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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Las Furias - Memorias de un hombre de acción, tomo 12 - -Author: Pío Baroja - -Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - PÍO BAROJA - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - - _El aprendiz de conspirador._ - _El escuadrón del Brigante._ - _Los caminos del mundo._ - _Con la pluma y con el sable._ - _Los recursos de la astucia._ - _La ruta del aventurero._ - _Los contrastes de la vida._ - _La veleta de Gastizar._ - _Los caudillos de 1830._ - _La Isabelina._ - _El sabor de la venganza._ - _Las furias._ - - - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FURIAS - - - - - ES PROPIEDAD - - DERECHOS RESERVADOS - - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - COPYRIGHT BY - RAFAEL CARO RAGGIO - 1921 - - - Establecimiento tipográfico - de Rafael Caro Raggio - - - - - PÍO BAROJA - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FURIAS - - - [Ilustración] - - - RAFAEL CARO RAGGIO - EDITOR - MENDIZÁBAL, 34 - MADRID - - - - -_A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conocí todavía en plena juventud -y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte años, en los -linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y -por lo puro y el mismo desdén por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y -al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de -simpatías_, - - _EL AUTOR_. - - - - - LAS FURIAS - - - - - PRÓLOGO - - -HACIA 1860--cuenta nuestro amigo Leguía--fuí con mi mujer, algo enferma -del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la -Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces. - -Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no -un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de -establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No -dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina -en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su -vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como -compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la -comida de Málaga. - -Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era -rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro -punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas -influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el -Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego -constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto. - -Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la -voz del gallego que gritaba: - ---¿_Peru_ qué sardinas _sun_ éstas? _Estu_ no vale nada; _estu_ no está -_frescu_. - ---No me diga usted _ezo_, don Juan--terciaba la dueña del -establecimiento--; _presisamente ayé_ me _desía_ don _Pepe Rodrigue_ -que en ninguna parte se comía el _pecao_ como en _eta_ casa. - ---Pues, señora, ¡_estu_ no está _frescu_!--gritaba el juez con la misma -energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte. - ---¿_Quié usté_ que le traigan un poco de _pescá_? - ---¡Qué pescada ni qué _niñu muertu_! Que me pongan dos _huevus fritus_. - ---¿Lo quiere _uté_ con _patata_? - ---¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas _¡Aquellus cachelus!_ - -Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego -y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se -criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el -compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias. - -Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente -maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga -en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de -Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no -estaba en Málaga. - -Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en -la fonda, quién podría tener datos de esta algarada. - ---El que he oído decir que presenció este motín--dijo el joven--fué un -señor de aquí. - ---¿Quién? - ---Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir. -¿No le conoce usted? - ---No. - ---Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco -hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser -tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza -que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga. - ---Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de -Barcelona--dije yo--. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos -verle? - ---Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino. - ---Muy bien; cítele usted. - ---Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle. - -Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí -a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a -cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto -que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la -nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y -lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo, -pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con -frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años. - -Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró -que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la -Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la -muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle. - -Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales -había sido testigo, y me dijo: - ---Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida; -si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he -escrito esos acontecimientos que a usted le interesan. - ---Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento -indispensable para leerlo. - ---No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera. - -El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno -muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante -y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo -Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta -facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe -Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un -hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí. - -De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los -aviranetistas. - - - - - I. - - EL DIARIO DE PEPE CARMONA - - -MI padre--dice Pepe Carmona--era un comerciante malagueño, nieto de -un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa -procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero -era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de -donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha. - -La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un -tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en -donde hay mucha mezcla de razas. - -Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado -varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e -ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de -la vida el tener las maneras de un _gentleman_. Mi padre consideraba -lo mismo el ser _gentleman_ que el ser rico; identificaba estos dos -conceptos confundiendo el hecho con el derecho. - -El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio -de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra -y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía -dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los -mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de -violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara. - -Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía -la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto -que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo -también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura. -También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel -sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo. - -Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con -cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos -entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord -Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: _La Batalla de -Lepanto_, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven -y de las Malvinas, de los Rockeby y de las _Damas del Lago_, para -meterme de cabeza en la mitología grecorromana. - -Compré la _Odisea_ en una traducción francesa. _La Eneida_, en la -versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me -servía para comprender el original, y _La Jerusalén libertada_, del -Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré -de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una -chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo -loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo -lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por -temperamento una gran timidez para todo. - -Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la -mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo -aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente. - -Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos -paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. -A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas -disensiones que tenía con mi padre y con mi novia. - - - - - II. - - ARRUINADOS - - -EN esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo -decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y -yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó, -según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones -de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto. - -Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina. -Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente, -mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa: -cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo -imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta. - -Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a -flote el negocio de mi padre. - -El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente -que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a -mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la -compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros, -pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros -amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas. - -Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se -molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende -a la desconfianza y a la suspicacia. - -Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron -para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento -y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta -entonces. - -Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas -consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no -visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas -de su casa. - -Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a -decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo, -se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas. - ---Si éste es así, dejadle--observaba mi madre. - -No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después -tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea. - -Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y -triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo: - ---Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí. - ---¿Adónde? - ---Qué sé yo. El mundo es grande. - ---Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida. - ---Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo. - -Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a -vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería -demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios. - -Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía -la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a -cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en -que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio -de la guerra, en 1833. Me embarqué en la _Bella Amelia_, y estuve en -Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió -de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona. - -Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación. -Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de -cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto. - - - - - III. - - DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA - - -EL capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera -un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al -escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de -harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un -interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude -salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa -como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes. - -Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión -del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha -guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario, -con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por -oficiales. - -El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que -visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las -Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé -bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la -ciudad, cerca de la capilla de San Magín. - -Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras, -tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me -alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de -atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla. - -Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida; -pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y -costumbres, quedamos en que comería con ellas. - -Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un -comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña -Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy -amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina, -Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca -grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados. -Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con -quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se -consideraba como viuda. - -A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre -Astrea y Artemisa. - -El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra -me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras -de mi casa largamente y les conté mi vida. - -Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi -madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos. - ---Es extraño--me dijeron varias veces, una y otra--. Usted no tiene -nada de andaluz. - -La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona. -Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años, -no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo -del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que -prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a -todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con -las Celestinas del pueblo. - -El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy -déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las -casas más lujosas de la Rambla de San Carlos. - -En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez -más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande, -espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse -en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un -estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron -mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato, -muy cómodo. - -Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda, -el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias -estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me -dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi -cuarto me bastaba. - -Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con -mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde -mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a -la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la -izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques -de palmeras, de limoneros y de almendros. - -Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes -cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade. - - - - - IV. - - EVOCACIONES Y RECUERDOS - - -POR Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba -en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio. - ---¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?--le pregunté a Eulalia. - ---Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta -del Rosario, están también los muros ciclópeos. - -Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por -pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, -ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de -las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los -Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente -al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San -Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en -donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía, -antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses -en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el -jardín del Magistral. - -El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del -Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de -Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí -seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle -de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía -la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas, -cerrando la línea en la plaza del Pallol. - -Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la -calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la -Catedral. - -No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de -Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio -del Milagro. - -Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me -llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales. - -Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy -alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias -que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían -otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías. - -Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la -mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones. -Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia, -presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades -españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió -contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos -meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería. - -Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo -y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando -siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un -frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la -vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían -acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la -ferocidad de las tropas del mariscal Suchet. - -Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era -a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también -italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar. - -Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos, -reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión -se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces -de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la -apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase, -y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer. - -La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la -gente le llamaba _El Dimoni_. El tal Bianchini hizo varios prisioneros -españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al -asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto. - -El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones. - -La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las -murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las -avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en -aquella época. - -Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al -colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los -franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con -la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «_Queda vengada -la muerte del general Salme_». - -Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses, -enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado -en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los -franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza -de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha -escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en -la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían -refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron -heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los -granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la -calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran -matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la -ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando -espirales de humo grasiento y horrible durante días y días. - -La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por -la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y -cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad -de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados, -tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había -adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces -guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y -crueles. - -Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con -el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron -las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de -sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford -en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de -Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta -señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile. - -Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en -Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche -de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o -en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, -por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al -mar un cadáver destrozado por las balas. - -Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que -pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la -muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto -se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, -lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar -hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie -se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien -había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser -llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo. - -Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la -tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción. - -Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo -por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto -la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían -estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella -región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su -gente. - -Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y -algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan -retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, -a mí me bastaba. - -Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba -y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a -casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al -claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su -pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada -arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las -olvidaba en seguida. - -Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de -misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora -de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los -canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una -puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época -pretérita y mejor. - -Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, -y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, -vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir -a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa -alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me -acompañaba en el piano. - -Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, -Brujó, Caballería, etc. - -Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con -un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui. - -Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de -sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un -monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del -trono y del altar. - -Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo -bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la -España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante -del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza -del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba. - - - - - V. - - LA TORRE DE ARNAU - - -ALGUNAS veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había -recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramón Arnau, -hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, -con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos -secos, avellanados, que produce la vida de a bordo. - -Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre -serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre -áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me -consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque -de entereza. - -Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la -iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi -como si fuera su madre. - -El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda, -que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar -sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada -de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa -idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba -infalible e indiscutible. - -En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa, -muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, -con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era -verdaderamente bonita. - -Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban -del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía -entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación, -que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si -un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos, -un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo -le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español. -Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído, -y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está -acostumbrado a ellos. - -Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va -costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal -de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca, -tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea -desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, -granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios -cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban -calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían -innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos -estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón, -las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos, -las granadas y las nueces se sucedían sin descanso. - -Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta -años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual -trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura. - -En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un -gran pino alto, de copa redonda y tronco morado. - -La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de -cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos. - -En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje más o menos -subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el -jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas -de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le -llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que -ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con -derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo -entero. - -Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos -amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en -aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona. -Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran -completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante -y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y -ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un -poco de imaginación por diosas paganas. - -María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo -aplastante. - -Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro -Vidal y Juan Secret. - -Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella -época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario -de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el -haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada -antipatía. - -Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente -de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como -absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre -en una callejuela próxima a la Catedral. - -Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era -hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en -parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, -se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar. - -Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber -publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la -revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y -por sus hombres. - -Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído -obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada -magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. -Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de -las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa -sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en -los melodramas. - -Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, -no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras -cardíacas del bello sexo. - -Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en -época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir -en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los -Descontentos. - -Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a -sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano. - -Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y -de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la -sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret -echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán -y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña -al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a -María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado. - -Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era -inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el -recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería, -no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía -nada femenino. - -Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un -farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su -farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos. - -Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales; -creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que -se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se -llegarían a hacer seres vivos. - -Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando -íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que -componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire -que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química. - -En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes, -pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra -como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de -hablar exagerada y expresiva. - -La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la -torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la -huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez -una caricia. - -No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces -se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades -del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería -quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran -poema. - -A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de -tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador -y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en -legar al mundo una obra maestra. - - - - - VI. - - LA CASA DEL NEGRE - - -CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante -de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, -construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño -bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se -veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de -esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas -y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta -donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de -algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que -se pudría con la humedad y el sol. - -Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se -llamaba la casa del Negre. - -El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante -muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. -El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su -pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas -que más le gustaba repetir era ésta: - - Cuan lo pare no te pa - la canalla, la canalla, - cuan lo pare no te pa - la canalla fa ballar. - -Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca -estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar, -con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una -botella de aguardiente. - -Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en -su casa, entró en el Hostal de la Cadena. - -Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía -el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le -había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió -un grito, se hundió en el agua y desapareció. - -Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y -otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas, -porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un -barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano. - -El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con -los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes -fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al -pie. Quizá había alguna pareja de delfines. - -Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la -Sirena. - -El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del -hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo. - -El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía -llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más -alcohol penetraba en su cuerpo. - -Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un -vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre, -enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer -muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad, -porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella -casa. - -Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de -la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas -mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso. - -Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían -nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de -la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba -como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que -Venus era hermana de las arpías. - -Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un -marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, -chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre, -lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas. - -Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el -Mochuelo. - -En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran -Alecto, Thisiphone y Megera. - -La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo -de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado -de la legión italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un -hijo. - -Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo -dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico. - -Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en -la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos -sobrinos. - -Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando. - -Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después -un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y -tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con -pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la -Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para -los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres. - -Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un -contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar -todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el -contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación, -en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín. - -Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa -del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la -playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo. -El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos -carabineros y siguió haciéndose el alijo. - -Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían -de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los -carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto. - ---¡Alto! A ver esos fardos. - -Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los -reconoció. - ---¡Hala!--dijo después--; tenéis que venir conmigo a la comandancia. - -Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les -dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con -uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería. - -Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se -lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la -segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres -cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió -en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la -arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto. - -Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle -en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de -la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote -perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron -sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo -indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que -fueron a la cárcel. - -Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con -estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que -pudiesen poner fianza y salieran a la calle. - -Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del -Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro -en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo, -una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con -sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de -todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las -desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen. - -La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la -nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos -bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y -membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus -pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por -aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo. -Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la -carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual -más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su -madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el -Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las -veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. -La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y -cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera -podido servir de modelo a una Venus Calipiga. - -Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el _Caragolet_ -y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún -falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince -años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro -rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. -Tenía un perro sarnoso, que se llamaba _Napoleón_, que era el compañero -de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba -amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y -echaba a correr. - -Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida -angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono -Serra lo que éste les había prestado. - -Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían. - -Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y, -sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las -deshonraba. - -Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el -rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar. -A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y -vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al -mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía. - -A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal, -que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente -Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y -ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores -escandalosamente con Vidal. - -Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este -muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo -que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas -veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna -de las viejas que le mostraba el puño con rabia. - -Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin -apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima. - - - - - VII. - - RECUERDOS Y EVOCACIONES - - -HAY ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor -queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que -viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les -hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen -mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que -se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia -lozana y fuerte. - -De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua -y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad -extrema, no tenía apenas rasgos de unión. - -Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas -de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus -edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo. - -Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por -el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de -gravedad y de tristeza. - -La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase, -tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes -murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros -pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor -de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un -Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y -tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso, -su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval; -después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas -y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y -celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos -habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al -lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas, -brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión -melancólica que producen las grandes ruinas. - -Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once -mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, -planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del -Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto -y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la -población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una -herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del -Seminario y de la Catedral. - -Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas -hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de -baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, -que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la -herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto -y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la -Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que -se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de -San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran -irregulares, estrechas y pendientes. - -Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus -puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte -de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del -Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. -Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar. - -La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la -torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, -donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la -llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas -veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba -Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista -modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde -allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada -de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno -de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el -otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del -Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, -murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy -obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido. - -A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. -A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí -mismo: - ---Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprendía que no, -que estaba melancólico porque mi temperamento era así. - -Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. -Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer -algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de -vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, -galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que -venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa -redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos. - -Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se -distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura -de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en -fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja -blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con -el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su -águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, -con la palabra _Libertas_; la de Génova, con una estrella roja; la de -Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las -islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos -libres que tenían una bandera propia y peculiar suya. - -Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, -y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos -dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del -mar Mediterráneo. - -En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero -que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien -llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa -de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al -carretel. - -Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la -cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía; -había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de -Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía -anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de -Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur -Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes, -y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los -barcos, me hacía pensar en el mundo entero. - -Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la -guerra me decía filosóficamente: - ---¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy -bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable. - -Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía. - -Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto, -cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores, -y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de -Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban -las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes -espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba -en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la -estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, -y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía. -Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de -las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se -congregaban en las trastiendas. - -Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del -pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se -repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra. - -Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La -idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran -melancolía. - -Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si -hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos -en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre -fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En -este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de -evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una -terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el -nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas -y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don -Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá. - -Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a -comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro -de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo -confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu. - -A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a -la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde -murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos -la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas, -amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en -parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas -de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta -luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna, -sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como -consumida por la llama de la pasión. - -Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, -brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de -abatimiento y de melancolía. - -También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, -mirando por la ventana el cielo y el campo. - -En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones -de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y -las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro -rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al -avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el -aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a -hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del -crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la -imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas. - -Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, -yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las -golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía -las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del -_Angelus_. - -De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las -constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus -rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos... - -Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar -estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que -pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes. - - - - - VIII. - - LA CASA DE MONTFERRAT - - -AL cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el -pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo -que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, -mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba. - -De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que -nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi -familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse. -Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó -como todos mis versos: sin emoción. - -Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a -una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena -de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba. - -Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano; -el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero -hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio -obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una -finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas -a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas -del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró -muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y -los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados. - -En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción -aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía, -por su tipo, una emperatriz romana. - -Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo -de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una -calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle -de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas -tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de -tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada. - -Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había -tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el -sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable. -Hablaba el castellano casi sin acento. - -A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé -por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran -distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo -arruinado como yo. - -El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de -encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, -burlona y displicente. - ---A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una -vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica. - -Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no -legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije: - ---A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos -las que son muy orgullosas. - -Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me -hablaba burlonamente: - ---Ya sé que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le -llamarán a usted el Cisne de Tarragona. - ---No; en tal caso, la Cigarra de Málaga. - ---¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos? - ---No se burle usted de mí. - ---No, no me burlo. - ---Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven -para mí solamente. - ---¿Necesita usted consuelo? - ---¿Por qué no? Como todos los hombres. - ---¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted? - ---Por lo menos no me creo afortunado. - ---Sí, ya sé que su novia le ha dejado. - ---Es verdad. - ---¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora? - ---Sí. - ---Bien poco cariño le tendría a usted. - ---Es que sus padres le han obligado a casarse con otro. - ---¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso. - -Otro día me dijo: - ---Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo? - ---No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero -penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes. - ---Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido? - ---Lo soy, no lo niego--le dije yo. - -Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de -caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla, -Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente -de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera -deshecho. - -Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro; -coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y -de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa. - -La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la -Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos -había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga -Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con -Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio -el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los -Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de -Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos. - -Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero -bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su -familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores, -envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas -reales, a mi poema. - -Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia. - -El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa, -se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro. - -Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones -salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo -y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este -patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba -atravesando un arco de la entrada. - -Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el -exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos -altos. - -La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba -muy abandonada. - -La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias -espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones. -Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba, -una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón, -coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la -impresión de estar vacía. - -Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos -preciosos, camafeos y esmaltes. - -Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su -juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy -remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina. -La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo -exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba -de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso -para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba -grandes pasiones. - -En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan, -Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío -Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba -la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena, -mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo -el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes, -bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían -contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de -hombros. - -Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una -presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo; -desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la -ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca -que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos -y puertas. - -En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don -Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, -muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por -las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los -Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el -consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de -intervenir en cuestiones políticas. - -En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una -biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de -estatuas y de relojes. - -El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus -últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo -leyendo. - -Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en -francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo -que aparecían los Monferrato. - -La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas. - -Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con -frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba -gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas -procedentes de los conventos. - -Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había -prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de -capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el -mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de -Montferrat. - -Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era -una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que -daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra. - -Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y -un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a -los Montferrat. - -Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller -de mecánico y sus vitrinas de coleccionista. - -Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los -que más me gustó fué un _clown_ chino, un autómata que bajaba una -escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena, -era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a -otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el -centro de gravedad de la figurita. - -Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con -muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y -aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época, -en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño, -me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de -Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música. - ---Qué bien hubiera usted estado con mi padre--me decía Elena--. El era, -como usted, soñador; no le gustaba la acción. - ---¿Y a usted? - ---A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora. - -A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente. - -Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer -tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el -canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que -hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran -colección de monedas que poseía. - -Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían -derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas, -monedas o fragmentos de mosaicos romanos. - -Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de -Mozart. - -En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz; -luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al -tresillo. - -Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba -también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se -empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don -José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un -tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo -Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna -y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El -primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como -quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras -escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja -y de que estaba siempre en el momento de caer. - -El tío Juan suspiraba y decía a cada paso: - ---En fin, ya hemos matado la tarde. - -Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación. - -Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa, -pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los -contertulios y pensaba. - ---¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de -valor, de interés y de nobleza! - -Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en -la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba -tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a -una vida rutinaria y sin acción. - -Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida, -con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una -punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y -de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en -su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando -oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los -cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la -guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada. - - - - - IX. - - ELENA - - -ESA era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al -puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con -mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, -volver a la oficina y después escribir y pasear. - -Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A -él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas. - -Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el -violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las -tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también -a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas. - ---Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos--solía decirme. - ---Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; además, ¡yo soy -tan poco andaluz! - ---Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me decía ella. - ---¿Qué haría usted? - ---Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera -estado en todos los países y visitado todas las ciudades. - ---Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se -pueden hacer muy pocas cosas en el mundo. - ---Qué poca sangre tiene usted--decía ella--; me hiela usted con sus -palabras. - - - - - X. - - UN VIAJERO MISTERIOSO - - -UN