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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Las Furias - Memorias de un hombre de acción, tomo 12 - -Author: Pío Baroja - -Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - PÍO BAROJA - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - - _El aprendiz de conspirador._ - _El escuadrón del Brigante._ - _Los caminos del mundo._ - _Con la pluma y con el sable._ - _Los recursos de la astucia._ - _La ruta del aventurero._ - _Los contrastes de la vida._ - _La veleta de Gastizar._ - _Los caudillos de 1830._ - _La Isabelina._ - _El sabor de la venganza._ - _Las furias._ - - - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FURIAS - - - - - ES PROPIEDAD - - DERECHOS RESERVADOS - - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - COPYRIGHT BY - RAFAEL CARO RAGGIO - 1921 - - - Establecimiento tipográfico - de Rafael Caro Raggio - - - - - PÍO BAROJA - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LAS FURIAS - - - [Ilustración] - - - RAFAEL CARO RAGGIO - EDITOR - MENDIZÁBAL, 34 - MADRID - - - - -_A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conocí todavía en plena juventud -y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte años, en los -linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y -por lo puro y el mismo desdén por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y -al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de -simpatías_, - - _EL AUTOR_. - - - - - LAS FURIAS - - - - - PRÓLOGO - - -HACIA 1860--cuenta nuestro amigo Leguía--fuí con mi mujer, algo enferma -del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la -Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces. - -Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no -un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de -establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No -dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina -en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su -vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como -compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la -comida de Málaga. - -Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era -rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro -punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas -influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el -Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego -constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto. - -Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la -voz del gallego que gritaba: - ---¿_Peru_ qué sardinas _sun_ éstas? _Estu_ no vale nada; _estu_ no está -_frescu_. - ---No me diga usted _ezo_, don Juan--terciaba la dueña del -establecimiento--; _presisamente ayé_ me _desía_ don _Pepe Rodrigue_ -que en ninguna parte se comía el _pecao_ como en _eta_ casa. - ---Pues, señora, ¡_estu_ no está _frescu_!--gritaba el juez con la misma -energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte. - ---¿_Quié usté_ que le traigan un poco de _pescá_? - ---¡Qué pescada ni qué _niñu muertu_! Que me pongan dos _huevus fritus_. - ---¿Lo quiere _uté_ con _patata_? - ---¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas _¡Aquellus cachelus!_ - -Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego -y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se -criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el -compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias. - -Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente -maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga -en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de -Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no -estaba en Málaga. - -Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en -la fonda, quién podría tener datos de esta algarada. - ---El que he oído decir que presenció este motín--dijo el joven--fué un -señor de aquí. - ---¿Quién? - ---Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir. -¿No le conoce usted? - ---No. - ---Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco -hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser -tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza -que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga. - ---Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de -Barcelona--dije yo--. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos -verle? - ---Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino. - ---Muy bien; cítele usted. - ---Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle. - -Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí -a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a -cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto -que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la -nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y -lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo, -pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con -frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años. - -Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró -que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la -Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la -muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle. - -Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales -había sido testigo, y me dijo: - ---Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida; -si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he -escrito esos acontecimientos que a usted le interesan. - ---Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento -indispensable para leerlo. - ---No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera. - -El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno -muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante -y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo -Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta -facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe -Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un -hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí. - -De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los -aviranetistas. - - - - - I. - - EL DIARIO DE PEPE CARMONA - - -MI padre--dice Pepe Carmona--era un comerciante malagueño, nieto de -un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa -procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero -era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de -donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha. - -La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un -tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en -donde hay mucha mezcla de razas. - -Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado -varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e -ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de -la vida el tener las maneras de un _gentleman_. Mi padre consideraba -lo mismo el ser _gentleman_ que el ser rico; identificaba estos dos -conceptos confundiendo el hecho con el derecho. - -El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio -de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra -y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía -dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los -mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de -violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara. - -Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía -la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto -que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo -también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura. -También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel -sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo. - -Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con -cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos -entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord -Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: _La Batalla de -Lepanto_, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven -y de las Malvinas, de los Rockeby y de las _Damas del Lago_, para -meterme de cabeza en la mitología grecorromana. - -Compré la _Odisea_ en una traducción francesa. _La Eneida_, en la -versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me -servía para comprender el original, y _La Jerusalén libertada_, del -Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré -de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una -chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo -loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo -lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por -temperamento una gran timidez para todo. - -Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la -mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo -aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente. - -Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos -paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. -A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas -disensiones que tenía con mi padre y con mi novia. - - - - - II. - - ARRUINADOS - - -EN esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo -decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y -yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó, -según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones -de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto. - -Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina. -Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente, -mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa: -cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo -imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta. - -Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a -flote el negocio de mi padre. - -El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente -que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a -mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la -compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros, -pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros -amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas. - -Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se -molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende -a la desconfianza y a la suspicacia. - -Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron -para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento -y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta -entonces. - -Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas -consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no -visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas -de su casa. - -Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a -decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo, -se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas. - ---Si éste es así, dejadle--observaba mi madre. - -No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después -tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea. - -Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y -triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo: - ---Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí. - ---¿Adónde? - ---Qué sé yo. El mundo es grande. - ---Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida. - ---Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo. - -Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a -vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería -demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios. - -Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía -la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a -cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en -que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio -de la guerra, en 1833. Me embarqué en la _Bella Amelia_, y estuve en -Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió -de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona. - -Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación. -Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de -cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto. - - - - - III. - - DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA - - -EL capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera -un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al -escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de -harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un -interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude -salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa -como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes. - -Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión -del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha -guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario, -con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por -oficiales. - -El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que -visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las -Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé -bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la -ciudad, cerca de la capilla de San Magín. - -Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras, -tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me -alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de -atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla. - -Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida; -pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y -costumbres, quedamos en que comería con ellas. - -Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un -comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña -Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy -amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina, -Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca -grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados. -Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con -quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se -consideraba como viuda. - -A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre -Astrea y Artemisa. - -El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra -me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras -de mi casa largamente y les conté mi vida. - -Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi -madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos. - ---Es extraño--me dijeron varias veces, una y otra--. Usted no tiene -nada de andaluz. - -La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona. -Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años, -no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo -del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que -prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a -todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con -las Celestinas del pueblo. - -El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy -déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las -casas más lujosas de la Rambla de San Carlos. - -En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez -más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande, -espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse -en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un -estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron -mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato, -muy cómodo. - -Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda, -el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias -estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me -dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi -cuarto me bastaba. - -Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con -mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde -mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a -la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la -izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques -de palmeras, de limoneros y de almendros. - -Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes -cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade. - - - - - IV. - - EVOCACIONES Y RECUERDOS - - -POR Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba -en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio. - ---¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?--le pregunté a Eulalia. - ---Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta -del Rosario, están también los muros ciclópeos. - -Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por -pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, -ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de -las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los -Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente -al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San -Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en -donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía, -antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses -en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el -jardín del Magistral. - -El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del -Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de -Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí -seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle -de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía -la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas, -cerrando la línea en la plaza del Pallol. - -Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la -calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la -Catedral. - -No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de -Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio -del Milagro. - -Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me -llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales. - -Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy -alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias -que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían -otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías. - -Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la -mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones. -Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia, -presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades -españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió -contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos -meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería. - -Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo -y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando -siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un -frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la -vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían -acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la -ferocidad de las tropas del mariscal Suchet. - -Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era -a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también -italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar. - -Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos, -reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión -se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces -de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la -apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase, -y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer. - -La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la -gente le llamaba _El Dimoni_. El tal Bianchini hizo varios prisioneros -españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al -asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto. - -El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones. - -La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las -murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las -avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en -aquella época. - -Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al -colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los -franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con -la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «_Queda vengada -la muerte del general Salme_». - -Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses, -enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado -en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los -franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza -de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha -escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en -la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían -refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron -heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los -granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la -calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran -matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la -ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando -espirales de humo grasiento y horrible durante días y días. - -La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por -la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y -cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad -de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados, -tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había -adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces -guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y -crueles. - -Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con -el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron -las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de -sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford -en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de -Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta -señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile. - -Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en -Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche -de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o -en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, -por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al -mar un cadáver destrozado por las balas. - -Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que -pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la -muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto -se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, -lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar -hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie -se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien -había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser -llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo. - -Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la -tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción. - -Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo -por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto -la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían -estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella -región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su -gente. - -Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y -algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan -retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, -a mí me bastaba. - -Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba -y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a -casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al -claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su -pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada -arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las -olvidaba en seguida. - -Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de -misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora -de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los -canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una -puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época -pretérita y mejor. - -Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, -y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, -vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir -a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa -alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me -acompañaba en el piano. - -Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, -Brujó, Caballería, etc. - -Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con -un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui. - -Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de -sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un -monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del -trono y del altar. - -Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo -bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la -España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante -del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza -del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba. - - - - - V. - - LA TORRE DE ARNAU - - -ALGUNAS veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había -recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramón Arnau, -hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, -con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos -secos, avellanados, que produce la vida de a bordo. - -Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre -serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre -áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me -consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque -de entereza. - -Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la -iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi -como si fuera su madre. - -El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda, -que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar -sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada -de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa -idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba -infalible e indiscutible. - -En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa, -muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, -con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era -verdaderamente bonita. - -Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban -del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía -entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación, -que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si -un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos, -un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo -le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español. -Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído, -y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está -acostumbrado a ellos. - -Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va -costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal -de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca, -tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea -desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, -granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios -cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban -calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían -innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos -estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón, -las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos, -las granadas y las nueces se sucedían sin descanso. - -Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta -años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual -trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura. - -En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un -gran pino alto, de copa redonda y tronco morado. - -La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de -cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos. - -En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje más o menos -subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el -jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas -de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le -llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que -ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con -derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo -entero. - -Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos -amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en -aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona. -Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran -completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante -y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y -ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un -poco de imaginación por diosas paganas. - -María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo -aplastante. - -Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro -Vidal y Juan Secret. - -Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella -época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario -de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el -haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada -antipatía. - -Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente -de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como -absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre -en una callejuela próxima a la Catedral. - -Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era -hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en -parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, -se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar. - -Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber -publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la -revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y -por sus hombres. - -Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído -obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada -magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. -Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de -las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa -sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en -los melodramas. - -Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, -no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras -cardíacas del bello sexo. - -Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en -época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir -en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los -Descontentos. - -Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a -sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano. - -Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y -de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la -sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret -echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán -y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña -al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a -María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado. - -Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era -inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el -recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería, -no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía -nada femenino. - -Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un -farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su -farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos. - -Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales; -creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que -se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se -llegarían a hacer seres vivos. - -Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando -íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que -componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire -que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química. - -En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes, -pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra -como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de -hablar exagerada y expresiva. - -La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la -torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la -huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez -una caricia. - -No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces -se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades -del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería -quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran -poema. - -A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de -tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador -y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en -legar al mundo una obra maestra. - - - - - VI. - - LA CASA DEL NEGRE - - -CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante -de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, -construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño -bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se -veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de -esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas -y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta -donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de -algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que -se pudría con la humedad y el sol. - -Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se -llamaba la casa del Negre. - -El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante -muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. -El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su -pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas -que más le gustaba repetir era ésta: - - Cuan lo pare no te pa - la canalla, la canalla, - cuan lo pare no te pa - la canalla fa ballar. - -Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca -estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar, -con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una -botella de aguardiente. - -Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en -su casa, entró en el Hostal de la Cadena. - -Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía -el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le -había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió -un grito, se hundió en el agua y desapareció. - -Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y -otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas, -porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un -barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano. - -El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con -los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes -fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al -pie. Quizá había alguna pareja de delfines. - -Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la -Sirena. - -El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del -hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo. - -El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía -llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más -alcohol penetraba en su cuerpo. - -Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un -vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre, -enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer -muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad, -porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella -casa. - -Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de -la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas -mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso. - -Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían -nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de -la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba -como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que -Venus era hermana de las arpías. - -Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un -marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, -chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre, -lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas. - -Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el -Mochuelo. - -En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran -Alecto, Thisiphone y Megera. - -La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo -de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado -de la legión italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un -hijo. - -Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo -dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico. - -Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en -la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos -sobrinos. - -Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando. - -Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después -un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y -tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con -pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la -Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para -los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres. - -Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un -contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar -todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el -contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación, -en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín. - -Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa -del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la -playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo. -El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos -carabineros y siguió haciéndose el alijo. - -Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían -de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los -carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto. - ---¡Alto! A ver esos fardos. - -Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los -reconoció. - ---¡Hala!--dijo después--; tenéis que venir conmigo a la comandancia. - -Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les -dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con -uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería. - -Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se -lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la -segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres -cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió -en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la -arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto. - -Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle -en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de -la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote -perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron -sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo -indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que -fueron a la cárcel. - -Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con -estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que -pudiesen poner fianza y salieran a la calle. - -Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del -Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro -en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo, -una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con -sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de -todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las -desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen. - -La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la -nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos -bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y -membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus -pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por -aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo. -Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la -carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual -más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su -madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el -Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las -veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. -La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y -cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera -podido servir de modelo a una Venus Calipiga. - -Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el _Caragolet_ -y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún -falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince -años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro -rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. -Tenía un perro sarnoso, que se llamaba _Napoleón_, que era el compañero -de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba -amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y -echaba a correr. - -Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida -angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono -Serra lo que éste les había prestado. - -Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían. - -Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y, -sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las -deshonraba. - -Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el -rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar. -A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y -vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al -mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía. - -A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal, -que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente -Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y -ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores -escandalosamente con Vidal. - -Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este -muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo -que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas -veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna -de las viejas que le mostraba el puño con rabia. - -Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin -apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima. - - - - - VII. - - RECUERDOS Y EVOCACIONES - - -HAY ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor -queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que -viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les -hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen -mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que -se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia -lozana y fuerte. - -De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua -y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad -extrema, no tenía apenas rasgos de unión. - -Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas -de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus -edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo. - -Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por -el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de -gravedad y de tristeza. - -La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase, -tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes -murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros -pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor -de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un -Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y -tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso, -su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval; -después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas -y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y -celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos -habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al -lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas, -brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión -melancólica que producen las grandes ruinas. - -Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once -mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, -planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del -Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto -y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la -población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una -herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del -Seminario y de la Catedral. - -Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas -hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de -baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, -que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la -herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto -y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la -Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que -se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de -San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran -irregulares, estrechas y pendientes. - -Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus -puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte -de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del -Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. -Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar. - -La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la -torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, -donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la -llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas -veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba -Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista -modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde -allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada -de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno -de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el -otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del -Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, -murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy -obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido. - -A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. -A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí -mismo: - ---Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprendía que no, -que estaba melancólico porque mi temperamento era así. - -Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. -Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer -algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de -vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, -galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que -venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa -redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos. - -Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se -distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura -de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en -fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja -blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con -el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su -águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, -con la palabra _Libertas_; la de Génova, con una estrella roja; la de -Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las -islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos -libres que tenían una bandera propia y peculiar suya. - -Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, -y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos -dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del -mar Mediterráneo. - -En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero -que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien -llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa -de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al -carretel. - -Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la -cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía; -había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de -Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía -anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de -Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur -Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes, -y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los -barcos, me hacía pensar en el mundo entero. - -Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la -guerra me decía filosóficamente: - ---¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy -bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable. - -Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía. - -Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto, -cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores, -y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de -Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban -las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes -espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba -en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la -estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, -y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía. -Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de -las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se -congregaban en las trastiendas. - -Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del -pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se -repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra. - -Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La -idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran -melancolía. - -Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si -hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos -en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre -fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En -este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de -evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una -terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el -nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas -y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don -Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá. - -Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a -comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro -de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo -confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu. - -A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a -la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde -murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos -la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas, -amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en -parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas -de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta -luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna, -sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como -consumida por la llama de la pasión. - -Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, -brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de -abatimiento y de melancolía. - -También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, -mirando por la ventana el cielo y el campo. - -En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones -de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y -las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro -rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al -avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el -aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a -hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del -crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la -imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas. - -Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, -yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las -golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía -las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del -_Angelus_. - -De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las -constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus -rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos... - -Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar -estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que -pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes. - - - - - VIII. - - LA CASA DE MONTFERRAT - - -AL cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el -pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo -que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, -mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba. - -De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que -nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi -familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse. -Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó -como todos mis versos: sin emoción. - -Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a -una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena -de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba. - -Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano; -el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero -hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio -obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una -finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas -a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas -del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró -muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y -los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados. - -En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción -aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía, -por su tipo, una emperatriz romana. - -Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo -de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una -calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle -de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas -tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de -tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada. - -Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había -tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el -sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable. -Hablaba el castellano casi sin acento. - -A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé -por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran -distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo -arruinado como yo. - -El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de -encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, -burlona y displicente. - ---A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una -vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica. - -Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no -legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije: - ---A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos -las que son muy orgullosas. - -Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me -hablaba burlonamente: - ---Ya sé que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le -llamarán a usted el Cisne de Tarragona. - ---No; en tal caso, la Cigarra de Málaga. - ---¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos? - ---No se burle usted de mí. - ---No, no me burlo. - ---Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven -para mí solamente. - ---¿Necesita usted consuelo? - ---¿Por qué no? Como todos los hombres. - ---¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted? - ---Por lo menos no me creo afortunado. - ---Sí, ya sé que su novia le ha dejado. - ---Es verdad. - ---¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora? - ---Sí. - ---Bien poco cariño le tendría a usted. - ---Es que sus padres le han obligado a casarse con otro. - ---¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso. - -Otro día me dijo: - ---Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo? - ---No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero -penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes. - ---Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido? - ---Lo soy, no lo niego--le dije yo. - -Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de -caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla, -Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente -de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera -deshecho. - -Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro; -coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y -de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa. - -La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la -Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos -había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga -Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con -Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio -el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los -Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de -Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos. - -Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero -bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su -familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores, -envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas -reales, a mi poema. - -Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia. - -El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa, -se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro. - -Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones -salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo -y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este -patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba -atravesando un arco de la entrada. - -Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el -exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos -altos. - -La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba -muy abandonada. - -La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias -espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones. -Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba, -una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón, -coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la -impresión de estar vacía. - -Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos -preciosos, camafeos y esmaltes. - -Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su -juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy -remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina. -La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo -exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba -de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso -para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba -grandes pasiones. - -En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan, -Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío -Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba -la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena, -mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo -el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes, -bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían -contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de -hombros. - -Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una -presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo; -desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la -ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca -que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos -y puertas. - -En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don -Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, -muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por -las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los -Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el -consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de -intervenir en cuestiones políticas. - -En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una -biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de -estatuas y de relojes. - -El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus -últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo -leyendo. - -Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en -francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo -que aparecían los Monferrato. - -La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas. - -Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con -frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba -gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas -procedentes de los conventos. - -Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había -prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de -capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el -mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de -Montferrat. - -Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era -una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que -daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra. - -Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y -un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a -los Montferrat. - -Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller -de mecánico y sus vitrinas de coleccionista. - -Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los -que más me gustó fué un _clown_ chino, un autómata que bajaba una -escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena, -era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a -otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el -centro de gravedad de la figurita. - -Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con -muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y -aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época, -en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño, -me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de -Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música. - ---Qué bien hubiera usted estado con mi padre--me decía Elena--. El era, -como usted, soñador; no le gustaba la acción. - ---¿Y a usted? - ---A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora. - -A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente. - -Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer -tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el -canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que -hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran -colección de monedas que poseía. - -Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían -derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas, -monedas o fragmentos de mosaicos romanos. - -Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de -Mozart. - -En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz; -luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al -tresillo. - -Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba -también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se -empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don -José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un -tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo -Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna -y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El -primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como -quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras -escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja -y de que estaba siempre en el momento de caer. - -El tío Juan suspiraba y decía a cada paso: - ---En fin, ya hemos matado la tarde. - -Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación. - -Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa, -pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los -contertulios y pensaba. - ---¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de -valor, de interés y de nobleza! - -Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en -la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba -tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a -una vida rutinaria y sin acción. - -Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida, -con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una -punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y -de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en -su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando -oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los -cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la -guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada. - - - - - IX. - - ELENA - - -ESA era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al -puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con -mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, -volver a la oficina y después escribir y pasear. - -Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A -él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas. - -Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el -violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las -tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también -a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas. - ---Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos--solía decirme. - ---Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; además, ¡yo soy -tan poco andaluz! - ---Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me decía ella. - ---¿Qué haría usted? - ---Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera -estado en todos los países y visitado todas las ciudades. - ---Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se -pueden hacer muy pocas cosas en el mundo. - ---Qué poca sangre tiene usted--decía ella--; me hiela usted con sus -palabras. - - - - - X. - - UN VIAJERO MISTERIOSO - - -UN día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso -llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos -que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba -de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista; -luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser -mas que un aventurero y un jugador de ventaja. - -A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y -éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de -cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo. - -Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su -conversación, supimos algo de su vida. - -Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de -Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, -había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces -unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con -algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos, -claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los -italianos. - -El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se -veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros. - -Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de -felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía -un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida. - -No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o -social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase -bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para -él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de -esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su -gloria. - -Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los -productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de -confianza. - -La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso, -agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la -energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá -por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no -encuentra su felicidad en el mundo. - -Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador -de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer, -principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho. - -Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin -ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era -capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse -al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad. - -Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón -tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba -con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas -villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar. - -Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba -concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos -para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal -consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía -solamente. - -Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy -supersticioso; lo pudimos comprobar. - -Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero -lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente -encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la -_jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra. -Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él -importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho -reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas -para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le -descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus -supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le -producían risa. - ---Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si -en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son -impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no. - -Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal -exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el -marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias -oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos -Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese -podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose -como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en -embolismos de charlatanes. - -Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con -ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la -joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia -había sucedido--según nos dijo--al carbonarismo de Nápoles, cuyas -ventas comenzaban a estar en decadencia. - -A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se -iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil. - -Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que -tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en -Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de -Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso -de esta expedición liberal. - - - - - XI. - - EL ABANICO DE ELENA - - -LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el -aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron -que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo. -Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida -por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la -Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con -baile y guitarreo. - -Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire -lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le -tuviera sumido en la mayor tristeza. - -No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante -los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente -el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres -jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y -atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat. - -Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida -en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una -gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza -eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los -caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta. - -Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo -desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba -perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada. - -Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse, -de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera, -pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y -arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le -presentara a Elena; yo le dije: - ---Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a -usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente. - -En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa -mayor, los presenté. - -Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada -ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y -muy tímido. - -Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente, -Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba -animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una -vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y -Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas -de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido. - -Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos -dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía -escondida una aguja con una cabeza de rubí. - -Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en -cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con -sus amigas, le dijo: - ---¡Qué bonito abanico! - ---¿Le gusta a usted? - ---Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un -momento para verle? - ---¿Por qué no? - -Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en -su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos -o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a -Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las -palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la -arena la contestación. - -Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de -Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle. - -El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena -en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y -sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el -éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo, -a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no -le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella -Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su -Medoro. - -Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso, -introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata -berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que -arrebataba en su barca a una princesa griega. - - - - - XII. - - REPROCHES - - -EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por -todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se -mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que -Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita -de Montferrat. - -En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la -insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a -Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí, -y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una -mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y -arrancarla de los brazos de un aventurero. - ---Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí--las decía -yo. - ---No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer -soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo -estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia. - ---Todo eso será cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una -indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso. - -Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en -esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope. - -Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones -entre Elena y su madre. - ---Este hombre es un aventurero, hija mía--le dijo doña Mercedes. - ---¿Por qué? ¿En qué se le conoce?