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-The Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
-Title: La Muerte Del Cisne
-
-Author: Carlos Reyles
-
-Release Date: April 9, 2017 [EBook #54522]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE ***
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-
-Produced by Carlos Colón, Boston Library Consortium and
-the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
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- Nota del Transcriptor:
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- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
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- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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-
- LA
-
- MUERTE DEL CISNE
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-
-DEL AUTOR:
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-_En preparación_:
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-=La raza de Caín=, 3ª edición corregida por el autor.
-
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- _De esta obra se han tirado
- cinco ejemplares en papel del Japón
- numerados de 1 á 5._
-
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- ES PROPIEDAD.
-
- QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY.
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-
- CARLOS REYLES
-
-
- LA MUERTE
- DEL
- CISNE
-
-
- TERCERA EDICIÓN
-
- [Ilustración]
-
-
- _Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas_
- LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF
- 50. CHAUSSÉE D'ANTIN, 50
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- PARÍS
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- PRIMERA PARTE
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- IDEOLOGÍA DE LA FUERZA
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-
-EL vasto y heterogéneo panorama espiritual del mundo en las
-postrimerías del siglo XIX y los rojos albores del presente, brinda
-al observador de los tiempos que corren un espectáculo magnífico y
-emocionante. Turban el ánimo y pasman el espíritu las perspectivas
-morales, dejadas como herencia á las generaciones vivas por las
-generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, el curioso se pregunta,
-si está á punto de convertirse en realidad palpitante la transmutación
-de valores anunciada por el terrible profesor de la Universidad de
-Basilea, y si la Fuerza, como principio de la moral y medida de todas
-las cosas, no amenaza de muerte, á pesar de la Conferencia de la Haya
-y del humanitarismo, las entidades de las filosofías espiritualistas:
-Justicia, Derecho, Bien, Mal, irguiéndose en medio de ellas, como un
-león vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrópolis poblada sólo de
-ídolos rotos, mutilados dioses y espectros terríficos en las sombras
-medrosas, mas irrisorios á la honrada luz del sol.
-
-Ha sido y será eternamente cruel designio y obra difícil para la
-voluntad de los hombres, el despojarse de las amables creencias que
-los encumbran á sus propios ojos. La humanidad, como las coquetas
-empedernidas, ama los aderezos que la hermosean, aunque sepa que son
-postizos, añadidos y falsas joyas. Á mayor abundancia de razones,
-_su bovarismo_, la facultad peregrina de concebirse de una manera
-diferente de la realidad y obrar en consecuencia, es incontrastable y
-generalmente provechosa. Hace falta un grande y desinteresado valor
-para mirar frente á frente á la temida Esfinge, aparte de que el
-premio del resuelto enigma, suele ser el que tanto contribuyó á la
-desdicha del lamentable Edipo; es menester una acendrada resignación
-filosófica, en la que acaso pende el ascetismo de la cultura moderna,
-para recibir amablemente las visitas de duelo de los desencantos y
-sonreirles como á los amigos gruñones, pero leales, que nos quieren y
-nos dicen la amarga verdad. Ésta es á veces sólo estéril superstición:
-las grandes ilusiones son siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos,
-con manos impías, las despoje más tarde ó más temprano de sus virtudes
-específicas sobre la inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida á
-las fieles servidoras, sigue creyendo en ellas aún después de muertas,
-y hasta se complace muy comúnmente, con ingenuo y tozudo afán, en
-prestarles á los rostros lívidos y yertos las lozanas apariencias de la
-vida.
-
-En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa lo que á aquella infeliz
-criatura que, habiendo perdido á causa de terrible enfermedad la divina
-belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la
-salva de un desencanto mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos,
-no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos días.
-
-La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas
-le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha
-sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y
-afeites que realzaban las gracias del alma á la luz de las candilejas
-metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si éstas no
-han perdido su mágico poder, y si la transfiguración de los hechos
-reales por la óptica de los moralistas, es todavía conveniente para la
-delicada salud del mundo.
-
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-
-Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece á las inteligencias
-libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho
-triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y
-que las ansias subjetivas del hombre no aciertan á disfrazar con un
-nuevo espejismo celeste, quizá porque este nuevo espejismo no es ya
-necesario á la Vida. Esta vez el _instinto vital_, el travieso mago
-que en la filosofía nietzsquiana crea las ilusiones favorables á la
-existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye
-implacablemente... pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión
-de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del
-caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces
-impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razón física
-de los fenómenos. El misterio de que se nutren las religiones, se
-rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias,
-las vírgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con
-ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y
-coincidencia peregrina: allí donde éste fué más efectivo y avasalló más
-tiránicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento
-de todas las energías y la parálisis, dan seguros indicios de un
-lúgubre é inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la
-planta humana de la tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase
-la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte.
-La remota y misteriosa India es el pudridero del espíritu religioso;
-en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extáticos, brotan
-lujuriantes los nenúfares de la contemplación ascética y del nirvana,
-entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las tímidas vegetaciones
-de la voluntad de vivir; Jerusalén llora las diligentes y briosas
-virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de
-Pedro el Ermitaño y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en
-la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fué enterrado en
-Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de
-la tierra donde el animal místico labró en piedra dura sus ansias
-ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre
-las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadería de
-las cosas humanas.
-
-La evolución del sentimiento religioso no deja lugar á dudas sobre el
-humilde origen y el destino mortal de los dioses... Después de las
-ingenuas cosmogonías de las primeras edades, en que el hombre mísero
-é ignaro interpretaba los fenómenos más comunes como revelaciones del
-misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olímpicas, la
-razón divina, perseguida y estrechada por la explicación materialista
-del universo, vió destruir, como la ciencia hermética y la filosofía
-escolástica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo
-terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego castillo de las
-causas primeras y de lo incognoscible. En la práctica, Dios se hace
-utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo
-paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en
-apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apéanse de
-sus fueros y vienen transformándose en cosas útiles, en servidoras
-solícitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas
-y aureoladas testas los intereses divinos. La conservación de las
-excelencias tradicionales y el freno moral, son los títulos más
-remontados que sustenta la religión á los ojos de la culta Europa.
-La utilidad práctica es la virtud característica de las _modernas
-experiencias_ religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus
-imperturbables doctores aseveran «que los principios especulativos no
-son nada, que los resultados y consecuencias de las teorías lo son
-todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo
-útil. «Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como
-lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos» agregan.
-En conclusión: los yanquis buscan _un Dios del que puedan servirse_.
-Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza
-considerar como los grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, ni
-menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas
-del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseñadas
-por Buda ó Cristo. No, los pastores de la americana grey, llámanse
-Franklin, Emerson, Pierce James, ó también Haper, ese admirable
-presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo próximo su fin,
-formulaba lleno de unción esta singularísima cuanto valerosa plegaria:
-«Señor, permitid que haya para mí una vida después de esta vida, y
-en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que
-cumplir»; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida
-intensa, el pragmatismo, el _mindcure_ ó psicoterapia religiosa, tan
-eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina ó las
-estaciones de psicoterapia del sutilísimo Barrès en la literatura;
-los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker
-Washington; los reyes del petróleo y del acero; el Napoleón de los
-ferrocarriles, quien tenía por inmorales las tareas improductivas, en
-una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y
-heroicas, como las piden con hondo afán las necesidades orgánicas de la
-época y la gestación del porvenir.
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-Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la
-moral como la religión, la filosofía y la ciencia, recorre también,
-mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito á lo finito, de
-lo absoluto á lo relativo, de lo divino á lo natural, de la vaporosa
-metafísica á la sesuda biología, «llave secreta de la historia y las
-acciones humanas, que en época no remota explicarán acaso la física
-y la química...» como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar por
-lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino,
-sin detenerse un punto á considerar con lástima, las ilusiones que á
-su paso van muriendo. Á las morales de esencia mística, altruistas
-é infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiológica,
-sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egoísmo, de la
-lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida y
-del instinto de dominación, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto
-de la conducta y la base sólida é indestructible del Bien y del Mal.
-
-
-
-
-POR otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente
-á la moral humana, extraña, cuando no antagónica, á las necesidades
-subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad racionalista, confirma
-rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la
-evolución filosófica. La ciencia y la historia también. De consuno
-el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las
-múltiples y ascendentes fases zoológicas del embrión humano, y el
-origen fisiológico y espúrio de la justicia, despojan á la humanidad de
-su divino abolengo y tienden á destruir, con impertérrita lógica, las
-verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una ética
-infalible é inmutable.
-
-Como creación de la Vida, imponiéndose una ley para asegurar la
-vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por
-razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas
-van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca, á la fosa común,
-ó cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los
-diferentes módulos de la cultura. Á un pueblo agrícola le conviene, y
-se crea, una religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero una
-religión y una moral de soldados. _El bien en sí_, pájaro azul de la
-inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas
-del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo
-y frías cenizas son los códigos de los grupos dominantes, ó sean las
-cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente durables de
-la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una
-lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral única,
-sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado é
-igualmente falsas después de él; y lo mismo podría aseverarse de la
-justicia y del derecho teóricos que, en fin de cuenta, á pesar de las
-transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades
-eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, fórmulas
-vacías, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no
-llevan en las estériles entrañas los gérmenes del acto, los embriones
-del hecho, ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse en
-realidades.
-
-El derecho al placer, al triunfo, á la vida de los tristes, los
-débiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza á la
-melancolía, la derrota y la muerte, no es sino un sarcástico desmentido
-de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, á
-la pequeña justicia que impera solamente en el corazón de los hombres,
-como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen
-tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la
-pastereulosis, que diezma las majadas, ó contra la temprana muerte
-de un ser amado, indispensable á la dicha de numerosas criaturas, ó
-contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones
-inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los
-males, como los anatemas de los vencidos contra el inícuo triunfo
-de los vencedores, ó las iras de los justos _sin virtud_, contra el
-pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, ó del rico
-sobre el miserable, ó del inglés sobre el boer, se nos antoja injusta
-é irritante porque la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece
-y que la determina, y no consideramos con bastante calma que «_un
-phènomène actuel ce sont plusieurs passés qui luttent_». Por donde, no
-sería ilógico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es
-el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra
-ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita de incapacidades,
-impotencias y pretéritos pecados.
-
-Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las réprobas
-apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente
-justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo íntimo y
-perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones,
-ú otras de parecido corte y talle, han inducido á muchos filósofos de
-azules pergaminos idealistas, y particularmente á los historiadores
-alemanes, á identificar la realidad y la verdad, el éxito y la
-justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones más señoriles y
-levantadas, tórnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos
-ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las
-condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y
-operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente
-impías, pero eternamente legítimas y vencedoras.
-
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-PERO el turbador misterio del ser, las realidades materiales ó morales,
-¿son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de
-la fuerza palpitante en las entrañas de todos los fenómenos?
-
-Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento
-terrible y lo reducen á un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman
-ahitos de científica suficiencia el _dogma de la fuerza_, es un resto
-de antropocentrismo, tendente á desaparecer como el principio vital, el
-alma vegetativa, las virtudes específicas y otras entidades milagreras
-de la filosofía escolástica. Según el autor de «Los orígenes de la
-Francia contemporánea», en el mundo físico, como en el mundo moral,
-«la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido
-de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones
-y dependencias: los unos morales ó concebidos bajo el tipo de la
-sensación, los otros físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento».
-Las causas desaparecen en esta sucesión colosal é interminable de los
-fenómenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del
-movimiento, sino como _movimiento sintetizado_.
-
-Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de nuestras repugnancias
-metafísicas, sobre todo por lo que toca á la vida y más aun al alma,
-las novísimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios
-donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano
-á considerar los fenómenos, cualquiera que sea la índole de éstos,
-como _hechos de fuerza_, si no parece muy profana la expresión,
-entendiéndose buenamente por fuerza el nombre común y sintético de las
-energías naturales.
-
-Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cómo, sin
-salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littré
-pensaba, aunque el océano de misterio que la rodea sea muy grande é
-impenetrable; cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y
-maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y
-de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la _causa primera_ de
-todas las cosas.
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-NO hay por qué adolorirse ni indignarse. Tal presunción es menos
-temeraria y absurda que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en
-el disforme vientre las viejas cosmogonías. Mueve á risa el hecho
-sólo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres é
-intuiciones humanas, que las ciencias podrían aplicar sus instrumentos
-infalibles y razones experimentales á descubrir la voluntad divina en
-el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos
-más caros, los fenómenos físicos constatan invariablemente la
-presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y así como es
-imposible concebir siquiera el universo sin la energía, que con los
-nombres de cohesión, atracción, gravitación y otros mil mantiene los
-cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el
-espacio infinito, tampoco es dado imaginar, á menos de acudir á las
-triquiñuelas de la concepción dualista, que los filósofos no invocan
-ya, los fenómenos de la conciencia sin el juego de los instintos,
-pasiones y sentimientos de estirpe fisiológica; sin las energías
-físico-psíquicas y físico-químicas, en fin, que se atraen ó rechazan,
-funden ó combaten, pero que siempre tienden á ser, á realizarse, y
-cuyas reacciones infinitas y complejísimas, dan pie y margen á la
-intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y
-luego de substancias y después de organismos y al fin de voluntades que
-pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una
-vida ó un mundo, parécenme en su realidad primordial y esencia íntima,
-formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no
-más sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad ó las operaciones
-químicas, superiores á la de nuestros más poderosos laboratorios y más
-clarovidentes que los más fabulosos prodigios de nuestra razón, que
-realiza una microscópica gota de protoplasma...
-
-Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al parecer, pero
-sugestivo y transcendente en realidad: _es el carácter guerrero de los
-fenómenos_. Esta combatividad originaria y común que les presta á todos
-ellos así como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los
-observadores miopes, induce á Le Dantec á substituir la noción de vida
-universal por la noción más exacta de lucha universal. «Ser es luchar;
-vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo espectáculo del mundo
-debió sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos,
-resulta, á pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de
-San Agustín y los discursos sentimentales de los _pacifistas_, tan
-verídica en lo que atañe á la materia como por lo que toca al espíritu.
-El carácter belicoso y la condición cruel son los lazos de parentesco
-que unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales y morales. Los
-instintos, sentimientos é ideas luchan también por el espacio y la
-dominación. Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas que las rudas
-batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, ó
-los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente, ó las
-feroces riñas de los hombres en la conquista del pan, de la gloria ó de
-la mujer.
-
-
-
-
-EL aspecto de un cerebro ó un alma después de sufrir las invasiones de
-los bárbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse á
-un fragoroso campo de batalla cubierto de cadáveres, ruinas, fugitivos
-escuadrones y soldados ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes,
-incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jamás he percibido bien
-la radical diferencia que á lo que parece existe, entre las luchas de
-los ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que éstas sean de otro
-linaje ni menos mortíferas. Las tiranías de la pluma parécenme tan
-despóticas como las tiranías del sable y acaso más, si se considera que
-las opresiones mentales, aparte su ingénito encono, violan sin piedad
-lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del
-alma. Por eso, sin duda, humorística, pero profundamente, decía el
-dulce y maleante Renán: «más vale el soldado que el sacerdote, porque
-al menos el soldado no tiene ninguna pretensión metafísica». Así
-delataba con sutil socarronería, el carácter despótico y fanático de
-los imperios espirituales.
-
-Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en
-todo tiempo á someternos humildemente á las coerciones hipócritas de
-la Idea, creyéndola de otra prosapia más conspicua que las resueltas
-coerciones del Factum. Cuántos furibundos anatemas y saetas envenenadas
-dispara diariamente el idealismo á lo Cousin contra las iniquidades
-de la fuerza bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita,
-como ofrendas de miel y de flores, á las plantas de la severa Palas...
-vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es
-combatiendo, porque es por medio de la destrucción y la conquista,
-que la diosa de los ojos fríos y claros extiende sus dominios en las
-tierras del alma... La Razón es esencialmente guerrera y dominadora.
-Las ideas no son vírgenes tímidas de albas manos y blando corazón,
-mas intrépidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia,
-toman feudales castillos; entran á saco villas y ciudades; incendian,
-matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y
-esclavos. Una modesta, una humildísima sensación se introduce á hurto
-en el receptáculo misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente se
-atrinchera allí; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones
-hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco á poco, pero
-tenazmente, las sensaciones antagónicas: así dilata sus _zonas de
-influencia_ á los centros nerviosos; conquista después de muchas
-maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lóbulos cerebrales;
-invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se
-opone á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz
-y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las
-mismas violencias, en hechos reales é imperar sobre otros hechos.
-
-Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó
-mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las
-mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza.
-Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á
-las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente.
-¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia;
-sin el divino _poder_ de animar con un eurítmico soplo la materia
-inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las
-severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales
-á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la
-inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método;
-sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer
-similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que
-introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y
-confuso?
-
-El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y
-la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas
-ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y
-sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas
-específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades
-supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á
-las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende
-la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación.
-La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo
-tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció
-silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina;
-pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos
-que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue
-cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy
-á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la
-materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los
-pasajeros equilibrios de una eterna lucha.
-
-Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el
-cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y
-dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio
-de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de
-las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos
-por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los
-idealistas; las revoluciones _rojas_ de los teóricos, y la propensión
-irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo
-moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la
-fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras
-de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo.
-Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas
-por la dominación, pero el _resorte_ es el mismo bajo la engañosa
-disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas;
-la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el
-amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros
-para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar.
-Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las
-cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una
-conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en
-el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre
-la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las
-microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los
-débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de
-los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza
-tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los
-organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...
-
-La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente
-y la condición necesaria de la vida.
-
-
-
-
-ESTA verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel
-femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido
-anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro
-puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre
-todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia
-de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las
-morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos
-de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús.
-
-Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso
-cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la
-ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes,
-las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el
-orgullo satánico:
-
- «Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».
-
-apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de
-las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y,
-revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden
-arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada
-con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga
-de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que
-se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo
-otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su
-reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía,
-proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión,
-y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y
-cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia,
-fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal
-no es el alma, sino el _plasma germinativo_, depósito minúsculo y
-misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas
-las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico,
-como una herencia sagrada y eterna...
-
-Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera
-de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris
-en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de
-Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos
-cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas
-civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque
-mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida
-que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en
-su impuro, pero fecundo esplendor.
-
-Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco
-y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del
-cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto,
-el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra
-nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico
-penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia
-que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones
-artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida
-entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua
-y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero
-es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella
-se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria
-opuesta _á lo que es_, se desvanece y surge el mundo de las realidades
-indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y
-próvida Fatalidad. Y aquí se produce la _transmutación de valores_ que
-indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica
-pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña
-inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las
-falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas
-jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la
-piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la _piedad de la
-especie_, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una
-humanidad doliente y apocada, el culto del _superhombre_, germen de
-la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora
-_moralina_ de los esclavos, la moral creadora de los _aristos_; á la
-religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la
-lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús,
-que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y
-fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que
-rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al
-seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.
-
-En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y
-retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen
-despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y
-libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos
-pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente
-dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas
-ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y
-epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones:
-la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar
-más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y
-fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante
-expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como
-origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no
-como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo
-estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es
-lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en
-el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad
-alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al
-figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la
-cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, _que
-no suponga el conocimiento imposible del fenómeno_, llama el maestro
-voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se
-separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios
-de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo
-egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable _euthanasia_ y escapar
-al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y
-exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura
-la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo
-insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría
-majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo
-heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas
-y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de
-las Furias.
-
-
-
-
-MAS la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las
-sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en
-entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo
-así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del
-universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también
-de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio
-dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el _agua_
-de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el _fuego
-viviente_ de Heráclito; lo _indefinido_ de Anaximandro y la _unidad
-absoluta_ de los alejandrinos; la _idea_ de Platón y la _actividad
-pura_ de Aristóteles; la _substancia única_ de Spinoza, y, por decirlo
-todo, la _causa primera_ de las filosofías y lo _divino_ de las
-religiones.
-
-El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas
-generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad
-de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá,
-como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de
-Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo;
-tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula
-más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del
-iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en
-la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una
-afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista
-del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han
-prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de
-los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los
-desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.
-
-Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros
-portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y
-Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la
-energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos,
-emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la
-misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las
-prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por
-tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable
-á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio
-actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos,
-y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el
-último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en
-verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la
-materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se
-crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula
-heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter
-de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para
-nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero
-no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo
-son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son
-posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de
-la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil
-é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas».
-Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria
-elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos
-físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material
-es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es
-algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas
-hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas
-luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que
-materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el
-mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la
-radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos,
-participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.
-
-Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio
-profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando
-menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la
-materia organizada. Los _radiobos_, los artificiales animálculos
-producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada,
-ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque
-el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de
-bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos
-semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen,
-mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo
-animado.
-
-Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de
-la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por
-insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y
-correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada
-nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como
-van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas
-entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la
-China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios
-linderos del cuerpo y del alma.
-
-
-
-
-ASEGURABA el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre
-y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en
-su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso,
-en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde
-que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun
-formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del
-mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y
-las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de
-los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración,
-el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á
-destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo
-inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma,
-dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma
-pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las
-manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que
-goza de gran predicamento, como metamorfosis _energéticas_ de idéntico
-modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no
-menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el
-pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su
-sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á
-los inquisitoriales potros, que las piedras _viven_ y _mueren_, que los
-metales se _fatigan_, que la materia, aun la más pesada y consistente,
-es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza;
-la vida, un _complexus_ de operaciones físico-químicas de la misma
-naturaleza que las que dan origen al _individuo cristalino_, el cual
-nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace
-la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más
-rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta
-directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de
-las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el
-andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin
-de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos
-tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz...
-Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que
-más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad
-creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas
-del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los
-orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan
-á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las
-sociedades.
-
-Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos
-de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa
-tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa
-generadora--fuerza, energía ó movimiento--que ya buscaron en sus hornos
-tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque
-es el término empleado corrientemente en la explicación de todos
-los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como
-el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la
-orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares
-y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone
-cada vez con más tiranía al entendimiento como el _principio único_ del
-que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la
-vida, la inteligencia, el alma...
-
-
-
-
-ESTE monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la
-remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo
-Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes
-inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas
-para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los
-pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas,
-empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma
-blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse
-ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los
-abismos de la conciencia _sublimal_, viene preparándose sigilosamente
-desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo
-que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque,
-á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia
-filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las
-cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten
-en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos
-activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición
-de las ideas. El _amor propio_ de La Rochefoucauld, que es, en último
-término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco _deseo
-de poder_ de Hobbes; el _derecho natural_ de Spinoza; el _instinto
-de soberanía_ de Mandeville, primo carnal del _instinto invasor_ de
-Blanqui y de la _fuerza fundamental_ del ser humano de Stirner; el
-_interés_ de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el _principio
-selectivo_ de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el _mayor
-motivo_ de Spencer y las mismas _ideas-fuerzas_ de Fouillee, y, por
-último, la _expansión de la vida_ de Guyau y la _voluntad de poder_ de
-Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy
-de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento
-teórico más ó menos implícito de la energía _combativa_ que, en la
-práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del
-alma humana.
-
-Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte
-que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran
-que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la
-fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque
-es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad
-espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que
-deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo
-fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por
-la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho
-Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más
-absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un
-inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de
-los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la _dignidad_
-la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros
-hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su
-sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros»,
-pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los
-dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su
-voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y
-crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar
-á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del
-_deseo insaciable_ de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos
-labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo
-altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo
-mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con
-las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo
-de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la
-realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual
-induce, como la _Idea_ de Hegel, de la que toda realidad es un momento,
-á la glorificación del hecho, á legitimar la _misión histórica_ de los
-maestros alemanes y las _aplicaciones prácticas_ de Bismark; á concluir
-con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que
-el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas
-antiguas de ella.
-
-Con estas trazas é invenciones desaparecen no sólo del mundo moral,
-sino también del mundo lógico, todo principio divino ó racional,
-toda evaluación humana que no sea una cristalización maravillosa
-de la Fuerza, la _tabla de valores_ ideales que por necesidad y
-utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer á otros grupos y
-que después se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas
-morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las
-verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que
-transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.
-
-
-
-
-MAS, pasando de las ideas al gobierno del mundo y práctica de la vida,
-los glorificadores de la fuerza, el éxito y el valor--entre los que
-se podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el
-famoso conde de Gobineau, al dulcísimo Renán,--tienen precursores tan
-remotos y venerables como los sean Heráclito y Lucrecio en el terreno
-de la especulación filosófica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso
-Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocráticas
-é individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar
-el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo
-_apolónico_ del profesor alemán; los evangelios políticos del gran
-Federico y de Bonaparte, y hasta el paradójico «Crimen considerado
-como una de las bellas artes», de Tomás de Quincey, pues ya el
-representante de la aristocracia jónica en uno de los más famosos
-Diálogos de Platón, veía en el crimen, antes de Weiss, quien asegura
-«que es hermoso un hermoso crimen», ese elemento de heroísmo y belleza
-reconocido siempre por las multitudes en las fechorías y desmanes
-de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de
-la fuerza vencedora, el corazón fué siempre devoto de ella. En la
-admiración secreta, vergonzante, pero profunda que, á pesar de nuestros
-arrechuchos humanitarios, nos inspira el egoísmo avasallador de
-Bonaparte, las cínicas dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello
-Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman con delectación
-el divino, existe una aceptación tácita de los derechos inhumanos
-del gorila más membrudo; una consagración íntima de lo que es
-_naturalmente_ legítimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpatía
-que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la
-naturaleza, muy semejante á la que nos mueve, mal nuestro grado, á
-perdonar las faltas y hasta los dolos y crímenes que como un bandido
-romántico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el
-artificio de las leyes.
-
-Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas raíces en
-lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologías,
-afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la
-lumbre del encendido carbón, en las sonantes estrofas de poetas
-épicos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el
-coraje y la belleza dos maravillas ó embrujos del mismo _daemon_ que
-dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera;
-y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades
-heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de más grande y
-duro corazón: _les bêtes de proie hiperboreens_, los _eugénicos_, los
-hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos en
-los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la vez los más obedientes
-y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios,
-como diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de
-la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al
-hombre le es dado penetrar y comprender.
-
-Y he aquí, acaso, el secreto del amor instintivo é irresistible del
-alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece.
-
-Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrás de los barrotes de su
-prisión del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera.
-
-El prestigio de los héroes, grandes capitanes, profetas dulces ó
-ceñudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de
-distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos á los
-ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que
-son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su
-poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la
-Grecia adivina y reveladora, ponían el rayo en las manos de Zeus y en
-las de su hija Palas, la diosa de la razón, una lanza y un escudo...
-Los héroes y los dioses son tanto más grandes cuanto más osados y
-terribles. Diríase que el Alma, la cautiva lánguida y suspirante, no
-reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los
-de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se vistan con ellos, desde
-los emperadores de férrea armadura hasta los caballeros andantes que
-ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden
-atraerla, seducirla ó dominarla.
-
-
-
-
-CONSIDERANDO el extraño é íntimo parentesco de lo divino y de la
-Fuerza, se ofrece al espíritu una inquietante conjetura que, á ser
-verdad, podría resolver por modos no pensados, grandes misterios y
-terribles antinomias. Si el último término del análisis de la materia
-es la fuerza, como parecen probarlo muchas hipótesis, y, sobre todo,
-las curiosísimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no
-son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si á sus
-misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad
-en el espacio infinito; si ella es la razón única de todas las cosas,
-de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del
-éter y todo retorna á él, y, finalmente, si la condición de la vida
-y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza
-obedeciendo á la suprema armonía de sus propias é infalibles leyes, la
-Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razón de
-los filósofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza;
-el mundo mismo fuera su emanación, lo cual explicaría que todas las
-cosas participasen de la naturaleza combativa de aquélla, y en el trono
-de la divinidad usurpadora se asentaría radiosa y triunfante la virgen
-señuda y de duro corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre y una
-hechura de la Fuerza...
-
-
-
-
-LO terrible de esta sacrílega conjetura es que tiene todos los visos
-de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de
-intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus
-dioses fueron la _divinización_ ingenua y encantada de las fuerzas
-naturales, y también de la fuerza invisible de que ellos se sentían
-depositarios. El Dios de las religiones monoteístas, producto más
-complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las
-divinidades paganas, podría ser muy bien la reducción de éstas á
-una sola, ó de otro modo, la _diosificación_ de la fuerza total,
-anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo
-de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las
-divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del
-poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible
-linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como
-restos fósiles, indicios indelebles de las necesidades fisiológicas y
-de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cándida
-aurora del mundo, la formación de las religiones y las morales.
-
-En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religión, que
-absorbía todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el
-instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma
-Fustel de Coulanges, extraña ú hostil á los intereses y conveniencias
-de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y
-conveniencias no eran consonantes con los que ella defendía ferozmente,
-como una loba á sus cachorros. Mas en época ninguna se mostró la
-religión hostil ó extraña, en realidad, á los intereses de la Vida.
-Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la
-religión lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero
-no es menos cierto que la religión lo quiso precisamente porque eran
-cosas útiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los
-intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo,
-y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran
-en prácticas ociosas. En las mismas páginas de «La Cité Antique»
-no es difícil empeño el constatar hasta qué punto la organización
-religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel
-de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. El carácter
-sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unían estrechamente las
-generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantenía
-religiosamente, de padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los
-miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que ardía en
-mansa dulcedumbre la leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios
-de la llama viviente de que el fuego sacro era símbolo, y robustecían
-unánimes, en el mismo culto, las virtudes domésticas conservadoras de
-la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes de la humanidad
-futura. Los dioses Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado
-de Términus barbudo aislábala de los extranjeros y de toda influencia
-extraña al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletérea.
-Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la
-ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen á ésta,
-facilitan la unión de los elementos que la componen y crean las
-costumbres y prácticas religiosas menos hostiles á la plebe, sin fuego
-sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religión. Los
-Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Más
-tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman
-que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos límites de
-la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados
-brazos á los recién venidos. Por último, llegado el solemne instante
-de la comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes
-del advenimiento del cristianismo, por los discípulos de Pitágoras,
-Anaxágoras, Zenón, los sofistas y los poetas de ideas contrarias á las
-divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del
-corazón, aparece el Dios único, que no rechaza hosco al extranjero, y
-une en amoroso abrazo á los hombres de todas las clases y patrias. Pero
-esto era precisamente lo que necesitaba la evolución de las sociedades.
-
-Diríase, observando el carácter protector de las religiones y las
-morales, que unas y otras no tuvieron más objeto que el de establecer
-la supremacía y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de
-la historia, del grupo más rico de savia vital é ilusión favorable
-á la conservación de la especie, formando para ello con los dogmas,
-reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral,
-digámoslo así, en el que la misérrima, aunque dominante colonia humana,
-pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de
-ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que el bien y
-la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado
-de ella, sino que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, guerrero
-ó pacífico, según los momentos, es una manifestación prodigiosa de la
-voluntad de los hombres.