día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso -llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos -que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba -de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista; -luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser -mas que un aventurero y un jugador de ventaja. - -A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y -éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de -cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo. - -Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su -conversación, supimos algo de su vida. - -Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de -Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, -había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces -unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con -algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos, -claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los -italianos. - -El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se -veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros. - -Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de -felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía -un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida. - -No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o -social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase -bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para -él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de -esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su -gloria. - -Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los -productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de -confianza. - -La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso, -agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la -energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá -por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no -encuentra su felicidad en el mundo. - -Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador -de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer, -principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho. - -Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin -ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era -capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse -al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad. - -Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón -tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba -con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas -villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar. - -Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba -concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos -para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal -consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía -solamente. - -Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy -supersticioso; lo pudimos comprobar. - -Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero -lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente -encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la -_jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra. -Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él -importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho -reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas -para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le -descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus -supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le -producían risa. - ---Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si -en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son -impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no. - -Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal -exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el -marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias -oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos -Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese -podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose -como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en -embolismos de charlatanes. - -Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con -ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la -joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia -había sucedido--según nos dijo--al carbonarismo de Nápoles, cuyas -ventas comenzaban a estar en decadencia. - -A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se -iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil. - -Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que -tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en -Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de -Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso -de esta expedición liberal. - - - - - XI. - - EL ABANICO DE ELENA - - -LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el -aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron -que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo. -Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida -por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la -Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con -baile y guitarreo. - -Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire -lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le -tuviera sumido en la mayor tristeza. - -No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante -los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente -el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres -jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y -atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat. - -Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida -en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una -gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza -eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los -caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta. - -Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo -desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba -perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada. - -Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse, -de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera, -pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y -arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le -presentara a Elena; yo le dije: - ---Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a -usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente. - -En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa -mayor, los presenté. - -Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada -ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y -muy tímido. - -Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente, -Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba -animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una -vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y -Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas -de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido. - -Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos -dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía -escondida una aguja con una cabeza de rubí. - -Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en -cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con -sus amigas, le dijo: - ---¡Qué bonito abanico! - ---¿Le gusta a usted? - ---Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un -momento para verle? - ---¿Por qué no? - -Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en -su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos -o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a -Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las -palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la -arena la contestación. - -Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de -Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle. - -El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena -en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y -sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el -éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo, -a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no -le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella -Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su -Medoro. - -Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso, -introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata -berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que -arrebataba en su barca a una princesa griega. - - - - - XII. - - REPROCHES - - -EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por -todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se -mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que -Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita -de Montferrat. - -En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la -insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a -Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí, -y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una -mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y -arrancarla de los brazos de un aventurero. - ---Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí--las decía -yo. - ---No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer -soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo -estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia. - ---Todo eso será cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una -indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso. - -Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en -esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope. - -Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones -entre Elena y su madre. - ---Este hombre es un aventurero, hija mía--le dijo doña Mercedes. - ---¿Por qué? ¿En qué se le conoce?--preguntó con cierta acritud Elena. - ---No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas -nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en -Valencia y que es corso. - ---No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted, -Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más -antipáticos que he conocido. - ---Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en -Tarragona. - ---Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito -Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi -pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería -celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un -jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona... - ---¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él. - ---¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino, -muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que -hablando conmigo. - ---Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera -saña. Es lógico que te haya tomado miedo. - ---Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que -intenten dominarme y protegerme. - ---No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo -bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio; -consúltalo también con tu confesor. - ---¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus -consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer. - ---Sin embargo, creo conveniente que hables con él. - ---Bueno, hablaré... - -El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que -hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la -señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían -tener la tertulia. - ---Me ha dicho tu madre--le dijo--que estás en relaciones con ese -italiano recién llegado. - ---Sí, es verdad. - ---¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su -familia? - ---No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él. - ---¿Y no encuentras imprudente tu conducta? - ---¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea -imprudente. - ---Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese -extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un -vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien -conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza? - ---Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas -que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no -sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto; -Emilio me es indiferente, me desagrada. - ---¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por -instintos tan caprichosos, tan arbitrarios? - ---Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos -amor, o no lo sentimos. - ---¿Y no puedes dominar esa pasión? - ---¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me -importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me -quiera. - ---¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación? - ---Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o -perder. Yo soy bastante vieja para jugarla. - ---¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años! - ---¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la -aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de -emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone -fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor, -un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión. - -Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que -conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las -reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia -en los temperamentos exaltados. - -Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes: - ---Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi -señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente; -deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a -solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, -es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse -también de él. - -Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud -conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de -Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del -corso al corazón de su hija. - -Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las -mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que -había conocido. - - - - - XIII. - - HABLA MORO-RINALDI - - -LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su -pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa -la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más -rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar, -hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi. - ---En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?--le -preguntó ella. - -Moro sonrió con cierta tristeza: - ---Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una -croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como -un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia -imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso -porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra -casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones -bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo -y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder -encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera, -un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos -indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada -bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de -aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un -horizonte muy negro. - ---No; yo no le desprecio a usted. - ---Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e -intentaré regenerarme. - -Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que -Moro-Rinaldi podía esperar. - -El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me -llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y -añadí: - ---Es una mujer para casarse con un príncipe. - ---Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza. - ---No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una -casa pobre como la mía. - ---¿Adónde quisiera usted llevarla, querido? - ---A Pafos o a Amatonte. - ---Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad -vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; -soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la -voy a pretender y me la voy a llevar. - ---¿Cree usted?--le dije yo. - ---Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena. - ---Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao. - -Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y -entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que -éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo: - ---Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran -simpatía. - ---Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de -voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí. - ---En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted. - ---Sí; creo que sí. - ---Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras -respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena. - ---¿Con la señorita de Montferrat? - ---Sí. - ---Pretende usted robarla? - ---Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla -casarse conmigo. - ---¿Y cree usted que ella accederá? - ---Sí; así lo espero. - ---Es una mujer tan orgullosa, tan altiva... - ---¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece. - ---¿Cuál? - ---Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi -estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...» -Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía. - ---Es usted audaz. - ---No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece -un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con -uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice, -y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el -engañador... A usted le pasará lo mismo. - ---No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre -a su lado. - ---Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable -sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho -lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y, -luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si -fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a -esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido -uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama -seca o un manojo de paja. - ---¿Es usted fatalista?--le pregunté yo. - ---Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo -lo que tiene que ocurrir ocurre. - ---¿Pero usted cree que hay destino? - ---Estoy inclinado a pensar que sí. - ---¿Un destino predeterminado? - ---Sí. - ---No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor -pueden modificar el destino. - -Moro se encogió de hombros. - ---¿No cree usted en el amor? - ---Poca cosa, la verdad. - ---¡Pobre Elena!--exclamé yo. - ---¿Por qué?--preguntó él--. Yo creo que para hacer feliz a una persona -es mejor no sentir amor por ella. - ---Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta. - -Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna -manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia. - -Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más -que de un proyecto en serio. - - - - - XIV. - - UNA SERENATA - - -AL comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en -organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente. -Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí, -delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con -un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y -estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos -dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas -con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una -gran algarabía con nuestros instrumentos. - -Yo tocaba el violín. - -Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina. - -Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro -Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros -pensamientos. - -Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del -anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche. - -El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se -veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo -y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una -respiración lenta, voluptuosa y tranquila. - -Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas -de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de -la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas -estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y -Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de -Mozart. - -El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de -blanco, asomarse a la barandilla. - -Luego, yo toqué el _Carnaval de Venecia_. - -Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en este trozo musical que -Paganini arregló para violín de la canción veneciana _O mamma!_, -dándole un aire más incisivo, más burlón y más fantástico. - -Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo -estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor, -de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me -aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la -ventana, y me hicieron repetir dos veces. - -Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los -instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular, -cantamos el _Himno de Riego_ y paseamos por las calles, charlando. - -Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar. - -Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun -más vivas en la transparencia del aire. - -Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba -alejando hasta perderse en el silencio de la noche. - -El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de -las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo -batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía, -el sonido rítmico y melancólico de las olas. - -Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo -lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más -felices y más memorables de mi existencia. - -Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la -copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi -corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas. - -Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el -nepenthes de Polydamna. - - - - - XV. - - EL HOSTAL DE LA CADENA - - -HACÍA un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar, -tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones -blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la -carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau -entró en el Hostal de la Cadena. - -Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos, -de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba -a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a -otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta -grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel -momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la -hostería su condición entre campesina y marinera. - -Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán -jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas. -Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un -corralillo. - -Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina -grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el -aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero, -y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro. -En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban -sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar. -Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y -trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el -catalán como por explosiones. - -Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán; -otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el -pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino; -otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de -aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo. -En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la -guitarra, una canción sentimental. - -Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta, -donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por -excepción tenía un mantel blanco. - ---No se podrá usted quejar--dijo el Caragolet, señalando el mantel -blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes. - ---No, no; está muy bien--y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa. - -La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron -café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato. - -Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el -Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso -dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de -emoción. - -A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se -oían las palabras de Moro: - ---¿Que se burlan de ti, muchacho?--decía una vez--, búrlate tú de -ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo -más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los -mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses, -ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen -a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros -somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son -la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser -amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos -con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo. - -El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con -asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un -frenético entusiasmo. - ---No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano--siguió diciendo -Moro-Rinaldi--; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y -qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El -amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. -¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio, -su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte -como el de una pantera! - -El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente -subyugado. - ---Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una -gitana--añadió Moro-Rinaldi--. Mi padre procedía de un dux de Venecia; -mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como -tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú -sígueme, obedéceme; yo te protegeré. - -El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el -suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco -de los ojos, dijo: - ---Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña -usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré. - -Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo -con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás -dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la _jettatura_; luego -se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho. - -En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo -después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de -preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde. - - - - - XVI. - - EN ALAS DE CUPIDO - - -EL domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados -a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el -farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para -que fueran a la tarde a merendar a la torre. - -Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una -tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. -María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en -el cenador de la terraza. - -La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido, -ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir -suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba, -dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte -llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las -plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo -lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de -cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al -corro en la carretera y cantaban con voces agudas: - - Dicen que Santa Teresa - cura a los enamorados. - -Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el -dar un paseo en barca. Elena--¡oh!, disimulo femenino--dijo que no; que -ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la -convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso! - -Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la -carretera y nos acercamos a la playa. - -Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano. - -Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde -estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se -dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un -marinero, fueran en una, y los demás, en la otra. - -Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para -entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau. - ---Tenemos que ir al pueblo--dijo Arnau--; por nosotros no se priven -ustedes del paseo. Pascual les acompañará. - -La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda -entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual -el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en -dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno -inundados de espuma. - -Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se -asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia. - -En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se -pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego -largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en -seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas. - ---Van conducidos por Cupido--le dije yo a Pepeta en broma. - ---¿Por quién? - ---Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas. - ---¿Y nosotros? - ---Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un -boticario que no pesa menos. - -Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos -barcas era ya mayor. - -Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había -pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron. - ---Quizá se les haya ocurrido ver la aldea--pensamos. - -Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar -al mismo punto. - -Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las -dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes -del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al -trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les -conducía. - -La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a -punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie. - ---La mataría--dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana. - -El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se -hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y -que Moro-Rinaldi le había engañado. - -Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro. - -Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba -temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos -a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y -Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo -ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. -Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se -manifestaba también furioso. - -Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento. - -Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la -iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi -estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía! - -Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa, -diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios. - -Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía -que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la -familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre -la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia: - ---Así sois todas las mujeres. - -Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa, -habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que -se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido. - -Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con -Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal -y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la -luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los -llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la -Ciudadela, como carlistas. - -Lo extraordinario fué--según contaron--que, al registrar la maleta de -Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar -que el corso estaba pagado por los carlistas. - -Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró. -Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, -y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo. - -Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que -anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que -fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo. - -Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a -ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela. - -Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de -nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la -Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su -capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba -completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a -Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona. - - - - - XVII. - - VIAJE POR MAR - - -ACEPTÉ la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque -no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he -acabado por marearme. - -El barco en que hicimos nuestro viaje, la _María Rosa_, era un jabeque -de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa. - -Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos -jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de -las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte -en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un -exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego. - -Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba -por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su -jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy -querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle -sacado los ojos. - -Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí. - -También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el -Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los -cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de -ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había -escapado con un contrabandista. - -Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón; -cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, -por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían -agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo -preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz -con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón. - -El día, de invierno--estábamos en las proximidades de Navidad--, se -presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, -de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y -pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y -malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba -orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas -coronadas de espuma. - -Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al -avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía -de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia; -las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus -oquedades moradas. - -La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba -amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de -su manto de azul. - -El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me -hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las -Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la -costa y a ser víctimas de las arpías. - -Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer -el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén. - -Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se -marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo -torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro. - -Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de -Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol -en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en -intensidad. - -El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de -lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a -las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros. - -La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias; -habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas -cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la -gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo. - -Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso. - ---¿Qué, está bueno?