--preguntó con cierta acritud Elena. - ---No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas -nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en -Valencia y que es corso. - ---No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted, -Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más -antipáticos que he conocido. - ---Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en -Tarragona. - ---Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito -Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi -pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería -celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un -jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona... - ---¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él. - ---¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino, -muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que -hablando conmigo. - ---Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera -saña. Es lógico que te haya tomado miedo. - ---Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que -intenten dominarme y protegerme. - ---No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo -bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio; -consúltalo también con tu confesor. - ---¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus -consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer. - ---Sin embargo, creo conveniente que hables con él. - ---Bueno, hablaré... - -El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que -hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la -señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían -tener la tertulia. - ---Me ha dicho tu madre--le dijo--que estás en relaciones con ese -italiano recién llegado. - ---Sí, es verdad. - ---¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su -familia? - ---No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él. - ---¿Y no encuentras imprudente tu conducta? - ---¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea -imprudente. - ---Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese -extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un -vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien -conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza? - ---Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas -que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no -sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto; -Emilio me es indiferente, me desagrada. - ---¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por -instintos tan caprichosos, tan arbitrarios? - ---Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos -amor, o no lo sentimos. - ---¿Y no puedes dominar esa pasión? - ---¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me -importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me -quiera. - ---¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación? - ---Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o -perder. Yo soy bastante vieja para jugarla. - ---¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años! - ---¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la -aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de -emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone -fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor, -un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión. - -Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que -conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las -reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia -en los temperamentos exaltados. - -Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes: - ---Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi -señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente; -deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a -solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, -es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse -también de él. - -Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud -conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de -Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del -corso al corazón de su hija. - -Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las -mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que -había conocido. - - - - - XIII. - - HABLA MORO-RINALDI - - -LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su -pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa -la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más -rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar, -hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi. - ---En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?--le -preguntó ella. - -Moro sonrió con cierta tristeza: - ---Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una -croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como -un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia -imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso -porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra -casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones -bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo -y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder -encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera, -un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos -indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada -bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de -aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un -horizonte muy negro. - ---No; yo no le desprecio a usted. - ---Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e -intentaré regenerarme. - -Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que -Moro-Rinaldi podía esperar. - -El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me -llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y -añadí: - ---Es una mujer para casarse con un príncipe. - ---Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza. - ---No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una -casa pobre como la mía. - ---¿Adónde quisiera usted llevarla, querido? - ---A Pafos o a Amatonte. - ---Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad -vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; -soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la -voy a pretender y me la voy a llevar. - ---¿Cree usted?--le dije yo. - ---Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena. - ---Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao. - -Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y -entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que -éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo: - ---Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran -simpatía. - ---Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de -voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí. - ---En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted. - ---Sí; creo que sí. - ---Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras -respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena. - ---¿Con la señorita de Montferrat? - ---Sí. - ---Pretende usted robarla? - ---Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla -casarse conmigo. - ---¿Y cree usted que ella accederá? - ---Sí; así lo espero. - ---Es una mujer tan orgullosa, tan altiva... - ---¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece. - ---¿Cuál? - ---Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi -estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...» -Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía. - ---Es usted audaz. - ---No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece -un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con -uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice, -y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el -engañador... A usted le pasará lo mismo. - ---No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre -a su lado. - ---Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable -sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho -lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y, -luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si -fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a -esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido -uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama -seca o un manojo de paja. - ---¿Es usted fatalista?--le pregunté yo. - ---Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo -lo que tiene que ocurrir ocurre. - ---¿Pero usted cree que hay destino? - ---Estoy inclinado a pensar que sí. - ---¿Un destino predeterminado? - ---Sí. - ---No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor -pueden modificar el destino. - -Moro se encogió de hombros. - ---¿No cree usted en el amor? - ---Poca cosa, la verdad. - ---¡Pobre Elena!--exclamé yo. - ---¿Por qué?--preguntó él--. Yo creo que para hacer feliz a una persona -es mejor no sentir amor por ella. - ---Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta. - -Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna -manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia. - -Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más -que de un proyecto en serio. - - - - - XIV. - - UNA SERENATA - - -AL comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en -organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente. -Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí, -delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con -un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y -estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos -dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas -con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una -gran algarabía con nuestros instrumentos. - -Yo tocaba el violín. - -Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina. - -Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro -Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros -pensamientos. - -Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del -anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche. - -El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se -veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo -y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una -respiración lenta, voluptuosa y tranquila. - -Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas -de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de -la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas -estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y -Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de -Mozart. - -El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de -blanco, asomarse a la barandilla. - -Luego, yo toqué el _Carnaval de Venecia_. - -Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en este trozo musical que -Paganini arregló para violín de la canción veneciana _O mamma!_, -dándole un aire más incisivo, más burlón y más fantástico. - -Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo -estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor, -de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me -aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la -ventana, y me hicieron repetir dos veces. - -Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los -instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular, -cantamos el _Himno de Riego_ y paseamos por las calles, charlando. - -Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar. - -Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun -más vivas en la transparencia del aire. - -Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba -alejando hasta perderse en el silencio de la noche. - -El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de -las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo -batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía, -el sonido rítmico y melancólico de las olas. - -Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo -lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más -felices y más memorables de mi existencia. - -Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la -copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi -corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas. - -Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el -nepenthes de Polydamna. - - - - - XV. - - EL HOSTAL DE LA CADENA - - -HACÍA un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar, -tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones -blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la -carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau -entró en el Hostal de la Cadena. - -Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos, -de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba -a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a -otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta -grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel -momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la -hostería su condición entre campesina y marinera. - -Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán -jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas. -Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un -corralillo. - -Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina -grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el -aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero, -y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro. -En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban -sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar. -Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y -trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el -catalán como por explosiones. - -Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán; -otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el -pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino; -otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de -aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo. -En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la -guitarra, una canción sentimental. - -Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta, -donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por -excepción tenía un mantel blanco. - ---No se podrá usted quejar--dijo el Caragolet, señalando el mantel -blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes. - ---No, no; está muy bien--y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa. - -La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron -café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato. - -Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el -Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso -dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de -emoción. - -A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se -oían las palabras de Moro: - ---¿Que se burlan de ti, muchacho?--decía una vez--, búrlate tú de -ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo -más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los -mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses, -ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen -a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros -somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son -la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser -amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos -con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo. - -El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con -asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un -frenético entusiasmo. - ---No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano--siguió diciendo -Moro-Rinaldi--; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y -qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El -amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. -¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio, -su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte -como el de una pantera! - -El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente -subyugado. - ---Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una -gitana--añadió Moro-Rinaldi--. Mi padre procedía de un dux de Venecia; -mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como -tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú -sígueme, obedéceme; yo te protegeré. - -El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el -suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco -de los ojos, dijo: - ---Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña -usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré. - -Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo -con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás -dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la _jettatura_; luego -se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho. - -En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo -después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de -preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde. - - - - - XVI. - - EN ALAS DE CUPIDO - - -EL domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados -a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el -farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para -que fueran a la tarde a merendar a la torre. - -Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una -tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. -María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en -el cenador de la terraza. - -La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido, -ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir -suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba, -dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte -llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las -plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo -lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de -cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al -corro en la carretera y cantaban con voces agudas: - - Dicen que Santa Teresa - cura a los enamorados. - -Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el -dar un paseo en barca. Elena--¡oh!, disimulo femenino--dijo que no; que -ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la -convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso! - -Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la -carretera y nos acercamos a la playa. - -Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano. - -Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde -estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se -dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un -marinero, fueran en una, y los demás, en la otra. - -Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para -entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau. - ---Tenemos que ir al pueblo--dijo Arnau--; por nosotros no se priven -ustedes del paseo. Pascual les acompañará. - -La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda -entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual -el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en -dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno -inundados de espuma. - -Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se -asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia. - -En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se -pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego -largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en -seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas. - ---Van conducidos por Cupido--le dije yo a Pepeta en broma. - ---¿Por quién? - ---Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas. - ---¿Y nosotros? - ---Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un -boticario que no pesa menos. - -Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos -barcas era ya mayor. - -Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había -pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron. - ---Quizá se les haya ocurrido ver la aldea--pensamos. - -Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar -al mismo punto. - -Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las -dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes -del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al -trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les -conducía. - -La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a -punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie. - ---La mataría--dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana. - -El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se -hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y -que Moro-Rinaldi le había engañado. - -Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro. - -Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba -temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos -a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y -Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo -ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. -Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se -manifestaba también furioso. - -Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento. - -Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la -iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi -estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía! - -Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa, -diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios. - -Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía -que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la -familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre -la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia: - ---Así sois todas las mujeres. - -Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa, -habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que -se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido. - -Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con -Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal -y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la -luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los -llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la -Ciudadela, como carlistas. - -Lo extraordinario fué--según contaron--que, al registrar la maleta de -Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar -que el corso estaba pagado por los carlistas. - -Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró. -Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, -y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo. - -Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que -anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que -fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo. - -Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a -ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela. - -Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de -nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la -Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su -capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba -completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a -Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona. - - - - - XVII. - - VIAJE POR MAR - - -ACEPTÉ la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque -no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he -acabado por marearme. - -El barco en que hicimos nuestro viaje, la _María Rosa_, era un jabeque -de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa. - -Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos -jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de -las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte -en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un -exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego. - -Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba -por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su -jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy -querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle -sacado los ojos. - -Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí. - -También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el -Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los -cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de -ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había -escapado con un contrabandista. - -Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón; -cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, -por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían -agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo -preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz -con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón. - -El día, de invierno--estábamos en las proximidades de Navidad--, se -presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, -de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y -pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y -malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba -orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas -coronadas de espuma. - -Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al -avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía -de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia; -las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus -oquedades moradas. - -La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba -amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de -su manto de azul. - -El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me -hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las -Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la -costa y a ser víctimas de las arpías. - -Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer -el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén. - -Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se -marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo -torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro. - -Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de -Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol -en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en -intensidad. - -El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de -lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a -las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros. - -La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias; -habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas -cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la -gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo. - -Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso. - ---¿Qué, está bueno?--preguntó el cocinero. - ---Sí--dije yo--, pero me parece que pica un poco. - ---¡Ca!--repuso Arnau--, eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso. - ---¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el -efecto de una función de fuegos artificiales. - -En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por -encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente -los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media -tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y -fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona. - -Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se -teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, -se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo. - -A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo -alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio -de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco, -de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María -del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la -Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta. - -En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los -tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a -medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces -comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas -en la semiobscuridad. - -Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la -escalera del malecón. - -Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada -próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de -la calle de la Puerta Ferrisa. - - - - - XVIII. - - CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS - - -BARCELONA, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad -grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de -casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la -Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre. - -De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite -y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de -algún santo. - -A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. -Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y -destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su -espíritu. - -Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada -y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que -existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa. - -Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la -mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no -tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en -ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la -casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una -mixtificación y una farsa. - -En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y -medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida -austera y contenida. - -Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, -que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de -campanas de las distintas iglesias de la ciudad. - -A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de -éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían -de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de -la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se -levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la -Puerta del Mar. - -Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un -momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se -estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad. - -Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si -encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que -no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar -más dependencia. - -Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me -quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me -ocurriría lo mismo. - -El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y -que después de ella vendría la calma. - - - - - XIX. - - TARRACONENSE - - -QUIZÁ la división más natural de la Península, al menos desde un punto -de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes -regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría -añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre -las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la -base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya. - -En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la -montaña y el mar, el campo y la ciudad. - -Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la -lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra -la ciudad, que cambia y evoluciona. - -Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento -entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades -despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan -grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni -tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan -ardiente ni tan voluptuoso. - -Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el -ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia; -así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar -era furioso. - -A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido -republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, -y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad. - -Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan -exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen -querido que su ciudad fuera el centro del mundo. - -No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a -la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es -cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró. -Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria. -En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de -estrategia y de posiciones. - -Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también -ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura. - -Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en -Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este -hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando -vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su -infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo -asesinaba para recuperarlo. - -Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que -en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona. - - - - - XX. - - CONFUSIÓN - - -HABÍA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres -embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la -Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo -que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el -objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona. - -Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches -a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra -casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del -conspirador madrileño. - -Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar -por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba -también largos ratos en el claustro de la Catedral. - -Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me -acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos -de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban -haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se -hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del -general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que -su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara. - -María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán -Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su -yerno. - -María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro -Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus -respectivos maridos se la comunicase. - -Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta, -Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café, -con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona. - -Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en -la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también -el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias, -cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba -de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se -celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los -exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla. - -El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres -de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, -y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza, -don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal, -para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también -Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los -de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del -café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de -regionalistas. - -Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase -social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los -había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente -era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de -toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban -dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga, -el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros. - -También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres -exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más -chillonas y alborotadoras. - -Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la -Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba. - -Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse -el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que -salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación -en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los -milicianos nacionales. - -Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él; -si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino -Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y -otros ideales. - -El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los -carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea -de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas -tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía -a éstos en la mayor desesperación. - - - - - XXI. - - LA CIUDADELA - - -UNA tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la -Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos -detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me -permitió la entrada. - -Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía -a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra, -como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y -María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca -de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un -chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi -amigo el señor Vicente, el tío Corda. - -El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no, -que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí. - -El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal -castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo -una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin -duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se -colgaba a la gente en serie. - -El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían -ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de -España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la -humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de -muertos. - -Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel -mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo -que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que -denunciaban a los liberales. - -Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba -de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel -rincón. Allí trabajaba desde su infancia. - -El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus -manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo -encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza: - ---Dentro de unos días va a haber aquí sangre. - ---¿Cree usted? - ---Eso dicen. - ---¿Y a usted no le parece mal eso? - -El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas -dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre -de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo -alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro -floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a -los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser -enviado a Mallorca para ser fusilado. - -Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me -despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa -venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían -pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los -presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y -degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel -don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido -hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la -Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería -sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían -cometido los carlistas... - -Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María -Pastors, gobernador de la Ciudadela. - -Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá -y Vadolato, hija del barón de Foxá. - -El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro, -catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre -me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares, -llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja. - -El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don -Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el -que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas -odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero -Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en -Barcelona él no podía tomar tales disposiciones. - -La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell -dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre -del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823. -Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes -Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri. - -Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de -O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo -comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la -negativa. - -Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con -muy pocas esperanzas. - - - - - XXII. - - LA MAREA QUE SUBE - - -HACIA fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte -del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que -los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort -estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado -la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas -pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban -fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, -en su mayoría, eran del regimiento de Saboya. - -Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada -cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su -represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían -presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde -estaba el santuario. - -La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos; -se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la -indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues -éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual -había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort. -Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus -prisioneros. - -Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de -boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La -rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y -desesperada. - ---Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba. - ---Es necesario hacer algo ejemplar. - -María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no -sabía qué aconsejarlas. - -El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona -tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando -generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban -hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos. -Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas. - -Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba -construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré, -enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en -ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un -barrizal. - -Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza -en que se encontraban prisioneros sus maridos. - -Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño -destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento -cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al -mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única -fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas. - -Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba -asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente -desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío -que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza. - -Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era -imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se -habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los -enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia -estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que -estos tomasen las represalias que quisieran. - -Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar -hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien -daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban -generala. «¡Viva la Petita!»--gritaban unos--. «¡Viva Cristina y vinga -farina!»--decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente -que vitoreaba a la Libertad y a la República. - -Seguía lloviznando. - -Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la -cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo -empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla. - -Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un -instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y -por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a -la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo -dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud. - -Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los -glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los -prisioneros carlistas. - -Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda, -esperar a que entrara la noche para dar el asalto. - -¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía. - -La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las -olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y -comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en -la explanada y en los fosos. - -Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena. -Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba -dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese. - -De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante -en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la -Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había -preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían -contestado: - ---Queremos a los presos; queremos a O'Donnell. - -El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los -prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los -amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les -entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la -muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de -una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y -que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran -a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona. - -El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases -contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus -palabras, sino comenzar en seguida el asalto. - -El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta -comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet -y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía. - -Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una -de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El -primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha -en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la -cara llena de rabia y de cólera. - -Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret, -y poco después, Arnau. - -A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos -largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos. - -Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo -sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos -o tres llevaban el cuchillo entre los dientes. - -Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió -el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el -foso. - -Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la -luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a -aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte. - -Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola -embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios -del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo -todo. - -El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre -intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta -apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento -de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles. - ---Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados -por los carlistas. ¡A muerte los presos! - -Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud -de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos. -Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que -no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a -sablazos y a cuchilladas. - -La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y -dejando por todas partes huellas de sangre. - -Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los -amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su -encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un -niño de pecho, gritando: - ---Tened piedad de mi hijo. - ---Dámelo--gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus -brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada. - -Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un -corredor, gritó con desesperación: - ---Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada. - -Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la -abrieron a tiros y a culatazos. - -O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios -tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo -echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó -sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron -arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad. - -Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando, -corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre -comenzaba a bajar. - - - - - XXIII. - - FURINALIA - - -DE pronto, Elena se acercó a mí y me dijo: - ---Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido. - -La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en -el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, -ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la -Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde -estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos -oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes -que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las -antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo -las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad. - -La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los -sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de -ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo: - ---Estos son presos carlistas. - -Elena gritó con voz aguda: - ---No; han entrado en la Ciudadela conmigo. - ---Es verdad--afirmé yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en -el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, -las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una -hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano. - -Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las -profundidades del Averno. - -Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran -prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de -los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso. - ---¡La _jettatura_! ¡La _jettatura_!--repitió varias veces Moro-Rinaldi, -pálido de terror. - -El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza -tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se -echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, -reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible. - -Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo. -Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada -que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela. - ---¡Si pudiera usted recoger su cadáver!--me dijo. - -No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la -cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres -y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro. -Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la -atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de -mujeres y de moribundos. - -Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces -se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la -llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo; -debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a -Elena en su cuarto y salí a la calle. - -Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando -solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente -eché a andar. - -Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba: - ---¡A las Atarazanas, a las Atarazanas! - -Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a -obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor -de una hoguera. - ---¿Qué hay, qué pasa? - -Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los -restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas. - -Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado, -los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con -la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y -estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella -fúnebre pira. - -En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba -buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret -habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido. - -Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo -grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia -se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en -la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los -calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde -se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una -chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas -hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e -inmediatamente degollados por la turba feroz. - -En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena, -y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres -infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus -camas y fusilados en la calle. - -En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo -estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los -almogávares en los pueblos de Oriente. - -Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura -que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me -pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo. - - - - - XXIV. - - AL DÍA SIGUIENTE - - -A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. -Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con -que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con -otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de -casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos -nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la -alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer, -ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser -de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la -tarde no apareció ninguno de ellos. - -Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se -reunieran con ellos los batallones de la milicia. - -A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer, -el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó -en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito -con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812». - -El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos -grandes antorchas y custodiado por dos centinelas. - -Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles; -la gente los vitoreaba al paso. - -Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del -Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día -anterior. - -Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la -Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el -movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín -tan sangriento y tan turbio como el del día anterior. - -El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy -enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los -batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a -retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último, -consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado. - -El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador -madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que -estaba surto en el puerto. - - - - - XXV. - - EPÍLOGO - - -UNOS días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban -inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me -dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la -fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso -que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona. - -Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué -decirla. - -Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo -llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa -mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en -días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en -la cintura, y el chico daba vueltas al carretel. - -De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto. -Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones, -galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela. -Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas -naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza. - -Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona. -Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera, -porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos -vivir allí cómodamente y sin apuros. - -No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a -despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la -Cadena. - -Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los -almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas -brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador -del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos -los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad -inusitada. - -El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas, -perezosas, a la angosta playa. - -Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz -aguda: - - A las chicas de este pueblo - las tengo que regalar - unas tijeritas de oro - para aprender a bordar. - -Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el -rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que -me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y -tocaban los tambores la retreta en los cuarteles... - -Al día siguiente era la marcha. - -Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme. - -Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde -comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio -de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial. - -Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de -Lepanto_, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y -me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío, -hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era -igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo -que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al -fuego. - -Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una -carta dándome noticias. - -Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos -tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde -habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó -muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que -se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se -acercó al confesonario del canónigo Roquebruna. - ---Don Guillermo. - ---¿Qué hay, hijo mío? - ---Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido. - ---Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta -lo que has hecho. - -El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que -había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo: - ---Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie. - -Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron -en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una -lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín -en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el -circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la -terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime: - ---Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista. - -Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y -después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como -alférez. - -De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a -ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con -Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la -Cadena. - -Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que -había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba -guapísima. - -Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba -que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se -me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de -Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan -decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo. - - Itzea, junio, 1921. - - - - - LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA - - SEGÚN AVIRANETA - - -HABÍA leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo: - ---Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño -representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te -contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos -ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A -mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin -adornos. - ---A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos. - ---¿Cómo que no? - ---Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la -Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado -injustamente. - ---Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre -los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío. -Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables -imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo. - ---Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede -que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son. - ---¿Esa es tu opinión? - ---Sí. - ---No es la mía. - ---Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir. - ---Habrás leído mi folleto _Mina y los proscritos_. - ---Sí. - ---No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en -Argel, y me hallaba verdaderamente furioso. - ---¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted? - ---En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan -claros. - - - EN ZARAGOZA - -El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel -de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de -San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado _Lo que debería ser el -Estatuto Real o derecho público de los españoles_, en la imprenta de -Ramón León. - -El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y -de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder -para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que -dirigíamos los de la Sociedad Isabelina. - -Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en -restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno -liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos -como por la fuerza militar. - -Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer -al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta -conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes -desvelos de los isabelinos. - -Mis planes--seguía diciendo después--nunca se dirigieron al -establecimiento de una república en España. Republicano por principios, -estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no -nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y -perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades. - ---¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar! - ---Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio -capital de nuestra época. Sigo adelante. - -Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no -creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para -la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos -no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se -podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en -oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o -Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores, -dignos del presidio. - -Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras -filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas -se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al -conde de Toreno. - -Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando -contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente -y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los -isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme. - -En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen -pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el -Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí -de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a -defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí. - - - «EL CONSABIDO» - -Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don -Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese -una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con -todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros. -Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos -de Madrid y de provincias. - ---¿Era usted todavía hombre influyente? - ---Sí, ya lo creo. Estaba en auge. - -A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro -y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la -Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir -el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí -se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra -contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_. - -Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra -me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo -le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me -escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que -el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo -decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de -la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el -ejército. - -Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión, -y me contestó que a Barcelona. - -Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en -Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en -política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer, -probablemente, allí cosa de provecho. - -Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me -replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que -allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho. - - - MENDIZÁBAL - -A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano -político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera -un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid. - -A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el -mismo día de la apertura de los Estamentos. - -Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban -para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando -la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de -mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un -nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de -Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia. - -En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del -Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia -y me quiso emplear de una manera honrosa y decente. - -Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo -era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo -encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a -blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable. - ---Una pregunta. - ---Venga. - ---¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez, -cambió de apellido y se llamó Mendizábal? - ---Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían, -por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de -Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía. -Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de -llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal -estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez -Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo -tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó. - ---Es una versión lógica. - ---Mendizábal--siguió diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy -premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la -revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí. - -Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio -estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser -reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado -que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella -causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que, -en su consecuencia, se sobreseyese. - -A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me -aseguró que sobreseería la causa. - -Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en -lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el -estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban, -atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente -que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar -aquellas maquinaciones y auxiliar al general. - ---¿Está usted en buenas relaciones con Mina?--me preguntó Mendizábal. - ---Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo -que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí. - ---Mina hace un gran papel en Cataluña--añadió don Juan--; es muy -querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna; -cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto -se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de -espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara. - ---Pues, nada, iré a Barcelona. - ---Bien. Yo le daré a usted una carta. - -La carta que me dió Mendizábal decía así: - - - «Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina. - - »Madrid, 30 noviembre de 1835. - - »Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la - justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el - señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de - confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo - resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia - preveo igualmente que accederá usted a mis deseos. - - »Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano, - - »_J. A. y Mendizábal_». - - -Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el -ministerio ni en su casa pude encontrarle. - - - DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA - -Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de Valmaseda; había viajado -por América, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las -matemáticas y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia y era -muy enemigo de la gente joven y activa. - -Durante los años de la emigración, en Londres, después de 1823, se hizo -tan íntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escribía -los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros -gobiernos liberales. - -Se tenía de él un gran concepto, y formaba con Argüelles, Calatrava, -Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceañistas, al que algunos llamaban -el de los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. Don Ramón -era serio y reservado, tenía mucho prestigio, y excepto Alcalá Galiano, -que le odiaba, los demás le consideraban como un gran hombre. - -La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra renovó mis sospechas de -Zaragoza, que se aumentaron aún con los datos que me dieron algunos -amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba mal de mí; que me pintaba como -un intrigante y como un alborotador, y que decía que sería conveniente -que me expulsaran de España. - - - LOS DOCTRINARIOS - ---Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?