-
-
-
-
-CUÁN otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de
-la muerte, poeta brioso y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán
-desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cuán deleznable
-sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un
-nombre á las energías creadoras del misterioso universo para ajustar
-á sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ahí que los
-mandamientos de Dios, aun los más crueles, sean conservadores de la
-Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo
-divino se ofrece así á los ojos atónitos como un _substratum_ de
-las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entrañas de
-las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la
-identidad de lo divino y la fuerza, y común origen de la materia y del
-espíritu--Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma
-en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma
-en sí,--y como la evolución filosófica tiende á un monismo absoluto,
-materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusión humana
-y ayuno de toda grandeza, causa la desesperación de los obstinados
-irrealistas y provoca las líricas cóleras de ese ente radioso y obtuso
-que se llama el poeta...
-
-Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento
-contemporáneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas
-con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar á
-los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus
-fantásticos sueños, podría resolver, por el contrario, lo que se
-consideraba eternamente irreconciliable y antagónico: la pugna de la
-Fuerza y la Razón, y las irreducibles antinomias del interés y del
-altruísmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre;
-las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones
-subjetivas y las realidades indestructibles del mundo.
-
-Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, que no están en
-desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales
-espiritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal vez pudiese el
-instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusión, que haría
-reverdecer las fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida
-de los hombres. Para ello bastaría desentrañar los elementos sociales
-que lleva en su seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, el
-principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma
-de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las _voces
-secretas_ y los _eternos mandatos_ de la diosa inexorable y revelarnos
-contra ellos, oponiéndoles, ¡pueril intención! las leyes falaces de
-un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sería más digno de
-una acendrada sabiduría someterse y convertir por un sortilegio de la
-voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero é indómito, que
-burlándose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros
-castillos de naipes ó nos acecha airado en todas las encrucijadas de la
-vía dolorosa. Sólo así pudiera ser que la planta de estufa de la moral,
-hundiera sus endebles raíces en la tierra firme, dando al aire libre
-flores y frutos, y que el Derecho, la Razón, la Justicia no fueran,
-sin la superstición del creyente, puras entelequias, ídolos grotescos,
-fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legítimas de lo divino
-natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre.
-
-Á pesar de la pobre condición humana y miseria del mundo, no parece
-imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platón,
-del que derivan no sólo las grandes falsificaciones que _consisten en
-anteponer las ideas á las actividades, á los hechos de fuerza que las
-crearon_, sino en anteponer la razón mística á la razón física, y en
-ponerle á ésta la máscara de aquélla, no parece imposible, repito,
-elevar un templo grandioso, construído con los materiales del planeta,
-y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras,
-pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, antaño acariciadas
-como un lenitivo á sus males, por la humanidad doliente y ensoñadora.
-
-Existen razones, cada vez más pertinaces y sugestivas, para darnos á
-pensar que la Fuerza no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas
-humanas como Apolo y Jesús, por motivos ocultos, nos lo han hecho
-creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su
-razón se acuerdan más con el genio de la especie y son, en definitiva,
-superiores á la razón é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable
-de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales
-excursiones por el cielo azul,
-
- «que no es azul ni es cielo»
-
-cayendo en los pantanos más cenagosos de la necesidad; mientras que el
-culto de la diosa omnímoda, al absorber en los robustos pechos de la
-Naturaleza el néctar y la ambrosía del olimpo, se diviniza, rematando
-fatalmente, ora en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices
-más materialotes ó más románticos, en la religión de la Vida, y de
-una vida intensa, heroica, plena, desbordante de espléndida robustez
-y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la
-dicha del mayor número y el nivelamiento común, enemigo ambagioso
-ó declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los
-pensadores devotos del humanitarismo.
-
-Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descubrir las necesidades
-éticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la
-concepción del heroísmo en la historia y la filosofía. Schlegel y Tieck
-echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes,
-desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta
-y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar de
-su abolengo en apariencia idealista y hasta místicos componentes, el
-culto del héroe, del genio, del hombre histórico ó providencial y, en
-fin, del superhombre, es no sólo aristocrático como la Naturaleza,
-donde todo es diferenciación y jerarquía, sino á la par de ella,
-tan contrario á la moral de la razón razonante como á la moral del
-sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que
-arrancan, según muy encumbrados pensadores, el romanticismo en política
-y literatura: dos formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería
-caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores
-de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de
-flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento.
-
-
-
-
-PARECERÍA incomprensible que en este mundo, donde reina el más tiránico
-determinismo, y donde los fenómenos se subordinan los unos á los otros
-sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y
-fraternidad, imaginados por un _héros lâche et délicat_, hayan ejercido
-tan misteriosa acción sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada
-que éstos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que más
-los engañan, adulan y fascinan. Y el mísero y glorioso Rousseau,
-es el fascinador más grande que, después del Nazareno, ha visto la
-humanidad: «un maestro de ilusiones y un apóstol de lo absurdo», como
-dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente
-á los desheredados de la fortuna; clamó contra los poderosos, aun
-cuando se holgaba en su compañía y comía su pan; sufrió á la vista
-de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne
-flaca, y comunicó á todos también sus rencores, despechos y fiebres de
-reparaciones sociales y dicha universal. Fué el novelador de la Utopía
-y el arquitecto lógico de un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el
-eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y
-seducción, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud,
-es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce é irresistible
-canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana
-para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y cálidos Discursos,
-_Rêveries_ y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al
-cerebro, sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que robustecen las
-ansias legítimas, en suma, de placer y dominación. Nuestras flaquezas
-están de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado
-y reinará. Y he aquí lo estupendo: salvo la sana aspiración hacia la
-dicha y el imperialismo democrático que ocultan las frases fraternales,
-la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en
-las doctrinas que han hecho sacudir á la humanidad en tan violentas
-convulsiones y preparan al presente otros y acaso más terribles
-sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por
-naturaleza; falso que nazca libre é igual á los demás hombres; falsa la
-fraternidad y las utopías sentimentales basadas en el desconocimiento
-absoluto de la fisiología humana.
-
-¡Pero qué importa!
-
-Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva
-en la inteligencia y el corazón de la humanidad, no obstante sus
-contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una
-grande verdad es una grande ilusión. Lo imperecedero de él son sus
-errores. Gracias á ellos, y no á su substancia lógica, hase convertido
-en verdad popular, en injusticia, en esclavitud. Á tal punto que, sin
-quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando
-la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el
-destructor del último ídolo y de la última tiranía no será acaso el que
-asesine la Libertad...
-
-
-
-
-LA moral de la Fuerza, velada hasta ahora á los ojos humanos, pero
-presente en el mundo, no admite del desorden anárquico, ni la mentira,
-ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espíritu, porque la
-Fuerza, ó por otro nombre, la razón física, es lo que es y no puede
-menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición única y suprema
-de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una
-indestructible jerarquía, un orden divino, al que nadie ni nada escapa,
-ni aun la razón mística, que viene á ser así como la loca de la casa de
-la otra y universal razón.
-
-Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las
-manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo
-de esta mecánica inteligente que rige en el universo, preguntábase
-atribulado por heréticas vislumbres y afanes prolijos, si la _materia
-no pensaba_, tan armoniosas y de buen concierto le parecían su
-estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el
-alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo
-adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren á las flores ni más
-ni menos que á nosotros. «Ellas tantean, dice, en la misma noche;
-encuentran los mismos obstáculos, la misma mala voluntad en el mismo
-ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones,
-los mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que tuvieran nuestra
-paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma
-esperanza y el mismo ideal», y considerando el esfuerzo inteligente
-y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios
-de imaginación, las industrias de que se valen para convertir en
-mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos á los insectillos
-y las brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, burlando
-el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la
-suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la
-flor, deduce que «no hay seres más ó menos inteligentes, sino una
-inteligencia esparcida á todo; una suerte de fluido universal que
-penetra en diversos grados, según que sean buenos ó malos conductores
-del espíritu los organismos que encuentra. El hombre sería hasta aquí,
-sobre la tierra, el modo de vida menos resistente á ese fluido que
-las religiones llamarían divino. Nuestros nervios aparecerían como
-los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad sutil. Las
-circunvoluciones de nuestro cerebro formarían, en cierto modo, las
-_bobinas_ de inducción, multiplicadoras de la fuerza de la corriente;
-pero ésta no sería de otra naturaleza ni provendría de otro origen, que
-aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el animal.»
-
-
-
-
-SÍ; podría aseverarse muy bien, no sólo que la materia _piensa_, sino
-que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma
-de él, una manifestación autoritaria de la razón física, á la cual la
-conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se
-empeña en oponer la razón mística, que es en realidad una creación
-y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las
-pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las veces, y briosas
-imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á
-la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solícitas
-los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón
-de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como
-las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahí por qué
-las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y
-caducan; y he ahí por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz
-y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la
-tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la
-razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la
-virtud y la bondad de la época que sigue. Así las duras virtudes del
-paganismo, fueron destruídas sin piedad por las _piadosas_ virtudes
-cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólica _les
-vertus délaissées_, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias
-vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra,
-muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos
-los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á
-los ojos humanos.
-
-Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas,
-la antorcha del espíritu pasa de mano en mano. Las superestructuras
-cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se
-nutre un instante la humanidad, perecen así que ésta agota el jugo
-vital que aquéllas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad
-de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas,
-como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros,
-escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.
-
-
-
-
-MAS el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el
-pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las
-costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor
-de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafísica de la fuerza. Ó
-de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implícita
-consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar
-de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento,
-aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas,
-cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos
-que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas,
-aunque á veces imperceptibles jerarquías, de la razón universal. La
-diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más
-caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad
-maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector
-de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las
-ilusiones favorables á la existencia... Si todavía rechazamos con
-fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande
-justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas,
-se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de
-invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es
-porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios
-que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes
-y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su
-pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efímeras
-mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna
-é inconmensurable.
-
-
-
-
-ESTE convencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más
-quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se
-agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse,
-un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias
-humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta
-aquí, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado,
-el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito
-discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la
-voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento
-divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é
-ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, del _Factum_ y de la
-idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material
-ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas
-nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética,
-teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal
-absolutos.
-
-Y aquí daría principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia
-sería una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas,
-las almas, se graduarían en la escala de la vida por la cantidad de
-_virtud_ que almacenasen. Lo pequeño no podría ser lo grande, como
-acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo
-débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serían precisamente,
-por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen
-y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los
-triunfos se impondrían sin demostración, por sí mismos, por el hecho de
-existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debía ser, de lo
-objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han
-atenaceado al hombre, acabarían por reconciliarse para siempre en el
-regazo maternal de la grande razón.
-
-
-
-
-FORMIDABLES testas han acometido la singularísima aventura de echar
-los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del
-espíritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal
-arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida de _la parada de
-cabeza_ hegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau
-intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la
-expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con
-el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los
-sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta
-social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se
-conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades del _instinto
-de soberanía_, instinto que por medio del amor ó del convencimiento
-tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros,
-no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de
-vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que
-transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos
-generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder
-ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida
-como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la
-afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á
-la manera del viejo idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente
-porque éste realiza el máximum de _intensidad extensiva_, es decir, de
-fuerza dominante.
-
-Una argucia ó vuelta de grupas de la misma índole, da nacimiento á
-la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte,
-se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó
-metafísicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros,
-cualquiera que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por concebirse
-en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan
-lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No por arte,
-pues, de birlibirloque, sino por las vías naturales de la experiencia,
-llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau,
-con substancias materiales, los útiles productos de la _voluntad de
-conciencia y el persuasivo supremo_. En su tozudo afán de establecer
-la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo
-contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal
-de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo
-á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada
-nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo
-que podría llamarse el origen material del espíritu y la naturaleza
-agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas;
-las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los
-dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin
-combatir ni dominar.
-
-
-
-
-LA larga y laboriosísima evolución de las morales interesadas ó
-fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos
-y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia
-humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina
-después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer
-en la biología, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir
-el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la
-fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en
-armonía con las leyes del universo.
-
-Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia,
-continuada por el cristianismo, los ideólogos y los _hombres sensibles_
-del siglo XVIII, hasta florecer espléndidamente en los inmortales
-principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con
-los ensueños, quimeras y utopías sociales de los discípulos de
-Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación
-materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legítimo de
-la fuerza en las sociedades, es el principio generador.
-
-Esta doctrina, antagónica del _état pensant_ que vive fuera del Taller;
-este socialismo científico, destructor de lo que llama con enojo y
-desprecio un discípulo de Marx la _disociación ideológica ó irrealismo_
-de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza,
-el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de
-los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa,
-el reino de Dios sobre la tierra.
-
-Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vías ocultas ó visibles,
-las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la
-voluntad, y resuelven en opresiones y tiranías los idealismos más
-desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque
-es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo
-descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta
-humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En
-vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su naturaleza combativa y
-dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso
-de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social
-es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él,
-aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones
-sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las
-morales, las religiones mismas--propugnáculos y murallas que acaso
-no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,--obedecen
-á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de
-la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el
-cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los
-bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale
-de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes,
-provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo
-de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la
-escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores,
-desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y
-cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose
-con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa
-sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á
-su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran
-Revolución, luego de cometer mil horrendos crímenes en nombre de la
-Libertad, termina en las tiranías de Robespierre y Napoleón. El reino
-de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz,
-guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquías vuelven á
-establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios de la nobleza
-suceden los privilegios de la burguesía; la aristocracia del dinero á
-la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal;
-la tiranía del número á la tiranía del rey, y la fementida fórmula en
-que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre,
-no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de
-los edificios públicos, que los versículos del Corán en los muebles
-moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el
-interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el
-puesto que les da su valor social, como los líquidos de densidad
-diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el
-exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de
-suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo
-á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación
-de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias
-sociales se acentúan más cada día, á pesar de las leyes democráticas
-que las rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacífico
-y modesto país de Washington, se convierte en la patria altanera é
-imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo
-que la poética Alemania de los claros de luna, de la _grechens_ y del
-imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y
-la filosofía de la historia.
-
-De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban
-las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las
-tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de
-la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó
-cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la
-vida. Sea la primordial de ésta el _deseo de poder_ de Hobbes, ó la
-lucha Darwiniana, ó la _voluntad de dominación_ de Nietzsche, ó la
-_voluntad de conciencia_ de Fouillee, ó la _expansión de la vida_ de
-Guyau, ó _la vida creadora_ de Bergson ú otra ley no formulada aún por
-labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del
-disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de
-las religiones, de las filosofías y del amor mismo y es así como el
-fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de
-la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran
-humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.
-
-
-
-
-ES un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad,
-contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las
-cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones
-de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un
-principio indispensables para corregir la virulencia del egoísmo
-nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los
-poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas
-á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados
-ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos.
-Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta
-necesidad. ¿Qué sería de los hombres y los pueblos que practicasen
-el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época
-en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas
-virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é
-inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión
-favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron
-propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que
-le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente
-un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia
-condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafísicas
-en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece fríamente, sin
-piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles
-y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elíseos del edén ni
-en los místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que
-satisfacen, sin las torturas de la _mala conciencia_, su apetito de
-carne, su sed de vino.
