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-The Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Las Furias
- Memorias de un hombre de acción, tomo 12
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
- _El aprendiz de conspirador._
- _El escuadrón del Brigante._
- _Los caminos del mundo._
- _Con la pluma y con el sable._
- _Los recursos de la astucia._
- _La ruta del aventurero._
- _Los contrastes de la vida._
- _La veleta de Gastizar._
- _Los caudillos de 1830._
- _La Isabelina._
- _El sabor de la venganza._
- _Las furias._
-
-
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- LAS FURIAS
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
-
- COPYRIGHT BY
- RAFAEL CARO RAGGIO
- 1921
-
-
- Establecimiento tipográfico
- de Rafael Caro Raggio
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- LAS FURIAS
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
- EDITOR
- MENDIZÁBAL, 34
- MADRID
-
-
-
-
-_A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conocí todavía en plena juventud
-y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte años, en los
-linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y
-por lo puro y el mismo desdén por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y
-al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de
-simpatías_,
-
- _EL AUTOR_.
-
-
-
-
- LAS FURIAS
-
-
-
-
- PRÓLOGO
-
-
-HACIA 1860--cuenta nuestro amigo Leguía--fuí con mi mujer, algo enferma
-del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la
-Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces.
-
-Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no
-un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de
-establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No
-dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina
-en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su
-vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como
-compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la
-comida de Málaga.
-
-Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era
-rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro
-punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas
-influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el
-Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego
-constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto.
-
-Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la
-voz del gallego que gritaba:
-
---¿_Peru_ qué sardinas _sun_ éstas? _Estu_ no vale nada; _estu_ no está
-_frescu_.
-
---No me diga usted _ezo_, don Juan--terciaba la dueña del
-establecimiento--; _presisamente ayé_ me _desía_ don _Pepe Rodrigue_
-que en ninguna parte se comía el _pecao_ como en _eta_ casa.
-
---Pues, señora, ¡_estu_ no está _frescu_!--gritaba el juez con la misma
-energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte.
-
---¿_Quié usté_ que le traigan un poco de _pescá_?
-
---¡Qué pescada ni qué _niñu muertu_! Que me pongan dos _huevus fritus_.
-
---¿Lo quiere _uté_ con _patata_?
-
---¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas _¡Aquellus cachelus!_
-
-Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego
-y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se
-criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el
-compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.
-
-Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente
-maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga
-en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de
-Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no
-estaba en Málaga.
-
-Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en
-la fonda, quién podría tener datos de esta algarada.
-
---El que he oído decir que presenció este motín--dijo el joven--fué un
-señor de aquí.
-
---¿Quién?
-
---Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir.
-¿No le conoce usted?
-
---No.
-
---Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco
-hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser
-tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza
-que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga.
-
---Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de
-Barcelona--dije yo--. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos
-verle?
-
---Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino.
-
---Muy bien; cítele usted.
-
---Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle.
-
-Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí
-a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a
-cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto
-que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la
-nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y
-lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo,
-pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con
-frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años.
-
-Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró
-que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la
-Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la
-muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle.
-
-Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales
-había sido testigo, y me dijo:
-
---Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida;
-si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he
-escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.
-
---Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento
-indispensable para leerlo.
-
---No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera.
-
-El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno
-muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante
-y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo
-Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta
-facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe
-Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un
-hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.
-
-De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los
-aviranetistas.
-
-
-
-
- I.
-
- EL DIARIO DE PEPE CARMONA
-
-
-MI padre--dice Pepe Carmona--era un comerciante malagueño, nieto de
-un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa
-procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero
-era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de
-donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha.
-
-La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un
-tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en
-donde hay mucha mezcla de razas.
-
-Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado
-varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e
-ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de
-la vida el tener las maneras de un _gentleman_. Mi padre consideraba
-lo mismo el ser _gentleman_ que el ser rico; identificaba estos dos
-conceptos confundiendo el hecho con el derecho.
-
-El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio
-de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra
-y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía
-dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los
-mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de
-violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara.
-
-Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía
-la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto
-que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo
-también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura.
-También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel
-sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.
-
-Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con
-cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos
-entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord
-Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: _La Batalla de
-Lepanto_, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven
-y de las Malvinas, de los Rockeby y de las _Damas del Lago_, para
-meterme de cabeza en la mitología grecorromana.
-
-Compré la _Odisea_ en una traducción francesa. _La Eneida_, en la
-versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me
-servía para comprender el original, y _La Jerusalén libertada_, del
-Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré
-de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una
-chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo
-loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo
-lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por
-temperamento una gran timidez para todo.
-
-Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la
-mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo
-aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.
-
-Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos
-paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle.
-A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas
-disensiones que tenía con mi padre y con mi novia.
-
-
-
-
- II.
-
- ARRUINADOS
-
-
-EN esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo
-decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y
-yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó,
-según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones
-de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto.
-
-Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina.
-Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente,
-mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa:
-cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo
-imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.
-
-Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a
-flote el negocio de mi padre.
-
-El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente
-que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a
-mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la
-compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros,
-pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros
-amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas.
-
-Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se
-molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende
-a la desconfianza y a la suspicacia.
-
-Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron
-para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento
-y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta
-entonces.
-
-Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas
-consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no
-visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas
-de su casa.
-
-Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a
-decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo,
-se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas.
-
---Si éste es así, dejadle--observaba mi madre.
-
-No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después
-tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.
-
-Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y
-triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo:
-
---Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí.
-
---¿Adónde?
-
---Qué sé yo. El mundo es grande.
-
---Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida.
-
---Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo.
-
-Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a
-vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería
-demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.
-
-Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía
-la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a
-cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en
-que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio
-de la guerra, en 1833. Me embarqué en la _Bella Amelia_, y estuve en
-Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió
-de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.
-
-Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación.
-Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de
-cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto.
-
-
-
-
- III.
-
- DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA
-
-
-EL capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera
-un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al
-escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de
-harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un
-interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude
-salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa
-como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.
-
-Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión
-del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha
-guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario,
-con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por
-oficiales.
-
-El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que
-visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las
-Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé
-bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la
-ciudad, cerca de la capilla de San Magín.
-
-Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras,
-tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me
-alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de
-atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla.
-
-Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida;
-pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y
-costumbres, quedamos en que comería con ellas.
-
-Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un
-comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña
-Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy
-amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina,
-Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca
-grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados.
-Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con
-quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se
-consideraba como viuda.
-
-A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre
-Astrea y Artemisa.
-
-El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra
-me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras
-de mi casa largamente y les conté mi vida.
-
-Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi
-madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos.
-
---Es extraño--me dijeron varias veces, una y otra--. Usted no tiene
-nada de andaluz.
-
-La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona.
-Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años,
-no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo
-del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que
-prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a
-todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con
-las Celestinas del pueblo.
-
-El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy
-déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las
-casas más lujosas de la Rambla de San Carlos.
-
-En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez
-más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande,
-espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse
-en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un
-estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron
-mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato,
-muy cómodo.
-
-Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda,
-el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias
-estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me
-dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi
-cuarto me bastaba.
-
-Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con
-mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde
-mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a
-la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la
-izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques
-de palmeras, de limoneros y de almendros.
-
-Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes
-cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade.
-
-
-
-
- IV.
-
- EVOCACIONES Y RECUERDOS
-
-
-POR Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba
-en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio.
-
---¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?--le pregunté a Eulalia.
-
---Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta
-del Rosario, están también los muros ciclópeos.
-
-Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por
-pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron,
-ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de
-las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los
-Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente
-al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San
-Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en
-donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía,
-antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses
-en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el
-jardín del Magistral.
-
-El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del
-Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de
-Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí
-seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle
-de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía
-la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas,
-cerrando la línea en la plaza del Pallol.
-
-Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la
-calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la
-Catedral.
-
-No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de
-Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio
-del Milagro.
-
-Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me
-llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales.
-
-Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy
-alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias
-que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían
-otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías.
-
-Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la
-mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones.
-Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia,
-presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades
-españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió
-contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos
-meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.
-
-Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo
-y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando
-siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un
-frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la
-vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían
-acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la
-ferocidad de las tropas del mariscal Suchet.
-
-Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era
-a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también
-italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar.
-
-Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos,
-reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión
-se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces
-de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la
-apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase,
-y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer.
-
-La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la
-gente le llamaba _El Dimoni_. El tal Bianchini hizo varios prisioneros
-españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al
-asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto.
-
-El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones.
-
-La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las
-murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las
-avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en
-aquella época.
-
-Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al
-colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los
-franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con
-la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «_Queda vengada
-la muerte del general Salme_».
-
-Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses,
-enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado
-en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los
-franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza
-de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha
-escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en
-la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían
-refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron
-heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los
-granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la
-calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran
-matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la
-ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando
-espirales de humo grasiento y horrible durante días y días.
-
-La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por
-la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y
-cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad
-de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados,
-tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había
-adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces
-guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y
-crueles.
-
-Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con
-el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron
-las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de
-sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford
-en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de
-Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta
-señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.
-
-Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en
-Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche
-de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o
-en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes,
-por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al
-mar un cadáver destrozado por las balas.
-
-Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que
-pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la
-muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto
-se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros,
-lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar
-hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie
-se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien
-había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser
-llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.
-
-Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la
-tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.
-
-Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo
-por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto
-la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían
-estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella
-región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su
-gente.
-
-Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y
-algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan
-retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona,
-a mí me bastaba.
-
-Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba
-y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a
-casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al
-claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su
-pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada
-arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las
-olvidaba en seguida.
-
-Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de
-misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora
-de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los
-canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una
-puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época
-pretérita y mejor.
-
-Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar,
-y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas,
-vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir
-a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa
-alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me
-acompañaba en el piano.
-
-Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany,
-Brujó, Caballería, etc.
-
-Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con
-un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.
-
-Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de
-sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un
-monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del
-trono y del altar.
-
-Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo
-bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la
-España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante
-del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza
-del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.
-
-
-
-
- V.
-
- LA TORRE DE ARNAU
-
-
-ALGUNAS veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había
-recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramón Arnau,
-hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho,
-con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos
-secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.
-
-Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre
-serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre
-áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me
-consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque
-de entereza.
-
-Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la
-iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi
-como si fuera su madre.
-
-El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda,
-que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar
-sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada
-de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa
-idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba
-infalible e indiscutible.
-
-En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa,
-muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena,
-con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era
-verdaderamente bonita.
-
-Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban
-del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía
-entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación,
-que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si
-un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos,
-un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo
-le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español.
-Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído,
-y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está
-acostumbrado a ellos.
-
-Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va
-costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal
-de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca,
-tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea
-desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos,
-granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios
-cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban
-calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían
-innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos
-estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón,
-las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos,
-las granadas y las nueces se sucedían sin descanso.
-
-Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta
-años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual
-trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.
-
-En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un
-gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.
-
-La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de
-cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos.
-
-En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje más o menos
-subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el
-jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas
-de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le
-llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que
-ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con
-derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo
-entero.
-
-Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos
-amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en
-aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona.
-Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran
-completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante
-y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y
-ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un
-poco de imaginación por diosas paganas.
-
-María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo
-aplastante.
-
-Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro
-Vidal y Juan Secret.
-
-Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella
-época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario
-de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el
-haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada
-antipatía.
-
-Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente
-de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como
-absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre
-en una callejuela próxima a la Catedral.
-
-Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era
-hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en
-parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche,
-se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.
-
-Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber
-publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la
-revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y
-por sus hombres.
-
-Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído
-obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada
-magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos.
-Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de
-las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa
-sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en
-los melodramas.
-
-Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos,
-no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras
-cardíacas del bello sexo.
-
-Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en
-época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir
-en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los
-Descontentos.
-
-Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a
-sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano.
-
-Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y
-de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la
-sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret
-echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán
-y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña
-al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a
-María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado.
-
-Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era
-inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el
-recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería,
-no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía
-nada femenino.
-
-Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un
-farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su
-farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.
-
-Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales;
-creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que
-se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se
-llegarían a hacer seres vivos.
-
-Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando
-íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que
-componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire
-que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química.
-
-En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes,
-pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra
-como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de
-hablar exagerada y expresiva.
-
-La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la
-torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la
-huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez
-una caricia.
-
-No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces
-se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades
-del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería
-quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran
-poema.
-
-A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de
-tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador
-y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en
-legar al mundo una obra maestra.
-
-
-
-
- VI.
-
- LA CASA DEL NEGRE
-
-
-CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante
-de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera,
-construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño
-bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se
-veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de
-esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas
-y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta
-donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de
-algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que
-se pudría con la humedad y el sol.
-
-Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se
-llamaba la casa del Negre.
-
-El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante
-muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí.
-El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su
-pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas
-que más le gustaba repetir era ésta:
-
- Cuan lo pare no te pa
- la canalla, la canalla,
- cuan lo pare no te pa
- la canalla fa ballar.
-
-Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca
-estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar,
-con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una
-botella de aguardiente.
-
-Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en
-su casa, entró en el Hostal de la Cadena.
-
-Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía
-el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le
-había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió
-un grito, se hundió en el agua y desapareció.
-
-Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y
-otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas,
-porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un
-barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.
-
-El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con
-los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes
-fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al
-pie. Quizá había alguna pareja de delfines.
-
-Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la
-Sirena.
-
-El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del
-hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.
-
-El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía
-llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más
-alcohol penetraba en su cuerpo.
-
-Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un
-vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre,
-enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer
-muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad,
-porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella
-casa.
-
-Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de
-la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas
-mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso.
-
-Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían
-nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de
-la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba
-como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que
-Venus era hermana de las arpías.
-
-Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un
-marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas,
-chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre,
-lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas.
-
-Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el
-Mochuelo.
-
-En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran
-Alecto, Thisiphone y Megera.
-
-La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo
-de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado
-de la legión italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un
-hijo.
-
-Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo
-dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.
-
-Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en
-la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos
-sobrinos.
-
-Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando.
-
-Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después
-un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y
-tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con
-pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la
-Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para
-los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.
-
-Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un
-contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar
-todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el
-contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación,
-en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.
-
-Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa
-del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la
-playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo.
-El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos
-carabineros y siguió haciéndose el alijo.
-
-Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían
-de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los
-carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto.
-
---¡Alto! A ver esos fardos.
-
-Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los
-reconoció.
-
---¡Hala!--dijo después--; tenéis que venir conmigo a la comandancia.
-
-Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les
-dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con
-uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería.
-
-Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se
-lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la
-segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres
-cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió
-en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la
-arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.
-
-Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle
-en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de
-la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote
-perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron
-sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo
-indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que
-fueron a la cárcel.
-
-Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con
-estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que
-pudiesen poner fianza y salieran a la calle.
-
-Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del
-Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro
-en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo,
-una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con
-sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de
-todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las
-desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.
-
-La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la
-nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos
-bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y
-membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus
-pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por
-aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo.
-Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la
-carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual
-más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su
-madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el
-Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las
-veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros.
-La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y
-cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera
-podido servir de modelo a una Venus Calipiga.
-
-Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el _Caragolet_
-y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún
-falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince
-años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro
-rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario.
-Tenía un perro sarnoso, que se llamaba _Napoleón_, que era el compañero
-de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba
-amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y
-echaba a correr.
-
-Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida
-angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono
-Serra lo que éste les había prestado.
-
-Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.
-
-Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y,
-sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las
-deshonraba.
-
-Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el
-rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar.
-A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y
-vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al
-mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía.
-
-A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal,
-que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente
-Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y
-ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores
-escandalosamente con Vidal.
-
-Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este
-muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo
-que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas
-veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna
-de las viejas que le mostraba el puño con rabia.
-
-Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin
-apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima.
-
-
-
-
- VII.
-
- RECUERDOS Y EVOCACIONES
-
-
-HAY ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor
-queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que
-viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les
-hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen
-mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que
-se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia
-lozana y fuerte.
-
-De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua
-y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad
-extrema, no tenía apenas rasgos de unión.
-
-Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas
-de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus
-edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo.
-
-Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por
-el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de
-gravedad y de tristeza.
-
-La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase,
-tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes
-murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros
-pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor
-de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un
-Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y
-tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso,
-su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval;
-después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas
-y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y
-celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos
-habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al
-lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas,
-brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión
-melancólica que producen las grandes ruinas.
-
-Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once
-mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo,
-planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del
-Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto
-y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la
-población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una
-herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del
-Seminario y de la Catedral.
-
-Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas
-hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de
-baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas,
-que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la
-herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto
-y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la
-Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que
-se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de
-San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran
-irregulares, estrechas y pendientes.
-
-Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus
-puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte
-de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del
-Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia.
-Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.
-
-La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la
-torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real,
-donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la
-llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas
-veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba
-Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista
-modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde
-allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada
-de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno
-de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el
-otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del
-Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes,
-murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy
-obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.
-
-A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella.
-A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí
-mismo:
-
---Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprendía que no,
-que estaba melancólico porque mi temperamento era así.
-
-Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante.
-Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer
-algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de
-vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas,
-galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que
-venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa
-redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.
-
-Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se
-distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura
-de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en
-fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja
-blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con
-el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su
-águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa,
-con la palabra _Libertas_; la de Génova, con una estrella roja; la de
-Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las
-islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos
-libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.
-
-Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas,
-y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos
-dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del
-mar Mediterráneo.
-
-En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero
-que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien
-llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa
-de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al
-carretel.
-
-Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la
-cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía;
-había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de
-Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía
-anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de
-Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur
-Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes,
-y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los
-barcos, me hacía pensar en el mundo entero.
-
-Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la
-guerra me decía filosóficamente:
-
---¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy
-bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable.
-
-Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.
-
-Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto,
-cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores,
-y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de
-Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban
-las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes
-espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba
-en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la
-estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo,
-y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía.
-Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de
-las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se
-congregaban en las trastiendas.
-
-Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del
-pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se
-repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra.
-
-Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La
-idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran
-melancolía.
-
-Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si
-hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos
-en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre
-fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En
-este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de
-evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una
-terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el
-nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas
-y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don
-Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.
-
-Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a
-comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro
-de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo
-confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu.
-
-A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a
-la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde
-murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos
-la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas,
-amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en
-parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas
-de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta
-luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna,
-sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como
-consumida por la llama de la pasión.
-
-Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente,
-brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de
-abatimiento y de melancolía.
-
-También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación,
-mirando por la ventana el cielo y el campo.
-
-En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones
-de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y
-las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro
-rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al
-avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el
-aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a
-hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del
-crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la
-imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.
-
-Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña,
-yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las
-golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía
-las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del
-_Angelus_.
-
-De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las
-constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus
-rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...
-
-Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar
-estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que
-pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.
-
-
-
-
- VIII.
-
- LA CASA DE MONTFERRAT
-
-
-AL cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el
-pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo
-que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo,
-mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.
-
-De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que
-nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi
-familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse.
-Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó
-como todos mis versos: sin emoción.
-
-Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a
-una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena
-de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba.
-
-Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano;
-el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero
-hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio
-obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una
-finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas
-a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas
-del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró
-muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y
-los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados.
-
-En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción
-aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía,
-por su tipo, una emperatriz romana.
-
-Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo
-de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una
-calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle
-de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas
-tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de
-tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada.
-
-Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había
-tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el
-sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable.
-Hablaba el castellano casi sin acento.
-
-A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé
-por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran
-distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo
-arruinado como yo.
-
-El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de
-encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera,
-burlona y displicente.
-
---A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una
-vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica.
-
-Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no
-legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:
-
---A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos
-las que son muy orgullosas.
-
-Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me
-hablaba burlonamente:
-
---Ya sé que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le
-llamarán a usted el Cisne de Tarragona.
-
---No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.
-
---¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?
-
---No se burle usted de mí.
-
---No, no me burlo.
-
---Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven
-para mí solamente.
-
---¿Necesita usted consuelo?
-
---¿Por qué no? Como todos los hombres.
-
---¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?
-
---Por lo menos no me creo afortunado.
-
---Sí, ya sé que su novia le ha dejado.
-
---Es verdad.
-
---¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora?
-
---Sí.
-
---Bien poco cariño le tendría a usted.
-
---Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.
-
---¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.
-
-Otro día me dijo:
-
---Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo?
-
---No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero
-penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.
-
---Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido?
-
---Lo soy, no lo niego--le dije yo.
-
-Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de
-caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla,
-Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente
-de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera
-deshecho.
-
-Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro;
-coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y
-de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa.
-
-La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la
-Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos
-había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga
-Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con
-Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio
-el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los
-Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de
-Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos.
-
-Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero
-bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su
-familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores,
-envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas
-reales, a mi poema.
-
-Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia.
-
-El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa,
-se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro.
-
-Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones
-salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo
-y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este
-patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba
-atravesando un arco de la entrada.
-
-Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el
-exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos
-altos.
-
-La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba
-muy abandonada.
-
-La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias
-espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones.
-Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba,
-una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón,
-coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la
-impresión de estar vacía.
-
-Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos
-preciosos, camafeos y esmaltes.
-
-Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su
-juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy
-remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina.
-La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo
-exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba
-de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso
-para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba
-grandes pasiones.
-
-En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan,
-Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío
-Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba
-la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena,
-mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo
-el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes,
-bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían
-contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de
-hombros.
-
-Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una
-presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo;
-desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la
-ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca
-que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos
-y puertas.
-
-En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don
-Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo,
-muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por
-las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los
-Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el
-consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de
-intervenir en cuestiones políticas.
-
-En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una
-biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de
-estatuas y de relojes.
-
-El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus
-últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo
-leyendo.
-
-Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en
-francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo
-que aparecían los Monferrato.
-
-La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas.
-
-Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con
-frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba
-gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas
-procedentes de los conventos.
-
-Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había
-prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de
-capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el
-mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de
-Montferrat.
-
-Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era
-una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que
-daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.
-
-Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y
-un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a
-los Montferrat.
-
-Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller
-de mecánico y sus vitrinas de coleccionista.
-
-Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los
-que más me gustó fué un _clown_ chino, un autómata que bajaba una
-escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena,
-era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a
-otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el
-centro de gravedad de la figurita.
-
-Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con
-muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y
-aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época,
-en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño,
-me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de
-Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música.
-
---Qué bien hubiera usted estado con mi padre--me decía Elena--. El era,
-como usted, soñador; no le gustaba la acción.
-
---¿Y a usted?
-
---A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.
-
-A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente.
-
-Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer
-tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el
-canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que
-hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran
-colección de monedas que poseía.
-
-Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían
-derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas,
-monedas o fragmentos de mosaicos romanos.
-
-Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de
-Mozart.
-
-En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz;
-luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al
-tresillo.
-
-Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba
-también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se
-empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don
-José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un
-tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo
-Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna
-y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El
-primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como
-quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras
-escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja
-y de que estaba siempre en el momento de caer.
-
-El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:
-
---En fin, ya hemos matado la tarde.
-
-Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación.
-
-Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa,
-pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los
-contertulios y pensaba.
-
---¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de
-valor, de interés y de nobleza!
-
-Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en
-la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba
-tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a
-una vida rutinaria y sin acción.
-
-Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida,
-con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una
-punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y
-de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en
-su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando
-oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los
-cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la
-guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada.
-
-
-
-
- IX.
-
- ELENA
-
-
-ESA era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al
-puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con
-mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia,
-volver a la oficina y después escribir y pasear.
-
-Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A
-él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.
-
-Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el
-violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las
-tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también
-a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.
-
---Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos--solía decirme.
-
---Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; además, ¡yo soy
-tan poco andaluz!
-
---Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me decía ella.
-
---¿Qué haría usted?
-
---Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera
-estado en todos los países y visitado todas las ciudades.
-
---Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se
-pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.
-
---Qué poca sangre tiene usted--decía ella--; me hiela usted con sus
-palabras.
-
-
-
-
- X.
-
- UN VIAJERO MISTERIOSO
-
-
-UN día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso
-llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos
-que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba
-de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista;
-luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser
-mas que un aventurero y un jugador de ventaja.
-
-A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y
-éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de
-cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo.
-
-Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su
-conversación, supimos algo de su vida.
-
-Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de
-Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía,
-había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces
-unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con
-algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos,
-claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los
-italianos.
-
-El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se
-veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.
-
-Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de
-felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía
-un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida.
-
-No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o
-social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase
-bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para
-él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de
-esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su
-gloria.
-
-Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los
-productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de
-confianza.
-
-La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso,
-agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la
-energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá
-por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no
-encuentra su felicidad en el mundo.
-
-Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador
-de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer,
-principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.
-
-Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin
-ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era
-capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse
-al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.
-
-Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón
-tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba
-con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas
-villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.
-
-Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba
-concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos
-para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal
-consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía
-solamente.
-
-Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy
-supersticioso; lo pudimos comprobar.
-
-Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero
-lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente
-encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la
-_jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra.
-Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él
-importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho
-reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas
-para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le
-descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus
-supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le
-producían risa.
-
---Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si
-en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son
-impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.
-
-Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal
-exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el
-marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias
-oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos
-Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese
-podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose
-como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en
-embolismos de charlatanes.
-
-Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con
-ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la
-joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia
-había sucedido--según nos dijo--al carbonarismo de Nápoles, cuyas
-ventas comenzaban a estar en decadencia.
-
-A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se
-iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil.
-
-Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que
-tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en
-Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de
-Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso
-de esta expedición liberal.
-
-
-
-
- XI.
-
- EL ABANICO DE ELENA
-
-
-LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el
-aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron
-que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo.
-Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida
-por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la
-Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con
-baile y guitarreo.
-
-Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire
-lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le
-tuviera sumido en la mayor tristeza.
-
-No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante
-los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente
-el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres
-jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y
-atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.
-
-Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida
-en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una
-gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza
-eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los
-caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.
-
-Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo
-desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba
-perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada.
-
-Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse,
-de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera,
-pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y
-arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le
-presentara a Elena; yo le dije:
-
---Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a
-usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente.
-
-En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa
-mayor, los presenté.
-
-Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada
-ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y
-muy tímido.
-
-Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente,
-Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba
-animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una
-vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y
-Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas
-de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido.
-
-Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos
-dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía
-escondida una aguja con una cabeza de rubí.
-
-Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en
-cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con
-sus amigas, le dijo:
-
---¡Qué bonito abanico!
-
---¿Le gusta a usted?
-
---Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un
-momento para verle?
-
---¿Por qué no?
-
-Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en
-su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos
-o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a
-Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las
-palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la
-arena la contestación.
-
-Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de
-Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle.
-
-El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena
-en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y
-sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el
-éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo,
-a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no
-le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella
-Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su
-Medoro.
-
-Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso,
-introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata
-berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que
-arrebataba en su barca a una princesa griega.
-
-
-
-
- XII.
-
- REPROCHES
-
-
-EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por
-todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se
-mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que
-Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita
-de Montferrat.
-
-En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la
-insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a
-Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí,
-y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una
-mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y
-arrancarla de los brazos de un aventurero.
-
---Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí--las decía
-yo.
-
---No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer
-soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo
-estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia.
-
---Todo eso será cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una
-indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso.
-
-Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en
-esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope.
-
-Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones
-entre Elena y su madre.
-
---Este hombre es un aventurero, hija mía--le dijo doña Mercedes.
-
---¿Por qué? ¿En qué se le conoce?--preguntó con cierta acritud Elena.
-
---No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas
-nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en
-Valencia y que es corso.
-
---No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted,
-Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más
-antipáticos que he conocido.
-
---Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en
-Tarragona.
-
---Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito
-Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi
-pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería
-celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un
-jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...
-
---¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él.
-
---¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino,
-muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que
-hablando conmigo.
-
---Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera
-saña. Es lógico que te haya tomado miedo.
-
---Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que
-intenten dominarme y protegerme.
-
---No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo
-bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio;
-consúltalo también con tu confesor.
-
---¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus
-consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer.
-
---Sin embargo, creo conveniente que hables con él.
-
---Bueno, hablaré...
-
-El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que
-hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la
-señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían
-tener la tertulia.
-
---Me ha dicho tu madre--le dijo--que estás en relaciones con ese
-italiano recién llegado.
-
---Sí, es verdad.
-
---¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su
-familia?
-
---No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él.
-
---¿Y no encuentras imprudente tu conducta?
-
---¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea
-imprudente.
-
---Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese
-extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un
-vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien
-conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?
-
---Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas
-que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no
-sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto;
-Emilio me es indiferente, me desagrada.
-
---¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por
-instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?
-
---Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos
-amor, o no lo sentimos.
-
---¿Y no puedes dominar esa pasión?
-
---¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me
-importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me
-quiera.
-
---¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?
-
---Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o
-perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.
-
---¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!
-
---¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la
-aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de
-emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone
-fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor,
-un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión.
-
-Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que
-conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las
-reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia
-en los temperamentos exaltados.
-
-Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes:
-
---Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi
-señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente;
-deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a
-solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo,
-es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse
-también de él.
-
-Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud
-conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de
-Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del
-corso al corazón de su hija.
-
-Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las
-mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que
-había conocido.
-
-
-
-
- XIII.
-
- HABLA MORO-RINALDI
-
-
-LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su
-pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa
-la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más
-rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar,
-hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.
-
---En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?--le
-preguntó ella.
-
-Moro sonrió con cierta tristeza:
-
---Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una
-croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como
-un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia
-imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso
-porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra
-casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones
-bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo
-y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder
-encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera,
-un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos
-indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada
-bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de
-aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un
-horizonte muy negro.
-
---No; yo no le desprecio a usted.
-
---Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e
-intentaré regenerarme.
-
-Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que
-Moro-Rinaldi podía esperar.
-
-El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me
-llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y
-añadí:
-
---Es una mujer para casarse con un príncipe.
-
---Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza.
-
---No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una
-casa pobre como la mía.
-
---¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?
-
---A Pafos o a Amatonte.
-
---Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad
-vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted;
-soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la
-voy a pretender y me la voy a llevar.
-
---¿Cree usted?--le dije yo.
-
---Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena.
-
---Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.
-
-Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y
-entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que
-éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo:
-
---Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran
-simpatía.
-
---Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de
-voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí.
-
---En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted.
-
---Sí; creo que sí.
-
---Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras
-respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena.
-
---¿Con la señorita de Montferrat?
-
---Sí.
-
---Pretende usted robarla?
-
---Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla
-casarse conmigo.
-
---¿Y cree usted que ella accederá?
-
---Sí; así lo espero.
-
---Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...
-
---¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece.
-
---¿Cuál?
-
---Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi
-estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...»
-Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía.
-
---Es usted audaz.
-
---No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece
-un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con
-uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice,
-y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el
-engañador... A usted le pasará lo mismo.
-
---No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre
-a su lado.
-
---Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable
-sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho
-lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y,
-luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si
-fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a
-esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido
-uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama
-seca o un manojo de paja.
-
---¿Es usted fatalista?--le pregunté yo.
-
---Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo
-lo que tiene que ocurrir ocurre.
-
---¿Pero usted cree que hay destino?
-
---Estoy inclinado a pensar que sí.
-
---¿Un destino predeterminado?
-
---Sí.
-
---No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor
-pueden modificar el destino.
-
-Moro se encogió de hombros.
-
---¿No cree usted en el amor?
-
---Poca cosa, la verdad.
-
---¡Pobre Elena!--exclamé yo.
-
---¿Por qué?--preguntó él--. Yo creo que para hacer feliz a una persona
-es mejor no sentir amor por ella.
-
---Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta.
-
-Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna
-manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia.
-
-Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más
-que de un proyecto en serio.
-
-
-
-
- XIV.
-
- UNA SERENATA
-
-
-AL comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en
-organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente.
-Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí,
-delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con
-un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y
-estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos
-dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas
-con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una
-gran algarabía con nuestros instrumentos.
-
-Yo tocaba el violín.
-
-Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.
-
-Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro
-Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros
-pensamientos.
-
-Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del
-anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche.
-
-El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se
-veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo
-y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una
-respiración lenta, voluptuosa y tranquila.
-
-Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas
-de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de
-la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas
-estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y
-Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de
-Mozart.
-
-El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de
-blanco, asomarse a la barandilla.
-
-Luego, yo toqué el _Carnaval de Venecia_.
-
-Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en este trozo musical que
-Paganini arregló para violín de la canción veneciana _O mamma!_,
-dándole un aire más incisivo, más burlón y más fantástico.
-
-Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo
-estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor,
-de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me
-aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la
-ventana, y me hicieron repetir dos veces.
-
-Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los
-instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular,
-cantamos el _Himno de Riego_ y paseamos por las calles, charlando.
-
-Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar.
-
-Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun
-más vivas en la transparencia del aire.
-
-Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba
-alejando hasta perderse en el silencio de la noche.
-
-El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de
-las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo
-batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía,
-el sonido rítmico y melancólico de las olas.
-
-Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo
-lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más
-felices y más memorables de mi existencia.
-
-Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la
-copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi
-corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas.
-
-Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el
-nepenthes de Polydamna.
-
-
-
-
- XV.
-
- EL HOSTAL DE LA CADENA
-
-
-HACÍA un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar,
-tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones
-blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la
-carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau
-entró en el Hostal de la Cadena.
-
-Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos,
-de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba
-a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a
-otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta
-grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel
-momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la
-hostería su condición entre campesina y marinera.
-
-Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán
-jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas.
-Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un
-corralillo.
-
-Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina
-grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el
-aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero,
-y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro.
-En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban
-sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar.
-Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y
-trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el
-catalán como por explosiones.
-
-Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán;
-otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el
-pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino;
-otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de
-aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo.
-En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la
-guitarra, una canción sentimental.
-
-Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta,
-donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por
-excepción tenía un mantel blanco.
-
---No se podrá usted quejar--dijo el Caragolet, señalando el mantel
-blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes.
-
---No, no; está muy bien--y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa.
-
-La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron
-café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato.
-
-Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el
-Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso
-dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de
-emoción.
-
-A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se
-oían las palabras de Moro:
-
---¿Que se burlan de ti, muchacho?--decía una vez--, búrlate tú de
-ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo
-más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los
-mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses,
-ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen
-a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros
-somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son
-la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser
-amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos
-con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.
-
-El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con
-asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un
-frenético entusiasmo.
-
---No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano--siguió diciendo
-Moro-Rinaldi--; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y
-qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El
-amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos.
-¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio,
-su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte
-como el de una pantera!
-
-El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente
-subyugado.
-
---Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una
-gitana--añadió Moro-Rinaldi--. Mi padre procedía de un dux de Venecia;
-mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como
-tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú
-sígueme, obedéceme; yo te protegeré.
-
-El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el
-suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco
-de los ojos, dijo:
-
---Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña
-usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré.
-
-Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo
-con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás
-dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la _jettatura_; luego
-se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho.
-
-En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo
-después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de
-preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde.
-
-
-
-
- XVI.
-
- EN ALAS DE CUPIDO
-
-
-EL domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados
-a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el
-farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para
-que fueran a la tarde a merendar a la torre.
-
-Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una
-tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos.
-María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en
-el cenador de la terraza.
-
-La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido,
-ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir
-suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba,
-dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte
-llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las
-plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo
-lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de
-cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al
-corro en la carretera y cantaban con voces agudas:
-
- Dicen que Santa Teresa
- cura a los enamorados.
-
-Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el
-dar un paseo en barca. Elena--¡oh!, disimulo femenino--dijo que no; que
-ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la
-convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso!
-
-Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la
-carretera y nos acercamos a la playa.
-
-Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano.
-
-Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde
-estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se
-dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un
-marinero, fueran en una, y los demás, en la otra.
-
-Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para
-entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.
-
---Tenemos que ir al pueblo--dijo Arnau--; por nosotros no se priven
-ustedes del paseo. Pascual les acompañará.
-
-La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda
-entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual
-el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en
-dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno
-inundados de espuma.
-
-Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se
-asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia.
-
-En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se
-pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego
-largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en
-seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas.
-
---Van conducidos por Cupido--le dije yo a Pepeta en broma.
-
---¿Por quién?
-
---Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.
-
---¿Y nosotros?
-
---Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un
-boticario que no pesa menos.
-
-Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos
-barcas era ya mayor.
-
-Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había
-pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.
-
---Quizá se les haya ocurrido ver la aldea--pensamos.
-
-Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar
-al mismo punto.
-
-Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las
-dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes
-del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al
-trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les
-conducía.
-
-La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a
-punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie.
-
---La mataría--dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana.
-
-El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se
-hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y
-que Moro-Rinaldi le había engañado.
-
-Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro.
-
-Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba
-temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos
-a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y
-Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo
-ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal.
-Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se
-manifestaba también furioso.
-
-Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.
-
-Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la
-iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi
-estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!
-
-Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa,
-diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios.
-
-Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía
-que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la
-familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre
-la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia:
-
---Así sois todas las mujeres.
-
-Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa,
-habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que
-se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido.
-
-Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con
-Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal
-y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la
-luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los
-llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la
-Ciudadela, como carlistas.
-
-Lo extraordinario fué--según contaron--que, al registrar la maleta de
-Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar
-que el corso estaba pagado por los carlistas.
-
-Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró.
-Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas,
-y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo.
-
-Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que
-anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que
-fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo.
-
-Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a
-ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela.
-
-Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de
-nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la
-Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su
-capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba
-completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a
-Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona.
-
-
-
-
- XVII.
-
- VIAJE POR MAR
-
-
-ACEPTÉ la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque
-no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he
-acabado por marearme.
-
-El barco en que hicimos nuestro viaje, la _María Rosa_, era un jabeque
-de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa.
-
-Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos
-jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de
-las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte
-en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un
-exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego.
-
-Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba
-por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su
-jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy
-querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle
-sacado los ojos.
-
-Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí.
-
-También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el
-Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los
-cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de
-ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había
-escapado con un contrabandista.
-
-Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón;
-cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos,
-por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían
-agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo
-preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz
-con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón.
-
-El día, de invierno--estábamos en las proximidades de Navidad--, se
-presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar,
-de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y
-pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y
-malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba
-orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas
-coronadas de espuma.
-
-Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al
-avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía
-de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia;
-las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus
-oquedades moradas.
-
-La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba
-amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de
-su manto de azul.
-
-El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me
-hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las
-Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la
-costa y a ser víctimas de las arpías.
-
-Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer
-el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén.
-
-Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se
-marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo
-torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro.
-
-Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de
-Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol
-en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en
-intensidad.
-
-El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de
-lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a
-las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros.
-
-La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias;
-habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas
-cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la
-gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo.
-
-Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso.
-
---¿Qué, está bueno?--preguntó el cocinero.
-
---Sí--dije yo--, pero me parece que pica un poco.
-
---¡Ca!--repuso Arnau--, eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso.
-
---¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el
-efecto de una función de fuegos artificiales.
-
-En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por
-encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente
-los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media
-tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y
-fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona.
-
-Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se
-teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas,
-se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo.
-
-A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo
-alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio
-de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco,
-de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María
-del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la
-Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta.
-
-En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los
-tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a
-medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces
-comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas
-en la semiobscuridad.
-
-Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la
-escalera del malecón.
-
-Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada
-próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de
-la calle de la Puerta Ferrisa.
-
-
-
-
- XVIII.
-
- CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS
-
-
-BARCELONA, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad
-grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de
-casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la
-Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre.
-
-De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite
-y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de
-algún santo.
-
-A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora.
-Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y
-destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su
-espíritu.
-
-Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada
-y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que
-existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.
-
-Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la
-mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no
-tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en
-ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la
-casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una
-mixtificación y una farsa.
-
-En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y
-medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida
-austera y contenida.
-
-Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias,
-que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de
-campanas de las distintas iglesias de la ciudad.
-
-A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de
-éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían
-de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de
-la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se
-levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la
-Puerta del Mar.
-
-Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un
-momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se
-estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.
-
-Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si
-encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que
-no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar
-más dependencia.
-
-Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me
-quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me
-ocurriría lo mismo.
-
-El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y
-que después de ella vendría la calma.
-
-
-
-
- XIX.
-
- TARRACONENSE
-
-
-QUIZÁ la división más natural de la Península, al menos desde un punto
-de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes
-regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría
-añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre
-las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la
-base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.
-
-En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la
-montaña y el mar, el campo y la ciudad.
-
-Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la
-lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra
-la ciudad, que cambia y evoluciona.
-
-Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento
-entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades
-despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan
-grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni
-tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan
-ardiente ni tan voluptuoso.
-
-Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el
-ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia;
-así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar
-era furioso.
-
-A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido
-republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente,
-y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad.
-
-Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan
-exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen
-querido que su ciudad fuera el centro del mundo.
-
-No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a
-la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es
-cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró.
-Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria.
-En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de
-estrategia y de posiciones.
-
-Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también
-ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura.
-
-Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en
-Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este
-hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando
-vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su
-infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo
-asesinaba para recuperarlo.
-
-Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que
-en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.
-
-
-
-
- XX.
-
- CONFUSIÓN
-
-
-HABÍA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres
-embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la
-Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo
-que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el
-objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.
-
-Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches
-a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra
-casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del
-conspirador madrileño.
-
-Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar
-por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba
-también largos ratos en el claustro de la Catedral.
-
-Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me
-acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos
-de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban
-haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se
-hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del
-general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que
-su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara.
-
-María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán
-Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su
-yerno.
-
-María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro
-Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus
-respectivos maridos se la comunicase.
-
-Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta,
-Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café,
-con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.
-
-Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en
-la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también
-el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias,
-cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba
-de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se
-celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los
-exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.
-
-El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres
-de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata,
-y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza,
-don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal,
-para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también
-Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los
-de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del
-café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de
-regionalistas.
-
-Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase
-social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los
-había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente
-era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de
-toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban
-dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga,
-el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.
-
-También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres
-exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más
-chillonas y alborotadoras.
-
-Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la
-Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba.
-
-Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse
-el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que
-salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación
-en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los
-milicianos nacionales.
-
-Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él;
-si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino
-Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y
-otros ideales.
-
-El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los
-carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea
-de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas
-tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía
-a éstos en la mayor desesperación.
-
-
-
-
- XXI.
-
- LA CIUDADELA
-
-
-UNA tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la
-Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos
-detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me
-permitió la entrada.
-
-Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía
-a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra,
-como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y
-María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca
-de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un
-chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi
-amigo el señor Vicente, el tío Corda.
-
-El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no,
-que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.
-
-El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal
-castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo
-una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin
-duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se
-colgaba a la gente en serie.
-
-El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían
-ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de
-España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la
-humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de
-muertos.
-
-Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel
-mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo
-que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que
-denunciaban a los liberales.
-
-Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba
-de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel
-rincón. Allí trabajaba desde su infancia.
-
-El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus
-manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo
-encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza:
-
---Dentro de unos días va a haber aquí sangre.
-
---¿Cree usted?
-
---Eso dicen.
-
---¿Y a usted no le parece mal eso?
-
-El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas
-dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre
-de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo
-alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro
-floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a
-los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser
-enviado a Mallorca para ser fusilado.
-
-Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me
-despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa
-venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían
-pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los
-presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y
-degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel
-don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido
-hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la
-Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería
-sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían
-cometido los carlistas...
-
-Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María
-Pastors, gobernador de la Ciudadela.
-
-Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá
-y Vadolato, hija del barón de Foxá.
-
-El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro,
-catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre
-me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares,
-llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.
-
-El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don
-Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el
-que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas
-odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero
-Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en
-Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.
-
-La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell
-dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre
-del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823.
-Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes
-Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.
-
-Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de
-O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo
-comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la
-negativa.
-
-Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con
-muy pocas esperanzas.
-
-
-
-
- XXII.
-
- LA MAREA QUE SUBE
-
-
-HACIA fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte
-del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que
-los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort
-estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado
-la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas
-pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban
-fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos,
-en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.
-
-Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada
-cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su
-represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían
-presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde
-estaba el santuario.
-
-La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos;
-se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la
-indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues
-éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual
-había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort.
-Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus
-prisioneros.
-
-Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de
-boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La
-rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y
-desesperada.
-
---Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba.
-
---Es necesario hacer algo ejemplar.
-
-María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no
-sabía qué aconsejarlas.
-
-El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona
-tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando
-generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban
-hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos.
-Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.
-
-Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba
-construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré,
-enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en
-ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un
-barrizal.
-
-Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza
-en que se encontraban prisioneros sus maridos.
-
-Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño
-destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento
-cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al
-mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única
-fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas.
-
-Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba
-asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente
-desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío
-que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.
-
-Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era
-imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se
-habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los
-enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia
-estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que
-estos tomasen las represalias que quisieran.
-
-Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar
-hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien
-daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban
-generala. «¡Viva la Petita!»--gritaban unos--. «¡Viva Cristina y vinga
-farina!»--decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente
-que vitoreaba a la Libertad y a la República.
-
-Seguía lloviznando.
-
-Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la
-cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo
-empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla.
-
-Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un
-instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y
-por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a
-la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo
-dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.
-
-Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los
-glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los
-prisioneros carlistas.
-
-Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda,
-esperar a que entrara la noche para dar el asalto.
-
-¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía.
-
-La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las
-olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y
-comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en
-la explanada y en los fosos.
-
-Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena.
-Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba
-dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.
-
-De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante
-en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la
-Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había
-preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían
-contestado:
-
---Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.
-
-El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los
-prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los
-amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les
-entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la
-muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de
-una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y
-que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran
-a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.
-
-El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases
-contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus
-palabras, sino comenzar en seguida el asalto.
-
-El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta
-comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet
-y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.
-
-Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una
-de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El
-primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha
-en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la
-cara llena de rabia y de cólera.
-
-Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret,
-y poco después, Arnau.
-
-A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos
-largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.
-
-Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo
-sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos
-o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.
-
-Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió
-el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el
-foso.
-
-Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la
-luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a
-aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte.
-
-Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola
-embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios
-del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo
-todo.
-
-El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre
-intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta
-apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento
-de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.
-
---Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados
-por los carlistas. ¡A muerte los presos!
-
-Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud
-de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos.
-Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que
-no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a
-sablazos y a cuchilladas.
-
-La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y
-dejando por todas partes huellas de sangre.
-
-Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los
-amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su
-encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un
-niño de pecho, gritando:
-
---Tened piedad de mi hijo.
-
---Dámelo--gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus
-brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada.
-
-Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un
-corredor, gritó con desesperación:
-
---Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.
-
-Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la
-abrieron a tiros y a culatazos.
-
-O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios
-tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo
-echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó
-sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron
-arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.
-
-Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando,
-corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre
-comenzaba a bajar.
-
-
-
-
- XXIII.
-
- FURINALIA
-
-
-DE pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:
-
---Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.
-
-La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en
-el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes,
-ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la
-Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde
-estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos
-oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes
-que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las
-antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo
-las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.
-
-La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los
-sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de
-ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo:
-
---Estos son presos carlistas.
-
-Elena gritó con voz aguda:
-
---No; han entrado en la Ciudadela conmigo.
-
---Es verdad--afirmé yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en
-el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas,
-las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una
-hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.
-
-Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las
-profundidades del Averno.
-
-Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran
-prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de
-los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.
-
---¡La _jettatura_! ¡La _jettatura_!--repitió varias veces Moro-Rinaldi,
-pálido de terror.
-
-El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza
-tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se
-echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron,
-reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.
-
-Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo.
-Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada
-que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela.
-
---¡Si pudiera usted recoger su cadáver!--me dijo.
-
-No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la
-cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres
-y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro.
-Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la
-atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de
-mujeres y de moribundos.
-
-Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces
-se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la
-llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo;
-debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a
-Elena en su cuarto y salí a la calle.
-
-Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando
-solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente
-eché a andar.
-
-Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba:
-
---¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!
-
-Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a
-obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor
-de una hoguera.
-
---¿Qué hay, qué pasa?
-
-Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los
-restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas.
-
-Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado,
-los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con
-la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y
-estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella
-fúnebre pira.
-
-En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba
-buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret
-habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido.
-
-Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo
-grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia
-se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en
-la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los
-calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde
-se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una
-chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas
-hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e
-inmediatamente degollados por la turba feroz.
-
-En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena,
-y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres
-infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus
-camas y fusilados en la calle.
-
-En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo
-estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los
-almogávares en los pueblos de Oriente.
-
-Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura
-que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me
-pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.
-
-
-
-
- XXIV.
-
- AL DÍA SIGUIENTE
-
-
-A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama.
-Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con
-que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con
-otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de
-casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos
-nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la
-alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer,
-ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser
-de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la
-tarde no apareció ninguno de ellos.
-
-Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se
-reunieran con ellos los batallones de la milicia.
-
-A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer,
-el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó
-en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito
-con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812».
-
-El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos
-grandes antorchas y custodiado por dos centinelas.
-
-Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles;
-la gente los vitoreaba al paso.
-
-Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del
-Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día
-anterior.
-
-Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la
-Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el
-movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín
-tan sangriento y tan turbio como el del día anterior.
-
-El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy
-enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los
-batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a
-retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último,
-consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado.
-
-El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador
-madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que
-estaba surto en el puerto.
-
-
-
-
- XXV.
-
- EPÍLOGO
-
-
-UNOS días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban
-inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me
-dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la
-fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso
-que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.
-
-Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué
-decirla.
-
-Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo
-llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa
-mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en
-días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en
-la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.
-
-De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto.
-Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones,
-galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela.
-Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas
-naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza.
-
-Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona.
-Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera,
-porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos
-vivir allí cómodamente y sin apuros.
-
-No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a
-despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la
-Cadena.
-
-Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los
-almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas
-brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador
-del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos
-los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad
-inusitada.
-
-El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas,
-perezosas, a la angosta playa.
-
-Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz
-aguda:
-
- A las chicas de este pueblo
- las tengo que regalar
- unas tijeritas de oro
- para aprender a bordar.
-
-Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el
-rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que
-me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y
-tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...
-
-Al día siguiente era la marcha.
-
-Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.
-
-Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde
-comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio
-de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.
-
-Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de
-Lepanto_, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y
-me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío,
-hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era
-igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo
-que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al
-fuego.
-
-Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una
-carta dándome noticias.
-
-Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos
-tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde
-habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó
-muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que
-se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se
-acercó al confesonario del canónigo Roquebruna.
-
---Don Guillermo.
-
---¿Qué hay, hijo mío?
-
---Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.
-
---Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta
-lo que has hecho.
-
-El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que
-había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:
-
---Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie.
-
-Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron
-en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una
-lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín
-en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el
-circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la
-terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime:
-
---Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista.
-
-Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y
-después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como
-alférez.
-
-De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a
-ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con
-Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la
-Cadena.
-
-Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que
-había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba
-guapísima.
-
-Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba
-que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se
-me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de
-Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan
-decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo.
-
- Itzea, junio, 1921.
-
-
-
-
- LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA
-
- SEGÚN AVIRANETA
-
-
-HABÍA leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo:
-
---Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño
-representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te
-contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos
-ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A
-mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin
-adornos.
-
---A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.
-
---¿Cómo que no?
-
---Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la
-Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado
-injustamente.
-
---Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre
-los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío.
-Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables
-imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo.
-
---Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede
-que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.
-
---¿Esa es tu opinión?
-
---Sí.
-
---No es la mía.
-
---Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.
-
---Habrás leído mi folleto _Mina y los proscritos_.
-
---Sí.
-
---No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en
-Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.
-
---¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted?
-
---En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan
-claros.
-
-
- EN ZARAGOZA
-
-El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel
-de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de
-San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado _Lo que debería ser el
-Estatuto Real o derecho público de los españoles_, en la imprenta de
-Ramón León.
-
-El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y
-de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder
-para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que
-dirigíamos los de la Sociedad Isabelina.
-
-Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en
-restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno
-liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos
-como por la fuerza militar.
-
-Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer
-al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta
-conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes
-desvelos de los isabelinos.
-
-Mis planes--seguía diciendo después--nunca se dirigieron al
-establecimiento de una república en España. Republicano por principios,
-estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no
-nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y
-perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades.
-
---¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar!
-
---Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio
-capital de nuestra época. Sigo adelante.
-
-Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no
-creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para
-la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos
-no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se
-podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en
-oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o
-Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores,
-dignos del presidio.
-
-Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras
-filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas
-se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al
-conde de Toreno.
-
-Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando
-contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente
-y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los
-isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme.
-
-En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen
-pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el
-Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí
-de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a
-defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí.
-
-
- «EL CONSABIDO»
-
-Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don
-Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese
-una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con
-todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros.
-Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos
-de Madrid y de provincias.
-
---¿Era usted todavía hombre influyente?
-
---Sí, ya lo creo. Estaba en auge.
-
-A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro
-y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la
-Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir
-el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí
-se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra
-contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_.
-
-Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra
-me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo
-le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me
-escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que
-el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo
-decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de
-la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el
-ejército.
-
-Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión,
-y me contestó que a Barcelona.
-
-Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en
-Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en
-política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer,
-probablemente, allí cosa de provecho.
-
-Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me
-replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que
-allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho.
-
-
- MENDIZÁBAL
-
-A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano
-político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera
-un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid.
-
-A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el
-mismo día de la apertura de los Estamentos.
-
-Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban
-para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando
-la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de
-mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un
-nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de
-Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia.
-
-En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del
-Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia
-y me quiso emplear de una manera honrosa y decente.
-
-Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo
-era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo
-encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a
-blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable.
-
---Una pregunta.
-
---Venga.
-
---¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez,
-cambió de apellido y se llamó Mendizábal?
-
---Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían,
-por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de
-Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía.
-Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de
-llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal
-estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez
-Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo
-tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó.
-
---Es una versión lógica.
-
---Mendizábal--siguió diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy
-premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la
-revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí.
-
-Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio
-estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser
-reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado
-que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella
-causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que,
-en su consecuencia, se sobreseyese.
-
-A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me
-aseguró que sobreseería la causa.
-
-Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en
-lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el
-estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban,
-atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente
-que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar
-aquellas maquinaciones y auxiliar al general.
-
---¿Está usted en buenas relaciones con Mina?--me preguntó Mendizábal.
-
---Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo
-que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí.
-
---Mina hace un gran papel en Cataluña--añadió don Juan--; es muy
-querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna;
-cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto
-se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de
-espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.
-
---Pues, nada, iré a Barcelona.
-
---Bien. Yo le daré a usted una carta.
-
-La carta que me dió Mendizábal decía así:
-
-
- «Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.
-
- »Madrid, 30 noviembre de 1835.
-
- »Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la
- justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el
- señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de
- confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo
- resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia
- preveo igualmente que accederá usted a mis deseos.
-
- »Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano,
-
- »_J. A. y Mendizábal_».
-
-
-Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el
-ministerio ni en su casa pude encontrarle.
-
-
- DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA
-
-Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de Valmaseda; había viajado
-por América, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las
-matemáticas y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia y era
-muy enemigo de la gente joven y activa.
-
-Durante los años de la emigración, en Londres, después de 1823, se hizo
-tan íntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escribía
-los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros
-gobiernos liberales.
-
-Se tenía de él un gran concepto, y formaba con Argüelles, Calatrava,
-Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceañistas, al que algunos llamaban
-el de los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. Don Ramón
-era serio y reservado, tenía mucho prestigio, y excepto Alcalá Galiano,
-que le odiaba, los demás le consideraban como un gran hombre.
-
-La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra renovó mis sospechas de
-Zaragoza, que se aumentaron aún con los datos que me dieron algunos
-amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba mal de mí; que me pintaba como
-un intrigante y como un alborotador, y que decía que sería conveniente
-que me expulsaran de España.
-
-
- LOS DOCTRINARIOS
-
---Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?--le
-pregunté yo a don Eugenio.
-
---No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios,
-gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos
-de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir
-los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de
-revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie
-de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia,
-tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias
-para dar a la arbitrariedad una apariencia legal.
-
-Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían
-en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me
-consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las
-cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas
-indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que
-sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y
-una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos,
-los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su
-grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses;
-el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en
-Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de
-estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón
-por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis
-opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la
-Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un
-odio terrible y no me perdonaron.
-
-
- DESCONFIANZA
-
-Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal si es que el Gobierno
-quería desprenderse de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era
-capaz de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba que no fuera a
-Barcelona. Ante esta afirmación me decidí; no tenía otro remedio.
-
-La víspera de mi salida de la corte encontré, cerca de la Casa
-de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifesté claramente mi
-desconfianza. Don Ramón, después de excusarse de no haberme recibido,
-por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indicó que en aquel
-momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisándole
-que yo llegaría al final de mes, comunicándole la comisión que llevaba
-a Barcelona y recomendándome eficazmente.
-
-El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días
-la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulación catalana, y el 24
-del mismo mes me embarqué para Barcelona.
-
-
- EN VALENCIA
-
-En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos
-y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre
-ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada,
-seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas
-lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de
-una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me
-figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo.
-
-Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí
-algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno
-de un autor francés, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho días
-en Nápoles_, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe
-napolitano, pero no encontré mas que éste.
-
-Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en
-aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario
-y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de
-hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la
-capital del principado.
-
-
- BARCELONA
-
---¿Existía de veras tanta inferioridad?
-
---Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que
-sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían
-erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin
-abnegación.
-
-Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el
-muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo
-asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de
-la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé
-hospedado.
-
-Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña
-Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le
-pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la
-Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía;
-su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto
-me dió muy mala espina.
-
-Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política
-barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más
-enconada y personalista.
-
-
- POLÍTICOS BARCELONESES
-
-Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos,
-muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe.
-
-Entre los liberales la confusión era grande, y los diversos grupos se
-miraban, en su mayoría, con hostilidad. Primeramente había un grupo
-de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una
-plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes
-negocios. Parte de estos plutócratas eran masones, amigos del banquero
-Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en
-quien tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder
-como un traidor y le había dado el sobrenombre de «Meteoro».
-
-Después venían los exaltados, entre los cuales los había de varias
-clases; unos eran localistas y no querían ocuparse mas que de lo que
-ocurría en Cataluña; otros, nacionales.
-
-Los localistas rechazaban la colaboración de los liberales de Madrid
-y del resto de España, y llevaban una política suya exclusivamente
-catalana.
-
-Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado una confederación
-liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tenía un carácter
-marcadamente regionalista.
-
-El gran defecto de esta confederación era el ser neutra y poco activa
-y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la región
-próximos a Barcelona.
-
-Entre los liberales nacionales había algunos de tendencias moderadas,
-y otros más progresistas; estos últimos se podían clasificar en dos
-grupos: los isabelinos, que defendían la idea liberal sin considerarla
-adscrita a un hombre, y los partidarios acérrimos de Mendizábal, que no
-querían ver nada posible en política sin su jefe.
-
-Había también algunos republicanos y restos de la Sociedad Carbonaria,
-sociedad que había fundado en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en
-1822, venido de Nápoles.
-
-De estos carbonarios, la mayoría eran militares italianos y polacos, y
-en ellos se daba la tendencia de convertir los asuntos nacionales y
-locales en cuestiones de índole internacional.
-
-A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié con las personas
-importantes del partido liberal. Con quienes me vi con más frecuencia
-fué con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos otros.
-
-Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía entonces las veces de
-director en el periódico _El Vapor Catalán_. Madoz tenía relaciones con
-Mina, el cual le había empleado y dado varias comisiones lucrativas;
-era masón, y en esta época se sentía completamente catalán, y con
-Gironella, Llinás y otros había formado la confederación liberal de que
-te he hablado.
-
-Gironella, el comandante de la Guardia nacional, era hombre rico, un
-tanto fatuo y adorador de cuanto diera popularidad. Tenía una casa
-importante y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella era enemigo de
-Bertrán Soler, y me manifestó que con Bertrán él no colaboraba. Le
-pregunté si había alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas que
-rencillas de pueblo.
-
-Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y abogado, había publicado
-varios folletos y libros; ponía cuando firmaba debajo de su nombre,
-como un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante, aunque
-sincero y buena persona. Una de sus obras se titulaba _España, libre
-por esencia, oprimida por los tiranos_.
-
-
- XAUDARÓ
-
-Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre joven, elegante, de bigote
-pequeño y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba
-«Unitario», que al parecer quería reunir a los liberales de todos
-los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y
-principalmente los plutócratas barceloneses. Xaudaró era hombre de dos
-caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes.
-
---¿Cómo?--interrumpí yo--; yo he visto el retrato de Xaudaró en una
-estampa titulada: «Víctimas de la causa popular», al lado de Bravo,
-Maldonado, Padilla, Porlier, etc.
-
---¡Bah! así se escribe la Historia.--replicó Aviraneta.
-
---Ya estamos otra vez en el problema de los hechos.
-
---Xaudaró--dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusión--había
-sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de España,
-del subdelegado de policía de aquella época, don José Víctor de Oñate.
-En la causa que se siguió a los masones en Barcelona, un tal Lucas
-Martínez denunció a Xaudaró como confidente de la policía. Decididos
-los isabelinos, según me dijo Bertrán Soler, a averiguar lo que podía
-haber de cierto en esto, supieron que el dueño de una casa de baños de
-Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor Mazlat, tenía listas,
-papeles y documentos de Xaudaró por los cuales se podía colegir que
-éste había sido un agente provocador que incitaba a los liberales a
-entrar en España en la época absolutista y los denunciaba después a la
-policía.
-
-Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francés
-de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrárselos, pero no se los
-quiso entregar.
-
-La redacción del _Vapor Catalán_ tenía en Xaudaró un gran agente de
-negocios; éste hacía campañas para sacar dinero, aspiraba a ser un
-dictador de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la plutocracia y en
-la gente maleante.
-
-Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez de dinero.
-
-Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante,
-violento y al mismo tiempo muy zorro, que tenía grandes ambiciones.
-
-El escribano Francisco Raull, con quien hablé un par de veces, había
-publicado la historia de la conmoción de Barcelona en la noche del 25
-al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escribía
-dando más importancia a la palabrería que a los hechos.
-
-
- LOS JÓVENES
-
-Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y de ideas muy avanzadas.
-Los que más se destacaban eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía
-mucha fama y era capitán del batallón de La Blusa; Laureano Figuerola,
-que era de este mismo batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de
-Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta de la escenografía
-del triángulo y de la escuadra, tipo pequeño, barbudo y un poco
-ridículo, que luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio
-Sué, _María o la hija de un jornalero_, y Abdón Terradas, autor también
-de una novela bastante mediocre titulada _La explanada_, con escenas
-barcelonesas de la época del mando del conde de España. Este Terradas
-fué uno de los precursores del republicanismo y del regionalismo
-catalán.
-
-Casi todos los jóvenes liberales barceloneses eran entonces medio
-republicanos, medio carbonarios; muchos de ellos habían colaborado
-en el _Propagador de la libertad_, en donde se insertaban artículos
-obscuros del iluminado Adolfo Boheman; otros habían publicado algo
-en _El Regenerador_, de Bertrán Soler, semanario enciclopédico,
-constitucional y españolista.
-
-Carlistas y liberales, exaltados y moderados, isabelinos y
-mendizabalistas, regionalistas y patriotas se odiaban todos con
-idéntica furia, y el más violento rencor reinaba en la sociedad
-barcelonesa.
-
-
- UN CONFIDENTE
-
-Una de las cosas que me preocupaba y que comencé a trabajar con los
-isabelinos fué el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al
-tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban
-en el extranjero.
-
-Bertrán Soler se dirigió a un redactor del _Vapor Catalán_, un pobre
-hombre que había estado empleado en la policía, y éste nos dirigió a un
-militar retirado, que vivía en una casa de huéspedes de la calle de la
-Boquería, llamado Ribot.
-
---Si no le encuentran ustedes a él, que será lo más probable--nos dijo
-el periodista--, hablen ustedes a su patrona.
-
-Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compañía de Bertrán Soler,
-porque éste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando
-con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por
-la Libertad con desinterés y con abnegación.
-
-No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su patrona, como me había
-recomendado el redactor del _Vapor Catalán_.
-
-Era ésta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada
-doña Enriqueta. Nos entendimos fácilmente, porque al momento hablé yo
-de dinero.
-
-Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot era, efectivamente,
-individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a
-diario en Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. Añadió
-que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurría en esa Junta; yo le
-indiqué que era enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos largo
-rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacaría al huésped y me daría
-informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que
-le iría comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina.
-
-Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, y ella, cumpliendo
-su palabra, me envió informes a casa de mucha importancia.
-
-
- MIS PLANES
-
-El día 28 de diciembre volví a presentarme a la señora del general
-Mina, doña Juanita Vega, a quien entregué una carta para su marido, que
-estaba en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, anunciándole mi
-llegada y la misión que traía del Ministerio Mendizábal.
-
-El general Mina no se dignó contestar a mi carta. Luego supe que don
-Ramón Gil de la Cuadra me había indispuesto con él. Le había dado malos
-informes de mí, diciéndole entre otras cosas que yo afirmaba a todas
-horas, y era verdad, que los militares españoles no podrían acabar la
-guerra, y que ésta no se terminaría mas que por una acción política y
-diplomática.
-
---Era, seguramente, una imprudencia de usted el afirmar esto--le dije
-yo a don Eugenio.
-
---Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero a mí me parecía la
-verdad. Desde Barcelona dirigí dos comunicaciones al presidente del
-Consejo de Ministros anunciándole que había conseguido dar con el foco
-de la insurrección carlista catalana y de la intriga extranjera, y que
-tenía metida en su Junta una persona de confianza que me pondría al
-corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba despachar comisionados
-a Perpiñán, Marsella y Génova, para que, puestos en contacto con los
-cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen todos sus planes.
-
-Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más pronto posible, y le
-decía que esperaba el regreso del general Mina para formar, de acuerdo
-con él, un plan político que desorganizara las huestes carlistas de
-Cataluña.
-
-Bertrán Soler me dijo que hacía una semana, próximamente, había
-recibido un correo extraordinario de París avisando la salida de
-un coronel y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de sus
-correspondientes filiaciones y del objeto de su viaje, que era el
-fomentar un levantamiento carlista en Barcelona.
-
-Bertrán Soler puso el pliego en manos del general Mina, y, a
-consecuencia de este aviso, fueron presos en la fonda de las Cuatro
-Naciones el coronel, varios italianos y dos o tres catalanes que
-estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que cayeron bajo el
-puñal homicida en los fosos de la Ciudadela.
-
-
- PABLO ORSINI
-
-Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones de sus paisanos
-absolutistas era un antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por entonces
-pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido por encargo de su
-Sociedad a estudiar lo que pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado
-de todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que no hiciera gran
-caso de los delegados de las sociedades secretas de Barcelona, porque
-éstas no tenían realidad alguna.
-
-A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores Escoceses, de los
-Templarios Sublimes y de la Asociación de los Derechos del Hombre con
-proyectos irrealizables y ridículos.
-
-Según decían, se iba a intentar con su concurso una revolución
-republicana; se quemaría la efigie del Papa y vendría a ponerse a la
-cabeza del movimiento Juan Van Halen, desde Bélgica.
-
-Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento de la Constitución era
-ya muy poca cosa.
-
-La confusión en que se encontraba Barcelona, unida a la más absoluta
-mediocridad y a la mentalidad pequeña y provinciana, hacía que, a pesar
-del deseo de muchos, fuera imposible que de allí saliera algo claro
-y fuerte. Unos proyectos estorbaban a otros, e iban entrelazándose
-y confundiéndose los manejos de un complot local de venganza, con
-nuestras aspiraciones para la restauración de la Constitución y las
-vagas maniobras de los internacionalistas.
-
-
- POCA SUERTE
-
---¡Qué poca suerte, don Eugenio!--le interrumpí yo--. No haber podido
-nunca mandar en capitán. Siempre ha sido usted un piloto interino.
-
---Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones para mandar!
-
---¿Qué hubiera usted sido de contar alguna vez con una ocasión propicia?
-
---No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay que soñar.
-
---Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos.
-
---Eso es, hechos y sólo hechos.
-
-
- EL PLAN SANGUINARIO
-
-Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he
-dicho, al mismo tiempo varios complots.
-
-Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y católicos que
-yo llevaba orden del Gran Oriente Masónico de matar a los prisioneros
-carlistas de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? ¿Qué podía ganar yo
-o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas;
-pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando
-se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les
-cuesta ningún trabajo.
-
-En esta época era yo una persona muy poco grata a la masonería. Todos
-los conspicuos de ella me miraban como un rebelde.
-
-La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se veía
-venir desde hacía tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y
-Bassa habían querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las
-venganzas de los exaltados.
-
-Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la política suya,
-dejó desguarnecida la ciudad, entregándola a los furiosos.
-
-Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron en el abandono de Barcelona
-una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con el
-general segundo cabo don Antonio María Alvarez y con don José Feliú de
-la Peña, teniente coronel y secretario de la Capitanía General.
-
-
- ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA
-
-Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, atravesado,
-desprovisto de sentido moral. Tenía ese espíritu rencoroso tan
-frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los
-españoles reaccionarios porque le parecían, y era natural que le
-pareciesen, los más españoles entre los españoles. Para Alvarez todos
-los españoles eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café de la
-Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando contra la reacción y contra
-los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que
-querían la venganza a toda costa y hacer una San Bartolomé con los
-carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragonés
-de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en bárbaro.
-
-Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel don José Feliú de la
-Peña, que era secretario de la Capitanía General. Feliú de la Peña
-tenía el carácter de esos hombres turbios que aparecen en períodos
-mixtos de absolutismo y de anarquía. Había sido fiscal en los tiempos
-de la comisión militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder para
-la secretaría de policía de Cataluña, y después había entrado en la
-Capitanía General. Feliú, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante,
-atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con los suministros
-militares, como antes los había hecho explotando las casas de juego.
-
-
- CONSEJOS DE MINA
-
-Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, del cual eran
-directores algunos plutócratas barceloneses. A su vez, Feliú de la
-Peña llevó a Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. El
-general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de
-algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos;
-creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la
-Constitución iba a ser perjudicial para la causa. Sabía que llegaba yo
-en calidad de consejero político enviado por Mendizábal, y esto, al
-parecer, le había ofendido profundamente.
-
-Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del Club Unitario no se fundiera
-para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin
-duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de dividir para reinar.
-Xaudaró y los que le seguían aspiraban a una dictadura de Barcelona
-sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretendía
-lo mismo, pretendía ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese
-sin que él diera su vistobueno.
-
-La recomendación de Mina influyó en los que formaban la junta
-constituída por Madoz, Llinás, Gironella y otros; y al querer entrar
-nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban
-prudente en aquellos momentos la proclamación de la Constitución de
-1812.
-
-Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú de la Peña, a Xaudaró,
-a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual
-Madoz. Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, se echó atrás
-y tomó una actitud completamente ambigua.
-
-
- LA TORMENTA SE ACERCA
-
-A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, que se consideraba
-como una manifestación del poder absoluto de los exaltados, iba
-cundiendo en el pueblo, y se veía que no le faltaba para realizarse mas
-que una ocasión favorable. Al mismo tiempo había carlistas frenéticos
-deseosos de que la situación se hiciera más tirante que veían casi con
-gusto la perspectiva de una matanza de correligionarios en Barcelona,
-y mendizabalistas entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese
-algaradas populares, para que así Mendizábal, que había prometido la
-paz en seis meses, si no se turbaba el orden y todos le ayudaban,
-tuviera un pretexto para sincerarse y seguir en el Poder.
-
-Varias veces el general Pastors, gobernador de la Ciudadela, había
-enviado peticiones a Alvarez, que mandaba la capital en ausencia de
-Mina, para que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas presos
-señalados para ser víctimas de la venganza popular a otra ciudad o a
-un barco de guerra; pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña
-accedían.
-
---Que se revienten--decía Alvarez, riendo--; que se hagan la pascua--y
-se alegraba de los temores de Pastors.
-
-Este, que era un pobre hombre bruto, pero de buen fondo, quería salvar,
-sobre todo, a su amigo O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban lo
-que pedía.
-
-
- UN AVISO
-
-El día 3 de enero, por la noche, se presentó en mi casa un hombre
-desconocido; me preguntó si estaba solo; le contesté que sí, e
-inmediatamente me dijo:
-
---Vengo a advertirle a usted que mañana serán ejecutados los
-prisioneros carlistas de la Ciudadela.
-
---¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted esta noticia?
-
---No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted saber que el hecho es
-cierto; mañana lo podrá comprobar.
-
-Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no conseguí nada; me repitió
-que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se marchó.
-
-Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, me puse las botas, tomé
-la capa y el sombrero y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo
-las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había desaparecido.
-
-Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme aquella noticia;
-pensé si sería mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero
-no pude deducir nada.
-
-
- EL DÍA 4 DE ENERO
-
-Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado.
-Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba
-la matanza.
-
-A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios
-a la esposa de Mina y al general Alvarez.
-
---¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?--me preguntó doña
-Juanita.
-
---Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los
-que lo dirigen.
-
---Cree usted que no.
-
---No.
-
---Pues, ¿quién, entonces?
-
---No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad
-tiene también culpa en ello.
-
---¡La autoridad!
-
---Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que
-trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados
-a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir.
-
---¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad?
-¡Qué hubiera dicho la gente!
-
-Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que
-sonaban en la Ciudadela.
-
-Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que
-había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en
-Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional.
-Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban
-identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las
-represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas
-hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort.
-
-La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se
-consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones
-en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la
-matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta
-de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo
-marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó
-Pastors violentamente.
-
---¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?
-
---Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los
-malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí.
-
-Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a
-la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las
-ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra
-y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la
-tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy
-entrada la noche, cerca de las once.
-
-Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio,
-completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló
-muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de
-línea y de la Guardia nacional.
-
-Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún,
-puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la
-torre de Canaletas y en el Hospital.
-
-Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier
-Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos
-por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen.
-
-Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le
-habían producido las matanzas.
-
-Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista
-con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron
-a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la
-continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y
-los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían
-los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen
-fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad
-general.
-
-
- LOS ISABELINOS
-
-Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi
-casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que
-había que hacer el día siguiente.
-
-Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la
-Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel
-motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución.
-Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos
-para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda
-parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de
-acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la
-Milicia.
-
-El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había
-unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase
-la Constitución cuanto antes.
-
-Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al
-día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la
-Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero,
-custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja.
-
-
- EL DÍA 5
-
-Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el
-general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de
-zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del
-salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo:
-
---Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus
-antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo
-contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a
-renunciar inmediatamente al mando.
-
---No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi
-concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.
-
---¡Contra Mina! ¿Y por qué?
-
---La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la
-Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a
-él le parezca.
-
---¿Y usted no cree que haya algo contra mí?
-
---Nada. Contra usted no va nadie.
-
---¿Usted qué haría?
-
---Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le
-avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga
-usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y
-Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.
-
-Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.
-
---Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos
-infames.
-
-Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté
-convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú
-de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo
-Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera
-indigna. Varias veces me dijo:
-
---¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría
-sosegar al pueblo?
-
---Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene
-usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.
-
-El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al
-general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se
-podía hacer en aquel momento.
-
-Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de
-Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento
-del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya
-galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme,
-a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado
-por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve
-mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la
-Constitución, y dispersó a los nacionales.
-
-Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado
-elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina.
-¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento!
-Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería
-como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.
-
-Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la
-proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado
-los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún
-desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros
-comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los
-isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera
-Llinás!, delante de sus respectivas casas.
-
-Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no
-tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que
-provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y
-ponernos al frente de él.
-
-Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el
-ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el
-director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía
-nadie en Barcelona.
-
-Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna
-entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del
-Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron
-tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna
-relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los
-asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen
-mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien
-hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses
-después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en
-la Granja eran premiados.
-
-
- PRESO
-
-A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando
-entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos
-dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés
-_Rodney_.
-
-Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me
-preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de
-Madrid y no encontraba el motivo.
-
-
- EL «RODNEY»
-
-Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque
-inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas
-condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se
-consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán
-Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de
-salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien
-había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un
-peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce
-años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le
-escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un
-cañón. La carta decía así:
-
-
- UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA
-
- «Señora doña Juana María Vega de Mina:
-
- »Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)
-
- »Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío,
- habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama
- a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba
- firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz
- de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el
- asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos
- acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha
- tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha
- dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del
- señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la
- cárcel o castillo que se me designe.
-
- »Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo
- antes posible.
-
- »Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies,
-
- _Eugenio de Aviraneta_.»
-
-
- CARTA A MINA
-
-Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día
-siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta:
-
-
- «Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836.
-
- »Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago
- más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir;
- si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo,
- como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido
- ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para
- matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron
- tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos.
-
- »¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada
- impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los
- que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves
- de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi
- proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré
- los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy
- capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted
- más.
-
- »La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de
- recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las
- maquinaciones de la facción y la intriga extranjera.
-
- »No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con
- urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé
- pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria.
- No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la
- brevedad, porque estoy con poco dinero.
-
- »Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor
- Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy
- siempre su verdadero amigo,
-
- »_Eugenio de Aviraneta_».
-
-
- NUESTRAS MANIOBRAS
-
-Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido
-no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado.
-
-En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al
-comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés.
-
-El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el
-general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario
-para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados
-de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo
-había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos
-por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que
-nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no
-podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses.
-
-Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y
-marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la
-bodega. No teníamos cama y comíamos rancho.
-
-Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero
-amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario
-a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo
-hacia Gibraltar.
-
-Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con
-más o menos exageración. Te lo leeré:
-
-«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina,
-en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la
-Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le
-conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba.
-Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de
-sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe,
-dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido
-antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los
-resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido
-de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las
-armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que
-con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su
-vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría
-de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la
-de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo
-conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la
-disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces
-enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus
-propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró
-condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y
-tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las
-tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo
-que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo
-volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo
-soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana».
-
---¿Y es verdad eso?
-
---Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos
-al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan
-desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto
-a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta
-hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero
-seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos
-días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición
-del capitán general de esta isla.
-
-
- EN TENERIFE
-
-Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos
-dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa
-interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante
-general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer
-a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían
-degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona.
-
-Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno.
-Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos
-vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos
-arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel.
-
-
- RESUMEN
-
---¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona
-para inutilizarlo?
-
---Sí.
-
---¿Y Mendizábal colaboró en eso?
-
---No; creo que Mendizábal obró de buena fe.
-
---Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?
-
---La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró
-dejaron hacer.
-
---¿Y por qué?
-
---Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió
-claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer
-la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió
-decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado.
-Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la
-organización isabelina fué completamente deshecha.
-
---Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y
-en Canarias, ¿qué le pasó a usted?
-
---Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba,
-dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo
-intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar,
-donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo
-plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el
-general gobernador hizo la vista gorda.
-
---¿Y esto ya no es verdad?
-
---No; es fantasía, pura fantasía.
-
---Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular?
-Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.
-
---Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales...
-Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de
-desesperación y de rabia.
-
---Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?
-
---En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en
-marzo de 1836, a Cartagena.
-
-
- EN MÁLAGA
-
-Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente;
-pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson,
-comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al
-general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo
-que podía estar tranquilo.
-
-No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra
-mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme
-pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy
-buenos amigos.
-
-Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y
-conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde
-la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se
-tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como
-dictador de España.
-
-La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de
-Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel
-ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de
-comerciantes y de contrabandistas.
-
- Pamplona, mayo, 1921.
-
-
-
-
- EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO
-
-
-AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido
-en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en
-1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y
-que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había
-una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas
-páginas:
-
-Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una
-situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y
-lamentable.
-
-Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico,
-José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y
-de un perdido.
-
-Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de
-arruinarse en poco tiempo.
-
-Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se
-encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama.
-
-Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores,
-solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y
-de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara
-para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más
-perdido del pueblo.
-
-En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia
-política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores
-de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos
-revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto.
-
-A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba
-de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio.
-Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución
-de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de
-los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente
-partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se
-reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular
-en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo
-el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la
-nación.
-
-Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera
-providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes
-malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro;
-y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la
-guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta,
-que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga.
-
-Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger
-la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía
-la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la
-vida normal.
-
-Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor
-Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson.
-Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en
-serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república.
-Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí
-partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía.
-
-Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán,
-y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la
-primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes
-contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo
-una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento
-revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara.
-
-Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros
-comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar;
-pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran
-con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en
-influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que
-en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de
-Málaga explotador, en vez de explotado.
-
-A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio
-el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido
-algunos intentos en Granada y en Cartagena.
-
-Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de
-mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches
-a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la
-calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que
-saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de
-cómo había pasado el día la enferma.
-
- * * * * *
-
-Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la
-vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban
-hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era
-José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro,
-un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber
-intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad
-la conversación.
-
---Yo me he visto con Escalante--decía Ordóñez.
-
---¿Y está conforme?--preguntó el otro.
-
---Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el
-mismo día de la revolución.
-
---Pero la revolución está parada.
-
---Ya andará--replicó José Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene
-a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido
-ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones
-y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil
-están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que
-ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la
-Constitución.
-
---¿Y lo creerán?
-
---Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada;
-creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta.
-
---Habrá que estar preparados.
-
---Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de
-vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas.
-
---Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con
-la fortuna de Rothschild.
-
---No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse.
-
---Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho?
-
---Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el
-mundo lo sepa tocando generala por las calles.
-
---Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en
-el puerto.
-
---Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?
-
---¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre!
-
---¡Adiós!
-
-Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio
-Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa.
-
- * * * * *
-
-No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos
-posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi
-María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.
-
-Esta preocupación embargaba todas mis facultades.
-
-Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran
-milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba
-entre ellos.
-
-Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y
-apasionamiento.
-
-Era comandante militar el general San Just, que había substituído al
-coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente
-la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés
-Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo
-hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella
-figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga
-a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general
-Córdova le estimaba mucho.
-
-A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los
-milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había
-manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes.
-
-El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de
-gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria
-de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la
-Sociedad Isabelina.
-
-A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de
-Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e
-influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y
-de protegerlos.
-
-A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes
-portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el
-movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina,
-vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los
-agentes que trabajaban para preparar la insurrección.
-
-Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro,
-pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar
-por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido
-cajista del famoso periódico madrileño _El Zurriago_, en la imprenta
-de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después
-muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los
-carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más
-tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de
-jefe de Policía en Málaga.
-
-Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las condiciones del murciélago
-y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso
-a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por
-los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de
-Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había
-entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al
-parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación
-oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios.
-
-Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la
-revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter
-contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo,
-reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente,
-José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los
-revolucionarios.
-
-En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de
-Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran
-contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por
-los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras
-sospechosas sin darles el alto.
-
-Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el
-Morlaco y el Chispilla.
-
-Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que
-habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los
-señalaron en el puerto. Los conocía de vista.
-
-El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de
-mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que
-le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón
-corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba
-despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el
-Espíritu Santo a iluminarle.
-
-El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el
-sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara,
-aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio
-superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña.
-
-El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala
-fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el
-Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el
-barato.
-
- * * * * *
-
-En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a
-ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona,
-de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala
-noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla.
-
-Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del
-Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de
-un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados
-de mi escritorio.
-
-Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda,
-que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba
-paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por
-los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el _Trágala_, y
-Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí,
-insultaron al gobernador.
-
-Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos
-que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.
-
-Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron
-lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy
-descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno.
-
-El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó
-grandes inquietudes en nuestros nacionales.
-
---Pero, ¿qué les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado.
-
---Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno
-moderado, y nosotros no lo aceptaremos.
-
-A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el
-Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo,
-concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas.
-El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje.
-Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la
-llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus
-planes.
-
-El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que
-fueron bastante mal recibidos por los milicianos.
-
-Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a
-ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución.
-
-Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó
-oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de
-ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban
-a ser desarmados.
-
-En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que
-peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La
-guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de
-cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase.
-
-Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me
-dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos.
-
- * * * * *
-
-El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo,
-limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días
-anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la
-gente del alto comercio.
-
-Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza
-de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se
-encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo
-estado de gravedad.
-
-Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos
-políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y
-que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la
-segunda para Levante.
-
-Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero
-de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que
-estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus
-amigos comenzaron a dar vivas y mueras.
-
-Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco
-cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes
-aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los
-nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían.
-
-Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente.
-Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general
-San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales
-por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los
-oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese
-inmediatamente a la plaza.
-
-San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su
-grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo
-llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.
-
-Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante
-conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y
-hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del
-puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales,
-que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que
-quería que todo el mundo respetase la disciplina.
-
-Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su
-serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el
-peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el
-Ayuntamiento.
-
-San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los
-revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse
-obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al
-ver que no podían dominar el tumulto.
-
-Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just,
-que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por
-la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos
-de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José
-Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros
-matones, comenzó a gritar:
-
---¡Muera, muera!
-
-Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás
-hicieron una descarga cerrada.
-
-San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era
-inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta.
-Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la
-puerta, dió al general y le dejó gravemente herido.
-
-Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas
-entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con
-el herido.
-
-En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo
-hacia el puerto.
-
- * * * * *
-
-Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de
-Riego y a la calle de la Madre de Dios.
-
-La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en
-cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume
-de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis
-pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún
-transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza
-temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me
-devoraban.
-
-Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María
-Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la
-esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo
-ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me
-decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados;
-sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de
-la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente,
-éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e
-iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras.
-
-Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar
-qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír
-un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo
-lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se
-escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en
-el silencio de la noche.
-
-Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda;
-pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para
-que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a
-decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto
-iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que
-tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que
-la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del
-zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella
-no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte,
-fuera yo quien la consolara.
-
-Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta
-solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y,
-sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me
-resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía
-ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la
-cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen
-después de la muerte.
-
-Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los
-armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo
-enflaquecido y destruído por la enfermedad.
-
-¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en
-medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para
-todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo
-estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a
-acompañarla en sus últimos momentos?
-
-No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la
-cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa
-de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande
-de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me
-dijo que acababa de morir.
-
-Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las
-hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto.
-
-Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego.
-
- * * * * *
-
-Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala
-por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de
-infantería y de artillería en la plaza.
-
-Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua
-novia, visitada por la muerte.
-
-Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea
-estaba en el convento de la Merced.
-
-Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había
-formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza.
-Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en
-el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le
-detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial
-a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en
-que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento
-de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían
-que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores
-desgracias.
-
-Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza,
-donde dijo a los sublevados momentos antes:
-
---¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a
-un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra
-por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso;
-pero ya está hecho, y ya no hay remedio.
-
---Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es
-menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.
-
-Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de
-abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre,
-que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel
-momento haciendo su pacotilla.
-
---¿Y qué esperan ustedes aquí?--le pregunté a mi empleado.
-
---Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada
-en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros.
-
---¿Y el gobernador, dónde está?
-
---Está también en el cuartel.
-
-Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el
-Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de
-la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer
-a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que
-se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por
-no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que
-para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el
-pueblo.
-
-Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte.
-
-Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo
-convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a
-fraternizar con ellos.
-
-El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban
-ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas
-discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del
-cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se
-formó junto a la Milicia.
-
-Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a
-voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la
-marcha.
-
-El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento
-y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que
-encontró de miliciano.
-
-Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había
-aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del
-cocodrilo de la fábula con el perro.
-
-Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto
-de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se
-dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de
-los milicianos y a decirles que el general se había escapado.
-
-Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío
-seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse.
-Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la
-escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna.
-
---Este es--dijo uno de los sargentos.
-
---¡Matadlo, matadlo!--gritó el Morlaco, que venía delante.
-
-El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso
-hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos
-disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver
-del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo
-arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la
-cara negra y un agujero sangriento en el pecho.
-
-El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.
-
-Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado
-con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los
-comerciantes ricos opuestos a la revolución.
-
-Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho.
-
- * * * * *
-
-Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón.
-Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo
-la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa;
-pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí
-a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los
-árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché
-al muelle y me senté sobre un fardo.
-
-Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o
-realidad.
-
-Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche;
-este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban.
-
-En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos;
-me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro
-y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los
-tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre;
-pero no, aquello todavía era la realidad...
-
-Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una
-calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos
-balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un
-hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la
-cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín.
-
---¿Puedo subir?--le pregunté.
-
---Sí; suba usted.
-
-Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en
-todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto
-me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una
-habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el
-sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era.
-
-En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos
-y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban
-Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía
-qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno
-de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y
-un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo
-de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una
-urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos.
-Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se
-desesperaban porque no era grande...
-
-Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los
-hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las
-manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a
-correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente
-y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era
-necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba
-a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de
-tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus
-monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por
-el aire...
-
- * * * * *
-
---¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno.
-
-Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome
-borracho. Me tendí en la cama.
-
-Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte
-de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí
-a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta
-en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden.
-¡Oh ironía!
-
-Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se
-hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía.
-
-Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos
-gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro,
-en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el
-entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó
-la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una
-proclama de Escalante.
-
- Itzea, julio, 1921.
-
-
-
-
- FLOR ENTRE ESPINAS
-
-
- I.
-
-EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las
-aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft,
-ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de
-sus dolencias.
-
-Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de
-nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las
-lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El
-dominó azul_ y _Jugar con fuego_.
-
-Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras;
-pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas
-que las nieblas.
-
---¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!
-
-Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el
-castellano como en los primeros meses de llegar a España.
-
-Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y
-visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su
-parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en
-Viana y en sus alrededores.
-
-Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales
-los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:
-
---Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien
-distinto al que ahora tengo.
-
---¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo.
-
---Vine con un objeto exclusivamente militar.
-
---¡Hombre!
-
---Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento
-carlista.
-
---¿Ha sido usted carlista?
-
---Sí; estuve de capitán con Cabrera.
-
---¡Demonio, qué absurdo!
-
---Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil.
-En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden,
-desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón
-comandante de Ingenieros de su ejército.
-
-Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego
-y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo
-atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.
-
-El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la
-corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.
-
-El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos
-militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que
-existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.
-
-El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su
-altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado
-de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la
-tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para
-elevarla.
-
-Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a
-don Ramón lo que había visto, éste le contestó:
-
---Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me
-servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil
-fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen.
-
-El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la
-ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en
-el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un
-bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y
-Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.
-
---Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al señor
-Kraft, mostrándole a Aviraneta.
-
-El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa
-estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se
-burlan de ellos.
-
-Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió
-una gran curiosidad por Aviraneta.
-
-
- II.
-
-Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y
-recordaba los años de su juventud con mucho gusto.
-
-Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy
-conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles.
-
-Los militares españoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los
-franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos
-se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de
-estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de
-mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como
-Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas
-han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único
-molde del guerrillero.
-
-Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también
-brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle
-tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui
-era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el
-guerrillero es el que ha privado.
-
-El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina
-y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también
-algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos
-militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo
-Cano.
-
-Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell,
-Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a
-dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado
-llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han
-sido tipos de conquistadores más o menos degenerados.
-
-La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y
-Narváez estaban gravemente enfermos del estómago.
-
---Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano.
-
---Yo--añadió Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra.
-Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay
-casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos
-visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un
-hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general
-vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito
-supone constantemente grandes condiciones guerreras.
-
-El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra,
-y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero
-se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía
-haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de
-los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar
-con ningún otro general español de su época, excepción hecha de
-Zumalacárregui.
-
-Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera,
-lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de
-presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él.
-Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja.
-
---¿Usted conoce a Narváez?--le preguntó el prusiano a Aviraneta.
-
---Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta
-liberal fundada por mí.
-
---¿De una sociedad secreta liberal?
-
---Sí.
-
---_¡Aj!_, ¡qué cosa más extraña!--exclamó el prusiano.
-
---Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en
-Arcos de la Frontera.
-
-Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna
-cosa.
-
---Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una
-historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa
-hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.
-
-
- III.
-
-Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en
-su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca
-fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un
-hombre obscuro, me maravillaban siempre.
-
-Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha
-hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez.
-
-Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y
-otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad
-no daban ninguna impresión de grandes.
-
-Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras
-hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había
-dejado:
-
---Hecha la revolución en Málaga--dijo--me designaron a mí para ir, como
-delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando
-su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de
-1812, aunque modificada.
-
-De Málaga marché a Cádiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fuí de
-Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San
-Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y
-amigas y partidarias mías.
-
-Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y
-republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy
-picarescos.
-
-Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en
-Cádiz.
-
---El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San
-Antonio--dijo--. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá
-pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese
-entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y
-atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el
-baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a
-defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión,
-y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala
-reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios
-comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se
-pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a
-su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con
-alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba
-en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la
-unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón
-que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá
-la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en
-Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró
-la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y
-fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona.
-
---¿Y ahora qué hacemos?--le pregunté yo a la de San Quirico.
-
---Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo
-que valemo lo españole.
-
---Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo.
-
---No sea usted guasón--me contestó ella--. Yo soy ya muy vieja para que
-me hagan nada.
-
-Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y
-a pensar en el ministerio futuro.
-
-Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María
-Cristina a proclamar la Constitución.
-
-El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia,
-a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las
-revoluciones, como anticuados.
-
-Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño
-en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el
-mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido
-mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa
-del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la
-insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar,
-el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder
-con los viejos doceañistas.
-
-Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas
-volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir,
-Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas
-frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por
-toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron
-con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.
-
-No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una
-revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y
-sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república.
-
-El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don
-Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró,
-le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para
-que fuesen deportados a Ceuta.
-
-El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber
-practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en
-todas las clases por Isabel II y por la Constitución.
-
-Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el
-designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al
-frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la
-Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y
-me creían enemigo acérrimo de su jefe.
-
-Por entonces publiqué yo en _El Noticioso_, de Cádiz, un artículo
-titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba
-como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal,
-el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe
-a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas
-nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio
-de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.
-
-El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta
-en Madrid y tuvo cierto éxito. _El Eco del Comercio_ decía que el
-tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la
-libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía
-considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que
-devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí,
-que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se
-consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.
-
-Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista
-dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en
-peligro su organizado pandillaje.
-
-Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los
-Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar
-una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me
-trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme.
-
-Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que
-había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte.
-Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios
-realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo
-cuerpo.
-
-Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general
-Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó
-ponerme en libertad.
-
-Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me
-presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de
-la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia.
-
-Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa
-de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia
-nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón.
-
-Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en
-Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30.
-
-En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del
-cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la
-provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la
-Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el
-intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis,
-el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5
-del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera
-inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.
-
-Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con
-facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra
-para la infantería.
-
-Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general
-Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de
-la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras
-tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé,
-en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital,
-que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía
-servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días--decía en un
-informe el general Ramírez--se presentó el fenómeno, nunca visto hasta
-entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de
-serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse
-a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla,
-sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--seguía
-diciendo el general--se debió al brillante estado en que se hallaba el
-hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas,
-rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la
-presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.
-
-Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y
-contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo
-entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos
-los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los
-que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me
-llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía.
-
-El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le
-ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que
-en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las
-instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.
-
-Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades
-de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a
-Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.
-
-Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el
-jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de
-Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y
-creo que alemán.
-
-Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato
-por el prólogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los
-grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó
-si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a
-Arcos.
-
---Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos
-camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche.
-
---Bueno, vamos allá.
-
-
- IV.
-
-Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre
-una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas
-amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las
-calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre
-de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.
-
-Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es
-medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados
-con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes
-amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas
-próximas.
-
-Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus
-majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico
-florido, y algunas casas hermosas.
-
-Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al
-palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don
-Ramón María Narváez.
-
-Narváez me saludó amablemente.
-
---¿Se conocían ustedes?--preguntó Ros de Olano.
-
---Sí--dijo don Ramón.
-
---Sí--añadí yo.
-
-Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces,
-Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran
-Oriente para entrar en la Sociedad.
-
-No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse
-encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara
-al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia,
-lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo
-rato.
-
-A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como
-liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los
-moderados.
-
-Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el
-golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra,
-García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la
-de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que
-produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos
-generales y un motín militar.
-
-Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo
-elogiaban a cada paso.
-
-En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos.
-Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de
-los moderados.
-
-Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y
-emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova
-siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el
-general Córdova.
-
-Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado
-por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso;
-los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un
-poco belfo.
-
-Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces
-parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el
-pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era
-justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez
-se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más
-genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando
-a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia.
-
-Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones
-jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el
-organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui.
-
-Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente
-enfermo y casi moribundo.
-
-Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_,
-como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan
-franco y tan llano.
-
-Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un
-caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda
-con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez
-no comprendía que en esto había algo de efecto teatral.
-
-El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados.
-
-Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados:
-«¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le
-llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo,
-después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un
-magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de
-cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.
-
-En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados
-era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de
-la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y
-damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una
-técnica, un procedimiento.
-
-Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La
-Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España.
-
-La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la
-popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían
-ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos
-aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable
-de aparecer citados en los periódicos.
-
-Narváez se quejaba de la confusión de la época.
-
---Esto es un galimatías--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es
-la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más
-Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más
-orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo
-se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre
-tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la
-Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos
-o los demonios colorados.
-
---Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observé yo--;
-no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay
-entre los absolutistas.
-
---Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que
-perturbarnos.
-
-Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia
-natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que
-el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil.
-
---¿Y por qué?--me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea
-expuesta por mí.
-
---Porque más de la mitad de España es absolutista--dije yo--. La
-guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por
-destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo,
-solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el
-elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.
-
---Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a
-una mayoría de bestias--dijo Narváez.
-
---Eso es la dictadura.
-
---Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella?
-
---Muchos males y un inconveniente--contesté yo--; que para que haya
-dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los
-que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore
-las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni
-de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de
-tragarse a los demás.
-
---Y bien, ¿usted que haría?
-
---¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una
-tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos
-a España estúpidamente.
-
---¿Y el honor del ejército?
-
---El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación.
-El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes.
-
---O a dirigir también.
-
---En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político.
-
-Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza
-plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber
-intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto
-el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier
-llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama
-y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas.
-
---¿Son de Madrid?--preguntó Narváez a Ros de Olano.
-
---Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja.
-
-Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.
-
-Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase
-de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el
-palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.
-
-Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias
-del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.
-
-Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de
-Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio
-de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus
-oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el
-coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del
-_Times_, que marchaba en la división recomendado por el embajador de
-Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.
-
-Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y
-atribuía la victoria de Majaceite a los demás.
-
-Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí
-no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como
-jefe de Estado Mayor.
-
-El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la
-guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de
-San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató
-a cinco e hizo huír a los restantes.
-
-El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina.
-Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y
-un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos
-había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle.
-
-Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a
-los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos.
-
-Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros
-de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del
-nombre que se le pondría.
-
-A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase
-la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre
-exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos
-puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del
-terreno donde se había verificado la batalla.
-
-El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas
-de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el río de Zahara y el
-Majaceite--, después de separarse y extenderse por las alturas de la
-provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el
-sitio llamado la Pedrosa.
-
-El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique,
-la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con
-algunos otros regatos.
-
-Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una
-estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une,
-en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros
-y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de
-los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy
-pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--,
-con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia.
-
-El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el
-término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de
-Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.
-
-Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los
-distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior;
-pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes
-de la batalla de Majaceite.
-
-Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien
-sentían gran entusiasmo.
-
---Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración--dijo Ros--;
-presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar.
