oro. Ahora, a llenar el cntaro.
-
-Al meter el cntaro en el agua alegrsele el corazn al verle
-convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cntaro de barro que
-fu antes de que le hubiese tocado l. Tambin notaba un cambio dentro
-de s mismo. Pareca que se le haba quitado del pecho un peso grande,
-duro y fro. Sin duda su corazn haba ido perdiendo poco a poco su
-humana substancia y transmutndose en metal insensible; pero ahora iba
-ablandndose en carne de nuevo. Viendo una violeta que creca a la
-orilla del ro, Midas la toc, y no caba en s de gozo al ver que la
-delicada flor conservaba su color caracterstico, en vez de tomar un
-brillante amarillo. La maldicin del Toque de Oro, por lo tanto, se
-haba apartado de l.
-
-El rey Midas se apresur a volver a palacio, y supongo que algunos
-criados no saban lo que les pasaba al ver a su real dueo llevando tan
-cuidadosamente un cntaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer
-todo el dao que haba causado su locura, era ms preciosa para Midas
-que pudiera haberlo sido un ocano de oro lquido. Lo primero que hizo,
-como apenas necesito deciros, fu echar agua a manos llenas sobre la
-dorada figura de su hija.
-
-Apenas cay el agua sobre ella, os hubieseis redo al ver cmo volvi el
-color de rosa a sus mejillas. Y cmo empez a estornudar y a sacudirse!
-Y qu asombrada se qued al encontrarse toda mojada y ver a su padre que
-segua echndole agua encima.
-
---Basta, pap; por favor, ya no ms!--exclam--. Mira lo que has hecho
-con mi vestido tan bonito. Y que le estreno hoy!
-
-Clavellina no saba que haba sido un rato estatua de oro; no poda
-acordarse de lo que haba sucedido desde el momento en que corri con
-los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.
-
-No crey ste necesario contar a su querida hija cun loco haba sido,
-pero se decidi a demostrar lo mucho ms cuerdo que ahora era. Para esto
-llev a Clavellina al jardn, donde ech el agua que quedaba sobre los
-rosales, y con tan buena suerte, que ms de cinco mil rosas recobraron
-su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras
-vivi conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una
-fu que las arenas del ro
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-brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tena
-ahora un reflejo dorado que nunca haba observado en l antes de que se
-hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en
-realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho ms bonito
-que antes.
-
-Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tena a los hijos de
-Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le
-gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento
-yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les deca que su
-cabello tambin tena un bonito reflejo de oro, que haban heredado de
-su madre.
-
---Y para deciros la verdad, queridos nios mos--comentaba el rey Midas,
-haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos--, desde aquella maana
-he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra
-madre.
-
---Ea, nios--pregunt Eustaquio, que era muy aficionado a saber la
-opinin definida de sus oyentes--, habis odo en toda vuestra vida
-cuento mejor que este del Toque de Oro?
-
---La historia del rey Midas--dijo la burlona Primavera--era famosa miles
-de aos antes de que el seor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y
-continuar sindolo despus que l lo abandone. Pero algunas personas
-tienen lo que pudiramos llamar toque de plomo, y convierten en
-pesado y seco todo lo que tocan sus manos.
-
---Eres una nia muy lista, para no haber cumplido an los quince--dijo
-Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crtica--. Pero bien
-convencida ests, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruido
-el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto ms brillante que
-nunca. Y la figura de Clavellina? No est maravillosamente dibujada? Y
-la moraleja, no es profunda, clara y bien trada? Qu decs, Amapola,
-Romero, Trbol, Margarita? Alguno de vosotros, despus de haber odo
-este cuento, desearais poseer la facultad de convertir las cosas en
-oro?
-
---A m me gustara--dijo Margarita, chiquilla de diez aos--tener el
-poder de convertirlo todo en oro con el dedo ndice de la mano derecha,
-pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a
-su estado primero, si el cambio no haba resultado a mi gusto. Ay, si
-lo tuviera, ya s lo que hara esta misma tarde!
-
---Qu haras?--dijo Eustaquio.
-
---Tocara--respondi Margarita--cada una de las hojas de estos rboles
-con el dedo ndice de la mano izquierda, y las pondra verdes otra vez;
-as es que volveramos a empezar el verano, sin tener que pasar por el
-feo invierno.
-
---Oh, Margarita!--exclam Eustaquio Bright--; ests en un error, y
-haras una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no hara ms que das
-de oro, como este de hoy, durante todo el ao. Las mejores ideas siempre
-se me ocurren un poco tarde. Por qu no os habr dicho cmo el viejo
-rey Midas vino a Amrica y cambi el sombro otoo que hay en otros
-pases en la deslumbrante belleza con que aqu se viste? Dor todas las
-hojas del gran libro de la Naturaleza.
-
---Primo Eustaquio--dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba
-haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeez
-de las hadas--, qu altura justa tena Clavellina, y cunto pesara
-despus de haberse convertido en oro?
-
---Era casi tan alta como t--replic Eustaquio--, y como el oro es muy
-pesado, pesara lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda
-con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro.
-Ojal Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la caada,
-subiendo a lo alto del pen, y echemos una mirada en derredor.
-
-As lo hicieron. El sol haba ya andado dos horas ms de la mitad de su
-camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiacin occidental,
-de modo que pareca estar lleno hasta el borde de luz suave que se
-desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un da
-tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de
-l: Nunca ha existido da semejante, aunque ayer tal vez fu, y maana
-ser, tan luminosamente radiante! Ah! Pero hay pocos de esos en el
-crculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos das de Octubre
-que cada uno de ellos parece ocupar muchsimo espacio, aunque el sol se
-levanta ms bien tarde en esta estacin del ao, y se va a la cama, como
-debieran irse los nios, a las tempranas seis de la tarde o un poco
-antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos das largos; pero
-parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y
-cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un
-inmenso brazado de vida desde por la maana.
-
---Venid, nios, venid!--exclam Eustaquio--. Ms nueces, ms nueces,
-ms nueces! Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las
-partir para vosotros y os contar magnificas historias!
-
-Y as se fueron, todos contentsimos, excepto el pequeo Romero, que,
-siento decroslo, se haba sentado sobre un erizo de castaa y se haba
-convertido en acerico de sus pinchos. Dios mo, qu incmodo deba ir
-el pobre!
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-EL PARASO DE LOS NIOS
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-EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD
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-Pasaron los das de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han
-pasado, y pas el obscuro Noviembre y la mayor parte del fro Diciembre
-tambin. Por fin lleg la alegre Navidad, y Eustaquio Bright lleg con
-ella, hacindola an ms alegre con su presencia. Y al da siguiente de
-haber llegado l, cay una gran nevada. Hasta entonces el invierno
-pareca haberse retrasado, y nos haba dado muchos das tibios, que eran
-como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se haba conservado verde
-en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes
-que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban
-pasar el viento fro. An no haca un par de semanas que los nios
-haban encontrado un amargn en flor, en la margen del Arroyo Umbro,
-precisamente a la salida de la caada.
-
-Pero ya no haba ni hierba ni flores. Qu nevada! Veinte millas de
-tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de
-Tanglewood y la alta montaa, si la vista alcanzase tan lejos, entre los
-remolinos de copos que blanqueaban toda la atmsfera. Pareca como si
-las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse
-unos a otros monstruosos puados de nieve. Tan espesos caan los copos,
-que hasta los rboles que estaban a mitad del camino, valle abajo,
-quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es
-verdad, los pequeos prisioneros de Tanglewood podan divisar el confuso
-contorno de la gran montaa y la lisa blancura del lago helado al pie de
-ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte ms
-cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la
-tormenta.
-
-Sin embargo, los nios se regocijaban con la nevada. Ya haban trabado
-conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caa ms
-espesa, y tirndosela unos a otros a puados, precisamente como ahora
-mismo nos figurbamos que hacan las montaas. Y ahora haban vuelto al
-espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran saln, y
-estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeos. El mayor de
-todos era un caballo de movimiento, que pareca un jaco de verdad, y
-haba una familia entera de muecas de madera, de cera, de cartn y de
-china, adems de unos cuantos bebs de trapo; y tarugos de construccin,
-innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y
-combas, y muchsimos ms objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar
-en una pgina. Pero los nios preferan la nevada a todos los juguetes.
-Prometa para maana tantas animadas diversiones, y para todo el resto
-del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el
-valle, las estatuas de nieve que haba que esculpir, las fortalezas de
-nieve que haba que edificar, y la batalla de bolas de nieve que haba
-que ganar.
-
-As los chiquillos bendecan la nevada, y se alegraban de ver que caa
-cada vez ms espesa, y miraban con esperanza el montn que se estaba
-formando en la avenida, y que ya era ms alto que el ms alto de ellos.
-
---Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!--exclamaron con el mayor
-entusiasmo--. Qu lstima que la casa sea demasiado alta y que no pueda
-cubrirla la nieve! La casita encarnada de all abajo va a quedar
-enterrada hasta el tejado.
-
---Pero, chiquillos locos, todava deseis ms nieve?--pregunt
-Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, haba
-entrado en el cuarto de juego--. Ya ha hecho bastante dao, echando a
-perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en
-todo el invierno. No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y
-hoy iba a ser el primer da que yo pasase patinando sobre l! No me
-compadeces, Primavera?
-
---Claro que s!--respondi Primavera, riendo--. Pero, para que te
-consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos
-contabas en el Prtico o en Arroyo Umbro. Puede que ahora que no tengo
-nada que hacer, me gusten ms que cuando haba nueces que buscar o buen
-tiempo que disfrutar.
-
-Inmediatamente, Margarita, Trbol, Amapola y todos los chiquillos que
-an estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio,
-pidindole con afn que contase un cuento. El estudiante bostez, se
-desperez, y despus, con gran admiracin de la gente menuda, di tres
-saltos hacia adelante y tres hacia atrs por encima del respaldo de una
-silla, con el fin, segn les explic, de poner en movimiento su
-inteligencia.
-
---Bueno, bueno, chiquillos--dijo despus de estos preliminares--, puesto
-que insists, y puesto que Primavera se empea, veremos si puedo
-complaceros. Y para que sepis qu das tan felices existieron antes de
-que estuviesen de moda las nevadas, os contar una historia del ms
-viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el pen
-nuevo de Capuchina. Entonces no exista en la Tierra ms que una
-estacin: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la
-infancia.
-
---Nunca he odo hablar de eso--dijo Primavera.
-
---Claro que no--respondi Eustaquio--. Ser un cuento que nadie ha
-soado antes que yo, un Paraso de los nios que se desvaneci por culpa
-de una chiquilla tan mala como Primavera.
-
-Y Eustaquio Bright se sent en la silla sobre la cual haba estado
-saltando, sent a Capuchina sobre sus rodillas, mand callar al
-auditorio, y empez el cuento sobre la nia mala, cuyo nombre era
-Pandora, y sobre su compaero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podis
-leerle palabra por palabra, porque empieza en la pgina siguiente.
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-EL PARASO DE LOS NIOS
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-Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia,
-hubo un nio, llamado Epimeteo, que no haba tenido ni padre ni madre, y
-para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un pas lejano una
-nia, tambin sin padre y sin madre, que viviese con l y fuese su
-compaera de juegos y su ayuda. Llambase la nia Pandora.
-
-Lo primero que vi Pandora, cuando entr en la casita donde viva
-Epimeteo, fu una caja grande. Y casi lo primero que le pregunt en
-cuanto pas el umbral, fu esto:
-
---Epimeteo, qu tienes guardado en esa caja?
-
---Querida Pandora--respondi Epimeteo--, es un secreto y debes tener la
-bondad de no preguntarme nada respecto de l. Han dejado aqu la caja
-para que est bien guardada, y yo mismo no s lo que tiene dentro.
-
---Pero, quin te la ha dado a guardar?--pregunt Pandora--. Y de dnde
-ha venido?
-
---Tambin eso es un secreto--respondi Epimeteo.
-
---Qu fastidio!--exclam Pandora haciendo una mueca--. Me gustara que
-la dichosa caja estuviese a cien leguas de aqu!
-
---No pienses ms en eso!--exclam Epimeteo--. Vamos fuera, a jugar con
-los dems nios.
-
-Hace miles de aos que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es
-muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era
-nio. No hacan falta padres ni madres para cuidar de las criaturas,
-porque no haba peligros ni males de ninguna clase, no haba ropa que
-coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre
-que un nio necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algn rbol. Y
-si miraba al rbol por la maana, vea en flor la comida que se le
-estaba preparando para la noche, y al anochecer vea el tierno capullo
-de su almuerzo del da siguiente. Era una vida muy agradable. No haba
-tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no haba ms que juegos y
-danzas, y dulces voces de nios que hablaban o cantaban como pjaros, o
-saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo da.
-
-Y lo mejor de todo es que los nios no disputaban, ni tomaban rabietas,
-ni se recordaba, desde que empez el tiempo, que ninguno se hubiese ido
-a un rincn refunfuando.
-
-Qu tiempo ms bueno para vivir en l! La verdad es que esos horribles
-y diminutos monstruos con alas que se llaman _Molestias_, y que ahora
-abundan tanto como los mosquitos, no se haban visto nunca en la tierra.
-Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un nio
-nunca, fuese la mortificacin de Pandora por no poder descubrir el
-secreto de la caja misteriosa.
-
-Esto fu en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada da
-se hizo ms y ms real, hasta que, pasado algn tiempo, la casita de
-Epimeteo fu menos alegre que la de los dems nios.
-
---De dnde puede haber venido esa caja?--deca a todas horas Pandora--.
-Y qu tendr dentro?
-
---Siempre hablando de la dichosa caja!--dijo, por fin, Epimeteo, porque
-haba llegado a cansarse de oir siempre lo mismo--. Me gustara, querida
-Pandora, que hablsemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos
-higos bien maduros, y a comrnoslos debajo de un rbol, porque ya es
-hora de merendar. Y tambin s dnde est una via que tiene las uvas
-ms dulces que has probado nunca.
-
---Siempre hablando de uvas y de higos!--dijo Pandora con malhumor.
-
---Bueno, entonces--dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio,
-como muchsimos nios de aquellos tiempos--, vamos a correr y a jugar
-con nuestros compaeros.
-
---Estoy cansada de tanto juego y no jugar ms--respondi Pandora--. No
-tengo humor para juegos. Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en
-ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.
-
---Ya te he dicho cincuenta veces que no lo s--respondi Epimeteo, ya un
-poco molesto--. Cmo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he
-visto?
-
---Puedes abrirla--dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo--, y as lo
-vemos.
-
---Pandora, en qu ests pensando?--exclam Epimeteo.
-
-Y su rostro expres tal horror ante la idea de abrir la caja que se le
-haba confiado con condicin de no abrirla nunca, que Pandora comprendi
-que ms vala no insistir. Pero no poda menos de seguir pensando en la
-caja y hablando de ella.
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---Por lo menos--dijo--, bien puedes decirme cmo ha venido aqu.
-
---La dej en la puerta--respondi Epimeteo--, un momento antes de que
-llegases t, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y
-cuando la dej en el suelo, apenas poda contener la risa. Estaba
-envuelto en una capa muy extraa, y llevaba un gorrito que pareca estar
-hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegu a creer que tena alas.
-
---Y qu bastn llevaba?--pregunt Pandora.
-
---El ms curioso que he visto en mi vida--exclam Epimeteo--. Era como
-dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien
-tallado, que al principio cre que las serpientes estaban vivas.
-
---Le conozco--respondi Pandora, quedndose pensativa--. Slo l tiene
-un bastn como ese: es Azogue, y l es quien me trajo aqu, como la
-caja! Sin duda la trajo para m, y probablemente contiene trajes
-bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos t y yo,
-o alguna golosina muy rica!
-
---Puede que s--respondi Epimeteo, dando media vuelta--; pero hasta que
-Azogue vuelva y nos lo diga, ni t ni yo levantaremos la tapa.
-
---Que chico ms estpido!--murmur Pandora cuando Epimeteo sali de la
-casita--. Me gustara que fuese un poco ms atrevido, que tuviese un
-poco ms de valor.
-
-Por primera vez desde que haba llegado Pandora, Epimeteo se march sin
-pedirle que le acompaase. Se fu solo, a coger higos y uvas, y a
-divertirse luego como pudo en compaa de los otros nios. Estaba harto
-de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazn que Azogue, o
-como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la
-casita de cualquier otro nio, donde Pandora nunca la hubiese visto. La
-caja, la caja, siempre la caja! Pareca como si la caja estuviese
-embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para
-contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella,
-y haciendo que Epimeteo tropezase tambin.
-
-S que era triste para el pobre nio tener una caja en los odos de la
-maana a la noche; sobre todo, porque como los nios en aquel tiempo no
-estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no saban cmo arreglarse
-para soportarlas. As es que una pequea les daba entonces mucho ms que
-hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.
-
-Cuando Epimeteo se march, Pandora se qued mirando la caja. La haba
-llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto haba dicho
-contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado
-perfectamente cualquier habitacin en que se hubiese colocado. Estaba
-hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y
-la superficie era tan brillante, que Pandora poda verse la cara en
-ella. Como la nia no tena otro espejo, no comprendo cmo no le gustaba
-ms, slo por ese motivo.
-
-Los ngulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de
-la tapa haba graciosas figuras de hombres y de mujeres y los nios ms
-lindos que se han visto jams, echados o jugando entre profusin de
-flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente
-representados y agrupados con tal armona, que flores, follaje y seres
-humanos parecan combinarse en una guirnalda de belleza nica. Pero aqu
-y all, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una dos veces,
-se le antoj que vea una cara no tan amable, y alguna otra desagradable
-del todo, que deslucan por completo la belleza del conjunto. Sin
-embargo, mirando ms de cerca, y tocando con la punta del dedo, no
-encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara
-verdaderamente bonita, le haba parecido fea.
-
-La ms bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve,
-en el centro de la tapa. No haba ms en toda ella; la madera bien
-pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de
-flores en la frente. Pandora haba mirado aquella cara muchsimas veces
-y se le antojaba que poda sonreir o ponerse seria, lo mismo que si
-estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenan una expresin viva y
-casi maliciosa, y pareca que en algunos momentos quisiera hablar, y
-como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.
-
-Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy
-parecido a esto:
-
---No temas, Pandora! Qu mal puede haber en que abras la caja? No
-hagas caso a ese infeliz Epimeteo! T sabes mucho ms que l y tienes
-cien veces ms talento que l. Abre la caja, y ya vers qu cosas ms
-bonitas encuentras dentro!
-
-La caja, he olvidado decroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni
-cosa parecida, sino con un nudo intrincadsimo de cuerda de oro. Pareca
-un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo ms ingeniosamente
-enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que pareca desafiar
-maliciosamente a que le desatasen a los dedos ms hbiles. Y cuanta ms
-dificultad pareca haber en l, ms tentacin le entraba a Pandora de
-examinarle, slo para ver cmo estaba hecho. Dos o tres veces ya se
-haba detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el ndice y el
-pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.
-
---Creo--se dijo a s misma--que empiezo a comprender cmo est hecho. Me
-parece que si lo deshago podr volverlo a hacer igual que estaba. En eso
-s que no habr mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurrira regaarme por
-eso. No quiero abrir la caja y no lo har nunca, si ese terco de chico
-no consiente, aunque desate el nudo.
-
-Ms hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en
-qu pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo
-asunto. Pero los nios llevaban tan buena vida antes de que las penas
-apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchsimo tiempo de
-sobra. No siempre podan estar jugando al escondite entre las zarzas
-floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos,
-o a otros juegos que ya se haban inventado cuando la madre Tierra
-estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el
-juego en realidad. No haba absolutamente nada que hacer. Barrer un poco
-y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que
-abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba
-hecho todo el trabajo del da de la pobre Pandora, y para todo el resto
-del tiempo all estaba la caja!
-
-Y despus de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no
-fuese para ella una bendicin. Porque le suministraba tal variedad de
-ideas en qu pensar y sobre qu hablar, en cuanto encontraba alguien que
-la escuchase! Cuando estaba de buen humor, poda divertirse admirando el
-brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y
-follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, poda
-darle un empujn o un puntapi. Y muchos recibi la caja (era una caja
-malvola, como hemos de ver, y bien los mereca). Pero, despus de todo,
-si no hubiese sido por ella, Pandora, que tena una inteligencia tan
-viva, no hubiese sabido en qu pasar el tiempo.
-
-Porque era, realmente, ocupacin sin fin calcular qu habra dentro de
-la caja. Qu podra ser? Figuraos, queridos nios, qu ocupado
-tendrais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy
-grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una
-porcin de cosas bonitas, que haban de daros como regalo el da de
-vuestro cumpleaos. Creis que hubieseis sido menos curiosos que
-Pandora? Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido
-siquiera una tentacin chiquitita de levantar la tapa? Ay, no, no! Qu
-cosa tan fea! Pero si pensabais que haba juguetes dentro, ya os
-hubiese costado trabajo perder la ocasin de echar una miradita. En
-realidad, no s si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque an no se
-haba empezado a hacer ninguno en aquellos das, en que el mundo mismo
-era un juguete grande para los nios que vivan en l. Pero Pandora
-estaba convencida de que en la caja haba algo muy bueno y muy bonito. Y
-por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estara
-cualquiera de las nias que me rodean. Y hasta puede que un poco ms,
-pero de eso no estoy completamente seguro.
-
-Aquel da de que estamos hablando, su curiosidad aument tanto, tanto,
-que por fin se acerc a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si
-poda. Ay, Pandora curiosa!
-
-Primero intent levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una
-nia como Pandora. Levant uno de los lados unas cuantas pulgadas del
-suelo, y la dej caer de nuevo: la caja di un buen golpe. Un momento
-despus se le figur que haba odo algo dentro de la caja. Acerc el
-odo lo ms que pudo, y escuch. S, s: dentro haba una especie de
-murmullo! Sera slo el ruido de los odos de Pandora o el latido de su
-corazn? La nia no pudo convencerse de si haba odo algo o no, pero su
-curiosidad era ms fuerte que nunca.
-
-Cuando volvi la cabeza, cay su vista sobre el nudo de cuerda de oro.
-
---Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo--pens--.
-Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos,
-quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.
-
-Tom el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo ms
-atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontr con que estaba
-empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana
-abierta, y con l las voces de los nios que jugaban lejos, y acaso
-entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. Qu
-hermoso da! No sera mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver
-a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compaeros, y jugar y ser
-feliz?
-
-Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio
-inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza
-ceida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja
-encantada, le pareci que le haca una mueca.
-
---Esta cara parece que me mira con malicia--pens Pandora--. Puede que
-se ra porque estoy haciendo una cosa mal hecha. Me dan unas ganas de
-echar a correr!...
-
-Pero precisamente entonces, por casualidad, di al nudo una vuelta, que
-produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desat sola, como
-por magia, y dej la caja sin cierre de ninguna clase.
-
---Qu cosa ms extraa!--dijo Pandora--. Qu va a decir Epimeteo? Y
-cmo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?
-
-Intent una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendi que no
-tena habilidad para tanto. Se haba desatado tan repentinamente, que no
-poda recordar cmo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y
-aspecto primitivos, pareca escaprsele por completo de la memoria. No
-poda hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo
-volviese.
-
---Pero--dijo Pandora--cuando se encuentre el nudo desatado, querr saber
-quin lo desat. Cmo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay
-dentro de la caja?
-
-Entonces, en su corazoncillo perverso naci la idea de que, puesto que
-de todos modos haban de sospechar que haba mirado dentro de la caja,
-ms vala mirar de verdad. Oh, loca y curiosa Pandora! Podas haber
-pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya
-habas hecho, y no en lo que tu compaero Epimeteo fuera a decir o a
-pensar. Y as hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada de la
-tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan
-persuasivo, y si no le hubiera parecido oir ms claro que nunca el
-murmullo de vocecitas dentro. No poda saber si era imaginacin o no,
-pero en sus odos haba como un pequeo tumulto de murmullos... Acaso
-era su curiosidad misma la que murmuraba:
-
---Djanos salir, querida Pandora...; por favor, djanos salir! Si
-vieras qu buenos compaeros vamos a ser para ti! Djanos salir y
-vers!
-
---Qu ser?--pens Pandora--. Habr algo vivo en la caja? Sea lo que
-quiera, estoy decidida a verlo! Slo una miradita, y luego vuelvo a
-cerrar la caja como antes! Qu mal puede haber en que mire un poquito?
-
-Pero ya es hora de que sepamos qu estaba haciendo Epimeteo.
-
-Aqulla era la primera vez, desde que haba llegado su compaera, que
-haba intentado divertirse sin que ella le acompaase. Pero nada le
-sala a su gusto, ni era tan feliz como los dems das.
-
-No poda encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le
-empalagaban. No haba regocijo en su corazn, ni su voz surga alegre
-como otras veces, al unirse a las de sus compaeros en sus bulliciosos
-juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los
-otros nios no podan comprender lo que le pasaba. Tampoco l lo
-comprenda del todo. Porque debis recordar que en el tiempo de que
-vamos hablando, todo el mundo tena la costumbre de ser constantemente
-feliz. El mundo an no haba aprendido a ser de otra manera. Ni un solo
-cuerpo haba estado enfermo, ni una sola alma haba estado triste, desde
-que aquellos nios fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y
-gozar de ella.
-
-Por fin, descubriendo que algo le suceda, fuese lo que fuese, dej de
-jugar, y le pareci lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba
-de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegra,
-cogi unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pens
-ponrsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas--rosas y azucenas y
-flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de
-fragancia--. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos
-de un nio. Los dedos de las nias, al menos a m me lo ha parecido
-siempre, tienen ms habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los
-nios de aquellos tiempos eran ms hbiles que los de los nuestros.
-
-Y aqu llega el momento de decir que una gran nube negra haca ya algn
-tiempo que andaba por el cielo, aunque todava no haba ocultado la luz
-del sol. Pero cuando Epimeteo entr en su casita, la nube intercept la
-luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.
-
-Entr Epimeteo despacito, porque quera, a ser posible, llegar sin que
-le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores,
-antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no haba
-necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y
-ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los
-de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese odo llegar.
-
-Estaba demasiado absorta en sus malos propsitos. En el momento en que
-Epimeteo entr en la casita, la chiquilla haba puesto la mano en la
-tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la mir. Si hubiese
-dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el
-misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.
-
-Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tena tambin su poquito de
-curiosidad por saber lo que haba dentro. Comprendiendo que Pandora
-estaba resuelta a descubrir el secreto, decidi que su compaera no
-haba de ser la nica en enterarse de l. Y si dentro de la caja haba
-algo bonito o que valiese la pena, tambin l quera tener su parte.
-As es que, despus de tantos prudentes consejos a Pandora para que
-demorase su curiosidad, Epimeteo se volvi casi tan insensato como ella,
-y casi tan culpable como su compaera. De modo que si echamos la culpa a
-Pandora de lo que sucedi, no debemos dejar de echrsela tambin a
-Epimeteo.
-
-Cuando Pandora levant la tapa, la casita se qued muy obscura y muy
-triste, porque la nube negra haba ocultado por completo el sol y
-pareca haberlo enterrado vivo. Desde haca un rato venan oyndose
-truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin
-oirlos, levant la tapa y mir al interior de la caja. Parecile que un
-enjambre de criaturitas aladas sala de ella volando, y en el mismo
-instante oy la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese
-algo.
-
---Ay, me han mordido!--exclam--, me han mordido! Pandora, Pandora,
-por qu has abierto esa caja maldita?
-
-Pandora dej caer la tapa, y volvindose rpidamente, mir a ver qu
-haba sucedido a Epimeteo. La tormenta haba obscurecido de tal modo la
-habitacin, que no poda ver bien dnde estaba. Pero oy un zumbido
-desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos
-gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le
-acostumbraron los ojos a la escasa luz, vi multitud de fesimas y
-diminutas formas con alas de murcilago, que parecan encolerizadsimas
-y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que
-haba picado a Epimeteo. No pas mucho tiempo sin que Pandora empezase a
-llorar con no menos dolor y susto que su compaero, y haciendo muchsimo
-ms ruido que l. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le
-haba posado en la frente, y no s hasta cundo la hubiese estado
-picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.
-
-Y ahora, si queris saber quines podan ser aquellos fesimos
-animalejos que se haban escapado de la caja, os dir que eran la
-familia entera de los _males del mundo_. Eran todas _las malas
-pasiones_. Eran las muchsimas especies de _cuidados_. Eran ms de
-ciento cincuenta _penas_ distintas; eran las _enfermedades_, en gran
-nmero, de miserables y dolorosas formas; eran muchas ms clases de
-_calamidades_ de las que yo puedo deciros.
-
-En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las
-almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les
-haba entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen
-cuidadosamente, para que los felices nios del mundo no sintiesen nunca
-la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo
-hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca;
-ninguna nia hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lgrima,
-desde aquella hora hasta este momento.
-
-Pero--y por esto podis comprender cmo una mala accin de un solo
-mortal es una calamidad para el mundo entero--, por haber Pandora
-levantado la tapa de la caja, y por no habrselo impedido Epimeteo,
-aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no
-tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como
-comprenderis, que los dos nios tuvieran encerrado el enjambre fesimo
-dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fu abrir
-de par en par las ventanas, a ver si podan librarse de ellos, y all
-salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a
-toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo
-ninguno de los nios volvi a sonreir. Y, lo que es ms extrao, todas
-aquellas flores llenas de roco de la tierra, ninguna de las cuales se
-haba marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a
-deshojarse, y ninguna dura ms de un da o dos. Los nios tambin, que
-parecan inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer
-da por da, y pronto se hicieron jvenes, y luego hombres y mujeres, y
-ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.
-
-Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron
-en su casita. Los dos haban sido picados dolorosamente y tenan
-bastante dolor, que les pareca ms intolerable porque era el primero
-que haban sentido desde que empez el mundo. Como no tenan costumbre
-alguna de sufrir, no podan comprender lo que el sufrimiento
-significaba. Adems, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada
-uno contra s mismo. Epimeteo se sent en un rincn de espaldas a
-Pandora, y Pandora se tir al suelo y apoy la cabeza en la caja fatal y
-abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a romprsele el corazn.
-
-De repente oy un ruidito suave dentro de la caja.
-
---Qu dir?--pregunt Pandora, levantando la cabeza.
-
-Pero Epimeteo no haba odo el ruido, o estaba de demasiado mal humor
-para darse por enterado: el caso es que no respondi.
-
---Qu poco amable eres!--dijo Pandora volviendo a sollozar--; ya no
-quieres hablarme.
-
-Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada
-golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.
-
-[imagen]
-
---Quin eres?--pregunt Pandora con un poco de su antigua curiosidad--.
-Quin eres t, que an ests dentro de esta maldita caja?
-
-Una vocecilla dulce respondi desde dentro:
-
---Levanta la tapa, y lo vers.
-
---No, no--respondi Pandora echndose a llorar de nuevo--. No quiero
-volver a levantar la tapa. Dentro de la caja ests, maligna criatura, y
-dentro te quedars. Bastantes de tus fesimos hermanos y hermanas andan
-ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti
-tambin te deje salir.
-
-Mir hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su
-prudencia. Pero el nio, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de
-tener prudencia.
-
---Ah!--dijo la dulce voz--, ms os valdra dejarme salir. No soy de
-esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran
-hermanos ni hermanas mos los que han salido, como veris si queris
-mirarme. Ven, ven, Pandora ma. Estoy segura de que me vas a dejar
-salir.
-
-Haba una especie de amable hechicera en el tono de la voz, que haca
-imposible negar nada de lo que pidiera. El corazn de Pandora se haba
-ido aliviando insensiblemente a cada palabra que sala de la caja.
-Tambin Epimeteo, aunque sin salir de su rincn, se haba vuelto un
-poco, y pareca estar de mejor humor que antes.
-
---Mi querido Epimeteo--exclam Pandora--, has odo esa vocecita?
-
---S la he odo, s--respondi Epimeteo con no muy buenos modos--. Qu
-tenemos con eso?
-
---Quieres que vuelva a levantar la tapa?--pregunt Pandora.
-
---Haz lo que te parezca--dijo Epimeteo--. Ya has hecho tanto dao, que
-puede que no importe que hagas un poco ms. Un mal, aadido al enjambre
-que has echado a volar por el mundo, no significa nada.
-
---Podas hablarme con mejores modos--murmur Pandora, limpindose los
-ojos.
-
---Ah, nio, nio!--exclam la voz dentro de la caja en tono medio
-serio, medio de burla--. De sobra sabes t que ests deseando verme.
-Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Djame
-que respire un poco el aire libre, y ya veris cmo las cosas no son tan
-tristes como os parecen.
-
---Epimeteo--exclam Pandora--, pase lo que pase, estoy decidida a abrir
-la caja.
-
---Y como me parece que la tapa pesa mucho--exclam Epimeteo corriendo
-por la habitacin--, te ayudar.
-
-As, de comn acuerdo, los dos nios levantaron de nuevo la tapa. Sali
-volando una radiante y sonriente mujercita, que revolote por toda la
-habitacin, arrojando luz por dondequiera que pasaba. No habis hecho
-bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso pareca el
-alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad
-triste de la habitacin. Vol hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo
-en el sitio en que el mal le haba picado, e inmediatamente ces el
-dolor. Luego bes a Pandora en la frente, y tambin cur el dao.
-
-Despus de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revolote
-juguetonamente sobre las cabezas de los dos nios, y los mir tan
-dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo
-haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huspeda se
-hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes
-con sus aguijones en la cola.
-
---Quin eres, hermosa criatura?--pregunt Pandora.
-
---Hay que llamarme Esperanza!--respondi la mujercita--. Y porque soy
-tan alegre y s dar tanto nimo, aunque soy tan pequea, me encerraron
-en la caja, para consolar al gnero humano de todo el enjambre de males
-que estaba destinado a caer sobre ellos. No temis! Ya veris cmo lo
-pasamos muy bien, a pesar de todos.
-
---Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris--exclam Pandora--.
-Qu bonitas son!
-
---S, son como el arco iris--dijo la Esperanza--, porque aunque soy
-alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lgrimas como de sonrisas.
-
---Y te quedars con nosotros?--pregunt Epimeteo--. Siempre y para
-siempre?
-
---Siempre que me necesitis, me tendris--dijo la Esperanza con su
-placentera sonrisa--, y me necesitaris mientras estis en el mundo.
-Prometo no abandonaros nunca. Vendrn tiempos y ocasiones, de cuando en
-cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra
-vez, y otra y otra, cuando menos lo pensis, veris el resplandor de mis
-alas en el techo de vuestra cabaa. S, hijos mos, y s que luego os
-van a dar una cosa muy buena y muy bonita.
-
---Oh, dinos qu es!--exclamaron los nios--, dinos qu es!
-
---No me preguntis--repuso la Esperanza, ponindose un dedo en los
-labios de rosa--. Pero no desesperis de alcanzarlo, aunque no os llegue
-mientras vivis en la tierra. Creed en mi promesa, porque es verdad!
-
---Te creemos!--exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.
-
-Y as lo hicieron. Y no slo ellos, sino todo el que ha vivido, ha
-credo en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de
-alegrarme (aunque desde luego fu cosa muy mal hecha), no puedo menos de
-alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la
-caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el
-mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie
-de duendes fesimos, y llevan en la cola los aguijones ms envenenados.
-Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarn mucho
-ms, segn vaya siendo ms viejo. Pero, y la luciente y amable figura
-de la Esperanza? Qu haramos en el mundo sin ella? La Esperanza
-espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el
-mundo en su aspecto mejor y ms brillante, la Esperanza nos dice que
-toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que
-hemos de encontrar despus.
-
---Primavera--pregunt Eustaquio, tirndole de una oreja--, te gusta mi
-pequea Pandora? No piensas que es tu vivo retrato? Pero t no hubieras
-vacilado tanto antes de abrir la caja.
-
---Bien castigada hubiese estado por mi maldad--replic la chiquilla
-agudamente--, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar
-la tapa, hubiese sido el seor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.
-
---Primo Eustaquio--dijo Amapola--, contena la caja todo el mal que ha
-sucedido en el mundo?
-
---Sin faltar una miga!--respondi Eustaquio--. Esta misma nevada, que
-ha echado a perder mi partida de patines, estaba all encerrada.
-
---Y qu tamao tena la caja?--pregunt Romero.
-
---Unos tres pies de largo--dijo Eustaquio--, dos de ancho y dos y medio
-de alto.
-
---Ah!--dijo el nio--, te ests burlando de m, primo Eustaquio! No
-hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la
-nevada, no es mal, que es diversin; de modo que no estaba en la caja,
-de seguro.
-
---Miren ustedes el chiquillo!--exclam Primavera con aire de
-superioridad--. Qu poco sabe de los males del mundo! Pobrecillo! Ya
-hablar de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!
-
-Y diciendo esto, empez a saltar a la comba.
-
-Entretanto el da iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tena aspecto
-tenebroso. Haba a lo lejos, en el crepsculo que se acercaba, como un
-rebao de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se haban
-borrado todos los caminos, y la nieve que se haba amontonado sobre los
-escalones del Prtico demostraba que nadie haba entrado ni salido
-durante muchas horas. Si un nio solo hubiese estado en la ventana
-mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media
-docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un
-Paraso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no
-sern capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, adems, aguijoneado
-por las circunstancias, invent varios juegos nuevos, que les
-conservaron llenos de alegra hasta la hora de irse a la cama, y
-sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del da siguiente.
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-LAS TRES MANZANAS DE ORO
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-AL AMOR DE LA LUMBRE
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-La nevada dur un da ms; qu fu de ella despus, no puedo
-figurrmelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareci por
-completo, y cuando sali el sol a la maana siguiente, brill sobre las
-montaas cubiertas de bosque con la mayor alegra del mundo. La escarcha
-haba cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi
-imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba
-el desayuno, la gente menuda de Tanglewood haba hecho agujeros en la
-escarcha con las uas, y haba conseguido ver con gran deleite que
-excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaa, o sobre
-los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una
-mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba
-blanco como una sbana. Qu precioso! Y para colmo de felicidad, haca
-un fro capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona
-tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que
-le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre ms
-vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.
-
-En cuanto desapareci el desayuno, toda la chiquillera, bien arropada
-en pieles y estambres, se desparram sobre la nieve. Vaya un da de
-diversin! Deslizronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas
-cien veces, y, para divertirse ms, haciendo volcar los trineos y dando
-volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las
-veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subi en el
-mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limn, y echaron a correr
-cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el
-trineo tropez con un tronco escondido bajo la nieve, y all cayeron en
-un solo montn los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al
-ms pequeo, que era Flor de Limn. Qu haba sido del pobre muchacho?
-Y mientras se lo estaban preguntando y buscndole, Flor de Limn sac la
-cabeza de entre un montn de nieve, con la cara colorada como si fuese
-una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del
-invierno. Haba que oirles reir a todos!
-
-Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocup a los nios
-en cavar para hacer una cueva en el montn de nieve ms alto que
-encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la
-chiquillera se meti en el hueco, se hundi el techo sobre sus cabezas,
-y les enterr vivos a todos. Un minuto despus todos sacaban las
-cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante apareca en medio y
-encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se haba
-enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo
-Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los
-nios le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal
-modo que tuvo que echar a correr. Huy, y lleg a los bosques, y desde
-all a la margen del Arroyo Umbro, donde pudo oir el rumor del
-arroyuelo que corra bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas
-le dejaban ver la luz del da. Haba tmpanos diamantinos, que
-rebrillaban en torno de sus pequeas cascadas. De all lleg corriendo a
-la orilla del lago, y se encontr con una llanura blanca e intacta, que
-iba desde sus pies al pie de la inmensa montaa. Y como ya casi se
-estaba poniendo el sol, Eustaquio pens que nunca haba visto
-espectculo ms hermoso. Se alegr de que los nios no estuviesen con
-l, porque su animacin y su actividad desaforada hubieran disipado su
-estado de nimo, elevado y grave; as es que slo hubiese estado alegre
-(como, en efecto, lo haba estado durante el da entero), pero no
-hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las
-montaas.
-
-Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvi a
-casa a cenar. Despus de la cena se encerr en el despacho, con el
-propsito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o
-versos de cualquier clase, en elogio de las nubes prpura y oro que
-haba visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado
-la primera rima, se abri la puerta, y Primavera y Margarita
-aparecieron.
-
---Marchaos, chiquillas! Ahora no puedo perder el tiempo con
-vosotros!--exclam el estudiante, mirndolas por encima del hombro con
-la pluma en la mano--. Qu mil diablos queris? Cre que estabais
-todos en la cama!
-
---yele, Margarita--dijo Primavera, hablando como si fuera una persona
-mayor--. Parece olvidar que yo ya tengo trece aos, y puedo irme a la
-cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar
-tus aires solemnes y venir con nosotros al saln. Los nios han hablado
-tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si
-puede hacernos algn dao oirlos.
-
---Bah, bah, Primavera!--exclam el estudiante, un poco molesto--. No me
-creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas
-mayores. Adems, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me d
-miedo su erudicin, porque no dudo que estar tan enmohecida como un
-cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutir la admirable tontera
-que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia
-cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros.
-Ningn hombre de cincuenta aos, que haya ledo los mitos clsicos en su
-juventud, puede comprender mi mrito como reinventor y mejorador de
-todos ellos.
-
---Puede que todo eso sea verdad--dijo Primavera--, pero no tienes ms
-remedio que venir. Mi padre no abrir su libro, ni mam el piano, hasta
-que nos hayas regalado con algunas de tus tonteras, como t mismo las
-llamas muy acertadamente. De modo que s bueno, y ven.
-
-Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchsimo de aprovechar
-la oportunidad de demostrar al seor Pringle qu excelente facultad
-posea para modernizar los mitos de los tiempos antiguos. Hasta que
-cumple los veinte aos, un joven debe sentir cierta timidez al ensear
-su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta
-tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondran
-en la ms alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de
-rogar demasiado, Eustaquio consinti en que Primavera y Margarita le
-arrastrasen al saln.
-
-Era una habitacin amplia y cmoda, con una ventana semicircular en uno
-de los extremos, en cuyo hueco haba una copia en mrmol del ngel y el
-Nio, de Greenough. A un lado de la chimenea haba muchos estantes con
-libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lmpara que
-colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacan la habitacin
-brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran silln, estaba
-sentado el seor Pringle. Era un caballero alto y simptico, con una
-gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no
-se atreva nunca a presentarse ante l sin detenerse un momento en la
-puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como
-Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio
-obligado a entrar con un aspecto bastante desaliado, como si se hubiese
-pasado el da rodando por un montn de nieve, lo cual era verdad.
-
-El seor Pringle se volvi hacia el estudiante con benevolencia, desde
-luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado
-que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban tambin sus
-pensamientos.
-
---Eustaquio--dijo el seor Pringle con una sonrisa--, me he enterado de
-que ests causando sensacin grandsima entre el pequeo pblico de
-Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera,
-como la llaman los pequeos, y los dems chiquillos, han elogiado de tal
-modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiramos oir una muestra de
-ellos. Y a m me agradar especialsimamente, porque parece que los
-cuentos son un intento de trasladar las fbulas de la antiguedad clsica
-al idioma del sentimiento y la fantasa modernos. Al menos, eso he
-sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta
-m de segunda mano.
-
---No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido,
-seor--observ el estudiante--, para fantasas de esta naturaleza.
-
---Es posible que no--replic el seor Pringle--. Sospecho, sin embargo,
-que el crtico ms til para un autor joven es precisamente aquel que
-menos hubiese querido elegir.
-
---Creo que la simpata debe tener algo de parte en la opinin de un
-crtico--murmur Eustaquio--. En fin, seor, si usted encuentra
-paciencia, yo encontrar historias que contar. Pero tenga usted la
-bondad de recordar que me dirijo a la imaginacin y a la simpata de los
-nios, no a la de usted.
-
-E inmediatamente el estudiante aprovech el primer tema que se le
-present. Sugirisele un plato de manzanas que alcanz a ver sobre la
-chimenea.
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-LAS TRES MANZANAS DE ORO
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-No habis odo nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el
-jardn de las Hesprides? Oh, aqullas s que eran manzanas! Si se
-encontraran iguales en los huertos de ahora, ya valdran dinero! Pero
-no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo rbol injerto en aquel
-frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.
-
-Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que
-el jardn de las Hesprides no haba sido invadido an por la mala
-hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber rboles verdaderos,
-cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos haban odo hablar de
-ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los nios
-solan escuchar, boquiabiertos, los cuentos del rbol de las manzanas
-de oro, y se proponan descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca
-de ese fruto iban los jvenes valerosos que deseaban realizar hazaas
-ms sealadas que sus compaeros. Muchos de ellos no volvieron jams, y
-ninguno trajo las manzanas. No es maravilla que les fuera imposible
-cogerlas! Decase que, bajo el rbol, haba un dragn de cien terribles
-cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras
-cincuenta dorman.
-
-Me parece a m que apenas si vala la pena de correr tanto peligro por
-una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas,
-sazonadas, ya sera otra cosa. Podra haber tenido entonces algn
-sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragn de las cien cabezas.
-
-Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jvenes, cuando
-se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardn de las
-Hesprides. Y una vez fu emprendida la aventura por un hroe que haba
-disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el
-tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia
-con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los
-hombros. Iba envuelto en la piel del len ms grande y ms fiero de
-aquellos bosques, que l mismo haba matado, y aunque en el fondo era
-bueno y generoso y noble, tena en su corazn mucho de la fiereza del
-len. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cul era el
-camino ms derecho para llegar al famoso jardn; pero nadie saba
-palabra de ello, y muchos se hubiesen redo de la pregunta, si el
-forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.
-
-As fu andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin
-lleg a la orilla de un ro, en donde unas cuantas jvenes hermossimas
-estaban tejiendo guirnaldas de flores.
-
---Lindas doncellas--pregunt el forastero--, podis decirme si ste es
-el camino derecho para ir al jardn de las Hesprides?
-
-Las jvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse
-con ellas unas a otras. Pareca como si en sus dedos hubiese algn poder
-mgico, porque al tocarlas se volvan las rosas ms frescas y se
-cuajaban de roco, se avivaban sus colores y exhalaban ms suave
-fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del
-forastero dejaron caer todas las flores en el csped, y se miraron unas
-a otras con asombro.
-
---El jardn de las Hesprides!--exclam una--. Creamos que, despus
-de tanta decepcin, se habran cansado los mortales de buscarle. Y dime,
-intrpido viajero, para qu deseas ir all?
-
---Cierto rey, primo mo--replic el viajero--, me ha mandado que le
-lleve tres de las manzanas de oro.
-
---Casi todos los jvenes que van en busca de esas manzanas--advirti
-otra de las damiselas--, desean adquirirlas para s mismos o para
-regalarlas a alguna hermosa doncella de quien estn enamorados. Tanto
-quieres t a ese rey, primo tuyo?
-
---Tal vez no--replic el forastero, suspirando--. Ha sido severo y cruel
-conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.
-
---Y no sabes--pregunt la que haba hablado primero--que un terrible
-dragn de cien cabezas est bajo el rbol de las manzanas de oro,
-guardndole?
-
---Bien sabido lo tengo--respondi el forastero--; pero desde la cuna ha
-sido mi ocupacin y casi mi entretenimiento el habrmelas con serpientes
-y dragones.
-
-Las jvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de len que llevaba,
-y tambin sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy
-bajito que el forastero pareca ser persona de quien razonablemente
-caba esperar que realizara hazaas muy fuera del alcance de los dems
-hombres.
-
-Pero, el dragn de las cien cabezas! Qu mortal, aunque tuviera cien
-vidas, podra abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante
-monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podan ver con
-tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan
-arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien
-voraces bocas del dragn.
-
---Vuelve atrs--exclamaron todas--, vuelve a tu casa! Tu madre, al
-verte sano y salvo, llorar lgrimas de alegra. Qu ms podra hacer
-si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No
-hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el
-dragn de las cien cabezas.
-
-El forastero pareci impacientarse con estas advertencias. Levant
-negligentemente su poderosa maza, y la dej caer sobre una roca que all
-cerca haba, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe
-indolente, la roca salt hecha toda pedazos. El dar aquella seal de
-fortaleza gigantesca no cost al extranjero ms esfuerzo que a una de
-las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.
-
---No creis--dijo mirndolas y sonrindo--que un golpe como ste
-habra aplastado una de las cien cabezas del dragn?
-
-Sentse despus sobre la hierba y les cont la historia de su vida, o
-por lo menos todo lo que de ella poda recordar desde el da en que tuvo
-por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en l,
-llegaron, arrastrndose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron
-sus horribles mandbulas para devorarlo; pero l, un beb de meses nada
-ms, agarr una de las fieras culebras en cada uno de sus puitos y las
-estrangul.
-
-Cuando era un chiquillo mat a un len enorme, casi tan grande como
-aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo
-primero que hizo despus fu luchar con una especie de monstruo fesimo,
-al cual llamaban hidra, y que tena nueve cabezas nada menos, y con
-dientes afiladsimos en todas ellas.
-
---Pero el dragn de las Hesprides, ya lo sabes--observ una de las
-doncellas--, tiene cien cabezas!
-
---Sin embargo--replic el forastero---, mejor hubiera querido pelear con
-dos dragones as, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba
-una cabeza, nacan otras dos en su lugar, y adems, entre las cabezas
-haba una a la que no era posible matar de ningn modo, sino
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-que segua mordiendo tan fieramente como antes, mucho despus de haber
-sido cortada. As es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran
-piedra, donde, sin duda, hoy mismo estar viva todava; pero el cuerpo
-de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volver a hacer dao a
-nadie.
-
-Las jvenes, calculando que la relacin iba a durar buen rato, haban
-dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera
-refrescar en los intervalos de su charla. Se complacan en animarle a
-tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se pona
-un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara
-de comer solo.
-
-El viajero pas a contar cmo haba dado caza a un velocsimo ciervo,
-corriendo detrs de l durante un ao entero, sin pararse ni a tomar
-aliento, y cmo le cogi al fin por los cuernos, llevndosele vivo a
-casa. Y cmo haba peleado con una casta de gentes rarsima, mitad
-caballos y mitad hombres, y los haba matado a todos, creyndolo su
-deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y adems
-de todo esto, se di mucho tono por haber limpiado un establo.
-
---Y a eso le llamas hazaa maravillosa?--pregunt, sonriendo, una de
-las doncellas--. Cualquier trabajador del campo lo hara.
-
---Si hubiera sido un establo ordinario--replic el forastero--, no lo
-habra mencionado; pero fu una tarea tan gigantesca, que habra
-consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrrseme felizmente la idea
-de meter un ro por la puerta, desvindole de su cauce. Eso realiz el
-trabajo en muy poco tiempo!
-
-Viendo con qu atencin le escuchaban sus hermosas oyentes, les cont
-luego que haba matado unas aves monstruosas y haba cogido vivo a un
-toro bravo y le haba soltado otra vez, y que haba domado muchsimos
-caballos muy salvajes, y vencido a Hiplita, la belicosa reina de las
-Amazonas. Refiri tambin que haba cogido el cinturn encantado que
-tena Hiplita, y se le haba regalado a la hija de su primo, el rey.
-
---Era el cinturn de Venus--pregunt la ms bonita de las doncellas--,
-que hace a las mujeres hermosas?
-
---No--respondi el forastero--. Haba sido en tiempos el tahal de
-Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.
-
---Un tahal viejo!--exclam la damisela, levantando la cabeza con
-desdn--. No dara un comino por tenerle!
-
---Haras muy bien--dijo el forastero.
-
-Siguiendo su maravilloso relato, enter a las doncellas de que la ms
-extraa de cuantas aventuras se le presentaron fu su pelea con Gerin,
-el hombre de seis piernas. Bien podis creer que sera una figura
-rarsima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve,
-supondra que tres buenos compaeros haban pasado marchando juntitos.
-Al oir sus pisadas a corta distancia, nada ms razonable que pensar que
-se acercaban varias personas. Y era solamente el extrao Gerin, que
-vena pisando con sus seis pies!
-
-Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sera un monstruo de
-aspecto sorprendente. Y, amiguitos, qu gasto de piel para botas!
-
-Cuando el forastero acab la narracin de sus aventuras, mir las
-atentas caras de las doncellas.
-
---Tal vez hayis odo hablar de m antes de ahora--dijo modestamente--.
-Me llamo Hrcules.
-
---Ya lo habamos sospechado--replicaron--, porque la noticia de tus
-hazaas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece
-extrao que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hesprides.
-Venid, hermanas, y coronemos de flores al hroe.
-
-Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus
-poderosos hombros, de manera que la piel de len qued casi enteramente
-cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su
-alrededor los ms brillantes, los ms delicados, los ms olorosos
-capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leoso
-material; pareca toda ella un enorme ramo de flores.
-
-Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando
-palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesa y formaban
-una composicin coral en honor del ilustre Hrcules.
-
-Y Hrcules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro
-hroe, al ver que aquellas hermosas jvenes ya haban odo hablar de los
-valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le haban costado
-llevar a cabo; pero no estaba an satisfecho. No poda creer que lo
-realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura
-temeraria o difcil por emprender.
-
---Queridas doncellas--dijo cuando se detuvieron para tomar aliento--,
-ahora que ya sabis mi nombre, no me diris cmo podr llegar al jardn
-de las Hesprides?
-
---Ah! Te vas tan pronto?--exclamaron--. T, que has hecho tantas
-maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, no puedes
-permitirte algn descanso a la orilla de este manso ro?
-
-Hrcules movi la cabeza.
-
---Tengo que irme ahora mismo--dijo.
-
---Entonces te daremos las seas lo mejor que podamos--replicaron las
-jvenes--. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y
-obligarle a informarte de dnde se encuentran las manzanas de oro.
-
---El Viejo!--o repiti Hrcules, rindose de ese nombre--. Y quin es
-el Viejo?
-
---Quin ha de ser? El Viejo del Mar!--contest una de las muchachas--.
-Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos
-ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color
-verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que
-hablar con ese Viejo del Mar. Siempre est cruzando mares. Sabe cuanto
-se refiere al jardn de las Hesprides, porque est en una isla que l
-acostumbra a visitar.
-
-Hrcules pregunt entonces dnde se podra encontrar ms fcilmente al
-Viejo, y cuando las jvenes le hubieron informado, les di las gracias
-por todas sus bondades--por el pan y las uvas que le dieron, las flores
-exquisitas con que le coronaron y los cnticos y danzas con que le
-haban honrado--, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se
-puso en marcha inmediatamente.
-
-Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llam una de las
-doncellas.
-
---Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!--le grit, sonriendo y
-levantando un dedo para dar ms fuerza a la recomendacin--, y no te
-asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujtale bien, y l te dir
-lo que deseas saber.
-
-Hrcules di las gracias de nuevo y sigui su camino, mientras volvan
-las jvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores.
-Siguieron hablando del hroe mucho despus de haberse alejado.
-
---Le hemos de coronar con nuestras ms hermosas
-guirnaldas--dijeron--cuando vuelva por aqu con las tres manzanas de
-oro, despus de haber matado al dragn de las cien cabezas.
-
-Mientras tanto, Hrcules caminaba avanzando siempre, salvando montes y
-valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al
-descargar el golpe haca astillas un poderoso roble. Tena la
-imaginacin tan llena de los gigantes y monstruos que haba estado
-combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento rbol por uno
-de ellos. Tan ansioso estaba Hrcules de dar cima a la empresa
-acometida, que senta casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas,
-malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre
-siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que
-ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos
-les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun
-arriesgar la vida.
-
-Las personas que pasaran por el bosque, no podran menos de asustarse al
-verle derribar los rboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba
-el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caan
-crujiendo y tronchndose.
-
-Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrs, no tard en
-oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad
-an ms, y pronto lleg a una playa en donde las olas, muy grandes, se
-deshacan sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca
-como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa haba un sitio
-agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un
-peasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella.
-Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trbol oloroso,
-cubra el estrecho espacio comprendido entre la base del peasco y el
-mar. Y qu pudo vislumbrar Hrcules all? Pues vi a un hombre viejo,
-profundamente dormido.
-
-Pero, era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera
-vista lo pareca; pero despus de un examen detenido, semejaba ms bien
-alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenan
-escama como la de los peces; tena las manos y los pies membranosos, a
-la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, ms pareca
-un puado de algas que una barba ordinaria. No habis visto nunca un
-leo que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto
-enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a
-tierra, parece haber surgido de los ms profundos senos del mar? Bueno;
-pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni ms ni menos que por
-un leo as. Pero Hrcules, en cuanto puso los ojos sobre aquella
-extraa figura, se convenci de que no poda ser ms que el Viejo, el
-que haba de indicarle su camino.
-
-S: era el mismsimo Viejo del Mar, de quien le haban hablado las
-hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena
-suerte de encontrarle dormido, Hrcules fu hacia l de puntillas y le
-cogi de un brazo y de una pierna.
-
---Dime--exclam antes de que el Viejo se despertase del todo--, por
-dnde se va al jardn de las Hesprides?
-
-Como os podis figurar fcilmente, el Viejo del Mar se despert
-asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hrcules
-en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareci que el Viejo se le
-deshaca entre los dedos, y en su lugar se encontr sujetando a un
-ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero sigui apretando.
-Entonces desapareci el ciervo, y en su lugar haba un ave marina que
-chillaba y aleteaba, mientras Hrcules le apretaba un ala y una pata.
-Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente despus haba un horroroso
-perro de tres cabezas, que gru y ladr a Hrcules, y mordi fieramente
-las manos con que le sujetaba. Pero Hrcules no le solt. Al minuto
-siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareci nada menos que
-Gerin, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapis a
-Hrcules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hrcules
-sigui sujetando fuerte. En seguida, no estaba all Gerin, sino una
-serpiente inmensa, como aquellas que Hrcules haba estrangulado en su
-niez, slo que cien veces ms grande; se retorci y se enlaz alrededor
-del cuello y del cuerpo del hroe, y sacudi su cola erguida y abri sus
-espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el
-espectculo era de lo ms terrible. Pero Hrcules no se desanim ni
-pizca, y estruj la grandsima sierpe con tanta fuerza, que la hizo
-silbar de dolor.
-
-Habis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se pareca
-muchsimo al mascarn de proa de un barco azotado por las olas, tena el
-poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sinti tan
-fuertemente cogido por Hrcules, tuvo la esperanza de producirle
-sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mgicas, que el hroe
-le dejara escapar. Si Hrcules hubiera aflojado un poco, el Viejo habra
-ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera
-molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo
-que noventa y nueve personas de cada ciento se habran asustado hasta
-perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habran
-echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas ms difciles en
-este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los
-imaginarios.
-
-Pero como Hrcules le sujetaba tan tercamente y no haca sino estrujarle
-ms a cada cambio de forma, hacindole, en realidad, no poco dao, acab
-por pensar que lo mejor sera reaparecer en su propia figura. Y as de
-nuevo se mostr aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en
-pies y manos y con una especie de mechn de algas en la barba.
-
---Haz el favor de decirme qu quieres de m--exclam el Viejo en cuanto
-pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea
-muy fatigosa--. Por qu me aprietas tan fuerte? Djame al momento, o me
-hars pensar que eres una persona sumamente incivil.
-
---Me llamo Hrcules--dijo con voz bronca el poderoso forastero--, y no
-te soltar si no me dices cul es el camino ms derecho para ir al
-jardn de las Hesprides!
-
-Cuando el Viejo oy quin era el que le haba cogido, comprendi al
-instante que sera preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened
-presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas
-partes, como toda la gente marina. Por de contado, haba odo hablar
-muchas veces de la fama de Hrcules, de las hazaas maravillosas que
-estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para
-llevar a trmino cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya ms
-esfuerzos por escapar, y dijo al hroe cmo poda encontrar el jardn de
-las Hesprides, y le advirti, adems, cules eran las muchas
-dificultades que habra de vencer antes de llegar a l.
-
---Tienes que ir por aqu, por all--dijo el Viejo del Mar despus de
-marcar los rumbos--, hasta que llegues a la vista de un gigante muy
-alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que
-est de humor, te dir exactamente dnde se encuentra el jardn de las
-Hesprides.
-
---Y si por casualidad el gigante no est de humor--observ Hrcules
-balanceando su maza en la punta de un dedo--, es muy posible que
-encuentre yo manera de convencerle.
-
-Dando las gracias al Viejo del Mar y pidindole perdn por haberle
-estrujado tan rudamente, emprendi de nuevo la marcha nuestro hroe. Le
-ocurrieron muchas y extraas aventuras, que valdran muy bien la pena de
-que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan
-detalladamente como merecen.
-
-En este viaje fu, si no me equivoco, donde encontr a aquel prodigioso
-gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada
-vez que tocaba la tierra se haca diez veces ms fuerte que antes de
-caer. Se llamaba Anteo. Fcilmente comprenderis que era cosa muy
-difcil pelear con l, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un
-golpe, se levantaba de nuevo ms fuerte, ms fiero, ms diestro para
-manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. As,
-cuanto ms fuerte golpeaba Hrcules al gigante con su maza, ms lejos
-pareca de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con
-personas as, pero nunca me he peleado con ninguna. El nico medio que
-encontr Hrcules para poner fin al combate fu el de levantar a Anteo,
-sostenindole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle
-y estrujarle hasta que le sac toda la resistencia del enorme cuerpo.
-
-Terminado este asunto, prosigui Hrcules su viaje y lleg a tierras de
-Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habran quitado la vida,
-de no haber matado al rey del pas, escapando de ese modo. Cruz luego
-los desiertos de frica, y marchando lo ms aprisa que pudo, lleg por
-fin a la orilla del gran Ocano. Y all, a menos que pudiera andar sobre
-las crestas de las olas, pareca que su viaje tena que darse por
-concludo.
-
-Nada haba delante de l, salvo el Ocano espumante, impetuoso, inmenso;
-pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vi a mucha distancia algo
-que no se vea un momento antes. Reluca con gran brillo, casi como el
-redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde
-del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel
-objeto maravilloso se haca ms grande y ms brillante. Al cabo se
-acerc tanto, que Hrcules reconoci que era una inmensa copa o un tazn
-enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cmo poda flotar sobre el
-mar, es cosa que yo no s explicaros; pero, de todos modos, all estaba
-balancendose sobre las olas tumultuosas, que lo mecan a un lado y a
-otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin
-hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.
-
---He visto muchos gigantes en mi vida--pens Hrcules--, pero ninguno
-que para beber necesitara copa como sta.
-
-Y, verdaderamente, vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande...
-tan grande... Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para
-compararla con algo, os dir que era diez veces mayor que una gran
-piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas
-embravecidas ms ligera que una cscara de nuez en las aguas de un
-arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que roz la orilla a
-corta distancia del sitio en donde estaba Hrcules.
-
-Tan pronto como sucedi esto, comprendi lo que haba de hacer: que no
-le haban ocurrido tantas aventuras notables para no aprender
-perfectsimamente cmo haba de conducirse cuando sucediera algo que se
-apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del da que aquella
-copa maravillosa haba sido enviada sobre las olas por algn poder
-oculto, y guiada hasta all a fin de llevar a Hrcules a travs del
-mar, siguiendo su ruta hacia el jardn de las Hesprides. En
-consecuencia, sin perder momento salt por encima del borde y se desliz
-hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de len, se dispuso a
-reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si haba descansado desde que
-se despidi de las jovencitas a la orilla del ro. Las olas se
-estrellaban, con agradable y metlico sonido, contra la superficie de la
-cncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el
-movimiento era tan suave, que Hrcules, blandamente mecido, cay pronto
-en un sueo delicioso.
-
-Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acert
-a tropezar contra una roca, y en consecuencia reson y repercuti, a
-travs de su substancia de oro o de bronce, cien veces ms fuerte que la
-mayor campana de iglesia que hayis podido oir. Al ruido despert
-Hrcules, que inmediatamente se levant y examin el lugar en que se
-hallaba. No tard mucho en reconocer que la copa haba flotado a travs
-de gran parte del mar, y estaba acercndose a la costa de lo que le
-pareci ser una isla. Y en aquella isla, qu pensaris que vi?
-
-No, no lograris jams adivinarlo, ni aun cuando lo intentis cincuenta
-mil veces. Creo positivamente que aqul fu el ms admirable
-espectculo de cuantos haba visto Hrcules en todo el curso de sus
-maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla ms grande que la
-hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban
-cortando; ms grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; ms
-grande que Anteo; ms grande que todo lo que haya podido ver nadie antes
-o despus de los das de Hrcules, y que cualquier cosa que haya an de
-ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. Era un gigante!
-
-Pero, qu gigante ms intolerablemente enorme! Un gigante alto como una
-montaa; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un
-cinturn y pendan de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por
-delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a
-Hrcules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo ms maravilloso de
-todo era que el gigante tena levantadas sus grandes manos, y pareca
-sostener el cielo, que segn pudo entrever Hrcules a travs de las
-nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para
-creerlo.
-
-Mientras tanto, la copa resplandeciente segua flotando y avanzando
-hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barri las nubes que
-ocultaban la cara del gigante, y Hrcules contempl sus enormes
-facciones: ojos que
-
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-
-parecan lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con
-su enormidad de tamao tena un terrible aspecto, pero desconsolado y
-fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a
-sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para
-el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar
-por ellos. Cuntas veces acometen los hombres ms de lo que permiten
-sus facultades, y encuentran su perdicin, como al pobre gigante le
-haba ocurrido!
-
-Pobre hombre! Evidentemente llevaba all una larga temporada. Una selva
-espesa haba crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de
-seis o siete siglos haban brotado y arraigado entre sus dedos.
-
-El gigante mir entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos
-enormes, y divisando a Hrcules, grit con voz que pareca un trueno
-salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:
-
---Quin anda ah entre mis pies? De dnde vienes en esa tacita?
-
---Soy Hrcules!--tron el hroe con voz tan fuerte o poco menos como la
-del gigante--. Voy en busca del jardn de las Hesprides.
-
---Oh! Oh!--rugi el gigante en un acceso de risa inmenso--. Si que es
-una aventura prudente.
-
---Y por qu no?--exclam Hrcules, un tanto enojado por la hilaridad
-del gigante--. Piensas que tengo miedo al dragn de las cien cabezas?
-
-Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras
-alrededor de la cintura del gigante y estall una tormenta de truenos y
-relmpagos, causando tal estrpito, que Hrcules no pudo entender ni
-palabra. nicamente se vean las piernas inmensas del gigante bajo la
-negrura de la tempestad, y de cuando en cuando apareca momentneamente
-su figura entera envuelta en la niebla. Pareca estar hablando la mayor
-parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confunda con
-el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las
-montaas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido
-gigante malgast intilmente cantidad incalculable de aliento, porque el
-trueno hablaba tan alto como l.
-
-Al fin ces la tempestad tan sbitamente como haba empezado. De nuevo
-pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sostenindolo, y la
-luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminndole y
-hacindole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya
-lejanas. Tan por encima del chaparrn haba quedado su cabeza, que ni un
-solo cabello se le haba mojado con la lluvia.
-
-Cuando el gigante pudo ver a Hrcules, en pie todava a la orilla del
-mar, le grit de nuevo:
-
---Yo soy Atlas, el gigante ms fuerte del mundo, y sostengo el cielo
-sobre mi cabeza.
-
---Ya lo veo--contest Hrcules--; pero, no puedes ensearme el camino
-del jardn de las Hesprides?
-
---Qu buscas all?--pregunt el gigante.
-
---Quiero tres manzanas de oro--grit Hrcules--para mi primo, el rey.
-
---Nadie ms que yo--afirm el gigante--puede ir al jardn de las
-Hesprides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito
-de sostener el cielo, dara media docena de zancadas a travs del mar y
-te las traera.
-
---Eres muy amable--replic Hrcules--. Y no puedes dejar el cielo
-apoyado sobre una montaa?
-
---No hay ninguna de bastante altura--dijo Atlas, moviendo la cabeza--;
-pero si fueras a ponerte en la cima de esa que est ms cerca, quedara
-tu cabeza casi a nivel con la ma. Pareces ser muchacho forzudo. Por
-qu no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por
-ti?
-
-Hrcules, segn recordaris, era un hombre notablemente vigoroso, y
-aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si
-algn mortal haba a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaa,
-era l. Sin embargo, tan difcil pareca aqullo, que vacil por vez
-primera en su vida.
-
---Pesa mucho el cielo?--pregunt.
-
---Bah! No gran cosa, al principio--respondi el gigante encogiendo los
-hombros--; pero al cabo de un millar de aos, se hace un poquito pesado.
-
---Y cunto tiempo tardars--pregunt el hroe--en traerme las manzanas
-de oro?
-
---Oh! Eso es cosa de un momento--exclam Atlas--; salvar doce o quince
-leguas de cada paso, e ir y volver antes de que empiecen a dolerte los
-hombros.
-
---Entonces, bueno--respondi Hrcules--. Subir a la montaa que hay
-detrs de ti y te librar de tu carga.
-
-La verdad es que Hrcules era muy compasivo de suyo, y consider que
-hara un gran favor al gigante proporcionndole aquella oportunidad de
-hacer una escapatoria. Adems, pens que si lograba sostener el cielo,
-alcanzara ms gloria que realizando hazaa tan corriente como vencer a
-un dragn de cien cabezas. En consecuencia, sin decir ms palabra,
-Hrcules levant el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las
-suyas.
-
-Cuando qued ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el
-gigante fu desperezarse, y os podis figurar qu prodigioso espectculo
-sera. Primero, con mucho cuidadito, sac un pie de la selva que haba
-crecido alrededor; luego, el otro. Despus, de pronto, comenz a brincar
-y a saltar y a bailar de alegra por verse libre. Se lanzaba al aire,
-nadie sabe hasta qu altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan
-grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Despus se ech a reir con
-tal estruendo, que su carcajada repercuti de montaa en montaa, cerca
-y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos
-regocijados. Cuando se calm un poco su alegra, ech a andar por el
-mar; diez leguas avanz del primer paso, llegndole el agua a media
-pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas,
-y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca
-de la cintura.
-
-Hrcules miraba cmo iba avanzando el gigante. Realmente, era
-maravilloso ver aquella inmensa forma humana a ms de treinta leguas,
-medio sumergida en el Ocano, pero con su mitad superior tan alta,
-brumosa y azulada como una montaa lejana. Al cabo, la forma gigantesca
-se perdi enteramente de vista, y entonces fu cuando se puso Hrcules a
-considerar qu hara en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o
-fuera muerto a dentelladas por el dragn de las cien cabezas que
-guardaba las manzanas de oro del jardn de las Hesprides. Si ocurra
-tal desgracia, cmo podra llegar a desembarazarse del cielo? Porque,
-entre parntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su
-cabeza y sus hombros.
-
---Compadezco al pobre gigante--pens Hrcules--. Si el cielo me pesa
-tanto en diez minutos, cunto no le habr pesado a l en mil aos!
-
-Oh, hijitos!... No tenis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan
-areo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta,
-adems, el viento impetuoso y las fras y hmedas nubes, y el sol
-abrasador, todo lo cual contribua a que Hrcules se encontrara
-incmodo. Comenz a temer que el gigante no volviera nunca. Mir
-atentamente el mundo que tena debajo, y reconoci que se era mucho ms
-feliz siendo pastor al pie de una montaa, que estando en su cumbre
-vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, segn
-comprenderis, desde luego tena Hrcules tan inmensa responsabilidad
-sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si
-no mantena perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmvil,
-podra ocurrir que el sol se desquiciase, o que, despus de anochecer,
-se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego
-sobre la cabeza de las gentes. Y qu vergenza para el hroe si, por no
-aguantar firme el peso, cruja el cielo y se rajaba de punta a punta!
-
-No s cunto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegra indecible,
-viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto
-lmite del mar. Cuando se acerc, alz Atlas la mano, y Hrcules pudo
-distinguir tres magnficas manzanas de oro, grandes como calabazas,
-pendientes todas de una rama.
-
---Me alegro de volverte a ver--grit Hrcules, cuando el gigante estuvo
-suficientemente cerca para oirle--. De modo que traes las manzanas de
-oro?
-
---Claro, claro--respondi Atlas--. Y qu hermosas son! He cogido las
-mejores que haba en el rbol; puedes creerme, s, y el dragn de las
-cien cabezas es cosa digna de verse. Despus de todo, mejor sera que
-hubieras ido t mismo a buscarlas.
-
---No importa--replic Hrcules--. Has hecho una excursin agradable y
-arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te
-doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir
-lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, est impaciente por
-recibir las manzanas de oro, tendrs la amabilidad de volver a coger el
-cielo y quitarle de encima de mis hombros?
-
---En eso--dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas
-de altura o cosa as, y cogindolas cuando caan--, en eso me parece, mi
-buen amigo, que eres poco razonable. No podra llevar yo las manzanas
-de oro al rey, tu primo, mucho ms de prisa que t? Ya que Su Majestad
-tiene tanto afn por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas ms
-largas que pueda. Y adems, que no tengo humor de cargar ahora mismo con
-el cielo otra vez.
-
-Al oir esto se impacient Hrcules, e hizo un gran movimiento de
-hombros. Era durante el crepsculo, y hubierais podido ver caer de su
-sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, mir hacia
-arriba asustado, pensando si el cielo se caera inmediatamente despus.
-
---Qu es eso?--grit el gigante Atlas riendo estrepitosamente--. En los
-ltimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando
-lleves ah tanto tiempo como he estado yo, aprenders a tener calma.
-
---Cmo!--grit Hrcules muy rabioso--. Te propones hacerme sostener
-esta carga toda la vida?
-
---Eso lo veremos un da de stos--respondi el gigante--. Y, en todo
-caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien aos o mil. Mucho
-ms tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo
-de mil aos me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a
-relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrs mejor ocasin de
-demostrarlo. La posteridad hablar de ti, te lo aseguro.
-
---Me importa un rbano que hable o no hable!--exclam Hrcules con otra
-sacudida de hombros--. Sostn el cielo un instante con la cabeza,
-quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de len, para apoyar
-el peso encima. Realmente me est despellejando, y me causara una
-molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aqu.
-
---Eso s lo har--dijo el gigante, que no quera mal a Hrcules, y si se
-portaba de tal manera lo haca slo por buscar, con demasiado egosmo,
-su propia conveniencia--. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco
-minutos justos; pero cinco minutos nada ms, acurdate bien. No tengo
-ganas de pasar otros mil aos como estos ltimos. La variedad es la sal
-de la vida.
-
-Ah, y qu torpe era aquel gigante! Ech a rodar las ureas manzanas, y
-recibi otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hrcules sobre
-las suyas, que eran las que deban sostenerle. Hrcules recogi las tres
-manzanas de oro, grandes como calabazas, o ms, y se fu derechito hacia
-su casa, sin prestar la ms pequea atencin a las desaforadas voces que
-le daba el gigante, gritndole que volviera. Alrededor de sus pies
-creci una nueva selva, y se hizo vieja all, y otra vez pudieron verse
-robles de cinco o seis siglos, que se haban hecho aosos entre sus
-enormes dedos.
-
-Y all est el gigante an, o por lo menos all hay una montaa tan alta
-como l y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima,
-podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a
-Hrcules.
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-AL AMOR DE LA LUMBRE
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-Primo Eustaquio--pregunt Trbol, que durante todo el cuento haba
-estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta--, qu
-altura exacta tena el gigante?
-
---Oh, Trbol, Trbol!--exclam el estudiante--. Te figuras que estaba
-yo all con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo,
-poco ms o menos, supongo que deba tener de tres a quince millas de
-alto.
-
---Dios mo--dijo el nio con un gruido de satisfaccin--, eso es ser
-gigante de veras! Y qu largo tena el dedo meique?
-
---Desde esta casa al lago--dijo Eustaquio.
-
---Eso es ser gigante de veras!--repiti Trbol, en xtasis ante la
-precisin de las medidas--. Y qu anchura tendran los hombros de
-Hrcules?
-
---Eso no lo he podido averiguar nunca--respondi el estudiante--. Pero
-me figuro que deban ser un poco ms anchos que los mos o que los de tu
-padre, y en general un poco ms que los de cualquier hombre de los de
-ahora.
-
---Quisiera--murmur Trbol, acercando sus labios al odo del
-estudiante--que me dijeras qu tamao tenan las encinas que brotaron
-entre los dedos del gigante.