-
-Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de toda finalidad
-transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y
-aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas
-al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos
-pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza
-como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y
-dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y
-desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha
-común del mayor número.
-
-Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo,
-llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses
-materiales, donde las categorías idealistas pierden sus múltiples
-y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por
-la riqueza entre los poseedores y los desposeídos. Los primeros,
-individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan
-sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los
-menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta
-del heroísmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores
-forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora;
-los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos
-de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblo soberano
-por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte
-caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el
-presente científico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace
-el antagonismo y la anarquía de las ideas contemporáneas; las trágicas
-luchas sociales y el drama íntimo de las conciencias: antros obscuros
-donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos
-y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables
-chambergos.
-
-El espíritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio
-divino y la supremacía de la inteligencia sobre el _querer_ y el
-_poder_ para la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de
-las jerarquías bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la
-sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura
-literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya
-que perpetúa con el desinterés y el altruísmo, un engaño, una mentira,
-un espejismo peligroso para las energías viriles de la inteligencia
-y del alma. Á las veces por sensiblería y razones de justicia
-convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos
-artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en democrático y
-humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su _instinto profundo_
-es un adorador de la fuerza idealizada--como corresponde á quien ha
-nacido con el alma gran dama y el espíritu gran señor,--y acata las
-copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á
-su capricho, de la misma manera que el espíritu moderno, un tanto
-macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y
-respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen
-por su eficacia y utilidad inmediatas.
-
-Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de
-los humanistas, causa eficiente ayer de poderío y hoy de flaqueza,
-puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué
-antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades
-necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda
-universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos;
-uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la
-tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los
-fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la
-naturaleza que en las sociedades.
-
-
-
-
-LA discordia que la antigua sabiduría creyó suprimir entre los hombres,
-sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma,
-ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización.
-Son las novísimas formas de la cultura, las modalidades del progreso,
-las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica
-y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas,
-sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la
-realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y
-lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los
-oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la
-voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello
-el collar infamante de los esclavos.
-
-Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de
-aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos
-impertérritos é incontrastables de la razón universal.
-
-La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como
-todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El
-comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha
-tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy;
-la Edad de oro de los utopistas del siglo XVIII y la _Federación
-universal_ de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por
-decirlo todo, punto extremo de la Economía que pretende organizar la
-sociedad, vale decir la producción, científicamente, es muy posible
-y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo.
-Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según
-nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que
-á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social,
-desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del
-egoísmo nativo, llama iniquidades sociales, vías ocultas acaso de
-una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un
-punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la
-repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades
-pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir
-tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número
-de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el
-aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi místicos,
-no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y
-finas. Y he aquí otra prueba palpable de la relatividad y miseria de
-las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple
-modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de
-los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de
-inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.
-
-No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa
-del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del
-instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha
-de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y
-que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la
-parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo científico ó
-criticista, que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales de
-Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas
-burocráticas y fiscales ó _utopías de los cretinos_, ni con otras
-formas pueriles del _socialismo vulgaris_ de que nos habla el docto
-Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la
-existencia material, determina generalmente el _processus_ social,
-político é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre
-lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de
-ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se
-crea el espíritu como una mano de su voluntad», diría Zaratustra.
-«La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el
-cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos
-dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución
-de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquías de
-las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las
-causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social,
-será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su
-conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las
-metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en
-la filosofía, sino en la economía de la época estudiada.»
-
-Estos razonamientos pedestres son la antítesis del vértigo de las
-alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafísicas, pero
-producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de
-un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los
-fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano
-de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de
-la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de
-clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La
-ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que
-tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El
-modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las
-manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el
-derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la
-expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las
-relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de
-producción, correspondientes á un período dado del desenvolvimiento de
-sus fuerzas productivas».
-
-Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta
-de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del
-determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como
-ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos
-hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por
-la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de
-que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo,
-á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones
-del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una
-gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos
-de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que
-siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron
-de inspirar en todo tiempo las metafísicas, retóricas y reglas de
-conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espíritu así
-como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales
-se explican más acabadamente por la economía de cada época que por sus
-engañosos espejismos mentales.
-
-Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación,
-que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido
-descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de
-los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya
-morfología empezamos á conocer íntimamente, sin que nublen los ojos
-veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa
-de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria
-y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más que
-_espíritu_ precipitado parece el mundo condensación de egoísmo. En
-el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del
-Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas
-razones, el pontífice del socialismo científico, cómo los nuevos modos
-de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las
-servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal
-para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo
-el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en
-el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva,
-mina al presente los fundamentos de la _apropiación individual_,
-ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes
-político-jurídicos y trata abiertamente de imponer los códigos
-comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella
-producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará,
-según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa,
-fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el
-advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idílica, en la que
-«el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre
-desenvolvimiento de todos.»
-
-
-
-
-DULCES anuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el
-edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado
-parentesco con las amables sofisterías de Jean-Jacques y la hueca y
-rimbombante fraseología jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero
-en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones
-prácticas, como engendros del espíritu de sistema, intención pueril
-de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la
-abstracción, parécenme sobrado artificiales y, á la postre, ingenuas.
-Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo
-de la lucha económica en la historia del mundo, y que la sociedad
-comunista suplante á la sociedad burguesa, como ésta misma suplantó
-á la feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las
-leyes de la producción. Lo que es más difícil de digerir, á pesar de
-los jugos gástricos de la dialéctica marxista, es cómo ha de impedirse
-la formación de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun
-en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha económica,
-causa presunta de los males que afligen á la sociedad, pero al mismo
-tiempo causa cierta también del proceso histórico de las sociedades.
-Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin
-la lucha de clases, desaparecerían los privilegios burgueses, las
-desigualdades inicuas, la dominación de los pobres por los ricos.
-Mas para lograrlo, hace falta la destrucción de la propiedad--que es
-un robo, según reza el resobado aserto de Prudhon,--del capital, del
-comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales,
-porque si éstas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquías
-se establecerían nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres
-sobre otros. Luego hace falta para la organización científica de la
-humanidad, organización destinada á concluir con la guerra de los
-hombres y la anarquía capitalista, no sólo la igualdad civil, sino la
-igualdad económica, sin la que, la primera y aun la democracia misma,
-es un puro fantaseo, y por añadidura la igualdad moral, intelectual,
-todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existiría
-aún, mientras hubiera ambiciones y egoísmos, habría que suprimir los
-egoísmos y las ambiciones, ó lo que es igual, habría que suprimir la
-vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los
-comunistas de todos los tiempos. Cómo las cerezas, que en tirando de
-unas vienen las otras detrás, las enormidades traen las enormidades.
-Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la
-servidora del instinto vital, se lanza á construir castillos de
-abstracciones, en guerra abierta contra la física del alma y la lógica
-infalible de las realidades.
-
-Muchas y muy serias objeciones cabe hacer á la concepción marxista
-del dinero, de la mercancía, del capital, y más aún, á las tendencias
-fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina que está en vísperas
-de desquiciar el mundo burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado
-mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx:
-es la incomprensión del valor _divino_ de la moneda, después de haber
-comprendido su valor fisiológico, digámoslo así, en el desarrollo
-orgánico de las sociedades. Y, sin embargo, á lo que se me alcanza,
-sólo admitiendo que el Oro es el _substratum_ social de la voluntad
-de dominación y que como tal, se crea la ética que le conviene, es
-que podría aseverarse que la filosofía y las instituciones son las
-superestructuras de la economía, como lo afirman, sin empacho, Marx
-y Engels; sólo reconociendo, con estoica resignación, que el Oro es
-el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad,
-y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar
-cierto, ya que todos los brotes del carácter son obra de aquella, que
-la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida,
-el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una
-lucha sin tregua ni fin.
-
-
-
-
-DE modo, pues, que la Federación Europea del sueño feérico y prosaico
-á una de Hipólito Dufresne, no se realizará por otros medios que los
-empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus
-conquistas y establecer su dominio; ni eliminará la vitanda lucha
-entre los hombres, aunque suprimiera la lucha económica; ni los
-libertará de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los
-bolsillos, nivelará los cerebros y las almas. La sociedad futura,
-en donde el gobierno de las cosas reemplazará al gobierno de las
-personas, gobierno técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnímodo de
-la ciencia, que podría terminar como el reino de la Razón, prepara ya
-en las sombras los instrumentos de tortura y diseña las jerarquías
-del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad, á los pies del
-ídolo populachero, empiezan á depositarse, como costosas ofrendas,
-las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que
-ardorosamente combatió la humanidad, tan presto ilusa como desengañada.
-El nivelamiento común, hecho al rasero de lo más inferior; la pobreza
-forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva
-organización colectivista, sobre relajar, como la ética cristiana, los
-resortes de la voluntad, matando el interés y el egoísmo, y producir
-la degeneración y envilecimiento de la criatura humana, dividiría la
-sociedad en dos ejércitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia,
-y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni
-esperanza de obtenerlo ni libertad de procurárselo. El Estado, con
-este ú otro nombre, pensaría por todos, obraría por todos, acumularía
-las magras riquezas que nadie tendría interés verdadero en producir,
-porque «el hombre puede amar á su semejante hasta morir, pero no hasta
-trabajar para él», como asegura el mismísimo Proudhon. Y aquellas
-riquezas serían repartidas luego, según lo entendiera una plaga de
-administradores, interesados, como es natural, en quedarse con la
-mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le serían
-conferidos al Estado forzosamente; á la omnipotencia de los mandarines,
-seguiría la omnipotencia del _monstruo frio_, más absoluta aún; y á
-la anarquía capitalista, otras anarquías, otras pasiones invasoras,
-otras ambiciones feudales, otros egoísmos acaparadores, otros
-intereses egoístas, otras formas de la Voluntad, en conclusión, la
-que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales
-construcciones, y pasando al través de todas las cribas de la lógica,
-seguirá trabajando, como hasta aquí, la masa humana, por la guerra de
-todos los instintos é intereses: el camino de perfección más corto y
-cierto quizá, para llegar prontamente á los movimientos ordenados y la
-armonía que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza.
-
-
-
-
-EL esfuerzo trágico de la humanidad por acordar las leyes del universo
-á los deseos ardientes del corazón, no puede menos de terminar un día
-por la obediencia y adaptación humildes del corazón al universo. Mas
-ello será, á todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral
-de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá mejor sus reglas inflexibles:
-si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las
-generaciones presentes á las futuras, las masas á los aristos, y los
-débiles y lacerosos á los robustos y viriles para embellecer á la
-humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso humanitarismo, luchando
-bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres
-de rapiña, á fin de asegurar la vida y el bienestar de todas las
-criaturas, sin excluir á los tristes depositarios de la fealdad, vileza
-y degeneración humanas.
-
-Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. Á
-cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de qué
-ley, ya que el mundo, según todas las apariencias no tiene ningún fin
-racional ni le es dado á la razón imponérselo, puesto que ella misma
-ignora adonde se dirige; en virtud de qué ley, repito, el presente, la
-única realidad sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un futuro
-brumoso y metafísico, al modo que antaño los bienes terrenales á las
-promesas celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? ¿Es posible
-que el genio de la especie ó los mismos mandatos de la diosa fiera,
-le impongan á la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar una
-nueva concepción religiosa de la vida, semejante á la gran ilusión
-cristiana, ó un ideal neo-romántico que surja del descreimiento como la
-pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, ¿el triunfo probable
-de las utopías socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la
-Naturaleza, no será efímero y, en resumidas cuentas, dañoso para el
-alma? ¿La relajación del egoísmo y los resortes del querer, fatales en
-un organismo social que suprime el instinto de dominación concentrado
-en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y
-robustez, no traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre y, á
-la postre, la explosión de otros egoísmos, tanto más viles cuanto
-más hipócritas? ¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener
-holgadamente á la Federación Universal, el hombre impulsado por las
-duras necesidades de la existencia, no tornará á ser el enemigo y el
-cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda y zozobra á lo esencial:
-la razón frívola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de
-rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, la víctima de los
-sentidos y la proyección de la necesidad, ó es más seguro ombráculo
-y guía el egoísmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del
-rebaño?
-
-He ahí los arduos problemas en que se ejercitarán en adelante la
-ciencia finita y la paciencia inagotable de los sociólogos. Lo visible
-por el momento, para todo aquel que no tenga telarañas en los ojos,
-es la lucha de los egoísmos, los cuales cambian de formas, pero no
-de esencia, y la invariable é irresistible propensión de las clases
-á dominar. Siempre fué así, aunque los hombres lo ignorasen á veces,
-pero hoy es así con pleno conocimiento del hecho erigido en ley.
-Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla,
-espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los héroes de
-Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de Nietzsche, los _eugénicos_
-de Lapouge, los dolicocéfalos de los antropólogos, los idealistas
-anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada época
-celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los
-tiempos, tenderán fatalmente á apoderarse del mundo y hacer de la vida
-«quelque chose de fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los
-humildes _marchands de marrons_, los débiles poseedores del triste _don
-de las lágrimas_, los que nacen esclavos de sí mismos antes de serlo
-de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que
-practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se
-los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx,
-formarán la turbamulta, sin freno religioso que la domine y ávida con
-toda razón, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los
-unos defenderán con las uñas y los dientes sus conquistas económicas
-y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros
-pugnarán por destruir las murallas de la construcción capitalista y
-asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos
-dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas
-del porvenir.
-
-El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador
-de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la
-dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente
-en las religiones, filosofías y morales, á sabiendas ó no, impulsados
-ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razón vaporosa,
-pero inconstante y falaz, las esperan hoy del _jugo del planeta_ como
-á la riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es indignarse...
-literariamente, á la manera de los fraseadores de oficio, grotescos
-alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo
-eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta á
-los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de
-prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas
-y teatrales actitudes, será bien preguntarse si no existen poderosas,
-superiores y aun metafísicas razones para que así sea, y si, todo
-bien pesado y medido, no es más saludable que sea así. Hase dicho que
-el anhelo íntimo y la porfiada voluntad del corazón humano, no es la
-ventura, sino la dominación, no la paz, sino la guerra, y que ésta
-sola da vado á los instintos invasores de aquél y le sirve á una de
-hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legítima cepa rousoniana,
-reconocen contritos la índole batalladora del excelso antropoide, y
-loan la violencia como una excelente é insuperable disciplina moral.
-Y el Oro es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación
-de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las
-cosas sagradas. Esta consideración les brinda, aun á los espíritus
-más delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosófica
-ocasión de purificarse de añejos prejuicios y reparar una grande
-injusticia. Y si á tal consideración se agrega el convencimiento de
-que la lucha económica transporta por artes mágicas al seno de las
-sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo
-con esa estupenda industria, los instintos más _profundos_ y _sanos_ de
-la especie humana, acabarán de disiparse las últimas nieblas del craso
-error, y hasta los peor dispuestos comprenderán, sin asomos de dudas,
-por qué «la riqueza es moral», como decía Emerson; por qué «la riqueza
-es la ocupación de todos», como asegura el puro Gladstone, y por qué
-«el comercio gobierna al mundo», según afirma el amillonado Carnegie.
-
-
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- SEGUNDA PARTE
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- METAFÍSICA DEL ORO
-
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-
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-UN «veneciano del estilo»--como Peladán llama pintoresca y
-acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos
-escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza
-algunas exactas vislumbres--dice con su verba briosa, gallarda y
-más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la
-Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y
-duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación
-de la tierra.»
-
-Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos
-cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo.
-Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas
-del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de
-las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la
-alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida.
-Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo
-del _homo Mousteriensis Hauveri_, hasta el acumulado en su castillo de
-las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la
-Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas
-y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones
-bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que
-ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las
-serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las
-mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une
-á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la
-sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más
-aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones
-divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos
-ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron
-en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados
-siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la
-fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la
-gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados,
-astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro,
-de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de
-las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir.
-Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas
-y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el
-sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias
-y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran
-como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los
-depositarios vulgares de la _fuerza interior_, que según Ferrero,
-«obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de
-los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é
-ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres,
-en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza
-interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia
-ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo
-inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y
-sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía,
-es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y
-Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la
-historia...
-
-Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más
-preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de
-las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación,
-que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en
-Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por
-corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados
-por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado
-de actividades productoras y constante transformación, se inclina á
-considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á
-causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean
-las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones
-saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen
-sus ahorros y declinan fatalmente.
-
-
-
-
-LAS virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes
-destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros
-primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su
-cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos
-hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y
-abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque
-siempre los hombres riñeron por un trozo de _pescado crudo_, cocido
-ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el
-advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba
-destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas,
-los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor,
-cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño
-de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba
-produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas
-jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos,
-envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á
-mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar
-las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de
-las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como
-Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era.
-Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas
-de los poetas contra la _confusión de razas_ que traía consigo las
-bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces,
-como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido
-repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame
-de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica
-heredera de un _fermier_: «las mejores tierras necesitan, de tiempo
-en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los
-rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como
-antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien
-le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son
-los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían
-enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los
-campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y
-Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales,
-la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la
-avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por
-terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios
-y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del
-dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista
-estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba
-airado: «Es el dinero que revoluciona los _forums_, que precipita las
-turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores
-y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de
-descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de
-esfuerzo levantaran».
-
-Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á
-colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas
-construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el
-patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de
-los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de
-comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza
-produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante,
-en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la
-moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban
-por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los
-genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las
-leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos
-sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar,
-que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra
-tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo
-de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones
-voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la
-tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas
-y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar,
-incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales,
-traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y
-enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos
-que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de
-los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y
-desnudos.
-
-
-
-
-CONSIDERÁNDOLO atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la
-Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones,
-filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas
-le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque
-inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los
-débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de
-que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la
-virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero
-anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y
-la santidad de la existencia.
-
-El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada
-y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad
-inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés
-genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que
-causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin
-fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales,
-desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del
-espíritu de Dios, cuando el _hombre simple_, por un prodigio de la
-fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado
-del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio,
-el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la _virtud humana_,
-lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y
-rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo
-triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo
-cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las
-dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de
-industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos,
-como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano
-era demasiado bravío y acometedor.
-
-La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué
-amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el
-desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades
-sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río
-que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña
-el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales.
-«Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en
-el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes
-descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche
-de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces
-luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio
-aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie
-del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la
-existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y
-el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno
-era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir
-como hechura del demonio.
-
-_La mala conciencia_, como un murciélago fatídico, revolotea en
-tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas»,
-asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado
-y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los
-ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas
-manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la
-vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las
-concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse
-y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias.
-Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las
-conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio
-de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las
-relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse
-de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el
-resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán
-como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé.
-El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia
-de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces,
-apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas
-ávidos y concupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos patriarcas,
-como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios,
-se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio
-de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y
-los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores
-menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de
-la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo
-transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose
-durante el largo período que empieza con la revolución mística del
-cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente
-con la revolución materialista de los proletarios contra todas las
-teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones,
-atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de
-las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias
-y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los
-apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas
-y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios
-ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos
-poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la
-«Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío,
-escarnecido y confinado en la prisión del _Ghetto_, como una alimaña
-vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro
-macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el
-majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar
-ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y
-Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de
-mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de
-Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo
-económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida.
-
-
-
-
-AUNQUE en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente
-el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los
-bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando
-las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales
-idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la
-inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro
-y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos,
-pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el
-dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones
-de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los
-cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes
-y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor.
-«Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie
-humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones,
-robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida
-á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno,
-oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor
-de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan
-luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie
-barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios
-ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir
-los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de
-la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo
-de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se
-emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse
-desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre.
-Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría;
-desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir
-filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la
-cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra
-la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su
-olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos
-orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los
-incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la
-Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los
-amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y
-casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de
-Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la
-virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la
-paz del mundo y la unión del género humano.
-
-Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las
-piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la
-producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é
-indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso
-de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de
-Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las
-grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones
-semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las
-gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura
-y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como
-el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que,
-«on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy,
-«el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo,
-pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no
-puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en
-esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los
-filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no
-satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos,
-según confesión de las embrujadas, hielan de espanto.
-
-
-
-
-LOS adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico
-al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que
-tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes
-cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del
-mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las
-reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo
-los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la
-Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni
-sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres
-los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados,
-sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que
-por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería.
-
-Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les
-Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que
-el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare,
-Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un
-ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria
-ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y
-hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera
-del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido.
-Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas
-campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender
-los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de
-sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta
-inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando
-se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de
-poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas
-de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las
-flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio
-y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los
-adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por
-no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor
-de los _vientres dorados_, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia
-«Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la
-otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á
-causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y
-educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera
-noble y elegantemente que los _apaches_ vengan á arrancarle los últimos
-_sous_ que le quedan; y la del _arrivista_ Champlin, sujeto vulgar,
-envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario
-por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con
-franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático
-de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas
-imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja
-enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el
-sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á
-la lucha, _envilecerse_ en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre
-terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de
-un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una
-jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso,
-lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo
-que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la
-medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como
-se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina
-de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar
-y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á
-pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus
-sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición
-generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar
-algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será
-siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que,
-entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo
-cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no
-se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se
-llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después
-de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al
-prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina
-así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la
-riqueza es una especie de maldición.
-
-
-
-
-Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la
-índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte,
-sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como
-«La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de
-otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los
-viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de
-Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe
-avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad
-dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura
-y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen
-los aplausos de las almas nobles.
-
- [1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust»
- de P. Adam.
-
-Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna
-del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se
-acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es
-la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental,
-artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin
-tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y
-de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente
-los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la
-literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades
-interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi
-todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes
-de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de
-dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y
-obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad,
-donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las
-civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes
-para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas,
-aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender
-el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma
-por los hombres de espada, de los _rêveurs_ por los _agisseurs_. Es una
-especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes
-típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten
-amenazados en sus privilegios de clase pensante--como antes las
-aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían
-á destruir el dominio secular de aquéllas--y lamentan la agonía de
-un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y
-favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales
-no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación
-implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del
-momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas
-en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en
-los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse
-al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á
-morir...
-
-
-
-
-Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del
-intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la
-necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su
-turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de
-oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos
-materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos
-invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje
-que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de
-la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química
-á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica
-inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la
-lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo
-placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el
-universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos,
-las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil:
-la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia
-es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del
-dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin
-duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante
-de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan
-la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente,
-cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la
-ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en
-el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el
-corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con
-el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas
-de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de
-la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y
-estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la
-tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento
-afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que
-llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo
-mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran
-sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha
-el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la
-plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo,
-y vivientes alambres, y _líquidos caminos_ de zafiro y esmeralda,
-llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la
-lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los
-países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos
-que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía
-suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un
-periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y
-torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas
-destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas
-en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los
-milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es
-confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones
-más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué
-atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del
-desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos,
-que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero
-ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,--que es una
-forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo,
-moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros
-horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido
-los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras
-operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de
-la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa,
-desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica
-y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han
-hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen
-la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas
-fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar
-los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á
-los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para
-domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de
-las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos
-del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos
-é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos
-profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los
-desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca;
-los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas;
-las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y
-somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él.
-Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre,
-de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria
-en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha
-puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces
-que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios
-llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas
-se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto
-por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y
-anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo,
-la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha
-de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación
-lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su
-gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir
-_precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las
-nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad
-concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se
-comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más
-fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron
-acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.
-
-He ahí su _crimen radioso_, su vergüenza y su gloria.
-
-Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafísicas_:
-por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma
-heroica del Oro.
-
-
-
-
-SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría
-aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe
-también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo
-heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del
-arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su
-vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los
-poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo
-aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza
-humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto
-inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan
-en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe _Charmant_.
-Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y
-las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas
-obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en
-sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de
-su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas
-por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen
-sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los
-vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su
-camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa.
-Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su
-esencia divina.
-
-Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca
-la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa
-de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo
-infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen
-medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones
-del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos
-que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe,
-quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la
-voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por
-misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las
-virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano,
-han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la
-moneda.
-
-
-
-
-SOCIÓLOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función
-social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo,
-lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen
-grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre
-los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y
-circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles
-como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas
-é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de
-metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre
-el punto de vista _matemático_ y el punto de vista _pecuniario_, entre
-la ciencia que, para ser más comunicable se _matematiza_, siguiendo su
-propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios
-secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse más sociables. «El
-imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las
-alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al
-fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar,
-cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el
-mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes
-entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la
-mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y
-epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por
-donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa
-virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto
-de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil
-del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse
-indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es
-que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud
-benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la
-facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo
-á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.
-
-
-
-
-DESDE tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del
-Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades.
-Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los
-observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes
-y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con _ojo profundo_,
-su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que
-embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista
-de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente,
-se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una
-comprensión más _musical_ del símbolo, que el desdén artificioso
-y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de
-espiritualidad y nobleza de alma.
-
-Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender,
-los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que,
-en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo
-larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué
-en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la _zapeca_ china, antes
-de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda--hermoso símbolo
-de su excelsa alcurnia,--_es el habitáculo misterioso de la voluntad
-de dominación de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades
-de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos
-y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía,
-desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el
-disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á
-otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en
-el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de
-todas las edades.
-
-¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!
-
-Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de
-imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada,
-una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual
-serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la
-crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien,
-después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar
-una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es
-legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y
-economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad
-del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza
-se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la
-cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad
-presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De
-ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral.
-En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas
-por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas
-de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso,
-mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que
-no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados
-preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las
-muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres,
-los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas,
-que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros,
-obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa,
-obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad;
-el banquero, á quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de
-plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario,
-que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la
-renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían
-de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas,
-si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de
-sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la
-conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias
-impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil
-alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que
-la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades.
-Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia
-para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo
-con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á
-vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á
-Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los
-dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan
-los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y
-consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo
-como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de
-fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías
-creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los
-deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su
-misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan
-de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del
-triunfo.
-
-Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo
-confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y
-tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser,
-sin duda, las formas más universales del instinto de dominación,
-correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan,
-como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas
-declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad
-de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo
-así como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales:
-hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni
-escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las
-mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma
-de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas
-y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al
-parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la
-historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse,
-en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por
-la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en
-las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el
-universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y
-siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_
-y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque
-liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la
-única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo,
-la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias
-convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la
-verdadera Majestad.
-
-
-
-
-POR tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la
-corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan
-para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á
-la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun
-las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que
-se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la
-lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos
-explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el
-principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las
-que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación
-é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente _armar hombres
-para la vida_, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal
-grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la
-gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los
-laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á
-las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa;
-á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las
-costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos
-olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja
-repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón
-del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones
-de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las
-virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito
-de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de
-Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la
-Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no
-hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo»
-claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una
-para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se
-aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor
-de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio
-de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.
-
-Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido
-cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y
-la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en
-religión universal.
-
-
-
-
-PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó
-destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen
-á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus
-manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin
-embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades.
-Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán
-rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando
-tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es
-la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado
-á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el
-compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo
-esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna
-manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.
-
-Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el
-nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas
-del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero,
-fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su
-dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y
-bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no,
-decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y
-no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles
-ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la
-savia de las ramas que empiezan á marchitarse.
-
-Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común
-origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica
-es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La
-grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas,
-desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de
-vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales,
-son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á
-desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria
-y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente
-con el _signo luminoso_ y á los cuales la selección económica presta
-invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por
-los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso,
-gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el
-instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios
-de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un
-purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un
-venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y
-del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas
-las impurezas de la vida.
-
-Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y
-obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres,
-universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del
-Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y
-la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque
-el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escéptico France,
-mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano,
-substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron
-y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen
-misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y
-todas las realizaciones del deseo.
-
-¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!
-
-Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren
-algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la
-conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación:
-el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento
-divino del universo.
-
-
-
-
-SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir
-que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro
-premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en
-parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad
-social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las
-virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la
-mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino
-que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril
-razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el
-antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y
-los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza
-es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é
-inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes
-cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren
-prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos
-en una tarea honesta y renumeradora.
-
-¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante
-caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento
-y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á
-sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se
-mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van
-haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas,
-ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas,
-industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo
-irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con
-diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura,
-pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan
-material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de
-influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las
-universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó
-cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros,
-sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de
-dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este
-convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce
-en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de
-la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el
-retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras
-liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don
-ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la
-pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_
-ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son
-las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo;
-tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo
-cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad,
-el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las
-virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica
-desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la
-sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo,
-desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse
-de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que
-el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele
-convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un
-sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre,
-perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó
-en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría
-decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando
-no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático
-del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la
-insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en
-gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y
-robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza
-de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no
-comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se
-deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el
-juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los
-antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia.
-Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del
-paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión
-mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente
-en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida...
-pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo
-de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos
-mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través
-de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera
-naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas
-apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una
-verdad profunda y sutil.
-
-
-
-
-EN el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos
-no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre»
-solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho,
-en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente
-egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se
-entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan,
-ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio.
-Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los
-psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca
-contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas.
-Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y
-al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar
-para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi
-oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las
-actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo
-continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas.
-La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los
-puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos
-á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas,
-convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra
-civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la _política
-alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso
-de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos
-de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el
-tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia
-y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de
-una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más
-egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones
-humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría
-de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos
-de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del
-egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería
-gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo
-de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la
-inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de
-los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia
-política y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores
-poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño
-radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de
-caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes
-y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales
-como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas
-tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como
-Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces
-de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos
-reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos,
-extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos
-de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas
-que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á
-vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado
-su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y
-desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de
-los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la
-corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren
-como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y
-razón humanas.
-
-Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los
-templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la
-grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora
-del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha
-inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar
-por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus
-dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de
-un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los
-alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los
-pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces,
-como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses
-primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes
-capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las
-rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro
-del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre
-y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar
-la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera,
-contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales
-y aun en la propia casa.
-
-Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y
-glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é
-inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.
-
-Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.
-
-
-
-
- TERCERA PARTE
-
- LA FLOR LATINA
-
-
-
-
-PARA los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en
-toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente;
-ninguna _estación_ de _psicoterapia_ tan propicia á las meditaciones
-filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni
-soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde
-la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus
-opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza
-entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del
-gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere
-entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y
-crapuloso, cruel y sensual.