--le -pregunté yo a don Eugenio. - ---No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios, -gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos -de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir -los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de -revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie -de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia, -tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias -para dar a la arbitrariedad una apariencia legal. - -Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían -en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me -consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las -cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas -indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que -sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y -una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos, -los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su -grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses; -el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en -Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de -estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón -por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis -opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la -Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un -odio terrible y no me perdonaron. - - - DESCONFIANZA - -Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal si es que el Gobierno -quería desprenderse de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era -capaz de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba que no fuera a -Barcelona. Ante esta afirmación me decidí; no tenía otro remedio. - -La víspera de mi salida de la corte encontré, cerca de la Casa -de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifesté claramente mi -desconfianza. Don Ramón, después de excusarse de no haberme recibido, -por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indicó que en aquel -momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisándole -que yo llegaría al final de mes, comunicándole la comisión que llevaba -a Barcelona y recomendándome eficazmente. - -El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días -la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulación catalana, y el 24 -del mismo mes me embarqué para Barcelona. - - - EN VALENCIA - -En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos -y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre -ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada, -seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas -lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de -una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me -figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo. - -Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí -algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno -de un autor francés, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho días -en Nápoles_, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe -napolitano, pero no encontré mas que éste. - -Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en -aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario -y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de -hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la -capital del principado. - - - BARCELONA - ---¿Existía de veras tanta inferioridad? - ---Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que -sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían -erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin -abnegación. - -Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el -muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo -asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de -la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé -hospedado. - -Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña -Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le -pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la -Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía; -su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto -me dió muy mala espina. - -Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política -barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más -enconada y personalista. - - - POLÍTICOS BARCELONESES - -Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos, -muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe. - -Entre los liberales la confusión era grande, y los diversos grupos se -miraban, en su mayoría, con hostilidad. Primeramente había un grupo -de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una -plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes -negocios. Parte de estos plutócratas eran masones, amigos del banquero -Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en -quien tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder -como un traidor y le había dado el sobrenombre de «Meteoro». - -Después venían los exaltados, entre los cuales los había de varias -clases; unos eran localistas y no querían ocuparse mas que de lo que -ocurría en Cataluña; otros, nacionales. - -Los localistas rechazaban la colaboración de los liberales de Madrid -y del resto de España, y llevaban una política suya exclusivamente -catalana. - -Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado una confederación -liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tenía un carácter -marcadamente regionalista. - -El gran defecto de esta confederación era el ser neutra y poco activa -y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la región -próximos a Barcelona. - -Entre los liberales nacionales había algunos de tendencias moderadas, -y otros más progresistas; estos últimos se podían clasificar en dos -grupos: los isabelinos, que defendían la idea liberal sin considerarla -adscrita a un hombre, y los partidarios acérrimos de Mendizábal, que no -querían ver nada posible en política sin su jefe. - -Había también algunos republicanos y restos de la Sociedad Carbonaria, -sociedad que había fundado en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en -1822, venido de Nápoles. - -De estos carbonarios, la mayoría eran militares italianos y polacos, y -en ellos se daba la tendencia de convertir los asuntos nacionales y -locales en cuestiones de índole internacional. - -A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié con las personas -importantes del partido liberal. Con quienes me vi con más frecuencia -fué con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos otros. - -Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía entonces las veces de -director en el periódico _El Vapor Catalán_. Madoz tenía relaciones con -Mina, el cual le había empleado y dado varias comisiones lucrativas; -era masón, y en esta época se sentía completamente catalán, y con -Gironella, Llinás y otros había formado la confederación liberal de que -te he hablado. - -Gironella, el comandante de la Guardia nacional, era hombre rico, un -tanto fatuo y adorador de cuanto diera popularidad. Tenía una casa -importante y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella era enemigo de -Bertrán Soler, y me manifestó que con Bertrán él no colaboraba. Le -pregunté si había alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas que -rencillas de pueblo. - -Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y abogado, había publicado -varios folletos y libros; ponía cuando firmaba debajo de su nombre, -como un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante, aunque -sincero y buena persona. Una de sus obras se titulaba _España, libre -por esencia, oprimida por los tiranos_. - - - XAUDARÓ - -Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre joven, elegante, de bigote -pequeño y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba -«Unitario», que al parecer quería reunir a los liberales de todos -los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y -principalmente los plutócratas barceloneses. Xaudaró era hombre de dos -caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes. - ---¿Cómo?--interrumpí yo--; yo he visto el retrato de Xaudaró en una -estampa titulada: «Víctimas de la causa popular», al lado de Bravo, -Maldonado, Padilla, Porlier, etc. - ---¡Bah! así se escribe la Historia.--replicó Aviraneta. - ---Ya estamos otra vez en el problema de los hechos. - ---Xaudaró--dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusión--había -sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de España, -del subdelegado de policía de aquella época, don José Víctor de Oñate. -En la causa que se siguió a los masones en Barcelona, un tal Lucas -Martínez denunció a Xaudaró como confidente de la policía. Decididos -los isabelinos, según me dijo Bertrán Soler, a averiguar lo que podía -haber de cierto en esto, supieron que el dueño de una casa de baños de -Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor Mazlat, tenía listas, -papeles y documentos de Xaudaró por los cuales se podía colegir que -éste había sido un agente provocador que incitaba a los liberales a -entrar en España en la época absolutista y los denunciaba después a la -policía. - -Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francés -de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrárselos, pero no se los -quiso entregar. - -La redacción del _Vapor Catalán_ tenía en Xaudaró un gran agente de -negocios; éste hacía campañas para sacar dinero, aspiraba a ser un -dictador de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la plutocracia y en -la gente maleante. - -Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez de dinero. - -Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante, -violento y al mismo tiempo muy zorro, que tenía grandes ambiciones. - -El escribano Francisco Raull, con quien hablé un par de veces, había -publicado la historia de la conmoción de Barcelona en la noche del 25 -al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escribía -dando más importancia a la palabrería que a los hechos. - - - LOS JÓVENES - -Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y de ideas muy avanzadas. -Los que más se destacaban eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía -mucha fama y era capitán del batallón de La Blusa; Laureano Figuerola, -que era de este mismo batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de -Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta de la escenografía -del triángulo y de la escuadra, tipo pequeño, barbudo y un poco -ridículo, que luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio -Sué, _María o la hija de un jornalero_, y Abdón Terradas, autor también -de una novela bastante mediocre titulada _La explanada_, con escenas -barcelonesas de la época del mando del conde de España. Este Terradas -fué uno de los precursores del republicanismo y del regionalismo -catalán. - -Casi todos los jóvenes liberales barceloneses eran entonces medio -republicanos, medio carbonarios; muchos de ellos habían colaborado -en el _Propagador de la libertad_, en donde se insertaban artículos -obscuros del iluminado Adolfo Boheman; otros habían publicado algo -en _El Regenerador_, de Bertrán Soler, semanario enciclopédico, -constitucional y españolista. - -Carlistas y liberales, exaltados y moderados, isabelinos y -mendizabalistas, regionalistas y patriotas se odiaban todos con -idéntica furia, y el más violento rencor reinaba en la sociedad -barcelonesa. - - - UN CONFIDENTE - -Una de las cosas que me preocupaba y que comencé a trabajar con los -isabelinos fué el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al -tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban -en el extranjero. - -Bertrán Soler se dirigió a un redactor del _Vapor Catalán_, un pobre -hombre que había estado empleado en la policía, y éste nos dirigió a un -militar retirado, que vivía en una casa de huéspedes de la calle de la -Boquería, llamado Ribot. - ---Si no le encuentran ustedes a él, que será lo más probable--nos dijo -el periodista--, hablen ustedes a su patrona. - -Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compañía de Bertrán Soler, -porque éste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando -con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por -la Libertad con desinterés y con abnegación. - -No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su patrona, como me había -recomendado el redactor del _Vapor Catalán_. - -Era ésta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada -doña Enriqueta. Nos entendimos fácilmente, porque al momento hablé yo -de dinero. - -Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot era, efectivamente, -individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a -diario en Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. Añadió -que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurría en esa Junta; yo le -indiqué que era enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos largo -rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacaría al huésped y me daría -informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que -le iría comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina. - -Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, y ella, cumpliendo -su palabra, me envió informes a casa de mucha importancia. - - - MIS PLANES - -El día 28 de diciembre volví a presentarme a la señora del general -Mina, doña Juanita Vega, a quien entregué una carta para su marido, que -estaba en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, anunciándole mi -llegada y la misión que traía del Ministerio Mendizábal. - -El general Mina no se dignó contestar a mi carta. Luego supe que don -Ramón Gil de la Cuadra me había indispuesto con él. Le había dado malos -informes de mí, diciéndole entre otras cosas que yo afirmaba a todas -horas, y era verdad, que los militares españoles no podrían acabar la -guerra, y que ésta no se terminaría mas que por una acción política y -diplomática. - ---Era, seguramente, una imprudencia de usted el afirmar esto--le dije -yo a don Eugenio. - ---Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero a mí me parecía la -verdad. Desde Barcelona dirigí dos comunicaciones al presidente del -Consejo de Ministros anunciándole que había conseguido dar con el foco -de la insurrección carlista catalana y de la intriga extranjera, y que -tenía metida en su Junta una persona de confianza que me pondría al -corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba despachar comisionados -a Perpiñán, Marsella y Génova, para que, puestos en contacto con los -cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen todos sus planes. - -Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más pronto posible, y le -decía que esperaba el regreso del general Mina para formar, de acuerdo -con él, un plan político que desorganizara las huestes carlistas de -Cataluña. - -Bertrán Soler me dijo que hacía una semana, próximamente, había -recibido un correo extraordinario de París avisando la salida de -un coronel y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de sus -correspondientes filiaciones y del objeto de su viaje, que era el -fomentar un levantamiento carlista en Barcelona. - -Bertrán Soler puso el pliego en manos del general Mina, y, a -consecuencia de este aviso, fueron presos en la fonda de las Cuatro -Naciones el coronel, varios italianos y dos o tres catalanes que -estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que cayeron bajo el -puñal homicida en los fosos de la Ciudadela. - - - PABLO ORSINI - -Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones de sus paisanos -absolutistas era un antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por entonces -pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido por encargo de su -Sociedad a estudiar lo que pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado -de todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que no hiciera gran -caso de los delegados de las sociedades secretas de Barcelona, porque -éstas no tenían realidad alguna. - -A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores Escoceses, de los -Templarios Sublimes y de la Asociación de los Derechos del Hombre con -proyectos irrealizables y ridículos. - -Según decían, se iba a intentar con su concurso una revolución -republicana; se quemaría la efigie del Papa y vendría a ponerse a la -cabeza del movimiento Juan Van Halen, desde Bélgica. - -Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento de la Constitución era -ya muy poca cosa. - -La confusión en que se encontraba Barcelona, unida a la más absoluta -mediocridad y a la mentalidad pequeña y provinciana, hacía que, a pesar -del deseo de muchos, fuera imposible que de allí saliera algo claro -y fuerte. Unos proyectos estorbaban a otros, e iban entrelazándose -y confundiéndose los manejos de un complot local de venganza, con -nuestras aspiraciones para la restauración de la Constitución y las -vagas maniobras de los internacionalistas. - - - POCA SUERTE - ---¡Qué poca suerte, don Eugenio!--le interrumpí yo--. No haber podido -nunca mandar en capitán. Siempre ha sido usted un piloto interino. - ---Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones para mandar! - ---¿Qué hubiera usted sido de contar alguna vez con una ocasión propicia? - ---No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay que soñar. - ---Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos. - ---Eso es, hechos y sólo hechos. - - - EL PLAN SANGUINARIO - -Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he -dicho, al mismo tiempo varios complots. - -Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y católicos que -yo llevaba orden del Gran Oriente Masónico de matar a los prisioneros -carlistas de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? ¿Qué podía ganar yo -o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; -pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando -se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les -cuesta ningún trabajo. - -En esta época era yo una persona muy poco grata a la masonería. Todos -los conspicuos de ella me miraban como un rebelde. - -La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se veía -venir desde hacía tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y -Bassa habían querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las -venganzas de los exaltados. - -Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la política suya, -dejó desguarnecida la ciudad, entregándola a los furiosos. - -Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron en el abandono de Barcelona -una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con el -general segundo cabo don Antonio María Alvarez y con don José Feliú de -la Peña, teniente coronel y secretario de la Capitanía General. - - - ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA - -Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, atravesado, -desprovisto de sentido moral. Tenía ese espíritu rencoroso tan -frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los -españoles reaccionarios porque le parecían, y era natural que le -pareciesen, los más españoles entre los españoles. Para Alvarez todos -los españoles eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café de la -Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando contra la reacción y contra -los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que -querían la venganza a toda costa y hacer una San Bartolomé con los -carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragonés -de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en bárbaro. - -Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel don José Feliú de la -Peña, que era secretario de la Capitanía General. Feliú de la Peña -tenía el carácter de esos hombres turbios que aparecen en períodos -mixtos de absolutismo y de anarquía. Había sido fiscal en los tiempos -de la comisión militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder para -la secretaría de policía de Cataluña, y después había entrado en la -Capitanía General. Feliú, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante, -atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con los suministros -militares, como antes los había hecho explotando las casas de juego. - - - CONSEJOS DE MINA - -Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, del cual eran -directores algunos plutócratas barceloneses. A su vez, Feliú de la -Peña llevó a Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. El -general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de -algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos; -creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la -Constitución iba a ser perjudicial para la causa. Sabía que llegaba yo -en calidad de consejero político enviado por Mendizábal, y esto, al -parecer, le había ofendido profundamente. - -Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del Club Unitario no se fundiera -para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin -duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de dividir para reinar. -Xaudaró y los que le seguían aspiraban a una dictadura de Barcelona -sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretendía -lo mismo, pretendía ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese -sin que él diera su vistobueno. - -La recomendación de Mina influyó en los que formaban la junta -constituída por Madoz, Llinás, Gironella y otros; y al querer entrar -nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban -prudente en aquellos momentos la proclamación de la Constitución de -1812. - -Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú de la Peña, a Xaudaró, -a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual -Madoz. Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, se echó atrás -y tomó una actitud completamente ambigua. - - - LA TORMENTA SE ACERCA - -A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, que se consideraba -como una manifestación del poder absoluto de los exaltados, iba -cundiendo en el pueblo, y se veía que no le faltaba para realizarse mas -que una ocasión favorable. Al mismo tiempo había carlistas frenéticos -deseosos de que la situación se hiciera más tirante que veían casi con -gusto la perspectiva de una matanza de correligionarios en Barcelona, -y mendizabalistas entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese -algaradas populares, para que así Mendizábal, que había prometido la -paz en seis meses, si no se turbaba el orden y todos le ayudaban, -tuviera un pretexto para sincerarse y seguir en el Poder. - -Varias veces el general Pastors, gobernador de la Ciudadela, había -enviado peticiones a Alvarez, que mandaba la capital en ausencia de -Mina, para que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas presos -señalados para ser víctimas de la venganza popular a otra ciudad o a -un barco de guerra; pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña -accedían. - ---Que se revienten--decía Alvarez, riendo--; que se hagan la pascua--y -se alegraba de los temores de Pastors. - -Este, que era un pobre hombre bruto, pero de buen fondo, quería salvar, -sobre todo, a su amigo O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban lo -que pedía. - - - UN AVISO - -El día 3 de enero, por la noche, se presentó en mi casa un hombre -desconocido; me preguntó si estaba solo; le contesté que sí, e -inmediatamente me dijo: - ---Vengo a advertirle a usted que mañana serán ejecutados los -prisioneros carlistas de la Ciudadela. - ---¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted esta noticia? - ---No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted saber que el hecho es -cierto; mañana lo podrá comprobar. - -Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no conseguí nada; me repitió -que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se marchó. - -Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, me puse las botas, tomé -la capa y el sombrero y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo -las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había desaparecido. - -Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme aquella noticia; -pensé si sería mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero -no pude deducir nada. - - - EL DÍA 4 DE ENERO - -Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado. -Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba -la matanza. - -A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios -a la esposa de Mina y al general Alvarez. - ---¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?--me preguntó doña -Juanita. - ---Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los -que lo dirigen. - ---Cree usted que no. - ---No. - ---Pues, ¿quién, entonces? - ---No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad -tiene también culpa en ello. - ---¡La autoridad! - ---Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que -trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados -a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir. - ---¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad? -¡Qué hubiera dicho la gente! - -Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que -sonaban en la Ciudadela. - -Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que -había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en -Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional. -Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban -identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las -represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas -hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort. - -La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se -consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones -en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la -matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta -de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo -marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó -Pastors violentamente. - ---¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza? - ---Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los -malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí. - -Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a -la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las -ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra -y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la -tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy -entrada la noche, cerca de las once. - -Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio, -completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló -muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de -línea y de la Guardia nacional. - -Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún, -puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la -torre de Canaletas y en el Hospital. - -Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier -Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos -por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen. - -Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le -habían producido las matanzas. - -Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista -con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron -a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la -continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y -los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían -los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen -fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad -general. - - - LOS ISABELINOS - -Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi -casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que -había que hacer el día siguiente. - -Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la -Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel -motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución. -Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos -para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda -parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de -acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la -Milicia. - -El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había -unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase -la Constitución cuanto antes. - -Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al -día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la -Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero, -custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja. - - - EL DÍA 5 - -Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el -general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de -zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del -salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo: - ---Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus -antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo -contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a -renunciar inmediatamente al mando. - ---No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi -concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina. - ---¡Contra Mina! ¿Y por qué? - ---La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la -Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a -él le parezca. - ---¿Y usted no cree que haya algo contra mí? - ---Nada. Contra usted no va nadie. - ---¿Usted qué haría? - ---Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le -avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga -usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y -Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente. - -Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas. - ---Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos -infames. - -Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté -convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú -de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo -Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera -indigna. Varias veces me dijo: - ---¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría -sosegar al pueblo? - ---Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene -usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie. - -El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al -general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se -podía hacer en aquel momento. - -Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de -Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento -del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya -galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme, -a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado -por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve -mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la -Constitución, y dispersó a los nacionales. - -Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado -elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina. -¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento! -Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería -como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada. - -Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la -proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado -los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún -desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros -comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los -isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera -Llinás!, delante de sus respectivas casas. - -Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no -tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que -provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y -ponernos al frente de él. - -Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el -ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el -director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía -nadie en Barcelona. - -Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna -entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del -Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron -tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna -relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los -asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen -mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien -hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses -después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en -la Granja eran premiados. - - - PRESO - -A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando -entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos -dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés -_Rodney_. - -Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me -preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de -Madrid y no encontraba el motivo. - - - EL «RODNEY» - -Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque -inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas -condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se -consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán -Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de -salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien -había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un -peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce -años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le -escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un -cañón. La carta decía así: - - - UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA - - «Señora doña Juana María Vega de Mina: - - »Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.) - - »Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío, - habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama - a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba - firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz - de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el - asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos - acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha - tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha - dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del - señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la - cárcel o castillo que se me designe. - - »Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo - antes posible. - - »Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies, - - _Eugenio de Aviraneta_.» - - - CARTA A MINA - -Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día -siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta: - - - «Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836. - - »Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago - más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir; - si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo, - como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido - ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para - matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron - tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos. - - »¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada - impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los - que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves - de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi - proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré - los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy - capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted - más. - - »La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de - recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las - maquinaciones de la facción y la intriga extranjera. - - »No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con - urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé - pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria. - No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la - brevedad, porque estoy con poco dinero. - - »Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor - Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy - siempre su verdadero amigo, - - »_Eugenio de Aviraneta_». - - - NUESTRAS MANIOBRAS - -Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido -no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado. - -En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al -comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés. - -El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el -general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario -para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados -de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo -había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos -por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que -nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no -podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses. - -Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y -marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la -bodega. No teníamos cama y comíamos rancho. - -Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero -amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario -a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo -hacia Gibraltar. - -Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con -más o menos exageración. Te lo leeré: - -«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina, -en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la -Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le -conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba. -Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de -sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe, -dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido -antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los -resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido -de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las -armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que -con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su -vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría -de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la -de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo -conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la -disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces -enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus -propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró -condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y -tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las -tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo -que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo -volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo -soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana». - ---¿Y es verdad eso? - ---Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos -al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan -desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto -a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta -hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero -seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos -días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición -del capitán general de esta isla. - - - EN TENERIFE - -Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos -dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa -interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante -general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer -a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían -degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona. - -Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno. -Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos -vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos -arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel. - - - RESUMEN - ---¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona -para inutilizarlo? - ---Sí. - ---¿Y Mendizábal colaboró en eso? - ---No; creo que Mendizábal obró de buena fe. - ---Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza? - ---La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró -dejaron hacer. - ---¿Y por qué? - ---Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió -claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer -la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió -decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado. -Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la -organización isabelina fué completamente deshecha. - ---Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y -en Canarias, ¿qué le pasó a usted? - ---Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba, -dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo -intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar, -donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo -plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el -general gobernador hizo la vista gorda. - ---¿Y esto ya no es verdad? - ---No; es fantasía, pura fantasía. - ---Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular? -Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho. - ---Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales... -Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de -desesperación y de rabia. - ---Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante? - ---En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en -marzo de 1836, a Cartagena. - - - EN MÁLAGA - -Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente; -pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson, -comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al -general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo -que podía estar tranquilo. - -No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra -mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme -pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy -buenos amigos. - -Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y -conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde -la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se -tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como -dictador de España. - -La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de -Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel -ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de -comerciantes y de contrabandistas. - - Pamplona, mayo, 1921. - - - - - EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO - - -AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido -en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en -1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y -que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había -una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas -páginas: - -Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una -situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y -lamentable. - -Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico, -José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y -de un perdido. - -Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de -arruinarse en poco tiempo. - -Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se -encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama. - -Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores, -solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y -de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara -para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más -perdido del pueblo. - -En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia -política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores -de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos -revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto. - -A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba -de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio. -Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución -de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de -los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente -partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se -reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular -en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo -el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la -nación. - -Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera -providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes -malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro; -y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la -guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta, -que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga. - -Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger -la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía -la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la -vida normal. - -Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor -Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson. -Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en -serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república. -Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí -partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía. - -Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán, -y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la -primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes -contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo -una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento -revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara. - -Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros -comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar; -pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran -con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en -influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que -en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de -Málaga explotador, en vez de explotado. - -A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio -el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido -algunos intentos en Granada y en Cartagena. - -Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de -mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches -a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la -calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que -saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de -cómo había pasado el día la enferma. - - * * * * * - -Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la -vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban -hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era -José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro, -un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber -intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad -la conversación. - ---Yo me he visto con Escalante--decía Ordóñez. - ---¿Y está conforme?--preguntó el otro. - ---Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el -mismo día de la revolución. - ---Pero la revolución está parada. - ---Ya andará--replicó José Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene -a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido -ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones -y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil -están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que -ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la -Constitución. - ---¿Y lo creerán? - ---Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada; -creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta. - ---Habrá que estar preparados. - ---Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de -vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas. - ---Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con -la fortuna de Rothschild. - ---No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse. - ---Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho? - ---Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el -mundo lo sepa tocando generala por las calles. - ---Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en -el puerto. - ---Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh? - ---¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre! - ---¡Adiós! - -Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio -Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa. - - * * * * * - -No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos -posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi -María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias. - -Esta preocupación embargaba todas mis facultades. - -Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran -milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba -entre ellos. - -Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y -apasionamiento. - -Era comandante militar el general San Just, que había substituído al -coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente -la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés -Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo -hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella -figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga -a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general -Córdova le estimaba mucho. - -A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los -milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había -manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes. - -El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de -gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria -de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la -Sociedad Isabelina. - -A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de -Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e -influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y -de protegerlos. - -A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes -portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el -movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina, -vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los -agentes que trabajaban para preparar la insurrección. - -Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro, -pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar -por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido -cajista del famoso periódico madrileño _El Zurriago_, en la imprenta -de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después -muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los -carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más -tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de -jefe de Policía en Málaga. - -Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las condiciones del murciélago -y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso -a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por -los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de -Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había -entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al -parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación -oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios. - -Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la -revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter -contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo, -reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente, -José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los -revolucionarios. - -En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de -Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran -contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por -los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras -sospechosas sin darles el alto. - -Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el -Morlaco y el Chispilla. - -Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que -habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los -señalaron en el puerto. Los conocía de vista. - -El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de -mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que -le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón -corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba -despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el -Espíritu Santo a iluminarle. - -El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el -sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara, -aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio -superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña. - -El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala -fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el -Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el -barato. - - * * * * * - -En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a -ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona, -de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala -noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla. - -Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del -Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de -un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados -de mi escritorio. - -Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda, -que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba -paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por -los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el _Trágala_, y -Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí, -insultaron al gobernador. - -Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos -que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo. - -Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron -lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy -descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno. - -El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó -grandes inquietudes en nuestros nacionales. - ---Pero, ¿qué les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado. - ---Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno -moderado, y nosotros no lo aceptaremos. - -A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el -Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo, -concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas. -El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje. -Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la -llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus -planes. - -El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que -fueron bastante mal recibidos por los milicianos. - -Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a -ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución. - -Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó -oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de -ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban -a ser desarmados. - -En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que -peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La -guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de -cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase. - -Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me -dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos. - - * * * * * - -El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo, -limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días -anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la -gente del alto comercio. - -Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza -de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se -encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo -estado de gravedad. - -Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos -políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y -que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la -segunda para Levante. - -Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero -de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que -estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus -amigos comenzaron a dar vivas y mueras. - -Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco -cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes -aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los -nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían. - -Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente. -Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general -San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales -por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los -oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese -inmediatamente a la plaza. - -San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su -grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo -llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos. - -Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante -conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y -hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del -puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales, -que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que -quería que todo el mundo respetase la disciplina. - -Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su -serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el -peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el -Ayuntamiento. - -San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los -revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse -obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al -ver que no podían dominar el tumulto. - -Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just, -que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por -la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos -de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José -Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros -matones, comenzó a gritar: - ---¡Muera, muera! - -Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás -hicieron una descarga cerrada. - -San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era -inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta. -Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la -puerta, dió al general y le dejó gravemente herido. - -Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas -entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con -el herido. - -En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo -hacia el puerto. - - * * * * * - -Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de -Riego y a la calle de la Madre de Dios. - -La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en -cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume -de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis -pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún -transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza -temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me -devoraban. - -Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María -Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la -esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo -ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me -decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados; -sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de -la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente, -éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e -iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras. - -Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar -qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír -un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo -lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se -escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en -el silencio de la noche. - -Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda; -pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para -que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a -decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto -iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que -tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que -la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del -zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella -no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte, -fuera yo quien la consolara. - -Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta -solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y, -sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me -resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía -ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la -cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen -después de la muerte. - -Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los -armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo -enflaquecido y destruído por la enfermedad. - -¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en -medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para -todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo -estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a -acompañarla en sus últimos momentos? - -No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la -cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa -de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande -de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me -dijo que acababa de morir. - -Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las -hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto. - -Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego. - - * * * * * - -Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala -por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de -infantería y de artillería en la plaza. - -Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua -novia, visitada por la muerte. - -Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea -estaba en el convento de la Merced. - -Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había -formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza. -Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en -el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le -detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial -a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en -que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento -de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían -que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores -desgracias. - -Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza, -donde dijo a los sublevados momentos antes: - ---¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a -un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra -por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso; -pero ya está hecho, y ya no hay remedio. - ---Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es -menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido. - -Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de -abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre, -que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel -momento haciendo su pacotilla. - ---¿Y qué esperan ustedes aquí?--le pregunté a mi empleado. - ---Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada -en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros. - ---¿Y el gobernador, dónde está? - ---Está también en el cuartel. - -Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el -Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de -la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer -a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que -se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por -no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que -para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el -pueblo. - -Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte. - -Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo -convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a -fraternizar con ellos. - -El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban -ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas -discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del -cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se -formó junto a la Milicia. - -Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a -voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la -marcha. - -El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento -y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que -encontró de miliciano. - -Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había -aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del -cocodrilo de la fábula con el perro. - -Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto -de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se -dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de -los milicianos y a decirles que el general se había escapado. - -Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío -seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse. -Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la -escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna. - ---Este es--dijo uno de los sargentos. - ---¡Matadlo, matadlo!--gritó el Morlaco, que venía delante. - -El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso -hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos -disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver -del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo -arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la -cara negra y un agujero sangriento en el pecho. - -El espectáculo me produjo una enorme repugnancia. - -Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado -con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los -comerciantes ricos opuestos a la revolución. - -Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho. - - * * * * * - -Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón. -Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo -la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa; -pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí -a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los -árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché -al muelle y me senté sobre un fardo. - -Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o -realidad. - -Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche; -este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban. - -En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos; -me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro -y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los -tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre; -pero no, aquello todavía era la realidad... - -Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una -calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos -balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un -hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la -cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín. - ---¿Puedo subir?--le pregunté. - ---Sí; suba usted. - -Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en -todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto -me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una -habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el -sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era. - -En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos -y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban -Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía -qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno -de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y -un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo -de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una -urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos. -Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se -desesperaban porque no era grande... - -Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los -hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las -manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a -correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente -y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era -necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba -a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de -tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus -monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por -el aire... - - * * * * * - ---¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno. - -Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome -borracho. Me tendí en la cama. - -Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte -de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí -a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta -en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden. -¡Oh ironía! - -Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se -hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía. - -Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos -gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro, -en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el -entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó -la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una -proclama de Escalante. - - Itzea, julio, 1921. - - - - - FLOR ENTRE ESPINAS - - - I. - -EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las -aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, -ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de -sus dolencias. - -Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de -nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las -lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El -dominó azul_ y _Jugar con fuego_. - -Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras; -pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas -que las nieblas. - ---¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla! - -Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el -castellano como en los primeros meses de llegar a España. - -Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y -visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su -parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en -Viana y en sus alrededores. - -Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales -los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo: - ---Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien -distinto al que ahora tengo. - ---¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo. - ---Vine con un objeto exclusivamente militar. - ---¡Hombre! - ---Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento -carlista. - ---¿Ha sido usted carlista? - ---Sí; estuve de capitán con Cabrera. - ---¡Demonio, qué absurdo! - ---Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil. -En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden, -desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón -comandante de Ingenieros de su ejército. - -Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego -y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo -atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid. - -El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la -corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo. - -El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos -militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que -existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia. - -El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su -altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado -de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la -tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para -elevarla. - -Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a -don Ramón lo que había visto, éste le contestó: - ---Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me -servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil -fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen. - -El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la -ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en -el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un -bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y -Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara. - ---Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al señor -Kraft, mostrándole a Aviraneta. - -El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa -estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se -burlan de ellos. - -Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió -una gran curiosidad por Aviraneta. - - - II. - -Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y -recordaba los años de su juventud con mucho gusto. - -Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy -conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles. - -Los militares españoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los -franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos -se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de -estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de -mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como -Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas -han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único -molde del guerrillero. - -Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también -brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle -tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui -era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el -guerrillero es el que ha privado. - -El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina -y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también -algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos -militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo -Cano. - -Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell, -Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a -dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado -llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han -sido tipos de conquistadores más o menos degenerados. - -La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y -Narváez estaban gravemente enfermos del estómago. - ---Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano. - ---Yo--añadió Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra. -Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay -casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos -visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un -hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general -vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito -supone constantemente grandes condiciones guerreras. - -El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra, -y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero -se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía -haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de -los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar -con ningún otro general español de su época, excepción hecha de -Zumalacárregui. - -Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera, -lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de -presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él. -Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja. - ---¿Usted conoce a Narváez?--le preguntó el prusiano a Aviraneta. - ---Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta -liberal fundada por mí. - ---¿De una sociedad secreta liberal? - ---Sí. - ---_¡Aj!_, ¡qué cosa más extraña!--exclamó el prusiano. - ---Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en -Arcos de la Frontera. - -Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna -cosa. - ---Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una -historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa -hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted. - - - III. - -Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en -su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca -fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un -hombre obscuro, me maravillaban siempre. - -Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha -hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez. - -Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y -otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad -no daban ninguna impresión de grandes. - -Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras -hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había -dejado: - ---Hecha la revolución en Málaga--dijo--me designaron a mí para ir, como -delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando -su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de -1812, aunque modificada. - -De Málaga marché a Cádiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fuí de -Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San -Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y -amigas y partidarias mías. - -Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y -republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy -picarescos. - -Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en -Cádiz. - ---El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San -Antonio--dijo--. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá -pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese -entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y -atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el -baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a -defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión, -y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala -reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios -comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se -pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a -su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con -alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba -en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la -unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón -que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá -la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en -Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró -la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y -fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona. - ---¿Y ahora qué hacemos?--le pregunté yo a la de San Quirico. - ---Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo -que valemo lo españole. - ---Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo. - ---No sea usted guasón--me contestó ella--. Yo soy ya muy vieja para que -me hagan nada. - -Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y -a pensar en el ministerio futuro. - -Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María -Cristina a proclamar la Constitución. - -El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia, -a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las -revoluciones, como anticuados. - -Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño -en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el -mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido -mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa -del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la -insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar, -el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder -con los viejos doceañistas. - -Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas -volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, -Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas -frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por -toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron -con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear. - -No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una -revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y -sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república. - -El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don -Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró, -le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para -que fuesen deportados a Ceuta. - -El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber -practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en -todas las clases por Isabel II y por la Constitución. - -Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el -designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al -frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la -Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y -me creían enemigo acérrimo de su jefe. - -Por entonces publiqué yo en _El Noticioso_, de Cádiz, un artículo -titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba -como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal, -el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe -a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas -nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio -de querer ser dictadores y mangoneadores eternos. - -El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta -en Madrid y tuvo cierto éxito. _El Eco del Comercio_ decía que el -tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la -libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía -considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que -devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí, -que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se -consuela dando dentelladas antes de morder la tierra. - -Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista -dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en -peligro su organizado pandillaje. - -Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los -Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar -una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me -trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme. - -Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que -había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte. -Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios -realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo -cuerpo. - -Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general -Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó -ponerme en libertad. - -Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me -presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de -la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia. - -Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa -de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia -nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón. - -Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en -Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30. - -En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del -cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la -provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la -Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el -intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis, -el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5 -del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera -inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio. - -Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con -facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra -para la infantería. - -Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general -Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de -la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras -tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé, -en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital, -que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía -servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días--decía en un -informe el general Ramírez--se presentó el fenómeno, nunca visto hasta -entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de -serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse -a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla, -sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--seguía -diciendo el general--se debió al brillante estado en que se hallaba el -hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, -rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la -presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital. - -Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y -contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo -entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos -los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los -que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me -llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía. - -El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le -ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que -en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las -instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia. - -Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades -de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a -Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite. - -Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el -jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de -Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y -creo que alemán. - -Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato -por el prólogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los -grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó -si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a -Arcos. - ---Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos -camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche. - ---Bueno, vamos allá. - - - IV. - -Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre -una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas -amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las -calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre -de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa. - -Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es -medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados -con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes -amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas -próximas. - -Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus -majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico -florido, y algunas casas hermosas. - -Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al -palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don -Ramón María Narváez. - -Narváez me saludó amablemente. - ---¿Se conocían ustedes?--preguntó Ros de Olano. - ---Sí--dijo don Ramón. - ---Sí--añadí yo. - -Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces, -Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran -Oriente para entrar en la Sociedad. - -No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse -encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara -al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia, -lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo -rato. - -A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como -liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los -moderados. - -Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el -golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, -García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la -de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que -produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos -generales y un motín militar. - -Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo -elogiaban a cada paso. - -En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos. -Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de -los moderados. - -Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y -emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova -siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el -general Córdova. - -Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado -por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; -los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un -poco belfo. - -Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces -parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el -pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era -justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez -se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más -genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando -a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia. - -Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones -jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el -organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui. - -Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente -enfermo y casi moribundo. - -Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_, -como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan -franco y tan llano. - -Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un -caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda -con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez -no comprendía que en esto había algo de efecto teatral. - -El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados. - -Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados: -«¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le -llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo, -después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un -magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de -cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos. - -En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados -era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de -la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y -damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una -técnica, un procedimiento. - -Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La -Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España. - -La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la -popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían -ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos -aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable -de aparecer citados en los periódicos. - -Narváez se quejaba de la confusión de la época. - ---Esto es un galimatías--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es -la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más -Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más -orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo -se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre -tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la -Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos -o los demonios colorados. - ---Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observé yo--; -no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay -entre los absolutistas. - ---Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que -perturbarnos. - -Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia -natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que -el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil. - ---¿Y por qué?--me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea -expuesta por mí. - ---Porque más de la mitad de España es absolutista--dije yo--. La -guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por -destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo, -solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el -elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos. - ---Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a -una mayoría de bestias--dijo Narváez. - ---Eso es la dictadura. - ---Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella? - ---Muchos males y un inconveniente--contesté yo--; que para que haya -dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los -que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore -las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni -de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de -tragarse a los demás. - ---Y bien, ¿usted que haría? - ---¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una -tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos -a España estúpidamente. - ---¿Y el honor del ejército? - ---El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación. -El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes. - ---O a dirigir también. - ---En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político. - -Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza -plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber -intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto -el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier -llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama -y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas. - ---¿Son de Madrid?--preguntó Narváez a Ros de Olano. - ---Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja. - -Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto. - -Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase -de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el -palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel. - -Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias -del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza. - -Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de -Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio -de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus -oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el -coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del -_Times_, que marchaba en la división recomendado por el embajador de -Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon. - -Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y -atribuía la victoria de Majaceite a los demás. - -Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí -no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como -jefe de Estado Mayor. - -El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la -guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de -San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató -a cinco e hizo huír a los restantes. - -El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina. -Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y -un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos -había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle. - -Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a -los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos. - -Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros -de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del -nombre que se le pondría. - -A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase -la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre -exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos -puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del -terreno donde se había verificado la batalla. - -El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas -de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el río de Zahara y el -Majaceite--, después de separarse y extenderse por las alturas de la -provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el -sitio llamado la Pedrosa. - -El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique, -la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con -algunos otros regatos. - -Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una -estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une, -en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros -y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de -los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy -pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--, -con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia. - -El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el -término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de -Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete. - -Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los -distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior; -pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes -de la batalla de Majaceite. - -Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien -sentían gran entusiasmo. - ---Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración--dijo Ros--; -presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar. - -Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones -misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero -no dije nada en contra. - ---Este Narváez--siguió diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la -Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco. -A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor -propio que no le cabe dentro del cuerpo. - ---¿Qué quiere usted? No me entusiasma--le dije yo. - ---Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las -fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un -estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y -las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un -mal». - ---Tiene usted buena idea de mí. - ---Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son -fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos -irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es -el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás -de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido -de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea -el tiempo... - ---Pero si le viene la mala... - ---Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se -creerá invulnerable. - -Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven -teniente: - ---Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros? - ---Sí; ha hecho una vaca con _Don Lámpiro_ y está perdiendo hasta la -camisa. - ---¿Quién es _Don Lámpiro_?--dije yo. - ---Es un sanitario. - ---¿Y el teniente Matamoros? - ---El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia -de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón. - - - V. - -Poco después se nos acercó el teniente Matamoros. - -Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte. - -Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años, -la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los -ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy -sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las -fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y -vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema -hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de -nuevo en el Ejército. - -Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los -compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que -cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba. - -Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho: - ---¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más -feo que el cabo Negrón, que murió de feo! - ---Sí, pero soy muy gracioso--replicó Matamoros, riendo. - -Y la cantinera llegó a enternecerse. - -Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa -el teniente Matamoros. - ---¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches! - ---¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros. - ---Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades! - ---¿Mala suerte en el juego? - ---Ese _Don Lámpiro_ es una calamidad. No da una. - ---¿Y usted? - ---Yo soy tan calamidad como _Don Lámpiro_. - ---Este señor--dijo Ros de Olano señalándome a mí--escribe en los -papeles... - ---¡Hombre, yo le había tomado por un físico! - ---No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna -cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en -Sevilla, es de Loja, ¿verdad? - ---Sí, señor; y a mucha honra. - ---Y creo que compañero de la infancia de Narváez. - ---Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos, -porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted -lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela -más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que -estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en -casa y fuera de casa. - ---Así que usted recordará alguna historia de Narváez. - ---Sí; algo recuerdo. - -El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus -compañeros, y comenzó ésta así: - ---Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada -muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos -envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen: - - Loja: - la que no es p... - es coja. - -Y nosotros contestamos: - - Y fuera de aquí - todas son así. - -Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los -Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas -un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y -entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima -este mote: _Loja, flor entre espinas_. - -Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón -Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan -pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un -favor. - -Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a -ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta -y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega -ser algo así como Napoleón o como César. - -Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba, -más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba -levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus -condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de -monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo -menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego -con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa -más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que -habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando -el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito -Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y -lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger! - -A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito. - -El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a -dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y -andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si -fueran soldados. - -Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se -peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha -sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie. - -Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le -indicó que sería militar. - -Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde -conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, -que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del -duque de este título. - -Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un -muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso -Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado -que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja -furioso. - -Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le -consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias -Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar. - -El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la -mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro. - -Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro -tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir. - -Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que -un desafío. - -Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII, -¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia -propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y -preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre -de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque -cuando no quería se hacía el sueco, dijo: - ---Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al -estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma, -le había tirado al agua. - -En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era -del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del -Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey. - -El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué -de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de -Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para -rechazar a los realistas. - -Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista, -el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y -Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell -Fullit, exclamó: - ---Al primer tapón, zurrapas. - -En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que -capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después, -aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió -retirado al lado de su familia. - -Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba -entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba -a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las -alamedas de la Bomba. - -Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible. -Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de -Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero, -Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo: - ---Donde estoy yo no apuntan los realistas. - -A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y -yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las -órdenes del general Mina. Yo le seguí. - -Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos -que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de -Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse -con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto. - -Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento -de la Princesa a Narváez. - -En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial -de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si -hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser -valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había -servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos -yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de -los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto. -Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los -oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo: - ---Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de -todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero -desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo -más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza -a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean -ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque -de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está -dispuesto a darles satisfacción con las armas. - -Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera. - -Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a -frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento. -Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo. - ---¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército -carlista?--le dijo después el general Córdova con sorna. - ---Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?--replicó el de -Loja con soberbia. - -Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo -que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez -del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el -uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista. - -Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su -antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque -las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad. - -Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del -coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la -mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su -odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía. - -Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre -espinas. - ---Otra vez... - -Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando -dijo Ros de Olano: - ---Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se -habrá levantado muy temprano. - ---Sí--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie. - -Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos -vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos. - -Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento. - -Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor -azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en -ziszás. - -Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba: - ---¿Quién va por allá? - ---Nadie. - ---Allí parece que está escondido alguno. - ---¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?--me preguntaba yo--. -¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá? - ---Usted no dirá nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz -temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la última parte de -esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el -teniente Matamoros. - ---¿Hay un epílogo?--le dije yo. - ---Sí; hay un epílogo. - -Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón -grande, con su portalada y sus rejas. - ---¿Ve usted ese sombrío edificio? - ---Sí. - ---Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las -Emparedadas. - ---¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué? - ---Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con -este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla -de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El -beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después -se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue -llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento -está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León. - ---¿Profesa? - ---Sí. - ---Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda. -Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el -murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha -ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega -ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido -hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos -ojos brillantes e inteligentes. - ---¿Qué quería usted?--ha preguntado la superiora a través de la doble -reja. - ---Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la -muerte de su marido. - ---Sor Teresa no piensa más que en Dios--ha contestado la superiora. - ---Pues yo necesito verla y hablarla. - ---¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de -excomunión. - ---Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narváez. - ---No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede más que -hablar. - ---¡Señora!--ha gritado Narváez--; yo necesito hablar a doña Juana; si -no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas. - -La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla. -La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar -a doña Juana Ponce de León. - -Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el -velo echado. Yo me he retirado un poco. - -Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que -tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con -monosílabos. - -Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro. - ---No puede ser, no puede ser--ha dicho doña Juana. - -Después ha aparecido la superiora. - ---Sor Teresa--nos ha dicho--está enferma; ha envejecido mucho y no -quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la -realidad la verán ustedes un momento. - -Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana -y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros -se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan -macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito. - -Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie. - ---Pero, oye--le dije a Narváez--, ¿cuántos años tiene esa mujer? - ---Veinticinco, lo más. - ---¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro! - ---Yo no creo en milagros--me ha dicho Narváez. - -Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que -habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros. - ---¿Usted no ha visto nunca espectros? - ---Nunca. - ---¿Usted no cree en la metempsicosis?--me preguntó luego. - ---No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni -en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza -el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba. - -Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia -filosófica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según -él, afirmaban la metempsicosis. - -Yo me encogí de hombros. - -Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos, -llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos. - ---¿Apago la luz?--le dije yo. - ---No, no; todavía, no. - -Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba. - ---¿Qué hay? - ---¿Tampoco cree usted en los aparecidos?--me preguntó de pronto Ros de -Olano con voz ahogada. - ---Tampoco. - ---Yo, sí. - -Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas -de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo. -Estaba el hombre espantado. - ---Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque -esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la -nigromancia. - ---Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño--le dije yo. - ---No voy a poder dormir--gimió él. - ---Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca -fantasmas. - -Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles, -fuera luego tan práctico en la vida. - -Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo -a estar solo, y me quedé dormido. - - * * * * * - -Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se -despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa -como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo, -mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se -parecía algo a doña Juana. - - * * * * * - -Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de -corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los -soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en -la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de -sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron -formando las tropas. - -Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse -de mí. - ---Aviraneta--me dijo Narváez--: sé quién es usted, lo que ha sufrido, -la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez, -cuente usted conmigo. - ---Gracias, brigadier. - -Nos estrechamos la mano. - -Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar -la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante -Mayalde. - -Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la -vió alejarse por la carretera. - -El pueblo había quedado desierto. - -Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al -teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su -pueblo: «Loja, flor entre espinas». - - Madrid, agosto, 1921. - - - FIN DE LAS FURIAS - - - - - ÍNDICE - - - Páginas. - - PRÓLOGO 9 - - I.--El Diario de Pepe Carmona 15 - - II.--Arruinados 19 - - III.--Doña Gertrudis y Eulalia 23 - - IV.--Evocaciones y recuerdos 27 - - V.--La torre de Arnau 37 - - VI.--La casa del Negre 45 - - VII--Recuerdos y evocaciones 55 - - VIII.--La casa de Montferrat 65 - - IX.--Elena 77 - - X.--Un viajero misterioso 79 - - XI.--El abanico de Elena 85 - - XII.--Reproches 89 - - XIII.--Habla Moro-Rinaldi 95 - - XIV.--Una serenata 101 - - XV.--El hostal de la Cadena 105 - - XVI.--En alas de Cupido 111 - - XVII.--Viaje por mar 119 - - XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas 125 - - XIX.--Tarraconense 129 - - XX.--Confusión 133 - - XXI.--La Ciudadela 137 - - XXII.--La marea que sube 143 - - XXIII.--Furinalia 153 - - XXIV.--Al día siguiente 159 - - XXV.--Epílogo 163 - - Los bastidores de la tragedia 169 - - El sueño de una noche de julio 221 - - Flor entre espinas 247 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - -***** This file should be named 55157-8.txt or 55157-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/1/5/55157/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Las Furias - Memorias de un hombre de acción, tomo 12 - -Author: Pío Baroja - -Release Date: July 20, 2017 [EBook #55157] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> -<hr class="chap" /> - -<p class="p6 center">PÍO BAROJA</p> -<p class="p2 center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - - -<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p> -<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p> -<p><i>Los caminos del mundo.</i></p> -<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p> -<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p> -<p><i>La ruta del aventurero.</i></p> -<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p> -<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p> -<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p> -<p><i>La Isabelina.</i></p> -<p><i>El sabor de la venganza.</i></p> -<p><i>Las furias.</i></p> - -<hr class="chap" /> - - -<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br /> -LAS FURIAS</h1> - - - -<p class="p6 center">ES PROPIEDAD<br /> -DERECHOS RESERVADOS<br /> -PARA TODOS LOS PAÍSES</p> - -<p class="center p2">COPYRIGHT BY<br /> -RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -1921</p> - -<p class="i2 p6">Establecimiento tipográfico<br /> -de Rafael Caro Raggio</p><hr class="chap" /> - - - -<p class="p6 center large">PÍO BAROJA</p> - -<p class="p4 center large">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - -<p class="center large p2">LAS FURIAS</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100" -height="124" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="center p4">RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -EDITOR<br /> -MENDIZÁBAL, 34<br /> -MADRID</p><hr class="chap" /> - - - - - -<p class="p6 narrow"><i>A Pablo Schmitz, de Basilea, a -quien conocí todavía en plena juventud -y al que vuelvo a encontrar de -nuevo, pasados veinte años, en los -linderos de la vejez, con el mismo -entusiasmo ardiente por lo noble y -por lo puro y el mismo desdén por lo -ruin y por lo mezquino; al amigo y -al maestro, al que me unen la comunidad -de recuerdos y la comunidad -de simpatías</i>,</p> - -<p class="smcap right7"><i>El Autor</i>.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p class="p6 center large nobreak">LAS FURIAS</p> - -<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Hacia</span> 1860—cuenta nuestro amigo Leguía—fuí -con mi mujer, algo enferma del pecho, a -pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda -de la Danza, de la plaza de los Moros, en donde -me hospedaba otras veces.</p> - -<p>Esta fonda era de un gallego casado con una -andaluza, y aunque no un hotel moderno (todavía -no se habían implantado esa clase de establecimientos -en España), se podía vivir con comodidad -en ella. No dominaba por entonces el individualismo, -un tanto feroz, que hoy reina en los hoteles, y -se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba -a su vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos -mi mujer y yo, como compañero de mesa, un -juez gallego que se quejaba constantemente de la -comida de Málaga.</p> - -<p>Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los -alrededores era rematadamente malo. El juez estaba -deseando que lo trasladasen a otro punto; pero<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -como, al parecer, era un buen funcionario, las personas -influyentes de la ciudad habían pedido que -no lo sacasen de allí, y el Gobierno lo dejaba en su -puesto. Según pude entender, el juez gallego constituía -el terror de la gente maleante del Perchel y -del puerto.</p> - -<p>Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando -se oía de pronto la voz del gallego que gritaba:</p> - -<p>—¿<i>Peru</i> qué sardinas <i>sun</i> éstas? <i>Estu</i> no vale -nada; <i>estu</i> no está <i>frescu</i>.</p> - -<p>—No me diga usted <i>ezo</i>, don Juan—terciaba la -dueña del establecimiento—; <i>presisamente ayé</i> me -<i>desía</i> don <i>Pepe Rodrigue</i> que en ninguna parte se -comía el <i>pecao</i> como en <i>eta</i> casa.</p> - -<p>—Pues, señora, ¡<i>estu</i> no está <i>frescu</i>!—gritaba -el juez con la misma energía que si estuviera dictando -una sentencia de muerte.</p> - -<p>—¿<i>Quié usté</i> que le traigan un poco de <i>pescá</i>?</p> - -<p>—¡Qué pescada ni qué <i>niñu muertu</i>! Que me -pongan dos <i>huevus fritus</i>.</p> - -<p>—¿Lo quiere <i>uté</i> con <i>patata</i>?</p> - -<p>—¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas -<i>¡Aquellus cachelus!</i></p> - -<p>Yo me reía interiormente de las divergencias de -opinión del gallego y de la andaluza; para el primero -no había nada superior a lo que se criaba en -las proximidades del Miño, y para la andaluza, Má<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>laga -era el compendio de todas las excelencias culinarias -y no culinarias.</p> - -<p>Un día en que me hablaba el juez de sus campañas -contra la gente maleante, le pregunté si sabía -algo de la asonada política de Málaga en 1836, en -que intervino Aviraneta y en la que murieron el -conde de Donadío y el general Sanjust; pero el -juez, por aquella época, no estaba en Málaga.</p> - -<p>Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno -Civil, que se hospedaba en la fonda, quién podría -tener datos de esta algarada.</p> - -<p>—El que he oído decir que presenció este motín—dijo -el joven—fué un señor de aquí.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Pepe Carmona, un comerciante malagueño -que es aficionado a escribir. ¿No le conoce -usted?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, -muy frío, muy poco hablador, que parece -un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser -tomar parte en estas trifulcas, porque de joven -presenció una matanza que hubo en Barcelona en -el mismo año que la de Málaga.</p> - -<p>—Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa -también ese movimiento de Barcelona—dije -yo—. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos -verle?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span></p> - -<p>—Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas -en el Casino.</p> - -<p>—Muy bien; cítele usted.</p> - -<p>—Pues ya le avisaré a usted para que vayamos -a verle.</p> - -<p>Pocas noches después fuimos al Casino el joven -empleado y yo, y conocí a Pepe Carmona. Pepe -Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a -cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. -Tenía el tipo mixto que abunda en Málaga: los -ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la nariz recta, -la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud -y lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. -Al hablar ceceaba algo, pero con suavidad, -sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con -frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en -hombre ya de sus años.</p> - -<p>Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven -del hotel y me aseguró que había conocido a -Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de -la Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en -Málaga días antes de la muerte del general Sanjust, -es decir, meses después de conocerle.</p> - -<p>Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, -de los cuales había sido testigo, y me -dijo:</p> - -<p>—Yo no sabría separar bien estos hechos con -los recuerdos de mi vida; si usted quiere, le pres<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>taré -un cuaderno de mis memorias, en el que he -escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.</p> - -<p>—Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno -mas que el momento indispensable para -leerlo.</p> - -<p>—No, no; puede usted guardarlo el tiempo que -quiera.</p> - -<p>El señor Carmona me envió al día siguiente al -hotel un grueso cuaderno muy bien empastado. -Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante -y había intercalado en el texto algunos dibujos -hechos por el mismo Carmona. Tanto la relación -escrita como los dibujos ostentaban cierta -facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. -Al parecer, Pepe Carmona, en su vida como -en su literatura y en sus dibujos, era un hombre -amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.</p> - -<p>De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos -a los aviranetistas.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p> - - - -<div class="chapter"> -<h2 id="CARMONA" class="nobreak">I.<br /> -EL DIARIO DE PEPE CARMONA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Mi</span> padre—dice Pepe Carmona—era un comerciante -malagueño, nieto de un irlandés -por la rama materna. El decía que su familia -irlandesa procedía nada menos que de reyes. Mi -madre había nacido en Málaga, pero era oriunda -de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los -Infantes, de donde salió mi abuelo para poner una -mercería en la calle Ancha.</p> - -<p>La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, -me ha dado a mí un tipo poco meridional, -que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en donde -hay mucha mezcla de razas.</p> - -<p>Mi padre contaba con relaciones comerciales -en Inglaterra; había estado varias veces en Liverpool -y en Londres y adoptado las costumbres e -ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar -como el sumum de la vida el tener las maneras -de un <i>gentleman</i>. Mi padre consideraba lo mismo<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> -el ser <i>gentleman</i> que el ser rico; identificaba estos -dos conceptos confundiendo el hecho con el derecho.</p> - -<p>El caso fué que a mí me dió una educación de -hijo de rico en un colegio de alto porte; que pasé -temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra y en -Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de -fortuna que podía dispensarse costosas fantasías. -En Londres me hice vestir por los mejores sastres, -y en París tuve la humorada de tomar, como profesor -de violín, a un alemán que me llevaba por -cada lección un ojo de la cara.</p> - -<p>Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a -mi padre que no sentía la menor afición por el comercio: -me gustaba más la poesía, y puesto que él -contaba con medios de fortuna suficientes para -vivir, y yo también, si no le parecía mal, me dedicaría -de lleno a la literatura. También le dije que -probablemente no viviría en Málaga, porque aquel -sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.</p> - -<p>Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, -y los aceptó con cierta tranquilidad irónica. -Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos entonces -eran Ossian y Walter Scott; conocía también -algo de lord Byron. Por aquel tiempo comencé un -poema épico: <i>La Batalla de Lepanto</i>, y esto me -hizo separarme un poco de los Fingal, de los -Morven y de las Malvinas, de los Rockeby y de<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span> -las <i>Damas del Lago</i>, para meterme de cabeza en -la mitología grecorromana.</p> - -<p>Compré la <i>Odisea</i> en una traducción francesa. -<i>La Eneida</i>, en la versión de don Diego López, -que, aunque decían que no era fiel, me servía para -comprender el original, y <i>La Jerusalén libertada</i>, -del Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. -Al mismo tiempo me enamoré de una muchacha -de la buena sociedad malagueña. María Teresa era -una chica muy buena y muy simpática; yo tenía -por ella un entusiasmo loco. Nos conocíamos de -niños, y nuestro afecto había ido naciendo lentamente. -Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, -aun así, tenía por temperamento una gran timidez -para todo.</p> - -<p>Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a -pesar de que, para la mayoría de la gente, Málaga, -en aquella época, pasaba por un pueblo aburrido -y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.</p> - -<p>Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de -mi novia. Los domingos paseaba con ella por la -Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. A -veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía -a las pequeñas disensiones que tenía con mi -padre y con mi novia.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="ARRUINADOS" class="nobreak">II.<br /> -ARRUINADOS</h2></div> - - -<p><span class="smcap">En</span> esto, mi padre, que estaba fuerte como una -roca, así al menos lo decía él, cayó enfermo -y en pocos días murió. Empezamos mi hermano -y yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa -comercial, y resultó, según nos dijo nuestro socio, -que mi padre, quitando algunas acciones de minas, -que por entonces no producían nada, no -tenía un cuarto.</p> - -<p>Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada -de nuestra ruina. Hicimos un balance de cuentas -que nos dejó espantados. Afortunadamente, -mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las -riendas de la casa: cortó por lo sano; vendió joyas -y mobiliario, quedándose sólo con lo imprescindible, -y fuimos a vivir a una casita de campo de -la Caleta.</p> - -<p>Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -para ver el modo de poner a flote el negocio de -mi padre.</p> - -<p>El socio nos manifestó una mala intención señalada, -y vimos claramente que quería quedarse con -la casa comercial, dando una pequeña pensión a -mi madre. Nos enteramos del valor que podían -tener las acciones de la compañía minera en donde -mi padre había metido varios miles de duros, -pero estas acciones se hallaban por entonces muy -en baja, y nuestros amigos nos aconsejaron que -esperáramos algún tiempo para venderlas.</p> - -<p>Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde -se ha pasado por rico: se molesta uno al ver -que la gente conocida huye del arruinado y se -tiende a la desconfianza y a la suspicacia.</p> - -<p>Los meses que pasé en Málaga, después de la -muerte de mi padre, fueron para mí muy desagradables. -Creía ver en todo el mundo apartamiento -y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y -tratándome como hasta entonces.</p> - -<p>Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, -y tras de largas consideraciones y de decirme -que no me quería mal, me indicó que no -visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me -cerraba las puertas de su casa.</p> - -<p>Yo volví a la mía completamente deprimido. -Por entonces comencé a decaer, me sentía cansado -y triste. Mi hermana, con más genio que yo,<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de -chufas.</p> - -<p>—Si éste es así, dejadle—observaba mi madre.</p> - -<p>No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, -porque pocos días después tuve que acostarme y -pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.</p> - -<p>Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo -que seguía lánguido y triste y que no reaccionaba -rápidamente en la convalencia, me dijo:</p> - -<p>—Lo que tú tienes que hacer es marcharte de -aquí.</p> - -<p>—¿Adónde?</p> - -<p>—Qué sé yo. El mundo es grande.</p> - -<p>—Está uno bastante mal preparado para luchar -en la vida.</p> - -<p>—Otros con menos medios que tú han llegado -a ser algo.</p> - -<p>Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me -hubiera gustado ir a vivir a Inglaterra, pero comprendía -que el aprendizaje allí sería demasiado -caro y demasiado largo para un hombre sin medios.</p> - -<p>Consulté con un capitán de barco, el capitán -Barrenechea, que hacía la travesía de Cádiz a Barcelona, -y éste me dijo que me llevaría a cualquier -punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea -y yo, en que primeramente intentaría probar -fortuna en Valencia. Era a principio de la guerra,<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -en 1833. Me embarqué en la <i>Bella Amelia</i>, y estuve -en Valencia un mes sin encontrar nada que -me conviniera, y cuando volvió de nuevo el barco -de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.</p> - -<p>Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos -cartas de recomendación. Una, para un señor Serra, -comerciante, y la otra, para un capitán de cabotaje, -llamado Ramón Arnau, que vivía cerca -del puerto.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="EULALIA" class="nobreak">III.<br /> -DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">El</span> capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, -me recibió de una manera un tanto -ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó -por la tarde al escritorio del señor Serra, que tenía -un gran almacén de granos y de harinas en -una calle próxima al puerto. El señor Serra me -sometió a un interrogatorio, y gracias al capitán -Arnau, que vino en mi ayuda, pude salir bien del -paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la -casa como escribiente y tenedor de libros, con -veinticinco duros al mes.</p> - -<p>Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que -pensar en la cuestión del alojamiento, cuestión difícil, -porque había por entonces mucha guarnición -en el pueblo y dos o tres regimientos más que -de ordinario, con lo cual todas las fondas y casas -de huéspedes estaban ocupadas por oficiales.</p> - -<p>El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -tarjeta para que visitara a dos señoras, tía y sobrina, -que vivían en la calle de las Moscas, calle -del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. -Tardé bastante en encontrar la calle, que estaba en -lo más elevado de la ciudad, cerca de la capilla de -San Magín.</p> - -<p>Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último -piso. Las dos señoras, tía y sobrina, eran castellanas; -me recibieron amablemente y me alquilaron -un cuarto espacioso, con una ventana que caía a -la parte de atrás de la calle de las Moscas, hacia -la muralla.</p> - -<p>Al principio vacilaron en darme hospedaje -completo con la comida; pero a lo último, y diciéndoles -yo que me acomodaría a sus gustos y -costumbres, quedamos en que comería con ellas.</p> - -<p>Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. -La tía, viuda de un comandante retirado, -muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña -Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, -de aire muy amable y muy inteligente, y vestida -siempre de negro. La sobrina, Eulalia, de unos -cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca -grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos -y apasionados. Eulalia vestía también de negro; -según supe después, un novio con quien iba -a casarse había muerto días antes de la proyectada -boda y se consideraba como viuda.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p> - -<p>A mí me parecía por su pureza y su fidelidad -un tipo intermedio entre Astrea y Artemisa.</p> - -<p>El primer día que comencé mi trabajo en la -oficina de don Vicente Serra me pareció muy -largo y penoso. Por la noche hablé con las dos -señoras de mi casa largamente y les conté mi -vida.</p> - -<p>Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del -pueblo de la familia de mi madre, y con tal motivo -intimamos, considerándonos como medio paisanos.</p> - -<p>—Es extraño—me dijeron varias veces, una y -otra—. Usted no tiene nada de andaluz.</p> - -<p>La amabilidad de mis patronas suavizó la vida -que llevaba en Tarragona. Mi patrón, don Vicente -Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años, -no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, -ordenancista; tipo del comerciante rico que -se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que -prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy -santurrón y de ir a todas las procesiones y ceremonias -religiosas, andaba en relaciones con las -Celestinas del pueblo.</p> - -<p>El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: -se manifestaba muy déspota y muy orgulloso -de su riqueza. Los Serra tenían una de las casas -más lujosas de la Rambla de San Carlos.</p> - -<p>En los días siguientes de mi estancia allí me<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -fuí haciendo cada vez más amigo de las señoras -de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande, -espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, -a mi gusto. Puse en las paredes algunas estampas -y litografías traídas de Inglaterra, un estante -para mis libros, una mesa delante de la -ventana, y me prestaron mis patronas un sillón, -con los brazos terminados por cabezas de pato, -muy cómodo.</p> - -<p>Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, -con su piano, su cómoda, el espejo pequeño -con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias -estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. -Eulalia me dijo que podía escribir allí si -quería, pero yo le contesté que con mi cuarto me -bastaba.</p> - -<p>Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas -lecciones y cantaba con mucho gusto. Yo la oía, -sobre todo los domingos y días de fiesta, desde -mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde -se veía, enfrente y a la derecha, el Campo de Marte, -dominado por el alto del Olivo, y a la izquierda, -la ribera del Francolí, un inmenso jardín -lleno de bosques de palmeras, de limoneros y de -almendros.</p> - -<p>Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así -debían ser los paisajes cantados por los antiguos -poetas bucólicos de la Hélade.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="RECUERDOS" class="nobreak">IV.<br /> -EVOCACIONES Y RECUERDOS</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Por</span> Eulalia me enteré, días después, que la -casa donde vivíamos estaba en el emplazamiento -del antiguo Foro y próximo al Capitolio.</p> - -<p>—¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?—le -pregunté a Eulalia.</p> - -<p>—Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, -al lado de la puerta del Rosario, están también -los muros ciclópeos.</p> - -<p>Contemplé estos trozos de murallas, construídos -con enormes peñas por pueblos antiquísimos -y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, ocupaba -un espacio limitado por una línea que, partiendo -de la calle de las Escribanías Viejas, pasaba -por la parte superior del Horno de los Canónigos -y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba -por frente al convento de la Enseñanza, hasta la -casa del Arcedianato de San Lorenzo. En este sitio -había existido la torre del Patriarca, torre en<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> -donde estuvo prisionero Francisco I, después de -la batalla de Pavía, antes de ser trasladado a Madrid, -y que fué volada por los franceses en 1813. -Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba -también el jardín del Magistral.</p> - -<p>El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de -Pilatos y plaza del Rey, seguía por la calle de -Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de Santa -Teresa, próximamente a la casa del Horno de -Salas; desde aquí seguía en línea recta por la Mercería, -escaleras de la Catedral y calle de la Civadería, -trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, -seguía la línea por el arco de Toda y el huerto de -la casa de las Beatas, cerrando la línea en la plaza -del Pallol.</p> - -<p>Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas -subterráneas en la calle de la Mercería, y las -superficiales en la parte de atrás de la Catedral.</p> - -<p>No lejos de casa estaba también el palacio de -Augusto, la torre de Pilatos, y hacia el mar, el -Circo, donde se encuentra ahora el presidio del -Milagro.</p> - -<p>Esta vecindad, con los antiguos monumentos -ilustres de la época, me llenaba vagamente la imaginación -de ideas trascendentales.</p> - -<p>Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis -patronas marchaba muy alegre. Les contaba cómo -había pasado el día, y les llevaba noticias que co<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>rrían -por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su -vez, sabían otras noticias, y confrontábamos las -suyas con las mías.</p> - -<p>Por las noches de invierno, después de cenar, -teníamos en la mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia -y yo, largas conversaciones. Doña Gertrudis -me contaba escenas de la guerra de la Independencia, -presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, -como en otras ciudades españolas, un terrible -recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió -contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza -y Gerona. Los dos meses que duró el sitio -de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.</p> - -<p>Doña Gertrudis recordaba al viejo general don -Senén Contreras, yendo y viniendo por los baluartes, -rodeado por su Estado Mayor, hablando -siempre a los soldados y a los guerrilleros con -una gran energía y un frenético entusiasmo. Doña -Gertrudis contaba con muchos detalles la vida del -pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que -se hacían acerca de la suerte de la ciudad y las -versiones que corrían sobre la ferocidad de las -tropas del mariscal Suchet.</p> - -<p>Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces -el vecindario era a la legión italiana, que -estaba con un regimiento de sitio también italiano, -entre el fuerte de Loreto y el mar.</p> - -<p>Esta legión se hallaba formada por sicilianos,<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> -napolitanos y corsos, reunidos en un depósito de -reclutamiento en la Isla de Elba. La legión se hallaba -constituída por aventureros, bandidos y ladrones -capaces de todo. Uno de sus sargentos, -Bianchini, se supo que había hecho la apuesta de -comerse el corazón del primer centinela español -que matase, y, por lo que se dijo, se lo llegó a -comer.</p> - -<p>La crueldad y la violencia de este hombre se -hicieron legendarias, y la gente le llamaba <i>El Dimoni</i>. -El tal Bianchini hizo varios prisioneros españoles, -y como premio pidió al general ser el -primero para entrar al asalto en Tarragona. En la -brecha cayó muerto.</p> - -<p>El mariscal Suchet reconoció que los españoles -se batían como leones.</p> - -<p>La gente del pueblo insultaba con furia a los -franceses desde las murallas, y patrullas de mujeres -iban armadas con su fusil a las avanzadas. Una -de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama -en aquella época.</p> - -<p>Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores -y sitiados llegó al colmo. Los españoles mataron, -en un encuentro, al general Salme, y los franceses, -después de fusilar a unos cuantos españoles, -escribieron con la sangre de sus víctimas este letrero -en la muralla: «<i>Queda vengada la muerte del -general Salme</i>».</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p> - -<p>Los últimos días del asalto fueron terribles. Los -franceses, enfurecidos, no daban cuartel; los españoles -se habían refugiado en la Catedral, y desde -sus puertas hacían un fuego horroroso. Los franceses -tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, -y desde la plaza de Las Coles hasta la entrada del -templo fueron dejando, en la ancha escalinata que -sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron -en la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie -de los que allí se habían refugiado. El suelo estaba -lleno de sangre. Los franceses no respetaron heridos, -ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba -que los granaderos echaban a los niños por las -ventanas y los recibían en la calle otros soldados -en las puntas de las bayonetas. Después de la gran -matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras -alrededor de la ciudad para quemar los -muertos, y estas hogueras estuvieron echando espirales -de humo grasiento y horrible durante días -y días.</p> - -<p>La desgracia de España hizo que, después de la -postración producida por la guerra de la Independencia, -viniera la lucha política encarnizada y -cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto -grado de libertad de conciencia y de vida práctica. -Los pueblos deshechos, despoblados, tardaban -mucho en levantarse y en volver a la vida normal. -Se había adquirido el hábito de la violencia; los<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span> -hijos de los feroces guerrilleros, naturalmente, no -podían ser mas que sanguinarios y crueles.</p> - -<p>Después de la nueva campaña que hicieron los -franceses realistas con el duque de Angulema, y -que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las -intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido -a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió -a la señorita de Comerford en la casa del canónigo -hospitalero de la Catedral, don Guillermo de -Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo -la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó -enredada con un fraile.</p> - -<p>Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror -que reinaba en Tarragona en tiempo del conde -de España; los presos que venían de noche de -los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo -de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera -negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se -sabía que el día anterior se había enterrado o -echado al mar un cadáver destrozado por las -balas.</p> - -<p>Todavía presentaba un carácter más horrible, -según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la -Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia -el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto -se oían en aquella época, casi todas las noches, -gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas -cerradas. Luego se veían pasar hombres lle<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>vando -algún bulto, precedidos por otro con un -farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde -se sospechaba que alguien había sido enterrado; -reinaba el más profundo terror, y la idea de ser -llevado a la presencia del conde de España inquietaba -a todo el mundo.</p> - -<p>Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, -pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba -por entonces me llenaba de satisfacción.</p> - -<p>Doña Gertrudis me trataba como si fuera su -hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos -el proyecto de que, si acababa pronto la guerra, -marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. -Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no -podían soportar el frío de aquella región. Además, -por estos días campeaba por allí el Cura Merino -con su gente.</p> - -<p>Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de -este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba -muy bien. En Málaga había vivido tan -retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá -para otro monótona, a mí me bastaba.</p> - -<p>Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. -Los domingos paseaba y, después de la -misa, solía comprar alguna golosina para llevarla -a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi -siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El -jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No -quería saber nada arqueológico; si a veces oía las -explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en -seguida.</p> - -<p>Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de -aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión -de un lugar de Oriente. A la hora de las -vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, -el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos -en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente -labrada, y todo esto me hacía soñar -en una época pretérita y mejor.</p> - -<p>Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde -tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas -de la aristocracia y a las menestralas, vestidas -de negro, con unos cuerpos de diosa y la -cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los -días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña -reunión musical, y yo tocaba el violín y -Eulalia me acompañaba en el piano.</p> - -<p>Por entonces se empezó a hablar de los carlistas -catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.</p> - -<p>Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; -pero no contaban con un hombre como los -del Norte, con Zumalacárregui.</p> - -<p>Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente -de Cabrera y de sus campañas en el -Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -como un monstruo, y otros, como el más acabado -tipo del caudillo defensor del trono y del altar.</p> - -<p>Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, -y peleando en el mismo bando, dos símbolos de -las dos corrientes opuestas y contrarias de la España -clásica. El uno, la perseverancia y la visión -clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el -otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo. -Mientrastanto, el resto de España esperaba.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="ARNAU" class="nobreak">V.<br /> -LA TORRE DE ARNAU</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Algunas</span> veces iba a visitar al capitán Arnau, -a quien me había recomendado Barrenechea, -el de la <i>Bella Amalia</i>. Don Ramón Arnau, -hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, -enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol -y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados, -que produce la vida de a bordo.</p> - -<p>Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y -muy limpio; era hombre serio, de movimientos -rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera -y malhumorada. A mí no me manifestaba la -menor simpatía; me consideraba, sin duda, como -un señorito mimado, incapaz de un arranque de -entereza.</p> - -<p>Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; -no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque -de menos edad que él, parecía más vieja, casi -como si fuera su madre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span></p> - -<p>El capitán se mostraba con ella duro, dominador, -creyendo, sin duda, que la misión de las mujeres -es la de obedecer sin réplica y trabajar sin -la menor distracción. La mujer del capitán seguía -siempre la mirada de su marido y temblaba cuando -éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa idea de la -autoridad del <i>pater-familias</i> romano, y se consideraba -infalible e indiscutible.</p> - -<p>En casa de Arnau conocí a sus hijas, María -Rosa y Pepeta. María Rosa, muchacha rubia y -blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, -con ojos verdes claros y tonos azules alrededor -de los ojos, era verdaderamente bonita.</p> - -<p>Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su -juventud, no me gustaban del todo por lo ásperamente -que hablaban el castellano. Yo creía entonces, -y tardé bastante tiempo en darme cuenta de -tal preocupación, que por ser andaluz era superior -a los catalanes. No comprendía que si un catalán -puede ser ridículo hablando castellano entre -castellanos, un castellano es ridículo hablando catalán -entre catalanes. Lo mismo le pasa al español -que habla francés, o al francés que habla español. -Se cree también que unos idiomas son eufónicos -y agradables al oído, y otros, no; pero todos los -idiomas son eufónicos para el que está acostumbrado -a ellos.</p> - -<p>Arnau poseía una casa de campo en el camino<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -de Barcelona, que va costeando por entre pinares -y la marina, a poca distancia del Hostal de la -Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña -y blanca, tenía un hermoso huerto, un jardín -con una terraza y una azotea desde la que se -divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, -granados, limoneros y otros árboles frutales; -el jardín tenía varios cuadros separados por boscajes -de mirtos y de madreselvas, que formaban -calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en -verano, resplandecían innumerables flores, y constantemente -había frutos, pues cuando unos estaban -ya maduros otros comenzaban a brotar. La -naranja y el limón, las cerezas y los albaricoques, -las peras y las manzanas, los higos, las granadas y -las nueces se sucedían sin descanso.</p> - -<p>Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos -veinticinco a treinta años, fuerte, tostado por el -sol, algo pariente de Arnau. Pascual trabajaba -constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.</p> - -<p>En el jardín había una pequeña glorieta cubierta -con enredaderas y un gran pino alto, de copa redonda -y tronco morado.</p> - -<p>La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones -de porcelana llenos de cristales de colores que -despedían al sol brillantes destellos.</p> - -<p>En mi poema <i>La Batalla de Lepanto</i> introduje<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -más o menos subrepticiamente el jardín de la torre -de Arnau y lo convertí en el jardín de las Hespérides, -con sus ninfas guardadoras de las manzanas -de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el -hortelano, le llamaba Vertumnio. Cierto que el -mitológico jardín no tenía nada que ver directamente -con el resto de mi poema; pero yo me consideraba -con derecho para vagabundear como poeta -en alas de la fantasía por el mundo entero.