-
---Eran ms grandes--dijo Eustaquio--que el castao que hay delante de la
-casa del capitn Smith.
-
---Eustaquio--observ el seor Pringle, despus de un momento de
-meditacin--, me es imposible expresar respecto de este cuento una
-opinin que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas
-a meterte con los mitos clsicos. Tu imaginacin es completamente
-gtica, e inevitablemente dar un carcter gtico a todo lo que toques.
-Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de
-mrmol. Ese gigante! Cmo te has atrevido a intercalar esa masa
-inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fbula
-griega, cuya tendencia es reducir a lmite hasta lo extravagante, a
-fuerza de dominadora elegancia?
-
---He descrito al gigante como me ha parecido--respondi Eustaquio un
-poco molesto--. Y si usted, seor, quiere tomarse el trabajo de poner
-su entendimiento en relacin con esas fbulas, como es de necesidad si
-ha de modelarlas usted de nuevo, ver usted, sin duda, que un griego
-antiguo no tena ms derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son
-propiedad comn del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas
-las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su
-plasticidad maravillosa. Por qu no han de ceder tambin entre las
-mas?
-
-El seor Pringle no pudo contener una sonrisa.
-
---Y adems--continu Eustaquio--, en el momento en que pone usted en un
-molde clsico algo que sea calor de corazn, pasin o afecto, moralidad
-divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo
-que fu antes. Mi opinin es que los griegos, al tomar posesin de estas
-leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas
-en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fra y sin corazn,
-han hecho a todos los siglos subsiguientes un dao irreparable.
-
---Que t, sin duda, has nacido para remediar--dijo el seor Pringle,
-echndose a reir--. Est bien; sigue, sigue, pero sigue tambin mi
-consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de
-mscara. Y para tu prximo esfuerzo, por qu no intentas renovar
-alguna de las leyendas de Apolo?
-
---Ah, seor mo! Me lo propone usted como si fuera un
-imposible--observ el estudiante despus de un momento de reflexin--. Y
-a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gtico parece un
-tanto descabellada; pero aprovechar la indicacin, y no desespero de
-hacer algo que valga la pena.
-
-Durante la discusin precedente, los nios, que no entendieron palabra
-de ella, se haban ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la
-cama. Se oan sus vocecillas soolientas, mientras iban subiendo la
-escalera, y un viento Noroeste ruga speramente entre las copas de los
-rboles y cantaba antfonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se
-volvi al despacho, y de nuevo intent forjar unos cuantos versos, pero
-se qued dormido entre dos rimas.
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-EL CNTARO MILAGROSO
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-EN LA VERTIENTE DE LA COLINA
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-Dnde y cmo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los nios? No
-ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de
-juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de
-una monstruosa colina o ms bien montaa, porque acaso montaa nos
-podamos atrever a llamarla. Haban subido de casa con el valeroso
-propsito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro
-que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos
-modos, era ms alta que miles de collados o que millones de toperas. Y
-medida en relacin de los pasos cortos de los nios pequeos, se la
-poda considerar como montaa verdaderamente respetable.
-
-Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros;
-porque, a no ser as, cmo iba el libro a adelantar un solo paso?
-Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tena prximante el mismo
-aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se
-le miraba muy de cerca, se poda advertir sobre el labio superior un
-asomo de bigote sumamente cmico. Dejando aparte esta seal de madura
-virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo
-como cuando le conocieron por vez primera. Segua tan alegre, tan
-divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y
-continuaba siendo el favorito de los pequeuelos, como lo haba sido
-siempre. Esta expedicin a la montaa era por completo idea suya. Y
-durante todo el camino cuesta arriba, haba ido animando a los mayores
-con su alegre voz; y cuando los pequeos se cansaban, los llevaba a
-cuestas por turno. De este modo haban pasado ya los huertos y los
-pastos de la parte baja de la colina, y haban llegado al bosque que
-trepa hacia la cumbre pelada.
-
-El mes de Mayo se haba portado esta vez mejor que de costumbre, y era
-el da ms agradable que pudiera desear un corazn de hombre o de nio.
-Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas,
-azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las hubiese tocado el
-mismo Midas. Las margaritas blancas cubran las praderas. En el linde
-del bosque haba columbinas rojo plido, tan modestas que a toda costa
-queran esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores
-blancas del fresal silvestre...
-
-Pero no malgastemos nuestras valiosas pginas en hablar tontamente de la
-primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, ms interesante de que
-tratar. Si miris al grupo de nios, veris que estn todos reunidos en
-torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un rbol cado,
-parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los ms
-jvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para
-medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha
-decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a
-que el grupo de mayores termine la ascensin y vuelva a buscarles. Y
-como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrs, les
-reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone
-contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y
-cambian sus miradas ofendidas en la ms radiante de las sonrisas.
-
-En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrs de unas matas, le
-pude oir, y os le contar en las pginas siguientes.
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-EL CNTARO MILAGROSO
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-Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
-tambin anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaa, disfrutando
-la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya haban cenado frugalmente, y
-queran pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de
-su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la
-pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color prpura.
-Pero del pueblo prximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y
-ladridos de perros, que cada vez iban siendo ms fuertes; tanto, que
-Filemn y Baucis apenas podan entenderse.
-
---Mujer--dijo Filemn--, temo que algn pobre viajero venga buscando
-hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y
-posada, hayan soltado contra l los perros, como acostumbran.
-
---S--respondi Baucis--. Ya podan nuestros vecinos tener un poco ms
-de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos
-sentimientos, animndoles a tirar piedras a los forasteros.
-
---Estos nios nunca harn nada bueno--dijo Filemn moviendo la cabeza ya
-blanca--. A decir verdad, esposa ma, no me sorprender que el da menos
-pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no
-se enmiendan. Pero t y yo, mientras la Providencia nos d un pedazo de
-pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que
-lo necesite.
-
---Es verdad--dijo Baucis--. As lo haremos.
-
-Estos dos viejos eran muy pobres y tenan que trabajar mucho para vivir.
-Filemn cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba
-siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con
-la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consista casi
-siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su
-colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las
-mejores del mundo, y con alegra se hubiesen quedado alguna vez sin
-comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche
-recin ordeada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase
-por su puerta. Les pareca que tales huspedes tenan una especie de
-santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a
-s mismos.
-
-La cabaa estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yaca
-en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos
-pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente haba sido el lecho de
-un lago. All haban vivido peces, y en las orillas haban crecido
-juncos, y los rboles y las colinas haban visto reflejada su imagen en
-el ancho y pacfico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los
-hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre l; de modo que a
-la sazn era un terreno frtil y no quedaban ms huellas del antiguo
-lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y
-surta de agua a los habitantes... Tanto tiempo haca que el valle era
-terreno seco, que haban nacido en l rboles, haban crecido robustos,
-se haban muerto de viejos y haban sido sustitudos por otros que ya
-eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle
-ms hermoso ni ms frtil. Slo la vista de la abundancia que les
-rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos,
-dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus
-semejantes.
-
-Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran
-dignos de vivir en lugar sobre el cual haba sonredo el cielo con tal
-benevolencia. Eran egostas y duros de corazn, no tenan lstima de los
-pobres ni simpata hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho
-que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los dems hombres,
-porque ese es el nico modo de pagar el amor que a todos nos tiene la
-Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costar creer lo que
-voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseaban a sus hijos a ser
-peores que ellos, y aplaudan para animarlos, viendo a los nios y a las
-nias correr detrs de algn forastero pobre, dando gritos y tirndole
-piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se
-atreva a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguan,
-ladrando y enseando los dientes. Luego, si podan, le mordan una
-pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el
-pueblo, cuando sala de l era una pura lstima. Cosa terrible para los
-pobres caminantes, como podris suponer, especialmente cuando acertaban
-a estar enfermos
-
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-o dbiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si saban ya de antes
-el modo de portarse que tenan aquellos nios y aquellos perros) eran
-capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.
-
-Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por all algn viajero
-que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas
-acompandole, no haba gentes ms amables y obsequiosas que los
-habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacan
-profundas reverencias. Y si los nios chillaban por costumbre, de seguro
-se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atreva a ladrar, su
-amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual
-hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se
-preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el
-bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en
-el prncipe.
-
-Ahora podis comprender por qu el anciano Filemn y su mujer, Baucis,
-hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les
-llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.
-
---Nunca he odo a los perros ladrar tan fuerte--observ el buen anciano.
-
---Ni a los chiquillos gritar tanto--respondi su mujer.
-
-Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez ms, hasta que al
-pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron
-a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguan de cerca,
-ladrando. Un poco detrs vena corriendo multitud de chiquillos que
-chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el
-ms joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvi y
-golpe a los perros con un bastn que llevaba en la mano. Su compaero,
-que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los
-chiquillos ni en los perros.
-
-Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y pareca que no tuviesen
-dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche.
-Por eso, sin duda, los del pueblo haban consentido a sus hijos y a sus
-perros que les tratasen tan mal.
-
---Vamos, mujer--dijo Filemn--, salgamos al encuentro de esas pobres
-gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aqu.
-
---Anda t--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro
-algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que
-les sentara admirablemente.
-
-Diciendo esto, entr en la casa. Filemn, por su parte, se adelant y
-alarg la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo
-que, sin embargo, dijo con el tono ms amable que podis figuraros.
-
---Bien venidos, seores forasteros, bien venidos!
-
---Gracias--respondi el ms joven con tono jovial, a pesar de su
-cansancio y su molestia--. ste es un recibimiento muy distinto del que
-hemos encontrado en el pueblo. Cmo vives en tan mala vecindad?
-
---Ah!--observ Filemn con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la
-Providencia me ha puesto aqu, entre otras razones, para que pueda
-desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.
-
---Bien dicho, viejo!--exclam el viajero echndose a reir--. Y a decir
-verdad, desagravios necesitamos mi compaero y yo. Esos chiquillos,
-grandsimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los
-perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa.
-Pero le he dado en el hocico con el bastn. Me figuro que le habris
-odo aullar desde aqu.
-
-Filemn se alegr al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese
-dicho, por su risueo aspecto y sus modales, que vena cansado por todo
-un largo da de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que
-encontr para fin de jornada. Iba vestido de modo ms bien extrao, y
-llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalan a los lados. Aunque
-era tarde de verano, llevaba capa y se envolva estrechamente en ella,
-acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemn
-le sorprendi tambin la forma extraa de sus zapatos; pero estaba
-anocheciendo, y como el anciano tena ya la vista cansada, no pudo darse
-cuenta exacta de en qu consista la rareza. Una cosa le intrigaba sobre
-todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que
-pareca como si los pies se le levantasen del suelo por s mismos y
-tuviese que sujetarlos a la fuerza.
-
---En mi juventud tena yo tambin los pies ligeros--dijo Filemn al
-caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche sola tenerlos un poco
-cansados.
-
---No hay nada como un buen bastn para aligerar el camino--respondi el
-forastero--, y el mo es excelente, como puedes ver.
-
-El bastn, en efecto, era el ms extrao que Filemn haba visto en su
-vida. Estaba hecho de madera de olivo y tena en el puo como un par de
-alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcan en derredor
-del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemn (cuyos
-ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron
-vivas.
-
---Curioso trabajo, en verdad--dijo--. Un bastn con alas! No hara mal
-caballito de palo para un nio.
-
-Filemn y sus huspedes haban ya llegado a la puerta de la casa.
-
---Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer,
-Baucis, ha ido a ver qu puede daros de comer. Somos pobres, pero
-vuestro es todo lo que haya en la alacena.
-
-El ms joven de los viajeros se tendi descuidadamente en el banco y
-dej caer el bastn. Y sucedi una cosa maravillosa. El bastn pareci
-levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de
-diminutas alas fu medio volando, medio saltando, a apoyarse en la
-pared. All se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcan. Esto vi
-Filemn; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacan ver visiones.
-
-Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de ms edad distrajo su
-atencin del bastn, dicindole:
-
---No haba aqu, en tiempos muy antiguos, un lago que cubra el lugar
-donde ahora est la aldea?
-
-La voz del forastero era extraordinariamente grave.
-
---No en mis das, amigo--respondi Filemn--, y eso que, como ves, soy
-ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas
-praderas, y los rboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del
-valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin
-duda todo estar lo mismo cuando el viejo Filemn est ya muerto y
-olvidado.
-
---Eso ya no se puede asegurar--observ el forastero, y en su voz haba
-severidad extraordinaria. Movi la cabeza, sacudiendo con el movimiento
-su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han
-olvidado los afectos y simpatas de su naturaleza, ms valdra que el
-lago cayese de nuevo sobre sus moradas.
-
-El viajero pareca tan serio, que Filemn casi se asust; tanto ms,
-cuanto que al fruncir l el ceo, el crepsculo pareci obscurecerse de
-pronto, y cuando movi la cabeza son un trueno en el aire.
-
-Pero, un momento despus, el rostro del viajero volvi a ser tan amable
-y bondadoso, que el anciano olvid su terror casi por completo. Sin
-embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser
-vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que
-Filemn le tomase por algn prncipe disfrazado o cosa por el estilo;
-ms bien crey que sera algn hombre muy sabio, que andaba por el mundo
-en tan pobre atavo despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y
-buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabidura. Esta
-idea pareca ms probable, porque cuando Filemn alz los ojos hasta el
-rostro del viajero, le pareci ver ms pensamiento en una sola mirada de
-las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada
-al estudio.
-
-Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron
-a charlar con Filemn muy amablemente. El ms joven era
-extraordinariamente locuaz, y haca observaciones tan agudas e
-ingeniosas, que el buen hombre no poda menos de echarse a reir, y
-pensaba que nunca haba tropezado con persona ms divertida.
-
---Amigo--le pregunt, cuando ya fu tomando ms confianza--, cmo te
-llamas?
-
---Soy bastante vivo, como ves--respondi el viajero--; as es que puedes
-llamarme Azogue; creo que el nombre no me estar mal.
-
---Azogue?--repiti Filemn, mirando cara a cara al viajero, por ver si
-se estaba burlando de l--. S que es nombre raro. Y tu compaero,
-tambin tiene uno por el estilo?
-
---Pregunta al trueno y te lo dir--respondi Mercurio misteriosamente--.
-No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.
-
-Esta observacin, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a
-Filemn, si al mirar al forastero de ms edad no hubiese reparado en la
-expresin extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la
-figura ms grandiosa que haba visto nunca.
-
-Cuando hablaba, lo haca con gravedad y de tal modo, que Filemn se
-senta irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tena en el
-corazn. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran
-con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo
-el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.
-
-Pero Filemn, hombre sencillo y bondadoso, no tena muchos secretos que
-descubrir. Habl, s, grrulamente, de los acontecimientos de su vida
-pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel
-lugar. Su mujer, Baucis, y l, haban vivido desde su juventud en
-aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres,
-pero siempre contentos. Dijo cun excelentes eran el queso y la manteca
-que haca Baucis, y cun sabrosas las verduras que cultivaba l en el
-huerto. Tambin dijo que por lo mucho que se queran, su nico deseo era
-que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como haban
-vivido. Cuando oy esto el forastero, una sonrisa ilumin su rostro, y
-su expresin se hizo tan suave como grandiosa.
-
---Eres un buen viejo--dijo a Filemn--y tienes una excelente mujer por
-compaera. Justo es que se logre vuestro deseo.
-
-Y parecile a Filemn, precisamente entonces, como si las nubes de la
-puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando
-en fugitiva llama todo el cielo.
-
-Baucis haba preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenz a
-disculparse por la pobreza de los manjares que poda ofrecer a sus
-huspedes.
-
---Si hubiramos sabido que venais--dijo--, mi marido y yo no hubisemos
-probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado
-casi toda la leche en hacer queso, y el ltimo pan casi nos le hemos
-comido. Ay de m: nunca siento ser pobre, ms que cuando un necesitado
-llama a mi puerta!
-
---Todo se arreglar; no te apures, mujer--repuso el forastero de ms
-edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace
-maravillas y es capaz de convertir los manjares ms humildes en nctar y
-ambrosa.
-
---Recibimiento cordial s le tendris--exclam Baucis--, y adems un
-poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de
-prpura.
-
---Pero, madre Baucis, eso es un festn!--exclam Azogue, rindose--.
-Un festn completo! Y ya vers qu bien represento yo mi papel de
-invitado. Creo que en mi vida he tenido ms hambre!
-
---Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. Si
-este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio
-cenar!
-
-Todos entraron en la cabaa.
-
-Y ahora, oyentes mos, queris que os cuente algo que os har abrir los
-ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas ms extraas de
-toda esta historia. Recordaris que el bastn de Mercurio se haba
-apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueo entr en
-ella, dejndole olvidado, qu hizo el bastn? Abrir inmediatamente las
-alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap
-iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se qued quieto hasta que
-lleg a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de
-Azogue. El anciano Filemn y su mujer estaban tan atareados atendiendo a
-sus huspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastn.
-
-Como Baucis haba dicho, la comida era escasa para dos caminantes
-hambrientos. En medio de la mesa haba un trozo de pan negro con un
-pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Haba un gran racimo
-de uvas para cada uno de los huspedes. Y un cantarillo de barro, casi
-lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo
-llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, slo
-quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. Ay, es triste cosa
-cuando un corazn generoso se encuentra apretado por la escasez! La
-pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de
-que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena
-ms abundante.
-
-Y ya que la cena era tan escasa, no poda menos de desear que hubiesen
-tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se
-bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.
-
---Un poco ms de leche, madre--dijo Azogue--. El da ha sido caluroso y
-estoy sediento.
-
---Ay de m!--respondi Baucis, confusa--. Me da tanta pena y tanta
-vergenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cntaro una sola
-gota. Ay, marido, marido!, por qu no nos habremos pasado sin cenar?
-
---Me parece--dijo Azogue, levantndose y cogiendo el cantarillo por el
-asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro
-hay ms leche en el cntaro.
-
-Diciendo esto, cul fu el asombro de Baucis, al ver que el viajero
-llen no slo su tazn, sino el de su compaero, con leche del cntaro
-que ella se figuraba estar casi vaco! La buena mujer apenas poda creer
-lo que estaba viendo. Seguramente haba echado en los tazones casi toda
-la leche, y haba visto la poca que en el fondo del cntaro quedaba,
-antes de volverle a dejar encima de la mesa.
-
---Como soy vieja--pens Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me
-habr equivocado. De todos modos, ahora s que no puede menos de estar
-vaco, despus de haber llenado dos veces los tazones.
-
---Qu leche tan rica!--observ Azogue, despus de sorberse el segundo
-tazn--. Perdn, excelente huspeda, si te pido un poquito ms.
-
-Baucis haba visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, haba
-vuelto el cntaro completamente boca abajo, echando hasta la ltima gota
-de leche al llenar el segundo tazn. Por lo tanto, no era posible que
-quedase ms. Y para hacrselo comprender as, levant el cntaro e hizo
-el movimiento de echar leche en el tazn de Azogue, sin la ms remota
-esperanza de que cayese nada. Cul fu, por lo tanto, su sorpresa,
-cuando cay en la taza tan abundante cascada, que el tazn se llen
-inmediatamente y la leche empez a correr por la mesa! Las dos
-serpientes, que estaban enroscadas en el bastn de Azogue, alargaron la
-cabeza y empezaron a lamer la leche que se haba vertido. Pero ni
-Filemn ni Baucis repararon en esta circunstancia.
-
-Y qu deliciosa fragancia tena! Pareca como si las vacas de Filemn
-hubiesen pastado aquel da la hierba ms rica del mundo. Cmo me
-alegrara si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazn de leche como
-aqulla, a la hora de cenar!
-
---Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco
-de miel.
-
-Baucis cort una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le
-comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de
-salir del horno. Probando una miga que se haba cado en la mesa, le
-pareci el pan ms delicioso que haba comido en su vida, y apenas poda
-creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, de qu
-otra hogaza poda ser?
-
-Y la miel! Ms vale que no intente describiros el color y el olor
-exquisito que tena: su color era el del oro ms puro y transparente, y
-ola a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningn jardn
-de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por
-encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, despus de revolotear
-sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se
-hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de
-Filemn. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el
-perfume de aqulla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso
-que, cerrando los ojos, instantneamente hubieseis olvidado el techo
-bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis credo estar bajo una glorieta
-de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos
-de pensar que all estaba pasando algo extraordinario. As es que,
-despus de servir a sus huspedes el pan y la miel, se sent al lado de
-Filemn, y le dijo en voz baja lo que haba visto.
-
---Has odo nunca cosa semejante?--le pregunt.
-
---No, nunca--respondi Filemn sonriendo--. Y creo ms bien, vieja de mi
-alma, que has estado soando despierta. Si hubiese yo servido la leche,
-hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cntaro
-un poco ms de la que t creas; eso es todo.
-
---Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero stas son gentes
-muy extraas.
-
---Bien, bien--respondi Filemn sin dejar de sonreir--, puede que lo
-sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en
-mejor posicin que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con
-tanto gusto.
-
-Cada uno de los huspedes haba cogido su racimo de uvas. Baucis, que se
-estaba restregando los ojos para ver ms claro, se figur que los
-racimos haban crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de
-estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para
-ella cmo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja
-que trepaba por las paredes de su casa.
-
---Admirables uvas!--observ Azogue, que las iba tragando una tras otra,
-sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. De dnde las coges,
-amable husped?
-
---De mi parra--respondi Filemn--. Desde aqu se pueden ver las ramas
-retorcindose detrs de la ventana; pero mi mujer y yo nunca cremos que
-fuesen muy buenas.
-
---Nunca las he comido mejores--respondi el husped--. Otra tacita de
-esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un
-prncipe.
-
-Esta vez fu Filemn el que se levant y cogi el cntaro, porque tena
-curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le haba
-contado. Bien saba que su buena mujer era incapaz de mentir, y que
-pocas veces se equivocaba en lo que supona ser verdad. Pero era tan
-peregrino el caso, que quera verlo con sus propios ojos. Al coger el
-cntaro, mir hacia dentro y se convenci de que apenas contena unas
-cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brot como una
-fuentecita blanca, que lo llen hasta la boca de leche espumosa y
-fragante. Suerte fu, y grande, que Filemn, en su sorpresa, no dejase
-caer el cntaro milagroso.
-
---Quines sois, maravillosos viajeros?--exclam mucho ms asombrado que
-lo haba estado su mujer.
-
---Tus huspedes, buen Filemn, y tus amigos--repuso el viajero de ms
-edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo pareca suave y
-melodiosa--. Dame a m tambin otra taza de leche, y as tu cntaro no
-se vace nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes
-necesitados.
-
-Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran
-sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un
-rato ms hablando con ellos, para expresar la admiracin que sentan y
-su alegra al ver que la cena, pobre y escasa, haba resultado mucho
-mejor y ms abundante de lo que crean. Pero el forastero de ms edad
-les haba inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle
-nada, y cuando Filemn llev a Azogue a un lado y le pregunt cmo era
-posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cntaro, el
-viajero seal su bastn.
-
---Ah est todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar t,
-me alegrar muchsimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo
-contarte todo lo que hace ese bastn; siempre me est dando bromas de
-stas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en
-semejantes tonteras, dira que est embrujado.
-
-No dijo ms; pero les mir de un modo tan extrao, que los viejos
-pensaron que estaba burlndose de ellos. El bastn mgico fu tras de su
-amo dando saltos, cuando Azogue sali de la habitacin. Cuando se
-quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos
-de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque haban dado
-su cama a los huspedes y no tenan otra ms que aquellas tablas, que
-ojal hubieran sido tan blandas como sus corazones.
-
-El anciano y su mujer se levantaron temprano por la maana, y los
-viajeros tambin se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su
-camino.
-
-Filemn, hospitalariamente, les pidi que se quedaran un poco ms,
-hasta que Baucis ordease la vaca y cociese un panecillo en el horno, y
-acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los
-viajeros queran andar buena parte del camino antes de que apretase
-demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente,
-pero pidieron a Filemn y a Baucis que les acompaasen un rato, para
-ensearles el camino que deban tomar.
-
-As salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos
-antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos
-tomaron confianza con el viajero de ms edad, y cmo sus almas honradas
-y sencillas se perdan en la suya como dos gotas de agua se perderan en
-el Ocano sin lmites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado,
-pareca descubrir hasta el ms pequeo pensamiento que apuntaba en sus
-mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces
-deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a
-cien leguas su bastn, que tena un aire tan endemoniadamente malicioso
-con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensndolo bien,
-Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen
-alegrado de tenerle en casa a l, a su bastn y a sus serpientes,
-mientras les durase la vida.
-
---Ay de m!--exclam Filemn cuando ya se hubieron alejado un poco de
-la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar
-hospitalidad a los forasteros, ataran sus perros y no volveran a
-consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.
-
---Es un pecado y una vergenza para ellos el portarse as--exclam con
-vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir
-cuatro verdades a esos desalmados.
-
---Temo--observ Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar
-en casa a ninguno de ellos.
-
-El entrecejo de su compaero adquiri precisamente entonces tan grave,
-austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que
-ni Filemn ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la
-cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.
-
---Cuando los hombres no quieren portarse con el ms humilde de los
-extraos como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan
-profundo que su voz sonaba como la msica de un rgano--, no son dignos
-de existir sobre la Tierra, que fu creada para morada de la gran
-hermandad humana.
-
---Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la
-mirada ms regocijada del mundo--, dnde est el pueblo de que vamos
-hablando? A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por
-ninguna parte.
-
-Filemn y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol
-el da antes, haban visto las praderas, las casas, los huertos, los
-macizos de rboles, la calle ancha, los nios jugando y todas las
-seales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, cul fu su asombro!
-No haba all ni asomo de aldea! Hasta el frtil valle, en cuyo hueco
-yaca, haba dejado de existir. En su lugar se vea la superficie amplia
-y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a
-orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila
-como si hubiese estado all desde el principio del mundo. Un instante,
-el lago permaneci completamente quieto. Luego una brisa pas sobre l e
-hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del
-sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.
-
-El lago pareca tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se
-quedaron asombrados, como si pensaran que haban estado soando con un
-pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas
-desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y
-comprendieron que no soaban. El pueblo haba estado all ayer, pero ya
-no estaba!
-
---Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. Qu ha sido de
-nuestros pobres vecinos?
-
---Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de ms edad con
-su voz profunda, y un trueno pareci hacerle eco en la lejana--. No
-haba en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni
-dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos
-bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen
-de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aqu hace siglos, se ha
-tendido de nuevo para reflejar el cielo.
-
---Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa
-sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que
-cambiar, porque ya eran un puado de pillos con escamas en el corazn y
-sangre completamente fra. De modo, madre Baucis, que si t o tu marido
-tenis capricho de comer una trucha a la parrilla, podis echar un
-anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.
-
---Ah!--exclam Baucis estremecindose--. Por todo el oro del mundo no
-pondra una sola en la sartn!
-
---No--aadi Filemn haciendo un gesto de desagrado--; no las podramos
-atravesar!
-
---En cuanto a ti, buen Filemn--continu el viajero de ms edad--, y t,
-amable Baucis, con vuestros escasos medios habis puesto tanta
-cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha
-convertido en inextinguible fuente de nctar, y el pan y la miel en
-ambrosa. As las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos
-manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habis hecho bien,
-queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que ms deseis conseguir, y
-est concedido.
-
-Filemn y Baucis se miraron, y luego no s cul de los dos habl; pero
-lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.
-
---Queremos vivir juntos hasta nuestro ltimo da, y salir de este mundo
-en el mismo instante, cuando muramos. Porque siempre nos hemos amado!
-
---As sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad
-vuestra casa.
-
-As lo hicieron; pero, cul fu su sorpresa al encontrarse con un gran
-edificio de mrmol blanco, con grandioso prtico, que ocupaba el sitio
-donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!
-
---Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benvolamente--.
-Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la
-pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.
-
-Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni l ni
-Azogue estaban all.
-
-As, Filemn y Baucis se instalaron en el palacio de mrmol, y pasaron
-das y das con gran satisfaccin en recibir y agasajar a cuantos
-viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el
-cntaro conserv su virtud maravillosa de no estar nunca vaco cuando
-haca falta que estuviese lleno. Siempre que un husped honrado, de buen
-genio y de buen corazn, beba un trago de aquel cntaro, comprenda que
-era el lquido ms agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero
-si un pillo de mal carcter, terco o malintencionado, acertaba a beber
-de l, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la
-leche estaba agria.
-
-As el matrimonio, ya tan viejo, vivi en su palacio y envejeci ms y
-ms. Por fin lleg una maana de verano, en que Filemn y Baucis no
-aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huspedes
-de la noche anterior al desayuno. Los huspedes los buscaron por todas
-partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero intilmente.
-
-Por fin, despus de mucha perplejidad, vieron frente al prtico dos
-venerables rboles, que nadie pudo recordar haber visto all el da
-antes. All estaban, con las races fuertemente hundidas en tierra, y
-anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio:
-uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extrao y hermoso el
-verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; as es que cada
-uno de los rboles pareca vivir en el seno de su compaero mucho ms
-que en el suyo propio.
-
-Mientras los huspedes se maravillaban viendo cmo aquellos rboles, que
-hubiesen necesitado casi un siglo para crecer as, podan haberse hecho
-tan altos y venerables en una sola noche, se levant un poco de viento y
-movi las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo
-murmullo, como si los dos misteriosos rboles estuviesen hablando.
-
---Yo soy el viejo Filemn--murmur el roble.
-
---Y yo Baucis--murmur el tilo.
-
-Y como el viento se hizo ms fuerte, los dos rboles hablaron a un
-tiempo--Filemn! Baucis! Baucis! Filemn!--, como si ambos fuesen
-uno solo y hablasen juntos desde lo ms hondo de su corazn. Fcil era
-de comprender que la anciana pareja haba renovado su vida e iba a pasar
-lo menos cien aos tranquilos y deleitosos: Filemn convertido en roble
-y Baucis en tilo. Oh, qu hospitalaria la sombra que daban! Siempre que
-un caminante se detena
-
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-
-bajo ella, oa un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se
-maravillaba al escuchar cmo el rumor aqul se pareca a un sonar de
-palabras que dijese:
-
---Bien venido, bien venido, viajero!
-
-Y algn alma buena, que saba lo que hubiese agradado a Filemn y a
-Baucis, construy un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho
-tiempo despus, los cansados, los hambrientos y los sedientos,
-acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cntaro
-milagroso.
-
---Ojal nosotros le tuviramos aqu ahora!
-
---Cunto caba el cntaro?--pregunt Trbol.
-
---Dos cuartillos escasos--respondi el estudiante--; pero podas estar
-sacando leche de l hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin
-cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese
-arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.
-
---Y dnde est ahora el cntaro?--pregunt el nio.
-
---Se rompi, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil
-aos--respondi el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible;
-pero aunque sigui sirviendo para contener leche, ya nunca volvi a
-llenarse solo. As es que no tena ya ms mrito que cualquier otro
-cntaro viejo y rajado.
-
---Qu lstima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.
-
-El respetable perro _Ben_ haba acompaado a los excursionistas, as
-como tambin un perrillo pequeo de Terranova, que responda al nombre
-de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de ms edad
-y el de costumbres ms circunspectas, el primo Eustaquio le rog
-respetuosamente que se quedase con los pequeos para guardarles de todo
-mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni ms ni menos que un
-chiquillo, el estudiante juzg ms prudente llevarle consigo, por temor
-a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a
-rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se
-estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el
-estudiante, con Primavera y dems nios grandes, empez a subir, y
-pronto se perdieron todos de vista entre los rboles.
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-LA QUIMERA
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-CUMBRE PELADA
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-Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright
-y sus compaeros. Los rboles no estaban an completamente cubiertos de
-hojas, pero tenan ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras
-el sol los inundaba de luz verde. Haba rocas cubiertas de musgo, medio
-escondidas entre las pardas hojas secas; haba troncos de rbol casi
-podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se haban
-derrumbado; haba arbustos secos, que haban sido arrancados de raz por
-los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero,
-aunque todas esas cosas parecan tan viejas, el aspecto del bosque era
-de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se
-encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dndose prisa a
-prepararse para el verano.
-
-Por fin la gente joven alcanz el lmite superior del bosque, y se
-encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No
-era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor
-dicho meseta, bastante ancha; en ella haba una casa y un cobertizo a
-cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces
-las nubes, de las cuales caa la lluvia o la nieve sobre el valle,
-estaban por debajo de aquella habitacin, sola y desamparada.
-
-En el punto ms alto de la colina haba un montn de piedras, en cuyo
-centro estaba clavado un gran mstil que sostena una banderita.
-Eustaquio condujo all a los nios, y les mand que mirasen en derredor
-y viesen cun gran espacio de hermoso mundo podan alcanzar con una
-ojeada. Y a medida que miraban, pareca que se les iban agrandando los
-ojos.
-
-Se vea, al Sur, la altsima montaa que formaba generalmente el centro
-del paisaje, pero que pareca haberse hundido, y ahora haba pasado a
-ser miembro de una gran familia de alturas. Detrs de ella, la sierra,
-que desde la casa pareca lejana y no muy alta, haba crecido y se haba
-elevado. El lindo lago se vea con todas sus pequeas ensenadas, y no
-estaba solo: que haba ms all otros tres que abran al sol sus ojos
-azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban
-desparramadas en la lejana. Haba tantas granjas, con sus fanegas de
-bosque, pastos y tierras de labranza, que los nios apenas podan hacer
-sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. All
-tambin estaba Tanglewood, que hasta entonces le haba parecido cosa tan
-importante en el mundo.
-
-Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscndole no le encontraban, y su
-vista iba mucho ms all de donde en realidad se encontraba.
-
-Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y
-movedizas sombras aqu y all sobre el paisaje. Pero a cada instante la
-luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la
-sombra se haba marchado a otra parte.
-
-Al Oeste haba otra serie de montaas azules.
-
---En aquella colina--dijo Eustaquio a los nios--haba un lugar, donde
-unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos,
-y donde un individuo holgazansimo, llamado Rip Van Winkle, se haba
-quedado dormido y se haba estado durmiendo veinte aos de un tirn.
-
-Los nios pidieron con afn a Eustaquio que les contase todo lo que
-supiera de casos tan maravillosos.
-
-Pero el estudiante replic que ese cuento ya estaba contado hace mucho
-tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo l, y que nadie en el
-mundo tena derecho a cambiar una sola palabra en l, hasta que se
-hubiese puesto tan viejo como La cabeza de la Gorgona, Las tres
-manzanas de oro y el resto de esas milagrosas leyendas.
-
---Pero, al menos, mientras estamos descansando aqu--dijo Margarita, y
-mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que t
-inventas.
-
---S, primo Eustaquio--exclam Primavera--: te aconsejo que nos cuentes
-aqu un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginacin
-se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaa te ponga
-potico siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraa y
-maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a
-creerlo todo.
-
---Sers capaz de creer--pregunt Eustaquio--que hubo una vez un caballo
-con alas?
-
---S--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que t no vas a conseguir
-cogerlo nunca.
-
---Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy
-difcil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por
-lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por
-lo menos, os contar un cuento que se refiere a l, y el lugar ms a
-propsito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.
-
-Y as, sentndose en el montn de piedras, mientras los nios se
-agrupaban a su alrededor, Eustaquio fij la vista en una blanca nube que
-iba flotando, y empez como sigue.
-
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-LA QUIMERA
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-
-Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas
-extraas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda
-recordar), haba en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que
-manaba en la falda de una montaa. Y segn me figuro, debe estar manando
-an, al cabo de tantos miles de aos, en el mismsimo sitio. Sea como
-sea, el caso es que all estaba la apacible fuente, derramando frescura
-por la montaa abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol,
-cuando lleg junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba
-en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de
-oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un
-nio, y tambin una jovencita que estaba llenando un cntaro, se detuvo
-y pregunt si poda refrescarse tomando un trago.
-
---Es un agua riqusima--dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su
-cntaro, despus de haber bebido en l--. Seras tan amable que me
-dijeras si tiene algn nombre esta fuente?
-
---S: la llaman la Fuente de Pirene--respondi la doncella, y aadi
-luego:--Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una
-mujer hermossima; mas cuando su hijo fu muerto por las flechas de
-Diana cazadora, se deshizo toda en lgrimas. De manera que el agua que
-has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazn de aquella
-pobre madre.
-
---Nunca hubiera soado--dijo el joven forastero--que tan clara fuente,
-con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lgrimas
-en su seno! Y sta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme
-dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este
-sitio.
-
-Un campesino de mediana edad (que haba llevado una vaca a beber de la
-fuente) mir fijamente al joven Belerofonte y a la magnfica brida que
-llevaba en la mano.
-
---Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu pas--observ--,
-si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, has
-perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es
-con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan
-hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin l.
-
---No he perdido ningn caballo--dijo Belerofonte, sonriendo--, pero voy
-buscando uno muy famoso, que segn me han informado los sabios, slo por
-aqu se puede encontrar. Sabis si Pegaso, el caballo con alas, sigue
-frecuentando la Fuente de Pirene, como sola en tiempos de vuestros
-antepasados?
-
-El campesino se ech a reir.
-
---Algunos de vosotros, amiguitos mos, habris odo, probablemente, que
-este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas
-plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cspide del monte
-Helicn. Jams guila alguna atraves las nubes tan veloz, tan impetuosa
-en su vuelo, como l por los aires. No haba nada igual en el mundo. No
-tena compaero; nunca haba sido montado ni guiado por un amo, y en
-muchos y dilatados aos vivi solo y feliz.
-
-Oh, qu hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como l lo
-haca, en la cima de una alta montaa, y pasando la mayor parte del da
-en el aire, Pegaso apenas pareca criatura de la tierra. Dondequiera que
-se le vea a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo
-de sus alas plateadas, hubierais pensado que perteneca al cielo, y que
-habiendo descendido demasiado bajo, se haba extraviado entre nuestras
-nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy
-bonito mirar cmo se hunda en el seno lanoso de una brillante nube,
-perdindose en ella por un momento y atravesndola para salir al otro
-lado. En medio de un sombro aguacero, cuando por todo el cielo haba un
-pavimento gris de nubes, suceda a veces que el caballo alado bajaba a
-plomo a travs de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores
-brillaba tras l. Verdad que un instante despus, tanto Pegaso como la
-gozosa luz haban desaparecido; pero el que haba tenido la fortuna de
-ver aquel maravilloso espectculo, estaba animado todo el da, y ms si
-duraba ms la tormenta.
-
-En verano, en lo ms hermoso de la estacin, sola Pegaso bajar a
-tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretena en galopar por
-valles y colinas con la rapidez del viento. Ms a menudo que en ningn
-otro sitio se le haba visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su
-agua deliciosa o revolcndose por la blanda hierba de la orilla. Tambin
-algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) paca unos
-cuantos brotes de trbol de los ms tiernos.
-
-Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivan,
-haban tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran
-jvenes y seguan creyendo en caballos con alas), llevados por la
-esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los ltimos aos
-se le haba visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya
-casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no haba
-contemplado nunca a Pegaso, ni crea en la existencia de semejante
-criatura. Y ocurri que el campesino a quien se dirigi Belerofonte era
-una de esas personas incrdulas.
-
-Y sta fu la razn de que se riese.
-
---Pegaso? S, s!--exclam, dilatando las narices todo lo que pueden
-dilatarse unas narices chatas--; s, s, Pegaso! Un caballo con alas,
-eh! Pero, amigo, ests en tus cabales? Para qu le serviran las alas
-a un caballo? Crees que tirara bien de un carro? A decir verdad,
-alguna economa podra hacerse en el gasto de herraduras; pero, cmo le
-haba de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la
-ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por
-encima de las nubes, cuando slo quisiera ir al molino? No, no; yo no
-creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridcula clase de caballos-pjaros.
-
---Yo tengo mis razones para pensar de otro modo--dijo Belerofonte con
-toda calma.
-
-Entonces se volvi hacia un viejo canoso que, apoyndose en una cayada,
-escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja,
-porque haca veinte aos que se haba quedado un poquito sordo.
-
---Qu dices t, venerable anciano?--le pregunt--. Me figuro que cuando
-eras ms joven habrs visto con frecuencia al caballo alado.
-
---Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria--dijo el viejo--. Si no
-recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que exista ese
-caballo, y lo mismo que yo lo crea todo el mundo; pero ahora casi no s
-qu creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna
-vez he visto a ese animal, har mucho, muchsimo tiempo. Y a decir
-verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo
-era muy joven, recuerdo haber visto un da muchas pisadas de caballo
-alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero tambin podan
-ser de cualquier otro caballo.
-
---Y t, hermosa joven, no le has visto nunca?--pregunt Belerofonte a
-la muchacha, que estaba parada con el cntaro sobre la cabeza mientras
-tenan esta conversacin--. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso
-eres t, porque tienes unos ojos muy vivos.
-
---Creo que le he visto una vez--replic la doncella, sonrindose y
-sonrojndose--. O era Pegaso o un pjaro blanco grandsimo, que iba muy
-alto por el aire. Y otra vez, cuando vena a la fuente con mi cntaro,
-o un relincho, pero qu relincho ms fuerte y melodioso! Con la
-delicia de aquel sonido me di un salto el corazn; pero me asust, sin
-embargo, y ech a correr a casa sin llenar el cntaro.
-
---Fu una lstima, verdaderamente!--dijo Belerofonte, y se volvi hacia
-el nio que mencion al principio del cuento, y que estaba mirndole
-fijo, fijo, como acostumbran los nios mirar a los forasteros, con su
-rosada boquita abierta de par en par.
-
---Eh, amiguito!--exclam Belerofonte, tirndole cariosamente de uno de
-los rizos--. Supongo que t habrs visto a menudo el caballo con alas.
-
---S que le he visto--respondi el nio vivamente--. Le vi ayer, y
-muchas veces antes.
-
---Eres un hombre!--dijo Belerofonte atrayendo al nio hacia s--. Ven,
-y cuntame todo lo que sepas.
-
---Pues, nada--replic el nio--. Yo vengo aqu a menudo para echar
-barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces,
-cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo
-del cielo que all se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar
-en l y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le
-molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdindose de vista.
-
-Y Belerofonte tuvo ms fe en el nio que haba visto la imagen de Pegaso
-en el agua, y en la joven que le haba odo relinchar tan
-melodiosamente, que en el patn de mediana edad, que slo crea en los
-caballos de carro, o que en el viejo, que haba olvidado ya las bellas
-cosas de su juventud.
-
-Por eso fu muchos das a la Fuente de Pirene, y observando
-continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a
-la superficie del agua, no perda la esperanza de ver la imagen
-reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad.
-Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus
-piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivan all
-cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se rean a menudo del
-pobre Belerofonte, y algunas veces le zaheran con dureza. Le decan
-que un hombre robusto como l deba hacer algo ms til que perder el
-tiempo en tan ocioso empeo. Le ofrecan venderle un caballo, si lo
-necesitaba, y como Belerofonte se neg a la compra, quisieron comprarle
-a l la hermosa brida.
-
-Hasta los nios la tomaron con l, y acostumbraban a jugar all cerca,
-sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oa y les
-vea. Un chiquillo de aqullos haca de Pegaso, por ejemplo, y daba los
-saltos ms extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno
-de sus compaeros iba tras l, llevando en la mano un par de juncos, que
-representaban la brida lujossima de Belerofonte. Pero el nio bondadoso
-que haba visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven
-forastero ms de lo que todos los chiquillos malos podan atormentarle.
-Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y
-sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con
-fe tan inocente, que Belerofonte no poda menos de sentirse animado.
-
-Ahora querris, probablemente, que os diga por qu se haba puesto
-Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontrar mejor oportunidad
-para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.
-
-Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte,
-resultara un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible
-monstruo, llamado la Quimera, haba aparecido en cierto pas de Asia, y
-estaba haciendo ms dao del que se puede decir de aqu a maana. Esta
-Quimera era una de las ms horribles y ponzoosas criaturas, la ms rara
-e inexplicable y la ms difcil de combatir y de escapar de ella, que
-jams sali de las entraas de la Tierra. Tena la cola como una
-serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tena tres cabezas distintas,
-una de las cuales era de len, la segunda de cabra y la tercera de
-serpiente, abominablemente grande. Y qu chorro de fuego sala
-flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre,
-dudo si tendra alas; pero, tuviralas o no, el caso es que corra como
-una cabra y un len, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una
-cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.
-
-Oh! Cunto, cunto dao haca esa maligna criatura! Con su aliento de
-llamas poda incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un
-pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes
-extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las
-personas y los animales vivos, cocindolos despus en el ardiente horno
-de su estmago. Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos
-jams con un monstruo semejante!
-
-Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamrsele) estaba
-haciendo todas estas cosas terribles, lleg Belerofonte a aquella parte
-del mundo para visitar al rey. ste se llamaba Iobates, y el pas que
-rega era Licia. Belerofonte era uno de los jvenes ms valientes del
-mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algn hecho valeroso y
-benfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos
-tiempos, un joven que deseara distinguirse no tena ms camino que el de
-librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con
-malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no
-poda encontrar cosa ms peligrosa con que habrselas. El rey Iobates,
-conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear
-con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto,
-llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no
-vacil un instante, y asegur al rey que matara a la temida Quimera o
-perecera en la demanda.
-
-Reflexion, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente
-veloz, no podra nunca vencerle si luchaba con l a pie. Lo prudente
-sera, por tanto, adquirir el mejor y ms rpido caballo que pudiera
-encontrarse. Y qu otro haba en el mundo que fuera ni la mitad de
-rpido que Pegaso, el caballo maravilloso que tena alas y piernas y se
-mova en el aire con ms facilidad an que sobre la tierra? Cierto que
-muchsima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y
-deca que slo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por
-maravilloso que pareciese, Belerofonte crea que Pegaso era un caballo
-autntico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez
-montado sobre sus lomos, estara en condiciones de pelear ventajosamente
-con la Quimera.
-
-Y ste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en
-la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con
-slo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo
-alado se mostrara sumiso, reconocera por amo a Belerofonte, y volara
-hacia donde ste quisiera volver la rienda.
-
-Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con
-la esperanza de que Pegaso ira a beber a la Fuente de Pirene, fatig
-extraordinariamente a Belerofonte y le llen de ansiedad. Tema que el
-rey Iobates se figurase que haba hudo de la Quimera. Le causaba dolor
-tambin el pensar cunto dao estara haciendo el monstruo, mientras que
-l, en lugar de combatirle, se vea obligado a sentarse ocioso, mirando
-cmo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso haba ido por
-all tan de tarde en tarde aquellos aos ltimos, y apenas si bajaba una
-vez durante la vida de un hombre, tema Belerofonte hacerse viejo y
-perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazn, antes de que
-apareciese el caballo con alas. Oh! Cun pesadamente pasa el tiempo
-cuando un joven arrojado ansa tomar parte en la vida y cortar la
-cosecha de su fama! Qu difcil es esperar! Nuestra vida es corta, y
-qu parte ms grande de ella se pierde en aprender esta verdad!
-
-Suerte fu para Belerofonte que el nio le hubiese tomado tanto cario y
-no se cansase de su compaa. Todas las maanas le infunda una nueva
-esperanza, en sustitucin de la perdida el da antes.
-
---Querido Belerofonte--exclamaba mirndole animosamente--, creo que hoy
-vamos a ver a Pegaso.
-
-Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte
-habra acabado por perder toda esperanza, y habra vuelto a Licia e
-intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal
-caso, el pobre Belerofonte habra sido, cuando menos, terriblemente
-chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y
-devorado. Nadie poda ni intentar combatir con una Quimera terrestre,
-sin ir montado sobre algn animal areo.
-
-Una maana habl el nio a Belerofonte con ms fe todava que de
-costumbre.
-
---Mi queridsimo Belerofonte--exclam--, no s por qu, pero siento como
-si hoy, seguramente, furamos a ver a Pegaso.
-
-En todo aquel da no quiso apartarse ni un momento del lado de
-Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la
-fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el nio coloc
-una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. ste se hallaba
-abismado en sus pensamientos, y miraba distrado los troncos de los
-rboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus
-ramas. Mas el nio no dejaba de observar en el agua; por su cario a
-Belerofonte, le afliga pensar que la esperanza de aquel da saliera
-fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas
-lgrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, segn
-decan, haba vertido Pirene por su hijo muerto.
-
-Cuando menos lo pensaba, sinti Belerofonte la presin de la manecita
-del nio, y oy un susurro casi imperceptible:
-
---Mira ah, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.
-
-El joven mir en el movedizo espejo de la fuente, y vi algo como la
-imagen de un pjaro que pareca estar volando a grandsima altura,
-reflejndose el sol en sus nveas o argentadas alas.
-
---Qu pjaro ms esplndido debe ser--dijo--, y qu grande parece, a
-pesar de estar volando ms alto que las nubes!
-
---Me hace temblar--murmur el nio--. Me da miedo mirar hacia arriba, en
-el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo ms que a mirar su imagen
-en el agua. Querido Belerofonte, no ves que no es un pjaro? Es el
-caballo con alas, es Pegaso.
-
-El corazn empez a saltar en su pecho. Mir fijamente hacia arriba;
-pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pjaro o caballo, porque
-entonces precisamente se haba hundido en un nubarrn; sin embargo, un
-momento despus reapareci, atravesando la nube por la parte inferior,
-aunque todava a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogi al nio
-en brazos y se apart con l, hasta que ambos quedaron ocultos entre el
-espeso bosquecillo de arbustos que creca alrededor de la fuente. No
-porque tuviese miedo de ningn dao, pero s por temor a que si llegaba
-a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna
-inaccesible montaa. Porque era, realmente, el caballo alado. Despus de
-esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de
-Pirene.
-
-Cada vez se acercaba ms y ms la area maravilla, describiendo grandes
-crculos, como habris visto hacer a las palomas cuando van a bajar a
-tierra. Hacia abajo iba tambin Pegaso, y los amplios, majestuosos
-crculos, se iban haciendo ms y ms estrechos a medida que se
-aproximaba a tierra. Cuanto ms cerca se le vea, pareca ms hermoso, y
-ms maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por ltimo, con tan
-ligera presin que apenas aplast la hierba que creca alrededor de la
-fuente, ni dej la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se
-pos en tierra, y bajando la indmita cabeza, comenz a beber. Absorba
-el agua con grandes suspiros de satisfaccin y tranquilas pausas de
-contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la
-tierra ni en las nubes haba agua que agradara a Pegaso tanto como
-aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronch con los dientes
-unos cuantos de los dulces capullos del trbol, y los sabore
-delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque las hierbas
-nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicn,
-convenan a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.
-
-Despus de haber bebido as hasta satisfacerse, y de haberse dignado
-comer un poquito por coquetera, el caballo alado comenz a brincar de
-un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la
-holganza y al juego. Nunca hubo criatura ms juguetona que aquel Pegaso.
-Sacuda sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por
-la tierra, medio por el aire, que no s si llamar vuelos o galopes.
-Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas
-veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le
-costaba algo ms mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte
-entretanto, y sin soltar de la mano al nio, se asom fuera del boscaje,
-y pens que no haba visto cosa ms hermosa que aqulla, ni ojos de
-caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Pareca un pecado
-pensar en ponerle una brida y montarlo.
-
-Una o dos veces se par Pegaso, aspirando fuertemente el aire,
-levantando las orejas, estirando el cuello y volvindose a todos lados,
-como si recelase algn mal. Sin embargo, como ni vi ni oy nada, pronto
-volvi a sus juegos.
-
-Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y
-desocupado, pleg Pegaso las alas y se tumb sobre la verde pradera;
-pero como estaba demasiado lleno de vida area para permanecer quieto
-mucho tiempo, comenz pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire
-sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, nica y
-solitaria, cuyo compaero no haba sido creado, que no lo necesitaba
-tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos.
-Cuantas ms cosas haca de las que los caballos mortales acostumbran a
-hacer, menos terreno y ms maravilloso pareca. Belerofonte y el nio
-casi no respiraban, en parte por su emocin deliciosa, pero
-principalmente porque teman que el ms ligero ruido o murmullo le
-hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al ms lejano azul del cielo.
-
-Por ltimo, cuando ya se haba revolcado bastante, Pegaso di vuelta, e
-indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirm los cascos
-delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivin que iba a
-hacerlo as, y saliendo sbitamente del boscaje, se mont de un salto
-sobre sus lomos.
-
-S. Se mont sobre los lomos del caballo con alas!
-
-Pero, qu salto di Pegaso cuando, por primera vez en su vida, sinti
-sobre s el peso de un mortal! Aqullo era un salto! Antes de que
-tuviera tiempo de respirar, se encontr Belerofonte levantado a una
-altura de doscientos metros, siguiendo an hacia arriba, mientras que el
-caballo con alas resoplaba y se estremeca de terror y de clera. Hacia
-arriba fu, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el hmedo seno de
-una hube, a la cual haba mirado Belerofonte un poquito antes,
-imaginndosela como un lugar muy agradable. Despus, fuera ya de la
-nube, se dej caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera
-estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las
-ms salvajes cabriolas que jams hayan podido hacer pjaro ni caballo
-alguno.
-
-No sabr deciros ni la mitad de lo que hizo. Se desliz, rpido, hacia
-adelante, y a los lados y hacia atrs. Se par con las patas delanteras
-en un jirn de neblina, y las de atrs en nada absolutamente. Coce
-furiosamente y baj la cabeza, metindola entre las manos, con las alas
-apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilmetros de altura sobre
-la tierra, di un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte
-estuvieron donde deba estar la cabeza, y pareca que miraba al cielo
-hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvi la cabeza
-violentamente, y mirando a Belerofonte a la cara, como si echara fuego
-por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudi las alas
-con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendi y cay a
-tierra, siendo recogida por el nio, quien la guard toda su vida como
-recuerdo de Pegaso y Belerofonte.
-
-Mas este ltimo (que segn podis apreciar, era tan buen jinete como el
-mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al
-fin encaj el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del
-caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvi tan
-manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de
-Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan
-sbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena deba sentir Pegaso
-tambin. Mir a Belerofonte con lgrimas en los hermosos ojos, en vez
-del fuego que poco antes despedan; pero cuando Belerofonte le acarici
-la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero
-con cario, vi en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si
-le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y
-compaero.
-
-As ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indmitas
-y solitarias como ellos. Si podis atraparlas y dominarlas, es el mejor
-camino para lograr su cario.
-
-Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima
-a Belerofonte, recorri una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle
-el bocado estaban llegando a la vista de una montaa altsima.
-Belerofonte ya haba visto antes esa montaa, y conoci que era Helicn,
-en cuya cima viva el caballo alado. All vol Pegaso (despus de mirar
-dcilmente a su jinete, como preguntndole si lo permita), y posndose,
-esper pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven salt de
-los lomos de su caballo, mantenindolo sujeto por la brida; pero al
-mirar sus ojos le conmovi tanto la docilidad de su aspecto y su
-hermosura, y la idea de la vida librrima que haba llevado Pegaso hasta
-entonces, que no se sinti capaz de tenerlo prisionero, si l realmente
-deseaba su libertad.
-
-Dejndose llevar de tan generoso impulso, dej caer la brida encantada
-de la cabeza de Pegaso y le sac el bocado.
-
---Djame, Pegaso!--le dijo--. Djame o quireme!
-
-En un instante, el caballo alado sali disparado hasta perderse casi de
-vista, remontndose a plomo sobre la cima del Monte Helicn. El sol se
-haba puesto haca ya tiempo, lo alto de la montaa estaba an en el
-crepsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero Pegaso
-vol tan alto, que alcanz al da que se iba y se ba en la luz que
-irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez ms alto, pareca
-una mancha brillante, y al fin se perdi en la inmensidad del cielo.
-Temi Belerofonte no volverle a ver ms; pero cuando estaba deplorando
-su locura, reapareci la mancha brillante y se fu acercando ms cada
-vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y all estaba Pegaso
-de vuelta! Despus de prueba tal, ya no haba cuidado de que el caballo
-con alas se escapase. l y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron
-fielmente el uno al otro.
-
-Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte
-sobre el cuello de Pegaso, no por precaucin, sino por cario. Ambos se
-despertaron al despuntar la maana, y se dieron los buenos das, cada
-cual en su lengua.
-
-De este modo pasaron varios das Belerofonte y el maravilloso caballo,
-conocindose cada vez ms y aficionndose ms el uno al otro. Hacan
-largos viajes areos, y alguna vez suban tan altos, que la Tierra
-apenas pareca mayor que... la Luna. Visitaron pases remotos y
-asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven,
-montado en un caballo con alas, tena que haber bajado del cielo.
-Recorrer mil kilmetros por da era cosa muy fcil para el veloz
-Pegaso. Aquel gnero de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto
-habra vivido siempre as, en la clara atmsfera de las alturas, en
-donde haca siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo
-fuera abajo; pero no poda olvidar a la horrible Quimera y la promesa
-hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien
-la equitacin area y saba manejar a Pegaso con un ligero movimiento de
-la mano, y le ense a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la
-peligrosa aventura.
-
-En consecuencia, al romper el da y tan pronto como abri los ojos, di
-un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente
-se alz Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y di,
-velocsimo, una gran vuelta a la cima de la montaa, como para mostrar
-que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursin. Mientras
-dur ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y
-finalmente descendi junto a Belerofonte tan levemente como habris
-visto que se posan los pjaros sobre los arbustos.
-
---Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!--exclam
-Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo--. Y ahora,
-mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con
-la terrible Quimera.
-
-En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente
-llamada de Hipocrene, ofreci Pegaso la cabeza, espontneamente, para
-que su amo pudiera poner la brida. Luego di muchos brincos y cabriolas
-areas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras
-Belerofonte se cea la espada, dispona el escudo y se preparaba para
-la batalla. Cuando estuvo todo listo, mont el jinete y (segn sola
-hacer cuando iba lejos) subi cuatro kilmetros verticalmente, para
-orientarse mejor. Despus volvi la cabeza de Pegaso hacia el Este,
-dirigindose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un guila, pasando tan
-cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habra
-sido fcil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso,
-antes del medioda divisaron las altas montaas de Licia, con sus
-profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte haban
-dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tena su guarida la
-espantosa Quimera.
-
-Estando ya tan cerca del trmino de su viaje, descendieron poco a poco,
-aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas
-ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y
-asomndose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montaosa
-de Licia, y mirar a la vez todos sus umbros valles. Nada de
-extraordinario encontr a primera vista. Era aqulla una zona desierta,
-pedregosa, con altas y escarpadas montaas; en la parte baja y ms llana
-del pas haba ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales,
-desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.
-
---Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto--pens Belerofonte--;
-pero, dnde est el monstruo?
-
-Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera
-vista, en ninguno de los valles y barrancos que haba entre las
-imponentes montaas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de
-humo negro salan de algo como la boca de una caverna y suban
-pesadamente por la atmsfera, confundindose en una sola columna antes
-de llegar a la cumbre de la montaa. La caverna estaba casi a plomo,
-bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El
-humo tena un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar
-a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso
-caballo (acostumbrado a respirar nicamente el aire ms puro), que agit
-las alas y se lanz como un kilmetro fuera del alcance de aquellos
-molestos vapores.
-
-Pero, al mirar hacia atrs, vi Belerofonte algo que le indujo a tirar
-de las riendas primero, y a dar vuelta despus. Hizo una sea, que el
-caballo alado entendi, y ste baj por el aire lentamente hasta que sus
-cascos estuvieron a poco ms de la altura de un hombre sobre el suelo
-roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la
-caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.
-
-Dentro de la dicha caverna pareca haber un montn de extraas y
-terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan
-juntos, que Belerofonte no acert a distinguirlos; pero, a juzgar por
-sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo
-un fiero len y el tercero una cabra horrible. El len y la cabra
-estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba
-fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo ms asombroso del
-caso era que las tres columnas de humo salan evidentemente de las
-narices de aquellas tres cabezas. Tan extrao era el espectculo, que
-aun cuando tanta tiempo haba estado esperando verlo, la verdad, no se
-le ocurri al pronto que aqulla era la terrible Quimera de tres
-cabezas. Haba dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el len
-y la cabra no eran tres criaturas distintas, como haba supuesto, sino
-un monstruo solo.
-
-Qu cosa ms horrible y ms odiosa! Aun dormitando, como dormitaban,
-sus dos terceras partes, tena entre sus abominables mandbulas los
-restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el
-pensarlo) fuera de algn pobre nio que las tres bocazas haban estado
-mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.
-
-De pronto, como si saliese de un sueo, cay Belerofonte en la cuenta de
-que era aqulla la Quimera. Pegaso pareci tambin comprenderlo, y di
-un relincho, que son como un clarn de guerra. Al oirlo se alzaron
-erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que
-Belerofonte pudiera pensar lo que deba hacer, se lanz el monstruo
-fuera de la caverna y se fu derecho a l, con las inmensas fauces
-abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si
-Pegaso no hubiera sido tan gil como un pjaro, tanto l como su jinete
-se habran visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habra
-acabado as el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo
-alado no se dejaba atrapar tan fcilmente. En un abrir y cerrar de ojos
-se elev casi hasta las nubes, resoplando con furia. Tambin temblaba,
-pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y
-ponzooso con sus tres cabezas.
-
-La Quimera, por su parte, se irgui hasta sostenerse nicamente sobre el
-extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo
-fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. Cmo ruga, silbaba y
-bramaba, hijitos mos! Belerofonte, entretanto, se pona el escudo al
-brazo y sacaba la espada.
-
---Ahora, mi querido Pegaso--murmur al odo del caballo alado--, has de
-ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrs de volverte a
-tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la
-Quimera, o sus tres bocas se comern esta cabeza ma, que tantas veces
-ha dormitado sobre tu cuello.
-
-Pegaso relinch, y volviendo la cabeza, frot cariosamente el hocico
-contra la cara de su jinete. As deca, a su manera, que an tena alas
-y era caballo inmortal; mejor perecera, si lo inmortal pudiera perecer,
-que dejar tras s a Belerofonte.
-
---Gracias, Pegaso--respondi Belerofonte--. Y ahora, vamos a pelear al
-monstruo.
-
-Diciendo estas palabras, sacudi las riendas, y Pegaso descendi
-oblicuamente, rpido como una flecha, hacia la triple cabeza de la
-Quimera, que todo aquel tiempo haba estado irguindose en el aire
-cuanto poda. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, di Belerofonte un
-gran tajo al monstruo; pero su caballo sigui adelante sin dejarle ver
-si haba aprovechado el golpe. Pegaso continu su carrera; pero pronto
-vir en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que
-antes. Belerofonte vi entonces que haba cortado al monstruo, casi del
-todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y pareca enteramente
-muerta.
-
-Pero, en compensacin, la cabeza de len y de la serpiente haban
-adquirido toda la fiereza de la otra, y escupan llamas, y silbaban y
-rugan con mucha ms furia que antes.
-
---No te importe, mi bravo Pegaso--exclam Belerofonte--; con otro golpe
-como ese haremos que cese el rugir y el silbar.
-
-De nuevo sacudi las riendas. El caballo alado se lanz oblicuamente y
-veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asest un
-golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni l ni
-Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el
-monstruo al joven un profundo araazo en un hombro, y con la otra
-estrope un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por
-su parte, haba herido mortalmente la cabeza de len, de tal modo, que
-caa colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo
-negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la nica que
-quedaba ya) era entonces dos veces ms fiera y ms venenosa que nunca.
-Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba
-silbidos tan altos, tan speros, tan penetrantes, que el rey Iobates los
-oy a cincuenta millas de distancia, y se estremeci hasta hacer temblar
-al trono debajo de l.
-
---Ay de m!--pens el pobre rey--. Esto es que la Quimera viene a
-devorarme.
-
-Pegaso, mientras tanto, se haba parado otra vez en el aire y relinchaba
-colrico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal.
-Qu diferente el fuego crdeno de la Quimera! Ni el espritu del
-caballo areo ni el de Belerofonte decayeron.
-
---Echas sangre, mi caballo inmortal?--exclamo el joven, cuidndose
-menos del mal propio que del de aquella criatura que no deba haber
-conocido nunca el dolor--. La execrable Quimera pagar este dao con su
-ltima cabeza!
-
-Luego sacudi las riendas, dando grandes gritos, y gui a Pegaso, no
-oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del
-monstruo. Tan rpida fu la embestida, que en la duracin de un
-relmpago lleg Belerofonte al alcance de su enemigo.
-
-A esto, con la prdida de su segunda cabeza, haba cado la Quimera en
-una pasin ardentsima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad en tierra
-y mitad en el aire, siendo imposible decir en qu elemento descansaba.
-Abri su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por
-decir que poda haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas
-desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanz un chorro
-tremendo de su encendido aliento, y envolvi a Belerofonte y a su
-caballo en una atmsfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso,
-quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los
-dos, de la cabeza a los pies, mucho ms de lo cmodo.
-
-Pero esto no es nada para lo que sucedi despus. Cuando el caballo
-alado lleg en su acometida a la distancia de unos cien metros, la
-Quimera di un salto y lanz su enorme, horrible, ponzooso y detestable
-cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enrosc a su alrededor con gran fuerza
-y retorci su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo areo
-volaba ms alto, ms alto, ms alto, por encima de los picos de las
-montaas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la
-tierra slida; pero el monstruo terrestre no solt presa y fu llevado
-hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras
-tanto, se volvi y se encontr frente a frente con la horrible fealdad
-de la Quimera, y slo resguardndose bien con el escudo, pudo librarse
-de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.
-
-Por la orillita del escudo mir fieramente a los salvajes ojos del
-monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se
-resguardaba, como en otro caso habra hecho. Despus de todo, para
-luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo
-posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios,
-el monstruo dej su pecho enteramente al descubierto. Al verlo,
-Belerofonte clav hasta el puo la espada en su cruel corazn. La cola
-de la serpiente desat en seguida su nudo. El monstruo solt a Pegaso y
-cay desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho
-ardi, en vez de extinguirse, ms vivo que nunca, y pronto comenz a
-consumir aquel cuerpo muerto.
-
-Cay del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de
-llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un
-cometa; pero al despuntar el da salieron unos labriegos a su labor y
-vieron, con gran asombro, que varias hectreas de terreno estaban
-salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo haba un montn de
-huesos calcinados, mucho ms alto que una gran pila de heno. Nada ms
-volvi a verse de la espantosa Quimera!
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-
-Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclin hacia adelante y
-bes a Pegaso con lgrimas en los ojos.
-
---Vuelve ahora, mi caballo bienamado--le dijo--, vuelve a la Fuente de
-Pirene!
-
-Pegaso hendi el aire ms rpido que nunca, y lleg a la fuente en muy
-poco tiempo. All encontr al viejo apoyado en su bculo, al campesino
-dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cntaro.
-
---Ahora me acuerdo--advirti el viejo--. Cuando yo era un chiquillo, vi
-una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces ms
-hermoso.
-
---Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que l--dijo el
-campesino--. Si este pingo fuera mo, lo primero que haca era cortarle
-las alas.
-
-La pobre muchachita no dijo nada, porque tena el sino de asustarse
-fuera de tiempo. Ech a correr, dej caer el cntaro y lo rompi.
-
---Dnde est--pregunt Belerofonte--el simptico nio que sola
-acompaarme, y nunca perdi la fe y nunca se cansaba de mirar en la
-fuente?
-
---Aqu estoy, querido Belerofonte--dijo el nio tiernamente.
-
-El muchachito haba pasado da tras da a la orilla de Pirene, esperando
-que volviera su amigo; pero cuando vi a Belerofonte bajando a travs
-de las nubes, montado en su caballo alado, se intern en el boscaje. Era
-un nio muy delicado, de gran ternura, y tema que el viejo y el
-campesino vieran brotar las lgrimas de sus ojos.
-
---Has logrado la victoria--dijo gozosamente, abrazndose a una pierna de
-Belerofonte, que an estaba montado sobre Pegaso--. Conozco que la has
-ganado.
-
---S, nio querido--replic Belerofonte, bajndose del caballo alado--;
-pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a
-Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jams a la
-terrible Quimera. Todo lo hiciste t, mi amado amiguito, y ahora
-devolvamos a Pegaso su libertad.
-
-Y diciendo esto, quit la brida encantada de la cabeza de aquel caballo
-maravilloso.
-
---S libre para siempre. Pegaso mo!--exclam con cierto dejo de
-tristeza en la voz--. S tan libre como rpido eres!
-
-Mas Pegaso apoy la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera
-de inducirle a emprender el vuelo.
-
---Bien; pues--dijo Belerofonte, acariciando al areo caballo--estars
-conmigo mientras quieras. Vmonos sin tardar a decir al rey Iobates que
-la Quimera ha sido destruda.
-
-Belerofonte abraz a aquel nio tan bueno, y le prometi volver a verle,
-y se puso en marcha; pero, aos despus, aquel nio vol sobre el
-caballo areo mucho ms alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo
-cosas mucho ms honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera.
-Porque, siendo tan tierno y delicado, lleg a ser un poderoso poeta.
-
-[imagen]
-
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-
-[imagen]
-
-
-
-
-CUMBRE PELADA
-
-
-Eustaquio Bright cont la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y
-animacin como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con
-alas.
-
-Al terminar se llen de alegra, al comprender, por el rostro radiante
-de sus oyentes, lo mucho que les haba interesado.
-
-Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la
-chiquilla positivamente haba lgrimas, porque se daba cuenta de que
-haba algo en la leyenda que los dems an no tenan edad de comprender.
-
-Era un cuento de nios; pero el estudiante haba conseguido poner en l
-el ardor, la generosa esperanza y la imaginacin emprendedora de la
-juventud.
-
---Ahora te perdono, Primavera--dijo--, todo el ridculo que has
-intentado echar sobre mis cuentos. Una lgrima paga muchas risas.
-
---Ay, seor Bright!--respondi Primavera, limpindose los ojos y
-lazndole otra de sus maliciosas sonrisas--: esto de estar encima de las
-nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar ms
-cuentos, si no ests, como ahora, en la cumbre de una montaa.
-
---O cabalgando sobre Pegaso--replic Eustaquio, riendo--. No te parece
-que he conseguido a las mil maravillas mi propsito de apresar al corcel
-maravilloso?
-
---S, ha sido un bonito salto mortal!--exclam palmoteando--. Me parece
-que le veo a caballo sobre l, a tres millas de alto, por los aires,
-cabeza abajo!
-
---Ojal tuviese aqu a Pegaso en este instante!--dijo el estudiante--.
-Le montara inmediatamente, y hara una visita por todo el pas a cada
-uno de mis autores favoritos.
-
-Charlando de Pegaso y sus hazaas, empezaron a andar colina abajo. A
-poco _Bruin_ empez a ladrar, y le respondi el _gua-gua_ solemne del
-respetable _Ben_. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia
-cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeos, repuestos por completo
-de su fatiga, se haban puesto a buscar fresas, y al divisar a sus
-compaeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.
-
-As reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos,
-y se encaminaron despacio a Tanglewood.
-
-
-FIN
-
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-
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-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Pginas
-
-LA CABEZA DE LA GORGONA 5
-EL TOQUE DE ORO 55
-EL PARASO DE LOS NIOS 93
-LAS TRES MANZANAS DE ORO 129
-EL CNTARO MILAGROSO 175
-LA QUIMERA 211
-
-[imagen]
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA ***
-
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-works. See paragraph 1.E below.