-
-Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz,
-París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el
-óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos,
-caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral,
-multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia
-psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en
-los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor
-de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias
-intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de
-las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos
-y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del
-sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también
-el cerebro. De los _boulevards_ magníficos, hirvientes y sonoros de
-afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios
-exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos
-panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y
-milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de
-arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de
-los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau;
-de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos
-rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos,
-ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al
-atravesar el arroyo las piernas más picantes é _inteligentes_ del
-mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado,
-el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de
-pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del
-Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines
-de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los
-ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en
-los pequeños _cabarets_, se aprende á sentir y amar la vida bella
-y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni
-menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las
-maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los
-parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas.
-Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y
-Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en
-cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo,
-la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de
-las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á
-pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo
-supieron «caer, sonreir y morir».
-
-Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu»,
-pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados
-de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas
-de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la
-Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo;
-peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes,
-florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos
-de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan
-las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo
-hizo lo que tú por _accordar las inexorables leyes del universo á los
-deseos caprichosos del corazón_. ¡Tu historia es la más sentimental,
-noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia!
-¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de
-sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas,
-aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas
-_petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y
-cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades
-de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el
-signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos
-buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo
-que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á
-los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococós_, aun poseyendo á la
-ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido
-fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera
-la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de
-Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la
-literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de
-todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el
-espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas;
-de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en
-la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman
-las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías
-viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la
-sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia
-y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta
-ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y
-costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos
-un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.
-
-
-
-
-NO ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración
-psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos
-introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la
-cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante
-del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas
-reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que
-reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus
-fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.
-
-La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger
-florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los
-fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en
-cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres
-galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor
-salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las
-rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres,
-y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje
-y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de
-amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos
-ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la
-rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas
-tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan
-los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados
-que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las
-cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las
-letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en
-torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la
-nobleza y la flor y nata de los ingenios.
-
-La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la
-obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada
-son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce,
-no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y
-hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt,
-los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las
-minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que
-recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille
-leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el
-buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales
-y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la
-conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa _politesse_ y el
-talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de
-la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas,
-acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían
-explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se
-desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad
-y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos
-tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos
-discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á
-los hombres con las cadenas que salían de su boca...
-
-
-
-
-PERO antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la
-_Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesías y del
-picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del
-caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados
-de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin
-violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que
-figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época:
-poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas
-galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos
-otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras,
-las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy
-buena armonía,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la
-demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo
-XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos
-y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos,
-y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma
-Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban
-los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación
-diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas,
-cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en
-las tinieblas de la locura.
-
-Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias,
-depuran y afinan la expresión por medio de la _causerie_ y consagran
-la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas
-manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los
-cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y
-libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas
-sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones.
-Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_
-y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado
-influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se
-aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las
-blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas,
-ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística
-amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que
-la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas
-repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina
-la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la
-pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían
-de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar
-luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la
-expresión poética en el romanticismo y sus retoños.
-
-
-
-
-NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de
-la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño
-departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey,
-se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos
-y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras
-para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de
-la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los
-filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria.
-Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau
-había _fondus et liquéfiés_, acogen incautas en sus salones á la
-Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta
-frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados
-dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson,
-la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los
-pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello
-de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y
-apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el
-amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_
-con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas
-que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en
-los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas
-subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la
-vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las
-predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos--bien que acaso
-no lo fueran en su espíritu al menos,--que La Harpe ponía en boca de
-Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin
-de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort,
-Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la
-duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel
-terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas
-damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan
-en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso
-en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde
-discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate
-Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de
-eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones
-en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme.
-Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En
-tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las
-gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria,
-excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas
-inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde,
-sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal
-en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del
-Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la
-tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.
-
-La frase de Michelet: «La mujer es la fatalidad» no es una mera frase
-en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes
-señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de
-la política de _oreiller_ y del prestigio social, pública y decisiva
-influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento,
-la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales;
-ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad
-heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política
-internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima
-guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía
-ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus
-lunares postizos de engomado tafetán.
-
-Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las _vírgenes
-sages_ ó _folles_, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de
-la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento
-rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación,
-dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que
-ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques
-de belleza son á la vez musas, Mecenas y público, el público soñado
-por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad,
-no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al
-pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas
-débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus
-mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en
-el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la
-sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los
-deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos,
-todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad
-del _desgarramiento interior_, es fuente de líricas efusiones y velados
-erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea
-ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna
-inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas
-y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud
-unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos
-receptáculos de emociones.
-
-Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la
-novela, que directa ó indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen
-como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce
-necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar
-con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por
-esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en
-general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes
-y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la
-imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra,
-es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad,
-que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él
-inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa
-colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar
-obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer--ambos son
-criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos
-que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las
-mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,--y
-sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para
-el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos
-morales, de que Platón, juzgándolos turbadores y debilitantes, quería
-purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la
-influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran
-y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa,
-la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la
-literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la
-mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin
-precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas
-letras.
-
-
-
-
-TALES hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita,
-parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las
-mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas
-rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín
-de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales
-de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con
-fervor en el culto del alma y la religión de la belleza.
-
-Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese
-lujo de la inteligencia que se llama el _esprit_, por medio de los mil
-espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias, _causeries_,
-exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía
-las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los
-_clichés_ literarios son de uso corriente en todas las clases. Los
-términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar.
-Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las
-repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV,
-y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame
-de Sevigné. La estética de los _boulevards_, las canciones tiernas
-ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una
-estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema
-de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de
-Pelleas y Melisanda ó los templos de la _rue_ de la _Paix_. No creo
-que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin
-esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil
-y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes,
-alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada
-escapa al público que en los domingos populacheros ó en las _soirées_
-de gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que
-las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del
-conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con
-un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica,
-mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los
-flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues
-de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo,
-erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros,
-las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del
-Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en
-ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se
-ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las
-manifestaciones de lo bello.
-
-Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después
-de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va
-callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas
-alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y
-viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.
-
-
-
-
-EL amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en
-las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo
-amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias
-del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en
-religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa
-su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de _fournisseurs_;
-y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa
-cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones
-para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los
-medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una
-elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor
-encantada y efímera de una civilización secular.
-
-Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes
-sacrificios ni las transcendencias de la _toilette_. Son hombres
-eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman
-desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros
-y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar;
-sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la
-alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud;
-dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen el _chic_;
-imaginación y osadía en el arte de _plaire_, y por medio de la armonía
-de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad
-del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que
-parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa,
-que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos,
-ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera
-y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores
-de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de
-Francia, y los pontífices: la muchedumbre de escritores, artistas,
-industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más
-perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los
-ojos y golpea las puertas de la sensualidad.
-
-Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota
-y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de
-los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los
-mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres
-solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras
-de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces
-como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas,
-las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que
-diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades
-de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de
-la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención
-las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una
-vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales
-bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos
-materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el
-supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura
-femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al
-multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio
-estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.
-
-Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera
-encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente
-sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora
-tampoco que sólo la ciencia del _chiffon_ satisfará plenamente su
-ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra
-de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos
-le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los
-privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía
-de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo _les
-casques dorés_, ya que por medio de ella, como los pintores por medio
-del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un
-público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son,
-lo que quieren, lo que pueden...
-
-Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra
-á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz
-suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha
-para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y
-envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de
-criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y
-aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra
-nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente.
-Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda
-fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y
-establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas
-del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de
-Carlomagno.
-
-
-
-
-LO fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica
-jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no
-descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de
-copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza
-allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo
-semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de
-ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo
-el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el
-enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no
-me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque
-nada ajeno al ambiente de los _meetings_ sportivos, que tuve la fortuna
-de presenciar en el hipódromo de Trouville.
-
-Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos,
-sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían
-como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las
-_pelouses_. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los
-resplandecientes atletas del _turf_, bestias finas, artificiales y
-como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las
-casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á
-los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo
-con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los
-dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una
-especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto del _padock_
-al público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de
-Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y
-los ojos agrandados por el _kohl_, se abren extáticos como ante una
-aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la
-Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte
-de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco
-adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el
-conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de
-punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos
-mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio
-único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus
-esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire
-prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la
-falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de
-azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la
-boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera
-clásica de los _mannequins_ para posar luego los pies con mimo sobre
-la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como
-una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas,
-las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de
-alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí
-no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no
-se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella
-imperaba sola.
-
-En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos
-la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando
-sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.
-
-
-
-
-SI «la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza
-es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el
-amor éste es el término fatal del _estetismo_ parisiense. ¡Qué mucho
-que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina!
-Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las
-ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy
-civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas
-y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador
-que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la
-Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la
-literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados
-elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales
-ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no
-llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos
-no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño
-desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los
-libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística
-amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices
-de la sensualidad, desde el travieso _flirt_, _les passionettes_ y las
-dulzuras de la _amitié amoureuse_, hasta los desatados impulsos del
-corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta
-educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta
-ni prolija, la ciencia de la expresión _caline_ y el arte de la caricia
-_endormante_. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo
-que el _chic_, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda
-imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la
-lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica
-de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario
-erótico.
-
-Así, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro
-objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un
-ambiente tan propicio á las emociones blandas y regaladas y que por
-tan varias maneras favorece la cristalización de las sensibilidades
-artistas, cae de suyo que éstas predominan y que los sentimientos
-austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa,
-esencialmente literaria y erótica. No llegaré al extremo de decir, como
-la indignada yanqui de Huret que «un francés, es una función sexual»,
-pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y
-particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales,
-degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como
-preludios de la gran orquestación amorosa. Es el negocio público, como
-la belleza femenina es la industria nacional, y no podía menos de
-ser así en el encantado jardín de la tierra donde la sociabilidad de
-las gentes, la agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos
-del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los más austeros,
-se coronen de rosas y se apresten á gozar de la vida en común y
-tiernamente. La eterna canción se oye lo mismo en las espaciosas
-avenidas del _Bois_ que en los salones; en los _musical-halls_ donde
-impera el desnudo, como en los teatros, hipódromos y paseos elegantes
-donde el vestido, después de haber realzado osadamente las curvas y
-protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle á ésta el
-encanto picante y equívoco de los donceles afeminados.
-
-No vaya á creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados
-en cara por los extranjeros á los franceses, sin percatarse de que
-tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del
-exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas,
-reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas
-por Mme. Tallien y las _Merveilleuses_. Es menos y es más, porque es
-como la disipación de los hombres mundanos, una especie de elegancia
-del alma, una sensualidad estética. Las directoras de los orgiásticos
-coros son las Musas de París. Coronadas de laureles conducen la
-lírica bacanal. La fórmula poética de las blanduras sentimentales,
-de la voluptuosidad, de lo femenino, no podía menos de ser un feliz
-hallazgo de la femenina inspiración. Nadie mejor que las Safos habían
-de ofrecerle al mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos
-de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y
-poseídas del delirio sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho
-sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un
-vino embriagador en el ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico
-de libertad y con un impudor que los liróforos no conocían, enseñan las
-carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo
-de innúmeras generaciones esclavas de la razón y sumisas á la castidad.
-Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Voguë
-llama las musas de la Revolución, cantan, en verdad, como Jean-Jacques,
-Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, los
-derechos de la pasión, la soberanía del instinto, la rebelión del
-individuo contra la sociedad y el amor panteísta de la naturaleza en
-que se traduce su frenético erotismo. Todas dicen:
-
- «Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,
- Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
-
-
- «Et j'ai fait de mon coeur, aux pieds des voluptés,
- Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
-
-ó aun:
-
- «Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.
- Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux
- Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
-
-Pero mejor aún cantan en versos de una rara perfección, más sinceros
-y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del
-pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte delicado del vicio»,
-el amor del amor, la religión del placer, la conciencia del mal,
-los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas,
-menos sensitivos y vibrantes, sólo podían balbucear torpemente, ellas
-lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban á
-discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia é imágenes
-magníficas y aladas. Su penetrante análisis recorre ágilmente el
-misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez
-en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa
-oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia.
-Ellas poseen el término justo y dichoso para expresar todo lo que es
-desmayo, caricia y ensoñación. La música desfalleciente y enervadora
-de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesía, que mejor que
-cualquier otra «es sensualidad transformada en eretismo mental»,
-responden al sibaritismo del corazón y del cerebro y constituyen
-la típica manifestación de la recrudescencia, fácil de prever, sin
-embargo, de lo que antes se llamó _el mal del siglo_, de lo que un
-filósofo llama hoy _el mal romántico_, que es en suma, _el mal de
-vivir_: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la
-moral anarquía en que, á vueltas de tantos idealismos y refinamientos
-sentimentales, suelen caer las naturalezas más finas y cultivadas.
-
-
-
-
-SESUDOS autores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una
-insurrección del sentimiento y del instinto contra la razón, contra el
-sometimiento á la regla dictada por la experiencia de las sociedades,
-y pretenden que la sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario
-derivan, unos, como Taine, del mismo espíritu clásico, otros, y son
-los más, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los
-últimos en olvido que la furia de la Revolución fué la Razón misma,
-y que Rousseau y los ideólogos fueron los descendientes legítimos
-del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, empeñados lo
-mismo en Egipto y la India, que en la Francia del siglo XVIII, en
-construir un hombre ideal, un hombre de museo, para lo cual hacía
-falta arrancarle las entrañas y rellenarlo de metafísica estopa; de los
-filósofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible
-sustituir la idea á la realidad, la abstracción al hecho, la teoría
-á la historia, la presuntuosa razón de Descartes, que á pesar de sus
-títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía sobre lo humano, no
-conoce los fenómenos sino históricamente, es decir, después que han
-dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna acción sobre los
-fenómenos presentes, desconocidos á su vez, al instinto vital, que obra
-siempre en el sentido favorable á la expansión de la vida porque él es
-ya el principio de su expansión. No ha de confundirse este instinto
-vital con el _instinto_, el _sentimiento_ y la _naturaleza_ de los
-revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condición
-humana. Tengo para mí que el sentimentalismo romántico no es otra cosa
-que una interpretación descarriada de la legitimidad, entrevista un
-instante, de las pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me ocurre,
-aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del
-hombre se hubiera entendido la _gravitación sobre sí_ y el _deseo_
-de _poder_, la Revolución habría tenido consecuencias harto más
-provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo
-proclamó la excelencia del hombre natural no corrompido aún por la
-civilización, reacción legítima en el fondo, contra el artificio del
-orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa
-en los héroes románticos no es el egoísmo sano del salvaje, que las
-necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las demás
-criaturas, sino el egoísmo patológico del _hombre sensible_, que muy
-luego remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó predominio absoluto
-de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo, ó retorno á la
-naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento
-de la fisiología humana y los devaneos de la literatura, en
-racionalismo demagogo y sentimentalismo romántico, dos pestes. Pero no
-pudo ser de otro modo. No se conocía bien, á pesar del amor propio de
-La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se
-tenían nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la
-evolución de las sociedades; ni Comte había dicho «que sólo son buenas
-las verdades que nos convienen», vaciando de ese modo en una frase
-la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las
-verdades absolutas y del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se
-encaminaban directamente á refinar el sentimiento y combatir rudamente
-la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los
-cristianos. Lo mismo los autores del siglo XVII, hidrópicos aún de
-teología, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffón
-y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica del noble Condorcet,
-que el misticismo social de los utopistas y la lógica rectilínea de
-los jacobinos, convergían por distintos canales á la maravillosa y
-ridícula concepción del hombre abstracto, esa quinta-esencia del
-irrealismo que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente el curso de
-las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones
-de contigüidad ni irreducibles antinomias entre el espíritu realista y
-viril de Corneille y La Fontaine y el espíritu afeminado y quimérico
-de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno á la
-naturaleza de los precursores del romanticismo político y el reinado de
-la Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya como los románticos,
-el _triste don de las lágrimas_, y antes que por Saint-Preux, Pablo
-y Virginia y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados
-por la caballería y las costumbres galantes, por los Amadises y las
-Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como
-manifestaciones antagónicas en apariencia, pero fraternas en realidad,
-del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificación idealista, si
-se entiende por clásico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo
-hecho por someter las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones
-subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entrañan
-una concepción que admite y pregona la supremacía de la inteligencia ó
-la del sentimiento, y ambos se oponen al espíritu moderno, realista y
-utilitario y que es la resultante de una filosofía basada no sobre el
-instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre
-la voluntad.