</p> - -<p>Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o -acompañado por algunos amigos, sobre todo los -días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en -aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, -como Flora y Pomona. Estas chicas catalanas, que -no conocían la timidez ni el rubor, eran completamente -ingenuas y naturales y hablaban de una -manera terminante y enérgica. No tenían María -Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y ossianescas -ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar -con un poco de imaginación por diosas paganas.</p> - -<p>María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta -tenía un realismo aplastante.</p> - -<p>Conmigo solían ir dos pretendientes de María -Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.</p> - -<p>Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios -realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho -de no serlo y se sentía partidario de la Reina. -A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdona<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>ba -el haber pertenecido a la milicia realista y le -manifestaba una marcada antipatía.</p> - -<p>Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado -en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a -su familia se la consideraba en el pueblo como -absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente -con su madre en una callejuela próxima -a la Catedral.</p> - -<p>Secret gozaba de la completa simpatía del capitán -Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo; -su gran preocupación consistía en parecer -alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, -de noche, se creía que pasaba un gigante; -tales zancadas solía dar.</p> - -<p>Secret tenía el título de maestro de escuela y -se vanagloriaba de haber publicado un periódico -liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución -francesa, sentía un frenético entusiasmo por -sus doctrinas y por sus hombres.</p> - -<p>Secret sabía el francés, había vivido unos meses -en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt, -y estaba convencido de que su mirada magnetizaba -y fascinaba como la de las serpientes de -los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales -que destrozan el corazón de las mujeres, de esos -hombres que ríen de sus víctimas con una risa -sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en -los novelones y en los melodramas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p> - -<p>Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, -por entonces, al menos, no se sabía que hubiera -hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas -del bello sexo.</p> - -<p>Eso de parecer un hombre fatal siempre ha -sido y será, sobre todo en época de romanticismo, -cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en -Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte -de los Descontentos.</p> - -<p>Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y -comenzó de pronto a sentirse liberal, y acabó siendo -antirreligioso y republicano.</p> - -<p>Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, -de matar y de no dejar títere con cabeza. -El decía que estaba afiliado a la sociedad de carbonarios, -pero sus amigos tampoco lo creían. Secret -echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba -el uso del catalán y dominaba con sus adulaciones, -y lo tenía preso en su tela de araña al -capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este -hombre se dirigía a María Rosa o a Pepeta, pero -ninguna de las dos le acogía con agrado.</p> - -<p>Los conocidos me daban broma por mi amistad -con la Pepeta, pero era inútil: tenía en la memoria -impreso de una manera imborrable el recuerdo -de María Teresa, y, además, reconociendo que era -una tontería, no podía pasar por el acento catalán -áspero de Pepeta. No me parecía nada femenino.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p> - -<p>Otro comensal de la casa amigo de Arnau y -muy liberal era un farmacéutico, Castells, un hombre -gordo, tranquilo, que tenía su farmacia en una -esquina de la Rambla de San Carlos.</p> - -<p>Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras -y originales; creía que la ciencia, con el tiempo, -realizaría todos los milagros que se suponen -hechos en la antigüedad, y pensaba que por la -química se llegarían a hacer seres vivos.</p> - -<p>Este Castells daba siempre la nota pintoresca y -extravagante. Cuando íbamos a su farmacia solía -obsequiarnos con magníficos refrescos, que componía -con varios ingredientes en alguna probeta -con el mismo aire que si estuviera haciendo un -experimento o una reacción química.</p> - -<p>En la casa de Arnau, en último término se -destacaba la tía Doloretes, pariente de la mujer del -capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra -como un cuervo, acartonada, con una mirada -muy viva y una manera de hablar exagerada y expresiva.</p> - -<p>La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual -constantemente en la torre; había tomado la misión -de trabajar para los demás y cultivaba la -huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas -le hacían alguna vez una caricia.</p> - -<p>No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, -porque muchas veces se decía que algún<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> -grupo de carlistas rondaba por las proximidades -del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días -de fiesta prefería quedarme en casa y añadir -unas cuantas octavas reales más a mi gran poema.</p> - -<p>A veces desconfiaba de este mamotreto, que -iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que -yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador -y valiente; pero otras, me entraba de -lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una -obra maestra.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="NEGRE" class="nobreak">VI.<br /> -LA CASA DEL NEGRE</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Cerca</span> de la torre de Arnau, y entre la carretera -y el mar, delante de una estrecha playa -pedregosa se levantaba una casucha terrera, -construída con adobes, que tenía al lado un corralillo -y un pequeño bancal, verde o amarillento, -según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente -harapos puestos a secar al sol, sobre -cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a -cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una -cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, -hasta donde subían las olas, que echaban sobre la -arena grandes madejas de algas harapientas, se -veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se -pudría con la humedad y el sol.</p> - -<p>Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al -Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.</p> - -<p>El Negre había sido un pescador borracho y -contrabandista que durante muchos años antes<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -de la guerra de la Independencia había vivido allí. -El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la -vida fumando en su pipa, componiendo sus redes -en la playa y cantando. Una de las coplas que -más le gustaba repetir era ésta:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Cuan lo pare no te pa</div> -<div class="line">la canalla, la canalla,</div> -<div class="line">cuan lo pare no te pa</div> -<div class="line">la canalla fa ballar.</div> -</div></div></div> - - -<p>Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. -Tenía su barca estropeada y había ido a pescar -a una roca próxima a Tamarit del Mar, con su -caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de -pan y una botella de aguardiente.</p> - -<p>Por la noche el pescador volvió trastornado, y, -en vez de quedarse en su casa, entró en el Hostal -de la Cadena.</p> - -<p>Según dijo el Negre, había visto claramente una -sirena blanca que tenía el tronco de una mujer y -el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le -había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla -en el aire dió un grito, se hundió en el agua -y desapareció.</p> - -<p>Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se -pusieron a favor, y otros, en contra. El Negre afirmó -que él sabía lo que eran las sirenas, porque en -su juventud había visto una en el mascarón de<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> -proa de un barco, medio blanca, medio verde y -con un arpa dorada en la mano.</p> - -<p>El Negre describió su sirena con toda clase de -detalles. Era rubia, con los ojos azules y los pechos -blancos. Unos días después, dos jóvenes -fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que -el agua se revolvía al pie. Quizá había alguna pareja -de delfines.</p> - -<p>Desde entonces los vecinos de por allá llamaron -a la roca la Roca de la Sirena.</p> - -<p>El Negre no sabía a punto fijo lo que había -visto, y cuando hablaba del hallazgo de su sirena -lo contaba todas las veces de distinto modo.</p> - -<p>El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, -porque siempre que las veía llevaba su botella de -aguardiente, y más cosas raras veía cuando más -alcohol penetraba en su cuerpo.</p> - -<p>Poco después de la muerte del Negre apareció, -habitando la casa, un vagabundo medio gitano, a -quien llamaban el Caragol. Este hombre, enfermo -de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con -una mujer muy guapa, llamada Teodora, que no -le guardaba la menor fidelidad, porque constantemente, -y de noche, entraban y salían hombres -en aquella casa.</p> - -<p>Un día el Caragol vino con tres mujeres, que -dijo eran hermanas de la que vivía con él. No se -sabía de dónde llegaban. Hablaban estas mujeres<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -una lengua mixta de catalán, de italiano y de -ruso.</p> - -<p>Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían -dónde habían nacido. La gente creía que eran -gitanas o medio gitanas estas hijas de la tierra. La -Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba -como una Venus, confirmando la idea de los -antiguos griegos de que Venus era hermana de -las arpías.</p> - -<p>Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora -anduvo enredada con un marinero. Sus hermanas, -las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, chillonas -y amenazadoras, trabajaban en el bancal de -la casa del Negre, lavaban la ropa y salían a pescar -pulpos entre las rocas.</p> - -<p>Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: -la Nariz, la Escoba y el Mochuelo.</p> - -<p>En mi poema, en donde les di también entrada -a estas mujeres, eran Alecto, Thisiphone y Megera.</p> - -<p>La Teodora tuvo una hija muy rozagante del -marinero, y luego, en tiempo de la guerra de la -Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado -de la legión italiana a quien llamaban el <i>Dimoni</i>, -del que tuvo un hijo.</p> - -<p>Poco después, el Caragol murió, y la Teodora -desapareció del pueblo dejando a sus supuestas -hermanas la chica y el chico.</p> - -<p>Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -el Mussol, quedaron en la casa del Negre, trabajando -como bestias para mantener a los dos sobrinos.</p> - -<p>Por lo que se supo después, las tres furias hacían -contrabando.</p> - -<p>Algunas noches se veían luces en el mar y en -la casa del Negre; después un falucho se acercaba -a la costa frente al Hostal de la Cadena, y tres -sombras iban a la pequeña playa, entraban en el -mar y salían con pesados fardos, que iban subiendo -a depositarlos en el Hostal de la Cadena y en -la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y -armas para los carlistas habían sido llevados al -hombro por aquellas tres mujeres.</p> - -<p>Una noche en que el comandante de carabineros, -de acuerdo con un contrabandista que dirigía -el movimiento, había dispuesto enviar todos sus -soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar -el contrabando, se presentaron dos carabineros -al olor de la combinación, en la que ellos no -participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.</p> - -<p>Uno de los carabineros mandó pararse a dos -de las furias de la casa del Negre, a la Nas y al -Mussol, a las que sorprendió subiendo por la playa -cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar -su carga al suelo. El jefe de la maniobra terció en -la cuestión, se entendió con los dos carabineros -y siguió haciéndose el alijo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - -<p>Unas semanas después, una noche obscura, las -tres hermanas volvían de la playa con unos fardos -de tabaco al hombro, cuando uno de los carabineros -que les había sorprendido noches antes les -dió el alto.</p> - -<p>—¡Alto! A ver esos fardos.</p> - -<p>Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El -carabinero los reconoció.</p> - -<p>—¡Hala!—dijo después—; tenéis que venir -conmigo a la comandancia.</p> - -<p>Las tres mujeres suplicaron encarecidamente -al carabinero que les dejara; pero el otro, con -la petulancia del hombre armado y con uniforme -que se cree autoridad, aseguró que no -cedería.</p> - -<p>Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, -y rápidamente se lanzaron sobre el carabinero; -una le sujetó los brazos por detrás; la segunda -le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, -le dió tres cuchilladas profundas en el pecho. -El carabinero quiso gritar y mordió en la mano a -una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron -en la arena, y allí le dieron más cuchilladas, -hasta que lo dejaron muerto.</p> - -<p>Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; -decidieron meterle en su bote, y, pasando -por delante del puerto, lo dejaron cerca de la salida -del río Francolí. Después volvieron, limpia<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>ron -el bote perfectamente, quitaron las huellas de -sangre de la arena y guardaron sus fardos. Esta -muerte hizo que se abriese un proceso, en que -hubo indicios para acusar a las tres mujeres de la -casa del Negre, que fueron a la cárcel.</p> - -<p>Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, -tenía alguna relación con estas mujeres por -cuestiones de contrabando, les dió dinero -para que pudiesen poner fianza y salieran a la -calle.</p> - -<p>Estas tres mujeres llegaron a producir el terror -en los alrededores del Hostal de la Cadena. Tenían -las tres el perfil agudo, algo de pájaro en la -cara, una manera de andar llena de fuerza y de -brío; sobre todo, una de ellas, la menor, el Mussol, -parecía ir volando cubierta con sus harapos negros. -La gente creía a estas tres mujeres capaces -de todo. Algunos pensaban que hacían mal de -ojo y que podían atraer las desgracias, las pestes -y las calamidades sobre las personas que odiasen.</p> - -<p>La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, -dura, inmóvil; la nariz, recta y cortante como -un cuchillo; el pelo, negro, en dos bandas; el pañuelo, -también negro, en la cabeza, y el brazo, -seco y membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra -se caracterizaba por sus pelos alborotados, -andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía -por aficionada al aguardiente. El Mussol pare<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>cía -realmente un mochuelo. Nadie entraba en su -casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la carretera, -le insultaban. Los dos sobrinos de estas -furias eran a cual más inútiles y perezosos. La -chica, que se llamaba Teodora, como su madre, -pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y -andaba en el Hostal de la Cadena en compañía de -otra muchacha de mala fama. Se las veía a las dos -a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. -La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, -no hacía mas que vagabundear y cantar. Era una -mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera -podido servir de modelo a una Venus Calipiga.</p> - -<p>Al chico, que entonces tendría quince años, le -llamaban el <i>Caragolet</i> y el <i>Dimoni</i>; trabajaba por -temporadas, yendo a pescar en algún falucho, y -solía vagar por la playa y los alrededores. A los -quince años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía -muy pincho, con gorro rojo, camisa de color -y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. -Tenía un perro sarnoso, que se llamaba <i>Napoleón</i>, -que era el compañero de sus hazañas. Era un perro -tan hipócrita como su amo, que se acercaba -amablemente al que le llamaba y, de pronto, le -mordía en una pierna y echaba a correr.</p> - -<p>Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido -con la vida angustiosa y miserable; tenían<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -que pagar deudas y dar a mi patrono Serra lo que -éste les había prestado.</p> - -<p>Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.</p> - -<p>Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama -de sus sobrinos y, sobre todo, las aventuras de -la muchacha, que, a su modo de ver, las deshonraba.</p> - -<p>Estas furias tenían un odio terrible contra todo -y contra todos; el rencor de los parias por los -prestigios que ellos no pueden alcanzar. A pesar -de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada -y vidriosa; odiaban furibundamente a los -que andaban con su sobrina, y al mismo tiempo la -admiraban a ella por el atractivo y el garbo que -tenía.</p> - -<p>A uno de los que consideraban como su mayor -enemigo era a Pedro Vidal, que había andado con -la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente -Serra había querido llevar a una casa de Tamarit -del Mar a la Dora, y ésta, burlándose del viejo -comerciante, había alardeado de sus amores escandalosamente -con Vidal.</p> - -<p>Las furias de la casa del Negre tenían un profundo -odio por este muchacho, que impidió que -la Dora llevase una vida de menos escándalo que -la que había llevado hasta entonces. Según me -dijo Vidal, muchas veces, al pasar por delante de<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span> -la casa del Negre, había visto alguna de las viejas -que le mostraba el puño con rabia.</p> - -<p>Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas -por todos, sin apoyo ninguno, me daban -a mí una profunda lástima.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="EVOCACIONES" class="nobreak">VII.<br /> -RECUERDOS Y EVOCACIONES</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Hay</span> ciudades en el Mediterráneo en las cuales -su antiguo esplendor queda como sumergido -en la obscuridad de la historia. Son ciudades -que viven todavía una vida intensa y que -las preocupaciones del momento les hacen olvidar -los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no -tienen mas que el prestigio de su pretérita grandeza, -y pueblos lánguidos que se conservan sin -morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia -lozana y fuerte.</p> - -<p>De estos últimos era por entonces Tarragona, -ciudad demasiado antigua y demasiado moderna -que, entre su extrema antigüedad y su modernidad -extrema, no tenía apenas rasgos de unión.</p> - -<p>Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas -y murallas ciclópeas de una antigüedad hundida -en el misterio, tenía, a pesar de sus edifi<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>cios, -la mayoría nuevos, un carácter grandioso y -severo.</p> - -<p>Había algo como un poder huraño en sus ruinas -robustas, olvidadas por el tiempo, que daba -hasta a las construcciones modernas un sello de -gravedad y de tristeza.</p> - -<p>La silueta de Tarragona, desde cualquier punto -que se la contemplase, tenía un aire de austeridad. -El misterio lejano de aquellas fuertes murallas ciclópeas, -de bloques de piedra no tallados, sobre -los cerros pedregosos, hablaba a la imaginación de -épocas obscuras. El esplendor de Roma llegaba -todavía vagamente, pensando que allí había habido -un Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un -Anfiteatro; grandes y tristes acueductos. La Catedral, -con su interior grave y majestuoso, su ábside -como una fortaleza y su claustro admirable, era lo -medieval; después, todos aquellos muros y baluartes, -con sus torres almenadas y sus baterías, -recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios -y celtas, griegos y romanos, godos y árabes, -judíos y cristianos, todos habían dejado sus recuerdos -en la vieja ciudad. El comprobar que al -lado de la urbe moderna existían restos de otras -urbes antiguas, brotes espléndidos de civilizaciones -desaparecidas, daba la impresión melancólica -que producen las grandes ruinas.</p> - -<p>Tarragona era en esta época un pueblo peque<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>ño, -de unas diez a once mil almas. Se dividía en -ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, planteado -sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia -la ribera del Francolí, y ciudad baja, que comenzaba -en las proximidades del puerto y se iba extendiendo -hacia el cerro, en donde se hallaba asentada -la población amurallada y antigua. Esta -última tenía la forma de una herradura alargada, -abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del -Seminario y de la Catedral.</p> - -<p>Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, -sino abiertas hacia los extremos, estaban -formadas por una serie de muros y de baluartes, -la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, -que daban hacia el mar y hacia el monte. -Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la -explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba -la ciudad vieja de la nueva, y donde luego -se abrió la Rambla de San Juan. En esta época -de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba -como lo más animado de la ciudad, era la Rambla -de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en -su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.</p> - -<p>Yo me encontraba muy contento en Tarragona, -conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre -todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes -hasta el de San Antonio, con la Barbeta o<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -el tambor del Toro, que caía sobre la punta del -Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un -balcón espléndido que dominaba el mar.</p> - -<p>La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. -Por el lado de la torre de San Magín y el -palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde -quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba -toda la llanura del Francolí, llena de huertas -y de árboles frutales. Algunas veces subía también -al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba -Tarragona. Como una de aquellas estampas de la -época en que el artista modificaba la realidad para -sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba. -En medio, la torre de la Catedral, redonda, -rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda, -salvando un barranco, uno de los acueductos roto, -el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro -acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o -puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de -una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes -y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, -muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo -espléndido.</p> - -<p>A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba -descontento de ella. A veces, pensando en -mi melancolía constante y habitual, me decía a mí -mismo:</p> - -<p>—Estoy triste porque ella me ha abandonado<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>—pero -comprendía que no, que estaba melancólico -porque mi temperamento era así.</p> - -<p>Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha -sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir -de la oficina y bajar al puerto para hacer algún -encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno -que otro barco de vapor. En general, se veían goletas, -místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas, -y alguna que otra vez, embarcaciones raras -que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen -airoso, la popa redonda esculpida y grandes -mascarones pintados con colores vivos.</p> - -<p>Allí se solían ver barcos de todas las costas -próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano -de los Estados del Papa, con la figura de San -Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, -con un escudo en fondo blanco y la orla azul; -el pabellón de Toscana, con una franja blanca -y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, -con el escudo rodeado por el toisón de oro; -la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua, -con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, -con la palabra <i>Libertas</i>; la de Génova, con una -estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca; -la de los Estados unidos de las islas jónicas, la -de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos -libres que tenían una bandera propia y peculiar -suya.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p> - -<p>Con frecuencia venían faluchos cargados hasta -el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes -velas y su cargamento de frutos dorados, sobre -el mar negruzco de puro azul, me parecían el -símbolo del mar Mediterráneo.</p> - -<p>En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, -había un cordelero que era amigo mío, y con -quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban -el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás -hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura, -mientras un chico daba vueltas al carretel.</p> - -<p>Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, -un poco cojo, con la cara redonda y la sonrisa socarrona. -Hablaba con malicia y con ironía; había -sido marino, viajado mucho, y había estado en la -batalla de Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, -a Churruca, a Valdés, y sabía anécdotas de -Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, -de Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, -a quien apodaban monsieur Corneta. El -señor Vicente me contaba largas historias de sus -viajes, y hablándome de sus cuerdas y explicándome -para qué servían en los barcos, me hacía pensar -en el mundo entero.</p> - -<p>Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los -acontecimientos de la guerra me decía filosóficamente:</p> - -<p>—¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> -es muy cruel y muy bestial. El hombre tardará -mucho en ser algo razonable.</p> - -<p>Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.</p> - -<p>Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios -en el puerto, cosa triste; contemplábamos -la llegada de las barcas de los pescadores, y al caer -de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta -de Despeñaperros mientras los resplandores del -sol poniente incendiaban las rocas y las murallas -almenadas. Este sol dorado, los celajes espléndidos -del anochecer, en que me parecía que mi alma -se vaciaba en el ambiente, el son triste de las campanas -de algún convento, la estrella del crepúsculo -cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, y el -sollozo monótono del mar, me impulsaban a la -suave melancolía. Luego, al volver hacia casa, por -las calles, miraba el interior de las tiendecillas, -apenas iluminadas, y veía las tertulias que se congregaban -en las trastiendas.</p> - -<p>Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia -por el centro del pueblo con un gran estrépito de -cristales, cubierta de polvo. Se repartía el correo -y se comentaban las noticias de la guerra.</p> - -<p>Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se -retiraba a su casa. La idea de estar encerrado -entre murallas me producía también una gran melancolía.</p> - -<p>Esta melancolía era en mí algo inasible; pensa<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>ba -muchas veces que si hubiera podido convertirla -en tema literario, me hubiera, por lo menos en -parte, librado de ella; pero no podía: mis versos -eran siempre fríos y correctos, y mis octavas reales -sonaban como un tambor. En este endiablado -poema mío no podía poner nada personal. No -salía de evocaciones y de rapsodias. Además, todo -el mundo hablaba en él con una terrible solemnidad, -comenzando por el personaje, que era yo, con -el nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, -que hacía grandes proezas y grandes conquistas, y -siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don Alvaro -de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.</p> - -<p>Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, -que comenzaba a comprender que no dependía -mas que de mí mismo, marchaba al claustro de la -Catedral y pasaba horas enteras nadando en un -sentimentalismo confuso, que quedaba como flotando -sobre mi espíritu.</p> - -<p>A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera -del pueblo; íbamos a la torre de los Escipiones -o al Arco de Bará, a los pinares, donde murmuraba -el viento, o nos embarcábamos en una lancha y -contemplábamos la costa entre el cabo Salou y el -cabo Gros; las colinas blancas, amarillas, secas, -con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en -parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las -olas azules llenas de espumas que habían servido<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta luz y -esta esplendidez del mar latino no me producía -alegría ninguna, sino más bien tristeza. Toda esta -costa mediterránea me parecía como consumida -por la llama de la pasión.</p> - -<p>Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas -por el sol poniente, brillando en sus vidrieras, -sentía, como siempre, la misma punzada de -abatimiento y de melancolía.</p> - -<p>También me gustaba los días de fiesta quedarme -en mi habitación, mirando por la ventana el -cielo y el campo.</p> - -<p>En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía -reverberaciones de horno; en los paredones de -las murallas corrían los lagartos y las salamandras; -en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro -rezongaba y se escondía en los agujeros de las -piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia -de la hora de la siesta, el aire perdía su -pesadez y quedaba transparente y sutil, con un -olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y -después venía la magia del crepúsculo, con sus -nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la -imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas -y doradas.</p> - -<p>Cuando las tintas grises del anochecer subían -del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las -curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span> -vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía -las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el -toque triste del <i>Angelus</i>.</p> - -<p>De noche, muchas veces abría la ventana y miraba -el llamear de las constelaciones y la faz curiosa -de la luna, que acariciaba con sus rayos las -piedras, los cerros y los bosques lejanos...</p> - -<p>Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, -a veces, trasladar estas impresiones fugitivas -al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas -octavas reales sonoras y rimbombantes.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="MONTFERRAT" class="nobreak">VIII.<br /> -LA CASA DE MONTFERRAT</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Al</span> cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, -conocía a todo el pueblo. No pretendí -entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo -que me había ocurrido en Málaga me servía de -lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad -de las dos señoras de casa, me bastaba.</p> - -<p>De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, -por las cuales veía que nuestros asuntos económicos -iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi -familia nunca de mi novia; pero por un amigo -supe que iba a casarse. Me desesperé, y, para calmar -mi dolor, hice una elegía; mas me resultó -como todos mis versos: sin emoción.</p> - -<p>Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, -y conocí allá a una de las mujeres más distinguidas -y más elegantes del pueblo, Elena de -Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio -Serra, galanteaba.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p> - -<p>Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía -el perfil romano; el óvalo de la cara, alargado; -la nariz, recta; la boca, grande, pero hermosa y -fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio -obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas -del mar, en una finca de su madre, cerca de -Torre de Embarra, y salía por las mañanas a pasear -a caballo, no estaba pálida, como la mayoría -de las muchachas del pueblo, sino dorada por el -sol. El primer día que la vi se mostró muy amable, -muy seductora conmigo. Paseando por entre -los boscajes y los macizos de flores, me pareció -Armida en sus jardines encantados.</p> - -<p>En todos los ademanes de Elena había siempre -una distinción aristocrática, unida a un gesto -amargo y desdeñoso. A mí me parecía, por su -tipo, una emperatriz romana.</p> - -<p>Elena era pariente, por parte de su madre, del -canónigo don Guillermo de Roquebruna. Elena -vivía en la parte vieja de la ciudad, en una calle -estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a -la calle de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, -con algunas tiendecillas, con las casas cerradas, -en la que se veía cruzar, de tarde en tarde, -algún canónigo o alguna vieja enlutada.</p> - -<p>Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña -Gertrudis, y había tomado con ella lecciones de -piano. Elena vestía muy bien, tenía el sentido de<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa -y amable. Hablaba el castellano casi sin acento.</p> - -<p>A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, -cierto desdén, no sé por qué motivo, porque -yo no la pretendía pensando que había una -gran distancia entre una muchacha rica y aristocrática -y un advenedizo arruinado como yo.</p> - -<p>El hablar con ella me producía siempre una -sensación de timidez y de encogimiento; verdad -que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, -burlona y displicente.</p> - -<p>—A mí no me gustan los hombres guapos que -se creen guapos—me dijo una vez—, y menos -los que se pasan la vida en una actitud melancólica.</p> - -<p>Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque -directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza -la dije:</p> - -<p>—A mí tampoco me gustan las mujeres que -saben que son guapas, y menos las que son muy -orgullosas.</p> - -<p>Elena, después de esta réplica un poco viva, se -acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:</p> - -<p>—Ya sé que escribe usted versos—me dijo -una vez—. Con el tiempo le llamarán a usted el -Cisne de Tarragona.</p> - -<p>—No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.</p> - -<p>—¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p> - -<p>—No se burle usted de mí.</p> - -<p>—No, no me burlo.</p> - -<p>—Mis versos no tienen valor para que los lea -ante un público; sirven para mí solamente.</p> - -<p>—¿Necesita usted consuelo?</p> - -<p>—¿Por qué no? Como todos los hombres.</p> - -<p>—¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?</p> - -<p>—Por lo menos no me creo afortunado.</p> - -<p>—Sí, ya sé que su novia le ha dejado.</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted -pobre ahora?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bien poco cariño le tendría a usted.</p> - -<p>—Es que sus padres le han obligado a casarse -con otro.</p> - -<p>—¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.</p> - -<p>Otro día me dijo:</p> - -<p>—Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto -miedo?</p> - -<p>—No es que sienta miedo; me atengo a mi posición -modesta; no quiero penetrar en la aristocracia -del pueblo para no sufrir sus desdenes.</p> - -<p>—Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o -tan tímido?</p> - -<p>—Lo soy, no lo niego—le dije yo.</p> - -<p>Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de -distinguida y de caprichosa. Solían galantearla y<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -acompañarla en el paseo de la Rambla, Emilio Serra, -el hijo de mi principal, y un militar joven, el -teniente de caballería Juanito Montoya, que pasaba -en Tarragona por un calavera deshecho.</p> - -<p>Elena no manifestaba gran simpatía por el uno -ni por el otro; coqueteaba con cualquiera. Las -señoras de mi casa me hablaron de ella y de su -madre, y me llevaron un día a saludarlas a su -casa.</p> - -<p>La familia de Montferrat era una familia ilustre, -italiana, de la Lombardía, que figuraba desde el -tiempo de las Cruzadas. Entre ellos había nombres -extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado -Larga Espada, famoso por sus proezas en Tierra -Santa, en donde se casó con Sibila, la hermana -del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio -el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance -o del poema. Los Montferrato, que aparecen -en la historia de Italia desde el tiempo de -Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía -de los Paleólogos.</p> - -<p>Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía -y me hiciera un ligero bosquejo de los -hechos más notables realizados por los personajes -de su familia, y cuando me dió la nota pasaron -todos estos grandes señores, envueltos en más o -menos ripios y con el sonsonete de las octavas -reales, a mi poema.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span></p> - -<p>Los Montferrato habían gozado de gran posición -en Italia.</p> - -<p>El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo -de la Revolución francesa, se estableció en Tarragona -como un comerciante obscuro.</p> - -<p>Elena y su madre vivían en una casa antigua y -espaciosa, con balcones salientes, ocultos por persianas -de paja, fachada pintada de amarillo y un -gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en -medio. A este patio, entre cuyas losas crecían -altas hierbas verdes, se llegaba atravesando un -arco de la entrada.</p> - -<p>Desde este patio subía una escalera de piedra -al primer piso por el exterior, penetraba en un -pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos altos.</p> - -<p>La casa era demasiado grande para la gente que -vivía en ella, y estaba muy abandonada.</p> - -<p>La habitación que ocupaban doña Mercedes y -Elena tenía estancias espaciosas, blanqueadas, embaldosadas -y puertas grises de cuarterones. Había -algunas habitaciones regularmente amuebladas, y -en una alcoba, una gran cama, estilo imperio, en -forma de nave, con cabezas de dragón, coronas y -guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba -la impresión de estar vacía.</p> - -<p>Elena tenía un saloncito elegante y guardaba -en vitrinas abanicos preciosos, camafeos y esmaltes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span></p> - -<p>Con Elena y su madre vivía una tía solterona -que había pasado su juventud en Francia. La tía -Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy remilgada, -y admiraba y al mismo tiempo tenía celos -de su sobrina. La tía Carlota, muy monárquica, -muy carlista y de un romanticismo exaltado, llevaba -la contraria constantemente a Elena, que se -burlaba de ella. Hubiera querido tener esta vieja -señorita un éxito amoroso para demostrar a su -orgullosa sobrina que ella también provocaba grandes -pasiones.</p> - -<p>En un piso más alto de la casa vivía un tío de -Elena: el tío Juan, Montferrat de apellido, casado, -sin hijos y sin ocupaciones. El tío Juan, hombre -de unos cincuenta años, apenas salía de casa; -se pasaba la vida aburrido, andando de un cuarto -a otro como alma en pena, mirando sus plantas, -observando el barómetro y el termómetro, leyendo -el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios -con los naipes, bostezando, durmiendo mucho y -suspirando. A todo cuanto le proponían contestaba: -¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía -de hombros.</p> - -<p>Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba -sobre él como sobre una presa para poder charlar. -El tío Juan era muy tímido y asustadizo; desde el -comienzo de la guerra civil no había salido nunca -de la ciudad, privándose de su grande y único pla<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>cer, -que era ir a la finca que tenía en Torre de Embarra -y pasarse allí el tiempo pintando tiestos y -puertas.</p> - -<p>En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo -Roquebruna; don Guillermo de Roquebruna -era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, -muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad -y, sobre todo, por las damas. Había figurado -don Guillermo en la conspiración de los Descontentos, -y entonces, que se agitaban los carlistas -siguiendo el consejo del arzobispo don Antonio -Fernando de Echánove, se abstenía de intervenir -en cuestiones políticas.</p> - -<p>En casa de Elena quedaba el antiguo despacho -de su padre, con una biblioteca con libros antiguos -y modernos y una porción de cuadros, de estatuas -y de relojes.</p> - -<p>El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y -retirado en su casa en sus últimos años, compraba -libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo -leyendo.</p> - -<p>Elena había encontrado en la biblioteca las -obras de Walter Scott, en francés, y el Orlando -furioso, en italiano, que lo había leído viendo que -aparecían los Monferrato.</p> - -<p>La lectura del Ariosto le había dado a Elena -ideas un tanto libertinas.</p> - -<p>Elena había heredado alguna de las aficiones de<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -su padre: solía ir con frecuencia a casa de un prendero -de una callejuela próxima que guardaba gran -cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros -y casullas procedentes de los conventos.</p> - -<p>Desde la supresión de las comunidades religiosas, -en 1835, había prendero que se enriquecía -comprando despojos de conventos y de capillas. -El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, -el mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones -de la señorita de Montferrat.</p> - -<p>Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba -siempre cerrado. Era una habitación llena de -interés, iluminada por dos balcones grandes que -daban a una terraza rodeada por una barandilla -con jarrones de piedra.</p> - -<p>Había una estantería con libros, cuadros antiguos, -estatuas, monedas y un globo terráqueo -grande, del siglo <span class="smcap">XVII</span>, que pertenecía de familia a -los Montferrat.</p> - -<p>Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, -con su pequeño taller de mecánico y sus vitrinas -de coleccionista.</p> - -<p>Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de -movimiento. Uno de los que más me gustó fué un -<i>clown</i> chino, un autómata que bajaba una escalera -dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me -mostró Elena, era una fuente intermitente de mercurio -que pasaba de una cavidad a otra del muñe<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>co -por un agujero de comunicación, desplazando -así el centro de gravedad de la figurita.</p> - -<p>Otra de las cosas que me pareció admirable fué -un organillo, con muñequitos que bailaban, fabricado -en Ginebra. Aquella música y aquellos autómatas -tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra -época, en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu -de su antiguo dueño, me parecía una cosa de -magia, algo tan fantástico como un cuento de Hoffmann. -Me quedaba absorto oyendo aquella música.</p> - -<p>—Qué bien hubiera usted estado con mi padre—me -decía Elena—. El era, como usted, soñador; -no le gustaba la acción.</p> - -<p>—¿Y a usted?</p> - -<p>—A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.</p> - -<p>A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría -profundamente.</p> - -<p>Al anochecer se reunían en casa de Elena varias -personas a hacer tertulia: dos señoras amigas, el -tío de Elena, el primo Emilio, el canónigo Roquebruna -y un compañero suyo, el canónigo Magraner, -que hablaba siempre de las antigüedades romanas -de Tarragona y de la gran colección de -monedas que poseía.</p> - -<p>Magraner era siempre el primero en estar enterado -de dónde se hacían derribos y excavaciones, -y allí se presentaba a comprar medallas, monedas -o fragmentos de mosaicos romanos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p> - -<p>Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en -el piano sonatas de Mozart.</p> - -<p>En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; -se rezaba a media luz; luego se encendía la lámpara; -las señoras hacían media y se jugaba al -tresillo.</p> - -<p>Roquebruna divagaba acerca de la política del -tiempo. Le preocupaba también mucho la secta -de los alumbrados, de la que por entonces se empezaba -a hablar en Tarragona y de la cual era jefe -el clérigo don José Suaso, ex profesor de Latín en -el Seminario de la Diócesis, y un tal Ribas, labrador -del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El -canónigo Magraner había llegado a sentir un profundo -desdén por la vida moderna y se ocupaba -de los romanos como si fueran sus contemporáneos. -El primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos -en Tarragona, y como quería expresarse -con perfección en castellano, usaba siempre palabras -escogidas y daba la impresión de que iba -avanzando por una cuerda floja y de que estaba -siempre en el momento de caer.</p> - -<p>El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:</p> - -<p>—En fin, ya hemos matado la tarde.</p> - -<p>Esta era su constante muletilla, que representaba -su única preocupación.</p> - -<p>Elena, algunas veces se encontraba a gusto en -la tertulia de su casa, pero, en general, se aburría,<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -iba de un lado a otro, miraba a los contertulios y -pensaba.</p> - -<p>—¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad -en su vida, qué falta de valor, de interés y de nobleza!</p> - -<p>Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática -que había vivido en la opulencia y en la constante -lucha. El resorte de su voluntad estaba tenso; -sentía la aspiración de las cosas grandes; no -podía acomodarse a una vida rutinaria y sin -acción.</p> - -<p>Cuando se asomaba a la ventana y miraba la -calle, estrecha y sórdida, con sus casas tristes, con -sus tiendecillas pobres, le entraba una punzante -melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno -de vida y de turbulencia, sufría; el sentimiento -amargo del tedio sobrenadaba en su espíritu, y en -la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando -oía repicar las campanas próximas y el estrépito -de la retreta en los cuarteles y en la muralla y la -oración que cantaba un ciego en la guitarra, le -sobrecogía una gran tristeza desesperada.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="ELENA" class="nobreak">IX.<br /> -ELENA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Esa</span> era mi vida: todos los días trabajar en el -despacho, asomarme al puerto, luego ir a -mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí -con mis patronas, a quienes consideraba ya como -si fueran de la familia, volver a la oficina y después -escribir y pasear.</p> - -<p>Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, -a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien, -pero a mí me quedaban muchas dudas.</p> - -<p>Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el -piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían -varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo, -acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces -también a Elena. Esta siempre me imponía y la -tenía miedo por sus salidas.</p> - -<p>—Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos—solía -decirme.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p> - -<p>—Entre los andaluces hay de todo—le replicaba -yo—; además, ¡yo soy tan poco andaluz!</p> - -<p>—Si yo fuera hombre y tuviera libertad...—me -decía ella.</p> - -<p>—¿Qué haría usted?</p> - -<p>—Creo que el mundo me parecería pequeño -para mis arrestos. Hubiera estado en todos los -países y visitado todas las ciudades.</p> - -<p>—Yo he estado en París y en Londres, y me he -convencido de que hoy se pueden hacer muy pocas -cosas en el mundo.</p> - -<p>—Qué poca sangre tiene usted—decía ella—; -me hiela usted con sus palabras.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="MISTERIOSO" class="nobreak">X.<br /> -UN VIAJERO MISTERIOSO</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Un</span> día se habló en Tarragona de un viajero -desconocido y misterioso llegado a la posada -de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron -unos que era un italiano venido de Valencia en un -barco; otros, que llegaba de Reus en una tartana. -Al principio se le tomó por emisario carlista; -luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo -que no debía ser mas que un aventurero y un -jugador de ventaja.</p> - -<p>A los pocos días, el italiano se hizo amigo de -Vidal y de Secret, y éstos lo llevaron a casa del -capitán Arnau. Era el italiano hombre de cierta -efusión; yo le conocí también y me trató en seguida -como amigo.</p> - -<p>Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse -en su conversación, supimos algo de -su vida.</p> - -<p>Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -del ejército de Napoleón y de una gitana croata -de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, había -viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi -tendría entonces unos treinta años; era hombre -seco, delgado, moreno, de pelo negro, con algunos -hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los -ojos, claros, verdosos, con la cara triste, la <i>faccia -morta</i>, que dicen los italianos.</p> - -<p>El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión -y un gran ímpetu. Se veía que era de una -raza de corsarios, de piratas y de aventureros.</p> - -<p>Uno de los rasgos que le caracterizaba era una -observación como de felino, que causaba mucho -efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía un -hombre frío interiormente, que había usado y abusado -de la vida.</p> - -<p>No creía en nada, no sentía ninguna convicción -política, religiosa o social. Se hallaba dispuesto a -trabajar por cualquiera que le pagase bien, por los -blancos como por los negros; lo único admirable -para él era la energía. Se entusiasmaba pensando -en Napoleón, capaz de esquilmar a Francia -y sacrificar a Europa por su interés y por su -gloria.</p> - -<p>Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido -de casi todos los productos de raza mixta; -no daba ninguna impresión de seguridad ni de -confianza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> - -<p>La croata le había dado sin duda su carácter -triste, cariñoso, agitanado; la tez obscura y los -ojos claros. El corso le infundió la energía para la -acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, -quizá por imitación, había adquirido cierto aire de -hombre desolado que no encuentra su felicidad en -el mundo.</p> - -<p>Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. -Era un explotador de todo y de todos -que veía en cada hombre o en cada mujer, principalmente -en cada mujer, una mina que beneficiar -en su provecho.</p> - -<p>Todas las mujeres constituían una buena presa -para él. Atrevido, sin ser valiente, decidido, audaz, -charlatán, de un egoísmo frenético, era capaz de -fingir un sentimiento y de creer un instante en él -para reírse al cabo de poco tiempo de su misma -sensibilidad.</p> - -<p>Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más -que encontrar un rincón tranquilo donde poder -vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba -con cierto cinismo que había tenido que hacer -muchas pequeñas villanías: dejar de pagar en las -fondas, estafar y a veces robar.</p> - -<p>Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba -concienzudamente. Se sentía capaz de -hacer esfuerzos sobrehumanos para todo, menos -para trabajar. El decía muchas veces que su ideal<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, -lo decía solamente.</p> - -<p>Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, -era muy supersticioso; lo pudimos comprobar.</p> - -<p>Al principio lo negó como una debilidad indigna -de un hombre, pero lo confesó después. Era fatalista, -y en cualquier cosa indiferente encontraba -un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía -en la <i>jettatura</i>, y en la virtud de los talismanes y -de los Abracadabra. Nos confesó que muchas veces, -cuando iba a realizar algo para él importante, -se retiraba por cualquier motivo que a otro -hubiera hecho reír. Además de las supersticiones -corrientes, tenía otras inventadas para su uso particular, -y que variaban constantemente. Cuando -le descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo -ninguno en explicarnos sus supersticiones, a las -que tan pronto daba gran importancia como -le producían risa.</p> - -<p>—Algunas veces salgo de casa con intención -de hacer algo y me digo: si en el primer sitio en -donde entro, el número de personas que hay son -impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si -son pares, no.</p> - -<p>Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán -Arnau como liberal exaltado y como carbonario, -y llegó a producir una admiración tal en el marino -y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -contaba historias oídas o inventadas por él del -carbonarismo de Nápoles y de las Dos Sicilias, y -misterios de la masonería. Hubiera intentado, si -hubiese podido, mixtificarnos a estilo del conde -de Cagliostro, presentándose como un mago; pero -vió que no éramos tan cándidos para creer -en embolismos de charlatanes.</p> - -<p>Cuando adquirió confianza con nosotros, nos -dijo que no contaba con ningún medio de vida seguro; -que venía a España comisionado por la joven -Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La -joven Italia había sucedido—según nos dijo—al -carbonarismo de Nápoles, cuyas ventas comenzaban -a estar en decadencia.</p> - -<p>A él le habían enviado para tomar el pulso a la -revolución que se iniciaba en España, al mismo -tiempo que se desenvolvía la guerra civil.</p> - -<p>Moro nos dijo que era uno de los fundadores -de aquella sociedad, que tenía al frente al célebre -Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en -Marsella. Nos dijo también que había tomado -parte en la expedición de Ramorino, y nos habló -de las muchas intrigas que produjeron el fracaso -de esta expedición liberal.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="ELENA2" class="nobreak">XI.<br /> -EL ABANICO DE ELENA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">La</span> presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy -comentada en Tarragona: el aire donjuanesco -y cansado del corso y el misterio de su -vida hicieron que las conversaciones giraran a su -alrededor durante mucho tiempo. Moro-Rinaldi -pareció no ocuparse gran cosa de la expectación -producida por él en la ciudad. Se supo que en -compañía de Pedro Vidal, con la Dora y otra -moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una -fiesta con baile y guitarreo.</p> - -<p>Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la -Rambla con su aire lánguido, como si estuviera -desesperado y alguna desgracia profunda le tuviera -sumido en la mayor tristeza.</p> - -<p>No cabe duda que hay en esta vieja argucia de -hacerse el interesante los mismos lazos, que se repiten -siempre y que producen constantemente el -mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -todas las mujeres jóvenes de Tarragona, y, a pesar -de su aire de hombre depravado y atrevido, -se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.</p> - -<p>Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, -se sintió conmovida en presencia de aquel -hombre misterioso, que no era joven ni de una -gran prestancia, pero que tenía algo femenino y -engañador de la raza eslava, algo de esa tristeza -lánguida de los nómadas que van por los caminos -con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.</p> - -<p>Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la -novedad; era el ritmo desconocido y, sin embargo, -esperado; era un hombre que le daba perspectivas -de una vida más amplia, más extensa y más -apasionada.</p> - -<p>Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un -gran deseo de humillarse, de bajar de su pedestal -y de ser una mujer como otra cualquiera, pues -ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó -orgullosa y arbitraria, sino más bien modesta y -humilde. Moro me pidió a mí que le presentara a -Elena; yo le dije:</p> - -<p>—Le preguntaré a la señorita de Montferrat si -quiere que le presente a usted, y si quiere no tendré -ningún inconveniente.</p> - -<p>En efecto, después de previa advertencia, un -domingo, antes de la misa mayor, los presenté.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<p>Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la -catedral con su mirada ardiente, y luego, al hablar -con ella, se manifestó muy respetuoso y muy tímido.</p> - -<p>Durante la semana no se volvieron a ver; pero -el domingo siguiente, Moro-Rinaldi acompañaba -a la señorita de Montferrat y hablaba animadamente -con ella, lo que confieso que a mí me produjo -una vaga impresión de celos. Este mismo -día, Elena, con sus amigas, y Moro-Rinaldi, con -otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas -de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, -me contó lo ocurrido.</p> - -<p>Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones -rojos y adornos dorados sobre fondo -blanco. En uno de los padrones del abanico tenía -escondida una aguja con una cabeza de rubí.</p> - -<p>Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si -se quería, en cualquiera de las varillas de hueso. -Moro, mientras Elena hablaba con sus amigas, le -dijo:</p> - -<p>—¡Qué bonito abanico!</p> - -<p>—¿Le gusta a usted?</p> - -<p>—Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. -¿Quiere usted dejármelo un momento para verle?</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto -del abanico, lo tomó en su mano, sacó la aguja<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos o -tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto -se lo devolvió a Elena. Ella extendió el abanico -disimuladamente; leyó, sin duda, las palabras que -había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió -en la arena la contestación.</p> - -<p>Pocos días después supimos que el italiano escribía -a la señorita de Montferrat, y con frecuencia -le veíamos rondando su calle.</p> - -<p>El teniente Montoya, que había hecho una corte -intermitente a Elena en el tiempo que le dejaban -libre sus ocupaciones, sus diversiones y sus visitas -nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido -por el éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a -pasear la calle de Elena, a caballo, a todas horas; -pero el teniente había perdido la partida. Elena ya -no le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi -era manifiesto. La bella Angélica, desdeñando a -los demás pretendientes, había encontrado su -Medoro.</p> - -<p>Como yo sentía también cierta indignación al -ver la fortuna del corso, introduje a Moro-Rinaldi -en mi poema, convirtiéndole en un pirata berberisco, -hombre violento y atrevido, sin ley y sin -honor, que arrebataba en su barca a una princesa -griega.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="REPROCHES" class="nobreak">XII.<br /> -REPROCHES</h2></div> - - -<p><span class="smcap">El</span> triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación -en la ciudad; por todas partes no -se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra -se mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes -elegantes aseguraban que Moro-Rinaldi era un -aventurero que iba tras de la dote de la señorita -de Montferrat.</p> - -<p>En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia -me hicieron la insinuación, y después me aconsejaron -francamente, que galanteara a Elena. Según -ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por -mí, y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, -primero, tener una mujer, que, además de buena y -de simpática, gozaba de gran posición, y arrancarla -de los brazos de un aventurero.</p> - -<p>—Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado -rica para mí—las decía yo.</p> - -<p>—No lo creo—replicaba Eulalia—. Elena, apa<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>rentemente, -es una mujer soberbia; pero en la intimidad -es muy sencilla y muy bondadosa. Yo -estoy segura de que hará con el tiempo una excelente -madre de familia.</p> - -<p>—Todo eso será cierto—replicaba yo—; pero -en el estado actual una indicación mía en ese sentido -tendría un completo fracaso.</p> - -<p>Las dos señoras me decían que debía de intentar; -pero yo no pensaba en esto, y menos viendo -cómo el corso llevaba sus amores al galope.</p> - -<p>Poco después supe por Eulalia que había habido -largas explicaciones entre Elena y su madre.</p> - -<p>—Este hombre es un aventurero, hija mía—le -dijo doña Mercedes.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿En qué se le conoce?—preguntó -con cierta acritud Elena.</p> - -<p>—No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es -ni de qué vive; todas nuestras noticias acerca de -él se reducen a que ha desembarcado en Valencia -y que es corso.</p> - -<p>—No sé lo que es, pero a mí me agrada. En -cambio, su sobrino de usted, Emilio Serra, me -molesta y me importuna. Es uno de los hombres -más antipáticos que he conocido.</p> - -<p>—Bien; aunque así sea, Emilio no es el único -hombre que hay en Tarragona.</p> - -<p>—Es uno de mis galanteadores. El, el teniente -Montoya y Pepito Carmona. Emilio cree que<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -tiene algunos derechos sobre mí porque es mi -pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme -con él, sería celoso como un turco. El teniente -Montoya ya se sabe lo que es: un jugador -y un calavera; respecto a Pepito Carmona...</p> - -<p>—¿Qué? No creo que tengas que decir nada -malo de él.</p> - -<p>—¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es -un chico muy fino, muy discreto..., pero le asusto: -prefiere estar haciendo versos que hablando -conmigo.</p> - -<p>—Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; -le tratas con verdadera saña. Es lógico que te -haya tomado miedo.</p> - -<p>—Yo no quiero hombres que me tengan miedo; -prefiero mejor los que intenten dominarme y -protegerme.</p> - -<p>—No te veo por buen camino, Elena; piensa lo -que vas a hacer, piénsalo bien, porque si das un -paso en falso la cosa ya no tiene remedio; consúltalo -también con tu confesor.</p> - -<p>—¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco -cuáles van a ser sus consejos, los he oído -muchas veces, y no me han de convencer.</p> - -<p>—Sin embargo, creo conveniente que hables -con él.</p> - -<p>—Bueno, hablaré...</p> - -<p>El canónigo Roquebruna, a quien doña Merce<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>des -había indicado que hablara a Elena, unos días -después de esta conversación llamó a la señorita -de Montferrat a la ventana del salón de su casa, -donde solían tener la tertulia.</p> - -<p>—Me ha dicho tu madre—le dijo—que estás -en relaciones con ese italiano recién llegado.</p> - -<p>—Sí, es verdad.</p> - -<p>—¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado -informes de su vida y de su familia?</p> - -<p>—No, no he tomado ningún informe, no sé mas -que lo que me ha dicho él.</p> - -<p>—¿Y no encuentras imprudente tu conducta?</p> - -<p>—¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! -Es posible que sea imprudente.</p> - -<p>—Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser -más feliz con ese extranjero a quien no conoces, -que probablemente será un calavera, un vicioso, -que con un hombre, por ejemplo, como tu primo -Emilio, a quien conoces desde la infancia y con el -que tienes una completa confianza?</p> - -<p>—Padre mío, esa es la pregunta que se puede -hacer a todas las personas que se enamoran. ¿Por -qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no sabré -contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando -afecto; Emilio me es indiferente, me desagrada.</p> - -<p>—¿Pero una mujer de inteligencia como tú<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span> -puede dejarse llevar así por instintos tan caprichosos, -tan arbitrarios?</p> - -<p>—Creo que todas las mujeres somos iguales en -este punto. Sentimos amor, o no lo sentimos.</p> - -<p>—¿Y no puedes dominar esa pasión?</p> - -<p>—¿Y por qué la he de dominar, si es mi única -esperanza de dicha? No me importa que Julio sea -pobre ni de familia humilde; me basta con que me -quiera.</p> - -<p>—¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?</p> - -<p>—Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, -y se puede ganar o perder. Yo soy bastante -vieja para jugarla.</p> - -<p>—¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!</p> - -<p>—¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se -me pasa. Yo tengo la aspiración de llevar una -vida más fuerte, más enérgica, más llena de emociones. -Esta existencia monótona y provinciana -me exaspera, me pone fuera de mí. Creo que viviendo -así algún día haría un disparate mayor, un -disparate que ni siquiera estaría legitimado por la -pasión.</p> - -<p>Don Guillermo hizo un gesto de resignación y -se calló. Hombre que conocía la vida y las pasiones -por el confesionario, sabía que las reflexiones -frías y las consideraciones utilitarias no tenían -eficacia en los temperamentos exaltados.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p> - -<p>Unos días después, el canónigo Roquebruna -dijo a doña Mercedes:</p> - -<p>—Elena está empeñada en seguir sus relaciones -con ese hombre. Creo, mi señora doña Mercedes, -que no le conviene a usted oponerse radicalmente; -deje usted que la muchacha hable con ese italiano -naturalmente, nunca a solas; haga usted que -lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, -es posible que ella misma, como se ha cansado de -los demás, se canse también de él.</p> - -<p>Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su -hija una actitud conciliadora; únicamente intentó -averiguar detalles de la vida de Moro-Rinaldi, para -ver si poco a poco iba llevando el desprestigio -del corso al corazón de su hija.</p> - -<p>Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia -peculiar en las mujeres, creyó que Moro-Rinaldi -era el único hombre noble y digno que había -conocido.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="RINALDI" class="nobreak">XIII.<br /> -HABLA MORO-RINALDI</h2></div> - - -<p><span class="smcap">La</span> transigencia de su madre hizo que Elena -pudiese mirar a su pretendiente con cierta -serenidad. La oposición y la lucha en casa la hubieran -impulsado seguramente a una actitud más -decidida y más rebelde. Un día, en este bello paseo -de San Antonio, que domina el mar, hablaron -largamente Elena y Moro-Rinaldi.</p> - -<p>—En todo el pueblo dicen que es usted un -aventurero. ¿Es verdad?—le preguntó ella.</p> - -<p>Moro sonrió con cierta tristeza:</p> - -<p>—Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar -corso; mi madre, una croata de clase pobre. La infancia -la pasé en París, viviendo como un hijo de -familia acomodada. Mi padre era coronel de la -guardia imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba -que tenía ante mí un hermoso porvenir; pero -vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en -nuestra casa. Mi padre, militar a medio sueldo,<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span> -tomó parte en conspiraciones bonapartistas y republicanas, -hasta dar con sus huesos en un castillo -y después en la emigración. Yo he vagabundeado -por el mundo sin poder encontrar una colocación -adecuada para mí; he sido un calavera, un -hombre disipado. A veces no he retrocedido ante -procedimientos indelicados, ¡que quiere usted!, la -pobreza no conduce nunca a nada bueno. Le digo -a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me -iré de aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo -ante mis ojos mas que un horizonte muy -negro.</p> - -<p>—No; yo no le desprecio a usted.</p> - -<p>—Si usted me da alguna esperanza, mi vida -tendrá ya un objeto e intentaré regenerarme.</p> - -<p>Elena no contestó; pero en su mirada se veía -claramente que Moro-Rinaldi podía esperar.</p> - -<p>El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y -también mío. A mí me llegó a preguntar si había -pretendido a Elena; yo le dije que no, y añadí:</p> - -<p>—Es una mujer para casarse con un príncipe.</p> - -<p>—Y para casarse con usted también, si usted la -pretende con fuerza.</p> - -<p>—No lo creo. Además, me daría vergüenza -llevar a una mujer así a una casa pobre como -la mía.</p> - -<p>—¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?</p> - -<p>—A Pafos o a Amatonte.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span></p> - -<p>—Sueños de poeta. En amor todo es cuestión -de voluntad. La voluntad vence los mayores obstáculos. -Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; -soy un advenedizo, un calavera, un hombre a -quien nadie conoce, y la voy a pretender y me la -voy a llevar.</p> - -<p>—¿Cree usted?—le dije yo.</p> - -<p>—Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris -de esa Elena.</p> - -<p>—Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.</p> - -<p>Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi -y yo por la Rambla y entrábamos en la -farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento -que éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose -a Vidal, le dijo:</p> - -<p>—Parece que en la casa del capitán Arnau no le -miran a usted con gran simpatía.</p> - -<p>—Es verdad. Arnau no me quiere; el haber -sido yo antes oficial de voluntarios realistas le -produce una gran cólera contra mí.</p> - -<p>—En cambio, la muchacha, María Rosa, está -inclinada a usted.</p> - -<p>—Sí; creo que sí.</p> - -<p>—Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos -y escaparnos con nuestras respectivas novias. Usted -con María Rosa y yo con Elena.</p> - -<p>—¿Con la señorita de Montferrat?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span></p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pretende usted robarla?</p> - -<p>—Probablemente la tendré que robar; la familia -no querrá dejarla casarse conmigo.</p> - -<p>—¿Y cree usted que ella accederá?</p> - -<p>—Sí; así lo espero.</p> - -<p>—Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...</p> - -<p>—¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción -que las enloquece.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... -Es usted mi estrella... el único consuelo -de mi existencia triste y miserable...» Todo es -cuestión de cantar esa aria de bravura con -energía.</p> - -<p>—Es usted audaz.</p> - -<p>—No lo crea usted. La primera vez que se hace -una cosa de estas parece un gran atrevimiento; -luego, no. Al principio, a la mujer que va con uno -se la tiene por una víctima; luego se piensa que es -una cómplice, y, a veces, se cree que la víctima es -uno, el raptor, el tenorio, el engañador... A usted -le pasará lo mismo.</p> - -<p>—No; si María Rosa viene conmigo, me casaré -con ella y viviré siempre a su lado.</p> - -<p>—Cada cual su gusto—dijo Moro-Rinaldi sonriendo -con su amable sonrisa—Si yo hubiese tenido -medios para vivir, creo que hubiera hecho lo<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> -mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a -cosas absurdas y, luego, lanzado ya, no se puede -uno detener, es tarde. Va uno como si fuera arrastrado -por la corriente de un río: se intenta agarrarse -a esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se -ha conseguido? ¿No ha podido uno detenerse? -Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una -rama seca o un manojo de paja.</p> - -<p>—¿Es usted fatalista?—le pregunté yo.</p> - -<p>—Sí. El fatalismo me parece la única verdad -que hay en la vida. Todo lo que tiene que ocurrir -ocurre.</p> - -<p>—¿Pero usted cree que hay destino?</p> - -<p>—Estoy inclinado a pensar que sí.</p> - -<p>—¿Un destino predeterminado?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No creo en eso. Además, a mí me parece que -la voluntad y el amor pueden modificar el destino.</p> - -<p>Moro se encogió de hombros.</p> - -<p>—¿No cree usted en el amor?</p> - -<p>—Poca cosa, la verdad.</p> - -<p>—¡Pobre Elena!—exclamé yo.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó él—. Yo creo que para -hacer feliz a una persona es mejor no sentir amor -por ella.</p> - -<p>—Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién -sabe?, quizá sea cierta.</p> - -<p>Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospe<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>chaba -que de ninguna manera María Rosa aceptaría -el escaparse con él dejando su familia.</p> - -<p>Yo, al oír esta conversación, suponía que se -trataba de una broma más que de un proyecto en -serio.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="SERENATA" class="nobreak">XIV.<br /> -UNA SERENATA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Al</span> comienzo del invierno, algunos jóvenes del -pueblo pensaron en organizar una pequeña -orquesta para el Carnaval del año siguiente. Fuimos -a un sótano, que era almacén de un anticuario, -a ensayar. Allí, delante de estatuas góticas de -piedra, que representaban apóstoles con un libro o -con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas -y estofadas; de santos de madera con los -ojos de cristal; de retablos dorados con angelitos -mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas -con columnas salomónicas e incrustaciones de -cobre, solíamos armar una gran algarabía con nuestros -instrumentos.</p> - -<p>Yo tocaba el violín.</p> - -<p>Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.</p> - -<p>Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con -cierta maestría, Moro Rinaldi propuso que diéra<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>mos -serenata a las damas de nuestros pensamientos.</p> - -<p>Elegimos un sábado, y salimos todos formados -del almacén del anticuario, donde nos reuníamos -para ensayar, a la calle, de noche.</p> - -<p>El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia -de estrellas, y se veían a cada paso cruzar rayas -luminosas por el cielo profundo y transparente. -A lo lejos se oía el murmullo del mar como una -respiración lenta, voluptuosa y tranquila.</p> - -<p>Pasamos primero por delante de casa de Arnau, -tocamos dos o tres piezas de nuestro repertorio, y -Vidal cantó una jota con mucho brío delante de -la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos -por las callejuelas estrechas a la casa de -Elena; allí repetimos nuestro concierto, y Rinaldi -cantó con mucho gusto la siciliana de <i>Le Nozze di -Figaro</i>, de Mozart.</p> - -<p>El balcón de Elena se iluminó, y vimos después -su figura, vestida de blanco, asomarse a la barandilla.