--preguntó el cocinero. - ---Sí--dije yo--, pero me parece que pica un poco. - ---¡Ca!--repuso Arnau--, eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso. - ---¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el -efecto de una función de fuegos artificiales. - -En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por -encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente -los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media -tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y -fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona. - -Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se -teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, -se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo. - -A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo -alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio -de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco, -de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María -del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la -Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta. - -En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los -tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a -medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces -comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas -en la semiobscuridad. - -Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la -escalera del malecón. - -Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada -próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de -la calle de la Puerta Ferrisa. - - - - - XVIII. - - CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS - - -BARCELONA, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad -grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de -casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la -Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre. - -De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite -y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de -algún santo. - -A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. -Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y -destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su -espíritu. - -Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada -y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que -existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa. - -Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la -mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no -tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en -ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la -casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una -mixtificación y una farsa. - -En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y -medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida -austera y contenida. - -Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, -que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de -campanas de las distintas iglesias de la ciudad. - -A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de -éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían -de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de -la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se -levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la -Puerta del Mar. - -Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un -momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se -estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad. - -Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si -encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que -no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar -más dependencia. - -Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me -quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me -ocurriría lo mismo. - -El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y -que después de ella vendría la calma. - - - - - XIX. - - TARRACONENSE - - -QUIZÁ la división más natural de la Península, al menos desde un punto -de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes -regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría -añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre -las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la -base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya. - -En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la -montaña y el mar, el campo y la ciudad. - -Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la -lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra -la ciudad, que cambia y evoluciona. - -Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento -entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades -despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan -grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni -tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan -ardiente ni tan voluptuoso. - -Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el -ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia; -así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar -era furioso. - -A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido -republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, -y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad. - -Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan -exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen -querido que su ciudad fuera el centro del mundo. - -No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a -la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es -cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró. -Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria. -En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de -estrategia y de posiciones. - -Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también -ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura. - -Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en -Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este -hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando -vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su -infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo -asesinaba para recuperarlo. - -Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que -en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona. - - - - - XX. - - CONFUSIÓN - - -HABÍA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres -embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la -Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo -que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el -objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona. - -Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches -a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra -casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del -conspirador madrileño. - -Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar -por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba -también largos ratos en el claustro de la Catedral. - -Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me -acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos -de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban -haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se -hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del -general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que -su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara. - -María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán -Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su -yerno. - -María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro -Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus -respectivos maridos se la comunicase. - -Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta, -Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café, -con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona. - -Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en -la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también -el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias, -cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba -de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se -celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los -exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla. - -El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres -de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, -y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza, -don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal, -para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también -Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los -de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del -café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de -regionalistas. - -Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase -social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los -había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente -era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de -toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban -dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga, -el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros. - -También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres -exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más -chillonas y alborotadoras. - -Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la -Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba. - -Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse -el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que -salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación -en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los -milicianos nacionales. - -Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él; -si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino -Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y -otros ideales. - -El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los -carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea -de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas -tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía -a éstos en la mayor desesperación. - - - - - XXI. - - LA CIUDADELA - - -UNA tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la -Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos -detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me -permitió la entrada. - -Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía -a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra, -como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y -María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca -de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un -chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi -amigo el señor Vicente, el tío Corda. - -El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no, -que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí. - -El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal -castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo -una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin -duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se -colgaba a la gente en serie. - -El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían -ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de -España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la -humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de -muertos. - -Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel -mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo -que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que -denunciaban a los liberales. - -Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba -de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel -rincón. Allí trabajaba desde su infancia. - -El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus -manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo -encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza: - ---Dentro de unos días va a haber aquí sangre. - ---¿Cree usted? - ---Eso dicen. - ---¿Y a usted no le parece mal eso? - -El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas -dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre -de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo -alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro -floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a -los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser -enviado a Mallorca para ser fusilado. - -Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me -despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa -venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían -pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los -presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y -degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel -don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido -hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la -Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería -sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían -cometido los carlistas... - -Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María -Pastors, gobernador de la Ciudadela. - -Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá -y Vadolato, hija del barón de Foxá. - -El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro, -catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre -me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares, -llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja. - -El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don -Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el -que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas -odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero -Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en -Barcelona él no podía tomar tales disposiciones. - -La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell -dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre -del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823. -Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes -Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri. - -Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de -O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo -comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la -negativa. - -Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con -muy pocas esperanzas. - - - - - XXII. - - LA MAREA QUE SUBE - - -HACIA fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte -del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que -los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort -estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado -la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas -pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban -fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, -en su mayoría, eran del regimiento de Saboya. - -Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada -cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su -represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían -presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde -estaba el santuario. - -La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos; -se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la -indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues -éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual -había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort. -Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus -prisioneros. - -Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de -boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La -rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y -desesperada. - ---Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba. - ---Es necesario hacer algo ejemplar. - -María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no -sabía qué aconsejarlas. - -El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona -tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando -generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban -hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos. -Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas. - -Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba -construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré, -enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en -ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un -barrizal. - -Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza -en que se encontraban prisioneros sus maridos. - -Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño -destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento -cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al -mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única -fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas. - -Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba -asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente -desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío -que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza. - -Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era -imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se -habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los -enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia -estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que -estos tomasen las represalias que quisieran. - -Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar -hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien -daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban -generala. «¡Viva la Petita!»--gritaban unos--. «¡Viva Cristina y vinga -farina!»--decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente -que vitoreaba a la Libertad y a la República. - -Seguía lloviznando. - -Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la -cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo -empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla. - -Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un -instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y -por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a -la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo -dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud. - -Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los -glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los -prisioneros carlistas. - -Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda, -esperar a que entrara la noche para dar el asalto. - -¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía. - -La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las -olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y -comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en -la explanada y en los fosos. - -Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena. -Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba -dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese. - -De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante -en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la -Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había -preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían -contestado: - ---Queremos a los presos; queremos a O'Donnell. - -El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los -prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los -amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les -entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la -muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de -una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y -que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran -a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona. - -El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases -contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus -palabras, sino comenzar en seguida el asalto. - -El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta -comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet -y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía. - -Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una -de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El -primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha -en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la -cara llena de rabia y de cólera. - -Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret, -y poco después, Arnau. - -A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos -largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos. - -Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo -sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos -o tres llevaban el cuchillo entre los dientes. - -Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió -el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el -foso. - -Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la -luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a -aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte. - -Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola -embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios -del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo -todo. - -El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre -intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta -apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento -de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles. - ---Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados -por los carlistas. ¡A muerte los presos! - -Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud -de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos. -Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que -no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a -sablazos y a cuchilladas. - -La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y -dejando por todas partes huellas de sangre. - -Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los -amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su -encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un -niño de pecho, gritando: - ---Tened piedad de mi hijo. - ---Dámelo--gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus -brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada. - -Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un -corredor, gritó con desesperación: - ---Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada. - -Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la -abrieron a tiros y a culatazos. - -O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios -tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo -echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó -sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron -arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad. - -Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando, -corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre -comenzaba a bajar. - - - - - XXIII. - - FURINALIA - - -DE pronto, Elena se acercó a mí y me dijo: - ---Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido. - -La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en -el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, -ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la -Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde -estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos -oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes -que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las -antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo -las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad. - -La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los -sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de -ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo: - ---Estos son presos carlistas. - -Elena gritó con voz aguda: - ---No; han entrado en la Ciudadela conmigo. - ---Es verdad--afirmé yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en -el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, -las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una -hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano. - -Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las -profundidades del Averno. - -Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran -prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de -los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso. - ---¡La _jettatura_! ¡La _jettatura_!--repitió varias veces Moro-Rinaldi, -pálido de terror. - -El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza -tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se -echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, -reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible. - -Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo. -Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada -que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela. - ---¡Si pudiera usted recoger su cadáver!