-
-Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones
-misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero
-no dije nada en contra.
-
---Este Narváez--siguió diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la
-Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco.
-A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor
-propio que no le cabe dentro del cuerpo.
-
---¿Qué quiere usted? No me entusiasma--le dije yo.
-
---Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las
-fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un
-estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y
-las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un
-mal».
-
---Tiene usted buena idea de mí.
-
---Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son
-fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos
-irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es
-el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás
-de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido
-de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea
-el tiempo...
-
---Pero si le viene la mala...
-
---Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se
-creerá invulnerable.
-
-Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven
-teniente:
-
---Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?
-
---Sí; ha hecho una vaca con _Don Lámpiro_ y está perdiendo hasta la
-camisa.
-
---¿Quién es _Don Lámpiro_?--dije yo.
-
---Es un sanitario.
-
---¿Y el teniente Matamoros?
-
---El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia
-de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón.
-
-
- V.
-
-Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.
-
-Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte.
-
-Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años,
-la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los
-ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy
-sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las
-fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y
-vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema
-hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de
-nuevo en el Ejército.
-
-Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los
-compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que
-cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba.
-
-Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho:
-
---¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más
-feo que el cabo Negrón, que murió de feo!
-
---Sí, pero soy muy gracioso--replicó Matamoros, riendo.
-
-Y la cantinera llegó a enternecerse.
-
-Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa
-el teniente Matamoros.
-
---¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!
-
---¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros.
-
---Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades!
-
---¿Mala suerte en el juego?
-
---Ese _Don Lámpiro_ es una calamidad. No da una.
-
---¿Y usted?
-
---Yo soy tan calamidad como _Don Lámpiro_.
-
---Este señor--dijo Ros de Olano señalándome a mí--escribe en los
-papeles...
-
---¡Hombre, yo le había tomado por un físico!
-
---No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna
-cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en
-Sevilla, es de Loja, ¿verdad?
-
---Sí, señor; y a mucha honra.
-
---Y creo que compañero de la infancia de Narváez.
-
---Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos,
-porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted
-lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela
-más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que
-estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en
-casa y fuera de casa.
-
---Así que usted recordará alguna historia de Narváez.
-
---Sí; algo recuerdo.
-
-El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus
-compañeros, y comenzó ésta así:
-
---Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada
-muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos
-envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen:
-
- Loja:
- la que no es p...
- es coja.
-
-Y nosotros contestamos:
-
- Y fuera de aquí
- todas son así.
-
-Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los
-Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas
-un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y
-entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima
-este mote: _Loja, flor entre espinas_.
-
-Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón
-Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan
-pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un
-favor.
-
-Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a
-ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta
-y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega
-ser algo así como Napoleón o como César.
-
-Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba,
-más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba
-levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus
-condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de
-monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo
-menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego
-con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa
-más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que
-habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando
-el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito
-Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y
-lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger!
-
-A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.
-
-El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a
-dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y
-andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si
-fueran soldados.
-
-Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se
-peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha
-sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie.
-
-Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le
-indicó que sería militar.
-
-Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde
-conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León,
-que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del
-duque de este título.
-
-Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un
-muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso
-Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado
-que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja
-furioso.
-
-Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le
-consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias
-Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.
-
-El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la
-mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro.
-
-Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro
-tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.
-
-Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que
-un desafío.
-
-Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII,
-¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia
-propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y
-preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre
-de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque
-cuando no quería se hacía el sueco, dijo:
-
---Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al
-estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma,
-le había tirado al agua.
-
-En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era
-del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del
-Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey.
-
-El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué
-de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de
-Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para
-rechazar a los realistas.
-
-Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista,
-el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y
-Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell
-Fullit, exclamó:
-
---Al primer tapón, zurrapas.
-
-En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que
-capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después,
-aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió
-retirado al lado de su familia.
-
-Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba
-entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba
-a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las
-alamedas de la Bomba.
-
-Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible.
-Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de
-Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero,
-Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo:
-
---Donde estoy yo no apuntan los realistas.
-
-A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y
-yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las
-órdenes del general Mina. Yo le seguí.
-
-Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos
-que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de
-Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse
-con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto.
-
-Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento
-de la Princesa a Narváez.
-
-En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial
-de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si
-hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser
-valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había
-servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos
-yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de
-los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto.
-Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los
-oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:
-
---Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de
-todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero
-desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo
-más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza
-a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean
-ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque
-de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está
-dispuesto a darles satisfacción con las armas.
-
-Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera.
-
-Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a
-frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento.
-Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo.
-
---¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército
-carlista?--le dijo después el general Córdova con sorna.
-
---Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?--replicó el de
-Loja con soberbia.
-
-Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo
-que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez
-del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el
-uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista.
-
-Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su
-antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque
-las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.
-
-Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del
-coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la
-mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su
-odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía.
-
-Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre
-espinas.
-
---Otra vez...
-
-Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando
-dijo Ros de Olano:
-
---Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se
-habrá levantado muy temprano.
-
---Sí--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie.
-
-Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos
-vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.
-
-Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.
-
-Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor
-azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en
-ziszás.
-
-Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:
-
---¿Quién va por allá?
-
---Nadie.
-
---Allí parece que está escondido alguno.
-
---¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?--me preguntaba yo--.
-¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá?
-
---Usted no dirá nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz
-temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la última parte de
-esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el
-teniente Matamoros.
-
---¿Hay un epílogo?--le dije yo.
-
---Sí; hay un epílogo.
-
-Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón
-grande, con su portalada y sus rejas.
-
---¿Ve usted ese sombrío edificio?
-
---Sí.
-
---Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las
-Emparedadas.
-
---¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?
-
---Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con
-este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla
-de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El
-beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después
-se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue
-llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento
-está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León.
-
---¿Profesa?
-
---Sí.
-
---Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda.
-Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el
-murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha
-ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega
-ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido
-hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos
-ojos brillantes e inteligentes.
-
---¿Qué quería usted?--ha preguntado la superiora a través de la doble
-reja.
-
---Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la
-muerte de su marido.
-
---Sor Teresa no piensa más que en Dios--ha contestado la superiora.
-
---Pues yo necesito verla y hablarla.
-
---¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de
-excomunión.
-
---Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narváez.
-
---No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede más que
-hablar.
-
---¡Señora!--ha gritado Narváez--; yo necesito hablar a doña Juana; si
-no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.
-
-La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla.
-La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar
-a doña Juana Ponce de León.
-
-Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el
-velo echado. Yo me he retirado un poco.
-
-Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que
-tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con
-monosílabos.
-
-Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.
-
---No puede ser, no puede ser--ha dicho doña Juana.
-
-Después ha aparecido la superiora.
-
---Sor Teresa--nos ha dicho--está enferma; ha envejecido mucho y no
-quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la
-realidad la verán ustedes un momento.
-
-Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana
-y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros
-se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan
-macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito.
-
-Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.
-
---Pero, oye--le dije a Narváez--, ¿cuántos años tiene esa mujer?
-
---Veinticinco, lo más.
-
---¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!
-
---Yo no creo en milagros--me ha dicho Narváez.
-
-Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que
-habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros.
-
---¿Usted no ha visto nunca espectros?
-
---Nunca.
-
---¿Usted no cree en la metempsicosis?--me preguntó luego.
-
---No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni
-en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza
-el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.
-
-Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia
-filosófica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según
-él, afirmaban la metempsicosis.
-
-Yo me encogí de hombros.
-
-Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos,
-llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos.
-
---¿Apago la luz?--le dije yo.
-
---No, no; todavía, no.
-
-Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba.
-
---¿Qué hay?
-
---¿Tampoco cree usted en los aparecidos?--me preguntó de pronto Ros de
-Olano con voz ahogada.
-
---Tampoco.
-
---Yo, sí.
-
-Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas
-de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo.
-Estaba el hombre espantado.
-
---Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque
-esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la
-nigromancia.
-
---Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño--le dije yo.
-
---No voy a poder dormir--gimió él.
-
---Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca
-fantasmas.
-
-Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles,
-fuera luego tan práctico en la vida.
-
-Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo
-a estar solo, y me quedé dormido.
-
- * * * * *
-
-Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se
-despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa
-como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo,
-mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se
-parecía algo a doña Juana.
-
- * * * * *
-
-Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de
-corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los
-soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en
-la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de
-sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron
-formando las tropas.
-
-Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse
-de mí.
-
---Aviraneta--me dijo Narváez--: sé quién es usted, lo que ha sufrido,
-la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez,
-cuente usted conmigo.
-
---Gracias, brigadier.
-
-Nos estrechamos la mano.
-
-Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar
-la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante
-Mayalde.
-
-Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la
-vió alejarse por la carretera.
-
-El pueblo había quedado desierto.
-
-Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al
-teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su
-pueblo: «Loja, flor entre espinas».
-
- Madrid, agosto, 1921.
-
-
- FIN DE LAS FURIAS
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- PRÓLOGO 9
-
- I.--El Diario de Pepe Carmona 15
-
- II.--Arruinados 19
-
- III.--Doña Gertrudis y Eulalia 23
-
- IV.--Evocaciones y recuerdos 27
-
- V.--La torre de Arnau 37
-
- VI.--La casa del Negre 45
-
- VII--Recuerdos y evocaciones 55
-
- VIII.--La casa de Montferrat 65
-
- IX.--Elena 77
-
- X.--Un viajero misterioso 79
-
- XI.--El abanico de Elena 85
-
- XII.--Reproches 89
-
- XIII.--Habla Moro-Rinaldi 95
-
- XIV.--Una serenata 101
-
- XV.--El hostal de la Cadena 105
-
- XVI.--En alas de Cupido 111
-
- XVII.--Viaje por mar 119
-
- XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas 125
-
- XIX.--Tarraconense 129
-
- XX.--Confusión 133
-
- XXI.--La Ciudadela 137
-
- XXII.--La marea que sube 143
-
- XXIII.--Furinalia 153
-
- XXIV.--Al día siguiente 159
-
- XXV.--Epílogo 163
-
- Los bastidores de la tragedia 169
-
- El sueño de una noche de julio 221
-
- Flor entre espinas 247
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS ***
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-1.E.8.
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-
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-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
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-
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- The Project Gutenberg eBook of Pío BarojaMemorias de un Hombre de Acción: #12 Las Furias, by Pío Baroja.
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-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Las Furias
- Memorias de un hombre de acción, tomo 12
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-<hr class="chap" />
-
-<p class="p6 center">PÍO BAROJA</p>
-<p class="p2 center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-
-<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p>
-<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p>
-<p><i>Los caminos del mundo.</i></p>
-<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p>
-<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p>
-<p><i>La ruta del aventurero.</i></p>
-<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p>
-<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p>
-<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p>
-<p><i>La Isabelina.</i></p>
-<p><i>El sabor de la venganza.</i></p>
-<p><i>Las furias.</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br />
-LAS FURIAS</h1>
-
-
-
-<p class="p6 center">ES PROPIEDAD<br />
-DERECHOS RESERVADOS<br />
-PARA TODOS LOS PAÍSES</p>
-
-<p class="center p2">COPYRIGHT BY<br />
-RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-1921</p>
-
-<p class="i2 p6">Establecimiento tipográfico<br />
-de Rafael Caro Raggio</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<p class="p6 center large">PÍO BAROJA</p>
-
-<p class="p4 center large">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-<p class="center large p2">LAS FURIAS</p>
-
-<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100"
-height="124" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p class="center p4">RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-EDITOR<br />
-MENDIZÁBAL, 34<br />
-MADRID</p><hr class="chap" />
-
-
-
-
-
-<p class="p6 narrow"><i>A Pablo Schmitz, de Basilea, a
-quien conocí todavía en plena juventud
-y al que vuelvo a encontrar de
-nuevo, pasados veinte años, en los
-linderos de la vejez, con el mismo
-entusiasmo ardiente por lo noble y
-por lo puro y el mismo desdén por lo
-ruin y por lo mezquino; al amigo y
-al maestro, al que me unen la comunidad
-de recuerdos y la comunidad
-de simpatías</i>,</p>
-
-<p class="smcap right7"><i>El Autor</i>.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6 center large nobreak">LAS FURIAS</p>
-
-<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Hacia</span> 1860&mdash;cuenta nuestro amigo Leguía&mdash;fuí
-con mi mujer, algo enferma del pecho, a
-pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda
-de la Danza, de la plaza de los Moros, en donde
-me hospedaba otras veces.</p>
-
-<p>Esta fonda era de un gallego casado con una
-andaluza, y aunque no un hotel moderno (todavía
-no se habían implantado esa clase de establecimientos
-en España), se podía vivir con comodidad
-en ella. No dominaba por entonces el individualismo,
-un tanto feroz, que hoy reina en los hoteles, y
-se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba
-a su vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos
-mi mujer y yo, como compañero de mesa, un
-juez gallego que se quejaba constantemente de la
-comida de Málaga.</p>
-
-<p>Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los
-alrededores era rematadamente malo. El juez estaba
-deseando que lo trasladasen a otro punto; pero<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-como, al parecer, era un buen funcionario, las personas
-influyentes de la ciudad habían pedido que
-no lo sacasen de allí, y el Gobierno lo dejaba en su
-puesto. Según pude entender, el juez gallego constituía
-el terror de la gente maleante del Perchel y
-del puerto.</p>
-
-<p>Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando
-se oía de pronto la voz del gallego que gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Peru</i> qué sardinas <i>sun</i> éstas? <i>Estu</i> no vale
-nada; <i>estu</i> no está <i>frescu</i>.</p>
-
-<p>&mdash;No me diga usted <i>ezo</i>, don Juan&mdash;terciaba la
-dueña del establecimiento&mdash;; <i>presisamente ayé</i> me
-<i>desía</i> don <i>Pepe Rodrigue</i> que en ninguna parte se
-comía el <i>pecao</i> como en <i>eta</i> casa.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, señora, ¡<i>estu</i> no está <i>frescu</i>!&mdash;gritaba
-el juez con la misma energía que si estuviera dictando
-una sentencia de muerte.</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Quié usté</i> que le traigan un poco de <i>pescá</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pescada ni qué <i>niñu muertu</i>! Que me
-pongan dos <i>huevus fritus</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo quiere <i>uté</i> con <i>patata</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas
-<i>¡Aquellus cachelus!</i></p>
-
-<p>Yo me reía interiormente de las divergencias de
-opinión del gallego y de la andaluza; para el primero
-no había nada superior a lo que se criaba en
-las proximidades del Miño, y para la andaluza, Má<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>laga
-era el compendio de todas las excelencias culinarias
-y no culinarias.</p>
-
-<p>Un día en que me hablaba el juez de sus campañas
-contra la gente maleante, le pregunté si sabía
-algo de la asonada política de Málaga en 1836, en
-que intervino Aviraneta y en la que murieron el
-conde de Donadío y el general Sanjust; pero el
-juez, por aquella época, no estaba en Málaga.</p>
-
-<p>Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno
-Civil, que se hospedaba en la fonda, quién podría
-tener datos de esta algarada.</p>
-
-<p>&mdash;El que he oído decir que presenció este motín&mdash;dijo
-el joven&mdash;fué un señor de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;Pepe Carmona, un comerciante malagueño
-que es aficionado a escribir. ¿No le conoce
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo,
-muy frío, muy poco hablador, que parece
-un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser
-tomar parte en estas trifulcas, porque de joven
-presenció una matanza que hubo en Barcelona en
-el mismo año que la de Málaga.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa
-también ese movimiento de Barcelona&mdash;dije
-yo&mdash;. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos
-verle?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas
-en el Casino.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien; cítele usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ya le avisaré a usted para que vayamos
-a verle.</p>
-
-<p>Pocas noches después fuimos al Casino el joven
-empleado y yo, y conocí a Pepe Carmona. Pepe
-Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a
-cincuenta años; hombre triste, amable y apagado.
-Tenía el tipo mixto que abunda en Málaga: los
-ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la nariz recta,
-la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud
-y lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas.
-Al hablar ceceaba algo, pero con suavidad,
-sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con
-frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en
-hombre ya de sus años.</p>
-
-<p>Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven
-del hotel y me aseguró que había conocido a
-Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de
-la Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en
-Málaga días antes de la muerte del general Sanjust,
-es decir, meses después de conocerle.</p>
-
-<p>Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos,
-de los cuales había sido testigo, y me
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sabría separar bien estos hechos con
-los recuerdos de mi vida; si usted quiere, le pres<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>taré
-un cuaderno de mis memorias, en el que he
-escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.</p>
-
-<p>&mdash;Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno
-mas que el momento indispensable para
-leerlo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; puede usted guardarlo el tiempo que
-quiera.</p>
-
-<p>El señor Carmona me envió al día siguiente al
-hotel un grueso cuaderno muy bien empastado.
-Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante
-y había intercalado en el texto algunos dibujos
-hechos por el mismo Carmona. Tanto la relación
-escrita como los dibujos ostentaban cierta
-facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad.
-Al parecer, Pepe Carmona, en su vida como
-en su literatura y en sus dibujos, era un hombre
-amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.</p>
-
-<p>De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos
-a los aviranetistas.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="CARMONA" class="nobreak">I.<br />
-EL DIARIO DE PEPE CARMONA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Mi</span> padre&mdash;dice Pepe Carmona&mdash;era un comerciante
-malagueño, nieto de un irlandés
-por la rama materna. El decía que su familia
-irlandesa procedía nada menos que de reyes. Mi
-madre había nacido en Málaga, pero era oriunda
-de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los
-Infantes, de donde salió mi abuelo para poner una
-mercería en la calle Ancha.</p>
-
-<p>La procedencia, medio irlandesa, medio castellana,
-me ha dado a mí un tipo poco meridional,
-que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en donde
-hay mucha mezcla de razas.</p>
-
-<p>Mi padre contaba con relaciones comerciales
-en Inglaterra; había estado varias veces en Liverpool
-y en Londres y adoptado las costumbres e
-ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar
-como el sumum de la vida el tener las maneras
-de un <i>gentleman</i>. Mi padre consideraba lo mismo<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>
-el ser <i>gentleman</i> que el ser rico; identificaba estos
-dos conceptos confundiendo el hecho con el derecho.</p>
-
-<p>El caso fué que a mí me dió una educación de
-hijo de rico en un colegio de alto porte; que pasé
-temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra y en
-Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de
-fortuna que podía dispensarse costosas fantasías.
-En Londres me hice vestir por los mejores sastres,
-y en París tuve la humorada de tomar, como profesor
-de violín, a un alemán que me llevaba por
-cada lección un ojo de la cara.</p>
-
-<p>Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a
-mi padre que no sentía la menor afición por el comercio:
-me gustaba más la poesía, y puesto que él
-contaba con medios de fortuna suficientes para
-vivir, y yo también, si no le parecía mal, me dedicaría
-de lleno a la literatura. También le dije que
-probablemente no viviría en Málaga, porque aquel
-sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.</p>
-
-<p>Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos,
-y los aceptó con cierta tranquilidad irónica.
-Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos entonces
-eran Ossian y Walter Scott; conocía también
-algo de lord Byron. Por aquel tiempo comencé un
-poema épico: <i>La Batalla de Lepanto</i>, y esto me
-hizo separarme un poco de los Fingal, de los
-Morven y de las Malvinas, de los Rockeby y de<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-las <i>Damas del Lago</i>, para meterme de cabeza en
-la mitología grecorromana.</p>
-
-<p>Compré la <i>Odisea</i> en una traducción francesa.
-<i>La Eneida</i>, en la versión de don Diego López,
-que, aunque decían que no era fiel, me servía para
-comprender el original, y <i>La Jerusalén libertada</i>,
-del Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar.
-Al mismo tiempo me enamoré de una muchacha
-de la buena sociedad malagueña. María Teresa era
-una chica muy buena y muy simpática; yo tenía
-por ella un entusiasmo loco. Nos conocíamos de
-niños, y nuestro afecto había ido naciendo lentamente.
-Yo me creía ya muy seguro en la vida, y,
-aun así, tenía por temperamento una gran timidez
-para todo.</p>
-
-<p>Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a
-pesar de que, para la mayoría de la gente, Málaga,
-en aquella época, pasaba por un pueblo aburrido
-y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.</p>
-
-<p>Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de
-mi novia. Los domingos paseaba con ella por la
-Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. A
-veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía
-a las pequeñas disensiones que tenía con mi
-padre y con mi novia.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="ARRUINADOS" class="nobreak">II.<br />
-ARRUINADOS</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> esto, mi padre, que estaba fuerte como una
-roca, así al menos lo decía él, cayó enfermo
-y en pocos días murió. Empezamos mi hermano
-y yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa
-comercial, y resultó, según nos dijo nuestro socio,
-que mi padre, quitando algunas acciones de minas,
-que por entonces no producían nada, no
-tenía un cuarto.</p>
-
-<p>Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada
-de nuestra ruina. Hicimos un balance de cuentas
-que nos dejó espantados. Afortunadamente,
-mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las
-riendas de la casa: cortó por lo sano; vendió joyas
-y mobiliario, quedándose sólo con lo imprescindible,
-y fuimos a vivir a una casita de campo de
-la Caleta.</p>
-
-<p>Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-para ver el modo de poner a flote el negocio de
-mi padre.</p>
-
-<p>El socio nos manifestó una mala intención señalada,
-y vimos claramente que quería quedarse con
-la casa comercial, dando una pequeña pensión a
-mi madre. Nos enteramos del valor que podían
-tener las acciones de la compañía minera en donde
-mi padre había metido varios miles de duros,
-pero estas acciones se hallaban por entonces muy
-en baja, y nuestros amigos nos aconsejaron que
-esperáramos algún tiempo para venderlas.</p>
-
-<p>Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde
-se ha pasado por rico: se molesta uno al ver
-que la gente conocida huye del arruinado y se
-tiende a la desconfianza y a la suspicacia.</p>
-
-<p>Los meses que pasé en Málaga, después de la
-muerte de mi padre, fueron para mí muy desagradables.
-Creía ver en todo el mundo apartamiento
-y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y
-tratándome como hasta entonces.</p>
-
-<p>Poco después, su padre se me acercó en la Alameda,
-y tras de largas consideraciones y de decirme
-que no me quería mal, me indicó que no
-visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me
-cerraba las puertas de su casa.</p>
-
-<p>Yo volví a la mía completamente deprimido.
-Por entonces comencé a decaer, me sentía cansado
-y triste. Mi hermana, con más genio que yo,<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de
-chufas.</p>
-
-<p>&mdash;Si éste es así, dejadle&mdash;observaba mi madre.</p>
-
-<p>No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía,
-porque pocos días después tuve que acostarme y
-pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.</p>
-
-<p>Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo
-que seguía lánguido y triste y que no reaccionaba
-rápidamente en la convalencia, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tú tienes que hacer es marcharte de
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde?</p>
-
-<p>&mdash;Qué sé yo. El mundo es grande.</p>
-
-<p>&mdash;Está uno bastante mal preparado para luchar
-en la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Otros con menos medios que tú han llegado
-a ser algo.</p>
-
-<p>Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me
-hubiera gustado ir a vivir a Inglaterra, pero comprendía
-que el aprendizaje allí sería demasiado
-caro y demasiado largo para un hombre sin medios.</p>
-
-<p>Consulté con un capitán de barco, el capitán
-Barrenechea, que hacía la travesía de Cádiz a Barcelona,
-y éste me dijo que me llevaría a cualquier
-punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea
-y yo, en que primeramente intentaría probar
-fortuna en Valencia. Era a principio de la guerra,<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-en 1833. Me embarqué en la <i>Bella Amelia</i>, y estuve
-en Valencia un mes sin encontrar nada que
-me conviniera, y cuando volvió de nuevo el barco
-de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.</p>
-
-<p>Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos
-cartas de recomendación. Una, para un señor Serra,
-comerciante, y la otra, para un capitán de cabotaje,
-llamado Ramón Arnau, que vivía cerca
-del puerto.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="EULALIA" class="nobreak">III.<br />
-DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable,
-me recibió de una manera un tanto
-ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó
-por la tarde al escritorio del señor Serra, que tenía
-un gran almacén de granos y de harinas en
-una calle próxima al puerto. El señor Serra me
-sometió a un interrogatorio, y gracias al capitán
-Arnau, que vino en mi ayuda, pude salir bien del
-paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la
-casa como escribiente y tenedor de libros, con
-veinticinco duros al mes.</p>
-
-<p>Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que
-pensar en la cuestión del alojamiento, cuestión difícil,
-porque había por entonces mucha guarnición
-en el pueblo y dos o tres regimientos más que
-de ordinario, con lo cual todas las fondas y casas
-de huéspedes estaban ocupadas por oficiales.</p>
-
-<p>El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
-tarjeta para que visitara a dos señoras, tía y sobrina,
-que vivían en la calle de las Moscas, calle
-del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral.
-Tardé bastante en encontrar la calle, que estaba en
-lo más elevado de la ciudad, cerca de la capilla de
-San Magín.</p>
-
-<p>Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último
-piso. Las dos señoras, tía y sobrina, eran castellanas;
-me recibieron amablemente y me alquilaron
-un cuarto espacioso, con una ventana que caía a
-la parte de atrás de la calle de las Moscas, hacia
-la muralla.</p>
-
-<p>Al principio vacilaron en darme hospedaje
-completo con la comida; pero a lo último, y diciéndoles
-yo que me acomodaría a sus gustos y
-costumbres, quedamos en que comería con ellas.</p>
-
-<p>Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina.
-La tía, viuda de un comandante retirado,
-muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña
-Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros,
-de aire muy amable y muy inteligente, y vestida
-siempre de negro. La sobrina, Eulalia, de unos
-cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca
-grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos
-y apasionados. Eulalia vestía también de negro;
-según supe después, un novio con quien iba
-a casarse había muerto días antes de la proyectada
-boda y se consideraba como viuda.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p>
-
-<p>A mí me parecía por su pureza y su fidelidad
-un tipo intermedio entre Astrea y Artemisa.</p>
-
-<p>El primer día que comencé mi trabajo en la
-oficina de don Vicente Serra me pareció muy
-largo y penoso. Por la noche hablé con las dos
-señoras de mi casa largamente y les conté mi
-vida.</p>
-
-<p>Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del
-pueblo de la familia de mi madre, y con tal motivo
-intimamos, considerándonos como medio paisanos.</p>
-
-<p>&mdash;Es extraño&mdash;me dijeron varias veces, una y
-otra&mdash;. Usted no tiene nada de andaluz.</p>
-
-<p>La amabilidad de mis patronas suavizó la vida
-que llevaba en Tarragona. Mi patrón, don Vicente
-Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años,
-no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio,
-ordenancista; tipo del comerciante rico que
-se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que
-prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy
-santurrón y de ir a todas las procesiones y ceremonias
-religiosas, andaba en relaciones con las
-Celestinas del pueblo.</p>
-
-<p>El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático:
-se manifestaba muy déspota y muy orgulloso
-de su riqueza. Los Serra tenían una de las casas
-más lujosas de la Rambla de San Carlos.</p>
-
-<p>En los días siguientes de mi estancia allí me<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-fuí haciendo cada vez más amigo de las señoras
-de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande,
-espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo,
-a mi gusto. Puse en las paredes algunas estampas
-y litografías traídas de Inglaterra, un estante
-para mis libros, una mesa delante de la
-ventana, y me prestaron mis patronas un sillón,
-con los brazos terminados por cabezas de pato,
-muy cómodo.</p>
-
-<p>Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde,
-con su piano, su cómoda, el espejo pequeño
-con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias
-estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés.
-Eulalia me dijo que podía escribir allí si
-quería, pero yo le contesté que con mi cuarto me
-bastaba.</p>
-
-<p>Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas
-lecciones y cantaba con mucho gusto. Yo la oía,
-sobre todo los domingos y días de fiesta, desde
-mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde
-se veía, enfrente y a la derecha, el Campo de Marte,
-dominado por el alto del Olivo, y a la izquierda,
-la ribera del Francolí, un inmenso jardín
-lleno de bosques de palmeras, de limoneros y de
-almendros.</p>
-
-<p>Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así
-debían ser los paisajes cantados por los antiguos
-poetas bucólicos de la Hélade.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="RECUERDOS" class="nobreak">IV.<br />
-EVOCACIONES Y RECUERDOS</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Por</span> Eulalia me enteré, días después, que la
-casa donde vivíamos estaba en el emplazamiento
-del antiguo Foro y próximo al Capitolio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?&mdash;le
-pregunté a Eulalia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca,
-al lado de la puerta del Rosario, están también
-los muros ciclópeos.</p>
-
-<p>Contemplé estos trozos de murallas, construídos
-con enormes peñas por pueblos antiquísimos
-y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, ocupaba
-un espacio limitado por una línea que, partiendo
-de la calle de las Escribanías Viejas, pasaba
-por la parte superior del Horno de los Canónigos
-y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba
-por frente al convento de la Enseñanza, hasta la
-casa del Arcedianato de San Lorenzo. En este sitio
-había existido la torre del Patriarca, torre en<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>
-donde estuvo prisionero Francisco I, después de
-la batalla de Pavía, antes de ser trasladado a Madrid,
-y que fué volada por los franceses en 1813.
-Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba
-también el jardín del Magistral.</p>
-
-<p>El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de
-Pilatos y plaza del Rey, seguía por la calle de
-Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de Santa
-Teresa, próximamente a la casa del Horno de
-Salas; desde aquí seguía en línea recta por la Mercería,
-escaleras de la Catedral y calle de la Civadería,
-trazaba un ángulo en la calle de las Moscas,
-seguía la línea por el arco de Toda y el huerto de
-la casa de las Beatas, cerrando la línea en la plaza
-del Pallol.</p>
-
-<p>Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas
-subterráneas en la calle de la Mercería, y las
-superficiales en la parte de atrás de la Catedral.</p>
-
-<p>No lejos de casa estaba también el palacio de
-Augusto, la torre de Pilatos, y hacia el mar, el
-Circo, donde se encuentra ahora el presidio del
-Milagro.</p>
-
-<p>Esta vecindad, con los antiguos monumentos
-ilustres de la época, me llenaba vagamente la imaginación
-de ideas trascendentales.</p>
-
-<p>Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis
-patronas marchaba muy alegre. Les contaba cómo
-había pasado el día, y les llevaba noticias que co<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>rrían
-por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su
-vez, sabían otras noticias, y confrontábamos las
-suyas con las mías.</p>
-
-<p>Por las noches de invierno, después de cenar,
-teníamos en la mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia
-y yo, largas conversaciones. Doña Gertrudis
-me contaba escenas de la guerra de la Independencia,
-presenciadas por ella. Esta guerra había dejado,
-como en otras ciudades españolas, un terrible
-recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió
-contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza
-y Gerona. Los dos meses que duró el sitio
-de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis recordaba al viejo general don
-Senén Contreras, yendo y viniendo por los baluartes,
-rodeado por su Estado Mayor, hablando
-siempre a los soldados y a los guerrilleros con
-una gran energía y un frenético entusiasmo. Doña
-Gertrudis contaba con muchos detalles la vida del
-pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que
-se hacían acerca de la suerte de la ciudad y las
-versiones que corrían sobre la ferocidad de las
-tropas del mariscal Suchet.</p>
-
-<p>Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces
-el vecindario era a la legión italiana, que
-estaba con un regimiento de sitio también italiano,
-entre el fuerte de Loreto y el mar.</p>
-
-<p>Esta legión se hallaba formada por sicilianos,<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
-napolitanos y corsos, reunidos en un depósito de
-reclutamiento en la Isla de Elba. La legión se hallaba
-constituída por aventureros, bandidos y ladrones
-capaces de todo. Uno de sus sargentos,
-Bianchini, se supo que había hecho la apuesta de
-comerse el corazón del primer centinela español
-que matase, y, por lo que se dijo, se lo llegó a
-comer.</p>
-
-<p>La crueldad y la violencia de este hombre se
-hicieron legendarias, y la gente le llamaba <i>El Dimoni</i>.
-El tal Bianchini hizo varios prisioneros españoles,
-y como premio pidió al general ser el
-primero para entrar al asalto en Tarragona. En la
-brecha cayó muerto.</p>
-
-<p>El mariscal Suchet reconoció que los españoles
-se batían como leones.</p>
-
-<p>La gente del pueblo insultaba con furia a los
-franceses desde las murallas, y patrullas de mujeres
-iban armadas con su fusil a las avanzadas. Una
-de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama
-en aquella época.</p>
-
-<p>Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores
-y sitiados llegó al colmo. Los españoles mataron,
-en un encuentro, al general Salme, y los franceses,
-después de fusilar a unos cuantos españoles,
-escribieron con la sangre de sus víctimas este letrero
-en la muralla: «<i>Queda vengada la muerte del
-general Salme</i>».</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p>
-
-<p>Los últimos días del asalto fueron terribles. Los
-franceses, enfurecidos, no daban cuartel; los españoles
-se habían refugiado en la Catedral, y desde
-sus puertas hacían un fuego horroroso. Los franceses
-tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros,
-y desde la plaza de Las Coles hasta la entrada del
-templo fueron dejando, en la ancha escalinata que
-sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron
-en la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie
-de los que allí se habían refugiado. El suelo estaba
-lleno de sangre. Los franceses no respetaron heridos,
-ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba
-que los granaderos echaban a los niños por las
-ventanas y los recibían en la calle otros soldados
-en las puntas de las bayonetas. Después de la gran
-matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras
-alrededor de la ciudad para quemar los
-muertos, y estas hogueras estuvieron echando espirales
-de humo grasiento y horrible durante días
-y días.</p>
-
-<p>La desgracia de España hizo que, después de la
-postración producida por la guerra de la Independencia,
-viniera la lucha política encarnizada y
-cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto
-grado de libertad de conciencia y de vida práctica.
-Los pueblos deshechos, despoblados, tardaban
-mucho en levantarse y en volver a la vida normal.
-Se había adquirido el hábito de la violencia; los<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>
-hijos de los feroces guerrilleros, naturalmente, no
-podían ser mas que sanguinarios y crueles.</p>
-
-<p>Después de la nueva campaña que hicieron los
-franceses realistas con el duque de Angulema, y
-que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las
-intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido
-a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió
-a la señorita de Comerford en la casa del canónigo
-hospitalero de la Catedral, don Guillermo de
-Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo
-la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó
-enredada con un fraile.</p>
-
-<p>Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror
-que reinaba en Tarragona en tiempo del conde
-de España; los presos que venían de noche de
-los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo
-de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera
-negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se
-sabía que el día anterior se había enterrado o
-echado al mar un cadáver destrozado por las
-balas.</p>
-
-<p>Todavía presentaba un carácter más horrible,
-según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la
-Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia
-el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto
-se oían en aquella época, casi todas las noches,
-gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas
-cerradas. Luego se veían pasar hombres lle<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>vando
-algún bulto, precedidos por otro con un
-farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde
-se sospechaba que alguien había sido enterrado;
-reinaba el más profundo terror, y la idea de ser
-llevado a la presencia del conde de España inquietaba
-a todo el mundo.</p>
-
-<p>Yo escuchaba estas historias lleno de espanto,
-pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba
-por entonces me llenaba de satisfacción.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis me trataba como si fuera su
-hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos
-el proyecto de que, si acababa pronto la guerra,
-marcharíamos juntos a Salas de los Infantes.
-Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no
-podían soportar el frío de aquella región. Además,
-por estos días campeaba por allí el Cura Merino
-con su gente.</p>
-
-<p>Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de
-este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba
-muy bien. En Málaga había vivido tan
-retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá
-para otro monótona, a mí me bastaba.</p>
-
-<p>Esta existencia rutinaria me llenaba por completo.
-Los domingos paseaba y, después de la
-misa, solía comprar alguna golosina para llevarla
-a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi
-siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El
-jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No
-quería saber nada arqueológico; si a veces oía las
-explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en
-seguida.</p>
-
-<p>Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de
-aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión
-de un lugar de Oriente. A la hora de las
-vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano,
-el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos
-en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente
-labrada, y todo esto me hacía soñar
-en una época pretérita y mejor.</p>
-
-<p>Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde
-tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas
-de la aristocracia y a las menestralas, vestidas
-de negro, con unos cuerpos de diosa y la
-cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los
-días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña
-reunión musical, y yo tocaba el violín y
-Eulalia me acompañaba en el piano.</p>
-
-<p>Por entonces se empezó a hablar de los carlistas
-catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.</p>
-
-<p>Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos;
-pero no contaban con un hombre como los
-del Norte, con Zumalacárregui.</p>
-
-<p>Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente
-de Cabrera y de sus campañas en el
-Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-como un monstruo, y otros, como el más acabado
-tipo del caudillo defensor del trono y del altar.</p>
-
-<p>Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo,
-y peleando en el mismo bando, dos símbolos de
-las dos corrientes opuestas y contrarias de la España
-clásica. El uno, la perseverancia y la visión
-clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el
-otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo.
-Mientrastanto, el resto de España esperaba.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="ARNAU" class="nobreak">V.<br />
-LA TORRE DE ARNAU</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Algunas</span> veces iba a visitar al capitán Arnau,
-a quien me había recomendado Barrenechea,
-el de la <i>Bella Amalia</i>. Don Ramón Arnau,
-hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte,
-enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol
-y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados,
-que produce la vida de a bordo.</p>
-
-<p>Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y
-muy limpio; era hombre serio, de movimientos
-rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera
-y malhumorada. A mí no me manifestaba la
-menor simpatía; me consideraba, sin duda, como
-un señorito mimado, incapaz de un arranque de
-entereza.</p>
-
-<p>Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical;
-no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque
-de menos edad que él, parecía más vieja, casi
-como si fuera su madre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span></p>
-
-<p>El capitán se mostraba con ella duro, dominador,
-creyendo, sin duda, que la misión de las mujeres
-es la de obedecer sin réplica y trabajar sin
-la menor distracción. La mujer del capitán seguía
-siempre la mirada de su marido y temblaba cuando
-éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa idea de la
-autoridad del <i>pater-familias</i> romano, y se consideraba
-infalible e indiscutible.</p>
-
-<p>En casa de Arnau conocí a sus hijas, María
-Rosa y Pepeta. María Rosa, muchacha rubia y
-blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena,
-con ojos verdes claros y tonos azules alrededor
-de los ojos, era verdaderamente bonita.</p>
-
-<p>Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su
-juventud, no me gustaban del todo por lo ásperamente
-que hablaban el castellano. Yo creía entonces,
-y tardé bastante tiempo en darme cuenta de
-tal preocupación, que por ser andaluz era superior
-a los catalanes. No comprendía que si un catalán
-puede ser ridículo hablando castellano entre
-castellanos, un castellano es ridículo hablando catalán
-entre catalanes. Lo mismo le pasa al español
-que habla francés, o al francés que habla español.
-Se cree también que unos idiomas son eufónicos
-y agradables al oído, y otros, no; pero todos los
-idiomas son eufónicos para el que está acostumbrado
-a ellos.</p>
-
-<p>Arnau poseía una casa de campo en el camino<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-de Barcelona, que va costeando por entre pinares
-y la marina, a poca distancia del Hostal de la
-Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña
-y blanca, tenía un hermoso huerto, un jardín
-con una terraza y una azotea desde la que se
-divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos,
-granados, limoneros y otros árboles frutales;
-el jardín tenía varios cuadros separados por boscajes
-de mirtos y de madreselvas, que formaban
-calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en
-verano, resplandecían innumerables flores, y constantemente
-había frutos, pues cuando unos estaban
-ya maduros otros comenzaban a brotar. La
-naranja y el limón, las cerezas y los albaricoques,
-las peras y las manzanas, los higos, las granadas y
-las nueces se sucedían sin descanso.</p>
-
-<p>Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos
-veinticinco a treinta años, fuerte, tostado por el
-sol, algo pariente de Arnau. Pascual trabajaba
-constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.</p>
-
-<p>En el jardín había una pequeña glorieta cubierta
-con enredaderas y un gran pino alto, de copa redonda
-y tronco morado.</p>
-
-<p>La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones
-de porcelana llenos de cristales de colores que
-despedían al sol brillantes destellos.</p>
-
-<p>En mi poema <i>La Batalla de Lepanto</i> introduje<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>
-más o menos subrepticiamente el jardín de la torre
-de Arnau y lo convertí en el jardín de las Hespérides,
-con sus ninfas guardadoras de las manzanas
-de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el
-hortelano, le llamaba Vertumnio. Cierto que el
-mitológico jardín no tenía nada que ver directamente
-con el resto de mi poema; pero yo me consideraba
-con derecho para vagabundear como poeta
-en alas de la fantasía por el mundo entero.</p>
-
-<p>Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o
-acompañado por algunos amigos, sobre todo los
-días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en
-aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos,
-como Flora y Pomona. Estas chicas catalanas, que
-no conocían la timidez ni el rubor, eran completamente
-ingenuas y naturales y hablaban de una
-manera terminante y enérgica. No tenían María
-Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y ossianescas
-ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar
-con un poco de imaginación por diosas paganas.</p>
-
-<p>María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta
-tenía un realismo aplastante.</p>
-
-<p>Conmigo solían ir dos pretendientes de María
-Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.</p>
-
-<p>Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios
-realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho
-de no serlo y se sentía partidario de la Reina.
-A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdona<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>ba
-el haber pertenecido a la milicia realista y le
-manifestaba una marcada antipatía.</p>
-
-<p>Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado
-en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a
-su familia se la consideraba en el pueblo como
-absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente
-con su madre en una callejuela próxima
-a la Catedral.</p>
-
-<p>Secret gozaba de la completa simpatía del capitán
-Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo;
-su gran preocupación consistía en parecer
-alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo,
-de noche, se creía que pasaba un gigante;
-tales zancadas solía dar.</p>
-
-<p>Secret tenía el título de maestro de escuela y
-se vanagloriaba de haber publicado un periódico
-liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución
-francesa, sentía un frenético entusiasmo por
-sus doctrinas y por sus hombres.</p>
-
-<p>Secret sabía el francés, había vivido unos meses
-en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt,
-y estaba convencido de que su mirada magnetizaba
-y fascinaba como la de las serpientes de
-los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales
-que destrozan el corazón de las mujeres, de esos
-hombres que ríen de sus víctimas con una risa
-sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en
-los novelones y en los melodramas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p>
-
-<p>Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que,
-por entonces, al menos, no se sabía que hubiera
-hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas
-del bello sexo.</p>
-
-<p>Eso de parecer un hombre fatal siempre ha
-sido y será, sobre todo en época de romanticismo,
-cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en
-Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte
-de los Descontentos.</p>
-
-<p>Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y
-comenzó de pronto a sentirse liberal, y acabó siendo
-antirreligioso y republicano.</p>
-
-<p>Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar,
-de matar y de no dejar títere con cabeza.
-El decía que estaba afiliado a la sociedad de carbonarios,
-pero sus amigos tampoco lo creían. Secret
-echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba
-el uso del catalán y dominaba con sus adulaciones,
-y lo tenía preso en su tela de araña al
-capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este
-hombre se dirigía a María Rosa o a Pepeta, pero
-ninguna de las dos le acogía con agrado.</p>
-
-<p>Los conocidos me daban broma por mi amistad
-con la Pepeta, pero era inútil: tenía en la memoria
-impreso de una manera imborrable el recuerdo
-de María Teresa, y, además, reconociendo que era
-una tontería, no podía pasar por el acento catalán
-áspero de Pepeta. No me parecía nada femenino.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p>
-
-<p>Otro comensal de la casa amigo de Arnau y
-muy liberal era un farmacéutico, Castells, un hombre
-gordo, tranquilo, que tenía su farmacia en una
-esquina de la Rambla de San Carlos.</p>
-
-<p>Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras
-y originales; creía que la ciencia, con el tiempo,
-realizaría todos los milagros que se suponen
-hechos en la antigüedad, y pensaba que por la
-química se llegarían a hacer seres vivos.</p>
-
-<p>Este Castells daba siempre la nota pintoresca y
-extravagante. Cuando íbamos a su farmacia solía
-obsequiarnos con magníficos refrescos, que componía
-con varios ingredientes en alguna probeta
-con el mismo aire que si estuviera haciendo un
-experimento o una reacción química.</p>
-
-<p>En la casa de Arnau, en último término se
-destacaba la tía Doloretes, pariente de la mujer del
-capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra
-como un cuervo, acartonada, con una mirada
-muy viva y una manera de hablar exagerada y expresiva.</p>
-
-<p>La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual
-constantemente en la torre; había tomado la misión
-de trabajar para los demás y cultivaba la
-huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas
-le hacían alguna vez una caricia.</p>
-
-<p>No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau,
-porque muchas veces se decía que algún<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
-grupo de carlistas rondaba por las proximidades
-del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días
-de fiesta prefería quedarme en casa y añadir
-unas cuantas octavas reales más a mi gran poema.</p>
-
-<p>A veces desconfiaba de este mamotreto, que
-iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que
-yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador
-y valiente; pero otras, me entraba de
-lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una
-obra maestra.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="NEGRE" class="nobreak">VI.<br />
-LA CASA DEL NEGRE</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Cerca</span> de la torre de Arnau, y entre la carretera
-y el mar, delante de una estrecha playa
-pedregosa se levantaba una casucha terrera,
-construída con adobes, que tenía al lado un corralillo
-y un pequeño bancal, verde o amarillento,
-según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente
-harapos puestos a secar al sol, sobre
-cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a
-cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una
-cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral,
-hasta donde subían las olas, que echaban sobre la
-arena grandes madejas de algas harapientas, se
-veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se
-pudría con la humedad y el sol.</p>
-
-<p>Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al
-Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.</p>
-
-<p>El Negre había sido un pescador borracho y
-contrabandista que durante muchos años antes<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-de la guerra de la Independencia había vivido allí.
-El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la
-vida fumando en su pipa, componiendo sus redes
-en la playa y cantando. Una de las coplas que
-más le gustaba repetir era ésta:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Cuan lo pare no te pa</div>
-<div class="line">la canalla, la canalla,</div>
-<div class="line">cuan lo pare no te pa</div>
-<div class="line">la canalla fa ballar.</div>
-</div></div></div>
-
-
-<p>Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento.
-Tenía su barca estropeada y había ido a pescar
-a una roca próxima a Tamarit del Mar, con su
-caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de
-pan y una botella de aguardiente.</p>
-
-<p>Por la noche el pescador volvió trastornado, y,
-en vez de quedarse en su casa, entró en el Hostal
-de la Cadena.</p>
-
-<p>Según dijo el Negre, había visto claramente una
-sirena blanca que tenía el tronco de una mujer y
-el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le
-había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla
-en el aire dió un grito, se hundió en el agua
-y desapareció.</p>
-
-<p>Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se
-pusieron a favor, y otros, en contra. El Negre afirmó
-que él sabía lo que eran las sirenas, porque en
-su juventud había visto una en el mascarón de<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
-proa de un barco, medio blanca, medio verde y
-con un arpa dorada en la mano.</p>
-
-<p>El Negre describió su sirena con toda clase de
-detalles. Era rubia, con los ojos azules y los pechos
-blancos. Unos días después, dos jóvenes
-fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que
-el agua se revolvía al pie. Quizá había alguna pareja
-de delfines.</p>
-
-<p>Desde entonces los vecinos de por allá llamaron
-a la roca la Roca de la Sirena.</p>
-
-<p>El Negre no sabía a punto fijo lo que había
-visto, y cuando hablaba del hallazgo de su sirena
-lo contaba todas las veces de distinto modo.</p>
-
-<p>El Negre murió a fuerza de ver cosas raras,
-porque siempre que las veía llevaba su botella de
-aguardiente, y más cosas raras veía cuando más
-alcohol penetraba en su cuerpo.</p>
-
-<p>Poco después de la muerte del Negre apareció,
-habitando la casa, un vagabundo medio gitano, a
-quien llamaban el Caragol. Este hombre, enfermo
-de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con
-una mujer muy guapa, llamada Teodora, que no
-le guardaba la menor fidelidad, porque constantemente,
-y de noche, entraban y salían hombres
-en aquella casa.</p>
-
-<p>Un día el Caragol vino con tres mujeres, que
-dijo eran hermanas de la que vivía con él. No se
-sabía de dónde llegaban. Hablaban estas mujeres<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>
-una lengua mixta de catalán, de italiano y de
-ruso.</p>
-
-<p>Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían
-dónde habían nacido. La gente creía que eran
-gitanas o medio gitanas estas hijas de la tierra. La
-Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba
-como una Venus, confirmando la idea de los
-antiguos griegos de que Venus era hermana de
-las arpías.</p>
-
-<p>Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora
-anduvo enredada con un marinero. Sus hermanas,
-las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, chillonas
-y amenazadoras, trabajaban en el bancal de
-la casa del Negre, lavaban la ropa y salían a pescar
-pulpos entre las rocas.</p>
-
-<p>Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol:
-la Nariz, la Escoba y el Mochuelo.</p>
-
-<p>En mi poema, en donde les di también entrada
-a estas mujeres, eran Alecto, Thisiphone y Megera.</p>
-
-<p>La Teodora tuvo una hija muy rozagante del
-marinero, y luego, en tiempo de la guerra de la
-Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado
-de la legión italiana a quien llamaban el <i>Dimoni</i>,
-del que tuvo un hijo.</p>
-
-<p>Poco después, el Caragol murió, y la Teodora
-desapareció del pueblo dejando a sus supuestas
-hermanas la chica y el chico.</p>
-
-<p>Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-el Mussol, quedaron en la casa del Negre, trabajando
-como bestias para mantener a los dos sobrinos.</p>
-
-<p>Por lo que se supo después, las tres furias hacían
-contrabando.</p>
-
-<p>Algunas noches se veían luces en el mar y en
-la casa del Negre; después un falucho se acercaba
-a la costa frente al Hostal de la Cadena, y tres
-sombras iban a la pequeña playa, entraban en el
-mar y salían con pesados fardos, que iban subiendo
-a depositarlos en el Hostal de la Cadena y en
-la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y
-armas para los carlistas habían sido llevados al
-hombro por aquellas tres mujeres.</p>
-
-<p>Una noche en que el comandante de carabineros,
-de acuerdo con un contrabandista que dirigía
-el movimiento, había dispuesto enviar todos sus
-soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar
-el contrabando, se presentaron dos carabineros
-al olor de la combinación, en la que ellos no
-participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.</p>
-
-<p>Uno de los carabineros mandó pararse a dos
-de las furias de la casa del Negre, a la Nas y al
-Mussol, a las que sorprendió subiendo por la playa
-cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar
-su carga al suelo. El jefe de la maniobra terció en
-la cuestión, se entendió con los dos carabineros
-y siguió haciéndose el alijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p>
-
-<p>Unas semanas después, una noche obscura, las
-tres hermanas volvían de la playa con unos fardos
-de tabaco al hombro, cuando uno de los carabineros
-que les había sorprendido noches antes les
-dió el alto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alto! A ver esos fardos.</p>
-
-<p>Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El
-carabinero los reconoció.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hala!&mdash;dijo después&mdash;; tenéis que venir
-conmigo a la comandancia.</p>
-
-<p>Las tres mujeres suplicaron encarecidamente
-al carabinero que les dejara; pero el otro, con
-la petulancia del hombre armado y con uniforme
-que se cree autoridad, aseguró que no
-cedería.</p>
-
-<p>Entonces las tres furias se hablaron en su lengua,
-y rápidamente se lanzaron sobre el carabinero;
-una le sujetó los brazos por detrás; la segunda
-le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo,
-le dió tres cuchilladas profundas en el pecho.