-
-En verdad la sensibilidad romántica y el irrealismo, ora ingenuo, ora
-docto y terrible del pueblo francés antójaseme la obra de toda la
-cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria
-y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis
-exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismo social
-tiene sus quiebras. Filósofos enamorados de la razón y del ideal y
-que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde
-Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; ideólogos y utopistas
-fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del
-Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las
-Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón
-á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo,
-Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueño á la realidad
-y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina,
-primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe
-de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilización ó
-muestran en inmortales frescos sus visiones paradisíacas; estetas,
-dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que á nombre de
-la dicha de la humanidad ó de la religión de la belleza condenan
-iracundos el maquinismo, la finanza, las energías viriles, las
-actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos
-concurren á formar la atmósfera de estufa favorable á las quimeras,
-ensueños, molicies, sensualismos y embriagueces de amor y de ventura
-que el choque contra los duros ángulos de las realidades resuelve
-infaliblemente en ironía, escepticismo y mal de vivir.
-
-
-
-
-PORQUE es lo más insólito que las exquisiteces de la sensibilidad
-y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de
-superioridad y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, sean
-causa y venero de toda suerte de egoísmos y enfermedades del alma. Si
-se para mientes en ello verase á poco andar que el sentimentalismo y
-la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de
-la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los
-estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano
-de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de
-alma, aversión de los hombres é imposibilidad práctica de vivir en su
-compañía y de adaptarse á ningún medio social. Así fueron Rousseau,
-Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíos errantes del país
-de las quimeras, y de la misma estofa son los _bellos tenebrosos_, la
-larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrático
-René y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y
-desesperados desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen algo así
-como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de
-sus clamores y perversidades.
-
-Y los poetas, escritores y artistas; los eternos niños que un augusto
-prejuicio consideraba como dechados de perfección y arquetipos humanos,
-tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es
-su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos
-ridículos, á vivir constantemente en la estática postura del bello
-Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los
-estetas, de quienes son acabados _specimens_ esos complicados embelecos
-que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad
-femenina, el ningún poder de gobernarse y la perversión de los
-exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En
-resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y
-puede que los refinamientos de la sensibilidad y la inteligencia, ó
-el arte y las letras, como quería Rousseau, en vez de ennoblecer á los
-hombres los haga antisociables é inhumanos. Cultura é individualismo, ó
-lo que es equivalente, condenación de la sociedad, son sinónimos. Acaso
-es más humana y sociable la bondad natural, sólo que por ésta no habría
-de entenderse la que tal creyó el sensible é incauto Juan Jacobo, sino
-al revés, el egoísmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo
-contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carácter
-que diseñan el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicaría
-acabadamente la oposición y disparidad que el solo nombre evoca entre
-sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasa _virtuosidad_
-de sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades prácticas
-y, al contrario, su preeminencia en el país de los sueños, esto es, en
-las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por
-el ejercicio de la voluntad, dueño de sí y adaptable por su hábito de
-gobernarse á las variaciones del medio y lo ponen á la altura de la
-mujer y del niño, en los que domina el capricho, la fantasía y es más
-débil el juicio y menos robusta la facultad de querer.
-
-El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas
-y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan
-irascibles y quisquillosos á los sentimentales; la ineptitud social
-y escepticismo disolvente de los fieles de la religión del alma; el
-pesimismo y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio sutil de
-pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni
-demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo
-y Mentor al amable y picotero Espíritu, tan desdeñado á menudo por la
-vida. Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto por primera
-vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quería
-besarlo: «Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el fuego
-quema al que le toca», alegoría cuyo sentido expresan, á la par del
-viejo mito del fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y discursos
-que indican la sospecha ó revelan el conocimiento de la cualidad
-anárquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre
-la oposición del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que
-llamaría Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto
-de conocer que destruye. Hay mucho de verdad en todo ello. Más que
-los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce á creer
-á pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo
-afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando
-no en otros males peores, y pierden los bríos de la voluntad y la
-virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y acción
-se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y
-realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egoísmo: sofocado
-por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad
-y la inteligencia que debilitan á los delicados, los desarma y obliga á
-tender el cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas
-de la plebe.
-
-
-
-
-PORQUE es muy cierto que esa actitud desdeñosa de las naturalezas
-muy finas y cultivadas frente á la sociedad que se llama la ironía,
-«flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo»;
-esa actitud crítica y rebelde que impide tomar parte activa en la
-tragi-comedia humana é incorporarse con mansa resignación al paciente
-rebaño de Panurgo, es destructora como el individualismo anárquico del
-que sólo es vigoroso brote, de las virtudes y energías sociales, y,
-por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo
-desacuerdo entre pensamiento y acción é individuo y sociedad de que
-nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamín
-Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancolía de Amiel ó
-el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder é impide
-vivir, porque no se puede tomar en serio un espectáculo fatalmente
-absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos
-con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusión, las
-heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de
-contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente
-en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples,
-de lo que llamaría Schopenhauer el _filistinismo hegeliano_, pero
-pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la ironía á las
-masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces
-destruye implacablemente las mentiras é ilusiones _necesarias_ que
-forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que
-éstas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuño al
-espacio. Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la torre de marfil
-del pensamiento, ¿qué importa?: lo que importa es que sea útil á la
-vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas
-científicamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de
-la religión ó de las costumbres, en las que James echa los nuevos
-fundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más da que sean puras patrañas
-y burdas engañifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo
-de Caliban es más saludable en los trances apurados que el racionalismo
-de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no rompió
-el cordón umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra
-impulsado por sentimientos que son al interés lo que los cuerpos á la
-gravedad: posponiendo toda consideración transcendente á la utilidad
-inmediata. Y precisamente por esta limitación y estrechez de juicio
-acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han
-perdido la brújula. Para la Vida el instinto, el egoísmo es más seguro
-ombráculo y consejero que la razón enseñada en los libros. Ésta harto
-frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos extraños al
-interés verdadero y primordial, suele decir: «Sálvense los principios
-aunque se pierdan las colonias». Pero el instinto vital le habla á la
-razón como el gran Federico á los doctores cuando decía al penetrar en
-Silesia: «primero me apodero del país, que después no faltarán pedantes
-que prueben mis derechos.» El santo deseo de poder se queda siempre con
-las colonias.
-
-La razón no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de
-la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que
-la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cómo
-conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fué
-nunca idéntica á sí misma, ni el medio social tampoco y si nosotros,
-al concebirla, ¿no somos ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando
-el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lógica ó
-establecimiento de las verdades científicas en que nuestra fisiología
-no tiene interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la facultad
-humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y
-razonar _notre puissance_, parece lo más justo; pero en el plano de las
-realidades esto suele ser lo más desastroso, porque la vida, como el
-corazón, tiene razones que la razón no conoce. Un trabajo formidable
-se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las
-luces de la conciencia y que determina la mayoría de nuestros actos y
-voliciones. Conocemos los fenómenos visibles, de nuestra voluntad, como
-vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: después de
-haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los
-verdaderos móviles que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente
-al obrar, que es cuando su conocimiento podría sernos de algún provecho
-para dirigir la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección de
-los deseos; por otra parte, él no es el espectador sino el espectáculo
-mismo. Engañados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la
-fantasía, los caprichos del corazón y la óptica deformadora de la
-inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que
-quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el drama espantable del mundo.
-Y así, impulsados por las fuerzas colosales é irresistibles de lo
-sub-consciente ó por la inteligencia, esa «petite chose á la surface de
-nous mêmes», seguimos adelante como autómatas y sonámbulos en la noche
-obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se
-apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las raíces y el tronco
-hasta la flor, sube al cerebro la _voluntad de la tierra_; mientras
-que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los
-espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría cuando deja de
-ser el instrumento dócil de aquella voluntad; perdemos el contacto de
-las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos
-otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento.
-
-
-
-
-EL espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido
-político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina
-y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su
-origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos
-del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que,
-á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente la _fuerza
-fundamental_ de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los _eternos
-mandatos_ de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo
-y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del
-arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto
-de su destino; también se inventan las religiones del alma y las
-hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de
-lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas
-seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino
-brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.
-
-Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes
-naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos
-por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la
-inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas
-del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de
-los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin
-aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo
-social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de
-cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés.
-
-La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia,
-busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello,
-y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la
-divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente
-del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia,
-víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su
-pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones
-ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente
-impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al
-unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro
-y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la
-inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes
-y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento
-por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los
-pueblos civilizados.
-
-La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es
-el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura,
-una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto
-amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante
-las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés,
-lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos
-cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, pero más duchos
-en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de
-virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras
-el confundir la inteligencia con el _esprit_, la realidad con la
-literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo
-ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas
-hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la
-inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes
-cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética
-sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la
-conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del
-cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si,
-con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios
-de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la
-mesquinerie des conditions autour de son Ideal».
-
-Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría
-decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y
-la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las
-elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu,
-lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas
-sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que
-llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde
-las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar
-desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda
-intoxicación literaria y que no tienen los ojos _ébrios de luna_ sino
-fulgentes de luz solar.
-
-
-
-
-CONSIDERANDO al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes
-prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las
-viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin
-grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas,
-positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del
-pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de
-los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces
-y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura
-francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden
-sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas
-morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con
-detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva
-y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente
-á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la
-cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del
-Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el
-Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las
-virtudes sociales del momento.
-
-Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial,
-caracteriza el siglo XIX por dos hechos singulares entre todos:
-el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó
-extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y
-la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las
-realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas
-y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo
-que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer
-invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia
-padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los
-bárbaros, lo típico del siglo XIX es, en último término, la reacción
-triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra
-el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á
-los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos,
-económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos
-en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la
-voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que
-cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico
-Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no
-tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo.
-
-Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se hace manifiesta no
-solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el
-terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces
-las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista
-que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la
-dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y
-tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que
-las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses.
-En la práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran,
-el primero: en _estetismo_ amoral, ironía, escéptica indiferencia y
-repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación
-revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el
-amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario,
-el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales
-declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la
-libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida;
-y, por otra parte, al individualismo del _self governement_, que es
-fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino
-prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el
-egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que
-el egoísmo _sin interés_ de los delicados.
-
-
-
-
-Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos
-del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina,
-manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y
-hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la
-fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas
-esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel
-secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en
-muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos
-aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos
-que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe
-atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida
-economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña
-á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen
-consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría,
-Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven
-puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se
-piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón
-antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas
-luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada
-no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que
-absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los
-pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún.
-
-Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal
-en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora,
-ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas
-directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean
-del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su
-predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan
-un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida
-en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy
-posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes
-dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por
-el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente,
-como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las
-virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo
-pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo
-convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los
-pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la
-situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades
-anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura.
-Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería
-el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las
-intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder,
-fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino del _Factum_;
-no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de
-los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para
-convertir en hechos sus aspiraciones.
-
-Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia
-condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus
-conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y
-opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las
-zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos,
-cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo
-practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura.
-Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que
-el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo
-derivado de los _hechos_ y no de la _teoría_; pero ese ideal ¿es otra
-cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia,
-y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de
-sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no
-de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué
-Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano
-de su voluntad». Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese órgano
-prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las
-arenas movientes que lamen las olas del mar.
-
-
-
-
-DE las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe
-dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias,
-ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el
-ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos
-llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la
-imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y
-sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y
-luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel,
-y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo
-en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la
-gracia del mundo. La invención de la inferioridad de la raza y la
-decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot
-quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las
-aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca
-fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y
-muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables
-aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora
-y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que
-corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen
-empleo los marqueses _talon rouge_. El perpetrar las tradiciones
-estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni
-oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo
-podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni
-siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad
-solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas
-pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que
-se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el
-ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no
-prolongarán el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las
-ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza.
-En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi
-tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación
-de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después
-de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan
-adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos
-y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su
-inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer
-muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se
-vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se
-tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos
-ciertos de superioridad.
-
-
-
-
-MAS, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la
-vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de
-las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo
-su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la
-finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los
-rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son
-las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los
-pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa
-y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se
-transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras
-épocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva
-sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer
-otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces
-y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los
-bárbaros las puertas de Roma.
-
-Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras
-del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las
-estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico
-lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y
-fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las
-ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales
-contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente.
-Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación,
-acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí
-oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción--su amor de las
-ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios--y
-es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza
-y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la
-justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de
-realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo
-por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la
-injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras
-existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al
-decir del admirable Gourmont.
-
-Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á la _unión por la
-vida_, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del
-idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión
-de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la
-«Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente
-para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de
-asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras
-maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto,
-pero después, cuando se trataba de repartirlo, la unión _para el
-bizcocho_ se convertía invariablemente en guerra _por el bizcocho_. La
-experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la
-unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se
-trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal,
-edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de
-las pasiones, intereses y apetitos que _dejar de obedecer_, en guerra
-y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades
-de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y
-que palidecen y se consumen _escuchando el canto del ruiseñor_...
-Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo
-y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de
-desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer
-á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia
-nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de
-la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos,
-vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto
-privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella
-despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como
-todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los
-rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van
-á concentrarse los dineros, ó lo que importa lo mismo, la virtualidad
-y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan
-aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre
-las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando
-explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía
-ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron
-bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las
-exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de
-la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse
-de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la
-torpeza, timidez y escasísima _inteligencia_ en la práctica de la
-vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir
-por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar
-es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo,
-según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar,
-callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo
-como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea
-suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre
-una cosa divina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu
-deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de
-ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente,
-y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo
-que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar
-y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de
-obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta--llamo
-poeta al intérprete de lo divino--tiene una excelsa y misteriosa misión
-que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su
-actividad _inexplosiva_, ó su actividad misma cuando adormece y enerva
-en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y
-distracciones de harén.
-
-Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos,
-lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que
-intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino
-de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades
-se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen
-esperando la venida de los bárbaros.