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-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
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-Foundation
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+Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org/license + + +Title: Cuando la tierra era nia + +Author: Nathaniel Hawthorne + +Illustrator: Pablo Mil Fontanals + +Translator: Gregorio Martnez Sierra + +Release Date: July 28, 2017 [EBook #55215] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA *** + + + + +Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online +Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This +file was produced from images generously made available +by The Internet Archive/American Libraries.) + + + + + + + + [imagen: _ESTRELLA_] + + + COLECCIN ESMERALDA + + + + + [imagen: + + HAWTHORNE + + + CUANDO + LA TIERRA + ERA NIA + + + TRADUCCIN DE + G. MARTNEZ SIERRA + + ILUSTRACIONES DE + FONTANALS + + MADRID + MCMXX] + + COPYRIGHT BY + G. MARTNEZ SIERRA, 1920 + + TIPOGRAFA ARTSTICA + CERVANTES, 28.--MADRID + + + + + LA CABEZA DE + LA GORGONA + + + +[imagen] + + + + +EL PRTICO DE TANGLEWOOD + + +Bajo el prtico de la quinta llamada _Tanglewood_, una hermosa maana de +otoo estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos +estaba en pie un joven alto. Haban proyectado una excursin para ir a +coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se +desvaneciesen en las vertientes de la montaa, y el sol derramase el +calor del veranillo de San Martn sobre los campos y las praderas y en +los escondrijos de los bosques. El da prometa ser de los ms +agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la +niebla de la maana llenaba an todo el valle, sobre el cual, en una +altura de suave pendiente, se levantaba la quinta. + +La masa de vapor blanco se extenda hasta unas cien varas de la casa. +Esconda por completo todo lo que hubiera ms lejos, excepto unas +cuantas copas de rboles, rojizas o amarillas, que surgan aqu y all, +y estaban glorificadas por el sol madrugador, que tambin haca brillar +la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se +levantaba la cima de una montaa elevadsima. Quince millas ms lejos, +en la misma direccin, se alzaba otra mucho ms alta, tan azul y etrea, +que apenas pareca ms slida que el vaporoso mar de niebla que se +extenda sobre ella. Las colinas ms prximas, que bordeaban el valle, +estaban medio sumergidas y manchadas con pequeas guirnaldas de nubes, +hasta en las mismas cimas. En resumen: haba tanta nube y tan poca +tierra slida, que todo ello haca el efecto de una visin. + +Los nios antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo +del prtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba hmeda +de la pradera. No puedo decir fijamente cuntos eran: no menos de nueve, +no ms de una docena, de todas clases, tamaos y edades, muchachos y +chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos +amiguitos que haban sido invitados por el seor y la seora Pringle +para pasar unos cuantos das de la deliciosa estacin, con sus hijitos, +en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con +nombre ninguno que algn nio haya llevado antes que ellos, porque s de +cierto que muchos autores se ponen en grandsimos compromisos por haber +dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y +verdaderas. Por esta razn quiero llamarles Primavera, Bellorita, +Amapola, Romero, Ojos azules, Trbol, Madreselva, Capuchina, Flor de +Limn, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos +nombres seran mucho ms propios de un grupo de hadas, que de una +reunin de nios de este mundo. + +No hay que suponer que a estos nios les permitan sus cuidadosos padres +y madres, tos, tas o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin +la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. De ningn +modo! En el primer prrafo de mi libro recordaris que he hablado de un +joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os dir +el verdadero, porque considera grandsimo honor haber contado los +cuentos que van aqu impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era +estudiante y haba alcanzado en aquella poca la respetable edad de diez +y ocho aos; de modo que casi se pareca a si mismo abuelo de Bellorita, +Romero, Madreselva, Flor de Limn, Tomillo y los dems, que eran no ms +la mitad o la tercera parte de venerables que l. Una molestia en la +vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy da, para +demostrar su aplicacin) le haba hecho abandonar las clases dos semanas +antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un +par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o ms de lejos que los de +Eustaquio Bright. + +El aplicado estudiante era delgado y un poco plido, como lo son todos +los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y +activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear +arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se haba calzado para la +expedicin botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una +gorra de pao y un par de anteojos verdes, que se haba puesto, +probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad +que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habrselos dejado en +casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subi en los hombros de +Eustaquio cuando estaba l sentado en uno de los escalones del prtico, +le arranc los lentes de la nariz y los plant en la suya, y como al +estudiante se le olvid volverlos a coger, cayeron en la hierba, y all +se quedaron hasta la primavera siguiente. + +Ahora bien: es preciso que sepis que Eustaquio haba alcanzado entre +los nios gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque +algunas veces finga que le molestaba el que le pidiesen que les contase +ms y ms, y siempre ms, yo tengo mis dudas y pienso que no haba cosa +en el mundo que ms le agradase. Haba que ver cmo le brillaban los +ojos, cuando aquella maana, Trbol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la +mayor parte de sus compaeros, le pidieron que les contase uno de sus +cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por +completo. + +--S, primo Eustaquio--dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de +doce aos, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona--: la +maana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo +pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu +susceptibilidad, durmindonos en el momento ms interesante... como hizo +anoche Capuchina. + +--Qu mala eres!--exclam Capuchina, nia de seis aos--. No me dorm: +es que cerr los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba +contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una +soar con ellos, dormida; pero tambin son buenos por la maana, porque +puede una soar con ellos despierta. As es que espero que nos va a +contar uno ahora mismito. + +--Gracias, Capuchina!--dijo Eustaquio--. Tendrs el mejor de los +cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque slo sea por haberme +defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, nios, os he +contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno +que no me hayis odo por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a +repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras. + +--No, no, no!--exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media +docena--. Los cuentos que ms nos gustan son los que hemos odo dos o +tres veces. + +Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de inters para los nios, +no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio +Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeaba el aprovecharse de +una ventaja que hubiese agradecido un narrador ms viejo. + +--Sera lstima--dijo--que un hombre de mis conocimientos (pasando por +alto mi fantasa original) no pudiese encontrar cada da del ao un +cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contar uno de los que se +inventaron para distraccin de nuestra vieja abuela la Tierra, cuando +era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me +maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas +para nias y nios. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas +grises, se queman las pestaas leyndolos en librotes llenos de polvo, +escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cundo y +cmo y para qu se inventaron. + +--Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio--exclamaron a una todos +los chiquillos--: no hables ms de tus cuentos, y empieza a contar. + +--Sentaos todos--dijo Eustaquio--, y callad, porque a la primera +interrupcin, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de +cualquier otro, dar un mordisco al cuento, y me tragar el pedazo que +falte por contar. Pero, en primer lugar, alguno de vosotros sabe lo que +es una Gorgona? + +--Yo, s--dijo Primavera. + +--Pues, cllatelo!--replic Eustaquio, que hubiese preferido que no +hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto--. Callad todos, y os +contar un cuento preciossimo de la cabeza de una Gorgona. + +Y as lo hizo, como podis empezar a leer en la pgina siguiente. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LA CABEZA DE LA GORGONA + + +Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando +Perseo era muy pequeo, unos malvados le pusieron con su madre en un +arca y los lanzaron a las ondas. Sopl el viento fuertemente, y alej el +arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cscara de +nuez. Danae estrech a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos +que una ola mayor que las dems les sepultara para siempre en el fondo +del Ocano. El arca sigui, sin embargo, navegando, y no se hundi ni +zozobr, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, +que se enred entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la +costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, +que era hermano del pescador que haba recogido por casualidad en sus +redes a los pobres nufragos. + +Este pescador era hombre justo y compasivo. Trat con gran bondad a +Danae y a su hijo, y continu protegindoles hasta que Perseo lleg a +ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilsimo en el manejo de +las armas. + +Mucho antes haba visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e +hijo, que en un arca frgil haban llegado a sus playas. No era +Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo +malvado, y resolvi enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual +probablemente perdera la vida, y entonces, quedndose la madre sin +defensa, podra l causarle algn dao grande. Con este fin, aquel rey +de mal corazn pas tiempo y tiempo pensando cul sera la hazaa de ms +peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, di con una +empresa que prometa tener el fatal resultado que deseaba, mand llamar +a Perseo. + +El muchacho fu a palacio, y encontr al rey sentado en su trono. + +--Perseo--dijo el rey Polidectes, sonriendo hipcritamente--, eres todo +un buen mozo. T y tu excelente madre habis recibido muchsimos +favores, tanto mos como de mi hermano el pescador, y supongo que +sentirs no poder pagar algunos de ellos. + +--Con permiso de Vuestra Majestad--respondi Perseo--, arriesgara con +gusto mi vida por lograrlo. + +--Muy bien; entonces--continu el rey, siempre con la sonrisa en los +labios--, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres +un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrars de +tener tan buena ocasin de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo, +que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es +costumbre, en ocasiones como sta, regalar a la novia algo elegante y +extrao, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que +he estado bastante perplejo, sin saber dnde encontrar cosa capaz de +agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta maana me parece +que he encontrado precisamente lo que necesitaba. + +--Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?--exclam Perseo +con vehemencia. + +--Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro--repuso el rey +Polidectes con la mayor astucia--. El regalo de boda que quiero ofrecer +a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus +cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. As +es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la +princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, ms me +complacers. + +--Saldr maana, por la maana--respondi Perseo. + +--Te ruego que lo hagas as, valiente joven--asegur el rey--. Y al +cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para +no estropearla. La traers aqu lo mejor acondicionada que sea posible, +porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto. + +Perseo sali del palacio, y apenas haba pasado la puerta, el rey +Polidectes se ech a reir; le diverta mucho, tan malvado era, que el +pobre muchacho hubiese cado en la trampa. Pronto corri la noticia de +que Perseo se haba decidido a cortar la cabeza de Medusa con su +cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegr al saberlo, porque casi +todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y +se hubiesen alegrado muchsimo de que les sucediese algn mal muy grande +a Danae y a su hijo. Parece que el nico hombre bueno en aquella +desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la +calle, las gentes le sealaban con el dedo y le hacan muecas de +desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevan. + +--Ay!, ay!--exclamaban--. Las serpientes de Medusa le van a morder +lindamente. + +Ahora bien; en aquel tiempo vivan tres Gorgonas, y eran los monstruos +ms extraos y terribles que hubieran existido desde que el mundo es +mundo, y despus no se ha visto ni se volver a ver cosa ms terrible +que ellas. La verdad es que no s por qu nombre de monstruo nombrarlas. +Eran tres hermanas, y parece que tenan cierta remota semejanza con las +mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y daina especie de +dragones. De veras es difcil imaginar qu espantosos seres eran las +tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tena cada una en la cabeza +cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcan, se enredaban, se +enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta. +Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las +tenan de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de +hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como l. Tambin +tenan alas, y hermossimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran +de oro pursimo, brillante, centelleante, bruido, y figuraos cmo +resplandecera cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol. + +Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor, +pocas veces se detena a mirarlo, sino que corra y se esconda a toda +prisa. Acaso os figuris que tena miedo de que le mordiesen las +serpientes que servan de cabello a las Gorgonas, o de que le +destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos +peligros, aunque grandsimos, no eran los ms difciles de evitar. Lo +peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba +de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante, +de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y +fra! + +As es que, como comprenderis perfectamente, la aventura que el malvado +rey Polidectes haba buscado para el pobre muchacho, era peligrossima. +El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de +comprender que tena muy pocas probabilidades de salir con bien de ella, +y que era mucho ms probable convertirse en estatua de piedra que +conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a +un lado otras dificultades, haba una que hubiese puesto en apuro a +cualquier hombre de mucha ms edad que Perseo. No slo tena que luchar +con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de largusimos +dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la +cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra l, no poda mirar a +su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se +convertira en piedra y se quedara con el brazo en el aire siglos y +siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por +completo. Y sera bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien +tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en +este hermoso mundo. + +Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor +para decir a su madre lo que se haba comprometido a hacer. Por +consiguiente, cogi su escudo, se ci la espada y atraves la isla, +yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas poda contener las +lgrimas. + +Pero cuando estaba ms pensativo y triste, oy una voz junto a l. + +--Perseo--dijo la voz--, por qu ests triste? + +Levant la cabeza de entre las manos, en las cuales la haba escondido, +y oh, asombro!, aunque crea estar completamente solo, encontr +a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y +extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en +la cabeza un gorro muy extrao y en la mano un bastn trenzado, tambin +de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy +retorcida. Tena aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como +hombre acostumbrado a ejercicios gimnsticos, a correr y a saltar. Y, +sobre todo, tena una expresin tan alegre, tan inteligente y tan +servicial--aunque, por supuesto, un poco maliciosa--, que Perseo no pudo +menos de animarse inmediatamente que le mir a la cara. Adems, como en +realidad era valiente, le di muchsima vergenza que alguien le hubiese +encontrado con las lgrimas en los ojos, como a un chiquillo de la +escuela, cuando, despus de todo, puede que no hubiera motivo para +desesperarse. Enjugse los ojos, y respondi al desconocido prontamente, +poniendo la cara ms alegre que pudo. + +--No estoy triste--dijo--, sino pensando en una aventura que he +emprendido. + +--Oh!--respondi el desconocido--. Cuntame en qu consiste, y puede te +sirva yo de algo. He ayudado a muchos jvenes en aventuras que al +principio parecan bastante difciles. Acaso hayas odo hablar de m. +Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro +cualquiera. Dime en qu consiste la dificultad, y hablaremos del asunto +y veremos lo que se puede hacer. + +Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvi +contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podan +ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algn +consejo que le sirviese de algo. As es que en pocas palabras le +explic el caso: cmo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, +con la cabellera de serpientes, para drsela como regalo de boda a la +hermosa princesa Hipodamia, y cmo se haba comprometido a ir a +buscarla, pero tema verse convertido en piedra. + +--Y sera lstima--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--. Es verdad que +seras una estatua de mrmol de muy buen ver, y que pasaran unos +cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; +pero ms vale ser joven unos pocos aos, que estatua de piedra muchos. + +--Oh, mucho ms!--exclam Perseo con los ojos hmedos otra vez--. Y +adems, qu sera de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en +piedra? + +--Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin--repuso Azogue en tono +animoso--. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte ms +eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con +bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable. + +--Tu hermana?--repiti Perseo. + +--S, mi hermana--respondi el desconocido--. Es muy sabia, te lo +aseguro; y en cuanto a m, tambin suelo tener todo el talento que me +hace falta. Si t eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros +consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de +piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas +verte en l como en un espejo. + +Esto le pareci a Perseo un principio de aventura ms bien extravagante, +porque pens que ms importara que el escudo fuera lo bastante fuerte +para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que +estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en l. Pero +pensando que Azogue saba ms que l, inmediatamente puso manos a la +obra, y frot el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto +brill como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le mir y sonri, +aprobando. Entonces, quitndose la espada corta y retorcida, se la colg +a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba. + +--No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propsito que +llevas--observ--. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y +el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que +tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos +dirn dnde podemos encontrar a las Ninfas. + +--Las Tres Mujeres Grises!--exclam Perseo, a quien esto pareca +nicamente una dificultad ms en la aventura--. Quines son esas Tres +Mujeres Grises? Nunca he odo hablar de ellas. + +--Son tres viejecitas muy raras--dijo Azogue, riendo--. No tienen ms +que un ojo para las tres, y un diente. Tendrs que encontrarlas a la luz +de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver +cuando brillan el sol o la luna. + +--Pero--dijo Perseo--, a qu gastar el tiempo con esas Tres Mujeres +Grises? No sera mejor ir desde luego en busca de las terribles +Gorgonas? + +--No, no--respondi su amigo--. Hay bastantes cosas que hacer antes de +encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay ms +remedio que ir a caza de esas tres seoras. Y cuando las hayamos +encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarn muy +lejos. De modo que vamos ligerito. + +Perseo tena ya tanta confianza en la sagacidad de su acompaante, que +no hizo ms objeciones, y asegur que estaba pronto para emprender +inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan +ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A +decir verdad, se le ocurri la peregrina idea de que Azogue llevaba un +par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil +maravillas. Y, adems, al mirarle de reojo, porque no se atreva a +volver del todo la cabeza, le pareci que tambin tena alas a los lados +de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se vean las alas, sino +un gorro muy raro. Lo que s era seguro es que el bastn trenzado le +serva a Azogue de grandsima ayuda para caminar, y le haca andar tan +de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el +aliento. + +--Vamos!--exclam al fin Azogue, que de sobra saba, vivo como era, el +trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso--; toma este +bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante ms que yo. No hay +en la isla de Serifo mejores andarines que t? + +--Mejor podra andar--dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su +compaero--, si tuviese un par de zapatos con alas. + +--Buscaremos un par para ti--respondi Azogue. + +Pero el bastn ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvi a sentir el +menor cansancio. Pareca estar vivo en su mano y comunicar algo de su +vida a Perseo. l y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor +facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan +divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le +haba servido en muchas ocasiones, que Perseo empez a considerarle como +persona maravillosa. Evidentemente conoca el mundo, y nada es tan +encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de +conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio +ingenio con todo lo que oa. + +Por fin record que Azogue haba hablado de una hermana suya, que haba +de prestar ayuda en la aventura que tenan emprendida. + +--Dnde est?--pregunt--. La encontraremos pronto? + +--En cuanto la necesitemos--dijo su compaero--. Pero debo advertirte +que esta hermana ma tiene un genio completamente distinto del mo. Es +muy seria y muy prudente; no sonre casi nunca; no se re jams, y tiene +por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy +profundo que decir. Ni tampoco escucha conversacin alguna que no sea +absolutamente razonable. + +--Pobre de m!--exclam Perseo--. No me atrever a pronunciar ni una +slaba delante de ella. + +--Es una persona instruidsima, te lo aseguro--continu Azogue--, y +tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan +asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabidura +personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta +viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para +compaera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya vers de +cunto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas. + +Ya haba anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio +completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan +solitario y silencioso, que pareca como si nunca nadie hubiese vivido +en l ni hubiese pasado por all. Todo estaba vaco y desolado en el +crepsculo gris, que a cada instante se haca ms obscuro. Perseo mir +en derredor, ms bien con desconsuelo, y pregunt si tenan que ir mucho +ms lejos. + +--Chiss, chiss...--susurr su compaero--. No hagas ruido. Precisamente +stos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres +Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que t las hayas +visto, porque aunque no tienen ms que un ojo para las tres, es tan +perspicaz como media docena de ojos vulgares. + +--Pero, qu tengo que hacer--pregunt Perseo--cuando las encontremos? + +Azogue explic a Perseo cmo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises +con su nico ojo. Parece que tenan la costumbre de usarle por turno, +como si hubiese sido un par de lentes o--cosa que les hubiese convenido +mejor--un monculo. Cuando una de las tres le haba disfrutado durante +algn tiempo, se le sacaba de la rbita y se le daba a otra de las +hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un +ratito de la vista del mundo. Fcil es de comprender por esto que slo +una de las mujeres vea, mientras las otras dos permanecan en la +obscuridad, y adems, en el instante en que el ojo estaba pasando de +mano en mano, ninguna de las pobres seoras vea gota. He odo contar +muchas cosas extraas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a +mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, +todas mirando con un ojo solo. + +Esto mismo pens Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que lleg a +figurarse que su compaero se estaba burlando de l y que no existan en +el mundo semejantes mujeres. + +--Pronto te convencers de si es verdad o no--observ Azogue--. Chiss, +chiss, chiss... Ya vienen! + +Perseo mir ansiosamente a travs de la obscuridad de la noche, y con +seguridad, a poca distancia, vi a las Tres Mujeres Grises. Como la luz +era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qu caras tenan; slo +descubri que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, +vi cmo dos de ellas no tenan sino una rbita vaca en medio de la +frente. Pero en medio de la frente de su hermana haba un ojo brillante, +que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante +pareca ser, que Perseo no pudo menos de pensar que posea el don de ver +en la media noche ms obscura lo mismo que a medioda. La vista de tres +pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo nico. + +De este modo las tres ancianas se arreglaban, despus de todo, casi tan +cmodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tena el ojo +en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en +derredor suyo; tanto, que Perseo tema que pudiese atravesar con la +vista la espesa zarza tras de la cual l y Azogue se haban escondido. +Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan +penetrante! + +Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclam: + +--Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el +ojo! Ahora me toca a m. + +--Djamelo un momento ms, hermana Pesadilla--respondi Espanto--. Me +parece que veo algo detrs de aquella zarza. + +--Bueno, y qu?--respondi Pesadilla con malos modos--. No puedo yo +ver tan bien como t lo que haya detrs de la zarza? El ojo es tan mo +como tuyo, y me parece que s usarle tan bien como t, por no decir +mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente. + +Pero al llegar aqu, la tercera hermana, cuyo nombre era +Quebrantahuesos, empez a quejarse, y dijo que a ella era a quien le +tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le queran slo +para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quit el ojo de la +frente y le levant en la mano. + +--Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera--exclam--, y acabemos +con esta disputa necia. Por mi parte, me alegrar muchsimo de estar un +rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la +frente. + +Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando +ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos +estaban ciegas, no acertaban a encontrar la mao de su hermana; y como +en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a +poner el ojo en sus manos. As, como comprenderis fcilmente, las tres +viejas estaban en grandsimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y +centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba +una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su +demasiada impaciencia por ver. + +A Azogue le diverta tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos +esforzndose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas +poda contener la risa. + +--Ha llegado el momento--dijo en voz muy baja a Perseo--. Vivo, vivo, +antes de que alguna pueda pescar el ojo. Qutaselo de la mano! + +Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguan disputando, +Perseo salt de detrs de la zarza y se hizo dueo de la presa. El ojo +maravilloso, al pasar a su mano, centelle ms brillante que nunca, y +pareci mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma +expresin que si hubiese tenido un par de prpados para hacer un guio. +Las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que haba sucedido, y +suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las +otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las +pobres viejas se insultasen ms de lo necesario, y crey que haba +llegado el momento de las explicaciones. + +--Seoras mas--dijo--, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas +con otras. Si hay aqu algn culpable, ese soy yo, porque tengo el +honor de llevar en la mano vuestro brillantsimo y excelentsimo ojo. + +--T, t tienes nuestro ojo! Y quin eres t?--chillaron a un tiempo +las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchsimo al +oir una voz extraa y comprender que su vista haba cado en manos no +saban de quin--. Ay, hermanas, hermanas! Qu vamos a hacer? Todas +estamos en la obscuridad! Danos nuestro ojo precioso y nico! T +tienes dos para ti solo! + +--Diles--apunt Azogue a Perseo--que se lo entregars en cuanto te hayan +dicho dnde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que +vuelan, el saco mgico y el yelmo de la invisibilidad. + +--Mis queridas, buenas y admirables seoras--dijo Perseo, dirigindose a +las Tres Mujeres Grises--: no hay motivo para que se asusten ustedes de +ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolver a ustedes el +ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dnde puedo +encontrar a las Ninfas. + +--A las Ninfas? Pobres de nosotras, hermanas! Qu dice este +hombre?--grit Espanto--. La gente asegura que hay muchsimas Ninfas: +unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre +los rboles, otras que tienen cmoda habitacin en el agua de las +fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas +desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos +tenido ms que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. +Devulvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devulvenosle! + +Y las tres mujeres extendan la mano, intentando coger a Perseo. Pero l +tena buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance. + +--Respetables seoras mas--dijo, porque su madre le haba enseado a +emplear siempre la mayor cortesa--: tengo el ojo en la mano, y lo +conservar con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad +de decirme dnde estn las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que +tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... cmo se +llama?... ah, s!, el yelmo de la invisibilidad. + +--Desgraciadas de nosotras, hermanas! De qu habla este +joven?--exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigindose +unas a otras con gran apariencia de asombro--. Un par de sandalias que +vuelan! Pero, no comprende que si tuviera la locura de ponerse +semejante calzado, los pies le echaran a volar por encima de la cabeza? +Y un yelmo de invisibilidad! Cmo puede un yelmo hacer invisible a un +hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? Y, por si era poco, un +saco encantado! Qu clase de bolso ser ese? No, no, buen amigo; no +podemos decirte nada de todas esas maravillas. T tienes tus dos ojos, y +nosotras uno para las tres; mejor podrs t que nosotras, pobres mujeres +ciegas, encontrar todo lo que necesitas. + +Perseo, oyndolas hablar de aquel modo, empez a creer que, en realidad, +las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que les preguntara, y le +daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de +devolverles el ojo, pidindoles perdn por la molestia que les haba +causado; pero Azogue le sujet la mano. + +--No consientas que se burlen de ti--dijo--. Estas Tres Mujeres Grises +son las nicas en el mundo que pueden decirte dnde encontrars a las +Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirs cortar la cabeza de +Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldr +bien. + +Y sucedi como Azogue deca. Hay pocas cosas que la gente quiera ms que +la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises queran al suyo como si +hubiese sido media docena. Viendo que no haba otro medio de recobrarlo, +acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo +hubieron dicho, l, con el mayor respeto, puso el ojo en la rbita vaca +de una de sus frentes, les di las gracias por su amabilidad y se +despidi de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante +para dejar de oirlas, ya haban empezado otra disputa, porque di la +casualidad de que haba entregado el ojo a Espanto, que ya haba +disfrutado de l antes de que empezase la cuestin con Perseo. + +Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre +de turbar su armona con peleas de esta clase; lo cual era muy de +sentir, ya que no podan vivir unas sin otras y estaban, evidentemente, +destinadas a ser compaeras inseparables. Como regla general aconsejo a +todos, hermanos o hermanas, jvenes o viejos, que no tengan ms que un +ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se +empeen en gozarle todos a un mismo tiempo. + +Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo ms de prisa que podan en +busca de las Ninfas. Las viejas les haban dado indicaciones tan +detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de +Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran +jvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tena un par +de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad. +Parecan ser muy amigas de Azogue, y cuando les cont la aventura que +Perseo haba emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle +los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer +lugar, trajeron lo que pareca ser una bolsa pequea, hecha de piel de +ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de +ella, para no perderla. ste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron +despus un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas +al taln de cada una. + +--Pntelas, Perseo--dijo Azogue--. Con ellas te encontrars tan ligero +de pies como puedas desear para todo el resto del viaje. + +Perseo empez a ponerse una y dej la otra en el suelo, a su lado. De +repente la sandalia que haba dejado abri las alas y salt del suelo, y +probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto +y la hubiese atrapado al vuelo. + +--Ten ms cuidado--dijo a Perseo--. Los pjaros se asustaran si viesen +una sandalia volando a su lado. + +Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sinti +demasiado ligero para andar por la tierra. Di un paso o dos, y--oh, +maravilla!--se levant en el aire muy por encima de las cabezas de +Azogue y de las Ninfas, y le cost mucho trabajo volver a bajar. Las +sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy +difciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se ech +a reir de la involuntaria ligereza de su compaero, y le dijo que era +menester no apresurarse tanto, porque an tenan que aguardar a que les +trajesen el yelmo de la invisibilidad. + +Las amables Ninfas sostenan el yelmo con su hermoso penacho de +ondulantes plumas, dispuestas a ponrselo en la cabeza a Perseo. Y +entonces sucedi el incidente ms maravilloso de todos los que os vengo +contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, all estaba +Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas +sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo +al brazo: figura que pareca hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero +en cuanto el yelmo se apoy en su frente blanca, nada se vi ya de +Perseo! Nada, sino el aire vaco! Hasta el yelmo que le cubra con su +invisibilidad se haba desvanecido! + +--Dnde ests, Perseo?--pregunt Azogue. + +--Aqu--respondi Perseo tranquilamente, aunque su voz pareca salir de +la transparente atmsfera--. Donde estaba ahora mismo. No me ves? + +--No te veo, no--respondi su amigo--. Ests oculto por el yelmo. Y si +yo no te veo, tampoco te vern las Gorgonas. Sgueme, y probaremos qu +tal maa te das para usar las sandalias con alas. + +Con estas palabras, el gorro de Azogue abri las alas, como si la cabeza +fuese a volar separndose de los hombros; pero todo su cuerpo se levant +en el aire, y Perseo le sigui. Cuando hubieron subido unos cuantos +metros, el joven empez a sentir cun delicioso era dejar abajo la +tierra dura y poder volar como un pjaro. + +Era ya completamente de noche. Perseo mir hacia arriba y vi la +redonda, brillante y plateada luna, y pens que le gustara ms que nada +levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse all la vida. Entonces volvi +a mirar hacia abajo y vi la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso +de plata de sus ros, y los nevados picos de sus montaas, y lo ancho de +sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mrmol +blanco. + +Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa +como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre +todo, vi la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas +veces, l y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, pareca estar +hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se +encontraban mojados y llenos de fro por la niebla gris. Tan rpido era +su vuelo, sin embargo, que en un instante salan de la nube otra vez a +la luz de la luna. Una vez pas casi rozando a Perseo un guila que +volaba muy alto. Lo ms hermoso de todo lo que vieron fueron los +meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se +estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacan palidecer la luz de la +luna muchas millas en derredor. + +Mientras los dos compaeros volaban uno junto a otro, Perseo crey oir a +su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al +lado opuesto a aquel en que vea a Azogue. Mir con atencin, pero no +vi nada. + +--De quin es este vestido--pregunt--que parece moverse a mi lado con +la brisa? + +--Oh! Es el de mi hermana!...--respondi Azogue--. Viene con nosotros, +como ya te lo haba anunciado. Nada podramos hacer si mi hermana no nos +ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. Y tiene unos ojos...! En +este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa +a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas. + +En su rpido viaje por los aires, haban ya + +[imagen] + +[imagen] + +llegado a la vista del gran Ocano, y pronto volaron sobre l. A lo +lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se +rompan formando una ancha franja de espuma sobre los peascos de la +orilla, con un ruido que en el bajo mundo pareca el del trueno, pero +que en lo alto llegaba a los odos de Perseo como un suave murmullo, +como la voz de un nio medio dormido. Precisamente en aquel momento una +voz habl a su lado. Pareca ser de mujer, y era melodiosa, aunque no +precisamente dulce, sino grave y serena. + +--Perseo--dijo la voz--, ah estn las Gorgonas. + +--Dnde?--exclam Perseo--. No las veo! + +--En la costa de esa isla, debajo de ti--replic la voz--. Si dejases +caer una piedra, caera entre ellas. + +--Ya te dije yo que ella era la primera que haba de verlas--dijo Azogue +a Perseo--. Y ah estn. + +Abajo, en lnea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanz a +ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, +excepto por un lado, donde haba una playa de arena blanca como nieve. +Descendi hacia ella, y mirando con atencin hacia algo que brillaba, a +los pies de un precipicio de roca negra vi a las terribles Gorgonas. +Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el +atronador ruido del mar; porque haca falta un estruendo que hubiese +dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas +criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de +acero y sobre sus alas de oro, que caan perezosamente sobre la arena. + +Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la +roca, mientras las dormidas Gorgonas soaban que estaban despedazando a +algn pobre mortal. Las serpientes que les servan de cabellos, tambin +parecan estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorca o +alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un +adormilado silbido, y dejndose luego caer entre sus hermanas +serpientes. + +Las Gorgonas se parecan ms a alguna tremenda gigantesca especie de +insecto--inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por +este estilo--, que a ningn otro ser vivo; slo que eran como un milln +de veces ms grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, haba en +ellas algo humano tambin. Afortunadamente para Perseo, tenan la cara +escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese +mirado un solo instante, hubiera cado pesadamente del aire, convertido +en imagen de piedra. + +--Ahora--susurr Azogue, que segua al lado de Perseo--, ahora es el +tiempo que has de aprovechar para tu hazaa. Apresrate, porque si una +de las Gorgonas despierta, ser demasiado tarde! + +--A cul es a la que debo herir?--pregunt Perseo sacando la espada y +bajando un poco ms--. Las tres parecen iguales. Las tres tienen +cabellera de serpientes. Cul de las tres es Medusa? + +Hay que saber que Medusa era la nica de aquellos tres monstruos a quien +Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible +hacerles el menor dao, aunque hubiese tenido la espada mejor templada +del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida. + +--S prudente--le dijo la misma voz tranquila que antes le haba +hablado--. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueo, y +precisamente se va a volver. Esa es Medusa! No la mires! Su vista te +convertira en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el +brillante espejo de tu escudo. + +Perseo comprendi entonces por qu motivo le haba aconsejado Azogue que +puliese su escudo con tanto afn. En aquella superficie poda mirar con +tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y all estaba aquel +rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la +luna cayendo de plano sobre l y descubriendo todo su horror. Las +serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permita dormir por +completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro ms fiero y +ms horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, haba +en l una extraa, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban +cerrados, porque la Gorgona dorma an profundamente; pero sus facciones +estaban conturbadas por una expresin inquieta, como si el monstruo +sufriese algn mal sueo. Rechinaba los dientes y araaba la arena con +sus garras de bronce. + +Las serpientes tambin parecan sentir el sueo de Medusa e inquietarse +con l cada vez ms. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, +se retorcan furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir +los ojos. + +--Ahora, ahora!--murmur Azogue, que se iba impacientando--. Hiere al +monstruo! + +--Pero con calma--dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven--. +Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no +errar el primer golpe. + +Perseo baj, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el +rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto ms se acercaba, ms +terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo +metlico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en +que poda alcanzarla con el brazo, Perseo levant la espada. En el mismo +instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se +alzaron amenazadoras, y Medusa abri los ojos. Pero despert demasiado +tarde. La espada era cortante. El golpe cay como un rayo, y la cabeza +de la horrible Medusa rod separada del cuerpo. + +--Admirablemente hecho!--dijo Azogue--. Apresrate y mete la cabeza en +el saco mgico. + +Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se haba colgado al +cuello aument de tamao lo bastante para contener la cabeza de Medusa. +Pronto, como el pensamiento, la levant, cuando an las serpientes se +retorcan en torno de ella, y la meti en el saco. + +--Tu misin est cumplida--dijo la voz serena--. Ahora vuela, porque las +otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de +Medusa. + +Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no haba +realizado su hazaa tan silenciosamente que el ruido de la espada, el +silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer +sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros +monstruos. Se incorporaron un instante, frotndose los ojos adormilados +con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus +cabezas se revolvan con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra +quin. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin +cabeza, con las alas de oro erizadas y cadas y sobre la arena, fu +realmente terrible oir sus alaridos. Y las serpientes! Lanzaron mil +silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron +desde el saco mgico. + +Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron +en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes +horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las +plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que an estn +all desparramadas. Levantronse, como digo, las Gorgonas, mirando +horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a +alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese cado en sus +garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen +cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la +invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qu direccin seguirle, ni +tampoco dej l de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, +subiendo en lnea perpendicular un kilmetro prximamente. A aquella +altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta +l muy dbiles, se dirigi en lnea recta hacia la isla de Serifo, para +entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes. + +No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a +Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo +marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cmo +convirti a un enorme gigante en montaa de piedra con slo ensearle la +cabeza de la Gorgona. Si dudis de esta ltima historia, podis hacer un +viaje a frica, cualquier da de stos, y veris la montaa, que todava +lleva el antiguo nombre del gigante. + +Por ltimo, nuestro valiente Perseo lleg a la isla, donde esperaba ver +a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey haba +tratado tan mal a Danae, que se haba visto obligada a huir y a +refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos +la haban recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador +de buen corazn, que fu el primero en dar hospitalidad a Danae y a +Perseo, nio, cuando los encontr flotando en el arca, parecen haber +sido las nicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. +Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran +notablemente malos y no merecan mejor destino que el que vais a saber +que cay sobre ellos. + +No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fu derecho a +palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no +se alegr gran cosa de volver a verle, porque casi tena por cierto, con +regocijo de su mal corazn, que las Gorgonas habran hecho pedazos al +pobre muchacho y se lo habran comido inmediatamente. Pero al verle +volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le pregunt qu haba +hecho. + +--Has cumplido tu promesa?--pregunt--. Me traes la cabeza de Medusa +con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mo, te va a costar caro, +porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y s que +no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto. + +--S, Majestad--respondi Perseo tranquilamente y como si no hubiera por +qu asombrarse de que un joven como l hubiese llevado a cabo tal +hazaa--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de +serpientes. + +--De veras! Pues haz el favor de ensermela--dijo el rey Polidectes--. +Debe de ser + +[imagen] + +espectculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella +han dicho la verdad. + +--Vuestra Majestad est en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un +objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra +Majestad quiere, me permitir aconsejar que se declare el da de hoy +fiesta nacional y que se llame a todos los sbditos de Vuestra Majestad +para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. Me parece que +pocos sern los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca +puedan volver a verla! + +Bien saba el rey que todos sus sbditos eran haraganes rematados, +aficionadsimos a espectculos como suelen serlo todas las gentes +perezosas; as es que sigui el consejo del joven y envi en todas +direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas +las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen +dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran +multitud de gentes intiles y vagabundas, que todas, por puro amor al +mal, se hubiesen alegrado muchsimo de que a Perseo le hubiese sucedido +algn dao en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas haba +en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice +nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo +a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea +comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se +empujaron, y se dieron codazos por afn de estar cerca de un balcn +donde se veia a Perseo con el saco mgico y bordado en la mano. + +En una tribuna colocada enfrente del balcn estaba sentado el rey +Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, +formando semicrculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y +pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo. + +--Ensea la cabeza de la Gorgona!... Ensala!--gritaba el pueblo. Y +haba en sus gritos tal fiereza, que parecan querer hacer pedazos a +Perseo, si lo que haba de ensearles no les satisfaca--. Ensanos la +cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes! + +Un sentimiento de pena y de lstima sobrecogi a Perseo. + +--Oh, rey Polidectes--exclam--, y vosotros pueblo: no quisiera +mostraros la cabeza de la Gorgona! + +--Ah, canalla, cobarde!--grit el pueblo, ms furioso que nunca--. Se +est burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. +Ensanosla, si la has trado, y si no te cortaremos la tuya para hacer +con ella una pelota de _foot-ball_. + +Los malos consejeros hablaron al rey al odo; los cortesanos murmuraron, +todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y seor, y +el gran rey Polidectes levant la mano y le orden, con la voz austera y +grave de la autoridad, que ensease la cabeza al pueblo, si no quera +perder la suya. + +--Mustranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya. + +Perseo suspir. + +--Ahora mismo!--repiti Polidectes--, o mueres. + +--Miradla entonces!--exclam Perseo con voz que reson como un clarn. + +Y alz de repente la terrible cabeza. Ni un solo prpado tuvo tiempo de +entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces +sbditos quedaron al punto convertidos en imgenes de un monarca y su +pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel +instante. La vista de la cabeza de Medusa les haba transformado en +blanco mrmol! Y Perseo volvi a meter la cabeza en el saco, y fu a +decir a su madre querida que ya no haba por qu tener miedo al malvado +rey Polidectes. + +--Qu, no ha sido un cuento bonito?--pregunt Eustaquio. + +--Ay, s, s!--exclam Capuchina, palmoteando--. Y esas viejas tan +raras, que no tenan ms que un ojo para las tres! Nunca he odo cosa +ms extraa! + +--En lo del diente--observ Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo +que sera un diente postizo. Pero, qu es eso de haber convertido a +Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? Es una ridiculez! + +--Ah!, no era hermana suya?--pregunt Eustaquio--. Si se me hubiese +ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tena un buho +favorito. + +--Bueno--dijo Primavera--; despus de todo, con el cuento se ha +desvanecido la niebla. + +Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores haban +desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubra un +panorama, que los espectadores casi podan figurarse que haba sido +creado desde la ltima vez que haban levantado los ojos en la direccin +donde ahora se extenda. A una media milla de distancia, en el regazo +del valle, apareca ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta +imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de +las colinas ms lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de +la ms ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su +ms lejana orilla estaba el alto monte, que pareca estar tumbado en el +valle. Eustaquio le compar a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta +en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el +follaje otoal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo +alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el +terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de rboles y +los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castao +obscuras, porque haban sufrido ms con las heladas que el follaje de +las vertientes de las colinas. + +Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligersima +neblina, que haca la luz imponderablemente suave y tierna. Oh, qu da +de veranillo de San Martn tan hermoso! Los nios cogieron +apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, +corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo +muy digno que era de presidir la reunin, corriendo mucho mejor que +ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos poda +ni imitarlos. Acompabales tambin un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era +uno de los cuadrpedos ms respetables y de mejor corazn del mundo, y +probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar +alejarse a los nios sin mejor guardin que aquel cabeza loca de +Eustaquio Bright. + +[imagen] + + + + +EL TOQUE DE ORO + + + + +[imagen] + + + + +ARROYO UMBRO + + +A medioda, nuestra partida juvenil se reuni en una caada, a travs de +cuya profundidad corra un arroyuelo. La caada era angosta, y sus +vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban +cubiertas con espesura de rboles, principalmente nogales y castaos, +entre los cuales crecan tambin unas cuantas encinas y unos cuantos +arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se +encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un +crepsculo en pleno medioda. De ah vena el nombre de _Arroyo Umbro_. +Pero ahora, desde que el otoo haba llegado a aquel lugar oculto, todo +el obscuro verdor se haba cambiado en oro; as es que el ramaje +incendiaba la caada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas +amarillas, aunque el da hubiese estado nublado, hubieran parecido +conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se haban cado, que todo +el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol tambin. +As el rincn umbro, donde el verano se haba refrescado, ahora era el +sitio ms lleno de sol que pudiera encontrarse. + +El arroyuelo corra, siguiendo su camino de oro, detenindose aqu para +formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, +nadando de un lado a otro; apresurndose luego cuesta abajo, como si +tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidndose de mirar por donde +iba, tropezaba con la raz de un rbol, que se le atravesaba en la +corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra +el inesperado obstculo. Y aun despus de haberle salvado, segua el +agua hablndose a s misma, como si estuviera perpleja. Supongo que +estaba maravilladsima al ver su caada umbra tan iluminada, y al oir +la charla y la alegra de tantos chiquillos. As es que corra lo ms +aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago. + +En la caada de Arroyo Umbro, Eustaquio Bright y sus amiguitos se +haban detenido para comer. Haban trado muchas cosas ricas de +Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las haban servido sobre troncos +cados, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegra haban +hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando termin, ninguno quera +moverse. + +--Aqu descansaremos--dijeron algunos de los nios--, mientras el primo +Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos. + +El primo Eustaquio tena tanto derecho a estar cansado como cualquiera +de los chiquillos, porque haba llevado a cabo grandes hazaas en +aquella maana memorable. Trbol, Romero, Capuchina y Girasol estaban +casi convencidos de que tena zapatillas con alas, como las que las +Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le haban visto en lo alto de la +copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en +pie en el suelo. Y entonces, qu chaparrones de nueces haba hecho +llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las +recogiesen en los cestitos! En una palabra: se haba mostrado tan ligero +como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, +pareca dispuesto a descansar un poco. + +Pero los nios no tienen piedad ni consideracin para el cansancio +ajeno, y si no os quedase ms que un solo aliento, os pediran que le +gastaseis en contarles un cuento. + +--Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, qu cuento tan bonito el de la +cabeza de la Gorgona! Crees que seras capaz de contarnos otro tan +bonito como ese? + +--S, hija ma--dijo Eustaquio, tapndose los ojos con la visera de la +gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podra contaros una +docena, tan bonitos o ms, si me diese la gana. + +--Oh, Primavera y Margarita!, os lo que dice?--exclam Capuchina, +bailando de contenta--. El primo Eustaquio nos va a contar una docena +de cuentos, ms bonitos que la cabeza de la Gorgona! + +--No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi +con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya ms remedio. sta es la +consecuencia de haber logrado una reputacin! Por qu no ser un poco +ms tonto de lo que soy, o por qu habr demostrado nunca las brillantes +cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? As hubiera podido dormir +la siesta en paz y en gracia de Dios. + +Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan +aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su +entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y +apenas requera impulso exterior para ponerse en movimiento. + +Cun diferente este espontneo juego de la inteligencia, de la educada +diligencia de los aos maduros, cuando la tarea se ha hecho fcil a +fuerza de costumbre, y el trabajo del da es indispensable para la +felicidad del da, aunque todo lo dems se haya desvanecido como burbuja +de jabn! Pero esta observacin no hace falta que la oigan los nios. + +Sin hacerse rogar ms, Eustaquio Bright empez a contar el cuento +siguiente, realmente esplndido. Se le haba ocurrido mientras estaba +tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un rbol, +observando cmo el toque del otoo haba convertido cada una de sus +hojas verdes en lo que pareca oro finsimo. Y ese cambio, que todos +hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios +que Eustaquio relat al contar la historia de Midas. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL TOQUE DE ORO + + +Vivi hace mucho tiempo un hombre muy rico, que adems era rey. Se +llamaba Midas. Tena una hijita, de la cual nadie ms que yo ha odo +hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he +olvidado. As es que, como me gustan los nombres extraos para las +nias, me parece bien llamarla Clavellina. + +El rey Midas era aficionadsimo al oro. Apreciaba su corona real, +principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer +oro, mucho oro, era la ambicin ms grande del rey Midas. Si algo haba +en la Tierra a que quisiese ms que al oro, era a la preciosa niita, su +hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto ms la +quera, ms ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. +Pensaba, tontamente, que lo mejor que poda hacer por aquella nia, a +quien quera tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de +monedas amarillas y brillantes. As es que jams pensaba en otra cosa. +Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman +al ponerse el sol, slo deseaba que fuesen oro de veras, para poder +guardarlas en su caja fuerte. Cuando vena Clavellina, saltando y +riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, +lo nico que le deca era:--Bah! Bah, hijita! Si esas flores fueran de +oro, como parecen, entonces s que valdra la pena de recogerlas. + +Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente +dominado por el deseo desordenado de riquezas, haba sido muy aficionado +a las flores. Haba plantado un jardn, en el cual crecan las rosas ms +grandes y ms hermosas que haya visto u olido ningn mortal. + +Las rosas seguan creciendo en el jardn, tan bellas, tan grandes y tan +fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras +mirndolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era slo +para calcular cunto ms valdra el jardn si cada uno de los +innumerables ptalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. +Y aunque tambin en + +[imagen] + +otros tiempos fu muy aficionado a la msica (a pesar de la historia que +cuenta que sus orejas se parecan a las de los burros), la nica msica +agradable para el pobre rey Midas era el tintn de una moneda al chocar +contra otra. + +Por fin (porque la gente se vuelve cada da ms tonta, a no ser que +tenga buen cuidado de hacerse cada da ms y ms cuerda), el rey Midas +lleg a ser tan poco razonable, que no poda ver ni tocar cosa que no +fuese de oro. Y tom por costumbre pasar gran parte del da en una +habitacin obscura y subterrnea en los stanos de su palacio. All es +donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero fesimo, que apenas poda +servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quera ser +completamente feliz. + +All, despus de cerrar cuidadosamente la puerta, coga un saco lleno de +monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una +barra de oro pesadsima, o un celemn lleno de polvo de oro, y los +llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el nico sitio +donde caa un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le +gustaba mucho aquel rayo de sol, nicamente porque sin su ayuda no poda +ver brillar su tesoro. Luego remova con las manos las monedas del saco, +o tiraba la barra a lo alto y la recoga al caer, o haca que se +deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraa +de su cara reflejada en la bruida circunferencia de la copa, y se deca +a s mismo:--Oh, Midas, riqusimo rey Midas, qu hombre tan feliz +eres!--. Pero era muy gracioso ver cmo la imagen de su rostro le haca +muecas desde la pulida superficie de la copa. Pareca como si aquella +imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de l. + +Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de s mismo senta que no lo +era del todo. No podra llegar a la felicidad completa, a no ser que el +mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese +lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo. + +No necesito recordar, a nios tan instrudos como vosotros, que all en +los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando viva el rey Midas, pasaban +cosas que en nuestros tiempos y en nuestro pas se nos antojaran +maravillosas. Por otra parte, muchsimas cosas suceden ahora que no slo +nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los +tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi +parte, creo que nuestros tiempos son mucho ms extraos que los +antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento. + +Un da estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro +subterrneo, cuando vi que una sombra caa sobre los montones de oro, +y mirando de repente hacia arriba, vi la figura de un desconocido, que +estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era +un joven con cara alegre y rubicunda. No s si porque la imaginacin del +rey Midas pona un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier +otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el +desconocido le miraba tena una especie de radiacin dorada. Lo que s +era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los +tesoros amontonados brillaban ms que nunca. Hasta los ms remotos +rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecan +iluminados cuando el desconocido sonrea, como si hubiese en ellos +llamas o chispas. + +Como Midas saba que haba cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y +que no haba mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus +tesoros, sac en consecuencia que el visitante era algo ms que un +mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos das, cuando la +Tierra era relativamente nueva, se supona que deban venir a visitarla +de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenan la +costumbre de interesarse por las alegras y las penas de los hombres, +las mujeres y los nios, medio en broma y medio en serio. Midas haba +tropezado ya antes con seres de esa ndole, y no le disgustaba +encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan +amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable +sospechar que vena a hacer dao. Era ms que probable que viniese a +hacer un favor al rey Midas. Y qu favor podra ser, sino aumentar sus +montones de tesoros! + +El desconocido mir por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa +hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que all haba, se +volvi hacia Midas. + +--Eres un hombre rico, amigo Midas--observ--. Me parece que no habr en +la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que t +has conseguido amontonar en esta habitacin. + +--He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondi Midas en +tono descontento--. Pero, despus de todo, esto no es nada si se +considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno +vivir mil aos, tendra tiempo para llegar a ser rico de veras. + +--Cmo!--exclam el desconocido--. Todava no ests satisfecho? + +Midas movi la cabeza. + +--Y con qu te contentaras?--pregunt el forastero--. Slo por +curiosidad me gustara saberlo. + +Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel +desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, +haba venido all con poder y con intencin de satisfacer sus mayores +deseos. Por consiguiente, haba llegado el feliz momento, y no tena ms +que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se +le ocurriese pedir. As es que pens, y pens, y pens, y amonton en su +imaginacin montaa sobre montaa de oro, sin llegar a figurarse una lo +bastante grande para satisfacerle por completo. + +Por ltimo, se le ocurri una idea luminosa. Pareca, en realidad, tan +brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba. + +Levantando la cabeza, mir al desconocido cara a cara. + +--Ea, Midas--observ el visitante--, veo que por fin has pensado cosa +que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas. + +--Slo esto--respondi Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto +trabajo reunir mis tesoros y de ver que despus de tanto cansarme +aumentan tan despacio. Deseo que todo lo que yo toque se convierta en +oro! + +La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareci llenar la +habitacin, como el sol que centellease en un sombro y hondo valle, +donde las amarillas hojas del otoo (porque esto parecan los pedazos de +oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz. + +--El Toque de Oro!--exclam--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres +hombre de imaginacin. Pero, ests completamente seguro de que con eso +te quedars satisfecho? + +--Completamente!...--dijo Midas. + +--Y que nunca te arrepentirs de poseer ese don? + +--Por qu haba de arrepentirme?--pregunt Midas--. Es lo nico que +pido para ser completamente feliz. + +--Entonces, hgase como deseas--respondi el forastero, moviendo la mano +en seal de despedida--. Maana, al salir el sol, te encontrars dotado +con el Toque de Oro. + +El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente +brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos +de nuevo, no vi ms que el nico rayo de sol en el subterrneo, y +alrededor suyo el centelleo del precioso metal que haba empleado toda +la vida en reunir. + +La historia no dice si Midas durmi aquella noche como de costumbre. +Dormido o despierto, su espritu estaba probablemente en el mismo +estado que el de un nio a quien se ha prometido por la maana un +juguete nuevo. Y apenas el da acababa de asomar por encima de los +montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los +brazos fuera de la cama, empez a tocar cuanto se encontraba a su +alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le haba llegado el +Toque de Oro, segn la promesa del desconocido. Para convencerse pas el +dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros +varios objetos; pero tuvo una triste desilusin al ver que continuaban +siendo de la misma substancia que antes. Entonces temi que la visita +del reluciente desconocido hubiese sido un sueo, o que, aunque hubiese +venido de veras a visitarle, hubiese sido nicamente para burlarse de +l. Qu cosa tan triste, si despus de tantas esperanzas el rey Midas +hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por +medios ordinarios, en lugar de crearlo con slo tocar! + +Mientras pensaba esto, an estaba la maana gris, con un solo rayo +brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se +volvi a echar en la cama, muy desconsolado por la cada de sus +esperanzas, y se fu poniendo cada vez ms triste, hasta que el primer +rayo de sol pas a travs de la ventana y vino a dorar el techo sobre su +cabeza. Parecile a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se +reflejaba de modo extrao sobre la colcha blanca de su cama. Mirando ms +de cerca, cul no sera su asombro y su alegra al ver que el tejido de +hilo se haba transformado en otro que pareca ser del oro ms puro y +ms brillante! El Toque de Oro le haba llegado con el primer rayo de +sol! + +Midas se incorpor en una especie de frenes gozoso, y ech a correr por +la habitacin, tocando cuanto encontraba al paso. Toc uno de los +barrotes de la cama, e inmediatamente se convirti en estriado lingote +de oro. Descorri una cortina para ver mejor todas las maravillas que +estaba realizando, y la borla se le convirti entre las manos en un +montn de oro. Tom un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se +convirti en el volumen ms ricamente encuadernado y dorado que se haya +visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ay!, se +convirtieron stas en un montn de delgadas placas de oro, en las cuales +todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresur a +vestirse, y se qued encantado al verse con magnfico traje de tela de +oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un +poco ms que de costumbre. Sac el pauelo que su hijita haba hecho a +vainica para regalrselo. Tambin se hizo de oro, convirtindose las +puntadas primorosas que haba hecho la nia con tanto cuidado, tambin +en hilo de oro. + +A pesar de todo, esta ltima transformacin no dej satisfecho por +completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se +hubiese conservado siempre como cuando la nia se subi en sus rodillas, +besndole para entregrselo. + +Pero no era cosa de afligirse por una pequeez. Midas sac sus lentes +del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. +En aquellos tiempos an no se haban inventado los lentes para el comn +de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si +no, de dnde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, not +que aunque los cristales eran excelentes, no vea nada a travs de +ellos. Era la cosa ms natural del mundo, porque al tocarlos, los +transparentes cristales se haban convertido en discos de amarillo +metal, y por lo tanto eran intiles como lentes, aunque como oro +valiesen bastante. + +Molestle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podra +conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo. + +--Pero, despus de todo, importa poco--se dijo a s mismo con mucha +filosofa--. No podemos tener un gran bien que no venga acompaado de +algn ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de +un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los mos me +servirn para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina +pronto ser una personita formal y podr leerme todos los libros que yo +necesite. + +El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el +palacio le pareca pequeo para contenerla. Por consiguiente, baj las +escaleras y sonrea al observar cmo la balaustrada y el pasamanos se +iban convirtiendo en oro bruido, segn los tocaba. Levant el picaporte +de la puerta--era de bronce un momento antes, pero fu de oro en cuanto +sus dedos le hubieron tocado--y sali al jardn. Encontr en l, como de +costumbre, muchsimas rosas: unas completamente abiertas, otras en +capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la maana. Su color +delicado era una de las ms lindas cosas que se pudieran ver; tan +amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecan aquellas +flores. + +Pero Midas saba el modo de hacerlas mucho ms preciosas, segn su modo +de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para +conseguirlo se tom el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercit su +Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los +capullos, y hasta los gusanillos que haba en el corazn de algunas de +ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, +llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la maana le haba +despertado el apetito, se apresur a volver a palacio. + +En qu consista generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de +Midas, es cosa que no s, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. +Supongo, sin embargo, que aquella maana el desayuno consista en +panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos +frescos, pasados por agua, y caf para el rey Midas, y un tazn de sopas +de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un +rey, y a m me parece que fuese ste o no fuese el que el rey Midas +acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito. + +Clavellina no haba llegado todava. Su padre mand que la llamasen, y +sentndose a la mesa esper que la nia llegara para empezar a +desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quera +muy de veras a su hijita, y mucho ms aquella maana, que estaba tan +contento por la buena suerte que haba cado sobre l. Pas un momento y +la oy llegar; pero Clavellina vena llorando amargamente. Esta +circunstancia le sorprendi mucho, porque era su hijita una de las +nias ms alegres que se hayan visto nunca en un da de verano, y con +las lgrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese +podido llenar un dedal. + +Cuando Midas oy sus sollozos, decidi consolarla dndole una sorpresa +agradable, e inclinndose sobre la mesa, toc el tazn de su hija (que +era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambi en oro +reluciente. + +Clavellina, muy desconsolada, abri la puerta y se present delante de +su padre, limpindose las lgrimas con el delantal, y sollozando como si +se le rompiese el corazn. + +--Qu es eso, hija ma?--exclam Midas--. Qu te pasa, hoy que hace +una maana tan hermosa? + +Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alarg una mano, en la +cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar. + +--Muy bonita!--exclam su padre--. Qu hay en esa magnfica rosa que +pueda hacerte llorar? + +--Pap--respondi la chiquilla llorando a ms y mejor--, no es bonita: +es la flor ms fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al +jardn a cortar rosas para ti, porque s que te gustan, y que te gustan +ms cuando te las corta tu hijita. Pero, a que no sabes lo que ha +sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. Todas las rosas tan +bonitas, que olan tan bien y tenan tantos colores, se han echado a +perder! Se han puesto amarillas como sta, y no huelen a nada. Qu les +habr pasado? + +--Bueno, hijita, no llores por eso--dijo Midas, a quien le di vergenza +confesar que l mismo haba producido el cambio que tanto afliga a la +nia--. Sintate y toma tus sopas de leche. Ya vers qu fcil es +cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de aos, +por una vulgar, que se deshoja en un da. + +--No quiero rosas como sta--dijo Clavellina tirndola +despectivamente--. No huele a nada, y con estos ptalos tan duros me +araa la nariz. + +La nia se sent a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por +las rosas marchitas, que no repar en la transformacin maravillosa del +tazn de China. Y ms vali as. Porque Clavellina estaba acostumbrada a +divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los rboles tan +extraos que estaban pintados en la superficie del tazn, y todos +aquellos adornos haban desaparecido en el tono amarillo del metal. + +Midas, entretanto, se haba servido una taza de caf, y, naturalmente, +la cafetera, que no s de qu metal era cuando la cogi, estaba +convertida en oro cuando volvi a dejarla sobre la mesa. Pens un +momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como +las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empez a pensar en +el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos +sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecan sitios bastante +seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de +oro. + +Con estos pensamientos se llev a los labios una cucharada de caf, y al +sorberla se qued atnito, al notar que en el instante en que sus labios +tocaron el lquido se convirti en oro derretido, y un instante despus +se solidific, formando un terrn dorado. + +--Ah!--exclam Midas casi con horror. + +--Qu te pasa, pap?--pregunt Clavellina mirndole, an con lgrimas +en los ojos. + +--Nada, nia, nada!--dijo Midas--. Toma la leche antes de que se enfre +por completo. + +Se sirvi una de las truchas, y por va de experimento toc la cola con +el dedo. Con gran espanto suyo vi que se converta de trucha +admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen +ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal +verdad, y pareca que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero +del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la +cola eran delgadsimas placas de oro, y quedaban en l hasta las seales +del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien +frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podis +figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor +tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y +valiosa imitacin. + +--No comprendo--se dijo a s mismo--cmo voy a arreglrmelas para +desayunar. + +Cogi uno de los panecillos calientes, y apenas lo parti cuando, con +gran mortificacin suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de +trigo ms blanca), mucho ms amarillo que si hubiese sido pan de maz. A +decir verdad, si hubiese sido pan de maz, le hubiese gustado a Midas +mucho ms que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron +comprender, sin gnero de duda, que era de oro. Casi desesperado, se +sirvi un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufri un cambio +anlogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo +pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la +fbula tena costumbre de poner. + +--Pues, seor, estoy divertido!--pens recostndose en el respaldo del +silln y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus +sopas de leche con gran satisfaccin--. Un desayuno tan rico sobre la +mesa y no poder probar ni un bocado! + +Esperando que a fuerza de darse prisa podra evitar el grave +inconveniente, el rey Midas se ech sobre una patata caliente e intent +tragrsela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro +era ms listo que l. Y se encontr con la boca llena, no por una patata +harinosa, sino por un pedazo de metal slido, que le quem la lengua de +un modo tan horroroso, que empez a dar alaridos y a saltar y patalear +por todo el cuarto; tanto le quemaba y dola. + +--Pap! Pap!--exclam Clavellina, que era una nia muy cariosa--. +Qu te pasa, pap? Te has quemado la lengua? + +--Ay, hija ma!--murmur Midas tristemente--. No s qu va a ser de tu +pobre padre! + +Y, verdaderamente, habis odo caso ms lastimoso en toda vuestra vida? +Aqu est literalmente el desayuno ms rico que pueda servirse en mesa +de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador +ms pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, est +realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares +valan en realidad tanto oro como pesaban. Y qu iba a hacer? Ya a la +hora del desayuno; Midas tena muchsimo apetito. Iba a tener menos a +la hora de comer? Y figuraos qu hambre de lobo tendra a la hora de la +cena, que consistira, sin duda, en manjares tan indigestos como los que +entonces tena delante. Cuntos das pensis que podra sobrevivir a un +rgimen tan substancioso? + +Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que +empez a poner en duda si, despus de todo, las riquezas eran lo nico +deseable de este mundo o siquiera lo ms deseable de todo. Pero esto no +fu ms que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el +brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de +Oro por consideracin tan mezquina como la de un desayuno. Qu precio +por unos cuantos comestibles! Y adems, perder tantos millones! Es +decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un +panecillo caliente y una taza de caf! + +--Sera demasiado caro!--pens Midas. + +Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situacin, que +volvi a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindsima +Clavellina no pudo soportarlo ms. Se qued an un momento sentada, +mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento +comprender qu le pasaba. Luego sinti un deseo suave y triste de +consolarle, salt de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le +rode las piernas con los brazos. El se inclin a dar un beso a la nia. +Y entonces comprendi que el amor de su hija vala mil veces ms que +todo lo que haba ganado con el Toque de Oro. + +--Clavellina, hijita, preciosa ma!--exclam. + +Pero Clavellina no respondi. + +Ay, qu haba hecho! Cun fatal era el don que el desconocido le haba +otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de +su hija, se oper en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, +tan lleno de cario, se puso amarillento, y lgrimas amarillas tambin +quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el +mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e +inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. Oh, terrible +desdicha! Vctima de su insaciable deseo de riqueza, haba convertido a +su propia hija en una estatua de oro... + +S: una estatua era ya aquella bellsima nia, y su ltima e +interrogadora mirada de cario, de pena y de lstima, endurecida y como +tallada en su rostro, era la cosa ms bonita y ms triste que ojos +mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y +peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un +encantador hoyito que tena en la barba, y agraciaba delicadamente sus +rasgos fisonmicos. Pero cuanto ms perfecto era el parecido, mayores +eran la agona y desesperacin del rey Midas, contemplando aquella +imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que +Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:--Vales ms oro +que pesas!--. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, +y el dolorido monarca comprenda, aunque demasiado tarde, cun +infinitamente ms vale un corazn amante y compasivo, que le tenga a uno +cario, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y +la tierra. + +Sera historia demasiado triste contaros cmo Midas, ahora que ya tena +todo lo que haba deseado, empez a retorcerse las manos y a maldecirse +a s mismo. Y como no poda ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de +ella, excepto cuando los tena fijos en la estatua, no poda creer que +se haba convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, vea la preciosa +figurita con una lgrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una +mirada tan compasiva y tan cariosa, que pareca que la misma expresin +tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde +luego, no poda ser. As es que Midas volvi a retorcerse las manos y a +desear ser el hombre ms pobre del mundo, si la prdida de todas sus +riquezas pudiera volver al rostro de la nia el desvanecido color de +rosa. + +Cuando estaba en lo ms tremendo de la desesperacin, de pronto vi a un +desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclin la +cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoci la misma figura que se +le haba aparecido el da antes en el subterrneo y le haba otorgado la +desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido an +tena la misma sonrisa, que pareca derramar amarillo lustre sobre la +habitacin y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los dems +objetos que haban sido transformados por el tacto de Midas. + +--Eh!, amigo Midas--dijo el desconocido--: qu tal te va con el Toque +de Oro? + +Midas movi la cabeza. + +--Soy muy desgraciado--dijo. + +--Muy desgraciado, de veras?--exclam el desconocido--. Y cmo es eso? +No he cumplido fielmente la promesa que te hice? No has tenido todo +lo que deseaba tu corazn? + +--El oro no es todo en este mundo--respondi Midas--, y he perdido lo +que mi corazn realmente quera ms que nada. + +--Ah! De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?--observ +el desconocido--. A ver, a ver. Cul de estas dos cosas te parece que +vale ms: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara? + +--Oh, bendita agua!--exclam Midas--. Ya nunca volvers a humedecer mi +seca garganta! + +--El Toque de Oro--continu el desconocido--o un pedazo de pan? + +--Un pedazo de pan--respondi Midas--vale por todo el oro del mundo. + +--El Toque de Oro--pregunt el desconocido--o tu hijita palpitante, +viva, suave y cariosa como hace una hora? + +--Oh! Mi hijita, mi hijita!--exclam el pobre Midas retorcindose las +manos--. No hubiera dado yo el hoyito que tena en la barba por el +poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro! + +--Eres ms cuerdo que eras, rey Midas--dijo el desconocido--. Ya veo que +tu corazn no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si as +fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero an pareces capaz de +comprender que las cosas sencillas, las que estn al alcance de todo el +mundo, valen mucho ms que las riquezas por las cuales tantos mortales +se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: deseas verte libre del +Toque de Oro? + +--Le odio!--respondi Midas. + +Una mosca se le pos en la nariz, pero inmediatamente cay al suelo; +tambin ella se haba convertido en oro. Midas se estremeci. + +--Entonces--dijo el desconocido--, ve y bate en el ro que pasa por +detrs de tu jardn. Toma un cntaro del agua misma y ve rociando con +ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua +substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares +el dao que has causado con tu avaricia. + +El rey Midas se inclin profundamente, y cuando levant la cabeza, el +reluciente desconocido ya no estaba all. + +Comprenderis fcilmente que Midas no perdi el tiempo, y fu a buscar +un gran cntaro de barro; pero, ay de m!, en cuanto le toc dej de +ser barro. Corri, sin embargo, hasta la orilla del ro. Segn iba +corriendo a travs del huerto, que estaba plantado de grosellas y +frambuesas, era maravilloso ver cmo el follaje se pona amarillo, como +si hubiese pasado por all el otoo. Al llegar al ro se tir de cabeza, +sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.--Puf, puf, puf!--resopl +el rey Midas al sacar la cabeza del agua--. Est bien. ste es un bao +refrescante, y supongo que me habr lavado por completo del Toque de +Oro. Ahora, a llenar el cntaro. + +Al meter el cntaro en el agua alegrsele el corazn al verle +convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cntaro de barro que +fu antes de que le hubiese tocado l. Tambin notaba un cambio dentro +de s mismo. Pareca que se le haba quitado del pecho un peso grande, +duro y fro. Sin duda su corazn haba ido perdiendo poco a poco su +humana substancia y transmutndose en metal insensible; pero ahora iba +ablandndose en carne de nuevo. Viendo una violeta que creca a la +orilla del ro, Midas la toc, y no caba en s de gozo al ver que la +delicada flor conservaba su color caracterstico, en vez de tomar un +brillante amarillo. La maldicin del Toque de Oro, por lo tanto, se +haba apartado de l. + +El rey Midas se apresur a volver a palacio, y supongo que algunos +criados no saban lo que les pasaba al ver a su real dueo llevando tan +cuidadosamente un cntaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer +todo el dao que haba causado su locura, era ms preciosa para Midas +que pudiera haberlo sido un ocano de oro lquido. Lo primero que hizo, +como apenas necesito deciros, fu echar agua a manos llenas sobre la +dorada figura de su hija. + +Apenas cay el agua sobre ella, os hubieseis redo al ver cmo volvi el +color de rosa a sus mejillas. Y cmo empez a estornudar y a sacudirse! +Y qu asombrada se qued al encontrarse toda mojada y ver a su padre que +segua echndole agua encima. + +--Basta, pap; por favor, ya no ms!--exclam--. Mira lo que has hecho +con mi vestido tan bonito. Y que le estreno hoy! + +Clavellina no saba que haba sido un rato estatua de oro; no poda +acordarse de lo que haba sucedido desde el momento en que corri con +los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre. + +No crey ste necesario contar a su querida hija cun loco haba sido, +pero se decidi a demostrar lo mucho ms cuerdo que ahora era. Para esto +llev a Clavellina al jardn, donde ech el agua que quedaba sobre los +rosales, y con tan buena suerte, que ms de cinco mil rosas recobraron +su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras +vivi conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una +fu que las arenas del ro + +[imagen] + +[imagen] + +brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tena +ahora un reflejo dorado que nunca haba observado en l antes de que se +hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en +realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho ms bonito +que antes. + +Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tena a los hijos de +Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le +gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento +yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les deca que su +cabello tambin tena un bonito reflejo de oro, que haban heredado de +su madre. + +--Y para deciros la verdad, queridos nios mos--comentaba el rey Midas, +haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos--, desde aquella maana +he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra +madre. + +--Ea, nios--pregunt Eustaquio, que era muy aficionado a saber la +opinin definida de sus oyentes--, habis odo en toda vuestra vida +cuento mejor que este del Toque de Oro? + +--La historia del rey Midas--dijo la burlona Primavera--era famosa miles +de aos antes de que el seor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y +continuar sindolo despus que l lo abandone. Pero algunas personas +tienen lo que pudiramos llamar toque de plomo, y convierten en +pesado y seco todo lo que tocan sus manos. + +--Eres una nia muy lista, para no haber cumplido an los quince--dijo +Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crtica--. Pero bien +convencida ests, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruido +el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto ms brillante que +nunca. Y la figura de Clavellina? No est maravillosamente dibujada? Y +la moraleja, no es profunda, clara y bien trada? Qu decs, Amapola, +Romero, Trbol, Margarita? Alguno de vosotros, despus de haber odo +este cuento, desearais poseer la facultad de convertir las cosas en +oro? + +--A m me gustara--dijo Margarita, chiquilla de diez aos--tener el +poder de convertirlo todo en oro con el dedo ndice de la mano derecha, +pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a +su estado primero, si el cambio no haba resultado a mi gusto. Ay, si +lo tuviera, ya s lo que hara esta misma tarde! + +--Qu haras?--dijo Eustaquio. + +--Tocara--respondi Margarita--cada una de las hojas de estos rboles +con el dedo ndice de la mano izquierda, y las pondra verdes otra vez; +as es que volveramos a empezar el verano, sin tener que pasar por el +feo invierno. + +--Oh, Margarita!