--me dijo. - -No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la -cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres -y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro. -Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la -atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de -mujeres y de moribundos. - -Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces -se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la -llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo; -debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a -Elena en su cuarto y salí a la calle. - -Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando -solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente -eché a andar. - -Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba: - ---¡A las Atarazanas, a las Atarazanas! - -Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a -obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor -de una hoguera. - ---¿Qué hay, qué pasa? - -Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los -restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas. - -Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado, -los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con -la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y -estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella -fúnebre pira. - -En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba -buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret -habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido. - -Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo -grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia -se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en -la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los -calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde -se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una -chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas -hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e -inmediatamente degollados por la turba feroz. - -En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena, -y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres -infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus -camas y fusilados en la calle. - -En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo -estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los -almogávares en los pueblos de Oriente. - -Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura -que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me -pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo. - - - - - XXIV. - - AL DÍA SIGUIENTE - - -A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. -Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con -que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con -otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de -casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos -nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la -alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer, -ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser -de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la -tarde no apareció ninguno de ellos. - -Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se -reunieran con ellos los batallones de la milicia. - -A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer, -el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó -en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito -con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812». - -El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos -grandes antorchas y custodiado por dos centinelas. - -Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles; -la gente los vitoreaba al paso. - -Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del -Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día -anterior. - -Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la -Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el -movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín -tan sangriento y tan turbio como el del día anterior. - -El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy -enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los -batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a -retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último, -consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado. - -El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador -madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que -estaba surto en el puerto. - - - - - XXV. - - EPÍLOGO - - -UNOS días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban -inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me -dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la -fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso -que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona. - -Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué -decirla. - -Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo -llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa -mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en -días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en -la cintura, y el chico daba vueltas al carretel. - -De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto. -Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones, -galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela. -Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas -naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza. - -Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona. -Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera, -porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos -vivir allí cómodamente y sin apuros. - -No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a -despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la -Cadena. - -Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los -almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas -brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador -del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos -los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad -inusitada. - -El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas, -perezosas, a la angosta playa. - -Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz -aguda: - - A las chicas de este pueblo - las tengo que regalar - unas tijeritas de oro - para aprender a bordar. - -Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el -rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que -me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y -tocaban los tambores la retreta en los cuarteles... - -Al día siguiente era la marcha. - -Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme. - -Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde -comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio -de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial. - -Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de -Lepanto_, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y -me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío, -hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era -igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo -que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al -fuego. - -Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una -carta dándome noticias. - -Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos -tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde -habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó -muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que -se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se -acercó al confesonario del canónigo Roquebruna. - ---Don Guillermo. - ---¿Qué hay, hijo mío? - ---Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido. - ---Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta -lo que has hecho. - -El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que -había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo: - ---Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie. - -Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron -en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una -lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín -en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el -circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la -terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime: - ---Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista. - -Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y -después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como -alférez. - -De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a -ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con -Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la -Cadena. - -Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que -había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba -guapísima. - -Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba -que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se -me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de -Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan -decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo. - - Itzea, junio, 1921. - - - - - LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA - - SEGÚN AVIRANETA - - -HABÍA leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo: - ---Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño -representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te -contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos -ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A -mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin -adornos. - ---A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos. - ---¿Cómo que no? - ---Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la -Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado -injustamente. - ---Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre -los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío. -Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables -imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo. - ---Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede -que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son. - ---¿Esa es tu opinión? - ---Sí. - ---No es la mía. - ---Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir. - ---Habrás leído mi folleto _Mina y los proscritos_. - ---Sí. - ---No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en -Argel, y me hallaba verdaderamente furioso. - ---¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted? - ---En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan -claros. - - - EN ZARAGOZA - -El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel -de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de -San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado _Lo que debería ser el -Estatuto Real o derecho público de los españoles_, en la imprenta de -Ramón León. - -El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y -de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder -para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que -dirigíamos los de la Sociedad Isabelina. - -Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en -restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno -liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos -como por la fuerza militar. - -Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer -al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta -conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes -desvelos de los isabelinos. - -Mis planes--seguía diciendo después--nunca se dirigieron al -establecimiento de una república en España. Republicano por principios, -estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no -nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y -perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades. - ---¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar! - ---Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio -capital de nuestra época. Sigo adelante. - -Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no -creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para -la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos -no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se -podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en -oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o -Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores, -dignos del presidio. - -Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras -filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas -se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al -conde de Toreno. - -Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando -contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente -y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los -isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme. - -En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen -pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el -Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí -de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a -defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí. - - - «EL CONSABIDO» - -Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don -Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese -una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con -todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros. -Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos -de Madrid y de provincias. - ---¿Era usted todavía hombre influyente? - ---Sí, ya lo creo. Estaba en auge. - -A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro -y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la -Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir -el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí -se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra -contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_. - -Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra -me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo -le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me -escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que -el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo -decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de -la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el -ejército. - -Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión, -y me contestó que a Barcelona. - -Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en -Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en -política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer, -probablemente, allí cosa de provecho. - -Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me -replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que -allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho. - - - MENDIZÁBAL - -A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano -político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera -un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid. - -A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el -mismo día de la apertura de los Estamentos. - -Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban -para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando -la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de -mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un -nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de -Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia. - -En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del -Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia -y me quiso emplear de una manera honrosa y decente. - -Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo -era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo -encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a -blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable. - ---Una pregunta. - ---Venga. - ---¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez, -cambió de apellido y se llamó Mendizábal? - ---Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían, -por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de -Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía. -Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de -llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal -estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez -Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo -tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó. - ---Es una versión lógica. - ---Mendizábal--siguió diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy -premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la -revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí. - -Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio -estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser -reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado -que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella -causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que, -en su consecuencia, se sobreseyese. - -A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me -aseguró que sobreseería la causa. - -Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en -lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el -estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban, -atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente -que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar -aquellas maquinaciones y auxiliar al general. - ---¿Está usted en buenas relaciones con Mina?--me preguntó Mendizábal. - ---Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo -que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí. - ---Mina hace un gran papel en Cataluña--añadió don Juan--; es muy -querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna; -cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto -se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de -espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara. - ---Pues, nada, iré a Barcelona. - ---Bien. Yo le daré a usted una carta. - -La carta que me dió Mendizábal decía así: - - - «Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina. - - »Madrid, 30 noviembre de 1835. - - »Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la - justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el - señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de - confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo - resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia - preveo igualmente que accederá usted a mis deseos. - - »Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano, - - »_J. A. y Mendizábal_». - - -Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el -ministerio ni en su casa pude encontrarle. - - - DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA - -Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de Valmaseda; había viajado -por América, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las -matemáticas y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia y era -muy enemigo de la gente joven y activa. - -Durante los años de la emigración, en Londres, después de 1823, se hizo -tan íntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escribía -los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros -gobiernos liberales. - -Se tenía de él un gran concepto, y formaba con Argüelles, Calatrava, -Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceañistas, al que algunos llamaban -el de los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. Don Ramón -era serio y reservado, tenía mucho prestigio, y excepto Alcalá Galiano, -que le odiaba, los demás le consideraban como un gran hombre. - -La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra renovó mis sospechas de -Zaragoza, que se aumentaron aún con los datos que me dieron algunos -amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba mal de mí; que me pintaba como -un intrigante y como un alborotador, y que decía que sería conveniente -que me expulsaran de España. - - - LOS DOCTRINARIOS - ---Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?--le -pregunté yo a don Eugenio. - ---No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios, -gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos -de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir -los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de -revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie -de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia, -tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias -para dar a la arbitrariedad una apariencia legal. - -Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían -en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me -consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las -cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas -indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que -sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y -una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos, -los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su -grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses; -el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en -Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de -estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón -por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis -opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la -Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un -odio terrible y no me perdonaron. - - - DESCONFIANZA - -Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal si es que el Gobierno -quería desprenderse de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era -capaz de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba que no fuera a -Barcelona. Ante esta afirmación me decidí; no tenía otro remedio. - -La víspera de mi salida de la corte encontré, cerca de la Casa -de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifesté claramente mi -desconfianza. Don Ramón, después de excusarse de no haberme recibido, -por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indicó que en aquel -momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisándole -que yo llegaría al final de mes, comunicándole la comisión que llevaba -a Barcelona y recomendándome eficazmente. - -El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días -la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulación catalana, y el 24 -del mismo mes me embarqué para Barcelona. - - - EN VALENCIA - -En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos -y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre -ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada, -seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas -lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de -una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me -figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo. - -Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí -algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno -de un autor francés, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho días -en Nápoles_, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe -napolitano, pero no encontré mas que éste. - -Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en -aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario -y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de -hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la -capital del principado. - - - BARCELONA - ---¿Existía de veras tanta inferioridad? - ---Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que -sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían -erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin -abnegación. - -Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el -muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo -asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de -la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé -hospedado. - -Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña -Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le -pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la -Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía; -su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto -me dió muy mala espina. - -Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política -barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más -enconada y personalista. - - - POLÍTICOS BARCELONESES - -Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos, -muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe. - -Entre los liberales la confusión era grande, y los diversos grupos se -miraban, en su mayoría, con hostilidad. Primeramente había un grupo -de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una -plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes -negocios. Parte de estos plutócratas eran masones, amigos del banquero -Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en -quien tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder -como un traidor y le había dado el sobrenombre de «Meteoro». - -Después venían los exaltados, entre los cuales los había de varias -clases; unos eran localistas y no querían ocuparse mas que de lo que -ocurría en Cataluña; otros, nacionales. - -Los localistas rechazaban la colaboración de los liberales de Madrid -y del resto de España, y llevaban una política suya exclusivamente -catalana. - -Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado una confederación -liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tenía un carácter -marcadamente regionalista. - -El gran defecto de esta confederación era el ser neutra y poco activa -y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la región -próximos a Barcelona. - -Entre los liberales nacionales había algunos de tendencias moderadas, -y otros más progresistas; estos últimos se podían clasificar en dos -grupos: los isabelinos, que defendían la idea liberal sin considerarla -adscrita a un hombre, y los partidarios acérrimos de Mendizábal, que no -querían ver nada posible en política sin su jefe. - -Había también algunos republicanos y restos de la Sociedad Carbonaria, -sociedad que había fundado en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en -1822, venido de Nápoles. - -De estos carbonarios, la mayoría eran militares italianos y polacos, y -en ellos se daba la tendencia de convertir los asuntos nacionales y -locales en cuestiones de índole internacional. - -A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié con las personas -importantes del partido liberal. Con quienes me vi con más frecuencia -fué con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos otros. - -Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía entonces las veces de -director en el periódico _El Vapor Catalán_. Madoz tenía relaciones con -Mina, el cual le había empleado y dado varias comisiones lucrativas; -era masón, y en esta época se sentía completamente catalán, y con -Gironella, Llinás y otros había formado la confederación liberal de que -te he hablado. - -Gironella, el comandante de la Guardia nacional, era hombre rico, un -tanto fatuo y adorador de cuanto diera popularidad. Tenía una casa -importante y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella era enemigo de -Bertrán Soler, y me manifestó que con Bertrán él no colaboraba. Le -pregunté si había alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas que -rencillas de pueblo. - -Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y abogado, había publicado -varios folletos y libros; ponía cuando firmaba debajo de su nombre, -como un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante, aunque -sincero y buena persona. Una de sus obras se titulaba _España, libre -por esencia, oprimida por los tiranos_. - - - XAUDARÓ - -Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre joven, elegante, de bigote -pequeño y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba -«Unitario», que al parecer quería reunir a los liberales de todos -los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y -principalmente los plutócratas barceloneses. Xaudaró era hombre de dos -caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes. - ---¿Cómo?--interrumpí yo--; yo he visto el retrato de Xaudaró en una -estampa titulada: «Víctimas de la causa popular», al lado de Bravo, -Maldonado, Padilla, Porlier, etc. - ---¡Bah! así se escribe la Historia.--replicó Aviraneta. - ---Ya estamos otra vez en el problema de los hechos. - ---Xaudaró--dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusión--había -sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de España, -del subdelegado de policía de aquella época, don José Víctor de Oñate. -En la causa que se siguió a los masones en Barcelona, un tal Lucas -Martínez denunció a Xaudaró como confidente de la policía. Decididos -los isabelinos, según me dijo Bertrán Soler, a averiguar lo que podía -haber de cierto en esto, supieron que el dueño de una casa de baños de -Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor Mazlat, tenía listas, -papeles y documentos de Xaudaró por los cuales se podía colegir que -éste había sido un agente provocador que incitaba a los liberales a -entrar en España en la época absolutista y los denunciaba después a la -policía. - -Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francés -de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrárselos, pero no se los -quiso entregar. - -La redacción del _Vapor Catalán_ tenía en Xaudaró un gran agente de -negocios; éste hacía campañas para sacar dinero, aspiraba a ser un -dictador de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la plutocracia y en -la gente maleante. - -Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez de dinero. - -Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante, -violento y al mismo tiempo muy zorro, que tenía grandes ambiciones. - -El escribano Francisco Raull, con quien hablé un par de veces, había -publicado la historia de la conmoción de Barcelona en la noche del 25 -al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escribía -dando más importancia a la palabrería que a los hechos. - - - LOS JÓVENES - -Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y de ideas muy avanzadas. -Los que más se destacaban eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía -mucha fama y era capitán del batallón de La Blusa; Laureano Figuerola, -que era de este mismo batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de -Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta de la escenografía -del triángulo y de la escuadra, tipo pequeño, barbudo y un poco -ridículo, que luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio -Sué, _María o la hija de un jornalero_, y Abdón Terradas, autor también -de una novela bastante mediocre titulada _La explanada_, con escenas -barcelonesas de la época del mando del conde de España. Este Terradas -fué uno de los precursores del republicanismo y del regionalismo -catalán. - -Casi todos los jóvenes liberales barceloneses eran entonces medio -republicanos, medio carbonarios; muchos de ellos habían colaborado -en el _Propagador de la libertad_, en donde se insertaban artículos -obscuros del iluminado Adolfo Boheman; otros habían publicado algo -en _El Regenerador_, de Bertrán Soler, semanario enciclopédico, -constitucional y españolista. - -Carlistas y liberales, exaltados y moderados, isabelinos y -mendizabalistas, regionalistas y patriotas se odiaban todos con -idéntica furia, y el más violento rencor reinaba en la sociedad -barcelonesa. - - - UN CONFIDENTE - -Una de las cosas que me preocupaba y que comencé a trabajar con los -isabelinos fué el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al -tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban -en el extranjero. - -Bertrán Soler se dirigió a un redactor del _Vapor Catalán_, un pobre -hombre que había estado empleado en la policía, y éste nos dirigió a un -militar retirado, que vivía en una casa de huéspedes de la calle de la -Boquería, llamado Ribot. - ---Si no le encuentran ustedes a él, que será lo más probable--nos dijo -el periodista--, hablen ustedes a su patrona. - -Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compañía de Bertrán Soler, -porque éste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando -con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por -la Libertad con desinterés y con abnegación. - -No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su patrona, como me había -recomendado el redactor del _Vapor Catalán_. - -Era ésta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada -doña Enriqueta. Nos entendimos fácilmente, porque al momento hablé yo -de dinero. - -Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot era, efectivamente, -individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a -diario en Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. Añadió -que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurría en esa Junta; yo le -indiqué que era enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos largo -rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacaría al huésped y me daría -informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que -le iría comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina. - -Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, y ella, cumpliendo -su palabra, me envió informes a casa de mucha importancia. - - - MIS PLANES - -El día 28 de diciembre volví a presentarme a la señora del general -Mina, doña Juanita Vega, a quien entregué una carta para su marido, que -estaba en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, anunciándole mi -llegada y la misión que traía del Ministerio Mendizábal. - -El general Mina no se dignó contestar a mi carta. Luego supe que don -Ramón Gil de la Cuadra me había indispuesto con él. Le había dado malos -informes de mí, diciéndole entre otras cosas que yo afirmaba a todas -horas, y era verdad, que los militares españoles no podrían acabar la -guerra, y que ésta no se terminaría mas que por una acción política y -diplomática. - ---Era, seguramente, una imprudencia de usted el afirmar esto--le dije -yo a don Eugenio. - ---Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero a mí me parecía la -verdad. Desde Barcelona dirigí dos comunicaciones al presidente del -Consejo de Ministros anunciándole que había conseguido dar con el foco -de la insurrección carlista catalana y de la intriga extranjera, y que -tenía metida en su Junta una persona de confianza que me pondría al -corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba despachar comisionados -a Perpiñán, Marsella y Génova, para que, puestos en contacto con los -cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen todos sus planes. - -Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más pronto posible, y le -decía que esperaba el regreso del general Mina para formar, de acuerdo -con él, un plan político que desorganizara las huestes carlistas de -Cataluña. - -Bertrán Soler me dijo que hacía una semana, próximamente, había -recibido un correo extraordinario de París avisando la salida de -un coronel y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de sus -correspondientes filiaciones y del objeto de su viaje, que era el -fomentar un levantamiento carlista en Barcelona. - -Bertrán Soler puso el pliego en manos del general Mina, y, a -consecuencia de este aviso, fueron presos en la fonda de las Cuatro -Naciones el coronel, varios italianos y dos o tres catalanes que -estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que cayeron bajo el -puñal homicida en los fosos de la Ciudadela. - - - PABLO ORSINI - -Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones de sus paisanos -absolutistas era un antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por entonces -pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido por encargo de su -Sociedad a estudiar lo que pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado -de todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que no hiciera gran -caso de los delegados de las sociedades secretas de Barcelona, porque -éstas no tenían realidad alguna. - -A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores Escoceses, de los -Templarios Sublimes y de la Asociación de los Derechos del Hombre con -proyectos irrealizables y ridículos. - -Según decían, se iba a intentar con su concurso una revolución -republicana; se quemaría la efigie del Papa y vendría a ponerse a la -cabeza del movimiento Juan Van Halen, desde Bélgica. - -Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento de la Constitución era -ya muy poca cosa. - -La confusión en que se encontraba Barcelona, unida a la más absoluta -mediocridad y a la mentalidad pequeña y provinciana, hacía que, a pesar -del deseo de muchos, fuera imposible que de allí saliera algo claro -y fuerte. Unos proyectos estorbaban a otros, e iban entrelazándose -y confundiéndose los manejos de un complot local de venganza, con -nuestras aspiraciones para la restauración de la Constitución y las -vagas maniobras de los internacionalistas. - - - POCA SUERTE - ---¡Qué poca suerte, don Eugenio!