-El carabinero quiso gritar y mordió en la mano a
-una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron
-en la arena, y allí le dieron más cuchilladas,
-hasta que lo dejaron muerto.</p>
-
-<p>Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron;
-decidieron meterle en su bote, y, pasando
-por delante del puerto, lo dejaron cerca de la salida
-del río Francolí. Después volvieron, limpia<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>ron
-el bote perfectamente, quitaron las huellas de
-sangre de la arena y guardaron sus fardos. Esta
-muerte hizo que se abriese un proceso, en que
-hubo indicios para acusar a las tres mujeres de la
-casa del Negre, que fueron a la cárcel.</p>
-
-<p>Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda,
-tenía alguna relación con estas mujeres por
-cuestiones de contrabando, les dió dinero
-para que pudiesen poner fianza y salieran a la
-calle.</p>
-
-<p>Estas tres mujeres llegaron a producir el terror
-en los alrededores del Hostal de la Cadena. Tenían
-las tres el perfil agudo, algo de pájaro en la
-cara, una manera de andar llena de fuerza y de
-brío; sobre todo, una de ellas, la menor, el Mussol,
-parecía ir volando cubierta con sus harapos negros.
-La gente creía a estas tres mujeres capaces
-de todo. Algunos pensaban que hacían mal de
-ojo y que podían atraer las desgracias, las pestes
-y las calamidades sobre las personas que odiasen.</p>
-
-<p>La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte,
-dura, inmóvil; la nariz, recta y cortante como
-un cuchillo; el pelo, negro, en dos bandas; el pañuelo,
-también negro, en la cabeza, y el brazo,
-seco y membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra
-se caracterizaba por sus pelos alborotados,
-andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía
-por aficionada al aguardiente. El Mussol pare<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>cía
-realmente un mochuelo. Nadie entraba en su
-casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la carretera,
-le insultaban. Los dos sobrinos de estas
-furias eran a cual más inútiles y perezosos. La
-chica, que se llamaba Teodora, como su madre,
-pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y
-andaba en el Hostal de la Cadena en compañía de
-otra muchacha de mala fama. Se las veía a las dos
-a orillas del mar hablando con marineros y carabineros.
-La Dora, perezosa, tumbona, rozagante,
-no hacía mas que vagabundear y cantar. Era una
-mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera
-podido servir de modelo a una Venus Calipiga.</p>
-
-<p>Al chico, que entonces tendría quince años, le
-llamaban el <i>Caragolet</i> y el <i>Dimoni</i>; trabajaba por
-temporadas, yendo a pescar en algún falucho, y
-solía vagar por la playa y los alrededores. A los
-quince años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía
-muy pincho, con gorro rojo, camisa de color
-y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario.
-Tenía un perro sarnoso, que se llamaba <i>Napoleón</i>,
-que era el compañero de sus hazañas. Era un perro
-tan hipócrita como su amo, que se acercaba
-amablemente al que le llamaba y, de pronto, le
-mordía en una pierna y echaba a correr.</p>
-
-<p>Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido
-con la vida angustiosa y miserable; tenían<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-que pagar deudas y dar a mi patrono Serra lo que
-éste les había prestado.</p>
-
-<p>Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.</p>
-
-<p>Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama
-de sus sobrinos y, sobre todo, las aventuras de
-la muchacha, que, a su modo de ver, las deshonraba.</p>
-
-<p>Estas furias tenían un odio terrible contra todo
-y contra todos; el rencor de los parias por los
-prestigios que ellos no pueden alcanzar. A pesar
-de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada
-y vidriosa; odiaban furibundamente a los
-que andaban con su sobrina, y al mismo tiempo la
-admiraban a ella por el atractivo y el garbo que
-tenía.</p>
-
-<p>A uno de los que consideraban como su mayor
-enemigo era a Pedro Vidal, que había andado con
-la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente
-Serra había querido llevar a una casa de Tamarit
-del Mar a la Dora, y ésta, burlándose del viejo
-comerciante, había alardeado de sus amores escandalosamente
-con Vidal.</p>
-
-<p>Las furias de la casa del Negre tenían un profundo
-odio por este muchacho, que impidió que
-la Dora llevase una vida de menos escándalo que
-la que había llevado hasta entonces. Según me
-dijo Vidal, muchas veces, al pasar por delante de<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>
-la casa del Negre, había visto alguna de las viejas
-que le mostraba el puño con rabia.</p>
-
-<p>Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas
-por todos, sin apoyo ninguno, me daban
-a mí una profunda lástima.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="EVOCACIONES" class="nobreak">VII.<br />
-RECUERDOS Y EVOCACIONES</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Hay</span> ciudades en el Mediterráneo en las cuales
-su antiguo esplendor queda como sumergido
-en la obscuridad de la historia. Son ciudades
-que viven todavía una vida intensa y que
-las preocupaciones del momento les hacen olvidar
-los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no
-tienen mas que el prestigio de su pretérita grandeza,
-y pueblos lánguidos que se conservan sin
-morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia
-lozana y fuerte.</p>
-
-<p>De estos últimos era por entonces Tarragona,
-ciudad demasiado antigua y demasiado moderna
-que, entre su extrema antigüedad y su modernidad
-extrema, no tenía apenas rasgos de unión.</p>
-
-<p>Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas
-y murallas ciclópeas de una antigüedad hundida
-en el misterio, tenía, a pesar de sus edifi<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>cios,
-la mayoría nuevos, un carácter grandioso y
-severo.</p>
-
-<p>Había algo como un poder huraño en sus ruinas
-robustas, olvidadas por el tiempo, que daba
-hasta a las construcciones modernas un sello de
-gravedad y de tristeza.</p>
-
-<p>La silueta de Tarragona, desde cualquier punto
-que se la contemplase, tenía un aire de austeridad.
-El misterio lejano de aquellas fuertes murallas ciclópeas,
-de bloques de piedra no tallados, sobre
-los cerros pedregosos, hablaba a la imaginación de
-épocas obscuras. El esplendor de Roma llegaba
-todavía vagamente, pensando que allí había habido
-un Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un
-Anfiteatro; grandes y tristes acueductos. La Catedral,
-con su interior grave y majestuoso, su ábside
-como una fortaleza y su claustro admirable, era lo
-medieval; después, todos aquellos muros y baluartes,
-con sus torres almenadas y sus baterías,
-recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios
-y celtas, griegos y romanos, godos y árabes,
-judíos y cristianos, todos habían dejado sus recuerdos
-en la vieja ciudad. El comprobar que al
-lado de la urbe moderna existían restos de otras
-urbes antiguas, brotes espléndidos de civilizaciones
-desaparecidas, daba la impresión melancólica
-que producen las grandes ruinas.</p>
-
-<p>Tarragona era en esta época un pueblo peque<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>ño,
-de unas diez a once mil almas. Se dividía en
-ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, planteado
-sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia
-la ribera del Francolí, y ciudad baja, que comenzaba
-en las proximidades del puerto y se iba extendiendo
-hacia el cerro, en donde se hallaba asentada
-la población amurallada y antigua. Esta
-última tenía la forma de una herradura alargada,
-abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del
-Seminario y de la Catedral.</p>
-
-<p>Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas,
-sino abiertas hacia los extremos, estaban
-formadas por una serie de muros y de baluartes,
-la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas,
-que daban hacia el mar y hacia el monte.
-Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la
-explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba
-la ciudad vieja de la nueva, y donde luego
-se abrió la Rambla de San Juan. En esta época
-de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba
-como lo más animado de la ciudad, era la Rambla
-de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en
-su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.</p>
-
-<p>Yo me encontraba muy contento en Tarragona,
-conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre
-todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes
-hasta el de San Antonio, con la Barbeta o<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-el tambor del Toro, que caía sobre la punta del
-Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un
-balcón espléndido que dominaba el mar.</p>
-
-<p>La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa.
-Por el lado de la torre de San Magín y el
-palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde
-quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba
-toda la llanura del Francolí, llena de huertas
-y de árboles frutales. Algunas veces subía también
-al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba
-Tarragona. Como una de aquellas estampas de la
-época en que el artista modificaba la realidad para
-sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba.
-En medio, la torre de la Catedral, redonda,
-rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda,
-salvando un barranco, uno de los acueductos roto,
-el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro
-acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o
-puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de
-una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes
-y muros almenados, y en el fondo, el mar azul,
-muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo
-espléndido.</p>
-
-<p>A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba
-descontento de ella. A veces, pensando en
-mi melancolía constante y habitual, me decía a mí
-mismo:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy triste porque ella me ha abandonado<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>&mdash;pero
-comprendía que no, que estaba melancólico
-porque mi temperamento era así.</p>
-
-<p>Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha
-sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir
-de la oficina y bajar al puerto para hacer algún
-encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno
-que otro barco de vapor. En general, se veían goletas,
-místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas,
-y alguna que otra vez, embarcaciones raras
-que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen
-airoso, la popa redonda esculpida y grandes
-mascarones pintados con colores vivos.</p>
-
-<p>Allí se solían ver barcos de todas las costas
-próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano
-de los Estados del Papa, con la figura de San
-Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña,
-con un escudo en fondo blanco y la orla azul;
-el pabellón de Toscana, con una franja blanca
-y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias,
-con el escudo rodeado por el toisón de oro;
-la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua,
-con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa,
-con la palabra <i>Libertas</i>; la de Génova, con una
-estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca;
-la de los Estados unidos de las islas jónicas, la
-de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos
-libres que tenían una bandera propia y peculiar
-suya.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p>
-
-<p>Con frecuencia venían faluchos cargados hasta
-el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes
-velas y su cargamento de frutos dorados, sobre
-el mar negruzco de puro azul, me parecían el
-símbolo del mar Mediterráneo.</p>
-
-<p>En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real,
-había un cordelero que era amigo mío, y con
-quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban
-el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás
-hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura,
-mientras un chico daba vueltas al carretel.</p>
-
-<p>Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho,
-un poco cojo, con la cara redonda y la sonrisa socarrona.
-Hablaba con malicia y con ironía; había
-sido marino, viajado mucho, y había estado en la
-batalla de Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina,
-a Churruca, a Valdés, y sabía anécdotas de
-Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito,
-de Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve,
-a quien apodaban monsieur Corneta. El
-señor Vicente me contaba largas historias de sus
-viajes, y hablándome de sus cuerdas y explicándome
-para qué servían en los barcos, me hacía pensar
-en el mundo entero.</p>
-
-<p>Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los
-acontecimientos de la guerra me decía filosóficamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-es muy cruel y muy bestial. El hombre tardará
-mucho en ser algo razonable.</p>
-
-<p>Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.</p>
-
-<p>Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios
-en el puerto, cosa triste; contemplábamos
-la llegada de las barcas de los pescadores, y al caer
-de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta
-de Despeñaperros mientras los resplandores del
-sol poniente incendiaban las rocas y las murallas
-almenadas. Este sol dorado, los celajes espléndidos
-del anochecer, en que me parecía que mi alma
-se vaciaba en el ambiente, el son triste de las campanas
-de algún convento, la estrella del crepúsculo
-cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, y el
-sollozo monótono del mar, me impulsaban a la
-suave melancolía. Luego, al volver hacia casa, por
-las calles, miraba el interior de las tiendecillas,
-apenas iluminadas, y veía las tertulias que se congregaban
-en las trastiendas.</p>
-
-<p>Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia
-por el centro del pueblo con un gran estrépito de
-cristales, cubierta de polvo. Se repartía el correo
-y se comentaban las noticias de la guerra.</p>
-
-<p>Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se
-retiraba a su casa. La idea de estar encerrado
-entre murallas me producía también una gran melancolía.</p>
-
-<p>Esta melancolía era en mí algo inasible; pensa<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>ba
-muchas veces que si hubiera podido convertirla
-en tema literario, me hubiera, por lo menos en
-parte, librado de ella; pero no podía: mis versos
-eran siempre fríos y correctos, y mis octavas reales
-sonaban como un tambor. En este endiablado
-poema mío no podía poner nada personal. No
-salía de evocaciones y de rapsodias. Además, todo
-el mundo hablaba en él con una terrible solemnidad,
-comenzando por el personaje, que era yo, con
-el nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta,
-que hacía grandes proezas y grandes conquistas, y
-siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don Alvaro
-de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.</p>
-
-<p>Muchas veces, roído por este fondo de tristeza,
-que comenzaba a comprender que no dependía
-mas que de mí mismo, marchaba al claustro de la
-Catedral y pasaba horas enteras nadando en un
-sentimentalismo confuso, que quedaba como flotando
-sobre mi espíritu.</p>
-
-<p>A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera
-del pueblo; íbamos a la torre de los Escipiones
-o al Arco de Bará, a los pinares, donde murmuraba
-el viento, o nos embarcábamos en una lancha y
-contemplábamos la costa entre el cabo Salou y el
-cabo Gros; las colinas blancas, amarillas, secas,
-con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en
-parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las
-olas azules llenas de espumas que habían servido<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta luz y
-esta esplendidez del mar latino no me producía
-alegría ninguna, sino más bien tristeza. Toda esta
-costa mediterránea me parecía como consumida
-por la llama de la pasión.</p>
-
-<p>Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas
-por el sol poniente, brillando en sus vidrieras,
-sentía, como siempre, la misma punzada de
-abatimiento y de melancolía.</p>
-
-<p>También me gustaba los días de fiesta quedarme
-en mi habitación, mirando por la ventana el
-cielo y el campo.</p>
-
-<p>En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía
-reverberaciones de horno; en los paredones de
-las murallas corrían los lagartos y las salamandras;
-en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro
-rezongaba y se escondía en los agujeros de las
-piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia
-de la hora de la siesta, el aire perdía su
-pesadez y quedaba transparente y sutil, con un
-olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y
-después venía la magia del crepúsculo, con sus
-nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la
-imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas
-y doradas.</p>
-
-<p>Cuando las tintas grises del anochecer subían
-del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las
-curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>
-vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía
-las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el
-toque triste del <i>Angelus</i>.</p>
-
-<p>De noche, muchas veces abría la ventana y miraba
-el llamear de las constelaciones y la faz curiosa
-de la luna, que acariciaba con sus rayos las
-piedras, los cerros y los bosques lejanos...</p>
-
-<p>Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía,
-a veces, trasladar estas impresiones fugitivas
-al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas
-octavas reales sonoras y rimbombantes.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="MONTFERRAT" class="nobreak">VIII.<br />
-LA CASA DE MONTFERRAT</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona,
-conocía a todo el pueblo. No pretendí
-entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo
-que me había ocurrido en Málaga me servía de
-lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad
-de las dos señoras de casa, me bastaba.</p>
-
-<p>De cuando en cuando recibía cartas de Málaga,
-por las cuales veía que nuestros asuntos económicos
-iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi
-familia nunca de mi novia; pero por un amigo
-supe que iba a casarse. Me desesperé, y, para calmar
-mi dolor, hice una elegía; mas me resultó
-como todos mis versos: sin emoción.</p>
-
-<p>Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral,
-y conocí allá a una de las mujeres más distinguidas
-y más elegantes del pueblo, Elena de
-Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio
-Serra, galanteaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p>
-
-<p>Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía
-el perfil romano; el óvalo de la cara, alargado;
-la nariz, recta; la boca, grande, pero hermosa y
-fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio
-obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas
-del mar, en una finca de su madre, cerca de
-Torre de Embarra, y salía por las mañanas a pasear
-a caballo, no estaba pálida, como la mayoría
-de las muchachas del pueblo, sino dorada por el
-sol. El primer día que la vi se mostró muy amable,
-muy seductora conmigo. Paseando por entre
-los boscajes y los macizos de flores, me pareció
-Armida en sus jardines encantados.</p>
-
-<p>En todos los ademanes de Elena había siempre
-una distinción aristocrática, unida a un gesto
-amargo y desdeñoso. A mí me parecía, por su
-tipo, una emperatriz romana.</p>
-
-<p>Elena era pariente, por parte de su madre, del
-canónigo don Guillermo de Roquebruna. Elena
-vivía en la parte vieja de la ciudad, en una calle
-estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a
-la calle de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa,
-con algunas tiendecillas, con las casas cerradas,
-en la que se veía cruzar, de tarde en tarde,
-algún canónigo o alguna vieja enlutada.</p>
-
-<p>Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña
-Gertrudis, y había tomado con ella lecciones de
-piano. Elena vestía muy bien, tenía el sentido de<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa
-y amable. Hablaba el castellano casi sin acento.</p>
-
-<p>A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme,
-cierto desdén, no sé por qué motivo, porque
-yo no la pretendía pensando que había una
-gran distancia entre una muchacha rica y aristocrática
-y un advenedizo arruinado como yo.</p>
-
-<p>El hablar con ella me producía siempre una
-sensación de timidez y de encogimiento; verdad
-que ella se mostraba conmigo un tanto áspera,
-burlona y displicente.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me gustan los hombres guapos que
-se creen guapos&mdash;me dijo una vez&mdash;, y menos
-los que se pasan la vida en una actitud melancólica.</p>
-
-<p>Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque
-directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza
-la dije:</p>
-
-<p>&mdash;A mí tampoco me gustan las mujeres que
-saben que son guapas, y menos las que son muy
-orgullosas.</p>
-
-<p>Elena, después de esta réplica un poco viva, se
-acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que escribe usted versos&mdash;me dijo
-una vez&mdash;. Con el tiempo le llamarán a usted el
-Cisne de Tarragona.</p>
-
-<p>&mdash;No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.</p>
-
-<p>&mdash;¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No se burle usted de mí.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me burlo.</p>
-
-<p>&mdash;Mis versos no tienen valor para que los lea
-ante un público; sirven para mí solamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Necesita usted consuelo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Como todos los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos no me creo afortunado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya sé que su novia le ha dejado.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted
-pobre ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Bien poco cariño le tendría a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Es que sus padres le han obligado a casarse
-con otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.</p>
-
-<p>Otro día me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto
-miedo?</p>
-
-<p>&mdash;No es que sienta miedo; me atengo a mi posición
-modesta; no quiero penetrar en la aristocracia
-del pueblo para no sufrir sus desdenes.</p>
-
-<p>&mdash;Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o
-tan tímido?</p>
-
-<p>&mdash;Lo soy, no lo niego&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de
-distinguida y de caprichosa. Solían galantearla y<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-acompañarla en el paseo de la Rambla, Emilio Serra,
-el hijo de mi principal, y un militar joven, el
-teniente de caballería Juanito Montoya, que pasaba
-en Tarragona por un calavera deshecho.</p>
-
-<p>Elena no manifestaba gran simpatía por el uno
-ni por el otro; coqueteaba con cualquiera. Las
-señoras de mi casa me hablaron de ella y de su
-madre, y me llevaron un día a saludarlas a su
-casa.</p>
-
-<p>La familia de Montferrat era una familia ilustre,
-italiana, de la Lombardía, que figuraba desde el
-tiempo de las Cruzadas. Entre ellos había nombres
-extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado
-Larga Espada, famoso por sus proezas en Tierra
-Santa, en donde se casó con Sibila, la hermana
-del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio
-el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance
-o del poema. Los Montferrato, que aparecen
-en la historia de Italia desde el tiempo de
-Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía
-de los Paleólogos.</p>
-
-<p>Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía
-y me hiciera un ligero bosquejo de los
-hechos más notables realizados por los personajes
-de su familia, y cuando me dió la nota pasaron
-todos estos grandes señores, envueltos en más o
-menos ripios y con el sonsonete de las octavas
-reales, a mi poema.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span></p>
-
-<p>Los Montferrato habían gozado de gran posición
-en Italia.</p>
-
-<p>El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo
-de la Revolución francesa, se estableció en Tarragona
-como un comerciante obscuro.</p>
-
-<p>Elena y su madre vivían en una casa antigua y
-espaciosa, con balcones salientes, ocultos por persianas
-de paja, fachada pintada de amarillo y un
-gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en
-medio. A este patio, entre cuyas losas crecían
-altas hierbas verdes, se llegaba atravesando un
-arco de la entrada.</p>
-
-<p>Desde este patio subía una escalera de piedra
-al primer piso por el exterior, penetraba en un
-pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos altos.</p>
-
-<p>La casa era demasiado grande para la gente que
-vivía en ella, y estaba muy abandonada.</p>
-
-<p>La habitación que ocupaban doña Mercedes y
-Elena tenía estancias espaciosas, blanqueadas, embaldosadas
-y puertas grises de cuarterones. Había
-algunas habitaciones regularmente amuebladas, y
-en una alcoba, una gran cama, estilo imperio, en
-forma de nave, con cabezas de dragón, coronas y
-guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba
-la impresión de estar vacía.</p>
-
-<p>Elena tenía un saloncito elegante y guardaba
-en vitrinas abanicos preciosos, camafeos y esmaltes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span></p>
-
-<p>Con Elena y su madre vivía una tía solterona
-que había pasado su juventud en Francia. La tía
-Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy remilgada,
-y admiraba y al mismo tiempo tenía celos
-de su sobrina. La tía Carlota, muy monárquica,
-muy carlista y de un romanticismo exaltado, llevaba
-la contraria constantemente a Elena, que se
-burlaba de ella. Hubiera querido tener esta vieja
-señorita un éxito amoroso para demostrar a su
-orgullosa sobrina que ella también provocaba grandes
-pasiones.</p>
-
-<p>En un piso más alto de la casa vivía un tío de
-Elena: el tío Juan, Montferrat de apellido, casado,
-sin hijos y sin ocupaciones. El tío Juan, hombre
-de unos cincuenta años, apenas salía de casa;
-se pasaba la vida aburrido, andando de un cuarto
-a otro como alma en pena, mirando sus plantas,
-observando el barómetro y el termómetro, leyendo
-el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios
-con los naipes, bostezando, durmiendo mucho y
-suspirando. A todo cuanto le proponían contestaba:
-¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía
-de hombros.</p>
-
-<p>Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba
-sobre él como sobre una presa para poder charlar.
-El tío Juan era muy tímido y asustadizo; desde el
-comienzo de la guerra civil no había salido nunca
-de la ciudad, privándose de su grande y único pla<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>cer,
-que era ir a la finca que tenía en Torre de Embarra
-y pasarse allí el tiempo pintando tiestos y
-puertas.</p>
-
-<p>En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo
-Roquebruna; don Guillermo de Roquebruna
-era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo,
-muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad
-y, sobre todo, por las damas. Había figurado
-don Guillermo en la conspiración de los Descontentos,
-y entonces, que se agitaban los carlistas
-siguiendo el consejo del arzobispo don Antonio
-Fernando de Echánove, se abstenía de intervenir
-en cuestiones políticas.</p>
-
-<p>En casa de Elena quedaba el antiguo despacho
-de su padre, con una biblioteca con libros antiguos
-y modernos y una porción de cuadros, de estatuas
-y de relojes.</p>
-
-<p>El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y
-retirado en su casa en sus últimos años, compraba
-libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo
-leyendo.</p>
-
-<p>Elena había encontrado en la biblioteca las
-obras de Walter Scott, en francés, y el Orlando
-furioso, en italiano, que lo había leído viendo que
-aparecían los Monferrato.</p>
-
-<p>La lectura del Ariosto le había dado a Elena
-ideas un tanto libertinas.</p>
-
-<p>Elena había heredado alguna de las aficiones de<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-su padre: solía ir con frecuencia a casa de un prendero
-de una callejuela próxima que guardaba gran
-cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros
-y casullas procedentes de los conventos.</p>
-
-<p>Desde la supresión de las comunidades religiosas,
-en 1835, había prendero que se enriquecía
-comprando despojos de conventos y de capillas.
-El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia,
-el mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones
-de la señorita de Montferrat.</p>
-
-<p>Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba
-siempre cerrado. Era una habitación llena de
-interés, iluminada por dos balcones grandes que
-daban a una terraza rodeada por una barandilla
-con jarrones de piedra.</p>
-
-<p>Había una estantería con libros, cuadros antiguos,
-estatuas, monedas y un globo terráqueo
-grande, del siglo <span class="smcap">XVII</span>, que pertenecía de familia a
-los Montferrat.</p>
-
-<p>Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón,
-con su pequeño taller de mecánico y sus vitrinas
-de coleccionista.</p>
-
-<p>Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de
-movimiento. Uno de los que más me gustó fué un
-<i>clown</i> chino, un autómata que bajaba una escalera
-dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me
-mostró Elena, era una fuente intermitente de mercurio
-que pasaba de una cavidad a otra del muñe<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>co
-por un agujero de comunicación, desplazando
-así el centro de gravedad de la figurita.</p>
-
-<p>Otra de las cosas que me pareció admirable fué
-un organillo, con muñequitos que bailaban, fabricado
-en Ginebra. Aquella música y aquellos autómatas
-tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra
-época, en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu
-de su antiguo dueño, me parecía una cosa de
-magia, algo tan fantástico como un cuento de Hoffmann.
-Me quedaba absorto oyendo aquella música.</p>
-
-<p>&mdash;Qué bien hubiera usted estado con mi padre&mdash;me
-decía Elena&mdash;. El era, como usted, soñador;
-no le gustaba la acción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted?</p>
-
-<p>&mdash;A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.</p>
-
-<p>A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría
-profundamente.</p>
-
-<p>Al anochecer se reunían en casa de Elena varias
-personas a hacer tertulia: dos señoras amigas, el
-tío de Elena, el primo Emilio, el canónigo Roquebruna
-y un compañero suyo, el canónigo Magraner,
-que hablaba siempre de las antigüedades romanas
-de Tarragona y de la gran colección de
-monedas que poseía.</p>
-
-<p>Magraner era siempre el primero en estar enterado
-de dónde se hacían derribos y excavaciones,
-y allí se presentaba a comprar medallas, monedas
-o fragmentos de mosaicos romanos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p>
-
-<p>Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en
-el piano sonatas de Mozart.</p>
-
-<p>En la tertulia se hablaba mucho de la guerra;
-se rezaba a media luz; luego se encendía la lámpara;
-las señoras hacían media y se jugaba al
-tresillo.</p>
-
-<p>Roquebruna divagaba acerca de la política del
-tiempo. Le preocupaba también mucho la secta
-de los alumbrados, de la que por entonces se empezaba
-a hablar en Tarragona y de la cual era jefe
-el clérigo don José Suaso, ex profesor de Latín en
-el Seminario de la Diócesis, y un tal Ribas, labrador
-del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El
-canónigo Magraner había llegado a sentir un profundo
-desdén por la vida moderna y se ocupaba
-de los romanos como si fueran sus contemporáneos.
-El primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos
-en Tarragona, y como quería expresarse
-con perfección en castellano, usaba siempre palabras
-escogidas y daba la impresión de que iba
-avanzando por una cuerda floja y de que estaba
-siempre en el momento de caer.</p>
-
-<p>El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:</p>
-
-<p>&mdash;En fin, ya hemos matado la tarde.</p>
-
-<p>Esta era su constante muletilla, que representaba
-su única preocupación.</p>
-
-<p>Elena, algunas veces se encontraba a gusto en
-la tertulia de su casa, pero, en general, se aburría,<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-iba de un lado a otro, miraba a los contertulios y
-pensaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad
-en su vida, qué falta de valor, de interés y de nobleza!</p>
-
-<p>Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática
-que había vivido en la opulencia y en la constante
-lucha. El resorte de su voluntad estaba tenso;
-sentía la aspiración de las cosas grandes; no
-podía acomodarse a una vida rutinaria y sin
-acción.</p>
-
-<p>Cuando se asomaba a la ventana y miraba la
-calle, estrecha y sórdida, con sus casas tristes, con
-sus tiendecillas pobres, le entraba una punzante
-melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno
-de vida y de turbulencia, sufría; el sentimiento
-amargo del tedio sobrenadaba en su espíritu, y en
-la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando
-oía repicar las campanas próximas y el estrépito
-de la retreta en los cuarteles y en la muralla y la
-oración que cantaba un ciego en la guitarra, le
-sobrecogía una gran tristeza desesperada.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="ELENA" class="nobreak">IX.<br />
-ELENA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Esa</span> era mi vida: todos los días trabajar en el
-despacho, asomarme al puerto, luego ir a
-mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí
-con mis patronas, a quienes consideraba ya como
-si fueran de la familia, volver a la oficina y después
-escribir y pasear.</p>
-
-<p>Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal,
-a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien,
-pero a mí me quedaban muchas dudas.</p>
-
-<p>Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el
-piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían
-varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo,
-acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces
-también a Elena. Esta siempre me imponía y la
-tenía miedo por sus salidas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos&mdash;solía
-decirme.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Entre los andaluces hay de todo&mdash;le replicaba
-yo&mdash;; además, ¡yo soy tan poco andaluz!</p>
-
-<p>&mdash;Si yo fuera hombre y tuviera libertad...&mdash;me
-decía ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haría usted?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que el mundo me parecería pequeño
-para mis arrestos. Hubiera estado en todos los
-países y visitado todas las ciudades.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he estado en París y en Londres, y me he
-convencido de que hoy se pueden hacer muy pocas
-cosas en el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Qué poca sangre tiene usted&mdash;decía ella&mdash;;
-me hiela usted con sus palabras.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="MISTERIOSO" class="nobreak">X.<br />
-UN VIAJERO MISTERIOSO</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Un</span> día se habló en Tarragona de un viajero
-desconocido y misterioso llegado a la posada
-de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron
-unos que era un italiano venido de Valencia en un
-barco; otros, que llegaba de Reus en una tartana.
-Al principio se le tomó por emisario carlista;
-luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo
-que no debía ser mas que un aventurero y un
-jugador de ventaja.</p>
-
-<p>A los pocos días, el italiano se hizo amigo de
-Vidal y de Secret, y éstos lo llevaron a casa del
-capitán Arnau. Era el italiano hombre de cierta
-efusión; yo le conocí también y me trató en seguida
-como amigo.</p>
-
-<p>Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse
-en su conversación, supimos algo de
-su vida.</p>
-
-<p>Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-del ejército de Napoleón y de una gitana croata
-de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, había
-viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi
-tendría entonces unos treinta años; era hombre
-seco, delgado, moreno, de pelo negro, con algunos
-hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los
-ojos, claros, verdosos, con la cara triste, la <i>faccia
-morta</i>, que dicen los italianos.</p>
-
-<p>El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión
-y un gran ímpetu. Se veía que era de una
-raza de corsarios, de piratas y de aventureros.</p>
-
-<p>Uno de los rasgos que le caracterizaba era una
-observación como de felino, que causaba mucho
-efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía un
-hombre frío interiormente, que había usado y abusado
-de la vida.</p>
-
-<p>No creía en nada, no sentía ninguna convicción
-política, religiosa o social. Se hallaba dispuesto a
-trabajar por cualquiera que le pagase bien, por los
-blancos como por los negros; lo único admirable
-para él era la energía. Se entusiasmaba pensando
-en Napoleón, capaz de esquilmar a Francia
-y sacrificar a Europa por su interés y por su
-gloria.</p>
-
-<p>Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido
-de casi todos los productos de raza mixta;
-no daba ninguna impresión de seguridad ni de
-confianza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p>
-
-<p>La croata le había dado sin duda su carácter
-triste, cariñoso, agitanado; la tez obscura y los
-ojos claros. El corso le infundió la energía para la
-acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi,
-quizá por imitación, había adquirido cierto aire de
-hombre desolado que no encuentra su felicidad en
-el mundo.</p>
-
-<p>Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi.
-Era un explotador de todo y de todos
-que veía en cada hombre o en cada mujer, principalmente
-en cada mujer, una mina que beneficiar
-en su provecho.</p>
-
-<p>Todas las mujeres constituían una buena presa
-para él. Atrevido, sin ser valiente, decidido, audaz,
-charlatán, de un egoísmo frenético, era capaz de
-fingir un sentimiento y de creer un instante en él
-para reírse al cabo de poco tiempo de su misma
-sensibilidad.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más
-que encontrar un rincón tranquilo donde poder
-vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba
-con cierto cinismo que había tenido que hacer
-muchas pequeñas villanías: dejar de pagar en las
-fondas, estafar y a veces robar.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba
-concienzudamente. Se sentía capaz de
-hacer esfuerzos sobrehumanos para todo, menos
-para trabajar. El decía muchas veces que su ideal<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer,
-lo decía solamente.</p>
-
-<p>Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba,
-era muy supersticioso; lo pudimos comprobar.</p>
-
-<p>Al principio lo negó como una debilidad indigna
-de un hombre, pero lo confesó después. Era fatalista,
-y en cualquier cosa indiferente encontraba
-un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía
-en la <i>jettatura</i>, y en la virtud de los talismanes y
-de los Abracadabra. Nos confesó que muchas veces,
-cuando iba a realizar algo para él importante,
-se retiraba por cualquier motivo que a otro
-hubiera hecho reír. Además de las supersticiones
-corrientes, tenía otras inventadas para su uso particular,
-y que variaban constantemente. Cuando
-le descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo
-ninguno en explicarnos sus supersticiones, a las
-que tan pronto daba gran importancia como
-le producían risa.</p>
-
-<p>&mdash;Algunas veces salgo de casa con intención
-de hacer algo y me digo: si en el primer sitio en
-donde entro, el número de personas que hay son
-impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si
-son pares, no.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán
-Arnau como liberal exaltado y como carbonario,
-y llegó a producir una admiración tal en el marino
-y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-contaba historias oídas o inventadas por él del
-carbonarismo de Nápoles y de las Dos Sicilias, y
-misterios de la masonería. Hubiera intentado, si
-hubiese podido, mixtificarnos a estilo del conde
-de Cagliostro, presentándose como un mago; pero
-vió que no éramos tan cándidos para creer
-en embolismos de charlatanes.</p>
-
-<p>Cuando adquirió confianza con nosotros, nos
-dijo que no contaba con ningún medio de vida seguro;
-que venía a España comisionado por la joven
-Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La
-joven Italia había sucedido&mdash;según nos dijo&mdash;al
-carbonarismo de Nápoles, cuyas ventas comenzaban
-a estar en decadencia.</p>
-
-<p>A él le habían enviado para tomar el pulso a la
-revolución que se iniciaba en España, al mismo
-tiempo que se desenvolvía la guerra civil.</p>
-
-<p>Moro nos dijo que era uno de los fundadores
-de aquella sociedad, que tenía al frente al célebre
-Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en
-Marsella. Nos dijo también que había tomado
-parte en la expedición de Ramorino, y nos habló
-de las muchas intrigas que produjeron el fracaso
-de esta expedición liberal.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="ELENA2" class="nobreak">XI.<br />
-EL ABANICO DE ELENA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">La</span> presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy
-comentada en Tarragona: el aire donjuanesco
-y cansado del corso y el misterio de su
-vida hicieron que las conversaciones giraran a su
-alrededor durante mucho tiempo. Moro-Rinaldi
-pareció no ocuparse gran cosa de la expectación
-producida por él en la ciudad. Se supo que en
-compañía de Pedro Vidal, con la Dora y otra
-moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una
-fiesta con baile y guitarreo.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la
-Rambla con su aire lánguido, como si estuviera
-desesperado y alguna desgracia profunda le tuviera
-sumido en la mayor tristeza.</p>
-
-<p>No cabe duda que hay en esta vieja argucia de
-hacerse el interesante los mismos lazos, que se repiten
-siempre y que producen constantemente el
-mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-todas las mujeres jóvenes de Tarragona, y, a pesar
-de su aire de hombre depravado y atrevido,
-se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.</p>
-
-<p>Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz,
-se sintió conmovida en presencia de aquel
-hombre misterioso, que no era joven ni de una
-gran prestancia, pero que tenía algo femenino y
-engañador de la raza eslava, algo de esa tristeza
-lánguida de los nómadas que van por los caminos
-con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la
-novedad; era el ritmo desconocido y, sin embargo,
-esperado; era un hombre que le daba perspectivas
-de una vida más amplia, más extensa y más
-apasionada.</p>
-
-<p>Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un
-gran deseo de humillarse, de bajar de su pedestal
-y de ser una mujer como otra cualquiera, pues
-ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó
-orgullosa y arbitraria, sino más bien modesta y
-humilde. Moro me pidió a mí que le presentara a
-Elena; yo le dije:</p>
-
-<p>&mdash;Le preguntaré a la señorita de Montferrat si
-quiere que le presente a usted, y si quiere no tendré
-ningún inconveniente.</p>
-
-<p>En efecto, después de previa advertencia, un
-domingo, antes de la misa mayor, los presenté.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<p>Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la
-catedral con su mirada ardiente, y luego, al hablar
-con ella, se manifestó muy respetuoso y muy tímido.</p>
-
-<p>Durante la semana no se volvieron a ver; pero
-el domingo siguiente, Moro-Rinaldi acompañaba
-a la señorita de Montferrat y hablaba animadamente
-con ella, lo que confieso que a mí me produjo
-una vaga impresión de celos. Este mismo
-día, Elena, con sus amigas, y Moro-Rinaldi, con
-otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas
-de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena,
-me contó lo ocurrido.</p>
-
-<p>Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones
-rojos y adornos dorados sobre fondo
-blanco. En uno de los padrones del abanico tenía
-escondida una aguja con una cabeza de rubí.</p>
-
-<p>Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si
-se quería, en cualquiera de las varillas de hueso.
-Moro, mientras Elena hablaba con sus amigas, le
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bonito abanico!</p>
-
-<p>&mdash;¿Le gusta a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me recuerda uno que tenía mi madre.
-¿Quiere usted dejármelo un momento para verle?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto
-del abanico, lo tomó en su mano, sacó la aguja<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos o
-tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto
-se lo devolvió a Elena. Ella extendió el abanico
-disimuladamente; leyó, sin duda, las palabras que
-había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió
-en la arena la contestación.</p>
-
-<p>Pocos días después supimos que el italiano escribía
-a la señorita de Montferrat, y con frecuencia
-le veíamos rondando su calle.</p>
-
-<p>El teniente Montoya, que había hecho una corte
-intermitente a Elena en el tiempo que le dejaban
-libre sus ocupaciones, sus diversiones y sus visitas
-nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido
-por el éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a
-pasear la calle de Elena, a caballo, a todas horas;
-pero el teniente había perdido la partida. Elena ya
-no le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi
-era manifiesto. La bella Angélica, desdeñando a
-los demás pretendientes, había encontrado su
-Medoro.</p>
-
-<p>Como yo sentía también cierta indignación al
-ver la fortuna del corso, introduje a Moro-Rinaldi
-en mi poema, convirtiéndole en un pirata berberisco,
-hombre violento y atrevido, sin ley y sin
-honor, que arrebataba en su barca a una princesa
-griega.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="REPROCHES" class="nobreak">XII.<br />
-REPROCHES</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación
-en la ciudad; por todas partes no
-se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra
-se mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes
-elegantes aseguraban que Moro-Rinaldi era un
-aventurero que iba tras de la dote de la señorita
-de Montferrat.</p>
-
-<p>En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia
-me hicieron la insinuación, y después me aconsejaron
-francamente, que galanteara a Elena. Según
-ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por
-mí, y si lograba ser aceptado por ella, conseguía,
-primero, tener una mujer, que, además de buena y
-de simpática, gozaba de gran posición, y arrancarla
-de los brazos de un aventurero.</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado
-rica para mí&mdash;las decía yo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo&mdash;replicaba Eulalia&mdash;. Elena, apa<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>rentemente,
-es una mujer soberbia; pero en la intimidad
-es muy sencilla y muy bondadosa. Yo
-estoy segura de que hará con el tiempo una excelente
-madre de familia.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso será cierto&mdash;replicaba yo&mdash;; pero
-en el estado actual una indicación mía en ese sentido
-tendría un completo fracaso.</p>
-
-<p>Las dos señoras me decían que debía de intentar;
-pero yo no pensaba en esto, y menos viendo
-cómo el corso llevaba sus amores al galope.</p>
-
-<p>Poco después supe por Eulalia que había habido
-largas explicaciones entre Elena y su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Este hombre es un aventurero, hija mía&mdash;le
-dijo doña Mercedes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¿En qué se le conoce?&mdash;preguntó
-con cierta acritud Elena.</p>
-
-<p>&mdash;No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es
-ni de qué vive; todas nuestras noticias acerca de
-él se reducen a que ha desembarcado en Valencia
-y que es corso.</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que es, pero a mí me agrada. En
-cambio, su sobrino de usted, Emilio Serra, me
-molesta y me importuna. Es uno de los hombres
-más antipáticos que he conocido.</p>
-
-<p>&mdash;Bien; aunque así sea, Emilio no es el único
-hombre que hay en Tarragona.</p>
-
-<p>&mdash;Es uno de mis galanteadores. El, el teniente
-Montoya y Pepito Carmona. Emilio cree que<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-tiene algunos derechos sobre mí porque es mi
-pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme
-con él, sería celoso como un turco. El teniente
-Montoya ya se sabe lo que es: un jugador
-y un calavera; respecto a Pepito Carmona...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? No creo que tengas que decir nada
-malo de él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es
-un chico muy fino, muy discreto..., pero le asusto:
-prefiere estar haciendo versos que hablando
-conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho;
-le tratas con verdadera saña. Es lógico que te
-haya tomado miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no quiero hombres que me tengan miedo;
-prefiero mejor los que intenten dominarme y
-protegerme.</p>
-
-<p>&mdash;No te veo por buen camino, Elena; piensa lo
-que vas a hacer, piénsalo bien, porque si das un
-paso en falso la cosa ya no tiene remedio; consúltalo
-también con tu confesor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco
-cuáles van a ser sus consejos, los he oído
-muchas veces, y no me han de convencer.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, creo conveniente que hables
-con él.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hablaré...</p>
-
-<p>El canónigo Roquebruna, a quien doña Merce<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>des
-había indicado que hablara a Elena, unos días
-después de esta conversación llamó a la señorita
-de Montferrat a la ventana del salón de su casa,
-donde solían tener la tertulia.</p>
-
-<p>&mdash;Me ha dicho tu madre&mdash;le dijo&mdash;que estás
-en relaciones con ese italiano recién llegado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado
-informes de su vida y de su familia?</p>
-
-<p>&mdash;No, no he tomado ningún informe, no sé mas
-que lo que me ha dicho él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no encuentras imprudente tu conducta?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga!
-Es posible que sea imprudente.</p>
-
-<p>&mdash;Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser
-más feliz con ese extranjero a quien no conoces,
-que probablemente será un calavera, un vicioso,
-que con un hombre, por ejemplo, como tu primo
-Emilio, a quien conoces desde la infancia y con el
-que tienes una completa confianza?</p>
-
-<p>&mdash;Padre mío, esa es la pregunta que se puede
-hacer a todas las personas que se enamoran. ¿Por
-qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no sabré
-contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando
-afecto; Emilio me es indiferente, me desagrada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero una mujer de inteligencia como tú<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>
-puede dejarse llevar así por instintos tan caprichosos,
-tan arbitrarios?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que todas las mujeres somos iguales en
-este punto. Sentimos amor, o no lo sentimos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no puedes dominar esa pasión?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué la he de dominar, si es mi única
-esperanza de dicha? No me importa que Julio sea
-pobre ni de familia humilde; me basta con que me
-quiera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?</p>
-
-<p>&mdash;Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida,
-y se puede ganar o perder. Yo soy bastante
-vieja para jugarla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se
-me pasa. Yo tengo la aspiración de llevar una
-vida más fuerte, más enérgica, más llena de emociones.
-Esta existencia monótona y provinciana
-me exaspera, me pone fuera de mí. Creo que viviendo
-así algún día haría un disparate mayor, un
-disparate que ni siquiera estaría legitimado por la
-pasión.</p>
-
-<p>Don Guillermo hizo un gesto de resignación y
-se calló. Hombre que conocía la vida y las pasiones
-por el confesionario, sabía que las reflexiones
-frías y las consideraciones utilitarias no tenían
-eficacia en los temperamentos exaltados.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p>
-
-<p>Unos días después, el canónigo Roquebruna
-dijo a doña Mercedes:</p>
-
-<p>&mdash;Elena está empeñada en seguir sus relaciones
-con ese hombre. Creo, mi señora doña Mercedes,
-que no le conviene a usted oponerse radicalmente;
-deje usted que la muchacha hable con ese italiano
-naturalmente, nunca a solas; haga usted que
-lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo,
-es posible que ella misma, como se ha cansado de
-los demás, se canse también de él.</p>
-
-<p>Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su
-hija una actitud conciliadora; únicamente intentó
-averiguar detalles de la vida de Moro-Rinaldi, para
-ver si poco a poco iba llevando el desprestigio
-del corso al corazón de su hija.</p>
-
-<p>Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia
-peculiar en las mujeres, creyó que Moro-Rinaldi
-era el único hombre noble y digno que había
-conocido.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="RINALDI" class="nobreak">XIII.<br />
-HABLA MORO-RINALDI</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">La</span> transigencia de su madre hizo que Elena
-pudiese mirar a su pretendiente con cierta
-serenidad. La oposición y la lucha en casa la hubieran
-impulsado seguramente a una actitud más
-decidida y más rebelde. Un día, en este bello paseo
-de San Antonio, que domina el mar, hablaron
-largamente Elena y Moro-Rinaldi.</p>
-
-<p>&mdash;En todo el pueblo dicen que es usted un
-aventurero. ¿Es verdad?&mdash;le preguntó ella.</p>
-
-<p>Moro sonrió con cierta tristeza:</p>
-
-<p>&mdash;Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar
-corso; mi madre, una croata de clase pobre. La infancia
-la pasé en París, viviendo como un hijo de
-familia acomodada. Mi padre era coronel de la
-guardia imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba
-que tenía ante mí un hermoso porvenir; pero
-vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en
-nuestra casa. Mi padre, militar a medio sueldo,<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>
-tomó parte en conspiraciones bonapartistas y republicanas,
-hasta dar con sus huesos en un castillo
-y después en la emigración. Yo he vagabundeado
-por el mundo sin poder encontrar una colocación
-adecuada para mí; he sido un calavera, un
-hombre disipado. A veces no he retrocedido ante
-procedimientos indelicados, ¡que quiere usted!, la
-pobreza no conduce nunca a nada bueno. Le digo
-a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me
-iré de aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo
-ante mis ojos mas que un horizonte muy
-negro.</p>
-
-<p>&mdash;No; yo no le desprecio a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Si usted me da alguna esperanza, mi vida
-tendrá ya un objeto e intentaré regenerarme.</p>
-
-<p>Elena no contestó; pero en su mirada se veía
-claramente que Moro-Rinaldi podía esperar.</p>
-
-<p>El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y
-también mío. A mí me llegó a preguntar si había
-pretendido a Elena; yo le dije que no, y añadí:</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer para casarse con un príncipe.</p>
-
-<p>&mdash;Y para casarse con usted también, si usted la
-pretende con fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo. Además, me daría vergüenza
-llevar a una mujer así a una casa pobre como
-la mía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?</p>
-
-<p>&mdash;A Pafos o a Amatonte.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sueños de poeta. En amor todo es cuestión
-de voluntad. La voluntad vence los mayores obstáculos.
-Ya ve usted: yo soy más viejo que usted;
-soy un advenedizo, un calavera, un hombre a
-quien nadie conoce, y la voy a pretender y me la
-voy a llevar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted?&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris
-de esa Elena.</p>
-
-<p>&mdash;Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.</p>
-
-<p>Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi
-y yo por la Rambla y entrábamos en la
-farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento
-que éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose
-a Vidal, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Parece que en la casa del capitán Arnau no le
-miran a usted con gran simpatía.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. Arnau no me quiere; el haber
-sido yo antes oficial de voluntarios realistas le
-produce una gran cólera contra mí.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio, la muchacha, María Rosa, está
-inclinada a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos
-y escaparnos con nuestras respectivas novias. Usted
-con María Rosa y yo con Elena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con la señorita de Montferrat?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pretende usted robarla?</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente la tendré que robar; la familia
-no querrá dejarla casarse conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cree usted que ella accederá?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; así lo espero.</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción
-que las enloquece.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál?</p>
-
-<p>&mdash;Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio...
-Es usted mi estrella... el único consuelo
-de mi existencia triste y miserable...» Todo es
-cuestión de cantar esa aria de bravura con
-energía.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted audaz.</p>
-
-<p>&mdash;No lo crea usted. La primera vez que se hace
-una cosa de estas parece un gran atrevimiento;
-luego, no. Al principio, a la mujer que va con uno
-se la tiene por una víctima; luego se piensa que es
-una cómplice, y, a veces, se cree que la víctima es
-uno, el raptor, el tenorio, el engañador... A usted
-le pasará lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;No; si María Rosa viene conmigo, me casaré
-con ella y viviré siempre a su lado.</p>
-
-<p>&mdash;Cada cual su gusto&mdash;dijo Moro-Rinaldi sonriendo
-con su amable sonrisa&mdash;Si yo hubiese tenido
-medios para vivir, creo que hubiera hecho lo<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a
-cosas absurdas y, luego, lanzado ya, no se puede
-uno detener, es tarde. Va uno como si fuera arrastrado
-por la corriente de un río: se intenta agarrarse
-a esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se
-ha conseguido? ¿No ha podido uno detenerse?
-Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una
-rama seca o un manojo de paja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted fatalista?&mdash;le pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. El fatalismo me parece la única verdad
-que hay en la vida. Todo lo que tiene que ocurrir
-ocurre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted cree que hay destino?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy inclinado a pensar que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un destino predeterminado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No creo en eso. Además, a mí me parece que
-la voluntad y el amor pueden modificar el destino.</p>
-
-<p>Moro se encogió de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cree usted en el amor?</p>
-
-<p>&mdash;Poca cosa, la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre Elena!&mdash;exclamé yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó él&mdash;. Yo creo que para
-hacer feliz a una persona es mejor no sentir amor
-por ella.</p>
-
-<p>&mdash;Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién
-sabe?, quizá sea cierta.</p>
-
-<p>Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospe<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>chaba
-que de ninguna manera María Rosa aceptaría
-el escaparse con él dejando su familia.</p>
-
-<p>Yo, al oír esta conversación, suponía que se
-trataba de una broma más que de un proyecto en
-serio.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="SERENATA" class="nobreak">XIV.<br />
-UNA SERENATA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> comienzo del invierno, algunos jóvenes del
-pueblo pensaron en organizar una pequeña
-orquesta para el Carnaval del año siguiente. Fuimos
-a un sótano, que era almacén de un anticuario,
-a ensayar. Allí, delante de estatuas góticas de
-piedra, que representaban apóstoles con un libro o
-con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas
-y estofadas; de santos de madera con los
-ojos de cristal; de retablos dorados con angelitos
-mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas
-con columnas salomónicas e incrustaciones de
-cobre, solíamos armar una gran algarabía con nuestros
-instrumentos.</p>
-
-<p>Yo tocaba el violín.</p>
-
-<p>Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.</p>
-
-<p>Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con
-cierta maestría, Moro Rinaldi propuso que diéra<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>mos
-serenata a las damas de nuestros pensamientos.</p>
-
-<p>Elegimos un sábado, y salimos todos formados
-del almacén del anticuario, donde nos reuníamos
-para ensayar, a la calle, de noche.</p>
-
-<p>El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia
-de estrellas, y se veían a cada paso cruzar rayas
-luminosas por el cielo profundo y transparente.
-A lo lejos se oía el murmullo del mar como una
-respiración lenta, voluptuosa y tranquila.</p>
-
-<p>Pasamos primero por delante de casa de Arnau,
-tocamos dos o tres piezas de nuestro repertorio, y
-Vidal cantó una jota con mucho brío delante de
-la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos
-por las callejuelas estrechas a la casa de
-Elena; allí repetimos nuestro concierto, y Rinaldi
-cantó con mucho gusto la siciliana de <i>Le Nozze di
-Figaro</i>, de Mozart.</p>
-
-<p>El balcón de Elena se iluminó, y vimos después
-su figura, vestida de blanco, asomarse a la barandilla.</p>
-
-<p>Luego, yo toqué el <i>Carnaval de Venecia</i>.</p>
-
-<p>Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en
-este trozo musical que Paganini arregló para violín
-de la canción veneciana <i>O mamma!</i>, dándole un
-aire más incisivo, más burlón y más fantástico.</p>
-
-<p>Estaba inquieto y toqué con un brío, con una
-furia, que yo mismo estaba maravillado. Sentía,<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-al oír mi violín, una mezcla de dolor, de alegría, de
-pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas.
-Me aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que
-habían salido a la ventana, y me hicieron repetir
-dos veces.</p>
-
-<p>Después de la serenata volvimos al almacén,
-donde dejamos los instrumentos; entramos en un
-café, bebimos un poco más de lo regular, cantamos
-el <i>Himno de Riego</i> y paseamos por las calles,
-charlando.</p>
-
-<p>Nos acercamos a uno de los baluartes que caía
-sobre el mar.</p>
-
-<p>Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones
-brillaban aun más vivas en la transparencia
-del aire.</p>
-
-<p>Los centinelas, de cuando en cuando, daban su
-alerta, que se iba alejando hasta perderse en el silencio
-de la noche.</p>
-
-<p>El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se
-veían los faroles de las lanchas pescadoras que
-iban y venían, se escuchaba a veces el sordo batir
-de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una
-suprema armonía, el sonido rítmico y melancólico
-de las olas.</p>
-
-<p>Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas
-y el mar a lo lejos, fué para mí, no sé a punto
-fijo por qué, una de las noches más felices y
-más memorables de mi existencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-<p>Me pareció que la vida me había puesto de
-pronto en los labios la copa llena hasta el borde de
-un bálsamo dulce que había embriagado mi corazón,
-haciéndole olvidar todas sus tristezas.</p>
-
-<p>Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido
-el agua de Leteo o el nepenthes de Polydamna.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="CADENA" class="nobreak">XV.<br />
-EL HOSTAL DE LA CADENA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Hacía</span> un día de noviembre espléndido; el cielo
-estaba azul; el mar, tranquilo, lleno de
-meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones
-blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que
-había salido por la carretera de Barcelona, antes
-de llegar a la torre del capitán Arnau entró en el
-Hostal de la Cadena.</p>
-
-<p>Era domingo; a la puerta de esta posada había
-un grupo de campesinos, de pescadores y de algunas
-gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba a
-un cuarto de legua del pueblo: era una casona
-amarillenta, unida a otras dos o tres casuchas, de
-color verde y rosa; tenía una puerta grande y un
-zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en
-aquel momento estaba ocupado por un carro y
-una barca, mostrando así la hostería su condición
-entre campesina y marinera.</p>
-
-<p>Para corroborar este aire mixto, se veía en las<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-paredes del zaguán jáquimas y albardas y dos anclas
-roñosas sujetas a unas cadenas. Este zaguán
-comunicaba con la cocina y con una galería que
-daba a un corralillo.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la
-cocina. Era la cocina grande y no muy clara; un
-olor de aceite frito y de tabaco llenaba el aire y se
-agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un
-gran caldero, y alrededor de la lumbre había varios
-pucheros y cazuelas de barro. En medio de
-la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban
-sentados varios hombres, atezados por el
-sol y por el aire del mar. Eran hombres de bronce,
-serios, graves, con gorros rojos y morados y
-trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros;
-todos hablaban el catalán como por explosiones.</p>
-
-<p>Unos comían en platos de porcelana basta una
-sopa coloreada de azafrán; otros, legumbres o un
-guiso de pescado muy rojo por el tomate y el pimentón;
-algunos tenían delante porrones verdosos
-llenos de vino; otros tomaban café y se servían
-copas de una botella ventruda de aguardiente. Las
-moscas revoloteaban por el aire con un rumor
-sordo. En un rincón dos marineros cantaban en
-castellano, acompañándose de la guitarra, una canción
-sentimental.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió
-a un ángulo de ésta, donde se hallaba el Carago<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>let,
-y se sentó en una mesa pequeña, que por excepción
-tenía un mantel blanco.</p>
-
-<p>&mdash;No se podrá usted quejar&mdash;dijo el Caragolet,
-señalando el mantel blanco, los vasos limpios y los
-cubiertos relucientes.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; está muy bien&mdash;y Moro-Rinaldi se
-sentó a la mesa.</p>
-
-<p>La moza sirvió la comida; después de comer,
-Moro y el Caragolet tomaron café y bebieron
-aguardiente y hablaron durante largo rato.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado
-de italiano; el Caragolet le escuchaba absorto
-y maravillado. Se veía que el corso dominaba
-por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo,
-rojo de emoción.</p>
-
-<p>A veces, entre el vocerío de las conversaciones
-de los marineros, se oían las palabras de Moro:</p>
-
-<p>&mdash;¿Que se burlan de ti, muchacho?&mdash;decía una
-vez&mdash;, búrlate tú de ellos. ¿Que eres italiano e hijo
-del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo más ilustre
-de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el
-de los mayores poetas, el de los grandes capitanes.
-Todos estos franceses, ingleses y alemanes
-son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen
-a nosotros, pero son incompletos. Ellos son
-duros, rígidos; nosotros somos duros y blandos,
-rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son la
-línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-sabemos ser amables con una mujer, comprender
-la obra de un genio, ser espléndidos con un amigo
-y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.</p>
-
-<p>El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los
-ojos y la boca con asombro. La pintura que hacía
-aquel de los italianos le producía un frenético entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no te avergüences, muchacho, de ser
-italiano&mdash;siguió diciendo Moro-Rinaldi&mdash;; al revés:
-enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y
-qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso
-y débil? El amor te ha hecho bello y
-fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. ¡Cuántos
-hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían
-su palacio, su cuerpo débil y blando por tu
-choza y por tu cuerpo ágil y fuerte como el de una
-pantera!</p>
-
-<p>El Caragolet seguía oyendo con una profunda
-emoción, completamente subyugado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también soy, como tú, hijo natural de un
-italiano y de una gitana&mdash;añadió Moro-Rinaldi&mdash;.
-Mi padre procedía de un dux de Venecia; mi madre
-era gitana. Yo digo que era croata, pero, no,
-era gitana como tu madre. Romanicheles, ¿y qué?
-Los dos haremos cosas grandes. Tú sígueme, obedéceme;
-yo te protegeré.</p>
-
-<p>El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío
-y clavó la vista en el suelo; después, levan<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>tando
-la cabeza y mirándole al corso en el blanco
-de los ojos, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Si es verdad eso, le serviré a usted como un
-perro; pero si me engaña usted, por éstas (y se
-besó los pulgares cruzados), que lo mataré.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron
-los párpados; estuvo con la mano derecha,
-con el índice y el meñique extendidos y los demás
-dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar
-la <i>jettatura</i>; luego se echó a reír y pasó la mano
-por la cabeza desmelenada del muchacho.</p>
-
-<p>En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro
-Vidal. Por lo que se supo después, aquel domingo,
-entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de
-preparar el plan de fuga del que tanto se habló
-más tarde.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="CUPIDO" class="nobreak">XVI.<br />
-EN ALAS DE CUPIDO</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que
-estábamos convidados a comer en casa de
-Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el farmacéutico
-y yo. María Rosa había invitado a Eulalia
-y a Elena para que fueran a la tarde a merendar
-a la torre.</p>
-
-<p>Poco después de comer estábamos de sobremesa
-cuando llegaron en una tartana Eulalia y
-Elena, que fueron recibidas con grandes extremos.
-María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y
-luego estuvimos todos en el cenador de la terraza.</p>
-
-<p>La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila.
-El mar parecía dormido, ensimismado en su eterna
-queja monótona; la olas venían a morir suavemente
-en la estrecha playa, y alguna más impetuosa
-avanzaba, dejando una línea de encajes blancos
-en la arena dorada. Del monte llegaba un aire
-fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor
-de guitarras; a lo lejos sonaba, de una manera
-intermitente, un estrépito de tambores y de
-cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de
-fiesta, jugaban al corro en la carretera y cantaban
-con voces agudas:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Dicen que Santa Teresa</div>
-<div class="line">cura a los enamorados.</div>
-</div></div></div>
-
-
-<p>Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y
-Moro-Rinaldi propusieron el dar un paseo en barca.
-Elena&mdash;¡oh!, disimulo femenino&mdash;dijo que
-no; que ella no podía faltar largo tiempo de casa;
-pero las chicas de Arnau la convencieron. ¡Hacía
-un día tan hermoso!</p>
-
-<p>Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín,
-cruzamos la carretera y nos acercamos a la
-playa.</p>
-
-<p>Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de
-gondolero veneciano.</p>
-
-<p>Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después
-se acercó a donde estábamos, en una barca
-y seguido de otra con tres marineros. Se dispuso
-que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el
-Caragolet y un marinero, fueran en una, y los demás,
-en la otra.</p>
-
-<p>Estábamos esperando a que las barcas encalla<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>ran
-en la arena para entrar en ellas, cuando un
-muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.</p>
-
-<p>&mdash;Tenemos que ir al pueblo&mdash;dijo Arnau&mdash;;
-por nosotros no se priven ustedes del paseo. Pascual
-les acompañará.</p>
-
-<p>La primera barca comenzó a alejarse de la playa;
-en la segunda entramos: Pepeta, su madre,
-Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual el hortelano,
-un marinero y yo. Nos alejamos de la playa
-y fuimos en dirección del cabo Gros, que tiene
-rocas y escollos en su contorno inundados de espuma.</p>
-
-<p>Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la
-Sirena. En el cabo se asentaba Tamarit del Mar,
-con unas treinta casas y una iglesia.</p>
-
-<p>En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi
-y a Vidal, que se pusieron a remar con
-fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego largaron
-la vela y su barca, alejándose rápidamente;
-nos ganó en seguida una distancia de trescientas
-a cuatrocientas brazas.</p>
-
-<p>&mdash;Van conducidos por Cupido&mdash;le dije yo a
-Pepeta en broma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por quién?</p>
-
-<p>&mdash;Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nosotros?</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros llevamos a la mamá de usted, que
-pesa mucho, y a un boticario que no pesa menos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-
-<p>Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia
-entre las dos barcas era ya mayor.</p>
-
-<p>Los de la primera lancha, en vez de acercarse a
-la Roca como se había pensado, siguieron hasta la
-playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá se les haya ocurrido ver la aldea&mdash;pensamos.</p>
-
-<p>Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca
-de media hora en llegar al mismo punto.</p>
-
-<p>Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos
-con que las dos parejas habían desaparecido;
-por lo que nos dijeron las gentes del pueblo,
-una tartana les estaba esperando, y habían
-marchado al trote camino de Barcelona. Era verdad,
-indudablemente, que Cupido les conducía.</p>
-
-<p>La madre de María Rosa, al saber que su hija
-había huído, estuvo a punto de desmayarse. Pepeta,
-iracunda, golpeaba el suelo con el pie.</p>
-
-<p>&mdash;La mataría&mdash;dijo apretando los dientes, refiriéndose
-a su hermana.</p>
-
-<p>El Caragolet no decía nada; pero, por su aire
-torvo, se veía que se hallaba furioso. Después se
-supo que estaba al tanto de la maniobra y que
-Moro-Rinaldi le había engañado.</p>
-
-<p>Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor
-asombro.</p>
-
-<p>Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena;
-la mujer de Arnau iba temblando, sumida en una<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
-profunda desesperación. Cuando llegamos a la
-playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes
-Moro y Vidal habían alejado con un recado
-falso, al contarle al capitán lo ocurrido, quedó tan
-pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal.
-Arnau juró, con los puños cerrados, que se había
-de vengar. Secret se manifestaba también furioso.</p>
-
-<p>Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.</p>
-
-<p>Unos días después supimos que Elena y María
-Rosa se habían casado en la iglesia de Torre de
-Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi
-estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!</p>
-
-<p>Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió
-de su casa, diciéndome secamente que ya
-no necesitaba mis servicios.</p>
-
-<p>Secret me vino a buscar, a decirme de parte
-del capitán Arnau que sabía que yo no tenía la
-culpa y que quería verme otra vez en su casa. En
-la familia del marino no se hablaba de la hija fugada.
-Alguna vez la madre la disculpó, y el capitán
-dijo, ya amainando su violencia:</p>
-
-<p>&mdash;Así sois todas las mujeres.</p>
-
-<p>Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían
-despedido de su casa, habló pestes de ellos,
-diciendo que eran unos miserables hipócritas que
-se vengaban en personas que no tenían la menor
-culpa de lo ocurrido.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span></p>
-
-<p>Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona
-y se encontró allí con Emilio Serra. Al parecer,
-se entendieron; llegaron a saber que Vidal y
-Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro
-Naciones pasando la luna de miel. Entonces alguno
-de ellos los denunció a la policía, y los llevaron
-a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales
-sardos, a la Ciudadela, como carlistas.</p>
-
-<p>Lo extraordinario fué&mdash;según contaron&mdash;que,
-al registrar la maleta de Moro-Rinaldi, encontraron
-papeles comprometedores que parecían probar
-que el corso estaba pagado por los carlistas.</p>
-
-<p>Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación
-en Tarragona empeoró. Muchos creían que
-yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas,
-y esto me dejaba ante la gente en un papel
-subalterno y ridículo.</p>
-
-<p>Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba
-más simpatía que anteriormente, me dijo
-que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que
-fuera con él, porque allí era posible que encontrase
-trabajo.</p>
-
-<p>Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir
-también a Barcelona, a ver si podía hacer algo por
-su hermano, preso en la Ciudadela.</p>
-
-<p>Estuve vacilando: de Málaga me escribían que
-los asuntos de nuestra casa iban tomando mejor
-cariz, y que las acciones de la Sociedad minera, en<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>
-donde mi padre había colocado gran parte de su
-capital, comenzaban a subir. Todavía la situación
-nuestra no estaba completamente consolidada;
-más pronto o más tarde tendría que volver a Málaga,
-pero, mientrastanto, me pareció conveniente
-ir a Barcelona.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="MAR" class="nobreak">XVII.<br />
-VIAJE POR MAR</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Acepté</span> la invitación de Arnau de ir con él a
-Barcelona por mar, aunque no me entusiasmaba
-la idea, porque siempre que me he embarcado
-he acabado por marearme.</p>
-
-<p>El barco en que hicimos nuestro viaje, la <i>María
-Rosa</i>, era un jabeque de dos palos, con velas latinas,
-cubierta y una camareta a popa.</p>
-
-<p>Ibamos muchos, unas quince o veinte personas;
-entre ellas, unos cuantos jóvenes de Reus que
-marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna
-de las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados,
-habían tomado parte en la matanza de frailes
-que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un
-exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre
-y a fuego.</p>
-
-<p>Recordaban con furia que un fraile franciscano
-de Reus que merodeaba por los alrededores ha<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>bía
-fusilado a seis soldados liberales y a su jefe, y
-no contento con esto, había cogido a un miliciano
-nacional, muy querido de sus convecinos, y le había
-crucificado, después de haberle sacado los
-ojos.</p>
-
-<p>Los recuerdos de estas enormidades los tenían
-fuera de sí.</p>
-
-<p>También iban en el jabeque las tres furias de la
-casa del Negre y el Caragolet. Según me dijo Arnau,
-le habían pedido que les llevara a los cuatro a
-Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había
-echado de ella, en vista de los escándalos repetidos
-de la Dora, y ésta se había escapado con
-un contrabandista.</p>
-
-<p>Marchábamos en el barco un poco estrechos;
-Arnau llevaba el timón; cuatro marineros hacían
-la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, por
-la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas
-crujían agriamente y las velas daban latigazos con
-el viento. Un viejo preparaba la comida en un hornillo
-de hierro; una gran cazuela de arroz con pescado,
-a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate
-y pimentón.</p>
-
-<p>El día, de invierno&mdash;estábamos en las proximidades
-de Navidad&mdash;, se presentó por la mañana
-muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, de color
-de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes
-blancas y pequeñas corrían rápidamente por el<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-horizonte, y el viento, brusco y malhumorado, hacía
-crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba
-orgullosamente inclinándose y hundiendo su
-proa entre las olas coronadas de espuma.</p>
-
-<p>Teníamos el viento de poniente, un terral manejable,
-según Arnau. Al avanzar la mañana, el
-cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía
-de cristal. A medida que subía el sol, el viento
-crecía en violencia; las olas, furiosas, se coronaban
-de espuma y nos mostraban sus oquedades
-moradas.</p>
-
-<p>La pacífica matrona del Mediterráneo se había
-encolerizado y tronaba amenazadora e iracunda,
-con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de su
-manto de azul.</p>
-
-<p>El mal tiempo y la presencia de las furias de la
-casa del Negre me hicieron pensar en si, como
-Eneas y sus compañeros, arrojados a las Estrófades,
-iríamos también nosotros a sucumbir en los
-peñascos de la costa y a ser víctimas de las
-arpías.</p>
-
-<p>Como me sucedía siempre a la hora de estar
-en el mar, empecé a padecer el mareo, lo que
-contribuyó a que el capitán me manifestara su
-desdén.</p>
-
-<p>Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la
-altura del cabo Gros se marearon también Secret
-y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
-torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro
-Palinuro.</p>
-
-<p>Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal
-y tomamos la costa de Garraf. Como el viento
-había crecido en furia a medida que subía el sol en
-el horizonte, ahora que descendía bajaban las
-ráfagas de aire en intensidad.</p>
-
-<p>El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos
-porrones de hoja de lata, y nos sentamos todos
-alrededor de la comida. El capitán invitó a las
-tres furias y al Caragolet a que comieran con
-nosotros.</p>
-
-<p>La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron
-y dieron las gracias; habían comido ya. El Caragolet
-se acercó. Las tres furias, sentadas cerca de
-la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer
-mirar a la gente, como si sintieran repugnancia
-por todo el mundo.</p>
-
-<p>Comimos el arroz, que estaba excesivamente
-sabroso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, está bueno?&mdash;preguntó el cocinero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dije yo&mdash;, pero me parece que pica un
-poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca!&mdash;repuso Arnau&mdash;,eso se quita con vino.
-A mí me ha parecido soso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soso! Yo he creído al principio que tenía
-pólvora. Me ha hecho el efecto de una función de
-fuegos artificiales.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span></p>
-
-<p>En las primeras horas de la tarde comenzó a
-amainar el viento; por encima de los cerros desnudos
-de la costa veíamos dibujarse vagamente los
-montes de Montserrat, llenos de picachos y de
-quebradas. A media tarde el tiempo se serenó por
-completo, brilló el sol, cesó el viento y fuimos
-acercándonos con lentitud a Barcelona.</p>
-
-<p>Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba
-a obscurecer. El mar se teñía de púrpura, y
-la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas,
-se doraba por los últimos resplandores del
-crepúsculo.</p>
-
-<p>A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus
-fortificaciones en lo alto; a sus pies, el doble baluarte
-de las Atarazanas; luego, en medio de los
-tejados y las azoteas, se erguían las torres de San
-Francisco, de la Merced y de la Catedral. A la
-derecha me señalaron Santa María del Mar y la
-Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la
-torre de la Ciudadela, y en el extremo, el faro de
-la Barceloneta.</p>
-
-<p>En aquel momento el resplandor dorado del sol
-se retiraba de los tejados y de las torres, y la ciudad
-iba hundiéndose en la sombra a medida que
-nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto;
-las luces comenzaban a brillar; las grandes velas
-de los barcos flotaban pálidas en la semiobscuridad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p>
-
-<p>Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un
-bote atracamos en la escalera del malecón.</p>
-
-<p>Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus
-quedaron en una posada próxima al muelle;
-Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes
-de la calle de la Puerta Ferrisa.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="NUEVAS" class="nobreak">XVIII.<br />
-CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Barcelona</span>, entonces, no se parecía a la ciudad
-actual; era una ciudad grave, seria, de calles
-estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas
-muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado.
-Fuera de la Rambla, siempre llena de animación,
-lo demás era poco alegre.</p>
-
-<p>De noche, las calles se hallaban mal iluminadas
-por faroles de aceite y por lámparas que ardían
-delante de las hornacinas con la imagen de algún
-santo.</p>
-
-<p>A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba
-entonces más que ahora. Uno de los encantos de
-las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas
-por los ensanches era la coherencia de su
-exterior con su espíritu.</p>
-
-<p>Estas ciudades antiguas representaban de una
-manera completa, acabada y fiel la vida de sus<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera
-de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.</p>
-
-<p>Más tarde, como en los discursos, la charlatanería
-entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron
-presentar aspectos que en la realidad no tenían.
-Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas,
-en ciudades de aparato, en escaparates de
-quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia
-con su interior y en donde la fachada es
-una mixtificación y una farsa.</p>
-
-<p>En la Barcelona de entonces dominaba todavía
-la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus
-murallas, sus fortificaciones, su vida austera y
-contenida.</p>
-
-<p>Había en esta época grandes conventos, con sus
-huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios
-en las calles, y un sonar constante de campanas
-de las distintas iglesias de la ciudad.</p>
-
-<p>A pesar de la extinción de los frailes se veían
-muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos
-y de colores, que entraban y salían de las casas.
-De noche la vida acababa muy temprano; y
-al toque de la queda se cerraban los comercios y
-las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes
-levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la
-Puerta del Mar.</p>
-
-<p>Se vivía en una inquietud constante; la gente no
-había tenido un momento de paz ni de reposo<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
-desde la guerra de la Independencia; se estaba en
-un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.</p>
-
-<p>Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona
-me dediqué a ver si encontraba trabajo. En
-todos los comercios me decían que esperara, que
-no sabían a qué atenerse, y que el momento no
-era propicio para tomar más dependencia.</p>
-
-<p>Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero
-Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a
-todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría
-lo mismo.</p>
-
-<p>El pensaba que tenía que haber una revolución
-que diera un estallido, y que después de ella vendría
-la calma.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="TARRACONENSE" class="nobreak">XIX.<br />
-TARRACONENSE</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Quizá</span> la división más natural de la Península,
-al menos desde un punto de vista espiritual,
-es la antigua romana, que señalaba tres grandes
-regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania;
-a éstas se podría añadir, como complemento,
-la Cantabria, que es una cuña metida entre las
-otras tres, con la punta en el centro de la tierra
-hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de
-Vizcaya.</p>
-
-<p>En la región tarraconense influyen con energía
-dos elementos: la montaña y el mar, el campo y
-la ciudad.</p>
-
-<p>Es posible que todas las guerras civiles modernas
-no sean mas que la lucha del campo contra
-la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra la
-ciudad, que cambia y evoluciona.</p>
-
-<p>Cataluña es el país de la Península donde hay
-un contraste más violento entre las tierras mon<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>tañesas
-y las marinas, entre las ciudades despiertas
-y las campiñas reaccionarias. Este contraste no
-es tan grande en la vertiente atlántica, en donde
-el monte no es tan alto, ni tan seco, ni tan frío,
-ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan ardiente
-ni tan voluptuoso.</p>
-
-<p>Así, estos polos, el polo montañés y el marino,
-el polo rural y el ciudadano, chocaban y chocan
-en Cataluña con una terrible violencia; así, el odio
-entre el carlista de la montaña y el republicano
-del mar era furioso.</p>
-
-<p>A pesar de que en aquel tiempo no había todavía
-oficialmente un partido republicano, muchos
-de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente,
-y unían el entusiasmo por la república con el
-entusiasmo por la ciudad.</p>
-
-<p>Tenían ya por entonces los barceloneses un
-sentido ciudadano tan exagerado, que les llevaba
-a una megalomanía completa, y hubiesen querido
-que su ciudad fuera el centro del mundo.</p>
-
-<p>No sé si este contraste de la montaña y del mar
-es el que ha hecho a la gente de la región catalana
-tan violenta y tan fiera; lo que sí es cierto es
-que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo
-demostró. Cataluña y Valencia dieron en ella la
-nota más feroz y más sanguinaria. En comparación
-suya, la guerra del Norte parecía una guerra de
-estrategia y de posiciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p>
-
-<p>Esta violencia mediterránea no era sólo campesina,
-sino también ciudadana, y hasta podía ir unida
-a cierta cultura.</p>
-
-<p>Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces
-se hablaba en Barcelona de un fraile exclaustrado
-que era librero de viejo. Este hombre
-tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que
-cuando vendía alguno de ellos le entraba tal
-desesperación de verse sin su infolio o sin su manuscrito,
-que salía detrás del comprador y lo asesinaba
-para recuperarlo.</p>
-
-<p>Este absolutismo y esta violencia para cualquier
-cosa existía, más que en ninguna parte de España,
-en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.</p>
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="CONFUSION" class="nobreak">XX.<br />
-CONFUSIÓN</h2></div>
-
-
-
-<p><span class="smcap">Había</span> un constante entrar y salir de gente
-misteriosa, hombres embozados en capas
-y en mantas, en nuestra casa de la calle de la Puerta
-Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba
-allí, y me dijo que un conspirador venido de
-la corte, Aviraneta, había llegado con el objeto de
-dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.</p>
-
-<p>Unos días después, Arnau me contó que había
-acudido algunas noches a las tertulias que se celebraban
-en el piso principal de nuestra casa, y se
-manifestó muy partidario de las ideas y de los
-planes del conspirador madrileño.</p>
-
-<p>Como a mí no me interesaban las cosas políticas,
-me dedicaba a vagar por el pueblo, a recorrer
-sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba también
-largos ratos en el claustro de la Catedral.</p>
-
-<p>Una mañana, en este claustro me encontré con
-Elena y María Rosa. Se me acercaron rápidamen<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>te;
-tenían aire de haber llorado; venían las dos de
-negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me
-dijeron estaban haciendo gestiones para libertar a
-Vidal y a Moro-Rinaldi, que se hallaban encerrados
-en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer
-del general Mina, y ésta, tratándolas con gran
-cariño, les había dicho que su marido no se encontraba
-en Barcelona y que esperasen a que
-llegara.</p>
-
-<p>María Rosa me indicó que hablara a su padre;
-le hablé; pero el capitán Arnau me contestó rudamente
-que no pensaba hacer nada en favor de su
-yerno.</p>
-
-<p>María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la
-fonda de las Cuatro Naciones, donde vivían, y si
-sabía alguna noticia importante para sus respectivos
-maridos se la comunicase.</p>
-
-<p>Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación
-de Aviraneta, Secret, uno de Reus y el Caragolet,
-andaban de trinca, de café en café, con la
-gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.</p>
-
-<p>Se reunían en el café de la Noria, de la calle del
-Arco del Teatro; en la taberna de la Bomba, de la
-calle de la Bomba, y frecuentaban también el café
-de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de
-Guardias, cerca del teatro Principal, y el café de
-Titó, que entonces se llamaba de la Reina. Todos<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-estos cafés eran verdaderos clubs en donde se celebraban
-reuniones patrióticas. Otro centro de
-reunión de los exaltados estaba en las casas del
-Colegio de Mercedarios, en la Rambla.</p>
-
-<p>El café de la Noria era entonces el club más favorecido
-por los hombres de pro; allí peroraban
-Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, y
-otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar
-de la plaza, don Antonio María Alvarez, y el
-administrador de Correos Abascal, para seguir las
-inspiraciones de los exaltados. Allí habló también
-Alibaud, que luego atentó en París contra la vida
-de Luis Felipe. Los de la taberna de la Bomba
-eran francamente republicanos, y los del café de
-los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido,
-de regionalistas.</p>
-
-<p>Estos exaltados se dividían por su grado de
-exaltación y por la clase social a que pertenecían:
-los había elegantes y distinguidos y los había del
-arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy
-influyente era el Bacallanet, contratista que acababa
-de construír una plaza de toros cerca de la Ciudadela.
-Como lugartenientes del Bacallanet estaban
-dos hermanos liberales exaltados, los Madecul,
-el hojalatero Garriga, el carpintero Xingola,
-el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.</p>
-
-<p>También había en estos grupos de las últimas
-capas sociales mujeres exaltadas, verduleras, la<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>vanderas
-y algunas perdidas, todas a cuál más chillonas
-y alborotadoras.</p>
-
-<p>Según me dijeron, las tres furias de la casa del
-Negre, la Nas, la Escombra y el Mussol, habían
-aparecido por la taberna de la Bomba.</p>
-
-<p>Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se
-hacían salvas al ponerse el sol. Todos los días se
-hablaba de que la Milicia urbana tenía que salir a
-campaña, lo que, naturalmente, producía una gran
-sensación en los pequeños comercios y en los talleres
-donde trabajaban los milicianos nacionales.</p>
-
-<p>Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían
-sus amigos y él; si estaban de acuerdo con
-los que se reunían en casa de mi vecino Aviraneta;
-pero me dijo que no, que ellos tenían otros
-proyectos y otros ideales.</p>
-
-<p>El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio
-frenético contra los carlistas, el recuerdo de los
-atropellos del conde de España, la idea de que los
-frailes seguían mandando en la ciudad y de que
-los carlistas tenían en ella más influencia y más
-poder que los liberales, les ponía a éstos en la
-mayor desesperación.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="CIUDADELA" class="nobreak">XXI.<br />
-LA CIUDADELA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Una</span> tarde, después de comer, acompañé a
-Elena y a María Rosa a la Ciudadela; al llegar
-delante del rastrillo, el cabo de guardia nos
-detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las
-dejó pasar; a mí no me permitió la entrada.</p>
-
-<p>Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera
-del rastrillo, que tenía a cada lado un gran pilar de
-piedra, con una bola, también de piedra, como remate.
-Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo
-que Elena y María Rosa no aparecían, me asomé
-al paseo de la Explanada. Había cerca de la muralla
-un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo
-mientras un chico daba vueltas a una rueda.
-Me paré a mirarle, recordando a mi amigo el señor
-Vicente, el tío Corda.</p>
-
-<p>El cordelero me preguntó si le necesitaba para
-algo, y le dije que no, que me recordaba a un
-amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span></p>
-
-<p>El hombre pareció agradecer la confianza, y,
-hablándome en mal castellano, me explicó que en
-aquella explanada había hacía poco tiempo una
-horca muy fuerte, con una escalera de madera,
-con su barandado, sin duda para que los reos pudieran
-subirla con seguridad. En esta horca se colgaba
-a la gente en serie.</p>
-
-<p>El había visto allí los hombres como racimos.
-Los franceses habían ejecutado en aquel punto a
-cinco patriotas catalanes, y el conde de España
-no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino
-que tenía la humorada de darles broma en vida y
-de tirarles de los pies después de muertos.</p>
-
-<p>Unos meses antes, según me dijo el cordelero,
-habían fusilado en aquel mismo sitio a Miguel Arques,
-a quien llamaban el estudiante Murri, mozo
-que durante el mando del conde de España fué
-uno de los espías que denunciaban a los liberales.</p>
-
-<p>Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete
-flaco y aguileño. Hablaba de una manera un tanto
-desdeñosa. No había salido nunca de aquel rincón.
-Allí trabajaba desde su infancia.</p>
-
-<p>El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió
-el tabaco entre sus manos callosas, puso el papel
-de fumar en el labio, lió el pitillo, lo encendió y
-me dijo, mostrándome la fortaleza:</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de unos días va a haber aquí sangre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Eso dicen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted no le parece mal eso?</p>
-
-<p>El cordelero se encogió de hombros. Luego me
-mostró las distintas dependencias de la Ciudadela:
-los cuarteles, los almacenes y la torre de Santa
-Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes;
-tenía en lo alto una torrecilla a modo de templete,
-con un barandado con cuatro floreros.
-Según me dijo el cordelero, en esta torre solían
-encerrar a los presos políticos, y allí había estado
-el general Lacy antes de ser enviado a Mallorca
-para ser fusilado.</p>
-
-<p>Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo
-en el rastrillo, y me despedí del cordelero para
-acercarme a ellas. Elena y María Rosa venían abatidas;
-por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi
-tenían pocas esperanzas de ser libertados. En
-la Ciudadela, entre los presos, corría la voz de
-que el pueblo pensaba asaltar la prisión y degollarlos
-a todos. Al parecer, el odio era grande
-contra el coronel don Juan O'Donnell, uno de los
-O'Donnell carlista que había sido hecho prisionero
-en una escaramuza en Olot y que estaba
-preso en la Ciudadela. O'Donnell era objeto de
-las iras del pueblo, que quería sacrificarle en venganza
-de los fusilamientos y crueldades que habían
-cometido los carlistas...</p>
-
-<p>Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-general don Pedro María Pastors, gobernador de
-la Ciudadela.</p>
-
-<p>Elena llevaba una carta para la señora del general,
-doña Carmen de Foxá y Vadolato, hija del
-barón de Foxá.</p>
-
-<p>El general nos recibió amablemente. Era el tal
-militar un tipo raro, catalán, de Gerona, que hablaba
-con un acento muy rudo. Este hombre me
-pareció un extravagante de muy poco talento; de
-gustos populares, llevaba, como algunos marineros,
-un anillo en la oreja.</p>
-
-<p>El general Pastors nos dijo que había pedido al
-segundo cabo, don Antonio María Alvarez, quien
-mandaba la capital en ausencia de Mina, el que
-permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros
-carlistas odiados por el pueblo a un buque
-de guerra de la marina inglesa; pero Alvarez se
-había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese
-en Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.</p>
-
-<p>La razón de la diligencia y del deseo de Pastors
-de salvar a O'Donnell dependía de que era amigo
-suyo y de que había hecho con el padre del preso
-y con el preso la campaña de los absolutistas,
-en 1823. Pastors mandó por entonces una brigada,
-de la que eran comandantes Zumalacárregui,
-el joven O'Donnell y el conde de Negri.</p>
-
-<p>Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-pedía la traslación de O'Donnell, no se la quiso
-conceder. Lo extraño era que Pastors no lo comprendiese
-y se devanase los sesos pensando qué
-causa habría para la negativa.</p>
-
-<p>Elena y María Rosa se despidieron del gobernador
-de la Ciudadela con muy pocas esperanzas.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="SUBE" class="nobreak">XXII.<br />
-LA MAREA QUE SUBE</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Hacia</span> fin de año apareció en los periódicos de
-Barcelona un parte del general Mina, fechado
-en San Lorenzo de Morunys. Decía que los
-carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario
-del Hort estrechados por las tropas de la
-Reina, y que un prisionero, fugado la noche anterior
-del santuario, había declarado que los carlistas
-pasaban por las armas a los liberales que
-tenían en su poder. Llevaban fusilados ya treinta
-y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos,
-en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.</p>
-
-<p>Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a
-Mina que por cada cañonazo que les disparase fusilarían
-a un prisionero, y empezaron su represalia
-sacrificando a cinco comandantes de nacionales
-que tenían presos, arrojando sus cadáveres por
-los barrancos del monte, en donde estaba el santuario.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p>
-
-<p>La noticia causó una gran indignación entre el
-ejército y los paisanos; se decía que los carlistas
-atropellaban las leyes de la guerra, y la indignación
-era mayor en los soldados que guarnecían la
-Ciudadela, pues éstos, en su mayor parte, pertenecían
-al regimiento de Saboya, el cual había sido
-el más castigado por los carlistas en el Santuario
-del Hort. Se añadía que, antes de matarlos, los
-carlistas atormentaban a sus prisioneros.</p>
-
-<p>Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron
-exagerando al correr de boca en boca y avivaron
-el furor de los liberales barceloneses. La rabia
-contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía
-frenética y desesperada.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que acabar con los que nos asesinan&mdash;se
-gritaba.</p>
-
-<p>&mdash;Es necesario hacer algo ejemplar.</p>
-
-<p>María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome
-consejo, pero yo no sabía qué aconsejarlas.</p>
-
-<p>El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba
-lloviendo. Barcelona tomó un aire de revuelta. En
-las primeras horas, tambores tocando generala
-pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla.
-Iban hacia la plaza de Palacio, donde la multitud
-engrosaba por momentos. Marchaban las
-patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.</p>
-
-<p>Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la
-Lonja, se estaba construyendo un edificio grande<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>
-por un capitalista catalán, Xifré, enriquecido en
-la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en
-ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta
-convertida en un barrizal.</p>
-
-<p>Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades
-de la fortaleza en que se encontraban
-prisioneros sus maridos.</p>
-
-<p>Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de
-enero mas que un pequeño destacamento del regimiento
-de Saboya, que no llegaba a ciento cincuenta
-hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos
-nacionales. Al mediodía del 4 se reforzó la
-guardia con unos sesenta soldados, única fuerza
-útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera
-tenía armas.</p>
-
-<p>Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que
-el pueblo intentaba asaltar la Ciudadela, y sabiendo
-que se hallaba completamente desguarnecida,
-salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el
-gentío que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.</p>
-
-<p>Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza
-de Palacio, era imponente; se decía que los oficiales
-carlistas más comprometidos se habían fugado
-de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con
-los enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones
-de la Milicia estaban dispuestos a dejar
-hacer a los ciudadanos decididos para que estos
-tomasen las represalias que quisieran.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span></p>
-
-<p>Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó
-y comenzó a marchar hacia la Ciudadela. El
-movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien
-daba las órdenes, aunque no se sabía quién.
-Los tambores tocaban generala. «¡Viva la Petita!»&mdash;gritaban
-unos&mdash;. «¡Viva Cristina y vinga farina!»&mdash;decían
-otros; y estos gritos se mezclaban con
-los de la gente que vitoreaba a la Libertad y a la
-República.</p>
-
-<p>Seguía lloviznando.</p>
-
-<p>Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento,
-con su gorro rojo en la cabeza, tocando un tambor.
-Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo
-empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia
-la puerta de la muralla.</p>
-
-<p>Por dentro levantaron el puente levadizo. Los
-amotinados vacilaron un instante. Entonces, un
-grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y
-por otros que hablaban catalán y que no se sabía
-quiénes eran, fueron a la plaza de Palacio, cogieron
-de las obras que allí se estaban haciendo dos
-grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos
-de la multitud.</p>
-
-<p>Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado
-los fosos y los glacis de la Ciudadela, y pedían
-a gritos que les entregasen los prisioneros
-carlistas.</p>
-
-<p>Los directores del motín conferenciaron y deci<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>dieron,
-sin duda, esperar a que entrara la noche
-para dar el asalto.</p>
-
-<p>¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie
-los conocía.</p>
-
-<p>La multitud se estrellaba contra los muros de
-la Ciudadela como las olas de un mar turbulento;
-pronto se hizo completamente de noche, y comenzaron
-a brillar antorchas, que iban y venían de un
-lado a otro en la explanada y en los fosos.</p>
-
-<p>Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando
-se me acercó Elena. Me sorprendió, porque venía
-vestida de hombre. Me dijo que estaba dispuesta
-a salvar a su marido, de cualquier manera que
-fuese.</p>
-
-<p>De pronto vimos una silueta iluminada por un
-hacha de viento humeante en lo alto de la muralla,
-y supimos que era el gobernador de la Ciudadela
-que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron
-que había preguntado a los sublevados qué es lo
-que querían y que éstos habían contestado:</p>
-
-<p>&mdash;Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.</p>
-
-<p>El gobernador dijo que no tenía atribuciones
-para entregar a los prisioneros, y que lo haría si
-le mostraban una orden superior. Los amotinados
-contestaron con terribles alaridos, exigiendo que
-se les entregara a los presos inmediatamente. El
-general se retiró de la muralla y volvió a aparecer
-de nuevo, poco tiempo después, a la luz de una<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un
-parlamentario y que, en unión de un coronel que
-estaba entonces en la Ciudadela, fueran a visitar a
-la primera autoridad militar de Barcelona.</p>
-
-<p>El Bacallanet y sus amigos discutieron entre
-ellos; se oyeron frases contra el Gobernador; alguien
-dijo que no había que hacer caso de sus palabras,
-sino comenzar en seguida el asalto.</p>
-
-<p>El problema estaba en saber lo que haría la
-guarnición; si ésta comenzaba a disparar era imposible
-entrar en el castillo. El Bacallanet y los
-suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.</p>
-
-<p>Se colocaron las dos largas escaleras en el foso,
-enfrente cada una de una tronera, y comenzó a
-subir por ambas una fila de personas. El primero
-que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba
-una antorcha en la mano, iba harapiento, sin
-gorro, con los pelos alborotados, la cara llena de
-rabia y de cólera.</p>
-
-<p>Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol;
-luego, Ramón Secret, y poco después, Arnau.</p>
-
-<p>A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo,
-por las dos largas escaleras, filas de hombres
-decididos e iracundos.</p>
-
-<p>Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría
-con el gorro rojo sobre las greñas; algunos
-pocos iban armados con sables y fusiles; dos o
-tres llevaban el cuchillo entre los dientes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p>
-
-<p>Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión.
-De pronto se abrió el puente levadizo y
-comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el
-foso.</p>
-
-<p>Aquella puerta abierta de la muralla, un arco
-negro iluminado por la luz de las antorchas, me
-pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a
-aparecer algún pantano fétido con algún sombrío
-Caronte.</p>
-
-<p>Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron
-adentro como una ola embravecida. Yo penetré,
-empujado por la multitud, en aquellos dominios
-del Orco. Era como una marea cenagosa que iba
-subiendo e inundándolo todo.</p>
-
-<p>El general Pastors se presentó delante de la
-desbordada muchedumbre intentando aplacarla;
-quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta
-apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados
-del regimiento de Saboya se unieron con
-los sublevados y les entregaron sus fusiles.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que vengar a nuestros compañeros,
-amigos y parientes asesinados por los carlistas.
-¡A muerte los presos!</p>
-
-<p>Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se
-vió a esta multitud de frenéticos y de sicarios
-entrar en los cuarteles y en los calabozos. Arrebataron
-al alcaide las llaves, forzaron a balazos las
-puertas que no podían abrir, sacaron a los presos<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>
-y los fueron matando a tiros, a sablazos y a cuchilladas.</p>
-
-<p>La salvaje marea subía furiosa, golpeando a
-derecha e izquierda y dejando por todas partes
-huellas de sangre.</p>
-
-<p>Muchos de los presos se arrodillaban implorando
-la misericordia de los amotinados: no
-les valía. Uno que había sido sacado a empellones
-de su encierro y vió aquella horrible carnicería,
-alzó en sus brazos a un niño de pecho,
-gritando:</p>
-
-<p>&mdash;Tened piedad de mi hijo.</p>
-
-<p>&mdash;Dámelo&mdash;gritó un hombre del pueblo; y
-mientras éste lo cogía en sus brazos, otro atravesaba
-el corazón del padre de una puñalada.</p>
-
-<p>Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a
-los amotinados por un corredor, gritó con desesperación:</p>
-
-<p>&mdash;Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.</p>
-
-<p>Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo;
-pero los asaltantes la abrieron a tiros y a culatazos.</p>
-
-<p>O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados
-le dispararon varios tiros y cayó al suelo. Vivo
-aún, lo cogieron y por una ventana lo echaron al
-foso. Como una manada de lobos feroces, la turba
-se arrojó sobre aquel cadáver, le ataron una cuer<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>da
-a los pies y lo llevaron arrastrando por el suelo
-hacia el centro de la ciudad.</p>
-
-<p>Gran parte de la gente que andaba por los fosos
-salió aullando, corriendo, detrás de aquel despojo
-sangriento. La marea de sangre comenzaba a
-bajar.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="FURINALIA" class="nobreak">XXIII.<br />
-FURINALIA</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">De</span> pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos
-a mi marido.</p>
-
-<p>La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes
-de pólvora en el que se habían refugiado
-Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, ávidos
-de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones
-de la Ciudadela. Al final de un corredor del
-almacén de pólvora en donde estaban Vidal y
-Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros
-dos oficiales y gritó, con su acento catalán duro y
-violento, que antes que forzar la puerta hollarían
-su cadáver, pues de entrar allí con las antorchas
-podrían producir una explosión que sepultaría a
-todos bajo las ruinas de la Ciudadela y de gran
-parte de la ciudad.</p>
-
-<p>La energía de las palabras del general probó,
-sin duda, a los sublevados que eran verídicas. Iban<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-a volver atrás cuando uno de ellos, señalando a
-Moro y a Vidal, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Estos son presos carlistas.</p>
-
-<p>Elena gritó con voz aguda:</p>
-
-<p>&mdash;No; han entrado en la Ciudadela conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;afirmé yo&mdash;; y acababa de decir
-esto cuando aparecieron en el corredor la
-Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas,
-las tres pálidas, con los ojos ardientes, una
-de ellas armada con una hoz, y seguidas del Caragolet,
-con un sable en la mano.</p>
-
-<p>Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de
-la noche y de las profundidades del Averno.</p>
-
-<p>Las tres furias gritaron con energía que no era
-cierto, que eran prisioneros carlistas. Pastors y los
-oficiales nada dijeron a favor de los presos, e inmediatamente
-los amotinados los sacaron al foso.</p>
-
-<p>&mdash;¡La <i>jettatura</i>! ¡La <i>jettatura</i>!&mdash;repitió varias
-veces Moro-Rinaldi, pálido de terror.</p>
-
-<p>El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible
-sablazo en la cabeza tumbó al italiano en el suelo;
-las tres furias de la casa del Negre se echaron sobre
-Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron,
-reabsorbidas en el caos de aquella
-noche horrible.</p>
-
-<p>Elena dió un grito como si le hubieran herido
-a ella, y cayó al suelo. Yo la levanté como pude.
-Ella temblaba convulsivamente. No había nada<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>
-que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir
-de la Ciudadela.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si pudiera usted recoger su cadáver!&mdash;me
-dijo.</p>
-
-<p>No la contesté; llevaba yo una tea en la mano,
-que no sé de dónde la cogí, y a su luz veíamos en
-el suelo charcos de sangre, cadáveres y restos humanos.
-La lluvia había dejado el suelo lleno de
-barro. Fuera aprensión o realidad, me pareció
-que había un vaho espeso en la atmósfera y que
-el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de
-mujeres y de moribundos.</p>
-
-<p>Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte.
-Elena muchas veces se detenía y se echaba
-a llorar; yo la agarraba por la cintura y la llevaba
-casi arrastrando. Me temblaban las piernas y
-todo el cuerpo; debía tener fiebre. Llegamos a la
-fonda, subimos las escaleras, dejé a Elena en su
-cuarto y salí a la calle.</p>
-
-<p>Me encontraba en un estado de exaltación tan
-grande, que iba hablando solo; comprendía que
-no podría dormir aquella noche, e instintivamente
-eché a andar.</p>
-
-<p>Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente
-que gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!</p>
-
-<p>Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba
-por la Rambla a obscuras, cuando vi un<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>
-grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor de
-una hoguera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay, qué pasa?</p>
-
-<p>Había en el suelo un bulto informe y sangriento:
-era la cabeza y los restos de O'Donnell, que
-habían echado a las llamas.</p>
-
-<p>Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La
-matanza había cesado, los amotinados habían
-hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con
-la paja de los jergones y con todas las tablas que
-habían encontrado y estaban quemando los muertos.