</p> - -<p>Luego, yo toqué el <i>Carnaval de Venecia</i>.</p> - -<p>Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en -este trozo musical que Paganini arregló para violín -de la canción veneciana <i>O mamma!</i>, dándole un -aire más incisivo, más burlón y más fantástico.</p> - -<p>Estaba inquieto y toqué con un brío, con una -furia, que yo mismo estaba maravillado. Sentía,<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -al oír mi violín, una mezcla de dolor, de alegría, de -pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. -Me aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que -habían salido a la ventana, y me hicieron repetir -dos veces.</p> - -<p>Después de la serenata volvimos al almacén, -donde dejamos los instrumentos; entramos en un -café, bebimos un poco más de lo regular, cantamos -el <i>Himno de Riego</i> y paseamos por las calles, -charlando.</p> - -<p>Nos acercamos a uno de los baluartes que caía -sobre el mar.</p> - -<p>Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones -brillaban aun más vivas en la transparencia -del aire.</p> - -<p>Los centinelas, de cuando en cuando, daban su -alerta, que se iba alejando hasta perderse en el silencio -de la noche.</p> - -<p>El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se -veían los faroles de las lanchas pescadoras que -iban y venían, se escuchaba a veces el sordo batir -de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una -suprema armonía, el sonido rítmico y melancólico -de las olas.</p> - -<p>Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas -y el mar a lo lejos, fué para mí, no sé a punto -fijo por qué, una de las noches más felices y -más memorables de mi existencia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - -<p>Me pareció que la vida me había puesto de -pronto en los labios la copa llena hasta el borde de -un bálsamo dulce que había embriagado mi corazón, -haciéndole olvidar todas sus tristezas.</p> - -<p>Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido -el agua de Leteo o el nepenthes de Polydamna.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="CADENA" class="nobreak">XV.<br /> -EL HOSTAL DE LA CADENA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Hacía</span> un día de noviembre espléndido; el cielo -estaba azul; el mar, tranquilo, lleno de -meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones -blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que -había salido por la carretera de Barcelona, antes -de llegar a la torre del capitán Arnau entró en el -Hostal de la Cadena.</p> - -<p>Era domingo; a la puerta de esta posada había -un grupo de campesinos, de pescadores y de algunas -gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba a -un cuarto de legua del pueblo: era una casona -amarillenta, unida a otras dos o tres casuchas, de -color verde y rosa; tenía una puerta grande y un -zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en -aquel momento estaba ocupado por un carro y -una barca, mostrando así la hostería su condición -entre campesina y marinera.</p> - -<p>Para corroborar este aire mixto, se veía en las<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -paredes del zaguán jáquimas y albardas y dos anclas -roñosas sujetas a unas cadenas. Este zaguán -comunicaba con la cocina y con una galería que -daba a un corralillo.</p> - -<p>Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la -cocina. Era la cocina grande y no muy clara; un -olor de aceite frito y de tabaco llenaba el aire y se -agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un -gran caldero, y alrededor de la lumbre había varios -pucheros y cazuelas de barro. En medio de -la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban -sentados varios hombres, atezados por el -sol y por el aire del mar. Eran hombres de bronce, -serios, graves, con gorros rojos y morados y -trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; -todos hablaban el catalán como por explosiones.</p> - -<p>Unos comían en platos de porcelana basta una -sopa coloreada de azafrán; otros, legumbres o un -guiso de pescado muy rojo por el tomate y el pimentón; -algunos tenían delante porrones verdosos -llenos de vino; otros tomaban café y se servían -copas de una botella ventruda de aguardiente. Las -moscas revoloteaban por el aire con un rumor -sordo. En un rincón dos marineros cantaban en -castellano, acompañándose de la guitarra, una canción -sentimental.</p> - -<p>Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió -a un ángulo de ésta, donde se hallaba el Carago<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>let, -y se sentó en una mesa pequeña, que por excepción -tenía un mantel blanco.</p> - -<p>—No se podrá usted quejar—dijo el Caragolet, -señalando el mantel blanco, los vasos limpios y los -cubiertos relucientes.</p> - -<p>—No, no; está muy bien—y Moro-Rinaldi se -sentó a la mesa.</p> - -<p>La moza sirvió la comida; después de comer, -Moro y el Caragolet tomaron café y bebieron -aguardiente y hablaron durante largo rato.</p> - -<p>Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado -de italiano; el Caragolet le escuchaba absorto -y maravillado. Se veía que el corso dominaba -por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, -rojo de emoción.</p> - -<p>A veces, entre el vocerío de las conversaciones -de los marineros, se oían las palabras de Moro:</p> - -<p>—¿Que se burlan de ti, muchacho?—decía una -vez—, búrlate tú de ellos. ¿Que eres italiano e hijo -del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo más ilustre -de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el -de los mayores poetas, el de los grandes capitanes. -Todos estos franceses, ingleses y alemanes -son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen -a nosotros, pero son incompletos. Ellos son -duros, rígidos; nosotros somos duros y blandos, -rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son la -línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -sabemos ser amables con una mujer, comprender -la obra de un genio, ser espléndidos con un amigo -y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.</p> - -<p>El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los -ojos y la boca con asombro. La pintura que hacía -aquel de los italianos le producía un frenético entusiasmo.</p> - -<p>—No, no te avergüences, muchacho, de ser -italiano—siguió diciendo Moro-Rinaldi—; al revés: -enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y -qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso -y débil? El amor te ha hecho bello y -fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. ¡Cuántos -hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían -su palacio, su cuerpo débil y blando por tu -choza y por tu cuerpo ágil y fuerte como el de una -pantera!</p> - -<p>El Caragolet seguía oyendo con una profunda -emoción, completamente subyugado.</p> - -<p>—Yo también soy, como tú, hijo natural de un -italiano y de una gitana—añadió Moro-Rinaldi—. -Mi padre procedía de un dux de Venecia; mi madre -era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, -era gitana como tu madre. Romanicheles, ¿y qué? -Los dos haremos cosas grandes. Tú sígueme, obedéceme; -yo te protegeré.</p> - -<p>El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío -y clavó la vista en el suelo; después, levan<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>tando -la cabeza y mirándole al corso en el blanco -de los ojos, dijo:</p> - -<p>—Si es verdad eso, le serviré a usted como un -perro; pero si me engaña usted, por éstas (y se -besó los pulgares cruzados), que lo mataré.</p> - -<p>Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron -los párpados; estuvo con la mano derecha, -con el índice y el meñique extendidos y los demás -dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar -la <i>jettatura</i>; luego se echó a reír y pasó la mano -por la cabeza desmelenada del muchacho.</p> - -<p>En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro -Vidal. Por lo que se supo después, aquel domingo, -entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de -preparar el plan de fuga del que tanto se habló -más tarde.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="CUPIDO" class="nobreak">XVI.<br /> -EN ALAS DE CUPIDO</h2></div> - - -<p><span class="smcap">El</span> domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que -estábamos convidados a comer en casa de -Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el farmacéutico -y yo. María Rosa había invitado a Eulalia -y a Elena para que fueran a la tarde a merendar -a la torre.</p> - -<p>Poco después de comer estábamos de sobremesa -cuando llegaron en una tartana Eulalia y -Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. -María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y -luego estuvimos todos en el cenador de la terraza.</p> - -<p>La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. -El mar parecía dormido, ensimismado en su eterna -queja monótona; la olas venían a morir suavemente -en la estrecha playa, y alguna más impetuosa -avanzaba, dejando una línea de encajes blancos -en la arena dorada. Del monte llegaba un aire -fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span> -plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor -de guitarras; a lo lejos sonaba, de una manera -intermitente, un estrépito de tambores y de -cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de -fiesta, jugaban al corro en la carretera y cantaban -con voces agudas:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Dicen que Santa Teresa</div> -<div class="line">cura a los enamorados.</div> -</div></div></div> - - -<p>Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y -Moro-Rinaldi propusieron el dar un paseo en barca. -Elena—¡oh!, disimulo femenino—dijo que -no; que ella no podía faltar largo tiempo de casa; -pero las chicas de Arnau la convencieron. ¡Hacía -un día tan hermoso!</p> - -<p>Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, -cruzamos la carretera y nos acercamos a la -playa.</p> - -<p>Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de -gondolero veneciano.</p> - -<p>Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después -se acercó a donde estábamos, en una barca -y seguido de otra con tres marineros. Se dispuso -que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el -Caragolet y un marinero, fueran en una, y los demás, -en la otra.</p> - -<p>Estábamos esperando a que las barcas encalla<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>ran -en la arena para entrar en ellas, cuando un -muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.</p> - -<p>—Tenemos que ir al pueblo—dijo Arnau—; -por nosotros no se priven ustedes del paseo. Pascual -les acompañará.</p> - -<p>La primera barca comenzó a alejarse de la playa; -en la segunda entramos: Pepeta, su madre, -Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual el hortelano, -un marinero y yo. Nos alejamos de la playa -y fuimos en dirección del cabo Gros, que tiene -rocas y escollos en su contorno inundados de espuma.</p> - -<p>Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la -Sirena. En el cabo se asentaba Tamarit del Mar, -con unas treinta casas y una iglesia.</p> - -<p>En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi -y a Vidal, que se pusieron a remar con -fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego largaron -la vela y su barca, alejándose rápidamente; -nos ganó en seguida una distancia de trescientas -a cuatrocientas brazas.</p> - -<p>—Van conducidos por Cupido—le dije yo a -Pepeta en broma.</p> - -<p>—¿Por quién?</p> - -<p>—Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.</p> - -<p>—¿Y nosotros?</p> - -<p>—Nosotros llevamos a la mamá de usted, que -pesa mucho, y a un boticario que no pesa menos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> - -<p>Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia -entre las dos barcas era ya mayor.</p> - -<p>Los de la primera lancha, en vez de acercarse a -la Roca como se había pensado, siguieron hasta la -playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.</p> - -<p>—Quizá se les haya ocurrido ver la aldea—pensamos.</p> - -<p>Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca -de media hora en llegar al mismo punto.</p> - -<p>Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos -con que las dos parejas habían desaparecido; -por lo que nos dijeron las gentes del pueblo, -una tartana les estaba esperando, y habían -marchado al trote camino de Barcelona. Era verdad, -indudablemente, que Cupido les conducía.</p> - -<p>La madre de María Rosa, al saber que su hija -había huído, estuvo a punto de desmayarse. Pepeta, -iracunda, golpeaba el suelo con el pie.</p> - -<p>—La mataría—dijo apretando los dientes, refiriéndose -a su hermana.</p> - -<p>El Caragolet no decía nada; pero, por su aire -torvo, se veía que se hallaba furioso. Después se -supo que estaba al tanto de la maniobra y que -Moro-Rinaldi le había engañado.</p> - -<p>Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor -asombro.</p> - -<p>Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; -la mujer de Arnau iba temblando, sumida en una<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> -profunda desesperación. Cuando llegamos a la -playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes -Moro y Vidal habían alejado con un recado -falso, al contarle al capitán lo ocurrido, quedó tan -pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. -Arnau juró, con los puños cerrados, que se había -de vengar. Secret se manifestaba también furioso.</p> - -<p>Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.</p> - -<p>Unos días después supimos que Elena y María -Rosa se habían casado en la iglesia de Torre de -Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi -estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!</p> - -<p>Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió -de su casa, diciéndome secamente que ya -no necesitaba mis servicios.</p> - -<p>Secret me vino a buscar, a decirme de parte -del capitán Arnau que sabía que yo no tenía la -culpa y que quería verme otra vez en su casa. En -la familia del marino no se hablaba de la hija fugada. -Alguna vez la madre la disculpó, y el capitán -dijo, ya amainando su violencia:</p> - -<p>—Así sois todas las mujeres.</p> - -<p>Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían -despedido de su casa, habló pestes de ellos, -diciendo que eran unos miserables hipócritas que -se vengaban en personas que no tenían la menor -culpa de lo ocurrido.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span></p> - -<p>Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona -y se encontró allí con Emilio Serra. Al parecer, -se entendieron; llegaron a saber que Vidal y -Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro -Naciones pasando la luna de miel. Entonces alguno -de ellos los denunció a la policía, y los llevaron -a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales -sardos, a la Ciudadela, como carlistas.</p> - -<p>Lo extraordinario fué—según contaron—que, -al registrar la maleta de Moro-Rinaldi, encontraron -papeles comprometedores que parecían probar -que el corso estaba pagado por los carlistas.</p> - -<p>Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación -en Tarragona empeoró. Muchos creían que -yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, -y esto me dejaba ante la gente en un papel -subalterno y ridículo.</p> - -<p>Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba -más simpatía que anteriormente, me dijo -que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que -fuera con él, porque allí era posible que encontrase -trabajo.</p> - -<p>Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir -también a Barcelona, a ver si podía hacer algo por -su hermano, preso en la Ciudadela.</p> - -<p>Estuve vacilando: de Málaga me escribían que -los asuntos de nuestra casa iban tomando mejor -cariz, y que las acciones de la Sociedad minera, en<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span> -donde mi padre había colocado gran parte de su -capital, comenzaban a subir. Todavía la situación -nuestra no estaba completamente consolidada; -más pronto o más tarde tendría que volver a Málaga, -pero, mientrastanto, me pareció conveniente -ir a Barcelona.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="MAR" class="nobreak">XVII.<br /> -VIAJE POR MAR</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Acepté</span> la invitación de Arnau de ir con él a -Barcelona por mar, aunque no me entusiasmaba -la idea, porque siempre que me he embarcado -he acabado por marearme.</p> - -<p>El barco en que hicimos nuestro viaje, la <i>María -Rosa</i>, era un jabeque de dos palos, con velas latinas, -cubierta y una camareta a popa.</p> - -<p>Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; -entre ellas, unos cuantos jóvenes de Reus que -marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna -de las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, -habían tomado parte en la matanza de frailes -que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un -exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre -y a fuego.</p> - -<p>Recordaban con furia que un fraile franciscano -de Reus que merodeaba por los alrededores ha<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>bía -fusilado a seis soldados liberales y a su jefe, y -no contento con esto, había cogido a un miliciano -nacional, muy querido de sus convecinos, y le había -crucificado, después de haberle sacado los -ojos.</p> - -<p>Los recuerdos de estas enormidades los tenían -fuera de sí.</p> - -<p>También iban en el jabeque las tres furias de la -casa del Negre y el Caragolet. Según me dijo Arnau, -le habían pedido que les llevara a los cuatro a -Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había -echado de ella, en vista de los escándalos repetidos -de la Dora, y ésta se había escapado con -un contrabandista.</p> - -<p>Marchábamos en el barco un poco estrechos; -Arnau llevaba el timón; cuatro marineros hacían -la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, por -la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas -crujían agriamente y las velas daban latigazos con -el viento. Un viejo preparaba la comida en un hornillo -de hierro; una gran cazuela de arroz con pescado, -a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate -y pimentón.</p> - -<p>El día, de invierno—estábamos en las proximidades -de Navidad—, se presentó por la mañana -muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, de color -de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes -blancas y pequeñas corrían rápidamente por el<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -horizonte, y el viento, brusco y malhumorado, hacía -crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba -orgullosamente inclinándose y hundiendo su -proa entre las olas coronadas de espuma.</p> - -<p>Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, -según Arnau. Al avanzar la mañana, el -cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía -de cristal. A medida que subía el sol, el viento -crecía en violencia; las olas, furiosas, se coronaban -de espuma y nos mostraban sus oquedades -moradas.</p> - -<p>La pacífica matrona del Mediterráneo se había -encolerizado y tronaba amenazadora e iracunda, -con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de su -manto de azul.</p> - -<p>El mal tiempo y la presencia de las furias de la -casa del Negre me hicieron pensar en si, como -Eneas y sus compañeros, arrojados a las Estrófades, -iríamos también nosotros a sucumbir en los -peñascos de la costa y a ser víctimas de las -arpías.</p> - -<p>Como me sucedía siempre a la hora de estar -en el mar, empecé a padecer el mareo, lo que -contribuyó a que el capitán me manifestara su -desdén.</p> - -<p>Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la -altura del cabo Gros se marearon también Secret -y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro -Palinuro.</p> - -<p>Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal -y tomamos la costa de Garraf. Como el viento -había crecido en furia a medida que subía el sol en -el horizonte, ahora que descendía bajaban las -ráfagas de aire en intensidad.</p> - -<p>El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos -porrones de hoja de lata, y nos sentamos todos -alrededor de la comida. El capitán invitó a las -tres furias y al Caragolet a que comieran con -nosotros.</p> - -<p>La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron -y dieron las gracias; habían comido ya. El Caragolet -se acercó. Las tres furias, sentadas cerca de -la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer -mirar a la gente, como si sintieran repugnancia -por todo el mundo.</p> - -<p>Comimos el arroz, que estaba excesivamente -sabroso.</p> - -<p>—¿Qué, está bueno?—preguntó el cocinero.</p> - -<p>—Sí—dije yo—, pero me parece que pica un -poco.</p> - -<p>—¡Ca!—repuso Arnau—,eso se quita con vino. -A mí me ha parecido soso.</p> - -<p>—¡Soso! Yo he creído al principio que tenía -pólvora. Me ha hecho el efecto de una función de -fuegos artificiales.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span></p> - -<p>En las primeras horas de la tarde comenzó a -amainar el viento; por encima de los cerros desnudos -de la costa veíamos dibujarse vagamente los -montes de Montserrat, llenos de picachos y de -quebradas. A media tarde el tiempo se serenó por -completo, brilló el sol, cesó el viento y fuimos -acercándonos con lentitud a Barcelona.</p> - -<p>Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba -a obscurecer. El mar se teñía de púrpura, y -la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, -se doraba por los últimos resplandores del -crepúsculo.</p> - -<p>A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus -fortificaciones en lo alto; a sus pies, el doble baluarte -de las Atarazanas; luego, en medio de los -tejados y las azoteas, se erguían las torres de San -Francisco, de la Merced y de la Catedral. A la -derecha me señalaron Santa María del Mar y la -Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la -torre de la Ciudadela, y en el extremo, el faro de -la Barceloneta.</p> - -<p>En aquel momento el resplandor dorado del sol -se retiraba de los tejados y de las torres, y la ciudad -iba hundiéndose en la sombra a medida que -nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; -las luces comenzaban a brillar; las grandes velas -de los barcos flotaban pálidas en la semiobscuridad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p> - -<p>Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un -bote atracamos en la escalera del malecón.</p> - -<p>Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus -quedaron en una posada próxima al muelle; -Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes -de la calle de la Puerta Ferrisa.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="NUEVAS" class="nobreak">XVIII.<br /> -CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Barcelona</span>, entonces, no se parecía a la ciudad -actual; era una ciudad grave, seria, de calles -estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas -muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. -Fuera de la Rambla, siempre llena de animación, -lo demás era poco alegre.</p> - -<p>De noche, las calles se hallaban mal iluminadas -por faroles de aceite y por lámparas que ardían -delante de las hornacinas con la imagen de algún -santo.</p> - -<p>A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba -entonces más que ahora. Uno de los encantos de -las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas -por los ensanches era la coherencia de su -exterior con su espíritu.</p> - -<p>Estas ciudades antiguas representaban de una -manera completa, acabada y fiel la vida de sus<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera -de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.</p> - -<p>Más tarde, como en los discursos, la charlatanería -entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron -presentar aspectos que en la realidad no tenían. -Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, -en ciudades de aparato, en escaparates de -quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia -con su interior y en donde la fachada es -una mixtificación y una farsa.</p> - -<p>En la Barcelona de entonces dominaba todavía -la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus -murallas, sus fortificaciones, su vida austera y -contenida.</p> - -<p>Había en esta época grandes conventos, con sus -huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios -en las calles, y un sonar constante de campanas -de las distintas iglesias de la ciudad.</p> - -<p>A pesar de la extinción de los frailes se veían -muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos -y de colores, que entraban y salían de las casas. -De noche la vida acababa muy temprano; y -al toque de la queda se cerraban los comercios y -las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes -levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la -Puerta del Mar.</p> - -<p>Se vivía en una inquietud constante; la gente no -había tenido un momento de paz ni de reposo<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> -desde la guerra de la Independencia; se estaba en -un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.</p> - -<p>Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona -me dediqué a ver si encontraba trabajo. En -todos los comercios me decían que esperara, que -no sabían a qué atenerse, y que el momento no -era propicio para tomar más dependencia.</p> - -<p>Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero -Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a -todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría -lo mismo.</p> - -<p>El pensaba que tenía que haber una revolución -que diera un estallido, y que después de ella vendría -la calma.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="TARRACONENSE" class="nobreak">XIX.<br /> -TARRACONENSE</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Quizá</span> la división más natural de la Península, -al menos desde un punto de vista espiritual, -es la antigua romana, que señalaba tres grandes -regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; -a éstas se podría añadir, como complemento, -la Cantabria, que es una cuña metida entre las -otras tres, con la punta en el centro de la tierra -hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de -Vizcaya.</p> - -<p>En la región tarraconense influyen con energía -dos elementos: la montaña y el mar, el campo y -la ciudad.</p> - -<p>Es posible que todas las guerras civiles modernas -no sean mas que la lucha del campo contra -la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra la -ciudad, que cambia y evoluciona.</p> - -<p>Cataluña es el país de la Península donde hay -un contraste más violento entre las tierras mon<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>tañesas -y las marinas, entre las ciudades despiertas -y las campiñas reaccionarias. Este contraste no -es tan grande en la vertiente atlántica, en donde -el monte no es tan alto, ni tan seco, ni tan frío, -ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan ardiente -ni tan voluptuoso.</p> - -<p>Así, estos polos, el polo montañés y el marino, -el polo rural y el ciudadano, chocaban y chocan -en Cataluña con una terrible violencia; así, el odio -entre el carlista de la montaña y el republicano -del mar era furioso.</p> - -<p>A pesar de que en aquel tiempo no había todavía -oficialmente un partido republicano, muchos -de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, -y unían el entusiasmo por la república con el -entusiasmo por la ciudad.</p> - -<p>Tenían ya por entonces los barceloneses un -sentido ciudadano tan exagerado, que les llevaba -a una megalomanía completa, y hubiesen querido -que su ciudad fuera el centro del mundo.</p> - -<p>No sé si este contraste de la montaña y del mar -es el que ha hecho a la gente de la región catalana -tan violenta y tan fiera; lo que sí es cierto es -que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo -demostró. Cataluña y Valencia dieron en ella la -nota más feroz y más sanguinaria. En comparación -suya, la guerra del Norte parecía una guerra de -estrategia y de posiciones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p> - -<p>Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, -sino también ciudadana, y hasta podía ir unida -a cierta cultura.</p> - -<p>Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces -se hablaba en Barcelona de un fraile exclaustrado -que era librero de viejo. Este hombre -tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que -cuando vendía alguno de ellos le entraba tal -desesperación de verse sin su infolio o sin su manuscrito, -que salía detrás del comprador y lo asesinaba -para recuperarlo.</p> - -<p>Este absolutismo y esta violencia para cualquier -cosa existía, más que en ninguna parte de España, -en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.</p> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="CONFUSION" class="nobreak">XX.<br /> -CONFUSIÓN</h2></div> - - - -<p><span class="smcap">Había</span> un constante entrar y salir de gente -misteriosa, hombres embozados en capas -y en mantas, en nuestra casa de la calle de la Puerta -Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba -allí, y me dijo que un conspirador venido de -la corte, Aviraneta, había llegado con el objeto de -dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.</p> - -<p>Unos días después, Arnau me contó que había -acudido algunas noches a las tertulias que se celebraban -en el piso principal de nuestra casa, y se -manifestó muy partidario de las ideas y de los -planes del conspirador madrileño.</p> - -<p>Como a mí no me interesaban las cosas políticas, -me dedicaba a vagar por el pueblo, a recorrer -sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba también -largos ratos en el claustro de la Catedral.</p> - -<p>Una mañana, en este claustro me encontré con -Elena y María Rosa. Se me acercaron rápidamen<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>te; -tenían aire de haber llorado; venían las dos de -negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me -dijeron estaban haciendo gestiones para libertar a -Vidal y a Moro-Rinaldi, que se hallaban encerrados -en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer -del general Mina, y ésta, tratándolas con gran -cariño, les había dicho que su marido no se encontraba -en Barcelona y que esperasen a que -llegara.</p> - -<p>María Rosa me indicó que hablara a su padre; -le hablé; pero el capitán Arnau me contestó rudamente -que no pensaba hacer nada en favor de su -yerno.</p> - -<p>María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la -fonda de las Cuatro Naciones, donde vivían, y si -sabía alguna noticia importante para sus respectivos -maridos se la comunicase.</p> - -<p>Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación -de Aviraneta, Secret, uno de Reus y el Caragolet, -andaban de trinca, de café en café, con la -gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.</p> - -<p>Se reunían en el café de la Noria, de la calle del -Arco del Teatro; en la taberna de la Bomba, de la -calle de la Bomba, y frecuentaban también el café -de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de -Guardias, cerca del teatro Principal, y el café de -Titó, que entonces se llamaba de la Reina. Todos<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -estos cafés eran verdaderos clubs en donde se celebraban -reuniones patrióticas. Otro centro de -reunión de los exaltados estaba en las casas del -Colegio de Mercedarios, en la Rambla.</p> - -<p>El café de la Noria era entonces el club más favorecido -por los hombres de pro; allí peroraban -Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, y -otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar -de la plaza, don Antonio María Alvarez, y el -administrador de Correos Abascal, para seguir las -inspiraciones de los exaltados. Allí habló también -Alibaud, que luego atentó en París contra la vida -de Luis Felipe. Los de la taberna de la Bomba -eran francamente republicanos, y los del café de -los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, -de regionalistas.</p> - -<p>Estos exaltados se dividían por su grado de -exaltación y por la clase social a que pertenecían: -los había elegantes y distinguidos y los había del -arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy -influyente era el Bacallanet, contratista que acababa -de construír una plaza de toros cerca de la Ciudadela. -Como lugartenientes del Bacallanet estaban -dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, -el hojalatero Garriga, el carpintero Xingola, -el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.</p> - -<p>También había en estos grupos de las últimas -capas sociales mujeres exaltadas, verduleras, la<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>vanderas -y algunas perdidas, todas a cuál más chillonas -y alborotadoras.</p> - -<p>Según me dijeron, las tres furias de la casa del -Negre, la Nas, la Escombra y el Mussol, habían -aparecido por la taberna de la Bomba.</p> - -<p>Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se -hacían salvas al ponerse el sol. Todos los días se -hablaba de que la Milicia urbana tenía que salir a -campaña, lo que, naturalmente, producía una gran -sensación en los pequeños comercios y en los talleres -donde trabajaban los milicianos nacionales.</p> - -<p>Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían -sus amigos y él; si estaban de acuerdo con -los que se reunían en casa de mi vecino Aviraneta; -pero me dijo que no, que ellos tenían otros -proyectos y otros ideales.</p> - -<p>El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio -frenético contra los carlistas, el recuerdo de los -atropellos del conde de España, la idea de que los -frailes seguían mandando en la ciudad y de que -los carlistas tenían en ella más influencia y más -poder que los liberales, les ponía a éstos en la -mayor desesperación.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="CIUDADELA" class="nobreak">XXI.<br /> -LA CIUDADELA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Una</span> tarde, después de comer, acompañé a -Elena y a María Rosa a la Ciudadela; al llegar -delante del rastrillo, el cabo de guardia nos -detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las -dejó pasar; a mí no me permitió la entrada.</p> - -<p>Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera -del rastrillo, que tenía a cada lado un gran pilar de -piedra, con una bola, también de piedra, como remate. -Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo -que Elena y María Rosa no aparecían, me asomé -al paseo de la Explanada. Había cerca de la muralla -un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo -mientras un chico daba vueltas a una rueda. -Me paré a mirarle, recordando a mi amigo el señor -Vicente, el tío Corda.</p> - -<p>El cordelero me preguntó si le necesitaba para -algo, y le dije que no, que me recordaba a un -amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span></p> - -<p>El hombre pareció agradecer la confianza, y, -hablándome en mal castellano, me explicó que en -aquella explanada había hacía poco tiempo una -horca muy fuerte, con una escalera de madera, -con su barandado, sin duda para que los reos pudieran -subirla con seguridad. En esta horca se colgaba -a la gente en serie.</p> - -<p>El había visto allí los hombres como racimos. -Los franceses habían ejecutado en aquel punto a -cinco patriotas catalanes, y el conde de España -no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino -que tenía la humorada de darles broma en vida y -de tirarles de los pies después de muertos.</p> - -<p>Unos meses antes, según me dijo el cordelero, -habían fusilado en aquel mismo sitio a Miguel Arques, -a quien llamaban el estudiante Murri, mozo -que durante el mando del conde de España fué -uno de los espías que denunciaban a los liberales.</p> - -<p>Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete -flaco y aguileño. Hablaba de una manera un tanto -desdeñosa. No había salido nunca de aquel rincón. -Allí trabajaba desde su infancia.</p> - -<p>El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió -el tabaco entre sus manos callosas, puso el papel -de fumar en el labio, lió el pitillo, lo encendió y -me dijo, mostrándome la fortaleza:</p> - -<p>—Dentro de unos días va a haber aquí sangre.</p> - -<p>—¿Cree usted?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span></p> - -<p>—Eso dicen.</p> - -<p>—¿Y a usted no le parece mal eso?</p> - -<p>El cordelero se encogió de hombros. Luego me -mostró las distintas dependencias de la Ciudadela: -los cuarteles, los almacenes y la torre de Santa -Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; -tenía en lo alto una torrecilla a modo de templete, -con un barandado con cuatro floreros. -Según me dijo el cordelero, en esta torre solían -encerrar a los presos políticos, y allí había estado -el general Lacy antes de ser enviado a Mallorca -para ser fusilado.</p> - -<p>Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo -en el rastrillo, y me despedí del cordelero para -acercarme a ellas. Elena y María Rosa venían abatidas; -por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi -tenían pocas esperanzas de ser libertados. En -la Ciudadela, entre los presos, corría la voz de -que el pueblo pensaba asaltar la prisión y degollarlos -a todos. Al parecer, el odio era grande -contra el coronel don Juan O'Donnell, uno de los -O'Donnell carlista que había sido hecho prisionero -en una escaramuza en Olot y que estaba -preso en la Ciudadela. O'Donnell era objeto de -las iras del pueblo, que quería sacrificarle en venganza -de los fusilamientos y crueldades que habían -cometido los carlistas...</p> - -<p>Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -general don Pedro María Pastors, gobernador de -la Ciudadela.</p> - -<p>Elena llevaba una carta para la señora del general, -doña Carmen de Foxá y Vadolato, hija del -barón de Foxá.</p> - -<p>El general nos recibió amablemente. Era el tal -militar un tipo raro, catalán, de Gerona, que hablaba -con un acento muy rudo. Este hombre me -pareció un extravagante de muy poco talento; de -gustos populares, llevaba, como algunos marineros, -un anillo en la oreja.</p> - -<p>El general Pastors nos dijo que había pedido al -segundo cabo, don Antonio María Alvarez, quien -mandaba la capital en ausencia de Mina, el que -permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros -carlistas odiados por el pueblo a un buque -de guerra de la marina inglesa; pero Alvarez se -había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese -en Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.</p> - -<p>La razón de la diligencia y del deseo de Pastors -de salvar a O'Donnell dependía de que era amigo -suyo y de que había hecho con el padre del preso -y con el preso la campaña de los absolutistas, -en 1823. Pastors mandó por entonces una brigada, -de la que eran comandantes Zumalacárregui, -el joven O'Donnell y el conde de Negri.</p> - -<p>Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -pedía la traslación de O'Donnell, no se la quiso -conceder. Lo extraño era que Pastors no lo comprendiese -y se devanase los sesos pensando qué -causa habría para la negativa.</p> - -<p>Elena y María Rosa se despidieron del gobernador -de la Ciudadela con muy pocas esperanzas.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="SUBE" class="nobreak">XXII.<br /> -LA MAREA QUE SUBE</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Hacia</span> fin de año apareció en los periódicos de -Barcelona un parte del general Mina, fechado -en San Lorenzo de Morunys. Decía que los -carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario -del Hort estrechados por las tropas de la -Reina, y que un prisionero, fugado la noche anterior -del santuario, había declarado que los carlistas -pasaban por las armas a los liberales que -tenían en su poder. Llevaban fusilados ya treinta -y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, -en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.</p> - -<p>Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a -Mina que por cada cañonazo que les disparase fusilarían -a un prisionero, y empezaron su represalia -sacrificando a cinco comandantes de nacionales -que tenían presos, arrojando sus cadáveres por -los barrancos del monte, en donde estaba el santuario.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p> - -<p>La noticia causó una gran indignación entre el -ejército y los paisanos; se decía que los carlistas -atropellaban las leyes de la guerra, y la indignación -era mayor en los soldados que guarnecían la -Ciudadela, pues éstos, en su mayor parte, pertenecían -al regimiento de Saboya, el cual había sido -el más castigado por los carlistas en el Santuario -del Hort. Se añadía que, antes de matarlos, los -carlistas atormentaban a sus prisioneros.</p> - -<p>Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron -exagerando al correr de boca en boca y avivaron -el furor de los liberales barceloneses. La rabia -contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía -frenética y desesperada.</p> - -<p>—Hay que acabar con los que nos asesinan—se -gritaba.</p> - -<p>—Es necesario hacer algo ejemplar.</p> - -<p>María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome -consejo, pero yo no sabía qué aconsejarlas.</p> - -<p>El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba -lloviendo. Barcelona tomó un aire de revuelta. En -las primeras horas, tambores tocando generala -pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. -Iban hacia la plaza de Palacio, donde la multitud -engrosaba por momentos. Marchaban las -patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.</p> - -<p>Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la -Lonja, se estaba construyendo un edificio grande<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span> -por un capitalista catalán, Xifré, enriquecido en -la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en -ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta -convertida en un barrizal.</p> - -<p>Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades -de la fortaleza en que se encontraban -prisioneros sus maridos.</p> - -<p>Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de -enero mas que un pequeño destacamento del regimiento -de Saboya, que no llegaba a ciento cincuenta -hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos -nacionales. Al mediodía del 4 se reforzó la -guardia con unos sesenta soldados, única fuerza -útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera -tenía armas.</p> - -<p>Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que -el pueblo intentaba asaltar la Ciudadela, y sabiendo -que se hallaba completamente desguarnecida, -salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el -gentío que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.</p> - -<p>Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza -de Palacio, era imponente; se decía que los oficiales -carlistas más comprometidos se habían fugado -de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con -los enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones -de la Milicia estaban dispuestos a dejar -hacer a los ciudadanos decididos para que estos -tomasen las represalias que quisieran.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span></p> - -<p>Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó -y comenzó a marchar hacia la Ciudadela. El -movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien -daba las órdenes, aunque no se sabía quién. -Los tambores tocaban generala. «¡Viva la Petita!»—gritaban -unos—. «¡Viva Cristina y vinga farina!»—decían -otros; y estos gritos se mezclaban con -los de la gente que vitoreaba a la Libertad y a la -República.</p> - -<p>Seguía lloviznando.</p> - -<p>Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, -con su gorro rojo en la cabeza, tocando un tambor. -Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo -empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia -la puerta de la muralla.</p> - -<p>Por dentro levantaron el puente levadizo. Los -amotinados vacilaron un instante. Entonces, un -grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y -por otros que hablaban catalán y que no se sabía -quiénes eran, fueron a la plaza de Palacio, cogieron -de las obras que allí se estaban haciendo dos -grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos -de la multitud.</p> - -<p>Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado -los fosos y los glacis de la Ciudadela, y pedían -a gritos que les entregasen los prisioneros -carlistas.</p> - -<p>Los directores del motín conferenciaron y deci<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>dieron, -sin duda, esperar a que entrara la noche -para dar el asalto.</p> - -<p>¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie -los conocía.</p> - -<p>La multitud se estrellaba contra los muros de -la Ciudadela como las olas de un mar turbulento; -pronto se hizo completamente de noche, y comenzaron -a brillar antorchas, que iban y venían de un -lado a otro en la explanada y en los fosos.</p> - -<p>Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando -se me acercó Elena. Me sorprendió, porque venía -vestida de hombre. Me dijo que estaba dispuesta -a salvar a su marido, de cualquier manera que -fuese.</p> - -<p>De pronto vimos una silueta iluminada por un -hacha de viento humeante en lo alto de la muralla, -y supimos que era el gobernador de la Ciudadela -que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron -que había preguntado a los sublevados qué es lo -que querían y que éstos habían contestado:</p> - -<p>—Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.</p> - -<p>El gobernador dijo que no tenía atribuciones -para entregar a los prisioneros, y que lo haría si -le mostraban una orden superior. Los amotinados -contestaron con terribles alaridos, exigiendo que -se les entregara a los presos inmediatamente. El -general se retiró de la muralla y volvió a aparecer -de nuevo, poco tiempo después, a la luz de una<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un -parlamentario y que, en unión de un coronel que -estaba entonces en la Ciudadela, fueran a visitar a -la primera autoridad militar de Barcelona.</p> - -<p>El Bacallanet y sus amigos discutieron entre -ellos; se oyeron frases contra el Gobernador; alguien -dijo que no había que hacer caso de sus palabras, -sino comenzar en seguida el asalto.</p> - -<p>El problema estaba en saber lo que haría la -guarnición; si ésta comenzaba a disparar era imposible -entrar en el castillo. El Bacallanet y los -suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.</p> - -<p>Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, -enfrente cada una de una tronera, y comenzó a -subir por ambas una fila de personas. El primero -que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba -una antorcha en la mano, iba harapiento, sin -gorro, con los pelos alborotados, la cara llena de -rabia y de cólera.</p> - -<p>Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; -luego, Ramón Secret, y poco después, Arnau.</p> - -<p>A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, -por las dos largas escaleras, filas de hombres -decididos e iracundos.</p> - -<p>Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría -con el gorro rojo sobre las greñas; algunos -pocos iban armados con sables y fusiles; dos o -tres llevaban el cuchillo entre los dientes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p> - -<p>Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. -De pronto se abrió el puente levadizo y -comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el -foso.</p> - -<p>Aquella puerta abierta de la muralla, un arco -negro iluminado por la luz de las antorchas, me -pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a -aparecer algún pantano fétido con algún sombrío -Caronte.</p> - -<p>Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron -adentro como una ola embravecida. Yo penetré, -empujado por la multitud, en aquellos dominios -del Orco. Era como una marea cenagosa que iba -subiendo e inundándolo todo.</p> - -<p>El general Pastors se presentó delante de la -desbordada muchedumbre intentando aplacarla; -quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta -apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados -del regimiento de Saboya se unieron con -los sublevados y les entregaron sus fusiles.</p> - -<p>—Hay que vengar a nuestros compañeros, -amigos y parientes asesinados por los carlistas. -¡A muerte los presos!</p> - -<p>Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se -vió a esta multitud de frenéticos y de sicarios -entrar en los cuarteles y en los calabozos. Arrebataron -al alcaide las llaves, forzaron a balazos las -puertas que no podían abrir, sacaron a los presos<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -y los fueron matando a tiros, a sablazos y a cuchilladas.</p> - -<p>La salvaje marea subía furiosa, golpeando a -derecha e izquierda y dejando por todas partes -huellas de sangre.</p> - -<p>Muchos de los presos se arrodillaban implorando -la misericordia de los amotinados: no -les valía. Uno que había sido sacado a empellones -de su encierro y vió aquella horrible carnicería, -alzó en sus brazos a un niño de pecho, -gritando:</p> - -<p>—Tened piedad de mi hijo.</p> - -<p>—Dámelo—gritó un hombre del pueblo; y -mientras éste lo cogía en sus brazos, otro atravesaba -el corazón del padre de una puñalada.</p> - -<p>Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a -los amotinados por un corredor, gritó con desesperación:</p> - -<p>—Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.</p> - -<p>Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; -pero los asaltantes la abrieron a tiros y a culatazos.</p> - -<p>O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados -le dispararon varios tiros y cayó al suelo. Vivo -aún, lo cogieron y por una ventana lo echaron al -foso. Como una manada de lobos feroces, la turba -se arrojó sobre aquel cadáver, le ataron una cuer<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>da -a los pies y lo llevaron arrastrando por el suelo -hacia el centro de la ciudad.</p> - -<p>Gran parte de la gente que andaba por los fosos -salió aullando, corriendo, detrás de aquel despojo -sangriento. La marea de sangre comenzaba a -bajar.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="FURINALIA" class="nobreak">XXIII.<br /> -FURINALIA</h2></div> - - -<p><span class="smcap">De</span> pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:</p> - -<p>—Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos -a mi marido.</p> - -<p>La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes -de pólvora en el que se habían refugiado -Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, ávidos -de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones -de la Ciudadela. Al final de un corredor del -almacén de pólvora en donde estaban Vidal y -Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros -dos oficiales y gritó, con su acento catalán duro y -violento, que antes que forzar la puerta hollarían -su cadáver, pues de entrar allí con las antorchas -podrían producir una explosión que sepultaría a -todos bajo las ruinas de la Ciudadela y de gran -parte de la ciudad.</p> - -<p>La energía de las palabras del general probó, -sin duda, a los sublevados que eran verídicas. Iban<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -a volver atrás cuando uno de ellos, señalando a -Moro y a Vidal, dijo:</p> - -<p>—Estos son presos carlistas.</p> - -<p>Elena gritó con voz aguda:</p> - -<p>—No; han entrado en la Ciudadela conmigo.</p> - -<p>—Es verdad—afirmé yo—; y acababa de decir -esto cuando aparecieron en el corredor la -Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, -las tres pálidas, con los ojos ardientes, una -de ellas armada con una hoz, y seguidas del Caragolet, -con un sable en la mano.</p> - -<p>Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de -la noche y de las profundidades del Averno.</p> - -<p>Las tres furias gritaron con energía que no era -cierto, que eran prisioneros carlistas. Pastors y los -oficiales nada dijeron a favor de los presos, e inmediatamente -los amotinados los sacaron al foso.</p> - -<p>—¡La <i>jettatura</i>! ¡La <i>jettatura</i>!—repitió varias -veces Moro-Rinaldi, pálido de terror.</p> - -<p>El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible -sablazo en la cabeza tumbó al italiano en el suelo; -las tres furias de la casa del Negre se echaron sobre -Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, -reabsorbidas en el caos de aquella -noche horrible.</p> - -<p>Elena dió un grito como si le hubieran herido -a ella, y cayó al suelo. Yo la levanté como pude. -Ella temblaba convulsivamente. No había nada<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir -de la Ciudadela.</p> - -<p>—¡Si pudiera usted recoger su cadáver!—me -dijo.</p> - -<p>No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, -que no sé de dónde la cogí, y a su luz veíamos en -el suelo charcos de sangre, cadáveres y restos humanos. -La lluvia había dejado el suelo lleno de -barro. Fuera aprensión o realidad, me pareció -que había un vaho espeso en la atmósfera y que -el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de -mujeres y de moribundos.</p> - -<p>Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. -Elena muchas veces se detenía y se echaba -a llorar; yo la agarraba por la cintura y la llevaba -casi arrastrando. Me temblaban las piernas y -todo el cuerpo; debía tener fiebre. Llegamos a la -fonda, subimos las escaleras, dejé a Elena en su -cuarto y salí a la calle.</p> - -<p>Me encontraba en un estado de exaltación tan -grande, que iba hablando solo; comprendía que -no podría dormir aquella noche, e instintivamente -eché a andar.</p> - -<p>Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente -que gritaba:</p> - -<p>—¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!</p> - -<p>Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba -por la Rambla a obscuras, cuando vi un<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span> -grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor de -una hoguera.</p> - -<p>—¿Qué hay, qué pasa?</p> - -<p>Había en el suelo un bulto informe y sangriento: -era la cabeza y los restos de O'Donnell, que -habían echado a las llamas.</p> - -<p>Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La -matanza había cesado, los amotinados habían -hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con -la paja de los jergones y con todas las tablas que -habían encontrado y estaban quemando los muertos. -Una terrible humareda salía de aquella fúnebre -pira.</p> - -<p>En esto, a la luz de una antorcha, encontré -a Jaime Vidal, que andaba buscando el cadáver de -su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret -habían matado a su hermano; yo le conté lo -ocurrido.</p> - -<p>Salimos a la plaza de Palacio y después a la -Rambla. Seguía habiendo grupos; oímos contar -que en las Atarazanas la tropa y la Milicia se negaron -a hacer fuego contra los amotinados, y -que penetró en la fortaleza una comisión que, -provista de linternas, registró los calabozos, sacando -a los presos carlistas de los escondrijos -donde se habían refugiado. Uno de ellos se había -metido en el tubo de una chimenea, y los sublevados -lo hicieron salir disparando sus pistolas<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de -la fortaleza e inmediatamente degollados por la -turba feroz.</p> - -<p>En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, -la misma escena, y en el Hospital Militar -ocurrió otra más horrible aún, pues tres infelices -heridos que se encontraban allí fueron arrancados -de sus camas y fusilados en la calle.</p> - -<p>En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando -la matanza; yo estaba asombrado de tanta -ferocidad. Así debían ser las matanzas de los almogávares -en los pueblos de Oriente.</p> - -<p>Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, -vi a un cura que iba a dar el viático rodeado -por cuatro hombres, con cirios, y me pareció -que todas las campanas de la ciudad tocaban a -vuelo.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="SIGUIENTE" class="nobreak">XXIV.<br /> -AL DÍA SIGUIENTE</h2></div> - - -<p>A las altas horas de la noche llegué a casa y me -metí en la cama. Apenas pude conciliar el -sueño, y me desperté a cada paso soñando con -que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo -esta impresión con otras impresiones lejanas. -Por la mañana me levanté y no quise salir de casa. -Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del -día 5 algunos nacionales, reunidos en la plaza del -Teatro, empezaron a difundir la alarma disparando -tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer, -ésta era la señal de un movimiento sedicioso. -Los directores debían ser de los que se reunían -en el primer piso de mi casa, porque durante la -tarde no apareció ninguno de ellos.</p> - -<p>Los grupos comenzaron a vitorear a la Consti<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>tución -e hicieron que se reunieran con ellos los -batallones de la milicia.</p> - -<p>A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron -otros, y al anochecer, el más numeroso, sostenido -por las fuerzas de la milicia, se presentó en -la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde -se leía escrito con letras grandes: «Viva la Constitución -de 1812».</p> - -<p>El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, -iluminado por dos grandes antorchas y custodiado -por dos centinelas.</p> - -<p>Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron -a recorrer las calles; la gente los vitoreaba -al paso.</p> - -<p>Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo -de la calle del Paraíso, y se temió que fueran a -continuar los horrores del día anterior.</p> - -<p>Debió de haber después gran confusión entre -los batallones de la Milicia nacional; unos, según -se dijo, eran partidarios de secundar el movimiento, -y otros no querían que la Constitución -saliera de un motín tan sangriento y tan turbio -como el del día anterior.</p> - -<p>El segundo general, don Antonio María Alvarez, -publicó dos bandos muy enérgicos, arengó a -las tropas, y por lo que se contó, uno de los batallones -de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, -se resistió a retirarse. El médico don Pedro Mata,<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span> -que era capitán de este último, consiguió convencer -a su gente y el movimiento fué sofocado.</p> - -<p>El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, -el conspirador madrileño, acababa de ser preso y -trasladado a un barco inglés que estaba surto en -el puerto.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="EPILOGO" class="nobreak">XXV.<br /> -EPÍLOGO</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Unos</span> días después fuí a ver a Elena y a María -Rosa; las dos estaban inconsolables. Elena -había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me -dijo que hablara a su padre para reconciliarse con -él. Arnau fué a la fonda de las Cuatro Naciones y -acogió a su hija con afecto. Se dispuso que Arnau, -Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.</p> - -<p>Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; -yo no sabía qué decirla.</p> - -<p>Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, -en el puerto. Yo llegué demasiado temprano -y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa -mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba -trabajando como en días anteriores; iba y venía -tranquilamente, con su manojo de estopa en la -cintura, y el chico daba vueltas al carretel.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p> - -<p>De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. -Volví hacia el puerto. Todavía era temprano. En -los Encantes vi que se vendían botones, galones -y armas que procedían, seguramente, del asalto de -la Ciudadela. Dos hombres, sin duda dos de los -asaltadores, mientras comían unas naranjas contaban -sus hazañas de la noche de la matanza.</p> - -<p>Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos -y llegamos a Tarragona. Yo recibí por aquel tiempo -carta de Málaga diciéndome que volviera, porque -nuestros asuntos habían mejorado de tal manera -que podíamos vivir allí cómodamente y sin -apuros.</p> - -<p>No tuve más remedio que volver. Un domingo, -a final de enero, fuí a despedirme de Arnau y -de su familia a la torre próxima al Hostal de la -Cadena.</p> - -<p>Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. -En los huertos, los almendros y los avellanos -se mostraban llenos de flor, y las naranjas brillaban, -doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en -el cenador del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, -María Rosa y yo. Sentíamos los tres que algo -había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad -inusitada.</p> - -<p>El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las -olas llegaban plácidas, perezosas, a la angosta -playa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, -cantaban con voz aguda:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">A las chicas de este pueblo</div> -<div class="line">las tengo que regalar</div> -<div class="line">unas tijeritas de oro</div> -<div class="line">para aprender a bordar.</div> -</div></div></div> - - -<p>Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo -el canto de las niñas y el rumor de las olas, hablando -de tarde en tarde maquinalmente, hasta -que me levanté, saludé con precipitación y me -marché. Se hacía de noche y tocaban los tambores -la retreta en los cuarteles...</p> - -<p>Al día siguiente era la marcha.</p> - -<p>Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron -escribirme.</p> - -<p>Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé -de nuevo en Málaga, en donde comencé a trabajar -en sociedad con mi hermano en el antiguo -escritorio de mi padre. Pronto llegamos a consolidar -nuestra casa comercial.</p> - -<p>Llevaba varios meses sin hacer caso de mi -gran poema la <i>Batalla de Lepanto</i>, cuando un día -lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y -me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. -Me pareció frío, hueco, sin vida. Pensé si podría -conservar algo de él, pero todo era igualmente -malo y decidí quemarlo. Comprendí que aque<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>llo -era lo mismo que romper con mi juventud; -pero no vacilé y eché el manuscrito al fuego.</p> - -<p>Un año después de mi partida de Tarragona, -Eulalia me escribió una carta dándome noticias.</p> - -<p>Un día que se hallaban en la torre de Arnau -éste y Secret sonaron dos tiros, y Arnau cayó -herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde -habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió -un tiro, y cayó muerto. El matador era Jaime, el -hermano de Pedro Vidal. Por lo que se supo después, -Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral -y se acercó al confesonario del canónigo -Roquebruna.</p> - -<p>—Don Guillermo.</p> - -<p>—¿Qué hay, hijo mío?</p> - -<p>—Acabo de matar a un hombre y de dejar a -otro malherido.</p> - -<p>—Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del -confesonario y cuenta lo que has hecho.</p> - -<p>El canónigo entró en el confesonario; Jaime se -arrodilló y contó lo que había pasado. Cuando -hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:</p> - -<p>—Sígueme muy de lejos y sin que te vea -nadie.</p> - -<p>Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, -uno tras otro; entraron en el Palacio del Arzobispo, -y se acercaron a una torre que tenía una lápida -sepulcral, con un auriga esculpido y una ins<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>cripción -en latín en la que se decía que el finado -hubiera preferido mejor morir en el circo que -de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que -daba a la terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo -dijo a Jaime:</p> - -<p>—Aquí estarás escondido una semana; luego -pasarás al campo carlista.</p> - -<p>Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio -Arzobispal, y después se marchó con las tropas -de Tristany, en las que ingresó como alférez.</p> - -<p>De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, -de viejo, había comenzado a ir a la iglesia; que -María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con -Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre -próxima al Hostal de la Cadena.</p> - -<p>Al acabar la guerra civil me volvió a escribir -Eulalia: me decía que había visto a Elena en Tarragona, -que tenía una niña y que estaba guapísima.</p> - -<p>Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, -y me aconsejaba que tuviera un arranque, -fuese a Tarragona y me casara con ella. Se -me ocurrió consultar el caso con mi hermana y -contarle la historia de Elena; mi hermana me disuadió; -me convenció de que una mujer así, tan -decidida, no me convenía. Después me arrepentí -de seguir su consejo.</p> - -<p class="i2 p2">Itzea, junio, 1921.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> - -<div class="chapter"> -<h2 id="TRAGEDIA" class="nobreak">LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA<br /> -<span class="medium">SEGÚN AVIRANETA</span></h2></div> - - -<p><span class="smcap">Había</span> leído el relato anterior a mi amigo don -Eugenio, y éste me dijo:</p> - -<p>—Esa historia que copiaste del Diario de ese -señor malagueño representa el lado público de la -tragedia de Barcelona; ahora te contaré yo el lado -privado; seguramente, menos novelesco y con menos -ringorrangos. No soy nada partidario de la -literatura en la Historia. A mí me gusta la relación -de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin -adornos.</p> - -<p>—A mí también. Lo malo es que no hay hechos -claros, ciertos y escuetos.</p> - -<p>—¿Cómo que no?</p> - -<p>—Naturalmente que no. Si los hechos fueran -tan claros en la Historia, usted no tendría motivo -para quejarse de haber sido juzgado injustamente.</p> - -<p>—Es que a mí se me ha tratado con una injus<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>ticia -deliberada. Entre los clericales y los farsantes -de la masonería me han hecho el vacío. Yo he -preferido no ser nada que no medrar apoyado -por miserables imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, -haría lo mismo.</p> - -<p>—Bien. Es que usted no tiene sentido social -alguno, y, además, sucede que esos hechos que -usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.</p> - -<p>—¿Esa es tu opinión?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No es la mía.</p> - -<p>—Bueno, no discutamos; siga usted con lo que -iba a decir.</p> - -<p>—Habrás leído mi folleto <i>Mina y los proscritos</i>.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No es la verdad completa, porque lo escribí -en la emigración, en Argel, y me hallaba verdaderamente -furioso.</p> - -<p>—¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, -según usted?</p> - -<p>—En mi folleto se advierte irritación y rabia; -pero los hechos hablan claros.</p> - - -<h3 class="right">EN ZARAGOZA</h3> - - -<p>El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, -escapado de la Cárcel de Corte, viviendo<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -pobremente en una casa de huéspedes de la calle -de San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado <i>Lo -que debería ser el Estatuto Real o derecho público -de los españoles</i>, en la imprenta de Ramón León.</p> - -<p>El publicar este folleto me atrajo la hostilidad -de los moderados y de gran parte del partido -liberal, que trabajaba con todo su poder para -ahogar la revolución, que muchos considerábamos -necesaria y que dirigíamos los de la Sociedad -Isabelina.</p> - -<p>Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el -más claro; consistía en restaurar la Constitución, -más o menos modificada, instalar un Gobierno -liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto -por medios políticos como por la fuerza militar.</p> - -<p>Reunir el patriotismo en un centro común, decía -yo en mi folleto; hacer al carlismo una guerra -de exterminio y trabajar incesantemente hasta -conseguir una verdadera representación nacional, -he ahí los constantes desvelos de los isabelinos.</p> - -<p>Mis planes—seguía diciendo después—nunca -se dirigieron al establecimiento de una república -en España. Republicano por principios, estoy plenamente -convencido de que los españoles, desgraciadamente, -no nos hallamos en estado de -abrazar el sistema de gobierno más barato y perfecto -que se conoce desde el origen de las sociedades.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p> - -<p>—¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo -más vulgar!</p> - -<p>—Hay que tener principios, y el utilitarismo ha -sido el principio capital de nuestra época. Sigo -adelante.</p> - -<p>Las ambiciones personales destrozaron nuestro -partido. Nosotros no creíamos que fueran indispensables -estas o las otras personas para la marcha -de las instituciones liberales. Entre nuestros -políticos no había grandes lumbreras, y pensábamos -que todos o casi todos se podían reemplazar. -Esto producía en la clase política, convertida -en oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos -que Argüelles, Toreno o Mendizábal eran insustituíbles? -Pues éramos anarquistas, perturbadores, -dignos del presidio.</p> - -<p>Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, -la traición en nuestras filas era frecuente. Muchos -de los individuos de las juntas isabelinas se -pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron -sus servicios al conde de Toreno.</p> - -<p>Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza -publicó un bando contra los forasteros que -habitaban la ciudad; y aunque indirectamente y sin -nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, -que los isabelinos todos comprendieron que se -trataba de expulsarme.</p> - -<p>En dicho bando se mandaba que los forasteros<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -que no tuviesen pasaporte, o que teniéndolo no -fuera legítimo, se presentasen en el Gobierno civil -o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté -ni salí de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos -se ofrecieron a sostenerme y a defenderme en el -caso de que se me quisiera expulsar de allí.</p> - - -<h3 class="right">«EL CONSABIDO»</h3> - -<p>Al comienzo del mes de septiembre, el ministro -de la Gobernación, don Ramón Gil de la Cuadra, -me escribió una carta pidiéndome que dirigiese -una circular a los socios de la Isabelina, a -fin de que cooperasen con todos sus esfuerzos a -favor de Mendizábal, el hombre de los milagros. -Lo hice así, y con la mejor intención movilicé -a mis amigos políticos de Madrid y de provincias.</p> - -<p>—¿Era usted todavía hombre influyente?</p> - -<p>—Sí, ya lo creo. Estaba en auge.</p> - -<p>A consecuencia de las comunicaciones que se -cambiaron entre el ministro y yo se estableció -una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de -la Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha -que debía de seguir el nuevo ministerio, y yo -le contesté dándole las soluciones que a mí se -me figuraban las más oportunas en aquel momen<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>to. -Gil de la Cuadra contestaba a mis cartas firmando: -<i>El Consabido</i>.</p> - -<p>Después de un mes o mes y medio de correspondencia, -Gil de la Cuadra me preguntó en una -carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo -le expliqué en qué situación me encontraba, y, al -poco tiempo, él me escribió diciéndome que, a -su parecer, lo que más me convenía era que el -Gobierno me diese una comisión activa que me -produjera un modo decente de vivir de mi trabajo, -y que más adelante, por medio de la influencia -de Mendizábal, me colocaran en un destino -fijo en el ejército.</p> - -<p>Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado -enviarme en comisión, y me contestó que a -Barcelona.</p> - -<p>Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; -según ellos, en Barcelona me esperaba el -fracaso; la ciudad condal tenía en política cierta -autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer, -probablemente, allí cosa de provecho.</p> - -<p>Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil -de la Cuadra, y éste me replicó enfadado diciéndome -que hacía mal en no ir a Barcelona, y que -allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor -provecho.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span></p> - - -<h3 class="right">MENDIZÁBAL</h3> - -<p>A mediados de octubre escribí a mi amigo don -Tomás de Alfaro, hermano político de Mendizábal, -rogándole hablase a éste para que me remitiera -un salvoconducto con el cual pudiese regresar -a Madrid.</p> - -<p>A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté -en la corte el mismo día de la apertura de -los Estamentos.</p> - -<p>Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez -de la Rosa trabajaban para que otra vez se -me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando -la existencia de un mandamiento de prisión dado -contra mí, a causa de mi fuga del mes de agosto; -pero Mendizábal se opuso y me libertó de -un nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez -Mendizábal a la calle de Atocha, 65, donde vivía, -y a la Presidencia.</p> - -<p>En las varias ocasiones que tuve de hablar -con el presidente del Consejo, éste me recibió -con gran atención, me auxilió en mi desgracia y -me quiso emplear de una manera honrosa y decente.</p> - -<p>Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas -seguramente cómo era: muy alto, con un<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo encontraba -aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya -que comenzaba a blanquear, y la levita, inglesa, -de corte irreprochable.</p> - -<p>—Una pregunta.</p> - -<p>—Venga.</p> - -<p>—¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba -Alvarez y Méndez, cambió de apellido y se -llamó Mendizábal?</p> - -<p>—Creo que el motivo principal fué borrar el -aire judaico que tenían, por entonces, entre los gaditanos, -sus apellidos, sobre todo el de Méndez. -Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba -de judía. Los Alvarez eran desconocidos; -todo el mundo tenía la tendencia de llamar a Mendizábal, -Méndez, y suponer que era judío, aunque -Mendizábal estaba bautizado, y sus padres también. -Alvarez Méndez, Méndez Alvarez... Esto último sonaba -a Mendizábal, apellido vasco, por lo -tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan -lo adoptó.</p> - -<p>—Es una versión lógica.</p> - -<p>—Mendizábal—siguió diciendo Aviraneta—hablaba -de una manera muy premiosa, que a veces -sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando -la revolución del año 20, pero él ya no se acordaba -de mí.</p> - -<p>Me preguntó qué quería; le expliqué que mi<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -causa del 24 de julio estaba todavía abierta, y que -a consecuencia de ella no podía ser reintegrado en -mi destino de Comisario de Guerra. Me habían -aconsejado que presentase en el ministerio una solicitud -pidiendo que aquella causa fuese comprendida -en el Real decreto de 25 de noviembre, -y que, en su consecuencia, se sobreseyese.</p> - -<p>A Mendizábal le pareció bien que siguiera este -procedimiento, y me aseguró que sobreseería la -causa.