--le interrumpí yo--. No haber podido -nunca mandar en capitán. Siempre ha sido usted un piloto interino. - ---Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones para mandar! - ---¿Qué hubiera usted sido de contar alguna vez con una ocasión propicia? - ---No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay que soñar. - ---Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos. - ---Eso es, hechos y sólo hechos. - - - EL PLAN SANGUINARIO - -Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he -dicho, al mismo tiempo varios complots. - -Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y católicos que -yo llevaba orden del Gran Oriente Masónico de matar a los prisioneros -carlistas de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? ¿Qué podía ganar yo -o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; -pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando -se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les -cuesta ningún trabajo. - -En esta época era yo una persona muy poco grata a la masonería. Todos -los conspicuos de ella me miraban como un rebelde. - -La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se veía -venir desde hacía tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y -Bassa habían querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las -venganzas de los exaltados. - -Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la política suya, -dejó desguarnecida la ciudad, entregándola a los furiosos. - -Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron en el abandono de Barcelona -una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con el -general segundo cabo don Antonio María Alvarez y con don José Feliú de -la Peña, teniente coronel y secretario de la Capitanía General. - - - ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA - -Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, atravesado, -desprovisto de sentido moral. Tenía ese espíritu rencoroso tan -frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los -españoles reaccionarios porque le parecían, y era natural que le -pareciesen, los más españoles entre los españoles. Para Alvarez todos -los españoles eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café de la -Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando contra la reacción y contra -los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que -querían la venganza a toda costa y hacer una San Bartolomé con los -carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragonés -de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en bárbaro. - -Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel don José Feliú de la -Peña, que era secretario de la Capitanía General. Feliú de la Peña -tenía el carácter de esos hombres turbios que aparecen en períodos -mixtos de absolutismo y de anarquía. Había sido fiscal en los tiempos -de la comisión militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder para -la secretaría de policía de Cataluña, y después había entrado en la -Capitanía General. Feliú, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante, -atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con los suministros -militares, como antes los había hecho explotando las casas de juego. - - - CONSEJOS DE MINA - -Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, del cual eran -directores algunos plutócratas barceloneses. A su vez, Feliú de la -Peña llevó a Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. El -general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de -algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos; -creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la -Constitución iba a ser perjudicial para la causa. Sabía que llegaba yo -en calidad de consejero político enviado por Mendizábal, y esto, al -parecer, le había ofendido profundamente. - -Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del Club Unitario no se fundiera -para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin -duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de dividir para reinar. -Xaudaró y los que le seguían aspiraban a una dictadura de Barcelona -sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretendía -lo mismo, pretendía ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese -sin que él diera su vistobueno. - -La recomendación de Mina influyó en los que formaban la junta -constituída por Madoz, Llinás, Gironella y otros; y al querer entrar -nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban -prudente en aquellos momentos la proclamación de la Constitución de -1812. - -Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú de la Peña, a Xaudaró, -a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual -Madoz. Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, se echó atrás -y tomó una actitud completamente ambigua. - - - LA TORMENTA SE ACERCA - -A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, que se consideraba -como una manifestación del poder absoluto de los exaltados, iba -cundiendo en el pueblo, y se veía que no le faltaba para realizarse mas -que una ocasión favorable. Al mismo tiempo había carlistas frenéticos -deseosos de que la situación se hiciera más tirante que veían casi con -gusto la perspectiva de una matanza de correligionarios en Barcelona, -y mendizabalistas entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese -algaradas populares, para que así Mendizábal, que había prometido la -paz en seis meses, si no se turbaba el orden y todos le ayudaban, -tuviera un pretexto para sincerarse y seguir en el Poder. - -Varias veces el general Pastors, gobernador de la Ciudadela, había -enviado peticiones a Alvarez, que mandaba la capital en ausencia de -Mina, para que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas presos -señalados para ser víctimas de la venganza popular a otra ciudad o a -un barco de guerra; pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña -accedían. - ---Que se revienten--decía Alvarez, riendo--; que se hagan la pascua--y -se alegraba de los temores de Pastors. - -Este, que era un pobre hombre bruto, pero de buen fondo, quería salvar, -sobre todo, a su amigo O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban lo -que pedía. - - - UN AVISO - -El día 3 de enero, por la noche, se presentó en mi casa un hombre -desconocido; me preguntó si estaba solo; le contesté que sí, e -inmediatamente me dijo: - ---Vengo a advertirle a usted que mañana serán ejecutados los -prisioneros carlistas de la Ciudadela. - ---¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted esta noticia? - ---No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted saber que el hecho es -cierto; mañana lo podrá comprobar. - -Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no conseguí nada; me repitió -que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se marchó. - -Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, me puse las botas, tomé -la capa y el sombrero y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo -las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había desaparecido. - -Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme aquella noticia; -pensé si sería mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero -no pude deducir nada. - - - EL DÍA 4 DE ENERO - -Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado. -Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba -la matanza. - -A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios -a la esposa de Mina y al general Alvarez. - ---¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?--me preguntó doña -Juanita. - ---Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los -que lo dirigen. - ---Cree usted que no. - ---No. - ---Pues, ¿quién, entonces? - ---No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad -tiene también culpa en ello. - ---¡La autoridad! - ---Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que -trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados -a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir. - ---¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad? -¡Qué hubiera dicho la gente! - -Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que -sonaban en la Ciudadela. - -Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que -había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en -Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional. -Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban -identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las -represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas -hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort. - -La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se -consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones -en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la -matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta -de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo -marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó -Pastors violentamente. - ---¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza? - ---Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los -malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí. - -Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a -la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las -ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra -y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la -tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy -entrada la noche, cerca de las once. - -Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio, -completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló -muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de -línea y de la Guardia nacional. - -Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún, -puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la -torre de Canaletas y en el Hospital. - -Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier -Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos -por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen. - -Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le -habían producido las matanzas. - -Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista -con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron -a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la -continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y -los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían -los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen -fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad -general. - - - LOS ISABELINOS - -Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi -casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que -había que hacer el día siguiente. - -Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la -Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel -motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución. -Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos -para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda -parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de -acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la -Milicia. - -El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había -unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase -la Constitución cuanto antes. - -Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al -día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la -Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero, -custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja. - - - EL DÍA 5 - -Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el -general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de -zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del -salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo: - ---Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus -antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo -contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a -renunciar inmediatamente al mando. - ---No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi -concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina. - ---¡Contra Mina! ¿Y por qué? - ---La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la -Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a -él le parezca. - ---¿Y usted no cree que haya algo contra mí? - ---Nada. Contra usted no va nadie. - ---¿Usted qué haría? - ---Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le -avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga -usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y -Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente. - -Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas. - ---Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos -infames. - -Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté -convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú -de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo -Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera -indigna. Varias veces me dijo: - ---¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría -sosegar al pueblo? - ---Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene -usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie. - -El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al -general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se -podía hacer en aquel momento. - -Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de -Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento -del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya -galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme, -a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado -por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve -mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la -Constitución, y dispersó a los nacionales. - -Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado -elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina. -¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento! -Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería -como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada. - -Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la -proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado -los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún -desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros -comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los -isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera -Llinás!, delante de sus respectivas casas. - -Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no -tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que -provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y -ponernos al frente de él. - -Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el -ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el -director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía -nadie en Barcelona. - -Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna -entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del -Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron -tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna -relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los -asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen -mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien -hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses -después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en -la Granja eran premiados. - - - PRESO - -A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando -entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos -dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés -_Rodney_. - -Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me -preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de -Madrid y no encontraba el motivo. - - - EL «RODNEY» - -Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque -inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas -condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se -consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán -Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de -salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien -había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un -peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce -años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le -escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un -cañón. La carta decía así: - - - UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA - - «Señora doña Juana María Vega de Mina: - - »Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.) - - »Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío, - habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama - a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba - firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz - de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el - asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos - acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha - tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha - dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del - señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la - cárcel o castillo que se me designe. - - »Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo - antes posible. - - »Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies, - - _Eugenio de Aviraneta_.» - - - CARTA A MINA - -Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día -siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta: - - - «Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836. - - »Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago - más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir; - si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo, - como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido - ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para - matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron - tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos. - - »¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada - impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los - que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves - de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi - proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré - los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy - capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted - más. - - »La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de - recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las - maquinaciones de la facción y la intriga extranjera. - - »No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con - urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé - pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria. - No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la - brevedad, porque estoy con poco dinero. - - »Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor - Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy - siempre su verdadero amigo, - - »_Eugenio de Aviraneta_». - - - NUESTRAS MANIOBRAS - -Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido -no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado. - -En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al -comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés. - -El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el -general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario -para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados -de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo -había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos -por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que -nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no -podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses. - -Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y -marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la -bodega. No teníamos cama y comíamos rancho. - -Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero -amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario -a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo -hacia Gibraltar. - -Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con -más o menos exageración. Te lo leeré: - -«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina, -en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la -Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le -conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba. -Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de -sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe, -dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido -antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los -resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido -de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las -armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que -con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su -vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría -de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la -de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo -conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la -disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces -enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus -propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró -condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y -tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las -tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo -que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo -volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo -soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana». - ---¿Y es verdad eso? - ---Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos -al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan -desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto -a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta -hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero -seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos -días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición -del capitán general de esta isla. - - - EN TENERIFE - -Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos -dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa -interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante -general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer -a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían -degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona. - -Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno. -Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos -vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos -arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel. - - - RESUMEN - ---¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona -para inutilizarlo? - ---Sí. - ---¿Y Mendizábal colaboró en eso? - ---No; creo que Mendizábal obró de buena fe. - ---Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza? - ---La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró -dejaron hacer. - ---¿Y por qué? - ---Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió -claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer -la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió -decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado. -Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la -organización isabelina fué completamente deshecha. - ---Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y -en Canarias, ¿qué le pasó a usted? - ---Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba, -dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo -intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar, -donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo -plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el -general gobernador hizo la vista gorda. - ---¿Y esto ya no es verdad? - ---No; es fantasía, pura fantasía. - ---Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular? -Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho. - ---Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales... -Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de -desesperación y de rabia. - ---Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante? - ---En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en -marzo de 1836, a Cartagena. - - - EN MÁLAGA - -Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente; -pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson, -comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al -general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo -que podía estar tranquilo. - -No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra -mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme -pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy -buenos amigos. - -Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y -conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde -la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se -tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como -dictador de España. - -La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de -Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel -ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de -comerciantes y de contrabandistas. - - Pamplona, mayo, 1921. - - - - - EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO - - -AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido -en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en -1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y -que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había -una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas -páginas: - -Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una -situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y -lamentable. - -Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico, -José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y -de un perdido. - -Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de -arruinarse en poco tiempo. - -Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se -encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama. - -Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores, -solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y -de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara -para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más -perdido del pueblo. - -En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia -política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores -de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos -revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto. - -A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba -de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio. -Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución -de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de -los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente -partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se -reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular -en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo -el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la -nación. - -Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera -providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes -malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro; -y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la -guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta, -que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga. - -Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger -la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía -la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la -vida normal. - -Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor -Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson. -Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en -serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república. -Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí -partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía. - -Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán, -y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la -primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes -contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo -una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento -revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara. - -Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros -comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar; -pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran -con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en -influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que -en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de -Málaga explotador, en vez de explotado. - -A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio -el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido -algunos intentos en Granada y en Cartagena. - -Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de -mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches -a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la -calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que -saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de -cómo había pasado el día la enferma. - - * * * * * - -Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la -vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban -hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era -José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro, -un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber -intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad -la conversación. - ---Yo me he visto con Escalante--decía Ordóñez. - ---¿Y está conforme?