-Una terrible humareda salía de aquella fúnebre
-pira.</p>
-
-<p>En esto, a la luz de una antorcha, encontré
-a Jaime Vidal, que andaba buscando el cadáver de
-su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret
-habían matado a su hermano; yo le conté lo
-ocurrido.</p>
-
-<p>Salimos a la plaza de Palacio y después a la
-Rambla. Seguía habiendo grupos; oímos contar
-que en las Atarazanas la tropa y la Milicia se negaron
-a hacer fuego contra los amotinados, y
-que penetró en la fortaleza una comisión que,
-provista de linternas, registró los calabozos, sacando
-a los presos carlistas de los escondrijos
-donde se habían refugiado. Uno de ellos se había
-metido en el tubo de una chimenea, y los sublevados
-lo hicieron salir disparando sus pistolas<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de
-la fortaleza e inmediatamente degollados por la
-turba feroz.</p>
-
-<p>En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron,
-la misma escena, y en el Hospital Militar
-ocurrió otra más horrible aún, pues tres infelices
-heridos que se encontraban allí fueron arrancados
-de sus camas y fusilados en la calle.</p>
-
-<p>En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando
-la matanza; yo estaba asombrado de tanta
-ferocidad. Así debían ser las matanzas de los almogávares
-en los pueblos de Oriente.</p>
-
-<p>Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento,
-vi a un cura que iba a dar el viático rodeado
-por cuatro hombres, con cirios, y me pareció
-que todas las campanas de la ciudad tocaban a
-vuelo.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="SIGUIENTE" class="nobreak">XXIV.<br />
-AL DÍA SIGUIENTE</h2></div>
-
-
-<p>A las altas horas de la noche llegué a casa y me
-metí en la cama. Apenas pude conciliar el
-sueño, y me desperté a cada paso soñando con
-que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo
-esta impresión con otras impresiones lejanas.
-Por la mañana me levanté y no quise salir de casa.
-Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del
-día 5 algunos nacionales, reunidos en la plaza del
-Teatro, empezaron a difundir la alarma disparando
-tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer,
-ésta era la señal de un movimiento sedicioso.
-Los directores debían ser de los que se reunían
-en el primer piso de mi casa, porque durante la
-tarde no apareció ninguno de ellos.</p>
-
-<p>Los grupos comenzaron a vitorear a la Consti<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>tución
-e hicieron que se reunieran con ellos los
-batallones de la milicia.</p>
-
-<p>A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron
-otros, y al anochecer, el más numeroso, sostenido
-por las fuerzas de la milicia, se presentó en
-la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde
-se leía escrito con letras grandes: «Viva la Constitución
-de 1812».</p>
-
-<p>El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja,
-iluminado por dos grandes antorchas y custodiado
-por dos centinelas.</p>
-
-<p>Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron
-a recorrer las calles; la gente los vitoreaba
-al paso.</p>
-
-<p>Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo
-de la calle del Paraíso, y se temió que fueran a
-continuar los horrores del día anterior.</p>
-
-<p>Debió de haber después gran confusión entre
-los batallones de la Milicia nacional; unos, según
-se dijo, eran partidarios de secundar el movimiento,
-y otros no querían que la Constitución
-saliera de un motín tan sangriento y tan turbio
-como el del día anterior.</p>
-
-<p>El segundo general, don Antonio María Alvarez,
-publicó dos bandos muy enérgicos, arengó a
-las tropas, y por lo que se contó, uno de los batallones
-de la Milicia, el que llamaban de La Blusa,
-se resistió a retirarse. El médico don Pedro Mata,<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>
-que era capitán de este último, consiguió convencer
-a su gente y el movimiento fué sofocado.</p>
-
-<p>El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta,
-el conspirador madrileño, acababa de ser preso y
-trasladado a un barco inglés que estaba surto en
-el puerto.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="EPILOGO" class="nobreak">XXV.<br />
-EPÍLOGO</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Unos</span> días después fuí a ver a Elena y a María
-Rosa; las dos estaban inconsolables. Elena
-había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me
-dijo que hablara a su padre para reconciliarse con
-él. Arnau fué a la fonda de las Cuatro Naciones y
-acogió a su hija con afecto. Se dispuso que Arnau,
-Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.</p>
-
-<p>Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando;
-yo no sabía qué decirla.</p>
-
-<p>Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana,
-en el puerto. Yo llegué demasiado temprano
-y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa
-mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba
-trabajando como en días anteriores; iba y venía
-tranquilamente, con su manojo de estopa en la
-cintura, y el chico daba vueltas al carretel.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p>
-
-<p>De la tragedia pasada no quedaba ni rastro.
-Volví hacia el puerto. Todavía era temprano. En
-los Encantes vi que se vendían botones, galones
-y armas que procedían, seguramente, del asalto de
-la Ciudadela. Dos hombres, sin duda dos de los
-asaltadores, mientras comían unas naranjas contaban
-sus hazañas de la noche de la matanza.</p>
-
-<p>Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos
-y llegamos a Tarragona. Yo recibí por aquel tiempo
-carta de Málaga diciéndome que volviera, porque
-nuestros asuntos habían mejorado de tal manera
-que podíamos vivir allí cómodamente y sin
-apuros.</p>
-
-<p>No tuve más remedio que volver. Un domingo,
-a final de enero, fuí a despedirme de Arnau y
-de su familia a la torre próxima al Hostal de la
-Cadena.</p>
-
-<p>Hacía un día magnífico, un día ya de primavera.
-En los huertos, los almendros y los avellanos
-se mostraban llenos de flor, y las naranjas brillaban,
-doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en
-el cenador del jardín de la torre de Arnau, Pepeta,
-María Rosa y yo. Sentíamos los tres que algo
-había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad
-inusitada.</p>
-
-<p>El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las
-olas llegaban plácidas, perezosas, a la angosta
-playa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera,
-cantaban con voz aguda:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">A las chicas de este pueblo</div>
-<div class="line">las tengo que regalar</div>
-<div class="line">unas tijeritas de oro</div>
-<div class="line">para aprender a bordar.</div>
-</div></div></div>
-
-
-<p>Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo
-el canto de las niñas y el rumor de las olas, hablando
-de tarde en tarde maquinalmente, hasta
-que me levanté, saludé con precipitación y me
-marché. Se hacía de noche y tocaban los tambores
-la retreta en los cuarteles...</p>
-
-<p>Al día siguiente era la marcha.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron
-escribirme.</p>
-
-<p>Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé
-de nuevo en Málaga, en donde comencé a trabajar
-en sociedad con mi hermano en el antiguo
-escritorio de mi padre. Pronto llegamos a consolidar
-nuestra casa comercial.</p>
-
-<p>Llevaba varios meses sin hacer caso de mi
-gran poema la <i>Batalla de Lepanto</i>, cuando un día
-lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y
-me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión.
-Me pareció frío, hueco, sin vida. Pensé si podría
-conservar algo de él, pero todo era igualmente
-malo y decidí quemarlo. Comprendí que aque<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>llo
-era lo mismo que romper con mi juventud;
-pero no vacilé y eché el manuscrito al fuego.</p>
-
-<p>Un año después de mi partida de Tarragona,
-Eulalia me escribió una carta dándome noticias.</p>
-
-<p>Un día que se hallaban en la torre de Arnau
-éste y Secret sonaron dos tiros, y Arnau cayó
-herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde
-habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió
-un tiro, y cayó muerto. El matador era Jaime, el
-hermano de Pedro Vidal. Por lo que se supo después,
-Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral
-y se acercó al confesonario del canónigo
-Roquebruna.</p>
-
-<p>&mdash;Don Guillermo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay, hijo mío?</p>
-
-<p>&mdash;Acabo de matar a un hombre y de dejar a
-otro malherido.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del
-confesonario y cuenta lo que has hecho.</p>
-
-<p>El canónigo entró en el confesonario; Jaime se
-arrodilló y contó lo que había pasado. Cuando
-hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sígueme muy de lejos y sin que te vea
-nadie.</p>
-
-<p>Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras,
-uno tras otro; entraron en el Palacio del Arzobispo,
-y se acercaron a una torre que tenía una lápida
-sepulcral, con un auriga esculpido y una ins<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>cripción
-en latín en la que se decía que el finado
-hubiera preferido mejor morir en el circo que
-de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que
-daba a la terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo
-dijo a Jaime:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí estarás escondido una semana; luego
-pasarás al campo carlista.</p>
-
-<p>Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio
-Arzobispal, y después se marchó con las tropas
-de Tristany, en las que ingresó como alférez.</p>
-
-<p>De mis amigos de Tarragona supe que Arnau,
-de viejo, había comenzado a ir a la iglesia; que
-María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con
-Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre
-próxima al Hostal de la Cadena.</p>
-
-<p>Al acabar la guerra civil me volvió a escribir
-Eulalia: me decía que había visto a Elena en Tarragona,
-que tenía una niña y que estaba guapísima.</p>
-
-<p>Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente,
-y me aconsejaba que tuviera un arranque,
-fuese a Tarragona y me casara con ella. Se
-me ocurrió consultar el caso con mi hermana y
-contarle la historia de Elena; mi hermana me disuadió;
-me convenció de que una mujer así, tan
-decidida, no me convenía. Después me arrepentí
-de seguir su consejo.</p>
-
-<p class="i2 p2">Itzea, junio, 1921.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p>
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="TRAGEDIA" class="nobreak">LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA<br />
-<span class="medium">SEGÚN AVIRANETA</span></h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Había</span> leído el relato anterior a mi amigo don
-Eugenio, y éste me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Esa historia que copiaste del Diario de ese
-señor malagueño representa el lado público de la
-tragedia de Barcelona; ahora te contaré yo el lado
-privado; seguramente, menos novelesco y con menos
-ringorrangos. No soy nada partidario de la
-literatura en la Historia. A mí me gusta la relación
-de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin
-adornos.</p>
-
-<p>&mdash;A mí también. Lo malo es que no hay hechos
-claros, ciertos y escuetos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo que no?</p>
-
-<p>&mdash;Naturalmente que no. Si los hechos fueran
-tan claros en la Historia, usted no tendría motivo
-para quejarse de haber sido juzgado injustamente.</p>
-
-<p>&mdash;Es que a mí se me ha tratado con una injus<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>ticia
-deliberada. Entre los clericales y los farsantes
-de la masonería me han hecho el vacío. Yo he
-preferido no ser nada que no medrar apoyado
-por miserables imbéciles. Hoy, si empezara a vivir,
-haría lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien. Es que usted no tiene sentido social
-alguno, y, además, sucede que esos hechos que
-usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esa es tu opinión?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No es la mía.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no discutamos; siga usted con lo que
-iba a decir.</p>
-
-<p>&mdash;Habrás leído mi folleto <i>Mina y los proscritos</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No es la verdad completa, porque lo escribí
-en la emigración, en Argel, y me hallaba verdaderamente
-furioso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros,
-según usted?</p>
-
-<p>&mdash;En mi folleto se advierte irritación y rabia;
-pero los hechos hablan claros.</p>
-
-
-<h3 class="right">EN ZARAGOZA</h3>
-
-
-<p>El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza,
-escapado de la Cárcel de Corte, viviendo<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-pobremente en una casa de huéspedes de la calle
-de San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado <i>Lo
-que debería ser el Estatuto Real o derecho público
-de los españoles</i>, en la imprenta de Ramón León.</p>
-
-<p>El publicar este folleto me atrajo la hostilidad
-de los moderados y de gran parte del partido
-liberal, que trabajaba con todo su poder para
-ahogar la revolución, que muchos considerábamos
-necesaria y que dirigíamos los de la Sociedad
-Isabelina.</p>
-
-<p>Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el
-más claro; consistía en restaurar la Constitución,
-más o menos modificada, instalar un Gobierno
-liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto
-por medios políticos como por la fuerza militar.</p>
-
-<p>Reunir el patriotismo en un centro común, decía
-yo en mi folleto; hacer al carlismo una guerra
-de exterminio y trabajar incesantemente hasta
-conseguir una verdadera representación nacional,
-he ahí los constantes desvelos de los isabelinos.</p>
-
-<p>Mis planes&mdash;seguía diciendo después&mdash;nunca
-se dirigieron al establecimiento de una república
-en España. Republicano por principios, estoy plenamente
-convencido de que los españoles, desgraciadamente,
-no nos hallamos en estado de
-abrazar el sistema de gobierno más barato y perfecto
-que se conoce desde el origen de las sociedades.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo
-más vulgar!</p>
-
-<p>&mdash;Hay que tener principios, y el utilitarismo ha
-sido el principio capital de nuestra época. Sigo
-adelante.</p>
-
-<p>Las ambiciones personales destrozaron nuestro
-partido. Nosotros no creíamos que fueran indispensables
-estas o las otras personas para la marcha
-de las instituciones liberales. Entre nuestros
-políticos no había grandes lumbreras, y pensábamos
-que todos o casi todos se podían reemplazar.
-Esto producía en la clase política, convertida
-en oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos
-que Argüelles, Toreno o Mendizábal eran insustituíbles?
-Pues éramos anarquistas, perturbadores,
-dignos del presidio.</p>
-
-<p>Como los oligarcas tenían el mando y el dinero,
-la traición en nuestras filas era frecuente. Muchos
-de los individuos de las juntas isabelinas se
-pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron
-sus servicios al conde de Toreno.</p>
-
-<p>Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza
-publicó un bando contra los forasteros que
-habitaban la ciudad; y aunque indirectamente y sin
-nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles,
-que los isabelinos todos comprendieron que se
-trataba de expulsarme.</p>
-
-<p>En dicho bando se mandaba que los forasteros<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-que no tuviesen pasaporte, o que teniéndolo no
-fuera legítimo, se presentasen en el Gobierno civil
-o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté
-ni salí de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos
-se ofrecieron a sostenerme y a defenderme en el
-caso de que se me quisiera expulsar de allí.</p>
-
-
-<h3 class="right">«EL CONSABIDO»</h3>
-
-<p>Al comienzo del mes de septiembre, el ministro
-de la Gobernación, don Ramón Gil de la Cuadra,
-me escribió una carta pidiéndome que dirigiese
-una circular a los socios de la Isabelina, a
-fin de que cooperasen con todos sus esfuerzos a
-favor de Mendizábal, el hombre de los milagros.
-Lo hice así, y con la mejor intención movilicé
-a mis amigos políticos de Madrid y de provincias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Era usted todavía hombre influyente?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo creo. Estaba en auge.</p>
-
-<p>A consecuencia de las comunicaciones que se
-cambiaron entre el ministro y yo se estableció
-una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de
-la Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha
-que debía de seguir el nuevo ministerio, y yo
-le contesté dándole las soluciones que a mí se
-me figuraban las más oportunas en aquel momen<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>to.
-Gil de la Cuadra contestaba a mis cartas firmando:
-<i>El Consabido</i>.</p>
-
-<p>Después de un mes o mes y medio de correspondencia,
-Gil de la Cuadra me preguntó en una
-carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo
-le expliqué en qué situación me encontraba, y, al
-poco tiempo, él me escribió diciéndome que, a
-su parecer, lo que más me convenía era que el
-Gobierno me diese una comisión activa que me
-produjera un modo decente de vivir de mi trabajo,
-y que más adelante, por medio de la influencia
-de Mendizábal, me colocaran en un destino
-fijo en el ejército.</p>
-
-<p>Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado
-enviarme en comisión, y me contestó que a
-Barcelona.</p>
-
-<p>Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar;
-según ellos, en Barcelona me esperaba el
-fracaso; la ciudad condal tenía en política cierta
-autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer,
-probablemente, allí cosa de provecho.</p>
-
-<p>Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil
-de la Cuadra, y éste me replicó enfadado diciéndome
-que hacía mal en no ir a Barcelona, y que
-allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor
-provecho.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">MENDIZÁBAL</h3>
-
-<p>A mediados de octubre escribí a mi amigo don
-Tomás de Alfaro, hermano político de Mendizábal,
-rogándole hablase a éste para que me remitiera
-un salvoconducto con el cual pudiese regresar
-a Madrid.</p>
-
-<p>A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté
-en la corte el mismo día de la apertura de
-los Estamentos.</p>
-
-<p>Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez
-de la Rosa trabajaban para que otra vez se
-me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando
-la existencia de un mandamiento de prisión dado
-contra mí, a causa de mi fuga del mes de agosto;
-pero Mendizábal se opuso y me libertó de
-un nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez
-Mendizábal a la calle de Atocha, 65, donde vivía,
-y a la Presidencia.</p>
-
-<p>En las varias ocasiones que tuve de hablar
-con el presidente del Consejo, éste me recibió
-con gran atención, me auxilió en mi desgracia y
-me quiso emplear de una manera honrosa y decente.</p>
-
-<p>Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas
-seguramente cómo era: muy alto, con un<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo encontraba
-aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya
-que comenzaba a blanquear, y la levita, inglesa,
-de corte irreprochable.</p>
-
-<p>&mdash;Una pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Venga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba
-Alvarez y Méndez, cambió de apellido y se
-llamó Mendizábal?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que el motivo principal fué borrar el
-aire judaico que tenían, por entonces, entre los gaditanos,
-sus apellidos, sobre todo el de Méndez.
-Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba
-de judía. Los Alvarez eran desconocidos;
-todo el mundo tenía la tendencia de llamar a Mendizábal,
-Méndez, y suponer que era judío, aunque
-Mendizábal estaba bautizado, y sus padres también.
-Alvarez Méndez, Méndez Alvarez... Esto último sonaba
-a Mendizábal, apellido vasco, por lo
-tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan
-lo adoptó.</p>
-
-<p>&mdash;Es una versión lógica.</p>
-
-<p>&mdash;Mendizábal&mdash;siguió diciendo Aviraneta&mdash;hablaba
-de una manera muy premiosa, que a veces
-sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando
-la revolución del año 20, pero él ya no se acordaba
-de mí.</p>
-
-<p>Me preguntó qué quería; le expliqué que mi<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-causa del 24 de julio estaba todavía abierta, y que
-a consecuencia de ella no podía ser reintegrado en
-mi destino de Comisario de Guerra. Me habían
-aconsejado que presentase en el ministerio una solicitud
-pidiendo que aquella causa fuese comprendida
-en el Real decreto de 25 de noviembre,
-y que, en su consecuencia, se sobreseyese.</p>
-
-<p>A Mendizábal le pareció bien que siguiera este
-procedimiento, y me aseguró que sobreseería la
-causa.</p>
-
-<p>Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él
-para que me ocupase en lo que me creyera más
-útil a la patria, y el ministro me manifestó el estado
-crítico de Cataluña, las intrigas que allí se
-desarrollaban, atizadas por los carlistas y por los
-extranjeros, y lo conveniente que sería el que yo
-pasara al lado del general Mina para desentrañar
-aquellas maquinaciones y auxiliar al general.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted en buenas relaciones con Mina?&mdash;me
-preguntó Mendizábal.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo
-de queja contra él, y creo que a él le debe pasar
-lo mismo con relación a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Mina hace un gran papel en Cataluña&mdash;añadió
-don Juan&mdash;; es muy querido por los liberales
-del país, pero no tiene flexibilidad alguna; cree
-que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación,
-y en esto se engaña. Sería por eso conve<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>niente
-que un hombre diplomático y de espíritu
-flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, nada, iré a Barcelona.</p>
-
-<p>&mdash;Bien. Yo le daré a usted una carta.</p>
-
-<p>La carta que me dió Mendizábal decía así:</p>
-
-
-
-
-<p class="p2 i2">«Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.</p>
-
-<p class="i2">»Madrid, 30 noviembre de 1835.</p>
-
-<p class="i2">»Mi querido general: Por los beneficios que deben
-resultar a la justa causa y por el concepto
-que me merece el dador de ésta, el señor de Aviraneta,
-suplico a usted le considere como persona
-de confianza; de la buena inteligencia y acuerdo
-de ustedes no dudo resultarán motivos de satisfacción
-para todos, y en esta creencia preveo
-igualmente que accederá usted a mis deseos.</p>
-
-<p class="i2">»Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa
-su mano,</p>
-
-
-
-<p class="p2 right">»<i>J. A. y Mendizábal</i>».</p>
-
-
-<p class="p2">Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil
-de la Cuadra. Ni en el ministerio ni en su casa
-pude encontrarle.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA</h3>
-
-<p>Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de
-Valmaseda; había viajado por América, Filipinas
-y la India inglesa; era aficionado a las matemáticas
-y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia
-y era muy enemigo de la gente joven y activa.</p>
-
-<p>Durante los años de la emigración, en Londres,
-después de 1823, se hizo tan íntimo de Mina, que
-se le consideraba como su mentor. Le escribía los
-planes de las conspiraciones y los proyectos futuros
-de los futuros gobiernos liberales.</p>
-
-<p>Se tenía de él un gran concepto, y formaba con
-Argüelles, Calatrava, Ferrer, Gamboa, etc., un grupo
-de doceañistas, al que algunos llamaban el de
-los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales.
-Don Ramón era serio y reservado, tenía mucho
-prestigio, y excepto Alcalá Galiano, que le odiaba,
-los demás le consideraban como un gran hombre.</p>
-
-<p>La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra
-renovó mis sospechas de Zaragoza, que se aumentaron
-aún con los datos que me dieron algunos
-amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba
-mal de mí; que me pintaba como un intrigante y
-como un alborotador, y que decía que sería conveniente
-que me expulsaran de España.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">LOS DOCTRINARIOS</h3>
-
-<p>&mdash;Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo
-particular?&mdash;le pregunté yo a don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;No, que yo sepa; todos estos políticos viejos
-eran doctrinarios, gentes de principios cerrados,
-ordenancistas; ellos, como los médicos de Molière,
-preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir
-los preceptos de Hipócrates. Comprendían,
-claro es, que en tiempo de revoluciones y de revueltas
-no se puede marchar siguiendo la ley al
-pie de la letra; pero en vez de confesarlo así y
-obrar en consecuencia, tomando el mejor camino
-por intuición, buscaban sutilezas y argucias para
-dar a la arbitrariedad una apariencia legal.</p>
-
-<p>Por otra parte, estos viejos mandarines eran
-masones de los que creían en la parte mística de
-la secta, o por lo menos la respetaban, y me consideraban
-a mí como un hereje porque yo siempre
-había mirado las cuestiones simbólicas de
-la masonería como verdaderas mamarrachadas indignas
-de ser tomadas en serio. Además, estos
-doctrinarios creían que sin intervenir ellos no se
-podía hacer nada, y tenían una suficiencia y una
-vanidad completamente morbosa. Todos los que
-no estaban con ellos, los que no les adulaban y no<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-les jaleaban eran sus enemigos. En su grupo, los
-diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23,
-semidioses; el que completaba el prestigio habiendo
-estado en la emigración en Londres podía
-considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno
-de estos requisitos no valía nada; yo no tenía
-ninguno de ellos, razón por la cual no se me
-consideraba persona grata. Por otra parte, mis
-opiniones políticas audaces habían irritado de tal
-manera a Gil de la Cuadra, a Calatrava y a sus
-amigos, que desde entonces me tomaron un odio
-terrible y no me perdonaron.</p>
-
-
-<h3 class="right">DESCONFIANZA</h3>
-
-<p>Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal
-si es que el Gobierno quería desprenderse
-de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era capaz
-de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba
-que no fuera a Barcelona. Ante esta afirmación
-me decidí; no tenía otro remedio.</p>
-
-<p>La víspera de mi salida de la corte encontré,
-cerca de la Casa de Correos, a Gil de la Cuadra, a
-quien manifesté claramente mi desconfianza. Don
-Ramón, después de excusarse de no haberme recibido,
-por haber estado muy enfermo y muy
-atareado, me indicó que en aquel momento aca<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>baba
-de echar una carta para el general Mina, avisándole
-que yo llegaría al final de mes, comunicándole
-la comisión que llevaba a Barcelona y
-recomendándome eficazmente.</p>
-
-<p>El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia;
-esperé allí quince días la llegada del <i>Balear</i>,
-un vapor con la tripulación catalana, y el 24 del
-mismo mes me embarqué para Barcelona.</p>
-
-<h3 class="right">EN VALENCIA</h3>
-
-<p>En los quince días que estuve en Valencia me
-dediqué a leer periódicos y a enterarme de los
-asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre
-ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca
-de la asonada, seguida del incendio de los conventos,
-de la ciudad condal. Estas lecturas me hicieron
-pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de
-una gran conmoción popular como en tiempo del
-Corpus de sangre. Me figuraba la ciudad catalana
-un Nápoles de la época de Masanielo.</p>
-
-<p>Como tenía una idea muy vaga de la acción de
-este personaje, pedí algún libro acerca de él en la
-librería de Cabrerizo, y me dieron uno de un autor
-francés, Defaucompret, titulado <i>Masanielo u ocho
-días en Nápoles</i>, que era una novela. Busqué<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-otros libros sobre el héroe napolitano, pero no encontré
-mas que éste.</p>
-
-<p>Supuse, más o menos por inducción, que un
-pueblo como Barcelona, en aquellas circunstancias,
-estaba abocado a tener un jefe revolucionario
-y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever
-la carencia de hombres de inteligencia y de
-arranque que había en esta época en la capital del
-principado.</p>
-
-
-<h3 class="right">BARCELONA</h3>
-
-<p>&mdash;¿Existía de veras tanta inferioridad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores;
-todo lo que sobresalía no pasaba de la más
-absoluta mediocridad; los que querían erigirse en
-caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y
-sin abnegación.</p>
-
-<p>Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona;
-me esperaban en el muelle dos individuos de la
-Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo asistente,
-el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa
-de la calle de la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla
-de Montserrat, donde quedé hospedado.</p>
-
-<p>Al día siguiente me presenté en la Capitanía
-General a saludar a doña Juanita, la señora de
-Mina. Después de ofrecerle mis respetos le pre<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>gunté
-si no había recibido su esposo una comunicación
-de Gil de la Cuadra anunciándole mi llegada.
-Doña Juanita me dijo que no lo sabía; su
-marido había salido para la campaña y no le había
-dicho nada. Esto me dió muy mala espina.</p>
-
-<p>Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué
-a observar la política barcelonesa. Esta
-política era reflejo de la española, aunque más enconada
-y personalista.</p>
-
-
-<h3 class="right">POLÍTICOS BARCELONESES</h3>
-
-<p>Había por entonces en Barcelona muchos partidarios
-de Don Carlos, muchos reaccionarios y
-absolutistas de buena fe.</p>
-
-<p>Entre los liberales la confusión era grande, y
-los diversos grupos se miraban, en su mayoría,
-con hostilidad. Primeramente había un grupo de
-moderados, partidarios del justo medio, ricos,
-que formaban una plutocracia conservadora que
-buscaba la manera de desarrollar grandes negocios.
-Parte de estos plutócratas eran masones,
-amigos del banquero Remisa, y estaban en muy
-buenas relaciones con el general Llauder, en quien
-tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo
-miraba a Llauder como un traidor y le había dado
-el sobrenombre de «Meteoro».</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p>
-
-<p>Después venían los exaltados, entre los cuales
-los había de varias clases; unos eran localistas y
-no querían ocuparse mas que de lo que ocurría en
-Cataluña; otros, nacionales.</p>
-
-<p>Los localistas rechazaban la colaboración de los
-liberales de Madrid y del resto de España, y llevaban
-una política suya exclusivamente catalana.</p>
-
-<p>Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado
-una confederación liberal que abarcaba las
-cuatro provincias y que tenía un carácter marcadamente
-regionalista.</p>
-
-<p>El gran defecto de esta confederación era el
-ser neutra y poco activa y el no llegar a tener
-fuerza mas que en algunos pueblos de la región
-próximos a Barcelona.</p>
-
-<p>Entre los liberales nacionales había algunos de
-tendencias moderadas, y otros más progresistas;
-estos últimos se podían clasificar en dos grupos:
-los isabelinos, que defendían la idea liberal sin
-considerarla adscrita a un hombre, y los partidarios
-acérrimos de Mendizábal, que no querían ver
-nada posible en política sin su jefe.</p>
-
-<p>Había también algunos republicanos y restos de
-la Sociedad Carbonaria, sociedad que había fundado
-en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en 1822,
-venido de Nápoles.</p>
-
-<p>De estos carbonarios, la mayoría eran militares
-italianos y polacos, y en ellos se daba la tendencia
-<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-de convertir los asuntos nacionales y locales en
-cuestiones de índole internacional.</p>
-
-<p>A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié
-con las personas importantes del partido liberal.
-Con quienes me vi con más frecuencia fué
-con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos
-otros.</p>
-
-<p>Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía
-entonces las veces de director en el periódico <i>El
-Vapor Catalán</i>. Madoz tenía relaciones con Mina,
-el cual le había empleado y dado varias comisiones
-lucrativas; era masón, y en esta época se sentía
-completamente catalán, y con Gironella, Llinás
-y otros había formado la confederación liberal de
-que te he hablado.</p>
-
-<p>Gironella, el comandante de la Guardia nacional,
-era hombre rico, un tanto fatuo y adorador de
-cuanto diera popularidad. Tenía una casa importante
-y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella
-era enemigo de Bertrán Soler, y me manifestó que
-con Bertrán él no colaboraba. Le pregunté si había
-alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas
-que rencillas de pueblo.</p>
-
-<p>Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y
-abogado, había publicado varios folletos y libros;
-ponía cuando firmaba debajo de su nombre, como
-un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante,
-aunque sincero y buena persona. Una de
-<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-sus obras se titulaba <i>España, libre por esencia,
-oprimida por los tiranos</i>.</p>
-
-<h3 class="right">XAUDARÓ</h3>
-
-<p>Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre
-joven, elegante, de bigote pequeño y sotabarba;
-formaba parte de un club que se titulaba «Unitario»,
-que al parecer quería reunir a los liberales de
-todos los matices; pero en este club mandaban los
-moderados, los masones y principalmente los plutócratas
-barceloneses. Xaudaró era hombre de
-dos caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero
-de todas partes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;interrumpí yo&mdash;; yo he visto el retrato
-de Xaudaró en una estampa titulada: «Víctimas
-de la causa popular», al lado de Bravo, Maldonado,
-Padilla, Porlier, etc.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! así se escribe la Historia.&mdash;replicó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Ya estamos otra vez en el problema de los
-hechos.</p>
-
-<p>&mdash;Xaudaró&mdash;dijo Aviraneta, que no quiso contestar
-a mi alusión&mdash;había sido confidente de
-Llauder, y antes, en tiempo del conde de España,
-del subdelegado de policía de aquella época, don
-José Víctor de Oñate. En la causa que se siguió a<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-los masones en Barcelona, un tal Lucas Martínez
-denunció a Xaudaró como confidente de la policía.
-Decididos los isabelinos, según me dijo Bertrán
-Soler, a averiguar lo que podía haber de cierto en
-esto, supieron que el dueño de una casa de baños
-de Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor
-Mazlat, tenía listas, papeles y documentos de Xaudaró
-por los cuales se podía colegir que éste había
-sido un agente provocador que incitaba a los liberales
-a entrar en España en la época absolutista
-y los denunciaba después a la policía.</p>
-
-<p>Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos
-papeles. El francés de Bourg-Madame no tuvo inconveniente
-en mostrárselos, pero no se los quiso
-entregar.</p>
-
-<p>La redacción del <i>Vapor Catalán</i> tenía en Xaudaró
-un gran agente de negocios; éste hacía campañas
-para sacar dinero, aspiraba a ser un dictador
-de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la
-plutocracia y en la gente maleante.</p>
-
-<p>Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez
-de dinero.</p>
-
-<p>Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz,
-hombre perseverante, violento y al mismo tiempo
-muy zorro, que tenía grandes ambiciones.</p>
-
-<p>El escribano Francisco Raull, con quien hablé un
-par de veces, había publicado la historia de la conmoción
-de Barcelona en la noche del 25 al 26 de
-<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante
-que escribía dando más importancia a la palabrería
-que a los hechos.</p>
-
-
-<h3 class="right">LOS JÓVENES</h3>
-
-<p>Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y
-de ideas muy avanzadas. Los que más se destacaban
-eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía
-mucha fama y era capitán del batallón de La
-Blusa; Laureano Figuerola, que era de este mismo
-batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de
-Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta
-de la escenografía del triángulo y de la escuadra,
-tipo pequeño, barbudo y un poco ridículo, que
-luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio
-Sué, <i>María o la hija de un jornalero</i>, y Abdón
-Terradas, autor también de una novela bastante
-mediocre titulada <i>La explanada</i>, con escenas
-barcelonesas de la época del mando del conde de
-España. Este Terradas fué uno de los precursores
-del republicanismo y del regionalismo catalán.</p>
-
-<p>Casi todos los jóvenes liberales barceloneses
-eran entonces medio republicanos, medio carbonarios;
-muchos de ellos habían colaborado en el
-<i>Propagador de la libertad</i>, en donde se insertaban
-artículos obscuros del iluminado Adolfo Boheman;<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-otros habían publicado algo en <i>El Regenerador</i>,
-de Bertrán Soler, semanario enciclopédico, constitucional
-y españolista.</p>
-
-<p>Carlistas y liberales, exaltados y moderados,
-isabelinos y mendizabalistas, regionalistas y patriotas
-se odiaban todos con idéntica furia, y el más
-violento rencor reinaba en la sociedad barcelonesa.</p>
-
-
-<h3 class="right">UN CONFIDENTE</h3>
-
-<p>Una de las cosas que me preocupaba y que comencé
-a trabajar con los isabelinos fué el modo
-de encontrar confidentes que nos pusieran al tanto
-de las maquinaciones de los carlistas y de los
-que les ayudaban en el extranjero.</p>
-
-<p>Bertrán Soler se dirigió a un redactor del <i>Vapor
-Catalán</i>, un pobre hombre que había estado empleado
-en la policía, y éste nos dirigió a un militar
-retirado, que vivía en una casa de huéspedes
-de la calle de la Boquería, llamado Ribot.</p>
-
-<p>&mdash;Si no le encuentran ustedes a él, que será lo
-más probable&mdash;nos dijo el periodista&mdash;, hablen
-ustedes a su patrona.</p>
-
-<p>Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la
-compañía de Bertrán Soler, porque éste era capaz
-de echar un discurso altisonante, demostrando<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-con sus grandes frases que era necesario trabajar
-por la patria y por la Libertad con desinterés y
-con abnegación.</p>
-
-<p>No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su
-patrona, como me había recomendado el redactor
-del <i>Vapor Catalán</i>.</p>
-
-<p>Era ésta una mujer de historia, una lagarta de
-muchas conchas, llamada doña Enriqueta. Nos entendimos
-fácilmente, porque al momento hablé
-yo de dinero.</p>
-
-<p>Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot
-era, efectivamente, individuo de una Junta carlista
-que celebraba sus reuniones casi a diario en
-Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado.
-Añadió que a ella no le comunicaba nada de
-cuanto ocurría en esa Junta; yo le indiqué que era
-enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos
-largo rato y quedamos de acuerdo en que
-ella sonsacaría al huésped y me daría informes de
-lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los
-datos que le iría comunicando yo de lo que se
-acordase en la Isabelina.</p>
-
-<p>Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado,
-y ella, cumpliendo su palabra, me envió
-informes a casa de mucha importancia.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">MIS PLANES</h3>
-
-<p>El día 28 de diciembre volví a presentarme a la
-señora del general Mina, doña Juanita Vega, a
-quien entregué una carta para su marido, que estaba
-en las proximidades de San Lorenzo de Morunys,
-anunciándole mi llegada y la misión que
-traía del Ministerio Mendizábal.</p>
-
-<p>El general Mina no se dignó contestar a mi carta.
-Luego supe que don Ramón Gil de la Cuadra
-me había indispuesto con él. Le había dado malos
-informes de mí, diciéndole entre otras cosas que
-yo afirmaba a todas horas, y era verdad, que los
-militares españoles no podrían acabar la guerra, y
-que ésta no se terminaría mas que por una acción
-política y diplomática.</p>
-
-<p>&mdash;Era, seguramente, una imprudencia de usted
-el afirmar esto&mdash;le dije yo a don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero
-a mí me parecía la verdad. Desde Barcelona dirigí
-dos comunicaciones al presidente del Consejo
-de Ministros anunciándole que había conseguido
-dar con el foco de la insurrección carlista catalana
-y de la intriga extranjera, y que tenía metida
-en su Junta una persona de confianza que me pondría
-al corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba
-despachar comisionados a Perpiñán, Marse<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>lla
-y Génova, para que, puestos en contacto con
-los cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen
-todos sus planes.</p>
-
-<p>Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más
-pronto posible, y le decía que esperaba el regreso
-del general Mina para formar, de acuerdo con él,
-un plan político que desorganizara las huestes carlistas
-de Cataluña.</p>
-
-<p>Bertrán Soler me dijo que hacía una semana,
-próximamente, había recibido un correo extraordinario
-de París avisando la salida de un coronel
-y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de
-sus correspondientes filiaciones y del objeto de su
-viaje, que era el fomentar un levantamiento carlista
-en Barcelona.</p>
-
-<p>Bertrán Soler puso el pliego en manos del general
-Mina, y, a consecuencia de este aviso, fueron
-presos en la fonda de las Cuatro Naciones el coronel,
-varios italianos y dos o tres catalanes que
-estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que
-cayeron bajo el puñal homicida en los fosos de
-la Ciudadela.</p>
-
-
-<h3 class="right">PABLO ORSINI</h3>
-
-<p>Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones
-de sus paisanos absolutistas era un
-antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por enton<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>ces
-pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido
-por encargo de su Sociedad a estudiar lo que
-pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado de
-todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que
-no hiciera gran caso de los delegados de las sociedades
-secretas de Barcelona, porque éstas no tenían
-realidad alguna.</p>
-
-<p>A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores
-Escoceses, de los Templarios Sublimes y
-de la Asociación de los Derechos del Hombre con
-proyectos irrealizables y ridículos.</p>
-
-<p>Según decían, se iba a intentar con su concurso
-una revolución republicana; se quemaría la efigie
-del Papa y vendría a ponerse a la cabeza del movimiento
-Juan Van Halen, desde Bélgica.</p>
-
-<p>Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento
-de la Constitución era ya muy poca cosa.</p>
-
-<p>La confusión en que se encontraba Barcelona,
-unida a la más absoluta mediocridad y a la mentalidad
-pequeña y provinciana, hacía que, a pesar
-del deseo de muchos, fuera imposible que de allí
-saliera algo claro y fuerte. Unos proyectos estorbaban
-a otros, e iban entrelazándose y confundiéndose
-los manejos de un complot local de venganza,
-con nuestras aspiraciones para la restauración
-de la Constitución y las vagas maniobras de
-los internacionalistas.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">POCA SUERTE</h3>
-
-<p>&mdash;¡Qué poca suerte, don Eugenio!&mdash;le interrumpí
-yo&mdash;. No haber podido nunca mandar en capitán.
-Siempre ha sido usted un piloto interino.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones
-para mandar!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hubiera usted sido de contar alguna
-vez con una ocasión propicia?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay
-que soñar.</p>
-
-<p>&mdash;Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es, hechos y sólo hechos.</p>
-
-
-<h3 class="right">EL PLAN SANGUINARIO</h3>
-
-<p>Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona
-se fraguaban, como te he dicho, al mismo tiempo
-varios complots.</p>
-
-<p>Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios
-y católicos que yo llevaba orden del Gran
-Oriente Masónico de matar a los prisioneros carlistas
-de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué?
-¿Qué podía ganar yo o los isabelinos con estas
-muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; pero
-a estas gentes, para las cuales mentir es un peca<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>do
-venial cuando se miente haciendo reservas
-mentales, el faltar a la verdad no les cuesta ningún
-trabajo.</p>
-
-<p>En esta época era yo una persona muy poco
-grata a la masonería. Todos los conspicuos de ella
-me miraban como un rebelde.</p>
-
-<p>La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona
-era algo que se veía venir desde hacía tiempo.
-Ya, meses antes, los generales Llauder y Bassa
-habían querido reconcentrar tropas en Barcelona
-para impedir las venganzas de los exaltados.</p>
-
-<p>Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo
-la política suya, dejó desguarnecida la
-ciudad, entregándola a los furiosos.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron
-en el abandono de Barcelona una posibilidad de
-apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con
-el general segundo cabo don Antonio María Alvarez
-y con don José Feliú de la Peña, teniente
-coronel y secretario de la Capitanía General.</p>
-
-
-<h3 class="right">ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA</h3>
-
-<p>Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto,
-atravesado, desprovisto de sentido moral.
-Tenía ese espíritu rencoroso tan frecuente en los<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span>
-americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los
-españoles reaccionarios porque le parecían, y era
-natural que le pareciesen, los más españoles entre
-los españoles. Para Alvarez todos los españoles
-eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café
-de la Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando
-contra la reacción y contra los carlistas. Alvarez
-se dejaba guiar por los elementos populares que
-querían la venganza a toda costa y hacer una San
-Bartolomé con los carlistas. Le secundaba en sus
-violencias el brigadier Ayerve, aragonés de Huesca,
-progresista, ordinario e inculto, que hablaba
-muy en bárbaro.</p>
-
-<p>Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel
-don José Feliú de la Peña, que era secretario de
-la Capitanía General. Feliú de la Peña tenía el carácter
-de esos hombres turbios que aparecen en
-períodos mixtos de absolutismo y de anarquía.
-Había sido fiscal en los tiempos de la comisión
-militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder
-para la secretaría de policía de Cataluña, y después
-había entrado en la Capitanía General. Feliú,
-el Tuerto, como le llamaban, era intrigante,
-atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con
-los suministros militares, como antes los había
-hecho explotando las casas de juego.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p>
-
-<h3 class="right">CONSEJOS DE MINA</h3>
-
-<p>Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario,
-del cual eran directores algunos plutócratas
-barceloneses. A su vez, Feliú de la Peña llevó a
-Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina.
-El general y el ex confidente hablaron largo rato.
-Mina desconfiaba de algunos elementos liberales
-de Barcelona, sobre todo de los isabelinos;
-creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia
-en proclamar la Constitución iba a ser perjudicial
-para la causa. Sabía que llegaba yo en calidad de
-consejero político enviado por Mendizábal, y esto,
-al parecer, le había ofendido profundamente.</p>
-
-<p>Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del
-Club Unitario no se fundiera para nada con los
-isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin
-duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de
-dividir para reinar. Xaudaró y los que le seguían
-aspiraban a una dictadura de Barcelona sobre las
-provincias catalanas libre del Poder central. Mina
-pretendía lo mismo, pretendía ser un dictador en
-Barcelona y que nadie se moviese sin que él diera
-su vistobueno.</p>
-
-<p>La recomendación de Mina influyó en los que
-formaban la junta constituída por Madoz, Llinás,
-Gironella y otros; y al querer entrar nosotros en<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-negociaciones con ellos dijeron que no consideraban
-prudente en aquellos momentos la proclamación
-de la Constitución de 1812.</p>
-
-<p>Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú
-de la Peña, a Xaudaró, a don Pedro Gil, capitalista
-muy amigo del general, y a don Pascual Madoz.
-Madoz, que ya se había comprometido con nosotros,
-se echó atrás y tomó una actitud completamente
-ambigua.</p>
-
-
-<h3 class="right">LA TORMENTA SE ACERCA</h3>
-
-<p>A la par que nuestros planes, la idea de la matanza,
-que se consideraba como una manifestación
-del poder absoluto de los exaltados, iba cundiendo
-en el pueblo, y se veía que no le faltaba para
-realizarse mas que una ocasión favorable. Al mismo
-tiempo había carlistas frenéticos deseosos de
-que la situación se hiciera más tirante que veían
-casi con gusto la perspectiva de una matanza de
-correligionarios en Barcelona, y mendizabalistas
-entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese
-algaradas populares, para que así Mendizábal, que
-había prometido la paz en seis meses, si no se turbaba
-el orden y todos le ayudaban, tuviera un
-pretexto para sincerarse y seguir en el Poder.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>
-Varias veces el general Pastors, gobernador de
-la Ciudadela, había enviado peticiones a Alvarez,
-que mandaba la capital en ausencia de Mina, para
-que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas
-presos señalados para ser víctimas de la venganza
-popular a otra ciudad o a un barco de guerra;
-pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña
-accedían.</p>
-
-<p>&mdash;Que se revienten&mdash;decía Alvarez, riendo&mdash;;
-que se hagan la pascua&mdash;y se alegraba de los temores
-de Pastors.</p>
-
-<p>Este, que era un pobre hombre bruto, pero de
-buen fondo, quería salvar, sobre todo, a su amigo
-O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban
-lo que pedía.</p>
-
-
-<h3 class="right">UN AVISO</h3>
-
-<p>El día 3 de enero, por la noche, se presentó en
-mi casa un hombre desconocido; me preguntó si
-estaba solo; le contesté que sí, e inmediatamente
-me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Vengo a advertirle a usted que mañana serán
-ejecutados los prisioneros carlistas de la Ciudadela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted
-esta noticia?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted
-saber que el hecho es cierto; mañana lo podrá
-comprobar.</p>
-
-<p>Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no
-conseguí nada; me repitió que me comunicaba la
-noticia para que tomara mis medidas, y se
-marchó.</p>
-
-<p>Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí,
-me puse las botas, tomé la capa y el sombrero
-y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo
-las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había
-desaparecido.</p>
-
-<p>Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme
-aquella noticia; pensé si sería mi confidente
-carlista o alguno del Club Unitario, pero no
-pude deducir nada.</p>
-
-
-<h3 class="right">EL DÍA 4 DE ENERO</h3>
-
-<p>Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido
-se había realizado. Por la tarde, al anochecer,
-la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba la
-matanza.</p>
-
-<p>A esta hora me presenté en la Capitanía General
-a ofrecer mis servicios a la esposa de Mina y
-al general Alvarez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted el trance en que nos
-vemos?&mdash;me preguntó doña Juanita.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-&mdash;Yo creo que esto tiene un origen muy turbio.
-No son los liberales los que lo dirigen.</p>
-
-<p>&mdash;Cree usted que no.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, ¿quién, entonces?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona
-para saberlo. La autoridad tiene también culpa
-en ello.</p>
-
-<p>&mdash;¡La autoridad!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es indudable que el general Pastors ha
-pedido repetidas veces que trasladasen a O'Donnell
-y a los prisioneros carlistas más significados
-a otra parte, y el general Alvarez no ha querido
-consentir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran
-personas de calidad? ¡Qué hubiera dicho la gente!</p>
-
-<p>Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del
-Palacio los tiros que sonaban en la Ciudadela.</p>
-
-<p>Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa.
-Me contó lo que había ocurrido y estaba ocurriendo
-en la junta que se celebraba en Palacio,
-con asistencia de los comandantes de la Guardia
-nacional. Estos, tomando la palabra, dijeron con
-claridad que ellos estaban identificados con los
-sentimientos del pueblo, y que creían justas las
-represalias contra los prisioneros de la Ciudadela
-por las matanzas hechas por los carlistas en Balaguer
-y en el Santuario del Hort.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p>
-
-<p>La señora de Mina rogó varias veces al general
-Alvarez que se consignase la opinión expresada
-por los comandantes de los batallones en el acta
-de la reunión. A las nueve de la noche, después
-de la matanza, se presentaron varios pelotones de
-nacionales en la puerta de la Ciudadela; llamaron,
-mandó abrir Pastors y entraron, batiendo marcha,
-hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le
-preguntó Pastors violentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?</p>
-
-<p>&mdash;Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o
-no ejecutados los malvados prisioneros carlistas
-que se hallaban aquí.</p>
-
-<p>Una hora después, el segundo batallón de nacionales,
-con su coronel a la cabeza, llegó también
-a la Ciudadela; y convencidos todos de que las ejecuciones
-se habían verificado, quedó la mitad
-en el puente de piedra y el resto entró en la plaza,
-cooperando con algunos lanceros y con la tropa
-a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió
-muy entrada la noche, cerca de las once.</p>
-
-<p>Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors
-a Palacio, completamente desolado, a participar
-a Alvarez lo ocurrido, y lo halló muy sonriente
-rodeado de las autoridades y jefes de los batallones
-de línea y de la Guardia nacional.</p>
-
-<p>Discutían todos el modo de contener los excesos,
-no terminados aún, puesto que según se dijo<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>
-las matanzas seguían en las Atarazanas, en la torre
-de Canaletas y en el Hospital.</p>
-
-<p>Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas,
-el brigadier Ayerve, puesto al servicio de
-los sublevados, fué llamando a los presos por sus
-nombres y entregándolos a las turbas para que los
-matasen.</p>
-
-<p>Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte
-la satisfacción que le habían producido las matanzas.</p>
-
-<p>Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez
-tuvieron una entrevista con las autoridades militares
-y civiles de Barcelona, y preguntaron a todos
-con energía si se hallaban o no resueltos a impedir
-la continuación de estos sangrientos desórdenes.
-Dijeron todos que sí, y los comandantes de
-la Guardia nacional aseguraron que se contendrían
-los excesos, e insistieron en que si se había dejado
-que fuesen fusilados los prisioneros facciosos era
-por ser esta la voluntad general.</p>
-
-
-<h3 class="right">LOS ISABELINOS</h3>
-
-<p>Después de las doce de la noche marché yo de
-la Capitanía general a mi casa, y tuvimos allí los
-isabelinos una reunión. Se discutió lo que había
-que hacer el día siguiente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p>
-
-<p>Había algunos que decían que debíamos habernos
-apoderado de la Ciudadela, cosa fácil durante
-el tumulto; otros creían que de aquel motín sangriento
-no debía salir la proclamación de la Constitución.