</p> - -<p>Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él -para que me ocupase en lo que me creyera más -útil a la patria, y el ministro me manifestó el estado -crítico de Cataluña, las intrigas que allí se -desarrollaban, atizadas por los carlistas y por los -extranjeros, y lo conveniente que sería el que yo -pasara al lado del general Mina para desentrañar -aquellas maquinaciones y auxiliar al general.</p> - -<p>—¿Está usted en buenas relaciones con Mina?—me -preguntó Mendizábal.</p> - -<p>—Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo -de queja contra él, y creo que a él le debe pasar -lo mismo con relación a mí.</p> - -<p>—Mina hace un gran papel en Cataluña—añadió -don Juan—; es muy querido por los liberales -del país, pero no tiene flexibilidad alguna; cree -que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, -y en esto se engaña. Sería por eso conve<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>niente -que un hombre diplomático y de espíritu -flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.</p> - -<p>—Pues, nada, iré a Barcelona.</p> - -<p>—Bien. Yo le daré a usted una carta.</p> - -<p>La carta que me dió Mendizábal decía así:</p> - - - - -<p class="p2 i2">«Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.</p> - -<p class="i2">»Madrid, 30 noviembre de 1835.</p> - -<p class="i2">»Mi querido general: Por los beneficios que deben -resultar a la justa causa y por el concepto -que me merece el dador de ésta, el señor de Aviraneta, -suplico a usted le considere como persona -de confianza; de la buena inteligencia y acuerdo -de ustedes no dudo resultarán motivos de satisfacción -para todos, y en esta creencia preveo -igualmente que accederá usted a mis deseos.</p> - -<p class="i2">»Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa -su mano,</p> - - - -<p class="p2 right">»<i>J. A. y Mendizábal</i>».</p> - - -<p class="p2">Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil -de la Cuadra. Ni en el ministerio ni en su casa -pude encontrarle.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p> - - -<h3 class="right">DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA</h3> - -<p>Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de -Valmaseda; había viajado por América, Filipinas -y la India inglesa; era aficionado a las matemáticas -y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia -y era muy enemigo de la gente joven y activa.</p> - -<p>Durante los años de la emigración, en Londres, -después de 1823, se hizo tan íntimo de Mina, que -se le consideraba como su mentor. Le escribía los -planes de las conspiraciones y los proyectos futuros -de los futuros gobiernos liberales.</p> - -<p>Se tenía de él un gran concepto, y formaba con -Argüelles, Calatrava, Ferrer, Gamboa, etc., un grupo -de doceañistas, al que algunos llamaban el de -los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. -Don Ramón era serio y reservado, tenía mucho -prestigio, y excepto Alcalá Galiano, que le odiaba, -los demás le consideraban como un gran hombre.</p> - -<p>La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra -renovó mis sospechas de Zaragoza, que se aumentaron -aún con los datos que me dieron algunos -amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba -mal de mí; que me pintaba como un intrigante y -como un alborotador, y que decía que sería conveniente -que me expulsaran de España.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p> - - -<h3 class="right">LOS DOCTRINARIOS</h3> - -<p>—Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo -particular?—le pregunté yo a don Eugenio.</p> - -<p>—No, que yo sepa; todos estos políticos viejos -eran doctrinarios, gentes de principios cerrados, -ordenancistas; ellos, como los médicos de Molière, -preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir -los preceptos de Hipócrates. Comprendían, -claro es, que en tiempo de revoluciones y de revueltas -no se puede marchar siguiendo la ley al -pie de la letra; pero en vez de confesarlo así y -obrar en consecuencia, tomando el mejor camino -por intuición, buscaban sutilezas y argucias para -dar a la arbitrariedad una apariencia legal.</p> - -<p>Por otra parte, estos viejos mandarines eran -masones de los que creían en la parte mística de -la secta, o por lo menos la respetaban, y me consideraban -a mí como un hereje porque yo siempre -había mirado las cuestiones simbólicas de -la masonería como verdaderas mamarrachadas indignas -de ser tomadas en serio. Además, estos -doctrinarios creían que sin intervenir ellos no se -podía hacer nada, y tenían una suficiencia y una -vanidad completamente morbosa. Todos los que -no estaban con ellos, los que no les adulaban y no<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -les jaleaban eran sus enemigos. En su grupo, los -diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, -semidioses; el que completaba el prestigio habiendo -estado en la emigración en Londres podía -considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno -de estos requisitos no valía nada; yo no tenía -ninguno de ellos, razón por la cual no se me -consideraba persona grata. Por otra parte, mis -opiniones políticas audaces habían irritado de tal -manera a Gil de la Cuadra, a Calatrava y a sus -amigos, que desde entonces me tomaron un odio -terrible y no me perdonaron.</p> - - -<h3 class="right">DESCONFIANZA</h3> - -<p>Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal -si es que el Gobierno quería desprenderse -de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era capaz -de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba -que no fuera a Barcelona. Ante esta afirmación -me decidí; no tenía otro remedio.</p> - -<p>La víspera de mi salida de la corte encontré, -cerca de la Casa de Correos, a Gil de la Cuadra, a -quien manifesté claramente mi desconfianza. Don -Ramón, después de excusarse de no haberme recibido, -por haber estado muy enfermo y muy -atareado, me indicó que en aquel momento aca<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>baba -de echar una carta para el general Mina, avisándole -que yo llegaría al final de mes, comunicándole -la comisión que llevaba a Barcelona y -recomendándome eficazmente.</p> - -<p>El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; -esperé allí quince días la llegada del <i>Balear</i>, -un vapor con la tripulación catalana, y el 24 del -mismo mes me embarqué para Barcelona.</p> - -<h3 class="right">EN VALENCIA</h3> - -<p>En los quince días que estuve en Valencia me -dediqué a leer periódicos y a enterarme de los -asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre -ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca -de la asonada, seguida del incendio de los conventos, -de la ciudad condal. Estas lecturas me hicieron -pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de -una gran conmoción popular como en tiempo del -Corpus de sangre. Me figuraba la ciudad catalana -un Nápoles de la época de Masanielo.</p> - -<p>Como tenía una idea muy vaga de la acción de -este personaje, pedí algún libro acerca de él en la -librería de Cabrerizo, y me dieron uno de un autor -francés, Defaucompret, titulado <i>Masanielo u ocho -días en Nápoles</i>, que era una novela. Busqué<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -otros libros sobre el héroe napolitano, pero no encontré -mas que éste.</p> - -<p>Supuse, más o menos por inducción, que un -pueblo como Barcelona, en aquellas circunstancias, -estaba abocado a tener un jefe revolucionario -y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever -la carencia de hombres de inteligencia y de -arranque que había en esta época en la capital del -principado.</p> - - -<h3 class="right">BARCELONA</h3> - -<p>—¿Existía de veras tanta inferioridad?</p> - -<p>—Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; -todo lo que sobresalía no pasaba de la más -absoluta mediocridad; los que querían erigirse en -caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y -sin abnegación.</p> - -<p>Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; -me esperaban en el muelle dos individuos de la -Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo asistente, -el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa -de la calle de la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla -de Montserrat, donde quedé hospedado.</p> - -<p>Al día siguiente me presenté en la Capitanía -General a saludar a doña Juanita, la señora de -Mina. Después de ofrecerle mis respetos le pre<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>gunté -si no había recibido su esposo una comunicación -de Gil de la Cuadra anunciándole mi llegada. -Doña Juanita me dijo que no lo sabía; su -marido había salido para la campaña y no le había -dicho nada. Esto me dió muy mala espina.</p> - -<p>Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué -a observar la política barcelonesa. Esta -política era reflejo de la española, aunque más enconada -y personalista.</p> - - -<h3 class="right">POLÍTICOS BARCELONESES</h3> - -<p>Había por entonces en Barcelona muchos partidarios -de Don Carlos, muchos reaccionarios y -absolutistas de buena fe.</p> - -<p>Entre los liberales la confusión era grande, y -los diversos grupos se miraban, en su mayoría, -con hostilidad. Primeramente había un grupo de -moderados, partidarios del justo medio, ricos, -que formaban una plutocracia conservadora que -buscaba la manera de desarrollar grandes negocios. -Parte de estos plutócratas eran masones, -amigos del banquero Remisa, y estaban en muy -buenas relaciones con el general Llauder, en quien -tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo -miraba a Llauder como un traidor y le había dado -el sobrenombre de «Meteoro».</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p> - -<p>Después venían los exaltados, entre los cuales -los había de varias clases; unos eran localistas y -no querían ocuparse mas que de lo que ocurría en -Cataluña; otros, nacionales.</p> - -<p>Los localistas rechazaban la colaboración de los -liberales de Madrid y del resto de España, y llevaban -una política suya exclusivamente catalana.</p> - -<p>Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado -una confederación liberal que abarcaba las -cuatro provincias y que tenía un carácter marcadamente -regionalista.</p> - -<p>El gran defecto de esta confederación era el -ser neutra y poco activa y el no llegar a tener -fuerza mas que en algunos pueblos de la región -próximos a Barcelona.</p> - -<p>Entre los liberales nacionales había algunos de -tendencias moderadas, y otros más progresistas; -estos últimos se podían clasificar en dos grupos: -los isabelinos, que defendían la idea liberal sin -considerarla adscrita a un hombre, y los partidarios -acérrimos de Mendizábal, que no querían ver -nada posible en política sin su jefe.</p> - -<p>Había también algunos republicanos y restos de -la Sociedad Carbonaria, sociedad que había fundado -en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en 1822, -venido de Nápoles.</p> - -<p>De estos carbonarios, la mayoría eran militares -italianos y polacos, y en ellos se daba la tendencia -<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -de convertir los asuntos nacionales y locales en -cuestiones de índole internacional.</p> - -<p>A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié -con las personas importantes del partido liberal. -Con quienes me vi con más frecuencia fué -con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos -otros.</p> - -<p>Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía -entonces las veces de director en el periódico <i>El -Vapor Catalán</i>. Madoz tenía relaciones con Mina, -el cual le había empleado y dado varias comisiones -lucrativas; era masón, y en esta época se sentía -completamente catalán, y con Gironella, Llinás -y otros había formado la confederación liberal de -que te he hablado.</p> - -<p>Gironella, el comandante de la Guardia nacional, -era hombre rico, un tanto fatuo y adorador de -cuanto diera popularidad. Tenía una casa importante -y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella -era enemigo de Bertrán Soler, y me manifestó que -con Bertrán él no colaboraba. Le pregunté si había -alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas -que rencillas de pueblo.</p> - -<p>Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y -abogado, había publicado varios folletos y libros; -ponía cuando firmaba debajo de su nombre, como -un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante, -aunque sincero y buena persona. Una de -<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -sus obras se titulaba <i>España, libre por esencia, -oprimida por los tiranos</i>.</p> - -<h3 class="right">XAUDARÓ</h3> - -<p>Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre -joven, elegante, de bigote pequeño y sotabarba; -formaba parte de un club que se titulaba «Unitario», -que al parecer quería reunir a los liberales de -todos los matices; pero en este club mandaban los -moderados, los masones y principalmente los plutócratas -barceloneses. Xaudaró era hombre de -dos caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero -de todas partes.</p> - -<p>—¿Cómo?—interrumpí yo—; yo he visto el retrato -de Xaudaró en una estampa titulada: «Víctimas -de la causa popular», al lado de Bravo, Maldonado, -Padilla, Porlier, etc.</p> - -<p>—¡Bah! así se escribe la Historia.—replicó Aviraneta.</p> - -<p>—Ya estamos otra vez en el problema de los -hechos.</p> - -<p>—Xaudaró—dijo Aviraneta, que no quiso contestar -a mi alusión—había sido confidente de -Llauder, y antes, en tiempo del conde de España, -del subdelegado de policía de aquella época, don -José Víctor de Oñate. En la causa que se siguió a<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -los masones en Barcelona, un tal Lucas Martínez -denunció a Xaudaró como confidente de la policía. -Decididos los isabelinos, según me dijo Bertrán -Soler, a averiguar lo que podía haber de cierto en -esto, supieron que el dueño de una casa de baños -de Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor -Mazlat, tenía listas, papeles y documentos de Xaudaró -por los cuales se podía colegir que éste había -sido un agente provocador que incitaba a los liberales -a entrar en España en la época absolutista -y los denunciaba después a la policía.</p> - -<p>Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos -papeles. El francés de Bourg-Madame no tuvo inconveniente -en mostrárselos, pero no se los quiso -entregar.</p> - -<p>La redacción del <i>Vapor Catalán</i> tenía en Xaudaró -un gran agente de negocios; éste hacía campañas -para sacar dinero, aspiraba a ser un dictador -de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la -plutocracia y en la gente maleante.</p> - -<p>Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez -de dinero.</p> - -<p>Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, -hombre perseverante, violento y al mismo tiempo -muy zorro, que tenía grandes ambiciones.</p> - -<p>El escribano Francisco Raull, con quien hablé un -par de veces, había publicado la historia de la conmoción -de Barcelona en la noche del 25 al 26 de -<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante -que escribía dando más importancia a la palabrería -que a los hechos.</p> - - -<h3 class="right">LOS JÓVENES</h3> - -<p>Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y -de ideas muy avanzadas. Los que más se destacaban -eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía -mucha fama y era capitán del batallón de La -Blusa; Laureano Figuerola, que era de este mismo -batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de -Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta -de la escenografía del triángulo y de la escuadra, -tipo pequeño, barbudo y un poco ridículo, que -luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio -Sué, <i>María o la hija de un jornalero</i>, y Abdón -Terradas, autor también de una novela bastante -mediocre titulada <i>La explanada</i>, con escenas -barcelonesas de la época del mando del conde de -España. Este Terradas fué uno de los precursores -del republicanismo y del regionalismo catalán.</p> - -<p>Casi todos los jóvenes liberales barceloneses -eran entonces medio republicanos, medio carbonarios; -muchos de ellos habían colaborado en el -<i>Propagador de la libertad</i>, en donde se insertaban -artículos obscuros del iluminado Adolfo Boheman;<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -otros habían publicado algo en <i>El Regenerador</i>, -de Bertrán Soler, semanario enciclopédico, constitucional -y españolista.</p> - -<p>Carlistas y liberales, exaltados y moderados, -isabelinos y mendizabalistas, regionalistas y patriotas -se odiaban todos con idéntica furia, y el más -violento rencor reinaba en la sociedad barcelonesa.</p> - - -<h3 class="right">UN CONFIDENTE</h3> - -<p>Una de las cosas que me preocupaba y que comencé -a trabajar con los isabelinos fué el modo -de encontrar confidentes que nos pusieran al tanto -de las maquinaciones de los carlistas y de los -que les ayudaban en el extranjero.</p> - -<p>Bertrán Soler se dirigió a un redactor del <i>Vapor -Catalán</i>, un pobre hombre que había estado empleado -en la policía, y éste nos dirigió a un militar -retirado, que vivía en una casa de huéspedes -de la calle de la Boquería, llamado Ribot.</p> - -<p>—Si no le encuentran ustedes a él, que será lo -más probable—nos dijo el periodista—, hablen -ustedes a su patrona.</p> - -<p>Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la -compañía de Bertrán Soler, porque éste era capaz -de echar un discurso altisonante, demostrando<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -con sus grandes frases que era necesario trabajar -por la patria y por la Libertad con desinterés y -con abnegación.</p> - -<p>No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su -patrona, como me había recomendado el redactor -del <i>Vapor Catalán</i>.</p> - -<p>Era ésta una mujer de historia, una lagarta de -muchas conchas, llamada doña Enriqueta. Nos entendimos -fácilmente, porque al momento hablé -yo de dinero.</p> - -<p>Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot -era, efectivamente, individuo de una Junta carlista -que celebraba sus reuniones casi a diario en -Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. -Añadió que a ella no le comunicaba nada de -cuanto ocurría en esa Junta; yo le indiqué que era -enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos -largo rato y quedamos de acuerdo en que -ella sonsacaría al huésped y me daría informes de -lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los -datos que le iría comunicando yo de lo que se -acordase en la Isabelina.</p> - -<p>Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, -y ella, cumpliendo su palabra, me envió -informes a casa de mucha importancia.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span></p> - - -<h3 class="right">MIS PLANES</h3> - -<p>El día 28 de diciembre volví a presentarme a la -señora del general Mina, doña Juanita Vega, a -quien entregué una carta para su marido, que estaba -en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, -anunciándole mi llegada y la misión que -traía del Ministerio Mendizábal.</p> - -<p>El general Mina no se dignó contestar a mi carta. -Luego supe que don Ramón Gil de la Cuadra -me había indispuesto con él. Le había dado malos -informes de mí, diciéndole entre otras cosas que -yo afirmaba a todas horas, y era verdad, que los -militares españoles no podrían acabar la guerra, y -que ésta no se terminaría mas que por una acción -política y diplomática.</p> - -<p>—Era, seguramente, una imprudencia de usted -el afirmar esto—le dije yo a don Eugenio.</p> - -<p>—Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero -a mí me parecía la verdad. Desde Barcelona dirigí -dos comunicaciones al presidente del Consejo -de Ministros anunciándole que había conseguido -dar con el foco de la insurrección carlista catalana -y de la intriga extranjera, y que tenía metida -en su Junta una persona de confianza que me pondría -al corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba -despachar comisionados a Perpiñán, Marse<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>lla -y Génova, para que, puestos en contacto con -los cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen -todos sus planes.</p> - -<p>Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más -pronto posible, y le decía que esperaba el regreso -del general Mina para formar, de acuerdo con él, -un plan político que desorganizara las huestes carlistas -de Cataluña.</p> - -<p>Bertrán Soler me dijo que hacía una semana, -próximamente, había recibido un correo extraordinario -de París avisando la salida de un coronel -y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de -sus correspondientes filiaciones y del objeto de su -viaje, que era el fomentar un levantamiento carlista -en Barcelona.</p> - -<p>Bertrán Soler puso el pliego en manos del general -Mina, y, a consecuencia de este aviso, fueron -presos en la fonda de las Cuatro Naciones el coronel, -varios italianos y dos o tres catalanes que -estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que -cayeron bajo el puñal homicida en los fosos de -la Ciudadela.</p> - - -<h3 class="right">PABLO ORSINI</h3> - -<p>Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones -de sus paisanos absolutistas era un -antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por enton<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>ces -pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido -por encargo de su Sociedad a estudiar lo que -pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado de -todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que -no hiciera gran caso de los delegados de las sociedades -secretas de Barcelona, porque éstas no tenían -realidad alguna.</p> - -<p>A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores -Escoceses, de los Templarios Sublimes y -de la Asociación de los Derechos del Hombre con -proyectos irrealizables y ridículos.</p> - -<p>Según decían, se iba a intentar con su concurso -una revolución republicana; se quemaría la efigie -del Papa y vendría a ponerse a la cabeza del movimiento -Juan Van Halen, desde Bélgica.</p> - -<p>Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento -de la Constitución era ya muy poca cosa.</p> - -<p>La confusión en que se encontraba Barcelona, -unida a la más absoluta mediocridad y a la mentalidad -pequeña y provinciana, hacía que, a pesar -del deseo de muchos, fuera imposible que de allí -saliera algo claro y fuerte. Unos proyectos estorbaban -a otros, e iban entrelazándose y confundiéndose -los manejos de un complot local de venganza, -con nuestras aspiraciones para la restauración -de la Constitución y las vagas maniobras de -los internacionalistas.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p> - - -<h3 class="right">POCA SUERTE</h3> - -<p>—¡Qué poca suerte, don Eugenio!—le interrumpí -yo—. No haber podido nunca mandar en capitán. -Siempre ha sido usted un piloto interino.</p> - -<p>—Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones -para mandar!</p> - -<p>—¿Qué hubiera usted sido de contar alguna -vez con una ocasión propicia?</p> - -<p>—No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay -que soñar.</p> - -<p>—Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos.</p> - -<p>—Eso es, hechos y sólo hechos.</p> - - -<h3 class="right">EL PLAN SANGUINARIO</h3> - -<p>Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona -se fraguaban, como te he dicho, al mismo tiempo -varios complots.</p> - -<p>Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios -y católicos que yo llevaba orden del Gran -Oriente Masónico de matar a los prisioneros carlistas -de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? -¿Qué podía ganar yo o los isabelinos con estas -muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; pero -a estas gentes, para las cuales mentir es un peca<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>do -venial cuando se miente haciendo reservas -mentales, el faltar a la verdad no les cuesta ningún -trabajo.</p> - -<p>En esta época era yo una persona muy poco -grata a la masonería. Todos los conspicuos de ella -me miraban como un rebelde.</p> - -<p>La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona -era algo que se veía venir desde hacía tiempo. -Ya, meses antes, los generales Llauder y Bassa -habían querido reconcentrar tropas en Barcelona -para impedir las venganzas de los exaltados.</p> - -<p>Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo -la política suya, dejó desguarnecida la -ciudad, entregándola a los furiosos.</p> - -<p>Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron -en el abandono de Barcelona una posibilidad de -apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con -el general segundo cabo don Antonio María Alvarez -y con don José Feliú de la Peña, teniente -coronel y secretario de la Capitanía General.</p> - - -<h3 class="right">ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA</h3> - -<p>Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, -atravesado, desprovisto de sentido moral. -Tenía ese espíritu rencoroso tan frecuente en los<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span> -americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los -españoles reaccionarios porque le parecían, y era -natural que le pareciesen, los más españoles entre -los españoles. Para Alvarez todos los españoles -eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café -de la Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando -contra la reacción y contra los carlistas. Alvarez -se dejaba guiar por los elementos populares que -querían la venganza a toda costa y hacer una San -Bartolomé con los carlistas. Le secundaba en sus -violencias el brigadier Ayerve, aragonés de Huesca, -progresista, ordinario e inculto, que hablaba -muy en bárbaro.</p> - -<p>Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel -don José Feliú de la Peña, que era secretario de -la Capitanía General. Feliú de la Peña tenía el carácter -de esos hombres turbios que aparecen en -períodos mixtos de absolutismo y de anarquía. -Había sido fiscal en los tiempos de la comisión -militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder -para la secretaría de policía de Cataluña, y después -había entrado en la Capitanía General. Feliú, -el Tuerto, como le llamaban, era intrigante, -atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con -los suministros militares, como antes los había -hecho explotando las casas de juego.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p> - -<h3 class="right">CONSEJOS DE MINA</h3> - -<p>Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, -del cual eran directores algunos plutócratas -barceloneses. A su vez, Feliú de la Peña llevó a -Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. -El general y el ex confidente hablaron largo rato. -Mina desconfiaba de algunos elementos liberales -de Barcelona, sobre todo de los isabelinos; -creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia -en proclamar la Constitución iba a ser perjudicial -para la causa. Sabía que llegaba yo en calidad de -consejero político enviado por Mendizábal, y esto, -al parecer, le había ofendido profundamente.</p> - -<p>Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del -Club Unitario no se fundiera para nada con los -isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin -duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de -dividir para reinar. Xaudaró y los que le seguían -aspiraban a una dictadura de Barcelona sobre las -provincias catalanas libre del Poder central. Mina -pretendía lo mismo, pretendía ser un dictador en -Barcelona y que nadie se moviese sin que él diera -su vistobueno.</p> - -<p>La recomendación de Mina influyó en los que -formaban la junta constituída por Madoz, Llinás, -Gironella y otros; y al querer entrar nosotros en<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -negociaciones con ellos dijeron que no consideraban -prudente en aquellos momentos la proclamación -de la Constitución de 1812.</p> - -<p>Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú -de la Peña, a Xaudaró, a don Pedro Gil, capitalista -muy amigo del general, y a don Pascual Madoz. -Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, -se echó atrás y tomó una actitud completamente -ambigua.</p> - - -<h3 class="right">LA TORMENTA SE ACERCA</h3> - -<p>A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, -que se consideraba como una manifestación -del poder absoluto de los exaltados, iba cundiendo -en el pueblo, y se veía que no le faltaba para -realizarse mas que una ocasión favorable. Al mismo -tiempo había carlistas frenéticos deseosos de -que la situación se hiciera más tirante que veían -casi con gusto la perspectiva de una matanza de -correligionarios en Barcelona, y mendizabalistas -entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese -algaradas populares, para que así Mendizábal, que -había prometido la paz en seis meses, si no se turbaba -el orden y todos le ayudaban, tuviera un -pretexto para sincerarse y seguir en el Poder.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span> -Varias veces el general Pastors, gobernador de -la Ciudadela, había enviado peticiones a Alvarez, -que mandaba la capital en ausencia de Mina, para -que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas -presos señalados para ser víctimas de la venganza -popular a otra ciudad o a un barco de guerra; -pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña -accedían.</p> - -<p>—Que se revienten—decía Alvarez, riendo—; -que se hagan la pascua—y se alegraba de los temores -de Pastors.</p> - -<p>Este, que era un pobre hombre bruto, pero de -buen fondo, quería salvar, sobre todo, a su amigo -O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban -lo que pedía.</p> - - -<h3 class="right">UN AVISO</h3> - -<p>El día 3 de enero, por la noche, se presentó en -mi casa un hombre desconocido; me preguntó si -estaba solo; le contesté que sí, e inmediatamente -me dijo:</p> - -<p>—Vengo a advertirle a usted que mañana serán -ejecutados los prisioneros carlistas de la Ciudadela.</p> - -<p>—¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted -esta noticia?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p> - -<p>—No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted -saber que el hecho es cierto; mañana lo podrá -comprobar.</p> - -<p>Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no -conseguí nada; me repitió que me comunicaba la -noticia para que tomara mis medidas, y se -marchó.</p> - -<p>Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, -me puse las botas, tomé la capa y el sombrero -y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo -las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había -desaparecido.</p> - -<p>Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme -aquella noticia; pensé si sería mi confidente -carlista o alguno del Club Unitario, pero no -pude deducir nada.</p> - - -<h3 class="right">EL DÍA 4 DE ENERO</h3> - -<p>Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido -se había realizado. Por la tarde, al anochecer, -la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba la -matanza.</p> - -<p>A esta hora me presenté en la Capitanía General -a ofrecer mis servicios a la esposa de Mina y -al general Alvarez.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted el trance en que nos -vemos?—me preguntó doña Juanita.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -—Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. -No son los liberales los que lo dirigen.</p> - -<p>—Cree usted que no.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues, ¿quién, entonces?</p> - -<p>—No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona -para saberlo. La autoridad tiene también culpa -en ello.</p> - -<p>—¡La autoridad!</p> - -<p>—Sí. Es indudable que el general Pastors ha -pedido repetidas veces que trasladasen a O'Donnell -y a los prisioneros carlistas más significados -a otra parte, y el general Alvarez no ha querido -consentir.</p> - -<p>—¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran -personas de calidad? ¡Qué hubiera dicho la gente!</p> - -<p>Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del -Palacio los tiros que sonaban en la Ciudadela.</p> - -<p>Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. -Me contó lo que había ocurrido y estaba ocurriendo -en la junta que se celebraba en Palacio, -con asistencia de los comandantes de la Guardia -nacional. Estos, tomando la palabra, dijeron con -claridad que ellos estaban identificados con los -sentimientos del pueblo, y que creían justas las -represalias contra los prisioneros de la Ciudadela -por las matanzas hechas por los carlistas en Balaguer -y en el Santuario del Hort.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p> - -<p>La señora de Mina rogó varias veces al general -Alvarez que se consignase la opinión expresada -por los comandantes de los batallones en el acta -de la reunión. A las nueve de la noche, después -de la matanza, se presentaron varios pelotones de -nacionales en la puerta de la Ciudadela; llamaron, -mandó abrir Pastors y entraron, batiendo marcha, -hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le -preguntó Pastors violentamente.</p> - -<p>—¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?</p> - -<p>—Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o -no ejecutados los malvados prisioneros carlistas -que se hallaban aquí.</p> - -<p>Una hora después, el segundo batallón de nacionales, -con su coronel a la cabeza, llegó también -a la Ciudadela; y convencidos todos de que las ejecuciones -se habían verificado, quedó la mitad -en el puente de piedra y el resto entró en la plaza, -cooperando con algunos lanceros y con la tropa -a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió -muy entrada la noche, cerca de las once.</p> - -<p>Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors -a Palacio, completamente desolado, a participar -a Alvarez lo ocurrido, y lo halló muy sonriente -rodeado de las autoridades y jefes de los batallones -de línea y de la Guardia nacional.</p> - -<p>Discutían todos el modo de contener los excesos, -no terminados aún, puesto que según se dijo<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span> -las matanzas seguían en las Atarazanas, en la torre -de Canaletas y en el Hospital.</p> - -<p>Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, -el brigadier Ayerve, puesto al servicio de -los sublevados, fué llamando a los presos por sus -nombres y entregándolos a las turbas para que los -matasen.</p> - -<p>Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte -la satisfacción que le habían producido las matanzas.</p> - -<p>Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez -tuvieron una entrevista con las autoridades militares -y civiles de Barcelona, y preguntaron a todos -con energía si se hallaban o no resueltos a impedir -la continuación de estos sangrientos desórdenes. -Dijeron todos que sí, y los comandantes de -la Guardia nacional aseguraron que se contendrían -los excesos, e insistieron en que si se había dejado -que fuesen fusilados los prisioneros facciosos era -por ser esta la voluntad general.</p> - - -<h3 class="right">LOS ISABELINOS</h3> - -<p>Después de las doce de la noche marché yo de -la Capitanía general a mi casa, y tuvimos allí los -isabelinos una reunión. Se discutió lo que había -que hacer el día siguiente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p> - -<p>Había algunos que decían que debíamos habernos -apoderado de la Ciudadela, cosa fácil durante -el tumulto; otros creían que de aquel motín sangriento -no debía salir la proclamación de la Constitución. -Yo era partidario de esperar, de dejar un -espacio de una semana o dos para que la proclamación -de la Constitución no pareciese una segunda -parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, -por último, quedamos de acuerdo en que al día siguiente -se pronunciasen los batallones de la Milicia.</p> - -<p>El capitán del batallón de La Blusa don Pedro -Mata nos dijo que había unanimidad entre los milicianos, -y que todos querían que se proclamase -la Constitución cuanto antes.</p> - -<p>Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta -muy entrada la mañana; al día siguiente supe que -grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la Milicia, -aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron -un gran letrero, custodiados por dos centinelas, -en el pórtico de la Lonja.</p> - - -<h3 class="right">EL DÍA 5</h3> - -<p>Para despistar, me presenté después de comer -en Palacio, ante el general Alvarez, y le encontré -rodeado de su Estado Mayor, lleno de zozobra -y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> -balcones del salón y creyéndome sin duda jefe del -movimiento, me dijo:</p> - -<p>—Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted -porque me constan sus antecedentes; dígame francamente, -¿hay alguna prevención en el pueblo -contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque -en ese caso voy a renunciar inmediatamente -al mando.</p> - -<p>—No hay ninguna prevención contra usted—le -respondí—; en mi concepto, los tiros se dirigen -contra el general Mina.</p> - -<p>—¡Contra Mina! ¿Y por qué?</p> - -<p>—La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos -quieren la Constitución, y Mina no la quiere. -Es decir, la quiere, pero cuando a él le parezca.</p> - -<p>—¿Y usted no cree que haya algo contra mí?</p> - -<p>—Nada. Contra usted no va nadie.</p> - -<p>—¿Usted qué haría?</p> - -<p>—Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio -María Alvarez, le avisaría a Mina y le diría: -Se ha proclamado la Constitución. Venga usted -cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de -la ciudad y Aviraneta, proclamaría la República y -me nombraría presidente.</p> - -<p>Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a -Alvarez medidas violentas.</p> - -<p>—Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar -y ametrallar a esos infames.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span></p> - -<p>Alvarez volvió a consultarme a mí completamente -azorado, y yo intenté convencerle de que no debía -seguir los sanguinarios consejos de Feliú de la -Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia -del mismo Feliú, diciendo que le habían abandonado -las autoridades de una manera indigna. Varias -veces me dijo:</p> - -<p>—¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué -cree usted, que podría sosegar al pueblo?</p> - -<p>—Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, -ya que no tiene usted Ayuntamiento ni ninguna -autoridad civil que le auxilie.</p> - -<p>El intendente Escobedo y el oficial Esain, que -estaban allá, dijeron al general que creían que el -consejo que yo le daba era lo mejor que se podía -hacer en aquel momento.</p> - -<p>Yo continué en Palacio acompañando al general -Alvarez, a la señora de Mina y a don Pedro -Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento -del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar -la noche ya galleaba, se manifestaba jacarandoso -y hacía chistes. Al retirarme, a las once y -media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado -por mis amigos había fracasado por completo. -El brigadier Ayerve mandó quitar el letrero -puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la Constitución, -y dispersó a los nacionales.</p> - -<p>Me dijeron también que el capitán don Pedro<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span> -Mata había arengado elocuentemente al batallón -de La Blusa para volverle a la disciplina. ¡Mata, -que el día anterior recomendaba la urgencia del -movimiento! Entonces yo pensé si la cabeza de -estos hombres del Mediterráneo sería como esos -caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen -nada.</p> - -<p>Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona -había acogido la proclamación de la Constitución -con gran entusiasmo; se habían adornado -los balcones y las tiendas, y no había habido ningún -tumulto ni ningún desorden. Sólo empezó la -consternación y el pánico cuando los lanceros comenzaron -a recorrer el pueblo, atropellando a -todo el mundo. Los isabelinos, despechados, silbaron -y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera Llinás!, delante -de sus respectivas casas.</p> - -<p>Mina dijo después, reconociendo que el movimiento -constitucional no tenía relación alguna con -la matanza del día anterior, que los que provocamos -este movimiento no tuvimos valor para salir -a la calle y ponernos al frente de él.</p> - -<p>Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: -primera, porque el ponerse al frente parecía -indicar el hacerse solidario y hasta el director -de las matanzas del día 4; después, porque a mí -no me conocía nadie en Barcelona.</p> - -<p>Mina y los jefes militares reconocieron que no<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span> -había relación alguna entre los dos movimientos. -Los inspiradores de la matanza, los del Club Unitario, -Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron -tranquilamente en Barcelona; en cambio, -los que teníamos alguna relación con el movimiento -constitucional fuimos proscritos. Los asesinos -quedaron impunes; los liberales, castigados. -Pareció un crimen mayor querer restaurar la -Constitución que el degollar más de cien hombres. -Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, -unos meses después el sargento García y -otros que proclamaban la Constitución en la -Granja eran premiados.</p> - - -<h3 class="right">PRESO</h3> - -<p>A las doce y media me metí en la cama; y acababa -de dormirme cuando entró la policía con -fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos -dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas -al navío inglés <i>Rodney</i>.</p> - -<p>Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo -habrá pasado?, me preguntaba. Y analizaba -todo lo que había hecho desde mi salida de Madrid -y no encontraba el motivo.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p> - - -<h3 class="right">EL «RODNEY»</h3> - -<p>Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos -encontramos en el buque inglés, vigilados por una -escolta española, varios presos de distintas condiciones -y clase social. Algunos no nos conocíamos; -otros se consideraban como enemigos; entre los -conocidos míos estaban Bertrán Soler, el coronel -don José Montero, que había intervenido para ver -de salvar a los presos de la Ciudadela, y don -Francisco Raull, con quien había hablado un par -de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un -peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, -de edad de catorce años, aprendiz de pintor, y un -cómico. Al llegar al barco, yo le escribí una carta -a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre -un cañón. La carta decía así:</p> - - -<h3 class="right">UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA</h3> - - - -<p class="p2 i2">«Señora doña Juana María Vega de Mina:</p> - -<p class="i2">»Navío <i>Rodney</i>, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)</p> - -<p class="i2">»Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar -que estoy en este navío, habiéndome conducido a -él la fuerza armada, que me sacó de mi cama a las -dos de la madrugada como si fuera un facinero<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>so. -Yo estaba firmemente convencido de que usted -pensaba que yo era incapaz de faltar a la sincera -amistad que me une a su esposo, y que el -asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte -en los últimos acontecimientos, bastaba; pero veo -lo contrario. Veo que me ha tenido, y acaso me -tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha dado -la campanada. Mi honor está comprometido, y -hoy exijo del señor Alvarez que se me forme causa, -estando pronto a pasar a la cárcel o castillo -que se me designe.</p> - -<p class="i2">»Suplico a usted le hable al general para que -así se decrete, y lo antes posible.</p> - -<p class="i2">»Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, -que besa su pies,</p> - -<p class="right"><i>Eugenio de Aviraneta</i>.»</p> - - -<h3 class="right">CARTA A MINA</h3> - -<p>Le escribí después al general Alvarez, que no -me contestó, y al día siguiente, al saber que había -llegado Mina, le mandé esta carta:</p> - - - - -<p class="p2 i2">«Navío <i>Rodney</i>, 7 de enero de 1836.</p> - -<p class="i2">»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted -preso, y no le hago más comentarios... Usted -sabe que soy caballero, incapaz de mentir; si hu<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>biese -conspirado, no lo negaría; me gloriaría de -decirlo, como lo hice en la causa del 24 de julio; -yo no soy hombre pérfido ni de dos caras. Aviraneta -no se asocia con asesinos, y menos para matar -hombres inermes. Las autoridades, que a sangre -fría toleraron tanta atrocidad, son más criminales -que los mismos asesinos.</p> - -<p class="i2">»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, -tomada impunemente y sin resistencia por -un populacho cobarde! Y a los que acaudillaron -esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves de -la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. -Con mi proscripción se cubre el expediente. -En país extranjero escribiré los anales de tanta -infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy capaz: -el mejor amigo y el peor de los enemigos; no -le digo a usted más.</p> - -<p class="i2">»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado -a usted de recursos poderosos que estaban -en mis manos para desentrañar las maquinaciones -de la facción y la intriga extranjera.</p> - -<p class="i2">»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a -usted dos cosas con urgencia. O que se me forme -causa inmediatamente, o que se me dé pasaporte -para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con -gloria. No quiero gracia ni libertad de usted ni de -nadie. Suplico la brevedad, porque estoy con poco -dinero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p> - -<p class="i2">»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones -al señor Esain, y no al tuerto, que es -más falso que mula de alquiler. Soy siempre su -verdadero amigo,</p> - -<p class="right">»<i>Eugenio de Aviraneta</i>».</p> - - -<h3 class="right">NUESTRAS MANIOBRAS</h3> - -<p>Mina no me contestó, pero me contestó su mujer -diciéndome que su marido no podía mezclarse -como autoridad en un asunto que no había -presenciado.</p> - -<p>En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos -una nota dirigida al comandante del <i>Rodney</i> acogiéndonos -al pabellón inglés.</p> - -<p>El comandante Flide Pasker nos contestó que -esto no era posible; que el general don Antonio -Alvarez le había manifestado que siendo necesario -para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros -fuéramos extrañados de la ciudad, le había -rogado que nos acogiera en su barco, y que lo -había hecho así con este motivo. Protestamos de -nuevo y nos dirigimos por carta al cónsul inglés -de Barcelona, sir James Annesley, para que nos -diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul -nos dijo que no podía darlo mas que a los ciudadanos -ingleses.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen -que los soldados y marineros. Teníamos una -guardia y dormíamos en el sollado y en la bodega. -No teníamos cama y comíamos rancho.</p> - -<p>Varios días después fuimos trasbordados en el -buque de un ex negrero amigo de Mina y de don -Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario -a la fragata inglesa <i>Artemisa</i>, que se puso en franquía -con rumbo hacia Gibraltar.</p> - -<p>Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo -mío, Villergas, con más o menos exageración. -Te lo leeré:</p> - -<p class="p2 i2">«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad -del general Mina, en quien se observaron -algunos arranques bruscos en nombre de la Libertad -y de la Ley, urdió una conspiración en el buque -mismo que le conducía, indisponiendo a los -marineros con la tropa que le custodiaba. Cuando -estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su -plan a uno de sus compañeros de infortunio, el -cual, para evitar una catástrofe, dió cuenta de todo -al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido -antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan -seguro estaba de los resultados! Es de advertir -que Aviraneta urdió este complot persuadido de -que el jefe de la escolta tenía orden reservada de -pasarle por las armas al llegar a cierta altura; y -así que dijo a sus compañeros que con tal que el<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su -vida y la de los demás deportados no corría peligro -ninguno, desistiría de su propósito, pero que -de otra suerte era inevitable su ruina y la de todos -los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. -Apenas tuvo conocimiento de la trama -quiso el jefe castigarla en su autor, pero la disposición -en que halló los ánimos le reveló su impotencia. -Entonces enseñó a Aviraneta la orden que -tenía; y convenciéndose éste por sus propios ojos -de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró -condenado por un ímpetu sangriento de -Mina, se dió por satisfecho, y tuvo la prodigiosa -habilidad de someter de nuevo la tripulación y las -tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un -momento deshizo lo que había hecho: restableció -la subordinación que había relajado, lo volvió todo -al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, -lo soltó y lo sujetó como quiso y cuando -le dió la gana».</p> - -<p class="p2">—¿Y es verdad eso?</p> - -<p>—Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos -dijeron que iban a echarnos al agua al llegar a la -altura de los Alfaques, y que yo estaba tan desesperado -de haber caído en aquel lazo, que me -encontraba dispuesto a hacer cualquier barbaridad, -desde soltarle un tiro al capitán hasta hacer -saltar el barco, pegándole fuego a la santabár<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>bara; -pero seguimos adelante, pasamos el estrecho -de Gibraltar, y al cabo de unos días bajamos -en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos -a disposición del capitán general de esta isla.</p> - - -<h3 class="right">EN TENERIFE</h3> - -<p>Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo -miserablemente; no teníamos dinero ni medio alguno -de existencia; no llevamos trajes ni ropa interior. -La gente de la isla nos recibió muy bien. El -comandante general y los militares nos trataron -con atención. Llegamos a convencer a la mayoría -de la gente que nosotros no éramos los asesinos -que habían degollado a los prisioneros de la Ciudadela -de Barcelona.</p> - -<p>Escribimos varias exposiciones y manifiestos -dirigidos al Gobierno. Cuando vimos que no tenían -resultado alguno, y como no estábamos vigilados, -Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y -nos arreglamos con un barco contrabandista que -nos llevó a Argel.</p> - - -<h3 class="right">RESUMEN</h3> - -<p>—¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo -envió a usted a Barcelona para inutilizarlo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span></p> - -<p>—¿Y Mendizábal colaboró en eso?</p> - -<p>—No; creo que Mendizábal obró de buena fe.</p> - -<p>—Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?</p> - -<p>—La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de -la Peña y Xaudaró dejaron hacer.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—Yo creo que Feliú, que era el más listo de -todos, fué el que vió claramente la cuestión. Feliú -sabía que los isabelinos iban a hacer la revolución. -Si antes de la revolución viene la matanza—se -debió decir él—, el movimiento constitucional -aborta y queda desacreditado. Y esto pasó. Después -de la matanza se formó una comisión militar, -y la organización isabelina fué completamente -deshecha.</p> - -<p>—Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en -pleno maquiavelismo. Y en Canarias, ¿qué le pasó -a usted?</p> - -<p>—Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, -de quien antes te hablaba, dice, poniéndolo en -boca del capitán general de Canarias, que yo intranquilicé -la isla de tal manera, que en aquel -rincón del mar, donde nadie se ocupaba de política, -instalé sociedades secretas, lo plagué todo de -logias, conciliábulos y clubs, y que me marché -porque el general gobernador hizo la vista gorda.</p> - -<p>—¿Y esto ya no es verdad?</p> - -<p>—No; es fantasía, pura fantasía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -—Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no -tuvo nada de particular? Porque es un viajecito -respetable para hacerlo en un falucho.</p> - -<p>—Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, -temporales... Estuvimos a punto de zozobrar -varias veces. Yo me defendía a fuerza de desesperación -y de rabia.</p> - -<p>—Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?</p> - -<p>—En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos -Bertrán y yo, en marzo de 1836, a Cartagena.</p> - -<h3 class="right">EN MÁLAGA</h3> - -<p>Estando ya en la Península, Mendizábal me -persiguió implacablemente; pero en Málaga hallé -asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson, -comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido -suyo. Visité al general don Juan San Just, -que me acogió con gran amabilidad, y me dijo -que podía estar tranquilo.</p> - -<p>No obstante las muchas órdenes de prisión -que se comunicaron contra mí, y las cartas particulares -que se escribieron para desacreditarme -pintándome como un intrigante sin honor y sin -conciencia, hice allí muy buenos amigos.</p> - -<p>Mi residencia en Málaga me proporcionó la<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -ocasión de observar y conocer en globo las maquinaciones -que se pusieron en juego desde la -Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas -que se tramaron para acabar con los isabelinos -y dejar a Mendizábal como dictador de -España.</p> - -<p>La muerte de los dos gobernadores, ambos -isabelinos, la intervención de Escalante, los gritos -que se dieron, todo, me hizo creer que en -aquel ensangrentado motín andaban los partidarios -de Mendizábal en unión de comerciantes y de -contrabandistas.</p> - -<p class="p2 i2">Pamplona, mayo, 1921.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="JULIO" class="nobreak">EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO</h2></div> - - -<p><span class="smcap">Aviraneta</span> me aseguró varias veces que, a pesar -de que había intervenido en los preparativos -que se hicieron para la revolución en Málaga, -en 1836, no tomó parte alguna en los sucesos -ocurridos en las calles, y que ni siquiera los -presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona -había una relación de los sucesos de aquella época, -copié de él algunas páginas:</p> - -<p>Había vuelto a Málaga—cuenta Pepe Carmona—y -me encontraba en una situación económica -ya segura, pero en un estado moral triste y lamentable.</p> - -<p>Mi antigua novia, María Teresa, se había casado -con un muchacho rico, José Ignacio Ordóñez, que -llevaba por entonces una vida de un jugador y de -un perdido.</p> - -<p>Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, -que llevaba camino de arruinarse en poco -tiempo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p> - -<p>Mi antigua novia estaba enferma, y después de -haber tenido un niño se encontraba tan débil y -tan delicada, que no se levantaba de la cama.</p> - -<p>Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora -de mis amores, solía venir a mi casa a darme -noticias de cómo seguía María Teresa, y de -paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio -apenas se ocupara para nada de la enferma y -de que anduviera siempre de bureo con lo más -perdido del pueblo.</p> - -<p>En aquella época, Málaga se hallaba en pleno -período de efervescencia política; las noticias de -la guerra que se recibían, los rumores de sublevación -y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos -revolucionarios, tenían al pueblo en completo -y continuo sobresalto.</p> - -<p>A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban -gran cosa, me ocupaba de ellas, principalmente -por el efecto que causaban en el comercio. -Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto -de la disolución de las Cortes, los ánimos, de -suyo agitados por las excitaciones de los enemigos -de Istúriz, por las sociedades secretas y por -la gente partidaria de Mendizábal, se acaloraron -más, y al toque de generala se reunió la Guardia -nacional pidiendo la formación de una Junta popular -en que se depositase el Poder hasta que la -Reina instalase de nuevo el anterior Ministerio, o<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -nombrase otro que inspirara confianza a la nación.</p> - -<p>Al día siguiente quedó formada la Junta, que -pensó por primera providencia imponer fuertes -contribuciones a los más ricos comerciantes malagueños. -Estos, apercibidos, se reunieron para -conjurar el peligro; y con su influencia, y sacando -a relucir las noticias favorables de la guerra que -aquel día circularon, lograron la disolución de la -Junta, que declaró estar muy satisfecha de la actitud -de Málaga.</p> - -<p>Estos movimientos populares tenían muchas -veces por objeto el proteger la entrada de algún -gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía -la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo -hecho y se volvía a la vida normal.</p> - -<p>Por aquella época, a principios de julio, encontré -en Málaga al señor Aviraneta, en un café, en -compañía del comerciante inglés Thompson. Saludé -a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no -sé si en broma o en serio, que en Málaga se estaba -trabajando en proclamar la república. Se pensaba -que nuestra ciudad diera el primer impulso -y que de aquí partiese el movimiento a las -demás ciudades de Andalucía.</p> - -<p>Las noticias de las victorias del general Córdova -en Arlabán, y la actitud del alto comercio malagueño, -alarmado de que la primera disposición<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -de la Junta hubiese sido el decretar grandes contribuciones -a cargo de los capitalistas más acaudalados, -produjo una reacción entre los comerciantes -y ocasionó el que el movimiento revolucionario -y bullanguero de Málaga se calmara.</p> - -<p>Antes de que se presentara la amenaza de las -contribuciones, nuestros comerciantes pensaban -que un cambio político les podría beneficiar; pero -después se apoderó de ellos el temor de que sus -casas cargaran con los gastos de la revolución en -toda Andalucía, y no vacilaron en influír para que -abortara la revolución, y tomaron sus medidas -para que en los nuevos movimientos, que eran tan -de prever, fuese el comercio de Málaga explotador, -en vez de explotado.</p> - -<p>A estas causas obedeció el que se contuviera -en el mes de mayo y junio el pronunciamiento -preparado en esta ciudad y al que habían seguido -algunos intentos en Granada y en Cartagena.</p> - -<p>Yo estaba bastante enterado de estas cosas, -primero por un empleado de mi escritorio y después -porque trasnochaba. Solía ir todas las noches -a pasear por delante de la casa de mi antigua -novia, que vivía en la calle de la Madre de Dios, -cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que saliese -a la calle la vieja criada de Archidona y me diera -noticias de cómo había pasado el día la enferma.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -Una noche me hallaba parado en una esquina -esperando a que bajara la vieja. Cerca de casa de -mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban hablando -dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por -la voz, era José Ignacio Ordóñez, el casado con mi -antigua novia; el otro, un comerciante, conocido -mío, que tenía muy mala fama por haber intervenido -siempre en negocios sucios. El viento me -traía con claridad la conversación.</p> - -<p>—Yo me he visto con Escalante—decía Ordóñez.</p> - -<p>—¿Y está conforme?—preguntó el otro.</p> - -<p>—Sí; se trata de que metamos unas cuantas -partidas de contrabando el mismo día de la revolución.</p> - -<p>—Pero la revolución está parada.</p> - -<p>—Ya andará—replicó José Ignacio—; la gente -del pueblo no se aviene a seguir a unos cuantos -ricachones que defienden su negocio. He metido -ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, -unos cuantos matones y echadizos, y he mandado -decir que el gobernador militar y el civil están -vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está -pasando y que ellos son los que protegen a los -grandes comerciantes que no quieren la Constitución.</p> - -<p>—¿Y lo creerán?</p> - -<p>—Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -gente no sabe nada; creen lo que se les dice. Una -noche de jaleo nos basta.</p> - -<p>—Habrá que estar preparados.</p> - -<p>—Naturalmente que hay que estar preparados. -Para mí es cuestión de vida o muerte. Estoy dando -las últimas boqueadas.</p> - -<p>—Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. -Usted acabaría con la fortuna de Rothschild.</p> - -<p>—No se vive mas que una vez, compadre, y hay -que aprovecharse.</p> - -<p>—Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el -movimiento se ha hecho?</p> - -<p>—Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán -de que todo el mundo lo sepa tocando generala -por las calles.</p> - -<p>—Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré -a mi gente preparada en el puerto.</p> - -<p>—Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?</p> - -<p>—¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! -¡Adiós, compadre!</p> - -<p>—¡Adiós!</p> - -<p>Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco -rato vi a José Ignacio Ordóñez, que penetraba rápidamente -en su casa.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>No me fijé gran cosa en esta conversación hasta -que los hechos posteriores le dieron relieve e im<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>portancia. -Seguía pensando en mi María Teresa y -yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.</p> - -<p>Esta preocupación embargaba todas mis facultades.</p> - -<p>Teníamos en el escritorio un escribiente y el -portero, que eran milicianos, y les solía preguntar -noticias acerca de lo que pasaba entre ellos.</p> - -<p>Me hablaban de la política de Málaga con gran -extensión y apasionamiento.</p> - -<p>Era comandante militar el general San Just, que -había substituído al coronel Bray. San Just era -muy liberal; se había distinguido en Puente la Reina -y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional -francés Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, -el convencional no tuvo hijos. Juan San -Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de -bella figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra -había dado una carga a la bayoneta que -produjo gran entusiasmo en el ejército. El general -Córdova le estimaba mucho.</p> - -<p>A pesar de su fama de liberal, San Just no era -querido por los milicianos malagueños; por lo que -me dijeron mis empleados, se había manifestado -excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos -desmanes.</p> - -<p>El Gobierno civil se hallaba confiado al conde -de Donadío, persona de gran influencia, que había<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -formado parte de la Junta revolucionaria de Andújar. -Donadío era diputado por Jaén y uno de -los jefes de la Sociedad Isabelina.</p> - -<p>A Donadío se le acusaba de ser partidario de -Istúriz y enemigo de Mendizábal; de avanzar en -su carrera por sus grandes recomendaciones e influencias, -y de tener amistad con los comerciantes -ricos de Málaga, y de protegerlos.</p> - -<p>A mediados de julio habían llegado de distintas -ciudades agentes portadores de órdenes y de recursos -destinados a precipitar el movimiento revolucionario. -Don Pedro Gil, el amigo del general -Mina, vino de Barcelona con quince mil duros, -que entregó a uno de los agentes que trabajaban -para preparar la insurrección.</p> - -<p>Era, por entonces, subdelegado de Policía don -Manuel Ruiz del Cerro, pájaro de cuenta que tenía -una historia bastante interesante, a juzgar por lo -que me contaron mis empleados. Este Ruiz del -Cerro había sido cajista del famoso periódico madrileño -<i>El Zurriago</i>, en la imprenta de la calle de -Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó -después muchos años de cómico en una compañía -de la legua; se afilió a los carlistas e hizo correrías -con el Locho, en la Mancha. Delató, más tarde, a -los masones al conde de Ofalia, y apareció, por -último, de jefe de Policía en Málaga.</p> - -<p>Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las con<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>diciones -del murciélago y era tan pronto pájaro -como ratón, cambió de casaca y se dispuso a trabajar -por los revolucionarios, como había trabajado -antes por los absolutistas. También estaba con -la Revolución el comandante de Carabineros don -Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se -había entendido en distintas ocasiones con los -contrabandistas, y que, al parecer, seguía entendiéndose -con ellos, a juzgar por la conversación -oída por mí noches antes en la calle de la Madre -de Dios.</p> - -<p>Pregunté al portero y al dependiente de nuestro -escritorio si la revolución que se preparaba no -sería una bullanga más para meter contrabando, y -ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo, -reconocieron que había gente interesada en ello, -y, principalmente, José Ignacio Ordóñez, que tenía -mucha influencia entre los revolucionarios.</p> - -<p>En la misma compañía que mis empleados, que -pertenecían al 1.º de Cazadores de la Milicia, había -algunos tipos populares que eran contrabandistas; -pero, según mi dependiente, estaban vigilados por -los demás milicianos, y no les permitirían que -hiciesen maniobras sospechosas sin darles el alto.</p> - -<p>Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, -el Niño de Coín, el Morlaco y el Chispilla.</p> - -<p>Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran -aventureros, bandidos, que habían estado y hecho<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los -señalaron en el puerto. Los conocía de vista.</p> - -<p>El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, -serio, grave, de mucho empaque, muy -doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que -le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de -plata, calzón corto, también con botones, calañés -pequeño y corbata roja; hablaba despacio y con -solemnidad, como si a cada momento bajara del -cielo el Espíritu Santo a iluminarle.</p> - -<p>El Niño de Coín era una alimaña: delgado como -un alambre, negro por el sol, picado de viruelas; -no tenía mas que músculos y piel. Su cara, aguileña, -mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados -en el labio superior, tenía una expresión -de zorra o de musaraña.</p> - -<p>El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de -una tabernucha de mala fama próxima al puerto -y frecuentada por los charranes del muelle, el -Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y -amigo de cobrar el barato.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en -Málaga que iba a ocurrir algo. Yo recuerdo este -día porque la criada vieja de Archidona, de casa -de María Teresa, me dijo que su señorita había -pasado muy mala noche y que se tenían muy pocas -esperanzas de salvarla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span></p> - -<p>Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión -de Nuestra Señora del Carmen y recorrió -algunas calles del barrio del Perchel, -acompañada de un piquete de milicianos nacionales, -en el cual iban los dos empleados de mi -escritorio.</p> - -<p>Al terminar la procesión el piquete entró en el -Paseo de la Alameda, que en aquella hora estaba -muy concurrido. Entre la gente se hallaba paseando -el conde de Donadío con su señora. Cuando -fué advertido por los nacionales, algunos músicos -comenzaron a tocar el <i>Trágala</i>, y Pacorro y -sus amigos, y todos los charranes que andaban por -allí, insultaron al gobernador.</p> - -<p>Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron -a los milicianos que rompieran filas. Este -incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.</p> - -<p>Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado -y el portero contaron lo ocurrido; por lo que dijeron, -los oficiales se manifestaban muy descontentos, -y el conde de Donadío estaba furioso -tascando el freno.</p> - -<p>El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, -lo que provocó grandes inquietudes en nuestros -nacionales.</p> - -<p>—Pero, ¿qué les importa a ustedes?—le preguntaba -yo a mi empleado.</p> - -<p>—Es que nos quieren atropellar; se trata de<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -imponer un Gobierno moderado, y nosotros no lo -aceptaremos.</p> - -<p>A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a -una reunión en el Consulado, presidida por el -general San Just; por lo que se dijo, concurrieron -los jefes de milicianos y se provocaron grandes -disputas. El anuncio de que venía tropa a Málaga -se consideraba como un ultraje. Naturalmente, los -comprometidos en la revolución pensaban que la -llegada de regimientos desconocidos podía ser un -obstáculo para sus planes.</p> - -<p>El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados -que venían de Ronda, que fueron bastante mal recibidos -por los milicianos.</p> - -<p>Por la tarde se dijo que el conde de Donadío -iba a marchar a Madrid a ponerse al habla con el -Gobierno para dominar la revolución.</p> - -<p>Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la -Reina, se creyó oportuno suspender el besamanos, -y sólo se hicieron los saludos de ordenanza; el disgusto -de los milicianos crecía. Se aseguraba que -iban a ser desarmados.</p> - -<p>En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y -al Niño de Coín que peroraban y decían que había -que morir antes de dejar las armas. La guardia del -presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón -de cazadores, fué relevada aquel día por temor -a que se sublevase.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p> - -<p>Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, -por lo que me dijeron, se encontraba muy -mal y había tenido varios desmayos.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno -en el pueblo, limitándose los nacionales -a seguir comentando los sucesos de los días anteriores -y a proferir amenazas contra los gobernadores -y contra la gente del alto comercio.</p> - -<p>Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente -a la plaza de Riego, y a la calle de la -Madre de Dios, a enterarme de cómo se encontraba -María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el -mismo estado de gravedad.</p> - -<p>Me topé con mi dependiente y le pregunté qué -tal marchaban los asuntos políticos, y me dijo que -en aquel momento iban a relevar las guardias -y que se temía algo; la primera guardia había salido -para el Teatro y la segunda para Levante.</p> - -<p>Poco después, los tambores de esta compañía, -que pertenecía al primero de cazadores de la Milicia, -empezaron a batir la marcha, por más que estaba -terminantemente prohibido. El Pacorro, el -Niño de Coín y sus amigos comenzaron a dar -vivas y mueras.</p> - -<p>Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa -María, el Morlaco cogió uno de los tambores y se -puso a tocar generala. De todas partes aparecie<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>ron -grupos de gente turbulenta que se reunieron -con los nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes -del muelle les seguían.</p> - -<p>Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que -gritaban violentamente. Me dijeron que había salido -al encuentro de las turbas el general San Just, a -restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales -por permitir que se desobedecieran así las -órdenes superiores. Los oficiales se excusaron y el -general ordenó que el piquete volviese inmediatamente -a la plaza.</p> - -<p>San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, -el Niño de Coín y su grupo, armados de fusiles y -sables, le rodearon y violentamente lo llevaron al -centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.</p> - -<p>Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas -y de gente maleante conchabada con ellos. -Había también algunos exaltados de verdad, y -hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran -matones del puerto, amigos de broncas y jaranas, -gitanos, taberneros y nacionales, que se consideraban -ofendidos por las maneras adustas de San -Just, que quería que todo el mundo respetase la -disciplina.</p> - -<p>Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, -no perdió su serenidad; contestó con energía a -sus agresores, despreciando el peligro. Pudo el ge<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>neral -imponerse y con algún trabajo entrar en el -Ayuntamiento.</p> - -<p>San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió -auxilio contra los revoltosos; mas el oficial le -hizo ver lo imposible que era hacerse obedecer, -máxime cuanto que los demás oficiales habían -desaparecido al ver que no podían dominar el tumulto.</p> - -<p>Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y -oí la voz de San Just, que se dirigía a las turbas -recordándoles su amor a la libertad, por la cual -había vertido su sangre en los campos de batalla; -sus méritos de guerra en Puente la Reina y Montejurra. -Todo fué inútil. José Ignacio Ordóñez, que -estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros -matones, comenzó a gritar:</p> - -<p>—¡Muera, muera!</p> - -<p>Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. -Dada la señal, los demás hicieron una descarga -cerrada.</p> - -<p>San Just, viendo que las balas pasaban a su lado -y que el peligro era inminente y las exhortaciones -vanas, se resguardó detrás de la puerta. Siguieron -los disparos, y una bala, entrando por una rendija -de la puerta, dió al general y le dejó gravemente -herido.</p> - -<p>Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, -y entonces las turbas entraron en el Ayuntamien<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>to -y a bayonetazos y a sablazos acabaron con el -herido.</p> - -<p>En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño -de Coín huyeron corriendo hacia el puerto.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví -hacia la plaza de Riego y a la calle de la Madre -de Dios.</p> - -<p>La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de -estrellas; de vez en cuando llegaba la brisa del mar -y ráfagas de aire saturado del perfume de las flores -de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; -mis pasos sonaban en las losas gravemente. -A veces me cruzaba con algún transeunte solitario -que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza -temiendo que vieran en mi rostro la angustia y -la ansiedad que me devoraban.</p> - -<p>Tenía el presentimiento que esta noche había -de ser la última de María Teresa. Cuando entré -por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a -la esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar -a los balcones, temiendo ver en ellos algo muy definitivo -y muy terrible para mí. Luego me decidí. -Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban -cerrados; sólo por uno de ellos salían rayos de -luz. Pensé que por el balcón de la otra calle adonde -daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente, -éste estaba abierto, y en unas cortinas<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -blancas, grandes y caídas e iluminadas por dentro, -se veían pasar rápidamente sombras negras.