--exclam Eustaquio Bright--; ests en un error, y +haras una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no hara ms que das +de oro, como este de hoy, durante todo el ao. Las mejores ideas siempre +se me ocurren un poco tarde. Por qu no os habr dicho cmo el viejo +rey Midas vino a Amrica y cambi el sombro otoo que hay en otros +pases en la deslumbrante belleza con que aqu se viste? Dor todas las +hojas del gran libro de la Naturaleza. + +--Primo Eustaquio--dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba +haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeez +de las hadas--, qu altura justa tena Clavellina, y cunto pesara +despus de haberse convertido en oro? + +--Era casi tan alta como t--replic Eustaquio--, y como el oro es muy +pesado, pesara lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda +con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro. +Ojal Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la caada, +subiendo a lo alto del pen, y echemos una mirada en derredor. + +As lo hicieron. El sol haba ya andado dos horas ms de la mitad de su +camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiacin occidental, +de modo que pareca estar lleno hasta el borde de luz suave que se +desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un da +tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de +l: Nunca ha existido da semejante, aunque ayer tal vez fu, y maana +ser, tan luminosamente radiante! Ah! Pero hay pocos de esos en el +crculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos das de Octubre +que cada uno de ellos parece ocupar muchsimo espacio, aunque el sol se +levanta ms bien tarde en esta estacin del ao, y se va a la cama, como +debieran irse los nios, a las tempranas seis de la tarde o un poco +antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos das largos; pero +parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y +cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un +inmenso brazado de vida desde por la maana. + +--Venid, nios, venid!--exclam Eustaquio--. Ms nueces, ms nueces, +ms nueces! Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las +partir para vosotros y os contar magnificas historias! + +Y as se fueron, todos contentsimos, excepto el pequeo Romero, que, +siento decroslo, se haba sentado sobre un erizo de castaa y se haba +convertido en acerico de sus pinchos. Dios mo, qu incmodo deba ir +el pobre! + + + + +EL PARASO DE LOS NIOS + + + + +[imagen] + + + + +EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD + + +Pasaron los das de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han +pasado, y pas el obscuro Noviembre y la mayor parte del fro Diciembre +tambin. Por fin lleg la alegre Navidad, y Eustaquio Bright lleg con +ella, hacindola an ms alegre con su presencia. Y al da siguiente de +haber llegado l, cay una gran nevada. Hasta entonces el invierno +pareca haberse retrasado, y nos haba dado muchos das tibios, que eran +como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se haba conservado verde +en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes +que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban +pasar el viento fro. An no haca un par de semanas que los nios +haban encontrado un amargn en flor, en la margen del Arroyo Umbro, +precisamente a la salida de la caada. + +Pero ya no haba ni hierba ni flores. Qu nevada! Veinte millas de +tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de +Tanglewood y la alta montaa, si la vista alcanzase tan lejos, entre los +remolinos de copos que blanqueaban toda la atmsfera. Pareca como si +las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse +unos a otros monstruosos puados de nieve. Tan espesos caan los copos, +que hasta los rboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, +quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es +verdad, los pequeos prisioneros de Tanglewood podan divisar el confuso +contorno de la gran montaa y la lisa blancura del lago helado al pie de +ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte ms +cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la +tormenta. + +Sin embargo, los nios se regocijaban con la nevada. Ya haban trabado +conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caa ms +espesa, y tirndosela unos a otros a puados, precisamente como ahora +mismo nos figurbamos que hacan las montaas. Y ahora haban vuelto al +espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran saln, y +estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeos. El mayor de +todos era un caballo de movimiento, que pareca un jaco de verdad, y +haba una familia entera de muecas de madera, de cera, de cartn y de +china, adems de unos cuantos bebs de trapo; y tarugos de construccin, +innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y +combas, y muchsimos ms objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar +en una pgina. Pero los nios preferan la nevada a todos los juguetes. +Prometa para maana tantas animadas diversiones, y para todo el resto +del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el +valle, las estatuas de nieve que haba que esculpir, las fortalezas de +nieve que haba que edificar, y la batalla de bolas de nieve que haba +que ganar. + +As los chiquillos bendecan la nevada, y se alegraban de ver que caa +cada vez ms espesa, y miraban con esperanza el montn que se estaba +formando en la avenida, y que ya era ms alto que el ms alto de ellos. + +--Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!--exclamaron con el mayor +entusiasmo--. Qu lstima que la casa sea demasiado alta y que no pueda +cubrirla la nieve! La casita encarnada de all abajo va a quedar +enterrada hasta el tejado. + +--Pero, chiquillos locos, todava deseis ms nieve?--pregunt +Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, haba +entrado en el cuarto de juego--. Ya ha hecho bastante dao, echando a +perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en +todo el invierno. No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y +hoy iba a ser el primer da que yo pasase patinando sobre l! No me +compadeces, Primavera? + +--Claro que s!--respondi Primavera, riendo--. Pero, para que te +consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos +contabas en el Prtico o en Arroyo Umbro. Puede que ahora que no tengo +nada que hacer, me gusten ms que cuando haba nueces que buscar o buen +tiempo que disfrutar. + +Inmediatamente, Margarita, Trbol, Amapola y todos los chiquillos que +an estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, +pidindole con afn que contase un cuento. El estudiante bostez, se +desperez, y despus, con gran admiracin de la gente menuda, di tres +saltos hacia adelante y tres hacia atrs por encima del respaldo de una +silla, con el fin, segn les explic, de poner en movimiento su +inteligencia. + +--Bueno, bueno, chiquillos--dijo despus de estos preliminares--, puesto +que insists, y puesto que Primavera se empea, veremos si puedo +complaceros. Y para que sepis qu das tan felices existieron antes de +que estuviesen de moda las nevadas, os contar una historia del ms +viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el pen +nuevo de Capuchina. Entonces no exista en la Tierra ms que una +estacin: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la +infancia. + +--Nunca he odo hablar de eso--dijo Primavera. + +--Claro que no--respondi Eustaquio--. Ser un cuento que nadie ha +soado antes que yo, un Paraso de los nios que se desvaneci por culpa +de una chiquilla tan mala como Primavera. + +Y Eustaquio Bright se sent en la silla sobre la cual haba estado +saltando, sent a Capuchina sobre sus rodillas, mand callar al +auditorio, y empez el cuento sobre la nia mala, cuyo nombre era +Pandora, y sobre su compaero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podis +leerle palabra por palabra, porque empieza en la pgina siguiente. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL PARASO DE LOS NIOS + + +Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia, +hubo un nio, llamado Epimeteo, que no haba tenido ni padre ni madre, y +para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un pas lejano una +nia, tambin sin padre y sin madre, que viviese con l y fuese su +compaera de juegos y su ayuda. Llambase la nia Pandora. + +Lo primero que vi Pandora, cuando entr en la casita donde viva +Epimeteo, fu una caja grande. Y casi lo primero que le pregunt en +cuanto pas el umbral, fu esto: + +--Epimeteo, qu tienes guardado en esa caja? + +--Querida Pandora--respondi Epimeteo--, es un secreto y debes tener la +bondad de no preguntarme nada respecto de l. Han dejado aqu la caja +para que est bien guardada, y yo mismo no s lo que tiene dentro. + +--Pero, quin te la ha dado a guardar?--pregunt Pandora--. Y de dnde +ha venido? + +--Tambin eso es un secreto--respondi Epimeteo. + +--Qu fastidio!--exclam Pandora haciendo una mueca--. Me gustara que +la dichosa caja estuviese a cien leguas de aqu! + +--No pienses ms en eso!--exclam Epimeteo--. Vamos fuera, a jugar con +los dems nios. + +Hace miles de aos que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es +muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era +nio. No hacan falta padres ni madres para cuidar de las criaturas, +porque no haba peligros ni males de ninguna clase, no haba ropa que +coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre +que un nio necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algn rbol. Y +si miraba al rbol por la maana, vea en flor la comida que se le +estaba preparando para la noche, y al anochecer vea el tierno capullo +de su almuerzo del da siguiente. Era una vida muy agradable. No haba +tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no haba ms que juegos y +danzas, y dulces voces de nios que hablaban o cantaban como pjaros, o +saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo da. + +Y lo mejor de todo es que los nios no disputaban, ni tomaban rabietas, +ni se recordaba, desde que empez el tiempo, que ninguno se hubiese ido +a un rincn refunfuando. + +Qu tiempo ms bueno para vivir en l! La verdad es que esos horribles +y diminutos monstruos con alas que se llaman _Molestias_, y que ahora +abundan tanto como los mosquitos, no se haban visto nunca en la tierra. +Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un nio +nunca, fuese la mortificacin de Pandora por no poder descubrir el +secreto de la caja misteriosa. + +Esto fu en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada da +se hizo ms y ms real, hasta que, pasado algn tiempo, la casita de +Epimeteo fu menos alegre que la de los dems nios. + +--De dnde puede haber venido esa caja?--deca a todas horas Pandora--. +Y qu tendr dentro? + +--Siempre hablando de la dichosa caja!--dijo, por fin, Epimeteo, porque +haba llegado a cansarse de oir siempre lo mismo--. Me gustara, querida +Pandora, que hablsemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos +higos bien maduros, y a comrnoslos debajo de un rbol, porque ya es +hora de merendar. Y tambin s dnde est una via que tiene las uvas +ms dulces que has probado nunca. + +--Siempre hablando de uvas y de higos!--dijo Pandora con malhumor. + +--Bueno, entonces--dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio, +como muchsimos nios de aquellos tiempos--, vamos a correr y a jugar +con nuestros compaeros. + +--Estoy cansada de tanto juego y no jugar ms--respondi Pandora--. No +tengo humor para juegos. Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en +ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro. + +--Ya te he dicho cincuenta veces que no lo s--respondi Epimeteo, ya un +poco molesto--. Cmo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he +visto? + +--Puedes abrirla--dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo--, y as lo +vemos. + +--Pandora, en qu ests pensando?--exclam Epimeteo. + +Y su rostro expres tal horror ante la idea de abrir la caja que se le +haba confiado con condicin de no abrirla nunca, que Pandora comprendi +que ms vala no insistir. Pero no poda menos de seguir pensando en la +caja y hablando de ella. + +[imagen] + +[imagen] + +--Por lo menos--dijo--, bien puedes decirme cmo ha venido aqu. + +--La dej en la puerta--respondi Epimeteo--, un momento antes de que +llegases t, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y +cuando la dej en el suelo, apenas poda contener la risa. Estaba +envuelto en una capa muy extraa, y llevaba un gorrito que pareca estar +hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegu a creer que tena alas. + +--Y qu bastn llevaba?--pregunt Pandora. + +--El ms curioso que he visto en mi vida--exclam Epimeteo--. Era como +dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien +tallado, que al principio cre que las serpientes estaban vivas. + +--Le conozco--respondi Pandora, quedndose pensativa--. Slo l tiene +un bastn como ese: es Azogue, y l es quien me trajo aqu, como la +caja! Sin duda la trajo para m, y probablemente contiene trajes +bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos t y yo, +o alguna golosina muy rica! + +--Puede que s--respondi Epimeteo, dando media vuelta--; pero hasta que +Azogue vuelva y nos lo diga, ni t ni yo levantaremos la tapa. + +--Que chico ms estpido!--murmur Pandora cuando Epimeteo sali de la +casita--. Me gustara que fuese un poco ms atrevido, que tuviese un +poco ms de valor. + +Por primera vez desde que haba llegado Pandora, Epimeteo se march sin +pedirle que le acompaase. Se fu solo, a coger higos y uvas, y a +divertirse luego como pudo en compaa de los otros nios. Estaba harto +de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazn que Azogue, o +como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la +casita de cualquier otro nio, donde Pandora nunca la hubiese visto. La +caja, la caja, siempre la caja! Pareca como si la caja estuviese +embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para +contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella, +y haciendo que Epimeteo tropezase tambin. + +S que era triste para el pobre nio tener una caja en los odos de la +maana a la noche; sobre todo, porque como los nios en aquel tiempo no +estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no saban cmo arreglarse +para soportarlas. As es que una pequea les daba entonces mucho ms que +hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande. + +Cuando Epimeteo se march, Pandora se qued mirando la caja. La haba +llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto haba dicho +contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado +perfectamente cualquier habitacin en que se hubiese colocado. Estaba +hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y +la superficie era tan brillante, que Pandora poda verse la cara en +ella. Como la nia no tena otro espejo, no comprendo cmo no le gustaba +ms, slo por ese motivo. + +Los ngulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de +la tapa haba graciosas figuras de hombres y de mujeres y los nios ms +lindos que se han visto jams, echados o jugando entre profusin de +flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente +representados y agrupados con tal armona, que flores, follaje y seres +humanos parecan combinarse en una guirnalda de belleza nica. Pero aqu +y all, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una dos veces, +se le antoj que vea una cara no tan amable, y alguna otra desagradable +del todo, que deslucan por completo la belleza del conjunto. Sin +embargo, mirando ms de cerca, y tocando con la punta del dedo, no +encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara +verdaderamente bonita, le haba parecido fea. + +La ms bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve, +en el centro de la tapa. No haba ms en toda ella; la madera bien +pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de +flores en la frente. Pandora haba mirado aquella cara muchsimas veces +y se le antojaba que poda sonreir o ponerse seria, lo mismo que si +estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenan una expresin viva y +casi maliciosa, y pareca que en algunos momentos quisiera hablar, y +como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras. + +Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy +parecido a esto: + +--No temas, Pandora! Qu mal puede haber en que abras la caja? No +hagas caso a ese infeliz Epimeteo! T sabes mucho ms que l y tienes +cien veces ms talento que l. Abre la caja, y ya vers qu cosas ms +bonitas encuentras dentro! + +La caja, he olvidado decroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni +cosa parecida, sino con un nudo intrincadsimo de cuerda de oro. Pareca +un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo ms ingeniosamente +enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que pareca desafiar +maliciosamente a que le desatasen a los dedos ms hbiles. Y cuanta ms +dificultad pareca haber en l, ms tentacin le entraba a Pandora de +examinarle, slo para ver cmo estaba hecho. Dos o tres veces ya se +haba detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el ndice y el +pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle. + +--Creo--se dijo a s misma--que empiezo a comprender cmo est hecho. Me +parece que si lo deshago podr volverlo a hacer igual que estaba. En eso +s que no habr mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurrira regaarme por +eso. No quiero abrir la caja y no lo har nunca, si ese terco de chico +no consiente, aunque desate el nudo. + +Ms hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en +qu pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo +asunto. Pero los nios llevaban tan buena vida antes de que las penas +apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchsimo tiempo de +sobra. No siempre podan estar jugando al escondite entre las zarzas +floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, +o a otros juegos que ya se haban inventado cuando la madre Tierra +estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el +juego en realidad. No haba absolutamente nada que hacer. Barrer un poco +y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que +abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba +hecho todo el trabajo del da de la pobre Pandora, y para todo el resto +del tiempo all estaba la caja! + +Y despus de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no +fuese para ella una bendicin. Porque le suministraba tal variedad de +ideas en qu pensar y sobre qu hablar, en cuanto encontraba alguien que +la escuchase! Cuando estaba de buen humor, poda divertirse admirando el +brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y +follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, poda +darle un empujn o un puntapi. Y muchos recibi la caja (era una caja +malvola, como hemos de ver, y bien los mereca). Pero, despus de todo, +si no hubiese sido por ella, Pandora, que tena una inteligencia tan +viva, no hubiese sabido en qu pasar el tiempo. + +Porque era, realmente, ocupacin sin fin calcular qu habra dentro de +la caja. Qu podra ser? Figuraos, queridos nios, qu ocupado +tendrais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy +grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una +porcin de cosas bonitas, que haban de daros como regalo el da de +vuestro cumpleaos. Creis que hubieseis sido menos curiosos que +Pandora? Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido +siquiera una tentacin chiquitita de levantar la tapa? Ay, no, no! Qu +cosa tan fea! Pero si pensabais que haba juguetes dentro, ya os +hubiese costado trabajo perder la ocasin de echar una miradita. En +realidad, no s si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque an no se +haba empezado a hacer ninguno en aquellos das, en que el mundo mismo +era un juguete grande para los nios que vivan en l. Pero Pandora +estaba convencida de que en la caja haba algo muy bueno y muy bonito. Y +por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estara +cualquiera de las nias que me rodean. Y hasta puede que un poco ms, +pero de eso no estoy completamente seguro. + +Aquel da de que estamos hablando, su curiosidad aument tanto, tanto, +que por fin se acerc a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si +poda. Ay, Pandora curiosa! + +Primero intent levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una +nia como Pandora. Levant uno de los lados unas cuantas pulgadas del +suelo, y la dej caer de nuevo: la caja di un buen golpe. Un momento +despus se le figur que haba odo algo dentro de la caja. Acerc el +odo lo ms que pudo, y escuch. S, s: dentro haba una especie de +murmullo! Sera slo el ruido de los odos de Pandora o el latido de su +corazn? La nia no pudo convencerse de si haba odo algo o no, pero su +curiosidad era ms fuerte que nunca. + +Cuando volvi la cabeza, cay su vista sobre el nudo de cuerda de oro. + +--Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo--pens--. +Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos, +quiero encontrar los dos cabos de la cuerda. + +Tom el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo ms +atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontr con que estaba +empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana +abierta, y con l las voces de los nios que jugaban lejos, y acaso +entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. Qu +hermoso da! No sera mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver +a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compaeros, y jugar y ser +feliz? + +Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio +inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza +ceida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja +encantada, le pareci que le haca una mueca. + +--Esta cara parece que me mira con malicia--pens Pandora--. Puede que +se ra porque estoy haciendo una cosa mal hecha. Me dan unas ganas de +echar a correr!... + +Pero precisamente entonces, por casualidad, di al nudo una vuelta, que +produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desat sola, como +por magia, y dej la caja sin cierre de ninguna clase. + +--Qu cosa ms extraa!--dijo Pandora--. Qu va a decir Epimeteo? Y +cmo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo? + +Intent una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendi que no +tena habilidad para tanto. Se haba desatado tan repentinamente, que no +poda recordar cmo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y +aspecto primitivos, pareca escaprsele por completo de la memoria. No +poda hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo +volviese. + +--Pero--dijo Pandora--cuando se encuentre el nudo desatado, querr saber +quin lo desat. Cmo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay +dentro de la caja? + +Entonces, en su corazoncillo perverso naci la idea de que, puesto que +de todos modos haban de sospechar que haba mirado dentro de la caja, +ms vala mirar de verdad. Oh, loca y curiosa Pandora! Podas haber +pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya +habas hecho, y no en lo que tu compaero Epimeteo fuera a decir o a +pensar. Y as hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada de la +tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan +persuasivo, y si no le hubiera parecido oir ms claro que nunca el +murmullo de vocecitas dentro. No poda saber si era imaginacin o no, +pero en sus odos haba como un pequeo tumulto de murmullos... Acaso +era su curiosidad misma la que murmuraba: + +--Djanos salir, querida Pandora...; por favor, djanos salir! Si +vieras qu buenos compaeros vamos a ser para ti! Djanos salir y +vers! + +--Qu ser?--pens Pandora--. Habr algo vivo en la caja? Sea lo que +quiera, estoy decidida a verlo! Slo una miradita, y luego vuelvo a +cerrar la caja como antes! Qu mal puede haber en que mire un poquito? + +Pero ya es hora de que sepamos qu estaba haciendo Epimeteo. + +Aqulla era la primera vez, desde que haba llegado su compaera, que +haba intentado divertirse sin que ella le acompaase. Pero nada le +sala a su gusto, ni era tan feliz como los dems das. + +No poda encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le +empalagaban. No haba regocijo en su corazn, ni su voz surga alegre +como otras veces, al unirse a las de sus compaeros en sus bulliciosos +juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los +otros nios no podan comprender lo que le pasaba. Tampoco l lo +comprenda del todo. Porque debis recordar que en el tiempo de que +vamos hablando, todo el mundo tena la costumbre de ser constantemente +feliz. El mundo an no haba aprendido a ser de otra manera. Ni un solo +cuerpo haba estado enfermo, ni una sola alma haba estado triste, desde +que aquellos nios fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y +gozar de ella. + +Por fin, descubriendo que algo le suceda, fuese lo que fuese, dej de +jugar, y le pareci lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba +de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegra, +cogi unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pens +ponrsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas--rosas y azucenas y +flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de +fragancia--. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos +de un nio. Los dedos de las nias, al menos a m me lo ha parecido +siempre, tienen ms habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los +nios de aquellos tiempos eran ms hbiles que los de los nuestros. + +Y aqu llega el momento de decir que una gran nube negra haca ya algn +tiempo que andaba por el cielo, aunque todava no haba ocultado la luz +del sol. Pero cuando Epimeteo entr en su casita, la nube intercept la +luz, y produjo una repentina y triste obscuridad. + +Entr Epimeteo despacito, porque quera, a ser posible, llegar sin que +le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores, +antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no haba +necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y +ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los +de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese odo llegar. + +Estaba demasiado absorta en sus malos propsitos. En el momento en que +Epimeteo entr en la casita, la chiquilla haba puesto la mano en la +tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la mir. Si hubiese +dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el +misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca. + +Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tena tambin su poquito de +curiosidad por saber lo que haba dentro. Comprendiendo que Pandora +estaba resuelta a descubrir el secreto, decidi que su compaera no +haba de ser la nica en enterarse de l. Y si dentro de la caja haba +algo bonito o que valiese la pena, tambin l quera tener su parte. +As es que, despus de tantos prudentes consejos a Pandora para que +demorase su curiosidad, Epimeteo se volvi casi tan insensato como ella, +y casi tan culpable como su compaera. De modo que si echamos la culpa a +Pandora de lo que sucedi, no debemos dejar de echrsela tambin a +Epimeteo. + +Cuando Pandora levant la tapa, la casita se qued muy obscura y muy +triste, porque la nube negra haba ocultado por completo el sol y +pareca haberlo enterrado vivo. Desde haca un rato venan oyndose +truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin +oirlos, levant la tapa y mir al interior de la caja. Parecile que un +enjambre de criaturitas aladas sala de ella volando, y en el mismo +instante oy la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese +algo. + +--Ay, me han mordido!--exclam--, me han mordido! Pandora, Pandora, +por qu has abierto esa caja maldita? + +Pandora dej caer la tapa, y volvindose rpidamente, mir a ver qu +haba sucedido a Epimeteo. La tormenta haba obscurecido de tal modo la +habitacin, que no poda ver bien dnde estaba. Pero oy un zumbido +desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos +gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le +acostumbraron los ojos a la escasa luz, vi multitud de fesimas y +diminutas formas con alas de murcilago, que parecan encolerizadsimas +y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que +haba picado a Epimeteo. No pas mucho tiempo sin que Pandora empezase a +llorar con no menos dolor y susto que su compaero, y haciendo muchsimo +ms ruido que l. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le +haba posado en la frente, y no s hasta cundo la hubiese estado +picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle. + +Y ahora, si queris saber quines podan ser aquellos fesimos +animalejos que se haban escapado de la caja, os dir que eran la +familia entera de los _males del mundo_. Eran todas _las malas +pasiones_. Eran las muchsimas especies de _cuidados_. Eran ms de +ciento cincuenta _penas_ distintas; eran las _enfermedades_, en gran +nmero, de miserables y dolorosas formas; eran muchas ms clases de +_calamidades_ de las que yo puedo deciros. + +En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las +almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les +haba entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen +cuidadosamente, para que los felices nios del mundo no sintiesen nunca +la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo +hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca; +ninguna nia hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lgrima, +desde aquella hora hasta este momento. + +Pero--y por esto podis comprender cmo una mala accin de un solo +mortal es una calamidad para el mundo entero--, por haber Pandora +levantado la tapa de la caja, y por no habrselo impedido Epimeteo, +aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no +tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como +comprenderis, que los dos nios tuvieran encerrado el enjambre fesimo +dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fu abrir +de par en par las ventanas, a ver si podan librarse de ellos, y all +salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a +toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo +ninguno de los nios volvi a sonreir. Y, lo que es ms extrao, todas +aquellas flores llenas de roco de la tierra, ninguna de las cuales se +haba marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a +deshojarse, y ninguna dura ms de un da o dos. Los nios tambin, que +parecan inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer +da por da, y pronto se hicieron jvenes, y luego hombres y mujeres, y +ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio. + +Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron +en su casita. Los dos haban sido picados dolorosamente y tenan +bastante dolor, que les pareca ms intolerable porque era el primero +que haban sentido desde que empez el mundo. Como no tenan costumbre +alguna de sufrir, no podan comprender lo que el sufrimiento +significaba. Adems, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada +uno contra s mismo. Epimeteo se sent en un rincn de espaldas a +Pandora, y Pandora se tir al suelo y apoy la cabeza en la caja fatal y +abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a romprsele el corazn. + +De repente oy un ruidito suave dentro de la caja. + +--Qu dir?--pregunt Pandora, levantando la cabeza. + +Pero Epimeteo no haba odo el ruido, o estaba de demasiado mal humor +para darse por enterado: el caso es que no respondi. + +--Qu poco amable eres!--dijo Pandora volviendo a sollozar--; ya no +quieres hablarme. + +Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada +golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja. + +[imagen] + +--Quin eres?--pregunt Pandora con un poco de su antigua curiosidad--. +Quin eres t, que an ests dentro de esta maldita caja? + +Una vocecilla dulce respondi desde dentro: + +--Levanta la tapa, y lo vers. + +--No, no--respondi Pandora echndose a llorar de nuevo--. No quiero +volver a levantar la tapa. Dentro de la caja ests, maligna criatura, y +dentro te quedars. Bastantes de tus fesimos hermanos y hermanas andan +ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti +tambin te deje salir. + +Mir hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su +prudencia. Pero el nio, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de +tener prudencia. + +--Ah!--dijo la dulce voz--, ms os valdra dejarme salir. No soy de +esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran +hermanos ni hermanas mos los que han salido, como veris si queris +mirarme. Ven, ven, Pandora ma. Estoy segura de que me vas a dejar +salir. + +Haba una especie de amable hechicera en el tono de la voz, que haca +imposible negar nada de lo que pidiera. El corazn de Pandora se haba +ido aliviando insensiblemente a cada palabra que sala de la caja. +Tambin Epimeteo, aunque sin salir de su rincn, se haba vuelto un +poco, y pareca estar de mejor humor que antes. + +--Mi querido Epimeteo--exclam Pandora--, has odo esa vocecita? + +--S la he odo, s--respondi Epimeteo con no muy buenos modos--. Qu +tenemos con eso? + +--Quieres que vuelva a levantar la tapa?--pregunt Pandora. + +--Haz lo que te parezca--dijo Epimeteo--. Ya has hecho tanto dao, que +puede que no importe que hagas un poco ms. Un mal, aadido al enjambre +que has echado a volar por el mundo, no significa nada. + +--Podas hablarme con mejores modos--murmur Pandora, limpindose los +ojos. + +--Ah, nio, nio!--exclam la voz dentro de la caja en tono medio +serio, medio de burla--. De sobra sabes t que ests deseando verme. +Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Djame +que respire un poco el aire libre, y ya veris cmo las cosas no son tan +tristes como os parecen. + +--Epimeteo--exclam Pandora--, pase lo que pase, estoy decidida a abrir +la caja. + +--Y como me parece que la tapa pesa mucho--exclam Epimeteo corriendo +por la habitacin--, te ayudar. + +As, de comn acuerdo, los dos nios levantaron de nuevo la tapa. Sali +volando una radiante y sonriente mujercita, que revolote por toda la +habitacin, arrojando luz por dondequiera que pasaba. No habis hecho +bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso pareca el +alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad +triste de la habitacin. Vol hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo +en el sitio en que el mal le haba picado, e inmediatamente ces el +dolor. Luego bes a Pandora en la frente, y tambin cur el dao. + +Despus de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revolote +juguetonamente sobre las cabezas de los dos nios, y los mir tan +dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo +haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huspeda se +hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes +con sus aguijones en la cola. + +--Quin eres, hermosa criatura?--pregunt Pandora. + +--Hay que llamarme Esperanza!--respondi la mujercita--. Y porque soy +tan alegre y s dar tanto nimo, aunque soy tan pequea, me encerraron +en la caja, para consolar al gnero humano de todo el enjambre de males +que estaba destinado a caer sobre ellos. No temis! Ya veris cmo lo +pasamos muy bien, a pesar de todos. + +--Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris--exclam Pandora--. +Qu bonitas son! + +--S, son como el arco iris--dijo la Esperanza--, porque aunque soy +alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lgrimas como de sonrisas. + +--Y te quedars con nosotros?--pregunt Epimeteo--. Siempre y para +siempre? + +--Siempre que me necesitis, me tendris--dijo la Esperanza con su +placentera sonrisa--, y me necesitaris mientras estis en el mundo. +Prometo no abandonaros nunca. Vendrn tiempos y ocasiones, de cuando en +cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra +vez, y otra y otra, cuando menos lo pensis, veris el resplandor de mis +alas en el techo de vuestra cabaa. S, hijos mos, y s que luego os +van a dar una cosa muy buena y muy bonita. + +--Oh, dinos qu es!--exclamaron los nios--, dinos qu es! + +--No me preguntis--repuso la Esperanza, ponindose un dedo en los +labios de rosa--. Pero no desesperis de alcanzarlo, aunque no os llegue +mientras vivis en la tierra. Creed en mi promesa, porque es verdad! + +--Te creemos!--exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo. + +Y as lo hicieron. Y no slo ellos, sino todo el que ha vivido, ha +credo en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de +alegrarme (aunque desde luego fu cosa muy mal hecha), no puedo menos de +alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la +caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el +mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie +de duendes fesimos, y llevan en la cola los aguijones ms envenenados. +Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarn mucho +ms, segn vaya siendo ms viejo. Pero, y la luciente y amable figura +de la Esperanza? Qu haramos en el mundo sin ella? La Esperanza +espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el +mundo en su aspecto mejor y ms brillante, la Esperanza nos dice que +toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que +hemos de encontrar despus. + +--Primavera--pregunt Eustaquio, tirndole de una oreja--, te gusta mi +pequea Pandora? No piensas que es tu vivo retrato? Pero t no hubieras +vacilado tanto antes de abrir la caja. + +--Bien castigada hubiese estado por mi maldad--replic la chiquilla +agudamente--, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar +la tapa, hubiese sido el seor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad. + +--Primo Eustaquio--dijo Amapola--, contena la caja todo el mal que ha +sucedido en el mundo? + +--Sin faltar una miga!--respondi Eustaquio--. Esta misma nevada, que +ha echado a perder mi partida de patines, estaba all encerrada. + +--Y qu tamao tena la caja?--pregunt Romero. + +--Unos tres pies de largo--dijo Eustaquio--, dos de ancho y dos y medio +de alto. + +--Ah!--dijo el nio--, te ests burlando de m, primo Eustaquio! No +hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la +nevada, no es mal, que es diversin; de modo que no estaba en la caja, +de seguro. + +--Miren ustedes el chiquillo!--exclam Primavera con aire de +superioridad--. Qu poco sabe de los males del mundo! Pobrecillo! Ya +hablar de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo! + +Y diciendo esto, empez a saltar a la comba. + +Entretanto el da iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tena aspecto +tenebroso. Haba a lo lejos, en el crepsculo que se acercaba, como un +rebao de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se haban +borrado todos los caminos, y la nieve que se haba amontonado sobre los +escalones del Prtico demostraba que nadie haba entrado ni salido +durante muchas horas. Si un nio solo hubiese estado en la ventana +mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media +docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un +Paraso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no +sern capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, adems, aguijoneado +por las circunstancias, invent varios juegos nuevos, que les +conservaron llenos de alegra hasta la hora de irse a la cama, y +sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del da siguiente. + +[imagen] + + + + +LAS TRES MANZANAS DE ORO + + + + +[imagen] + + + + +AL AMOR DE LA LUMBRE + + +La nevada dur un da ms; qu fu de ella despus, no puedo +figurrmelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareci por +completo, y cuando sali el sol a la maana siguiente, brill sobre las +montaas cubiertas de bosque con la mayor alegra del mundo. La escarcha +haba cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi +imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba +el desayuno, la gente menuda de Tanglewood haba hecho agujeros en la +escarcha con las uas, y haba conseguido ver con gran deleite que +excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaa, o sobre +los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una +mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba +blanco como una sbana. Qu precioso! Y para colmo de felicidad, haca +un fro capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona +tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que +le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre ms +vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada. + +En cuanto desapareci el desayuno, toda la chiquillera, bien arropada +en pieles y estambres, se desparram sobre la nieve. Vaya un da de +diversin! Deslizronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas +cien veces, y, para divertirse ms, haciendo volcar los trineos y dando +volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las +veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subi en el +mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limn, y echaron a correr +cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el +trineo tropez con un tronco escondido bajo la nieve, y all cayeron en +un solo montn los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al +ms pequeo, que era Flor de Limn. Qu haba sido del pobre muchacho? +Y mientras se lo estaban preguntando y buscndole, Flor de Limn sac la +cabeza de entre un montn de nieve, con la cara colorada como si fuese +una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del +invierno. Haba que oirles reir a todos! + +Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocup a los nios +en cavar para hacer una cueva en el montn de nieve ms alto que +encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la +chiquillera se meti en el hueco, se hundi el techo sobre sus cabezas, +y les enterr vivos a todos. Un minuto despus todos sacaban las +cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante apareca en medio y +encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se haba +enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo +Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los +nios le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal +modo que tuvo que echar a correr. Huy, y lleg a los bosques, y desde +all a la margen del Arroyo Umbro, donde pudo oir el rumor del +arroyuelo que corra bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas +le dejaban ver la luz del da. Haba tmpanos diamantinos, que +rebrillaban en torno de sus pequeas cascadas. De all lleg corriendo a +la orilla del lago, y se encontr con una llanura blanca e intacta, que +iba desde sus pies al pie de la inmensa montaa. Y como ya casi se +estaba poniendo el sol, Eustaquio pens que nunca haba visto +espectculo ms hermoso. Se alegr de que los nios no estuviesen con +l, porque su animacin y su actividad desaforada hubieran disipado su +estado de nimo, elevado y grave; as es que slo hubiese estado alegre +(como, en efecto, lo haba estado durante el da entero), pero no +hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las +montaas. + +Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvi a +casa a cenar. Despus de la cena se encerr en el despacho, con el +propsito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o +versos de cualquier clase, en elogio de las nubes prpura y oro que +haba visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado +la primera rima, se abri la puerta, y Primavera y Margarita +aparecieron. + +--Marchaos, chiquillas! Ahora no puedo perder el tiempo con +vosotros!--exclam el estudiante, mirndolas por encima del hombro con +la pluma en la mano--. Qu mil diablos queris? Cre que estabais +todos en la cama! + +--yele, Margarita--dijo Primavera, hablando como si fuera una persona +mayor--. Parece olvidar que yo ya tengo trece aos, y puedo irme a la +cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar +tus aires solemnes y venir con nosotros al saln. Los nios han hablado +tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si +puede hacernos algn dao oirlos. + +--Bah, bah, Primavera!--exclam el estudiante, un poco molesto--. No me +creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas +mayores. Adems, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me d +miedo su erudicin, porque no dudo que estar tan enmohecida como un +cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutir la admirable tontera +que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia +cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. +Ningn hombre de cincuenta aos, que haya ledo los mitos clsicos en su +juventud, puede comprender mi mrito como reinventor y mejorador de +todos ellos. + +--Puede que todo eso sea verdad--dijo Primavera--, pero no tienes ms +remedio que venir. Mi padre no abrir su libro, ni mam el piano, hasta +que nos hayas regalado con algunas de tus tonteras, como t mismo las +llamas muy acertadamente. De modo que s bueno, y ven. + +Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchsimo de aprovechar +la oportunidad de demostrar al seor Pringle qu excelente facultad +posea para modernizar los mitos de los tiempos antiguos. Hasta que +cumple los veinte aos, un joven debe sentir cierta timidez al ensear +su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta +tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondran +en la ms alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de +rogar demasiado, Eustaquio consinti en que Primavera y Margarita le +arrastrasen al saln. + +Era una habitacin amplia y cmoda, con una ventana semicircular en uno +de los extremos, en cuyo hueco haba una copia en mrmol del ngel y el +Nio, de Greenough. A un lado de la chimenea haba muchos estantes con +libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lmpara que +colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacan la habitacin +brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran silln, estaba +sentado el seor Pringle. Era un caballero alto y simptico, con una +gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no +se atreva nunca a presentarse ante l sin detenerse un momento en la +puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como +Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio +obligado a entrar con un aspecto bastante desaliado, como si se hubiese +pasado el da rodando por un montn de nieve, lo cual era verdad. + +El seor Pringle se volvi hacia el estudiante con benevolencia, desde +luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado +que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban tambin sus +pensamientos. + +--Eustaquio--dijo el seor Pringle con una sonrisa--, me he enterado de +que ests causando sensacin grandsima entre el pequeo pblico de +Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, +como la llaman los pequeos, y los dems chiquillos, han elogiado de tal +modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiramos oir una muestra de +ellos. Y a m me agradar especialsimamente, porque parece que los +cuentos son un intento de trasladar las fbulas de la antiguedad clsica +al idioma del sentimiento y la fantasa modernos. Al menos, eso he +sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta +m de segunda mano. + +--No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, +seor--observ el estudiante--, para fantasas de esta naturaleza. + +--Es posible que no--replic el seor Pringle--. Sospecho, sin embargo, +que el crtico ms til para un autor joven es precisamente aquel que +menos hubiese querido elegir. + +--Creo que la simpata debe tener algo de parte en la opinin de un +crtico--murmur Eustaquio--. En fin, seor, si usted encuentra +paciencia, yo encontrar historias que contar. Pero tenga usted la +bondad de recordar que me dirijo a la imaginacin y a la simpata de los +nios, no a la de usted. + +E inmediatamente el estudiante aprovech el primer tema que se le +present. Sugirisele un plato de manzanas que alcanz a ver sobre la +chimenea. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LAS TRES MANZANAS DE ORO + + +No habis odo nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el +jardn de las Hesprides? Oh, aqullas s que eran manzanas! Si se +encontraran iguales en los huertos de ahora, ya valdran dinero! Pero +no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo rbol injerto en aquel +frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas. + +Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que +el jardn de las Hesprides no haba sido invadido an por la mala +hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber rboles verdaderos, +cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos haban odo hablar de +ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los nios +solan escuchar, boquiabiertos, los cuentos del rbol de las manzanas +de oro, y se proponan descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca +de ese fruto iban los jvenes valerosos que deseaban realizar hazaas +ms sealadas que sus compaeros. Muchos de ellos no volvieron jams, y +ninguno trajo las manzanas. No es maravilla que les fuera imposible +cogerlas! Decase que, bajo el rbol, haba un dragn de cien terribles +cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras +cincuenta dorman. + +Me parece a m que apenas si vala la pena de correr tanto peligro por +una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, +sazonadas, ya sera otra cosa. Podra haber tenido entonces algn +sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragn de las cien cabezas. + +Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jvenes, cuando +se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardn de las +Hesprides. Y una vez fu emprendida la aventura por un hroe que haba +disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el +tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia +con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los +hombros. Iba envuelto en la piel del len ms grande y ms fiero de +aquellos bosques, que l mismo haba matado, y aunque en el fondo era +bueno y generoso y noble, tena en su corazn mucho de la fiereza del +len. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cul era el +camino ms derecho para llegar al famoso jardn; pero nadie saba +palabra de ello, y muchos se hubiesen redo de la pregunta, si el +forastero no hubiera llevado una maza tan enorme. + +As fu andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin +lleg a la orilla de un ro, en donde unas cuantas jvenes hermossimas +estaban tejiendo guirnaldas de flores. + +--Lindas doncellas--pregunt el forastero--, podis decirme si ste es +el camino derecho para ir al jardn de las Hesprides? + +Las jvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse +con ellas unas a otras. Pareca como si en sus dedos hubiese algn poder +mgico, porque al tocarlas se volvan las rosas ms frescas y se +cuajaban de roco, se avivaban sus colores y exhalaban ms suave +fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del +forastero dejaron caer todas las flores en el csped, y se miraron unas +a otras con asombro. + +--El jardn de las Hesprides!--exclam una--. Creamos que, despus +de tanta decepcin, se habran cansado los mortales de buscarle. Y dime, +intrpido viajero, para qu deseas ir all? + +--Cierto rey, primo mo--replic el viajero--, me ha mandado que le +lleve tres de las manzanas de oro. + +--Casi todos los jvenes que van en busca de esas manzanas--advirti +otra de las damiselas--, desean adquirirlas para s mismos o para +regalarlas a alguna hermosa doncella de quien estn enamorados. Tanto +quieres t a ese rey, primo tuyo? + +--Tal vez no--replic el forastero, suspirando--. Ha sido severo y cruel +conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle. + +--Y no sabes--pregunt la que haba hablado primero--que un terrible +dragn de cien cabezas est bajo el rbol de las manzanas de oro, +guardndole? + +--Bien sabido lo tengo--respondi el forastero--; pero desde la cuna ha +sido mi ocupacin y casi mi entretenimiento el habrmelas con serpientes +y dragones. + +Las jvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de len que llevaba, +y tambin sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy +bajito que el forastero pareca ser persona de quien razonablemente +caba esperar que realizara hazaas muy fuera del alcance de los dems +hombres. + +Pero, el dragn de las cien cabezas! Qu mortal, aunque tuviera cien +vidas, podra abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante +monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podan ver con +tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan +arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien +voraces bocas del dragn. + +--Vuelve atrs--exclamaron todas--, vuelve a tu casa! Tu madre, al +verte sano y salvo, llorar lgrimas de alegra. Qu ms podra hacer +si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No +hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el +dragn de las cien cabezas. + +El forastero pareci impacientarse con estas advertencias. Levant +negligentemente su poderosa maza, y la dej caer sobre una roca que all +cerca haba, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe +indolente, la roca salt hecha toda pedazos. El dar aquella seal de +fortaleza gigantesca no cost al extranjero ms esfuerzo que a una de +las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana. + +--No creis--dijo mirndolas y sonrindo--que un golpe como ste +habra aplastado una de las cien cabezas del dragn? + +Sentse despus sobre la hierba y les cont la historia de su vida, o +por lo menos todo lo que de ella poda recordar desde el da en que tuvo +por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en l, +llegaron, arrastrndose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron +sus horribles mandbulas para devorarlo; pero l, un beb de meses nada +ms, agarr una de las fieras culebras en cada uno de sus puitos y las +estrangul. + +Cuando era un chiquillo mat a un len enorme, casi tan grande como +aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo +primero que hizo despus fu luchar con una especie de monstruo fesimo, +al cual llamaban hidra, y que tena nueve cabezas nada menos, y con +dientes afiladsimos en todas ellas. + +--Pero el dragn de las Hesprides, ya lo sabes--observ una de las +doncellas--, tiene cien cabezas! + +--Sin embargo--replic el forastero---, mejor hubiera querido pelear con +dos dragones as, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba +una cabeza, nacan otras dos en su lugar, y adems, entre las cabezas +haba una a la que no era posible matar de ningn modo, sino + +[imagen] + +[imagen] + +que segua mordiendo tan fieramente como antes, mucho despus de haber +sido cortada. As es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran +piedra, donde, sin duda, hoy mismo estar viva todava; pero el cuerpo +de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volver a hacer dao a +nadie. + +Las jvenes, calculando que la relacin iba a durar buen rato, haban +dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera +refrescar en los intervalos de su charla. Se complacan en animarle a +tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se pona +un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara +de comer solo. + +El viajero pas a contar cmo haba dado caza a un velocsimo ciervo, +corriendo detrs de l durante un ao entero, sin pararse ni a tomar +aliento, y cmo le cogi al fin por los cuernos, llevndosele vivo a +casa. Y cmo haba peleado con una casta de gentes rarsima, mitad +caballos y mitad hombres, y los haba matado a todos, creyndolo su +deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y adems +de todo esto, se di mucho tono por haber limpiado un establo. + +--Y a eso le llamas hazaa maravillosa?--pregunt, sonriendo, una de +las doncellas--. Cualquier trabajador del campo lo hara. + +--Si hubiera sido un establo ordinario--replic el forastero--, no lo +habra mencionado; pero fu una tarea tan gigantesca, que habra +consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrrseme felizmente la idea +de meter un ro por la puerta, desvindole de su cauce. Eso realiz el +trabajo en muy poco tiempo! + +Viendo con qu atencin le escuchaban sus hermosas oyentes, les cont +luego que haba matado unas aves monstruosas y haba cogido vivo a un +toro bravo y le haba soltado otra vez, y que haba domado muchsimos +caballos muy salvajes, y vencido a Hiplita, la belicosa reina de las +Amazonas. Refiri tambin que haba cogido el cinturn encantado que +tena Hiplita, y se le haba regalado a la hija de su primo, el rey. + +--Era el cinturn de Venus--pregunt la ms bonita de las doncellas--, +que hace a las mujeres hermosas? + +--No--respondi el forastero--. Haba sido en tiempos el tahal de +Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso. + +--Un tahal viejo!--exclam la damisela, levantando la cabeza con +desdn--. No dara un comino por tenerle! + +--Haras muy bien--dijo el forastero. + +Siguiendo su maravilloso relato, enter a las doncellas de que la ms +extraa de cuantas aventuras se le presentaron fu su pelea con Gerin, +el hombre de seis piernas. Bien podis creer que sera una figura +rarsima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, +supondra que tres buenos compaeros haban pasado marchando juntitos. +Al oir sus pisadas a corta distancia, nada ms razonable que pensar que +se acercaban varias personas. Y era solamente el extrao Gerin, que +vena pisando con sus seis pies! + +Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sera un monstruo de +aspecto sorprendente. Y, amiguitos, qu gasto de piel para botas! + +Cuando el forastero acab la narracin de sus aventuras, mir las +atentas caras de las doncellas. + +--Tal vez hayis odo hablar de m antes de ahora--dijo modestamente--. +Me llamo Hrcules. + +--Ya lo habamos sospechado--replicaron--, porque la noticia de tus +hazaas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece +extrao que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hesprides. +Venid, hermanas, y coronemos de flores al hroe. + +Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus +poderosos hombros, de manera que la piel de len qued casi enteramente +cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su +alrededor los ms brillantes, los ms delicados, los ms olorosos +capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leoso +material; pareca toda ella un enorme ramo de flores. + +Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando +palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesa y formaban +una composicin coral en honor del ilustre Hrcules. + +Y Hrcules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro +hroe, al ver que aquellas hermosas jvenes ya haban odo hablar de los +valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le haban costado +llevar a cabo; pero no estaba an satisfecho. No poda creer que lo +realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura +temeraria o difcil por emprender. + +--Queridas doncellas--dijo cuando se detuvieron para tomar aliento--, +ahora que ya sabis mi nombre, no me diris cmo podr llegar al jardn +de las Hesprides? + +--Ah! Te vas tan pronto?--exclamaron--. T, que has hecho tantas +maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, no puedes +permitirte algn descanso a la orilla de este manso ro? + +Hrcules movi la cabeza. + +--Tengo que irme ahora mismo--dijo. + +--Entonces te daremos las seas lo mejor que podamos--replicaron las +jvenes--. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y +obligarle a informarte de dnde se encuentran las manzanas de oro. + +--El Viejo!--o repiti Hrcules, rindose de ese nombre--. Y quin es +el Viejo? + +--Quin ha de ser? El Viejo del Mar!--contest una de las muchachas--. +Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos +ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color +verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que +hablar con ese Viejo del Mar. Siempre est cruzando mares. Sabe cuanto +se refiere al jardn de las Hesprides, porque est en una isla que l +acostumbra a visitar. + +Hrcules pregunt entonces dnde se podra encontrar ms fcilmente al +Viejo, y cuando las jvenes le hubieron informado, les di las gracias +por todas sus bondades--por el pan y las uvas que le dieron, las flores +exquisitas con que le coronaron y los cnticos y danzas con que le +haban honrado--, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se +puso en marcha inmediatamente. + +Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llam una de las +doncellas. + +--Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!--le grit, sonriendo y +levantando un dedo para dar ms fuerza a la recomendacin--, y no te +asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujtale bien, y l te dir +lo que deseas saber. + +Hrcules di las gracias de nuevo y sigui su camino, mientras volvan +las jvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. +Siguieron hablando del hroe mucho despus de haberse alejado. + +--Le hemos de coronar con nuestras ms hermosas +guirnaldas--dijeron--cuando vuelva por aqu con las tres manzanas de +oro, despus de haber matado al dragn de las cien cabezas. + +Mientras tanto, Hrcules caminaba avanzando siempre, salvando montes y +valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al +descargar el golpe haca astillas un poderoso roble. Tena la +imaginacin tan llena de los gigantes y monstruos que haba estado +combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento rbol por uno +de ellos. Tan ansioso estaba Hrcules de dar cima a la empresa +acometida, que senta casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, +malgastando aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre +siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que +ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos +les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun +arriesgar la vida. + +Las personas que pasaran por el bosque, no podran menos de asustarse al +verle derribar los rboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba +el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caan +crujiendo y tronchndose. + +Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrs, no tard en +oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad +an ms, y pronto lleg a una playa en donde las olas, muy grandes, se +deshacan sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca +como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa haba un sitio +agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un +peasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. +Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trbol oloroso, +cubra el estrecho espacio comprendido entre la base del peasco y el +mar. Y qu pudo vislumbrar Hrcules all? Pues vi a un hombre viejo, +profundamente dormido. + +Pero, era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera +vista lo pareca; pero despus de un examen detenido, semejaba ms bien +alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenan +escama como la de los peces; tena las manos y los pies membranosos, a +la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, ms pareca +un puado de algas que una barba ordinaria. No habis visto nunca un +leo que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto +enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a +tierra, parece haber surgido de los ms profundos senos del mar? Bueno; +pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni ms ni menos que por +un leo as. Pero Hrcules, en cuanto puso los ojos sobre aquella +extraa figura, se convenci de que no poda ser ms que el Viejo, el +que haba de indicarle su camino. + +S: era el mismsimo Viejo del Mar, de quien le haban hablado las +hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena +suerte de encontrarle dormido, Hrcules fu hacia l de puntillas y le +cogi de un brazo y de una pierna. + +--Dime--exclam antes de que el Viejo se despertase del todo--, por +dnde se va al jardn de las Hesprides? + +Como os podis figurar fcilmente, el Viejo del Mar se despert +asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hrcules +en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareci que el Viejo se le +deshaca entre los dedos, y en su lugar se encontr sujetando a un +ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero sigui apretando. +Entonces desapareci el ciervo, y en su lugar haba un ave marina que +chillaba y aleteaba, mientras Hrcules le apretaba un ala y una pata. +Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente despus haba un horroroso +perro de tres cabezas, que gru y ladr a Hrcules, y mordi fieramente +las manos con que le sujetaba. Pero Hrcules no le solt. Al minuto +siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareci nada menos que +Gerin, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapis a +Hrcules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hrcules +sigui sujetando fuerte. En seguida, no estaba all Gerin, sino una +serpiente inmensa, como aquellas que Hrcules haba estrangulado en su +niez, slo que cien veces ms grande; se retorci y se enlaz alrededor +del cuello y del cuerpo del hroe, y sacudi su cola erguida y abri sus +espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el +espectculo era de lo ms terrible. Pero Hrcules no se desanim ni +pizca, y estruj la grandsima sierpe con tanta fuerza, que la hizo +silbar de dolor. + +Habis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se pareca +muchsimo al mascarn de proa de un barco azotado por las olas, tena el +poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sinti tan +fuertemente cogido por Hrcules, tuvo la esperanza de producirle +sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mgicas, que el hroe +le dejara escapar. Si Hrcules hubiera aflojado un poco, el Viejo habra +ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera +molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo +que noventa y nueve personas de cada ciento se habran asustado hasta +perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habran +echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas ms difciles en +este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los +imaginarios. + +Pero como Hrcules le sujetaba tan tercamente y no haca sino estrujarle +ms a cada cambio de forma, hacindole, en realidad, no poco dao, acab +por pensar que lo mejor sera reaparecer en su propia figura. Y as de +nuevo se mostr aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en +pies y manos y con una especie de mechn de algas en la barba. + +--Haz el favor de decirme qu quieres de m--exclam el Viejo en cuanto +pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea +muy fatigosa--. Por qu me aprietas tan fuerte? Djame al momento, o me +hars pensar que eres una persona sumamente incivil. + +--Me llamo Hrcules--dijo con voz bronca el poderoso forastero--, y no +te soltar si no me dices cul es el camino ms derecho para ir al +jardn de las Hesprides! + +Cuando el Viejo oy quin era el que le haba cogido, comprendi al +instante que sera preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened +presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas +partes, como toda la gente marina. Por de contado, haba odo hablar +muchas veces de la fama de Hrcules, de las hazaas maravillosas que +estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para +llevar a trmino cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya ms +esfuerzos por escapar, y dijo al hroe cmo poda encontrar el jardn de +las Hesprides, y le advirti, adems, cules eran las muchas +dificultades que habra de vencer antes de llegar a l. + +--Tienes que ir por aqu, por all--dijo el Viejo del Mar despus de +marcar los rumbos--, hasta que llegues a la vista de un gigante muy +alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que +est de humor, te dir exactamente dnde se encuentra el jardn de las +Hesprides. + +--Y si por casualidad el gigante no est de humor--observ Hrcules +balanceando su maza en la punta de un dedo--, es muy posible que +encuentre yo manera de convencerle. + +Dando las gracias al Viejo del Mar y pidindole perdn por haberle +estrujado tan rudamente, emprendi de nuevo la marcha nuestro hroe. Le +ocurrieron muchas y extraas aventuras, que valdran muy bien la pena de +que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan +detalladamente como merecen. + +En este viaje fu, si no me equivoco, donde encontr a aquel prodigioso +gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada +vez que tocaba la tierra se haca diez veces ms fuerte que antes de +caer. Se llamaba Anteo. Fcilmente comprenderis que era cosa muy +difcil pelear con l, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un +golpe, se levantaba de nuevo ms fuerte, ms fiero, ms diestro para +manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. As, +cuanto ms fuerte golpeaba Hrcules al gigante con su maza, ms lejos +pareca de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con +personas as, pero nunca me he peleado con ninguna. El nico medio que +encontr Hrcules para poner fin al combate fu el de levantar a Anteo, +sostenindole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle +y estrujarle hasta que le sac toda la resistencia del enorme cuerpo. + +Terminado este asunto, prosigui Hrcules su viaje y lleg a tierras de +Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habran quitado la vida, +de no haber matado al rey del pas, escapando de ese modo. Cruz luego +los desiertos de frica, y marchando lo ms aprisa que pudo, lleg por +fin a la orilla del gran Ocano. Y all, a menos que pudiera andar sobre +las crestas de las olas, pareca que su viaje tena que darse por +concludo. + +Nada haba delante de l, salvo el Ocano espumante, impetuoso, inmenso; +pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vi a mucha distancia algo +que no se vea un momento antes. Reluca con gran brillo, casi como el +redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde +del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel +objeto maravilloso se haca ms grande y ms brillante. Al cabo se +acerc tanto, que Hrcules reconoci que era una inmensa copa o un tazn +enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cmo poda flotar sobre el +mar, es cosa que yo no s explicaros; pero, de todos modos, all estaba +balancendose sobre las olas tumultuosas, que lo mecan a un lado y a +otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin +hacer pasar nunca la espuma por encima del borde. + +--He visto muchos gigantes en mi vida--pens Hrcules--, pero ninguno +que para beber necesitara copa como sta. + +Y, verdaderamente, vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... +tan grande... Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para +compararla con algo, os dir que era diez veces mayor que una gran +piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas +embravecidas ms ligera que una cscara de nuez en las aguas de un +arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que roz la orilla a +corta distancia del sitio en donde estaba Hrcules. + +Tan pronto como sucedi esto, comprendi lo que haba de hacer: que no +le haban ocurrido tantas aventuras notables para no aprender +perfectsimamente cmo haba de conducirse cuando sucediera algo que se +apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del da que aquella +copa maravillosa haba sido enviada sobre las olas por algn poder +oculto, y guiada hasta all a fin de llevar a Hrcules a travs del +mar, siguiendo su ruta hacia el jardn de las Hesprides. En +consecuencia, sin perder momento salt por encima del borde y se desliz +hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de len, se dispuso a +reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si haba descansado desde que +se despidi de las jovencitas a la orilla del ro. Las olas se +estrellaban, con agradable y metlico sonido, contra la superficie de la +cncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el +movimiento era tan suave, que Hrcules, blandamente mecido, cay pronto +en un sueo delicioso. + +Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acert +a tropezar contra una roca, y en consecuencia reson y repercuti, a +travs de su substancia de oro o de bronce, cien veces ms fuerte que la +mayor campana de iglesia que hayis podido oir. Al ruido despert +Hrcules, que inmediatamente se levant y examin el lugar en que se +hallaba. No tard mucho en reconocer que la copa haba flotado a travs +de gran parte del mar, y estaba acercndose a la costa de lo que le +pareci ser una isla. Y en aquella isla, qu pensaris que vi? + +No, no lograris jams adivinarlo, ni aun cuando lo intentis cincuenta +mil veces. Creo positivamente que aqul fu el ms admirable +espectculo de cuantos haba visto Hrcules en todo el curso de sus +maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla ms grande que la +hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban +cortando; ms grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; ms +grande que Anteo; ms grande que todo lo que haya podido ver nadie antes +o despus de los das de Hrcules, y que cualquier cosa que haya an de +ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. Era un gigante! + +Pero, qu gigante ms intolerablemente enorme! Un gigante alto como una +montaa; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un +cinturn y pendan de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por +delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a +Hrcules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo ms maravilloso de +todo era que el gigante tena levantadas sus grandes manos, y pareca +sostener el cielo, que segn pudo entrever Hrcules a travs de las +nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para +creerlo. + +Mientras tanto, la copa resplandeciente segua flotando y avanzando +hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barri las nubes que +ocultaban la cara del gigante, y Hrcules contempl sus enormes +facciones: ojos que + +[imagen] + +parecan lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con +su enormidad de tamao tena un terrible aspecto, pero desconsolado y +fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a +sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para +el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar +por ellos. Cuntas veces acometen los hombres ms de lo que permiten +sus facultades, y encuentran su perdicin, como al pobre gigante le +haba ocurrido! + +Pobre hombre! Evidentemente llevaba all una larga temporada. Una selva +espesa haba crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de +seis o siete siglos haban brotado y arraigado entre sus dedos. + +El gigante mir entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos +enormes, y divisando a Hrcules, grit con voz que pareca un trueno +salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara: + +--Quin anda ah entre mis pies? De dnde vienes en esa tacita? + +--Soy Hrcules!--tron el hroe con voz tan fuerte o poco menos como la +del gigante--. Voy en busca del jardn de las Hesprides. + +--Oh! Oh!--rugi el gigante en un acceso de risa inmenso--. Si que es +una aventura prudente. + +--Y por qu no?--exclam Hrcules, un tanto enojado por la hilaridad +del gigante--. Piensas que tengo miedo al dragn de las cien cabezas? + +Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras +alrededor de la cintura del gigante y estall una tormenta de truenos y +relmpagos, causando tal estrpito, que Hrcules no pudo entender ni +palabra. nicamente se vean las piernas inmensas del gigante bajo la +negrura de la tempestad, y de cuando en cuando apareca momentneamente +su figura entera envuelta en la niebla. Pareca estar hablando la mayor +parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confunda con +el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las +montaas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido +gigante malgast intilmente cantidad incalculable de aliento, porque el +trueno hablaba tan alto como l. + +Al fin ces la tempestad tan sbitamente como haba empezado. De nuevo +pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sostenindolo, y la +luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminndole y +hacindole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya +lejanas. Tan por encima del chaparrn haba quedado su cabeza, que ni un +solo cabello se le haba mojado con la lluvia. + +Cuando el gigante pudo ver a Hrcules, en pie todava a la orilla del +mar, le grit de nuevo: + +--Yo soy Atlas, el gigante ms fuerte del mundo, y sostengo el cielo +sobre mi cabeza. + +--Ya lo veo--contest Hrcules--; pero, no puedes ensearme el camino +del jardn de las Hesprides? + +--Qu buscas all?--pregunt el gigante. + +--Quiero tres manzanas de oro--grit Hrcules--para mi primo, el rey. + +--Nadie ms que yo--afirm el gigante--puede ir al jardn de las +Hesprides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito +de sostener el cielo, dara media docena de zancadas a travs del mar y +te las traera. + +--Eres muy amable--replic Hrcules--. Y no puedes dejar el cielo +apoyado sobre una montaa? + +--No hay ninguna de bastante altura--dijo Atlas, moviendo la cabeza--; +pero si fueras a ponerte en la cima de esa que est ms cerca, quedara +tu cabeza casi a nivel con la ma. Pareces ser muchacho forzudo. Por +qu no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por +ti? + +Hrcules, segn recordaris, era un hombre notablemente vigoroso, y +aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si +algn mortal haba a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaa, +era l. Sin embargo, tan difcil pareca aqullo, que vacil por vez +primera en su vida. + +--Pesa mucho el cielo?--pregunt. + +--Bah! No gran cosa, al principio--respondi el gigante encogiendo los +hombros--; pero al cabo de un millar de aos, se hace un poquito pesado. + +--Y cunto tiempo tardars--pregunt el hroe--en traerme las manzanas +de oro? + +--Oh! Eso es cosa de un momento--exclam Atlas--; salvar doce o quince +leguas de cada paso, e ir y volver antes de que empiecen a dolerte los +hombros. + +--Entonces, bueno--respondi Hrcules--. Subir a la montaa que hay +detrs de ti y te librar de tu carga. + +La verdad es que Hrcules era muy compasivo de suyo, y consider que +hara un gran favor al gigante proporcionndole aquella oportunidad de +hacer una escapatoria. Adems, pens que si lograba sostener el cielo, +alcanzara ms gloria que realizando hazaa tan corriente como vencer a +un dragn de cien cabezas. En consecuencia, sin decir ms palabra, +Hrcules levant el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las +suyas. + +Cuando qued ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el +gigante fu desperezarse, y os podis figurar qu prodigioso espectculo +sera. Primero, con mucho cuidadito, sac un pie de la selva que haba +crecido alrededor; luego, el otro. Despus, de pronto, comenz a brincar +y a saltar y a bailar de alegra por verse libre. Se lanzaba al aire, +nadie sabe hasta qu altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan +grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Despus se ech a reir con +tal estruendo, que su carcajada repercuti de montaa en montaa, cerca +y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos +regocijados. Cuando se calm un poco su alegra, ech a andar por el +mar; diez leguas avanz del primer paso, llegndole el agua a media +pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, +y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca +de la cintura. + +Hrcules miraba cmo iba avanzando el gigante. Realmente, era +maravilloso ver aquella inmensa forma humana a ms de treinta leguas, +medio sumergida en el Ocano, pero con su mitad superior tan alta, +brumosa y azulada como una montaa lejana. Al cabo, la forma gigantesca +se perdi enteramente de vista, y entonces fu cuando se puso Hrcules a +considerar qu hara en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o +fuera muerto a dentelladas por el dragn de las cien cabezas que +guardaba las manzanas de oro del jardn de las Hesprides. Si ocurra +tal desgracia, cmo podra llegar a desembarazarse del cielo? Porque, +entre parntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su +cabeza y sus hombros. + +--Compadezco al pobre gigante--pens Hrcules--. Si el cielo me pesa +tanto en diez minutos, cunto no le habr pesado a l en mil aos! + +Oh, hijitos!... No tenis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan +areo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, +adems, el viento impetuoso y las fras y hmedas nubes, y el sol +abrasador, todo lo cual contribua a que Hrcules se encontrara +incmodo. Comenz a temer que el gigante no volviera nunca. Mir +atentamente el mundo que tena debajo, y reconoci que se era mucho ms +feliz siendo pastor al pie de una montaa, que estando en su cumbre +vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, segn +comprenderis, desde luego tena Hrcules tan inmensa responsabilidad +sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los hombros; porque, si +no mantena perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmvil, +podra ocurrir que el sol se desquiciase, o que, despus de anochecer, +se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego +sobre la cabeza de las gentes. Y qu vergenza para el hroe si, por no +aguantar firme el peso, cruja el cielo y se rajaba de punta a punta! + +No s cunto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegra indecible, +viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto +lmite del mar. Cuando se acerc, alz Atlas la mano, y Hrcules pudo +distinguir tres magnficas manzanas de oro, grandes como calabazas, +pendientes todas de una rama. + +--Me alegro de volverte a ver--grit Hrcules, cuando el gigante estuvo +suficientemente cerca para oirle--. De modo que traes las manzanas de +oro? + +--Claro, claro--respondi Atlas--. Y qu hermosas son! He cogido las +mejores que haba en el rbol; puedes creerme, s, y el dragn de las +cien cabezas es cosa digna de verse. Despus de todo, mejor sera que +hubieras ido t mismo a buscarlas. + +--No importa--replic Hrcules--. Has hecho una excursin agradable y +arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo yo mismo. Te +doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir +lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, est impaciente por +recibir las manzanas de oro, tendrs la amabilidad de volver a coger el +cielo y quitarle de encima de mis hombros? + +--En eso--dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas +de altura o cosa as, y cogindolas cuando caan--, en eso me parece, mi +buen amigo, que eres poco razonable. No podra llevar yo las manzanas +de oro al rey, tu primo, mucho ms de prisa que t? Ya que Su Majestad +tiene tanto afn por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas ms +largas que pueda. Y adems, que no tengo humor de cargar ahora mismo con +el cielo otra vez. + +Al oir esto se impacient Hrcules, e hizo un gran movimiento de +hombros. Era durante el crepsculo, y hubierais podido ver caer de su +sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, mir hacia +arriba asustado, pensando si el cielo se caera inmediatamente despus. + +--Qu es eso?--grit el gigante Atlas riendo estrepitosamente--. En los +ltimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando +lleves ah tanto tiempo como he estado yo, aprenders a tener calma. + +--Cmo!--grit Hrcules muy rabioso--. Te propones hacerme sostener +esta carga toda la vida? + +--Eso lo veremos un da de stos--respondi el gigante--. Y, en todo +caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien aos o mil. Mucho +ms tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo +de mil aos me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a +relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrs mejor ocasin de +demostrarlo. La posteridad hablar de ti, te lo aseguro. + +--Me importa un rbano que hable o no hable!--exclam Hrcules con otra +sacudida de hombros--. Sostn el cielo un instante con la cabeza, +quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de len, para apoyar +el peso encima. Realmente me est despellejando, y me causara una +molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aqu. + +--Eso s lo har--dijo el gigante, que no quera mal a Hrcules, y si se +portaba de tal manera lo haca slo por buscar, con demasiado egosmo, +su propia conveniencia--. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco +minutos justos; pero cinco minutos nada ms, acurdate bien. No tengo +ganas de pasar otros mil aos como estos ltimos. La variedad es la sal +de la vida. + +Ah, y qu torpe era aquel gigante! Ech a rodar las ureas manzanas, y +recibi otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hrcules sobre +las suyas, que eran las que deban sostenerle. Hrcules recogi las tres +manzanas de oro, grandes como calabazas, o ms, y se fu derechito hacia +su casa, sin prestar la ms pequea atencin a las desaforadas voces que +le daba el gigante, gritndole que volviera. Alrededor de sus pies +creci una nueva selva, y se hizo vieja all, y otra vez pudieron verse +robles de cinco o seis siglos, que se haban hecho aosos entre sus +enormes dedos. + +Y all est el gigante an, o por lo menos all hay una montaa tan alta +como l y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, +podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a +Hrcules. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +AL AMOR DE LA LUMBRE + + +Primo Eustaquio--pregunt Trbol, que durante todo el cuento haba +estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta--, qu +altura exacta tena el gigante? + +--Oh, Trbol, Trbol!--exclam el estudiante--. Te figuras que estaba +yo all con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, +poco ms o menos, supongo que deba tener de tres a quince millas de +alto. + +--Dios mo--dijo el nio con un gruido de satisfaccin--, eso es ser +gigante de veras! Y qu largo tena el dedo meique? + +--Desde esta casa al lago--dijo Eustaquio. + +--Eso es ser gigante de veras!--repiti Trbol, en xtasis ante la +precisin de las medidas--. Y qu anchura tendran los hombros de +Hrcules? + +--Eso no lo he podido averiguar nunca--respondi el estudiante--. Pero +me figuro que deban ser un poco ms anchos que los mos o que los de tu +padre, y en general un poco ms que los de cualquier hombre de los de +ahora. + +--Quisiera--murmur Trbol, acercando sus labios al odo del +estudiante--que me dijeras qu tamao tenan las encinas que brotaron +entre los dedos del gigante. + +--Eran ms grandes--dijo Eustaquio--que el castao que hay delante de la +casa del capitn Smith. + +--Eustaquio--observ el seor Pringle, despus de un momento de +meditacin--, me es imposible expresar respecto de este cuento una +opinin que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas +a meterte con los mitos clsicos. Tu imaginacin es completamente +gtica, e inevitablemente dar un carcter gtico a todo lo que toques. +Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de +mrmol. Ese gigante! Cmo te has atrevido a intercalar esa masa +inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fbula +griega, cuya tendencia es reducir a lmite hasta lo extravagante, a +fuerza de dominadora elegancia? + +--He descrito al gigante como me ha parecido--respondi Eustaquio un +poco molesto--. Y si usted, seor, quiere tomarse el trabajo de poner +su entendimiento en relacin con esas fbulas, como es de necesidad si +ha de modelarlas usted de nuevo, ver usted, sin duda, que un griego +antiguo no tena ms derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son +propiedad comn del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas +las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su +plasticidad maravillosa. Por qu no han de ceder tambin entre las +mas? + +El seor Pringle no pudo contener una sonrisa. + +--Y adems--continu Eustaquio--, en el momento en que pone usted en un +molde clsico algo que sea calor de corazn, pasin o afecto, moralidad +divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo +que fu antes. Mi opinin es que los griegos, al tomar posesin de estas +leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas +en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fra y sin corazn, +han hecho a todos los siglos subsiguientes un dao irreparable. + +--Que t, sin duda, has nacido para remediar--dijo el seor Pringle, +echndose a reir--. Est bien; sigue, sigue, pero sigue tambin mi +consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de +mscara. Y para tu prximo esfuerzo, por qu no intentas renovar +alguna de las leyendas de Apolo? + +--Ah, seor mo! Me lo propone usted como si fuera un +imposible--observ el estudiante despus de un momento de reflexin--. Y +a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gtico parece un +tanto descabellada; pero aprovechar la indicacin, y no desespero de +hacer algo que valga la pena. + +Durante la discusin precedente, los nios, que no entendieron palabra +de ella, se haban ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la +cama. Se oan sus vocecillas soolientas, mientras iban subiendo la +escalera, y un viento Noroeste ruga speramente entre las copas de los +rboles y cantaba antfonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se +volvi al despacho, y de nuevo intent forjar unos cuantos versos, pero +se qued dormido entre dos rimas. + +[imagen] + + + + +EL CNTARO MILAGROSO + + + + +[imagen] + + + + +EN LA VERTIENTE DE LA COLINA + + +Dnde y cmo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los nios? No +ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de +juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de +una monstruosa colina o ms bien montaa, porque acaso montaa nos +podamos atrever a llamarla. Haban subido de casa con el valeroso +propsito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro +que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos +modos, era ms alta que miles de collados o que millones de toperas. Y +medida en relacin de los pasos cortos de los nios pequeos, se la +poda considerar como montaa verdaderamente respetable. + +Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros; +porque, a no ser as, cmo iba el libro a adelantar un solo paso? +Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tena prximante el mismo +aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se +le miraba muy de cerca, se poda advertir sobre el labio superior un +asomo de bigote sumamente cmico. Dejando aparte esta seal de madura +virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo +como cuando le conocieron por vez primera. Segua tan alegre, tan +divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y +continuaba siendo el favorito de los pequeuelos, como lo haba sido +siempre. Esta expedicin a la montaa era por completo idea suya. Y +durante todo el camino cuesta arriba, haba ido animando a los mayores +con su alegre voz; y cuando los pequeos se cansaban, los llevaba a +cuestas por turno. De este modo haban pasado ya los huertos y los +pastos de la parte baja de la colina, y haban llegado al bosque que +trepa hacia la cumbre pelada. + +El mes de Mayo se haba portado esta vez mejor que de costumbre, y era +el da ms agradable que pudiera desear un corazn de hombre o de nio. +Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas, +azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las hubiese tocado el +mismo Midas. Las margaritas blancas cubran las praderas. En el linde +del bosque haba columbinas rojo plido, tan modestas que a toda costa +queran esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores +blancas del fresal silvestre... + +Pero no malgastemos nuestras valiosas pginas en hablar tontamente de la +primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, ms interesante de que +tratar. Si miris al grupo de nios, veris que estn todos reunidos en +torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un rbol cado, +parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los ms +jvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para +medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha +decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a +que el grupo de mayores termine la ascensin y vuelva a buscarles. Y +como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrs, les +reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone +contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y +cambian sus miradas ofendidas en la ms radiante de las sonrisas. + +En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrs de unas matas, le +pude oir, y os le contar en las pginas siguientes. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +EL CNTARO MILAGROSO + + +Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemn y su mujer, Baucis, +tambin anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaa, disfrutando +la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya haban cenado frugalmente, y +queran pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de +su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la +pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color prpura. +Pero del pueblo prximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y +ladridos de perros, que cada vez iban siendo ms fuertes; tanto, que +Filemn y Baucis apenas podan entenderse. + +--Mujer--dijo Filemn--, temo que algn pobre viajero venga buscando +hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y +posada, hayan soltado contra l los perros, como acostumbran. + +--S--respondi Baucis--. Ya podan nuestros vecinos tener un poco ms +de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos +sentimientos, animndoles a tirar piedras a los forasteros. + +--Estos nios nunca harn nada bueno--dijo Filemn moviendo la cabeza ya +blanca--. A decir verdad, esposa ma, no me sorprender que el da menos +pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no +se enmiendan. Pero t y yo, mientras la Providencia nos d un pedazo de +pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que +lo necesite. + +--Es verdad--dijo Baucis--. As lo haremos. + +Estos dos viejos eran muy pobres y tenan que trabajar mucho para vivir. +Filemn cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba +siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con +la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consista casi +siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su +colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las +mejores del mundo, y con alegra se hubiesen quedado alguna vez sin +comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche +recin ordeada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase +por su puerta. Les pareca que tales huspedes tenan una especie de +santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a +s mismos. + +La cabaa estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yaca +en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos +pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente haba sido el lecho de +un lago. All haban vivido peces, y en las orillas haban crecido +juncos, y los rboles y las colinas haban visto reflejada su imagen en +el ancho y pacfico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los +hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre l; de modo que a +la sazn era un terreno frtil y no quedaban ms huellas del antiguo +lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y +surta de agua a los habitantes... Tanto tiempo haca que el valle era +terreno seco, que haban nacido en l rboles, haban crecido robustos, +se haban muerto de viejos y haban sido sustitudos por otros que ya +eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle +ms hermoso ni ms frtil. Slo la vista de la abundancia que les +rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, +dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus +semejantes. + +Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran +dignos de vivir en lugar sobre el cual haba sonredo el cielo con tal +benevolencia. Eran egostas y duros de corazn, no tenan lstima de los +pobres ni simpata hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho +que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los dems hombres, +porque ese es el nico modo de pagar el amor que a todos nos tiene la +Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costar creer lo que +voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseaban a sus hijos a ser +peores que ellos, y aplaudan para animarlos, viendo a los nios y a las +nias correr detrs de algn forastero pobre, dando gritos y tirndole +piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se +atreva a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguan, +ladrando y enseando los dientes. Luego, si podan, le mordan una +pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el +pueblo, cuando sala de l era una pura lstima. Cosa terrible para los +pobres caminantes, como podris suponer, especialmente cuando acertaban +a estar enfermos + +[imagen] + +[imagen] + +o dbiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si saban ya de antes +el modo de portarse que tenan aquellos nios y aquellos perros) eran +capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo. + +Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por all algn viajero +que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas +acompandole, no haba gentes ms amables y obsequiosas que los +habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacan +profundas reverencias. Y si los nios chillaban por costumbre, de seguro +se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atreva a ladrar, su +amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual +hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se +preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el +bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en +el prncipe. + +Ahora podis comprender por qu el anciano Filemn y su mujer, Baucis, +hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les +llegaban desde el extremo de la calle del pueblo. + +--Nunca he odo a los perros ladrar tan fuerte--observ el buen anciano. + +--Ni a los chiquillos gritar tanto--respondi su mujer. + +Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez ms, hasta que al +pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron +a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguan de cerca, +ladrando. Un poco detrs vena corriendo multitud de chiquillos que +chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el +ms joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvi y +golpe a los perros con un bastn que llevaba en la mano. Su compaero, +que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los +chiquillos ni en los perros. + +Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y pareca que no tuviesen +dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. +Por eso, sin duda, los del pueblo haban consentido a sus hijos y a sus +perros que les tratasen tan mal. + +--Vamos, mujer--dijo Filemn--, salgamos al encuentro de esas pobres +gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aqu. + +--Anda t--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro +algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que +les sentara admirablemente. + +Diciendo esto, entr en la casa. Filemn, por su parte, se adelant y +alarg la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo +que, sin embargo, dijo con el tono ms amable que podis figuraros. + +--Bien venidos, seores forasteros, bien venidos! + +--Gracias--respondi el ms joven con tono jovial, a pesar de su +cansancio y su molestia--. ste es un recibimiento muy distinto del que +hemos encontrado en el pueblo. Cmo vives en tan mala vecindad? + +--Ah!--observ Filemn con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la +Providencia me ha puesto aqu, entre otras razones, para que pueda +desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos. + +--Bien dicho, viejo!--exclam el viajero echndose a reir--. Y a decir +verdad, desagravios necesitamos mi compaero y yo. Esos chiquillos, +grandsimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los +perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. +Pero le he dado en el hocico con el bastn. Me figuro que le habris +odo aullar desde aqu. + +Filemn se alegr al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese +dicho, por su risueo aspecto y sus modales, que vena cansado por todo +un largo da de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que +encontr para fin de jornada. Iba vestido de modo ms bien extrao, y +llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalan a los lados. Aunque +era tarde de verano, llevaba capa y se envolva estrechamente en ella, +acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemn +le sorprendi tambin la forma extraa de sus zapatos; pero estaba +anocheciendo, y como el anciano tena ya la vista cansada, no pudo darse +cuenta exacta de en qu consista la rareza. Una cosa le intrigaba sobre +todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que +pareca como si los pies se le levantasen del suelo por s mismos y +tuviese que sujetarlos a la fuerza. + +--En mi juventud tena yo tambin los pies ligeros--dijo Filemn al +caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche sola tenerlos un poco +cansados. + +--No hay nada como un buen bastn para aligerar el camino--respondi el +forastero--, y el mo es excelente, como puedes ver. + +El bastn, en efecto, era el ms extrao que Filemn haba visto en su +vida. Estaba hecho de madera de olivo y tena en el puo como un par de +alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcan en derredor +del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemn (cuyos +ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron +vivas. + +--Curioso trabajo, en verdad--dijo--. Un bastn con alas! No hara mal +caballito de palo para un nio. + +Filemn y sus huspedes haban ya llegado a la puerta de la casa. + +--Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, +Baucis, ha ido a ver qu puede daros de comer. Somos pobres, pero +vuestro es todo lo que haya en la alacena. + +El ms joven de los viajeros se tendi descuidadamente en el banco y +dej caer el bastn. Y sucedi una cosa maravillosa. El bastn pareci +levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de +diminutas alas fu medio volando, medio saltando, a apoyarse en la +pared. All se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcan. Esto vi +Filemn; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacan ver visiones. + +Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de ms edad distrajo su +atencin del bastn, dicindole: + +--No haba aqu, en tiempos muy antiguos, un lago que cubra el lugar +donde ahora est la aldea? + +La voz del forastero era extraordinariamente grave. + +--No en mis das, amigo--respondi Filemn--, y eso que, como ves, soy +ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas +praderas, y los rboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del +valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin +duda todo estar lo mismo cuando el viejo Filemn est ya muerto y +olvidado. + +--Eso ya no se puede asegurar--observ el forastero, y en su voz haba +severidad extraordinaria. Movi la cabeza, sacudiendo con el movimiento +su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han +olvidado los afectos y simpatas de su naturaleza, ms valdra que el +lago cayese de nuevo sobre sus moradas. + +El viajero pareca tan serio, que Filemn casi se asust; tanto ms, +cuanto que al fruncir l el ceo, el crepsculo pareci obscurecerse de +pronto, y cuando movi la cabeza son un trueno en el aire. + +Pero, un momento despus, el rostro del viajero volvi a ser tan amable +y bondadoso, que el anciano olvid su terror casi por completo. Sin +embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser +vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que +Filemn le tomase por algn prncipe disfrazado o cosa por el estilo; +ms bien crey que sera algn hombre muy sabio, que andaba por el mundo +en tan pobre atavo despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y +buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabidura. Esta +idea pareca ms probable, porque cuando Filemn alz los ojos hasta el +rostro del viajero, le pareci ver ms pensamiento en una sola mirada de +las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada +al estudio. + +Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron +a charlar con Filemn muy amablemente. El ms joven era +extraordinariamente locuaz, y haca observaciones tan agudas e +ingeniosas, que el buen hombre no poda menos de echarse a reir, y +pensaba que nunca haba tropezado con persona ms divertida. + +--Amigo--le pregunt, cuando ya fu tomando ms confianza--, cmo te +llamas? + +--Soy bastante vivo, como ves--respondi el viajero--; as es que puedes +llamarme Azogue; creo que el nombre no me estar mal. + +--Azogue?--repiti Filemn, mirando cara a cara al viajero, por ver si +se estaba burlando de l--. S que es nombre raro. Y tu compaero, +tambin tiene uno por el estilo? + +--Pregunta al trueno y te lo dir--respondi Mercurio misteriosamente--. +No hay voz bastante fuerte para pronunciarle. + +Esta observacin, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a +Filemn, si al mirar al forastero de ms edad no hubiese reparado en la +expresin extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la +figura ms grandiosa que haba visto nunca. + +Cuando hablaba, lo haca con gravedad y de tal modo, que Filemn se +senta irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tena en el +corazn. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran +con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo +el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro. + +Pero Filemn, hombre sencillo y bondadoso, no tena muchos secretos que +descubrir. Habl, s, grrulamente, de los acontecimientos de su vida +pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel +lugar. Su mujer, Baucis, y l, haban vivido desde su juventud en +aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, +pero siempre contentos. Dijo cun excelentes eran el queso y la manteca +que haca Baucis, y cun sabrosas las verduras que cultivaba l en el +huerto. Tambin dijo que por lo mucho que se queran, su nico deseo era +que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como haban +vivido. Cuando oy esto el forastero, una sonrisa ilumin su rostro, y +su expresin se hizo tan suave como grandiosa. + +--Eres un buen viejo--dijo a Filemn--y tienes una excelente mujer por +compaera. Justo es que se logre vuestro deseo. + +Y parecile a Filemn, precisamente entonces, como si las nubes de la +puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando +en fugitiva llama todo el cielo. + +Baucis haba preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenz a +disculparse por la pobreza de los manjares que poda ofrecer a sus +huspedes. + +--Si hubiramos sabido que venais--dijo--, mi marido y yo no hubisemos +probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado +casi toda la leche en hacer queso, y el ltimo pan casi nos le hemos +comido. Ay de m: nunca siento ser pobre, ms que cuando un necesitado +llama a mi puerta! + +--Todo se arreglar; no te apures, mujer--repuso el forastero de ms +edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace +maravillas y es capaz de convertir los manjares ms humildes en nctar y +ambrosa. + +--Recibimiento cordial s le tendris--exclam Baucis--, y adems un +poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de +prpura. + +--Pero, madre Baucis, eso es un festn!--exclam Azogue, rindose--. +Un festn completo! Y ya vers qu bien represento yo mi papel de +invitado. Creo que en mi vida he tenido ms hambre! + +--Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. Si +este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio +cenar! + +Todos entraron en la cabaa. + +Y ahora, oyentes mos, queris que os cuente algo que os har abrir los +ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas ms extraas de +toda esta historia. Recordaris que el bastn de Mercurio se haba +apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueo entr en +ella, dejndole olvidado, qu hizo el bastn? Abrir inmediatamente las +alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap +iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se qued quieto hasta que +lleg a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de +Azogue. El anciano Filemn y su mujer estaban tan atareados atendiendo a +sus huspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastn. + +Como Baucis haba dicho, la comida era escasa para dos caminantes +hambrientos. En medio de la mesa haba un trozo de pan negro con un +pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Haba un gran racimo +de uvas para cada uno de los huspedes. Y un cantarillo de barro, casi +lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo +llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, slo +quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. Ay, es triste cosa +cuando un corazn generoso se encuentra apretado por la escasez! La +pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de +que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena +ms abundante. + +Y ya que la cena era tan escasa, no poda menos de desear que hubiesen +tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se +bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones. + +--Un poco ms de leche, madre--dijo Azogue--. El da ha sido caluroso y +estoy sediento. + +--Ay de m!--respondi Baucis, confusa--. Me da tanta pena y tanta +vergenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cntaro una sola +gota. Ay, marido, marido!, por qu no nos habremos pasado sin cenar? + +--Me parece--dijo Azogue, levantndose y cogiendo el cantarillo por el +asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro +hay ms leche en el cntaro. + +Diciendo esto, cul fu el asombro de Baucis, al ver que el viajero +llen no slo su tazn, sino el de su compaero, con leche del cntaro +que ella se figuraba estar casi vaco! La buena mujer apenas poda creer +lo que estaba viendo. Seguramente haba echado en los tazones casi toda +la leche, y haba visto la poca que en el fondo del cntaro quedaba, +antes de volverle a dejar encima de la mesa. + +--Como soy vieja--pens Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me +habr equivocado. De todos modos, ahora s que no puede menos de estar +vaco, despus de haber llenado dos veces los tazones. + +--Qu leche tan rica!--observ Azogue, despus de sorberse el segundo +tazn--. Perdn, excelente huspeda, si te pido un poquito ms. + +Baucis haba visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, haba +vuelto el cntaro completamente boca abajo, echando hasta la ltima gota +de leche al llenar el segundo tazn. Por lo tanto, no era posible que +quedase ms. Y para hacrselo comprender as, levant el cntaro e hizo +el movimiento de echar leche en el tazn de Azogue, sin la ms remota +esperanza de que cayese nada. Cul fu, por lo tanto, su sorpresa, +cuando cay en la taza tan abundante cascada, que el tazn se llen +inmediatamente y la leche empez a correr por la mesa! Las dos +serpientes, que estaban enroscadas en el bastn de Azogue, alargaron la +cabeza y empezaron a lamer la leche que se haba vertido. Pero ni +Filemn ni Baucis repararon en esta circunstancia. + +Y qu deliciosa fragancia tena! Pareca como si las vacas de Filemn +hubiesen pastado aquel da la hierba ms rica del mundo. Cmo me +alegrara si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazn de leche como +aqulla, a la hora de cenar! + +--Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco +de miel. + +Baucis cort una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le +comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de +salir del horno. Probando una miga que se haba cado en la mesa, le +pareci el pan ms delicioso que haba comido en su vida, y apenas poda +creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, de qu +otra hogaza poda ser? + +Y la miel! Ms vale que no intente describiros el color y el olor +exquisito que tena: su color era el del oro ms puro y transparente, y +ola a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningn jardn +de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por +encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, despus de revolotear +sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se +hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de +Filemn. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el +perfume de aqulla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso +que, cerrando los ojos, instantneamente hubieseis olvidado el techo +bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis credo estar bajo una glorieta +de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos +de pensar que all estaba pasando algo extraordinario. As es que, +despus de servir a sus huspedes el pan y la miel, se sent al lado de +Filemn, y le dijo en voz baja lo que haba visto. + +--Has odo nunca cosa semejante?--le pregunt. + +--No, nunca--respondi Filemn sonriendo--. Y creo ms bien, vieja de mi +alma, que has estado soando despierta. Si hubiese yo servido la leche, +hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cntaro +un poco ms de la que t creas; eso es todo. + +--Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero stas son gentes +muy extraas. + +--Bien, bien--respondi Filemn sin dejar de sonreir--, puede que lo +sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en +mejor posicin que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con +tanto gusto. + +Cada uno de los huspedes haba cogido su racimo de uvas. Baucis, que se +estaba restregando los ojos para ver ms claro, se figur que los +racimos haban crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de +estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para +ella cmo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja +que trepaba por las paredes de su casa. + +--Admirables uvas!--observ Azogue, que las iba tragando una tras otra, +sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. De dnde las coges, +amable husped? + +--De mi parra--respondi Filemn--. Desde aqu se pueden ver las ramas +retorcindose detrs de la ventana; pero mi mujer y yo nunca cremos que +fuesen muy buenas. + +--Nunca las he comido mejores--respondi el husped--. Otra tacita de +esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un +prncipe. + +Esta vez fu Filemn el que se levant y cogi el cntaro, porque tena +curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le haba +contado. Bien saba que su buena mujer era incapaz de mentir, y que +pocas veces se equivocaba en lo que supona ser verdad. Pero era tan +peregrino el caso, que quera verlo con sus propios ojos. Al coger el +cntaro, mir hacia dentro y se convenci de que apenas contena unas +cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brot como una +fuentecita blanca, que lo llen hasta la boca de leche espumosa y +fragante. Suerte fu, y grande, que Filemn, en su sorpresa, no dejase +caer el cntaro milagroso. + +--Quines sois, maravillosos viajeros?--exclam mucho ms asombrado que +lo haba estado su mujer. + +--Tus huspedes, buen Filemn, y tus amigos--repuso el viajero de ms +edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo pareca suave y +melodiosa--. Dame a m tambin otra taza de leche, y as tu cntaro no +se vace nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes +necesitados. + +Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran +sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un +rato ms hablando con ellos, para expresar la admiracin que sentan y +su alegra al ver que la cena, pobre y escasa, haba resultado mucho +mejor y ms abundante de lo que crean. Pero el forastero de ms edad +les haba inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle +nada, y cuando Filemn llev a Azogue a un lado y le pregunt cmo era +posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cntaro, el +viajero seal su bastn. + +--Ah est todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar t, +me alegrar muchsimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo +contarte todo lo que hace ese bastn; siempre me est dando bromas de +stas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en +semejantes tonteras, dira que est embrujado. + +No dijo ms; pero les mir de un modo tan extrao, que los viejos +pensaron que estaba burlndose de ellos. El bastn mgico fu tras de su +amo dando saltos, cuando Azogue sali de la habitacin. Cuando se +quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos +de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque haban dado +su cama a los huspedes y no tenan otra ms que aquellas tablas, que +ojal hubieran sido tan blandas como sus corazones. + +El anciano y su mujer se levantaron temprano por la maana, y los +viajeros tambin se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su +camino. + +Filemn, hospitalariamente, les pidi que se quedaran un poco ms, +hasta que Baucis ordease la vaca y cociese un panecillo en el horno, y +acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los +viajeros queran andar buena parte del camino antes de que apretase +demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, +pero pidieron a Filemn y a Baucis que les acompaasen un rato, para +ensearles el camino que deban tomar. + +As salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos +antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos +tomaron confianza con el viajero de ms edad, y cmo sus almas honradas +y sencillas se perdan en la suya como dos gotas de agua se perderan en +el Ocano sin lmites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, +pareca descubrir hasta el ms pequeo pensamiento que apuntaba en sus +mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces +deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a +cien leguas su bastn, que tena un aire tan endemoniadamente malicioso +con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensndolo bien, +Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen +alegrado de tenerle en casa a l, a su bastn y a sus serpientes, +mientras les durase la vida. + +--Ay de m!--exclam Filemn cuando ya se hubieron alejado un poco de +la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar +hospitalidad a los forasteros, ataran sus perros y no volveran a +consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra. + +--Es un pecado y una vergenza para ellos el portarse as--exclam con +vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir +cuatro verdades a esos desalmados. + +--Temo--observ Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar +en casa a ninguno de ellos. + +El entrecejo de su compaero adquiri precisamente entonces tan grave, +austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que +ni Filemn ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la +cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo. + +--Cuando los hombres no quieren portarse con el ms humilde de los +extraos como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan +profundo que su voz sonaba como la msica de un rgano--, no son dignos +de existir sobre la Tierra, que fu creada para morada de la gran +hermandad humana. + +--Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la +mirada ms regocijada del mundo--, dnde est el pueblo de que vamos +hablando? A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por +ninguna parte. + +Filemn y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol +el da antes, haban visto las praderas, las casas, los huertos, los +macizos de rboles, la calle ancha, los nios jugando y todas las +seales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, cul fu su asombro! +No haba all ni asomo de aldea! Hasta el frtil valle, en cuyo hueco +yaca, haba dejado de existir. En su lugar se vea la superficie amplia +y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a +orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila +como si hubiese estado all desde el principio del mundo. Un instante, +el lago permaneci completamente quieto. Luego una brisa pas sobre l e +hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del +sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla. + +El lago pareca tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se +quedaron asombrados, como si pensaran que haban estado soando con un +pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas +desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y +comprendieron que no soaban. El pueblo haba estado all ayer, pero ya +no estaba! + +--Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. Qu ha sido de +nuestros pobres vecinos? + +--Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de ms edad con +su voz profunda, y un trueno pareci hacerle eco en la lejana--. No +haba en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni +dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos +bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen +de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aqu hace siglos, se ha +tendido de nuevo para reflejar el cielo. + +--Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa +sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que +cambiar, porque ya eran un puado de pillos con escamas en el corazn y +sangre completamente fra. De modo, madre Baucis, que si t o tu marido +tenis capricho de comer una trucha a la parrilla, podis echar un +anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos. + +--Ah!--exclam Baucis estremecindose--. Por todo el oro del mundo no +pondra una sola en la sartn! + +--No--aadi Filemn haciendo un gesto de desagrado--; no las podramos +atravesar! + +--En cuanto a ti, buen Filemn--continu el viajero de ms edad--, y t, +amable Baucis, con vuestros escasos medios habis puesto tanta +cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha +convertido en inextinguible fuente de nctar, y el pan y la miel en +ambrosa. As las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos +manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habis hecho bien, +queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que ms deseis conseguir, y +est concedido. + +Filemn y Baucis se miraron, y luego no s cul de los dos habl; pero +lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones. + +--Queremos vivir juntos hasta nuestro ltimo da, y salir de este mundo +en el mismo instante, cuando muramos. Porque siempre nos hemos amado! + +--As sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad +vuestra casa. + +As lo hicieron; pero, cul fu su sorpresa al encontrarse con un gran +edificio de mrmol blanco, con grandioso prtico, que ocupaba el sitio +donde hasta hace un momento estaba su humilde morada! + +--Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benvolamente--. +Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la +pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis. + +Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni l ni +Azogue estaban all. + +As, Filemn y Baucis se instalaron en el palacio de mrmol, y pasaron +das y das con gran satisfaccin en recibir y agasajar a cuantos +viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el +cntaro conserv su virtud maravillosa de no estar nunca vaco cuando +haca falta que estuviese lleno. Siempre que un husped honrado, de buen +genio y de buen corazn, beba un trago de aquel cntaro, comprenda que +era el lquido ms agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero +si un pillo de mal carcter, terco o malintencionado, acertaba a beber +de l, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la +leche estaba agria. + +As el matrimonio, ya tan viejo, vivi en su palacio y envejeci ms y +ms. Por fin lleg una maana de verano, en que Filemn y Baucis no +aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huspedes +de la noche anterior al desayuno. Los huspedes los buscaron por todas +partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero intilmente. + +Por fin, despus de mucha perplejidad, vieron frente al prtico dos +venerables rboles, que nadie pudo recordar haber visto all el da +antes. All estaban, con las races fuertemente hundidas en tierra, y +anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: +uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extrao y hermoso el +verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; as es que cada +uno de los rboles pareca vivir en el seno de su compaero mucho ms +que en el suyo propio. + +Mientras los huspedes se maravillaban viendo cmo aquellos rboles, que +hubiesen necesitado casi un siglo para crecer as, podan haberse hecho +tan altos y venerables en una sola noche, se levant un poco de viento y +movi las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo +murmullo, como si los dos misteriosos rboles estuviesen hablando. + +--Yo soy el viejo Filemn--murmur el roble. + +--Y yo Baucis--murmur el tilo. + +Y como el viento se hizo ms fuerte, los dos rboles hablaron a un +tiempo--Filemn! Baucis! Baucis! Filemn!--, como si ambos fuesen +uno solo y hablasen juntos desde lo ms hondo de su corazn. Fcil era +de comprender que la anciana pareja haba renovado su vida e iba a pasar +lo menos cien aos tranquilos y deleitosos: Filemn convertido en roble +y Baucis en tilo. Oh, qu hospitalaria la sombra que daban! Siempre que +un caminante se detena + +[imagen] + +bajo ella, oa un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se +maravillaba al escuchar cmo el rumor aqul se pareca a un sonar de +palabras que dijese: + +--Bien venido, bien venido, viajero! + +Y algn alma buena, que saba lo que hubiese agradado a Filemn y a +Baucis, construy un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho +tiempo despus, los cansados, los hambrientos y los sedientos, +acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cntaro +milagroso. + +--Ojal nosotros le tuviramos aqu ahora! + +--Cunto caba el cntaro?--pregunt Trbol. + +--Dos cuartillos escasos--respondi el estudiante--; pero podas estar +sacando leche de l hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin +cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese +arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo. + +--Y dnde est ahora el cntaro?--pregunt el nio. + +--Se rompi, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil +aos--respondi el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible; +pero aunque sigui sirviendo para contener leche, ya nunca volvi a +llenarse solo. As es que no tena ya ms mrito que cualquier otro +cntaro viejo y rajado. + +--Qu lstima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos. + +El respetable perro _Ben_ haba acompaado a los excursionistas, as +como tambin un perrillo pequeo de Terranova, que responda al nombre +de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de ms edad +y el de costumbres ms circunspectas, el primo Eustaquio le rog +respetuosamente que se quedase con los pequeos para guardarles de todo +mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni ms ni menos que un +chiquillo, el estudiante juzg ms prudente llevarle consigo, por temor +a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a +rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se +estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el +estudiante, con Primavera y dems nios grandes, empez a subir, y +pronto se perdieron todos de vista entre los rboles. + + + + +LA QUIMERA + + + + +[imagen] + + + + +CUMBRE PELADA + + +Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright +y sus compaeros. Los rboles no estaban an completamente cubiertos de +hojas, pero tenan ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras +el sol los inundaba de luz verde. Haba rocas cubiertas de musgo, medio +escondidas entre las pardas hojas secas; haba troncos de rbol casi +podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se haban +derrumbado; haba arbustos secos, que haban sido arrancados de raz por +los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero, +aunque todas esas cosas parecan tan viejas, el aspecto del bosque era +de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se +encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dndose prisa a +prepararse para el verano. + +Por fin la gente joven alcanz el lmite superior del bosque, y se +encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No +era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor +dicho meseta, bastante ancha; en ella haba una casa y un cobertizo a +cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces +las nubes, de las cuales caa la lluvia o la nieve sobre el valle, +estaban por debajo de aquella habitacin, sola y desamparada. + +En el punto ms alto de la colina haba un montn de piedras, en cuyo +centro estaba clavado un gran mstil que sostena una banderita. +Eustaquio condujo all a los nios, y les mand que mirasen en derredor +y viesen cun gran espacio de hermoso mundo podan alcanzar con una +ojeada. Y a medida que miraban, pareca que se les iban agrandando los +ojos. + +Se vea, al Sur, la altsima montaa que formaba generalmente el centro +del paisaje, pero que pareca haberse hundido, y ahora haba pasado a +ser miembro de una gran familia de alturas. Detrs de ella, la sierra, +que desde la casa pareca lejana y no muy alta, haba crecido y se haba +elevado. El lindo lago se vea con todas sus pequeas ensenadas, y no +estaba solo: que haba ms all otros tres que abran al sol sus ojos +azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban +desparramadas en la lejana. Haba tantas granjas, con sus fanegas de +bosque, pastos y tierras de labranza, que los nios apenas podan hacer +sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. All +tambin estaba Tanglewood, que hasta entonces le haba parecido cosa tan +importante en el mundo. + +Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscndole no le encontraban, y su +vista iba mucho ms all de donde en realidad se encontraba. + +Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y +movedizas sombras aqu y all sobre el paisaje. Pero a cada instante la +luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la +sombra se haba marchado a otra parte. + +Al Oeste haba otra serie de montaas azules. + +--En aquella colina--dijo Eustaquio a los nios--haba un lugar, donde +unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, +y donde un individuo holgazansimo, llamado Rip Van Winkle, se haba +quedado dormido y se haba estado durmiendo veinte aos de un tirn. + +Los nios pidieron con afn a Eustaquio que les contase todo lo que +supiera de casos tan maravillosos. + +Pero el estudiante replic que ese cuento ya estaba contado hace mucho +tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo l, y que nadie en el +mundo tena derecho a cambiar una sola palabra en l, hasta que se +hubiese puesto tan viejo como La cabeza de la Gorgona, Las tres +manzanas de oro y el resto de esas milagrosas leyendas. + +--Pero, al menos, mientras estamos descansando aqu--dijo Margarita, y +mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que t +inventas. + +--S, primo Eustaquio--exclam Primavera--: te aconsejo que nos cuentes +aqu un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginacin +se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaa te ponga +potico siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraa y +maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a +creerlo todo. + +--Sers capaz de creer--pregunt Eustaquio--que hubo una vez un caballo +con alas? + +--S--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que t no vas a conseguir +cogerlo nunca. + +--Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy +difcil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por +lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por +lo menos, os contar un cuento que se refiere a l, y el lugar ms a +propsito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte. + +Y as, sentndose en el montn de piedras, mientras los nios se +agrupaban a su alrededor, Eustaquio fij la vista en una blanca nube que +iba flotando, y empez como sigue. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +LA QUIMERA + + +Una vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas +extraas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda +recordar), haba en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que +manaba en la falda de una montaa. Y segn me figuro, debe estar manando +an, al cabo de tantos miles de aos, en el mismsimo sitio. Sea como +sea, el caso es que all estaba la apacible fuente, derramando frescura +por la montaa abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, +cuando lleg junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba +en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de +oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un +nio, y tambin una jovencita que estaba llenando un cntaro, se detuvo +y pregunt si poda refrescarse tomando un trago. + +--Es un agua riqusima--dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su +cntaro, despus de haber bebido en l--. Seras tan amable que me +dijeras si tiene algn nombre esta fuente? + +--S: la llaman la Fuente de Pirene--respondi la doncella, y aadi +luego:--Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una +mujer hermossima; mas cuando su hijo fu muerto por las flechas de +Diana cazadora, se deshizo toda en lgrimas. De manera que el agua que +has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazn de aquella +pobre madre. + +--Nunca hubiera soado--dijo el joven forastero--que tan clara fuente, +con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lgrimas +en su seno! Y sta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme +dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este +sitio. + +Un campesino de mediana edad (que haba llevado una vaca a beber de la +fuente) mir fijamente al joven Belerofonte y a la magnfica brida que +llevaba en la mano. + +--Por fuerza que las fuentes andan muy escasas por tu pas--observ--, +si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, has +perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es +con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan +hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin l. + +--No he perdido ningn caballo--dijo Belerofonte, sonriendo--, pero voy +buscando uno muy famoso, que segn me han informado los sabios, slo por +aqu se puede encontrar. Sabis si Pegaso, el caballo con alas, sigue +frecuentando la Fuente de Pirene, como sola en tiempos de vuestros +antepasados? + +El campesino se ech a reir. + +--Algunos de vosotros, amiguitos mos, habris odo, probablemente, que +este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas +plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cspide del monte +Helicn. Jams guila alguna atraves las nubes tan veloz, tan impetuosa +en su vuelo, como l por los aires. No haba nada igual en el mundo. No +tena compaero; nunca haba sido montado ni guiado por un amo, y en +muchos y dilatados aos vivi solo y feliz. + +Oh, qu hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como l lo +haca, en la cima de una alta montaa, y pasando la mayor parte del da +en el aire, Pegaso apenas pareca criatura de la tierra. Dondequiera que +se le vea a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo +de sus alas plateadas, hubierais pensado que perteneca al cielo, y que +habiendo descendido demasiado bajo, se haba extraviado entre nuestras +nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy +bonito mirar cmo se hunda en el seno lanoso de una brillante nube, +perdindose en ella por un momento y atravesndola para salir al otro +lado. En medio de un sombro aguacero, cuando por todo el cielo haba un +pavimento gris de nubes, suceda a veces que el caballo alado bajaba a +plomo a travs de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores +brillaba tras l. Verdad que un instante despus, tanto Pegaso como la +gozosa luz haban desaparecido; pero el que haba tenido la fortuna de +ver aquel maravilloso espectculo, estaba animado todo el da, y ms si +duraba ms la tormenta. + +En verano, en lo ms hermoso de la estacin, sola Pegaso bajar a +tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretena en galopar por +valles y colinas con la rapidez del viento. Ms a menudo que en ningn +otro sitio se le haba visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su +agua deliciosa o revolcndose por la blanda hierba de la orilla. Tambin +algunas veces (pues Pegaso era muy delicado para la comida) paca unos +cuantos brotes de trbol de los ms tiernos. + +Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivan, +haban tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran +jvenes y seguan creyendo en caballos con alas), llevados por la +esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los ltimos aos +se le haba visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya +casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no haba +contemplado nunca a Pegaso, ni crea en la existencia de semejante +criatura. Y ocurri que el campesino a quien se dirigi Belerofonte era +una de esas personas incrdulas. + +Y sta fu la razn de que se riese. + +--Pegaso? S, s!--exclam, dilatando las narices todo lo que pueden +dilatarse unas narices chatas--; s, s, Pegaso! Un caballo con alas, +eh! Pero, amigo, ests en tus cabales? Para qu le serviran las alas +a un caballo? Crees que tirara bien de un carro? A decir verdad, +alguna economa podra hacerse en el gasto de herraduras; pero, cmo le +haba de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la +ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por +encima de las nubes, cuando slo quisiera ir al molino? No, no; yo no +creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridcula clase de caballos-pjaros. + +--Yo tengo mis razones para pensar de otro modo--dijo Belerofonte con +toda calma. + +Entonces se volvi hacia un viejo canoso que, apoyndose en una cayada, +escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja, +porque haca veinte aos que se haba quedado un poquito sordo. + +--Qu dices t, venerable anciano?--le pregunt--. Me figuro que cuando +eras ms joven habrs visto con frecuencia al caballo alado. + +--Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria--dijo el viejo--. Si no +recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que exista ese +caballo, y lo mismo que yo lo crea todo el mundo; pero ahora casi no s +qu creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna +vez he visto a ese animal, har mucho, muchsimo tiempo. Y a decir +verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo +era muy joven, recuerdo haber visto un da muchas pisadas de caballo +alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero tambin podan +ser de cualquier otro caballo. + +--Y t, hermosa joven, no le has visto nunca?--pregunt Belerofonte a +la muchacha, que estaba parada con el cntaro sobre la cabeza mientras +tenan esta conversacin--. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso +eres t, porque tienes unos ojos muy vivos. + +--Creo que le he visto una vez--replic la doncella, sonrindose y +sonrojndose--. O era Pegaso o un pjaro blanco grandsimo, que iba muy +alto por el aire. Y otra vez, cuando vena a la fuente con mi cntaro, +o un relincho, pero qu relincho ms fuerte y melodioso! Con la +delicia de aquel sonido me di un salto el corazn; pero me asust, sin +embargo, y ech a correr a casa sin llenar el cntaro. + +--Fu una lstima, verdaderamente!--dijo Belerofonte, y se volvi hacia +el nio que mencion al principio del cuento, y que estaba mirndole +fijo, fijo, como acostumbran los nios mirar a los forasteros, con su +rosada boquita abierta de par en par. + +--Eh, amiguito!--exclam Belerofonte, tirndole cariosamente de uno de +los rizos--. Supongo que t habrs visto a menudo el caballo con alas. + +--S que le he visto--respondi el nio vivamente--. Le vi ayer, y +muchas veces antes. + +--Eres un hombre!--dijo Belerofonte atrayendo al nio hacia s--. Ven, +y cuntame todo lo que sepas. + +--Pues, nada--replic el nio--. Yo vengo aqu a menudo para echar +barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces, +cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo +del cielo que all se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar +en l y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le +molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdindose de vista. + +Y Belerofonte tuvo ms fe en el nio que haba visto la imagen de Pegaso +en el agua, y en la joven que le haba odo relinchar tan +melodiosamente, que en el patn de mediana edad, que slo crea en los +caballos de carro, o que en el viejo, que haba olvidado ya las bellas +cosas de su juventud. + +Por eso fu muchos das a la Fuente de Pirene, y observando +continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a +la superficie del agua, no perda la esperanza de ver la imagen +reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad. +Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus +piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivan all +cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se rean a menudo del +pobre Belerofonte, y algunas veces le zaheran con dureza. Le decan +que un hombre robusto como l deba hacer algo ms til que perder el +tiempo en tan ocioso empeo. Le ofrecan venderle un caballo, si lo +necesitaba, y como Belerofonte se neg a la compra, quisieron comprarle +a l la hermosa brida. + +Hasta los nios la tomaron con l, y acostumbraban a jugar all cerca, +sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oa y les +vea. Un chiquillo de aqullos haca de Pegaso, por ejemplo, y daba los +saltos ms extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno +de sus compaeros iba tras l, llevando en la mano un par de juncos, que +representaban la brida lujossima de Belerofonte. Pero el nio bondadoso +que haba visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven +forastero ms de lo que todos los chiquillos malos podan atormentarle. +Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y +sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con +fe tan inocente, que Belerofonte no poda menos de sentirse animado. + +Ahora querris, probablemente, que os diga por qu se haba puesto +Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontrar mejor oportunidad +para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca. + +Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte, +resultara un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible +monstruo, llamado la Quimera, haba aparecido en cierto pas de Asia, y +estaba haciendo ms dao del que se puede decir de aqu a maana. Esta +Quimera era una de las ms horribles y ponzoosas criaturas, la ms rara +e inexplicable y la ms difcil de combatir y de escapar de ella, que +jams sali de las entraas de la Tierra. Tena la cola como una +serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tena tres cabezas distintas, +una de las cuales era de len, la segunda de cabra y la tercera de +serpiente, abominablemente grande. Y qu chorro de fuego sala +flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre, +dudo si tendra alas; pero, tuviralas o no, el caso es que corra como +una cabra y un len, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una +cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos. + +Oh! Cunto, cunto dao haca esa maligna criatura! Con su aliento de +llamas poda incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un +pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes +extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las +personas y los animales vivos, cocindolos despus en el ardiente horno +de su estmago. Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos +jams con un monstruo semejante! + +Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamrsele) estaba +haciendo todas estas cosas terribles, lleg Belerofonte a aquella parte +del mundo para visitar al rey. ste se llamaba Iobates, y el pas que +rega era Licia. Belerofonte era uno de los jvenes ms valientes del +mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algn hecho valeroso y +benfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos +tiempos, un joven que deseara distinguirse no tena ms camino que el de +librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con +malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no +poda encontrar cosa ms peligrosa con que habrselas. El rey Iobates, +conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear +con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto, +llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no +vacil un instante, y asegur al rey que matara a la temida Quimera o +perecera en la demanda. + +Reflexion, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente +veloz, no podra nunca vencerle si luchaba con l a pie. Lo prudente +sera, por tanto, adquirir el mejor y ms rpido caballo que pudiera +encontrarse. Y qu otro haba en el mundo que fuera ni la mitad de +rpido que Pegaso, el caballo maravilloso que tena alas y piernas y se +mova en el aire con ms facilidad an que sobre la tierra? Cierto que +muchsima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y +deca que slo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por +maravilloso que pareciese, Belerofonte crea que Pegaso era un caballo +autntico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez +montado sobre sus lomos, estara en condiciones de pelear ventajosamente +con la Quimera. + +Y ste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en +la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con +slo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo +alado se mostrara sumiso, reconocera por amo a Belerofonte, y volara +hacia donde ste quisiera volver la rienda. + +Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con +la esperanza de que Pegaso ira a beber a la Fuente de Pirene, fatig +extraordinariamente a Belerofonte y le llen de ansiedad. Tema que el +rey Iobates se figurase que haba hudo de la Quimera. Le causaba dolor +tambin el pensar cunto dao estara haciendo el monstruo, mientras que +l, en lugar de combatirle, se vea obligado a sentarse ocioso, mirando +cmo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso haba ido por +all tan de tarde en tarde aquellos aos ltimos, y apenas si bajaba una +vez durante la vida de un hombre, tema Belerofonte hacerse viejo y +perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazn, antes de que +apareciese el caballo con alas. Oh! Cun pesadamente pasa el tiempo +cuando un joven arrojado ansa tomar parte en la vida y cortar la +cosecha de su fama! Qu difcil es esperar! Nuestra vida es corta, y +qu parte ms grande de ella se pierde en aprender esta verdad! + +Suerte fu para Belerofonte que el nio le hubiese tomado tanto cario y +no se cansase de su compaa. Todas las maanas le infunda una nueva +esperanza, en sustitucin de la perdida el da antes. + +--Querido Belerofonte--exclamaba mirndole animosamente--, creo que hoy +vamos a ver a Pegaso. + +Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte +habra acabado por perder toda esperanza, y habra vuelto a Licia e +intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal +caso, el pobre Belerofonte habra sido, cuando menos, terriblemente +chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y +devorado. Nadie poda ni intentar combatir con una Quimera terrestre, +sin ir montado sobre algn animal areo. + +Una maana habl el nio a Belerofonte con ms fe todava que de +costumbre. + +--Mi queridsimo Belerofonte--exclam--, no s por qu, pero siento como +si hoy, seguramente, furamos a ver a Pegaso. + +En todo aquel da no quiso apartarse ni un momento del lado de +Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la +fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el nio coloc +una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. ste se hallaba +abismado en sus pensamientos, y miraba distrado los troncos de los +rboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus +ramas. Mas el nio no dejaba de observar en el agua; por su cario a +Belerofonte, le afliga pensar que la esperanza de aquel da saliera +fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas +lgrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, segn +decan, haba vertido Pirene por su hijo muerto. + +Cuando menos lo pensaba, sinti Belerofonte la presin de la manecita +del nio, y oy un susurro casi imperceptible: + +--Mira ah, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua. + +El joven mir en el movedizo espejo de la fuente, y vi algo como la +imagen de un pjaro que pareca estar volando a grandsima altura, +reflejndose el sol en sus nveas o argentadas alas. + +--Qu pjaro ms esplndido debe ser--dijo--, y qu grande parece, a +pesar de estar volando ms alto que las nubes! + +--Me hace temblar--murmur el nio--. Me da miedo mirar hacia arriba, en +el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo ms que a mirar su imagen +en el agua. Querido Belerofonte, no ves que no es un pjaro? Es el +caballo con alas, es Pegaso. + +El corazn empez a saltar en su pecho. Mir fijamente hacia arriba; +pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pjaro o caballo, porque +entonces precisamente se haba hundido en un nubarrn; sin embargo, un +momento despus reapareci, atravesando la nube por la parte inferior, +aunque todava a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogi al nio +en brazos y se apart con l, hasta que ambos quedaron ocultos entre el +espeso bosquecillo de arbustos que creca alrededor de la fuente. No +porque tuviese miedo de ningn dao, pero s por temor a que si llegaba +a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna +inaccesible montaa. Porque era, realmente, el caballo alado. Despus de +esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de +Pirene. + +Cada vez se acercaba ms y ms la area maravilla, describiendo grandes +crculos, como habris visto hacer a las palomas cuando van a bajar a +tierra. Hacia abajo iba tambin Pegaso, y los amplios, majestuosos +crculos, se iban haciendo ms y ms estrechos a medida que se +aproximaba a tierra. Cuanto ms cerca se le vea, pareca ms hermoso, y +ms maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por ltimo, con tan +ligera presin que apenas aplast la hierba que creca alrededor de la +fuente, ni dej la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se +pos en tierra, y bajando la indmita cabeza, comenz a beber. Absorba +el agua con grandes suspiros de satisfaccin y tranquilas pausas de +contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la +tierra ni en las nubes haba agua que agradara a Pegaso tanto como +aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronch con los dientes +unos cuantos de los dulces capullos del trbol, y los sabore +delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque las hierbas +nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicn, +convenan a su paladar mejor que aquel pasto ordinario. + +Despus de haber bebido as hasta satisfacerse, y de haberse dignado +comer un poquito por coquetera, el caballo alado comenz a brincar de +un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la +holganza y al juego. Nunca hubo criatura ms juguetona que aquel Pegaso. +Sacuda sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por +la tierra, medio por el aire, que no s si llamar vuelos o galopes. +Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas +veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le +costaba algo ms mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte +entretanto, y sin soltar de la mano al nio, se asom fuera del boscaje, +y pens que no haba visto cosa ms hermosa que aqulla, ni ojos de +caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Pareca un pecado +pensar en ponerle una brida y montarlo. + +Una o dos veces se par Pegaso, aspirando fuertemente el aire, +levantando las orejas, estirando el cuello y volvindose a todos lados, +como si recelase algn mal. Sin embargo, como ni vi ni oy nada, pronto +volvi a sus juegos. + +Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y +desocupado, pleg Pegaso las alas y se tumb sobre la verde pradera; +pero como estaba demasiado lleno de vida area para permanecer quieto +mucho tiempo, comenz pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire +sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, nica y +solitaria, cuyo compaero no haba sido creado, que no lo necesitaba +tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos. +Cuantas ms cosas haca de las que los caballos mortales acostumbran a +hacer, menos terreno y ms maravilloso pareca. Belerofonte y el nio +casi no respiraban, en parte por su emocin deliciosa, pero +principalmente porque teman que el ms ligero ruido o murmullo le +hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al ms lejano azul del cielo. + +Por ltimo, cuando ya se haba revolcado bastante, Pegaso di vuelta, e +indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirm los cascos +delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivin que iba a +hacerlo as, y saliendo sbitamente del boscaje, se mont de un salto +sobre sus lomos. + +S. Se mont sobre los lomos del caballo con alas! + +Pero, qu salto di Pegaso cuando, por primera vez en su vida, sinti +sobre s el peso de un mortal! Aqullo era un salto! Antes de que +tuviera tiempo de respirar, se encontr Belerofonte levantado a una +altura de doscientos metros, siguiendo an hacia arriba, mientras que el +caballo con alas resoplaba y se estremeca de terror y de clera. Hacia +arriba fu, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el hmedo seno de +una hube, a la cual haba mirado Belerofonte un poquito antes, +imaginndosela como un lugar muy agradable. Despus, fuera ya de la +nube, se dej caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera +estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las +ms salvajes cabriolas que jams hayan podido hacer pjaro ni caballo +alguno. + +No sabr deciros ni la mitad de lo que hizo. Se desliz, rpido, hacia +adelante, y a los lados y hacia atrs. Se par con las patas delanteras +en un jirn de neblina, y las de atrs en nada absolutamente. Coce +furiosamente y baj la cabeza, metindola entre las manos, con las alas +apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilmetros de altura sobre +la tierra, di un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte +estuvieron donde deba estar la cabeza, y pareca que miraba al cielo +hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvi la cabeza +violentamente, y mirando a Belerofonte a la cara, como si echara fuego +por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudi las alas +con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendi y cay a +tierra, siendo recogida por el nio, quien la guard toda su vida como +recuerdo de Pegaso y Belerofonte. + +Mas este ltimo (que segn podis apreciar, era tan buen jinete como el +mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al +fin encaj el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del +caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvi tan +manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de +Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan +sbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena deba sentir Pegaso +tambin. Mir a Belerofonte con lgrimas en los hermosos ojos, en vez +del fuego que poco antes despedan; pero cuando Belerofonte le acarici +la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero +con cario, vi en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si +le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y +compaero. + +As ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indmitas +y solitarias como ellos. Si podis atraparlas y dominarlas, es el mejor +camino para lograr su cario. + +Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima +a Belerofonte, recorri una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle +el bocado estaban llegando a la vista de una montaa altsima. +Belerofonte ya haba visto antes esa montaa, y conoci que era Helicn, +en cuya cima viva el caballo alado. All vol Pegaso (despus de mirar +dcilmente a su jinete, como preguntndole si lo permita), y posndose, +esper pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven salt de +los lomos de su caballo, mantenindolo sujeto por la brida; pero al +mirar sus ojos le conmovi tanto la docilidad de su aspecto y su +hermosura, y la idea de la vida librrima que haba llevado Pegaso hasta +entonces, que no se sinti capaz de tenerlo prisionero, si l realmente +deseaba su libertad. + +Dejndose llevar de tan generoso impulso, dej caer la brida encantada +de la cabeza de Pegaso y le sac el bocado. + +--Djame, Pegaso!--le dijo--. Djame o quireme! + +En un instante, el caballo alado sali disparado hasta perderse casi de +vista, remontndose a plomo sobre la cima del Monte Helicn. El sol se +haba puesto haca ya tiempo, lo alto de la montaa estaba an en el +crepsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero Pegaso +vol tan alto, que alcanz al da que se iba y se ba en la luz que +irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez ms alto, pareca +una mancha brillante, y al fin se perdi en la inmensidad del cielo. +Temi Belerofonte no volverle a ver ms; pero cuando estaba deplorando +su locura, reapareci la mancha brillante y se fu acercando ms cada +vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y all estaba Pegaso +de vuelta! Despus de prueba tal, ya no haba cuidado de que el caballo +con alas se escapase. l y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron +fielmente el uno al otro. + +Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte +sobre el cuello de Pegaso, no por precaucin, sino por cario. Ambos se +despertaron al despuntar la maana, y se dieron los buenos das, cada +cual en su lengua. + +De este modo pasaron varios das Belerofonte y el maravilloso caballo, +conocindose cada vez ms y aficionndose ms el uno al otro. Hacan +largos viajes areos, y alguna vez suban tan altos, que la Tierra +apenas pareca mayor que... la Luna. Visitaron pases remotos y +asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven, +montado en un caballo con alas, tena que haber bajado del cielo. +Recorrer mil kilmetros por da era cosa muy fcil para el veloz +Pegaso. Aquel gnero de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto +habra vivido siempre as, en la clara atmsfera de las alturas, en +donde haca siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo +fuera abajo; pero no poda olvidar a la horrible Quimera y la promesa +hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien +la equitacin area y saba manejar a Pegaso con un ligero movimiento de +la mano, y le ense a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la +peligrosa aventura. + +En consecuencia, al romper el da y tan pronto como abri los ojos, di +un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente +se alz Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y di, +velocsimo, una gran vuelta a la cima de la montaa, como para mostrar +que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursin. Mientras +dur ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y +finalmente descendi junto a Belerofonte tan levemente como habris +visto que se posan los pjaros sobre los arbustos. + +--Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!--exclam +Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo--. Y ahora, +mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con +la terrible Quimera. + +En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente +llamada de Hipocrene, ofreci Pegaso la cabeza, espontneamente, para +que su amo pudiera poner la brida. Luego di muchos brincos y cabriolas +areas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras +Belerofonte se cea la espada, dispona el escudo y se preparaba para +la batalla. Cuando estuvo todo listo, mont el jinete y (segn sola +hacer cuando iba lejos) subi cuatro kilmetros verticalmente, para +orientarse mejor. Despus volvi la cabeza de Pegaso hacia el Este, +dirigindose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un guila, pasando tan +cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habra +sido fcil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso, +antes del medioda divisaron las altas montaas de Licia, con sus +profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte haban +dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tena su guarida la +espantosa Quimera. + +Estando ya tan cerca del trmino de su viaje, descendieron poco a poco, +aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas +ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y +asomndose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montaosa +de Licia, y mirar a la vez todos sus umbros valles. Nada de +extraordinario encontr a primera vista. Era aqulla una zona desierta, +pedregosa, con altas y escarpadas montaas; en la parte baja y ms llana +del pas haba ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales, +desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento. + +--Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto--pens Belerofonte--; +pero, dnde est el monstruo? + +Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera +vista, en ninguno de los valles y barrancos que haba entre las +imponentes montaas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de +humo negro salan de algo como la boca de una caverna y suban +pesadamente por la atmsfera, confundindose en una sola columna antes +de llegar a la cumbre de la montaa. La caverna estaba casi a plomo, +bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El +humo tena un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar +a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso +caballo (acostumbrado a respirar nicamente el aire ms puro), que agit +las alas y se lanz como un kilmetro fuera del alcance de aquellos +molestos vapores. + +Pero, al mirar hacia atrs, vi Belerofonte algo que le indujo a tirar +de las riendas primero, y a dar vuelta despus. Hizo una sea, que el +caballo alado entendi, y ste baj por el aire lentamente hasta que sus +cascos estuvieron a poco ms de la altura de un hombre sobre el suelo +roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la +caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban. + +Dentro de la dicha caverna pareca haber un montn de extraas y +terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan +juntos, que Belerofonte no acert a distinguirlos; pero, a juzgar por +sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo +un fiero len y el tercero una cabra horrible. El len y la cabra +estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba +fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo ms asombroso del +caso era que las tres columnas de humo salan evidentemente de las +narices de aquellas tres cabezas. Tan extrao era el espectculo, que +aun cuando tanta tiempo haba estado esperando verlo, la verdad, no se +le ocurri al pronto que aqulla era la terrible Quimera de tres +cabezas. Haba dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el len +y la cabra no eran tres criaturas distintas, como haba supuesto, sino +un monstruo solo. + +Qu cosa ms horrible y ms odiosa! Aun dormitando, como dormitaban, +sus dos terceras partes, tena entre sus abominables mandbulas los +restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el +pensarlo) fuera de algn pobre nio que las tres bocazas haban estado +mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas. + +De pronto, como si saliese de un sueo, cay Belerofonte en la cuenta de +que era aqulla la Quimera. Pegaso pareci tambin comprenderlo, y di +un relincho, que son como un clarn de guerra. Al oirlo se alzaron +erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que +Belerofonte pudiera pensar lo que deba hacer, se lanz el monstruo +fuera de la caverna y se fu derecho a l, con las inmensas fauces +abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si +Pegaso no hubiera sido tan gil como un pjaro, tanto l como su jinete +se habran visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habra +acabado as el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo +alado no se dejaba atrapar tan fcilmente. En un abrir y cerrar de ojos +se elev casi hasta las nubes, resoplando con furia. Tambin temblaba, +pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y +ponzooso con sus tres cabezas. + +La Quimera, por su parte, se irgui hasta sostenerse nicamente sobre el +extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo +fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. Cmo ruga, silbaba y +bramaba, hijitos mos! Belerofonte, entretanto, se pona el escudo al +brazo y sacaba la espada. + +--Ahora, mi querido Pegaso--murmur al odo del caballo alado--, has de +ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrs de volverte a +tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la +Quimera, o sus tres bocas se comern esta cabeza ma, que tantas veces +ha dormitado sobre tu cuello. + +Pegaso relinch, y volviendo la cabeza, frot cariosamente el hocico +contra la cara de su jinete. As deca, a su manera, que an tena alas +y era caballo inmortal; mejor perecera, si lo inmortal pudiera perecer, +que dejar tras s a Belerofonte. + +--Gracias, Pegaso--respondi Belerofonte--. Y ahora, vamos a pelear al +monstruo. + +Diciendo estas palabras, sacudi las riendas, y Pegaso descendi +oblicuamente, rpido como una flecha, hacia la triple cabeza de la +Quimera, que todo aquel tiempo haba estado irguindose en el aire +cuanto poda. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, di Belerofonte un +gran tajo al monstruo; pero su caballo sigui adelante sin dejarle ver +si haba aprovechado el golpe. Pegaso continu su carrera; pero pronto +vir en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que +antes. Belerofonte vi entonces que haba cortado al monstruo, casi del +todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y pareca enteramente +muerta. + +Pero, en compensacin, la cabeza de len y de la serpiente haban +adquirido toda la fiereza de la otra, y escupan llamas, y silbaban y +rugan con mucha ms furia que antes. + +--No te importe, mi bravo Pegaso--exclam Belerofonte--; con otro golpe +como ese haremos que cese el rugir y el silbar. + +De nuevo sacudi las riendas. El caballo alado se lanz oblicuamente y +veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asest un +golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni l ni +Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el +monstruo al joven un profundo araazo en un hombro, y con la otra +estrope un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por +su parte, haba herido mortalmente la cabeza de len, de tal modo, que +caa colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo +negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la nica que +quedaba ya) era entonces dos veces ms fiera y ms venenosa que nunca. +Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba +silbidos tan altos, tan speros, tan penetrantes, que el rey Iobates los +oy a cincuenta millas de distancia, y se estremeci hasta hacer temblar +al trono debajo de l. + +--Ay de m!--pens el pobre rey--. Esto es que la Quimera viene a +devorarme. + +Pegaso, mientras tanto, se haba parado otra vez en el aire y relinchaba +colrico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. +Qu diferente el fuego crdeno de la Quimera! Ni el espritu del +caballo areo ni el de Belerofonte decayeron. + +--Echas sangre, mi caballo inmortal?--exclamo el joven, cuidndose +menos del mal propio que del de aquella criatura que no deba haber +conocido nunca el dolor--. La execrable Quimera pagar este dao con su +ltima cabeza! + +Luego sacudi las riendas, dando grandes gritos, y gui a Pegaso, no +oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del +monstruo. Tan rpida fu la embestida, que en la duracin de un +relmpago lleg Belerofonte al alcance de su enemigo. + +A esto, con la prdida de su segunda cabeza, haba cado la Quimera en +una pasin ardentsima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad en tierra +y mitad en el aire, siendo imposible decir en qu elemento descansaba. +Abri su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por +decir que poda haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas +desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanz un chorro +tremendo de su encendido aliento, y envolvi a Belerofonte y a su +caballo en una atmsfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso, +quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los +dos, de la cabeza a los pies, mucho ms de lo cmodo. + +Pero esto no es nada para lo que sucedi despus. Cuando el caballo +alado lleg en su acometida a la distancia de unos cien metros, la +Quimera di un salto y lanz su enorme, horrible, ponzooso y detestable +cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enrosc a su alrededor con gran fuerza +y retorci su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo areo +volaba ms alto, ms alto, ms alto, por encima de los picos de las +montaas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la +tierra slida; pero el monstruo terrestre no solt presa y fu llevado +hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras +tanto, se volvi y se encontr frente a frente con la horrible fealdad +de la Quimera, y slo resguardndose bien con el escudo, pudo librarse +de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco. + +Por la orillita del escudo mir fieramente a los salvajes ojos del +monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se +resguardaba, como en otro caso habra hecho. Despus de todo, para +luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo +posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios, +el monstruo dej su pecho enteramente al descubierto. Al verlo, +Belerofonte clav hasta el puo la espada en su cruel corazn. La cola +de la serpiente desat en seguida su nudo. El monstruo solt a Pegaso y +cay desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho +ardi, en vez de extinguirse, ms vivo que nunca, y pronto comenz a +consumir aquel cuerpo muerto. + +Cay del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de +llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un +cometa; pero al despuntar el da salieron unos labriegos a su labor y +vieron, con gran asombro, que varias hectreas de terreno estaban +salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo haba un montn de +huesos calcinados, mucho ms alto que una gran pila de heno. Nada ms +volvi a verse de la espantosa Quimera! + +[imagen] + +[imagen] + +Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclin hacia adelante y +bes a Pegaso con lgrimas en los ojos. + +--Vuelve ahora, mi caballo bienamado--le dijo--, vuelve a la Fuente de +Pirene! + +Pegaso hendi el aire ms rpido que nunca, y lleg a la fuente en muy +poco tiempo. All encontr al viejo apoyado en su bculo, al campesino +dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cntaro. + +--Ahora me acuerdo--advirti el viejo--. Cuando yo era un chiquillo, vi +una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces ms +hermoso. + +--Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que l--dijo el +campesino--. Si este pingo fuera mo, lo primero que haca era cortarle +las alas. + +La pobre muchachita no dijo nada, porque tena el sino de asustarse +fuera de tiempo. Ech a correr, dej caer el cntaro y lo rompi. + +--Dnde est--pregunt Belerofonte--el simptico nio que sola +acompaarme, y nunca perdi la fe y nunca se cansaba de mirar en la +fuente? + +--Aqu estoy, querido Belerofonte--dijo el nio tiernamente. + +El muchachito haba pasado da tras da a la orilla de Pirene, esperando +que volviera su amigo; pero cuando vi a Belerofonte bajando a travs +de las nubes, montado en su caballo alado, se intern en el boscaje. Era +un nio muy delicado, de gran ternura, y tema que el viejo y el +campesino vieran brotar las lgrimas de sus ojos. + +--Has logrado la victoria--dijo gozosamente, abrazndose a una pierna de +Belerofonte, que an estaba montado sobre Pegaso--. Conozco que la has +ganado. + +--S, nio querido--replic Belerofonte, bajndose del caballo alado--; +pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a +Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jams a la +terrible Quimera. Todo lo hiciste t, mi amado amiguito, y ahora +devolvamos a Pegaso su libertad. + +Y diciendo esto, quit la brida encantada de la cabeza de aquel caballo +maravilloso. + +--S libre para siempre. Pegaso mo!--exclam con cierto dejo de +tristeza en la voz--. S tan libre como rpido eres! + +Mas Pegaso apoy la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera +de inducirle a emprender el vuelo. + +--Bien; pues--dijo Belerofonte, acariciando al areo caballo--estars +conmigo mientras quieras. Vmonos sin tardar a decir al rey Iobates que +la Quimera ha sido destruda. + +Belerofonte abraz a aquel nio tan bueno, y le prometi volver a verle, +y se puso en marcha; pero, aos despus, aquel nio vol sobre el +caballo areo mucho ms alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo +cosas mucho ms honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera. +Porque, siendo tan tierno y delicado, lleg a ser un poderoso poeta. + +[imagen] + + + + +[imagen] + + + + +CUMBRE PELADA + + +Eustaquio Bright cont la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y +animacin como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con +alas. + +Al terminar se llen de alegra, al comprender, por el rostro radiante +de sus oyentes, lo mucho que les haba interesado. + +Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la +chiquilla positivamente haba lgrimas, porque se daba cuenta de que +haba algo en la leyenda que los dems an no tenan edad de comprender. + +Era un cuento de nios; pero el estudiante haba conseguido poner en l +el ardor, la generosa esperanza y la imaginacin emprendedora de la +juventud. + +--Ahora te perdono, Primavera--dijo--, todo el ridculo que has +intentado echar sobre mis cuentos. Una lgrima paga muchas risas. + +--Ay, seor Bright!--respondi Primavera, limpindose los ojos y +lazndole otra de sus maliciosas sonrisas--: esto de estar encima de las +nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar ms +cuentos, si no ests, como ahora, en la cumbre de una montaa. + +--O cabalgando sobre Pegaso--replic Eustaquio, riendo--. No te parece +que he conseguido a las mil maravillas mi propsito de apresar al corcel +maravilloso? + +--S, ha sido un bonito salto mortal!--exclam palmoteando--. Me parece +que le veo a caballo sobre l, a tres millas de alto, por los aires, +cabeza abajo! + +--Ojal tuviese aqu a Pegaso en este instante!--dijo el estudiante--. +Le montara inmediatamente, y hara una visita por todo el pas a cada +uno de mis autores favoritos. + +Charlando de Pegaso y sus hazaas, empezaron a andar colina abajo. A +poco _Bruin_ empez a ladrar, y le respondi el _gua-gua_ solemne del +respetable _Ben_. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia +cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeos, repuestos por completo +de su fatiga, se haban puesto a buscar fresas, y al divisar a sus +compaeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro. + +As reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos, +y se encaminaron despacio a Tanglewood. + + +FIN + +[imagen] + +[imagen] + + + + +INDICE + + + Pginas + +LA CABEZA DE LA GORGONA 5 +EL TOQUE DE ORO 55 +EL PARASO DE LOS NIOS 93 +LAS TRES MANZANAS DE ORO 129 +EL CNTARO MILAGROSO 175 +LA QUIMERA 211 + +[imagen] + + + + + + +End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA *** + +***** This file should be named 55215-8.txt or 55215-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/5/5/2/1/55215/ + +Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online +Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This +file was produced from images generously made available +by The Internet Archive/American Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org/license + + +Title: Cuando la tierra era nia + +Author: Nathaniel Hawthorne + +Illustrator: Pablo Mil Fontanals + +Translator: Gregorio Martnez Sierra + +Release Date: July 28, 2017 [EBook #55215] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA *** + + + + +Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online +Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This +file was produced from images generously made available +by The Internet Archive/American Libraries.) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<div class="figcenter"> +<img src="images/cover.jpg" width="314" height="500" alt="" /> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 132px;"> +<a href="images/illus-001_lg.jpg"> +<img src="images/illus-001_sml.jpg" width="132" height="147" alt="[imagen no disponible]" /></a> +<div class="caption"><p class="c"><i>E S T R E L L A</i></p></div> +</div> + +<p class="cb">C O L E C C I N E S M E R A L D A</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span> </p> + +<h1>CUANDO<br /> +LA TIERRA<br /> +ERA NIA</h1> + +<div class="figcenter" style="width: 382px;"> +<a href="images/title_lg.jpg"> +<img src="images/title_sml.jpg" width="382" height="583" alt="HAWTHORNE + +CUANDO +LA TIERRA +ERA NIA + +TRADUCCIN DE +G. MARTNEZ SIERRA + +ILUSTRACIONES DE +FONTANALS + +MADRID +MCMXX" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p> + +<p class="cb"> +COPYRIGHT BY<br /> +G. MARTNEZ SIERRA, 1920<br /> +<br /> +<span class="smcap">Tipografa Artstica</span><br /> +<span class="smcap">Cervantes, 28.—Madrid</span><br /> +</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p> + +<table border="4" cellpadding="0" cellspacing="4" summary="" +style="border:3px solid gray;"> +<tr><td align="left"><a href="#INDICE"><b>AL INDICE</b></a></td></tr> +</table> + +<h2> +<a name="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA" id="LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA"></a>LA CABEZA DE<br /> +LA GORGONA<br /> +</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-007_lg.jpg"> +<img src="images/illus-007_sml.jpg" width="278" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD" id="EL_PORTICO_DE_TANGLEWOOD"></a>EL PRTICO DE TANGLEWOOD</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">B</span><span class="smcap">ajo</span> el prtico de la quinta llamada <i>Tanglewood</i>, una hermosa maana de +otoo estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos +estaba en pie un joven alto. Haban proyectado una excursin para ir a +coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se +desvaneciesen en las vertientes de la montaa, y el sol derramase el +calor del veranillo de San Martn sobre los campos y las praderas y en +los escondrijos de los bosques. El da prometa ser de los ms +agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la +niebla de la maana llenaba an todo el valle, sobre el cual, en una +altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span></p> + +<p>La masa de vapor blanco se extenda hasta unas cien varas de la casa. +Esconda por completo todo lo que hubiera ms lejos, excepto unas +cuantas copas de rboles, rojizas o amarillas, que surgan aqu y all, +y estaban glorificadas por el sol madrugador, que tambin haca brillar +la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se +levantaba la cima de una montaa elevadsima. Quince millas ms lejos, +en la misma direccin, se alzaba otra mucho ms alta, tan azul y etrea, +que apenas pareca ms slida que el vaporoso mar de niebla que se +extenda sobre ella. Las colinas ms prximas, que bordeaban el valle, +estaban medio sumergidas y manchadas con pequeas guirnaldas de nubes, +hasta en las mismas cimas. En resumen: haba tanta nube y tan poca +tierra slida, que todo ello haca el efecto de una visin.</p> + +<p>Los nios antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo +del prtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba hmeda +de la pradera. No puedo decir fijamente cuntos eran: no menos de nueve, +no ms de una docena, de todas clases, tamaos y edades, muchachos y +chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos +amiguitos que haban sido invitados por el seor y la seora Pringle +para pasar unos cuantos<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> das de la deliciosa estacin, con sus hijitos, +en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con +nombre ninguno que algn nio haya llevado antes que ellos, porque s de +cierto que muchos autores se ponen en grandsimos compromisos por haber +dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y +verdaderas. Por esta razn quiero llamarles Primavera, Bellorita, +Amapola, Romero, Ojos azules, Trbol, Madreselva, Capuchina, Flor de +Limn, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos +nombres seran mucho ms propios de un grupo de hadas, que de una +reunin de nios de este mundo.</p> + +<p>No hay que suponer que a estos nios les permitan sus cuidadosos padres +y madres, tos, tas o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin +la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. De ningn +modo! En el primer prrafo de mi libro recordaris que he hablado de un +joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os dir +el verdadero, porque considera grandsimo honor haber contado los +cuentos que van aqu impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era +estudiante y haba alcanzado en aquella poca la respetable edad de diez +y ocho aos; de modo que casi se pareca a si mismo abuelo de Bellorita, +Romero, Madreselva, Flor de Limn, Tomillo<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> y los dems, que eran no ms +la mitad o la tercera parte de venerables que l. Una molestia en la +vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy da, para +demostrar su aplicacin) le haba hecho abandonar las clases dos semanas +antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un +par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o ms de lejos que los de +Eustaquio Bright.</p> + +<p>El aplicado estudiante era delgado y un poco plido, como lo son todos +los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y +activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear +arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se haba calzado para la +expedicin botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una +gorra de pao y un par de anteojos verdes, que se haba puesto, +probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad +que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habrselos dejado en +casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subi en los hombros de +Eustaquio cuando estaba l sentado en uno de los escalones del prtico, +le arranc los lentes de la nariz y los plant en la suya, y como al +estudiante se le olvid volverlos a coger, cayeron en la hierba, y all +se quedaron hasta la primavera siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span></p> + +<p>Ahora bien: es preciso que sepis que Eustaquio haba alcanzado entre +los nios gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque +algunas veces finga que le molestaba el que le pidiesen que les contase +ms y ms, y siempre ms, yo tengo mis dudas y pienso que no haba cosa +en el mundo que ms le agradase. Haba que ver cmo le brillaban los +ojos, cuando aquella maana, Trbol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la +mayor parte de sus compaeros, le pidieron que les contase uno de sus +cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por +completo.</p> + +<p>—S, primo Eustaquio—dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de +doce aos, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona—: la +maana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo +pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu +susceptibilidad, durmindonos en el momento ms interesante... como hizo +anoche Capuchina.</p> + +<p>—Qu mala eres!—exclam Capuchina, nia de seis aos—. No me dorm: +es que cerr los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba +contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una +soar con ellos, dormida; pero tambin son buenos por la maana, porque +puede una soar con<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> ellos despierta. As es que espero que nos va a +contar uno ahora mismito.</p> + +<p>—Gracias, Capuchina!—dijo Eustaquio—. Tendrs el mejor de los +cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque slo sea por haberme +defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, nios, os he +contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno +que no me hayis odo por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a +repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.</p> + +<p>—No, no, no!—exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media +docena—. Los cuentos que ms nos gustan son los que hemos odo dos o +tres veces.</p> + +<p>Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de inters para los nios, +no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio +Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeaba el aprovecharse de +una ventaja que hubiese agradecido un narrador ms viejo.</p> + +<p>—Sera lstima—dijo—que un hombre de mis conocimientos (pasando por +alto mi fantasa original) no pudiese encontrar cada da del ao un +cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contar uno de los que se +inventaron para distraccin de nuestra vieja abuela<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> la Tierra, cuando +era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me +maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas +para nias y nios. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas +grises, se queman las pestaas leyndolos en librotes llenos de polvo, +escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cundo y +cmo y para qu se inventaron.</p> + +<p>—Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio—exclamaron a una todos +los chiquillos—: no hables ms de tus cuentos, y empieza a contar.</p> + +<p>—Sentaos todos—dijo Eustaquio—, y callad, porque a la primera +interrupcin, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de +cualquier otro, dar un mordisco al cuento, y me tragar el pedazo que +falte por contar. Pero, en primer lugar, alguno de vosotros sabe lo que +es una Gorgona?</p> + +<p>—Yo, s—dijo Primavera.</p> + +<p>—Pues, cllatelo!—replic Eustaquio, que hubiese preferido que no +hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto—. Callad todos, y os +contar un cuento preciossimo de la cabeza de una Gorgona.</p> + +<p>Y as lo hizo, como podis empezar a leer en la pgina siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 133px;"> +<a href="images/illus-014_lg.jpg"> +<img src="images/illus-014_sml.jpg" width="133" height="126" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-015_lg.jpg"> +<img src="images/illus-015_sml.jpg" width="278" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h2>LA CABEZA DE LA GORGONA</h2> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">erseo</span> era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando +Perseo era muy pequeo, unos malvados le pusieron con su madre en un +arca y los lanzaron a las ondas. Sopl el viento fuertemente, y alej el +arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cscara de +nuez. Danae estrech a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos +que una ola mayor que las dems les sepultara para siempre en el fondo +del Ocano. El arca sigui, sin embargo, navegando, y no se hundi ni +zozobr, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, +que se enred entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la +costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, +que era hermano del<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> pescador que haba recogido por casualidad en sus +redes a los pobres nufragos.</p> + +<p>Este pescador era hombre justo y compasivo. Trat con gran bondad a +Danae y a su hijo, y continu protegindoles hasta que Perseo lleg a +ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilsimo en el manejo de +las armas.</p> + +<p>Mucho antes haba visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e +hijo, que en un arca frgil haban llegado a sus playas. No era +Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo +malvado, y resolvi enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual +probablemente perdera la vida, y entonces, quedndose la madre sin +defensa, podra l causarle algn dao grande. Con este fin, aquel rey +de mal corazn pas tiempo y tiempo pensando cul sera la hazaa de ms +peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, di con una +empresa que prometa tener el fatal resultado que deseaba, mand llamar +a Perseo.</p> + +<p>El muchacho fu a palacio, y encontr al rey sentado en su trono.</p> + +<p>—Perseo—dijo el rey Polidectes, sonriendo hipcritamente—, eres todo +un buen mozo. T y tu excelente madre habis recibido muchsimos +favores, tanto mos como de mi hermano el pescador, y supongo que +sentirs no poder pagar algunos de ellos.<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span></p> + +<p>—Con permiso de Vuestra Majestad—respondi Perseo—, arriesgara con +gusto mi vida por lograrlo.</p> + +<p>—Muy bien; entonces—continu el rey, siempre con la sonrisa en los +labios—, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres +un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrars de +tener tan buena ocasin de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo, +que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es +costumbre, en ocasiones como sta, regalar a la novia algo elegante y +extrao, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que +he estado bastante perplejo, sin saber dnde encontrar cosa capaz de +agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta maana me parece +que he encontrado precisamente lo que necesitaba.</p> + +<p>—Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?—exclam Perseo +con vehemencia.