-
-
-
-
-ESTE convencimiento que se traduce aquí y allá en las obras de los
-viajeros salidos de la Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce
-áspero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos
-como Bourget y Adam, ya sociólogos y psicólogos como Leroy-Beaulieu,
-Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples
-periodistas como Huret, es quizá, lo que en forma de presentimiento
-obscuro, agita á la Francia. Las convulsiones de su política y anarquía
-moral pueden ser los últimos espasmos de un mundo glorioso, pero
-inapto para adaptarse al ambiente positivista, ó los dolores de un
-nuevo alumbramiento revolucionario del que saldrá el ideal de amor y
-ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora, nutre y quiere
-con los redaños del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras
-morales de muy diversa condición trabajan las masas á porfía y tienden
-á destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula
-es la _tierra y los muertos_, la patria y los ascendientes, que el
-travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del
-yo, y socialistas que sueñan con la sociedad universal como Jaurès y
-Hervé; cesaristas á lo Renán y monarquistas á lo Murras, que se apoyan
-en Darwin y la ciencia para condenar el régimen imperante; republicanos
-de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas
-y escépticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar
-de la democracia. Los unos por que ésta, destruyendo las jerarquías y
-excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual
-y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden
-por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna
-de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios
-públicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el
-gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitología pura.
-Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganización que avanza,
-la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel
-del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir
-se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas
-francesas, que sólo preparan sentimentales y retores, ineptos y
-desorbitados. No se sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. Ningún
-mejunje calma la fiebre ni la agitación nerviosa. Todas las posturas
-son incómodas. Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden á
-las doctrinas; las utopías seductoras á las utopías; los discursos
-á las hemorragias de la palabra; la Revolución al perpetuo hervor
-revolucionario, mientras las ébrias musas de París cantan como Nerón
-contemplando el incendio de Roma.
-
-Y este es el desolado y maravilloso espectáculo que ofrece al mundo la
-razón razonante.
-
-
-
-
- CONCLUSIÓN
-
-
-
-
-LA renuncia del Espíritu como lazarillo de la vida es inminente. La
-humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo
-no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á los ojos de los
-más cándidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de
-incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas á la
-razón razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del
-escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las
-campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia,
-Italia, España, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de
-haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razón mística
-á la razón física, para no reconocer en secreto que el lírico bagaje
-de ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo no incita á obrar, sino
-que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no
-arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan de frescos pámpanos
-para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber
-reconocido todavía que _la Fuerza es el elemento divino del universo,
-como el Oro es el elemento divino de las sociedades_, prorrumpen
-aquellas naciones en el profundo _yo pequé_ en que terminar suelen las
-agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y
-clarovidentes como Renán.
-
-¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, muy tristemente, llega
-á considerarse como un tipo humano fósil en el mundo que, educación
-é ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrínseco valor.
-Esta ineptitud, tratándose de un representante tan calificado de la
-inteligencia, es muy significativa. Medio místico y humanidades le han
-hecho perder el sentido de lo real, que sólo mantiene sano y alerta el
-interés. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los
-santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cándidas
-florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para
-vivir es prodigiosa, más prodigiosa todavía su ignorancia de lo que
-para vivir sirve. El historiador admirable y filósofo sapientísimo,
-no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los
-hombres ni de la estructura económica de las sociedades. «Piensa como
-un hombre, siente como una mujer, obra como un niño». Por manera que
-hacia el fin de su vida, cuando principia á ver claro, los sucesos
-le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusión
-magnífica conviértese, por las malas artes de un mago enemigo, en
-prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada ironía. Una á
-una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de
-los espantados ojos del sabio las realidades del egoísmo, del egoísmo
-sañudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores
-asesinados.
-
-Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la
-religión del alma y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es el
-único objeto de la vida. El reino de la razón es una quimera. El ideal
-y la realidad son enemigos. La causa que cautiva á las almas nobles
-no triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura, en poesía, á los
-ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de
-los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edificó no
-tendrán más éxito. El espectáculo de este mundo nos muestra sólo el
-egoísmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos últimos años la
-primera de las naciones gracias á su egoísmo. Alemania ha conquistado
-la hegemonía del mundo renegando altamente los principios de moralidad
-política que con tanta elocuencia había predicado antes.»
-
-Como el emperador filósofo en su lecho de muerte podría exclamar Renán:
-«¡Oh!, Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones hacen que
-la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que
-se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y
-del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo
-engañan cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la que cree
-como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo
-brillante que hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra cosa de lo
-que él creyó, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente.
-He sido un iluso y un insensato, clama. «La idea de que el noble es
-aquel que no gana dinero y que toda explotación comercial ó industrial,
-por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al
-primer círculo humano, tal idea se desvanece de día en día. Todo lo que
-he hecho antes parecería ahora acto de locura, y á veces, mirando en
-torno de mí, creo vivir en un mundo que no conozco.»
-
-¡Lamentables confesiones de una inteligencia soberana mantenida por el
-espejismo idealista en la más profunda ignorancia y desprecio de las
-realidades y que empieza á descubrirlas al declinar el sol! ¡Angustia
-de las almas religiosas caídas en el escepticismo por haber acariciado
-un ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! ¿Qué sería de los
-hombres que practicasen _el estado de muerte_ del perfecto desinterés
-sin el talento de Renán? ¿y qué de los pueblos en que abundaran, más
-de la cuenta, los inactuales de alto coturno, pero inactuales al fin,
-que se obstinan contra viento y marea en oponer la abstracción y el
-ensueño á la vida y la realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que
-abierta ó embozadamente tal predica; que llena los ojos de visiones,
-ata las manos y empuja á los sacrificios estériles. De ello nos habla
-Renán largamente en los «Souvenirs d'enfance et de jeunesse»; mas en
-ninguna página se trasluce como en la que sigue, la amargura y hasta
-sorda irritación del desengañado sacerdote, del sacerdote que estuvo á
-punto de ser Renán y que en realidad, aunque sin tonsura, fué toda la
-vida: «Es en ese medio (Treguier, una villa extraña al comercio y la
-industria) que se deslizó mi infancia y donde mi inteligencia contrajo
-un vicio incurable. La catedral, obra maestra de ligereza, intento
-loco de realizar en granito un ideal imposible, me falseó el espíritu.
-Las largas horas que en ella pasé, han sido la causa de mi completa
-incapacidad práctica. Aquella paradoja arquitectónica hizo de mí un
-hombre quimérico, discípulo de santo Tuduwal, de santo Iltud y de santo
-Cadoc en un siglo en que la enseñanza de esos santos no tiene ninguna
-aplicación.»
-
-Y bien, no sólo los filólogos sino las sociedades formadas moralmente
-por la enseñanza de aquellos santos ú otras influencias espirituales de
-la misma índole, reciben en la frente el beso traidor de la Quimera y
-quedan marcadas para siempre con el signo de la incapacidad práctica.
-Con todos los respetos debidos á los títulos del alma, pero de un
-modo franco y resuelto, convendría preguntarse si tal cosa no es una
-verdadera monstruosidad en las sociedades del presente, donde las
-relaciones de los hombres son y, no pueden menos de ser, relaciones
-pecuniarias. Quizá urge confesarse una vez por todas, que nuestro
-ambiente, nuestro mundo no es el de la inteligencia sino el de la
-voluntad, disfrazada hoy con las múltiples máscaras de las actividades
-mercantiles, como ayer con los antifaces del heroísmo ó la santidad.
-Lo que contraría esas actividades es malsano, como era malsano lo que
-minaba el predominio militar en las sociedades guerreras ó el prestigio
-sacerdotal en las sociedades religiosas. Los ideales de las épocas
-muertas, por nobles que sean, son ideales de muertos y traen en las
-lívidas manos una antorcha funeraria. Sus devotos, á pesar de todas
-las aureolas y resplandores, comienzan á parecer criaturas de otro
-planeta, engendros desmirriados de Apolo decrépito, seres luminosos
-y absurdos cuya enfermedad es una perla tentadora que ablanda las
-resistencias de la Voluntad delante del Pecado. «La France meurt de
-ces gens de lettres», decía también Renán. ¡Qué importa que la locura
-sea divina si enferma el mundo! Considerándolo, se comprende por qué
-un trabajo oculto del instinto conservador de la sociedad se afana en
-eliminar, como antes ponía su empeño en producir cuando eran útiles,
-las actividades puramente espirituales, enfermizas, enervadoras, sin
-aplicación concreta en la colmena humana y que, en resumen, vienen
-á ser algo así como las _toxinas_ del espíritu. Hay muchos pueblos
-envenenados por ellas. Se reconocen en que son las tierras fértiles del
-sentimentalismo y la verbosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero
-el trigo escasea en los campos mal cultivados y que no han recibido
-el abono de Pluto. Y la selección mercantil afila en la sombra su
-guadaña implacable: situación angustiosa, cuando no se cuenta con otras
-defensas para detener el golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y
-los ordenados discursos de Gorgias y Cicerón.
-
-«El reino del ideal ha concluído, todo lo que no se convierte en una
-fuerza se juzga quimérico» dice Próspero. Y un ultrarenanista, que es
-al mismo tiempo un profesor de lirismo y un puro utilitario, agrega
-con su ironía habitual: «Cuando Tigrano me decía que la fuerza debe
-ceder al espíritu, yo le dejaba entrever, sin insistir demasiado, que
-desconfiaba mucho de un espíritu que después de tantos siglos no se
-había convertido en la fuerza.»
-
-Las criaturas generosas que viven temblando por la vida del ideal
-pueden descansar tranquilas. El ideal existirá siempre porque es el
-portaestandarte de la ilusión y la esperanza necesaria á los hombres;
-pero según claros indicios no será lo que éstos han tenido hasta ahora
-con testarudez carneril, como la proyección única é imperecedera del
-alma. Ya hemos visto que cada época se fabrica la tabla de valores que
-le conviene y responde á sus necesidades orgánicas. El materialismo de
-las sociedades futuras no les impedirá tener su ideal, sólo que éste,
-por razones obvias, no puede ser ni el místico, ni el espiritualista,
-ni el ideal reconocidamente fundado en la mentira de las sociedades
-contemporáneas, sino un ideal práctico, cuasi macarrónico, pero robusto
-y sesudo, como corresponde á los pueblos entrados en la edad provecta,
-que no sustituya lo quimérico á lo real ni debilite para las luchas
-de la vida. Ésta es lo realmente sagrado, y podría condenarse, sin
-asomos de dudas, toda verdad, toda ética y toda belleza que en nombre
-de un romanticismo de alma neurótico y raquítico tendiera obtusamente
-á destruirla ó amenguarla. Téngase por seguro que ese romanticismo
-que exige la castidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. En
-filosofía conduce á las aspiraciones vagas y al desprecio de las
-realidades; en política degenera en hipertrofia de la palabra, espíritu
-revolucionario y política alimenticia; en literatura lleva como de la
-mano, al lirismo dengoso y ñoño y á las chinerías retóricas, síntomas
-inequívocos de indigencia mental, pobreza anímica y otras lamentables
-incapacidades.
-
-De un ideal batallador se oyen ya en las cúspides los clarines
-sonoros. La inversión de valores morales que indujo al hombre á ser
-el verdugo de su propio interés, es imposible que no parezca en los
-siglos venideros tan absurda como lo va pareciendo hoy á los espíritus
-desapasionados la santa doctrina que condena el placer, el deseo,
-la pasión, la vida y predica el _estado de sepultura_. El idealismo
-clásico es un caballero andante que presa de mortal fatiga, la lanza
-quebrada y los músculos rotos desciende de su trasijado Rocinante y se
-apresta á morir al pie de un sauce llorón iluminado por la luna. Es
-bello y conmovedor, pero nocivo para el ánimo. El mundo, curado de
-arrechuchos sentimentales, preferirá por instinto la musculatura y la
-vida del gladiador combatiendo, á la melancólica belleza del gladiador
-moribundo.
-
- * * * * *
-
-Quizá no esté lejano el día en que el Sermón de la Montaña y la
-Plegaria de la Acrópolis, se pronuncien de rodillas á los pies de
-la Fuerza, diosa terrible que, mejor que Eirene, podría llevar en
-sus brazos á Pluto dormido. El creyente hablaría así, poniendo sus
-palabras al diapasón de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: «Salve
-¡oh diosa! impura y fecunda, madre de todas las cosas, eurítmia del
-universo. Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en el cielo,
-en el alma del hombre y en el corazón del átomo, y los ritmos de la
-poesía y la naturaleza cantan unánimes tu gloria inmortal. Los hombres
-te niegan y te llaman cruel porque no saben que, aun revelándose,
-obedecen á tus mandatos; porque no saben que tus condenaciones de
-muerte son como los frutos que se secan para dejar caer sobre la tierra
-suspirante las semillas santas de la vida. La razón humana en un
-momento de insano orgullo, quiso corregir las leyes infalibles y los
-sapientes designios de tu razón, que es la razón universal. Y todas
-las cosas salieron de sus quicios; la quimera suplantó á la realidad,
-el mal afligente al bien gozoso, el dolor al placer, la muerte á la
-vida y, lo que es más estupendo aún, el desinterés estéril y enervante
-al egoísmo robusto y fecundo. Fué una terrible pesadilla de la que
-ahora sale la humanidad desmazalada y enferma. Y tú sonríes á los
-sarcasmos con que ella te afrenta porque no ignoras que, contrita y
-arrepentida, volverá á ti y que tú sola puedes devolverle la razón y
-la salud. Hazlo, Divina, inspíranos para que seamos con inteligencia,
-egoístas integrales y materialistas transcendentes. La humanidad no es
-tan culpable como parece. Sólo en apariencia desobedeció tus leyes. Tú
-misma fingiéndote ciega, la has conducido á tu antojo, como la madre
-hace creer que es él quien la guía al tierno infante que ella sonriendo
-lleva de la mano. Mas el niño hecho hombre necesita explicarse el
-grande misterio. ¡Cuándo será el día en que los ojos estupefactos vean
-brotar de las entrañas de las cosas, como el rojo licor de la herida
-abierta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales que muy raras
-veces dictaron la actitud del héroe y la _alta necesidad_ rítmica de
-aquel cuya _voz es canto_! Imposible que, al fin, lo justo y lo bello
-no sea lo que viene de ti, madre de dioses. ¡Y qué ridículos y pueriles
-parecerán luego á las almas duras como el diamante, pero blancas como
-él, los artificios retóricos del _hombre sensible_, los cantos que no
-son cantos de vida, lo bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo
-de sol limpio de sombras, las acciones que no lleven al combate y al
-templo de la Victoria! Por el contrario, es muy probable que la gracia
-brille sobre aquello que la antigua sabiduría creyó torpe é impuro
-por ser fecundo como el acto carnal. Entonces Mammon resplandecerá
-de gloria, porque de todos los dioses supervivientes es el único que
-lleva en la testa olímpica el signo luminoso de la voluntad. Es el
-depositario de ella. La virtud perdida en las nieblas de los países
-quiméricos hubiese muerto de hambre sin él. Su alma fué como el arca
-santa en que se salvó del diluvio espiritualista la facultad de
-_querer_. Los instintos vitales se refugiaron en su corazón pródigo
-como las manos de Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La dicha
-humana no tuvo nunca amante más rendido ni servidor más fiel. Los que,
-insensatos, vilipendian aún al Oro, no escuchan la _voz profunda_ que
-les dice: «Amadlo religiosamente, en su ser divino, y sed interesados
-y duros para realizar los deseos secretos de la Vida y servir á
-los hombres. Ni el arte, ni la poesía, nada aguza las facultades y
-potencias humanas como él: es el gran excitador. Ni las religiones,
-ni las filosofías le aportan á la humanidad lo que el Príncipe Rubio
-le brinda con una sonrisa: el poder, la esperanza y la ilusión: es el
-Salvador.»
-
- París, Julio 22 de 1910.
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- Ideología de la Fuerza 5
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- Metafísica del Oro 121
-
-
- TERCERA PARTE
-
- La Flor Latina 187
-
-
- CONCLUSIÓN 271
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE ***
-
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-
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