--preguntó el otro. - ---Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el -mismo día de la revolución. - ---Pero la revolución está parada. - ---Ya andará--replicó José Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene -a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido -ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones -y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil -están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que -ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la -Constitución. - ---¿Y lo creerán? - ---Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada; -creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta. - ---Habrá que estar preparados. - ---Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de -vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas. - ---Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con -la fortuna de Rothschild. - ---No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse. - ---Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho? - ---Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el -mundo lo sepa tocando generala por las calles. - ---Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en -el puerto. - ---Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh? - ---¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre! - ---¡Adiós! - -Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio -Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa. - - * * * * * - -No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos -posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi -María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias. - -Esta preocupación embargaba todas mis facultades. - -Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran -milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba -entre ellos. - -Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y -apasionamiento. - -Era comandante militar el general San Just, que había substituído al -coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente -la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés -Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo -hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella -figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga -a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general -Córdova le estimaba mucho. - -A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los -milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había -manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes. - -El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de -gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria -de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la -Sociedad Isabelina. - -A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de -Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e -influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y -de protegerlos. - -A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes -portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el -movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina, -vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los -agentes que trabajaban para preparar la insurrección. - -Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro, -pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar -por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido -cajista del famoso periódico madrileño _El Zurriago_, en la imprenta -de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después -muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los -carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más -tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de -jefe de Policía en Málaga. - -Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las condiciones del murciélago -y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso -a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por -los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de -Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había -entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al -parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación -oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios. - -Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la -revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter -contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo, -reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente, -José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los -revolucionarios. - -En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de -Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran -contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por -los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras -sospechosas sin darles el alto. - -Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el -Morlaco y el Chispilla. - -Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que -habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los -señalaron en el puerto. Los conocía de vista. - -El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de -mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que -le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón -corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba -despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el -Espíritu Santo a iluminarle. - -El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el -sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara, -aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio -superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña. - -El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala -fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el -Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el -barato. - - * * * * * - -En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a -ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona, -de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala -noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla. - -Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del -Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de -un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados -de mi escritorio. - -Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda, -que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba -paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por -los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el _Trágala_, y -Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí, -insultaron al gobernador. - -Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos -que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo. - -Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron -lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy -descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno. - -El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó -grandes inquietudes en nuestros nacionales. - ---Pero, ¿qué les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado. - ---Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno -moderado, y nosotros no lo aceptaremos. - -A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el -Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo, -concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas. -El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje. -Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la -llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus -planes. - -El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que -fueron bastante mal recibidos por los milicianos. - -Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a -ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución. - -Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó -oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de -ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban -a ser desarmados. - -En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que -peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La -guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de -cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase. - -Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me -dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos. - - * * * * * - -El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo, -limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días -anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la -gente del alto comercio. - -Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza -de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se -encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo -estado de gravedad. - -Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos -políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y -que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la -segunda para Levante. - -Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero -de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que -estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus -amigos comenzaron a dar vivas y mueras. - -Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco -cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes -aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los -nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían. - -Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente. -Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general -San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales -por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los -oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese -inmediatamente a la plaza. - -San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su -grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo -llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos. - -Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante -conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y -hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del -puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales, -que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que -quería que todo el mundo respetase la disciplina. - -Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su -serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el -peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el -Ayuntamiento. - -San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los -revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse -obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al -ver que no podían dominar el tumulto. - -Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just, -que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por -la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos -de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José -Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros -matones, comenzó a gritar: - ---¡Muera, muera! - -Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás -hicieron una descarga cerrada. - -San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era -inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta. -Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la -puerta, dió al general y le dejó gravemente herido. - -Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas -entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con -el herido. - -En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo -hacia el puerto. - - * * * * * - -Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de -Riego y a la calle de la Madre de Dios. - -La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en -cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume -de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis -pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún -transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza -temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me -devoraban. - -Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María -Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la -esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo -ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me -decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados; -sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de -la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente, -éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e -iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras. - -Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar -qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír -un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo -lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se -escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en -el silencio de la noche. - -Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda; -pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para -que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a -decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto -iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que -tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que -la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del -zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella -no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte, -fuera yo quien la consolara. - -Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta -solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y, -sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me -resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía -ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la -cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen -después de la muerte. - -Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los -armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo -enflaquecido y destruído por la enfermedad. - -¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en -medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para -todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo -estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a -acompañarla en sus últimos momentos? - -No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la -cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa -de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande -de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me -dijo que acababa de morir. - -Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las -hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto. - -Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego. - - * * * * * - -Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala -por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de -infantería y de artillería en la plaza. - -Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua -novia, visitada por la muerte. - -Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea -estaba en el convento de la Merced. - -Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había -formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza. -Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en -el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le -detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial -a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en -que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento -de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían -que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores -desgracias. - -Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza, -donde dijo a los sublevados momentos antes: - ---¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a -un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra -por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso; -pero ya está hecho, y ya no hay remedio. - ---Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es -menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido. - -Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de -abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre, -que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel -momento haciendo su pacotilla. - ---¿Y qué esperan ustedes aquí?--le pregunté a mi empleado. - ---Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada -en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros. - ---¿Y el gobernador, dónde está? - ---Está también en el cuartel. - -Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el -Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de -la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer -a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que -se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por -no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que -para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el -pueblo. - -Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte. - -Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo -convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a -fraternizar con ellos. - -El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban -ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas -discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del -cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se -formó junto a la Milicia. - -Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a -voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la -marcha. - -El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento -y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que -encontró de miliciano. - -Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había -aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del -cocodrilo de la fábula con el perro. - -Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto -de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se -dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de -los milicianos y a decirles que el general se había escapado. - -Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío -seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse. -Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la -escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna. - ---Este es--dijo uno de los sargentos. - ---¡Matadlo, matadlo!--gritó el Morlaco, que venía delante. - -El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso -hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos -disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver -del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo -arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la -cara negra y un agujero sangriento en el pecho. - -El espectáculo me produjo una enorme repugnancia. - -Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado -con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los -comerciantes ricos opuestos a la revolución. - -Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho. - - * * * * * - -Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón. -Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo -la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa; -pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí -a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los -árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché -al muelle y me senté sobre un fardo. - -Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o -realidad. - -Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche; -este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban. - -En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos; -me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro -y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los -tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre; -pero no, aquello todavía era la realidad... - -Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una -calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos -balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un -hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la -cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín. - ---¿Puedo subir?--le pregunté. - ---Sí; suba usted. - -Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en -todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto -me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una -habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el -sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era. - -En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos -y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban -Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía -qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno -de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y -un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo -de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una -urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos. -Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se -desesperaban porque no era grande... - -Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los -hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las -manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a -correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente -y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era -necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba -a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de -tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus -monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por -el aire... - - * * * * * - ---¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno. - -Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome -borracho. Me tendí en la cama. - -Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte -de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí -a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta -en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden. -¡Oh ironía! - -Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se -hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía. - -Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos -gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro, -en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el -entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó -la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una -proclama de Escalante. - - Itzea, julio, 1921. - - - - - FLOR ENTRE ESPINAS - - - I. - -EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las -aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, -ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de -sus dolencias. - -Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de -nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las -lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El -dominó azul_ y _Jugar con fuego_. - -Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras; -pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas -que las nieblas. - ---¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla! - -Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el -castellano como en los primeros meses de llegar a España. - -Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y -visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su -parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en -Viana y en sus alrededores. - -Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales -los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo: - ---Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien -distinto al que ahora tengo. - ---¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo. - ---Vine con un objeto exclusivamente militar. - ---¡Hombre! - ---Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento -carlista. - ---¿Ha sido usted carlista? - ---Sí; estuve de capitán con Cabrera. - ---¡Demonio, qué absurdo! - ---Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil. -En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden, -desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón -comandante de Ingenieros de su ejército. - -Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego -y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo -atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid. - -El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la -corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo. - -El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos -militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que -existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia. - -El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su -altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado -de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la -tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para -elevarla. - -Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a -don Ramón lo que había visto, éste le contestó: - ---Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me -servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil -fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen. - -El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la -ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en -el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un -bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y -Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara. - ---Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al señor -Kraft, mostrándole a Aviraneta. - -El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa -estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se -burlan de ellos. - -Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió -una gran curiosidad por Aviraneta. - - - II. - -Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y -recordaba los años de su juventud con mucho gusto. - -Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy -conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles. - -Los militares españoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los -franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos -se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de -estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de -mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como -Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas -han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único -molde del guerrillero. - -Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también -brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle -tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui -era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el -guerrillero es el que ha privado. - -El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina -y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también -algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos -militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo -Cano. - -Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell, -Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a -dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado -llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han -sido tipos de conquistadores más o menos degenerados. - -La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y -Narváez estaban gravemente enfermos del estómago. - ---Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano. - ---Yo--añadió Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra. -Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay -casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos -visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un -hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general -vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito -supone constantemente grandes condiciones guerreras. - -El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra, -y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero -se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía -haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de -los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar -con ningún otro general español de su época, excepción hecha de -Zumalacárregui. - -Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera, -lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de -presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él. -Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja. - ---¿Usted conoce a Narváez?--le preguntó el prusiano a Aviraneta. - ---Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta -liberal fundada por mí. - ---¿De una sociedad secreta liberal? - ---Sí. - ---_¡Aj!_, ¡qué cosa más extraña!--exclamó el prusiano. - ---Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en -Arcos de la Frontera. - -Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna -cosa. - ---Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una -historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa -hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted. - - - III. - -Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en -su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca -fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un -hombre obscuro, me maravillaban siempre. - -Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha -hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez. - -Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y -otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad -no daban ninguna impresión de grandes. - -Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras -hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había -dejado: - ---Hecha la revolución en Málaga--dijo--me designaron a mí para ir, como -delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando -su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de -1812, aunque modificada. - -De Málaga marché a Cádiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fuí de -Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San -Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y -amigas y partidarias mías. - -Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y -republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy -picarescos. - -Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en -Cádiz. - ---El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San -Antonio--dijo--. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá -pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese -entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y -atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el -baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a -defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión, -y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala -reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios -comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se -pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a -su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con -alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba -en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la -unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón -que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá -la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en -Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró -la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y -fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona. - ---¿Y ahora qué hacemos?--le pregunté yo a la de San Quirico. - ---Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo -que valemo lo españole. - ---Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo. - ---No sea usted guasón--me contestó ella--. Yo soy ya muy vieja para que -me hagan nada. - -Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y -a pensar en el ministerio futuro. - -Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María -Cristina a proclamar la Constitución. - -El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia, -a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las -revoluciones, como anticuados. - -Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño -en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el -mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido -mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa -del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la -insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar, -el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder -con los viejos doceañistas. - -Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas -volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, -Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas -frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por -toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron -con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear. - -No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una -revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y -sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república. - -El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don -Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró, -le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para -que fuesen deportados a Ceuta. - -El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber -practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en -todas las clases por Isabel II y por la Constitución. - -Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el -designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al -frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la -Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y -me creían enemigo acérrimo de su jefe. - -Por entonces publiqué yo en _El Noticioso_, de Cádiz, un artículo -titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba -como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal, -el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe -a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas -nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio -de querer ser dictadores y mangoneadores eternos. - -El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta -en Madrid y tuvo cierto éxito. _El Eco del Comercio_ decía que el -tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la -libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía -considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que -devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí, -que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se -consuela dando dentelladas antes de morder la tierra. - -Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista -dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en -peligro su organizado pandillaje. - -Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los -Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar -una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me -trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme. - -Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que -había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte. -Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios -realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo -cuerpo. - -Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general -Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó -ponerme en libertad. - -Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me -presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de -la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia. - -Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa -de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia -nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón. - -Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en -Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30. - -En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del -cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la -provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la -Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el -intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis, -el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5 -del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera -inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio. - -Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con -facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra -para la infantería. - -Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general -Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de -la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras -tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé, -en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital, -que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía -servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días--decía en un -informe el general Ramírez--se presentó el fenómeno, nunca visto hasta -entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de -serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse -a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla, -sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--seguía -diciendo el general--se debió al brillante estado en que se hallaba el -hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, -rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la -presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital. - -Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y -contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo -entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos -los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los -que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me -llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía. - -El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le -ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que -en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las -instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia. - -Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades -de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a -Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite. - -Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el -jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de -Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y -creo que alemán. - -Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato -por el prólogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los -grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó -si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a -Arcos. - ---Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos -camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche. - ---Bueno, vamos allá. - - - IV. - -Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre -una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas -amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las -calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre -de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa. - -Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es -medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados -con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes -amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas -próximas. - -Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus -majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico -florido, y algunas casas hermosas. - -Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al -palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don -Ramón María Narváez. - -Narváez me saludó amablemente. - ---¿Se conocían ustedes?