</p> + +<p>—Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro—repuso el rey +Polidectes con la mayor astucia—. El regalo de boda que quiero ofrecer +a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus +cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. As +es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la +princesa, cuanto<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> antes vayas en busca de la Gorgona, ms me +complacers.</p> + +<p>—Saldr maana, por la maana—respondi Perseo.</p> + +<p>—Te ruego que lo hagas as, valiente joven—asegur el rey—. Y al +cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para +no estropearla. La traers aqu lo mejor acondicionada que sea posible, +porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.</p> + +<p>Perseo sali del palacio, y apenas haba pasado la puerta, el rey +Polidectes se ech a reir; le diverta mucho, tan malvado era, que el +pobre muchacho hubiese cado en la trampa. Pronto corri la noticia de +que Perseo se haba decidido a cortar la cabeza de Medusa con su +cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegr al saberlo, porque casi +todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y +se hubiesen alegrado muchsimo de que les sucediese algn mal muy grande +a Danae y a su hijo. Parece que el nico hombre bueno en aquella +desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la +calle, las gentes le sealaban con el dedo y le hacan muecas de +desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevan.</p> + +<p>—Ay!, ay!—exclamaban—. Las serpientes de Medusa le van a morder +lindamente.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p> + +<p>Ahora bien; en aquel tiempo vivan tres Gorgonas, y eran los monstruos +ms extraos y terribles que hubieran existido desde que el mundo es +mundo, y despus no se ha visto ni se volver a ver cosa ms terrible +que ellas. La verdad es que no s por qu nombre de monstruo nombrarlas. +Eran tres hermanas, y parece que tenan cierta remota semejanza con las +mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y daina especie de +dragones. De veras es difcil imaginar qu espantosos seres eran las +tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tena cada una en la cabeza +cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcan, se enredaban, se +enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta. +Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las +tenan de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de +hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como l. Tambin +tenan alas, y hermossimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran +de oro pursimo, brillante, centelleante, bruido, y figuraos cmo +resplandecera cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.</p> + +<p>Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor, +pocas veces se detena a mirarlo, sino que corra y se esconda a toda +prisa. Acaso os figuris que tena miedo<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> de que le mordiesen las +serpientes que servan de cabello a las Gorgonas, o de que le +destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos +peligros, aunque grandsimos, no eran los ms difciles de evitar. Lo +peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba +de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante, +de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y +fra!</p> + +<p>As es que, como comprenderis perfectamente, la aventura que el malvado +rey Polidectes haba buscado para el pobre muchacho, era peligrossima. +El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de +comprender que tena muy pocas probabilidades de salir con bien de ella, +y que era mucho ms probable convertirse en estatua de piedra que +conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a +un lado otras dificultades, haba una que hubiese puesto en apuro a +cualquier hombre de mucha ms edad que Perseo. No slo tena que luchar +con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de largusimos +dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la +cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra l, no poda mirar a +su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> +convertira en piedra y se quedara con el brazo en el aire siglos y +siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por +completo. Y sera bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien +tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en +este hermoso mundo.</p> + +<p>Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor +para decir a su madre lo que se haba comprometido a hacer. Por +consiguiente, cogi su escudo, se ci la espada y atraves la isla, +yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas poda contener las +lgrimas.</p> + +<p>Pero cuando estaba ms pensativo y triste, oy una voz junto a l.</p> + +<p>—Perseo—dijo la voz—, por qu ests triste?</p> + +<p>Levant la cabeza de entre las manos, en las cuales la haba escondido, +y oh, asombro!, aunque crea estar completamente solo, encontr a su +lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y +extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en +la cabeza un gorro muy extrao y en la mano un bastn trenzado, tambin +de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy +retorcida. Tena aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como +hombre acostumbrado<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> a ejercicios gimnsticos, a correr y a saltar. Y, +sobre todo, tena una expresin tan alegre, tan inteligente y tan +servicial—aunque, por supuesto, un poco maliciosa—, que Perseo no pudo +menos de animarse inmediatamente que le mir a la cara. Adems, como en +realidad era valiente, le di muchsima vergenza que alguien le hubiese +encontrado con las lgrimas en los ojos, como a un chiquillo de la +escuela, cuando, despus de todo, puede que no hubiera motivo para +desesperarse. Enjugse los ojos, y respondi al desconocido prontamente, +poniendo la cara ms alegre que pudo.</p> + +<p>—No estoy triste—dijo—, sino pensando en una aventura que he +emprendido.</p> + +<p>—Oh!—respondi el desconocido—. Cuntame en qu consiste, y puede te +sirva yo de algo. He ayudado a muchos jvenes en aventuras que al +principio parecan bastante difciles. Acaso hayas odo hablar de m. +Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro +cualquiera. Dime en qu consiste la dificultad, y hablaremos del asunto +y veremos lo que se puede hacer.</p> + +<p>Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvi +contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podan +ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algn +consejo que le<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> sirviese de algo. As es que en pocas palabras le +explic el caso: cmo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, +con la cabellera de serpientes, para drsela como regalo de boda a la +hermosa princesa Hipodamia, y cmo se haba comprometido a ir a +buscarla, pero tema verse convertido en piedra.</p> + +<p>—Y sera lstima—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—. Es verdad que +seras una estatua de mrmol de muy buen ver, y que pasaran unos +cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; +pero ms vale ser joven unos pocos aos, que estatua de piedra muchos.</p> + +<p>—Oh, mucho ms!—exclam Perseo con los ojos hmedos otra vez—. Y +adems, qu sera de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en +piedra?</p> + +<p>—Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin—repuso Azogue en tono +animoso—. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte ms +eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con +bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.</p> + +<p>—Tu hermana?—repiti Perseo.</p> + +<p>—S, mi hermana—respondi el desconocido—. Es muy sabia, te lo +aseguro; y en cuanto a m, tambin suelo tener todo el talento que<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> me +hace falta. Si t eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros +consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de +piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas +verte en l como en un espejo.</p> + +<p>Esto le pareci a Perseo un principio de aventura ms bien extravagante, +porque pens que ms importara que el escudo fuera lo bastante fuerte +para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que +estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en l. Pero +pensando que Azogue saba ms que l, inmediatamente puso manos a la +obra, y frot el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto +brill como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le mir y sonri, +aprobando. Entonces, quitndose la espada corta y retorcida, se la colg +a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.</p> + +<p>—No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propsito que +llevas—observ—. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y +el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que +tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos +dirn dnde podemos encontrar a las Ninfas.</p> + +<p>—Las Tres Mujeres Grises!—exclam Perseo,<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> a quien esto pareca +nicamente una dificultad ms en la aventura—. Quines son esas Tres +Mujeres Grises? Nunca he odo hablar de ellas.</p> + +<p>—Son tres viejecitas muy raras—dijo Azogue, riendo—. No tienen ms +que un ojo para las tres, y un diente. Tendrs que encontrarlas a la luz +de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver +cuando brillan el sol o la luna.</p> + +<p>—Pero—dijo Perseo—, a qu gastar el tiempo con esas Tres Mujeres +Grises? No sera mejor ir desde luego en busca de las terribles +Gorgonas?</p> + +<p>—No, no—respondi su amigo—. Hay bastantes cosas que hacer antes de +encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay ms +remedio que ir a caza de esas tres seoras. Y cuando las hayamos +encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarn muy +lejos. De modo que vamos ligerito.</p> + +<p>Perseo tena ya tanta confianza en la sagacidad de su acompaante, que +no hizo ms objeciones, y asegur que estaba pronto para emprender +inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan +ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A +decir verdad, se le ocurri la peregrina idea de que Azogue llevaba un +par de<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil +maravillas. Y, adems, al mirarle de reojo, porque no se atreva a +volver del todo la cabeza, le pareci que tambin tena alas a los lados +de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se vean las alas, sino +un gorro muy raro. Lo que s era seguro es que el bastn trenzado le +serva a Azogue de grandsima ayuda para caminar, y le haca andar tan +de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el +aliento.</p> + +<p>—Vamos!—exclam al fin Azogue, que de sobra saba, vivo como era, el +trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso—; toma este +bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante ms que yo. No hay +en la isla de Serifo mejores andarines que t?</p> + +<p>—Mejor podra andar—dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su +compaero—, si tuviese un par de zapatos con alas.</p> + +<p>—Buscaremos un par para ti—respondi Azogue.</p> + +<p>Pero el bastn ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvi a sentir el +menor cansancio. Pareca estar vivo en su mano y comunicar algo de su +vida a Perseo. l y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor +facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan +divertidas sobre sus aventuras<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> anteriores, y lo bien que su ingenio le +haba servido en muchas ocasiones, que Perseo empez a considerarle como +persona maravillosa. Evidentemente conoca el mundo, y nada es tan +encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de +conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio +ingenio con todo lo que oa.</p> + +<p>Por fin record que Azogue haba hablado de una hermana suya, que haba +de prestar ayuda en la aventura que tenan emprendida.</p> + +<p>—Dnde est?—pregunt—. La encontraremos pronto?</p> + +<p>—En cuanto la necesitemos—dijo su compaero—. Pero debo advertirte +que esta hermana ma tiene un genio completamente distinto del mo. Es +muy seria y muy prudente; no sonre casi nunca; no se re jams, y tiene +por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy +profundo que decir. Ni tampoco escucha conversacin alguna que no sea +absolutamente razonable.</p> + +<p>—Pobre de m!—exclam Perseo—. No me atrever a pronunciar ni una +slaba delante de ella.</p> + +<p>—Es una persona instruidsima, te lo aseguro—continu Azogue—, y +tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan +asombrosamente sabia, que muchas gentes<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> la llaman la sabidura +personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta +viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para +compaera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya vers de +cunto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.</p> + +<p>Ya haba anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio +completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan +solitario y silencioso, que pareca como si nunca nadie hubiese vivido +en l ni hubiese pasado por all. Todo estaba vaco y desolado en el +crepsculo gris, que a cada instante se haca ms obscuro. Perseo mir +en derredor, ms bien con desconsuelo, y pregunt si tenan que ir mucho +ms lejos.</p> + +<p>—Chiss, chiss...—susurr su compaero—. No hagas ruido. Precisamente +stos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres +Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que t las hayas +visto, porque aunque no tienen ms que un ojo para las tres, es tan +perspicaz como media docena de ojos vulgares.</p> + +<p>—Pero, qu tengo que hacer—pregunt Perseo—cuando las encontremos?</p> + +<p>Azogue explic a Perseo cmo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises +con su nico ojo. Parece que tenan la costumbre de usarle por<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> turno, +como si hubiese sido un par de lentes o—cosa que les hubiese convenido +mejor—un monculo. Cuando una de las tres le haba disfrutado durante +algn tiempo, se le sacaba de la rbita y se le daba a otra de las +hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un +ratito de la vista del mundo. Fcil es de comprender por esto que slo +una de las mujeres vea, mientras las otras dos permanecan en la +obscuridad, y adems, en el instante en que el ojo estaba pasando de +mano en mano, ninguna de las pobres seoras vea gota. He odo contar +muchas cosas extraas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a +mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, +todas mirando con un ojo solo.</p> + +<p>Esto mismo pens Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que lleg a +figurarse que su compaero se estaba burlando de l y que no existan en +el mundo semejantes mujeres.</p> + +<p>—Pronto te convencers de si es verdad o no—observ Azogue—. Chiss, +chiss, chiss... Ya vienen!</p> + +<p>Perseo mir ansiosamente a travs de la obscuridad de la noche, y con +seguridad, a poca distancia, vi a las Tres Mujeres Grises. Como la luz +era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qu caras tenan; slo +descubri<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, +vi cmo dos de ellas no tenan sino una rbita vaca en medio de la +frente. Pero en medio de la frente de su hermana haba un ojo brillante, +que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante +pareca ser, que Perseo no pudo menos de pensar que posea el don de ver +en la media noche ms obscura lo mismo que a medioda. La vista de tres +pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo nico.</p> + +<p>De este modo las tres ancianas se arreglaban, despus de todo, casi tan +cmodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tena el ojo +en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en +derredor suyo; tanto, que Perseo tema que pudiese atravesar con la +vista la espesa zarza tras de la cual l y Azogue se haban escondido. +Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan +penetrante!</p> + +<p>Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclam:</p> + +<p>—Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el +ojo! Ahora me toca a m.</p> + +<p>—Djamelo un momento ms, hermana Pesadilla—respondi Espanto—. Me +parece que veo algo detrs de aquella zarza.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p> + +<p>—Bueno, y qu?—respondi Pesadilla con malos modos—. No puedo yo +ver tan bien como t lo que haya detrs de la zarza? El ojo es tan mo +como tuyo, y me parece que s usarle tan bien como t, por no decir +mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.</p> + +<p>Pero al llegar aqu, la tercera hermana, cuyo nombre era +Quebrantahuesos, empez a quejarse, y dijo que a ella era a quien le +tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le queran slo +para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quit el ojo de la +frente y le levant en la mano.</p> + +<p>—Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera—exclam—, y acabemos +con esta disputa necia. Por mi parte, me alegrar muchsimo de estar un +rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la +frente.</p> + +<p>Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando +ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos +estaban ciegas, no acertaban a encontrar la mao de su hermana; y como +en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a +poner el ojo en sus manos. As, como comprenderis fcilmente, las tres +viejas estaban en grandsimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y +centelleaba como una<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba +una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su +demasiada impaciencia por ver.</p> + +<p>A Azogue le diverta tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos +esforzndose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas +poda contener la risa.</p> + +<p>—Ha llegado el momento—dijo en voz muy baja a Perseo—. Vivo, vivo, +antes de que alguna pueda pescar el ojo. Qutaselo de la mano!</p> + +<p>Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguan disputando, +Perseo salt de detrs de la zarza y se hizo dueo de la presa. El ojo +maravilloso, al pasar a su mano, centelle ms brillante que nunca, y +pareci mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma +expresin que si hubiese tenido un par de prpados para hacer un guio. +Las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que haba sucedido, y +suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las +otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las +pobres viejas se insultasen ms de lo necesario, y crey que haba +llegado el momento de las explicaciones.</p> + +<p>—Seoras mas—dijo—, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas +con otras. Si<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> hay aqu algn culpable, ese soy yo, porque tengo el +honor de llevar en la mano vuestro brillantsimo y excelentsimo ojo.</p> + +<p>—T, t tienes nuestro ojo! Y quin eres t?—chillaron a un tiempo +las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchsimo al +oir una voz extraa y comprender que su vista haba cado en manos no +saban de quin—. Ay, hermanas, hermanas! Qu vamos a hacer? Todas +estamos en la obscuridad! Danos nuestro ojo precioso y nico! T +tienes dos para ti solo!</p> + +<p>—Diles—apunt Azogue a Perseo—que se lo entregars en cuanto te hayan +dicho dnde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que +vuelan, el saco mgico y el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>—Mis queridas, buenas y admirables seoras—dijo Perseo, dirigindose a +las Tres Mujeres Grises—: no hay motivo para que se asusten ustedes de +ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolver a ustedes el +ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dnde puedo +encontrar a las Ninfas.</p> + +<p>—A las Ninfas? Pobres de nosotras, hermanas! Qu dice este +hombre?—grit Espanto—. La gente asegura que hay muchsimas Ninfas: +unas que se pasan la vida cazando en<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> los bosques, otras que viven entre +los rboles, otras que tienen cmoda habitacin en el agua de las +fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas +desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos +tenido ms que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. +Devulvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devulvenosle!</p> + +<p>Y las tres mujeres extendan la mano, intentando coger a Perseo. Pero l +tena buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.</p> + +<p>—Respetables seoras mas—dijo, porque su madre le haba enseado a +emplear siempre la mayor cortesa—: tengo el ojo en la mano, y lo +conservar con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad +de decirme dnde estn las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que +tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... cmo se +llama?... ah, s!, el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>—Desgraciadas de nosotras, hermanas! De qu habla este +joven?—exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigindose +unas a otras con gran apariencia de asombro—. Un par de sandalias que +vuelan! Pero, no comprende que si tuviera la locura de ponerse +semejante calzado, los pies le echaran a volar por encima de la cabeza? +Y un yelmo de invisibilidad!<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> Cmo puede un yelmo hacer invisible a un +hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? Y, por si era poco, un +saco encantado! Qu clase de bolso ser ese? No, no, buen amigo; no +podemos decirte nada de todas esas maravillas. T tienes tus dos ojos, y +nosotras uno para las tres; mejor podrs t que nosotras, pobres mujeres +ciegas, encontrar todo lo que necesitas.</p> + +<p>Perseo, oyndolas hablar de aquel modo, empez a creer que, en realidad, +las Tres Mujeres Grises no saban nada de lo que les preguntara, y le +daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de +devolverles el ojo, pidindoles perdn por la molestia que les haba +causado; pero Azogue le sujet la mano.</p> + +<p>—No consientas que se burlen de ti—dijo—. Estas Tres Mujeres Grises +son las nicas en el mundo que pueden decirte dnde encontrars a las +Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirs cortar la cabeza de +Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldr +bien.</p> + +<p>Y sucedi como Azogue deca. Hay pocas cosas que la gente quiera ms que +la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises queran al suyo como si +hubiese sido media docena. Viendo que no haba otro medio de recobrarlo, +acabaron<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo +hubieron dicho, l, con el mayor respeto, puso el ojo en la rbita vaca +de una de sus frentes, les di las gracias por su amabilidad y se +despidi de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante +para dejar de oirlas, ya haban empezado otra disputa, porque di la +casualidad de que haba entregado el ojo a Espanto, que ya haba +disfrutado de l antes de que empezase la cuestin con Perseo.</p> + +<p>Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre +de turbar su armona con peleas de esta clase; lo cual era muy de +sentir, ya que no podan vivir unas sin otras y estaban, evidentemente, +destinadas a ser compaeras inseparables. Como regla general aconsejo a +todos, hermanos o hermanas, jvenes o viejos, que no tengan ms que un +ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se +empeen en gozarle todos a un mismo tiempo.</p> + +<p>Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo ms de prisa que podan en +busca de las Ninfas. Las viejas les haban dado indicaciones tan +detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de +Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran +jvenes y bonitas; en vez de un ojo<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> para tres, cada Ninfa tena un par +de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad. +Parecan ser muy amigas de Azogue, y cuando les cont la aventura que +Perseo haba emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle +los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer +lugar, trajeron lo que pareca ser una bolsa pequea, hecha de piel de +ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de +ella, para no perderla. ste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron +despus un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas +al taln de cada una.</p> + +<p>—Pntelas, Perseo—dijo Azogue—. Con ellas te encontrars tan ligero +de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.</p> + +<p>Perseo empez a ponerse una y dej la otra en el suelo, a su lado. De +repente la sandalia que haba dejado abri las alas y salt del suelo, y +probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto +y la hubiese atrapado al vuelo.</p> + +<p>—Ten ms cuidado—dijo a Perseo—. Los pjaros se asustaran si viesen +una sandalia volando a su lado.</p> + +<p>Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sinti +demasiado ligero para andar por la tierra. Di un paso o dos, y<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>—oh, +maravilla!—se levant en el aire muy por encima de las cabezas de +Azogue y de las Ninfas, y le cost mucho trabajo volver a bajar. Las +sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy +difciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se ech +a reir de la involuntaria ligereza de su compaero, y le dijo que era +menester no apresurarse tanto, porque an tenan que aguardar a que les +trajesen el yelmo de la invisibilidad.</p> + +<p>Las amables Ninfas sostenan el yelmo con su hermoso penacho de +ondulantes plumas, dispuestas a ponrselo en la cabeza a Perseo. Y +entonces sucedi el incidente ms maravilloso de todos los que os vengo +contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, all estaba +Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas +sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo +al brazo: figura que pareca hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero +en cuanto el yelmo se apoy en su frente blanca, nada se vi ya de +Perseo! Nada, sino el aire vaco! Hasta el yelmo que le cubra con su +invisibilidad se haba desvanecido!</p> + +<p>—Dnde ests, Perseo?—pregunt Azogue.</p> + +<p>—Aqu—respondi Perseo tranquilamente, aunque su voz pareca salir de +la transparente<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> atmsfera—. Donde estaba ahora mismo. No me ves?</p> + +<p>—No te veo, no—respondi su amigo—. Ests oculto por el yelmo. Y si +yo no te veo, tampoco te vern las Gorgonas. Sgueme, y probaremos qu +tal maa te das para usar las sandalias con alas.</p> + +<p>Con estas palabras, el gorro de Azogue abri las alas, como si la cabeza +fuese a volar separndose de los hombros; pero todo su cuerpo se levant +en el aire, y Perseo le sigui. Cuando hubieron subido unos cuantos +metros, el joven empez a sentir cun delicioso era dejar abajo la +tierra dura y poder volar como un pjaro.</p> + +<p>Era ya completamente de noche. Perseo mir hacia arriba y vi la +redonda, brillante y plateada luna, y pens que le gustara ms que nada +levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse all la vida. Entonces volvi +a mirar hacia abajo y vi la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso +de plata de sus ros, y los nevados picos de sus montaas, y lo ancho de +sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mrmol +blanco.</p> + +<p>Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa +como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre +todo, vi la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas +veces, l y Azogue se<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> acercaban a una nube que, de lejos, pareca estar +hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se +encontraban mojados y llenos de fro por la niebla gris. Tan rpido era +su vuelo, sin embargo, que en un instante salan de la nube otra vez a +la luz de la luna. Una vez pas casi rozando a Perseo un guila que +volaba muy alto. Lo ms hermoso de todo lo que vieron fueron los +meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se +estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacan palidecer la luz de la +luna muchas millas en derredor.</p> + +<p>Mientras los dos compaeros volaban uno junto a otro, Perseo crey oir a +su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al +lado opuesto a aquel en que vea a Azogue. Mir con atencin, pero no +vi nada.</p> + +<p>—De quin es este vestido—pregunt—que parece moverse a mi lado con +la brisa?</p> + +<p>—Oh! Es el de mi hermana!...—respondi Azogue—. Viene con nosotros, +como ya te lo haba anunciado. Nada podramos hacer si mi hermana no nos +ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. Y tiene unos ojos...! En +este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa +a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.</p> + +<p>En su rpido viaje por los aires, haban ya</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-040b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-040b_sml.jpg" width="331" height="509" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter"> +<a href="images/illus-040c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-040c_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> </p> + +<p class="nind">llegado a la vista del gran Ocano, y pronto volaron sobre l. A lo +lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se +rompan formando una ancha franja de espuma sobre los peascos de la +orilla, con un ruido que en el bajo mundo pareca el del trueno, pero +que en lo alto llegaba a los odos de Perseo como un suave murmullo, +como la voz de un nio medio dormido. Precisamente en aquel momento una +voz habl a su lado. Pareca ser de mujer, y era melodiosa, aunque no +precisamente dulce, sino grave y serena.</p> + +<p>—Perseo—dijo la voz—, ah estn las Gorgonas.</p> + +<p>—Dnde?—exclam Perseo—. No las veo!</p> + +<p>—En la costa de esa isla, debajo de ti—replic la voz—. Si dejases +caer una piedra, caera entre ellas.</p> + +<p>—Ya te dije yo que ella era la primera que haba de verlas—dijo Azogue +a Perseo—. Y ah estn.</p> + +<p>Abajo, en lnea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanz a +ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, +excepto por un lado, donde haba una playa de arena blanca como nieve. +Descendi hacia ella, y mirando con atencin hacia algo que brillaba, a +los pies de un precipicio de roca negra vi a las terribles Gorgonas. +Estaban<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el +atronador ruido del mar; porque haca falta un estruendo que hubiese +dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas +criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de +acero y sobre sus alas de oro, que caan perezosamente sobre la arena.</p> + +<p>Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la +roca, mientras las dormidas Gorgonas soaban que estaban despedazando a +algn pobre mortal. Las serpientes que les servan de cabellos, tambin +parecan estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorca o +alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un +adormilado silbido, y dejndose luego caer entre sus hermanas +serpientes.</p> + +<p>Las Gorgonas se parecan ms a alguna tremenda gigantesca especie de +insecto—inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por +este estilo—, que a ningn otro ser vivo; slo que eran como un milln +de veces ms grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, haba en +ellas algo humano tambin. Afortunadamente para Perseo, tenan la cara +escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese +mirado un solo instante, hubiera cado pesadamente<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> del aire, convertido +en imagen de piedra.</p> + +<p>—Ahora—susurr Azogue, que segua al lado de Perseo—, ahora es el +tiempo que has de aprovechar para tu hazaa. Apresrate, porque si una +de las Gorgonas despierta, ser demasiado tarde!</p> + +<p>—A cul es a la que debo herir?—pregunt Perseo sacando la espada y +bajando un poco ms—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen +cabellera de serpientes. Cul de las tres es Medusa?</p> + +<p>Hay que saber que Medusa era la nica de aquellos tres monstruos a quien +Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible +hacerles el menor dao, aunque hubiese tenido la espada mejor templada +del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.</p> + +<p>—S prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le haba +hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueo, y +precisamente se va a volver. Esa es Medusa! No la mires! Su vista te +convertira en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el +brillante espejo de tu escudo.</p> + +<p>Perseo comprendi entonces por qu motivo le haba aconsejado Azogue que +puliese su escudo con tanto afn. En aquella superficie poda<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> mirar con +tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y all estaba aquel +rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la +luna cayendo de plano sobre l y descubriendo todo su horror. Las +serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permita dormir por +completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro ms fiero y +ms horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, haba +en l una extraa, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban +cerrados, porque la Gorgona dorma an profundamente; pero sus facciones +estaban conturbadas por una expresin inquieta, como si el monstruo +sufriese algn mal sueo. Rechinaba los dientes y araaba la arena con +sus garras de bronce.</p> + +<p>Las serpientes tambin parecan sentir el sueo de Medusa e inquietarse +con l cada vez ms. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, +se retorcan furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir +los ojos.</p> + +<p>—Ahora, ahora!—murmur Azogue, que se iba impacientando—. Hiere al +monstruo!</p> + +<p>—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—. +Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no +errar el primer golpe.</p> + +<p>Perseo baj, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el +rostro de Medusa,<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> reflejado en su escudo. Cuanto ms se acercaba, ms +terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo +metlico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en +que poda alcanzarla con el brazo, Perseo levant la espada. En el mismo +instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se +alzaron amenazadoras, y Medusa abri los ojos. Pero despert demasiado +tarde. La espada era cortante. El golpe cay como un rayo, y la cabeza +de la horrible Medusa rod separada del cuerpo.</p> + +<p>—Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresrate y mete la cabeza en +el saco mgico.</p> + +<p>Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se haba colgado al +cuello aument de tamao lo bastante para contener la cabeza de Medusa. +Pronto, como el pensamiento, la levant, cuando an las serpientes se +retorcan en torno de ella, y la meti en el saco.</p> + +<p>—Tu misin est cumplida—dijo la voz serena—. Ahora vuela, porque las +otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de +Medusa.</p> + +<p>Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no haba +realizado su hazaa tan silenciosamente que el ruido de la espada, el +silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> de Medusa, al caer +sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros +monstruos. Se incorporaron un instante, frotndose los ojos adormilados +con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus +cabezas se revolvan con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra +quin. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin +cabeza, con las alas de oro erizadas y cadas y sobre la arena, fu +realmente terrible oir sus alaridos. Y las serpientes! Lanzaron mil +silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron +desde el saco mgico.</p> + +<p>Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron +en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes +horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las +plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que an estn +all desparramadas. Levantronse, como digo, las Gorgonas, mirando +horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a +alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese cado en sus +garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen +cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la +invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qu direccin<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> seguirle, ni +tampoco dej l de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, +subiendo en lnea perpendicular un kilmetro prximamente. A aquella +altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta +l muy dbiles, se dirigi en lnea recta hacia la isla de Serifo, para +entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.</p> + +<p>No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a +Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo +marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cmo +convirti a un enorme gigante en montaa de piedra con slo ensearle la +cabeza de la Gorgona. Si dudis de esta ltima historia, podis hacer un +viaje a frica, cualquier da de stos, y veris la montaa, que todava +lleva el antiguo nombre del gigante.</p> + +<p>Por ltimo, nuestro valiente Perseo lleg a la isla, donde esperaba ver +a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey haba +tratado tan mal a Danae, que se haba visto obligada a huir y a +refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos +la haban recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador +de buen corazn, que fu el primero en dar hospitalidad a Danae y a +Perseo, nio, cuando los encontr<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> flotando en el arca, parecen haber +sido las nicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. +Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran +notablemente malos y no merecan mejor destino que el que vais a saber +que cay sobre ellos.</p> + +<p>No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fu derecho a +palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no +se alegr gran cosa de volver a verle, porque casi tena por cierto, con +regocijo de su mal corazn, que las Gorgonas habran hecho pedazos al +pobre muchacho y se lo habran comido inmediatamente. Pero al verle +volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le pregunt qu haba +hecho.</p> + +<p>—Has cumplido tu promesa?—pregunt—. Me traes la cabeza de Medusa +con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mo, te va a costar caro, +porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y s que +no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.</p> + +<p>—S, Majestad—respondi Perseo tranquilamente y como si no hubiera por +qu asombrarse de que un joven como l hubiese llevado a cabo tal +hazaa—. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de +serpientes.</p> + +<p>—De veras! Pues haz el favor de ensermela—dijo el rey Polidectes—. +Debe de ser</p> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-048a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-048a_sml.jpg" width="332" height="513" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> </p> + +<p class="nind">espectculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella +han dicho la verdad.</p> + +<p>—Vuestra Majestad est en lo cierto—repuso Perseo—. Realmente es un +objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra +Majestad quiere, me permitir aconsejar que se declare el da de hoy +fiesta nacional y que se llame a todos los sbditos de Vuestra Majestad +para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. Me parece que +pocos sern los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca +puedan volver a verla!</p> + +<p>Bien saba el rey que todos sus sbditos eran haraganes rematados, +aficionadsimos a espectculos como suelen serlo todas las gentes +perezosas; as es que sigui el consejo del joven y envi en todas +direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas +las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen +dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran +multitud de gentes intiles y vagabundas, que todas, por puro amor al +mal, se hubiesen alegrado muchsimo de que a Perseo le hubiese sucedido +algn dao en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas haba +en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice +nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo +a<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea +comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se +empujaron, y se dieron codazos por afn de estar cerca de un balcn +donde se veia a Perseo con el saco mgico y bordado en la mano.</p> + +<p>En una tribuna colocada enfrente del balcn estaba sentado el rey +Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, +formando semicrculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y +pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.</p> + +<p>—Ensea la cabeza de la Gorgona!... Ensala!—gritaba el pueblo. Y +haba en sus gritos tal fiereza, que parecan querer hacer pedazos a +Perseo, si lo que haba de ensearles no les satisfaca—. Ensanos la +cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!</p> + +<p>Un sentimiento de pena y de lstima sobrecogi a Perseo.</p> + +<p>—Oh, rey Polidectes—exclam—, y vosotros pueblo: no quisiera +mostraros la cabeza de la Gorgona!</p> + +<p>—Ah, canalla, cobarde!—grit el pueblo, ms furioso que nunca—. Se +est burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. +Ensanosla, si la has trado, y si no te cortaremos la tuya para hacer +con ella una pelota de <i>foot-ball</i>.<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p> + +<p>Los malos consejeros hablaron al rey al odo; los cortesanos murmuraron, +todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y seor, y +el gran rey Polidectes levant la mano y le orden, con la voz austera y +grave de la autoridad, que ensease la cabeza al pueblo, si no quera +perder la suya.</p> + +<p>—Mustranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.</p> + +<p>Perseo suspir.</p> + +<p>—Ahora mismo!—repiti Polidectes—, o mueres.</p> + +<p>—Miradla entonces!—exclam Perseo con voz que reson como un clarn.</p> + +<p>Y alz de repente la terrible cabeza. Ni un solo prpado tuvo tiempo de +entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces +sbditos quedaron al punto convertidos en imgenes de un monarca y su +pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel +instante. La vista de la cabeza de Medusa les haba transformado en +blanco mrmol! Y Perseo volvi a meter la cabeza en el saco, y fu a +decir a su madre querida que ya no haba por qu tener miedo al malvado +rey Polidectes.</p> + +<p>—Qu, no ha sido un cuento bonito?—pregunt Eustaquio.</p> + +<p>—Ay, s, s!—exclam Capuchina, palmoteando—. Y esas viejas tan +raras, que no tenan<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> ms que un ojo para las tres! Nunca he odo cosa +ms extraa!</p> + +<p>—En lo del diente—observ Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo +que sera un diente postizo. Pero, qu es eso de haber convertido a +Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? Es una ridiculez!</p> + +<p>—Ah!, no era hermana suya?—pregunt Eustaquio—. Si se me hubiese +ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tena un buho +favorito.</p> + +<p>—Bueno—dijo Primavera—; despus de todo, con el cuento se ha +desvanecido la niebla.</p> + +<p>Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores haban +desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubra un +panorama, que los espectadores casi podan figurarse que haba sido +creado desde la ltima vez que haban levantado los ojos en la direccin +donde ahora se extenda. A una media milla de distancia, en el regazo +del valle, apareca ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta +imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de +las colinas ms lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de +la ms ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su +ms lejana orilla estaba el alto monte, que pareca estar tumbado en el +valle. Eustaquio le compar a<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta +en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el +follaje otoal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo +alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el +terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de rboles y +los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castao +obscuras, porque haban sufrido ms con las heladas que el follaje de +las vertientes de las colinas.</p> + +<p>Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligersima +neblina, que haca la luz imponderablemente suave y tierna. Oh, qu da +de veranillo de San Martn tan hermoso! Los nios cogieron +apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, +corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo +muy digno que era de presidir la reunin, corriendo mucho mejor que +ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos poda +ni imitarlos. Acompabales tambin un perro, cuyo nombre era <i>Ben</i>. Era +uno de los cuadrpedos ms respetables y de mejor corazn del mundo, y +probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar +alejarse a los nios sin mejor guardin que aquel cabeza loca de +Eustaquio Bright.<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 152px;"> +<a href="images/illus-054_lg.jpg"> +<img src="images/illus-054_sml.jpg" width="152" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p> + +<h2><a name="EL_TOQUE_DE_ORO" id="EL_TOQUE_DE_ORO"></a>EL TOQUE DE ORO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-057_lg.jpg"> +<img src="images/illus-057_sml.jpg" width="280" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="ARROYO_UMBRIO" id="ARROYO_UMBRIO"></a>ARROYO UMBRO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">A</span> medioda, nuestra partida juvenil se reuni en una caada, a travs de +cuya profundidad corra un arroyuelo. La caada era angosta, y sus +vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban +cubiertas con espesura de rboles, principalmente nogales y castaos, +entre los cuales crecan tambin unas cuantas encinas y unos cuantos +arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se +encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un +crepsculo en pleno medioda. De ah vena el nombre de <i>Arroyo Umbro</i>. +Pero ahora, desde que el otoo haba llegado a aquel lugar oculto, todo +el obscuro verdor se haba cambiado en oro; as es que el ramaje +incendiaba la caada, en vez de darle<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> sombra. Las brillantes hojas +amarillas, aunque el da hubiese estado nublado, hubieran parecido +conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se haban cado, que todo +el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol tambin. +As el rincn umbro, donde el verano se haba refrescado, ahora era el +sitio ms lleno de sol que pudiera encontrarse.</p> + +<p>El arroyuelo corra, siguiendo su camino de oro, detenindose aqu para +formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, +nadando de un lado a otro; apresurndose luego cuesta abajo, como si +tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidndose de mirar por donde +iba, tropezaba con la raz de un rbol, que se le atravesaba en la +corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra +el inesperado obstculo. Y aun despus de haberle salvado, segua el +agua hablndose a s misma, como si estuviera perpleja. Supongo que +estaba maravilladsima al ver su caada umbra tan iluminada, y al oir +la charla y la alegra de tantos chiquillos. As es que corra lo ms +aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.</p> + +<p>En la caada de Arroyo Umbro, Eustaquio Bright y sus amiguitos se +haban detenido para comer. Haban trado muchas cosas ricas de +Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las haban<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> servido sobre troncos +cados, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegra haban +hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando termin, ninguno quera +moverse.</p> + +<p>—Aqu descansaremos—dijeron algunos de los nios—, mientras el primo +Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.</p> + +<p>El primo Eustaquio tena tanto derecho a estar cansado como cualquiera +de los chiquillos, porque haba llevado a cabo grandes hazaas en +aquella maana memorable. Trbol, Romero, Capuchina y Girasol estaban +casi convencidos de que tena zapatillas con alas, como las que las +Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le haban visto en lo alto de la +copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en +pie en el suelo. Y entonces, qu chaparrones de nueces haba hecho +llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las +recogiesen en los cestitos! En una palabra: se haba mostrado tan ligero +como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, +pareca dispuesto a descansar un poco.</p> + +<p>Pero los nios no tienen piedad ni consideracin para el cansancio +ajeno, y si no os quedase ms que un solo aliento, os pediran que le +gastaseis en contarles un cuento.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Capuchina—, qu cuento tan bonito el de la +cabeza de la Gorgona!<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> Crees que seras capaz de contarnos otro tan +bonito como ese?</p> + +<p>—S, hija ma—dijo Eustaquio, tapndose los ojos con la visera de la +gorra, como si se preparase a echar una siesta—. Podra contaros una +docena, tan bonitos o ms, si me diese la gana.</p> + +<p>—Oh, Primavera y Margarita!, os lo que dice?—exclam Capuchina, +bailando de contenta—. El primo Eustaquio nos va a contar una docena +de cuentos, ms bonitos que la cabeza de la Gorgona!</p> + +<p>—No he prometido contar ni uno. Capuchina loca—dijo Eustaquio, casi +con malhumor—. Y sin embargo, temo que no haya ms remedio. sta es la +consecuencia de haber logrado una reputacin! Por qu no ser un poco +ms tonto de lo que soy, o por qu habr demostrado nunca las brillantes +cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? As hubiera podido dormir +la siesta en paz y en gracia de Dios.</p> + +<p>Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan +aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su +entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y +apenas requera impulso exterior para ponerse en movimiento.</p> + +<p>Cun diferente este espontneo juego de la<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> inteligencia, de la educada +diligencia de los aos maduros, cuando la tarea se ha hecho fcil a +fuerza de costumbre, y el trabajo del da es indispensable para la +felicidad del da, aunque todo lo dems se haya desvanecido como burbuja +de jabn! Pero esta observacin no hace falta que la oigan los nios.</p> + +<p>Sin hacerse rogar ms, Eustaquio Bright empez a contar el cuento +siguiente, realmente esplndido. Se le haba ocurrido mientras estaba +tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un rbol, +observando cmo el toque del otoo haba convertido cada una de sus +hojas verdes en lo que pareca oro finsimo. Y ese cambio, que todos +hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios +que Eustaquio relat al contar la historia de Midas.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 86px;"> +<a href="images/illus-062_lg.jpg"> +<img src="images/illus-062_sml.jpg" width="86" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-063_lg.jpg"> +<img src="images/illus-063_sml.jpg" width="280" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL TOQUE DE ORO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">V</span><span class="smcap">ivi</span> hace mucho tiempo un hombre muy rico, que adems era rey. Se +llamaba Midas. Tena una hijita, de la cual nadie ms que yo ha odo +hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he +olvidado. As es que, como me gustan los nombres extraos para las +nias, me parece bien llamarla Clavellina.</p> + +<p>El rey Midas era aficionadsimo al oro. Apreciaba su corona real, +principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer +oro, mucho oro, era la ambicin ms grande del rey Midas. Si algo haba +en la Tierra a que quisiese ms que al oro, era a la preciosa niita, su +hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto ms la +quera, ms ansia<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. +Pensaba, tontamente, que lo mejor que poda hacer por aquella nia, a +quien quera tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de +monedas amarillas y brillantes. As es que jams pensaba en otra cosa. +Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman +al ponerse el sol, slo deseaba que fuesen oro de veras, para poder +guardarlas en su caja fuerte. Cuando vena Clavellina, saltando y +riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, +lo nico que le deca era:—Bah! Bah, hijita! Si esas flores fueran de +oro, como parecen, entonces s que valdra la pena de recogerlas.</p> + +<p>Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente +dominado por el deseo desordenado de riquezas, haba sido muy aficionado +a las flores. Haba plantado un jardn, en el cual crecan las rosas ms +grandes y ms hermosas que haya visto u olido ningn mortal.</p> + +<p>Las rosas seguan creciendo en el jardn, tan bellas, tan grandes y tan +fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras +mirndolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era slo +para calcular cunto ms valdra el jardn si cada uno de los +innumerables ptalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. +Y aunque tambin en</p> + +<div class="figcenter" style="width: 323px;"> +<a href="images/illus-064a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-064a_sml.jpg" width="323" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> </p> + +<p class="nind">otros tiempos fu muy aficionado a la msica (a pesar de la historia que +cuenta que sus orejas se parecan a las de los burros), la nica msica +agradable para el pobre rey Midas era el tintn de una moneda al chocar +contra otra.</p> + +<p>Por fin (porque la gente se vuelve cada da ms tonta, a no ser que +tenga buen cuidado de hacerse cada da ms y ms cuerda), el rey Midas +lleg a ser tan poco razonable, que no poda ver ni tocar cosa que no +fuese de oro. Y tom por costumbre pasar gran parte del da en una +habitacin obscura y subterrnea en los stanos de su palacio. All es +donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero fesimo, que apenas poda +servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quera ser +completamente feliz.</p> + +<p>All, despus de cerrar cuidadosamente la puerta, coga un saco lleno de +monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una +barra de oro pesadsima, o un celemn lleno de polvo de oro, y los +llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el nico sitio +donde caa un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le +gustaba mucho aquel rayo de sol, nicamente porque sin su ayuda no poda +ver brillar su tesoro. Luego remova con las manos las monedas del saco, +o tiraba la barra a lo alto y la recoga al caer, o haca que se +deslizara entre sus dedos el polvo<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> de oro, o miraba la imagen extraa +de su cara reflejada en la bruida circunferencia de la copa, y se deca +a s mismo:—Oh, Midas, riqusimo rey Midas, qu hombre tan feliz +eres!—. Pero era muy gracioso ver cmo la imagen de su rostro le haca +muecas desde la pulida superficie de la copa. Pareca como si aquella +imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de l.</p> + +<p>Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de s mismo senta que no lo +era del todo. No podra llegar a la felicidad completa, a no ser que el +mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese +lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.</p> + +<p>No necesito recordar, a nios tan instrudos como vosotros, que all en +los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando viva el rey Midas, pasaban +cosas que en nuestros tiempos y en nuestro pas se nos antojaran +maravillosas. Por otra parte, muchsimas cosas suceden ahora que no slo +nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los +tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi +parte, creo que nuestros tiempos son mucho ms extraos que los +antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.</p> + +<p>Un da estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro +subterrneo, cuando<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> vi que una sombra caa sobre los montones de oro, +y mirando de repente hacia arriba, vi la figura de un desconocido, que +estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era +un joven con cara alegre y rubicunda. No s si porque la imaginacin del +rey Midas pona un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier +otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el +desconocido le miraba tena una especie de radiacin dorada. Lo que s +era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los +tesoros amontonados brillaban ms que nunca. Hasta los ms remotos +rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecan +iluminados cuando el desconocido sonrea, como si hubiese en ellos +llamas o chispas.</p> + +<p>Como Midas saba que haba cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y +que no haba mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus +tesoros, sac en consecuencia que el visitante era algo ms que un +mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos das, cuando la +Tierra era relativamente nueva, se supona que deban venir a visitarla +de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenan la +costumbre de interesarse por las alegras y las penas de los hombres, +las mujeres y los nios, medio en broma y medio en<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> serio. Midas haba +tropezado ya antes con seres de esa ndole, y no le disgustaba +encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan +amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable +sospechar que vena a hacer dao. Era ms que probable que viniese a +hacer un favor al rey Midas. Y qu favor podra ser, sino aumentar sus +montones de tesoros!</p> + +<p>El desconocido mir por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa +hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que all haba, se +volvi hacia Midas.</p> + +<p>—Eres un hombre rico, amigo Midas—observ—. Me parece que no habr en +la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que t +has conseguido amontonar en esta habitacin.</p> + +<p>—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondi Midas en +tono descontento—. Pero, despus de todo, esto no es nada si se +considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno +vivir mil aos, tendra tiempo para llegar a ser rico de veras.</p> + +<p>—Cmo!—exclam el desconocido—. Todava no ests satisfecho?</p> + +<p>Midas movi la cabeza.</p> + +<p>—Y con qu te contentaras?—pregunt el<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> forastero—. Slo por +curiosidad me gustara saberlo.</p> + +<p>Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel +desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, +haba venido all con poder y con intencin de satisfacer sus mayores +deseos. Por consiguiente, haba llegado el feliz momento, y no tena ms +que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se +le ocurriese pedir. As es que pens, y pens, y pens, y amonton en su +imaginacin montaa sobre montaa de oro, sin llegar a figurarse una lo +bastante grande para satisfacerle por completo.</p> + +<p>Por ltimo, se le ocurri una idea luminosa. Pareca, en realidad, tan +brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.</p> + +<p>Levantando la cabeza, mir al desconocido cara a cara.</p> + +<p>—Ea, Midas—observ el visitante—, veo que por fin has pensado cosa +que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.</p> + +<p>—Slo esto—respondi Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto +trabajo reunir mis tesoros y de ver que despus de tanto cansarme +aumentan tan despacio. Deseo que todo lo que yo toque se convierta en +oro!</p> + +<p>La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia,<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> que pareci llenar la +habitacin, como el sol que centellease en un sombro y hondo valle, +donde las amarillas hojas del otoo (porque esto parecan los pedazos de +oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.</p> + +<p>—El Toque de Oro!—exclam—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres +hombre de imaginacin. Pero, ests completamente seguro de que con eso +te quedars satisfecho?</p> + +<p>—Completamente!...—dijo Midas.</p> + +<p>—Y que nunca te arrepentirs de poseer ese don?</p> + +<p>—Por qu haba de arrepentirme?—pregunt Midas—. Es lo nico que +pido para ser completamente feliz.</p> + +<p>—Entonces, hgase como deseas—respondi el forastero, moviendo la mano +en seal de despedida—. Maana, al salir el sol, te encontrars dotado +con el Toque de Oro.</p> + +<p>El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente +brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos +de nuevo, no vi ms que el nico rayo de sol en el subterrneo, y +alrededor suyo el centelleo del precioso metal que haba empleado toda +la vida en reunir.</p> + +<p>La historia no dice si Midas durmi aquella noche como de costumbre. +Dormido o despierto, su espritu estaba probablemente en el mismo<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> +estado que el de un nio a quien se ha prometido por la maana un +juguete nuevo. Y apenas el da acababa de asomar por encima de los +montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los +brazos fuera de la cama, empez a tocar cuanto se encontraba a su +alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le haba llegado el +Toque de Oro, segn la promesa del desconocido. Para convencerse pas el +dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros +varios objetos; pero tuvo una triste desilusin al ver que continuaban +siendo de la misma substancia que antes. Entonces temi que la visita +del reluciente desconocido hubiese sido un sueo, o que, aunque hubiese +venido de veras a visitarle, hubiese sido nicamente para burlarse de +l. Qu cosa tan triste, si despus de tantas esperanzas el rey Midas +hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por +medios ordinarios, en lugar de crearlo con slo tocar!</p> + +<p>Mientras pensaba esto, an estaba la maana gris, con un solo rayo +brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se +volvi a echar en la cama, muy desconsolado por la cada de sus +esperanzas, y se fu poniendo cada vez ms triste, hasta que el primer +rayo de sol pas a travs de la ventana y vino a dorar el techo sobre su +cabeza. Parecile a<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se +reflejaba de modo extrao sobre la colcha blanca de su cama. Mirando ms +de cerca, cul no sera su asombro y su alegra al ver que el tejido de +hilo se haba transformado en otro que pareca ser del oro ms puro y +ms brillante! El Toque de Oro le haba llegado con el primer rayo de +sol!</p> + +<p>Midas se incorpor en una especie de frenes gozoso, y ech a correr por +la habitacin, tocando cuanto encontraba al paso. Toc uno de los +barrotes de la cama, e inmediatamente se convirti en estriado lingote +de oro. Descorri una cortina para ver mejor todas las maravillas que +estaba realizando, y la borla se le convirti entre las manos en un +montn de oro. Tom un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se +convirti en el volumen ms ricamente encuadernado y dorado que se haya +visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ay!, se +convirtieron stas en un montn de delgadas placas de oro, en las cuales +todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresur a +vestirse, y se qued encantado al verse con magnfico traje de tela de +oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un +poco ms que de costumbre. Sac el pauelo que su hijita haba hecho a +vainica para regalrselo. Tambin se hizo de oro, convirtindose<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> las +puntadas primorosas que haba hecho la nia con tanto cuidado, tambin +en hilo de oro.</p> + +<p>A pesar de todo, esta ltima transformacin no dej satisfecho por +completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se +hubiese conservado siempre como cuando la nia se subi en sus rodillas, +besndole para entregrselo.</p> + +<p>Pero no era cosa de afligirse por una pequeez. Midas sac sus lentes +del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. +En aquellos tiempos an no se haban inventado los lentes para el comn +de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si +no, de dnde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, not +que aunque los cristales eran excelentes, no vea nada a travs de +ellos. Era la cosa ms natural del mundo, porque al tocarlos, los +transparentes cristales se haban convertido en discos de amarillo +metal, y por lo tanto eran intiles como lentes, aunque como oro +valiesen bastante.</p> + +<p>Molestle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podra +conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.</p> + +<p>—Pero, despus de todo, importa poco—se dijo a s mismo con mucha +filosofa—. No podemos<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> tener un gran bien que no venga acompaado de +algn ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de +un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los mos me +servirn para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina +pronto ser una personita formal y podr leerme todos los libros que yo +necesite.</p> + +<p>El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el +palacio le pareca pequeo para contenerla. Por consiguiente, baj las +escaleras y sonrea al observar cmo la balaustrada y el pasamanos se +iban convirtiendo en oro bruido, segn los tocaba. Levant el picaporte +de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fu de oro en cuanto +sus dedos le hubieron tocado—y sali al jardn. Encontr en l, como de +costumbre, muchsimas rosas: unas completamente abiertas, otras en +capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la maana. Su color +delicado era una de las ms lindas cosas que se pudieran ver; tan +amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecan aquellas +flores.</p> + +<p>Pero Midas saba el modo de hacerlas mucho ms preciosas, segn su modo +de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para +conseguirlo se tom el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercit su +Toque de Oro infatigablemente,<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> hasta que todas las flores y todos los +capullos, y hasta los gusanillos que haba en el corazn de algunas de +ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, +llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la maana le haba +despertado el apetito, se apresur a volver a palacio.</p> + +<p>En qu consista generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de +Midas, es cosa que no s, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. +Supongo, sin embargo, que aquella maana el desayuno consista en +panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos +frescos, pasados por agua, y caf para el rey Midas, y un tazn de sopas +de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un +rey, y a m me parece que fuese ste o no fuese el que el rey Midas +acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.</p> + +<p>Clavellina no haba llegado todava. Su padre mand que la llamasen, y +sentndose a la mesa esper que la nia llegara para empezar a +desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quera +muy de veras a su hijita, y mucho ms aquella maana, que estaba tan +contento por la buena suerte que haba cado sobre l. Pas un momento y +la oy llegar; pero Clavellina vena llorando amargamente. Esta +circunstancia le sorprendi mucho,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> porque era su hijita una de las +nias ms alegres que se hayan visto nunca en un da de verano, y con +las lgrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese +podido llenar un dedal.</p> + +<p>Cuando Midas oy sus sollozos, decidi consolarla dndole una sorpresa +agradable, e inclinndose sobre la mesa, toc el tazn de su hija (que +era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambi en oro +reluciente.</p> + +<p>Clavellina, muy desconsolada, abri la puerta y se present delante de +su padre, limpindose las lgrimas con el delantal, y sollozando como si +se le rompiese el corazn.</p> + +<p>—Qu es eso, hija ma?—exclam Midas—. Qu te pasa, hoy que hace +una maana tan hermosa?</p> + +<p>Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alarg una mano, en la +cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.</p> + +<p>—Muy bonita!—exclam su padre—. Qu hay en esa magnfica rosa que +pueda hacerte llorar?</p> + +<p>—Pap—respondi la chiquilla llorando a ms y mejor—, no es bonita: +es la flor ms fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al +jardn a cortar rosas para ti, porque s que te gustan, y que te gustan +ms cuando te<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> las corta tu hijita. Pero, a que no sabes lo que ha +sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. Todas las rosas tan +bonitas, que olan tan bien y tenan tantos colores, se han echado a +perder! Se han puesto amarillas como sta, y no huelen a nada. Qu les +habr pasado?</p> + +<p>—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le di vergenza +confesar que l mismo haba producido el cambio que tanto afliga a la +nia—. Sintate y toma tus sopas de leche. Ya vers qu fcil es +cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de aos, +por una vulgar, que se deshoja en un da.</p> + +<p>—No quiero rosas como sta—dijo Clavellina tirndola +despectivamente—. No huele a nada, y con estos ptalos tan duros me +araa la nariz.</p> + +<p>La nia se sent a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por +las rosas marchitas, que no repar en la transformacin maravillosa del +tazn de China. Y ms vali as. Porque Clavellina estaba acostumbrada a +divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los rboles tan +extraos que estaban pintados en la superficie del tazn, y todos +aquellos adornos haban desaparecido en el tono amarillo del metal.</p> + +<p>Midas, entretanto, se haba servido una taza<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> de caf, y, naturalmente, +la cafetera, que no s de qu metal era cuando la cogi, estaba +convertida en oro cuando volvi a dejarla sobre la mesa. Pens un +momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como +las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empez a pensar en +el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos +sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecan sitios bastante +seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de +oro.</p> + +<p>Con estos pensamientos se llev a los labios una cucharada de caf, y al +sorberla se qued atnito, al notar que en el instante en que sus labios +tocaron el lquido se convirti en oro derretido, y un instante despus +se solidific, formando un terrn dorado.</p> + +<p>—Ah!—exclam Midas casi con horror.</p> + +<p>—Qu te pasa, pap?—pregunt Clavellina mirndole, an con lgrimas +en los ojos.</p> + +<p>—Nada, nia, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfre +por completo.</p> + +<p>Se sirvi una de las truchas, y por va de experimento toc la cola con +el dedo. Con gran espanto suyo vi que se converta de trucha +admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen +ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> metal +verdad, y pareca que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero +del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la +cola eran delgadsimas placas de oro, y quedaban en l hasta las seales +del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien +frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podis +figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor +tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y +valiosa imitacin.</p> + +<p>—No comprendo—se dijo a s mismo—cmo voy a arreglrmelas para +desayunar.</p> + +<p>Cogi uno de los panecillos calientes, y apenas lo parti cuando, con +gran mortificacin suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de +trigo ms blanca), mucho ms amarillo que si hubiese sido pan de maz. A +decir verdad, si hubiese sido pan de maz, le hubiese gustado a Midas +mucho ms que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron +comprender, sin gnero de duda, que era de oro. Casi desesperado, se +sirvi un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufri un cambio +anlogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo +pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la +fbula tena costumbre de poner.<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p> + +<p>—Pues, seor, estoy divertido!—pens recostndose en el respaldo del +silln y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus +sopas de leche con gran satisfaccin—. Un desayuno tan rico sobre la +mesa y no poder probar ni un bocado!</p> + +<p>Esperando que a fuerza de darse prisa podra evitar el grave +inconveniente, el rey Midas se ech sobre una patata caliente e intent +tragrsela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro +era ms listo que l. Y se encontr con la boca llena, no por una patata +harinosa, sino por un pedazo de metal slido, que le quem la lengua de +un modo tan horroroso, que empez a dar alaridos y a saltar y patalear +por todo el cuarto; tanto le quemaba y dola.</p> + +<p>—Pap! Pap!—exclam Clavellina, que era una nia muy cariosa—. +Qu te pasa, pap? Te has quemado la lengua?</p> + +<p>—Ay, hija ma!—murmur Midas tristemente—. No s qu va a ser de tu +pobre padre!</p> + +<p>Y, verdaderamente, habis odo caso ms lastimoso en toda vuestra vida? +Aqu est literalmente el desayuno ms rico que pueda servirse en mesa +de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador +ms pobre, sentado delante de un pedazo de pan y<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> un vaso de agua, est +realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares +valan en realidad tanto oro como pesaban. Y qu iba a hacer? Ya a la +hora del desayuno; Midas tena muchsimo apetito. Iba a tener menos a +la hora de comer? Y figuraos qu hambre de lobo tendra a la hora de la +cena, que consistira, sin duda, en manjares tan indigestos como los que +entonces tena delante. Cuntos das pensis que podra sobrevivir a un +rgimen tan substancioso?</p> + +<p>Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que +empez a poner en duda si, despus de todo, las riquezas eran lo nico +deseable de este mundo o siquiera lo ms deseable de todo. Pero esto no +fu ms que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el +brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de +Oro por consideracin tan mezquina como la de un desayuno. Qu precio +por unos cuantos comestibles! Y adems, perder tantos millones! Es +decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un +panecillo caliente y una taza de caf!</p> + +<p>—Sera demasiado caro!—pens Midas.</p> + +<p>Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situacin, que +volvi a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> lindsima +Clavellina no pudo soportarlo ms. Se qued an un momento sentada, +mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento +comprender qu le pasaba. Luego sinti un deseo suave y triste de +consolarle, salt de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le +rode las piernas con los brazos. El se inclin a dar un beso a la nia. +Y entonces comprendi que el amor de su hija vala mil veces ms que +todo lo que haba ganado con el Toque de Oro.</p> + +<p>—Clavellina, hijita, preciosa ma!—exclam.</p> + +<p>Pero Clavellina no respondi.</p> + +<p>Ay, qu haba hecho! Cun fatal era el don que el desconocido le haba +otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de +su hija, se oper en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, +tan lleno de cario, se puso amarillento, y lgrimas amarillas tambin +quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el +mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e +inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. Oh, terrible +desdicha! Vctima de su insaciable deseo de riqueza, haba convertido a +su propia hija en una estatua de oro...</p> + +<p>S: una estatua era ya aquella bellsima<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> nia, y su ltima e +interrogadora mirada de cario, de pena y de lstima, endurecida y como +tallada en su rostro, era la cosa ms bonita y ms triste que ojos +mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y +peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un +encantador hoyito que tena en la barba, y agraciaba delicadamente sus +rasgos fisonmicos. Pero cuanto ms perfecto era el parecido, mayores +eran la agona y desesperacin del rey Midas, contemplando aquella +imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que +Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—Vales ms oro +que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, +y el dolorido monarca comprenda, aunque demasiado tarde, cun +infinitamente ms vale un corazn amante y compasivo, que le tenga a uno +cario, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y +la tierra.</p> + +<p>Sera historia demasiado triste contaros cmo Midas, ahora que ya tena +todo lo que haba deseado, empez a retorcerse las manos y a maldecirse +a s mismo. Y como no poda ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de +ella, excepto cuando los tena fijos en la estatua, no poda creer que +se haba convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, vea la preciosa +figurita<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> con una lgrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una +mirada tan compasiva y tan cariosa, que pareca que la misma expresin +tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde +luego, no poda ser. As es que Midas volvi a retorcerse las manos y a +desear ser el hombre ms pobre del mundo, si la prdida de todas sus +riquezas pudiera volver al rostro de la nia el desvanecido color de +rosa.</p> + +<p>Cuando estaba en lo ms tremendo de la desesperacin, de pronto vi a un +desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclin la +cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoci la misma figura que se +le haba aparecido el da antes en el subterrneo y le haba otorgado la +desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido an +tena la misma sonrisa, que pareca derramar amarillo lustre sobre la +habitacin y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los dems +objetos que haban sido transformados por el tacto de Midas.</p> + +<p>—Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: qu tal te va con el Toque +de Oro?</p> + +<p>Midas movi la cabeza.</p> + +<p>—Soy muy desgraciado—dijo.</p> + +<p>—Muy desgraciado, de veras?—exclam el desconocido—. Y cmo es eso? +No he<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> cumplido fielmente la promesa que te hice? No has tenido todo +lo que deseaba tu corazn?</p> + +<p>—El oro no es todo en este mundo—respondi Midas—, y he perdido lo +que mi corazn realmente quera ms que nada.</p> + +<p>—Ah! De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observ +el desconocido—. A ver, a ver. Cul de estas dos cosas te parece que +vale ms: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?</p> + +<p>—Oh, bendita agua!—exclam Midas—. Ya nunca volvers a humedecer mi +seca garganta!</p> + +<p>—El Toque de Oro—continu el desconocido—o un pedazo de pan?</p> + +<p>—Un pedazo de pan—respondi Midas—vale por todo el oro del mundo.</p> + +<p>—El Toque de Oro—pregunt el desconocido—o tu hijita palpitante, +viva, suave y cariosa como hace una hora?</p> + +<p>—Oh! Mi hijita, mi hijita!—exclam el pobre Midas retorcindose las +manos—. No hubiera dado yo el hoyito que tena en la barba por el +poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!</p> + +<p>—Eres ms cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que +tu corazn no se ha convertido totalmente de carne en<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> oro. Si as +fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero an pareces capaz de +comprender que las cosas sencillas, las que estn al alcance de todo el +mundo, valen mucho ms que las riquezas por las cuales tantos mortales +se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: deseas verte libre del +Toque de Oro?</p> + +<p>—Le odio!—respondi Midas.</p> + +<p>Una mosca se le pos en la nariz, pero inmediatamente cay al suelo; +tambin ella se haba convertido en oro. Midas se estremeci.</p> + +<p>—Entonces—dijo el desconocido—, ve y bate en el ro que pasa por +detrs de tu jardn. Toma un cntaro del agua misma y ve rociando con +ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua +substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares +el dao que has causado con tu avaricia.</p> + +<p>El rey Midas se inclin profundamente, y cuando levant la cabeza, el +reluciente desconocido ya no estaba all.</p> + +<p>Comprenderis fcilmente que Midas no perdi el tiempo, y fu a buscar +un gran cntaro de barro; pero, ay de m!, en cuanto le toc dej de +ser barro. Corri, sin embargo, hasta la orilla del ro. Segn iba +corriendo a travs del huerto, que estaba plantado de grosellas y +frambuesas, era maravilloso ver cmo el follaje<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> se pona amarillo, como +si hubiese pasado por all el otoo. Al llegar al ro se tir de cabeza, +sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—Puf, puf, puf!—resopl +el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Est bien. ste es un bao +refrescante, y supongo que me habr lavado por completo del Toque de +Oro. Ahora, a llenar el cntaro.</p> + +<p>Al meter el cntaro en el agua alegrsele el corazn al verle +convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cntaro de barro que +fu antes de que le hubiese tocado l. Tambin notaba un cambio dentro +de s mismo. Pareca que se le haba quitado del pecho un peso grande, +duro y fro. Sin duda su corazn haba ido perdiendo poco a poco su +humana substancia y transmutndose en metal insensible; pero ahora iba +ablandndose en carne de nuevo. Viendo una violeta que creca a la +orilla del ro, Midas la toc, y no caba en s de gozo al ver que la +delicada flor conservaba su color caracterstico, en vez de tomar un +brillante amarillo. La maldicin del Toque de Oro, por lo tanto, se +haba apartado de l.</p> + +<p>El rey Midas se apresur a volver a palacio, y supongo que algunos +criados no saban lo que les pasaba al ver a su real dueo llevando tan +cuidadosamente un cntaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer +todo el<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> dao que haba causado su locura, era ms preciosa para Midas +que pudiera haberlo sido un ocano de oro lquido. Lo primero que hizo, +como apenas necesito deciros, fu echar agua a manos llenas sobre la +dorada figura de su hija.</p> + +<p>Apenas cay el agua sobre ella, os hubieseis redo al ver cmo volvi el +color de rosa a sus mejillas. Y cmo empez a estornudar y a sacudirse! +Y qu asombrada se qued al encontrarse toda mojada y ver a su padre que +segua echndole agua encima.</p> + +<p>—Basta, pap; por favor, ya no ms!—exclam—. Mira lo que has hecho +con mi vestido tan bonito. Y que le estreno hoy!</p> + +<p>Clavellina no saba que haba sido un rato estatua de oro; no poda +acordarse de lo que haba sucedido desde el momento en que corri con +los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.</p> + +<p>No crey ste necesario contar a su querida hija cun loco haba sido, +pero se decidi a demostrar lo mucho ms cuerdo que ahora era. Para esto +llev a Clavellina al jardn, donde ech el agua que quedaba sobre los +rosales, y con tan buena suerte, que ms de cinco mil rosas recobraron +su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras +vivi conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una +fu que las arenas del ro</p> + +<div class="figcenter" style="width: 335px;"> +<a href="images/illus-088b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-088b_sml.jpg" width="335" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 335px;"> +<a href="images/illus-088c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-088c_sml.jpg" width="335" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> </p> + +<p class="nind">brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tena +ahora un reflejo dorado que nunca haba observado en l antes de que se +hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en +realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho ms bonito +que antes.</p> + +<p>Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tena a los hijos de +Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le +gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento +yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les deca que su +cabello tambin tena un bonito reflejo de oro, que haban heredado de +su madre.</p> + +<p>—Y para deciros la verdad, queridos nios mos—comentaba el rey Midas, +haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos—, desde aquella maana +he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra +madre.</p> + +<p>—Ea, nios—pregunt Eustaquio, que era muy aficionado a saber la +opinin definida de sus oyentes—, habis odo en toda vuestra vida +cuento mejor que este del Toque de Oro?</p> + +<p>—La historia del rey Midas—dijo la burlona Primavera—era famosa miles +de aos antes de que el seor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y +continuar sindolo despus que l lo abandone. Pero algunas personas +tienen lo que pudiramos llamar toque de plomo, y<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> convierten en +pesado y seco todo lo que tocan sus manos.</p> + +<p>—Eres una nia muy lista, para no haber cumplido an los quince—dijo +Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crtica—. Pero bien +convencida ests, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruido +el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto ms brillante que +nunca. Y la figura de Clavellina? No est maravillosamente dibujada? Y +la moraleja, no es profunda, clara y bien trada? Qu decs, Amapola, +Romero, Trbol, Margarita? Alguno de vosotros, despus de haber odo +este cuento, desearais poseer la facultad de convertir las cosas en +oro?</p> + +<p>—A m me gustara—dijo Margarita, chiquilla de diez aos—tener el +poder de convertirlo todo en oro con el dedo ndice de la mano derecha, +pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a +su estado primero, si el cambio no haba resultado a mi gusto. Ay, si +lo tuviera, ya s lo que hara esta misma tarde!</p> + +<p>—Qu haras?—dijo Eustaquio.</p> + +<p>—Tocara—respondi Margarita—cada una de las hojas de estos rboles +con el dedo ndice de la mano izquierda, y las pondra verdes otra vez; +as es que volveramos a empezar el verano, sin tener que pasar por el +feo invierno.<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span></p> + +<p>—Oh, Margarita!—exclam Eustaquio Bright—; ests en un error, y +haras una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no hara ms que das +de oro, como este de hoy, durante todo el ao. Las mejores ideas siempre +se me ocurren un poco tarde. Por qu no os habr dicho cmo el viejo +rey Midas vino a Amrica y cambi el sombro otoo que hay en otros +pases en la deslumbrante belleza con que aqu se viste? Dor todas las +hojas del gran libro de la Naturaleza.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba +haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeez +de las hadas—, qu altura justa tena Clavellina, y cunto pesara +despus de haberse convertido en oro?</p> + +<p>—Era casi tan alta como t—replic Eustaquio—, y como el oro es muy +pesado, pesara lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda +con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro. +Ojal Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la caada, +subiendo a lo alto del pen, y echemos una mirada en derredor.</p> + +<p>As lo hicieron. El sol haba ya andado dos horas ms de la mitad de su +camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiacin occidental, +de modo que pareca estar lleno hasta<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> el borde de luz suave que se +desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un da +tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de +l: Nunca ha existido da semejante, aunque ayer tal vez fu, y maana +ser, tan luminosamente radiante! Ah! Pero hay pocos de esos en el +crculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos das de Octubre +que cada uno de ellos parece ocupar muchsimo espacio, aunque el sol se +levanta ms bien tarde en esta estacin del ao, y se va a la cama, como +debieran irse los nios, a las tempranas seis de la tarde o un poco +antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos das largos; pero +parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y +cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un +inmenso brazado de vida desde por la maana.</p> + +<p>—Venid, nios, venid!—exclam Eustaquio—. Ms nueces, ms nueces, +ms nueces! Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las +partir para vosotros y os contar magnificas historias!</p> + +<p>Y as se fueron, todos contentsimos, excepto el pequeo Romero, que, +siento decroslo, se haba sentado sobre un erizo de castaa y se haba +convertido en acerico de sus pinchos. Dios mo, qu incmodo deba ir +el pobre!<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p> + +<h2><a name="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS" id="EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS"></a>EL PARASO DE LOS NIOS</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 285px;"> +<a href="images/illus-095_lg.jpg"> +<img src="images/illus-095_sml.jpg" width="285" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD" id="EN_EL_CUARTO_DE_JUEGO_DE_TANGLEWOOD"></a>EN EL CUARTO DE JUEGO DE TANGLEWOOD</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">asaron</span> los das de oro de Octubre, como tantos otros Octubres han +pasado, y pas el obscuro Noviembre y la mayor parte del fro Diciembre +tambin. Por fin lleg la alegre Navidad, y Eustaquio Bright lleg con +ella, hacindola an ms alegre con su presencia. Y al da siguiente de +haber llegado l, cay una gran nevada. Hasta entonces el invierno +pareca haberse retrasado, y nos haba dado muchos das tibios, que eran +como sonrisas en su rostro arrugado. La hierba se haba conservado verde +en los sitios resguardados, tales como los escondrijos de las vertientes +que miraban al Sur y a lo largo de las cercas de piedra que no dejaban +pasar el viento fro. An no haca<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> un par de semanas que los nios +haban encontrado un amargn en flor, en la margen del Arroyo Umbro, +precisamente a la salida de la caada.</p> + +<p>Pero ya no haba ni hierba ni flores. Qu nevada! Veinte millas de +tierra cubierta de nieve hubieran podido verse entre las ventanas de +Tanglewood y la alta montaa, si la vista alcanzase tan lejos, entre los +remolinos de copos que blanqueaban toda la atmsfera. Pareca como si +las colinas fuesen gigantes, que se estuviesen entreteniendo en tirarse +unos a otros monstruosos puados de nieve. Tan espesos caan los copos, +que hasta los rboles que estaban a mitad del camino, valle abajo, +quedaban ocultos por ellos la mayor parte del tiempo. Algunas veces, es +verdad, los pequeos prisioneros de Tanglewood podan divisar el confuso +contorno de la gran montaa y la lisa blancura del lago helado al pie de +ella, y las manchas negras o grises de los bosques en la parte ms +cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claras en la +tormenta.</p> + +<p>Sin embargo, los nios se regocijaban con la nevada. Ya haban trabado +conocimiento con la nieve, dando saltos bajo ella cuando caa ms +espesa, y tirndosela unos a otros a puados, precisamente como ahora +mismo nos figurbamos que hacan las montaas. Y ahora haban<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> vuelto al +espacioso cuarto de juego, que era tan grande como el gran saln, y +estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pequeos. El mayor de +todos era un caballo de movimiento, que pareca un jaco de verdad, y +haba una familia entera de muecas de madera, de cera, de cartn y de +china, adems de unos cuantos bebs de trapo; y tarugos de construccin, +innumerables, y bolos, y pelotas, y peones, y aros, y volantes, y +combas, y muchsimos ms objetos valiosos de los que yo pudiera enumerar +en una pgina. Pero los nios preferan la nevada a todos los juguetes. +Prometa para maana tantas animadas diversiones, y para todo el resto +del invierno! Los trineos, los resbalones desde la colina hasta el +valle, las estatuas de nieve que haba que esculpir, las fortalezas de +nieve que haba que edificar, y la batalla de bolas de nieve que haba +que ganar.</p> + +<p>As los chiquillos bendecan la nevada, y se alegraban de ver que caa +cada vez ms espesa, y miraban con esperanza el montn que se estaba +formando en la avenida, y que ya era ms alto que el ms alto de ellos.</p> + +<p>—Vamos a estar bloqueados hasta la primavera!—exclamaron con el mayor +entusiasmo—. Qu lstima que la casa sea demasiado alta y que no pueda +cubrirla la nieve! La casita encarnada<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> de all abajo va a quedar +enterrada hasta el tejado.</p> + +<p>—Pero, chiquillos locos, todava deseis ms nieve?—pregunt +Eustaquio, que cansado de alguna novela que estaba leyendo, haba +entrado en el cuarto de juego—. Ya ha hecho bastante dao, echando a +perder la mejor partida de patines que hubiera yo podido disfrutar en +todo el invierno. No volveremos a ver el lago hasta el mes de Abril, y +hoy iba a ser el primer da que yo pasase patinando sobre l! No me +compadeces, Primavera?