</p> - -<p>Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; -quería adivinar qué pasaba y quién pasaba -por detrás de las cortinas. Me parecía oír un -rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; -de pronto, a lo lejos, sonaba el estrépito de un -tambor, se cerraba una puerta y se escuchaban -pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que -se perdían en el silencio de la noche.</p> - -<p>Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento -de rabia absurda; pensé en llamar, dando -voces y golpes en el aldabón de la puerta, para -que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos -de alrededor, a decirles a gritos que yo era el -único que debía estar allí en el cuarto iluminado, -muy cerca de aquella mujer enferma, que era el -único que tenía este derecho y este deber, puesto -que era también el único que la había querido. -Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del -zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su -cuarto para que ella no viera a nadie mas que a -mí, y si estaba en las ansias de la muerte, fuera -yo quien la consolara.</p> - -<p>Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. -Allá estaba la puerta solamente entornada; sabía -que el marido se hallaba fuera de casa, y, sin embargo, -no me atrevía. Me indignaba mi falta de<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -valor; no me resignaba a quedarme con la duda de -cómo estaría ella, quizá no existía ya; y aquellas -idas y venidas de las sombras que se reflejaban -en la cortina blanca e iluminada eran los horribles -preparativos que vienen después de la -muerte.</p> - -<p>Me figuraba a su madre y a sus hermanas -sacando las ropas de los armarios para hacer -el tocado de la muerta, para cubrir el pobre -cuerpo enflaquecido y destruído por la enfermedad.</p> - -<p>¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más -que estar allí solo, en medio de la noche, apoyado -en una esquina dura y fría, impotente para -todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, -sabiendo que yo estaba cerca, me llamaba -ansiosamente con la esperanza de que fuera a -acompañarla en sus últimos momentos?</p> - -<p>No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella -esquina; me dolía la cabeza y tenía escalofríos. -En esto vi que se abría la puerta de casa de María -Teresa, y que salía un cura y el sacristán con -un farol grande de cristal. Me acerqué a la puerta, -y la criada de mi antigua novia me dijo que acababa -de morir.</p> - -<p>Le pregunté si podría subir; ella me dijo que -estaban la madre y las hermanas de María Teresa, -y que no me permitirían entrar en el cuarto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p> - -<p>Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza -de Riego.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Había corrido la noticia de la muerte de San -Just; se tocaba generala por todos los tambores y -cornetas, y se habían formado batallones de infantería -y de artillería en la plaza.</p> - -<p>Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de -la casa de mi antigua novia, visitada por la muerte.</p> - -<p>Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron -que la tropa de línea estaba en el convento -de la Merced.</p> - -<p>Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, -añadió que se había formado una Junta marcial, -y que Escalante se había puesto a la cabeza. -Este Escalante, al saber que el gobernador militar -estaba encerrado en el Principal, quiso salvarlo o -hacer la pamema de salvarlo; pero le detuvieron -los milicianos, y al poco rato se presentó a él un -oficial a participarle que la Milicia, reunida en la -plaza, había convenido en que la única persona -que había en Málaga que gozaba en aquel momento -de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; -por lo cual le pedían que fuera a ponerse a la cabeza -de la revolución para evitar mayores desgracias.</p> - -<p>Mi empleado me dijo que Escalante había<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span> -aceptado y corrido a la plaza, donde dijo a los -sublevados momentos antes:</p> - -<p>—¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; -acaban de matar a un hombre que todavía -tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra -por defender la libertad de la Patria; éste es un -atentado horroroso; pero ya está hecho, y ya no -hay remedio.</p> - -<p>—Es verdad que era inocente—contestaron -algunos—; por lo mismo es menester que muera -el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.</p> - -<p>Mi empleado hablaba de Escalante como de un -tipo de valor y de abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué -sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre, que estos -pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba -en aquel momento haciendo su pacotilla.</p> - -<p>—¿Y qué esperan ustedes aquí?—le pregunté a -mi empleado.</p> - -<p>—Estamos esperando a ver qué actitud toma la -tropa que está encerrada en la Merced; no sabemos -si hará causa común con nosotros.</p> - -<p>—¿Y el gobernador, dónde está?</p> - -<p>—Está también en el cuartel.</p> - -<p>Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado -en el Ayuntamiento, el conde de Donadío -había corrido al antiguo convento de la Merced, -donde estaba la tropa de línea, y había intentado<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -convencer a los oficiales para que le auxiliaran a -dominar el motín; por lo que se supo después, los -oficiales se negaron a obedecer al gobernador por -no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban -armas mas que para defender la Libertad, -y no para batirse contra la Milicia o el pueblo.</p> - -<p>Con estos subterfugios condenaban a un hombre -a la muerte.</p> - -<p>Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, -se acercaban al antiguo convento de la Merced y -pedían a voz en grito que la tropa saliera a fraternizar -con ellos.</p> - -<p>El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban -el Veneno, llevaban ahora la voz cantante -para gritar y alborotar. Después de algunas discusiones -y desavenencias entre la oficialidad, la tropa -salió del cuartel, en medio de grandes aplausos, -pasó a la plaza de Riego y se formó junto a la -Milicia.</p> - -<p>Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; -los furiosos pedían a voz en grito que se -sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre -la marcha.</p> - -<p>El conde de Donadío, al verse abandonado -dentro del antiguo convento y creerse, con motivo, -en gran peligro, se puso un uniforme viejo que -encontró de miliciano.</p> - -<p>Se dijo después que Escalante, penetrando en<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -el cuartel, había aconsejado a Donadío que se -escapara. Era el consejo semejante al del cocodrilo -de la fábula con el perro.</p> - -<p>Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, -que mientras el alboroto de la plaza existiera -sería para él muy peligroso el salir de allá. Se dijo -también que Escalante había ido a conferenciar -con los jefes de los milicianos y a decirles que el -general se había escapado.</p> - -<p>Los sargentos de la tropa aseguraron que no -era cierto; que Donadío seguía allí, y pidieron entrar -en el cuartel para convencerse. Entraron, y -en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba -la escalera principal, y lo reconocieron a la luz -de una linterna.</p> - -<p>—Este es—dijo uno de los sargentos.</p> - -<p>—¡Matadlo, matadlo!—gritó el Morlaco, que venía -delante.</p> - -<p>El conde de Donadío intentó retroceder en la -escalera; luego quiso hablar; sonaron varios tiros, -y una bala le atravesó el pecho. Nuevos disparos -siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el -cadáver del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando -y gritando, lo arrastraron y le dieron bayonetazos. -Yo vi pasar al muerto; tenía la cara negra -y un agujero sangriento en el pecho.</p> - -<p>El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span></p> - -<p>Mi empleado y otro miliciano me aseguraron -que, habiendo comenzado con los dos gobernadores, -había que seguir la degollina con los comerciantes -ricos opuestos a la revolución.</p> - -<p>Si las circunstancias hubieran sido favorables lo -hubieran hecho.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios -y miré por el balcón. Ahora, la cortina estaba descorrida -y se veía temblar en el techo la luz de los -cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi -casa; pero comprendiendo que aquella noche sofocante -no podría dormir, fuí a la Alameda y me -senté en un banco. Caían despacio las hojas de los -árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, -y me marché al muelle y me senté -sobre un fardo.</p> - -<p>Estaba tan trastornado que no sabía si lo que -me ocurría era sueño o realidad.</p> - -<p>Este final de la mujer que había querido; estas -muertes en plena noche; este aire irreal de las -gentes y del pueblo, me perturbaban.</p> - -<p>En el muelle era un ir y venir de sombras que -corrían llevando fardos; me pareció adivinar la silueta -de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro y del -Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar -de los tambores. Pensé si estaría trastor<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>nado; -indudablemente, tenía fiebre; pero no, aquello -todavía era la realidad...</p> - -<p>Luego, de repente, la realidad se transformó en -sueño. Me vi en una calle sombría, que no era de -Tarragona, ni de Málaga, mirando unos balcones -con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me -encontré a un hombre a la puerta de la casa que -se puso a hablarme sin mirarme a la cara. Este -hombre se parecía al Niño de Coín.</p> - -<p>—¿Puedo subir?—le pregunté.</p> - -<p>—Sí; suba usted.</p> - -<p>Comencé a subir unas escaleras interminables. -En cada rincón y en todos los rellanos había un -hombre agazapado espiando algo. De pronto me -dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y -entré en una habitación iluminada por cirios y con -cortinas blancas. Tenía el sentimiento de una desgracia, -pero no sabía cuál era.</p> - -<p>En aquel cuarto habían formado un círculo unos -cuantos hombres pálidos y grises; algunos, vestidos -de milicianos. Entre ellos estaban Aviraneta, -Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. -Yo no sabía qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!—me -preguntaba con ansiedad—. Uno de estos -hombres arrastraba de pronto un cadáver con la -cara negra y un agujero sangriento en el pecho, y -lo llevaba en medio del círculo de hombres grises. -Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -urna de cristal, que parecía un farol de sacristán -para dar los óleos. Hecho esto medían con una -varita la profundidad de la sangre y se desesperaban -porque no era grande...</p> - -<p>Pasado un momento, esta sangre no era sangre, -sino oro, y todos los hombres grises y los vestidos -como milicianos sacaban este oro con las manos, -hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, -echaban a correr, tropezaban unos contra -otros y se atropellaban horriblemente y se batían -a tiros...; pero alguien había comprendido que era -necesario trabajar este oro y traía un yunque y un -troquel, y empezaba a troquelar monedas a martillazos -con un estrépito terrible, como de tambores, -y el hombre se asombraba y se desesperaba -al ver que sus monedas, al caer, se convertían en -hojas secas de árbol que volaban por el aire...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>—¿Qué hace usted aquí?—me dijo la voz de un -sereno.</p> - -<p>Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó -a casa creyéndome borracho. Me tendí en -la cama.</p> - -<p>Al día siguiente me pareció que todo volvía a -la vida normal; la muerte de mi antigua novia me -parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí -a mi escritorio; por la mañana se supo que se ha<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>bía -nombrado una Junta en Málaga, bajo la presidencia -de Escalante, para restablecer el orden. -¡Oh ironía!</p> - -<p>Este mismo día me mandaron la esquela de -María Teresa, en donde se hablaba de su desconsolado -esposo. Otra amarga ironía.</p> - -<p>Por la mañana fueron llevados al cementerio los -cadáveres de los dos gobernadores: uno, en un -féretro del hospital de San Julián, y el otro, en unas -parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se -verificó el entierro de mi antigua novia, y a las -cuatro de la tarde se promulgó la <i>idolatrada</i> Constitución -en el punto de la Alameda, como decía -una proclama de Escalante.</p> - -<p class="i2 p2">Itzea, julio, 1921.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span></p> - - -<div class="chapter"> -<h2 id="ESPINAS" class="nobreak">FLOR ENTRE ESPINAS</h2></div> - -<h3>I.</h3> - - -<p><span class="smcap">En</span> 1865, durante el verano estuve una temporada -con Aviraneta en las aguas termales -de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, -ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos -baños a curarse de sus dolencias.</p> - -<p>Este ingeniero era entusiasta de España, de -nuestras comidas y de nuestra zarzuela; así, que le -oíamos constantemente elogiar las lechugas y las -coliflores de la tierra y cantar <i>El grumete</i>, <i>El dominó -azul</i> y <i>Jugar con fuego</i>.</p> - -<p>Por entonces, seguramente, Wagner había escrito -muchas de sus obras; pero Kraft se burlaba -de su país, porque decía que allí no gustaban mas -que las nieblas.</p> - -<p>—¡Muy roimático, muy roimático, para tanta -niebla!</p> - -<p>Quería decir reumático. Kraft era de los extran<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>jeros -que hablan el castellano como en los primeros -meses de llegar a España.</p> - -<p>Un día, en compañía del ingeniero prusiano, -fuimos a Cifuentes y visitamos esta antigua villa -amurallada, con sus viejos conventos y su parroquia -gótica, de una restauración lamentable. Otro -día estuvimos en Viana y en sus alrededores.</p> - -<p>Hablando de aquellas montañas y cerros de -tan rara forma, a los cuales los habitantes del país -dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:</p> - -<p>—Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por -cierto con un plan bien distinto al que ahora -tengo.</p> - -<p>—¿Pues, a qué vino usted?—le pregunté yo.</p> - -<p>—Vine con un objeto exclusivamente militar.</p> - -<p>—¡Hombre!</p> - -<p>—Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos -cerros un campamento carlista.</p> - -<p>—¿Ha sido usted carlista?</p> - -<p>—Sí; estuve de capitán con Cabrera.</p> - -<p>—¡Demonio, qué absurdo!</p> - -<p>—Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión -de la guerra civil. En 1838 fuí, con el coronel -de ingenieros prusiano barón de Rhaden, desde el -Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró -al barón comandante de Ingenieros de su -ejército.</p> - -<p>Estuvimos en un viaje de estudio en las proxi<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>midades -de Cuenca, Priego y Huete, viendo las -condiciones que podían tener para instalar un -campo atrincherado donde reunir fuerzas para -atacar Madrid.</p> - -<p>El barón de Radhen encontró que el mejor -sitio, el más próximo a la corte y el más seguro, -eran estos cerros de Trillo.</p> - -<p>El barón estaba persuadido de que aquí había -habido campamentos militares en tiempo de los -romanos, y, efectivamente, se habla de que existió -por estos contornos una ciudad llamada Bursa -o Capadocia.</p> - -<p>El barón pensó en convertir dos grandes eminencias -que tienen en su altura una gran plataforma, -próximas a Viana, en el campo atrincherado -de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de -campaña. El agua la tenía al pie, por donde corre -el Tajo, y pensó en un sistema para elevarla.</p> - -<p>Cuando volvimos al campamento de Cabrera y -el barón de Rhaden explicó a don Ramón lo que -había visto, éste le contestó:</p> - -<p>—Estoy conforme con la opinión de usted, y -esa base de Trillo me servirá para apoderarme -de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil fusiles, -que espero con ansiedad, pues tengo hombres que -los empuñen.</p> - -<p>El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar -su proyecto fué la ocupación por el Gobierno de -<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -la Reina de siete mil fusiles ingleses en el puerto -de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos -de un bergantín inglés, y las disensiones -que se suscitaron entre Maroto y Don Carlos, que -produjeron el Convenio de Vergara.</p> - -<p>—Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de -Vergara—dije yo al señor Kraft, mostrándole a -Aviraneta.</p> - -<p>El señor Kraft creyó que yo le hablaba en -broma, y se rió, con la risa estólida que, en general, -tienen los alemanes cuando creen que se burlan -de ellos.</p> - -<p>Después, con las explicaciones que le di, quedó -maravillado y sintió una gran curiosidad por -Aviraneta.</p> - - -<h3>II.</h3> - -<p>Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y -admiración por Cabrera y recordaba los años de -su juventud con mucho gusto.</p> - -<p>Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo -del Maestrazgo, muy conocidas todas, hablamos -largamente de los militares españoles.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span></p> - -<p>Los militares españoles—dijo Aviraneta—no -se han parecido a los franceses; entre los franceses -ha habido siempre más cultura; en ellos se han -dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, -hombre de estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, -Massena, Jomini; el del hombre de mundo, Suchet, -Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, -como Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre -los españoles, estos tipos apenas han existido; -casi todos nuestros generales se han vaciado en el -único molde del guerrillero.</p> - -<p>Cierto que don Diego León se podía comparar -a Murat, porque era también brillante, elegante -y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle -tenían algo del político y del técnico; cierto que -Zumalacárregui era un hombre de estrategia; pero, -en general, entre nosotros, el guerrillero es el que -ha privado.</p> - -<p>El guerrillero nuestro aparece como medio zorro -y medio tigre. Mina y Merino son más zorros; -Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también -algunos tipos que tienen algo de león, como el -Empecinado y algunos militares sin ambiciones, -valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo Cano.</p> - -<p>Entre los que han tendido a la política, Córdova, -Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim, -ninguno ha sido muy culto; no han llegado a dominar -la historia, ni la geografía, ni la estrategia;<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -se han dejado llevar, como los guerrilleros, por el -instinto, por la intuición. Han sido tipos de conquistadores -más o menos degenerados.</p> - -<p>La patología ha influído mucho en ellos. Mina, -Zurbano, Cabrera y Narváez estaban gravemente -enfermos del estómago.</p> - -<p>—Respecto a Cabrera, es cierto—repuso el -prusiano.</p> - -<p>—Yo—añadió Aviraneta—no creo gran cosa -en el arte de la guerra. Indudablemente, cuando -dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay casi -siempre un vencedor y un vencido. Se puede -aceptar con muchos visos de verdad que el general -que manda el ejército vencido es un hombre -negado; lo que no se puede creer siempre es que -el general vencedor sea un hombre de mérito. Sin -embargo, para la mayoría el éxito supone constantemente -grandes condiciones guerreras.</p> - -<p>El ingeniero prusiano creía firmemente en la -ciencia de la guerra, y suponía que Cabrera la tenía -de una manera infusa. Este ingeniero se manifestaba -más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, -que podía haberlo sido un carlista del país; lo -consideraba como un capitán de los más grandes -del mundo, y no aceptaba que se le pudiera -comparar con ningún otro general español de su -época, excepción hecha de Zumalacárregui.</p> - -<p>Aviraneta, a pesar de que no había conocido<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span> -personalmente a Cabrera, lo emparejaba con Zurbano -y con Narváez; y como éste acababa de presentar -la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos -mucho de él. Se contaron varias anécdotas -del Espadón de Loja.</p> - -<p>—¿Usted conoce a Narváez?—le preguntó el -prusiano a Aviraneta.</p> - -<p>—Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte -de una sociedad secreta liberal fundada por mí.</p> - -<p>—¿De una sociedad secreta liberal?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—<i>¡Aj!</i>, ¡qué cosa más extraña!—exclamó el -prusiano.</p> - -<p>—Luego le volví a ver, después de su gran triunfo -contra Gómez, en Arcos de la Frontera.</p> - -<p>Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse -que recordaba alguna cosa.</p> - -<p>—Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don -Eugenio. Si hay una historia, venga la historia, porque -supongo que detrás de esa sonrisa hay algo -que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></p> - - -<h3>III.</h3> - -<p>Pocos personajes me han parecido tan interesantes -como Aviraneta en su trato. La desproporción -entre su energía, su intuición y su poca fama, -que en este tiempo había desaparecido, dejándole -convertido en un hombre obscuro, me maravillaban -siempre.</p> - -<p>Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre -que conocemos que ha hecho algo grande nos -sorprende por su pequeñez.</p> - -<p>Recuerdo haber hablado con Castaños, con -Mendizábal, con Espartero y otros políticos y -militares famosos de nuestro país, y en la intimidad -no daban ninguna impresión de grandes.</p> - -<p>Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme -contado sus aventuras hasta llegar a Málaga -desde Argel, tomó la narración donde la había -dejado:</p> - -<p>—Hecha la revolución en Málaga—dijo—me -designaron a mí para ir, como delegado, a Cádiz. -Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando -su obediencia al Gobierno. Se quería ya<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span> -claramente la Constitución de 1812, aunque modificada.</p> - -<p>De Málaga marché a Cádiz en el <i>Balear</i>, en el -mismo barco donde fuí de Valencia a Barcelona, y -me albergué en la posada de las señoras de San -Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras -eran muy liberales y amigas y partidarias mías.</p> - -<p>Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que -era revolucionaria y republicana. Era muy graciosa, -muy habladora y tenía unos lunares muy picarescos.</p> - -<p>Consuelo San Quirico me contó cómo se había -hecho la revolución en Cádiz.</p> - -<p>—El movimiento lo inisiaron los isabelinos en -la plasa de San Antonio—dijo—. En la tarde del -día 28 de julio el Gobernadó militá pasó un ofisio -al comandante de artiyería nasioná para que hisiese -entregá su cañone a la brigada de marina. -Semejante arbitrariedá y atropeyo irritó a los artiyero, -que inmediatamente se reunieron en el -baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, -dipuestos a defenderse. A las nueve de la noche -se oyeron viva a la Constitusión, y a las die y -media lo tambore de la guardia nasioná tocaron -generala reuniéndose en la plasa todo sus individuos -mandando en seguida varios comisionaos -para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano -se pusieron sobre la arma; el batayón vete<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>rano -de marina formó frente a su cuarté y el gobernadó -sivil y la autoridade militare patruyaron -con alguna fuersa de infantería y cabayería. El -orden más completo reinaba en todas las filas, de -donde salían por intervalo lo grito de «Viva la -unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». -Pidió el primer batayón que se proclamara ésta, -y comisionó a alguno individuo para explorá la -voluntá de sus compañero. El resultado fué el -aclamarse también en Cadi el código que aquí -tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró la -Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas -e iluminasione, y fué nombrado jefe político -don Pedro de Urquinaona.</p> - -<p>—¿Y ahora qué hacemos?—le pregunté yo a la -de San Quirico.</p> - -<p>—Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo -entero lo que somo y lo que valemo lo españole.</p> - -<p>—Es lástima que no le podamos hacer a usted -algo, Consuelo—le dije yo.</p> - -<p>—No sea usted guasón—me contestó ella—. -Yo soy ya muy vieja para que me hagan nada.</p> - -<p>Con la revolución triunfante comenzamos los -isabelinos a organizarnos y a pensar en el ministerio -futuro.</p> - -<p>Pocos días después los sargentos, en La Granja, -obligaban a María Cristina a proclamar la Constitución.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - -<p>El movimiento de La Granja nos quitó a los -isabelinos importancia, a pesar de ser los precursores, -dejándonos, cosa frecuente en las revoluciones, -como anticuados.</p> - -<p>Al grito de Libertad y Constitución que había -dado el pueblo malagueño en la mañana del 26 de -julio correspondió Andalucía entera, y el mismo -grito se hubiera generalizado en toda España; mas -el partido mendizabalista, que no quería ni le convenía -que triunfase la causa del pueblo con gente -nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la insurrección -de La Granja y, a consecuencia de -aquel alboroto militar, el hombre de los milagros -volvió a apoderarse de las riendas del Poder con -los viejos doceañistas.</p> - -<p>Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía -para que las cosas volvieran al ser y estado -que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, Estatuto -puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver -sus esperanzas frustradas con los movimientos de -Málaga y de Cádiz, que corrían por toda Andalucía, -improvisaron la insurrección de La Granja y -se quedaron con el mando. Los Magnates aparecieron -de nuevo a caciquear.</p> - -<p>No tardaron en manifestar su encono a los que -habían hecho una revolución que no era la suya, y -se dijo en Madrid que en Málaga, y sobre todo en -Cádiz, se quería proclamar la república.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p> - -<p>El ministerio mandó a Cádiz al capitán general -de Andalucía, don Antonio Aldama, con la misión -de que fuese duro, y, según se aseguró, le dió una -lista de patriotas, entre los cuales me encontraba -yo, para que fuesen deportados a Ceuta.</p> - -<p>El general Aldama se presentó en Cádiz y no -encontró, después de haber practicado escrupulosas -investigaciones, mas que un gran entusiasmo -en todas las clases por Isabel II y por la Constitución.</p> - -<p>Era preciso una víctima para cubrir el expediente, -y fuí yo el designado para el sacrificio. -Los mendizabalistas me suponían al frente de los -patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener -la Constitución hasta que se reuniesen las -Cortes que debían reformarla, y me creían enemigo -acérrimo de su jefe.</p> - -<p>Por entonces publiqué yo en <i>El Noticioso</i>, de -Cádiz, un artículo titulado «La Verdad». Decía en -él que la libertad española se tomaba como un derecho -y no se recibía como un don; afirmaba que -Mendizábal, el hombre de Israel, hablaba a los liberales -lo mismo que Luis Felipe a los hombres -de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas -cosas nuevas personas. Acusaba también a los que -formaban el nuevo ministerio de querer ser dictadores -y mangoneadores eternos.</p> - -<p>El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span> -como hoja suelta en Madrid y tuvo cierto éxito. -<i>El Eco del Comercio</i> decía que el tal artículo era -un delirio de una imaginación acalorada por la libertad, -que revolvía ideas inconexas y contradictorias, -y que debía considerarse como el último -esfuerzo del despecho y de la rabia que devoraba -a su autor al despedirse de la vida política, como el -jabalí, que herido de muerte huye haciendo riza -y hasta el postrer momento se consuela dando -dentelladas antes de morder la tierra.</p> - -<p>Este artículo mío produjo gran cólera en el -club mendizabalista dominante, que miraba con -torvo ceño todo cuanto pudiera poner en peligro -su organizado pandillaje.</p> - -<p>Vi próxima que me amagaba la tormenta, que -querían vengarse los Magnates; e instruído de -cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar -una tropelía, de acuerdo con el comandante general -de la provincia, me trasladé al Puerto de -Santa María, con la idea de esconderme.</p> - -<p>Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; -y para aparentar que había motivo, se dispuso -formarme causa porque había ido sin pasaporte. -Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán -de ex voluntarios realistas, y actuario otro prójimo -por el estilo, ex sargento del mismo cuerpo.</p> - -<p>Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó -a manos del general Aldama, éste, penetrado de<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span> -la injusticia con que se me trataba, mandó ponerme -en libertad.</p> - -<p>Poco tiempo después de salir de la cárcel del -Puerto de Santa María me presenté al mariscal de -Campo don Pedro Ramírez, comandante general -de la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor -a la benevolencia.</p> - -<p>Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión -de armamentos y defensa de Cádiz, me nombró -delegado de Hacienda de la división de la Milicia -nacional que estaba al mando del general don -Fernando Butrón.</p> - -<p>Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la -emigración liberal, en Bayona, cuando la intentona -de Vera, el año 30.</p> - -<p>En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía -por las fuerzas del cabecilla Gómez, se reunió -la división de la Milicia nacional de la provincia -para operar en campaña; y necesitando poner al -frente de la Hacienda un sujeto de inteligencia y -de actividad, se propuso, por el intendente don -Manuel González Brabo, padre del luego célebre -don Luis, el que se me nombrase ministro de -Hacienda de esta división, y el 5 del mismo mes -se me expidió el nombramiento, haciendo que me -pusiera inmediatamente en marcha para el cuartel -general del Carpio.</p> - -<p>Una de las cosas que organicé fué un hospital<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span> -de sangre con facultativos hábiles, y dos boticas, -una para la caballería y la otra para la infantería.</p> - -<p>Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier -Narváez, el general Ramírez me ordenó que, con -toda celeridad, me presentase en el campo de la -acción con el hospital de sangre a recoger los heridos -de nuestras tropas y los del enemigo, y -hechas las primeras curas, los trasladé, en ómnibus, -a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto -un hospital, que, según dijo el general don Antonio -Aldama, que lo visitó, podía servir de modelo. -En el corto espacio de veintidós días—decía en -un informe el general Ramírez—se presentó el fenómeno, -nunca visto hasta entonces, de la completa -curación de todos los heridos, a pesar de serlo, -en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles -a incorporarse a sus cuerpos, y los que quedaron -inútiles, al depósito de Sevilla, sin que se hubiera -desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo—seguía -diciendo el general—se debió al brillante -estado en que se hallaba el hospital militar, al -mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, -rigurosa policía que se observó en los alimentos y -medicinas y a la presencia no interrumpida del -jefe de la Hacienda en el hospital.</p> - -<p>Además intenté interesar el patriotismo de los -habitantes de Jerez y contribuí a que el Ayuntamiento, -la Junta de beneficencia y el pueblo ente<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>ro -sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando -a todos los soldados dos camisas nuevas, -un par de zapatos y uniformes a los que los -tenían inservibles y destrozados. Los periódicos -de Cádiz me llenaron de alabanzas por mi patriotismo, -habilidad y filantropía.</p> - -<p>El general Ramírez me dió varios certificados -encomiásticos; yo le ayudé; y trabajé con él para -que no se alterara el orden, puesto que en aquellas -críticas circunstancias, y por el reciente cambio -de las instituciones, las pasiones estaban en -una gran efervescencia.</p> - -<p>Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios -a las proximidades de Arcos de la Frontera, -al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a -Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de -Majaceite.</p> - -<p>Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré -en el campo con el jefe de Estado Mayor -don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros -de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, -sabía francés, inglés y creo que alemán.</p> - -<p>Era muy amigo de Espronceda, y después se -habló de él como literato por el prólogo que puso -al <i>Diablo Mundo</i>; citaba con frecuencia a los grandes -poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros -de Olano me preguntó si no conocía al general -Narváez y me instó para que fuera con él a Arcos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p> - -<p>—Tengo una habitación soberbia en el Palacio -de los Duques, con dos camas—me dijo—. Una -se la cedo a usted por esta noche.</p> - -<p>—Bueno, vamos allá.</p> - - -<h3>IV.</h3> - -<p>Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, -colocado sobre una roca elevadísima, rodeada -por casi todas partes por las aguas amarillentas -del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. -Las calles de Arcos son estrechas y pendientes; y -para llegar a la cumbre de la ciudad hay que subir -una cuesta muy larga y penosa.</p> - -<p>Como la roca en que está asentada Arcos, tajada -sobre el río, es medio arenosa, como de asperón, -y se desmorona por los costados con frecuencia, -han desaparecido varias calles, y el pueblo, -antes amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha -extendido por las colinas próximas.</p> - -<p>Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por -sus frutas y por sus majos, tiene en la plaza una -iglesia, con una fachada de estilo gótico florido, -y algunas casas hermosas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p> - -<p>Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de -Olano me llevó al palacio de los Duques de Arcos, -en donde se encontraba el brigadier don Ramón -María Narváez.</p> - -<p>Narváez me saludó amablemente.</p> - -<p>—¿Se conocían ustedes?—preguntó Ros de -Olano.</p> - -<p>—Sí—dijo don Ramón.</p> - -<p>—Sí—añadí yo.</p> - -<p>Yo le conocía de cuando estaba organizando -la Isabelina. Por entonces, Narváez, que era masón, -se me presentó con una contraseña del Gran -Oriente para entrar en la Sociedad.</p> - -<p>No quise referirme a este recuerdo, por si la -idea de haberse encontrado en una situación subalterna -con relación a mí no le gustara al brigadier; -y no hice tampoco la menor alusión a esta -circunstancia, lo que pareció tranquilizar por completo -al caudillo. Hablamos largo rato.</p> - -<p>A Narváez, después del motín de La Granja, se -le consideraba como liberal exaltado; en cambio, -a Espartero se le tenía como amigo de los moderados.</p> - -<p>Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez -para ver si daba el golpe de gracia al general -carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, García -Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, -como la de obligar al general Alaix a que le cedie<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>ra -su división, cosa que produjo, días después de -la acción de Majaceite, una riña entre los dos generales -y un motín militar.</p> - -<p>Los exaltados comenzaban a ver en Narváez -un rival de Espartero y lo elogiaban a cada -paso.</p> - -<p>En los dos años siguientes, y por la fuerza de -los acontecimientos. Espartero llegó a ser el hombre -de los progresistas, y Narváez, el de los moderados.</p> - -<p>Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en -ellos mas que envidia y emulación. La rivalidad -que ya había existido entre Espartero y Córdova -siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre -todo cuando murió el general Córdova.</p> - -<p>Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante -estaba emborrachado por el éxito; tenía una -voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; los -ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio -inferior, un poco belfo.</p> - -<p>Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo -y turbulento; a veces parecía de un amor propio, -monstruoso; a veces le gustaba hacerse el pequeño. -Sus soldados le querían porque, a pesar de su -severidad, era justo a lo militar y compartía con -ellos sus sufrimientos. Narváez se parecía espiritualmente -a Espartero; pero era más impulsivo y -más genial. A pie, sorprendía por su aire violento;<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span> -a caballo y arengando a sus tropas, según me dijo -Ros de Olano, tenía una gran prestancia.</p> - -<p>Yo confieso que sentía cierta antipatía por -estos espadones jactanciosos y fieros. De aceptar -un tipo militar, prefería el organizador frío y tranquilo -como Zumalacárregui.</p> - -<p>Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se -decía que estaba gravemente enfermo y casi moribundo.</p> - -<p>Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero -el <i>Esqueleto</i>, como le llamaban cuando -era capitán general de Navarra, fuera tan franco y -tan llano.</p> - -<p>Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora -de comer, mandaba traer un caldero de habas o -de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en -rueda con sus oficiales, metía la cuchara de palo -en la comida común. Narváez no comprendía que -en esto había algo de efecto teatral.</p> - -<p>El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus -oficiales encantados.</p> - -<p>Narváez creía en toda esta retórica de los conductores -de soldados: «¡Muchachos, hijos míos, -adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le llegaba -al alma. Creía en la familia militar, como si -fuera lo mismo, después del peligro de una acción, -el ir a vivir a un palacio con un magnífico sueldo -que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> -de cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.</p> - -<p>En el Empecinado, y en tipos como él, esta -fraternidad con sus soldados era algo espontáneo, -porque su vida no se diferenciaba gran cosa de la -de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido -entre lores y damas de la aristocracia inglesa, -su familiaridad no pasaba de ser una técnica, un -procedimiento.</p> - -<p>Narváez sentía un odio profundo por los periodistas -y por la Prensa. La Prensa era la causante, -según él, de todo lo malo que ocurría en España.</p> - -<p>La razón de su enemiga era que los periodistas -tenían en la mano la popularidad, esta popularidad -a la que los militares ambiciosos hacían ascos -y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. -En todos aquellos aspirantes a Napoleón se había -despertado un ansia inagotable de aparecer citados -en los periódicos.</p> - -<p>Narváez se quejaba de la confusión de la época.</p> - -<p>—Esto es un galimatías—dijo—que no lo entiende -ni Dios. Esto es la mismísima torre de Babel. -El uno dice que más libertad y más Constitución; -el otro, que menos libertad y menos Constitución -y más orden; el uno grita que el enfermo -se muere; el otro, que el enfermo se cura; el uno -receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> -tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si -nos conviene más la Constitución neta o la reformada, -el Estatuto, la República, Don Carlos o los -demonios colorados.</p> - -<p>—Todas esas son consecuencias naturales de la -libertad—observé yo—; no se puede pedir en el -campo liberal la uniformidad de ideas que hay entre -los absolutistas.</p> - -<p>—Pues todas esas charlas y toda esa confusión -no hacen mas que perturbarnos.</p> - -<p>Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión -era una consecuencia natural y lógica de la -libertad, y me dejé decir en la conversación que -el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra -civil.</p> - -<p>—¿Y por qué?—me preguntó Narváez con furia, -incomodado con esta idea expuesta por mí.</p> - -<p>—Porque más de la mitad de España es absolutista—dije -yo—. La guerra, si sigue en circunstancias -como las actuales, acabará por destruírlo -todo. Para liberalizar España hay que contar con -el tiempo, solamente con el tiempo. El liberal -tiene las ciudades, mejor dicho, el elemento culto -de las ciudades, pero el carlista domina en los -campos.</p> - -<p>—Una minoría fuerte, inteligente y que tenga -razón puede imponerse a una mayoría de bestias—dijo -Narváez.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span></p> - -<p>—Eso es la dictadura.</p> - -<p>—Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber -en ella?</p> - -<p>—Muchos males y un inconveniente—contesté -yo—; que para que haya dictadura tiene que -haber un dictador fuerte que acabe con todos los -que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un -dragón que devore las alimañas. Y eso es lo difícil. -Ninguno de nuestros generales ni de nuestros -políticos se someterá, y no sé si habrá alguno -capaz de tragarse a los demás.</p> - -<p>—Y bien, ¿usted que haría?</p> - -<p>—¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas -que trajera una tregua, y luego, en la paz, trabajar -contra ellos. Si no, destrozaremos a España -estúpidamente.</p> - -<p>—¿Y el honor del ejército?</p> - -<p>—El ejército no debe servir mas que para los -intereses de la nación. El político, a dirigir; el militar, -a obedecer y a cumplir las órdenes.</p> - -<p>—O a dirigir también.</p> - -<p>—En ese caso, el militar, ya no es militar, sino -político.</p> - -<p>Narváez me replicó con extremada violencia, -con su fraseología andaluza plagada de brutalidades -y de groserías. Me hubiera retirado a no haber -intervenido varias veces Ros de Olano y a no -haber entrado en el cuarto el ordenanza de Nar<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>váez, -Bodega, el mismo que cuando el brigadier -llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros -tuvo tanta fama y se le consideró casi -como un personaje. Bodega traía varias cartas.</p> - -<p>—¿Son de Madrid?—preguntó Narváez a Ros -de Olano.</p> - -<p>—Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de -tu pueblo, de Loja.</p> - -<p>Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.</p> - -<p>Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo -por esta clase de gente que cree que no -hay más norma en la vida que la del pan y el -palo y que quieren convertir la sociedad en un -cuartel.</p> - -<p>Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho -caso de las violencias del lenguaje de aquel -hombre, pues todo esto era en él corteza.</p> - -<p>Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; -pero Ros de Olano me convenció de que -me quedara a cenar. Cenamos en el palacio de los -duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor -y algunos de sus oficiales. Estaban el ayudante de -campo Calleja, el abogado Cortina, el coronel don -Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal -del <i>Times</i>, que marchaba en la división recomendado -por el embajador de Inglaterra, sir -Jorge Williers, luego lord Clarendon.</p> - -<p>Narváez, aunque con aire de malhumor, se las<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span> -echaba de modesto y atribuía la victoria de Majaceite -a los demás.</p> - -<p>Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres -elocuentes que a mí no me interesan nada. -Iba con la brigada de la Milicia nacional como -jefe de Estado Mayor.</p> - -<p>El comandante de la brigada era el coronel Silva, -del tiempo de la guerra de la Independencia, -el primero que había obtenido la cruz de San Fernando -por la lucha que tuvo con nueve franceses, -en la que mató a cinco e hizo huír a los restantes.</p> - -<p>El gasto de la conversación durante la cena lo -hizo el abogado Cortina. Después de cenar, Ros -de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y -un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana -y por la tarde nos había ayudado a mis sanitarios -y a mí a recoger los heridos, a la calle.</p> - -<p>Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre -poco místico; trataba a los soldados como camaradas -y decía la misa en cinco minutos.</p> - -<p>Entramos en un pequeño café donde había muchos -militares. Suñer y Ros de Olano hablaron de -la batalla que se había dado contra Gómez y del -nombre que se le pondría.</p> - -<p>A Ros de Olano no le parecía muy bonito el -que esta acción se llamase la acción de Majaceite; -sin embargo, por lo que dijo, era el nombre exacto -que le correspondía, puesto que se había dado<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span> -en distintos puntos de la orilla de este río. Me -hizo un croquis en un papel del terreno donde -se había verificado la batalla.</p> - -<p>El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de -dos fuentes próximas de la sierra de Grazalema. -Estos dos brazos—el río de Zahara y el Majaceite—, -después de separarse y extenderse por las -alturas de la provincia de Cádiz, se reúnen a una -legua, aguas abajo de Arcos, en el sitio llamado -la Pedrosa.</p> - -<p>El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, -el de Ubrique, la garganta de Millán, que -comienza en el mojón de la Víbora, y con algunos -otros regatos.</p> - -<p>Ya constituído con el nombre de Majaceite, se -introduce por una estrechura llamada la Humbría, -y a la distancia de una legua se le une, en el punto -llamado el Charco de los Hurones, la garganta de -los Negros y otros arroyos que proceden de la -loma de la Novia. Desde el Charco de los Hurones -hasta la jurisdicción de Algar hay una legua -de cañada muy pedregosa, dominada por dos -grandes montes—la Atalaya y el Granado—, -con dos angosturas—la del Moro y la de la -Penitencia.</p> - -<p>El curso de este río sigue por grandes estrechuras -a entrar en el término de Arcos, pasa por la -angostura de Fox y se une con el río de Zahara<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> -a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.</p> - -<p>Ros de Olano estuvo divagando largo rato y -con gracia acerca de los distintos nombres que se -le podrían dar a la acción del día anterior; pero -concluyó diciendo que su mala suerte les iba a -dejar siendo héroes de la batalla de Majaceite.</p> - -<p>Después, el capellán y él se pusieron a hablar de -Narváez, por quien sentían gran entusiasmo.</p> - -<p>—Este hombre es un hombre de instinto, de -inspiración—dijo Ros—; presentía que había de -encontrar a Gómez y que le había de derrotar.</p> - -<p>Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar -estas explicaciones misteriosas. Yo sonreí, -porque nunca he creído en presentimientos; pero -no dije nada en contra.</p> - -<p>—Este Narváez—siguió diciendo Ros de Olano—es -una fuerza de la Naturaleza. Yo no he -visto un hombre más violento y más pintoresco. -A veces es de una modestia terrible y sincera; a -veces tiene un amor propio que no le cabe dentro -del cuerpo.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted? No me entusiasma—le -dije yo.</p> - -<p>—Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre -que responde a las fatalidades del Destino -adverso con una postura gallarda; usted es un estoico, -un romano; lucha usted como un marino<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -contra los vientos y las tormentas. Usted puede -decir como el filósofo: «Dolor, no eres un mal».</p> - -<p>—Tiene usted buena idea de mí.</p> - -<p>—Creo que es la justa; ahora, estos tipos como -Narváez, no: son fuerzas de la naturaleza, tienen -una suerte, una confianza en sí mismos irracional, -pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. -Es el jugador afortunado que gana y gana -y llega a convencer a los demás de que tiene el -poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido -de su destino. Es un marino que no sólo -hace la maniobra, sino que crea el tiempo...</p> - -<p>—Pero si le viene la mala...</p> - -<p>—Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; -pero entretanto se creerá invulnerable.</p> - -<p>Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de -Olano preguntó a un joven teniente:</p> - -<p>—Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?</p> - -<p>—Sí; ha hecho una vaca con <i>Don Lámpiro</i> y -está perdiendo hasta la camisa.</p> - -<p>—¿Quién es <i>Don Lámpiro</i>?—dije yo.</p> - -<p>—Es un sanitario.</p> - -<p>—¿Y el teniente Matamoros?</p> - -<p>—El teniente Matamoros es de Loja y creo que -compañero de la infancia de Narváez; le llamaremos -y nos contará alguna anécdota de don -Ramón.</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span></p> - - -<h3>V.</h3> - -<p>Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.</p> - -<p>Salía de un rincón del café, donde estaban jugando -al monte.</p> - -<p>Matamoros era un hombre verdaderamente -feo; tenía unos cuarenta años, la nariz gruesa, -verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los -ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros -tenía el aire muy sonriente y ceceaba al hablar. -Era muy ceremonioso y le gustaban las fórmulas -de cortesía y las zalemas. Había sido nacional -del 20 al 23 y vivido en Sevilla de contratista -de obras desde la entrada de Angulema hasta -la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras -para ingresar de nuevo en el Ejército.</p> - -<p>Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros -le dedicaban los compañeros muchas bromas; -decían que tenía un aire tan fiero, que cuando se -miraba al espejo él mismo se asustaba.</p> - -<p>Una cantinera, requerida de amores por él, le -había dicho:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span></p> - -<p>—¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, -hombre! ¡Si es usted más feo que el cabo Negrón, -que murió de feo!</p> - -<p>—Sí, pero soy muy gracioso—replicó Matamoros, -riendo.</p> - -<p>Y la cantinera llegó a enternecerse.</p> - -<p>Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando -se acercó a nuestra mesa el teniente Matamoros.</p> - -<p>—¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!</p> - -<p>—¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará -café con nosotros.</p> - -<p>—Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis -debilidades!</p> - -<p>—¿Mala suerte en el juego?</p> - -<p>—Ese <i>Don Lámpiro</i> es una calamidad. No -da una.</p> - -<p>—¿Y usted?</p> - -<p>—Yo soy tan calamidad como <i>Don Lámpiro</i>.</p> - -<p>—Este señor—dijo Ros de Olano señalándome -a mí—escribe en los papeles...</p> - -<p>—¡Hombre, yo le había tomado por un físico!</p> - -<p>—No; escribe en los papeles, y quisiera que -usted le contara alguna cosa de nuestro brigadier -Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en -Sevilla, es de Loja, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí, señor; y a mucha honra.</p> - -<p>—Y creo que compañero de la infancia de -Narváez.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span></p> - -<p>—Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo -fuimos a la escuela juntos, porque aunque yo tengo -tres o cuatro años más que él, ya sabe usted -lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les -lleva a la escuela más pronto, y adelantan más -porque no tienen que hacer otra cosa que estudiar, -y los chicos de los pobres tienen que hacer -muchas cosas en casa y fuera de casa.</p> - -<p>—Así que usted recordará alguna historia de -Narváez.</p> - -<p>—Sí; algo recuerdo.</p> - -<p>El teniente debía tener una narración hecha -para contarla a sus compañeros, y comenzó -ésta así:</p> - -<p>—Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad -de la provincia de Granada muy grande y muy -importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos -envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y -dicen:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Loja:</div> -<div class="line">la que no es p...</div> -<div class="line">es coja.</div> -</div></div></div> - -<p>Y nosotros contestamos:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Y fuera de aquí</div> -<div class="line">todas son así.</div> -</div></div></div> - -<p>Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. -Pues bien, a Loja, los Reyes Católicos le dieron en<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> -tiempo de los moros por escudo de armas un castillo -sobre un puente; y a los dos lados de él, dos -montañas; y entre ellas, una cadena, que lleva colgando -una llave dorada; y encima este mote: -<i>Loja, flor entre espinas</i>.</p> - -<p>Este mote de la ciudad le viene como de perlas -al brigadier don Ramón Narváez, porque mi -paisano es también así, flor entre espinas; tan pronto -le suelta a uno una rabotada que le vuelve -loco, como le hace un favor.</p> - -<p>Este hombre, ya desde su más tierna infancia, -manifestó que tiraba a ser algo grande, porque -ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta y -seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán -general, si no llega ser algo así como Napoleón o -como César.</p> - -<p>Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba -latín, se inclinaba, más que a otra cosa, a entretenimientos -de iglesia, y le gustaba levantar -altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus -condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía -aceptar el papel de monaguillo; siempre tenía que -ser él el prior o el obispo, o, por lo menos, el vicario -de la <i>pirroquia</i>, como dicen en mi pueblo. -Del juego con la iglesia y de los altarcitos pasó al -del ejército, que ya es cosa más seria, caballeros, -y formó una banda de tambores, parecida a la que -habíamos visto en Loja durante la invasión de los<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span> -franceses, tomando el papel de tambor mayor. ¡Y -que no se mostraba poco diestro Ramoncito Narváez -cuando recorría las calles del pueblo al frente -de su pelotón y lanzaba el palo por los aires y -lo volvía a coger!</p> - -<p>A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el -desenfado de Ramoncito.</p> - -<p>El afán de ser el primero le llevó pronto en el -juego de soldados a dejar el título de tambor mayor -y a tomar el de capitán general, y andaba con -un sable de juguete haciendo maniobrar a los -chicos como si fueran soldados.</p> - -<p>Concluída la edad de los juegos y empezada la -de gallear, Narváez se peleó a cada paso con los -mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha sangre, -y un valor y un orgullo que no le cedía a -nadie.</p> - -<p>Viendo el padre de Narváez la inclinación de -su hijo por las armas, le indicó que sería militar.</p> - -<p>Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando -en Granada, donde conoció a una señorita -de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, que -procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era -de la familia del duque de este título.</p> - -<p>Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía -ya relaciones con un muchacho granadino de -buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso -Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar es<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>taba -más adelantado que él, se desesperó; quiso -armar camorra a su rival y volvió a Loja furioso.</p> - -<p>Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el -padre de Narváez le consiguió a su hijo una plaza -de cadete en el regimiento de Guardias Valonas. -En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso -Pulgar.</p> - -<p>El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, -y juraron a la mejor ocasión batirse y comerse -los hígados el uno del otro.</p> - -<p>Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los -jóvenes de nuestro tiempo, muy calavera, muy -mujeriego y muy aficionado a verlas venir.</p> - -<p>Todos los meses se jugaba la paga y no había -mejor fiesta para él que un desafío.</p> - -<p>Antes de la revolución de Riego presentaron -al difunto Fernando VII, ¡maldita sea su estampa!, -la lista de seis alumnos de la Academia propuestos -para el ascenso a subtenientes supernumerarios; -y preguntando las condiciones de cada uno -de ellos, al llegar al nombre de Narváez, el rey, -que tenía muy buena memoria cuando quería, -porque cuando no quería se hacía el sueco, dijo:</p> - -<p>—Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado -echó a un compañero al estanque del Retiro para -que le trajese la gorra que el otro, en broma, le -había tirado al agua.</p> - -<p>En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de<span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span> -Guardias de Corps, y era del grupo de los leales a -la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del -Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios -acérrimos del rey.</p> - -<p>El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse -uno con otro. Pulgar fué de los que atacaron la -Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de -Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la -Puerta del Sol para rechazar a los realistas.</p> - -<p>Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la -Regencia absolutista, el Gobierno envió a Mina -para batir el centro de la insurrección, y Narváez -fué nombrado ayudante de aquel general. Herido -en Castell Fullit, exclamó:</p> - -<p>—Al primer tapón, zurrapas.</p> - -<p>En la invasión del año 23, cuando las tropas -de Cataluña tuvieron que capitular, Narváez -fué conducido a Francia, prisionero, y después, -aprovechando el indulto del año 24, regresó a -Loja, donde vivió retirado al lado de su familia.</p> - -<p>Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado -de cuerpo y estaba entonces de guarnición -en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba a la -capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón -y en las alamedas de la Bomba.</p> - -<p>Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar -un odio terrible. Un día que el padre de Pulgar -había entrado en una casa de juego de Grana<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>da -y había puesto a una carta una bolsa verde -llena de dinero, Narváez cogió la bolsa, la tiró al -aire y dijo:</p> - -<p>—Donde estoy yo no apuntan los realistas.</p> - -<p>A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de -nuevo en el ejército, y yo con él, y el año 34 fué -destinado a servir en el Norte, bajo las órdenes -del general Mina. Yo le seguí.</p> - -<p>Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz -y Mina cuando supimos que Alfonso Pérez del -Pulgar se encontraba de coronel en las filas de -Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias -veces a batirse con él; pero su enemigo no -hizo caso de este reto.</p> - -<p>Poco después, don Luis Fernández de Córdova -dió el mando del regimiento de la Princesa a -Narváez.</p> - -<p>En los regimientos sucede que hay mucha imitación: -si hay un oficial de carácter que se muestra -estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si hay -un valentón o un bailarín que se distinga, los demás -tienden a ser valentones o bailarines. En el -regimiento de la Princesa, donde había servido -Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, -menos yo; por eso, cuando le hicieron -coronel a Narváez, muchos oficiales de los que -fueron sus compañeros recibieron la noticia con -gran disgusto. Se hallaba el regimiento en Tafalla,<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -y, al presentarse Narváez a los oficiales reunidos -y descontentos por su nombramiento, les dijo:</p> - -<p>—Conozco, señores, que este regimiento es el -más indisciplinado de todos en el ejército, y que -ustedes tienen de ello la culpa; pero desde luego -deseo hacerles conocer que sabré imponerme y -que tengo más corazón y más carácter que ustedes -para hacer cumplir a la fuerza a todo el mundo -con su deber. Para demostrarlo a cuantos se -crean ofendidos por estas palabras, desde ahora -hasta mañana al toque de diana no soy para nadie -el coronel, sino el compañero que está dispuesto -a darles satisfacción con las armas.</p> - -<p>Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta -manera.</p> - -<p>Poco después, en la batalla de Mendigorría, se -encontraron frente a frente Narváez y Pérez del -Pulgar, mandando cada uno su regimiento. Narváez, -saliéndose de las filas, se lanzó contra su -enemigo.</p> - -<p>—¿Es que querías hacer retroceder solo a todo -el ejército carlista?—le dijo después el general -Córdova con sorna.</p> - -<p>—Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por -qué no?—replicó el de Loja con soberbia.</p> - -<p>Al día siguiente de esta batalla, al recoger los -muertos, se supo que un coronel enemigo había -quedado en el campo: era Alfonso Pérez del Pul<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>gar. -Narváez se enteró; un soldado le entregó las -armas, el uniforme y un paquete de cartas que habían -recogido al jefe carlista.</p> - -<p>Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que -la mujer de su rival, su antigua pretendida, estaba -viviendo en Arcos y pasando apuros, porque las -pagas de los militares carlistas no llegaban con -puntualidad.</p> - -<p>Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme -y la espada del coronel; añadió su paga, -que había cobrado él en billetes, y se la mandó a -la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en -seguida su odio, y hablaba de su antiguo rival con -simpatía.</p> - -<p>Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que -es, como Loja, flor entre espinas.</p> - -<p>—Otra vez...</p> - -<p>Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna -nueva historia, cuando dijo Ros de Olano:</p> - -<p>—Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, -Aviraneta, se habrá levantado muy temprano.</p> - -<p>—Sí—le dije yo—; a eso de las cinco estaba -ya en pie.</p> - -<p>Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos -del café y fuimos vagabundeando por los callejones -obscuros de Arcos.</p> - -<p>Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p> - -<p>Era noche de luna, y el cielo, iluminado por -ella con un resplandor azul, se veía arriba, entre -los tejados, como una estrecha faja en ziszás.</p> - -<p>Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso -me preguntaba:</p> - -<p>—¿Quién va por allá?</p> - -<p>—Nadie.</p> - -<p>—Allí parece que está escondido alguno.</p> - -<p>—¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?—me -preguntaba yo—. ¿Qué habrá visto? ¿O -qué temerá?</p> - -<p>—Usted no dirá nada—me dijo Ros de Olano, -de pronto, con voz temblorosa—; le tengo que -contar, en confianza, la última parte de esa historia -de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha -referido el teniente Matamoros.</p> - -<p>—¿Hay un epílogo?—le dije yo.</p> - -<p>—Sí; hay un epílogo.</p> - -<p>Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, -delante de un caserón grande, con su portalada y -sus rejas.</p> - -<p>—¿Ve usted ese sombrío edificio?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues es un convento de monjas franciscanas -que algunos llaman de las Emparedadas.</p> - -<p>—¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?</p> - -<p>—Antes había aquí en el pueblo, según me han -dicho, un beaterio con este nombre. Ese beaterio<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -estaba unido en otro tiempo a una capilla de Santa -María de la Asunción, que es la iglesia mayor de -Arcos. El beaterio cuidaba de la iglesia y hacía -ejercicios espirituales; después se trasladó a este -convento de religiosas franciscanas, que sigue llamándose -por algunos el convento de las Emparedadas. -En este convento está desde la muerte -de su marido, Juana Ponce de León.</p> - -<p>—¿Profesa?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido -visitar a la viuda. Hemos ido él y yo, y hemos entrado -un momento en la iglesia. Se oía el murmullo -del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, -decidido, ha ido a la parte de la clausura y ha llamado -con fuerza; al venir la lega ha preguntado por -doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido -hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer -pálida, con unos ojos brillantes e inteligentes.</p> - -<p>—¿Qué quería usted?—ha preguntado la superiora -a través de la doble reja.</p> - -<p>—Quiero hablar con doña Juana Ponce de León -y darle detalles de la muerte de su marido.</p> - -<p>—Sor Teresa no piensa más que en Dios—ha -contestado la superiora.</p> - -<p>—Pues yo necesito verla y hablarla.</p> - -<p>—¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo -en la pena de excomunión.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p> - -<p>—Sin embargo, a las monjas se las puede ver—ha -observado Narváez.</p> - -<p>—No le—dije yo—, a cierta clase de monjas -no se les puede más que hablar.</p> - -<p>—¡Señora!—ha gritado Narváez—; yo necesito -hablar a doña Juana; si no lo autoriza usted soy -capaz de asaltar el convento con mis tropas.</p> - -<p>La voluntad de Narváez se impone; es demasiado -fuerte para resistirla. La madre superiora ha -intentado calmarle, diciéndole que podría hablar -a doña Juana Ponce de León.</p> - -<p>Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la -reja del locutorio con el velo echado. Yo me he -retirado un poco.</p> - -<p>Narváez ha explicado a la monja cómo murió -su marido y la parte que tomó él en recoger sus -despojos. Ella apenas contestaba mas que con monosílabos.</p> - -<p>Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara -ver un momento su rostro.</p> - -<p>—No puede ser, no puede ser—ha dicho doña -Juana.</p> - -<p>Después ha aparecido la superiora.</p> - -<p>—Sor Teresa—nos ha dicho—está enferma; -ha envejecido mucho y no quiere que la vean ustedes -así; pero para que se convenzan de la realidad -la verán ustedes un momento.</p> - -<p>Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -se abrió una ventana y se descorrió una cortina. La -monja que estaba delante de nosotros se levantó el -velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y -tan macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez -atónito.</p> - -<p>Salimos a la calle los dos sin despedirnos de -nadie.</p> - -<p>—Pero, oye—le dije a Narváez—, ¿cuántos -años tiene esa mujer?</p> - -<p>—Veinticinco, lo más.</p> - -<p>—¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!</p> - -<p>—Yo no creo en milagros—me ha dicho Narváez.</p> - -<p>Ros de Olano me habló espantado de si aquella -figura de mujer vieja que habían visto en el locutorio -sería un fantasma. Yo me encogí de -hombros.</p> - -<p>—¿Usted no ha visto nunca espectros?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—¿Usted no cree en la metempsicosis?—me -preguntó luego.</p> - -<p>—No; no he pensado nunca en ello, como no -he pensado en la alquimia ni en la astrología. Al -único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza -el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.</p> - -<p>Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, -de la <i>Palingenesia filosófica</i> de Carlos<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span> -Bonnet, y de otros libros modernos que, según él, -afirmaban la metempsicosis.</p> - -<p>Yo me encogí de hombros.</p> - -<p>Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de -los duques de Arcos, llegamos a nuestra habitación, -que era grande, y nos acostamos.</p> - -<p>—¿Apago la luz?—le dije yo.</p> - -<p>—No, no; todavía, no.</p> - -<p>Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero -me llamaba.</p> - -<p>—¿Qué hay?</p> - -<p>—¿Tampoco cree usted en los aparecidos?—me -preguntó de pronto Ros de Olano con voz ahogada.</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>—Yo, sí.</p> - -<p>Y se incorporó en la cama y me contó una serie -de historias truculentas de fantasmas, de espectros -y de casos de doble vista y de magnetismo. -Estaba el hombre espantado.</p> - -<p>—Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado -un espectro. Porque esas monjas han sido muy -dadas a la práctica de la hechicería y de la nigromancia.</p> - -<p>—Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño—le -dije yo.</p> - -<p>—No voy a poder dormir—gimió él.</p> - -<p>—Puede usted estar tranquilo. Donde duerme -Aviraneta no aparecen nunca fantasmas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p> - -<p>Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía -estos terrores infantiles, fuera luego tan práctico -en la vida.</p> - -<p>Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar -la noche allí por miedo a estar solo, y me -quedé dormido.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Unos días después, la incógnita que trastornaba -a Ros de Olano se despejó. En Jerez supe que -doña Juana Ponce de León seguía tan guapa como -antes, y que la superiora del convento había dado -el cambiazo, mostrando a Ros de Olano y a Narváez -una monja vieja y enferma que se parecía -algo a doña Juana.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron -los toques de corneta. Había gran animación -en la plaza; iban de acá para allá los soldados, -llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles -en la mano, entraban y salían en la casa del -Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en -corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron -formando las tropas.</p> - -<p>Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y -Ros de Olano a despedirse de mí.</p> - -<p>—Aviraneta—me dijo Narváez—: sé quién es<span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span> -usted, lo que ha sufrido, la situación en que se -encuentra. Si me necesita usted alguna vez, cuente -usted conmigo.</p> - -<p>—Gracias, brigadier.</p> - -<p>Nos estrechamos la mano.</p> - -<p>Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, -montar a caballo y bajar la cuesta, rodeado de -Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante -Mayalde.</p> - -<p>Comenzó a tocar la música, y la columna se -puso en marcha; luego se la vió alejarse por la -carretera.</p> - -<p>El pueblo había quedado desierto.</p> - -<p>Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y -se me ocurrió, como al teniente Matamoros, que -le venía muy bien la leyenda antigua de su pueblo: -«Loja, flor entre espinas».</p> - -<p class="p2 i2">Madrid, agosto, 1921.</p> - -<p class="p4 center">FIN DE LAS FURIAS</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> - <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">Prólogo</a></td> - <td class="tdrb">9</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#CARMONA">—El Diario de Pepe Carmona</a></td> -<td class="tdrb">15</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#ARRUINADOS">—Arruinados</a></td> -<td class="tdrb">19</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#EULALIA">—Doña Gertrudis y Eulalia</a></td> -<td class="tdrb">23</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#RECUERDOS">—Evocaciones y recuerdos</a></td> -<td class="tdrb">27</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#ARNAU">—La torre de Arnau</a></td> -<td class="tdrb">37</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#NEGRE">—La casa del Negre</a></td> -<td class="tdrb">45</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#EVOCACIONES">—Recuerdos y evocaciones</a></td> -<td class="tdrb">55</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#MONTFERRAT">—La casa de Montferrat</a></td> -<td class="tdrb">65</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#ELENA">—Elena</a></td> -<td class="tdrb">77</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">X.</td> -<td class="tdl"><a href="#MISTERIOSO">—Un viajero misterioso</a></td> -<td class="tdrb">79</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XI.</td> -<td class="tdl"><a href="#ELENA2">—El abanico de Elena</a></td> -<td class="tdrb">85</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XII.</td> -<td class="tdl"><a href="#REPROCHES">—Reproches</a></td> -<td class="tdrb">89</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#RINALDI">—Habla Moro-Rinaldi</a></td> -<td class="tdrb">95</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XIV.</td> -<td class="tdl"><a href="#SERENATA">—Una serenata</a></td> -<td class="tdrb">101</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XV.</td> -<td class="tdl"><a href="#CADENA">—El hostal de la Cadena</a></td> -<td class="tdrb">105</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XVI.</td> -<td class="tdl"><a href="#CUPIDO">—En alas de Cupido</a></td> -<td class="tdrb">111</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XVII.</td> -<td class="tdl"><a href="#MAR">—Viaje por mar</a></td> -<td class="tdrb">119</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XVIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#NUEVAS">—Ciudades viejas y ciudades nuevas</a></td> -<td class="tdrb">125<span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XIX.</td> -<td class="tdl"><a href="#TARRACONENSE">—Tarraconense</a></td> -<td class="tdrb">129</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XX.</td> -<td class="tdl"><a href="#CONFUSION">—Confusión</a></td> -<td class="tdrb">133</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XXI.</td> -<td class="tdl"><a href="#CIUDADELA">—La Ciudadela</a></td> -<td class="tdrb">137</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XXII.</td> -<td class="tdl"><a href="#SUBE">—La marea que sube</a></td> -<td class="tdrb">143</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XXIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#FURINALIA">—Furinalia</a></td> -<td class="tdrb">153</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XXIV.</td> -<td class="tdl"><a href="#SIGUIENTE">—Al día siguiente</a></td> -<td class="tdrb">159</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">XXV.</td> -<td class="tdl"><a href="#EPILOGO">—Epílogo</a></td> -<td class="tdrb">163</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><a href="#TRAGEDIA">Los bastidores de la tragedia</a></td> - <td class="tdrb">169</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><a href="#JULIO">El sueño de una noche de julio</a></td> - <td class="tdrb">221</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><a href="#ESPINAS">Flor entre espinas</a></td> - <td class="tdrb">247</td> -</tr> - -</table> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Las Furias, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS FURIAS *** - -***** This file should be named 55157-h.htm or 55157-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/1/5/55157/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - 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Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. 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