--preguntó Ros de Olano. - ---Sí--dijo don Ramón. - ---Sí--añadí yo. - -Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces, -Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran -Oriente para entrar en la Sociedad. - -No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse -encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara -al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia, -lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo -rato. - -A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como -liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los -moderados. - -Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el -golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, -García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la -de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que -produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos -generales y un motín militar. - -Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo -elogiaban a cada paso. - -En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos. -Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de -los moderados. - -Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y -emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova -siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el -general Córdova. - -Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado -por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; -los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un -poco belfo. - -Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces -parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el -pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era -justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez -se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más -genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando -a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia. - -Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones -jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el -organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui. - -Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente -enfermo y casi moribundo. - -Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_, -como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan -franco y tan llano. - -Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un -caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda -con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez -no comprendía que en esto había algo de efecto teatral. - -El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados. - -Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados: -«¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le -llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo, -después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un -magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de -cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos. - -En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados -era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de -la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y -damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una -técnica, un procedimiento. - -Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La -Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España. - -La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la -popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían -ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos -aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable -de aparecer citados en los periódicos. - -Narváez se quejaba de la confusión de la época. - ---Esto es un galimatías--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es -la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más -Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más -orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo -se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre -tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la -Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos -o los demonios colorados. - ---Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observé yo--; -no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay -entre los absolutistas. - ---Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que -perturbarnos. - -Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia -natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que -el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil. - ---¿Y por qué?--me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea -expuesta por mí. - ---Porque más de la mitad de España es absolutista--dije yo--. La -guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por -destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo, -solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el -elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos. - ---Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a -una mayoría de bestias--dijo Narváez. - ---Eso es la dictadura. - ---Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella? - ---Muchos males y un inconveniente--contesté yo--; que para que haya -dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los -que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore -las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni -de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de -tragarse a los demás. - ---Y bien, ¿usted que haría? - ---¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una -tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos -a España estúpidamente. - ---¿Y el honor del ejército? - ---El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación. -El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes. - ---O a dirigir también. - ---En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político. - -Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza -plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber -intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto -el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier -llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama -y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas. - ---¿Son de Madrid?--preguntó Narváez a Ros de Olano. - ---Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja. - -Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto. - -Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase -de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el -palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel. - -Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias -del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza. - -Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de -Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio -de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus -oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el -coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del -_Times_, que marchaba en la división recomendado por el embajador de -Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon. - -Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y -atribuía la victoria de Majaceite a los demás. - -Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí -no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como -jefe de Estado Mayor. - -El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la -guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de -San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató -a cinco e hizo huír a los restantes. - -El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina. -Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y -un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos -había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle. - -Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a -los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos. - -Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros -de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del -nombre que se le pondría. - -A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase -la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre -exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos -puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del -terreno donde se había verificado la batalla. - -El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas -de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el río de Zahara y el -Majaceite--, después de separarse y extenderse por las alturas de la -provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el -sitio llamado la Pedrosa. - -El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique, -la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con -algunos otros regatos. - -Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una -estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une, -en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros -y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de -los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy -pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--, -con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia. - -El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el -término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de -Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete. - -Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los -distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior; -pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes -de la batalla de Majaceite. - -Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien -sentían gran entusiasmo. - ---Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración--dijo Ros--; -presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar. - -Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones -misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero -no dije nada en contra. - ---Este Narváez--siguió diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la -Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco. -A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor -propio que no le cabe dentro del cuerpo. - ---¿Qué quiere usted? No me entusiasma--le dije yo. - ---Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las -fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un -estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y -las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un -mal». - ---Tiene usted buena idea de mí. - ---Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son -fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos -irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es -el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás -de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido -de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea -el tiempo... - ---Pero si le viene la mala... - ---Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se -creerá invulnerable. - -Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven -teniente: - ---Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros? - ---Sí; ha hecho una vaca con _Don Lámpiro_ y está perdiendo hasta la -camisa. - ---¿Quién es _Don Lámpiro_?--dije yo. - ---Es un sanitario. - ---¿Y el teniente Matamoros? - ---El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia -de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón. - - - V. - -Poco después se nos acercó el teniente Matamoros. - -Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte. - -Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años, -la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los -ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy -sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las -fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y -vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema -hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de -nuevo en el Ejército. - -Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los -compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que -cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba. - -Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho: - ---¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más -feo que el cabo Negrón, que murió de feo! - ---Sí, pero soy muy gracioso--replicó Matamoros, riendo. - -Y la cantinera llegó a enternecerse. - -Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa -el teniente Matamoros. - ---¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches! - ---¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros. - ---Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades! - ---¿Mala suerte en el juego? - ---Ese _Don Lámpiro_ es una calamidad. No da una. - ---¿Y usted? - ---Yo soy tan calamidad como _Don Lámpiro_. - ---Este señor--dijo Ros de Olano señalándome a mí--escribe en los -papeles... - ---¡Hombre, yo le había tomado por un físico! - ---No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna -cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en -Sevilla, es de Loja, ¿verdad? - ---Sí, señor; y a mucha honra. - ---Y creo que compañero de la infancia de Narváez. - ---Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos, -porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted -lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela -más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que -estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en -casa y fuera de casa. - ---Así que usted recordará alguna historia de Narváez. - ---Sí; algo recuerdo. - -El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus -compañeros, y comenzó ésta así: - ---Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada -muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos -envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen: - - Loja: - la que no es p... - es coja. - -Y nosotros contestamos: - - Y fuera de aquí - todas son así. - -Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los -Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas -un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y -entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima -este mote: _Loja, flor entre espinas_. - -Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón -Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan -pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un -favor. - -Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a -ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta -y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega -ser algo así como Napoleón o como César. - -Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba, -más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba -levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus -condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de -monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo -menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego -con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa -más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que -habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando -el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito -Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y -lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger! - -A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito. - -El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a -dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y -andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si -fueran soldados. - -Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se -peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha -sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie. - -Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le -indicó que sería militar. - -Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde -conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, -que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del -duque de este título. - -Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un -muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso -Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado -que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja -furioso. - -Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le -consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias -Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar. - -El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la -mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro. - -Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro -tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir. - -Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que -un desafío. - -Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII, -¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia -propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y -preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre -de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque -cuando no quería se hacía el sueco, dijo: - ---Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al -estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma, -le había tirado al agua. - -En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era -del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del -Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey. - -El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué -de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de -Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para -rechazar a los realistas. - -Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista, -el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y -Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell -Fullit, exclamó: - ---Al primer tapón, zurrapas. - -En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que -capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después, -aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió -retirado al lado de su familia. - -Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba -entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba -a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las -alamedas de la Bomba. - -Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible. -Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de -Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero, -Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo: - ---Donde estoy yo no apuntan los realistas. - -A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y -yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las -órdenes del general Mina. Yo le seguí. - -Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos -que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de -Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse -con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto. - -Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento -de la Princesa a Narváez. - -En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial -de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si -hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser -valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había -servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos -yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de -los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto. -Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los -oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo: - ---Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de -todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero -desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo -más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza -a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean -ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque -de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está -dispuesto a darles satisfacción con las armas. - -Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera. - -Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a -frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento. -Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo. - ---¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército -carlista?--le dijo después el general Córdova con sorna. - ---Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?--replicó el de -Loja con soberbia. - -Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo -que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez -del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el -uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista. - -Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su -antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque -las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad. - -Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del -coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la -mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su -odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía. - -Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre -espinas. - ---Otra vez... - -Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando -dijo Ros de Olano: - ---Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se -habrá levantado muy temprano. - ---Sí--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie. - -Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos -vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos. - -Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento. - -Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor -azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en -ziszás. - -Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba: - ---¿Quién va por allá? - ---Nadie. - ---Allí parece que está escondido alguno. - ---¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?--me preguntaba yo--. -¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá? - ---Usted no dirá nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz -temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la última parte de -esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el -teniente Matamoros. - ---¿Hay un epílogo?--le dije yo. - ---Sí; hay un epílogo. - -Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón -grande, con su portalada y sus rejas. - ---¿Ve usted ese sombrío edificio? - ---Sí. - ---Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las -Emparedadas. - ---¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué? - ---Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con -este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla -de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El -beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después -se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue -llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento -está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León. - ---¿Profesa? - ---Sí. - ---Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda. -Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el -murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha -ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega -ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido -hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos -ojos brillantes e inteligentes. - ---¿Qué quería usted?--ha preguntado la superiora a través de la doble -reja. - ---Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la -muerte de su marido. - ---Sor Teresa no piensa más que en Dios--ha contestado la superiora. - ---Pues yo necesito verla y hablarla. - ---¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de -excomunión. - ---Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narváez. - ---No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede más que -hablar. - ---¡Señora!--ha gritado Narváez--; yo necesito hablar a doña Juana; si -no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas. - -La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla. -La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar -a doña Juana Ponce de León. - -Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el -velo echado. Yo me he retirado un poco. - -Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que -tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con -monosílabos. - -Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro. - ---No puede ser, no puede ser--ha dicho doña Juana. - -Después ha aparecido la superiora. - ---Sor Teresa--nos ha dicho--está enferma; ha envejecido mucho y no -quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la -realidad la verán ustedes un momento. - -Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana -y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros -se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan -macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito. - -Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie. - ---Pero, oye--le dije a Narváez--, ¿cuántos años tiene esa mujer? - ---Veinticinco, lo más. - ---¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro! - ---Yo no creo en milagros--me ha dicho Narváez. - -Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que -habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros. - ---¿Usted no ha visto nunca espectros? - ---Nunca. - ---¿Usted no cree en la metempsicosis?--me preguntó luego. - ---No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni -en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza -el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba. - -Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia -filosófica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según -él, afirmaban la metempsicosis. - -Yo me encogí de hombros. - -Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos, -llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos. - ---¿Apago la luz?--le dije yo. - ---No, no; todavía, no. - -Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba. - ---¿Qué hay? - ---¿Tampoco cree usted en los aparecidos?--me preguntó de pronto Ros de -Olano con voz ahogada. - ---Tampoco. - ---Yo, sí. - -Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas -de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo. -Estaba el hombre espantado. - ---Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque -esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la -nigromancia. - ---Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño--le dije yo. - ---No voy a poder dormir--gimió él. - ---Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca -fantasmas. - -Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles, -fuera luego tan práctico en la vida. - -Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo -a estar solo, y me quedé dormido. - - * * * * * - -Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se -despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa -como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo, -mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se -parecía algo a doña Juana. - - * * * * * - -Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de -corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los -soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en -la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de -sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron -formando las tropas. - -Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse -de mí. - ---Aviraneta--me dijo Narváez--: sé quién es usted, lo que ha sufrido, -la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez, -cuente usted conmigo. - ---Gracias, brigadier. - -Nos estrechamos la mano. - -Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar -la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante -Mayalde. - -Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la -vió alejarse por la carretera. - -El pueblo había quedado desierto. - -Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al -teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su -pueblo: «Loja, flor entre espinas». - - Madrid, agosto, 1921. - - - FIN DE LAS FURIAS - - - - - ÍNDICE - - - Páginas. - - PRÓLOGO 9 - - I.--El Diario de Pepe Carmona 15 - - II.--Arruinados 19 - - III.--Doña Gertrudis y Eulalia 23 - - IV.--Evocaciones y recuerdos 27 - - V.--La torre de Arnau 37 - - VI.--La casa del Negre 45 - - VII--Recuerdos y evocaciones 55 - - VIII.--La casa de Montferrat 65 - - IX.--Elena 77 - - X.--Un viajero misterioso 79 - - XI.--El abanico de Elena 85 - - XII.--Reproches 89 - - XIII.--Habla Moro-Rinaldi 95 - - XIV.--Una serenata 101 - - XV.--El hostal de la Cadena 105 - - XVI.--En alas de Cupido 111 - - XVII.--Viaje por mar 119 - - XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas 125 - - XIX.--Tarraconense 129 - - XX.--Confusión 133 - - XXI.--La Ciudadela 137 - - XXII.--La marea que sube 143 - - XXIII.--Furinalia 153 - - XXIV.--Al día siguiente 159 - - XXV.--Epílogo 163 - - Los bastidores de la tragedia 169 - - El sueño de una noche de julio 221 - - Flor entre espinas 247 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - -***** This file should be named 55157-8.txt or 55157-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/1/5/55157/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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