</p> + +<p>—Claro que s!—respondi Primavera, riendo—. Pero, para que te +consueles, escucharemos uno de tus cuentos rancios, de los que nos +contabas en el Prtico o en Arroyo Umbro. Puede que ahora que no tengo +nada que hacer, me gusten ms que cuando haba nueces que buscar o buen +tiempo que disfrutar.</p> + +<p>Inmediatamente, Margarita, Trbol, Amapola y todos los chiquillos que +an estaban en Tanglewood, se reunieron en torno de Eustaquio, +pidindole con afn que contase un cuento. El estudiante bostez, se +desperez, y despus, con gran admiracin de la gente menuda, di tres +saltos hacia adelante y tres hacia atrs por encima del respaldo de una +silla, con el fin, segn les explic, de poner en movimiento su +inteligencia.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span></p> + +<p>—Bueno, bueno, chiquillos—dijo despus de estos preliminares—, puesto +que insists, y puesto que Primavera se empea, veremos si puedo +complaceros. Y para que sepis qu das tan felices existieron antes de +que estuviesen de moda las nevadas, os contar una historia del ms +viejo de todos los tiempos, cuando el mundo era tan nuevo como el pen +nuevo de Capuchina. Entonces no exista en la Tierra ms que una +estacin: el delicioso verano, y una sola edad para los mortales: la +infancia.</p> + +<p>—Nunca he odo hablar de eso—dijo Primavera.</p> + +<p>—Claro que no—respondi Eustaquio—. Ser un cuento que nadie ha +soado antes que yo, un Paraso de los nios que se desvaneci por culpa +de una chiquilla tan mala como Primavera.</p> + +<p>Y Eustaquio Bright se sent en la silla sobre la cual haba estado +saltando, sent a Capuchina sobre sus rodillas, mand callar al +auditorio, y empez el cuento sobre la nia mala, cuyo nombre era +Pandora, y sobre su compaero de juegos, que se llamaba Epimeteo. Podis +leerle palabra por palabra, porque empieza en la pgina siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 106px;"> +<a href="images/illus-100_lg.jpg"> +<img src="images/illus-100_sml.jpg" width="106" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 282px;"> +<a href="images/illus-101_lg.jpg"> +<img src="images/illus-101_sml.jpg" width="282" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL PARASO DE LOS NIOS</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">H</span><span class="smcap">ace</span> mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia, +hubo un nio, llamado Epimeteo, que no haba tenido ni padre ni madre, y +para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un pas lejano una +nia, tambin sin padre y sin madre, que viviese con l y fuese su +compaera de juegos y su ayuda. Llambase la nia Pandora.</p> + +<p>Lo primero que vi Pandora, cuando entr en la casita donde viva +Epimeteo, fu una caja grande. Y casi lo primero que le pregunt en +cuanto pas el umbral, fu esto:</p> + +<p>—Epimeteo, qu tienes guardado en esa caja?</p> + +<p>—Querida Pandora—respondi Epimeteo—, es un secreto y debes tener la +bondad<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> de no preguntarme nada respecto de l. Han dejado aqu la caja +para que est bien guardada, y yo mismo no s lo que tiene dentro.</p> + +<p>—Pero, quin te la ha dado a guardar?—pregunt Pandora—. Y de dnde +ha venido?</p> + +<p>—Tambin eso es un secreto—respondi Epimeteo.</p> + +<p>—Qu fastidio!—exclam Pandora haciendo una mueca—. Me gustara que +la dichosa caja estuviese a cien leguas de aqu!</p> + +<p>—No pienses ms en eso!—exclam Epimeteo—. Vamos fuera, a jugar con +los dems nios.</p> + +<p>Hace miles de aos que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es +muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era +nio. No hacan falta padres ni madres para cuidar de las criaturas, +porque no haba peligros ni males de ninguna clase, no haba ropa que +coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre +que un nio necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algn rbol. Y +si miraba al rbol por la maana, vea en flor la comida que se le +estaba preparando para la noche, y al anochecer vea el tierno capullo +de su almuerzo del da siguiente. Era una vida muy agradable. No haba +tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no haba ms que juegos y +danzas, y dulces voces<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> de nios que hablaban o cantaban como pjaros, o +saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo da.</p> + +<p>Y lo mejor de todo es que los nios no disputaban, ni tomaban rabietas, +ni se recordaba, desde que empez el tiempo, que ninguno se hubiese ido +a un rincn refunfuando.</p> + +<p>Qu tiempo ms bueno para vivir en l! La verdad es que esos horribles +y diminutos monstruos con alas que se llaman <i>Molestias</i>, y que ahora +abundan tanto como los mosquitos, no se haban visto nunca en la tierra. +Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un nio +nunca, fuese la mortificacin de Pandora por no poder descubrir el +secreto de la caja misteriosa.</p> + +<p>Esto fu en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada da +se hizo ms y ms real, hasta que, pasado algn tiempo, la casita de +Epimeteo fu menos alegre que la de los dems nios.</p> + +<p>—De dnde puede haber venido esa caja?—deca a todas horas Pandora—. +Y qu tendr dentro?</p> + +<p>—Siempre hablando de la dichosa caja!—dijo, por fin, Epimeteo, porque +haba llegado a cansarse de oir siempre lo mismo—. Me gustara, querida +Pandora, que hablsemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos +higos<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> bien maduros, y a comrnoslos debajo de un rbol, porque ya es +hora de merendar. Y tambin s dnde est una via que tiene las uvas +ms dulces que has probado nunca.</p> + +<p>—Siempre hablando de uvas y de higos!—dijo Pandora con malhumor.</p> + +<p>—Bueno, entonces—dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio, +como muchsimos nios de aquellos tiempos—, vamos a correr y a jugar +con nuestros compaeros.</p> + +<p>—Estoy cansada de tanto juego y no jugar ms—respondi Pandora—. No +tengo humor para juegos. Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en +ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.</p> + +<p>—Ya te he dicho cincuenta veces que no lo s—respondi Epimeteo, ya un +poco molesto—. Cmo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he +visto?</p> + +<p>—Puedes abrirla—dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo—, y as lo +vemos.</p> + +<p>—Pandora, en qu ests pensando?—exclam Epimeteo.</p> + +<p>Y su rostro expres tal horror ante la idea de abrir la caja que se le +haba confiado con condicin de no abrirla nunca, que Pandora comprendi +que ms vala no insistir. Pero no poda menos de seguir pensando en la +caja y hablando de ella.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-104b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-104b_sml.jpg" width="331" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-104c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-104c_sml.jpg" width="332" height="505" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span></p> + +<p>—Por lo menos—dijo—, bien puedes decirme cmo ha venido aqu.</p> + +<p>—La dej en la puerta—respondi Epimeteo—, un momento antes de que +llegases t, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y +cuando la dej en el suelo, apenas poda contener la risa. Estaba +envuelto en una capa muy extraa, y llevaba un gorrito que pareca estar +hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegu a creer que tena alas.</p> + +<p>—Y qu bastn llevaba?—pregunt Pandora.</p> + +<p>—El ms curioso que he visto en mi vida—exclam Epimeteo—. Era como +dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien +tallado, que al principio cre que las serpientes estaban vivas.</p> + +<p>—Le conozco—respondi Pandora, quedndose pensativa—. Slo l tiene +un bastn como ese: es Azogue, y l es quien me trajo aqu, como la +caja! Sin duda la trajo para m, y probablemente contiene trajes +bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos t y yo, +o alguna golosina muy rica!</p> + +<p>—Puede que s—respondi Epimeteo, dando media vuelta—; pero hasta que +Azogue vuelva y nos lo diga, ni t ni yo levantaremos la tapa.</p> + +<p>—Que chico ms estpido!—murmur Pandora<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> cuando Epimeteo sali de la +casita—. Me gustara que fuese un poco ms atrevido, que tuviese un +poco ms de valor.</p> + +<p>Por primera vez desde que haba llegado Pandora, Epimeteo se march sin +pedirle que le acompaase. Se fu solo, a coger higos y uvas, y a +divertirse luego como pudo en compaa de los otros nios. Estaba harto +de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazn que Azogue, o +como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la +casita de cualquier otro nio, donde Pandora nunca la hubiese visto. La +caja, la caja, siempre la caja! Pareca como si la caja estuviese +embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para +contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella, +y haciendo que Epimeteo tropezase tambin.</p> + +<p>S que era triste para el pobre nio tener una caja en los odos de la +maana a la noche; sobre todo, porque como los nios en aquel tiempo no +estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no saban cmo arreglarse +para soportarlas. As es que una pequea les daba entonces mucho ms que +hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.</p> + +<p>Cuando Epimeteo se march, Pandora se qued mirando la caja. La haba +llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto haba<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> dicho +contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado +perfectamente cualquier habitacin en que se hubiese colocado. Estaba +hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y +la superficie era tan brillante, que Pandora poda verse la cara en +ella. Como la nia no tena otro espejo, no comprendo cmo no le gustaba +ms, slo por ese motivo.</p> + +<p>Los ngulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de +la tapa haba graciosas figuras de hombres y de mujeres y los nios ms +lindos que se han visto jams, echados o jugando entre profusin de +flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente +representados y agrupados con tal armona, que flores, follaje y seres +humanos parecan combinarse en una guirnalda de belleza nica. Pero aqu +y all, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una dos veces, +se le antoj que vea una cara no tan amable, y alguna otra desagradable +del todo, que deslucan por completo la belleza del conjunto. Sin +embargo, mirando ms de cerca, y tocando con la punta del dedo, no +encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara +verdaderamente bonita, le haba parecido fea.</p> + +<p>La ms bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve, +en el centro de la<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> tapa. No haba ms en toda ella; la madera bien +pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de +flores en la frente. Pandora haba mirado aquella cara muchsimas veces +y se le antojaba que poda sonreir o ponerse seria, lo mismo que si +estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenan una expresin viva y +casi maliciosa, y pareca que en algunos momentos quisiera hablar, y +como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.</p> + +<p>Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy +parecido a esto:</p> + +<p>—No temas, Pandora! Qu mal puede haber en que abras la caja? No +hagas caso a ese infeliz Epimeteo! T sabes mucho ms que l y tienes +cien veces ms talento que l. Abre la caja, y ya vers qu cosas ms +bonitas encuentras dentro!</p> + +<p>La caja, he olvidado decroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni +cosa parecida, sino con un nudo intrincadsimo de cuerda de oro. Pareca +un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo ms ingeniosamente +enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que pareca desafiar +maliciosamente a que le desatasen a los dedos ms hbiles. Y cuanta ms +dificultad pareca haber en l, ms tentacin le entraba a Pandora de +examinarle, slo para ver cmo estaba hecho. Dos o tres veces ya se +haba detenido<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> junto a la caja, cogiendo el nudo entre el ndice y el +pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.</p> + +<p>—Creo—se dijo a s misma—que empiezo a comprender cmo est hecho. Me +parece que si lo deshago podr volverlo a hacer igual que estaba. En eso +s que no habr mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurrira regaarme por +eso. No quiero abrir la caja y no lo har nunca, si ese terco de chico +no consiente, aunque desate el nudo.</p> + +<p>Ms hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en +qu pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo +asunto. Pero los nios llevaban tan buena vida antes de que las penas +apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchsimo tiempo de +sobra. No siempre podan estar jugando al escondite entre las zarzas +floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, +o a otros juegos que ya se haban inventado cuando la madre Tierra +estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el +juego en realidad. No haba absolutamente nada que hacer. Barrer un poco +y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que +abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba +hecho todo el trabajo del da de la pobre Pandora, y<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> para todo el resto +del tiempo all estaba la caja!</p> + +<p>Y despus de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no +fuese para ella una bendicin. Porque le suministraba tal variedad de +ideas en qu pensar y sobre qu hablar, en cuanto encontraba alguien que +la escuchase! Cuando estaba de buen humor, poda divertirse admirando el +brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y +follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, poda +darle un empujn o un puntapi. Y muchos recibi la caja (era una caja +malvola, como hemos de ver, y bien los mereca). Pero, despus de todo, +si no hubiese sido por ella, Pandora, que tena una inteligencia tan +viva, no hubiese sabido en qu pasar el tiempo.</p> + +<p>Porque era, realmente, ocupacin sin fin calcular qu habra dentro de +la caja. Qu podra ser? Figuraos, queridos nios, qu ocupado +tendrais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy +grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una +porcin de cosas bonitas, que haban de daros como regalo el da de +vuestro cumpleaos. Creis que hubieseis sido menos curiosos que +Pandora? Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido +siquiera una tentacin chiquitita de levantar la tapa? Ay, no, no! Qu +cosa tan fea! Pero si pensabais que haba<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> juguetes dentro, ya os +hubiese costado trabajo perder la ocasin de echar una miradita. En +realidad, no s si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque an no se +haba empezado a hacer ninguno en aquellos das, en que el mundo mismo +era un juguete grande para los nios que vivan en l. Pero Pandora +estaba convencida de que en la caja haba algo muy bueno y muy bonito. Y +por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estara +cualquiera de las nias que me rodean. Y hasta puede que un poco ms, +pero de eso no estoy completamente seguro.</p> + +<p>Aquel da de que estamos hablando, su curiosidad aument tanto, tanto, +que por fin se acerc a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si +poda. Ay, Pandora curiosa!</p> + +<p>Primero intent levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una +nia como Pandora. Levant uno de los lados unas cuantas pulgadas del +suelo, y la dej caer de nuevo: la caja di un buen golpe. Un momento +despus se le figur que haba odo algo dentro de la caja. Acerc el +odo lo ms que pudo, y escuch. S, s: dentro haba una especie de +murmullo! Sera slo el ruido de los odos de Pandora o el latido de su +corazn? La nia no pudo convencerse de si haba odo algo o no, pero su +curiosidad era ms fuerte que nunca.<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span></p> + +<p>Cuando volvi la cabeza, cay su vista sobre el nudo de cuerda de oro.</p> + +<p>—Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo—pens—. +Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos, +quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.</p> + +<p>Tom el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo ms +atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontr con que estaba +empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana +abierta, y con l las voces de los nios que jugaban lejos, y acaso +entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. Qu +hermoso da! No sera mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver +a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compaeros, y jugar y ser +feliz?</p> + +<p>Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio +inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza +ceida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja +encantada, le pareci que le haca una mueca.</p> + +<p>—Esta cara parece que me mira con malicia—pens Pandora—. Puede que +se ra porque estoy haciendo una cosa mal hecha. Me dan unas ganas de +echar a correr!...</p> + +<p>Pero precisamente entonces, por casualidad,<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> di al nudo una vuelta, que +produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desat sola, como +por magia, y dej la caja sin cierre de ninguna clase.</p> + +<p>—Qu cosa ms extraa!—dijo Pandora—. Qu va a decir Epimeteo? Y +cmo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?</p> + +<p>Intent una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendi que no +tena habilidad para tanto. Se haba desatado tan repentinamente, que no +poda recordar cmo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y +aspecto primitivos, pareca escaprsele por completo de la memoria. No +poda hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo +volviese.</p> + +<p>—Pero—dijo Pandora—cuando se encuentre el nudo desatado, querr saber +quin lo desat. Cmo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay +dentro de la caja?</p> + +<p>Entonces, en su corazoncillo perverso naci la idea de que, puesto que +de todos modos haban de sospechar que haba mirado dentro de la caja, +ms vala mirar de verdad. Oh, loca y curiosa Pandora! Podas haber +pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya +habas hecho, y no en lo que tu compaero Epimeteo fuera a decir o a +pensar. Y as hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> de la +tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan +persuasivo, y si no le hubiera parecido oir ms claro que nunca el +murmullo de vocecitas dentro. No poda saber si era imaginacin o no, +pero en sus odos haba como un pequeo tumulto de murmullos... Acaso +era su curiosidad misma la que murmuraba:</p> + +<p>—Djanos salir, querida Pandora...; por favor, djanos salir! Si +vieras qu buenos compaeros vamos a ser para ti! Djanos salir y +vers!</p> + +<p>—Qu ser?—pens Pandora—. Habr algo vivo en la caja? Sea lo que +quiera, estoy decidida a verlo! Slo una miradita, y luego vuelvo a +cerrar la caja como antes! Qu mal puede haber en que mire un poquito?</p> + +<p>Pero ya es hora de que sepamos qu estaba haciendo Epimeteo.</p> + +<p>Aqulla era la primera vez, desde que haba llegado su compaera, que +haba intentado divertirse sin que ella le acompaase. Pero nada le +sala a su gusto, ni era tan feliz como los dems das.</p> + +<p>No poda encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le +empalagaban. No haba regocijo en su corazn, ni su voz surga alegre +como otras veces, al unirse a las de sus compaeros en sus bulliciosos +juegos. En una palabra:<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> se puso tan molesto y tan disgustado, que los +otros nios no podan comprender lo que le pasaba. Tampoco l lo +comprenda del todo. Porque debis recordar que en el tiempo de que +vamos hablando, todo el mundo tena la costumbre de ser constantemente +feliz. El mundo an no haba aprendido a ser de otra manera. Ni un solo +cuerpo haba estado enfermo, ni una sola alma haba estado triste, desde +que aquellos nios fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y +gozar de ella.</p> + +<p>Por fin, descubriendo que algo le suceda, fuese lo que fuese, dej de +jugar, y le pareci lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba +de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegra, +cogi unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pens +ponrsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas—rosas y azucenas y +flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de +fragancia—. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos +de un nio. Los dedos de las nias, al menos a m me lo ha parecido +siempre, tienen ms habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los +nios de aquellos tiempos eran ms hbiles que los de los nuestros.</p> + +<p>Y aqu llega el momento de decir que una gran nube negra haca ya algn +tiempo que<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> andaba por el cielo, aunque todava no haba ocultado la luz +del sol. Pero cuando Epimeteo entr en su casita, la nube intercept la +luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.</p> + +<p>Entr Epimeteo despacito, porque quera, a ser posible, llegar sin que +le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores, +antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no haba +necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y +ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los +de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese odo llegar.</p> + +<p>Estaba demasiado absorta en sus malos propsitos. En el momento en que +Epimeteo entr en la casita, la chiquilla haba puesto la mano en la +tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la mir. Si hubiese +dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el +misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.</p> + +<p>Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tena tambin su poquito de +curiosidad por saber lo que haba dentro. Comprendiendo que Pandora +estaba resuelta a descubrir el secreto, decidi que su compaera no +haba de ser la nica en enterarse de l. Y si dentro de la caja haba +algo bonito o que valiese la pena,<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> tambin l quera tener su parte. +As es que, despus de tantos prudentes consejos a Pandora para que +demorase su curiosidad, Epimeteo se volvi casi tan insensato como ella, +y casi tan culpable como su compaera. De modo que si echamos la culpa a +Pandora de lo que sucedi, no debemos dejar de echrsela tambin a +Epimeteo.</p> + +<p>Cuando Pandora levant la tapa, la casita se qued muy obscura y muy +triste, porque la nube negra haba ocultado por completo el sol y +pareca haberlo enterrado vivo. Desde haca un rato venan oyndose +truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin +oirlos, levant la tapa y mir al interior de la caja. Parecile que un +enjambre de criaturitas aladas sala de ella volando, y en el mismo +instante oy la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese +algo.</p> + +<p>—Ay, me han mordido!—exclam—, me han mordido! Pandora, Pandora, +por qu has abierto esa caja maldita?</p> + +<p>Pandora dej caer la tapa, y volvindose rpidamente, mir a ver qu +haba sucedido a Epimeteo. La tormenta haba obscurecido de tal modo la +habitacin, que no poda ver bien dnde estaba. Pero oy un zumbido +desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos +gigantescos estuviesen volando<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> en derredor suyo. Y cuando se le +acostumbraron los ojos a la escasa luz, vi multitud de fesimas y +diminutas formas con alas de murcilago, que parecan encolerizadsimas +y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que +haba picado a Epimeteo. No pas mucho tiempo sin que Pandora empezase a +llorar con no menos dolor y susto que su compaero, y haciendo muchsimo +ms ruido que l. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le +haba posado en la frente, y no s hasta cundo la hubiese estado +picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.</p> + +<p>Y ahora, si queris saber quines podan ser aquellos fesimos +animalejos que se haban escapado de la caja, os dir que eran la +familia entera de los <i>males del mundo</i>. Eran todas <i>las malas +pasiones</i>. Eran las muchsimas especies de <i>cuidados</i>. Eran ms de +ciento cincuenta <i>penas</i> distintas; eran las <i>enfermedades</i>, en gran +nmero, de miserables y dolorosas formas; eran muchas ms clases de +<i>calamidades</i> de las que yo puedo deciros.</p> + +<p>En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las +almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les +haba entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen +cuidadosamente, para que los felices nios del mundo no sintiesen<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> nunca +la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo +hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca; +ninguna nia hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lgrima, +desde aquella hora hasta este momento.</p> + +<p>Pero—y por esto podis comprender cmo una mala accin de un solo +mortal es una calamidad para el mundo entero—, por haber Pandora +levantado la tapa de la caja, y por no habrselo impedido Epimeteo, +aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no +tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como +comprenderis, que los dos nios tuvieran encerrado el enjambre fesimo +dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fu abrir +de par en par las ventanas, a ver si podan librarse de ellos, y all +salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a +toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo +ninguno de los nios volvi a sonreir. Y, lo que es ms extrao, todas +aquellas flores llenas de roco de la tierra, ninguna de las cuales se +haba marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a +deshojarse, y ninguna dura ms de un da o dos. Los nios tambin, que +parecan inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> +da por da, y pronto se hicieron jvenes, y luego hombres y mujeres, y +ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.</p> + +<p>Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron +en su casita. Los dos haban sido picados dolorosamente y tenan +bastante dolor, que les pareca ms intolerable porque era el primero +que haban sentido desde que empez el mundo. Como no tenan costumbre +alguna de sufrir, no podan comprender lo que el sufrimiento +significaba. Adems, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada +uno contra s mismo. Epimeteo se sent en un rincn de espaldas a +Pandora, y Pandora se tir al suelo y apoy la cabeza en la caja fatal y +abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a romprsele el corazn.</p> + +<p>De repente oy un ruidito suave dentro de la caja.</p> + +<p>—Qu dir?—pregunt Pandora, levantando la cabeza.</p> + +<p>Pero Epimeteo no haba odo el ruido, o estaba de demasiado mal humor +para darse por enterado: el caso es que no respondi.</p> + +<p>—Qu poco amable eres!—dijo Pandora volviendo a sollozar—; ya no +quieres hablarme.</p> + +<p>Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada +golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 341px;"> +<a href="images/illus-120a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-120a_sml.jpg" width="341" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span></p> + +<p>—Quin eres?—pregunt Pandora con un poco de su antigua curiosidad—. +Quin eres t, que an ests dentro de esta maldita caja?</p> + +<p>Una vocecilla dulce respondi desde dentro:</p> + +<p>—Levanta la tapa, y lo vers.</p> + +<p>—No, no—respondi Pandora echndose a llorar de nuevo—. No quiero +volver a levantar la tapa. Dentro de la caja ests, maligna criatura, y +dentro te quedars. Bastantes de tus fesimos hermanos y hermanas andan +ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti +tambin te deje salir.</p> + +<p>Mir hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su +prudencia. Pero el nio, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de +tener prudencia.</p> + +<p>—Ah!—dijo la dulce voz—, ms os valdra dejarme salir. No soy de +esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran +hermanos ni hermanas mos los que han salido, como veris si queris +mirarme. Ven, ven, Pandora ma. Estoy segura de que me vas a dejar +salir.</p> + +<p>Haba una especie de amable hechicera en el tono de la voz, que haca +imposible negar nada de lo que pidiera. El corazn de Pandora se haba +ido aliviando insensiblemente a cada palabra que sala de la caja. +Tambin Epimeteo, aunque sin salir de su rincn, se haba vuelto<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> un +poco, y pareca estar de mejor humor que antes.</p> + +<p>—Mi querido Epimeteo—exclam Pandora—, has odo esa vocecita?</p> + +<p>—S la he odo, s—respondi Epimeteo con no muy buenos modos—. Qu +tenemos con eso?</p> + +<p>—Quieres que vuelva a levantar la tapa?—pregunt Pandora.</p> + +<p>—Haz lo que te parezca—dijo Epimeteo—. Ya has hecho tanto dao, que +puede que no importe que hagas un poco ms. Un mal, aadido al enjambre +que has echado a volar por el mundo, no significa nada.</p> + +<p>—Podas hablarme con mejores modos—murmur Pandora, limpindose los +ojos.</p> + +<p>—Ah, nio, nio!—exclam la voz dentro de la caja en tono medio +serio, medio de burla—. De sobra sabes t que ests deseando verme. +Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Djame +que respire un poco el aire libre, y ya veris cmo las cosas no son tan +tristes como os parecen.</p> + +<p>—Epimeteo—exclam Pandora—, pase lo que pase, estoy decidida a abrir +la caja.</p> + +<p>—Y como me parece que la tapa pesa mucho—exclam Epimeteo corriendo +por la habitacin—, te ayudar.</p> + +<p>As, de comn acuerdo, los dos nios levantaron<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> de nuevo la tapa. Sali +volando una radiante y sonriente mujercita, que revolote por toda la +habitacin, arrojando luz por dondequiera que pasaba. No habis hecho +bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso pareca el +alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad +triste de la habitacin. Vol hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo +en el sitio en que el mal le haba picado, e inmediatamente ces el +dolor. Luego bes a Pandora en la frente, y tambin cur el dao.</p> + +<p>Despus de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revolote +juguetonamente sobre las cabezas de los dos nios, y los mir tan +dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo +haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huspeda se +hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes +con sus aguijones en la cola.</p> + +<p>—Quin eres, hermosa criatura?—pregunt Pandora.</p> + +<p>—Hay que llamarme Esperanza!—respondi la mujercita—. Y porque soy +tan alegre y s dar tanto nimo, aunque soy tan pequea, me encerraron +en la caja, para consolar al gnero humano de todo el enjambre de males +que estaba destinado a caer sobre ellos. No<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> temis! Ya veris cmo lo +pasamos muy bien, a pesar de todos.</p> + +<p>—Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris—exclam Pandora—. +Qu bonitas son!</p> + +<p>—S, son como el arco iris—dijo la Esperanza—, porque aunque soy +alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lgrimas como de sonrisas.</p> + +<p>—Y te quedars con nosotros?—pregunt Epimeteo—. Siempre y para +siempre?</p> + +<p>—Siempre que me necesitis, me tendris—dijo la Esperanza con su +placentera sonrisa—, y me necesitaris mientras estis en el mundo. +Prometo no abandonaros nunca. Vendrn tiempos y ocasiones, de cuando en +cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra +vez, y otra y otra, cuando menos lo pensis, veris el resplandor de mis +alas en el techo de vuestra cabaa. S, hijos mos, y s que luego os +van a dar una cosa muy buena y muy bonita.</p> + +<p>—Oh, dinos qu es!—exclamaron los nios—, dinos qu es!</p> + +<p>—No me preguntis—repuso la Esperanza, ponindose un dedo en los +labios de rosa—. Pero no desesperis de alcanzarlo, aunque no os llegue +mientras vivis en la tierra. Creed en mi promesa, porque es verdad!<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span></p> + +<p>—Te creemos!—exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.</p> + +<p>Y as lo hicieron. Y no slo ellos, sino todo el que ha vivido, ha +credo en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de +alegrarme (aunque desde luego fu cosa muy mal hecha), no puedo menos de +alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la +caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el +mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie +de duendes fesimos, y llevan en la cola los aguijones ms envenenados. +Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarn mucho +ms, segn vaya siendo ms viejo. Pero, y la luciente y amable figura +de la Esperanza? Qu haramos en el mundo sin ella? La Esperanza +espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el +mundo en su aspecto mejor y ms brillante, la Esperanza nos dice que +toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que +hemos de encontrar despus.</p> + +<p>—Primavera—pregunt Eustaquio, tirndole de una oreja—, te gusta mi +pequea Pandora? No piensas que es tu vivo retrato? Pero t no hubieras +vacilado tanto antes de abrir la caja.</p> + +<p>—Bien castigada hubiese estado por mi maldad<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span>—replic la chiquilla +agudamente—, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar +la tapa, hubiese sido el seor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.</p> + +<p>—Primo Eustaquio—dijo Amapola—, contena la caja todo el mal que ha +sucedido en el mundo?</p> + +<p>—Sin faltar una miga!—respondi Eustaquio—. Esta misma nevada, que +ha echado a perder mi partida de patines, estaba all encerrada.</p> + +<p>—Y qu tamao tena la caja?—pregunt Romero.</p> + +<p>—Unos tres pies de largo—dijo Eustaquio—, dos de ancho y dos y medio +de alto.</p> + +<p>—Ah!—dijo el nio—, te ests burlando de m, primo Eustaquio! No +hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la +nevada, no es mal, que es diversin; de modo que no estaba en la caja, +de seguro.</p> + +<p>—Miren ustedes el chiquillo!—exclam Primavera con aire de +superioridad—. Qu poco sabe de los males del mundo! Pobrecillo! Ya +hablar de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!</p> + +<p>Y diciendo esto, empez a saltar a la comba.</p> + +<p>Entretanto el da iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tena aspecto +tenebroso. Haba a lo lejos, en el crepsculo que se acercaba, como<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> un +rebao de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se haban +borrado todos los caminos, y la nieve que se haba amontonado sobre los +escalones del Prtico demostraba que nadie haba entrado ni salido +durante muchas horas. Si un nio solo hubiese estado en la ventana +mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media +docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un +Paraso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no +sern capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, adems, aguijoneado +por las circunstancias, invent varios juegos nuevos, que les +conservaron llenos de alegra hasta la hora de irse a la cama, y +sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del da siguiente.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 91px;"> +<a href="images/illus-128_lg.jpg"> +<img src="images/illus-128_sml.jpg" width="91" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span></p> + +<h2><a name="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO" id="LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO"></a>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 279px;"> +<a href="images/illus-131_lg.jpg"> +<img src="images/illus-131_sml.jpg" width="279" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">L</span><span class="smcap">a</span> nevada dur un da ms; qu fu de ella despus, no puedo +figurrmelo. Fuese donde fuera, durante la noche desapareci por +completo, y cuando sali el sol a la maana siguiente, brill sobre las +montaas cubiertas de bosque con la mayor alegra del mundo. La escarcha +haba cubierto de tal modo los vidrios de las ventanas, que era casi +imposible lanzar una mirada al paisaje exterior. Pero, mientras esperaba +el desayuno, la gente menuda de Tanglewood haba hecho agujeros en la +escarcha con las uas, y haba conseguido ver con gran deleite que +excepto en dos o tres sitios demasiado pendientes de la montaa, o sobre +los bosques cuyas ramas negras, mezcladas con la nieve, formaban una +mancha gris, todo el resto<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> del mundo que se alcanzaba a divisar estaba +blanco como una sbana. Qu precioso! Y para colmo de felicidad, haca +un fro capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona +tiene dentro del cuerpo vida bastante para soportarlo, no hay nada que +le ponga de tan buen humor y le haga bailar y saltar la sangre ms +vivamente que un arroyo colina abajo, que una buena helada.</p> + +<p>En cuanto desapareci el desayuno, toda la chiquillera, bien arropada +en pieles y estambres, se desparram sobre la nieve. Vaya un da de +diversin! Deslizronse colina abajo, resbalando hasta el valle, unas +cien veces, y, para divertirse ms, haciendo volcar los trineos y dando +volteretas y llegando al fondo cabeza abajo, la mayor parte de las +veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eustaquio Bright se subi en el +mismo trineo con Margarita, Amapola y Flor de Limn, y echaron a correr +cuesta abajo de prisa, de prisa, de prisa; pero a mitad de camino el +trineo tropez con un tronco escondido bajo la nieve, y all cayeron en +un solo montn los cuatro pasajeros!, y al levantarse no encontraron al +ms pequeo, que era Flor de Limn. Qu haba sido del pobre muchacho? +Y mientras se lo estaban preguntando y buscndole, Flor de Limn sac la +cabeza de entre un montn de nieve, con la cara colorada como si fuese<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> +una inmensa flor escarlata que hubiese brotado de repente en medio del +invierno. Haba que oirles reir a todos!</p> + +<p>Cuando se cansaron de resbalar colina abajo, Eustaquio ocup a los nios +en cavar para hacer una cueva en el montn de nieve ms alto que +encontraron. Por desdicha, cuando estuvo terminada y toda la +chiquillera se meti en el hueco, se hundi el techo sobre sus cabezas, +y les enterr vivos a todos. Un minuto despus todos sacaban las +cabecitas de entre las ruinas, y la del estudiante apareca en medio y +encima de todas, canosa y venerable con el polvo de nieve que se haba +enredado entre sus rizos obscuros. Y entonces, para castigar al primo +Eustaquio por haberles aconsejado que cavasen caverna tan ruinosa, los +nios le atacaron en grupo y le apedrearon con bolas de nieve, de tal +modo que tuvo que echar a correr. Huy, y lleg a los bosques, y desde +all a la margen del Arroyo Umbro, donde pudo oir el rumor del +arroyuelo que corra bajo grandes montones de nieve y hielo, que apenas +le dejaban ver la luz del da. Haba tmpanos diamantinos, que +rebrillaban en torno de sus pequeas cascadas. De all lleg corriendo a +la orilla del lago, y se encontr con una llanura blanca e intacta, que +iba desde sus pies al pie de la inmensa montaa. Y como ya casi se +estaba poniendo<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> el sol, Eustaquio pens que nunca haba visto +espectculo ms hermoso. Se alegr de que los nios no estuviesen con +l, porque su animacin y su actividad desaforada hubieran disipado su +estado de nimo, elevado y grave; as es que slo hubiese estado alegre +(como, en efecto, lo haba estado durante el da entero), pero no +hubiese gozado la suavidad de la puesta de sol en invierno, entre las +montaas.</p> + +<p>Cuando el sol hubo descendido bastante, nuestro amigo Eustaquio volvi a +casa a cenar. Despus de la cena se encerr en el despacho, con el +propsito, me figuro, de escribir una oda, o dos o tres sonetos, o +versos de cualquier clase, en elogio de las nubes prpura y oro que +haba visto en torno al sol poniente. Pero antes de que hubiese afirmado +la primera rima, se abri la puerta, y Primavera y Margarita +aparecieron.</p> + +<p>—Marchaos, chiquillas! Ahora no puedo perder el tiempo con +vosotros!—exclam el estudiante, mirndolas por encima del hombro con +la pluma en la mano—. Qu mil diablos queris? Cre que estabais +todos en la cama!</p> + +<p>—yele, Margarita—dijo Primavera, hablando como si fuera una persona +mayor—. Parece olvidar que yo ya tengo trece aos, y puedo irme a la +cama todo lo tarde que se me antoje. Primo Eustaquio, puedes abandonar +tus aires solemnes y venir con nosotros al saln.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> Los nios han hablado +tanto de tus cuentos, que mi padre desea oir uno de ellos, para saber si +puede hacernos algn dao oirlos.</p> + +<p>—Bah, bah, Primavera!—exclam el estudiante, un poco molesto—. No me +creo capaz de contar ninguno de mis cuentos en presencia de personas +mayores. Adems, tu padre es un erudito y un humanista: no es que me d +miedo su erudicin, porque no dudo que estar tan enmohecida como un +cuchillo viejo. Pero estoy seguro de que discutir la admirable tontera +que he puesto en estas maravillosas historias, sacada de mi propia +cabeza, y que constituye su mayor encanto para chiquillos como vosotros. +Ningn hombre de cincuenta aos, que haya ledo los mitos clsicos en su +juventud, puede comprender mi mrito como reinventor y mejorador de +todos ellos.</p> + +<p>—Puede que todo eso sea verdad—dijo Primavera—, pero no tienes ms +remedio que venir. Mi padre no abrir su libro, ni mam el piano, hasta +que nos hayas regalado con algunas de tus tonteras, como t mismo las +llamas muy acertadamente. De modo que s bueno, y ven.</p> + +<p>Por mucho que dijese, el estudiante se alegraba muchsimo de aprovechar +la oportunidad de demostrar al seor Pringle qu excelente facultad +posea para modernizar los mitos de los<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> tiempos antiguos. Hasta que +cumple los veinte aos, un joven debe sentir cierta timidez al ensear +su prosa y sus versos; pero a pesar de toda su timidez, tiene cierta +tendencia a pensar que si sus producciones fuesen conocidas, le pondran +en la ms alta cumbre de la literatura. Por lo cual, sin hacerse de +rogar demasiado, Eustaquio consinti en que Primavera y Margarita le +arrastrasen al saln.</p> + +<p>Era una habitacin amplia y cmoda, con una ventana semicircular en uno +de los extremos, en cuyo hueco haba una copia en mrmol del ngel y el +Nio, de Greenough. A un lado de la chimenea haba muchos estantes con +libros severa y ricamente encuadernados. La luz blanca de la lmpara que +colgaba del techo y el reflejo rojo del hogar, hacan la habitacin +brillante y alegre, y junto a la lumbre, en un gran silln, estaba +sentado el seor Pringle. Era un caballero alto y simptico, con una +gran calva, y siempre estaba tan bien vestido, que Eustaquio Bright no +se atreva nunca a presentarse ante l sin detenerse un momento en la +puerta para arreglarse el cuello de la camisa. Pero ahora, como +Primavera le llevaba cogido de una mano y Margarita de la otra, se vio +obligado a entrar con un aspecto bastante desaliado, como si se hubiese +pasado el da rodando por un montn de nieve, lo cual era verdad.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p> + +<p>El seor Pringle se volvi hacia el estudiante con benevolencia, desde +luego, pero de un modo que le hizo sentir lo despeinado y mal cepillado +que estaba, y lo mal peinados y mal cepillados que estaban tambin sus +pensamientos.</p> + +<p>—Eustaquio—dijo el seor Pringle con una sonrisa—, me he enterado de +que ests causando sensacin grandsima entre el pequeo pblico de +Tanglewood con el ejercicio de tus facultades de narrador. Primavera, +como la llaman los pequeos, y los dems chiquillos, han elogiado de tal +modo tus cuentos, que mi mujer y yo quisiramos oir una muestra de +ellos. Y a m me agradar especialsimamente, porque parece que los +cuentos son un intento de trasladar las fbulas de la antiguedad clsica +al idioma del sentimiento y la fantasa modernos. Al menos, eso he +sacado en consecuencia de unos cuantos incidentes que han llegado hasta +m de segunda mano.</p> + +<p>—No es usted precisamente el oyente que yo hubiese elegido, +seor—observ el estudiante—, para fantasas de esta naturaleza.</p> + +<p>—Es posible que no—replic el seor Pringle—. Sospecho, sin embargo, +que el crtico ms til para un autor joven es precisamente aquel que +menos hubiese querido elegir.</p> + +<p>—Creo que la simpata debe tener algo de parte en la opinin de un +crtico—murmur<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> Eustaquio—. En fin, seor, si usted encuentra +paciencia, yo encontrar historias que contar. Pero tenga usted la +bondad de recordar que me dirijo a la imaginacin y a la simpata de los +nios, no a la de usted.</p> + +<p>E inmediatamente el estudiante aprovech el primer tema que se le +present. Sugirisele un plato de manzanas que alcanz a ver sobre la +chimenea.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 154px;"> +<a href="images/illus-138_lg.jpg"> +<img src="images/illus-138_sml.jpg" width="154" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 276px;"> +<a href="images/illus-139_lg.jpg"> +<img src="images/illus-139_sml.jpg" width="276" height="119" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>LAS TRES MANZANAS DE ORO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">N</span><span class="smcap">o</span> habis odo nunca hablar de las manzanas de oro que se criaban en el +jardn de las Hesprides? Oh, aqullas s que eran manzanas! Si se +encontraran iguales en los huertos de ahora, ya valdran dinero! Pero +no hay en todo el mundo, supongo yo, ni un solo rbol injerto en aquel +frutal maravilloso, ni queda ninguna pepita de aquellas manzanas.</p> + +<p>Hasta en los tiempos antiguos, muy antiguos, ya casi olvidados, en que +el jardn de las Hesprides no haba sido invadido an por la mala +hierba, dudaba mucha gente de que pudiera haber rboles verdaderos, +cuyas ramas tuvieran manzanas de oro macizo. Todos haban odo hablar de +ellas, pero nadie recordaba haber visto ninguna. Sin embargo, los nios +solan<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> escuchar, boquiabiertos, los cuentos del rbol de las manzanas +de oro, y se proponan descubrirle cuando llegasen a mayores. En busca +de ese fruto iban los jvenes valerosos que deseaban realizar hazaas +ms sealadas que sus compaeros. Muchos de ellos no volvieron jams, y +ninguno trajo las manzanas. No es maravilla que les fuera imposible +cogerlas! Decase que, bajo el rbol, haba un dragn de cien terribles +cabezas, cincuenta de las cuales vigilaban siempre, mientras las otras +cincuenta dorman.</p> + +<p>Me parece a m que apenas si vala la pena de correr tanto peligro por +una manzana de oro macizo. Si hubieran sido manzanas dulces, jugosas, +sazonadas, ya sera otra cosa. Podra haber tenido entonces algn +sentido el tratar de cogerlas, a pesar del dragn de las cien cabezas.</p> + +<p>Pero, como os he dicho, era cosa muy corriente entre los jvenes, cuando +se cansaban del exceso de paz y descanso, ir en busca del jardn de las +Hesprides. Y una vez fu emprendida la aventura por un hroe que haba +disfrutado de bien poca paz y descanso desde que vino al mundo. En el +tiempo de que os voy a hablar, vagaba por la apacible tierra de Italia +con una pesada maza en la mano y un arco y una aljaba pendientes de los +hombros. Iba envuelto<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> en la piel del len ms grande y ms fiero de +aquellos bosques, que l mismo haba matado, y aunque en el fondo era +bueno y generoso y noble, tena en su corazn mucho de la fiereza del +len. Mientras caminaba, iba constantemente preguntando cul era el +camino ms derecho para llegar al famoso jardn; pero nadie saba +palabra de ello, y muchos se hubiesen redo de la pregunta, si el +forastero no hubiera llevado una maza tan enorme.</p> + +<p>As fu andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin +lleg a la orilla de un ro, en donde unas cuantas jvenes hermossimas +estaban tejiendo guirnaldas de flores.</p> + +<p>—Lindas doncellas—pregunt el forastero—, podis decirme si ste es +el camino derecho para ir al jardn de las Hesprides?</p> + +<p>Las jvenes se estaban divirtiendo en hacer guirnaldas y en coronarse +con ellas unas a otras. Pareca como si en sus dedos hubiese algn poder +mgico, porque al tocarlas se volvan las rosas ms frescas y se +cuajaban de roco, se avivaban sus colores y exhalaban ms suave +fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oir la pregunta del +forastero dejaron caer todas las flores en el csped, y se miraron unas +a otras con asombro.</p> + +<p>—El jardn de las Hesprides!—exclam<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> una—. Creamos que, despus +de tanta decepcin, se habran cansado los mortales de buscarle. Y dime, +intrpido viajero, para qu deseas ir all?</p> + +<p>—Cierto rey, primo mo—replic el viajero—, me ha mandado que le +lleve tres de las manzanas de oro.</p> + +<p>—Casi todos los jvenes que van en busca de esas manzanas—advirti +otra de las damiselas—, desean adquirirlas para s mismos o para +regalarlas a alguna hermosa doncella de quien estn enamorados. Tanto +quieres t a ese rey, primo tuyo?</p> + +<p>—Tal vez no—replic el forastero, suspirando—. Ha sido severo y cruel +conmigo muchas veces, pero es mi destino obedecerle.</p> + +<p>—Y no sabes—pregunt la que haba hablado primero—que un terrible +dragn de cien cabezas est bajo el rbol de las manzanas de oro, +guardndole?</p> + +<p>—Bien sabido lo tengo—respondi el forastero—; pero desde la cuna ha +sido mi ocupacin y casi mi entretenimiento el habrmelas con serpientes +y dragones.</p> + +<p>Las jvenes miraron su pesada maza y la peluda piel de len que llevaba, +y tambin sus heroicos miembros y aspecto, y unas a otras se dijeron muy +bajito que el forastero pareca ser persona de quien razonablemente +caba<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> esperar que realizara hazaas muy fuera del alcance de los dems +hombres.</p> + +<p>Pero, el dragn de las cien cabezas! Qu mortal, aunque tuviera cien +vidas, podra abrigar esperanza de escapar a los colmillos de semejante +monstruo? Tan compasivas eran las doncellas, que no podan ver con +tranquilidad que aquel valiente y hermoso viajero intentara cosa tan +arriesgada y se condenara a ser, muy probablemente, pasto para las cien +voraces bocas del dragn.</p> + +<p>—Vuelve atrs—exclamaron todas—, vuelve a tu casa! Tu madre, al +verte sano y salvo, llorar lgrimas de alegra. Qu ms podra hacer +si lograras tan gran victoria? No hagas caso de las manzanas de oro. No +hagas caso del rey, tu cruel primo. Nosotras no queremos que te coma el +dragn de las cien cabezas.</p> + +<p>El forastero pareci impacientarse con estas advertencias. Levant +negligentemente su poderosa maza, y la dej caer sobre una roca que all +cerca haba, medio enterrada en el suelo. Con la fuerza de aquel golpe +indolente, la roca salt hecha toda pedazos. El dar aquella seal de +fortaleza gigantesca no cost al extranjero ms esfuerzo que a una de +las doncellas tocar con una flor la rosada mejilla de su hermana.</p> + +<p>—No creis—dijo mirndolas y sonrindo<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span>—que un golpe como ste +habra aplastado una de las cien cabezas del dragn?</p> + +<p>Sentse despus sobre la hierba y les cont la historia de su vida, o +por lo menos todo lo que de ella poda recordar desde el da en que tuvo +por cuna el escudo de bronce de un guerrero. Estando echado en l, +llegaron, arrastrndose por el suelo, dos enormes serpientes, y abrieron +sus horribles mandbulas para devorarlo; pero l, un beb de meses nada +ms, agarr una de las fieras culebras en cada uno de sus puitos y las +estrangul.</p> + +<p>Cuando era un chiquillo mat a un len enorme, casi tan grande como +aquel cuya piel amplia y peluda llevaba entonces sobre los hombros. Lo +primero que hizo despus fu luchar con una especie de monstruo fesimo, +al cual llamaban hidra, y que tena nueve cabezas nada menos, y con +dientes afiladsimos en todas ellas.</p> + +<p>—Pero el dragn de las Hesprides, ya lo sabes—observ una de las +doncellas—, tiene cien cabezas!</p> + +<p>—Sin embargo—replic el forastero—-, mejor hubiera querido pelear con +dos dragones as, que con una sola hidra; porque tan pronto como cortaba +una cabeza, nacan otras dos en su lugar, y adems, entre las cabezas +haba una a la que no era posible matar de ningn modo, sino</p> + +<div class="figcenter" style="width: 331px;"> +<a href="images/illus-144b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-144b_sml.jpg" width="331" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 328px;"> +<a href="images/illus-144c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-144c_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> </p> + +<p class="nind">que segua mordiendo tan fieramente como antes, mucho despus de haber +sido cortada. As es que me vi obligado a enterrarla bajo una gran +piedra, donde, sin duda, hoy mismo estar viva todava; pero el cuerpo +de la hidra, con sus otras ocho cabezas, ya no volver a hacer dao a +nadie.</p> + +<p>Las jvenes, calculando que la relacin iba a durar buen rato, haban +dispuesto una merienda de pan y uvas para que el forastero pudiera +refrescar en los intervalos de su charla. Se complacan en animarle a +tomar tan frugal alimento, y de cuando en cuando una de ellas se pona +un dulce grano de uva entre los labios rojos, para que no se avergonzara +de comer solo.</p> + +<p>El viajero pas a contar cmo haba dado caza a un velocsimo ciervo, +corriendo detrs de l durante un ao entero, sin pararse ni a tomar +aliento, y cmo le cogi al fin por los cuernos, llevndosele vivo a +casa. Y cmo haba peleado con una casta de gentes rarsima, mitad +caballos y mitad hombres, y los haba matado a todos, creyndolo su +deber, para que nunca volvieran a verse tan horribles figuras. Y adems +de todo esto, se di mucho tono por haber limpiado un establo.</p> + +<p>—Y a eso le llamas hazaa maravillosa?—pregunt, sonriendo, una de +las doncellas—. Cualquier trabajador del campo lo hara.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span></p> + +<p>—Si hubiera sido un establo ordinario—replic el forastero—, no lo +habra mencionado; pero fu una tarea tan gigantesca, que habra +consumido mi vida toda en acabarla, a no ocurrrseme felizmente la idea +de meter un ro por la puerta, desvindole de su cauce. Eso realiz el +trabajo en muy poco tiempo!</p> + +<p>Viendo con qu atencin le escuchaban sus hermosas oyentes, les cont +luego que haba matado unas aves monstruosas y haba cogido vivo a un +toro bravo y le haba soltado otra vez, y que haba domado muchsimos +caballos muy salvajes, y vencido a Hiplita, la belicosa reina de las +Amazonas. Refiri tambin que haba cogido el cinturn encantado que +tena Hiplita, y se le haba regalado a la hija de su primo, el rey.</p> + +<p>—Era el cinturn de Venus—pregunt la ms bonita de las doncellas—, +que hace a las mujeres hermosas?</p> + +<p>—No—respondi el forastero—. Haba sido en tiempos el tahal de +Marte, y a quien le lleva puesto le hace valiente y animoso.</p> + +<p>—Un tahal viejo!—exclam la damisela, levantando la cabeza con +desdn—. No dara un comino por tenerle!</p> + +<p>—Haras muy bien—dijo el forastero.</p> + +<p>Siguiendo su maravilloso relato, enter a las doncellas de que la ms +extraa de cuantas<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> aventuras se le presentaron fu su pelea con Gerin, +el hombre de seis piernas. Bien podis creer que sera una figura +rarsima y temerosa. Quien mirara sus huellas en la arena o en la nieve, +supondra que tres buenos compaeros haban pasado marchando juntitos. +Al oir sus pisadas a corta distancia, nada ms razonable que pensar que +se acercaban varias personas. Y era solamente el extrao Gerin, que +vena pisando con sus seis pies!</p> + +<p>Seis piernas y un cuerpo gigantesco! De fijo que sera un monstruo de +aspecto sorprendente. Y, amiguitos, qu gasto de piel para botas!</p> + +<p>Cuando el forastero acab la narracin de sus aventuras, mir las +atentas caras de las doncellas.</p> + +<p>—Tal vez hayis odo hablar de m antes de ahora—dijo modestamente—. +Me llamo Hrcules.</p> + +<p>—Ya lo habamos sospechado—replicaron—, porque la noticia de tus +hazaas maravillosas ha corrido por todo el mundo. Ahora no nos parece +extrao que vayas en busca de las manzanas de oro de las Hesprides. +Venid, hermanas, y coronemos de flores al hroe.</p> + +<p>Entonces pusieron hermosas guirnaldas sobre su augusta cabeza y sus +poderosos hombros, de manera que la piel de len qued casi<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> enteramente +cubierta de rosas. Se apoderaron de la pesada maza y entretejieron a su +alrededor los ms brillantes, los ms delicados, los ms olorosos +capullos, sin dejar al descubierto ni el ancho de un dedo, de su leoso +material; pareca toda ella un enorme ramo de flores.</p> + +<p>Finalmente, se cogieron de las manos y danzaron a su alrededor, cantando +palabras que, sin molestarse en procurarlo, resultaban poesa y formaban +una composicin coral en honor del ilustre Hrcules.</p> + +<p>Y Hrcules se puso contento, como le hubiera ocurrido a cualquier otro +hroe, al ver que aquellas hermosas jvenes ya haban odo hablar de los +valerosos hechos que tanto trabajo y tanto riesgo le haban costado +llevar a cabo; pero no estaba an satisfecho. No poda creer que lo +realizado mereciera tanto honor, mientras quedase alguna aventura +temeraria o difcil por emprender.</p> + +<p>—Queridas doncellas—dijo cuando se detuvieron para tomar aliento—, +ahora que ya sabis mi nombre, no me diris cmo podr llegar al jardn +de las Hesprides?</p> + +<p>—Ah! Te vas tan pronto?—exclamaron—. T, que has hecho tantas +maravillas y que has llevado una vida tan trabajosa, no puedes +permitirte algn descanso a la orilla de este manso ro?<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span></p> + +<p>Hrcules movi la cabeza.</p> + +<p>—Tengo que irme ahora mismo—dijo.</p> + +<p>—Entonces te daremos las seas lo mejor que podamos—replicaron las +jvenes—. Tienes que ir a orilla del mar, encontrar al Viejo y +obligarle a informarte de dnde se encuentran las manzanas de oro.</p> + +<p>—El Viejo!—o repiti Hrcules, rindose de ese nombre—. Y quin es +el Viejo?</p> + +<p>—Quin ha de ser? El Viejo del Mar!—contest una de las muchachas—. +Tiene cincuenta hijas y hay quien dice que son muy hermosas; pero no nos +ha parecido bien relacionarnos con ellas, porque tienen el pelo de color +verde mar y su cuerpo remata en cola como el de los peces. Tienes que +hablar con ese Viejo del Mar. Siempre est cruzando mares. Sabe cuanto +se refiere al jardn de las Hesprides, porque est en una isla que l +acostumbra a visitar.</p> + +<p>Hrcules pregunt entonces dnde se podra encontrar ms fcilmente al +Viejo, y cuando las jvenes le hubieron informado, les di las gracias +por todas sus bondades—por el pan y las uvas que le dieron, las flores +exquisitas con que le coronaron y los cnticos y danzas con que le +haban honrado—, y sobre todo, por haberle indicado el camino, y se +puso en marcha inmediatamente.<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span></p> + +<p>Pero antes de que se hubiera alejado mucho, le llam una de las +doncellas.</p> + +<p>—Agarra bien fuerte al Viejo cuando le cojas!—le grit, sonriendo y +levantando un dedo para dar ms fuerza a la recomendacin—, y no te +asombres de ninguna cosa que pueda ocurrir. Sujtale bien, y l te dir +lo que deseas saber.</p> + +<p>Hrcules di las gracias de nuevo y sigui su camino, mientras volvan +las jvenes a su agradable tarea de trenzar guirnaldas de flores. +Siguieron hablando del hroe mucho despus de haberse alejado.</p> + +<p>—Le hemos de coronar con nuestras ms hermosas +guirnaldas—dijeron—cuando vuelva por aqu con las tres manzanas de +oro, despus de haber matado al dragn de las cien cabezas.</p> + +<p>Mientras tanto, Hrcules caminaba avanzando siempre, salvando montes y +valles y cruzando bosques solitarios. Algunas veces alzaba su maza, y al +descargar el golpe haca astillas un poderoso roble. Tena la +imaginacin tan llena de los gigantes y monstruos que haba estado +combatiendo toda su vida, que tal vez tomara al corpulento rbol por uno +de ellos. Tan ansioso estaba Hrcules de dar cima a la empresa +acometida, que senta casi haber perdido tanto tiempo con las doncellas, +malgastando<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> aliento en el relato de sus aventuras. Esto les ocurre +siempre a las personas destinadas a llevar a cabo grandes cosas. Lo que +ya tienen hecho les parece que no vale nada, y lo que traen entre manos +les parece digno de poner en ello trabajo, correr peligros y aun +arriesgar la vida.</p> + +<p>Las personas que pasaran por el bosque, no podran menos de asustarse al +verle derribar los rboles con su gran maza. De un solo golpe se rajaba +el tronco, lo mismo que herido por el rayo, y las ramas gruesas caan +crujiendo y tronchndose.</p> + +<p>Apresurando la marcha, sin hacer alto ni mirar hacia atrs, no tard en +oir a los lejos el rugido del mar. Esto le hizo aumentar la velocidad +an ms, y pronto lleg a una playa en donde las olas, muy grandes, se +deshacan sobre la arena dura, formando una larga faja de espuma, blanca +como la nieve. Sin embargo, a un extremo de la playa haba un sitio +agradable, en donde unos cuantos arbustos verdes trepaban sobre un +peasco, haciendo que su roquiza superficie pareciera blanda y bella. +Una alfombra de verde hierba, profusamente mezclada con trbol oloroso, +cubra el estrecho espacio comprendido entre la base del peasco y el +mar. Y qu pudo vislumbrar Hrcules all? Pues vi a un hombre viejo, +profundamente dormido.<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span></p> + +<p>Pero, era real y verdaderamente un hombre viejo? Cierto que a primera +vista lo pareca; pero despus de un examen detenido, semejaba ms bien +alguna especie de criatura marina. Sus piernas y sus brazos tenan +escama como la de los peces; tena las manos y los pies membranosos, a +la manera de los patos, y su luenga barba, de tinte verdoso, ms pareca +un puado de algas que una barba ordinaria. No habis visto nunca un +leo que ha sido azotado por las olas mucho tiempo, y se ha cubierto +enteramente de conchas y de algas, y que al fin, cuando se le saca a +tierra, parece haber surgido de los ms profundos senos del mar? Bueno; +pues a aquel hombre anciano le hubierais tomado ni ms ni menos que por +un leo as. Pero Hrcules, en cuanto puso los ojos sobre aquella +extraa figura, se convenci de que no poda ser ms que el Viejo, el +que haba de indicarle su camino.</p> + +<p>S: era el mismsimo Viejo del Mar, de quien le haban hablado las +hospitalarias jovencitas. Dando gracias a su estrella por la buena +suerte de encontrarle dormido, Hrcules fu hacia l de puntillas y le +cogi de un brazo y de una pierna.</p> + +<p>—Dime—exclam antes de que el Viejo se despertase del todo—, por +dnde se va al jardn de las Hesprides?<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span></p> + +<p>Como os podis figurar fcilmente, el Viejo del Mar se despert +asustado. Pero su asombro apenas pudo ser mayor que el que tuvo Hrcules +en el momento siguiente. Porque, de pronto, pareci que el Viejo se le +deshaca entre los dedos, y en su lugar se encontr sujetando a un +ciervo por una pata trasera y otra delantera. Pero sigui apretando. +Entonces desapareci el ciervo, y en su lugar haba un ave marina que +chillaba y aleteaba, mientras Hrcules le apretaba un ala y una pata. +Pero el ave no pudo escaparse. Inmediatamente despus haba un horroroso +perro de tres cabezas, que gru y ladr a Hrcules, y mordi fieramente +las manos con que le sujetaba. Pero Hrcules no le solt. Al minuto +siguiente, en vez del perro de las tres cabezas, apareci nada menos que +Gerin, el hombre-monstruo de las seis piernas, dando puntapis a +Hrcules con cinco de ellas, para ver de libertar la otra. Pero Hrcules +sigui sujetando fuerte. En seguida, no estaba all Gerin, sino una +serpiente inmensa, como aquellas que Hrcules haba estrangulado en su +niez, slo que cien veces ms grande; se retorci y se enlaz alrededor +del cuello y del cuerpo del hroe, y sacudi su cola erguida y abri sus +espantosas fauces como para devorarle de un bocado. De manera que el +espectculo era de lo ms terrible. Pero Hrcules no se<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> desanim ni +pizca, y estruj la grandsima sierpe con tanta fuerza, que la hizo +silbar de dolor.</p> + +<p>Habis de saber que el Viejo del Mar, aunque generalmente se pareca +muchsimo al mascarn de proa de un barco azotado por las olas, tena el +poder de tomar cualquier forma que se le antojase. Cuando se sinti tan +fuertemente cogido por Hrcules, tuvo la esperanza de producirle +sorpresa y terror tales, con sus transformaciones mgicas, que el hroe +le dejara escapar. Si Hrcules hubiera aflojado un poco, el Viejo habra +ido a hundirse en el mismo fondo del mar, de donde no se hubiera +molestado en salir para contestar preguntas impertinentes. Supongo yo +que noventa y nueve personas de cada ciento se habran asustado hasta +perder la cabeza, con la primera de sus horribles figuras, y habran +echado a correr en seguidita. Porque una de las cosas ms difciles en +este mundo es comprender la diferencia entre los peligros reales y los +imaginarios.</p> + +<p>Pero como Hrcules le sujetaba tan tercamente y no haca sino estrujarle +ms a cada cambio de forma, hacindole, en realidad, no poco dao, acab +por pensar que lo mejor sera reaparecer en su propia figura. Y as de +nuevo se mostr aquel personaje, algo pez escamoso, con membranas en +pies y manos y con una especie de mechn de algas en la barba.<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span></p> + +<p>—Haz el favor de decirme qu quieres de m—exclam el Viejo en cuanto +pudo tomar aliento, porque el cambiar tantas veces de figura era tarea +muy fatigosa—. Por qu me aprietas tan fuerte? Djame al momento, o me +hars pensar que eres una persona sumamente incivil.</p> + +<p>—Me llamo Hrcules—dijo con voz bronca el poderoso forastero—, y no +te soltar si no me dices cul es el camino ms derecho para ir al +jardn de las Hesprides!</p> + +<p>Cuando el Viejo oy quin era el que le haba cogido, comprendi al +instante que sera preciso decirle todo lo que necesitaba saber. Tened +presente que el Viejo era habitante del mar y correteaba por todas +partes, como toda la gente marina. Por de contado, haba odo hablar +muchas veces de la fama de Hrcules, de las hazaas maravillosas que +estaba realizando a cada paso y de lo decidido que era siempre para +llevar a trmino cosa que emprendiera. Por tanto, no hizo ya ms +esfuerzos por escapar, y dijo al hroe cmo poda encontrar el jardn de +las Hesprides, y le advirti, adems, cules eran las muchas +dificultades que habra de vencer antes de llegar a l.</p> + +<p>—Tienes que ir por aqu, por all—dijo el Viejo del Mar despus de +marcar los rumbos—, hasta que llegues a la vista de un gigante muy<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span> +alto que sostiene los cielos sobre sus hombros. Y el gigante, si es que +est de humor, te dir exactamente dnde se encuentra el jardn de las +Hesprides.</p> + +<p>—Y si por casualidad el gigante no est de humor—observ Hrcules +balanceando su maza en la punta de un dedo—, es muy posible que +encuentre yo manera de convencerle.</p> + +<p>Dando las gracias al Viejo del Mar y pidindole perdn por haberle +estrujado tan rudamente, emprendi de nuevo la marcha nuestro hroe. Le +ocurrieron muchas y extraas aventuras, que valdran muy bien la pena de +que las escucharais, si yo tuviera tiempo de narrarlas tan +detalladamente como merecen.</p> + +<p>En este viaje fu, si no me equivoco, donde encontr a aquel prodigioso +gigante, concertado por la Naturaleza de tan admirable manera, que cada +vez que tocaba la tierra se haca diez veces ms fuerte que antes de +caer. Se llamaba Anteo. Fcilmente comprenderis que era cosa muy +difcil pelear con l, porque en cuanto se le derribaba a tierra de un +golpe, se levantaba de nuevo ms fuerte, ms fiero, ms diestro para +manejar sus armas, que si el enemigo le hubiera dejado en paz. As, +cuanto ms fuerte golpeaba Hrcules al gigante con su maza, ms lejos +pareca de alcanzar la victoria. Yo he discutido algunas veces con +personas as, pero<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> nunca me he peleado con ninguna. El nico medio que +encontr Hrcules para poner fin al combate fu el de levantar a Anteo, +sostenindole con los pies separados del suelo, y estrujarle, estrujarle +y estrujarle hasta que le sac toda la resistencia del enorme cuerpo.</p> + +<p>Terminado este asunto, prosigui Hrcules su viaje y lleg a tierras de +Egipto, en donde le cogieron prisionero, y le habran quitado la vida, +de no haber matado al rey del pas, escapando de ese modo. Cruz luego +los desiertos de frica, y marchando lo ms aprisa que pudo, lleg por +fin a la orilla del gran Ocano. Y all, a menos que pudiera andar sobre +las crestas de las olas, pareca que su viaje tena que darse por +concludo.</p> + +<p>Nada haba delante de l, salvo el Ocano espumante, impetuoso, inmenso; +pero de pronto, al mirar hacia el horizonte, vi a mucha distancia algo +que no se vea un momento antes. Reluca con gran brillo, casi como el +redondo y dorado disco del sol cuando se alza o se pone tras el borde +del mundo. Se iba acercando evidentemente, porque a cada momento aquel +objeto maravilloso se haca ms grande y ms brillante. Al cabo se +acerc tanto, que Hrcules reconoci que era una inmensa copa o un tazn +enorme, hecho o de oro o de bronce pulido. Cmo poda flotar sobre el +mar, es cosa que yo<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> no s explicaros; pero, de todos modos, all estaba +balancendose sobre las olas tumultuosas, que lo mecan a un lado y a +otro, levantando sus crestas espumantes contra las paredes, pero sin +hacer pasar nunca la espuma por encima del borde.</p> + +<p>—He visto muchos gigantes en mi vida—pens Hrcules—, pero ninguno +que para beber necesitara copa como sta.</p> + +<p>Y, verdaderamente, vaya una copa que hubiera sido! Era tan grande... +tan grande... Me asusta deciros lo inmensamente grande que era! Para +compararla con algo, os dir que era diez veces mayor que una gran +piedra de molino, y siendo toda de metal, flotaba sobre las olas +embravecidas ms ligera que una cscara de nuez en las aguas de un +arroyo. Las olas la empujaron hacia adelante, hasta que roz la orilla a +corta distancia del sitio en donde estaba Hrcules.</p> + +<p>Tan pronto como sucedi esto, comprendi lo que haba de hacer: que no +le haban ocurrido tantas aventuras notables para no aprender +perfectsimamente cmo haba de conducirse cuando sucediera algo que se +apartara de lo acostumbrado. Era claro como la luz del da que aquella +copa maravillosa haba sido enviada sobre las olas por algn poder +oculto, y guiada hasta all a fin de llevar a Hrcules a<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> travs del +mar, siguiendo su ruta hacia el jardn de las Hesprides. En +consecuencia, sin perder momento salt por encima del borde y se desliz +hasta el fondo, en donde, extendiendo su piel de len, se dispuso a +reposar un poquito. Hasta entonces, apenas si haba descansado desde que +se despidi de las jovencitas a la orilla del ro. Las olas se +estrellaban, con agradable y metlico sonido, contra la superficie de la +cncava copa; la bamboleaban ligeramente de un lado para otro, y el +movimiento era tan suave, que Hrcules, blandamente mecido, cay pronto +en un sueo delicioso.</p> + +<p>Llevaba ya mucho tiempo de siesta, probablemente, cuando la copa acert +a tropezar contra una roca, y en consecuencia reson y repercuti, a +travs de su substancia de oro o de bronce, cien veces ms fuerte que la +mayor campana de iglesia que hayis podido oir. Al ruido despert +Hrcules, que inmediatamente se levant y examin el lugar en que se +hallaba. No tard mucho en reconocer que la copa haba flotado a travs +de gran parte del mar, y estaba acercndose a la costa de lo que le +pareci ser una isla. Y en aquella isla, qu pensaris que vi?</p> + +<p>No, no lograris jams adivinarlo, ni aun cuando lo intentis cincuenta +mil veces. Creo positivamente que aqul fu el ms admirable<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> +espectculo de cuantos haba visto Hrcules en todo el curso de sus +maravillosos viajes y aventuras. Era una maravilla ms grande que la +hidra de las nueve cabezas, que se duplicaban a medida que las iban +cortando; ms grande que el hombre-monstruo de las seis piernas; ms +grande que Anteo; ms grande que todo lo que haya podido ver nadie antes +o despus de los das de Hrcules, y que cualquier cosa que haya an de +ser vista por los viajeros de los tiempos futuros. Era un gigante!</p> + +<p>Pero, qu gigante ms intolerablemente enorme! Un gigante alto como una +montaa; un gigante tan grande, que las nubes rodeaban su talle como un +cinturn y pendan de sus mejillas como una barba blanca, y volaban por +delante de sus ojos inmensos, de modo que no le dejaban ver ni a +Hrcules ni a la copa de oro en que viajaba. Y lo ms maravilloso de +todo era que el gigante tena levantadas sus grandes manos, y pareca +sostener el cielo, que segn pudo entrever Hrcules a travs de las +nubes, se apoyaba sobre su cabeza. Realmente, esto parece demasiado para +creerlo.</p> + +<p>Mientras tanto, la copa resplandeciente segua flotando y avanzando +hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barri las nubes que +ocultaban la cara del gigante, y Hrcules contempl sus enormes +facciones: ojos que</p> + +<div class="figcenter" style="width: 336px;"> +<a href="images/illus-160a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-160a_sml.jpg" width="336" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> </p> + +<p class="nind">parecan lagos, nariz de una milla de largo y boca de igual anchura. Con +su enormidad de tamao tena un terrible aspecto, pero desconsolado y +fatigado, como le podemos observar ahora en muchas personas obligadas a +sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para +el gigante, son los cuidados de la tierra para los que se dejan aplastar +por ellos. Cuntas veces acometen los hombres ms de lo que permiten +sus facultades, y encuentran su perdicin, como al pobre gigante le +haba ocurrido!</p> + +<p>Pobre hombre! Evidentemente llevaba all una larga temporada. Una selva +espesa haba crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de +seis o siete siglos haban brotado y arraigado entre sus dedos.</p> + +<p>El gigante mir entonces hacia abajo desde la remota altura de sus ojos +enormes, y divisando a Hrcules, grit con voz que pareca un trueno +salido de la nube que acababa de quitarse de delante de su cara:</p> + +<p>—Quin anda ah entre mis pies? De dnde vienes en esa tacita?</p> + +<p>—Soy Hrcules!—tron el hroe con voz tan fuerte o poco menos como la +del gigante—. Voy en busca del jardn de las Hesprides.</p> + +<p>—Oh! Oh!—rugi el gigante en un acceso<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> de risa inmenso—. Si que es +una aventura prudente.</p> + +<p>—Y por qu no?—exclam Hrcules, un tanto enojado por la hilaridad +del gigante—. Piensas que tengo miedo al dragn de las cien cabezas?</p> + +<p>Mientras estaban hablando, se reunieron unas cuantas nubes negras +alrededor de la cintura del gigante y estall una tormenta de truenos y +relmpagos, causando tal estrpito, que Hrcules no pudo entender ni +palabra. nicamente se vean las piernas inmensas del gigante bajo la +negrura de la tempestad, y de cuando en cuando apareca momentneamente +su figura entera envuelta en la niebla. Pareca estar hablando la mayor +parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confunda con +el retumbar de los truenos, e iba, como ellos, rodando sobre las +montaas. De ese modo, hablando fuera de oportunidad, el aturdido +gigante malgast intilmente cantidad incalculable de aliento, porque el +trueno hablaba tan alto como l.</p> + +<p>Al fin ces la tempestad tan sbitamente como haba empezado. De nuevo +pudo verse el cielo sereno, y al fatigado gigante sostenindolo, y la +luz del sol irradiando sobre su colosal altura, iluminndole y +hacindole destacarse sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> ya +lejanas. Tan por encima del chaparrn haba quedado su cabeza, que ni un +solo cabello se le haba mojado con la lluvia.</p> + +<p>Cuando el gigante pudo ver a Hrcules, en pie todava a la orilla del +mar, le grit de nuevo:</p> + +<p>—Yo soy Atlas, el gigante ms fuerte del mundo, y sostengo el cielo +sobre mi cabeza.</p> + +<p>—Ya lo veo—contest Hrcules—; pero, no puedes ensearme el camino +del jardn de las Hesprides?</p> + +<p>—Qu buscas all?—pregunt el gigante.</p> + +<p>—Quiero tres manzanas de oro—grit Hrcules—para mi primo, el rey.</p> + +<p>—Nadie ms que yo—afirm el gigante—puede ir al jardn de las +Hesprides y coger las manzanas de oro. Si no fuera por este encarguito +de sostener el cielo, dara media docena de zancadas a travs del mar y +te las traera.</p> + +<p>—Eres muy amable—replic Hrcules—. Y no puedes dejar el cielo +apoyado sobre una montaa?</p> + +<p>—No hay ninguna de bastante altura—dijo Atlas, moviendo la cabeza—; +pero si fueras a ponerte en la cima de esa que est ms cerca, quedara +tu cabeza casi a nivel con la ma. Pareces ser muchacho forzudo. Por +qu no tomas mi carga sobre tus hombros, mientras yo hago ese recado por +ti?<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span></p> + +<p>Hrcules, segn recordaris, era un hombre notablemente vigoroso, y +aunque el sostener el cielo requiere gran dosis de fuerza muscular, si +algn mortal haba a quien pudiera suponerse capaz de semejante hazaa, +era l. Sin embargo, tan difcil pareca aqullo, que vacil por vez +primera en su vida.</p> + +<p>—Pesa mucho el cielo?—pregunt.</p> + +<p>—Bah! No gran cosa, al principio—respondi el gigante encogiendo los +hombros—; pero al cabo de un millar de aos, se hace un poquito pesado.</p> + +<p>—Y cunto tiempo tardars—pregunt el hroe—en traerme las manzanas +de oro?</p> + +<p>—Oh! Eso es cosa de un momento—exclam Atlas—; salvar doce o quince +leguas de cada paso, e ir y volver antes de que empiecen a dolerte los +hombros.</p> + +<p>—Entonces, bueno—respondi Hrcules—. Subir a la montaa que hay +detrs de ti y te librar de tu carga.</p> + +<p>La verdad es que Hrcules era muy compasivo de suyo, y consider que +hara un gran favor al gigante proporcionndole aquella oportunidad de +hacer una escapatoria. Adems, pens que si lograba sostener el cielo, +alcanzara ms gloria que realizando hazaa tan corriente como vencer a +un dragn de cien cabezas. En consecuencia, sin decir ms palabra, +Hrcules levant<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> el cielo de las espaldas de Atlas y lo puso sobre las +suyas.</p> + +<p>Cuando qued ultimado el trueque sin novedad, lo primero que hizo el +gigante fu desperezarse, y os podis figurar qu prodigioso espectculo +sera. Primero, con mucho cuidadito, sac un pie de la selva que haba +crecido alrededor; luego, el otro. Despus, de pronto, comenz a brincar +y a saltar y a bailar de alegra por verse libre. Se lanzaba al aire, +nadie sabe hasta qu altura, y al dar de nuevo en el suelo, era tan +grande el golpe, que toda la Tierra temblaba. Despus se ech a reir con +tal estruendo, que su carcajada repercuti de montaa en montaa, cerca +y lejos, como si el gigante y ellas fueran otros tantos hermanos +regocijados. Cuando se calm un poco su alegra, ech a andar por el +mar; diez leguas avanz del primer paso, llegndole el agua a media +pierna; diez leguas del segundo, con el agua justamente a las rodillas, +y otras diez leguas del tercero, con lo cual iba sumergido hasta cerca +de la cintura.</p> + +<p>Hrcules miraba cmo iba avanzando el gigante. Realmente, era +maravilloso ver aquella inmensa forma humana a ms de treinta leguas, +medio sumergida en el Ocano, pero con su mitad superior tan alta, +brumosa y azulada como una montaa lejana. Al cabo, la forma<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> gigantesca +se perdi enteramente de vista, y entonces fu cuando se puso Hrcules a +considerar qu hara en el caso de que Atlas se ahogara en el mar o +fuera muerto a dentelladas por el dragn de las cien cabezas que +guardaba las manzanas de oro del jardn de las Hesprides. Si ocurra +tal desgracia, cmo podra llegar a desembarazarse del cielo? Porque, +entre parntesis, ya comenzaba su peso a ser un poquito molesto para su +cabeza y sus hombros.</p> + +<p>—Compadezco al pobre gigante—pens Hrcules—. Si el cielo me pesa +tanto en diez minutos, cunto no le habr pesado a l en mil aos!</p> + +<p>Oh, hijitos!... No tenis idea de lo que pesaba ese cielo azul que tan +areo y tenue parece sobre nuestras cabezas. Y hay que tener en cuenta, +adems, el viento impetuoso y las fras y hmedas nubes, y el sol +abrasador, todo lo cual contribua a que Hrcules se encontrara +incmodo. Comenz a temer que el gigante no volviera nunca. Mir +atentamente el mundo que tena debajo, y reconoci que se era mucho ms +feliz siendo pastor al pie de una montaa, que estando en su cumbre +vertiginosa sosteniendo el firmamento con cuerpo y alma. Porque, segn +comprenderis, desde luego tena Hrcules tan inmensa responsabilidad +sobre su conciencia como peso sobre la cabeza y los<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> hombros; porque, si +no mantena perfectamente firme al cielo, y no le conservaba inmvil, +podra ocurrir que el sol se desquiciase, o que, despus de anochecer, +se salieran muchas estrellas de su sitio y cayeran como lluvia de fuego +sobre la cabeza de las gentes. Y qu vergenza para el hroe si, por no +aguantar firme el peso, cruja el cielo y se rajaba de punta a punta!</p> + +<p>No s cunto tiempo hubo de pasar antes de que, con alegra indecible, +viera de nuevo la inmensa forma del gigante, como una nube, en el remoto +lmite del mar. Cuando se acerc, alz Atlas la mano, y Hrcules pudo +distinguir tres magnficas manzanas de oro, grandes como calabazas, +pendientes todas de una rama.</p> + +<p>—Me alegro de volverte a ver—grit Hrcules, cuando el gigante estuvo +suficientemente cerca para oirle—. De modo que traes las manzanas de +oro?</p> + +<p>—Claro, claro—respondi Atlas—. Y qu hermosas son! He cogido las +mejores que haba en el rbol; puedes creerme, s, y el dragn de las +cien cabezas es cosa digna de verse. Despus de todo, mejor sera que +hubieras ido t mismo a buscarlas.</p> + +<p>—No importa—replic Hrcules—. Has hecho una excursin agradable y +arreglado el asunto tan bien como hubiera podido hacerlo<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span> yo mismo. Te +doy las gracias muy de veras por tu molestia. Y ahora, como he de ir +lejos y tengo prisa, porque el rey, mi primo, est impaciente por +recibir las manzanas de oro, tendrs la amabilidad de volver a coger el +cielo y quitarle de encima de mis hombros?</p> + +<p>—En eso—dijo el gigante tirando al aire las manzanas a veinte leguas +de altura o cosa as, y cogindolas cuando caan—, en eso me parece, mi +buen amigo, que eres poco razonable. No podra llevar yo las manzanas +de oro al rey, tu primo, mucho ms de prisa que t? Ya que Su Majestad +tiene tanto afn por recibirlas, yo te prometo dar las zancadas ms +largas que pueda. Y adems, que no tengo humor de cargar ahora mismo con +el cielo otra vez.</p> + +<p>Al oir esto se impacient Hrcules, e hizo un gran movimiento de +hombros. Era durante el crepsculo, y hubierais podido ver caer de su +sitio dos o tres estrellas. Todo el mundo, en la Tierra, mir hacia +arriba asustado, pensando si el cielo se caera inmediatamente despus.</p> + +<p>—Qu es eso?—grit el gigante Atlas riendo estrepitosamente—. En los +ltimos cinco siglos no he dejado yo caer tantas estrellas. Cuando +lleves ah tanto tiempo como he estado yo, aprenders a tener calma.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p> + +<p>—Cmo!—grit Hrcules muy rabioso—. Te propones hacerme sostener +esta carga toda la vida?</p> + +<p>—Eso lo veremos un da de stos—respondi el gigante—. Y, en todo +caso, no debes quejarte si tienes que aguantarla cien aos o mil. Mucho +ms tiempo la he sostenido yo, a pesar del dolor de espaldas. Si al cabo +de mil aos me da la humorada, muy bien puede suceder que venga a +relevarte. Eres hombre muy fuerte, y nunca tendrs mejor ocasin de +demostrarlo. La posteridad hablar de ti, te lo aseguro.</p> + +<p>—Me importa un rbano que hable o no hable!—exclam Hrcules con otra +sacudida de hombros—. Sostn el cielo un instante con la cabeza, +quieres? Voy a hacerme una almohadilla con mi piel de len, para apoyar +el peso encima. Realmente me est despellejando, y me causara una +molestia innecesaria en tantos siglos como he de estar aqu.</p> + +<p>—Eso s lo har—dijo el gigante, que no quera mal a Hrcules, y si se +portaba de tal manera lo haca slo por buscar, con demasiado egosmo, +su propia conveniencia—. Consiento en sostener otra vez el cielo, cinco +minutos justos; pero cinco minutos nada ms, acurdate bien. No tengo +ganas de pasar otros mil aos como estos ltimos. La variedad es la sal +de la vida.<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span></p> + +<p>Ah, y qu torpe era aquel gigante! Ech a rodar las ureas manzanas, y +recibi otra vez el cielo de la cabeza y las espaldas de Hrcules sobre +las suyas, que eran las que deban sostenerle. Hrcules recogi las tres +manzanas de oro, grandes como calabazas, o ms, y se fu derechito hacia +su casa, sin prestar la ms pequea atencin a las desaforadas voces que +le daba el gigante, gritndole que volviera. Alrededor de sus pies +creci una nueva selva, y se hizo vieja all, y otra vez pudieron verse +robles de cinco o seis siglos, que se haban hecho aosos entre sus +enormes dedos.</p> + +<p>Y all est el gigante an, o por lo menos all hay una montaa tan alta +como l y que lleva su nombre. Y cuando el trueno retumba en la cima, +podemos figurarnos que es la voz del gigante Atlas, que en vano llama a +Hrcules.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 166px;"> +<a href="images/illus-170_lg.jpg"> +<img src="images/illus-170_sml.jpg" width="166" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 277px;"> +<a href="images/illus-171_lg.jpg"> +<img src="images/illus-171_sml.jpg" width="277" height="121" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>AL AMOR DE LA LUMBRE</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">P</span><span class="smcap">rimo</span> Eustaquio—pregunt Trbol, que durante todo el cuento haba +estado sentado a los pies del narrador con la boca abierta—, qu +altura exacta tena el gigante?</p> + +<p>—Oh, Trbol, Trbol!—exclam el estudiante—. Te figuras que estaba +yo all con la vara en la mano para medirle? En fin, si quieres saberlo, +poco ms o menos, supongo que deba tener de tres a quince millas de +alto.</p> + +<p>—Dios mo—dijo el nio con un gruido de satisfaccin—, eso es ser +gigante de veras! Y qu largo tena el dedo meique?</p> + +<p>—Desde esta casa al lago—dijo Eustaquio.</p> + +<p>—Eso es ser gigante de veras!—repiti Trbol, en xtasis ante la +precisin de las medidas—. Y qu anchura tendran los hombros de +Hrcules?<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span></p> + +<p>—Eso no lo he podido averiguar nunca—respondi el estudiante—. Pero +me figuro que deban ser un poco ms anchos que los mos o que los de tu +padre, y en general un poco ms que los de cualquier hombre de los de +ahora.</p> + +<p>—Quisiera—murmur Trbol, acercando sus labios al odo del +estudiante—que me dijeras qu tamao tenan las encinas que brotaron +entre los dedos del gigante.</p> + +<p>—Eran ms grandes—dijo Eustaquio—que el castao que hay delante de la +casa del capitn Smith.</p> + +<p>—Eustaquio—observ el seor Pringle, despus de un momento de +meditacin—, me es imposible expresar respecto de este cuento una +opinin que halague tu amor propio de autor. Te aconsejo que no vuelvas +a meterte con los mitos clsicos. Tu imaginacin es completamente +gtica, e inevitablemente dar un carcter gtico a todo lo que toques. +Lo cual es de tan mal efecto como embadurnar con pintura una estatua de +mrmol. Ese gigante! Cmo te has atrevido a intercalar esa masa +inmensa y desproporcionada entre los correctos perfiles de la fbula +griega, cuya tendencia es reducir a lmite hasta lo extravagante, a +fuerza de dominadora elegancia?</p> + +<p>—He descrito al gigante como me ha parecido—respondi Eustaquio un +poco molesto<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span>—. Y si usted, seor, quiere tomarse el trabajo de poner +su entendimiento en relacin con esas fbulas, como es de necesidad si +ha de modelarlas usted de nuevo, ver usted, sin duda, que un griego +antiguo no tena ms derecho sobre ellas que un yanqui moderno. Son +propiedad comn del mundo, y en todos los tiempos. Los antiguos poetas +las amoldaron a su gusto, y ellas cedieron entre sus manos con su +plasticidad maravillosa. Por qu no han de ceder tambin entre las +mas?</p> + +<p>El seor Pringle no pudo contener una sonrisa.</p> + +<p>—Y adems—continu Eustaquio—, en el momento en que pone usted en un +molde clsico algo que sea calor de corazn, pasin o afecto, moralidad +divina o humana, lo convierte usted en algo completamente distinto de lo +que fu antes. Mi opinin es que los griegos, al tomar posesin de estas +leyendas, que fueron patrimonio inmemorial de la Humanidad, y ponerlas +en forma de belleza, indestructible, es cierto, pero fra y sin corazn, +han hecho a todos los siglos subsiguientes un dao irreparable.</p> + +<p>—Que t, sin duda, has nacido para remediar—dijo el seor Pringle, +echndose a reir—. Est bien; sigue, sigue, pero sigue tambin mi +consejo, y no imprimas nunca ninguna de tus historias vestidas de +mscara. Y para tu prximo<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> esfuerzo, por qu no intentas renovar +alguna de las leyendas de Apolo?</p> + +<p>—Ah, seor mo! Me lo propone usted como si fuera un +imposible—observ el estudiante despus de un momento de reflexin—. Y +a decir verdad, a primera vista, la idea de un Apolo gtico parece un +tanto descabellada; pero aprovechar la indicacin, y no desespero de +hacer algo que valga la pena.</p> + +<p>Durante la discusin precedente, los nios, que no entendieron palabra +de ella, se haban ido quedando dormidos, y ahora los mandaron a la +cama. Se oan sus vocecillas soolientas, mientras iban subiendo la +escalera, y un viento Noroeste ruga speramente entre las copas de los +rboles y cantaba antfonas en torno a la casa. Eustaquio Bright se +volvi al despacho, y de nuevo intent forjar unos cuantos versos, pero +se qued dormido entre dos rimas.</p> + +<div class="figcenter" style="width: 136px;"> +<a href="images/illus-174_lg.jpg"> +<img src="images/illus-174_sml.jpg" width="136" height="113" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span></p> + +<h2><a name="EL_CANTARO_MILAGROSO" id="EL_CANTARO_MILAGROSO"></a>EL CNTARO MILAGROSO</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 281px;"> +<a href="images/illus-177_lg.jpg"> +<img src="images/illus-177_sml.jpg" width="281" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA" id="EN_LA_VERTIENTE_DE_LA_COLINA"></a>EN LA VERTIENTE DE LA COLINA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">D</span><span class="smcap">nde</span> y cmo piensan ustedes que volvemos a encontrar a los nios? No +ya en invierno, sino en el alegre mes de Mayo. No ya en el cuarto de +juegos de Tanglewood, ni junto a la lumbre, sino a media vertiente de +una monstruosa colina o ms bien montaa, porque acaso montaa nos +podamos atrever a llamarla. Haban subido de casa con el valeroso +propsito de subir esta alta colina hasta la misma pelada cumbre. Claro +que no era tan alta como el Chimborazo o el Mont-Blanc. Pero, de todos +modos, era ms alta que miles de collados o que millones de toperas. Y +medida en relacin de los pasos cortos de los nios pequeos, se la +poda considerar como montaa verdaderamente respetable.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p> + +<p>Iba con ellos el primo Eustaquio? De eso pueden ustedes estar seguros; +porque, a no ser as, cmo iba el libro a adelantar un solo paso? +Estaba ahora en sus vacaciones de primavera, tena prximante el mismo +aspecto que cuando le vimos hace cuatro o cinco meses, excepto que si se +le miraba muy de cerca, se poda advertir sobre el labio superior un +asomo de bigote sumamente cmico. Dejando aparte esta seal de madura +virilidad, pueden ustedes seguir considerando a Eustaquio tan chiquillo +como cuando le conocieron por vez primera. Segua tan alegre, tan +divertido, tan de buen humor, tan ligero de pies y de ingenio, y +continuaba siendo el favorito de los pequeuelos, como lo haba sido +siempre. Esta expedicin a la montaa era por completo idea suya. Y +durante todo el camino cuesta arriba, haba ido animando a los mayores +con su alegre voz; y cuando los pequeos se cansaban, los llevaba a +cuestas por turno. De este modo haban pasado ya los huertos y los +pastos de la parte baja de la colina, y haban llegado al bosque que +trepa hacia la cumbre pelada.</p> + +<p>El mes de Mayo se haba portado esta vez mejor que de costumbre, y era +el da ms agradable que pudiera desear un corazn de hombre o de nio. +Monte arriba, la gente menuda iba encontrando infinidad de violetas, +azules, y blancas, y algunas tan doradas como si las<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> hubiese tocado el +mismo Midas. Las margaritas blancas cubran las praderas. En el linde +del bosque haba columbinas rojo plido, tan modestas que a toda costa +queran esconderse del sol, y geranios silvestres, y las mil flores +blancas del fresal silvestre...