-Yo era partidario de esperar, de dejar un
-espacio de una semana o dos para que la proclamación
-de la Constitución no pareciese una segunda
-parte de la matanza. Hubo largas discusiones y,
-por último, quedamos de acuerdo en que al día siguiente
-se pronunciasen los batallones de la Milicia.</p>
-
-<p>El capitán del batallón de La Blusa don Pedro
-Mata nos dijo que había unanimidad entre los milicianos,
-y que todos querían que se proclamase
-la Constitución cuanto antes.</p>
-
-<p>Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta
-muy entrada la mañana; al día siguiente supe que
-grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la Milicia,
-aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron
-un gran letrero, custodiados por dos centinelas,
-en el pórtico de la Lonja.</p>
-
-
-<h3 class="right">EL DÍA 5</h3>
-
-<p>Para despistar, me presenté después de comer
-en Palacio, ante el general Alvarez, y le encontré
-rodeado de su Estado Mayor, lleno de zozobra
-y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>
-balcones del salón y creyéndome sin duda jefe del
-movimiento, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted
-porque me constan sus antecedentes; dígame francamente,
-¿hay alguna prevención en el pueblo
-contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque
-en ese caso voy a renunciar inmediatamente
-al mando.</p>
-
-<p>&mdash;No hay ninguna prevención contra usted&mdash;le
-respondí&mdash;; en mi concepto, los tiros se dirigen
-contra el general Mina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Contra Mina! ¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos
-quieren la Constitución, y Mina no la quiere.
-Es decir, la quiere, pero cuando a él le parezca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted no cree que haya algo contra mí?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Contra usted no va nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted qué haría?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio
-María Alvarez, le avisaría a Mina y le diría:
-Se ha proclamado la Constitución. Venga usted
-cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de
-la ciudad y Aviraneta, proclamaría la República y
-me nombraría presidente.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a
-Alvarez medidas violentas.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar
-y ametrallar a esos infames.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span></p>
-
-<p>Alvarez volvió a consultarme a mí completamente
-azorado, y yo intenté convencerle de que no debía
-seguir los sanguinarios consejos de Feliú de la
-Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia
-del mismo Feliú, diciendo que le habían abandonado
-las autoridades de una manera indigna. Varias
-veces me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué
-cree usted, que podría sosegar al pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales,
-ya que no tiene usted Ayuntamiento ni ninguna
-autoridad civil que le auxilie.</p>
-
-<p>El intendente Escobedo y el oficial Esain, que
-estaban allá, dijeron al general que creían que el
-consejo que yo le daba era lo mejor que se podía
-hacer en aquel momento.</p>
-
-<p>Yo continué en Palacio acompañando al general
-Alvarez, a la señora de Mina y a don Pedro
-Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento
-del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar
-la noche ya galleaba, se manifestaba jacarandoso
-y hacía chistes. Al retirarme, a las once y
-media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado
-por mis amigos había fracasado por completo.
-El brigadier Ayerve mandó quitar el letrero
-puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la Constitución,
-y dispersó a los nacionales.</p>
-
-<p>Me dijeron también que el capitán don Pedro<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>
-Mata había arengado elocuentemente al batallón
-de La Blusa para volverle a la disciplina. ¡Mata,
-que el día anterior recomendaba la urgencia del
-movimiento! Entonces yo pensé si la cabeza de
-estos hombres del Mediterráneo sería como esos
-caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen
-nada.</p>
-
-<p>Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona
-había acogido la proclamación de la Constitución
-con gran entusiasmo; se habían adornado
-los balcones y las tiendas, y no había habido ningún
-tumulto ni ningún desorden. Sólo empezó la
-consternación y el pánico cuando los lanceros comenzaron
-a recorrer el pueblo, atropellando a
-todo el mundo. Los isabelinos, despechados, silbaron
-y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera Llinás!, delante
-de sus respectivas casas.</p>
-
-<p>Mina dijo después, reconociendo que el movimiento
-constitucional no tenía relación alguna con
-la matanza del día anterior, que los que provocamos
-este movimiento no tuvimos valor para salir
-a la calle y ponernos al frente de él.</p>
-
-<p>Yo, al menos, no me presenté por muchas razones:
-primera, porque el ponerse al frente parecía
-indicar el hacerse solidario y hasta el director
-de las matanzas del día 4; después, porque a mí
-no me conocía nadie en Barcelona.</p>
-
-<p>Mina y los jefes militares reconocieron que no<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>
-había relación alguna entre los dos movimientos.
-Los inspiradores de la matanza, los del Club Unitario,
-Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron
-tranquilamente en Barcelona; en cambio,
-los que teníamos alguna relación con el movimiento
-constitucional fuimos proscritos. Los asesinos
-quedaron impunes; los liberales, castigados.
-Pareció un crimen mayor querer restaurar la
-Constitución que el degollar más de cien hombres.
-Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas,
-unos meses después el sargento García y
-otros que proclamaban la Constitución en la
-Granja eran premiados.</p>
-
-
-<h3 class="right">PRESO</h3>
-
-<p>A las doce y media me metí en la cama; y acababa
-de dormirme cuando entró la policía con
-fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos
-dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas
-al navío inglés <i>Rodney</i>.</p>
-
-<p>Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo
-habrá pasado?, me preguntaba. Y analizaba
-todo lo que había hecho desde mi salida de Madrid
-y no encontraba el motivo.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p>
-
-
-<h3 class="right">EL «RODNEY»</h3>
-
-<p>Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos
-encontramos en el buque inglés, vigilados por una
-escolta española, varios presos de distintas condiciones
-y clase social. Algunos no nos conocíamos;
-otros se consideraban como enemigos; entre los
-conocidos míos estaban Bertrán Soler, el coronel
-don José Montero, que había intervenido para ver
-de salvar a los presos de la Ciudadela, y don
-Francisco Raull, con quien había hablado un par
-de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un
-peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven,
-de edad de catorce años, aprendiz de pintor, y un
-cómico. Al llegar al barco, yo le escribí una carta
-a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre
-un cañón. La carta decía así:</p>
-
-
-<h3 class="right">UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA</h3>
-
-
-
-<p class="p2 i2">«Señora doña Juana María Vega de Mina:</p>
-
-<p class="i2">»Navío <i>Rodney</i>, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)</p>
-
-<p class="i2">»Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar
-que estoy en este navío, habiéndome conducido a
-él la fuerza armada, que me sacó de mi cama a las
-dos de la madrugada como si fuera un facinero<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>so.
-Yo estaba firmemente convencido de que usted
-pensaba que yo era incapaz de faltar a la sincera
-amistad que me une a su esposo, y que el
-asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte
-en los últimos acontecimientos, bastaba; pero veo
-lo contrario. Veo que me ha tenido, y acaso me
-tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha dado
-la campanada. Mi honor está comprometido, y
-hoy exijo del señor Alvarez que se me forme causa,
-estando pronto a pasar a la cárcel o castillo
-que se me designe.</p>
-
-<p class="i2">»Suplico a usted le hable al general para que
-así se decrete, y lo antes posible.</p>
-
-<p class="i2">»Soy de usted atento y seguro servidor y amigo,
-que besa su pies,</p>
-
-<p class="right"><i>Eugenio de Aviraneta</i>.»</p>
-
-
-<h3 class="right">CARTA A MINA</h3>
-
-<p>Le escribí después al general Alvarez, que no
-me contestó, y al día siguiente, al saber que había
-llegado Mina, le mandé esta carta:</p>
-
-
-
-
-<p class="p2 i2">«Navío <i>Rodney</i>, 7 de enero de 1836.</p>
-
-<p class="i2">»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted
-preso, y no le hago más comentarios... Usted
-sabe que soy caballero, incapaz de mentir; si hu<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>biese
-conspirado, no lo negaría; me gloriaría de
-decirlo, como lo hice en la causa del 24 de julio;
-yo no soy hombre pérfido ni de dos caras. Aviraneta
-no se asocia con asesinos, y menos para matar
-hombres inermes. Las autoridades, que a sangre
-fría toleraron tanta atrocidad, son más criminales
-que los mismos asesinos.</p>
-
-<p class="i2">»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada,
-tomada impunemente y sin resistencia por
-un populacho cobarde! Y a los que acaudillaron
-esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves de
-la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes.
-Con mi proscripción se cubre el expediente.
-En país extranjero escribiré los anales de tanta
-infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy capaz:
-el mejor amigo y el peor de los enemigos; no
-le digo a usted más.</p>
-
-<p class="i2">»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado
-a usted de recursos poderosos que estaban
-en mis manos para desentrañar las maquinaciones
-de la facción y la intriga extranjera.</p>
-
-<p class="i2">»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a
-usted dos cosas con urgencia. O que se me forme
-causa inmediatamente, o que se me dé pasaporte
-para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con
-gloria. No quiero gracia ni libertad de usted ni de
-nadie. Suplico la brevedad, porque estoy con poco
-dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p>
-
-<p class="i2">»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones
-al señor Esain, y no al tuerto, que es
-más falso que mula de alquiler. Soy siempre su
-verdadero amigo,</p>
-
-<p class="right">»<i>Eugenio de Aviraneta</i>».</p>
-
-
-<h3 class="right">NUESTRAS MANIOBRAS</h3>
-
-<p>Mina no me contestó, pero me contestó su mujer
-diciéndome que su marido no podía mezclarse
-como autoridad en un asunto que no había
-presenciado.</p>
-
-<p>En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos
-una nota dirigida al comandante del <i>Rodney</i> acogiéndonos
-al pabellón inglés.</p>
-
-<p>El comandante Flide Pasker nos contestó que
-esto no era posible; que el general don Antonio
-Alvarez le había manifestado que siendo necesario
-para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros
-fuéramos extrañados de la ciudad, le había
-rogado que nos acogiera en su barco, y que lo
-había hecho así con este motivo. Protestamos de
-nuevo y nos dirigimos por carta al cónsul inglés
-de Barcelona, sir James Annesley, para que nos
-diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul
-nos dijo que no podía darlo mas que a los ciudadanos
-ingleses.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen
-que los soldados y marineros. Teníamos una
-guardia y dormíamos en el sollado y en la bodega.
-No teníamos cama y comíamos rancho.</p>
-
-<p>Varios días después fuimos trasbordados en el
-buque de un ex negrero amigo de Mina y de don
-Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario
-a la fragata inglesa <i>Artemisa</i>, que se puso en franquía
-con rumbo hacia Gibraltar.</p>
-
-<p>Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo
-mío, Villergas, con más o menos exageración.
-Te lo leeré:</p>
-
-<p class="p2 i2">«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad
-del general Mina, en quien se observaron
-algunos arranques bruscos en nombre de la Libertad
-y de la Ley, urdió una conspiración en el buque
-mismo que le conducía, indisponiendo a los
-marineros con la tropa que le custodiaba. Cuando
-estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su
-plan a uno de sus compañeros de infortunio, el
-cual, para evitar una catástrofe, dió cuenta de todo
-al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido
-antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan
-seguro estaba de los resultados! Es de advertir
-que Aviraneta urdió este complot persuadido de
-que el jefe de la escolta tenía orden reservada de
-pasarle por las armas al llegar a cierta altura; y
-así que dijo a sus compañeros que con tal que el<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su
-vida y la de los demás deportados no corría peligro
-ninguno, desistiría de su propósito, pero que
-de otra suerte era inevitable su ruina y la de todos
-los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno.
-Apenas tuvo conocimiento de la trama
-quiso el jefe castigarla en su autor, pero la disposición
-en que halló los ánimos le reveló su impotencia.
-Entonces enseñó a Aviraneta la orden que
-tenía; y convenciéndose éste por sus propios ojos
-de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró
-condenado por un ímpetu sangriento de
-Mina, se dió por satisfecho, y tuvo la prodigiosa
-habilidad de someter de nuevo la tripulación y las
-tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un
-momento deshizo lo que había hecho: restableció
-la subordinación que había relajado, lo volvió todo
-al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios,
-lo soltó y lo sujetó como quiso y cuando
-le dió la gana».</p>
-
-<p class="p2">&mdash;¿Y es verdad eso?</p>
-
-<p>&mdash;Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos
-dijeron que iban a echarnos al agua al llegar a la
-altura de los Alfaques, y que yo estaba tan desesperado
-de haber caído en aquel lazo, que me
-encontraba dispuesto a hacer cualquier barbaridad,
-desde soltarle un tiro al capitán hasta hacer
-saltar el barco, pegándole fuego a la santabár<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>bara;
-pero seguimos adelante, pasamos el estrecho
-de Gibraltar, y al cabo de unos días bajamos
-en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos
-a disposición del capitán general de esta isla.</p>
-
-
-<h3 class="right">EN TENERIFE</h3>
-
-<p>Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo
-miserablemente; no teníamos dinero ni medio alguno
-de existencia; no llevamos trajes ni ropa interior.
-La gente de la isla nos recibió muy bien. El
-comandante general y los militares nos trataron
-con atención. Llegamos a convencer a la mayoría
-de la gente que nosotros no éramos los asesinos
-que habían degollado a los prisioneros de la Ciudadela
-de Barcelona.</p>
-
-<p>Escribimos varias exposiciones y manifiestos
-dirigidos al Gobierno. Cuando vimos que no tenían
-resultado alguno, y como no estábamos vigilados,
-Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y
-nos arreglamos con un barco contrabandista que
-nos llevó a Argel.</p>
-
-
-<h3 class="right">RESUMEN</h3>
-
-<p>&mdash;¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo
-envió a usted a Barcelona para inutilizarlo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y Mendizábal colaboró en eso?</p>
-
-<p>&mdash;No; creo que Mendizábal obró de buena fe.</p>
-
-<p>&mdash;Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?</p>
-
-<p>&mdash;La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de
-la Peña y Xaudaró dejaron hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que Feliú, que era el más listo de
-todos, fué el que vió claramente la cuestión. Feliú
-sabía que los isabelinos iban a hacer la revolución.
-Si antes de la revolución viene la matanza&mdash;se
-debió decir él&mdash;, el movimiento constitucional
-aborta y queda desacreditado. Y esto pasó. Después
-de la matanza se formó una comisión militar,
-y la organización isabelina fué completamente
-deshecha.</p>
-
-<p>&mdash;Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en
-pleno maquiavelismo. Y en Canarias, ¿qué le pasó
-a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo,
-de quien antes te hablaba, dice, poniéndolo en
-boca del capitán general de Canarias, que yo intranquilicé
-la isla de tal manera, que en aquel
-rincón del mar, donde nadie se ocupaba de política,
-instalé sociedades secretas, lo plagué todo de
-logias, conciliábulos y clubs, y que me marché
-porque el general gobernador hizo la vista gorda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esto ya no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No; es fantasía, pura fantasía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-&mdash;Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no
-tuvo nada de particular? Porque es un viajecito
-respetable para hacerlo en un falucho.</p>
-
-<p>&mdash;Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos,
-temporales... Estuvimos a punto de zozobrar
-varias veces. Yo me defendía a fuerza de desesperación
-y de rabia.</p>
-
-<p>&mdash;Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?</p>
-
-<p>&mdash;En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos
-Bertrán y yo, en marzo de 1836, a Cartagena.</p>
-
-<h3 class="right">EN MÁLAGA</h3>
-
-<p>Estando ya en la Península, Mendizábal me
-persiguió implacablemente; pero en Málaga hallé
-asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson,
-comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido
-suyo. Visité al general don Juan San Just,
-que me acogió con gran amabilidad, y me dijo
-que podía estar tranquilo.</p>
-
-<p>No obstante las muchas órdenes de prisión
-que se comunicaron contra mí, y las cartas particulares
-que se escribieron para desacreditarme
-pintándome como un intrigante sin honor y sin
-conciencia, hice allí muy buenos amigos.</p>
-
-<p>Mi residencia en Málaga me proporcionó la<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-ocasión de observar y conocer en globo las maquinaciones
-que se pusieron en juego desde la
-Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas
-que se tramaron para acabar con los isabelinos
-y dejar a Mendizábal como dictador de
-España.</p>
-
-<p>La muerte de los dos gobernadores, ambos
-isabelinos, la intervención de Escalante, los gritos
-que se dieron, todo, me hizo creer que en
-aquel ensangrentado motín andaban los partidarios
-de Mendizábal en unión de comerciantes y de
-contrabandistas.</p>
-
-<p class="p2 i2">Pamplona, mayo, 1921.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="JULIO" class="nobreak">EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO</h2></div>
-
-
-<p><span class="smcap">Aviraneta</span> me aseguró varias veces que, a pesar
-de que había intervenido en los preparativos
-que se hicieron para la revolución en Málaga,
-en 1836, no tomó parte alguna en los sucesos
-ocurridos en las calles, y que ni siquiera los
-presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona
-había una relación de los sucesos de aquella época,
-copié de él algunas páginas:</p>
-
-<p>Había vuelto a Málaga&mdash;cuenta Pepe Carmona&mdash;y
-me encontraba en una situación económica
-ya segura, pero en un estado moral triste y lamentable.</p>
-
-<p>Mi antigua novia, María Teresa, se había casado
-con un muchacho rico, José Ignacio Ordóñez, que
-llevaba por entonces una vida de un jugador y de
-un perdido.</p>
-
-<p>Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero,
-que llevaba camino de arruinarse en poco
-tiempo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p>
-
-<p>Mi antigua novia estaba enferma, y después de
-haber tenido un niño se encontraba tan débil y
-tan delicada, que no se levantaba de la cama.</p>
-
-<p>Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora
-de mis amores, solía venir a mi casa a darme
-noticias de cómo seguía María Teresa, y de
-paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio
-apenas se ocupara para nada de la enferma y
-de que anduviera siempre de bureo con lo más
-perdido del pueblo.</p>
-
-<p>En aquella época, Málaga se hallaba en pleno
-período de efervescencia política; las noticias de
-la guerra que se recibían, los rumores de sublevación
-y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos
-revolucionarios, tenían al pueblo en completo
-y continuo sobresalto.</p>
-
-<p>A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban
-gran cosa, me ocupaba de ellas, principalmente
-por el efecto que causaban en el comercio.
-Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto
-de la disolución de las Cortes, los ánimos, de
-suyo agitados por las excitaciones de los enemigos
-de Istúriz, por las sociedades secretas y por
-la gente partidaria de Mendizábal, se acaloraron
-más, y al toque de generala se reunió la Guardia
-nacional pidiendo la formación de una Junta popular
-en que se depositase el Poder hasta que la
-Reina instalase de nuevo el anterior Ministerio, o<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-nombrase otro que inspirara confianza a la nación.</p>
-
-<p>Al día siguiente quedó formada la Junta, que
-pensó por primera providencia imponer fuertes
-contribuciones a los más ricos comerciantes malagueños.
-Estos, apercibidos, se reunieron para
-conjurar el peligro; y con su influencia, y sacando
-a relucir las noticias favorables de la guerra que
-aquel día circularon, lograron la disolución de la
-Junta, que declaró estar muy satisfecha de la actitud
-de Málaga.</p>
-
-<p>Estos movimientos populares tenían muchas
-veces por objeto el proteger la entrada de algún
-gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía
-la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo
-hecho y se volvía a la vida normal.</p>
-
-<p>Por aquella época, a principios de julio, encontré
-en Málaga al señor Aviraneta, en un café, en
-compañía del comerciante inglés Thompson. Saludé
-a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no
-sé si en broma o en serio, que en Málaga se estaba
-trabajando en proclamar la república. Se pensaba
-que nuestra ciudad diera el primer impulso
-y que de aquí partiese el movimiento a las
-demás ciudades de Andalucía.</p>
-
-<p>Las noticias de las victorias del general Córdova
-en Arlabán, y la actitud del alto comercio malagueño,
-alarmado de que la primera disposición<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-de la Junta hubiese sido el decretar grandes contribuciones
-a cargo de los capitalistas más acaudalados,
-produjo una reacción entre los comerciantes
-y ocasionó el que el movimiento revolucionario
-y bullanguero de Málaga se calmara.</p>
-
-<p>Antes de que se presentara la amenaza de las
-contribuciones, nuestros comerciantes pensaban
-que un cambio político les podría beneficiar; pero
-después se apoderó de ellos el temor de que sus
-casas cargaran con los gastos de la revolución en
-toda Andalucía, y no vacilaron en influír para que
-abortara la revolución, y tomaron sus medidas
-para que en los nuevos movimientos, que eran tan
-de prever, fuese el comercio de Málaga explotador,
-en vez de explotado.</p>
-
-<p>A estas causas obedeció el que se contuviera
-en el mes de mayo y junio el pronunciamiento
-preparado en esta ciudad y al que habían seguido
-algunos intentos en Granada y en Cartagena.</p>
-
-<p>Yo estaba bastante enterado de estas cosas,
-primero por un empleado de mi escritorio y después
-porque trasnochaba. Solía ir todas las noches
-a pasear por delante de la casa de mi antigua
-novia, que vivía en la calle de la Madre de Dios,
-cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que saliese
-a la calle la vieja criada de Archidona y me diera
-noticias de cómo había pasado el día la enferma.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-Una noche me hallaba parado en una esquina
-esperando a que bajara la vieja. Cerca de casa de
-mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban hablando
-dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por
-la voz, era José Ignacio Ordóñez, el casado con mi
-antigua novia; el otro, un comerciante, conocido
-mío, que tenía muy mala fama por haber intervenido
-siempre en negocios sucios. El viento me
-traía con claridad la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me he visto con Escalante&mdash;decía Ordóñez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y está conforme?&mdash;preguntó el otro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; se trata de que metamos unas cuantas
-partidas de contrabando el mismo día de la revolución.</p>
-
-<p>&mdash;Pero la revolución está parada.</p>
-
-<p>&mdash;Ya andará&mdash;replicó José Ignacio&mdash;; la gente
-del pueblo no se aviene a seguir a unos cuantos
-ricachones que defienden su negocio. He metido
-ahí, entre los milicianos y la gente del puerto,
-unos cuantos matones y echadizos, y he mandado
-decir que el gobernador militar y el civil están
-vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está
-pasando y que ellos son los que protegen a los
-grandes comerciantes que no quieren la Constitución.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y lo creerán?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-gente no sabe nada; creen lo que se les dice. Una
-noche de jaleo nos basta.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que estar preparados.</p>
-
-<p>&mdash;Naturalmente que hay que estar preparados.
-Para mí es cuestión de vida o muerte. Estoy dando
-las últimas boqueadas.</p>
-
-<p>&mdash;Es que usted, camarada, es un hombre insaciable.
-Usted acabaría con la fortuna de Rothschild.</p>
-
-<p>&mdash;No se vive mas que una vez, compadre, y hay
-que aprovecharse.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el
-movimiento se ha hecho?</p>
-
-<p>&mdash;Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán
-de que todo el mundo lo sepa tocando generala
-por las calles.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré
-a mi gente preparada en el puerto.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero!
-¡Adiós, compadre!</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!</p>
-
-<p>Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco
-rato vi a José Ignacio Ordóñez, que penetraba rápidamente
-en su casa.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>No me fijé gran cosa en esta conversación hasta
-que los hechos posteriores le dieron relieve e im<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>portancia.
-Seguía pensando en mi María Teresa y
-yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.</p>
-
-<p>Esta preocupación embargaba todas mis facultades.</p>
-
-<p>Teníamos en el escritorio un escribiente y el
-portero, que eran milicianos, y les solía preguntar
-noticias acerca de lo que pasaba entre ellos.</p>
-
-<p>Me hablaban de la política de Málaga con gran
-extensión y apasionamiento.</p>
-
-<p>Era comandante militar el general San Just, que
-había substituído al coronel Bray. San Just era
-muy liberal; se había distinguido en Puente la Reina
-y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional
-francés Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta,
-el convencional no tuvo hijos. Juan San
-Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de
-bella figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra
-había dado una carga a la bayoneta que
-produjo gran entusiasmo en el ejército. El general
-Córdova le estimaba mucho.</p>
-
-<p>A pesar de su fama de liberal, San Just no era
-querido por los milicianos malagueños; por lo que
-me dijeron mis empleados, se había manifestado
-excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos
-desmanes.</p>
-
-<p>El Gobierno civil se hallaba confiado al conde
-de Donadío, persona de gran influencia, que había<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-formado parte de la Junta revolucionaria de Andújar.
-Donadío era diputado por Jaén y uno de
-los jefes de la Sociedad Isabelina.</p>
-
-<p>A Donadío se le acusaba de ser partidario de
-Istúriz y enemigo de Mendizábal; de avanzar en
-su carrera por sus grandes recomendaciones e influencias,
-y de tener amistad con los comerciantes
-ricos de Málaga, y de protegerlos.</p>
-
-<p>A mediados de julio habían llegado de distintas
-ciudades agentes portadores de órdenes y de recursos
-destinados a precipitar el movimiento revolucionario.
-Don Pedro Gil, el amigo del general
-Mina, vino de Barcelona con quince mil duros,
-que entregó a uno de los agentes que trabajaban
-para preparar la insurrección.</p>
-
-<p>Era, por entonces, subdelegado de Policía don
-Manuel Ruiz del Cerro, pájaro de cuenta que tenía
-una historia bastante interesante, a juzgar por lo
-que me contaron mis empleados. Este Ruiz del
-Cerro había sido cajista del famoso periódico madrileño
-<i>El Zurriago</i>, en la imprenta de la calle de
-Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó
-después muchos años de cómico en una compañía
-de la legua; se afilió a los carlistas e hizo correrías
-con el Locho, en la Mancha. Delató, más tarde, a
-los masones al conde de Ofalia, y apareció, por
-último, de jefe de Policía en Málaga.</p>
-
-<p>Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las con<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>diciones
-del murciélago y era tan pronto pájaro
-como ratón, cambió de casaca y se dispuso a trabajar
-por los revolucionarios, como había trabajado
-antes por los absolutistas. También estaba con
-la Revolución el comandante de Carabineros don
-Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se
-había entendido en distintas ocasiones con los
-contrabandistas, y que, al parecer, seguía entendiéndose
-con ellos, a juzgar por la conversación
-oída por mí noches antes en la calle de la Madre
-de Dios.</p>
-
-<p>Pregunté al portero y al dependiente de nuestro
-escritorio si la revolución que se preparaba no
-sería una bullanga más para meter contrabando, y
-ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo,
-reconocieron que había gente interesada en ello,
-y, principalmente, José Ignacio Ordóñez, que tenía
-mucha influencia entre los revolucionarios.</p>
-
-<p>En la misma compañía que mis empleados, que
-pertenecían al 1.º de Cazadores de la Milicia, había
-algunos tipos populares que eran contrabandistas;
-pero, según mi dependiente, estaban vigilados por
-los demás milicianos, y no les permitirían que
-hiciesen maniobras sospechosas sin darles el alto.</p>
-
-<p>Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro,
-el Niño de Coín, el Morlaco y el Chispilla.</p>
-
-<p>Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran
-aventureros, bandidos, que habían estado y hecho<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los
-señalaron en el puerto. Los conocía de vista.</p>
-
-<p>El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda,
-serio, grave, de mucho empaque, muy
-doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que
-le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de
-plata, calzón corto, también con botones, calañés
-pequeño y corbata roja; hablaba despacio y con
-solemnidad, como si a cada momento bajara del
-cielo el Espíritu Santo a iluminarle.</p>
-
-<p>El Niño de Coín era una alimaña: delgado como
-un alambre, negro por el sol, picado de viruelas;
-no tenía mas que músculos y piel. Su cara, aguileña,
-mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados
-en el labio superior, tenía una expresión
-de zorra o de musaraña.</p>
-
-<p>El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de
-una tabernucha de mala fama próxima al puerto
-y frecuentada por los charranes del muelle, el
-Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y
-amigo de cobrar el barato.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en
-Málaga que iba a ocurrir algo. Yo recuerdo este
-día porque la criada vieja de Archidona, de casa
-de María Teresa, me dijo que su señorita había
-pasado muy mala noche y que se tenían muy pocas
-esperanzas de salvarla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span></p>
-
-<p>Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión
-de Nuestra Señora del Carmen y recorrió
-algunas calles del barrio del Perchel,
-acompañada de un piquete de milicianos nacionales,
-en el cual iban los dos empleados de mi
-escritorio.</p>
-
-<p>Al terminar la procesión el piquete entró en el
-Paseo de la Alameda, que en aquella hora estaba
-muy concurrido. Entre la gente se hallaba paseando
-el conde de Donadío con su señora. Cuando
-fué advertido por los nacionales, algunos músicos
-comenzaron a tocar el <i>Trágala</i>, y Pacorro y
-sus amigos, y todos los charranes que andaban por
-allí, insultaron al gobernador.</p>
-
-<p>Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron
-a los milicianos que rompieran filas. Este
-incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.</p>
-
-<p>Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado
-y el portero contaron lo ocurrido; por lo que dijeron,
-los oficiales se manifestaban muy descontentos,
-y el conde de Donadío estaba furioso
-tascando el freno.</p>
-
-<p>El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea,
-lo que provocó grandes inquietudes en nuestros
-nacionales.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué les importa a ustedes?&mdash;le preguntaba
-yo a mi empleado.</p>
-
-<p>&mdash;Es que nos quieren atropellar; se trata de<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
-imponer un Gobierno moderado, y nosotros no lo
-aceptaremos.</p>
-
-<p>A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a
-una reunión en el Consulado, presidida por el
-general San Just; por lo que se dijo, concurrieron
-los jefes de milicianos y se provocaron grandes
-disputas. El anuncio de que venía tropa a Málaga
-se consideraba como un ultraje. Naturalmente, los
-comprometidos en la revolución pensaban que la
-llegada de regimientos desconocidos podía ser un
-obstáculo para sus planes.</p>
-
-<p>El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados
-que venían de Ronda, que fueron bastante mal recibidos
-por los milicianos.</p>
-
-<p>Por la tarde se dijo que el conde de Donadío
-iba a marchar a Madrid a ponerse al habla con el
-Gobierno para dominar la revolución.</p>
-
-<p>Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la
-Reina, se creyó oportuno suspender el besamanos,
-y sólo se hicieron los saludos de ordenanza; el disgusto
-de los milicianos crecía. Se aseguraba que
-iban a ser desarmados.</p>
-
-<p>En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y
-al Niño de Coín que peroraban y decían que había
-que morir antes de dejar las armas. La guardia del
-presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón
-de cazadores, fué relevada aquel día por temor
-a que se sublevase.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p>
-
-<p>Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa,
-por lo que me dijeron, se encontraba muy
-mal y había tenido varios desmayos.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno
-en el pueblo, limitándose los nacionales
-a seguir comentando los sucesos de los días anteriores
-y a proferir amenazas contra los gobernadores
-y contra la gente del alto comercio.</p>
-
-<p>Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente
-a la plaza de Riego, y a la calle de la
-Madre de Dios, a enterarme de cómo se encontraba
-María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el
-mismo estado de gravedad.</p>
-
-<p>Me topé con mi dependiente y le pregunté qué
-tal marchaban los asuntos políticos, y me dijo que
-en aquel momento iban a relevar las guardias
-y que se temía algo; la primera guardia había salido
-para el Teatro y la segunda para Levante.</p>
-
-<p>Poco después, los tambores de esta compañía,
-que pertenecía al primero de cazadores de la Milicia,
-empezaron a batir la marcha, por más que estaba
-terminantemente prohibido. El Pacorro, el
-Niño de Coín y sus amigos comenzaron a dar
-vivas y mueras.</p>
-
-<p>Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa
-María, el Morlaco cogió uno de los tambores y se
-puso a tocar generala. De todas partes aparecie<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>ron
-grupos de gente turbulenta que se reunieron
-con los nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes
-del muelle les seguían.</p>
-
-<p>Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que
-gritaban violentamente. Me dijeron que había salido
-al encuentro de las turbas el general San Just, a
-restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales
-por permitir que se desobedecieran así las
-órdenes superiores. Los oficiales se excusaron y el
-general ordenó que el piquete volviese inmediatamente
-a la plaza.</p>
-
-<p>San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro,
-el Niño de Coín y su grupo, armados de fusiles y
-sables, le rodearon y violentamente lo llevaron al
-centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.</p>
-
-<p>Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas
-y de gente maleante conchabada con ellos.
-Había también algunos exaltados de verdad, y
-hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran
-matones del puerto, amigos de broncas y jaranas,
-gitanos, taberneros y nacionales, que se consideraban
-ofendidos por las maneras adustas de San
-Just, que quería que todo el mundo respetase la
-disciplina.</p>
-
-<p>Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto,
-no perdió su serenidad; contestó con energía a
-sus agresores, despreciando el peligro. Pudo el ge<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>neral
-imponerse y con algún trabajo entrar en el
-Ayuntamiento.</p>
-
-<p>San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió
-auxilio contra los revoltosos; mas el oficial le
-hizo ver lo imposible que era hacerse obedecer,
-máxime cuanto que los demás oficiales habían
-desaparecido al ver que no podían dominar el tumulto.</p>
-
-<p>Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y
-oí la voz de San Just, que se dirigía a las turbas
-recordándoles su amor a la libertad, por la cual
-había vertido su sangre en los campos de batalla;
-sus méritos de guerra en Puente la Reina y Montejurra.
-Todo fué inútil. José Ignacio Ordóñez, que
-estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros
-matones, comenzó a gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera, muera!</p>
-
-<p>Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro.
-Dada la señal, los demás hicieron una descarga
-cerrada.</p>
-
-<p>San Just, viendo que las balas pasaban a su lado
-y que el peligro era inminente y las exhortaciones
-vanas, se resguardó detrás de la puerta. Siguieron
-los disparos, y una bala, entrando por una rendija
-de la puerta, dió al general y le dejó gravemente
-herido.</p>
-
-<p>Alguno que le vió caer avisó a los sublevados,
-y entonces las turbas entraron en el Ayuntamien<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>to
-y a bayonetazos y a sablazos acabaron con el
-herido.</p>
-
-<p>En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño
-de Coín huyeron corriendo hacia el puerto.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví
-hacia la plaza de Riego y a la calle de la Madre
-de Dios.</p>
-
-<p>La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de
-estrellas; de vez en cuando llegaba la brisa del mar
-y ráfagas de aire saturado del perfume de las flores
-de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa;
-mis pasos sonaban en las losas gravemente.
-A veces me cruzaba con algún transeunte solitario
-que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza
-temiendo que vieran en mi rostro la angustia y
-la ansiedad que me devoraban.</p>
-
-<p>Tenía el presentimiento que esta noche había
-de ser la última de María Teresa. Cuando entré
-por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a
-la esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar
-a los balcones, temiendo ver en ellos algo muy definitivo
-y muy terrible para mí. Luego me decidí.
-Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban
-cerrados; sólo por uno de ellos salían rayos de
-luz. Pensé que por el balcón de la otra calle adonde
-daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente,
-éste estaba abierto, y en unas cortinas<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-blancas, grandes y caídas e iluminadas por dentro,
-se veían pasar rápidamente sombras negras.</p>
-
-<p>Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa;
-quería adivinar qué pasaba y quién pasaba
-por detrás de las cortinas. Me parecía oír un
-rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada;
-de pronto, a lo lejos, sonaba el estrépito de un
-tambor, se cerraba una puerta y se escuchaban
-pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que
-se perdían en el silencio de la noche.</p>
-
-<p>Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento
-de rabia absurda; pensé en llamar, dando
-voces y golpes en el aldabón de la puerta, para
-que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos
-de alrededor, a decirles a gritos que yo era el
-único que debía estar allí en el cuarto iluminado,
-muy cerca de aquella mujer enferma, que era el
-único que tenía este derecho y este deber, puesto
-que era también el único que la había querido.
-Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del
-zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su
-cuarto para que ella no viera a nadie mas que a
-mí, y si estaba en las ansias de la muerte, fuera
-yo quien la consolara.</p>
-
-<p>Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor.
-Allá estaba la puerta solamente entornada; sabía
-que el marido se hallaba fuera de casa, y, sin embargo,
-no me atrevía. Me indignaba mi falta de<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-valor; no me resignaba a quedarme con la duda de
-cómo estaría ella, quizá no existía ya; y aquellas
-idas y venidas de las sombras que se reflejaban
-en la cortina blanca e iluminada eran los horribles
-preparativos que vienen después de la
-muerte.</p>
-
-<p>Me figuraba a su madre y a sus hermanas
-sacando las ropas de los armarios para hacer
-el tocado de la muerta, para cubrir el pobre
-cuerpo enflaquecido y destruído por la enfermedad.</p>
-
-<p>¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más
-que estar allí solo, en medio de la noche, apoyado
-en una esquina dura y fría, impotente para
-todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo,
-sabiendo que yo estaba cerca, me llamaba
-ansiosamente con la esperanza de que fuera a
-acompañarla en sus últimos momentos?</p>
-
-<p>No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella
-esquina; me dolía la cabeza y tenía escalofríos.
-En esto vi que se abría la puerta de casa de María
-Teresa, y que salía un cura y el sacristán con
-un farol grande de cristal. Me acerqué a la puerta,
-y la criada de mi antigua novia me dijo que acababa
-de morir.</p>
-
-<p>Le pregunté si podría subir; ella me dijo que
-estaban la madre y las hermanas de María Teresa,
-y que no me permitirían entrar en el cuarto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p>
-
-<p>Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza
-de Riego.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Había corrido la noticia de la muerte de San
-Just; se tocaba generala por todos los tambores y
-cornetas, y se habían formado batallones de infantería
-y de artillería en la plaza.</p>
-
-<p>Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de
-la casa de mi antigua novia, visitada por la muerte.</p>
-
-<p>Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron
-que la tropa de línea estaba en el convento
-de la Merced.</p>
-
-<p>Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho,
-añadió que se había formado una Junta marcial,
-y que Escalante se había puesto a la cabeza.
-Este Escalante, al saber que el gobernador militar
-estaba encerrado en el Principal, quiso salvarlo o
-hacer la pamema de salvarlo; pero le detuvieron
-los milicianos, y al poco rato se presentó a él un
-oficial a participarle que la Milicia, reunida en la
-plaza, había convenido en que la única persona
-que había en Málaga que gozaba en aquel momento
-de prestigio entre el pueblo y la tropa era él;
-por lo cual le pedían que fuera a ponerse a la cabeza
-de la revolución para evitar mayores desgracias.</p>
-
-<p>Mi empleado me dijo que Escalante había<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>
-aceptado y corrido a la plaza, donde dijo a los
-sublevados momentos antes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato;
-acaban de matar a un hombre que todavía
-tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra
-por defender la libertad de la Patria; éste es un
-atentado horroroso; pero ya está hecho, y ya no
-hay remedio.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad que era inocente&mdash;contestaron
-algunos&mdash;; por lo mismo es menester que muera
-el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.</p>
-
-<p>Mi empleado hablaba de Escalante como de un
-tipo de valor y de abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué
-sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre, que estos
-pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba
-en aquel momento haciendo su pacotilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué esperan ustedes aquí?&mdash;le pregunté a
-mi empleado.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos esperando a ver qué actitud toma la
-tropa que está encerrada en la Merced; no sabemos
-si hará causa común con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el gobernador, dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;Está también en el cuartel.</p>
-
-<p>Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado
-en el Ayuntamiento, el conde de Donadío
-había corrido al antiguo convento de la Merced,
-donde estaba la tropa de línea, y había intentado<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
-convencer a los oficiales para que le auxiliaran a
-dominar el motín; por lo que se supo después, los
-oficiales se negaron a obedecer al gobernador por
-no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban
-armas mas que para defender la Libertad,
-y no para batirse contra la Milicia o el pueblo.</p>
-
-<p>Con estos subterfugios condenaban a un hombre
-a la muerte.</p>
-
-<p>Aumentaban los grupos en la plaza de Riego,
-se acercaban al antiguo convento de la Merced y
-pedían a voz en grito que la tropa saliera a fraternizar
-con ellos.</p>
-
-<p>El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban
-el Veneno, llevaban ahora la voz cantante
-para gritar y alborotar. Después de algunas discusiones
-y desavenencias entre la oficialidad, la tropa
-salió del cuartel, en medio de grandes aplausos,
-pasó a la plaza de Riego y se formó junto a la
-Milicia.</p>
-
-<p>Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante;
-los furiosos pedían a voz en grito que se
-sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre
-la marcha.</p>
-
-<p>El conde de Donadío, al verse abandonado
-dentro del antiguo convento y creerse, con motivo,
-en gran peligro, se puso un uniforme viejo que
-encontró de miliciano.</p>
-
-<p>Se dijo después que Escalante, penetrando en<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>
-el cuartel, había aconsejado a Donadío que se
-escapara. Era el consejo semejante al del cocodrilo
-de la fábula con el perro.</p>
-
-<p>Se opuso el gobernador, pensando, seguramente,
-que mientras el alboroto de la plaza existiera
-sería para él muy peligroso el salir de allá. Se dijo
-también que Escalante había ido a conferenciar
-con los jefes de los milicianos y a decirles que el
-general se había escapado.</p>
-
-<p>Los sargentos de la tropa aseguraron que no
-era cierto; que Donadío seguía allí, y pidieron entrar
-en el cuartel para convencerse. Entraron, y
-en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba
-la escalera principal, y lo reconocieron a la luz
-de una linterna.</p>
-
-<p>&mdash;Este es&mdash;dijo uno de los sargentos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Matadlo, matadlo!&mdash;gritó el Morlaco, que venía
-delante.</p>
-
-<p>El conde de Donadío intentó retroceder en la
-escalera; luego quiso hablar; sonaron varios tiros,
-y una bala le atravesó el pecho. Nuevos disparos
-siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el
-cadáver del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando
-y gritando, lo arrastraron y le dieron bayonetazos.
-Yo vi pasar al muerto; tenía la cara negra
-y un agujero sangriento en el pecho.</p>
-
-<p>El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span></p>
-
-<p>Mi empleado y otro miliciano me aseguraron
-que, habiendo comenzado con los dos gobernadores,
-había que seguir la degollina con los comerciantes
-ricos opuestos a la revolución.</p>
-
-<p>Si las circunstancias hubieran sido favorables lo
-hubieran hecho.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios
-y miré por el balcón. Ahora, la cortina estaba descorrida
-y se veía temblar en el techo la luz de los
-cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi
-casa; pero comprendiendo que aquella noche sofocante
-no podría dormir, fuí a la Alameda y me
-senté en un banco. Caían despacio las hojas de los
-árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban,
-y me marché al muelle y me senté
-sobre un fardo.</p>
-
-<p>Estaba tan trastornado que no sabía si lo que
-me ocurría era sueño o realidad.</p>
-
-<p>Este final de la mujer que había querido; estas
-muertes en plena noche; este aire irreal de las
-gentes y del pueblo, me perturbaban.</p>
-
-<p>En el muelle era un ir y venir de sombras que
-corrían llevando fardos; me pareció adivinar la silueta
-de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro y del
-Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar
-de los tambores. Pensé si estaría trastor<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>nado;
-indudablemente, tenía fiebre; pero no, aquello
-todavía era la realidad...</p>
-
-<p>Luego, de repente, la realidad se transformó en
-sueño. Me vi en una calle sombría, que no era de
-Tarragona, ni de Málaga, mirando unos balcones
-con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me
-encontré a un hombre a la puerta de la casa que
-se puso a hablarme sin mirarme a la cara. Este
-hombre se parecía al Niño de Coín.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo subir?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; suba usted.</p>
-
-<p>Comencé a subir unas escaleras interminables.
-En cada rincón y en todos los rellanos había un
-hombre agazapado espiando algo. De pronto me
-dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y
-entré en una habitación iluminada por cirios y con
-cortinas blancas. Tenía el sentimiento de una desgracia,
-pero no sabía cuál era.</p>
-
-<p>En aquel cuarto habían formado un círculo unos
-cuantos hombres pálidos y grises; algunos, vestidos
-de milicianos. Entre ellos estaban Aviraneta,
-Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban.
-Yo no sabía qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!&mdash;me
-preguntaba con ansiedad&mdash;. Uno de estos
-hombres arrastraba de pronto un cadáver con la
-cara negra y un agujero sangriento en el pecho, y
-lo llevaba en medio del círculo de hombres grises.
-Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-urna de cristal, que parecía un farol de sacristán
-para dar los óleos. Hecho esto medían con una
-varita la profundidad de la sangre y se desesperaban
-porque no era grande...</p>
-
-<p>Pasado un momento, esta sangre no era sangre,
-sino oro, y todos los hombres grises y los vestidos
-como milicianos sacaban este oro con las manos,
-hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda,
-echaban a correr, tropezaban unos contra
-otros y se atropellaban horriblemente y se batían
-a tiros...; pero alguien había comprendido que era
-necesario trabajar este oro y traía un yunque y un
-troquel, y empezaba a troquelar monedas a martillazos
-con un estrépito terrible, como de tambores,
-y el hombre se asombraba y se desesperaba
-al ver que sus monedas, al caer, se convertían en
-hojas secas de árbol que volaban por el aire...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted aquí?&mdash;me dijo la voz de un
-sereno.</p>
-
-<p>Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó
-a casa creyéndome borracho. Me tendí en
-la cama.</p>
-
-<p>Al día siguiente me pareció que todo volvía a
-la vida normal; la muerte de mi antigua novia me
-parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí
-a mi escritorio; por la mañana se supo que se ha<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>bía
-nombrado una Junta en Málaga, bajo la presidencia
-de Escalante, para restablecer el orden.
-¡Oh ironía!</p>
-
-<p>Este mismo día me mandaron la esquela de
-María Teresa, en donde se hablaba de su desconsolado
-esposo. Otra amarga ironía.</p>
-
-<p>Por la mañana fueron llevados al cementerio los
-cadáveres de los dos gobernadores: uno, en un
-féretro del hospital de San Julián, y el otro, en unas
-parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se
-verificó el entierro de mi antigua novia, y a las
-cuatro de la tarde se promulgó la <i>idolatrada</i> Constitución
-en el punto de la Alameda, como decía
-una proclama de Escalante.</p>
-
-<p class="i2 p2">Itzea, julio, 1921.</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span></p>
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-<div class="chapter">
-<h2 id="ESPINAS" class="nobreak">FLOR ENTRE ESPINAS</h2></div>
-
-<h3>I.</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> 1865, durante el verano estuve una temporada
-con Aviraneta en las aguas termales
-de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft,
-ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos
-baños a curarse de sus dolencias.</p>
-
-<p>Este ingeniero era entusiasta de España, de
-nuestras comidas y de nuestra zarzuela; así, que le
-oíamos constantemente elogiar las lechugas y las
-coliflores de la tierra y cantar <i>El grumete</i>, <i>El dominó
-azul</i> y <i>Jugar con fuego</i>.</p>
-
-<p>Por entonces, seguramente, Wagner había escrito
-muchas de sus obras; pero Kraft se burlaba
-de su país, porque decía que allí no gustaban mas
-que las nieblas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy roimático, muy roimático, para tanta
-niebla!</p>
-
-<p>Quería decir reumático. Kraft era de los extran<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>jeros
-que hablan el castellano como en los primeros
-meses de llegar a España.</p>
-
-<p>Un día, en compañía del ingeniero prusiano,
-fuimos a Cifuentes y visitamos esta antigua villa
-amurallada, con sus viejos conventos y su parroquia
-gótica, de una restauración lamentable. Otro
-día estuvimos en Viana y en sus alrededores.</p>
-
-<p>Hablando de aquellas montañas y cerros de
-tan rara forma, a los cuales los habitantes del país
-dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por
-cierto con un plan bien distinto al que ahora
-tengo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues, a qué vino usted?&mdash;le pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;Vine con un objeto exclusivamente militar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!</p>
-
-<p>&mdash;Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos
-cerros un campamento carlista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido usted carlista?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; estuve de capitán con Cabrera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio, qué absurdo!</p>
-
-<p>&mdash;Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión
-de la guerra civil. En 1838 fuí, con el coronel
-de ingenieros prusiano barón de Rhaden, desde el
-Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró
-al barón comandante de Ingenieros de su
-ejército.</p>
-
-<p>Estuvimos en un viaje de estudio en las proxi<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>midades
-de Cuenca, Priego y Huete, viendo las
-condiciones que podían tener para instalar un
-campo atrincherado donde reunir fuerzas para
-atacar Madrid.</p>
-
-<p>El barón de Radhen encontró que el mejor
-sitio, el más próximo a la corte y el más seguro,
-eran estos cerros de Trillo.</p>
-
-<p>El barón estaba persuadido de que aquí había
-habido campamentos militares en tiempo de los
-romanos, y, efectivamente, se habla de que existió
-por estos contornos una ciudad llamada Bursa
-o Capadocia.</p>
-
-<p>El barón pensó en convertir dos grandes eminencias
-que tienen en su altura una gran plataforma,
-próximas a Viana, en el campo atrincherado
-de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de
-campaña. El agua la tenía al pie, por donde corre
-el Tajo, y pensó en un sistema para elevarla.</p>
-
-<p>Cuando volvimos al campamento de Cabrera y
-el barón de Rhaden explicó a don Ramón lo que
-había visto, éste le contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy conforme con la opinión de usted, y
-esa base de Trillo me servirá para apoderarme
-de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil fusiles,
-que espero con ansiedad, pues tengo hombres que
-los empuñen.</p>
-
-<p>El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar
-su proyecto fué la ocupación por el Gobierno de
-<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-la Reina de siete mil fusiles ingleses en el puerto
-de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos
-de un bergantín inglés, y las disensiones
-que se suscitaron entre Maroto y Don Carlos, que
-produjeron el Convenio de Vergara.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de
-Vergara&mdash;dije yo al señor Kraft, mostrándole a
-Aviraneta.</p>
-
-<p>El señor Kraft creyó que yo le hablaba en
-broma, y se rió, con la risa estólida que, en general,
-tienen los alemanes cuando creen que se burlan
-de ellos.</p>
-
-<p>Después, con las explicaciones que le di, quedó
-maravillado y sintió una gran curiosidad por
-Aviraneta.</p>
-
-
-<h3>II.</h3>
-
-<p>Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y
-admiración por Cabrera y recordaba los años de
-su juventud con mucho gusto.</p>
-
-<p>Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo
-del Maestrazgo, muy conocidas todas, hablamos
-largamente de los militares españoles.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span></p>
-
-<p>Los militares españoles&mdash;dijo Aviraneta&mdash;no
-se han parecido a los franceses; entre los franceses
-ha habido siempre más cultura; en ellos se han
-dado tres tipos principales: el de sabio, técnico,
-hombre de estrategia, Gouvion de Saint-Cyr,
-Massena, Jomini; el del hombre de mundo, Suchet,
-Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador,
-como Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre
-los españoles, estos tipos apenas han existido;
-casi todos nuestros generales se han vaciado en el
-único molde del guerrillero.</p>
-
-<p>Cierto que don Diego León se podía comparar
-a Murat, porque era también brillante, elegante
-y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle
-tenían algo del político y del técnico; cierto que
-Zumalacárregui era un hombre de estrategia; pero,
-en general, entre nosotros, el guerrillero es el que
-ha privado.</p>
-
-<p>El guerrillero nuestro aparece como medio zorro
-y medio tigre. Mina y Merino son más zorros;
-Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también
-algunos tipos que tienen algo de león, como el
-Empecinado y algunos militares sin ambiciones,
-valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo Cano.</p>
-
-<p>Entre los que han tendido a la política, Córdova,
-Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim,
-ninguno ha sido muy culto; no han llegado a dominar
-la historia, ni la geografía, ni la estrategia;<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-se han dejado llevar, como los guerrilleros, por el
-instinto, por la intuición. Han sido tipos de conquistadores
-más o menos degenerados.</p>
-
-<p>La patología ha influído mucho en ellos. Mina,
-Zurbano, Cabrera y Narváez estaban gravemente
-enfermos del estómago.</p>
-
-<p>&mdash;Respecto a Cabrera, es cierto&mdash;repuso el
-prusiano.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;añadió Aviraneta&mdash;no creo gran cosa
-en el arte de la guerra. Indudablemente, cuando
-dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay casi
-siempre un vencedor y un vencido. Se puede
-aceptar con muchos visos de verdad que el general
-que manda el ejército vencido es un hombre
-negado; lo que no se puede creer siempre es que
-el general vencedor sea un hombre de mérito. Sin
-embargo, para la mayoría el éxito supone constantemente
-grandes condiciones guerreras.</p>
-
-<p>El ingeniero prusiano creía firmemente en la
-ciencia de la guerra, y suponía que Cabrera la tenía
-de una manera infusa. Este ingeniero se manifestaba
-más entusiasta del caudillo del Maestrazgo,
-que podía haberlo sido un carlista del país; lo
-consideraba como un capitán de los más grandes
-del mundo, y no aceptaba que se le pudiera
-comparar con ningún otro general español de su
-época, excepción hecha de Zumalacárregui.</p>
-
-<p>Aviraneta, a pesar de que no había conocido<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>
-personalmente a Cabrera, lo emparejaba con Zurbano
-y con Narváez; y como éste acababa de presentar
-la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos
-mucho de él. Se contaron varias anécdotas
-del Espadón de Loja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted conoce a Narváez?&mdash;le preguntó el
-prusiano a Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte
-de una sociedad secreta liberal fundada por mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De una sociedad secreta liberal?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Aj!</i>, ¡qué cosa más extraña!&mdash;exclamó el
-prusiano.</p>
-
-<p>&mdash;Luego le volví a ver, después de su gran triunfo
-contra Gómez, en Arcos de la Frontera.</p>
-
-<p>Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse
-que recordaba alguna cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don
-Eugenio. Si hay una historia, venga la historia, porque
-supongo que detrás de esa sonrisa hay algo
-que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></p>
-
-
-<h3>III.</h3>
-
-<p>Pocos personajes me han parecido tan interesantes
-como Aviraneta en su trato. La desproporción
-entre su energía, su intuición y su poca fama,
-que en este tiempo había desaparecido, dejándole
-convertido en un hombre obscuro, me maravillaban
-siempre.</p>
-
-<p>Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre
-que conocemos que ha hecho algo grande nos
-sorprende por su pequeñez.</p>
-
-<p>Recuerdo haber hablado con Castaños, con
-Mendizábal, con Espartero y otros políticos y
-militares famosos de nuestro país, y en la intimidad
-no daban ninguna impresión de grandes.</p>
-
-<p>Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme
-contado sus aventuras hasta llegar a Málaga
-desde Argel, tomó la narración donde la había
-dejado:</p>
-
-<p>&mdash;Hecha la revolución en Málaga&mdash;dijo&mdash;me
-designaron a mí para ir, como delegado, a Cádiz.
-Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando
-su obediencia al Gobierno. Se quería ya<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>
-claramente la Constitución de 1812, aunque modificada.</p>
-
-<p>De Málaga marché a Cádiz en el <i>Balear</i>, en el
-mismo barco donde fuí de Valencia a Barcelona, y
-me albergué en la posada de las señoras de San
-Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras
-eran muy liberales y amigas y partidarias mías.</p>
-
-<p>Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que
-era revolucionaria y republicana. Era muy graciosa,
-muy habladora y tenía unos lunares muy picarescos.</p>
-
-<p>Consuelo San Quirico me contó cómo se había
-hecho la revolución en Cádiz.</p>
-
-<p>&mdash;El movimiento lo inisiaron los isabelinos en
-la plasa de San Antonio&mdash;dijo&mdash;. En la tarde del
-día 28 de julio el Gobernadó militá pasó un ofisio
-al comandante de artiyería nasioná para que hisiese
-entregá su cañone a la brigada de marina.
-Semejante arbitrariedá y atropeyo irritó a los artiyero,
-que inmediatamente se reunieron en el
-baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas,
-dipuestos a defenderse. A las nueve de la noche
-se oyeron viva a la Constitusión, y a las die y
-media lo tambore de la guardia nasioná tocaron
-generala reuniéndose en la plasa todo sus individuos
-mandando en seguida varios comisionaos
-para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano
-se pusieron sobre la arma; el batayón vete<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>rano
-de marina formó frente a su cuarté y el gobernadó
-sivil y la autoridade militare patruyaron
-con alguna fuersa de infantería y cabayería. El
-orden más completo reinaba en todas las filas, de
-donde salían por intervalo lo grito de «Viva la
-unión» y de «Viva la Constitusión del año 12».
-Pidió el primer batayón que se proclamara ésta,
-y comisionó a alguno individuo para explorá la
-voluntá de sus compañero. El resultado fué el
-aclamarse también en Cadi el código que aquí
-tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró la
-Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas
-e iluminasione, y fué nombrado jefe político
-don Pedro de Urquinaona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora qué hacemos?&mdash;le pregunté yo a la
-de San Quirico.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo
-entero lo que somo y lo que valemo lo españole.</p>
-
-<p>&mdash;Es lástima que no le podamos hacer a usted
-algo, Consuelo&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;No sea usted guasón&mdash;me contestó ella&mdash;.
-Yo soy ya muy vieja para que me hagan nada.</p>
-
-<p>Con la revolución triunfante comenzamos los
-isabelinos a organizarnos y a pensar en el ministerio
-futuro.</p>
-
-<p>Pocos días después los sargentos, en La Granja,
-obligaban a María Cristina a proclamar la Constitución.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-<p>El movimiento de La Granja nos quitó a los
-isabelinos importancia, a pesar de ser los precursores,
-dejándonos, cosa frecuente en las revoluciones,
-como anticuados.</p>
-
-<p>Al grito de Libertad y Constitución que había
-dado el pueblo malagueño en la mañana del 26 de
-julio correspondió Andalucía entera, y el mismo
-grito se hubiera generalizado en toda España; mas
-el partido mendizabalista, que no quería ni le convenía
-que triunfase la causa del pueblo con gente
-nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la insurrección
-de La Granja y, a consecuencia de
-aquel alboroto militar, el hombre de los milagros
-volvió a apoderarse de las riendas del Poder con
-los viejos doceañistas.</p>
-
-<p>Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía
-para que las cosas volvieran al ser y estado
-que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, Estatuto
-puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver
-sus esperanzas frustradas con los movimientos de
-Málaga y de Cádiz, que corrían por toda Andalucía,
-improvisaron la insurrección de La Granja y
-se quedaron con el mando. Los Magnates aparecieron
-de nuevo a caciquear.</p>
-
-<p>No tardaron en manifestar su encono a los que
-habían hecho una revolución que no era la suya, y
-se dijo en Madrid que en Málaga, y sobre todo en
-Cádiz, se quería proclamar la república.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p>
-
-<p>El ministerio mandó a Cádiz al capitán general
-de Andalucía, don Antonio Aldama, con la misión
-de que fuese duro, y, según se aseguró, le dió una
-lista de patriotas, entre los cuales me encontraba
-yo, para que fuesen deportados a Ceuta.</p>
-
-<p>El general Aldama se presentó en Cádiz y no
-encontró, después de haber practicado escrupulosas
-investigaciones, mas que un gran entusiasmo
-en todas las clases por Isabel II y por la Constitución.</p>
-
-<p>Era preciso una víctima para cubrir el expediente,
-y fuí yo el designado para el sacrificio.
-Los mendizabalistas me suponían al frente de los
-patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener
-la Constitución hasta que se reuniesen las
-Cortes que debían reformarla, y me creían enemigo
-acérrimo de su jefe.</p>
-
-<p>Por entonces publiqué yo en <i>El Noticioso</i>, de
-Cádiz, un artículo titulado «La Verdad». Decía en
-él que la libertad española se tomaba como un derecho
-y no se recibía como un don; afirmaba que
-Mendizábal, el hombre de Israel, hablaba a los liberales
-lo mismo que Luis Felipe a los hombres
-de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas
-cosas nuevas personas. Acusaba también a los que
-formaban el nuevo ministerio de querer ser dictadores
-y mangoneadores eternos.</p>
-
-<p>El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>
-como hoja suelta en Madrid y tuvo cierto éxito.
-<i>El Eco del Comercio</i> decía que el tal artículo era
-un delirio de una imaginación acalorada por la libertad,
-que revolvía ideas inconexas y contradictorias,
-y que debía considerarse como el último
-esfuerzo del despecho y de la rabia que devoraba
-a su autor al despedirse de la vida política, como el
-jabalí, que herido de muerte huye haciendo riza
-y hasta el postrer momento se consuela dando
-dentelladas antes de morder la tierra.</p>
-
-<p>Este artículo mío produjo gran cólera en el
-club mendizabalista dominante, que miraba con
-torvo ceño todo cuanto pudiera poner en peligro
-su organizado pandillaje.</p>
-
-<p>Vi próxima que me amagaba la tormenta, que
-querían vengarse los Magnates; e instruído de
-cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar
-una tropelía, de acuerdo con el comandante general
-de la provincia, me trasladé al Puerto de
-Santa María, con la idea de esconderme.</p>
-
-<p>Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública;
-y para aparentar que había motivo, se dispuso
-formarme causa porque había ido sin pasaporte.
-Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán
-de ex voluntarios realistas, y actuario otro prójimo
-por el estilo, ex sargento del mismo cuerpo.</p>
-
-<p>Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó
-a manos del general Aldama, éste, penetrado de<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>
-la injusticia con que se me trataba, mandó ponerme
-en libertad.</p>
-
-<p>Poco tiempo después de salir de la cárcel del
-Puerto de Santa María me presenté al mariscal de
-Campo don Pedro Ramírez, comandante general
-de la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor
-a la benevolencia.</p>
-
-<p>Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión
-de armamentos y defensa de Cádiz, me nombró
-delegado de Hacienda de la división de la Milicia
-nacional que estaba al mando del general don
-Fernando Butrón.</p>
-
-<p>Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la
-emigración liberal, en Bayona, cuando la intentona
-de Vera, el año 30.</p>
-
-<p>En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía
-por las fuerzas del cabecilla Gómez, se reunió
-la división de la Milicia nacional de la provincia
-para operar en campaña; y necesitando poner al
-frente de la Hacienda un sujeto de inteligencia y
-de actividad, se propuso, por el intendente don
-Manuel González Brabo, padre del luego célebre
-don Luis, el que se me nombrase ministro de
-Hacienda de esta división, y el 5 del mismo mes
-se me expidió el nombramiento, haciendo que me
-pusiera inmediatamente en marcha para el cuartel
-general del Carpio.</p>
-
-<p>Una de las cosas que organicé fué un hospital<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>
-de sangre con facultativos hábiles, y dos boticas,
-una para la caballería y la otra para la infantería.</p>
-
-<p>Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier
-Narváez, el general Ramírez me ordenó que, con
-toda celeridad, me presentase en el campo de la
-acción con el hospital de sangre a recoger los heridos
-de nuestras tropas y los del enemigo, y
-hechas las primeras curas, los trasladé, en ómnibus,
-a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto
-un hospital, que, según dijo el general don Antonio
-Aldama, que lo visitó, podía servir de modelo.
-En el corto espacio de veintidós días&mdash;decía en
-un informe el general Ramírez&mdash;se presentó el fenómeno,
-nunca visto hasta entonces, de la completa
-curación de todos los heridos, a pesar de serlo,
-en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles
-a incorporarse a sus cuerpos, y los que quedaron
-inútiles, al depósito de Sevilla, sin que se hubiera
-desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo&mdash;seguía
-diciendo el general&mdash;se debió al brillante
-estado en que se hallaba el hospital militar, al
-mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas,
-rigurosa policía que se observó en los alimentos y
-medicinas y a la presencia no interrumpida del
-jefe de la Hacienda en el hospital.</p>
-
-<p>Además intenté interesar el patriotismo de los
-habitantes de Jerez y contribuí a que el Ayuntamiento,
-la Junta de beneficencia y el pueblo ente<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>ro
-sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando
-a todos los soldados dos camisas nuevas,
-un par de zapatos y uniformes a los que los
-tenían inservibles y destrozados. Los periódicos
-de Cádiz me llenaron de alabanzas por mi patriotismo,
-habilidad y filantropía.</p>
-
-<p>El general Ramírez me dió varios certificados
-encomiásticos; yo le ayudé; y trabajé con él para
-que no se alterara el orden, puesto que en aquellas
-críticas circunstancias, y por el reciente cambio
-de las instituciones, las pasiones estaban en
-una gran efervescencia.</p>
-
-<p>Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios
-a las proximidades de Arcos de la Frontera,
-al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a
-Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de
-Majaceite.</p>
-
-<p>Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré
-en el campo con el jefe de Estado Mayor
-don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros
-de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho,
-sabía francés, inglés y creo que alemán.</p>
-
-<p>Era muy amigo de Espronceda, y después se
-habló de él como literato por el prólogo que puso
-al <i>Diablo Mundo</i>; citaba con frecuencia a los grandes
-poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros
-de Olano me preguntó si no conocía al general
-Narváez y me instó para que fuera con él a Arcos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tengo una habitación soberbia en el Palacio
-de los Duques, con dos camas&mdash;me dijo&mdash;. Una
-se la cedo a usted por esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos allá.</p>
-
-
-<h3>IV.</h3>
-
-<p>Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro,
-colocado sobre una roca elevadísima, rodeada
-por casi todas partes por las aguas amarillentas
-del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico.
-Las calles de Arcos son estrechas y pendientes; y
-para llegar a la cumbre de la ciudad hay que subir
-una cuesta muy larga y penosa.</p>
-
-<p>Como la roca en que está asentada Arcos, tajada
-sobre el río, es medio arenosa, como de asperón,
-y se desmorona por los costados con frecuencia,
-han desaparecido varias calles, y el pueblo,
-antes amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha
-extendido por las colinas próximas.</p>
-
-<p>Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por
-sus frutas y por sus majos, tiene en la plaza una
-iglesia, con una fachada de estilo gótico florido,
-y algunas casas hermosas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p>
-
-<p>Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de
-Olano me llevó al palacio de los Duques de Arcos,
-en donde se encontraba el brigadier don Ramón
-María Narváez.</p>
-
-<p>Narváez me saludó amablemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se conocían ustedes?&mdash;preguntó Ros de
-Olano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo don Ramón.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;añadí yo.</p>
-
-<p>Yo le conocía de cuando estaba organizando
-la Isabelina. Por entonces, Narváez, que era masón,
-se me presentó con una contraseña del Gran
-Oriente para entrar en la Sociedad.</p>
-
-<p>No quise referirme a este recuerdo, por si la
-idea de haberse encontrado en una situación subalterna
-con relación a mí no le gustara al brigadier;
-y no hice tampoco la menor alusión a esta
-circunstancia, lo que pareció tranquilizar por completo
-al caudillo. Hablamos largo rato.</p>
-
-<p>A Narváez, después del motín de La Granja, se
-le consideraba como liberal exaltado; en cambio,
-a Espartero se le tenía como amigo de los moderados.</p>
-
-<p>Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez
-para ver si daba el golpe de gracia al general
-carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, García
-Camba, le había dado atribuciones extraordinarias,
-como la de obligar al general Alaix a que le cedie<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>ra
-su división, cosa que produjo, días después de
-la acción de Majaceite, una riña entre los dos generales
-y un motín militar.</p>
-
-<p>Los exaltados comenzaban a ver en Narváez
-un rival de Espartero y lo elogiaban a cada
-paso.</p>
-
-<p>En los dos años siguientes, y por la fuerza de
-los acontecimientos. Espartero llegó a ser el hombre
-de los progresistas, y Narváez, el de los moderados.</p>
-
-<p>Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en
-ellos mas que envidia y emulación. La rivalidad
-que ya había existido entre Espartero y Córdova
-siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre
-todo cuando murió el general Córdova.</p>
-
-<p>Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante
-estaba emborrachado por el éxito; tenía una
-voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; los
-ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio
-inferior, un poco belfo.</p>
-
-<p>Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo
-y turbulento; a veces parecía de un amor propio,
-monstruoso; a veces le gustaba hacerse el pequeño.
-Sus soldados le querían porque, a pesar de su
-severidad, era justo a lo militar y compartía con
-ellos sus sufrimientos. Narváez se parecía espiritualmente
-a Espartero; pero era más impulsivo y
-más genial. A pie, sorprendía por su aire violento;<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>
-a caballo y arengando a sus tropas, según me dijo
-Ros de Olano, tenía una gran prestancia.</p>
-
-<p>Yo confieso que sentía cierta antipatía por
-estos espadones jactanciosos y fieros. De aceptar
-un tipo militar, prefería el organizador frío y tranquilo
-como Zumalacárregui.</p>
-
-<p>Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se
-decía que estaba gravemente enfermo y casi moribundo.</p>
-
-<p>Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero
-el <i>Esqueleto</i>, como le llamaban cuando
-era capitán general de Navarra, fuera tan franco y
-tan llano.</p>
-
-<p>Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora
-de comer, mandaba traer un caldero de habas o
-de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en
-rueda con sus oficiales, metía la cuchara de palo
-en la comida común. Narváez no comprendía que
-en esto había algo de efecto teatral.</p>
-
-<p>El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus
-oficiales encantados.</p>
-
-<p>Narváez creía en toda esta retórica de los conductores
-de soldados: «¡Muchachos, hijos míos,
-adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le llegaba
-al alma. Creía en la familia militar, como si
-fuera lo mismo, después del peligro de una acción,
-el ir a vivir a un palacio con un magnífico sueldo
-que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>
-de cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.</p>
-
-<p>En el Empecinado, y en tipos como él, esta
-fraternidad con sus soldados era algo espontáneo,
-porque su vida no se diferenciaba gran cosa de la
-de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido
-entre lores y damas de la aristocracia inglesa,
-su familiaridad no pasaba de ser una técnica, un
-procedimiento.</p>
-
-<p>Narváez sentía un odio profundo por los periodistas
-y por la Prensa. La Prensa era la causante,
-según él, de todo lo malo que ocurría en España.</p>
-
-<p>La razón de su enemiga era que los periodistas
-tenían en la mano la popularidad, esta popularidad
-a la que los militares ambiciosos hacían ascos
-y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla.
-En todos aquellos aspirantes a Napoleón se había
-despertado un ansia inagotable de aparecer citados
-en los periódicos.</p>
-
-<p>Narváez se quejaba de la confusión de la época.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es un galimatías&mdash;dijo&mdash;que no lo entiende
-ni Dios. Esto es la mismísima torre de Babel.
-El uno dice que más libertad y más Constitución;
-el otro, que menos libertad y menos Constitución
-y más orden; el uno grita que el enfermo
-se muere; el otro, que el enfermo se cura; el uno
-receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>
-tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si
-nos conviene más la Constitución neta o la reformada,
-el Estatuto, la República, Don Carlos o los
-demonios colorados.</p>
-
-<p>&mdash;Todas esas son consecuencias naturales de la
-libertad&mdash;observé yo&mdash;; no se puede pedir en el
-campo liberal la uniformidad de ideas que hay entre
-los absolutistas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues todas esas charlas y toda esa confusión
-no hacen mas que perturbarnos.</p>
-
-<p>Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión
-era una consecuencia natural y lógica de la
-libertad, y me dejé decir en la conversación que
-el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra
-civil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?&mdash;me preguntó Narváez con furia,
-incomodado con esta idea expuesta por mí.</p>
-
-<p>&mdash;Porque más de la mitad de España es absolutista&mdash;dije
-yo&mdash;. La guerra, si sigue en circunstancias
-como las actuales, acabará por destruírlo
-todo. Para liberalizar España hay que contar con
-el tiempo, solamente con el tiempo. El liberal
-tiene las ciudades, mejor dicho, el elemento culto
-de las ciudades, pero el carlista domina en los
-campos.</p>
-
-<p>&mdash;Una minoría fuerte, inteligente y que tenga
-razón puede imponerse a una mayoría de bestias&mdash;dijo
-Narváez.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Eso es la dictadura.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber
-en ella?</p>
-
-<p>&mdash;Muchos males y un inconveniente&mdash;contesté
-yo&mdash;; que para que haya dictadura tiene que
-haber un dictador fuerte que acabe con todos los
-que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un
-dragón que devore las alimañas. Y eso es lo difícil.
-Ninguno de nuestros generales ni de nuestros
-políticos se someterá, y no sé si habrá alguno
-capaz de tragarse a los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Y bien, ¿usted que haría?</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas
-que trajera una tregua, y luego, en la paz, trabajar
-contra ellos. Si no, destrozaremos a España
-estúpidamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el honor del ejército?</p>
-
-<p>&mdash;El ejército no debe servir mas que para los
-intereses de la nación. El político, a dirigir; el militar,
-a obedecer y a cumplir las órdenes.</p>
-
-<p>&mdash;O a dirigir también.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso, el militar, ya no es militar, sino
-político.</p>
-
-<p>Narváez me replicó con extremada violencia,
-con su fraseología andaluza plagada de brutalidades
-y de groserías. Me hubiera retirado a no haber
-intervenido varias veces Ros de Olano y a no
-haber entrado en el cuarto el ordenanza de Nar<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>váez,
-Bodega, el mismo que cuando el brigadier
-llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros
-tuvo tanta fama y se le consideró casi
-como un personaje. Bodega traía varias cartas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son de Madrid?&mdash;preguntó Narváez a Ros
-de Olano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de
-tu pueblo, de Loja.</p>
-
-<p>Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.</p>
-
-<p>Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo
-por esta clase de gente que cree que no
-hay más norma en la vida que la del pan y el
-palo y que quieren convertir la sociedad en un
-cuartel.</p>
-
-<p>Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho
-caso de las violencias del lenguaje de aquel
-hombre, pues todo esto era en él corteza.</p>
-
-<p>Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista;
-pero Ros de Olano me convenció de que
-me quedara a cenar. Cenamos en el palacio de los
-duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor
-y algunos de sus oficiales. Estaban el ayudante de
-campo Calleja, el abogado Cortina, el coronel don
-Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal
-del <i>Times</i>, que marchaba en la división recomendado
-por el embajador de Inglaterra, sir
-Jorge Williers, luego lord Clarendon.</p>
-
-<p>Narváez, aunque con aire de malhumor, se las<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>
-echaba de modesto y atribuía la victoria de Majaceite
-a los demás.</p>
-
-<p>Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres
-elocuentes que a mí no me interesan nada.
-Iba con la brigada de la Milicia nacional como
-jefe de Estado Mayor.</p>
-
-<p>El comandante de la brigada era el coronel Silva,
-del tiempo de la guerra de la Independencia,
-el primero que había obtenido la cruz de San Fernando
-por la lucha que tuvo con nueve franceses,
-en la que mató a cinco e hizo huír a los restantes.</p>
-
-<p>El gasto de la conversación durante la cena lo
-hizo el abogado Cortina. Después de cenar, Ros
-de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y
-un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana
-y por la tarde nos había ayudado a mis sanitarios
-y a mí a recoger los heridos, a la calle.</p>
-
-<p>Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre
-poco místico; trataba a los soldados como camaradas
-y decía la misa en cinco minutos.</p>
-
-<p>Entramos en un pequeño café donde había muchos
-militares. Suñer y Ros de Olano hablaron de
-la batalla que se había dado contra Gómez y del
-nombre que se le pondría.</p>
-
-<p>A Ros de Olano no le parecía muy bonito el
-que esta acción se llamase la acción de Majaceite;
-sin embargo, por lo que dijo, era el nombre exacto
-que le correspondía, puesto que se había dado<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>
-en distintos puntos de la orilla de este río. Me
-hizo un croquis en un papel del terreno donde
-se había verificado la batalla.</p>
-
-<p>El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de
-dos fuentes próximas de la sierra de Grazalema.
-Estos dos brazos&mdash;el río de Zahara y el Majaceite&mdash;,
-después de separarse y extenderse por las
-alturas de la provincia de Cádiz, se reúnen a una
-legua, aguas abajo de Arcos, en el sitio llamado
-la Pedrosa.</p>
-
-<p>El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona,
-el de Ubrique, la garganta de Millán, que
-comienza en el mojón de la Víbora, y con algunos
-otros regatos.</p>
-
-<p>Ya constituído con el nombre de Majaceite, se
-introduce por una estrechura llamada la Humbría,
-y a la distancia de una legua se le une, en el punto
-llamado el Charco de los Hurones, la garganta de
-los Negros y otros arroyos que proceden de la
-loma de la Novia. Desde el Charco de los Hurones
-hasta la jurisdicción de Algar hay una legua
-de cañada muy pedregosa, dominada por dos
-grandes montes&mdash;la Atalaya y el Granado&mdash;,
-con dos angosturas&mdash;la del Moro y la de la
-Penitencia.</p>
-
-<p>El curso de este río sigue por grandes estrechuras
-a entrar en el término de Arcos, pasa por la
-angostura de Fox y se une con el río de Zahara<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>
-a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.</p>
-
-<p>Ros de Olano estuvo divagando largo rato y
-con gracia acerca de los distintos nombres que se
-le podrían dar a la acción del día anterior; pero
-concluyó diciendo que su mala suerte les iba a
-dejar siendo héroes de la batalla de Majaceite.</p>
-
-<p>Después, el capellán y él se pusieron a hablar de
-Narváez, por quien sentían gran entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;Este hombre es un hombre de instinto, de
-inspiración&mdash;dijo Ros&mdash;; presentía que había de
-encontrar a Gómez y que le había de derrotar.</p>
-
-<p>Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar
-estas explicaciones misteriosas. Yo sonreí,
-porque nunca he creído en presentimientos; pero
-no dije nada en contra.</p>
-
-<p>&mdash;Este Narváez&mdash;siguió diciendo Ros de Olano&mdash;es
-una fuerza de la Naturaleza. Yo no he
-visto un hombre más violento y más pintoresco.
-A veces es de una modestia terrible y sincera; a
-veces tiene un amor propio que no le cabe dentro
-del cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted? No me entusiasma&mdash;le
-dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre
-que responde a las fatalidades del Destino
-adverso con una postura gallarda; usted es un estoico,
-un romano; lucha usted como un marino<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
-contra los vientos y las tormentas. Usted puede
-decir como el filósofo: «Dolor, no eres un mal».</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted buena idea de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que es la justa; ahora, estos tipos como
-Narváez, no: son fuerzas de la naturaleza, tienen
-una suerte, una confianza en sí mismos irracional,
-pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno.
-Es el jugador afortunado que gana y gana
-y llega a convencer a los demás de que tiene el
-poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido
-de su destino. Es un marino que no sólo
-hace la maniobra, sino que crea el tiempo...</p>
-
-<p>&mdash;Pero si le viene la mala...</p>
-
-<p>&mdash;Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá;
-pero entretanto se creerá invulnerable.</p>
-
-<p>Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de
-Olano preguntó a un joven teniente:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ha hecho una vaca con <i>Don Lámpiro</i> y
-está perdiendo hasta la camisa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es <i>Don Lámpiro</i>?&mdash;dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Es un sanitario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el teniente Matamoros?</p>
-
-<p>&mdash;El teniente Matamoros es de Loja y creo que
-compañero de la infancia de Narváez; le llamaremos
-y nos contará alguna anécdota de don
-Ramón.</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span></p>
-
-
-<h3>V.</h3>
-
-<p>Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.</p>
-
-<p>Salía de un rincón del café, donde estaban jugando
-al monte.</p>
-
-<p>Matamoros era un hombre verdaderamente
-feo; tenía unos cuarenta años, la nariz gruesa,
-verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los
-ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros
-tenía el aire muy sonriente y ceceaba al hablar.
-Era muy ceremonioso y le gustaban las fórmulas
-de cortesía y las zalemas. Había sido nacional
-del 20 al 23 y vivido en Sevilla de contratista
-de obras desde la entrada de Angulema hasta
-la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras
-para ingresar de nuevo en el Ejército.</p>
-
-<p>Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros
-le dedicaban los compañeros muchas bromas;
-decían que tenía un aire tan fiero, que cuando se
-miraba al espejo él mismo se asustaba.</p>
-
-<p>Una cantinera, requerida de amores por él, le
-había dicho:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos,
-hombre! ¡Si es usted más feo que el cabo Negrón,
-que murió de feo!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero soy muy gracioso&mdash;replicó Matamoros,
-riendo.</p>
-
-<p>Y la cantinera llegó a enternecerse.</p>
-
-<p>Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando
-se acercó a nuestra mesa el teniente Matamoros.</p>
-
-<p>&mdash;¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!</p>
-
-<p>&mdash;¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará
-café con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis
-debilidades!</p>
-
-<p>&mdash;¿Mala suerte en el juego?</p>
-
-<p>&mdash;Ese <i>Don Lámpiro</i> es una calamidad. No
-da una.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy tan calamidad como <i>Don Lámpiro</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Este señor&mdash;dijo Ros de Olano señalándome
-a mí&mdash;escribe en los papeles...</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, yo le había tomado por un físico!</p>
-
-<p>&mdash;No; escribe en los papeles, y quisiera que
-usted le contara alguna cosa de nuestro brigadier
-Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en
-Sevilla, es de Loja, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; y a mucha honra.</p>
-
-<p>&mdash;Y creo que compañero de la infancia de
-Narváez.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo
-fuimos a la escuela juntos, porque aunque yo tengo
-tres o cuatro años más que él, ya sabe usted
-lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les
-lleva a la escuela más pronto, y adelantan más
-porque no tienen que hacer otra cosa que estudiar,
-y los chicos de los pobres tienen que hacer
-muchas cosas en casa y fuera de casa.</p>
-
-<p>&mdash;Así que usted recordará alguna historia de
-Narváez.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; algo recuerdo.</p>
-
-<p>El teniente debía tener una narración hecha
-para contarla a sus compañeros, y comenzó
-ésta así:</p>
-
-<p>&mdash;Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad
-de la provincia de Granada muy grande y muy
-importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos
-envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y
-dicen:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Loja:</div>
-<div class="line">la que no es p...</div>
-<div class="line">es coja.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y nosotros contestamos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Y fuera de aquí</div>
-<div class="line">todas son así.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y la verdad es que en todas partes cuecen habas.
-Pues bien, a Loja, los Reyes Católicos le dieron en<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>
-tiempo de los moros por escudo de armas un castillo
-sobre un puente; y a los dos lados de él, dos
-montañas; y entre ellas, una cadena, que lleva colgando
-una llave dorada; y encima este mote:
-<i>Loja, flor entre espinas</i>.</p>
-
-<p>Este mote de la ciudad le viene como de perlas
-al brigadier don Ramón Narváez, porque mi
-paisano es también así, flor entre espinas; tan pronto
-le suelta a uno una rabotada que le vuelve
-loco, como le hace un favor.</p>
-
-<p>Este hombre, ya desde su más tierna infancia,
-manifestó que tiraba a ser algo grande, porque
-ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta y
-seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán
-general, si no llega ser algo así como Napoleón o
-como César.</p>
-
-<p>Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba
-latín, se inclinaba, más que a otra cosa, a entretenimientos
-de iglesia, y le gustaba levantar
-altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus
-condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía
-aceptar el papel de monaguillo; siempre tenía que
-ser él el prior o el obispo, o, por lo menos, el vicario
-de la <i>pirroquia</i>, como dicen en mi pueblo.
-Del juego con la iglesia y de los altarcitos pasó al
-del ejército, que ya es cosa más seria, caballeros,
-y formó una banda de tambores, parecida a la que
-habíamos visto en Loja durante la invasión de los<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>
-franceses, tomando el papel de tambor mayor. ¡Y
-que no se mostraba poco diestro Ramoncito Narváez
-cuando recorría las calles del pueblo al frente
-de su pelotón y lanzaba el palo por los aires y
-lo volvía a coger!</p>
-
-<p>A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el
-desenfado de Ramoncito.</p>
-
-<p>El afán de ser el primero le llevó pronto en el
-juego de soldados a dejar el título de tambor mayor
-y a tomar el de capitán general, y andaba con
-un sable de juguete haciendo maniobrar a los
-chicos como si fueran soldados.</p>
-
-<p>Concluída la edad de los juegos y empezada la
-de gallear, Narváez se peleó a cada paso con los
-mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha sangre,
-y un valor y un orgullo que no le cedía a
-nadie.</p>
-
-<p>Viendo el padre de Narváez la inclinación de
-su hijo por las armas, le indicó que sería militar.</p>
-
-<p>Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando
-en Granada, donde conoció a una señorita
-de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, que
-procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era
-de la familia del duque de este título.</p>
-
-<p>Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía
-ya relaciones con un muchacho granadino de
-buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso
-Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar es<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>taba
-más adelantado que él, se desesperó; quiso
-armar camorra a su rival y volvió a Loja furioso.</p>
-
-<p>Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el
-padre de Narváez le consiguió a su hijo una plaza
-de cadete en el regimiento de Guardias Valonas.
-En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso
-Pulgar.</p>
-
-<p>El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo,
-y juraron a la mejor ocasión batirse y comerse
-los hígados el uno del otro.</p>
-
-<p>Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los
-jóvenes de nuestro tiempo, muy calavera, muy
-mujeriego y muy aficionado a verlas venir.</p>
-
-<p>Todos los meses se jugaba la paga y no había
-mejor fiesta para él que un desafío.</p>
-
-<p>Antes de la revolución de Riego presentaron
-al difunto Fernando VII, ¡maldita sea su estampa!,
-la lista de seis alumnos de la Academia propuestos
-para el ascenso a subtenientes supernumerarios;
-y preguntando las condiciones de cada uno
-de ellos, al llegar al nombre de Narváez, el rey,
-que tenía muy buena memoria cuando quería,
-porque cuando no quería se hacía el sueco, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado
-echó a un compañero al estanque del Retiro para
-que le trajese la gorra que el otro, en broma, le
-había tirado al agua.</p>
-
-<p>En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de<span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span>
-Guardias de Corps, y era del grupo de los leales a
-la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del
-Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios
-acérrimos del rey.</p>
-
-<p>El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse
-uno con otro. Pulgar fué de los que atacaron la
-Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de
-Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la
-Puerta del Sol para rechazar a los realistas.</p>
-
-<p>Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la
-Regencia absolutista, el Gobierno envió a Mina
-para batir el centro de la insurrección, y Narváez
-fué nombrado ayudante de aquel general. Herido
-en Castell Fullit, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Al primer tapón, zurrapas.</p>
-
-<p>En la invasión del año 23, cuando las tropas
-de Cataluña tuvieron que capitular, Narváez
-fué conducido a Francia, prisionero, y después,
-aprovechando el indulto del año 24, regresó a
-Loja, donde vivió retirado al lado de su familia.</p>
-
-<p>Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado
-de cuerpo y estaba entonces de guarnición
-en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba a la
-capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón
-y en las alamedas de la Bomba.</p>
-
-<p>Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar
-un odio terrible. Un día que el padre de Pulgar
-había entrado en una casa de juego de Grana<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>da
-y había puesto a una carta una bolsa verde
-llena de dinero, Narváez cogió la bolsa, la tiró al
-aire y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Donde estoy yo no apuntan los realistas.</p>
-
-<p>A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de
-nuevo en el ejército, y yo con él, y el año 34 fué
-destinado a servir en el Norte, bajo las órdenes
-del general Mina. Yo le seguí.</p>
-
-<p>Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz
-y Mina cuando supimos que Alfonso Pérez del
-Pulgar se encontraba de coronel en las filas de
-Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias
-veces a batirse con él; pero su enemigo no
-hizo caso de este reto.</p>
-
-<p>Poco después, don Luis Fernández de Córdova
-dió el mando del regimiento de la Princesa a
-Narváez.</p>
-
-<p>En los regimientos sucede que hay mucha imitación:
-si hay un oficial de carácter que se muestra
-estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si hay
-un valentón o un bailarín que se distinga, los demás
-tienden a ser valentones o bailarines. En el
-regimiento de la Princesa, donde había servido
-Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines,
-menos yo; por eso, cuando le hicieron
-coronel a Narváez, muchos oficiales de los que
-fueron sus compañeros recibieron la noticia con
-gran disgusto. Se hallaba el regimiento en Tafalla,<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-y, al presentarse Narváez a los oficiales reunidos
-y descontentos por su nombramiento, les dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Conozco, señores, que este regimiento es el
-más indisciplinado de todos en el ejército, y que
-ustedes tienen de ello la culpa; pero desde luego
-deseo hacerles conocer que sabré imponerme y
-que tengo más corazón y más carácter que ustedes
-para hacer cumplir a la fuerza a todo el mundo
-con su deber. Para demostrarlo a cuantos se
-crean ofendidos por estas palabras, desde ahora
-hasta mañana al toque de diana no soy para nadie
-el coronel, sino el compañero que está dispuesto
-a darles satisfacción con las armas.</p>
-
-<p>Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta
-manera.</p>
-
-<p>Poco después, en la batalla de Mendigorría, se
-encontraron frente a frente Narváez y Pérez del
-Pulgar, mandando cada uno su regimiento. Narváez,
-saliéndose de las filas, se lanzó contra su
-enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que querías hacer retroceder solo a todo
-el ejército carlista?&mdash;le dijo después el general
-Córdova con sorna.</p>
-
-<p>&mdash;Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por
-qué no?&mdash;replicó el de Loja con soberbia.</p>
-
-<p>Al día siguiente de esta batalla, al recoger los
-muertos, se supo que un coronel enemigo había
-quedado en el campo: era Alfonso Pérez del Pul<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>gar.
-Narváez se enteró; un soldado le entregó las
-armas, el uniforme y un paquete de cartas que habían
-recogido al jefe carlista.</p>
-
-<p>Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que
-la mujer de su rival, su antigua pretendida, estaba
-viviendo en Arcos y pasando apuros, porque las
-pagas de los militares carlistas no llegaban con
-puntualidad.</p>
-
-<p>Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme
-y la espada del coronel; añadió su paga,
-que había cobrado él en billetes, y se la mandó a
-la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en
-seguida su odio, y hablaba de su antiguo rival con
-simpatía.</p>
-
-<p>Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que
-es, como Loja, flor entre espinas.</p>
-
-<p>&mdash;Otra vez...</p>
-
-<p>Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna
-nueva historia, cuando dijo Ros de Olano:</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente,
-Aviraneta, se habrá levantado muy temprano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;le dije yo&mdash;; a eso de las cinco estaba
-ya en pie.</p>
-
-<p>Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos
-del café y fuimos vagabundeando por los callejones
-obscuros de Arcos.</p>
-
-<p>Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p>
-
-<p>Era noche de luna, y el cielo, iluminado por
-ella con un resplandor azul, se veía arriba, entre
-los tejados, como una estrecha faja en ziszás.</p>
-
-<p>Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso
-me preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién va por allá?</p>
-
-<p>&mdash;Nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Allí parece que está escondido alguno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?&mdash;me
-preguntaba yo&mdash;. ¿Qué habrá visto? ¿O
-qué temerá?</p>
-
-<p>&mdash;Usted no dirá nada&mdash;me dijo Ros de Olano,
-de pronto, con voz temblorosa&mdash;; le tengo que
-contar, en confianza, la última parte de esa historia
-de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha
-referido el teniente Matamoros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay un epílogo?&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; hay un epílogo.</p>
-
-<p>Ros de Olano me había llevado a una plazoleta,
-delante de un caserón grande, con su portalada y
-sus rejas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted ese sombrío edificio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es un convento de monjas franciscanas
-que algunos llaman de las Emparedadas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Antes había aquí en el pueblo, según me han
-dicho, un beaterio con este nombre. Ese beaterio<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-estaba unido en otro tiempo a una capilla de Santa
-María de la Asunción, que es la iglesia mayor de
-Arcos. El beaterio cuidaba de la iglesia y hacía
-ejercicios espirituales; después se trasladó a este
-convento de religiosas franciscanas, que sigue llamándose
-por algunos el convento de las Emparedadas.
-En este convento está desde la muerte
-de su marido, Juana Ponce de León.</p>
-
-<p>&mdash;¿Profesa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido
-visitar a la viuda. Hemos ido él y yo, y hemos entrado
-un momento en la iglesia. Se oía el murmullo
-del órgano y los cantos de las monjas. Narváez,
-decidido, ha ido a la parte de la clausura y ha llamado
-con fuerza; al venir la lega ha preguntado por
-doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido
-hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer
-pálida, con unos ojos brillantes e inteligentes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quería usted?&mdash;ha preguntado la superiora
-a través de la doble reja.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero hablar con doña Juana Ponce de León
-y darle detalles de la muerte de su marido.</p>
-
-<p>&mdash;Sor Teresa no piensa más que en Dios&mdash;ha
-contestado la superiora.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo necesito verla y hablarla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo
-en la pena de excomunión.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, a las monjas se las puede ver&mdash;ha
-observado Narváez.</p>
-
-<p>&mdash;No le&mdash;dije yo&mdash;, a cierta clase de monjas
-no se les puede más que hablar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señora!&mdash;ha gritado Narváez&mdash;; yo necesito
-hablar a doña Juana; si no lo autoriza usted soy
-capaz de asaltar el convento con mis tropas.</p>
-
-<p>La voluntad de Narváez se impone; es demasiado
-fuerte para resistirla. La madre superiora ha
-intentado calmarle, diciéndole que podría hablar
-a doña Juana Ponce de León.</p>
-
-<p>Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la
-reja del locutorio con el velo echado. Yo me he
-retirado un poco.</p>
-
-<p>Narváez ha explicado a la monja cómo murió
-su marido y la parte que tomó él en recoger sus
-despojos. Ella apenas contestaba mas que con monosílabos.</p>
-
-<p>Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara
-ver un momento su rostro.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser, no puede ser&mdash;ha dicho doña
-Juana.</p>
-
-<p>Después ha aparecido la superiora.</p>
-
-<p>&mdash;Sor Teresa&mdash;nos ha dicho&mdash;está enferma;
-ha envejecido mucho y no quiere que la vean ustedes
-así; pero para que se convenzan de la realidad
-la verán ustedes un momento.</p>
-
-<p>Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-se abrió una ventana y se descorrió una cortina. La
-monja que estaba delante de nosotros se levantó el
-velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y
-tan macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez
-atónito.</p>
-
-<p>Salimos a la calle los dos sin despedirnos de
-nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, oye&mdash;le dije a Narváez&mdash;, ¿cuántos
-años tiene esa mujer?</p>
-
-<p>&mdash;Veinticinco, lo más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!</p>
-
-<p>&mdash;Yo no creo en milagros&mdash;me ha dicho Narváez.</p>
-
-<p>Ros de Olano me habló espantado de si aquella
-figura de mujer vieja que habían visto en el locutorio
-sería un fantasma. Yo me encogí de
-hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no ha visto nunca espectros?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no cree en la metempsicosis?&mdash;me
-preguntó luego.</p>
-
-<p>&mdash;No; no he pensado nunca en ello, como no
-he pensado en la alquimia ni en la astrología. Al
-único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza
-el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.</p>
-
-<p>Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg,
-de la <i>Palingenesia filosófica</i> de Carlos<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>
-Bonnet, y de otros libros modernos que, según él,
-afirmaban la metempsicosis.</p>
-
-<p>Yo me encogí de hombros.</p>
-
-<p>Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de
-los duques de Arcos, llegamos a nuestra habitación,
-que era grande, y nos acostamos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Apago la luz?&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; todavía, no.</p>
-
-<p>Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero
-me llamaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tampoco cree usted en los aparecidos?&mdash;me
-preguntó de pronto Ros de Olano con voz ahogada.</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, sí.</p>
-
-<p>Y se incorporó en la cama y me contó una serie
-de historias truculentas de fantasmas, de espectros
-y de casos de doble vista y de magnetismo.
-Estaba el hombre espantado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado
-un espectro. Porque esas monjas han sido muy
-dadas a la práctica de la hechicería y de la nigromancia.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño&mdash;le
-dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;No voy a poder dormir&mdash;gimió él.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted estar tranquilo. Donde duerme
-Aviraneta no aparecen nunca fantasmas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p>
-
-<p>Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía
-estos terrores infantiles, fuera luego tan práctico
-en la vida.</p>
-
-<p>Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar
-la noche allí por miedo a estar solo, y me
-quedé dormido.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Unos días después, la incógnita que trastornaba
-a Ros de Olano se despejó. En Jerez supe que
-doña Juana Ponce de León seguía tan guapa como
-antes, y que la superiora del convento había dado
-el cambiazo, mostrando a Ros de Olano y a Narváez
-una monja vieja y enferma que se parecía
-algo a doña Juana.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron
-los toques de corneta. Había gran animación
-en la plaza; iban de acá para allá los soldados,
-llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles
-en la mano, entraban y salían en la casa del
-Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en
-corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron
-formando las tropas.</p>
-
-<p>Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y
-Ros de Olano a despedirse de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Aviraneta&mdash;me dijo Narváez&mdash;: sé quién es<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span>
-usted, lo que ha sufrido, la situación en que se
-encuentra. Si me necesita usted alguna vez, cuente
-usted conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, brigadier.</p>
-
-<p>Nos estrechamos la mano.</p>
-
-<p>Poco después le vi salir a Narváez a la plaza,
-montar a caballo y bajar la cuesta, rodeado de
-Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante
-Mayalde.</p>
-
-<p>Comenzó a tocar la música, y la columna se
-puso en marcha; luego se la vió alejarse por la
-carretera.</p>
-
-<p>El pueblo había quedado desierto.</p>
-
-<p>Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y
-se me ocurrió, como al teniente Matamoros, que
-le venía muy bien la leyenda antigua de su pueblo:
-«Loja, flor entre espinas».</p>
-
-<p class="p2 i2">Madrid, agosto, 1921.</p>
-
-<p class="p4 center">FIN DE LAS FURIAS</p><hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2></div>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
- <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">Prólogo</a></td>
- <td class="tdrb">9</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CARMONA">&mdash;El Diario de Pepe Carmona</a></td>
-<td class="tdrb">15</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ARRUINADOS">&mdash;Arruinados</a></td>
-<td class="tdrb">19</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#EULALIA">&mdash;Doña Gertrudis y Eulalia</a></td>
-<td class="tdrb">23</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#RECUERDOS">&mdash;Evocaciones y recuerdos</a></td>
-<td class="tdrb">27</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ARNAU">&mdash;La torre de Arnau</a></td>
-<td class="tdrb">37</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#NEGRE">&mdash;La casa del Negre</a></td>
-<td class="tdrb">45</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#EVOCACIONES">&mdash;Recuerdos y evocaciones</a></td>
-<td class="tdrb">55</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#MONTFERRAT">&mdash;La casa de Montferrat</a></td>
-<td class="tdrb">65</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ELENA">&mdash;Elena</a></td>
-<td class="tdrb">77</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">X.</td>
-<td class="tdl"><a href="#MISTERIOSO">&mdash;Un viajero misterioso</a></td>
-<td class="tdrb">79</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ELENA2">&mdash;El abanico de Elena</a></td>
-<td class="tdrb">85</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#REPROCHES">&mdash;Reproches</a></td>
-<td class="tdrb">89</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#RINALDI">&mdash;Habla Moro-Rinaldi</a></td>
-<td class="tdrb">95</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XIV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SERENATA">&mdash;Una serenata</a></td>
-<td class="tdrb">101</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CADENA">&mdash;El hostal de la Cadena</a></td>
-<td class="tdrb">105</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XVI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CUPIDO">&mdash;En alas de Cupido</a></td>
-<td class="tdrb">111</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XVII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#MAR">&mdash;Viaje por mar</a></td>
-<td class="tdrb">119</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XVIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#NUEVAS">&mdash;Ciudades viejas y ciudades nuevas</a></td>
-<td class="tdrb">125<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XIX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#TARRACONENSE">&mdash;Tarraconense</a></td>
-<td class="tdrb">129</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CONFUSION">&mdash;Confusión</a></td>
-<td class="tdrb">133</td>
-</tr>
-
-<tr>
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-<td class="tdl"><a href="#CIUDADELA">&mdash;La Ciudadela</a></td>
-<td class="tdrb">137</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XXII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SUBE">&mdash;La marea que sube</a></td>
-<td class="tdrb">143</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XXIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#FURINALIA">&mdash;Furinalia</a></td>
-<td class="tdrb">153</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XXIV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SIGUIENTE">&mdash;Al día siguiente</a></td>
-<td class="tdrb">159</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">XXV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#EPILOGO">&mdash;Epílogo</a></td>
-<td class="tdrb">163</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><a href="#TRAGEDIA">Los bastidores de la tragedia</a></td>
- <td class="tdrb">169</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><a href="#JULIO">El sueño de una noche de julio</a></td>
- <td class="tdrb">221</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><a href="#ESPINAS">Flor entre espinas</a></td>
- <td class="tdrb">247</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS ***
-
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