</p> + +<p>Pero no malgastemos nuestras valiosas pginas en hablar tontamente de la +primavera y de sus flores. Hay algo, me parece, ms interesante de que +tratar. Si miris al grupo de nios, veris que estn todos reunidos en +torno de Eustaquio, el cual, sentado en el tronco de un rbol cado, +parece estar a punto de empezar un cuento. El caso es que los ms +jvenes de la tropa han encontrado que hacen falta demasiados pasos para +medir la altura de la colina, y por lo tanto, el primo Eustaquio ha +decidido dejarles en este mismo sitio, a mitad de camino, esperando a +que el grupo de mayores termine la ascensin y vuelva a buscarles. Y +como se quejan un poco, porque no les gusta que les dejen atrs, les +reparte unas cuantas manzanas que saca del bolsillo, y les propone +contarles un cuento muy bonito. Con lo cual vuelven a alegrarse, y +cambian sus miradas ofendidas en la ms radiante de las sonrisas.</p> + +<p>En cuanto al cuento, yo, que estaba escondido detrs de unas matas, le +pude oir, y os le contar en las pginas siguientes.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 171px;"> +<a href="images/illus-180_lg.jpg"> +<img src="images/illus-180_sml.jpg" width="171" height="129" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 280px;"> +<a href="images/illus-181_lg.jpg"> +<img src="images/illus-181_sml.jpg" width="280" height="125" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>EL CNTARO MILAGROSO</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemn y su mujer, Baucis, +tambin anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaa, disfrutando +la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya haban cenado frugalmente, y +queran pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de +su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la +pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color prpura. +Pero del pueblo prximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y +ladridos de perros, que cada vez iban siendo ms fuertes; tanto, que +Filemn y Baucis apenas podan entenderse.</p> + +<p>—Mujer—dijo Filemn—, temo que algn pobre viajero venga buscando +hospitalidad, y<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y +posada, hayan soltado contra l los perros, como acostumbran.</p> + +<p>—S—respondi Baucis—. Ya podan nuestros vecinos tener un poco ms +de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos +sentimientos, animndoles a tirar piedras a los forasteros.</p> + +<p>—Estos nios nunca harn nada bueno—dijo Filemn moviendo la cabeza ya +blanca—. A decir verdad, esposa ma, no me sorprender que el da menos +pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no +se enmiendan. Pero t y yo, mientras la Providencia nos d un pedazo de +pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que +lo necesite.</p> + +<p>—Es verdad—dijo Baucis—. As lo haremos.</p> + +<p>Estos dos viejos eran muy pobres y tenan que trabajar mucho para vivir. +Filemn cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba +siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con +la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consista casi +siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su +colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las +mejores del mundo, y con alegra<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> se hubiesen quedado alguna vez sin +comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche +recin ordeada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase +por su puerta. Les pareca que tales huspedes tenan una especie de +santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a +s mismos.</p> + +<p>La cabaa estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yaca +en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos +pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente haba sido el lecho de +un lago. All haban vivido peces, y en las orillas haban crecido +juncos, y los rboles y las colinas haban visto reflejada su imagen en +el ancho y pacfico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los +hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre l; de modo que a +la sazn era un terreno frtil y no quedaban ms huellas del antiguo +lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y +surta de agua a los habitantes... Tanto tiempo haca que el valle era +terreno seco, que haban nacido en l rboles, haban crecido robustos, +se haban muerto de viejos y haban sido sustitudos por otros que ya +eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle +ms hermoso ni ms frtil. Slo la vista de la abundancia<span class="pagenum"> +<a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> que les +rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos, +dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus +semejantes.</p> + +<p>Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran +dignos de vivir en lugar sobre el cual haba sonredo el cielo con tal +benevolencia. Eran egostas y duros de corazn, no tenan lstima de los +pobres ni simpata hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho +que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los dems hombres, +porque ese es el nico modo de pagar el amor que a todos nos tiene la +Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costar creer lo que +voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseaban a sus hijos a ser +peores que ellos, y aplaudan para animarlos, viendo a los nios y a las +nias correr detrs de algn forastero pobre, dando gritos y tirndole +piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se +atreva a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguan, +ladrando y enseando los dientes. Luego, si podan, le mordan una +pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el +pueblo, cuando sala de l era una pura lstima. Cosa terrible para los +pobres caminantes, como podris suponer, especialmente cuando acertaban +a estar enfermos</p> + +<div class="figcenter" style="width: 327px;"> +<a href="images/illus-184b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-184b_sml.jpg" width="327" height="503" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 320px;"> +<a href="images/illus-184c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-184c_sml.jpg" width="320" height="500" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> </p> + +<p class="nind">o dbiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si saban ya de antes +el modo de portarse que tenan aquellos nios y aquellos perros) eran +capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.</p> + +<p>Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por all algn viajero +que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas +acompandole, no haba gentes ms amables y obsequiosas que los +habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacan +profundas reverencias. Y si los nios chillaban por costumbre, de seguro +se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atreva a ladrar, su +amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual +hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se +preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el +bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en +el prncipe.</p> + +<p>Ahora podis comprender por qu el anciano Filemn y su mujer, Baucis, +hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les +llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.</p> + +<p>—Nunca he odo a los perros ladrar tan fuerte—observ el buen anciano.</p> + +<p>—Ni a los chiquillos gritar tanto—respondi su mujer.<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span></p> + +<p>Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez ms, hasta que al +pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron +a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguan de cerca, +ladrando. Un poco detrs vena corriendo multitud de chiquillos que +chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el +ms joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvi y +golpe a los perros con un bastn que llevaba en la mano. Su compaero, +que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los +chiquillos ni en los perros.</p> + +<p>Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y pareca que no tuviesen +dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche. +Por eso, sin duda, los del pueblo haban consentido a sus hijos y a sus +perros que les tratasen tan mal.</p> + +<p>—Vamos, mujer—dijo Filemn—, salgamos al encuentro de esas pobres +gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aqu.</p> + +<p>—Anda t—dijo la mujer—, mientras yo voy dentro y veo si encuentro +algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que +les sentara admirablemente.</p> + +<p>Diciendo esto, entr en la casa. Filemn, por su parte, se adelant y +alarg la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> +que, sin embargo, dijo con el tono ms amable que podis figuraros.</p> + +<p>—Bien venidos, seores forasteros, bien venidos!</p> + +<p>—Gracias—respondi el ms joven con tono jovial, a pesar de su +cansancio y su molestia—. ste es un recibimiento muy distinto del que +hemos encontrado en el pueblo. Cmo vives en tan mala vecindad?</p> + +<p>—Ah!—observ Filemn con tranquila y bondadosa sonrisa—, creo que la +Providencia me ha puesto aqu, entre otras razones, para que pueda +desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.</p> + +<p>—Bien dicho, viejo!—exclam el viajero echndose a reir—. Y a decir +verdad, desagravios necesitamos mi compaero y yo. Esos chiquillos, +grandsimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los +perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa. +Pero le he dado en el hocico con el bastn. Me figuro que le habris +odo aullar desde aqu.</p> + +<p>Filemn se alegr al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese +dicho, por su risueo aspecto y sus modales, que vena cansado por todo +un largo da de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que +encontr para fin de jornada. Iba vestido de modo ms bien extrao,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> y +llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalan a los lados. Aunque +era tarde de verano, llevaba capa y se envolva estrechamente en ella, +acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemn +le sorprendi tambin la forma extraa de sus zapatos; pero estaba +anocheciendo, y como el anciano tena ya la vista cansada, no pudo darse +cuenta exacta de en qu consista la rareza. Una cosa le intrigaba sobre +todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que +pareca como si los pies se le levantasen del suelo por s mismos y +tuviese que sujetarlos a la fuerza.</p> + +<p>—En mi juventud tena yo tambin los pies ligeros—dijo Filemn al +caminante—, pero recuerdo que al llegar la noche sola tenerlos un poco +cansados.</p> + +<p>—No hay nada como un buen bastn para aligerar el camino—respondi el +forastero—, y el mo es excelente, como puedes ver.</p> + +<p>El bastn, en efecto, era el ms extrao que Filemn haba visto en su +vida. Estaba hecho de madera de olivo y tena en el puo como un par de +alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcan en derredor +del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemn (cuyos +ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron +vivas.</p> + +<p>—Curioso trabajo, en verdad—dijo—. Un<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> bastn con alas! No hara mal +caballito de palo para un nio.</p> + +<p>Filemn y sus huspedes haban ya llegado a la puerta de la casa.</p> + +<p>—Amigos—dijo el viejo—, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer, +Baucis, ha ido a ver qu puede daros de comer. Somos pobres, pero +vuestro es todo lo que haya en la alacena.</p> + +<p>El ms joven de los viajeros se tendi descuidadamente en el banco y +dej caer el bastn. Y sucedi una cosa maravillosa. El bastn pareci +levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de +diminutas alas fu medio volando, medio saltando, a apoyarse en la +pared. All se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcan. Esto vi +Filemn; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacan ver visiones.</p> + +<p>Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de ms edad distrajo su +atencin del bastn, dicindole:</p> + +<p>—No haba aqu, en tiempos muy antiguos, un lago que cubra el lugar +donde ahora est la aldea?</p> + +<p>La voz del forastero era extraordinariamente grave.</p> + +<p>—No en mis das, amigo—respondi Filemn—, y eso que, como ves, soy +ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> y las mismas +praderas, y los rboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del +valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin +duda todo estar lo mismo cuando el viejo Filemn est ya muerto y +olvidado.</p> + +<p>—Eso ya no se puede asegurar—observ el forastero, y en su voz haba +severidad extraordinaria. Movi la cabeza, sacudiendo con el movimiento +su cabello negro y rizado—. Puesto que los habitantes de este valle han +olvidado los afectos y simpatas de su naturaleza, ms valdra que el +lago cayese de nuevo sobre sus moradas.</p> + +<p>El viajero pareca tan serio, que Filemn casi se asust; tanto ms, +cuanto que al fruncir l el ceo, el crepsculo pareci obscurecerse de +pronto, y cuando movi la cabeza son un trueno en el aire.</p> + +<p>Pero, un momento despus, el rostro del viajero volvi a ser tan amable +y bondadoso, que el anciano olvid su terror casi por completo. Sin +embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser +vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que +Filemn le tomase por algn prncipe disfrazado o cosa por el estilo; +ms bien crey que sera algn hombre muy sabio, que andaba por el mundo +en tan pobre atavo despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> +buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabidura. Esta +idea pareca ms probable, porque cuando Filemn alz los ojos hasta el +rostro del viajero, le pareci ver ms pensamiento en una sola mirada de +las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada +al estudio.</p> + +<p>Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron a +charlar con Filemn muy amablemente. El ms joven era +extraordinariamente locuaz, y haca observaciones tan agudas e +ingeniosas, que el buen hombre no poda menos de echarse a reir, y +pensaba que nunca haba tropezado con persona ms divertida.</p> + +<p>—Amigo—le pregunt, cuando ya fu tomando ms confianza—, cmo te +llamas?</p> + +<p>—Soy bastante vivo, como ves—respondi el viajero—; as es que puedes +llamarme Azogue; creo que el nombre no me estar mal.</p> + +<p>—Azogue?—repiti Filemn, mirando cara a cara al viajero, por ver si +se estaba burlando de l—. S que es nombre raro. Y tu compaero, +tambin tiene uno por el estilo?</p> + +<p>—Pregunta al trueno y te lo dir—respondi Mercurio misteriosamente—. +No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.</p> + +<p>Esta observacin, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a +Filemn, si al mirar<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> al forastero de ms edad no hubiese reparado en la +expresin extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la +figura ms grandiosa que haba visto nunca.</p> + +<p>Cuando hablaba, lo haca con gravedad y de tal modo, que Filemn se +senta irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tena en el +corazn. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran +con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo +el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.</p> + +<p>Pero Filemn, hombre sencillo y bondadoso, no tena muchos secretos que +descubrir. Habl, s, grrulamente, de los acontecimientos de su vida +pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel +lugar. Su mujer, Baucis, y l, haban vivido desde su juventud en +aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres, +pero siempre contentos. Dijo cun excelentes eran el queso y la manteca +que haca Baucis, y cun sabrosas las verduras que cultivaba l en el +huerto. Tambin dijo que por lo mucho que se queran, su nico deseo era +que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como haban +vivido. Cuando oy esto el forastero, una sonrisa ilumin su rostro, y +su expresin se hizo tan suave como grandiosa.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span></p> + +<p>—Eres un buen viejo—dijo a Filemn—y tienes una excelente mujer por +compaera. Justo es que se logre vuestro deseo.</p> + +<p>Y parecile a Filemn, precisamente entonces, como si las nubes de la +puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando +en fugitiva llama todo el cielo.</p> + +<p>Baucis haba preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenz a +disculparse por la pobreza de los manjares que poda ofrecer a sus +huspedes.</p> + +<p>—Si hubiramos sabido que venais—dijo—, mi marido y yo no hubisemos +probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado +casi toda la leche en hacer queso, y el ltimo pan casi nos le hemos +comido. Ay de m: nunca siento ser pobre, ms que cuando un necesitado +llama a mi puerta!</p> + +<p>—Todo se arreglar; no te apures, mujer—repuso el forastero de ms +edad, bondadosamente—. Un recibimiento honrado y cordial hace +maravillas y es capaz de convertir los manjares ms humildes en nctar y +ambrosa.</p> + +<p>—Recibimiento cordial s le tendris—exclam Baucis—, y adems un +poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de +prpura.</p> + +<p>—Pero, madre Baucis, eso es un festn!—exclam Azogue, rindose—. +Un festn completo!<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> Y ya vers qu bien represento yo mi papel de +invitado. Creo que en mi vida he tenido ms hambre!</p> + +<p>—Los dioses nos ayuden!—dijo por lo bajo Baucis a su marido—. Si +este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio +cenar!</p> + +<p>Todos entraron en la cabaa.</p> + +<p>Y ahora, oyentes mos, queris que os cuente algo que os har abrir los +ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas ms extraas de +toda esta historia. Recordaris que el bastn de Mercurio se haba +apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueo entr en +ella, dejndole olvidado, qu hizo el bastn? Abrir inmediatamente las +alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap +iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se qued quieto hasta que +lleg a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de +Azogue. El anciano Filemn y su mujer estaban tan atareados atendiendo a +sus huspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastn.</p> + +<p>Como Baucis haba dicho, la comida era escasa para dos caminantes +hambrientos. En medio de la mesa haba un trozo de pan negro con un +pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Haba un gran racimo +de uvas<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> para cada uno de los huspedes. Y un cantarillo de barro, casi +lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo +llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, slo +quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. Ay, es triste cosa +cuando un corazn generoso se encuentra apretado por la escasez! La +pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de +que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena +ms abundante.</p> + +<p>Y ya que la cena era tan escasa, no poda menos de desear que hubiesen +tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se +bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.</p> + +<p>—Un poco ms de leche, madre—dijo Azogue—. El da ha sido caluroso y +estoy sediento.</p> + +<p>—Ay de m!—respondi Baucis, confusa—. Me da tanta pena y tanta +vergenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cntaro una sola +gota. Ay, marido, marido!, por qu no nos habremos pasado sin cenar?</p> + +<p>—Me parece—dijo Azogue, levantndose y cogiendo el cantarillo por el +asa—, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro +hay ms leche en el cntaro.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span></p> + +<p>Diciendo esto, cul fu el asombro de Baucis, al ver que el viajero +llen no slo su tazn, sino el de su compaero, con leche del cntaro +que ella se figuraba estar casi vaco! La buena mujer apenas poda creer +lo que estaba viendo. Seguramente haba echado en los tazones casi toda +la leche, y haba visto la poca que en el fondo del cntaro quedaba, +antes de volverle a dejar encima de la mesa.</p> + +<p>—Como soy vieja—pens Baucis—, ya no veo tan bien como antes. Me +habr equivocado. De todos modos, ahora s que no puede menos de estar +vaco, despus de haber llenado dos veces los tazones.</p> + +<p>—Qu leche tan rica!—observ Azogue, despus de sorberse el segundo +tazn—. Perdn, excelente huspeda, si te pido un poquito ms.</p> + +<p>Baucis haba visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, haba +vuelto el cntaro completamente boca abajo, echando hasta la ltima gota +de leche al llenar el segundo tazn. Por lo tanto, no era posible que +quedase ms. Y para hacrselo comprender as, levant el cntaro e hizo +el movimiento de echar leche en el tazn de Azogue, sin la ms remota +esperanza de que cayese nada. Cul fu, por lo tanto, su sorpresa, +cuando cay en la taza tan abundante cascada, que el tazn se llen +inmediatamente<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> y la leche empez a correr por la mesa! Las dos +serpientes, que estaban enroscadas en el bastn de Azogue, alargaron la +cabeza y empezaron a lamer la leche que se haba vertido. Pero ni +Filemn ni Baucis repararon en esta circunstancia.</p> + +<p>Y qu deliciosa fragancia tena! Pareca como si las vacas de Filemn +hubiesen pastado aquel da la hierba ms rica del mundo. Cmo me +alegrara si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazn de leche como +aqulla, a la hora de cenar!</p> + +<p>—Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis—dijo Azogue—, y un poco +de miel.</p> + +<p>Baucis cort una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le +comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de +salir del horno. Probando una miga que se haba cado en la mesa, le +pareci el pan ms delicioso que haba comido en su vida, y apenas poda +creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, de qu +otra hogaza poda ser?</p> + +<p>Y la miel! Ms vale que no intente describiros el color y el olor +exquisito que tena: su color era el del oro ms puro y transparente, y +ola a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningn jardn +de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> por +encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, despus de revolotear +sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se +hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de +Filemn. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el +perfume de aqulla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso +que, cerrando los ojos, instantneamente hubieseis olvidado el techo +bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis credo estar bajo una glorieta +de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos +de pensar que all estaba pasando algo extraordinario. As es que, +despus de servir a sus huspedes el pan y la miel, se sent al lado de +Filemn, y le dijo en voz baja lo que haba visto.</p> + +<p>—Has odo nunca cosa semejante?—le pregunt.</p> + +<p>—No, nunca—respondi Filemn sonriendo—. Y creo ms bien, vieja de mi +alma, que has estado soando despierta. Si hubiese yo servido la leche, +hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cntaro +un poco ms de la que t creas; eso es todo.</p> + +<p>—Ay, marido!—dijo Baucis—, di lo que quieras; pero stas son gentes +muy extraas.</p> + +<p>—Bien, bien—respondi Filemn sin dejar de sonreir—, puede que lo +sean. Ciertamente,<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> parece que en otros tiempos han debido estar en +mejor posicin que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con +tanto gusto.</p> + +<p>Cada uno de los huspedes haba cogido su racimo de uvas. Baucis, que se +estaba restregando los ojos para ver ms claro, se figur que los +racimos haban crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de +estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para +ella cmo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja +que trepaba por las paredes de su casa.</p> + +<p>—Admirables uvas!—observ Azogue, que las iba tragando una tras otra, +sin que, al parecer, el racimo disminuyese—. De dnde las coges, +amable husped?</p> + +<p>—De mi parra—respondi Filemn—. Desde aqu se pueden ver las ramas +retorcindose detrs de la ventana; pero mi mujer y yo nunca cremos que +fuesen muy buenas.</p> + +<p>—Nunca las he comido mejores—respondi el husped—. Otra tacita de +esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un +prncipe.</p> + +<p>Esta vez fu Filemn el que se levant y cogi el cntaro, porque tena +curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le haba +contado. Bien saba que su buena mujer era incapaz de mentir, y que +pocas veces se<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> equivocaba en lo que supona ser verdad. Pero era tan +peregrino el caso, que quera verlo con sus propios ojos. Al coger el +cntaro, mir hacia dentro y se convenci de que apenas contena unas +cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brot como una +fuentecita blanca, que lo llen hasta la boca de leche espumosa y +fragante. Suerte fu, y grande, que Filemn, en su sorpresa, no dejase +caer el cntaro milagroso.</p> + +<p>—Quines sois, maravillosos viajeros?—exclam mucho ms asombrado que +lo haba estado su mujer.</p> + +<p>—Tus huspedes, buen Filemn, y tus amigos—repuso el viajero de ms +edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo pareca suave y +melodiosa—. Dame a m tambin otra taza de leche, y as tu cntaro no +se vace nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes +necesitados.</p> + +<p>Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran +sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un +rato ms hablando con ellos, para expresar la admiracin que sentan y +su alegra al ver que la cena, pobre y escasa, haba resultado mucho +mejor y ms abundante de lo que crean. Pero el forastero de ms edad +les haba inspirado tal respeto, que no se atrevieron a<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> preguntarle +nada, y cuando Filemn llev a Azogue a un lado y le pregunt cmo era +posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cntaro, el +viajero seal su bastn.</p> + +<p>—Ah est todo el misterio—dijo Azogue—. Y si le puedes descifrar t, +me alegrar muchsimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo +contarte todo lo que hace ese bastn; siempre me est dando bromas de +stas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en +semejantes tonteras, dira que est embrujado.</p> + +<p>No dijo ms; pero les mir de un modo tan extrao, que los viejos +pensaron que estaba burlndose de ellos. El bastn mgico fu tras de su +amo dando saltos, cuando Azogue sali de la habitacin. Cuando se +quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos +de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque haban dado +su cama a los huspedes y no tenan otra ms que aquellas tablas, que +ojal hubieran sido tan blandas como sus corazones.</p> + +<p>El anciano y su mujer se levantaron temprano por la maana, y los +viajeros tambin se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su +camino.</p> + +<p>Filemn, hospitalariamente, les pidi que se<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> quedaran un poco ms, +hasta que Baucis ordease la vaca y cociese un panecillo en el horno, y +acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los +viajeros queran andar buena parte del camino antes de que apretase +demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente, +pero pidieron a Filemn y a Baucis que les acompaasen un rato, para +ensearles el camino que deban tomar.</p> + +<p>As salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos +antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos +tomaron confianza con el viajero de ms edad, y cmo sus almas honradas +y sencillas se perdan en la suya como dos gotas de agua se perderan en +el Ocano sin lmites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado, +pareca descubrir hasta el ms pequeo pensamiento que apuntaba en sus +mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces +deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a +cien leguas su bastn, que tena un aire tan endemoniadamente malicioso +con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensndolo bien, +Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen +alegrado de tenerle en casa a l, a su bastn y a sus serpientes, +mientras les durase la vida.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span></p> + +<p>—Ay de m!—exclam Filemn cuando ya se hubieron alejado un poco de +la puerta—. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar +hospitalidad a los forasteros, ataran sus perros y no volveran a +consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.</p> + +<p>—Es un pecado y una vergenza para ellos el portarse as—exclam con +vehemencia Baucis—, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir +cuatro verdades a esos desalmados.</p> + +<p>—Temo—observ Azogue, sonriendo maliciosamente—que no vas a encontrar +en casa a ninguno de ellos.</p> + +<p>El entrecejo de su compaero adquiri precisamente entonces tan grave, +austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que +ni Filemn ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la +cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.</p> + +<p>—Cuando los hombres no quieren portarse con el ms humilde de los +extraos como si fuese hermano suyo—dijo el viajero en tono tan +profundo que su voz sonaba como la msica de un rgano—, no son dignos +de existir sobre la Tierra, que fu creada para morada de la gran +hermandad humana.</p> + +<p>—Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma—dijo Azogue con la +mirada ms regocijada del mundo—, dnde est el pueblo<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> de que vamos +hablando? A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por +ninguna parte.</p> + +<p>Filemn y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol +el da antes, haban visto las praderas, las casas, los huertos, los +macizos de rboles, la calle ancha, los nios jugando y todas las +seales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, cul fu su asombro! +No haba all ni asomo de aldea! Hasta el frtil valle, en cuyo hueco +yaca, haba dejado de existir. En su lugar se vea la superficie amplia +y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a +orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila +como si hubiese estado all desde el principio del mundo. Un instante, +el lago permaneci completamente quieto. Luego una brisa pas sobre l e +hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del +sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.</p> + +<p>El lago pareca tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se +quedaron asombrados, como si pensaran que haban estado soando con un +pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas +desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y +comprendieron que no soaban. El pueblo haba estado all ayer, pero ya +no estaba!<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span></p> + +<p>—Ay!—exclamaron los dos ancianos bondadosos—. Qu ha sido de +nuestros pobres vecinos?</p> + +<p>—Ya no existen como hombres y mujeres—dijo el viajero de ms edad con +su voz profunda, y un trueno pareci hacerle eco en la lejana—. No +haba en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni +dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos +bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen +de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aqu hace siglos, se ha +tendido de nuevo para reflejar el cielo.</p> + +<p>—Y en cuanto a aquellas gentes necias—dijo Azogue con su maliciosa +sonrisa—, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que +cambiar, porque ya eran un puado de pillos con escamas en el corazn y +sangre completamente fra. De modo, madre Baucis, que si t o tu marido +tenis capricho de comer una trucha a la parrilla, podis echar un +anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.</p> + +<p>—Ah!—exclam Baucis estremecindose—. Por todo el oro del mundo no +pondra una sola en la sartn!</p> + +<p>—No—aadi Filemn haciendo un gesto de desagrado—; no las podramos +atravesar!<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span></p> + +<p>—En cuanto a ti, buen Filemn—continu el viajero de ms edad—, y t, +amable Baucis, con vuestros escasos medios habis puesto tanta +cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha +convertido en inextinguible fuente de nctar, y el pan y la miel en +ambrosa. As las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos +manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habis hecho bien, +queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que ms deseis conseguir, y +est concedido.</p> + +<p>Filemn y Baucis se miraron, y luego no s cul de los dos habl; pero +lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.</p> + +<p>—Queremos vivir juntos hasta nuestro ltimo da, y salir de este mundo +en el mismo instante, cuando muramos. Porque siempre nos hemos amado!</p> + +<p>—As sea!—repuso el viajero con majestuosa bondad—. Y ahora, mirad +vuestra casa.</p> + +<p>As lo hicieron; pero, cul fu su sorpresa al encontrarse con un gran +edificio de mrmol blanco, con grandioso prtico, que ocupaba el sitio +donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!</p> + +<p>—Esa es vuestra casa—dijo el viajero sonriendo benvolamente—. +Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la +pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span></p> + +<p>Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni l ni +Azogue estaban all.</p> + +<p>As, Filemn y Baucis se instalaron en el palacio de mrmol, y pasaron +das y das con gran satisfaccin en recibir y agasajar a cuantos +viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el +cntaro conserv su virtud maravillosa de no estar nunca vaco cuando +haca falta que estuviese lleno. Siempre que un husped honrado, de buen +genio y de buen corazn, beba un trago de aquel cntaro, comprenda que +era el lquido ms agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero +si un pillo de mal carcter, terco o malintencionado, acertaba a beber +de l, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la +leche estaba agria.</p> + +<p>As el matrimonio, ya tan viejo, vivi en su palacio y envejeci ms y +ms. Por fin lleg una maana de verano, en que Filemn y Baucis no +aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huspedes +de la noche anterior al desayuno. Los huspedes los buscaron por todas +partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero intilmente.</p> + +<p>Por fin, despus de mucha perplejidad, vieron frente al prtico dos +venerables rboles, que nadie pudo recordar haber visto all el da +antes. All estaban, con las races fuertemente<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> hundidas en tierra, y +anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio: +uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas—y era extrao y hermoso el +verlo—estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; as es que cada +uno de los rboles pareca vivir en el seno de su compaero mucho ms +que en el suyo propio.</p> + +<p>Mientras los huspedes se maravillaban viendo cmo aquellos rboles, que +hubiesen necesitado casi un siglo para crecer as, podan haberse hecho +tan altos y venerables en una sola noche, se levant un poco de viento y +movi las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo +murmullo, como si los dos misteriosos rboles estuviesen hablando.</p> + +<p>—Yo soy el viejo Filemn—murmur el roble.</p> + +<p>—Y yo Baucis—murmur el tilo.</p> + +<p>Y como el viento se hizo ms fuerte, los dos rboles hablaron a un +tiempo—Filemn! Baucis! Baucis! Filemn!—, como si ambos fuesen +uno solo y hablasen juntos desde lo ms hondo de su corazn. Fcil era +de comprender que la anciana pareja haba renovado su vida e iba a pasar +lo menos cien aos tranquilos y deleitosos: Filemn convertido en roble +y Baucis en tilo. Oh, qu hospitalaria la sombra que daban! Siempre que +un caminante se detena</p> + +<div class="figcenter" style="width: 328px;"> +<a href="images/illus-208a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-208a_sml.jpg" width="328" height="501" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> </p> + +<p class="nind">bajo ella, oa un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se +maravillaba al escuchar cmo el rumor aqul se pareca a un sonar de +palabras que dijese:</p> + +<p>—Bien venido, bien venido, viajero!</p> + +<p>Y algn alma buena, que saba lo que hubiese agradado a Filemn y a +Baucis, construy un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho +tiempo despus, los cansados, los hambrientos y los sedientos, +acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cntaro +milagroso.</p> + +<p>—Ojal nosotros le tuviramos aqu ahora!</p> + +<p>—Cunto caba el cntaro?—pregunt Trbol.</p> + +<p>—Dos cuartillos escasos—respondi el estudiante—; pero podas estar +sacando leche de l hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin +cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese +arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.</p> + +<p>—Y dnde est ahora el cntaro?—pregunt el nio.</p> + +<p>—Se rompi, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil +aos—respondi el primo Eustaquio—. Le compusieron lo mejor posible; +pero aunque sigui sirviendo para contener leche, ya nunca volvi a +llenarse<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> solo. As es que no tena ya ms mrito que cualquier otro +cntaro viejo y rajado.</p> + +<p>—Qu lstima!—exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.</p> + +<p>El respetable perro <i>Ben</i> haba acompaado a los excursionistas, as +como tambin un perrillo pequeo de Terranova, que responda al nombre +de <i>Bruin</i>, porque era negro como un oso. Como <i>Ben</i> era el de ms edad +y el de costumbres ms circunspectas, el primo Eustaquio le rog +respetuosamente que se quedase con los pequeos para guardarles de todo +mal. En cuanto al negro <i>Bruin</i>, que era ni ms ni menos que un +chiquillo, el estudiante juzg ms prudente llevarle consigo, por temor +a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a +rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se +estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el +estudiante, con Primavera y dems nios grandes, empez a subir, y +pronto se perdieron todos de vista entre los rboles.<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p> + +<h2><a name="LA_QUIMERA" id="LA_QUIMERA"></a>LA QUIMERA</h2> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> </p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> </p> + +<div class="figcenter" style="width: 278px;"> +<a href="images/illus-213_lg.jpg"> +<img src="images/illus-213_sml.jpg" width="278" height="123" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="CUMBRE_PELADA" id="CUMBRE_PELADA"></a>CUMBRE PELADA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">M</span><span class="smcap">onte</span> arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright +y sus compaeros. Los rboles no estaban an completamente cubiertos de +hojas, pero tenan ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras +el sol los inundaba de luz verde. Haba rocas cubiertas de musgo, medio +escondidas entre las pardas hojas secas; haba troncos de rbol casi +podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se haban +derrumbado; haba arbustos secos, que haban sido arrancados de raz por +los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero, +aunque todas esas cosas parecan tan viejas, el aspecto del bosque era +de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se +encontraba<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> algo fresco y verde que estaba brotando, dndose prisa a +prepararse para el verano.</p> + +<p>Por fin la gente joven alcanz el lmite superior del bosque, y se +encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No +era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor +dicho meseta, bastante ancha; en ella haba una casa y un cobertizo a +cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces +las nubes, de las cuales caa la lluvia o la nieve sobre el valle, +estaban por debajo de aquella habitacin, sola y desamparada.</p> + +<p>En el punto ms alto de la colina haba un montn de piedras, en cuyo +centro estaba clavado un gran mstil que sostena una banderita. +Eustaquio condujo all a los nios, y les mand que mirasen en derredor +y viesen cun gran espacio de hermoso mundo podan alcanzar con una +ojeada. Y a medida que miraban, pareca que se les iban agrandando los +ojos.</p> + +<p>Se vea, al Sur, la altsima montaa que formaba generalmente el centro +del paisaje, pero que pareca haberse hundido, y ahora haba pasado a +ser miembro de una gran familia de alturas. Detrs de ella, la sierra, +que desde la casa pareca lejana y no muy alta, haba crecido y se haba +elevado. El lindo lago se vea con todas sus pequeas ensenadas, y no<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> +estaba solo: que haba ms all otros tres que abran al sol sus ojos +azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban +desparramadas en la lejana. Haba tantas granjas, con sus fanegas de +bosque, pastos y tierras de labranza, que los nios apenas podan hacer +sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. All +tambin estaba Tanglewood, que hasta entonces le haba parecido cosa tan +importante en el mundo.</p> + +<p>Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscndole no le encontraban, y su +vista iba mucho ms all de donde en realidad se encontraba.</p> + +<p>Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y +movedizas sombras aqu y all sobre el paisaje. Pero a cada instante la +luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la +sombra se haba marchado a otra parte.</p> + +<p>Al Oeste haba otra serie de montaas azules.</p> + +<p>—En aquella colina—dijo Eustaquio a los nios—haba un lugar, donde +unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos, +y donde un individuo holgazansimo, llamado Rip Van Winkle, se haba +quedado dormido y se haba estado durmiendo veinte aos de un tirn.<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span></p> + +<p>Los nios pidieron con afn a Eustaquio que les contase todo lo que +supiera de casos tan maravillosos.</p> + +<p>Pero el estudiante replic que ese cuento ya estaba contado hace mucho +tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo l, y que nadie en el +mundo tena derecho a cambiar una sola palabra en l, hasta que se +hubiese puesto tan viejo como La cabeza de la Gorgona, Las tres +manzanas de oro y el resto de esas milagrosas leyendas.</p> + +<p>—Pero, al menos, mientras estamos descansando aqu—dijo Margarita, y +mirando en derredor—, bien puedes contarnos una de las historias que t +inventas.</p> + +<p>—S, primo Eustaquio—exclam Primavera—: te aconsejo que nos cuentes +aqu un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginacin +se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaa te ponga +potico siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraa y +maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a +creerlo todo.</p> + +<p>—Sers capaz de creer—pregunt Eustaquio—que hubo una vez un caballo +con alas?</p> + +<p>—S—dijo la maliciosa Primavera—; pero temo que t no vas a conseguir +cogerlo nunca.</p> + +<p>—Lo que es eso, Primavera—dijo el estudiante<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span>—, no me parece muy +difcil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por +lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por +lo menos, os contar un cuento que se refiere a l, y el lugar ms a +propsito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.</p> + +<p>Y as, sentndose en el montn de piedras, mientras los nios se +agrupaban a su alrededor, Eustaquio fij la vista en una blanca nube que +iba flotando, y empez como sigue.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 153px;"> +<a href="images/illus-218_lg.jpg"> +<img src="images/illus-218_sml.jpg" width="153" height="131" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 275px;"> +<a href="images/illus-219_lg.jpg"> +<img src="images/illus-219_sml.jpg" width="275" height="118" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>LA QUIMERA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">U</span><span class="smcap">na</span> vez, en tiempos antiguos, muy antiguos (porque todas las cosas +extraas que os cuento sucedieron mucho antes de lo que nadie pueda +recordar), haba en la maravillosa tierra de Grecia una fuente que +manaba en la falda de una montaa. Y segn me figuro, debe estar manando +an, al cabo de tantos miles de aos, en el mismsimo sitio. Sea como +sea, el caso es que all estaba la apacible fuente, derramando frescura +por la montaa abajo y chispeando a la dorada luz de la puesta del sol, +cuando lleg junto a ella un hermoso joven, llamado Belerofonte. Llevaba +en la mano una brida incrustada de piedras preciosas y con bocado de +oro. Viendo junto a la fuente un anciano, un hombre de mediana edad y un +nio,<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> y tambin una jovencita que estaba llenando un cntaro, se detuvo +y pregunt si poda refrescarse tomando un trago.</p> + +<p>—Es un agua riqusima—dijo a la joven, mientras enjuagaba y llenaba su +cntaro, despus de haber bebido en l—. Seras tan amable que me +dijeras si tiene algn nombre esta fuente?</p> + +<p>—S: la llaman la Fuente de Pirene—respondi la doncella, y aadi +luego:—Mi abuela me ha contado que esta clara fuente era antes una +mujer hermossima; mas cuando su hijo fu muerto por las flechas de +Diana cazadora, se deshizo toda en lgrimas. De manera que el agua que +has encontrado tan fresca y tan rica, es el dolor del corazn de aquella +pobre madre.</p> + +<p>—Nunca hubiera soado—dijo el joven forastero—que tan clara fuente, +con su alegre fluir y borbotear de la sombra a la luz, tuviera lgrimas +en su seno! Y sta es Pirene? Gracias, linda doncella, por haberme +dicho su nombre. Precisamente vengo de muy lejanas tierras buscando este +sitio.</p> + +<p>Un campesino de mediana edad (que haba llevado una vaca a beber de la +fuente) mir fijamente al joven Belerofonte y a la magnfica brida que +llevaba en la mano.</p> + +<p>—Por fuerza que las fuentes andan muy escasas<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> por tu pas—observ—, +si vienes de tan lejos en busca de la Fuente de Pirene; pero, dime, has +perdido tu caballo? Veo que llevas la brida en la mano, y bien bonita es +con esa doble hilera de piedras relucientes. Si el caballo era tan +hermoso como la brida, es para compadecerte por haberte quedado sin l.</p> + +<p>—No he perdido ningn caballo—dijo Belerofonte, sonriendo—, pero voy +buscando uno muy famoso, que segn me han informado los sabios, slo por +aqu se puede encontrar. Sabis si Pegaso, el caballo con alas, sigue +frecuentando la Fuente de Pirene, como sola en tiempos de vuestros +antepasados?</p> + +<p>El campesino se ech a reir.</p> + +<p>—Algunos de vosotros, amiguitos mos, habris odo, probablemente, que +este Pegaso era un caballo blanco como la nieve, con hermosas alas +plateadas, que pasaba la mayor parte del tiempo en la cspide del monte +Helicn. Jams guila alguna atraves las nubes tan veloz, tan impetuosa +en su vuelo, como l por los aires. No haba nada igual en el mundo. No +tena compaero; nunca haba sido montado ni guiado por un amo, y en +muchos y dilatados aos vivi solo y feliz.</p> + +<p>Oh, qu hermoso es ser caballo con alas! Durmiendo de noche, como l lo +haca, en la cima de una alta montaa, y pasando la mayor<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> parte del da +en el aire, Pegaso apenas pareca criatura de la tierra. Dondequiera que +se le vea a mucha altura, sobre la cabeza de las gentes, con el reflejo +de sus alas plateadas, hubierais pensado que perteneca al cielo, y que +habiendo descendido demasiado bajo, se haba extraviado entre nuestras +nieblas y vapores, y andaba buscando el camino para volver. Era muy +bonito mirar cmo se hunda en el seno lanoso de una brillante nube, +perdindose en ella por un momento y atravesndola para salir al otro +lado. En medio de un sombro aguacero, cuando por todo el cielo haba un +pavimento gris de nubes, suceda a veces que el caballo alado bajaba a +plomo a travs de ellas, y la luz alegre de las regiones superiores +brillaba tras l. Verdad que un instante despus, tanto Pegaso como la +gozosa luz haban desaparecido; pero el que haba tenido la fortuna de +ver aquel maravilloso espectculo, estaba animado todo el da, y ms si +duraba ms la tormenta.</p> + +<p>En verano, en lo ms hermoso de la estacin, sola Pegaso bajar a +tierra, y cerrando sus alas de plata, se entretena en galopar por +valles y colinas con la rapidez del viento. Ms a menudo que en ningn +otro sitio se le haba visto junto a la Fuente de Pirene, bebiendo su +agua deliciosa o revolcndose por la blanda hierba de la orilla. Tambin +algunas veces<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> (pues Pegaso era muy delicado para la comida) paca unos +cuantos brotes de trbol de los ms tiernos.</p> + +<p>Por consiguiente, los tatarabuelos de las gentes que entonces vivan, +haban tenido la costumbre de ir a la Fuente de Pirene (mientras eran +jvenes y seguan creyendo en caballos con alas), llevados por la +esperanza de ver un instante al hermoso Pegaso; pero en los ltimos aos +se le haba visto muy rara vez. Tanto, que mucha gente del campo, cuya +casa estaba a menos de media hora de paseo de la fuente, no haba +contemplado nunca a Pegaso, ni crea en la existencia de semejante +criatura. Y ocurri que el campesino a quien se dirigi Belerofonte era +una de esas personas incrdulas.</p> + +<p>Y sta fu la razn de que se riese.</p> + +<p>—Pegaso? S, s!—exclam, dilatando las narices todo lo que pueden +dilatarse unas narices chatas—; s, s, Pegaso! Un caballo con alas, +eh! Pero, amigo, ests en tus cabales? Para qu le serviran las alas +a un caballo? Crees que tirara bien de un carro? A decir verdad, +alguna economa podra hacerse en el gasto de herraduras; pero, cmo le +haba de gustar a un hombre ver salir volando a su caballo por la +ventana de la cuadra, o encontrarse con que le llevaba disparado por +encima<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> de las nubes, cuando slo quisiera ir al molino? No, no; yo no +creo en Pegasos. Nunca ha habido tan ridcula clase de caballos-pjaros.</p> + +<p>—Yo tengo mis razones para pensar de otro modo—dijo Belerofonte con +toda calma.</p> + +<p>Entonces se volvi hacia un viejo canoso que, apoyndose en una cayada, +escuchaba atentamente con el cuello estirado y la mano en la oreja, +porque haca veinte aos que se haba quedado un poquito sordo.</p> + +<p>—Qu dices t, venerable anciano?—le pregunt—. Me figuro que cuando +eras ms joven habrs visto con frecuencia al caballo alado.</p> + +<p>—Ah, joven forastero! Tengo muy mala memoria—dijo el viejo—. Si no +recuerdo mal, cuando era muchacho acostumbraba a creer que exista ese +caballo, y lo mismo que yo lo crea todo el mundo; pero ahora casi no s +qu creer, y muy pocas veces pienso en el caballo con alas. Si alguna +vez he visto a ese animal, har mucho, muchsimo tiempo. Y a decir +verdad, no estoy seguro de haberlo llegado a ver. Cierto que, cuando yo +era muy joven, recuerdo haber visto un da muchas pisadas de caballo +alrededor de la fuente. Tal vez fueran de Pegaso, pero tambin podan +ser de cualquier otro caballo.</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span>—Y t, hermosa joven, no le has visto nunca?—pregunt Belerofonte a +la muchacha, que estaba parada con el cntaro sobre la cabeza mientras +tenan esta conversacin—. De seguro que si alguien puede ver a Pegaso +eres t, porque tienes unos ojos muy vivos.</p> + +<p>—Creo que le he visto una vez—replic la doncella, sonrindose y +sonrojndose—. O era Pegaso o un pjaro blanco grandsimo, que iba muy +alto por el aire. Y otra vez, cuando vena a la fuente con mi cntaro, +o un relincho, pero qu relincho ms fuerte y melodioso! Con la +delicia de aquel sonido me di un salto el corazn; pero me asust, sin +embargo, y ech a correr a casa sin llenar el cntaro.</p> + +<p>—Fu una lstima, verdaderamente!—dijo Belerofonte, y se volvi hacia +el nio que mencion al principio del cuento, y que estaba mirndole +fijo, fijo, como acostumbran los nios mirar a los forasteros, con su +rosada boquita abierta de par en par.</p> + +<p>—Eh, amiguito!—exclam Belerofonte, tirndole cariosamente de uno de +los rizos—. Supongo que t habrs visto a menudo el caballo con alas.</p> + +<p>—S que le he visto—respondi el nio vivamente—. Le vi ayer, y +muchas veces antes.</p> + +<p>—Eres un hombre!—dijo Belerofonte atrayendo al nio hacia s—. Ven, +y cuntame todo lo que sepas.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span></p> + +<p>—Pues, nada—replic el nio—. Yo vengo aqu a menudo para echar +barquitos en la fuente y coger piedrecitas del fondo, y algunas veces, +cuando miro en el agua, veo la imagen del caballo con alas en el pedazo +del cielo que all se retrata. Yo quisiera que bajara, me dejara montar +en l y me llevara volando hasta la luna; pero no baja. Como si le +molestase que le miraran, vuela muy lejos, perdindose de vista.</p> + +<p>Y Belerofonte tuvo ms fe en el nio que haba visto la imagen de Pegaso +en el agua, y en la joven que le haba odo relinchar tan +melodiosamente, que en el patn de mediana edad, que slo crea en los +caballos de carro, o que en el viejo, que haba olvidado ya las bellas +cosas de su juventud.</p> + +<p>Por eso fu muchos das a la Fuente de Pirene, y observando +continuamente, mirando unas veces hacia arriba, a los cielos, y otras a +la superficie del agua, no perda la esperanza de ver la imagen +reflejada del caballo con alas, o acaso, acaso, la maravillosa realidad. +Llevaba siempre dispuestas en la mano las riendas doradas, con sus +piedras brillantes y su bocado de oro. Los campesinos que vivan all +cerca y llevaban sus ganados a beber en la fuente, se rean a menudo del +pobre Belerofonte, y algunas veces le zaheran con dureza. Le decan<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> +que un hombre robusto como l deba hacer algo ms til que perder el +tiempo en tan ocioso empeo. Le ofrecan venderle un caballo, si lo +necesitaba, y como Belerofonte se neg a la compra, quisieron comprarle +a l la hermosa brida.</p> + +<p>Hasta los nios la tomaron con l, y acostumbraban a jugar all cerca, +sin que Belerofonte les hiciera caso alguno, aunque bien les oa y les +vea. Un chiquillo de aqullos haca de Pegaso, por ejemplo, y daba los +saltos ms extravagantes, haciendo como que volaba, y mientras tanto uno +de sus compaeros iba tras l, llevando en la mano un par de juncos, que +representaban la brida lujossima de Belerofonte. Pero el nio bondadoso +que haba visto la imagen de Pegaso en el agua, alentaba al joven +forastero ms de lo que todos los chiquillos malos podan atormentarle. +Aquel buen amiguito iba, en sus horas libres, a sentarse a su lado, y +sin decir palabra, miraba abajo en la fuente, o arriba en el cielo, con +fe tan inocente, que Belerofonte no poda menos de sentirse animado.</p> + +<p>Ahora querris, probablemente, que os diga por qu se haba puesto +Belerofonte a esperar al caballo alado. No encontrar mejor oportunidad +para hablar de esto, que mientras aguarda a que Pegaso aparezca.<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span></p> + +<p>Si fuera a contaros todas las aventuras anteriores de Belerofonte, +resultara un cuento sumamente largo. Baste decir que un terrible +monstruo, llamado la Quimera, haba aparecido en cierto pas de Asia, y +estaba haciendo ms dao del que se puede decir de aqu a maana. Esta +Quimera era una de las ms horribles y ponzoosas criaturas, la ms rara +e inexplicable y la ms difcil de combatir y de escapar de ella, que +jams sali de las entraas de la Tierra. Tena la cola como una +serpiente boa; su cuerpo era desmesurado y tena tres cabezas distintas, +una de las cuales era de len, la segunda de cabra y la tercera de +serpiente, abominablemente grande. Y qu chorro de fuego sala +flameando de cada una de sus tres bocas! Como era un monstruo terrestre, +dudo si tendra alas; pero, tuviralas o no, el caso es que corra como +una cabra y un len, y se asustaba lo mismo que una serpiente, y con una +cosa y otra alcanzaba tanta velocidad como los tres juntos.</p> + +<p>Oh! Cunto, cunto dao haca esa maligna criatura! Con su aliento de +llamas poda incendiar un bosque, o quemar un campo de mieses, o un +pueblo entero, con todas sus casas y cercados. Devastaba grandes +extensiones de terreno a su alrededor, y acostumbraba a comerse las +personas y los animales vivos, cocindolos despus<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> en el ardiente horno +de su estmago. Quiera Dios, hijitos, que ni vosotros ni yo tropecemos +jams con un monstruo semejante!</p> + +<p>Mientras la odiosa bestia (si es que bestia puede llamrsele) estaba +haciendo todas estas cosas terribles, lleg Belerofonte a aquella parte +del mundo para visitar al rey. ste se llamaba Iobates, y el pas que +rega era Licia. Belerofonte era uno de los jvenes ms valientes del +mundo, y nada le gustaba tanto como llevar a cabo algn hecho valeroso y +benfico, tal que toda la Humanidad le admirase y le amase. En aquellos +tiempos, un joven que deseara distinguirse no tena ms camino que el de +librar grandes combates, ya fuera con los enemigos de su Patria, ya con +malvados gigantes o molestos dragones, o con bestias feroces, cuando no +poda encontrar cosa ms peligrosa con que habrselas. El rey Iobates, +conociendo el valor de su joven visitante, le propuso que fuese a pelear +con la Quimera, que aterraba a todo el mundo, y de no matarla pronto, +llevaba trazas de convertir a toda Licia en un desierto. Belerofonte no +vacil un instante, y asegur al rey que matara a la temida Quimera o +perecera en la demanda.</p> + +<p>Reflexion, sin embargo, que, siendo el monstruo tan prodigiosamente +veloz, no podra nunca vencerle si luchaba con l a pie. Lo prudente<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> +sera, por tanto, adquirir el mejor y ms rpido caballo que pudiera +encontrarse. Y qu otro haba en el mundo que fuera ni la mitad de +rpido que Pegaso, el caballo maravilloso que tena alas y piernas y se +mova en el aire con ms facilidad an que sobre la tierra? Cierto que +muchsima gente negaba la existencia de semejante caballo con alas, y +deca que slo era cosa de cuentos y puro disparate. Mas, por +maravilloso que pareciese, Belerofonte crea que Pegaso era un caballo +autntico, y confiaba en tener la fortuna de encontrarle. Y una vez +montado sobre sus lomos, estara en condiciones de pelear ventajosamente +con la Quimera.</p> + +<p>Y ste era el motivo de haber viajado desde Licia a Grecia, llevando en +la mano la brida hermosamente adornada. Era una brida encantada. Con +slo que lograse poner el bocado de oro en la boca de Pegaso, el caballo +alado se mostrara sumiso, reconocera por amo a Belerofonte, y volara +hacia donde ste quisiera volver la rienda.</p> + +<p>Pero, mientras tanto, el tiempo que estuvo aguardando, aguardando, con +la esperanza de que Pegaso ira a beber a la Fuente de Pirene, fatig +extraordinariamente a Belerofonte y le llen de ansiedad. Tema que el +rey Iobates se figurase que haba hudo de la Quimera. Le<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> causaba dolor +tambin el pensar cunto dao estara haciendo el monstruo, mientras que +l, en lugar de combatirle, se vea obligado a sentarse ocioso, mirando +cmo brotaban las claras aguas de la fuente. Y como Pegaso haba ido por +all tan de tarde en tarde aquellos aos ltimos, y apenas si bajaba una +vez durante la vida de un hombre, tema Belerofonte hacerse viejo y +perder la fuerza de su brazo y el valor de su corazn, antes de que +apareciese el caballo con alas. Oh! Cun pesadamente pasa el tiempo +cuando un joven arrojado ansa tomar parte en la vida y cortar la +cosecha de su fama! Qu difcil es esperar! Nuestra vida es corta, y +qu parte ms grande de ella se pierde en aprender esta verdad!</p> + +<p>Suerte fu para Belerofonte que el nio le hubiese tomado tanto cario y +no se cansase de su compaa. Todas las maanas le infunda una nueva +esperanza, en sustitucin de la perdida el da antes.</p> + +<p>—Querido Belerofonte—exclamaba mirndole animosamente—, creo que hoy +vamos a ver a Pegaso.</p> + +<p>Y si no hubiera sido por la fe inextinguible del muchachito, Belerofonte +habra acabado por perder toda esperanza, y habra vuelto a Licia e +intentado matar a la Quimera sin ayuda del caballo con alas. En tal +caso, el pobre Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> habra sido, cuando menos, terriblemente +chamuscado por el aliento del monstruo, y probablemente muerto y +devorado. Nadie poda ni intentar combatir con una Quimera terrestre, +sin ir montado sobre algn animal areo.</p> + +<p>Una maana habl el nio a Belerofonte con ms fe todava que de +costumbre.</p> + +<p>—Mi queridsimo Belerofonte—exclam—, no s por qu, pero siento como +si hoy, seguramente, furamos a ver a Pegaso.</p> + +<p>En todo aquel da no quiso apartarse ni un momento del lado de +Belerofonte. Juntos comieron un pedazo de pan y bebieron agua de la +fuente. Por la tarde se sentaron cerquita uno de otro, y el nio coloc +una de sus menudas manos entre las de Belerofonte. ste se hallaba +abismado en sus pensamientos, y miraba distrado los troncos de los +rboles que daban sombra a la fuente y a las vides que trepaban por sus +ramas. Mas el nio no dejaba de observar en el agua; por su cario a +Belerofonte, le afliga pensar que la esperanza de aquel da saliera +fallida, como la de tantos otros, y de sus ojos corrieron algunas +lgrimas silenciosas, yendo a mezclarse con las muchas que, segn +decan, haba vertido Pirene por su hijo muerto.</p> + +<p>Cuando menos lo pensaba, sinti Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> la presin de la manecita +del nio, y oy un susurro casi imperceptible:</p> + +<p>—Mira ah, querido Belerofonte! Hay una imagen en el agua.</p> + +<p>El joven mir en el movedizo espejo de la fuente, y vi algo como la +imagen de un pjaro que pareca estar volando a grandsima altura, +reflejndose el sol en sus nveas o argentadas alas.</p> + +<p>—Qu pjaro ms esplndido debe ser—dijo—, y qu grande parece, a +pesar de estar volando ms alto que las nubes!</p> + +<p>—Me hace temblar—murmur el nio—. Me da miedo mirar hacia arriba, en +el aire. Es muy hermoso, pero yo no me atrevo ms que a mirar su imagen +en el agua. Querido Belerofonte, no ves que no es un pjaro? Es el +caballo con alas, es Pegaso.</p> + +<p>El corazn empez a saltar en su pecho. Mir fijamente hacia arriba; +pero no pudo ver a la alada criatura, fuese pjaro o caballo, porque +entonces precisamente se haba hundido en un nubarrn; sin embargo, un +momento despus reapareci, atravesando la nube por la parte inferior, +aunque todava a gran distancia de la tierra. Belerofonte cogi al nio +en brazos y se apart con l, hasta que ambos quedaron ocultos entre el +espeso bosquecillo de arbustos que creca alrededor de la fuente. No<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> +porque tuviese miedo de ningn dao, pero s por temor a que si llegaba +a vislumbrarlos Pegaso, volara muy lejos y fuera a posarse en alguna +inaccesible montaa. Porque era, realmente, el caballo alado. Despus de +esperarlo tanto tiempo, llegaba, al fin, a mitigar su sed con el agua de +Pirene.</p> + +<p>Cada vez se acercaba ms y ms la area maravilla, describiendo grandes +crculos, como habris visto hacer a las palomas cuando van a bajar a +tierra. Hacia abajo iba tambin Pegaso, y los amplios, majestuosos +crculos, se iban haciendo ms y ms estrechos a medida que se +aproximaba a tierra. Cuanto ms cerca se le vea, pareca ms hermoso, y +ms maravillaba el batir de sus plateadas alas. Por ltimo, con tan +ligera presin que apenas aplast la hierba que creca alrededor de la +fuente, ni dej la huella de sus cascos en la arena de la orilla, se +pos en tierra, y bajando la indmita cabeza, comenz a beber. Absorba +el agua con grandes suspiros de satisfaccin y tranquilas pausas de +contento; luego daba otro sorbo, y luego otro y otro; que ni en toda la +tierra ni en las nubes haba agua que agradara a Pegaso tanto como +aquella de Pirene. Cuando hubo saciado la sed, tronch con los dientes +unos cuantos de los dulces capullos del trbol, y los sabore +delicadamente, pero sin comer cantidad de ellos, porque<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> las hierbas +nacidas entre las nubes, sobre las altas laderas del Monte Helicn, +convenan a su paladar mejor que aquel pasto ordinario.</p> + +<p>Despus de haber bebido as hasta satisfacerse, y de haberse dignado +comer un poquito por coquetera, el caballo alado comenz a brincar de +un lado a otro y a danzar, como si estuviera entregado por completo a la +holganza y al juego. Nunca hubo criatura ms juguetona que aquel Pegaso. +Sacuda sus grandes alas como un pajarillo, y daba carreritas, medio por +la tierra, medio por el aire, que no s si llamar vuelos o galopes. +Cuando una criatura es capaz de volar perfectamente, prefiere algunas +veces correr por puro entretenimiento, y eso hizo Pegaso, aunque le +costaba algo ms mantener los cascos tan cerca del suelo. Belerofonte +entretanto, y sin soltar de la mano al nio, se asom fuera del boscaje, +y pens que no haba visto cosa ms hermosa que aqulla, ni ojos de +caballo tan vivos e inteligentes como los de Pegaso. Pareca un pecado +pensar en ponerle una brida y montarlo.</p> + +<p>Una o dos veces se par Pegaso, aspirando fuertemente el aire, +levantando las orejas, estirando el cuello y volvindose a todos lados, +como si recelase algn mal. Sin embargo, como ni vi ni oy nada, pronto +volvi a sus juegos.<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span></p> + +<p>Por fin, y no porque estuviera cansado, sino de puro satisfecho y +desocupado, pleg Pegaso las alas y se tumb sobre la verde pradera; +pero como estaba demasiado lleno de vida area para permanecer quieto +mucho tiempo, comenz pronto a revolcarse sobre el lomo, alzando al aire +sus piernas finas. Era hermoso el ver aquella criatura, nica y +solitaria, cuyo compaero no haba sido creado, que no lo necesitaba +tampoco, y que, viviendo muchos siglos, era tan feliz como largos ellos. +Cuantas ms cosas haca de las que los caballos mortales acostumbran a +hacer, menos terreno y ms maravilloso pareca. Belerofonte y el nio +casi no respiraban, en parte por su emocin deliciosa, pero +principalmente porque teman que el ms ligero ruido o murmullo le +hiciera lanzarse, con velocidad de flecha, al ms lejano azul del cielo.</p> + +<p>Por ltimo, cuando ya se haba revolcado bastante, Pegaso di vuelta, e +indolentemente, como otro caballo cualquiera, afirm los cascos +delanteros como para levantarse del suelo. Belerofonte adivin que iba a +hacerlo as, y saliendo sbitamente del boscaje, se mont de un salto +sobre sus lomos.</p> + +<p>S. Se mont sobre los lomos del caballo con alas!</p> + +<p>Pero, qu salto di Pegaso cuando, por primera<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> vez en su vida, sinti +sobre s el peso de un mortal! Aqullo era un salto! Antes de que +tuviera tiempo de respirar, se encontr Belerofonte levantado a una +altura de doscientos metros, siguiendo an hacia arriba, mientras que el +caballo con alas resoplaba y se estremeca de terror y de clera. Hacia +arriba fu, arriba, arriba, arriba, hasta hundirse en el hmedo seno de +una hube, a la cual haba mirado Belerofonte un poquito antes, +imaginndosela como un lugar muy agradable. Despus, fuera ya de la +nube, se dej caer Pegaso lo mismo que un rayo, como si quisiera +estrellarse con su jinete contra una roca. Luego hizo un millar de las +ms salvajes cabriolas que jams hayan podido hacer pjaro ni caballo +alguno.</p> + +<p>No sabr deciros ni la mitad de lo que hizo. Se desliz, rpido, hacia +adelante, y a los lados y hacia atrs. Se par con las patas delanteras +en un jirn de neblina, y las de atrs en nada absolutamente. Coce +furiosamente y baj la cabeza, metindola entre las manos, con las alas +apuntando derechas hacia arriba. A un par de kilmetros de altura sobre +la tierra, di un salto mortal, de manera que los talones de Belerofonte +estuvieron donde deba estar la cabeza, y pareca que miraba al cielo +hacia abajo, en vez de mirarlo hacia arriba. Volvi la cabeza +violentamente, y mirando a Belerofonte a la<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> cara, como si echara fuego +por los ojos, hizo un terrible esfuerzo por morderle. Sacudi las alas +con tal violencia, que una de las plumas de plata se desprendi y cay a +tierra, siendo recogida por el nio, quien la guard toda su vida como +recuerdo de Pegaso y Belerofonte.</p> + +<p>Mas este ltimo (que segn podis apreciar, era tan buen jinete como el +mejor domador de potros) estuvo acechando la oportunidad favorable, y al +fin encaj el bocado de oro de la brida encantada entre las quijadas del +caballo alado. Apenas lo hubo hecho, cuando Pegaso se volvi tan +manejable como si toda su vida hubiera tomado el alimento de mano de +Belerofonte. A decir lo que realmente siento, casi daba una pena ver tan +sbitamente domada a una criatura tan salvaje. Pena deba sentir Pegaso +tambin. Mir a Belerofonte con lgrimas en los hermosos ojos, en vez +del fuego que poco antes despedan; pero cuando Belerofonte le acarici +la cabeza y le dijo unas cuantas palabras con tono de autoridad, pero +con cario, vi en los ojos de Pegaso otra mirada bien distinta, como si +le placiera haber encontrado, al cabo de tantos siglos, un amo y +compaero.</p> + +<p>As ocurre siempre con los caballos alados y con las criaturas indmitas +y solitarias como ellos. Si podis atraparlas y dominarlas, es el mejor +camino para lograr su cario.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span></p> + +<p>Mientras Pegaso estuvo haciendo todo lo posible por sacudirse de encima +a Belerofonte, recorri una distancia muy grande, y al tiempo de ponerle +el bocado estaban llegando a la vista de una montaa altsima. +Belerofonte ya haba visto antes esa montaa, y conoci que era Helicn, +en cuya cima viva el caballo alado. All vol Pegaso (despus de mirar +dcilmente a su jinete, como preguntndole si lo permita), y posndose, +esper pacienzudo a que Belerofonte quisiera apearse. El joven salt de +los lomos de su caballo, mantenindolo sujeto por la brida; pero al +mirar sus ojos le conmovi tanto la docilidad de su aspecto y su +hermosura, y la idea de la vida librrima que haba llevado Pegaso hasta +entonces, que no se sinti capaz de tenerlo prisionero, si l realmente +deseaba su libertad.</p> + +<p>Dejndose llevar de tan generoso impulso, dej caer la brida encantada +de la cabeza de Pegaso y le sac el bocado.</p> + +<p>—Djame, Pegaso!—le dijo—. Djame o quireme!</p> + +<p>En un instante, el caballo alado sali disparado hasta perderse casi de +vista, remontndose a plomo sobre la cima del Monte Helicn. El sol se +haba puesto haca ya tiempo, lo alto de la montaa estaba an en el +crepsculo, y la comarca de alrededor en noche obscura; pero<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> Pegaso +vol tan alto, que alcanz al da que se iba y se ba en la luz que +irradiaba el sol por las alturas. Subiendo cada vez ms alto, pareca +una mancha brillante, y al fin se perdi en la inmensidad del cielo. +Temi Belerofonte no volverle a ver ms; pero cuando estaba deplorando +su locura, reapareci la mancha brillante y se fu acercando ms cada +vez, hasta descender por bajo de la luz del sol, y all estaba Pegaso +de vuelta! Despus de prueba tal, ya no haba cuidado de que el caballo +con alas se escapase. l y Belerofonte fueron amigos, y se quisieron +fielmente el uno al otro.</p> + +<p>Aquella noche se echaron, y durmieron juntos con el brazo de Belerofonte +sobre el cuello de Pegaso, no por precaucin, sino por cario. Ambos se +despertaron al despuntar la maana, y se dieron los buenos das, cada +cual en su lengua.</p> + +<p>De este modo pasaron varios das Belerofonte y el maravilloso caballo, +conocindose cada vez ms y aficionndose ms el uno al otro. Hacan +largos viajes areos, y alguna vez suban tan altos, que la Tierra +apenas pareca mayor que... la Luna. Visitaron pases remotos y +asombraron a los habitantes, quienes pensaron que aquel hermoso joven, +montado en un caballo con alas, tena que haber bajado del cielo. +Recorrer mil kilmetros por da era cosa muy<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> fcil para el veloz +Pegaso. Aquel gnero de vida encantaba a Belerofonte, y muy a gusto +habra vivido siempre as, en la clara atmsfera de las alturas, en +donde haca siempre buen tiempo, por muy desapacible y lluvioso que lo +fuera abajo; pero no poda olvidar a la horrible Quimera y la promesa +hecha al rey Iobates, de matarla. Por eso, cuando ya hubo aprendido bien +la equitacin area y saba manejar a Pegaso con un ligero movimiento de +la mano, y le ense a obedecer su voz, se dispuso a llevar a cabo la +peligrosa aventura.</p> + +<p>En consecuencia, al romper el da y tan pronto como abri los ojos, di +un tironcito de orejas al caballo alado para despertarlo. Inmediatamente +se alz Pegaso del suelo, subiendo hasta media legua de altura, y di, +velocsimo, una gran vuelta a la cima de la montaa, como para mostrar +que estaba bien despabilado y listo para cualquier excursin. Mientras +dur ese vuelo estuvo dando fuertes, alegres y melodiosos relinchos, y +finalmente descendi junto a Belerofonte tan levemente como habris +visto que se posan los pjaros sobre los arbustos.</p> + +<p>—Muy bien, querido Pegaso! Bravo por mi cortacielos!—exclam +Belerofonte, dando unas palmaditas en el cuello del caballo—. Y ahora, +mi raudo y hermoso amigo, tenemos que desayunar. Hoy vamos a pelear con +la terrible Quimera.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span></p> + +<p>En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente +llamada de Hipocrene, ofreci Pegaso la cabeza, espontneamente, para +que su amo pudiera poner la brida. Luego di muchos brincos y cabriolas +areas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras +Belerofonte se cea la espada, dispona el escudo y se preparaba para +la batalla. Cuando estuvo todo listo, mont el jinete y (segn sola +hacer cuando iba lejos) subi cuatro kilmetros verticalmente, para +orientarse mejor. Despus volvi la cabeza de Pegaso hacia el Este, +dirigindose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un guila, pasando tan +cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habra +sido fcil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso, +antes del medioda divisaron las altas montaas de Licia, con sus +profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte haban +dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tena su guarida la +espantosa Quimera.</p> + +<p>Estando ya tan cerca del trmino de su viaje, descendieron poco a poco, +aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas +ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y +asomndose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montaosa +de Licia, y mirar a la vez todos sus umbros<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> valles. Nada de +extraordinario encontr a primera vista. Era aqulla una zona desierta, +pedregosa, con altas y escarpadas montaas; en la parte baja y ms llana +del pas haba ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales, +desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.</p> + +<p>—Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto—pens Belerofonte—; +pero, dnde est el monstruo?</p> + +<p>Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera +vista, en ninguno de los valles y barrancos que haba entre las +imponentes montaas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de +humo negro salan de algo como la boca de una caverna y suban +pesadamente por la atmsfera, confundindose en una sola columna antes +de llegar a la cumbre de la montaa. La caverna estaba casi a plomo, +bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El +humo tena un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar +a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso +caballo (acostumbrado a respirar nicamente el aire ms puro), que agit +las alas y se lanz como un kilmetro fuera del alcance de aquellos +molestos vapores.</p> + +<p>Pero, al mirar hacia atrs, vi Belerofonte<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> algo que le indujo a tirar +de las riendas primero, y a dar vuelta despus. Hizo una sea, que el +caballo alado entendi, y ste baj por el aire lentamente hasta que sus +cascos estuvieron a poco ms de la altura de un hombre sobre el suelo +roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la +caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.</p> + +<p>Dentro de la dicha caverna pareca haber un montn de extraas y +terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan +juntos, que Belerofonte no acert a distinguirlos; pero, a juzgar por +sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo +un fiero len y el tercero una cabra horrible. El len y la cabra +estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba +fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo ms asombroso del +caso era que las tres columnas de humo salan evidentemente de las +narices de aquellas tres cabezas. Tan extrao era el espectculo, que +aun cuando tanta tiempo haba estado esperando verlo, la verdad, no se +le ocurri al pronto que aqulla era la terrible Quimera de tres +cabezas. Haba dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el len +y la cabra no eran tres criaturas distintas, como haba supuesto, sino +un monstruo solo.<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p> + +<p>Qu cosa ms horrible y ms odiosa! Aun dormitando, como dormitaban, +sus dos terceras partes, tena entre sus abominables mandbulas los +restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el +pensarlo) fuera de algn pobre nio que las tres bocazas haban estado +mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.</p> + +<p>De pronto, como si saliese de un sueo, cay Belerofonte en la cuenta de +que era aqulla la Quimera. Pegaso pareci tambin comprenderlo, y di +un relincho, que son como un clarn de guerra. Al oirlo se alzaron +erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que +Belerofonte pudiera pensar lo que deba hacer, se lanz el monstruo +fuera de la caverna y se fu derecho a l, con las inmensas fauces +abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si +Pegaso no hubiera sido tan gil como un pjaro, tanto l como su jinete +se habran visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habra +acabado as el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo +alado no se dejaba atrapar tan fcilmente. En un abrir y cerrar de ojos +se elev casi hasta las nubes, resoplando con furia. Tambin temblaba, +pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y +ponzooso con sus tres cabezas.<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span></p> + +<p>La Quimera, por su parte, se irgui hasta sostenerse nicamente sobre el +extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo +fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. Cmo ruga, silbaba y +bramaba, hijitos mos! Belerofonte, entretanto, se pona el escudo al +brazo y sacaba la espada.</p> + +<p>—Ahora, mi querido Pegaso—murmur al odo del caballo alado—, has de +ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrs de volverte a +tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la +Quimera, o sus tres bocas se comern esta cabeza ma, que tantas veces +ha dormitado sobre tu cuello.</p> + +<p>Pegaso relinch, y volviendo la cabeza, frot cariosamente el hocico +contra la cara de su jinete. As deca, a su manera, que an tena alas +y era caballo inmortal; mejor perecera, si lo inmortal pudiera perecer, +que dejar tras s a Belerofonte.</p> + +<p>—Gracias, Pegaso—respondi Belerofonte—. Y ahora, vamos a pelear al +monstruo.</p> + +<p>Diciendo estas palabras, sacudi las riendas, y Pegaso descendi +oblicuamente, rpido como una flecha, hacia la triple cabeza de la +Quimera, que todo aquel tiempo haba estado irguindose en el aire +cuanto poda. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, di Belerofonte un +gran tajo al monstruo; pero su caballo sigui adelante<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> sin dejarle ver +si haba aprovechado el golpe. Pegaso continu su carrera; pero pronto +vir en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que +antes. Belerofonte vi entonces que haba cortado al monstruo, casi del +todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y pareca enteramente +muerta.</p> + +<p>Pero, en compensacin, la cabeza de len y de la serpiente haban +adquirido toda la fiereza de la otra, y escupan llamas, y silbaban y +rugan con mucha ms furia que antes.</p> + +<p>—No te importe, mi bravo Pegaso—exclam Belerofonte—; con otro golpe +como ese haremos que cese el rugir y el silbar.</p> + +<p>De nuevo sacudi las riendas. El caballo alado se lanz oblicuamente y +veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asest un +golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni l ni +Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el +monstruo al joven un profundo araazo en un hombro, y con la otra +estrope un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por +su parte, haba herido mortalmente la cabeza de len, de tal modo, que +caa colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo +negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la nica que +quedaba ya) era entonces dos veces ms fiera<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> y ms venenosa que nunca. +Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba +silbidos tan altos, tan speros, tan penetrantes, que el rey Iobates los +oy a cincuenta millas de distancia, y se estremeci hasta hacer temblar +al trono debajo de l.</p> + +<p>—Ay de m!—pens el pobre rey—. Esto es que la Quimera viene a +devorarme.</p> + +<p>Pegaso, mientras tanto, se haba parado otra vez en el aire y relinchaba +colrico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. +Qu diferente el fuego crdeno de la Quimera! Ni el espritu del +caballo areo ni el de Belerofonte decayeron.</p> + +<p>—Echas sangre, mi caballo inmortal?—exclamo el joven, cuidndose +menos del mal propio que del de aquella criatura que no deba haber +conocido nunca el dolor—. La execrable Quimera pagar este dao con su +ltima cabeza!</p> + +<p>Luego sacudi las riendas, dando grandes gritos, y gui a Pegaso, no +oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del +monstruo. Tan rpida fu la embestida, que en la duracin de un +relmpago lleg Belerofonte al alcance de su enemigo.</p> + +<p>A esto, con la prdida de su segunda cabeza, haba cado la Quimera en +una pasin ardentsima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> en tierra +y mitad en el aire, siendo imposible decir en qu elemento descansaba. +Abri su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por +decir que poda haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas +desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanz un chorro +tremendo de su encendido aliento, y envolvi a Belerofonte y a su +caballo en una atmsfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso, +quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los +dos, de la cabeza a los pies, mucho ms de lo cmodo.</p> + +<p>Pero esto no es nada para lo que sucedi despus. Cuando el caballo +alado lleg en su acometida a la distancia de unos cien metros, la +Quimera di un salto y lanz su enorme, horrible, ponzooso y detestable +cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enrosc a su alrededor con gran fuerza +y retorci su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo areo +volaba ms alto, ms alto, ms alto, por encima de los picos de las +montaas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la +tierra slida; pero el monstruo terrestre no solt presa y fu llevado +hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras +tanto, se volvi y se encontr frente a frente con la horrible fealdad +de la Quimera, y slo resguardndose bien con<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> el escudo, pudo librarse +de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.</p> + +<p>Por la orillita del escudo mir fieramente a los salvajes ojos del +monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se +resguardaba, como en otro caso habra hecho. Despus de todo, para +luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo +posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios, +el monstruo dej su pecho enteramente al descubierto. Al verlo, +Belerofonte clav hasta el puo la espada en su cruel corazn. La cola +de la serpiente desat en seguida su nudo. El monstruo solt a Pegaso y +cay desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho +ardi, en vez de extinguirse, ms vivo que nunca, y pronto comenz a +consumir aquel cuerpo muerto.</p> + +<p>Cay del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de +llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un +cometa; pero al despuntar el da salieron unos labriegos a su labor y +vieron, con gran asombro, que varias hectreas de terreno estaban +salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo haba un montn de +huesos calcinados, mucho ms alto que una gran pila de heno. Nada ms +volvi a verse de la espantosa Quimera!</p> + +<div class="figcenter" style="width: 332px;"> +<a href="images/illus-250b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-250b_sml.jpg" width="332" height="507" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<div class="figcenter" style="width: 333px;"> +<a href="images/illus-250c_lg.jpg"> +<img src="images/illus-250c_sml.jpg" width="333" height="499" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span></p> + +<p>Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclin hacia adelante y +bes a Pegaso con lgrimas en los ojos.</p> + +<p>—Vuelve ahora, mi caballo bienamado—le dijo—, vuelve a la Fuente de +Pirene!</p> + +<p>Pegaso hendi el aire ms rpido que nunca, y lleg a la fuente en muy +poco tiempo. All encontr al viejo apoyado en su bculo, al campesino +dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cntaro.</p> + +<p>—Ahora me acuerdo—advirti el viejo—. Cuando yo era un chiquillo, vi +una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces ms +hermoso.</p> + +<p>—Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que l—dijo el +campesino—. Si este pingo fuera mo, lo primero que haca era cortarle +las alas.</p> + +<p>La pobre muchachita no dijo nada, porque tena el sino de asustarse +fuera de tiempo. Ech a correr, dej caer el cntaro y lo rompi.</p> + +<p>—Dnde est—pregunt Belerofonte—el simptico nio que sola +acompaarme, y nunca perdi la fe y nunca se cansaba de mirar en la +fuente?</p> + +<p>—Aqu estoy, querido Belerofonte—dijo el nio tiernamente.</p> + +<p>El muchachito haba pasado da tras da a la orilla de Pirene, esperando +que volviera su<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> amigo; pero cuando vi a Belerofonte bajando a travs +de las nubes, montado en su caballo alado, se intern en el boscaje. Era +un nio muy delicado, de gran ternura, y tema que el viejo y el +campesino vieran brotar las lgrimas de sus ojos.</p> + +<p>—Has logrado la victoria—dijo gozosamente, abrazndose a una pierna de +Belerofonte, que an estaba montado sobre Pegaso—. Conozco que la has +ganado.</p> + +<p>—S, nio querido—replic Belerofonte, bajndose del caballo alado—; +pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a +Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jams a la +terrible Quimera. Todo lo hiciste t, mi amado amiguito, y ahora +devolvamos a Pegaso su libertad.</p> + +<p>Y diciendo esto, quit la brida encantada de la cabeza de aquel caballo +maravilloso.</p> + +<p>—S libre para siempre. Pegaso mo!—exclam con cierto dejo de +tristeza en la voz—. S tan libre como rpido eres!</p> + +<p>Mas Pegaso apoy la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera +de inducirle a emprender el vuelo.</p> + +<p>—Bien; pues—dijo Belerofonte, acariciando al areo caballo—estars +conmigo mientras quieras. Vmonos sin tardar a decir al rey Iobates que +la Quimera ha sido destruda.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span></p> + +<p>Belerofonte abraz a aquel nio tan bueno, y le prometi volver a verle, +y se puso en marcha; pero, aos despus, aquel nio vol sobre el +caballo areo mucho ms alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo +cosas mucho ms honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera. +Porque, siendo tan tierno y delicado, lleg a ser un poderoso poeta.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 145px;"> +<a href="images/illus-254_lg.jpg"> +<img src="images/illus-254_sml.jpg" width="145" height="116" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 281px;"> +<a href="images/illus-255_lg.jpg"> +<img src="images/illus-255_sml.jpg" width="281" height="122" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3>CUMBRE PELADA</h3> + +<p class="nind"><span class="letra">E</span><span class="smcap">ustaquio</span> Bright cont la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y +animacin como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con +alas.</p> + +<p>Al terminar se llen de alegra, al comprender, por el rostro radiante +de sus oyentes, lo mucho que les haba interesado.</p> + +<p>Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la +chiquilla positivamente haba lgrimas, porque se daba cuenta de que +haba algo en la leyenda que los dems an no tenan edad de comprender.</p> + +<p>Era un cuento de nios; pero el estudiante haba conseguido poner en l +el ardor, la generosa esperanza y la imaginacin emprendedora de la +juventud.<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span></p> + +<p>—Ahora te perdono, Primavera—dijo—, todo el ridculo que has +intentado echar sobre mis cuentos. Una lgrima paga muchas risas.</p> + +<p>—Ay, seor Bright!—respondi Primavera, limpindose los ojos y +lazndole otra de sus maliciosas sonrisas—: esto de estar encima de las +nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar ms +cuentos, si no ests, como ahora, en la cumbre de una montaa.</p> + +<p>—O cabalgando sobre Pegaso—replic Eustaquio, riendo—. No te parece +que he conseguido a las mil maravillas mi propsito de apresar al corcel +maravilloso?</p> + +<p>—S, ha sido un bonito salto mortal!—exclam palmoteando—. Me parece +que le veo a caballo sobre l, a tres millas de alto, por los aires, +cabeza abajo!</p> + +<p>—Ojal tuviese aqu a Pegaso en este instante!—dijo el estudiante—. +Le montara inmediatamente, y hara una visita por todo el pas a cada +uno de mis autores favoritos.</p> + +<p>Charlando de Pegaso y sus hazaas, empezaron a andar colina abajo. A +poco <i>Bruin</i> empez a ladrar, y le respondi el <i>gua-gua</i> solemne del +respetable <i>Ben</i>. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia +cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeos, repuestos<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> por completo +de su fatiga, se haban puesto a buscar fresas, y al divisar a sus +compaeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.</p> + +<p>As reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos, +y se encaminaron despacio a Tanglewood.</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 128px;"> +<a href="images/illus-258_lg.jpg"> +<img src="images/illus-258_sml.jpg" width="128" height="117" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<p><span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span></p> + +<div class="figcenter" style="width: 284px;"> +<a href="images/illus-259a_lg.jpg"> +<img src="images/illus-259a_sml.jpg" width="284" height="120" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + +<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> +<tr><td> </td><td class="rt"><small>Pginas</small></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LA_CABEZA_DE_LA_GORGONA">LA CABEZA DE LA GORGONA </a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_TOQUE_DE_ORO">EL TOQUE DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_055">55</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_PARAISO_DE_LOS_NINOS">EL PARASO DE LOS NIOS</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_093">93</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LAS_TRES_MANZANAS_DE_ORO">LAS TRES MANZANAS DE ORO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_129">129</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#EL_CANTARO_MILAGROSO">EL CNTARO MILAGROSO</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_175">175</a></td></tr> +<tr><td valign="top"><a href="#LA_QUIMERA">LA QUIMERA</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_211">211</a></td></tr> +</table> + +<div class="figcenter" style="width: 146px;"> +<a href="images/illus-259b_lg.jpg"> +<img src="images/illus-259b_sml.jpg" width="146" height="141" alt="[imagen no disponible]" /></a> +</div> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Cuando la tierra era nia, by Nathaniel Hawthorne + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUANDO LA TIERRA ERA NIA *** + +***** This file should be named 55215-h.htm or 55215-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/5/5/2/1/55215/ + +Produced by Josep Cols Canals, Chuck Greif and the Online +Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This +file was produced from images generously made available +by The Internet Archive/American Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +http://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Donations are accepted in a number of other +ways including checks, online payments and credit card donations. +To donate, please visit: http://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/old/55215-h/images/cover.jpg b/old/55215-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..9d57b40 --- /dev/null +++ b/old/55215-h/images/cover.jpg diff --git a/old/55215-h/images/illus-001_lg.jpg b/old/55215-h/images/illus-001_lg.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..b94c4c2 --- /dev/null +++ b/old/55215-h/images/illus-001_lg.jpg diff --git a/old/55215-h/images/illus-001_sml.jpg b/old/55215-h/images/illus-001_sml.jpg Binary files differnew file 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